Kitabı oxu: «Súbete al árbol más alto»
MARTA DOMÈNECH FLORES
MARTA DOMÈNECH FLORES
Súbete al árbol
más alto
Autoconocimiento en tiempos de
transformación

Están rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por la ley, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier procedimiento, incluyendo la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
© del texto, Marta Domènech Flores.
© de la ilustración de la cubierta, Montserrat Sanchiz Bosch.
© de esta edición, Editorial El Ángel.
www.elangel.es • info@elangel.es
ISBN: 9788412054965
Servimos al mundo brillando, no encogiéndonos.
NELSON MANDELA
A mis padres con amor y agradecimiento.
Agradecimientos
Marta Miró, Margarida Bofill y Marta Muste
Eduard Herrero y Maria Teresa Casas
Albert Rubio y Vicky del Castillo
Pat Gubert, Hèctor Galvany, Mari Carmen García y Maria Biscarri
Pilar Cuadrat, Anna Riera y Josep Maria Contreras
Índice
Introducción
1.- Una mirada al interior
Vivimos en la superficie de la vida
Abrámonos a una nueva perspectiva
La responsabilidad nos da el poder de ser libres
Vivimos los cambios como una amenaza
2.- Nada es lo que parece
Los pensamientos pueden darnos una vida de desdicha o de realización
Somos libres de vivir con optimismo o negatividad
El guión del pasado resuena en el presente
No vemos el mundo tal cual es sino tal cual somos
3.- El miedo y el ego
El ego es nuestra identidad ilusoria
El miedo alimenta nuestro diálogo mental
4.- Somos seres completos
Podemos vivir la vida desde el miedo o desde el amor
Nacemos con la capacidad de amar incondicionalmente
Nuestro corazón anhela fusionarse
Nuestro cuerpo es una obra de arquitectura perfecta
La farmacia interior
Comer es un acto sagrado
5.- Semillas para el cambio
La antesala de la transformación personal
Es el momento de desprenderse de lo viejo
Abrámonos a la compasión
Cultivemos el amor por nosotros mismos
El poder transformador de la gratitud
Aquietemos el diálogo de nuestra mente
Apreciemos el momento presente
Sanemos las heridas del pasado
6.- Es tiempo de transformación
Atravesando las tinieblas
Hacia un mundo nuevo
Por las generaciones que vendrán
Bibliografía
Notas
Marta Domènech
Introducción
A principios de 2014, en un momento de plena crisis económica y financiera, gracias a una pequeña editorial tuve la oportunidad de publicar la primera versión de esta obra. Durante los primeros meses me encargué en solitario de la promoción y organicé presentaciones en distintos centros cívicos y bibliotecas, donde tuve la satisfacción de conocer a mucha gente y vender un buen número de ejemplares.
Para sorpresa mía, a lo largo de estos años, he seguido recibiendo bastantes comentarios positivos y muestras de afecto que en varias ocasiones han revivido en mí la necesidad interna de reeditar la obra. En 2017 hice un intento de reedición pero a pesar de mis esfuerzos no se concretó.
Ahora, pasado este tiempo, el impacto de cómo el clima de miedo y preocupación al que hemos estado sometidos durante más de un año ha ido deteriorando la salud física y psíquica, tanto de mi entorno como de la sociedad en general, me ha dado el empuje y fuerza necesarios para abordar una nueva edición. Para ello he realizado la correspondiente revisión pero además he incorporado nuevos contenidos para situar la obra en el contexto actual.
Este libro no trata específicamente de la COVID-19, sino que nos recuerda que cuando vivimos con miedo, estrés y preocupación nos alejamos de la felicidad y atraemos las situaciones y enfermedades que queremos evitar. Y que todos los problemas y tribulaciones de la vida, por muy pesados que sean, pueden también suponer un acicate para evolucionar y convertirnos en personas más positivas. Desde esta perspectiva, cada dificultad que encontramos, cada piedra en el camino, cada decepción nos proporciona la oportunidad de crecer, de sacar nuestra verdadera fuerza interior; de encontrar nuestros recursos y estimular nuestro verdadero potencial.
Súbete al árbol más alto nos ofrece los principios del crecimiento personal como filosofía para el autoconocimiento y la superación en tiempos de dificultad y de transformación. La obra nos invita a un viaje hacia las profundidades de nuestro interior; un recorrido intenso que tiene como finalidad aprender a ser felices y alcanzar la realización personal y, al mismo tiempo, conseguir el cambio social que nuestra sociedad y el planeta necesitan.
Vivimos grandes turbulencias porque nuestro mundo camina hacia una nueva conciencia que comporta una profunda revisión de nuestro estilo de vida, que requiere nuevas respuestas en todos los órdenes: económico, político, jurídico, social, cultural, educativo, sanitario, científico, ecológico... y también en lo personal.
Es el momento de hacerse preguntas sobre la existencia, de mirar hacia dentro, de tomar conciencia de quiénes somos y adónde vamos realmente; de sentir nuestras emociones, nuestra verdad y nuestra esencia. Esta es una excelente oportunidad para disfrutar de nuestro derecho a ser felices y poder renovar juntos nuestros sueños de libertad.
MARTA DOMÈNECH FLORES
Vilanova i la Geltrú, octubre de 2021
1
Una mirada al interior
Nasrudin fue a una casa de baños turcos. Como iba pobremente vestido los encargados le brindaron escasa atención, dándole solo un trocito de jabón y una toalla vieja.
Al salir, el Mulá les entregó una moneda de oro a cada uno. No se había quejado de ellos, no podían entenderlo. ¿Podría ser —se preguntaban— que de haberlo tratado mejor les hubiera dejado una propina aún mayor?
A la semana siguiente volvió el Mulá. Esta vez, por supuesto, fue atendido como un rey. Después de recibir masajes y de que lo hubieran perfumado y tratado con la mayor deferencia, antes de abandonar la casa el Mulá entregó a cada servidor la más ínfima moneda de cobre.
—Esto —les dijo— es por la vez pasada. Las monedas de oro fueron por lo de hoy.
IDRIES SHAH
Las ocurrencias del increíble Mulá Nasrudin
Vivimos en la superficie de la vida
Vivimos en la superficie de la vida porque nos hemos creído que la felicidad y la desgracia dependen del exterior. Gastamos mucho esfuerzo y energía en esperar que los demás llenen nuestra vida de amor, seguridad, reconocimiento... Creemos que encontraremos la felicidad si nos compramos una casa, si encontramos pareja, si tenemos un hijo, si obtenemos un título universitario, si nos toca la lotería, si cambiamos de coche, de trabajo… Nuestra vida es un intento permanente de buscar «muletillas» en el exterior para llenar nuestro vacío existencial. Por ello pasamos la vida acumulando objetos, actividades, devorando relaciones y situaciones que pretendidamente nos hacen sentir libres cuando en realidad nos llenan de obligaciones y todo tipo de dependencias.
