Kitabı oxu: «La muerte feliz de William Carlos Williams»

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Marta Aponte Alsina


Marta Aponte Alsina nació en Cayey, Puerto Rico, en 1945. Ha publicado las novelas Angélica furiosa (1994), El cuarto rey mago (1996), Vampiresas (2004), Sexto sueño (2007, Premio Nacional de Novela del Pen Club de Puerto Rico), El fantasma de las cosas (2009), Sobre mi cadáver (2012) y Mr. Green (2013); los libros de relatos La casa de la loca (2001) y Fúgate (2005); y los ensayos Somos islas (2015) y PR3 Aguirre (2018) entre muchos otros.

Ha sido editora de numerosos libros y revistas, como la antología Narraciones puertorriqueñas publicada por Fundación Biblioteca Ayacucho. En 2014, el Programa de Estudios de Mujer y Género de la Universidad de Puerto Rico le otorgó la cátedra Nilita Vientós Gastón. Cristina Rivera Garza la incluyó en una selección de 12 autoras imprescindibles de América Latina, publicada en la revista Publisher’s Weekly en 2018.

Candaya Narrativa, 79

LA MUERTE FELIZ DE WILLIAM CARLOS WILLIAMS

© Marta Aponte Alsina

Primera edición impresa en la Editorial Candaya: febrero de 2022

© Editorial Candaya S.L.

Carrer de la Bòbila, 4 - Barcelona

08004 Barcelona

www.candaya.com

facebook.com/edcandaya

Diseño de la colección:

Francesc Fernández

Imagen de la cubierta:

Núria Tomàs Mayolas

Maquetación y composición epub

Miquel Robles

BIC: FA

ISBN:978-84-18504-44-0

Depósito Legal:B 2885-2022

Índice

Portada

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Créditos

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Página final

She is a creature of great imagination. I might say this is her sole remaining quality. She is a despoiled, molted castaway but by this power she still breaks life between her fingers.

William Carlos Williams

1

Tiembla. De un puñetazo feroz, hunde las teclas de la máquina de escribir. La luz lunar rebota de un lado a otro. El ático se inunda de resplandores.

El ay estremecedor lo devuelve a una infancia de terrores. En aquel tiempo, en la casa vieja, el padre salía al pasillo y escupía una orden seca a los demonios que gritaban por las bocas de un animal de tres cabezas. La abuela olía a sustancias anteriores al cine y a los automóviles, incrustadas en el pelo decadente. El tío Godwin parecía un monstruo mordiendo sus cadenas. Raquel, la madre escapada de la cama del marido sumaba aullidos al coro de voces parásitas en créole y en español.

En una noche de aquel otro tiempo, el padre impartió el latigazo de su autoridad y las voces regresaron al interior de los cuerpos. William Carlos ha practicado el arte del látigo solo en rencillas de poetas. En su oficio cotidiano es un virtuoso de la nalgadita que provoca el primer llanto, pero de su voz no sale el grito autoritario del padre.

Cuando escribe es un sol. Es posible seguir escribiendo en el mundo de los animales, al completar las rondas diarias llevando en el maletín el estetoscopio, las pinzas y las gasas. Ha tatuado tantas páginas que con ellas podría empapelar la fachada de la casa, los troncos de los árboles, las aceras. Si las alineara una tras otra en una vereda hacia los humedales del río Passaic y de ellas se desprendiera una balsa de letras para sortear mares, llegaría a un país que es otro planeta, ese que solo se deja empapelar en la oreja de un poeta loco.

Años atrás ocupó el espacio del ático para escribir en el silencio de la noche. Y ahora, ante sus ojos, el empapelado de rayas cruzadas se ha convertido en alambre de púas.

Desfallece. El abismo de la locura de la madre no da señales de cerrarse. Lo persigue al lugar más alejado de la casa.

Con lentitud, reacomoda las varillas de la Underwood. Saca el forro de una gaveta del escritorio y cubre la máquina. Se levanta sin enderezar la espalda, apoyando las manos en los brazos de la silla. Baja la escalera estrecha, entre la pared del lado del sol naciente y la del cuarto de Raquel, con un paso medido que se opone al desgreño de los gritos, cuidándose de no añadir ruido. Ya en el rellano del segundo piso, donde están los dormitorios, lo espera Florence cruzada de brazos, en bata y chinelas: el traje de gala. No quiere mirarla ni entrar en conversaciones sensatas con esa pizca de rabia que se muerde el rabo. No quiere mirarla y recordar que ya es el día señalado para entregar a su madre. Va al encuentro de la otra mujer de la casa.

Se mete de perfil en el dormitorio. Cuando sus rodillas tocan el borde de la cama de pilares, la vieja se alza: el torso enarcado, los brazos al aire, la carita sudorosa, el pelo blanco erizado. Despertará atontada, boqueando en el pantano donde se hunde y al cual, alargando la mano hasta el cuello del hijo, pretende llevárselo. Él vuelve a recordar el grito autoritario del padre, el hombre que, si no supo quererla con la vehemencia que tanta fuerza reclamaba, sí tenía una forma resistente de cuidarla y un protocolo de comportamientos domésticos. Ante el cuerpo de la madre, un conocimiento silvestre lo empuja hacia el método que el viejo le disputaba a las curas parlantes del Dr. Freud.

¿Quién habla? ¿Quién eres?

Quejidos, contorsiones. Se le acerca sabiendo que una vez escuche la voz del hijo no correrá peligro de muerte. No confía en el hijo, pero respeta al médico que hay en él. Moja en Agua de Florida el pañuelo que un mecánico de automóviles guardaría en el bolsillo trasero del pantalón y se lo pasa a la vieja por las sienes. Ella manotea su rechazo, él aprieta el pañuelo, dejando caer una gotita del perfume en los ojos desorbitados con una delicadeza cruel que lo compensa un poco de estar perdido en los caminos del infierno.

La vieja grita su espanto de ojos lastimados. Él le refresca las sienes con el pañuelo. Acerca una oreja. Cree escuchar la palabra casa. A veces piensa que ya no es posible recibir una imagen viva de aquel cuerpo.

Escuchar y apuntar son hábitos. Suele llevar papeles en los bolsillos. Echar a la basura un papelito equivale a despreciar a los humildes. Por más que los hubieran destinado a la esclavitud de los recibos, al dorso estaban en blanco. Un dorso en blanco puede salvarle la vida a un poema. Le parece demasiado solemne el cuaderno de apuntes, casi tan almidonado como T. S. Eliot, el poeta que ha detestado con lealtad.

Desde las cartas que se habían cruzado antes de la muerte del padre, cuando él era un estudiante de medicina y ella una mujer todavía deseosa, él se dedicaba a consolarla con descripciones apresuradas del día y declaraciones de que estaba dispuesto a ser, más que hijo, hermano y amante. Ella se dejaba adorar; el mundo, salvo París y algunos parajes de Mayagüez, era una porquería. Pero se volvió más huraña al regreso de aquel verano en la costa. Su mano temblorosa se agotaba en escribir notitas pidiendo dinero con que pagar los impuestos y al carpintero. Pies hinchados, sordera. Rota la corriente de palabras, el hijo y su madre chocan, sufren.

Él sabe de palabras, él no cesa de intentar consolarla con palabras. Su aprendizaje fue en aquella casa de voces dolientes. Pero las madres no necesitan que los hijos hablen. A las madres no les interesa escucharlos. La madre sabe que los hijos no son del padre, sino suyos. Si son varones alargan el dominio de ella, porque el padre ausente no tiene más potestad sobre sus hijos que la otorgada por la madre. Él reconoce a veces, en sus propios desamparos, que siempre fue el hijo de las mujeres de la familia. A la madre ni siquiera le interesaba que el hijo conservara sus palabras. Quería arrebatárselo a las artimañas de la otra seductora de la familia. La abuela. La madre sabe lo que se trae entre manos el hijo. Una trampa. Quiere escribirla, no porque la quiera, sino para poder quererla. El hijo solo quiere lo que le salta de los dedos a las teclas. El destilado de su insufrible vanidad de optimista.

Él se sienta en el borde de la cama, acaricia el pelo de la mujer. Ella solloza, habla con los ojos cerrados. Podría maldecirlo. Otras madres maldicen a los hijos crueles, pero Raquel no es capaz de olvidar el empaque de su dama interior. En un escenario teatral no sabría interpretar la fragilidad de una desvalida común. Es una reina expulsada de su reino y sabe pesar cada palabra con una intensidad que la poesía del hijo envidia. Recoges mis palabras, ni que fueran muestras de excreta, le dice la vieja, que ha liberado en su locura senil un sentido grotesco de la vida. Y lo mira con los ojos bien abiertos, sin parpadear, con la esclerótica dominando el centro. Cuando él se le acerca a tomarle el pulso, ella se levanta sin esfuerzo y le planta en el oído un beso ruidoso. Frío.

