Kitabı oxu: «Sobrevivir a la autocracia»

Título: Sobrevivir a la autocracia
© Masha Gessen, 2020
Edición original: Surviving Autocracy, Riverhead Books, 2020
De esta edición: © Turner Publicaciones SL, 2020 Diego de León, 30 28006 Madrid www.turnerlibros.com
Primera edición: octubre de 2020
De la traducción: © Lucía Martínez Pardo, 2020
Ilustración de cubierta: Primer plano de la Estatua de la Libertad, s. f. © iStock
Reservados todos los derechos en lengua castellana. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra, ni su tratamiento o transmisión por ningún medio o método sin la autorización por escrito de la editorial
ISBN: 978-84-18428-08-1
E-ISBN: 978-84-17866-45-7
DL: M-23079-2020
Impreso en España
La editorial agradece todos los comentarios y observaciones: turner@turnerlibros.com
índice
Prólogo
Primera parte. La tentativa autocrática
i ¿Cómo lo llamamos?
ii Esperando el incendio del reichstag
iii El presidente de poliestireno extruido
iv Podríamos llamarlo kakistocracia
v Podríamos llamarlo corrupción
vi Podríamos llamarlo autocracia con ambiciones
vii Podríamos hacer como si fuera un extraterrestre, o llamarlo gobierno de la destrucción
viii La muerte de la dignidad
ix Mueller no nos salvó
x Las instituciones no nos han salvado
Segunda parte. El rey de la realidad
xi Las palabras tienen significado, o al menos deberían tenerlo
xii La mentira de poder
xiii La trampa del tuit
xiv La normalización es (casi) inevitable
xv Resistir a la guerra de trump contra los medios
xvi Así muere la política
Tercera parte. ¿Quién es “nosotros”?
xvii. Una presidencia supremacista blanca
xviii “Quitarse la máscara de la hipocresía”
xix La antipolítica del miedo
xx Enfrentarse a la sociedad civil
xxi El poder de la autoridad moral
xxii ¿Quién es “nosotros”? ¿y nosotros, quiénes somos?
Epílogo
Agradecimientos
Notas
autocracia
(Del fr. autocratie, y este del gr. αὐτοκράτεια, autokráteia).
1. f. Forma de gobierno en la cual la voluntad de una sola persona es la suprema ley.
prólogo
Los ciudadanos estadounidenses estábamos más que familiarizados con el repertorio de Donald Trump cuando este decidió por fin dirigirse al país el 11 de marzo de 2020 para hablar de la pandemia del coronavirus.1 Conocíamos de sobra su registro: gobierno a golpe de gesto, oscurantismo y mentiras, autobombo, miedo y amenazas. Antes había desestimado en repetidas ocasiones el peligro del coronavirus, tratándolo como una leve gripe e incluso como un engaño; también había vaticinado que desaparecería de manera milagrosa. Hacía dos meses que China, el primer lugar donde la enfermedad se había manifestado, había publicado el código genético del virus.2 EEUU había malgastado la mayor parte de ese tiempo.3 Los hospitales no estaban preparados para enfrentarse a la avalancha de pacientes que se avecinaba. Escaseaban las existencias de equipos de protección. La Casa Blanca había mantenido información esencial en secreto.4 Carecían de pruebas de detección del virus. En el momento en que este se propagaba por todo el país era demasiado tarde para tomar medidas de prevención y nadie tenía un plan para mitigarlo o hacerlo desaparecer. En el estado de Washington, donde se produjeron las primeras muertes diagnosticadas de ciudadanos estadounidenses, empezaba a cundir el pánico, al igual que en California, Nueva York y otros muchos lugares.5 Finalmente, Trump hizo una aparición televisiva.
Puso en escena su repertorio al completo. Anunció que prohibiría la entrada de viajeros provenientes de Europa –he aquí el gesto grandilocuente–. Se jactó de “responder con gran rapidez y profesionalidad”, prometió pruebas extensivas y terapias antivirales eficaces, y afirmó que las aseguradoras omitirían el copago –he aquí el oscurantismo y las mentiras–. Estas promesas casaban a la perfección con su autobombo habitual, que en esta ocasión pasó por referirse al esfuerzo estadounidense como “el más agresivo e integral”, reivindicar que se había lidiado con la pandemia mejor que en los países europeos y asegurar a su público que el país estaba bien preparado. Nada de esto era cierto. Como broche final, metió un poco de miedo al llamar al COVID-19 “virus extranjero” y señalar a Europa. No tardaría en encontrarle un nombre mejor –“el virus chino”–, provocando un pico en los delitos de odio contra los estadounidenses de ascendencia asiática.
Al parecer, Trump leyó su intervención en un teleprónter. Sonaba grave, solemne. En otras palabras, fue una de esas ocasiones en las hubo quien pudo tener la impresión de que Trump era un verdadero presidente básicamente por no parecer completamente trastornado. Por ejemplo, el antiguo gobernador republicano de Ohio, John Kasich, defendió a Trump en la CNN diciendo que “lo había hecho bien”, en parte porque estaba leyendo un guion.6 Pero precisamente por eso, por no verlo en su peor versión –tan solo en modo oscurantista y encantado de haberse conocido– ante una situación extraordinaria como la de la pandemia, lo que teníamos delante era a Trump en todo su esplendor.
Durante las semanas siguientes, el presidente rehuyó cualquier responsabilidad por la crisis, llegando a decir textualmente en algún momento: “No, no me responsabilizo en absoluto”, cuando se le preguntó acerca de la falta de acceso a las pruebas del virus.7 Dejó que los gobernadores se las apañaran para conseguir suministros, sin ofrecer ningún tipo de orientación o elaborar política alguna al respecto.8 Ocupó el estrado de la Casa Blanca en ruedas de prensa casi diarias para dar consejos médicos sin ningún fundamento, ensalzando las virtudes de fármacos no testados9 que algunas personas se apresuraban a utilizar.10 Se resistió ante quienes le instaban a invocar la Ley de Producción de Defensa para obligar a las empresas a destinar sus instalaciones a la producción de equipamiento esencial, claramente para no mermar los beneficios de sus amigos de la industria.11 En ningún momento dejó de alabar su propia sagacidad y visión. Las cadenas televisivas emitieron estas apariciones en directo y los periódicos informaban sobre ellas (y sobre otras declaraciones suyas relacionadas con el coronavirus) como si se tratara de material proveniente de una presidencia inteligible, con posiciones, principios y una estrategia. Como resultado, incluso mientras los hospitales se colapsaban, morían seres humanos y la economía se iba a pique, más de la mitad de los estadounidenses decían aprobar la respuesta de Trump ante la pandemia.12
Algunos han comparado la respuesta trumpiana al COVID-19 con la respuesta del Gobierno soviético ante el catastrófico accidente de 1986 en la central nuclear de Chernóbil. Por una vez, esta comparación no parece descabellada. A las personas en mayor situación de riesgo se les negó la información necesaria que podría haberles salvado la vida, y esto fue culpa del Gobierno; había rumores y miedo por un lado, y una peligrosa negligencia por el otro. Y, por supuesto, en ambos casos nos hallamos ante una tragedia intolerable y que podría haberse evitado. No cabe duda de que en 2020 los estadounidenses tenían mucho mayor acceso a la información que los ciudadanos soviéticos en 1986. Pero la Administración Trump comparte dos rasgos clave con el Gobierno soviético: un absoluto desprecio por la vida humana y una obsesión monomaniaca por complacer al líder y hacerle parecer infalible y todopoderoso. Dos rasgos del liderazgo autocrático. En los tres años que lleva en la presidencia, incluso antes de la pandemia del coronavirus, Trump se ha ido acercando al Gobierno autocrático mucho más de lo que nadie se habría imaginado. Este libro habla de esa transformación –y de las posibilidades que aún tenemos de superar el trumpismo–.
Primera parte
i
¿Cómo lo llamamos?
Podría haber sido una semana cualquiera de la presidencia de Trump. Una semana de contradecir constantemente a los expertos del Gobierno acerca de la pandemia del COVID-19, o una semana de filípicas contra el Tribunal Supremo, o una semana de humillar en público a los miembros de su propio gabinete. Por ejemplo, una semana de octubre de 2019, cuando había transcurrido un mes del inicio del proceso de destitución en el Congreso y apenas mil días de presidencia. El embajador en funciones en Ucrania, William B. Taylor júnior testificó acerca de su batalla perdida contra Trump y los suyos para seguir una agenda exterior congruente con la política y la práctica del Gobierno.13 En una bizarra acción directa de miembros del Congreso contra la praxis de la institución, los republicanos tomaron por asalto una audiencia a puerta cerrada.14 El abogado personal de Trump, William S. Consovoy, alegó ante el tribunal que su cliente era inmune ante cualquier proceso fiscal –inclusive, hipotéticamente, en caso de asesinar a alguien en medio de la Quinta Avenida– mientras fuera presidente.15 El viernes por la mañana, la web de The New York Times exhibía dos titulares en la parte izquierda de su página de inicio. El primero informaba de que el Departamento de Justicia había iniciado una investigación penal acerca de la suya propia de la injerencia rusa en las elecciones de 2016.16 La segunda anunciaba que la secretaria de Educación, Betsy DeVos, había sido declarada en desacato al tribunal por seguir recaudando pagos de los créditos de exalumnos de universidades privadas ya desaparecidas, desobedeciendo de manera directa una sentencia judicial sobre el tema.17 El Gobierno libraba una guerra contra sí mismo en todos los frentes.
Las noticias trumpianas consiguen escandalizar sin sorprender. Cada uno de los sucesos de esa semana por sí solo resultaba estremecedor: una verdadera ofensa a los sentidos y las facultades mentales. Juntos, solo eran más de lo mismo. Trump ha llevado al Gobierno, los medios e incluso el mismísimo concepto de política a un estado irreconocible. En parte por costumbre y en parte por un sentimiento de necesidad, seguimos emitiendo y consumiendo noticias –esta presidencia ha producido más titulares por unidad de tiempo que ninguna otra antes–, pero después de mil días de presidencia no parecemos ser capaces de entender lo que nos está sucediendo.
La dificultad a la hora de asimilar estas noticias reside en cierta medida en las palabras que empleamos, que consiguen normalizar lo ultrajante. La secretaria de Educación es declarada en desacato, y este acontecimiento asombroso se narra con una prosa periodística muy normalizadora: la que probablemente sea la descripción más fuerte habla de una “extremadamente rara reprimenda judicial a una secretaria de gabinete”.18 Esto se queda corto a la hora de describir el drama que supone que una miembro del gabinete continúe impenitente con la apropiación de bienes de personas a las que los tribunales le han ordenado dejar en paz –dieciséis mil personas, concretamente–. E incluso si consiguiésemos encontrar palabras para describir la naturaleza excepcional, apenas concebible, de los sucesos relacionados con Trump, ese enfoque se quedaría corto. ¿Cómo hablar de una serie de acontecimientos prácticamente inimaginables que se han vuelto rutinarios? ¿Cómo describir la confrontación de las instituciones gubernamentales con un aparato presidencial que aspira a destruirlas?
Encontré algunas respuestas en la obra del sociólogo húngaro Bálint Magyar. Al intentar definir y describir lo que había sucedido en su país, Magyar se dio cuenta de que el lenguaje de los medios de comunicación y del mundo académico se quedaba corto. Después del colapso del bloque soviético en 1989, tanto los comentaristas locales como los occidentales adoptaron la terminología de la democracia liberal para describir lo que estaba sucediendo en la región. Hablaban de elecciones y legitimidad, Estado de derecho y opinión pública. Esta terminología reflejaba sus suposiciones y sus limitaciones: asumían que sus países se convertirían en democracias liberales; este parecía ser el resultado inevitable de la Guerra Fría y en cualquier caso no tenían ningún otro lenguaje a su disposición. No obstante, cuando usamos una terminología inadecuada nos es imposible describir lo que vemos. Si usamos palabras creadas para describir peces, nos costará describir un elefante: con palabras como agallas, escamas y aletas no iremos muy lejos.
Cuando algunas de las sociedades postsoviéticas evolucionaron de maneras inesperadas, nuestra capacidad de entender el proceso se vio reducida a causa del lenguaje. Hablábamos de si tenían libertad de prensa, por ejemplo, o elecciones libres y justas. Pero indicar que no las tenían, como dice Magyar, es lo mismo que decir que un elefante no puede nadar o volar: no nos dice mucho acerca de lo que el elefante es. En EEUU estaba sucediéndonos lo mismo: usábamos terminología de desacuerdo político, procedimientos judiciales o debates partidistas para describir algo que se dedicaba a destruir el sistema para el que se había inventado esa terminología.
Magyar pasó un decenio ideando un nuevo modelo y una nueva terminología para describir lo que sucedía en su país. Acuñó el término “Estado mafioso” y lo describió como un sistema específico, semejante a un clan, en el que un solo hombre distribuye dinero y poder a todos los demás miembros. A continuación, desarrolló el concepto de transformación autocrática, que se da en tres etapas: tentativa autocrática, avance autocrático y consolidación autocrática.19 Se me ocurre que son términos que la cultura estadounidense podría tomar prestados ahora, en una adecuada y simbólica inversión respecto de 1989; parecen describir mejor nuestra realidad que ninguna palabra del léxico político estadounidense habitual. Magyar analizó las señales y circunstancias de este proceso en los países poscomunistas y propuso una taxonomía detallada para ellos, pero los derroteros que podría tomar en EEUU son todavía territorio inexplorado.
ii
esperando el incendio del reichstag
Inmediatamente después de las elecciones de noviembre de 2016, esa mayoría derrotada de los estadounidenses que habían votado por Hillary Clinton parecieron dividirse en dos facciones, en función del grado de pánico alcanzado. El presidente saliente Barack Obama, que durante los días siguientes parecía querer convencer al país de que la vida seguía, era un buen ejemplo de una de estas facciones. El 9 de noviembre dio una breve y decorosa charla en la que mencionó tres argumentos. El más memorable de ellos fue que el sol había salido esa mañana.
