Kitabı oxu: «Manual del economista serio»
Este manual ofrece al lector un sistema sencillo para detectar en nuestro país al “economista serio” y aprender a conocer tanto sus vicios como sus trucos de mago, útiles para justificar el direccionamiento de políticas económicas que han agravado la dependencia argentina de los centros de poder mundiales. Descubre sus artimañas y complicidades para poder refutarlos, desnuda su verdadero rol de lobista corporativo y busca poner en jaque la asombrosa idea de un saber “celestial”, desprovisto de intencionalidad e ideología política.
Este pretendido gurú tiene en su galera un modelo político claramente definido, con muchos perdedores y algunos ganadores, cuyo fracaso reiterado en aportar bienestar a las grandes mayorías es explicado por razones siempre ajenas a sus recomendaciones que, en complicidad con los factores de poder dominantes, lo hace impune y lo libera de toda autocrítica.
No es el modelo que se equivoca, es la realidad que falla.
“¿Pretenderán nuestros autores ironizar sobre lo “poco serio” de profesionales que jamás aciertan en sus pronósticos y que repiten como loros “oferta”, “demanda”, “reducir el gasto”, “eficacia”, “incentivos”, “esfuerzo individual” y, sobre todo, “libertad”, como si fuera el leit motiv de su campo de incumbencia? ¿O es acaso que hablan de un grupo de economistas que será recordado históricamente como los bufones de los dueños del capital?”.
AMADO BOUDOU

Sebastián Fernández es arquitecto (DPLG-UBA), tuitero (@rinconet), cofundador de La Mesa de Autoayuda K (@LaRadioMAK) y columnista en El Destape y Nuestras Voces. Considera que el verdadero desafío consiste en opinar desde la más tenaz ignorancia, ya que sabiendo opina cualquiera. Su participación en este libro lo prueba.
Mariano Kestelboim es economista (UBA) y periodista (TEA). Posee estudios de maestría en Historia Económica y de las Políticas Económicas (UBA). Actualmente, es el embajador de Argentina para el MERCOSUR y la ALADI, y es docente de Economía Mundial en la Universidad de Avellaneda. Anteriormente, se desempeñó como consultor de empresas y cámaras industriales y columnista del suplemento Cash en Página 12 y de BAE Negocios; fue director ejecutivo de la Fundación Pro Tejer y docente en la UBA.
SEBASTIÁN FERNÁNDEZ @rinconet
MARIANO KESTELBOIM
Manual del economista serio No es el modelo que se equivoca, es la realidad que falla
PRÓLOGO: AMADO BOUDOU

Índice
Cubierta
Contratapa
Biografía de los autores
Portada
Índice
Dedicatoria
Prólogo
Presentación
Capítulo 1. El hábitat
Capítulo 2. El léxico
Capítulo 3. La cuna del pensamiento
Capítulo 4. El lobby
Capítulo 5. No están solos
Capítulo 6. Los 40 años
Capítulo 7. El siempre esquivo factor climático
Capítulo 8. Los medios
Capítulo 9. El anarcocapitalismo
Capítulo 10. La pandemia keynesiana
Capítulo 11. Nuestra posición
Bibliografía
Créditos
Otros títulos de esta editorial
Para Bruni, Simón y Julia,
las estrellas de nuestro firmamento.
Agradecer a quienes nos ayudaron a llevar adelante este libro es una tarea tan necesaria como peligrosa, por el riesgo de olvidarnos algunos nombres. No sin cierta valentía decidimos correrlo y agradecemos a Alfredo Zaiat, quien le abrió las puertas de “Cash” –el suplemento de economía de Página 12– a nuestros primeros escritos a cuatro manos. También agradecemos a Gabriela Granata y Luis Autalán, que nos permitieron llegar a BAE; a Roberto Navarro, al Maestro Elbosnio, a Jorge Katz y a Amado Boudou, por las charlas y los consejos y, en el caso de Amado, por la generosidad de prologar el libro, un lujo que todavía nos asombra. Agradecemos, por fin, a Florencia Daud y Carolina Ortega, nuestras parejas, quienes padecieron con ternura y estoicismo nuestras dudas y consultas reiteradas sobre el texto.
En economía no hay nada misterioso ni inaccesible al entendimiento del hombre de la calle. Si hay un misterio, reside él en el oculto propósito que puede perseguir el economista y que no es otro que la disimulación del interés concreto a que se sirve.
Arturo Jauretche
PRÓLOGO
Por Amado Boudou
Me invitan Mariano Kestelboim y Sebastián “Rinconete” Fernández a prologar este Manual del economista serio, mi primera reflexión podría ser por qué no buscaron uno. Como una vez me dijera Roberto Feletti: “¿Por qué yo?”. Pero quizás esta sería una pregunta demasiado seria. ¿De qué pretenden hablarnos estos jóvenes en su libro? Si hay economistas serios… ¿se deduce que hay otrxs “no serixs”? ¿Todos los economistas serios son varones? ¿Pretenden catalogar a los economistas en serios y no serios? ¡Qué irrespetuosos!
