Kitabı oxu: «A Roma sin amor»
Índice de contenido
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Carta de la autora
Agradecimientos
Título original: BROMeANTICALLY CHALLENGED
© 2020 by Marina Adair
First Published by Kensington Publishing Corp. Translation rights arranged by Sandra Bruna Agencia Literaria, SL All rights reserved.
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Diseño de cubierta y fotomontaje: Eva Olaya
Traducción: Xavier Beltrán
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1.ª edición: enero 2021
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2021: Ediciones Versátil S.L.
Av. Diagonal, 601 planta 8
08028 Barcelona
www.ed-versatil.com
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Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita del editor.
Para mi hija Thuy. La historia de tu adopción siempre será mi favorita.
Capítulo 1
En el momento en que Anh Nhi Walsh se puso el vestido de novia y notó cómo la seda, que debía de tener unos ochenta años, bailoteaba sobre sus caderas, supo que había habido un error.
Un error tan terrible que ni todo el chocolate del mundo podría arreglarlo.
Annie acababa de terminar un turno de treinta y seis horas, por lo que su cerebro iba al ralentí, pero cuanto más tiempo pasaba sobre sus Jimmy Choo plateados y con el maquillaje del día anterior, más claro le quedaba que ni el mejor sujetador push-up iba a solucionar lo evidente.
Aquel no era su vestido.
—No me lo puedo creer —susurró tapándose la boca con las manos.
Cierto, el vestido había llegado hasta su puerta dentro de la caja a rayas de color crema y rojo, una entrega especial de Bliss, la boutique más exquisita de Hartford. Y sí, se trataba de la seda que la abuela Hannah había traído de Irlanda, y que ahora se bamboleaba sobre la cintura de Annie. Pero aquel no era el vestido de Annie, en absoluto.
El vestido de Annie era elegante y sofisticado, un sentido homenaje a su abuela, la única persona que Annie quería a su lado cuando por fin caminara hacia el altar. La abuela Hannah no iba a permitir que algo tan irrelevante como estar muerta le impidiera asistir a la boda de su única nieta. Pero Annie deseaba que su compañía fuera mucho más que algo espiritual.
Y por eso había encargado una actualización del vestido de boda de 1941, de corte griego con mangas casquillo y cola de sirena ornamentada, confeccionado con la misma tela que había llevado la mujer más importante de la vida de Annie en su día más especial.
Annie se bajó el corpiño del vestido con ganas llorar. El escote corazón, demasiado ancho y voluminoso, era el golpe bajo definitivo que necesitaba para pasar página.
Los seis años que llevaba trabajando como médica asociada de Urgencias le habían proporcionado una calma racional que le permitía actuar de manera rápida y eficaz en casi cualquier situación. Le habían enseñado a diferenciar entre lo mortal y lo dolorosamente incómodo. Con eso en mente, abrió la agenda del móvil.
—Añade «asesinar al prometido» a mi lista de tareas pendientes —ordenó.
—Añadido «asesinar al prometido» —respondió la voz femenina digital—. ¿Puedo ayudarte en algo más?
—Sí. —Porque Annie sabía que un asesinato no era una respuesta racional, y, además, el Dr. Clark Atwood ya no era su prometido. Ni su problema.
Según decía la letra elegante de la tarjetita de lino que los de Bliss habían enviado junto al vestido, esa responsabilidad recaía ahora en Molly-Leigh (con guion) May, la de las curvas de escándalo y escote pronunciado.
Anh Nhi (siempre mal pronunciado) Walsh, la de una figura aniñada y alegre pero con un pecho mucho más modesto, había pasado a otros asuntos más importantes. Y arreglar los desastres de su ex no estaba entre ellos.
Ya no.
—Llama al Dr. Capullo —dijo.
—Llamando al Dr. Capullo —repicó la voz de mujer. Annie se había desinstalado el locutor sexy con acento británico, a lo 007, el mismo día en que se enteró de la inminente boda de Clark. Pretendía cumplir a rajatabla con su nuevo estilo de vida libre de hombres.
Clark respondió al primer tono.
—Dios, Annie. Llevo semanas llamándote —dijo, como si ella fuera el único problema que tenía en su vida.
—He estado muy ocupada con el nuevo curro, decorando mi nuevo piso y pidiendo disculpas a mis familiares porque, por lo visto, que el novio se case con otra mujer no es motivo suficiente para que las aerolíneas reembolsen el dinero de los billetes.
Hacía ya tres meses que, un buen día, al despertarse, Annie se había encontrado con una cama vacía, un armario más vacío aún y un mensaje de texto esperándola en el móvil:
Lo siento, Anh-Bon, n puedo. Eres lo mejor q m ha pasado, y d haberlo intentado cn alguien, sería contigo, n lo dudes. N sé si lo d casarme va conmigo. Perdóname.
Annie tardó una semana en darse cuenta de que la boda, la romántica luna de miel en Roma con paseos junto al río Tíber y el futuro que llevaban años construyendo se habían esfumado.
Tardó una sola publicación de Instagram de su ex (del que hacía tan poco que se había separado que aún tenía el anillo de compromiso) en la que aparecía con una sonriente rubia y la descripción: «Por fin he encontrado a mi amor verdadero» en darse dos semanas de margen —que era más de lo que Clark le había dado— para encajar el golpe y solicitar una vacante temporal en el Hospital General de Roma.
En cuanto le llegó la oferta, hizo las maletas, dispuso el cambio de dirección, dejó el anillo y el resto de los regalos tras de sí para que se lo enviaran todo a Clark, y se prometió un futuro repleto de oportunidades emocionantes y destinos exóticos. Se había esforzado para ser una médica asociada internacional porque quería ver mundo. Los seis años de escala en Hartford habían terminado.
Aquel era su momento.
—Si estás tan ocupada, ¿cómo has tenido tiempo de meter «asesinar al prometido» en el puesto número uno de tu lista de pendientes? —le preguntó, y Annie cogió el móvil en busca de un micrófono oculto. Cuando estaba a punto de arrancar la batería, Clark añadió—: Sigo teniendo acceso a tu agenda.
—Que haya olvidado eliminarte no te da ningún derecho a leer mis cosas —lo acusó.
—Es difícil pasar por alto una amenaza de muerte o mi nota preferida, «tiempo a solas para consolarme». —Clark soltó un silbido—. Cinco veces a la semana. ¿Gastas muchas pilas o qué?
—No tantas como cuando estaba contigo. —La humillación le recorrió el cuerpo al pensar en los numerosos recordatorios que había incluido en su lista de tareas pendientes a lo largo de los últimos meses—. Y si has visto eso, también habrás visto que contacté con los de Bliss para cancelar los arreglos y que me devolvieran el vestido de mi abuela. Intacto. —Observó el reflejo que le devolvía el espejo—. Y no está intacto, Clark. Alguien lo ha tocado, y mucho.
—Ahora que lo dices… —Annie oyó el familiar sonido del cuero cuando Clark se reclinó en la silla de su despacho—. Supongo que ha habido una confusión con las indicaciones, y el vestido de tu abuela ha servido para hacer…, en fin, el vestido de Molly-Leigh.
Annie se sentó en el sofá y apoyó la cabeza sobre las rodillas.
—¿Qué hacía Molly-Leigh en Bliss? —quiso saber. La pregunta le provocó un dolor tan intenso que era como si reviviera la ruptura de nuevo. Porque Bliss no era la típica tienda de vestidos de novia de usar y tirar que visita todo el mundo. Era una boutique especializada en restaurar piezas antiguas, y tenía una lista de espera de un año.
Bliss no trabajaba con cualquier novia, y Annie no quería que una modista cualquiera se ocupara de su herencia familiar más preciada. Una herencia que ahora habían retocado para abarcar a Dolly Parton, la bola de Nochevieja de Times Square y los dos brazos de la justicia —que, por cierto, nunca se inclinaban a su favor—.
—Vio un esbozo de tu vestido en el diario de boda y se enamoró.
Annie levantó la cabeza y miró por la ventana hacia el porche trasero. Suspiró con alivio cuando vio su diario de boda. La neblina marina de la noche había aparecido enseguida y había dejado una ligera bruma de rocío, pero el diario seguía donde lo había arrojado, al lado de la piscina, debajo de la mesa de la terraza, en una caja con la etiqueta: «Ropa sucia, copos de avena y sueños rotos».
—¿Cómo ha podido ver mi diario de boda?
—Nuestro diario de boda —la corrigió él, y en la barriga de Annie comenzó a gestarse un mal presentimiento—. Le pedí a una de las enfermeras que hiciera una copia.
—Un uso muy inadecuado del personal y del material del hospital. Y ¿para qué? Si no ibas a casi ninguna de las citas.
—Fui a las que eran importantes.
—O sea, a una. A la única que te importaba a ti —lo corrigió—. Llegaste veinte minutos tarde a la prueba de la tarta. Y solo porque tenías entre ceja y ceja que fuera tarta de zanahoria. A nadie le gusta la tarta de zanahoria, Clark. A nadie.
—A mi madre sí. Y también a Molly-Leigh.
«Ay».
—Pues veo que has encontrado a tu pareja perfecta —susurró mientras alzaba la mano, cuyo dedo anular se veía desgarradoramente desnudo.
«Las decisiones de los demás tienen que ver con ellos, no conmigo», se recordó.
Eran las palabras que le dijo su psicólogo cuando, de niña, empezó a tener ataques de pánico en aquellas situaciones que la hacían sentirse una inepta. A lo largo de la adolescencia, las blandía como si fueran un arma. Ya de adulta, le gustaba creer que eran más bien un mecanismo de defensa para cuando las inseguridades le hacían una desagradable visita.
—Todavía me debes la mitad de la fianza —le recordó.
—Esa es mi Anh-Bon —dijo Clark en voz baja. Tiempo atrás, que la llamara así hacía que revolotearan mariposas en su corazón. Hoy le provocaba ganas de vomitar—. Siempre recordándome mis errores. Sin ti, jamás habría abandonado mi fase egoísta.
Annie se echó a reír ante la ironía.
Al ser la hija adoptiva de dos célebres psicólogos, y la única que desentonaba en su entorno, Annie había adquirido la curiosa capacidad de identificar y mitigar los miedos de los demás. Encontraba una solución antes incluso de que la mayoría de la gente fuera consciente del problema. Por eso era tan buena en su trabajo. Y tan fácil que se abrieran con ella.
Las enfermeras del hospital la habían apodado «Dra. Freud».
Annie era una buena chica con un buen trabajo que lograba atraer a buenos chicos con opciones de ser algo más en lo que al amor se refería. Su existencia había sido una sucesión de hombres monógamos, todos con una tara terrible que les impedía encontrar al amor de sus vidas. Durante la mayoría del tiempo que estaban con Annie, creían que era ella. Al final, sin embargo, Annie los ayudaba con sus taras emocionales para que otras mujeres fueran muy felices con ellos.
En su ADN llevaba grabado «esposa en prácticas». Tenía el don de ayudar a sus novios a superar sus problemas. Cuatro de los cinco últimos habían conocido a sus mujeres al cabo de pocos meses de romper con Annie. El quinto se había casado con su amor del instituto, Robert.
Y entonces llegó Clark. Un caballero muy metódico con bata de quirófano, con una familia increíble, un plan de vida sólido y unos cimientos inamovibles. Fue el primero en ponerse de rodillas y decirle a Annie que, para él, la búsqueda había terminado.
Se lo creyó como una tonta.
Y cuando Clark se desdijo y le confesó que lo de casarse no iba con él, y que no era ella sino él, también se lo creyó. Hasta que a las pocas semanas de dar por zanjado su compromiso le puso un anillo en el dedo a Molly-Leigh, así, a lo Beyoncé.
—Muchas cosas tengo que recordarte. Empecemos por el dinero del vestido, que ahora me debes.
—¿Cuánto? —Clark suspiró, alto y claro.
—Cuatro millones de dólares.
—Venga ya, por el amor de Dios.
—No, Clark, por el amor del vestido de mi abuela. De mi abuela. —Se le rompió la voz, y también el corazón.
—Anh-Bon… —La empatía de Clark parecía sincera. Por desgracia, la condescendencia que traslucía también, maldito fuera.
—Cinco millones. ¡El precio acaba de subir! Y antes de que me vuelvas a llamar Anh-Bon, no te olvides de que también me debes la mitad del precio de la tarta, de las trescientas cincuenta invitaciones —de las que solo cincuenta eran para invitados de ella— y la fianza que adelanté para que nos reservaran el sitio. —Como era una novia muy independiente, Annie insistió en pagarlo ella. No quisiera Dios que diera la imagen de ser menos que él en su inminente unión—. Y como no he recibido nada del Hartford Club, deduzco que el cheque te lo han mandado a ti, ¿no?
Era la única razón que se le ocurría para explicar por qué su cuenta marcaba diez mil dólares en números rojos. Diez mil dólares que necesitaba desesperadamente.
—Reenvíame el cheque y punto —siguió—. Supongo que sabes cómo asaltar mi lista de contactos y encontrar mi nueva dirección, ¿verdad?
—No tengo que asaltar nada si la propietaria me da acceso —la pinchó Clark. Annie no rio—. Vamos, Annie, no seas así. Ahora mismo te mando por PayPal la mitad de la tarta y después de la boda te devuelvo la fianza del sitio.
—¿Que me la devuelves? —El agarre de Annie se relajó y el vestido de seda estuvo a punto de caerse al suelo, pero lo cogió justo a tiempo—. ¿Qué me tienes que devolver? La organizadora me dijo explícitamente que, si otra pareja reservaba ese mismo sitio, nos enviaría un reembolso. Y lo reservaron hace más o menos un mes. ¿Dónde está el reembolso, Clark?
—Es que Molls y yo quedamos allí para comer con mis padres. Es que es un sitio tan bonito... —Hablaba con nostalgia—. Histórico pero con todas las modernidades. Íntimo pero lo bastante grande para que quepa todo el mundo. Elegante pero no demasiado caro.
«Perfecto pero no para mí», pensó Annie.
—Al grano. El reembolso.
—Es que cubría todas nuestras necesidades, incluso más. Cuando mi madre les preguntó por la disponibilidad, nos dijeron que para ese fin de semana seguía reservado para nosotros.
—Imposible. Mi madre me dijo que canceló la reserva. —Su afirmación precedió el silencio—. No la canceló, ¿a que no? Por eso el vestido de mi abuela seguía en Bliss.
—Me dijo que tenía la esperanza de que lo solucionáramos. —Las palabras de Clark dieron paso a una larguísima pausa que hizo que las entrañas de Annie hirvieran de vergüenza. «No puede ser». Una reacción que a menudo acompañaba los intentos de su madre por encontrarle pareja—. Creí que, en estas circunstancias, sería una pena desperdiciar la reserva de un sitio tan bonito.
El presentimiento se había movido de su barriga, había ascendido por su pecho y ahora se había enroscado en su garganta.
—Lo que es una pena es que me pasara dos años esperando ir a ese sitio. Que la mitad de mi presupuesto para la boda lo invirtiera en reservar ese sitio. —Su mano aferró con fuerza la seda que le cubría la cintura y la presión arrugó la tela—. Clark, por favor, dime que no le has prometido mi sitio a Molly-Leigh.
