Kitabı oxu: «Libertad para amar»
MARIANO FAZIO
LIBERTAD PARA AMAR
a través de los clásicos
EDICIONES RIALP
MADRID
© 2022 by MARIANO FAZIO
© 2022 by EDICIONES RIALP, S. A.
Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid
(www.rialp.com)
Preimpresión y realización eBook: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-6049-3
ISBN (edición digital): 978-84-321-6050-9
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A la memoria de Pedro Velasco Suárez,
amigo y hermano,
que procuró hacer todo libremente, por amor.
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
DEDICATORIA
PALABRAS DE UN LECTOR
INTRODUCCIÓN
1. EN BUSCA DE LA FELICIDAD
2. EL ALETEO DE LA LIBERTAD DIVINA
3. PEREGRINOS, NO ERRANTES
4. EL DON SINCERO DE SÍ
5. COHERENCIA
6. LIBERARSE DEL PROPIO YO
7. LA VERDAD OS HARÁ LIBRES
8. LA LIBERTAD DE LA CONVERSIÓN
9. LIBERAR CON EL PERDÓN
10. LIBERARNOS DEL SENTIMENTALISMO
11. LIBERARNOS DEL VOLUNTARISMO
AUTOR
PALABRAS DE UN LECTOR
ESTE LIBRO LLEGA PARA recordarnos el viaje de nuestra propia vida, en el que estamos embarcados y del que a veces podríamos olvidarnos, y vuelve sobre él para advertir sobre su clave principal, sobre su componente prodigioso: la libertad. Lo hace auxiliado de una brújula exacta, la de los textos clásicos. Mariano Fazio nos mostrará cómo la gran literatura narra mediante metáforas el viaje de ida y vuelta de la vida humana desde Dios y hacia Dios.
El libro recuerda la búsqueda de la felicidad y los fervientes medios que el hombre emplea para lograrla, los acertados y los equivocados. También advierte que no basta una inteligencia clara: se necesita un corazón atento y dócil para leer las huellas del camino.
En Libertad para amar a través de los clásicos aparecen las preocupaciones de Fazio: la persona en el mundo y su decurso histórico en clave trascendente. Aquí operará el teólogo, el historiador, el filósofo y el literato, cuatro miradas en una, la del sacerdote, que mira con comprensión y aconseja con cautela.
En el actual espacio secularizado, Fazio advertirá sobre las seducciones externas que nublan los talentos interiores y apelará a la donación de sí como centro de la vida.
Metodológicamente, el libro no excluye a ningún lector. Quien tenga un decurso literario, encontrará inmediatas y ciertas las referencias; quien no lo tenga aún, se sentirá invitado a recorrer los argumentos con la certeza de hallar en ellos la claridad que busca.
Fazio muestra el problema de la libertad atravesando la vida en movimiento de las ficciones literarias, la mayoría extraídas de ilustrados y románticos. Pero las obras no anteceden, sino que confirman la arquitectura del mundo cristiano. Así, la literatura se vuelve una segunda versión de verdades primeras, indivisas, necesarias, sirviendo de honroso auxiliar para postulados antropológicos y morales.
Fazio no teme introducirnos en las sinuosidades del error o de la dispersión, donde la ficción expone a sus héroes al sufrimiento causado por el mal, para que su repudio sea franco. Al acompañar a personajes de Dickens, Austen o Tolkien, nos dolerá su pérdida del bien y su semejanza con nosotros. Fazio parece invitarnos a una expiación previa a la caída, cuando nos cuenta cómo el error de un Macbeth o de un Raskolnikov arrasó su vida y la de los seres queridos. Nos muestra también la cara valiente de la virtud a través de seres como el príncipe Andrej Volkonski, quienes reciben lo dado, por cruel e incierto que sea, y lo convierten en vida nueva. Si somos capaces de ser testigos de los grandes pecadores y de los grandes virtuosos que los clásicos dejaron grabados en la excelsa literatura, podríamos contar con una llave de conversión. Cervantes y Dante llevaron al gran viaje a sus protagonistas para que también nosotros los acompañáramos. Pero la respuesta, como en todo buen aprendizaje, no está al principio sino al final de la lectura, una vez que, como Heathcliff, hayamos atravesado las “cumbres borrascosas”.
Aunque este libro reúne numerosas lecturas, el tono promueve la meditación, facilitada por el talante narrativo de Fazio y su modo de hacer accesible lo arduo; así, al terminar de escarbar en una ficción de Melville o Víctor Hugo, el lector querrá fortalecerse con la historia completa.
Gracias a la eficacia estilística de Fazio, las parábolas del Evangelio dialogan con Dostoievski, Calderón y Tolkien, san Agustín con Dickens, san Josemaría con Andersen... Participaremos incluso en una tertulia en la que Chesterton tome la palabra para reírse —¿de sí mismo, de nosotros?— junto a Kierkegaard y a Oscar Wilde. Es que Fazio confía en que podemos “tratar a los clásicos como amigos”, cuya compañía nos llevará a crecer en humanidad.
Este no es un libro sobre literatura, sino sobre espiritualidad; quien busque en él un manual de buenas lecturas para las vacaciones, se equivoca gravemente. En cambio, quien busque pautas para su propio recorrido espiritual y humano, dispondrá aquí de una excelente guía de viaje.
