Kitabı oxu: «Un favor muy especial»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Marjorie Lewty

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un favor muy especial, n.º 1428 - septiembre 2021

Título original: A Real Engagement

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.:978-84-1375-883-1

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

TODO había empezado esa mañana de Junio, cuando Charles, a su padre le gustaba que ella lo llamara así, la había llamado para invitarla a almorzar.

–Me voy mañana a Nueva York, Jo, y hay una pequeña cuestión de negocios que tenemos que hablar antes de que me marche.

Ella se imaginó que era algo que tendría que ver con el testamento de su madre.

–Y tengo noticias para ti –continuó Charles excitado, casi eufórico–. A las doce y media en el Claridge, ¿de acuerdo? Mandaré a Baker a que te recoja con el Rolls.

Luego no le dio tiempo para contestar.

Así que esa mañana, a las doce y media, el brillante Rolls & Royce de Charles Dunn, la había llevado al Claridge y ella estaba en la recepción buscándolo. Su atractiva figura atrajo las miradas de unos hombres sentados en una mesa cercana.

Charles estaba sentado en una pequeña mesa con una botella de champán en un cubo junto a él y dos copas en la mesa. Se levantó sonriendo encantadoramente cuando ella se acercó. Estaba ganando peso, pero seguía tan atractivo como siempre, inmaculado con su traje gris a rayas y una camelia en la solapa. La besó afectuosamente en la mejilla.

–Hola, pequeña. Estás preciosa Me gusta ese vestido, es nuevo, ¿no? Siéntate y acompáñame en la celebración.

Ella le devolvió la sonrisa. Era su padre y lo quería mucho, a pesar de la tristeza que le había producido a su pobre madre.

–¿Qué estamos celebrando? –le preguntó ella aceptando una copa de champán.

–Me voy a casar.

Josie levantó las cejas.

–¿Por cuarta vez?

Charles jugueteó con su copa.

–Bueno, ya sabes como es esto.

Ella no pudo evitar reírse.

–Sé como eres tú. Muy bien, háblame de ello.

Charles no necesitó que lo animara.

Sólo se interrumpió un momento cuando se dirigieron al comedor.

Josie había oído la misma historia un par de veces antes, la única diferencia era que esa mujer era americana. Se llamaba Gabrielle y era medio francesa. Divorciada, por supuesto, y muy rica, supuso. No es que eso le importara mucho a Charles, que era un hombre muy rico de por sí. Eso sin tener en cuenta la enorme cantidad de dinero que debía estar pagando en concepto de pensiones alimenticias. Era un enamoradizo incorregible, pensó ella medio divertida y medio enfadada. Pero por lo menos, se casaba con las chicas. Esperó que esa última le durara.

Charles le dijo:

–He estado tratando de convencerla de que se case conmigo. Se estaba quedando en Londres con unos amigos y, cuando se volvió a Estados Unidos, pensé que la había perdido. Pero anoche me llamó y me dijo que sí. Como te puedes imaginar, me quedé encantado. Te gustará Gabrielle, no lo vas a poder evitar.

Josie pensó en su madre, cuya vida había sido arruinada por ese Don Juan. Pero no se puede cambiar a la gente. Levantó su copa y brindó.

–Enhorabuena –dijo–. Espero que seáis muy felices.

–Gracias, Jo, sé que así será. Por fin he encontrado a la mujer adecuada.

Luego siguió halagando a la mujer durante el resto del almuerzo. Josie disfrutó de la comida, pero dudó que su padre supiera lo que se estaba comiendo él mismo.

Por fin pareció recordar por qué le había pedido que fuera allí.

–Hay un pequeño asunto entre nuestros abogados, Jo, concerniente a una propiedad en el sur de Francia que compré hace muchos años. Siempre he pretendido renovarla y venderla, pero nunca lo hice. Mis agentes de allí se la han estado mostrando a distinta gente, pero ahora ha aparecido un cliente que la quiere comprar tal como está y he decidido venderla por fin.

Como vio que Josie se quedaba un poco extrañada, él continuó rápidamente.

–Pero mi abogado ha descubierto que la propiedad está a nombre de tu madre y que te la dejó a ti en su testamento. ¿Me sigues?

–Eso creo. ¿Qué quieres que haga?

–En pocas palabras, que arregles las cosas con tu abogado y hagas que la propiedad se ponga a mi nombre. No sé por qué la puse a nombre de tu madre, pero la compré hace muchos años. Probablemente lo hiciera por librarme de los impuestos o algo así. ¿Harás eso por mí?

Ella asintió.

–Veré al tío Seb y arreglaré las cosas.

–Muchas gracias, querida. Si hay que pagarte algo, ponte en contacto con mis abogados.

Luego él se terminó su café de un trago.

–¿Estás lista? Lamento apresurarte, tengo una cita a las tres y mañana me voy a Nueva York.

–Debo hacer muchas cosas antes de marcharme.

Cuando Charles se marchó, Josie llamó a su tío Seb a su bufete y quedó con él para cuando hubiera terminado con su último cliente. Eso le dio tiempo para irse a ver escaparates a Oxford Street. Había pensado tomarse dos semanas de vacaciones ahora que había vendido la casa familiar en St John´s Wood. Tal vez se fuera a Cornualles. Se estaría muy bien allí en junio y no habría demasiada gente.

Compró tres vestidos de verano y luego tomó un taxi hasta el bufete de su tío Seb. Tío Seb era Sebastian Cross, de Cross, French y Abercrombie, uno de los más prestigiosos bufetes del país. Él había sido amigo de su madre y su abogado desde siempre, y ahora era el suyo. Había visto cómo su madre soportaba el divorcio hacía siete años y la había ayudado mucho a superar ese mal momento y los que siguieron. Su madre siempre se había apoyado en él y él nunca les había fallado ni a su madre ni a ella.

Cuando Josie entró en su impresionante despacho, él la saludó afectuosamente y la hizo sentarse delante de su mesa.

–Iba a llamarte para tener una charla acerca de tu propiedad en Francia, Josie –le dijo al tiempo que le ofrecía una carpeta.

–¿Mi propiedad? No es mía, es de mi padre. Acabo de almorzar con él y me ha pedido que la ponga a su nombre.

Sebastian frunció el ceño y sacó unos papeles de la carpeta.

–No entiendo, Josie. Cuéntame exactamente qué te ha dicho.

–Dijo que, si había que pagar algo, que me pusiera en contacto con sus abogados.

–¡Muy generoso por su parte!

Josie lo miró preocupada. Siempre había sabido que su padre y el tío Seb nunca se habían llevado bien.