Entonces la inyecta. Despertará tarde, cuando él suba con el desayuno y las medicinas. Él desayunará con Floss. Floss entenderá que el tema de la madre no forma parte del cereal y las ciruelas frías, de las citas, de los pacientes, de la limpieza de la casa, de la decisión inaplazable. Porque ese mismo día entregará a su madre cuando los del asilo vengan a buscarla.

Regresa al ático. Piensa que escribirá “gracias a Dios por la poesía viva. Es el único motivo de satisfacción”. Pero en la calma loca no es posible escribir. El aire no circula. Reorganizado para abrir un espacio sin perder la función de depósito de sobrantes familiares, el ático sigue repleto de baúles, cajas de cartón, muebles desencolados, álbumes de fotos, marcos. Se siente niño en el refugio del ático. Le avergüenza, en momentos de debilidad, la ambientación pueril. La idea de morirse de repente, sin antes recoger sus juguetes. Ha decorado las paredes con cartulinas: avisos de exposiciones, tarjetas postales con vistas de París o del campo inglés, enviadas por el poeta loco –¡cabrón, aquí es donde tendrías que estar!–. El poeta loco nunca tuvo problemas de identidad. Era hijo de una aristócrata y nieto de un aventurero. Ezra Pound. En el nombre llevaba la raza. En cambio, ¿qué raza lleva el nombre de William Carlos?

El ático es el lugar de la locura femenina, pero para William Carlos, que es mujer solo en parte, es la habitación propia que rescató y mantiene. Mientras él escribe, sus hijos combaten. Abre la ventana que da al jardín, se consuela saludando las ramas altas del arce, respira el aire frío. Se toma el pulso. Ya es tarde para alargar la parte negra del día en los comienzos del siguiente. Se acuesta en el piso, mirando el árbol. Era un arbolito joven cuando compraron la casa. Se ve menos gastado que el hombre, porque no se enfrenta con la misma urgencia al placer y al espanto.

Desde aquellas noches fue la poesía. Nació vestida de terrores. Le ha costado, cuando escribe, deshacerse de esa carga. También ha pagado el precio de la compasión que le inspira la música de las palabras débiles, esos gatitos enfermos que exigen la vida que no merecen. Anota palabras, no podría dar un paso sin llevarlas a la tinta. Persigue una poesía que no se contenta con ser lo radicalmente hermosa que es, como si el cuerpo más agraciado del mundo no se resignara a la belleza y prefiriera vestir andrajos. Anota las voces de cuanto le rodea: de las casas de los pobres en sus cortinas, pisos sucios, vasos rotos, olores e infamias; de las flores cuyo suelo nutricio ha visto desaparecer ahogado por desperdicios que tiñen el río de colores venenosos, a lo largo de una vida que ha tenido el pie del nacimiento por allá lejos, cuando no existían ni la luz eléctrica en cada hogar ni el automóvil que ahora lo transporta casi a la velocidad con que lo invaden las palabras. Pero hay voces invencibles y también ha sabido dejarlas en paz.

No quisiera saberlo, pero sabe que Raquel, la madre, ese cuerpo desordenado por los espíritus, es lo más cercano al contacto poético.


2

En el piso cubierto con alfombras baratas compradas en Macy’s hay un trofeo auténtico: una piel de jaguar, pobre criatura de la selva donde lamía sus rasguños de cada día sin presentir el disparo. El pellejo del animal pasó por una tenería de jaguares, si es que existe tal cosa. De ahí al baúl reservado para los tesoros que el padre coleccionaba en sus travesías por la América del Sur. Sobre la chimenea, separada de las manos de los niños por una pantalla de hierro, se exhibían jarrones hincados de plumas.

El padre, William George Williams, era viajante de la casa Lanman y Kemp. La compañía tenía su sede en el sur de Manhattan y una enorme factoría en La Habana. El viajante llevaba en sus muestrarios aromas para todos los gustos. Dominaba el Agua de Florida, cuya fórmula databa de los tiempos del presidente Thomas Jefferson. Según sus inventores el Agua de Florida expresaba la esencia nacional de los Estados Unidos de América.

(William George abría las maletas y cubría la cama matrimonial con plumas de ñandúes, guacamayos y cóndores. Para sus hijos, William Carlos y Edgar, traía flechas y boleadoras. Cuando estaba en casa se protegía de la intensidad de sus mujeres cultivando un huerto de parras y manzanos).

Las orquídeas coleccionadas en las rutas del viajero se iban quedando por el camino. Un souvenir para las niñas que morían de amor, porque William George siempre volvía a los brazos de Raquel, su esposa, y de Emily. Emily Wellcome era el nombre de la madre de William George Williams. El nieto poeta valoraba su apellido de soltera: Dickinson.

Las reuniones de los Williams con familiares y amigos se celebraban ante el resplandor danzante de la chimenea. En ausencia del padre se hacía sentir más el alboroto de los visitantes de las islas. Parientes de Raquel, parientes de la abuela Emily y de su segundo marido, el difunto fotógrafo Wellcome, un retratista itinerante con casa en la isla de St. Thomas. El padre, William George, tenía cinco años cuando el fotógrafo se casó con Emily. (De ese matrimonio nacieron Godwin Wellcome e Irving Wellcome, tíos paternos de William Carlos).

Los adultos jugaban brisca o tute con grandes naipes españoles. De mal humor y en ánimo de invocaciones, ordenaban la retirada de los niños hacia los cuartos bañados de luna. Los niños no les hacían caso y los isleños de Puerto Rico, de Puerto Plata y de St. Thomas dejaban de hacerles caso a los niños. El rigor no era el fuerte del tío Godwin ni de la abuela Emily. Contra Raquel se confabulaban todos.

Algunas veces celebraban sesiones. Formado el círculo, los niños se escondían debajo de la mesa para protegerse de las necedades de los espíritus atrasados. En aquel tiempo prevalecía una comunicación fantasmal entre los migrantes y las islas caribeñas. Cuando los mayores se agarraban las manos y el piso empezaba a vibrar al son de las trémulas piernas de Raquel y las patadas de la abuela, Carlos hundía la cabeza entre las rodillas. Édgar, su hermano menor, se divertía. Con la punta de un dedito rozaba un tobillo frío. La garganta del niño travieso añadía un silbido de pájaro ronco al pandemonio.

Las mujeres dominaban bajo cuerda, pero si había varón presente le correspondía la jefatura de la mesa. El espíritu protector del enardecido Godwin tenía inclinaciones literarias y filosóficas. A Emily Wellcome se le había metido en la cabeza darle ese nombre a su segundo hijo por razones oscuras. En ocasiones insinuaba que el protector de Godwin tenía que ver con el filósofo anarquista del mismo nombre. A la oscura filiación se debía que Godwin soliera traer a la mesa algún plan milagroso de reconstrucción social y utopía sexual, hasta que desafiando su autoridad irrumpía en los bosques de Rutherford un espíritu más poderoso. Ese espíritu de la contradicción y numen tutelar de Emily Wellcome era nada menos que una negra madama de las islas caribeñas. La madama le había hecho jurar a Emily que nunca revelaría las circunstancias de su origen, “porque las mujeres no tenemos origen; somos el origen”. A cambio de borrar su pasado en Inglaterra y servir al fotógrafo sin chistar y, muerto este, seguir al hijo mayor, William George, sin dejar de chistar, Emily tendría una vida larga y dominante.

Las mesas espiritistas repetían el monótono curso de un sainete en tres actos: Godwin, encarnando al fantasma licencioso del filósofo, exigía el cuerpo de su cuñada Raquel. La madama que ocupaba el cuerpo de la abuela lo azuzaba hasta que, invocando el emblema de su corta autoridad, el lunático se sacaba el miembro del pantalón. Llegado ese momento, el espíritu de la negra levantaba de la silla el corpachón de Emily que, chancleta en mano, golpeaba a Godwin y volvía a encerrarlo junto al filósofo homónimo en la agonía de su calabozo mental. Raquel terminaba sollozando su abandono. Irving los abanicaba con plumas de marabú y Carlos se orinaba hasta dejar un charquito que, según Irving, presagiaba una muerte por agua para el patriarca George en las corrientes del Orinoco.

El círculo se interrumpía y cesaban los trances. La abuela mojaba las sienes de la desfallecida Raquel con Agua de Florida. Luego acostaba a los niños dándole a cada uno una botella de leche con mamadera. La alfombra del comedor olía a orines de niño melindroso. La abuela la ponía a secar al sol. Carlos dejó el biberón cuando tenía cinco años. Fue en público y sobre aguas fluviales. Viajaba escondido en las faldas de la abuela, en un transbordador que cruzaba las aguas del río Hudson. Se dijo que sería el hijo del padre, todo un hombre, y lanzó el biberón por la popa. Era muy joven para intuir que, al contrario del padre, nunca abandonaría mucho tiempo la región natal, esa franja de luces delicadas que languidece a un paso del monstruo neoyorquino.

