Kitabı oxu: «Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales»
MINERÍA TRANSNACIONAL, NARRATIVAS DEL DESARROLLO Y RESISTENCIAS SOCIALES
A esta altura de los tiempos, cualquier propuesta que se plantee como alternativa o modelo de desarrollo en una sociedad debe ser informada y sometida a la discusión pública. Sin embargo, en la actualidad muchos argentinos desconocen que la actividad minera, sostenida por grandes empresas transnacionales, en alianza con el Estado nacional y los diferentes gobiernos provinciales, busca extenderse desde el norte del país hasta la Patagonia, involucrando directa o indirectamente quince provincias argentinas. Lo particular de este tipo de minería (a cielo abierto), diferente de la tradicional, es que implica niveles aún mayores de afectación del medio ambiente, genera cuantiosos pasivos ambientales, requiere un uso desmesurado de recursos –entre ellos el agua y la energía– e interviene de manera violenta en la geografía, destruyendo economías locales y reconfigurando nuestros territorios. Este libro se propone aportar un análisis crítico de las formas que adopta el discurso hegemónico y los nuevos mecanismos de expropiación y dominio en torno a la megaminería a cielo abierto, así como dar cuenta de las luchas y resistencias que, bajo la forma de asambleas de autoconvocados y en total asimetría de poder, se han venido generando en el país contra este “modelo de desarrollo”. Con ello, se apunta a traer a la palestra una verdadera discusión –pública y académica– sobre los niveles y sentidos que hoy recubren el término “desarrollo”.
Maristella Svampa. Licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba y doctora en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) de París. Investigadora Independiente del Conicet, con sede de trabajo en la Universidad Nacional de General Sarmiento. Ha publicado, entre otros, Los que ganaron. La vida en los countries y barrios privados (2001), Entre la ruta y el barrio. La experiencia de las organizaciones piqueteras (2003, en coautoría), La sociedad excluyente. La Argentina bajo el signo del neoliberalismo (2005) y Cambio de época. Movimientos sociales y poder político (2008).
Mirta Alejandra Antonelli. Licenciada y profesora en Letras Modernas, magíster en Sociosemiótica por la Universidad Nacional de Córdoba. Profesora adjunta e investigadora del Sistema Nacional de Docentes Investigadores. Directora del proyecto “Dispositivos hegemónicos y construcción de neomapas de la Argentina actual. Territorio, conflicto, verdad y formas jurídicas en la megaminería aurífera”, con subsidio de la Secretaría de Ciencia y Técnica, UCN. Entre sus publicaciones se cuenta Cartografías de la Argentina de los 90: Cultura mediática, política y sociedad (2004), y numerosos artículos en revistas y libros nacionales e internacionales.
MARISTELLA SVAMPA / MIRTA A. ANTONELLI
(editoras)
MINERÍA TRANSNACIONAL, NARRATIVAS DEL DESARROLLO Y RESISTENCIAS SOCIALES

Índice
Cubierta
Acerca de este libro
Portada
Siglas y acrónimos
Introducción. Hacia una discusión sobre la megaminería a cielo abierto, por Maristella Svampa y Mirta Alejandra Antonelli
La problemática de la minería metalífera a cielo abierto: modelo de desarrollo, territorio y discursos dominantes, por Maristella Svampa, Lorena Bottaro y Marian Sola Álvarez Fases de acumulación, modelo minero y nuevas resistencias Las reformas de los 90 en la legislación minera Ecología, lenguajes de valoración y territorialidades en pugna Responsabilidad social empresarial y gobernanza
Minería transnacional y dispositivos de intervención en la cultura La gestión del paradigma hegemónico de la “minería responsable y desarrollo sustentable”, por Mirta Alejandra Antonelli Introducción. El poder semiótico del capital: discurso global, estrategias glocales La megaminería transnacional convoca al mundo al “cambio cultural” El mundo para el oro: actores y actas fundacionales La episteme fundadora y su invocación al futuro: ciencia, tecnología y transferencia bajo el mecenazgo extractivo El lento descubrimiento del daño: los límites como coartada Alianzas de oro La gestión del futuro global: el “desarrollo sustentable” como narrativa inclusiva para la intervención territorial extractiva La “minería responsable”: entre la estética, la filantropía y la tardía percepción estratégica del daño La fabricación del crédito social. Las premiaciones y el plan alfabetizador minero: de los nuevos iletrados a los desclasados epistemológicos La oportunidad de un premio y las redes universitarias Qué voces universitarias, para qué la alfabetización El modelo discursivo de la democracia pro minera y el (nuevo) bárbaro A manera de cierre
IIRSA: lógica de la interconexión, lógicas interconectadas, por María Eugenia Arias Toledo Introducción a las narrativas del progreso Sobre retóricas de la seducción para la dominación Algunos proyectos IIRSA funcionales a la minería Energía y minería Transporte y minería Sobre la “licencia social”
Los movimientos contra la minería metalífera a cielo abierto: escenarios y conflictos Entre el “efecto Esquel” y el “efecto La Alumbrera”, por Maristella Svampa, Marian Sola Álvarez y Lorena Bottaro Introducción Los casos testigo: Catamarca y Esquel El surgimiento y desarrollo de la Unión de Asambleas Ciudadanas Las escalas de la lucha: entre lo regional y lo provincial Las provincias patagónicas: entre el “efecto Esquel” y el “destino minero” Las movilizaciones regionales y las “legislaciones del no” en Mendoza, Córdoba, San Luis Los casos marginales: La Pampa y Buenos Aires El núcleo duro del modelo minero: noroeste y norte argentino San Juan y el destino minero La Rioja y el brazo largo del peronismo Catamarca y el brazo largo de La Alumbrera El NOA: del “efecto La Alumbrera” al “efecto Esquel” Un final abierto y numerosas asignaturas pendientes
El “no a la mina” de Esquel como acontecimiento: otro mundo posible, por Marcela Cecilia Marín La fuerza del acontecimiento: Esquel dice “no a la mina” Constitución del sujeto colectivo “asamblea de vecinos autoconvocados de Esquel” Glocalizando la arquitectónica del modelo consensual: manejo y control de otros mundos posibles El “no a la mina” en nuestros días: nicho conflictivo que debe ser neutralizado
Minería transnacional, conflictos socioterritoriales y nuevas dinámicas expropiatorias El caso de Minera Alumbrera, por Horacio Machado Aráoz Auge minero y transformaciones socioterritoriales en la provincia de Catamarca: condiciones e implicaciones Minera Alumbrera Ltd., un caso “ejemplar” Transformaciones ecoproductivas y conflictos territoriales ¿Por qué protestan? ¿A qué se oponen? Luchas por el territorio y dialéctica de la expropiación Producción colonial de la “naturaleza”: ecología de la expropiación Producción colonial de la gobernabilidad: biopolítica de la expropiación
Disputas manifiestas y latentes en La Rioja minera Política de vida y agua en el centro de la escena, por Norma Giarracca y Gisela Hadad Introducción El conflicto latente: el agua en el centro de la escena La agricultura de Chilecito y Famatina La minería proyectada para la región Dos actividades, dos lógicas El conflicto manifiesto: la asamblea de Chilecito-Famatina en el centro de la escena El gobierno cambia la ley Claves para comprender los conflictos El conflicto latente de los agricultores Algunas reflexiones a modo de conclusión
La construcción de San Juan como capital nacional de la minería: el concierto de voces entre el Estado y los medios de comunicación, por Silvina Giovannini, Mauro Orellana, Dolores Rocchietti y Angélica Vega Introducción La minería como política de Estado La Argentina minera y defensora del medio ambiente San Juan en el mundo: reubicación en un espacio hegemónico El discurso de los medios devenido discurso publicitario Redes estratégicas de lo global en lo local: las publicaciones pro minería transnacional Conclusiones
Anexos Anexo 1. Mapa Anexo 2. Plan Minero Nacional. Discurso del presidente Néstor Kirchner, 23 de enero de 2004 Anexo 3. Fragmentos del estudio de Raúl A. Montenegro sobre impacto ambiental y sanitario de las minas de oro: el caso del Cordón Esquel Anexo 4. Posición de la CAEM frente a las legislaciones que prohíben la megaminería a cielo abierto Anexo 5. Proyecto de resolución de la Cámara de Diputados de la Nación, 11 de junio de 2008 Anexo 6. El INTI se expide sobre la “minería responsable” Anexo 7. Los secretos sucios de Barrick: las comunidades responden a los impactos de las minas en todo el mundo Anexo 8. Ley de protección de los glaciares, vetada por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, 2008 Anexo 9. Texto de la convocatoria a la segunda marcha ambientalista, 12 de diciembre de 2007 Anexo 10. Carta de ASANOA al presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, 23 de octubre de 2008 Anexo 11. Carta de Adolfo Pérez Esquivel a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, 22 de septiembre de 2008 Anexo 12. Minera Alumbrera incendió su propio camión y usó al Estado terrorista. Allanamiento de seis viviendas en Tinogasta, por Javier Rodríguez Pardo, 5 de noviembre de 2008
Bibliografía
Los autores
Créditos
Siglas y acrónimos
| AMPAP | Asamblea Mendocina por el Agua Pura |
| AOMA | Asociación Obrera Minera Argentina |
| APATA | Asamblea para la Protección de Aguas y Tierras Argentinas (San Luis) |
| APENOC | Asociación de Productores del Noroeste de Córdoba |
| ASANOA | Asamblea Socio-Ambiental del NOA |
| ASAP | Asociación Argentina de Presupuesto y Administración Financiera Pública |
| Asogravas | Asociación Colombiana de Productores de Agregados Pétreos |
| BICECA | Biological and Cultural Diversity of the Andes-Amazon by monitoring and influencing (Conciencia Cívica Informada para la Incidencia y la Conservación en la Amazonía Andina) |
| BID | Banco Interamericano de Desarrollo |
| BSR | Business for Social Responsability |
| CAEM | Cámara Argentina de Empresarios Mineros |
| CAF | Corporación Andina de Fomento |
| CAMA | Comunidades Afectadas por la Minería |
| CAMMA | Conferencia Anual de Ministerios de Minería de América |
| CCC | Corriente Clasista y Combativa |
| CEDHA | Centro de Derechos Humanos y Ambiente |
| CENPAT | Centro Nacional Patagónico |
| CEPAL | Comisión Económica para América Latina y el Caribe |
| CFI | Consejo Federal de Inversiones |
| Cispren | Círculo Sindical de la Prensa (Córdoba) |
| CMC | Cyanide Management Code (Código Internacional para el Manejo del Cianuro) |
| CNA | Canadian Mining Association |
| CNEA | Comisión Nacional de Energía Atómica |
| Cofemin | Consejo Federal de Minería |
| Conacami | Confederación Nacional de Comunidades Afectadas por la Minería |
| Conicet | Consejo Nacional de Investigaciones Científica y Técnicas |
| COPRAM | Consejo Provincial del Ambiente (Chubut) |
| CTA | Central de Trabajadores Argentinos |
| CTD | Coordinadora de Trabajadores Desocupados |
| CYTED | Programa Iberoamericano de Ciencia y Tecnología para el Desarrollo |
| EID | Eje de integración y desarrollo |
| Emirsa | Empresa Minera Inti Raymi SA |
| FAA | Federación Agraria Argentina |
| Fecoagro | Federación de Cooperativas Agropecuarias |
| FOCO | Foro Ciudadano de Participación y Justicia por los Derechos Humanos |
| FONCYT | Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología |
| Fonplata | Fondo Financiero para el Desarrollo de la Cuenca del Plata |
| FUCI | Fundación Ciudadanos Independientes |
| Fundamin | Fundación para el Desarrollo de la Minería en la Argentina |
| Gecomin | Prevención, gestión y manejo de conflictos para el desarrollo industrial sostenible de la minería en Iberocamérica |
| GMI | Global Mining Initiative (Iniciativa Global para la Minería) |
| GRI | Global Reporting Initiative |
| ICEM | International Federation of Chemical, Energy, Mine and General Workers’ Unions (Federación Internacional de Sindicatos de Trabajadores de la Química, Energía, Minas e Industrias Diversas) |
| ICMM | International Council on Mining and Metals (Consejo Internacional para la Minería y los Metales) |
| IIED | International Institute for Environment and Development (Instituto Internacional para el Medio Ambiente y el Desarrollo) |
| IIRSA | Integración de la Infraestructura Regional Suramericana |
| IMA | Inversiones Mineras Argentinas |
| INBEMI | Instituto de Beneficios de Minerales (Universidad Nacional de Salta) |
| INDEC | Instituto Nacional de Estadísticas y Censo |
| INIQUI | Instituto de Investigaciones para la Industria Química (Universidad Nacional de Salta) |
| INTA | Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria |
| Intemin | Instituto Nacional de Tecnología Minera |
| INTI | Instituto Nacional de Tecnología Industrial |
| IPEEM | Instituto Provincial de Exploración y Explotación Minera en San Juan |
| MACH | Movimiento Antinuclear de Chubut |
| MMSD | Mining Minerals & Sustainable Development (Minería, Minerales y Desarrollo Sustentable) |
| Mocase | Movimiento Campesino de Santiago del Estero |
| OEA | Organización de Estados Americanos |
| OIT | Organización Internacional del Trabajo |
| OLAMI | Organismo Latinoamericano de Minería |
| ONU | Organización de las Naciones Unidas |
| ONUDI | Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial |
| PASMA | Programa de Asistencia a la Minería Argentina |
| PNUD | Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo |
| PNUMA | Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente |
| Renace | Red Nacional de Acción Ecologista |
| RID | Red Interamericana para la Democracia |
| RSE | Responsabilidad social empresaria |
| SECYT | Secretaría de Ciencia y Técnica |
| Segemar | Servicio Geológico Minero Argentino |
| Senasa | Servicio Nacional de Sanidad Animal |
| Serpaj | Servicio Paz y Justicia |
| Siminera | Salón Internacional de la Minería en Argentina |
| UAC | Unión de Asambleas Ciudadanas |
| UIA | Unión Industrial Argentina |
| UNSAM | Universidad Nacional de San Martín |
| UNPSJB | Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco |
| UNESCO | Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura |
| UOCRA | Unión de Obreros de la Construcción de la República Argentina |
| UTE | Unión transitoria de empresas |
| VAPUMAS | Vecinos Autoconvocados por un Medio Ambiente Sano (Salta) |
| WBCSD | World Business Council for Sustainable Development (Consejo Mundial Empresarial para el Desarrollo Sustentable) |
| WGC | World Gold Council |
| Yamiri | Yacimientos Mineros de La Rioja |
| YMAD | Yacimientos Mineros Agua de Dionisio |
| YPF | Yacimientos Petrolíferos Fiscales |
INTRODUCCIÓN Hacia una discusión sobre la megaminería a cielo abierto
Maristella Svampa y Mirta Alejandra Antonelli
Aunque con diferente alcance y envergadura, tres parecen ser los “modelos de desarrollo” que caracterizan la Argentina contemporánea: el modelo agrario, el industrial y el extractivo-exportador. Mientras que los dos primeros han sufrido drásticas transformaciones en las últimas décadas, y continúan operando de manera explícita o implícita como narrativa social fundamental y horizonte de expectativas de nuestras sociedades, el perfil del tercero, ligado a la explotación de los recursos naturales, pese a su expansión exponencial, aparece desdibujado y apenas está presente en el imaginario cultural de los argentinos.
En este libro colectivo, Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales, nos abocamos al análisis de una faz poco explorada de este proceso, ligada a la expansión del modelo minero en la Argentina. Ciertamente, el paradigma extractivista cuenta con una larga y oscura historia en América Latina, marcada por la constitución de enclaves coloniales, altamente destructivos de las economías locales y directamente relacionado con la esclavización y el empobrecimiento de las poblaciones. El símbolo de esta cultura de la expoliación ha sido sin duda Potosí, en la vecina Bolivia, que a partir del siglo XVI supo alimentar las arcas y contribuir al temprano desarrollo industrial de Europa. Ahora bien, pese a que la explotación y exportación de bienes naturales no son actividades nuevas en nuestra región, resulta claro que en los últimos años del siglo XX, y en un contexto de cambio del modelo de acumulación, se ha venido intensificando la expansión de proyectos tendientes al control, la extracción y la exportación de bienes naturales a gran escala. La megaminería a cielo abierto es un ejemplo elocuente. Como señala Anthony Bebbington (2007), ya en el período 1990-1997, mientras la inversión en exploración minera a nivel mundial creció 90%, en América Latina aumentó 400%. En consonancia con ello, durante los 90 la mayor parte de los países latinoamericanos involucrados llevaron a cabo una profunda reforma del marco regulatorio, para conceder amplios beneficios a las grandes empresas transnacionales, que ya vienen operando a escala global. Esa reforma fue respaldada por diferentes organismos internacionales (Banco Mundial, BID, entre otros), a fin de facilitar, promover y garantizar el auge regional de la nueva minería.
En este marco, la expansión del modelo extractivo-exportador (como la relativa al de agronegocios) no puede comprenderse sin involucrar también la perspectiva histórica y, muy especialmente, la política de privatizaciones. En efecto, es necesario recordar que la política de privatizaciones estuvo orientada no sólo hacia los servicios públicos sino también hacia los hidrocarburos y, de manera más amplia, hacia la totalidad de los recursos naturales. Así, por ejemplo, mediante diferentes reformas constitucionales y legislativas las nuevas normas jurídicas institucionalizaron la autoexclusión del Estado como agente productivo y la consecuente exclusividad del sector privado como único actor autorizado a explotar los recursos naturales.
Se sentaron entonces las bases del Estado metarregulador, lo cual implicó la generación de nuevas normas jurídicas que garantizaron la institucionalización de los derechos de las grandes corporaciones así como la aceptación de la normativa creada en los espacios transnacionales. En menos de diez años, las grandes compañías transnacionales hegemonizaron el mapa socioproductivo en el sector minero, pesquero, petrolero, entre otros. El fenómeno de reprimarización de la economía, basado en la explotación de los recursos naturales no renovables por parte de actores transnacionales y sus socios locales, estaba en marcha.
En este sentido, resulta importante destacar cuatro cuestiones mayores, que recorren y dan encarnadura específica a este libro. En primer lugar, aclarar a qué tipo de minería hacemos referencia cuando hablamos de nueva minería o minería a gran escala. Aun si las consecuencias económicas pueden ser homologadas, lejos estamos de aquella minería de socavón, propia de otras épocas, cuando los metales afluían en grandes vetas, desde el fondo de las galerías subterráneas. En la actualidad, los metales, cada vez más escasos, se encuentran en estado de diseminación y sólo pueden ser extraídos a través de nuevas tecnologías, luego de producir grandes voladuras de montañas por dinamitación, a partir de la utilización de sustancias químicas (cianuro, ácido sulfúrico, mercurio, entre otros) para disolver (lixiviar) los metales del mineral que los contiene. En suma, lo particular de este tipo de minería (a cielo abierto), diferente de la tradicional, es que implica niveles aun mayores de afectación del medio ambiente, generando cuantiosos pasivos ambientales, al tiempo que requiere tanto un uso desmesurado de recursos –entre ellos el agua y la energía, imprescindibles para sus operaciones– como la intervención de manera violenta en la geografía de los territorios para la explotación.
En segundo lugar, si las implicaciones socioambientales son ciertamente gravosas y nos colocan ya en el centro de un paradigma productivista, sumamente cuestionado desde diferentes vertientes del pensamiento (ecología política, indigenismo, economía social), a esto hay que añadir que lejos también estamos de asistir a la expansión de un modelo “nacional” de desarrollo. Antes bien, en nuestro país la expansión y el control de la nueva megaminería a cielo abierto es potestad exclusiva de las grandes empresas transnacionales, gracias al marco regulatorio sancionado en los 90 y confirmado por las sucesivas gestiones (desde Carlos Menem, pasando por Néstor Kirchner, hasta Cristina Fernández de Kirchner). Así, la reprimarización de la economía auguraba que, en el curso de pocos años, el Estado nacional consagraría a la megaminería, incluida la uranífera destinada a energía, “planes estratégicos” declarados de interés público por el gobierno argentino.
La continuidad de la política, el involucramiento de la estructura del Estado nacional y, por supuesto, el compromiso aún mayor de sus homólogos provinciales demuestran hasta qué punto este tipo de minería se ha convertido en política de Estado. Como se afirma en uno de los artículos de este libro, un ejemplo por demás elocuente de ello es el veto presidencial producido a fines de 2008 a la ley de protección de los glaciares (ley 24.618), votada por una amplia mayoría del Congreso Nacional, y que constituye de parte del actual gobierno un claro gesto de apoyo a los intereses de la minería transnacional, en este caso en favor de la compañía Barrick Gold. A través del proyecto binacional Pascua-Lama, compartido con Chile, esta empresa se encamina a desarrollar una explotación de oro y plata sobre los glaciares de altura en la región cordillerana. Asimismo, en diciembre de 2008 la presidenta Cristina Fernández de Kirchner declaraba de “interés nacional” la explotación de potasio en Mendoza, por parte de la transnacional Rio Tinto; antes de conocerse el informe de impacto ambiental, y de manera simultánea en diciembre último, entregaba a esa empresa 60 hectáreas en el puerto de Bahía Blanca. En tal sentido, y sin minimizar el papel protagónico de los estados provinciales, no cabe duda de que ha sido y es el gobierno nacional el que ha ratificado y fortalecido la megaminería, poniendo todo el aparato del Estado, sus instituciones, al servicio del modelo minero.
El tema no es menor porque si bien, como hemos dicho, lejos estamos de cualquier tipo de “modelo de desarrollo nacional”, esto no ha sido impedimento para que el Estado asumiera una narrativa desarrollista, en consonancia con las grandes empresas trasnacionales, en busca de la legitimación social del modelo y en nombre de una “responsabilidad social”, que oculta de manera sistemática los graves impactos sociales y ambientales de tales emprendimientos. Claro que esta narrativa desarrollista no es exclusiva de la Argentina. En efecto, en los últimos años, la expansión vertiginosa del modelo extractivoexportador, del modelo de agronegocios y los grandes proyectos de infraestructura de la cartera del IIRSA han traído consigo en gran parte de la región latinoamericana una suerte de “ilusión desarrollista” (Svampa 2008a), habida cuenta que, a diferencia de los años 90, las economías se han visto favorecidas por los altos precios internacionales de los productos primarios (commodities), como se refleja en las balanzas comerciales y el superávit fiscal. La eficacia simbólica de esta narrativa puesta al servicio del “desarrollo” no puede ser desestimada, muy especialmente luego del largo período de estancamiento y regresión económica de las últimas décadas. Antes bien, ella propiciará el despliegue de nuevos esquemas binarios, que buscarán retrazar una distancia entre el ayer de la crisis y el presente productivo, devenido futuro promesante (Antonelli, 2007a). De modo que, en esta coyuntura favorable, a menos hasta la actual crisis económica internacional, no son pocos los gobiernos de la región que han relegado en un segundo plano o sencillamente escamoteado las discusiones acerca de los modelos de desarrollo posible, habilitando así el retorno en fuerza de una visión productivista.1
Convengamos que se ha escrito mucho acerca de las dificultades que una gran parte de los movimientos sociales actuales tienen para comprender e involucrarse en la compleja dinámica de reconstrucción del Estado, en el marco de procesos nacionales caracterizados por una fuerte retórica antineoliberal. Incluso se ha criticado la visión simplificada y, por momentos, dogmáticamente autonómica de movimientos y organizaciones sociales, proclives a ignorar las ambivalencias y los dilemas que afrontan aquellos gobiernos que hoy supuestamente se proponen como objetivo un cambio en las relaciones de fuerza social. Sin embargo, muy poco se ha hablado acerca de la narrativa desarrollista que hoy sobrevuela el continente, asociada especialmente al paradigma extractivista, y del ocultamiento de las consecuencias que estas dinámicas conllevan tanto en términos de reconfiguración productiva como de horizonte de expectativa social.