Como alguien nos enseñara que las palabras hablan de palabras y no de cosas, me puse a buscar en el Diccionario de la Real Academia (órgano oficial y serio que regula “nuestra lengua”) definiciones que me permitieran (nos permitieran) interpretar en qué pretenden ocuparnos nuestros autores.
La entrada referida al vocablo “serio” nos indica que proviene del latín serius, y que sus acepciones oficiales son las siguientes:
1. adj. Grave, sentado y compuesto en las acciones y en el modo de proceder.
2. adj. Dicho de una acción: Propia de una persona seria.
3. adj. Severo en el semblante, en el modo de mirar o hablar.
4. adj. Real, verdadero y sincero, sin engaño o burla, doblez o disimulo.
5. adj. Grave, importante, de consideración. Negocio serio. Enfermedad seria.
6. adj. U. contrapuesto a jocoso o bufo. Ópera seria.
¡Uff, para todos los gustos! Pero, además, necesitamos definir las palabras que contiene esta definición si pretendemos comprender la divisoria propuesta por los autores. Pareciera que al tomar el vocablo “serio” en el sentido de “grave” nos lleva derechito a la tan citada definición de Thomas Carlyle, quien llamó a la economía “la ciencia lúgubre”, si aceptamos la traducción estándar al español para la expresión que el bueno de Thomas utilizaba para referirse a la economía –dismal science– mientras abogaba por reintroducir la esclavitud a mediados del siglo XIX. ¡No creo que esté en la cabeza de ningún economista (serio o no) defender tales ideas!, ¿no? Mmmm…
Si estamos entendiendo un poco el libro que prologamos, parecería que las ideas de los economistas serios tienen muchos puntos de contacto con la propuesta de Carlyle; sobre todo, cuando hablan de derechos laborales y remuneraciones de los trabajadores. Ni que decir cuando pretenden igualar a todos los seres humanos como poseedores de capital, falacia con la cual pretenden hacerle creer a Tito (el plomero de mi barrio) que el sistema económico vigente lo hace (y trata) igual a Mauricio Macri, ya que ambos son dueños de capital. Pero el conocimiento y las habilidades no tienen nada que ver con el capital y sus características económicas, dejando de lado el hecho de que el capital poseído por el meritócrata expresidente de nuestro país proviene de una herencia. Curiosa situación para el vocero de un modelo que pretende señalar al “éxito económico” como fruto del esfuerzo individual.
Sin embargo, esto de traducir “grave” como “jodido” (o bien, triste, deprimente, tenebroso, tétrico o sombrío, acepciones posibles también para dismal adjetivando a la ciencia económica) es una idea que me surgió intuitivamente. Recurramos nuevamente al aristocrático y real mataburros buscando “grave”, del latín gravis.
1. adj. Dicho de una cosa: Que pesa. U. t. c. s. m. La caída de los graves.
2. adj. Grande, de mucha entidad o importancia. Negocio, enfermedad grave.
3. adj. Dicho de una persona: Que padece una enfermedad o una lesión graves.
4. adj. Circunspecto, serio, que causa respeto y veneración.
5. adj. Dicho del estilo: Que se distingue por su circunspección, decoro y nobleza.
6. adj. Arduo, difícil.
7. adj. Molesto, enfadoso.
Parece ser que mi intuición está en los últimos lugares, acepciones sexta y/o séptima, y que lo más “natural” sería interpretar economistas serios como economistas “pesados”. ¿Qué querrán decir, entonces, Mariano y Rinco? ¿Molestos?, ¿repetitivos?, ¿aburridos? Al recorrer las páginas del Diccionario de la Real Academia Española, y evitando cualquier definición que pueda tener un efecto discriminatorio insospechado en nuestros autores, esta idea se verifica en la séptima y en la octava acepción de la definición de pesado. ¡Pero cuidado! En la novena: “Que precisa mucha atención o es difícil de hacer” (¡ojo!, parece que aquí el diccionario se refiere a acciones), décima: “Ofensivo, sensible” y aun la undécima: “Duro, violento, insufrible, difícil de soportar”, ¿podrían ser adjetivos para los economistas que se pretende describir?
¡Alerta!, porque la Real Academia nos distingue (permitiéndonos existir a argentinos y a uruguayos) con una expresión para este vocablo en su decimoquinta acepción: “Grupo de personas que se impone violenta y agresivamente en el deporte y otros ámbitos. “La pesada”. Quizás los autores estén tramando presentar a los economistas serios como personas que se imponen violenta y agresivamente en “otros ámbitos”: el debate público y la discusión política… Interesante. Atención: se me escapó que la primera acepción de “pesado” es para… cosas.