Ayer, antes del recuento de votos, grabé un vídeo que quizá hayan visto en el que les decía a los ciudadanos de EEUU que, independientemente del lado en que estuvieran, independientemente de que su candidato ganase o perdiese, el sol saldría a la mañana siguiente.
Y eso es un pequeño pronóstico que se ha hecho realidad: hoy ha salido el sol.20
Obama reconoció sus “diferencias significativas” con Trump, pero dijo que su conversación a primera hora de la mañana con el presidente electo le había tranquilizado, ya que, a fin de cuentas, demócratas y republicanos, Trump y él mismo, tenían objetivos comunes.
Todos queremos lo mejor para este país. Eso es lo que escuché en los comentarios de Trump anoche. Eso es lo que escuché cuando hablé con él directamente. Y es algo que me reconforta. Eso es lo que el país necesita: un sentimiento de unidad, de inclusión, respeto por nuestras instituciones, por nuestra forma de vida, por el imperio de la ley y respeto mutuo.
Obama terminó con una nota optimista:
Lo importante es que todos avancemos, asumiendo la buena fe de nuestros conciudadanos, porque esa presunción de buena fe es esencial para una democracia dinámica y funcional. Así es como este país ha avanzado durante doscientos cuarenta años. Así es como hemos vencido límites y defendido la libertad en todo el mundo. Así es como hemos extendido nuestros derechos fundacionales para que lleguen a todos nuestros ciudadanos. Así es como hemos llegado tan lejos. Y por eso estoy convencido de que nuestro increíble viaje como americanos continuará.
Todo presidente es, además de comandante en jefe, un cuentacuentos en jefe. El cuento de Obama, que se alimentaba y construía a partir de los cuentos de sus predecesores, era que la sociedad estadounidense avanzaba imparable hacia un mundo mejor, más libre y más justo. Puede haber tropiezos, dice la historia, pero siempre se corrigen. Es en este sentido que Obama entendía su cita favorita de Martin Luther King júnior: “El arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia”. También es la premisa en la que se basa la creencia en el excepcionalismo estadounidense, o lo que el jurista Sanford Levinson llama “religión civil estadounidense”: que la Constitución de EEUU proporciona a perpetuidad un modelo perfecto para la política.21 En 2016, a medida que Trump empezaba a sacar ventaja a sus adversarios para la nominación republicana, a muchos de nosotros nos tranquilizaba pensar que las instituciones de EEUU eran más fuertes que un solo candidato o un solo presidente.
Pero tras las elecciones, este argumento sonaba hueco.
En un artículo mío publicado en The New York Review of Books el mismo día en que Obama celebraba que el sol había salido según lo programado, advertí a los lectores: “Las instituciones no os salvarán”. Me basaba en mi experiencia en Rusia, Hungría e Israel, tres países muy diferentes de EEUU, por supuesto, pero también muy diferentes entre sí. Sus instituciones habían cedido de maneras curiosamente similares. No tenía manera de saber que las instituciones estadounidenses fallarían de la misma forma, pero sí sabía lo suficiente para decir que la fe absoluta en las instituciones estaba fuera de lugar. Muchas personas compartían esta intuición: la facción en la que más había cundido el pánico. Una expectativa común se instaló entre ellos: la expectativa del incendio del Reichstag.
El incendio del Reichstag, la sede del Parlamento alemán, se produjo la noche del 27 de febrero de 1933. Adolf Hitler había sido nombrado canciller cuatro semanas antes, y ya había empezado a imponer restricciones a la prensa y a ampliar los poderes de la policía. Pero, más que esos primeros pasos tóxicos de Hitler, es el incendio lo que se recuerda como el acontecimiento tras el cual nada volvería a ser lo mismo, ni en Alemania ni en el resto del mundo. El día posterior al incendio el Gobierno emitió un decreto que permitía a la policía realizar detenciones sin cargos, de manera preventiva. Las fuerzas paramilitares de Hitler, las SA y las SS, se dedicaron a detener a todos los activistas que podían y a llevarlos a campos de internamiento. Transcurrido poco menos de un mes, el Parlamento aprobó una “ley habilitante” que instituyó el Gobierno por decreto, y estableció un estado de emergencia que duraría todo el tiempo que los nazis estuvieron en el poder.
El incendio del Reichstag se utilizó para crear un “estado de excepción”, como lo llamaba Carl Schmitt, el jurista predilecto de Hitler. Según Schmitt, el estado de excepción se da cuando una emergencia, un acontecimiento único, sacude el orden preestablecido de las cosas. Este es el momento en que el soberano da un paso adelante e instituye nuevas normas extralegales. La emergencia permite un gran salto cualitativo: una vez reunido el poder suficiente como para declarar el estado de excepción, el soberano, mediante dicha declaración, adquiere mucho más poder sin ningún tipo de control. Esto vuelve el cambio irreversible y el estado de excepción permanente.
Todo acontecimiento decisivo de los últimos ochenta años se ha comparado con el incendio del Reichstag. El 1 de diciembre de 1934, Serguéi Kírov, jefe del Partido Comunista en Leningrado, fue asesinado por un pistolero. Su asesinato se recuerda como el pretexto para instituir el estado de excepción en la Unión Soviética. A ello siguieron juicios amañados y detenciones masivas que llenaron el Gulag de personas acusadas de traición, espionaje y conspiración terrorista. Para gestionar semejante volumen de casos, el Kremlin creó las troikas, grupos de tres personas que dictaban sentencia sin revisar siquiera el caso ni por supuesto escuchar a la defensa.
En el pasado más reciente, Vladímir Putin se ha apoyado en una sucesión de acontecimientos catastróficos para crear excepciones irreversibles. En 1999 estallaron una serie de bombas en apartamentos privados de Moscú y varias ciudades del sur de Rusia y acabaron con la vida de cientos de personas. Esto permitió a Putin declarar que se podía ejecutar sumariamente a quienes calificaba de “terroristas”; también le sirvió como pretexto para una nueva guerra en Chechenia. En 2002, el asedio de tres días a un teatro en Moscú sirvió para demostrar el principio de ejecución sumaria; las fuerzas del orden rusas llenaron el teatro de gas somnífero, entraron en el edificio y dispararon sobre los secuestradores mientras estos yacían inconscientes. El Kremlin usó también el asedio del teatro como pretexto para impedir que los medios de comunicación, bastante amedrentados ya por entonces, trataran de cubrir cualquier operación antiterrorista. Dos años después, más de trescientas personas, en su mayoría niños, murieron tras un ataque a una escuela en Beslán, en el sur de Rusia. Putin aprovechó esta tragedia para anular las elecciones al Gobierno local, aboliendo así de facto la estructura federal del país.
El razonamiento que transforma la tragedia en mano dura no es ajeno a EEUU. Durante la crisis que siguió a las Leyes de Extranjería y Sedición a finales del siglo xviii, los federalistas en el poder y los republicanos de la oposición se acusaron entre sí de traición, de falta de prudencia y de ser marionetas jacobinas. Los tribunales, repletos de federalistas, no perdieron el tiempo a la hora de cerrar los periódicos de sus oponentes. Medio siglo después, el presidente Abraham Lincoln suspendió el habeas corpus, el derecho a no ser encarcelado sin que un juez haya determinado la legalidad del arresto. Su objetivo era poder retener de manera indefinida a los rebeldes, que él consideraba un peligro para la Unión, pero a los que “los tribunales, actuando según las leyes ordinarias, pondrían en libertad”. Hubo que esperar hasta 1866 para que el Tribunal Supremo declarase esta práctica inconstitucional.
La siguiente gran guerra fue la Primera Guerra Mundial. Cualquier discurso que se percibiese como crítico o perjudicial para el esfuerzo de guerra estadounidense se castigaba con penas de hasta diez años de cárcel. El historiador Geoffrey Stone ha calificado la Ley de Sedición de Woodrow Wilson (1918) como “la ley más represiva de la historia de EEUU”.22 Miles de personas fueron arrestadas, muchas sin orden de detención, y 249 activistas anarquistas y comunistas fueron deportados a la Rusia soviética. No fue hasta mucho más tarde que los jueces del Tribunal Supremo Oliver Wendell Holmes júnior y Louis Brandeis comenzaron la racha de disensiones que en última instancia acabarían restaurando y aclarando las disposiciones de protección a la libertad de expresión.
Durante la Gran Depresión, tribunales estatales, legisladores y fuerzas del orden actuaron de común acuerdo –y con la aprobación tácita del Gobierno federal– para desnaturalizar y deportar a miles de estadounidenses de origen mexicano, la mayor parte de los cuales eran ciudadanos por derecho de nacimiento.
La Segunda Guerra Mundial trajo consigo otro asalto presidencial a la Constitución: el internamiento de más de cien mil estadounidenses de ascendencia japonesa. Después llegó el macartismo, y el Gobierno empezó a espiar al enemigo desde dentro; las acusaciones de traición, con o sin pruebas, arruinaron una vida tras otra. La siguiente generación de estadounidenses vivió el secretismo, el engaño y la paranoia de los años de la guerra de Vietnam, que culminaron en la elección de un presidente que se dedicaba a perseguir y poner escuchas a sus oponentes.
Durante el siglo xxi, el Congreso dio enormes poderes de vigilancia a los servicios de inteligencia y a las fuerzas nacionales del orden. La Administración de George W. Bush mintió al mundo entero para declarar una guerra en Irak y creó un sofisticado mecanismo legal para facilitar el uso de la tortura. La Administración de Obama siguió concentrando poder en el brazo ejecutivo, usando órdenes ejecutivas y forzando los límites de la elaboración de políticas por parte de los organismos federales mientras suprimía la denuncia de irregularidades y mantenía a raya a los medios de comunicación.
Dicho de otra forma, cada generación de estadounidenses ha tenido ocasión de ver al Gobierno arrogarse poderes excepcionales con fines represivos e injustos. Estos estados de excepción intermitentes reposan sobre el estado de excepción fundamental y estructural que afirma el poder del hombre blanco sobre todos los demás. En esta historia Trump no emerge como excepción, sino como consecuencia lógica. Se apoya en una historia de cuatrocientos años de supremacía blanca y quince de movilización de la sociedad estadounidense contra los musulmanes, los inmigrantes y el Otro. Un historiador futuro del siglo xxi podría apuntar al 11 de septiembre de 2001 como el incendio del Reichstag de EEUU.
En este sentido, ni siquiera el incendio del Reichstag original se corresponde con lo que es en nuestro imaginario –un acontecimiento único que cambiaría el curso de la historia de una vez y para siempre–. El Reichstag ardió cinco años antes del Anschluss, seis años antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Aquellos años estuvieron llenos de grandes y pequeños acontecimientos, cada uno de ellos un paso hacia la posibilidad del futuro más sombrío. Por tentador que resultase imaginar que Trump tendría la deferencia de anunciar el punto de no retorno con un gesto arrollador e inconfundible (e incluso imaginar que ante ese anuncio todos renunciaríamos de forma justificada a cualquier esperanza o que la desesperación nos haría héroes), su tentativa autocrática tampoco ha sido una única acción, sino más bien una serie de ellas que han cambiado la naturaleza del Gobierno y la política estadounidense paso a paso.
Magyar describe cómo los ambiciosos líderes poscomunistas construían sus autocracias socavando gradualmente las divisiones entre las ramas del Gobierno, desmantelando los tribunales y acaparando la autoridad fiscal. Por supuesto, este modelo no se puede trasladar sin más a la realidad estadounidense, en parte también porque algunas de las divisiones oficiales entre ramas del Gobierno hace tiempo que están muy debilitadas. El Departamento de Justicia, por ejemplo –que ostenta la autoridad fiscal en última instancia–, forma parte de la rama ejecutiva, y la independencia de su funcionamiento está determinada por la tradición. El monopolio de poder político, que Magyar identifica con un factor de riesgo importante, no es algo infrecuente en EEUU: Trump disfrutó de él durante sus dos primeros años en el cargo, cuando ambas cámaras del Parlamento se hallaban bajo control republicano, pero algunos de sus predecesores ya se habían beneficiado antes de esa misma circunstancia. Aún así, está claro que su presidencia es diferente de las anteriores.
Los estadounidenses tienden a hablar mucho más de las instituciones que del otro factor que Obama mencionaba en su discurso tranquilizador tras las elecciones: la presunción de buena fe. Es cierto que, pese a una historia de constante injusticia, el número de estadounidenses de diversa condición que han accedido a los derechos y la protección de la ciudadanía es cada vez mayor. Una visión suficientemente generosa y a largo plazo de la historia de EEUU reafirma la narrativa del progreso continuo hacia la justicia. El cuidadoso diseño de nuestras instituciones es la única razón de esta historia de progreso. La otra es que los ciudadanos americanos y los funcionarios públicos han actuado generalmente de buena fe. Algunos de ellos mintieron, muchos hicieron trampas, muchos manipularon el sistema en su propio beneficio, pero en general lo hicieron con arreglo a creencias sinceras y un sistema coherente de valores. Sus abusos de poder habitualmente se limitaron a áreas discretas definidas por la ideología y esto suponía que incluso cuando el sistema de control y equilibrio fallaba, la Administración siguiente podía enmendar el daño (aunque merece la pena apuntar que Obama no consiguió cerrar Guantánamo). Ningún actor político poderoso se había propuesto destruir el sistema político en sí, hasta que Trump ganó la candidatura republicana. Probablemente se tratase del primer candidato importante que no se presentaba a presidente sino a autócrata. Y ganó.
iii
el presidente de poliestireno extruido
Uno de los tres gritos de guerra de Trump durante la campaña –uno de los tres componentes del “Make America Great Again”– fue “Drenad la ciénaga” (los otros dos fueron “¡Encerradla!” y “Construid el muro”). Podría haber sonado como un grito de batalla contra la corrupción, pero en realidad se trataba de una declaración de guerra contra el sistema de gobierno de EEUU en su forma presente.
