Kitabı oxu: «Constructivismo y educación»

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Carretero, Mario

Constructivismo y educación / Mario Carretero. - 1a ed adaptada. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tilde Editora, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-48175-0-1

1. Estrategias de la Educación. 2. Formación de Formadores. I. Título.

CDD 370.15

© Mario Carretero, 2021

© Tilde editora, 2021

Edición cuidada por Nicolás Scheines

Corrección: Julieta Krawinkel y Nicolás Scheines

Diseño de cubierta: Julieta Vela

Maquetación: Maquetación: Pablo Alarcón para Estudio Cerúleo

Conversión a formato digital: Libresque

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.

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Para Soledad, Pablo, Federico y Candela, mis “constructores preferidos”.

Índice

  Cubierta

  Portada

  Créditos

  Dedicatoria

  Nota a la edición de 2021

  Introducción

  1. ¿Qué es la construcción de conocimiento? 1.1 Constructivismo y sistemas educativos 1.2 La centralidad del conocimiento y la representación 1.3 El desarrollo de la inteligencia y su construcción social 1.4 Los aportes de la psicología cognitiva 1.5 Tres visiones sobre la construcción de conocimiento

  2. Desarrollo cognitivo y aprendizaje 2.1 La mente en desarrollo 2.2 Los estadios en el desarrollo cognitivo Estadio sensoriomotor Estadio de las operaciones concretas Estadio de las operaciones formales 2.3 Desarrollo cognitivo y memoria La relación entre la memoria a corto plazo y la memoria a largo plazo Aprendizaje escolar y construcción de conocimiento 2.4 Ideas previas, cambio conceptual y educación Los modelos del cambio conceptual Los mecanismos implicados en el proceso de cambio conceptual

  3. Comprensión y motivación 3.1 La centralidad de la comprensión 3.2 Aprendizaje intencional y aprendizaje incidental 3.3 Procesos cognitivos y comprensión de textos La comprensión de textos orales La comprensión de textos escritos 3.4 Tipos de motivación y estilos motivacionales 3.5 Motivación y aprendizaje escolar

  4. La enseñanza de las ciencias 4.1 La comprensión del conocimiento científico 4.2 Desarrollo cognitivo y enseñanza de las ciencias 4.3 La influencia del conocimiento científico cotidiano 4.4 Métodos de análisis y evaluación de las ideas previas 4.5 Nuevas perspectivas 4.6 Implicaciones didácticas del cambio conceptual 4.7 La enseñanza de las ciencias y el método científico

  5. La enseñanza de las ciencias sociales y la historia 5.1 Preguntas pioneras y problemas actuales 5.2 La comprensión de los conceptos sociales e históricos 5.3 La representación del tiempo histórico en los alumnos 5.4 La enseñanza de las ciencias sociales y la historia como actividad de pensamiento 5.5 Valores y verdad en la comprensión de contenidos sociales e históricos 5.5 Valores y verdad en la comprensión de contenidos sociales e históricos 5.6 Enseñanza de la historia y construcción de la identidad nacional

  Bibliografía

  Sobre este libro

  Sobre el autor

NOTA A LA EDICIÓN 2021

El tema fundamental de este libro es el estudio de cómo se construye el conocimiento en los seres humanos, sobre todo en relación con su desarrollo, y de qué manera ese proceso de construcción puede ser útil para generar una mejor educación en las sociedades contemporáneas. Esta obra pretende ofrecer los aspectos que consideramos centrales en este ámbito y sobre los que se sigue investigando en el contexto internacional. Por ejemplo, el Simposio de la Jean Piaget Society de 2021 se ha dedicado justamente al desarrollo de las ideas constructivistas (https://piaget.org/conference/). En esta línea, hemos actualizado algunas de las referencias de este libro con respecto a la edición de 2011.

La razones fundamentales de la presente edición tienen que ver con dos objetivos: a) mantener al alcance de los docentes esta obra en formato virtual, habida cuenta de la progresiva digitalización de las sociedades actuales, que la pandemia no ha hecho más que acelerar y consolidar, y b) contribuir a la formación de profesores en un contexto de cambios educativos más necesarios —si cabe— que nunca.

Un ejemplo reciente, en este caso de España, nos muestra cómo siguen estando pendientes problemas centrales a los que nos referimos en las páginas que siguen. Aproximadamente 30 años después de las reformas de los años 90, se sigue debatiendo la oportunidad de instalar unos contenidos educativos y unos métodos de enseñanza que no se centren en actividades repetitivas sino que formen a la persona a través de competencias válidas para su vida y para el futuro. 1 Es decir, la necesidad de un sistema educativo que se centre en una actividad cognitiva significativa y no solo en la memorización de información es una cuestión que sigue siendo una cuestión de actualidad en España y muy probablemente en otros muchos países de lengua castellana y otras partes del mundo. Sin duda es una clara muestra de la resistencias de la escuela para cambiar. Es muy probable que esta resistencias se deban a las insuficiencias en la formación de profesores y es a esa formación justamente a lo que pretende contribuir este libro.

1 https://elpais.com/educacion/2021-03-23/el-gobierno-planea-un-vuelco-para-que-el-aprendizaje-en-la-escuela-sea-menos-memoristico.html. Puede verse también cómo esta necesidad pendiente de cambio es validada por expertos internacionales en la siguiente nota: www.elpais.com/educacion/2021-06-18/el-creador-del-informe-pisa-la-educacion-espanola-prepara-a-los-alumnos-para-un-mundo-que-ya-no-existe.html.

INTRODUCCIÓN1

Habitualmente, los libros se escriben para mostrar a los demás lo que uno piensa sobre algo. Por tanto, de algún modo, se escribe para enseñar. Sin embargo, a veces, ocurre que uno aprende mucho también con lo que escribe, incluso después de haberlo escrito. Este libro es uno de esos casos. La pretensión original de la obra era exponer de manera clara y precisa las aportaciones básicas del estudio de la construcción de conocimiento en relación con sus implicaciones educativas, y que dicha exposición pudiera ser útil, sobre todo, a los profesores interesados en esta temática. Este empeño resultó en realidad bastante más difícil de lo que parecía. Una vez más se cumplió el principio vigotskiano de que el conocimiento es un proceso social. Debo reconocer honestamente que nunca antes de escribir este libro había tomado conciencia de los problemas que tenía el constructivismo como posición psicológica y educativa. Y a eso contribuyó de manera decisiva el que me viera obligado a exponerlo con fines divulgativos. De alguna manera, el intento de anticipación de la comprensión de los demás me hizo ver las insuficiencias de mi propia comprensión y del área de trabajo a la que me dedico.

En las sucesivas reimpresiones que esta obra tuvo, realicé varios cambios y ampliaciones del texto original, tratando de actualizarlo, manteniendo siempre los objetivos y el formato original de la obra.2 En esta ocasión, he llevado a cabo notables cambios y he incorporado nuevos contenidos que expresan nuestras investigaciones y reflexiones de los últimos años.

Resulta imposible separar la elaboración de las páginas que siguen de mi experiencia en la impartición y realización de numerosos cursos para profesores. De alguna manera, esta modesta obra recoge lo esencial de los conocimientos que he transmitido e incluye una parte importante de las aportaciones recibidas. En dichos cursos no solo he sido partícipe de una gratísima experiencia humana, sino que he aprendido enormemente acerca de la situación real de la docencia en diferentes países de América Latina. Suele ser un tópico afirmar que en toda actividad docente, como indicaba Bachelard, no solo aprende el alumno, sino también el profesor. En este caso puedo afirmar que ha sido así, y de entre las cuestiones que más útiles me han resultado en dicho aprendizaje, quiero destacar, precisamente, lo relativo a la pertinencia del conocimiento psicológico para la práctica educativa. Me parece esencial detenerme aunque sea brevemente en este punto. Como se ha señalado en los últimos años, la educación (y más concretamente la actividad de conocimiento y aprendizaje que tiene lugar dentro del aula) no puede reducirse a cuestiones susceptibles de ser estudiadas exclusivamente desde el punto de vista psicológico. Por el contrario, es bien sabido que en dicha situación intervienen múltiples factores de tipo social, cultural, etc., que van más allá del fenómeno estrictamente psicológico. Por otro lado, los datos o hechos en los que se basan los estudios psicológicos proceden de un conjunto de situaciones que difieren bastante de los escenarios típicos en los que se produce el aprendizaje escolar. Es sobre todo por este tipo de razones que los conocimientos psicológicos tienen para el profesor una utilidad que debe ser tomada en su justa medida. Estoy totalmente persuadido de que dichos conocimientos (que sin duda son esenciales) no pueden nunca aplicarse sin más a las situaciones concretas que se plantean en el aula, sino que deben ser reinterpretados a la luz de un contexto más amplio, como el educativo. A lo largo de estas páginas el lector irá encontrando ejemplos de la posición que acabamos de proponer.

Por último, la descripción de los contenidos que presentamos en los diferentes capítulos. En el primero se expone en qué consiste la construcción de conocimiento; allí he intentado plantear el contexto global de las ideas fundamentales que aparecerán posteriormente en otros capítulos. En el capítulo 2 se halla una visión general de la construcción de conocimiento. He seguido la concepción piagetiana, pero me ha parecido obligado incluir actualizaciones que afectan muy seriamente esta posición, por lo demás clásica, sobre todo las que proceden de los estudios actuales del desarrollo cognitivo y el cambio conceptual. La principal razón de ello es que dichas posiciones no solo tienen importantes consecuencias educativas, sino que en algunos aspectos suponen una clara mejora con respecto a la concepción piagetiana original.

En el capítulo 3 he abordado la cuestión esencial de los mecanismos de aprendizaje, más precisamente los que tienen que ver con la comprensión y la motivación, que en nuestra opinión son dos caras de una misma moneda: el sujeto que aprende. Resulta fundamental para un profesor saber qué es y cómo se desarrolla la mente del alumno, pero no menos importante resulta la interrogación sobre cómo se produce el cambio cognitivo, es decir, cómo se puede aprender mejor. Así, mientras que el capítulo 2 está dedicado a describir las diferencias entre niños de distintas edades, el capítulo 3 versa sobre lo que, en cierta medida, es invariable a lo largo del desarrollo y, por lo tanto, puede aplicarse a la enseñanza de cualquier nivel educativo. En este caso me he limitado a exponer algunos de los principios fundamentales de la comprensión –y más particularmente de la comprensión de textos– y de las cuestiones motivacionales, ya que son dos aspectos que los profesores de diferentes niveles educativos encuentran con bastante frecuencia en su práctica diaria.

En los capítulos 4 y 5, dedicados a la enseñanza y el aprendizaje de las ciencias naturales y sociales, respectivamente, se presenta una visión general de cómo puede considerarse y mejorarse la enseñanza de dichas materias a la luz de los estudios sobre la construcción de conocimiento.

La elección de estas áreas escolares, frente a otras posibles, se debe exclusivamente a razones que tienen que ver con los temas en los que he venido investigando, junto con mi equipo, en las últimas décadas. En todo caso, me ha parecido importante mostrar cuál es el desarrollo actual de la aplicación de los principios constructivistas y cognitivos a la enseñanza, al menos en algunas áreas disciplinares concretas. Tanto en relación con el contenido de estos dos últimos capítulos como con los del resto del libro, es importante puntualizar que, debido a razones de espacio, no he hecho distinciones muy específicas respecto de la enseñanza correspondiente a diferentes niveles educativos. Me ha parecido más oportuno insistir en los aspectos que son comunes a casi todos los niveles. Así, en el capítulo 4 he desarrollado sobre todo las relaciones entre la enseñanza de la ciencia, las ideas previas y el cambio conceptual, mostrando cómo el conocimiento del desarrollo cognitivo de los alumnos es esencial para elaborar y proponer actividades que permitan mejorar dicha enseñanza. Por otro lado, se insiste en la utilidad y las limitaciones que tienen las propuestas piagetianas al respecto.