–¿Crees que hay algo de malo en ello? Charles parecía un poco raro, pero estoy segura de que nunca trataría de engañarme.

Sebastian examinó los papeles que tenía delante. Después de una larga pausa, levantó la cabeza y le dijo:

–Escucha, Josie. Yo conocía a tu madre y a tu padre incluso de antes de que se casaran y no me extraña lo que sucedió. Siempre he llevado las cosas de tu madre y estuve presente cuando se puso la casa de Francia a su nombre. Tu casa es una de dos. Los dueños primitivos tenían una gran villa que dividieron para hacer dos casas separadas. Poco después de que se casaran tus padres, salieron a la venta al mismo tiempo. Tu padre las quiso comprar las dos para reconstruir la gran villa primitiva, que luego podría vender a buen precio. Compró la casa más grande, pero no tuvo suficiente dinero líquido para comprar ambas. Como estaba al principio de su carrera, no quiso pedir un préstamo bancario mayor. Por esa época, tu madre recibió una herencia de una madrina y utilizó el dinero para comprar la segunda y más pequeña casa. Yo hice la compra en su nombre y, por supuesto, la casa fue puesta a su nombre. Siempre le perteneció. Así que, dado que tú eres la única beneficiaria del testamento de tu madre, la casa te pertenece a ti. Tenemos todos los papeles aquí, en este bufete y, en la actualidad, todo está a tu nombre. Por supuesto, puedes venderle la casa a tu padre, pero eso no será una simple cuestión de si hay que pagar algo, como ha dicho él. Estamos hablando de una gran cantidad de dinero.

Josie tenía el ceño fruncido.

–Pero no entiendo. ¿Por qué no he sabido nada de eso? ¿Por qué no me lo contó mi madre?

Sebastian suspiró.

–A tu madre no se le daban bien los negocios. Dejó que Charles se ocupara de todo a ese respecto. Probablemente nunca más volvió a pensar en esa casa.

Josie se acomodó mejor en su silla.

–Así que ahora tengo una casa en Francia. ¡Maravilloso! ¿Dónde está? ¿La has visto tú?

Sebastian asintió.

–La vi por fuera hará un par de años, cuando recorrí el sur de Francia. Está en las colinas sobre Menton, que es un pueblecito encantador de la Costa Azul, a cosa de un par de kilómetros de la frontera italiana.

Josie dio una palmada.

–Suena muy bien. ¿Cuándo la puedo ver?

–En cualquier momento. He permanecido en contacto con los agentes de allí y tienen instrucciones de cancelar cualquier intento de venta o alquiler. Así que tu casa está ahora libre. Creo que alguien ha comprado la casa de al lado, así que espero que tengas unos vecinos decentes.

–Espléndido –dijo ella–. Iré tan pronto como pueda. No puedo esperar para ver mi casa.

Sebastian frunció el ceño de nuevo.

–Sólo una cosa más, una advertencia. No sé en qué estado te la vas a encontrar, ya que ha estado abandonada mucho tiempo.

–No me importa. Mientras tenga cuatro paredes y un techo podré arreglármelas con lo demás.

Sebastian se levantó y se dirigió a un archivador murmurando algo sobre el optimismo de la juventud. Sacó una llave y le escribió la dirección.

–Aquí tienes, la dirección de la casa y de los agentes en Menton.

Josie se lo metió todo en el bolso y se dirigió a la puerta.

Sebastian la acompañó hasta la escalera y allí ella le dijo:

–Estoy muy emocionada con esto, tío Seb. Es lo mejor que me ha pasado desde hace años, tal vez nunca. Gracias por todo –dijo y le dio un beso en la mejilla–. Te prometo que te haré saber lo que pasa.

–Hazlo, Josie. Y, si necesitas alguna ayuda, ya sabes donde encontrarme.

–Lo recordaré.

Luego bajó las escaleras.

Por supuesto, no supo que Sebastian se quedó allí mirándola, pensando que cada vez se parecía más a su madre a su edad. Pero Marion había sido una chica cariñosa y dócil y Josie era bastante independiente. Había pasado una mala temporada cuidando de su madre y tratando de mantener su trabajo como diseñadora todos esos años, nunca había tenido el tiempo para divertirse que se merecen las chicas de su edad. Se merecía un descanso y esperaba que esa casa se lo proporcionara. Aunque, con veintitrés años, todavía era demasiado joven como para hacerse cargo de una casa en un país extranjero. Pero esperaba que todo le fuera bien.

Josie se sintió como si estuviera caminando por el aire cuando dejó la oficina de Sebastian. Hacía mucho calor y más gente de lo habitual por la calle, pero ella apenas se percató cuando una mujer la empujó o cuando un señor la pisó y no se disculpó.

Pronto estaría lejos de todo aquello, lejos del piso de dos habitaciones que tenía alquilado en una casa vieja de Bloomsbury. Pronto estaría en su propio hogar, ya que pensaba en ella como si ya lo fuera. Una casa en la Costa Azul, con el azul mediterráneo abajo.

Cuando llegó a su piso, lo sintió caluroso y agobiante, abrió las ventanas y se hizo un té en la minúscula cocina. Luego apartó de la mesa del salón los diseños en los que había estado trabajando cuando la llamó Charles. Dejó allí la bandeja con el té y sacó un cuaderno y un lápiz. Después, con la misma excitación de una niña planeando sus vacaciones, empezó a hacer una lista.

Primero, tenía que pagar el piso y avisar de que se iba.

Segundo, tenía que ir al banco a enterarse de cómo iba eso de los cheques de viaje.

Tercero, debía empaquetarlo todo y pensar dónde podía dejar lo que no se fuera a llevar hasta que pudiera pedir que se lo enviaran.

Cuarto, tenía que elegir la ropa que se iba a llevar, no más de lo que le cupiera en una sola maleta.

Y siguió así hasta que llegó al final de la hoja de papel.

Más tarde se sentó a beberse el té. Sí, iba a tener muchas cosas que hacer, pero si trabajaba duro, podía tenerlo todo terminado en pocos días. Luego… ¡a Menton! Posiblemente dentro de una semana podría estar allí, respirando la fresca brisa del mar y empezando una nueva vida.

Estaba ansiosa por empezar.

Capítulo 1

QUÉ está haciendo aquí? ¿Ocupando la casa?

La profunda e irritada voz la despertó de un sueño muy profundo. Fue a tirar del edredón para taparse la cabeza, pero no estaba allí.

–¡Maldita sea! –exclamó.

Debía haberse vuelto a caer al suelo.

Se dio la vuelta y fue a encender la lámpara de la mesilla de noche. Pero no la encontró, ni la mesilla. Abrió los ojos.

