Kitabı oxu: «Sin Testigos»

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MAURICIO CAMPOS

Sin testigos


Campos, Mauricio

Sin Testigos / Mauricio Campos. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2404-1

1. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Tabla de contenidos

1  LA NOTICIA I II III IV V VI

2  LA LLAMADA VII VIII IX

3  EL ENTIERRO X XI

4  NO FUE UN SUICIDIO XII

5  LA CARTA XIII

6  LA CARTA II XIV

7  LA CARTA III XV

8  CAPÍTULO SEGUNDO – EL VIAJE I II III IV V VI VII VIII IX X XI XII XIII XIV XV XVI XVII

9  EL PERRO QUE MUERDE I II III IV V VI VII VIII IX X XI XII XIII XIV XV XVI XVII XVIII XIX

10  CAMBIO DE PLANES I II III IV V VI VII VIII

11  DESCUBRIENDO AL ENEMIGO I II III IV V VI VII VIII IX X XI XII XIII XIV XV

12  NUEVA OPORTUNIDAD I II

Landmarks

1 Tabla de contenidos

Dedicado a la “tía” Tita, la verdadera Beatriz, a su familia y a la memoria de su esposo, Victor Hugo.

Mauricio Campos

LA NOTICIA

I

Beatriz permaneció apoyada en la mesada de la cocina por un momento, intentando descifrar cuál sería la comida ideal para el día de hoy: arroz con salsa de pollo o arroz blanco con queso y pollo al horno.

Obviamente que el pollo al horno era más llamativo, pero tampoco quería acostumbrar mal a sus hijos. Dos noches atrás, Enrique le señaló que debía ser más firme con ellos. Estaban muy caprichosos, especialmente Dieguito, el menor.

“Entonces hago un arroz con salsa de pollo. Listo”.

Se ató el cabello con una coleta. No lo tenía tan largo, por lo general nunca dejaba que sobrepasara sus hombros, pero le molestaba a la hora de cocina. El color del cabello se alineaba con el de sus ojos, un tono negro brilloso. “Ojos de bola ocho”, le decía Enrique, para fastidiarla.

Cortó unas cebollas por la mitad, las picó bien finas, en pequeños cubitos que apenas podía manejar con sus dedos. Recordó que la última vez que cortó cebollas, se lastimó un dedo y Enrique se asustó tanto que prometió comprarle una multiprocesadora cuando volviera del viaje. “Más te vale”, le había dicho ella.

Él estaba sentado, mirando tele y jugando con Diego, que estaba inquieto sobre sus rodillas. Escuchó el grito de ella y casi arroja al pequeño por los aires para acudir al lamento. Al ver la sangre brotar de su dedo índice, casi se desmaya. Sufría una fobia irracional al ver sangre. Se mareaba, se le bajaba la tensión, permanecía pálido como una tiza.

Mientras colocaba las cebollas cortadas en la olla, pensaba en aquel momento y esbozaba una sonrisa involuntaria.

Una vez que puso en marcha la salsa, puso una olla más grande para hervir el arroz. Le agregó agua, un chorrito de aceite y un puñado de sal entrefina. Siempre le gustó ponerle sal entrefina. En realidad lo aprendió de Enrique, cuando eran novios. Él no usaba otro tipo de sal.

“En media hora llegan”. Se dijo para sí, pensando en Ceci y Ana, quienes estaban en el colegio. Ambas volvían en el transporte, siempre a la misma hora: 12:30. Entraban por la puerta llenas de alegría, llevándose todo por delante.

Dieguito dormía su siesta de media mañana, como todos los días, excepto cuando estaba Enrique en casa. Era el único motivo por el cual permanecía despierto.

Dirigiendose a la ventana que daba a la calle, tomó el control remoto del televisor y puso el canal de noticias, ATC. Recordó que a la siesta tenía que visitar a Eugenia, para ver la novela en canal Nueve.

La luz del sol daba con fuerza sobre el firmamento, con más intensidad de lo habitual para aquella época del año. El verano y el duro calor se negaban a retirarse si bien faltaba una semana para la llegada formal del otoño. Las hojas de los árboles permanecían verdes y muchos vecinos tenían armadas las piletas de lona. Los pantalones cortos en los muchachos y los vestidos ligeros en la mujeres predominaban aún.