En el capítulo 5, dedicado a la enseñanza y el aprendizaje de las ciencias sociales y de la historia, he pretendido recoger mis investigaciones más recientes, tanto las que versan sobre aspectos puramente cognitivos (desarrollo de conceptos sociales, comprensión del tiempo histórico y solución de problemas en estos ámbitos) como las que tienen que ver con la construcción de la identidad nacional y otros aspectos sociales.

1La elaboración de este libro ha sido posible gracias a los proyectos de investigación PICT 2005-34778 y Consolider SEJ-2006-15461, con la ayuda de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (Argentina) y la Dirección General de Política Científica (España), respectivamente.

2 La primera versión de esta obra se editó en España (editorial Edelvives) en 1993. Posteriormente, fue publicado por Aique Grupo Editor en 1994, que lo distribuyó tanto en la Argentina como en otros países de América. Por su parte, la editorial Progreso realizó dos ediciones y dos reimpresiones, en México, entre 1997 y 2002. Se ha traducido al portugués en Brasil (Artes Médicas, 1996) y en 2008 al euskera (Donostia, Hik Hasi) en el País Vasco (España).

1. ¿QUÉ ES LA CONSTRUCCIÓN DE CONOCIMIENTO?
1.1 CONSTRUCTIVISMO Y SISTEMAS EDUCATIVOS

Cuando se tiene la oportunidad de comparar sistemas educativos de diversos países y sociedades, desde un punto de vista tanto teórico como aplicado, resulta muy interesante encontrar que, aunque existen diferencias notables, también hay semejanzas impresionantes. Las diferencias suelen tener que ver con la estructura de los sistemas, pero algunas de las semejanzas nos hablan de más elementos en común de los que podríamos suponer.

Así, casi todos los sistemas educativos inspirados en el modelo occidental logran despertar el interés de los alumnos en los primeros años, mediante la presentación de actividades que resultan motivadoras y que parecen cumplir una función importante en su desarrollo psicológico general (Gardner, 2000 y 2004; Carretero, 2012a). De este modo, si visitamos cualquier centro escolar de Europa, América, África u otros lugares, veremos que los alumnos de cinco a diez años, aproximadamente, realizan juegos semiestructurados y otras actividades en las que utilizan sus habilidades lingüísticas y cognitivas de manera más bien informal. En general podría decirse que se produce una relación adecuada entre las capacidades de aprendizaje espontáneas del alumno y los objetivos que se deben alcanzar en este segmento de la educación.

Sin embargo, esta situación suele cambiar en cuanto comienza el período escolar que corresponde, aproximadamente, a la edad de diez años. A partir de esa edad, los contenidos se van haciendo cada vez más académicos y formalistas y se produce una clara pérdida de interés por parte de los alumnos. Es decir, parece como si hasta la edad citada los distintos sistemas educativos hubieran tenido en cuenta al aprendiz intuitivo que existe en cada persona, mientras que a partir de los diez años pretendieran que el alumno se fuera convirtiendo paulatinamente en un aprendiz académico, que debe tener en cuenta las separaciones formales entre disciplinas, así como sus lenguajes propios. Por supuesto, esta esquemática caracterización no nos permite entrar en las múltiples diferencias que se pueden encontrar, ya que estamos exponiendo solamente las grandes semejanzas de los sistemas educativos.

En cualquier caso, lo que también resulta bastante claro es que con la entrada en la adolescencia, la tendencia mencionada se intensifica y se produce una ruptura muy pronunciada entre los intereses habituales del alumno y los contenidos y las actividades que le ofrece el sistema escolar. Ello suele ir acompañado de materias extremadamente académicas que tienen mucho más en común con la enseñanza universitaria que con la capacidad de comprensión del estudiante. Hasta cierto punto, puede decirse que numerosos contenidos, destinados a alumnos de entre doce y dieciséis años y que suelen aparecer en muchos sistemas escolares, son meros resúmenes de los contenidos universitarios.

Por tanto, en este punto nos encontramos con la siguiente paradoja: por un lado, el alumno posee mayor capacidad cognitiva que en edades anteriores y ha adquirido también mayor cantidad de información sobre numerosas cuestiones. Sin embargo, en términos generales, su rendimiento global y su interés por la escuela suele ser mucho menor que en los primeros cursos. En definitiva, es como si el sistema educativo estuviera desaprovechando la mejora que se ha producido en la mente de los alumnos y en vez de obtener un mejor partido, estableciera las condiciones para producir lo contrario.

De esta manera, lo que suele denominarse “fracaso escolar” (término sumamente ambiguo) está, en efecto, muy vinculado a este fenómeno de desconexión entre la actividad habitual del alumno y los contenidos que se le ofrecen, que cada vez se le presentan de manera más formalizada y, por ende, con menos relación con la vida cotidiana.

Por supuesto, lo que acabamos de exponer solo es una visión muy resumida y simplificada de las constantes que pueden encontrarse en muchos sistemas educativos, pero creemos que no por ello es menos cierta (para una perspectiva comparativa, véase Gardner, Kornhaber y Wake, 2000). Por otro lado, las condiciones sociológicas y culturales de los diferentes medios imponen algunos cambios y restricciones a la situación que acabamos de comentar. Por ejemplo, pueden citarse los casos de clases sociales desfavorecidas en las que el llamado “fracaso escolar” es casi la norma bastante antes de la adolescencia; o el caso de las sociedades indígenas en las que se ha impuesto un modelo educativo occidental, sin ninguna consideración por su cultura autóctona. Sin embargo, en nuestra opinión dichas variables no afectan a los problemas anteriormente expuestos en el sentido de que solo indican modificaciones producidas por condiciones sociales, pero no alteran el núcleo del problema comentado. En resumen: dicho problema consiste en que la mayoría de las sociedades contemporáneas han emprendido transformaciones educativas porque, entre otras razones, existe una enorme distancia entre lo que los alumnos pueden y tienen interés por aprender, y lo que les presenta la institución escolar.

Creemos que la búsqueda de solución a los problemas mencionados es lo que suele subyacer a la utilización de conceptos y teorías psicológicas en los procesos de transformación educativa. Así, cualquier profesor que haya consultado el diseño curricular actual de España, la Argentina, el Brasil, Chile y otros países latinoamericanos, habrá podido comprobar que en las propuestas de renovación se intenta explicitar los principios generales que dan fundamento a lo que suele denominarse “fuente psicológica del currículo”, es decir, los aspectos que deben tenerse en cuenta a la hora de seleccionar, elaborar y concretar una serie de actividades que conciernen a las capacidades y disposiciones del individuo que aprende. Dichos principios tienen como base los conocimientos y los resultados hallados en las investigaciones de la psicología evolutiva, a saber:

1 Partir del nivel de desarrollo del alumno.

2 Asegurar la construcción de aprendizajes significativos.

3 Posibilitar que los alumnos realicen aprendizajes significativos por sí solos.

4 Procurar que los alumnos modifiquen sus esquemas de conocimiento.

5 Establecer relaciones ricas entre el nuevo conocimiento y los esquemas de conocimiento ya existentes.

En realidad, todo este conjunto de formulaciones implica un tipo de enseñanza bastante distinta de lo que se ha entendido habitualmente por enseñanza tradicional. De hecho, su aplicación conlleva la puesta en marcha de un compendio de actividades y decisiones educativas que supondrían no solo la adquisición de conocimientos por parte de los alumnos, sino también la formación de ciudadanos con mejor capacidad crítica. Sin embargo, siendo realistas, es preciso reconocer que implementar un conjunto de principios como el mencionado resulta un objetivo encomiable, pero sumamente difícil. Una de las razones de ello es, tal vez, que las bases conceptuales en que dichos principios se fundamentan no están suficientemente difundidas entre el profesorado. Como se ha indicado en la introducción, este libro pretende contribuir precisamente a la divulgación de dichas cuestiones. Nuestra intención es cumplir este objetivo intentando allanar el camino en uno de los obstáculos más habituales en la utilización del conocimiento psicológico.

En términos generales, la mayoría de los principios mencionados puede considerarse constructivista. De hecho el constructivismo ha realizado aportes muy importantes a procesos de cambio en la educación de numerosas sociedades. Algunos de dichos procesos han estado vinculados a transformaciones educativas, sobre todo en lo que se refiere a los aspectos psicológicos y didácticos. Sin embargo, debe señalarse que la importancia y la trascendencia de la posición teórica y educativa de la construcción de conocimiento no pueden reducirse a su incidencia en dichos procesos de transformación, básicamente, porque estos suelen implicar numerosas relaciones con políticas educativas que, lógicamente, remiten a problemas de tipo político y exceden el ámbito didáctico. Desde nuestro punto de vista, el constructivismo, como cualquier posición relacionada con los cambios en la escuela, debe ser enfocado desde una perspectiva crítica. En este sentido, lo que hoy se denomina “constructivismo” no es una corriente acabada, en el sentido de terminada, sino más bien lo contrario. Se trata de una perspectiva abierta que, si bien tiene en su seno propuestas bien establecidas, comprende también dudas, debates, críticas y autocríticas. En consecuencia, entendemos que el constructivismo es un punto de partida y no un punto de llegada.

Resulta, por tanto, imprescindible tratar de analizar en qué consiste el constructivismo. Antes que nada conviene indicar que no puede decirse en absoluto que sea un término unívoco. Desde principios de los años noventa, aproximadamente, comenzó a ampliarse la base teórica de la posición constructivista en relación con su aplicación en el aula y, en consecuencia, el alcance del concepto “constructivismo” se extendió. Los enfoques cognitivos o de adquisición del conocimiento, que habían tenido un desarrollo muy intenso desde los años sesenta, los aportes socioculturales, además de otras posiciones, comenzaron a ser también referentes importantes en el intento de construir perspectivas teóricas y aplicadas para alcanzar una escuela que rompiera con el modelo tradicional y resultara más significativa. Actualmente no tiene mucho sentido referirse al constructivismo sin tener en cuenta estas diversas posiciones; por el contrario, creemos que puede hablarse de varios tipos de constructivismo. De hecho, es una posición compartida por diferentes tendencias de la investigación psicológica y educativa. Entre ellas se encuentran las teorías de Piaget, Vigotsky, y la actual psicología cognitiva, cuyas aportaciones se encuentran en buena medida reflejadas en posteriores capítulos de este libro (Donovan y Bransford, 2005, y Rosas y Sebastian, 2001). Por tanto, pensamos que, cuando en las propuestas de renovación educativa se habla de constructivismo, se hace en un sentido laxo y no en un sentido estricto, que es probablemente lo que tiene coherencia para la mayoría de los educadores, puesto que, en última instancia, las distintas tendencias mencionadas poseen más elementos en común que diferencias.

1.2 LA CENTRALIDAD DEL CONOCIMIENTO Y LA REPRESENTACIÓN

Básicamente puede decirse que el constructivismo se fundamenta en la idea según la cual el individuo (tanto en los aspectos cognitivos y sociales del comportamiento como en los afectivos) no es un mero producto del ambiente ni un simple resultado de sus disposiciones internas, sino una construcción propia que se va produciendo día a día como resultado de la interacción entre esos dos factores. En consecuencia, según la posición constructivista, el conocimiento no es una copia de la realidad, sino una construcción del ser humano. Entonces, ¿con qué instrumentos realiza la persona dicha construcción? Principalmente con los esquemas que ya posee, es decir, con lo que ya construyó en su relación con el medio que lo rodea.

Pero esta construcción que realizamos todos los días y en casi todos los contextos en los que se desarrolla nuestra actividad, ¿de qué depende? Depende sobre todo de dos aspectos, a saber: de la representación inicial que tengamos de la nueva información y de la actividad, externa o interna, que desarrollemos al respecto.