Entonces se quedó helada cuando vio la gran figura que se inclinaba sobre ella y supo que estaba teniendo una pesadilla. Trató de gritar, pero no salió ningún ruido de sus labios. La figura amenazante no se movió y ella se llevó las manos al cuello. Estaba helada y se estremecía con todo el cuerpo.

Entonces, por fin, la figura se movió. Se oyó como crujía el suelo de madera y a ella se le acostumbraron los ojos a la oscuridad.

Josie se dio cuenta de que, aunque el cerebro aún no le estuviera funcionando correctamente, aquello no era una pesadilla. Había un hombre en la habitación.

La indignación reemplazó al miedo.

–¿Cómo se atreve? ¡Salga de mi habitación!

De repente recuperó la memoria. Estaba tan cansada y acalorada después del largo viaje desde Londres al sur de Francia que cuando encontró su casa, Mon Abri, y había entrado en lo que parecía ser un salón, lo único que fue capaz de hacer fue meterse en su oscuro interior, quitarse el vestido y dejarse caer en un diván.

El hombre retrocedió y siguió mirándola. De repente ella se dio cuenta de que sólo llevaba el sujetador y unas minúsculas bragas. Tragó saliva y buscó el vestido. Estaba mojado de sudor y arrugado, pero se lo puso por delante para taparse algo.

–Ah, qué pena –dijo el hombre y Josie, completamente despierta ahora, sintió más miedo del que había tenido en toda su vida.

–Salga de aquí –gimió.

–Eso es exactamente lo que va a hacer usted. ¿Y qué se cree que está haciendo aquí? ¿Ocupando la casa? ¿O es que ha estado viendo mis idas y venidas y ha decidido mostrar sus… encantos? –dijo el hombre al tiempo que extendía el brazo y le quitaba el vestido–. Está perdiendo el tiempo, muchacha. Las prefiero morenas.

Josie soltó una exclamación de furia. ¡Si estuviera de pie y pudiera darle una patada en donde más le doliera! Pero él estaba tan cerca que, si intentara levantarse, tendría que tocarlo. Y no se atrevía a pensar en lo que podría suceder entonces. ¿Qué clase de hombre sería él? Lo miró, pero estaba a contraluz de la ventana y, aparte de que era alto y ancho de hombros, no podía verlo muy bien. Tenía una voz educada, pero eso no significaba nada.

Antes de que pudiera pensar en nada que decirle, él ya le estaba hablando de nuevo.

–No sé por qué se ha instalado aquí, ni si está esperando a que se reúnan con usted sus jóvenes amigos. Pero sea cual sea la razón, le sugiero que se vista y que salga de aquí a toda velocidad. Si no está fuera de aquí dentro de diez minutos, volveré y la sacaré yo mismo. Estoy viviendo en la casa de al lado, así que podré ver si se marcha o no.

Con una mirada final a su cuerpo semidesnudo, el hombre se volvió y salió de allí rápidamente.

Josie se levantó por fin, pero las rodillas le temblaban. Se quedó un buen rato mirando a la puerta cerrada llena de ira.

Cuando su tío Seb le había advertido que podría tener vecinos, ella no le había dado ninguna importancia al asunto, pero si ese hombre horrible era su vecino, aquello podría ser desastroso. ¿Tendría familia o estaría solo? Si estaba solo, ella no podía quedarse allí.

¿Pero en qué estaba pensando? No iba a dejar que ese cerdo le destruyera el placer de disfrutar de su nueva casa en la Riviera Francesa. Tener un vecino tan horrible y tan cerca podía ser una sorpresa desagradable, pero se dijo a sí misma que era sólo cuestión de mala suerte el que su primer encuentro con él se hubiera producido de esa manera.

¿Por qué habría sido ese hombre tan abominablemente rudo? No se lo podía imaginar, pero sólo había una forma de averiguarlo, enfrentarse a él y exigirle una explicación y una disculpa.

Así que se acercó a su bolsa de viaje y sacó otro vestido. Su mano se encontró con un par de bolsas de té y las sacó encantada. Una taza de té era exactamente lo que necesitaba para revivirla y darle la energía necesaria como para enfrentarse con ese insolente vecino.

Se puso el vestido y luego, por primera vez, echó un vistazo a su alrededor. Era una habitación larga y en forma de L que tenía toda la evidencia de que hubieran pasado por allí varias hordas de inquilinos veraniegos. Había dos sillones desvencijados, una mesa muy arañada con cuatro sillas. En una de las paredes había una gran estantería y en la otra, que debía ser la que dividía las dos casas, estaba el diván donde se había tumbado. Había también una escalera que daba al piso de arriba y una puerta a su izquierda que debía dar a la cocina.

La cocina resultó ser bastante pequeña, como vio cuando abrió la ventana para tener luz. Había una pila, una mesa con una tetera encima y tres tazas, unos cuantos ganchos en la pared y eso era todo. Iba a tener que cambiarlo todo, pensó, pero mientras tanto, se iba a tomar un té.

Abrió el grifo, pero no pasó nada salvo que se produjo un ruido de cañería vacía. Evidentemente, habían cortado el agua. Se puso de rodillas y trató de encontrar la llave de paso bajo la pila. No había ninguna, pero la cañería desaparecía en la pared hacia la casa de al lado.

Su ira estalló entonces. El muy canalla debía haberle cortado el agua para asegurarse de que no se pudiera quedar allí. Bueno, eso ya se vería.

Con los ojos iluminados por la ira, salió de la casa y se dirigió a la puerta de al lado, en donde había un cartel que decía: Maison les Roches. No había timbre, así que llamó a la puerta fuertemente, lo que la calmó un poco. Como no obtuvo respuesta, empujó la puerta y se abrió, dando a lo que, evidentemente, era el salón principal, que estaba en mucho mejor estado que el suyo. Había sillones cómodos, alfombras, cojines en el suelo y una elegante escalera a un lado. Su elegancia se veía un poco disminuida por el hecho de que la pared que dividía las dos casas parecía un postizo que la empujara al centro de la habitación. Una pequeña mesa con dos sillas al otro lado de la habitación tenía encima, maravilla de maravillas, una tetera humeante, una jarra de leche y una taza.

El delicioso aroma a té recién hecho fue demasiado para Josie. se sentó en una de las sillas y se sirvió una taza, le puso leche y se la bebió disfrutando. Aquello estaba mejor. Ahora podía concentrar toda su atención en derrotar al enemigo.

Oyó unos pasos por encima de su cabeza y, un momento más tarde, el enemigo apareció sobre las escaleras, Josie dejó la taza vacía y se levantó, preparada para la batalla.

