Kitabı oxu: «La nación de las bestias. Leyenda de fuego y plomo»

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NOTA
DE LA AUTORA


Las fórmulas y símbolos utilizados en esta historia están inspirados en tradiciones ocultistas reales, pero muchos de ellos han sido modificados en favor de la trama. El pueblo de Stonefall y sus alrededores son ficticios, en cambio, Valley of the Gods, Monument Valley y el resto de la topografía de este libro son reales. La diversidad cultural y étnica, así como los acontecimientos históricos, también están inspirados en tradiciones, lugares y sucesos verídicos, pero no representan mis creencias ni reflejan las de ninguna persona en particular; ésta es una obra de ficción.

Que la dualidad nos una para siempre.

Bienvenidos de nuevo a nuestra Nación.

A mis Atrapasueños: el de Utah, el de Madrid y todos los esparcidos por el continente americano. Esto es para ustedes.


PRÓLOGO

(El libro rojo de Laurele Elisse)


Es muy difícil aprender a caminar. Cuando sentimos el dolor de nuestros huesos al abrirse, escuchamos nuestras articulaciones crujir y percibimos el inevitable vértigo en el estómago al tratar de elevarnos sobre nuestros pies, llegamos a tener la sensación de que nuestro cuerpo es demasiado pesado y, perdida en algún punto de nuestra memoria, nos queda la nostalgia de cuando gatear nos era suficiente.

Pero todo esto lo olvidamos al ponernos en pie, al entender que podemos ser como nuestros padres; que podemos erguirnos y deambular en dos patas, como ellos. Nos volvemos conscientes de que dejamos de ser bestias cuadrúpedas y, tras pasar por tanto sufrimiento, comenzamos a caminar sobre la tierra.

Asimilamos la idea de que todo aquel duro proceso es algo natural, de que ese dolor es sólo el grito de la adaptación del humano hacia la civilización. Pero lo único que hacemos, en realidad, es crecer, envejecer y morir sin saber que aquel peso que nos empuja hacia el suelo no es más que la desesperada raíz invisible que nos ataba a nuestro origen salvaje, a la conexión que teníamos con la tierra desde tiempos inmemoriales. Y nosotros, torpes e ilusos, ignorábamos que a cada paso con el que aprendíamos a erguirnos, negábamos nuestra naturaleza primigenia.

Lo olvidamos. Olvidamos que nacemos siendo bestias, seres desnudos que gimen y lloran, que sienten hambre y frío, tan parte de la tierra como cualquier otro animal. Olvidamos que somos humildes e indefensos. Olvidamos nuestro instinto y nos volvemos… humanos.

Pero hay seres que no estamos destinados a olvidar.

Criaturas cuya humanidad no ha podido corrompernos y que, sin saberlo, llevamos la semilla de las bestias palpitando debajo de nuestra piel, a la espera del momento adecuado para resucitar tal como somos.

Hay quienes pertenecemos a una raza de seres que guardan la certeza de que nuestra fuerza proviene de aquella primigenia brutalidad, que la inteligencia nace del más antiguo instinto y que, por lo tanto, somos capaces de ser al tiempo humanos y bestias.

Todo eso a ojos de nuestra propia raza de tierra, estrellas y sangre, es la más grande de las virtudes: la bendición dada por una madre de ríos, árboles, cielos y montañas.

Alguna vez, en un rincón escondido de Nueva Orleans, yo me sentí bendecido. Me sentí un hijo de tierra, estrellas y sangre; miembro de una verdadera familia, tan antigua y poderosa que los lazos que nos unían superaban cualquier lógica, natural o impuesta, habida y por haber. Y sentí que, al fin, mi existencia tenía un sentido, y una verdad.

Me sentí un errante.

Una criatura mística, mezcla de hombre y bestia, capaz de mirar los abismos de frente, de escuchar a los muertos y de susurrar entre las estrellas. Un ser de colmillos y astas, con el corazón palpitante de un hombre.

Pero de la forma más dolorosa posible tuve que despertar de ese sueño efímero, cuando todos los tipos de amor se manifestaron en mí gracias a aquellos errantes que conocí en esa ciudad sepultada por la niebla, para después ser poseído por un monstruo incomprensible. Entonces pude por fin entender que estaba maldito y, por ello, destinado a condenar todo lo que estuviera a mi alrededor. Tuve que entender que debía, una vez más, quedarme solo.

Y ya he estado solo el tiempo suficiente para comprender tres cosas a la perfección.

La primera, y la más útil: para llegar al plano medio hay que cruzar una puerta, una ventana, un puente, un arco, una grieta o una cueva. Algo que marque una diferencia entre el aquí y el allá, el interior y el exterior… un vínculo. Vínculo que después de mucho tiempo, y gracias a una lengua maldita que repta en el fondo de mi garganta, he aprendido a sentir y manipular. Pero no todo vínculo puede ser un portal, no toda puerta o ventana pueden llevarte al plano medio y, de dónde vienen, cómo se han formado o por qué están allí, aún es un profundo misterio para mí.

La segunda revelación, y la más inquietante: no soy más un errante, o al menos no uno normal. Los errantes son uno con su ancestro, una entidad conformada por dos partes, una armonía extraordinaria de la naturaleza. Pero yo tengo a un monstruo dentro de mí, uno que vive en medio de mis huesos, que se alimenta de mis miedos, bebe de mis furias y que, a pesar de haber aprendido a empujar sus cientos de voces detrás de mis oídos, aún es capaz de despertarme en plena noche, mientras grita desde el abismo de mi locura, de mi propia bestialidad.

Finalmente, la tercera certeza, y la más peligrosa: hay algo, un ente que clama por mi cabeza. Una criatura a la que he bautizado “Mara”,* la cual, incluso dos años antes de mi nacimiento, ha estado planeando mi muerte. Un ser que, si pudo comprar a un Loa, tendrá el poder suficiente para manipular a muchas criaturas más que no descansarán hasta aniquilarme.

Pero, sobre todo, es algo que me obligó a dar la espalda a todo lo que amaba.

Porque en aquella monstruosa noche en la cabaña de Muata sólo bastó un chasquido, un crujido que resonaba en la oscuridad, para saber que debía marcharme de Nueva Orleans; para comprender por fin que ese algo, poderoso e imparable, acechaba en las sombras decidido a hacerme pedazos.

Así que, herido y con el corazón destrozado, tomé un dinero que no era mío y me marché a través del plano medio a sabiendas de que nada ni nadie serían capaces de encontrarme. De que mi familia jamás podría siquiera adivinar qué había ocurrido en esa habitación vacía.

Porque si tres errantes habían sido asesinados para alcanzarme, permanecer al lado de mi familia con la esperanza de que sólo la suerte nos mantendría vivos, no hubiera sido más que un acto egoísta de mi parte.

Después de esa noche, todos los misterios de mi vida dejaron de asustarme, porque encontré cosas mucho peores que la más horrible de mis pesadillas; cosas que hoy veo ocultas, no en la penumbra, sino en mi espantosa soledad, y en la culpa que ahora cargo sobre los hombros. Pero, así como una bestia herida bate sus garras a diestra y siniestra cuando yace boca arriba, el miedo se ha vuelto mi gran aliado. Me ha hecho resistente, fuerte, hábil… peligroso.

Por ello, en el momento en el que mi Mara decida por fin dar la cara, estaré esperándolo, dispuesto a enfrentarlo. Y con la terrible certeza de que el monstruo de hueso será lo único que podrá ayudarme a detenerlo. Al menos hasta que encuentre la forma de deshacerme de él también.

Tal vez así pueda tener la oportunidad de algún día volver a casa.

** En la religión budista, Mara es tanto un espíritu maligno que intentó impedir la iluminación del Buda Shakyamuni como la denominación general que se le otorga a los demonios personales.




CAPÍTULO I

I. NIGREDO



Miedo.

Hacía tantos, tantos años que no percibíamos con tal intensidad la deliciosa sensación del miedo, ese frío nauseabundo que se expande bajo la piel de nuestra víctima al percatarse de nuestra abominable proximidad.

Oh, para nosotros no hay sensación en este mundo que estimule más nuestra maldad que el miedo. Y ella… Ella siente más miedo que nunca.

“Alannah”, la llamamos con nuestra sola voz, que si bien se ha recuperado un poco con la benevolencia de la lluvia de esta noche, aún es un eco frágil y vacío entre las gotas tibias que caen despacio sobre nuestra sola cabeza.

Pero la chica no mira hacia atrás, ni a nosotros, ni hacia el coche desvencijado que ha dejado muy lejos, porque la bestia que cree que ha venido a enfrentar está delante de ella; una casa erigida con fuego y ladrillo, y repleta de profundas entrañas de concreto, con un alma tan antigua, tan violenta y monstruosa, que nos llena de regocijo saberla despierta.

Veinte años. Veinte años hemos aguardado su regreso. Veinte años después de haber sido devueltos del plano medio y los recuerdos, porque el Cacique de los Muertos, el Gran Señor de la Niebla, ha roto su trato.

Pero lo que es inmortal no hace tratos.

Lo que es inmortal no dará ninguna oportunidad.

El bosque que permanece a nuestras espaldas cruje sus dientes de madera y le suplica a la joven que vuelva. Que dé media vuelta y se aleje de este lugar besado por el abismo, pero Alannah es incapaz de moverse. Sus pies pálidos y enfangados están sembrados en la tierra y sus brazos, rígidos contra sus abultados senos.

“Alannah, Alannah“, volvemos a llamarla, pero ella es tan inútil, tan carente de talentos que no es capaz de escuchar nuestro susurro.

No importa cuántas veces haya intentado hacer magia en el pasado, porque sin ancestro y sin protección, la contemplasombras está débil y horrorizada, tanto que su vejiga punza, ansiosa por vaciarse. Y la casa frente a ella lo sabe.

De su boca de metal emana un aliento fétido de magia siniestra, magia de blancos forjada con una mezcla ancestral de sangre y sulfuro; un seno de maldad que expele fuego y ceniza.

Su matriz está cálida y expectante, su olor a quemado infecta el aire, sus miles de ojos miran hacia Alannah, hacia su cabellera anaranjada, larga y empapada como una cascada de lava sobre sus hombros raquíticos.

Y a pesar de su delgadez, de la desesperada hambruna a la que la errante se ha sometido para tratar de matar el más grande error que ha cometido en su vida, su hermosura pareciera ser la única cualidad de su estirpe que aún es capaz de portar.

Pero la belleza resulta indiferente ante un monstruo inconmovible, una criatura creada para devorar, triturar y transmutar todo lo que se atreva a deambular dentro de sus paredes.

Y Alannah debe ser transmutada.

De pronto, la contemplasombras las oye. Escucha las docenas de voces que la llaman desde la podrida garganta de la casa, esas voces femeninas, angustiadas y suplicantes que no le han permitido dormir incontables noches.

Ella siempre quiso creer que todo lo que había vivido a lo largo de estos meses eran alucinaciones. Que todo este concierto espectral era sólo un estrago de la locura que hizo crecer dentro de sí por tantos años de ignorar sus dones.

Pero ahora que se da cuenta de la verdad es incapaz de lidiar con ella.

—¿Qué es lo que quieren de mí? —pregunta con la boca seca. El sabor de sus lágrimas se mezcla con la lluvia y el sofocante ardor de los ladrillos.

Un repentino dolor, tan natural como abominable, la estruja; sus dedos se contraen en su vientre para soportarlo, aun a sabiendas de que es inevitable.

“Estás sola. Tan… sola.”

Murmuramos sin compasión. Y aunque no puede escucharnos, la fantasmagórica vibración de nuestra voz termina por destrozar su última pizca de valentía.

Alannah se orina. Después llora y gimotea, aterrada; ella sabe que esto la supera. Sabe que es indigna de su estirpe y de los errantes. Quiere volver a casa. Quiere refugiarse en la calidez de los brazos que la han acogido en sus noches de pesadillas. Quiere regresar al sitio donde, por primera vez en su vida, ha sido amada, y pretender que esto no ocurrió. Que nunca vio a esos fantasmas en la oscuridad de su habitación. Que jamás llegó a percibir su horripilante olor a quemado ni a ver sus vientres abiertos como labios rojos en la noche.

Oh, Alannah. La pobre y loca Alannah. Si tan sólo supieras que el demonio al que deberías temer no está dentro de esa caverna de ladrillos, sino aquí afuera, contigo.

Porque tú serás nuestra.

Basta un murmullo de nuestros labios podridos, un revolotear de nuestros espíritus, para que el silencio lo devore todo. Los árboles ya no se agitan contra el viento. El agua deja de fluir contra la ropa de la chica y su temor no le permite darse cuenta de que el único sonido que puede escucharse ahora es el de su corazón agitado.

Todo calla por el chasquido de nuestra magia.

Y, finalmente, nuestras cenizas se unen, se regeneran y se alargan bajo la lluvia. Nuestro cuello se abre paso entre las copas de los árboles. Nuestras fauces se parten, crujen y se dilatan hasta que nos sangran las encías, ansiosas por poner carne entre nuestros dientes.

Nuestra esencia de magia negra se desprende como una marea y alcanza el frenético pulso de la errante. Las náuseas la ahogan y, por fin, Alannah mira hacia acá.

Pero ya es demasiado tarde.

Nos lanzamos contra su cuello y lo constreñimos con tanta fuerza que ni un suave alarido alcanza a escapar de su garganta. Nuestros huesos se enroscan y saborean su piel empapada; una vuelta, una torcedura apenas y las vértebras de la contemplasombras se encajan en las nuestras hasta hacerse pedazos.

Su carne blanda revienta, y la sangre baña nuestro pellejo como lo haría un manantial.

Alannah se desploma, inerte, contra el suelo. Sus ojos vacíos contemplan nuestro cuerpo, traído de vuelta a la vida a base de cenizas, lluvia y recuerdos.

El agua vuelve a cantar sobre la tierra. El viento susurra de nuevo entre los árboles.

Nuestra columna vertebral se desliza desde las entrañas del bosque. Despacio, la enredamos en el tobillo de la chica mientras las voces que yacen dentro de la casa de ladrillos gritan, lloran y se retuercen al ver que su única esperanza es arrastrada hacia la oscuridad.


CAPÍTULO 2

REINO DE ÓXIDO


El silencio se vuelve un susurro y comienza a silbar con más fuerza a medida que el viento, cargado de polvo y arena, se arrastra hacia aquí. Como una mano gigante e invisible, golpea el costado del solitario restaurante de carretera y hace vibrar tanto el cristal de las vetanas como las destartaladas paredes de aluminio.

Ante la ráfaga, el único mesero alza el mentón para ver cómo se sacuden los muros, más curioso que atemorizado ante la furia de la corriente. Cuando el viento amaina, sólo deja un asfixiante olor a tierra seca que entra de lleno por mi nariz.

La luz anaranjada que se cuela por las persianas, el zumbido de la radio sobre la barra, el rechinar de los grasientos ventiladores en el techo, el olor de la parrilla de hamburguesas… todo me provoca una repentina nostalgia, como si me hubiese perdido en algún lejano punto del pasado.

Ante el sofocante calor, intento abanicarme con la postal en mi mano cubierta por un guante color marrón, pero al ver que el paisaje impreso ya está casi desvaído, decido meterla en el bolsillo de mi parka de verano.

Tarareo una canción en hindi y saco un cigarro, dispuesto a transformar en humo la melancolía. Los huesos expuestos rumian debajo de mi guante, ansiosos por sentir el calor de las cenizas.

Pero antes siquiera de que pueda buscar el encendedor, escucho un siseo frente a mí.

Alzo la barbilla hacia mi acompañante invisible, sentado al otro lado de la mesa; tiene el rostro tenso como un ladrillo y sus hambrientas cuencas vacías prestas sobre mi cigarrillo. Sonrío y alargo el brazo hacia él.

—¿Quieres? —ofrezco.

Barón Samedi ni siquiera mueve los labios; tan sólo me mira en silencio como un espectador ausente mientras se llena, poco a poco, de una ira impotente que soy capaz de sentir en la punta de la lengua.

Letras pequeñas de un mal contrato, si me lo preguntan.

—Sí. Eso creí —sentencio con una risa ronca mientras llevo el filtro a la boca.

De reojo, me percato de que el mesero arruga el entrecejo, desconcertado al escucharme hablar solo. Acostumbrado a que la gente me tome por un loco, me limito a aspirar una nube de humo caliente y a girar el rostro con indiferencia hacia la ventana.

Y es entonces, justo cuando un placer nauseabundo se anida en medio de mis pulmones, que el fastidioso ruido de la radio se detiene de pronto. Alzo una ceja y miro al mesero, cuyos ojos perplejos yacen sobre mi cigarro.

Me toma menos de un segundo comprender que, una vez más, lo he prendido sin necesidad del encendedor.

El Señor del Sabbath se ríe de mi descuido con un sonido irritante y gangoso que retumba en las paredes de su boca vacía. Pero su sonrisa se transforma en una mueca de dolor cuando, de un solo movimiento, aplasto el cigarro sobre el dorso de su mano.

El Loa contrae su extremidad y aprieta los labios hasta volverlos una línea siseante mientras yo arrojo una generosa cantidad de billetes de un dólar sobre la mesa, justo donde el cigarro ha dejado su rastro de ceniza.

Me levanto y me largo a zancadas del restaurante, con el aún más estupefacto semblante del mesero sobre mi espalda. Echo a andar sobre el polvoroso suelo en dirección al motel detrás del negocio, con la mirada furibunda de Samedi siguiéndome desde la ventana.

A medio camino me detengo para prender otro cigarro y contemplar los últimos rayos de luz del atardecer. Esta vez procuro usar encendedor.

La brisa caliente y polvorienta de finales de julio me abrasa la piel, y la nostalgia vuelve a surgir cuando contemplo cómo el sol se acuna entre las montañas del sur de Utah, pintando todo de matices anaranjados y rojos.

Aunque, vamos, aquí casi todo es rojo, sea cual sea la posición del sol.

El paisaje desértico de esta parte del país está formado por largas praderas de matorrales secos y opacos, pelusas espinosas que brotan de la calvicie árida de la tierra. A mi alrededor hay montañas, hoodoos* y mesetas gigantescas de piedra erosionada, cuyos pies están repletos de rocas y arena que se ha deslizado con el paso de los siglos, como si montones de escombros reposaran a las faldas de los gigantes.

Frente al restaurante hay una gasolinera y la solitaria carretera estatal 95, una cicatriz de asfalto que separa el inhóspito horizonte rojo del estereotipado lugar en el que pienso quedarme esta noche: un parador mugriento en medio de la nada en el que ni loco te pararías si vinieras solo, situado a un lado del camino como un pueblo fantasma, revestido de una crujiente piel de óxido y letreros de Coca-Cola que han de ser tan viejos como el café que sirven aquí.

Cuando el sol se oculta por fin, guardo la colilla en el bolsillo y me dirijo al cuarto de motel. El decrépito edificio de un solo piso me recibe con el rugido de su vieja cañería.

Saco la llave y entro en la habitación; me muevo en la oscuridad apenas atenuada por la blanca luz del pórtico. Enciendo la lámpara del buró junto a la cama y desvío la mirada hacia la puerta del baño, la cual yace desatornillada y tendida en el suelo.

Tal cual la dejé antes de ir a cenar.

Miro mi enorme mochila para acampar sobre un sillón y, aunque todo parece estar en su lugar, reviso la puerta de nuevo, de arriba abajo.

A pesar de que soy el único inquilino que alberga el motel ahora, no puedo evitar sentir que este sitio aún no está vacío del todo.

Arrojo mi desordenada trenza hacia atrás y me acuesto en la rígida cama. La tentación de retirar el guante se vuelve persistente, pero en vez de ceder a ella, cierro los ojos y me permito escuchar el techo quejarse, la gotera del lavabo escupir sobre la porcelana y el viento del exterior golpear el cristal con su aliento. Hace calor, los huesos me duelen y necesito dormir con desesperación… pero tras unos cuantos minutos no puedo ni respirar con tranquilidad.

Siento que he olvidado algo.

Escucho que tocan la puerta.

—¿Quién es? —pregunto con somnolencia, pero nadie responde.

Desganado, separo la espalda de la cama y me levanto. Al abrir, me encuentro con el anochecer recostado sobre la carretera, acompañado de una estremecedora quietud. Giro la cabeza hacia un lado y hacia el otro sin lograr distinguir nada ni a nadie.

Pero en cuanto cierro la puerta y doy un paso rumbo a la cama, llaman de nuevo.

Arrugo el entrecejo y miro atrás, irritado por el insistente golpeteo. Me acerco a la ventana y descorro un poco la cortina para asomarme, pero no hay nadie, muy a pesar de que aún escucho el llamado.

—Un momento… —susurro a la par que me percato de algo inusual: el sonido no es hueco como la madera, sino algo chirriante. Vidrioso.

Mi mandíbula se tensa cuando miro hacia el baño, porque aquel llamado no proviene de la puerta, sino del espejo.

La lámpara del buró parpadea hasta apagarse y me deja sumido en un tenebroso claroscuro, donde las sombras de la habitación luchan por erizarme la piel.

Muy despacio, me acerco al baño mientras aquel golpeteo se vuelve cada vez más insistente. Contemplo mi rostro reflejado en el espejo, el cual se sacude a medida que lo que sea que esté del otro lado empieza a arremeter con más fuerza. Me detengo en el umbral del baño con la mirada clavada en el cristal.

Detrás de mí, a través del reflejo y la oscuridad del cuarto, la realidad se tuerce. Las paredes están despellejadas y ennegrecidas, las cortinas desgarradas y llenas de mugre… Y, sobre el colchón destrozado y embadurnado de sangre seca, una silueta negra me observa desde la cama.

Crac.

El espejo se quiebra desde la esquina y arroja una grieta que me parte el rostro de lado a lado. Mi cara en el cristal se contorsiona en una mueca abominable y, por fin, un escalofrío domina mi espalda.

Mi reflejo me sonríe.

Un grito detrás de mí retumba por toda la habitación, a la vez que la luz de la lámpara vuelve a encenderse; doy media vuelta y aprieto los dientes.

Laurele está sentada en el borde de la cama, y me mira con los ojos desorbitados y con las venas tan hinchadas que parecen a punto de reventar. Está desnuda y con la entrepierna cubierta de costras de sangre, igual que la última vez que la vi.

Despacio, levanta su dedo índice hacia mí.

—Monstruo… —susurra.

Cierro los ojos con fuerza, pero me veo obligado a abrirlos de nuevo al escuchar un fuerte gemido.

La bruja ha desaparecido para dejar en su lugar a una mujer completamente diferente: también es negra, pero muy joven y tiene las mejillas empapadas de lágrimas, mientras que por su vestido celeste se asoma una abundante mancha roja que brota de entre sus muslos.

—Tanpri, mèt mwen!! —¡Mi señor, por favor!, grita en un tosco haitiano, pero al mirarme un instante más, contrae los brazos y comienza a chillar a todo pulmón—. Enposteur! Enposteur!

Cruzo el cuarto a zancadas y aferro mis dedos enguantados a su brazo. La arrebato de la cama, por lo que ella gime confundida y se retuerce bajo mi furioso agarre mientras la arrastro hacia el baño.

—Mwen te di ou dè milye fwa! —bramo, también en haitiano—. Mwen pa Baron Samedi!

¡Se los he dicho miles de veces! ¡Yo no soy Barón Samedi!