Por lo tanto, si interpretamos personas serias como personas graves a partir de la primera acepción de “serio”, lo más lineal serían las acepciones tercera y cuarta; en particular, la tercera que es la única que explicita “dicho de una persona”: “que padece una enfermedad o una lesión graves”, ¡descartado! En el segundo caso es más confuso ya que “circunspecto, serio, que causa respeto y veneración” no parecen ser condiciones que necesariamente vayan juntas. Es más, en la discusión pública pareciera que la circunspección y la ¡seriedad! son parte de una impostación para pretender presentar ideología como ciencia, o una falacia como algo relativo a la razón (como si existiera una sola razón). ¡Hey!, ¿no incurrió la Real Academia en un razonamiento circular al definir serio como grave y grave como serio? Mmmm…
¿Causa respeto solo lo que es serio y circunspecto? Suena a impostura. Veneración: “Respetar en sumo grado a alguien por su santidad, dignidad o grandes virtudes, o a algo por lo que representa o recuerda”. ¿No pretenderán esto lxs integrantes de una profesión como cualquier otra? No lo creo. ¿O lo pretenden para dicho grupo lxs dueñxs del capital, que lxs usan como vocerxs disfrazando con falacias y elucubraciones pseudocientíficas una ideología? La ideología que ha llevado al mundo a una situación de desigualdad nunca imaginada.
Grave, sentado y compuesto, dice nuestro diccionario. El conector “y” implica todo junto y a la vez. Intersección. Mesurado, circunspecto, sesudo, juicioso parecen ser el resultado de dicha intersección. No es poca cosa.
Dicho sea de paso, ¿no es un anacronismo que nuestra lengua sea administrada por una organización que se autodenomina “Real” (de la realeza)? ¿Alguien cree que nuestra lengua proviene de Dios como el “poder real” de los reyes? ¿Es aceptable que una lengua hablada por cerca de quinientos cincuenta millones de personas en el mundo sea administrada por un país con poco más de cuarenta? Más aún, si el grueso de quienes la hablamos habitamos en América, ¿cómo es posible que se administre desde Europa? ¿Alguien podría negar la riqueza que Nuestra América ha aportado a la lengua de Cervantes? ¿Alguien podría negar que una lengua es una construcción social, cultural? ¿No existe acaso una matriz de pensamiento –y por lo tanto de lenguaje– latinoamericana? ¡Mataburros al diccionario de la RAE! Civilización y barbarie, una y otra vez.
Curiosamente, la última acepción de serio es “contrapuesto a jocoso o bufo”. ¿Pretenderán nuestros autores ironizar sobre lo “poco serio” de profesionales que jamás aciertan en sus pronósticos y que repiten como loros “oferta”, “demanda”, “reducir el gasto”, “eficiencia”, “incentivos”, “esfuerzo individual” y, sobre todo, “libertad” como si fuera el leit motiv de su campo de incumbencia? ¿Será, acaso, que hablan de un grupo de economistas que será recordado históricamente como los bufones de los dueños del capital?
Veamos…
PRESENTACIÓN
La guerra es la paz.
La libertad es la esclavitud.
La ignorancia es la fuerza.
George Orwell, 1984
A principios de los años setenta, surgió en nuestro país una figura que con el tiempo fue ganando protagonismo y se volvió insoslayable en el debate ciudadano: el economista serio. No es que en los años anteriores no existiera este tipo de economistas; de hecho, eran de lo más habitual. Lo novedoso consistió en que su punto de vista, concentrado en la recomendación de un Estado mínimo y alejado de la regulación de los mercados, fue consolidándose como la referencia más genuina de lo que una economía debe hacer para crecer y, a partir de esos años, sus recetas fueron instrumentándose en diferentes períodos, aunque nunca con el rigor que ellos exigen. La profundidad de achicamiento del Estado jamás es suficiente cuando se ha aplicado, según esa visión, y así luego, devienen fuertes crisis y, de nuevo, toman el poder gobiernos irresponsables y vuelven a desandar el trabajo arduo de empequeñecer el rol del Estado en la economía.
Son economistas serios porque no suelen exhibir emociones fuertes, excepto para reclamar mayor ajuste del gasto público; manejan un lenguaje técnico, son formales y emplean términos en inglés con naturalidad; se dicen adoradores del liberalismo y denuncian todos los proteccionismos, salvo los del resto del mundo. Su foco de análisis es lo financiero y lo fiscal y tienen desdén por el análisis de la actividad productiva y la distribución del ingreso. En general, solo evalúan cuestiones vinculadas a la producción para referirse a la cosecha cuando buscan justificar alguna proyección sobre el mercado cambiario o al hablar del crecimiento; la problemática pyme poco les interesa pero, si hace falta, no dudarán en impostar una pretendida importancia. Visten formalmente, los varones son amplios dominadores del espacio, las mujeres, en gruesa minoría, casi no intervienen1, y conforman un pelotón en los medios de comunicación y redes sociales.
Sus exposiciones, con tono mesurado que defiende el necesario sacrificio de millones de personas, aplaudidas por el establishment, son respetadas, en general, en la prensa más allá de que suelen equivocarse notoriamente en sus pronósticos y que, al aplicar lo que recomiendan, empeore la calidad de vida de las grandes mayorías. Denuncian con ahínco los monopolios del Estado y comprenden las ventajas que las posiciones dominantes aportan a una empresa privada. Llaman liberalismo a que el Estado se ocupe solo de lo esencial: proteger a las grandes empresas de las inclemencias del mercado. Y postulan al mercado como ordenador natural de la economía.