El hombre, evidentemente, todavía no la había visto, así que esa fue su primera oportunidad de verlo bien. Estaba claro que acababa de darse una ducha. Llevaba unos pantalones cortos color caqui y nada más. Su oscuro cabello estaba mojado. Bajó las escaleras descalzo, tomó la toalla que llevaba al hombro y se frotó vigorosamente el cabello.

Esa mirada le mostró a Josie que era un hombre alto, de hombros anchos, probablemente de treinta y tantos años. Tuvo que admitir que estaba muy bien, tenía el cuerpo de un atleta. La toalla le tapó en parte el rostro, pero podía ver sus ojos. Eran unos ojos extraños, de un color gris acero con el centro más oscuro.

Entonces la vio y ella le sonrió levemente.

–Me he servido una taza de su té –le dijo–. Pensé que me lo debía. Pero queda más en la tetera.

Él ignoró sus palabras, se quedó muy quieto y apretó los puños.

–No se rinde, ¿verdad? –dijo–. Creía que se lo había dejado muy claro.

–Bueno, como puede ver, he decidido no obedecer su orden. He venido a…

Pero no tuvo posibilidad de terminar la frase. En tres pasos él cruzó el salón y un segundo más tarde, ella estaba en sus brazos.

–Oh, ya sé por qué ha venido –dijo él desde muy cerca–. Y, si es esto lo que quieres, es lo que tendrás.

Sus brazos la apretaron y la besó.

Fue un beso salvaje que pilló completamente por sorpresa a Josie, pero consiguió reponerse.

–No –dijo contra su boca y mientras luchaba contra él.

Pero estaban tan juntos que no pudo meter las manos entre sus cuerpos.

El beso continuó. Ella mantuvo los labios fuertemente cerrados, pero él la obligó a abrirlos. Nunca antes había sido besada de esa manera y, de repente, su cuerpo respondió deseando locamente tomar parte de esa emoción, fuera ira, lujuria o cualquier otra cosa. Deseó apretarse contra él, besarlo tan íntimamente como él la estaba besando, hundirle las uñas en la espalda. La poseyeron unos momentos de debilidad y pensó que se iba a desmayar.

Entonces él levantó la cabeza y se apartó un poco.

–Tal vez no prefiera a las morenas, después de todo –dijo suavemente.

Pareció como si fuera a besarla de nuevo, pero Josie aprovechó la oportunidad. Utilizó toda su fuerza para apartarse y darle un buen puñetazo en la cara.

Él retrocedió y se llevó una mano a la cara. Respiraba tan agitadamente como ella.

–¿Qué es lo que quieres aquí, entonces? –dijo él irritado.

Las rodillas le temblaban a Josie y tenía la garganta seca, pero logró decirle muy dignamente:

–He venido a pedirle que abra la llave de paso del agua de mi casa.

Se había esperado que él le preguntara a qué se refería con eso de su casa, pero para su sorpresa, él se rió.

–Bueno, este es un maravilloso anticlímax. Ahora vamos a averiguar la verdad. Toda ella. ¿Cómo se las ha arreglado para abrir la puerta de esa casa si estaba cerrada?

–Por supuesto, yo tengo la llave de mi casa –dijo ella sentándose rápidamente en una silla.

Esos ojos la estaban poniendo nerviosa y añadió agitadamente:

–Estoy muy cansada, así que, por favor, abra la llave de paso del agua. Así podré volver a dormir.

Él la miró fríamente. Luego se alejó y abrió una puerta al otro extremo de la habitación. Cuando volvió, le dijo:

–Ya la he abierto. Supongo que no te puedo echar esta noche. Pero vas a tener que marcharte a primera hora de mañana. No quiero ocupas aquí.

Ella se levantó y se dirigió a la puerta, pero cuando la abrió, se volvió de nuevo hacia él.

–Creo que es usted detestable –le dijo.

Afuera ya estaba muy oscuro. El cielo se veía lleno de estrellas y sólo se oía el piar de los pájaros. Ese sonido le recordó unas vacaciones que había pasado en la Costa Azul con sus padres cuando tenía diez años. Su madre había sido muy feliz entonces y ella no quería pensar en lo que sucedió después.

Encontró la puerta de su casa y, una vez dentro, buscó el interruptor de la luz y, cuando lo halló, se sintió aliviada al ver que, por lo menos lucía una bombilla que le permitiría encontrar el camino por el salón. La pequeña cocina aún estaba peor iluminada, pero encontró el grifo y lo abrió. El agua salió con tanta fuerza que le empapó el vestido. Soltó todas las palabrotas que conocía y maldijo con ganas al enemigo que tenía por vecino. Todo era por su culpa. Bueno, el vestido se secaría pronto con el calor que hacía allí. Hacía un calor insoportable y se preguntó si no debería abrir las ventanas para que entrara el fresco. Pero decidió no arriesgarse a que la picaran los bichos.

Arriba recorrió los dos dormitorios para ver si alguno tenía luz, pero no, iba a tener que dormir en el diván del salón.

De nuevo en la cocina, bostezó. Lo que necesitaba de verdad era dormir, pero primero tenía que comer algo. Había comprado algunas provisiones en el pueblo y abrió la bolsa de plástico donde las llevaba. Una barra de pan, mantequilla, que se había derretido y había pringado toda la bolsa, y un trozo de queso.

Había tres tazas en una de las estanterías y eligió la que estaba en mejor estado para servirse el agua en ella.

Luego se hizo un bocadillo de queso. ¡Su primera cena en su nueva casa! Se rió, tratando de no sentirse decepcionada y pensó que todo sería distinto a la luz del día. Podría arreglar todo aquello con tiempo y dinero. No iba a pensar en el hombre horrible que tenía por vecino. La dejaría en paz cuando supiera que ella era realmente la dueña de esa casa.

Cuando terminó el bocadillo, llenó de nuevo la taza de agua y se la llevó al salón. Acercó una silla al diván para que le hiciera de mesita de noche y dejó allí la taza, su reloj y un retrato enmarcado en plata de su madre. Miró ese rostro que, una vez, había sido hermoso.

–Esta es mi nueva casa, mamá. Deberías estar aquí conmigo. Pero la verdad es que no creo que te hubiera importado mucho la casa. Ciertamente no te habría gustado nada tal como está ahora.

A Marion Dunn siempre le había gustado todo lo ordenado y predecible y cuando hacía ocho años, su marido la había dejado por una mujer más joven, el shock había sido demasiado para ella. Había quedado destruida. Cuando recibió los últimos papeles del divorcio se había hundido del todo. Fue como si su vida hubiera terminado. Y así fue, se había ido debilitando paulatinamente hasta que el invierno anterior no tuvo fuerzas para soportar la epidemia de gripe. Se le transformó en una neumonía y, a pesar de los cuidados de Josie, murió justo antes de Navidad.