ETHEL JUNCO DE CALABRESE
Universidad Panamericana, México
INTRODUCCIÓN
«EL PRISIONERO DESEA DECIR una palabra», concede el juez a William Wallace al final de la épica película Braveheart. Mel Gibson, tumbado sobre el patíbulo, toma aire y, con toda la fuerza de sus pulmones, emite un grito desgarrador, más importante que la propia vida: «¡¡Libertad!!».
Es realmente esta una palabra mágica, que levanta pasiones maravillosas... y errores dramáticos. Bastaría preguntarles a Adán y Eva por su felicidad interior, tras elegir libremente la manzana. Algún marido puede esgrimir esa misma palabra, para concederse “una segunda oportunidad” al no encontrar en su mujer el amor esperado. O puede pronunciarla ella, o ambos, de mutuo y libre acuerdo. Algún político puede esgrimirla ante millones de ciudadanos, para luego construir un telón de acero para que nadie se vaya de su territorio... Los votantes son libres salvo que “se equivoquen” votando al partido contrario...
La libertad es poliédrica: parece ir de la mano de la justicia, de la verdad y del amor. El adolescente la pronuncia ante sus padres para exigir más horas de fiesta, para elegir su destino profesional, la decoración de su dormitorio, su modelo de teléfono móvil e incluso su sexo. Es una palabra complicada, que tilda de impositivo a quien no llame a la puerta antes de entrar: “mi territorio” es sagrado, y ni mis padres, ni mis profesores, ni la Iglesia, ni mi propia conciencia, pueden pisar esa alfombra sin antes pedirme permiso. Mientras mi decisión no haga daño a los demás, puedo exigir a todos —y sin excepción— que se respete.
¿Es realmente así? ¿Cómo casa esa visión de la libertad con el amor, con el compromiso, con la entrega generosa a los demás, con la amistad desinteresada? Es evidente que puedo elegir entre muchas opciones. Es también evidente que no puedo elegir lo que quiera, pues se presentan ante mí muchas posibilidades, pero no todas las que me gustaría. No puedo elegir ser rico, si soy pobre. Ni ser alto, si soy bajo. No todo está a mi alcance, pero eso tal vez no sea una limitación... Puedo empeñarme en ser dios, “mi propio” dios, con “mis propias reglas, mis propios límites” (I choose) pero mi deseo y mi libertad no fabrican la realidad. Tampoco parece que la libertad se limite a la capacidad de elegir entre varias opciones, ni somos nosotros los primeros que nos formulamos estas preguntas tan interesantes. Lo han hecho muchos antes, y han concluido con enorme sabiduría o con enorme torpeza, dirigiendo a sus seguidores a un mayor grado de felicidad, o al más triste precipicio.
Sobre la libertad se ha escrito mucho, desde hace siglos, y frecuentemente muy bien. El libro que el lector tiene en sus manos posee un objetivo: mostrar cómo la libertad está orientada al amor, y cómo esta verdad tiene una enorme importancia para la vida cristiana. Hemos sido creados libres para amar, y cuando no alcanzamos el fin propio de la libertad nos encontramos frente a un fracaso existencial. Todos deseamos una vida lograda, plena, feliz. Para alcanzarla, la clave reside en hacerlo todo libremente, por amor.
La tesis parece bastante sencilla, todas las grandes verdades lo son. Ponerlas en práctica es más complicado. Abundan en las corrientes culturales contemporáneas concepciones de la libertad alejadas de esta tesis. Se la concibe como mera capacidad de elección entre muchas posibilidades, o como prerrogativa del individuo para hacer lo que le venga en gana sin otro criterio que su gusto o capricho. Las más de las veces se contrapone libertad a entrega, a deber, a obediencia, a cumplimiento de obligaciones, al atenerse a algunas normas de conducta. Espero que las siguientes páginas ayuden a descifrar el sentido profundo de este concepto alto de libertad.
No quiero entrar en disquisiciones académicas —que son importantes en otro ámbito— sobre los diversos tipos de libertad. En esta introducción diré lo esencial para que el lector pueda seguir la argumentación sin perderse. El resumen del libro podría ser el siguiente:
Dios, al crearnos, nos regala el don de la libertad. La vida humana sale de Dios, y a Dios retorna porque nos ha invitado a compartir la plenitud de su vida, donde encontramos la felicidad. En consecuencia, podemos comparar nuestra existencia a un camino de retorno a Dios, que hemos de recorrer libremente, y que tiene como meta su amor. Dios invita, no constriñe. La libertad más radical —es decir, la que está en las raíces de nuestro propio ser— es una libertad que tiene una orientación. Con otras palabras, es una libertad “para”. En concreto, “para” el amor de Dios.
La libertad de elección —de elegir entre esto o aquello— está al servicio de la libertad “para”. Elijo teniendo en cuenta el fin que me propongo. Si acepto la invitación de Dios de participar de su amor, las elecciones que haga durante mi vida deberían ser coherentes con ese fin. Hasta aquí la primera parte del libro.
Para vivir auténticamente la libertad radical —la libertad “para”—, es necesario también ejercitar las libertades “de”. No es un juego de palabras: para encaminarme libremente hacia mi fin último, a mi plenitud, a mi felicidad, que coincide con el amor de Dios, debo liberarme de los pesos que me impiden caminar decididamente por la buena ruta. He de liberarme de mi egoísmo, de mi sentimentalismo, de mi voluntarismo, de mi excesiva atención al juicio ajeno y de otros obstáculos en este marchar con soltura hacia mi fin. Este es el tema principal de la segunda parte del libro.