En pocas palabras, representan una extraña mezcla de gurú, que maneja un saber esotérico vedado al resto de la ciudadanía, y de plomero, es decir, de técnico que resuelve un problema específico aplicando un saber desprovisto de carga ideológica e influencias políticas. En efecto, administrar un país es una tarea similar a la de reparar el flotante del inodoro, solo se trata de aplicar el manual de procedimientos adecuado. Supuestamente, detrás de su discurso, no existe ideología, ni siquiera política, solo soluciones puramente técnicas, aplicables en cualquier momento y lugar.
El poder de seducción del economista serio, siempre valorado como especialista o experto por los periodistas más reconocidos, no solo se limitó a los consejos de accionistas de las empresas que contratan sus servicios, sino que fue permeando incluso hacia los perdedores de ese modelo aparentemente desprovisto de ideología. Ciudadanos de clase media empezaron a compartir su mayor preocupación por el déficit fiscal que por su calidad de vida o su poder adquisitivo. Subsidiar el transporte público o la energía, o proteger a sectores estratégicos pero menos competitivos, a pesar de ser moneda corriente en los países desarrollados que admiran, empezó a ser visto como algo intrínsecamente malo, ya que aumenta el satanizado gasto público, mientras que condonar deudas públicas de empresas privadas, emitir descontroladamente bonos soberanos en el exterior con legislación foránea y tasas de interés extraordinariamente altas o disminuir impuestos a los más ricos a niveles irrisorios en comparación a esas naciones desarrolladas eran saludados como iniciativas que generaban un verdadero “clima de negocios”.
El bienestar de las mayorías pasó a depender más de lo que “los mercados” interpretan de las pantomimas de los gobiernos que de las decisiones de esos mismos gobiernos. Por supuesto, el intermediario obligado entre los mercados y la ciudadanía, el supremo sacerdote de ese nuevo oráculo es el economista serio. Un profesional, alejado del mundo de la política, que, aun cuando le toca trabajar en los equipos de los gobiernos serios, hace gala de no hacer política: presenta soberbiamente sus recomendaciones como si la política fuera parte de otro mundo que nada tiene que ver con las decisiones económicas, más allá de que puedan implicar ganancias enormes para unos y miserias para otros.
El economista serio es un mamífero gregario, suele equivocarse en manada. Una de sus cualidades más notables consiste en ser un maestro del error: frente a gobiernos populares, sus proyecciones son pesimistas y así termina subestimando el crecimiento o previendo una inflación mucho mayor a la que luego se registra, pero se transforma en optimista apenas percibe un cambio del signo político y un gobierno serio llega al poder. A partir de ahí, sus errores de pronóstico invierten su sentido.
Asombrosamente, a diferencia de lo que ocurriría con un gurú o un plomero, los gruesos desaciertos sostenidos en el tiempo no ponen en peligro su carrera profesional. Casi podríamos decir que el error permanente y muchas veces grotesco, aunque siempre de un mismo lado, la consolida. Como en una infinita torta Rogel, las previsiones erradas pasadas son tapadas por nuevas previsiones, igual de erradas o más que las anteriores.
Un observador candoroso podría sorprenderse por el hecho de que fueran tomados como oráculos quienes durante años reiteradamente se dedicaron a equivocarse, pero eso sería olvidar lo esencial: sus análisis fallidos nunca fueron errores. Ocurre que esos analistas funcionan, en la práctica, como falsos críticos teatrales que opinan desde la platea cuando, en realidad, son parte de la obra que miramos. Su objetivo no es analizar la realidad sino operar sobre ella.
El esquema de incentivos que ordena a estos economistas también adormece su capacidad reflexiva. Los estímulos económicos que reciben provienen básicamente de grandes empresas, en muchos casos provenientes del mundo financiero, de sectores que actúan en áreas concentradas de la economía privilegiadas por explotar las riquezas naturales o de conglomerados sin competencia internacional o muy escasa (servicios de salud privada, negocios inmobiliarios, grandes superficies de intermediación comercial, servicios públicos concesionados y grandes proveedores de insumos industriales de uso difundido, entre otras). Esos grupos de poder no necesariamente están interesados en el desarrollo social y productivo de nuestro país, ni en la planificación de políticas públicas con las que el Estado pueda redistribuir ingresos para favorecer el crecimiento de pymes en actividades donde no existen ventajas comparativas y que, por lo tanto, requieren mucho tiempo y recursos para su desarrollo e implicarían el riesgo de intervención estatal en el manejo de sus negocios.
La prédica constante de nuestros economistas serios no es ajena a los vaivenes económicos del país, al drástico cambio de rumbo político y económico ocurrido a partir de la dictadura del Proceso y al éxito de la ola neoconservadora que conoció la región.
El economista y periodista Alfredo Zaiat es uno de los pocos combatientes en minoría de esa corriente dominante en los medios de comunicación. Y se ha ocupado de desnudar su verdadero rol:
Son hombres de negocios que se dedican a comercializar información económica. Se dedican a la futurología abusando de la inocencia de la opinión pública. Los temas de economía en los medios de comunicación son el paraíso de los lobbies. Se dedican a señalar con mandato autodelegado qué es lo que se debe hacer en la economía. En realidad, están influyendo, ejerciendo lobby, presionando. Sostienen un discurso que exponen como técnico pero resulta fundamentalmente político e ideológico. La economía no es una ciencia exacta como muchos de estos profesionales hacen creer a la mayoría. Las recetas que ofrecen siempre son sencillas y prácticas con resultados inmediatos y efectivos. Esas pócimas se bebieron en muchos países con consecuencias sociolaborales desastrosas. Pero no se rinden y siguen con el mismo libreto (Zaiat, 2012).