En una ocasión el comportamiento de la madre fue tan vergonzoso que su hijo no lo olvidó nunca. Tampoco lo describió en sus memorias. Pero ha tatuado tantas páginas que sin duda el rastro está ahí, en algún verso. Disimulado; igual que la carta robada que no se distingue de otras cartas.

La familia de William Carlos Williams era pródiga en secretos. Cada quien se aferraba al suyo; tumor duro con redes lejanas. Los secretos del padre siguen trancados. Son constelaciones familiares que viajaron al sur en un muestrario de aromas.

El secreto de la abuela, que le hizo jurar al padre que jamás lo confesaría. El padre cargó con el secreto de Emily, y se lo llevó a la tumba. Emily murió después y se llevó los secretos del padre y los suyos.

Carlos suspira. A veces es mujer, y para colmo lo es doblemente, porque se acerca a la edad en que el cuerpo del varón se afemina. Todavía duerme en la habitación marital, en camas separadas. El cuarto matrimonial ocupa el lado contrario del pasillo, casi en la esquina diagonalmente opuesta al dormitorio de la madre. El empapelado verde menta envejece con las cortinas. Las lámparas de las mesitas de noche adornaban las mesas de noche de los padres de ella. Iban a botarlas y Florence, la muy práctica, se empeñó en rescatarlas con cambios de pantalla. Las antiguas eran pequeñas, parecidas a gorros de bañista. Estas no llaman la atención. Son redondas, anchas, útiles. La luz lunar, la misma que entra por las ventanitas del ático, baila sobre el verde pálido del empapelado. Él alza los dedos y pretende alcanzarla. Como cuando era niño, con la misma rigidez, después de algún castigo, se acuesta sin ganas. Y se queda dormido pensando que está despierto.

Florence. Floss. La esposa del poeta.

Floss no duerme. Es la más apasionada de sus mujeres, la que él formó en el catecismo venéreo de sus ideas sobre las hembras. Quiso eternizarla en sus libros; lo mismo haría con Raquel y con la abuela. Escribió tres novelas protagonizadas por un personaje inspirado en Floss. La literatura es también cementerio familiar e ira apalabrada; confusa expresión de cariño. En White Mule el personaje de la bebé, un fantasma de la infancia de Florence, apenas despierta la ternura del padre, el deseo vampírico de la tía solterona, el sentido común de la nana y el total desprecio de la madre. Y qué crueldad el maltrato del cuerpecito, el enema de jabón, el ensañamiento de la escritura suelta. Decía Carlos que a Virginia Woolf no la entendía, que le parecía un personaje de cuento de hadas. Se explica esa incomprensión. Imposible entender el habla de las hadas entre tanto excremento. Demasiada sangre, leche y mierda. Blood, milk and shit. ¿Por qué estos torcidos homenajes a las mujeres de su vida? ¿Se sentía incómodo con todo lo que no fuera flor? Para colmo su esposa se llamaba Florence. Floss.

Hay escritores estreñidos, atildados. Él no.

3

William Carlos en su ático de poeta persistente. William Carlos disminuido en su camita de viejo. El disloque de un cuerpo llamado William Carlos, engendro de padres inarmónicos. Raquel, nativa de una ciudad caribeña al oeste de una isla con el puerto en el nombre. Mayagüez, Puerto Rico. (En Mayagüez el comercio superaba las tragedias colectivas y levantaba un sector portuario de traficantes y conspiradores, pero había casitas de marfil con espacio para colocar pianos y colgar retratos). William George, un inglés con mucho de negro, a pesar de su piel blanca y de sus ancestros blancos y de su empaque victoriano. (En la isla de St. Thomas las torres de marfil y el lugar del piano que William George aprendió a tocar eran especies raras, de esas que se miran con las manos y se tocan con los ojos; reliquias de un altar al que le faltaban piezas).

Habría que estar en las ciudades de Raquel como quien huele y toca un traje nuevo en un tejido viejo.

Mayagüez, puerto de primera clase donde ancla el único vapor con que cuenta la isla, huele a brea, a borrasca. Cerca del puerto hay un mercado que alguien compara con el palacio de cristal de Londres. Mayagüez es aduana de primera clase, con agentes consulares de Estados Unidos, Francia e Inglaterra, los imperios que inventaron un Caribe de sirenas y ron. Tiene 12 168 habitantes en 1860. Y, en 1878, un gasómetro que alimenta 254 faroles y 450 luces en casas particulares, una estación telegráfica, un mercado de hierro con zócalo de mampostería, cinco abogados y nueve médicos, una biblioteca popular, 37 calles y cuatro callejuelas.


A pesar de su carácter de pueblo sin amantes permanentes, la villa portuaria extendía sus contactos hacia el Caribe de los imperios enemigos –St. Thomas, Jamaica, Martinica– y hacia La Española y Cuba, como si esa punta occidental de Puerto Rico fuera otra isla, a salvo de las autoridades españolas que encerraban compatriotas desafectos al régimen en los calabozos de la ciudad capital (bastaba con no cederle la acera a un militar). En Mayagüez hizo su práctica de médico Ramón Emeterio Betances, conspirador revolucionario. Betances fue el estratega principal del alzamiento en armas contra el régimen español en 1868. Desde uno de los lugares de su prolongado exilio –primero en Santo Domingo, Haití y Nueva York, luego en París– escribió sobre la debilidad del movimiento revolucionario: “de la isla solo Mayagüez y de Mayagüez la minoría tal vez, qué decepción”. Mayagüez y sus alrededores –llanos sembrados de caña, playitas de arena blanca– le evocaban un paisaje de ensueños épicos burlados, de vergonzosa retirada y soterramiento. Lo que se dio a la fuga tras la cárcel y el exilio sobrevivió en el sigilo de las sociedades secretas y las conspiraciones. Algo no muere en la dispersión de esa memoria.

Lo que Raquel le contaba a William Carlos sobre sus orígenes en Mayagüez es una historia trillada, por la frecuencia con que la realidad calca los tópicos del melodrama. La madre de Raquel era natural de Martinica. Se llamaba Meline Hurrard. Meline se casó con un comerciante de ascendencia holandesa y ancestros judíos llamado Salomón Hoheb. La mujer abortó varias veces. Se le lograran dos hijos: Carlos, brillante, moreno, de labios gruesos, con un talento universal presidido por el instinto de la música; y Raquel, a quien llamaban, con más pasmo que cariño, la zurrapa.

Todavía hablaban en Mayagüez los escenarios del bullicio comercial. Alrededor del puerto se trazaron avenidas y se edificaron almacenes en edificios de fachadas simétricas y austeras con arcos de medio punto o en carpanel. Se exportaban azúcares, melaza, ron, café, tabaco, algodón, cueros, ganado. De noche, tras las puertas altas, se oía el líquido tintineo de las monedas que ordenaban los contables. El calor, el fuerte olor de las mercancías almacenadas, embriagaban el desvelo de los escribanos de buena letra.

En aquellos almacenes pudo haber sido aprendiz Salomón Hoheb, el padre de Raquel. William Carlos cuenta que los antepasados de Salomón eran holandeses. Un estudioso informa que Salomón era hijo de Samuel Hoheb, procedente de Holanda, el primero de la familia que se estableció en el Caribe, en la isla de San Eustacio. Otros documentos mencionan a un Salomón Hoheb nacido en la isla de St. Thomas en 1804, de padre llamado Benjamín y madre llamada Raquel. La madre de Salomón casó en segundas nupcias con un Enríquez.

Es poco lo que conocemos de Salomón Hoheb. Sin embargo, se sabe de su buen humor y de su oficio de comerciante. Supongamos, para dar piel y olor a este tejido, que Salomón hizo el aprendizaje de un muchacho de familia modesta en uno de los almacenes del puerto de Mayagüez. No siendo rico, lo aprendió desde el piso, donde dormía vigilando que no entraran ladrones dedicados al contrabando de mercancías. Imaginemos que luego fue ascendiendo a asistente de contable por peldaños, entre estirones y cambios de pantalón, hasta acumular unas monedas y comprar al por mayor unas velas de estearina que revendió con ganancia. Se hizo cicatero en las compras y astuto en las ventas, añadiendo eslabones a la cadena del comercio, hasta convertirse en mayorista distribuidor de cargamentos de arroz y harina de Europa y Estados Unidos. Ya hombre, y a punto de casarse, se asoció con un alemán de apellido Krug.

