Kitabı oxu: «Comunicación no violenta»

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Rosenberg, Marshall B.

Comunicación no violenta : un lenguaje de vida / Marshall B. Rosenberg. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Gran Aldea Editores - GAE, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de: Estela Falicov.

ISBN 978-987-8458-11-3

1. Desarrollo Personal. 2. Comunicación. 3. Ciencias de la Comunicación. I. Falicov, Estela, trad. II. Título.

CDD 158.1

Diseño de cubierta: Michelle Kenigstein

Traducción: Estela Falicov

Cuidado de la edición: Estela Falicov

Revisión: Julián Lichtmann, Jorge Rubio-Vollert

Ilustración de cubierta: Perica

1a edición: mayo de 2006

8a reimpresión: enero de 2013

Primera edición digital: marzo de 2022

ISBN 978-987-8458-11-3

Translated from the book Nonviolent Communication: A Language of Life 2nd Edition (1-892005-03-4) by Marshall B. Rosenberg, Copyright © 2003 PuddleDancer Press. All rights reserved. Used with permission. For further information about Nonviolent Communication please visit the Center for Nonviolent Communication on the Web at: www.cnvc.org.

Traducción del libro Nonviolent Communication: A Language of Life 2nd Edition (1-892005-03-4) de Marshall B. Rosenberg, Copyright © 2003 PuddleDancer Press. Todos los derechos reservados. Usado con autorización. Para mayor información acerca de Comunicación No Violenta, visite la página web del Center for Nonviolent Communication: www.cnvc.org.

2013, 2021 © Gran Aldea Editores

Tel.: (5411) 4584-5803 / 4585-2241

efalicov@gmail.com www.granaldeaeditores.com/

Conversión a formato digital: Libresque

Se prohíbe la reproducción total o parcial, por cualquier medio electrónico o mecánico incluyendo fotocopias, grabación magnetofónica y cualquier otro sistema de almacenamiento de información, sin autorización escrita del editor.

PRÓLOGO A LA EDICIÓN EN CASTELLANO

JULIÁN LICHTMANN*

Es un honor presentar esta nueva edición de Comunicación no violenta, un libro que ha enriquecido inmensamente mi práctica profesional y que, no lo dudo, representará un aporte significativo a miles de lectores en el mundo hispanohablante.

Comunicación no violenta expresa una clara y sistemática presentación de un programa educativo desarrollado por Marshall Rosenberg, a partir de su experiencia como mediador, educador y terapeuta, y que hoy en día es compartido en más de 45 países.

A lo largo de sus páginas, Rosenberg nos invita a ser testigos de intervenciones que ha tenido con palestinos enfurecidos en campos de refugiados, con matrimonios en crisis, reclusos en cárceles, directores y estudiantes de escuelas secundarias y con sus propios hijos en situaciones cotidianas. Al mismo tiempo, nos involucra en un proceso de reflexión y aprendizaje relacionado con cómo nos comunicamos habitualmente y cómo podemos hacerlo de un modo más efectivo y coherente con nuestros valores.

¿Cómo nos vinculamos con otra persona cuando sentimos mucho enojo y dolor? ¿Qué hacemos cuando estamos en pleno desacuerdo con los argumentos planteados? ¿Cómo respondemos a la angustia y desesperanza de alguien a quien queremos ayudar? ¿Cómo planteamos pedidos en reuniones de trabajo?

Estos interrogantes ilustran algunos de los escenarios planteados en el libro. Mientras aprendemos a identificar nuestras propias formas de actuar que aumentan el conflicto y la desconexión, podemos educarnos para estar presentes de un modo que potencie la armonía y la cooperación y que nos ayude a responder a nuestras necesidades. ¿Cómo hacerlo? En este libro, Rosenberg plantea una serie de pautas y habilidades, acompañadas de una gran variedad de ejemplos, con la intención de colaborar con el camino personal de cada lector.

Esta obra constituye tanto un recurso atractivo para toda persona interesada en su desarrollo personal, como un valioso complemento a programas de formación en mediación, psicoterapia, consultoría, trabajo social, liderazgo de equipos, docencia, medicina y otras disciplinas en las cuales las habilidades interpersonales resultan una competencia clave.

En mi experiencia, representa una fuente de inmensa utilidad, para consultar periódicamente, para subrayar, recomendar, citar y mencionar en charlas con amigos, familiares y colegas. Celebro esta nueva traducción al castellano, producto de una extensa y minuciosa tarea de cooperación desarrollada en conjunto por Gran Aldea Editores y PuddleDancer Press, y espero que permita a los lectores oír la voz de Marshall Rosenberg y percibir su cálida presencia, su impecable claridad y su sentido del humor.

* Sociólogo (Universidad de Buenos Aires) y especialista en educación (Universidad de Bristol). Estudió mediación y participó en varios entrenamientos con Marshall Rosenberg. Es miembro de una consultora que ofrece capacitación y asesoramiento a organizaciones en manejo de conflictos y comunicación efectiva. Coordina talleres como profesor invitado del Centro de Educación Empresaria de la Universidad de San Andrés.

AGRADECIMIENTOS

Agradezco la posibilidad que tuve de estudiar y trabajar con el profesor Carl Rogers cuando él estaba investigando los componentes de una relación de ayuda. Los resultados de esa investigación desempeñaron un papel determinante en la comprensión del proceso de la comunicación que describo en este libro.

Estaré eternamente agradecido al profesor Michael Hakeem por haberme ayudado a entender las limitaciones científicas y los peligros sociales y políticos que acarrea la práctica de la psicología tal como me habían enseñado a utilizarla: la que tiende a una comprensión del ser humano basada en la patología. Percibir las limitaciones de este modelo me incitó a buscar nuevos caminos que condujeran a la práctica de una psicología diferente, basada en una concepción cada vez más clara de la manera en que los seres humanos podemos llegar a vivir.

También agradezco a George Miller y George Albee sus esfuerzos por alertar a los psicólogos sobre la necesidad de encontrar mejores maneras de ejercer la psicología. Me ayudaron a ver que el enorme sufrimiento que existe en nuestro planeta requiere maneras más efectivas de distribuir las habilidades de ayuda que las que pueden ofrecer los enfoques clínicos.

Querría igualmente dar las gracias a Lucy Leu por haber editado este libro y haber preparado el manuscrito final; a Rita Herzog y Kathy Smith por su colaboración en la edición, y a Darold Milligan, Sonia Nordenson, Melanie Sears, Bridget Belgrave, Marian Moore, Kittrell McCord, Virginia Hoyte y Peter Weismiller por su ayuda.

Finalmente, también quiero dar las gracias a mi amiga Annie Muller. Ella me alentó a mostrar más claramente los fundamentos espirituales de mi obra, lo que le dio mayor fuerza y también enriqueció mi vida.


PREFACIO

ARUN GANDHI*

Crecer en la Sudáfrica del apartheid en la década de 1940 siendo una persona de color estaba lejos de ser agradable; especialmente si a uno le recordaban, de manera brutal y en todo momento, el color de su piel. Si además, a los diez años te daban una paliza, primero los blancos porque te veían demasiado negro, y luego los negros porque te consideraban demasiado blanco, la experiencia resulta tan humillante que puede desencadenar en cualquier persona las más violentas reacciones de venganza.

Me sentía tan afectado por las experiencias vividas que mis padres decidieron llevarme a la India para que pasara un tiempo con mi abuelo, el legendario M.K. Gandhi, con la intención de que aprendiera de él a manejar los sentimientos de ira, frustración, discriminación y humillación provocados por los violentos prejuicios raciales. En esos dieciocho meses aprendí mucho más de lo que esperaba. Sólo lamento que en aquel entonces tenía apenas trece años y, además, era un estudiante mediocre. Si hubiera sido mayor, un poco más sensato y más reflexivo, habría sacado muchísimo más provecho. Pero uno debe estar contento con lo que recibe y no ser codicioso –lección fundamental en una forma de vivir no violenta–. ¿Cómo podría olvidarlo?

Una de las muchas cosas que aprendí de mi abuelo fue a comprender el alcance y la profundidad de la no violencia, así como a reconocer que todos somos violentos y que es preciso que operemos un cambio cualitativo en nuestras actitudes. A menudo no reconocemos nuestra propia violencia porque ignoramos que la tenemos. Suponemos que no somos violentos porque nuestra concepción de la violencia está asociada con imágenes de peleas, palizas, asesinatos y guerras –el tipo de cosas que las personas comunes y corrientes no hacen.

Para inculcarme este principio, mi abuelo me hizo dibujar un árbol genealógico de la violencia basado en los mismos fundamentos que se utilizan en la genealogía familiar. Consideraba que yo comprendería mejor la no violencia si entendía y reconocía la violencia que existe en el mundo. A este fin, por la noche se dedicaba a analizar conmigo todos los hechos ocurridos durante el día –las cosas que yo había vivido, las que había leído, las que había visto o hecho a los demás– y me ayudaba a anotarlas en el árbol dentro de la categoría «física» (cuando era violencia en donde se había usado la fuerza física) o de la categoría «pasiva» (cuando el tipo de violencia había causado un daño de carácter más emocional).

A los pocos meses había cubierto toda una pared de mi habitación con ejemplos de actos de violencia «pasiva», considerados por mi abuelo más insidiosos aún que los de violencia «física». Me explicó después que la violencia pasiva acaba por generar ira en la víctima que, como individuo o como miembro de una comunidad, responde también con violencia. Dicho con otras palabras, la violencia pasiva es el combustible que alimenta el fuego de la violencia física. Como no entendemos ni valoramos este concepto, nuestros esfuerzos encaminados a trabajar por la paz no dieron sus frutos, o bien, la paz que hemos alcanzado sólo ha sido temporal. ¿Cómo vamos a extinguir un incendio si no eliminamos primero el combustible que alimenta el fuego?

Mi abuelo proclamó siempre la necesidad de la no violencia en las comunicaciones, algo que Marshall Rosenberg viene haciendo de forma admirable desde hace años a través de sus escritos y seminarios. Leí con gran interés el libro de Rosenberg, Comunicación no violenta un lenguaje de vida, y me impresionaron tanto la profundidad de la obra como la simplicidad de las soluciones.

Como decía mi abuelo, a menos que «seamos el cambio que buscamos en el mundo», jamás se producirá cambio alguno. Lamentablemente, todos estamos esperando que sea el otro quien cambie primero.

La no violencia no es una estrategia que pueda usarse hoy y descartarse mañana, así como tampoco es algo que vaya a convertirnos en personas dóciles o fáciles de manipular. La no violencia se centra en inculcar actitudes positivas para reemplazar las actitudes negativas que nos dominan. Todo lo que hacemos está condicionado por motivos egoístas (“qué gano con esto”), especialmente en una sociedad tan abrumadoramente materialista como la nuestra, basada en el individualismo más despiadado. Ninguno de estos conceptos negativos nos llevará a crear una familia, comunidad, sociedad o nación homogénea.

No es importante que en un momento de crisis nos unamos todos y demostremos nuestro patriotismo enarbolando la bandera; no basta con que nos convirtamos en una superpotencia formando un arsenal capaz de destruir varias veces la Tierra; no basta con que sometamos al resto del mundo con nuestro poderío militar, porque no se puede edificar la paz sobre los cimientos del miedo.

