Kitabı oxu: «La seducción del jefe - Casada por dinero - La cautiva del millonario»

Şrift:

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 51 - octubre 2020

© 2007 Maureen Child

La seducción del jefe

Título original: Scorned by the Boss

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

© 2007 Maureen Child

Casada por dinero

Título original: Seduced by the Rich Man

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

© 2007 Maureen Child

La cautiva del millonario

Título original: Captured by the Billionaire

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2008

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com.

I.S.B.N.: 978-84-1348-906-3

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

La seducción del jefe

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Casada por dinero

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

La cautiva del millonario

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Si te ha gustado este libro…


Capítulo Uno

Caitlyn Monroe llamó una sola vez antes de entrar en el despacho de su jefe. Como cualquier buena secretaria, estaba preparada para lo que le estuviera esperando. ¿Una bestia furiosa y encadenada esperando algo a lo que hincarle el diente? Probablemente. ¿Un gatito? Seguramente no. En los tres años que llevaba trabajando para Jefferson Lyon, había aprendido que su jefe se parecía mucho más a la primera de las comparaciones que a la segunda.

Jefferson estaba acostumbrado a salirse con la suya. De hecho, no aceptaba que no fuera así, lo que le había convertido en un hombre de negocios de gran éxito y un jefe que, en ocasiones, resultaba bastante difícil.

Sin embargo, Caitlyn estaba acostumbrada. Llevar a cabo las innumerables órdenes diarias de Jefferson era normal y, después de lo que había ocurrido durante el fin de semana, estaba más que dispuesta a enfrentarse al día a día. A la rutina. A la normalidad. Le gustaba el hecho de que conociera tan bien a Jefferson. Sabía lo que esperar y no se vería cegada por algo inesperado que se le sobreviniera encima sin avisar.

«No, gracias», pensó. Había acabado más que harta de lo ocurrido el sábado por la noche.

Cuando entró en el despacho, su jefe levantó la mirada sólo durante un instante. Caitlyn se permitió durante un instante admirar lo que tenía delante. La mandíbula de Jefferson era fuerte y cuadrada. Sus ojos azules eran penetrantes, como si estuvieran preparados para localizar cualquier intento de engaño. El cabello leonado, cortado y peinado muy a la mona. Jefferson Lyon hacía honor tanto en físico como en actitud al animal del que tomaba su apellido. Se podía decir que era un pirata moderno con menos conciencia en lo que se refería a sus negocios que el mismísimo Barba Azul.

La mayoría de las personas que trabajaban para él lo huían todo lo que les era posible. Sólo con escuchar el sonido de sus pasos por un corredor muchos empleados salían huyendo. Tenía reputación de ser un hombre muy duro y no siempre demasiado justo. No soportaba a los necios, sino que esperaba, y exigía perfección.

Hasta el momento, Caitlyn había sido capaz de proporcionársela. Dirigía el despacho y la mayor parte de la vida de su jefe con maestría y profesionalidad. Como ayudante personal de Jefferson Lyon, se esperaba de ella que se mantuviera firme ante la abrumadora personalidad de su jefe. Antes de que ella entrara a trabajar allí, Lyon había tenido una nueva secretaria cada dos meses. Caitlyn, que era la más joven de cinco hermanos, estaba más que acostumbrada a levantar la voz y a hacerse escuchar.

–¿Qué? –le espetó él, mientras miraba los muchos archivos que tenía esparcidos por encima de la mesa.

«Lo normal», pensó Caitlyn, mientras recorría el enorme despacho con la mirada. Las paredes estaban pintadas de azul y de ellas colgaban varios cuadros de los barcos de Lyon en alta mar. Había también dos cómodos sofás delante de una chimenea y una mesa de reuniones al otro lado de la sala. Detrás del escritorio de Jefferson unos enormes ventanales proporcionaban una hermosa vista del puerto.

–Buenos días a ti también –replicó ella, sin amilanarse por el saludo.

Había tenido mucho tiempo para acostumbrarse. Cuando empezó a trabajar para él, ella había tenido la alocada idea de que sería casi como su compañera de trabajo. Que tendrían una relación laboral que sería mucho más que la de acatar órdenes constantemente. No había tardado mucho en darse cuenta de que no sería así.

Jefferson no tenía compañeros, sino empleados. Miles de ellos. Caitlyn era simplemente una más. Sin embargo, era un buen puesto de trabajo y lo realizaba con eficacia. Además, sabía que Jefferson estaría perdido sin ella, aunque no fuera consciente de ello.

Cruzó la sala y se le acercó al escritorio para dejar un papel encima de la montaña de carpetas archivadoras. Entonce, esperó a que él lo tomara y lo leyera.

–Tu abogado ha enviado las cifras de la Naviera Morgan. Dice que parece un buen trato.

Jefferson la miró y le dijo:

–Soy yo quien decide si es un buen trato.

–Bien.

Caitlyn tuvo que morderse el labio para no decirle que, si no quería la opinión de sus abogados, para qué se la pedía. No servía de nada y, francamente, ni siquiera quería escucharla. Jefferson Lyon dictaba sus propias reglas. Escuchaba ciertas opiniones, pero si no estaba de acuerdo con ellas, las desdeñaba y hacía lo que él considerara que era más acertado.

Golpeó la puntera del zapato negro contra la moqueta azul. Mientras esperaba, miró por encima de Jefferson hacia el mar, que se extendía hacia lo que parecía ser una eternidad. Observó los cruceros de pasajeros junto a los barcos de carga en el puerto. Varios de aquellos barcos mercantes mostraban con orgullo el estilizado y brillante león rojo que era el logotipo de la Naviera Lyon. Los remolcadores dirigían barcos tres veces más grandes hacia el mar. El tráfico era incesante sobre el puente de Vincent Thomas y la luz del sol relucía sobre la superficie del mar dándole el aspecto de brillantes diamantes.

La Naviera Lyon operaba en San Pedro, California, justo encima de uno de los puertos con más tráfico de todos los Estados Unidos. Desde aquel despacho, Jefferson podía darse la vuelta y observar cómo sus barcos entraban y salían del puerto. Podía ver el día a día en los muelles, pero él no era el tipo de hombre que se pasara el día dándose la vuelta para admirar el paisaje. Más bien, se pasaba el día de espaldas a la ventana, con la mirada fija en innumerables papeles.

–¿Algo más? –le preguntó, al notar que Caitlyn no se había marchado.

Ella lo miró y sintió el mismo sobresalto de siempre cuando aquellos ojos azules establecieron contacto con los de ella. Inmediatamente, pensó en la conversación que había tenido con Peter, su ya ex novio, el sábado por la noche.

–Tú no quieres casarte conmigo, Caitlyn –le había dicho, sacudiendo la cabeza mientras se sacaba la cartera.

Caitlyn lo había mirado con incredulidad.

–Pues llevo puesto tu anillo –le había respondido ella, mostrándole la mano izquierda, por si se había olvidado del solitario que le había regalado como compromiso seis meses antes–. ¿Con quién crees tú que me interesa casarme?

–¿Acaso no resulta evidente? Cada vez que estamos juntos, lo único que haces es hablar de Jefferson Lyon. Lo que ha hecho, lo que ha dicho, lo que está planeando…

–Tú también hablas de tu jefe, Peter. Se llama conversación.

–No. No se trata sólo de conversación. Es él, Lyon.

–¿Qué es lo que le pasa?

–Estás enamorada de él.

–¿Cómo dices? Estás loco.

–No lo creo. Por eso, no me voy a casar con una mujer que, en realidad, desea a otro hombre.

–Bien.

Caitlyn se sacó el anillo de compromiso del dedo y lo colocó encima de la mesa.

–Aquí tienes. No quieres casarte conmigo. Toma tu anillo, pero no trates de echarme a mí la culpa, Peter.

–No lo entiendes, ¿verdad? Ni siquiera eres capaz de ver lo que sientes por ese tipo.

–Es mi jefe. Nada más

–¿Sí? Sigue pensando eso –le espetó Peter–, pero, para que lo sepas, ese Lyon jamás te va a ver como otra cosa que no sea su ayudante. Te mira y ve otro mueble de la oficina. Nada más.

Caitlyn ni siquiera supo lo que contestar a eso. Se había quedado asombrada por aquella conversación. Lo único que le había dicho era contarle los planes de Jeff de comprar un crucero y de cómo había decidido no ir al viaje a Portugal para ver cómo estaba para su boda. Entonces, la actitud de Peter había cambiado por completo y había decidido cancelar inesperadamente una boda que ella llevaba seis meses preparando. Ya habían enviado las invitaciones y estaban empezando a recibir regalos. Habían pagado una fianza para reservar un restaurante en un acantilado en Laguna. Desgraciadamente, parecía que iba a tener que cancelarlo todo.

¿Por qué demonios había creído Peter que ella estaba enamorada de su jefe? Por el amor de Dios… Jefferson Lyon era un hombre arrogante, orgulloso y más que irritante. ¿Acaso se suponía que ella tenía que odiar su trabajo? ¿Habría hecho ese detalle la vida más fácil para Peter?

–Siento que haya salido así –le había dicho Peter, antes de marcharse–. Creo que nos habría ido bien juntos.

–Te equivocas sobre mí…

–Te aseguro que nada me gustaría más que eso fuera cierto.

Con eso, se había marchado, dejando a Caitlyn con un enorme vacío en su interior.

–¡Caitlyn!

La voz de Jefferson la devolvió al presente inmediatamente.

–Lo siento.

–No es propio de ti perder la concentración.

–Yo sólo…

¿Qué? ¿De verdad iba a ser capaz de decirle que su novio había roto con ella porque creía que ella estaba enamorada de su jefe?

–¿Sólo qué? –le preguntó él, lanzándole una mirada algo interesada.

–Nada

Caitlyn no estaba dispuesta a decírselo. Por supuesto, tendría que hacerlo tarde o temprano, dado que había pedido cuatro semanas de vacaciones para la luna de miel. Desgraciadamente, ya no las iba a necesitar.

–Quería recordarte que tienes una reunión a las dos en punto con el director de Simpson Furniture y una cena con Claudia.

Jefferson se recostó en su enorme butaca azul marino y dijo:

–Hoy no tengo tiempo para Claudia. Cancélala, ¿de acuerdo? Y… Envíale lo que sea.

Caitlyn suspiró. Ya se imaginaba la conversación que iba a tener con Claudia Stevens, la última de una larga fila de hermosas modelos y actrices. Claudia no estaba acostumbrada a que los hombres no cayeran rendidos a sus pies para adorarla. Quería la atención plena de Jefferson Lyon y nunca iba a conseguirla.

Caitlyn se había imaginado que ocurriría algo así. Jefferson siempre cancelaba sus citas. O, más bien, hacía que Caitlyn las cancelara en su nombre. Para Jefferson, el trabajo era siempre lo primero y si vida personal quedaba en un segundo plano. En tres años, no lo había visto nunca salir con una mujer durante más de seis semanas… y las que le duraban tanto tiempo eran un caso excepcional.

Peter estaba tan equivocado con ella… Jamás podría enamorarse de un hombre como Jefferson Lyon. Simplemente no había futuro.

–A ella no le va a gustar.

Jefferson le lanzó una rápida sonrisa.

–Por eso el regalo. Algo de joyas.

–Está bien. ¿Oro o plata?

Jefferson se incorporó, agarró su pluma y tomó otro montón de papeles que llamaban su atención.

–Plata.

–¿En qué estaba yo pensando? –musitó. Por supuesto, la dama en cuestión no se merecía algo de oro hasta que su relación no hubiera durado al menos tres semanas–. Me ocuparé.

–Tengo plena confianza en ti –dijo mientras ella se daba la vuelta para marcharse–. Otra cosa, Caitlyn…

Ella se detuvo en seco y se volvió para mirarlo. Entonces se dio cuenta de que los rayos del sol se filtraban a través de los cristales tintados del ventanal y le brillaban en el cabello. Frunció el ceño ante aquel extraño pensamiento.

–¿Sí?

–No quiero que nadie me interrumpa hoy. A excepción de la reunión de las dos. No quiero que se me moleste.

–Bien.

Con esto, se dirigió hacia la puerta y salió del despacho. Cuando la hubo cerrado, se apoyó contra ella.

Lo había conseguido. Había conseguido superar la reunión con su jefe sin ceder a la extraña sensación que tenía en el estómago. Sin que le temblaran los ojos ni la voz. Había conseguido mantenerse firme y hablar con Jefferson sin dejar que se notara lo que le estaba pasando.

Después de todo, el hecho de que su novio la hubiera dejado no significaba que la vida tal y como ella la conocía hubiera dejado de existir.

* * *

Jefferson estuvo trabajando todo el día. Por fin, consultó el reloj aproximadamente a las seis. A sus espaldas, el sol estaba tiñendo el cielo de rojo mientras iba desapareciendo en el mar, pero no se detuvo para admirarlo. Había muchas cosas de las que aún tenía que ocuparse, siendo la más importante la nueva oferta por el crucero de pasajeros que iba a comprar. La carta que la acompañaba le hizo apretar inmediatamente el botón del intercomunicador.

–Caitlyn, tengo que verte.

Ella abrió la puerta un minuto más tarde, con el bolso al hombro, como si Jefferson la hubiera llamado justo cuando se marchaba.

–¿De qué se trata?

–De esto –dijo, poniéndose de pie y atravesando el despacho. Le mostró la carta–. Lee el segundo párrafo.

Jefferson observó cómo ella se metía un mechón de cabello rubio detrás de la oreja mientras leía la carta. También observó cómo la expresión de su rostro cambiaba ligeramente cuando leyó el error que él había descubierto hacía tan sólo unos instantes. Aquello no era propio de Caitlyn. Era la mejor secretaria que había tenido nunca. Caitlyn simplemente no cometía errores. Ésa era una de las razones por las que se llevaban tan bien. Los asuntos iban bien. Sin sorpresas. Tal y como a él le gustaba. El hecho de que Caitlyn comenzara a cometer errores lo turbaba profundamente.

–Lo arreglaré inmediatamente –dijo ella, levantando la mirada por fin.

–Bien. Sin embargo, lo que más me preocupa es que el error se haya producido. Ofrecer quinientos millones de dólares por un crucero por el que yo ya había accedido a pagar cincuenta no me parece muy aceptable.