—No sabía qué hacer. Es que miró por los ventanales y dijo que la luz del sol de media tarde iluminaba el recibidor como si de mil velas se tratara. ¿Qué querías que le dijera?
—Que gracias pero no, que habías plantado a tu otra novia y que ese sitio estaba prohibido.
—Lo intenté, pero me dijo que, después de vivir en primera persona la magia del Hartford Club, no se imaginaba un lugar mejor donde casarse.
La frustración le ardía en la garganta y la rabia se extendió, ocupándolo todo a su paso e impidiéndole respirar. Annie temió que fuera a desmayarse. Se llevó las manos a la espalda y desató dos corchetes del corsé para que sus pulmones se expandieran lo suficiente para hincharse de aire.
Como no lo consiguió, desató un tercer corchete.
—Coge papel y lápiz —le ordenó, la voz teñida por la furia que sentía—. Porque se me ocurren mil lugares donde casarse. ¿Estás preparado? Genial. Pues apunta. «Cualquier lugar que no sea el lugar con el que te ibas a casar con otra mujer». O qué tal esto: «Buscar un lugar que no implique que mi ex me haga de banco». Es mi colchón para emergencias, Clark —enfatizó—. Lo necesito.
—Seguro que encuentras un colchón de segunda mano, pero te prometo que te lo devolveré después de la boda. Así será más fácil y menos confuso.
—¿Para quién? —preguntó ella.
Clark se quedó en silencio. Su completa indiferencia despejó a Annie.
—Es el día que se casaron mis abuelos.
—Lo sé —dijo él en voz baja—. Por eso llevo días intentando hablar contigo. Quería conocer tu opinión antes de que nos comprometiéramos a nada.
—Lo del vestido no es discutible. Punto. —Reajustarlo otra vez sería una desgracia, quizá incluso imposible, pero de ninguna de las maneras el vestido de su abuela iba a servir para que se casara una mujer que no fuera una Walsh.
—Claro que no —respondió él, escondiendo muy pero que muy mal su decepción—. Me refería más bien al día de la boda.
Annie había trabajado con Clark durante seis años y vivido con él tres de esos seis, así que lo conocía de cabo a rabo. Por las pausas largas que separaban sus palabras, supo que el célebre cirujano Clark Atwood no le ofrecía opciones. Solo le revelaba su diagnóstico.
Las esperanzas que hubiera albergado Annie acerca de las posibles consecuencias de esa conversación se habían desvanecido. Clark había sopesado los distintos escenarios, había tomado una decisión y nada iba a interponerse en su boda. Todo seguía en marcha, a pesar de los pesares.
Una persona racional les habría espetado un sonoro «que te den» al universo, a Clark, al inventor de la tarta de zanahoria y —mientras desataba otro corchete del corsé— a todos los malditos ángeles de Victoria’s Secret. Pero la rabia era un lujo que Annie jamás se permitía.
—Clark, qué más da lo que yo piense o diga. Es tu vida, has decidido y yo ya no soy la novia.
Su corazón dio un doloroso e inesperado vuelco, seguido por una cantidad de latidos erráticos que preocuparían a cualquiera. No era resentimiento, ni celos. Ni siquiera ira. Annie había aprendido hacía mucho tiempo que el resentimiento hacia la felicidad ajena no la acercaba a su propia felicidad.
No, el dolor familiar que le recorría los huesos y que estaba afianzándose en ellos era la resignación. La resignación de haber perdido a alguien que en realidad nunca había sido suyo.
Harta de sujetarlo, Annie soltó el vestido y la seda se deslizó por sus caderas, dejándola solo con el bodi, los tacones y con una agobiante sensación de aceptación, acompañada de una aguda soledad.
—Lo sé —respondió él con calma—, pero sigues siendo mi amiga. Cuando rompimos, prometimos que haríamos lo que fuera para mantener nuestra amistad. No quiero perderla.
—Me convenciste de que no estabas preparado para casarte, y al cabo de poco menos de un mes, le escribías a otra mujer sonetos de amor por Instagram.
—La verdad es que fui muy inoportuno. Tendría que haberlo gestionado mejor. —Exhaló un suspiro y Annie estuvo a punto de visualizarlo con la palma de la mano sobre la frente—. Ni siquiera sé cómo explicar lo que pasó. Conocer a Molly-Leigh fue inesperado y emocionante, y sé que parece una auténtica locura, pero… de pronto todo tuvo sentido, las piezas encajaron a la perfección y no quise esperar ni un solo segundo para empezar mi vida.
Annie soltó un suspiro de incredulidad, que hizo retroceder a Clark.
—Ay, Dios, Annie, no quería decirlo así. Pero cuando se trata de la persona adecuada, lo sabes. Y sientes la urgencia de agarrarla y apretarla con fuerza. Pase lo que pase.
Así fue precisamente como la abuela Hannah describía el día que conoció a Cleve. Una sola vuelta por el salón de baile y ¡pum!, se habían enamorado.
—Y cuando decías que me querías, ¿qué? ¿Era mentira?
—No. Era de verdad, y lo sigue siendo. Pero con el tiempo vi con claridad que funcionábamos mejor como amigos. Los dos lo sabemos.
Sí, Annie lo sabía, pero el rechazo todavía escocía. Su mejor amigo ahora era de otra. Y eso era lo que le dolía más.
—Pues me alegro —dijo—. Porque espero que me transfieras todo mi dinero mañana mismo.
—Veré qué puedo hacer —respondió Clark, y acto seguido se tapó el móvil con una mano mientras hablaba con una enfermera—. ¿El qué? Vale, ahora mismo voy. Preparad el quirófano número…
—Siete. —Ella terminó la frase, y él se quedó en silencio—. ¿No recuerdas que estabas conmigo cuando te inventaste la excusa del quirófano siete para colgar a tu ex?
—Por eso nunca sería tan tonto como para usarla contigo. De verdad que me necesitan en el quirófano —mintió—. Me tengo que ir.
—Ni se te ocurra… colgarme —exclamó, aunque la última palabra se la dijo a sí misma, porque Clark ya había colgado.
Annie lanzó el móvil sobre el sofá y se preguntó —y aquella no era la primera vez— cuándo iba a encontrar a alguien con quien encajar. No era avariciosa. Le bastaba con una sola persona.
Sus abuelos se encontraron el uno al otro. Sus padres se volcaban con sus pacientes. De ahí que Annie hubiera sido tan comprensiva con el horario intempestivo de Clark y la dedicación a su trabajo. Porque en ese mundo ella sabía dónde encajaba. Ahora se veía a sí misma en caída libre, dando vueltas sin control, y sin saber adónde iba a aterrizar.
Capítulo 2
Si a Annie no se le ocurría un plan de huida, y ya mismo, iba a verse atrapada en un infierno nupcial. Un pensamiento ridículo, ahora que ya no era la novia de nadie. Pero, por lo visto, al universo eso le traía sin cuidado.
Se quitó los zapatos con un par de patadas y estiró el brazo para liberar otro corchete. O sus brazos eran demasiado cortos o el corchete estaba demasiado abajo, pero Annie se habría apostado la última porción de pizza de peperoni y aceite de oliva a que ni siquiera Houdini podría escapar de aquel vestido.
Sujetó la tela de seda y las copas de encaje con ambas manos y tiró del vestido hacia un lado. Ni se movió. Le dio un tirón mientras escondía la barriga, y después intentó dar un saltito.
—¡Mierda! —Con lo fácil que había sido ponerse el maldito vestido, ahora se temía que iba a tener que cortarlo para salir de él—. ¡Mierdamierdamierda!
Se había mudado lejos de sus seres queridos y de todo lo que conocía para alejarse de la boda de Clark. Para el horror de su madre, había convertido su larga cabellera negra en una melena corta y escalada que le enmarcaba la cara. Había trabajado turnos de treinta y seis horas para evitar responder al teléfono y tener que decirles a sus padres, una y otra vez, que estaba bien —y, a su madre, que no parecía un tío—. Era la manera de decirse a sí misma que estaba bien.
Y ahí estaba ahora, de todo menos bien, atrapada en la boda de otra persona.
Ni siquiera a mil kilómetros de su pasado había logrado cambiar la trayectoria de su futuro. Era como si siguiera en Hartford y no empezando de cero en Roma. En la Roma de Rhode Island, no de Italia. De ahí que el trayecto hubiera sido de cuatro mil kilómetros menos.
Por desgracia para ella, cuando la agencia de trabajo temporal le envió una oferta para ir a Roma, Annie estaba sumida en una fiesta privada con solo una invitada (ella), y organizada nada menos que por José Cuervo. Así pues, respondió un rotundo sí. Y así era como había llegado a aquella remota cabaña en la orilla de la bahía de Buzzards de la Roma histórica, en Rhode Island, en lugar de habitar una casita frente al río Tíber.
Pues sí, Annie vivía ahora en el único estado menos animado que Connecticut. Su exprometido quería su opinión acerca de la luz que haría que el primer beso fuera el más romántico. Y su vestido seguía adelante con una novia de repuesto.
—Supongo que, si la carrera médica no termina de irme bien, podría abrir mi propio negocio —le dijo a la cabeza de alce colgada por encima de la chimenea—. Pasaré de médica asociada a wedding planner asociada, y enseñaré a los hombres a ser buenos esposos.
Se forraría. Tenía una efectividad del cien por cien para juntar parejas de las que ella no formaba parte.
Se apartó el pelo de la cara, se inclinó hacia delante y tiró de la tela por encima de su cabeza mientras sacudía el torso. ¡Por fin! El vestido cayó al suelo, con un leve rasguño por el que Annie se sentiría culpable por los siglos de los siglos.
Sudada y acalorada, cerró los ojos y dejó que sus brazos cayeran inertes.
—¿Qué le pasa a mi suerte?
—Yo también me pregunto lo mismo. De hecho, te daré veinte pavos si me prometes que no vas a parar —dijo una voz masculina e inesperada… ¡desde el interior de su casa!
Se le formó un nudo de terror en la garganta al recordar todas las pelis de miedo que había visto.
Diciéndose a sí misma que era Clark quien le hablaba por el móvil, Annie abrió los ojos y chilló.
Detrás de ella, junto a la puerta de su dormitorio, se alzaba una silueta alta y robusta. Desde el punto de vista que le permitía su postura, doblada hacia delante y con la cabeza entre las piernas, a Annie le pareció un tío malvado y amenazador, y no le hubiera extrañado nada que de pronto blandiera un hacha.
Con el corazón latiendo a una velocidad como si fuera a resquebrajarse, Annie cogió uno de sus zapatos de tacón de aguja, se irguió y se giró. Como arma, dejaba mucho que desear, pero lo levantó con su mirada más intimidante. Una mirada que, según Clark, asustaría a los niños, repelería a los vampiros y lograría que hasta el más inquieto de los pacientes tomara asiento.
Obviamente, los asesinos con hachas eran inmunes. Al menos el suyo, porque levantó una ceja y ella tragó saliva.
Vaya. Simple, pero efectivo.
—¿Quién coño eres? —Annie vio que llevaba el torso desnudo, calzoncillos y el pelo alborotado. Ni rastro del hacha—. Y ¿qué haces durmiendo en mi cama?
El tío clavó los ojos en la vestimenta de Annie mientras esbozaba una sonrisa torcida.
—Yo iba a preguntarte lo mismo, Ricitos de Oro.
Capítulo 3
Habían transcurrido solo dos días desde que Emmitt Bradley había dejado atrás las tres semanas de ingreso en la mejor UCI de Shenzhen, y ya empezaba a experimentar síntomas alarmantes. Las alucinaciones eran lo que más le preocupaban.
Sin lugar a dudas, esa chica era la alucinación más sexy que había visto jamás. La prefería a los insoportables dolores de cabeza. Hostia, ¿y si seguía en China y lo de despertarse y encontrar un vestido elegante y una piel bronceada dando vueltas por su casa no era más que un sueño húmedo inducido por la medicación?
No, recordaba la explosión, la fuerza arrolladora del estallido que lo había lanzado por los aires en aquel segundo sótano de la fábrica que centraba su reportaje periodístico. El trayecto hasta el hospital y las semanas siguientes le resultaban un poco borrosas, pero los sudores fríos y el dolor punzante que sintió cuando se presurizó la cabina del avión que lo llevaba a casa los tenía grabados a fuego en su memoria.
El doctor le había recomendado que no volara hasta estar preparado. Incluso le dio una lista estricta de las cosas que debía evitar en cuanto le dieran el alta:
El trabajo.
Los antojos.
El whisky.
Las mujeres.
Vale, el último punto lo había añadido él, porque si no fuera por las mujeres mandonas él no se habría quedado al margen, mientras otro acababa encargándose de la cobertura de su historia. Un tema del que no le apetecía hablar aún, y por eso había mantenido su regreso en secreto.
A lo mejor había ido a un bar y se había traído a casa a una borrachilla para comprobar si su cama era demasiado grande, demasiado pequeña o perfecta. En su estado, lo dudaba, pero no era una posibilidad que, de entrada, pudiera descartar.
La escaneó de arriba abajo de un solo vistazo. No, una mujer como ella seguro que no visitaba el Crow’s Nest en busca de rollos de una noche. Y los tíos como Emmitt nunca se abrían a algo más.
Volvió a pensar en la teoría del coma. Y si había algo que Emmitt supiera hacer mejor que nadie era poner a prueba una teoría.
—En otras circunstancias, te diría que cuantos más seamos, mejor. —Se pasó una mano por el pelo y, ¡joder!, hasta los folículos le dolían—. Pero hoy no me va demasiado bien.
El miedo que sentía Annie enseguida se transformó en desdén.
—Siento mucho interrumpir tu tranquilidad —le dijo antes de lanzarle el zapato a la cabeza—. Ahora, ¡largo!
—Dios. —Emmitt se agachó porque, alucinación o realidad, era un objeto de lo más peligroso. De un rojo intenso, con un tacón de aguja tan afilado que podría cortar el acero o, como comprobó al mirar hacia el punto de la pared en el que hacía dos segundos estaba su cabeza, clavarse en el pladur—. Ahora en serio, ¿quién lo ha organizado? —le preguntó.
—¿Cómo dices?
—Ha sido Levi, ¿a que sí? El muy santurrón… Me dijo que quedara con tías porque se me estaba a punto de acabar la suerte y terminaría saliendo con alguna chiflada monísima. —Se tomó unos instantes para observarla de nuevo, y se fijó especialmente en sus braguitas (si tenía que apostar, diría que brasileñas)—. No pareces una de esas. Pero no sería la primera vez que me equivoco.
—¿Una chiflada? —Annie agarró el mando a distancia de la mesa de centro.
—Jo, Ricitos de Oro, has pasado por alto la parte más importante y mona.
Annie se quedó donde estaba, en el umbral entre la retirada y la venganza, con el mando en alto y dispuesto a castrar al tío, y valorando su próximo movimiento.
Emmitt se le acercó, empequeñeciéndola con su altura, y entró en el combate con una mirada, en plan «ataca si tienes lo que hay que tener», que acojonaría a cualquier adulto.
