Kitabı oxu: «Que todos alaben al Señor»
Que Todos
Alaben Al Señor
Exposición de Salmo 107
Dr. Martyn Lloyd-Jones
Publicado por:
Publicaciones Faro de GraciaP.O. Box 1043Graham, NC 27253www.farodegracia.org
ISBN 978-1-629462-06-6
Agradecemos el permiso y la ayuda brindada por Christian Focus Publications, Ltd. y Bryntirian Press para traducir e imprimir este libro, Let Everybody Praise the Lord, al español.
Let Everybody Praise the Lord Copyright © by Martyn Lloyd-Jones, 2011 Published by Christian Focus Publications, Ltd. Geanies House, Fearn, Ross~shire IV20 1TW, Great Britain www.christianfocus.com
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© 2016 por Publicaciones Faro de Gracia.
Traducción al español realizada por Gloria Ruiz González.
Diseño de la portada por Joseph Hearne con Relative Creative.
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© Salvo que se indique lo contrario, las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.
Que Todos
Alaben Al Señor
Exposición de Salmo 107
Dr. Martyn Lloyd-Jones

Contenido
Prólogo
1 Que todo el mundo alabe al Señor
2 El desierto
3 La prisión
4 La Terrible Enfermedad
5 La terrible tormenta
6 El Dios de la Biblia
7 La salvación de Dios
8 El verdadero cristianismo
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Prólogo
Muchos estadounidenses dirían que su sistema sanitario está atravesando una crisis. La gente anhela tener doctores compasivos y medicamentos asequibles. Ahora bien, incluso si usted no cree que exista esta crisis en el sistema sanitario del país, es evidente que en la iglesia sí que existe. En nuestra cultura podemos pensar en la iglesia de muchas maneras distintas. Podemos describirla como una unidad militar llamada a batallar en defensa de Cristo, como un colegio donde aprendemos a vivir el presente con la eternidad en mente, como una familia que no deja de crecer, a la que llegan nuevos miembros constantemente, o como un hospital donde se puede diagnosticar a los pecadores y donde las almas pueden recibir el cuidado que necesitan.
Hace ochenta y cinco años, Dios levantó a Martyn Lloyd-Jones, también conocido como “el buen doctor” porque antes de ser llamado al ministerio de la predicación en Gales trabajó como médico en Londres. Al entrar en el ministerio, el Dr. Lloyd-Jones se encontró con la crisis de un evangelio diluido y de una generación que había perdido su amor por Dios. El doctor pensaba que cada generación era responsable de recuperar el evangelio de Dios y, por ello, sentía la necesidad de predicar. También sabía que el evangelio no puede recuperarlo uno de manera aislada, lo cual es una gran lección para nosotros hoy en día. Debemos buscar con humildad lo que Dios ha hecho a lo largo de la historia y aprender de quienes han vivido el despertar del evangelio, la reforma y el avivamiento, y luego debemos aplicar el evangelio fielmente en nuestros días.
Al buscar en la historia de la humanidad a los héroes que consiguieron recuperar el evangelio, normalmente acudimos a un pasado muy lejano: Atanasio, Agustín, Lutero y Calvino, entre otros. Sin embargo, hemos tenido un ejemplo en los últimos cien años que ha sido un maravilloso regalo de Dios: “el buen doctor”. Martyn Lloyd-Jones sobresale en la historia de la iglesia como un pastor que Dios ha usado de manera radical para producir una gran reforma y una renovación muy importante en la iglesia de Gran Bretaña. Hay dos aspectos de su ministerio de renovación que me llaman la atención de manera especial.
En primer lugar, su ministerio estuvo marcado por el énfasis que le dio tanto a la Palabra como al Espíritu, un equilibrio que no vemos con frecuencia. En una iglesia donde lo más importante es la Palabra se venera la predicación expositiva y proliferan los estudios bíblicos. Un buen discípulo es aquel que está comprometido con la lectura de la Biblia y quiere conocerla y vivirla. En cambio, las iglesias en que predomina el Espíritu se centran en la expresividad de la adoración y en el gozo en el Espíritu, y para sus predicadores lo más importante es experimentar a Dios. Un buen discípulo es aquel que está lleno del Espíritu y entregado a la oración en todos los aspectos de su vida. Sin embargo, no es común que ambos aspectos se enfaticen al mismo tiempo.
Dios no quiere que haya divisiones artificiales en su reino, y esta división sólo se puede reconciliar si nuestro objetivo es tanto predicar como experimentar las Buenas Nuevas del evangelio. El propósito de la Biblia no es sólo que amemos la Palabra de Dios. Jesús les habló a los que se preocupaban tanto por la Palabra en su tiempo, diciéndoles: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5.39). Y el propósito del Espíritu no es señalar su propia gloria, sino la de Cristo (Juan 14.16).
Martyn Lloyd-Jones era un hombre inmerso en la Palabra, que llenaba sus mensajes con las Escrituras porque ellas nos hablan de Jesús. Sin embargo, también era un hombre lleno del Espíritu Santo, de quien dependía sin reservas. Estaba completamente convencido de que el evangelio no puede avanzar basándose en las palabras nada más, sino que debe ir “en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre” (1 Tesalonicenses 1.5).
El segundo aspecto de su ministerio que ha tenido un profundo impacto en mí es que el “buen doctor” era al mismo tiempo enormemente sencillo y enormemente profundo. Conocemos a muchos predicadores que se pasan de sencillos. En su deseo de conectar con la gente y de que sus enseñanzas resulten relevantes, toman la belleza de la verdad de Dios y la reducen a clichés y a principios para llevar una vida mejor.
Por otra parte, hay predicadores que hablan de manera que nadie los entiende. Toman los misterios de Dios y los convierten en laberintos, haciendo de sus sermones disertaciones. Estos hombres parecen estar más preocupados por demostrar su propia inteligencia que por revelar la gloria de Cristo.
Lloyd-Jones, sin embargo, es sencillo sin ser simplista y profundo sin ser confuso. Sus enseñanzas atraían tanto al pueblo llano como a los más eruditos, y siguen haciéndolo aún hoy. Como dijo una vez Gregorio Magno, “La Escritura es como un río (…) ancho y profundo, con tan poca agua por aquí que puede pasar andando un cordero, pero con tanta por al í que puede pasar nadando un elefante”. Lloyd-Jones ejerce de fiel guía pastoral para atravesar estas aguas.
Eso es lo que encontramos en estos mensajes sobre el Salmo 107. Está claro que predica con una lógica contundente, pero parece como si estuviera hablando con nosotros directamente. De la misma manera que queremos un médico que nos explique el diagnóstico de manera clara, anhelamos encontrar predicadores que expongan la verdad de Dios de forma sencilla y sin pretensiones.
Hace algún tiempo tuvimos un médico de familia que siempre nos recetaba amoxicilina fuera cual fuera nuestra enfermedad. ¿Dolor de garganta? Amoxicilina. ¿Dolor de cabeza? Amoxicilina. ¿Una uña encarnada? Amoxicilina. ¿Molestias en la espalda? Amoxicilina. Algunos médicos nunca van más al á de la superficie, pero Martyn Lloyd-Jones, como los cirujanos, penetra hasta el fondo con sus predicaciones y se dirige específicamente a las necesidades más urgentes del enfermo corazón del hombre con claridad y autoridad. Todos sus mensajes tienen algo en común: en todos ellos intenta que el pueblo reconozca la profundidad de su pecado y que vea la inagotable profundidad de la misericordia de Dios en Cristo.