Muerto el padre, Raquel se comprometió con el piano, aunque ya no podían pagarle las lecciones. Cuando el padre vivía tenían que obligarla a practicar el solfeo y las escalas. Cuando el padre faltó convirtió en trabajo todo el amor que dejó sin respuesta aquel hombre. La niña se aferraba a la banqueta del piano como antes a la falda del padre bromista. (Fue anfitrión de Gottschalk y de Adelina Patti, adoraba la ópera. Se hizo pintar de medio cuerpo por un discípulo de Metcalf, o quizás por Metcalf mismo, el maestro tuberculoso nacido en Massachusetts que en Mayagüez añadió a su padrón de caras las fisonomías de realistas fugitivos del ejército libertador de Bolívar, y a su paleta una tonalidad lugareña del mar).

La huerfanita Raquel perfeccionaba el francés en la escuela de Madame de Joinville, a cambio de interminables promesas de pago que raras veces podía cumplir la madre. Balzac hubiera narrado a Madame en una de sus novelas de provincias, llamándola Mère de Joinville: pulcra, rígida, de afectos reservados para su remota aldea en la Bretaña o en Provenza. Hay una novela (escrita o soñada) sobre aquellas mujeres blancas en la villa de Mayagüez, las mismas que en sus países hubieran sobrevivido manteniéndose con dificultad a un paso de la miseria. En el caso de Madame de Joinville la conjetura menos arriesgada sugiere que impartía todas sus lecciones en francés. Haciéndolo subrayaba las diferencias entre la lealtad regionalista de quienes se llamaban a sí mismos hijos del país y los extranjeros que formaban colonias fugaces.

Para imprimir en sus pupilas los signos de una mujer blanca, Madame de Joinville enseñaba, ante todo, dos disciplinas: una postura erguida y un acento que, en su caso, por ser de provincias, no era del todo presentable. Menos importancia se otorgaba a las clases de baile y de gramática. A las de baile porque no abundaban las ocasiones festivas entre las colonias de comerciantes, y no eran tantos los franceses solteros. Tampoco sobraban los hombres de buena posición económica, blancos o morenos sin precisión de origen. Además el baile era una peligrosa convocatoria a la entrada de los ritmos negros en el giro de las caderas o la coquetería de los hombros. La gramática se limitaba a una claridad gentil, útil en la redacción de cartas. Cuando se anticipaba que la blanca tendría que trabajar, se enseñaban los oficios de costura, dibujo y pintura. A su regreso a Francia, con suerte y referencias, las jóvenes podrían emplearse de institutrices o modistillas. (En un retrato que acaso se conserva en algún archivo entre los millones de acervos familiares, municipales o metropolitanos del planeta, sin que sea ya posible saber quién fue esa señora, Madame se recoge el pelo escaso en una redecilla. En la misa de aguinaldo o la celebración del 14 de julio, toda una manifestación de patriotismo escolar, usaba una cofia almidonada y un cuello de encaje con soporte de hueso de ballena).

Algo más le enseñó la de Joinville a Raquel. Madame cultivaba plantas aromáticas y con ellas preparaba yerbas deshidratadas para tés y bolsitas que combatían la polilla, la humedad, la histeria. Tu planta es la lavanda, Raquelita. Aquí no se da bien, aunque con buena sombra y cariño todas las plantas se aclimatan en este suelo, más generoso que su gente. Esta me la obsequió Isabel de Paradís, que es una bruja, y todo lo consigue de ese marido millonario que Dios le deparó, y quién sabe de quién más, y para colmo le luce tan mal ese pelo de un tono rubio sospechoso. La matita se me ha dado bien porque el canalla de Krug, que algo sabe de coleccionar plantas, le confió a mi marido una formulación para preparar tierra y abono.

Al punto de enviudar Meline, el socio del marido, el tal Krug, empezó a arrebatarle los bienes familiares. La martiniquesa no se echó en un rincón a llorar. Conocía el ritual mercantil de tanto observar los trajines ruidosos de los hombres. Ella y su niña pudieron haberse muerto de hambre, pero a Meline no le quedaba bien el papel de dama frágil. Dinero no tenía. Conservaba sus amistades y el ejemplo de los ancestros. El padre de Meline, se cuenta, provenía de una familia de armadores de barcos y comerciantes de licores, franceses de “ascendencia vasca”, domiciliados en Martinica.

Madame de Joinville recibía con solo dos meses de retraso el Journal des Modes, pero no podía darse el lujo de viajar con frecuencia a París. Había que oír los lamentos de la de Joinville. La isla era una cruz que soportaba con elegancia. ¡Cuánto lamentaba su exilio en Mayagüez! ¡Echaba de menos el único presente habitable, el de la vida social en el centro del mundo!

La nostalgia insatisfecha es el alma de los mercados. A Meline se le ocurrió comprar telas, trajes y accesorios a crédito y revenderlos a sus amistades. Eran mujeres distinguidas de la sociedad de extranjeros que pasaban en la isla el tiempo necesario para enriquecerse y volver a Europa, a Cuba o Venezuela.

El cariño de Madame de Joinville hacia Meline y su zurrapita era auténtico, equiparable a su odio a los teutones, sobre todo a Krug, por ancestrales rencillas territoriales y por haber dejado a sus amigas en la miseria. Ni ella, ni Meline, ni Isabel de Paradís, la otra bruja madrina de Raquel, albergaban muchas esperanzas para la niña. Lista, alegre, menuda de pies, pero pobre, difícilmente encontraría marido.

Meline le había comprado a su niña un retazo de seda negra de primera calidad, cuyo origen se remontaba a los telares de Lavilledieu y que fue recorriendo mercados sin que las manos anteriores adivinaran las siguientes en el oleaje de alzas y bajas que la mercancía acumula, hasta recalar en un almacén en la isla de St. Thomas, donde ninguna transacción era inconcebible –desde el trueque del azul añil del Mediterráneo por los tonos azucarados del Caribe en tiempos de calma hasta el contrabando de opio–. Con el retazo resistente la madre cosió un traje holgado pero fiel a las formas de la niña. Lo guardó en un cofre grande, entre saquitos de lavanda, para cuando creciera un poco aquel chispo de humanidad. Te lo pondrás en París. No sé cuándo, pero irás. Somos francesas. Tu hermano Carlos no te desamparará. Es un hombre bueno. Sabe que ahora me ayudas para que él pueda quedarse allá haciéndoles compañía a los ratones. Irás a París porque es tu patrimonio, y porque eres artista.

El temperamento de Raquelita es vivísimo, su inteligencia notable, apuntó Madame de Joinville en un cuaderno dedicado a las alumnas de la Escuela Francesa de Mayagüez. En eso estaban de acuerdo madre y madrinas. La madre se quedaba boba cuando la mujercita copiaba los modelos de Le Journal des Modes Special pour Couturières, alterando detalles imposibles de imaginar sin haber pasado una temporada en las quimbambas del trópico, donde se disuelven las verdades y se aprende a enfrentar cada día con rabia y ganas porque no hay nada más. A un traje violeta de falda doble le añadía unas guirnaldas de miosotis, más vivas que los guindalejos del original. En el dibujo del sombrero de paja de una niña, nada le impedía colocar una plumita de colibrí, ni le quedaba mal ampliar el vuelo campaniforme de una falda de seda negra con una enorme esmeralda facetada en la cintura, semejante a la que Isabel de Paradís lucía en el dedo anular.

Bajo la disciplina de Madame de Joinville, que la obligaba a sentarse muy derecha, con los lápices de dibujo formando un arco iris en la superficie rayada de la mesa que compartía con otras niñas, la repetición que llevaba al hartazgo, como si la pedagogía consistiera en matar el deseo de aprender, produjo numerosos dibujos idénticos de un muñequito con articulaciones. En otra ocasión, la maestra colocó en pequeños atriles unas reproducciones en cartón de figuras geométricas. Todavía no llegan de Nueva York, dijo, las figuras de yeso que le pedí al marido de Isabel de Paradís. Pero en estas cartulinas está todo lo que necesitan. No olviden las sombras. Las sombras dan forma a los cuerpos. Ya terminé, dijo Raquel. Madame de Joinville, que en la escuela era inflexible, examinaba el dibujo y lo rompía, entre las risas de las demás niñas. Ni una lágrima, me oyes, tú no puedes darte el lujo de llorar. Ahora hazlo otra vez.