Josie dejó de nuevo la foto en la silla. Había amado de verdad a su madre y la echaba de menos, pero los años le habían enseñado lo que le podían hacer a una mujer el resentimiento y la lástima por sí misma si se abandonaba a ellos. Su madre había sido muy romántica, pero ahora las mujeres son más realistas, por lo menos las de veintitrés años, se dijo a sí misma. Los hombres ya no les rompen el corazón.

Pensó que estaría muy bien darse una ducha para quitarse de encima todo el pringoso sudor del día, pero el cuarto de baño, como las demás habitaciones, estaba en la más completa oscuridad, así que se desnudó, dejó el vestido sobre una silla para que se secara y dejó el sujetador y las bragas en el suelo para lavarlos al día siguiente, cuando descubriera cómo tener agua caliente. Por suerte se pudo lavar la cara y se humedeció un poco el cuerpo en la pila de la cocina, secándose con la pequeña toalla que había metido en la maleta. Sacó un camisón de la misma y se lo puso.

De repente se ruborizó cuando recordó ese beso. Para ella había sido una advertencia de como la podía traicionar su cuerpo. Pero estaba claro que el enemigo era un maestro en ese arte. Tenía que olvidarlo.

Bostezó y decidió dejar encendida la única bombilla que funcionaba, ya que no se sentiría muy segura en la oscuridad. No había nada de ropa de cama, pero tampoco la necesitaría con el calor que hacía. Sacó una bata de la maleta y se la colocó como almohada y así le serviría por si tenía frío por la noche. Luego suspiró profundamente y se tumbó en el diván. Iba a tener un sueño relajante e ininterrumpido.

Había esperado quedarse dormida inmediatamente, pero en vez de eso no pudo dejar de pensar en lo que le iba a decir al enemigo cuando lo viera a la mañana siguiente. Él no se creería que era la dueña de la casa, así que sería ridículo que tratara de convencerlo, pero tenía que hacer algo. Recordó la fuerza de sus brazos cuando la abrazó y sintió de nuevo la debilidad que la invadió. Oh si, si decidía ponerse en plan desagradable, la podía ganar por la fuerza bruta, como había amenazado.

Lo cierto era que ella no tenía ninguna prueba de su propiedad, pero debía actuar con una seguridad completa. Había aceptado la palabra de su tío Seb, ¿pero no habría algún error? No, no podía haberlo. El tío Seb no se podía haber equivocado. Podía pedirle su ayuda si la necesitaba. No se iba a dejar intimidar por ese tipo de al lado. Mon Abri era suya y pretendía mantenerla así.

Cerró los ojos entonces y cayó en un pesado sueño.

Capítulo 2

LAS esperanzas de Josie de tener un sueño ininterrumpido no se realizaron. Se despertó sorprendida en medio de la noche. Algo húmedo y frío le había dado en la cara. Se sentó en el diván con el corazón golpeándole en el pecho. ¿Una serpiente? ¿Un murciélago? Gritó horrorizada y agitó una mano para apartar lo que fuera, pero sólo encontró agua y, al mismo tiempo, otro chorro de agua le dio en la espalda. Siguieron más aún. Ahora estaba completamente despierta y se levantó del diván. Miró hacia arriba y vio que el techo tenía una gran grieta. En ese momento la grieta se agrandó más todavía y el agua empezó a caer directamente sobre el diván.

Josie tomó la bata, pero estaba empapada. Levantó la maleta, la foto y el reloj y lo dejó todo sobre la mesa, que empujó al otro lado de la habitación. Por el momento parecía que había escapado al diluvio. Miró su reloj y vio que eran las dos y veinte de la madrugada. Sólo podía hacer una cosa, había que cortar el agua, pero la llave estaba en la casa de al lado.

Buscó en la maleta y encontró unos vaqueros que se había llevado para trabajar en el jardín, se los puso por debajo del camisón y corrió hacia la casa de al lado. Nadie respondió a los golpes que dio, pero descubrió que la puerta seguía sin estar cerrada, así que entró y buscó un interruptor. Cuando encendió la luz gritó varias veces a pleno pulmón.

Pero siguió sin tener respuesta. Ese tipo debía estar durmiendo como un tronco. Bueno, pues se iba a despertar de mala manera.

Subió las escaleras y allí había un descansillo con cuatro puertas. La que estaba semiabierta era un cuarto de baño, así que golpeó las otras tres por turno mientras seguía gritando como una loca.

Pero siguió sin obtener respuesta.

Miró dudosamente las tres puertas. Tenía que encontrar a ese hombre, y a toda prisa. Eligió la puerta de en medio, la abrió y encendió la luz. Había tenido suerte al elegir la puerta, pero sólo entonces se le ocurrió pensar si estaría solo. Vio aliviada que el bulto de la cama correspondía al de una sola persona. Tenía el rostro medio hundido en la almohada y un rizo de su oscuro cabello sobre la frente. Una sábana le cubría la mitad inferior del cuerpo, pero la de arriba estaba desnuda. Josie esperó que llevara unos pantalones de pijama, pero ahora no había tiempo para timideces de doncella pudibunda. Se acercó y lo agarró por los hombros, sacudiéndolo todo lo fuerte que pudo. Su piel le pareció cálida y húmeda y sus músculos se tensaron como resistencia a la presión.

–¿Qué demonios…? –murmuró él.

–¡Despierte! –gritó ella–. ¡Baje y corte el agua, si no, nos vamos a inundar!Él parpadeó y la miró a la cara.

–¡Tú! –gruñó–. Mira, ya he tenido bastante…

Ella lo volvió a agitar.

–No importa de lo que ya haya tenido bastante. Baje a cortar el agua o los dos nos vamos a inundar.

No sabía si la grieta del techo podría alcanzar a las dos casas, pero eso no importaba. En ese momento la que estaba sufriendo era su casa.

Él se sentó en la cama y gritó airadamente:

–¿Qué?

Josie juntó toda su paciencia.

–Que nos vamos a inundar. El agua. Se cuela por el techo. Baje y cierre la llave de paso.

Por fin él pareció entenderlo, apartó la sábana y salió de la cama. Josie se sintió aliviada al ver que llevaba unos pantalones de pijama. El hombre maldijo en voz baja y bajó las escaleras con Josie detrás. Cuando salió de la cocina la miró fijamente.

–Bueno, ya te he cortado el agua. ¿A qué estás jugando? Primero quisiste que te la diera y ahora que la corte. ¿Es esta tu idea de una broma?

Evidentemente, no se había quedado con nada de lo que ella le había dicho.

