Kitabı oxu: «La piel insomne»

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MAURICIO MONTIEL FIGUEIRAS

LA PIEL INSOMNE

NARRATIVA

EL AUTOR AGRADECE EL APOYO DEL SISTEMA NACIONAL DE CREADORES DE ARTE PARA LA REALIZACIÓN DE ESTE LIBRO.

DERECHOS RESERVADOS

© 2020 Mauricio Montiel Figueiras

© 2020 Almadía Ediciones S.A.P.I. de C.V.

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Alcaldía Miguel Hidalgo,

Ciudad de México,

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RFC: AED140909BPA

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Edición digital: agosto de 2020

ISBN: 978-607-8667-90-1

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.


MAURICIO MONTIEL FIGUEIRAS

LA PIEL INSOMNE


Almadía

Para Lya, por las horas de viaje juntos.

Piel (del lat. pellis) 1 f. Capa de tejido resistente y flexible que recubre el cuerpo de los animales. || Esta capa separada del cuerpo del animal: Tiene para alfombra una piel de tigre; como nombre de material se puede usar en singular y en plural: Un abrigo de piel [es]. || La misma capa despojada de pelo y, generalmente curtida, empleada como material: Una maleta de piel; como nombre genérico de material se puede emplear como numerable y como partitivo: Un almacén de pieles. Artículos de piel. || Capa fina y flexible que recubre algunas partes vegetales, como las hojas, los tallos jóvenes y los frutos: La piel del melocotón. 2 Piel de un animal con su pelo, curtida y confeccionada, que se ponen las señoras como abrigo alrededor del cuello. 3 Se emplea con el significado de vida en frases figuradas como “dejarse la piel”: Se dejó la piel en el asfalto. || Pellejo.

Piel de gallina. Aspecto que toma la piel de las personas, semejante a la de un ave pelada, por efecto del frío o del miedo. || Carne de gallina.

De la piel de Barrabás [o del Diablo]. Aplicado particularmente a niños, muy travieso y enredador.

Dejar [se] la piel en alguna empresa. Morir en ella.

Pagar con [o perder] la piel. Morir a consecuencia de cierta acción, en cierta ocasión, etcétera.

Quitar la piel o quitar [o sacar] la piel a tiras. Criticar con ensañamiento a alguien. || Despellejar.

Insomnio (del lat. insomnium) m. Falta de sueño cuando corresponde tenerlo. || Desvelo.

MARÍA MOLINER, Diccionario de uso del español, segunda edición

Piel insomne. Unión de elementos femeninos y masculinos cobijados por la oscuridad. || Estado que implica la erotización y fetichización del mundo. || Frágil frontera donde se topan la vigilia y el sueño. || Conciencia del ser nocturno: Siento cómo mi piel insomne aflora con la caída de la tarde.

PRÓLOGO CON ORIGAMI

En 1992, para celebrar el décimo aniversario de Blade Runner, Ridley Scott lanzó el director’s cut —algo así como la edición definitiva— de su película visionaria. Aunque no difería mucho ni en duración ni en contenido de la original, la nueva versión permitió que el cineasta se deshiciera de ciertos lastres que los productores le habían impuesto para el estreno del filme en 1982; así fue que la narración en off del protagonista, Rick Deckard (Harrison Ford), desapareció junto con el pietaje desechado por Stanley Kubrick del inicio de El resplandor que había ido a parar al clímax de Blade Runner: vistas de montañas verdes y luminosas que daban un aire esperanzador a la fuga de Deckard y la replicante Rachael (Sean Young) a bordo de un automóvil, una fuga que también fue suprimida. El resultado de esta cirugía menor es notable: Blade Runner gana en ambigüedad y desencanto y nos entrega un mundo donde no hay cabida para los finales felices, tal como Scott lo planeó desde un principio. Al director’s cut, sin embargo, se le agregó una escena: Deckard cabecea frente a un piano y en ese momento efímero en que abandona la vigilia sueña con un unicornio en medio de un bosque. Esta imagen aparentemente gratuita extraída de Leyenda, el fiasco que Scott filmó en 1986, da otro sentido a la célebre teoría de que Deckard no es humano sino un replicante más; recordemos que Gaff (Edward James Olmos), el policía que acompaña al protagonista, es experto en origami y que al final de Blade Runner, justo antes de abandonar su departamento para emprender la fuga, Deckard se topa con un pequeño unicornio de papel que alguien dejó en el piso. Mientras lo estudia, azorado, en su mente resuenan las palabras de Gaff: “Lástima que ella [Rachael] no vaya a sobrevivir. Pero, después de todo, ¿quién sobrevive?”. Deckard asiente, se guarda el origami, alcanza a Rachael en el umbral del departamento y cierra la puerta de golpe. Así concluye el director’s cut de este clásico del cine.

Ya que “antología personal” me parece un término que hay que reservar a los autores de probada trayectoria, prefiero ver La piel insomne como una suerte de director’s cut, un ajuste de cuentas con ciertos cuentos escritos entre 1987 y 1993 y repartidos en tres libros. “Nocturno para cazadores”, “Cita en el cuarto 345” y “Hotel en semicírculo” se incluyeron en Donde la piel es un tibio silencio (DIFOCUR, Sinaloa, 1992); “Orquídeas para tres voyeurs ”, “Deshuesadero al crepúsculo”, “Naturaleza muerta con ventanas”, “Día de muertos” y “El club”, en Páginas para una siesta húmeda (Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 1992); “La dulce pesadilla de Sofía”, “Ladrar a medianoche”, “Olga o el más oscuro mambo”, “Telefonemas del otro lado” y “La doble oscuridad de Gabriel”, en Insomnios del otro lado (Joaquín Mortiz, México, 1994). En la sección que cierra el volumen, titulada “ Bonus tracks ”, rescato cinco textos no recogidos en forma de libro pero publicados en revistas, suplementos culturales y antologías: “El patio de los seiscientos caracoles” apareció en Semestral (no. 1, marzo-agosto de 1994); “Carta a Harvey Keitel”, en Casa del Tiempo (no. 33, segunda época, agosto de 1994); “Veranos en la veranda”, en Dispersión multitudinaria. Instantáneas de la nueva narrativa mexicana en el fin de milenio, introducción de Leonardo da Jandra y compilación de Leonardo da Jandra y Roberto Max (Joaquín Mortiz, México, 1997); “Nostalgia de la bomba”, en Se habla español. Voces latinas en USA, prólogo y selección de Alberto Fuguet y Edmundo Paz Soldán (Alfaguara, Miami, 2000); “El coleccionista de nubes”, en Crónica Dominical (no. 264, 20 de enero de 2002).

¿Para qué reescribir? ¿Para qué enfrentarnos y luchar con ese otro que fuimos en una etapa anterior de nuestro proceso escritural? ¿Se altera el espíritu de los textos cuando los pasamos por el filtro del aprendizaje literario? ¿No es mejor aplicar el refrán inglés, let sleeping dogs lie, y dejar las cosas tranquilas? Estas fueron algunas de las dudas que me asaltaron mientras trabajaba en La piel insomne durante 2002, un año que ya se antoja lejano pero en el que estaba incluido el 2020 que ahora nos ha dado alcance luego de rebasar el ominoso noviembre de 2019 previsto precisamente por Blade Runner. Para mi consuelo, en noviembre de 2001 Gustavo Cerati había lanzado 11 episodios sinfónicos, un álbum brillante donde retoma canciones de Soda Stereo y de su producción como solista para darles una vuelta de tuerca. Mismas letras, distintos arreglos, pensé, no está mal. Este libro, así pues, parte de una noción experimental cercana a la del músico argentino. O, para volver a donde empezamos, de una idea semejante a la que tuvo Ridley Scott al planear el director’s cut de Blade Runner: veamos qué sucede si eliminamos los elementos inútiles, la narración en off, y pulimos al máximo; quizá hay algo que se nos escapó, una escena minúscula —un origami— que se quedó en el tintero mental y que puede ayudar a redondear la historia. La piel insomne es un intento por hallar ese efímero unicornio que faltaba. El lector es quien dirá si en efecto fue localizado.

MAURICIO MONTIEL FIGUEIRAS,

Ciudad de México, enero de 2020

LA PIEL INSOMNE

ORQUÍDEAS PARA TRES VOYEURS

La extrema seducción colinda, probablemente, con el horror.

GEORGES BATAILLE

Cada atardecer otoñal a las seis en punto, mientras las sombras maduran en los patios del internado y los ladrillos irradian un fulgor sanguíneo, Ana, Teresa y Cecilia huyen de los juegos que se organizan en el bosque para espiar el estudio desierto donde se efectúa el rito de las flores negras. Han bautizado así el espectáculo que presencian tarde con tarde porque las flores son lo único que ellas entienden, al menos por ahora; además, rito es una palabra mágica recién aprendida en clase de historia, recién registrada en un cuaderno vuelto diario que podría ser legado a la dudosa posteridad de un desván.

Las tres abandonan el bosque sigilosamente, dejando atrás un grupo de uniformes sepia que se confunden con los árboles a medio desvestir. Los rayos de un sol casi líquido acompañan a las estudiantes que corren sobre un tapete de insectos y humus, los doce o trece años bailoteándoles en las caderas y en los pechos que han empezado a alzar las blusas: Ana la de la sonrisa llena de pecas y el pelo como cobre fundido; Teresa y su mirada sin nubes y los dientes más envidiados del internado; Cecilia con la piel de menta y la cabellera larga donde –según dice el maestro de literatura– a veces se enredan los pájaros, a veces un crepúsculo, a veces las sombras afiladas de las tres que avanzan en silencio para no llamar la atención de las demás ni alimentar los rumores de la escuela. (Pero, después de todo, qué importa si las otras imaginan lo peor: que las tres se encierran en los baños o en el dormitorio y se levantan las faldas para iniciar las caricias, el lento hurgar de las lenguas en las bocas que despliegan sus pétalos.)

Cada atardecer otoñal se deslizan por el bosque como si fueran imágenes extraídas de un sueño húmedo, tres bocetos de mujer que persiguen el fin de la inocencia con el aire a sus espaldas. Al llegar a la entrada del internado, una antigua verja de hierro oscuro, se detienen, normalizan la respiración y ríen por el triunfo de su nueva huida: otra vez nadie se ha dado cuenta. Tienen casi una hora para ellas solas antes de la misa diaria; el colegio está vacío –bueno, prácticamente vacío; si no hubiera nadie, no serviría de nada la fuga, a quiénes observarían en el estudio desierto– para que puedan recorrerlo y explorar sus rincones, sus escándalos ocultos, sus patios sembrados de breña y tumores solares. Irrumpen en el internado y por un instante las inhibe tanta quietud; la sonrisa se les cae de la boca cuando creen oír los mensajes que el viento graba en los ladrillos. Quedan petrificadas al centro del patio principal, Cecilia a punto de preguntar si no hay un profesor en los alrededores, Teresa con los ojos fijos en las amplias ventanas del segundo piso, Ana acomodándose las calcetas demasiado estrechas para sus pantorrillas.

Pero la sensación se esfuma rápidamente y ellas se miran y el colegio es otra vez el de siempre, el mismo edificio vetusto que las acoge desde hace un año y no el mausoleo carmesí que la imaginación de las tres erigió por un momento. Vuelven a encajarse la sonrisa de complicidad en el rostro y desfilan hacia las aulas de teoría, Teresa tras Cecilia tras Ana correteando las hojas que se columpian en el aire del atardecer; Ana tras Cecilia tras Teresa por el pasillo de mosaicos rojos donde se encuentra la mayoría de los salones –le dicen el pasillo rojo de mosaicos porque son los mosaicos los que hacen rojo al pasillo y no viceversa, absurda discusión que suele culminar en guerra de almohadas–, el pasillo enrojeciéndose velozmente de mosaicos y de sol que naufraga en las primeras brumas lunares.

Los pasos de Teresa se deforman hasta transformarse en consejos paternos para que nunca hagas algo de lo que te puedas arrepentir, si en el internado hay un lugar prohibido para las alumnas mantente alejada, toda escuela antigua tiene secretos que es mejor no averiguar. Los pasos de Ana intentan mitigar el cosquilleo que le brota en el bajo vientre y que ya puede llamarse excitación; y todo por culpa de Cecilia, ella fue quien descubrió la puerta tras el armario y le robó la ganzúa a un conserje aquella tarde de verano en que estuvo revisando exámenes con el maestro de literatura. Los pasos de Cecilia despiertan los ecos dormidos en los rincones y acaban con el letargo de las ratas, que comienzan a reptar en las profundidades de la construcción; en el ambiente se agolpa de pronto una tranquilidad inquieta, la paz de las aulas rota por el recuerdo de una lección de historia o geografía memorizada entre murmullos.

Al llegar al final del pasillo amosaicado de rojo se detienen ante la Puerta Prohibida –así, con mayúsculas, ya que a todas las alumnas del internado les gusta llamar prohibida a la puerta que da acceso al corredor donde se alinean los cubículos de los profesores– y titubean, aguzando el oído por si hubiera algún movimiento anormal. El reloj de la tarde se sacude las hojas adheridas a su péndulo. El silencio apunta su veleta hacia el corredor que desnuda su penumbra hueca y se alarga conforme Cecilia empuja la Puerta y trata de disimular un gesto perverso, quizás una sonrisa de anticipación que se le filtra por la comisura de la boca y sube a sus ojos, a esa mirada adulta atrapada bajo los párpados de una niña como diría el maestro de literatura, el amor platónico de Cecilia; o bueno –como dicen los rumores–, platónico hasta cierto grado. Ana piensa que el cosquilleo o más bien el humedecimiento que se propaga por su bajo vientre es el resumen de varios dedos que la acarician de adentro hacia fuera, poco a poco el roce de cien manos se sintetiza en esa suavidad como de musgo que le resbala por el abdomen, y todo por culpa de Teresa, ella fue la primera que espió el rito floral a través de la claraboya cuajada de polvo e insectos muertos, la última que dejó de contorsionar las caderas bajo el uniforme aquella ocasión en que las tres debutaron como testigos del espectáculo. Teresa cree que la Puerta Prohibida lanzará un grito, que la madera se lamentará sobre sus goznes mientras el Corredor Prohibido se extiende frente a ellas con un bostezo que tiene algo de llamada erótica, mucho de olor a polen. Y por un segundo, quizá más, quizá menos, las tres imaginan lo mismo: una lluvia de flores negras y rojas y blancas y en plena tempestad, de pie en el pasillo bajo el alud de pétalos y pistilos, se hacinan los profesores del colegio, todos desnudos y bañándose en esa catarata de flores, tocándose unos a otros en ese ciclón de flores, acariciándose con rabia en esa cópula de flores que pronto abandona la mente de las tres.