De esta forma, ante la sensación de vacío interior, nuestra respuesta cultural es inmediata: deseamos con urgencia la presencia de algo o de alguien que nos ayude a tapar esa angustia que nos consume interiormente. Nuestra intención es evitar hacernos preguntas sobre la existencia, estar a solas con nosotros, sentir el silencio, la quietud, la soledad, tomar contacto con nuestras emociones. Con el paso de los años, para muchas personas vivir acaba convirtiéndose en una cruzada agotadora y asfixiante: la lucha contra la experiencia de sentir y percibir la existencia. Cuanto más enraizamos el hábito de buscar la felicidad en el exterior, más fuerte es la sensación de frustración e insatisfacción que vamos acumulando.
Socialmente consideramos que es «normal» dedicar tiempo y energía para aprender a manejar los objetos y productos que son la base de nuestro confort y entretenimiento: vehículos, electrodomésticos, robots, ordenadores, telefonía, redes sociales y un largo etcétera. Sin embargo, si alguien nos preguntara quiénes somos o cuál es el sentido de nuestra existencia, muchos de nosotros no sabríamos qué contestar. Estamos sin respuesta ante estas cuestiones, porque hemos dedicado mucho tiempo y muchas energías a las cosas superficiales de la vida; la mayoría nos hemos dejado arrastrar por el brillo y las promesas falsas de un estilo de vida materialista y consumista.
Muchos de los problemas que experimentamos son el resultado de querer ser aceptados y reconocidos socialmente. Nos hemos adaptado a las exigencias de una sociedad mucho más interesada en aparentar y tener que en ser. Para conseguir esa aceptación, para no crear «dramas familiares», para no ser diferentes y no resultar excluidos de nuestro entorno social, la mayoría hemos llenado nuestras vidas de sufrimiento, renunciando a ser nosotros mismos, tomando decisiones sin pensar que han acabado hipotecándonos: «ya tengo edad para casarme», «no importa, seguro que cambiará», «ya lo pagaré»...
Hemos normalizado una forma de vivir rutinaria, estancada en la parte meramente práctica y mecánica de la existencia. Ya que la mayoría hacemos lo mismo, no podemos apreciar en nuestra confusión colectiva hasta qué punto hemos aprendido a quitar importancia a las cosas relevantes, incluso al hecho de que nuestra vida pueda llegar a convertirse en una sucesión de actos mecánicos sin sentido que escapan a nuestra comprensión.
Podemos ver los problemas como «enemigos» o contemplarlos como una invitación para mirar a nuestro interior, en donde encontraremos las claves para nuestro autoconocimiento. Las dificultades a nivel personal que tenemos, laborales, económicas, sentimentales, de salud... y también los graves problemas que actualmente afectan nuestra sociedad son una oportunidad para revisar y replantearnos la vida. Los problemas, bien entendidos, son puertas al conocimiento, por ello, en las dificultades que hoy nos parecen insuperables se encuentran también, si sabemos verlo, maravillosas oportunidades para caminar hacia la realización y plenitud personales.
Abrámonos a una nueva perspectiva
Si se limpiaran las puertas de la percepción, todas las cosas aparecerían al hombre como lo que son: infinitas.
WILLIAM BLAKE
Por influencia de nuestra educación hemos aprendido a ver las situaciones y hechos de la vida como aspectos separados e independientes, desconectados los unos de los otros. Por lo general, no entendemos lo que nos pasa; nos resulta difícil comprender lo que ocurre a nuestro alrededor, encontrar una razón de ser, un sentido, un propósito a nuestra existencia.
Si contemplamos el ritmo de la naturaleza y reflexionamos sobre ello, veremos que se rige por un orden perfecto. A una jirafa, a un elefante, a un tigre no les hace falta ir a la escuela para aprender a comportarse como los miembros de su especie. Por citar solo algunos ejemplos, cada año las golondrinas y algunas cigüeñas viven en Europa en verano y pasan el invierno en el sur y centro de África. También los patos, los gansos y los cisnes son migratorios de largas distancias. Otros animales como las cebras, los antílopes y los elefantes recorren largas distancias buscando agua. Hacen esto de manera instintiva, sin cuestionarse si deberían dirigirse o no a ese lugar, sin preocuparse por lo que les deparará el futuro. Tampoco pasan tiempo criticando a sus compañeros de manada, ni califican sus experiencias de buenas o malas; simplemente las viven con toda naturalidad. Suceda lo que suceda no se consumen en los celos ni la envidia, no desean tener más de lo que necesitan, tampoco maldicen su suerte, ni detestan lo que hacen; viven desde la dignidad. Son majestuosos, espléndidos... Cuando los observamos conectamos con su inocencia, algo que tuvimos y que perdimos. ¿Te has parado a pensar alguna vez en ello?
Aunque hasta ahora no le hayamos dado demasiada importancia, podemos optar por empezar a considerar la posibilidad de que parte de los misterios e interrogantes de la vida puedan explicarse porque todos los seres de este planeta, sea cual sea nuestra condición, compartimos una memoria común, unos lazos y una misma energía que nos une a todos y a Todo. Estos lazos no pueden verse a simple vista, porque forman parte del gran misterio que cada persona tiene que descubrir y llegar a sentir a lo largo del maravilloso viaje que es la vida.
Hemos de empezar a considerar la posibilidad de que tal vez desde donde nos hemos acostumbrado a mirar nuestra existencia simplemente no se puede ver ni comprender. Para hacerlo con suficiente amplitud hemos de subirnos al árbol más alto del camino. Desde allí un nuevo horizonte se despliega ante nuestros sentidos y por unos instantes nos abrimos a una renovada comprensión de los hechos de nuestra vida.
Desde esa perspectiva más amplia nos damos cuenta de que las experiencias que creíamos superadas todavía no lo están, que las situaciones que pensábamos que no guardaban relación entre sí han estado siempre conectadas y que los problemas que creíamos que no tenían solución, sí la tienen, lo que ocurría es que desde donde mirábamos no teníamos la suficiente visión.
Nuestro camino de transformación personal comporta abrirnos a una nueva mentalidad, a una visión de la vida más completa, más global, más interconectada e interrelacionada, es decir, a una comprensión más sistémica y holística de la realidad. El desarrollo personal nos da la posibilidad de aprender a pensar de otra manera, a dejar el enfoque lineal y mecanicista, a soltar la visión compartimentada con la que antes nos habíamos identificado y así poder abrirnos al vasto mundo de las soluciones y posibilidades.
La transformación personal comporta despertarnos, profundizando en quiénes somos, tomando conciencia de que podemos unir las partes del rompecabezas con el que nos habíamos identificado. La vida adquiere sentido cuando nos abrimos a una nueva forma de mirar y comprender la realidad, dándonos cuenta de que la existencia es un proceso de aprendizaje, apertura de conciencia y completitud.
La apertura de conciencia nos desvela que no estamos solos, que estamos unidos a la red de la vida y que, lejos de estar separados de la naturaleza, pertenecemos a ella, ya que somos la misma energía. La mayoría de nuestros problemas existenciales son el resultado de habernos creído que estábamos separados y la solución a los mismos pasa por el reencuentro y conexión con esa energía.
