Kitabı oxu: «Toda esa gente»

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José Libardo Porras

(Támesis, 1959 - Medellín, 2019)

Licenciado en Español y Literatura de la Universidad de Antioquia. En 1996 obtuvo el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de cuento otorgado por Colcultura con el libro Historias de la cárcel Bellavista y el primer puesto en la misma modalidad en el Concurso Literario Cámara de Comercio de Medellín con el libro Seis historias de amor, todas edificantes. Sus otros libros de cuentos son Es tarde en San Bernardo (1984), El continente sumergido (1990), Mujeres saltando la cerca (2010), John Lennon en el balcón (2013) y la antología Cuentos (2019). Publicó también siete novelas: Hijos de la nieve (2000), Fuego de amor encendido (2003), Happy birthday, Capo (2008), Fugitiva (2009), Adentro, una hiena (2015), El degüello (2016) y Lucky (2019). Sus poemarios son: Partes de guerra (1987) e Hijo de ciudad (1994).



Porras, José Libardo, 1959-2019

El ruido de los jóvenes / José Libardo Porras – Medellín: Editorial EAFIT, 2021.

154 p.; 22 cm.-- (Letra X Letra)

ISBN: 978-958-720-735-4

ISBN: 978-958-720-736-1 (versión EPUB)

1. Cuento colombiano – Siglo XX. I. Tít. II. Serie

C863 cd 23 ed.

P838

Universidad EAFIT – Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas

El ruido de los jóvenes

Segunda edición: septiembre de 2021

© Herederos José Libardo Porras

© Editorial EAFIT

Carrera 49 No.7 Sur-50

Tel. 261 95 23, Medellín

http://www.eafit.edu.co/editorial

Correo electrónico: fonedit@eafit.edu.co

ISBN: 978-958-720-735-4

ISBN: 978-958-720-736-1 (versión EPUB)

Edición: Claudia Ivonne Giraldo

Diseño y diagramación: Alina Giraldo Yepes

Imagen de carátula: Camino de presumidos, José Rosero (Bogotá).

https://www.instagram.com/joseroseroart/

Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial.

Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158, emitida el 13 de febrero de 2018.

Editado en Medellín, Colombia

Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions

Contenido

Prólogo

El ruido de los jóvenes

¡Fo!

San Bernardo

La casa

Los padres

La tienda de don Pablo

Don Carlos

Hermana mayor

Segunda hermana

Manicura

La antena de televisión

Guerra libertada

Ismael

Una carretilla

Días de radio

Aniversario

Margarita

Un hippy en nuestra calle

Vendedora de ilusiones

Expiación de un pecado

El televisor

Arlequín

Pecado de muchachos

La vergüenza familiar

Espejo del alma

El ruido de los jóvenes

Mesías criollo

Una triste elección

Jubilados

Teatro Mariscal

Loco amor

Mirta

Un tiempo mejor

Walter Ortiz

Ahorrador feliz

Juan Ospina

Futurista

Gustavo

Las señoras

Berta Jaramillo

Festival de Ancón

Ninguna Roma

Juan Manuel Rivera

Clemencia Álvarez

Húber Torres

Carlos Valencia y Mauro Gallego

El peor negocio

Albacea

Gonzalo y Humberto Arango

Justicia divina

Infierno y paraíso

Castillo de arena

Francisco Leal y Ana Mercado

Chica soñadora

Muñeca Brava

Reencuentro

Es tarde en San Bernardo

Prólogo

Este libro es un merecido homenaje a la vida y obra de José Libardo Porras (Támesis, 1959 - Medellín, 2019). Una iniciativa de la Editorial EAFIT que hace justicia a un escritor cuya obra merece ser recordada y reeditada, no solo por el lugar que ocupa en la literatura colombiana, sino también por el testimonio que como hombre y artista nos legó. Sobresalen sus novelas, numerosas, aunque también escribió excelentes cuentos y bellos poemas. Su prosa es clara, limpia y tiene un estilo muy propio, fácilmente reconocible en todos sus escritos.

José Libardo fue un hombre cabal. Fiel a sus amigos, fiel a sí mismo y a su escritura –a la que con entereza dedicó su vida, renunciando a la posibilidad de vivir “acomodado”, en el doble sentido de la palabra, para dedicarse por entero a la creación, en un país en donde, ciertamente, a los autores los dejan a merced de sí mismos, con escasos apoyos–. Y tuvo la fortuna, gracias a su talento, de ser reconocido con múltiples premios, tanto nacionales como locales.

Creo que nunca lamentó el rumbo que le dio a su existencia. Fue un ser libre; vivió de acuerdo con sus dictados y convicciones, con dignidad, sin perseguir prebendas, limpiamente y sin compromisos ni ataduras que le enredaran su oficio.

La primera edición de este libro fue publicada por la Biblioteca Pública Piloto en 1984 con el título Es tarde en San Bernardo. En 2015, el Ministerio de Cultura, en su colección virtual Lecturas de las Regiones, publicó una versión corregida y aumentada por José Libardo, con el nombre de El ruido de los jóvenes, que se publica ahora como homenaje póstumo.