De esta manera, podemos comparar la construcción de conocimiento con cualquier trabajo mecánico. Así, los esquemas serían comparables a las herramientas. Es decir, son instrumentos específicos que por regla general sirven para una función muy determinada y se adaptan a ella y no a otra. Por ejemplo, si tengo que colocar un tornillo de ciertas dimensiones, me resultará imprescindible un determinado tipo de destornillador. Si no lo tengo, tendré que sustituirlo por algún otro instrumento que pueda realizar la misma función de manera aproximada. Asimismo, para entender la mayoría de las situaciones de la vida cotidiana tengo que poseer una representación de los diferentes elementos que están presentes. Por ejemplo, si una niña de cinco años asiste por primera vez a una actividad religiosa en la que se canta, es probable que empiece a entonar “cumpleaños feliz”, ya que carece del esquema o representación de dicha actividad religiosa, así como de sus componentes. Igualmente, si sus padres la llevan por primera vez a un restaurante, pedirá a gritos la comida al camarero o se quedará muy sorprendida al ver que es necesario pagar por lo que le han traído.

En definitiva, un esquema es una representación de una situación concreta o de un concepto que permite al sujeto manejarse internamente y enfrentarse a situaciones iguales o parecidas en la realidad. Al igual que las herramientas con las que los hemos comparado, los esquemas pueden ser muy simples o muy complejos. Por supuesto, también pueden ser muy generales o muy especializados. De hecho, hay herramientas que pueden servir para muchas funciones, mientras que otras solo sirven para actividades muy específicas. A la vez, los esquemas son productos culturales e históricos. Por tanto, tienen su origen y su sentido en una determinada cultura y en un determinado momento de su desarrollo.

A continuación ofreceremos varios ejemplos de esquemas, pero es importante insistir en que en cualquier caso su utilización implica que el ser humano no actúa sobre la realidad directamente, sino que lo hace por medio de los esquemas que posee. Por tanto, su representación del mundo dependerá de dichos esquemas. Por supuesto, la interacción con la realidad hará que los esquemas del individuo vayan cambiando. Es decir, al tener más experiencia con determinadas tareas, las personas vamos usando herramientas cada vez más complejas y especializadas.

Un esquema muy simple es el que construye un niño cuando aprende a agarrar los objetos. Suele denominarse “esquema de prensión” y consiste en rodear un objeto total o parcialmente con la mano. El niño, cuando adquiere este esquema, pasa de una actividad motriz desordenada a una regularidad que le permite sostener los objetos y no solo empujarlos o taparlos. De la misma manera, otro esquema sería el que se construye por medio del ritual que realizan los niños pequeños al acostarse. Suele componerse de escuchar una breve historia, poner las mantas de una determinada manera y recibir un beso de sus padres. Por tanto, aunque un día el padre o la madre esté enfermo, el niño pensará que también debe hacer todas esas acciones al acostarse, puesto que todas ellas componen el esquema de “irse a la cama”. Así, lo más probable es que le pida a alguien que realice la función de sus padres o, en caso de no conseguirlo, tenga dificultades en dormirse. En el caso de los adultos, los esquemas suelen ser más complejos e incluyen las nociones escolares y científicas. Por ejemplo, la mayoría de las personas tiene un esquema muy definido de en qué consiste su trabajo, pero en algunos casos dicha representación no coincide con la que tienen sus jefes. Por otro lado, como se verá en capítulos posteriores, muchas personas tenemos un esquema inadecuado de numerosas nociones científicas, aunque las hayamos estudiado repetidamente, e interpretamos la realidad según dicho esquema, aunque sea incorrecto.

Ahora bien, ¿cómo se modifican los esquemas? Es decir, ¿cómo pasamos de una representación incorrecta a una correcta? Abordaremos esta cuestión en el capítulo 2. Por el momento, veremos otros aspectos del constructivismo.

1.3 EL DESARROLLO DE LA INTELIGENCIA Y SU CONSTRUCCIÓN SOCIAL

La aportación de las ideas de Jean Piaget (1896-1980) y Lev Semiónovich Vigotsky (1896-1934) ha sido fundamental en la elaboración de un pensamiento acerca de la construcción de conocimiento en el ámbito educativo. Una buena parte de sus teorías aparecerá en el capítulo 2. En las páginas que siguen realizaremos una presentación general de sus principales contribuciones con el fin de facilitar la comprensión de dicho capítulo.

La inteligencia atraviesa fases cualitativamente distintas. Esta es una idea central en la aportación de Piaget que se desarrollará con más detalle en páginas posteriores. El origen de esta posición se puede situar claramente en el pensador ilustrado Jean Jacques Rousseau (1712-1778), quien sostuvo en su obra Emilio que el sujeto pasa por fases cuyas características propias se diferencian muy claramente de las siguientes y de las anteriores. En cualquier caso, la cuestión esencial en esta idea es que la diferencia entre unos estadios y otros (por utilizar la terminología piagetiana) es cualitativa y no solo cuantitativa. Esa diferencia supone una estructura completamente distinta, que sirve para ordenar la realidad de manera también muy diferente. Es decir, Piaget mantiene que el niño de siete años, que está en el estadio de las operaciones concretas, conoce la realidad y resuelve los problemas que esta le plantea de manera cualitativamente distinta de como lo hace el niño de doce años, que ya está en el estadio de las operaciones formales. Por tanto, la diferencia entre un estadio y otro no es un problema de acumulación de requisitos que paulatinamente se van sumando, sino que existe una estructura completamente distinta que sirve para ordenar la realidad de manera también diferente.

En consecuencia, cuando se pasa de un estadio a otro se adquieren esquemas y estructuras nuevos. Es decir, es como si el sujeto se pusiera unas gafas distintas que le permitieran ver la realidad con otras dimensiones y otras características. Quizá convenga recordar que el término estructura remite a un concepto que supone algo cualitativamente distinto de la suma de las partes. Es bien sabido que una estructura, en cualquier materia de conocimiento, consiste en una serie de elementos que, una vez que interactúan, producen un resultado muy diferente de la suma de sus efectos tomándolos por separado. Quizá una buena metáfora de todo ello es lo que ocurre en una melodía. Una vez que se han combinado los sonidos que la componen, producen algo cualitativamente distinto de los sonidos mismos emitidos por separado. Tomemos un problema de tipo escolar en el que pueda entenderse mejor esta noción de estructura. Por ejemplo, el que consiste en determinar a qué combinación de causas se debe el encendido de una bombilla. Tanto el alumno de siete años como el de doce manipularán los elementos del problema y obtendrán determinados resultados. Sin embargo, mientras que el primero de ellos solo realizará clasificaciones de elementos con los datos que obtiene, el segundo verá en esos mismos datos la comprobación de determinadas hipótesis al respecto. Esto se debe a que el estadio en que se encuentra cada uno se caracteriza por tener una estructura diferente.

En suma, la teoría de Piaget ha mostrado con claridad que los niños de distintas edades, correspondientes a los estadios definidos por dicha teoría, son progresivamente capaces de resolver problemas que, aunque no sean semejantes en su contenido específico, tienen en común precisamente su estructura. Estas ideas son centrales para entender el desarrollo intelectual y su relación con el aprendizaje, y volveremos sobre ellas en los próximos capítulos.

El conocimiento es un producto de la interacción social y de la cultura. Aunque es cierto que la teoría de Piaget nunca negó la importancia de los factores sociales en el desarrollo de la inteligencia, también es cierto que es poco lo que aportó al respecto, excepto una formulación muy general según la cual el individuo desarrolla su conocimiento en un contexto social. Precisamente, una de las contribuciones esenciales de Vigotsky (1985 y 2001) ha sido la de concebir al sujeto como un ser eminentemente social, en la línea del pensamiento marxista, y al conocimiento mismo como un producto social. De hecho, Vigotsky fue un auténtico pionero al formular algunos postulados que han sido retomados por la psicología varias décadas más tarde y que han dado lugar a importantes hallazgos sobre el funcionamiento de los procesos cognitivos.

Por otro lado, la adquisición de los instrumentos cognitivos depende en gran medida del medio social en el que vive el sujeto. Por esta razón, se suele calificar de sociocultural o sociohistórica a la teoría de Vigotsky. “Histórica” en el sentido de que el autor sigue la posición de Marx claramente expresada en la Introducción a la crítica de la economía política: “El modo de producción de la vida material determina los procesos sociales, políticos y espirituales. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino por el contrario, es su ser social lo que determina su conciencia”. Es decir, esta visión de carácter macrosocial complementa la concepción de la influencia de lo microsocial.

Obviamente esta posición no se opone, sino que es solidaria, como era de esperar, con la visión según la cual la conciencia humana es el producto más desarrollado de la evolución de la materia. Por tanto, el sujeto humano en el momento de su nacimiento es el heredero de toda la evolución filogenética, pero el producto final de su desarrollo estará en función de las características del medio social en el que viva. Como suele reconocerse, Vigotsky no fue en absoluto el primero en mantener esta línea de pensamiento, pero sí uno de los primeros autores en impulsar investigaciones que estaban destinadas específicamente a probar esta teoría. Quizá una de las más significativas y ambiciosas es la realizada en la expedición a diversas zonas de Uzbekistán en 1931-1932. Desgraciadamente, Vigotsky no pudo publicar antes de su muerte los numerosos datos recogidos que fueron expuestos por Luria (1986).

El objetivo principal de ese trabajo fue examinar el desarrollo de los procesos cognitivos en sujetos adultos que pertenecían a la misma comunidad pero que poseían distintos niveles educativos, ya que en ese momento histórico se habían puesto en marcha en la Unión Soviética numerosas campañas de educación de adultos, sobre todo en el ámbito técnico y político. Aunque es difícil resumir en unas pocas líneas todo este trabajo, que incluía el estudio de procesos perceptivos, de clasificación, deducciones e inferencias, razonamiento y solución de problemas e imaginación, sus conclusiones generales muestran claramente que todos estos aspectos se ven muy influidos por el grado de experiencia educativa y social que tenga el sujeto. De hecho, los sujetos analfabetos con escasa o ninguna experiencia socioeducativa que no fuera la de su trabajo y aldea, eran incapaces de realizar clasificaciones de una manera estrictamente lógica o de cambiar los criterios de clasificación si el experimentador se lo solicitaba. Igualmente eran incapaces de resolver silogismos cuyas premisas significaban hechos contrarios a su realidad más inmediata y, en general, tenían grandes dificultades para utilizar formulaciones hipotéticas en la resolución de problemas. Sin embargo, este tipo de respuestas iba desapareciendo a medida que aumentaba su nivel educativo. Por ejemplo, cuando se planteaban tareas de tipo abstracto los sujetos las trataban de manera concreta y no lograban resolverlas. Así, ante un silogismo que utilizara una premisa que dijera “los osos son azules”, respondían que no podían concluir nada porque los osos azules no existen. En definitiva, y aunque pueda parecer extraordinario, Vigotsky y su propio grupo se estaban anticipando cuarenta años a las críticas que recibiría la teoría piagetiana sobre la escasa utilización del pensamiento formal entre los adultos de escaso nivel cultural (Carretero, 2008) y a los debates actuales de la psicología cognitiva sobre las posibilidades racionales de los seres humanos.

Esta investigación también posee otros méritos muy notables. En primer lugar, puede decirse que es bastante singular, por no decir única, ya que consistió en estudiar los procesos cognitivos en sujetos que estaban experimentando un proceso de cambio social tan intenso como el que supuso la revolución rusa. En ese sentido, es bien cierto que este trabajo se adelantó a la actual psicología evolutiva transcultural. Hace ya tiempo esta disciplina consideró que establecer comparaciones entre sujetos de una misma cultura es tan necesario como hacerlo entre sujetos de diferentes culturas, ya que en ese último caso resulta a menudo difícil estar seguro de si las tareas que se utilizan en un medio occidental poseen la misma significación en otros medios.