El sonido del teléfono la sacudió de su ensimismamiento. Retumbó en toda la casa, como una alarma contra incendios. Sonó dos veces antes de que ella llegara a atender.

—Hola…¿quien habla?

—¿Beti? Soy yo, Enri…

—¡Amor! ¿Cómo estás? ¿Estás bien?

La voz de él sonaba distinta, como perturbada y molesta.

—Si... si estoy bien... escuchame…¿cómo están? ¿Están bien?

—Si amor... pero…¿qué te pasa? ¿Estás bien vos?

—Si, si... pasa que…–un silencio de unos segundos–pasa que vi algo…

—¿Algo? Amor, ¿qué pasa?

—Pasó algo terrible... Fui testigo de algo que me asusta... ahora no puedo hablar pero el viernes cuando vuelva te cuento bien... dale besos a los niños…

—Amor... no sé qué es... pero cuidate…

—Si, si... estoy hablando desde la cabina en una estación de servicio. Una Esso. Estoy entre San Nicolás y Ramallo. Paré a cargar gasoil para el camión y después sigo viaje... El viernes estoy por allá... te amo…

—Yo también te amo... besos… Colgó.

Abordada por una sensación antigravitacional, permaneció estática varios segundos.

No sabía qué hacer. Que pensar.

¿Qué pasó que sea tan terrible? ¿Un accidente? ¿Un robo? ¿Un ovni? Él siempre estaba hablando de esas cosas. No, un ovni no. Si bien él creía en esas cosas, se lo tomaba con cierto humor. Seguramente le contaría si hubiese avistado uno.

La televisión emitía sonidos que en ese momento parecían inciertos, lejanos. Un bullicio similar a ladridos de una jauría de perros.

Poco a poco fue volviendo a la realidad.

La pantalla mostraba la imagen de un helicóptero hecho pedazos, apiñado contra el suelo y, en simultáneo el rostro enorme del periodista, en pantalla dividida.

“Realmente entendemos que esto es una tragedia, algo inesperado. Esperamos despertar de esta pesadilla pero aparentemente estamos en la realidad.”

A lo que quedaba del helicóptero lo rodeaban algunos policías y bomberos.

“Tenemos contacto con periodistas de la zona que han acudido al incidente trágico. Repetimos, aparentemente un accidente terrible se ha cobrado la vida de Silvano Beltra y, quien pilotaba la nave fue llevado de urgencia, con un aparente politraumatismo craneoencefálico grave.”

Beatriz impulsó su mano buscando una silla. Su cuerpo se desplomó sobre ella, sin quitar los ojos de la impactante noticia.

“Tenemos imágenes exclusivas de Canal 4 Ramallo. Agradecemos la voluntad de retransmitir para todo el país, por Argentina Televisora Color. Un hecho lamentable. Impensado.”

—¿Pero qué pasó? –preguntaba Beatriz, alterada.

“La policía está actuando en el lugar de los hechos, en conjunto con los bomberos y las ambulancias. Un trabajo notable, realmente. Repetimos: gravísimo accidente de helicóptero, en el que viajaban Silvano Beltra, ya fallecido, y Junior Mesquem, el hijo del presidente de la Nación, Raúl Mesquem. Él fue llevado en un estado complejo al hospital San Felipe, de San Nicolás de los Arroyos.”

—Enri... que…

Una extraña sensación la abordó. Un incómodo escozor que intentaba debilitar su mente.

—No…–se dijo.

“Vamos a estar pendientes de cualquier información. Nos dicen que aparentemente fue un accidente. Las primeras especulaciones que se manejan dicen que se enredó con los cables de energía del tendido eléctrico. Repetimos, el hijo del presidente de la Nación ha sufrido un accidente. Está, seguramente, en terapia intensiva en el hospital de la ciudad de San Nicolás. Estamos a la espera de novedades”

Beatriz apagó el televisor.

Su boca formaba una “o” perfecta. O tal vez un cero. Un cero sería lo más correcto.

Cero comprensión de lo que estaba sucediendo.

Cero en caer en cuenta de la gravedad del accidente del hijo del presidente.

Cero en asimilar el extraño llamado de su esposo, que viajaba por la misma zona del accidente.

—Dios mío…–se dijo.

En ese momento, sus hijas ingresaban a toda prisa por la puerta del frente.

II

—¿Seguro que llevas todo?

—Sí, mi amor... llevo todo... tranquila lagartija–respondía Enrique, mientras trataba de tranquilizar a Dieguito, quien estaba prendido de su pierna.

—¿Todo lo que necesitas? ¿O todo lo que te interesa llevar a vos?

Beatriz se dirigió a los bolsos que esperaban a un lado de la puerta de entrada.

—Voy a revisar por las dudas…

Enrique despegó a Dieguito y salió a toda prisa.

—No amor, no hace falta…

—Vos no querés que revise…

—¿Y por qué no voy a querer que revises? Ella le lanzó una mirada de desconfianza. Lo conocía bien.

Hacía años que Enrique manejaba camiones, para distintas empresas, de una punta del país a otra. En más de una oportunidad, cuando los niños aún no existían, habían hecho viajes juntos. Y si algo conocía de Enrique a la perfección era que no sabía preparar sus bolsos.

Una de las cosas que siempre llevaba y que le quitaba espacio para lo indispensable eran…

—¡Revistas! ¡Yo sabía!

—¡Amor!

—Nada de amor…¿Por qué llevás tantas revistas?

Él hizo una mueca de desentendido.

—¿Tantas? Son para pasar el rato…

Ella las sacó fuera, introdujo su mano y revolvía el contenido del bolso buscando algo.

—Y seguro que no llevas ni talco, ni dentífrico... y seguro que ni medias llevás…

—Bety…

—Nada de Bety... no digo que no lleves revistas, pero no lleves tantas... además ni alcanzas a leerlas a todas…

Luego de unos minutos, Beatriz pudo ordenar con lo indispensable los bolsos de su marido. Solo le dejó tres revistas: una de Nippur, otra de D’artagnan y una de Patoruzú.

Él, luego de protestar, se había retirado a jugar con Dieguito y las niñas, correteando en el patio. El sol brillaba a pleno en lo alto y una brisa cálida rozaba los rostros.

Ceci demostraba su felicidad de una manera más aparatosa: gritaba y reía con todas sus energías, brincaba, se enojaba con sus hermanos cuando la dejaban de lado, lloriqueaba buscando la atención de papá.

Dieguito, aunque muy demostrativo, se encarnizaba en batallas con las piernas de su padre, intentando voltearlo. Algo demasiado difícil, incluso para un adulto. Enrique medía casi un metro noventa y pesaba más de cien kilos. Sus brazos parecían dos postes de luz, y sus piernas dos columnas de carne. Sus amigos y parientes le llamaban “Gordo”, aunque “Oso” sería un apodo más adecuado.

Ana, la mayor, la más tímida, a veces se quedaba mirando a sus hermanos, estimulando de esta forma la mirada cariñosa de su padre, quien la acercaba con sus gruesos brazos y la cargaba como si pesara menos que el aire.

Beatriz, luego de ejercer de inspectora de bolsos, se acercó a la escena, en actitud contemplativa. Sonriente, sentía que estaba en plenitud. Su marido, trabajador, honesto, gracioso como pocos, tierno con los niños, cariñoso con ella. Un “oso tierno”, como solía decirle muchas veces en la intimidad.

Lo que no sabía Beatriz era que su sueño pronto se transformaría en una pesadilla de la que no podría despertar.

III

Zulma Ioman se despertó ese día con un fuerte dolor de cabeza y, además, un intenso presentimiento incómodo.

El dolor de cabeza se le pasó con una aspirina. Se empezaban a volver habituales en las mañanas de mucho calor, aunque a veces (y solo a veces), se los atribuía a una tímida depresión que ella trataba de ignorar, luego de separarse de su ex–esposo, el actual presidente de la nación, Raúl Mesquem.

En cambio, el presentimiento no podía ser engañado con una píldora. Permanecía mucho más adentro, donde los analgésicos (ni los antidepresivos) llegaban. Se trataba de una punzada en el alma. Una punzada suave, pero desagradable. Como esas espinas que apenas logran verse, pero que son sumamente dolorosas o molestas.

Por la mañana, en otro sector de la ciudad, Junior salía de su casa a bordo de su Nissan Pathfinder, con buen ánimo y descansado.

Se dirigió a paso lento a la confitería Rambla, donde se encontraría con parte de su custodia personal. Unos agentes especiales que su mismo padre le habría asignado.

Junior se sentía un completo “nene de papá” al tener que salir con sus guardianes, pero trataba de agradar a sus padres. No temía tanto por su integridad física, de lo contrario no se subiría a un vehículo para correr a más de 150 kilómetros por hora para competir en el rally. Los accidentes que tuvo corroboraron su espíritu temerario. Un año antes destruyó en un mismo día un Peugeot 405 y un Renault 18.

Le fastidiaban las custodias, pero su madre insistía en que no debía manejarse solo.

Antes de hacer nada, sabía que no podía olvidarse de saludar a su madre. Ya era más que una costumbre, una necesidad. Ese día iba a competir en un importante Rally y sabía que el beso de mamá iba a quitarle parte de los nervios que llevaba encima.

Estuvo casi media hora con ella recibiendo los típicos consejos sobreprotectores.

—Por favor, hijo... tené cuidado…¡se me ponen los pelos de punta con solo pensar que vas a competir hoy! No sé cómo voy a hacer para aguantar…

—Mamá…

—De verdad te digo... por favor... tené cuidado hijo... no sabés cuanto te quiero…

—Yo también mamá... tranquila, no es la primera vez que participo de una carrera…

—Ya sé, pero nunca me voy a acostumbrar…

Había querido estar más tiempo con Zulma, pero tenía que regresar a “La Rambla”. Allí lo estaban esperando sus íntimos amigos Cesar Joya y Lautaro Lencina junto a sus custodios, con quienes debía ir a la Residencia de Olivos para buscar el helicóptero y de ahí viajar a Rosario.

El jefe de su custodia había decidido que fueran menos los agentes que lo acompañasen. Eso le hizo ruido a Junior, que recordó entonces lo que le decía su madre:

“Tenés que rotar la custodia cada tanto, chancho”.

A sabiendas de que contaba con menos integrantes que se ocuparan de su seguridad personal y con total resignación, Carlitos decidió igualmente seguir adelante en el trayecto que lo llevaría a la ciudad de Rosario.

A las 9:20 hs. y, luego de encontrarse con Silvano Beltra, partió de la morada presidencial con destino a Don Torcuato, donde arribó a las 10:10 hs a efectos cargar combustible.

Menos de dos horas más tarde, Junior se iba a encontrar cara a cara con la muerte.

IV

—Tené cuidado en la ruta, amor…

—Sabés que siempre tengo cuidado. Tengo una familia hermosa que me espera... Escucháme: el viernes voy a volver a la noche ¿no me esperás con unas milanesas a la napolitana?

Beatriz lo tomó de las orejas, y atrajo su rostro hacia el suyo.

—Sos un gordo…

Él hizo un gesto, señalando su cuerpo.

—¿Hace falta que te convenza de eso?

—... Y por eso te amo…–le dio un beso, aprovechando que los niños aún correteaban en el patio–... porque en invierno no me hace falta una estufa... te tengo a vos, mi osito tierno…

—Mi osita…

El sonido del teléfono los sacudió del idilio momentáneo.

—Hola…¿quién habla?

Una voz rasposa respondió del otro lado de la línea.

—¿Cómo quien habla?

—Y si no hablás, ¿cómo querés que sepa?

—¿Ya te vás?

—En diez minutos…¿por?

—¿Vas a Rosario, no?

—Si…

—Alcanzáme un pedazo... hasta Villa Maria…

—¿Te vas a entregar a la cárcel? Con una risa tenue, le respondió:

—Todavía no, pero voy a ver si tienen lugar para el lunes.

—¿El lunes?

—Voy a cobrar una plata que me deben, y capaz que me quede hasta el domingo allá.

—Sos terrible, Enano…

—¿Me llevás?

.–Dale... si…

—Te espero en la ruta…

—Bueno…

Cortó, ante la atenta mirada de Beatriz.

—¿Quién era? ¿Mi hermano?

—Si, el “enano”... quiere que lo alcance hasta Villa María... y se queda de festichola hasta el domingo…

—Pobre Ester, mi cuñada…

—A lo mejor me prendo y lo acompaño… Ella le asestó una cachetada en el brazo.

—¡Ni se te ocurra!

—¡Tranquila, mi pechocha! Sabés que no lo haría…

Se abrazaron nuevamente, completando el beso interrumpido por la llamada.

Unos minutos después, estaba al pie de la cabina del camión, abrazando a sus niños.

Finalmente saludó a Beatriz.

—Cuando vuelva te traigo una sorpresa…–le susurró al oído. Ella sonrió, sonrojándose.

Días más tarde, reclamaría esa promesa a un cajón cerrado.

V

Siempre renegó de su cabello. No del color, negro azabache brilloso, sino del tipo de cabello. Ondulado, pero no sedoso, sino seco. Con frecuencia lo cepillaba, no solo por las mañanas, también por las tardes y, a veces, cuando no estaba muy cansada, por la noche, antes de acostarse a dormir. A menudo acudía a la peluquera amiga para hacerse la permanente. Le agradaba sentir los rizos. A Enrique le fascinaban. Podía pasarse horas acariciando cada bucle.

Frente al espejo, con el televisor de fondo, Beatriz manipulaba el cepillo, buscando descargar la tremenda ansiedad que sentía.

Estaba atenta al teléfono, su marido podía llamar en cualquier instante, pero además, estaba pendiente de las noticias.

Desde el mediodía, cuando regresaron las niñas, no había hecho otra cosa. Deambular por la casa, pensativa, nerviosa. Se ocupó de los niños, los mandó a jugar al patio, los mandó a tomar la merienda.

A la tarde vino a visitarla su hermana, Teresa, a quien le contó sobre la llamada de Enrique. Sus acotaciones sólo impulsaron la duda más allá de la imaginación.

“... en el hospital San Felipe, de San Nicolás, donde se hallaba internado. El hijo del presidente, acompañado por el automovilista Silvano Beltra, sufrió un accidente, hoy, cuando viajaba rumbo a la ciudad de Rosario en un helicóptero. En el kilómetro 111 de la ruta 9, enganchó un cable de alta tensión y se precipitó a tierra, muriendo en el acto el automovilista Silvano Beltra. Junior fue llevado de urgencia al hospital, donde se le intentó hacer una intervención quirúrgica, pero sufrió dos paros cardíacos, y se abandonó la idea de hacerlo. El presidente de la Nación abandonó inmediatamente una reunión que tenía en la Casa Rosada, para viajar a Rosario. Se comunicó con el director del hospital donde se encontraba su hijo, para ordenar un traslado inmediato a Buenos Aires, pero aquel se opuso, ya que consideraba el riesgo. Junior falleció fruto de una fractura de la base del cráneo, y múltiples contusiones. Repetimos: acaba de fallecer, fruto de un terrible accidente en helicóptero, el hijo del presidente de la Nación, Junior Mesquem”.

Beatriz apagó el televisor, pero se quedó mirando la pantalla. No lograba entender porque esta noticia le producía escalofríos en el alma. El mensaje que él le entregó, el tono de su voz, el silencio de las últimas horas parecía esconder relación con el incidente del hijo del presidente.

¿Qué relación había entre Enrique y la muerte de Junior Mesquem? ¿Por qué Enrique dijo que “pasó algo terrible”?

“Pasó algo terrible…¿Qué, Enrique? ¿Qué fue? ¿Viste cómo se accidentó el helicóptero del hijo del presidente?”“Fui testigo de algo que me asusta…”

—Testigo. Él fue testigo. ¿Del accidente? ¿Él estaba ahí cuando pasó?–cavilaba, ahora en voz alta.

En las rutas, Enrique había sido testigo de varios accidentes. Incluso se aventuró a ayudar a los accidentados hasta que llegara la ambulancia o los bomberos. Sabía algo de primeros auxilios y tenía un corazón dedicado a ayudar al prójimo. Eso fue lo que llamó también la atención de Beatriz. Si hubiese sido solo el accidente, le diría. Pero prefirió cubrirlo con un manto de suspenso.

“ahora no puedo hablar…¿por qué no me contaste, amor mio? Estoy con el corazón en la boca…” “pero el viernes cuando vuelva te cuento bien”

—Volvé, amor mío. Volvé Enrique…

5,92 ₼
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Həcm:
251 səh. 3 illustrasiyalar
ISBN:
9789878724041
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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