La historia transcurre en San Bernardo, un barrio que hace parte de la comuna de Belén, ubicada en la zona suroccidental de Medellín; así la describe el autor:

Al sur de Belén, en el sector de El Rincón, en límites con Guayabal, vivían los pobres del barrio; los ricos vivían en Rosales, al norte, en límites con Laureles. En el medio se hallaba San Bernardo, donde habitaban gentes ni pobres ni ricas, familias que consumían más carne y más leche que las de El Rincón, pero mucho menos que las de Rosales (p. 17)

San Bernardo, como muchos otros lugares de Medellín, nació como resultado del desplazamiento; sus gentes llegaron a la ciudad provenientes de diversos pueblos de Antioquia y se asentaron para buscar la vida que corría riesgo en sus terruños de origen.

Parafraseando las palabras de Reinaldo Spitaletta, en su programa de Radio Bolivariana, Anverso y reverso, la ciudad de Medellín ha contado con autores que han sabido mostrarla, que dan vida a la historia de los barrios en donde vivieron, su origen y sus particularidades. José Libardo Porras es sin duda uno de ellos. El ruido de los jóvenes muestra el nacimiento de una comunidad; sus habitantes; las anécdotas; las circunstancias dramáticas que signaron a Medellín, durante una época en donde el narcotráfico y la violencia se enseñorearon en la ciudad, y la forma como sus habitantes las enfrentaron, para bien o para mal.

El libro se construye mediante relatos cortos y certeros, como si se tratara de un organismo en el que cada uno de sus miembros interactúa con los otros y al mismo tiempo tiene su propia manera de ser y de estar en el mundo.

En este entorno, mientras crece, el narrador evoca, sopesa y aprende de diferencias sociales y económicas; de distintas maneras de valorar y de pensar. Sus personajes están retratados con eficacia, despojados de inútiles apariencias, al desnudo. A través de su mirada conocemos a los mayores, a los profesores, a los amigos, su forma de actuar, los rumbos que algunos decidieron para sus vidas, el despertar sexual, los primeros amores, los sueños, los fracasos.

El niño asombrado se convierte en adulto mientras los límites de su entorno se amplían y la ciudad se transforma junto con él y con sus compañeros de infancia. Los derroteros de cada uno estarán determinados por el entramado social que los circunda, por sus pasiones y sus circunstancias.

Es valiosa esta apuesta de la Editorial EAFIT. Autores como José Libardo Porras, con una obra consistente y extensa, deben ser leídos por las nuevas generaciones para que su eco repercuta y nuestra ciudad tenga una historia, un testimonio estético de su trasegar y de sus transformaciones. El departamento de Antioquia, en particular, y nuestro país, todo, está en mora de continuar con esta tarea.

Emma Lucía Ardila J.

El ruido de los jóvenes

Pues la ciudad siempre es la misma.

Otra no busques, no la hay

Constantino Kavafis, “La ciudad”

Barrio... barrio que tenés el alma inquieta de un gorrión sentimental...

Alfredo Le Pera - Carlos Gardel, “Melodía de arrabal”

¡Fo!

De madrugada empezó a entrar en el sueño de Medellín una caravana de camiones atiborrados de hombres y mujeres con sus críos, sus animales de corral y sus bártulos; familiones desarraigados de los pueblos de Antioquia que se iban quedando a las entradas de la capital, en los confines correspondientes a sus regiones de origen y ahí sentaban sus reales: los del oriente expandieron La Milagrosa, Buenos Aires, Manrique, Aranjuez y otros barrios por el estilo invadiendo las laderas del oriente; los del occidente dieron vida a Robledo y Castilla en las colinas del occidente; los del norte echaron raíces en Bello y Pedregal, y en Itagüí y Guayabal, los del sur. Al despabilarse y tomar conciencia de sí, ya la ciudad era otra: le ocurrió lo que al borracho que por dormirse en su butaca los bromistas le afeitan media barba y le trasquilan los mechones.

El poblado, erigido en villa siglos antes, no era inmutable, era un ser vivo. ¡Qué horror! Las señoras respetables se fueron de espaldas. Quienes creían llevar en sus venas la sangre de los fundadores se golpeaban la frente y movían la cabeza dubitativamente. En los salones de fiesta, los señoritos suspendían el baile para enfrascarse en análisis de la inexplicable transformación, a ver si enredar la pita les daba entendimiento. Desde los púlpitos llovían malos presagios.

¡Fo! A esos asentamientos periféricos había que cogerlos con pinzas. Por fortuna estaba el dinero, que servía de trampolín para saltar por encima de ellos e ir a establecerse al pie de las faldas, en el valle, en barrios anejos al centro como Naranjal, La América o Belén.

“Dime cuánto tienes y te diré dónde cabes”, proponían los espíritus de estos barrios a los fisgones que se asomaban a su interior desde los bordes, y de acuerdo con el monto que desembolsaran les asignaban sus sitios entre otros que antes pagaron precios similares.

Tratándose de inmigrantes con plata en el bolsillo, en estos barrios confluían los caminos procedentes de los cuatro puntos cardinales.