Era cierto que con la repetición de círculos, rectángulos, pirámides y óvalos, la persecución de las sombras se fue haciendo parte de los juegos de la niña. Quedó tan arraigada en su comportamiento como la buena postura. Una prueba desconcertante de esa segunda piel que le creció entre la mano y el ojo era el hábito de dibujar, al dorso de las esquelas que repartían en los velatorios, las efigies de los muertos. Retratar difuntos pudo haber sido un oficio bien pagado, pero salvo algunos valientes los deudos no apreciaban el aura de aquellas imágenes, donde la penumbra insinuaba figuras acompañantes que podían ser amables o temibles, pero siempre incómodas. Es el cuadro espiritual de cada uno, la niña no inventa nada, decía Isabel de Paradís, que le compró el retrato de una tía en capilla ardiente, aunque fuera para quemarlo luego. Tú, niña, dedícate a pintar paisajes, es más decoroso, le aconsejaba Meline sin mucha convicción. Para ella era evidente que la niña tenía facultades de médium. Sabía por experiencias con parientes y vecinos que quien no desarrolla sus facultades para bien del prójimo se hunde en la locura, pero no le apetecía vivir en una ruina invadida por espíritus burlones. Mejor te quedas en casa cuando yo tenga que dar algún pésame. Los niños, pájaros amaestrados. Hay que abrirles la puerta de la jaula para que vuelen y vuelvan. Pinta lo que veas, pero trata de ver lo que vemos los demás, muchacha.

En el patio de la casa los árboles filtraban la luz. La niña buscaba un tono de verde mezclando azules, amarillos, negro. Un regalo de la imprescindible Isabel, aquella cajita con una variedad de tubos de colores, toda una novedad de fabricación inglesa. ¿Pero qué pinto? Qué vas a pintar, píntame a mí, le decía su tío político, el borrachón Enríquez. Y ella trazaba la figura geométrica de la cabeza del tío. Era una máscara de fealdad, un rectángulo parecido a un ladrillo, con ojos turnios, boca mellada y bigotes. Pues sí que se parece, decía Meline, ahora pinta algo más hermoso, árboles, flores. La naturaleza, decía Madame de Joinville, es madre y maestra. Pero pintar un paisaje de izquierda a derecha y de norte a sur en aquel patio polvoriento que el trajín de los sirvientes y de la madre llenaba de ruidos era superior al empeño de la zurrapita. De manera que se limitaba al detalle de un pétalo de la gardenia más abierta o a repeticiones en serie de una imagen particular: una gota de agua que se desliza, o el pico de una gallina moquillenta. De ahí saltaba a ponerse el sombrero para acompañar a Meline al almacén de los Paradís, o a sentarse al piano cual abeja que ronda. La niña practicaba sus escalas sin dejar de ser la aprendiz de comerciante de la madre. Tocaba los novedosos ejercicios de Czerny machacando las teclas con una fuerza que dejaba exhausto al piano sobreviviente de los porrazos de Gottschalk. Cuando no hacía chistes y travesuras o ponía cara de monita, afloraba una solemne intensidad. Remontando olas, terminaba desfallecida, aunque luego metiera las manitas en uno de los guantes que la madre había encargado para M. Font, otro de sus clientes, y se riera con Meline de la solemnidad sentenciosa de la de Joinville.

Stern and frivolous, severa y frívola, con esos antónimos resumiría William Carlos la personalidad de la madre en una carta donde daba noticias de su muerte.

A fuerza de empeñarse en sobrevivir para que su hijo terminara la carrera, Meline se fue tornando más dura que el acero de las puertas de un almacén. Aprende de mí, muchachita, que no te voy a durar para siempre. De aquella tenacidad encallecida supo Raquel lo que su madre joven no le había enseñado. Cuando el marido vivía, Meline solo pensaba en darle cuerda al reloj del día para que el orden de la casa marchara bien. Un orden modesto y decoroso, elegante y frugal, le repetía al marido. Salomón, que Dios lo tenga en su santa gloria, se dejaba dominar por gustos de nuevo rico y derrochaba lo que no tenían en invitar músicos y amigos a tertuliar.

La cuerda de Meline: supervisar a los esclavos, que a juicio suyo no superaban en malicia a los niños; compartir con la cocinera las recetas que había aprendido de oído y de vista en el fogón de la casa de sus padres, en Martinica, antes de embarcarse a Puerto Rico. (Raquel postrada y delirante retiene en el paladar el sabor de la sopa de Mayagüez. Era un mejunje de quimbombó espesado con harina de yuca, que jamás pudieron reproducir ella y sus primas en las cocinas de New Jersey y Nueva York). Velar que voltearan los colchones cada semana, que lavaran una vez al mes la ropa de cama y dos veces al mes las prendas íntimas de la familia y las tendieran a secar en cordeles tensados entre los árboles de caimito y corazón, en el patio trasero. Asegurarse de mantener cubiertos los barriles de agua para que no les cayeran gusanos.

Muerto el marido alquiló unos años a los esclavos y luego los liberó, ya viejos. No lo hizo por misericordia. A juicio suyo eran sus niños y los niños no se desprenden nunca, en sentido visceral, de la madre. Los emancipó porque ya no podía mantenerlos y nadie le daría por ellos el precio justo. Mamá, piensa desde su eterno pasado la vieja Raquel, recordando a la señorita Raquel, era más pobre que sus esclavos, pero no lo sabía. La certidumbre de que si no le hacía caso a su pobreza no sería realmente pobre, acompañó a Raquel en los años cercanos a la muerte de la madre. Unas lágrimas, un llanto profundo, y luego hala, le decía mamá los domingos, cuando la levantaba antes del alba para ir a misa. Hala, Raquel. Mírate al espejo hasta que no quede en ti ni sombra de la huérfana. No todo era decirse mentiras y dictarse órdenes. La huérfana aprendía otras cosas de su doble en el espejo.

El hermano se había casado en París. Tan pronto regresó a Mayagüez estableció su consultorio de médico. Cuando abría una caja fuerte heredada del padre para darle a su esposa el dinero de las compras del día, la mujer miraba a su cuñada Raquel preguntándole por qué no iba ella. Esta cantaba para sus adentros el aria “Casta diva”, la que había vocalizado Adelina Patti allí mismo, en la sala de la casa, y se ofrecía con arrogancia majestuosa a ir al mercado. A veces tomaba sus pinturas y salía de la casa a observar las sombras verdes, azules, grises de aquel río donde ella y Meline se bañaban con más engreimiento que alegría (bañarse en la playa era mala costumbre de mujeres indecentes). Allí derramaba una lágrima, suspiraba, se limpiaba con un pañuelito de hilo y no tocaba los pinceles. Jamás volveré a pintar ni tendré hijos, se decía. Ya voy para solterona.

En aquella lágrima de resignación pudo haberse ahogado, pero no. Su duelo le quedaba chico. Como quien sabe qué hacer sin necesidad de entenderlo buscó en el armario donde Carlos guardaba las pertenencias de la madre. No encontró lo que buscaba. Se metió sin pedir permiso en el cuarto de sus padres, que ahora ocupaban Carlos y su mujer. En una maleta escondida debajo de la cama había un ejemplar de Le Journal des Modes y entre las páginas, sus dibujos infantiles. Fuiste una niña muy querida. Entonces decidió quererse más, enamorarse de la zurrapa indiscreta que alteraba modas parisinas. Armó un cobertizo techado con sábanas viejas en el patio de la casa y allí colocó el caballete y un lienzo. Agarró a su sobrina favorita de la mano. Era la más callada de los niños. Un temperamento melancólico, salió a una de nuestras tías sin duda, porque en esta familia somos más bien alegres, comentó el hermano Carlos. Fumaba en el patio y se enfrentó con curiosidad a aquellas mujeres rodeadas de un silencio impenetrable. Es la más hermosa de tus hijos, respondió Raquel. Pintó su retrato, el mismo que el hermano le devolvería en una de sus visitas a Rutherford. La niña no sonríe. Su belleza no compone una imagen venturosa de la infancia. Su cuerpo no es la tierra santa de la inocencia. El retrato sombrío de una niña hermosa descubre la dureza del tránsito anticipado hacia una vida anónima, desgarrada y reordenada por voluntad ajena. El cuadro espiritual de la niña no salta a la vista, pero está en el fondo azul que con el tiempo se frunce. La melancolía de una criatura cercada de prohibiciones se acoraza en la mirada imperiosa.

Carlos Hoheb lo vio y le dijo perdóname, Raquelita, eres una artista. Aquí en la isla no hay nada que te convenga. Solo enfermos, crueldad y avaricia.

Cuando el hijo le pregunta sobre aquellos tiempos, Raquel recuerda la rapidez de los preparativos y la recuperación sosegada de la alegría. No es frecuente que la madre te diga mírate en este espejo para que no me imites en la pena.

¿Viajó sola de Mayagüez a St. Thomas, el mismo trayecto que había hecho muchas veces con su madre, o la acompañó la respetable esposa cuarentona del cónsul de Francia en Mayagüez?

Adiós Mayagüez, Puerto Rico, cuñada envidiosa. Se embarcó con la dirección de unos parientes en el baúl.