Todo lo dicho hasta aquí se encuadra en una visión cristiana de la vida. Esto implica que somos conscientes de que la libertad humana ha quedado dañada por el pecado original y por los pecados personales, y a su vez, que esa misma libertad ha sido redimida por la Sangre de Cristo derramada en la cruz por amor. Aceptar la invitación del Señor a vivir en Él —la libertad “para”— y conquistar las libertades “de” —la liberación del pecado— implica necesariamente la gracia de Dios y la lucha por corresponderle. Lejos de una visión prometeica del camino hacia el amor, los cristianos somos conscientes de que en nuestras jornadas habrá descaminos y tropiezos, pero contamos siempre con la misericordia de Dios.
***
En los capítulos que siguen, se han utilizado con profusión textos de los clásicos de la literatura universal: ilustran de modo vivo el camino del cristiano hacia el amor de Dios. El “clásico” más citado en este libro, no podía ser de otro modo, es la Biblia, y en particular el Evangelio. Aunque la razón sea obvia, quisiera añadir la justificación que nos ofrece Dreher. El escritor americano afirma que «si no nos entendemos a nosotros mismos como una parte de una historia más grande, o de una tradición, no tendremos ni idea de qué se supone que debemos hacer con nuestras vidas. En nuestro mundo moderno, hemos perdido la historia que durante siglos mostró a la mayoría de las personas un camino para dar sentido a nuestras vidas: la narración bíblica»[1]. Guardo la esperanza de que esta pequeña obra ayude a recuperar «esta historia más grande».
Los clásicos de la literatura tienen una función análoga —es decir, en parte igual, en parte distinta— a la Biblia. Nos recuerdan que hay una serie de valores a los que la humanidad ha aspirado desde sus inicios y que merecen protección y custodia. Los clásicos nos hablan de aquellas cosas que entran en el corazón del hombre y lo conmueven. Comenta el Papa Francisco que «hay una bella definición que Cervantes pone en boca del bachiller Carrasco haciendo el elogio de la historia de Don Quijote: “Los niños la traen en las manos, los jóvenes la leen, los adultos la entienden, los viejos la elogian”. Esta puede ser para mí una buena definición de lo que son los clásicos»[2].
En un mundo caracterizado por la prisa, los deadlines impostergables y la sobreabundancia de medios para recibir una cantidad abrumadora de información al instante, cabe hacerse la pregunta: ¿para qué leer los clásicos?
Antes de responderla, debemos formular otra: ¿qué es un clásico? Jorge Luis Borges, que no creía mucho en ellos, los definió de la siguiente manera: «Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término (…) Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad»[3].
Pero, ¿por qué existe ese previo fervor y esa misteriosa lealtad? Aventuremos una respuesta. Un clásico es un libro que, aunque haya sido escrito hace muchos siglos, tiene algo que decirme hoy y ahora. Dante se sigue reeditando, lo mismo que Homero o Shakespeare. Pasaron siglos, y nos siguen hablando. Intuimos que esto se verifica porque los clásicos nos interpelan sobre ese conjunto de nociones, conceptos, categorías existenciales, que establecen una relación directa con la naturaleza humana. Los clásicos abordan, de una manera u otra, lo referente a las preguntas existenciales de la persona humana: ¿de dónde vengo?, ¿hacia dónde voy?, ¿cuál es el sentido de mi vida?, ¿qué diferencia hay entre el bien y el mal?, ¿cómo debo afrontar el dolor?, ¿qué hay detrás de la muerte?
Otra forma de abordar a los clásicos es afirmando que se ocupan de presentarnos la verdad, la belleza y el bien (o el amor). Que es lo mismo que decir que se ocupan de las categorías existenciales, lo que nos hace retornar a nuestra primera afirmación. Los clásicos nos llevan, por lo menos, a atisbar la verdad, a sentir deseos de imitar la virtud, a facilitar la apreciación de lo bello, de lo que llena el alma.
El lector más o menos experimentado podrá decir: “Pero Shakespeare habla continuamente de las pasiones humanas, que muchas veces producen consecuencias nefastas para la convivencia entre los hombres. Dante presenta imágenes grotescas, feas, aterradoras. Molière juega con la avaricia, la vanidad, el engaño”. Todo esto es cierto, como es cierto que en la vida están mezclados el trigo y la cizaña. Pero los clásicos no se regodean en mostrar el error, el mal o la fealdad, sino que los colocan en un contexto tal que el lector advierte una actitud viciosa porque se presenta en toda su validez la virtud; que algo es un error porque sus páginas nos llevan a entender la verdad sobre el hombre y el sentido de su existencia; que algo es feo en contraste con la luminosidad de la belleza. Otelo no es el elogio de los celos, sino su condenación; el Infierno de Dante nos hace anhelar el Paraíso; lo tétrico de las actitudes existenciales de la mayoría de los personajes de Cumbres borrascosas producen una repugnancia saludable para aspirar a unos sentimientos dignos de la persona humana[4].