Desde ese lugar comprendemos que en toda crisis algo muere, pero que también algo nace. Las crisis nos muestran una realidad inhóspita, nos desgarran porque nos traen una lección que no queremos aprender: en la vida nada es permanente. Las crisis comportan un replanteamiento de lo que estamos haciendo y de lo que somos. Nos enseñan a desprendernos de cosas y situaciones que antes nos parecían sólidas y estables, dándonos la oportunidad de reflexionar sobre lo que nos hace felices, sobre lo que realmente es valioso y lo que no lo es. Las crisis hacen daño, pero también nos abren a lo nuevo, a la frescura y a la magia de lo desconocido. El desarrollo personal nos enseña que podemos ganar en profundidad y realización al entender que las crisis por las que pasamos también son una oportunidad para aprender a cambiar, para renovarnos, para ganar en flexibilidad, para recuperar las partes de nuestro interior que teníamos dormidas.
Si estamos pasando por un mal momento o simplemente sentimos que estamos atascados, siempre podemos aprender la habilidad de enfocar las cosas de una nueva manera. Si queremos ver nuestra vida desde una nueva visión tendremos que invertir tiempo y probablemente recursos en nuestro autoconocimiento, percatándonos de la importancia de ser conscientes y constantes en este tipo de trabajo. Sin duda, todos podemos avanzar en el camino de la superación personal, aprendiendo a incorporar un nuevo enfoque, una nueva forma de pensar, una renovada visión y relación con el mundo.
La responsabilidad nos da el poder de ser libres
Somos los actores responsables de cualquier cosa que hagamos. Nuestra única alternativa es reconocer tal responsabilidad o negarla. Y percatarse de la verdad nos cura de nuestras mentiras.
CLAUDIO NARANJO
La idea de que el exterior determina nuestros niveles de desgracia o felicidad forma parte del marco mental a través del cual desde la infancia hemos aprendido a ver la vida, a calificar nuestras experiencias de buenas o malas. Debido a esta forma de pensar, anhelamos o rechazamos determinadas situaciones creyéndonos que nuestra vida depende totalmente de lo que ocurra o no ocurra en el exterior. Cuando tenemos integrado este esquema y las cosas no salen como queremos lo que hacemos es adjudicar la culpa de lo que nos pasa a los demás o a una determinada situación. Mientras pasamos tiempo y energía pensando que el motivo de nuestra insatisfacción es por culpa de algo o de alguien, evadimos la responsabilidad de nuestros propios actos y decisiones y con ello nuestro verdadero poder.
Adjudicando la culpa a los demás experimentamos un respiro momentáneo, una tranquilidad irreal y una apariencia de bienestar que, tarde o temprano, solemos pagar muy caro. Esta forma de pensar alimenta la visión de que somos víctimas de determinadas personas, colectivos o circunstancias. Al sentirnos víctimas, damos el poder de nuestras vidas a otras personas porque nos creemos que nosotros no podemos hacer nada, que otros tienen el poder sobre lo que nos pasa. Pero si realmente conectáramos y escucháramos nuestro interior nos percataríamos de que muchos de los hechos de nuestra vida son el resultado de nuestros miedos e inseguridades, de haber dejado en manos de terceros decisiones que eran solo nuestras; a cambio obtuvimos una cierta «tranquilidad», «seguridad», «compañía», «placer», «comodidad», «aceptación social»…
Para crearnos una vida mejor, es imprescindible que tomemos conciencia de este marco mental; que dejemos de creernos que todo cuanto necesitamos para estar felices, tranquilos y seguros depende del exterior y, al mismo tiempo, que nos responsabilicemos de los pensamientos que conforman nuestro diálogo mental. Igualmente es importante tomar conciencia de nuestras emociones y que nos percatemos de cómo funcionamos: del poder mental que tenemos, del impacto que se deriva de nuestras acciones y decisiones, de cómo interactuamos con los demás... Si postergamos el tomar la responsabilidad sobre ello, no solo no estaremos en condiciones de poder encontrar la solución a determinadas situaciones que nos afectan, sino que también atraeremos a nuestra vida la repetición de los mismos problemas y nos crearemos más insatisfacción.
Vivir sin responsabilidad es pasar el tiempo dejándose llevar por las situaciones sin tener conciencia del porqué hacemos o no determinadas cosas; es permitir que el exterior conforme e influencie nuestras opiniones y decisiones (vecinos, iglesia, grupo político, televisión)... En la medida que más nos identificamos con el exterior más nos fundimos con lo que se espera de nosotros, más nos dejamos manipular y con ello vamos apagando nuestra intuición, nuestra voz interior, nuestra parte espiritual.
Por el contrario tomar la responsabilidad; las riendas de nuestra vida es un signo de madurez personal. Su ejercicio es el principio más importante que podemos desarrollar para nuestro camino de transformación y evolución. La responsabilidad no es algo que hemos de esperar que nos den, sino que depende exclusivamente de nosotros mismos; surge de la conciencia; es una conquista individual que activa nuestra energía y poder personales.
Cuanto más responsables seamos de los distintos aspectos de nuestra vida, más cambios y transformaciones podremos hacer en ella, más nos liberaremos de la postura y las consecuencias de sentirnos víctima de los demás, de encontrar culpables… De este modo dejaremos de perder inútilmente nuestra energía, ganaremos en libertad y realización personal. Al vivir desde la responsabilidad, tomamos conciencia de que nuestra vida depende de nosotros y que esta se transforma cuando revisamos nuestras creencias y valores culturales; cuando abandonamos la actitud de dejar en manos de terceros decisiones que son solo nuestras; cuando dejamos de adaptarnos a lo que se espera de nosotros para conseguir ser aceptados socialmente (familia, amigos, jefes, médicos, terapeutas, sacerdotes…).
Para desarrollarnos como seres libres necesitamos mirar hacia nuestro interior, hacernos cargo de nosotros mismos, dejando de depender de otras personas... Hacernos conscientes de lo que pensamos, hacemos y sentimos, y de sus efectos y consecuencias en el mundo material. Cuanto más miramos al interior más conectamos con una «desconocida» fortaleza e inspiración que despierta nuevos recursos y capacidades. La toma de responsabilidad nos convierte en los verdaderos protagonistas de nuestra vida, estando en las mejores condiciones para aceptar y superar los desafíos que nos depara la existencia.
A nivel colectivo, la responsabilidad de una sociedad responde al nivel de conciencia y evolución de las personas que la conforman. Si queremos un mundo socialmente más justo y saludable tendremos que trabajar, tomar conciencia de nuestras programaciones culturales, del efecto de nuestras creencias y valores. Tendremos que desprendernos de ese marco mental que nos hace pensar que el origen y la solución de todos nuestros problemas está en el exterior porque eso inmoviliza los recursos y las capacidades que verdaderamente albergamos. Tendremos que hacernos preguntas y también ejercer la valentía y el derecho a preguntar; salir de nuestro victimismo.
Para cambiar la sociedad, primero hemos de soltar los viejos tópicos, desactivar el efecto de viejas programaciones y consignas de autoconstricción y desmotivación que aún perviven en nosotros... Hemos de dejar de seguir esa vocecita que nos desalienta ante los cambios, que nos dice que hagamos lo que hagamos nada va a cambiar, que todo va a seguir igual... Podemos avanzar hacia un mundo más justo y solidario pero para ello hemos de trabajar honestamente en nosotros y, también, hemos de dar una educación basada en valores humanos y espirituales a nuestros hijos. Podemos solucionar nuestros problemas personales si tomamos la responsabilidad de nuestras vidas; cuanto más autorresponsables seamos más contribuiremos a transformar la sociedad.