4

París, 1878. A los lectores de Buenos Aires, Santiago de Chile y Lima; a los socios de la biblioteca del Ateneo en la plaza fuerte colonial de San Juan, Puerto Rico; a los suscriptores del Gabinete de Lectura de Ponce, Puerto Rico, les bastaba la mención de ciertas calles para relacionarlas con el recuerdo de un amor imaginario o sentido en carne propia, pero en todo caso pasajero e intenso. Eran lectores de Balzac, de Sue, de Flaubert, de Zola. Pensaban en París, a pesar de las demoliciones y las anchas avenidas que se abrían paso derrumbando sectores, como una ciudad de barrios: moderna en aspiraciones y voluntad de poder, agreste en los predios de Montmartre, donde entre gallineros y moradas de lavanderas estaba el estudio de Carjac y todavía se respiraba el ambiente de la foto que recogió mejor que las Iluminaciones la efigie misma de la maldición de ser poeta en el retrato de Rimbaud.

Para describir las entradas a 1878 no bastarían los volúmenes de una enorme biblioteca. Añado esta relación de muertos desde la orilla compartida con más de siete millones de terrícolas vivos. Resido en una isla pequeña de nombre optimista. La isla donde nacieron Raquel y mi madre; la isla donde nació y murió mi abuela Fermina.

Conviene no olvidar el vestido que Meline le cosió a su hija con seda de los telares de Lavilledieu. Mientras Raquel lo sacaba del cofre donde lo había guardado su madre, y al repasar las arrugas con las manos pensaba que las madres tienen el don de la profecía, su hermano le repite: en París debes protegerte, la belleza de la ciudad es engañosa, hay innumerables trampas en las calles perversas que, inesperadamente, se cruzan con los barrios honorables. Viste siempre ropa de colores sobrios, que pasen tan inadvertidos como las piedras en las murallas y el polvo del pavimento. Lo que sí no puedo pagar es la piel para el cuello y las terminaciones de ese vestido. Mejor, la discreción en la mujer es sinónimo de virtud, bondad y belleza.

Ella paseó su vestido de seda negra por las calles de París años después de la muerte de la madre. Antes de salir se miraba al espejo, se ponía el sombrero sencillo, practicaba a levantarse la falda sin mostrar más que el tobillo. Soy la dueña del mundo, la hija de mis padres, decía en voz alta, repitiendo las lecciones de la madre. Y terminaba por convencerse de que ser una insignificante mujer sin atributos no es tan grave.

Un día, en una calle de París, estrecha la mano de un muchacho llamado Jacques y le dice: “Cuidado, devuélvamela pronto. Es tan pequeña que puede perderse en las suyas”.

Qué va, dice Jacques entusiasmado, cojeando más que de costumbre, tienes unas manos preciosas de Pulgarcita. Pulgarcita, así me llamaba papá, contesta Raquel. Han salido a pasear un domingo de otoño con el cielo del color de la ceniza que todavía encubre una llama radiante. Cendre rayonnante, dice Raquel y su prima Alice Monsanto y Jacques se ríen de su chifladura. Así de pequeña como la ves, está loca de remate, murmura Alice. Y nunca se enferma, es que está acostumbrada a comer poco y hablar mucho. Y a leer, sin miedo al escándalo, las revistas que sus compañeros ricos usan para limpiar pinceles.

Alice tiene razón. Raquel lee la literatura del momento en las revistas intervenidas por salpicaduras de pintura, bajo la veladura de barnices. Ayer fue “Les yeux des pauvres”, un cuento. Su autor, Charles Baudelaire, hubiera sido feliz en manos de un facultativo de la escuela de Carlos Hoheb, que curaba males recetando purgantes. La historia, más bien un apunte de la vida real, cuenta Raquel, empieza con una declaración de odio. El narrador y su amante han pasado juntos un día que a él se le ha hecho demasiado corto. El muchacho, porque debe ser un muchacho, vence la melancolía inevitable diciéndose que él y la amante han jurado ser un solo pensamiento, dos almas unidas. Una situación típica de las necias novelas para señoritas, perdóname, querida, interviene Jacques. Sí, dice Raquel, pero hay más. Por lo visto el muchacho es sentimental, de ideas sublimes. Los enamorados deciden descansar en la terraza de un café de lujo, en un boulevard en construcción que muestra sus esplendores inconclusos. Así es el boulevard adonde nos dirigimos, interrumpe Alice. Me han dicho que pasearse por él es como viajar a un futuro perfecto, ordenado, limpio. Raquel sigue resumiendo el cuento de Baudelaire. Frente al café, sin embargo, avergonzados de su propia existencia, pronunciaban exclamaciones de admiración un hombre de aspecto fatigado y barba encanecida y dos niños. Uno de los niños estaba tan débil que no tenía fuerzas para mantenerse en pie. El hombre lo cargaba. Desgraciados, intercala Jacques, el placer mayor de los ricos es el espectáculo de nuestra miseria. El narrador, prosigue ella sin hacerle caso, se siente avergonzado. Le remuerde la música de las voces débiles. Le duele la profunda y estúpida alegría del niño pequeño. El hombre sensible busca los ojos de la mujer amada, seguro de que encontrará en ellos un eco de su desgarramiento. Pero ella dice con escarnio que le resultan insoportables los pobres de ojos abiertos, parecidos a puertas de cocheras. Fea imagen, ¿no? Primita, dice Alice Monsanto, a mí tampoco me entusiasman los ojos de los pobres. Para pobres, nosotras. Deberías pintar cuadros bonitos y venderlos. Leo a Baudelaire con pena, dice Raquel. Los escritores todo lo convierten en gran tragedia, como si la vida no fuera ya una tragedia grande. La literatura debe embellecer la vida, elevarla, hacerla mejor de lo que es.

Jacques algo ha oído hablar del poeta, pero Baudelaire ha muerto hace poco y no hay nada más anticuado que un muerto reciente. No han pasado los años indispensables para leer a un contemporáneo que no se distancia tanto de nuestro lugar en el mundo. Además, ese Baudelaire es un autor que confirma la miseria de nuestra existencia, pero parece regodearse en ella, por lo que dices, comenta Jacques. Salvo los héroes, los muertos recientes son decepcionantes, semejantes al bailarín que se desploma sin completar un salto. A juicio del muchacho solo hay un escritor digno de adoración. Es un vivo inmortal, Victor Hugo. Si supiera dónde ha pisado Hugo besaría los lugares precisos de ese suelo sagrado. Aunque aquí la tierra toda es sagrada, porque tiene la memoria que a nosotros nos falta.

El muchacho se sienta en cuclillas. Alice y Raquel lo miran asombradas. Con el cuidado de quien levanta una carga de arena fina sirviéndose de una cucharita, Jacques pasa el dedo por uno de los adoquines sudados de lluvia con mugre y lamenta la perspectiva infinita, abierta por la amputación de calles sacrificadas a la avaricia, una violencia que pretende dejar a la ciudad sin alma. Le parecía un crimen la destrucción de lugares que, si la nariz se empeñaba, despedían todavía el cautivante olor a barricadas y pólvora. Y lamenta que la vista desde el mirador de Saint-Germain-en-Laye, una célebre panorámica, fuera ahora privilegio de ociosos como ese barón de Mauves que vivía chupando la inmensa riqueza de su mujer yanqui mientras se paseaba con mujercitas, y a veces se valía de los servicios de los cocheros inmorales para exhibir a sus recogidas, muchachas que no tenían más destino que la ruina de sus ilusiones, pues morían pordioseras mientras alimentaban fantasías de cortesanas.

(Formar letras despacio, venciendo aristas, dejando temblores en la página. Volver a la escuela de la mano infantil, que intenta dibujar rasgos uniformes y en cada repetición formar espejos y escribir espectros.

Fantasmas cinematográficos

París, 1878).

Jacques da un bastonazo en los adoquines y les asegura que mientras él las acompañe nadie se atreverá a ofenderlas. Es el novio de ocasión de Alice Monsanto, la prima y anfitriona de la pintora en París. Tiene el don del gesto teatral sin la pesadez de los franceses melodramáticos, educados en el culto de las grandezas de la patria. Despierta la simpatía de Raquel, que no tolera con paciencia las payasadas pedantes y sabe –siempre lo supo sin necesidad de que se lo enseñaran– que la tragedia no puede digerirse sin un grano de buen humor.