Si los clásicos superan la barrera del tiempo, también sobrevuelan las del espacio. Chesterton acierta cuando dice que «el escritor inmortal es comúnmente el que realiza algo universal bajo una forma particular. Quiero decir que presenta lo que puede interesar a todos los hombres bajo una forma propia a un solo hombre o a un solo país»[5]. Shakespeare es inglés y universal, al igual que el español Cervantes o el ruso Dostoievski: escriben desde sus circunstancias y perspectivas culturales, pero alcanzan a decir algo a la humanidad.
La tradición de los grandes libros nos enriquece, pues abre horizontes insospechados y presenta posibilidades existenciales que no conoceríamos si no tuviéramos acceso a esos universos de ficción que reflejan la grandeza del corazón humano. Antonio Malo, en un ensayo reciente, subraya su papel clave en la formación de las personas. Partiendo del concepto aristotélico de verosimilitud, sostiene que el encuentro entre el lector y la obra literaria «consiste en una relación máximamente personal. Y cuanto más grande sea el influjo en el lector la obra se enriquece con nuevos significados. Quizá aquí reside la fascinación de las grandes obras como Don Quijote, Hamlet, Los miserables, Los hermanos Karamazov, Anna Karenina, en las que el lector se siente “obligado” a identificarse o a tomar distancias de estos universos de ficción»[6].
Los clásicos son capaces de transformar la vida de los lectores. No toda obra literaria tiene esta capacidad. Si un libro no logra transmitir humanidad, si presenta el mal como bien y el bien como mal, estamos frente a un fracaso de la comunicación literaria: por mas perfección formal que tenga, no será un auténtico clásico.
Malo propone una idea audaz, que comparto plenamente: podemos establecer una relación de amistad con algunas obras literarias. Los personajes de ficción son cuasi personas que, como los amigos fieles, nos pueden señalar el buen camino. «La acción artística, en este caso la narración o la representación, es la producción de una obra de ficción que, siendo capaz de entrar en relación con nuestra vida, actúa en nosotros como si fuera un amigo. Lo hace de modo que nos conozcamos mejor conociendo a los otros y nos hace reflexionar sobre el sentido de la vida humana —la nuestra y la de los otros— pudiendo de tal modo transformarnos»[7].
Las referencias literarias que el lector encontrará en este libro quieren ser también una invitación a tratar a los clásicos como amigos que nos pueden orientar en el camino de la vida.
«Un libro es una suerte de mundo abreviado, si se me permite robar la metáfora destinada de antiguo al ser humano. Porque, si en el principio existía el Verbo —el Logos—, y el Verbo se hizo carne, la palabra es metáfora del hombre, y el libro, su morada más apta»[8]. Y el Logos —Jesucristo— eligió la forma narrativa para comunicarnos su verdad. Los textos citados —de autores reconocidos universalmente como clásicos— manifiestan, por un lado, que existe una naturaleza humana que aspira a la plenitud. Por otro, que las grandes verdades del hombre encuentran su cumplimiento en aquel que dijo de sí mismo que era «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6).
Deseo acabar con un agradecimiento al Prelado del Opus Dei, Mons. Fernando Ocáriz, que está en el origen de este libro. En enero de 2018 publicó una carta pastoral sobre la libertad[9], que muchas veces he llevado a mi meditación personal. A principios de 2021 tuve que impartir un curso breve para universitarios y profesionales basado en ese texto. A medida que preparaba las lecciones, fue surgiendo casi espontáneamente el libro. Confieso que lo hice gustosamente, movido por el deseo de hacer lo más comprensible posible este misterio del amor de Dios por los hombres: el don maravilloso de la libertad.
Roma-Dublín, abril 2021
[1] DREHER, R., How Dante can save your Life, Regan Arts, New York 2015, pp, 53-54.
[2] Entrevista de Antonio Spadaro al Papa Francisco, en La Civiltà Cattolica, 2013, III, p.472.
[3] BORGES, J. L., Sobre los clásicos, en Otras inquisiciones, Debolsillo, Buenos Aires 1994, p. 124.
[4] Antonio Malo considera —siguiendo a Aristóteles—, que la representación del mal, cuando se lo presenta en cuanto tal, tiene una función catártica o de purificación. «Aunque la trama de la tragedia no es real ni el mal es verdadero, su representación no nos aleja de la realidad del mal. Lo simboliza en lo que tiene de más profundo: su presencia en el corazón humano y sus catastróficas consecuencias en la vida de las personas, de las familias y de la sociedad en general. Esta referencia estética al mal consiente la catarsis, la purificación que la fascinación del mal ejerce sobre nosotros» (MALO, A., Svelare il Mistero. Filosofia e narrazione a confronto, EDUSC, Roma 2021, p. 102).
[5] CHESTERTON, G. K., Dickens, Ediciones Argentinas Cóndor, Buenos Aires 1930, p. 366.
[6] MALO, A., Svelare il mistero, cit., p. 115.
[7] MALO, A., Svelare il mistero, cit., p. 244. Ethel Junco de Calabrese subraya el papel clave de los cuentos infantiles para la formación de la personalidad desde los primeros años. También podemos hablar de cuentos infantiles “clásicos”, en los que se pueden aprender de modo intuitivo los grandes valores de la existencia humana. Cfr. JUNCO DE CALABRESE, E., Presencia de lo sagrado en el cuento maravilloso, Eunsa, Pamplona 2020.