Arrojo al fantasma hacia el espejo. Las negras manos de los sirvientes del Señor del Sabbath surgen del vidrio como serpientes para atrapar a la mujer entre sus garras; la jalan con fuerza hasta hacerla entrar en el portal. Ella desaparece casi al instante mientras escupe detrás de sí un estremecedor grito de terror.

Con pesadez, dejo caer mis codos sobre el borde del lavabo. El sudor se aglomera en mi frente mientras miro hacia la puerta de madera, tendida en el piso como una tabla inútil.

Carajo.

Sabía que la sensación de que algo me observaba no había desaparecido del todo, aun después de quitar esa porquería.

Furioso, estampo el puño de mi mano izquierda, la que no llevo enguantada, contra lo que queda del espejo, una y otra vez, hasta reducirlo a trizas sobre el lavabo. Mi piel se desgarra y el dolor me hace sisear, pero lo dejo latir como una advertencia. Para recordar que por más cansado, débil o enfermo que esté, nunca debo bajar la guardia, porque no haber detectado cuál era el verdadero portal al plano medio de esta habitación pudo haberme costado la vida.

Le echo una mirada anhelante a la cama, dispuesto a arrastrarme hacia ella si hace falta. Pero antes de que pueda dar un paso, un nuevo golpear de nudillos, ahora sí contra la puerta de la habitación, me hace susurrar un “carajo”.

—¿Está todo bien, jovencito?

No es más que el mesero del restaurante quien, junto con el viejo y malhumorado encargado, parecen ser el único personal de este mugriento motel.

—Sí. Dejé caer algo, eso es todo —respondo con la mayor tranquilidad posible. Abro el grifo y empiezo a arrancar los vidrios que se han quedado incrustados en el dorso de mi mano.

—¿En verdad? Lo escuché gritar hace unos momentos.

—No fue nada. Todo bien, sólo estoy un poco cansado —insisto a la par que aprieto los dientes debido al dolor.

El olor a sangre me sube de forma inevitable hasta la nariz.

—Su nombre es Ezra, ¿cierto?

Comienzo a perder la paciencia cuando el tipo, quien claramente no tiene intenciones de irse, me llama por el nombrecito falso que uso ahora.

—Ajá.

—Eh, bueno, no se veía muy bien hace un momento, ¿en verdad no necesita ayuda?

Alzo una ceja, porque algo en el tono acusador del mesero me dice que no busca ayudarme.

Estoy a punto de negar otra vez, cuando el hombre empieza a forzar el pomo de la puerta.

—¿Qué diablos está…?

—Abra, por favor, me preocupa que…

—¡Por los dioses, ya lárguese! —grito por fin, exasperado de su maldita terquedad.

Después de unos segundos de silencio, escucho que sus pisadas se alejan.

Abro mi mochila y saco una venda de uno de sus compartimentos. Me vendo la mano con torpeza mientras mis ojos recorren una y otra vez los rincones de la habitación para detectar si algo más se mueve en la negrura. Vuelvo a toparme con el desastre que he provocado en el baño, y la simple idea de inventar una excusa me resulta agotadora.

Buscar explicaciones, desplazarme de un lugar a otro, no quedarme demasiado tiempo en espacios cerrados, alejarme lo más posible de puertas y ventanas; toda esta rutina de supervivencia empieza a enloquecerme, todavía más.

No acabo de ahogarme en mi frustración cuando todo mi cuerpo se estremece debido a una nueva oleada de llamados a la puerta, pero esta vez son mucho más urgentes que los anteriores, tanto que parecieran querer echar abajo la madera.

¿Y ahora qué?, me pregunto perturbado al ver las tablas vibrar con violencia.

—¡Abra!

Murmuro un insulto al reconocer la voz del encargado, pero no alcanzo ni a cruzar la estancia cuando una furiosa patada se estrella contra el marco y abre la puerta de par en par.

—¿Pero qué…? —cierro la boca en el acto al ver a un tipo enorme en el dintel, con la nariz arrugada y una larga escopeta en brazos la cual apunta directo hacia mi pecho.

—¿Tu madre no te enseñó a respetar a tus mayores, cabrón?

Detrás del tipo se asoma el larguirucho mesero con gesto nervioso. Estoy a punto de balbucir una excusa, cuando los ojos del encargado se deslizan desde mi cara hasta el interior del cuarto.

—¿Pero qué diablos le has hecho al baño?

Mierda.

El tipo amartilla la escopeta.

—¡Tienes un minuto para largarte de aquí antes de que te llene de plomo! —afianza el arma entre sus manos.

Ante la amenaza, las voces del monstruo de hueso se alzan dentro de mí.

Mi corazón se torna pesado a medida que esos murmullos se vuelven gritos violentos e incitantes, así que cierro los ojos por un efímero segundo y pienso en ojos azules.

Eso basta para que el ruido dentro de mí desaparezca y decida ceder.

Me lanzo hacia mi mochila de viaje y la echo sobre mi espalda. Sus casi veinte kilos de peso me doblan las rodillas, pero paso de largo ante los dos hombres sin darme el placer de dedicarles una mirada desdeñosa.

Abandono el decrépito motel y cruzo el restaurante por un costado para lanzarme al camino de asfalto, apenas iluminado por las luces de la gasolinera.

El polvo se levanta detrás de mis botas, el calor del desierto me abrasa aun en su esplendor nocturno. Estrujo la postal arrugada en mi bolsillo y arrojo la barbilla hacia las estrellas para buscar la Osa Menor entre el mar de constelaciones.

Por suerte, encuentro en su cola el resplandor de la estrella Polaris.

—Sólo ciento ochenta más —susurro—. Ciento ochenta kilómetros más.

** También llamadas “rocas de carpa” o “chimenea de hadas”, son agujas de roca alta y delgada coronadas por piedras más grandes y duras. Los hoodoos tienden a ser descritos como “rocas en forma de tótem”.


CAPÍTULO 3

NOSTALGIA


—Anda. Date prisa —me apresuró Nashua con un bufido, pero yo tenía tanto frío que ni siquiera me tomé la molestia de responderle.

Esa tarde, el pantano croaba a lo lejos y el viento comenzaba a soplar con más fuerza en el llano desnudo donde habíamos decidido acampar. No me estaba siendo nada fácil apilar la leña; el aliento invernal del páramo me mordía los huesos y la mirada burlona del moreno sobre mí, sentado cómodamente sobre un tronco caído, tampoco me facilitaba las cosas.

Me había mandado a preparar la fogata, pero yo no pensaba en otra cosa que no fuera matar a Tared por su brillante idea de enviarme solo con Nashua a pasar la noche a la intemperie.

“También es tu hermano, después de todo.”

Su idea de una hermandad ideal no me terminaba de convencer, pero no es que pudiese negarme, así que después de colocar la leña, construí un círculo con piedras grandes a su alrededor y me giré hacia el errante, quien me observaba con una media sonrisa burlona.

—Bueno, ¿esperas a que nos congelemos el trasero o qué? Enciéndela.

Saqué los fósforos y la yesca y durante casi diez minutos intenté prender la fogata, pero resultaba inútil. El viento apagaba el fuego cada vez y mis dedos estaban tan entumecidos que me costaba mucho siquiera sostener los malditos fósforos.

Nashua llevó los ojos hacia el cielo y se puso en pie de un movimiento.

—Sí que eres estúpido —dijo, para luego ir hacia mí y tumbar el círculo de piedra de una patada.

—¡Oye! —exclamé, indignado—. ¿Qué diablos te…?

—Escúchame bien, renacuajo —espetó. Echó las piedras y la leña a un lado y, con las manos desnudas, comenzó a cavar—. El viento sopla, el aire es frío y tu leña no durará mucho por más piedras que pongas a su alrededor; la corriente encontrará rendijas por donde colarse y será peor porque provocará el efecto de un silbato. Si estás en un páramo, en un desierto o en un sitio donde haya mucho viento, hacer una fogata sobre la superficie es una imbecilidad. Pero si cavas un agujero y colocas tu fogata allí dentro, tal vez puedas mantenerla. ¿Me entiendes?

Abrí y cerré la boca como un idiota.

—Hum, sí. Eso creo —contesté por fin en voz baja. Me puse en cuclillas y observé con atención cómo terminaba de cavar y ponía la leña dentro. Encendió sin problemas la fogata y, poco a poco, ésta comenzó a avivarse.

Escondí mis puños en mi regazo para buscar un poco de calor, avergonzado de haber exhibido mi inexperiencia una vez más.

Humillado, no me atreví a acercar las manos al fuego a pesar de que me helaba. El calor era una de las poquísimas cosas que a veces echaba de menos de la India, así que siempre bastaban unos pocos grados menos para que me dieran ganas de revolcarme entre el carbón caliente.

—¿Qué diablos crees que haces? Mamá Tallulah me dará una tunda si te enfermas —bufó Nashua de pronto. Ante mi estupefacción, tomó mis manos y las acercó a la fogata.

Creo que me quedé inmóvil varios segundos, sin respirar. Parpadeé más veces de las que pude contar y el calor me inundó con rapidez, pero no a causa del fuego. Eran sus manos tibias manchadas de tierra que sostenían las mías frente a las llamas. Eran sus ojos que se negaban a fijarse en mí, pero que parecían complacidos al ver que mis dedos empezaban a calentarse.

Era extraño, casi antinatural, poder vislumbrar esa pizca de preocupación en su mirada oscura.

Siempre me pregunté por qué a Nashua le costaba tanto ser gentil, qué era aquello que lo tenía siempre tan molesto y le impedía comportarse como una persona normal.

Él jamás me dirigía una palabra amable, pero a veces hacía cosas como éstas, cosas que le fastidiaban, pero que eran tan auténticas que me demostraban que, en el fondo, no se trataba de una mala persona. Que incluso, tal vez, yo le importaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Y para mí, eso era más que suficiente.

Pronto comprendí que el haber ido allí, a ese páramo desolado, no había sido una idea tan mala después de todo.


Dejo caer mi mochila contra un largo muro de piedra y me lanzo a recoger algunas plantas rodadoras. Una vez que me he espinado con ellas más de lo que debería, meto la improvisada leña en un agujero que he cavado en el suelo, tal como me enseñó Nashua.

A pesar de que estoy sudado de arriba abajo, sé que la temperatura no tardará en descender, así que acuno un poco de hierba seca entre mis manos y soplo sobre ella despacio hasta que brota una delicada voluta de humo. En un parpadear se convierte en una llama. La meto en el agujero y el fuego se extiende poco a poco para convertirse en una pequeña fogata.

La lumbre pinta un suave perímetro de luz anaranjada a mi alrededor, mientras el azul oscuro y violeta del cielo se mezcla con el fuego en un vaivén de colores que me permite, por fin, relajarme un poco.

Pero en cuanto recargo la espalda contra el muro, todos mis huesos reclaman al unísono. Al diablo con mi anhelada noche en una cama en verdad.

Rendido, abro mi mochila y saco mi viejo morral, del cual extraigo el libro rojo de Laurele para anotar lo ocurrido en el motel:

29 de julio. Lunes…

Al llegar al lugar esta mañana, desesperado por haber acampado a la intemperie durante más de dos semanas, lo primero que sentí fue la presencia de un portal hacia el plano medio en una de las habitaciones. Como buen idiota escogí el cuarto donde se encontraba el vínculo con el fin de deshacerme de él, y así dormir con la seguridad de que nada me asaltaría por la noche. Mi error fue creer que dicho portal era la puerta del baño, por lo que desatornillarla para evitar que algo cruzara a través de ella me pareció la solución más acertada. Lástima que ignoré mi instinto, porque aun después de haber retirado la puerta, me parecía sentir que la inquietud persistía en el ambiente.

Modificar físicamente los portales que conducen al plano medio —tumbar arcos, quitar puertas o romper ventanas— siempre me es suficiente para destruirlos, pero nunca me había topado con uno que fuese un espejo. Tal vez, la idea resultaba tan delirante que no se me pasó por la cabeza.

Por suerte, esta vez sólo fui visitado por un fantasma, un espíritu de una practicante de vudú que debió haber viajado bastante para encontrarme.

Anoto al lado de la descripción de la mujer un número nueve que significa, según la numerología vudú, un aborto inducido: la posible causa de su muerte. Continúo:

Y aunque la llegada de la pobre mujer provocó que me echasen del motel, agradezco a los Loas que ella haya sido lo único que haya podido alcanzarme hoy. De lo contrario, estoy seguro de que habría tenido que pagar un precio muy alto por mi error…

Dejo de escribir y sonrío con ironía. Hoy, gracias al aumento de mi magia, tengo más capacidad que nunca para ver fantasmas o espíritus, pero todos, hasta mis pesadillas, siempre huyen de mí, y tengo la bien fundamentada sospecha de que es gracias al monstruo de hueso que llevo dentro. Pero los que fueron adeptos de Barón Samedi en vida suelen seguir un patrón distinto: la lengua que le arranqué al Loa parece atraerlos como polillas a la luz, lo cual hace que me persigan incansables, muy a pesar de que entren en pánico al darse cuenta de que no soy más que un impostor.

A mi mente acude también Laurele, pero no me molesto en escribir sobre ella, porque sé que lo único que vi esta noche fue una alucinación… un recuerdo. El insistente fantasma de esa mujer yace sólo en mi memoria y en la culpa que cargo en hombros.

Miro a mi alrededor y el desierto parece devolverme la mirada, tan vacío, tan enorme e inhóspito que podría ser la única persona en muchos kilómetros a la redonda.

Cierro el libro y lo abrazo contra mi pecho para contemplar el fuego, tal cual solía hacer Johanna con el libro de las generaciones cuando nos reuníamos por las noches en la reserva; intento ver si con este gesto logro sentirme un poco menos… solo.

Cinco meses. Han pasado casi cinco meses desde que escapé de Nueva Orleans; desde que comencé a cruzar el país y aprendí a sobrevivir por mi cuenta en los bosques, en los desiertos y en las frías ciudades de concreto. He pasado tanta hambre, tanto dolor y he sufrido una soledad tal que me he convertido en una persona muy diferente de aquel Elisse que alguna vez vivió en el seno de Comus Bayou: un chico que se ha visto forzado a abandonar hasta su propio nombre con tal de pasar desapercibido.

Con tal de que el mundo se olvide de mí.

Siento el roce de las montañas de caparazones rojos a mi alrededor, ocultas entre las sombras como gigantes dormidos; contemplo el cielo salpicado de constelaciones y estrellas fugaces que nadan en la vía láctea; escucho el crepitar de la hierba al quemarse, a los insectos recitar canciones en las sombras y, muy en el horizonte, el aullido de un coyote.

Mis recuerdos palpitan, tan preciados y, a la vez, tan dolorosos. Aprieto mis labios y lucho con todas mis fuerzas para que no se me escape un suspiro de nostalgia.

Lejos de casa. Tan lejos de ellos. Tan lejos… de él.

Una sombra de incertidumbre comienza a comerme desde dentro; a encarnarse en mis huesos como un soplo frío que me hiela las venas. Cierro los ojos, aprieto más el libro y tiemblo de pies a cabeza.

La escucho. Escucho la voz del monstruo dentro de mí una vez más, crece desde el fondo de mi caja torácica para expandirse hasta mis oídos y retumbar como un tambor brutal y poderoso. Esa voz conformada por cientos de otras voces que amenaza con enloquecerme, con obligarme a destrozar todo lo que tenga en frente con tal de acallar sus gritos sedientos de sangre.

Los susurros empiezan a brotar de los poros de mi piel. Su espantosa presencia lucha por poseerme. La nostalgia amenaza con volverse rabia, el dolor se torna inevitable…

“Aquí estoy para ti. Siempre.”

La dulce voz de mamá Tallulah ulula en mis recuerdos y me cubre como un manto de niebla; la memoria de la lechuza blanca me abraza bajo las estrellas mientras las voces espectrales desaparecen en el fondo de mis entrañas.

Tiemblo aliviado, y mis ojos ruegan por que les permita humedecerse, pero aguanto más.

Un poco más.

Hojeo el libro rojo y extraigo el sobre con la foto de papá. Mi pulgar enguantado se desliza con suavidad sobre el borde del papel, con el deseo de que este roce se convierta en un susurro de mi corazón que sea capaz de llegar hasta sus oídos.

—Lo siento —digo con la voz entrecortada—. Dejarte ir ha sido… lo más difícil que he tenido que hacer.

Pensé muchas veces que tal vez papá pudiese saber lo que pasaba, los motivos por los cuales soy perseguido, pero ¿cómo habría podido saber él que yo era un errante, un contemplasombras, si sólo era un bebé cuando me dejó en el monasterio? Y de haberlo sabido, ¿acaso intentó alejarme de lo que me deparaba Nueva Orleans? ¿Me arrojé directamente a aquello por lo cual me dejó en un lugar tan remoto como el Tíbet?

Pero lo más importante de todo: ¿sería yo capaz de arriesgar la vida de mi padre por descubrir la verdad?

La respuesta era demasiado evidente.

Guardo de nuevo aquella foto y el libro rojo en el morral. Mis recuerdos parecen ser la única cosa en el mundo que puede protegerme de las voces del monstruo que se esconde en mi interior, pero, a la vez, me han enseñado que estar cerca de las personas que amo es lo último que puedo permitirme.

Sé que tal vez parezca que me estoy comportando como un tonto, como un absurdo cliché de héroe que tiene que alejarse de sus seres queridos para protegerlos, pero la verdad es que resulta muy difícil comprender el tremendo sacrificio que implica dejar a quienes amas; y yo haría lo que fuese por Comus Bayou, incluso tomar decisiones que me hicieran parecer egoísta y estúpido, así que si podía conseguir que ellos se mantuviesen con vida a costa de eso, entonces ya no importaría lo que ellos pudiesen pensar de mí.

No cuando mi familia, lo único importante en realidad, estaba ya a salvo.

Una corriente, ahora más fría, me roza las mejillas y me aparta de mis pensamientos. Me retiro el guante por fin y avivo un poco el calor de la fogata, dirijo la mano hacia las llamas para intensificar su fulgor con apenas un murmullo de mis labios.

Sonrío complacido al ver cómo el fuego crece, se revuelve y lame mis dedos descarnados como si se tratase de una criatura dócil y viva, atenta a mi voluntad; una tremenda casualidad, puesto que gracias a la lengua de Samedi soy capaz de manipular el fuego, el único elemento que parece traer a la vida al monstruo que yace dentro de mí.

Escucho el aullido de nuevo y sacudo la cabeza para desvanecer el veneno de mis pensamientos, para reemplazarlo con la dulce melancolía del hogar.

En este paraje salvaje y lejano del indomable desierto de Utah, por fin me siento un poco cerca de casa, porque aquí, donde el hombre no ha pisoteado aún el instinto ni cubierto los cielos de luces artificiales, todo me recuerda a ellos. A mi familia.

Y para mí, eso es lo más cercano a la felicidad.

Demasiado cansado para instalar la tienda de campaña, me pongo el guante, saco de la mochila mi bolsa de dormir y me introduzco en ella con todo y botas, consciente de que no sé cuándo tendré que echar a correr de nuevo.

Uso mi morral de almohada y, después de unos minutos y arrullado por el crepitar de las llamas, empiezo a adormecerme.

Cierro la bolsa de dormir desde dentro y hago un capullo a mi alrededor. A pesar de la tranquilidad del cielo y la austeridad del paisaje, no me atrevo a asegurar que voy a dormir solo, ya que en la ausencia de la vida, en las pequeñas madrigueras cavadas en el interior de la tierra, entre las ramas de los matorrales y en el movimiento más suave oculto en la oscuridad… siempre siento que hay alguien observándome.


CAPÍTULO 4

TIERRA DE NINGÚN HOMBRE

(ENVENENAMIENTO)



¿Cuándo fue la última vez que percibimos el hedor a podredumbre con semejante intensidad? ¿Fue cuando penetramos las vísceras de aquella última cabeza de ganado? ¿Cuando olimos el vientre abierto de Alannah?

No. La peste de la comisaría del condado de San Juan es muy, muy diferente; un hedor que no se borra con agua y lejía, porque viene impregnado en algo mucho más trascendental que la carne podrida.

Y a pesar de la repugnancia, el viento, caliente como el sol que abrasa nuestras debilitadas cenizas, pronto nos empuja contra las ventanas del edificio.

El agua, o al menos las fuentes naturales, siempre nos da la fuerza necesaria para tomar forma y cuerpo, pero mientras el desierto contenga sus nubes, no nos quedará más que arrastrarnos como polvo.

Regresamos nuestra atención hacia la comisaría, y a través de los cristales observamos a un joven sudoroso que no hace más que mirar idiotizado un monitor.

No recordamos mucho de lo que fue nuestro mundo antes de que nos despertasen de los recuerdos, siendo nuestra hambre y crueldad unas de las pocas cosas que han quedado intactas de nuestro pasado, pero a pesar de los veinte años que hemos reptado en esta tierra tan nueva, tan diferente, seguimos sin concebir que los humanos, aquellos seres que alguna vez fuimos y fueron un vínculo sagrado entre lo divino y lo vivo, no encuentren hoy en día un placer mayor que sentarse a aburrirse frente a sus pantallas.

Pero este novato, más que a aburrimiento, huele a humillación. A depresión y lodo de pantano, porque a pesar de que lleva en este condado más de tres meses, no ha podido ganarse el respeto de nadie en la oficina de corruptos donde trabaja. Y eso nos complace sobremanera, porque sin ilusiones, sin esperanzas, los humanos somos, son, tan sencillos de manipular…

Estamos a punto de traspasar el cristal, cuando el sonido de unos neumáticos sobre el asfalto hacen al joven pararse de un salto. Se asoma por la persiana para ver cómo una camioneta, envejecida por el óxido, se estaciona frente a la comisaría.

—¿Otra vez? —susurra nervioso al reconocer a los recién llegados.

Las puertas del vehículo se abren de par en par. Del lado del conductor se baja una hembra blanca, una devorapieles con el cabello rubio y los ojos azules. La portadora de Ojo de Arena, Irina Hatahle, se sacude las ropas y va hacia la parte trasera de la camioneta, la zona de carga, la cual hiede de forma casi tan penetrante como la misma comisaría. Con un solo brazo saca un hinchado cadáver de ternero que ya lleva dos días pudriéndose bajo el sol. Se lo echa a los hombros y su fino rostro no se inmuta cuando los fluidos calientes que la carcasa aún conserva se desparraman sobre su cuerpo.

Ah, flor de carroña. La hermosura y la podredumbre nunca habían sido tan balanceadas, tan perfectas.

Pero al mirar al otro ser que se apea del lado opuesto de la camioneta, nuestra tenue admiración se transforma en burla.

Es otro devorapieles, un hombre negro cuya estatura logra cubrir el sol al erguirse por completo; su cabello en rastas le cubre todo el largo de la espalda y su musculatura resalta como si no estuviera bajo ropaje alguno.

No obstante, a pesar de la impenetrable rectitud en sus ojos dorados, nosotros sabemos que todo en Calen Wells hiede a bastardo.

Nos cuesta cien soles mantener nuestra excitación quieta, pero al ver la caja de cartón que sostiene el devorapieles entre sus manos, nos vemos obligados a apaciguarnos.

Los dos errantes se miran por un instante y entran en la oficina. El tufo del animal muerto se impregna con rapidez en el ambiente.

—¿Pero qué es…?

—Agente Clarks —saluda el devorapieles sin gentileza.

El chico, en respuesta, se encoge en su silla.