Ese día, para evitar que su hermano Ludovico cumpliera el juramento de violar a la primita puertorriqueña, Alice la incluyó en un paseo que Jacques propuso con solemnidad de anarquista enamorado, como si las citas galantes fueran lecciones de historia. Irían al carrefour donde convergen Turín y Moscú. Un amigo del muchacho, excombatiente de la comuna como Jacques, es el cochero a sueldo de una calesa de transporte público. Qué ocurrencia, no le cobraría un centavo al compañero. Me conformo, dice el cochero, con un casto beso de la primita de la novia. Solidaridad entre hombres con mujer de por medio, el resto torpe de una anormal camaradería. En el París de 1878 el hombre común no pasa de ser la rata sobreviviente de una matanza. A la propuesta Raquel opone una sola condición: que el cochero con cicatrices de viruela, bigote casposo y manos que parecen cantos de cuero sin curtir le recite a Ronsard, el poema dedicado a la amante senil que todo francés debería saber de memoria. Él se llama Yves y ni puta idea, así que accede a llevarlos de paseo, gratis, desde el Pont des Arts, donde habían recogido a Raquel, que salía del estudio de su maestro de pintura, Carolus-Duran, hasta Tullerías, cruzando el Sena por el Pont Royal. Ya en la calesa, Raquel termina de ponerse los guantes que sacaba del bolso cuando pasaron por ella. Y qué obra maestra pintaste hoy. Ninguna, lavar los pinceles del maestro y tensar lienzos. El domingo es día de limpieza. Soy la lavandera y planchadora del arte. Así empezó el gran Ingres, interviene Jacques, que jamás había visto un producto de la mano de Ingres.

En Tullerías, a la sombra de árboles frondosos, se hace la muda al carruaje de Pierre, un cochero menos astuto. Deslumbrado por la labia de Jacques, Pierre se contenta con una palmada en el hombro y la invitación a una cerveza y una pata de cordero un día de estos en el Veau à Deux Têtes, una taberna a la antigua a la que también prometía invitar a las chicas, muy cerca del Grand-Balcon. Hay que ir de noche para bañarse en la luz de las lámparas de grandes globos encendidos. A Jacques le falta un diente. Habla con un seseo de pajarito astillado. Imposible que alguien tan joven y a diente perdido diga dos palabras en serio, piensa Raquel, por más escalofriantes que sean sus historias de guerra, sangre y muerte.

La memoria de las calles arrasadas, los 30 000 muertos, el exterminio de la dignidad de los obreros; de tantas glorias y horrores algo quedaba en aquella solidaridad de hombres emasculados por la derrota, cuya dignidad apenas se alzaba sobre el lomo de sus animales. Cada encuentro era un homenaje a la mínima elegancia de andar erguidos.

Raquel no puede ver a los miles de muertos. No puede porque no quiere. Si les diera entrada tendría que morirse ella, y rondar las calles de París arrastrada por los muertos asesinados, que no la dejarían volver a su lugar pequeñito, el patio de la casa mayagüezana donde la espera su propia muerte desde el día de su nacimiento. Por suerte Jacques la escuda con alabanzas a la sangre derramada.

Hasta el escribano divino, el maestro Victor Hugo, se ha dejado seducir por estos burgueses que pronuncian la palabra república como antes los cónsules del Terror llevaban la escarapela en el sombrero. Claro, el maestro es un anciano –dice Jacques, temeroso de la blasfemia que acaba de escapar de sus labios.

A Alice Monsanto ya empieza a cansarle la obsesión combativa de Jacques. Con suerte la primita se lo llevaría de souvenir del paso de una mayagüezana por París. Qué palabra inverosímil. Mayagüez. Suena a seda y canapés flotantes, pero, a juzgar por la pobreza de la nativa, no llegaba ni a desierto. Qué aburrida y terrible la suerte de las primas pobres, a un paso de la prostitución callejera si no aprenden a manejar con astucia sus encantos fugaces. Entre todas las parientas pobres, las primas tienen su propio cuadro de circunstancias. No es lo mismo una prima pobre que una sobrina o una nieta pobre.

A Jacques todas las mujeres, desde las sílfides hasta las hombrunas, le recuerdan el milagro de la belleza frágil, el contrapeso del fatídico destino de la guerra que les ha tocado a los machos por pura maldición muscular. Le había salido el bigote en las barricadas, mientras los prusianos entraban y salían de París haciendo lo que les daba gusto y gana, después de mearse con puntería de perros en los monumentos de la patria consensual, abstracta, desmemoriada. La plaza donde habían decapitado a tantos nobles, al rey cornudo y a la reina de los pasteles, era ahora La Plaza de la Concordia. Donde hubo sangre de comuneros y traidores se abrían bulevares infinitos.

La memoria de Jacques es más parlanchina que la de sus compañeros cocheros. Nadie quiso enfrentarse a los prusianos para defender un imperio cuyo monarca se cagaba encima (aquí suelta un pedo con tufo a carne fermentada que las muchachas reconocen con maldiciones y risas). Por lo demás, sus modales son de niñera atenta. Las toma del brazo para cruzar las calles, las mira con ojos mansos, ríe con discreción, les pregunta bajo qué signo zodiacal han nacido, si les gusta más el sabor de lo dulce o la sacudida de las cosas saladas, si padecen de insomnio o mal de nervios, cómo se llamaban sus madres, qué flor prefieren, qué perfume les gusta, por qué tienen las manos tan adorables, los pies tan pequeños y las voces tan melodiosas. De pronto vuelve a su arenga, alentado por el oído solidario de Pierre.

Los aliados burgueses del emperador se escudaron tras una indiferencia imbécil de comerciantes de aldea. Abandonaron París cuando se acercó el alemán, escondiéndose entre los espejos salpicados de mierda de Versalles. Por tanto, grita Jacques, solo los pobres defendimos la igualdad, la libertad y el derecho a la alegría. La alegría fue el espíritu protector de la Comuna. La alegría dispuso los diez mandamientos de los comuneros. Si fueran ley, nuestro único gobierno sería la felicidad. Ningún niño pasaría hambre. Los viejos morirían en paz, tras una madurez saciada en la fuente terrenal de la sabiduría. El conocimiento ya no estaría oculto, brotaría de la alegría, liberado por la solidaridad entre los hombres, y, sobre todo, entre las mujeres.

Jacques era el segundón de su familia. Demasiado díscolo para monaguillo, se fugó de la iglesia de Saint Sulpice, donde el cura viejo insistía en unas caricias insoportables, qué mal aliento tenía aquel demonio en sotana. También se fugó del taller del carpintero Séchard, un amargado que había perdido la facultad de escuchar la voz de las maderas. Jacques, según decía él mismo, era demasiado tierno para ladrón, demasiado enamorado de la mujer para convertirse en chulo. Se amancebó con una prostituta un poco mayor que él. Regalaba amor a cambio de una sopa fuerte y cuidaba a los niños que la mujer no había sabido o querido abortar, cuidándose, por su parte, de no preñarla. Se hizo maestro del coitus interruptus. Señoritas, si desean salir de esa carga enfermiza que provoca muertes y locuras, las auxiliaré con mucho gusto. Entonces sabrán quién es el maestro del amor más inofensivo del mundo. Porque los hombres, hay que ver el daño que hacen derramando sus semillas en la maravillosa cueva de las ninfas. Aquella mujer fue su salvación, pero él hacía lo suyo. Cocinaba, barría, le prestaba atención a la trabajadora callejera que llegaba agotada a la casa, le preparaba baños de asiento y le recordaba su deber maternal para que nada les faltase a Céline y Jean Baptiste. Qué dos angelitos, le aterraba pensar en el futuro de los niños y por Dios que los adoptaría si supiera de ellos. El peso de la realidad es excesivo, pero eso, señoritas, deben saberlo ustedes. La vida no es fácil para las mujeres. Yo me hubiera casado con mi gorda si creyera en el matrimonio. Y no, su negocio era asunto de ella. ¿Cómo culpar a una mujer cuando el obrero, el peón nacido de una santa puta la maltrata y se cree más poderoso cuanto más la rebaja?

Por aquí, falta poco, estamos llegando, aquí puedes dejarnos, Pierre. Ya hemos abusado en exceso de tu generosidad. Anda, hermano, a ganarte unos francos. Jacques las ayuda a bajar de la calesa y les ofrece sus brazos, regalándoles el resto de la historia. Mientras la amada prostituta descansaba de tanto caminar, él emprendía su recorrido por un París que no volverá, señoritas, un París recién fallecido, de callejones tan estrechos que las vecinas se intercambiaban escupitajos de ventana a ventana, mientras los hombres vaciaban las vejigas en las esquinas, que eran tantas como pelos hay en la cabeza de un león. Era un París de tabernas oscuras y atosigantes, de cubujones con mostradores revestidos de plomo, recargados con medidas de peltre para calibrar la potencia de los tragos, que si no le caía bien el parroquiano a la tabernera llevaban el condimento de un salivazo. En aquellos antros de todos los humores se clavaban las mesas a las paredes para que los pendencieros no las convirtieran en palos con que rajarse las cabezas. Con tiempo, un ambiente doméstico y un buen par de medias, podría escribir historias heroicas de cómo París resistió. El populacho, los panaderos, los albañiles y los carpinteros resistieron. No se cansaría de escribir si le pusieran de vez en cuando un buen café de Puerto Rico en la mesa de trabajo.