–Será mejor que venga a ver –dijo ella dirigiéndose a la puerta.

El hombre se quedó donde estaba. Estaba claro que no le gustaba que le dieran órdenes. Pero cuando llegó a su salón, Josie lo oyó detrás suya.

Dentro, el suelo de madera estaba empapado. Por suerte había dejado sobre la mesa la maleta y las demás cosas.

–¿Qué ha pasado? –le preguntó el hombre como si ella fuera la culpable de aquello–. ¿Qué ha hecho para causar esto?

–No sea idiota –respondió ella completamente irritada, señalándole teatralmente la grieta del techo–. Mire ahí.

Él miró y frunció el ceño. Luego se acercó para examinarla más de cerca. Ya no caía agua a chorros, sólo goteaba, apartó el diván de la cascada y se volvió hacia ella.

–¿Cómo descubriste lo que estaba pasando aquí? –le preguntó.

–Estaba durmiendo en el diván y me empapé.

–¿Por qué dormías en el diván? ¿Qué les pasa a los dormitorios?

Ella suspiró pesadamente.

–¿Tengo que soportar este tercer grado? En pocas palabras, ninguna de las habitaciones de arriba tiene luz. Las bombillas deben de estar fundidas o rotas. Y no he traído una linterna.

Sin decir nada más, él subió las escaleras para volverlas a bajar inmediatamente.

–Tienes razón –dijo–. Bueno, vas a tener que terminar la noche en uno de mis dormitorios de invitados.

–No.

–¿Y quién está siendo idiota ahora? –dijo el hombre–. No puedes dormir aquí.

–Por supuesto que puedo. Puedo encontrar el camino hasta una cama de arriba. ¿O me puede dejar una linterna?

Él tomó entonces la maleta.

–No –dijo Josie metiendo en ella la foto enmarcada y poniéndose luego el reloj en la muñeca.

–Sí. Vamos –le ordenó él poniéndole una mano en la espalda para obligarla–. ¡Cielo Santo! Estás empapada, chica.

Josie no había tenido tiempo de ponerse un jersey antes de salir corriendo en busca de ayuda y ahora se dio cuenta de que la parte de arriba del camisón debía haberse empapado con los primeros chorros de agua. También se dio cuenta de que él seguía teniendo la mano en su espalda. Trató de apartarla, pero él la estaba empujando decididamente hacia la puerta.

–Estaré bien –protestó.

Él no le hizo caso.

–Todo puede esperar hasta mañana –dijo él y entonces pareció muy cansado–. Yo quiero seguir durmiendo. No, no discutas. No tengo la menor intención de violarte, así que no tienes que preocuparte por eso.

Ella se encogió entonces de hombros y se rindió. Era demasiado fuerte como para pelear con él.

Una vez en la otra casa, el hombre la acompañó al piso de arriba y le mostró una de las habitaciones.

–Ya estás –dijo bostezando–. Ahora ponte algo seco y acuéstate. Te traeré una taza de té, parece como si la necesitaras.

La recorrió entonces con la mirada, temblorosa y con el camisón empapado pegado al cuerpo y mostrando claramente lo que había debajo de la parte superior.

–No haga el té especialmente para mí –respondió ella tratando de que le dejaran de castañear los dientes.

–Por supuesto que no –respondió el hombre y salió de la habitación.

Josie se quitó los vaqueros y el empapado camisón y sacó otro de la maleta. Ese no era tan revelador. se lo puso y se dirigió al cuarto de baño. Miró ansiosamente la moderna ducha, pero eso iba a tener que esperar hasta la mañana siguiente. Se lavó la cara y las manos y se secó el cabello con una toalla.

De vuelta al dormitorio, estaba demasiado cansada como para fijarse demasiado en él, pero todo el mobiliario parecía extremadamente cómodo. La cama era doble y le pareció maravillosamente blanda cuando se tumbó en ella esperando ansiosamente esa taza de té.

Unos minutos más tarde, llamaron a la puerta y el hombre apareció con una taza, que le dejó en la mesilla de noche.

–Gracias –le dijo–. Y gracias también por todo lo demás. Ha sido muy amable.

–Se podría decir que lo he hecho por propio interés –respondió él encendiendo la lámpara de la mesilla–. ¿No quieres tener la foto cerca de ti? Ya vi que la metiste amorosamente en tu maleta.

Ella casi se rió. Él debía imaginarse que la foto sería de algún novio… o de un marido. Se encogió de hombros.

–No importa –dijo.

Y que se imaginara lo que quisiera.

El hombre la miró muy duramente, pero no insistió.

–La puerta tiene cerrojo –dijo–. Y, por cierto, ¿cómo te llamas?

–Josie. ¿Y tú?

Por un momento ella pensó que no iba a contestar.

–Leon.

Luego se dirigió a la puerta, apagó la luz del techo y salió de allí sin decir nada más.

Josie pensó con ironía que era un anfitrión de lo más encantador, pero por lo menos le había llevado una taza de té.

Se sentó en la cama y se lo bebió disfrutándolo de verdad. El calor la recorrió entonces, no se había dado cuenta de que tuviera tanto frío.

Terminó el té, dejó la taza en la mesilla, apagó la lámpara y se acomodó en la deliciosa cama.

Después del diván, le parecía estar en el séptimo cielo. Esta vez estaba segura de que iba a dormir de un tirón sin que nada la molestara, y no se molestó en levantarse a echar el cerrojo de la puerta. Se tapó con el edredón hasta la barbilla, bostezó lujuriosamente y se quedó dormida casi inmediatamente.

Por fin Josie pudo tener su noche de descanso ininterrumpido. Cuando se despertó, la luz del sol se colaba por las rendijas de las ventanas cerradas. Cuando miró su reloj vio que eran más de las siete y media, así que se levantó de la cama y abrió la puerta un poco. La puerta de al lado estaba completamente abierta y desde abajo le llegó el ruido de la cocina. Su bata había sufrido los efectos desastrosos del diván, pero el cuarto de baño estaba muy cerca, así que se puso unos pantalones cortos blancos y un top del mismo color y se metió en él. Decidió no ducharse y sólo lavarse un poco. Acababa de terminar cuando le llegó de abajo un ruido tremendo seguido de varias maldiciones. Sonrió y estaba terminando de secarse cuando llamaron a la puerta y se oyó la voz de Leon diciendo:

–¿Puedo pasar? Necesito un frasco de antiséptico que hay en el botiquín.

Josie se percató de la urgencia y le abrió la puerta. Leon llevaba unos vaqueros cortados por encima de las rodillas. Y nada más. Tenía la mano izquierda llena de sangre. Gruñó dándole las gracias y empezó a buscar en el botiquín con la mano sana.