—¿E-en qué puedo ayudarlos? —tartamudea como un imbécil mientras sendas gotas de sudor, que poco tienen que ver con el calor, bajan por sus sienes.

Irina, condescendiente, sonríe y levanta un poco las pezuñas del ternero.

—Trajimos evidencia para el señor Tate, jovencito.

—Ah, él… sí. Me ha dicho que hoy no puede recibir a nadie sin previa cita, dice que e-está ocupado.

Ante la obvia mentira, el ancestro de Calen, Crepúsculo de Hierro, se revuelve como una bestia enjaulada dentro de su cuerpo. Da un paso decidido hacia el joven y deja caer la caja sobre el escritorio, y el retumbar del metal de lo que lleva dentro hace saltar al chico de su asiento.

—Habríamos concertado una cita si ustedes se tomaran la molestia de contestar el teléfono —dice despacio, pero en un tono tan grave que parece un gruñido—. Y si usted no le dice a su jefe que nos atienda, me veré obligado a entrar a esa oficina por la fuerza.

—Y no queremos eso, ¿verdad, joven Ronald? —añade Irina con un intento de sonrisa.

La mirada del chiquillo se torna acuosa.

—Y-yo…

—¡Muchacho! ¿Qué demonios está pasando? ¡Ven aquí en este preciso instante!

Una peste, todavía más demencial que la del propio ternero, se desprende cuando nuestro solo oído escucha aquellos gritos desde la oficina al fondo de la comisaría.

El centro de podredumbre que invade todo el edificio late desde allí, oculto entre papeles y burocracia. No es algo muerto ni restos de carne podrida. No es un espíritu ni un demonio.

Es algo mucho peor.

El novato se pone en pie con dificultad.

—Denme un segundo… —murmura para internarse de inmediato en el cubículo. Después de unos asfixiantes murmullos y berreos, el chico asoma su cabeza pelirroja por la puerta entreabierta.

—Pasen, pero dejen eso afuera, por favor —pide y señala el ternero con la cabeza.

Irina se encoge de hombros, avanza a zancadas hacia la salida y, sin mucho esfuerzo, arroja el cadáver al asfalto, del cual rezuma un líquido verduzco al chocar contra el suelo.

El acobardado novato les pasa de largo y entra en una de las patrullas del estacionamiento. Arranca, tembloroso, pero no sin antes enviarles una última mirada nerviosa a los visitantes.

Momentos después, los dos errantes son recibidos por el sheriff del condado de San Juan, quien los mira atentamente mientras ellos toman asiento frente a él.

—Perdonen la inutilidad de mi asistente —dice el hombre mientras sonríe con dientes amarillentos—. Debía irse esta mañana a tomar notas de un caso, pero el pobre lo ha olvidado por completo.

Ante su innecesaria verborrea, los devorapieles no dicen palabra. El cerdo carraspea con un fastidio bien disimulado.

—¡En fin! ¿En qué puedo servirles esta vez, señores? No hace ni tres días que los recibí. ¿Todo en orden?

El cinismo del hombre hace que Crepúsculo de Hierro contenga la tentación de romper la mesa de un puñetazo.

—Cuando acompañaba a su padre a juntar el ganado esta mañana, uno de mis hijos encontró muerto a otro de nuestros animales —comienza Irina con prudencia—. Además, tenía esto metido en la garganta.

Calen saca de la caja un aparato que deja caer sin miramientos sobre el escritorio de madera. Es un alambre de púas engranado a una trampa metálica. De uno de los extremos cuelga un enorme gancho, cuya punta curvada todavía está recubierta por carne muerta: trozos de una lengua cercenada. En el otro extremo hay un clavo largo y oxidado, destinado para clavarse en la tierra y sostener con crueldad a su presa.

—Es el quinto, sheriff. El quinto animal que perdemos en dos meses —dice serena la devorapieles.

El hombre mira el brutal artefacto y se rasca con discreción una axila sudada, indeciso entre la sorpresa y la frustración. Sabe que aún si se cagara sobre su propia silla, nadie levantaría un dedo para reclamárselo, pero ellos, esta gente tan extraña, llevan meses complicándole la vida.

El cerdo duda, y nosotros deslizamos nuestras cenizas sobre su hombro. Lo hacemos arrugar la nariz y, despacio, pegamos nuestra sola boca sobre su oído tapado por el cerumen.

Lo envenenamos. Le susurramos el gozo de la brillante joya nueva que lleva en el dedo anular. Le inyectamos el placer de pagar su reluciente auto nuevo sin tener que sudar una sola gota de trabajo honesto. De las mujeres que ha comprado con la sangre de ese becerro.

No hay espíritu más inmundo que la codicia, y este hombre y su comisaría están repletos de ella, casi tanto como nosotros lo estamos de nuestra propia maldad.

Él, complacido, sonríe.

—¿Y se puede saber qué hacía su hijo con el ganado en vez de estar en la escuela, señora Hatahle?

Ojo de Arena se yergue sobre la silla.

—Disculpe, pero ¿a qué viene eso? —pregunta con aparente calma.

—Quiero decir, señora, que siempre me ha interesado el bienestar de la gente de este condado, y por lo mismo, no logro comprender cómo es que sus niños no van a la escuela. Me parece… preocupante.

—Mis hijos estudian en casa —dice ella con los dientes apretados—. Usted ya lo sabe.

—Bueno, bueno, pero aun así —exclama el sheriff con una mano en el pecho—, ¿acaso no es consciente del peligro que correría el niño si lo atacase una serpiente o se cayera de uno de los acantilados? ¿Qué clase de madre es usted?

—¿Pero quién diablos se ha creído? —la mujer intenta ponerse en pie de un tirón, pero la firme palma de su hermano en su hombro la retiene.

—No evada el tema, sheriff —dice el bastardo—. ¿Se imagina lo que habría pasado si la trampa no hubiese sido activada por el ternero? El hijo de Irina tenía más probabilidades de matarse si esta cosa llegara a enterrarse en alguna parte de su cuerpo que por algún otro accidente. Y usted lo sabe.

Aun cuando la voz del devorapieles ha retumbado más de lo habitual, el sheriff tan sólo se inclina sobre su silla, confiado de nuevo en su poder.

—Entiendo su intranquilidad, señor Wells, y le aseguro que la comisaría de San Juan está poniendo todo de su parte para resolver este problema, pero esta ¿trampa? —dice, apuntando al artefacto—, a mí nada me revela. ¿Cómo sabe usted que no fue dejada allí hace mucho tiempo o que no la tiró algún cazador debidamente regulado?

—¡No puede hablar en serio! ¡Cazan nuestro ganado dentro de nuestro propio terreno! Hemos levantado denuncias y no veo ninguna patrulla en nuestros alrededores, puede haber gente peligrosa deambulando por nuestras tierras, ¡y usted sólo se sienta ahí a darnos excusas estúpidas!

La gigantesca mano de Crepúsculo de Hierro aplasta por fin el escritorio. Y, de manera casi imperceptible, la punta de sus colmillos empiezan a afilarse.

Sonreímos de hondo placer, porque no podemos esperar a ver cómo se quiebra por completo.

—Que yo sepa —susurra el sheriff Tate con la barbilla en alto—, esas tierras le pertenecían al anciano Begaye. Y usted, señor Wells, no está emparentado con él; además, ¿quién le da potestad para venir a gritarme en mi propio despacho?

—¿Pero qué mierda le pasa? —sisea Irina.

—Cuide su lengua, señora —responde el hombre, sonrojado por la soberbia—, está hablándole a un representante de la ley. Le recuerdo que estamos siendo muy benevolentes al permitirles vivir allí, a pesar de que no poseen derecho legal alguno sobre esas tierras. No me hagan cambiar de opinión.

—A usted le importa una mierda la ley —gruñe Calen con los labios apretados, en un intento de ocultar sus colmillos—. Larguémonos de aquí, Irina. Ya encontraremos a alguien que quiera ayudarnos, así tengamos que llevar esto hasta otro maldito condado.

El errante toma la caja con la trampa y da media vuelta. Nos las arreglamos para impregnarnos en su piel mientras Irina nos sigue de cerca.

Invasores. Mala madre.

Qué fácil ha sido quebrarlos.

Ambos se suben a la camioneta en completo silencio, sin siquiera tomarse la molestia de cargar de vuelta el cadáver del ternero, y emprenden la marcha en dirección a la carretera estatal. La tensión rasguña la piel de ambos y nuestra presencia no hace más que empeorar la pesadez dentro de la cabina.

—No nos conviene pagar un abogado ahora, tardarían años en arreglar el asunto de las tierras —dice Ojo de Arena después de un largo, largo silencio—. Nadie nos escucha y nadie va a querer ayudarnos.

—Lo sé, Irina, lo sé —responde el bastardo entre dientes—. Ese cabrón trae algo sucio entre manos. ¿Por qué proteger tanto a un montón de cazadores furtivos, en primer lugar?

—No son sólo un montón de cazadores, Calen. Y lo sabes.

Al escuchar a su hermana, el devorapieles busca su teléfono móvil dentro de sus bolsillos. Mira la pantalla, y un surco de tensión parte su frente.

La hembra se percata de inmediato de su ansiedad.

—¿Aún no ha llamado? —un gruñido del errante es respuesta suficiente, por lo que ella suspira—. No te preocupes. Sabes bien que Alannah tiende a aislarse de vez en cuando, y más si va en coche. Te aseguro que sólo debe estar practicando alguno de sus rituales. Ya verás que volverá pronto a casa.

Calen mira hacia el frente, y sus labios se cierran con absoluto hermetismo.

No piensa hablar. Sabe que, si lo hace, escupirá la verdad como vómito.

Pronto, la camioneta sube una colina empinada y un acantilado se asoma a un costado del camino.

¡Ah! Qué fácil sería subirnos al oído de Calen e insinuarle que torciera el volante del vehículo y lo arrojara al vacío para terminar por fin con esta parte de nuestra sagrada encomienda.

Pero la ironía prevalece: su sangre de errante ahora los salvaguarda de nuestra influencia, pero su sangre también será la que los conduzca a su propio abismo.

Con una corriente de viento, nos desprendemos de la cabina de la camioneta. Dejamos que el soplo del desierto nos guíe, porque la Bestia Revestida de Luna está a punto de despertar.

Y es nuestro deber darle los buenos días.


CAPÍTULO 5

MONSTRUO IMPREDECIBLE


“Como es arriba, es abajo.”

Susurra aquella voz mientras una silueta, tenue y veloz como una sombra, se cierne sobre mi cabeza. Me rodea, me acaricia las mejillas y se enreda en mis cabellos.

Capturo la silueta entre mi puño, y ésta se torna caliente a medida que la estrujo. Una infinita tristeza se apodera de mi interior, como si lo que tuviese entre mis dedos fuese un débil latido a punto de desvanecerse.

Abro la palma y descubro que es ceniza.

Arrastrada por un repentino soplo de viento, la ceniza se desprende de mi mano y se eleva hasta desaparecer en un cielo rosado que empieza a salpicarse de estrellas.

Miro a mi alrededor y me percato de que estoy sobre una colosal meseta, maciza y roja como el ladrillo, tan alta que casi puedo sentir mi cabeza rozar el firmamento. Dos mesetas más se ciernen a mis costados, tan imponentes como titanes acuclillados mientras un camino serpentea entre sus faldas, flanqueado por matorrales y planicies de arena que se extienden kilómetros y kilómetros a lo lejos. El viento me sacude los cabellos, el sol se columpia sobre el extenso horizonte, la tierra se matiza de naranja, rojo y dorado…

Monument Valley se yergue majestuoso ante mí.

Y entonces, esa voz, femenina y suplicante, me llama de nuevo.

“Como es arriba, es abajo.”

Todo comienza a temblar con una fuerza monstruosa, y el lamento se convierte en un gemido doloroso que retumba entre las rocas. En un instante, el cielo se torna oscuro y lleno de nubes negras; los truenos rompen y la lluvia cae como un manto de lágrimas sobre el inmenso valle.

Ante mi asombro, el cielo se parte; una grieta enorme surge de él, y de sus entrañas se deslizan tierra roja, matorrales, arena y mesetas gigantescas que fluyen como el agua de un arroyo.

En un instante, el cielo desaparece y deja a su paso un paisaje igual al que hay aquí abajo, como si fuese un reflejo en un estanque.

Y, aun así, aun sin un cielo sobre mi cabeza, sigue lloviendo.

“¡Eran cuatro y ahora son tres! ¡Eran cuatro y ahora son tres!”

Me sobresalto al escuchar esa voz, muy distinta de la mujer que me ha llamado. Miro a mis espaldas y justo en medio de la meseta me encuentro con una puerta. La madera es de un brillante color esmeralda y emana un calor tan intenso que la lluvia se evapora a su alrededor. Tiene cuatro cadenas negras que la envuelven de arriba abajo, pero una de ellas yace suelta y lánguida a un costado, como si la hubiesen quebrado para tratar de abrir el umbral.

Y en medio de esa puerta, como si hubiese sido tallado con fuego, hay un símbolo grabado:


“¡Eran cuatro y ahora son tres! ¡Eran cuatro y ahora son tres!”

A los pies de la puerta hay un zorro que parece haber sido desollado con inusitada violencia. Tajos de piel y pelo yacen a su alrededor y sus miembros parecen descoyuntados.

Es él quien grita.

El peligro late con ferocidad, pero aun así me acerco y dejo que el calor empiece a sofocarme.

—¿Qué es lo que quieres? —pregunto, pero la criatura se limita a gritar aún más y a encogerse contra la puerta, al parecer, aterrada por mi presencia.

—Eran cuatro y ahora son tres —gime el zorro con dolor y locura.

Miro aquella puerta esmeraldina, y en tan sólo un instante, ese terror que durante tanto tiempo me esforcé por sepultar, vuelve a salir a la superficie. Los relámpagos rugen, la lluvia me empapa con furia. Todo empieza a dar vueltas a mi alrededor.

Y entonces, algo golpea la puerta desde dentro.


Despierto e inhalo una enorme bocanada de aire entremezclada con tierra. Abro los ojos como platos, pero cuando otra corriente de viento encuentra de inmediato mi cara, comienzo a toser sin control.

Sacudo la cabeza y trato de espabilarme. Y cuando al fin puedo calmar mis agitados pulmones, distingo la incandescente silueta del sol en medio del despejado cielo azul, junto con la sombra de un cuervo que vuela en lo alto. Siento la piel de mi rostro hervir de escozor.

—¿Otra vez? —susurro desconcertado al ser consciente de que una vez más he tenido esa visión.

Intento levantarme, pero el peso de mi cansado cuerpo me lo impide debido a esa fatal resaca que aparece siempre al dormir muy mal.

Restriego una mano por mi cara para retirar el sudor y mascullo un “carajo” al sentir la picazón del polvo colarse por el cuello de mi camiseta. ¿Cómo se pudo romper el cierre?, pienso ya que, si por algo me encierro en mi bolsa de dormir, es para evitar amanecer embadurnado de tierra por las ventiscas del desierto.

Le echo un vistazo al cierre y veo que, para mi estupefacción, no está roto, sino perfectamente deslizado hasta mis hombros.

Alguien ha abierto la bolsa desde fuera.

—¿Qué dem…?

Y de pronto, escucho un chasquido.

Un chasquido y nada más, porque me percato de que el viento, el cuervo, el crujir de la hierba seca… Todo se sume en un completo mutismo, como si el desierto contuviese el aliento.

Su magia llega hasta mí con una fuerza tan aplastante que las náuseas me obligan a llevar una mano a la boca. Me yergo muy despacio sobre mi codo y miro hacia mis pies, de donde proviene el ruido.

Salgo de la bolsa de dormir de un salto, porque el monstruo que me atacó en la cabaña de Muata aquella noche que escapé de Nueva Orleans se alza frente a mí.

Su alargado cuerpo está envuelto hasta el suelo por un manto siniestro, hecho de cientos de tiras de piel cosidas y salpicadas de sangre seca; la forma de su cráneo es ovalada y completamente calva, mientras que su cuello es largo y raquítico, amoratado en cada una de sus pronunciadas vértebras. El único orificio que hay en su espantoso rostro es una enorme y asquerosa ranura, un intento de boca que casi le atraviesa el rostro de oreja a oreja, porque el resto de la cara no es más que una capa de epidermis blanquecina y delgada, como una membrana que envuelve un cráneo carente de tejido graso y músculos.

Pero lo más desconcertante es el agujero en su pecho, negro y repleto de costras, como si algo hubiese penetrado su corazón hace mucho, mucho tiempo.

—¿De dónde diablos has salido? —aquella pregunta va más dirigida a mí que al monstruo, pues sé bien que no va a responderme.

Despacio, como si estuviese ante una bomba, me agacho hasta alcanzar mi morral de cuero, lo único que me queda a la mano en estos momentos, porque mi mochila con mis provisiones yace justo a los pies del abominable ente.

Aquella cosa permanece inmóvil, pero en cuanto levanto el morral, algo dentro de ella comienza a romperse.

Se le convulsionan los hombros y el cuello como si se partiese por dentro, y ese chasquido, ese infernal crujido de hueso contra hueso rompe el silencio que este demonio ha traído consigo. La tierra comienza a temblar y las piedrecillas saltan a mi alrededor.

De pronto, el crujido de los huesos del monstruo se detiene junto con los temblores que lo sacuden todo. Mi instinto me hace saltar hacia atrás.

¡PUM!

Algo brota con violencia de la tierra. Caigo de espaldas y una barrera de polvo se eleva varios metros sobre el suelo y deja tras de sí un profundo y grueso agujero. No alcanzo a levantarme cuando más barreras comienzan a estallar a mi alrededor. Una tras otra me bañan de arena mientras ruedo de un lado al otro para tratar de huir de los estallidos.

Las potentes explosiones se encadenan hasta que una revienta justo al lado de mi brazo y me hace lanzar un grito de dolor. Veo que la tela de mi parka se abre, y una fina y larga línea escarlata se dibuja desde mi hombro hasta el codo, la cual comienza a sangrar.

No alcanzo ni a tocarme la herida cuando algo brota del agujero de la explosión, algo que se alza sobre mí y me cubre con su letal sombra: es una larga y gruesa columna vertebral que se estrecha en la última cadena de huesos hasta asemejarse a una aguja, tosca pero afilada como una maldita navaja.

En un parpadear aquella cosa se dobla y cae en picada hacia mí.

—¡MIERDA! —grito a la par que me lanzo hacia un lado para evitar que me atraviese. La aguja golpea una y otra vez contra el suelo, buscando perforarme.

Ruedo, me arrastro y brinco hasta que por fin consigo levantarme.

Echo a correr dejando atrás la bolsa de dormir y mi valiosa mochila. Más explosiones se suceden a mi espalda y costados como si me hubiese metido en un campo minado, llenando mi mirada de muros de arena que me impiden ver más allá de mi nariz.

La persecución me hace ir cuesta arriba, hacia la montaña más cercana, ya que tratar de volver hacia donde está la carretera sería un suicidio. Con las piernas fortalecidas por mi sangre de errante, consigo abrirme paso con rapidez; trepo piedras bastante grandes de un solo salto y doy largas zancadas a través de cortinas de tierra sin perder velocidad. Pero aun así no puedo alejarme demasiado de aquella mortífera aguja que perfora el suelo rocoso como si de barro húmedo se tratase.

Para mi horror, pierdo terreno, porque el cansancio empieza a hacer mella en mis agitados pulmones que ya sólo pueden inhalar polvo y aire caliente.

Al alcanzar la cima de la montaña me detengo al entender que he llegado a un callejón sin salida. El desnivel se eleva casi quince metros y bajo éste corre Dirty Devil River, salpicado de enormes piedras que sobresalen de la violenta corriente.

Miro a mis espaldas y abro los ojos de par en par al ver que ahora el monstruo está justo a unos metros de mí, con su cuerpo chasqueando sin cesar.

La tierra tiembla de nuevo y no lo pienso dos veces; enredo las correas del morral a mi cuerpo y me aferro a él con todas mis fuerzas para luego saltar del acantilado.


CAPÍTULO 6

SUPERVIVIENTE


Caigo de pie en las furiosas aguas, y los tobillos se me acalambran de inmediato por el impacto. Me sumerjo entre piedra y espuma mientras la corriente me empuja hacia delante sin piedad.

La fuerza del río me azota contra una roca y me saca el aire de inmediato. Quedo noqueado apenas unos segundos, pero son suficientes para que el peso conjunto de botas y ropa me arrastren y comience a hundirme.

¡Mierda, mierda, mierda!

Intento nadar hacia la superficie, pero algo parece succionarme; un frío descomunal me recorre todo el cuerpo cuando la luz se desvanece hasta dejarme sumido en una completa oscuridad. Mis extremidades se entumecen, el oxígeno me abandona por completo y mis sentidos comienzan a perderse. Dejo de percibir la corriente del agua y hasta mi propia respiración; el aturdimiento es tan brutal que estoy a punto de quedar inconsciente.

Carajo, Elisse, no te puedes morir de una forma tan estúpida, ¡reacciona!

El trance es suspendido por mi desesperado instinto de supervivencia, así que pataleo, doy manotazos y me revuelvo una vez más. La falta de aire y el entumecimiento luchan insistentemente por ahogarme, pero reúno todas las fuerzas que le quedan a mis piernas y brazos para llegar a la superficie.

Logro tomar una breve bocanada de aire, pero mi cuerpo aún es arrastrado por las aguas. El estómago y la nariz se me llenan de líquido, golpeo contra las rocas y empiezo a asfixiarme de nuevo hasta que, por milagro de los dioses, la corriente me ensarta contra un grueso tronco atascado entre las piedras.

Me abrazo con todas mis fuerzas al tronco, pero la potencia del cauce arremete con furia contra mis piernas como si tratase de arrancarlas.

Lanzo un profundo grito de desesperación, pero poco a poco gano terreno en aquel salvavidas de madera. Me aferro a la superficie rugosa con uñas, dedos e incluso dientes y comienzo a trepar para salvarme usando las pocas energías que me restan.

Justo cuando pienso que nada más puede pasar, el tronco comienza a resquebrajarse. Abrazo mi morral, sorprendido de no haberlo perdido en la corriente, y me deslizo lo más rápido que puedo para subir a una de las rocas contra las que yace atascado el madero, la más cercana a la cuenca del río.

Escucho un crac a mis espaldas; el árbol se parte y me lanzo como un costal a la orilla mientras el tronco es despedazado por la corriente.

Me levanto sobre mis codos y vomito agua y tierra a borbotones como si me hubiese tragado medio río.

Al intentar respirar hondo, una punzada ataca mi costado y lo retuerce de dolor. Grito desde el fondo de mi garganta y me palpo hasta encontrar una gran mancha amoratada sobre la piel.

Maldición, ¡una puta costilla rota!

Intento sobreponerme a mis fatales condiciones y enfoco la vista a mi alrededor. El paisaje ha cambiado. Estoy rodeado de árboles, aunque el suelo carece de pasto o vegetación, como si hubiese dejado atrás el desierto abierto para entrar en una zona más fértil, aunque aún dominada por rocas y arena rojiza.

Como una lombriz, me arrastro hacia la sombra de uno de los árboles con las fuerzas apenas necesarias para recargarme contra el tronco.

Con mucho esfuerzo, logro sacar de mi morral uno de los tantos huesos que siempre llevo conmigo; uno que, afortunadamente, no se ha destrozado con los vuelcos del río: una delgada costilla de cerdo.