La primera que ingresa en el Corredor es Ana, la vista cautelosa al igual que sus pasos, el corazón a ritmo de cronómetro; la sigue Teresa, erizado el vello de los brazos, atentos los ojos a las sombras que no embonen en la modorra del pasillo; y por último Cecilia, que cierra la Puerta tan despacio como la abrió y echa a andar, consciente aun del sonido más remoto: ahora carcajadas, ahora gajos de una flauta (quizás el maestro de música), ahora arañazos tras la puerta de la sala de juntas (quizás una rata o una mano perdida). Los cubículos permanecen cerrados como cicatrices; hay árboles o esqueletos proyectados en la ventana al final del Corredor. El tiempo parece detener su rotación de esfera y el siguiente instante se paraliza entre las fauces del crepúsculo. Ana se detiene –así, como el tiempo– ante un armario prehistórico que debería guardar artículos de limpieza pero que en realidad está vacío: claro, si no cómo iban a moverlo los participantes del ritual; además Cecilia lo descubrió la tarde que estuvo con el maestro de literatura. Cecilia extrae de un bolsillo la ganzúa robada y comienza a lamerla porque hay que lubricarla: claro, si no cómo podría encajar en esa cerradura casi oxidada; además el sabor a metal viejo es tan agradable en el paladar, tan extrañamente masculino. Teresa se pasa una mano por el pelo para secarse el sudor, demasiado pegajosa la penumbra que surge de los intersticios del armario. Las tres se miran y por un momento sus miradas se revuelven, tres gatos azules que retozan y juegan con un estambre invisible.

Pero el momento se difumina, los gatos oculares interrumpen su retozo y Cecilia da varios empellones al armario con la llave todavía en la boca, lamiéndola y babeándola para que se introduzca sin dificultad. Teresa y Ana comprueban que el pasillo está despejado, libre de siluetas sospechosas, antes de empujar con todas sus fuerzas. El armario se mueve centímetro a centímetro y sus patas se desesperan, el silencio se desespera y sacude sus alas y quizá por eso hay un aleteo de sombras en el Corredor. El armario parece respirar y su respiración llena la atmósfera de polvo y Cecilia piensa en juegos de palabras, en discusiones que no llevan a ningún lado: el armario sí llena la atmósfera de polvo aunque la atmósfera no sea de polvo y el armario sea el que llene de polvo la atmósfera; o tal vez la atmósfera sí es de polvo y se deshace conforme el armario revela una puerta con toscos altorrelieves, hombres y mujeres en inusitadas posturas eróticas que remiten a animales primitivos, a reptiles engarzados en una lucha sin tregua. Cuando la penumbra recupera su inmovilidad, Cecilia se saca la llave de la boca y la inserta pausadamente, casi con cariño, en la cerradura que aguarda con las piernas abiertas y el sexo medio oxidado. La llave entra con facilidad y gira en la cerradura; la puerta de los altorrelieves resbala hacia adentro, hacia un lóbrego pasillo que termina en otra puerta con una ventana rota, un navajazo entre tanta oscuridad. Y todo por culpa de Ana: ella fue la última que cruzó el corredor aquella primera vez, la que azotó la puerta y rompió el vidrio en su prisa por llegar al dormitorio y levantarse la falda o desnudarse e iniciar las caricias, el lento hurgar de los dedos en la entrepierna porque las flores querían salir, las flores querían dejar el vientre, las flores querían nacer y exhibir sus tallos y pétalos carnosos.

Cecilia da el primer paso dentro del pasillo; la sigue Ana con un sabor a herrumbre entre los labios porque el miedo sabe a herrumbre, el miedo se instala en el paladar y ahí se arrulla; después viene Teresa, las órdenes de papá y mamá arrumbadas en una esquina de la memoria. Cuando se hallan del otro lado de los altorrelieves, las tres empujan el armario y la luz del Corredor se fuga en delgados filamentos. Teresa cree escuchar pasos que se aproximan y los atribuye a los vellos de su nuca, erizados por una brisa inesperada. Ana también oye ruidos –quizás el viejo maestro de música enganchado a su flauta– y se refugia junto a Cecilia, que cierra la puerta. La llave se queda en el sexo de la cerradura y de golpe las tres están solas, integrando un mismo ritmo cardiaco; sus manos se rozan y ellas sienten la vibración de la escuela, el peso de miles de ladrillos como una dolorosa presión en el pubis; sus dedos anhelan entrelazarse como tantas veces en que la luna ha encendido el revoloteo de camisones al fondo de los baños de vapor que no funcionan desde hace décadas y alojan sólo mosaicos agrietados, regaderas que semejan fémures, bragas y corpiños que flotan como nubes en el cenit de la medianoche.

Las tres avanzan hacia la puerta con la ventana rota. Teresa es la última, los pezones duros por efecto de los escalofríos, el aliento entrecortado ahora que su imaginación dibuja manos que emergen de las paredes para masajearle el cuello, la cintura, las nalgas. Adelante de Teresa va Cecilia, la blusa desabrochada hasta el valle de los pechos porque el calor es demasiado viscoso, similar al de aquella tarde de verano en que descubrió el armario aunque, bueno, no fue un descubrimiento accidental; aquella tarde transcurrió, amarilla y sudorosa, en el cubículo del maestro de literatura, entre pilas de libros y exámenes por corregir y poemas truncados por gemidos: allí consiguió la llave de la puerta tras el armario, pero por supuesto que eso no fue lo que dijo después, cuando empezaron las preguntas; inventó el cuento de la llave robada a un conserje, habló de un hallazgo hecho por casualidad. Adelante de Cecilia va Ana, el miedo a flor de boca agudizándose al llegar a la puerta con la ventana rota y abrirla para permitir que una luz agria deslumbre a las sombras del pasillo. Y así las tres salen a un patio donde el aire erige diminutas espirales de polvo; junto a uno de los muros, caprichosa como una hiedra de metal, trepa una escalera de caracol que remata en una portezuela. Se apresuran hacia la escalera, conscientes del parpadeo de la luna, y suben con cuidado, tratando de no espantarse con la vibración de los peldaños. Al alcanzar la cima del caracol empujan la portezuela y pasan a un ruinoso desván repleto de reliquias escolares, aves disecadas y maniquíes mutilados; piensan en los apuntes de biología de una alumna desaparecida, en viejas clases de costura, en agujas que pinchan dedos o más bien corazones ávidos de convertirse en alfileteros. Recorren ese paraíso de la taxidermia a media luz como si fuera la primera vez, imaginando qué sucedería si de repente los pájaros embalsamados alzaran el vuelo y se posaran en las ajadas cabezas de los maniquíes, palpando los vestigios de mejores épocas –o, si no mejores, al menos más inocentes, aunque también en aquellos años el internado tenía secretos y los camisones sucios debían lavarse en casa, una frase que se leyó en un diario escondido en el desván– hasta que al fin se detienen frente a la claraboya que brota del suelo como un bulbo grisáceo. Se arrodillan junto a ella y se le acercan poco a poco para que sus facciones sean bañadas por el cálido fulgor que titila abajo, en el estudio que adquiere contornos precisos conforme los ojos de las tres se acostumbran a una dorada opacidad de velas.

Gracias a la visión cenital distinguen al maestro de historia cuando entra a cuadro y se dirige al centro del estudio, seguido por la instructora de educación física y la profesora de geografía. Los tres comienzan a frotarse en un ballet lascivo; sus manos exploran cavidades y turgencias, sus labios articulan palabras ininteligibles, sus movimientos oscilan entre lo cadencioso y lo feroz. Y entonces irrumpen nuevas figuras, quizás otros mentores aunque es imposible identificarlos ya que traen antifaz y se han vestido de arlequines como los personajes dibujados en un cuaderno oculto en el desván, un diario que antes de ser exhumado no se consultaba desde hacía buen tiempo. Los recién llegados forman un semicírculo de rombos azules y púrpuras y verdes alrededor de los tres maestros que se acarician con violencia creciente, con un frenesí agazapado en el ir y venir de los dedos que indagan y serpentean bajo la ropa, con unas ganas de desgarrar la piel sugeridas en las uñas que suben y bajan, y en las inusitadas posturas que evocan una puerta, unos altorrelieves pero cuándo, dónde: ¿una lámina en algún libro de historia, una remota referencia al arte barroco?, ¿o algo más primitivo, algo como un sueño húmedo en cuyas simas destella una horda de reptiles? Absortos en su danza carnavalesca, los arlequines salen de cuadro y vuelven a entrar contorsionando el tórax, las caderas y las piernas para confirmar que sí, no cabe duda, son los arlequines de siempre, los de aquella primera vez frente a la claraboya cuando hubo miedo y calor y remordimiento de conciencia y todo junto en un solo líquido que circulaba por el vientre y más abajo y ahora queda el calor, tenues rastros de miedo a los que no se presta demasiada atención. Sí, son las mismas siluetas burdamente perfiladas en el cuaderno que se localizó entre las telarañas del desván, un diario que –según después se averiguó– había pertenecido a una alumna inscrita en el internado en la década de los cuarenta, una rubia que aparecía sonriendo al fondo de una borrosa fotografía tomada en el bosque y que se esfumó sin dejar huella –apenas un vago aroma a sándalo– pese a que los rumores aseguraban cosas distintas: que mudó de nombre y país para volverse prostituta, que con los años logró regentear un burdel para hombres de negocios adictos a las jóvenes, que se dedicó a escribir relatos eróticos o mejor dicho pornográficos, que murió por una sobredosis de droga en el baño de un decrépito cuarto de hotel. Sí, son las mismas gesticulaciones aunque hoy se antojan más perversas, menos inocentes que en aquella iniciática tarde estival.

Y de pronto los arlequines abandonan la escena, incendiando el aire con un revoloteo de rombos multicolores. Los tres maestros quedan solos en el estudio, tocándose y mordiéndose sin importarles quién excita a quién ni de quién son esos pechos, esa garganta, esas nalgas que se yerguen como queriendo desprenderse de sus ataduras. El desván cae en un torpor ambarino; la luz, de una densidad casi palpable, preludia el balanceo del péndulo nocturno y agudiza los sentidos. Es mejor olvidar el cosquilleo semejante a un hervidero de mariposas en la entrepierna para ver cómo el maestro de historia sale por una esquina de la escena, cómo la instructora de educación física y la profesora de geografía interrumpen bruscamente las caricias. Blusas, brasieres, faldas, medias y bragas se deslizan al piso conforme dos voces femeninas inauguran un cántico desde un fonógrafo fuera de cuadro, una pieza cuyo título rehúsa despuntar en la memoria porque es algo exótico, algo con una k intermedia, una invocación en un idioma difuso. Alguna vez en la clase de música se escuchó y analizó esa pieza, una de las favoritas del profesor que hablaba maravillas de Delibes, ah, sí, ahí está el nombre del compositor: Delibes, por supuesto, la sesión sobre música de opereta y ballet, Francia, finales del siglo XIX; Delibes, sí, pero cuál es el título de la pieza que recupera el encuentro de dos mujeres en un jardín mágico a orillas de un río, el profesor contó la historia, Delibes se había inspirado en esa imagen para componer la pieza que se llama cómo, cómo, cómo nombrar a dos mujeres que cantan en un jardín mientras las dos maestras permanecen inmóviles en el suelo del estudio, tendidas bocarriba sobre un revoltijo de ropa, los ojos cerrados en tanto la música insinúa una cadencia de piel que huele a noche, lenguas que deambulan por zonas cada vez más profundas. Desnudo, precedido por una erección brillante como relámpago, el maestro de historia regresa a cuadro; en las manos sostiene una navaja de rasurar y una bolsa llena de pequeños óvalos que remiten a semillas.

En ese instante la realidad da una maroma y queda bocabajo. Ya nada es lo que aparenta ser cuando el cosquilleo en la entrepierna deviene palpitación, tibio calambre que espanta. De golpe es el rito de las flores negras, la ceremonia espiada y soñada casi a diario desde aquella tarde de verano, la obsesión que ni papá ni mamá han podido o querido explicar. En casa se negaban a hablar del tema y desviaban cualquier conversación en torno de pesadillas extrañas, nuevas sensaciones, temblores innombrables. Decían que las cosas relacionadas con el sexo eran generalmente malas, que las niñas decentes debían evitar a toda costa esos asuntos, que gracias al aislamiento y a la disciplina del internado aprenderían a comportarse.

El maestro de historia se arrodilla junto a las dos mujeres. Las voces del fonógrafo cobran un ritmo similar al de las fantasías más íntimas, dos alientos que se funden y confunden mientras el maestro deposita la bolsa en el suelo y abre con la navaja un pequeño surco bajo el ombligo de la profesora de geografía que no se mueve ni sangra: la herida es perfecta, de una limpieza quirúrgica. El maestro repite la operación con la instructora de educación física y al terminar hunde la mano en la bolsa para extraer un puñado de óvalos que siembra en las heridas. Conforme la música alcanza su cenit, el maestro se incorpora. Las dos mujeres renuncian a la parálisis y se acercan, buscándose a ciegas con labios y dedos, entrelazando salivas y extremidades sin atender al maestro que observa y se frota la erección con gesto distraído. Y entonces nace una agitación bajo la piel de las profesoras, un vaivén como de olas o bulbos que pugnan por surgir aquí y allá, en distintas regiones cutáneas, a lo largo y ancho del cuerpo. La agitación va en aumento y basta parpadear para que las orquídeas germinen y revienten la carne y asomen por el rostro, las axilas, la espalda, el torso, los muslos; las orquídeas cubren todo con su terso pelambre de pétalos y transforman a las mujeres en enredaderas, floraciones que se estremecen en un insólito delirio vegetal.

La mente decide jugar más de lo que ha jugado y así Ana, Teresa y Cecilia, las tres con las faldas alzadas en el desván que se disuelve en un letargo sepia, imaginan qué sucedería si el maestro de historia –¿o acaso es el de literatura, el de música?– volteara hacia arriba y las descubriera allí, tres rostros intrusos que escrutan el recinto cuya existencia debe guardarse en el más riguroso secreto. Probablemente las facciones del maestro se descompondrían en una mueca que las horrorizaría y ellas tendrían que ahogar un alarido y acomodarse el uniforme rápido, lo más rápido posible. Tal vez sentirían las primeras uñas del miedo en la nuca y se apartarían de la claraboya justo cuando el maestro las señalara y saliera de cuadro y las profesoras o mejor dicho las esculturas florales se levantaran con ademanes sonámbulos, de película muda. Quizás entonces Cecilia, Teresa y Ana, soportando a duras penas el hormigueo en el bajo vientre, tropezarían con algunos maniquíes en su prisa por abandonar el desván y los muñecos desearían devolverles el abrazo para frustrarles la huida. Quizá los pájaros se burlarían con sus miradas vidriosas y ellas se precipitarían a la escalera de caracol aunque los maniquíes empezaran a cantar con voces de Delibes, atravesarían el patio sin advertir la nitidez de la luna que colgaría del cielo como una sonrisa plateada, llegarían al pasillo cuidando de no azotar la puerta con la ventana rota para evitar que el golpe reverberara en las entrañas del colegio, empujarían la puerta de los altorrelieves y moverían el armario para abrir y cerrar el acceso que nadie debería conocer y salir al Corredor Prohibido. Al fin el Corredor Prohibido, el hormigueo vuelto una humedad implacable entre las piernas que obligaría a pensar primero en la cercanía de la noche y después en la desaparición del maestro –¿de historia, de literatura, de música?– al que todos buscarían hasta que la última hebra de sol se desvaneciera y él por ninguna parte, ni un mínimo rastro de su presencia. Seguramente el maestro esperaría a que pasara la hora de la cena y el internado se poblara de grillos y aire para acudir a la cita con Ana, Teresa y Cecilia, que estarían en su dormitorio, a punto de dejar caer sus camisones como arañas translúcidas, aguardando con ansiedad que alguien llamara a la puerta; alguien que en las manos traería una navaja luminosa y una bolsa con semillas oscuras para enseñarles con placentera lentitud cómo germinan las orquídeas que laten abajo, muy al fondo, en esa penumbra de terciopelo habitada por pétalos impacientes.

