Kitabı oxu: «El hielo en el fin del mundo»
Mark Richard, de ascendencia cajun-creole-francesa, nació en Louisiana y pasó buena parte de su infancia en hospitales para niños tullidos. Debido a la deformidad de sus caderas le dijeron que a partir de los treinta estaría condenado a vivir en una silla de ruedas. No fue así. El día que los cumplió le pilló haciendo autoestop para mudarse a Nueva York y ser escritor. No lo tuvo fácil. Su padre, un hombre violento e impredecible, les abandonó una noche de borrachera. Sus motivos: la mala tierra, una mujer triste, varios bebés perdidos, un hijo «extraño» y la marcha del general Sherman. A los trece Mark se convirtió en el locutor de radio más joven del país. Abandonó sus estudios, se metió en problemas y se pasó tres años faenando en barcos pesqueros. Fue fotógrafo aéreo, pintor de brocha gorda, camarero e investigador privado. Asistió al taller literario de Gordon Lish, que le compró un gorro de artillero forrado de lana para sobrevivir al duro invierno de Nueva York y le publicó su primer libro de cuentos. El libro se vendió poco, pero después de que la editorial le transmitiera su poca fe, Norman Mailer le entregó el PEN/Hemingway Foundation Award y Barry Hannah le llamó para dar clases en Oxford, Mississippi. Por las noches se acercaba con su perro a la vieja casa de Faulkner y se asomaba a las ventanas esperando ver fantasmas. Un día, al volver de su paseo, se encontró a Larry Brown sentado en la mesa de la cocina, fumando y bebiéndose su bourbon. En el sur nadie cierra la puerta de atrás. Al verle, Larry simplemente le dijo: «Hey». Actualmente vive en Los Ángeles con su mujer y sus tres hijos. El día de su boda se dio cuenta de que había conocido a todos sus amigos en bares. Es autor de dos colecciones de relatos, una novela y un libro de memorias.
EL HIELO EN EL FIN DEL MUNDO
EL HIELO EN
EL FIN DEL MUNDO
Mark Richard
Traducción de Tomás Cobos

Título original:
The Ice at the Bottom of the World: Stories
First Anchor Books
February 1991
Primera edición:
Abril 2016
The Ice at the Bottom of the World: Stories
© Mark Richard by 1989
© 2016 de la traducción: Tomás Cobos
© 2016 de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Diseño y maquetación: Rosa van Wyk y Nacho Reig
Ilustración: Iban Sainz Jaio
Correcciones: Marta Velasco Merino
Traducción: Tomás González Cobos, con la amable ayuda
de Tracy Rucinski, Marta Velasco y Javier Lucini. Gracias
también a Mark Richard por su paciencia y generosidad
a la hora de responder a todas mis dudas.
ISBN: 978-84-19288-03-5
Producción del ePub: booqlab
Para Claire
Índice
Abandonados
Su cuento favorito
En la cuerda
Alegría al estilo de la huerta
Aquí estamos, genial
El hielo en el fin del mundo
Genius
Niño Pez
La teoría del hombre
Banquete de la tierra, recompensa de la arcilla
Gracias, Dios, porque todos mis amigos siempre tienen para mí una almohada y una manta, un lugar en la mesa, unos dólares que meterme en el bolsillo. Benditos sean especialmente los chicos del Thunderbird Lounge original: Brian, Scott, Melvin, Terry, John, Joe, Carl y Stan. Benditos sean Eminent Cheese y Hola, Casey y Denise. Bendito sea Gordon; también Tom. Descanse Jim Boatwright. Benditas las chicas Maggie y Temperance y Julie, y bendita esa chica, Pamela Sue, de fe inquebrantable y amor siempre luminoso. Benditos todos y gracias de nuevo.
Con cariño, M.R.
Abandonados
Por la noche, se meten perros abandonados por debajo de nuestra casa a lamer los caños que gotean. Les oímos toser y gruñir debajo de la habitación donde dormimos mi hermano y yo, restriegan los lomos enmarañados contra los tablones que hay bajo nuestras camas. Nos quedamos tumbados, despiertos, escuchando, y mi hermano piensa en el nombre que le va a poner al perro que se dispone a atrapar. Entre sus favoritos están Saludo y Chicarrón.