Ella exhaló un suspiro que le revolvió el cabello sobre sus grandes ojos castaños.

–Lo sé, pero te aseguro que nadie más que tú ha visto esto, Jefferson. No es que la oferta se haya mandado ya.

–Podría haber sido así.

–Pero no lo ha sido.

Jefferson se cruzó de brazos y la miró. A pesar de que Caitlyn llevaba unos tacones muy altos, ella resultaba casi quince centímetros más baja que él, que sobrepasaba el metro ochenta de estatura.

–Esto no es propio de ti.

Caitlyn volvió a suspirar y admitió:

–Yo no he redactado esta carta. Ha sido Georgia.

La impaciencia se despertó dentro de él. Era la clase de hombre que esperaba de sus empleados la misma clase de perfección que de sí mismo. Como secretaria suya, Caitlyn era responsable de todos los documentos que salían de su despacho. El hecho de que estuviera delegando trabajo en otras secretarias le molestaba profundamente.

–¿Y por qué lo ha redactado Georgia? No me parece que esa mujer sea muy competente.

Más madura, Georgia Moráis llevaba en la empresa veinte años. Era prácticamente una institución en Naviera Lyon. Sin embargo, eso no significaba que Jefferson estuviera ciego a la ineptitud de aquella mujer. Le gustaba la lealtad, pero tenía sus límites.

Inmediatamente, Caitlyn se puso a la defensiva.

–Georgia es una mujer muy competete. Trabaja muy duro. Ha sido un simple error.

–Que vale cuatrocientos cincuenta millones de dólares.

–Ella estaba tratando de ayudarme.

–¿Y por qué de repente necesitas ayuda en un trabajo que llevas realizando perfectamente sola durante dos años?

–Tres.

–¿Qué?

–Tres años. Llevo tres años trabajando para ti.

Jefferson no se había dado cuenta. No obstante, resultaba casi como si Caitlyn llevara allí toda la vida. Como si fuera parte integral de la empresa.

–Razón de más para que no requieras ayuda –dijo Jefferson, algo asombrado al ver la mirada de ira que se estaba empezando a formar en los ojos de Caitlyn. ¿Por qué estaba tan disgustada?

Como si ella le hubiera leído el pensamiento, Caitlyn se tomó un instante y trató de tranquilizarse. Tras respirar profundamente, volvió a tomar la palabra.

–El día me estaba resultando algo duro –dijo, al fin–. Georgia sólo estaba siendo amable conmigo.

–Sólo con ser amable no se hace el trabajo –replicó Jefferson. No le interesaba saber por qué el día le estaba resultando a Caitlyn algo duro. No se implicaba en la vida personal de sus empleados.

–No me sorprende que digas eso…

–¿Cómo?

–Nada.

–Y si estás pensando en que Georgia te sustituya mientras te vas de luna de miel, piénsatelo otra vez. Haz que una empresa de trabajo temporal envíe a alguien que pueda realizar su trabajo sin cometer errores tan costosos.

–Eso no será necesario –repuso ella, dándose la vuelta.

–Claro que lo es –dijo él, siguiéndola–. Estarás ausente cuatro semanas. No pienso aceptar que Georgia se ocupe de los asuntos de este despacho.

–A lo que me refería era a que no será necesario llamar a una agencia de trabajo temporal –aclaró ella mientras arrancaba el ordenador–. No me voy a marchar.

Jefferson frunció el ceño y se acercó a la mesa de Caitlyn. Observó cómo ella preparaba la impresora para volver a escribir la carta. Entonces, fue cuando él se dio cuenta de que el anillo de compromiso que había llevado puesto durante los últimos seis meses había desaparecido de su mano izquierda. Aquélla debía de ser la razón del mal día.

Maldita sea.

Se frotó la nuca con una mano. No quería saber nada de su vida personal. Prefería ceñirse a su relación laboral. Si ella no le hubiera pedido cuatro semanas para su luna de miel, él jamás se habría enterado de que Caitlyn se iba a casar. En aquellos momentos, parecía no sólo que no se iba a casar sino que, dado que Caitlyn había sacado el tema, iba a tener que preguntarle.

–¿Qué ha pasado con la luna de miel?

–No se puede una ir de luna de miel sin boda –replicó ella, sin mirarlo.

¿Qué se suponía que decía uno en aquellas circunstancias? ¿Lo siento? ¿Enhorabuena? Ésta última palabra encajaba más con su modo de pensar. No entendía por qué la gente se casaba para unirse de por vida a un ser humano. Sin embargo, consideró que era mejor no contarle a Caitlyn su punto de vista.

–Eso quiere decir que se ha cancelado.

–Yo diría que sí –comentó ella, sin dejar de trabajar.

Aparentemente, Jefferson se había equivocado. A ella le interesaba tanto hablar de su ex como a él escucharla. Saber eso lo tranquilizaba. A pesar de todo, no podía dejar de sorprenderse por el hecho de que Caitlyn no quisiera hablar del tema.

En su experiencia, no había nada que gustara más a las mujeres que aburrir a los hombres hasta dejarlos en estado de coma charlando de sus sentimientos, de sus necesidades, de sus deseos y de sus quejas. Evidentemente, Caitlyn era la excepción a esa regla.

Con una ceja levantada, observó cómo las pequeñas y eficientes manos de su secretaria se movían sobre el teclado del ordenador como las de una concertista de piano. Terminó de redactar el documento en cuestión de instantes y apretó el botón de impresión. Cuando la hoja de papel salió de la impresora, la tomó con energía y se la entregó a Jefferson.

–Aquí tienes. Crisis solucionada.

Jefferson la estudió brevemente, asintió al ver que el cambio se había realizado satisfactoriamente y miró de nuevo a Caitlyn. Fuera cual fuera la razón por la que había cancelado la boda, parecía llevarlo bien, algo por lo que él, personalmente, le estaba muy agradecido. No le habría gustado que estuviera todo el día lloriqueando en el despacho. Quería que su mundo siguiera tan imperturbable como siempre.

–Gracias.

Ella asintió, apagó el ordenador y volvió a tomar su bolso.

–Si eso es todo, me marcho.

Jefferson asintió. Se estaba dirigiendo a su despacho cuando se le ocurrió algo que le hizo detenerse en el umbral de la puerta.

–Dado que no te vas a casar –le dijo, dándose la vuelta–, supongo que estarás disponible para el viaje a Portugal.

–¿Cómo?

Jefferson siguió andando y entró en su despacho, dando por sentado, sin equivocarse, que ella lo iba a seguir.

–Nos marchamos dentro de tres semanas. Quiero ir a comprobar ese crucero personalmente y te necesito a mi lado. Dado que tus planes han cambiado, no veo razón alguna para que no me acompañes.

Con eso, tomó asiento y adjuntó la nueva carta a la oferta antes de meterla en el sobre. Entonces, vio que ella se le acercaba con fuego en los ojos y un duro rictus en la boca.

–¿Y eso es todo? ¿No tienes nada más que decir? –le preguntó ella.

–¿Sobre qué?

–Sobre el hecho de que yo no me vaya a casar.

–¿Y qué más debería decir?

–Oh… Nada –dijo ella, aunque el tono de su voz indicaba claramente que había esperado algo más.

–Si estás esperando que te diga que lo siento, está bien. Lo siento mucho.

–Vaya –exclamó ella, llena de fingida emoción–. Esas palabras han sido tan sentidas, Jefferson… Espera un momento a que me recupere.

–¿Cómo dices? –preguntó Jefferson, poniéndose de pie. La actitud de Caitlyn le había sorprendido profundamente. Jamás la había visto así en los años que llevaba trabajando para él.

–No lo sientes en absoluto. Simplemente te alegras de que vuelva a estar a tu disposición.

–Siempre estás a mi disposición –señaló él, sin comprender por qué se sentía tan enfadado.

–Por el amor de Dios, es cierto, ¿verdad? –le preguntó Caitlyn, observándolo como si nunca lo hubiera visto antes.

–¿Y por qué no iba a ser así?

–Tienes razón. Es mi trabajo y se me da bien. Probablemente demasiado bien y por eso estoy así en estos momentos. Sin embargo, Peter estaba equivocado…

–¿Peter? ¿Quién es Peter?

–Mi prometido… Dios mío, estuve seis meses prometida con él y ni siquiera sabías su nombre…

–¿Y por qué iba yo a saber su nombre?

–Porque, entre los seres humanos, se considera normal estar interesado en los compañeros de trabajo.

–Tú no eres una compañera de trabajo –señaló Jefferson–. Eres mi empleada.

–¿Nada más? –le preguntó ella, atónita.

–¿Y qué más puede haber?

–¿Sabes una cosa? Estoy segura de que esa última pregunta la has hecho en serio. No tienes ni idea.

–¿Ni idea sobre qué?

–Si no lo sabes, no soy yo quien tiene que explicártelo.

–Ah… ése es el último recurso de la mujer acorralada –dijo él, sacudiendo la cabeza–. Esperaba otra cosa de ti, Caitlyn.

–Y yo esperaba… En realidad, no sé por qué esperaba otra cosa diferente. ¿Y sabes qué? Que no importa.

–Excelente –replicó él, dando por terminada la conversación–. Nos olvidaremos de que esta conversación ha tenido lugar.

–¿De verdad, Jefferson? Pues te aseguro que yo no voy a olvidarla.

Caitlyn se marchó un instante después, dejando a Jefferson con la irritación vibrando en su interior. No estaba acostumbrado a que nadie le dejara con la palabra en la boca. Y no le gustaba.

Capítulo Dos

–Los hombres son repugnantes –dijo Debbie Harris, completamente asqueada, levantando su copa.

–¡Eso, eso! –afirmó Janine Shaker, preparándose también para el brindis.

–Ni que lo digáis –afirmó Caitlyn, tomando su copa para golpearla contra la de sus amigas.

Después del fin de semana que había tenido, por no mencionar la última conversación con Jefferson, resultaba muy agradable estar con sus amigas. Mujeres que la comprendían. Mujeres con las que podía contar a cualquier precio.

–¿Te encuentras bien, cielo? –preguntó Debbie, que era la que tenía el mayor corazón–. ¿De verdad?

–Sí, estoy bien –dijo Caitlyn, sorprendida por la veracidad de sus palabras. ¿No debería estar más disgustada por el hecho de que no fuera a casarse con Peter? ¿No debería estar llorando miserablemente en un rincón?

Efectivamente, había llorado bastante durante el fin de semana, pero, si Peter había sido el amor de su vida, ¿por qué no se sentía más… destrozada? No lo sabía. Este hecho le resultaba aún más duro que la ruptura en sí del compromiso.

–No me puedo creer que Peter piense que estás enamorada de tu jefe –dijo Janine, en tono de sorna.

–Creo que Peter tuvo miedo y que, simplemente, necesitó una razón para evitar la boda. Menudo gallina –comentó Debbie.

–Sí, pero acusarla a ella de estar enamorada de Lyon –replicó Janine, sacudiendo la cabeza–. Eso sí que es pasarse.

En aquel momento, Caitlyn no podía pensar en Jefferson Lyon sin rechinar los dientes. ¿Enamorada de él? Ni hablar. ¿Atraída? Claro. ¿Qué mujer joven y viva no se sentía atraída por él? Sin embargo, se quedaba sólo en eso. En una atracción.

–Ni siquiera me habléis de Jefferson –dijo–. Cuando se enteró de que ya no me iba a casar, se limitó a decirme que me podría ir a Portugal con él. Nada de decirme que lo sentía o preguntarme si me encontraba bien y quería tomarme el día libre. Os aseguro que estuve a punto de dimitir.

–Deberías haberlo hecho –afirmó Debbie–. Los hombres son repugnantes.

–¿Dónde hemos oído eso antes? –preguntó Janine.

–Muy graciosa –repuso Debbie. Entonces, se volvió para concentrarse de nuevo en Caitlyn–. A mí me parece evidente que a Peter le suponía un problema lo del compromiso y utilizó a Lyon como excusa.

–Pues menuda estupidez –afirmó Caitlyn. Se negó a pensar en las sensaciones que experimentaba cuando estaba demasiado cerca de Jefferson. Sólo era deseo. Ni siquiera eso. Reconocimiento ante un hombre guapo. Eso era. Reconocimiento. Atracción. Nada más.

–Sí, pero el resultado es que te ha dejado un mes sólo para que lo canceles todo –comentó Janine, sacudiendo la cabeza–. Al contrario que mi ex John, al que le pareció que tres días era más que suficiente.

Era cierto. El ex novio de Janine le había dejado una nota tres días antes de su boda en la que le decía simplemente que lo sentía. A Caitlyn le pareció que Debbie tenía razón. Los hombres eran repugnantes.

–¿Se lo has dicho ya a tu madre? –le preguntó Debbie, haciendo un gesto de dolor al imaginarse la respuesta.

Efectivamente, las amigas de Caitlyn conocían perfectamente a su madre.

–Sí –dijo Caitlyn, recordando el gesto de frustración, conmoción y desilusión que se dibujó en el rostro de su madre el día anterior, cuando ella fue a casa de sus padres para contárselo todo.

–Imagino que no se lo tomó bien –comentó Janine.

–Podríamos decir que no. No puedo encontrar nada a lo que comparar el golpe que esto supuso para mi madre. Se compró el vestido la semana después de que Peter me pidiera que me casara con él. Le hacía mucha ilusión ser la madre de la novia después de haber sido cuatro veces la madre del novio. Menos mal que Peter y yo decidimos organizarlo todo. Si no, mi madre habría escogido una catedral o algo así para la boda. Yo soy su única hija.

–Va a hacerte pagar por esto.

–Pues debería hacerle pagar a Peter –gruñó Janine.

–No importa –repuso Caitlyn–. Todo ha terminado. Ahora, nuestro pequeño círculo de mujeres abandonadas está completo.

Debbie la miró con tristeza.

–No me puedo creer que Peter haya resultado ser un cerdo. Parecía tan agradable…

Janine terminó su copa y miró con pena el vaso vacío.

–Todos parecían muy agradables… al principio. Mike se portó muy bien contigo hasta que descubriste que ya tenía otras dos esposas.