El objetivo de este manual es ofrecer al lector un sistema sencillo para detectar al economista serio y aprender a conocer tanto sus vicios como sus trucos de mago, útiles para justificar el direccionamiento de políticas económicas que han debilitado la capacidad productiva, la calidad de vida y, en especial, agravado la dependencia de nuestro país respecto a los centros de poder mundiales.
Identificarlos y descubrir sus artimañas y complicidades es el primer paso para poder refutarlos, desnudar su verdadero rol de lobista corporativo y poner en jaque la asombrosa idea de un saber celestial, desprovisto de intencionalidad e ideología política. Por el contrario, el pretendido gurú tiene en su galera un modelo político claramente definido, con muchos perdedores y algunos ganadores, cuyo fracaso reiterado a aportar bienestar a las mayorías es explicado por factores siempre ajenos a sus recomendaciones que, en complicidad con los factores de poder dominantes, lo hace impune y lo libera de toda autocrítica.
No es el modelo que se equivoca, es la realidad.
1 El análisis de la invisibilización de las economistas mujeres sobrepasa los objetivos de este libro. Recomendamos el libro Economía Feminista, obra de la economista Mercedes D’Alessandro, que aborda con claridad y profundidad conceptual la discriminación de género.
CAPÍTULO 1
EL HÁBITAT
De cómo el economista serio desarrolla su carrera universitaria y profesional en un ámbito homogéneo, sin fisuras, que lo contiene y ayuda a consolidar sus certezas, a la vez que permite pulir sus letanías e impedir que la realidad enturbie sus prejuicios.

Parece la fortificación de una frontera, pero en realidad es la invención de una frontera. La Gran Muralla no defendía de los bárbaros: los inventaba. No protegía la civilización: la definía.
Alessandro Baricco, Los bárbaros
Como señalamos en la presentación, el economista serio es un mamífero gregario. Se mueve en manada en un hábitat bastante homogéneo: luego de obtener un título de grado en alguna universidad local preferentemente privada, cargada de una formación de la economía como una ciencia dura, suele aplicar a un posgrado en una universidad privada del hemisferio norte; por lo general, de Estados Unidos o Inglaterra. De esas que afrontan un costo mayor que las públicas, pero que cuentan con un subsidio privado, lo que al parecer aportaría una mayor legitimidad e independencia. Frente a la expansión de la especie, han ido aumentando las opciones de estudio de posgrado a nivel local que, si bien le generan menos orgullo y prestigio, tampoco lo desvían de su arraigada posición y contribuyen a multiplicar al pelotón y así extender su prédica. Todas refuerzan su percepción abstracta y matematizada de la realidad, “apolítica” y con mínimos contenidos de análisis histórico y de la problemática específica de los países periféricos, ni siquiera de los mayores socios comerciales latinoamericanos.
Los posgrados permiten consolidar esa “estructura conceptual aprendida (y) tan incorporada que casi irremediablemente bloquea su comprensión de la realidad”, escribió Marcelo Diamand, ingeniero y empresario integrante de la Unión Industrial Argentina que supo romper con la teoría tradicional en sus análisis sobre la economía nacional ya desde los años setenta.
La formación hegemónica actúa como clubs selectivos; representa el primer paso hacia la verdadera riqueza de este grupo social: los contactos que los abroquela como especie común. Los profesores, los conferencistas e incluso los colegas venidos de otros países permitirán nutrir las agendas de esos futuros ministros, lobistas, periodistas o funcionarios de organismos financieros internacionales que tejerán a lo largo de sus carreras lazos tan poderosos como invisibles.
Ese es el objetivo más relevante de esos posgrados, crear una red regional o incluso global y marcar una línea divisoria, como la Muralla China que describe Alessandro Baricco en la cita del inicio de este capítulo. Como escribió Mark Fisher en Realismo capitalista, “Los neoliberales fueron más leninistas que los leninistas: supieron crear y diseminar think-thanks que formaran la vanguardia intelectual capaz de crear el clima ideológico en el que el realismo capitalista pudiera florecer”. Para Fisher, el realismo capitalista es “la sensación generalizada de que no solo el capitalismo es el único sistema político y económico viable, sino también que ahora es imposible incluso imaginar una alternativa coherente a él”. El mantra del economista serio.
El paso por universidades privadas y think-thanks le permite al economista serio acceder a empresas, organismos públicos, bancos y, para los más exitosos, la posibilidad de lograr la consultora propia reconocida por los medios de comunicación más influyentes.