Hay que destacar que la Argentina no posee un pasado minero importante, como efectivamente sucede con otros países latinoamericanos, como Chile, Bolivia y Perú. Sin embargo, debido a las posibilidades de explotación que ofrecen estas nuevas tecnologías, en la actualidad nuestro país ocupa el sexto puesto en el mundo en cuanto a su potencial minero, y los informes consignan que 75% de las áreas atractivas para la minería todavía no han sido sometidas a prospección. No obstante, pocos argentinos están al tanto de que la actividad minera proyecta extenderse por toda la larga franja cordillerana, precordillerana y zonas montañosas, desde el norte del país hasta el extremo sur de la Patagonia. Si hemos de seguir los escasos datos aportados por la Secretaría de Minería, visiblemente interesada en mostrar el crecimiento espectacular del sector (la mirada productivista), pero ocultando información fundamental sobre la descripción y el estado de avance de los proyectos, entre 2003 y 2007 el total de inversiones acumuladas en el país fue multiplicado por más de ocho: pasó de 660 millones de dólares a 5.600 millones de dólares. El crecimiento acumulado de proyectos fue más increíble todavía: aumentó un 740% en esos cuatro años, para llegar en 2007 a un total de 336 proyectos, en diferentes grados de avance. De este modo, aunque en el presente el modelo minero posee un rol “subordinado” o “secundario”, su proceso de implementación presenta características vertiginosas y muy similares a las de otros países latinoamericanos, hechos que favorecen la desinformación y dificultan, por ende, la discusión pública sobre la problemática.
En esta misma línea, en la medida en que nuestro país no proviene de una economía minera a gran escala, el modelo minero presenta una particular producción sociodiscursiva y cultural a nivel de todos los actores involucrados. Ésta es una diferencia cualitativa que aporta una especificidad al escenario de las transformaciones en la Argentina, y que abordamos en este libro. Por ello, a diferencia de otros “modelos de desarrollo” que, más allá de sus transformaciones, se sitúan en la “continuidad imaginaria” (un país agrario) o en el “retorno de la normalidad” (la Argentina industrial), el modelo ligado a la megaminería a cielo abierto requiere no sólo inscribirse en las significaciones del presente modelando visiones de futuro sino fundar un linaje, una genealogía honorable y unos mitos de origen, para volver deseable y razonable la “Argentina minera”. En función de ello, como afirmamos en uno de los capítulos de este libro, el de Mirta Alejandra Antonelli, adquieren especial importancia las estrategias narrativas, argumentativas, retóricas y dramatológicas (o de puestas en escena) mediante las cuales se construye, enuncia y visibiliza la legitimidad dominante del modelo minero y su autorización estatal en discursos público-mediáticos de actores hegemónicos.
Por otro lado, muy poco se ha hablado de las resistencias sociales que han venido generando los emprendimientos mineros a lo largo de nuestra extensa geografía. Así, uno de los datos novedosos, al compás del crecimiento de los conflictos ambientales, es precisamente el surgimiento de numerosas organizaciones de autoconvocados, en más de quince provincias argentinas, organizaciones que adoptan un formato asambleario. En la actualidad, existen unas setenta asambleas de base, nucleadas desde 2006 en la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC) y erigidas hoy en verdaderos territorios de resistencia. Como será dicho en varias oportunidades en este volumen, la primera experiencia –exitosa, por cierto– desarrollada por una población para evitar la instalación de una explotación minera fue protagonizada por los vecinos de Esquel, provincia del Chubut, en 2003. Sin embargo, la experiencia que tuvo el mérito de colocar en la agenda pública la nueva cuestión socioambiental, a nivel nacional, fue Gualeguaychú, entre 2005 y 2006, a causa del conflicto por la instalación de las pasteras sobre el río Uruguay, que trajo como correlato un enfrentamiento sordo entre el gobierno argentino y el de la República del Uruguay. Recordemos que este conflicto fue considerado por el entonces presidente Néstor Kirchner, en 2006, como una “causa nacional”; pese a que luego el propio gobierno de Cristina Fernández de Kirchner impulsaría activamente el cuestionamiento y hasta la demonización de la Asamblea Ambientalista de Gualeguaychú, muy especialmente a inicios de 2009, con el objeto de que levantaran el corte al puente internacional que une la Argentina con Uruguay, luego de casi dos años de bloqueo. Por paradójico que pueda parecer, la instalación de la agenda socioambiental, capitalizada políticamente por el gobierno de los Kirchner, lejos estuvo de servir a la apertura de la discusión de otras causas socioambientales; antes bien, sirvió para el ocultamiento y la denegación de otros conflictos que ya comenzaban a recorrer a diferentes provincias argentinas, a raíz de la introducción del modelo minero.
Como afirmamos en este volumen, los nuevos movimientos contra la minería a cielo abierto son conscientes de que han sido arrojados a un campo de difícil disputa y de posiciones claramente asimétricas, en el cual los adversarios van consolidando cada vez más una densa trama articulada, con efectos multiplicadores y complejos, en pos de la legitimación del modelo minero. Así, el correlato del dispositivo hegemónico, puesto al servicio de un modelo de desarrollo, va desde el avasallamiento de los derechos de las poblaciones –entre ellos, los derechos territoriales de las poblaciones indígenas, reconocidos por los más diversos tratados internacionales incluidos en nuestra Constitución Nacional–, la destrucción de patrimonios arqueológicos, la instalación de explotaciones en zonas protegidas, hasta las más diversas estrategias de disciplinamiento, que incluyen desde la violación de procesos ciudadanos, por ejemplo, a través de la derogación de leyes prohibitivas de la minería o el silenciamiento a la población, impidiendo u obturando la posibilidad de llevar a cabo consultas populares en las comunidades afectadas. En este contexto, la megaminería a cielo abierto termina configurándose como una figura extrema, un suerte de modelo descarnado, en el cual las más crudas lógicas del saqueo económico y la depredación ambiental se combinan con escenarios regionales caracterizados por una gran asimetría de poderes, que parecen evocar la lucha desigual entre David y Goliat.2
En este sentido, resulta interesante destacar que, en los últimos años, este tipo de minería ha sido prohibida en Turquía (1997), República Checa (2000), Nueva Gales del Sur, Australia (2000), estado de Montana, Estados Unidos (1998) y los condados de Gunnison (2001), Costilla (2002) y Summit (2004) del estado de Colorado, Estados Unidos, y República de Alemania (2002). En América Latina, el único país que ha sancionado una ley prohibiendo la minería a cielo abierto con sustancias tóxicas es Costa Rica (2002). La lucha iniciada en 1997 contra la instalación de una empresa minera en Cotacachi, Ecuador, hizo que éste se convirtiera en el primer “cantón ecológico”, por ordenanza municipal. Luego, le siguieron mediante la vía de la consulta popular, Tambogrande, Perú (2002, el primer plebiscito por este tema en América Latina) y Esquel, Argentina (2003). En años recientes, se han realizado dos consultas más en Perú, Piura y Cajamarca (ambos en 2007) y tres en Guatemala: Sipacapa (2005), Huehuetenango (2006) e Ixtahuacan (2007).
Como veremos en este volumen, en nuestro país, luego de la consulta popular de Esquel, y gracias a la articulación de las resistencias, siete provincias argentinas han sancionado una legislación que prohíbe la minería, con algún o varios tipos de sustancias tóxicas. Sin embargo, como lo muestra de manera escandalosa el caso de La Rioja (donde la ley de prohibición a la megaminería fue sancionada en 2007 y derogada un año más tarde, por el mismo gobernador), en la Argentina las diferentes leyes provinciales lejos están de constituir una garantía absoluta, frente a los grandes intereses económicos en juego. Así, pese a la preocupación que existe en medios empresariales por la multiplicación de las resistencias y las nuevas legislaciones del no, las inversiones en minería han aumentado notablemente en el último año: como señalaba un medio especializado, en enero de 2009, con un lenguaje claramente productivista:
La exploración de riesgo en la actividad minera argentina marcó un nuevo pico histórico durante 2008. De acuerdo con datos oficiales, se perforaron 665.945 metros en todo el país, alcanzando un crecimiento del 11% respecto del año 2007 […] El volumen de reservas minerales desde 2003 a la actualidad se cuadruplicó, encontrándose nuevos potenciales yacimientos en las provincias de Santa Cruz, Neuquén, San Juan, Jujuy y Salta, entre otras. (http://puestaenobra.blogspot.com/2009/01/mineria-nuevo-record-para-el-sector-en.html)
Por último, la reticencia calculada desde el ámbito político-empresarial respecto de no propiciar condiciones para el debate público sobre el modelo extractivo exportador minero nos plantea preocupantes interrogantes sobre el escenario democrático argentino en relación con cuestiones centrales. La primera de ellas concierne a los procesos electorales, las prácticas de representación delegativa y la capacidad de injerencia y presión de las corporaciones sobre las decisiones ciudadanas y judiciales. La segunda involucra a la opacidad del Estado en cuanto a su obligación de garantizar a la ciudadanía el derecho al acceso a la información de interés público. Este aspecto reviste particular gravedad, por ejemplo, en lo que a las obras de infraestructura de IIRSA respecta, puesto que su carácter velado inhibe que se puedan producir y dar a conocer estudios de derechos humanos y medio ambiente. Asimismo, permite mantener en un cono de sombras los endeudamientos internacionales para su realización y el otorgamiento de fondos que los superpoderes destinan al ministerio de Obra Pública e Infraestructura, a cargo de Julio De Vido, para las obras que las empresas transnacionales requieren. Esta opacidad es la que posibilita, además, retóricas políticas y usos coyunturales: la del progreso y la celebración del Bicentenario, primero, y “el desafío para afrontar los efectos de la crisis internacional”, actualmente. Por último, preocupa también el casi monolítico silencio estratégico del Poder Ejecutivo Nacional ante los numerosos y fundados pedidos de informes sobre distintas problemáticas y hechos relevantes sobre la megaminería, en los que están involucrados actores empresariales, políticos y funcionarios públicos de distintas jurisdicciones y áreas del organigrama del Estado nacional y provinciales. En tal sentido obra en el Congreso Nacional un conjunto significativo de estos pedidos, elevados por diputados y senadores nacionales de distintas provincias y diferente extracción partidaria.3
El escenario así esbozado nos confronta, a manera de “termómetro de la democracia”, no sólo con la administración sesgada de la información por parte del Estado sino también con la capacidad de manejo de la información por parte de las empresas transnacionales. Más allá de la colonización del discurso público y la descalificación hacia las asambleas ciudadanas –constatación no menor para dar cuenta de los obstáculos para la construcción de agenda y el debate públicos–, resulta preocupante, a la vez que sintomático, el rol que están cumpliendo para la construcción de consenso social acrítico, empresas de medios de comunicación, tanto de alcance nacional, como de las provincias de la “Argentina, haciéndose minera”.
Sobre este libro
Los artículos presentados aquí buscan abordar los aspectos reseñados. Así, los primero cuatro capítulos tienen un carácter general, en la medida en que se proponen realizar una primera aproximación a la problemática, dar cuenta de los diferentes procesos de construcción de consenso, la evolución de los proyectos mineros y su relación con el IIRSA, y por último, los avatares de las resistencias sociales.
Así, el primero de los artículos, de Maristella Svampa, Lorena Bottaro y Marian Sola Álvarez, “La problemática de la minería metalífera a cielo abierto: modelo de desarrollo, territorio y discursos dominantes”, es un texto introductorio que da cuenta de las características generales del modelo minero, la legislación que lo ampara, al tiempo que presenta una serie de conceptos que atraviesan el lenguaje de los movimientos socioambientales (la valoración del territorio) y de las empresas transnacionales en alianza con el Estado (desarrollo sustentable, responsabilidad social empresarial, gobernanza).
El segundo artículo, “Minería transnacional y dispositivos de intervención en la cultura. La gestión del paradigma hegemónico de la «minería responsable y el desarrollo sustentable»”, de Mirta Antonelli, analiza el discurso transnacional sobre la megaminería como poder semiótico del capital, con eficacia simbólica global, tal como se viene consolidando luego de la sanción de la nueva legislación minera, y las condiciones de asimetría en las que, desde hace poco más de un lustro, se establecen campos de tensiones y se ejercen las disputas y conflictos en torno a los sentidos del desarrollo y el modelo de sociedad deseable. Como parte de las estrategias centrales, se abordan conceptos como el de “desarrollo sustentable”, “minería socialmente responsable”, “responsabilidad social empresarial” y “gobernanza”, que aparecen como condensadores de sentido en torno a pobreza, género, inclusión, biodiversidad, integración, entre otros. En el marco nacional, también analiza estratégicas voces universitarias y de agencias científico-tecnológicas públicas para que autoricen el modelo extractivo, coimplicando en ello la legitimidad de instituciones del Estado en un proceso de oposición y réplicas a los movimientos socioambientales y de descalificación de la sanción de leyes de prohibición de la minería a cielo abierto y con sustancias tóxicas en numerosas provincias argentinas.
El tercero, de María Eugenia Arias Toledo, “IIRSA: lógica de la interconexión, lógicas interconectadas”, analiza cómo los proyectos de IIRSA se enmarcan en planes de infraestructura destinados a facilitar el tránsito transfronterizo y a asegurar la circulación de ciertos bienes (como la energía) indispensables para esta industria minera. En este sentido, da cuenta del paralelismo existente entre la narrativa del desarrollo de IIRSA y la narrativa del desarrollo del Estado argentino con relación a la industria minera.
El cuarto artículo, de Maristella Svampa, Marian Sola Álvarez y Lorena Bottaro, “Los movimientos contra la minería metalífera a cielo abierto: escenarios y conflictos. Entre el «efecto Esquel» y el «efecto La Alumbrera»”, aborda la compleja y nunca acabada reconstrucción de los diferentes territorios de la resistencia, su evolución, sus estrategias, sus luchas, en las diferentes regiones y provincias argentinas. Un verdadero descenso a la geografía más profunda de nuestro país y la gramática de sus luchas, que da cuenta del carácter ineludible de estas resistencias que hoy convocan a mujeres y hombres de las comunidades amenazadas y, en algunos casos, ya afectadas, sin distinción de clase social, etnia o experiencia política, unidos por la experiencia vital de defender un estilo de vida y un territorio, en nombre del principio de autodeterminación de los pueblos. Basta recordar que a fines de 2008 existían aproximadamente setenta asambleas de base, en más de quince provincias argentinas, agrupadas en torno a la UAC, para dar cuenta de la envergadura de este nuevo fenómeno.
Los últimos cuatro capítulos abordan de manera específica los casos más resonantes que hasta ahora han signado la nueva cartografía minera del país, tanto en lo que se refiere a las resistencias como a los discursos y las prácticas de las empresas transnacionales y los estados provinciales. Así, el artículo de María Cecilia Marín, “El «no a la mina» de Esquel como acontecimiento: otro mundo posible”, aborda uno de los casos emblemáticos, suerte de referente o faro de los movimientos contra la megaminería a cielo abierto en nuestro país. Si bien el de Esquel es uno de los pocos casos hasta ahora tematizado por la bibliografía académica y reconocidos por la liturgia mediática, Marín recorre una vía poco explorada al realizar, desde una perspectiva sociodiscursiva, un análisis de las diferentes estrategias llevadas a cabo, de un lado, por el gobierno, a través de la propuesta avanzada de “zonificación”, y de otro, por la empresa Meridian Gold, para explicar el fracaso del referéndum de 2003 en términos de fallas en la “estrategia comunicacional”.
Por su parte, Horacio Machado Aráoz aborda el caso testigo por antonomasia, el de la mina Bajo La Alumbrera. En efecto, en su artículo “Minería transnacional, conflictos socioterritoriales y nuevas dinámicas expropiatorias. El caso de Minera Alumbrera (Catamarca)”, realiza un estudio detallado de las transformaciones socioterritoriales de esa provincia, a partir de la instalación de La Alumbrera, la primera explotación a cielo abierto en el país. Ésta se constituye en un caso ejemplar, en la medida en que, a diez años de su establecimiento, es posible realizar un balance acerca del impacto que en diferentes registros –económico, social, territorial– ha producido. Esto permite avanzar, como lo hace Machado Aráoz, en una serie de hipótesis explicativas más generales acerca de las diferentes dimensiones del proceso expropiatorio al que se ven sometidas las poblaciones.
El séptimo artículo, de Norma Giarracca y Gisela Hadad, “Disputas manifiestas y latentes en La Rioja minera. Política de vida y agua en el centro de la escena”, presenta los principales acontecimientos desde la formación de la asamblea de Chilecito-Famatina hasta finales de 2008. Como sostienen las autoras, la hipótesis central afirma que existen dos tipos de conflicto: por un lado, el conflicto explícito entre los pobladores con el emprendimiento minero y los funcionarios políticos que lo impulsan; por el otro, la disputa implícita y latente (en el sentido de “potencial”) entre esta actividad extractiva y la agroindustrial, imbricada con las ciudades y poblados. Esta disputa potencial, en torno del agua, como bien escaso en una zona semiárida, da cuenta de las características propias del modelo extractivo, que lo torna incompatible con el desarrollo de economías regionales, entre ellas las actividades agrícolas. Es importante destacar que el artículo da cuenta también de cómo el informe de impacto ambiental realizado por la empresa Barrick Gold oculta la importancia de la economía regional, verdadero nodo de la vida de las poblaciones, a fin de minimizar los efectos socioeconómicos y territoriales del emprendimiento.
El último artículo, “La construcción de San Juan como capital nacional de la minería: el concierto de voces entre el Estado y los medios de comunicación”, un trabajo de Mauro Orellana, Silvina Giovannini, Angélica Vega y Dolores Rocchietti, se centra nada menos que en el núcleo duro del modelo minero, la provincia de San Juan. Así, el texto analiza la reubicación de San Juan en el espacio hegemónico, cuyo gobernador José Luis Gioja ha sido uno de los impulsores de la ley minera durante los 90. Discurso productivista, conceptos de resonancia global, redes estratégicas, apelación a la historia en clave no sólo argentina sino también latinoamericana alternan en el centro de una narrativa estatal, que tiende a instituir un discurso único (el monolingüismo) al servicio de la difusión y defensa acérrima del nuevo modelo minero.
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Antes de cerrar esta introducción, quisiéramos señalar ciertas preocupaciones y posicionamientos que recorren al conjunto de los autores y autoras de este libro. En primer lugar, nos interesa dejar en claro que ésta no es una compilación azarosa en torno de un tema específico. Los autores, si bien provienen de disciplinas diferentes –que van desde la sociología política, la sociológica rural hasta el análisis sociodiscursivo–, se proponen dar cuenta de un proceso complejo, cargado de hondas resonancias sociales, con una serie de categorías compartidas –como las de territorio, territorialidad, discurso global, modelo extractivo-exportador, narrativa del desarrollo, movimientos socioambientales–. Estas categorías abarcan y recorren el conjunto de los temas que dan el título a este libro, Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales.
Esta perspectiva compartida forma parte de un diálogo sostenido por los cuatro grupos de investigadores intervinientes, a lo largo de casi dos años, y cuya labor se desarrolla en diferentes universidades públicas: Universidad Nacional de General Sarmiento, Universidad Nacional de Córdoba, Universidad Nacional de Catamarca y Universidad de Buenos Aires. Nuestras respectivas investigaciones han sido financiadas exclusivamente por el sistema público de investigación (universidad nacional, Fondo Nacional de Investigación Nacional de Ciencia y Técnica –FONCYT– y Conicet). Asimismo, este libro ha contado para su publicación con el financiamiento parcial del proyecto “Actores sociales, demanda de derechos y espacios de ciudadanía en la Argentina contemporánea”, Área de Ciencias Sociales, Instituto de Ciencias, Universidad Nacional de General Sarmiento, financiado por el FONCYT (2006-2009) y dirigido por Maristella Svampa.
Gran parte de nosotros nos hemos conocido en el marco de nuestra participación como investigadores/as en los encuentros de la UAC, llevados a cabo entre 2007 y 2008: así, San Rafael de Mendoza, Chilecito y Famatina, Catamarca capital, Concepción del Uruguay, Capilla del Monte y Tunuyán fueron las ciudades convocantes, en las cuales, a la par que nos sumergíamos en las abigarradas problemáticas de las asambleas ciudadanas, empezamos a compartir e intercambiar hipótesis de trabajo, preocupaciones intelectuales y posicionamientos públicos. A lo largo de ese período y muy especialmente en los últimos tiempos hemos organizado y participado en diferentes jornadas de discusión académica, tanto en la Universidad Nacional de Catamarca (octubre 2007 y 2008), en la Universidad Nacional de Córdoba (septiembre de 2008) en la Universidad Nacional de General Sarmiento (octubre de 2008), así como dos encuentros de discusión y divulgación de la problemática en la Universidad de Buenos Aires (octubre y noviembre de 2008), lugares todos ellos en los cuales confrontamos nuestras hipótesis de investigación con diferentes actores académicos y sociales, entre ellos miembros de las propias asambleas ciudadanas, en el marco de un diálogo complementario y constructivo. Asimismo, algunos de los participantes hemos desarrollado otras actividades de divulgación (especialmente periodística) sobre estas temáticas.4
En segundo lugar, respecto del lugar de enunciación, cabe aclarar que ninguno de los trabajos aquí presentados está escrito desde una supuesta neutralidad valorativa o del distanciamiento propio de los “expertos”. Parafraseando a Boaventura de Sousa Santos, estos textos se proponen una objetividad propia del trabajo académico, pero de ninguna manera abogan por un lugar de supuesta neutralidad, discurso detrás del cual por lo general se esconden intereses de los más variados espacios de poder (económico, político, religioso, entre otros). Nuestra propuesta se inscribe así en el campo de la tradición de las ciencias sociales críticas. En una época en la cual muchos no dudan en convertir las universidades –tanto públicas como privadas– en verdaderas unidades de negocios, la nuestra es así una apuesta que busca retomar y afirmar el rol crítico que, creemos, debe jugar la universidad pública en la producción social de saber, así como en la discusión de los temas que recorren nuestra sociedad, en este caso, acerca de los modelos de desarrollo hoy vigentes.