Le digo a mi hermano que son perros salvajes y miedosos. Basta un pisotón con el pie descalzo en el suelo, junto a la cama, para que salgan disparados, arqueando el espinazo, por el hueco que hay bajo nuestra ventana abierta. A veces mi hermano se asoma y, si se da mucha prisa, alcanza a tocar uno mientras se escabulle.
Nuestro padre tiene pensado volver a poner las mosquiteras en primavera. Las ha sacado ya del cobertizo y las ha apilado en el camino de entrada. Las pone una a una sobre caballetes para apretar más los marcos y coser los agujeros para que no entren mosquitos. O esa era su intención, porque una mañana nuestra madre se pone a tirar al suelo todas las conservas que estaban en las estanterías, se mete los dibujos que habíamos hecho para el Domingo de Pascua mi hermano y yo en la boca y se echa a correr por el campo que habían despejado la semana pasada para el maíz al lado de nuestra casa.
El tío Basuras es nuestro pariente más cercano con coche y nuestra madre le saca una ventaja de más de medio día a nuestro padre cuando llega el tío Basuras. El tío Basuras llega por el camino a toda velocidad y pasa por encima de todas las mosquiteras, separándolas de sus marcos. Hay un pollo espachurrado en la rejilla del coche del tío Basuras. Ni siquiera apaga el motor cuando el tío Basuras sale del coche y se pone al volante nuestro padre, que retrocede por encima de las mosquiteras y se lanza en busca de nuestra madre.
El tío Basuras se da cuenta de que se ha dejado su botella debajo del asiento del coche. Se va a la cocina y arrasa con todas las estanterías que nuestra madre no había tocado. Luego está en el armario de las toallas del pasillo, amontonando todo lo que saca. Está en la habitación de nuestros padres, abriendo armaritos. Está en el cobertizo, donde abre y olisquea un frasco de gasolina para el cortacésped. Viene el tío Basuras y pregunta: ¿Por dónde se va al pueblo para ir a echar un trago? Le señalo el camino por la carretera. El tío Basuras se marcha diciendo: Y ojito no vayáis a quemar la casa.
Mi hermano y yo nos quedamos en el patio lateral, haciendo el pino hasta que anochece. Agarramos luciérnagas a puñados y nos embadurnamos las camisetas de amarillo brillante. Es tarde. Nos lavo los pies y me encargo de meternos en la cama. Esperamos que alguien vuelva pero no viene nadie. Por suerte para mí, cuando mi hermano comienza a lloriquear para que venga nuestra madre los perros abandonados se meten debajo de casa. Mi hermano comienza a inventar listas de nombres nuevos para los perros, hasta que su propio nombre cae rendido.
Con hambre, nos despertamos al oír un sonido en la cocina que no parece que sea nuestra madre preparándonos el desayuno.
Es el tío Basuras. Está vomitando, escupiendo sangre en el fregadero de bomba manual. Le pregunto si ha tenido un accidente y manda a mi hermano que suba a por antiséptico y bastoncillos de algodón. Tiene la cara torcida desde la cabeza por un lado, así que el ojo de ese lado está cerrado. El ojo bueno le llora cuando se toca los dientes sueltos con los dedos destrozados.
El tío Basuras dice que sí, que ha tenido un accidente. Dice que iba ganando en una partida de cartas y luego iba ganando más en una partida de cartas, así que se apostó el coche, sin darse cuenta de que nuestro padre se lo había llevado para buscar a nuestra madre. El tío Basuras dice que de todas maneras el hombre que ganó la partida le partió la cara al tío Basuras porque le dio la gana.
Todo el día el tío Basuras duerme en la habitación de nuestros padres. Desde el patio delantero podemos oír sus ronquidos. Mi hermano y yo escarbamos en la tierra con cucharas, haciendo caminos y carreteras para mis camiones de latón. Por la noche, el tío Basuras baja con una de las camisas de nuestro padre, sucia, pero más limpia que la que tenía cuando le partieron la cara. De cena tenemos sándwiches de plátano. El tío Basuras pregunta si tenemos una baraja en casa. Dice que quiere ver si puede flexionar los dedos, llenos de heridas de mordiscos, para trabajar bien. Me veo obligado a decirle que mi madre no permite cartas en casa pero que mi hermano tiene una baraja para jugar a Culo Sucio en algún lugar de la caja de juguetes. Mientras mi hermano va a buscarla, me jacto de cómo le doy para el pelo siempre a mi hermano cuando jugamos a Culo Sucio y el tío Basuras dice: ¿Ah, sí?, y busca en su bolsillo una moneda de cinco centavos que pone en la mesa. Vamos a jugar a cinco centavos la partida, dice. Voy a la habitación donde dormimos mi hermano y yo a por la lata de tiritas donde guardo las monedas que a veces siso del cepillo de la iglesia el domingo.