Las ONG y las fundaciones de objetivos transparentes y financiamiento opaco suelen ser también un ámbito cordial para los economistas serios. ¿Qué funcionario público querría confrontar con un organismo internacional o una consultora privada que podría llegar a contarlo entre sus socios o generar rispideces en la comunidad de colegas? La promiscuidad público-privada, una puerta giratoria que no suele preocupar a nuestros medios, es una de las características más relevantes del hábitat de los economistas serios. Un economista que asesoró a los fondos buitre en su batalla legal contra Argentina puede pasar del otro lado del mostrador y ser director del Banco Central o, de gerente de un banco de inversión denunciado por evasión fiscal, puede pasar a regular a sus antiguos accionistas desde el Ministerio de Economía, sin que eso genere dudas sobre posibles conflictos de intereses.
Por el contrario, los grandes medios de comunicación suelen destacar como mérito insoslayable sus antecedentes en la dirección de grandes firmas. El exjefe de gabinete de ministros de Mauricio Macri, Marcos Peña, fue quizás el más elocuente cuando se refirió al exministro de Finanzas y expresidente del Banco Central, Luis Caputo, para defenderlo cuando se conocieron públicamente sus vínculos con sociedades offshore, justo antes del estallido de la crisis de ese gobierno, a fines de febrero de 2018. “Jugaba en la Champions League y dejó todo para jugársela por su país”, destacó Peña en un programa televisivo. Luego, a pesar del desastre económico que generó la gestión de Caputo al frente de ese ministerio y del Banco Central (el endeudamiento más acelerado de nuestra historia y una abrupta devaluación), hasta el cierre de redacción de este libro no se había rectificado y tampoco el medio lo ha comentado.
Los lazos invisibles, el hábitat común y la estructura conceptual compartida permiten que un funcionario del Ministerio de Hacienda de Argentina tenga los mismos códigos que el funcionario del FMI de origen indio que visita el país para auditar las cuentas públicas, comparta sus mismas preocupaciones y defienda similares diagnósticos y propuestas de administración económica. Por supuesto, siempre con la misma indiferencia hacia el bienestar de las mayorías.
El sentido de pertenencia de los economistas serios es una razón relevante que explica la muy baja intensidad de sus críticas, la ausencia de controversias entre miembros de la especie y el inclaudicable optimismo con que ellos encaran la aplicación de sus recetas, más allá de la pobreza de sus resultados. El comportamiento de la manada podría asimilarse a la de un dictador cuando comete un error; usualmente no lo reconoce y, por lo tanto, no intenta nada diferente. Más bien responsabiliza a “enemigos extranjeros”, “traidores domésticos” o más comúnmente en el caso de los economistas serios a “factores climáticos” y afirma que necesita aún más poder, ir más a fondo para combatir a estos enemigos, traidores o resistir eventos de la naturaleza perjudiciales.
Un estudio de Ana Castellani, doctora en Ciencias Sociales e investigadora del CONICET, en el marco del Observatorio de las Elites Argentinas de la Universidad de San Martín, identificó esa fusión de intereses entre funcionarios del sector público, de la esfera privada y de organismos internacionales y, particularmente, encontró que “uno de los rasgos distintivos de los altos funcionarios del gabinete inicial de Macri es su frecuente participación en fundaciones u ONG, y otro tipo de organizaciones sociales, culturales, académicas, profesionales, religiosas, etc.”. Castellani observó, asimismo, que “más de la mitad del alto funcionariado del gabinete inicial del gobierno de Cambiemos (54,5%) participó alguna vez en este tipo de organizaciones, lo que sugiere que esta práctica forma parte de la sociabilidad básica de los miembros de esta fuerza política, o parte de un cierto cursus honorum”.
Al ser nombrado ministro de Economía en 1991, Domingo Cavallo pudo cubrir centenares de puestos en la función pública con candidatos venidos de la generosa cantera de las fundaciones afines, empezando por la Fundación Mediterránea y empresas amigas. En este caso también, la estructura conceptual común permite implementar políticas sin el fastidio de tener que explicarlas: los diagnósticos −que siempre incluyen la necesidad de “cirugías mayores sin anestesia”, para retomar una expresión de aquellos años− son compartidos por todos con el mismo ahínco. Ni siquiera el fracaso crónico de esas soluciones disminuye el entusiasmo colectivo. El hábitat común actúa como un eficaz narcótico contra las inclemencias de la realidad.
Los silenciosos y exclusivos grandes ganadores por la aplicación de su manual, como los estrechos vínculos de los líderes de la especie con grandes corporaciones beneficiadas con sus recomendaciones de políticas, tampoco son puestos en la mira. El periodista y politólogo José Natanson, en su libro Buenos Muchachos, publicado en el año 2006, ya había observado que la principal función de los economistas serios no parece ser explícita. “Con sus influyentes informes, sus estudios de coyuntura y sus intervenciones en los medios de comunicación, o directamente gracias a su paso por el gobierno, los economistas neoliberales han logrado representar de un modo inmejorable al establishment económico”, concluyó Natanson. La legitimidad de sus afirmaciones correría un riesgo muy alto si se conociera abiertamente el interés que promueven. Por eso, nuestros economistas serios siempre intentarán que no se los asocie políticamente con nadie ni con ningún interés específico sobre ningún negocio.