La parto por la mitad y la empapo con la sangre que baja de mi nariz. Me arranco unos cuantos cabellos y, a la par que murmuro un viejo hechizo haitiano, la envuelvo entre los pelos rubios.

Despacio, el hueso comienza a unirse de nuevo, a la par que una sensación exquisita de alivio me recorre la caja torácica. Siento, milímetro a milímetro, cómo mi costilla se suelda, arrastra el dolor y lo transforma.

Respiro profundo, satisfecho. Nunca seré tan bueno como un perpetuasangre y mis capacidades curativas dependen de los ingredientes que tenga a la mano, pero al menos el vudú me ha enseñado lo necesario para salvarme de un par de aprietos.

Miro la larga herida que llevo en el brazo; la palpo con las yemas de los dedos y chasqueo la lengua al comprobar que, si bien no es profunda, sí es bastante dolorosa, como si me hubiesen pasado la punta de un cuchillo por encima… Aunque algo me dice que aún no he probado el filo de aquella espina en toda su magnitud.

—Fantástico —murmuro y recargo la cabeza en el tronco del árbol, incapaz de creer que el Silenciante me haya alcanzado.

Una. Maldita. Vez. Más.

Tras la pelea del cementerio de Saint Louis, comencé a sentir que algo me observaba en la oscuridad, acompañado de un chasquido extraño, como el crujir de un hueso contra otro. En ese momento no sabía si era una amenaza o un simple espíritu que podía percibir gracias al aumento de mis poderes, pero con el pasar de los días, me sentía cada vez más inquieto.

Hasta que por fin se manifestó.

Un crujido ensordecedor me despertó en mitad de la noche. Y ahí estaba la criatura, que me miraba desde el pie de la cama, con la luna llena tras su espantosa silueta ósea que parecía crepitar dentro de sí.

Me quedé helado, y aunque quise gritar, estaba tan asustado que nada abandonó mi boca.

Y en cuanto traté de poner un pie fuera de la cama, el ataque comenzó.

La enorme columna vertebral de aquel monstruo surcó el suelo de tablones y destrozó la cabaña. El estrépito que hizo fue brutal, pero nadie en la aldea pareció escuchar lo que acontecía, así que, en medio de la tormenta de huesos, tomé mis pocas pertenencias, el dinero que había rescatado del centro budista y escapé a través del plano medio sin mirar hacia atrás.

Con el tiempo supuse que el monstruo había salido de allí, puesto que la puerta trasera de la cabaña estaba abierta de par en par. En ese lugar fue donde recibí a Ciervo Piel de Sombras cuando Muata estaba con vida, así que no había otra explicación de cómo aquella cosa había logrado entrar a la habitación sin ser percibida por nadie más en la reserva.

Después comprendí que el Silenciante puede manipular el ruido de alguna manera, dejar mudo todo a su alrededor como si creara una burbuja invisible en la cual atacar. Ésa es la razón tras el nombre que le he dado.

Desde entonces no he dejado de moverme, y también he procurado mantenerme lo más lejos de un posible portal. Deduzco que, por alguna razón, el Silenciante se desplaza a través del plano medio como si de una pesadilla se tratase, con la enorme diferencia de que también es capaz de perseguirme a voluntad, y sin dejar rastro, por el mundo humano.

Al principio quise creer que era una especie de cadáver poseído por algún espíritu del plano medio —como lo eran los errantes falsos que creó Samedi en Nueva Orleans—, pero esta criatura desprende magia propia, aunque tan nauseabunda que siempre me provoca fuertes arcadas. Es como si estuviese podrida.

También ese extraño manto que usa siempre me impide ver qué hay debajo de su cuerpo. De hecho, esta vez estaba cubierto de sangre seca, algo que estoy seguro no tenía antes. ¿Se habrá alimentado de algo o alguien recientemente?

No sé qué demonios sea esa cosa, pero no pienso quedarme cerca el tiempo suficiente para preguntarle. El Silenciante es la criatura más peligrosa que he conocido hasta ahora, y por mi descuido me sigue el rastro.

Algo debí haber pasado por alto anoche, alguna maldita cueva o grieta que haya quedado desapercibida debido al cansancio. Y para empeorarlo todo, he vuelto a tener esa visión.

—Como es arriba, es abajo —murmuro.

Esa frase se repetía una y otra vez en aquella voz que me llama, aquella puerta esmeralda, ese zorro despellejado que no paraba de gritar, el símbolo… Pero lo más importante de todo: esas mesetas, ese valle enorme, rojo y brutal.

Busco en el bolsillo interior de mi parka aquella postal arrugada que he cargado conmigo como un mala* y contemplo una vez más Monument Valley, el paisaje de mi visión y el lugar más famoso de toda la Nación Navajo.

La primera vez que tuve esa visión fue poco antes de abandonar Luisiana, y tardé bastante tiempo en saber de qué sitio se trataba. Es más, dudaba siquiera que fuera un lugar real, pero tras cruzar algunos estados huyendo de forma incesante de la persecución del Silenciante, tuve la suerte de ver esta postal en una tienda de antigüedades del viejo oeste. Desde entonces, mi único propósito ha sido alcanzar ese valle para enfrentar lo que sea que me depare allí, muy a pesar de que, tal vez, lo único que vaya a encontrar sea la muerte.

El abuelo Muata tuvo una visión antes de que yo llegase a Nueva Orleans. Y creo que el hecho de no haber descifrado su significado real a tiempo facilitó que Barón Samedi nos engañase a todos y acabase con la mitad de la tribu.

No puedo cometer el mismo error. No puedo seguir escapando.

Suspiro y abro mi morral para ver en qué condiciones ha quedado el resto de mi “kit de supervivencia”.

—No puede ser… —mascullo, porque todo está hecho mierda.

Mis frascos de incienso, mis polvos y medicamentos están empapados, con las hierbas flotando en su interior a modo de repugnante té. El mapa que llevaba conmigo está hecho trizas, y el libro de Laurele ha desaparecido con la foto de mi padre dentro de él. Lo único que parece estar intacto es mi viejo cuchillo y los fajos de billetes que he cargado conmigo desde que escapé de Luisiana.

Resoplo y dejo caer la maldita bolsa a un lado. Al menos el dinero sigue allí, pero me falta el aliento al pensar en mi mochila de montaña, abandonada en medio del desierto.

Me he quedado sin comida, sin utensilios para acampar y sin recipientes de agua, por lo que sólo me resta ir en busca de algún poblado para reabastecerme.

No puedo evitar sonreír de ironía, porque si fuese un errante normal, podría sobrevivir sin problemas en la naturaleza.

Una vez que reúno fuerzas suficientes para hacer algo más que lamentarme de esta fascinante expedición a las rocas, empiezo a desnudarme, aliviado al descubrir que, al menos, mi guante de cuero no se ha deteriorado demasiado.

Una vez que mis cosas se han secado tendidas al sol, me visto y cojeo hacia un muro de rocas con la esperanza de poder divisar algo desde la cima.

Tardo casi una hora en subir la empinada colina, llevándome por delante varios resbalones y caídas, hasta que por fin puedo tener una panorámica del lugar al que me ha arrastrado el río. No puedo evitar entrecerrar la mirada presa de confusión.

Las montañas de roca árida donde acampé han quedado muy lejos, y ahora son reemplazadas por formaciones de árboles que se alzan ante todo lo que mi vista puede alcanzar. ¿Cómo es posible que el río me haya arrastrado tanto? Y no sólo eso, ya está a punto de anochecer. ¿Habré perdido la noción del tiempo?

De repente distingo algo inusual a lo lejos: hay una especie de grieta entre los árboles, como un río negruzco y ancho. Enfoco la vista y por fin puedo distinguir lo que es: una carretera.

Mando el dolor al diablo y me lanzo en dirección a la ruta de asfalto. Empleo casi treinta minutos para llegar allí, pero mi agotador esfuerzo resulta recompensado cuando veo al lado del camino un letrero metálico recubierto de óxido. El alma me regresa por fin al cuerpo.

COMUNIDAD DE STONEFALL

Distancia: 34 kilómetros.

** Sarta de cuentas, o “rosario”, budista.


CAPÍTULO 7

II. ALBEDO



Una costura hacia arriba. Una costura hacia abajo. Nuestros dedos, fortalecidos gracias a las aguas del río, se mueven sin cesar sobre las pieles repletas de escamas. Miramos el puño de serpientes que hemos podido recolectar en los últimos días, de diferentes tamaños y colores; sus cueros yacen secos sobre las piedras, secándose mientras sus carnes se pudren bajo el sol.

Los huesos nos chasquean, alegres ante la deliciosa tarea que nos trae gratos recuerdos de la larga vida que tuvimos antes en la tierra. Y nuestro encuentro con la Bestia Revestida de Luna ha sido tan, tan satisfactorio, que nuestra boca no hace más que sonreír hasta sangrar.

Él nos llama “Silenciante”, aun cuando ya ha comprendido que ése no es el único de nuestros talentos, porque si por algo hemos sido elegidos para esta encomienda es por nuestra falta de compasión. Inclusive hacia nuestra propia sangre.

Volvemos a pensar en la Bestia Revestida de Luna. Tan bella, tan extraordinaria… el lugar donde alguna vez estuvo vivo nuestro corazón palpita de excitación a través de la oscuridad del agujero en nuestro pecho. ¿Su carne blanca sabrá a hueso entre nuestras encías?

Pero a pesar de nuestro deleite, debemos apurarnos. Sin la lluvia, pronto nos volveremos polvo de nuevo y deberemos depender sólo de ella.

Miramos el cuerpo podrido de Alannah. Arrancamos uno más de sus cabellos para unir otra larga tira de piel. Sus hebras no son de perpetuasangre; son frágiles y se debilitan a medida que pasan las lunas y los soles, pero nuestra magia las mantendrá unidas hasta que sea necesario.

Un remiendo más, y la capa comienza a tomar forma, pero nos falta tiempo. Nos faltan pieles y magia.

Dejamos nuestra encomienda a un lado, y miramos a la mujer, inerte.

Vemos cómo la silueta de una serpiente se mueve en su vientre.

Nuestra extremidad se alarga bajo la tierra, y brota del suelo sagrado. La punta de nuestra espina se posa en medio de los senos de la hembra y se hunde en su carne.

El alba bendice Monument Valley mientras nuestra navaja, gentilmente, comienza a desollar a la contemplasombras.


CAPÍTULO 8

FORASTERO


—¿Me puedes decir qué te hace tanta gracia? —me preguntó Johanna con las manos en la cintura. Yo, en cambio, no dejaba de voltear hacia el curioso cactus que acaba de colocar sobre el alféizar de la ventana, justo junto a su camastro en la reserva.

—Nada —me encogí de hombros desde la cama de arriba—. Sólo estoy esperando a ver si te sale arena de los pantalones.

Las mejillas se le pusieron tan rojas que empezaron a competir con las diminutas flores del cactus.

—Deja de juntarte con Julien —protestó—. Ya te empiezas a parecer a él.

Me reí un poco más. Yo llevaba ya más de un mes en la reserva, y a esas alturas ya había tomado la confianza suficiente para hacer ese tipo de bromas. Además, la chica tendía a tratar de tomárselo todo muy en serio, lo que, para su pesar, la hacía un blanco fácil.

Ella suspiró y pasó las yemas de sus dedos por la pequeña planta desértica. Su mirada vibró por un instante y pude percibir un suspiro contenido en su pecho.

Reconocí los gestos, la sensación, porque era la misma cara que yo ponía cada vez que miraba la foto de papá.

Extendí el brazo hacia abajo y le acaricié la coronilla.

—Eh, ¿extrañas tu hogar? ¿A tus padres? —pregunté, y ella pareció más sorprendida por la pregunta que por mi contacto.

Johanna, después de un momento, se subió a mi camastro de un salto, lo que me hizo aferrarme como un gato asustado al colchón, ya que aún no me había acostumbrado del todo a ver a mis hermanos hacer tales demostraciones de fuerza o agilidad. Ambos miramos hacia el techo de madera mientras yo presentía que íbamos a tener una de esas pláticas que últimamente mantenía sólo con ella.

—No puedes extrañar un hogar al que nunca has pertenecido, Elisse —dijo sin titubear, aunque pude sentir una punzada de tristeza en su voz—. No extraño mi casa. No los extraño a ellos, extraño… el desierto. El rancho, los animales; extraño las cosas en las que me refugiaba cuando sabía que no había nadie en el mundo a quien yo le importara.

—¿Tus padres… no te querían? —pregunté con cuidado, pero sin rodeos. Johanna se quedó en silencio unos momentos meditando su respuesta.

—Siento que, en el fondo —dijo por fin—, mi mal carácter, mi histeria de aquel tiempo, tenía mucho que ver con que estaba demasiado desesperada por recibir un afecto que sabía que no existía. Uno no suele amar sus errores, y mis padres nunca amaron el suyo, porque eso los obligó a quedarse juntos. A ser infelices el uno al lado del otro.

El pesar en sus palabras hizo que el corazón se me hiciera añicos porque, a pesar de la idealización que yo albergaba hacia mi padre, no me costaba reconocer que el afecto fraterno no era algo garantizado. Por supuesto que existían padres que odiaban a sus hijos, y yo ya lo había visto incontables veces durante mi infancia, en medio de tanta pobreza y desigualdad.

Una madre que ama a sus hijas no las prostituye con los turistas. Un padre que ama a sus hijos no les destroza la cara a golpes cuando su consciencia nada en licor.

Pero ver que Johanna estaba tan desesperada por el afecto que no recibió durante su niñez, me hizo darme cuenta de lo parecidos que éramos.

Cerré los ojos y respiré profundo.

—Creo… que nunca voy a entender cómo te sientes —dije en voz baja. Alargué mi mano y tomé la de ella, la envolví entre mis dedos, la apreté con cuidado—. Cada persona vive la soledad de una manera distinta, hay quienes la disfrutan, otros que la buscan, hay otros que le tenemos un miedo irracional, así que sólo puedo decirte que tú, los demás, todos ustedes… Nunca voy a olvidar lo que se siente estar solo, pero ya no me atormenta pensar en ello, porque sé que aquí nada puede lastimarme. No sé qué puedo hacer para ayudarte, pero ojalá algún día sea capaz de darte también ese hogar que tanto necesitabas. Tal vez ese día logres decir que por fin has vuelto a casa.

Johanna enmudeció por unos largos instantes, y temí haber hecho algo inapropiado.

Si nunca fui muy expresivo es porque no tenía a nadie a quien compartirle ese afecto, pero eso no significaba que no necesitara decir a los demás lo mucho que significaban para mí, lo que tal vez me había convertido en los últimos meses en alguien demasiado impulsivo, así que temí haberle hecho saber que yo tenía hacia ella un afecto que, tal vez, ella todavía no sentía por mí.

Luego la escuché hipar y abrí los ojos, sorprendido al encontrarla llorando. Aferrándose ahora a mi mano con fuerza.

—Mira lo que hiciste, tarado —dijo, limpiándose los ojos con su otra mano, negándose a soltarme.

—Bueno, al menos, si te deshidratas, tu cactus te salvará de ésta —ella se encogió en el colchón, abochornada.

—Eso de que los cactus son una fuente de agua potable es mentira —gruñó—. A lo mucho, te beberás su baba y lo único que contraerás será una fuerte diarrea. Y créeme, en el desierto eso es lo último que deseas. Recolecta rocío por las noches, envuelve plantas desérticas con una bolsa o tela, cava cerca de donde veas algún círculo de arbustos y espera a que los agujeros se llenen de agua. Eso te ayudará a sobrevivir.

Sonreí sin miedo a demostrarle dulzura. Johanna a veces se escondía detrás de su inteligencia cuando no sabía bien cómo expresar lo que sentía.

—Vaya —murmuré—. Me pregunto cuándo vas a sacar el sombrero vaquero, ¿o lo escondes bajo ese nido al que llamas pelo?

—¡Mira quién lo dice, estropajo con patas!

Me soltó un puñetazo, y pronto nos vimos riéndonos como un par de idiotas. Momentos después nos calmamos, y yo comencé a hablar sobre aquel campo de refugiados al que alguna vez me vi obligado a llamar hogar.

Y en ese momento, fue el turno de Johanna para sostener mi mano.


Dos días enteros transcurrieron antes de llegar a Stonefall y, para entonces, ya no soy más que un manojo de hambre, cansancio y paranoia, así que ver aquel letrero gigante con el nombre del lugar me hace sentir como si hubiese llegado a las puertas del paraíso.

Un paraíso muy caluroso y polvoriento porque, aunque no me gusta estereotipar, la planta rodadora que anda por allá, a lo lejos, tampoco ayuda mucho a desmentirme.

El pueblo es atravesado por una carretera que funge como avenida principal, con negocios que van desde tiendas de souvenirs hasta artesanías amerindias y objetos western. Letreros antiguos de madera cuelgan en la entrada de cada local, y a pesar de que hay muchos árboles que ni a base de milagros crecerían en el desierto, aún conserva ese fuerte aire a viejo oeste que parece persistir en toda esta región de Utah.

Vuelvo a dar un segundo vistazo a la avenida y alcanzo a distinguir una librería, la aguja de una iglesia mormona* y, detrás de los negocios, las casas de los pueblerinos. Pero ¿dónde diablos hay una maldita…?

Al ver el letrero de una gasolinera en una esquina a lo lejos, casi me pongo a llorar de alegría, porque eso significa que junto debe haber una tienda de víveres.

Pero antes de adentrarme en las entrañas de esta tierra prometida, me tomo unos segundos para sentir todo lo que hay a mi alrededor con el fin de buscar una sola cosa: errantes.

La primera vez que detecté a un Atrapasueños durante mi travesía por el país fue en un pequeño pueblo en la frontera del estado de Nuevo México. Recuerdo que sentí un fuerte retortijón en el estómago; no sólo me hallaba frente a la fascinante idea de encontrar a más seres como mi familia y descubrir quiénes eran, a qué se dedicaban y qué ancestros tenían, sino que el primer instinto de un errante, independientemente de si perteneces o no a su tribu, es acogerte, por lo que una seguridad natural me invadió de inmediato al sentirlos allí, como cuando sabes que tienes parientes en una ciudad desconocida para ti.

Sin embargo, entonces bastó un simple murmullo de las voces que cargo dentro para convencerme de que aquélla era una pésima idea. No sólo existía la posibilidad de que mi familia conociese a esta tribu y que hubiera alertado a otras sobre mi desaparición, sino que era bastante probable que mi presencia ahí no trajese más que tragedias a unos hermanos errantes que nada tenían que ver con mis problemas.

Supe de inmediato que lo mejor que podía hacer en ese pueblo fronterizo, tanto por ellos como por mí, era evadirlos. Así que siempre que llego a alguna localidad poblada, me tomo el tiempo de descubrir si hay errantes antes de adentrarme en ella.

Además de que mis sentidos se han vuelto más sensibles que nunca, los seres de mi especie tienen una presencia importante, así que es fácil percibirlos cuando están cerca. Por mi parte, sé que mi olor no es muy distinguible para otros de mi raza por mi falta de ancestro —insisto, el monstruo de hueso no es un ancestro—, lo que ayuda a que sea indetectable en primera instancia, pero mi apariencia sí que puede delatarme.

Por suerte, ahora no parece haber ningún errante en los alrededores.

Me adentro en el pueblo, consciente de que, aunque la calle esté casi vacía, precisamente por ello es probable que llame la atención de todo aquel que se cruce en mi camino. Lo único en mí que parece seguir en un estado más o menos decente son mis botas de montaña, porque todas mis prendas están tan sucias y rotas que parecen haber sido sacadas directo del basural. También debo oler como a ardilla muerta y eso, sumado a los moretones todavía visibles en mi piel y la larga herida que tengo en el brazo, de seguro va a hacer que la gente de aquí me mire con aprensión. Y como lo último que quiero ahora son problemas, trataré de hallar la forma de abastecerme rápido y de salir de este pueblo sin apenas ser visto.

Mi entrada a la tienda de la gasolinera es anunciada por una campanilla, por lo que el hombre de la caja levanta la vista de inmediato.

—¡Qué tal, buenos…! —la sonrisa se le borra de inmediato al reparar en mi “agradable” aspecto, así que, sin perder tiempo, me echo a los brazos un mapa, tres sándwiches empaquetados, una bolsa grande de papas fritas, una enorme botella de agua bien helada y un desodorante; todo bajo la recelosa mirada del dependiente.

Pongo todo frente al hombre, quien muy apenas levanta la barbilla cuando comienza a pasar las cosas por la registradora para luego colocarlas dentro de una bolsa de papel. Es en ese maravilloso momento de tensión que miro hacia sus espaldas, hacia el exhibidor de cigarrillos. Muero por un par de cajetillas, pero como seguramente este hombre va a pedir ver mi identificación, cosa que por supuesto ya no poseo, opto por aguantar las ganas mientras fantaseo en fumarme una rama más tarde.

De pronto reparo en el calendario que cuelga de la pared. Al mirar la fecha del día parpadeo una y otra vez, confundido.

—Eh… disculpe —pregunto por fin—, ¿ese calendario está al día?

El hombre mira a sus espaldas un segundo para luego asentir con las cejas apretadas.

Agosto.

Me quedo lívido, sin poder respirar, porque allí dice que es domingo 4 de agosto, y estoy segurísimo de que todavía estábamos en julio en el momento en el que salté al río… hace apenas dos días.

—¡Oiga! He dicho catorce dólares. Si no tiene para pagar, mejor váyase de una vez —la perturbada voz del dependiente me sobresalta; estaba tan desconcertado que no me di cuenta de que me llamaba.

Saco unos cuantos billetes de mi morral y los arrojo al mostrador sin siquiera esperar cambio. Tomo la bolsa de papel entre mis brazos y salgo de la tienda a grandes zancadas.

En medio de la calle, bajo el ardiente sol de verano, extiendo el mapa y lo manipulo y giro durante casi cinco minutos hasta que por fin puedo encontrar la ubicación del pueblo.

Un escalofrío me recorre por la espalda, porque no sólo han pasado seis días completos sin apenas percibirlo, sino que Stonefall queda a más de doscientos kilómetros del motel de donde fui echado la otra noche.

No, ¡es imposible! Por más veloz que fuese la corriente de ese río, no pude haber viajado tanto en tan poco tiempo, ¿qué diablos está…?

Soy arrancado de mis pensamientos cuando me percato de que alguien me mira desde el otro lado de la avenida, a un par de calles de donde estoy. Es… un ¿hombre? Sí, un anciano de cara arrugada; un vagabundo con apenas pelo en la cabeza. Su ropa está sucia y hecha jirones, y su mirada desorbitada, como si se hubiera encontrado frente a frente con una especie de fantasma.

Carajo, debo haber llamado su atención con todo este teatro.

Me yergo y camino por la acera a buen paso, me alejo. El viejo me sigue con la mirada, pero llega un momento en el que da la media vuelta y se adentra en una de las calles adyacentes a la avenida.

Me siento con pesadez en una banca de los andadores para tratar de tomar algo de aire, pero la tenue sombra que proyecta su árbol no ayuda a enfriarme la cabeza. ¿Cómo pudieron haber pasado tantos días sin que me diese cuenta? ¿Acaso perdí la noción de la realidad cuando caí al río, al estrellarme contra aquella roca? ¿Habré dormido durante más tiempo del que pude percibir? ¿O…?