Por otro lado, uno de los hallazgos más importantes de Vigotsky es el que mantiene que todos los procesos psicológicos superiores (comunicación, lenguaje, razonamiento, etc.) se adquieren primero en un contexto social y luego se internalizan. Pero precisamente esta internalización es un producto del uso de un determinado comportamiento cognitivo en un contexto social. Uno de los ejemplos más conocidos al respecto es el que se produce cuando un niño pequeño empieza a señalar objetos con el dedo. Para el niño, ese gesto es simplemente el intento de agarrar el objeto. Pero cuando la madre le presta atención e interpreta que ese movimiento pretende no solo agarrar sino señalar, entonces el niño empezará a interiorizar dicha acción como la representación de señalar. En palabras del propio Vigotsky (1979):

Un proceso interpersonal queda transformado en otro intrapersonal. En el desarrollo cultural del niño, toda función aparece dos veces: primero, a escala social, y más tarde, a escala individual; primero, entre personas (interpsicológica), y después, en el interior del propio niño (intrapsicológica). Esto puede aplicarse igualmente a la atención voluntaria, a la memoria lógica y a la formación de conceptos. Todas las funciones psicológicas superiores se originan como relaciones entre seres humanos.

Otro de los conceptos esenciales en la obra de Vigotsky (1979) es el de zona de desarrollo próximo. Según sus propios términos:

No es otra cosa que la distancia entre el nivel real de desarrollo, determinado por la capacidad de resolver independientemente un problema, y el nivel de desarrollo potencial, determinado a través de la resolución de un problema bajo la guía de un adulto o en colaboración con un compañero más capaz… El estado de desarrollo mental de un niño puede determinarse únicamente si se lleva a cabo una clasificación de sus dos niveles: el del nivel real de desarrollo y de la zona de desarrollo potencial.

Como se puede observar, el concepto de desarrollo próximo implica una visión completamente renovadora de muchos supuestos de la investigación psicológica y de la enseñanza, al menos tal y como se las ha entendido durante mucho tiempo, puesto que parte de la idea de que lo que un individuo puede aprender no solo depende de su actividad individual.

Por tanto, como podría esperarse, la concepción vigotskiana sobre las relaciones entre el desarrollo cognitivo y el aprendizaje difiere en buena medida de la piagetiana. Mientras que Piaget sostiene que lo que un niño puede aprender está determinado por su nivel de desarrollo cognitivo, Vigotsky piensa que es este último el que está condicionado por el aprendizaje. Así, mantiene una concepción que muestra la influencia permanente del aprendizaje en la manera en que se produce el desarrollo cognitivo. En consecuencia, un alumno que tenga más oportunidades de aprender que otro, no solo adquirirá más información, sino que logrará un mejor desarrollo cognitivo. Algunos autores han considerado que las diferencias entre Piaget y Vigotsky son más bien de matiz, argumentando que en la obra de estos últimos, los términos “desarrollo cognitivo” y “aprendizaje” no poseen, en realidad, connotaciones muy diferentes. Nuestra opinión es que, si bien no son posiciones tan divergentes como algunos autores han querido ver, sí implican maneras muy distintas de concebir al alumno y lo que sucede en el aula de clase. En este sentido, resulta bastante claro que Vigotsky pone un énfasis mucho mayor en los procesos vinculados al aprendizaje en general y al aprendizaje escolar en particular.

Otro aspecto de discrepancia entre estas posiciones ha versado sobre la influencia del lenguaje en el desarrollo cognitivo en general y más concretamente en relación con el pensamiento. Quizá esta controversia puede verse con claridad en el caso del lenguaje egocéntrico. Para Piaget, el lenguaje característico de la etapa preoperatoria, entre los dos y los siete años, contribuye apenas al desarrollo cognitivo. Más bien muestra justamente la incapacidad del niño de esta edad para comprender el punto de vista del otro. Vigotsky, por el contrario, fue capaz de ver que dicho lenguaje realiza unas contribuciones importantes al desarrollo cognitivo del niño. En primer lugar, porque es un paso para que se produzca el lenguaje interiorizado, que resultará esencial en etapas posteriores, y en segundo lugar, porque dicho lenguaje posee posibilidades comunicativas mucho mayores de lo que Piaget había postulado. En cierto sentido, esta visión vigotskiana de la función del lenguaje egocéntrico se encuentra relacionada con la importancia de los procesos de aprendizaje en la medida en que es un instrumento que cumple una clara función en la mejora del desarrollo cognitivo del alumno desde los primeros años.

La contribución de Vigotsky ha significado para las posiciones constructivistas que el aprendizaje no sea considerado como una actividad individual, sino más bien social. Además, en la última década se han desarrollado numerosas investigaciones que muestran la importancia de la interacción social para el aprendizaje. Es decir, se ha comprobado cómo el alumno aprende de forma más eficaz cuando lo hace en un contexto de colaboración e intercambio con sus compañeros. Igualmente, se han precisado algunos de los mecanismos de carácter social que estimulan y favorecen el aprendizaje, como las discusiones en grupo y el poder de la argumentación en la discrepancia entre alumnos que poseen distintos grados de conocimiento sobre un tema.

En las últimas décadas se han publicado numerosas obras que comparan las contribuciones de Piaget y Vigotsky; entre ellas, pueden citarse las de Baquero (1996, 2012), Rosas y Sebastián (2001). Pueden citarse también las de Moll (1994) donde se desarrollan las implicaciones educativas del gran psicólogo ruso, cuya influencia es, sin duda, creciente en los desarrollos educativos actuales y por supuesto en los enfoques socioculturales de la psicología en creciente expansión (Valsiner y Rosa, 2007).

1.4 LOS APORTES DE LA PSICOLOGÍA COGNITIVA

El conocimiento que se transmite en cualquier situación de aprendizaje debe estar estructurado no solo en sí mismo, sino con respecto al conocimiento que ya posee el alumno. Anteriormente hemos insistido en cómo la capacidad cognitiva de los alumnos cambia con la edad y cómo esos cambios implican la utilización de esquemas y estructuras de conocimiento diferentes de las que usaban hasta ese momento. Sin embargo, también es cierto que existen aspectos relativos al funcionamiento cognitivo de las personas que apenas cambian. El que recogemos en este apartado es precisamente uno de esos aspectos. Es decir, en cualquier nivel educativo es preciso tener en cuenta lo que el alumno ya sabe sobre lo que vamos a enseñarle, puesto que el nuevo conocimiento se asentará sobre el viejo. Con mucha frecuencia, los profesores estructuramos los contenidos de la enseñanza teniendo en cuenta exclusivamente el punto de vista de la disciplina, por lo que unos temas o cuestiones preceden a otros como si todos ellos tuvieran la misma dificultad para el alumno. Sin embargo, anteriormente hemos visto que la utilización de esquemas hace que no nos representemos la realidad de manera objetiva, sino según los esquemas que poseemos. Por tanto, la organización y secuenciación de contenidos debe tener en cuenta los conocimientos previos del alumno.

Algunos de los autores que más han influido en las ideas que se desarrollan en este apartado son Ausubel, Novak y Hanesian (1983), Novak (1998), Perkins (1999) y Gardner (2000 y 2004), cuya relación con los aportes pioneros de Bruner (1987 y 1999) merece destacarse. La contribución fundamental de estos autores ha consistido en la concepción de que el aprendizaje debe ser una actividad significativa para la persona que aprende y dicha significatividad está directamente relacionada con la existencia de relaciones entre el conocimiento nuevo y el que ya posee el alumno. Como es sabido, desde este punto de vista, la crítica fundamental a la enseñanza tradicional reside en la idea de que el aprendizaje resulta muy poco eficaz si consiste simplemente en la repetición mecánica de elementos que el alumno no puede estructurar formando un todo relacionado. Esto solo será posible si el estudiante utiliza los conocimientos que ya posee, aunque estos no sean totalmente correctos. Evidentemente, una visión de este tipo no solo supone una concepción diferente sobre la formación del conocimiento, sino también una formulación distinta de los objetivos de la enseñanza. Lo primero se debe a que estas ideas constituyen una clara discrepancia con la visión según la cual el aprendizaje y la enseñanza escolar deben basarse sobre todo en la práctica secuenciada y en la repetición de elementos divididos en pequeñas partes, como por desgracia sigue ocurriendo con frecuencia en muchas escuelas. Para los autores citados, aprender es sinónimo de comprender. Por ello, lo que se comprende es lo que se aprende y lo que luego se recordará mejor, porque queda integrado en nuestra estructura de conocimientos.

Por tanto, resulta fundamental para el profesor no solo conocer las representaciones que poseen los alumnos sobre lo que se les va a enseñar, sino también analizar el proceso de interacción entre el conocimiento nuevo y el que ya poseen. De esta manera, no es tan importante el producto final que emite el alumno como el proceso que lo lleva a dar una determinada respuesta. Por ejemplo, esto puede aplicarse a situaciones de examen o evaluación. A menudo, los profesores solo prestamos atención a las respuestas correctas de los estudiantes. De hecho, son estas las que utilizamos para otorgar una calificación en términos cuantitativos. Sin embargo, no solemos considerar los errores, que son precisamente los que nos informan sobre cómo se está reelaborando el conocimiento que ya se posee a partir de la nueva información que se recibe. Efectivamente, la mayoría de los profesores sabemos que los errores que cometen los alumnos tienen una clara regularidad y se deben a procesos de comprensión inadecuada que se suceden curso tras curso.

En los capítulos 2, 4 y 5 volveremos sobre estas ideas. Por el momento, queremos señalar que tanto su contribución como la de otros autores implican una visión del aprendizaje basada en los procesos internos del alumno y no solo en sus respuestas externas. Es interesante destacar el aporte específico de algunos conceptos en la línea citada, como el que se refiere a los denominados “organizadores previos”. Estos son precisamente presentaciones que hace el profesor con el fin de que le sirvan al alumno para establecer relaciones adecuadas entre el conocimiento nuevo y el que ya posee. En definitiva, se trata de “puentes cognitivos” para pasar de un conocimiento menos elaborado o incorrecto a uno más elaborado. Dichos organizadores previos tienen como finalidad facilitar la enseñanza receptivo-significativa que defienden Ausubel, Novak y Hanesian (1983). Es decir, esta postura argumenta, al igual que otros autores cognitivos posteriores, que la exposición organizada de contenidos puede ser un instrumento bastante eficaz para conseguir una comprensión adecuada por parte de los alumnos. Por tanto, no tiene por qué ser necesaria una actividad cognitiva autónoma por parte de estos para comprender, ni un descubrimiento de determinados principios teóricos. Como puede verse, esta concepción coincide con la visión de Piaget en cuanto a que es imprescindible tener en cuenta los esquemas del alumno, pero discrepa de ella en lo que se refiere a la importancia de la propia actividad y autonomía de la asimilación.

Estas posiciones de la psicología cognitiva han tenido el mérito de mostrar que la transmisión de conocimiento por parte del profesor también puede ser un modo adecuado y eficaz de producir aprendizaje, siempre y cuando tenga en cuenta los conocimientos previos del alumno y su capacidad de comprensión. Como se verá más adelante, en esta polémica resulta esencial tener en cuenta el nivel educativo en el que tengamos que desarrollar nuestra actividad docente. En términos generales, puede decirse que cuanto más altos son los niveles educativos en los que tengamos que trabajar, más adecuadas pueden ser las estrategias docentes basadas en la enseñanza receptivo-significativa, ya que los alumnos tendrán más capacidad para tratar con el lenguaje oral y escrito como medio de comunicación. Por otro lado, los contenidos lectivos serán más complicados y solo podrán impartirse en un tiempo razonable mediante una estrategia de este tipo. Por el contrario, en los niveles educativos anteriores a la pubertad, los alumnos pueden necesitar muchos más referentes concretos de las nociones que estudian, presentados, sobre todo, mediante la experiencia física.