DESHUESADERO AL CREPÚSCULO

A José Javier Coz

CARLOS

Creo que la idea fue de Rito.

Ahora en retrospectiva, después de lo que pasó creo que sí, que Rito aquella tarde con el sol medio quebrado en el horizonte, que los cuatro amigos de siempre aburridos en la casa del árbol donde nos juntábamos a diario. De repente Rito abrió la boca con una bocanada de humo y se nos antojó la mejor idea; de repente fue el cementerio y jugar futbol entre las lápidas. Al fin y al cabo era un pueblo chico como nosotros, quién iba a darse cuenta si el cementerio estaba a un par de kilómetros y los cigarros de Manuel nos quemaban los catorce años, si nuestros padres nadaban en la siesta o la indiferencia y nadie conocía nuestro club, acuérdense del acuerdo, todos lo firmamos con sangre cuando traje mi navaja y les rebané el índice.

Cómo olvidarnos de la navaja de Rito. Esteban se desmayó al ver el hilo rojísimo que le bajaba por la yema del dedo y se deshilachaba finalmente en una firma recién inventada, un garabato que se tiñó de marrón junto a otros tres garabatos en el trozo de papel que Rito traía siempre en los jeans, revuelto con la resortera y dos fotos de rubias en cueros y sus sueños de conquistador y los cerillos que sacaba para encender otro Camel y hablarnos del cementerio, un lugar mágico que comenzaba a echar raíces en nuestras mentes y a crecer hasta cobrar las dimensiones de una meta o una obsesión. Teníamos que ir allí, al deshuesadero –así lo llamaba Rito–, ese era nuestro último destino, el deshuesadero esto y el deshuesadero lo otro y lo de más allá: imagínense revisar las tumbas abiertas, coger varios cráneos y jugar futbol, desaburrirnos y enterrar los pantalones cortos de una vez por todas, quedarnos a dormir sobre un sepulcro y puto el que se raje; apenas son las cuatro y media, en una hora nos vemos frente a la tienda del Gato. Y no vayas a salir con tus pendejadas, Esteban, nada de que tu mamá te encargó la leche o de que van a misa porque se le ocurrió a tu papá; el chiste es que ellos no sepan a dónde vamos, déjenles una nota o algo así, un campamento o una fiesta en casa de alguien que no existe, usen sus neuronas. Nos vemos a las cinco y media; el que no esté deja de ser miembro del club.

Manuel y yo quisimos protestar, decirle a Rito que el futbol de acuerdo, pero no quedarnos a dormir sobre las tumbas y claro, como él prácticamente no tenía padre y su madre era una de las mujeres más fáciles del pueblo, no había problema: él abandonaba su casa y listo, si no llegaba a dormir qué importa, mamá estaría muy ocupada para advertirlo. Además Rito siempre agarraba las riendas del club, él era el jefe y el resto que se joda, él tomaba las decisiones y ahora vamos acá, ahora para allá, hacemos esto, deshacemos lo otro. Como el verano pasado, aquella vez que robamos gasolina para bañar al perro del carnicero y Rito se reía a carcajadas y prendía un cerillo tras otro y el animal vuelto una pelota caliente y naranja que rebotaba por el lote baldío, aullando y ladrando hasta que reventó como fruta podrida.

Todo eso quisimos decirle Manuel y yo a Rito. Pero bastó una de esas miradas verdes y tan suyas para que nos sintiéramos estúpidos y desarmados y todo fue igual que siempre: el líder era y seguiría siendo Rito, algún engranaje secreto de la naturaleza le había asignado ese privilegio y nosotros lo aceptábamos de algún modo, continuaríamos aceptándolo hasta que Rito dejara de ser Rito y el viento de la madurez nos desbalagara por los cuatro puntos cardinales. Manuel, Esteban y yo de acuerdo, Rito, a las cinco y media; cada quien a su casa a inventar alguna mentira que superara las de los otros, una competencia de cuentos y huidas por la puerta de la cocina o alguna ventana que harían que nos desternilláramos de risa, esa risa irresponsable de la juventud hambrienta de misterios y peligros.

MANUEL

Una hora después la tienda del viejo Gato, el paraíso de las conservas rancias y el hedor a anciano que aguardaba la irrupción de la adolescencia dispuesta a adquirir alguno de los condones agazapados como serpientes en el polvoriento atardecer de las estanterías.

Fui el primero. La mochila con algo de comer, el sleeping bag y los cigarros me hundía los hombros; mamá con su ¿a dónde vas? cuando dejé la casa aún me taladraba los tímpanos. Estudié el escaparate de la tienda. Allí seguían las telarañas del año pasado, tejiendo fantasmas entre los adornos navideños del año antepasado; vi la cabeza de un maniquí que me hizo pensar en un huevo de avestruz, los alimentos enlatados que jamás se venderían por contener quizá sólo cucarachas, mi reflejo opacado y dividido inexplicablemente en cuatro por los lamparones de la vitrina.

Esteban y Carlos llegaron al cabo de unos minutos, las sonrisas de oreja a oreja, las manos en los bolsillos. Rito apareció treinta segundos después como de costumbre, como desde lejos para que supiéramos una vez más quién era el líder, a quién teníamos que esperar para encender el primer Camel y referir nuestra fuga de las garras paternas y decir Rito, eres el único que no trae nada, ni mochila ni sleeping. Lo oímos reír, murmurar con una mueca llena de dientes no es cierto, traigo mi navaja, es todo lo que se necesita, putos. Otra carcajada y Rito se burlaba de nosotros y nosotros felices por reírnos con él, sintiéndonos pendejos con tanto bulto a cuestas, orgullosos de ser los mejores amigos de Rito y de que Rito fuera nuestro mejor amigo aunque se carcajeara en nuestras narices y se sintiera nuestro padre y por cierto, Esteban, ¿no te pegaron? Cómo podíamos dejar de quererlo, el más grande fanfarrón de nuestro mundo reducido a unas cuantas casas y a catorce años de coníferas en torno del pedazo de tierra donde abrimos los ojos: Rito el ladrón de las bicicletas de cada verano, Rito el del fetiche de látex arrugado en un bolsillo de los pantalones, Rito el que decía vámonos a jugar en las tumbas. Y ahí íbamos todos, fieles como el perro naranja del carnicero aquella tarde en el baldío tan semejante a esta tarde: el sol igual de mutilado por una nube aborregada, la tierra de las calles igual de suelta en nuestros pasos.

Eran las cinco cuarenta y cinco cuando nos internamos en la vereda silvestre que según Rito nos llevaría directamente al deshuesadero, un atajo que había descubierto meses atrás. Él iba a la cabeza de la fila india. Sin decir nada nosotros clavábamos nuestras huellas en sus huellas, confiados de que a pesar de tantos matorrales y espinas y gritos de pájaros localizaríamos el cementerio, seguros gracias a esa curiosa certidumbre que Rito nos infundía cuando iba adelante de nosotros, guiándonos como esa tarde con humo de cigarro en los ojos y en el viento las primeras canciones de rocanrol llegadas al pueblo. Elvis Presley y Bill Halley eran desentonados por nuestras voces; “Heartbreak Hotel” y “Rock Around the Clock” sonaban extrañas en esas cuatro gargantas inexpertas. El aire era tan azul que parecía desprenderse de los huecos entre los árboles, tan frío que podía ser exhalado por las pupilas de Rito mientras “Don’t Be Cruel” y “See You Later Alligator” se diluían en el bochornoso zumbido de los insectos.

Entre los arbustos saltaba el pelo de Rito, una melena rubia que un instante era visible y luego invisible, invisible y visible, ahora me ves, ahora no me ves. Carlos, Esteban y yo la seguíamos a risotadas nerviosas porque las espinas nos acariciaban por todos lados; los pinos nos arrojaban breña sobre los hombros como si se mofaran de nuestro cargamento de falsas comodidades. Envidiábamos a Rito, sin una gota de sudor en la frente y en los Levi’s una simple navaja, el amuleto que nos había obligado a ensangrentar un pacto de hermandad secreta y a asumirnos como los cuatro mosqueteros, uno para todos y todos para uno. Porque todos éramos Rito y Rito era nosotros de alguna manera, un club de un solo miembro o un adolescente con cuatro facetas que cada tarde se refugiaba en un árbol desvencijado a fumar y discutir consigo mismo sobre rocanrol y películas de aventuras, las primas de la ciudad y las faldas con crinolina, la masturbación y las cicatrices del crecimiento paulatino, el miedo de ser hombre y permitir que la casa del árbol se pudriera con todo y las cervezas jamás empinadas.

Caminábamos tras nuestros propios cabellos, una señal rubia entre la vegetación donde acechaban arañas esmeralda y gusanos que se retorcían como títeres en el extremo de un hilo. El sol atravesaba las ramas de los pinos para divertirse con nuestras facciones, entretejía luz y sombra y diseñaba patas de bichos sobre los párpados, larvas de mosca junto a la nariz mientras cantábamos y Rito iba varios metros adelante de nosotros o nosotros varios metros adelante de Rito o viceversa o todo lo contrario, nadie adelante de nadie y todos juntos, uno para todos y todos para uno, voraces exploradores de esa jungla llamada pubertad.

ESTEBAN

Veinte o veinticinco minutos después de la cita frente a la tienda del Gato llegamos al deshuesadero. Lo distinguí entre arbustos y árboles antes que Carlos y Manuel, incluso antes de que Rito gritara ¡maricón el último que toque la verja!

Primero vi una serie de barrotes puntiagudos, negros como debían ser los pecados que tanto criticaba papá sin saber que mamá los cometía cada fin de semana cuando él iba a la ciudad por asuntos de negocios y nos dejaba solos a ella y a mí. Mamá aprovechaba jueves, viernes y parte del sábado; luego de que papá se alejaba en el Plymouth, se ponía a inventar pretextos como si no me percatara de lo que sucedía en su dormitorio y era ir por la leche o vete a jugar con tus amigos porque tengo visita, cielo, como si yo todavía fuera su niño de ocho años y encima estúpido. Si le platicara lo que Rito nos contaba en la casa del árbol, si supiera que medio pueblo le decía la puta oficial, la más barata de la región porque para acostarse con ella bastaba una botella de whisky… Papá estaba demasiado ciego o demasiado idiota o ambas cosas; cuando regresaba el sábado por la noche la besaba igual que diario. Tal vez sus negocios en la ciudad eran similares a los de mamá en el pueblo y los dos a gusto con su matrimonio hipócrita; aunque esto le corresponda a Rito más que a mí, mamá y papá vivían mentira tras mentira, pecado tras pecado, como los barrotes que divisé antes que nadie.

Después vinieron las hileras de cruces y los ángeles mancos en la distancia y la carrera para evitar ser el maricón del club. Carlos y Manuel iban adelante de mí y Rito adelante de ellos, siempre más adelante, todos raspándonos y dejando jirones de camisa en las espinas, dos fotos de rubias desnudas junto a un árbol para deleite de los ciempiés, en el suelo una resortera y unas mochilas que alojarían a los escarabajos pero la navaja aún en el bolsillo trasero de los jeans, tibia y concreta, único equipaje indispensable. Corrí lo más rápido que pude; la vegetación era tan verde como la mirada de Rito, que brincaba hecho un saltamontes ante mis ojos. De pronto se acabaron los pinos y las plantas y todo fue jadear a campo traviesa, aceptar que los pantalones eran demasiado angostos para que las piernas se alzaran sobre los pastizales, empezar a mover los brazos en un aleteo sin freno y volar hacia la verja negra, pasar encima de Carlos y Manuel y Rito con mis tenis rozándolos a cien kilómetros por hora, rebasarlos a lo pájaro y llegar en primer lugar al deshuesadero para no tolerar las burlas porque fui el último y Rito dijo ¡tenía que ser el Huesos! y Carlos y Manuel se doblaron de risa, atragantándose con el aliento que recuperaban junto a la verja mientras a sus espaldas el sol se hundía en una nube semejante a un agujero bermellón.

Los cuatro esperamos a que la sangre se nos bajara del rostro. No habían transcurrido ni cinco minutos cuando Rito comenzó a escalar los barrotes terminados en puntas de flecha, gritando que no debíamos entretenernos más. Y así nos volvimos lagartijas y el hierro se escurrió bajo nuestras uñas mientras yo decía cuidado con las flechas oxidadas, mamá dijo en el verano tétano seguro y Rito qué mamá ni qué mierda, no le hagan caso al Huesos, sólo había que trepar y saltar al otro lado como la mirada de Rito para caer de nalgas en un matorral desgreñado. Rito dijo casi te espinas el culo, Esteban, y Manuel y Carlos se carcajearon de nuevo. Descendí del matorral con el honor en los tenis y entonces vino el silencio como un calambre en lo más profundo del estómago.

Nos quedamos callados. El sol horadaba la lejanía y allí frente a nosotros estaba el deshuesadero, un espectáculo de tumbas y estatuas y lápidas invadidas de sombras rojas que se escabullían como salamandras, reptando en un desorden de colas y lenguas bífidas para subrayar las inscripciones que según Rito se llamaban epitafios y las fechas, el nombre de cada muerto sin nombre. Permanecimos petrificados el tiempo suficiente para que el sol se hundiera un poco más en su nube y la olfateara, enorme calavera que preludiaba los cráneos con que jugaríamos.

La realidad enmohecida del deshuesadero nos había convertido en cuatro estatuas de bocas abiertas y músculos encogidos, cuatro ángeles que habían dejado sus alas ensartadas en puntas de flecha y que ahora imitaban a los ángeles de mármol hartos de custodiar cadáveres que no les incumbían. Algunas gárgolas se desperdigaban por ahí, salpicando de gestos obscenos el paisaje de cruces y aureolas. La quietud era asfixiante, una mordaza agitada por el viento y por la voz de Rito que decía ¡a buscar los balones de futbol! sin tomar en cuenta los pinos que nos espiaban al otro lado de la verja, desde el mundo al que recién habíamos renunciado.

RITO

Cuando la parálisis nos liberó, eché a correr entre los matorrales con ganas de estar a solas en el deshuesadero sin tener que cuidar a Carlos, Manuel y Esteban, sobre todo a Esteban. Pinche flaco, qué culpa tenía de ser tan pendejo y despistado; al fin y al cabo era casi mi sombra, de mis tres amigos el que más me idolatraba con esa especie de fanatismo que es la fantasía de cualquier adolescente: ser modelo de otros y que te sigan a donde vayas, incluso a dormir a un deshuesadero. Por eso me preocupaba Esteban, tan distinto a los demás aunque después de todo éramos uno solo, ellos parte de mí y yo parte de ellos como un personaje con cuatro máscaras, mi navaja al mismo tiempo en sus bolsillos y en el mío. Los cuatro compartíamos ese instante de sepulcros y risas nerviosas; los cuatro sentíamos que una zarpa de hielo nos estrujaba los testículos cuando creíamos percibir una silueta grande y rolliza como una rata; los cuatro nos estremecíamos cada vez que un terrón se desprendía de alguna de las lápidas más viejas. Había que vernos: Esteban con un principio de pavor en la mirada verde, Carlos con una mano en el pelo rubio, Manuel inmóvil ante una estatua que esperaba mi señal para moverse, y yo sin dar la señal porque tenía los labios secos.