Por último, creemos que, a esta altura de los tiempos, cualquier propuesta que se plantee como alternativa o modelo de desarrollo en una sociedad debe ser informado y sometido a la discusión pública. Éste no parece ser, sin embargo, el caso en nuestro país, donde tanto la ciudadanía como los intelectuales y la comunidad universitaria solemos llegar tarde a los debates, cuando la implementación de los modelos de desarrollo se presentan como hechos consumados. Así sucedió con el modelo sojero, más allá de las solitarias voces de advertencia incansablemente machacadas durante una década por Jorge Rulli y Adolfo Boy con su Grupo de Reflexión Rural (GRR) y algunos contadísimos académicos como el agrónomo Walter Pengue, o Norma Giarracca y Miguel Teubal, animadores, junto a alumnos y activistas, del Foro de la Tierra y la Alimentación. En realidad, la apertura de una discusión pública sobre ese modelo (el alcance de sus transformaciones, su relación con el Estado, sus consecuencias sociales, económicas y ambientales) fue más bien tardía y parcial, tal como hemos podido ver entre marzo y julio de 2008 (y sus reediciones posteriores), a causa del conflicto entre el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y los diferentes sectores agrarios, como producto del aumento de las retenciones al sector, entre otros factores emergentes.
Hoy, el riesgo es que por indiferencia, desconocimiento, omisión o complicidad activa dejemos pasar por delante de nuestras narices la discusión del modelo minero, cuya puesta en marcha se viene realizando de manera vertiginosa, sin consulta a las poblaciones involucradas. De este modo, la emergencia y la multiplicación de territorios de resistencia –tanto el de las “comunidades del no” como el de los movimientos socioambientales– se han ido cristalizando en un contexto de obscena asimetría y frente al ocultamiento –político, mediático, empresarial– de las consecuencias socioambientales.
En suma, este libro sobre la megaminería en la Argentina –que sin duda constituye una primera exploración de un proceso todavía abierto– se propone aportar un análisis crítico de las formas que adopta el discurso hegemónico y los nuevos mecanismos de expropiación y dominio, así como traer a la palestra una verdadera discusión –pública y académica– sobre las complejas dimensiones, los múltiples niveles y sentidos que hoy recubren el término “desarrollo”. Con ello esperamos poder contribuir, aunque sea modestamente, a abrir el necesario debate público que exigen estas problemáticas.
Buenos Aires-Córdoba, enero de 2009
1. Uno de los pocos países en los cuales se ha intentado llevar a cabo una discusión sobre el modelo extractivista exportador (respecto del petróleo y de la minería a gran escala) es Ecuador, lo cual se vio reflejado inicialmente a través de la composición del gabinete, dividido entre “extractivistas” y “ecologistas”. Dentro del gobierno de Rafael Correa, las posiciones ecologistas eran reflejadas por el influyente Alberto Acosta, quien fuera primero ministro de Energía y luego presidente del la Asamblea Constituyente. La propia Asamblea planteó, en un momento determinado, declarar a Ecuador “libre de minería contaminante”. Los resultados, sin embargo, fueron otros: efectivamente la Asamblea Constituyente declaró el 18 de abril de 2008 la caducidad de miles de concesiones mineras presuntamente ilegales y puso en vilo millonarios proyectos extractivos, mientras se aprobaba un nuevo marco legal para ampliar el control estatal en la industria. En este sentido, como plantea Mario Unda (2008), “la reversión de las concesiones mineras debe entenderse como un mecanismo para obligar a las empresas mineras a renegociar bajo nuevas condiciones, dejando más recursos en el país, acogiendo reglamentaciones más claras y posiblemente un asocio con el Estado (para lo cual se plantea la creación de la Empresa Nacional de Minería)”. Finalmente, la nueva ley minera, aprobada en enero de 2009, perpetúa el modelo extractivista, desconociendo la oposición y el derecho a consulta de las poblaciones afectadas por la extracción de recursos naturales. Así, contrariando la expectativa de numerosas organizaciones sociales, el gobierno de Correa optó por un modelo neodesarrollista, subalternizando en la lucha política el debate acerca de los graves efectos sociales y ambientales de las actividades extractivas.
2. El caso más dramático en América Latina lo constituye Perú, donde las protestas de los comuneros, agrupados en la Conacami, contra los megaproyectos de minería, ya han dejado un saldo de varios muertos, heridos y centenares de comuneros judicializados (Palacio Paéz, Pinto y Hoetmer, 2008).
3. Un ejemplo de ello es dado por el diputado Eduardo Pastoriza, quien en otros tiempos integró el directorio de YMAD y en su reciente libro Catamarca, el gran despojo (2008), realiza numerosas denuncias y documenta esos pedidos parlamentarios sobre la Minera Alumbrera.
4. Véanse en la bibliografía los artículos de Norma Giarracca y Maristella Svampa.
La problemática de la minería metalífera a cielo abierto: modelo de desarrollo, territorio y discursos dominantes
Maristella Svampa, Lorena Bottaro y Marian Sola Álvarez *
No existe un solo ejemplo a lo largo y ancho del mundo en el que, luego de la explotación minera de las transnacionales, las poblaciones tengan el ansiado progreso, hayan elevado su calidad de vida, exista la remediación ambiental prometida; todo lo contrario, lo único que queda son las migajas de pequeñas donaciones, mayor empobrecimiento ambiental y humano.
Declaración del Encuentro de Pueblos por la Vida, Ecuador, enero de 2007
Pobre este gobierno que no puede generar otro desarrollo para nuestra provincia que el saqueo de nuestros bienes naturales vía la minería a cielo abierto. Pobre de ideas, pobre de gestión… pobre de vida.
Red Puna y Quebrada. Movimiento Nacional Campesino Indígena. Vía Campesina-Argentina, octubre de 2008
Fases de acumulación, modelo minero y nuevas resistencias
Más de uno debe preguntarse por qué existe cada vez más gente que se opone a la explotación de la minería a cielo abierto en nuestro país. ¿Será que los gobiernos y las grandes transnacionales mineras no transmiten correctamente las “ventajas” y las “oportunidades” del nuevo modelo? ¿Será que las poblaciones involucradas no están en condiciones de comprender el impacto que en términos de trabajo, progreso y desarrollo tendría la industria metalífera a gran escala, sobre todo en aquellas provincias pobres y relegadas de nuestra geografía? Éstos parecen ser los principales argumentos que repiten algunos funcionarios, técnicos nacionales y provinciales y, por supuesto, las grandes compañías mineras, que hoy buscan legitimar el modelo.
Como hemos visto en la Introducción, para entender la oposición cada vez mayor de las poblaciones a los emprendimientos mineros, hay que aclarar que la minería a cielo abierto es bastante diferente de la minería subterránea tradicional. Como explica el periodista y ambientalista Javier Rodríguez Pardo (2008a): “En 1900, Estados Unidos extraía minerales de cobre con una ley promedio del 5%, que en la actualidad es inferior al 0,4%; diferencia abismal que indica la escasez del «recurso». Este ejemplo se repite en casi todas las geografías y tipos de minerales. Los minerales remanentes se encuentran en estado de diseminación en la naturaleza y en partículas ínfimas dispersas en las rocas montañosas, razón por la cual es imposible extraerlos por los métodos y tecnologías de la minería tradicional. En su reemplazo, la industria minera ideó un método extractivo acorde a las nuevas condiciones: detecta por satélite aquellos sitios o yacimientos donde existe mayor concentración relativa de minerales, generalmente polimetálicos y diseminados en extensiones kilométricas”. Una vez localizado el mineral, se realizan mapeos topográficos y geológicos (trabajos geofísicos, investigaciones hidrogeológicas, aperturas de zanjas y pozos de reconocimiento). Se toman muestras para identificar la forma en la que se encuentra diseminado el mineral y mediante el cateo se define el área donde se localizará la explotación. Más tarde, se prepara el terreno, se abren caminos de acceso y se montan los campamentos para los empleados de la empresa.
Durante la explotación, “para apropiarse de los minerales y concentrarlos, la minera debe primero producir la voladura de extraordinarias cantidades de suelo, montañas enteras que son convertidas en rocas y luego trituradas hasta alcanzar medidas ínfimas, para posteriormente aplicárseles una sopa de sustancias químicas licuadas con gigantescas cantidades de agua, que logran separar y capturar los metales del resto de la roca (proceso de lixiviación). Las sustancias químicas empleadas son cianuro, mercurio, ácido sulfúrico y otras sustancias tóxicas, acumulativas y persistentes, de alto impacto en la salud de las personas y el medio ambiente” (Rodríguez Pardo, 2008a).
Asimismo, la minería a cielo abierto no requiere únicamente la utilización de sustancias tóxicas que implican altos niveles de afectación del medio ambiente y deja cuantiosos pasivos ambientales sino también un uso desmesurado de recursos, entre ellos el agua y la energía. En efecto, a causa de la escasez y su estado de diseminación, cuanto más baja es la ley del mineral (la concentración de oro, plata, cobre, etc., presente en las rocas y en el material mineralizado de un yacimiento), mayor es la cantidad de explosivos y volúmenes de agua que se requiere. Esto explica la utilización de miles de litros de agua dulce por minuto, generalmente extraída de los ríos cercanos, los glaciares y los acuíferos. Como explica Horacio Machado en este libro, Minera Alumbrera obtuvo del gobierno de Catamarca un permiso de extracción de 1.200 litros de agua por segundo (alrededor de 100 millones de litros por día) que obtiene de una reserva natural de agua fósil cercana. Lo mismo sucede con otro insumo básico de la minería actual, la energía. Así, en 2003, para La Alumbrera el consumo de energía fue de 764,44 GW, lo cual equivale al 170% del total del consumo de la provincia de Catamarca y al 87% de la de Tucumán. Por supuesto, todos estos datos, que no son incluidos en el costo final de la producción y son subsidiados por el Estado, presagian nuevos problemas: desde la escasez de agua a la demanda de construcción de nuevas represas hidroeléctricas, enteramente al servicio de las compañías mineras, algo ya previsto para los futuros emprendimientos.
Bien cabe preguntarse cuáles son las razones que explican el carácter tan vertiginoso del nuevo modelo minero, en un país donde tradicionalmente la minería ha sido una actividad secundaria. Como hemos indicado en la introducción, la implementación del actual modelo forma parte de un movimiento mayor, que involucra al conjunto de la región latinoamericana. En efecto, recordemos que el impulso del capitalismo neoliberal posdictaduras ha conocido diferentes fases en América Latina: un primer momento, en los 90, estuvo marcado por la desregulación económica, el ajuste fiscal, la política de privatizaciones (de los servicios públicos y de los hidrocarburos), así como por la introducción del modelo de agronegocios. Esta primera fase, en la cual se sentaron las bases del Estado metarregulador,1 implicó la generación de nuevas normas jurídicas, que favorecieron no sólo la implantación de capitales extranjeros sino que garantizaron la institucionalización de los derechos de las grandes corporaciones, así como la aceptación de la normativa creada en los espacios transnacionales. Al mismo tiempo, estas orientaciones contribuyeron a consolidar un modelo económico basado en la reprimarización de la economía, altamente dependiente de los mercados externos, al tiempo que profundizaron las bases del Estado patrimonialista (Svampa, 2005), de cara a la fuerte imbricación entre los gobiernos, en sus diferentes niveles, con los grupos económicos privados.
En continuidad con el momento anterior, en la actualidad asistimos a una segunda fase, caracterizada por la generalización del modelo extractivo-exportador, basado en la explotación de recursos naturales no renovables, necesarios para alimentar el nivel de consumo sostenido y el modelo de acumulación vigente. En otros términos, la actual etapa expresa una demanda cada vez mayor de los países desarrollados hacia los países dependientes, en términos de materias primas o de bienes de consumo, lo cual aparece reflejado en la expansión de las fronteras hacia territorios antes considerados como “improductivos”: la frontera agrícola, del petróleo, de la minería, de la energía, de las plantaciones celulósicas (Martínez Allier: 2004). Tal expansión genera transformaciones mayores, en la medida en que reorienta completamente la economía de pueblos enteros y sus estilos de vida, y amenaza en el mediano plazo la sustentabilidad ecológica. La minería a cielo abierto, el modelo de agronegocios, la construcción de grandes represas, los proyectos previstos por Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA) y prontamente los llamados “agrocombustibles” ilustran cabalmente esta nueva división territorial y global del trabajo en el contexto del capitalismo actual.
Esta desigual división del trabajo, que repercute en la distribución de los conflictos ambientales, perjudica sobre todo a las poblaciones pobres, que presentan una mayor vulnerabilidad. Esta situación es ejemplificada por los pueblos indígenas y campesinos, que pujan por la defensa de sus derechos territoriales, reconocidos formalmente por gran parte de las constituciones latinoamericanas, ante el avance de la frontera forestal, las grandes represas, la privatización de las tierras o el boom de la soja transgénica. En términos de David Harvey (2004), la actual etapa de expansión del capital puede ser caracterizada como de “acumulación por desposesión”,2 proceso que ha producido nuevos giros y desplazamientos, colocando en el centro de disputa la cuestión acerca del territorio y el medio ambiente. Asimismo, la nueva etapa también aparece asociada a nuevos mecanismos de desposesión, como la biopiratería o la apropiación de formas culturales y cultivos tradicionales pertenecientes a los pueblos indígenas y campesinos.
En este contexto, uno de los hechos más notorios del período ha sido el surgimiento y la expansión de movimientos socioambientales, entre los cuales se destacan los movimientos en contra de la minería a gran escala y a cielo abierto. En efecto, desde 1999, sobre todo en la larga franja que ocupa la cordillera de los Andes, desde Guatemala y Ecuador, pasando por Perú, hasta Chile y Argentina, se han originado una multiplicidad de resistencias, movilizaciones campesinas y asambleas de autoconvocados frente a la expansión de grandes proyectos mineros que amenazan con afectar severamente las condiciones y la calidad de vida de las poblaciones.
Estos movimientos se nutren de otros preexistentes, al tiempo que comparten aquellos rasgos y dimensiones que hoy atraviesan a gran parte de los movimientos sociales latinoamericanos, entre ellos, la territorialidad, la combinación de la acción directa con la acción institucional, la democracia asamblearia y la tendencia a la autonomía.3 Una dimensión central que atraviesa a los movimientos contra la minería a cielo abierto es la multiescalaridad4 del conflicto, que tiene lugar en el marco de un entramado complejo en el cual se encuentran involucrados actores sociales, económicos y políticos (actores locales, regionales y/o provinciales, estatales y globales). En la dinámica multiescalar, “lo global” y “lo local” se presentan como un proceso en el que se cristalizan, por un lado, alianzas entre empresas transnacionales y Estados que promueven un determinado modelo de desarrollo y, por otro lado, resistencias de las comunidades locales que no comparten tal modelo ni los estilos de vida que éste impone.
Las reformas de los 90 en la legislación minera
La minería tiene que ser una política de Estado, como tal debe perpetuarse y debe garantizar a los inversores el marco adecuado y necesario para llevar adelante este tipo de inversiones a largo plazo.
Julián Rooney, vicepresidente de Minera Alumbrera, en Panorama Minero, 277, noviembre de 2002
Es por eso que el compromiso de nuestra gestión, y eso han debido escucharme decir muchas veces, se cimienta en la defensa irrestricta y en el respeto por las condiciones mediante las cuales los inversores decidieron invertir en nuestro país y nuestro Estado les fijó reglas que nosotros deseamos que se respeten.
Jorge Mayoral, secretario de Minería, Seminario Oro Argentina 2002
Como en otros países de la región, en la Argentina la introducción de este modelo fue posible gracias a una serie de leyes promulgadas en los 90, durante los dos mandatos de Carlos Menem (1989-1995, 1995-1999). La reforma constitucional de 1994 fue evidentemente un parteaguas, pues implicó un cambio profundo en relación con la explotación de los recursos naturales; por un lado, consagró la provincialización de los recursos naturales (gas, petróleo, minería), que dejó de depender del Estado central; por otro lado, marcó la renuncia del Estado (nacional y provincial) a la explotación de aquéllos, lo que dio paso a una obligada privatización. En el campo de la minería, se estableció un conjunto de medidas que consistieron en el otorgamiento de beneficios y exenciones al capital transnacional, algunas de las cuales son las siguientes: estabilidad fiscal por treinta años, exención del pago de los derechos de importación, deducción del 100% de la inversión en el impuesto a las ganancias, exención al descubridor del yacimiento del pago del canon por tres años; en cuanto al pago de regalías, se establece un porcentaje máximo del 3% al valor boca mina declarado por la empresa (y del cual se descuentan los costos que implica el proceso desde su extracción hasta el traslado para la exportación), exención a las empresas del pago de retenciones por exportaciones y la no obligación de liquidar divisas en el país.
El Código Minero, que desde su elaboración en la década de 1880 no había sufrido mayores modificaciones, vio alteradas incluso ciertas restricciones que regían desde la época de la colonia. Se eliminaron así las limitaciones en cuanto al tamaño de las concesiones de exploración y explotación, al tiempo que se ampliaron los plazos de arrendamiento y usufructo de minas. El Código vigente define las minas como bienes privados de la Nación o de las provincias, según el territorio en que se encuentren. También declara expresamente que el Estado no puede explotar ni disponer de ellas y por eso les concede a los “particulares la facultad de buscar minas, de aprovecharlas y disponer de ellas como dueños” (Código de Minería, art. 8º). En las minas que contienen sustancias metalíferas el suelo es definido como “accesorio”, lo cual implica que no pertenecen al propietario de la tierra en la que fueron descubiertas sino a la provincia. Es en este nivel de gobierno, entonces, donde radica la facultad de otorgar la concesión de explotación de las minas que fueran descubiertas y las caducadas y vacantes.
La construcción de un andamiaje legal específico fue acompañada desde el Banco Mundial mediante el Programa de Asistencia a la Minería Argentina (PASMA), cuyo principal objetivo fue realizar reformas regulatorias e institucionales tendientes a alentar la inversión privada en minería (SECYT, Plan Nacional Plurianual 1998-2000, Anexo Minería). El proyecto tuvo una duración de seis años (1995-2001) y se ejecutó a nivel del Estado nacional y seis provincias. Posteriormente, se llevó adelante la segunda fase, que incluyó esta vez a diecisiete provincias. Entre los componentes del proyecto se encuentran el desarrollo del marco institucional, el sistema de catastro y registro minero, el manejo ambiental, el sistema unificado de información minera.
Asimismo, se implementó una legislación de “facilitación fronteriza” para que los límites entre Argentina y Chile y sus consecuentes incumbencias no fueran un impedimento para la explotación a ambos lados de la cordillera de los Andes. El Tratado de Integración y Complementación Minera con Chile, firmado en julio de 1996, rige la explotación integrada de yacimientos compartidos por los dos países. Mediante ese tratado, en su rol de Estados metarreguladores, los Estados nacionales de Chile y Argentina transfirieron poder de decisión y soberanía, configurándose así una suerte de soberanía supranacional, a saber, un territorio donde se desdibujan las fronteras y se genera una legalidad propia a los intereses mineros. Como afirma Nicolás Gutman (2007): “En el tratado no existe cláusula alguna que preserve la integridad de los parques y reservas –tanto provinciales como nacionales– ni de las áreas turísticas que se encuentran en su ámbito de aplicación”. En el marco de este tratado, el primer emprendimiento que proyecta desarrollarse se denomina Pascua-Lama, localizado, en nuestro país, en la provincia de San Juan.
Según Hernán Schiaffini (2004):
En el período 1992-1999 la cantidad de empresas mineras trabajando en el país crece de 4 a 80, entre las que se cuentan desde algunas de las más grandes del mundo como Barrick, Rio Tinto, hasta otras de pequeña y mediana envergadura conocidas como junior, principalmente de origen canadiense, entre las que se cuenta Meridian Gold. Las junior canadienses hicieron punta en la exploración, junto con un número de empresas pequeñas, muchas de ellas de capitales nacionales, que se ocuparon de los tramos de exploración para luego vender los derechos de explotación a mineras mayores.
En cuanto a su potencial minero, la Argentina ocupa el sexto puesto en el mundo, y 75% de las áreas atractivas para la minería todavía no han sido sometidas a prospección. Según el informe “Minería en números” (Secretaría de Minería), de 2008, “provenientes de veintitrés países de los cinco continentes, en 2007 llegaron inversiones destinadas a actividades de exploración, desarrollo de proyectos y producción de minerales por más de 5.600 millones de pesos, un crecimiento acumulado de 748% con respeto a 2003”. En términos de evolución de la producción, en 2007 fue de 14.400 millones, registrando un crecimiento acumulado de 253%, y en cuanto a las exportaciones de minerales y productos derivados, sumaron 7.950 millones de pesos, un 104% más que en 2003” (https://web.archive.org/web/20081215221818/www.mineria.gov.ar/pdf/mineriaennumeros.pdf).
Volviendo al marco regulatorio (que detallamos en el cuadro 1), éste fue impulsado por los gobernadores de las provincias hoy consideradas “mineras”, entre ellos por José Luis Gioja (San Juan, desde 2003) y Ángel Maza (La Rioja, 1995-2007). Hace unos años, el ex presidente Néstor Kirchner (2003-2007) no sólo confirmó la continuidad del modelo minero sino que lo declaró un “objetivo estratégico”. El gobierno de Kirchner avanzó incluso en la exención total de IVA para la minería y otros puntos estratégicos para el desarrollo del sector minero (Schiaffini, 2004). El discurso pronunciado por Néstor Kirchner en la presentación del Plan Minero Nacional en 2004 expresaba claramente una evaluación positiva de las transformaciones en la legislación minera realizada en la década anterior, así como el apoyo del gobierno nacional a la expansión de la actividad, para los próximos años, en todo el país:
Cuadro 1 Principales leyes nacionales que rigen la actividad minera (1993-2001)
| Ley | Fecha | |
| Ley 24.196 | Inversiones Mineras | Abril de 1993 |
| Ley 24.224 | Reordenamiento Minero | Julio de 1993 |
| Ley 24.227 | Creación de la Comisión Bicameral de Minería | Julio de 1993 |
| Ley 24.228 | Ratificación del Acuerdo Federal Minero | Julio de 1993 |
| Ley 24.402 | Régimen de Financiamiento y devolución anticipada del IVA | Noviembre de 1994 |
| Ley 24.498 | Actualización del Código de Minería | Julio de 1995 |
| Ley 24.585 | Protección Ambiental para la Actividad Minera | Noviembre de 1995 |
| Ley 25.243 | Tratado Binacional entre Argentina y Chile de Integración y Complementación Minera | Julio de 1996- diciembre de 1997 (suscripción de ambos países) |
| Ley 25.161 | Valor boca mina | Octubre de 1999 |
| Ley 25.429 | Actualización minera | Mayo de 2001 |
Fuente: Elaboración propia.