San Bernardo

Al sur de Belén, en el sector de El Rincón, en límites con Guayabal, vivían los pobres del barrio; los ricos vivían en Rosales, al norte, en límites con Laureles. En el medio se hallaba San Bernardo, donde habitaban gentes ni pobres ni ricas, familias que consumían más carne y más leche que las de El Rincón pero mucho menos que las de Rosales.

San Bernardo parecía la tarea de dibujo de un escolar desprovisto de dotes artísticas: un sol semejante a una naranja, erizado de lanzas de oro y de fuego, sonreía sobre los techos y las terrazas; una escuela reventaba de niños con cuadernos y lápices de cortesía; los señores, con estatura de árbol, departían en las esquinas; una madre del tamaño de su casa arrullaba a su hijo en una mecedora al borde del andén; un perro autografiaba las paredes desconchadas y enmohecidas y ladraba a las nubes grises del cielo azul; al fondo, a la redonda, sobresalían las montañas en tonos de verde inusitados.

Los abuelos habían delineado ese dibujo.

Faltaba el templo. Entonces los mayores señalaron con la vara mágica una colina en el corazón del barrio, hicieron aparecer en la cima toneladas de hierro y madera, cúmulos de piedra y arena y arrumes de ladrillos, asignaron a cada cual sus deberes –las abuelas, cocinar para los trabajadores; las nietas, por su parte, servir la mesa y lavar los platos; los muchachos, hacer mandados, llevar y traer– y emprendieron su construcción: midieron, excavaron, acarrearon materiales, vaciaron fundaciones y columnas, levantaron muros, entretejieron vigas, desplegaron el tejado, recubrieron los pisos, ensamblaron puertas y ventanas con vitrales que tamizaban la luz, y encalaron. El padre Henao, sin despojarse jamás de la sotana, ayudaba aquí y allá, enderezaba lo torcido, empujaba al flojo, animaba y atizaba la fogata del entusiasmo y la acción.

Los jóvenes, a pesar de su escepticismo, diariamente pasaban a registrar el progreso de la edificación. Las viviendas, como vacas que acuden al llamado del vaquero a la hora del ordeño, parecían buscar un puesto que les asegurara por siempre el amparo de su sombra.

Culminada la obra, el vecindario corrió a presenciar el primer encendido de la cruz luminosa que la coronaba. Grandes y chicos volaron. Nadie se perdería el espectáculo. Y se prendió la fiesta.

San Bernardo era una fiesta. Sus muchachas con cuerpo de muchacha eran una fiesta. También eran una fiesta los desafíos de fútbol en los descampados y los baños en los charcos de cristal. Las incursiones furtivas a las fincas donde había mangos y guayabas para empacharnos eran una fiesta.

San Bernardo era una fiesta en el occidente de la ciudad. Hoy es una dulce herida que me arde en el pecho.

La casa

Aunque escaparates, mesas, sillas y demás maderas crepitaran por el calor, adentro se estaba fresco gracias a las puertas, altas como para que los más espigados y rebosantes de amor pasaran sin quitarse el sombrero, y al tejado igualmente alto, que conservaba el aire como sin estrenar.

Los muros de tapia eran expertos en guardar secretos: lo que se decía o sonaba aquí o allá, aquí o allá se quedaba. Los corredores invitaban a correr.

El patio parecía paleta de pintor y sus colores se intensificaban o apagaban al ritmo de las lluvias: una semana reverdecían los helechos y a la semana siguiente florecían los anturios o los rosales.

El naranjo, el breval y el aguacate del solar, que daban frutos de enero a diciembre, sumados a la era de tomates y cebollas que cultivábamos todos, complementaban lo que semanalmente nos llegaba de la finca.

Al entrar uno de la calle, cualquier sed se extinguía.

En el interior, cuya luz requeríamos para vivir y no hallábamos fuera, se percibía que los obreros constructores habían dejado ahí parte de la vida.

Los padres

Papá repintaba la cuna para que acogiera, como al primero, al hijo que estaba por llegar.

Sería mujer. Aunque nuestros padres decían que sería lo que Dios quisiera, decidieron que fuera mujer.

Imaginaba a la mujercita llenando la casa con su llanto, con su grito renovador, a gatas en el patio, en los corredores y en los cuartos, auscultando los rincones, e imaginaba a papá con ella, en su tamaño, hablándole al oído palabras inventadas: lenguaje de quien engendró prole numerosa.

Papá dejó la finca en manos de un mayordomo porque una fiesta se anunciaba en el hogar, y no podía faltar.

Repintaba la cuna que fuera de todos los hermanos, recomponía enseres, revisaba el tejado a la caza de goteras, retocaba las paredes… Mamá, en su preñez, lo veía trabajar.

Papá se casó seguro de que ella podría multiplicar un pan para cualquier multitud de hijos y juntar retazos de colores hasta coser una colcha que los abrigara a todos en invierno.

—¡Por más que le haga, esta cocina nunca se ve arreglada! –exclamaba ella mientras lavaba los platos. Después lavaría la ropa y ordenaría la casa.