[8] BARNÉS, A., Elogio del libro de papel, Rialp, Madrid 2014, p. 18.
[9] OCÁRIZ, F., Carta pastoral, 9-I-2018.
1.
EN BUSCA DE LA FELICIDAD
TODOS HEMOS IMAGINADO alguna vez el “contenido” de la felicidad. Quizá de chicos la asociábamos con materialidades como chocolates o helados que no se acababan nunca. O, más adelante, con unas vacaciones sin término en una isla del Pacífico. O con ser coronado con laureles en la academia, mientras escuchamos los aplausos de la multitud. Otros albergarán imágenes más espirituales, pero quien más, quien menos, todos tenemos una cierta imagen de su contenido. También experimentamos continuamente frustraciones: lo que pensábamos que nos iba a hacer felices no fue suficiente, y nos quedamos con una sensación de vacío, o al menos, de medio lleno: un “sí, estuvo bien, pero no era para tanto”. Por otro lado, ¡cuánta gente infeliz vemos a nuestro alrededor! A veces, nosotros mismos nos sentimos insatisfechos. ¿Es posible la felicidad? ¿No será un autoengaño para dormir sueños tranquilos y no traumatizarnos con la dura realidad?
Uno de los representantes más destacados del pensamiento cristiano, san Agustín, afirma que «ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada»[1]. Lo que pensaba y predicaba el santo obispo de Hipona no era ninguna novedad. Uno de sus antecesores más ilustres es Aristóteles, quien en su Ética a Nicómaco compartía la misma seguridad. No es necesario, sin embargo, acudir a las más altas autoridades de la antigüedad para convencernos, pues las ansias de una vida plena, feliz radican en el corazón humano.
La evidencia de esta verdad antropológica contrasta con la constatación diaria que acabamos de enunciar: mucha gente no es feliz. Se cuenta una anécdota del novelista Iván Turgenev: «En 1882, un año antes de morir, le escribió al escritor ruso Mijaíl Saltykóv-Shchedrin, quien se había lamentado de ser infeliz: “Déjeme consolarle (aunque no sea demasiado consuelo) con unas palabras que dijo Goethe justo antes de morir. A pesar de que había gozado de todas las alegrías que la vida puede dar, de que había tenido una vida gloriosa, amado por las mujeres y odiado por los tontos, de que sus obras se habían traducido al chino y de que toda Europa se había rendido a sus pies en adoración, y el propio Napoleón había dicho de él: C’est un homme!… Con todo eso, dijo, a la edad de ochenta y dos años, que en el transcurso de su larga vida solo había sentido felicidad ¡durante un cuarto de hora!”»[2]. Todas las capacidades de Goethe no le proporcionaron una vida plena. Quizá había puesto su corazón en el lugar equivocado.
Si existe una constante en la tradición clásica acerca de la afirmación del deseo natural de felicidad, también constatamos que son muchos los pensadores que nos advierten de los peligros de poner en el lugar equivocado nuestras esperanzas de ser felices. Las tres “equivocaciones” más frecuentes —enumeradas, entre otros, por Aristóteles y santo Tomás de Aquino—, son los honores, los placeres y las riquezas.
Respecto a los primeros, podríamos resumirlos en el “engrandecimiento personal”. Muchas personas aspiran a ser “importantes”, a que los demás les reconozcan su superioridad. El camino más fácil es la conquista del poder: un cargo desde el cual ejercer el mando sobre el prójimo. Sabemos cómo esta pista no resulta siempre gratificante: se asumen responsabilidades que a la larga abruman; surgen las críticas, las difamaciones y las murmuraciones; no es infrecuente que el poder “aísle”, y cuando se pierde, el ambicioso se queda solo, abandonado por los amigos que se habían demostrado tales en los momentos de gloria, pero que eran solo unos oportunistas. También suele suceder que la ambición desmedida de poder corrompa el corazón, que se vuelve cruel y vengativo.
Shakespeare retrató a varios reyes que experimentaron los aspectos más duros del poder. Comencemos con el mejor, desde el punto de vista moral: Enrique V. El rey, se encuentra en medio de sus soldados antes de la batalla de Azincourt. No es reconocido, pues se oculta bajo un disfraz, y puede observar y escuchar a sus súbditos con libertad. En esos momentos, envidia la suerte de las personas normales. Todo el fasto y el lujo de su realeza no es suficiente para poder pasar una noche tranquila reposando en paz, pues «ni el crisma de la unción, ni el cetro, ni el globo, ni la espada, ni la maza, ni la corona imperial, ni el traje de tisú, de oro y de perlas, ni la cortesanía atiborrada de títulos que preceden al rey, ni el trono sobre el que se sienta, ni las altas orillas de este mundo (…) nada de todo eso, depositado en el lecho de un rey, puede hacerle dormir tan profundamente como el miserable esclavo que, con el cuerpo lleno y el alma vacía, va a tomar su reposo, satisfecho del pan ganado por su miseria».