La no violencia significa permitir que se manifieste lo positivo que llevamos dentro. Significa dejarnos dominar por el amor, el respeto, la comprensión, el agradecimiento, la compasión y el interés por los demás y no por actitudes egoístas centradas en uno mismo, motivadas por la codicia, el odio, los prejuicios, la desconfianza y la agresividad que habitualmente dominan nuestros pensamientos. La gente suele decir: «Este mundo es cruel y para sobrevivir también hay que ser cruel». Con humildad, disiento con este punto de vista.

Este mundo es lo que hemos hecho de él. Si hoy es cruel es porque lo hemos hecho cruel con nuestras actitudes. Si cambiamos nosotros, podemos cambiar el mundo y el cambio en nosotros comienza cambiando nuestro lenguaje y los métodos de comunicación. Recomiendo calurosamente que lean este libro y que apliquen el proceso de comunicación no violenta que enseña. Constituye un importante primer paso para cambiar nuestra forma de comunicarnos y para crear un mundo en donde impere la compasión.

* Fundador y presidente del Instituto para la No Violencia M.K. Ghandi

Las palabras son ventanas

(o son paredes)

Siento que tus palabras me sentencian,

que me juzgan y que me apartan de ti,

pero antes de irme, tengo que saber

si eso es lo que quieres decirme.

Antes de erigirme en mi defensa,

antes de hablar herida o asustada,

antes de levantar esa pared de palabras,

quiero saber si verdaderamente he oído.

Las palabras son ventanas o paredes;

nos condenan o nos liberan.

Ojalá que al hablar o al escuchar

resplandezca la luz del amor a través mío.

Hay cosas que necesito decir,

cosas muy significativas para mí.

Si no me expreso claramente con mis palabras,

¿me ayudarás a ser libre?

Si te pareció que quise rebajarte,

si creíste que no me importabas,

trata de escuchar a través de mis palabras

los sentimientos que compartimos.

RUTH BEBERMEYER

1
DAR DESDE EL CORAZÓN
La esencia de la comunicación no violenta

Lo que quiero en la vida es compasión,* una corriente que fluya entre los demás y yo, basada en un mutuo dar desde el corazón.

MARSHALL ROSENBERG

Introducción

Como estoy plenamente convencido de que forma parte intrínseca de nuestra naturaleza sentirnos satisfechos cuando damos y recibimos algo de manera compasiva o solidaria, hay dos preguntas que me han preocupado durante la mayor parte de mi vida. ¿Qué ocurre que nos desconecta de nuestra naturaleza solidaria y nos lleva a comportarnos de manera violenta y abusiva? Y a la inversa, ¿por qué algunas personas son consecuentes con esta actitud solidaria incluso en las circunstancias más adversas?

Mi preocupación por estas preguntas se remonta a mi infancia, al verano de 1943, cuando mi familia se mudó a Detroit (Michigan). Dos semanas después de haber llegado, un incidente en un parque público desencadenó un enfrentamiento racial. Durante los días que siguieron al hecho fueron asesinadas más de cuarenta personas. El barrio donde vivíamos estaba situado en el centro mismo del estallido de violencia, lo cual nos obligó a permanecer tres días encerrados en nuestra casa.

Cuando terminaron los disturbios y empezaron las clases, descubrí que un apellido puede ser tan peligroso como el color de la piel. El primer día, cuando el maestro pronunció mi nombre, dos chicos me miraron fijamente y murmuraron entre dientes: «¿Eres un kike?», dijeron. No conocía la palabra ni sabía que algunas personas la usan de manera despectiva para referirse a los judíos. A la salida de clase, los dos chicos me estaban esperando y, de un empujón, me derribaron al suelo y me dieron una paliza.

Desde aquel verano del año 1943, he estado analizando las dos preguntas que formulé al principio. ¿Qué nos permite, por ejemplo, mantenernos vinculados a nuestra naturaleza compasiva aun en las peores circunstancias? Pienso en personas como Etty Hillesum, que conservó la compasión pese a verse sometida a las aberrantes condiciones de un campo de concentración alemán. En el diario que llevaba, escribió:

No me asusto fácilmente. No porque sea valiente, sino porque sé que trato con seres humanos y debo esforzarme en comprender sus acciones. Lo que realmente importa en lo que pasó esta mañana no es que un joven oficial de la Gestapo, exasperado, me haya increpado a los gritos, sino que yo no me haya enfadado y que, por el contrario, haya procurado comprenderlo y hasta me hayan entrado ganas de preguntarle: «¿Fuiste infeliz cuando eras niño? ¿Tu novia te decepcionó?». Sí, el joven tenía un aire atormentado, de víctima, estaba triste, parecía sentirse débil. Habría querido empezar a ayudarlo en ese mismo momento porque sé que cuando los jóvenes se sienten desgraciados se convierten en un peligro para los demás.

ETTY HILLESUM: A DIARY

CNV: una manera de comunicarnos que nos lleva a dar desde el corazón.

Mientras estudiaba los factores que afectan a nuestra capacidad de ser compasivos, me sorprendió comprobar la función primordial que desempeñan tanto el lenguaje en sí como el uso que hacemos de las palabras. Desde entonces fui identificando un enfoque específico de la comunicación –hablar y escuchar– que nos lleva a dar desde el corazón, a conectarnos con nosotros mismos y con otras personas de una manera que permite que aflore nuestra compasión natural. Doy a este enfoque el nombre de «comunicación no violenta»; uso la expresión “no violenta” en el mismo sentido en que la utilizaba Gandhi al referirse a la compasión que el ser humano expresa de un modo natural cuando su corazón renuncia a la violencia. Pese a que quizá no consideremos «violenta» nuestra actitud al hablar, a menudo nuestras palabras ofenden o hieren no sólo a los demás, sino también a nosotros mismos. En algunos ámbitos, el proceso que describo se denomina «comunicación compasiva». A lo largo de este libro, utilizo la sigla «CNV» para referirme a la «comunicación no violenta o comunicación compasiva».

Una manera de centrar la atención

La CNV se basa en las habilidades relativas al lenguaje y la comunicación que refuerzan nuestra capacidad de seguir siendo humanos incluso en las condiciones más extremas. No se trata de nada nuevo: hace siglos que se conocen todos los elementos de la CNV. El objetivo es que recordemos algo que ya sabemos –de qué modo hemos de relacionarnos los seres humanos– y que vivamos de una manera que manifieste abiertamente este conocimiento.

La CNV nos orienta para reestructurar nuestra forma de expresarnos y de escuchar a los demás. En lugar de obedecer a reacciones habituales y automáticas, nuestras palabras se convierten en respuestas conscientes con una base firme en un registro de lo que percibimos, sentimos y deseamos. Nos ayuda a expresarnos con sinceridad y claridad, al mismo tiempo que prestamos una atención respetuosa y empática a los demás. En cualquier interacción, pasamos a tener en cuenta tanto nuestras necesidades más profundas como las ajenas. La CNV nos enseña a observar cuidadosamente y a detectar conductas y situaciones que nos afectan. Con ella aprendemos a identificar y a expresar con claridad lo que esperamos en concreto de una situación dada. El método es simple, pero su poder de transformación es extraordinario.

Cuando usamos la CNV para escuchar nuestras necesidades más profundas y las de los otros percibimos las relaciones bajo una nueva luz.

Dado que la CNV reemplaza nuestras antiguas pautas de defensa, de huida o de ataque ante los juicios y las críticas de otras personas, empezamos a percibir a los demás y a nosotros mismos, así como a nuestras intenciones y relaciones, bajo una nueva luz. Las reacciones de resistencia, defensa y violencia se ven reducidas. Cuando nos centramos en clarificar lo que observamos, sentimos y necesitamos, en lugar de dedicarnos a diagnosticar y a juzgar, descubrimos cuán profunda es nuestra compasión. A través de su énfasis en una escucha atenta y profunda–no sólo a los demás, sino también a nosotros mismos–, la CNV propicia el respeto y la empatía y engendra un deseo mutuo de dar desde el corazón.

Aun cuando me refiero a la CNV como un «proceso de comunicación» o un «lenguaje de compasión», en realidad es bastante más que eso. A un nivel más profundo, es un recordatorio constante a mantener nuestra atención en un lugar donde es más probable que encontremos lo que buscamos.

Hagamos resplandecer la luz de nuestra conciencia en aquellas zonas donde sea más probable encontrar lo que estamos buscando.

Es conocido el cuento del hombre que estaba en la calle, agachado, buscando algo debajo de un farol. Un policía que pasaba por el lugar le preguntó qué estaba haciendo. «Estoy buscando las llaves del auto», respondió el hombre, que parecía estar un poco borracho. «¿Se le cayeron aquí?», siguió inquiriendo el agente. «No, se me cayeron en el callejón», fue la respuesta del hombre. Al ver la expresión de desconcierto del policía, se apresuró a explicar: «Pero aquí hay más luz».

Me doy cuenta de que mi condicionamiento cultural me lleva a centrar la atención en lugares donde es improbable que encuentre lo que busco. Desarrollé la CNV para educar mi atención, para hacer resplandecer la luz de mi conciencia en aquellas zonas donde seguramente hallaré lo que estoy buscando. Lo que busco en la vida es compasión, una corriente que fluya entre los demás y yo, basada en un mutuo dar desde el corazón.

La compasión a la que me refiero, y que defino como un «dar desde el corazón», está expresada en la siguiente letra de una canción, escrita por mi amiga Ruth Bebermeyer:

Jamás siento que recibo tanto

como cuando aceptas algo de mí-

cuando comprendes

la alegría que siento al dártelo.

Sabes que mi ofrecimiento

no busca que estés en deuda conmigo,

sino vivir el amor

que siento por ti.

Recibir con gracia

quizá sea la mayor forma de dar.

No puedo separar

una cosa de la otra.

Cuando tú me das algo,

yo te doy el recibirlo.

Cuando tomas algo de mí,

siento que soy yo quien

recibe.

-Canción de Ruth Bebermeyer titulada

«Given To» [Recibir], que forma parte del álbum Given To, 1978.

Cuando damos desde el corazón, lo hacemos motivados por una alegría que nos sale desde adentro cada vez que deseamos enriquecer la vida de otra persona. Es algo que beneficia tanto al que da como al que recibe. Este último goza de lo que le ha sido dado sin inquietarse por las consecuencias que acompañan siempre a las cosas que se ofrecen por miedo, culpa, vergüenza o el deseo de obtener algo a cambio. El que da siente crecer su autoestima, una reacción que experimentamos al ver que nuestros esfuerzos contribuyen al bienestar de otra persona.

La práctica de la CNV no exige que las personas con las que nos comunicamos conozcan las particularidades de este proceso, ni siquiera que estén motivadas para establecer una relación solidaria con nosotros. Si nos atenemos a los principios de la CNV, con la única motivación de dar y recibir de una manera compasiva, y hacemos todo lo posible para que los demás entiendan que éste es el único impulso que nos guía, se unirán a nosotros en el mismo proceso y acabaremos respondiéndonos mutuamente con compasión. No estoy diciendo que esto siempre ocurra rápidamente, sin embargo sostengo que la compasión surgirá de manera inevitable si nos atenemos fielmente a los principios y al proceso de la CNV.

El proceso de la CNV

Si queremos llegar a ese deseo mutuo de dar desde el corazón, enfocaremos la luz de la conciencia de modo que ilumine cuatro zonas, a las que vamos a referirnos como los cuatro componentes del modelo de la CNV.