Pero ella no estaba ni acojonada ni intimidada. Terca como una mula, entornó los ojos para mirarlo, y él se preguntó dónde había ido a parar el tono dócil y complaciente que había oído por teléfono. En la mujer que tenía delante no había nada de docilidad. Parecía una genia que acababa de liberarse de su lámpara. No una morena dispuesta a cumplir sus deseos. No, daba la impresión de que esta genia había acumulado rabia durante mil años y se preparaba para arrojarla sobre un pobre mortal.
—Me llamo Anh Nhi Walsh. O Annie, si es que es un nombre demasiado cosmopolita para ti.
Emmitt estaba a punto de decirle que en su pasaporte había más sellos que en casa de un filatelista, cuando Annie decidió que el pobre mortal iba a ser él.
Aferrando el mando a distancia con toda su fuerza, dio un paso atrás y sonrió. Emmitt conocía bien esa sonrisa. La había inventado él.
De hecho, era el puto amo de las sonrisas, con esos dos hoyuelos que de niño detestaba y que de mayor no paraba de explotar.
Emmitt Bradley era un camaleón titulado capaz de tranquilizar, intimidar o seducir con un simple movimiento de labios. Y la sonrisa de ella era una promesa de guerra…, dolorosa y sangrienta.
Así pues, Emmitt le regaló una de las suyas, de oreja a oreja, idéntica a la del gato de Cheshire, con la cantidad justa de amabilidad impostada para que Annie se estuviera quieta, y aprovechó la ocasión. Sin darle tiempo a reaccionar, hizo una rápida maniobra y la apretó contra la pared adyacente, las manos sujetas por encima de su cabeza.
Con un jadeo de desconcierto, Annie lo fulminó con unos ojos del tono de marrón más oscuro que Emmitt había visto.
—Suéltame —gritó, con la respiración entrecortada. Cada vez que inspiraba aire, el encaje del corsé interior de ella le rozaba el pecho a él, recordándole así que entre ambos llevaban la cantidad de tela exacta para usarla como hilo dental.
—¿Ya has acabado? —replicó Emmitt. Cuando Annie volvió a entornar los ojos, Emmitt le arrebató el mando y lo lanzó sobre una silla. Le apretó la muñeca como última advertencia—. ¿Estamos en paz?
Annie asintió.
—Te tomo la palabra. —Emmitt estudió la arruguita de tozudez de la barbilla de Annie, sus labios carnosos y esos ojos peligrosamente oscuros, sugerentes y tentadores por los que un hombre perdería el juicio. Annie significaba problemas. Y, ¡madre mía!, cuánto le gustaban a él los problemas…, casi tanto como las mujeres—. Como traiciones mi confianza e intentes lanzarme algo que no sean tus braguitas, te voy a aplastar contra el suelo. ¿Queda claro, Anh Nhi Walsh?
Ella se quedó helada al oírlo pronunciar su nombre. Y sí, a él le había encantado. Salió de sus labios más como una promesa que como la amenaza que pretendía. Pero bueno, no hay mal que por bien no venga. Lo que sus calzoncillos ocultaban le pedía que repensara su idea de alejarse de las mujeres.
—Con Annie basta. Y mis braguitas no se van a ninguna parte.
Emmitt se quedó mirándola durante un largo minuto antes de soltarle las muñecas. Pero no se movió. Podría aplastarla contra el suelo, pero estaba casi seguro de que tenía una tienda de campaña entre las piernas y no quería que se le notara más aún.
Annie debió de darse cuenta, porque sus mejillas adoptaron un rubor muy sexy.
—Pues Annie. —Emmitt miró hacia la alarma de su casa. La luz roja parpadeaba. Estaba activada—. Y ahora, ¿me vas a decir cómo has pasado por el sistema de seguridad?
Ella abrió la boca para volver a gritar —a Emmitt no le cabía ninguna duda—, así que le puso un dedo sobre los labios. Una palabra más y los martillos neumáticos que ocupaban su cabeza se abrirían paso por todo su cráneo.
—Bajito. Dímelo bajito.
—Pues he metido el código de seguridad —masculló ella entre dientes—. Tu turno. ¿Cómo has entrado tú?
—Abriendo la puerta que puse cuando compré la casa. —Hizo un gesto con la barbilla hacia la llave que colgaba de la cerradura, y fue entonces cuando reparó en el cielo estrellado que enmarcaban las ventanas. Estaba tan oscuro como cuando había cerrado los ojos hacía un rato—. ¿Qué hora es?
—Las ocho y media.
A duras penas había dormido unas pocas horas. Normal que estuviera hecho un desastre. Tenía sed, estaba cansado y necesitaba mear. Había llegado el momento de decirle a Ricitos de Oro que empezara a buscarse otra cama, porque la suya, a pesar de ser estupenda, no admitiría a nadie en todo el verano.
—Oye, ha sido muy divertido —dijo mientras se recorría la cara con una mano. Al llegar a su mandíbula, se detuvo. Volvió a tocársela y notó la barba descuidada que le pinchaba la palma—. ¿Qué día es hoy?
—Miércoles.
—Dios. —Había dormido veinte horas, no dos, y perdido un día entero.
A paso lento, se dirigió a la cocina, abrió la nevera y cogió una cerveza.
—¿Emmitt Bradley eres tú?
—Es la primera vez que oigo mi nombre como si fuera una acusación, pero sí. —Abrió la botella, le pegó un buen trago y a punto estuvo de escupir el líquido en el interior.
Deberían despedir al que hubiera pensado que (leyó la etiqueta) el kiwi combinaba bien con el lúpulo. Con una mueca, bajó la botella y se encontró delante de Annie, que se había tapado el conjunto de antes con una bata azul de médico.
—Emmitt el de «hola, Emmitt, soy Tiffany» —dijo ella con un tono de perfecta embriaguez formado por tres partes de helio y una parte de telefonista de línea erótica—. «Más te vale que me llames cuando vuelvas. Me ha tenido que soplar Levi que te fuiste sin darme más que un besito». —Annie puso los ojos en blanco y recuperó la voz grave y rasposa que a él le gustaba más—. Tiffany con y griega. No la confundas con Tiffani con i latina, que no volverá hasta que caigan las hojas de los árboles, pero quería que supieras que piensa en ti.
Reprimiendo una sonrisa, Emmitt se secó la boca con una mano y dejó la botella en la isla de la cocina.
—¿Cómo sabes tú eso?
Los pies descalzos de ella se acercaron al teléfono. Junto al aparato había una pila de pósits. Annie rebuscó un poco y levantó uno.
—Esta es Tiffany con y griega. —Se aproximó a Emmitt y le estampó la nota en el pecho desnudo—. Esta, Tiffany con i latina. —Otro golpe—. Y luego están Shea, Lauren y Jasmine.
Pam, pam, pam.
—Rachelle y Rochelle.
—Solo me has dado un golpe. —Le dedicó una sonrisa—. ¿Quién era? ¿Rachelle o Rochelle?
—Las dos —le espetó Annie—. Cuando se te llenó el buzón de voz, se presentaron aquí. Las dos juntas. —A medida que la sonrisa de él se ensanchaba, los labios de ella se apretaban para formar una fina línea—. Por no hablar de Chanelle, Amber, Ashley, Nicole, la dulce P y Diana. —Lo miró a los ojos—. Que me hizo prometer que apuntaría «Diana la salvaje». Me dijo que sabrías a qué se refería. —Esta última provocó un gran golpe.
—Au —murmuró él, pero no parecía demasiado preocupado.
—Toma. —Le dio las notas de la pila restantes.
Emmitt las fue pasando una a una para dar con el único mensaje que le importaba. En cuanto perdía el interés en ellas, las tiraba al suelo. Cuanto más avanzaba, más empeoraba su dolor de cabeza, hasta que incluso con los ojos entrecerrados se le hacía insoportable.
—¿Podrías buscar la de la dulce P? —Le devolvió las notas.
—No soy tu secretaria.
—Anda, pues esa es otra faceta de Annie que me gustaría ver. Con gafas y falda de tubo. —Soltó un silbidito, a lo que ella respondió cruzándose de brazos.
El movimiento ahora le tapaba el pecho, pero dejaba a la vista de Emmitt mucha piel más abajo. Era un conjunto bastante menos transparente que el que vestía hacía un minuto, pero casi le gustó tanto el disfraz de enfermera calentorra como el de estríper.
Casi.
—Pero es que me conformo con el mensaje de la dulce P. —Le puso en la mano los pósits que quedaban. Cuando vio que ella no los cogía, suspiró—. En serio, ¿cuánto tiempo llevas viviendo en mi casa? —Miró a su alrededor para admirar el nidito coqueto que se había montado Annie—. ¿Seis meses?
—Seis semanas.
—¿Has hecho todo esto en seis semanas?
Su cabaña, un espacio sobrio, estaba decorada con muebles minimalistas, con emoción minimalista y con esfuerzo minimalista. Solo quería vivir en una calle tranquila con vistas directas a la naturaleza. Era el único lugar del planeta en el que se relajaba y encontraba paz y equilibrio.
Y ahora no había ni rastro de esa paz. Todas las superficies estaban ocupadas por marcos de fotos o por montañas de libros viejos. Su colección de jarras de cerveza estaba escondida detrás de unas brillantes copas de vino. Y al habitual aroma a cedro lo había sustituido algún tipo de vela floral. Seguro que eran las violetas que ardían en la repisa de la chimenea, debajo de su cabeza de alce.
Emmitt parpadeó. Dos veces.
—¿Desde cuándo tengo una repisa?
Annie se encogió de hombros.
Por no hablar de su sofá, de un cuero muy masculino, hecho para ver partidos de hockey y las aventuras del superviviente Bear Grylls; ahora su sofá estaba casi oculto debajo de 137 cojines decorativos y una manta azul a juego.
Y no se trataba de un azul oscuro masculino, no. Ni de un azul de superhéroe. Qué va, la gigantesca y mullida atrocidad era del mismo azul clarito que las cajitas de las joyas por las que las mujeres se vuelven locas. Y que nadie le preguntara sobre las luces titilantes que pendían de las astas de Toro.
Como apenas había caminado erguido desde que había llegado del aeropuerto, Emmitt no había visto los cambios. Pero ahora lo asaltaban con tanta violencia que la migraña lo estaba acechando.
—No es permanente. Cuando me largue, todo se largará conmigo.
Por lo menos era sincera con los crímenes que había cometido. Otra gente, gente a la que él había conocido de primera mano, haría casi lo imposible por disimularlos.
—Pues leerme un mensaje es lo mínimo que puedes hacer por haber castrado a Toro —señaló al alce— y violado la intimidad de mis mensajes.
—Por lo visto, tu buzón de voz está lleno, de ahí que empezaran a llamar aquí. El teléfono no paraba de sonar y sonar a cualquier hora de la noche, así que me puse a anotar los mensajes. Y lo castraste tú cuando pegaste su cabeza en la pared como un trofeo. —Annie cogió el montón de pósits y buscó, sin dejar de resoplar en todo momento. Al final, le entregó una nota—. Toma. La dulce P.
—Toro no es de verdad, y fue un regalo. ¿Me lo podrías leer en voz alta? —La arruguita de tozudez de su barbilla reapareció—. No llevo las lentillas y no sé dónde he puesto las gafas —le mintió.
Con un suspiro de exasperación, Annie agarró la nota.
—Te ha llamado un millón de veces (sus palabras, no las mías) sobre el vestido que necesita sí o sí. También sus palabras, no las mías. —Para alivio de Emmitt, Annie no se había puesto a interpretar a una telefonista de línea erótica—. Te reserva el primer baile para ti. Qué mona. —Levantó la mirada—. Pero me apuesto lo que quieras a que a Tiffani no le hará ninguna gracia ser la segunda.
«Mierda». Llevaba mucho tiempo esperando con ganas el baile, y le daría mucha rabia habérselo perdido.
—¿Te dijo cuándo era el baile?
—No. Oye, ¿algo más? ¿O también quieres que te cante su número?
—Ya me lo sé.
—¿Te sabes el número de todas? —Annie lo miró fijamente.
—No. —Emmitt sonrió—. Solo el de la dulce P.
El de Paisley era el único que le importaba.
—Quizá deberías decírselo a las demás, para que dejen de llamar. La ambigüedad lleva a malentendidos —dijo Annie, con tono pretencioso.
—Los prejuicios, también —le respondió sin mayor explicación, impresionado por su habilidad para poner una mueca acusadora y arrepentida al mismo tiempo.
No era culpa de él que Annie hubiera sacado sus propias conclusiones. Emmitt se había esforzado muchísimo para asegurarse de que, en lo que a la persona más importante de su vida se refería, jamás hubiera ni un solo malentendido: Paisley Rhodes-Bradley era su mundo. Una maravillosa sorpresa en forma de hija que le había robado el corazón.
—¿La mujer que ha secuestrado un vestido de boda me va a juzgar a mí?
—¡Es. Mi. Vestido! —Volvió a estamparle el mensaje en el pecho.
—Eso has dicho antes. Pero no creo que Clark lo haya pillado. —Cogió un pósit en blanco y se lo pegó en la clavícula—. A lo mejor se lo tendrías que escribir.
Annie se quedó observando la nota antes de mirarlo a los ojos con las cejas arqueadas. Ninguno de los dos cedió un milímetro, hasta que la tensión entre ambos se volvió feroz. Y entonces ella sonrió, una sonrisa en plan «que te den» que, curiosamente, era muy excitante.
—Muy buen consejo, Emmitt. —Cogió un bolígrafo, garabateó unas palabras y le enseñó la nota.
—¿«Vete a la mierda»? —leyó con una risilla—. Sencillo, directo, sin ninguna posibilidad de malentendidos. Te lo apruebo. ¿Necesitas un sobre y un sello?
—Te lo he escrito a ti. —Intentó pegárselo en la frente, pero era demasiado bajita, así que se conformó con estampárselo en el mentón. La barbita descuidada de él era un rival demasiado poderoso para el pegamento, y los dos vieron cómo la nota aleteaba hasta el suelo—. Eso no se lo diría nunca a un amigo.
—Pues deberías probarlo. Porque a mí me da la impresión de que muy buen amigo no es.
—Solo porque resulta que no es para mí no significa que sea mal tío —dijo para intentar defender algo que, para Emmitt, era indefendible. Pero él había aprendido a base de palos, y ella iba a tener que llegar a esa conclusión por su cuenta.
—Yo solo digo que es imposible ser amigo de un ex.
—¿Y qué me dices de todas esas? —Annie señaló la montaña de pósits—. A mí me han parecido de lo más amigables.
—No son ex. Son amigas. —Levantó una ceja y ella le golpeó en la mano, tirando al suelo las notas que él tenía en la mano.
—Y ¿por qué no llamas a una de ellas y le preguntas si quiere compartir su cama contigo? Porque yo no quiero, y la tuya venía incluida en el contrato de alquiler.
Emmitt se ahogó con las burbujas residuales que le atestaban la garganta.
—¿Cómo?
—Oh, sí —ronroneó Annie—. Si quieres, te escribo qué día vence el contrato. Así sabrás cuántas amiguitas necesitas haciendo cola. Te lo leo en voz alta y todo.
Emmitt casi nunca estaba más de unas pocas semanas en Roma. De hecho, desde que compró la casa, una década atrás, había pasado más tiempo viajando por trabajo que en su cabaña. Por eso a veces la alquilaba como destino rural en Airbnb, y dividía los beneficios con su amigo Levi, que se ocupaba de todo mientras él estaba fuera.