1.5 TRES VISIONES SOBRE LA CONSTRUCCIÓN DE CONOCIMIENTO

Hasta ahora hemos realizado una breve presentación del constructivismo. Nuestro propósito ha consistido simplemente en familiarizar al lector con las ideas más importantes que aparecerán posteriormente en otros capítulos. Por supuesto, tanto el constructivismo en general como las diferencias teóricas que hemos comentado hasta ahora no están exentos de críticas y de aspectos que puedan y deban matizarse; véanse, para los debates al respecto, Carretero, Castorina y Baquero (1998), y Rodrigo y Arnay (1998), y Carretero (2012a). De hecho, la investigación psicológica y educativa sigue trabajando activamente sobre dichas posiciones y son numerosas las cuestiones que quedan por precisar y reelaborar. Por ejemplo, la necesidad de considerar en profundidad que el conocimiento posee carácter específico y no solo general, así como la de estudiar la interacción entre el conocimiento cotidiano y el académico, y el papel que ambos cumplen en la enseñanza y el aprendizaje. En realidad, una de las ideas fundamentales que vamos a defender en este libro es la de que la utilización de las ideas constructivistas en el ámbito educativo no debe basarse en una aplicación dogmática de principios generales, sino más bien en la revisión sistemática de nuestras ideas a partir de los datos y las teorías que nos proporcionan las investigaciones al respecto. Nos parece ineludible plantear esta cuestión en un momento en el que, en algunos ámbitos educativos, se ofrece una imagen demasiado fácil y estereotipada del constructivismo. Dicha imagen suele partir de la convicción de que la aplicación de fórmulas del tipo “tomemos los conocimientos previos del alumno, planteémosles conflictos cognitivos y modifiquémoslos” solucionará fácilmente los problemas. Por tanto, en páginas posteriores abordaremos con más detalle los puntos débiles del constructivismo, así como las cuestiones discutibles con respecto a cada aportación teórica.

Por el momento, podemos afirmar que, tal como sostienen los autores mencionados anteriormente, puede hablarse de tres tipos de constructivismo, que podrían formularse de la siguiente manera:

1  El aprendizaje como proceso individual. Casi un vicio solitario, añadiríamos por nuestra cuenta, en la medida en que la visión de Piaget, Ausubel y la psicología cognitiva se basa en la idea de un individuo que aprende al margen de su contexto social. Por supuesto, a la hora de los parabienes teóricos se concede un papel a la cultura y a la interacción social, pero no se especifica cómo interactúa con el desarrollo cognitivo y el aprendizaje. Ciertamente, en las elaboraciones teóricas tampoco se concede un lugar a una unidad de análisis que permita estudiar las relaciones entre lo social y lo individual. En definitiva, estos autores nos transmiten la imagen de un ser humano que aprende básicamente en solitario y de manera un tanto solipsista.

2  El aprendizaje como interacción entre el sujeto y el contexto social. Esta posición ha sido sostenida por investigadores constructivistas que pueden considerarse a medio camino entre las aportaciones piagetianas y cognitivas, y las vigotskianas. Por ejemplo, por los que han mantenido que la interacción social favorece el aprendizaje mediante la creación de conflictos cognitivos que causan un cambio conceptual. Es decir, el intercambio de información entre compañeros que tienen diferentes niveles de conocimiento provoca una modificación de los esquemas del individuo y acaba produciendo aprendizaje, además de mejorar las condiciones motivacionales de la instrucción. En definitiva: en este enfoque se estudia el efecto de la interacción y el contexto social sobre el mecanismo de cambio y aprendizaje individual.1

3  El aprendizaje como resultado del contexto social. Esta sería la posición vigotskiana radical que en la actualidad ha conducido a posiciones como la “cognición situada” (en un contexto social). Desde esta posición se mantiene que el conocimiento no es un producto individual sino social. Así pues, cuando el alumno está adquiriendo información, lo que está en juego es un proceso de negociación de contenidos establecidos arbitrariamente por la sociedad. Por tanto, aunque el alumno realice también una actividad individual, el énfasis debe ponerse en el intercambio social. Como tal vez resultará evidente para muchos lectores, el peligro que puede tener un enfoque como este es el riesgo de la desaparición del alumno individual, es decir, de los procesos individuales de cambio.

1 Como puede imaginarse, nuestra intención en estas páginas no es mantener que de entre estas tres posiciones hay una más correcta que las demás. Por el contrario, creemos que las tres son complementarias y que los programas de investigación que subyacen a cada una de ellas realizan aportaciones que son mutuamente enriquecedoras. Incluso estamos persuadidos de que, en el caso de que se pretendiera una cierta rivalidad entre ellas, sería necesario un desarrollo mucho mayor de los trabajos teóricos y experimentales al respecto. Por otro lado, no puede olvidarse que a menudo los datos de trabajos empíricos en una u otra línea no pueden compararse directamente porque pertenecen a discursos teóricos muy diferentes, en los que se mantienen posiciones muy distintas sobre lo que es el ser humano y el conocimiento. En cualquier caso, resulta imprescindible señalar que estas últimas consideraciones resultan todavía más pertinentes en el caso de las aplicaciones educativas de las investigaciones constructivistas. Como se ha indicado anteriormente, creemos que la educación es un fenómeno muy complejo en el que intervienen tanto variables individuales como sociales. Por tanto, es bien cierto que el alumno aprende en un contexto social con los demás compañeros, pero incluso en ese caso se produce una serie de fenómenos que también son analizables desde la óptica puramente individual. Es precisamente a algunos aspectos de este análisis individual a los que creemos que tiene sentido hacer algunas críticas, tal como se entiende en la actualidad.

2. DESARROLLO COGNITIVO Y APRENDIZAJE
2.1 LA MENTE EN DESARROLLO

Como hemos indicado en la introducción, la teoría de Piaget ha sido ampliamente difundida (Delval, 1995; Castorina, 2012). Por tanto, nos ha parecido que resultaría más útil para el lector presentar una visión general de dicha teoría en la que primaran sus relaciones con la educación, así como las posiciones actuales al respecto, más que realizar un recorrido pormenorizado por las numerosas investigaciones piagetianas. En consecuencia, nos vamos a limitar a exponer algunos de los conceptos fundamentales que dan cuenta del desarrollo cognitivo desde la infancia hasta la vida adulta. Posteriormente complementaremos esta visión con las aportaciones que realizan otras tendencias recientes de investigación. Como se verá más adelante, dichas posiciones no solo han permitido un conocimiento más preciso de los mecanismos subyacentes del desarrollo cognitivo, sino que modifican en buena medida algunas de las implicaciones educativas que pueden derivarse de la teoría de Piaget. Estas serán discutidas con mayor detalle en la última parte de este capítulo.

En cualquier caso, antes de comenzar a exponer la teoría de Piaget conviene no olvidar que son muchas las críticas que ha recibido en las últimas décadas. De hecho, algunas serán abordadas, aunque sea de manera breve, en este capítulo. Ciertas críticas son de naturaleza psicológica, mientras que otras conciernen a cuestiones educativas. En lo que se refiere a las primeras, conviene apuntar que, a pesar de ellas, la teoría de Piaget sigue ofreciendo en la actualidad la visión más completa del desarrollo cognitivo, tanto por la gran cantidad de aspectos que aborda (desarrollo cognitivo desde el nacimiento hasta la edad adulta, desarrollo moral, nociones sociales, lógicas, matemáticas, etc.) como por su coherencia interna y la utilización de una metodología que ha originado resultados muy productivos durante cincuenta años de investigación. De hecho, muchos de los investigadores de nuestros días siguen utilizando las mismas tareas y contenidos piagetianos para estudiar el desarrollo cognitivo, aunque se sitúen en posiciones teóricas diferentes.

En definitiva, creemos que un recorrido por la teoría de Piaget resulta imprescindible para cualquier profesor que pretenda conocer cómo se desarrolla la mente de sus alumnos. Sin embargo, es importante señalar que no es una teoría educativa, sino psicológica y epistemológica. Por tanto, las implicaciones educativas que pueden desprenderse de ella no son tan obvias como puede parecer a primera vista. Es decir, como se verá con más detalle en páginas posteriores, las investigaciones piagetianas no han indagado en cómo se comporta un niño en condiciones de aprendizaje escolar, sino cómo van evolucionando sus esquemas y su conocimiento a lo largo de las diferentes edades. Haciendo una comparación sencilla, podríamos decir que el conocimiento de cómo funciona un coche es algo pertinente para quien le interese el automovilismo, pero no aporta todo el conocimiento necesario sobre cómo obtener el mayor rendimiento de ese vehículo en las condiciones reales de uso diario. Dicho rendimiento o funcionamiento resulta esencial para la escuela, ya que en dicha institución los alumnos deben asimilar una determinada cantidad de información en unos plazos determinados.

Para introducir la teoría de Piaget y la Escuela de Ginebra, cuyas investigaciones sobre el desarrollo cognitivo han sido esenciales en los últimos cincuenta años, creemos que uno de los mejores resúmenes de sus aportaciones es el que realiza el investigador neopiagetiano Robbie Case (1989), quien sostiene que dicha teoría puede sintetizarse en los siguientes puntos (véanse también Gardner, Kornhaber y Wake, 2000 y Carretero, 2008):

1 El desarrollo cognitivo puede comprenderse como la adquisición sucesiva de estructuras lógicas cada vez más complejas que subyacen a las distintas áreas y situaciones que el sujeto es capaz de ir resolviendo a medida que crece. En este sentido, los estadios pueden considerarse como estrategias ejecutivas cualitativamente distintas que corresponden tanto a la manera que el sujeto tiene de enfocar los problemas como a su estructura. Es decir, por un lado, el curso del desarrollo cognitivo puede entenderse como un conjunto de muñecas rusas que encajan unas dentro de otras. Desde fuera solo se ve una muñeca rusa, pero adentro pueden ir varias que han sido integradas dentro de la siguiente. Por otro lado, cada muñeca rusa se corresponde con una determinada manera de entender la realidad que puede aplicarse a situaciones aparentemente distintas, pero que guardan una semejanza estructural.

2 Así, es posible mostrar que tareas aparentemente diferentes, tanto en su forma como en su contenido, poseen una estructura lógica similar que permite predecir su dificultad y ofrecer una perspectiva homogénea del comportamiento intelectual. De este modo, la teoría de Piaget ha puesto en evidencia que en el desarrollo cognitivo existen regularidades y que las capacidades de los alumnos no son algo carente de conexión, sino que guardan una estrecha relación unas con otras.

3 En este sentido, las adquisiciones de cada estadio, formalizadas mediante una determinada estructura lógica, se incorporan a la siguiente, ya que dichas estructuras poseen un orden jerárquico.

4 Como se ha indicado anteriormente, la capacidad de comprensión y aprendizaje de la información nueva está determinada por el nivel de desarrollo cognitivo del sujeto. Por tanto, existen unos límites para el aprendizaje que están determinados por las capacidades de los alumnos a medida que avanzan en su desarrollo cognitivo.

5 De esta manera, el avance cognitivo solo se puede producir si la información nueva es moderadamente discrepante de la que ya se posee. Únicamente en este caso se producirá una diferenciación o generalización de esquemas que puedan aplicarse a la nueva situación. Como puede suponerse, lo que sucede, si existe demasiada discrepancia entre la información nueva y los esquemas del sujeto, es que este no podrá asimilar la información que se le presenta.