El tío Basuras hace aspavientos de dolor mientras dobla los dedos, pintarrajeados de rojo, en torno a las cartas de Culo Sucio, con sus estrellitas de circo, pero aún puede barajar, cortar y repartirnos a los tres con una sola mano… y en menos que canta un gallo pierdo mi lata de tiritas con sus monedas y todos los camiones de latón del patio delantero. El tío Basuras me ordena que salga a por ellos y los pongo en su lado de la mesa. Mi hermano pierde unos bolos y un águila de peluche. Tras dos manos más, apilamos nuestras botas de invierno y abrigos con capucha en el lado de la mesa del tío Basuras. En la última mano, mi hermano y yo nos quitamos los pantalones y calzoncillos mientras el tío Basuras sonríe al decir: Y ahora, caballeros, si nos les importa, quítense las camisas.
El tío Basuras junta todas las cosas que nos pertenecían a mi hermano y a mí para meterlas en las fundas de nuestras almohadas y dice: Que esto te sirva de lección. Sale por la puerta del porche delantero y, sentados a la mesa en cueros, oímos sus últimas palabras desde el camino, botín al hombro: Y ojito no vayáis a quemar la casa.
Me entra una rabia de mil demonios contra el tío Basuras.
Luego me entra una rabia de mil demonios contra nuestro padre por dejarnos con él para irse a buscar a nuestra madre.
Luego me entra una rabia de mil demonios contra mi madre por largarse y dejarme con mi hermano, que contrae la barbilla y arruga el rostro antes de romper a llorar.
Solo falta una cosa por hacer y es agarrar todo lo que todavía queda que aún es nuestro y tirárselo a mi hermano, y es lo que hago, y las cartas de Culo Sucio se estampan en su cara, desatando una llorera de las gordas.
Le digo a mi hermano que como siga montando tanto jaleo los perros abandonados no van a venir y se lo cree, y luego empiezo a creérmelo yo cuando se hace más tarde de lo normal, cuando pasa la hora de los grillos y se alza una luna inmensa sobre los árboles, pero al final vienen, después de que mi hermano caiga por fin dormido, así que espero hasta que sé que hay varios perros abandonados debajo de los tablones de la cama, restregando su pelambre de rata, gruñendo, y doy un pisotón en el suelo, y es que esta es mi parte favorita de los perros, dar un pisotón y mirar luego cómo se dispersan en cien direcciones y ver luego cómo se reagrupan, uno a uno, al borde del campo, junto a la arboleda.
Por la mañana reconozco enseguida el traqueteo de ruedas de bicicleta que llega por el patio delantero. Es la bici del chico de color que manda Cuts a llevarles hielo y comida a los hombres del camión que el señor Cuts tiene trabajando con troncos en las afueras del pueblo. El chico de color que suele ir en la bicicleta nos tira chapas a mi hermano y a mí cuando vamos donde Cuts con mi madre a comprar comida. Tenemos que esperar fuera, junto al surtidor de queroseno, en el exterior del cobertizo con techo forrado de tela asfáltica, un sitio lleno de cajas de botellas donde se sientan los hombres y el tío Basuras trabaja con sus cartas. Los blancos no suelen ir donde Cuts a no ser que tengan que pedir fiado.
En el colegio sabemos que el señor y la señora Cuts vienen de una familia que se come a los niños. Como señuelos tienen un árbol rojo de metal con juguetes envueltos en plástico en el escaparate y dentro un mostrador largo repleto de dulces. El señor y la señora Cuts no tienen niños propios. Se los comieron un invierno duro y salaron el resto para bocadillos que el chico de color lleva a los hombres del aserradero a mediodía. A veces me pongo a contar los niños de color que entran a comprar chucherías para ver cuántos logran salir, pero por lo general mi madre ha terminado de comprar antes de que yo haya acabado. No nos fían mucho donde Cuts.
La llanta delantera tropieza en uno de los túneles subterráneos para nuestros camiones de latón y el tío Basuras se la pega. Del cesto atornillado a los manillares de la bicicleta se vuelcan al patio paquetes de papel marrón sellados con cinta aislante, junto con una caja de licor de malta y otra de puros. El tío Basuras se queda tirado en el punto exacto donde cae. Duerme todo el día bajo el árbol del patio delantero y solo se arrastra de cuando en cuando para recuperar la sombra ambulante.