Alice está harta de las ideas exaltadas de Jacques. Cada hombre tiene su estrategia de seducción. No era la primera vez que escuchaba el canto varonil de un anarquista sin un centavo en el bolsillo. Algunas mujeres no eran fáciles de atrapar con un pañuelito de tela tosca. Alice, eres una cínica, se dijo, como quien se encuentra hermosa ante el espejo. Se fue alejando de sus acompañantes, adelantando pasos. Raquel podría perder el himen triste y con la alegría del desvirgue inspirarse y pintar el retrato de la conserje del edificio, una avara miserable. Si le salía bien la efigie de aquella virago, llevaría una hogaza de pan a la casa. Las exiguas remesas del hermano se atrasaban. Por suerte la prima apenas comía. Hablaba hasta por los codos y se deslumbraba con nimiedades.

En realidad, amigas, no me hagan caso cuando hablo de tabernas, dijo Jacques, advirtiendo el alejamiento de Alice. No sabía gran cosa de la ciudad vieja porque era muy joven. Solo la leyó en novelones, pero sí recordaba haber recibido en la pierna un bayonetazo de alcahuete francés. Eran hienas que se disputan los restos dejados por los prusianos. Los traidores acabaron con los comuneros que en tan poco tiempo habíamos dado a luz un mundo perfecto. Por eso Jacques existe: porque recuerda.

El mundo perfecto es un círculo, le explica a Alice Monsanto y a su prima, esa miniatura tan linda y chistosa. Es un círculo, porque el círculo tiene un centro pero cada punto del círculo es, a la vez, el centro de otro círculo, y así al infinito. Los comuneros solo se representaban a sí mismos, pero no como representan los republicanos al pueblo, sino en asamblea permanente, donde cada cuerpo era el centro de un universo. Había espacio para el borracho depravado pero no para el usurero reincidente. ¿Verdad, primita? Descuartizábamos a los alcahuetes de los burgueses y de noche hacíamos fiesta con cocido de cerdo.

Raquel se cubre la cabeza con las manos, se pone bizca. Alice Monsanto, cansada de las monifaterías de la primita puertorriqueña, barre con la mirada la anchura del carrefour y se fija en un café que brilla en la esquina de la calle Turín. Admira la elegancia de una pareja que se pasea, él con sombrero de copa, ella sosteniendo en una mano la falda y apoyándose con la otra en el brazo del hombre. Él, además de hacer ostentación de prosperidad con la panza fajada, sostiene un paraguas con la gracia de quien abre la cartera para dejar billetes crujientes en el plato de las propinas. Jacques le ríe las muecas a Raquel. Ella no puede imaginar a alguien tan gentil, con su cara marcada de puntitos de viruela y una mella entre dientes perfectos –pedacitos de coco– descuartizando y devorando carne de traidores. Los franceses y el teatro, los franceses y las charadas, los franceses y el destino.


Decidimos defender la ciudad, prosigue Jacques, hablando solo para Raquel. Alice lo hala del otro brazo, con la esperanza de que la pareja próspera se detenga en el café adonde arrastra a su prima y al novio sin que Jacques, con los ojos nublados por el ensueño de recordar, se dé cuenta de cómo la mujer pretende sentarlo en aquel lugar sin alma y para colmo carísimo. Dejamos nuestros espíritus en los callejones, en lo que quedaba de los barrios siniestros. Los bulevares siempre han sido refugio de cobardes, dice abanicando el aire con una mano de uñas mordidas.

Ah, las barricadas. ¿Saben de qué estaban hechas las barricadas? De todas las cosas que usó Dios para construir el mundo y unas cuantas más. De adoquines arrancados al pavimento, de cuellos y culos de botella, de alambre de hierro, de los portones de los conventos, de materiales hirientes para evitar el paso de los traidores. Y de elocuencia, jamás se admiró gracia semejante. Yo mismo pronuncié un discurso muy aplaudido en la esquina de la calle St. Honoré, sobre la imposibilidad de que Dios hubiera intervenido en la canonización del caballo del rey Carlomagno, como me habían enseñado en la escuelita del padre cariñoso. Total, un caballo es más útil que muchos santos y que cualquier rey, y más noble. Montar a un rey contagia la sífilis, un caballo te lleva lejos de tus enemigos. Comerse a un rey produce envenenamiento, la carne de caballo es una delicia. Los ojos de un rey reflejan estupidez. Los de un caballo son joyas hermosas.

Raquel casi ríe pero al ver la expresión enfurruñada de su prima Alice, tan biliosa de humores e impredecible, como si fuera mucho mayor de lo que confiesa ser, pone cara de funeral. El cielo se ha vuelto gris. Dan ganas de sentarse en el café y observar.

Aquí, en este carrefour, se puede lucir elegante.

Jacques no se da por enterado mientras Alice ordena para los tres, guiñándole un ojo al mozo para que no los eche a patadas del café con mesitas al aire libre y vidriera transparente. Jacques ha pasado del relato al trance. Sigue hablando de la Comuna de París, el poema épico de los pobres. El burgués pacta, el obrero defiende la patria. Liberticidas, ultramontanos, católicos, monárquicos, traidores a la República de París, a la soberanía de París. La soberanía siempre es local, señoritas. ¿Acaso deben esperar los hombres a que todos los habitantes del mundo se arranquen las vendas de la estupidez para proclamar su derecho a la libertad?

Espíritu de concordia, unión y amor republicano. Eso fue la comuna. Si quieren les enseño la cicatriz. Muy buen café, buena nariz, resucita muertos, debe ser de tu patria, exótica, salvaje Raquel. Me duele todavía, nunca sanó bien. Por suerte no perdí la pierna. Sí, me cuidaron ella, y Celine y Jean Baptiste.

Una tarde, al salir renqueando de la casa de la mujer que lo sanó con más cariño que cataplasmas, se encontró en la Place de Vosges con el tintorero Bongrand. Sentados en un banco, frente a la casa que había sido de Victor Hugo, se les acercó una pareja de niños pordioseros. Jacques sintió una rabiosa iluminación. Ya había olvidado cómo se nos dividió la vida. El paraíso duró sesenta días. Puedo describirlo en pocas palabras. Toda la humanidad anterior, hombres, mujeres y especies anónimas, habían sido bestias. Una inmensa mayoría de bestias, inconscientes de que las cadenas más invencibles están hechas de ilusiones. De un golpe, el pueblo sin distinción de oficios abolió la pobreza. Se repartía con dignidad lo que el sol y la noche descubrían en las alacenas y en los campos, lo que empezaba a reverdecer en los huertos. No se sabe qué vino antes, si el olvido, el miedo, la traición o la matanza. Pero se nos dividió la vida. Y volvimos a ser bestias de carga. Aquí huele a sangre. Para construir este bulevar usaron sangre, porque la sangre tiene una viscosidad insuperable, eso decía Jacques (desconocía que el néctar de algunas frutas es tan viscoso como la sangre).

Jacques está loco, no lo recibiré más, decide Alice. La elegancia es limpieza. A quién se le ocurre echar de menos al París de las hambrunas, del paté de hígados de rata, de las tabernas sucias con globos de cristal empañados, de los callejones tortuosos donde la carne iba en busca de hojas asesinas. Y yo para qué quiero lucir elegante, dice Raquel, adivinando los pensamientos de la prima. Prefiero pintar, cantar. No hagas tantas muecas, Raquel, dice Alice. Qué idiota eres.

A Raquel no le molesta que le digan idiota. Es una ventaja ser la zurrapa, lo que quedó en el fondo de la voluntad reproductora de su madre tras varios abortos. Tiene sus privilegios ser hija de personas maduras. El padre le decía Pulgarcita y la madre la vestía de muñeca. Estos parisinos tan duros y civilizados son bastante ridículos. Hasta qué punto, pensó entonces, ante la gestualidad de Jacques, ante su recitación palabra por palabra de proclamas altisonantes, la guerra es cuestión de música mala más que de armas.

Parecer idiota otorga ventajas, como cuando el mozo presenta la cuenta en una bandejita de plata. Jacques monta en cólera, amenaza con retar a duelo al traidor a su clase. Alice la mira, exigiéndole lo imposible. Tú sabes que yo no tengo un centavo, dice Raquel, levantándose de la mesa y estirando los brazos para despedir al sol poniente.

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Litresdə buraxılış tarixi:
10 iyul 2025
Həcm:
208 səh. 14 illustrasiyalar
ISBN:
9788418504440
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Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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