Otro de los reyes de Shakespeare, Ricardo III, consigue el poder después de cometer asesinatos y traiciones a diestra y siniestra. La felicidad anhelada se troca en desesperación, antes de su muerte, en el campo de batalla de Bosworth:
Mi conciencia tiene mil lenguas separadas, y cada lengua da una declaración diversa, y cada declaración me condena por rufián. Perjurio, perjurio, en el más alto grado; crimen, grave crimen, en el más horrendo grado; todos los diversos pecados cometidos todos ellos en todos los grados, se agolpan ante el tribunal gritando todos: «¡Culpable, culpable!». Me desesperaré. No hay criatura que me quiera: y si muero, nadie me compadecerá; no, ¿por qué me habían de compadecer, si yo mismo no encuentro en mí piedad para mí mismo?
Su ambición desmedida corrompió por dentro su alma.
Pero quizá el ejemplo más extremo de la degradación humana a la que lleva la ambición del poder lo encontremos en los Macbeth, el matrimonio protagonista de su obra de teatro más breve. La historia es muy conocida: fiándose de unas profecías pronunciadas por tres brujas escocesas, e instigado maléficamente por su mujer, Macbeth asesina al buen rey Duncan para hacerse con el poder. Poco después de cometer el regicidio, Macbeth comienza a oír voces en su interior. Le comenta a su mujer:
Me pareció oír una voz que me gritaba: «¡No dormirás más!... ¡Macbeth ha asesinado el sueño!».
Expresión que no solo se refiere a que dio muerte a Duncan mientras dormía: ahora Macbeth ya no tendrá ningún sueño reparador, pues le remorderá la conciencia.
Cuando Lady Macbeth dice a su marido que se lave las manos manchadas de sangre, este exclama:
¿Todo el océano inmenso de Neptuno podría lavar esta sangre de mis manos? ¡No! ¡Más bien mis manos colorearían la mar inmensa, volviendo rojo lo verde!
La historia termina mal para los esposos Macbeth. El rey llega a una conclusión antropológica terrible:
La vida es una sombra que camina, un pobre actor que en escena se arrebata y contonea y nunca más se le oye. Es un cuento que cuenta un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada.
La primera senda para encontrar la felicidad explorada por multitud de hombres se demuestra falsa, y se presenta ante los ojos del ambicioso en toda su vacuidad.
En el segundo equívoco —buscar la felicidad en los placeres, en una vida cómoda, en “pasárselo bien” sin lazos que me atan a obligaciones enojosas— caemos otras muchas veces. Tendemos a lo placentero y huimos del dolor. La sociedad contemporánea —aunque encontramos los mismos elementos, con matices, en otras épocas de la historia— nos “vende” una felicidad hecha de sensaciones fuertes, que hemos de experimentar si no queremos quedar al margen del grupo de personas cool. Pero también este camino frustra: el placer de las cosas de este mundo no termina de saciar, y la persona sensual aspira siempre a más, en una espiral hacia el infinito que con frecuencia termina en el derrumbe psicológico. Droga, alcohol, sexo, lejos de ser liberadoras, se manifiestan como gruesas cadenas que esclavizan el alma humana, ataduras que la ciencia de la psicología denomina “dependencias”.
En este ámbito, la galería de personajes literarios que encarnan modelos antropológicos reales es casi infinita. Don Juan —en todas sus versiones, desde Tirso de Molina a José Zorrilla, pasando por Byron, Pushkin y un largo etcétera— se nos aparece como una figura triste, que trata a los demás como objetos para satisfacer sus deseos sensuales. Según Ramiro de Maeztu, «la visión de don Juan realiza imaginativamente el sueño íntimo no solo del pueblo español, sino de todos los pueblos», pues don Juan es «la encarnación del capricho absoluto»[3]. En efecto, su actitud de ir contra las leyes divinas y humanas, contra los convencionalismos y las costumbres, en definitiva, la encarnación de la pasión sin límites morales, es para muchos como la quintaesencia de la libertad. Se cree que ley y libertad son opuestos, y el lector se proyecta en la figura de don Juan, que se desentiende, alegremente y sin remordimientos, de los principios morales y de las consecuencias de sus actos. Pero también los don Juanes acaban hastiados de sí mismos. Don Juan es uno de los típicos representantes del estadio estético de la vida, donde solo hay superficialidad, sensualidad, diversión, con una ausencia total del sentido de la existencia. Con palabras de Kierkegaard, «toda concepción estética de la vida es desesperación, y todo aquel que vive estéticamente está desesperado, tanto si lo sabe como si no»[4].
Oscar Wilde inmortalizó al típico dandy superficial, que en su búsqueda desesperada de placeres cada vez más refinados llega a auténticas aberraciones. Nos referimos a Dorian Gray, protagonista de la célebre novela del escritor anglo-irlandés. La historia es conocida: todos los pecados de Dorian se “trasladan” a un retrato que le hicieron en la juventud. Él siempre mantiene un aire saludable y jovial, mientras que el retrato se va afeando cada vez más aceleradamente, a medida que comete sus inmoralidades. Dorian sigue los consejos de Lord Henry Wotton:
Vive la vida maravillosa que hay en ti. No dejes que nada te la haga perder. Busca siempre nuevas sensaciones. No tengas miedo de nada.