De cena tenemos filetes, licor de malta y puros. El tío Basuras nos enseña a cruzar las piernas sobre la mesa después de cenar, pero dice que, si no nos importa, va a dejar sin encender los puros de mi hermano y mío. No tiene pinta de que vayamos a recuperar nuestros juguetes ni mi lata de monedas por lo que veo al revisar todos los paquetes, y eso que reviso varias veces el cesto atornillado en la parte delantera de la bicicleta. El tío Basuras nos enseña cómo hacer el pino en la mesa y al mismo tiempo beber de una botella de licor de malta, luego se sube encima del fregadero y canta «Gather My Farflung Thoughts Together». Mi hermano y yo mordemos nuestros puros y damos palmas, pero en el corazón sentimos pena y soledad.
Y ojito no vayáis a quemar la casa, dice el tío Basuras mientras empieza a pedalear hacia donde Cuts.
Mi hermano se asoma por la ventana con un rollo de soga y trozos de filete que cuelgan de cordeles. Está sumido en un sueño de dedos grasientos cuando caen los cordeles de nuestra cama, se deslizan como serpientes blancas por encima del alféizar y salen hacia los campos que hay fuera.
Ya está el maíz de julio y sin noticias de nuestros padres.
El tío Basuras no se acuerda de la fiesta del Cuatro de Julio ni del desfile del Cuatro de Julio. El tío Basuras apelotona espadañas en los guardabarros de su bici, pone nuestras cartas de Culo Sucio seccionadas en los radios y desfila detrás del camión de bomberos por el pueblo mientras mi hermano y yo, en el cesto delantero, tiramos chucherías al público. ¿Qué tratas de hacer?, le preguntan los hombres de color donde Cuts al tío Basuras cuando acabamos allí el desfile. Identifico uno de mis camiones de latón con una rueda rota en manos de uno de los niños de color, lo conduce en círculos en los escalones de la puerta de Cuts. El tonto, dice el tío Basuras.
El tío Basuras no recuerda haber ganado en una partida que venga la señora Cuts a limpiar la casa y a nosotros. La señora Cuts mueve los muebles mientras barre con la escoba y dice que somos una abominación. Hay un cubo con jabón para lavarnos la cabeza y una tinaja de crema con olor acre para nuestras picaduras infectadas, de las pulgas que hay bajo la casa y los mosquitos que entran por las ventanas. Las mosquiteras son cuadrados oxidados entre la basura de la entrada. El tío Basuras le deja a la señora Cuts su navaja de afeitar abierta, es tan larga como mi brazo. La mujer se pone a perseguirnos a mi hermano y a mí con la navaja, para cortarnos el pelo, dice. Pero a nosotros no nos la cuela. Mi hermano se esconde debajo de la casa y yo me subo a un árbol.
El tío Basuras no se acuerda de julio, pero, cuando le explicamos lo que es, dice que seguramente julio fue una buena idea en su momento.
***
Es agosto y el maíz se alza marrón y torcido en el campo de al lado de casa. Hay noticias de nuestros padres. Están en la capital del estado. Uno de los dos ha estado en la cárcel. El tío Basuras sigue prometiendo que pondrá mosquiteras. Pero lo único que hace es darnos un espray para bichos de Cuts.
Me despierto en mitad de la noche. Mi hermano sale flotando por la ventana. En el patio, él y una perra abandonada tiran de una cuerda, cada uno de un extremo. Mi hermano la va enrollando hacia él y yo atrapo a la perra con un placaje. Ya siento las pulgas abandonar su lomo zarrapastroso y escalar por mis brazos hasta el cuello. Rocío a la perra con un bote entero de espray para bichos hasta que el pelo le hace espuma como si fuera jabón. Mi hermano saca unas cerillas para quemar una garrapata del tamaño de una uva en su oreja. Un jersey de llamas azules envuelve a la perra al entrar en contacto con la cerilla. Convertida en bola de fuego, se mete zumbando bajo la casa.
Para cuando llegan el tío Basuras y el resto del pueblo, los bomberos dicen que la casa está Siniestro Total.
Por la mañana veo que pasa un coche en el que van nuestros padres por delante de donde antes estaba nuestra casa. Veo que pasan otra vez, hasta que por fin reconocen el patio. El tío Basuras está intentando sacar a mi hermano del trance en que se encuentra enseñándole unos trucos al lado izquierdo de los escalones de la veranda. El tío Basuras le enseña la Sota Escondida, la Reina en el Burdel y Sin Dinero Abajo. Nuestro padre dice que se ponga de pie para que pueda tumbarle de un puñetazo. El tío Basuras dice que igual se lo merece. Nuestro padre tumba al tío Basuras de un puñetazo y le dice que no se levante. Como te levantes, te mato, dice nuestro padre.
El tío Basuras se arrastra a cuatro patas por el patio hacia el camino.
Adiós, tío Basuras, digo.
¡Adiós, hombres!, dice el tío Basuras. ¡Y ojito no vayáis a quemar la casa!, dice, y yo le contesto: Claro que no.
Con la historia de los puñetazos nadie repara en nuestra madre. Corre patosa entre los maizales abrasados por el sol del verano.
Su cuento favorito
En indio, llaman a este sitio Donde el Rayo Da Paseos Largos. Y no diré yo que no tiene algo de verdad. Lo que tiene de particular es que es el primer sitio donde toman tierra los cúmulos cargados de agua que suben azotando en ráfagas rápidas desde la bahía. Llegan largas piernas de luz ahuesada y patalean entre los pinos de hoja corta más altos, desgarrando miembros y partiendo copas. Cuando ya han pasado, te retumban los oídos por los truenos y percibes el olor de la sabia chamuscada por la electricidad. Se te encoge el corazón si te ocurre de día, y de noche aún sientes chasquidos susurrantes, silbidos de ramas, en esa oscuridad total que crean las copas al caer pesadamente, invisibles, tan cerca que empujan aire hacia tu cara y pegas un bote en el suelo.
Lo que estoy haciendo aquí fuera, en este sitio donde el rayo da paseos largos, tiene que ver con lo que nos ocurrió a mí y a Margaret cuando vivíamos río arriba, a un buen rato a pie por lo inaccesible del camino. Mi cabaña está, para ser precisos, a tres curvas y un requiebro por la orilla desde aquí y supongo que ahora está plagada de mapaches y ratones de campo y serpientes negras que vienen a comérselos. Supongo que nadie ha entrado a robar nada y es que el carril que baja hasta mi cabaña está casi siempre cubierto por la marea, anegado las tres millas que se alarga hasta la carretera del condado. Nadé por la zona un día no hace mucho y parece que todo está en orden, salvo el tronco clavado en el tejado y una de las cristaleras, que está reventada, seguramente porque alguien le pegó un tiro desde una barca. El perro cabezón que traje a casa para Margaret no andaba por allí, me supongo que se habrá vuelto al pueblo.
El pueblo es de donde vino, allí lo encontré, era de un camionero con uno de esos tráileres enormes que solía pegar con un bate de béisbol al animal con el cuento de que el perro era malo. El perro cabezón no era malo sino estrábico y ser estrábico no es lo mejor para un perro, porque se ve que esos perros no son muy listos, ni buenos para rastrear o seguir una pista. El conductor del tráiler se agarró una curda en la ciudad –era viernes– y le dio al perro cabezón con el bate de béisbol hasta que sangró por las orejas y el rabo, y luego dejó al perro tirado al final del muelle de Rusty Shackleford. Por suerte para el perro la marea estaba baja, así que no se ahogó, tendido como estaba sobre unos centímetros de agua. Yo no tenía ningún pleito con el camionero del tráiler con el bate de béisbol, pero el perro no estaba muerto ni mucho menos y se iba a morir malamente en aquella agua tan fría por una helada de cuatro días, así que tumbé al viejo chucho apaleado en una red de almadraba que tenía en el fondo de mi canoa de color purpurina metalizado y remé hasta casa.
En casa, abrí el horno, bajé la portezuela y puse allí la cabeza del perro, bajo el grill, para que se calentara y se secara, y mira tú por dónde que lo primero que hizo al despertarse fue tirarse a arrancarme el brazo del hombro y a perseguirme en mi propia casa, y me tuve que subir a la mesa de merendero que tenía en el salón y él venga a ladrarme hecho una fiera desde abajo, que del calor del horno le salía humo del lomo como si fuera un demonio del infierno.
Nunca sabré cómo fue aquello, pero Margaret calmó al perro cabezón y, con lo salvaje que era y todo, se puso a resoplar a su alrededor como un cachorrillo. A partir de entonces, como yo le levantara la voz a Margaret, el perro me pegaba un gruñido desde el sitio donde solía dormir casi siempre, junto a la chimenea alpina. Todo por cómo era ella, por ese algo que tenía, ese efecto en la gente, lo mismo hombres que perros. No era guapa y lo mismo daba, en el pueblo no es que dijeran que era guapa, aunque yo sabía, por cómo la miraban por el hueco del sobaco de la camisa Rusty Shackleford y Danny Daniels Shackleford y Scoop, que veían que tenía el cuerpo todo moreno, al menos por arriba, y yo sabía que tenía locos a los hombres del pueblo. A lo que me refiero cuando digo pueblo no es más que la tienda de pesca de Rusty Shackleford al final de un muelle medio desvencijado con dos surtidores, uno diésel y el otro gasolina. El pueblo es donde Rusty tiene un cabrestante para llenar los remolques grandes de la zona, una caseta de hormigón y palés, y una máquina de motel para el hielo, y además tiene, entre el último sitio en el que puede uno plantar el pie sin caerse por los tablones podridos y la plataforma de conchas aplastadas, una mesa a la que le llama despacho, en una tienda de un solo cuarto con cinco paredes, y una caja de zapatos a un lado donde duerme un gato que se llama Pescadilla, junto a la ventana, y ese es el sitio donde recibirías una carta si es que algún día te mandasen una desde algún lugar del mundo, seguramente después de que todos se la hayan leído ya en voz alta a Rusty, mientras beben las noches de los viernes en este sitio al que digo pueblo.
Es en el pueblo donde, antes de Margaret, saciaba mi anhelo de vida humana, cuando llegaba allí con buen viento, acompañando la marea río abajo, remando en mi canoa purpurina a por comida en la tienda de cinco paredes y a recoger las redes que necesitaran arreglo.
Era mi mejor cliente el medio-primo de Rusty, Earl Shackleford Hayes, y es que siempre se le rajan las redes pescando verrugatos y truchas cerca de Punta Chaparra, que todo el mundo sabe lo malo que es el fondo allí, pues hasta Rusty le dice: ¿Y por qué te crees que le llaman Punta Chaparra?, y luego nos dice a nosotros: Earl solo es medio-primo, medio-medio, solo a medias. Los inviernos, cuando ya me había hecho con comida y redes para trabajar, echaba una mano metiendo pescado en cubetas en la caseta de hormigón y palés, y los veranos paleaba hielo, siempre los viernes al caer la noche, a la hora de echar un trago. Danny Daniels y Scoop se mamaban lo necesario para liarse a palos el uno con el otro en la plataforma de conchas aplastadas si es que no había camioneros con quien partirse la cara, y yo me juntaba con ellos como hermanos cuando los había. Podía pasarme un día y una noche en este lugar al que llamo pueblo con el trabajo y luego la pelea fraternal a la espera del primer cambio de la marea tras el anochecer. Así que esto era a lo que me refiero cuando digo que era el pueblo al que a veces llevaba a Margaret, que no era muy guapa pero que traía locos a los hombres duros con su cuerpo todo moreno, que la ayudaban a salir cual princesa india de la canoa en la que llegábamos deslizándonos por el río, y a mí me dejaban que cargara solo con tres montones de almadraba remendada hasta la tienda de cinco paredes, yo solito, y es que ella tenía ese efecto en los hombres duros del muelle del pueblo.
El efecto que tenía en mí, decía Rusty Shackleford, era camisa limpia y cabeza repeinada. Y no diré yo que no tenía algo de verdad, que a fin de cuentas esa es la parte de mí que él veía lejos de mi cabaña apartada del mundo. Tan apartada del mundo que yo solía caminar por la orilla arcillosa desnudo, embadurnado de buen barro en la espalda y las partes contra el sol, una pluma de águila pescadora en la oreja para niguas y garrapatas, que así fue como Margaret y yo nos conocimos, mientras ella escarbaba antiguallas para el estado, porque pensaba que donde yo vivía tuvieron antaño un campamento los indios, y por eso ella tenía que recorrer casi dos leguas de mala orilla con la marea baja hasta aquel sitio en que llenaba bolsas de plástico y bolsillos con cacharros de cerámica y trozos de pipas, tantos hay que muchas veces los rompo al pasar andando. Me dijo que por su especial interés por los indios se quedó estupefacta al levantar la vista y verme, a casi dos leguas de la carretera, desnudo, embarrado y emplumado, y como yo andaba sin novia desde seis u ocho estaciones antes, tengo que confesar que mi interés especial por ella se reflejó en un abultamiento y un descascarillar de copos de barro seco a mis pies, como migajas, y es que ese era uno de los efectos que Margaret me provocaba al mirarla.