Vivimos los cambios como una amenaza
Quien desea hacer alguna cosa encuentra el medio, quien no desea hacer nada encuentra una excusa.
PROVERBIO ÁRABE
Para evitar los riesgos que supone cualquier situación nueva, es habitual que pongamos resistencias, utilizando toda clase de excusas y pretextos. A pesar de que nos sintamos insatisfechos, de que nuestra vida no nos guste, permanecemos en lo que se conoce normalmente por zona de confort. Es la zona en la que nos sentimos seguros debido a que las situaciones y experiencias nos resultan conocidas y previsibles. Aun cuando las cosas sean desagradables, permanecemos ahí, atados a los viejos problemas, a los esquemas de siempre, reaccionando de la misma forma, oyendo repetidamente la misma canción. Nuestro miedo al cambio tiene que ver con el miedo a la libertad, con el temor de llegar a tener una vida radicalmente diferente, a perder nuestros referentes, a dejar de ser nosotros mismos y a no ser aceptados socialmente.
La mayoría de personas, cuando quedamos impactados por la lectura de un libro, cuando el médico nos dice que hemos de hacer ejercicio o dejar de fumar, solemos reaccionar con buenas intenciones. Al principio nos lo tomamos con interés, nos matriculamos en un gimnasio, empezamos un régimen especial, nos hacemos grandes propósitos para no fumar... Pero al cabo de unos días nos olvidamos y lo dejamos, incluso aunque hayamos experimentado algún cambio positivo, un cierto bienestar...
Cuando nos referimos a ello, decimos algo parecido a: «sí, la verdad es que lo probé unos días y cuando lo hacía me sentía mejor, pero...». Y entonces, empezamos con las excusas: «no tengo tiempo», «no puedo», «es demasiado caro», «está demasiado lejos», «soy demasiado mayor», «para qué?»... Si nos detenemos a pensar, en la mayoría de los casos ni tan siquiera sabemos los motivos por los cuales hemos abandonado lo que habíamos empezado con tanto entusiasmo.
Nuestra mente destina mucha energía en demostrar que nada funciona, que el mundo está lleno de peligros, que hagamos lo que hagamos nada servirá. Todos conocemos personas que sorprendentemente han experimentado de todo sin éxito; han gastado dinero, han probado todos los productos, toda clase de terapias, pero nada les funciona. Estas personas han generado fuertes resistencias a cambiar, a soltar las viejas dependencias, a dejar atrás los antiguos problemas, y para seguir con ellos se autoengañan con todo tipo de excusas y evasivas.
En el fondo de esta actitud está el ego, encerrado en los esquemas de siempre, inmovilizándonos, paralizándonos. El ego no desea ningún cambio, no quiere salir de la zona de confort, de lo conocido, por eso inventa excusas, busca culpables, por eso nos boicotea; resistir es su manera de autoprotegerse.
Podemos mejorar nuestra preparación académica, armonizar nuestras relaciones o superar un hábito perjudicial, si encaramos la situación desde la responsabilidad y la automotivación. Para superar las situaciones que nos tienen atascados, que nos producen la sensación de estar limitados, frustrados y poco realizados, hemos de ayudarnos a nosotros mismos, motivarnos para superar los miedos y la falta de energía; así podremos salir de nuestro cascarón, superar los condicionantes con los que nos hemos identificado y autolimitado. Para lograrlo hemos de ser pacientes y disminuir nuestra ansiedad, abandonando el deseo de que las cosas cambien de un día para otro. Vale la pena que reflexionemos en torno a las palabras de Confucio: «No desees que las cosas se hagan deprisa. No te fijes en las pequeñas ventajas. Desear que las cosas se hagan deprisa impide que se hagan bien. Fijarse en las pequeñas ventajas impide realizar grandes empresas».
Una lectura superficial de este libro u otros puede servirnos para entablar una charla, incluso para ligar, pero lo que da resultados y lo que transforma es comprender, integrar, aplicar y practicar los contenidos y las propuestas que se nos ofrecen. Si dedicamos tiempo y empeño a trabajar en nosotros, poco a poco iremos adquiriendo una nueva perspectiva, a partir de la cual podremos ver aspectos importantes de nosotros y de la vida que ahora no tenemos en consideración. Al implicarnos en nuestro cambio personal, encontraremos la manera de superar muchos de los obstáculos que hoy nos atenazan. De esta forma, evitaremos gastar energías echando la culpa a los demás, evadiendo nuestras responsabilidades, y así nuestra vida y la de nuestro entorno social y ambiental mejorarán.
Cualquier persona, a través de interiorizar y practicar esta filosofía, puede comprender el trasfondo psicológico que hay detrás de sus circunstancias y problemas. En la medida que te involucres, tu debilidad se convertirá en fortaleza, tus dudas en decisión, tu desánimo en energía. Avanzar en tu proceso personal te llevará a poner luz en las zonas en las que hasta ahora solo había sombras y podrás conocerte mejor. Conociéndote podrás profundizar en lo que verdaderamente sientes. El proceso te llevará a darte cuenta de que en tu interior puedes hallar la paz y la armonía que andas buscando, que eres una persona más sabia, más flexible y que gozas de más recursos de lo que creías.
Nuestro proceso de renovación ha comenzado y, con él, el sabio y famoso lema helénico de «Conócete a ti mismo» está totalmente vigente en nuestros tiempos. Las respuestas que buscamos dando tumbos en el exterior siempre han estado en nuestro interior. Indudablemente para saber quiénes somos hemos de adentramos en nosotros, hacer un ejercicio de introspección, aprender a pasar un tiempo a solas. Solo así descubriremos las riquezas que poseemos.
Más allá de lo que alcancemos a comprender intelectualmente, más allá de lo que percibamos con nuestros sentidos, cualquier acción encaminada a conectarnos con ese lugar de paz y de armonía es para cada uno de nosotros una oportunidad de reconocer los vínculos con una realidad más profunda y trascendente. En este largo y maravilloso camino por recorrer, trátate como a tu mejor amigo o a tu mejor amiga, date cariño, confianza, apoyo y comprensión. Desciende a las profundidades de tu interior, presta atención a tus pensamientos, a tu cuerpo, a tus emociones. Y así descubrirás, poco a poco, quién eres y a dónde vas, y los vientos de la vida nunca más te llevarán de un lado a otro.
2
Nada es lo que parece
Un hombre estaba remando en su bote corriente arriba durante una mañana muy brumosa.
De repente vio que otro bote venía corriente abajo, sin intentar evitarle. Avanzaba directamente hacia él, gritando: ¡Cuidado! ¡Cuidado!
Pero el bote le dio de pleno y casi le hizo naufragar.
El hombre estaba muy enfadado y empezó a gritar a la otra persona para que se enterara de lo que pensaba de ella. Pero cuando observó el bote más de cerca, se dio cuenta de que estaba vacío.