El desdén fue el combustible de la campaña de Trump: hacia los inmigrantes, hacia las mujeres, hacia las personas con discapacidad, hacia las personas de color, hacia los musulmanes –hacia cualquiera, en otras palabras, que no fuera un hombre blanco sin discapacidades, heterosexual y nacido en EEUU– y también hacia las élites que habían consentido al Otro. El desdén hacia el Gobierno y su trabajo es un componente de este por las élites, y un motivo retórico que comparte la nueva hornada de líderes antipolíticos del mundo, desde Vladímir Putin hasta Jair Bolsonaro en Brasil. Hacen campaña a partir del resentimiento de los votantes hacia ellas por haber arruinado sus vidas, y siguen jugando con este resentimiento incluso después de ocupar el cargo, como si fuera otra persona (alguien siniestro y aparentemente todopoderoso) quien todavía estuviese en el poder; como si ellos siguiesen siendo insurgentes. Su enemigo es la propia institución del Gobierno –ahora el suyo propio–. Como presidente, Trump ha seguido difamando a los servicios de inteligencia, despotricando del Departamento de Justicia y publicando tuits humillantes sobre los funcionarios de su propia Administración.
Para formar gabinete, Trump escogió a personas que estaban en contra de la labor e incluso de la misma existencia de los organismos que tenían que dirigir. Scott Pruitt, su candidato para la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés), había llegado a demandar catorce veces a este organismo por extralimitación regulatoria durante el tiempo que ocupó el cargo de fiscal general del estado de Oklahoma. En el discurso que pronunció en su audiencia de confirmación ante el Senado, el 18 de enero de 2016, Pruitt afirmó que el impacto del ser humano sobre el cambio climático e incluso nuestra capacidad de medirlo eran todavía discutibles.23 Para Salud y Servicios Humanos, Trump nominó al congresista de Georgia Tom Price, que decía que acabaría con la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible y el Medicare. Como fiscal general, eligió a Jeff Sessions, senador de Alabama al que se le había negado la judicatura en una ocasión y que no oculta su antagonismo hacia las leyes sobre los derechos civiles. Su secretario de Trabajo Andrew Puzder, un empresario del sector de la comida rápida que se opone a los derechos laborales. Puzder tuvo que retirar su candidatura en febrero de 2017 porque ni siquiera los senadores republicanos lo respaldaban (aunque esto en realidad se debió a que él apoyaba una reforma de la inmigración centrada en la legalización de mano de obra), así que Trump nominó a Alexander Acosta, decano de una facultad de Derecho que había sido fiscal en el sur de Florida.24 Como fiscal, Acosta supervisó un acuerdo controvertido con Jeffrey Epstein, un millonario acusado de tráfico y abuso sexual a menores. No obstante, y según las normas ya establecidas de la era Trump, en marzo de 2017 la prensa hablaba de Acosta como de un “candidato normal”; al fin y al cabo, tenía experiencia y parte de ella era incluso relevante para el cargo.25 Para ocuparse de Vivienda, Trump nominó a Ben Carson, un neurocirujano retirado sin ninguna experiencia política o pericia en vivienda o cualquier otra área de Gobierno. El elegido de Trump para secretario de Energía, el antiguo gobernador de Texas Rick Perry, había prometido suprimir el Departamento de Energía (junto con Comercio y Educación) durante las primarias republicanas en 2011.26 A todo esto, parecía desconocer en qué consistía la labor de este departamento (que trabaja principalmente con armas nucleares y no, como Perry parecía creer, en la regulación de la industria de la energía). Betsy DeVos, su secretaria de Educación: enemiga acérrima de la educación pública. En su estado natal, Míchigan, la activista millonaria impulsó una reforma que recortó la financiación de los colegios públicos en pro de escuelas concertadas sin ningún tipo de regulación y que contribuyó de manera importante al colapso del sistema público de educación en Detroit. DeVos nunca había trabajado en educación, y durante su confirmación en el cargo reveló una absoluta falta de familiaridad con el tema. Cuando se le preguntó si pensaba que los exámenes debían concentrarse en la competencia o en el progreso del alumno, titubeó de una forma que hacía sospechar que no estaba al corriente de la existencia de ese debate.27 Acerca de las armas en los colegios, comentó que podían ser empleadas contra “potenciales osos”.
Los miembros del gabinete de Trump salieron del paso en sus respectivas audiencias de confirmación mintiendo o plagiando a otros. Seis semanas después de que Trump jurara el cargo, la fundación de investigación periodística ProPublica elaboró una lista de mentiras pronunciadas ante el Senado por cinco de los nominados del presidente: Pruitt, DeVos, Steve Mnuchin (Tesoro), Price y Sessions.28 DeVos, además, al parecer había respondido varias preguntas por escrito plagiando documentos de otros funcionarios que podían encontrarse en línea.29
Mentir ante el Congreso es un delito. En otros periodos históricos hubiera sido además algo de lo que avergonzarse. ¿Por qué razón mentirían los nominados a algunos de los cargos más importantes del país, y lo harían de una manera que no fuese difícil de desenmascarar y documentar? ¿Por qué no? No estaban simplemente emulando el comportamiento de su protector, que mentía de manera vistosa, insistente e incesante: estaban demostrando que compartían su desprecio por el Gobierno. Estaban mintiendo a la ciénaga. Les daban igual los usos del Gobierno, porque el mismo les parecía despreciable.
El desdén por la excelencia es un pariente cercano del desprecio por el Gobierno, algo que comparten una serie de líderes contemporáneos, cuyas políticas antipolítica también son claramente antiintelectuales. Como presidente electo, Trump decidió reducir sus reuniones informativas con los servicios de inteligencia a una vez por semana, en lugar de la frecuencia diaria o casi diaria que solía ser costumbre.30 No dejó de explicar por qué: “Soy una persona así como inteligente [sic]”. Y como si fuera un adolescente enfurruñado, añadió: “No necesito que me digan la misma cosa de la misma manera cada día durante los próximos ocho años”. Si algo cambia en el mundo, los jefes de los servicios de inteligencia informarán al presidente. Trump quizá fuera el primer presidente de EEUU que no parecía en absoluto intimidado por la responsabilidad del cargo: no tenía ninguna estima por sus predecesores ni por el trabajo, y las exigencias de este le molestaban.
Las reuniones informativas con los servicios de inteligencia eran una pequeña parte del viaje de candidato a presidente, un componente en la transformación que se suponía que Trump debía sufrir. Después de las elecciones se habló mucho de la probabilidad de que Trump –el bufón, el ordinario, el racista– se volviera “presidencial”. Es cierto que esa palabra significa diferentes cosas en función de quien la use, pero lo cierto es que se asumía que, como presidente, Trump desarrollaría algún tipo de respeto por el cargo (por su cargo) y por el sistema en cuya cúspide le habían colocado los votantes. Esta asunción –esta esperanza infundada– era completamente contraria a la esencia misma del proyecto trumpiano. El 20 de enero de 2017 el país vio que estaba invistiendo a un presidente diferente de todos los demás: un presidente que despreciaba el Gobierno.
Un estudio de los autócratas modernos nos enseñaría que un incendio del Reichstag nunca es un acontecimiento único y señero que cambia el curso de la historia, y también revelaría una verdad que subyace a esta narrativa del acontecimiento único: los autócratas suelen dejar claras sus intenciones desde el principio. Si decidimos no creerles o ignorarles, lo hacemos a nuestra cuenta y riesgo. Putin, por ejemplo, dejó entrever sus planes hacia el final del primer día en el cargo: una serie de parcas declaraciones y de iniciativas legislativas, acompañadas de una redada policial, nos indicaron que se iba a dedicar a remilitarizar Rusia, que desmantelaría sus instituciones electorales y que reprimiría a los medios de comunicación. Su tentativa autocrática –el camino hasta ostentar el poder autocrático: meter a sus oponentes en la cárcel, controlar los medios y anular cualquier tipo de poder político más allá de las puertas de su despacho– le llevó tres o cuatro años, pero sus objetivos habían quedado claros desde el principio.*
Durante veinticuatro horas, Trump no solo pisoteó algunos de los más sagrados rituales del poder estadounidense, sino que además hizo de ello un espectáculo. Profanó la investidura con un discurso malévolo, irrelevante y también mal escrito, pronunciado con el más bajo nivel de emoción e inteligencia. “Hemos hecho ricos a otros países mientras que la riqueza, la fuerza y la confianza de nuestro país se ha disipado en el horizonte”, así resumía el legado de la política exterior estadounidense: un juego de suma cero en el que cada dólar gastado –ya sea en una guerra descabellada o en el Plan Marshall– es un dólar perdido. “Durante demasiado tiempo, un pequeño grupo en la capital de nuestra nación ha cosechado los frutos del Gobierno, mientras la gente cargaba con el coste” es su síntesis de todo el trabajo de los hombres y las mujeres que le habían precedido, la totalidad de la historia política del país, cuyo fin declaraba ahora: “Esta masacre de América termina aquí y termina ahora”. Tras descartar el pasado político, ofreció, a modo de visión de futuro, una fortaleza sitiada: un país amurallado que se pone a sí mismo por delante de todo, dando al traste con cualquier tradición o consideración hacia los demás.
Su estrechez de miras y falta de aspiraciones asemeja de manera curiosa a Trump y Putin, pese a que el origen de la mediocridad recalcitrante de ambos no podría ser más distinto. No debemos confundir aspiraciones con ambición: ambos desean ser más ricos y poderosos, pero ninguno de los dos quiere ser, ni siquiera parecer, mejor. Putin, por ejemplo, se reitera en su falta de aspiraciones haciendo bromas soeces en los momentos más inadecuados, como cuando en una comparecencia conjunta con la canciller alemana Angela Merkel en 2013 comparó la política monetaria europea con una noche de bodas: “Da igual lo que uno haga, el resultado siempre es el mismo”, dijo, elegante a su manera al omitir el “te follan” que era obviamente el remate del chiste. La expresión mortificada de Merkel quedó grabada en vídeo para la historia.
Las primeras horas de Trump como presidente se vieron marcadas por un uso vindicativo del poder: el jefe de la Guardia Nacional del Distrito de Columbia perdió su trabajo hacia el mediodía, al igual que los embajadores de EEUU de todo el mundo –básicamente por la razón de que están “a disposición del presidente” y el presidente entrante tenía ganas de despedir a alguien–.31 Entre celebración y celebración, Trump encontró el tiempo de firmar una orden ejecutiva para empezar a desmantelar el logro de su predecesor, la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible. Limpió la página web de la Casa Blanca de cualquier contenido sobre política climática, derechos civiles, sanidad y derechos LGTB, quitó la página en español y añadió una biografía de su esposa que publicitaba las joyas de venta por catálogo de ella (mientras le daba la espalda en público continuamente a lo largo de ese día). También se encargó de dar un aspecto infame al Despacho Oval con unas cortinas doradas.
La pompa política estadounidense expresa una serie de aspiraciones. El extenso ritual de la investidura transmite la importancia del cargo presidencial y la maravilla y el orgullo por el milagro de la transferencia de poder pacífica reiterada. La ceremonia, el concierto, el almuerzo, el desfile, las recepciones; todo ello busca crear una sensación nacional de celebración y autocomplacencia. Es una especie de boda gigantesca concebida para hacer llorar hasta al pariente más hosco. Es un momento para que todo el mundo brille –los que celebran, en su magnificencia, y los no tan afortunados, por reflejo–. A medida que va avanzando el día y la nueva pareja presidencial acepta el honor y la responsabilidad que se les otorga, se convierten en otra cosa: bajo la atenta mirada del país, adquieren la cualidad de “presidenciales”. O al menos, esto es lo que se espera de ellos.
Trump no sabía qué hacer con nada de aquello: la magnificencia, el brillo, la maravilla (a menos que fuera hacia su persona), el orgullo (más allá del suyo propio), la aspiración. De hecho, la única cualidad de la que dio repetidas muestras fue su falta de aspiraciones. Tomemos su discurso como ejemplo. No, mejor aún, tomemos el pastel como ejemplo. En una de las recepciones, Trump y su vicepresidente Mike Pence cortaron un enorme pastel blanco con una espada. El pastel resultó ser una imitación del que se había servido en el baile de investidura del presidente Obama en 2013. El de Obama lo había creado el famoso chef Duff Goldman. El de Trump venía de una pastelería mucho más modesta de Washington, y el representante del equipo de Trump que lo encargó pidió explícitamente una copia exacta del diseño de Goldman, incluso cuando el pastelero propuso crear una variante.32 Solo una pequeña parte del pastel de Trump era comestible, el resto era de poliestireno extruido (el de Obama era todo pastel). Es posible que este sea el mejor símbolo de la Administración entrante: mucho de lo poco que trajo consigo era un plagio y, en su mayor parte, no resultaba útil para el propósito al que sirven habitualmente las Administraciones presidenciales. No solo no se alcanzaba la excelencia: se rechazaba la idea de que la excelencia fuera algo deseable. Como si desease recalcar esto, DeVos tuiteó que era “un honor ser testigo de esta investidura histórica”, usando en inglés el término historical (que hace referencia al pasado) en lugar de historic (que se refiere a un acontecimiento importante), que era el adecuado.33 Después borró el tuit y culpó del error a sus colaboradores.
Tres años y un día después de la investidura, se diagnosticó en EEUU a la primera persona con coronavirus, un hombre del estado de Washington, poniendo en marcha un cronómetro simbólico ante la inacción de la Administración Trump frente a una pandemia letal.34 Todos los presidentes de EEUU tienen el poder de salvar y destruir vidas, pero solo en momentos de peligro –durante una guerra, desastre natural o epidemia– se ostenta ese poder de manera tan inmediata y con efectos tan devastadores.
Trump se mantuvo firme en su desprecio por el Gobierno y por el conocimiento. Ignoró las reuniones informativas en las que se le advertía de que podía haber fallecimientos en masa.35 Ignoró los alegatos públicos de los epidemiólogos, incluso los de antiguos altos funcionarios de su Administración publicados en The Wall Street Journal.36 En televisión y en Twitter, despachó los temores acerca del coronavirus como “un timo”37 y prometió: “Todo va a ir bien”.38 En la primera mitad de marzo, cuando empezaba a quedar claro el desastre que se avecinaba, Trump visitó los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades vistiendo una gorra con el lema “Keep America Great” y se jactó: “Me gustan estas cosas, realmente las entiendo. A la gente le sorprende que las entienda. Todos los médicos me han dicho: ‘¿Cómo sabe tanto de este tema?’. Será que tengo una habilidad natural. Quizá hubiera debido dedicarme a esto en vez de ser presidente”.39 En medio de un laboratorio, frente a las cámaras, Trump afirmó que cualquier persona en EEUU que necesitase hacerse una prueba de COVID-19 podría hacerlo. Todo lo que dijo era mentira.