Lo otro que Rusty Shackleford no sabía del efecto que tuvo en mí fue que, cuando empecé a conseguir que se quedara en mi casa después de excavar antiguallas para el estado, empezó a sacar del salón de mi cabaña las cosas de uso exterior. Los primeros en irse fueron un montón de nasas cangrejeras escacharradas, unos caballetes para sujetar la quilla de un esquife que pensaba fabricar desde hacía tres años, cuatro toneles de chatarra y morralla, una montaña de madera carcomida para quemar en la chimenea alpina y medio montón de tablones que había encontrado en la playa para hacer, algún día, un porche delantero. Incluso hizo que pusiera todas mis sierras eléctricas y hachas en el cobertizo, y es que no sabía lo que me gusta aserrar y cortar cosas dentro de casa. Cosas que quedaran, estaba la mesa de merendero para bailar encima cuando bebíamos y escuchábamos discos latinos, también el viejo sillón acolchado, mi favorito, y mis cordajes verticales para atar y remendar redes en casa, aunque volvió a poner mosquiteras en las ventanas para que no revolotearan pájaros por la casa, no fuera que se hicieran daño al engancharse en las mallas colgadas. Hasta limpiamos la vieja chimenea alpina, de modo que las tardes que llegaba la pleamar al jardín a barlovento y caía la lluvia a cubos, y había mil doscientas gaviotas encogidas cual pelotas blancas en la hierba a sotavento, esas tardes nos tendíamos sobre una colcha junto al fuego a beber vino caliente y jugar al Monopoly desnudos, arrullados por el ronquido del perro cabezón. De todo esto Rusty Shackleford nada podía saber, que en este hogar apartado del mundo Margaret moldeaba mi vida mucho más que una camisa limpia y la cabeza repeinada.
En verano, el secreto de su cuerpo todo moreno era que remábamos la mitad de camino a Punta Raya en mi canoa purpurina, yo echaba el ancla Danforth que había encontrado en la caseta de hormigón y palés de Rusty Shackleford, y desnudos los dos bebíamos cerveza fría tumbados en el fondo de la canoa, piernas entrecruzadas y de costado, y yo le contaba los cuentos indios que me sabía, como el del sitio donde el rayo da paseos largos, el que cuenta cómo le dieron el nombre a Punta Raya. Ese era su favorito y yo se lo contaba las veces que hiciera falta, el cuento del capitán John Smith de Jamestown, que le picó una raya, un cuento bueno que cuenta que estaba arponeando peces con la espada y le picó una raya, se le hinchó el brazo y la lengua se le salía de la boca, un cuento en el que pensaron que se les moría, así que atracaron en la orilla y, cuando ya le habían cavado una tumba y todo, resulta que Smith se había emborrachado con el ron del médico, se comió la raya y vivió, y navegando se fueron todos tan contentos, dejando un hoyo enorme en el suelo para que los indios salieran del bosque a asomarse a su interior, sin poder descifrar el propósito de la fosa. Así que, como este cuento de la raya era el favorito de Margaret, se lo contaba las veces que hiciera falta y ella escuchaba mientras daba sorbitos a la cerveza y toqueteaba mis partes con el dedo de su pie desnudo todo moreno.
En invierno, yo tenía que llevar un soplete de butano a la caseta del pozo para descongelar la bomba de agua, con cuidado no fuera que al calentar las rocas del suelo se despertaran las serpientes que hibernaban debajo, y también estaba lo otro, que en medio del aguanieve y la niebla, en algún lugar entre la cabaña y la caseta del pozo, podías toparte en medio del vendaval con una bandada de gansos rumbo al sur que descansaban sobre la hierba a sotavento, de cuellos tan grandes como tu brazo, alas musculosas endurecidas por el vuelo Canadá-Cuba, tan grandes y poderosas que te tumbaban si te topabas con ellos y les sobresaltabas despistado como a veces iba yo, tan temprano bajo la niebla de la mañana al salir a descongelar la bomba.