THICH NHAT HANH
Los pensamientos pueden darnos una vida de desdicha o de realización
Nuestra historia personal, nuestro comportamiento, es el resultado de las vivencias, de los propios aprendizajes, de los valores que a lo largo del tiempo hemos ido integrando. Nuestras creencias son lo que pensamos sobre la vida, por ejemplo, las ideas preconcebidas que tenemos de cómo deberían ser las cosas… Y lo que pensamos sobre nosotros: las creencias inconscientes que nos hacen creer que somos o no somos dignos de ser amados, de ser prósperos…
Las creencias son como las ventanas a través de las cuales nos hemos acostumbrado a ver e interpretar el mundo. En función de la calidad de nuestras creencias y valores culturales las ventanas serán más amplias o estrechas, podremos a través de ellas ver y acceder a un mundo de posibilidades o simplemente nos toparemos con los límites de la pared de enfrente. Nuestras creencias sobre la vida en general nos hacen ver e interpretar el mundo de una manera determinada y también condicionan nuestra forma de actuar y reaccionar. Son nuestra «ideología» personal la cual podemos reconocer, entre otras cosas, a través de las palabras que utilizamos, nuestro comportamiento y las experiencias y el tipo de situaciones que vivimos.
A menudo no nos damos cuenta de que tenemos pensamientos que, de modo automático y sin control, nos conectan con viejas heridas del pasado (rabia, frustración…) o nos llevan a imaginar situaciones que no deseamos que ocurran y que nos hacen sentir mal, pero no sabemos cómo evitar pensar en ello. Cuando tenemos pensamientos negativos sintonizamos con una frecuencia de baja vibración, cuyos efectos nos descargan energéticamente.
Esto también nos ocurre cuando pasamos tiempo pensando en «lo que nos va mal» y en «lo que nos falta»… para llegar a ser como creemos que deberíamos ser. Lo mismo ocurre si por sistema ejercemos la crítica gratuita y destructiva. Cuando nos dejamos influenciar por personas o situaciones que nos provocan miedo o preocupación, o nos focalizamos en exceso en encontrar sus aspectos negativos, acabamos con un nivel energético muy bajo. Vivir así de manera sostenida y continuada acaba afectando nuestra salud física y psíquica y, sin quererlo, nos convertimos en imanes de las situaciones que pretendemos evitar.
Por el contrario, si pensamos en positivo, aumentamos nuestro nivel energético. Los pensamientos de belleza, bondad, humildad, amor, reconciliación o agradecimiento nos conectan con emociones positivas de alta vibración. Por tanto, es muy importante aprender a alejar los malos pensamientos y en su lugar cultivar ideas de amor, esperanza, gratitud… En la medida que lo incorporamos a nuestra vida, nuestros problemas disminuyen y las situaciones que vivimos suelen ser más fáciles y fluidas.
A través de la palabra expresamos lo que sentimos, lo que pensamos y creemos del mundo. Con su fuerza tenemos la capacidad de convencer, manipular, enamorar, seducir... y también de crear acontecimientos en nuestra vida. A través de ella podemos comunicar miedo e inseguridad, o transmitir confianza y esperanza...
Si fuéramos conscientes de su poder, elegiríamos las palabras con mucho cariño y mucha atención, como quien elige un buen vino. El Dr. Miguel Ruiz explica que la palabra es como un «hechizo». Somos como magos y con nuestras palabras hechizamos o somos hechizados y podemos liberar y liberarnos. Por ejemplo, sin mala intención y sin saberlo, hechizamos a nuestros hijos e hijas, diciéndoles para lo que están dotados y para qué no. Lo que les decimos probablemente va a marcarles la vida, en positivo o negativo, puesto que nuestras valoraciones van a convertirse en la base de sus creencias sobre sí mismos.
Al pasar de los años, el exterior acaba reflejando el resultado de nuestro hechizo. El exterior muestra nuestro interior, en cuyo seno albergamos las creencias que hemos asimilado y que, al creérnoslas, se acaban manifestando en la realidad. Es tal la fuerza mental que tenemos que atraemos a nuestra vida a personas y situaciones que confirman las creencias que tenemos. Cuanto más pensamos en un asunto, cuanto más nos obsesionamos con un tema, más poder le damos a esa situación, por eso atraemos lo que justamente queremos evitar. Tengamos siempre presente las palabras de Wayne Dyer: «Aquellos pensamientos sobre los que más meditas son los que determinan qué poseerás o no poseerás. Aquello en lo que pienses es aquello en lo que te convertirás».
El diálogo interno que mantienes contigo mismo puede fortalecerte o destruirte, vampirizarte o energizarte. Tus creencias y tu estado emocional pueden darte una vida de paz y realización o una vida de sufrimiento y desdicha. Nuestro proceso personal pasa por hacernos conscientes de cuáles son nuestras creencias, cuáles son las cadenas de pensamiento que conforman nuestro diálogo mental y que de forma automática repetimos constantemente.
Tan importante como esto es tener presente que para nuestro inconsciente todas las creencias son ciertas. Esto quiere decir que yo puedo estar viendo una película o un videojuego de ficción creyendo que solo me estoy entreteniendo, pero mis respuestas fisiológicas (aceleración del corazón, sudor…) van a ser tan reales como si lo estuviera viviendo. Mi cuerpo responde por igual indistintamente de si es verdad o mentira lo que estoy viendo.
Aunque no nos hemos creado de manera consciente las experiencias de dolor y los problemas que tenemos, es a través de la calidad de nuestros pensamientos, de las situaciones que escogemos vivir y del estado emocional como acabamos creando nuestra realidad. Somos los responsables de lo que nos pasa y, en consecuencia, tenemos también el poder de crearnos experiencias más positivas y un futuro mejor. Nuestra ignorancia y falta de control sobre esta capacidad creativa hace que mentalmente vivamos como pobres cuando por nuestro potencial interior somos inmensamente ricos. Por ello, es muy importante que empecemos por fijarnos con qué clase de pensamientos nos hemos identificado, qué tipo de películas, lecturas, preferimos, que tomemos la costumbre de revisar esto, para saber qué estamos transmitiendo y qué puede explicar lo que estamos recibiendo.
Dedicando un tiempo a observar cómo está nuestra vida, viendo las situaciones que más se repiten en ella, empezaremos a identificar nuestras creencias y sabremos cuál es nuestro hechizo. Revisándolas podremos tomar conciencia de si nos limitan o nos expanden, si nos ayudan o nos impiden tener una vida de realización. Tomando conciencia de las creencias con las que nos hemos identificado, podremos superarnos y construir un futuro mejor.
Muchas personas dicen que son realistas porque cuando analizan una situación ven todos los problemas y, además, saben prever los que puedan derivarse en un futuro próximo o lejano. No son conscientes de que se han acostumbrado a asociar realidad con negatividad, es decir, se han especializado en ver solo la parte negativa. Aunque sus argumentos y puntos de vista puedan ser «demostrables», su enfoque les impide considerar el lado positivo y las posibilidades de solución y, aún menos, las oportunidades y enseñanzas que la situación encierra.