Los cuatro componentes de la CNV:

1 Observación

2 Sentimiento

3 Necesidades

4 Petición

En primer lugar observamos lo que ocurre realmente en una situación dada; lo que dicen o hacen los demás: ¿sirve o no sirve para enriquecer nuestra vida? El truco consiste en saber expresarlo claramente de modo que no incorpore ningún juicio ni evaluación; poder decir simplemente qué cosas que hace la gente nos gustan y cuáles no. Después, una vez hecha esta observación, comprobamos cómo nos sentimos. ¿Nos sentimos dolidos, asustados, alegres, divertidos, irritados, etc.? Y en tercer lugar decimos cuáles de nuestras necesidades guardan relación con los sentimientos que hemos identificado. Siempre que utilizamos la CNV para expresar de forma clara y sincera cómo nos sentimos, está presente en nosotros la conciencia de estos tres componentes.

Por ejemplo, una madre podría manifestar esos tres aspectos del proceso diciéndole a su hijo adolescente: «Félix, me molesta ver dos calcetines sucios hechos una bola debajo de la mesita del café y otros tres al lado del televisor, porque estoy necesitando más orden en las habitaciones de la casa que compartimos».

Acto seguido, la madre abordaría el componente número cuatro, que es una petición muy específica: «¿Estarías dispuesto a recoger los calcetines y llevártelos a tu habitación o meterlos en la lavadora?». El componente número cuatro se centra en lo que esperamos que haga la otra persona para enriquecer la vida de ambos.

Así pues, una parte de la CNV consiste en expresar de manera muy clara, ya sea verbalmente o por otros medios, información sobre estos cuatro componentes. Y el otro aspecto de este proceso de comunicación consiste en recibir de otras personas información sobre esos mismos cuatro componentes. Nos conectamos con los demás percibiendo primero lo que ellos observan, sienten y necesitan, y descubriendo después en qué enriquecerá su vida recibir lo que nos piden, su petición.

Cuando centramos nuestra atención en los aspectos citados y ayudamos a los demás a hacer lo mismo, establecemos una corriente de comunicación que discurre en ambos sentidos y se manifiesta de una manera natural: observo, siento y averiguo qué necesito; qué me hace falta para enriquecer mi vida; qué observas, sientes y necesitas; qué te hace falta para enriquecer tu vida.

El Proceso de la CNV

Actos concretos que observamos que están afectando nuestro bienestar.

Cómo nos sentimos en relación con lo que observamos.

Las necesidades, los valores, los deseos, etc., que dan origen a nuestros sentimientos.

Las acciones concretas que pedimos para enriquecer nuestra vida.

Cuando usamos este proceso, podemos empezar de dos maneras: ya sea expresando la información de esos cuatro componentes o bien recibiéndola empáticamente de otras personas. A pesar de que en los capítulos que van del tercero al sexto aprenderemos cómo escuchar y expresar verbalmente cada uno de estos componentes, es importante tener presente que la CNV no es una fórmula preestablecida, sino un proceso que se adapta a diversas situaciones y a diferentes estilos personales y culturales. Aun cuando por razones prácticas me refiero a la CNV como un «proceso» o un «lenguaje», se pueden experimentar las cuatro facetas del proceso sin necesidad de articular una sola palabra. La esencia de la CNV está en la conciencia que tenemos de esos cuatro componentes, no en las palabras concretas que intercambiamos.

Dos partes de la CNV:

1 Expresión honesta mediante los cuatro componentes.

2 Recepción empática mediante los cuatro componentes.

La aplicación de la CNV en nuestra vida y en el mundo

Siempre que usamos la CNV en nuestras relaciones –ya sea con nosotros mismos, con otra persona o con un grupo–, nos basamos en nuestra compasión natural. Se trata, por lo tanto, de un enfoque que puede aplicarse de manera efectiva en todos los niveles de comunicación en las situaciones más diversas:

 relaciones íntimas;

 familia;

 escuela;

 organizaciones e instituciones;

 terapia y asesoramiento psicológico;

 negociaciones diplomáticas y comerciales;

 disputas y conflictos de todo tipo.

Algunas personas usan la CNV para hacer que sus relaciones íntimas sean más profundas y afectuosas:

Cuando aprendí todo lo que puedo recibir (escuchar) y todo lo que puedo dar (expresar) a través de la CNV, dejé de sentirme atacada, abandoné el papel de víctima y me dispuse a escuchar atentamente las palabras de la otra persona y a tratar de descubrir los sentimientos subyacentes. Descubrí entonces a un hombre herido con el que hacía veintiocho años que estaba casada. El fin de semana anterior al día en que inicié el taller (sobre la CNV), mi marido me había comunicado que quería divorciarse. Diré para resumir que hasta la fecha seguimos juntos, y que valoro la contribución que ha tenido la CNV en ese final feliz... Aprendí a prestar atención a sus sentimientos, a expresar mis necesidades, a aceptar ciertas respuestas que no siempre quería oír. Él no existe sólo para hacerme feliz, y yo no existo sólo para hacerlo feliz. Hemos crecido los dos, aprendimos a aceptar y a amar, de modo que cada uno pueda sentirse realizado.

-Participante de un taller en San Diego

Otros aplican la CNV para crear relaciones más efectivas en su lugar de trabajo. Escribe una maestra:

Hace un año aproximadamente que uso la CNV en mis clases de educación especial, y puedo decir que es un método que resulta efectivo incluso con niños que presentan retrasos de lenguaje, problemas de aprendizaje y trastornos de conducta. Hay en mi clase un alumno que escupe, insulta, grita y pincha a sus compañeros con el lápiz cuando se acercan a su mesa. Le sugiero: «Por favor, díselo de otra manera. Usa el lenguaje de la jirafa». (En algunos talleres se utilizan títeres de jirafas como un recurso pedagógico en las demostraciones prácticas de la CNV.) El niño se pone de pie inmediatamente y, muy erguido, mirando al compañero hacia el que va dirigida su rabia, le dice con toda calma: «¿Me haces el favor de apartarte de mi mesa? Siento enojo cuando te paras tan cerca de mí». Los demás compañeros suelen responder diciéndole algo así: «¡Lo siento! Había olvidado que esto te molesta».

Estuve reflexionando sobre mi frustración con respecto a este niño y procuré descubrir qué era lo que yo necesitaba de él (además de armonía y orden). Me di cuenta de que invertía mucho tiempo en la planificación de las clases y que mi necesidad de actuar con creatividad y participar más activamente se veía frustrada a causa de las obligaciones que me imponía su conducta. Por otra parte, me di cuenta también de que esto me obligaba a desatender las necesidades de los demás alumnos. Entonces, cada vez que veía que el niño comenzaba a actuar como tenía por costumbre, le decía: «Necesito que me prestes atención». Tengo que recordárselo como cien veces al día, pero al final acaba por captar el mensaje y suele participar en las actividades de la clase.

Maestra de Chicago, Illinois

Un médico escribe lo siguiente:

Cada vez aplico más la CNV en la práctica de la medicina. Algunos de mis pacientes incluso me preguntan si soy psicólogo ya que no están acostumbrados a que los médicos se interesen por su vida ni por sus maneras de enfrentar las enfermedades que padecen. La CNV me ayudó a entender las necesidades de mis pacientes y a saber qué necesitan escuchar en un determinado momento. Esto me resulta particularmente útil en mi relación con quienes sufren hemofilia y sida, porque estas personas llevan tanta rabia y tanto dolor acumulados dentro suyo que eso acaba por afectar seriamente la relación entre el paciente y el profesional de la salud. Hace poco, una mujer con sida, a la que trataba desde hacía cinco años, me dijo que lo que más la había ayudado en nuestra relación eran mis intentos por encontrar maneras de que disfrutara de su vida cotidiana. En este aspecto la CNV me resulta muy útil. Antes, cuando me enteraba de que uno de mis pacientes sufría una enfermedad mortal, solía dejarme arrastrar por el pronóstico y me era muy difícil darle ánimo y alentarlo para que siguiera adelante con su vida. Gracias a la CNV adquirí una nueva conciencia y un nuevo lenguaje. Me sorprende ver lo bien que se integra a mi práctica médica. Ahora que estoy cada vez más comprometido con la práctica de la CNV, disfruto más mi trabajo y me siento más lleno de energía en él.

Un médico de París

Otros utilizan este proceso en el campo político. Una ministra francesa, cuando visitaba a una hermana suya, observó un gran cambio en la manera de comunicarse y responderse mutuamente entre su hermana y su marido. Animada por las descripciones que le hicieron de la CNV, les dijo que la semana siguiente debía negociar ciertas delicadas cuestiones entre Francia y Argelia con respecto a los procedimientos para la adopción. Pese a que disponíamos de poco tiempo, enviamos a París a una persona de habla francesa, experta en CNV, para trabajar con la ministra. Más tarde ella misma atribuiría gran parte del éxito de las negociaciones que llevó a cabo en Argelia a las técnicas de comunicación recién adquiridas.

En Jerusalén, durante un taller al que asistieron israelíes de diferentes orientaciones políticas, los participantes se sirvieron de la CNV para expresar sus opiniones con respecto a la conflictiva cuestión de Cisjordania. Muchos de los israelíes establecidos en Cisjordania consideran que al proceder así no hacen sino acatar un mandato religioso, debido a lo cual están en conflicto no sólo con los palestinos, sino también con otros israelíes que reconocen la esperanza de soberanía nacional de los palestinos en esta región. En una sesión, uno de mis instructores y yo ejemplificamos la escucha empática según los métodos de la CNV, e invitamos a los participantes a establecer turnos para dramatizar los diferentes papeles y ponerse en el lugar del otro. A los veinte minutos, una de las residentes de la zona expresó que estaría dispuesta a renunciar a sus reclamos sobre el territorio y a abandonar Cisjordania para mudarse a la zona reconocida internacionalmente como perteneciente a los israelíes, si sus adversarios políticos pudieran escucharla de la misma manera en que acababan de hacerlo allí.

La CNV se utiliza ahora en todo el mundo como un recurso valioso en aquellas comunidades que se enfrentan a conflictos violentos y a graves tensiones étnicas, religiosas o políticas. Me resulta particularmente satisfactorio comprobar la utilidad de la difusión de la CNV y de su aplicación a la mediación para resolver conflictos en Israel, Palestina, Nigeria, Ruanda, Sierra Leona y otros lugares. Una vez, algunos de mis colaboradores estuvieron conmigo en Belgrado, donde pasamos tres días de intenso trabajo en un entrenamiento que ofrecimos a ciudadanos que trabajaban por la paz. En cuanto llegamos, lo primero que advertimos fue la expresión de desesperanza grabada visiblemente en los rostros de esa gente cuyo país se hallaba inmerso en una guerra brutal desatada en Bosnia y Croacia. A medida que la capacitación avanzaba, no tardamos en disfrutar oyendo sus risas, lo que nos permitió participar de su profunda gratitud y su alegría por haber encontrado la fuerza y el aliento que andaban buscando. En el curso de las dos semanas siguientes, durante las sesiones informativas celebradas en Croacia, Israel y Palestina, volvimos a tener ocasión de ver a más ciudadanos víctimas de la desesperación en países desgarrados por la guerra y pudimos comprobar que recuperaban el ánimo y la confianza gracias a la capacitación que recibieron sobre la CNV. Me siento afortunado por tener la oportunidad de viajar por todo el mundo enseñando un proceso de comunicación que otorga poder y alegría a las personas. Y ahora, con este libro, siento una gran satisfacción y un enorme entusiasmo al poder compartir con mis lectores la riqueza que encierra la comunicación no violenta.