Todos intentábamos negar el pánico de haber dado con una tumba abierta igual que una boca, sus colmillos los pedruscos que surgían de las cuatro paredes y apartaban las raíces para luego colgar bruscamente sobre la sima. Tres o tres metros y medio de altura y nuestras cabezas allá abajo, en el fondo; el contorno de cuatro cráneos desdibujados por la luz de las seis se revolvía con los otros cráneos que se perfilaban en la penumbra, olvidados quizá por descuido del vigilante que no estaba a esa hora o si acaso estaba no salía de su choza junto a la verja, seguramente más lleno de aguardiente que las botellas que escondía en la alacena según decían en el pueblo.

Y entonces la pregunta fatal que no exigía palabras y que se coagulaba en la mente de cada uno, la pregunta y a la vez la respuesta porque de antemano todos sabíamos quién iría por los balones de futbol. Por eso preferí romper el silencio con una carcajada, acercarme al borde de la boca y antes que alguien dijera algo brincar y caer en cámara lenta, las piernas listas para convertirse en resortes al tocar el fondo, los brazos alzados como si de mis axilas fueran a brotar alas que me llevarían al infierno a mil kilómetros por hora; caer con el corazón en la garganta y regresar al momento en que habíamos trepado la verja para saltar al deshuesadero y yo había dicho casi te espinas el culo, Esteban; caer otra vez pero ahora dentro de una boca cuyos dientes resbalaban junto a mí en una ráfaga de mordiscos veloces. Por un segundo quedé suspendido en el aire como fotograma de película muda y me sentí el protagonista de Nosferatu, pero de golpe irrumpió el vértigo, la náusea se filtró a ese segundo y en mis intestinos se instaló el temor a seguir cayendo por una eternidad de segundos, el horror a nunca dejar de caer porque el fondo se veía más y más lejano y la boca se ensanchaba y los colmillos crecían hasta que por fin el suelo me acogió y las piernas me acuclillaron y mis tenis se sumieron en el lodo justo cuando un olor a huesos encajonados se disparó hacia mi nariz y mis brazos hallaron el equilibrio.

Sonreí desde el fondo de la tumba para que los otros se cercioraran de que no había problema; le devolvimos una mueca a Rito, que se dedicó a escarbar entre los huesos mientras nos daban ganas de vomitar. Conforme removía las calaveras, manchándome los dedos de musgo, noté que los de arriba tenían la cara transparente; Rito se aguantaba el asco que sentíamos al verlo hurgar en las cuencas vacías para quitarle tierra a los cráneos. Se los empecé a arrojar uno tras otro, seis o siete en total; nosotros los recibíamos y los apilábamos a un lado de la fosa, luchando contra las arcadas. Después Rito subió apoyándose en terrones y raíces y lo ayudamos a salir, todo sonrisas y jadeos, y ellos aún pálidos por estar frente a los balones de futbol; quizás apenas advertíamos que habían sido cabezas humanas iguales a las de nosotros y nos preguntábamos a quiénes habrían pertenecido, qué opinarían sus dueños si nos descubrieran jugando con algo que fue tan suyo, tan sus cabezas como las de nosotros y la de Rito.

De repente nos miramos y comprendí lo que cada uno pensaba: qué sucedería si en vez de cráneos desconocidos fueran nuestros propios cráneos, sus propias calaveras las que patearían y con las que anotarían goles en una portería improvisada. Sí, eran nuestras cabezas las que rodaban y rodaban por el deshuesadero, una procesión de órbitas y maxilares que el atardecer ensangrentaba a ras del suelo y que se detenía para que Rito prendiera un Camel y festejara el segundo gol de Manuel, cuatrouno a favor mío y de Manuel, claro, Carlos y Esteban eran muy lentos, tú portero y yo defensa, qué idiotas, como si fuera un equipo común y corriente, once jugadores y no dos contra dos; perdían el tiempo planeando estrategias que nunca ejecutarían pero allá ellos, Rito y Manuel no tenían técnica, eran niños de primaria, todo lo hacían al aventón y yo le decía a Carlos que pronto los empataríamos, vas a ver, les vamos a ganar, ¡cuidado con Carlos, Manuel! ¡No se te olvide que Rito es un cerdo, Esteban! ¡Rito, traes al Huesos detrás, acuérdate de las patadas! ¡Ojo con los codazos de Manuel, Carlos! ¡Gol, cincouno a favor de nosotros! ¡Eso fue trampa, carajo! ¡Son unos pendejos, Esteban! ¡Ah, qué chingón saliste, Manuel! ¡Váyanse a la mierda, no sean llorones! ¡Llorona tu puta madre! ¡Con mi familia no te metas, pinche flaco! ¡Métete la familia por el culo! ¡Gol, cincodos! ¡Dame un cigarro, ya me hicieron encabronar! ¡Eso te pasa por fumar como chimenea!

NOSOTROS

Y así prosiguió el partido durante más de media hora que se escurrió como premonición de lo que inevitablemente debía suceder en el deshuesadero. El sol naufragó en un letargo de vino tinto. Atónita, la luna despuntó para atestiguar nuestro juego y oír los insultos y las risas que pendían en el aire junto a los pétalos geométricos de las telarañas mientras el sudor nos pegaba las camisas a la piel.

Los cráneos rodaron entre nosotros. Los rompimos uno a uno; tanta edad, tanta fragilidad celosamente preservada entre tinieblas no podía soportar mucho tiempo los embates de nuestros tenis. Las seis o siete cabezas fueron despedazándose en una lluvia ósea: un tiro a gol y una mandíbula volaba, fracturando la brisa en un arco, a punto de aterrizar en nuestros hombros; una patada y la vista de un cráneo se descoyuntaba en el pie; un pase rápido y astillas amarillentas salían disparadas en todas direcciones para alfilerear la penumbra que envolvía al deshuesadero, un simulacro de luz hecho de humo y ceniza y la dilatación de las sombras. Nos dábamos cuenta de que oscurecía porque algo se había alterado alrededor y dentro de nosotros: un giro súbito de las estatuas cuando volteábamos a verlas, una especie de congelamiento de nuestro cansancio, una intuición que apestaba a verano marchito y nos angustiaba. Las ramas de los árboles se sacudían las últimas brasas solares y nosotros sabíamos que la noche era inminente y no nos importaba, creíamos que todo venía de una remota región cerebral: las gárgolas que conversaban entre sí, el sapo que parecía ahogarse en el agua estancada de una tumba, el terror a dormir a la intemperie sin traer más que una navaja en los jeans, la certeza de que el vigilante no se había emborrachado en el pueblo y había decidido ocultarse en su choza para espiarnos, sólo así se podían explicar los ojos que sentíamos en el viento y en la nuca.

Seguimos pateando cráneos hasta conseguir ocho-cuatro, nuevecuatro, nueve-cinco y cambio de balón porque a este ya se le botaron las quijadas; nueve-seis, nueve-siete, diez-siete y a este ya le volamos la tapa de los sesos; diez-ocho, diez-nueve y la penumbra caía sobre nuestros cigarros, ojos fluorescentes que evocaban el ojo moribundo del sol y esos otros ojos que nos veían desde cualquier punto o desde todos los puntos al unísono. La noche expandía su universo óptico para vigilarnos; había pestañeos raudos como lagartijas, pupilas insinuadas en el canto de los grillos, perros ocasionales que llenaban el horizonte con su letanía. Nos habíamos quedado fuera del gran párpado del día que terminaba de cerrarse y por eso tantos ojos, por eso nosotros al otro lado del día y la noche cerrándose como otro párpado y el sol vuelto una cicatriz violeta en la distancia y de golpe un aire frío, el alud de ladridos que agitaba el silencio, la patada que remataba en un diez-diez, cabrones.

El último cráneo se desbarató en nuestros tenis; sus fragmentos trazaron una parábola tras la portería. Por varios minutos permanecimos inmóviles, congelados como el sudor en nuestra piel, oyendo el escándalo de los perros y el parpadeo de las miradas nocturnas, seguros de que algo nos acompañaba en el deshuesadero: algo que era casi una presencia humana y a la vez no lo era, algo que podía ser nuestra imaginación que nos gastaba una broma. Nos volteamos a ver con los ojos verdes bien abiertos y una especie de culpabilidad que ya empezaba a despertar nuestra conciencia, haciéndonos entender el significado de prohibido. Y sin embargo, queríamos que el futbol continuara, qué carajos, diez-diez, imposible aceptar un empate; aún había un poco de luz en lontananza, un fulgor similar a un hilo de sangre oxidada, y además allí estaban las estrellas, el sabor a luna en la punta de la lengua. El hilo de sangre en el cielo nos remitía a ese otro hilo convertido en firma sobre nuestro pacto de hermandad secreta, el trozo de papel que cargábamos siempre en un bolsillo de los jeans junto a nuestro fetiche de látex y nuestros sueños de conquistadores y los cerillos que sacábamos para encender otro Camel y tratar de olvidar las miradas en la nuca. Un ridículo nerviosismo causó que nuestra voz surgiera del estómago cuando gritamos ¡a buscar más balones para el desempate! y nos lanzamos a la caza de otra tumba abierta, una fosa donde no se ahogara un sapo como el que aún croaba. El solo hecho de pensar en el anfibio agazapado en la oscuridad, listo para brincarnos a la cara, nos ponía la carne de gallina; el humo se nos atoraba en el paladar, la saliva se nos espesaba.

Así fue que nos entregamos a la búsqueda de otras bocas destapadas en el suelo, aguzando el oído para identificar sus bostezos, cuidándonos de las gárgolas y sus susurros. La luna se exprimía entre los pinos y difuminaba el follaje mientras recorríamos el deshuesadero; nos sentíamos Sam Spade con algo de Dick Tracy, quizá un poco Nosferatu por nuestros movimientos de película muda y porque además estábamos mudos. Nadie hablaba, sólo el viento en su infinito diálogo con el mármol. En la lejanía los perros le aullaban a un dios perdido entre los arbustos, tal vez al animal que habíamos inmolado en un lote baldío como parte de los ritos de paso de la pubertad. Comprendíamos que estábamos haciéndonos hombres y por eso la mascota naranja del carnicero había dado tumbos entre nuestras risas, incendiando una parcela de nuestra juventud al igual que los cigarros, llevándose en el hocico un jirón de nuestra inocencia; un jirón que había anticipado el hilo rojo que goteó sobre el papel luego del ir y venir de la navaja en nuestro índice. Debíamos sepultar al niño que aún traíamos dentro, enterrar sus pantalones cortos ahora que nos encontrábamos en el deshuesadero jugando por primera vez con la muerte, burlándonos de ella en un lúgubre partido de futbol que tenía que seguir. Por eso saltábamos entre las estatuas en pos de otros balones, un Camel recién prendido en los labios, y nos carcajeábamos al comprobar que el hombre captado por el rabillo del ojo era un ángel ciego, y suspirábamos de alivio al descubrir que lo que reptaba bajo nuestros tenis era únicamente una rata.

Exploramos el deshuesadero con el tabaco raspándonos la garganta y los nervios. Acabábamos de subir a una tumba para normalizar la respiración y tener una mejor perspectiva de los sepulcros cuando sucedió lo que debía suceder, lo que ya estaba previsto que nos sucediera al violar la quietud del deshuesadero e incluso desde antes, mientras cantábamos a Bill Halley y Elvis Presley o nos reuníamos frente a la tienda del viejo Gato o imaginábamos mentiras para fugarnos de las garras paternas o cuando en la casa del árbol uno de nosotros dijo, en medio de una bocanada de humo, vamos a jugar futbol entre las lápidas.

Un instante me hallaba allí, de pie sobre una tumba fumando un cigarro, y al siguiente ya no: un segundo sí y luego no, visible e invisible, ahora me ves, ahora no me ves, abracadabra. Creí seguir parado y cuando reaccioné estaba cayendo; la losa que cubría la tumba se había vencido bajo mi peso y ahora me precipitaba en una boca larga y profunda, custodiado por terrones y esquirlas de granito. La noche se transformó en un rectángulo índigo con estrellas cerca de los bordes; empezaba a verla desde abajo de la tierra. De nuevo quedé suspendido en el aire por la eternidad de la caída y ya no fueron tres o tres metros y medio sino cuatro, cinco, cincuenta, quinientos mil metros, los suficientes para despeñarme durante una hora, tres días, seis semanas, nueve meses. La oscuridad se frotaba contra mi piel y mi ropa y las rasgaba con pedruscos o dedos o dientes salidos de quién sabe dónde, de todas partes o de ninguna; la oscuridad y a la vez un caleidoscopio de colores y sensaciones que me hacía perder toda noción de tiempo y distancia y caer seguido por rocas y pedazos de una inscripción que conmemoraba al dueño de la boca que me devoraba; caer despellejándome la cara y las manos en los colmillos de la tumba y aspirando el hedor más penetrante del mundo, la fetidez de lo que acechaba allá abajo con los brazos bien abiertos como mis ojos; caer hacia un fondo cada vez menos lejano mientras asumía que en ese fondo me aguardaba una noche doblemente noche y algo más, una sacudida que me rompería la columna antes de que las tinieblas cerraran sus quijadas sobre mí, quizás un abrazo tan gélido que me obligaría a comprender que nadie me ayudaría a salir, que estaría solo como siempre había estado, que Carlos y Manuel y Esteban continuarían siendo los mismos inútiles fantasmas que yo había inventado para ser el líder de un club que nunca existió, los mismos amigos ficticios que jamás me rescatarían y que me acompañarían hasta el final de la caída, cuando todo se redujera a un relámpago de dolor antes de que la noche se colara a mis poros, justo antes de aceptar que mi destino sería esperar pacientemente a que alguien desenterrara mi cráneo para astillarlo durante un partido de futbol y recordarme que a fin de cuentas la idea había sido mía aquella tarde con el sol medio quebrado en el horizonte.

LA DULCE PESADILLA DE SOFÍA

Como cada domingo que se dejaba asfixiar por el oro fundido de la siesta, Sofía empezó a soñar con la terraza. Allí la tarde jugaba a trenzar hebras de luz y sombra entre las macetas, en las divisiones de las baldosas, quizás hasta en los canarios que gorjeaban melancólicamente al fondo de la casa envuelta en el sopor estival.

Primero vino un entumecimiento delicioso, la sensación de manos que con cariño depositaban piedras en el pecho y las rodillas. Segundos después –aunque en el sueño no existía el tiempo, decía mamá durante la cena– llegó el cosquilleo en la cintura, una oleada de hormigas que escaló el vientre y los pezones de ocho años y se detuvo en el cuello con una efervescencia similar a la del Alka-Seltzer que papá tomaba antes de dormir. Por último fue la telaraña que de un jalón se untó a los ojos e hizo recordar las mascadas de mamá, la impresión de que alguien arrojaba un sombrero sobre el rostro para clausurar ese canto de aves a lo lejos y permitir que la saliva fluyera, espesa y caliente, rumbo a la almohada por donde deambulaba una mosca.