Recogía lo que dejábamos tirado por ahí.

—Si la casa no está limpia, yo me siento enferma –explicaba.

Si una vecina llegaba a contarle que su marido se había marchado o que su hijo reprobó en el colegio, ella suspendía sus labores y escuchaba. Escuchaba.

—Ya volverá. Váyase tranquila. –La despedía, y se quedaba cavilando un momento tras cerrar la puerta, antes de retomar su oficio.

Un cuarto de siglo antes se juntaron para hacer una sola vida entre ambos.

—¡La más boba! –replicaba mamá cuando él, para explicarnos la razón de su larga convivencia, decía: “Ofelia es la mujer más inteligente de la Tierra”.

La tienda de don Pablo

Soy un niño. Acabamos de llegar al barrio y por primera vez entro a la tienda de don Pablo. Él deja de cepillar su sombrero de paño, me observa con minucia, me pregunta el nombre, de dónde vengo y cuál es mi familia. Respondo. Le devuelvo las preguntas y escucho.

No sé cuántos años atrás, don Pablo Márquez había venido de Segovia, que es una tierra encantada donde las gallinas cagan pepitas de oro.

Lo veo alejar tempestades y sequías, desgusanar el ganado y aliviar el dolor con solo pronunciar una letanía secreta; veo duendes y brujas, almas en pena...

—Llegaban a la media noche –alcanza a decir antes de atender a una clienta.

Se desentiende de mí. Sin embargo, sus palabras resuenan. En el aire flotan los interrogantes. ¿Esos seres de ultratumba le causaban miedo? Si era así, ¿qué sentía? ¿Temblaba?, ¿sudaba a chorros?, ¿perdía el entendimiento y el habla?

Después supe que el asma, durante la noche, le ponía la pata en el pecho. No obstante, en la mañana abría su tienda para seguir participando a lo hombre en la guerra de la vida. Supe que estaba perdiendo la vista. Supe que era un hombre cansado.

La tienda de don Pablo tenía cuatro puertas: las dos que daban a la avenida 76 eran nuestra trinchera contra el aburrimiento: ahí nos parábamos a ver pasar a San Bernardo; la tercera tenía en el dintel una penca sábila que pervivía verde y fresca sin que la alimentaran. Pero la puerta más grande, la que nos llevaba más lejos, era la que don Pablo construía con palabras:

—Les trenzaban las crines a las bestias, se les sentaban a horcajadas en el pecho a los hombres y les dañaban el sueño, escondían los objetos o hacían ruidos con ellos, extraviaban a los viajeros…

¿Cómo eran?, ¿dónde vivían?, ¿cómo las atrapaban?, ¿cómo se libraba uno de ellas?... Las respuestas nos llegaban desde el otro lado del mostrador, donde había un cajón repleto de puntillas torcidas, billetes rotos, monedas de un centavo, algunas herramientas, novenarios viejos y quién sabe cuántas cosas más. Al modo de una frontera, el mostrador preservaba un mundo de misterio, empezando por la libreta de los fiados que sabía todo sobre las familias del barrio.

La tienda de don Pablo, con su almanaque de Pielroja y su cuadro de El hombre que vendió a crédito y el que vendió al contado, que él parecía no ver, era el núcleo de nuestra calle: ahí fuimos creciendo, como robles, mientras veíamos a las colegialas del Montini y La Inmaculada ofrecer al aire sus pelos sueltos, mientras veíamos envejecer a Ismael y al Ganso, mientras se nos iba ensanchando el mundo.

¡La tienda de don Pablo! Es una frase de hermoso sonido.

En su sitio emplazaron una cacharrería y después un bar solo para adultos.

Don Carlos

Aunque en vez de revolotear por el patio ya estábamos en fila, como él lo ordenaba a través del micrófono, don Carlos nos llamaba “¡Mequetrefes!”. Mequetrefes, ¡mequetrefes esto y aquello!, ¡mequetrefes eso y lo de más allá! Los grandes nos hacían gestos obscenos y comentaban que estábamos temblando y a punto de mearnos en los pantalones. Era el primer día de escuela.

La palabra “mequetrefes”, gritada por el director en frases amontonadas e inconclusas, me suscitaba temor y vergüenza, y deseos de que eso no fuera sino una pesadilla para despertar al instante en mi cama, en mi habitación, en mi casa. Veía claro que ese no era mi lugar ni esa mi gente, y no entendía que los estudiantes de los grados superiores se pudieran divertir.

En el aula, la señorita Orfilia nos distribuyó por parejas en pupitres grises, y a continuación pasó por cada puesto preguntándole a cada uno quién era y qué quería ser, por qué iba a estudiar. Yo contesté que era uno de los menores en un mundo de hermanos y hermanas, que hacía poco habíamos llegado de una finca, donde nacimos y desde donde nuestro papá nos enviaba semanalmente un bulto de frutas, y que aún no sabía lo que quería ser cuando creciera. Los otros se carcajearon y alborotaron. A la señorita Orfilia le costó restablecer el orden.