Resumen

La CNV nos ayuda a conectarnos con los otros y con nosotros mismos, permitiendo que aflore nuestra compasión natural. Nos orienta de tal manera que nos permite reestructurar nuestra forma de expresarnos y de escuchar a los demás, haciéndonos conscientes de lo que observamos, sentimos y necesitamos, y de lo que les pedimos a los demás para hacer más rica nuestra vida y la suya. La CNV promueve el desarrollo de la escucha atenta, el respeto y la empatía, y propicia el deseo mutuo de dar desde el corazón. Hay quien se sirve de la CNV para llegar a una mayor autocompasión y comprensión de sí mismo; hay quien aspira a llegar con ella a una relación más profunda con sus semejantes, y hay quien quiere construir a través de ella relaciones más efectivas en su lugar de trabajo o en el campo político. En el ámbito mundial, la CNV sirve para resolver disputas y conflictos a todos los niveles.

La CNV en acción

“¡A SESINO, CRIMINAL, ASESINO DE NIÑOS !”

A lo largo del libro aparecen diálogos encabezados con el título «La CNV en acción». Estos pretenden expresar todo el sabor de un diálogo real en el que uno de los interlocutores aplica los principios de la comunicación no violenta. Sin embargo, la CNV no es simplemente un lenguaje ni un conjunto de técnicas aplicadas al uso de las palabras, ya que la actitud consciente y receptiva que implica también puede expresarse por medio del silencio, la simple presencia, la expresión facial o el lenguaje corporal. Los diálogos de «La CNV en acción» que aparecen en el libro son versiones necesariamente destiladas y abreviadas de episodios de la vida real, en donde los momentos de silenciosa empatía, las anécdotas, los rasgos de humor o los gestos seguramente lograron que la conexión generada entre ambas partes fuera más natural de lo que parece en estos diálogos impresos.

Me encontraba presentando los principios de la comunicación no violenta en una mezquita del campamento de refugiados de Deheisha, en Belén, ante una concurrencia de 170 musulmanes palestinos. En aquella época la actitud hacia a los estadounidenses estaba muy lejos de ser favorable. Mientras hablaba, de pronto detecté en la audiencia una oleada de conmoción encubierta. En el momento en que una persona del público se puso de pie, mi intérprete me advirtió: «¡Murmuran que usted es estadounidense!». Mirándome directamente a los ojos, el hombre que se había levantado me gritó: «¡Asesino!». Se le adhirió inmediatamente una docena de voces que me gritaron a coro: «¡Asesino!», «¡Criminal!», «¡Asesino de niños!».

Por suerte, pude centrar la atención en lo que sentía y necesitaba el hombre que se había puesto de pie. En el trayecto hacia el campamento de refugiados, había visto varias latas de gases lacrimógenos lanzadas al campamento la noche anterior. En las latas podía leerse una inscripción muy visible: Made in USA. Sabía que los refugiados abrigaban mucho odio contra Estados Unidos porque suministraba gases lacrimógenos y otras armas a Israel.

Dirigiéndome al hombre que me había llamado «asesino» inicié con él el siguiente diálogo:

Yo: ¿Usted está indignado porque querría que mi gobierno utilizara de otra manera sus recursos? (Yo no sabía si mi suposición era acertada, pero sí que era primordial mi esfuerzo sincero para conectarme con sus sentimientos y necesidades.)

Él: ¡Claro que estoy indignado! ¿Le parece que necesitamos gases lacrimógenos? ¡Necesitamos cloacas, no gases lacrimógenos! ¡Necesitamos viviendas! ¡Necesitamos vivir en nuestra tierra!

Yo: O sea, ¿usted está furioso porque le gustaría que lo ayudaran a mejorar sus condiciones de vida y a conseguir la independencia política?

Él: ¿Usted sabe cómo es vivir como yo vivo desde hace veintisiete años con mi familia, con mis hijos? ¿Tiene la menor idea de lo que es vivir como yo vivo?

Yo: Parece que está muy desesperado y que se pregunta si yo u otra persona cualquiera es capaz de entender qué significa vivir en las condiciones en que vive usted. ¿Es eso lo que me está diciendo?

Él: ¿Quiere entenderme? Dígame, ¿usted tiene hijos? ¿Van a la escuela? ¿Tienen campos de deportes? Mire, mi hijo está enfermo; juega en una cloaca abierta en plena calle. En la escuela no hay libros. ¿Se puede imaginar una escuela sin libros?

Yo: Tiene que ser muy duro para usted criar a sus hijos en estas condiciones. Usted quiere que yo comprenda que no aspira a otra cosa para sus hijos que aquello a lo que aspiran todos los padres del mundo: que puedan tener una buena educación y la oportunidad de jugar y crecer en un ambiente sano...

Él: ¡Exactamente! ¡Las cosas básicas! Los derechos humanos son eso. ¿No los llaman así ustedes, los estadounidenses? Pues entonces, ¿por qué no se acercan por aquí y ven de qué clase de derechos humanos disfrutamos nosotros gracias a ustedes?

Yo: ¿Usted querría que hubiera más estadounidenses que se dieran cuenta de la enormidad de los sufrimientos que ustedes padecen y que se hicieran cargo de las consecuencias de nuestras acciones políticas?

El diálogo prosiguió en estos términos, y el hombre fue manifestando su dolor durante casi veinte minutos más, mientras yo escuchaba tratando de identificar los sentimientos y necesidades detrás de cada una de sus afirmaciones. No expresé mi acuerdo ni mi desacuerdo. Recibí sus palabras y no las tomé como ataques, sino como regalos que me hacía un ser humano, mi prójimo, dispuesto a compartir conmigo su alma y sus profundas vulnerabilidades.

En cuanto se sintió comprendido estuvo en condiciones de escucharme, lo que me permitió exponerle las razones de mi presencia en aquel lugar. Una hora más tarde, el hombre que me había llamado «asesino» me invitaba a su casa para compartir con él una cena del Ramadán.

* A lo largo de este libro, como en toda su obra sobre comunicación no violenta, Marshall Rosenberg utiliza con frecuencia el término “compasión”. Lo hace apelando al profundo impulso de humanidad común que existe en los seres humanos cuando nos comunicamos sin violencia. Este significado se diferencia del uso habitual en castellano que asocia la compasión con la conmiseración y la lástima frente al sufrimiento de los demás. (N. de la T.)

2
LA COMUNICACIÓN QUE BLOQUEA LA COMPASIÓN

No juzguéis y no seréis juzgados, porque tal como juzguéis a los demás, así seréis juzgados...

LA BIBLIA, MATEO: 7,1

Ciertas formas de comunicación nos alienan de nuestro estado natural de compasión o solidaridad.

Al estudiar qué nos aliena de nuestro estado natural de compasión, fui identificando ciertas formas específicas de lenguaje y de comunicación que a mi entender contribuyen a que nos comportemos de manera violenta con los demás y con nosotros mismos. Para referirme a estas formas de comunicación, utilizo la expresión «comunicación que aliena de la vida».

Los juicios moralistas

Un tipo de comunicación que aliena de la vida es aquél en el que empleamos juicios moralistas que presuponen una actitud errónea o malvada por parte de aquellas personas que no actúan de acuerdo con nuestros valores. Estos juicios se reflejan en comentarios como: «Tu problema es que eres muy egoísta», «Es una perezosa», «Están llenos de prejuicios», «Esto es inapropiado». Echar la culpa a alguien, insultarlo, rebajarlo, ponerle etiquetas, criticarlo, establecer comparaciones y emitir diagnósticos son distintas maneras de formular juicios.

En el mundo de los juicios nuestra preocupación se centra en quién “es” qué.

El poeta sufí Rumi escribió en cierta ocasión: «Más allá de las ideas de actuar bien y actuar mal, se extiende un campo. Allí nos encontraremos». Sin embargo, la comunicación que nos aliena de la vida nos atrapa en un mundo de ideas preconcebidas con respecto a lo que está bien y lo que está mal, un mundo hecho de juicios. Emplea un lenguaje en el que abundan las palabras que establecen clasificaciones y dicotomías con respecto a las personas y a sus formas de actuar. Cuando utilizamos este lenguaje juzgamos a los demás y su comportamiento y nos centramos en quién es bueno, malo, normal, anormal, responsable, irresponsable, inteligente, ignorante, etcétera.

El análisis de los otros es en realidad una expresión de nuestras propias necesidades y valores.

Mucho antes de llegar a la edad adulta, aprendí a comunicarme con los demás de una manera impersonal en la que no necesitaba revelar lo que me estaba pasando internamente. Cada vez que me encontraba con personas o hechos que no me gustaban o no comprendía, mi reacción consistía en dictaminar que los equivocados eran ellos. Cuando mis maestros me encomendaban una tarea que yo no tenía ganas de hacer, se convertían a mis ojos en unos «pesados» o unos «imbéciles». Cuando estaba manejando y alguien me pasaba por delante, yo reaccionaba llamándolo «idiota». Siempre que empleamos este lenguaje, pensamos y nos comunicamos desde la perspectiva de que algo falla en los demás porque se comportan de una determinada manera o, a veces, de que algo falla en nosotros porque no comprendemos o no respondemos como nos gustaría. Centramos nuestra atención en clasificar, analizar y determinar niveles de error más que en lo que necesitamos (nosotros y los demás) y no conseguimos. En consecuencia, si mi pareja quiere más cariño del que yo le ofrezco, es una persona «dependiente y desvalida». Pero si yo quiero más cariño que el que ella me da, es «distante e insensible». Si mi compañero de trabajo se preocupa más que yo por los detalles, es «quisquilloso y compulsivo». En cambio, si soy yo quien se preocupa más por los detalles, él es «descuidado y desorganizado».

Creo que este tipo de análisis de otros seres humanos no es más que una trágica expresión de nuestros propios valores y necesidades. Trágica porque, cuando expresamos nuestros valores y necesidades de esta manera, lo único que conseguimos es potenciar una actitud defensiva y de resistencia en las mismas personas cuya conducta nos molesta. Y si aceptan actuar en consonancia con nuestra escala de valores porque coinciden en nuestro análisis de su ineptitud, es probable que sólo lo hagan por miedo, culpa o vergüenza.

Sin embargo, cuando los demás acceden a actuar de acuerdo con nuestros valores y necesidades, no porque lo deseen de corazón, sino porque tienen miedo o se sienten culpables o avergonzados, el precio que nos toca pagar es realmente muy alto. Tarde o temprano vendrán las consecuencias bajo la forma de una falta de buena voluntad por parte de aquellos que responden a nuestros deseos por coerción externa o interna. Por otro lado, cuando alguien hace algo por miedo, culpa o vergüenza, también paga un precio de tipo emocional, ya que abrigará un resentimiento contra nosotros al quedar rebajada su autoestima. Además, cada vez que otras personas nos asocien con cualquiera de estos sentimientos, disminuirá la probabilidad de que en el futuro respondan de una manera solidaria a nuestras necesidades y nuestros valores.

Clasificar y juzgar a las personas promueve la violencia.