Y así Sofía fue entrando en el sueño de puntillas, quedito quedito, como le hubiera gustado entrar en el cuarto de papá y mamá cuando se encerraban por la noche. Papá comenzaba a alzar la voz y mamá intentaba calmarlo pero mejor sollozaba; luego eran las patadas en la pared, el mueble volcado en el suelo, los misteriosos insultos de papá, las súplicas de mamá transformadas en gritos y al cabo de unos minutos en quietud, acre silencio segado por golpes que podrían ser producidos por un látigo al morder la carne.

Sofía pasó a su pesadilla a través de una puerta de madera ajada que se abrió conforme alguien le quitaba del rostro el sombrero con olor a naftalina. De pronto ahí estaba ella, de pie en la terraza con vis ta a la calle, enfundada en el vestido blanco que papá quemó en un acceso de cólera y que mamá había comprado para una primera comunión cada día más incierta.

Sofía brincó, asustada por el estallido que reverberaba en sus tímpanos. Volteó hacia atrás, el corazón desbocado, y se sintió tonta al descubrir que la explosión la había provocado la puerta principal, empujada por una ráfaga proveniente del interior de la casa. Sonrió: mamá no había cerrado la puerta, qué olvidadiza. Papá se molestaba cuando oía ese ruido y empezaba con los reproches: a ellas les tenía sin cuidado la propiedad que les había regalado el abuelo, si a ellas no les importaban los muros de por sí jodidos entonces que los derribaran, mejor destruyan la casa de una vez por todas y se acabó, viviremos más felices bajo los escombros, entre el polvo y las ratas. Siempre las mismas injurias, la misma furiosa letanía mezclada con el gorjeo de los canarios.

Transcurrieron varios segundos –aunque en el sueño no existía el tiempo, ¿quién decía eso?– y no hubo señales de que papá fuera a aparecer en el umbral, las facciones encendidas por el alcohol que mamá le traía del supermercado. La puerta continuó azotándose contra la pared, marcando el ritmo cardiaco de Sofía que ya se normalizaba: uno dos, uno dos. Sin soltar la escoba que alguien le había colocado entre las manos, ella cerró la puerta con excesiva lentitud, disfrutando la brisa que soplaba desde el patio trasero. Se alarmó al ver, por el rabillo del ojo, las plantas que se mecían en las macetas como esqueletos verdes.

Nunca le había gustado estar más de lo necesario en la terraza. Quizá por la manera en que las sombras reptaban por el piso, te jiendo una maraña de serpientes cuyas pupilas correspondían a los poros de las baldosas. Quizá por el tintineo con que el candil se balanceaba en el cielo raso al recibir las caricias del aire, por las plantas que seguían el compás del candil con un vaivén de tallos y hojas, por las butacas de mimbre que remitían a cabezas recargadas en los muros. Quizá porque ese era el lugar favorito de papá, el rincón donde se sentaba a descansar la mayoría de las tardes con una botella entre las piernas, la camisa desabotonada, los ojos desesperadamente fijos en la calle al otro lado de la verja que circundaba la casa, los labios apenas abiertos para reproducir viejas canciones de la radio. Sea como fuera, a Sofía no le terminaba de convencer la terraza: demasiada penumbra incluso a mediodía, demasiado olor a papá flotando como avispa en los rayos del sol.

La niña respingó al sentir frío en los talones. Estaba descalza; zapatos y calcetas se habían esfumado. Frunció el ceño, molesta por las agujas de hielo que trepaban hacia sus tobillos, e imaginó músculos y tendones invadidos por una capa de nieve que crecía y crecía y crecía. Se apoyó en la escoba y levantó el pie izquierdo para examinarlo de cerca; hizo lo mismo con el derecho. No se sorprendió al ver que la piel de ambas plantas era una costra de callos surcada por hendiduras donde la sangre se coagulaba. Pero no había dolor, sólo el frío que ahora le llegaba a las pantorrillas.

Los canarios cantaban, frenéticos, impacientes. Sofía avanzó entre las macetas y las butacas; advirtió que el suelo estaba empapado, que el sol que se filtraba hasta allí se disolvía en una gelatina por efecto del agua. Se detuvo frente a los escalones que se desplomaban en un desorden de piedra hacia el jardín y la verja, atenta a los rumores de la calle.

Nada. Ni una ambulancia rumbo al hospital más próximo, ni un claxon que astillara la tarde. Ni siquiera los pasos de un hombre con un periódico bajo el brazo, el ajetreo de una mujer que iba retrasada a su cita de cine o café: nada. Qué raro. El silencio del domingo era más denso que nunca, casi un tallo que se podía masticar. La ciudad se reducía al trozo de calle recortado por la verja y al semáforo que parpadeaba, estúpido y solitario, en una esquina cercana. La ciudad, bien lo decía mamá, moría un poco cada domingo al crepúsculo.

Sofía estornudó; el perfume de los rosales que poblaban el jardín era insoportable. Volteó hacia ellos. Por un momento creyó que las espinas habían aumentado de tamaño hasta volverse cuchillos como los que papá afilaba en la cocina cuando no podía dormir, pero bastó que se frotara los ojos para que los cuchillos recuperaran su condición de espinas mientras las rosas cabeceaban en el aire, lánguidas, hediondas. Sus pétalos, recorridos por mosquitos, develaban un centro jugoso rodeado de vellos que tenían algo de pestañas. Sofía se sintió incómoda al confirmar que sí, los ojos incrustados en las flores se abrían para observarla; las pestañas se desplegaban, sí, no era una ilusión, ahuyentando los insectos que volaban para posarse de nuevo en la pupila, en el cálido iris. Las rosas estudiaban a la niña y se balanceaban adelante y atrás, adelante y atrás.

Sofía bajó la mirada. Pensó, al notar los rasguños en sus piernas, que quizás había caminado mucho tiempo entre espinas o cuchillos; además su vestido estaba sucio, cortado toscamente a la altura de las rodillas. Suspiró, pasándose una mano por la melena que le caía como un haz de trigo hasta abajo de los omóplatos.

Alguien derramó una cubeta a sus espaldas. El agua le mojó los pies y resbaló por los escalones: drip drop, drip drop. Un hilillo corrió por el último peldaño, se deslizó entre los rosales, alcanzó la verja y se perdió en la paz dominical de la avenida.

–A la hora que usted quiera, señorita.

Inflamada por la rabia y el alcohol, la voz de papá sonó como balazo en la terraza. Las rosas parpadearon velozmente: uno dos, uno dos. Sofía no pudo evitar un sobresalto; estuvo a punto de soltar la escoba mientras el corazón le subía por la garganta en una ráfaga amarga. Tragó saliva. Giró. La voz de papá era ya un eco en los muros, la araña que rehuía ágilmente la gelatina solar de las baldosas, el cuchillo olvidado en una butaca de mimbre.

Mamá dejó caer la cubeta que sostenía: clonc. Se arrodilló y comenzó a tallar el piso con una escobeta; de cuando en cuando se quitaba el mechón que el sudor le pegaba a la frente. Pronto la terraza se llenó de ese sonido semejante a la marea que exprimía la mugre del suelo con una cadencia circular, precisa. En vano Sofía trató de localizar a papá; aparte de mamá sólo estaba el cuchillo en la butaca, la araña neurótica, el eco en las paredes. Así que sonrió, más tran quila, y dio unos pasos, chapoteando y arrastrando la escoba, trazando estelas en el agua. Se detuvo junto a mamá y la llamó varias veces. La única respuesta fue la marea que eructaba pompas de jabón.

Ríos de cochambre surgían de las manos de mamá, que mantenía la vista baja. Al acuclillarse, Sofía volvió a llamarla por su nombre; logró verle el rostro y ahogó una exclamación de asco. Las facciones de mamá estaban hinchadas, atravesadas por verdugones que remitían a los puños de papá, los nudillos de papá estrellándose en los pómulos porque otra vez azotaron la puerta, otra vez se bebieron mis refrescos; les voy a enseñar lo que es el respeto a las cosas ajenas y ojo por ojo, diente por mira allá va tu diente, ustedes me joden y yo me las chingo.

Sofía inspeccionó la cara de mamá: los labios tumefactos, la nariz torcida por un golpe, la quemadura de cigarro cerca del ojo izquierdo, la cicatriz en la sien que quizá correspondía al filo de un mueble. Y mamá talle que talle, dale que dale la marea y su ocasional burbuja irisada como si fuera tan fácil eliminar la mugre de papá, como si la oreja derecha no estuviera casi desprendida y el vestido de novia no se redujera a pedazos, una colección de jirones que apenas cubrían la desnudez materna. Sofía tocó un hombro en el que se dibujaba la inconfundible señal de un mordisco y lo sacudió. Todo lo que hizo mamá fue detenerse un momento para toser; reanudó la limpieza mientras una lágrima zigzagueaba por su mejilla, pálida fruta magullada.

–Cuando tú quieras, princesita.

La escoba se escapó de las manos de Sofía: plop. Ella se incorporó, torpe. Casi tropezó con la cubeta al voltear hacia las butacas de mimbre y descubrir que el cuchillo era acariciado por unos dedos ansiosos.

Papá torció la boca en una mueca que intentaba ser sonrisa; espinas de rosal habían sustituido sus dientes. Dio un trago largo a la botella que tenía entre las piernas y Sofía distinguió, en el fondo ámbar, varios insectos que se agitaban. Sintió náuseas mientras la falsa sonrisa de papá desaparecía y daba paso a una voz que venía de todas partes y de ninguna.

–Ayuda a mamá, tigresita, ¿o quieres unas buenas nalgadas?

Los labios de papá no se movieron. Otro trago a la botella y los dedos en el cuchillo, la camisa desabotonada hasta el abdomen, las primeras notas de una vieja canción en el aire. Los canarios habían enmudecido.

Mamá continuaba tallando sin inmutarse; su mejilla estaba seca. Sofía recogió la escoba y empezó a barrer la mugre que brotaba de las manos de mamá, llevándola hacia los escalones de la terraza. Cascadas negras bajaron rumbo a los rosales que parpadeaban; el agua se perdió tras la verja, en la calle donde el único elemento vivo era el semáforo y su mirada triple y estúpida.

Sofía observaba con fascinación el líquido que corría por los peldaños. Era como si toda la inmundicia de la casa hubiera decidido huir, regresar a la ciudad de donde papá la había traído día con día al salir del trabajo. Para Sofía la ciudad era papá, esa figura monolítica que tenía algo de edificio en la piel: papá y sus rugidos en los que se intuían embotellamientos, choques, autos fuera de control; papá y sus golpes que congregaban asaltos a mano armada, sirenas como las que se oían con mayor frecuencia al despuntar la luna, titulares de la nota roja que mamá hojeaba durante el desayuno. Papá y los fragmentos de ciudad que se guardaba en los bolsillos para distribuirlos por la casa: en la sala un claxon de autobús, en el comedor la silueta de un perro callejero, en el dormitorio la guitarra de un músico ambulante; aquí el radio de un taxi, la navaja de un delincuente, y allá una antena, un poco de esmog. Papá y la ciudad enterrada hasta la médula: oscura su ciudad, honda suciedad que ahora volvía a su lugar de origen.

Sofía sintió –porque en sus sueños sentir se anteponía a escuchar, de hecho sentir se anteponía a todo– que papá se despegaba de la butaca y se encaminaba al centro de la terraza; casi pudo verlo avanzar con el cuchillo entre las manos antes de girar para cerciorarse. Y sí, papá se acercaba a mamá por detrás, lentamente; su cautela, sus dientes de rosal lamidos por una lengua rugosa, hicieron que Sofía evocara el anuncio de la tienda a la que nunca se le había permitido entrar, ni siquiera acompañada por mamá que a veces iba a surtir uno de los exóticos encargos paternos y salía con una bolsa en la que se adivinaba un garfio, una cadena, el borde de unos círculos llamados grilletes que Sofía no podía asociar con los insectos que tocaban su violín de madrugada. El anuncio de la tienda era un tigre de neón que saltaba eternamente en pos de su presa, un pájaro o una nube. Las patas extendidas, las fauces abiertas para devorar el atardecer, los colmillos filosos: papá era ahora el equivalente tridimensional del tigre. Sus movimientos rezumaban la misma agresividad eléctrica del anuncio y era como si el anuncio rondara a mamá para reclamarle por qué tantos fetiches comprados, por qué tanta correa de cuero y tanta parafernalia metálica; papá de neón aproximándose a mamá y alzándole los jirones del vestido de novia, hundiéndole el cuchillo entre las piernas para frotarla suave, aceradamente.

–Qué bueno que estás en casa, mi amor.

Hilillos carmesí surcaron los muslos de mamá, que esbozó una sonrisa donde cabía toda la dulzura y la fidelidad de una esposa después de varios años de feliz matrimonio. Aunque sus labios permanecieron cerrados la palabra amor retumbó en la terraza, que se adentraba ya en una penumbra de durazno. Al fondo del domingo un canario gorjeó, el último trino del crepúsculo. El silencio se reinstaló mientras el agua cochambrosa seguía fluyendo hacia la avenida, integrándose a la ciudad que acechaba más allá de la verja y registraba todo con su ojo rojo, su ojo amarillo, su ojo verde. Los rosales habían dejado de parpadear.

–Es bueno estar en casa. Ven acá.

Papá retiró el cuchillo de entre las piernas de mamá; un óvalo de humedad le manchaba los pantalones, justo en el área del cierre. Mamá se incorporó, limpiándose los muslos con la escobeta para luego soltarla: splat. Papá la tomó de la mano y juntos se dirigieron a la butaca de mimbre, donde él depositó el cuchillo. Se dieron un beso largo y, conforme desaparecían como engullidos por la casa, Sofía se preguntó qué sentiría mamá al tocar con su lengua esa lengua de asfalto, a qué olería la saliva de papá al entrar en contacto con la de mamá: de seguro a jardín, ya que sus dientes eran espinas, o tal vez a rosas entre los vapores de la tarde. Qué lindo, qué lindo: papá abría la boca y exhalaba un aroma a rosas profundas, rosas violentas, rosas de neón extraviadas en el paladar. Qué inquietante advertir apenas que la terraza estaba más callada que nunca a excepción de la puerta que, aunque no soplaba ni una brizna de viento, se azotaba a intervalos regulares: plaf, plaf. Sofía imaginó las lenguas de papá y mamá enredadas como lagartijas y recordó aquel lejano domingo en que se le ocurrió hincarse a media calle luego de comprobar que no había moros o mejor dicho coches en la costa. Recordó el sabor a desperdicios antiguos que le inundó la boca cuando su lengua dio la primera lamida al pavimento; qué chistoso, pensó, era el mismo sabor que desprendía el rostro de papá las pocas veces que ella se atrevía a lamerlo. Qué curioso que uno debiera acudir a la calle para tener el verdadero sabor de papá entre los dientes.