Palidezco ante la simple idea de que el Silenciante haya tenido que ver en todo esto; con la magia que emana, tal vez torció mi percepción de las cosas, ¡algo tuvo que haber hecho esa maldita cosa!

—Demonios… —mascullo, porque de nada sirve que me martirice para tratar de entender lo que ha pasado.

Resignado, me baño de pies a cabeza con el desodorante en aerosol para tratar de dispersar la peste a sudor. Cuando creo que ya me he rociado el suficiente como para no desmayar a nadie con mi aroma, tomo el primer sándwich y lo contemplo largamente.

La lengua del Señor del Sabbath se tuerce con desagrado dentro de mi boca, como si pudiese sentir el repugnante sabor de la comida aún sin haberla tocado.

Uno a uno empiezo a comer los emparedados y las papas fritas a grandes mordidas para no masticar demasiado. Mi estómago se llena gradualmente mientras intento, encomendándome a todo lo divino, no vomitar.

Necesito recuperar energías.

Una vez que termino, voy en busca de alguna tienda de segunda mano con la esperanza de encontrar una mochila, una bolsa de dormir y todo lo que me haga falta para retomar el rumbo de mi viaje lo más pronto posible.

Estoy a punto de pasar de largo la librería que vi poco tiempo atrás, cuando siento un susurro, desagradable y muy familiar, frente a mis narices. La sensación parece desvanecerse a través de las vitrinas, así que voy a la entrada de la librería, muy seguro de que el llamado proviene de algún lugar oculto de su interior.

La dependienta, una mujer de mediana edad y con un mal disimulado gesto de desconfianza, me pide que deje mi morral en el perchero de la entrada. El darse cuenta de que no soy una “muchachita” sólo empeora su semblante, así que accedo de mala gana.

Una vez que recibo su mirada más o menos aprobatoria, me lanzo al laberinto de papel y sigo el oscuro llamado que parece desvanecerse sobre las estanterías del fondo.

Paso de largo los flamantes escaparates de libros nuevos y voy directo a los usados, cuyos lomos como espinas dorsales acaricio con mi mano enguantada.

Siento de nuevo aquel siseo gangoso, el cual se hace cada vez más urgente a medida que atravieso el local. Me pierdo entre los colores, las manchas, las formas arrugadas, los lomos grabados con tinta de oro. Mis ojos navegan sobre títulos de amor, dolor, historia, ciencias antiguas, vudú…

—¡Ajá! Aquí estás —mis dedos se cierran en el libro rojo de Laurele, el cual yace agazapado al lado de una roída edición de botánica.

Mi sonrisa se borra de inmediato cuando el siseo invisible de Barón Samedi, quien estuvo llamándome todo este tiempo, vuelve a retumbar entre los pasillos.

Ya se había tardado en regresármelo.

Hojeo el libro de Laurele y sonrío de nuevo porque, tal como me lo esperaba, tanto el contenido del volumen como la foto de mi papá entre sus hojas están intactos, y sin un solo rastro de que hayan tocado siquiera el agua.

—¡Vaya! Llevo años viniendo aquí y nunca había visto ese volumen.

Aquellas palabras me hacen dar un respingo. Miro a mi costado y me encuentro con un chico alto y de cabello oscuro recargado contra la estantería, quien me sonríe desde su posición a mi lado.

Él ríe por lo bajo al ver mi cara de espanto.

—Hola. Me llamo Adam y, si no me equivoco, no eres de por aquí ¿cierto? —dice a la par que da un paso hacia mí. Por instinto, retrocedo de inmediato—. ¡Eh! Perdona, no quería asustarte, linda.

Ante el cumplido no solicitado, retuerzo la comisura del labio y vuelco mi atención a la estantería sin molestarme en contestar.

—Ah, discúlpame, estoy siendo muy grosero —insiste a pesar de mi obvia incomodidad. Incluso, hasta se alisa el cabello hacia atrás con una mano y sonríe—. Es sólo que nunca había visto a una chica tan bonita en este…

—No soy una chica, Adam —espeto sin más.

Una súbita tensión parece apoderarse de su semblante.

—¿Qué…?

El muy sin vergüenza me mira de arriba abajo, sin siquiera tomarse la molestia de disimular un poco. Y al reconocer la ausencia de senos debajo de mi delgada parka verde, palidece como si hubiese visto un fantasma.

Coloco el libro bajo el brazo y avanzo ignorándolo, pero no doy ni cinco pasos cuando sus zancadas retumban a mis espaldas.

—¡E-espera, por favor, no te vayas!

—¿Qué diablos te pasa? —grito al verlo bloquearme la salida del pasillo—. ¡Déjame en paz, carajo!

—¡Joven Blake! ¿Qué ocurre allá atrás?

La alarmada voz de la dependienta nos hace mirarla, en pie en medio del corredor. Estoy a punto de pedirle que me quite a este loco de encima, cuando me quedo helado al ver la figura detrás de ella, frente al perchero de la entrada, con las manos dentro de mi morral.

Es el vagabundo que me observaba afuera de la tienda de víveres, con los fajos de mis billetes entre los dedos.

—¡¿Pero qué carajos está haciendo?!

Ni siquiera he empezado a perseguirlo cuando el viejo ya ha salido disparado de la tienda.

Dejo caer el libro de Laurele al suelo y empujo a Adam a un lado. Salgo del local y me lanzo tras el maldito ladrón, quien se aleja por la avenida a una velocidad extraordinaria para la edad que aparenta.

—¡Ayuda, que alguien lo detenga! —grito como un loco por la calle, pero está tan vacía que nada ni nadie se interpone a su paso. Adam y la dependienta vienen detrás de mí mientras gritan un montón de expresiones ininteligibles.

El sujeto, para mi estupefacción, se escabulle dentro de un angosto callejón que va en dirección hacia las casas del pueblo.

Entro de una zancada y evado un montón de cajas y bolsas de basura que me dificultan el paso, pero no me permito perder de vista la cabeza casi calva que gana cada vez más distancia. ¡¿Cómo diablos puede correr tan rápido?!

Justo cuando estamos a punto de salir del estrecho pasadizo, el vagabundo da media vuelta y estrella una pesada bolsa de basura contra mi rostro. El plástico revienta, y entre los desperdicios veo al anciano girar en una esquina para luego desaparecer de mi vista.

—¡No, no, no, no! —corro hasta donde lo perdí, pero pronto me detengo a mirar hacia un lado y otro, sin aliento—. ¿Adónde diablos se fue?

El vecindario está vacío, sólo queda una densa nube de polvo. Corro de nuevo por el asfalto, me asomo entre casa y casa, pero nada. Ni una maldita señal de hacia dónde se ha ido.

No puedo más que jalarme los cabellos de frustración. Esto debe ser una broma, esto debe ser una broma, ¡esto debe ser una maldita broma!

Adam llega hasta mí junto con la mujer de la librería, quien jadea como un perro lanudo detrás de él.

—¿Por dónde se ha ido? —exclama él, pero al ver mi expresión de horror, deduce de inmediato que lo he perdido. Lleva mi morral bajo su brazo, así que doy una zancada hacia él y se lo arrebato. Rebusco una y otra vez dentro hasta que un fuerte mareo me obliga a ponerme en cuclillas.

Todos. Ese viejo se ha llevado todos y cada uno de los billetes que tenía.

—No puede ser… —me dejo caer en el suelo. Todo me empieza a dar vueltas.

—¡Lo siento, lo siento mucho! —exclama la mujer con una mano en el pecho—. ¡Te juro que no lo vi entrar en la tienda!

No me molesto en atender sus disculpas porque ahora mismo estoy muy ocupado peleando contra mis endemoniadas ganas de ir a tirarme de nuevo al río.

Adam mira de un lado al otro y se inclina hacia mí.

—Eh, amigo, calma —dice—. Stonefall es del tamaño de un guisante, te aseguro que daremos con ese viejo muy pronto.

—¿Tienes idea de quién es o dónde vive? —pregunto alterado, pero al ver su rostro dubitativo, palidezco todavía más.

—No —responde—, y para ser honesto, nunca lo había visto por aquí.

—¡No me jodas!

—El joven Blake dice la verdad… muchacho —interviene la descuidada dependienta, y esa última palabra la pronuncia con dificultad—. En este pueblo todos nos conocemos muy bien. Yo tampoco había visto antes a ese hombre.

—Carajo —maldigo—, ¿y ahora qué diablos voy a hacer?

—¿Tus padres no están por aquí? —pregunta ella, a lo que yo agito muy despacio la cabeza.

—He venido solo.

El rostro de Adam se tensa.

—Entonces hay que avisar a la policía sobre lo que ha pasado —dice sin siquiera mirarme, con la barbilla fija hacia el frente y los ojos bien abiertos—. El jefe es… es buen amigo de mi madre. Tal vez no le cueste mucho encontrar a ese viejo.

Adam se gira de pronto hacia la encargada de la librería.

—Señora Lee, ¿cree que pueda hacerlo por mí, por favor? Y dele una descripción de este chico, por si pregunta. Ya sabe cómo es el jefe…

La mujer lo mira un largo momento, con los labios bien apretados. Instantes después, asiente y da la media vuelta para irse a paso veloz por donde hemos venido. Yo, en cambio, abro y cierro la boca un par de veces, indeciso sobre si retozar en el suelo, vencido, o correr detrás de ella.

Si hay algo que he evitado tanto como a los errantes es la policía, así que la idea de que ahora el jefe de policía de este pueblo se involucre en mis problemas no termina de gustarme.

Pero es que esto ya se ha salido de mis manos. El dinero, ¡dioses, el dinero! Sin un centavo, sin medicina, víveres o siquiera una bolsa de dormir no voy a durar mucho más a la intemperie. ¿Quién diablos era ese tipo? ¡Ningún anciano puede correr así de rápido! ¿O sí?

En medio de mi histeria descubro a Adam mirándome de nuevo de arriba abajo, con ese descaro perturbador. Me levanto en el acto y me echo el morral al hombro, para luego torcer en dirección hacia el callejón.

—¡Oye! ¿Adónde vas? —grita él.

—A buscar la comisaría —respondo sin mirar atrás.

—¿Comisaría? Aquí sólo tenemos una oficina de tres metros cuadrados con una celda que no se ha usado en años, así que dudo que quieras esperar al jefe allá.

—¿Y qué se supone que haga? —grito, exasperado—. ¿Irme a sentar a una banca hasta que los cuervos me coman los ojos?

De acuerdo, es muy pronto para acudir a esa clase de chistes.

—Oye, oye, cálmate un poco, ¿quieres? —insiste—. Irás a mi casa a descansar un poco.

La sonrisa confiada en su rostro casi me hace reír a mí también.

—Estás loco si crees que voy a irme contigo. ¡Ni siquiera te conozco!

—El loco eres tú si piensas quedarte en la calle en las condiciones en las que te encuentras.

Adam levanta el brazo y apunta hacia el mío. Desconcertado, doy un pequeño respingo al ver que la herida que me hizo el Silenciante se ha abierto durante la persecución, y que la sangre ha empapado la manga de mi parka.

—Déjame llevarte primero al médico del pueblo, por favor —insiste Adam mientras alza la palma hacia mí como si hablase con un animal herido. ¿Por qué diablos la gente hace eso conmigo?—. Además, algo me dice que, si yo intentase hacerte daño, serías bastante capaz de romperme los dientes, ¿eh?

Ahora soy yo quien escudriña al chico de arriba abajo, desconcertado por una personalidad que no termino de comprender. Es un humano común y corriente, sin nada particular. Parece un poco más joven que Johanna, va muy bien vestido —con una camisa bien planchada y todo— y, más allá de su impulsiva forma de ser, no aparenta ser peligroso, pero…

—¿Por qué haces esto? —pregunto y, ante mi dureza, él deja de sonreír.

—Mira, en parte es por lo de hace rato. Si te hubiese dejado en paz desde el principio, nada de esto habría pasado. Creo que entre todos te hemos dado la peor bienvenida posible a Stonefall.

Estoy a punto de replicar una vez más, pero entiendo que en realidad no tengo muchas opciones.

¿Por qué estas cosas siempre me pasan a mí?

—Bien —suspiro al fin.

Adam sonríe con demasiada energía para parecerme agradable.

Cuando escucho que de pronto un trueno cae a lo lejos, termino por preguntarme si esta serie de acontecimientos desafortunados no será otra cosa que el inicio de algo aún más terrible que está por sucederme.

Y con mi suerte, vaya que lo espero.

** La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, o más conocida como Iglesia Mormona. Es la religión mayoritaria en Utah, la cual utiliza picos o agujas en los campanarios de sus iglesias en vez de cruces.


CAPÍTULO 9

SIN RASTRO



El pequeño coche de la contemplasombras, con su puerta del conductor aún abierta de par en par, ha empezado a cubrirse de arena. Lleva varios soles quieto entre el sendero y la maleza mientras nuestras cenizas aguardan sobre el capote del color del ladrillo.

El sonido de unos pasos perturba la quietud de los árboles, y el olor que se abre paso entre la hierba hace que nos encojamos contra el metal.

Un demonio con piel de hombre se aproxima despacio hacia el vehículo. Lleva en la mano un teléfono con la pantalla estrellada bajo su puño, en señal de que alguien, del otro lado de la línea, ha estado ignorando sus llamadas.

El bidón que carga en la otra mano pesa más que la pistola que cuelga abotonada a su cintura, pero a pesar de la rabia que desborda su fría mirada azul, él sonríe con dientes amarillentos.

Mira el interior del coche. Plásticos, latas, viejos recipientes de comida, bolsas de basura; la depresión tapiza el suelo del coche con la pulcritud digna de una cerda.

El hombre aplasta con la rodilla el asiento y se inclina hacia la guantera. Rebusca entre servilletas, pañuelos y recibos de compras, hasta que halla un grueso sobre de piel negra.

La violenta sonrisa de su rostro se ensancha cuando pone los documentos del coche frente a sus narices.

—Alannah Murphy. Valley of the Gods 508 —susurra, y nuestro polvo se retuerce ante la crueldad de su voz.

De pronto el sonido de alerta de la pequeña radio sobre su hombro le hace chasquear la lengua. El hombre presiona un botón.

—¿Qué quieres? —pregunta con sequedad.

—Jefe Dallas —contesta una voz sumisa del otro lado—, disculpe, pero el maldito novato de Clarks no ha dejado de insistir desde que lo mandamos al caso del mirador. Quiere saber si usted ya revisó el perfil de la persona desaparecida que le envió, y como nos dijo que ningún caso de búsqueda debe pasar a otro agente sin su autorización, nosotros no hemos hablado con nadie má…

El hombre no escucha el resto del mensaje, concentrado en la voz de su propia cabeza. Sonríe de nuevo, se guarda el sobre de cuero bajo la pretina del pantalón y recoge el bidón. Un silbido alegre brota de sus labios mientras recorre el automóvil empapándolo de gasolina. La alerta vuelve a sonar, pero el hombre no contesta.

Arroja el bidón al suelo y se aleja silbando aún.

Hasta el punto en el que el coche se vuelve una mancha marrón en el paisaje, lo seguimos, pegados a su carne sudorosa.

Él saca un papel arrugado del bolsillo y deja los fríos ojos azules quietos en la criatura que le devuelve la mirada desde el papel, con el enorme letrero de “¿Has visto a esta persona?” sobre su cabeza.

Sus pupilas se dilatan, nuestro polvo se asienta en sus hombros y le cantamos una canción perversa que hemos entonado en sus oídos durante veinte años.

“La amas. La deseas. Y debes protegerla a toda costa.”

En un instante, el olor de una obsesión natural que hemos vuelto obscena se desprende con violencia de su cuerpo, tan penetrante que la certeza de que este demonio blanco haya sido elegido por el destino y no sólo por nuestra conveniencia se hace innegable.

La alerta de la radio resuena una vez más, pero esta vez no cae en oídos sordos.

—¿Jefe? ¿Me escuchó?

—Sí. Por supuesto…

Y con esa misma sonrisa de dientes amarillos, saca su arma y dispara hacia el vehículo.


CAPÍTULO 10

CIENCIA EXTRAÑA


¿Stonefall? ¿Del tamaño de un guisante?

Le daré una patada a Adam si vuelve a decirlo, porque llevamos más de diez minutos en la carretera y ya estoy a punto de ponerme histérico.

Después de que fuimos a vendar mi herida al único consultorio del pueblo —donde he reñido con el doctor por mi reticencia a quitarme el guante—, hemos subido al auto del chico en dirección a su casa, la cual parece estar bastante retirada.

Diablos, si Tared estuviera aquí, de seguro me diría —entre risas, por supuesto— que tengo la pésima costumbre de trepar a los autos de los desconocidos sin prever las consecuencias.

Me revuelvo, demasiado incómodo en los lujosos asientos de piel; no es sólo que el coche de Adam haya terminado siendo uno muy moderno y costoso, es que ahora temo tanto ser secuestrado como dejar una mancha de mugre en el tapizado que después deba limpiar, víctima de la vergüenza.

Miro de reojo al chico, quien conserva aún esa sonrisa y los ojos clavados en el camino como si se contase a sí mismo un maldito chiste que no termino de entender. La inusual confianza de subir a un tipo andrajoso a su coche y llevarlo a su casa también es preocupante… o tal vez está tan nervioso como yo, porque durante todo el camino ha arrancado trozos de recubrimiento plástico del volante. Dicha manía me ha revelado el reloj plateado que lleva en su muñeca y que se ilumina una y otra vez.

Noto también que debajo de sus ojos se asoman unas pronunciadas ojeras. ¿Acaso no duerme?

Aprieto el puente de mi nariz y suspiro, un poco cansado de mi propia paranoia, porque creo que mi problema no es tanto la inusual amabilidad de este sujeto, sino el hecho de que no me puedo acostumbrar a la sensación casi antinatural de estar de nuevo tan cerca de otro ser humano.

Estoy a punto de considerar arrojarme por la ventanilla cuando giramos en un sendero de grava que se abre paso en medio de la carretera, en dirección a una montaña rocosa. El sendero comienza a dirigirnos cuesta arriba y el bosque se torna cada vez más espeso a medida que nos adentramos, hasta el punto en el que el camino termina flanqueado por árboles.

Después de transitar por un empedrado turbulento, por fin llegamos a su casa que, tal como su coche, resulta ser impresionante, pero de una manera digamos… diferente.

La construcción, de dos plantas y rodeada por el espeso bosque, está hecha de ladrillos de terracota casi en su totalidad. El techo triangular del porche está sostenido por dos columnas de mármol blanco, y los otros tejados están recubiertos de tejas anaranjadas. En una de las esquinas traseras se levanta una enorme chimenea redonda que asemeja a una torre, mientras que todas las puertas y ventanas de la casa parecen forjadas en ¿bronce?

No tengo idea de arquitectura, pero si alguien me preguntara, diría que es un diseño un tanto feo, como un edificio que quiso ser casa, o un castillo, sin lograrlo.

Me apeo despacio del coche y alcanzo a Adam en el sendero de piedras aplanadas y cactus enanos. Las gruesas cortinas rojas de los ventanales de la entrada me impiden vislumbrar el interior de la casa, y los cuervos que nos miran desde las vertientes del techo me hacen arrugar el entrecejo.

Adam sube al pórtico y se yergue frente a la gruesa puerta de la entrada. Pero antes de que yo ponga un pie sobre los escalones, él me detiene alzando ambas manos.

—Oye, antes de que entres, quiero advertirte algo —dice, arrebatándome de mi extrañeza—: mi casa está llena de cosas… peculiares, gajes del oficio de mi familia, así que todo lo que veas aquí son cosas de trabajo, ¿de acuerdo? No quiero que te asustes.

A estas alturas dudo que exista algo que pueda sorprenderme, así que me encojo de hombros para mostrarle mi acuerdo… pero cuando Adam abre la puerta y un calor sofocante emana desde el interior, las voces dentro de mí se agitan, nerviosas.

Doy pasos cautelosos por el pórtico hasta llegar al marco de la puerta. Y allí, al vislumbrar las entrañas de la construcción, la certeza de dos verdades inquietantes me abruman: Adam no bromeaba respecto a los objetos extraños y yo, por mi parte, no he perdido mi capacidad de asombro, porque esta casa está repleta de artilugios que, si no los viese con mis propios ojos, jamás los habría siquiera imaginado.

Para empezar, los muros de la planta baja habían sido demolidos para dar paso a una gigantesca sala abierta, en cuyo fondo se asoma una amplia escalera que conduce al piso superior.

Cada muro está tapizado de libreros, mientras pilas de libros y frascos cerrados con tapones de corcho atiborran las estanterías junto con papeles amarillentos que desprenden un penetrante olor a humedad.

De los pocos espacios en los muros donde no hay libreros cuelgan pinturas al óleo de escenas bíblicas o mitológicas, grabados de animales fantásticos y láminas anatómicas antiguas. Cada obra está incrustada en ostentosos marcos dorados que resaltan sobre el tapiz carmesí de las paredes: un extraño patrón de delgadas e irregulares franjas oscuras.

El mosaico blanco y negro en el suelo apenas es visible debido al montón de libretas, libros, cajas y botellas que lo cubren.

Pero lo que las amplias mesas sostienen es lo que realmente llama mi atención: grandes botellones de cristal con cuellos que se alargan hasta conectarse con más recipientes de vidrio, colocados sobre bases metálicas con mecheros debajo. Me recordarían mucho a los de un laboratorio de química de no ser que éstos no contienen líquidos brillantes y coloridos, sino que están llenos de hierbas, hongos, flores, rocas de colores, huesos, pieles de serpiente, pelos, cuernos, plumas, picos… ¿Eso es un ojo?

—¿Ves? Te dije que aquí teníamos cosas raras —dice Adam a la par que se introduce en la casa.

Aprieto los labios mientras miro de nuevo a mi alrededor. Nunca había visto algo como esto. ¿Acaso la madre de Adam practica algún tipo de… brujería?

—Puedes curiosear si quieres, pero no toques nada, por favor —pide el chico como si me hubiese leído la mente, por lo que asiento y me acerco a una de las mesas, aunque no sin antes sacarme la parka con cuidado.

¡Carajo! ¡Qué calor hace aquí dentro!

Sobre la primera mesa hay libros abiertos con dibujos de serpientes que se muerden la cola, un ojo insertado en un triángulo, trazos geométricos que parecen tener cientos de años de antigüedad…

Acaricio la gruesa madera y los huesos descarnados bajo mi guante cosquillean con ansiedad. Cierro los ojos un instante y arrojo mis sentidos hacia las paredes, hacia los libreros, hacia todas y cada una de las cosas de este sitio en busca de algo que pueda mirarme desde la oscuridad. Busco abismos, busco resplandores, busco… magia. Pero lo único que encuentro es un vacío absoluto. Y tampoco percibo posibles portales al plano medio.

—Adam, ¿a qué se dedica tu madre? ¿Es una especie de bruja, adivina o…?

—¿Cómo me has llamado, jovencita?

Doy un salto al escuchar aquella voz a mis espaldas. En la entrada de la casa hay una mujer pálida, vestida completamente de negro y con un cigarrillo en la mano. Lleva su cabello azabache atado en una gruesa trenza que le cae sobre el hombro y sus ojos, oscuros como un pozo, se cierran poco a poco sobre mí.

El parecido es inquietante; la madre de Adam es tan similar a su hijo que parece simplemente haberse seccionado en dos para parirlo.