Es importante no confundir los juicios de valor con los juicios moralistas. Todos hacemos juicios de valor con respecto a las cosas de la vida que estimamos. Podemos valorar, por ejemplo, la honradez, la libertad o la paz. Los juicios de valor reflejan nuestras creencias con respecto a cómo podría mejorar la vida. En cuanto a los juicios moralistas, los hacemos en relación con personas y conductas cuando no concuerdan con nuestros juicios de valor. Decimos, por ejemplo: «La violencia es mala. Quien mata a otro ser humano es malvado». Si nos hubieran enseñado a emplear un lenguaje que propicie la compasión, habríamos aprendido a expresar nuestras necesidades y nuestros valores de forma directa en lugar de dictaminar que algo está mal cuando no coincide con nuestros criterios. Por ejemplo, en vez de decir: «La violencia es mala», podríamos decir: «Me asusta el uso de la violencia para resolver conflictos; yo valoro el empleo de otros medios en la resolución de los conflictos humanos».

La relación entre el lenguaje y la violencia es el tema de la investigación del profesor de psicología O.J. Harvey, de la Universidad de Colorado. Se dedicó a recoger muestras al azar de fragmentos literarios procedentes de muchos países de todo el mundo y a contabilizar la frecuencia de las palabras utilizadas para clasificar y juzgar a las personas. Su estudio revela una alta correlación entre el uso frecuente de este tipo de palabras y los hechos de violencia. No me sorprende saber que hay mucha menos violencia en aquellas culturas en las que la gente tiene en cuenta las necesidades de los demás que en aquellas donde se etiqueta a las personas con el calificativo de «buenas» o «malas» y predomina la convicción de que las «malas» merecen castigo. En Estados Unidos, en el 75 por ciento de los programas de televisión emitidos en las horas en que es más probable que los vean los niños, es habitual que el protagonista golpee o mate a otras personas. Es normal que las escenas de violencia constituyan el «clímax» del programa. A los telespectadores, a quienes se les ha enseñado que los «malos» merecen castigo, les encanta presenciar este tipo de violencia.

En la raíz de mucha, si no de toda, violencia –ya sea verbal, psicológica o física, entre los miembros de una familia o entre diferentes tribus o naciones– hay un esquema mental que atribuye la causa del conflicto a una actitud equivocada del adversario, con la consecuente incapacidad de pensar en uno mismo y en los demás desde el ángulo de la vulnerabilidad: qué sentimos, qué tememos, qué anhelamos, qué nos falta, etc. Fuimos testigos de esta peligrosa forma de pensar durante la guerra fría. Nuestros gobernantes veían a los rusos como representantes del «imperio del mal», resueltos a acabar de una vez por todas con el estilo de vida estadounidense. Los líderes rusos, por su parte, tildaban a los ciudadanos de Estados Unidos de «opresores imperialistas» decididos a avasallarlos. Ninguno de los dos bandos reconocía el miedo que se escondía detrás de aquellas etiquetas.

Las comparaciones

Hay otra forma de juzgar que consiste en el uso de comparaciones. En su libro Cómo ser un perfecto desdichado, Dan Greenburg demuestra, valiéndose del humor, el insidioso poder que pueden ejercer sobre nosotros las comparaciones. Afirma que si alguien aspira sinceramente a ser desgraciado lo único que tiene que hacer es compararse con los demás. Para beneficio de aquellos que no están familiarizados con esta práctica, propone una serie de ejercicios. El primero consiste en presentar fotografías de cuerpo entero de un hombre y una mujer que son una representación de la belleza física ideal según los cánones difundidos por los medios de comunicación. Se aconseja a los lectores que se tomen las medidas de diferentes partes del cuerpo, las comparen con las que figuran en las fotos de esos atractivos ejemplares de ser humano, y observen las diferencias.

Las comparaciones son una forma de juicio.

Es un ejercicio que cumple lo que promete: cuando hacemos la comparación, nos sentimos profundamente desgraciados. Ya hundidos en una profunda depresión, descubrimos, al dar vuelta la página, que ese primer ejercicio sólo era de calentamiento. Partiendo de la base de que la belleza física es relativamente superficial, Greenburg nos brinda a continuación la oportunidad de hacer la comparación que realmente importa: el éxito personal. Recurre, según dice, a la guía telefónica para sacar de ella los nombres de unos cuantos individuos elegidos al azar con el objeto de establecer comparaciones. El primer nombre que dice haber sacado de la guía es Wolfgang Amadeus Mozart. Greenburg hace una lista de los idiomas que hablaba Mozart desde su adolescencia y de las principales obras que ya había compuesto a esa edad. El ejercicio invita al lector a comparar todo lo que él ha logrado hasta ese momento de su vida con lo que Mozart había logrado a los doce años, y que observe las diferencias.

Incluso los lectores que no consiguen superar el malestar causado por este ejercicio perciben hasta qué punto esta forma de pensar bloquea la compasión, tanto por nosotros mismos como por los demás.

Negación de la responsabilidad

Otra forma de comunicación que aliena de la vida es la negación de la responsabilidad. La comunicación que aliena de la vida nos nubla la conciencia de nuestra responsabilidad en lo que pensamos, sentimos y hacemos. El uso de la expresión tan habitual: «tener que», como en el caso de la afirmación: «te guste o no, tienes que hacerlo», ilustra hasta qué punto nuestra responsabilidad personal por nuestras acciones se ve oscurecida por esta manera de hablar. En cuanto a la expresión: «hacer sentir», como en el caso de: «me haces sentir culpable», constituye otro ejemplo más de cómo el lenguaje nos allana el camino para que podamos negar nuestra responsabilidad personal con respecto a lo que sentimos y a lo que pensamos.

El lenguaje que solemos usar oscurece la conciencia de nuestra responsabilidad personal.

En su libro Eichmann in Jerusalem,* que documenta el juicio por los crímenes contra la humanidad cometidos por el oficial nazi Adolph Eichmann, Hannah Arendt dice que Eichmann declaró que tanto él como sus compañeros utilizaban una palabra especial para referirse al lenguaje con el que eludían y negaban su responsabilidad. El nombre que daban a esa actitud era Amtssprache, que podría traducirse libremente como «lenguaje oficial» o «jerga burocrática». Si se les preguntaba, por ejemplo, por qué habían cometido determinados actos, la respuesta podía ser: «Tenía que hacerlo». Y si se les preguntaba por qué «tenían que» hacerlo, la respuesta podía ser: «Eran órdenes superiores», «Era la política del momento», «Era la ley».

Negamos la responsabilidad de nuestros actos cuando atribuimos su causa a:

 Fuerzas difusas e impersonales: Limpié mi habitación porque tenía que hacerlo.

 Nuestro estado de salud, un diagnóstico o nuestra historia personal o psicológica: Bebo porque soy alcohólico.

 Lo que hacen los demás: Le pegué a mi hijo porque cruzó la calle corriendo.

 Órdenes de la autoridad: Mentí al cliente porque mi jefe me dijo que lo hiciera.

 Presiones de grupo: Empecé a fumar porque todos mis amigos lo hacían.

 Políticas, normas y reglas institucionales: Tengo que expulsarte por esta infracción porque es la política de la escuela.

 Los roles asignados según sexo, posición social o edad: Me fastidia ir a trabajar, pero tengo que hacerlo porque soy marido y padre.

 Impulsos irrefrenables: Me superaron las ganas de comer bombones y me los comí.

Cierta vez, durante un encuentro de padres y maestros en el que se habló de los peligros de un lenguaje que presupone la imposibilidad de elegir, una mujer objetó, indignada: «¡Pero hay cosas que uno tiene que hacer, le guste o no! No veo qué tiene de malo que yo les diga a mis hijos que también ellos tienen que hacer determinadas cosas». Al pedirle que citara una de las cosas que ella «tenía que hacer», replicó: «¡Nada más fácil! Hoy mismo, cuando salga de aquí, tengo que volver a casa y hacer la cena. ¡Detesto cocinar! Es algo que odio con toda el alma, pero hace veinte años que lo hago día tras día, incluso cuando estoy tan enferma que apenas puedo salir de la cama, por la simple razón de que es una de las cosas que no tengo más remedio que hacer». Le dije que me entristecía profundamente saber que dedicaba una parte tan importante de su vida a hacer una cosa que detestaba por el simple hecho de que se sentía obligada a hacerla, y que esperaba que pudiera encontrar mayores posibilidades de felicidad al aprender el lenguaje de la CNV.

Podemos reemplazar el lenguaje que implica una falta de opción por el que reconoce una posibilidad de elección.

Me satisface decir que fue una alumna aplicada. Al finalizar el taller, volvió a su casa y anunció a su familia que no quería volver a cocinar en su vida. Tres semanas más tarde tuve ocasión de saber, a través de sus dos hijos, qué repercusión había tenido el hecho en la familia. Yo sentía una gran curiosidad por conocer cómo habían reaccionado ante la decisión de su madre. El mayor exclamó con un suspiro: «¡Gracias a Dios!». Al ver que yo lo miraba extrañado, me explicó: «Cuando nos lo anunció, yo pensé: “Bueno, quizás por fin ya no la oigamos más quejarse en cada comida”».

Somos peligrosos cuando no somos conscientes de la responsabilidad por nuestro comportamiento, pensamientos y sentimientos.

Otra vez, durante una consultoría que realicé en un distrito escolar, una maestra me dijo: «Odio poner notas. Creo que no sirve para nada y que causa una gran ansiedad en el alumno. Pero tengo que ponerlas, lo ordenan las normas». Acabábamos de realizar unas prácticas sobre la manera de introducir en clase un lenguaje que potenciara la conciencia de la responsabilidad por las acciones personales. Sugerí a esa maestra que convirtiese la afirmación: «Tengo que poner notas porque lo ordenan las normas», en esta otra frase: «Elijo poner notas porque quiero...» y la terminara. La maestra respondió sin titubear: «Elijo poner notas porque quiero conservar mi trabajo», y se apresuró a añadir: «De todos modos, no me gusta decirlo así porque me hace sentir demasiado responsable por lo que hago». Y yo le respondí: «Por eso quiero que lo digas así».

Comparto el punto de vista del novelista y periodista francés Georges Bernanos cuando dijo:

“Hace mucho tiempo que pienso que si llega el día en que la creciente eficiencia de la técnica de la destrucción hace que nuestra especie acabe desapareciendo de la Tierra, no será la crueldad la responsable de nuestra extinción, ni mucho menos, por supuesto, la indignación que despierta la crueldad, ni las represalias y venganzas que trae consigo..., sino la docilidad, la falta de responsabilidad del hombre moderno, su servil aceptación básica de los códigos vigentes. Los horrores de los que hemos sido testigos y los horrores aún peores que veremos no indican que en el mundo esté aumentando el número de los rebeldes, los insubordinados e indomables, sino que lo que aumenta de manera constante es el número de hombres obedientes y dóciles.”

Otras formas de comunicación que alienan de la vida

La comunicación de nuestros deseos expresada en forma de exigencias constituye otra forma de lenguaje que bloquea la compasión. Toda exigencia amenaza explícita o implícitamente a la persona que la escucha con la culpa o el castigo, en caso de que no la satisfaga. Se trata de una forma de comunicación muy corriente en nuestra cultura, sobre todo por parte de quienes ocupan posiciones de autoridad.

Jamás podemos hacer que las personas hagan una determinada cosa.