CAPÍTULO 2
EL LÉXICO
De cómo el economista serio dispone de un manual de letanías y trucos retóricos que reitera una y otra vez, como los monjes budistas repiten sus mantras, con el objetivo de transformarlo en sentido común.

Poder convertir en sólidos y fuertes los argumentos más débiles.
Protágoras
Así como el economista serio posee un hábitat en el que desarrolla su actividad y una serie de estructuras de apoyo e incentivo, también cuenta con un conjunto de “ideas fuerza” bien arraigadas, como los vendedores de humo suelen llamar a las letanías que intentan transformar en sentido común a través de su repetición constante. Tienen rasgos comunes a los jugadores de fútbol que, al empezar a jugar en primera división, repiten un casete que respetan a rajatabla. En esa sintonía, nuestros economistas serios reiteran como un mantra sus cantinelas que se caracterizan por su simpleza. Son relatos supuestamente desprovistos de intencionalidad política, como una especie de conocimiento “natural”.
Como escribió el economista Claudio Scaletta en La recaída neoliberal:
Es necesario, como punto de partida, aclarar lo obvio. Los economistas, como los representantes de cualquier otra profesión, tienen ideología. Sobre todos los llamados “profesionales” representan intereses particulares y, para reforzar la idea, muy concretos. Descubrir estos intereses no es una tarea muy difícil, alcanza con observar quienes financian los centros de estudios, fundaciones y consultoras a los que pertenecen. También se puede acortar el camino y observar las recomendaciones de política que, para todo tiempo, caso y lugar, siempre son las mismas: mejorar el tipo de cambio, bajar impuestos, flexibilizar el trabajo y subir tarifas para quien las cobra. Todo muy científico.
Los economistas que deciden eludir estas recomendaciones eternas y buscar caminos alternativos son apartados como si sufrieran de algún tipo de enfermedad contagiosa, son ignorados y despreciados. Son marginales o, más precisamente, mapuche-iraníes, una extraña raza silvestre que no es digna de ser escuchada por un economista serio, dado que no comparte ni respeta sus valores. No solo no les interesa escucharlos, sino que todo aquel que se sale de su libreto, por más que sea con propuestas tibiamente alejadas de su cuadrante de pensamiento, es tratado como un antisistema y sus ideas carecen de rigor técnico. Su modelo mental es binario: pertenecés y compartís sus códigos o sos un paria. Por supuesto, cuentan con los grandes medios de comunicación como aliados. Para ellos, el economista serio es un técnico sin afinidades políticas, el economista serio es presentado como economista a secas. El que no es serio debe ser etiquetado. En los últimos tiempos, el rótulo más repetido era con la letra K. Pero también puede usarse la alternativa de “economista de izquierda” o “economista cercano a tal político o partido político”, entre otras variantes, de forma de presentarlo con cierta estigmatización, que supuestamente determina sus ideas. Perfectamente, si quisieran darle una presentación particular, podrían asociarlo a la institución académica para la cual trabajan, pero alteraría su propósito de condicionamiento.
En este capítulo intentaremos establecer una lista de las más reiteradas letanías que conforman el discurso antipolítico del economista serio para uso del lector profano.
“No hago política” (o sus variantes como “no me interesa la política” o incluso “esto no es política”)
El economista serio expresa esa letanía siempre con un tono enfático que refleja cierto orgullo por su pretendido profesionalismo y por no formar parte del círculo de la política. Se basa en un precepto fundante en el relato de todo economista serio: la certeza de que existe en economía un saber técnico desprovisto de un marco político. El economista serio se presenta a sí mismo, y muchas veces termina por creerlo, como un técnico, mezcla de plomero y de mesías, que tiende a resolver un problema dado de la manera más eficiente, sin ceder a ningún preconcepto. La imagen podría ser la de un médico que, frente al dolor de cabeza de su paciente, le recetara una aspirina. “El dolor de cabeza no es de izquierda ni de derecha, al igual que el remedio que le receté” podría afirmar nuestro economista serio con estetoscopio y guardapolvo, simplificando una vez más su propia tarea.
En realidad, en política, los diagnósticos rara vez tienen la simpleza de un dolor de cabeza y la solución elemental de una aspirina. Los economistas serios enseñan que, por definición, las sociedades cuentan con recursos limitados y necesidades insatisfechas y crecientes. Parten de la premisa de la escasez, pero, afortunadamente, esa no es la norma en economías capitalistas. Los recursos tienden a ser cada vez más abundantes gracias a los avances tecnológicos para acceder a una mayor variedad de materias primas y también para canalizar energías y orientarlas al desarrollo productivo; de hecho, las crisis mundialmente se caracterizan por la sobreproducción, las fábricas acumulan stocks y la oferta de trabajo también supera holgadamente a la demanda. La dificultad consiste en vender los bienes y servicios, dado que la capacidad de compra está tan concentrada que bloquea el acceso generalizado a los bienes de consumo de las grandes mayorías. O sea, un problema central es la distribución que, bajo el preconcepto serio de dinamizar la oferta y el crecimiento sin dar cuenta de esta problemática, lo termina escondiendo y agravando.