La cara se me incendió, el sudor me corría por la espalda, la boca se me llenó de arena y espuma, gagueé y enmudecí. Una sensación de cansancio me agobiaba y no podía sino pensar en lo tonto que fui al contar lo que conté. “¡No lo vuelvo a hacer!, ¡no lo vuelvo a hacer!”, me decía. Las historias personales de los demás me entraban por un oído y me salían por el otro. Solo a fuerza de lidias logré escuchar a la señorita Orfilia cuando nos leyó el cuento La ninfa y el eco y nos pidió dibujar en el cuaderno de rayas, que olía a nuevo, lo que más nos había gustado de su lectura.

Preguntándome qué sería una ninfa decidí ser un inventor de cuentos como ese y, sin pensarlo, delante de todos le revelé mi decisión a la maestra.

Nuevamente las carcajadas desordenaron la clase. Por mi culpa, el universo se tornó un caos.

Al lunes de la semana siguiente, en el patio, volvimos a ser mequetrefes y la ira de don Carlos, sus ojos echando candela y su rostro enrojecido, nos intimidaron casi tanto como el primer día. Pero ya no estábamos solos. Mientras el director nos regañaba e insultaba por el micrófono, la señorita Orfilia patrullaba las filas de estudiantes cuidándonos de los coscorrones y demás ataques de los grandes, haciendo de nuestro grupo el más organizado. De esa manera se iniciaba la rutina del estudio, que es madre de todas las rutinas. El tiempo pasaría y el primer día del año venidero nos burlaríamos del temor de los recién llegados, de los nuevos “mequetrefes”, pues ya habríamos visto a la señora del aseo sacar botellas de aguardiente vacías de la oficina de don Carlos y a él le habríamos sentido un tufo agrio en el aliento, y sabríamos que sus improperios no eran sino su forma de rogar, de pedir una mano que nadie iba a brindarle.

Hermana mayor

A la hora en que llegaba a San Bernardo el vendedor de periódicos, ya Nelly iba lejos en su Pfaff, dele que dele, por la ruta de la aguja.

—¡Buenos días! –saludábamos los hermanos menores, más de media docena de estudiantes.

—¡Buenos días!

Me gustaba el faro que se encendía cuando ella contestaba “¡Buenos días!”.

A una la apuraba, a otra le ponderaba lo bonita que luciría con el uniforme nuevo; a uno, el más avispado, le recordaba que debía ir a comprar la leche y demás cosas del diario antes de marcharse, y a otro lo apuraba también. Yo esperaba el anuncio de que iba a darme para comprar la cartilla de lectura. Pero no. Por lo visto, se me venía otro mes interminable en la lista negra, otro mes aplastado por la vergüenza, otra eternidad de treinta días padeciendo el estigma de ser uno de los que carecían de cartilla de lectura y al momento de los ejercicios tenían que arrimarse a uno que sí la tuviera.

Nosotros en nuestros respectivos colegios o escuelas idos por las nubes, a la espera de que acabara la jornada, Arabia en el hospital, donde trabajaba desde nuestro arribo a la ciudad, y Nelly ante su máquina de coser, imbuida en el leve traqueteo del motor, que no era ruido sino música, según ella, pensando en los zapatos que regalaría al hermano en su cumpleaños, en la camisa de este y la blusa de aquella; pensando en las cuentas por pagar…

Desde temprano llegaban clientas a probarse los vestidos y a referirle sus heridas, y Nelly escuchaba con un silencio balsámico.

Rara vez salía de casa si no era para ir en busca de agujas, hilos, botones, adornos y otros insumos. En todo caso, a nuestro regreso todavía se encontraba ahí, firme en su puesto.

Nelly encendía las bombillas al anochecer, de modo que en casa no escaseara la luz.

A la hora del sueño, Nelly continuaba haciendo volar su máquina, cosiendo alas a las vidas nuestras.

Nadie la veía dormir. Si Nelly dormía, o parpadeaba siquiera, no cumpliría a cabalidad esa vida de hermana mayor que Dios le dio.

Segunda hermana

Como las piernas de las colegialas del Montini al subirse el uniforme para coquetear con los muchachos durante su regreso a casa, el día, de pronto, se llenaba de luz, y sucedía porque Arabia salía a tomar el carro que la llevaría al trabajo.

Su turno comenzaba a las seis de la mañana, igual que el turno de los pájaros, igual que el del sol que asoma por las montañas de oriente.

No es blanca ni negra y, por parecérsele, los panes querían seguir un rato más en el horno.

Aunque se llama Arabia le decimos Ara.

Algún día, una constelación también llevará ese nombre.

Cuando acompañaba a Nelly a una diligencia, a comprar telas y elementos de modistería al almacén Mil Variedades, o simplemente a pasear por Junín, la gente suponía que eran dos amigas.

Como dos amigas, las dos hermanas mayores tenían sus secretos: en la alcoba que compartían se las oía hablar de asuntos que uno no entendía y, a ratos, sonreír bajito como quien, sabiéndolo todo, no suelta prenda.