—¿Cuántos días de vacaciones te quedan? Unos cuantos arrumacos por las mañanas no estarían nada mal. Incluso te dejo que seas la cuchara grande.
Annie avanzó hasta casi pegarse al cuerpo de él, piel con piel.
—Seguro que a Tiffany no le importa hacer la cucharita contigo. Pero ten cuidado. A ver si se convierte en una chiflada monísima.
—Me voy dentro de unas semanas. —En cuanto consiguiera que un médico le diera el alta para volver al trabajo. Su editora estaba resuelta a seguir las instrucciones al pie de la letra. Sin la autorización de un médico no le asignaría nuevos reportajes. Y tampoco podría retomar ese durante cuya investigación terminó herido.
Carmen era el ejemplo perfecto de por qué los ex nunca debían seguir siendo amigos. Ya habían pasado tres años y todavía le echaba en cara que él hubiera pasado página más rápido de lo que la Guía para romper con una novia consideraba respetuoso.
—Que tengas una feliz estancia en Roma. —Annie cogió la botella de cerveza de la cocina—. A mi contrato aún le quedan cuatro meses y no pienso marcharme.
Dicho lo cual, paseó el culo hasta el dormitorio.
—Me lo he pasado muy bien —exclamó antes de dar un portazo, y Emmitt oyó cómo cerraba la puerta con pestillo.
Capítulo 4
Septiembre estaba que trinaba. El aire era tan denso que Emmitt se ahogó por la humedad con una sola inspiración. Lo interpretó como una señal de que la Madre Naturaleza estaba menopáusica y que su viaje de vuelta a casa iba a ser una sucesión de sofocos con sudores nocturnos intermitentes y arrebatos impredecibles.
Se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y contempló la casa blanca y amarilla del otro lado de la calle. La casona de estilo Cape Cod era de lo más familiar, con un encantador porche delantero, bicicletas a juego, un buzón diminuto y un Subaru que desprendía tanta energía de coche de mamá que a cualquier soltero con amor propio le produciría urticaria. No tenía nada que ver con el bungaló que él había comprado unas manzanas más allá.
Era la clase de hogar que llevaba escrito «familia feliz» de los cimientos al tejado.
Emmitt jamás había sentido esa sensación de formar parte de algo hasta el día que conoció a Paisley.
Le bastó mirarla una sola vez para que todo su mundo cambiara por completo. Emmitt cambió. Convertirse en un papá de Instagram surtía ese efecto. Y cada día que pasaba iba cambiando más y más. Tan solo esperaba cambiar al ritmo que Paisley merecía.
En lugar de llamar a la puerta principal, se quedó plantado en la acera, sudando a mares debajo de una sudadera y una gorra, con pinta de acechador que estudiaba el terreno. Al día siguiente, su sigilosa vuelta a casa aparecería en la primera página del periódico matutino, y Emmitt quería que Paisley se enterara por él. Y por eso estaba allí y no forzando la puerta de su dormitorio y metiéndose en la cama con su respondona inquilina.
Emmitt ignoró el sudor que le empapaba las cejas, que nada tenía que ver con la Madre Naturaleza, y recorrió el caminito empedrado hacia la puerta de un rojo potente. En el centro lucía una guirnalda de girasoles, unas luces brillantes adornaban la barandilla del porche y forraban cada una de las columnas, y sobre la pared cubierta de madera una placa de bronce rezaba: «La familia Tanner».
Emmitt lo leyó; aunque habían pasado diez años, seguía sin asimilarlo.
Se llevó la palma de la mano hacia los ojos, ignoró cuánto le escocían e introdujo el código de la puerta. El cerrojo se abrió y le dio paso al interior. Valoró la posibilidad de colgar la chaqueta junto a las demás, alineadas impecablemente cada una en su gancho correspondiente del perchero. Y entonces recordó cómo irritaba a Gray que hubiera ropa de gente «de fuera» junto al tapizado del recibidor, y se le ocurrió una idea mejor.
Con una sonrisa, Emmitt lanzó la chaqueta al sofá y la gorra dio vueltas sobre su cabeza. No se quitó las zapatillas, pero dio una patada para que la hojita que se le había pegado al talón derecho fuera a parar de pleno al centro de la mesita del café. Satisfecho con su obra, caminó por el recibidor hacia las voces que salían de la cocina, resuelto a pisar con fuerza sobre el parqué, recién pulido.
En casa de los Tanner, los domingos se dedicaban al fútbol, a la barbacoa y, en cuanto Paisley se hubiera acostado, a unas cuantas partidas de póquer. Y aunque se hubiera perdido el banquete, las maldiciones y protestas que oía de la cocina le sugerían que había llegado justo a tiempo para jugar a las cartas.
Fieles a la tradición de los Tanner, sus amigos estaban inmersos en una partida de póquer con unas apuestas altísimas en la que, por lo visto, la masculinidad de alguien estaba en tela de juicio.
—Serán solo unas cuantas horas —dijo Gray con las cartas en la mano y haciendo un superesfuerzo para poner cara de póquer. Para ser un tío cuya profesión incluía dar noticias de vida o de muerte, tenía más tics que un paciente con TOC en unos lavabos públicos—. Ya sabes lo importante que es el comité del baile para Paisley.
—El club de ciencias también era importante para ella, y por eso me pasé buena parte del año pasado tejiendo jerséis para los pingüinos de Nueva Zelanda. —El que había hablado era el cuñado de Grayson, Levi Rhodes. Un tipo honesto, una leyenda de los mares retirada que ahora era el propietario del puerto deportivo de Roma y del bar y el asador anexos, y también el mejor amigo de Emmitt. Y la razón por la cual él tenía a una mujer semidesnuda durmiendo en su cama—. Yo ya he cumplido. Te toca, chaval.
—Cuando me dijo que me había apuntado para ayudar con las decoraciones del baile, olvidé por completo que mañana es mi único día libre —dijo Gray, y Emmitt se habría ofrecido a ayudar a un amigo en apuros… Si alguno de los dos se hubiera molestado en recordarle que el baile en cuestión era este mes, claro. Vale, sí, estuvo varias semanas incomunicado, pero un correo electrónico habría sido un bonito detalle. Así que se quedó junto a la puerta de la cocina, a la espera de que se dieran cuenta de su presencia—. Tengo planes —añadió Gray.
El Dr. Grayson Tanner era tan solo unos años mayor que Emmitt, pero actuaba como si fuera el abuelo del grupo. Era un hombre equilibrado, tradicional y algo estirado, y luchaba para ganar el premio de Padrastro del Año. Le encantaba dar largos paseos por la playa, coleccionar conchas y elaborar detalladas listas de la compra con un código de colores en función de las categorías. Era un maldito héroe de la zona, y el bombón más deseado por todas las solteras del pueblo.
Aunque Gray no estaba para nada interesado en tener una cita: hacía cuatro meses que había perdido al amor de su vida. A Emmitt no le sorprendería si jamás volvía a posar la mirada en otra mujer.
—¿Con quién? ¿Con una botella de vino? —Levi separó dos cartas y las colocó boca abajo sobre la mesa antes de coger dos más del mazo.
—He quedado con tu madre, mi suegra.
Levi lo miró a los ojos por encima de las cartas.
—¿Va todo bien?
—Es para ponernos al día. —Gray se encogió de hombros—. No nos hemos visto desde…, en fin, desde el funeral de Michelle.
—¿Quieres que hable con ella?
—No necesito que me lleves de la manita —dijo Gray sin cambiar ni una sola carta—. Lo que necesito es que encuentres a alguien que te cubra en el bar para que vayas con Paisley a la reunión y después la traigas a casa.
—Que no puedo. —Levi se echó hacia atrás y se crujió los huesos del cuello de lado a otro. Era un auténtico armario, con más tatuajes que dedos. Y por su pelo rapado y su actitud de malote, la gente a menudo creía que era un boxeador y no un fabricante de barcos que construía lujosos veleros tallados a mano a partir de unos tablones de madera—. Mañana juegan los Patriots, y eso quiere decir que en la barra del Crow’s Nest no sobra nadie. Sé que es una noticia sorprendente, dada la gran cantidad de noches libres que tengo —añadió con condescendencia—, pero estaré currando en el bar y vigilando a mi nueva camarera. Es decir, que tú harás las decoraciones y de canguro.
—¿No te puede sustituir nadie? —Gray añadió tres fichas al montón—. Yo voy.
—¿Desde cuándo necesita canguro una chica de quince años? —dijo al fin Emmitt al entrar en la cocina.
Las dos miradas anonadadas se clavaron en él. La de Levi, acusadora; la de Gray, cabreada.
«Ay, hogar, dulce hogar».
—¿Qué coño haces ya aquí? —le preguntó Levi, al mismo tiempo que Gray decía:
—¿Llevas zapatos en mi casa? ¿Para qué crees que está el estante para zapatos de la entrada? Si hasta he puesto un cartelito encima para que no lo olvides.
—Ah, es que no lo he olvidado. —Emmitt abrió la nevera y la luz del frigorífico le provocó un dolor agudo detrás de los ojos—. He pisoteado tu parterre al entrar.
—No llamas, no escribes, tan solo apareces por aquí y te bebes mi cerveza —dijo Gray.
Durante esos días, el agua había sido la única droga de Emmitt. Una cerveza fresquita no sonaba nada mal después de la mierda que había bebido en su casa, aunque resultaba incompatible con el analgésico para calmar a un elefante que se había tomado antes de salir de la cabaña. Le quitó el tapón a la botella de agua, la vació casi entera de un solo trago y volvió a dejarla en su sitio. Antes de cerrar la nevera, cogió una segunda.
Todavía sufría las consecuencias del jet lag. Un jet lag que, según los médicos chinos, duraría entre tres y un número indeterminado de semanas, en función de la suerte que tuviera. Su pasado más reciente sugería que la diosa fortuna era una guarra muy vengativa.
—Ahora en serio, ¿qué haces en casa? —insistió Gray.
—Yo también me alegro de verte. —Emmitt cogió una silla de la cocina y se sentó a la mesa—. China ha sido espectacular, por cierto. El viaje de vuelta ha resultado un pelín turbulento, pero aquí estoy, sano y salvo, gracias por preguntar. —Se giró hacia Levi—. Sigue apostando. Tiene una mano de mierda.
—Que me mires las cartas y luego se lo soples está muy mal. —Gray se levantó—. Por eso odio jugar con vosotros.
—Te encanta jugar con nosotros —dijo Emmitt—. Para tu información, cuando tengas una mano de mierda no te lo creas tanto. Si no, todos deducen que tienes una mano de mierda.
—Abandono. —Gray tiró las cartas sobre la mesa y se dirigió al horno. Regresó con una bandeja enorme con pollo y lo que olía a la receta de los macarrones con queso de Michelle.
El delicioso aroma a queso fundido hizo que a Emmitt le rugieran las tripas. En el viaje de vuelta no había comido más que unas bolsitas de cacahuetes y una barra de proteínas. Y de eso hacía ya treinta y pico horas.
—¿Hay más en el horno? —le preguntó Emmitt.
—No.
—¿Y otro tenedor?
Gray lo miró a los ojos. Ningún rastro de humor en su cara.
—Si hubieras llamado para decirnos que habías vuelto, habría preparado más.
—¿Y también me habrías recordado que el baile de padres e hijas era este mes? —Cuando los otros dos intercambiaron una mirada de culpabilidad, Emmitt añadió—: Recibí un mensaje de un vestido que cierta personita necesitaba sí o sí.
—¿Habría servido de algo que te lo dijera? —le preguntó Gray—. Seguro que en breve volverás a marcharte varios meses por algún otro tema de actualidad.
«Madre de Dios, ¿qué mosca le ha picado?».
—Joder, pues sí, claro que habría servido —dijo Emmitt—. Es el baile de padres e hijas. Yo soy su padre. Por lo tanto, tendría que haberlo sabido, porque soy yo el que la llevará.
Por algo se llamaba Paisley Rhodes-Bradley, por los clavos de Cristo. Emmitt conoció a la madre de Paisley cuando se mudó a Roma para ir al instituto. Tenía doce años, Michelle dieciséis y era la hermana de su mejor amigo. Pero no fue hasta que Emmitt volvió a casa tras la universidad cuando esos cuatro años ya no supusieron una diferencia tan grande. Michelle acababa de salir de una relación y quería recuperarse, y Emmitt quería vivir una de sus fantasías adolescentes.
Parecía el momento perfecto.
No necesitaron más que un beso para sellar sus destinos. Un beso que llevó a un sofocante fin de semana de verano que pasaron juntos en una playa desierta, durmiendo en una tienda de campaña y bañándose en el Atlántico. Los dos eran conscientes de que solo disponían de aquel fin de semana, así que lo aprovecharon de principio a fin.
Emmitt no volvió a saber nada de Michelle hasta seis años más tarde, cuando cubría un atentado con bomba en el metro de Berlín. Había sido madre. Y estaba casi segura de que Paisley era hija de él.
Cuando Paisley nació, Michelle creyó que el padre era el novio con el que lo había dejado justo antes de ese fin de semana mágico con Emmitt, así que decidió criar a su bebé como madre soltera. Sin embargo, cuando una prueba de paternidad confirmó que el padre de Paisley no era el que aparecía en el certificado de nacimiento, Michelle enseguida le mandó un correo a Emmitt. Él compró el primer billete disponible, con un anillo en el bolsillo, dispuesto a hacer lo correcto.
Pero Michelle ya mantenía una relación estable con otro hombre. El doctor bombón había entrado en escena unos años atrás y se había arrodillado antes que él.
Aunque eso no importaba. Emmitt solo tuvo que ver las cejas marrones y los hoyuelos adorables de Paisley para saber que no necesitaba los resultados de las pruebas. Sin lugar a dudas, el hada pequeñita con zapatillas de fútbol y una sonrisa capaz de sanar al mundo entero era cien por cien suya.
De un día para otro, Emmitt se había convertido en el papá de una chiquilla de cinco años.
Pero Paisley no venía sola. No se iría a ninguna parte sin su madre ni sin los dos hombres de su vida, el tío Levi y el padrastro Grayson, quienes ya habían reclamado con fuerza su porción del universo de la pequeña.
Como Emmitt había sido el último en llegar, seguía peleándose por el lugar que por derecho merecía en la familia y en la vida de Paisley.
—Siguiendo la misma lógica —le explicó Gray—, me gustaría que quedara constancia de que, ya que a mí me presenta como su padre y a ti como su papá, lo más lógico es que sea yo quien vaya con Paisley al baile de padres e hijas.
—¿Que quede constancia? —se rio Emmitt—. No es una autopsia, doctor. Es el baile de mi hija. Y mi nombre en el certificado de nacimiento manda tu lógica científica al garete.
—Pues queda la mía —interrumpió Levi—. Ha nacido y crecido siendo una Rhodes. Y también me gustaría puntualizar que yo estuve en su vida antes de que alguno de vosotros se dignara a aparecer.
Decir que la situación de la familia era complicada sería quedarse cortísimo.
—Levantad la mano si habéis cambiado un solo pañal —siguió Levi.
Gray empezó a levantar la mano, y Levi lo fulminó con la mirada.