No escatimó en alabanzas a sí mismo por actuar con decisión mientras se resistía a tomar medidas como invocar la Ley de Producción de Defensa, algo que podría haber contrariado a los directivos de las grandes corporaciones. En vez de eso, se dedicó a trapichear con esperanzas e incluso curas falsas. Esto no dejaba a los expertos más remedio que, o bien intentar corregir a Trump en tiempo real,40 como trataba de hacer con un gran riesgo personal el doctor Anthony Fauci,41 director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, o bien tratar de neutralizarlo, opción escogida por la coordinadora de su fuerza operativa sobre el coronavirus, la doctora Deborah Birx, muy en detrimento de su reputación como especialista en salud pública.42 A medida que aumentaba el número de víctimas, la falta de aspiraciones de Trump llegó a manifestarse de forma grotesca. No parecía intimidado en absoluto por la catástrofe, ni tampoco asustado; en realidad, apenas se tomó la molestia de ser consciente de ella. En algunos momentos parecía solemne, refiriéndose incluso a sí mismo como “presidente en tiempos de guerra”, pero casi inmediatamente se dejaba distraer por sus preocupaciones reales y permanentes: la adulación y el dinero. Nada ni nadie más importaba.43
* Entre los hitos del establecimiento de una autocracia por parte de Putin se cuentan la detención del hombre más rico de Rusia, Mijaíl Jodorkovski, en 2003 (tres años después de llegar a la presidencia) y la abolición de las elecciones para gobernador en septiembre de 2004.
iv
podríamos llamarlo kakistocracia
El desprecio de Trump hacia la excelencia no es un capricho personal ni tampoco una anomalía entre los autócratas del presente y del pasado. Es lógico: estos ven el trabajo de gobernar como algo que solo merece burla, y por lo tanto siguen burlándose incluso cuando son ellos quienes están en el poder. Es algo que forma parte integral de su actitud general: son hombres que, de manera intencionada, apelan a lo peor del ser humano. El desdén de Trump por la excelencia es congruente con cómo se burló en público de un periodista con discapacidad, de la misma manera que Putin expresa el suyo mediante el humor soez. El proyecto de Trump es el Gobierno de los peores, lo que en términos políticos se denomina kakistocracia.
El día en que Trump juró el cargo, menos de la mitad de su gabinete había sido confirmado; sus predecesores habían empezado a trabajar con la mayoría de los puestos –o, en el caso de Bill Clinton, con todos los puestos– cubiertos.44 Cuatro semanas después de la investidura, tan solo treinta y cuatro de los setecientos puestos que necesitaban confirmarse en el Senado tenían un candidato.45 Con ambas cámaras del Congreso bajo el control republicano, Trump habría encontrado poca oposición a sus nominaciones, habría bastado con que tuviera algún nombre que proponer. En el Capitolio se asumía que el presidente electo no estaba preparado, que su propia victoria le había pillado desprevenido. Pero también era evidente que Trump no sentía mucho interés por la tarea de completar el gabinete, convencido además como estaba de que gran parte del mismo no debería siquiera existir.
El interés de Trump por la presidencia se manifiesta en destellos y atisbos puntuales. A diferencia del Gobierno en general, el Ejército claramente sí le atraía –incluso se dice que había esperado un desfile militar en su investidura–, así que sus primeras nominaciones fueron generales: Mike Flynn como asesor de seguridad nacional, John Kelly como jefe del Departamento de Seguridad Nacional, James Mattis como secretario de Defensa y Mike Pompeo, capitán retirado, en la CIA.46 Al parecer también le interesaba la elección de su personal como espectáculo, así que para elegir al secretario de Estado montó algo que recordaba a su reality televisivo: entrevistó a su antiguo rival electoral Mitt Romney y lanzó la idea de nombrar al antiguo alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, antes de anunciar finalmente que se había decidido por el CEO de Exxon Rex Tillerson, otro magnate sin ningún tipo de experiencia en un Gobierno.47 Las competencias de Tillerson se reducían a haber llevado a buen puerto una serie de negociaciones con algunos de los regímenes más represivos del mundo, como Rusia y Arabia Saudí.
En sus primeras semanas en el cargo, Trump firmó una ristra de órdenes ejecutivas que se correspondían con sus promesas electorales: construir un muro en la frontera sur, aumentar las deportaciones de inmigrantes, prohibir la entrada a EEUU de viajeros de países predominantemente musulmanes y acabar con el sistema de seguridad social creado por la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible.48 Estas órdenes estaban redactadas con descuido y no quedaba claro cuáles iban a ser sus consecuencias, en caso de que las hubiera; los fondos para construir el muro no podían recaudarse mágicamente a golpe de orden ejecutiva, y tampoco era posible revocar la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible de esa manera. The New York Times informaba de que el equipo del nuevo presidente era escuálido, apenas media docena de asesores desorientados en la Casa Blanca, donde no eran capaces ni de encontrar los interruptores de la luz, mientras que el propio Trump se desentendía de todo lo que no saliese de su pantalla de televisión. La jornada de trabajo presidencial finalizaba a las seis y media de la tarde, decía The New York Times.49 Una vez retirado a sus aposentos, se dedicaba a disparar tuits, espoleado por “comentarios aleatorios”, en palabras del mismo periódico.50
Trump había hecho campaña a partir del insulto al Gobierno y él mismo era un insulto a la presidencia. Pero ¿podría alguien tan absurdo, tan incompetente a todas luces, suponer un peligro verdadero? Durante los primeros meses de la presidencia, la esperanza de que Trump se volviera “presidencial” se fue viendo remplazada poco a poco por la de que aquello se le diese lo suficientemente mal como para no poder infligir daños permanentes. Podríamos haber imaginado, aunque no vaticinado, que una pandemia convertiría su ignorancia arrogante en algo letal.
Nos imaginamos a los villanos de la historia como genios del mal. Esto sucede porque aprendemos sobre ellos en los libros de historia, donde se tejen narrativas que imbuyen de lógica retrospectivamente a los acontecimientos, de manera que parecen predeterminados. Los historiadores y sus lectores aportan un sesgo de percepción inevitable al relato: si un acontecimiento histórico provocó una enorme destrucción, entonces la persona que estuvo detrás de este acontecimiento debía ser un monstruo de proporciones correspondientes. Por muy terrorífico que sea contemplar las catástrofes del siglo xx, resultaría todavía más pavoroso imaginar que la humanidad hubiese penetrado en sus momentos más oscuros sin pensar siquiera. No obstante, si leemos textos de esa época, veremos que los contemporáneos de Hitler y Stalin los consideraban personas de escasa inteligencia, educación e imaginación y, de hecho, incompetentes como personas para el liderazgo gubernamental y militar. Contrariamente a lo que se piensa, no eran prodigios de la política poseídos por un talento extraordinario que los llevó hasta el poder. Más bien fue su ignorancia tranquilizadora, esa arma contundente, lo que propulsó su ascenso en un mundo terriblemente complejo.
Los dictadores contemporáneos, cuyo ascenso contemplamos en tiempo real, mantienen sus perfiles humanos. Fuimos testigos de la codicia y la vanidad de Silvio Berlusconi, que hizo una gestión catastrófica de la economía italiana. Reconocemos el deseo desesperado de Putin de despertar admiración o al menos miedo, a menudo literalmente a costa de su propio país. No obstante, la distancia física hace parecer a los villanos más grandes de lo que son en realidad. A medida que empezaba a calar plenamente el absurdo de Trump, acabando con cualquier esperanza de que se volviese un presidente digno, Putin iba convirtiéndose, en la imaginación estadounidense, en un brillante estratega, un experto agente secreto que tramaba el fin del mundo occidental. Lo cierto es que Putin era y sigue siendo un hombre de poca educación, mal informado, poco curioso, cuya ambición es mucho mayor que su comprensión del mundo. Hasta el punto de que, si tiene algún interés por el Gobierno, lo único que le preocupa es su propio papel al respecto –en el panorama mundial o en la televisión rusa–. Ya esté en una cumbre, pilote un avión o vuele en ala delta con grullas siberianas, lo que le interesa es el espectáculo del poder. En esto, Trump y él se parecen: para ellos, el Gobierno, la presidencia y la política empiezan y terminan en el poder, y la política pública no es más que la representación del poder.
Trump estaba instituyendo el Gobierno a golpe de tuit, pero también, de manera más general, a golpe de gesto. Ese gesto podía ser una llamada telefónica a Carrier, el fabricante de unidades de aire acondicionado que aparentemente logró hacerle abandonar sus planes de deslocalizar puestos de trabajo de Indiana a México (lo cierto es que en el mejor de los casos la llamada consiguió retrasar unos meses algunos despidos), o anunciar la prohibición de viajar a EEUU desde Europa como respuesta a la propagación del coronavirus.51 La campaña de Trump se basaba en parte en su convicción de que la presidencia tenía que ser un cargo de decisiones simples y gestos claros. En público predicaba soluciones en una sola frase, mientras en privado se comenta que le preguntó repetidas veces a un asesor de política exterior por qué EEUU no podía usar armas nucleares “ya que las tenemos”.52 Durante su tercer mes en la presidencia autorizó un bombardeo en Siria. Envalentonado por la cobertura televisiva positiva, ordenó que se emplease en Afganistán un dispositivo explosivo gigantesco conocido como “la madre de todas las bombas” y después se jactó de haber dado al Ejército “autorización plena” –¿para qué complicar las cosas poniéndoles limitaciones a los generales?–. Al mes siguiente, Trump anunció que EEUU se retiraría del complejo y extensísimo Acuerdo de París para el clima, que tanto había costado negociar y que aparentemente él no había hecho ningún esfuerzo por entender: la complejidad del acuerdo resultaba ya en sí misma ofensiva, y la solución pasaba por la simplicidad de retirarse de él.
En abril de 2017 Trump admitía que ser presidente estaba resultando más difícil de lo que esperaba.53 No pareció que el descubrimiento le insuflase humildad alguna. En línea con su manera de entender la política, reprochaba a sus oponentes –su predecesor, las élites, el establishment– que hubiesen complicado tanto las cosas. De no haberlo hecho, las cosas serían como tenían que ser: un hombre daría órdenes y se ejecutarían. No sería necesario tratar con legisladores recalcitrantes o, peor aún, con investigadores entrometidos. Un país, en posesión de las bombas más grandes del mundo, dominaría a todos los demás y no tendría que preocuparse por las intrincadas relaciones entre todos esos otros países. EEUU funcionaría como una empresa, una anticuada compañía vertical de esas que se gestionan mediante el puro y simple ejercicio del poder.
La incompetencia de Trump es militante. No es un factor que pudiera mitigar el peligro: es el peligro mismo. La mecánica de la pugna entre la incompetencia militante y el conocimiento se pudo ver a lo largo de las audiencias de su proceso de destitución en 2019 y, de nuevo unos meses después, durante la pandemia del COVID-19. En este último caso, los propios expertos en salud pública del Gobierno trabajaban para contener la pandemia y sensibilizar a los ciudadanos mientras el presidente desacreditaba estos esfuerzos y minimizaba los riesgos con la petulancia de un hombre orgulloso de su ignorancia. En el otro, Trump, su abogado personal Rudy Giuliani y una pequeña troupe de diletantes y estafadores se dedicaban a lo que ellos llamaban objetivos de política exterior (que la testigo Fiona Hill describió con mayor precisión como “recados políticos”) en las relaciones con Ucrania, acordes con la cosmovisión conspiranoica y vengativa de Trump, mientras un grupo de funcionarios del servicio de exteriores trataba de resistir y mantener políticas congruentes con las normas, las leyes, la lógica y el interés nacional.
En parte podía llegar incluso a resultar cómico. “Había funcionarios europeos de todo tipo […] que aparecían literalmente en la puerta de la Casa Blanca, nos llamaban a nuestros números personales, que en realidad hay que dejar en unas taquillas, así que era difícil comunicarse con ellos –testificó Hill, una de las más experimentadas expertas en Rusia, que estuvo en el Consejo de Seguridad Nacional desde abril de 2017 hasta julio de 2019–. Me encontraba con infinitos mensajes de funcionarios iracundos a los que el embajador Sondland les había dicho que se reunirían conmigo”.54 Hotelero sin ningún tipo de experiencia política o de Gobierno, Gordon Sondland había patrocinado generosamente la campaña de Trump, y este le había nombrado embajador ante la Unión Europea, añadiendo después Ucrania (que no es miembro de esta, por si hace falta decirlo) a su cartera. Sondland había pasado varios meses tratando de conseguir un acuerdo para que el presidente ucraniano Volodímir Zelenski declarase públicamente que estaba investigando a Hunter Biden, hijo del antiguo vicepresidente y contrincante demócrata de Trump Joe Biden, por un presunto caso de corrupción. A cambio, se le concedería una reunión con Trump en la Casa Blanca y aproximadamente cuatrocientos millones de dólares en ayuda militar. Hill testificó que había tratado de que alguien le explicase a Sondland que las cosas no se hacían así; que, entre otras cosas, la política exterior no podía manejarse a través de llamadas a teléfonos móviles personales poco seguros con personas de las que Sondland no sabía nada, en torno a temas de los que no tenía conocimiento alguno: “Básicamente sería como conducir un coche sin guardarraíles ni GPS en un lugar desconocido”. El embajador en funciones ante Ucrania, William B. Taylor júnior, un diplomático de carrera, amenazó con dimitir. Sondland insistió: ahora las cosas se hacían así. Su equipo de incompetentes era más fuerte que los institucionalistas, que o bien se plegaron, o bien perdieron sus trabajos. El consejero de Seguridad Nacional John Bolton dimitió o lo despidieron;55 Hill dimitió; la embajadora ante Ucrania, Marie Yovanovitch, fue llamada a consultas, no sin antes ver su reputación malograda a golpe de rumores y tuits trumpianos.56 Mientras tanto, el diplomático de carrera Kurt Volker, enviado especial a Ucrania, se vio arrastrado al juego de chanchullos diplomáticos,57 y John Eisenberg, abogado principal del Consejo de Seguridad Nacional, ayudó a echar tierra sobre el asunto subiendo la grabación de una llamada incriminatoria entre Trump y Zelenski a un servidor seguro.58 Al parecer, ambos hombres trataban de mitigar los daños que Trump estaba infligiendo al Gobierno, y en vez de eso propiciaron ese mismo daño.