Sofía soltó la escoba: plop otra vez. Miró el semáforo y notó que tampoco parpadeaba: sólo destellaba la luz roja. Bajó la vista: la mugre no paraba de brotar, parecía que la limpieza de la casa no concluiría nunca. Avanzó hacia donde yacía la escobeta de mamá; quiso alzarla pero de inmediato se arrepintió. Las cerdas de la escobeta eran cabellos que evocaban a mamá cuando se sumergía en su baño de burbujas después de la siesta, mamá al salir de la tina al otro extremo del patio y mientras se secaba el pelo con una toalla en la que se delineaban uñas de moho.

Proveniente del interior de la casa, un grito femenino se estrelló como puño en las paredes y el olor a rosales. Sofía respingó y al mismo tiempo se desplomaron tres moscas, gotas azules en el lavabo del verano: drip, drip, drip. Las plantas se estremecieron en sus macetas: pfff, pfff. La puerta continuó azotándose: plaf, plaf. Alguien, en algún rincón de la casa, prendió un radio y la atmósfera se llenó de estática, un clamor de abejas iracundas: bzzzzzz. Era la hora del noticiero policiaco. De un momento a otro un locutor empezaría a enumerar homicidios, violaciones, víctimas de un tigre de neón que anda suelto por las calles, acuérdense que el domingo es el día más peligroso en nuestra gran urbe. Y papá sonreiría, satisfecho.

Con pasos inseguros, Sofía fue a la puerta y la abrió de par en par. Ingresó en una penumbra más honda que la de la terraza, perfumada de rosas y excremento de canario, y atrás, muy atrás de ese aroma, alcanzó a percibir un débil tufo sanguíneo, un centelleo carmesí entre todas esas sombras ocres, doradas, anaranjadas. Porque entrar en la casa era como entrar en una naranja madura en la que cada gajo correspondía a una habitación, cada semilla a uno de los muebles inexplicablemente cubiertos por sábanas; sí, era cierto, los domingos la construcción se transformaba en una naranja, al fin y al cabo qué eran los domingos sino frutas caídas del árbol semanal. Y allá, en un gajo de la casa, un radio ardía, consumiéndose en el fuego de la estática, tragándose las cenizas de un grito demasiado materno para ser ignorado.

Luego de revisar la sala, donde tropezó con una defensa de automóvil y los faros delanteros de un autobús, Sofía pasó al comedor. La mesa estaba dispuesta para la cena: los tres lugares de siempre y al centro un candelabro con tres velas; la de en medio, la más grande, apagada. En la cabecera, sobre el plato de papá, descansaba un collar canino. A la derecha, en el plato de mamá, un montón de pétalos rojos. A la izquierda, en el lugar de Sofía, una muñeca de porcelana con un tigre de vidrio que se le metía entre las piernas, olfateándole algo bajo el vestido de primera comunión. La niña se acercó a su silla, levantó el tigre y lo arrojó contra la pared. Sonrió. Adiós, tigrecito comprado en una tienda vedada; hasta nunca, tigrito fugado de la selva de concreto. Ahora sólo quedaban dos tristes tigresas para la hora de cenar, dos tigresitas taciturnas sumidas en el sopor de una naranja podrida. Y el radio dale que dale, quemándose con su idioma hueco. Adiós, tigre, adiós.

Después fue la cocina repleta de taxímetros salpicados de salsas y zumos, la despensa convertida en almacén de letreros de calles y señales de tránsito, la estancia donde mamá acostumbraba leer la sección policiaca y que se hallaba poblada de anuncios de neón, todos encendidos para crear una confusión eléctrica que zumbaba como una noche en miniatura, noche de ciudad que había irrumpido prematuramente en una mitad de la naranja y que empujó a Sofía a salir al patio. Allí la luz era más espesa que en la terraza, como si papá hubiera derramado varias botellas de vino tinto y el vino se hubiera evaporado en esa neblina rosácea que envolvía los árboles y las jaulas donde flotaba un revoltijo de plumas. Sofía se acercó a la primera jaula y la abrió; una cascada amarilla le sepultó los pies. Lo mismo sucedió en la segunda jaula, en la tercera, en la cuarta, en la quinta. El espectáculo no varió: alguien había decapitado y desplumado a los canarios que por un insólito capricho de la gravedad se mantenían firmes en sus columpios, listos para remontar el vuelo en busca de sus cabezas. Ahí viene el tigre. Y entonces otro grito astilló el ambiente envinado del patio.

Sofía echó a correr hacia la segunda mitad de la naranja. Abrió una puerta y otra y otra. Atravesó la sala de televisión donde se hacinaban varios semáforos inservibles, el cuarto destinado a sus juguetes y ocupado ahora por pesadas antigüedades. Al llegar al estudio de papá, donde según mamá había libros prohibidos, se detuvo para recobrar el aliento. Allí estaba el radio que seguía escupiendo estática, un cráneo adormilado entre el polvo de un librero. Sofía se aproximó a él y lo apagó; el silencio desplegó rápidamente sus raíces hasta conquistar el núcleo de la casa. Cautelosa, la niña revisó los volúmenes alineados junto al radio; con el índice acarició los títulos grabados en los lomos, los nombres impronunciables de autores chinos e italianos. Al identificar al Marqués de Sade, uno de los favoritos de papá, se preguntó por qué mamá hablaba de libros prohibidos si todos eran tan bonitos, con sus pastas de cuero y sus dibujos de hombres y mujeres sin ropa abrazados como víboras. Papá decía que algunos dibujos eran verdaderas obras de arte realizadas por gente de la Edad Media. Y Sofía, por alguna razón, no lograba comprender a qué se refería papá con ese término: cómo era posible que alguien tuviera la mitad de sus años, que alguien dibujara cosas tan lindas con media edad extraviada. Adiós, libros sin respuestas; adiós a la edad partida en dos.

Sofía pasó al dormitorio de papá y mamá con el estómago flojo. Ni un ruido: el radio había muerto en un librero, cráneo inútil. Ni una brizna de aire que se colara por las ventanas abiertas al jardín que circundaba la naranja: sólo la penumbra frutal en los rincones, el olor a rosas y canarios como una segunda sábana sobre los muebles. Aquí el tufo a sangre era más penetrante, aquí los objetos disparaban la imaginación hacia el territorio de los miedos nocturnos. El ropero, por ejemplo, remitía a edificios clausurados al borde del derrumbe. El espejo del tocador no resplandecía como solía resplandecer cada domingo entre lápices labiales, pintura para uñas y pestañas postizas: ahora era un rostro oculto bajo un sudario.

Y la cama matrimonial, qué barbaridad, estaba movida de su sitio. Y en la sección del piso al descubierto, qué increíble, había una compuerta por donde podía caber un adulto. Y la compuerta, qué maravilla, estaba abierta como una invitación para ingresar al subsuelo. Y Sofía, qué niña tan curiosa, fue a la compuerta para toparse con los peldaños que se precipitaban en las negras entrañas de la naranja. Y resistiendo la tentación de ir hasta el tocador para arrancarle el sudario y ver si mamá estaba atrapada en el espejo, Sofía, qué niña tan nerviosa, empezó a bajar los escalones, los ocho años vibrándole en el vientre. Adiós, tigresita, adiós. Bienvenido el descenso resbaloso, el limo en la planta de los pies, el hedor a sangre cada vez más cercano y más intenso. Adiós, princesa de la terraza, adiós. Bienvenida la oscuridad.

Sofía tocó fondo –primero el pie izquierdo, luego el derecho– y volteó hacia arriba: el dormitorio de papá y mamá se reducía a una irradiación lejana. Suspiró y comenzó a caminar, extendiendo los brazos para tener un punto de referencia. Sus dedos tantearon la humedad hasta hallar paredes, una fresca sensación de musgo por donde se arrastraban otras sensaciones provistas de antenas y patas y vellos. Así que avanzaba por un corredor: qué alivio, pese al musgo que le babeaba las manos y que ella se limpiaba en el vestido una y otra vez. Ojalá que un tigre no se desprendiera de las sombras. Ojalá que por ahí no anduviera dando tumbos un auto o una motocicleta oxidada, un policía ciego por contemplar tanto semáforo. Ojalá.

Había filtraciones por doquier. La negrura era una ducha incesante: drip drop, drip drop. Sofía continuaba caminando, incómoda por las gotas que le estallaban en el pelo y los hombros y que adjudicaba al agua de la terraza, que a lo mejor conseguía escurrirse hasta allí. Qué diría mamá si la viera bajo esa lluvia de mugre y ciudad, descalza en un pasillo donde lo único reconocible eran los muros que hervían de alimañas.

Algo se deslizó con un chillido entre los pies de la niña, que no pudo ahogar una exclamación de horror. Probablemente una rata atraída por el olor a cobre, sí, papá afirmaba que las ratas vivían entre sombras, que sólo ahí podían dar a luz y ya te imaginarás por qué me encantan esos bichos, reina, luz y sombra, en qué paradoja tan extraña se mueven las ratas. Y Sofía, siempre aplicada, había buscado paradoja en un diccionario. Y se había quedado en las mismas. Y allá, a unos metros, se adivinaba un fulgor anaranjado, la oscuridad rasgada en un rectángulo. Alguien había herido la oscuridad, qué hermoso. Qué bello apresurarse hacia la cuchillada de luz, descubrir que se trata de una puerta entreabierta que hay que empujar con un gran esfuerzo porque sus goznes no están bien aceitados.

Sofía, siempre prudente, entró despacio en una estancia semejante a las que aparecían en varios dibujos del estudio. Mazmorras, les decía papá, o algo así. Mazmorras, qué nombre tan chistoso. A Sofía, quién sabe por qué, le hubiera gustado llamarse Mazmorra. La palabra se derretía entre los labios y chorreaba al suelo para describir en un murmullo el lugar donde se hallaba la niña, temblando de miedo pero feliz. Porque aquí se había concentrado el hedor a sangre, el eco de dos gritos. Aquí la luz moribunda del domingo se colaba por las ventanas enrejadas a nivel del jardín delantero, que Sofía ubicó mentalmente a ambos lados de los escalones de la terraza. Aquí el silencio era fracturado por el tintineo de las cadenas que pendían del techo como trenzas; algunas llegaban al piso pero todas, sin excepción, se mecían con la brisa que empezaba a soplar. Sí, aquí estaban las cadenas pero también los grilletes sujetos a los muros, los juguetes de hierro y madera tan parecidos a los de los libros de papá, las planchas que evocaban el hospital donde mamá había sido internada una vez, luego de la paliza disfrazada de caída por una escalera aunque la casa tenía una sola planta.

Aquí, en esta mazmorra anaranjada, con el vestido nupcial a la cintura, mamá colgaba de una trenza y se balanceaba de espaldas a Sofía. Colgaba de las manos, que alguien le había esposado en un aro de metal. Se balanceaba rítmicamente, empujada por la brisa: atrás y adelante, atrás y adelante. A mitad de su nuca un garfio brillaba, lúgubre. Sus pies goteaban, minuciosos: drip, drip, drip. Su cabeza se inclinaba adelante y atrás, adelante y atrás.

Y Sofía, qué niña tan buena, se acercó a mamá poco a poco. Y mamá, qué mujer tan grosera, siguió dando la espalda a su hija. Y Sofía, qué espanto, llegó junto a mamá y la hizo girar lentamente. Y mamá, por fin, accedió a mirar a Sofía que la observaba con ojos desorbitados. Y mamá, sin duda, sintió una envidia terrible al ver los ojos de su hija o al menos al tratar de verlos porque ella no tenía ojos: alguien se los había remplazado por un par de rosas. Y mamá, qué mujer tan apenada, separó los labios y soltó un débil gorjeo. Y Sofía, qué escándalo, abrió la boca para gritar pero justo entonces algo le bloqueó la mirada, algo que trajo una oscuridad olorosa a naftalina, una impresión como de sombrero que apretaba y apretaba y apretaba. Y en la oscuridad, un rumor de agua corriendo hacia una ciudad profunda. Y la voz de papá, perfumada de alcohol y domingos.

–Despierta, princesa. Mamá y yo te queremos. Despierta, tigresita.

Primero fue la telaraña que de un jalón se retiró de los ojos e hizo recordar las camisas de papá, la visión de la almohada por donde deambulaba un hilo de saliva. Segundos después –porque al salir del sueño había tiempo de sobra, decía papá durante el desayuno– llegó el cosquilleo en los tobillos, una oleada de hormigas que bajó del vientre y los pezones y se detuvo en los pies con una efervescencia similar a la del Alka-Seltzer que mamá tomaba cuando tenía jaqueca. Por último vino un vértigo delicioso, la sensación de manos que con cariño quitaban piedras del pecho y las rodillas.

Sofía parpadeó velozmente: uno dos, uno dos. Había logrado emerger de la siesta de oro fundido. Sonrió. Había despertado, qué alegría. Adiós a los tigres malévolos.

Bostezó, estirándose cuan pequeña era en la cama bañada de atardecer. Echó una ojeada al reloj de Tiger que descansaba sobre el buró: las seis veinte, qué flojera. Faltaban poco más de cinco horas para que se acabara el domingo. Y mañana a clases. Otra vez la rutina de maestras, compañeras, tareas. Otra vez la ciudad en vivo y a todo color. Los lunes eran la fruta más amarga de la semana: volver al sabor de los edificios, del humo, del tráfico. Qué lástima, lunes era un nombre muy bonito. A Sofía le hubiera gustado llamarse Lunes.

Bruscamente, como impulsada por un resorte, la niña se incorporó en el lecho al captar algo que no podía precisar, algo que se le iba de las manos. Como agua. Como mugre que regresaba a la mugre original. Paseó la vista por su dormitorio. Era el de siempre: las cortinas hinchadas por el aire que venía del jardín, las muñecas desbalagadas por el suelo y los muebles, las paredes con tapiz de pájaros y flores. Qué lindo, el dormitorio a media tarde. Aguzó el oído. Qué luminoso, el silencio de la casa. Tiger respiraba, plácido: tictac, tictac, tictac. En el patio los canarios gorjeaban, perfectos, melancólicos. La ciudad quedaba lejos, al otro lado del mundo. Y al fondo, muy al fondo de la quietud, un eco moría, desesperado. A lo mejor un grito. Pero quién sabe.

Sofía parpadeó: ahora se hallaba en el dormitorio de papá y mamá. Se miró en el espejo del tocador. Ya se había peinado y traía puesto el vestido que papá le había comprado para la primera comunión. Qué raro. Aunque se veía graciosa. Se concentró en los lápices labiales de mamá. Tomó uno. Un poco abajo, un poco arriba, y listo: su boca era el botón de una rosa estival. Devolvió el lápiz a su sitio. Se miró otra vez en el espejo. Hizo muecas. Sonrió, escudriñando los rostros de papá y mamá en el retrato de bodas sobre el tocador. Los dos le contestaron la sonrisa. Eran tan guapos, tan felices: qué pareja. Al ver el reflejo de la cama matrimonial, y movida por un absurdo recuerdo, Sofía se apartó del tocador y se arrodilló en el piso, cuidando de no mancharse el vestido. Alzó la colcha. Confundida, se preguntó por qué había imaginado una compuerta empotrada bajo el lecho, dónde había visto una cosa así. Quizás algún programa de televisión. Se incorporó. El ropero la contemplaba, intrigado.