Efectivamente, seis meses atrás, cuando a Debbie le faltaban sólo un par de semanas para casarse interceptó una llamada a su prometido en casa de éste. Resultó que la mujer que había al otro lado de la línea telefónica era la esposa de Mike. Cuando todo quedó zanjado, apareció una segunda esposa. En aquellos momentos Mike estaba en la cárcel, que era el lugar donde debían terminar todos los bígamos.

–Es cierto –admitió Debbie. Entonces se encogió de hombros y miró a Janine–. A ti te fue peor que a ninguna. Sólo tuviste tres días para cancelarlo todo.

–Sí –admitió ella–. A John siempre le gustó lo dramático.

–En realidad, ha sido un año pésimo –afirmó Debbie, mirando a sus dos amigas–. En lo que se refiere al corazón, claro.

–Es cierto –asintió Janine mientras hacía una señal a la camarera y le indicaba las tres copas vacías–. ¿Qué posibilidades teníamos de que las tres nos comprometiéramos y luego volviéramos a estar sin compromiso en el mismo año?

–Admito que resulta bastante raro –dijo Caitlyn–. Al menos, nos tenemos las unas a las otras.

–Gracias a Dios –comentó Janine.

–Las tres nos comprometimos y a las tres nos dejaron en el mismo año. ¿Qué dice eso de nosotras?

–¿Que somos demasiado buenas para los hombres que haya disponibles en este bar? –sugirió Janine, con una sonrisa.

–Bueno, eso por descontado –afirmó Debbie, con una sonrisa–. Sin embargo, también dice que hoy, lunes por la noche, estamos sentadas a la misma mesa del mismo bar en el que llevamos quedando los últimos cinco años.

–Oye, que a mí me gusta este bar –protestó Debbie, haciendo de nuevo indicaciones a la camarera.

–A todas nos gusta –dijo Caitlyn.

On The Pier, un pequeño bar de Long Beach, había sido su lugar de encuentro desde que todas cumplieron los veintiún años. Todos los lunes por la noche, ocurriera lo que ocurriera, las tres mujeres se reunían allí para tomar una copa y charlar.

A lo largo del año, aquellos lunes por la noche habían servido para que se consolaran las unas a las otras por la ruptura de sus compromisos, por lo que aquella cita se había convertido en algo mucho más importante. Las tres mujeres eran amigas desde el instituto.

Como Caitlyn era la más pequeña de cuatro hermanos, había deseado siempre tener una hermana. En Debbie y Janine había encontrado dos. Las tres estaban muy unidas.

–Es un bar estupendo y, además, aquí conocemos a todo el mundo. Es nuestro lugar de relax y consuelo.

–¡Exactamente! –exclamó Debbie–. A eso me refería yo precisamente. Es nuestro lugar de relax y consuelo. A las tres nos han dejado y seguimos aquí. En el mismo lugar. El mismo día. A la misma hora.

–¿Y? –preguntó Janine, mientras la camarera les llevaba por fin las tres copas que habían pedido.

Cuando la camarera se hubo marchado, Debbie tomó su copa y le dio un trago.

–A eso me refiero yo. ¿Por qué estamos satisfechas con permanecer en este bar? ¿Por qué no queremos romper con todo esto? ¿Tratar de experimentar algo nuevo?

–¿Como qué?

–Como… –dijo Debbie, interrumpiéndose–. Bueno, no se me ocurre nada, pero deberíamos hacer algo.

–Tal vez… –susurró Janine. Entonces, cerró rápidamente la boca y sacudió la cabeza–. No. No importa.

–¿El qué?

–No puedes empezar a decir algo y luego arrepentirte –protestó Caitlyn.

–Bien –dijo Janine, con una sonrisa. Entonces tomó un sorbo de su bebida–. Llevo un par de días pensando en esto. Ninguna de las tres se ha casado. Ninguna de nosotras va a tener la luna de miel que habíamos planeado. Ninguna de las tres se ha gastado el dinero que había estado ahorrando para la boda, luna de miel, etc.

–¿Y? –preguntó Debbie.

–Anoche se me ocurrió de repente que… ¿por qué no nos gastamos juntas ese dinero?

–¿Cómo? –preguntó Caitlyn, muy interesada.

–En unas vacaciones en las que lo fundamos todo –sugirió Janine, con los ojos brillantes por su propia idea–. Sugiero que cada una nos tomemos las cuatro semanas que habríamos utilizado para irnos de luna de miel y que nos vayamos de viaje juntas. Podríamos irnos a algún lugar maravilloso a que nos cuiden, a beber, a jugar y a acostarnos con hombres con tanta frecuencia como sea humanamente posible.

–Veo que lo has estado pensando muy bien, ¿verdad? –comentó Debbie.

–Bueno, sí –admitió Janine–. Desde el sábado por la noche, cuando Caitlyn llamó para contarme lo de Peter. Me sentí tan furiosa por lo ocurrido que fue entonces cuando me di cuenta de que las tres habíamos tenido un año nefasto y me pareció que nos merecíamos divertirnos un poco.

Debbie soltó un suspiro y luego dio un sorbo a su copa.

–A mí me parece muy bien.

Caitlyn sentía que la sangre le hervía en las venas. La emoción y la alegría se habían apoderado de ella.

Había pasado un pésimo fin de semana y el día hasta aquel momento había sido para olvidar. ¿Acaso no se merecía divertirse un poco? Aquello podría ser precisamente lo que necesitaba. Asintió.

–Me parece una idea genial –dijo–. ¿Cuándo nos vamos?

Janine miró a sus dos amigas y se echó a reír.

–Dentro de dos semanas. El tiempo suficiente para que encontremos a alguien que nos sustituya en nuestros trabajos, pero no demasiado para que podamos convencernos de que marcharnos es una locura.

–Tienes razón, Janine. Si no nos vamos ahora, terminaremos convenciéndonos para no ir –advirtió Debbie.

–Es cierto –dijo Caitlyn, sabiendo que era así–. Muy bien. Dentro de dos semanas. Si podemos conseguir hacer la reserva en algún sitio.

–Fantasías –susurró Janine, con los ojos llenos de un brillo muy especial.

–Vaya… –musitó Debbie, dejándose caer sobre el respaldo de su silla.

Tomó su copa y empezó a pensar en las posibilidades que tenían. Fantasías era uno de los centros hoteleros más exclusivos de todo el mundo. Todo lo que Caitlyn había leído sobre aquel lugar sugería noches desenfrenadas y días gloriosos plenos de romance y atenciones.

Justo lo que las tres necesitaban.

–Jamás podremos reservar en un lugar como ése –protestó Debbie.

–Ya he reservado –anunció Janine guiñando un ojo–. Llamé ayer y reservé tres habitaciones. Habían tenido unas cuantas cancelaciones, por lo que hemos tenido suerte. A mí me parece que es el modo en que el destino nos dice que ha llegado nuestra hora. Que tenemos que hacerlo.

–No me puedo creer que ya hayas hecho las reservas.

–Bueno –dijo Janine–. Me imaginé que si no os podía convencer, siempre podía cancelar las reservas.

Caitlyn sintió que una maravillosa excitación se apoderaba de ella. Fantasías. Había leído tanto sobre aquel lugar en periódicos y revistas que no podía negarse a conocerlo personalmente con sus dos mejores amigas.

–Yo me apunto –anunció golpeando el centro de la mesa con una mano.

–Bueno, ya sabéis que yo me apunto, dado que fue idea mía –dijo Janine cubriendo la mano de Caitlyn con la suya propia. Entonces, las dos se volvieron a mirar a Debbie.

–Esto es una locura… sabéis que tengo razón, ¿verdad? Estamos hablando de marcharnos de vacaciones y fundirnos un montón de dinero pasando unas pocas semanas en un lugar de ensueño sólo por un capricho –susurró Debbie, sin dejar de morderse los labios.

–¿Qué es lo que quieres decir? –le preguntó Janine.

–Pues lo que estoy diciendo… Pero bueno, yo también me apunto –dijo Debbie colocando por fin la mano encima de las de sus amigas.

–Esto va a ser genial. Lo necesito tanto –musitó Caitlyn–. Todas necesitamos marcharnos un tiempo.

–Algunas más que otras –murmuró Debbie. Entonces, hizo un gesto indicando la puerta.

–¿Qué está haciendo él aquí? –preguntó Janine.

Con curiosidad, Caitlyn se giró en su asiento y sintió que el alma se le caía a los pies. Jefferson Lyon acababa de entrar en el bar como si fuera dueño del local. Estaba allí, como una estatua, examinando a todo el mundo con sus penetrantes ojos azules hasta que por fin localizó a Caitlyn. Entonces se dirigió hacia ella con decisión.

–Vaya –susurró Debbie–. Jamás me habría imaginado que ese hombre vendría a un lugar como éste.

–Sí –asintió Janine–. Decididamente no es su estilo.

Caitlyn tenía que darles la razón a sus amigas. En medio de una multitud de pantalones vaqueros y camisetas, su traje de Armani resaltaba como si se tratara de una luz de neón. En realidad, Jefferson Lyon destacaba en cualquier sitio. Tenía como una especie de aura. Transmitía poder, sensualidad y…

«No sigas por ese camino», se dijo mientras se ponía de pie para encontrarse con él. Al hacerlo, sintió algo caliente que se le iba extendiendo por las venas. Ni siquiera sabía que conociera la existencia de aquel bar.

Mientras lo observaba fue consciente también de que todas las mujeres de la sala estaban haciendo lo mismo. ¿Cómo iba a sorprenderle que él despertara tanta admiración entre el sexo opuesto? Su modo de andar sugería poder y languidez al mismo tiempo. Se movía de un modo que hacía que ninguna mujer pudiera dejar de preguntarse cómo lo haría en la cama…

Oh, Dios…

–Caitlyn…

–Jefferson, ¿qué estás haciendo aquí?

–Evidentemente, necesitaba verte por algo que no puede esperar.

–¿Y cómo has sabido dónde estaría?

–Es lunes por la noche. Los lunes por la noche siempre estás aquí.

–Eso ya lo sé, pero, ¿cómo lo sabes tú? –preguntó, sorprendida de que no supiera el nombre de su prometido pero sí conociera aquel detalle.

Jefferson se encogió de hombros y miró a sus amigas. Entonces volvió a mirar a Caitlyn a los ojos.

–Debes de haberlo mencionado.

Muy sorprendida, Caitlyn sacudió la cabeza.

–Bueno, ¿qué es lo que querías, Jefferson?

Él miró a las amigas de Caitlyn, observándolas con ávido interés. Agarró a Caitlyn del brazo y tiró de ella hacia la entrada, donde el ruido no resultaba tan ensordecedor.

Caitlyn trató de no pensar en las sensaciones que le estaba produciendo aquel contacto. Evidentemente, había tomado demasiados martinis. Cuando estuvieron en la entrada, se liberó de él y se cruzó los brazos por el pecho.

–Bueno, ¿qué es tan importante que no podía esperar hasta mañana?

Jefferson la miró y se dio cuenta del aspecto tan diferente que tenía Caitlyn cuando no estaba en su despacho. Estaba tan acostumbrado a su aspecto profesional y elegante que verla con el cabello suelto resultaba más turbador de lo que habría esperado en un principio. Llevaba unos vaqueros muy usados que se le ceñían al cuerpo como una segunda piel y una camiseta azul clara que mostraba el comienzo de un bonito escote. En los pies, llevaba unas sandalias que dejaban al descubierto unos dedos largos y elegantes y las uñas pintadas de rojo. Como perfume, llevaba uno ligero y floral que no tenía nada que ver con el que se ponía para trabajar. Ésa era la razón por la que prefería mantener las relaciones laborales estrictamente en el ámbito profesional. No quería saber que Caitlyn se pintaba las uñas de rojo. Ni que olía como un fragante jardín. Tampoco que, bajo los aburridos trajes que llevaba para ir a trabajar, había una seductora figura.

Frunció el ceño y apartó aquellos pensamientos. Después de todo, no había ido allí para mostrarse sociable.

–Mi padre me ha llamado esta noche. Me necesita en Seattle mañana por la tarde. Por lo tanto, necesito que vayas temprano a la oficina para que puedas ocuparte de algunas cosas antes de que yo me marche.

–¿Se encuentra bien tu padre?

–Sí.

El padre de Jefferson se había jubilado de la empresa hacía un par de años. Tres meses atrás, había tenido un fuerte ataque al corazón y aún se estaba recuperando.

–Bien. Me alegro. ¿Y no podrías haberme llamado para darme esta información?

Podría haberlo hecho. Debería haberlo hecho. Sin embargo, había acudido allí con una intención. Para recordarle quién estaba al mando de la relación que había entre ellos. Él era el jefe. Él decía lo que había que hacer. Si Caitlyn creía que podía marcharse de su despacho con aquellos aires… El hecho de presentarse en aquel bar le demostraría a su ayudante personal que él era quien tenía siempre la última palabra.

Por supuesto, no había tenido intención de ir hasta aquel bar de mala muerte. Había pensado en dirigirse directamente a su apartamento en Seal Beach, pero cuanto más pensaba en la actitud de Caitlyn, más lo irritaba. No había dejado de pensar en ella desde que se marchó de su despacho y, sin saber exactamente por qué, se había dirigido al lugar en el que sabía que podría encontrarla.

–Me pillaba de paso –dijo. Caitlyn lo observaba atentamente con sus ojos marrones, sin pestañear–. Bueno, mi vuelo es a las diez, así que te espero en la oficina a las seis de la mañana.

–Bien. Allí estaré –replicó Caitlyn, al tiempo que se daba la vuelta para regresar con sus amigas.

Jefferson le agarró el brazo para detenerla, notando la calidez y suavidad de su piel al hacerlo. No pensaba consentirle que le dejara plantado una segunda vez.

Sin embargo, en cuanto se dio cuenta de lo agradable que le resultaba el tacto de su piel, la soltó. Abrió la puerta y la atravesó, pero se detuvo en el umbral. Entonces, muy pagado de sí mismo por ser él quien tuviera la última palabra, le dijo:

–Bien. Allí te veré.

Capítulo Tres

Caitlyn llegó a su despacho a las seis menos cuarto de la mañana y vio que Jefferson ya estaba al teléfono. No la sorprendió. No resultaba inusual que él llegara a trabajar antes que el resto de sus empleados. Después de todo, como tenía negocios por todo el mundo, la mayor parte de las llamadas que tenía que hacer debían realizarse temprano para acomodarse a las diferencias horarias.