Cuando llegó la pandemia, el vacío que Trump había creado intencionadamente en lo más alto del Gobierno federal se tradujo en una inacción letal. En tres años, el Gobierno se había visto en parte desmantelado y en parte corrompido. Solo a las áreas que a Trump le habían pasado desapercibidas se les había permitido seguir su curso. Pero en medio de una crisis un Gobierno no puede funcionar sin un líder, o al menos ese funcionamiento tenderá a sufrir retrasos graves. Durante varias semanas cruciales el trabajo en los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, los laboratorios del Estado y otros organismos de salud pública se asemejaba a los procesos contradictorios y confusos descritos por los diplomáticos en las audiencias de destitución. Una prueba de diagnóstico que resultaba crucial para luchar contra la epidemia sufrió retrasos por un error humano, pero más allá de eso, fue retrasada por normas que tenían consecuencias no deseadas, por una reticencia a tomar decisiones y, sobre todo, por la incapacidad esencialmente trumpiana del sistema de reconocer sus propios fallos.59 Pese a toda su retórica antiburocrática, Trump había conseguido engendrar una cadena colosal de fallos burocráticos. Hannah Arendt llamaba a la burocracia “el Gobierno de nadie”. Ahora este nadie es Trump: ni siquiera sabía lo que no estaba haciendo.
v
podríamos llamarlo corrupción
Dos semanas después de ganar las elecciones, Trump concedió una entrevista de cuarenta y cinco minutos a editores, reporteros y columnistas de The New York Times.60 Todavía visiblemente conmocionados, los periodistas parecían tener dificultades a la hora de equilibrar la expresión de respeto por el cargo de presidente –y por el hombre que lo ostentaría a partir de ahora– con el contenido de las preguntas que tenían que plantearle. Varios de ellos lo pasaron especialmente mal intentando ir al grano en sus preguntas, como avergonzados de tener que formularlas.
El corresponsal de la Casa Blanca Michael D. Shear finalmente consiguió preguntar por “cómo mezcla usted sus intereses empresariales en el mundo y la presidencia. En varias ocasiones, en los diez días… dos semanas que lleva como presidente electo, se ha reunido con sus socios indios…”.
“Sí”, respondió Trump.
Shear continuó: “Ha hablado acerca del efecto de los parques eólicos en su campo de golf [durante una reunión con el político británico Nigel Farage]. Hay personas, expertas en derecho y en ética, que afirman que todo eso es completamente inapropiado…”. ¿Qué hará el nuevo presidente para separar su presidencia de su actividad empresarial?, venía a ser la pregunta.
“La ley está completamente de mi lado –le respondió Trump–. El presidente no puede tener un conflicto de intereses”.
Trump afirmó que “en teoría puedo ser presidente y seguir dirigiendo mis negocios al 100%, firmar cheques para mi empresa…, puedo llevar perfectamente mis negocios y también llevar perfectamente el país”. Divagó. Insinuó que, si tenía que establecer un límite firme entre la presidencia y sus negocios, tendría que dejar de ver a sus hijos mayores, todos ellos involucrados en el imperio empresarial Trump. “Nunca vería a mi hija Ivanka”.
Un participante no identificado –probablemente un periodista de The Times– comentó: “Eso quiere decir que tiene que hacer a Ivanka presidenta adjunta, ya sabe”. Según la transcripción, todo el mundo se rio en ese momento.
No pasó mucho tiempo antes de que Ivanka ocupara una oficina en el Ala Este de la Casa Blanca –tradicionalmente el feudo de la primera dama–,61 y al cabo de pocos meses se mudó al Ala Oeste,62 donde se hace la política. Acompañó a su padre a una reunión con el primer ministro japonés Shinzō Abe,63 después a otra con la canciller alemana Angela Merkel64 y posteriormente ocupó el lugar de su padre en una reunión de líderes del G-20 en Hamburgo.65 Como Ivanka no recibía un sueldo, su padre afirmaba que las reglas éticas habituales no se aplicaban en este caso. La Oficina de Ética del Gobierno no fue de la misma opinión, pero esto no cambió nada.66
En enero, una semana antes de la investidura, Trump convocó una conferencia de prensa para anunciar que cedía la administración –pero no la propiedad– de The Trump Organization a sus hijos Don y Eric.67 Incluso si esto fuera cierto, seguiría sin resolver los conflictos de interés, ya que Trump seguiría obteniendo beneficios de las empresas que llevan su nombre –en realidad, su nombre es su empresa–. Pero es que además probablemente tampoco era cierto. Trump hizo el anuncio desde un atril cubierto de pilas de carpetas, pero no permitió a los periodistas examinar ninguno de los documentos que contenían, si es que contenían alguno.
En julio de 2017, un día antes de que se cumplieran seis meses desde su investidura, el jefe de la Oficina de Ética del Gobierno, Walter Shaub, dimitió conteniendo su indignación a duras penas. En una entrevista con la MSNBC, dijo que el programa de ética de la Casa Blanca de Trump era “una muy seria decepción”.68 La Administración afirmaba haber negociado acuerdos éticos con el personal, pero había dejado a la Oficina fuera del proceso. “Hemos recibido muy poca información acerca de lo que hacen las personas en la Casa Blanca para ganarse la vida día a día”, afirmó. La institución que Shaub encabezaba desde 2013 se veía indefensa ante un presidente que actuaba de mala fe. El cumplimiento de las reglas éticas era opcional porque Trump decía que era opcional. Y después optó por no cumplirlas.
No es que el presidente y su familia estuvieran precisamente ocultando sus fuentes de ingresos; simplemente se negaban a rendir cuentas por ellas. En febrero de 2017, cuando los grandes almacenes Nordstrom dejaron de vender la línea de calzado de Ivanka,69 quizá en respuesta al boicot que había hecho bajar sus ventas, el presidente tuiteó: “Mi hija Ivanka ha sido tratada muy injustamente por @Nordstrom… Terrible”.70 Al día siguiente, Kellyanne Conway, asesora de alto nivel del presidente, habló con Fox News desde la sala de prensa de la Casa Blanca para promocionar los productos de la primera hija. “Comprad las cosas de Ivanka, es lo que yo os diría –dijo–. Voy a hacer publicidad gratuita: id y compradlas ahora mismo, todos. Se pueden encontrar online”.71 Esta Administración creía firmemente que la nueva posición de poder de Ivanka tenía que fomentar sus beneficios, del mismo modo que la presidencia debería ayudar a todos los miembros de la familia a ganar dinero. Esta misma asunción se hizo explícita en la demanda que los abogados de Melania Trump presentaron en febrero de 2017 contra el tabloide británico Daily Mail, alegando un perjuicio económico a la primera dama: “La demandante tenía la oportunidad única que solo se presenta una vez en la vida, como persona extremadamente famosa y conocida, así como exmodelo profesional, portavoz de una marca y mujer de negocios de éxito, de lanzar una marca comercial en varias categorías de productos, cada una de las cuales podría haber generado relaciones empresariales multimillonarias a lo largo del periodo de varios años en el que la demandante es una de las mujeres más fotografiadas del mundo”. Melania obtuvo una indemnización, una de las más altas que han asignado nunca los tribunales británicos (la cantidad exacta nunca se reveló).72
En cuanto a la línea de calzado de Ivanka, cualquier beneficio que la primera hija estuviera obteniendo de ella no era más que una gota en el océano de ingresos que percibían ella y su marido, Jared Kushner. A finales de marzo, la Oficina de Ética del Gobierno publicó documentos que mostraban que la pareja seguía siendo beneficiaria de un imperio empresarial valorado en setecientos cuarenta millones de dólares.73 Este imperio incluía inversiones y empresas en el sector inmobiliario, entre ellas el Trump International Hotel en Washington DC. El hotel, que llegó a la capital tan solo meses antes que su homónimo, hacía negocios en sinergia con la presidencia. El Comité Nacional Republicano celebró allí su fiesta de Navidad.74 Los lobistas del Gobierno saudí reservaban bloques enteros de habitaciones, y pagaron alrededor de quinientas noches de hotel en los meses que siguieron a las elecciones.75 En 2017 el hotel generó más de cuarenta millones de dólares de beneficio, mientras que The Trump Organization en su totalidad generó quinientos millones. En julio de 2019, cuando Trump tuvo la conversación telefónica que acabaría desencadenando la investigación de destitución, parecía que cualquiera que hablase por teléfono con Trump tenía que mencionar que era un buen cliente de sus hoteles. Zelenski afirmó que en su última visita a Nueva York (antes de ser presidente) se había hospedado en el Trump Hotel de esa ciudad.76
El gabinete de Trump, el más rico de la historia, generaba más acusaciones de conflicto de intereses de las que un ejército de periodistas podría seguir, o más de las que ningún público podría asimilar, y esto es crucial.77 DeVos era inversora, entre otras, de una empresa de cobro de deudas y gestora de colegios concertados.78 El secretario de Comercio, Wilbur Ross, inversor en empresas de gas y acero, ayudó a formular una política de aranceles para estas industrias antes de vender algunas de –aunque no todas– sus inversiones.79 Mick Mulvaney recibió donaciones de decenas de miles de dólares para la campaña de manos de prestamistas y después trabajó como jefe interino de la Oficina de Protección Financiera del Consumidor, donde propuso relajar la regulación de la industria del préstamo.80 En mayo de 2017, mientras Tillerson estaba en Arabia Saudí,81 el país firmó un contrato importante con la que había sido su empresa, ExxonMobil.82 Ese mismo mes, Kushner en persona negoció un acuerdo entre el Gobierno saudí y la empresa aeroespacial y de defensa Lockheed Martin.83 Ser parte de la Administración también conllevaba ventajas más directas: Pruitt,84 el secretario de Interior Ryan Zinke,85 Mnuchin,86 el secretario de Salud y Servicios Humanos Tom Price y el secretario del Departamento de Asuntos de los Veteranos David Shulkin fueron acusados de gastar millones de dólares del contribuyente en viajes. Ben Carson trató de encargar un juego de comedor de treinta y un mil dólares para su oficina de Washington (el límite de gasto en concepto de decoración era de cinco mil dólares).87
Corrupción no es la palabra adecuada para hablar de la Administración Trump. Es un término que implica engaño, asume que el funcionario público entiende que no debería beneficiarse de la confianza pública, pero lo hace igualmente de forma artera. Lo contrario de corrupción en el discurso político es transparencia –de hecho la organización mundial que lucha contra la corrupción se llama Transparency International–. Trump, su familia y sus funcionarios no son arteros: parecen actuar de acuerdo con la creencia de que el poder político debería generar enriquecimiento personal y, en esto, aunque no en cuanto a los detalles de sus componendas, son transparentes.
Cuando llegó el coronavirus, la Administración Trump siguió la lógica de la competencia y el beneficio. Varios funcionarios trataron de convencer a una empresa alemana que trabajaba en una vacuna potencial de que la vendiera en primer lugar –y quizá exclusivamente– a EEUU.88 En lugar de coordinar la producción y distribución de respiradores, el Gobierno federal creó un sistema mediante el cual los estados pujaban unos contra otros y también contra el propio Gobierno federal.89 Trump le otorgó a Jared Kushner la autoridad para organizar una respuesta del sector privado ante la pandemia, en paralelo al esfuerzo del Gobierno, o incluso en conflicto con este.90 En otras palabras, Trump hizo una serie de cosas que resultarían impensables en un líder político, un hombre al que se ha confiado el bienestar de millones de personas, pero su Administración hace sus propios cálculos y ni siquiera los hace en secreto.
El trumpismo se alimenta de las debilidades y oportunidades que presenta el sistema de gobierno estadounidense, que nunca ha separado el dinero del poder político. En los dos decenios que precedieron a la elección de Trump, el papel del dinero en la política fue adquiriendo cada vez mayor relevancia. Las elecciones están hoy determinadas por el dinero; a diferencia de otras muchas democracias, donde las campañas electorales duran entre varias semanas y varios meses, son financiadas por ayudas del Gobierno o están sujetas a límites de gasto muy estrictos, en EEUU las campañas existen gracias a las contribuciones del sector privado. La maquinaria de los partidos nacionales y estatales refuerza este sistema al determinar el acceso a los debates públicos en función de la cantidad recaudada por el candidato. El acceso a los medios de comunicación, es decir, el acceso a los votantes, también cuesta dinero; mientras que en muchas democracias los medios están obligados a dar tiempo de antena a los candidatos, en EEUU el medio principal para dirigirse a los votantes es la publicidad de pago. Nadie en la política tradicional parecía pensar que fuese negativo ese matrimonio entre dinero y política. Los antiguos cargos electos trabajaban después como lobistas. Resultaba normal crear (o eliminar) leyes mediante contribuciones a la campaña y lobbies. El poder engendraba más dinero y el dinero engendraba más poder. Podríamos llamar oligarquía al sistema que precedió y permitió el ascenso de Trump, y no nos equivocaríamos.