En el estudio el radio funcionaba quedito quedito: el noticiero policiaco de las seis. Y mamá por ninguna parte. Sofía se acercó al aparato y lo apagó, identificando el título de algunos libros: aquí un ejemplar de la Biblia, allá las novelas de caballería que eran las favoritas de papá. Luego salió. Atravesó el cuarto donde sus juguetes parecían cuchichear y la sala de televisión en cuya alfombra yacía un suéter de mamá, qué descuidada. Llegó al patio y avanzó hacia las jaulas que fulguraban entre los árboles. Los canarios cantaban, aleteando y brincando en sus columpios, contentísimos. Tenían suficiente alpiste. Sofía pegó el rostro a una jaula. El pájaro quiso picotearle la boca, qué travieso. Una ráfaga hizo vibrar el patio, trayendo un aroma dulzón que sofocó el del excremento de los canarios. A lo mejor cobre. Pero quién sabe. La niña se sintió repentinamente mareada. Cerró los ojos.

Al abrirlos estaba frente a la puerta principal. Pese a que el mareo persistía, apoyó una mano en el picaporte y empujó. La puerta reveló la terraza despacio, despacio. El olor a cobre irrumpió en la casa, insoportable. Sofía estornudó. Llamó varias veces a mamá. No hubo respuesta, sólo el zumbido de los insectos que sobrevolaban los rosales del jardín. Y el susurro de la urbe que se entibiaba con algunas hebras de tráfico tras la verja. Y un goteo cercano. Drip, drip, drip. Quizá moscas. O un lavabo. O el crepúsculo hecho líquido en las baldosas. Drip, drip, drip.

La niña pasó a la terraza con el alma en vilo. Había distinguido a papá, al menos una mano de papá que sostenía una botella medio vacía. Estaba en una butaca de mimbre volteada hacia la calle, hacia el semáforo que parpadeaba en una esquina invisible: rojo, amarillo, verde. La mano izquierda. La botella. Verde, amarillo, rojo. Sofía se aproximó, qué princesa tan chismosa. Rodeó la butaca hasta situarse frente a papá, que tenía los ojos abiertos y la miraba como ella lo miraba y sonreía doble, por los labios y por el cuello. Y la sonrisa del cuello era más amplia que la de los labios. Más húmeda. Más roja.

Alguien derramó una cubeta a espaldas de Sofía. El agua le mojó los zapatos y empezó a resbalar por los escalones, teñida de carmesí. Un hilillo corrió por el último peldaño, se deslizó entre los rosales, alcanzó la verja y se perdió en la avenida dominical. Papá goteaba, terco: drip, drip, drip. El charco formado a sus pies era enorme. Tardarían varios minutos en limpiarlo. Qué lata.

–No te quedes ahí, reinita, ayúdame a recoger. Acuérdate que el abuelo viene a cenar y odia los tiraderos.

Giraste sobre tus talones. Yo dejé caer la cubeta, el cuchillo de cocina salpicado de gotas rojas: clonc. Intenté sonreírte pero no pude, hija, cuánto lo lamento. Sé que me comprendiste. Las dos estábamos tan emocionadas que se nos había olvidado cómo torcer la boca. Era fascinante ver que la sangre de papá regresaba a la ciudad de donde había venido, la mugre de vuelta a la mugre. Pero debíamos limpiar la terraza. Rápido. A conciencia.

–Ve por la escoba, tigresita. Ándale.

Obedeciste en silencio, como siempre: qué niña tan hermosa. Mientras yo iba por más agua comenzaste a barrer. Los peldaños cho rreaban. Los rosales se mecían en la brisa. Y tú, escoba en mano, se guramente pensabas que qué alivio, la pesadilla había terminado. Seguramente te despedías de todos los animales del sueño.

Hasta nunca.

Adiós, tigre, adiós.

NATURALEZA MUERTA CON VENTANAS

A Alain Robbe-Grillet, por el breve encuentro en Guadalajara

Un cigarro recién prendido se consume plácidamente. El humo forma una columna que al cabo de cinco o seis centímetros empieza a zigzaguear y a descomponerse en un extraño diseño que se enrosca sobre sí mismo, dibujando siluetas que parecen subir por una soga. El cigarro ha sido colocado en un cenicero de cristal verdoso: una mano abierta, con los dedos extendidos, trabajada con un esmero tan próximo a la manía que es posible distinguir arrugas, líneas y venas, la divisiones de cada falange e incluso algunas cicatrices en los dedos índice, medio y pulgar. La punta del cigarro se apoya en la palma de la mano y el resto, apenas inclinado, descansa en la muñeca mutilada. En el filtro hay señales de saliva que han comenzado a secarse. El humo trepa sin cesar, deshaciéndose en figuras circenses.

A la derecha del cenicero hay un reloj de madera labrada a mano, una antigüedad de aire barroco. La base está conformada por diez niños desnudos que sostienen la esfera de porcelana con manecillas negras, rodeadas de ángeles que devoran racimos de uvas. La manecilla menor apunta al número seis romano y la mayor se halla entre el dos y el tres; el tictac del reloj es casi inaudible, un murmullo que se diluye en el humo del cigarro. A la izquierda del cenicero hay una manzana madura partida en dos que, iluminada por una luz entre naranja y sepia, arroja una sombra paralela a la mano de cristal. El instrumento que partió la manzana permanece entre las dos mitades: un flamante cuchillo de cocina cuya hoja de acero inoxidable, sin mella ni mancha, lanza destellos plateados; todo indica que la fruta fue hendida de un tajo, un solo corte quirúrgico del cuchillo. Tras el cenicero, más cargada hacia la manzana que hacia el reloj pero aún sumida en la penumbra, hay una muñeca de porcelana con vestido de terciopelo guinda; está descalza y algunos bucles rubios, fugados del gorro que lleva atado bajo el mentón, le caen sobre la frente. Tiene un ojo azul bien abierto; el otro ha desaparecido. Entre sus labios gruesos y rojos, apenas separados, se advierte algo que semeja la punta de una lengua o quizás un opaco colmillo; manos y pies evocan una inflamación atendida a destiempo. Sentada en una revista abier ta en una página publicitaria, la muñeca tiene el vestido alzado hasta los muslos. Entre sus piernas se ven fragmentos de una fotografía en blanco y negro que abarca toda la página: el torso desnudo y el rostro torcido en una mueca de éxtasis de una rubia recostada en un lecho; también un brazo masculino que brota del pubis de la muñeca y hunde un cigarro bajo el pecho izquierdo de la rubia, en la piel sembrada de círculos diminutos. Al pie de la fotografía, junto a los talones de la muñeca, un eslogan pregona: “Encienda sus pasiones ocultas con los nuevos cigarros Frisson”.

La mesa en la que están el cenicero con el cigarro, el reloj de madera cuyas manecillas no se han movido ni un milímetro, la manzana partida en dos con el cuchillo incrustado en medio, la muñeca tuerta y la revista que despliega el anuncio de la rubia, es pequeña y redonda, de un mármol que alterna vetas rosadas y sanguíneas. Su base es una delgada columna de bronce. El extremo inferior de la base, el que descansa en el suelo, termina en un tripié rudimentario que hace pensar en raíces. El extremo superior, el que sostiene el disco de mármol, estalla en líneas que imitan una maraña de ramas entretejidas, por lo que la primera impresión que causa la mesa es la de estar frente a un árbol en miniatura, un escuálido baobab con la copa repleta de objetos.

Tres o cuatro metros tras la mesa, cargado a la izquierda de modo que la luz más naranja que sepia sólo baña la manzana partida, hay un enorme ventanal cuadriculado; las cortinas, de terciopelo rojo, han sido amarradas con cordones a los lados como si fueran trenzas. La cuadrícula del ventanal, hecha de pequeños travesaños de madera blanca y ligeramente ajada, se desdobla en el piso de la habitación; la silueta se alarga por efecto de la luz sobre la alfombra carmesí y se quiebra en la pared de enfrente, por la que asciende unos dos metros antes de interrumpirse con brusquedad. Junto al ventanal a través del que pueden verse unos pinos mecidos por un viento suave, la in sinuación de un parque o un bosque no muy lejano, hay una silla Luis XIV cuyo respaldo, forrado de tela oscura al igual que el asiento, presenta en su parte más alta una serie de incisiones practicadas con un objeto punzante. Ubicada a noventa centímetros de la mesa, la silla arroja una sombra que también se alarga en el suelo alfombrado y se quiebra en la pared que le queda a unos tres metros, donde traza un arco negro. El asiento de la silla está húmedo y hundido; de los brazos y las patas delanteras cuelgan fláccidas correas de cuero. Algunas hebras de humo, atraídas por la luz que desprende el ventanal, se escurren del cenicero a la silla y se enredan en el respaldo para esfumarse poco después.

Frente a la silla, en la pared estriada por la sombra simétrica del ventanal, hay una pintura rectangular con marco de lámina de oro. A primera vista no llama la atención: es una naturaleza muerta similar a tantas otras que adornan salas y comedores, un bodegón común y corriente que no delata el empleo de una técnica relevante ni mucho menos innovadora. Lo único que sorprendería, y eso en el caso de un espectador poco interesado en las artes plásticas, es el tamaño del óleo: dos metros de longitud por uno y medio de altura. Aunque es factible que las dimensiones sean mayores ya que el bodegón abarca toda la sombra del ventanal e incluso la rebasa unos decímetros, de tal suerte que le toca parte de la penumbra ocre en que naufraga la mesa y la habitación en general. Pero bastaría una segunda mirada para que la opinión del espectador cambiara y el óleo comenzara a hechizarlo; en algún instante podría pensar que en realidad se trata de una fotografía, el registro fiel de una docena de manzanas dispuestas sobre una mesa de madera hinchada, rica en cuarteaduras que remedan heridas de bayoneta. Una tercera mirada lo obligaría a acercarse al óleo para reconocer que los contrastes han sido bien manejados, los claroscuros plasmados por un pincel experto: seis de las frutas, de un rojo maduro idéntico al de la manzana partida junto al cigarro que continúa consumiéndose, son una jubilosa explosión en medio de las otras seis pintadas de un verde marchito que hace juego con la madera de la mesa, captada con obsesiva minuciosidad. A la izquierda de las manzanas, que ocupan dos cuartas partes de la mesa, hay varios objetos recreados también hasta el último detalle: una jarra de cerámica azul con un agujero por donde sale vino tinto, un flujo que diseña una red arterial sobre la madera para luego chorrear hacia un suelo inexistente; semioculto por la jarra, el brazo de una muñeca salpicado de gotas que en definitiva no son de vino; junto al brazo, un pequeño globo que recuerda un ojo de vidrio y más allá, enterrado dos o tres centímetros en la madera, un cuchillo con la hoja moteada de un rojo más denso que el de las manzanas maduras, el único objeto bañado apenas por la luz que se cuela por el ventanal situado tras la mesa. A la izquierda del ventanal, el pintor alcanzó a trazar la luna de un antiguo ropero que se interrumpe en los límites del óleo. La puerta donde encaja la luna está lo suficientemente abierta como para admitir el reflejo de la figura sentada frente a la mesa en una silla de respaldo alto: una mujer que, por razones de perspectiva y aun por desgana, el artista no ubicó en primer plano dando la espalda al hipotético espectador. El reflejo de la mujer es borroso: está sumergida en la penumbra y además aparece incompleta debido a la posición del ropero y a la distribución de los otros elementos del cuadro; se distinguen sólo algunos bucles de su pelo rubio, la mitad de su rostro y su vestido guinda hasta unos centímetros abajo de los pechos. El resto es bloqueado por la mesa, cuyo reflejo es igualmente difuso por efecto de los claroscuros y la casi total ausencia de luz en la pintura. La mujer tiene la vista fija en el ventanal, lo cual se intuye por la forma en que su único ojo retratado se clava al frente pero sin mirar la mesa ni el ropero.

A través del ventanal, largo y de doble hoja, se aprecia otra ventana cuadriculada por travesaños de madera blanca que despide un tenue fulgor bajo el sol vespertino. La distancia que separa ambos ventanales remite al patio de una vieja casa olorosa a gente y objetos enclaustrados o quizás a una calle cualquiera, aunque por algún motivo la primera conjetura se antoja la más adecuada: un patio donde la humedad de varios años ha contribuido a una intensa floración de musgo entre las baldosas. Tras el segundo ventanal, perfectamente enmarcado por el primero, se perfila el respaldo de una silla de estilo barroco que alguien ha colocado ahí para contemplar el patio. En la silla está sentada una niña de rasgos imprecisos que ha sido captada sólo hasta la cintura; lo que puede asegurarse es que tiene el torso desnudo, que sus pechos son dos tímidas frutas coronadas por aureolas de un pálido rosa y que alguien la amordazó con un trozo de tela negra que le oprime las mandíbulas. Junto a la niña se insinúa una silueta cuyas facciones permanecen ocultas; en la mano, de uñas manicuradas y dorso velludo, sostiene un cigarro a medio consumir. En el aire enrarecido de la habitación flota un hedor a carne quemada mezclado con un tufo a nicotina o humedad que cala los huesos.

La niña siente náuseas; una y otra vez intenta hincar los dientes en la mordaza pero en vano. Sus ojos, de un azul inyectado de sangre, giran desesperadamente para tratar de seguir cada movimiento del cigarro, las parábolas que el humo describe en la atmósfera antes de acercarse a su piel: imposible, el campo visual es muy limitado cuando se está atada de manos y pies a una silla como de piedra. La niña se echa a llorar en silencio, aguardando que el hombre la vuelva a tocar; el sudor le corre por el torso, por la espalda, por los muslos. A través de las lágrimas observa lo que recorta el ventanal cuadriculado que le queda a medio metro: en la pared de enfrente, al otro lado del patio invadido de musgo, una ventana de doble hoja fulgura en el atardecer. Tras la ventana hay una mesa cuarteada con varios objetos: una jarra de cerámica, una docena de manzanas verdes, un flamante cuchi llo de cocina, un plato gris con un pedazo de pan duro y algo de queso manchego con hongos. Tras la mesa, en una silla de respaldo alto, una mujer con facciones semejantes a las de la niña desnuda hojea una revista con fotografías eróticas en blanco y negro. A espaldas de la mujer, en un muro que se ha empezado a descascarar, cuelga un cuadro que representa una habitación con todos sus detalles y en el que se advierte cierta influencia del impresionismo francés; el extremo izquierdo del cuadro lo ocupa un ventanal por el que se filtra el resplandor naranja que inunda la habitación. Las cortinas rojas del ventanal a través del que se ven algunos pinos, la insinuación de un parque o un bosque no muy lejano, han sido amarradas a los lados como si fueran trenzas. Junto al ventanal hay una silla Luis XIV que parece no haber sido ocupada jamás y a la derecha de la silla hay una mesa redonda de mármol; ambos muebles, los únicos del cuadro, apoyan sus patas en una alfombra carmesí. Sobre la mesa el pintor ha depositado cuatro objetos: una manzana verde, una muñeca de porcelana con vestido de terciopelo guinda, un reloj de madera de aire barroco y un cenicero en forma de mano. Los ojos azules de la muñeca están extrañamente fijos en el reloj: la manecilla menor apunta al número cinco romano y la mayor se ha detenido entre el dos y el tres. Mientras tanto el humo del cigarro olvidado en el cenicero sube por el cuadro en una sola columna, una soga tensa y evanescente que no pierde la verticalidad en ningún instante.