Más allá de una legislación que nosotros estimamos que fue positiva, que ayudó, y que evidentemente hoy estamos ante una posibilidad concreta de consolidar el proceso de inversión y de desarrollo minero en la Argentina con todas las calidades que marcaba con toda exactitud recién el responsable del área minera. También es cierto que creemos que en un proceso donde se consolide el desarrollo productivo, que ha comenzado […] en la provincia de San Juan en estos días, más procesos de investigación y de producción que se están poniendo en marcha en el resto de la Argentina, estamos absolutamente confiados en que este proceso se va a afirmar, que va a crecer la producción minera, la exportación, las fuentes de trabajo, que van a crecer fuertemente los ingresos. […] Por eso nosotros creemos y estamos dispuestos a ver un crecimiento fuerte del sector, apoyarlo fuertemente y a su vez escuchar qué políticas activas desde el gobierno nacional podemos promocionar para que evidentemente esto se agilice, la inversión sea más rápida y la dinamización del sector ayude a consolidar el proceso de crecimiento que la Argentina necesita para realmente colocarle un punto de inflexión a la crisis que nos tocó vivir. (Discurso de Néstor Kirchner durante la presentación del Plan Minero Nacional, 2004)
En el informe de gestión minera 2003-2007 la Secretaría de Minería de la Nación presenta sus articulaciones con otros ministerios, secretarías e institutos nacionales en el marco de la acción conjunta y de complementación que realizan bajo el paraguas del Plan Minero Nacional. Estas articulaciones cristalizan el compromiso de diferentes espacios del Estado nacional con la actividad minera en su conjunto.5
Con respecto a los proyectos vigentes,6 debemos consignar la gran dificultad para acceder a información oficial sobre el tema. A la baja calidad de la información disponible en la página oficial de la Secretaría de Minería, más preocupada por mostrar el crecimiento del sector que por difundir el estadio de avance de los proyectos y sus características, se suma la casi nula información oficial existente a nivel provincial en las respectivas páginas oficiales. Esta suerte de silencio informativo contrasta con las declaraciones triunfalistas de los funcionarios del sector. Así, según información recogida de la página oficial de la Secretaría de Minería de la Nación, los proyectos vigentes alcanzarían 336 emprendimientos mineros, lo cual significa un crecimiento de 740% con relación a 2003. Con respecto a la fase de explotación, se señala que existen nueve proyectos, de los cuales tres utilizan técnicas de explotación a cielo abierto: Bajo La Alumbrera (Catamarca), Veladero (San Juan) y Cerro Vanguardia (Santa Cruz). Sin embargo, otros medios señalan que proyectos como los de Gualcamayo, provincia de San Juan, y Manantial Espejo, provincia de Santa Cruz, ya estarían en funcionamiento; mientras que Agua Rica, provincia de Catamarca, pronto entraría en fase de explotación. Teniendo en cuenta estas fuentes y otras a las que hemos recurrido (CAEM, diarios y sitios especializados en internet), hemos elaborado el cuadro 2 (véase la página siguiente).
Asimismo, datos más recientes indican que en 2008 se habría alcanzado un récord histórico, con 403 proyectos en todo concepto, con inversiones superiores a los 7.350 millones de pesos. “Durante 2009 Argentina contará con catorce proyectos mineros en producción, de envergadura internacional, fruto de las políticas activas implementadas por el gobierno nacional y del trabajo conjunto con las operadoras mineras, que de esta manera afirman su compromiso con el país” (declaraciones del secretario de Minería de la Nación, Jorge Mayoral, http://puestaenobra.blogspot.com/2009/01/mineria-nuevo-record-para-el-sector-en.html).
Cuadro 2 Principales proyectos en producción
| Proyecto | Mineral | Ubicación |
| Farallón Negro Forma de explotación: subterránea | Oro | Catamarca (en explotación) |
| Bajo La Alumbrera Forma de explotación: cielo abierto | Cobre-oro | Catamarca (en explotación) |
| Mina Aguilar Forma de explotación: subterránea | Plomo, plata y cinc | Jujuy (en explotación) |
| Andacollo Forma de explotación: subterránea | Oro | Neuquén (en explotación) |
| Sierra Grande Forma de explotación: subterránea | Hierro | Río Negro (en explotación) |
| Veladero Forma de explotación: cielo abierto | Oro y plata | San Juan (en explotación) |
| San José-Huevos Verdes Forma de explotación: subterránea y cielo abierto | Oro y plata | Santa Cruz (en explotación) |
| Cerro Vanguardia Forma de explotación: cielo abierto | Oro y plata | Santa Cruz (en explotación) |
| Agua Rica Forma de explotación: cielo abierto | Cobre y oro | Catamarca (en construcción) |
| Lama Pascua Forma de explotación: cielo abierto | Oro y plata | San Juan (proyecto binacional, en construcción) |
| Manantial Espejo Forma de explotación: cielo abierto | Oro y plata | Santa Cruz (en explotación) |
| Pirquitas Forma de explotación: fue una explotación | Estaño y plata | Jujuy (en explotación) subterránea; se evalúa la posibilidad de explotar a cielo abierto |
| Pachón Forma de explotación: cielo abierto | Cobre | San Juan (en construcción) |
| Potasio Río Colorado Forma de explotación: perforación y disolución | Potasio | Mendoza (en construcción) |
| Gualcamayo Forma de explotación: cielo abierto | Oro | San Juan (en explotación) |
| Total de proyectos en explotación: 16 |
Fuente: Elaboración propia.
A fines de 2007, la flamante presidenta Cristina Fernández de Kirchner aumentó las retenciones de las exportaciones a los hidrocarburos y los productos agrícolas. En ese marco, también se introdujeron retenciones móviles a las exportaciones mineras, de 3 a 5%.7 Las medidas sacudieron al sector minero: “Los accionistas de aquellas empresas que tenían sus mayores esfuerzos económicos apuntados a la Argentina decidieron retirar sus inversiones y la mayoría de las juniors vieron cómo en un solo día se diluían sus acciones en un 40%”8 (Mining Press, 5, 27, 2008). Los empresarios se manifestaron preocupados por la violación de la Ley de Inversiones Mineras y, por ende, de la “seguridad jurídica”, garantizada por el generoso marco normativo argentino. Asimismo, una de las cuestiones que más preocupaba era el régimen tributario que se aplicaría para el caso de Pascua-Lama, el proyecto compartido con Chile. Poco tiempo después, el embajador de la Argentina en Chile afirmó que la Procuraduría General de nuestro país eximía al proyecto Pascua-Lama del régimen de las retenciones mineras, uno de los temas que estaban pendientes para la aprobación de la iniciativa (Panorama Minero, 347, septiembre de 2008). Sin embargo, es necesario señalar que la preocupación por la seguridad jurídica de los capitales está tanto ligada al aumento de las retenciones como sobre todo a la reciente sanción en diferentes provincias de leyes que prohíben este tipo de minería, tal como explicaremos en el capítulo 4. Así, en ese mismo número, Panorama Minero afirmaba:
En un análisis realizado en la provincia de San Juan, se llegó a la conclusión de que las diecisiete provincias que tienen potencial minero sólo nueve pueden desarrollar la actividad, pero entre ellas hay cinco con leyes provinciales prohibitivas. Esta situación cambia el mapa minero. Unas entran, otras salen, y el mapa minero del país se va reconfigurando con cada vez menos jurisdicciones como jugadoras en esa actividad […] Pero la alegría de la recuperación [por la derogación de la ley en la provincia de La Rioja] se ve empañada porque hay cuatro provincias más que quieren introducir en sus legislaciones prohibiciones similares o con algunas restricciones.
Desde entonces, tanto Córdoba como San Luis (septiembre y octubre de 2008, respectivamente) han sumado leyes que establecen la prohibición de este tipo de minería. Ahora bien, la sanción de “las leyes del no” lejos está de significar que la megaminería a cielo abierto haya dejado de ser una política de Estado. Antes bien, el reciente veto de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a la ley de protección de los glaciares (ley 24.618), votada por una amplia mayoría del Congreso Nacional, es una muestra cabal de la importancia que el gobierno actual le asigna a la minería. Recordemos que la norma vetada impulsaba la creación del Inventario Nacional de Glaciares, que representan 75% de la reserva hídrica de la Argentina. También impedía que en los hielos y en su entorno se realizaran actividades que pudieran “afectar su condición natural, o que implicaran su destrucción o traslado, o interfirieran en su avance, como por ejemplo la exploración y explotación minera o petrolífera. […] Nuestra presidenta reveló que su decisión obedecía a que la prohibición de actividades descriptas en la ley podría afectar el desarrollo económico de las provincias involucadas y que «resultaba excesivo prohibir la actividad de minería o perforación petrolera en los glaciares y en las llamadas áreas periglaciares que bordean los glaciares»” (La Nación, 21 de noviembre de 2008).9
Al veto presidencial –en apoyo a los intereses de la minería transnacional, en este caso de la compañía Barrick Gold, que a través del proyecto binacional Pacua-Lama, compartido con Chile, se encamina a desarrollar una explotación de oro y plata sobre los glaciares de altura en la región cordillerana– se suma el decreto 2.019, publicado en el Boletín Oficial en diciembre de 2008, que declara de “interés nacional” al proyecto Potasio Río Colorado, que beneficia a otra de las empresas transnacionales, Rio Tinto.10
Ecología, lenguajes de valoración y territorialidades en pugna
Tampoco se trata de una moda o de un negocio de poco tiempo, ¿cuántos años hace que Chile, por ejemplo, vive del cobre? Según la ONUDI, el promedio de un proyecto minero es de treinta años. La idea es aprovechar nuestra orografía, queremos potenciar el desarrollo de cada provincia para diagramar un modelo productivo sustentable con base en los recursos naturales locales. En las provincias mineras no se puede hacer soja o carne o pasar de un grano a otro según el precio del mercado. La mayoría del territorio es un desierto de piedra.
Jorge Mayoral, secretario de Minería de la Nación, Clarín, 18 de febrero de 2007
En el departamento de Iglesia había un pueblito, un pueblo que se llama Tudcum, creo que tiene quinientos habitantes, es muy chiquito el pueblito. Que vive del tema de la agricultura, cría de animales, la animalería: lo que es cabras, vive de eso. Y empezaron a pasar los camiones. Y las casas de ahí son muy viejas, son con adobe, son de barro cocido, con postigos, que se le llama tapias. Y los animales andan por la calle: el burro, los burritos andan por la calle caminando. Es como… un pueblo muy tranquilo. Y empezaron a pasar los camiones. Entonces dijeron: “No, ¿por qué pasan por ahí? No se dan cuenta de que pasan niños; de que los niños andan tranquilos por las calles, caminan, no pasa nadie…”. Entonces, la empresa minera les regaló las bandas fosforescentes para que se vean en la noche. […] para que se la ponga la gente, sobre todo los chicos, cuando salieran de noche, para que los pudieran ver los camiones. Y agarraron la gente, y se las empezaron a poner a los burros, a los perros. Porque dentro de todo, la gente tiene razonamiento, dice: “Bueno, si voy a cruzar, cruzo por la orilla”, pero los burros no tienen esa inteligencia para… entonces se las empezaron a poner a ellos. Entonces la empresa minera dijo: “¡No, esta gente se está burlando de nosotros! Cómo les van a poner bandas fosforescentes al burro, a los animales…”. entonces, lo que pasa es que la riqueza de esta gente es el burrito, porque le trae la leña, porque le trae las cosas que cosechan, sus cosas; porque lo tiene para la ganadería, para cuidar las cabras: para eso les sirve. Ésa es su riqueza. No la riqueza de “ellos”…
Entrevista a un integrante de la Asamblea de Vecinos Autoconvocados de Calingasta, San Juan, abril de 2007
En El ecologismo de los pobres el reconocido ecologista catalán Joan Martínez Allier (2004) propone distinguir entre tres corrientes del ecologismo: el culto de la vida silvestre, el credo ecoeficientista y el movimiento de justicia ambiental. La primera corriente se preocupa por la preservación de la naturaleza silvestre; es indiferente u opuesta al crecimiento económico, valora negativamente el crecimiento poblacional y busca respaldo científico en la biología de la conservación. De ahí que su accionar se encamine a crear reservas y parques naturales en aquellos lugares donde existen especies amenazadas o sitios caracterizados por la biodiversidad. Grandes organizaciones internacionales conservacionistas, muchas veces poco respetuosas de las poblaciones nativas, se instalan en este registro biocéntrico. Su expresión más extrema es la “ecología profunda”, ilustrada por el millonario Douglas Tompkins, quien compró enormes extensiones de tierra en la Patagonia chilena y argentina, así como en los esteros del Iberá (debajo del cual se encuentra el acuífero Guaraní), y sueña con crear un paraíso, despojado de fronteras nacionales y de seres humanos.
La segunda corriente y quizá la dominante dentro del universo de las ONG y ciertos gobiernos del Primer Mundo es el ecoeficientismo, que postula el uso eficiente de los recursos naturales y el control de la contaminación. Sus conceptos clave son “modernización ecológica”, “desarrollo sustentable” y, de manera más reciente, “industrias limpias”, entre otros. En la base de esta concepción subyace la idea de que “las nuevas tecnologías y la internalización de las externalidades son instrumentos decisivos de la modernización ecológica. Ésta tendría dos piernas; una económica, ecoimpuestos y mercados de permisos de emisiones; otra, tecnológica, apoyo a los cambios que lleven al ahorro de energía y materiales. […] Desde esta perspectiva, la ecología deviene así la ciencia que sirve para remediar la degradación causada por la industrialización” (Martínez Allier, 2004: 21-31).
Por otro lado, el “desarrollo sustentable”, acuñado en los 80, fue un concepto introducido en la agenda global a partir de la publicación del documento Nuestro futuro común en 1987 y luego de la cumbre de Río, en 1992. El mismo subraya la preocupación por el cuidado del medio ambiente y la búsqueda de un estilo de desarrollo que no comprometa el porvenir de las futuras generaciones. Este concepto trajo consigo otros que luego fueron puestos en discusión, como el de “responsabilidad compartida, pero diferenciada”; el principio “el que contamina, paga” y el “principio precautorio” (Guimaraes, 2006), que fueron tratados en la cumbre de Johannesburgo, en 2002. Sin embargo, pese a la puesta en agenda de la problemática ambiental y las diferentes discusiones acerca de lo que se entiende por desarrollo sustentable o “durable”, los veinte años que pasaron entre una cumbre y otra pusieron de manifiesto el fracaso de aquellas visiones que consideran la posibilidad de un estilo de desarrollo sustentable a partir del solo avance de la tecnología. Así las cosas, los males producidos por la tecnología se resolverían tanto a partir de la aplicación de mayor tecnología, al tiempo que implicarían la promoción de una “acción socialmente responsable” tanto de los Estados como de las empresas. El movimiento en pos del desarrollo sustentable terminó por capitalizar parcialmente “la pasión del movimiento ecologista”, convirtiéndola en “acción por el progreso a través del financiamiento de proyectos de trabajo en función del ambiente y gracias al opacamiento de las contradicciones e inconsistencias que el concepto de desarrollo sustentable alberga” (Mora, citado por Armando Páez, 2004). En todo caso, este proceso muestra el pasaje hacia un campo minado, pues si en un comienzo el concepto tuvo una gran potencia disruptiva (pretendía marcar un “límite” al crecimiento, sentando la base de nuevos derechos), su reapropiación por parte de las fuerzas del mercado ha terminado por otorgarle otros sentidos.
En definitiva, como lo muestra de manera paradigmática la minería a cielo abierto, en nombre del “desarrollo sustentable”, las posiciones ecoeficientistas proponen plantear debates que luego eluden hábilmente y, en función de una visión supuestamente democratizante, actúan con el pragmatismo propio de la racionalidad instrumental, hasta confundirse e identificarse con los poderosos intereses económicos en juego.
La tercera posición es la que representa el movimiento de justicia ambiental, o lo que Martínez Allier bautizó como “ecología popular”. Con esto nos referimos a una corriente que crece en importancia y coloca el acento en los conflictos ambientales, que en diversos niveles (local, nacional, global) son causados por la reproducción globalizada del capital, la nueva división internacional y territorial del trabajo y la desigualdad social. Esa corriente llama la atención acerca del desplazamiento geográfico de las fuentes de recursos y de los desechos desde los países del norte hacia el sur. “Esto crea impactos que no son resueltos por políticas económicas o cambios en la tecnología, y por lo tanto caen desproporcionadamente sobre algunos grupos sociales que muchas veces protestan y resisten (aunque tales grupos no suelen llamarse ecologistas” (27). Esta tercera corriente, que hoy se halla en plena expansión en los países del sur, al compás de la explosión de los conflictos socioambientales, agrupa no sólo a organizaciones indígenas y campesinas sino cada vez más a poblaciones urbanas, que por lo general desconocen el lenguaje ambientalista, pero comienzan a activar un lenguaje de valoración divergente, en oposición a la concepción binaria que desarrollan las grandes empresas, en alianza con los diferentes gobiernos (nacional y provinciales) respecto de la tierra y el territorio.
En este sentido, el desarrollo de la minería metalífera a gran escala puede pensarse como un ejemplo paradigmático en el cual una visión de la territorialidad se presenta como excluyente de las existentes (o potencialmente existentes), generando una “tensión de territorialidades” (Porto Gonçalvez, 2001). En efecto, el discurso de las empresas transnacionales y los gobiernos suele desplegar una concepción binaria del territorio, sobre la base de la división viable/inviable, que desemboca en dos ideas mayores: por un lado, la de “territorio eficiente”; por otro, la de “territorio vaciable”, en última instancia, “territorio sacrificable”.
Estos conceptos, que se encuentran en la base del discurso del poder político y económico, han tenido una temporalidad diferente. En primer lugar, en el marco de las transformaciones llevadas a cabo durante los 90, los gobiernos instrumentaron la idea de “territorio eficiente”, para traducir una manera distinta de concebir el espacio geográfico nacional, desplazando así la idea de un modelo global de territorio subsidiado desde el Estado (Vaca y Cao, 2004). Esto significó, en muchos casos, el desmantelamiento de la red de regulaciones que garantizaban un lugar a las economías regionales en las economías nacionales. Como consecuencia de ello, la viabilidad o inviabilidad de las economías regionales pasó a medirse en función de la tasa de rentabilidad.11
En segundo lugar, de manera más reciente, la expansión de megaemprendimientos fue instalando la idea de que existen territorios vacíos o “socialmente vaciables”, con el fin de poner bajo el control de las grandes empresas una porción de los bienes naturales presentes en esos territorios. En términos de Robert Sack (1986), esto se produce cuando el territorio carece de artefactos u objetos valiosos desde el punto de vista social o económico, con lo cual éstos se consideran “sacrificables” dentro de la lógica del capital. La eficacia política de estas visiones aparece asociada al carácter de los territorios en los cuales, por lo general, tienden a implantarse los megaproyectos mineros: zonas relativamente aisladas, empobrecidas o caracterizadas por una escasa densidad poblacional, todo lo cual construye escenarios de fuerte asimetría social entre los actores en pugna. Así, las comunidades allí asentadas son negadas e impulsadas al desplazamiento o desaparición y sus respectivas economías locales minimizadas, en nombre de la expansión de las “fronteras”.
En un país como la Argentina, el concepto de “territorio vacío” aparece también asociado a la idea de “desierto”, imagen de fuerte carga histórica y simbólica que fue empleada para justificar la expansión de la frontera en la Patagonia, eliminando las poblaciones indígenas e imponiendo un modelo de Estadonación, bajo el discurso de un progreso homogeneizante y de integración socioeconómica al mercado internacional. En la actualidad, pareciera ser que habría un retorno de esa estrategia en la medida en que la resignificación del concepto de “desierto” y la valorización de esos territorios caracterizados por sus paisajes primarios y sus grandes extensiones permitiría justificar la construcción de una territorialidad que excluye las otras existentes. Funcionarios del gobierno nacional y provincial utilizan esta “metáfora” tan arraigada en el imaginario político y cultural argentino para plantear, incluso, la minería a gran escala como única alternativa productiva en regiones donde impera el “desierto de piedra” (Mayoral, 2007). Esta misma estrategia también es utilizada hoy para justificar la venta de extensos territorios en la Patagonia argentina a empresas y propietarios extranjeros, que incluyen, en algunos casos, pueblos enteros, así como el acceso exclusivo a ríos y lagos. De esta manera, la afirmación de que existen regiones marcadas históricamente por la pobreza y la vulnerabilidad social, con una densidad poblacional baja, que cuentan con grandes extensiones de territorios “improductivos”, facilita la instalación de un discurso productivista y excluyente, al tiempo que constituye el punto de partida de la conformación de diferentes “lenguajes de valoración” en torno al territorio, en el proceso de movilización de las comunidades afectadas. La definición de lo que es el territorio, más que nunca, se convierte así en el locus del conflicto.
En el caso de los movimientos contra la minería a cielo abierto, las acciones presentan un carácter defensivo, iniciándose con reclamos puntuales. Sin embargo, en la misma dinámica de lucha esos movimientos tienden a ampliar y radicalizar su plataforma representativa y discursiva, incorporando otros temas, como el cuestionamiento al modelo de desarrollo predominante y la exigencia de la desmercantilización de aquellos bienes considerados comunes. En ese proceso de confrontación, la construcción de la territorialidad se va cargando de nuevas (re)significaciones y diferentes valoraciones, en contraste con las concepciones generalmente excluyentes que motorizan tanto los gobiernos como las empresas transnacionales.
En este sentido, la potenciación de un lenguaje de valoración divergente sobre la territorialidad pareciera ser más inmediata para el caso de las organizaciones indígenas y campesinas. Sin embargo, los movimientos en contra de la minería a cielo abierto que se desarrollan en pequeñas y medianas localidades de la zona cordillerana y precordillerana del país poseen un registro previo a partir del cual (re)construir mediaciones que conduzcan a la idea de “comunidad de vida y territorio”, en función de la defensa de un estilo de vida que subraya un vínculo más estrecho e inmediato entre paisaje, historia larga de la región, defensa del medio ambiente y oportunidades económicas. Aun más, para el caso argentino, este proceso de construcción de la territorialidad (o de reterritorialización) exhibe de manera progresiva una afinidad electiva con la cosmovisión de los movimientos campesinos e indígenas, históricamente invisibilizados y relegados al margen de la sociedad.