—Pañales de Paisley. Los de tus pacientes no cuentan.
Grayson se cruzó de brazos.
—¿Quién conducía por todo el pueblo hasta que se dormía? —Levi miró a su alrededor. Solo él había alzado la mano—. ¿Nadie más? ¿Quién le dio el desayuno por la mañana y a quién le vomitó la leche de su hermana en toda la cara? ¿Quién le ha sonado los mocos con la ropa del trabajo? ¿A quién le ha dado una patada en los huevos?
Las tres manos se levantaron al oír la última pregunta.
Levi meneó la cabeza y soltó un bufido, para nada impresionado.
—Cuando os la dio ya caminaba. Vosotros veréis. —Levi bajó la mano—. Yo lo único que digo es que, si hay alguien con el derecho de llevar a Paisley al baile, ese soy yo.
—Y una mierda. —Gray se levantó, subiéndose a su tarima de creído—. Depende de la calidad, no de la cantidad. Yo soy el que la ayuda con los deberes, el que le da la mano cuando le ponen una vacuna, el que le seca las lágrimas, el que asiste a las reuniones del AMPA, el que la lleva en coche…
—Porque eres un pésimo jugador de póquer —observó Levi.
—Soy el que está todos los días en la trinchera. —Gray terminó con tal altanería que a Emmitt le sorprendió que no saltara encima de la mesa y soltara el micro.
—O sea, el típico soso al que nadie quiere invitar a un baile —bromeó Emmitt.
Gray no se rio. De hecho, estaba más serio de lo normal.
—Soy el que está con ella todos los días, pase lo que pase.
En opinión de Emmitt, Gray no había pretendido que sus palabras fueran tan incisivas, pero estaba claro que le habían dejado huella.
Cuando Emmitt estaba en Roma, se cargaba el equilibrio natural de las cosas. Sabía que por ahora lo habían aceptado en el redil. Tampoco era un secreto que, cuando se iba a cubrir algún suceso, las vidas de todo el mundo se volvían muchísimo menos complicadas. Paisley no debía elegir en qué casa dormir. No iba a tener que correr antes de entrar a clase porque se había dejado los deberes en casa de Gray. Y no era necesario que dividiera su atención entre sus tres padres.
Gray siempre le daba la lata con que renunciara a más propuestas de reportajes de las que aceptaba y para que pudiera estar más en casa. Qué fácil resultaba opinar cuando tu trabajo reducía tu radio de acción a una sola manzana.
Emmitt había renunciado a muchas cosas en los últimos años. Al morir Michelle, quiso renunciar a más aún. Incluso le había propuesto a Paisley que se mudase con él. Para su desilusión, el psicólogo de su hija coincidió con Gray en que lo mejor era que ella viviera en el único hogar que había conocido.
Otro sueño que Emmitt había enterrado aquel día. El padre a todas horas no iba a ser él. Aquel honor recaía sobre Gray. Por tanto, Emmitt recuperó su rol de papá enrollado, el que entrevistaba a estrellas, el que hacía regalos extravagantes e indulgentes, y volvía a casa fines de semana y vacaciones aleatorios.
Era una mierda. Una bien gorda. Pero Emmitt era incapaz de hacer algo que le arrebatara la felicidad a su pequeña, aunque eso implicase compartir su educación con un tipo que era el paradigma del Papá del Año. Y con un tío que se erigía como el modelo de padre con el que debía compararse todo proyecto de progenitor.
Cualquier chica debería sentirse afortunada al tener tantísimo amor a su alrededor.
—No me costaría tanto estar con ella si no te empeñaras en mantenerme alejado de todo lo que ocurre. ¿Un ejemplo? Pues veamos… El baile de padres e hijas.
—He estado un poco distraído. Hace solo cuatro meses que enterré al amor de mi vida, y es el primer gran acontecimiento sin Michelle —susurró Gray—. Déjamelo a mí. A Michelle le habría gustado así.
Un largo silencio se instaló sobre la mesa.
—¿Vas a jugar la carta del viudo? —dijo al fin Levi.
—¿Ha funcionado? —Gray esbozó una lenta sonrisa.
—Ni de coña —respondió Levi, y los tres se echaron a reír.
—A Michelle le habría encantado vernos —dijo Emmitt—. Como si fuéramos un grupito de viejas que discuten sobre su carné de baile.
—Sí, le habría encantado. —Gray recobró la seriedad, igual que los otros dos.
De repente, el duelo que experimentaba cada uno de ellos se adueñó de la situación y les pesó hasta el punto de dificultarles la respiración.
Michelle fue el último pensamiento de Emmitt cuando explotó la fábrica china que investigaba como periodista. Era el pegamento que los unía a todos, la fuerza amable de la familia, y la única persona que nunca ponía a parir a Emmitt por ser Emmitt y perseguir una historia.
Levi perdió a su hermana, Gray a su alma gemela y Emmitt a la única persona que jamás lo había juzgado.
Y ¿Paisley?
Dios, Paisley no había perdido solo a su madre. Había perdido a su mejor amiga, a su consejera, a su defensora. El amor más esencial de su vida, con el que los demás amores iban a tener que rivalizar. Era una pérdida profundamente espiritual y Emmitt empatizaba con ella. Por eso, cuando lo trasladaron al hospital, se juró que Paisley no iba a perder a dos padres el mismo año.
Sabía lo desolador y lo doloroso que era perder a un padre. Su madre murió cuando él era un poco más joven que Paisley. Su padre se volvió introvertido, taciturno, y casi nunca soltaba la botella el tiempo suficiente como para comprobar que Emmitt estuviera bien…, y mucho menos para llenar la nevera ni llevarlo a clase en coche. El día que se colocó delante del agujero del cementerio, Emmitt enterró a su madre y a su infancia a la vez.
Cuando perdieron a Michelle, pues, se prometió hacer lo imposible para que Paisley no tuviera que crecer más rápido de lo necesario.
—¿El tajo que tienes en el brazo está relacionado con tu inesperado regreso? —Gray señaló el pedazo de piel arrugada por unos puntos recientes que asomaba bajo el puño de la camisa de Emmitt.
Él se bajó la manga.
—En la fábrica que estaba investigando hubo un pequeño incidente y me quedé atrapado entre varias planchas extraviadas de hormigón.
Reprimió el instinto de bajarse la visera de la gorra. Lo último que quería era que se fijaran en el corte que tenía en la cabeza. No si lo que deseaba era que el siempre prudente Dr. Grayson le diera el alta, la última condición que Emmitt necesitaba para que Carmen lo mandara de vuelta al campo de batalla. Gray no tenía por qué saber nada acerca del bloque de hormigón del tamaño de un meteorito que le hizo perder el conocimiento.
—Según la CNN, ese «pequeño incidente» derribó la fábrica entera —lo corrigió Gray.
—Ya sabes cómo exageramos los periodistas para ganar audiencia.
—Es lo que me dijo Carmen. —Mientras hablaba, los ojos de Gray no se apartaron de Emmitt ni un solo segundo—. Cuando no supimos nada de ti, llamé a tu trabajo. Según tu editora, por fin habías conseguido lo que merecías. Según Paisley, estabas disfrutando del viaje.
—Ay, si te importo y todo —bromeó Emmitt, sorprendido por lo mucho que le había afectado que Gray hubiera llamado para saber de él. Al despertarse en el hospital, vio que tenía varios mensajes de Paisley, pero ninguno de Levi ni de Gray. Emmitt no había contactado con ellos. El bienestar mental de Paisley le impidió avisar a los suyos.
Normalmente, a su pequeña ya le costaba dormir. No necesitaba visualizarlo a él maltrecho en una cama de hospital cuando cerrara los ojos. De ahí que mantuviera un hilo de mensajes con ella —con memes divertidos, fotos de China, los últimos vídeos del gato Maru—, sin mencionar en ningún momento la gravedad de sus heridas.
—Le dije a P que no eran más que…
—Arañazos y rasguños —lo interrumpieron los dos al unísono. Y entonces Gray añadió—: Eso comentó.
—Un arañazo. —Emmitt se señaló un brazo, antes de enseñarles el otro codo—. Y un rasguño. Lo demás quería contárselo en persona. ¿Está durmiendo?
—Está pasando la noche en casa de Owen —dijo Levi, refiriéndose al mejor amigo de Paisley.
—¿Entre semana? —quiso aclarar Emmitt. O sea, que los tres estaban preocupados por que una chica de quince años se quedara unas horas sola en casa después de clase, pero no había ningún problema con que pasara la noche en casa de un chico…, y entre semana, ni más ni menos.
¿Acaso era el único de los tres al que le inquietaba que el mejor amigo de su hija fuera un chico? Sí, sabía de sobra que Owen era el mejor amigo de Paisley desde que ambos llevaban pañal. También sabía que la madre de Owen había sido la mejor amiga de Michelle y que protegería a Paisley como si fuera su propia hija.
Pero muchas cosas habían cambiado entre ellos. La más importante, el tóxico nivel de sus hormonas, que arrastraría hasta al adolescente más centrado a perder la cabeza… y la ropa. Ahora estaban obligados a dormir en habitaciones separadas, así que a Emmitt no le importaba. Pero en cuanto Owen empezara a ver a Paisley como una chica, iban a tener que organizar una reunión de emergencia sobre la abstinencia, con Owen en primera fila.
—Mañana entran más tarde. Hay una especie de reunión de los profesores del distrito —le contó Gray, como si ese detalle fuera a mejorar la situación—. ¿Quieres que la llame y le diga que estás aquí?
—No, si quisiera que alguien la llamara, lo haría yo —dijo Emmitt, preguntándose cuán desconectado creían los otros dos que estaba de los asuntos que concernían a su hija—. Mañana le daré una sorpresa.
—Se pondrá triste porque no la has avisado —dijo Gray—. Pero tú decides.
Él decidía, sí. Y decidió esperar a que desapareciera la sensación de que la cabeza se le iba a partir por la mitad. Y a no ser él el causante de que la noche entre «amigos» acabase antes de tiempo.
—Un placer, chavales. —Emmitt se levantó y quiso estirarse, pero se detuvo cuando un dolor desgarrador le recorrió el costado derecho. Disimuló el jadeo con un bostezo y añadió—: Me voy a casa a dormir unas cuantas horas más.
—¡Hostia! —Levi también se incorporó—. Que te vas a casa. A casa, a tu casa. ¿Cuándo has llegado? Anda, dime que has venido directamente hacia aquí.
A Emmitt se le escapó una carcajada. Al recordar al bellezón de ojos marrón salvaje que dormía en su cama, supo a ciencia cierta por qué su amigo estaba buscando entre los contactos de su móvil con tanta ansiedad.
—No. Antes he conocido a mi compi de litera.
—Me cago en todo. —Levi se llevó las manos a la cabeza y los dedos a las sienes. Apretó con fuerza sobre las profundas marcas de cansancio de su rostro—. De verdad que quería mandarte un correo, pero estos días han sido una locura. Entre que procuraba que el puerto funcionara a tope y me aseguraba de que el bar siguiera abierto, no he tenido ni un segundo libre. Y cuando Gray me contó que había preaprobado a una inquilina para tu casa, la acepté. Es que no he tenido tiempo de ponerme con mi barco desde…, bueno, desde lo de Michelle.
La mezcla de complicados sentimientos que llevaban unos cuantos meses macerándose en el estómago de Emmitt se intensificó y se expandió hasta que el mero hecho de respirar fue un doloroso recordatorio de que los agujeros que había dejado la ausencia de Michelle iban mucho más allá de las simples emociones. Y todos procuraban llenar el vacío a su manera.
—Inquilina —afirmó Gray con rotundidad—. A no ser que hayas comprado una litera, no es tu compañera de litera, ni de cama, ni siquiera de piso. Y que te quede bien clarito que es una persona a la que jamás debes ver desnuda. ¿Entendido?
Emmitt se quedó pensativo, y sonrió.
—¿Y ella a mí?
—¡No! —saltaron los dos al mismo tiempo.
—Pues la cosa va a ser más difícil de lo que parecía… —Emmitt se golpeó la barbilla con un dedo, con la esperanza de relajar el ambiente—. Pero me gustan los retos. Me obligan a ser creativo.
—No, no, no —dijo Gray—. Annie es zona prohibida para ti.
—¿Desde cuándo te has convertido en un poli del amor? ¿Ahora me vas a decir dónde mear?
—Si así evito que mees encima de mis planes, sí —respondió Gray, muy firme—. Como ya has oído, Levi está ocupado y yo he estado hasta arriba con nuevos pacientes desde que se jubiló el Dr. Smith, por no hablar de la ayuda que presto en Urgencias. Annie es mi médica asociada temporal y, hasta que Denise vuelva de la baja de maternidad, es el único motivo por el que puedo ir a recoger a Paisley al instituto.
—Ya iré a recogerla yo. ¿Qué pasa? —dijo Emmitt al ver la mueca de incredulidad de sus amigos—. Sale a las tres…
—A las dos.
—A las dos. Y estoy aquí. Si puedo llegar un poco antes y todo… Y hablar con alguna mami del AMPA buenorra mientras espero. No será tan duro, ¿no?
—Las mamis del AMPA buenorras son un mal camino para un padre —dijo Levi—. Hazme caso, no quieras meterte en ese berenjenal.
—Vale, pues evito a las madres y llevo a Paisley a casa. Ya que estoy aquí, puedo encargarme de eso y todavía me sobrará un montón de tiempo para seguir conociendo a Anh. —Emmitt se obligó a sonar más relajado de lo que se sentía. Le encantaría pasarse las tardes ayudando a Paisley con los deberes, preparando la merienda para después de clase, dando pataditas al balón de fútbol. Conocer a Anh tampoco iba a ser un trabajo demasiado duro, aunque lo había añadido básicamente para tocarle las narices a Gray.
—¿Durante cuánto tiempo? —Cuando Emmitt empezó a argumentar, Gray lo hizo callar levantando la mano—. Ahora estás aquí, y eso es genial. Pero dentro de unas cuantas semanas, cuando te aburras o te asignen un nuevo trabajo y te vayas a Siberia, nos quedaremos sin nadie que recoja a Paisley en el instituto. Porque te irás, y Annie se habrá largado aunque le digas a las bravas que no quieres nada serio. Porque los tres sabemos que, en lo que a mujeres se refiere, todas creen que serán la que te haga pasar de trotamundos a esposo. Y no lo hará. Le romperás el corazón y se marchará. Yo me quedaré sin médica asociada y sin tiempo, y la que sufrirá las consecuencias será Paisley.
—Annie está pasando una mala racha —añadió Levi—. Ha venido aquí a juntar las piezas de su vida. No a que le pisotee el corazón un tío que solo está de visita.
—¿De visita? —bufó Emmitt—. Que tengo una casa aquí, joder.
—Una casa en la que paso yo más tiempo enseñándola a posibles inquilinos que tú durmiendo —puntualizó Levi—. Para andar sobre seguro, ¿por qué no te quedas en mi barco?
—¿Y oír tus ronquidos toda la noche? —Emmitt sacudió la cabeza—. Gracias, pero no eres mi tipo.
—Annie tampoco, y los dos lo sabemos —dijo Gray, dando fe de lo poco que conocía a Emmitt.