—Ah, perdóneme, yo… —balbuceo con torpeza cuando ella comienza a acercarse a nosotros.

El ruido que producen sus tacones es tan marcado que se escucha como si la sala estuviese vacía.

—No hay necesidad de ofrecerme una disculpa —dice con un peculiar acento—. Muchas personas no logran comprender que la historiografía puede llegar a ser un tanto especial —asegura, pero su semblante tan rígido me impide saber si ha decidido ignorar mi comentario, o si ya alberga planes secretos para freírme en aceite hirviendo.

De lo único que estoy seguro es de que la madre de Adam debe ser británica; reconocería su acento aun sin la lengua de Samedi, ya que en la India tenemos bastante historia con esos súbditos de la corona.

Ella le da una larga bocanada a su cigarrillo y me recorre de arriba abajo sin tomarse la molestia de disimularlo, otra cosa que parece tener en común con su hijo. Yo, en cambio, me encojo un poco y enlazo mis manos tras la espalda, incómodo por exhibir tan deplorable aspecto.

Finalmente dirige la cabeza hacia Adam.

—Pensé que volverías por la noche. Por eso te dejé llevarte el auto —dice con rigidez, ¿estará de mal humor?

—Sí, pero me topé con Ezra… en el pueblo —contesta él con la barbilla clavada al piso. ¿Soy yo o Adam ha perdido toda la arrogancia de hace un momento?

—Ya veo. Entonces eres la nueva amante de mi hijo.

Abro los ojos de par en par. El tono de voz de la señora Blake ha sido neutro, casi aburrido, pero aun así ha logrado que me ruborice hasta el pelo.

—Ma… madre —intercede él con una voz tan baja que apenas logro escucharlo—. Ezra es… un chico. Es hombre.

Ella paladea el humo dentro de su boca y sus ojos se fijan sobre mí durante breves instantes que se antojan eternos. Tuerzo los labios cuando el peso de su escrutinio se vuelve insoportable.

—Ah, ya veo. Te pido una disculpa —dice y por fin deja salir el humo de su cigarro.

El olor me causa una ansiedad nauseabunda.

—No se preocupe. Me pasa todo el tiempo —contesto.

—Bueno, siéntete bienvenido en nuestra casa, Ezra —dice—. Y, Adam, no te quedes ahí parado como un estúpido. Ofrécele algo de beber.

Aquella tosca orden me perturba un poco. Adam, en cambio, asiente de forma rígida, murmura un veloz asentimiento y apunta con la barbilla hacia una puerta de cristal que se encuentra en uno de los costados de la sala.

Su madre nos pasa de largo y va directo a la escalera mientras yo la sigo con la mirada. Intento encontrar algo en ella, lo que sea, que me indique que debo salir corriendo de este lugar…

Nada.

Sacudo la cabeza y Adam y yo salimos a un balconcillo al aire libre que lleva hacia el patio trasero de la casa. El alivio que siento al poder escapar del calor del interior es inmediato y, además, me quedo boquiabierto ante la impresionante terraza.

El patio no tiene cerca; en cambio, se abre hacia el bosque que se extiende a lo lejos como un gigantesco jardín. La montaña se eleva al fondo hasta aglomerarse con otras en un impresionante paisaje dispar de roca granate y árboles frondosos; una vista que puede parecer inusual pero que resulta bastante común al sur de Utah.

—Ponte cómodo —me pide Adam con una sonrisa mientras señala uno de los sillones alrededor de una mesa de cristal. Parece haber recuperado el ánimo y hasta algo de su color, como si al salir del interior de la casa hubiese vuelto a ser el tipo metiche y enérgico que me trajo a rastras hasta aquí.

Abre una puerta corrediza de cristal que conecta con la cocina y vuelve con un par de botellas de cerveza. Me extiende una, pero al ver que no la tomo, me la restriega en la mejilla.

—¡Oye! ¿Qué diablos te pasa? —exclamo, indignado.

—Anda —me anima—. Has tenido un día largo, esto es lo mínimo que te mereces.

Estoy a punto de darle una patada en la espinilla, cuando el líquido ámbar que baila dentro del recipiente me recuerda la sequedad de mi boca. Siento la sed raspar mi garganta con insistencia, pero antes de que pueda aceptarla, escucho una suave risa a mis espaldas.

Barón Samedi me observa desde detrás del ventanal de la cocina con una asquerosa sonrisa burlona surcada en el rostro. Está desafiándome.

Me hundo en el sillón y me alejo de la botella una vez más, decidido a no cometer el mismo error. La última vez que me permití un trago fue hace más de tres meses, consciente de que beber se estaba volviendo más un problema que un alivio. La lengua de Barón Samedi me ha traído dones, me ha permitido imitar a un witch doctor* sin haber nacido en un día especial o tener herencia vudú en las venas. También puedo hablar cualquier idioma existente, tanto de los hombres como de los seres impalpables, y he podido comprender con más facilidad una buena cantidad de cosas relativas al plano medio y los espíritus… Pero no todo han sido bendiciones.

Esta lengua también está maldita porque, aunque parece normal, desde que la tengo en mi garganta no he vuelto a percibir el sabor de ningún tipo de comida o bebida. Todo me sabe a ceniza, a sangre y decrepitud. Todo, excepto el alcohol. Por ello recurro también al tabaco, la única forma de calmar mi constante ansiedad.

Así fue como la adicción me atrapó. Porque, siendo sincero, ¿cómo diablos no iba a volverme un maldito alcohólico si era lo único que podía saborear? ¿Cómo no iba a caer en el embrutecimiento y el vicio si tuve que dejar para siempre Nueva Orleans, a mi familia y al hombre más importante de mi vida?

Sumemos a esa agonía el hecho de que mi existencia jamás volvería a ser pacífica: tener que vivir con el acoso constante de los espíritus, la persecución del Silenciante y las voces del monstruo dentro de mí… Faltó poco para que todo aquello me enloqueciera, y durante un tiempo el alcohol ayudó a olvidar, ayudó a alejarme de este mundo, de este espantoso camino al que me había dirigido por voluntad propia.

Pero creo que una parte de mí siempre ha entendido la resignación, por lo que no tardé demasiado en darme cuenta de que embriagarme hasta la inconsciencia no aliviaba las heridas que volvía a sentir al regresar a la sobriedad. Fue entonces cuando decidí no volver a tocar una botella.

Elegí no pretender que mis problemas podían desvanecerse fingiendo que no estaban allí.

—¿Está todo bien? —pregunta Adam, curioso ante el largo silencio en el que me sumí sin darme cuenta.

—No tengo edad para beber —contesto con sobriedad para eludir el tema.

Miro hacia donde estaba Samedi para descubrir que se ha largado.

—Ah, yo no tengo problema con eso —contesta Adam y alarga hacia mí la botella, pero mi semblante pétreo basta para que deje de insistir y se siente por fin en otro de los malditos sillones alrededor de la mesa.

Ambos miramos hacia el silencioso bosque mientras yo empiezo a sentir que mis músculos se relajan poco a poco. La temperatura baja, lo que vuelve la tarde un poco más agradable.

—¿Te gusta la vista? —pregunta el chico, quien apunta con su barbilla hacia el bosque. Respondo con un leve asentimiento de cabeza en un intento de mantener la distancia, aun cuando Adam no parece desalentarse por ello.

—¿A qué dijiste que se dedica tu madre?

—Ah, sí, es historiadora —replica arqueándose de hombros.

—¿Historiadora de qué…?

De pronto, su sonrisa parece tensarse. Mira hacia el ventanal de la cocina, donde puedo ver cómo muchos frascos y libros atiborran el suelo, igual que en la sala.

Tuerce la comisura de sus labios.

—Ciencias ocultas.

—¿Ciencias ocultas? —repito como un imbécil—. ¿Por eso tiene todas esas… cosas?

Adam exhala un largo suspiro, al parecer dándose por vencido.

—Sí, aunque no todas son suyas. Los Blake, mi familia, han estudiado el ocultismo occidental durante generaciones, así que la mayoría de este Gabinete Cósmico ha sido acumulado por décadas. No te espantes. No es satanismo, aunque lo parezca. Son cosas inofensivas, un montón de cacharros que sólo sirven para asustar a la gente.

Su intento de explicación no logra tranquilizarme. Más de una vez me he topado con adivinas y curanderos fraudulentos, gente que ha llenado sus casas y negocios de porquerías sin tener una pizca de magia o siquiera conocimiento real del mundo espiritual, pero las cosas que veo aquí son… tan distintas. No sé qué pensar.

—Supongo que la casa también debe ser muy antigua —comento.

—Algo así. El terreno de la montaña ha pertenecido a mi familia desde que la casa se construyó durante la época de la colonia, pero estuvo deshabitada cuando los Blake volvieron a Inglaterra hacia finales del siglo diecinueve.

—¿La colonia, dices? ¿Seguro que el techo no se vendrá abajo en cualquier momento?

Adam ríe con voz gangosa, muy a pesar de que no lo he dicho en tono de broma.

—No te preocupes. Hace como treinta años la casa se incendió y casi se reduce a cenizas. Permaneció así algunos años hasta que, con la herencia de mis abuelos, mi madre vino a reconstruirla. Yo no recuerdo mucho de eso, porque apenas tenía como cinco años cuando vinimos a vivir a Stonefall; pero puedo asegurarte que la casa en sí no es tan vieja.

Bueno, admito que escuchar eso me alivia un poco. Si alguna vez hubo, aunque fuese un portal al plano medio en este lugar, de seguro fue destruido en el incendio.

—Ya veo, pero ¿no te asusta un poco todo esto? Es decir, vivir rodeado de tantas cosas extrañas —pregunto, ya que, con o sin magia, yo no podría dormir tranquilo en un sitio tan raro como éste.

Adam guarda un largo silencio.

—Te acostumbras —responde al fin—. Además, mi madre se considera más como una mujer de ciencia, y por eso no teme internarse en el ocultismo. Y yo… bueno, es muy interesante vivir en un lugar repleto de ojos, ¡nunca faltará quien vea por ti!

A pesar de su ánimo bromista, no puedo evitar percibir un dejo de tensión entre sus dientes, los cuales aprietan las palabras con cierto desprecio. Ladeo un poco la cabeza y le echo un nuevo y rápido vistazo a la casa.

Por muy incrédula que sea la madre de Adam, este lugar no parece ser el sitio más adecuado del mundo para criar a un niño. Más de un jovencito lo consideraría incluso emocionante, pero yo sé muy bien lo que pasa cuando creces rodeado de cosas que no puedes comprender.

Tu infancia se convierte en un periodo que no deseas recordar.

—Pues, aun así, parece ser una profesión muy interesante —digo en un torpe esfuerzo por eludir lo que me dicta la razón.

—Sí, bueno, tú también tienes toda la pinta de ser un chiflado, así que creo que te llevarás muy bien con ella.

Una sonrisa involuntaria se ajusta en mi boca, y me hace pensar que no recuerdo cuándo fue la última vez que mantuve una conversación así de larga con una persona.

—Lo dudo. Tu madre parece tener un carácter muy especial.

—Sí —responde en voz baja mirando de reojo hacia la casa, hacia las ventanas del piso superior—. Las ansias de conocimiento de mi madre son insaciables. Y supongo que estudiar alquimia tantos años hizo que algo dejara de funcionar en su cabeza.

—¿Al… quimia?

—¿No sabes lo que es? —me encojo de hombros para hacerle entender que no tengo mucha idea sobre el tema. He escuchado la palabra antes, tal vez en alguna película o un libro, pero eso es todo—. Bueno, es…

El chico titubea y hace una pausa una vez más.

De acuerdo, no hay que ser un genio para entender que no se siente muy cómodo al hablar de esto, sin embargo, no soy de los que dejan las cosas en el aire. Por más inofensivo que parezca, nunca está de más informarse, así que lo incito a continuar al alargar un poco mi cuello hacia él. Adam deja la botella de cerveza vacía sobre la mesa.

—Es una especie de pseudociencia que se remonta a los tiempos de los egipcios, si no es que antes de ellos —dice—, y cuyo fin es perfeccionar la transmutación… bueno, la transformación de los objetos con el fin de alcanzar la divinidad, convertir los objetos en oro u otorgar la vida eterna.

Una luz se enciende en mi cabeza.

—Ah, suena parecido a la chintámani,** una joya budista que hace precisamente eso.

—Hum… sí, tiene sentido. Esa joya, aquí en occidente, es conocida como piedra filosofal —dice—. Muchas culturas primigenias como la india, la griega, la china e inclusive religiones abrahámicas como el cristianismo tomaron conceptos de la alquimia egipcia para conformar su propio misticismo. Se han creado religiones, organizaciones y cultos basados en ella, por lo que se puede decir que gran parte de la historia ocultista y mágica de la humanidad está asentada en el esoterismo alquímico.

No sé qué me impresiona más: el que en unos segundos Adam me haya demostrado que es más lúcido de lo que parece, o que esta extraña pseudociencia se conecte con la remota cultura a la que, de alguna manera, pertenezco.

No me extrañaría, en absoluto, que los errantes tuviésemos también algo que ver con todo esto.

—Bueno, ¿y qué utilidad tiene estudiarla? —pregunto con auténtica curiosidad.

—Absolutamente ninguna —dice Adam con firmeza—. Durante milenios los alquimistas trataron de crear la piedra filosofal por medio de experimentos complejos, pero las fórmulas que usaban eran tan diversas y estaban explicadas en sus diarios con tantos símbolos y enigmas que es muy difícil interpretar qué pasos exactos utilizaban para intentar crearla. El trabajo de la familia Blake ha consistido en develar el significado de aquellos intentos para dar con la fórmula concreta de la piedra, es decir, una reverenda pendejada, porque está demostrado que, si bien la práctica de la alquimia antigua emprendió muchos experimentos científicos importantes, varias teorías apuntan a que todo el asunto de la piedra también pudo ser una simple metáfora sobre el crecimiento personal. La búsqueda de la piedra filosofal no es más que una patraña imposible, pero, al parecer, cierta gente con dinero no tiene idea de cómo gastarlo y decide despilfarrarlo en estupideces. Mi madre es un ejemplo.

Caray. De no ser porque la señora Blake le habló con tanta tosquedad hace un momento, me habría sentido ofendido por la forma en la que se ha expresado de su madre, pero parece ser que ésta es una de esas familias donde no se tratan con mucha amabilidad.

No soy quién para juzgar, y nada de esto es asunto mío, para empezar.

—Bueno, a todo esto, ¿se puede saber qué hace un niño como tú viajando solo? —Adam me pregunta de repente. Toda aquella frustración se ha diluido tan pronto como se formó, cosa que me deja bastante desconcertado.

—¿Niño? —pregunto con fingida indignación—. Disculpa, ricachón, pero tengo edad suficiente para ir y venir adonde me plazca.

—Pues a mí me pareces un mocoso malhumorado.

—Y tú me pareces un acosador feo y escalofriante.

Él echa la cabeza atrás y estalla en una carcajada abierta. No me extraña que no se lo tome a mal porque, aun cuando la parte escalofriante es cierta, no me cuesta admitir que Adam es un joven bastante atractivo.

—Oh, Dios, no se te ocurrió otra cosa más tonta, ¿verdad? —dice, simulando limpiarse una lágrima—. Pero igual, sigues sin contestarme. Anda…

Ante su insistencia —que no me resulta ya tan molesta—, respondo como estoy acostumbrado a hacerlo: miento.

—Voy hacia el norte.

—¿Al norte?

—Sí, a… Alaska —contesto, ya que es el primer lugar que acude a mi mente.

—¿Y para qué demonios quieres ir a Alaska? ¿Para que te coma un oso? Porque si es así, en Wyoming hay muchos y está a mucha menor distancia.

Trato de reír, aunque sea por mera cortesía, porque, ¡diablos!, Adam tiene la misma gracia que un buitre.

—Mis motivos no son interesantes. Sólo creo que allá podría encontrar un poco de tranquilidad. Uno se harta de vivir entre la gente, ¿sabes? —Adam finge un gesto de preocupación.

—Oh, no, ¡no me digas que te vas a volver un jipi ermitaño tipo Christopher McCandless!†

—¿Quién?

—Tú sabes, una especie de fanático de Jack London que huyó de la civilización, comió cosas venenosas o algo así y murió solo en un vehículo destartalado en Alaska.

—Por los dioses…

—“¿Por los dioses?” ¿Quién demonios se expresa así? Oh, Dios mío, ¡en verdad eres un jipi! Por favor, no te mueras en un vehículo abandonado.

—¿Cómo puedes decir tantas estupideces sin siquiera respirar?

—Simple. Hablando con otro estúpido.

Lo inevitable sucede: tanto él como yo nos echamos a reír a pulmón abierto, como hacía tanto que no me pasaba. Debo admitir que, a pesar de lo turbulento que ha sido conocernos, Adam ha empezado a simpatizarme, pero sólo un poco.

Al callarnos, él me mira de reojo y comienza a juguetear con sus dedos.

—Ese dinero que se llevó el viejo —pregunta—. ¿Eran tus ahorros?

Asiento casi de forma dramática, porque ni de broma voy a decirle que lo tomé “prestado” del centro budista de Nueva Orleans, donde trabajaba.

—Carajo, si no lo recupero, voy a estar en verdaderos aprietos.

La sonrisa de Adam se diluye despacio.

—Oye… ¿y tienes familia o alguien que, ya sabes, pueda venir a ayudarte?

Pregunta casi con cuidado, y el tono de su voz es tan extraño que vuelvo a sentirme casi incómodo, como si la nueva confianza que habíamos creado se hubiese desvanecido.

Antes de que pueda contestarle, una canción empieza a sonar en su bolsillo. Saca su teléfono, mira la pantalla, y algo se agrava en su semblante.

—Dime —el chico se pone en pie y me da la espalda para empezar a dar vueltas por la terraza. Pronto empieza a repetir una cascada de «sí» y «ajá», una y otra vez mientras se masajea la frente—. Ya-ya te dije que viaja solo… ¿Qué…? ¿Y para qué quieres venir…? La señora Lee ya te describió a Ezra y al tipo que le robó el dinero. No hace falta que….

Un tenue pitido se escucha en el teléfono, en señal de que la persona ha colgado. Adam aprieta el teléfono y se acerca a mí con la otra mano en la cintura.

—Lo siento mucho, viejo —dice—. El jefe de policía no pudo localizar al vagabundo que te robó, aunque sí encontró algo a las afueras del pueblo…

—¿Ajá…?

—Hizo una fogata, Ezra. Con tu dinero. Quemó hasta el último billete.

Mi corazón se detiene de inmediato. Intento levantarme, pero el suelo oscila tanto que vuelvo a sentarme.

¿Lo quemó?

—No, de-debes estar bromeando… —el temblor me impide hablar con claridad.

—Me gustaría estar haciéndolo, pero es verdad. Lo lamento.

Intento distinguir en su rostro algún gesto de burla, algún destello de mentira en su mirada, pero sólo me encuentro con un semblante tan rígido como el de su madre. Me echo hacia adelante, aprieto mis cabellos y abro los ojos como platos.

¿Una fogata? ¿Con más de dos mil dólares? ¿EN SERIO?

—¿Y ahora qué carajos voy a hacer? —susurro y aplasto mi rostro entre las manos.

—Bueno… tenemos una habitación en la casa que no está atestada de cosas, así que, si quieres, puedes quedarte aquí unos días hasta que encontremos la forma de enviarte volando de una patada hasta Alaska, ¿qué te parece?

Estoy tan abrumado por la espantosa noticia que ni siquiera tengo fuerzas para poner los ojos en blanco. No puede ser, ¡no puede ser! ¿Y ahora como rayos voy a seguir adelante sin un maldito dólar para conseguir lo más básico para sobrevivir?

El dinero se ha esfumado y nada en este mundo va a traerlo de vuelta, eso lo tengo por seguro, y aunque no quisiera quedarme demasiado tiempo en este lugar tan extraño, ¿qué otra opción me queda? ¿Lanzarme a morir de hambre en el desierto? ¿Dormir en una banca a la intemperie con la esperanza de no toparme con un portal por donde pueda surgir el maldito Silenciante? ¿Volver a Nueva Orleans y provocar otro desastre?

Miro de nuevo a Adam, y su sonrisa nerviosa parece ensancharse al entender que me he quedado sin posibilidades.

El mundo parece haber conspirado para meterme en una casa de locos, en un pueblo por el que no se asoman ni los dioses. Pero, con los demonios que he arrastrado conmigo, temo que los habitantes de Stonefall son quienes tendrán dificultades.

Sólo espero encontrar la forma de salir de aquí antes de que se desate una masacre.

** Nombre con el que se conoce a los varones practicantes del culto vudú.

** Artefacto popular en leyendas budistas e hinduistas. Mientras que en el budismo la joya chintámani concede deseos o la inmortalidad a su portador, en algunas ramas del hinduismo es una piedra que convierte todo lo que toca en oro.

†† Senderista proveniente de una acomodada familia que decide dejarlo todo para viajar. Su popularidad se debe en buena medida al libro de Jon Krakauer, Hacia rutas salvajes, que ya ha sido adaptado al cine.


CAPÍTULO 11

PRÓFUGO


Llevo sentado en el filo de la cama casi diez minutos, mientras la pintura que tengo frente a mí, tan grande que podría tener el tamaño de una puerta, comienza a cubrirse con el tenue humo de mi tercer cigarro.

Es un hombre en pie y con una sola ala, blanca y emplumada, en el lado derecho de su espalda. Está desnudo, con el cuerpo rojo y la cara dorada. A sus pies tiene un dragón negro que pareciera querer morderle el tobillo, mientras que en su brazo derecho sostiene un sol. Su cabeza está rodeada por un halo dorado y resplandeciente.

Pero creo que lo más extraño no es su simbología incomprensible, sino que el flanco izquierdo de su cuerpo no exhibe más que una silueta diluida, como si el artista no hubiese terminado la obra.

Me levanto y me acerco a la pared. A ambos lados del cuadro hay montadas varias estanterías llenas de Biblias y Nuevos Testamentos de todo tipo, desde católicos hasta apócrifos, repletos de marcadores y papeles que sobresalen de los lomos.

Y con todo y la rareza de aquello, el tapiz rojo detrás de las estanterías es lo que más me llama la atención, el cual parece cubrir todas las paredes de la casa. Levanto la mano y lo acaricio con mi dedo cubierto de cuero; hace rato creí que estaba decorado con un patrón de franjas oscuras, de diversos tamaños y grosores, pero ahora entiendo que en realidad son una especie de ranuras o líneas que parecen haber sido grabadas sobre el tapiz y el concreto con alguna punta afilada.

Diría que es una decoración rarísima, pero no lo es tanto si consideramos que sólo cruzar la galería del piso superior es todo un espectáculo, porque hacia donde se mire hay soles y lunas con caras humanas, ángeles regordetes que soplan sobre calderos, dragones metidos en probetas, manos con ojos que parecen seguirte adondequiera…

Si Jocelyn Blake, madre de Adam, tiene la intención de espantar a todo aquel que tenga la osadía de permanecer aquí, seguramente lo logra. Ni qué decir del calor infernal que parece persistir en toda la casa.

Doy un suspiro y voy de vuelta a la cama, para luego recostarme y mirar hacia el alto techo de la habitación. Cuatro hombres pintados en el concreto me contemplan, uno en cada esquina. Llevan túnicas, una aureola dorada alrededor de sus cabezas y todos sostienen un libro abierto.