En uno de los últimos capítulos, el narrador cuenta las reflexiones de Dorian, cuando su vida se va acercando al fin:
El aire de la noche era una delicia, tan tibio que Dorian Gray se colocó el abrigo sobre el brazo y ni siquiera se anudó en torno a la garganta la bufanda de seda. Mientras se dirigía hacia su casa, fumando un cigarrillo, dos jóvenes vestidos de etiqueta se cruzaron con él, y oyó cómo uno le susurraba al otro: «Ese es Dorian Gray». Recordó cuánto solía agradarle que alguien lo señalara con el dedo o se le quedara mirando y hablara de él. Ahora le cansaba oír su nombre. Buena parte del encanto del pueblecito adonde había ido con tanta frecuencia últimamente radicaba en que nadie lo conocía. A la muchacha a la que cortejó hasta enamorarla le había dicho que era pobre, y Hetty le había creído. En otra ocasión le dijo que era una persona malvada, y ella se echó a reír, respondiéndole que los malvados eran siempre muy viejos y muy feos. ¡Ah, su manera de reírse! Era como el canto de la alondra. Y ¡qué bonita estaba con sus vestidos de algodón y sus sombreros de ala ancha! Hetty no sabía nada de nada, pero poseía todo lo que él había perdido.
Al llegar a su casa, encontró al ayuda de cámara esperándolo. Le dijo que se acostara, se dejó caer en un sofá de la biblioteca y empezó a pensar en las cosas que lord Henry le había dicho. ¿Era realmente cierto que no se cambia? Sentía un deseo loco de recobrar la pureza sin mancha de su adolescencia; su adolescencia rosa y blanca, como lord Henry la había llamado en una ocasión. Sabía que estaba manchado, que había llenado su espíritu de corrupción y alimentado de horrores su imaginación; que había ejercido una influencia nefasta sobre otros, y que había experimentado, al hacerlo, un júbilo incalificable; y que, de todas las vidas que se habían cruzado con la suya, había hundido en el deshonor precisamente las más bellas, las más prometedoras.
Pero, ¿era todo ello irremediable? ¿No le quedaba ninguna esperanza? ¡Ah, en qué monstruoso momento de orgullo y de ceguera había rezado para que el retrato cargara con la pesadumbre de sus días y él conservara el esplendor, eternamente intacto, de la juventud! Su fracaso procedía de ahí. Hubiera sido mucho mejor para él que a cada pecado cometido le hubiera acompañado su inevitable e inmediato castigo. En lugar de «perdónanos nuestros pecados», la plegaria de los hombres a un Dios de justicia debería ser «castíganos por nuestras iniquidades».
No hace falta que cuente el final de esta obra, en parte autobiográfica. Digo solo en parte, porque Wilde se convierte a la Iglesia católica antes de morir. Se fue al otro mundo mejor preparado que su hijo literario[5].
Abundan las novelas donde se describen ambientes frívolos y vacíos. Pensemos en La feria de las vanidades de Thackeray, o más modernamente, El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald. Los sensuales viven en la superficie de la vida: les falta interioridad y terminan en el aburrimiento o en el fracaso existencial.
Una de las damas de la corte de Luis XV escribía la siguiente carta a una amiga: «Te escribo porque no tengo nada que hacer, y termino de escribirte porque no tengo nada que decirte». Podría ser un buen resumen de muchas vidas gastadas en la banalidad. También de personas de nuestro entorno o de nosotros mismos: perdidos en la vida, sedientos de sentido, abrevados en charcas insalubres.
Por último, encontramos a quienes ponen sus esperanzas en las riquezas. Se dice popularmente que “el dinero no hace la felicidad, pero ayuda”. Disponer de medios económicos necesarios nos ahorra quebraderos de cabeza, pero quien pone todas sus esperanzas en esos medios termina con un vacío interior atroz. Hay tantos avaros famosos en la literatura, quizá porque esta esperanza vana está muy difundida: así sucede a Harpagón, el célebre personaje de Molière, que lleva una vida patética, sin amar y sin ser amado, o a Scrooge, el avaro de Cuento de Navidad, de Dickens, que cambia su vida y encuentra la alegría solo cuando abandona su asfixiante avaricia. Podemos añadir a Silas Marner, de la novela homónima de George Eliot, que sale de su triste situación cuando se abre a los demás después de que le hayan robado su fortuna. A tales personajes darían ganas de decirles: «¡Dejad de contar vuestros dineros y poneos alguna vez a contar las estrellas!»[6].
Honor, placer y riquezas no terminan de satisfacer las ansias de plenitud del corazón humano. Lo enseña una experiencia universal, y los clásicos, maestros de humanidad, no son más que un reflejo. Evidentemente, se da muchas veces en la realidad los tipos “mixtos”: quien busca el dinero para alcanzar placeres y corromper al poder; quien abusa del poder para enriquecerse ilícitamente y gozar de placeres, etc. El corazón del hombre no es simple, y las combinaciones son casi infinitas.
Si hemos hecho hincapié en experiencias de insatisfacción, de frustración, también tenemos otras —habitualmente momentáneas— en las que nuestro corazón vibra. Son momentos “mágicos”, éxtasis, en los que entramos en contacto con la belleza, con la verdad, con el amor.
En psicología se habla del “síndrome de Stendhal”. Su nombre se debe a la experiencia estética del escritor francés al visitar Florencia. Nos cuenta el novelista que «había llegado a ese grado de emoción en el que se tropiezan las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme». Quizá también nosotros hemos experimentado emociones parecidas: la naturaleza con sus mil esplendores y las obras de arte son como indicadores que nos portan hacia algo superior. Detrás de una puesta de sol, de un claro de luna, de un cuadro de Vermeer o de Notre-Dame de París atisbamos un más allá, algo trascendente[7].