6 Por tanto, se postula que lo que cambia a lo largo del desarrollo son las estructuras, pero no el mecanismo básico de adquisición de conocimiento. Este mecanismo básico consiste en un proceso de equilibrio, con dos componentes interrelacionados de asimilación y acomodación. El primero se refiere a la incorporación de nueva información a los esquemas que ya se poseen, y el segundo, a la modificación de dichos esquemas. Los aspectos básicos de este mecanismo es precisamente lo que vamos a abordar a continuación.

En la mayoría de las obras en las que se describe el trabajo de Piaget se insiste en que las investigaciones realizadas durante cuarenta años tenían sobre todo una razón de tipo epistemológico. Así, puede que resulte un tópico insistir una vez más sobre ello, pero creemos que es necesario porque ayuda a comprender el sentido que tiene todo lo que expondremos luego. Tal vez sea útil para el lector considerar que todo proceso de enseñanza tiene entre sus fines últimos que el individuo adquiera nuevo conocimiento y transforme el que ya posee. Quizá la noción más difundida dentro de la teoría de Piaget ha sido la referente a los estadios. En el siguiente cuadro puede encontrarse un resumen de características fundamentales de los distintos estadios piagetianos, y en páginas posteriores se hallará una descripción más detallada de estas cuestiones.


ESTADIOS DEL DESARROLLO COGNITIVO
Sensoriomotor (0 a 2 años)Inteligencia práctica: permanencia del objeto y adquisición del esquema medios-fines. Aplicación de este esquema a la solución de problemas prácticos.
Operacional concreto (2 a 11-12 años) Subperíodo preoperatorio (2 a 6-7 años). Transición de los esquemas prácticos a las representaciones. Manejo frecuente de los símbolos. Uso frecuente de creencias subjetivas: animismo, realismo y artificialismo. Dificultad para resolver tareas lógicas y matemáticas.Subperíodo de las operaciones concretas (6-7 a 11-12 años). Mayor objetivación de las creencias. Progresivo dominio de las tareas operacionales concretas (seriación, clasificación y otras similares).
Operacional formal (11-12 a 14-15 años y vida adulta) Capacidad para formular y comprobar hipótesis y aislar variables. Formato representacional y no solo real o concreto. Consideración de todas las posibilidades de relación entre efectos y causas. Utilización de una cuantificación relativamente compleja (proporción, probabilidad y otras similares).

Sin embargo, no solo creemos que resulta más didáctico comenzar este capítulo con la noción de invariantes funcionales, sino que, como mantendremos más adelante, estamos persuadidos de que dicha noción tiene una importancia mayor que la que se le concede habitualmente. De hecho, una de las cuestiones en las que queremos insistir en este libro es precisamente que la excesiva importancia concedida a los estadios en la teoría de Piaget ha oscurecido el interés de otros aspectos de su obra. En este sentido, la consecuencia más negativa al respecto ha sido la de ofrecer una visión según la cual la actividad de aprendizaje apenas podía modificar el resultado final de la secuencia de desarrollo cognitivo.

Ciertamente la investigación contemporánea ha mostrado que esto no es así. Por otro lado, desde el punto de vista educativo, el énfasis en los estadios ha hecho que se considere al profesor más como un espectador del desarrollo y favorecedor de los procesos de descubrimiento autónomo de conceptos que como un agente que puede intervenir activamente en la asimilación de conocimientos.

Es bien sabido que la idea central de toda la teoría de Piaget es que el conocimiento no es una copia de la realidad, ni tampoco se encuentra totalmente determinado por las restricciones que imponga la mente del individuo, sino que es el producto de una interacción entre esos dos elementos. Por tanto, el sujeto construye su conocimiento a medida que interactúa con la realidad. Esta construcción se realiza mediante varios procesos, entre los que se destacan los de asimilación y acomodación. En el caso del primero, el individuo incorpora la nueva información haciéndola parte de su conocimiento, aunque esto no quiere decir necesariamente que la integre con la información que ya posee. En cuanto a la acomodación, se considera que mediante este proceso la persona transforma la información que ya tenía en función de la nueva.

Quizá algunos ejemplos concretos pueden hacer más inteligibles estas cuestiones. Uno de los más comunes al respecto ha sido el que se basa en la digestión, debido probablemente a que el pensamiento de Piaget ha tenido una fuerte influencia de la biología. Aunque esta metáfora ha sido muy criticada por algunos autores debido a que simplifica un tanto la propia concepción piagetiana, creemos que puede ser útil en esta ocasión. Asimilar información es como ingerir alimento. Este queda incorporado, pero todavía no ha ejercido una influencia sobre el organismo. Una vez que esta se produce, tiene lugar el proceso de acomodación, es decir, el proceso de cambio del organismo ante nuevas sustancias que le llegan. Otro ejemplo nos lo proporciona la actividad que realizamos cuando asistimos a una conferencia. En dicha situación, vamos recibiendo información nueva según la va emitiendo el conferenciante, es decir, asimilamos los conceptos a medida que este los expresa. Sin embargo, esto no quiere decir que comprendamos plenamente lo que el conferenciante ha dicho. De hecho, de todo lo que se ha pronunciado allí, solo habremos comprendido lo que tenga algo de relación con lo que ya sabíamos sobre el tema. Como consecuencia de ello, cambiamos algunas de las concepciones que teníamos sobre determinadas cuestiones, lo cual supone que vamos acomodando nuestro pensamiento al nuevo conocimiento que hemos recibido. Por otro lado, es importante añadir que la relación entre asimilación y acomodación es altamente interactiva. Por tanto, no es posible asimilar toda la información que nos rodea, sino solo la que nos permite nuestro conocimiento previo, lo cual supone que la asimilación está determinada por los procesos de acomodación y viceversa. El resultado final de la interacción entre los procesos de acomodación y asimilación es la equilibración, la cual se produce cuando se ha alcanzado un equilibrio entre las discrepancias o contradicciones que surgen entre la información nueva que hemos asimilado y la información que ya teníamos y a la que nos hemos acomodado.

Resulta esencial insistir en que esta dinámica puede aplicarse a cualquier proceso en la adquisición de conocimiento, sea este un macroproceso o un microproceso. Es decir, podemos aplicarlo a lo que ocurre en nuestra mente cuando visitamos una exposición, que suele durar varias horas, o cuando hemos asistido a un curso que puede durar varios meses. En última instancia, el desarrollo cognitivo, desde el punto de vista piagetiano, no es más que una sucesión de interacciones entre procesos de asimilación y acomodación en pos de equilibrios cada vez más estables y duraderos. Todo ello supone que este modelo puede aplicarse también al dominio de informaciones de complejidad muy distinta. En definitiva, las diferencias que podemos encontrar entre un bebé que está coordinando la prensión con la visión y un adolescente que está integrando la longitud y el peso (al razonar sobre el mecanismo de proporcionalidad de una balanza) se hallan solo en lo que refiere a la densidad de la información que uno y otro manejan, pero no en el proceso de adquisición de información. Por ejemplo, cuando un niño de preescolar va en el coche con su padre y trata de imitar puntualmente todo lo que este hace al conducir, está realizando una acomodación de su comportamiento al de su padre. Sin embargo, cuando lleva a cabo un juego de fantasía con sus amigos, en el que conducen vehículos imaginarios, lo que se está produciendo es un comportamiento de asimilación.

2.2 LOS ESTADIOS EN EL DESARROLLO COGNITIVO

Ahora bien, ¿cuándo se rompen los equilibrios mencionados? Precisamente, esa ruptura del equilibrio es más notoria cuando ocurre el paso de un estadio a otro. ¿Qué es un estadio? Quizá a muchos lectores les parezca trivial e innecesaria la explicación de esta noción. Sin embargo, en nuestra opinión resulta esencial insistir en su definición porque creemos que suele haber muchos malentendidos al respecto. Un estadio piagetiano posee las siguientes características:

1 No es un período del desarrollo cuyos límites están definidos de manera arbitraria. Es decir, dichos límites no están marcados por una convención social o cultural, sino que indican saltos bruscos en las capacidades del individuo. Por tanto, el paso de un estadio a otro no es simplemente un cambio cuantitativo, sino también cualitativo. Los estadios piagetianos suelen coincidir con adquisiciones y cambios en el comportamiento infantil observables por cualquier persona. Por ejemplo, el final del estadio sensoriomotor suele coincidir con la aparición del lenguaje y la consolidación de la locomoción en posición erecta, y el comienzo de las operaciones concretas suele situarse al principio de la escolaridad formal. Probablemente, por esta razón los estadios piagetianos suelen considerarse como un instrumento puramente convencional para dividir el desarrollo infantil. Sin embargo, esa no es la posición piagetiana en absoluto. Como se ha indicado anteriormente, según esta concepción, al llegar a un estadio, las capacidades cognitivas sufren una fuerte reestructuración.

2 Según Piaget, la edad en la que se alcanza un estadio es un dato meramente orientativo (de hecho, algunas investigaciones muestran diferencias notables); el rasgo que define el estadio es su ubicación en la secuencia de adquisición.

3 Las adquisiciones cognitivas dentro de cada estadio no son productos intelectuales aislados, sino que guardan una estrecha relación, formando lo que suele denominarse una estructura de conjunto. Por tanto, la aparición y el dominio de unos determinados contenidos predicen o van acompañados de la adquisición de otros por parte del individuo. En esto reside precisamente el valor heurístico de los estadios, en que permiten establecer la tarea o el tipo de tareas a las que puede enfrentarse con éxito un alumno de una determinada edad.

4 Estas estructuras de conjunto son integrativas y no se sustituyen unas a otras: cada una resulta de la precedente, incluyéndola como una estructura subordinada, y prepara la siguiente, integrándose después en ella. Un estadio se caracteriza, además, por tener un período inicial de preparación y otro final de culminación. En el primero, las estructuras comienzan a construirse, mientras que en el segundo, se consolidan. Este es el caso, por ejemplo, de los subperíodos preoperatorio y de las operaciones concretas, incluidos en el estadio operacional concreto.

Habida cuenta de los propósitos de este libro, nos ha parecido adecuado exponer algunas de las adquisiciones centrales del desarrollo cognitivo que constituyen aportaciones esenciales de la Escuela de Ginebra y que siguen siendo temas consagrados en la investigación evolutiva y educativa. Creemos que esto resulta más apropiado que intentar presentar una caracterización del desarrollo cognitivo que pretenda ser completa y que solo resultaría muy apresurada y resumida.

Estadio sensoriomotor

Este período se extiende desde el nacimiento hasta el final de los dos años de vida. En este tiempo, el niño pasa del comportamiento reflejo, que supone una completa indiferencia entre el yo y el mundo, a una organización intencionada y coherente de sus actuaciones puramente prácticas, es decir, sin actividad representativa organizada. Es evidente que para un adulto resulta muy difícil imaginar un mundo sin representación, pero quizá merezca la pena intentarlo para entender mejor en qué consiste la cognición durante la primera infancia (Enesco, 2012; Karmiloff-Smith, 1994; Mehler y Dupoux, 1992; Piaget, 1969).

Por tanto, pensemos qué es lo que hacemos si al escribir se nos cae el lápiz y va a parar debajo de nuestra mesa y fuera de nuestra vista. Tal vez lo podamos recuperar sin basarnos en indicios visuales directos, porque, entre otras razones, tenemos una determinada representación del lápiz, aunque no podamos percibirlo. Es decir, seguimos pensando que el lápiz existe, aunque no lo veamos.