También vio que él había dejado un montón de carpetas encima de su escritorio. Después de preparar café, Caitlyn se puso manos a la obra. Era mejor mantener la mente ocupada. Muy ocupada para no pensar en lo que sus amigas y ella habían decidido hacer. Si empezaba a pensar, podría echarse atrás.

–Y eso no lo pienso hacer –musitó con decisión.

A sus espaldas, el sol estaba saliendo por el horizonte, iluminando el cielo con tonos dorados y malvas. El aroma del café recién hecho inundaba el aire y logró aliviar la extraña sensación que tenía en la boca del estómago. En un rincón, el fax no dejaba de escupir documentos.

Caitlyn se acercó a mirarlos y los examinó cuidadosamente. Tras comprobar que se trataba de las habituales propuestas de navieras más pequeñas que querían convertirse en subcontratas de Naviera Lyon las grapó y las guardó en un archivo. En su trabajo Caitlyn siempre tenía mucho que hacer. Eso era precisamente lo que más le gustaba de su trabajo. Jamás había un momento del día en el que pudiera aburrirse.

El teléfono empezó a sonar. Al tomar el auricular, comprobó que la línea dos aún estaba ocupada, lo que significaba que Jefferson todavía no estaba disponible.

–Naviera Lyon.

–Hola –dijo una voz muy familiar–. Caitlyn, guapa. Hoy has llegado muy pronto a trabajar.

Caitlyn sonrió. Max Striver, el presidente de Naviera Striver, siempre teñía sus conversaciones de una sutil seducción que no molestaba jamás.

–Buenos días, señor Striver. ¿Cómo van las cosas por Londres?

–Max, por favor Caitlyn. Te he dicho mil veces que me llames Max. Londres es un lugar muy solitario. Deberías venir a visitarme.

–Lo tendré en cuenta –respondió Caitlyn, sin dejar de sonreír–. El señor Lyon está hablando por la otra línea, Max. ¿Puedes esperar un momento o quieres que te devuelva él la llamada?

–Si tú estás dispuesta a pasarte ese tiempo charlando conmigo, esperaré.

–¿Y de qué vamos a hablar?

–¿Cuándo vas a dejar de trabajar para ese norteamericano tan hosco para venirte a trabajar para mí?

–En realidad, no creo que quieras que trabaje para ti, Max. Sólo quieres privarle al señor Lyon de mi buen hacer.

–En realidad, un poco de las dos cosas, guapa. Te hace trabajar demasiado mientras que yo, por mi parte, soy un jefe muy comprensivo. Buen horario de trabajo, mejor sueldo y, por supuesto… yo.

La luz de la otra línea se apagó.

–Lo tendré en cuenta, Max. Ahora el jefe ya está disponible. ¿Puedes esperar un momento?

Colocó la llamada en espera mientras llamaba al teléfono de Jefferson.

–Max Striver por la línea uno –dijo cuando Jefferson contestó.

–Maldita sea… ¿Qué es lo que quiere?

–Que yo me vaya a trabajar para él.

–¿Aún está con eso? Cualquiera creería que ya habría comprendido que tú no vas a dejar de trabajar en Naviera Lyon bajo ningún concepto –replicó, con un gruñido, justo antes de desconectar el teléfono y tomar la otra línea.

–¿Qué es lo que ocurre, Max? –preguntó Jefferson mientras se reclinaba en su butaca y la hacía girar para poder mirar por la ventana.

–Jefferson, viejo amigo. ¿Acaso necesito que ocurra algo para llamar?

–Normalmente.

Durante un instante, admiró la vista del puerto. Aquél era su mundo. Había trabajado en el negocio familiar desde abajo. Su padre no creía en el camino fácil y no había estado dispuesto a que su hijo accediera simplemente a los puestos directivos sin conocer cómo funcionaba desde abajo. Por eso, Jefferson estaba a cargo de una de las navieras más importantes del mundo y sabía cómo sacar lo mejor de sus empleados. ¿Acaso no había conseguido mantener la tranquilidad y el autocontrol cuando Caitlyn se desmoronó el día anterior?

Sonrió y escuchó cómo el fax no dejaba de funcionar en el despacho exterior. Sonrió. Caitlyn sabía perfectamente cómo llevar orden al caos diario. Como todos los días, las cosas iban como tenían que ir. Sabía que Max jamás podría conseguir que ella trabajara para Striver. La lealtad de Caitlyn le impediría marcharse a trabajar para un competidor.

–Jefferson, ¿sigues ahí?

Frunció el ceño. Había permitido que sus pensamientos se alejaran por un instante de su trabajo, algo que nunca podía consentir y mucho menos con Max Striver.

–Sigo aquí, Max. Y estoy muy ocupado.

–Estoy seguro de ello. Sólo te entretendré un minuto. Simplemente quería que supieras que me he enterado de que vas a viajar a Portugal. Me han dicho que el astillero de allí está parado por una huelga.

–Se arregló todo la semana pasada. Todo está en orden –respondió Jefferson apretando los dientes.

–Me alegra saberlo.

–Sí. Estoy seguro de ello.

Desde hacía años, Max era la competencia de Jefferson en todo, desde el tenis hasta las mercancías transportadas. Como Lyon estaba a punto de poner en funcionamiento su primer crucero, para lo que faltaban menos de seis semanas, Jefferson estaba sin duda tratando de batir a Max también en aquel campo.

–Te aseguro que me alegro. No podremos competir con tu empresa si tu crucero jamás sale de los astilleros, ¿no te parece? De hecho, creo que vamos a salir un mes antes que vosotros.

–Por lo que he oído, deberías estar más interesado en lo que le ocurre a tu propio barco –replicó Jefferson, con una sonrisa.

–¿Qué es lo que quieres decir?

–Bueno, mis contactos en Francia me han dicho que el nuevo transatlántico de Striver parece estar teniendo ciertos problemas para conservar sus chefs.

–Mentiras.

–No sé… Si supieras cómo tratar a tus empleados, Max, tu chef no estaría camino de Portugal en estos momentos para comprobar cómo son las cocinas del nuevo crucero de Lyon.

–¿Me lo has robado?

–Ni siquiera me resultó difícil. Deberías haberle ofrecido el suelo que se merece.

Max tardó un momento en soltar la carcajada.

–Esta vez has ganado tú, Jeff, pero aún no hemos terminado el juego.

Cuando Jefferson colgó, la sonrisa aún no se le había borrado de los labios. Caitlyn se estaba ocupando diligentemente de sus asuntos y él había conseguido meterle un gol a Max Striver… y ni siquiera eran las ocho de la mañana.

Los dedos de Caitlyn volaban por encima del teclado mientras transcribía al ordenador la penosa caligrafía de Jefferson. A él ni siquiera se le había pasado por la cabeza que Caitlyn pudiera aceptar algún día la oferta de Max.

–No pienso dejar que te marches, Caitlyn –musitó, imitando la voz de Jefferson–. Eres como mi perrita faldera, Caitlyn. Siempre estás a mi lado. Encantada de ayudarme. Agradecida sólo porque te den un golpecito cariñoso en la cabeza.

No era que le molestara que a Jefferson no le preocupara que ella pudiera dejar de ser su secretaria, pero… ¿Acaso no debería estarlo? ¿No debería al menos tener la decencia de decirle que esperaba que no se marchara nunca de su lado? ¿Que era demasiado importante para él? ¿Para la empresa?

Era como si estuviera completamente convencido de que aquello no podría ocurrir nunca.

Se dijo que debería estar encantada de que su jefe estuviera tan seguro de su lealtad, pero no consiguió convencerse. De hecho, se sentía verdaderamente molesta de que a él ni siquiera le inquietara que uno de sus competidores más importantes quisiera que trabajara para él.

–¿Ves? –susurró–. Ésta es la razón por la que necesitas un descanso. Necesitas realizar ese viaje, Caitlyn. Te vendrá bien alejarte de todo durante un tiempo. A Jefferson Lyon le vendrá bien tener que ocuparse de todo esto durante un tiempo. Tal vez entonces sería capaz de mostrar un poco de gratitud. Tal vez entonces se daría cuenta de que existes y…

No. ¿Qué era lo que estaba diciendo? No tenía intención alguna de que Jefferson se fijara en ella como mujer. Sólo como persona.

Sí. Debería marcharse. Pensar en ella por una vez. Ser aventurera. Sin embargo, su conciencia no hacía más que repetirle lo contrario. Debería quedarse. Trabajar. Ser responsable…

La buena de Caitlyn. La que siempre hacía lo que debía hacer, lo que se esperaba de ella…

–Dios, es tan aburrido. Doy pena. Veintiséis años y jamás he hecho nada para mí. ¿No va siendo hora?¿Acaso no te mereces salir y ver un poco de mundo y, sobre todo, dejar que el mundo te vea a ti?

Efectivamente, eran unas vacaciones carísimas, pero ¿no se merecía que la mimaran? ¿No se debía a sí misma tiempo para relajarse y descansar?

–Dios, estoy empezando a sonar como Janine… –murmuró, con una sonrisa.

–¿Quién es Janine?

Caitlyn se sobresaltó al escuchar la voz de Jefferson.

–¿Sabes una cosa? Probablemente sería más fácil matarme si, en vez de tratar de conseguir que me diera un ataque al corazón, te limitaras a golpearme en la cabeza.

–Sabías que estaba aquí.

–Estabas hablando por teléfono.

–Ya no. No tenía intención de asustarte –añadió. No tenía puesta la chaqueta del traje y llevaba la camisa remangada hasta los codos, lo que dejaba al descubierto unos antebrazos fuertes. Además, se había aflojado el nudo de la corbata–. Bueno, ¿quién es Janine? –preguntó apoyado en el umbral de la puerta.

–Una amiga –respondió Caitlyn mientras se preguntaba qué más habría escuchado de su monólogo en voz alta–. Estaba anoche en el bar.

–¿La rubia menudita o la morena del pelo de punta?

–No lo tiene de punta. Tan sólo lo lleva revuelto. Bueno, no has estado mucho tiempo hablando por teléfono con Max –dijo, en un intento por cambiar de tema.

–No. Sólo me llamó para reírse de mí por lo de la huelga en Portugal y para recordarme que su barco estará listo un mes antes que el nuestro.

–Ahhh… –repuso Caitlyn. Los rivales se habían enzarzado de nuevo en sus chiquilladas.

–Sin embargo, al menos yo pude recordarle que le quitamos a su mejor cocinero. A Max aún le escuece que le quitáramos el contrato Franco el año pasado.

–Supongo que eso hará que te sientas mejor.

–Cierto. No obstante, si Striver Cruise Lines abre un mes antes que el nuestro, va a poder hacerse con las mejores rutas.

–Su primer barco es más pequeño.

–¿Estás segura?

–Fue lo primero que hice esta mañana –dijo ella entregándole una hoja de papel que había llegado por fax aquella mañana–. El astillero de Francia en el que Max está construyendo su barco ha sido muy amable. Simplemente les pedí un ejemplo de sus trabajos más recientes y estuvieron encantados de enviarme todos los detalles del crucero que están terminado en estos momentos. El nuestro es por lo menos cien metros más largo. Mejor preparado para las rutas del Atlántico.

Jefferson examinó el papel y sonrió. Caitlyn sintió que aquella sonrisa la iluminaba por dentro como si se tratara de una luz de neón. Dios santo. Decididamente necesitaba aquellas vacaciones.

–¿Querías algo más, Jefferson?

–Sí. En realidad, quería asegurame de que ya tenías organizado el viaje a Portugal.

–Por supuesto –respondió Caitlyn, agradecida de volver a temas laborales. Le entregó una carpeta–. Ahí tienes todos los detalles. El Palacio de Estoril tiene tu suite reservada para cuando llegues, he avisado a tu piloto y he organizado las reuniones en el astillero. Ahí tienes las fechas y las horas. El hotel se encargará de proporcionarte coche y conductor.

Jefferson examinó la documentación y, mientras se daba la vuelta para regresar a su despacho, dijo:

–Resérvate tú también una suite.

–Eso no será necesario.

–Lo sé, pero quiero que te sientas cómoda.

–No –dijo ella. Entonces, respiró profundamente y contuvo la respiración justo lo suficiente para tranquilizarse–. No me refería a eso.

Entonces se levantó y se dirigió a la cafetera para servirse una nueva taza de café.

–¿De qué estás hablando?

–Después de todo, no voy a acompañarte a Portugal, Jefferson. Voy a tomarme mis cuatro semanas de vacaciones.

–Pero si no te vas a casar… ¿Para qué necesitas ese tiempo?

–Porque lo he solicitado y quiero tomármelo.

Jefferson se apartó de la puerta y se acercó a ella. Cuando ella hubo terminado, agarró la cafetera y se sirvió una taza. Antes de hablar, tomó un sorbo.

–En estos momentos no es muy conveniente.

–Claro que lo es. Pedí esas cuatro semanas hace ya casi seis meses. Todo está organizado.

–Las cosas han cambiado.

–¿Qué cosas?

–Ya no te vas a casar. Por lo tanto, puedes acompañarme a Portugal.

–No me necesitas, Jefferson.

–Seré yo quien decida lo que necesito, Caitlyn –replicó él mirándola con fiereza–. Y, como ayudante mía que eres, considero que necesito tu presencia.

–Mala suerte –dijo ella, después de tragar saliva.

–¿Cómo has dicho?

–Ya me has oído. Trabajo para ti, Jefferson, pero no soy tu criada. Solicité esas semanas de vacaciones y me las voy a tomar.

–Hazlo después del viaje a Portugal.

–No. Esta vez no.

No pensaba ceder ante Jefferson. El año anterior, cuando ya estaba en el taxi para marcharse de vacaciones a Florida, Jefferson la llamó para pedirle que lo acompañara a Francia. Y el año anterior había pasado lo mismo con su viaje a Irlanda. Jefferson había sido capaz de enviar su jet privado al aeropuerto de Shannon para ordenarle que le acompañara a una importante conferencia en Brasil.