Josie había recibido un cursillo de primeros auxilios cuando estuvo cuidando a su madre, así que se hizo cargo de la situación inmediatamente.

–Pon la mano bajo el chorro de agua fría –le dijo con su mejor tono de voz de enfermera–. Yo buscaré el antiséptico.

Él lo hizo con una docilidad sorprendente y se apoyó con la otra mano en el lavabo.

–Me he cortado con el cuchillo del pan –le explicó débilmente.

Estaba muy pálido.

Josie encontró el antiséptico y unas vendas. Le examinó la mano, que tenía un corte profundo en un lado que sangraba profusamente. Le puso un trozo de venda en la herida para cortar la hemorragia y, cuando lo miró a la cara, vio que estaba más pálido todavía.

–Lo siento –dijo él–. Estoy bien.

Pero no lo parecía en absoluto, así que Josie le puso detrás el taburete del cuarto de baño y lo hizo sentarse mientras ella seguía sujetándole el vendaje.

–Ahora baja la cabeza hasta las rodillas. Más baja.

Mientras hablaba, le empujó la cabeza todo lo que pudo. Le sorprendió lo espeso y suave que tenía el cabello y mantuvo allí la mano. Tenía la piel muy bronceada, excepto una línea pálida en el borde del cabello que indicaba que se lo había cortado recientemente. Sintió la tentación de inclinarse y besarle el cuello, pero se contuvo a tiempo de hacer semejante tontería. Tenía que andarse con mucho cuidado para no hacer el ridículo.

Al cabo de unos minutos, él levantó la cabeza y ella se sintió aliviada al ver que el color le había vuelto a la cara. Levantó con mucho cuidado un borde del apósito.

–Ya casi ha dejado de sangrar. Te voy a poner el antiséptico y te va a escocer, así que contén la respiración.

Él ni siquiera parpadeó cuando lo hizo, a pesar de lo mucho que debió escocerle. Luego Josie le vendó firmemente la mano.

–Ya está –dijo satisfecha–. No uses mucho la mano o habrá que llevarte al hospital si vuelve a sangrar.

Él la miró mientras limpiaba el lavabo y luego organizaba de nuevo el botiquín.

–Pareces muy profesional –dijo–. ¿Eres enfermera?

Ella agitó la cabeza.

–No, pero estuve mucho tiempo cuidando a mi madre, que estaba casi inválida y siempre estaba teniendo accidentes. Murió hace algunos meses.

–Lo siento. Pero la verdad es que agradezco tu habilidad. En cuanto veo mi propia sangre me siento fatal, pero no parece que reaccione igual con la de los demás. Tal vez debiera ir al psiquiatra.

Josie sonrió.

–Mejor será que no nos metamos en eso. Ahora baja cuando te sientas mejor y yo veré qué se puede hacer con ese cuchillo del pan.

Una vez de vuelta en su dormitorio, Josie se puso unas sandalias y se cepilló un poco el cabello. Cuando bajó abajo lo hizo sonriendo. Parecía haber llegado a una especie de acuerdo con ese hombre y eso le pondría las cosas mucho más agradables si iban a tener que ser vecinos.

La cocina era grande y moderna, no como lo que tenía ella en su casa. De repente se percató que no había pensado nada en el caos que había dejado allí, pero eso iba a tener que esperar.

Evidentemente, Leon había estado tratando de cortar una barra de pan para hacer unas tostadas, utilizando un plato en vez de una plancha de madera. naturalmente, el pan había resbalado del plato, que ahora estaba hecho pedazos en el suelo.

–¡Hombres! –murmuró.

Encontró una escoba y recogedor y barrió los pedazos; luego limpió con cuidado el cuchillo.

A continuación, cortó más rebanadas y empezó a meterlas en el tostador. Hizo una taza de café instantáneo y preparó todo en una mesa pequeña y redonda, con mantequilla y tres mermeladas diferentes.

Mientras estaba con eso, Leon apareció en la puerta. A pesar de tener la mano herida, había logrado ponerse unos vaqueros y una camisa de seda color crema. Josie pensó que realmente estaba muy bien y le dijo:

–He hecho unas tostadas. ¿Era eso lo que estabas tratando de hacer?

Él asintió y se sentó a la mesa.

–¿Vas a desayunar conmigo?

–Si me invitas…

–Es lo menos que puedo hacer. Por favor siéntate y acompáñame a desayunar.

Ella puso más cubiertos en la mesa, preparó otra taza de café y se sentó delante de él. Se percató entonces de que tenía mucha hambre y comió con ganas. En un momento dado, miró como disculpándose a Leon, que estaba teniendo dificultades con su mano herida, pero no hizo nada por ayudarle, ya que pensaba que él no iba a tolerar que alguien le hiciera de niñera.

–Lo siento, estoy comiendo como una salvaje –dijo–. Pero es que no recuerdo cuando fue la última vez que comí decentemente.

–Adelante –respondió él mirándola pensativamente–. ¿De dónde venías ayer?

–De Londres. Compré algo de comida en Menton antes de tomar el taxi que me trajo aquí, pero para cuando llegué a mi casa estaba demasiado cansada y acalorada como para pensar en comer, así que me tiré en la superficie plana más cercana. Eso hasta que tú me despertaste tan poco galantemente –dijo ella riéndose levemente.

Si compartían la parte graciosa de todo eso, podrían poner ese vergonzoso incidente en su verdadera perspectiva.

Pero él no se rió, ni siquiera sonrió, se limitó a mirarla fijamente.

–¿Qué te hace pensar que Mon Abri es tuya?

Josie se atragantó. Ese hombre había empezado a gustarle y, había empezado a pensar que ella le gustaba a él, que podrían empezar a hablar racionalmente. Pero el tono de su voz y la forma en que le había hecho esa pregunta le pareció hasta insultante.

–No me ha gustado esa forma de hablar. Ciertamente, esa casa es mía. ¿Qué derecho tienes tú para cuestionarlo?

Él frunció el ceño, extrañado.

–¿Qué edad tienes, Josie?

Ella contuvo la ira haciendo un verdadero esfuerzo.

–La verdad es que no veo qué tiene que ver mi edad con este asunto, pero tengo veintitrés años.

Él la miró con las cejas levantadas.

–Bueno, bueno. Eso es otra cosa. Cuando te vi por primera vez tirada en el diván pensé que tendrías unos quince años y que eras parte de una pandilla de jóvenes vagabundos. Me imaginé que tus amigos se reunirían contigo y ocuparían este lugar tan bonito. Luego, cuando entraste en mi casa y te bebiste mi té, sonriéndome seductoramente…

–Yo no te sonreí seductoramente –protestó ella, furiosa.