Mi oración es que Dios use a Martyn Lloyd-Jones en su vida como lo hizo en la mía y que produzca el tipo de renovación que se dio durante la vida y el ministerio del “buen doctor”.
Daniel Montgomery
Pastor Principal
Sojourn Community Church
Lousville, Kentucky
1
Que todo el mundo
alabe al Señor
Alabad a Jehová, porque él es bueno; Porque para siempre es su misericordia.Díganlo los redimidos de Jehová, Los que ha redimido del poder del enemigo, Y los ha congregado de las tierras, Del oriente y del occidente, Del norte y del sur. (Salmo 107:1-3)
Sin lugar a dudas, el Salmo 107 es un himno de alabanza, un canto de acción de gracias y de adoración. Al estudiar en detalle estos primeros versículos, debemos prestar atención también a todo el salmo en su conjunto y al mensaje que transmite.
ESTRUCTURA
La estructura de este salmo es bastante clara: se divide de manera natural, siendo estos tres primeros versículos una especie de introducción. Es como si el salmista estuviera reuniendo un gran coro para cantarle a Dios este himno de alabanza, así que llama a las personas que van a cantar las distintas partes y les extiende una gran invitación, llamándolos a congregarse “del oriente y del occidente, del norte y del sur”, a unirse para dar gracias al Señor. Dice: “Díganlo los redimidos de Jehová”, y explica por qué deben reunirse en este gran himno todas estas personas que vienen de tantos lugares.
A continuación entra en los detalles. No se conforma con hacer una afirmación general, sino que quiere probar lo que afirma. Dice que todos los redimidos del Señor se unirán aunque, de alguna forma, hayan tenido experiencias diferentes; así que nos da cuatro ejemplos o ilustraciones de cuatro tipos de experiencia distintos.
El primer grupo son personas que vemos vagando por el desierto en busca de una “cuidad habitable”. El segundo grupo son los que están “aprisionados en aflicción y en hierros”. El tercero son los que están siendo consumidos por la enfermedad y la falta de alimento; y el cuarto es una imagen de aquellos que están en el mar, en las muchas aguas, en medio de una terrible tormenta. El salmista describe detalladamente estos cuatro grupos y habla de la experiencia de cada uno, pero usando siempre el mismo lenguaje. En todos los casos repite lo mismo: “Entonces clamaron a Jehová en su angustia”, y en todos puede decir: “Y los libró de sus aflicciones” (versículo 6). Por tanto, invita a cada grupo diciendo: “Alaben la misericordia de Jehová, y sus maravillas para con los hijos de los hombres” (versículo 8).
Después de presentar los cuatro tipos mediante cuatro ilustraciones, nos muestra cómo trata Dios a estas personas en general y concluye con una palabra final de desafío y exhortación: “¿Quién es sabio y guardará estas cosas, y entenderá las misericordias de Jehová?” (versículo 43).
Ése es un análisis general de este gran salmo. Es un ejemplo típico de la alabanza del Antiguo Testamento. En cierto sentido, es un salmo muy característico, y me gustaría que te fijaras en él porque, al mismo tiempo, representa lo que se puede describir como verdadera religión. No todas las religiones son verdaderas. La falsa religión también existe y es de vital importancia que sepamos distinguirla. Al estudiar este salmo juntos, recibiremos como beneficio adicional la capacidad de hacerlo.
Aquí se nos presentan de una manera dramática, pictórica, las bendiciones que reciben las personas que tienen una relación con Dios. El tema del salmo es que debemos conocer y entender el amor y la bondad del Señor; el propósito del escritor es que todo el mundo llegue a comprender esta verdad. Invita a toda esa gente a cantar este himno de alabanza a Dios para que los que no lo están alabando se paren a pensar y se pregunten: “¿Por qué alaban a Dios estas personas? ¿Qué razones tienen para hacerlo? ¿Qué los impulsa?” No lo hacen sólo para su propio disfrute, sino que además quieren ser instrumentos para llevar a otros a un conocimiento similar del amor y la bondad del Señor.
Por tanto, este salmo es un típico ejemplo de la alabanza de las personas piadosas en la dispensación del Antiguo Testamento. Sin embargo, no es sólo eso. También es una imagen de la alabanza que sale de la mente, el corazón y el alma de las personas del Nuevo Testamento. Dios es el mismo en el Antiguo Testamento y en el Nuevo. Los santos del Antiguo Testamento forman parte del mismo Reino de Dios que los del Nuevo. El propio Señor dijo que los que entran en el reino de la nueva dispensación entran en el mismo reino que Abraham, Isaac y Jacob (Mateo 8:11). Los padres, dice, pertenecen al mismo reino. Entramos en el reino bajo una nueva dispensación, pero se trata del mismo reino. En cierto sentido, las bendiciones del Antiguo Testamento son también las del Nuevo. Es el mismo pacto de gracia; es el mismo Dios derramando su gracia sobre nosotros. Y por esa razón, a lo largo de los siglos, los cristianos no han encontrado una manera mejor de expresar su adoración y su alabanza que acudir al Libro de los Salmos y leer o cantar un salmo juntos. Es el mismo reino eterno.
En este caso concreto, no hay duda de que el salmista tenía en mente la liberación de los hijos de Israel del cautiverio. El mensaje del Antiguo Testamento puede resumirse así: el pueblo de Dios tiene una relación con Dios, y mientras vivan una vida de obediencia a él, Dios derramará sus bendiciones sobre ellos, pero les ha dejado claro desde el principio que si no le obedecen, si no mantienen esa relación con él, les volverá la espalda temporalmente. Serán conquistados por sus enemigos y llevados al cautiverio; serán sacados de su tierra, la tierra que Dios les había dado; y serán fugitivos errantes, extranjeros en una tierra extraña.
Desde el principio, Dios les había dicho lo que pasaría, pero como, en su insensatez, se olvidaron de él y le desobedecieron, eso fue exactamente lo que pasó. Fueron extranjeros en el cautiverio, pero desde al í clamaron al Señor y él los escuchó y los trajo de vuelta a su tierra. Fueron hechos cautivos, algunos por los asirios, otros por los caldeos, y llevados lejos de Jerusalén, a Asiria y a Babilonia. Pero aquellos que clamaron al Señor fueron traídos de vuelta; un remanente regresó, y seguro que el salmista estaba pensando en eso. “Díganlo los redimidos de Jehová”, dice, “los que ha redimido del poder del enemigo, y los ha congregado de las tierras, del oriente y del occidente, del norte y del sur.”
No cabe duda de que esa historia del Antiguo Testamento es una descripción perfecta de la salvación del Nuevo Testamento y de lo que le pasa al cristiano. Los hijos de Israel fueron creados por Dios y él los usa como ejemplo para dar a entender al mundo su manera de tratar con la humanidad. Y eso es lo que yo pretendo hacer al usar este salmo.
A veces es bueno pensar en estas cosas por medio de imágenes. La doctrina aparece de manera muy clara en muchos pasajes del Nuevo Testamento, pero veamos esta ilustración. Si sabemos buscarlo, el evangelio aparece a lo largo de todo el Antiguo Testamento en bellas imágenes que hacen que se fije en nuestra mente, ayudándonos a recordarlo.