Por eso, aquella vez Caitlyn no pensaba ceder ni un ápice. Iba a marcharse con sus amigas de vacaciones y, si a Jefferson no le gustaba, mala suerte. Sintió un hormigueo de excitación mientras elaboraba mentalmente su propia Declaración de Independencia. No volvería a ser tan responsable con su trabajo. No dejaría en un segundo planto sus deseos y necesidades para asegurarse de que su jefe tenía lo que quería.

«Soy Caitlyn, escuchadme rugir», pensó. Entonces, levantó la barbilla con gesto desafiante y se enfrentó a su jefe.

Capítulo Cuatro

–Estás siendo muy egoísta.

–¿Egoísta yo? –repitió ella, completamente asombrada de que Jefferson pudiera decirle algo así. Él, que esperaba que el mundo girara a su antojo y que le había estropeado todas sus vacaciones con sus exigencias–. ¿Hablas en serio?

–Esto no es propio de ti –dijo él, con un tono de voz que conseguía que sus empleados comenzaran a buscar la salida más cercana.

–No, no es propio de mí. Precisamente por eso voy a hacerlo.

–Esto no tiene ningún sentido.

–Claro que lo tiene –replicó ella sintiendo que la ira la atenazaba–. Esperas que yo deje todo lo que tengo que hacer cuando tú quieras. ¿Y cómo voy a culparte yo por ello? Llevo toda mi vida haciendo lo que se supone que tengo que hacer.

–Admirable.

–O débil. Mis padres, mis hermanos, Peter, tú… Todos me habéis avasallado porque yo misma lo daba por sentado. Siempre os permitía a todos que me dierais órdenes. Nunca más. He terminado con ello.

–Caitlyn, trabajas para mí –dijo Jefferson, con voz fría e incluso tolerante. Ella conocía muy bien ese tono de voz, pero no estaba dispuesta a echarse atrás–. Yo soy quien te dice cuándo te puedes tomar unas vacaciones y cuándo se requiere tu presencia. Y te necesito en Portugal.

–No me necesitas, Jefferson. En el hotel te pueden proporcionar una secretaria. O te podrías llevar a Georgia.

–¿A Georgia?

–Está bien, Jefferson –dijo ella. Georgia no podría realizar el trabajo que Jefferson esperaría de ella–. De todos modos, no necesitas a nadie. Todo el trabajo está hecho. Has hecho tu oferta y se han redactado todos los contratos y éstos han sido revisados por los abogados. Lo único que tienes que hacer es firmarlos, ver el barco y ponerle el logotipo de Lyon en la proa. ¿Por qué me necesitas?

–Porque te pago para que estés donde pueda necesitarte y cuando pueda necesitarte. Es tu trabajo, Caitlyn.

Ella sintió que la cabeza le daba vueltas. La sangre le fluía con fuerza por las venas y sentía una extraña sensación en la boca del estómago. Su trabajo. Tenía que admitir que era muy bueno. El sueldo era bueno, por lo que tenía su propio piso, y, además, se le daba bien hacer lo que hacía. Sin embargo, aparentemente, había terminado convirtiéndose en parte del mobiliario del despacho de Jefferson. En lo que se refería a Jefferson, no tenía más sentimientos que la fotocopiadora.

No había esperado que se tomara bien que había decidido irse de vacaciones, pero tampoco que se comportara de aquella manera. Otras personas se iban de vacaciones. Tenían su vida. ¿Por qué ella no?

–¿Sabes una cosa? –musitó–. Debería haberme dado cuenta de esto hace ya mucho tiempo, pero no quise hacerlo.

–¿Darte cuenta de qué? ¿De lo mucho que te necesito en ese viaje? Me alegro. En ese caso, no se hable más del tema.

–No me refería a eso. Hablo del hombre alfa. Me ha pasado durante toda mi vida. Con Peter. Hasta con mis hermanos.

–¿De qué estás hablando? No te entiendo.

–Claro que no me entiendes. Qué sorpresa. Pero déjame que te diga que me he aprendido la lección. He terminado con los hombres alfa. De ahora en adelante, sólo quiero hombres beta. Agradables, con los que resulta fácil llevarse bien… No quiero más hombres del tipo dominante y silencioso. Quiero alguien agradable. Dulce y sensible.

–Me parece que estás hablando de un golden retriever.

–Por supuesto, ese tipo de comentario sólo podría ocurrírsete a ti.

–Mira. Creo que, de alguna manera, nos hemos apartado del tema. Aunque no te lo creas, no me interesa tu vida personal. Puedes salir con quien te dé la gana en cuanto regresemos de Portugal.

–Vaya. Gracias.

–Ahora que nos hemos entendido por fin, hay unas cuantas cosas de las que necesito que te ocupes antes de que yo me marche al aeropuerto. Llama al piloto y dile que esté listo para dentro de una hora. Cuando lo hayas hecho, ponte en contacto con la oficina de Florida y diles que estaré allí el viernes. Además, cancela todas mis citas para los próximos dos días. No sé cuánto tiempo estaré en Seattle así que…

Caitlyn lo observó atentamente mientras se daba la vuelta para regresar a su despacho. Tal y como había esperado, Jefferson no había comprendido nada. Apretó los dientes, pero, antes de que pudiera contenerse, dijo:

–No.

Jefferson se detuvo en seco y se dio la vuelta para mirarla.

–¿No?

–Eso es –afirmó ella. Entonces, respiró profundamente y abrió su cajón para sacar el bolso. Lentamente, se lo colgó del hombro–. He dicho que no.

–Caitlyn, ya he aguantado bastante esta mañana y no creo que pueda aguantar más.

–Igual que yo –le espetó sintiendo que la ira se despertaba en su interior–. Ya he aguantado bastante.

Jefferson se echó a reír. Entonces, le preguntó:

–¿De qué estás hablando?

–De que dimito.

–Eso es imposible –dijo él, muy sorprendido.

–Pues acabo de hacerlo –afirmó ella. De repente, se sentía muy tranquila, como si alguien hubiera derramado aceite sobre el mar revuelto.

–Esto es ridículo

Caitlyn no estaba segura de dónde había sacado el valor para hacer lo que había hecho. ¿De dónde le venía aquel espíritu de independencia y libertad? No lo sabía. Tal vez había nacido el día en el que Peter terminó con su compromiso. O tal vez cuando su prometido había sugerido que estaba enamorada de su jefe. Fuera cual fuera la razón, Caitlyn estaba completamente segura de que aquello era precisamente lo que tenía que hacer.

Necesitaba volver a empezar. Con su vida y con su carrera, algo que jamás haría si permanecía al lado de Jefferson Lyon. Aquel hombre era demasiado poderoso. Demasiado magnético. Demasiado guapo.

Peter se había equivocado al pensar que ella pudiera estar enamorada de Jefferson. De eso estaba segura, pero no era tan estúpida como para negar la atracción que sentía por él. ¿Cómo podría enderezar su vida tan cerca de un hombre que hacía que se le doblaran las rodillas?

–No. No lo es –dijo.

–¿Y todo esto por unas vacaciones?

–No, Jefferson. Es por trabajar con un hombre que no me ve más que como una herramienta a su servicio.

Jefferson frunció el ceño. Caitlyn sintió que su valor se derrumbaba. Entonces, el teléfono empezó a sonar e, instintivamente, lo tomó.

–Naviera Lyon.

–Caitlyn, cielo. Soy Max otra vez. Se me ha olvidado una cosa que quería decirle a tu jefe.

–Ya no es mi jefe, Max –dijo ella armándose de valor–, pero aquí está.

–¿Cómo? ¿Cómo has dicho? –preguntó Max. Su voz se fue haciendo más débil a medida que Caitlyn alejaba el auricular de su oreja para entregárselo a Jefferson.

–Caitlyn –dijo él, tras colgar el teléfono sin más miramientos–. No voy a permitir que dimitas así como así.

–No puedes detenerme, Jefferson –replicó ella. Entonces, se marchó antes de que se arrepintiera de lo que iba a hacer.

Unas horas después, Jefferson estaba dando vueltas como un león enjaulado en el enorme salón de la casa que su padre tenía en Seattle. En el exterior estaba lloviendo y el golpeteo de las gotas contra los cristales sonaba con fuerza en medio de aquel profundo silencio.

–Si tomas asiento, podemos firmar estos papeles y terminar con esto –dijo su padre mientras observaba cómo Jefferson no dejaba de moverse por la sala–. Tengo una partida de golf dentro de media hora.

–¿Golf? –repitió Jefferson deteniéndose en seco–. ¿Con este tiempo?

Harry Lyon se encogió de hombros.

–Me voy a reunir con unos amigos en el club. Tu madre se ha ido a Nueva York a pasar la semana y.. ¿Por qué no me dices de una vez qué es lo que te ocurre?

–Caitlyn ha dimitido esta misma mañana.

–¿Tu secretaria?

–Ayudante personal.

–¿Y por qué lo ha hecho? Hacía muy bien su trabajo.

–Lo sé –respondió Jefferson. Se metió las manos en los bolsillos y se giró a la ventana para observar la lluvia.

No había podido pensar en otra cosa. Durante el corto vuelo a Seattle, había repasado una y otra vez la discusión que los dos habían tenido y aún no había podido comprender por qué Caitlyn había decidido dimitir tan de repente. No era propio de ella.

Sin embargo, aquella mañana había visto una faceta completamente distinta de Caitlyn. Ella jamás había perdido los nervios con él. Siempre había sido una profesional perfecta y aquella demostración de ira y genio lo habían sorprendido profundamente, algo que no resultaba nada fácil.

–¿Qué vas a hacer al respecto? –le preguntó su padre.

Jefferson se dio la vuelta y miró a su progenitor. Desde que se jubiló, su padre estaba radiante y feliz. A pesar del ataque al corazón que había sufrido hacía unos meses, o tal vez debido a éste, Harry Lyon estaba decidido a disfrutar de la vida. Precisamente por eso había hecho que Jefferson fuera a verlo aquel día. Harry había decidido entregarle por fin las riendas de la empresa familiar. Jefferson debería estar contento, dado que llevaba años trabajando para llegar a ese punto, pero tan sólo podía pensar en la traición de Caitlyn.

–¿Y bien?

¿Que qué iba a hacer al respecto? Sólo había una respuesta. Recuperar a Caitlyn. Jefferson Lyon no perdía nunca. Aquella palabra ni siquiera estaba en su vocabulario. Nadie lo dejaba plantado a él. Además, Caitlyn era demasiado importante como para dejarla marchar.

–La recuperaré –contestó.

No hacía más que pensar en qué armas podía utilizar para hacerla volver. ¿Un aumento? Tal vez. ¿Más vacaciones? De momento, aquél era un asunto bastante delicado entre ellos. ¿Un ascenso al nivel ejecutivo? No estaba mal. No obstante, sabía que iba a tener que hacer mucho más que mejorar sus condiciones laborales para recuperar a Caitlyn. Iba a tener que… Cuando comprendió lo que iba a hacer para recuperar a Caitlyn, se dibujó en su rostro una lenta sonrisa.

–Eso es lo que me gusta escuchar –dijo Harry–. ¿Cuál es el plan?

Jefferson sonrió a su padre, pero decidió guardar silencio. A Harry no le gustaría su plan. No comprendería que el único modo con el que podría recuperar a Caitlyn era conseguir que ella pensara que el hecho de volver a trabajar para Jefferson era idea suya.

Jefferson conocía muy bien a las mujeres. La enamoraría, la seduciría, la cubriría de joyas y después se comportaría como un imbécil y dejaría que ella rompiera con él. Seguramente Caitlyn se sentiría tan mal que regresaría a trabajar para él.

–No te preocupes ahora por eso, papá –contestó, con una sonrisa–. Lo tengo todo bien pensado.

Como estaba desempleada, Caitlyn ya no tenía razón alguna para quedarse en casa. Por lo tanto, llamó al hotel y tuvo la suerte de que acababa de haber una cancelación. Otra señal divina que le indicaba que estaba haciendo lo correcto. Lo agradeció.

Había sentido una increíble sensación de libertad al enfrentarse a Jefferson y dejar su trabajo, pero, después de hacerlo, estaba empezando a tener sus dudas. Había conseguido ahorrar parte de su sueldo, por lo que no tendría problemas económicos durante unos meses, pero jamás había estado en el paro desde que terminó la universidad. Sentía una extraña sensación en el cuerpo al saber que ya no tendría que estar a una hora concreta en un sitio determinado. Más raro aún sería saber que no tendría ninguna obligación de la que preocuparse.

Cuando el taxi se detuvo delante de Fantasías, sintió una sensación de nerviosismo en el estómago. Se recordó que había hecho lo correcto, pero esperaba poder creérselo muy pronto. Por eso, había cerrado su apartamento y se había marchado a la isla con casi dos semanas de antelación con respecto a sus amigas.

Janine y Debbie la apoyaron en todo. Cuando oyeron que había dimitido, la aplaudieron y prometieron mantenerse en contacto con ella hasta que pudieran reunirse las tres en Fantasías.

–Hasta entonces –susurró agarrando con fuerza el asa de su maleta–, estás aquí para relajarte. Ya puedes empezar.

Una suave brisa marina le acarició la piel y la envolvió en el aroma del mar y en el de las flores que rodeaban el exclusivo hotel. Aspiró profundamente para saborear su libertad y tratar, al mismo tiempo, de calmar los nervios que aún le bailaban en el estómago.

–¿La puedo ayudar con su equipaje?

Caitlyn se sobresaltó un poco y, cuando se dio la vuelta, se encontró con un hombre alto y atractivo que iba vestido con el uniforme de Fantasías, que constaba de camisa roja y pantalón blanco.

–Hola…

–Hola. Bienvenida a Fantasías –dijo, con una radiante sonrisa–. Deje que la ayude con su equipaje.

–Gracias.

Caitlyn le entregó la maleta y lo siguió al vestíbulo mientras iba admirando las hermosas flores que había a cada lado del paseo. Cuando por fin entraron en el inmenso vestíbulo del hotel, Caitlyn sólo encontró una palabra para poder describirlo: maravilloso.

El suelo era de azulejos azules, lo que proporcionaba la sensación de que se estaba caminando por encima del agua. Además de las mesas y sillas de mimbre, que estaban distribuidas por todo el vestíbulo para que los huéspedes pudieran sentarse a charlar o descansar, había otras mesas más pequeñas, éstas de cristal, que soportaban jarrones de este mismo material repletos de flores de brillantes colores.