No sé mucho de arte, pero me da la sensación de que son el tipo de pinturas que podrías encontrarte en una iglesia y, para ser sincero, me parecen tan escalofriantes como cualquier luna con ojos.

—¡Por Dios! ¿Te preocupa beber alcohol, pero no tienes problema en fumar como una chimenea? —exclama Adam mientras entra al cuarto intempestivamente y da manotazos a su alrededor—. ¡Puaj! De haber sabido que planeabas matarte de cáncer, no te habría conseguido esa cajetilla.

Me siento sobre la cama y contesto echándole humo en la cara. Él ríe y me llama cerdo mientras aplasto el cigarro en un cenicero que he puesto sobre la colcha.

—Oye, tumor andante, mi madre pregunta si ya estás listo.

—¿Yo? Si eres tú el que se ha estado haciendo el tonto, ¡hace media hora que terminé de ducharme!

—Sí, bueno, di que nos demoramos por tu culpa, ¿de acuerdo?

En vez de contestarle, me pongo en pie y vuelvo a mirar hacia el techo, hacia las pinturas de aquellos hombres en las esquinas.

—¿Te agrada la decoración? —pregunta con un dejo de sonrisa.

—Será algo espeluznante dormir con esos tipos mirándome allá arriba.

—Esos tipos son los cuatro evangelistas bíblicos —dice—, así que dudo que les entusiasme mucho verte sin ropa —antes de que pueda replicar con sarcasmo, señala hacia mi guante marrón.—. Oye… ¿nunca te quitas eso?

La pregunta me toma desprevenido, porque es la primera vez que paso el tiempo suficiente con una persona para que perciba el detalle.

—No —respondo a la par que me rasco la nuca para ocultarlo de su vista—. Esto es…

Cierro la boca al ver que la mirada de Adam se ha clavado en mi pecho. Instantes después, desciende despacio por mi abdomen.

Cruzo los brazos frente a mí antes de que logre llegar más abajo.

—¿Qué rayos miras?

Adam reacciona con un sobresalto ante mi gruñido.

—¡Perdona, hombre! —exclama con las mejillas rojas como manzanas—. Es que te juro que en la librería no dudé ni un segundo de que fueses mujer. Me cuesta creer que no lo seas, eres tan… peculiar.

—Oye, no soy un maldito fenó…

—En verdad —interrumpe—, me alegra mucho que hayas decidido quedarte.

Enmudezco. No sé qué me pone más nervioso: comprobar que Adam ha heredado la poca sutileza de su madre o la forma en la que ha desviado la mirada hacia la pared al decir la última frase.

Carajo. Justo cuando empezaba a simpatizarme.

—Bueno —dice con una sonrisa, como si nada cuestionable hubiese sucedido—. Bajemos de una vez. Ya son casi las ocho y el jefe de policía no tardará en llegar a tomar tu declaración.

Al escuchar “jefe de policía” dejo el incómodo asunto en segundo plano. A estas alturas las autoridades de Nueva Orleans no deberían estar buscándome, al menos no para arrestarme pero, aun así, con la pésima suerte que tengo con los policías —pregúntenle al buen Hoffman—, preferiría no estar cerca de alguno de ellos.

Pero supongo que ahora mismo no tengo opción.

Resignado y con la única protección del nombre falso de mi lado, salimos de la habitación y nos dirigimos hacia la escalera.

En la segunda planta de la casa sólo hay cuatro habitaciones: la de invitados, situada a uno de los extremos del pasillo y tapizada con una alfombra roja; las habitaciones de Adam y de su madre, a lo largo del corredor; y, finalmente, una puerta al fondo que ha llamado mi atención por el grueso candado que la asegura.

Un relámpago retumba a lo lejos, por lo que bajamos deprisa por la escalera para encontrarnos con la señora Blake, sentada en el único sillón de la sala.

A pesar de que el calor es considerable, ella viste un atuendo negro hasta el cuello y exhibe la misma expresión neutral que parece ser su sello personal.

—Buenas noches, señora Blake —digo.

Ella vuelve la cabeza hacia nosotros casi de forma mecánica, como si hubiese estado absorta en algún pensamiento, e inclina la barbilla a modo de respuesta.

Adam está serio como una tumba, y el silencio se vuelve tan denso que, de no ser porque la veo frente a mí, juraría que la señora Blake ni siquiera está en la sala.

Es hasta incómodo lo poco que destaca su presencia.

—¿No te molesta estar aquí, Ezra? —la repentina pregunta de la mujer me hace respingar, y su tono de voz ha sido tan plano que incluso me ha costado percibir que me ha hecho una pregunta.

—Eh, no, para nada, señora Blake —miento—. Creo que su casa es muy… interesante.

—Me alegro. Casi todos los huéspedes que tenemos salen de aquí con el gesto torcido —dice—. Y, al parecer, la ropa que te hemos ofrecido también te ha ceñido a la medida, aunque tienes amplia la cadera y una cintura demasiado estrecha para ser de varón. ¿Tomas hormonas? ¿Piensas cambiar de sexo?

—No, señora —respondo con torpeza, incapaz de ocultar la profunda incomodidad que me ha causado su comentario—. Soy así por… genética.

—Ah, ya veo. Qué interesante rasgo corporal.

Una densa gota de sudor me recorre la espalda, porque ya no sé qué me incomoda más de la madre de Adam: las cosas que dice o la forma en la que las dice, tan metódica y formal, más como un estereotipo científico que otra cosa.

La aplastante tensión es disipada por unos pesados nudillos que golpean con fuerza la puerta principal de la casa. La señora Blake, a pesar de la urgencia del llamado, se toma su tiempo para levantarse e ir hacia la entrada. Y ni hablar de la lentitud con la que abre los tres gruesos pasadores de hierro que protegen la puerta.

Una alarma se enciende en mi interior al ver al hombre que entra en la casa, quien parece pisar con deliberada pesadez. Es alto, delgado y lleva la barba rasurada sobre su cuadrada mandíbula. El uniforme luce impecable, la pistola se engancha al cinturón, tiene los ojos azules y el cabello muy rubio cortado a la usanza militar; más que el jefe de policía de un pueblo perdido en el desierto montañoso de Utah, este hombre parece un soldado listo para ponerte una bala entre los ojos.

Se acerca a nosotros en silencio. Despacio, pasa de largo por Adam y su madre sin decir una sola palabra hasta cernirse frente a mí. Sus ojos bien abiertos me atraviesan como heladas estacas y el espíritu de una sonrisa parece dibujarse en su rostro.

—Por Dios, Adam —dice, sin apartar la vista de mí—. Sabía que tu gusto estaba empeorando, pero ¿qué diablos es esto?

Me quedo boquiabierto mientras el tipo me señala de arriba abajo con un movimiento de su mano.

—¿Perdone? —pregunto en voz baja, porque no sé si sentirme indignado o sorprendido ante la brusquedad del sujeto.

—¡Vaya! Tampoco parece muy listo, no en vano le han robado más de dos mil putos dólares en una tarde.

Cabrón.

La lógica me grita que no conviene enterrarle los nudillos en la cara a un policía, pero justo cuando estoy a punto de mandar al diablo el sentido común, el sujeto empieza a reír como si se le fuese la vida en ello.

—¡Pero si estoy bromeando, hombre! —la pinza de su mano se cierna sobre una de las mías, atrapándola con fuerza y agitándola de arriba abajo—. Me da gusto conocerte, muchacho. ¡Yo soy Malcolm Dallas, y estoy aquí para servirte!


La cocina, medio oculta tras un pasillo largo al fondo de la casa, está tan saturada de libros, frascos y pinturas que parece que nunca hubiésemos abandonado la sala. Inclusive el mismo tapiz rojo y extraño cubre todo el lugar, chamuscado por grasa y aceite quemados.

Aunque, al ver la estufa enterrada en más libros, algo me dice que toda esa suciedad no se debe precisamente a cocinar.

La enorme torre-chimenea ocupa un buen tramo de la pared, pero no parece tener una entrada para la leña. El calor es un poco menos estresante aquí gracias a la puerta corrediza de cristal que conduce a la terraza, y aun así…

—Me alegra que te haya gustado tu nueva mesa, nena —dice Dallas, y acaricia la coronilla de un cuervo disecado sobre el comedor abarrotado de libretas—. Valió cada centavo.

La señora Jocelyn asiente con la cabeza, impasible, mientras que Adam ha permanecido tieso como un cadáver desde que llegó el policía.

Los tres están sentados frente a mí, con el jefe en medio de los Blake; las voces de mi interior zumban despacio, alertas, mientras el hombre me mira con los ojos bien abiertos y garabatea en su pequeña libreta de bolsillo. No me ha quitado la mirada de encima durante todo lo que va de la noche, así que ahora mismo estoy con los nervios de punta.

Más allá de su desagradable personalidad, la presencia de este sujeto, a pesar de ser muy humana, casi insípida, me despierta mucha inquietud. Es como si tuviese ante mí una especie de depredador peligroso, sonriente y al acecho. Y esa mirada que me lanza no es de simple curiosidad, porque ésas las conozco bien. No, es como si me escrutara de una forma muy profunda, como si supiese que debajo de esta piel se esconde algo más que un desaliñado forastero.

—Empecemos, ¿te parece? —pregunta con una sonrisa, pero ni siquiera me da oportunidad de asentir—. ¿Cómo dices que te llamas, niño?

—Ezra.

—¿Ezra qué?

—Ezra Mason —intento responder con la mayor seguridad posible, usando el apellido que tomé prestado de un viajero inglés con quien compartí hostal en Colorado.

—¿En verdad? —pregunta, y la forma en la que ha levantado las comisuras de sus labios me da a entender que no se ha tragado la mentira—. ¿De dónde eres?

—Indiana, señor —intento que mis respuestas sean breves, porque una mentira mal sustentada podría acarrear problemas.

—¿Y qué haces tan lejos de allá? ¿No estudias o algo parecido?

Para este punto, Dallas ha posado los codos sobre la madera y ha dejado la libreta en la mesa, cosa que me provoca un desagradable calor en la espalda. Es obvio que esto no se trata del robo de dinero.

—Estoy de año sabático, voy de paso. Me gusta viajar —me encojo de hombros para verme lo más tranquilo posible, a pesar de que he empezado a sudar de forma copiosa.

—¿Y por qué pareces una niñita? Eres maricón, ¿verdad?

Vaya. Así que Malcolm Dallas es de ese tipo.

—Si se refiere a que luzco como se me da la gana sin miedo a que un tipo de hombría dudosa venga a amenazarme, entonces sí, señor Dallas, soy maricón.

El tipo entrecierra la mirada como si le hubiese escupido en la cara. Dallas no es el primer imbécil con el que he tenido que enfrentarme, así que ya estoy bastante curtido en el arte de, por lo menos, joderlos donde más les duele.

—Vaya. Sí que tienes una gran boca —dice con los dientes apretados—. ¿Entiendes que ahora mismo podría rompértela con la culata de mi pistola?

Un lado oscuro dentro de mí, que nada tiene que ver con mis voces, desea que este hombre lo haga. Que me ataque para así tener un buen motivo para reventar su cráneo contra la mesa.

Tuerzo una de las comisuras de mis labios y me inclino un poco hacia delante.

—Inténtelo.

Las venas en su cuello se le hinchan. Adam parece desesperado por decir algo, pero, en cambio, sólo tiembla como un conejo asustado sobre su silla.

De pronto, la voz insípida de la señora Blake corta la tensión como un cuchillo.

—Jefe Dallas, compórtese —ella apaga su cigarro sobre la tapa de un libro, sin molestarse en mirar al policía—. Actúa como un animal.

—¡Sólo juego con el chico, preciosa! —exclama—. Pero está bien. Lo dejaré en paz sólo porque tú me lo pides.

Puedo ver cómo él acaricia, sin ninguna discreción, el muslo de la señora Blake bajo la mesa; me sentiría enfermo de no ser porque ella no parece incómoda con ello.

De hecho, ella no parece sentir en absoluto.

—Ya basta, Dallas —dice Adam sin atreverse a levantar la mirada—. No deberías meterte con cada persona que traemos a la casa.

—Calma, hijo —replica el jefe de policía—. Sabes bien que hoy un loco se las arregló para explotar un vehículo cerca de aquí, debo estar alerta. Yo sólo quiero proteger a tu madre. Y a ti, por supuesto. Y mira, hasta te traje algo bonito.

Dallas saca un papel doblado del bolsillo de su camisa. Estira tanto la sonrisa como el brazo para dárselo a Adam, quien ni siquiera parece tener ánimos para hacer otra cosa que guardárselo en el pantalón. Después, el desagradable tipo rodea los hombros del chico con una especie de afecto paternal.

El gesto me resulta perturbador.

—¿Alguien hizo estallar un coche hoy? —pregunto—. ¿No habrá sido el mismo vagabundo que robó mi dinero?

La sonrisa de Dallas se torna rígida.

—Sí, podría ser. Los forasteros tienden a causar muchos problemas, ¿verdad?

Esta vez, ni siquiera me tomo la molestia de contestar a su provocación.

—No hace falta que me cuides —murmura Adam de pronto. El chico, incómodo, se acaricia el reloj de la muñeca, pero sin el valor de quitarse el brazo de Dallas de encima.

—¡Pero si eso ya lo sé! —exclama el policía con una carcajada—. Eres un chico fuerte y atractivo, todo un buen semental. ¿No fuiste de cacería hoy a la ciudad? ¡Hace meses que no traes una lindura al pueblo!

El chico termina por palidecer ante sus grotescas palabras, y más ante mi estupefacta mirada. No es tanto por saber que ése es el motivo por el cual iba tan bien vestido hoy, sino porque el cuadro que está frente a mí se ha vuelto insoportable: un hombre tan repugnante como Malcolm Dallas encajando sus sucias garras en los Blake, como si fuese una especie de jabalí dejando su marca.

Las voces se convierten en gritos dentro de mí.

—¿Quiere quitarle las manos de encima a Adam? Es asqueroso —digo sin más.

Un silencio brutal se apodera de la habitación, uno que logra, por fin, que Jocelyn me observe con interés. Y no es la mirada de incredulidad del jefe de policía lo que más me impacta. Es la certeza de que meses atrás tan sólo habría esperado el momento en el que toda la situación terminase para poder consolar a Adam. Porque apenas unos meses atrás, un hombre como Malcolm Dallas me habría intimidado igual que lo hace con ese pobre chico.

Pero yo ya no soy así. Ese Elisse ya no existe.

Antes de que cualquier otra cosa suceda, el denso silencio es interrumpido de pronto por un estruendoso timbre musical. El jefe retira su brazo de Adam sin quitarme la mirada de encima, y saca un teléfono de su bolsillo.

—Jefe Dallas…

Una voz alcanza a oírse pero no se entiende, entonces el rostro de Dallas se contorsiona gravemente. Su cuello adquiere un rojo intenso.

—¿Dónde carajo estabas, imbécil? —Dallas, en apenas un instante, recupera toda su bestialidad y se levanta de un movimiento, con tanta fuerza que hace temblar la pesada mesa de madera—. ¡La próxima vez que vuelvas a ignorar mi llamada, voy a rellenarte el culo de plomo!

El jefe se lanza como un pesado toro hacia la salida de la cocina. Y, a los pocos segundos, escuchamos que la puerta es abierta y cerrada con una violencia innecesaria.

Los hombros de Adam se relajan al instante, pero yo aún soy incapaz de exhalar el aire en mis pulmones.

La señal es clara. Debo encontrar la forma de salir de este lugar lo más pronto posible, porque ya no sé qué me inquieta más: la furia irracional de Malcolm Dallas o la forma en la que la rígida mirada de Jocelyn Blake se fija ahora en mi pecho.


CAPÍTULO 12

INQUILINOS INQUIETANTES


Nunca creí que los humanos ordinarios pudieran llegar a ser más aterradores que la gente con magia, pero estaba rotundamente equivocado.

El anciano ladrón, la desconcertante casa de los Blake —y sus habitantes—, el lunático jefe de policía Malcolm Dallas… Apuesto a que el agua de Stonefall tiene algo, porque no he conocido aquí a una sola persona que esté en sus cabales.

Y Adam, ¡dioses, pobre chico! Después de servirnos un par de charolas de comida congelada, su madre nos dio las buenas noches y se largó sin más, despreocupada tanto del desafortunado enfrentamiento que protagonicé con Dallas como del actual estado de su hijo, por lo que nos quedamos él y yo solos en la cocina.

Después de cenar en completo silencio, Adam hizo algo que me tomó desprevenido: me agradeció, porque nadie le había plantado cara al jefe de esa manera antes, y mucho menos por él.

Admito que la forma en la que lo hizo me retorció algo en el pecho, por lo que insistí en que mi gesto fue más por fastidio hacia el policía que para protegerlo. Dudo mucho que haya creído esa mentira, porque antes de irse el chico me lanzó una extraña mirada que me hizo sentir un poco más… humano.

Sacudo la cabeza y termino de ponerme el improvisado pijama que me han dejado los Blake. Resisto de nuevo la tentación de quitarme el guante, así que me acuesto sobre la cama, apago la lámpara del buró y miro hacia el ventanal.

A pesar de que he intentado reprimir mis sentimientos durante meses, por el bien de todo aquel que me rodea, no puedo evitar sentirme atraído por la compañía de Adam. El chico es voluble, metiche, no siente respeto alguno por el espacio personal y tiene un sentido del humor de lo más extraño, pero creo que, aun así… no me desagrada del todo.

Al parecer, esa simpatía tan imprudente que suelo sentir hacia los desconocidos es una de mis partes que se resisten a cambiar.

Me recuesto boca abajo sintiéndome como un ave enjaulada: el mullido lecho, la ropa limpia, la comodidad de un techo sobre mi cabeza, y aun así…

Siento que me falta algo. ¿O yo faltaré en algún lado? Añoro el calor de una fogata y las voces de mis hermanos contándome historias junto al fuego. Extraño ver la luna y las estrellas sobre los árboles, el olor a hierbas e incienso, los abrazos de Louisa y de mamá Tallulah, las luces de Bourbon Street, las preciosas calles de Nueva Orleans…

Pero por encima de todo, lo extraño a él.

“Tared Miller tiene esposa.”

El vacío espantoso en mi estómago me hace estrujar los puños contra las sábanas para no caer en la desesperación. ¿Por qué dijo eso Hoffman? Y el resto de Comus Bayou, ¿ellos saben que…?

No. Me niego a tomar esas palabras por ciertas, ¡Tared nunca sería tan cruel para ocultarme algo así! Ya no sólo por el hombre leal y honesto que es, sino porque nosotros… estábamos…

La idea hace que me retuerza en la cama, preso del bochorno. ¿Acaso yo fui el único en sentir entre nosotros algo más que la hermandad que nos unía como tribu? Por los Loas, ¡no! Esas miradas, esas palabras, esa cercanía, esos roces que pretendían ser caricias…

La incertidumbre es un demonio cruel, pero a veces nos ayuda a ver hasta qué punto deseamos que algo sea real. Y tener el corazón oprimido tantos meses por no saber si aquella esposa es una muy mala mentira o una verdad muy bien encubierta me ayudó a comprender con más profundidad ese calor en mi pecho cada vez que pensaba en el hombre lobo.

Tared me inspiró a ser más valiente, a comprender cuáles eran los motivos por los que valdría la pena poner mi vida en una balanza. Me enseñó que el valor de mi existencia sobrepasaba el simple deseo de sobrevivir, porque no sólo me hizo sentir protegido y a salvo, sino que me mostró que, a pesar de tener a los errantes, a seres tan poderosos a mi lado, ellos también me necesitaban, sin importar todas mis debilidades.

Porque más que ser útil, ahí yo era amado, y enamorarme del hombre que me había dado, por primera vez en la vida, un hogar, fue completamente inevitable.

Aun cuando preferiría que me arrancasen los ojos mil veces antes de que mis demonios le hicieran daño de nuevo, ¡dioses! ¡Cuánto quisiera estar a su lado y soportar con entereza todos los obstáculos a los que soy sometido a diario! ¿Es que acaso todo esto es sólo una prueba para fortalecerme? ¿Acaso lo peor todavía está por venir?

El calor y la ansiedad se vuelven insoportables; durante más de veinte minutos intento ahuyentar esos pensamientos y relajarme para poder descansar, pero por más que lo intento no logro conciliar el sueño.

—Demonios —exclamo—. ¡No puedo dormir!

—Tampoco yo.

—¡Joder!

Brinco fuera de la cama al escuchar aquella voz a mi lado.

Percibo el golpeteo de unos pies descalzos contra el suelo, los cuales se pierden al atravesar la habitación. ¿Qué rayos ha sido eso?

El repentino rechinar de la puerta me eriza la piel. Espero unos segundos y, al notar que nada se escucha más allá de mis frenéticos latidos, trago saliva y me acerco despacio al umbral entreabierto.

Al asomarme alcanzo a ver una difusa silueta negra cruzando la galería hasta desaparecer en la oscuridad del fondo.

—Mierda…

Salgo del lugar cauteloso, con mis pasos amortiguados por la espesa alfombra. Intento escuchar algo, cualquier indicio de movimiento dentro de los cuartos de Adam y su madre, pero todo yace en un profundo silencio.

Por milagro los Blake no se han despertado con mi grito.

Las grotescas esculturas que adornan todo el pasillo parecen querer torcerse hacia mí; avanzo despacio por el corredor hasta que una sensación inenarrable me recorre de arriba abajo al escuchar un clic resonar en las sombras.

Distingo el gran candado de la puerta del fondo, abierto y pendiendo de la perilla como un gancho. Me acerco a la entrada, la cual ahora está abierta lo suficiente para permitir que me deslice por la abertura.

Lo pienso dos veces antes de entrar. Si hay un espíritu allí, no debería inmiscuirme, no es asunto mío, pero… ¿y si es un seguidor de Samedi? O peor aún, ¿y si es alguna criatura enviada por mi Mara?

Reúno todo el valor que poseo y entro en la habitación. De inmediato soy recibido por un calor infernal que parece superar por mucho al del resto de la casa.

Y no sólo eso. También empiezo a percibir un inquietante olor a quemado.

No parece haber una sola ventana por donde pueda entrar alguna luz —o, por lo menos, un poco de aire—, por lo que el cuarto se halla en absoluta negrura, como si estuviese delante de una profunda cueva en la que no pudiera ver más allá de mi nariz.

Cierro los ojos un instante, consciente de que no puedo arriesgarme a encender el interruptor y despertar con ello a los Blake.

Doy media vuelta y, despacio… cierro la puerta.

Me enfrento de nuevo al abismo y me retiro el guante marrón. Levanto la mano huesuda a la altura de mi pecho y siento mis pupilas dilatarse cuando un suave resplandor anaranjado comienza a desprenderse de mis dedos descarnados. El fuego se introduce por mis falanges y se desliza hasta el codo para iluminar mi brazo como si estuviese hecho de carbón caliente.

Lo estiro hacia la oscuridad.

Dos enormes serpientes, gruesas como troncos, apuntan sus cabezas hacia mí. Ahogo un grito y retrocedo hasta casi estrellarme contra la puerta para escapar de aquellas criaturas, pero ellas permanecen quietas, inmóviles en la penumbra. Después de asegurarme de que mi corazón no se ha detenido con el susto, entrecierro los ojos y doy un cuidadoso, muy lento, paso hacia el frente.

El macabro ser está dentro de una gran vitrina con pedestal de madera, enrollado en una especie de báculo. Y, para mi horror, también puedo notar que no se trata de dos serpientes, sino de una sola.