Cuando Trump afirmó que el presidente no podía tener un conflicto de intereses, por una vez no estaba mintiendo. El tema no había sido estudiado en casi cuarenta años, desde que el Departamento de Justicia y el Congreso codificaran la percepción de que los poderes de la presidencia eran tan extensos que resultaba imposible idear un conjunto de reglas que evitasen todo conflicto de intereses: el presidente simplemente tenía que actuar de buena fe. Lyndon Johnson, Jimmy Carter, Ronald Reagan, los dos George Bush y Bill Clinton, todos ellos habían confiado sus activos a fideicomisos “ciegos” de manera voluntaria. Obama no lo hizo porque no tenía inversiones empresariales directas. Trump no lo hizo porque no pensaba que debiera hacerlo. Se podría decir que Trump había entendido la esencia del sistema, la transformación de dinero en poder y de poder en dinero, pero que hasta su llegada funcionaba de manera cortés, con buen gusto y por acuerdo de grupo. O se podría decir que Trump es al mismo tiempo el emperador desnudo y el niño que dice que el emperador está desnudo, arrancando la capa ilusoria de decoro que cubría el sistema, obligando a todo el mundo a contemplar su naturaleza obscena. A diferencia del emperador del cuento, no obstante, Trump no siente ninguna vergüenza, y por lo tanto no cambia al verse expuesto. Más bien fue el sistema el que cambió cuando a la política se le arrebató la aspiración moral.
La lección de los Estados poscomunistas puede ayudarnos a reflexionar acerca de la dificultad de describir la corrupción –o como quiera llamarse– de la Administración de Trump. Los países del bloque soviético, con sus sistemas monopartidistas y economías planificadas, favorecieron una relación simbiótica entre el poder y la riqueza (aunque esta no se midiese en dinero). De hecho, la única forma de acumular riqueza era formar parte de la jerarquía del partido –solo en lo más alto de la pirámide de este era posible alcanzar una riqueza fabulosa–. Estos sistemas sirvieron de cimientos para los Estados mafiosos de Hungría y Rusia, donde el partido se vio sustituido por un clan político centrado en un protector que distribuye el dinero y la riqueza. Los analistas occidentales usan la palabra corrupción para describir estos sistemas, pero resulta engañosa: aquí corrupción no describe a burócratas que piden sobornos por pequeñas tareas en la administración pública (aunque esto también sucede); más bien describe cómo los que están en el poder usan los instrumentos de gobierno para amasar riqueza, y también emplean su riqueza para perpetuarse en el poder. Esta corrupción es intrínseca al sistema, que no puede existir sin corrupción porque la corrupción es su combustible, su pegamento social y su herramienta de control. Cualquiera que entre en él se vuelve cómplice de la corrupción, lo cual implica que todos están de una manera u otra fuera de la ley, y por lo tanto en situación punible. Las autocracias adoran desprestigiar a sus oponentes acusándolos de corrupción, meterlos en la cárcel e incluso ejecutarlos como sucede en China.
Trump heredó un sistema y una cultura políticos muy diferentes. En EEUU acercarse al poder político definitivamente no es la única manera de hacerse rico. Pero el poder político sí se traduce en riqueza y viceversa, y este es el rasgo del sistema más relevante para Trump y el trumpismo. El desdén de Trump por las expectativas de dignidad, sumado a su negación de las evidentes ventajas personales que obtenía, asemejan notablemente el Gobierno estadounidense a los Estados mafiosos. Al igual que esas autocracias, el trumpismo desprestigia a todo el mundo: a sus afines porque se vuelven cómplices de la corrupción, y a sus enemigos porque los acusa de ser corruptos.
Lo cierto es que lo que llevó a la investigación de destitución fue el intento de Trump de desprestigiar, mediante una acusación de corrupción, al antiguo vicepresidente Joe Biden, a quien temía como potencial oponente demócrata en las elecciones de 2020. De hecho, fue el matrimonio estadounidense entre dinero y poder político lo que permitió este movimiento cuando Hunter, hijo de Biden, fue contratado como consultor extremadamente bien pagado en una compañía energética ucraniana. Quizá fue Trump quien intuyó el potencial de la corrupción usada como arma, o tal vez fuera una idea de los socios soviéticos emigrados de su abogado Rudy Giuliani. Fuera como fuese, Trump hacía uso pleno de la espada de la corrupción: usaba el poder de su cargo para sus propios fines políticos, mientras lanzaba acusaciones de corrupción de la forma en que lo hace un autócrata. Cuando los republicanos defendieron sus acciones, afirmando que le preocupaba la corrupción en Ucrania, se volvieron cómplices de su tentativa autocrática y el Gobierno estadounidense se corrompió, en la acepción de la palabra que denota una transformación que impide cualquier reconocimiento.
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podríamos llamarlo autocracia con ambiciones
La mejor descripción de la relación de Trump con la autocracia se la debemos al historiador Timothy Snyder, que en abril de 2016 observó que “no es difícil entender por qué Trump podría elegir a Putin como amigo imaginario. Putin es la versión real de la persona que Trump finge ser por televisión”.91 Trump admiraba el control de Putin sobre el poder,92 su tasa de popularidad del 82%, y le alababa por ser “mucho más líder que nuestro presidente [Obama]”.93 El amor de Trump por Putin ha recibido mucha atención, pero lo cierto es que tanto el Trump candidato como el Trump presidente han distribuido de manera bastante equitativa su amor entre diferentes autócratas del mundo.
Trump ensalzó la maestría con la que Kim Jong-un había consolidado el poder en Corea del Norte: “Llega, se hace con todo y es el jefe”.94 Más tarde, preparando una reunión en persona con Kim, Trump afirmó: “Nos enamoramos”.95
Trump invitó al dictador filipino Rodrigo Duterte a la Casa Blanca96 y le elogió por su guerra contra la droga,97 una campaña de ejecuciones extrajudiciales que se había cobrado miles de vidas.
Para su primer viaje al extranjero, Trump escogió Arabia Saudí, donde el rey le obsequió con un collar de oro honorífico.98 Un año y medio después, el periodista disidente saudí Jamal Jashogyi, que trabajaba y vivía en el exilio, fue asesinado en la embajada saudí en Estambul, por orden y en conocimiento del príncipe saudí Mohammed bin Salmán.99 La declaración de Trump en respuesta al asesinato se tituló “¡Estados Unidos primero!” y reafirmaba su amistad con el miembro de la familia real de Arabia Saudí.100
El segundo viaje al extranjero de Trump le llevó a Israel, donde fue recibido por Benjamín Netanyahu a su llegada al aeropuerto de Tel Aviv. Entre ellos se llamaban Donald y Bibi.101 Antes de que acabase el año, Trump hizo una proclamación en la que reconocía Jerusalén como capital de Israel y ordenaba que se trasladara la embajada allí, en contra de la legislación internacional y del consenso político existente.102 En 2019, EEUU dio un paso más en este sentido, declarando que la legislación internacional no era de aplicación en la Cisjordania ocupada por Israel.103
En los primeros tiempos de su presidencia, Trump invitó al dictador chino Xi Jinping a Mar-a-Lago. Durante el postre –“el pastel de chocolate más bonito que se haya visto nunca”, según Trump– le dijo a Xi que EEUU acababa de bombardear Siria.104 En Fox News retransmitieron a Trump contando su conversación a la izquierda de la pantalla, mientras en la parte derecha se podían ver los misiles explotando en mitad de la noche, en una perfecta representación de cómo Trump entiende el poder: crudo, brutal, unitario y performativo. Trump siempre está poniendo en escena una idea exagerada de sí mismo en televisión.
Los republicanos en el Congreso y los hombres (y un par de mujeres) hechos y derechos de la Administración se mostraron dispuestos a unirse al show de Trump. Cuando este consiguió su primera victoria legislativa con una ley de reforma fiscal –esto no sucedió hasta diciembre de 2017 porque la legislación es algo periférico en la visión que Trump tiene del poder– su forma de celebrarlo fue poner de rodillas al Partido Republicano.105 Hizo que la prensa se quedara en la sala al comienzo de una reunión de gabinete y pidió a Carson que empezase con una oración. “Padre nuestro que estás en los cielos –empezó Carson–, estamos muy agradecidos por las oportunidades y la libertad que nos has concedido en este país. Te damos las gracias por un presidente y por los miembros de su gabinete, valientes y dispuestos a enfrentarse a los vientos de la polémica para conseguir un futuro mejor para los que vendrán después de nosotros”.106 Trump, con los ojos cerrados y las manos entrelazadas, parecía acompañarle en voz baja, como si conociese la plegaria. Carson continuó: “Estamos agradecidos por la unidad en el Congreso, que ha resultado una oportunidad para que nuestra economía crezca y podamos luchar contra la deuda que estaba destruyendo nuestro futuro”. Hay que decir que ni un solo demócrata, en ninguna de las dos cámaras del Congreso, había votado a favor de la ley, que por lo que parecía probablemente iba a aumentar el déficit federal. Tras la oración, Trump hizo intervenir a su vicepresidente como si fuera un profesor preguntando por sorpresa a un alumno. Durante dos minutos, Pence se dedicó a agradecer el “milagro de clase media” del presidente, dijo que estaba “profundamente honrado de poder estar aquí como su vicepresidente”. Trump escuchaba con expresión adusta, asintiendo ligeramente con la cabeza, con los brazos cruzados bajo el pecho.
Más tarde, ese mismo día, los líderes republicanos de ambas cámaras del Congreso, el vicepresidente y otros políticos republicanos se reunieron en la Casa Blanca para rendir tributo a su líder. El líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, y el presidente de la Cámara de Representantes Paul Ryan, entre otros, se dedicaron a felicitar a Trump por sus logros. Diane Black, miembro de la Cámara de Representantes por Tennessee, le dio las gracias a Trump “por permitirnos tenerle como presidente”. Orrin Hatch, de Utah, que lleva más de cuarenta años en el Senado, vaticinó que la presidencia de Trump será “la presidencia más magnífica que hayamos visto no solo en generaciones, sino jamás”. Pence se dirigió a Trump para decirle: “Usted hará que América vuelva a ser grande”.
En menos de un año, esta puesta en escena por encargo de lealtad y adulación hacia el líder se había normalizado, al menos entre los republicanos. Después, Trump empezó a exigirla también de los demócratas. Tras su primer discurso sobre el estado de la Unión en febrero de 2018, Trump, ofendido porque los demócratas hubieran permanecido sentados, inmóviles e impávidos durante su alocución, los acusó de traidores. En un mitin en Ohio, dijo:
Estás ahí arriba, tienes loca a la mitad de la sala –una locura, les encantó todo, quieren hacer algo grande por nuestro país–. Y luego tienes la otra mitad –incluso cuando les das buenas noticias, noticias buenas de verdad como aquellas [baja tasa de desempleo para los estadounidenses afroamericanos]– están como muertos. Y poco americanos. Poco americanos. Alguien dijo ‘traidores’. Y no sé, pienso, ¿por qué no? ¿Se puede llamar a eso traición? ¿Por qué no? A ver, claramente no parecían sentir mucho amor por nuestro país.107
En el primer año de su presidencia, Trump había conseguido un cambio notable en la política estadounidense, un cambio de público político. En una democracia representativa, el público principal de un político son sus votantes, los residentes de su distrito, estado o país, que decidirán si lo reeligen para el cargo en las siguientes elecciones. En una autocracia, el público principal del político es el autócrata, puesto que él es el protector que reparte el poder y la influencia. En la América de Trump, los políticos republicanos representan un papel para Trump –él es su público principal–, pero el público de él son sus bases, la gente que viene a sus mítines y sorbe cada palabra de sus tuits. Trump distribuye el poder al movilizar a esos votantes. Mientras los demócratas sigan actuando para el público, que son sus votantes, en lugar de para Trump, existe la esperanza de revertir la tentativa autocrática, pero incluso así, la mitad del país en el que vivo funciona, en el espacio público, como una autocracia.
Cuando los demócratas incoaron la investigación de destitución en septiembre de 2019, Trump, la Administración y el Partido Republicano de hecho argumentaron que Trump era un autócrata; el abogado de este alegó absoluta inmunidad e impunidad y la Casa Blanca ordenó a los empleados de la Administración que no testificasen.108 Washington se dividió en dos facciones, una que habitaba una democracia representativa y otra que vivía en una autocracia. Algunos empleados de la Administración cruzaron la línea que las separaba, granjeándose la ira de Trump, Twitter mediante, y también amenazas de muerte por parte de sus seguidores; al menos una persona tuvo que solicitar protección preventiva. De forma inusual en la era Trump, en las audiencias no se discutía acerca de los hechos –los hechos eran sabidos e incontestados–, sino acerca de la naturaleza del poder político en EEUU. Una de las partes argüía que el poder político lo otorgaban los votantes de forma provisional y estaba limitado por leyes, reglas, normas, expectativas, legado político y por el sistema de control y equilibrio. La otra aducía que el poder quiere ser absoluto y solamente está limitado por la medida en la que el presidente sea capaz de salirse con la suya.
Durante el primer día de audiencias públicas, Trump recibió en la Casa Blanca al presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan. Erdoğan es uno de los flechazos autócratas de Trump. Trump le llamó para darle la enhorabuena por ganar un referéndum que consolidaba su Gobierno autocrático,109 le invitó poco después a la Casa Blanca y habló de él como de un aliado.110 El día de aquella visita los manifestantes que protestaban frente a la embajada turca en Washington fueron golpeados, algunos de ellos con virulencia, por un grupo que al parecer incluía a miembros del equipo de seguridad de Erdoğan.111 La Casa Blanca no hizo comentarios. Durante decenios, Washington había sido la última opción para los disidentes de todo el mundo: si en su propio país ya no era posible manifestarse pacíficamente o si se habían visto obligados a exiliarse, siempre les quedaba la opción de protestar frente a su embajada en EEUU. Pero era evidente que el régimen en EEUU había cambiado. Ahora, en noviembre de 2019, un Trump sonriente posaba junto a Erdoğan, que había encarcelado a varios miles de disidentes y a más de cien periodistas, diciendo que era “muy fan” del presidente turco. Un mes antes, Trump había sacado de Siria a la práctica totalidad de las tropas estadounidenses, abriendo el camino a una invasión turca y a la masacre de miles de kurdos.