Detrás del mostrador, que era largo y ondulante como una serpiente, había un enorme acuario de peces de colores. Todo resultaba maravilloso y perfecto, como el resto del hotel. De hecho, hasta los encargados de la recepción eran de una belleza casi ideal.

Mientras esperaba para registrarse, Caitlyn aceptó una copa de champán que le ofreció un camarero. En aquel momento, sus dudas sobre aquellas vacaciones se disiparon por completo. Ya tendría tiempo de preocuparse por haber dejado su empleo en Naviera Lyon y por tener que buscar uno nuevo. Por el momento, iba a dejarse llevar por aquel ambiente de lujo y relajación.

Sin embargo, dos días más tarde, Caitlyn estaba empezando a sentirse un poco inquieta. Estaba haciendo todo lo posible por combatir ese sentimiento. Estaba tumbada en una hamaca roja y blanca, con una deliciosa bebida tropical a su lado, una novela sobre el vientre y el océano frente a sus ojos. Todo invitada a la relación, pero su maldito cerebro no hacía más que pensar en Jefferson, en el modo en el que él la había mirado cuando anunció su dimisión. El hecho de que ya no trabajaba para él y que, por lo tanto, ya no volvería a verlo.

Todo era como ella había deseado, ¿no? Era mucho mejor que Jefferson Lyon ya no formara parte de su vida…

Si esto era cierto, ¿por qué no se sentía más contenta?

–Estoy preocupada –dijo, con el teléfono móvil en una mano y la copa en la otra.

–¿Por qué? –le preguntó Janine–. Estás en el hotel del que más habla todo el mundo. Te están tratando a cuerpo de rey. Estás libre y soltera, eres joven y debe de haber al menos una docena de hombres al alcance de la mano.

–Es cierto –admitió Caitlyn, mirando a su alrededor.

–Entonces, ¿cómo es posible que estés preocupada?

–Jefferson –contestó, muy a su pesar–. He dejado mi trabajo sin avisarle con tiempo suficiente. Lo he dejado en la estacada sin nadie que se ocupe de sus cosas.

–Justo lo que se merecía –replicó su amiga. Entonces, se puso a hablar con otra persona–. No pongas ahí las hortensias. ¿Dónde diablos naciste tú? ¿En un granero?

Caitlyn sonrió. La carísima floristería en la que trabajaba Janine y de la que era la principal encargada, estaba siempre llena de gente y a Janine le gustaba estar pendiente de todo.

–Sinceramente, Caitlyn –dijo, centrándose de nuevo en su conversación telefónica–. Naviera Lyon ya no es problema tuyo. Tienes que aprender a desconectar. ¿Cómo vas a poder disfrutar de tus vacaciones cuando no haces más que pensar en lo que ocurre aquí en Long Beach?

–Tienes razón, pero…

–No hay peros –la interrumpió su amiga–. Michael, si rompes otro jarrón te juro que voy a… –añadió, justo al mismo tiempo que se escuchaba el sonido de cristal roto–. Me voy a morir…

Caitlyn se echó a reír.

Inmediatamente, Janine volvió a tomar la palabra.

–Venga, Caitlyn. Asegúrate de divertirte y de conocer gente. Gente masculina. Bebe, disfruta y olvídate de Jefferson Lyon.

De repente, una pelota de voleibol aterrizó al lado de Caitlyn y la salpicó de arena antes de golpearle sobre el vientre.

–¡Eh!

–¿Qué ha pasado? –preguntó Janine.

–Me ha atacado una pelota de voleibol –musitó Caitlyn al ver que el dueño de la pelota se le acercaba con una radiante sonrisa en su hermoso rostro.

–Lo siento –dijo él–. Me llamo Chad. ¿Te puedo invitar a una copa para disculparme?

–No tienes por qué…

–No te atrevas a rechazar esa invitación –le ordenó Janine, desde el otro lado de la línea telefónica–. Para eso estás ahí, amiga mía. Para relajarte y vivir un poco…

–Mmm…

–¿Es guapo?

–Sí… Como si fuera una estrella de cine…

–¿Te encuentras bien?

–Sí… Bien.

–Caitlyn Amanda Monroe, no te comportes como si fueras una idiota. Para eso estás ahí. ¿Te acuerdas?

Claro que se acordaba. Se suponía que debía estar relajándose. Conociendo gente nueva. Gente masculina, como le había dicho Janine. Suponía que no había mejor momento que aquél para empezar…

Asintió y sonrió al recién llegado. Entonces se tragó su nerviosismo y dijo:

–Hola, Chad. Me llamo Caitlyn y me encantaría tomar una copa.

Capítulo Cinco

Caitlyn tenía más o menos media hora para ducharse y vestirse antes de reunirse con Chad para tomar una copa. Se dirigió rápidamente hacia su habitación metiéndose al mismo tiempo la mano en el bolsillo para buscar la tarjeta que servía de llave. No debería haber accedido a tomar una copa con él. Si Janine no hubiera estado hablando por teléfono con ella en ese mismo momento, no lo habría hecho. No era que no le interesara conocer gente nueva, pero estaba demasiado ocupada pensando en Jefferson como para fijarse en nadie más, aunque fuera tan guapo como Chad.

–¡Qué tontería! –musitó mientras dejaba el bolso a los pies de la cama–. No entiendo por qué tengo que seguir pensando en mi antiguo jefe. Ya no está. Ya no forma parte de mi vida. Caput. Au revoir, mon ami. Sayonara. Ciao. Arrivederci.

–Has dicho dos en italiano.

–¿Cómo?

Caitlyn se dio la vuelta con tanta rapidez que perdió el equilibrio y cayó sobre la cama. Con los ojos muy abiertos y el corazón saliéndosele del pecho, observó cómo Jefferson salía como si nada de su cuarto de baño envuelto en una espesa nube de vapor. Parecía alguien salido de otro mundo. Por supuesto, el hecho de llevar una toalla alrededor de la cintura de su cuerpo desnudo no ayudaba en nada a la situación.

Tenía el cabello húmedo y aún le caían sobre un torso mucho más musculado de lo que hubiera soñado en un principio pequeñas gotitas de agua. La mirada penetrante de Jefferson estaba prendida en la de ella. Su boca grande y deliciosa presentaba una media sonrisa.

–Sorpresa.

–¿Sorpresa? ¿Qué es lo que quieres decir con eso? ¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó ella mientras se incorporaba–. Olvídate de lo que he dicho. No me importa lo que estés haciendo aquí en este hotel, sino en mi habitación. ¿Cómo diablos has entrado? ¿Por qué has…? ¿Cómo has podido…?

Jefferson se encogió de hombros.

–He venido para llevarte de vuelta a casa –dijo–. A Long Beach. A tu trabajo.

–¿Acaso no te acuerdas que dimití? –replicó ella. ¿Cómo había podido pasársele por un momento por la cabeza que hubiera ido allí sólo por ella?

–No puedes hacerlo, Caitlyn. El trabajo es tu vida. ¿Cómo es posible que dimitas de tu vida?

–Eso era en el pasado. Ahora estamos en el presente y estoy construyéndome una nueva vida. Gracias.

–Sin mí. Sin Naviera Lyon.

–Así es –afirmó ella, sin querer admitir lo mucho que le había echado de menos en los últimos dos días.

–No estoy tan seguro…

–Venga ya, Jefferson –dijo ella para tratar de cambiar de tema–. No has venido hasta aquí para convencerme de que regrese a un trabajo del que he dimitido. ¿Por qué estás aquí?

–Después de que te marcharas me di cuenta de una cosa –admitió él, dirigiéndose hacia ella.

Caitlyn estaba a punto de retroceder sobre el colchón cuando se dio cuenta de que él podría reunirse con ella encima de la cama. Este pensamiento la hizo ponerse de pie como movida por un resorte.

–¿De qué te diste cuenta?

–De que necesitaba unas vacaciones.

–Vaya… Tú jamás te has tomado vacaciones, Jefferson. Lo más cerca que has estado ha sido cuando te recorriste el mundo entero para ir a estropearme las mías. Además, ¿no deberías estar en tu despacho incordiando a otra pobre infeliz para que termine todos los detalles de tu viaje a Portugal?

–Tienes toda la razón. Jamás me he tomado vacaciones, por lo que las tengo más que merecidas. En cuanto a lo de estropearte las tuyas, no estoy aquí para volver a hacer algo así. Tan sólo he venido para divertirme.

–¿Divertirte?

–En cuanto a lo del viaje a Portugal, mi excepcional ayudante ya se ha ocupado de todo.

Excepcional. Había dicho que ella era excepcional. Estaba tramando algo. Ojalá supiera de qué se trataba.

–Y… Te echaba de menos…

Caitlyn soltó un bufido muy poco elegante. Decididamente, Jefferson estaba tramando algo.

–¿Que me has echado de menos? Venga ya. Lo que quieres decir es que has echado de menos que yo no esté para solucionarte todo. Sólo han pasado un par de días, Jefferson.

Un par de días en los que ella sí que le había echado de menos…

–Esto no tiene nada que ver con el trabajo, Caitlyn –dijo él mirándola fijamente a los ojos–, sino con nosotros.

Caitlyn permaneció mirándolo durante un largo instante. Aquella situación cada vez era más rara. En primer lugar, Jefferson estaba medio desnudo en la habitación de su hotel. Segundo, resultaba que la echa de menos y, por último, empezaba a hablar de un «nosotros»…

–Creo que debo de haberme transportado a una dimensión paralela –susurró, tratando de no mirar la toalla que él llevaba puesta. Por un momento, le había parecido que se le estaba cayendo–. Sí, debe de tratarse de eso. Seguramente me he visto atrapada en uno de esos agujeros temporales. Tal vez si doy un paso atrás, podré volver a mi propio universo y no estará ocurriendo nada de esto.

–¿Agujero del tiempo?

–Tiene más sentido que creer que esto está ocurriendo de verdad.

–Pero sí está ocurriendo…

–No, no lo está…

Caitlyn dio un paso atrás. No iba a dejarse arrastrar por el juego de Jefferson. No iba a volver a trabajar para él. Iba a mantenerse firme y… a no mirar a esa toalla.

–Jefferson –dijo, apartándose un poco más de él–. Olvidémonos por un momento de la razón por la que has venido aquí. ¿Cómo has entrado en mi habitación?

Jefferson sonrió y ella sintió que le temblaban las rodillas. No se trataba de una buena señal.

–Te he seguido.

–Sí, bueno. Eso ya me lo imagino. ¿Cómo supiste adónde venía?

–No resulta difícil para un hombre de mi posición conseguir las respuestas que necesita, Caitlyn.

Probablemente no. Jefferson tenía contactos por todo el mundo y suficiente dinero para pagar la información que pudiera necesitar. Sin embargo, ¿por qué había decidido tomarse tantas molestias? Además, ¿por qué había tenido que meterse en su habitación?

–Bien. Me has encontrado, pero, ¿quién te dejó entrar en mi habitación?

Jefferson se sentó en el borde de la cama. La toalla se le abrió, dejando al descubierto un músculo bronceado y bien torneado, cubierto con un ligero vello rubio. «Dios…».

–Cuando expliqué en recepción que mi esposa había llegado unos días antes que yo, estuvieron encantados de darme la llave.

–¿Tu esposa? ¿Les has dicho que yo soy tu esposa? ¿Y te han creído?

–Por supuesto –dijo él, como si fuera lo más normal del mundo–. Además, no había más habitaciones disponibles. El hotel está lleno. ¿Qué se suponía que tenía que hacer?

–¿Marcharte a casa, tal vez?

–Sin verte no…

Se reclinó hacia atrás y se apoyó con los codos sobre la cama. La toalla se abrió un poco más, haciendo que Caitlyn contuviera el aliento. La toalla cubría ya tan sólo lo imprescindible.

Caitlyn cerró los ojos y se frotó suavemente el entrecejo mientras se decía que debía contar hasta diez. Cuando hubo terminado, contó hasta veinte. No le sirvió de nada. Seguía muy furiosa, algo asombrada y muy necesitada. No se trataba de la combinación más adecuada.

Jefferson la observó atentamente y deseó poder leerle el pensamiento. Los sentimientos que se reflejaban en su rostro eran tan diversos que sabía que sus pensamientos debían de ser de lo más entretenido. Mientras Caitlyn paseaba por la habitación, él se limitó a mirarla atentamente. Al observar sus largas y esbeltas piernas, bronceadas con el color de la miel, sintió que algo se despertaba en su interior. Recordó que el recepcionista la había descrito como la que tenía unas largas piernas y tenía que admitir que aquel tipo estaba en lo cierto. ¿Por qué no se había fijado antes en las piernas de Caitlyn?

Podía haber tratado de encontrarse con ella en las zonas comunes del hotel, pero así había resultado mucho más… intrigante. No le había costado mucho conseguir la llave de la habitación de Caitlyn y eso que no era el dueño de aquel hotel en particular. Afortunadamente para él, el apellido Lyon tenía el peso que necesitaba para conseguir lo que quería. Además, seguramente el hecho de que hubiera reservado el resto de las habitaciones del hotel que quedaban disponibles para no poder dejar la habitación de Caitlyn había terminado de convencer al pobre recepcionista para que se mostrara más transigente que de costumbre.

–No te puedes quedar aquí…

–No tengo elección. No hay más habitaciones disponibles.

–Ve a comprarte una casa.

–Estamos en una isla privada.

–Ése no es mi problema –replicó ella, colocándose las manos sobre las caderas.

–Vaya, vaya… ¿Así es como habla una esposa a su esposo?

–No me puedo creer que hayas hecho algo así. De hecho, me sorprende que hayas conseguido pronunciar la palabra «esposa».

–Pero lo hice. Ahora, tendrás que cargar conmigo.

–No cuentes con eso –dijo ella, dirigiéndose inmediatamente a la mesilla de noche, donde estaba el teléfono–. Voy a llamar a recepción y les voy a decir que has mentido.

–Y yo les diré que esto sólo es una pelea de enamorados.

–No te creerán.

–Puedo resultar muy convincente…

Caitlyn lo observó llena de frustración. Lo estuvo observando durante unos instantes, tratando de encontrar una salida. Evidentemente, no la halló.