Mis hijos me han dado lecciones muy valiosas en lo que se refiere a las exigencias. Sin saber muy bien por qué, yo estaba convencido de que, por mi condición de padre, me correspondía exigirles determinadas cosas. Pero aprendí que, por mucho que les exigiera que las hicieran, no por eso conseguía mi propósito. Es una lección de humildad para aquellos de nosotros que creemos que, por el simple hecho de ser padres, maestros o jefes, vamos a cambiar a los demás y conseguir que hagan lo que nosotros queremos. A mí, mis hijos me enseñaron que yo no conseguiría que ellos hicieran lo que yo quería. Lo máximo que podía conseguir, a través del castigo, era que se arrepintiesen y desearan no haber actuado como lo habían hecho. Con el tiempo, también me enseñaron que, siempre que yo cometía el error de obligarlos a someterse a mis deseos ante la perspectiva del castigo, ellos disponían de medios para lograr que yo deseara no haber recurrido a ese método.

Volveremos a examinar este tema cuando aprendamos a diferenciar las peticiones de las exigencias, un aspecto muy importante de la CNV.

La comunicación que aliena de la vida también se relaciona con el concepto de que ciertas acciones merecen recompensa mientras que otras merecen castigo. Esta idea se expresa en la palabra “merecer”, como en “Él merece castigo por lo que hizo”. Supone “maldad” por parte de las personas que actúan de determinada manera y requiere castigo para que se arrepientan y cambien su comportamiento. Creo que interesa a todo el mundo que las personas cambien no para evitar el castigo sino porque consideran que el cambio los beneficia.

Cuando pensamos que “alguien merece algo” bloqueamos la comunicación compasiva.

La mayoría de nosotros crecimos hablando un lenguaje que nos estimula a etiquetar, comparar, exigir y emitir juicios más que a darnos cuenta de lo que estamos sintiendo y necesitando. Creo que la comunicación que aliena de la vida se basa en concepciones de la naturaleza humana que han ejercido su influencia durante varios siglos. Estas concepciones ponen el énfasis en nuestra maldad y en nuestras deficiencias innatas, así como en la necesidad de una educación que controle nuestra naturaleza inherentemente indeseable. Tal educación con frecuencia nos deja preguntándonos si hay algo incorrecto en cualquier tipo de sentimiento o necesidad que podamos tener. Desde pequeños aprendemos a dejar a un lado lo que sucede en nuestro interior.

La comunicación que aliena de la vida tiene profundas raíces filosóficas y políticas.

La comunicación que nos aliena de la vida surge de las sociedades jerárquicas o de dominación, y las sustenta. Cuando los pueblos están controlados por un número pequeño de individuos que buscan el beneficio propio, a los reyes, zares, nobles, etc., les resulta muy útil que las masas se eduquen con una mentalidad de esclavos. A tal efecto, el lenguaje de lo incorrecto y de expresiones como “deberías” y “tienes que” es totalmente adecuado para ese propósito: cuanto más acostumbramos a las personas a pensar en términos de juicios moralistas que implican lo que está mal o incorrecto, tanto más aprenden a mirar hacia afuera de sí mismos –a las autoridades externas– para encontrar la definición de lo que constituye lo correcto, lo incorrecto, lo bueno y lo malo. Cuando nos ponemos en contacto con nuestros sentimientos y necesidades, los seres humanos dejamos de ser buenos esclavos o subordinados.

Resumen

Disfrutar cuando damos y recibimos con compasión forma parte de nuestra naturaleza. Sin embargo, está tan profundamente arraigada en nosotros una serie de formas de «comunicación que aliena de la vida», que eso nos lleva a hablar y a conducirnos de tal modo que herimos a los demás y nos herimos a nosotros mismos. Una forma de comunicación que aliena de la vida consiste en emitir juicios moralistas que presuponen error o maldad en todo aquel que no actúa de acuerdo con nuestro sistema de valores. Otra forma de comunicación que aliena de la vida consiste en el uso de comparaciones, que bloquean la compasión por los demás y por nosotros mismos. La comunicación que aliena de la vida también hace que no seamos conscientes de nuestra responsabilidad con respecto a todo lo que pensamos, sentimos y hacemos. Otra de las características del lenguaje que bloquea la compasión consiste en la comunicación de nuestros deseos en forma de exigencias.

* Hay traducción al castellano: Eichmann en Jerusalén, Lumen, Barcelona, 1967. (N. de la T.)

3
OBSERVAR SIN EVALUAR

“¡OBSERVAR! Existen pocas cosas tan importantes, tan religiosas, como ésta.”

FREDERICK BUECHNER, CLÉRIGO

Puedo aceptar que me digas

lo que hice o lo que no hice.

Y puedo aceptar que lo interpretes,

pero, por favor, no mezcles las dos cosas.

Si quieres confundir cualquier cuestión,

puedo decirte cómo hacerlo:

mezcla lo que yo hago

con tu reacción por ello.

Dime que te decepciona

que deje las cosas sin terminar,

pero con llamarme “irresponsable”

no me vas a motivar.

Y dime que te sientes dolida

cuando no acepto tus insinuaciones,

pero al decirme que soy un hombre frígido

no mejoras tus perspectivas.

Sí, puedo aceptar que me digas

lo que hice o lo que no hice.

Y puedo aceptar que lo interpretes,

pero, por favor, no mezcles las dos cosas.

MARSHALL ROSENBERG

El primer componente de la CNV implica la separación entre observación y evaluación. Necesitamos observar claramente aquello que vemos, oímos o tocamos que afecta a nuestro bienestar, sin mezclarlo con una evaluación.

Si combinamos la observación y la evaluación seguramente la otra persona escuchará una crítica.

Hacer observaciones constituye un elemento importante de la CNV mediante el cual intentamos comunicar a otra persona, de forma clara y sincera, cómo nos sentimos. Sin embargo, si mezclamos la evaluación con la observación, reduciremos la probabilidad de que la otra persona entienda lo que pretendemos transmitirle. En lugar de ello, recogerá la crítica y opondrá resistencia a lo que le estamos diciendo.

La CNV no nos dice que seamos totalmente objetivos ni tampoco que nos abstengamos de hacer evaluaciones. Lo único que nos dice es que mantengamos una separación entre nuestras observaciones y nuestras evaluaciones. La CNV constituye un lenguaje dinámico (o de proceso) que rechaza las generalizaciones estáticas; en lugar de ello, las evaluaciones deben basarse en observaciones específicas del momento y del contexto. Wendell Johnson, experto en semántica, señala que nos creamos muchos problemas al usar un lenguaje estático cuando queremos expresar o captar una realidad que cambia constantemente: «Nuestro lenguaje es un instrumento imperfecto creado por hombres ignorantes que vivieron hace mucho tiempo. Es un lenguaje animista que nos invita a hablar de cosas estables y constantes, de similitudes, normalidades y tipos, de transformaciones mágicas, curaciones rápidas, problemas simples y soluciones definitivas. Pero el mundo que intentamos simbolizar por medio de este lenguaje se encuentra sujeto a un proceso, al cambio, a diferencias, dimensiones, funciones, relaciones, crecimientos, interacciones, desarrollo, aprendizaje, enfrentamientos y complejidades. Y el desacuerdo entre nuestro mundo constantemente cambiante y ciertas formas de lenguaje relativamente estáticas forma parte del problema».

Una de mis colegas, Ruth Bebermeyer, establece un contraste entre el lenguaje estático y el de proceso a través de una canción que ilustra la diferencia entre evaluación y observación.

Jamás he visto a un hombre perezoso;

sé de uno a quien nunca vi correr,

y sé de otro que a veces dormía

entre el almuerzo y la cena

y que se quedaba en casa cuando llovía;

pero no era perezoso.

Antes de llamarme loca,

piensa un momento:

¿Era un perezoso o

sólo hacía cosas que consideramos

“de perezoso”?

Jamás vi a un niño tonto;

vi a uno que a veces

hacía cosas que yo no entendía

o que no eran como yo lo había previsto;

vi a un niño que no había visto

los mismos sitios donde yo estuve,

pero no era un tonto.

Antes de llamar tonto a un niño,

párate a pensar, ¿era un niño tonto, o simplemente

conocía cosas diferentes de las que tú conocías?

Aunque he mirado mucho,

nunca he visto a una cocinera;

he visto a una persona que mezclaba ingredientes

que después comimos;

una persona que encendía el fuego

y vigilaba la carne mientras se cocía.

Esas cosas sí las he visto, pero no a una cocinera.

Dime, ¿es a una cocinera a quien ves,

o a una persona que hace cosas que llamamos cocinar?

De aquél a quien algunos llaman perezoso,

otros dicen que está cansado o que toma las cosas con calma.

De aquél a quien algunos llaman tonto,

otros dicen que sabe cosas diferentes.

He llegado, pues, a la conclusión

de que, para evitarnos confusiones,

es mejor que no mezclemos nunca lo que vemos

con lo que opinamos.

Porque tal vez tú lo hagas, quiero también decir;

sé que eso es tan sólo mi opinión.

Aun cuando los efectos de etiquetas negativas como «perezoso» y «tonto» sean más evidentes, incluso las etiquetas positivas o aparentemente neutras como «cocinera» limitan la percepción de la totalidad de una persona.

La forma suprema de la inteligencia humana

El filósofo indio J. Krishnamurti dijo una vez que observar sin evaluar constituye la forma suprema de la inteligencia humana. La primera vez que leí esta afirmación me dije: «¡Qué tontería!», sin darme cuenta de que acababa de emitir una evaluación. A la mayoría nos cuesta hacer observaciones de la gente y de su conducta, exentas de juicios, críticas u otras formas de análisis.

Pude comprobar esta dificultad cuando trabajé en una escuela primaria donde el personal docente y el director se quejaban con frecuencia de dificultades de comunicación. El supervisor de la zona me pidió que los ayudara a resolver el conflicto. Primero me reuní con los profesores, y después, con los profesores y el director juntos.

En la primera reunión pregunté a los profesores: «¿Qué cosas hace el director que entran en conflicto con lo que ustedes necesitan?». «¡Es un bocón!», fue la respuesta inmediata. Con mi pregunta yo había pedido que me dijeran algo que fuera fruto de la observación, pero la palabra «bocón» me dio una información con respecto a cómo juzgaba aquel maestro en particular al director, sin decirme nada sobre lo que el director decía o hacía que pudiera conducir a aquella interpretación del maestro que lo tildaba de «bocón».

Al señalar esto, otro maestro dijo: «Sé a qué se refiere mi compañero; quiere decir que el director habla demasiado». En lugar de exponer una observación clara del comportamiento del director, volvían a caer en una evaluación sobre lo mucho que hablaba. Un tercer maestro dijo entonces: «Considera que él es el único que tiene cosas importantes que decir». Les expliqué entonces que inferir lo que está pensando una persona no es lo mismo que observar su conducta. Finalmente, un cuarto maestro señaló: «Quiere ser el centro de la atención en todo momento». Al decirles que aquello también era una inferencia con respecto a los deseos de otra persona, dos maestros saltaron al unísono: «¡Su pregunta es muy difícil de contestar!».

A continuación elaboramos juntos una lista en la que enumeramos aquellas conductas específicas del director que les resultaban molestas, asegurándonos de que no hubiera ningún tipo de evaluación. Por ejemplo: durante las reuniones con el cuerpo docente, el director contaba anécdotas de su niñez y de las experiencias que había vivido durante la guerra, lo que hacía que en algunas oportunidades las reuniones se prolongasen hasta veinte minutos más de lo previsto. Cuando pregunté a los maestros si alguna vez le habían manifestado su disgusto al director por eso, me respondieron que lo habían intentado, pero sólo a través de comentarios de tipo evaluativo. No se habían referido nunca a conductas específicas –tales como la de contar anécdotas–, por lo que accedieron a plantear el tema en la siguiente reunión conjunta.

En cuanto se inició la segunda reunión, tuve ocasión de comprobar lo que me habían comentado los docentes con respecto al director. Independientemente del tema que se estuviera tratando intervenía diciendo: «Esto me recuerda los tiempos en que...», y acto seguido se lanzaba a una perorata sobre su infancia o las experiencias que había vivido durante la guerra. Esperé a que el personal expresara su incomodidad sobre su conducta. Sin embargo, en lugar de recurrir a la comunicación no violenta, aplicaron una sanción no verbal. Algunos levantaron los ojos al techo, otros comenzaron a bostezar sin disimulo, y hubo uno que se pasó todo el tiempo mirando su reloj.

Pasé un buen rato soportando tan lamentable escena hasta que por fin pregunté: «¿Nadie va a decir nada?». Siguió un incómodo silencio. El maestro que había hablado primero en la reunión anterior se armó de coraje, miró directamente a los ojos al director y le dijo: «Oye, Ed, eres un bocón».

Como ilustra esta anécdota, no siempre resulta fácil librarse de los viejos hábitos y acertar a separar la observación de la evaluación. Finalmente, aquellos maestros fueron capaces de señalarle al director las cosas específicas que hacía y que les preocupaban. El director escuchó atención y al final dijo: «¿Por qué no me lo dijeron antes?». Reconoció estar perfectamente al corriente de aquella mala costumbre suya de contar historias, ¡y empezó a contar una historia que ilustraba esta mala costumbre! Lo interrumpí (con cordialidad) observando que estaba haciendo lo mismo. Terminamos la reunión considerando de qué manera los docentes podrían llamar, amablemente, la atención del director cada vez que se pusiera a contar anécdotas que no interesaban a nadie.

Distinción entre observaciones y evaluaciones

La siguiente tabla sirve para establecer una distinción entre las observaciones con evaluación y las observaciones sin evaluación:


ComunicaciónEjemplo de observación con evaluaciónEjemplo de observación sin evaluación
1. Uso del verbo «ser» sin indicar si la persona que evalúa acepta o no la responsabilidad de la evaluación.Eres demasiado generoso.Cuando te veo darle a alguien el dinero para tu almuerzo, creo que eres demasiado generoso.
2. Uso de verbos con connotaciones evaluativas.Doug siempre posterga las cosas.Doug sólo estudia para los exámenes la noche anterior.
3. Dar por sentado que las interferencias que uno hace de las ideas, los sentimientos, los proyectos y los deseos de otra persona son las únicas posibles.No terminará el trabajo a tiempo.No creo que termine el trabajo a tiempo, o Ella dijo que no terminaría el trabajo a tiempo.
4. Confundir una predicción con una certeza.Si tu alimentación no es equilibrada, vas a enfermarte.Si tu alimentación no es equilibrada, temo que te enfermes.
5. No ser específico al citar ejemplos.Las minorías no cuidan su vivienda.No he visto que la familia que vive en el número 1679 de la calle Ross retire la nieve de la acera de su casa.
6. Usar palabras que implican habilidad sin precisar que se hace una evaluación.Hank Smith juega mal al fútbol.Hank Smith no ha marcado un gol en veinte partidos.
7. Usar adverbios y adjetivos de maneras que no indiquen que se hace una evaluación.Jim es feo.No encuentro a Jim físicamente atractivo.

Nota: Las palabras siempre, nunca, etc., expresan observaciones cuando se emplean de la manera siguiente:

 Siempre que veo a Jack hablando por teléfono, la conversación dura como mínimo media hora.

 No recuerdo que me hayas escrito nunca.

En ocasiones, estas palabras se utilizan como exageraciones, en cuyo caso se mezclan observaciones y evaluaciones:

 Siempre estás ocupado.

 Cuando la necesitas, nunca la encuentras.

Cuando estas palabras se emplean como exageraciones, a menudo provocan una actitud defensiva en lugar de comprensión.

Palabras como a menudo o rara vez contribuyen también a confundir la observación con la evaluación.


Evaluaciones Observaciones
Raras veces haces lo que quiero. Las tres últimas veces que empecé una actividad, me dijiste que no querías hacerla.
A menudo viene sin avisar. Viene sin avisar al menos tres veces por semana.

Resumen

El primer componente de la CNV implica la separación entre la observación y la evaluación. Cuando las mezclamos, la otra persona suele tener la impresión de que la estamos criticando, y por lo tanto opone resistencia a lo que le decimos. La CNV es un lenguaje dinámico que rechaza las generalizaciones estáticas. Las observaciones tienen que ser específicas del momento y el contexto; por ejemplo: «Hank Smith no ha marcado un gol en veinte partidos», en lugar de: «Hank Smith juega mal al fútbol».

La CNV en acción

“¡E L DISERTANTE MÁS ARROGANTE QUE HEMOS ESCUCHADO !”

El siguiente diálogo ocurrió durante un taller que estaba coordinando. Al cabo de media hora de haber comenzado mi presentación, hice una pausa e invité a los participantes a expresar su opinión. Uno de ellos alzó la mano y declaró: “¡Usted es el disertante más arrogante que hemos escuchado!”

Cuando alguien se dirige a mí de esa manera se me presentan varias opciones. Una de ellas es tomar el comentario como una ofensa personal; sé que hago esto cuando tengo gran necesidad de humillarme, defenderme o poner excusas. Otra opción (en la cual tengo mucha práctica) es atacar a la otra persona por el ataque que percibo haber recibido. En esta oportunidad opté por una tercera, centrándome en lo que podría ser la causa de ese comentario.

MR (tratando de adivinar cuál era la observación que hacía esta persona): ¿Su reacción se debe a que me llevó 30 minutos exponer mis ideas antes de darles la oportunidad de hablar?

Phil: No, usted simplifica las cosas.

MR (tratando de lograr una mayor clarificación): ¿Su reacción se debe a que yo no haya mencionado que para algunas personas este proceso puede resultar de difícil aplicación?

Phil: No, no a algunas personas; ¡a usted!

MR: Entonces, ¿su reacción se debe a que yo no he dicho que, a veces, el proceso me resulta difícil?

Phil: Correcto.

MR: Entonces, ¿usted se siente molesto porque le habría gustado que yo diera indicios de tener problemas con el proceso?

Ejercicio 1

¿O BSERVACIÓN O EVALUACIÓN ?

Para determinar su capacidad de distinguir una observación de una evaluación, complete el siguiente ejercicio. Marque con un círculo los números que preceden a toda aquella observación que no implique evaluación.

1 Ayer John se enojó conmigo sin motivo.

2 Ayer por la noche Nancy se mordía las uñas mientras veía televisión.

3 Sam no me pidió mi opinión durante la reunión.

4 Mi padre es un buen hombre.

5 Janice trabaja demasiado.

6 Henry es agresivo.

7 Pam ha sido la primera de la fila toda la semana.

8 Mi hijo muchas veces no se lava los dientes.

9 Luke me dijo que el amarillo no me sienta bien.

10 Cuando hablo con mi tía se la pasa quejándose.

Éstas son mis respuestas al Ejercicio 1:

1 Si marcó este número con un círculo, no estamos de acuerdo. Considero que decir «sin motivo» es hacer una evaluación. Además, considero una evaluación decir que John se enojó. Quizá se sintió herido, asustado, triste, o cualquier otra cosa. Podrían ser ejemplos de observaciones sin evaluación: «John me dijo que estaba enfadado», o bien: «John dio un puñetazo en la mesa».

2 Si marcó este número con un círculo, estamos de acuerdo en que aquí se hace una observación sin mezclarla con una evaluación.

3 Si marcó este número con un círculo, estamos de acuerdo en que aquí se hace una observación sin mezclarla con una evaluación.

4 Si marcó este número con un círculo, no estamos de acuerdo. Considero que decir que es «un buen hombre» es hacer una evaluación. Sería una observación sin evaluación decir: «Durante los últimos veinticinco años mi padre donó la décima parte de su salario a obras de caridad».

5 Si marcó este número con un círculo, no estamos de acuerdo. Considero que decir «demasiado» es hacer una evaluación. Podría ser una observación sin evaluación decir: «Esta semana Janice trabajó sesenta horas».

6 Si marcó este número con un círculo, no estamos de acuerdo. Considero que decir que es «agresivo» es hacer una evaluación. Una observación sin evaluación sería: «Henry le pegó a su hermana cuando ella cambió el canal de televisión».

7 Si marcó este número con un círculo, estamos de acuerdo en que aquí se hace una observación sin mezclarla con una evaluación.

8 Si marcó este número con un círculo, no estamos de acuerdo. Considero que decir «muchas veces» es hacer una evaluación. Podría ser una observación sin evaluación decir: «Esta semana en dos ocasiones mi hijo no se lavó los dientes antes de acostarse».

9 Si marcó este número con un círculo, estamos de acuerdo en que aquí se hace una observación sin que intervenga una evaluación.

10 Si marcó este número con un círculo, no estamos de acuerdo. Considero que decir «se la pasa quejándose» es hacer una evaluación. Sería una observación sin evaluación decir: «Esta semana mi tía me llamó tres veces por teléfono, y cada vez me comentó que no le gusta cómo la tratan algunas personas».

La máscara

Siempre tenía una máscara

en la fina mano sostenida,

siempre una máscara delante de su rostro...

La mano, en verdad,

sosteniéndola grácil,

cumplía su función.

A veces, no obstante,

había un temblor,

un tenue espasmo de los dedos,

tan leve, tan leve,

¿al sostener la máscara?

Años, años y más años estuve preguntándome

sin atreverme a decirlo,

hasta que al fin,

armándome de valor,

miré detrás de la máscara.

Pero no encontré nada:

no había cara.

Ella se había convertido

en una mano, sólo una mano,

una mano que sostenía

una máscara

con mucha gracia.

AUTOR ANÓNIMO

4
IDENTIFICAR Y EXPRESAR LOS SENTIMIENTOS

El primer componente de la CNV es observar sin evaluar; el segundo es expresar cómo nos sentimos. El psicoanalista Rollo May afirma que «la persona madura es capaz de diferenciar los sentimientos estableciendo muchos matices, intensos y apasionados o delicados y sensibles, como si fueran los diferentes pasajes musicales de una sinfonía». Pero en muchos casos, como diría May, nuestros sentimientos son tan «limitados como las notas de un toque de corneta».

El elevado costo de los sentimientos no expresados

El repertorio de adjetivos que aplicamos a las personas suele ser más amplio que el vocabulario del que disponemos para describir con claridad nuestros estados de ánimo. Pasé veintiún años en instituciones educativas estadounidenses y no recuerdo que nadie, durante todos estos años, me haya preguntado cómo me sentía. Simplemente no se consideraba que los sentimientos fueran importantes. Lo que se valoraba en estos lugares era «la manera correcta de pensar», definida por las personas que ocupaban puestos jerárquicos y de autoridad. Se nos educa para orientarnos hacia los demás más que para estar en contacto con nosotros mismos. Tenemos metida en la cabeza la siguiente pregunta: «¿Qué quieren los demás que yo diga y haga?».

Una vez, cuando tenía unos nueve años, me ocurrió una cosa con una maestra que ilustra de qué modo puede empezar una persona a alienarse de sus sentimientos. Al terminar la clase me escondí en un aula porque en la puerta de la escuela me esperaban unos chicos que querían pegarme una paliza. Una maestra me descubrió y me pidió que me fuera a mi casa. Al decirle que tenía miedo, declaró: «Los muchachos no tienen miedo». Unos años más tarde recibí la confirmación de esa misma actitud al practicar deportes. Era típico de los entrenadores que valoraran a aquellos deportistas que estaban dispuestos a «darlo todo» y a continuar entrenando y jugando sin importar el dolor que sintieran. Asimilé hasta tal punto la lección que me pasé un mes jugando al béisbol con la muñeca rota.

En un taller de CNV, un alumno comentó que tenía un compañero de habitación que ponía la música a un volumen tan alto que le impedía dormir. Al preguntarle qué sentía cada vez que se encontraba en aquella situación, el estudiante respondió: «Siento que por la noche no habría que poner la música tan alta». Le indiqué que al decir la palabra “siento” seguida de “que”, la oración, pese a incluir el verbo «sentir», en realidad no expresaba sus verdaderos sentimientos sino sólo su opinión. Cuando le pedí que intentara otra vez expresar sus sentimientos, respondió: «Siento que si una persona se comporta de esta manera es porque sufre un trastorno de personalidad». Le dije que aquello seguía siendo una opinión y no un sentimiento. Se quedó callado y pensativo y después anunció con vehemencia: «No siento absolutamente nada».

Era obvio que aquel estudiante tenía sentimientos al respecto, pero lamentablemente no sabía cómo darse cuenta de que los tenía y, mucho menos, expresarlos. Esta dificultad para reconocer y expresar los propios sentimientos es muy corriente y, según mi experiencia, lo es sobre todo en el caso de abogados, ingenieros, agentes de policía, gerentes de organizaciones y militares de carrera, es decir, en aquellas personas cuyo código profesional les impide manifestar sus emociones. En el ámbito familiar, el precio que hay que pagar cuando algunos de sus miembros no saben comunicar sus emociones es muy alto. Después de la muerte de su padre, la cantante de música country y del Oeste Reba McIntire escribió una canción a la que tituló «El gran hombre al que nunca conocí». No hay duda de que en esa canción expresó los sentimientos de muchas personas que nunca pudieron establecer con su padre la conexión emocional que habrían querido.

Suelo escuchar comentarios como éste: «No me gustaría que me interprete mal. Estoy casada con un hombre maravilloso, pero nunca supe cuáles son sus sentimientos». Una de esas mujeres insatisfechas llevó una vez a su marido a una sesión del taller, y delante de él manifestó lo siguiente: «Tengo la impresión de estar casada con una pared». El marido, al oír sus palabras, hizo una imitación excelente de una pared y se quedó inmóvil y mudo. La mujer, exasperada, se volvió hacia mí y exclamó: «¿Ve? Esto es lo que pasa todo el tiempo. Se sienta y se queda sin decir nada. Es como vivir con una pared».

«Me da la impresión de que usted se siente sola y le gustaría tener una conexión emocional más intensa con su marido», le dije. Cuando ella asintió, intenté demostrarle que frases como la que había dicho –«es como vivir con una pared»– no conseguirían motivar a su marido. En realidad, era más probable que las entendiese más como una crítica que como una invitación a conectarse con sus sentimientos. Por otra parte, este tipo de manifestaciones acaban convirtiéndose en profecías que se autorrealizan. Ocurre, por ejemplo, que el marido se siente criticado al verse equiparado a una pared. Entonces se ofende, se desalienta y no responde, con lo cual no hace sino confirmar la imagen que su esposa tiene de él.

Ampliar nuestro vocabulario con respecto a nuestros sentimientos tiene ventajas que no sólo se hacen evidentes en las relaciones íntimas, sino también en el campo profesional. Una vez me contrataron para que asesorara a los empleados del departamento de tecnología de una gran empresa suiza cuyo problema era que, según ellos, los empleados de otros departamentos evitaban relacionarse con ellos. Al preguntarles a los empleados de otros departamentos, dijeron: «Hablar con esa gente es terrible. ¡Es como hablar con máquinas!». El problema se resolvió después de que pasé un tiempo con los integrantes del departamento tecnológico animándolos a revelar su faceta humana en sus relaciones con sus compañeros de trabajo.

En otra oportunidad tuve que trabajar con los administradores de un hospital que se sentían muy inquietos a causa de una próxima reunión que iban a tener con los médicos. Querían conseguir que los apoyaran en un proyecto que los médicos acababan de rechazar por diecisiete votos a uno. Los administradores deseaban que yo les demostrara cómo utilizar la CNV en su trato con los médicos.

Expresar nuestra vulnerabilidad puede ayudar a resolver conflictos.

Adoptando el rol de uno de los administradores en una dramatización, empecé con las siguientes palabras: «Me asusta plantear esta cuestión». Elegí aquellas palabras porque me di cuenta de que los administradores tenían miedo de volver a enfrentarse con los médicos a propósito de ese tema. Sin darme tiempo a continuar, uno de los administradores me interrumpió con esta protesta: «¡Usted no entiende la situación! No podemos decirles a los médicos que estamos asustados».

Al preguntarle por qué, respondió sin titubear: «Si se lo dijéramos nos harían pedazos». La respuesta no me sorprendió lo más mínimo, ya que había escuchado a muchas personas decir que nunca se les ocurriría manifestar sus verdaderos sentimientos en su lugar de trabajo. Me gustó enterarme, sin embargo, que uno de los administradores decidiera arriesgarse a confesar su vulnerabilidad en la temida reunión. En lugar de adoptar una actitud estrictamente lógica, racional y nada emotiva, según tenía por costumbre, optó por expresar sus sentimientos exponiendo al mismo tiempo por qué deseaba que los médicos cambiaran de actitud. Pudo comprobar entonces que los médicos respondían de manera muy diferente. Al final se sorprendió y se quitó un peso de encima cuando vio que los médicos no sólo no lo hacían pedazos, sino que cambiaban radicalmente de actitud y votaban a favor de su proyecto por diecisiete votos a uno. Aquel cambio tan espectacular contribuyó a que los administradores advirtieran y apreciaran la repercusión que podía tener la expresión de la propia vulnerabilidad... incluso en el lugar de trabajo.

Finalmente, me gustaría contar una experiencia personal que me enseñó qué efectos tiene ocultar los sentimientos. Estaba dando un curso de CNV a un grupo de alumnos de una zona empobrecida de la ciudad. El primer día, al entrar en el aula, los encontré entretenidos en una animada conversación, pero al verme se quedaron callados. «¡Buenos días!», los saludé. Continuó el silencio. Me sentí incómodo, pero tuve miedo de expresarlo. En lugar de eso, y de la manera más profesional que pude, continué: «En esta clase vamos a estudiar un proceso de comunicación que espero que les sea útil en sus relaciones con sus familiares y sus amigos».

Seguí hablando de la CNV pese a tener la impresión de que nadie me escuchaba. Una chica hurgó en su bolso, sacó una lima y se puso a limarse enérgicamente las uñas. Los que estaban sentados junto a las ventanas tenían la cara pegada a los cristales, como fascinados por lo que pudiera estar ocurriendo afuera. Aunque me sentía cada vez más incómodo, seguí sin decir nada. Por fin, un alumno, indudablemente más valiente que yo, rompió el hielo. «A usted no le gustan los negros, ¿no?». El comentario me sorprendió, pero no tardé en darme cuenta de que, al querer disimular que me sentía incómodo, había contribuido a que el chico se hiciera aquella idea. «La verdad es que estoy nervioso –admití–, pero no porque ustedes sean negros. Lo que me pasa es que aquí no conozco a nadie y me gustaría caerles bien.»

Distingamos los sentimientos de los pensamientos.

Expresar mi vulnerabilidad tuvo un efecto muy importante en los alumnos. En seguida comenzaron a hacerme preguntas, a contarme sus cosas y a mostrar curiosidad por la CNV.

Los sentimientos versus la ausencia de sentimientos

El lenguaje suele dar pie a confusiones, como cuando utilizamos el verbo «sentir» cuando en realidad no estamos expresando un sentimiento. Por ejemplo, en la frase: «Siento que no he hecho un buen trato», sería más adecuado decir «creo» que «siento». En general, no expresamos claramente nuestros sentimientos cuando en una oración, después de “siento”, utilizamos palabras como las siguientes:

1 que Siento que tú deberías haberlo sabido.

2 como Me siento como un fracasado.

3 como si Siento como si viviera con una pared.

Por otra parte, tampoco es indispensable que utilicemos la palabra «sentir» cuando realmente estamos expresando un sentimiento. Podemos decir «Me siento irritado», o simplemente: «Estoy irritado».

Distingamos entre lo que sentimos y lo que pensamos o creemos que somos.

En la CNV establecemos una distinción entre palabras que expresan sentimientos reales y palabras que describen lo que creemos ser.

1 Descripción de lo que creemos ser:«Me siento un incapaz como guitarrista».En esta oración estoy evaluándome como guitarrista en lugar de expresar claramente mis sentimientos.

2 Expresión de sentimientos reales: «Me siento decepcionado como guitarrista». «Me siento impaciente como guitarrista.» «Me siento frustrado como guitarrista.»

Distingamos entre lo que sentimos y lo que pensamos de la reacción o comportamiento de los otros hacia nosotros.

El sentimiento real que se esconde detrás de mi autoevaluación puede ser la decepción, la impaciencia, la frustración, o cualquier otro. También es útil diferenciar las palabras que describen lo que creemos que hacen las personas que nos rodean y aquellas que describen sentimientos reales. A continuación doy unos ejemplos de afirmaciones que pueden tomarse fácilmente por expresiones de sentimientos, pero que, en realidad, revelan más cómo creemos que se comportan los demás que lo que verdaderamente sentimos:

1 «Siento que soy insignificante para mis compañeros en el trabajo.» La palabra «insignificante» describe cómo creo que los demás me evalúan más que un verdadero sentimiento, que en esta situación podría ser: «Me siento triste», o: «Me siento desalentado».

2 «Me siento incomprendido.» Aquí la palabra «incomprendido» indica la valoración que hago del nivel de comprensión de la otra persona en lugar de expresar un sentimiento real. En esta situación sería mejor decir que me siento ansioso o molesto o cualquier otra emoción.

3 «Me siento ignorado.» Una vez más, la palabra ignorado es más bien una interpretación del proceder de los demás que una declaración clara de cómo me siento. Sin duda en algunas ocasiones en que nos creímos ignorados sentimos alivio porque deseábamos que nos dejasen en paz. En otras oportunidades, sin embargo, nos sentimos ofendidos al creernos ignorados porque lo que queríamos era que nos prestasen atención. Hay palabras, como «ignorado», que expresan cómo interpretamos a los demás más que cómo nos sentimos. A continuación doy una lista de este tipo de palabras:


abandonado despojado manipulado
acorralado despreciado obligado
amenazado estafado olvidado
atacado excluido presionado
atrapado explotado rebajado
coaccionado forzado rechazado
degradado humillado subvalorado
desamparado incomprendido superfluo
desatendido intimidado traicionado
desdeñado invisible ultrajado
desfavorecido maltratado utilizado

Pulsuz fraqment bitdi.

20,93 ₼
Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
15 noyabr 2024
Həcm:
262 səh. 4 illustrasiyalar
ISBN:
9789878458113
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Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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