No se trata de que ahora nos vayamos al otro extremo obligándonos a verlo todo en positivo, negando los problemas que nos afectan, huyendo de ellos. No se trata de autoengañarnos repitiendo rutinariamente frases y mantras en los que no creemos, eliminando de nuestro vocabulario la palabra problema, sino que abordemos un proceso de trabajo personal profundo para aprender a ser positivos y a acercarnos a los conflictos de manera positiva.
Comprometiéndonos con nosotros mismos, podemos aprender a poner a nuestro favor la capacidad mental que todas y todos tenemos y que por desconocimiento hemos estado utilizando toda la vida intensamente en nuestra contra. De no hacerlo, nuestra fuerza mental continuará activa, pero fuera de nuestro control y seguiremos preguntándonos por qué a nosotros siempre nos pasa lo mismo y por qué el mundo está tan mal.
Somos libres de vivir con optimismo o negatividad
De igual modo que hemos aprendido a funcionar viendo la parte negativa de nuestras experiencias, podemos aprender a generar una actitud apreciativa de lo positivo que hay en la vida. Para ello, podemos empezar por observar cuánto tiempo pasamos hablando de cosas negativas... A la vez nos podemos proponer introducir hábitos sencillos, como, por ejemplo, ante una coyuntura negativa, intentar encontrar lo positivo que pueda tener. Se trata de reaprender a mirar, pero esta vez fijándonos en los aspectos positivos de la situación, evitando la tendencia de quedarnos solo en lo negativo, en los defectos, para ser como nosotros creemos que «debería ser».
Para ver las cosas de manera positiva es necesario poner atención a lo que estamos haciendo, detenernos para ver los pequeños bienes que determinadas situaciones puedan traernos. Se trata de promover un cambio de actitud, aprendiendo a acercarnos a las cosas y personas de una forma nueva, dejando a un lado las expectativas y los prejuicios, es decir, con un enfoque más inocente, como si fuéramos un niño o una niña que mira por primera vez, sin juzgar, con actitud casi de asombro. Al principio esto puede resultar un tanto pueril e incluso falso, pero dejará de serlo en la medida que lo que practiquemos.
El lado positivo tiene que ver con la condición amorosa de la vida que siempre está ahí disponible para que podamos verla, a la espera de que cultivemos en nosotros una actitud más humilde, generosa y apreciativa, y así podamos reconocerla. Para desarrollar una actitud más positiva podemos empezar practicando cosas sencillas como estas. Cuando nos comprometemos y practicamos, con el tiempo convertimos los pequeños gestos en grandes cambios.
Dado que los problemas forman parte de la existencia, resulta fundamental para vivir hacer un trabajo personal para aprender a convertirnos en personas positivas. Cuantos más problemas tengamos más necesitados estaremos de aprender a entrenar nuestra mente a incorporar en nuestra mirada lo positivo que también hay en la vida.
Ocurren constantemente cosas buenas que están ahí para que las apreciemos, bien sea ver un bonito paisaje, oler una fragancia natural, sentir el aire fresco en la cara, contemplar la sonrisa de un niño o escuchar una buena música... En la medida que aprendamos a reconocer y apreciar las partes positivas, estas podrán emerger, simplemente porque las habremos enfocado y les habremos dejado espacio para manifestarse. Con la práctica cada día se nos revelarán aspectos que nos han pasado desapercibidos. Al incorporarlo en nuestra vida diaria, poco a poco nos sentiremos más reconfortados y veremos la vida con más optimismo.
Somos libres de vivir con optimismo o negatividad, de ver la oportunidad donde hay un problema o encallarnos en las dificultades de la vida. Todas y todos poseemos de manera innata uno de los dones más valiosos que nos ha dado el Universo: la libertad de elección y decisión sobre nuestros pensamientos. Nuestra libertad y realización personal empiezan por consiguiente en hacernos conscientes de ese poder, de la enorme fuerza que tenemos, percatándonos de que, en cualquier situación, podemos elegir lo que queremos pensar.
El guion del pasado resuena en el presente
Nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio tirándolo de una vez por la ventana; hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño.
MARK TWAIN
De pequeños aprendemos del exterior, captamos los mensajes, las experiencias, los valores, el comportamiento y el ambiente emocional de la familia y entorno (escuela, barrio, televisión...), tanto si nos desarrollamos en familias estructuradas como desestructuradas. Además de captar y aprender de lo que vemos y percibimos, cuando somos niños nos creemos la información que recibimos de nuestros mayores y la hacemos nuestra. En base a estas informaciones y experiencias conformamos nuestras creencias y llegamos a las primeras conclusiones de qué es la vida. A partir de cómo han sido estas experiencias, cuáles sean nuestros valores y creencias, establecemos un guion de funcionamiento. El guion que utilizamos para vivir está basado en una serie de hábitos, pautas o impulsos no conscientes que son el resultado de la influencia de nuestro modelo cultural, educación familiar y vivencias personales.
Al convertimos en adultos creemos que nuestra infancia ha quedado atrás, porque las situaciones y las personas que nos rodean son distintas. Pero si nos observamos nos daremos cuenta de que, aunque la gente y los lugares hayan cambiado, nuestras respuestas al exterior siguen siendo las mismas. Ante circunstancias parecidas reaccionamos automáticamente una y otra vez, siempre del mismo modo, como si de un proceso mecánico se tratase y del que nos resulta difícil salir. Aunque reproducir los mismos movimientos y repetir las mismas emociones de apatía, ira o rabia nos resulte cada vez más agobiante, permanecemos una y otra vez atrapados en la situación, porque es el ambiente emocional que conocemos mejor y su reproducción, aunque nos cree dolor o insatisfacción, en el fondo nos hace sentir más seguros.
Repetir el guion es repetir el ambiente emocional que aprendimos en nuestra infancia, y eso incluye tanto los conflictos y traumas debidos a la falta de cariño, la soledad y la inadecuación con respecto a la vida, como también a las vivencias de felicidad, amor y alegría que pudimos experimentar. En mayor o menor grado, recreamos la atmósfera emocional de nuestro pasado. Por ello nos emparejamos o nos asociamos con personas que, en el fondo, nos recuerdan las experiencias que vivimos con nuestro padre, madre, abuelos u otros cuidadores.
A veces mostramos al mundo nuestro dolor, reproduciendo con mucha fidelidad el guion emocional que aprendimos en la niñez. Otras veces, lo que hacemos es negarlo, reaccionando de manera contraria a nuestro modelo familiar (por ejemplo, padres muy conservadores que tienen hijos antisistema...). Pero una reacción no es más que una respuesta a algo; y en este caso, es hacer lo mismo pero desarrollando el extremo opuesto. Cuando reaccionamos opuestamente a nuestro entorno no quiere decir que estemos haciendo lo que queremos, y menos que seamos libres u originales. Aunque consigamos disimular ante los demás, si profundizamos en nuestro interior, nos daremos cuenta de que las reacciones de rechazo nos mantienen atados y nos hacen dependientes de las situaciones que nos causan dolor. Esta reacción poco tiene que ver con lo que expresaríamos o sentiríamos si estuviéramos libres de dicha influencia.
Cuando reflexionamos descubrimos que hay hechos en nuestra vida que se repiten constantemente, que ya estuvimos en circunstancias parecidas a las que vivimos ahora, y que hemos experimentado sentimientos similares muchas veces. Nuestros conflictos son el problema y también son parte de la solución. Los conflictos de hoy son el producto de lo que vivimos y asimilamos en el pasado. Y hasta que no seamos conscientes de la importancia de sanarlos permaneceremos atados a ellos, atrapados en los viejos esquemas.
Lo que nos ata no es lo que pasó, sino la dependencia emocional que mantenemos con el dolor que experimentamos. Mientras estemos encerrados en nuestro guion, sentiremos la necesidad de reproducirlo, dando la culpa a los demás, escapando de las personas que nos hirieron, intentando cambiar a familiares, socios, amigos... Mientras estemos replicando este esquema no nos daremos cuenta de que no podemos cambiar a nadie; en realidad solo nos podemos cambiar a nosotros. Tampoco existe un lugar en el mundo donde podamos escondernos de las heridas del pasado si estas todavía están abiertas.
Toma conciencia de tus vivencias personales y de los condicionamientos que de ellas puedan derivarse, y podrás conseguir poco a poco relaciones emocionales libres de su influencia. Si eres consciente de tu pasado evitarás repetirlo, del mismo modo que si conoces tus reacciones y tus dependencias emocionales podrás poco a poco cambiarlas. Puedes hacerlo porque las creencias que hoy tienes son producto del contexto cultural y familiar en el que te has criado, es decir, son valores sobrepuestos no esenciales y, por tanto, si tu experiencia personal hubiera sido otra, ahora muy probablemente tendrías otras vivencias y llegarías a conclusiones distintas sobre la existencia.
Si te das cuenta de que tus creencias son el producto de patrones adquiridos en tu niñez, que has aceptado y te has creído, y que, en consecuencia, estas creencias no son verdades absolutas y pueden estar equivocadas o no ser adecuadas para ti, puedes decidir a partir de ahora empezar a deshacer tu «hechizo», cuestionándolas. Puedes elegir entre invertir tus energías en defenderlas, evitando cambiar, o aprender la habilidad de desidentificarte de su influencia.
Empezamos a ser libres cuando integramos esto y nos damos cuenta de que podemos transformar nuestra vida, cambiando nuestra forma de pensar, lo que nos lleva a modificar nuestra forma de sentir. Al llegar a este punto nos percatamos de que la suerte no existe; es nuestra capacidad de aprender a hacer cambios en nuestra forma de pensar, lo que puede conducirnos a un destino mejor.
Cada día son más las personas que, conscientes de las creencias y programaciones negativas que arrastramos, han tomado la decisión de empezar a ejercer la capacidad de autogenerarse cambios positivos en sí mismas. Su ejemplo nos motiva y nos inspira para ver que una de las cosas más importantes que podemos hacer por nosotros mismos es invertir tiempo y energía en aprender a limpiar la mente y en atender nuestras emociones.
Cuando relacionamos las creencias del pasado con las respuestas automáticas con las que reaccionamos en el momento presente, nos percatamos de la capacidad que tenemos de transformar la realidad. Si decides limpiar tu mente de las programaciones que te limitan y sanar tus relaciones del pasado, tu decisión contribuirá a que tengas un presente más feliz y un futuro mejor y, además, las personas que te rodean, familiares, socios, amigos... quedarán libres de esa influencia.
No vemos el mundo tal cual es sino tal cual somos
Al recoger las piedras que me lanzaron, vi que una era una joya.
POEMA JAPONÉS
Nuestra cultura nos ha acostumbrado a pensar que lo que percibimos a través de los sentidos (vista, oído...) es lo real. Como estamos convencidos de ello, pensamos que los demás ven y oyen lo mismo que nosotros. Y cuando ocurre algo que nos hace pensar que el otro no ve ni percibe las cosas igual, nos decepcionamos e incluso nos enfadamos. Mientras pensamos que lo que vemos y vivimos es real, no nos damos cuenta de que es una fantasía mental; una creación nuestra, un mundo paralelo, construido por creencias y vivencias psicológicas de las que no somos conscientes.
El mundo que vemos en el exterior es el resultado de nuestras proyecciones. Nuestra mente funciona como un proyector de cine, a través del cual vemos las imágenes que previamente se han introducido en él. Materializamos en el exterior las creencias positivas y negativas que hemos asimilado a lo largo de la vida; vemos en el exterior la confirmación de lo que pensamos y creemos. Y también lo que tenemos pendiente por resolver.
Mediante la proyección nuestra mente establece un discurso muy claro: nos hace creer que lo que ocurre en nuestra vida sucede y se decide fuera de nosotros y, por lo tanto, somos las víctimas más que los creadores o los responsables de nuestras relaciones y circunstancias. La mente nos hace creer que somos seres incompletos, que estamos solos, separados del resto de la humanidad y, en consecuencia, que es imposible llegar a experimentar la felicidad y una verdadera unión con nuestros semejantes.
La proyección es el mecanismo que nos hace llegar a la conclusión de que los problemas que tenemos son culpa de los demás. Proyectar en el exterior es una de las maneras más recurrentes y poco constructivas de evadir nuestra responsabilidad, de no trabajar nuestros defectos y adjudicarlos al otro. Como popularmente se dice, vemos la brizna en el ojo ajeno, pero no vemos la viga en el propio.
Todos los engaños que nos puedan hacer son incomparables con el autoengaño continuado que nos hacemos a nosotros mismos. Nuestra mente, a través del mecanismo de la proyección, nos lleva a creer que lo que vemos en el exterior no tiene que ver con nosotros puesto que pertenece a otra persona o a una determinada situación. Nos convence de que los problemas que tenemos son culpa de otras personas cuando en realidad, si analizamos nuestra vida en profundidad, veremos que de alguna forma, una parte tiene que ver con nosotros.
Gracias al mecanismo de la proyección, el exterior se convierte en un gran espejo que nos muestra lo que manteníamos escondido y no queríamos ver, sacándolo a la superficie, las veces que sea necesario, a través de situaciones o personas, hasta que podamos verlo. Es decir, nos muestra nuestra sombra, aquella parte de nuestra personalidad donde se hallan los aspectos que repudiamos; las partes de nosotros mismos de las que nos avergonzamos, los asuntos que tenemos por resolver y que alimentamos con el miedo, la negación y el rechazo. Debido a la dificultad de reconocer y aceptar estas partes de las que no somos conscientes, lo que hacemos es proyectarlas en el exterior.
Para conocernos mejor, hemos de aprender a relacionar el exterior con lo que ocurre en nuestro interior, no como algo separado, sino como una continuación de nosotros mismos, como una parte que no sabíamos que era nuestra. Podemos trasladar esta forma de interpretar lo que vivimos en situaciones comunes, dándonos cuenta de los mensajes que encierran las circunstancias que se dan en nuestra vida.
Por ejemplo, si percibimos que algunas personas de nuestro entorno no nos escuchan lo suficiente, o no nos tratan como nos gustaría, podemos simplemente llegar a la conclusión de que la gente va a la suya, que es difícil tener relaciones satisfactorias, o podemos contar hasta diez para ir más a fondo y aprovechar para revisarnos interiormente.