LA ALABANZA:
LA CARACTERÍSTICA PRINCIPAL
En mi opinión, aquí se nos enseñan varios principios muy importantes. El primero es que la característica primera y fundamental del cristianismo y, por consiguiente, del cristiano, es la alabanza a Dios: “Alabad a Jehová, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia. Díganlo los redimidos de Jehová…”. Que lo digan, dice el salmista, y los insta a hacerlo porque tienen razones para ello, como veremos más adelante.
Pero primero debemos entender claramente la importancia que tiene para el cristiano este sentido de gratitud y de alabanza a Dios. Sin duda, ésta es una de las mejores y más sencillas maneras de ponernos a prueba y descubrir quienes somos.
La Relación
¡Entonces, hagámoslo! ¿Somos conscientes de esa gratitud? ¿Qué es un cristiano? Obviamente, un cristiano debe de ser una persona que es consciente de su relación con Dios. Es imposible leer el Nuevo Testamento y no llegar enseguida a esa conclusión, y como ya he señalado, lo mismo se puede decir del Antiguo Testamento. Según la Biblia, sólo hay dos clases de hombres: o somos de Dios, o no lo somos; o lo más importante para nosotros es nuestra relación con él, o no lo es.
Si leemos la Biblia, veremos que siempre es así. ¿Qué diferencia hay entre Caín y Abel? ¿Y entre Noé y su familia y el resto del mundo? ¿Qué es lo que caracteriza a Abraham? ¿Qué es lo que lo separa del ambiente pagano en que creció? Su relación con Dios. Abraham era un hombre que confiaba en Dios, que dependía de él y se sentía agradecido a él. Lo mismo podríamos decir de los demás patriarcas y santos y profetas del Antiguo Testamento. Siempre es eso lo que los hace diferentes. Tienen un cierto concepto de Dios; eso es lo que los distingue de los demás.
Pues si eso pasa en el Antiguo Testamento, ¡cuánto más en el Nuevo! Los cristianos, por definición, son personas que creen que tienen una relación con Dios de una cierta manera y por una razón determinada. Lo fundamental no es que tengan un cierto tipo de vida y que no hagan ciertas cosas, sino que les importa Dios. Y del mismo modo, lo que es obvio entre los no cristianos es, en última instancia, que Dios no está presente ni en su mente, ni en su corazón, ni en su vida.
La Gratitud
“Alabad a Jehová, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia.” Además, no es sólo que a los cristianos les importe su relación con Dios, es que sienten gratitud hacia Dios en lo más profundo de su ser. Están deseando alabarlo. Dios es el Señor de su vida; son conscientes de que dependen de él y saben que Dios es bueno. Escucha lo que dicen otros salmistas: “Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días” (Salmo 23.6); “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre” (Salmo 103.1). Eso es lo que encontramos en el Antiguo Testamento.
Pues si eso es en el Antiguo Testamento, ¡cuánto más en el Nuevo! Ésa es la característica principal del Nuevo Testamento. Se ha dicho con frecuencia, acertadamente, que el libro de los Hechos de los Apóstoles es el más lírico del mundo. Lo que caracterizaba a los primeros cristianos era su irreprimible gozo. No importa lo que les hicieran; podían llevar a gente como Pablo y Silas a la cárcel y encadenarles los pies, “pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios” (Hechos 16.25). Repito que no importaba lo que les estuviera pasando, tenían gozo en su interior. Sus corazones cantaban; alababan a Dios.
Y si leemos las Epístolas vemos exactamente lo mismo. De alguna manera, todas ellas se escribieron para decirle al pueblo de Dios que, pasara lo que pasara, debían seguir alabando a Dios. Tenían que ver las condiciones adversas a la luz de su nueva relación con él. Por eso el apóstol Pablo, en su carta a los filipenses, repite siempre lo mismo: “Por lo demás, hermanos, gozaos en el Señor” (Filipenses 3.1). Y luego les vuelve a decir: “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez os digo: ¡Regocijaos!” (Filipenses 4.4).
¿Y por qué se escribió el libro de Apocalipsis? La razón principal no fue para que pudiéramos intentar averiguar la fecha del fin del mundo. Ésa sería una terrible mal interpretación del libro. Apocalipsis se escribió para que el pueblo de Dios que estaba experimentando unas persecuciones y adversidades terribles pudiera seguir regocijándose. Es un libro que les mostraba la victoria final del Señor sobre Satanás y sobre las fuerzas del mal. Era para que sintieran gozo. Se escribió para personas que habían tenido dificultades y el propósito era ayudarlos a ellos, no a quienes vivirían unos dos mil años después. Y en ese sentido ha sido de ayuda a cristianos de todas las épocas y generaciones; si la manera en que entendemos Apocalipsis no nos ayuda a regocijarnos, es que no lo entendemos bien.
Así pues, ésa es sin duda la primera, la más importante y la más característica marca del cristiano. Los cristianos no sólo conocen a Dios y creen en él, sino que además quieren darle gracias. Lo alaban. Son conscientes de su bondad.
Una Prueba Fundamental
Entonces entenderás lo importante y valiosa que es esta prueba. La moralidad, por muy buena que sea, nunca produce estos resultados. Un hombre moral es muy bueno. Ciertamente puede que sea muy bueno, pero sólo con la moralidad nunca llegará a alabar a Dios. Será muy correcto, y probablemente muy meticuloso. Puede que no encontremos nada que reprocharle, que no haya ni una sola mancha en el libro de su vida, pero una característica común a todos los hombres morales es que no te calientan el corazón porque su propio corazón está frío; en ellos no existe gratitud. Por eso un gran pensador como Matthew Arnold, aun no siendo cristiano, pudo definir la religión como “moralidad con un toque de emoción”. En cierto sentido tenía toda la razón, y en cualquier caso entendía la diferencia entre moralidad y cristianismo. La moralidad es correcta, y puede que sea completa, pero es fría, carece de emoción. Incluso un incrédulo como Matthew Arnold, ciego como estaba, al leer las Escrituras y la historia de la iglesia y al aprender algo de la vida de los santos, pudo entender que es imposible ser cristiano sin emoción. Y no es que yo defienda el sentimentalismo; sería la última persona de la tierra en hacerlo, pero insisto en que si no hay emoción en tu religión, no es cristianismo; es moralidad.
Y de la misma manera, la acción de gracias y la alabanza diferencian al cristianismo de la filosofía. Existen muchos sistemas filosóficos y muchos de ellos son excelentes y muy nobles, con grandes ideales y pensamientos maravillosos. Sin embargo, la filosofía se queda en el intelecto y por eso siempre es fría. Si un filósofo muestra alguna emoción, rápidamente sus colegas empezarán a criticarlo y a decir que le pasa algo raro. El arte del filósofo consiste precisamente en distanciarse. El filósofo es analista, observa, trata con categorías y desarrolla conceptos. No puede perderse en su análisis; si lo hace, deja de ser un buen filósofo. La filosofía implica una separación fría, científica, intelectual.
Y en ese sentido, es totalmente diferente del cristianismo. La gloria del cristianismo es que implica a la persona de manera global, no sólo su voluntad, como en la moral; no sólo su intelecto, como en la filosofía; y no sólo sus emociones, como en ciertas sectas y religiones. No, no; se trata del hombre en su conjunto.
Una Característica Esencial
Pero, sobre todo, quiero enfatizar que la alabanza es el elemento absolutamente fundamental del cristianismo. Los cristianos son personas que, antes que nada, son conscientes de que se lo deben todo a la gracia de Dios. El apóstol Pablo lo expresa así: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Corintios 15.10). Todo se lo debe a Dios y por eso lo alaba.