Por último, en la Argentina las movilizaciones socioambientales en contra del actual modelo minero (explotación a cielo abierto) se han venido organizando bajo la forma de “asambleas” de vecinos o de ciudadanos autoconvocados. Desde sus inicios, la composición de las mismas ha venido reflejando un carácter heterogéneo y multisectorial, con una presencia importante de las clases medias (de sectores profesionales, quienes suelen ser los encargados de proponer-elaborar un saber experto independiente), así como de organizaciones campesinas e indígenas (que cuentan con saberes propios por su particular relación con la tierra y el territorio). Son precisamente estos procesos de movilización asamblearia los que han ido conduciendo a una concepción de la territorialidad, opuesta al discurso ecoeficientista y a la visión desarrollista, propia de la narrativa dominante.
Sin embargo, antes de reconstruir algunos de los hitos que dan cuenta de las etapas de formación y articulación de estos movimientos (ver el artículo sobre el tema de Svampa, Sola Álvarez y Bottaro, en este volumen), tratemos de bucear cuáles son las estrategias o núcleos discursivos que se sobreimponen a esta concepción de “territorios sacrificables”.
Responsabilidad social empresarial y gobernanza 12
Frente a la aberrante acusación de que la minería lleva pobreza, que lleva problemas ambientales y que, consecuentemente, las provincias donde la minería lleva a cabo sus actividades no han mejorado sus estándares de vida, yo me permito decir qué falacia mayor representa esta acusación, cuando en realidad la minería en su integridad, no solamente da trabajo, sino que da trabajo formal, y no solamente da trabajo formal, sino que también es la que paga los mejores salarios de todo el sector económico argentino, pero además, construye caminos, lleva energía, mejora las comunicaciones. Es decir, ¿la minería no es una fuente de progreso y civilización? Entonces, qué es lo que pasa. Pasa que este mensaje no debe quedar solamente entre nosotros. Tenemos que tratar de llegar de la mejor forma más clara posible a todas las comunidades.
Martín Dedeu, presidente de CAEM, Argentina Oro 2006
En la esfera pública, el proceso de reconfiguración de los territorios se apoya sobre otros conceptos que forman parte del discurso global, entre los cuales se destacan –además de aquel sobre el “desarrollo sustentable”– el de “responsabilidad social empresarial” y “gobernanza”. Veamos brevemente el uso de cada uno de ellos.
La noción de responsabilidad social empresarial (RSE) es un concepto reciente, de resonancias globales, que apunta a combinar la filantropía empresarial con una idea más general acerca de la responsabilidad de las empresas respecto del impacto social y ambiental que generan sus actividades. La importancia de tal concepto debe ser entendida en el marco de la nueva matriz neoliberal, en la que se consolida el rol metarregulador del Estado y las empresas pasan a ser consideradas el actor central y dinámico por excelencia. Este nuevo modelo de acción empresarial, que surgió del Foro Económico de Davos en 1999, ha sido propuesto por y para las grandes empresas, que operan en contextos de gran diversidad, de fuerte competencia internacional y, sobre todo, de creciente exposición ante la opinión pública. No es casual que muchas de las grandes empresas que lideran internacionalmente el movimiento de RSE, con fuertes campañas mediáticas y enormes presupuestos, sean responsables de daños ambientales, de explotación de trabajo infantil y subcontratación de trabajo esclavo, sobre todo en las regiones periféricas, donde los marcos regulatorios son siempre más permisivos que en los países industrializados del centro. La RSE adquirió rango institucional a través del Pacto Global, en 2000, el cual es definido como “un Programa Interagencial, liderado por el PNUD, la CEPAL y la OIT, tendiente a aumentar la responsabilidad social empresaria en los campos de los derechos humanos, los estándares laborales y el medio ambiente” (www.rseonline.com.ar).
En la Argentina, se instaló en la agenda luego de la crisis de 2001 y encontró un gran dinamismo en el campo de la actividad minera. Como analiza Mirta Antonelli en este libro, en 2002 en este país se presenta el informe final del programa Mining Minerals & Sustainable Development (MMSD), que tendría por objetivo “cargar de contenidos la responsabilidad empresarial”. Así, el concepto aparecía como una de las claves tendientes a producir “un cambio cultural respecto de la minería a gran escala, para ser concebida como factor de desarrollo sustentable”.
Ciertamente, la RSE forma parte de un dispositivo más amplio, que apunta a instalar y legitimar el nuevo modelo extractivista. Hacia afuera, las empresas se orientan a desarrollar vínculos estrechos con instituciones, universidades privadas y públicas, a partir de convenios y subsidios, al tiempo que desarrollan una intensa publicidad en los más diversos medios de comunicación, en el marco de un discurso que subraya la opción por una “minería responsable”. Hacia adentro, en relación con las comunidades en las que se desarrolla la actividad extractiva, sus efectos son aun mayores, en la medida en que sus intervenciones focalizadas, y el entramado que generan, introducen cambios sustantivos en el plano de la ciudadanía. Así, puede establecerse que en aquellos contextos en los que se implanta habitualmente la actividad minera (matrices sociopolíticas jerárquicas, pequeñas localidades, escasa diversificación económica, debilidad institucional), las grandes empresas tienden a convertirse en un actor social total. En efecto, en primer lugar, tienden a reconfigurar bruscamente las economías locales preexistentes, reorientando la actividad económica de la comunidad en función de la minería y creando nuevos enclaves de exportación; en segundo lugar, producen un impacto negativo en términos ambientales y sanitarios, que repercute sobre las condiciones de vida de la población. En tercer y último lugar, a través de la llamada RSE, las empresas tienden a ampliar su esfera de acción, convirtiéndose en agentes de socialización directa, mediante una batería múltiple de acciones sociales, educativas y comunitarias. En la Argentina, el caso de la Minera Alumbrera, en Catamarca-Tucumán, constituye uno de los ejemplos más ambiciosos, en los cuales las empresas asumen su condición de agente socializador, apuntando así a un control general de la producción y reproducción de la vida de las poblaciones. Un informe especial de Foco sobre las Empresas Transnacionales en la Argentina, firmado por Ricardo Ortiz (2007) consigna: “Las organizaciones sociales han constatado que las grandes mineras en Catamarca, Tucumán, San Juan y Chubut efectúan donaciones a escuelas y hospitales de esas provincias tratando de provocar la captación indirecta de voluntades y la limitación del ejercicio de la opinión de las comunidades. Esto ha sido corroborado por el defensor del pueblo de la Nación, quien manifestó su preocupación porque estas donaciones están acompañadas por una contrapartida publicitaria a favor del trabajo desarrollado por las empresas mineras, pudiendo este simple hecho llegar a inhibir toda posible crítica y, aun más, restringir la participación y el ejercicio de la población en la defensa de los derechos ambientales que consideren afectados” (nuestro subrayado).
Otro de los conceptos clave de esta reformulación y aggiornamento del paradigma neoliberal, que hoy recorre el lenguaje de organizaciones internacionales y de las ciencias sociales, es el de “gobernanza”, que puede ser definido como “una forma de gobierno que no pasa por la acción aislada de una elite político-administrativa relativamente homogénea y centralizada sino por la adopción de formas de coordinación a distintos niveles, y multiactoral, en cuanto incluye el sector público y el sector privado, los actores de la sociedad civil y el mercado” (Ruano de la Fuente, 2002).13 Como sostiene Boaventura de Sousa Santos (2007), la gobernanza opera como una síntesis entre legitimidad y gobernabilidad:
La gobernanza busca, de hecho, armonizar las reivindicaciones a favor de la participación y la inclusión, resultado de la interpretación de la crisis social que parte del concepto de legitimidad, con las exigencias de una mayor autonomía y autorregulación producto de la interpretación guiada por la idea de gobernabilidad. Sin embargo, es una falsa síntesis, puesto que opera totalmente dentro del marco de la gobernabilidad. (36)
De manera paradigmática, en la actualidad el modelo de la gobernanza está siendo aplicado hoy en América Latina en el marco de la extensión de un modelo extractivo-exportador. La concepción que subyace en este modelo es que, más allá de la opacidad de los sistemas de representación y de las nuevas incertidumbres, los antagonismos y las contradicciones pueden resolverse en una esfera de mediación y de entendimientos recíprocos, en los que el objetivo es tanto la consolidación de la gobernabilidad como la materialización del llamado “capital social” en términos de redes sociales y políticas. En este sentido, esa visión apunta a diluir la idea de que los antagonismos pueden ser, en un punto, irreconciliables, que están insertos en relaciones de poder asimétricas y que en definitiva enfrentan –o pueden enfrentar– proyectos de sociedad diferentes y, en muchos casos, opuestos.
En fin, dados el actual escenario latinoamericano y la cartografía de resistencias existentes, se trata de un modelo que intenta una recomposición de la dinámica del capitalismo neoliberal, a través de ciertos dispositivos de intervención públicos y privados, que colocan el acento, por un lado, en la RSE y, por el otro, en la necesaria autolimitación de las demandas y los reclamos de las poblaciones afectadas, frente a una realidad de “hechos consumados”, esto es, la expansión “inevitable” del capitalismo extractivo transnacional en nuestras latitudes.
* * *
Hasta bien entrado el siglo XX, no existía lugar político e ideológico desde el cual oponerse al irresistible credo del progreso, ya que se desconocían –o bien, se desestimaban– las consecuencias destructivas que podía generar una modernización sin freno. En rigor, había un único paradigma de la modernización, al cual adherían incluso las diferentes corrientes del marxismo, cuya visión productivista y homogeneizante del progreso fue puesta a prueba en varias oportunidades y contextos históricos. En este sentido, nuestro país –y, en general, América Latina– no fue una excepción, pues la modernización y el credo productivista supieron ser la bandera que enarbolaron tanto los Estados desarrollistas como las experiencias nacional-populistas. Asimismo, quizá mucho más que en otras latitudes, las izquierdas –tanto en su matriz anticapitalista como nacional popular– se mostraron sumamente refractarias a las nuevas corrientes (ambientalistas y ecologistas) que se iban desplegando a la luz de las diferentes críticas del paradigma productivista.
Sin embargo, en las últimas décadas el escenario cambió ostensiblemente. Por un lado, la crisis de la idea de modernización (y, por ende, de desarrollo), en su versión hegemónica y monocultural, abrió un nuevo espacio en el cual se fue cristalizando el rechazo y la revisión del paradigma del progreso. A esto se sumó, en varios países de América Latina, la crítica de los pueblos originarios y los movimientos campesinos hacia las tentativas asimilacionistas o etnicidas reflejados por los modelos de desarrollo instalados por los Estados nacionales en sus diferentes fases (Estado conservador, Estado nacional-desarrollista, Estado neoliberal). Por otro lado, en la actualidad, los modelos de desarrollo impulsados en esta nueva fase de acumulación del capital colisionan de lleno con los modos de vida de diferentes poblaciones y pueblos originarios, y amenazan en su conjunto la preservación de los recursos básicos para la vida (tierra y territorio). Estos hechos, sumados a los anteriores, abrieron el espacio para la emergencia de nuevos movimientos socioambientales, en clave de justicia ambiental o de ecología popular, así como a la revalorización de las cosmovisiones y las culturas indígenas, tan invisibilizadas en nuestro país.
Lo dicho sirve para poner de relieve uno de los grandes dilemas que atraviesan no sólo la Argentina sino otros países latinoamericanos; asistimos al retorno de dos ideas, de dos “conceptos límite” (la expresión es de Manuel Garretón) del pensamiento social latinoamericano: emancipación y desarrollo. Ninguno de esos conceptos límite ha retornado intacto o simplemente como fantasma del pasado; antes bien, sobre ellos se van operando trastocamientos y resignificaciones mayores, ligados tanto a la nueva dinámica del poder como a la acción contestataria de los movimientos sociales contemporáneos. En rigor, en América Latina, el marco en el cual retorna la cuestión acerca del “desarrollo” y se perfilan los debates sobre la “emancipación” va diseñando una trama muy compleja y conflictiva, atravesada por no pocos dilemas y posicionamientos irreconciliables. Así, todo parecería indicar que, tal como están planteadas las cosas, las vías del desarrollo y las vías de la emancipación amenazan con ser claramente antagónicas.
* Esta investigación es financiada por la Universidad Nacional de General Sarmiento y la Agencia de Promoción de Ciencia y Tecnología.
1. El Estado “metarregulador” es el responsable de crear el espacio para la legitimidad de los reguladores no estatales tal como lo define Boaventura de Sousa Santos (2007): “La metarregulación es un tipo muy distinto de intervención estatal comparada con aquella que presidió el contrato social democrático”. El autor sostiene que “emerge así una nueva forma de gobierno indirecto, en el cual los actores económicos poderosos detentan un enorme poder de control sobre los recursos vitales esenciales para las personas, sin estar sometidos a ningún tipo de responsabilidad ante la sociedad, y sin importarles si esos recursos son el agua, la energía, las semillas, la seguridad o la salud” (41).
2. Para David Harvey (2004), el actual modelo de acumulación implica cada vez más la mercantilización y la depredación, entre otras cosas, de los bienes ambientales. La acumulación por desposesión o despojo (lo que Marx denominaba la “acumulación originaria”) ha desplazado en centralidad la dinámica ligada a la “reproducción ampliada del capital”.
3. Para una caracterización, véase Maristella Svampa (2008a).
4. Saskia Sassen (2007) propone el concepto de “multiescalaridad” para hacer referencia a la reformulación de escalas en los diversos procesos de globalización.
5. Con el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación: desarrollo de programas de minería social y asistencia social a productores de ladrillos. Con el Ministerio de Educación de la Nación: acciones conjuntas para fomentar el conocimiento de la minería, elaboración de material sobre minería para entidades educativas, encuentros nacionales con universidades y escuelas técnicas. Con el Ministerio de Relaciones Exteriores: acciones conjuntas en el marco del tratado minero argentino-chileno. Con el Ministerio de Trabajo: normativas conjuntas, capacitación laboral. Con la Secretaría de Transporte de la Nación: análisis para la ejecución de obras con lógica productiva. Con la Secretaría de Medio Ambiente de la Nación: programa BID, gestión ambiental para una producción sustentable en el sector productivo, programas de capacitación en producción y medio ambiente, colaboración a las provincias en temas de pasivos ambientales y calidad del recurso hídrico, capacitación en el uso de explosivos. Con el INTA: plan de remediación de suelos (“Informe de Gestión. Minería 2003-2007”, Secretaría de Minería, Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios; https://web.archive.org/web/20080911180217/http://www.mineria.gov.ar/pdf/informe-de-gestion.pdf).
6. Los proyectos se dividen en diferentes etapas: prospección o exploración, factibilidad y construcción, y explotación, a las que se les suma el traslado del mineral extraído.
7. Las retenciones a las exportaciones son un instrumento del Estado nacional que existe desde los años 50, y sólo fueron suspendidas bajo el gobierno de Carlos Menem, para ser reestablecidas por Eduardo Duhalde, en 2002, en medio de la crisis argentina y en un contexto de gran rentabilidad para los sectores exportadores.
8. El artículo continúa afirmando que “los empresarios se quejaron no sólo de las medidas, sino también de la forma de comunicación entablada con las empresas a partir de la irrupción en la cuestión minera del secretario de Comercio, Guillermo Moreno”.
9. El veto presidencial de la ley ocasionó no sólo la condena del conjunto de las organizaciones políticas, ambientalistas y académicas sino fisuras aun dentro del propio sector del oficialismo. Así, según expertos del Conicet, el veto “parece estar hecho a medida de las mineras, en especial las que extraen oro de los glaciares de alta montaña, como Barrick Gold. Estas explotaciones traen contaminación de las aguas por el cianuro que se usa para separar el mineral, indispensable para los agricultores en zonas donde el riesgo es primordial, como Mendoza, La Rioja y San Juan”. La ex diputada Marta Maffei, autora del proyecto de ley, expresó: “El gobierno tiene una actitud perversa y creó un modelo productivo depredador. Por un lado, firma los tratados internacionales sobre ecología, pero en lo concreto no protege los recursos naturales del país” (wwwl.igoohy.com/notas/la-presidenta-kirchner-veto-la-ley-de-proteccion-de-los-glaciares). El propio diputado oficialista Miguel Bonasso (Diálogo por Buenos Aires), titular de la Comisión de Recursos Naturales de la Cámara Baja, declaró: “Este veto es contradictorio y débil de argumentos. Se privilegia el derecho a la propiedad por sobre el derecho ambiental” (La Nación, 19 de noviembre de 2008). Por último, Enrique Martínez, presidente del INTI, en un artículo publicado en el boletín de ese organismo lo caracterizó como “el veto Barrick Gold” (Carta del presidente del INTI a la Presidenta, a propósito del veto a la ley de protección de los glaciares, Crítica, 2 de diciembre de 2008).
10. En enero de 2009, Río Tinto vendió los activos de Potasio que comprenden el proyecto PRC (Potasio Río Colorado) a la compañía minera brasileña Vale.
11. En la Argentina, la política de apertura económica de los 90 significó el desmantelamiento de la red de regulaciones que garantizaban un lugar a las economías regionales en la economía nacional. La política implementada mantuvo las asimetrías regionales preexistentes, al tiempo que conllevó la crisis y la desaparición de actores asociados al anterior modelo (economías regionales ligadas a empresas estatales, pymes, minifundios) y en muchos casos condujo a la reprimarización de la economía, a través de la expansión de enclaves de exportación. Esto aparece reflejado de manera paradigmática en el caso de YPF, que desde su creación en 1922 hasta su privatización y reestructuración setenta años más tarde fue el motor de desarrollo de varias economías regionales. No por casualidad, los enclaves petroleros, luego de las desastrosas consecuencias de la privatización, fueron la cuna de los movimientos de desocupados (Svampa y Pereyra, 2003).
12. Retomamos argumentos ya desarrollados en Svampa (2008a).
13. Asimismo, véase Boaventura de Sousa Santos (2007) y Mirta Antonelli (2007b).
Minería transnacional y dispositivos de intervención en la cultura La gestión del paradigma hegemónico de la “minería responsable y desarrollo sustentable”
Mirta Alejandra Antonelli
Tanto la explotación como la acumulación del capital son simplemente imposibles sin la transformación de la multiplicidad lingüística en modelo mayoritario (monolingüismo), sin la imposición de un régimen monolingüe, sin la constitución de un poder semiótico del capital.
Mauricio Lazzaratto, Políticas del acontecimiento
Los inversionistas van a comparar las tasas de retorno de proyectos mineros a nivel mundial para ver dónde obtienen el mayor rendimiento. Consecuentemente, este elemento va a determinar que las características del territorio donde se va a desarrollar la minería sean fundamentales para la toma de decisiones. Es decir, la disponibilidad de infraestructura, la calidad de los puertos, la disponibilidad de energía, de telecomunicaciones, etc. El Estado es una especie de cirujano plástico, diseña el territorio y le cambia la faz para hacerlo más atractivo a la inversión.
Fernando Sánchez Albavera, director de la División de Recursos Naturales e Infraestructura, Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Naciones Unidas, Argentina Oro 2004, provincia de San Juan
Primero tenemos que imponer la idea de la minería en toda Argentina, la Argentina como país minero, y a partir de ahí sólo va a haber un salto a través de las empresas que estén produciendo, que van a poder primero cotizar en bolsa y luego aprovechar esa cotización de las grandes empresas.
Julio Ríos Gómez, presidente del Grupo de Empresas Exploradoras de la Argentina, Argentina Mining 2008, provincia de San Juan
Introducción El poder semiótico del capital: discurso global, estrategias glocales
Desde la perspectiva de los procesos hegemónicos de producción de los sentidos sociales, la minería a gran escala o megaminería transnacional de la que se ocupa este libro, puede considerarse una formación discursiva biopolítica que, en el dominio de la cultura, enlaza seguridad, territorio y población.
La megaminería se funda en una provocativa particularidad: la autoinhibición del propio Estado nacional para disponer de su territorio, de su soberanía. El mapa de esta megaminería corresponde entonces al de una supranación, cuyo territorio resulta de la desapropiación del lazo que lo unía a la soberanía y que ha instituido, desde el cuerpo normativo minero de los 90, la figura del superficiario ante el beneficiario del subsuelo. Así, el Estado no puede sino ser socio de la desapropiación, en una posición asimétrica de cesión, no sólo de territorio sino de recursos y aparatos estatales, según leyes producidas a escala de los intereses corporativos.1
Me interesa aquí identificar sedes y redes de actores hegemónicos con capacidad para la institucionalización y la naturalización del modelo extractivo de la megaminería con una eficacia simbólica global-local.2 En la Argentina, ello requiere no sólo inscribirse en las significaciones del presente modelando visiones de futuro sino fundar un linaje, una genealogía honorable y mitos de origen, para volver deseable y razonable la “Argentina minera”.
Asistimos, en este sentido, a una etapa fundacional y a un umbral de pasaje del modelo agroexportador al perfil minero extractivo, incipientemente explicitado a propósito de lo que he llamado en otro lugar el efecto soja, en el marco del complejo proceso aún en curso desatado por las retenciones agropecuarias en la Argentina (Antonelli, 2008c).
En este marco nacional, también se requiere de estratégicas voces universitarias y de agencias científico-tecnológicas públicas que autoricen el modelo extractivo, coimplicando en ello la legitimidad de instituciones del Estado en un proceso de oposición y réplicas a los movimientos socioambientales y de descalificación de la sanción de leyes de prohibición de esta minería a cielo abierto y con sustancias tóxicas en numerosas provincias argentinas.
El modelo extractivo se presenta como una teleología –finalidad lanzada hacia el futuro–, mientras traza también una nueva cartografía planetaria en clave minera, es al que se ha anexado la Argentina como país emergente en el ránking de proveedores de oro en el mercado de materias primas, y que promueve estratégicamente la reinvención de un mundo: el mundo para el oro.
Este mundo-cantera se articula en una retórica temporal dominante, la del “desarrollo sustentable”, que produce fortísimas intervenciones en la cultura, intervenciones en expansión y diseminación aceleradas que colonizan las representaciones sociales y sus legitimidades, produce verosimilitudes, suscita e incita deseos. Su eficacia conviene al funcionamiento de un dispositivo global para un discurso absoluto, único,3 en la dinámica contemporánea en la que discursos y prácticas significantes son producidas por redes transnacionales (véase Marín, en este volumen) –multiactoriales y multiescalares– y en marcos interinstitucionales, que se inscriben globalmente por agentes con capacidad de institucionalización y de promoción para la aceptación y asimilación sociales de las economías extractivas transnacionales, a fin de legitimar las políticas estatales y el endeudamiento de los gobiernos regionales ante entidades financieras globales para la infraestructura interconectada, según una tendencia a la “coherencia estructurada de la producción y los consumos en espacios determinados” (Leff, 2003: 349; véase Arias Toledo, en este volumen).
Los cuerpos normativos que desde los 90 enmarcan esta minería a gran escala en varios países de la región, incluida la Argentina, también son efecto de redes transnacionales que hoy ratifican no sólo esa legalidad sino su legitimidad, e impulsan los cambios necesarios para sostener el modelo extractivo minero, como es el caso de los influyentes actores de la División de Recursos Naturales e Infraestructura de la CEPAL (Chaparro Ávila, 2002; Sánchez Albavera, 2004a; Robilliard, 2006).
De hecho, el actual dispositivo de intervención en la cultura corresponde a esta fase de implementación acelerada del modelo legalizado en la década pasada, y de expansión ampliada de su discurso global, consolidado éste a comienzos del milenio. Media entonces más de una década entre la normativa neoliberal desapropiadora y la circulación extendida del discurso seductor y garante de “la minería responsable y sustentable”, producido por sedes y redes transnacionales promovidas por las mayores empresas minero-metalíferas a las que pertenecen las que operan en la Argentina. Desarrollaré este proceso en la primera parte de este trabajo, con particular énfasis en la megaminería aurífera.
Este discurso homogeneizante articula condensadores de sentido en la narrativa promesante del “desarrollo sustentable”, con la que gestiona y busca modelar y modular las proyecciones del futuro “gracias a la minería”, interviniendo memorias y significaciones del presente. En la segunda parte analizaré el dominio conceptual de las narrativas, sus componentes pasionales y sus usos estratégicos en el marco de las asimétricas disputas en torno a las relaciones entre desarrollo y megaminería.
Por su celeridad, expansión y eficacia a múltiples escalas y niveles, este dispositivo atraviesa y articula redes de producción, gestión, administración y promoción de discursos sociales: publicaciones de fundaciones, medios gráficos y virtuales del sector, informes de mediadores, consultores y grupos de trabajo, cartillas informativas, manuales de “buenas prácticas”, material educativo de uso escolar en instituciones públicas de comunidades bajo explotación minera, publicidad empresarial y estatal, etc. También promueve de manera significativa la multiplicación de marcos prácticos, como talleres, foros, encuentros, etc., bajo formatos copresenciales, a escala local y/o interregional, en especial para la concreción de agendas en redes –como la prevención, el control y el manejo de conflictos mineros–, la construcción de consenso o la promoción de negociaciones que favorezcan los megaemprendimientos.4 Mediante ellos se procura no sólo controlar sino generar circuitos sociocomunicacionales (Mato, en Grimson, 2007) para la intervención cultural, tanto en políticas discursivas cuanto en situaciones de interlocución asimétrica que involucran a actores locales concretos. Este doble trabajo se viene extremando con ritmo acelerado en la actualidad.5 Más recientemente, para el caso argentino se verifica también una gradual y estratégica producción televisiva.
También los mensajes del Estado enuncian este discurso, como inscripción estratégica de lo global/local. Llamo alianza hegemónica al dispositivo que enlaza las relaciones del capital transnacional, en redes de operadores y mediadores, con el Estado, incluyendo en este último las diferentes instituciones que lo conforman y por medio de las cuales institucionaliza el paradigma extractivo. Con este alcance, defino más bien un funcionamiento: la performatividad instituyente y subjetivante que no sólo legaliza, legitima y autoriza ese paradigma sino que produce retóricas de anudamiento e intersubjetividades aún enlazadas al Estado técnico-administrativo (Lewkovicz, 2004).
Como afirma de Emilio De Ípola (1983), el Estado produce estratégicamente múltiples discursos, desde diferentes instituciones, orientados a distintos grupos o clases sociales; no habla un “discurso único”, ni funciona por mero “encubrimiento”. El Estado forma parte del dispositivo hegemónico en sus múltiples instancias de enunciación, con la particular necesidad de reforzar en simultaneidad la lógica del capital y la lógica del campo político. Teniendo en cuenta que la Nación ha declarado la minería como “plan nacional”, esto es, le ha asignado el carácter de “interés público”, por este acto instituyente de la presidencia de Néstor Kirchner y continuado por la actual presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, el Estado argentino ha puesto todos sus aparatos –legal, técnico, económico, social, cultural, de producción, innovación y transferencia de conocimientos– al servicio del modelo extractivo de los capitales transnacionales, ejerciendo de distintos modos tres fuertes intervenciones: la promoción y oferta de la Argentina como país-imán para las inversiones mineras, el ordenamiento territorial interconectado (IIRSA y Plan de Ordenamiento Territorial Argentina 2016) y la gobernanza, triple injerencia de la que la provincia de San Juan es emblema y bastión de ratificación, no casualmente.
La eficacia de este dispositivo –que satura distintos discursos sociales y sutura las lógicas extractivas con la cultura del “desarrollo sustentable”– se viene ponderando y calculando, a escala micro, en las localidades y comunidades concretas, loci de resistencias donde los emprendimientos extractivos se emplazan multiterritorialmente y donde la injerencia del Estado en todas sus jurisdicciones opera de manera decisiva para garantizarlos. Esto, mediante distintas decisiones y actuaciones o puestas en escenas de los gobiernos y sus funcionarios, incluso, derogando leyes6 (véase “Los movimientos contra la minería a cielo abierto”; también Marín y Machado Aráoz, en este volumen).
Como demuestra María Eugenia Arias Toledo a propósito de IIRSA en este volumen, se trata de una retórica desarrollista integrativa que, mediante la seducción, materializa la lógica extractiva interviniendo el territorio e involucrando las instituciones estatales en los planes y los intereses empresariales transnacionales. Recordemos que el decreto presidencial ratifica el corpus normativo de la década pasada, debiendo garantizar ahora que estas condiciones jurídicas de posibilidad encuentren las condiciones materiales, políticas y socioculturales necesarias para su implementación y ejecución, configurándose en la actualidad un neomapa minero marcado por la celeridad de los procesos de adjudicación y concesiones para emprendimientos.
Las resistencias al paradigma extractivo, del que se ocupan varios autores en este libro, exhiben y desnudan lo que el discurso hegemónico deniega, esto es, las asimetrías de las “formas de existencia y ejercicio de las luchas sociales en el dominio de los procesos sociales de producción de las significaciones” (De Ípola, 1983: 73). Cabe esta definición puesto que las disputas por el desarrollo no son sólo conflictos entre discursos y consignas, entre ideas “representadas por palabras”, sino que en estas luchas lo que está en juego es la relación establecida entre las relaciones de fuerza y poder y las relaciones discursivas, comprendiendo en ellas todas las prácticas significantes, no sólo las verbales.
La licencia social para operar es la eficacia que explícitamente procura el discurso transnacional, tanto en la dimensión fenomenológica –percepciones y aprehensiones– cuanto en las representaciones sociales –regímenes de enunciación y visibilidad–. Para esta eficacia se promueven políticas y planes de intervención comunitaria y comunicacionales, estrategias, modos y medios para lograr el permiso de las comunidades afectadas o amenazadas por emprendimientos mineros. De manera simultánea, se construyen la imagen positiva de la megaminería y su crédito social –el orden de las creencias, la confianza y las valoraciones–. Esta doble construcción requiere de una episteme que la autorice –la producción de saberes y la garantía de “control de riesgo”–, una estética minera para configurar “sensibilidad y educación sentimental”, una ética filantrópica de humanización del empresariado y el capital, y una “filosofía” de la democracia y sus modelos. De este dominio de la eficacia representacional me ocuparé en la tercera y última parte, con un particular énfasis puesto en las relaciones entre universidad, medios y empresas.
La megaminería transnacional convoca al mundo al “cambio cultural”
El mundo para el oro: actores y actas fundacionales
El discurso global y la lengua que éste inventa se naturalizan como si fueran preexistentes pero, en rigor, podemos localizar su producción a fines de los 90, y su puesta en circulación a escala planetaria en 2002. Llamo “actas fundacionales” a las producciones que toman dimensión pública con eficacia instituyente y que resultan de enclaves multiactoriales propiciados por las empresas minero-metalíferas líderes del mundo, junto a gobiernos, fundaciones, organismos internacionales –como la ONU–, entre otros, para consagrar un discurso que atraviesa las políticas de los Estados regionales y las articula con grupos financieros globales, como el Banco Mundial, consolidando una lengua que no sólo funda el mundo al que remite sino que busca imponerse, persuasivamente, como el único mundo y la única lengua para hablarlo. Su eficacia se mide en su poder para construir e inscribir legitimidad en el dominio cultural a una de las industrias más poderosas de la economía del planeta, profusamente denunciada mediante casuísticas probatorias en todo el mundo, también en nuestro país,7 y no sólo para legitimar las políticas públicas y privadas que benefician al sector.
En lo que sigue consideraré la institucionalización y la consolidación de la más poderosa red de redes de la industria minera metalífera, especialmente la aurífera, para inscribir los trazos de la genealogía planetaria de la mayor convocatoria lanzada desde el mundo del oro, para lograr la invención de un mundo para el oro. Resulta significativo localizar esta institucionalización, pues es el umbral a partir del cual la minería transnacional comenzará a hablar en nombre del discurso del desarrollo sustentable, interviniendo e impactando la producción del discurso mismo en el que se autolegitimará desde entonces (Leff, 2003: 387).
Como he analizado en otro lugar (Antonelli, 2007a), bajo la Iniciativa Global para la Minería (GMI) y a través del Consejo Mundial Empresarial para el Desarrollo Sustentable (WBCSD), en 1999 nueve de las mayores empresas transnacionales mineras encargaron al Instituto Internacional para el Medio Ambiente y el Desarrollo (IIED) el programa Mining, Minerals & Sustainable Development (MMSD), luego de un informe que el IIED presentara a las empresas en octubre de ese año, en el cual recomendaba la realización del programa referido. Importa desde ahora señalar la capacidad de think tank o usina de ideas que cumple una institución científica dedicada al ambiente en nombre del desarrollo, con la finalidad de volver viable la minería a gran escala en el mundo.
Precisamente como resultado del MMSD, en 2002 la corporación llamaría a producir “un cambio cultural” respecto de la minería transnacional a gran escala, para ser concebida como factor del desarrollo sustentable; tal cambio estaba orientado a preparar al sector para la Cumbre Mundial de Desarrollo Sustentable a realizarse en Johannesburgo, con motivo del décimo aniversario de la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, ese mismo 2002. Precisamente, la primera cumbre, realizada en 1992, había sido convocada por la ONU, como resultado de la publicación, en 1987, de Nuestro futuro común, informe elaborado en el marco de un proyecto solicitado por su secretaría general, ante los impactos ambientales en curso, con la finalidad de revisar el discurso ambiental con respecto al desarrollo sustentable (Leff, 2003: 12).
Como puede observarse, las empresas ingresarían al gran diálogo mundial de la segunda cumbre con la agenda resultante de su propio proceso corporativo, para la construcción de un modelo discursivo y una lengua común. Adelantemos desde ahora que, de acuerdo con los informes que se publicarían ese mismo año, la convocatoria “al cambio cultural” se presentó como una autoenmienda correctiva de las propias corporaciones pero que, en rigor y estratégicamente, luego produciría el dispositivo global de intervención cultural para revertir memorias, casuísticas de daños, percepciones y representaciones: la invención de la nueva minería.
El proyecto MMSD comenzó en abril de 2000 y se planteó cuatro funciones: investigación y análisis, incorporación de los actores, información y comunicaciones, y planificación de resultados. Estos roles interrelacionados se dieron en llamar “enfoque MMSD” y su objetivo fue garantizar la pertinencia de los temas de investigación elegidos y de los planes de acción derivados de los aportes de los actores y los análisis del proyecto, así como la eficacia con que estos planes pudieran ser llevados a la práctica.
En 1999, cuando se lo concibió como proyecto, el MMSD contaba ya con patrocinadores comerciales y no comerciales con capacidad de gestionar el paradigma hegemónico para la megaminería a nivel global.8 Esta iniciativa fue el paso preliminar para la creación, en 2001, del Consejo Internacional de Minería y Metales (ICMM) para representar a las compañías líderes a nivel mundial y para “avanzar en su cometido hacia el desarrollo sustentable”.
En 2000, comienza entonces el “proceso independiente de consulta e investigación”, conocido como Minería, Minerales y Desarrollo Sustentable (MMSD), liderado por Richard Sandbrook, del Instituto Internacional para el Ambiente y el Desarrollo. Este proyecto tuvo una línea de trabajo específica para América del Sur.
Resulta significativa la tematización de cuestiones clave que se explicitan en el informe producido como “borrador público”, en marzo de 2002, para ser presentado en Resourcing Future, la conferencia global con la que ese año concluiría la GMI, en Toronto, Canadá. Cabe adelantar que en ese evento las compañías miembros de ICMM firmarían la “Declaración de Toronto”, encomendando al ICMM continuar el trabajo comenzado por el proyecto MMSD y comprometerse en “un diálogo constructivo con los stakeholders clave”. En ese mismo año se publica Abriendo brechas. Reporte final, cuyo borrador para América del Sur veremos ahora:
“Minería sustentable” es una corta frase que genera extensos y hasta polémicos debates. Por un lado aquellos que, aun entendiendo que el mineral no es un recurso que se renueva, asumen que la minería puede ser sustentable en función a la incorporación de las tres variables de la sostenibilidad: crecimiento económico, protección ambiental y equidad o justicia social. Otros que niegan tal posibilidad argumentando la naturaleza del recurso y los impactos ambientales y sociales que esta actividad genera y nadie desconoce.
Sin embargo, “minería sustentable” puede ser también interpretada como una frase que se orienta a generar en dicha actividad un cambio cultural, es decir, un cambio en la tradicional forma en que las corporaciones piensan y plantean sus acciones, un cambio que va más allá de asumir retos en función a lo que “el bolsillo permite” y lleva a la actividad a ser agente de cambio; un eslabón importante en la cadena del desarrollo.
Finalmente, sea cual fuere la aproximación por la que se quiera optar, “minería sustentable” es una frase que nos obliga a pensar más allá de tan sólo “minería” como actividad y sus impactos. Nos obliga a reflexionar en el desarrollo tanto en el ámbito regional como local, en el bienestar humano y sus saludables efectos, en las personas y sus derechos básicos, en la democracia y sus lamentablemente muy habituales trabas –corrupción y falta de transparencia–, en el rol de la sociedad y las ventajas de su participación, en los mercados y los efectos de la globalización. En fin, pensar integral y estratégicamente con una visión de desarrollo a largo plazo en donde la minería como actividad productiva no es el fin, sino un medio para cumplir esa meta. (1-2)
El primer eje de su fundamentación condensa la dimensión discursiva del modelo democrático que se requiere para la sustentabilidad de la minería, desde la perspectiva del grupo garante del proyecto. El informe tematiza la poderosa industria extractiva, ese instrumento para el desarrollo, casi explícita figuración de la “teoría del derrame”, como un modelo discursivo: el diálogo o la concertación de voces sociales. Es precisamente en esta dimensión postulada como fundamento y filosofía que la megaminería más poderosa del mundo se autodefine como “lugar de acuerdo mediante la interlocución”, al poner a todos los hablantes en posición de “interlocutores iguales”, maqueta que efectivamente fue la que adoptó el propio MMSD con la inclusión en sus talleres de actores irreductiblemente asimétricos. Esta tercera postura “frente a la frase minería sustentable” es la que el propio grupo de consultores construye como novedosa posición para el cambio cultural de la corporación, que consistiría, se afirma, en abandonar la lógica de lucro y las reglas del mercado como único horizonte.
Continúa el Grupo Garante para América del Sur:
Es en esta necesidad imperiosa de repensar y replantear a escala global el rol de la minería […] reconociendo que “el desarrollo sustentable implica la utilización de un enfoque integrador del desarrollo humano, que considera a la vez objetivos sociales, económicos, ambientales y de gobernabilidad”. Es también este escenario el que demandó que la reflexión trascendiera al mundo de los operadores mineros e involucrara la participación de los distintos grupos de interés, entre ellos comunidades, organismos no gubernamentales, entidades financieras y representantes del sector público, generando como resultado el mayor activo de esta iniciativa: el diálogo. (1)
El borrador encomendado por, y para ser presentado ante, las megaempresas líderes y organismos globales condensa varias de las estrategias corporativas, como veremos en próximas citas: a) la necesidad de extender la minería a escala regional como imperativo de la naturaleza (“los recursos y oportunidades”); b) operar como un funcionamiento inclusivo-integrador, con modalidades persuasivo-seductoras, que hace de la lógica del mercado, la capitalización de la naturaleza y el interés corporativo un factor de “desarrollo humano”. Esto contrasta con los procesos legislativos de los 90 en nuestros países, donde “el desarrollo humano” es lo que resta, el excedente de la llamada “competitividad” por los gobiernos y los funcionarios quienes, bajo la figura del paísimán, proponen atraer inversores mediante la mayor concesión de beneficios (Robilliard, 2006); c) las maquetas de democracia abogadora (o de interlocución genuina), que confina las resistencias al umbral de lo conflictivo, el Otro, fuera del Estado, de la sociedad civil y del mercado; el que se abstiene del diálogo y no “promueve el futuro”; d) la dislocación del Estado y de la democracia por medio del recurso a la “mancha ignominiosa de la corrupción”, que se extiende sobre las corporaciones, obstaculizando el desarrollo; e) la tardía inclusión de la participación ciudadana –si se tiene en cuenta la legislación de comienzos de los 90, es decir, una década antes–, y f) la descalificación de la disidencia y las resistencias mediante el miedo, como pasión reversible por la información (véase Marín, en este volumen); todo ello desde la denegación inicial: el modelo extractivo no se suspende ni se prohíbe (Sánchez Albavera y Lardé: 2006).
Finalmente, me interesa este borrador porque, a casi siete años de su redacción y posterior publicación, en el actual escenario asistimos al despliegue de la convocatoria al “cambio cultural” mediante el diálogo y la construcción de consenso, como meta de eficacia última, y la necesaria construcción estratégica de pactos de confianza, en los que la “información” –otra vez, la transparencia– sería el reaseguro para lograr una sinergia pro extractiva:
Y este diálogo se dio en un contexto complejo, de mutuas desconfianzas y recurrentes temores cuyo sustento, válido o no, en muchos casos aún se mantiene, pero que puede ser superado porque el proceso nadie puede pensar que concluye con el Informe Final del MMSD, ni con la reunión “Global Mining Initiative Conference” de Toronto en mayo de 2002, […] estas acciones y productos son tan sólo el inicio de un proceso futuro, que tendrá iguales o mayores dificultades y que se deberá sumar a procesos ya iniciados, o por iniciarse, por el propio sector minero o los otros actores involucrados. Todos con la misma voluntad de lograr, a través del diálogo, el entendimiento y la búsqueda del consenso, sinergia y avances significativos en una minería que debe apuntar hacia la sostenibilidad del desarrollo. Esta filosofía del diálogo como premisa y el desarrollo sustentable como meta fue planteada en el proceso del MMSD en América del Sur y constituye el reto que la región enfrenta para el futuro. (14)
El Informe contiene también una afirmación que resulta por demás significativa para la razonabilidad de las evidentes réplicas, argumentos y denuncias en las luchas de las comunidades del “no”.9 Por ello es interesante citar la declaración de este borrador al respecto:
Este proyecto no se pregunta por la sostenibilidad de la industria, sino por cómo la industria puede contribuir al desarrollo sustentable de regiones y países mineros, fue el planteamiento inicial del proceso y a partir del mismo se identificaron temas clave como el de la capacidad del sector minero de garantizar sostenibilidad a largo plazo, el rol que puede jugar la minería para impulsar el desarrollo de las economías nacionales, la forma como la minería puede mejorar su desempeño ambiental, entre muchos otros. Estos temas parten de reconocer que América del Sur es una importante región minera que, no obstante ello, lleva muchas décadas buscando encontrar la fórmula o la vía más adecuada para salir de la lista de países en vías de desarrollo y combatir eficazmente la pobreza, que atraviesa recurrentes crisis económico-financieras y crisis políticas, que demanda medidas inmediatas a urgentes problemas y que quiere aprovechar el potencial de sus recursos humanos y recursos naturales como instrumento efectivo de desarrollo.10 […] un proceso que apuesta por el cambio; que busca reemplazar conflicto por concertación; que apuesta por soluciones integrales antes que soluciones donde exista un ganador y un perdedor y que ve la minería como una oportunidad para el desarrollo antes que como un obstáculo. (12; mi subrayado)
La pregunta no formulada, la que no integró la agenda, es precisamente la que hubiera problematizado y deconstruido la naturaleza y los alcances de los impactos que conlleva la megaminería, los procesos de lobby y las condiciones jurídico-políticas, económicas y financieras que de ellos resultaron.11 Por el contrario, en esta errática región que no ha podido ni sabido “encontrar vías de desarrollo”, según el grupo garante, la “sostenibilidad de la industria” se define por tres ejes. Por un lado, la sustentabilidad del desarrollo justificado por la existencia ya relevada y sistematizada de inestimables reservas mineras que garantizaban la explotación por muchos años –las llamadas “ventajas naturales” en el discurso del área estratégica cepalense–.12 Por otro lado, la reservas mineras. En el caso argentino, numerosos proyectos de investigación en redes públicoinfraestructura, como sustentabilidad del desarrollo minero, esto es, como condición necesaria para las operaciones extractivas, incluyendo el ordenamiento territorial, pues mientras se desarrollaba el MMSD ya estaba firmado IIRSA como nuevo mapa pro extractivo, con los respectivos endeudamientos de países de la región. Por último, el manejo de los aquí denominados “conflictos”, la cancelación de lo que el grupo garante llamó “la cultura confrontativa y aislacionista”, es decir, la disuasión y/o represión de las disidencias y rechazos por parte de grupos, comunidades, etc. El proyecto MMSD, en todo caso, estaba potenciando la disuasión y la persuasión, como parte del “cambio cultural”.