Algunos analistas a los que les gusta pensar que los acontecimientos tienen un significado estratégico habían sugerido que Trump salía de Siria para permitir a Putin fortalecer la posición de Rusia allí –o incluso que lo había hecho para compensar por la ayuda militar estadounidense a Ucrania, que se había prestado mientras fermentaba el escándalo que llevaría al proceso de destitución–. O que, como muchos pensaban desde hacía mucho, Putin se hallaba en posesión de algún trapo sucio de Trump y le estaba haciendo chantaje. Pero los actos de Trump son viscerales, de manera coherente con su forma de entenderse en el mundo. Cuando habla de amor, admiración y de “ser muy fan” de un autócrata, realmente quiere decir eso: no quiere ser simplemente su amigo, quiere ser uno de ellos. Naturalmente, quiere agradarles, y agradarles es algo que le sale de manera natural.
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podríamos hacer como si fuera un extraterrestre, o llamarlo gobierno de la destrucción
De todos los autócratas que Trump lleva en el corazón, Putin es el único que ha conseguido cautivar la imaginación estadounidense. O, más bien, convertirse en una muleta para la imaginación estadounidense. Putin y su supuesta trama para colocar a Trump en la Casa Blanca no solo prometen una explicación acerca de cómo Trump ha podido sucederle a EEUU, también sirven para generar esperanzas. Cuando finalmente quede al descubierto la conspiración del Kremlin que hay detrás de Trump, la pesadilla nacional terminará. Durante casi dos años, el talk show político más popular del país, The Rachel Maddow Show, en MSNBC, y el periódico más importante del país, The New York Times, dedicaron enormes recursos a la historia insoportablemente lenta, tentadoramente complicada y deliciosamente sucia de la injerencia rusa en las elecciones de 2016 y la supuesta colusión entre la campaña de Trump y el Kremlin.
La teoría de la conspiración no carecía de bases. Había pruebas de un esfuerzo ruso encubierto para influir en las elecciones, pero la existencia real de una conspiración apenas tiene el poder de hacer menos dañina la conspiranoia. La conspiranoia concentra la atención en lo oculto, lo implícito y lo imaginario, y lo aparta de la realidad que se ofrece a la vista de todos.
A la vista de todos, Trump estaba despreciando, ignorando y destruyendo todas las instituciones de rendición de cuentas. A la vista de todos estaba degradando el discurso político. A la vista de todos estaba usando su cargo para enriquecerse. A la vista de todos cortejaba a un dictador tras otro. A la vista de todos estaba promoviendo teorías xenófobas de la conspiración, afirmando ahora que perdió el voto popular por los millones de inmigrantes que habían votado ilegalmente,112 insistiendo, repetidas veces, en que Obama le había puesto escuchas.113 Todo esto, aunque patente, era inconcebible, como la propia victoria de Trump. Cuanto más se dedicaba Trump a atacar la noción de lo posible y lo aceptable, más se hablaba de una Rusia siniestra, todopoderosa, omnisciente, que tenía el mundo en el bolsillo. Finalmente, al buscar una solución mágica que nos librase de tener un teórico de la conspiración xenófobo en la Casa Blanca, llegábamos a una teoría de la conspiración xenófoba: el presidente era una marioneta de los rusos.
Entretanto, Trump se jactaba de haber revocado más leyes en su primer año que ningún otro presidente en todo su mandato; en una ocasión, “dieciséis años de un plumazo”, según sus propias palabras.114 Todo en este alarde era mentira. Lo que sí era cierto es que la suya es la primera Administración que gira en torno a la destrucción.
Los pupilos de Trump empezaron la desregulación revocando o suspendiendo las normas de la era Obama, desde la protección de los derechos de los estudiantes transgénero hasta los parámetros de rendición de cuentas de la enseñanza pública, pasando por la protección de los cauces fluviales frente a las actividades de minería y la restricción de la venta de armas de fuego a personas con discapacidad intelectual. Atacaban a las propias instituciones del Gobierno. Durante el invierno de 2017, por ejemplo, la mayor parte del personal veterano del Departamento de Estado dimitió115 o fue despedido.116 El edificio del Departamento de Estado en Washington se convirtió en una ciudad fantasma. Allí donde una vez podían verse largas colas para pasar los controles de seguridad a la entrada, ahora los guardias estaban ociosos, haciendo tiempo entre visitante y visitante. En el interior, el personal restante trataba de entender lo que sucedía: los programas en los que trabajaban seguían recibiendo financiación –muchos de ellos, suponían, tan solo hasta que entrase en vigor un nuevo presupuesto–, pero ya no tenían una línea de comunicación con el alto mando del organismo ni con los especialistas de los países. Las reuniones informativas diarias del Departamento de Estado se suspendieron (reinstituyéndose de forma puntual cuando Mike Pompeo reemplazó a Tillerson como secretario de Estado),117 igual que las del Pentágono;118 con el tiempo, también la Casa Blanca acabó suspendiéndolas.119
Trump emitió una orden ejecutiva que requería que, por cada norma introducida, dos normas existentes debían desaparecer. La EPA consiguió incluso superar este objetivo.120 A finales de 2017, la EPA había revocado dieciséis normas e introducido una; en 2018 eliminó diez y creó tres.
Los grupos asesores dimitieron o fueron desmantelados, empezando por el Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca.121 El conocimiento científico o bien se dejaba al margen, o bien se borraba literalmente, como en el caso de la información sobre el cambio climático, que primero desapareció de la web de la Casa Blanca y después también de las webs de la EPA.122 La mayoría de las carencias de la Administración, incluyendo la de capacidad, casi siempre resultaban invisibles para la mayoría, aunque de vez en cuando salía a la luz un ejemplo desconcertante. Durante una audiencia en mayo de 2019, cuando la miembro de la Cámara de Representantes Katie Porter, profesora de Derecho y antigua funcionaria de supervisión bancaria en California, le preguntó a Ben Carson por los REO –una abreviatura común para “real estate owned”, propiedades en ejecución–, Carson pensó que Porter le hablaba de las galletas Oreo.123 En aquel momento, llevaba más de dos años como secretario del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano.
Carson se encontraba en el Congreso ese día para defender una propuesta que recortaba el presupuesto de su organismo más del 16%. Todos los proyectos de presupuesto de la Administración Trump consistían en recortes al presupuesto de cualquier organismo que no fuera Defensa, Seguridad Nacional y Asuntos de los Veteranos (en 2018, la NASA, Energía, Comercio y Salud y Servicios Humanos fueron añadidos a la columna de “aumentos”,124 pero en 2019 solo quedaba Comercio,125 con un aumento del 7%). Se pretendía reducir la financiación del Departamento de Estado entre el 24 y el 33%, la de la EPA entre el 25 y el 31% y la del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano entre el 13 y el 19%.126 Los directores de los organismos no presentaron objeciones, dejando en manos del Congreso la continuidad de la financiación de una Administración que había decidido dejar de invertir en sí misma.
Entre toda esta destrucción hay un área que permanece aparte: los tribunales federales. La descripción de Magyar de la mecánica de los intentos autocráticos en los países poscomunistas resulta útil a la hora de analizar lo que está sucediendo en EEUU. Magyar habla de conquistar las instituciones del Estado, aniquilando cualquier distinción entre ramas del Gobierno, y hacerse con los tribunales. En el caso de Trump, la conquista de las instituciones estatales ha tenido dos vertientes: su uso para el beneficio personal y su incapacitación para servir al público. La aniquilación de cualquier división entre las ramas del Gobierno ha pasado por subyugar al Partido Republicano. Y hacerse con los tribunales es eso, hacerse con los tribunales.127 En noviembre de 2019, Trump había batido un récord de jueces nombrados. Sus protegidos constituían una cuarta parte de todos los jueces en tribunales de apelación. Había dado la vuelta a los tribunales que podían tomar decisiones clave en relación con su proceso de destitución. Y había nombrado a dos jueces del Tribunal Supremo.
Estos jueces no solo son de extrema derecha desde el punto de vista ideológico: antiabortistas, desdeñosos de la protección de los derechos civiles, contrarios a los derechos LGTB y favorables a la desregulación. Algunos de ellos también brillan por su falta de experiencia. Trump decidió también saltarse el proceso de evaluación del Colegio de Abogados de Estados Unidos, algo que solo George W. Bush había hecho antes de él.128
A medida que pasa el tiempo, sus elegidos son más extremos desde el punto de vista ideológico y están menos cualificados desde el punto de vista profesional –un reflejo cada vez más fiel de la propia Administración–. Algunas de las audiencias de confirmación supusieron un ataque a la política bastante similar al de un mitin o conferencia de prensa de Trump: se siente vergüenza al verlos y escucharlos.
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la muerte de la dignidad
El trumpismo ha atacado diariamente la cultura política estadounidense, pero hay una serie de acontecimientos que parecen destinados a permanecer en la memoria colectiva, no tanto por su impacto desproporcionado, sino quizá porque mostraron con claridad lo que ya se había perdido. Uno de estos acontecimientos fue la confirmación de la nominación de Brett Kavanaugh al Tribunal Supremo. El segundo nominado por Trump al Supremo, Kavanaugh, era aún peor que el primero, Neil Gorsuch. La nominación y la audiencia de confirmación de Gorsuch se hicieron después de que el Senado, dominado por los republicanos, se hubiese negado durante once meses a considerar a Merrick Garland, tercer y último candidato de Obama, para el Supremo. El hecho de que Gorsuch pudiese ahora ser nominado y confirmado suponía una ofensa para la política. En cuanto al propio Gorsuch, parecía ser el tipo de juez conservador que podría haber nombrado cualquier presidente republicano en los últimos tiempos. Para el Tribunal Supremo, un organismo que funciona, o parece funcionar, a partir del civismo y el respeto y la consideración de la pluralidad de opiniones, Gorsuch no resultaba un elemento extraño. Durante el proceso de confirmación llegó incluso a distanciarse de los ataques de Trump a varios jueces.129
Con arreglo a su filosofía judicial y opinión política, Kavanaugh no resultaba más extremo que Gorsuch.130 En su primera sesión en el tribunal votó igual que la mayoría con más frecuencia que ningún otro juez (Gorsuch era uno de los dos jueces que menos tendían a votar como la mayoría).131 No obstante, su audiencia de nominación fue la puesta en escena de la muerte de la dignidad en la política.
Hay al menos dos formas en las que el concepto de dignidad es clave en nuestra forma de entender la política. Está la dignidad que otorga a cada ciudadano la participación en el proceso político. Tener una voz, ser escuchados y ejercer la acción política son parte de esta forma de dignidad. También está la dignidad de la representación política, que se apoya en el honor, el procedimiento, las formas de vestimenta particulares y el uso codificado del lenguaje. Durante mucho tiempo, la gente ha entendido que esta representación puede ser un símbolo de la política e incluso un requisito previo. Por supuesto, el espectáculo público de la política puede usarse y se ha usado para excluir a aquellos que no tienen el aspecto o el registro adecuado. Esto subraya la interacción de los dos tipos de dignidad política: la de la participación y la de la representación. El reto de la democracia reside en crear procedimientos que sostengan la dignidad de la representación sin dejar de extender el ámbito de inclusión. El trumpismo ataca a ambos tipos de dignidad, por degradación de la representación de la política y por restricción de la participación en ella.
El 27 de septiembre de 2018, el Comité Judicial del Senado escuchó la declaración de Christine Blasey Ford, una profesora de Psicología de cincuenta y cinco años que afirmó que a la edad de quince había sido agredida sexualmente por Kavanaugh, tres años mayor que ella. Blasey Ford describió al detalle la indignidad de la agresión. Habló del sonido de la risa de su agresor, que se le había quedado grabado para siempre. “Estaba debajo de uno de ellos mientras ambos reían, dos amigos pasándoselo bien de verdad juntos”, declaró.132 El testimonio de Blasey Ford fue comedido, narrado con atención y en ocasiones pesaroso. En otras palabras, mostró respeto por el órgano político y el procedimiento en el que comparecía. Al empezar su declaración, dijo: “Estoy aquí hoy porque creo que es mi deber como ciudadana contarles lo que me sucedió cuando Brett Kavanaugh y yo estábamos en el instituto”. La representación de Kavanaugh, por su parte, fue trumpiana.
Antes de la audiencia, Kavanaugh había negado las acusaciones en una entrevista con la Fox, donde apareció con su esposa, y en una declaración escrita que se presentó al Comité Judicial del Senado. En la entrevista se mostró tan comedido y humilde como lo sería después la acusación, y también él expresó respeto por el procedimiento. “Lo que busco es un proceso justo, un proceso en el que pueda defender mi integridad y limpiar mi nombre –dijo–. Lo único que pido es justicia y que se me escuche”.133
En su declaración escrita, Kavanaugh reconocía la gravedad de las acusaciones en su contra y, una vez más, expresaba respeto por el proceso: “La agresión sexual es algo horrible. Es algo que está moralmente mal. Es ilegal. Va en contra de mis creencias religiosas. Y contradice la promesa básica de esta nación de que todas las personas son creadas iguales y merecen ser tratadas con dignidad y respeto. Las acusaciones de agresión sexual deben tomarse muy en serio. Aquellos que las realizan merecen ser escuchados. El que es acusado también merece que se le escuche. El proceso legal debido es uno de los cimientos del Estado de derecho estadounidense”.134 Y terminaba: “No estoy poniendo en tela de juicio que la doctora Ford pueda haber sido agredida sexualmente por alguien en algún lugar en algún momento. Pero yo nunca le he hecho eso a ella ni a nadie. Soy inocente de lo que se me acusa”.
Durante la mañana de la audiencia, la CNN informó de que Trump había llamado a Kavanaugh la noche antes y le había instado a ser contundente en sus desmentidos.135 “¿Le funcionará a Kavanaugh hoy el estilo beligerante que Trump ha empleado para refutar acusaciones semejantes?”, se preguntaban.
Kavanaugh empezó a gritar tan pronto como subió al estrado.136 Gritó que había escrito él mismo su declaración. Gritó que nadie había visto su declaración. Gritó: “Mi familia y mi nombre han sido completamente destruidos por acusaciones adicionales perversas y falsas”. Gritó: “Este proceso de confirmación se ha convertido en una vergüenza nacional… Han remplazado el ‘asesorar y consentir’ por el ‘buscar y destruir’”. Gritó que la izquierda era capaz de hacer cualquier cosa con tal de hacer descarrilar su nominación, y calificó las acusaciones en su contra de “venganza de los Clinton”.
La audiencia de Kavanaugh fue la primera en el Congreso en la que habitantes de las dos realidades independientes estadounidenses –la autocracia y la democracia representativa– se dirigían a dos públicos distintos en una misma sala. Blasey Ford se dirigía al Comité Judicial del Senado y a un público más general. Kavanaugh, que usó el tono favorito de Trump, ofendido y agresivo, y uno de sus temas preferidos, el de la conspiración clintoniana, se dirigía a Trump. El presidente disfrutó mucho del espectáculo.137 “El juez Kavanaugh le ha demostrado a Estados Unidos la razón por la que lo nominé –tuiteó–. Su testimonio fue potente, sincero y fascinante. La estrategia de búsqueda y destrucción de los demócratas es vergonzosa y este proceso ha sido una farsa y un intento de postergar, obstaculizar y resistir”.
Mientras Blasey Ford se dirigía al comité, los miembros republicanos de este se negaron a interactuar con ella. En vez de eso, prefirieron invitar a una fiscal de Arizona, Rachel Mitchell –una “asistente femenina” en palabras del líder de la mayoría, Mitch McConnell– para que la interrogara.138 Kavanaugh mantuvo un tono intimidatorio en respuesta a las preguntas de Mitchell y de los senadores, demócratas y republicanos. Les dijo a todos ellos una y otra vez que le gustaba la cerveza. En aquella sala todo el mundo actuaba para Trump excepto los demócratas y Blasey Ford. El espectáculo requería pisotear la dignidad de la política –tanto la de representación, que se vio sustituida por gritos y comentarios sobre la cerveza, como la de participación que se le negaba a Blasey Ford, que intervino frente a un público que mayoritariamente se oponía a escucharla–.
Durante el proceso de confirmación se presentaron ochenta y tres quejas contra Kavanaugh en el Décimo Circuito, alegando que su testimonio era falso y que su comportamiento durante la audiencia había sido irrespetuoso para con el sistema judicial.139 En agosto de 2019, todas esas quejas fueron desestimadas por un comité nacional de jueces federales porque Kavanaugh, como juez del Tribunal Supremo, ya no estaba bajo su jurisdicción.140 Al igual que Trump, que no está sujeto a las reglas sobre conflictos de interés por ser el presidente, Kavanaugh había llegado allá donde las reglas que solían dirigir la política estadounidense no podían alcanzarle.
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mueller no nos salvó
Estos tiempos traen extraños compañeros de cama. Cuanto más pisoteaba Trump la política pública, mayor era la energía depositada por la oposición sobre el antiguo director del FBI, el fiscal especial Robert Mueller. Una serie de reportajes halagadores sobre él proyectaban una nostalgia no analizada de la normalidad pre-Trump. The Washington Post comparaba los orígenes de Mueller, de familia adinerada, con los de Trump, procedente de un contexto inmigrante.141 Politico dijo de él que era “la flecha más certera de América”.142 Todo el mundo escribía acerca del estilo de Mueller: trajes Brooks Brothers de confección, camisas blancas y corbatas rojas o azules con motivos pequeños –que el blog de moda masculina Die, Workwear! ensalzaba como “lo opuesto de los trajes Brioni oversize y corbatas de satén brilloso de Trump” –.143 El blog añadía que “Mueller es de verdad. Aprendió a vestirse gracias a su privilegiada educación WASP, no en blogs de estilo como este”. En un artículo de GQ decían llenos de admiración que era “un viaje en el tiempo a un régimen anterior, cuando, cuentan las sagas, los patricios de la Ivy League entraban en el Gobierno para servir, no para enriquecerse”.144 La mayor parte de los que escribían sobre él no dejaban de apuntar también que el reloj de Mueller era un Casio de treinta y cinco dólares que lleva con la esfera en la parte interior de la muñeca, al estilo militar.145 Incluso el mandato extraordinariamente largo de Mueller a la cabeza del FBI –doce años, lo que hizo necesaria una dispensa especial para volverlo a nombrar, un mandato solo superado por el reinado de John Edgar Hoover– alimentaba el furor en torno a su persona.
La gestión de Mueller en el FBI, que empezó el 4 de septiembre de 2001, era tanto síntoma como causa de los procesos que hicieron posible el trumpismo: el alza de la política de la conspiración, la concentración sin precedentes de poder en la rama ejecutiva y la transformación del FBI de organización de policía criminal a agencia de espionaje nacional. En septiembre de 2013, hacia el final del segundo mandato especial de Mueller como director del FBI, la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles publicó un informe de sesenta y nueve páginas acerca del FBI bajo su mando.146 Se titulaba Unleashed and Unaccountable: The FBI’s Unchecked Abuse of Authority [Desatado e irresponsable: el abuso de autoridad descontrolado del FBI]. El informe concluía que “el FBI está repitiendo errores del pasado y una vez más se está centrando de manera injusta en los inmigrantes, las minorías raciales y religiosas y los disidentes políticos en su vigilancia, infiltración y ‘estrategias de desarticulación’”. Esta vez, no obstante, continuaba el informe, el FBI tenía a su alcance herramientas mucho más poderosas: “Las innovaciones tecnológicas han incrementado significativamente la amenaza a la libertad estadounidense”. El informe detallaba varias ocasiones en las que los agentes del FBI de Mueller habían recurrido a la tortura –palabra ausente de todos los artículos laudatorios–. The Washington Post, en vez de eso, afirmaba que “pese a que se temían más ataques terroristas, Mueller tenía la firme intención de proteger las libertades civiles” –una afirmación que podría haberle granjeado al periódico uno o dos Pinocchios de los que reparte su propio departamento de comprobación de datos–.147 Como apoyo a esta alegación caprichosa, el periódico citaba al antiguo fiscal general Eric Holder: “No permitió que en la era pos 11 de septiembre los agentes usasen en los interrogatorios técnicas que no le parecieran coherentes con la ley y tradición americana”, una afirmación cuidadosamente formulada que no decía estrictamente nada.
Deseábamos tan fervientemente que nos librasen de Trump que nadie pareció detenerse a considerar las implicaciones de que fuese el padre del estado de vigilancia contemporáneo estadounidense, Mueller, quien lo hiciera. Pero es que además tampoco él nos libró de Trump.
Después de veintidós largos meses, salió por fin a la luz el informe de Mueller. Con sus cuatrocientas cuarenta y ocho páginas, se trataba del más completo retrato del trumpismo hasta la fecha condensado en un solo documento.
La primera parte del informe trataba de contar la historia de la injerencia rusa y la relación que la campaña de Trump había tenido con ella.148 La gran esperanza de la oposición radicaba en que la investigación uniría los puntos obvios de anteriores cargos y comparecencias, y que narraría la historia de una conspiración que desacreditaría de forma fatal la presidencia de Trump. Pero el informe de Mueller no unía nada con nada. En lugar del relato de un único delito concebido por un solo y genial actor o entidad, contaba con detalle una sucesión de trapicheos, en su mayoría fallidos. En todo caso, llamaba la atención la falta de coordinación entre ellos, así como la naturaleza mezquina y ratera de la mayoría. Los autores eran rusos y estadounidenses y rusoestadounidenses, oscuros abogados, empresarios aún más oscuros y oscurísimos asesores políticos, cada uno de ellos dispuesto a estafar a todos los demás. Todos exageraban lo que sabían y podían aportar. Todos mentían y casi ninguno obtuvo lo que pretendía.
Para cuando se publicó el informe, el antiguo jefe de campaña de Trump, Paul Manafort,149 y su abogado,150 Michael Cohen, estaban ambos en la cárcel, condenados a siete años y medio y tres años respectivamente. Pero la naturaleza del trumpismo es tal que sus más estrechos colaboradores pueden estar en la cárcel sin que Trump se vea él mismo afectado, en parte porque ya sabíamos que la suya es una Administración de truhanes y estafadores sin escrúpulos, y habíamos llegado a aceptarlo.
El segundo volumen, tan solo algunas páginas más breve que la parte rusa del informe de Mueller, describía el comportamiento del presidente durante la investigación. Aquí, más allá de acontecimientos y acciones que podían deducirse de los exabruptos en público del presidente (como sus intentos de obligar a la Fiscalía General a anular la investigación sobre Rusia), había información nueva. La revelación más importante era que Trump había ordenado al consejero de la Casa Blanca Don McGahn que destituyese a Mueller (este ignoró la orden) y después había intentado obligarle a escribir una declaración en la que se negaba que algo así hubiese sucedido. A un lego, estas revelaciones le hubieran podido parecer pruebas claras de obstrucción a la justicia. Pero Mueller escribía que no quería determinar si el presidente era culpable de obstruir la justicia. El informe decía:
Finalmente, llegamos a la conclusión de que en el raro caso de que una investigación penal acerca de la conducta del presidente estuviese justificada, las investigaciones para determinar si la motivación del este era deshonesta no deberían entorpecer de manera intolerable el desempeño de sus deberes constitucionalmente asignados. La conclusión de que el Congreso podría aplicar las leyes de obstrucción al ejercicio deshonesto de los poderes de su cargo está en línea con nuestro sistema constitucional de control y equilibrio y el principio de que nadie está por encima de la ley… Puesto que estábamos decididos a no emitir un juicio procesal tradicional, no sacamos conclusiones definitivas acerca de la conducta del presidente.151
En otras palabras, Mueller pensaba que, de procesar a Trump, la presidencia se hubiera paralizado, y no estaba dispuesto a correr ese riesgo. De cualquier modo, también estaba indicando que había recabado pruebas que permitirían al Congreso dar el paso siguiente.
El informe Mueller era un dechado de moderación institucional, muy acorde con el personaje que los medios habían creado a lo largo de casi dos años. A diferencia de su gestión del FBI, la investigación no rebasó en ningún momento los límites de su autoridad, siguiendo un mapa lo más conservador posible. Mueller decidió no interrogar a Trump durante la investigación y, aún más importante, también optó por no determinar nada en cuanto al tema de la obstrucción a la justicia. Pero sí le pedía al Congreso que actuase, que retomase el asunto donde él lo había dejado.
No obstante, antes de que el informe pudiese llegar al Congreso pasó por la mesa del jefe de Mueller, el fiscal general William Barr, que en ese momento llevaba un total de cinco semanas en el cargo. Barr, fiscal general en la Administración de George W. Bush de 1991 a 1993, había dedicado la mayor parte de su tiempo desde que dejara el cargo a ejercer como abogado para grandes empresas y a donar grandes cantidades al Partido Republicano. También había defendido sin ambages las acciones más controvertidas de Trump, incluidas la prohibición de entrada a los musulmanes152 y la decisión de despedir a James Comey,153 director del FBI, publicando sendos artículos de opinión al respecto en The Washington Post. Después de que Barr defendiese el despido de Comey, Trump le había pedido que fuese su abogado,154 oferta que Barr rechazó, aunque en junio de 2018 escribió al Departamento de Justicia una nota que al parecer nadie le había pedido, con el asunto “La teoría de ‘obstrucción’ de Mueller”.155 En esta nota argumentaba, básicamente, que el presidente tenía toda la autoridad jurídica para hacer lo que le placiese –misma premisa que había usado en su defensa de la prohibición de entrada a EEUU a los ciudadanos de países predominantemente musulmanes–, sentando así las bases del poder autocrático.
Barr, la primera persona ajena al equipo de Mueller en leer el informe, se dirigió al Congreso y al público en general:
Las pruebas recabadas durante la investigación del consejero especial son insuficientes para establecer que el presidente incurriera en un delito de obstrucción a la justicia. Nuestra determinación se hizo con independencia de y sobre la base de las consideraciones constitucionales que rodean al encausamiento y proceso penal a un presidente en ejercicio.156
Esta fue la mayor crisis institucional de la presidencia de Trump hasta la fecha, concentrada en la contradicción entre la conclusión de Mueller, que pedía al Congreso que interviniese y actuase a partir de las pruebas recabadas, y la reinterpretación del informe por parte de Barr, que comunicaba al Congreso que no tenía nada más que hacer en el caso. Mueller escribió a Barr para plantear sus objeciones:
La carta que el Departamento envió al Congreso y publicó en la tarde del 24 de marzo no reflejaba plenamente el contexto, la naturaleza y el fondo del trabajo y de las conclusiones de esta Oficina. […] La opinión pública ahora está confusa acerca de aspectos fundamentales de los resultados de nuestra investigación. Esto amenaza con socavar el objetivo principal por el cual el Departamento nombró al consejero especial: garantizar una plena confianza por parte de la opinión pública en el resultado de las investigaciones.157
Esta carta no se publicó hasta el 1 de mayo de 2019. Para entonces, Barr había publicado el informe. Se trataba de una versión editada, pero contenía la conclusión de Mueller. Llegados a este punto, no obstante, el producto de la investigación de Mueller estaba ya comprometido por una guerra de interpretaciones. La mayor parte de los estadounidenses –y, de hecho, la mayor parte de los miembros del Congreso– no leyeron el informe, pero eran conscientes de que Barr y Mueller, o el presidente y los demócratas, estaban discutiendo acerca de sus conclusiones. Se podía elegir una u otra postura en función de la afiliación política o televisiva de cada uno, como si los actos del presidente fueran en realidad una cuestión de opinión en lugar de un hecho.
El informe llegó al Congreso el 18 de abril de 2019. No fue una bomba. No fue, claramente, ni el fin ni el principio de nada. Fue un ruido sordo. La presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, que no deseaba iniciar una batalla en el Senado que pudiera perder (lo controlan los republicanos), optó por no incoar el procedimiento de destitución. Fueron los demócratas más jóvenes los que tuvieron que solicitarlo.158 A lo largo de la primavera y el verano, el número de partidarios de la destitución fue aumentando poco a poco, una o dos docenas de representantes por mes.159 Lo de tener un presidente que ordenaba a su consejero mentir al Congreso, un presidente que mentía él mismo a los ciudadanos, un presidente estafador, no era, al parecer, una urgencia, o al menos las instituciones políticas estadounidenses no estaban preparadas para tratar el tema como si lo fuera.
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