Es primordial que nos examinemos. Ésta es la única cosa en esta vida que no podemos permitirnos dar por sentado. Es posible tener una religión en que no sintamos gratitud hacia Dios. La religión puede ser algo que llevamos en una bolsa, por así decirlo; puede ser una especie de club en el que lo único que hacemos es admirarnos a nosotros mismos. Es suficiente con mostrarle nuestros respetos a Dios y creemos que, por hacerlo, somos buenos, pero en el fondo nos estamos adorando a nosotros mismos por ser buenos, no a Dios.
No podemos confundir ser miembro de una iglesia con el verdadero cristianismo. Se puede ser miembro de una iglesia sin ser cristiano, y si tu cristianismo consiste tan sólo en pertenecer a una iglesia como miembro, o incluso en trabajar en la iglesia, si te falta este sentido de gratitud a Dios, si lo importante es lo que estás haciendo tú y lo que eres tú más que tu alabanza a él, entonces no es un verdadero cristianismo neotestamentario.
No hay vuelta de hoja. Los cristianos comprenden que se lo deben todo a la gracia de Dios en nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Por lo tanto, ésta es la prueba principal, la más importante: ¿Hay alabanza a Dios en tu corazón? ¿Quieres responder a la invitación de este hombre, que dice: “Alabad a Jehová, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia. Díganlo los redimidos de Jehová”? ¿Quieres ser uno de ellos? ¿Esta respuesta está dentro de ti? ¿Lamentas no alabarlo más de lo que lo haces? ¿Lo sientes de verdad? ¿Puedes hacer tuyas estas palabras de William Cooper: “Señor, mi queja principal es que mi amor es débil; y aun así, te amo y te adoro, y por gracia, quiero amarte más”?
¿Puedes decir por lo menos eso? Si no puedes decir de manera rotunda que estás alabando a Dios, ¿puedes decir por lo menos que quieres hacerlo? ¿Puedes decir que lamentas no hacerlo más? Yo creo que el hecho de querer alabar cuenta, porque de alguna manera, con el deseo ya estás alabando. Ésta es la primera y principal característica de los verdaderos cristianos. El cristianismo es una filosofía que adoptamos; no es una moralidad que practicamos; es saber que se lo debemos todo a Dios.
LA ALABANZA:
CARACTERÍSTICA DE TODOS
LOS CREYENTES
El segundo principio es que esto es algo que les pasa a todos los creyentes. Y quiero insistir en esto. “Díganlo los redimidos de Jehová”, dice el salmista, “los que ha redimido del poder del enemigo, y los ha congregado de las tierras, del oriente y del occidente, del norte y del sur.”
Este aspecto es muy importante. Este hombre está invitando a personas de distintas partes del mundo a congregarse; a pesar de todas sus diferencias, los está animando a unir sus voces con un propósito común. Es una invitación para que todos canten juntos este himno universal.
Lo explico de esa manera por las ideas modernas que se tienen del cristianismo. Hoy en día somos todos tan buenos psicólogos que creemos que podemos explicar fácilmente el porqué del cristianismo. Decimos: “Claro, es que hay personas que son religiosas, cristianas, y lo son porque nacieron así; fueron hechas así; son del tipo religioso. O si lo prefieres, tienen el complejo religioso. Existen varios tipos de temperamento: algunas personas son volubles; otras, pragmáticas; algunas son meticulosas; otras, descuidadas y negligentes; a algunas les interesan la música, el arte, la literatura, la política, la ciencia y todas esas cosas. Así se divide la raza humana y entre los distintos tipos está el religioso. Por supuesto, la tragedia del pasado fue que la Iglesia solía enseñar que todo el mundo tenía que ser religioso. No comprendían; no tenían el conocimiento que tenemos ahora, por el que sabemos que la religión está bien para algunos, pero no para todos; es sólo para cierto tipo de personas.” Así se desarrolla este argumento.
Una Invitación Universal
Pero al enviar su invitación, el salmista contradice frontalmente esta teoría moderna. Invita a personas “del oriente y del occidente, del norte y del sur”. Dice que todas estas divisiones y distinciones son completamente irrelevantes. No tienen ninguna importancia. Está pidiendo que se unan en una misma alabanza personas de distinta procedencia, y eso es algo que ha caracterizado a la iglesia de Cristo a lo largo de los siglos y que la caracteriza aún hoy, algo de lo que puede presumir. No importa de qué país proceda una persona, ni de qué color sea su piel, ni cuál sea su herencia biológica, ni su trasfondo cultural, ni cómo sea su temperamento, ni cómo sea psicológicamente, ni a qué siglo pertenezca. Su experiencia no tiene la menor importancia. La invitación para que se una con las mismas palabras, en el mismo himno de alabanza, se extiende a todos. “Alaben la misericordia de Jehová, y sus maravillas para con los hijos de los hombres” (versículo 8).
Para mí, éste es uno de los principios más importantes que podemos llegar a comprender. Lo fundamental es que no importa que nuestras experiencias sean totalmente diferentes. Aun así, llegamos al mismo sitio. No existe un tipo de conversión estándar. No importa cómo haya sido la vida de una persona. Me explico: Conozco a gente que piensa que sólo cierto tipo de personas necesita convertirse. Una vez, siendo pastor de una misión en una zona portuaria de Gales del Sur, prediqué un sermón evangelístico como éste en una ciudad muy religiosa, y después me dijeron que un pastor de aquella respetable ciudad había hacho el siguiente comentario: “Bueno, eso está muy bien para su iglesia, pero aquí no lo necesitamos.”
Y en otra ocasión le oí decir a una señora que estaba tranquilamente sentada en la Capilla de Westminster: “Este hombre predica como si fuéramos todos pecadores”. Como se ve, la idea es que hay ciertas personas que son pecadoras y necesitan convertirse, que necesitan ser regeneradas, pero no todas. En otras palabras, la gente hace una gran distinción según el tipo de experiencia que hayamos tenido. Los borrachos, por supuesto, necesitan convertirse. Los adúlteros necesitan convertirse. Pero la gente agradable y educada que lleva asistiendo a una iglesia desde la infancia, ¡ellos no necesitan convertirse! Eso es lo que se enseña.
Una Naturaleza Común
Pero ésta no es la doctrina de la Biblia. La Biblia enseña que no importa cuál sea tu pasado o tus antecedentes, quienes sean tus padres o tus abuelos, el apellido que lleves o dónde te hayas criado, todas las personas necesitan convertirse, necesitan nacer de nuevo. Es un llamamiento universal: este y oeste, norte y sur; todas estas divisiones y distinciones son completamente irrelevantes. Todos nosotros, en algunos aspectos, nos hacemos uno cuando aceptamos a Cristo.
Éste es el argumento que se presenta en forma de imagen cuando el salmista reúne al coro y es lo que vemos también, por supuesto, en el Nuevo Testamento. ¿Puedes pensar en doce hombres más distintos unos de otros que los doce discípulos? Comparemos, por ejemplo, a Pedro y a Juan: Juan el místico, el poeta, el contemplativo; Pedro el atrevido, el activista, el valiente.
Y ahora piensa en un hombre como Pablo, que era totalmente distinto de los otros, o Natanael, o Andrés. Podemos mirar la lista entera y pensar en todos ellos. Si simplemente aplicamos los cánones de la psicología, o si los analizamos según nuestra filosofía, diríamos que todos estos hombres eran fundamentalmente diferentes. Y es que lo eran, pero sin embargo eran uno en su mensaje, en su alabanza. Eran uno en este himno, en este coro. Y eso pasaba no sólo con ellos, sino con toda la iglesia de Cristo después de ellos.