Bajo ese tipo de preconceptos, propios de un laboratorio operado a piloto automático o bajo la mano invisible del mercado, tampoco parece tener relevancia con qué criterios vayan a paliar necesidades, derivadas de la concentración de la riqueza que generan las políticas que estimulan, cómo fijar el rango de las urgencias y cómo establecer las prioridades.
Ordenar prioridades y fijar recursos, es decir, elegir ganadores y perdedores es, mal que le pese a los entusiastas de la antipolítica, hacer política. En su modelo, es el mercado el que asigna los recursos a través del sistema de precios. Poco les importa que su modelo no se ajuste al mercado más operado: demanda y oferta de fuerza laboral. No solamente hay obvias rigideces por la necesidad de un salario de subsistencia como piso y por las relaciones de fuerza derivadas de la organización obrera, sino principalmente por el accionar de los Estados de los países desarrollados que regulan intensamente la competencia. Por supuesto, el mercado laboral no es único con extendidas regulaciones que traban el adorado sistema de precios por parte de nuestros economistas serios. También los mercados de productos agrícolas y de servicios públicos, por caso, tienen muy significativas regulaciones y son determinantes de todo el funcionamiento de la economía global.
“Camino a la normalidad” o “país normal”
El economista serio justifica con vehemencia los presentes calamitosos que las políticas que defiende suelen hacerle padecer a las mayorías como paso necesario para gozar de futuros tan venturosos como lejanos. Es por eso que solemos escucharlos afirmar que “vamos por el camino correcto”, ese que nos lleva irremediablemente hacia la “normalidad”. Ocurre que, así como los gobiernos populistas nos hacen correr el riesgo de cataclismos tan inminentes como esquivos, los futuros promisorios de los gobiernos serios siempre están por llegar aunque son igual de esquivos que aquellos cataclismos.
¿A qué llamamos normalidad? Un estadounidense, por ejemplo, puede considerar normal tener que pagar un seguro médico que se lleva una porción significativa de sus ingresos mientras que un francés consideraría absolutamente anormal estar obligado a tener uno, ya que toda su vida se benefició de un sistema de salud gratuito. Ambos, sin embargo, viven en países “normales”, al menos según los estándares de nuestros economistas serios. Un australiano se sorprendería en Finlandia al ver que no existen escuelas privadas, algo que en su país es algo absolutamente “normal”. Lo mismo podría ocurrir en Chile con un francés habituado a la universidad pública gratuita al notar que aún las universidades públicas de ese país son aranceladas. En nuestro país fue “normal” no poder divorciarse hasta el año 1987 y antes de 2010 no era “normal” que dos personas del mismo sexo se pudieran casar.
Por lo general, cuando un economista serio nos habla de “normalidad”, está hablando de “su” normalidad; es decir, del sistema que él apoya y que espera que todos también apoyen. En la enorme mayoría de los países serios que suele poner como ejemplo, el Estado subsidia el transporte público, los servicios públicos, la salud, la industria, la investigación y el desarrollo, la cultura, el agro, el consumo e incluso el ocio de la ciudadanía. Por eso, la discusión no es subsidiar o no ya que todos lo hacen, sino cuánto, cómo y a quién. Y ese debate, mal que les pese a los entusiastas de la antipolítica, también es político.
Así, para nuestros economistas serios es normal que los bancos hayan venido pagando tasas de interés en torno del 45/50% por depósitos a plazo (mínimo de treinta días inmovilizados) entre el segundo semestre de 2018 y el primero de 2019, que lleven esos fondos al BCRA y reciban una tasa de 60/75% por depósitos a solo siete días, cuando jamás el BCRA dejó de pagar una deuda. Esa es la pretendida “normalidad” que comparten gobiernos neoliberales y nuestros economistas serios. En el medio, por supuesto, funden empresas dedicadas a producir y comercializar, especialmente pymes, y destruyen cientos de miles de empleos formales en el sector privado; el serio desprecia lo público. Para ser exactos, en el último año con gobierno “serio” se habían perdido 296.242 puestos de trabajo (de diciembre de 2015 hasta el mismo mes de 2019), fenómeno agravado por el hecho de que anualmente ingresan alrededor de 170.000 personas al mercado laboral.
También era normal para el economista serio cuando, por ejemplo, en la década de 1990, nuestra moneda equivalía al dólar. El sostenimiento del consumo, con una industria en desarme, se nutría de importaciones de todo tipo y la clase media emprendía masivamente con naturalidad vacaciones en el exterior. No era objeto de debate siquiera que, para financiar esa demanda, se recurriera a las privatizaciones de empresas públicas de sectores de servicios estratégicos, como la energía, los combustibles, la aeronavegación o el correo, nunca administrados por privados en los países considerados serios. Tampoco se discutía la toma de deuda a mansalva en el exterior sin rendir cuentas con tasas de interés que desde mediados de 2001 llegaron a superar el 15% anual y así más que triplicaban el costo del dinero a nivel mundial (la tasa de los bonos a diez años del Tesoro de Estados Unidos fue descendente en los años noventa y en ese año rendía menos del 5%). De esa forma, provocaban que la trayectoria de la deuda pública fuera insostenible. Y era normal, claro; la deuda externa alimentaba el negocio financiero. Su negocio.
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