Una serpiente con dos cabezas.

—¿Qué demonios…?

El animal en sí es real. Lo han disecado para luego coserle otra cabeza idéntica, mientras que un par de alas negras —también reales, al parecer— se extienden desde su lomo.

Sus expresiones secas y sin vida parecieran amenazarme detrás del cristal, mientras que al pie de la vitrina hay una placa incrustada que reza en un latín que ahora soy capaz de entender:

Caduceum I

—¿Qué rayos es esto?

Al mover la mano de un lado al otro, me percato de que esta cosa no es lo único que me observa en la habitación.

La gigantesca cámara está repleta de vitrinas, la mayoría con criaturas igual de extrañas que la serpiente bicéfala: en una cúpula de cristal incluso hay un ser formado por dos cuerpos de serpientes aladas a las que se les han cosido cabezas de águilas, ambas colocadas en un círculo de tal forma que pareciera que una le muerde la cola a la otra. Debajo de la escalofriante escultura orgánica hay otro letrero, esta vez, escrito en griego:

Ουροβóρος VI

Uróboros.

En otra vitrina, un tanto más pequeña, alargada y semejante a un ataúd, hay una especie de lagarto al que le han puesto la cabeza de un cuervo junto con sus alas; en otra, un cordero con la mitad trasera de un león; un ganso con seis cabezas idénticas; un pequeño ratón con alas de mariposa y muchas criaturas más que parecen haber sido sacadas de alguna retorcida pesadilla. Todo parece viejo y abandonado, ya que huele a encerrado, y gruesas capas de polvo recubren la madera y el cristal.

Estos seres… los he visto antes, en los dibujos y pinturas que hay por toda la casa. ¿Qué carajos…?

De pronto escucho de nuevo el golpeteo carnoso de aquello que estoy persiguiendo. Se aleja a través del laberinto de vitrinas.

Al mirar hacia el suelo encuentro un rastro de sangre salpicado de trozos de lo que parece ser carne quemada, que se pierde en la oscuridad del fondo. Pero no es la carne desprendida lo que me hace arrugar la nariz, sino entender que no son pisadas lo que hay en el camino sanguinolento.

Son huellas de manos.

Despacio, me aventuro en el mar de colas, garras y colmillos, hasta que el rastro me hace llegar al fondo del macabro museo.

Las manos han dejado sus marcas sobre una especie de chimenea cilíndrica de ladrillo en medio de la pared; parece que se trata de la torre que se ve desde afuera de la casa, pero compruebo que tampoco tiene una puertilla por donde poner la leña. El olor a quemado se intensifica, pero no parece venir de la chimenea.

Un gemido humano, proveniente del lado derecho del cuarto, me congela de pronto en la oscuridad; mis huesos castañetean y el monstruo dentro de mí sisea, hambriento.

Estiro despacio la mano hacia allá y distingo, muy apenas, una silueta pequeña y encorvada al pie de una larga vitrina vacía en forma de féretro.

Es una mujer.

—Por los dioses…

Está desnuda, y su rostro, brazos, piernas… toda ella está repleta de quemaduras y costras negras que supuran sangre y pus, mientras que los temblores de su cuerpo hacen que la carne se le caiga a pedazos como a una leprosa. De hecho, sólo puedo adivinar su sexo por los pechos que cuelgan desnudos y la ausencia de un miembro en su entrepierna, porque la cara resulta por completo irreconocible.

—Ayuda… —suplica con los labios a punto de quebrarse.

Pero a pesar de su intenso hedor a quemado y su apariencia espantosa, en realidad no está deforme. No se trata de una criatura del plano medio, tampoco una seguidora de Samedi.

Es sólo un espectro, un fantasma.

La veo agazaparse detrás de la vitrina. A pesar de que no puedo tranquilizarme debido a su atroz aspecto, es fácil entender que, como cualquier otro espíritu, me teme más de lo que yo le temo a ella.

—Ayuda… —suplica de nuevo mientras se abraza con fuerza.

La placa de la vitrina vacía reza la palabra “Homunculus” —homúnculo— grabada en ella.

Me aproximo con cuidado.

—¿Puedes ponerte en pie? —pregunto. Sus ojos hinchados señalan hacia sus piernas para mostrarme que el fuego le ha dejado expuestos los huesos de las pantorrillas. Y bajo las capas de costras y los canales de musculatura, se asoman astillas de hueso enterradas en tendones, como si se hubiese roto las piernas en alguna caída. Al parecer, usaba sólo sus manos para arrastrarse, de ahí las huellas.

Dioses, ¿qué le pasó a esta mujer?

Me pongo en cuclillas a su lado.

—De acuerdo. Vamos —le digo, mientras paso un brazo debajo de sus rodillas y el otro alrededor de su espalda.

Para mi sorpresa, no patalea, no se retuerce ni intenta escapar como suelen hacer todos los espíritus que se topan conmigo, y más al entender que soy capaz de tocarlos. Pero, aun así, se ve aterrada y no deja de mirar sobre mi hombro, hacia las vitrinas, mientras la conduzco a través del laberinto.

Me las arreglo para salir de la habitación y cerrar el pesado candado, amparado por el estruendo de tormenta en el cielo.

Alcanzamos la alcoba de invitados y llevo a la chica al baño contiguo, pero cuando ella ve la tina, comienza a gritar terriblemente:

—¡No, no, no! —se retuerce con violencia en mis brazos mientras yo intento apretarla contra mí.

—¡Eh, tranquila! —le susurro con la mayor calma posible, porque a pesar de que sé que nadie en esta casa puede escucharla más que yo, no quiero dar cabida a un espíritu violento.

Al ser incapaz de sobreponerse a mi fuerza —o a la del monstruo que mora dentro de mí—, empieza a llorar contra mi cuello. Una vez que se serena, abro el grifo y la coloco en la bañera. El agua la traspasa como el ser etéreo que es; sin embargo, esto parece calmarla aún más.

Al contrario de lo que la gente suele pensar, los fantasmas también sienten dolor, tal vez no del mismo tipo o de la misma manera que nosotros, pero sí experimentan algo similar cuando son inducidos a estímulos sensoriales.

—¿Estás mejor? —susurro, mientras le retiro de la cara los escasos cabellos chamuscados que le han quedado en la cabeza. Ella no parece reconocer lo que le digo, ya que tan sólo mira, ausente, hacia la nada.

Cierro el grifo de la bañera y veo restos de piel y costras flotar en el agua, ahora roja.

—Por los dioses, ¿qué fue lo que te pasó? —murmuro sin preguntárselo en realidad, mientras la sujeto con suavidad del brazo para que no se deslice de nuevo dentro de la bañera.

Demonios, Elisse, no puede ahogarse, ya está muerta.

Miro a mis espaldas en busca de una toalla cuando escucho un chapoteo y súbitamente siento mi puño cerrarse en el agua. Extrañado, vuelvo los ojos hacia la bañera y me sobresalto ligeramente.

La mujer ha desaparecido.

La busco por el cuarto de baño, pero sólo me encuentro con rastros sanguinolentos embadurnados por toda la porcelana. Sacudo la cabeza de un lado al otro y me abrazo a la esperanza de que, de alguna forma, ella haya logrado alcanzar el plano medio.

Pero ella ha dejado escrito algo en las baldosas de la pared, con sangre y restos:



CAPÍTULO 13

UNA RESPONSABILIDAD CONVENIENTE


—Ay, flaco, si papá Trueno te ve con esa cara de asco, te va a poner a destapar los baños también.

La burla despreocupada de Julien me hizo levantar la mirada del lavabo de la cocina. Traía yo un desatascador, un par de guantes de látex rosa y la frente perlada de sudor, a pesar del notable frío que hacía en el pantano.

Llevaba una hora intentando que el agua dejase de estancarse, pero la tubería, en cambio, tenía ya dos días emanando una terrible peste. Alguno de nosotros había metido allí sus sobras de la fiesta de Año Nuevo y, como resultado, la cañería del lavabo había terminado estropeándose. Padre Trueno estaba tan furioso que al final nos amenazó con que, si nadie confesaba el desastre, como castigo YO destaparía el lavabo.

Nadie dio un maldito paso por mí, así que, con todo y mis quejas sobre lo injusto que era aquello, me enviaron a hacer el maldito trabajo.

Al ver mi cara de profundo odio, se echó a reír.

—Ay, cómo lloras —exclamó—. Ya, ya, te voy a enseñar cómo se hace, pero no le vayas a decir a nadie, ¿de acuerdo?

Julien salió un momento de la cocina, volvió con la caja de herramientas de Tared y con el mandil floreado de mamá Tallulah puesto.

Me apartó con gentileza y, en vez de utilizar el desatascador, abrió las puertitas de la parte inferior del lavabo y procedió a desarmar la tubería. Luego, metió un alambre de metal por el tubo superior y comenzó a rascar.

—Ah… —murmuré, por lo que Julien sonrió.

—Oh, sí. Por suerte aprendí a destapar estas cosas gracias a mis hermanas.

—¿Hermanas? —hasta ese momento, yo me había hecho a la idea de que todos los errantes éramos una especie de huérfanos o hijos únicos, y descubrir que Julien tenía familia, además de nosotros, me tomó desprevenido.

—Sí. Tres menores que yo y todas con el cabello hasta la cintura, así que destapar caños, porque siempre estaban llenos de pelos, era una tarea muy común en casa.

—¿Y ellas son…?

—¿Errantes? No. Tengo entendido que antes, y te hablo de hace más de cien o doscientos años, era muy común que los errantes naciéramos en “camadas”. Mellizos, trillizos, cuatrillizos… algo heredado de los animales, si quieres verlo así. No es ninguna sorpresa que a las mujeres humanas les costase mucho parirnos, por lo que tanto ellas como nosotros teníamos una mortalidad muy elevada al nacer. Con el tiempo, el rasgo genético se fue diluyendo, y empezamos a nacer en menor número y con hermanos no errantes. Hemos disminuido, pero al menos no morimos con tanta frecuencia al nacer, una mejora generosa por parte de la madre naturaleza, si me lo preguntas.

Recuerdo haber puesto cara de alucinación al escuchar lo que me decía. Todo lo relacionado con nuestro mundo me era de lo más fascinante, y tenía un hambre inhumana por saber más de nosotros, de nuestro pasado, de nuestra vida.

Inclusive moría por saber si algún día podría conocer a más de los nuestros.

—Vaya —dijo de pronto—. Está demasiado atascada. Tendremos que probar con otra cosa.

Volvió a armar la tubería y después sacó de la caja de herramientas un frasco que decía “sosa cáustica”. Vertió su contenido dentro de la cañería y un olor repugnante se elevó de inmediato.

—Listo, con eso bastará —Julien sonrió, satisfecho—. Y, por cierto, ese desatascador es sólo para los retretes. Vierte cloro al lavabo cuando me haya ido, por favor.

Enrojecí de vergüenza.

—Perdón… —dije con la cabeza gacha—, es que en el campo de refugiados teníamos letrinas o hacíamos agujeros en el suelo, así que nunca tuve que destapar caños y…

Enmudecía al ver que Julien ya no sonreía. Instantes después siguió contándome sobre su vida en su ciudad de origen, Nueva York; me dijo que provenía de una familia trabajadora que siempre se esforzó por que nada les faltase a sus hijos, tanto en comodidades como en afecto, así que los extrañaba bastante e iba a visitarlos cada vez que le era posible.

Julien adoraba a sus padres y a sus hermanas tanto como a nosotros, y en vez de sentir celos o envidia, me sentí muy tranquilo al saber que él jamás tuvo que pasar por mayor sufrimiento.

Ver lo mucho que me alegraba saber que mi hermano había tenido una vida feliz me hizo comprender lo mucho que yo lo adoraba. Pero, de pronto, hizo algo que me desconcertó: me rodeó con los brazos y me apretó contra su pecho. Me prometió en voz baja que no le diría a nadie que él mismo me había visto echar la comida en el lavabo en la cena de Año Nuevo. Y que no me preocupase, que ya nunca tendría que volver a lamentarme por un techo, un baño o algo que llevar a la boca.

Que mientras él y Comus Bayou viviesen, nunca iba a faltarme algo.

Y en ese momento, no sé qué me sonrojó más: el haber sido atrapado, o la forma en la que su tierno corazón latía contra mi oído.


Miro con pesadez los libros viejos sobre la mesa, con unas ganas demenciales de echar a dormir sobre alguno de ellos, porque pasar la noche fregando los rastros de carne y sangre de la bañera —con la sosa que encontré en uno de los tantos anaqueles de la sala— no ha sido la actividad más placentera para antes de ir a la cama.

Y el hecho de saber que en esta casa hay un cuarto repleto de quimeras tampoco ha ayudado mucho, que digamos.

Me balanceo sobre el banquillo, incapaz de olvidar ese montón de animales bicéfalos, deformados hasta la atrocidad. ¿De dónde carajos habrán sacado los Blake esas cosas tan horrendas, y cómo diablos puede la señora Jocelyn tenerlas en su casa? Pero, aun cuando la colección familiar de los Blake ha resultado ser más retorcida de lo que pensé, lo contenido en esa habitación no es lo más horrible que vi anoche.

La figura de aquella chica parpadea en mi cabeza de nuevo, y el sólo pensar en su carne quemada hace que se me erice la piel.

—Rebis…

Ese mensaje en la pared es un auténtico enigma para mí porque, desde que tengo la lengua del señor del Sabbath, es la primera vez que no comprendo el significado de una palabra. ¿Qué diablos quiere decir? ¿Será una palabra compuesta? ¿Unas iniciales?

Adam dijo que esta casa se había incendiado en el pasado, y lo más lógico sería deducir que esa chica tuvo algo que ver con aquello, pero no quiero sacar conclusiones apresuradas. Debido a las quemaduras en el rostro no pude adivinar su edad, y la falta de ropa tampoco me ayudó a hacerme una idea de la época a la que perteneció en vida, así que no sé qué tan antiguo es su fantasma o de dónde proviene.

Sé que no es mi problema, que no debería meterme en lo que no me corresponde, pero ¡diablos! Parece ser que esta casa sí escondía algo raro, después de todo.

—Qué sorpresivo encontrarte aquí tan temprano.

Casi me caigo del banquillo al escuchar aquello a mis espaldas.

Miro hacia atrás y me encuentro a la señora Jocelyn apenas a unos pasos de mí, con una colcha blanca doblada bajo un brazo y una caja de madera en el otro.

Dioses, ¡ni siquiera pude sentirla cuando se acercó!

—B-buenos días, señora —saludo con torpeza.

La señora Blake va hacia una de las mesas y deja la colcha a un lado. Despeja el lugar para colocar la caja y, con toda la tranquilidad del mundo, enciende un mechero, el cual usa tanto para poner un recipiente de cristal sobre él como para encender un cigarrillo.

Absorta, saca tres frascos medianos de la caja y dos huevos de… ¿gallina? Después, va hacia una de sus tantas vitrinas, de la cual saca una botella llena de líquido transparente.

Vierte el líquido en el recipiente, mete los dos huevos y luego, procede a destapar los frascos y verter sus contenidos. Uno es rojo y espeso, el otro es blanco y semitransparente, y el último… dioses. Es de color marrón, y el olor que desprende es tan asqueroso que, a pesar de estar a un par de metros lejos de ella, puedo percibirlo con claridad.

Con una larga varilla de cristal, comienza a revolver las sustancias, y la peste empeora hasta el punto de que tengo que cubrirme la nariz con la mayor discreción posible. Transcurren unos cuantos minutos hasta que, de forma casi milagrosa, el olor desaparece por completo, como si nunca hubiese estado allí.

Jocelyn Blake permanece en silencio y sus movimientos son precisos, casi mecánicos. Parece tan ajena a mi presencia, tan concentrada, que es como si estuviese sola en la habitación. Y a pesar del extravagante experimento, lo que más me desconcierta es que tengo que parpadear un par de veces para asegurarme de que ella esté realmente allí.

Diablos, nunca había conocido a una humana con una esencia tan insípida, tan poco relevante. Jocelyn Blake se parece tanto a esta casa, tan inusual y a la vez tan… vacía.

De pronto, la tela de la colcha se desdobla bajo su propio peso, y un olor ácido y desagradable acude de inmediato hasta mi nariz. Distingo, entre el blanco inmaculado de la tela, una enorme mancha amarilla que me hace arrugar el entrecejo.

¿Orina?

—¿Te sirvo el desayuno, Ezra? —la voz de la madre de Adam hace que me yerga en el banquillo. Ella me mira ahora con esos fríos ojos negros sin intentar siquiera ocultar la cuestionable mancha.

—Eh, gracias —carraspeo—, pero esperaré a que Adam baje.

—Para entonces será la hora del almuerzo —dice tajante—. Adam duerme mucho y no suele levantarse temprano, ni siquiera para limpiar sus propios orines.

Sus ojos señalan hacia la colcha. Una abrumadora incomodidad me invade, no por enterarme de que Adam, a su edad, moje la cama, sino por escuchar a esta mujer avergonzar así a su hijo.

—Esperaré —insisto de forma cortante—. Quiero despedirme.

De pronto ella entrecierra los ojos, tan despacio que podría jurar que sus párpados rechinan.

—¿Te marchas? ¿Tan pronto? —el cigarro se dobla entre sus dedos—. Vaya, Adam tenía la ilusión de que te quedaras un poco más. ¿Te ha parecido desagradable mi hijo?

—¡No, no, para nada! Lo que pasa es que…

—Tener más gente por aquí suele ayudarle con su condición, ¿sabes?

¿Su condición?

Miro de nuevo la colcha, y mi cabeza empieza a unir el rompecabezas.

Esa chica de anoche, ese fantasma tan perturbador… no hace falta tener magia para poder ver espíritus, muchos humanos pueden hacerlo cuando se manifiestan con el suficiente poder, así que tal vez Adam también haya visto a ese fantasma. Quizá desde que era un niño, y si a eso le sumas una casa tan aterradora como ésta…

—Adam necesita un psicólogo, señora Blake, no compañía —concluyo, muy a pesar de que tal vez eso no sea del todo cierto. Ningún doctor puede curarte de ver espíritus, eso lo sé bastante bien.

—No requiero que resuelvas sus problemas, Ezra —insiste—. Sólo digo que he observado cuánto le agradas, y eso hace que se sienta menos solo en esta casa.

Un repentino silencio se instala en medio de nosotros, porque Jocelyn Blake ha logrado decir las palabras mágicas.

Bajo la barbilla y miro mi mano enguantada. Mi ansiedad desaparece cuando algo más peligroso palpita dentro de mí, algo que me hace apretar ambos puños bajo la mesa.

No es el monstruo de hueso, no son sus voces terribles… es empatía, porque parece ser que esta casa, esta familia, ha afectado a Adam de una forma que su madre no parece ser capaz de comprender. Y si una cosa he aprendido, es que para mí no existe algo más peligroso en este mundo que el hecho de empezar a sentir empatía por alguien.

De pronto, Jocelyn se levanta y se acerca hacia mí con ese semblante inescrutable.

—Si decides quedarte un poco más, Adam te lo agradecería. Yo te lo agradecería.

Ella levanta la mano, me roza muy apenas la mejilla. Después regresa hacia la colcha. Toma unas tijeras y, sin guantes, sin recelos, corta un trozo de la tela empapada en orina.

Ante mi estupefacción, ella arroja el trozo en el recipiente y el líquido negruzco se torna rojo como la sangre.

Nos quedamos en silencio hasta que la señora Blake me avisa que tiene que ir al pueblo. Apaga el mechero, guarda el líquido que ha creado en un frasco que después coloca en la caja y se marcha sin siquiera despedirse.

La sensación del roce de sus dedos sigue impregnada en mi mejilla como una hendidura.

En otra faceta de mi vida, aquella muestra tan extraña de calidez me habría provocado un sentimiento muy agradable; me habría hecho considerar que tal vez juzgué con mucha severidad a Jocelyn Blake y que sólo es una madre que nunca ha sabido muy bien cómo expresar lo que siente hacia su hijo.

Pero esa frialdad, esa falta de tacto, esa incapacidad para demostrar una pizca de afecto convencional por su hijo… y, sobre todo, aquel tacto de sus dedos helados recorriendo mi piel, no han hecho otra cosa que despertar en mí una ineludible y desagradable sensación de escalofríos.


—Maldita sea, ¿dónde está? —gruño, mientras rebusco en los libreros, casi desesperado.

Debo encontrar el libro de Laurele lo más pronto posible para poder largarme de aquí. Ya buscaré la forma de conseguir algo de dinero, me volveré un adivino, faquir o mendigo, ¿qué más me da? Pero necesito alejarme de estas personas, de Adam, antes de que…

Mi mano se detiene cuando empiezo a percibir un intenso olor a alcohol y putrefacción a mis espaldas. Doy media vuelta y veo a Barón Samedi encima de uno de los estantes con un grueso habano interrumpiendo su sonrisa.

—¿Qué carajos te pasa? —gruño al Loa de la Muerte. Él levanta la mano y me muestra el libro de Laurele atrapado entre sus asquerosos dedos, por lo que pongo los ojos en blanco—. Dámelo.

Samedi ladea la cabeza y lo arroja a mis pies. Con un bufido me agacho para recogerlo y sacudirle el polvo. Le lanzo una mirada amenazante, pero el muy bastardo aún sonríe como un demente.

Lo juro. Un día de éstos, cuando consiga la forma de arrancarle las almas de los bebés de Louisa y de Hoffman, voy a matar a este cabrón sin importarme las malditas consecuencias.

Le doy la espalda al Loa y voy por mi morral para largarme de aquí de una vez por todas.

Ni siquiera considero ya la idea de despedirme de Adam.

Pero antes de que dé otro paso, algo pesado y grueso me roza el brazo a gran velocidad. Estupefacto, veo cómo un enorme libro vuela contra una de las mesas.

Mi vida pasa frente a mis narices cuando éste derriba la caja de madera de Jocelyn.

—¡HIJO DE PUTA!

Me olvido del libro de Laurele y corro hacia la mesa para agacharme con el corazón desbocado. Para mi suerte, encuentro las botellas intactas gracias a la gruesa alfombra.

Giro furioso hacia Barón Samedi, pero el cabrón ha desaparecido, dejándome con el gran anhelo de arrancarle un par de dientes.

Maldigo en voz baja y me arrodillo para recoger el desastre con la esperanza de que Adam no se haya despertado con mi grito. Sostengo la botella con el líquido rojo, el que acaba de mezclar la señora Blake, y descubro que en su interior nada una pequeña esfera dorada.

Estoy a punto de acercarla a mi rostro para examinarla cuando un resplandor verdoso me hace mirar hacia el libro que me arrojó el Loa de la Muerte

—¿Pero qué…?

Dejo caer el frasco de nuevo en el tapete.

El libro desprende un fuerte olor a quemado, y su gruesa cubierta, aunque desgastada, es de un intenso color esmeralda. Pero lo más llamativo es que la tapa frontal ostenta un único símbolo que parece haber sido grabado con fuego. Un símbolo que, como una truculenta jugada del destino, termina de atarme a este lugar, a esta casa que, aun sin planos medios, aun sin hechicería… pareciera estar irremediablemente maldita.


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Yaş həddi:
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Litresdə buraxılış tarixi:
02 mart 2026
Həcm:
517 səh. 30 illustrasiyalar
ISBN:
9786075572406
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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