Por eso las biografías son tan importantes para mí. Lee las vidas de hombres y mujeres cristianos y verás que por naturaleza son personas totalmente distintas las unas de las otras, pero que llegan todos a un lugar común. Todos hacen lo mismo. No son como sellos de correo, claro, pero en esencia todos experimentan lo mismo, testifican lo mismo. Se unen en un mismo himno.
Es difícil pensar en dos hombres más diferentes que Martín Lutero y Juan Calvino, que fueron parcialmente contemporáneos. El volcánico y explosivo Lutero y el cuidadoso, preciso y lógico Calvino. Y ambos hicieron exactamente lo mismo. Y lo mismo pasa con cualquiera que haya destacado en la historia de la iglesia a lo largo de los siglos.
Entonces, voy a repetir la segunda idea: Si la característica principal de los cristianos es que alaban a Dios, es una característica de todos los cristianos, de cada uno. No importa lo que seas por nacimiento, naturaleza o antecedentes. Si vienes a Dios en Cristo, habrá en ti lo mismo que hay en todos los otros cristianos. Aceptar a Cristo nos lleva a un denominador común; introduce en nosotros un factor común.
¿QUÉ PRODUCE LA UNIDAD DE ALABANZA?
Y finalmente me gustaría hacerte una pregunta: ¿Qué produce esta unidad en alabanza? El salmista invita a personas del norte, sur, este y oeste, y les pide que canten exactamente lo mismo, con las mismas palabras. ¿Qué los lleva a hacerlo? ¿Qué produce esta sorprendente unidad? Él mismo nos da la respuesta en estos tres primeros versículos.
El Carácter de Dios
La primera cosa que produce la unidad de alabanza es el carácter de Dios, su bondad. “Alabad a Jehová, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia.” El cristianismo no empieza por nosotros, empieza siempre por Dios. Si hoy nos falta esta unidad es porque a la gente le encanta empezar por ellos mismos y se olvidan de Dios.
Pero el salmista lo pone en el orden correcto. Empieza por Dios, y esto es lo que afirma: que en el momento en que una persona conoce a Dios y entiende algo de quién es Dios y cómo es, lo alabará por su carácter, porque Dios es bueno. Si no estamos alabando a Dios como deberíamos es por una sola razón: porque no lo conocemos. ¿Sabes lo que está ocurriendo en el cielo ahora mismo? Los ángeles más brillantes están alabando a Dios. Están dándole alabanza, honor y gloria al Dios Todopoderoso. “Santo, Santo, Santo, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6.3). Todos los coros angélicos están alabando a Dios. ¿Por qué? Porque él es Dios. “Los cielos cuentan la gloria de Dios” (Salmos 19.1). Si pudiéramos verlo, toda la naturaleza declara la gloria, las maravillas, la grandeza de Dios. Y si la humanidad no hubiera caído, sujetándose al pecado, todo el mundo estaría alabando y adorando a Dios. Para eso nos creó, y eso es lo que hacían los hombres mientras su relación con Dios estaba intacta.
Querido amigo, esto es de vital importancia. ¿Sabes que si acabas en el infierno, será por esta razón, que no has alabado a Dios? Olvídate del pecado por un momento. Olvídate de ti mismo y de tu vida. Lo primero es: ¿estás alabando a Dios? ¡Para eso fuiste creado! Dios debe recibir alabanza por ser quien es, porque es Dios, y no creo que haya ningún pecado peor que no alabarlo. Lo voy a decir abiertamente, a riesgo de que se me malinterprete: ésa es la razón por la que el Nuevo Testamento nos transmite la idea de que no hay esperanza para el fariseo orgulloso. Una persona satisfecha de sí misma y que se cree moralmente superior, según la Escritura, es un pecador mucho mayor que un borracho o una prostituta, y por eso no hay ni una pizca de alabanza a Dios en su vida. Este tipo de persona pasa todo el tiempo alabándose a sí mismo.
Piensa en la imagen que nos presenta el Señor del fariseo y el publicano. Escucha al fariseo: “Dios te doy gracias”. ¿Por qué? Pues “porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano” (Lucas 18.11). “¡Yo soy tan maravilloso!” No alaba a Dios porque Dios es Dios, sino que se alaba a sí mismo por ser bueno. Ayuna dos veces a la semana; les da la décima parte de sus bienes a los pobres; no es como el publicano, el extorsionista, sino que es un hombre bueno. Le da las gracias a Dios por eso, pero realmente no le está dando las gracias a Dios en absoluto. Se está dando las gracias a sí mismo. Le está hablando a Dios sobre sí mismo. Ni pide nada ni agradece nada. El pecado más terrible, por tanto, es el querer ser admirado; es depender de la religiosidad; confiar en tu propia moralidad, en tu propia manera de pensar, o en cualquier otra cosa que no sea la gracia de Dios en Cristo.
Dios debe recibir alabanza porque es Dios, y si no lo alabamos, ésa es la esencia del pecado. No le estamos dando a Dios la gloria que merece por su majestad, su poder, su dominio, su divinidad, su eternidad. “Alabad a Jehová, porque él es bueno.” Y no lo alabamos porque no notamos su bondad: “que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5.45). ¡Ése es Dios! El Dios que envía las estaciones una tras otra y que hace fructificar la tierra, que bendice a los hombres a pesar de su pecado. ¡Ése es Dios! Y si lo conociéramos, lo alabaríamos. Debemos alabarlo porque es bueno.
La Misericordia de Dios
Pero él nos da otra razón para alabarlo: que “para siempre es su misericordia”; es decir, aunque no lo hayamos alabado y no lo alabemos como deberíamos, él no ha terminado con nosotros; no nos ha dado la espalda; nos ha mirado con misericordia y con compasión.
Mira su misericordia para con los hijos de Israel, quienes le volvieron la espalda y se alejaron de él y lo olvidaron y levantaron otros dioses y lo insultaron adorando a ídolos. ¿Por qué no los destruyó? Sólo hay una respuesta: “para siempre es su misericordia”. Él soportó su maldad, nos dicen. Pero si quieres conocer la misericordia de Dios, mira a Cristo; mira al niño de Belén; mira la cruz. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Juan 3.16). “Para siempre es su misericordia.” ¡Sí! ¿Y cómo lo demuestra? Pues lo veremos en detalle más adelante, Dios mediante, pero lo resumo aquí como hace el salmista en estos tres primeros versículos. La misericordia de Dios se nota en que nos mire siquiera. No nos merecemos ni eso. Si recibiéramos lo que nos merecemos, seríamos destruidos. Pero Dios sigue con sus ojos puestos en nosotros y en nuestro mundo, y luego dice: “Díganlo los redimidos de Jehová, los que ha redimido del poder del enemigo y los ha congregado de las tierras…” ¡Qué perfecta presentación del evangelio!
La Redención
Dice que han sido redimidos del poder del enemigo. Eso significa que todos nos hemos visto en un estado de aflicción en este mundo. Veremos, a medida que estudiamos este salmo, que no importa si esta gente está vagando por el desierto o encadenada en la cárcel o agonizando en el lecho de muerte o dando tumbos como borrachos en medio de una tormenta en alta mar. Todos ellos “clamaron a Jehová en su angustia”. Las cosas les van mal y están angustiados. Se sienten frustrados, desesperados porque no pueden hacer nada. En su impotencia se acuerdan del Dios al que habían olvidado y claman a él pidiendo misericordia y compasión, y él los escucha y los libra de su aflicción.