A la vuelta del hospital, a las tres y media o cuatro de la tarde, siempre traía algo: una vasija nueva, tres metros de tela para una cortina, un florero que adornaría la mesa de centro de la sala. Las fechas de pago, cada quincena, traía una cornucopia.

Su novio era un colega y se casarían el día menos pensado, en silencio, sin ceremonias.

De a poco se estaban ajuarando.

Ara reiteraba que a pesar de su matrimonio seguiría ayudando para que los menores pudiéramos estudiar y para que en casa, sin importar qué vientos soplaran, nada se viniera abajo.

¡Ojalá haya sido feliz!

Manicura

Arabia y Nelly recibían a sus novios en la sala, audacia que constituía un salto generacional largo, o triple, hacia el amor libre si se considera que a papá y mamá les tocó tratarse y conocerse a través de la ventana.

Los turnos eran martes y jueves para una y miércoles y viernes para la otra. Los sábados no sé adónde iba a parar cada pareja por su lado.

Por ser todavía un niño, mi tarea era rondar por ahí, con ínfulas de policía, estar en la escena sin estar en la escena con el propósito de que en la escena los actores y las actrices no traspasaran el límite de la manicura.

Las manos eran lo máximo que se podía tocar del otro sin incurrir en inmoralidad, de ahí que dominar las artimañas de la manicura y saberlo todo sobre cutículas y albugos fuera parte de la primera educación sentimental de las muchachas, una asignatura que ellas se autoimpartían.

Porque un novio con uñas redondeadas, perfectas, era el hombre ideal, las novias se volvían manicuristas expertas.

Los viejos se rascaban la cabeza al enterarse de que un joven entraba a la casa de su novia y se arrellanaba tranquilamente en el sofá de la sala, al cobijo de una incierta penumbra. “¡Dónde iremos a parar!”, mascullaban cuando les describían los manoseos y pormenores de la manicura.

La antena de televisión

Los Restrepo eran de los más vaciados de San Bernardo, que no es decir poco, pero al cruzarse con ellos uno creía estar ante alguien de otro barrio, un habitante de Laureles o de El Poblado, o algún extranjero que por accidente había caído en nuestro bullicio.

Eran cuatro rubios de ojos verdes. El primero se mantenía bronceado y le encantaba pavonearse en pantaloneta y sin camisa por la calle; la segunda parecía un cromo del álbum de artistas donde salían Violeta Rivas y Gigliola Cinquetti y, como su hermano, usaba bluyines Lee y tenis americanos y nunca saludaba.

Según las lenguas voraces, con tal de comprar las prendas que vestían se resignaban a no probar carne y a comer huevo solo los domingos.

En la mayoría de nuestras casas, por supuesto, padecíamos restricciones iguales o peores, mas, merced a su actitud, en ellos constituía motivo de burla esa circunstancia común.

Los otros dos, Felipe y Luisa, que sí eran amigos nuestros, decían con orgullo ingenuo que su hermano mayor tenía una novia de plata.

Un domingo estábamos en casa de doña Mira pugnando por ver Tarzán a través de la ventana, pues la vieja solo dejaba entrar a ver televisión a quienes compraban sus helados de agua azucarada y anilina, cuando el papá de los rubios nos sorprendió discutiendo cómo Tarzán lograría salir de esas arenas movedizas y llegar a tiempo para salvar al jefe negro. Venía de la tienda de don Pablo con dos bolsas de parva en las manos; se detuvo a contemplar el tumulto como incrédulo de que sus descendientes estuvieran allí, entre la guacherna, y se les aproximó sin que ellos lo advirtieran. Los demás guardamos silencio intercambiando miradas de curiosidad. Felipe seguía hablando.

El hombre le entregó los paquetes a la niña, agarró al otro hijo de una oreja, retorciéndosela, y lo arrastró hacia su casa. El arrastrado no se quejó, no dijo ni mu, pero Luisa no pudo soportar el dolor de su hermano y se fue tras ellos sin importarle que en la carrera se le cayeran algunos panecillos.

Aunque eran las vacaciones, por varios días ninguno de los dos salió a jugar pelota envenenada o los interminables partidos de bate. Nosotros nos preguntábamos qué cosa horrible habrían hecho Felipe y Luisa para que los castigaran con esa severidad. Debían de haber cometido el pecado más mortal.

Al finalizar la semana aparecieron con su padre, quien traía una escalera por la que él mismo subió al tejado a instalar una antena de varillas de aluminio de varios cuerpos, más grande que cualquiera de las que veíamos en las casas de los ricos cuando íbamos a ver los entrenamientos del Atlético Nacional y el DIM.

Viendo esa antena, ninguno era capaz de concebir cómo sería el televisor. Los rubios decían que el papá lo tenía en una revista, que se veía inmenso, como dos veces el de doña Mira, que las imágenes aparecían en colores como en el cine, y aseguraban que tan pronto lo trajeran y lo instalaran podríamos ir a ver en él los programas que nos gustaban.