NOCTURNO PARA CAZADORES

Lo único que puedes hacer ahora que la luna ha decidido surgir como el vientre de una rana al filo del paisaje cada vez menos oscuro y más lechoso es correr sin mirar atrás y sin importarte que tus pies descalzos se cuajen de guijarros y espinas, correr rezando una letanía hecha de trozos de plegarias mientras la campiña se despliega ante ti igual que un manto de acero erizado de arbustos y rocas, correr asumiendo que eres prófuga en el viento desde que advertiste que la cacería había comenzado, correr y recordar la náusea en la boca del estómago cuando notaste que te habías alejado de tus amigos más de lo recomendable y que estabas sola, sin nadie que te oyera en varios kilómetros a la redonda, completa y terriblemente sola y desnuda en el río que soltaba filamentos fluorescentes de vapor.

Te apartaste del grupo que había ido de excursión al bosque por ese estúpido pudor inyectado desde niña, era inconcebible que alguien te viera con los pechos y los muslos al aire, la intimidad era un asunto delicado y la decisión de bañarse desnudos en las aguas termales fue tomada por Carlos y dos cartones de cerveza y no te causó gracia y así lo dijiste y hasta Isabel se unió a la burla general, una risotada que te hizo fruncir el ceño y tomar otra decisión y una cerveza y gritar váyanse al carajo y marcharte de la fogata porque la tentación de sentir el río entre las piernas era mucho más fuerte que tu orgullo. Caminaste admirando el fulgor perfilado tras las colinas negras, la luna que apenas incendiaba los árboles en lo alto del bosque mientras las ranas se desgañitaban en los charcos y tú te dejabas llevar por la inercia de los senderos improvisados y la cerveza te lubricaba la garganta y los grillos componían una ópera verde y las piedras remitían a cráneos ancestrales y tú pensabas en los cazadores que según el periódico merodeaban por el bosque desde hacía algunos meses. Por fin llegaste a unas rocas que te llamaron la atención y permaneciste inmóvil intentando descifrar lo que el río te contaba, las seductoras palabras del río que te desvistieron con rapidez y sin tapujos. Tu ropa voló en las tinieblas y la lata de cerveza fue una mariposa de metal que la luna rozó antes de que se hundiera en el agua a la par que tu pie izquierdo y te sumergiste despacio en el río y ya no hubo lenguaje capaz de describir las sensaciones que te inundaron, sólo el tibio silencio del agua que burbujeaba al centro de la noche y que te masajeó el cuerpo hasta que captaste un ruido que no pertenecía al paisaje y erguiste la cabeza y por un momento las ranas dejaron de cantar y el aire trajo el ajetreo de unos arbustos golpeados por manos y botas; antes, segundos antes de que distinguieras los ojos frenéticos que alumbraban la vegetación, tu aliento se había congelado. Y entonces la luna se desembarazó de los árboles que la retenían entre sus ramas y flotó como un globo de papiro sobre las colinas y la oscuridad se disolvió en una cálida fosforescencia y así pudiste ver cómo se agitaban los matorrales a orillas del río, cómo dos o tres figuras se acercaban con pasos pesados, cómo las linternas bailoteaban y te hacían pensar en ojos fuera de sus órbitas mientras tu corazón latía desbocado y recordabas que nadie había propuesto guardar una linterna en la cajuela del auto, ni Marcela ni Antonio y ni siquiera Roberto, el hombre prevenido que vale por dos, por tres hombres que se aproximan al río vuelto una vena inflamada de mercurio.

Al comprender que dentro de poco las piedras donde te acurrucas no te servirán de escondite, permites que la corriente te arrastre unos metros. Cierras los ojos, te zambulles apelando a la falsa protección del agua y por un instante estás en tu baño, en la tina donde quisieras verte ahora, rodeada de mosaicos y agua limpia y con la certeza de que la toalla está al alcance de la mano, la misma mano rebanada por un objeto puntiagudo que te impele a abrir los ojos para que una penumbra líquida se meta hasta lo más hondo de tu mirada; hay agujas de pino que te acarician por doquier mientras algo se cuela a tu boca –tal vez una cucaracha de agua– y alzas la cabeza y escupes, a punto de asfixiarte, tratando de regular tu respiración pero el miedo te lo impide aunque miedo a qué, de repente el cuadro del que formas parte no tiene coherencia, el río absorto en su murmullo lunar y tú desnuda en medio de toda esa noche ajena a ti. Con la sensación de tener todavía algo entre los dientes nadas a la orilla y caes en cuenta de que hasta el momento has actuado por instinto, aún no sabes de quién son las linternas y los pasos que continúan acercándose y ya estás huyendo, qué tal si son Carlos y Rodrigo cerveza en mano, qué tal si ellos traían lámparas en alguna mochila pero no, ahora que observas con detenimiento las figuras que aplastan la vegetación adviertes que no pueden ser ni Rodrigo ni Carlos, mucho menos Isabel o Yolanda porque las tres siluetas son hombres que ubican el remanso donde te has escondido: dos vienen a pie y el tercero a caballo y sus linternas recortan la noche en delgados conos que se mueven abajo y arriba, arriba y abajo, a diestra y siniestra y el bamboleo luminoso está cada vez más cerca y la brisa congela las gotas de agua en tu piel y la luz resbala por el cañón del rifle que carga el hombre a caballo y uno de los que van a pie trae en la mano un fulgor que te remite a un revólver y acelera el ritmo de tu corazón.

Oculta entre las rocas intentas recordar dónde quedaron los jeans y la blusa, dónde la sangre fría que tanto te critican en casa y en clase pero lo que acude a tu memoria es la nota roja de un diario del mes anterior, el reportero de mirada soñolienta que cubrió los crímenes en el bosque para Canal 7, las cápsulas informativas en la estación que te gusta oír y los comentarios en la universidad: Roberto dice que es inverosímil que en pleno siglo veintiuno existan locos aislados de la civilización en un bosque que la policía ha peinado incansa blemente, Marcela afirma con tono fúnebre que los bosques guar dan secretos que ni los árboles más viejos conocen o imaginan, Isabel secunda a Marcela y acota que la hojarasca es la tumba ideal para los huesos que han perdido hasta el nombre. El tipo a caballo se estampa contra la luna y por primera vez adviertes su sombrero pasado de moda y te preguntas dónde pusiste tus sandalias, hacia dónde debes huir, en qué dirección se encuentra el ojo protector de la fogata. Distingues las linternas al fundirse en un solo haz que revienta en tus pupilas y te deja ciega e inerme, agazapada entre las rocas como una rana, escuchando los bufidos del caballo y lo que dice uno de los hombres –¿vieron que algo se movió allá?– antes de que estalle el relincho triunfal con que da inicio la cacería.

Primero es el caballo que reanuda el trote mientras uno de los hombres lanza una exclamación de júbilo y tú parpadeas, tratando de disipar las luces que las linternas olvidaron en tu retina. Después son los pasos que atropellan la vegetación, los bufidos del caballo cada vez más próximos y tus músculos que al fin responden; de un salto abandonas tu refugio y echas a correr y oyes de nuevo la exclamación de júbilo seguida de una obscenidad. Luego viene el disparo que rompe la quietud en un millón de ecos y te lleva a asumir que lo único que puedes hacer es correr sin mirar atrás y sin importarte que tus pies se cuajen de guijarros y espinas, correr pensando en los amigos que quizá se bañan o hacen el amor en las aguas profundas de la noche mientras la campiña se desdibuja frente a ti y tu cráneo es una estancia vacía donde reverbera el disparo inaugural y tu cuerpo un torpe proyectil que hiende el aire. De un momento a otro la penumbra se ha convertido en el túnel que debes recorrer para sobrevivir y más allá de ese túnel está la salvación, al otro extremo de la noche te espera una humedad sin agujas de pino que laceren tus pechos y tus piernas como ahora que el pánico es algo vivo que se pudre en tus entrañas y te obliga a parar porque ya no hay indicios del caballo y te arrodillas junto a un árbol; tus pies están hinchados y llenos de sangre pero extrañamente no hay dolor aunque no logras respirar con normalidad, de seguro tus pulmones resienten todo el paisaje que has aspirado y que de golpe trepa por tu esófago y te explota en el paladar en forma de náusea. Oculta detrás del árbol vomitas la oscuridad tragada en la carrera a campo traviesa, escupes pedazos de luna y de constelaciones y cuando crees que no puedes arrojar ni una estrella más el asco te dobla, te apoyas en el tronco con un hilo de saliva plateada colgándote de los labios y entonces se quiebra el silencio.

Antes de descubrir las dos figuras que se acercan, ágiles, implacables, oyes sus pasos y te levantas; sigues deambulando por el bosque sembrado de hojas y breña, tratando de hacer el menor ruido posible. El frío que te calaba hasta hace unos minutos ha desaparecido como por arte de magia; el alivio que te inunda, fugaz y tramposo, se diluye en cuanto volteas hacia atrás. Los hombres vienen a pie, uno trae un objeto largo que apunta hacia ti y hay un súbito fogonazo naranja, una fractura en el viento que agita la copa de los árboles; la bala atraviesa limpiamente tu mano izquierda y se extravía en las sombras y gritas, tu carne empieza a rezumar una tibia viscosidad y gritas, reemprendes tu frenética carrera con la luna bronceándote la espalda y gritas. Tus perseguidores ríen como si el disparo fuera la mejor broma del mundo, uno dice qué puntería tienes, hermanito hijo de la chingada y tu cabeza es un segundo corazón, el otro farfulla esto le va a encantar a papá y tu mano derecha araña el aire, sus pasos son un tambor en la penumbra y tú aprietas los dientes para interrumpir los gritos y ellos ríen otra vez y estás a punto de enredarte en un cúmulo de raíces y sus linternas rasgan la bruma depositada sobre el bosque y ya no sientes los pies y la noche es una danza de ojos que olfatean y la sangre se acumula en tus dedos y de entre los pinos brota un hedor a verano en descomposición y el sudor fluye junto con tu sangre y la oscuridad es un ojo omnisciente y tropiezas con un tronco y la noche da un vuelco y caes, el cielo es la tierra y caes, la tierra está en el cielo y caes, uno de tus tobillos cruje y caes, veloz, como un bulto, bocabajo.

Mientras te incorporas, luchando por bloquear el dolor, recuerdas que Roberto es hombre prevenido (las linternas hurgan en la niebla) y que mujer incauta equivale a cadáver (las linternas se divierten) y piensas en sacrificios en honor a un dios pagano (los cazadores corren), en el altar donde atan a las víctimas (los cazadores jadean), en el puñal de obsidiana que concentra los rayos del sol (los cazadores murmuran), en el sacerdote que esgrime el puñal con una mueca desquiciada (los cazadores sueltan un bramido), en el salón de clases donde alguien explica cómo el altar se cuaja de órganos conforme el puñal traza su ruta inexorable y los cazadores pisan tus huellas (evocas las agujas de pino que se clavaban en tu piel mientras nadabas), y el bosque deviene el altar donde se hacen ofrendas a la noche (el vapor que te volvía una nube de algodón azul), el río ya no se escucha (las agujas de pino que te rozaban el rostro), por aquí no hay animales (el vapor que te acariciaba) pero sí troncos y ramas y una hojarasca interminable, el eterno túnel sin salida por donde corres y trastabilleas y chocas con un árbol o con diez o con cincuenta y tratas de invertir los papeles y jugar el juego de los cazadores y te muerdes la lengua, olvidas tu desnudez, te detienes, te tranquilizas un poco con el aroma de los pinos, inhalas y exhalas porque las linternas están allá abajo y los cazadores también han dejado de correr. Buscas una piedra de buen tamaño y la alzas con la mano sana y la acurrucas en tu regazo, te escondes en un arbusto frondoso y sólo te queda esperar creyendo que te desmayarás por la pérdida de sangre y pensando en el laboratorio de biología de la secundaria, en la clase donde había que destripar una rana para estudiarla con frialdad de arúspice, en el maestro que daba instrucciones para abrir el anfibio sin derramar ni una víscera; tus compañeros fruncían la boca en señal de asco y alguien nombraba lista y tú eras la elegida, el maestro o más bien el sumo sacerdote de bata inmaculada te entregaba el puñal que por alguna razón se llamaba escalpelo y con los labios secos te acercabas a la plancha donde yacía el anfibio, contenías la respiración, elevabas el puñal y lo dejabas caer y así comenzaba el ritual, te convertías en la sacerdotisa de una ceremonia antigua y salvaje como el hombre, oficiabas el sacrificio en honor de los biólogos y en tu vientre había una comezón primitiva cuando se desgarraban las entrañas de la rana y tus compañeros permanecían inmóviles mientras la plancha se teñía de rojo, un rojo tan caliente como el que gotea al suelo, rojo en el arbusto donde te ocultas, drip drop, drip drop, drip drop. Ahora te das cuenta de que eres el anfibio sobre una mesa de disección improvisada por los elementos, la presa que debe recuperar sus orígenes de depredador y aguardar a que el falso depredador regrese a su nivel de presa; ahora debes arrebatar el escalpelo o puñal al maestro o sumo sacerdote de los biólogos y aguzar el oído y la vista y olvidar el dolor que sube de la planta de tus pies a tus muslos, de tu mano izquierda a tu cuello y ahí se detiene. Sientes el cuello frágil, quebradizo, no crees resistir mucho tiempo el peso y la presión de tu cabeza que en cualquier instante se echará a rodar libre de su pedestal, se precipitará a través del bosque en un vértigo de pelota cuesta abajo y tu pelo se llenará de hojas y tu boca masticará breña y tus ojos se poblarán de hormigas y no podrás parar, tú o tu cabeza no podrán parar, si me cortan la cabeza qué voy a decir, yo y mi cabeza o yo y mi cuerpo, qué derecho tiene mi cuerpo o mi cabeza de llamarse yo, piensas evocando un diálogo de película. Procuras respirar pausadamente y así, acuclillada en el útero de la noche con una piedra en el regazo, distingues las linternas que se aproximan, los cazadores que avanzan hacia tu escondite aunque ignoran dónde está. Uno dice nos salió ingeniosa la pinche vieja, ¿no la ves por ahí? y el otro no responde, el silencio crece en la niebla hasta que la primera voz se deja oír de nuevo, papá nos chinga si esta se nos escapa, ¿te acuerdas cómo se puso cuando lo del guardabosques? la putiza que nos metió por no haberle volado los sesos de un tiro el pinche guardabosques casi se nos va ¿cómo puede moverse alguien que trae una bala en la jeta?, el otro hombre contesta cállate no hables tanto mejor nos dividimos tú la buscas por allá yo por acá el que la encuentre chifla con ganas.

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Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
22 oktyabr 2025
Həcm:
302 səh. 4 illustrasiyalar
ISBN:
9786078667901
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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