Esta capacidad de representación la conseguirá el niño cuando logre lo que Piaget denomina la adquisición del objeto permanente, a partir de la cual entenderá que los objetos físicos siguen existiendo y siguen siendo los mismos, aunque cambie su aspecto o desaparezcan total o parcialmente de su vista. La situación típica mediante la que se ha investigado esta cuestión es bastante sencilla. Consiste en la presentación al niño pequeño de un objeto de su interés. Una vez que lo ha tomado, se le quita el objeto y delante de su vista se oculta con un pañuelo. Por tanto, el objeto parece tener otro aspecto, ya que se halla cubierto. La reacción de los niños de aproximadamente menos de un año y medio consiste en una clara incapacidad para descubrir el objeto de su interés debajo del pañuelo. Es decir, parecen comportarse como si el objeto hubiera desaparecido o se hubiera convertido en otro con aspecto diferente. Posteriormente, lograrán esta habilidad conceptual.

Esta adquisición los conducirá a la posibilidad de utilizar símbolos, y más tarde al lenguaje. Es decir, a la vez que la mente del niño empieza a manejar objetos que son constantes, aunque cambien su aspecto (por ejemplo, su hermano mayor sigue siendo su hermano mayor aunque se ponga una careta), empezará a entender que los objetos se pueden representar mediante otros objetos o incluso mediante sonidos o dibujos. Posiblemente, si pudiéramos recordar nuestras vivencias cuando teníamos uno o dos años, recuperaríamos el magnifico descubrimiento que supuso para todos nosotros que un determinado sonido sirviera no solo para denominar algo, sino incluso para obtenerlo. Ahora bien, debería ser exactamente el mismo sonido y no otro distinto. Es decir, la adquisición de nociones como las que estamos comentando supone la entrada del niño en un mundo de constancias entre los objetos que lo rodean, en primer lugar, y entre estos y sus referentes externos, posteriormente.

Pero hasta que ocurran, habitualmente, cosas de este tipo, el niño pequeño ha de pasar por un largo camino que Piaget ha dividido en seis subperíodos, subestadios o subetapas. Los comportamientos más importantes a lo largo de estos dos años son los siguientes. Una vez que desaparecen las conductas puramente reflejas del primer mes, como la succión y la prensión, el niño adquiere, entre el primero y cuarto mes, las llamadas “reacciones circulares primarias”, relativas al propio cuerpo y que consisten en la repetición de una misma acción, como llevarse la mano a la boca y chupar. Luego, entre los cuatro y ocho meses, se adquieren las llamadas “reacciones circulares secundarias”, referentes a los objetos externos y manipulables, como agitar un sonajero. Entre los ocho y los doce meses, aproximadamente, comienza a aparecer la importante distinción entre medios y fines, que no se consolida hasta seis meses más tarde, cuando surgen las conductas de soporte (por ejemplo, tirar de una manta para acercar el objeto que hay en ella), en las que el niño es capaz de utilizar nuevos medios para obtener fines ya conocidos.

Es probable que muchas personas piensen que utilizar un objeto, como una manta, para obtener un segundo objeto es una conducta sin importancia. Sin embargo, resulta ser, en realidad, uno de los antecedentes más importantes de la inteligencia humana. Pensemos que es un comportamiento del que carecen muchas especies animales y que supone el uso de objetos fuera de su contexto. Es decir, las mantas no son para tirar de ellas, sino para arroparse. Por tanto, estamos mencionando un logro cognitivo que supone el comienzo del comportamiento inteligente y que con el tiempo podrá generalizarse a muchas situaciones, ya que se basa en la distinción entre medios y fines. Consideremos, por ejemplo, muchas de la situaciones en las que los adultos queremos obtener algo y, al no poder hacerlo directamente, tenemos que emplear un segundo objeto. La diferencia entre nosotros y los niños pequeños reside en que estos últimos solo pueden utilizar la inteligencia en un sentido práctico, mientras que los adultos podemos recurrir a la representación del problema para resolverlo.

Por último, entre los dieciocho y los veinticuatro meses, el niño inventa nuevos medios a través de la interiorización de acciones (manipula internamente los elementos de un problema, como puede ser la obtención de un objeto contenido en una caja). Aparece la simbolización primitiva y se produce la adquisición plena de la permanencia del objeto.

Por supuesto, el desarrollo de las nociones de tiempo, espacio y causalidad en los niños pequeños sigue la evolución paralela a la de su inteligencia práctica. Por ejemplo, si no hay distinción entre medios y fines, no puede haber comprensión del “antes” y del “después” ni de las relaciones causales entre el sujeto y el objeto, o entre unos objetos y otros. En lo que se refiere al espacio, el niño percibe en los primeros meses una colección de espacios desintegrados, correspondientes a las diferentes modalidades sensoriales. Sin embargo, al final del período sensoriomotor ya ha logrado una gran integración y diferenciación sensorial que produce una perfecta distinción entre los diversos espacios “prácticos”. Durante mucho tiempo, el conocimiento de las capacidades cognitivas de los niños menores de dos años se basó casi exclusivamente en la observación. Como puede comprenderse con facilidad, los bebés resultan muy difíciles de estudiar de forma experimental, porque no solo no hablan, sino que su comportamiento es muy peculiar comparado con el de los adultos. Sin embargo, en las últimas décadas los avances tecnológicos han permitido investigar su desarrollo cognitivo con gran precisión. En la actualidad sabemos que los niños pequeños poseen capacidades perceptivas, algunas de ellas innatas, bastante más finas de lo que se había pensado. Por ejemplo, se pueden estudiar los movimientos oculares y obtener de ellos una representación computarizada; analizar la mirada en la oscuridad, mediante cámaras infrarrojas; medir la fuerza dada a un objeto, lo que constituye una representación del modo en que el niño lo concibe, etc. No obstante, no parece que pueda decirse que posean “representaciones mentales” en el sentido en que estas se entienden en la teoría piagetiana. De todas formas, además de confirmar las conclusiones a las que llegó Piaget, estas mediciones precisas han puesto de manifiesto la existencia de un conjunto de competencias que, de alguna manera, se presentan o se encuentran en estado embrionario en un momento anterior al que él había señalado. Tal es el caso, por ejemplo, de la coordinación intersensorial: Piaget afirmó que no aparecía hasta comenzado el subestadio 2 y los datos disponibles en la actualidad muestran que, respecto de algunas modalidades sensoriales, véase Hirschfeld y Gelman, 2002, y Español, 2012, para los trabajos acerca de las capacidades precoces de los bebés).

Estadio de las operaciones concretas

Este estadio se suele subdividir en dos. El primero se extiende, aproximadamente, entre los dos y los seis o siete años. Constituye una fase que se ha llamado de inteligencia preoperatoria o intuitiva, debido a que las habilidades de este período todavía no poseen la capacidad lógica que tendrán en el subestadio posterior, que se extiende entre los siete y los once o doce años y en el que se logra una mayor estructuración de las habilidades cognitivas. Durante el primer período, el niño va a reconstruir en el plano verbal todas las adquisiciones conseguidas durante el estadio sensoriomotor. En este sentido, el lenguaje tendrá un desarrollo impresionante, llegando a constituir no solo una adquisición muy importante, sino también un instrumento que posibilitará logros cognitivos posteriores. En relación con ello, conviene recordar que la adquisición del lenguaje no es algo que aparezca aislado, sino que, desde el punto de vista piagetiano, forma parte de la denominada función semiótica, es decir, la capacidad de utilizar representaciones de los objetos o acontecimientos. Dicha función no tiene que ser necesariamente verbal y, por tanto, se desarrolla también con la contribución del dibujo, la imitación diferida, las imágenes mentales y el juego simbólico, es decir, con la ayuda de todos aquellos comportamientos que suponen algún tipo de representación. Aunque sea ya un tópico, recordemos que el lenguaje no puede reducirse al lenguaje verbal. Por tanto, cuando el niño pequeño está realizando un juego de fantasía o haciendo un dibujo con un escaso parecido con el modelo, se encuentra, en realidad, efectuando una actividad cognitiva muy importante que le permite ir elaborando un lenguaje propio. Ciertamente, dicho lenguaje no es el mismo que el de los adultos y no posee todavía las características convencionales de este último, pero supone un avance extraordinario para el niño porque implica la comprensión parcial de determinadas parcelas de la realidad y la posibilidad de comunicar dicha comprensión a otros niños y a adultos (Karmiloff y Karmiloff-Smith, 2005).

Por otro lado, en esta misma etapa aparecen importantes tendencias en el contenido del pensamiento. Nos referimos al animismo, al realismo y al artificialismo. Según estas tendencias, los niños de dos a seis o siete años poseen una comprensión de la realidad física mucho más limitada que la que aparece en años posteriores y tienden a confundir los aspectos objetivos con los subjetivos. Por ejemplo, suelen atribuir vida y características subjetivas a los objetos inanimados. Así, piensan que la mesa es responsable de que se haya golpeado con ella, que las piedras tienen sensaciones, etc. También pueden confundir con frecuencia los sueños con la realidad y considerar que los fenómenos naturales, como las montañas o las tormentas, han sido realizados por el hombre con materiales artificiales. Según esto, el mar se habría fabricado mediante la acumulación de agua llevada por mangueras o cañerías. Como puede verse fácilmente, este tipo de ideas, aunque puedan parecer muy poco elaboradas y llenas de contradicciones, muestran, sin embargo, una capacidad extraordinaria por parte de los niños para dar sentido al mundo que los rodea mediante los conocimientos que poseen. En definitiva, todo ello indica la existencia de los mecanismos asimilatorios comentados anteriormente. Es decir, los niños de preescolar, al igual que los de más edad, comprenden la realidad a partir de los esquemas que poseen (véase la investigación pionera de Piaget, 1980, y también las más recientes que cuestionan la existencia de estas “tendencias de pensamiento”, al reconsiderarlas como fenómenos dependientes de la representación de los conceptos; por ejemplo, Carey, 1985 y Carey y Spelke 2002).


CARACTERÍSTICAS DEL PENSAMIENTO PREOPERATORIO SEGÚN PIAGET
Egocentrismo intelectual o centración. Confusión entre el yo y el no-yo: el niño toma su percepción inmediata como absoluta y no se adapta al punto de vista o la perspectiva de los demás, remitiendo todo a él mismo; tendencia a fijar la atención en uno solo de varios aspectos de un objeto o una situación.Pensamiento preoperatorio (preconceptual, intuitivo y no lógico).Ausencia de conexiones causales y temporales, así como de relaciones lógicas entre los hechos.Incapacidad de ejecutar una misma acción en los dos sentidos del recorrido.Ausencia de operaciones inversas y de reciprocidad.Incapacidad para coordinar diferentes perspectivas y operaciones.


EJEMPLO DE COGNICIÓN PREOPERATORIA EN UN CONTEXTO COTIDIANO CANDELA (3 AÑOS Y 11 MESES) Candela: —Pa, me voy al parque con Ramona; me tenés que dar dos “platas”, una para la calesita y otra para comprarme un caramelo.Papá: —Bueno, pero no tengo monedas, solo tengo un billete de cinco pesos; con esto te podés subir a la calesita, comprarte un caramelo y además te van a devolver, por lo menos, tres pesos.Candela: —No, papá, si me das una “plata” puedo subirme a la calesita y nada más. Y el caramelo, ¿con qué me lo compro? Necesito dos “platas”.Papá: —Hija, con el billete de cinco pesos tenés de sobra; ¿no lo entendés?Finalmente la nena acepta de mala gana ir al parque con los cinco pesos. Cuando vuelve, le dice muy sorprendida al papá:—¡Papá, con la “plata” que me diste subí a la calesita, me compré un caramelo y me dieron tres pesos!

En cuanto a los aspectos estructurales del pensamiento, puede decirse que los niños, antes de los seis o siete años, no poseen la capacidad de realizar operaciones mentales. En términos piagetianos, dichas operaciones se definen como “acciones interiorizadas y reversibles, integradas en un sistema de conjunto”. Por tanto, el tipo de pensamiento (preoperatorio) que Piaget atribuye a este subestadio da nombre a este período. Es interesante detenerse por un momento a analizar dicha denominación. El prefijo “pre” denota “anterioridad”, anterioridad con respecto a algo, y el subestadio resulta denominado no como etapa en sí, sino como la preparación o el antecedente de otra cosa que sí tiene rasgos propios. Esta denominación connota, entonces, que lo que importa en el desarrollo son las operaciones y que el niño en esta etapa carece de la posibilidad de realizarlas. Para Piaget, las operaciones concretas caracterizan al subperíodo que va, aproximadamente, de los seis o siete a los once o doce años, y las formales o abstractas, al estadio que se extiende a partir de entonces hasta la vida adulta.

Es importante tener en cuenta también que la crítica a la noción de “preoperatorio” puede ser considerada desde el punto de vista de sus implicaciones para la educación y, por tanto, extendida a la idea de “preescolar”; en este caso, se trataría del desarrollo de visiones de la etapa educativa que se extiende entre los tres y los seis años, excesivamente basadas en la comparación con la etapa de la escolaridad primaria. Por nuestra parte, insistiremos en que tanto el niño como el alumno de dos a seis años deben ser considerados y definidos en sí mismos, y no en su relación con edades o etapas educativas posteriores. Aquí no solo vamos a cuestionar las denominaciones de “preoperatorio” y de “preescolar”, sino también las ideas de que los niños de dos a seis años carecen por completo de pensamiento abstracto y de que su pensamiento no es siquiera concreto, sino preconcreto. En otros términos, postularemos la existencia de una continuidad en el paso de lo concreto a lo abstracto.

Vayamos a uno de los aspectos del desarrollo cognitivo: la comprensión y la comprobación de leyes y teorías científicas. Muchos creen que, como los niños de hasta seis o siete años tienen teorías carentes de contenido académico, estas son despreciables desde el punto de vista escolar: no hay que tenerlas en cuenta, sino, en su momento, imponer contra ellas la transmisión de las ideas científicas. La posición constructivista más bien sostiene lo contrario: el conocimiento se construye a partir de las ideas espontáneas de los chicos. En general, podemos decir que las teorías que tienen los niños presentan ciertas características comunes (Hirschfeld y Gelman, 2002; Carretero y Rodríguez Moneo, 2008):

 Se han formado al margen de la enseñanza, por lo cual son espontáneas.

 Consisten en simplificaciones, deformaciones o modificaciones de explicaciones científicas.

 No pueden aparecer y desaparecer de la mente infantil como una información pasajera, sino que, como constituyen auténticos marcos de referencia elaborados durante el desarrollo cognitivo, son resistentes al cambio y requieren una intervención estructurada y sistemática por parte de la escuela.

 Son semejantes a las que poseen los adultos con escasa escolarización o sin educación científica alguna o, incluso, con formación en un área muy diferente de aquella sobre la cual se los interroga.

 Son implícitas, es decir, el sujeto en general no tiene una clara conciencia de su representación del fenómeno.

Por otra parte, los abundantes trabajos realizados sobre representación y comprensión de conceptos indican que estos van enriqueciéndose a lo largo de la educación, con la iniciación a la ciencia. Tradicionalmente, se consideró que esta era una actividad de razonamiento abstracto, que era parte del pensamiento formal y se la separó del pensamiento concreto. Sin embargo, los estudios señalan que, en realidad, entre conceptos concretos y abstractos no hay una ruptura tan grande como la que se suponía. Según Karmiloff-Smith e Inhelder (1984):

La afirmación prematura de Inhelder y Piaget de 1955 de que, en el nivel concreto [en el nivel de las operaciones concretas], el niño no formula ninguna hipótesis debe ser reconsiderada a la luz de la fuerte tendencia existente en los niños a actuar bajo la dirección de una poderosa teoría en acción que implica algo más que la mera observación de la realidad empírica y mediata. Nuestros resultados con niños pequeños [de dos a seis años] parecen indicar el hecho de que construir y extender una teoría en acción similar a las teorías científicas, pero con menos contenido semántico, es un aspecto muy general del desarrollo cognitivo que tiene una función profundamente arraigada.

Como se ve, la idea de que, desde muy pequeños, los niños tienen una base cognitiva que permite hablar de la formulación de teorías y una actividad “experimental” para comprobar esas teorías, es una posición que, incluso desde autores piagetianos, como Inhelder, ha tenido una fuerte consideración.

Veamos otro experimento muy sencillo, llevado a cabo con niños de dos a cinco años. Se les da un conjunto de bloques de madera, algo que es habitual para ellos; uno de esos bloques tiene una “trampa”: aunque parece completamente normal, tiene mucho más peso en uno de sus extremos. A los niños se les da la tarea de colocar los bloques unos sobre otros. Esto supone poner en acción la teoría que dice “si se quiere equilibrar un objeto sobre otro, debe ponérselo en el centro geométrico”. ¿Qué pasa con el bloque especialmente preparado? Funciona como un contraejemplo de esa teoría que, aunque los niños no sean capaces de formular, ponen en juego. ¿Cómo actúan los niños entonces? Van abandonando su teoría y reemplazándola por otras teorías en acción. Es decir, los niños proceden de una manera relativamente parecida a la que, en etapas posteriores, se observa en chicos de más edad cuando tienen que resolver problemas de contenido más complejo, y es similar, en definitiva, a la que se observa en muchos de nosotros en contextos de la vida cotidiana o de la comprensión de las razones científicas. Por regla general, los niños casi nunca sacan una conclusión inmediata de la falsedad de su teoría. Esto mismo hacemos los adultos: a menudo llegamos a una concepción nueva no por la falsedad de nuestra teoría previa, sino más bien por la generación de una visión distinta, adoptada desde otro punto de vista. En suma, no estamos defendiendo la enseñanza explícita de contenidos científicos como tales en el nivel educativo de dos a seis años, sino la enseñanza de una serie de actividades de iniciación a la ciencia, en las que se pongan en marcha mecanismos de conocimiento que, al fin y al cabo, son estructuralmente semejantes a los que funcionan posteriormente.

Analicemos la cuestión de las implicaciones educativas de la teoría piagetiana. Las tareas clásicas, que constituyen de alguna manera el corazón o el núcleo de esa teoría, como la clasificación, la seriación, la conservación, etc., no deben ser en sí mismas el objetivo de los programas educativos. Porque lo esencial no es qué enseñar a los niños pequeños, sino cómo enseñarles, según los mecanismos de aprendizaje propios de su edad. Enseñar las tareas piagetianas a los niños de dos a seis o siete años es como enseñarles las respuestas a los tests de inteligencia: no por conocerlas van a volverse más inteligentes. El objetivo educativo, entonces, debe ser que el niño formule preguntas y compruebe teorías, que tenga confianza en sus propias teorías, que dialogue con los demás acerca de cómo comprobar esas teorías, que trate de encontrar una representación verbal, escrita o pictórica de ellas, que revise sistemáticamente sus concepciones, que las registre también sistemáticamente, etc. Cuando se insiste en los mecanismos de aprendizaje y en el enriquecimiento conceptual de esos contenidos, subyace el supuesto de que el paso de lo concreto o, incluso, de lo preconcreto a lo abstracto no es discontinuo, no se produce cuando el niño “salta” de un estadio al otro, sino que se adquiere paulatinamente, con una mejor calidad educativa.

Pero antes de analizar el subestadio de las operaciones concretas propiamente dicho, detengámonos en el pasaje de la inteligencia preoperacional a la operacional concreta. El interés de Piaget se centra en caracterizar y diferenciar la forma de pensar de los sujetos a lo largo de su desarrollo. En esta línea, el psicólogo de Ginebra sostiene que los niños de aproximadamente seis a once o doce años despliegan unas capacidades lógicas nuevas, que les permiten elaborar explicaciones racionales, generalizables, internamente coherentes y más objetivas, así como presentar argumentos complejos y, aunque menos radicales que los de los niños pequeños, más elaborados. Analicemos algunos ejemplos del pasaje de la inteligencia preoperacional a la operacional concreta.


PROCESOS DE CAMBIO DEL CONOCIMIENTO PREOPERACIONAL AL OPERACIONAL CONCRETO
EjemplosAnálisis
Los niños de más de seis o siete años tienen, según mostraron Piaget e Inhelder, la capacidad de resolver la tarea “de las tres montañas”: se le presenta al niño una maqueta de cartón con tres montañas de distintos tamaños y colores; el niño observa el dispositivo desde su posición. Después, se le presentan una muñeca y diversas láminas, para que elija aquella que se corresponde con la visión que la muñeca tiene del lugar en torno a las montañas en que ha sido situada. Solo después de los seis o siete años, los niños son capaces de diferenciar su propio punto de vista de los distintos puntos de vista asumidos por la muñeca, así como de coordinar las diferentes perspectivas en un conjunto completo.Según Piaget, uno de los rasgos característicos de la etapa preoperatoria es el egocentrismo intelectual: el niño no se adapta a la perspectiva de los demás y remite todo a él mismo. En la etapa operatoria, en cambio, el niño es capaz de descentrarse y tomar en cuenta varias perspectivas y dimensiones, lo que constituye un paso esencial en la construcción de un pensamiento objetivo.
Se le presentan al niño un cuadrado de cartón que reposa sobre uno de los lados y otro cuadrado idéntico que reposa sobre uno de sus vértices. Cuando se les pregunta si la segunda figura también es un cuadrado, los niños de menos de seis o siete años responden negativamente, argumentando que tiene puntas y asimilándola al triángulo, mientras que los de más de seis o siete lo hacen positivamente, razonando que solo hay un cambio de posición.Solo después de los seis o siete años, el niño va más allá de la apariencia de las cosas y de la información inmediata, y es capaz de situar en un contexto lo directamente perceptible, así como de inferir conclusiones que exceden los datos observados.
Se le muestran a un niño dos filas de fichas alineadas y separadas entre sí por una distancia regular; en la segunda fila, las fichas están más separadas que en la primera. Se le pregunta si una de las filas contiene más y/o menos fichas que la otra. Solo después de los seis o siete años los niños se muestran capaces de responder negativamente, argumentando que la separación puede disminuirse o aumentarse.La conservación, así como la capacidad para considerar estados anteriores o futuros de una situación, se adquieren después de los seis o siete años; hasta entonces, el niño se basa en cambios perceptivos aparentes y no reconoce las transformaciones que puede sufrir una situación.

Las razones expuestas de las nuevas posibilidades de pensamiento se encuentran en el cambio de naturaleza de los esquemas de acción. Veamos, entonces, las características de las acciones en el período operacional concreto. Para Piaget, el desarrollo cognitivo tiene como meta fundamental la adquisición de las operaciones mentales. Estas son acciones interiorizadas y reversibles, integradas en un sistema de conjunto. Analicemos punto por punto el alcance de esta definición. Las acciones sobre el mundo y la actividad mental que generan son, como vimos, el medio a través del cual el sujeto adquiere el conocimiento. Estas acciones, externas y observables durante el período sensoriomotor, se van interiorizando en el subestadio preoperacional, con la adquisición de la representación o función semiótica, y pasan a ser acciones mentales. Sin embargo, las acciones interiorizadas están todavía aisladas, en el sentido de que no se conectan entre sí, por lo cual no llegan a ser reversibles ni a formar parte de sistemas más amplios de operaciones.

A partir de los seis o siete años, en cambio, el sujeto comprende la reversibilidad, es decir, la posibilidad de desplegar una operación en dos sentidos inversos o recíprocos; esto se expresa, por ejemplo, en la posibilidad de anular una acción como la suma mediante la resta. Además, después de los seis o siete años, el niño es capaz de integrar sus operaciones en vínculos de interdependencia; por ejemplo, puede comparar una vara con otra más extensa (a < b) y esta última con una tercera más larga aun (b < c) e inferir de esto la relación entre la primera y la tercera (a < c).

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