–Está bien –dijo por fin–. De todos modos, seguramente se pondrían de tu lado y terminarían echándome a mí de mi propia habitación…

–Bueno, yo jamás dejaría que ocurriera algo así. Jamás consentiría que mi esposa sufriera un trato así.

Caitlyn lanzó un bufido y se sopló el ligero flequillo que le caía por la frente.

–Eres un imbécil…

–¡Qué bien! Ya estamos con las intimidades…

–Mira, Jefferson. No sé lo que estás tramando, pero no te va a servir de nada sea lo que sea.

–¿Qué te ocurre? ¿Acaso tienes miedo de estar a solas conmigo?

–Eso es ridículo.

–¿Sí? En ese caso no hay problema en que yo me quede aquí.

–Está bien. Puedes quedarte hasta que te encuentren una habitación.

Algo que no ocurriría en un futuro cercano. De eso Jefferson estaba completamente seguro.

–Pero dormirás en el suelo.

–Es decir, me tienes miedo. O, mejor dicho, tienes miedo de ti misma cuando estás conmigo.

–Tu ego es increíble.

–Gracias.

–No me puedo creer que esto esté ocurriendo.

–Venga, Caitlyn –dijo él dirigiéndose al armario, donde ya había colgado las pocas ropas que se había llevado junto a las de Caitlyn–. No queremos empezar nuestras vacaciones con una pelea.

–¿Qué vas a hacer?

–Vestirme.

–¿Aquí?

–¿Y dónde si no? –preguntó mientras se agarraba la toalla para quitársela. Antes de que lo hiciera, Caitlyn salió disparada en dirección al cuarto de baño.

–Vístete y márchate. Tengo que prepararme para una cita.

–¿Una cita?

Caitlyn se detuvo en la puerta del cuarto de baño y se volvió para lanzarle una sonrisa de satisfacción.

–Sí, una cita. Simplemente estoy disfrutando de mis vacaciones.

Cuando ella cerró la puerta, Jefferson arrojó la toalla al suelo con un gesto de enojo. ¿Llevaba allí dos días y ya tenía una cita? Aquello no pintaba nada bien para sus planes de seducción. Entonces decidió que ya había ganado el primer round de aquel combate aunque ella no lo sabía: Caitlyn le había permitido quedarse en su habitación.

Además, el hecho de que ella tuviera una cita no significaba que iba a disfrutar de la compañía de su donjuán durante mucho tiempo.

Caitlyn sonreía a Chad mientras él le regalaba otro apasionante relato de su jornada laboral. Estaba prácticamente dormida con los ojos abiertos cuando él le preguntó:

–¿Te lo puedes creer? Vendí esas acciones con un ocho por ciento de beneficios. Es el margen más estrecho que he tenido nunca en un trato –dijo. Entonces, con un suspiro, se reclinó sobre la silla–. No hay nada más peligroso que el mercado bursátil.

–Parece fascinante…

Caitlyn tomó su copa y deseó que estuviera llena. No sabía si estaría bien que llamara al camarero para pedirle otra. No creía que pudiera aguantar mucho más aquella conversación sin caer en coma.

De repente, recordó las palabras de advertencia de su madre sobre los hombres guapos. «Algunas veces, cariño, Dios quita y Dios otorga. En muchas ocasiones, los rostros hermosos sólo ocultan cabezas vacías».

Dios, odiaba que su madre tuviera razón.

–Hola.

Caitlyn se sobresaltó y, al mirar por encima del hombro, se quedó atónita al sentir lo contenta que se ponía de ver a Jefferson a sus espaldas. Por supuesto, no pensaba consentir que él se diera cuenta de ese detalle. Quería que él creyera que se estaba divirtiendo mucho. Sin él.

–Hola –respondió Chad mirando a Jefferson con un gesto algo confuso.

Éste se inclinó sobre Caitlyn y le dio un beso en la mejilla. Ella no se había recuperado del hormigueo que el contacto le produjo sobre la piel cuando vio que él le extendía la mano a Chad y le dedicaba una sonrisa.

–Caitlyn, cariño –dijo afablemente–, no me habías dicho que alguien más vendría a tomar una copa con nosotros. Siento haber estado al teléfono tanto tiempo, pero ya sabes lo largas que pueden llegar a ser esas llamadas de negocios –añadió mientras se sentaba a su lado y, tras llamar al camarero, le colocaba a ella un brazo por encima de los hombros.

Caitlyn trató de zafarse inmediatamente, pero él se limitó a apretarla con más fuerza. Chad pareció más confuso que nunca.

–Bueno, cielo –comentó Jefferson–, ¿quién es tu amigo?

–Se llama Chad.

–¿De verdad? ¿Chad?

–Jefferson… –murmuró Caitlyn.

–Mira… –dijo Chad, muy nervioso, después de que el camarero apareciera para anotar lo que Jefferson quería tomar y se marchara otra vez–, no sé lo que está pasando aquí, pero Caitlyn y yo habíamos quedado para tomar una copa y…

–¿Para tomar una copa? –repitió Jefferson, con una carcajada.

–¿Qué te hace tanta gracia? –preguntó Chad.

–Nada. Siempre me resulta muy entretenido que un hombre crea que tiene una cita con mi esposa.

–¿Con tu esposa? –repitió Chad a su vez, poniéndose de pie y lanzando a Caitlyn una mirada de reprobación.

–Jefferson… Chad.

–Pero si no lleva anillo. Te aseguro que no me ha dicho nada de que estuviera casada, tío.

–Bueno, tuvimos una discusión y seguramente aún está disgustada conmigo. ¿No es así, cariño? –le preguntó, dándole un rápido beso en los labios. Caitlyn se quedó tan asombrada que ni siquiera pudo contestar.

–No quería tratar de…

–Lo comprendo, Chad. Mi esposa es una mujer muy hermosa. No me extraña que hayas intentado coquetear con ella, pero ahora, si nos perdonas…

Chad desapareció tan rápidamente que Caitlyn se sorprendió de no ver chispas saltándole de los pies. Entonces volvió a quedarse a solas con Jefferson.

–¿Por qué estás haciendo esto?

–¿Quieres decir por qué te estoy rescatando del aburrimiento? –le preguntó apretándola de nuevo los hombros–. Bueno, porque soy muy humanitario.

–¿Cómo sabes que estaba aburrida? Chad es un hombre fascinante. Te aseguro que no me perdía ni una sola de sus palabras.

–Tenías los ojos vidriosos y tu lenguaje corporal indicaba una inconsciencia casi inminente.

Caitlyn suspiró. Se soltó y tomó su vaso vacío. Se lo mostró a Jefferson y, una vez más, él llamó al camarero. ¿Por qué tenía que fingir? Le estaba muy agradecida de que hubiera llegado como el Séptimo de Caballería.

–Está bien. Lo admito. Creo que no me he aburrido tanto en toda mi vida.

–¿Y qué esperabas? Ese tipo se llama Chad. ¿Te parece a ti que eso es un nombre?

–Bueno, me pareció muy agradable en la playa.

–Ahh… Lo conociste en la playa. No me extraña que entonces te pareciera tan fascinante. Seguramente tenías una insolación.

–Es guapo.

–Y yo.

–Eso por no decir muy humilde –replicó ella, asombrada.

–Eso no hace falta decirlo.

Jefferson se inclinó sobre la mesa de cristal y la miró a los ojos. Cuando Caitlyn sintió que los ojos azules de Jefferson se prendían con los suyos, sintió que su poder se apoderaba de ella. Si no estuviera segura de que estaba tramando algo… No. Lo sabía y no importaba nada más.

Trató de no prestar atención al romántico ambiente que les rodeaba y al hecho de que los labios aún le vibraban del beso rápido y demasiado casual que él le había dado. Por eso, a pesar de que hubiera deseado que él fuera en serio, que de verdad la deseara, Caitlyn decidió centrarse en la realidad.

–Jefferson –dijo, después de que el camarero le llevara su martini–, quiero que me digas lo que está pasando.

–¿Por qué te resulta tan difícil creer que estoy aquí porque te he echado de menos? ¿Porque me he dado cuenta de que eres… eres mucho más que mi secretaria?

Caitlyn suspiró y levantó inmediatamente la copa para dar un largo trago. El alcohol no tuvo ningún efecto sobre el fuego que ardía en su interior ni la ayudó a librarse del nudo que le atenazaba la garganta.

–Llevamos trabajando juntos tres años, Jefferson. Si soy tan importante, ¿por qué has tardado tanto en darte cuenta?

–Porque no lo comprendí hasta que no te hubiste marchado. Eres… –susurró, extendiendo la mano para tomar la de ella–… eres muy importante para mí, Caitlyn.

Ella sintió que el corazón empezaba a latirle con fuerza contra el pecho. Si creyera por un instante que él estaba diciendo la verdad, saltaría por encima de la mesa y lo besaría como había soñado mil veces que lo hacía. Sin embargo, ¿cómo podía creerse algo así? ¿Cómo podía confiar que un hombre que cambiaba de mujer con tanta facilidad como cambiaba de camisa la deseara de repente sólo a ella?

Retiró la mano y negó con la cabeza.

–No, Jefferson. No sé lo que estás tramando, pero no voy a caer en tus redes.

–En estos momentos –dijo él poniéndose de pie y haciendo lo mismo con ella–, lo que estoy tramando es un paseo por la playa para contemplar la puesta de sol. ¿O acaso te pongo demasiado nerviosa para algo así?

Capítulo Seis

Caitlyn no fue a dar un paseo con Jefferson. Tampoco sintió pena por él cuando lo oyó quejarse mientras trataba de acomodarse en el sofá para poder dormir ni se sintió culpable al estirarse en su ancha y vacía cama… a pesar de que le habría gustado tener compañía.

Conocía a Jefferson demasiado bien. Aunque él no quisiera admitirlo, sabía que estaba tramando algo. No era la clase de hombre que iba detrás de una empleada rebelde para suplicarle que volviera a trabajar con él. Tampoco la clase de hombre que era capaz de hacer todo aquello sin una razón.

Fuera lo que fuera lo que hubiera planeado, Caitlyn no tenía intención de ponerle las cosas fáciles. Había terminado con Naviera Lyon y con él.

Si por lo menos se marchara… Sólo eso podría impedir que se volviera loca. Tres días con su presencia constante, atenciones persistentes… Caitlyn sentía que las fuerzas le iban abandonando. Jefferson tenía más encanto y más poder personal que ningún otro hombre que hubiera conocido. Cuando decidía centrar aquel poder en una mujer, era casi irresistible.

Cuando se iba a nadar, él estaba allí. Si se dirigía al bar para tomar una copa, él estaba allí. Si tomaba una clase de surf, él estaba allí.

Ésta era precisamente la razón de que hubiera decidido marcharse del hotel aquella mañana para dar un paseo por el pequeño pueblo que el dueño de Fantasías había construido para sus empleados. Las únicas personas que residían en aquella isla privada eran los trabajadores del hotel, que vivían en unas preciosas casitas que se extendían por toda la isla. El pueblo tenía tanto las tiendas más básicas como elegantes establecimientos donde los turistas podían gastarse el dinero que les quedara después de pagar la cuenta del hotel.

Los únicos vehículos permitidos en la isla eran los carritos de golf eléctricos y las bicicletas, por lo que las calles estaban casi vacías y muy limpias. Las aceras estaban alineadas de fragantes flores y los escaparates mostraban de todo, desde elegante ropa hasta joyas de diseño.

Sin embargo, Caitlyn no podía prestar atención a nada de todo aquello.

–Me está volviendo loca –admitió mientras hablaba con Janine por su teléfono móvil.

–Efectivamente, tiene un plan.

–De eso estoy segura, pero no sé de qué se trata.

–Ojalá estuviera allí, pero no puedo marcharme todavía…

–Lo sé…

Si Janine y Debbie estuvieran allí, ella podría entretenerse con sus amigas. Podría evitar a Jefferson con mucha más facilidad de lo que podía hacerlo en aquellos momentos. Por supuesto, aún tendría que enfrentarse al hecho de tenerlo en la habitación todas las noches, pero, al menos, tendría las horas del día para no tener que pensar en él.

–Sigue en tu habitación, ¿verdad?

–He ido a recepción esta mañana. Allí me dicen que el hotel está lleno, por lo que no tienen habitación para él.

–Podrías darle una patada en el trasero y hacer que duerma al lado de la piscina o algo así.

–No, no puedo hacer eso…

–Entonces, ¿qué? –le preguntó Janine–. ¿Vas a dejar que te estropee las vacaciones? No le debes nada. Dimitiste de tu puesto, ¿te acuerdas?

–Claro que me acuerdo, pero…

–No hay peros. Ese hombre está haciendo todo esto por una razón, Caitlyn… Michael, por el amor de Dios, ¿puedes ir a atender a los clientes? –le dijo a su compañero. Entonces, lanzó un suspiro–. Te juro que si no me marcho pronto a esa isla esta tienda se va a convertir en un baño de sangre.

Caitlyn se echó a reír.

–Eso lo dices ahora, Janine, pero las dos sabemos que no eres violenta.

–Podría serlo.

De repente, Caitlyn escuchó una voz que la llamaba y se detuvo en seco.

–¡Caitlyn!

–Dios –dijo, al darse la vuelta y ver que Jefferson se dirigía hacia ella–. Maldita sea, me ha encontrado.

–Es una isla muy pequeña. No creo que sea muy difícil.

–Oh… Está tan guapo…

Jefferson había ido a la isla llevando tan poco equipaje que se había tenido que comprar un vestuario completo allí y aquella ropa no se parecía en nada a la que Caitlyn estaba acostumbrada a verlo.

Siempre llevaba trajes de tres piezas hechos a medida cuando estaban en Long Beach, pero allí, en la isla, llevaba prendas informales que le daban un aspecto muy atractivo y… cercano. Aquel día, llevaba unos pantalones blancos y una camisa roja de manga corta que dejaba al descubierto un triángulo de torso que Caitlyn se moría por tocar.

Su cabello parecía mucho más claro por el efecto del sol y sus ojos aún más azules. Sin embargo, estaba hablando por un teléfono móvil y el gesto duro que tenía en el rostro no presagiaba nada bueno para la persona con la que estuviera hablando.

–¡La Tierra llamando a Caitlyn!