Esto es algo común a todos los cristianos, y no se puede ser cristiano sin vivirlo. Los cristianos son personas que han experimentado gran angustia, que se han sentido desesperados por su condición. Entiéndeme bien; si nunca te has sentido desesperado con respecto a ti mismo, no puedo decirte que seas cristiano. Los cristianos son aquellos que se han sentido tan desesperados con respecto a ellos mismos y a su vida que no han sabido qué hacer. Como se nos dice aquí, han estado frustrados, en agonía; no han sabido dónde estaban. Han pasado nuevas páginas; han hecho propósitos de Año Nuevo; han intentado hacer el bien; han hecho más donaciones a causas nobles. Han ayunado, orado y trabajado, y aun así han seguido sin saber qué hacer. Han estado perdidos.
Y en su más completa desesperación, han clamado al Señor. Ése es el cristiano. Los cristianos son personas que lo han intentado todo, han agotado todas las posibilidades pero han visto que nada les sirve y han encontrado todo lo que buscaban en el Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. Sienten desesperación e impotencia con respecto a sí mismos porque se dan cuenta de que no pueden ser sus propios salvadores y se deleitan al oír el mensaje de que Dios los amó tanto que envió a su único Hijo al mundo a rescatarlos, a morir por ellos, a liberarlos, a reconciliarlos con Dios. “Los libró de sus aflicciones.” Nos ha redimido: “Díganlo los redimidos de Jehová, los que ha redimido del poder del enemigo.”
A los enemigos los describiré más adelante, Dios mediante, pero todos sabemos quienes son, ¿no es cierto? Lujuria, pasión, celos, envidia, avaricia, odio, malicia, desdén, impureza, vileza, perversión. Ahí están: las cosas que nos desaniman y nos aprisionan, de las que nunca podemos salir. La persona más moral del mundo puede que sea la que el enemigo tenga agarrada con más fuerza. El enemigo la tiene bien atrapada en los grilletes de su farisaísmo, pues se siente satisfecho de sí mismo y se cree moralmente superior a los demás. Ésos son los enemigos de los que nos libra Dios.
Todos los cristianos tienen esa experiencia. No importa cuál sea su pecado o la forma que adopte, ni su temperamento, ni su nacionalidad. Si son cristianos, se han sentido desesperados y han encontrado la salvación en Jesucristo solamente. Por lo tanto, todos los cristianos pueden unirse en el mismo himno porque están alabando al mismo Dios, que es bueno, cuya misericordia permanece para siempre, que los ha redimido, sí, y los ha congregado y los ha traído a este lugar de abundancia, donde tienen una nueva naturaleza, una nueva vida, una bendita esperanza y al Espíritu Santo que mora en ellos para conducirlos y guiarlos. El Dios que les ha dado poder para vencer al pecado los ha congregado y los lleva juntos a su hogar eterno.
2
El desierto
Anduvieron perdidos por el desierto, por la soledad sin camino, Sin hallar ciudad en donde vivir.Hambrientos y sedientos,Su alma desfallecía en ellos.Entonces clamaron a Jehová en su angustia, Y los libró de sus aflicciones.Los dirigió por camino derecho,Para que viniesen a ciudad habitable.Alaben la misericordia de Jehová,Y sus maravillas para con los hijos de los hombres.Porque sacia al alma menesterosa, Y llena de bien al alma hambrienta. (Salmos 107.4-9)
Como hemos indicado, el tema central de este salmo es la alabanza que debemos ofrecerle a Dios por su bondad. Lo alabamos porque es bueno y por la manifestación de su bondad en nuestra salvación. Es una alabanza a Dios por “su misericordia”, que es “para siempre”.
En otras palabras, el tema del salmo es que la salvación sólo viene del Señor, tema que el salmista nos presenta de diversas maneras. Dios es el único que debe ser alabado porque aparte de él no hay salvación, mientras que en él la hay en abundancia. Y como he explicado antes, la salvación es para todo el mundo, para todos los que la buscan; para todos los que toman conciencia de su necesidad: los del norte y del sur, del oriente y del occidente, sin tener en cuenta su carácter, estado, origen, capacidad, ni ninguna otra cosa. Es para todos los que se dan cuenta del peligro en el que están y que desean ser liberados de las manos del enemigo, que los retiene en tan terrible cautiverio.
Pero habiendo hecho esta afirmación en los tres primeros versículos, el salmista no se contenta meramente con hacer una proposición general; ahora nos da ejemplos e ilustraciones. Es como un hombre que establece una tesis y luego pasa a probarla, o como una sinfonía, lo cual es bastante apropiado para un salmo que, a fin de cuentas, es una canción. En la introducción nos dice lo que va a hacer, después lo hace en una serie de movimientos y lo combina todo al final. Aparte de tener un gran valor como verdad espiritual, este salmo también merece nuestra admiración como composición artística.
Así que ahora empezamos a considerar estos distintos casos que el salmista nos presenta. Son cuatro ejemplos que, según la mayoría de los estudiosos, deben usarse e interpretarse metafóricamente. Aunque describe a personas con ciertos problemas físicos y es cierto, por supuesto, que Dios puede librarnos, y de hecho nos libra, de ellos. Sin embargo, lo más importante es que la liberación física no es sino una parábola y una señal de lo que Dios hace por nosotros de manera infinitamente mayor en un sentido espiritual y con respecto a nuestras almas.
Como ya he indicado, la opinión general es que probablemente se trate de un salmo que hace referencia a la cautividad de los hijos de Israel, por lo cual todas sus imágenes e ilustraciones pueden entenderse principalmente como referencias a la liberación de los hijos de Israel de esa cautividad literal. Pero eso, por su parte, no es más que un gran ejemplo de la liberación del cautiverio espiritual que encuentran nuestras almas en Cristo.
Decimos, por tanto, que se deben interpretar todas en ese sentido principalmente metafórico, como vamos a hacer ahora con esta primera ilustración. Otra cosa importante a tener en cuenta mientras vemos estos ejemplos es que cada uno de ellos representa una imagen del pecado. El pecado es algo muy poderoso que se manifiesta en un sinfín de maneras. Ésa es parte de su sutileza, por supuesto, y como no somos conscientes de esto, a veces no lo reconocemos aunque lo estemos buscando. Tendemos a pensar que el pecado siempre aparece de la misma forma, pero no es así. La mayor parte de las personas puede reconocer el pecado si se viste con harapos, pero muchos no lo reconocen si se viste de forma elegante. Muchos reconocen el pecado si se manifiesta en los barrios pobres de una gran ciudad, pero no lo reconocen en las áreas más ricas, aunque a fin de cuentas es la misma cosa.
Para usar una ilustración, el pecado es una enfermedad que tiene muchos síntomas, de los cuales el salmista intenta darnos algunos ejemplos. Nos muestra que todos tienen su origen en el pecado, pero lo que nos quiere decir es que cualquiera que sea la manifestación de la enfermedad, Dios puede sanarnos y librarnos de ella. En cada caso dice que “clamaron a Jehová en su angustia, y los libró de sus aflicciones” (versículo 6).