Annie estaba total y absolutamente en forma, y tenía una lengua afilada y unos labios suavecitos; su tipo, en definitiva. Y por eso él procuraba mantenerse alejado de mujeres como ella. No era culpa suya que el destino tuviera un sentido del humor tan retorcido.
No sabía a ciencia cierta qué le ocurría a la vida sentimental de Annie, pero, por lo que había oído, podía imaginárselo. Y le tocaba los huevos que sus dos mejores amigos lo compararan con un tío como Clark. Emmitt nunca había engañado a ninguna mujer. Era claro y directo con lo que buscaba y con lo que podía dar.
Las mujeres conocían el marcador antes de que él iniciara la segunda ronda.
—Sé que lo que Annie y yo hagamos no es asunto tuyo —dijo Emmitt, y le encantó que Gray se crispara—. También sé que es una mujer capaz de tomar decisiones por sí misma, aunque tú pienses lo contrario. Y estaré encantado de contarle cuánto te preocupa su capacidad para navegar por el mundo sentimental, doctor.
—Déjala en paz. Vete con cualquiera del pueblo, pero no con Annie —dijo Gray, y Levi meneó la cabeza—. ¿Qué pasa?
—Tío, que acabas de plantearle un reto —dijo Levi.
—Reto que acepto. Recogeré a Paisley a las dos.
Capítulo 5
Annie estaba de mal humor. Cualquier esperanza que hubiera abrigado acerca de que su nuevo compañero de piso no fuera más que una horrible pesadilla se esfumó cuando a las dos de la madrugada la despertó un portazo, que indicaba su regreso.
Si la madre de Emmitt le había enseñado modales, era obvio que los había olvidado hacía tiempo.
Emmitt encendió todas las luces de la casa, incluida la del recibidor, que iluminó el dormitorio de Annie como si de una llamarada solar se tratase. Y entonces, como para dejarle claro a ella que era a propósito, el tío se preparó un batido con tornillos de metal, esquirlas de vidrio y lamentos de pollitos.
Ni siquiera los tapones que se había puesto para aislarse de los ruidos le ahorraron el estruendo.
Mientras silbaba, Emmitt abrió y cerró varios armarios —siete, para ser exactos—, y después dio unos cuantos portazos más antes de tumbarse a dormir un rato. Por la explosión sónica de sus ronquidos, era obvio que la luz del recibidor no le molestaba en absoluto, porque se la había dejado encendida.
Y había sido él el que la había hecho sentirse culpable el día anterior por despertarlo a una hora en la que casi todo el mundo se estaría preparando ya la cena.
Mucho más que irritada por la hipocresía de la situación —otra cosa que añadir a su lista de Peor compañero de piso del mundo, justo entre «Humilde fanfarrón» y «Ladrón de cerveza»—, lanzó la sábana por los aires, salió de la habitación y se quedó inmóvil junto a la puerta, donde sus tripas dieron un repentino salto.
«Madre del amor hermoso». Con los pulmones hinchados, se sentía incapaz de soltar el aire, porque delante de ella, a un par de pasos, se encontraba el Romeo de aquella particular Roma. Despatarrado en el sillón, con la gorra sobre la cara, Emmitt y sus Calvin Klein estaban totalmente a la vista. Era evidente que el tío tenía algún problema con llevar pantalones.
O acaso quería marcar su territorio. Sacando la artillería pesada… a lo grande.
Annie a duras penas llegó a fijarse en que Emmitt había reclinado el sillón ciento ochenta grados, convirtiéndolo en una superficie plana, con el reposapiés alzado, y obstaculizándole así el paso cuando se hiciera de día. Porque su atención se dirigía a otro lugar.
Como la manta azul tan solo lo cubría parcialmente, Annie contempló el movimiento hipnótico de su pecho, un pecho muy definido, con la cantidad justa de vello y la cantidad justa de músculos.
La paz con que dormía la irritaba. Emmitt tenía un brazo sobre los ojos y un pie apoyado en el suelo; y si así era su erección a las dos de la madrugada —«buf»—, el cuerpo de Annie exhaló un «Dios santo» al pensar cómo sería por la mañana.
Se llevó una mano al pecho y se concedió cinco segundos para mirarlo embobada. Cinco segundos, y después se iría y Emmitt nunca lo sabría, porque era evidente que esa batalla la había ganado él. Tal como lo veía Annie, sus opciones eran:
1 Esperar que Emmitt se despertara antes de que ella tuviera que ir a trabajar y recolocara el sillón; una opción poco probable, porque el tío se había puesto cómodo para dormir hasta las tantas enfrente de la habitación.
2 Despertarlo y decirle que era un capullo; algo que implicaba admitir que empezaba a molestarla.
3 Cuando fuera de día, gatear por debajo del reposapiés; aunque no pensaba volver a menear el culo por ningún tío.
4 Subirse encima de él, semidesnudo; y anda que no se llevaría él un alegrón al verla allí y oír el tamborileo de su corazón.
Aunque había otro problema. Cuando dormía y no escupía gilipolleces, parecía casi humano.
Annie entendía a la perfección por qué tantas mujeres admiraban sus manos fuertes y capaces, y su tableta de chocolate. Era un hombre alto, fibrado, atractivo de una manera sofisticada, que ponía de manifiesto que había exprimido la vida al máximo.
Ay, a quién quería engañar. Emmitt era sexquisito.
—¿Reconsiderando la oferta de la cucharita? —La voz grave y áspera le dejó claro que, mientras ella había estado observándolo a él, él también a ella—. Aquí hay espacio.
Se dio unos golpecitos en el regazo, a poquísimos centímetros de su impresionante paquete, y el corazón de Annie cogió la velocidad adecuada para competir en las 500 Millas de Indianápolis.
Annie clavó los ojos culpables y avergonzados en los de él, que no estaban para nada avergonzados. La falta de pantalones no parecía afectarlo ni un ápice; más bien le hacía esbozar una sonrisa encantadora y lucir una mirada divertida —en la que había, además, un destello mucho más peligroso—.
—Pues no. Estaba valorando nuestro sistema de educación pública. ¿Eres un analfabeto o solo un maleducado?
Emmitt le echó un vistazo al cartón vacío del suelo con una notita rosa chillón que decía: «De Anh, no beber».
—Habría sido muy feo por mi parte dejarlo en su sitio cuando queda un mísero trago.
Se movió en el sillón y el cambio de postura dio comienzo a un efecto dominó de ondas musculares que fueron de sus hombros a sus abdominales.
Sus pectorales se agitaron con sorna, y Annie desplazó la mirada hacia arriba y lo vio sonreír.
—¿Ahora quién es la maleducada? —Emmitt chasqueó la lengua—. Me estás cosificando, en la posición vulnerable en la que estoy.
—Por favor. —Annie bufó—. Sabías exactamente lo que hacías cuando has decidido repanchingarte en un sofá en pleno recibidor sin nada más que tus calzoncillos.
Emmitt cogió la manta y se tapó el abdomen como si el gesto supusiera un gran esfuerzo para él, cuando en realidad lo único que se cubrió fue el costado derecho, dejando su parte izquierda, y sus otras partes, bien a la vista. Acto seguido, reclinó el sillón más aún y se llevó las manos a la nuca en una posición tan masculina que las zonas femeninas de ella comenzaron a burbujear como cuando el champán entra en contacto con la lengua.
—¿Qué estoy haciendo, Anh?
—¡Intentas ponerme nerviosa!
—Es el efecto que causo en las mujeres. —Su voz estaba adormilada, como si se hubiera pasado buena parte de la noche dando unos besos largos, ardientes y narcóticos.
—Pues en esta no. A mí no me pones nada nerviosa —le mintió—. Lo siento mucho, pero tu gran plan para lograr que me largue no va a funcionar.
—De hecho, yo…
—¿Me dejas terminar?
—Adelante —dijo, con tanta calma que ella aún se puso más nerviosa.
—Te has comportado como un imbécil. Y mi noche ya era bastante terrible. Sabías que estaba frustrada y cansada y… y dolida. —La confesión la pilló con la guardia baja, pero decidió reafirmarse—. Sí, estaba dolida y avergonzada, y para más inri, descubro que un maleducado desconocido había puesto la oreja en una conversación muy difícil. Así que me he ido a la cama a lamerme las heridas en privado y a dormir porque… porque…
—Porque estás frustrada y cansada y dolida —le refrescó la memoria él.
—Frustrada y cansada, pero dolida ya no. Ahora estoy cabreada. ¡Contigo! —Levantó un dedo en su dirección.
—¿Conmigo? —preguntó Emmitt como si la situación se le antojara de lo más divertida.
—¡Sí, contigo! Tengo que ir al hospital muy pronto y tú has creído necesario volver y cerrar de un portazo todos los armarios de la cocina. Si querías armar un buen jaleo para despertarme, lo has logrado, Emmitt Bradley, lo has logrado. —Y terminó el discurso dando una lenta e irónica palmada.
—No pretendía despertarte. Y te pido perdón por eso. Y tampoco sabía que entrabas a trabajar tan temprano; si no, habría sido más silencioso.
Annie debía admitir que sus sinceras disculpas la habían desconcertado.
—No es que entre a trabajar temprano. A una de mis pacientes la operan mañana de la vesícula y todos sus familiares viven en la costa oeste, así que me ofrecí a estar allí cuando despertara de la intervención.
—¿A todos tus pacientes les ofreces este servicio de compañía tan amable? —preguntó él con suavidad. Una pregunta sin provocación, sin sarcasmo y sin insinuaciones infantiles. Acompañada de una mirada de ternura que ella no le había visto antes.
—Solo a los especiales —dijo, y no se movió, de repente embargada por la timidez.
Emmitt dejó que el comentario de Annie flotara en el aire, y entonces le dedicó la más sutil de las sonrisas, una que la llevó a apartar la mirada.
—En cuanto a lo de los armarios, te vuelvo a pedir disculpas. He vuelto a casa con un dolor de cabeza horrible, y como todas mis cosas, calmantes incluidos, estaban en el dormitorio, he buscado mis reservas, que antes estaban sobre el fregadero. Imagina mi sorpresa cuando en su lugar he encontrado un pequeño arsenal de velas aromáticas. Por lo visto, alguien ha reorganizado mi cocina en mi ausencia.
—Ah —murmuró Annie, ahora consciente de cómo fruncía el ceño Emmitt al hablar o al moverse, como si se tensara anticipándose al dolor. ¿Quizá había malinterpretado la situación?—. Creía que hacías el imbécil y ya.
—Me sorprendes, Ricitos de Oro. —Ofendido, se colocó una mano en el pecho—. Te tomaba por alguien que antes de juzgar al otro va más allá de las apariencias.
Era la segunda vez que se refería a lo mismo, por lo que Annie pensó si, tal vez, se había precipitado al tacharlo de egocéntrico picaflor. La parte de picaflor era cierta, pero ¿la otra? Ya no estaba tan segura.
—¿En serio? Mírate, ahí sentado como el gran lobo malvado, obstaculizándome el camino e intentando intimidarme para que vaya directa hacia ti.
—Creo que estás mezclando cuentos —dijo, aunque la sonrisa amplia y malvada que lucía dejaba claro que le había gustado la comparación—. Temía que estuvieras cabreada por lo de antes —siguió— y decidieras jugar al escondite con mis cosas. Por eso me he apostado justo delante del dormitorio, por si acaso te daba por evitarme y cerrar la puerta antes de que pudiera recuperar mis pertenencias.
Annie se lo quedó mirando durante un buen rato y, aunque su polígrafo interno estuviera preparado y al acecho, no percibía ni rastro de engaño en las palabras de él. Y cuando se lo explicó así, con tanta sinceridad y racionalidad, Annie vio que la imbécil era ella.
—Debo admitir que he tenido una mala noche y es probable que en parte lo haya pagado contigo, así que lo siento. Pero que quede claro que no soy una de tus chifladas monísimas que se comportarían así —dijo, avergonzada por que Emmitt creyera que se rebajaba a absurdeces tan inmaduras—. Pero sí que te he guardado todas las cosas del dormitorio y te las he dejado junto a la puerta del garaje, para que al marcharte mañana las tuvieras cerca del coche. Hasta te he dejado una nota.
—Me apuesto lo que quieras a que sé lo que pone. —Cuando Annie respondió con una sonrisa, él se echó a reír—. Pues supongo que ha valido la pena.
—Supongo que sí —dijo Annie, y también se puso a reír. Fue entonces cuando tuvo otra revelación, esta más impactante. Ya no estaba molesta por la llamada de Clark. De hecho, le dolían las mejillas de tanto sonreír.
—Imagina lo bien que te sentará soltarle todo lo que piensas a un tío que de verdad se lo merezca, como, no sé, el cabrón con el que hablabas por teléfono. Pero permíteme una sugerencia: yo de ti consideraría la opción de relajar un poco esa sonrisa y quizá evitar una risita, y seguro que te envía el cheque raudo y veloz.
—¿Cuánto oíste de la conversación? —Annie se tapó la cara con las manos.
—Lo suficiente para saber que es evidente que tienes un lado muy dulce y que él se está aprovechando. —Habló con tono suave y con expresión pétrea, casi como si quisiera defenderla. A ella.
—Soy la chica más dulce del mundo. Lo que pasa es que tú has sacado mi…
—¿Tu lado de chica mala? —Sonó esperanzado y todo.
—Iba a decir mi lado impaciente.
—Sea como sea, no estaría de más que, la próxima vez que el muy idiota te llame para pedirte consejos sobre su boda, canalizaras a la tía que no tiene ningún problema en mandarme a la mierda. De lo contrario, quizá debas decir adiós a la pasta.
—Que sea maja no me convierte en una pusilánime.
—Genial. —Emmitt se rascó el pecho como un oso que se preparara para el invierno—. Pues llámalo.
—¿Cómo?
—Venga —la provocó—. Llámalo y dile que no eres su Anh-Bon y que le exiges que te pague los diez mil dólares ya.
—Eh… Mi móvil se está cargando en el dormitorio.
Emmitt cogió el suyo del reposabrazos y se lo ofreció.
—Toma, usa el mío.
—No necesito llamarle delante de ti para demostrar que no soy una pusilánime. Me las apañaré yo solita.
—Me alegra saberlo —dijo, pero no parecía creerla.
Y lo que era peor, Annie empezó a dudar de si ella se creía a sí misma. No solo le había dado permiso a Clark para que le robara el sitio de la celebración y la fecha del aniversario de boda de sus abuelos, sino que además la llamada acabó antes de que le exigiera un día concreto para que le devolviera su dinero.
—Yo solo digo que no vengas a buscarme para que sea tu acompañante cuando te pida ser la dama de honor. Si me vieras con traje, darías codazos y empujones para coger el ramo.
—Ni lo sueñes.
—Bromas aparte, manda a todo el mundo a tomar por el culo y céntrate en ti —dijo Emmitt sin un solo rastro de provocación en la voz—. En serio. No le debes nada. Coño, es él el que te debe a ti, y no solo dinero. Te debe unas disculpas de cojones por haberte puesto en esa situación. Y después tiene que pedirles disculpas a tus amigos y a tu familia por lo del vestido y por haber robado la fecha de la boda de tus abuelos.
«Toma ya», no solo lo había oído casi todo, sino que había reflexionado largo y tendido, y tenía una opinión al respecto. A Annie le dio un vuelco el estómago.