–Y me sonreíste seductoramente –insistió él–, pensé que tenías más edad, digamos unos diecisiete o dieciocho como mucho. Sí, ya me doy cuenta de que me equivoqué con tus intenciones, pero no creo que se me pueda culpar por ello. He de decirte que me pensé de nuevo lo de tu edad cuando me salvaste de morir desangrado… ¿pero veintitrés…? No, nunca me lo habría imaginado. Esa edad es algo muy distinto.

Josie apretó los dientes.

–¿Se supone que con veintitrés se me permite tener una casa entonces?

–Ciertamente. Pero no la de aquí al lado. Y, en el caso de que me vayas a preguntar por qué no, es porque va a ser mía dentro de pocos días. Pienso restaurar toda la villa para que recupere su antiguo esplendor, tirando los tabiques y reorganizando las habitaciones.

–¿De verdad? –le preguntó ella levantando las cejas.

Ese tipo tenía tanta confianza, estaba tan asquerosamente seguro de sí mismo, que iba a ser para ella un placer echarle por encima un jarro de agua fría. Pero sin prisas.

–¿Más café? –le preguntó.

–Por favor –respondió él empujando su taza sobre la mesa.

Ahora no la estaba mirando a ella, sino hacia la ventana. No cabía duda de que estaba pensando en qué haría con la casa cuando fuera toda suya. Pero se le venía encima una buena sorpresa, pensó ella sonriendo para sí misma.

Entonces Leon apartó la silla y se levantó.

–Vamos afuera para seguir hablando de esto –dijo–. El aire puro aclara las ideas.

–¿Estás diciendo que es mi cabeza la que necesita aclararse?

–No seas tonta –respondió él agarrándola del brazo y haciéndola levantarse–. Tráete el café, nos sentaremos en la terraza.

Josie ya había descubierto que él era un hombre que seguía su propio camino, por la fuerza bruta, si era necesario, y que era una pérdida de tiempo discutir con él. Se sacudió esa mano. El contacto de sus dedos contra la piel desnuda la alteraba. Si tenía que tratar de negocios con ese hombre, ¿por qué no podía estar tan falto de atractivo sexual para ella como todos los demás que habían surgido de vez en cuando en su vida? Salvo Roger Ward, por supuesto, y él estaba casado. Llenó de nuevo las dos tazas y siguió afuera a Leon.

En la terraza había una mesa y dos sillas pintadas de blanco bajo una parra. Josie pensó que tenía que instalarse algo parecido en su propia terraza.

Leon le ofreció una silla educadamente y se sentó en la otra.

–Así está mejor. Ahora, vamos a dejar las cosas claras. Mi nombre es Leon Trent y soy arquitecto. Tú pareces pensar que la casa de al lado es tuya. Y yo estoy convencido que estoy a punto de ser su dueño –dijo muy seriamente–. Y pretendo que sea así.

Josie lo miró y sintió un poco de miedo. Iba a tener que pelear, ya que no estaba nada dispuesta a dejar que ese hombre se saliera con la suya bajo ningún concepto.

–¿Por qué quieres la casa? –continuó Leon–. ¿Qué te propones hacer con ella?

–Vivir en ella.

–¿Tal como está?

–Por supuesto que no. Pretendo arreglarla con mis propios diseños.

–¿Es que eres diseñadora de interiores?

–Eso es lo que quiero ser.

Él la miró y dijo más razonablemente:

–¿Podrías explicarme por qué dices que la casa es tuya?

Los verdes ojos de ella se clavaron en los de él.

–No tengo que responder a esa pregunta, pero tiene una respuesta tan simple que te lo diré. Me la dejó mi madre en su testamento, si no me crees, te lo puede confirmar mi abogado, Sebastian Cross. Tengo su número de teléfono, por si lo quieres. ¿Satisfecho?

Él había tenido el ceño fruncido mientras la escuchaba, pero ahora ese fruncimiento se profundizó más todavía.

–Debería ponerme en contacto con mi propio abogado antes de responder a esa pregunta. Aquí está pasando algo muy curioso y pretendo llegar al fondo de la cuestión.

Josie recordó su conversación con su tío Seb y que ella también se había preguntado si no habría algún error.

–¿Puedo preguntarte el nombre de la persona que te dijo que te iba a vender la casa? ¿No sería por casualidad Charles Dunn?

Leon levantó las cejas.

–Sí, aunque no me imagino cómo lo has supuesto. Es un viejo colega y he trabajado con él por algún tiempo. ¿No me estarás sugiriendo que me ha engañado para conseguir un mejor precio por la casa?

–Claro que no –dijo ella indignada–. Charles nunca le haría trampas conscientemente a un amigo.

Luego se produjo el silencio entre ellos. Al cabo de un momento, él le dijo sin dejar de mirarla:

–Pareces conocerlo muy bien.

–Debería. Es mi padre.

Leon levantó de nuevo las cejas y abrió mucho los ojos. Josie se dio cuenta de que esta vez lo había sorprendido por completo. Pero luego él le preguntó con un tono de sospecha:

–¿Por qué no te he conocido antes, en alguna de las veces en que lo he visitado en su casa?

Josie sintió la tentación de tirarle encima la taza de café.

–¿Me estás acusando de ser una mentirosa?

–Tranquilízate, Josie. Sólo te estaba haciendo una pregunta razonable. No tienes que responder si no quieres.

Ella respiró profundamente. El muy cerdo… Ese hombre siempre ganaba en una discusión, así que le dijo con lo que esperaba fuera una voz muy digna:

–Apenas veo a mi padre en la actualidad, a pesar de que nos llevamos muy bien cuando no se mete por medio una de mis madrastras.

–Ya veo. Cuando me dijiste que tu madre había muerto recientemente pensé…

Josie agitó la cabeza.

–Mis padres se divorciaron hace ya años. Charles se ha casado y divorciado dos veces más desde entonces. Es un romántico de nacimiento y siempre anda buscando a la mujer de su vida, pero por otra parte es un avispado hombre de negocios.

–Bueno, espero que estuviera en disposición de hacer negocios cuando me vendió Mon Abri, pero voy a tener que informarme bien. Puede que haya un fallo en alguna parte –dijo él levantándose–. Voy a llamar ahora a mis abogados y luego sabremos con seguridad a quién pertenece la casa.

Cuando Josie empezó a levantarse, él añadió:

–No, no te vayas. Esto nos concierne a los dos.

Leon entró en el salón y Josie lo oyó llamar por teléfono con los puños apretados.

Si él volvía insistiendo en que tenía razón, ella haría… ¿Qué haría?

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