Esta actitud [de diálogo] se contrapone a una cultura que parecía estar instalándose en la relación minería-comunidad-Estado, la cultura de la confrontación, donde los niveles de confianza, credibilidad y disposición al consenso entre todos los actores parecía haber caído a niveles tan bajos que conducían inevitablemente al conflicto y donde las iniciativas de los unos son menospreciadas o cuestionadas por los otros. Actitudes como las mostradas por los distintos actores que han intervenido en el proceso regional América del Sur del MMSD permiten confirmar que la transparencia de la información es la base del entendimiento y que la falta de ésta es la base del conflicto. Es que el papel que juega la actividad minera en la sostenibilidad del desarrollo nos lleva a reconocer que las responsabilidades deben ser compartidas, que no es un asunto de “culpas”, sino de roles y funciones claramente identificados y complementarios entre sí. No se trata de culpar exclusivamente al operador minero por los impactos que su actividad genera, ni al Estado por su imperiosa necesidad de promover la inversión para generar crecimiento, ni a la comunidad por sus reclamos orientados a mejorar sus condiciones para una mejor calidad de vida. La responsabilidad compartida obliga a construir entre todos los actores una visión de país, una visión de desarrollo y una visión de sostenibilidad. Sólo así podremos eliminar esas “fronteras difusas” de lo que creemos debe corresponder al operador, al Estado o a la comunidad de manera aislada, lo que generalmente conduce a la inacción. […] La sostenibilidad plantea retos complejos. […] los cuales deben ser dinamizados, no por fuerzas centrífugas que llevan al riesgo de visiones aislacionistas, sino por fuerzas centrípetas orientadas hacia un núcleo, el de la sostenibilidad del desarrollo. (13)
Este discurso fundacional, que manipula narrativas promesantes lanzadas al futuro, sin embargo articula su propia lógica y su referencia en la tierra y el territorio. La retórica de “las oportunidades y los desafíos” condensa el avance irrestricto de la megaminería, y requiere para ello una episteme fundadora abierta al futuro.
El proceso al que abría el MMSD tenía implícitos vacíos a llenar. Por un lado, la legislación sobre daño ambiental y el establecimiento de responsabilidad, aspecto que no “se advirtió en las leyes de primera generación”, preocupadas por la “capacidad de atracción de los capitales de inversión” y por el rango de país-imán, y que debía incluir al Estado como corresponsable. Por otro lado, la omisión de la participación ciudadana y su necesaria inclusión en términos de corresponsable de la actividad.13 También “la responsabilidad empresarial”, que surgiría más de una década después de la legislación minera como excedencia mínima de la lógica de lucro pero, a la vez, sólo como corresponsabilidad de los operadores mineros por los impactos provocados. Además, estaban pendientes la violación a derechos humanos, a derechos específicos de comunidades originarias, el irrespeto a la biodiversidad y las áreas protegidas –consideradas patrimonios de la humanidad–, las violaciones a derechos laborales y problemáticas de salud y medio ambiente, y la legislación sobre seguros ambientales. Estos distintos aspectos constituían y constituyen aún hoy el núcleo de las resistencias y denuncias mundiales, y fueron abordados por las corporaciones con posterioridad.
En efecto, al considerar más adelante su accionar desde 2002 y hasta ahora, el ICMM ha declarado sustentar un “proceso de realineamiento”, que es pro extractivo, tomando como base para ello su altamente comprometida reputación mundial, como lo explicita en el acto mismo de su creación, según veremos.
En la declaración del grupo garante del MMSD se explicitaba que una de sus responsabilidades fundamentales había sido tratar de asegurar los mayores niveles de calidad, equilibrio e integridad en la elaboración del proyecto para lo cual se reunió en ocho ocasiones durante el proceso de consulta, preparación y revisión que condujo al informe. Entre los miembros del Grupo Garante se encuentra Daniel Meilán, ex subsecretario de Minería durante la presidencia de Carlos Menem (1989-1999), es decir, uno de los funcionarios del gobierno nacional que posibilitó la normativa minera actual y firmante del tratado entre la Argentina y Chile, que hizo posible jurídicamente el único proyecto binacional del mundo, Pascua-Lama, a cargo de Barrick Gold Corp,14 situado en Lama, provincia de San Juan.
Es interesante considerar la declaración del grupo de patrocinadores del MMSD, puesto que allí reconocen el mandato para “respaldar y financiar” el proyecto, y asegurar la independencia del grupo de trabajo, a la vez que admiten su participación en todo el proceso del MMSD en calidad de “actores sociales”, o sea que “asistieron a talleres, contribuyeron con artículos y ponencias, presentaron comentarios a los borradores y aportaron contactos provenientes de sus propios grupos de actores”. Las empresas transnacionales patrocinantes y sus asociados declaran haber participado de la “misma manera que los restantes actores”: mineros artesanales, comunidades originarias, entre otros. Ésta es la puesta en escena de la “filosofía del diálogo” del MMSD, instituida como marco práctico hegemónico.
También interesa señalar que los patrocinadores del proyecto habían establecido el carácter no vinculante de los informes producidos, tanto respecto de no respaldar necesariamente sus hallazgos y conclusiones como de no hacerse responsables por la exactitud, la legitimidad y el carácter exhaustivo de los materiales producidos, y a no considerarse obligados por las conclusiones de MMSD.15 Así, podría interrogarse si el poder instituyente que fundó este proyecto financiado por la corporación megaminera más poderosa no era, dada esta falta de compromiso, una maquinaria instituyente teatralizada que, estratégicamente, planteaba la tercera postura –“la del cambio cultural”, produciendo efectos de discurso, lengua común y crédito social– sin consecuencias pragmáticas, éticas ni jurídicas.
En 2001, luego del inicio del MMSD, la comisión directiva de la organización representativa de la industria de minería y metales acuerda transformarse a sí misma en el ICMM, cuya secretaría tendría base en Londres.
En la actualidad, integran la presidencia y el cuerpo directivo de su consejo los presidentes ejecutivos de empresas, grupos y asociaciones mineras globales, entre ellas las más poderosas de la economía de metales.16 Cabe destacar que la Cámara Argentina de Empresarios Mineros (CAEM) ingresó como miembro asociado del ICMM y ello amerita al menos dos comentarios. Por un lado, la transnacionalización de la que participa la actividad minera que se presenta en la Argentina como “nacional” y el equívoco nombre de esa cámara. En efecto, por su afiliación pero, sobre todo, por sus miembros asociados que son mayoritariamente las empresas transnacionales, su denominación se justifica por el territorio extractivo, es decir, en la Argentina como reserva minera (en cantera explotable), y le permite, no obstante, jugar con el imaginario nacional de “lo propio”, “la industria nacional, de, por y para argentinos”.
Por otro parte, este equívoco le posibilita entrar en tráficos y usos estratégicos con la minería tradicional, incluida en la cámara. En los discursos circulantes producidos por actores hegemónicos en la Argentina, se continúa empleando sin distinción “minería” y “megaminería”, de modo que, teniendo en cuenta la transformación normativa de los 90 y las nuevas tecnologías de esta minería a gran escala y transnacional, el uso de la designación genérica para nombrarla –“minería”– es, estratégicamente, un significante que no sólo ha perdido su significado sino su referente.
Volvamos a la concepción del ICMM, en 2001. Ésta puede ser datada dos años antes, al emprender el proyecto MMSD, cuando las firmas mineras globales aceptaron al más alto nivel que el sector estaba afrontando significativos problemas de reputación para sostener beneficios, acceder a nuevas contribuciones y mantener la confianza de inversores y empleados. Así, en su propia “autofundación”, la minería transnacional exponía los argumentos por los cuales anunciaba que emprendería una enmienda correctiva de su accionar atenta a la lógica del mercado.17 Este explícito “realineamiento” sería la más poderosa coartada para luego sostener, ante las resistencias y los conflictos, y como argumentación para las políticas públicas de los Estados de países con minerales, que por su propia voluntad la industria había encarado el proceso de su “sustentabilidad”.
Siguiendo la trayectoria que el mismo ICMM presenta institucionalmente, se puede advertir el “realineamiento” por el que el mundo del oro –las corporaciones– trabajaría con los principios, los códigos y las convenciones sobre el oro del mundo –en especial, los que establecen y delimitan las zonas sacrificables de las no sacrificables– para intervenir en su redefinición y trazar el mundo para el oro. Ésta sería la más poderosa estrategia para liberar el mundo de los metales –y de las comunidades– de toda inhibición. El mundo para el oro se funda en la ausencia de todo límite, ausentamiento que inventa un mundo sobre una falla, ese hueco en el que no reside ninguna prohibición. El mundo para el oro no puede fundar una cultura basada en la dimensión jurídica de la vida y la subjetividad, ni en reglas sociales de lazos comunitarios ni en pactos intergeneracionales.
La episteme fundadora y su invocación al futuro: ciencia, tecnología y transferencia bajo el mecenazgo extractivo
En el trabajo de construcción de un lenguaje común, la “minería responsable” se inscribió como un lugar vacío para ser llenado en el futuro, gracias al promisorio avance de investigaciones para reducir daños –y costos– y la adopción de instrumentos y medidas de gestión pública que promovieran la licencia social para que las empresas operaran. En el cruce entre responsabilidad y minería, la ciencia y la tecnología definirían su estatuto “sustentable”.
Tanto en su informe final, presentado en 2002, como en sus informes parciales, los impactos de esta minería a cielo abierto y por lixiviación con sustancias tóxicas fueron redenominados por el MMSD como “desafíos” de la industria minera, admitiendo los daños que conllevan. En algunos borradores se explicitaba que los daños eran innegables, pero que también los producían otras actividades, como la agropecuaria y la forestal, de modo que su carácter lesivo manifiesto no era un obstáculo para seguir sosteniendo y extendiendo la actividad minera.
Mientras se llevaban adelante los talleres, el trabajo del MMSD señalaba la “feliz” coincidencia de otras iniciativas simultáneas que cooperarían en definir, dotar de contenido la “responsabilidad”, y elaborar los parámetros para medirla. Ejemplo de ello era entonces el establecimiento del Código Internacional para el Manejo de Cianuro (CMC), investigación también encargada y pagada por las empresas mineras, los fabricantes y los transportadores de cianuro. Tres años después, el código –de uso “voluntario”– serviría de reaseguro y motivo de premiación para la responsabilidad ambiental de las empresas adoptantes. Entre los auditores “independientes” llamados a monitorear las buenas prácticas empresariales derivadas del código se encuentran aún hoy consultores que, a la vez, venden a las mineras servicios de consultoría para manejos de suelo, usos de agua, instalaciones de piletas de lixiviación, etc.; es decir: quienes son contratados para auditar son empresarios del sector.
La apelación al futuro de una minería responsable a lograr en un proceso abierto al porvenir resulta parte integral de las estrategias de los informes y su aceptación en diversos niveles, como también de las páginas institucionales de las empresas auríferas. La futura “minería responsable” era y es la “idea fuerza” explícita de una meta para años venideros. Así, el presente se configuraba como “transición para el desarrollo sustentable”.
En el “Reporte ejecutivo” de Abriendo brechas, sugestivo título para su informe final conteniendo recomendaciones, el MMSD afirmó que la megaminería no presentaba obstáculos sino que planteaba “oportunidades” y “desafíos” a todos los actores, incluidas las universidades. “Desafíos” es la denominación que, en simultaneidad, afirmaba los daños constatados y reportados, y que seguirán produciéndose hasta que llegue el futuro prometido, y resignificaba la contaminación, la pérdida de biodiversidad, el agotamiento de recursos y de agua, entre otros impactos, como “legados del pasado de la minería” que deberían ser superados con la cooperación entre los distintos actores “responsables”, mientras la extracción minera a gran escala continuaba su marcha. Las investigaciones a las que el MMSD llamaba en 2002 incluían estudios de casos donde se demostrasen los impactos de las tomas de decisiones respecto de la minería, “por ejemplo, consecuencias negativas de una decisión por la que se impidió la explotación minera”.
Junto y casi con la misma contundencia, en los trabajos del MMSD se atribuía a la corrupción política ser una de las causas por las que la megaminería soportaba una imagen socialmente negativa que contribuye a suscitar conflictos. Por ello, el Final Report y el informe MMSD para América del Sur introducen la gobernanza– y no la gobernabilidad– como significante clave para el ejercicio eficaz de la autoridad institucional de los gobernantes de estos países, en orden a lograr la licencia social para operar. En las elipsis del MMSD, esto implica que la mera legalidad del cuerpo normativo que las clases políticas y los funcionarios pudieran sancionar o hubieran ya sancionado a medida de los intereses de las empresas no bastaría –ni basta– para ejecutar sin resistencias las políticas extractivas de los recursos naturales en territorio. Es ésta una de las poderosas razones por las cuales el MMSD proponía un necesario “cambio cultural” basado en la legitimidad de esta minería contaminante, con el reaseguro de una teleología epistémica en redes de ciencia y técnica, especialmente de transferencia e innovación tecnológica, orientadas a los “desafíos” extractivos irresueltos.
Todo el proceso y el informe resultante pueden considerarse una fundación del porvenir: el futuro volverá responsable a la minería, y la minería llegará a ser lo que aún no es –“factor de desarrollo”–, mientras aguarda volverse “científica y tecnológicamente” sustentable, con la “cooperación de todos los actores responsables”. Entre los puntos ciegos de este discurso se destaca la omisión de cualquier explicación por la cual hasta ese momento, bienio 2000-2002, la minería que agotó el oro en veta en el mundo nunca propició el desarrollo de las “comunidades pobres”, omisión que aún queda silenciada un lustro después.
Mientras el MMSD primero y luego el ICMM postulaban como futura la minería responsable y sustentable, que aguardaba por hallazgos de próximas investigaciones que superasen los “desafíos”, entre otras implicaciones mayores, ambos amparaban la intencional búsqueda de consenso para autorizar los procesos extractivos en zonas aún no permitidas: reservas naturales, áreas protegidas, biosferas, patrimonios de la humanidad, territorios de comunidades originarias. Un año después, esta pretensión se discutiría a escala mundial pero, reforzando la arremetida, el MMSD insistiría en la necesidad de desinhibir las categorías de las entonces zonas protegidas en nombre de “un lenguaje común”. Las páginas institucionales donde las mineras se autopresentan como social, económica y ambientalmente responsables son más que elocuentes para advertir de qué manera la responsabilidad de la minería y la sustentabilidad del desarrollo están abiertas al porvenir: subsidios para investigación y transferencia tecnológica sobre manejo de cianuro, manejo y enterramiento de restos sólidos y pasivos ambientales, casuística de pérdidas de biodiversidad y relevo de especies luego del cierre de las minas, métodos que bajen los consumos de energía y de agua y reducción de factores para el calentamiento global, se destacan entre los proyectos financiados por las empresas y que ellas detallan en sus informes de operaciones ante los inversores, bajo el menos utópico argumento de la disminución de costos por onza de oro.
El lento descubrimiento del daño: los límites como coartada
Según su cronología pública, durante 2003 “los miembros de ICMM reconocen los valores ambientales de ciertas áreas protegidas y prometen no hacer minería ni explorar en áreas de Patrimonios de la Humanidad” y adoptan diez principios guías, el primer marco de trabajo para desarrollo sustentable del ICMM. Como se sabe, la patrimonialización de áreas, como el caso de la biosfera de San Guillermo, provincia de San Juan, donde está el proyecto Veladero a cargo de Barrick Gold Corp. demuestra lo contrario,18 además de iluminar la densidad que vincula a los funcionarios con las empresas y el uso del Estado por y para las transnacionales; mediante la cesión privatizadora de tierras patrimonializadas. También se verifica en la actualidad respecto de la Quebrada de Humahuaca, y asimismo ocurrió en las “disputas” con el estado provincial en relación con el patrimonio arqueológico de Ongamira, provincia de Córdoba (Organización Ongamira Despierta). El límite, como se ve en estos ejemplos, abre y posibilita estratégicamente el debate acerca del trazado y los perímetros que se “considerarán” patrimonio.
Cabe señalar que, al igual que otras redes transnacionales relativas a la minería, el ICMM se afianza en el paroxismo de la eficacia del discurso: instituir las realidades que construye. Esto se evidencia en los marcos de trabajos, guías y principios, en acuerdo con los cuales la minería a gran escala sólo produce beneficios, no provoca impactos mayores que otras industrias y, sobre todo, tiene sus propios parámetros para control de riesgos y autolegitimación. Con la misma confianza asignada a las palabras, comparte en redes multiescalares la eficacia de los manuales mediante cuya aplicación, por su funcionamiento prescriptivo-técnico, lograría conjurar los conflictos sociales, capacitar a funcionarios locales para la buena gobernanza, llevar adelante explotaciones según “buenas prácticas”, etc. Entre el didactismo y el conductismo, el ICMM produce las propias garantías de la megaminería a escala de sus intereses y, bajo el pacto de transparencia que anima a la corporación, postula la irrestricta adecuación que existiría entre las palabras y las cosas, el discurso y los hechos, los manuales y los sujetos históricos.
En 2004, el Grupo de Trabajo GRIICMM completa el suplemento Minería y metales de la Guía GRI 2002 y también participa activamente con la revista del Banco Mundial –World Bank’s Extractive Industries Review (EIR)–, declarando que suscribe como foco final “al desarrollo sustentable” y a la “mitigación de la pobreza”, como el propio Banco Mundial lo hace. Ese mismo año produce una publicación en la que postula y afirma la compatiblidad entre minería y biodiversidad, Integrating Mining and Biodiversity Conservation.
En 2005 su presidente integra el recientemente establecido World Bank Extractive Industries Advisory Group y edita varias publicaciones en relación con la problemática de las comunidades, en especial las originarias; también sobre seguros financieros para el cierre de minas y el manual de buenas prácticas para responder a emergencias, que circulará por distintas redes. Más de diez años habían transcurrido entre la publicación de “el manual” y las explotaciones mineras cordilleranas, bajo las atractivas leyes de los 90.
En 2006 avanza sobre problemáticas de seguridad y salud, y elabora el manual de buenas prácticas para minería y biodiversidad, descalificado internacionalmente por numerosos expertos y organizaciones no gubernamentales. Al año siguiente dará a conocer la posición de ICMM ante temas de minería y comunidades indígenas. Si se tiene en cuenta el reciente antecedente argentino respecto del desplazamiento de un cementerio mapuche para el establecimiento de un yacimiento a cargo de una de las empresas transnacionales miembro de ICMM (véase Svampa, Sola Álvarez y Bottaro, en este volumen), puede constatarse cómo siempre se trata de “desafíos” para superar los límites. Sin embargo, como lo he analizado en otro trabajo (Antonelli, 2008a), la distancia entre el discurso y los hechos, los manuales y los sujetos históricos quedaría expuesta en el Foro sobre Responsabilidad Social Corporativa realizado en Toronto en diciembre de ese mismo año 2006. Ante múltiples denuncias de diversas organizaciones, Pierre Gratton, de la CNA, que representa a las veinticinco mineras más importantes del país, reconocía entonces que “algunos de sus compatriotas estaban mal preparados para trabajar en países en desarrollo con gobiernos pobres, conflictos locales irresueltos y leyes ambientales débiles: «Es claro que hay problemas y por eso estamos organizando estos foros»” (http://www.lanacion.cl/, 18 de diciembre de 2007).19
Alianzas de oro
Gregory Wilkins, uno de los miembros del consejo del ICMM, es el director actual electo en 2008 del World Gold Council (WGC). En 1987, el mismo año en que se publicaba Nuestro Futuro Común solicitado por la Secretaría General de Naciones Unidas para redefinir el desarrollo sustentable, se creaba el World Gold Council, que se presenta como una organización formada y fundada por las compañías líderes mundiales en la minería del oro, “con el propósito de estimular, maximizar y mantener la demanda del oro para consumidores, inversores, la industria y el sector oficial (público)” (https://www.gold.org/).
Dedicado a tomar iniciativas del mercado para conducir la demanda, el WGC es también un instrumento para obtener barreras regulatorias más bajas para el ampliamente expandido comercio de productos de oro, ayudando a desarrollar sistemas de distribución y promoción del rol del oro como reserva de inversiones en el sector oficial, esto es, la bolsa de valores y la poderosa joyería mundial. Como el ICMM, al que no sólo Wilkins pertenece, adhiere a la “sustentabilidad de la industria del oro” y participa, justamente, de los mismos principios. En efecto, la nómina de empresas que integran el World Gold Council está constituida por las canadienses Agnico-Eagle Ltd., Alamos Gold Inc., Barrick Gold Corp., Yamana Gold Inc., Goldcorp Inc., Metallica Resources Inc., las estadounidenses Barrick Goldstrike Mines, IAM Gold Corp., Newmont Mining Corp., Royal Gold, Inc., Kinross Gold Corp.; las sudafricanas Anglo Gold Ashanti y Gold Fields Ltd., las transnacionales que operan en Perú; Inversoras Mineras del Sur SAA, Minera Barrick Misquichilca SA, Minera Yanacocha SRL; la japonesa Mitsubishi Materials Corp., la australiana Monarch Gold Mining y Barrick Gold of Australia; Peter Ambro Mining Plc., de Rusia, The Hutti Gold Mines Company Ltd., de India y Kahama Gold Corporation, de Tanzania.
Como puede comprobarse, este consejo mundial presenta un fortísimo predominio de empresas cuyos capitales son de origen canadiense y estadounidense, Barrick Gold cuenta con un protagonismo inigualable.20
Wilkins, quien integra a su vez el Consejo de ICMM en tanto CEO de Barrick Gold, es presentado por WGC como uno de sus actores clave, y en su perfil se destaca haber sido presidente y CEO de Barrick desde 2003 y hasta 2008, y miembro del consejo de directores desde 1991. Se unió a Barrick en 1981, trabajando juntamente con el director y fundador, Peter Munk,21 y otros miembros seniors del equipo que “construyó a Barrick como líder en la industria del oro”.
En su link sobre responsabilidad social expresa que comparte el llamado mundial respecto de que el oro juegue un rol clave en el desarrollo de una industria de la minería aurífera responsable, sosteniendo y financiando el CMC, un “programa voluntario de la industria que promueve el manejo responsable del cianuro usado en la minería del oro, mejorando la protección de la salud humana y reduciendo el potencial para impactos ambientales”. Como se recordará, ésta era la feliz iniciativa a la que refería el MMSD como parte de la búsqueda para llegar a ser “minería responsable y sustentable”.
La gestión del futuro global: el “desarrollo sustentable” como narrativa inclusiva para la intervención territorial extractiva
En este marco, un dominio privilegiado de las políticas discursivas pro megaminería se inscribe en la promoción de narrativas y usos políticos de las pasiones, especialmente relativas a las dos consideradas políticamente más fuertes: el miedo y la esperanza (Bodei: 1995).
Como he sostenido en otro lugar, la categoría de “narrativas”, de larga y compleja reconceptualización (Antonelli, 2008d y Antonelli, Arias Toledo y Marín, 2008), ha sido redefinida como la dimensión específicamente temporal mediante la cual los actores sociales asignan sentido a la vida, individual y colectiva, eslabonando-suturando el tiempo como narración: memorias (apropiaciones simbólicas del pasado), porvenir (proyecciones imaginarias de futuro), ambas desde el presente como punto de articulación de una particular conciencia histórica.
En tal sentido, la noción define el dominio de las prácticas discursivas que confieren cohesión imaginaria a las experiencias de los actores sociales, configurando simbólicamente las representaciones colectivas del pasado cercano o lejano, así como las visiones del futuro. Terry Eagleton (1992) afirma que “no podemos pensar, actuar, ni desear, a no ser que lo hagamos a través de la narrativa; es por medio de ésta que el sujeto forja esa cadena suturada de significaciones que le confieren a su condición real de división la cohesión imaginaria suficiente para permitirle actuar” (72).22
Interesa aquí subrayar la función primordial de las narrativas en la constitución de las identidades colectivas, así como su “eficacia simbólica” (o, en otros términos, sus efectos de poder) en la conformación de los comportamientos sociales. Esto, pues las narrativas –o ficciones– son activas en situación y también en situación evidencian su agotamiento, su pérdida de eficacia sociohistórica.
En tal sentido, el discurso sobre la megaminería evidencia las asimetrías, las tensiones, y las réplicas, entre la narrativa promesante que articula esperanzas del “desarrollo” y los núcleos escatológicos que proyectan temores y angustias colectivas. Para Bronislaw Baczko (1991), la memoria colectiva, es decir, las representaciones de los acontecimientos del pasado, constituye el polo complementario de los imaginarios sociales: “Sólo en lo abstracto se oponen memoria y esperanzas colectivas; en la realidad histórica casi siempre una completa y alimenta la otra” (9). Y en esta dimensión se activa, por un lado, el “desarrollismo” latinoamericano en un contexto regional modificado, pero también, por otro, es así como el desarrollo puede significar y eslabonar las “crisis” más recientes como pasado inmediato a revertir. También cumple la función activadora de los orígenes, del mito de la fundación del Estado y dela modernidad, en el imaginario circulante de la “Argentina rumbo al bicentenario” y la “paz para el progreso”, en una cada vez más profusa serie de actividades, eventos, convocatorias de sutura entre territorio, población, seguridad y procesos extractivos, hacia “el futuro mirando el pasado”; con campos de representaciones colectivas no irruptivas, sino permeables a ser integradas al universo simbólico “de los argentinos” y, respecto de la región cartografiada por IIRSA, el imaginario de la Patria Grande y la hermandad latinoamericana (véase Arias Toledo, en este volumen).
Sin duda, la promesa requiere de la esperanza como pacto de confianza y contenido epistémico –creer que/creer en– y es la que regula las proyecciones imaginarias del futuro promisorio que traería el modelo extractivo. El miedo es, más bien, la afección que se articula a las memorias locales recientes y no canceladas de la pobreza y sus exclusiones, los núcleos condensadores, ya del “neoliberalismo de los 90” y “la crisis 2001-2002” (caso argentino), ya de pobreza crónica para el continente, bajo la metáfora del “atraso” o la “dificultad para salir del estancamiento”, como explicitan los discursos cepalinos, en consonancia con el discurso de las empresas megamineras.
“No hay peor contaminación que la pobreza” es el axioma de varios actores y discursos hegemónicos, especialmente de políticos y funcionarios, con el que se replica al disenso socioambiental y el argumento del ex presidente Kirchner respecto de que fue la industria minera la única que en los 90 y en la crisis contribuyó al desarrollo nacional (véase Orellana et al., en este volumen).
Si, como afirma Cornelius Castoriadis (1993), el principio según el cual “la individualidad de un período debe buscarse en la especificidad de las significaciones imaginarias que genera y que lo dominan” (15), el desarrollo sustentable temporaliza la territorialidad y territorializa la temporalidad, y sostiene la persistencia, en la actualidad, de las “ficciones de concordancia por medio de las cuales se procura imponer modelos al tiempo histórico” (Kermode, 1983: 6). El “desarrollo sustentable” como narrativa es el relevo de la metáfora estrictamente espacial y del fin de la historia que dominara la “globalización” en los 90 hace del futuro el advenimiento de un cumplimiento, a la vez que activa memorias e imaginarios en el presente, bajo las mismas políticas extractivas y sus condiciones jurídico-políticas de posibilidad sancionadas en esa década.
Es relevante afirmar que, respecto del estatuto de las pasiones en los procesos de significación, Remo Bodei destaca: “Las pasiones preparan, conservan, memorizan, reelaboran y presentan los «significados reactivos» más directamente atribuidos a personas, cosas y acontecimientos por los sujetos que los experimentan dentro de contextos determinados, cuyas formas y metamorfosis evidencian” (Bodei; 1995: 10). En tal sentido, la dimensión y los componentes pasionales pueden pensarse como vectores en y de una comunicación tonalmente marcada. Es ésta una dimensión más que pertinente para abordar el desarrollo sustentable en términos de deseos (afecciones), construcción de verosímil y eficacia histórica concreta (o positividad),23 así como para explicar la poderosa inversión semiótica del capital en ello.
En efecto, es necesario señalar que en las disputas por el desarrollo las tensiones evidencian que lo que está en juego en la dimensión política de las narrativas es la intervención en campos de experiencia y horizontes de expectativa. Según Reinhardt Kosselleck (1993), la expectativa, como la experiencia, es a la vez subjetiva e intersubjetiva y tiende a lo que no es todavía, a lo no experimentado; es el “futuro hecho presente”. Las dimensiones del pasado y del futuro son instancias insuprimibles del presente, pero entre sí experiencia y expectativa no mantienen relaciones simétricas, ni son mutuamente traducibles. En esta asimetría, Koselleck enmarca la época moderna, en su tesis sobre la disociación creciente de experiencia y expectativa, que va ligada a la dilatación del futuro a expensas del presente y al incremento del coeficiente utópico en las representaciones del porvenir.
Precisamente por ello, entre las estrategias destacables para sostener el coeficiente utópico de la expectativa desarrollista minera, la del discurso hegemónico del desarrollo sustentable produce dos macrointervenciones. Por un lado, busca obturar e intervenir en los campos experienciales que las resistencias exhiben y explicitan en una profusa producción de verdad. Esta veredicción, mediante casuísticas locales y globales, desafía la gestión hegemónica del futuro confrontándole asimétricamente la experiencia minera concreta, efectiva y real, del presente vivido. Los géneros del testimonio, la oralidad comunal, las fotografías domésticas o asamblearias y las denuncias –que reponen al sujeto hecho cuerpo, sufrimiento y acción– pueden ya no disputar, sino denunciar la estafa –no sólo simbólica– del futuro que la megaminería promete (véase Machado Aráoz, en este volumen). Es este campo de experiencia el que la red de redes asamblearias –territoriales y virtuales– producen y hacen circular. En estas redes, el presente es el “futuro hecho pasado” de la promesa minera, y el advenimiento prometido no ha sido utópico sino escatológico: la catástrofe. Sus núcleos de significación simbolizan el tiempo del fin: agotamiento del agua, contaminación de los bienes comunes, pérdida de biodiversidad, desapropiación del territorio, destrucción del paisaje, fragmentación de los lazos de sociabilidad, pérdida de economías regionales, disciplinamiento de cuerpos, control social, etcétera.
En este sentido, y en el marco de las resistencias, los conflictos y los procesos ciudadanos conducentes a la sanción de leyes de prohibición de este tipo de minería en provincias argentinas, retomo a Koselleck. Si cuanto menor es la experiencia (el ritmo de los cambios erosiona la posibilidad de hacer experiencia) mayor es la expectativa, entonces podríamos afirmar que la implementación vertiginosa del plan minero nacional y la ejecución del reordenamiento territorial parecen querer ejecutar el modelo extractivo “antes que” el campo de experiencia de emprendimientos como Bajo La Alumbrera, hoy judicializado, y las movilizaciones sociales y ciudadanas horaden su verosímil y su eficacia simbólica, anulando la utopía minera. La celeridad como variable no es menor, puesto que se da en el proceso de cancelación de vías de consulta para la participación ciudadana luego del acontecimiento del no de Esquel (véase Marín, en este volumen), y por las travestidas modalidades fácticas mediante las cuales los gobiernos buscan sortear la prohibición (véase Svampa, Sola Álvarez y Bottaro, en este volumen). Si las políticas simbólicas no funcionan como “ficciones activas en situación”, si los procesos democráticos no son dóciles y la gobernanza no alcanza, es el Estado el que aún se reserva el monopolio de la violencia “legítima” en esta alianza hegemónica.
Por otro lado, simultánea y productivamente, el discurso del desarrollo sustentable y la minería responsable busca incidir en las percepciones y aprehensiones sociales de la minería en curso. Procura, a manera de estilete fenomenológico, producir un horizonte de percepciones y un dominio de representaciones positivas en torno de la megaminería como actividad, como industria y como actor social, las que replican, contienden e insisten en denegar el campo de las experiencias mineras locales. Para ello, maximiza las ventajas que derivan de las distancias geográficas de las comunidades afectadas, de la inaccesibilidad en muchos casos de los “espacios socialmente vaciables” (véase Svampa, Bottaro y Sola Álvarez, en este volumen), la retaceada visibilidad de las poblaciones y su identidad –poblaciones rurales, comunidades originarias, puesteros comunales, etc.–, bien por tratarse de espacios periféricos respecto de los centros nacionales o provinciales, o bien aprovechando “los mapas del deseo y sus consumos”. En este caso me refiero a “las rutas del vino”, el deporte de alta montaña, “la pureza del agua cordillerana y su paisaje”, etc., por las que localidades, zonas y provincias que están en el plan minero circulan en discursos sociales que invisibilizan la casi sobreimpresión de las “zonas sacrificables” mineras con los mapas del deseo.
La narrativa del desarrollo sustentable juega con configuraciones propositivas y de cohesión, bajo la retórica de la triple I: integración, inclusión e interconexión; la misma que rige la lógica del ordenamiento territorial que requiere. Es además una narrativa que, en su gestión del tiempo, produce su propia legitimidad. Regula retóricamente una estrategia política de la diferencia y la diversidad; un anclaje funcionalmente coetáneo a la “cultura y la comunidad internacionales de derechos humanos” para la inclusión (pobreza, diversidad cultural, género, comunidades originarias), y un proceso de integración en el horizonte pacificador de la “cultura de y para la paz”, que define agendas de prevención, gestión y control de conflictos mineros en nombre del desarrollo, siendo el PNUD un centro de irradiación global de estos lineamientos, pero que evidencia sus estratégicos usos en divisiones clave de esta entidad, como la División Recursos Naturales e Infraestructura de la CEPAL, ya citada.
La “minería responsable”: entre la estética, la filantropía y la tardía percepción estratégica del daño
En un trabajo anterior (Antonelli: 2007a) analizamos la denominación “minería responsable” en el marco del “desarrollo sustentable”, como se la encuentra en las páginas institucionales de las empresas auríferas, publicaciones del sector, propuestas de consultores y redes de mediadores24 y en discursos gubernamentales, entre varios otros. Advertimos que ambos funcionan, en redes transnacionales, como reaseguros a priori para enmarcar la economía extractiva transnacional mediante la evocación del principio jurídico de responsabilidad ante terceros –compromiso de no daño– y, a la vez, la postulada naturaleza filantrópica del empresariado sensible a las necesidades y deseos de la sociedad y las comunidades bajo explotación. Esta lábil filantropía corporativa recientemente ha sido consolidada en la elocuente RSE.
Para el caso de la megaminería, este concepto regulador aparece casi a una década de la sanción de las llamadas “leyes de primera generación” que, como afirmé antes, son las que enmarcan hasta hoy los beneficios a las empresas transnacionales. Recordemos que la RSE forma parte del declarado “cambio cultural”, para responder proactivamente a la más que negativa reputación de la industria en el mundo y a la creciente conflictividad y resistencia a esta explotación.
Tal responsabilidad se configura como un modelo de “triple hélice”: ambiental, económica y social, cuya dinámica enlazaría a empresas, Estado y comunidad como lazo ético-filantrópico para el desarrollo. En su base se postula la “transparencia” como distintiva de esa dinámica, por lo que reserva para sí la posibilidad de articular al Estado como garante-contralor y, por tanto, corresponsable de la industria, a la vez que se explicita la responsabilidad transparente y la transparencia responsable como justificativo de la teatralidad o autoespectacularización empresarial: el despliegue de las profusas prácticas a nivel local-comunitario en instituciones y ámbitos asociados precedentemente al Estado (escuelas, hospitales, dispensarios, talleres comunitarios, etc.), la implementación de campañas de presencia de la minera en eventos, efemérides, celebraciones, etc., de la comunidad, y fuertes inversiones publicitarias en los medios locales.25 Estas estrategias engarzadas ponen en escena, para ser vistas y recordadas, las performances de la responsabilidad empresarial y sus afectos públicos.
Un universo iconográfico compartido puebla las páginas de las empresas, sus redes de fundaciones y publicaciones respecto de esta macroestrategia de emotividad y compromiso escénicos. En efecto, la retórica filantrópica de la RSE viene produciendo imágenes que consolidan a los desiguales, diferentes y diversos, como comunidades locales “beneficiadas” por la actividad, explotando al máximo las diferencias étnicas y la desigualdad social en postales pietistas adecentadas de los postergados: indígenas, campesinos, pobladores de localidades alejadas, etc., son mostrados como comunidades felizmente integradas e incluidas gracias a la minería. Ellas conforman las postales del presente; instituyen las escenas fijas de la llegada del desarrollo prometido como proceso en curso, según una sintaxis de secuencias donde el presente mostrado –el ahora– de los beneficiarios activa la reposición de lo no mostrado: el antes de “la llegada de la minera”. Al mismo tiempo, permite consolidar apaciguadoras imágenes del futuro más o menos mediato: el conjuro del acechante cierre de minas tras diez, quince o veinte años de explotación.
El mundo del trabajo “honesto”, la escuela, la asistencia de la salud, los talleres, las huertas comunitarias, más recientemente el deporte y la inclusión de la mujer en el proceso extractivo, son las escenas de intersubjetividad donde la megaminería produce, por un lado, la propia retórica iconográfica de su responsabilidad y, por otro, la construcción de la galería de imágenes de “la política del buen vecino”, denominación que enlaza a mujeres, jóvenes, niños y ancianos con cadenas de proveedores locales y fuerza de trabajo, en un pacto de “asociación” feliz con las empresas megamineras y el Estado jurisdiccional (intendentes, alcaldes, etc.), a medio camino entre el catálogo institucional para exhibir la empresa-marca y el álbum de la vecindad, la humanización afectiva del capital.
Las escenas de donaciones y la inscripción de la minera en el espacio público privatizado por ella, junto a los auspicios de distintos eventos, colonizan las esferas de las prácticas con el nombre de la empresa, bajo la retórica del compromiso empresarial con lo comunitario.26 Una estrategia de particular autolegitimación humanitaria se encuentra en los “usos del oro”, donde luego de su importancia para la industria y los consumos de bienes y servicios cotidianos, se emplaza la medicina, como campo de exploración: los usos terapéuticos del oro, a descubrir. El futuro hecho presente.
Una política estético-iconográfica específica rige también las representaciones de la espacialidad de las zonas de operación minera, articuladas a la temporalidad presente y futura. Se destacan entre ellas las postales bucólicas de preservación ambiental, en las que el régimen visual y el diseño paisajístico de las composiciones pueden elidir, a manera de maquetas, los lenguajes de la química, la biología, la ecología, la glaciología, la medicina, etc., lenguajes mediante los cuales se pueden medir índices y calcular prospectivamente los riesgos y los impactos socioambientales. Estas escenas eliden también la materialidad misma del proceso de destrucción para el acceso a la zona extractiva; pueden sortear la simbolización de los millones de litros de agua que se consumen diariamente, reponer maquetas de biodiversidad diseñadas para mostrar cómo quedará el territorio luego de la explotación, entre otros.
Respecto de las “zonas sacrificables” montañosas, se exhiben imágenes celebratorias del maquinismo prometeico, que evoca el futurismo de las vanguardias históricas, en la exhibición de las nuevas tecnologías en plena cordillera. El maquinismo, la escala desmesurada de sus transportes, la escasa cuando no inaccesible huella minera o camino abierto, exulta el poderío humano en la dominación de la naturaleza, y su capacidad para devastar, en los tiempos que dura un yacimiento, el tiempo geológico de su conformación mineral.27 Desafiar y ganarle a la cordillera es lo que estas imágenes cristalizan y condensan, siendo ellas el correlato visual-estético de la matriz extractiva: el mundo sin fronteras, el mundo para el oro.28
Un escenario minero en negativo producen y muestran las resistencias, que desde su asimetría replica los impactos, la interconexión y la multiterritorialidad que la megaminería implica: rutas del cianuro, voladuras de montañas, roturas de mineraloductos y precariedad de resoluciones técnicas y materiales, estrés hídrico, destrucción irreversible del paisaje, desmoronamientos y accidentes montañosos productos del impacto por dinamitación, reducción de niveles de agua en los ríos, etc.; junto a las acciones colectivas para cortar los flujos de esa interconexión. El mapa minero en reverso, como formato y recurso, es uno de los modos de producción sociocultural para inscribir el campo de experiencia que el discurso hegemónico deniega. En tanto soporte simbólico, el mapa resguarda, ante el ojo extractivo el ojo del rastreador del territorio, el ojo del testigo, de quien da testimonio y autentifica las violencias en cuerpos y comunidades. Éste es también el aporte inestimable de varios documentales regionales sobre la minería a cielo abierto y por lixiviación con sustancias tóxicas.29
En un registro más reciente, en sus discursos institucionales las empresas anuncian su responsabilidad con el futuro de la humanidad: el Pacto Global por el Cambio Climático. Sin embargo, es objeto de distinta interpretación, como ocurre también respecto de otros tópicos, en discursos producidos por y para el sector. En efecto, el informe elaborado por el conglomerado financiero internacional Citigroup, “Reporte sobre el cambio climático resalta la exposición minera” (www.metalmarkets.org.uk, 17 de septiembre de 2007),30 se refiere al grado de posibilidad de que las mineras tomen contacto con eventos climáticos perjudiciales, por lo que el Citigroup buscó definir el impacto potencial del cambio climático que afectaría a las compañías mineras. Para ello, revisó las operaciones de doce grandes compañías mineras y sugiere que BHP Billiton, Rio Tinto y Norilsk “probablemente tendrán que lidiar con los riesgos de exposición más significativos” en el caso de producirse eventos climáticos más severos o más frecuentes.
Entre varios factores, este informe examina el potencial de cierres operacionales extendidos o la pérdida de licencias operativas debido a desastres ambientales. La falta de alimentos y el aumento de enfermedades tropicales en África, donde hace años operan las transnacionales, podrían resultar en inestabilidad social y política. Eventos climáticos severos también podrían afectar la disponibilidad de agua dulce, la cual es crucial para la mayoría de las operaciones de minería y procesamiento, mientras que nueva legislación ambiental podría colocar restricciones adicionales a la exploración. Las irrupciones operacionales producidas por el cambio climático podrían impactar en los mercados de bienes. Y si, por ejemplo, se produjera un daño de gran escala en un puerto de exportación, los embarques podrían retrasarse, forzando incrementos de precio en los mercados del producto en cuestión.31 Pero no todo es perjuicio, pues el calentamiento presenta la posibilidad de que la reducción del hielo marítimo pudiera abrir nuevas rutas marítimas en el Ártico, incrementando las posibilidades logísticas para las compañías mineras.
Finalmente, la tercera hélice, la responsabilidad económica, que se concentra en una tópica compartida con el discurso estatal: el volumen de las inversiones, pasadas, presentes y “esperadas”; el aporte de la minería a la economía local –“las regalías mineras”– y regional, la generación de puestos de trabajo directos e indirectos de la “industria madre de industrias” y los beneficios de infraestructura que antes de la llegada de las mineras no existía en las localidades; todos ellos indicadores del desarrollo sustentable ya en curso (véase Machado Aráoz, en este volumen). La construcción de estas variables consagra la imagen de “minería, factor de desarrollo”, “palanca de cambio”, “oportunidad de crecimiento”, entre las ideas fuerza más significativamente activas en la actualidad. Son ellas los correlatos verbales del mapa minero que se traza en las páginas de la Secretaría de Minería de la Nación, siempre abierto a la georreferencia de nuevos yacimientos y existencia de minerales. Este mapa, que circula también en las convocatorias de los megaeventos mineros, es el que visibiliza la Argentina haciéndose minera. Entre tales enunciados, el lenguaje de las cifras de inversiones y los puntos que localizan los emprendimientos, se muestra el país-imán y su “capacidad de atracción” de inversiones, a la vez que se consolida el discurso publicitario del Estado promoviendo la marcapaís, ofertándose al capital: Argentina for sale.32
Una particular reticencia pesa en el discurso institucional de las páginas empresariales, sobre la lógica de acumulación y lucro que rige el mercado y los valores; sus transacciones, fusiones, libre disponibilidad, subsidios, etc. Elididos, aludidos, cuando no desplazados hacia la periferia del discurso de presentación de sí de las mineras, están los dos destinos centrales del modelo extractivo: el mundo financiero de la bolsa de valores y la joyería mundial, destino final del 75% del oro producido. Esto es lo que especialmente queda fuera de escena –se vuelve obsceno– en las páginas de las transnacionales en nuestro país: el mundo del oro, al que nos referimos en el apartado anterior.
La reticencia también rige las condiciones que hacen de la megaminería la industria más subsidiada de la economía. Como afirma el geógrafo Vicente Di Cione (2008):
Sin el conjunto de condiciones socialmente producidas es imposible la producción de rentas mineras absolutas y diferenciales. Los grandes proyectos mineros no solamente atienden privadamente, con gran secreto o misterio, la prospección de los recursos naturales, sino que una vez descubiertos se lanzan a una suerte de geopolítica local que involucra la orientación territorializada de una gran cantidad de políticas y recursos sociales. […] El análisis de muchos emprendimientos demuestra que la “tasa de ganancia media” calculada por las empresas no es otra cosa que la internalización de un conjunto de ventajas derivadas del carácter subsidiario del “capital social general” preexistente o que se suma, desde la ideología del interés general, mediante una multiplicidad de aportes del Estado.
Recordemos que es esto mismo lo que la voz autorizada de Fernando Sánchez Albavera (2004b: 3) explicita en el epígrafe de nuestro trabajo respecto del Estado “cirujano plástico”, y remata: “El Estado tiene que ser, a través de las políticas públicas, un generador de valor agregado en la sociedad” (3), en su presentación “Desarrollo aurífero, comunidades locales y sustentabilidad”, en Argentina Oro 2004, realizado en la aurífera provincia de asentamiento de Barrick Gold Corp.: San Juan. Es precisamente en eventos como éste cuando Sánchez Albavera habla del “Estado cirujano” para las inversiones, donde se desmonta el discurso desnudo de la lógica de lucro de los capitales y el mercado, cuando no deben asumir la figura de ofertadores de esperanzas (Antonelli, 2008a).
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