Mientras llegaba ese día, continuamos arremolinándonos en la ventana de la casa de doña Mira para ver Tarzán, Batman, Hechizada y Lassie. Felipe y Luisa, en cambio, se la pasaban encerrados esperando que retornáramos a nuestros juegos para salir e integrarse con nosotros a la vida de la calle.

A ese televisor fabuloso quizá lo habríamos visto si no es porque una mañana llegan a la casa de los Restrepo unos señores acompañados de policías y, después de leer papeles y teclear actas, la desocupan.

En la acera quedaron apilados muebles con el paño roto y los resortes partidos, colchones manchados, cajas de ropa entre las cuales se veía algún bluyín marca Lee, ollas sucias de tizne, un juego de pesas...

Los cuatro hermanos y la mamá permanecieron allí, de pie junto a sus pertenencias, llorando un llanto hecho más de vergüenza que de dolor, aguardando que el hombre de la casa contratara un camión que los alejara por siempre de esa calle donde escasamente había un televisor en blanco y negro, donde los niños tenían el cabello pasudo y la piel casposa y las señoras eran tan amigas de la invención y el chisme.

La antena siguió erguida en el tejado como para testimoniar que en ese sitio la vida les dio caramelo a unos niños, hasta que el nuevo inquilino bajó lo que de ella quedaba y en su lugar puso una antena más pequeña, de las que sí nos eran familiares.

Guerra libertada

La noche se insinuaba en San Bernardo al término de Kalimán, entonces era la hora de la guerra libertada.

Como en todos los juegos, dos ases de la barra seleccionaban, uno a uno, a los integrantes de sus respectivos equipos:

—Escojo a Fernando –decía Alfa 1, el goleador.

—Escojo a Guillermo –decía Alfa 2, el que trepaba a las copas más altas y cogía los mangos más sabrosos.

Alternadamente iban escogiendo a los mejores. Pedro, Pablo, Chucho, Jacinto, Jaime, Miguel. Si el número de jugadores disponible era impar, no importaba que uno de los equipos quedara con un miembro de más, al fin y al cabo era el último, el más lento, un debilucho, una nadería y, en ciertos casos, un estorbo. Enseguida se negociaban las condiciones, que nunca variaban, y a cara o sello se definía el derecho a ser los primeros fugitivos, Los sin-camisa.

A nadie le gustaba ser del ejército perseguidor, del bando de los buenos. ¿Por qué? Tal vez desde esos tiempos fuera más divertido y diera más estatus ser malo y contravenir la ley.

A la cuenta de tres, Los sin-camisa se dispersaban a lo largo de la calle y tomaban sus posiciones en los lugares más propicios para el escape. El líder de Los con-camisa impartía instrucciones –por ejemplo, tenderle una redada a Zutano, el gordo lento– y ordenaba el inicio de la persecución.

—¡No te dejés coger!

—Voy a intentarlo.

—¡Tenemos que ganar! ¡No podés dejarte coger!

–¿Y si me cogen?

Éramos de Los sin-camisa.

Los mayores, sentados en butacas junto a sus casas, fumando y refrescándose, viéndonos agazapados entre las matas, no entendían qué gusto le podíamos sacar a ese correr y esconderse sin ton ni son. Pero a nosotros no nos afectaban sus burlas y comentarios.

El juego siempre se alargaba y las madres tenían que salir a llamarnos para ir a comer.

Éramos de Los sin-camisa.

Desde un antejardín, disueltos en la luz infeliz del alumbrado público, divisamos a los nuestros de espaldas al paredón, cautivos tras un anillo de seguridad conformado por los más robustos de Los con-camisa, los que podían resistir cualquier embate nuestro.

—Cogieron a los otros –dije a mi compañero, Alfa 1.

—Lancémonos en tumulto a libertarlos –dijo él.

—¿Y si nos cogen?

—Después ellos harán lo mismo.

—¿Pero si nos cogen antes de llegar y tocarlos?

Tocar con la mano al camarada cautivo bastaba para ponerlo en libertad, así que los buenos levantaban una muralla humana en torno de los malos caídos en sus redes y se disponían, a toda costa, a impedirles el contacto con sus copartidarios que aún anduvieran libres. Por esa razón cada uno se cotizaba de acuerdo con su velocidad y fuerza para no dejarse alcanzar ni agarrar del adversario, o para alcanzarlo y agarrarlo a él según fuera un perseguido o un perseguidor.

—¡Perdemos! –expuso en tono seco, en un golpe. Y añadió —:¡Ya otras veces ganamos!

Era una orden de Alfa 1. ¿Cómo no cumplirla?

Los mayores no entendían la guerra libertada. Esa guerra que, se ganara o se perdiera, nos dejaba empapados de sudor y entre pecho y espalda una llama encendida por el presentimiento de haber jugado a la vida y a la muerte.

Ismael

Mi primer impulso fue echar a correr, esfumarme, cuando Pecoso, en tono de secreto, dio el aviso:

—¡Huy! Ahí viene Ismael.

Todos buscamos los ojos de Pecoso y, en efecto, reflejado en sus pupilas, lo vimos venir. Mecánicamente, cada cual recogió su trompo y dejamos en suspenso la partida.