Quienes se dedican a la investigación sueñan con gritar muchas veces ¡Eureka!, como Arquímedes, al realizar un descubrimiento, o al profundizar con una luz nueva en la relación secreta que existe entre las cosas. Son satisfacciones intelectuales que llenan el alma… Pero lo hacen momentáneamente, porque se desea traspasar los límites de las verdades alcanzadas. Percibimos que son verdades parciales. Con san Juan de la Cruz, escuchamos «un no sé qué, que queda balbuciendo» detrás de toda realidad creada.
Hay momentos en la historia en que nos es dado ser testigos de la grandeza del alma humana. Nos conmovemos hasta nuestras entrañas ante un acto de perdón, como el que san Juan Pablo II otorgó a Alí Agca después del atentado contra su vida en la Plaza de San Pedro el 13 de mayo de 1981. Como habrán quedado removidos los compañeros de san Maximiliano Kolbe en el campo de concentración de Auschwitz, cuando el franciscano polaco decide intercambiarse con un padre de familia y ofrecer su vida para salvarlo. O cuando presenciamos la destrucción del Muro de Berlín. O ante el testimonio de tantos médicos, enfermeros, sacerdotes, religiosas que dan su vida para salvar el cuerpo o el alma de un enfermo. En esos instantes pareciera que el corazón quisiera saltar de nuestro pecho: tal es la vibración, la sintonía que experimentamos ante un gesto de amor generoso, que se entrega.
Todo esto nos revela que estamos hechos para la belleza, para la verdad, para el amor. Pongamos estas palabras con mayúscula: Belleza, Verdad, Amor. La tradición clásica ha denominado a estos valores los trascendentales. Explica Rémi Brague que los trascendentales «se encuentran en todas las categorías, no se detienen en sus límites y, por este motivo, las “trascienden”»[8].
Dejando de lado tecnicismos filosóficos, es fácil entender que son realidades que nos llevan más allá de nuestros límites: sentimos su atracción, y cuando entramos en contacto con ellos, nuestros horizontes se expanden hasta el infinito. Boileau unía estos tres trascendentales en una sola frase: Rien n’est beau que le vrai, le vrai seul est aimable (Solo lo verdadero es bello, solo es amable lo verdadero)[9]. François Cheng expresa la misma idea de modo admirable: «La bondad es el garante de la calidad de la belleza; la belleza irradia bondad y la hace deseable. Cuando la autenticidad de la belleza está garantizada por la bondad, se está en el estado supremo de la verdad»[10].
De Dios se dice que es Amor (I Jn 4, 8); Dios afirma ser la Verdad (Jn 14, 6); Dios mismo es el Autor de la belleza (Sb 13, 5). Podemos resumir todas estas realidades que nos trascienden y hacia las que nos sentimos atraídos con una palabra, “la” Palabra: Dios. Y como escribe santo Tomás de Aquino, «sólo Dios sacia»[11].
En conclusión, nuestra alma vibra, entra en sintonía, se goza con la Verdad, el Bien y la Belleza. Allí está nuestra felicidad. Recordemos la frase de san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti»[12]. Quizá Goethe no lo sabía, o lo había olvidado.
[1] AGUSTÍN, S., De moribus Ecclesiae catholicae, 1, 3, 4.
[2] FIGES, O., Los europeos, Taurus, Barcelona 2020, p. 294
[3] MAEZTU, R. de, Don Quijote, Don Juan y La Celestina, Espasa-Calpe, Madrid 1981, pp. 88 y 91.
[4] KIERKEGAARD, S., O lo uno o lo otro. Un fragmento de vida, Trotta, Madrid 2007, II, pp. 176-177.
[5] Sobre esta novela, cfr. MALO, A., cit., pp. 172-177.
[6] CANTALAMESSA, R., La sobria embriaguez del Espíritu, Madrid 1999, p. 164.
[7] Hago referencia a Notre-Dame de París no solo por gusto personal. Quedé muy impresionado al leer las declaraciones de François Cheng, miembro chino-francés de la Academia de Francia, cuando contó lo que sintió al ver la catedral parisina devorada por las llamas: «Cargada de espiritualidad y de historia, está verdaderamente hecha de piedras vivas. Dicho de otra manera, está hecha de nuestra carne y de nuestra sangre, porque allí hay un corazón que jamás ha dejado de latir. ¡Que exista una cosa así es realmente extraordinario! Esa cosa donde están reunidas la belleza y la verdad es el honor de Francia, en donde el genio de Francia ha llegado a su más alto grado de realización» (CHENG, F., À Notre-Dame, Salvator, Paris 2019).
[8] BRAGUE, R., Contro il Cristianismo e l’umanismo, Cantagalli, Siena 2015, p. 304.
[9] BOILEAU, N., Epistola IX (Arte poética).
[10] CHENG, F., Cinq méditations sur la beauté, Albin Michel, Paris 2006, p. 60. Sobre los trascendentales cfr. también MIRAVALLE, J.-M. L., Defensa de la belleza, Rialp, Madrid 2020.
[11] TOMÁS DE AQUINO, S., In Symbolum Apostolorum scilicet «Credo in Deum» expositio, c. 15.
[12] AGUSTÍN, S., Confessiones, I, 1.
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