Quizás esta situación nos traiga un mensaje que necesitamos ver. Tal vez nos sirva para tomar conciencia de cómo nosotros nos comportamos con otras personas. Si este ejercicio lo hacemos con sinceridad es posible que descubramos que hacemos lo mismo, que tampoco escuchamos lo suficiente, puesto que siempre estamos deseosos de hablar y decir la última palabra. Al percatarnos de esto, la misma situación nos está señalando que si queremos que nuestras relaciones personales sean mejores, es necesario que nos hagamos conscientes de cómo tratamos al otro. De esta forma, dejamos de juzgar a los demás, de estar pendientes de lo que hacen para pasar a hacer cambios en nosotros, empezando por escuchar y mejorando nuestro trato a los demás.
La misma situación tal vez nos puede ser útil para explorar otra posibilidad: que esa circunstancia sea el reflejo de nuestra autoestima depreciada. Cuando nos tratan mal, deberíamos preguntarnos si lo que nos hacen tiene que ver con lo que nos hacemos a nosotros mismos. Entonces, tomamos conciencia de que esa vivencia desagradable nos invita a recordar que, si queremos que el exterior nos trate mejor, hemos de aprender a aceptarnos y amarnos, lo que también tiene que ver con aprender a poner límites y no permitir que otras personas nos hagan daño.
Ver el exterior como un espejo nos puede servir especialmente en aquellos casos en los que por motivos de trabajo, relación familiar... hemos de relacionarnos con personas que nos ponen nerviosos. En estas circunstancias, nos sería de gran utilidad considerar la posibilidad de que esa persona con la que «tropezamos» nos esté mostrando nuestra sombra.
No se trata de llevar las cosas al límite, sino de ver las conexiones que pueda haber en común y las enseñanzas que acompañan a la situación. Aunque a primera vista parezca que la persona que tenemos delante no guarda ninguna relación con nosotros, si atendemos nuestra respuesta corporal y nos autoescuchamos, comprobaremos que entre los dos hay puntos de contacto, pues cada uno representa un aspecto del conflicto interno.
A modo de ejemplo, nos podríamos preguntar: «¿tengo en común alguna cosa con esa persona?», «¿qué es lo que realmente me molesta, lo que hace o cómo me lo tomo yo?», «por temas distintos o parecidos, ¿reacciono igual que esta persona?», «¿me recuerda a alguien de mi pasado?», «¿lo que siento ante esta persona o su comportamiento es algo que se repite en mi vida?»...
Ver la vida como un espejo se convierte también en un mecanismo especialmente valioso en situaciones en las que hablando con alguien, al mencionar una palabra o sacar un tema de conversación, inexplicablemente me altero; «tomo nota» de ello, de este modo la situación me sirve para revisar mi interior. La respuesta que he dado me ayuda a ver si esa situación es mía o no, el grado en que me afecta, en la medida que se repite en mi vida.
Observando el exterior en clave de crecimiento, tengo en cuenta mis reacciones y puedo ver las cosas que tengo que solucionar; en vez de vivir desconectado de mis propias emociones y creaciones, puedo acometer la sana tarea de atenderlas. Así puedo salir del engaño en el que estaba: «a mí no me pasa nada», «el exterior tiene la culpa de lo que me pasa», «yo no tengo nada que cambiar, ni ninguna responsabilidad que tomar», «quienes tienen que cambiar son los demás».
Este tipo de experiencias son la clave para comprender que lo que debemos modificar es la perspectiva; cambiando el enfoque podremos ver que a través del exterior se nos devuelve una imagen de nosotros más completa y más certera. Si aceptamos nuestras facetas menos agradables y atractivas, con el tiempo dejarán de molestarnos. Si nos resistimos o las negamos, permanecerán ahí. Al respecto de ver la vida como un espejo el Dr. Deepak Chopra nos dice:
La naturaleza esencial del Universo es la coexistencia de valores opuestos. No puedes ser valeroso si no tienes a un cobarde en tu interior; no puedes ser generoso si no tienes a un tacaño; no puedes ser virtuoso si no tienes la capacidad para actuar con maldad [ ... ]. Cuando estamos dispuestos a aceptar los lados luminosos y oscuros de nuestro ser, podemos empezar a curarnos y curar nuestras relaciones. Todos somos multidimensionales, omnidimensionales… Todo lo que existe en algún lugar del mundo también existe en nosotros. Cuando aceptamos esos distintos aspectos de nuestro ser, nuestra conexión con la conciencia universal y expandimos nuestra conciencia personal. 1
Generalmente lo que nos atrae como lo que repudiamos de una determinada persona o situación está en nosotros, de una manera u otra, aunque no queramos ver que lo tenemos, a pesar de que no seamos conscientes de que existe en nuestro interior.
La proyección actúa del mismo modo para las situaciones positivas. Cuando sentimos admiración ante determinadas personas por sus cualidades o valores, o nos emocionamos ante la belleza de una obra de arte o de un paisaje, eso también está en nosotros. La técnica del espejo nos muestra en el exterior los aspectos que muchas veces habíamos pensado que nos gustaría tener, pero que en realidad ya teníamos sin tan siquiera saberlo. En esta ocasión el exterior nos muestra partes positivas con el fin de que podamos reconocerlas e integrarlas como cualidades o virtudes de nuestra personalidad.
Los seres humanos nos sentimos atraídos o repelidos de acuerdo a lo que existe en nuestro interior. La repulsión y la atracción son distintas caras de la misma moneda. El mecanismo del espejo nos ayuda a interpretar la realidad, siempre y cuando lo acompañemos y lo confirmemos con el hábito de percibir, sentir y experimentar nuestras emociones. Esto quiere decir que ante el comportamiento desagradable de una persona, bien sea por su actitud, palabras o gestos, aprovecho la situación para practicar, dejándome sentir si me está mostrando algo que es mío o no lo es.
Tal vez la situación simplemente me hace sentir mal, pero no sepa con certeza qué me está pasando. Por eso esa circunstancia me sirve para autoexplorarme. «Qué está ocurriendo dentro de mí?», «qué estoy sintiendo?». Autoobservando cómo reacciono y sintiendo qué ocurre en mi estómago, cuello, plexo solar, manos, piernas (sudor, temblor...), voy registrando las emociones que me transmite esa situación. De algún modo lo que me molesta del exterior, si «me toca», si me resuena, me ayuda a ver algo que es mío y, de esta manera, puedo a través de esa experiencia aceptar lo que me pasa, conocerme y comprenderme mejor.
La interpretación del espejo dependerá sobre todo del grado de madurez emocional que tengamos. Si somos honestos utilizaremos este mecanismo para hacernos conscientes de todas las facetas de nuestra personalidad, con el sano propósito de limar los cantos duros de nuestro carácter y así convertirnos en mejores personas, en seres más humildes y compasivos.
Pero como todo en la vida también podemos utilizar esta información para fortalecer las defensas de nuestro ego, dándole alimento intelectual y con ello reforzar nuestro autoengaño. En este caso solo nos protegeremos de cualquier cambio, negaremos lo que nos muestra el espejo y evadiremos la parte de nuestra responsabilidad de lo que hemos creado, atacando a los demás diciendo: «esto lo has creado tú, es una proyección tuya».
Pulsuz fraqment bitdi.