Es decir, no importa la forma que adopte el pecado; sólo tenemos que clamar al Señor, y él nos librará. Veamos cómo se demuestra esta verdad en la primera imagen, que aparece en los versículos 4 a 9. Aquí, obviamente, el pecado se presenta como lo que hace que nos perdamos. Una de las definiciones etimológicas correctas del pecado es no dar en el blanco, como si estuviéramos apuntando a un objetivo, pero llega el pecado, desvía la bala y nos hace fallar. No dar en el blanco; perderse; no alcanzar el objetivo; hacerse a un lado; desviarse. Esta primera ilustración nos da una imagen extraordinariamente vívida y dramática del pecado como algo que nos hace perdernos en esta vida y en este mundo y no llegar al destino para el que fuimos creados.
PRIMERA IMAGEN: PERDER EL RUMBO
Veamos la primera imagen y saquemos de ella unos cuantos principios y enseñanzas. Ésta es una imagen del pecado muy común en la Escritura; la encontramos en muchas partes. ¿Qué tipo de persona descubrimos en este pasaje? Veamos la descripción: “Anduvieron perdidos por el desierto, por soledad sin camino, sin hallar ciudad en donde vivir. Hambrientos y sedientos, su alma desfallecía en ellos. Entonces clamaron a Jehová en su angustia, y los libró de sus aflicciones”. Son los llamados intelectuales. La imagen nos muestra a personas que intentan encontrar una ciudad donde habitar en un desierto. Están buscando un lugar donde vivir y donde poder obtener cierta satisfacción, pero el problema es que no lo encuentran. Están perdidos en una tierra árida y carente de caminos que les lleven a la ciudad. Van y vienen, mirando, buscando; en cierto sentido, es un retrato completo de la raza humana desde el origen de la historia: el hombre buscando una ciudad.
EN BUSCA DE LA VERDAD
Pero nosotros estamos particularmente interesados en este tema en el sentido intelectual que se presenta aquí. Podríamos decir que es la imagen de personas en busca de la verdad, hombres y mujeres que buscan satisfacción y entendimiento intelectual. Se encuentran en esta vida y en este mundo, sí, pero han recibido ciertos dones. Tienen una mente que se vuelve activa y comienzan a hacerse preguntas, como debería ser, lo cual es excelente; y las grandes preguntas que se hacen son: ¿Qué es la vida? ¿Dónde empezó todo? ¿De dónde viene el mundo? ¿Ha existido desde siempre, o fue creado en un momento dado? ¿Qué es esta cosa tan extraordinariamente escurridiza que llamamos “vida”? Vemos un animal que está lleno de vida y que no para, pero de repente, cuando volvemos a mirar, está muerto. El cuerpo sigue ahí, pero la vida se ha ido. Lo mismo pasa con una flor. Y lo mismo pasa con el hombre. ¿Qué es la vida?
Cualquier ser pensante, cualquier persona que tenga cerebro y lo use se hará preguntas parecidas a éstas. Ése es el tipo de persona que vemos aquí, el tipo de persona intelectual que busca entender la vida, su significado, su propósito. Eso es la ciudad, la ciudad de descanso y de satisfacción intelectual. Se trata de la búsqueda –una búsqueda tan antigua como la humanidad misma– de una filosofía de vida, una visión de la existencia que incluya, especialmente, al ser humano. En términos más técnicos, es la búsqueda de una filosofía de vida, una forma de vivir, una perspectiva que realmente sea satisfactoria.
No hay más que leer la historia de la humanidad para darse cuenta de que la actividad intelectual de los hombres ha sido tremenda. Se han enfrentado al misterio de la vida desde tiempos inmemoriales, como se puede ver en escritos antiguos e incluso en la mitología. La gente busca una piedra filosofal o una bola de cristal donde encontrar la respuesta al enigma de la existencia y del universo. Buscan la ciudad, la ciudad de la verdad. No sólo buscan satisfacción intelectual; también buscan reglas de vida, porque vivir es un problema: las relaciones humanas, cómo llevarse bien con los demás, etc. El ser humano sigue buscando estas reglas; en otras palabras, sigue buscando algún tipo de código o instrucciones que le permitan hacer estas cosas sin verse siempre rodeado de problemas y agobiado, consternado, deprimido, frustrado. Siempre ha estado buscando alguna receta, una ley que se pueda dictar que de repente arregle todos estos problemas. La gente de hoy en día sigue buscando con la misma intensidad. Ése es el tipo de persona que vemos aquí.
Pero no es sólo eso: hay más. Conforme avanzamos por la vida, descubrimos que van surgiendo ciertos problemas y dificultades. Nos encontramos con enigmas que van más al á de nuestra búsqueda y nuestra inquietud intelectual que piden satisfacción y solución. Y mientras buscamos respuestas, nos suceden cosas; la humanidad también está batallando con este problema desde el principio. ¡Oh, “los tiros penetrantes de la fortuna injusta”! ¡Oh, los golpes del destino! Ése es el problema.
Pero, ¿qué podemos hacer ante los avatares del destino? Y sobre todo, cómo podemos comprenderlos? ¿Por qué nos pasa este tipo de cosas? ¿Por qué existen las enfermedades y las plagas? ¿Por qué hay tormentas? ¿Por qué hay calamidades? ¿Por qué hay guerras? Ésta es la cuestión. Estas cosas llegan y nos golpean y pasamos la vida intentando entenderlas. ¿Tienen algún propósito? ¿Es la vida tan sólo un tablero de ajedrez, y nosotros las piezas que están siendo manipuladas por fuerzas invisibles sin que podamos hacer nada? ¿Es posible reducir toda nuestra experiencia en la vida y en el mundo a una razón ordenada? ¿Podemos descubrir la piedra filosofal, la respuesta a todas estas preguntas?
Éste es el tipo de persona que estamos viendo aquí, el que está preocupado por todo esto, y hay una cosa más que quiero decir. Son personas que también buscan seguridad y protección. Ésta es una verdad universal, ¿no es cierto? Puede que nunca haya sido más obvio que hoy en día. La palabra del momento es seguridad. Estamos todos haciendo pactos, incluidos los países, y la tragedia de la vida es que en nuestro deseo de conseguir la seguridad, provocamos la guerra. Pero lo que buscamos es la seguridad. Las naciones del otro lado del Telón de Acero le aseguran al mundo que lo único que quieren es seguridad. Se sienten amenazados y atacados. Y la otra mitad del mundo dice lo mismo. Queremos seguridad, y la queremos también en el ámbito personal, individual. Hay cosas que nos amenazan continuamente: la enfermedad, los accidentes, la edad avanzada y la propia muerte, que están siempre en el fondo, acercándose cada vez más a nosotros.
A lo largo de su existencia en el mundo, el hombre ha estado clamando por esta seguridad: algo de protección, una torre segura donde refugiarse en el día maligno que está por venir; un sitio donde estar protegido contra todo, pudiendo recostarse tranquilo. Ésa es la búsqueda. Como la gente del salmo, los hombres buscan una ciudad donde vivir, una “ciudad habitable”.
El salmista describe todo esto de forma dramática, pero lo que de verdad nos está diciendo sobre estas personas es que no son capaces de encontrar el rumbo. Es un desierto en el que no hay caminos; no encuentran una ciudad habitable. Me gustaría analizar contigo este problema, esta imagen, en su totalidad. No hace falta esforzarse mucho para imaginárselo, ¿verdad? Muchos de nosotros lo conocemos, quizá por experiencia propia.