Lo que la impresionó no fue lo que le había dicho Emmitt, ni tampoco cómo se lo había dicho. Era el hecho humillante de que fuera la primera persona en proferirle esas palabras, en animarla a defenderse. «¿Qué significaba que un perfecto desconocido fuera capaz de entender lo que sus mejores amigos y familiares habían dejado a un lado en pro de la cortesía? ¿En qué lugar la dejaba eso a ella por habérselo permitido?».
—¿Crees que todo eso cabrá en un pósit? —le preguntó.
La mirada de Emmitt la recorrió de arriba abajo con suma lentitud, y Annie sintió chispas al sentirse observada por él.
—A mí me pareces el tipo de mujer que, cuando ha tomado una decisión, no deja que nada la aparte de su camino.
La manera confiada en que se lo dijo le provocó una oleada de escalofríos que le recorrió el cuerpo más rápido que su madre comprando en las rebajas.
—Muy atrevido por tu parte sacar esa conclusión de alguien con quien has hablado solo dos veces.
—Qué quieres que te diga, han sido conversaciones profundas. Además, eres muy fácil de interpretar.
Annie resopló dos veces, porque era tan fácil de interpretar como una señal en una calle oscura para un paciente con glaucoma.
Nacida en Asia y criada por padres blancos, Annie llegó al mundo como un oxímoron con patas. De hecho, cuantas más personas la conocían, más prejuicios se tornaban erróneos. Annie era la prueba viviente de que no hay que juzgar un libro por la cubierta. De ahí que le diera vergüenza haber hecho eso mismo con Emmitt.
Ser misteriosa se consideraba interesante, pero ser una interminable caja de sorpresas resultaba muy poco atractivo. A la gente le gustaba confiar en su propio juicio, y a Annie a menudo la juzgaban mal.
—Tú, ríete, pero me juego lo que quieras a que te conozco mejor que un tío con el que hayas tenido seis citas.
—Pues me impresionas, porque dudo que tú hayas tenido seis citas consecutivas en los últimos seis años. —Cuando Emmitt abrió la boca para protestar, ella añadió—: ¿Con la misma mujer?
—Soy tan observador que no necesito ni la mitad de tiempo que los demás para saber si algo va a durar para siempre o no —aseguró. Algo que la sorprendió porque, cuando pronunció «para siempre», no parecía que fuera a vomitar ni a salirle urticaria.
—¿Me quieres decir que estás abierto al compromiso?
—¿Si se presenta la persona adecuada? —Emmitt se encogió de hombros—. ¿Por qué no? Pero no necesito engatusar a nadie para saber si es adecuado para mí. A las personas que están en mi vida no les propongo jueguecitos ni las hago pasar por el aro para descubrir qué lugar ocupan. No, eso es inmaduro y bastante mierder, en mi opinión.
Annie vio un reflejo de dolor reciente cruzar el rostro de Emmitt y reparó en que, debajo de su confiada arrogancia, latía una inseguridad que la atraía. Su instinto le decía que alguien en quien él confiaba y a quien quería lo había engañado. Y a tenor de la nueva tristeza que teñía las palabras de Emmitt, alguien le había hecho muchísimo daño. Y recientemente.
La cuidadora que Annie llevaba dentro quería preguntarle si estaba bien, pero su lado pragmático llegó a la conclusión de que más valía no indagar. Cuanto más lo conociera, más humano se volvería a sus ojos, y más duro le resultaría echarlo de su propia casa.
Después de una noche como aquella, una chica lista cortaría por lo sano y se iría a la cama. Pero Annie estaba cansada de hacerse la lista, así que, en lugar de desearle buenas noches, dijo:
—Vale, pues deslúmbrame con tus habilidades de observación.
Si iba a tener que huir de mujeriegos encantadores, había llegado el momento de aprender a reconocer las señales.
—Ah, pues te voy a deslumbrar —dijo, y ella puso los ojos en blanco—. ¿No me crees? Pues démosle un poquito más de emoción al asunto. Si consigo deslumbrarte con mis magistrales habilidades de observación, mañana me quedo la cama.
Por lo que a Annie respectaba, mañana Emmitt no iba a compartir morada con ella. ¿Qué podía perder, pues?
—Deslúmbrame.
—Qué bien me lo voy a pasar. —Se frotó las manos como un niño en una tienda de chucherías—. Tienes debilidad por los misterios ingleses, por Shemar Moore y por los realities de citas.
—Saber lo que hay en mi cuenta de Hulu no te convierte en un observador, sino en un cotilla.
—Al principio del juego no hemos establecido normas sobre cómo recopilar la información. Pero dejaré a un lado tu pésimo gusto televisivo y volveré a lo romántica que eres.
—Pues claro que soy una romántica —lo rebatió—. Si hasta hace nada estaba preparando mi boda. Siento decírtelo, Emmitt, pero no eres más que otro tío cuyos talentos hacen que me pregunte por qué me molesto.
—Es evidente que te has rodeado de los tíos equivocados —la pinchó—. Iba a decir que tu romanticismo va mucho más allá de una boda de ensueño, Ricitos de Oro. La mayoría de las mujeres se abalanzaría sobre la oportunidad de gastar miles de dólares en un vestido nuevo, y tú fuiste a buscar a la modista perfecta para arreglar el de tu abuela. También querías casarte el mismo día que ella, un detalle que me hace pensar que no solo es la persona más importante de tu vida, sino que con ella nunca tuviste que preguntarte qué lugar ocupabas en su vida.
Emmitt se quedó en silencio y la contempló con tal intensidad que Annie se removió, inquieta.
Ya estaba a punto de ponerse a saltar cuando él añadió finalmente:
—Supongo que, sin ella, te has sentido un poco perdida en todo este embrollo.
—Pues claro que la echo de menos. Para eso no hace falta ser vidente.
—¿Cómo se llamaba? —quiso saber Emmitt, y la pregunta le provocó a ella una ola de calidez que inundó su cuerpo.
—Hannah —susurró. Le extrañaba por qué el mero hecho de decirle el nombre de su abuela le resultaba tan íntimo—. Y muchas mujeres escogen llevar el vestido de sus abuelas. Es una tradición bastante común.
—No comentaste que tu madre lo hubiera llevado, así que no creo que sea una tradición. Creo que querías llevarlo porque deseabas que Hannah estuviera contigo, y era lo que más se le acercaba —dijo, y el estómago de Annie se estrujó de la inseguridad, porque el tío lo estaba clavando—. Pero es evidente que hablar de la boda no te deslumbra, sino que te incomoda.
—No me incomoda —mintió, negándose a mostrarle lo difícil que todavía era para ella hablar de su abuela—. Es que estoy cansada.
—Pues te lo cuento rápido. Prefieres bañarte, pero te duchas para ahorrar tiempo. Sientes predilección por combinaciones extrañas, como peperoni y aceitunas, chocolate y mermelada, y camisetas extragrandes y braguitas diminutas. Eres una maniática de la limpieza, pero me juego lo que quieras a que hay un lugar en el que te desmelenas y dejas que todo campe a sus anchas, desordenado.
El rostro de Annie debió de reflejar sorpresa, porque Emmitt se echó a reír.
—¿El interior de tu bolso? O quizá sea tu coche, repleto de envoltorios, botellas de agua vacías, y seguramente también haya unas cuantas galletas madeleine para casos de emergencia. Sea donde sea, fijo que es un auténtico desastre. Eres tan romántica como complaciente. No te lo piensas dos veces antes de sacrificar lo que quieres para así facilitarle las cosas a alguien, y por eso no te importa que te llamen Annie, cuando en realidad prefieres Anh.
Una cruda y familiar vulnerabilidad la embargó, le llenó el corazón y se derramó por todos lados antes de arder como el ácido sobre el metal. O bien Emmitt era superintuitivo o en el mundo de ella todos estaban ciegos. Y no sabía cuál de las dos opciones la cabreaba más.
—Me estás mirando fijamente —le soltó él con brusquedad.
—Solo intento descifrarte a ti, pero como eso sería más largo que terminar un máster, y como me toca madrugar, creo que por hoy ya basta.
—Supongo que hasta los corazones heridos necesitan dormir.
—Supongo que sí. —Y antes de cometer una estupidez, como sentarse en el regazo de él y pedirle que le contara un cuento, Annie apretó el interruptor y sumió la estancia en la oscuridad.
«Ay, madre», una malísima decisión.
Tendría que haber dejado que Emmitt apagara la luz una vez ella se encontrara ya en el dormitorio, a salvo al otro lado de la pared. Así no se habría fijado en que sus Calvin Klein eran más brillantes —y más grandes— cada segundo que pasaba. Tal vez sus ojos solamente estaban adaptándose, y dilatándose para absorber el máximo de luz.
O quizá su suerte por fin había tocado fondo, porque no había duda de que los calzoncillos de él resplandecían. Cuanto más se acostumbraban sus ojos a la negrura, más confundida estaba ella, hasta que no pudo contener más tiempo la carcajada. Emmitt Bradley, el ser superior e intuitivo, llevaba calzoncillos que brillaban en la oscuridad.
Annie rio a medida que se revelaban las formas.
—¿Estás de coña? ¿Gatitos y arcoíris?
—Dime, Ricitos de Oro. —Ese día, su sonrisa se había ensanchado varios centímetros—. ¿Es demasiado grande o tiene el tamaño ideal?
Annie repasó las opciones que había barajado con anterioridad y optó por una quinta. Una retirada total y humillante.
Se giró, echó a correr como si la persiguieran unos sabuesos hambrientos y entró en el dormitorio a toda prisa. Cerró de un portazo antes de lanzarse sobre la cama. Tan ridícula y avergonzada se sentía que se tapó la cabeza con la sábana y cerró los ojos en busca de una protección extra.
—¿Es por los gatitos? —le gritó él desde la puerta.
Capítulo 6
Su madre solía decirle que era muy tozuda. A Annie le gustaba más describirse como decidida. Pero por más decidida que estaba a no perder ni un segundo de sueño por culpa del hombre de los calzoncillos que brillaban en la oscuridad, cuando el primer rayo de sol se coló por la ventana, tenía los ojos como platos.
Cada vez que los cerraba, su respiración se volvía ridículamente errática y sus pulsaciones se acercaban al nivel de infarto.
«Emmitt no es para tanto», se dijo, tumbada hasta que la suma de la colcha y sus cálidas espiraciones convirtió la cama en una sauna y Annie creyó ahogarse. «La madre que lo parió». Se destapó de repente.
Era imposible que pudiera enfrentarse a él. Nunca sería capaz de olvidar todo lo que había visto… Siempre que viera un anuncio de Calvin Klein experimentaría una descomposición visceral. Y de ninguna de las maneras, en ninguna circunstancia, Emmitt debía saber cuánto la había impactado.
No, ningún hombre tenía el poder de desbaratar su vida. Y el que se encontraba al otro lado de la puerta del dormitorio no iba a robarle ni un solo momento más de paz.
Se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño.
Como una zombi, se dio una larga ducha y dejó correr el agua caliente hasta vaciar la caldera. Eso no la ayudó demasiado. Todavía le picaban los ojos y el cerebro le funcionaba superlento, y terminó lavándose el pelo con espuma de afeitar. Y por eso cada vez que se olía el pelo se le endurecían los pezones.
Annie no sabía cómo, pero logró convencerse para no regresar a la cama con la agradable compañía de su querido vibrador. Se puso unos vaqueros y una camiseta, y entonces, temerosa de que Emmitt siguiera apostado junto a la puerta como la última vez que lo había comprobado, hizo lo que habría hecho cualquier mujer madura en su situación.
Sigilosa, salió por la ventana y corrió hacia su coche, dispuesta a darle varias veces al acelerador con el freno de mano puesto y a desearle los buenos días con un timbrazo largo y sonoro de claxon, por si acaso el muy canalla todavía dormía. Al alejarse del camino de entrada, sin embargo, un molesto pensamiento se adueñó de su cabeza. ¿Emmitt había sido más listo que ella o acaso Annie había caído en su juego?
Encaminarse a su puesto de trabajo sin que nadie la reconociera era una experiencia nueva para ella, y Annie disfrutaba de su anonimato en el Hospital General de Roma. Con el uniforme médico en el bolso y un ramillete de flores en la mano, no vestía como la médica asociada que era.
En Connecticut, de nada le habría servido. Ya antes de cruzar la puerta de entrada la habrían visto y abordado una docena de compañeros y pacientes. Le habrían hecho preguntas, muchísimas preguntas, sobre la boda, sus sentimientos, Clark, hasta que los curiosos llegarían a la que todo el mundo quería formularle: ¿por qué creía ella que Clark la había dejado?
De haber sabido la respuesta, Annie no habría tenido que mudarse en busca de perspectiva.
En Roma, Annie era una desconocida. Un rostro nuevo, que podía pasear por los pasillos de la UCI sin ser detectada por nadie y concentrarse en proporcionar el tipo de cuidados incondicionales que en su día la empujaron a estudiar Medicina. Quería demostrar a diario que todo el mundo merecía cariño y atención.
Ese día, la persona era Gloria, una conductora de autobús jubilada que necesitaba cuidados y mimos extras, y que agradecería contar con apoyo para superar el miedo que le daban los hospitales, al menos hasta que le dieran el alta de su operación de vesícula. Annie no había ido a leer el historial de Gloria ni a tomarle el pulso. Se había presentado en el hospital horas antes de que empezara su turno tan solo para cogerle la mano.
Nadie merecía sentirse solo.
En una UCI atípicamente silenciosa, Annie se dirigió a la habitación de Gloria. La mujer yacía en la cama más cercana a la ventana, con los ojos cerrados; aún no había salido de la anestesia. Sin hacer ruido, Annie fue hasta la ventana.
Fuera, el sol brillaba con fuerza e iluminaba unas cuantas nubes blancas algodonosas y el cielo azul. Una suave brisa mecía las lilas de las Indias que flanqueaban la Calle Mayor, formando así dos hileras idénticas de flores de un rosa intenso que se extendían hacia la playa, donde la espuma del Atlántico lamía la arena.
—¿Son nomeolvides? —preguntó una voz grave y adormilada.
Annie se giró y vio que Gloria volvía en sí, las mejillas ruborizadas por la tímida gratitud que sentía.
—Y unas lantanas. —Las manos de Annie acariciaron las flores con forma de paraguas e intensos rojos y naranjas.
—Mis preferidas. —Gloria carraspeó, Annie le sirvió un vaso de agua y se lo acercó a sus labios resecos—. ¿Cómo lo sabías?
—Delores, la de la floristería, me lo comentó.
—Son preciosas. —La sonrisa de Gloria desapareció al recorrer la habitación con la mirada—. No nos ve nadie, échale un vistazo al historial y dime cuándo crees que podré irme a casa. Si no pone que hoy, haz lo que debas hacer para cambiarlo.
—No voy a mirar en su historial porque no soy su doctora. —Además, las dos sabían que Gloria no se marcharía a casa ese día. La operación de vesícula solía ser un procedimiento ambulatorio, pero Gloria se quedaría dos días en observación porque en su casa no había nadie para cuidarla.
Y si había algo que el hecho de ser adoptada le había enseñado a Annie era que la familia tradicional no tenía el monopolio de los cuidados atentos y de corazón.
Annie dejó el jarrón de flores brillantes sobre la mesa vacía y se sentó al lado de la cama. No era solo la primera visita; sería también la única.
—¿Cómo se encuentra? —le preguntó Annie a Gloria mientras le cogía una de sus frágiles manos.
La anciana le dedicó un amago de sonrisa y un cálido apretón de dedos.
—Ahora, mejor.
Gloria se la quedó mirando, sin decir nada, como si quisiera aferrarse a su compañía y disfrutar de la sensación de no caminar sola, pero sus párpados enseguida empezaron a caer, hasta que al final descansaron sobre sus mejillas.
Annie esperó a oír la respiración acompasada antes de salir al pasillo para llamar a las hermanas de Gloria, que vivían en Canadá. Ser la portadora de buenas noticias y dar tranquilidad a los seres queridos de sus pacientes era una de las mejores cosas de su trabajo. Presenciar el amor que se profesaban los miembros de una familia siempre resultaba fascinante, y las hermanas de Gloria no la decepcionaron. Ni siquiera los dos mil kilómetros y la frontera que las separaba habían reducido el profundo vínculo entre las tres ancianas.
A Annie, la conexión entre hermanos siempre le había interesado mucho, puesto que a ella la separaron de las suyas. Nació en Vietnam, la menor de tres hermanas, pero creció en los Estados Unidos como hija única. No recordaba a sus hermanas, pero en todo momento había sentido su ausencia, incluso antes de que le contaran la historia de su adopción.
Todos los adoptados tenían su propia historia, que se contaba hasta la saciedad durante la reunión familiar del Día de la Adopción. En casa de Annie, el Día de la Adopción era una celebración tan importante como los cumpleaños o el Día de Acción de Gracias. Y cuando su familia se acurrucaba en el sofá y su madre pasaba las páginas gastadas de su álbum de adopción, Annie contenía la respiración hasta que llegaban a la parte de sus hermanas.
No sabía cómo se llamaban ni cuántos años tenían, tan solo que eran tres. Todas con el pelo negro y con unos ojos vivos de color café, y las tres lucían los mismos hoyuelos al sonreír. Durante casi toda su vida, saber que estaban en algún lugar le proporcionaba el consuelo que necesitaba cuando de noche, en la cama, la embargaba la soledad.
¿El amor de un hermano era más potente que el de otra persona por el mero hecho de que venía predeterminado por el nacimiento? De ser así, ¿qué significado tenía eso para alguien como Annie, a la que unos desconocidos eligieron darle su amor?
Annie siempre había creído que el amor, tomara la forma que tomase, podía alimentarse hasta convertirse en la conexión irrompible que compartían Gloria y sus hermanas. Por eso se aferraba con tanta fuerza a las personas de su vida, porque, aunque el amor cambiara de forma, seguía siendo amor. ¿O no?
Desde la noche anterior, cuando Emmitt la acusó de ser una pusilánime, Annie comenzó a preguntarse si estaba dispuesta a agarrarse a un amor a pesar de que ya no fuera sano. La conversación que mantuvo con Clark había sido de todo menos sana, y la dejó con la sensación de que la había utilizado y despreciado.
Y de nada le servía eso. A no ser que Annie colgara la bata del hospital para ser wedding planner. Nada más poner fin a la encantadora conversación telefónica con las hermanas de Gloria, Annie se dedicó a sí misma un discurso duro y motivacional, y llamó a otra persona…, esta vez para lograr su propia tranquilidad mental.
Fue Clark el que dijo que, por encima de todo, quería que siguieran siendo amigos. Bueno, pues iba a tener la oportunidad de demostrarlo. Y Annie iba a tener la oportunidad de demostrar que ser amiga de un ex no solo era posible, sino también saludable si se hacía bien.
Con miedo a echarse atrás, Annie entró en una consulta vacía y marcó el número de inmediato. Su corazón latía más rápido con cada tono, y se paró del todo cuando Clark contestó.
—Me alegro mucho de que me llames. —Tenía una voz alegre y radiante, como si la noche anterior hubiera dormido como un rey. Como si Annie hubiera sido una boba y lo sucedido en los últimos meses no hubiera cambiado nada entre los dos, algo que a ella le dolió y la confundió.
—¿Ah, sí? —Se había imaginado que la llamada sería diferente. De hecho, había elaborado una lista mental con aproximadamente diez mil cosas que hacer en lugar de llamar a Clark (como etiquetar las muestras del laboratorio, comprar dónuts para que algo le recordara a la calidez de su casa y arreglar el escape de la consulta número nueve), pero por lo visto no había sido necesario.
Annie estaba a punto de establecer unos cuantos límites, y Clark parecía estar dispuesto a escucharla.
—Pues claro. Quería disculparme por lo de anoche. Al colgar me sentí como un capullo. Tenía las emociones a flor de piel y no pensaba lo que decía. Y, como dijiste, no me esperaba ningún paciente. Solo evitaba lo inevitable.
—Creo que yo también —admitió Annie—. Lo de ayer fue una situación rara, y los dos podríamos haberla gestionado mejor. —Annie recordó lo que le había dicho Emmitt. Que fuera directa, al grano, sin margen para malentendidos—. Pero la única manera para que nos comportemos con normalidad el uno con el otro es aclarar las cosas.
Cuánta determinación, con qué confianza hablaba. Sin suavizar ni edulcorar el asunto, tan solo enunciando los hechos y verbalizando su estrategia.
—No te imaginas lo feliz que me haces —dijo Clark—. No solo me sentí como un capullo, sino que también pensé que te había decepcionado. Después de colgar, hablé con Molly-Leigh, y me aseguró que lo había gestionado fatal. Supe que debía hacer lo correcto. Así que esta mañana, de camino al trabajo, he parado en la oficina de correos.
—Ostras, Clark, qué guay. —Y qué fácil había sido—. Creía que me harías una transferencia con el dinero de las invitaciones y la fianza de la tarta, que por cierto me ha llegado hoy, muchas gracias. Pero si prefieres devolverme el resto con un cheque, a mí me parece estupendo.
Iba a necesitar un par de días más de lo previsto, y quizá el banco no procesara enseguida un cheque de una cantidad tan alta, pero el lunes mismo se tumbaría en el sofá con una botella de vino y una pizza de peperoni y aceitunas para ella solita.
—¿Un cheque? ¿A qué te refieres?
—A la fianza del salón de bodas. Me lo has mandado por correo, ¿no?
—Lo que te he enviado por correo es una invitación para la boda —le dijo, como si de repente Annie hubiera perdido la cabeza—. Lo de la fianza lo arreglamos ayer.
—En realidad, no. Dijiste que te iría mucho mejor esperar a que pasara la boda para pagarme. Yo te dije que a mí no me iba bien así. Y sigue sin irme bien. Necesito el dinero, y esta misma semana.
—Mira, a eso precisamente me refería. Tú y yo ya no somos los mismos que antes. Nunca te habías puesto así por una fianza o por un vestido. Es como si…, no sé…
—¿Como si hubiéramos roto?
—Desde que te mudaste —Clark la ignoró—, creo que ya no conectamos. Y sabes lo mucho que odio que no compartamos la misma sintonía. O sea, los dos vibramos, eso es así.
De pronto, Annie lo entendió. Ella hablaba de solucionar las cosas, de que le pagara lo que le debía para seguir con su vida, y él empleaba la primera persona del plural y palabras como vibrar, cuando entre ambos hacía meses que no había un nosotros.
—No hay ninguna sintonía, Clark. Cuando cambiaste de emisora y pasaste de Onda Todavía a Onda Melancolía, nosotros dejamos de vibrar, y por eso me molesta que no me hayas devuelto el dinero. Ya han pasado cinco semanas. Cinco semanas. Y no me pongo de ninguna manera, solo paso página. Así que invitarme a tu boda es totalmente inapropiado.
—¿Inapropiado? —Clark, por todos los santos, sonó hasta dolido—. En los últimos seis años tú has sido la persona más importante de mi vida. Eso nada lo va a cambiar.
—El anillo en el dedo de Molly-Leigh sugiere otra cosa.
—Me voy a casar. ¿Y qué? Molls sabe lo mucho que me importas —dijo, y Annie se preguntó cómo era posible que antes no lo viera tan adulador—. Algún día tú también te casarás… Eso no quiere decir que yo deje de ser tu pilar y tú el mío.
—Eso es exactamente lo que quiere decir.
—Mira, no te he cogido el teléfono para discutir. Quería decirte que ayer la cagué por no hacerte llegar la invitación como Dios manda. Nada me haría más feliz que que aceptaras compartir ese día tan especial con nosotros —dijo.
—Le has entregado tu futura felicidad a otra mujer, Clark. Lo que sientas ya no es responsabilidad mía.
—Pero has puesto tanto empeño en esta boda, Annie —siguió como si ella no hubiera dicho nada—. Te mereces disfrutar de los resultados de tanto esfuerzo. He invitado a tus padres, y creía que sabrías que esa invitación era extensible a toda tu familia, pero quería asegurarme de que quedaba claro. Te queremos en la boda, Anh-Bon.
—¿Que has invitado a mis padres? —Annie sintió vergüenza.
—Pues claro. ¿Cómo no? Maura es como una segunda madre para mí.
La traición de él le rodeaba las costillas y empujaba contra su esternón.
—Porque es mi madre. Si la invitas, ¿sabes que se verá obligada a decir que sí?
—Debería decirme que sí, y tú también. Hasta Molly-Leigh espera que vengas. Me dijo que te anunciara que te ha reservado una silla en nuestra mesa para el ensayo de la cena, y así nos pondremos al día. Te he echado de menos.
Annie cerró los ojos para que el dolor no se vertiera al exterior. La única razón por la que una mujer aceptaría que la reciente exprometida de su novio asistiera a una versión actualizada de su boda era que supiera a ciencia cierta que la ex no suponía amenaza alguna. Y aunque Annie ya no tuviera ningún interés sentimental en Clark, era doloroso saber que el amor de él había sido tan superficial que ya era insignificante.
Qué devastador que una sola palabra resumiera seis años de su vida. La relación sentimental más importante de toda su existencia era insignificante.
Intentó enfadarse, intentó visualizar a Emmitt entregándole el pósit, pero esa palabra parecía arrebatarle el ímpetu. Deseó ser la mujer que mandara a la mierda a Clark, pero de qué iba a servir cuando el amor que había sentido por él no había sido más que una parada en el camino de la vida del hombre con el que creía que iba a casarse.
Y por eso, y para pasar página, Annie decidió agachar la cabeza y escoger qué batallas librar. Estaba a punto de cumplir los treinta y no había encontrado aún la batalla adecuada. Pero sabía, sin lugar a dudas, que no era esa.
—Te deseo lo mejor, Clark, de verdad que sí, pero no pienso asistir a tu boda. Y ya no voy a ser la persona a la que recurrir para todo. Sé que duele, y mientras sigas teniendo el poder para hacerme daño, esto no va a funcionar —dijo. Se inclinó hacia delante y apoyó la frente en la mesa de la consulta—. Necesito espacio. Pasar un tiempo lejos de ti, de la boda, de mis padres, para aclararme.
Un tiempo para saber por qué no paraba de elegir a gente que no la elegía a ella. Para saber cómo había pasado de futura novia a wedding planner.
Y lo más importante: era vital que comprendiera la importante lección de vida que debía aprender para evitar volver a encontrarse en una situación parecida.
Annie rememoró la casa de sus abuelos. Y la fotografía de boda que presidía la chimenea de la sala de estar.
De niña, Annie solía esperar a que todos se fueran a dormir para entrar en la sala de puntillas y contemplar la imagen, maravillada. Creía que lo que la cautivaba era el vestido de su abuela. Con los años, Annie reparó en que era la mirada que se intercambiaban sus abuelos lo que bien valía el peligro de escabullirse de la cama.
A pesar de la antigüedad de la fotografía, la conexión irrompible entre sus abuelos seguía muy visible. Se trataba de un amor deslumbrante. Estaban hechos el uno para el otro.
Clark nunca la había mirado así. Y, siendo sincera, ella tampoco lo había mirado así jamás. A Annie le dio miedo haberse dejado envolver por la fantasía de lo que significarían para ella el matrimonio y la promesa de un futuro felices comiendo perdices.
Ya era demasiado mayor para creer en fantasías y cuentos de hadas.
Sobre todo después de haber llegado, por accidente, al perfil de Instagram de Clark, donde lo vio observar a Molly-Leigh con la misma adoración que sus abuelos en aquella fotografía. Era la prueba de que una imagen valía más que mil palabras.
O al menos cuantas necesitaba Annie para cerrar todas las puertas que la conducían a él.
En su vida ya había cerrado un montón. Para variar, le gustaría encontrarse al otro lado de una de esas puertas, cogida de la mano de alguien cuando sonase el portazo. Alguien que la mirara como el abuelo Cleve siempre miró a la abuela Hannah.
Ni Annie ni Clark dijeron nada durante un buen rato; se limitaron a escuchar la respiración del otro. El silencio no era incómodo ni tan tenso como Annie se había imaginado. Y el dolor que siempre la ataba como si de una correa se tratara, y que tiraba de ella cuando le venía en gana, se había esfumado. De hecho, no se había sentido tan liviana desde el día que Clark se arrodilló y ella le dijo que sí.
—¿Puedes dármelo? —le preguntó.
—¿Tiempo? Te doy todo el tiempo que necesites —dijo Clark con una energía renovada en la voz—. Pero no te tomes mucho. La boda está a la vuelta de la esquina y…
—Ya te he dicho que no.
—… la invitación te llegará en breve.
—Me da igual. Me has dicho que esperabas mi respuesta. Y mi respuesta, a no ser que la invitación vaya a acompañada de diez mil pavos, es un no rotundo.
—Te veré en la boda, Anh-Bon.
—Va a ser que no. —Silencio—. ¿Clark? —Pero el tío le ya había colgado—. ¡Me cago en todo!
Annie también colgó, pero de inmediato volvió a marcar su número. Le salió el buzón de voz. Cuando acabó el mensajito grabado, Annie echaba espumarajos por la boca.
—Los amigos no les piden a sus amigos que asistan a bodas robadas, Clark. Así que no, no pienso ir a la tuya. Y necesito que me devuelvas la fianza ahora. No el mes que viene, no en la boda que me has robado, ni siquiera cuando el sol ilumine el recibidor como si de mil velas se tratara. Necesito que me devuelvas el dinero esta semana, o si no…
Su móvil le anunció con un pitido que un nuevo evento se había añadido a su agenda. Annie se quedó mirando la pantalla y soltó un taco.
Boda de Clark y Molly-Leigh.
Con el ceño fruncido, Annie abrió la agenda del día siguiente y sus dedos acuñaron un nuevo evento en la pantalla.
Enviar 10 000 dólares a Annie. O llamará a tu madre.
Al poco de añadir a Clark al evento, este desapareció. Y reapareció el mismo día de la boda, con un recordatorio destinado a ella. No tuvo tiempo de chillar antes de leer el texto.
A tu suegra le encantará hablar contigo. Dale recuerdos de mi parte, Anh-Bon.
—¡No es mi suegra! ¡Y deja de llamarme Anh-Bon!
Pulsuz fraqment bitdi.