—No se vayan, pelaos –dijo el famoso, el temible.

Tal vez por ignorar si se trataba de una orden o una invitación, ninguno desobedeció. No nos fuimos. No podíamos: de pronto, nos habían sembrado en la tierra.

Así conocimos a Ismael, aunque ya lo habíamos visto pelear a cuchillo en la esquina del bar Orión.

—Présteme su trompo, pelao –me dijo.

Ismael, el mito, se dirigió a mí. Desconcertado, imbuido en una amalgama de pavor y orgullo, antes de pensarlo dos veces, se lo entregué. Él lo enrolló, lo lanzó y lo hizo bailar en la palma de la mano; enseguida repitió su número tirándolo bajo la pierna y por sobre el hombro: destrezas que ya dominábamos; sin embargo, ejecutadas por uno cuyo nombre causaba terror, eran una novedad.

Tiró mi trompo así y asá, disfrutaba exhibiéndose, y solo cuando él mismo se aburrió de su show me devolvió lo mío. Enseguida sacó de la chaqueta una baraja.

—Vean y aprendan –dijo y comenzó a mezclar los naipes, a veces despacio, a veces a una velocidad mayor que la de los ojos. Por momentos nos prestaba el mazo para que ensayáramos la proeza que él acababa de ejecutar, daba instrucciones, corregía. Por último, nos enseñó las reglas del remis: diez cartas para conformar dos ternas y una cuarta, o dos quintas.

Y mientras formaba ternas, cuartas y quintas didácticas iba refiriendo sus peripecias de tahúr en el café Amarillo y otros salones de juego que desconocíamos: no decía “rosa” sin que los rosales de la memoria se llenaran de sangre; no decía “hombre” sin que un niño pudiera enorgullecerse.

Más tarde nos tocó sufrir las recriminaciones de los mayores que, al verlo con nosotros en círculo, no habían podido creer en tanta mansedumbre, pues sabían que su mano, que en fecha de madres cortaba una flor, en tiempo de guerra se hacía de acero y derramaba sangre.

Después, al coincidir con él en la calle, no nos saludaba, quizá ni siquiera nos veía. No obstante, en la escuela faroleábamos diciendo que éramos amigos de Ismael, que él nos había enseñado a barajar las cartas y a jugar remis, y eso nos ayudaba a ganar respeto.

San Bernardo era el reino de Ismael y ningún pillo alteraba su orden; él mismo daba ejemplo realizando sus trabajos en los barrios de los ricos: en las noches, como un gato, iba de expedición a Laureles o a El Poblado a buscar “el tesoro de Morgan”, según decía, y regresaba a gastarse el botín en el Amarillo o en el Orión.

Un día, tras bailar la danza más humana y homicida, la danza del hombre y el cuchillo, y salir perdedor, se marchó al país más habitado.

Desde luego, parientes, conocidos, amigos y hasta enemigos lo velaron con todos los honores: con lágrimas, historias y aguardiente, como se velaba a un hombre en San Bernardo.

En algún momento de ensueño deseé ser un Ismael.

Cuando una llama se resiste al viento, su nombre tiembla en mi boca.

Una carretilla

Es jueves en mi memoria. Estamos en vacaciones. Ya disputamos un partidazo de futbolito, fuimos a nadar en la quebrada del Manzanillo y, al regreso, nos metimos a la finca de Los Bernal a robar mangos. Apenas son las cuatro de la tarde. ¿Qué más hacer?

A lo lejos, tras su grito y su carreta, se acerca Abel, el chatarrero.

Corremos a casa a buscar frascos, tarros y periódicos para cambiárselos por globos de colores y llenarlos de agua. ¡Y que nadie se descuide!

Como de costumbre, regateamos el precio de nuestras mercancías con el fin de retenerlo y oír sus cuentos y los piropos que les lanza a las mujeres cuando pasan haciéndose las serias.

Es jueves en mi memoria. Abel saborea su tabaco apagado al tiempo que habla de su trabajo y de los otros barrios que recorre en su oficio de trotamundos.

Nos pregunta qué queremos ser cuando seamos grandes.

—Camionero, portero del DIM, ciclista, trabajador de Coltejer, dueño de una tienda y una carnicería…

—Muy bien, muy bien –comenta, y agrega–: No se les ocurra, muchachos, ser chatarreros.

Ríe y bebe de una botella que siempre lleva en un bolsillo del saco. Su risa, sin ser bonita, nos hace reír.

Tres muchachas pasan rápidas. Abel suspende la organización de las chatarras y su cháchara y se queda mirándolas con el alma.

—Tres Marías, tres corazones: a la del medio le dedico mis canciones –recita.

Es jueves en mi memoria. El sol se sumerge en la nada tras la cordillera, por los lados de Tresmorros; Abel acaba de ordenar la carga, bebe otro trago, enciende el tabaco y se marcha: su grito es un calorcito que se extingue de a poco.

Ya es la hora de escuchar a Kalimán, antes de jugar a la guerra libertada.

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114 səh. 7 illustrasiyalar
ISBN:
9789587207347
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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