EL FRACASO
Empezamos esta búsqueda siendo jóvenes, y al principio es muy emocionante. Partimos con la convicción de que vamos a tener éxito donde nuestros antecesores han fracasado. ¡Y cada generación piensa lo mismo! Cada generación está orgullosa de sí misma y desprecia a las anteriores. “¡Ah, sí! Ellos no sabían, no habían progresado, no tenían el conocimiento que tenemos nosotros; pero nosotros sí que lo vamos a conseguir.” Así es hoy en día, ¿no es cierto? Así que empezamos confiados, seguros de nosotros mismos, llenos de fuerza. “Por supuesto”, decimos, “vamos a llegar a la ciudad. ¡Por supuesto que vamos a llegar!” Para nosotros lo importante es la búsqueda. Es divertido, y con esta actitud tendemos a sonreírles a los mayores. Decimos que viajar con esperanza es mejor que llegar. ¡Es el ejercicio de nuestro genial cerebro! No queremos llegar; el viaje es un ejercicio intelectual buenísimo; ¡es emocionante!
Vagando por el Desierto
Así que nos lanzamos al desierto pensando que vamos a llegar enseguida a la ciudad habitable. Contamos con la emoción del viaje, la curiosidad intelectual. Decimos que queremos conocer todos los puntos de vista y probamos esto y aquello porque nuestra mente tiene capacidad suficiente para asimilarlo todo. Así que consultamos a la filosofía, o quizá a distintas religiones. ¿Por qué? Pues porque nos interesa la verdad. No es que seamos egoístas, no es que lo hagamos por motivos personales, no estamos hablando de ser “salvos” ni nada por el estilo. Sólo queremos expandir un poco nuestras grandes mentes y obtener conocimientos e información de todas partes.
Así que al á vamos en esta emocionante búsqueda de la verdad. Y al entrar en el desierto para buscar el camino, nos encontramos con ciertas personas que se ofrecen a ayudarnos. Están deseando hacerlo; se alegran de conocer a alguien con cerebro que está intelectualmente vivo y alerta y que es capaz de reírse del pasado y de todo lo que se ha enseñado hasta el momento. Están encantadísimos de conocernos y nos dicen “Sí, tú sígueme, y escúchame, y lee mis libros, y haz lo que te enseño, y te llevaré a la ciudad habitable”. Así que los seguimos, pero no parece que lleguemos.
Y luego nos encontramos con otro que nos dice que, por supuesto, esa idea está equivocada, que está anticuada. No, es esto; ésta es la última moda. Y una vez más le encontramos el mismo encanto y lo seguimos con el mismo entusiasmo, pero, una vez más, no llegamos.
Espero que entiendas que no estoy fantaseando, simplemente estoy describiendo lo que está haciendo ahora mismo mucha gente en el mundo. Están buscando respuestas en la filosofía, en el conocimiento, en las sectas; en definitiva, en todas estas cosas que se nos ofrecen como la solución a los problemas de la humanidad. Pero no parece que lleguemos a la ciudad y después de un tiempo descubrimos que ni siquiera los guías en quienes hemos confiado saben dónde están. Ellos tampoco han llegado. Quizás empecemos a notarlo en su manera de vivir y su concepto de la moralidad, pero, en cualquier caso, descubrimos que no llegan en ningún sentido. Creíamos que eran maravillosos, pero no conocen el camino. Son falsos guías que nos han dado falsas esperanzas.
Desilusionados
Después de preguntar a muchos de ellos, finalmente empezamos a dudar. Empezamos a notar cómo pasa el tiempo, que nos estamos haciendo mayores y que aún estamos donde empezamos. Hemos leídos muchos libros; hemos escuchado muchas enseñanzas; hemos seguido a muchos hombres; pero la verdad es que cuando nos enfrentamos a nosotros mismos, a nuestra vida, a nuestro entendimiento, a la muerte y a la eternidad, tenemos que admitir que estamos exactamente donde empezamos. Nuestro conocimiento no ha aumentado. No hemos avanzado ni un solo paso. Hemos estado andando, hemos estado viajando, y pensábamos que habíamos encontrado más de un camino que nos llevaría a una carretera, pero lo cierto es que no ha sido así. Una vez más, estamos en un desierto sin caminos. Hemos estado andando en círculos.
Pero desgraciadamente, no termina ahí. La vida sigue y el día ya no luce con un sol brillante. Ha pasado el mediodía, ha terminado la merienda, empiezan a aparecer las sombras de la noche, a lo lejos se percibe una niebla que no presagia nada bueno y seguimos sin encontrar la carretera. No estamos en un camino que nos lleve a una ciudad. Y por si fuera poco, empezamos a sentirnos cansados; hemos andado mucho; hemos luchado mucho; de vez en cuando teníamos que quitar la maleza. Nos dijeron que iba a hacer falta esforzarse, y nos esforzamos; estamos cansados y empezamos a tener hambre: “Hambrientos y sedientos, su alma desfallecía en ellos”.
A estas alturas ya estamos entrados en años. Empezamos a envejecer, la noche llega y las sombras se alargan; nuestras fuerzas flaquean, y cuando alguien llega y dice “Tengo un libro, léelo. Te ayudará a…”, nosotros respondemos: “Lo siento, ya he leído muchos y me han dicho lo mismo muchas veces. Por favor, no me molestes”. Ya no tenemos energía para leer más libros ni discutir. Hace cincuenta o sesenta años era genial, pero ya no podemos seguir. Podría decirse que nuestras almas se derriten dentro de nosotros, hambrientas y sedientas. “Su alma desfallecía en ellos”, dice el salmista.
Y aquí estamos, acercándonos poco a poco al final, angustiados y cada vez más desesperados. Al final de una larga vida estamos exactamente donde estábamos al principio, solo que ahora no somos jóvenes y hemos perdido nuestra fuerza y nuestra capacidad para recuperarnos. Hemos perdido la fe y la esperanza; hemos perdido la elasticidad, nos sentimos fracasados, estamos cayendo; tenemos hambre y sed; nuestras rodillas tiemblan, el final se acerca y la noche cae; estamos saliendo del mundo y no sabemos hacia dónde.
“Entonces clamaron a Jehová en su angustia.” Y luego una declaración increíble: “y los libró de sus aflicciones”. Llegados a este punto, siento la tentación de concluir porque ése es el mensaje, eso es todo el evangelio. ¡Es eso!
Pero alguien puede pensar “Sí, ésa es una imagen preciosa, pero ¿es verdad? ¿Qué es lo que estás enseñando, realmente? ¿Qué estás diciendo?” Bueno, ya lo he ejemplificado con una imagen; ahora voy a ponerlo en forma de principios o proposiciones. Éste es el primero: la enseñanza de la Biblia desde el principio hasta el final es que no hay camino en la vida y no hay verdad en la vida aparte del Señor Jesucristo. Por tanto, al considerar la imagen del Salmo 107:4-9, tengamos también en mente Juan 14:6. “Anduvieron perdidos por el desierto, por soledad sin camino, sin hallar ciudad en donde vivir”; “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
LA RESPUESTA
Ésa es la respuesta, pero quiero desarrollarla un poco más. De manera escueta, la proposición es que no hay vida ni verdad en el mundo aparte de Cristo. Esto no es una aseveración dogmática; es algo que puedo probar, y puedo hacerlo por boca de los que no creen en la Biblia. Lo puedo probar por boca de los humanistas, los seguidores de la filosofía de moda hoy en día. Según dicen, el humanismo científico es lo que de verdad nos va a llevar a “la ciudad habitable”.
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