Caitlyn escuchó la voz de su amiga, pero no pudo concentrarse en ella. ¿Cómo iba a poder hacerlo cuando Jefferson se dirigía hacia ella?

–Caitlyn, sé fuerte. No dejes que pueda contigo. Tienes que…

–Ya te llamaré, Janine –dijo, plegando el teléfono sin dejar que su amiga terminara lo que estaba diciendo.

Jefferson se detuvo delante de ella y extendió una mano para evitar que Caitlyn dijera nada.

–Los contratos de Peterson están en su archivo correspondiente, Georgia –dijo con impaciencia–. Mira otra vez.

Caitlyn sintió compasión por la que había sido su compañera. Pobre Georgia. Cuando tenía que hablar directamente con Jefferson, se ponía tan nerviosa como si estuviera haciendo equilibrismo. Sin duda, los nervios hacían que fuera más despistada que de costumbre.

–No –replicó Jefferson mientras miraba a Cait-lyn de un modo que indicaba que consideraba que todo aquello era precisamente culpa de ella–. No me importa si ya has mirado y no puedes encontrarlos. Mira otra vez. Los contratos tienen que enviarse esta misma mañana al departamento jurídico. Si no los encuentras…

–Por el amor de Dios, dame el teléfono –dijo Caitlyn, extendiendo las manos–. Hola, Georgia, soy Caitlyn –añadió, cuando Jefferson se lo entregó.

Inmediatamente, la otra mujer empezó a balbucear algo sobre fotocopiadoras rotas, una secretaria que no había ido a trabajar porque estaba enferma y las tres cartas que aún tenía que escribir antes de que terminara el día.

–Tranquilízate, ¿de acuerdo? Lo primero que tienes que hacer es enviar los contratos al departamento jurídico. Los contratos Peterson están en su archivo. Los puse allí yo misma. No importa. Ve a mirar otra vez y tómate tu tiempo. Yo espero.

–Esa mujer es una incompetente –musitó Jefferson mientras se metía las dos manos en los bolsillos con un gesto de irritación.

–No lo es. Tú la pones nerviosa.

–Y ella me vuelve loco.

–Eso es porque tú eres tan impaci… ¡Georgia! –exclamó Caitlyn. Entonces sonrió a Jefferson–. Bien. Los has encontrado. No, no te preocupes. Simplemente llévalos tú misma al departamento legal. Aún tienes tiempo… De nada… A mí también me ha gustado hablar contigo.

Caitlyn cerró el teléfono y se lo lanzó a Jefferson.

–Crisis solucionada.

–Sólo porque tú te has ocupado de solucionarla –dijo él después de meterse el teléfono en el bolsillo.

–Tú también podrías haberlo hecho –replicó ella. Entonces se dio la vuelta y prosiguió con su paseo por la estrecha calle, deteniéndose de vez en cuando para mirar un escaparate–. Lo que ocurre es que simplemente no sabes hablar con las personas –añadió, mirándolo de reojo.

–¿Cómo dices?

–Tú das órdenes, Jefferson. No hablas con la gente.

–Soy el jefe.

–Y te aseguro que todo el mundo lo sabe perfectamente.

–Todos menos tú.

–Tú ya no eres mi jefe.

–Debería serlo –afirmó él. Echó a andar detrás de ella hasta colocarse a su lado–. No deberías haber dimitido, Caitlyn. Esa llamada de teléfono sólo reafirma el hecho de que tú sabes perfectamente cómo llevar mis asuntos.

Caitlyn tenía que admitir que le gustaba que él le hubiera dicho algo así. A todo el mundo le gustaba escuchar que sus superiores apreciaban sus esfuerzos. Que su trabajo no se daba por hecho. Era una pena que hubiera tenido que dimitir para conseguir que Jefferson se diera cuenta de ello.

–Tú debes estar conmigo, Caitlyn.

–¿Cómo dices? –preguntó ella. Se había detenido en seco.

–Ya me has oído. Tú debes estar conmigo. Con Naviera Lyon.

–Ahh…

«Idiota», se dijo. Tras centrar su mirada en el escaparate de la joyería junto a la que se había detenido, se dio cuenta que, efectivamente, él había estado hablando de su trabajo. No había querido decir que la quería para sí mismo. Sabía que, desde el principio, aquélla había sido la razón de su presencia allí. Tanto si quería admitirlo como si no, Jefferson estaba allí, en aquella isla, tentándola para que volviera a ser su ayudante personal.

Y ella, desgraciadamente, estaba allí completamente desgarrada por sus sentimientos de lujuria y necesidad que la atravesaban como si fueran puñales de fuego mientras él, simplemente, estaba tratando que regresara a su despacho para trabajar para él. No iba a hacerlo. Por mucho que Jefferson lo intentara, ella no iba a regresar a su antigua vida. Aquella versión era la de una Caitlyn nueva y mejorada. No iba a volver a enterrar sus deseos y necesidades por otra persona.

Jefferson observó cómo la expresión del rostro de Caitlyn pasaba de hosca a necesitada en un abrir y cerrar de ojos. Sonrió. De repente se sentía pisando un terreno mucho más firme. La conversación con Georgia había estado a punto de hacer que se arrancara el cabello. El hecho de ver cómo Caitlyn resolvía la situación casi sin esfuerzo sólo había servido para alimentar más aún sus convicciones de que la necesitaba desesperadamente. Sin embargo, no parecía estar haciendo progreso alguno en aquel sentido.

No obstante, se le acababa de ocurrir otra idea.

–¿Qué estás mirando?

–Eso.

Caitlyn golpeó suavemente el cristal del escaparate para señalar unos pendientes de oro, esmeraldas y topacios que relucían bajo el sol. En aquel momento, Jefferson supo exactamente lo que tenía que hacer. Lo que debería haber hecho desde el momento en el que llegó a aquella maldita isla. Quería seducirla, no enojarla. Debería haber sacado la artillería pesada desde el principio. No era demasiado tarde para empezar a hacerlo.

–Vamos.

Agarró a Caitlyn por el brazo y, a pesar de sus protestas, abrió la puerta y la metió en la tienda. Unos pocos minutos más tarde, volvieron a salir a la calle. Los pendientes que Caitlyn había señalado colgaban ya de sus orejas.

–No deberías habérmelos comprado –dijo tocando suavemente las frías piedras–. Y yo no debería haberlos aceptado.

–¿Por qué no?

–Porque son demasiado caros.

–Si insistes en mantener tu renuncia al trabajo, considéralos tu finiquito.

–Yo ya tengo…

–Caitlyn, por el amor de Dios –dijo Jefferson, algo irritado–. Son sólo un par de pendientes. Te sientan bien. Disfrútalos.

Efectivamente, los pendientes lucían mejor en ella que en el escaparate. Aunque sabía mucho de joyas, también sabía mucho de mujeres y sabía perfectamente que aquél había sido el detalle apropiado. Todas las mujeres respondían favorablemente a los regalos. Aunque no quisiera, Caitlyn terminaría ablandándose ante él.

–Puedes darme las gracias cenando conmigo esta noche.

–¿Quieres decir a propósito? –preguntó ella, con una sonrisa–. ¿No porque tú te presentes y eches de mi lado a quien pudiera estar sentado a mi mesa?

–Haz un favor a tus admiradores –respondió, recordando que, efectivamente, había muchos hombres en aquel hotel que se sentían atraídos por Caitlyn–. Dales una noche libre.

–¿Y por qué debería hacerlo?

Jefferson se encogió de hombros como si no le importara lo más mínimo.

–La pregunta es, ¿por qué no? No tienes miedo de estar a solas conmigo, ¿verdad?

Debería haber tenido miedo. Sentía que algo en su interior se iba ablandando en lo que se refería a Jefferson. Sabía que estaba pisando un terreno muy peligroso. En el momento en el que salió al patio iluminado por la luz de la luna y vio que él lo había preparado todo para que tuvieran una cena «íntima», comprendió que ese terreno era mucho más peligroso de lo que había pensado en un principio.

El escenario era muy hermoso. Una luna llena brillaba en un cielo negro cuajado de estrellas. La superficie del mar reflejaba la luz como si de una cortina de bruma se tratara y una suave brisa hacía parpadear las llamas de las velas.

Jefferson estaba de pie al lado de la mesa, ataviado con el traje y la corbata que llevaba puestos el día que llegó. Llevaba el cabello peinado hacia atrás, lo que le daba el aspecto de un playboy muy rico y poderoso. Cuando le sonrió, Caitlyn sintió que se le debilitaban las rodillas.

Mientras caminaba, las sandalias resonaban contra las losetas del patio. Cuando la brisa nocturna le acarició los hombros, que el vestido verde oscuro dejaba al descubierto, se echó a temblar. Los pendientes que Jefferson le había comprado le rozaban el cuello a cada paso.

Le había comprado joyas, al igual que había hecho con el resto de las mujeres que habían pasado por su vida. Las que había intentado seducir y de las que se había intentado librar. Ella había visto de primera mano cómo Jefferson utilizaba su encanto y los regalos para convencer a las mujeres, por lo que estaba decidida a mantenerse al margen de los montones de mujeres que caían a sus pies.

Con ese pensamiento en mente, se detuvo al lado de Jefferson y aceptó la copa de vino blanco que él le ofreció.

–Todo esto es muy hermoso.

–Sí. Igual que tú –añadió, mirándola de arriba abajo.

Caitlyn sintió una corriente eléctrica que tuvo que reprimir con fuerza para recordar por qué no iba a permitir que un hombre como Jefferson la sedujera.

–No te va a servir de nada, ¿sabes?

–¿El qué?

–Lo de seducirme.

–¿Acaso crees que es eso lo que estoy haciendo?

–Bueno, es lo que haces siempre –respondió, tras dar un sorbo de vino–. Eres un hombre muy generoso, Jefferson, pero sólo compras joyas por dos razones.

–¿De verdad?

–Sí. O estás tratando de seducirme o de librarte de mí y, dado que los dos sabemos que no es lo segundo… Sólo nos queda una opción.

–Me conoces demasiado bien, Caitlyn.

–Más de lo que te imaginas.

Jefferson extendió una mano y le apartó un mechón de cabello de la cara. Al hacerlo, le rozó suavemente el rostro con las yemas de los dedos, lo que hizo que ella se echara a temblar.

–En ese caso, si estoy tratando de seducirte… ¿cómo lo estoy haciendo?

–No está mal –admitió ella, a su pesar.

–Veamos de todos modos si puedo mejorarlo…

Le quitó la copa de entre los dedos y la colocó encima de la mesa. Entonces la tomó entre sus brazos y la miró durante el que a Caitlyn le pareció el instante más largo de toda su vida. A continuación, fue bajando la cabeza poco a poco…

Caitlyn sabía que debía detenerlo. Sabía que debería dar un paso atrás y salir huyendo. Besar a Jefferson sólo haría que la situación fuera mucho más difícil. Sin embargo, sabía que no iba a ir a ninguna parte.

La boca de Jefferson tocó la suya. Una. Dos veces. Besos suaves y rápidos que le sobresaltaron el corazón y le llenaron de anticipación. De repente, lo deseó como jamás había deseado nada en toda su vida. Sintió un profundo deseo de experimentar su sabor.

Justo cuando esperaba que él la besara más profundamente, Jefferson apartó la cabeza. Caitlyn abrió los ojos y vio que él tenía el ceño fruncido y que su rostro expresaba una emoción que no sabía interpretar.

–Dulce… tan suave y dulce –susurró, acariciándole delicadamente los brazos.

–Jefferson…

–Otra vez. Tengo que besarte otra vez…

La pasión se desató entre ambos y, aquella vez, cuando Jefferson inclinó la cabeza para besarla, fue mucho más que un ligero contacto. Aquella vez la besó con fuerza, con ferocidad, con un frenesí que Caitlyn sintió que se hacía eco en ella. Entonces sintió que un húmedo calor la invadía.

Las piernas le temblaban. En su interior experimentó un dolor que sabía que sólo él sería capaz de acallar. Las fuertes manos de él le acariciaban constantemente la espalda, pero, de repente, se deslizaron hacia el trasero y la apretaron con fuerza contra la fuerte y rígida columna de su masculinidad.

Caitlyn se perdió en la magia del momento. Se olvidó de su determinación de evitar a toda costa los poderes de seducción de Jefferson. Decidió olvidarse de que él estaba jugando deliberadamente con ella. No le importó que aquel maravilloso beso no significara para él más de los besos que había compartido con el resto de las mujeres que había habido en su vida. Por el momento, aquello le bastaba.

Jefferson sabía que en el arte de la seducción resultaba fundamental actuar a tiempo. Tras notar que ella se había entregado a sus caricias, decidió que debía ir más despacio. La seducción debía ser algo lenta y deliberada. Una cuidadosa coreografía de la que él sabía todos los pasos.

Sin embargo, no quería dejar de besarla. Caitlyn se moldeaba contra su cuerpo, haciendo que éste se tensara de deseo y que se pusiera más firme de lo que habría creído posible. Cada centímetro de su cuerpo la deseaba, pero nada de lo que hacía le bastaba.

Los suspiros de Caitlyn inflamaban su deseo. El aroma de su piel lo inundaba por completo y le daba sabor a un beso hasta tal punto que Jefferson estuvo seguro de que jamás podría volver a respirar sin saborearla.

Aquel pensamiento fue suficiente para hacerle recuperar el sentido común. De mala gana, apartó la boca de la de ella y la soltó. Aunque no hubiera otra razón, tenía que hacerlo para demostrarse a sí mismo que podía apartarse de ella. Sin embargo, cuando ella lo miró con sus profundos ojos oscuros, Jefferson supo que el vínculo seguía existiendo tanto si había contacto físico como si no.

Dio un paso atrás para darse un poco más de tiempo y tomó las copas de vino. Le entregó una a Caitlyn y luego dio un largo sorbo a la otra para permitir que el vino refrescara el fuego que ardía en su interior.

–No ha estado nada mal…

–Sí –respondió Jefferson, tras tomarle una mano para conducirla a su silla–, no lo ha estado.

Genial. La seducción estaba funcionando tal y como había planeado, pero, si no tenía cuidado, podría terminar atrapado en su propia tela de araña.

Pulsuz fraqment bitdi.

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
23 oktyabr 2024
Həcm:
342 səh. 5 illustrasiyalar
ISBN:
9788413489063
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar