Kitabı oxu: «Una vida aceptable»

Una novela memorable y cosmopolita, ingeniosa y penetrante, la obra cumbre de una de las más grandes escritoras del siglo XX, a la que Alice Munro considera su maestra.
«Inesperadamente conmovedora. Quizá el pasaje más vulnerable de Mavis Gallant, emergiendo del caos en un raro brillo de seriedad.»
Chicago Tribune
«Página a página, oración a oración, Gallant se erige como una maestra de la ficción del siglo XX.»
The New York Times
«Existen muchas formas de ser desdichado, pero solo una de vivir tranquilo: dejar de buscar frenéticamente la felicidad. Si te decides a no ser feliz, no hay motivos para no llevar una vida aceptable.»
EDITH WHARTON, El último recurso
A Doyle
1
Montreal, 26 de mayo de 1963
Queridísima hija:
El ejemplar tristemente maltrecho y marchito que me has enviado para que lo identifique es sin duda el Endymion nutans o Endymion non-scriptus, o Scilla nutans o non-scripta. También llamado jacinto de los bosques, campanilla de los bosques o jacinto silvestre.
En resumidas cuentas, la campanilla común europea.
En francés se denomina scille penchée, jacinthe-des-bois, petite jacinthe o jacinthe sauvage. No sé por qué no habrás podido conseguir esta mínima información de Philippe, aunque me consta que los franceses no saben absolutamente nada de la naturaleza y hacen todo lo posible por convertir sus jardines en salones. Tu padre siempre decía que son incapaces de distinguir entre los árboles y las estatuas, y que cada año se quedan atónitos cuando, en primavera, ven brotar hojas de todas esas esculturas. Sé que usan la misma palabra para las uvas de Corinto y para las grosellas, ¡por no hablar de las aves!
En alemán es Hasenblaustern o Englische Hyacinthe. En flamenco, aunque no te sirva de nada saberlo, a menos que te cases por tercera vez, y con un belga, ¡¡¡Dios no lo quiera!!!, es Bosch Hyacinth.
A tu padre siempre le hizo mucha gracia lo de Bosch Hyacinth, algo que encajaba a la perfección con su sentido del humor, que no todo el mundo conseguía entender. Se enteró mientras trabajaba en inteligencia durante la última guerra (y, por favor, no respondas preguntándome «¿Qué guerra?» porque sabes de sobra qué guerra es). Tu padre tenía en muy poca estima a los flamencos. La otra mitad de los belgas «se habían consagrado a ser franceses en el alma», pero superiores en general. Aún me sorprende recordar que, a pesar de su edad en aquella época, ya iba de uniforme.
¡Claro que nunca habías visto un Endymion non-scriptus en Canadá! Supongo que de eso hablabas en tu carta de nueve páginas. No he podido descifrar tu letra, que me recuerda a un alfabeto teutón primitivo. Ninguno de tus matrimonios te ha servido para mejorar la caligrafía. Me responderás que la legibilidad no es el objetivo del matrimonio. De hecho, no sabría decir si en realidad tiene algún objetivo. Tu padre y yo lo hablábamos a menudo. Creíamos que nuestro matrimonio habría sido más llevadero si hubiésemos sido más parecidos; si los dos hubiésemos sido hombres, por ejemplo. Pero no conozco ninguna iglesia o gobierno que, en ese caso, nos hubiera dado su beneplácito. La idea se aborda, desde un punto de vista interesante, en …Y otra vez el cosmos, de B. P. Danzer. Una fotografía de lo más desagradable adorna la sobrecubierta. «El tribunal no consigue probar la obscenidad» fue, quizá lo recuerdes, la conclusión a la que se llegó tras un largo juicio contra la sobrecubierta (que no contra el libro). Soy de las pocas personas que se lo han leído entero y lo recomiendo. Puedes quitarle la sobrecubierta, o darle la vuelta.
Por aquí Endymion non-scriptus no crece de forma natural. Ni ninguna planta parecida. Cualquier autoridad competente corroboraría mis palabras; digo alguien «competente» de verdad, no el primer polaco que encuentres. Tiene una prima meridional, el Endymion hispanica o Scilla campanulata, que es más grande y resistente, pero CARECE DE AROMA. Se encuentra en estado silvestre en España, en Portugal y quizá en el suroeste de Francia. No sé si en Marruecos. Puedes buscarlo o preguntarle a Philippe. Cuando se plantan en jardines, se hibridan. La auténtica campanilla silvestre siempre tiene un AROMA exquisito. Además de azules, las hay blancas, y a veces rosas. Les encanta la madera. Casi nunca crecen en espacios abiertos. El nombre Campanulata —que es como también se llama a la variedad española— es meramente descriptivo y significa: «como una Campanula». Pero en realidad no tienen NINGUNA RELACIÓN. En realidad, es de la familia de los lirios, ¡como el lirio de los valles (Convallaria)!
Por fin me ha llegado una carta de Cat Castle. Europa le está dando una impresión desfavorable. En Roma, un joven ha hecho «una mala imitación» de una película. O eso fue lo que le dijo alguien a quien conoció. En Londres también oyó hablar de un director de orquesta que era «deplorablemente malo». Le cuentan que ninguno de los trabajadores de nuestra embajada «sabe escribir sin faltas de ortografía». Ella misma, cuando estuvo en Titogrado, vio un par de películas sobre la pesca esquimal que eran «una vergüenza para el país». Nuestra imagen ha quedado irremediablemente empañada en Montenegro, «quizá para siempre».
Espero que no sea para tanto, porque el viaje les está costando a sus hijos un dineral.
Tu campanilla solo se encuentra en estado silvestre en las islas británicas, en el norte de Francia y en el norte de Bélgica. ¿En Holanda? Búscala. Cuando tu padre estuvo por allí también vio bosques repletos en el sur de Bélgica.
Ya te imagino poniendo una cara larga al leer tantos antiguos recuerdos y ante la mera mención de la guerra. Pero nada cambiará jamás mi recuerdo de aquel glorioso y soleado día en que Canadá acudió en ayuda de la Madre Patria. Te tenía en mi regazo, al lado de la radio, para que oyeses las noticias; y, aunque aún no habías cumplido los tres años, estaba convencida de que la conmoción se quedaría grabada en tu memoria más profunda. Era, soy y siempre seré una pacifista, pero aquella guerra era distinta. Estalló cuando muchísima gente vivía en la calle, sobre todo en Occidente, y salvó a un sinfín de personas de la futilidad y del aburrimiento. Tu padre decía que, si lo hubiese pillado más joven, habría cambiado su forma de ver las cosas. No la cuento entre las guerras coloniales, las cruzadas y las guerras libradas por puro beneficio o nerviosismo. Los hombres la disfrutaron particularmente, y a muchos les pareció que terminó demasiado pronto.
En Inglaterra, en nuestra luna de miel, una mañana, tu padre y yo cogimos campanillas para decorar nuestras bicicletas. Aunque murieron en menos de una hora.
No me has dicho dónde encontraste tu ejemplar, pero, como casi nunca crece en espacios abiertos —nunca, que yo sepa, aunque siempre habrá algún polaco que me ponga en entredicho por una nimiedad—, imagino que fue en un hayedo. La próxima vez que me envíes una flor, colócala entre dos folios limpios y, por favor, que no se te olvide la hoja.
Confío en que mi carta te aclare todo lo que necesitas saber. He contado dos docenas de signos de interrogación y los he interpretado como ansiosas preguntas sobre el Endymion non-scriptus. Que yo recuerde, hasta ahora nunca me habías preguntado nada sobre ningún tema; ni siquiera las inocentes preguntas de los niños que a veces tienen sobre su verdadero origen: si son hijos de sus padres o adoptados; si no son en realidad de linaje noble o aristocrático y han ido a parar a su horrorosa familia por error, como parte del proceso de reencarnación; y así sucesivamente. Tú jamás me preguntaste por qué existe el tiempo, ni cuándo empezó, ni si es necesario. O si el Creador solo es una idea, ¿de quién era el intelecto que la concibió? Podría haberte respondido tranquilamente a cualquiera de esas cuestiones.
Tu carta estaba manchada y con borrones. No habías doblado bien el sobre, y el papel era de un tono grisáceo sucio, con manchas verdes de moho por culpa del tallo podrido. Las páginas no encajaban bien en el sobre, y toda la carta es un perfecto ejemplo de mala letra: a menos que te armes de paciencia y aprendas caligrafía, más vale que te olvides de la buena educación y escribas a máquina, como yo ahora. Quiero saber si has llegado a ver a Cat Castle en París. Por favor, respóndeme a esto. Esta semana tiene que pasar unos días allí. Te conoce desde que naciste. No la animes a ponerse inyecciones de estreptomicina. Phyllis, su hija, dice que «debilitan a mamá».
El nombre científico de la campanilla norteamericana es Mertensia. No tiene ninguna relación con el Endymion.
No llores mientras escribes cartas: quien las recibe podría tomárselo como un reproche. La tristeza indefinida es inútil: sé clara o, aún mejor, sé discreta. Si tienes que contarle al mundo tus intimidades, pon ejemplos. No te limites a sollozar en la almohada con la esperanza de que alguien te oiga.
Las monjas no se angustian en el dormitorio angosto de su convento,
y los ermitaños se conforman con sus celdas…
Te obligué a aprendértelo de memoria, pero la memoria nunca ha sido tu fuerte.
He podido descifrar alguna que otra frase suelta. Por supuesto que no te «entiendo». ¿Que si he pedido a alguien que «me entendiese» alguna vez? No puedes «entender» a nadie sin entrometerte en la intimidad de esa persona. Espero que no estés siempre encima del pobre Philippe, torturándolo y fisgoneando para descubrir sus reflexiones más íntimas. Cuantas más cosas tenga que ocultar un hombre, más probable es que se declare «una persona muy reservada», y más vale conformarse con lo que esa afirmación te permita saber de él. Tú siempre echabas la llave en tu habitación y nunca te molesté; el primer diario que te regalé tenía llave y respeté tu intimidad. ¡Y pensar que cuando me quedé embarazada creía que eras un tumor! Pero tú eras tú, ¡y tanto!
Con cariño,
Madre
P. D.: Volviendo a las flores, a la luna de miel y a las bicicletas, aquel fue el año en el que murió Jorge V, que tenía mala fama por su tacañería, mezquindad y desdén por la cultura, y por ser muy duro con sus hijos, pero que, por lo demás, se parecía a mi padre absolutamente en todo.
2
El edificio que estaba al otro lado del patio debía de haber desaparecido por obra de alguien que estaba jugando con ladrillos, pues la luz de la mañana, hasta entonces tenue, se coló por el hueco de las cortinas de la habitación, radiante: recorrió una pared, iluminó un espejo enmarcado por fotografías, notas, postales y pósits antiguos, de o para Philippe, y reveló una pequeña araña translúcida, color escarlata, que colgaba de un hilo de seda de lo más resistente. Una luminosidad más suave —que esta vez provenía de la imaginación— envolvió a dos personas de mediana edad que subían en bicicleta por una colina inglesa. En homenaje a la mañana y al esplendor de los nuevos comienzos, portaban una ofrenda de color azul, pero era un azul perecedero, que acabó por volverse añil. Los pétalos se pudrieron. El aroma de la flor se alteró, y ahora recordaba al olor de los amantes envejecidos, al del jabón y al de la muerte. Los ciclistas iban vestidos igual, con coloridos suéteres de lana estilo Fair Isle y pantalones bombachos. El pelo de la mujer, rojizo bajo la luz del sol, suave y sedoso al tacto (aunque eso casi nadie lo sabía), era igual de corto que el del hombre. Era el año del funeral de Jorge V. ¿Quién era? Era la corona, la barba y el perfil de los veinticinco centavos canadienses —en su día, la paga de Shirley—. Una vez, encontró a Jorge V en la playa y, después de limpiar bien la arena de ambas caras, preguntó:
—¿Qué puedo comprarme con esto? ¿Puedo quedármelo?
—No puedes comprarte lo que habrías podido comprar hace diez años —respondió su padre, como si Shirley supiera lo que significaba «hace diez años».
Sus padres, una pareja ya perdida, se adentraban pedaleando en la oscuridad y se volvían más pequeños que la minúscula araña viva. Lo que ella necesitaba esa mañana no era un recuerdo, sino un sustituto inocuo del pasado. Cuando Philippe entrara, le hablaría con esa cordialidad despreocupada que, en su peor versión, era su forma de mostrar indiferencia: «Pero bueno, ¿dónde estabas? ¿Dónde te quedaste anoche? ¿Dormiste en casa de Renata?». O cruzaría la habitación y abriría de golpe las cortinas como si Shirley no existiera, lo que significaría que, en su fuero interno, deseaba que nunca hubiese existido. La premonición de una desgracia imprecisa hizo que su imaginación echara a volar: «Mira, sé que es lo peor que he hecho en mi vida…». No. Espera. Los detalles eran fundamentales: eran los cimientos, lo que sentaría la base para la huida. Esa mañana era domingo de Pentecostés, 2 de junio. Estaba sentada en su habitación con una carta en la mano; aún llevaba la ropa de la noche del sábado, un vestido de raso negro que una malintencionada amiga suya la había incitado a comprar. Encima, una gabardina Burberry a la que le faltaba un botón y de la que colgaba un largo hilo. En la colcha había un bolso de terciopelo verde, regalo de la hermana de su marido, del que asomaban varios cigarrillos. Acababa de abrirlo de un tirón, buscando ansiosamente sus gafas, y había roto el cierre. En el edificio reinaba un profundo silencio, como si los demás inquilinos, entre ellos Philippe, hubieran salido para ir al mismo funeral. ¿Un resumen o un preámbulo? De repente le pareció extraño y anodino, minucioso y desigual: porque ¿dónde estaba Philippe? «No tiene sentido que me acuses a mí —dijo, con esa indiferencia que sabía adoptar en ausencia de su marido—. ¿Y tú? ¿Dónde te quedaste tú anoche?» La luz que se había dejado encendida, esa mancha marrón chamuscado en la pantalla, significaba que se había vestido y se había marchado antes del amanecer (¿un encargo? ¿una llamada inapelable de su madre?) o que, directamente, no se había acostado.
La habitación estaba en orden; el baño, impecable; pero eso no significaba nada: aunque Philippe tuviese que acudir a toda prisa al lecho de muerte de su madre, por poner un ejemplo, se habría tomado el tiempo necesario para borrar todas sus huellas. El pasado inmediato quedaba así eliminado; el proceso consistía en coger un objeto, un sentimiento o una idea, cogerlos de uno en uno, y buscarles otro sitio. Si el sitio no existe, hay que imaginárselo. Antes de casarse, Shirley jamás se había molestado en hacer la cama: ¿por qué hacer algo que tendrás que deshacer inevitablemente al cabo de unas horas? Siempre llevaba la misma ropa hasta que sus amigas decidían que ya estaba inservible, y entonces se limitaba a donarla. Tenía las sábanas, las toallas y las fundas de almohada limpias apiladas en una silla de la sala de estar, y las usadas las dejaba en un hueco perfecto que había entre la bañera y la pared. Cuando una pila era más alta que la otra, metía toda la ropa sucia en una maleta enorme e iba en taxi a una tintorería al otro lado de París. Su experiencia con los taxistas parisinos le había enseñado a temer su grosería y sus negativas cortantes, pero ambas quedaban descartadas ante la promesa de un trayecto largo y caro. Era incapaz de entender por qué ese sistema, que funcionaba tan bien y que solo exigía un esfuerzo ocasional, a Philippe le parecía absurdo. El caso es que su marido había puesto punto final a aquello: ahora, los sábados por la mañana, un chiquillo pasaba tirando de una especie de baúl con ruedas para llevarse la ropa sucia y devolverla desgarrada, raída, rígida como la mesa de la cocina y apestando a lejía. Shirley tenía que contar, revisar y comprobar que cada toalla para la cara y cada manopla estaban en la lista. Pero nunca estaba preparada, nunca llegaba a tiempo, nunca disponía del inventario actualizado ni tenía calderilla para la propina. Luego le tocaba desenvolver la ropa blanca limpia —encorsetada en un papel marrón y duro, cerrado con unos alfileres criminales—, ordenarla y colocarla en estantes a los que apenas llegaba, para después tener que bajarla de nuevo: una repetición de gestos que le parecía disparatada, pero que para Philippe constituían, como quien dice, la esencia de la vida.
«Sé prudente —se repetía ella—. Paso a paso, como cuando desenvuelves la colada. Llama a su oficina… No, por Dios, no. Jamás me lo perdonaría. Los domingos no hay centralita, me respondería uno de sus amigos, y luego se diría que… Bueno, es probable que sí que me dijese adónde iba y que se me haya olvidado. Ha dejado una nota. Búscala. No, eso no es: el sobre azul es de nuestro vecino, James Jijalides, al que Philippe odia. Probablemente sea una invitación a una fiesta, que es lo último que él o yo necesitamos ahora mismo. Mira en el bloc que hay al lado del teléfono, en el marco del espejo del recibidor (un regalo de boda de Renata), en la pizarra de la cocina. Mira encima de su mesa del cuartito… de hecho, mira en los cajones. Si te pilla, limítate a responder: “Solo estaba…”. Cuando encuentres la nota en la que te dice de quién es el funeral al que ha ido, prepara un baño y cámbiate. Quítate la ropa del sábado; guárdala para que no la vea y se acuerde de todo el asunto. No dejes el vestido en el suelo: lo pisará a propósito. La cocina: he ahí una pregunta que pide respuesta. Tiene que haber desayunado de pie… ninguna de las sillas está para sentarse. ¿Cuándo dejé los platos sucios encima de las sillas? Ayer. Fardos de periódicos que, en teoría, el Ejército de Salvación tendría que haber pasado a recoger. Pan, una taza medio vacía, un cartón de leche en polvo, que sé que detesta, pero siempre se me olvida comprar del otro tipo. Un cuenco de ensalada y dos trocitos amarillentos de endibia pegados a un tenedor de madera: una prueba de mi nefasta capacidad para gestionar la casa. Sin embargo, yo estoy cómoda en el caos, y él lo sabe, mientras que esa taza que Philippe ha dejado sin lavar parece un desliz moral.»
Un recoveco sin ventana sacado de la sala de estar, probablemente pensado para ser la habitación de un niño, se había convertido en el despacho de Philippe. Lo llamaban «el cuartito» porque el término, vestigio de las novelas inglesas protagonizadas por niños que crecían y estudiaban en Cambridge, le hacía gracia a Shirley; y Philippe, que casi siempre estaba muy serio e ignoraba por qué a su mujer le parecían odiosas y a la vez graciosas tantas cosas, lo aceptó como el enésimo misterio anglosajón. Pero solo lo aceptó, aunque no era eso lo que ella habría querido, porque venía a significar algo como: «Compartimos una manzana porque ya la he partido por la mitad». Cuando las visitas veían el cuartito, Philippe decía: «Esta es mi mesa, y mi mujer trabaja en esa», sin haberle explicado ni siquiera a Shirley cuál era o podría ser su trabajo. Entre las dos mesas había una estantería que llegaba hasta el techo. Un par de barras de neón parpadeantes zumbaban e iluminaba con su desagradable luz varias pilas de Le Miroir, la revista quincenal en la que trabajaba Philippe; tazas grandes llenas de bolígrafos y lápices; dos máquinas de escribir gemelas, cubiertas por unas fundas de plástico confeccionadas por la madre de Philippe; y un póster del Movimiento por la Templanza que Shirley había robado del metro. El póster era un lastre en la habitación; pesaba como una anécdota que cuesta traducir en una fiesta. Pues ¿qué tenía de gracioso un frágil niño que suplicaba: «¡PADRE, NO BEBA! ¡PIENSE EN MÍ!» si te parabas a pensar que Francia contaba con el mayor número de alcohólicos en Europa occidental y de muertes causadas por la bebida? Philippe había escrito una serie de tres artículos sobre el alcoholismo infantil en Normandía que se titulaba «Los hijos del calvados: un grito silencioso». El primero empezaba así: «Era un grito silencioso arrancado del corazón, que rasgaba los cielos, que abrasaba el universo, al que las clases medias hacían oídos sordos», para luego explicar lo que pasaba cuando los biberones de un recién nacido eran mitad leche aguada y mitad aguardiente de sidra.
—¿Me quieres decir dónde está la gracia de la cirrosis, la diabetes, la cardiopatía congénita y el retraso mental? —preguntó él, desplegando el póster.
—¿Que dónde está la gracia? En ningún sitio. No lo sé.
—Entonces, ¿de qué te ríes?
—No me río. ¿Me estoy riendo? Perdona, voy a tirarlo.
—No, déjalo. Me da igual. ¿Cómo lo has sacado del metro?
—Con la lima de uñas de Renata. Estaba con ella.
—¿Ibais borrachas?
—¡Philippe! No. Ha sido en plena tarde.
—¿No ha intentado pararos ningún pasajero?
—Han hecho como que no nos veían. Estábamos muy serias, y Renata me ha dado unas instrucciones muy serias en francés. Ha sido di… Iba a decir «divertidísimo».
—Dos mujeres con edad para votar… —dijo Philippe.
—En Francia no podemos votar.
Philippe tenía la costumbre de dejar que Shirley tuviese la última palabra, que normalmente coincidía con el momento en el que acababa de cambiar de opinión. Lo que implicaba que la última palabra fuese, en realidad, el comienzo de un nuevo tema de conversación. Shirley estaba a punto de decirle que no había votado en su vida y de explicarle las circunstancias que habían motivado aquella falta; de contarle que hubo mujeres que se encadenaron a farolas y a las que tuvieron que alimentar a la fuerza en los psiquiátricos penitenciarios; mujeres con blusas y quevedos que debieron de acabar en el suelo de piedra, aplastados, mientras forcejeaban con los auxiliares intentando evitar esos tubos espantosos que las obligaban a comer de una manera monstruosa: todo por Shirley, que no había votado ni una vez en su vida, ni una sola. La madre de Philippe votaba al general De Gaulle; Philippe, contra él; su hermana votaba, pero no decía a quién: de camino al colegio electoral decidía qué voto quería contrarrestar, si el del hermano o el de la madre. Le daba bastantes vueltas, y se lo pensaba hasta el último segundo, cuando se dirigía con mano firme a una u otra pila de papeletas. «He cumplido con mi deber electoral», decía la cuñada de Shirley, pero nadie sabía nunca qué voto había contrarrestado. Mientras que ella tenía un poder inmenso, Shirley no tenía ninguno, pues no podía votar en Francia.
Huelga decir que no había ningún mensaje para Shirley encima de la mesa de Philippe. Aquel era su lugar de trabajo, no un depósito de explicaciones. Las cartas urgentes, facturas y proyectos para Le Miroir estaban apilados como ladrillos en varias bandejas de plástico, una sobre otra, cada una de un color: azul industrial; amarillo industrial; ese rojo con el que pintan las máquinas para, según se dice, evitar que los trabajadores de las fábricas se duerman; y el verde que, en teoría, los tranquiliza y evita que se autolesionasen. Un cajón de la mesa (¿quién invitó a Shirley a abrirlo? Philippe no) contenía el manuscrito de una novela escrita por una íntima amiga de su marido que se llamaba Geneviève Deschranes, otro (si abres el primer cajón, pruebas también con el segundo) reveló un libro de Mamá Ganso y varios folios amarillos repletos de nanas inglesas.
Philippe había escrito a máquina, en un folio, una de las muchas versiones estrambóticas de Ganso Gansito:
Ganso Gansito enbobado
qué intentas casar
escalera arriba, escalera abajo,
qué intentas lograr.
Vergüénzate, Gansito,
te pillamos y no te enteras,
qué cruel pegar a un pobre anciano
y tirarlo por las escaleras.
Justo debajo, en la letra pequeña e inclinada de Philippe, se leía: «Pobre anciano: ¿Churchill? Ganso Gansito: ¿la herencia griega?».
La forma en la que Philippe escribía «embobado», su convicción del significado profético de la nana y, sobre todo, la segunda estrofa, cuya autenticidad Shirley se negaba de plano a aceptar, eran desde hacía mucho tiempo motivo de disputa conyugal. Philippe, como buen francés, tenía la arrogante convicción de que en el resto de idiomas las tildes eran ornamentales y, en el fondo, era irrelevante si se ponían o no; pensaba que la ortografía, como los colores, era una cuestión de gustos. Su fuente no era un diccionario ni su mujer ni su educación y ni siquiera el libro de Mamá Ganso que Shirley le había regalado, rogándole que lo comprobase, sino su amiga, la escritora Geneviève Deschranes. Hacía muchos años, una institutriz inglesa, la señorita Thule, se había encargado de cultivar el intelecto de Geneviève. Era la señorita Thule quien sostenía que Ganso Gansito ocultaba una clave universal: la vida, el amor, la política, el arte, la muerte, las explicaciones del pasado y el conocimiento del temible futuro podían leerse entre sus líneas, y en julio de 1947, a los pies de la Fuente Médici, en los Jardines de Luxemburgo, había obligado a Geneviève a repetir la nana hasta que la chiquilla se la aprendió: «Ganso Gansito embobado, qué intentas cazar…». Era casi inevitable que el seseo de la pequeña o su atención fluctuante derivasen en un «qué intentas casar». Pero Philippe se negaba a aceptarlo. Desestimó el comentario de Shirley, «Geneviève lo oyó mal», tachándolo de no concluyente, así como su insistencia en que, aun cuando la segunda estrofa fuera auténtica, empezaría con un «Avergüénzate», que no «Vergüénzate». Philippe se limitó a responder:
—¿Es que tú aprendiste inglés con la señorita Thule? ¿Con alguna institutriz inglesa?
—Yo no tuve que aprender inglés —dijo Shirley.
Philippe había empezado a indagar sobre el enigma de las nanas en el marco de una investigación que su revista llevaba a cabo entre los bajos fondos formados por adivinos, profetas y demonólogos que habían surgido en París durante la guerra de independencia de Argelia. Aunque la guerra hubiese acabado, la ciudad no se había calmado: las bombas, los panfletos, las amenazas, el chantaje y los juicios vengativos eran una fuente de emoción en declive, y ahora las sensaciones se buscaban en historias de bebés de la realeza intercambiados en sus cunas; monjes medievales reencarnados en científicos atómicos; la vuelta a la Tierra de Jesucristo, que se deslomaba en la central hidroeléctrica del krai de Krasnoiarsk, en Siberia Central; continentes que se hundían como rocas; enjambres de abejas que viajaban a diario entre los planetas de Neptuno y Venus; hijos criados por animales salvajes y que no desarrollaban neurosis; curas para el cáncer bloqueadas por los intereses de los poderosos en Berna y en Washington; chamanismo entre el clero, y masones que dirigían bancos. También la política había pasado a formar parte del reino de la magia. Una vez, Philippe había llevado a Shirley a una reunión en la que se debatió sobre el idioma que hablaba la aristocracia de la desaparecida Atlántida, y en la que alguien intentó demostrar el vínculo entre el nombre de Mao y el maullido de los gatos. Shirley había mirado de refilón a los dos invitados de honor, ambos chinos, y descubrió que no era verdad que los asiáticos pudieran ocultar sus sentimientos en cualquier situación. Luego, a raíz de un comentario que Philippe había hecho de pasada, supo que Geneviève también había asistido a esa reunión, lo que significaba que Shirley y ella habían estado en la misma sala y él no las había presentado.
Para Philippe, la búsqueda del misterio dentro de las ideas eliminaba determinados problemas de comportamiento, mientras que para Shirley el misterio del comportamiento era el único enigma que valía la pena abordar. Por ejemplo, el enigma del apego que sentía Philippe hacia Geneviève: ¿estaba enamorado de ella? No. Decía admirarla porque toda su vida era un sacrificio, y la compadecía por su valentía desperdiciada de la misma manera que admiraba y compadecía a su madre. Sin embargo, la madre de Philippe era una viuda de cincuenta y cuatro años medio paralítica por la artritis, mientras que Geneviève aún no había cumplido los treinta, estaba casada con un etnólogo en perfecto estado de salud y su situación económica era tan cómoda que nunca había tenido que compartir un baño o esperar el autobús. Aun así, Philippe decía que la fuerza de Geneviève radicaba en su fragilidad y que, aunque era tímida, tenía el corazón intrépido de un mártir paleocristiano. Eso hacía que su mujer anhelase una compasión que él no creía que ella necesitara y una aceptación que él, a todas luces, nunca había tenido motivos para expresar. Shirley acabó lanzándose a una vorágine obsesiva de conjeturas sobre Geneviève. Se imaginaba su tez pálida, sus ojos algo amoratados, su pelo de Botticelli, sus pendientes de plata mexicana, su vagina insólitamente pequeña —atributo al que Geneviève aludía de cuando en cuando en sus cartas, y en el que Shirley veía una señal de refinamiento, como en la falta de apetito— y la voz afinada con la que hablaba. Shirley sabía, gracias a la asidua lectura de las cartas que Geneviève enviaba a Philippe, que la mujer sufría física y espiritualmente por las continuas exigencias conyugales de su marido el etnólogo, que la demandaba «sin necesidad de que lo incitase, al contrario», por ejemplo, en trenes; en el cine del aeropuerto de Orly; en el Peugeout 403, «en la Autopista del Oeste, donde está prohibido aparcar»; en el comedor mientras esperaban a que llegasen los invitados; en la sección egipcia del Louvre, una tarde de invierno, justo antes de que cerrasen, y, por último, en presencia de su hijo de cuatro años, en quien el etnólogo intentaba despertar una ira parricida para demostrar, o refutar, algunas incursiones que los seguidores de Freud habían empezado a hacer en el ámbito de la etnología. Shirley también sabía que una parte de la vida de Philippe —su colección de vinilos: cuatro mil o cuarenta mil o quizá cuatrocientos mil— estaba en la casa de campo de Geneviève. ¿Iba allí a escucharlos? La frecuencia de sus cartas sugería que Philippe y ella no se veían muy a menudo. Puede que el marido de Geneviève fuera celoso y no la dejase hablar por teléfono.
Por supuesto, la madre de Shirley había hecho muy bien en limitar su carta al Endymion non-scriptus: todo ese fisgoneo, esas lecturas compulsivas, no eran sino una búsqueda desalmada de Philippe. Por otro lado, ¿qué era la privacidad? ¿Qué significaba? ¿Dónde estaba la frontera entre la intimidad y la privacidad? ¿Cómo podía Philippe reivindicar una e insistir en la otra? Incluso esa misma mañana, en la que aún no había ejecutado su prudente plan (cambiarse de ropa, preparar el baño), Shirley no podía dejar de mover papeles con el pretexto de buscar un mensaje, aunque sabía de sobra que ese era el último sitio donde estaría. La realidad era que las pruebas escritas de la vida diaria y rutinaria de Philippe —su correspondencia con Geneviève, que también le enviaba, capítulo a capítulo, una novela interminable en la que aparecía él; las notas que tomaba antes de escribir sus cartas, incluso las personales; los borradores garabateados de la columna sobre jazz que escribía una vez al mes bajo el pseudónimo de Bobby Crown; el libro en el que anotaba sus citas y el diario, más pequeño, al que trasladaba esos mismos recordatorios; las copias en papel carbón de las quejas escritas a máquina que enviaba a los talleres mecánicos o a los técnicos de televisores; o las carpetas llenas de información para escribir artículos sobre el malestar de los cultivadores de alcachofas bretones o el declive de la Legión Extranjera— eran una fuente inagotable de interés para ella. Al igual que otras mujeres se lanzaban al frigorífico o a una orgía de derroche o al sueño diurno, Shirley hurgaba en las papeleras y en los bolsillos de los abrigos en busca de detalles anotados sobre horarios de vuelos y nombres de hoteles extranjeros. No intentaba descubrir dónde había estado o adónde iba, pues normalmente lo sabía. Iba en busca de aclaraciones que él no le ofrecía de buena gana. Que Philippe tuviese la serena convicción de que por ser francés era una persona lógica implicaba que Shirley vivía en la inopia. Ahora anhelaba ver algo en el horizonte: piedras, árboles, un peligro, un alivio. Las cartas de su marido revelaban que Philippe podía ser mezquino, miserable, superficial, ingenuo y susceptible al rencor. Eso le transmitía una inexplicable sensación de alegría, y, de no haber sido porque su marido se oponía con firmeza a que escudriñase su correspondencia privada, habría podido hablarle a Philippe de sus hallazgos y decirle que sus defectos eran peores que los de ella, porque Shirley estaba dispuesta a aprender de cualquiera y, en especial, de él.
De repente, el reloj de una iglesia dio la media hora como un gong: las nueve, las diez o las once y media —Shirley había dejado su reloj de pulsera por ahí, quizá en el bolsillo de la gabardina—. Jugó a imaginarse que estaba allí como había hecho antes (¡los detalles!). La iglesia tenía que ser Sainte-Clotilde, y su reloj había confirmado la hora en el Ministerio de la Guerra, en el Ministerio de Educación Nacional, en la embajada soviética, en la embajada italiana y en el Instituto Nacional de Geografía. Ahora, las mujeres de la limpieza y los agentes del servicio secreto que se habían quedado solos ese fin de semana festivo, como Shirley, sabían la hora exacta, al minuto. Se habría deleitado con esa imagen precisa y panorámica de una joven rodeada de una red de calles, pero el salón de té Pons, que quedaba solo a dos distritos, se interpuso como un incordio en su imaginación: en lugar de verse a sí misma, vio un pudin helado gigante con forma de castillo de arena, hecho con sorbete de granada, helado de vainilla y mazapán verde pálido. «Dios mío —dijo, con toda la fe y el fervor que solo un no creyente puede expresar—, ayúdame a aclararme. ¿Por qué he entrado aquí? ¿Qué estoy buscando? Una nota de Philippe en la que me diga dónde está. No, en realidad, no: estoy buscando un mensaje de Geneviève. Hoy no hay ninguno, solo la última entrega de Una vida dentro de una vida (págs. 895-1002).»
Estaba en lo alto de una montaña de texto mecanografiado en el cajón que Philippe reservaba para la novela de su amiga. Llegaría el día en que no podría cerrarlo, y entonces lo cogería todo y se lo llevaría a un editor. Por sus páginas deambulaban Flavia, una chica solitaria; Bertrand, su marido, un antropólogo de tercera, y Charles, un excelente periodista. En su día, Charles estuvo casado con Daisy, una furcia norteamericana, pero Daisy ya había muerto debido a una mezcla de alcohol y de desastre mucho antes de que empezara el primer capítulo. Leyendo en diagonal los nuevos fragmentos, solo las frases que le parecían esenciales, Shirley descubrió que, a pesar del desaliento fruto de su trato diario con el Bertrand de tercera, Flavia conseguía aferrarse a sus valores espirituales gracias a la correspondencia epistolar con Charles:
Me miré en el espejo […] vi el rostro delicado y el sedoso y rebelde […] Al subir las escaleras vi mi rostro en el tocador veneciano, con su encantadora […] el rostro de santa Verónica después de
recuerdo deambular por el césped intentando encontrar mi preciosa ropa interior […] «Mira qué bonita, con adornos de encaje color crema […] pero él ya estaba desplegando el mapa de carreteras […] tan trivial para él […] Mientras se encendía un cigarrillo, sin ofrecerme otro a mí, vi mi pequeño rostro en el parabrisas negro […] parecía Lázaro resucitado de entre los muertos […] los brazos amoratados […] profunda incomodidad […] sin agua caliente […] La solemne tragedia que podría haber sido […] anhelando un baño […] descansar […] entendiendo
conversación en un plano desconocido para él […] Una mera actuación convertida en opereta […] Su absurda afirmación de que el complejo de Edipo jamás había existido fuera de Viena […] En el restaurante vi mi pequeño y pálido rostro en la cabeza de una cuchara
incluso boca abajo […] el rostro de una pequeña y perseguida […] estaba cansadísima, tan exhausta que me preguntaba si sobreviviría hasta el final de
y que no afectaba a nadie más que a judíos de clase media […] una y otra vez […] imposible odio parricida, a menos que volviese a empezar de camino a casa […] Se comió como un grosero animal la sopa de puerro, sorbiendo […] estofado de carnero […] merengue de albaricoque […] más brandy
café […] corrompido por el estilo de vida americano […] se bebió un Gin Fizz detrás de otro […] hasta que […] sin tener en cuenta mi pequeña […] cansada o incluso por su propio hígado […] presión arterial […] Con Bertrand cené en los restaurantes más caros […] me invitaban a relacionarme con gente famosa […] actores que contribuían a […] Fui a […] en un lujoso y potentísimo […] arena blanca y pura
cada actuación de gala en […] aun así, no eran más que sucedáneos de su incapacidad profesional para […] estando delante del espejo […] con la mano apoyada suavemente en la talla de […] vi unos ojos […] enmarcados por […] cuyo arrojo […] no se plegaba ante la mirada de él […] Solo una carta de Charles podría arrancarme del aburrimiento y de la apatía habitual
Dejando de lado lo que Philippe pudiera sentir por Geneviève, no cabía duda de que el lenguaje de Geneviève era una coyuntura de por sí y era un lenguaje que ningún extranjero podía confiar en llegar a entender, ni siquiera el fantasma de Daisy.
«El lenguaje es coyuntura —se dijo Shirley—. El grito silencioso.»
Cuando Philippe hablaba de Geneviève usaba el vocabulario de su novela. Era una forma de expresión que se inducían recíprocamente, como si una tercera presencia invisible y presuntuosa, sucedáneo de la pasión, los impregnase por turnos. Cuando el poseído era Philippe, podía decir, sin sonreír:
—Era un hada del maíz.
—¿Que era una qué?
—Una diosa, vaya. Una deidad femenina. Una diosa del maíz.
—Ay, Philippe, ¿qué quieres decir? Dímelo en francés.
—Hablo de la fertilidad. De la abundancia. De la calidez.
—En serio, prefiero que te ciñas al francés. Cuando lo haces suena bien, por así decirlo.
—Era una Deméter. Una adorable Deméter. Era Perséfone. Una naturaleza cautivadora. Nunca discutíamos. Siempre estábamos de acuerdo. Una cocinera maravillosa.
—¿Por qué no te casaste con ella?
—Lo nuestro no era así. Ella era la encarnación de los sueños de un niño pequeño…
—¿Un niño pequeño, dices?
—Que había perdido a su padre…
—Ay, Philippe.
—Solo…
—Es horroroso. Hablas como ella. Y en la cama, ¿qué? Con ella, digo.
—Lo nuestro no era así. Eso daba igual. Era la encarnación de…
—No, por favor, eso ya lo has dicho. Volvamos a lo de la cama.
—A ver, la cuestión es que ella no estuvo con casi nadie antes que conmigo. Solo con otros dos hombres. A uno lo quería, pero…
—Estaba casado.
—No, se hizo cura. Con el otro solo era… En fin, el caso es que no le gustaba para nada con ninguno de los dos.
—Que no se te olvide su marido.
—No le gusta para nada con su marido.
—Si tan poco le gustase, se iría de casa.
—Su religión se lo impide.
«¡Su religión! ¡¿Lo has oído, san José?! ¡Mándale una lluvia de alfileres a Geneviève! ¡Que le salga barba! Que a Geneviève se le caiga el pelo y tenga que llevar un turbante de lunares con un flequillo postizo. Que a Geneviève se le congelen los dedos en el Transiberiano. Maldita sea Geneviève. Que le den. No, eso lo retiro. No mejoraría la cosa.»
Esa conversación, que Shirley había empezado a garabatear por todos los márgenes, se fue extinguiendo. Shirley, o Daisy, solo era el fantasma de una furcia y no tenía derecho a nada. Su matrimonio había tocado fondo; el lecho oceánico: un domingo por la mañana, 2 de junio, ninguno de los dos sabía dónde estaba el otro. También Geneviève era un fantasma: no era sino lo que Philippe quería que fuese, un pasado perpetuo. Shirley recogió las hojas desperdigadas de la carta de su madre y volvió a guardar Una vida dentro de una vida en el cajón. No había ganado nada con ese jueguecito, ni siquiera tiempo. La casa donde Shirley había pasado la noche no era la de Geneviève, pero era poco probable que Philippe estuviera con ella en aquel momento. Si Shirley hubiera muerto en ese instante fulminada por un rayo (es decir, si el rayo fuese el sentimiento de culpa), la noticia de su muerte diría: «Se tomó su último desayuno de pie, en la cocina. Las sillas estaban ocupadas por pilas de basura que ya llevaba un tiempo queriendo tirar». Nadie que observara la desaparecida Atlántida creería jamás que el responsable de aquella taza sin lavar era Philippe. Shirley se preguntó si su marido no estaría intentando asustarla y si esa luz que se había dejado encendida, las dos pastillas para dormir y la pocilga de la cocina eran indirectas con la intención de transmitirle un mensaje definitivo.
En compañía de la araña, se quitó la ropa del sábado y abrió el grifo de la bañera moteada con manchas ocres. De la intrincada tubería que había en el techo le cayeron unas gotas en la cabeza. La carta de su madre hablaba de la muerte de un rey, le decía que no sollozara contra su almohada y que esperaba que no fuese para tanto. ¿Que no fuese para tanto el qué? La mala opinión de Cat Castle sobre Europa. Está en París; haz un esfuerzo para verla, decía su madre. «Pero yo ya sé que está en París: me llamó. Estuvimos un rato hablando, y su horrendo acento de las praderas me arrancó lágrimas de felicidad. Hablamos y quedamos en vernos. Pero… ¿cuándo? ¡Dios santo! —se dijo Shirley—. En teoría tendría que estar con la señora Castle ahora mismo. Desayunando con la señora Castle.»
El patio se inundó de un suave murmullo dominical de voces y radios. Todo el mundo estaba escuchando el parte meteorológico porque ese fin de semana había puente. Muertes en carretera: a los supervivientes nos gusta conocer las cifras. Luego una guitarra: mientras sonaba de fondo Nuages, que todo el barrio se sabía de memoria, Sutton McGrath tocaba un contrapunto de su propia cosecha. Tenía que ser Sutton McGrath, porque Shirley había visto el nombre en una petición redactada y difundida por madame Roux, la dueña de la tienda de antigüedades de la planta baja. La petición, una queja contra los instrumentos musicales y la presencia de extranjeros (McGrath era australiano), concluía con una elocuente apelación a los derechos ajenos. Shirley no la había firmado precisamente por esos derechos. Philippe tampoco, pero él se amparaba en su prudencia innata: «No firmes con tu nombre; al menos, que no se lea. Si te molesta el ruido, cierra la ventana». Luego Shirley supo que los comentarios ofensivos de la petición sobre los extranjeros no eran por ella. Y eso ¿qué más daba? Al final resultó que madame Roux apenas oía la guitarra desde la planta baja. Su motivo para quejarse, como ocurre a menudo en la vida, era única y exclusivamente cuestión de principios. «Voy a explicarle lo que pienso yo de los principios», se dijo Shirley, hasta que se acordó de que no llevaba dinero y estaba sola en casa. Podía subir en un santiamén y pedírselo prestado al vecino que Philippe odiaba, pero imaginó que al subir o bajar las escaleras se podría topar con su marido y con «su malvada cara católica», como ella la definía cuando la asustaba. Philippe podría preguntarle: «¿Se puede saber adónde vas?». Y sería un pésimo momento para la excusa del dinero. Pero no pasaba nada: la señora Castle, vieja amiga, le dejaría lo que necesitara. No tendría el inconveniente del idioma y no habría ni rastro de ambigüedad. «Entenderá todas y cada una de mis palabras», pensó Shirley. Dio la vuelta a una de las páginas de la carta de su madre y escribió, en mayúsculas gigantes: «ESTOY EN EL SALÓN DE TÉ PONS DESAYUNANDO CON LA SEÑORA CASTLE UNA AMIGA DE MI MADRE SIENTO QUE NO NOS HAYAMOS CRUZADO ESTA MAÑANA NO ME HA DADO TIEMPO A ORDENAR LA COCINA, LUEGO LO HAGO POR FAVOR DIME DÓNDE ESTÁS VUELVO EN CUANTO PUEDA MUCHOS BESOS S (PERDÓN POR LO DE AYER)». Sin embargo, no había escrito la nota en una página de la carta de la señora Norrington, sino en un folio de la novela de Geneviève, lo que significaba que las sabias palabras de la señora Norrington habían pasado a formar parte de Una vida dentro de una vida. Shirley se sentó al borde de la cama, envuelta en la toalla mojada, y leyó, esta vez sin saltarse ninguna frase, la descripción de Bertrand, el antropólogo incompetente, comiéndose su estofado de carnero poscoital. En las calles se oía el trasiego de los coches, que se daban prisa por salir de la ciudad.
3
«SODALEH», leía Shirey al otro lado del ventanal de Pons. Detrás del «SODALEH» había plátanos de sombra y un cielo digno de Sisley.
—Acabo de acordarme de algo —dijo Shirley—. Dios santo. Lo siento, señora Castle, pero acabo de caer. Hoy tenía que almorzar en casa de la madre de Philippe.
—Llama y diles que llegas tarde —respondió la señora Castle. E, ignorando todo lo que sus viajes ya tendrían que haberle enseñado, añadió—: Pídele a ese camarero que te traiga un teléfono.
—Ya me acuerdo. Ya sé dónde está Philippe. Ha ido a recoger a su hermana al aeropuerto a primera hora de la mañana. Venía de Nueva York. Imagino que han ido directos a casa de su madre desde el aeropuerto. Habíamos quedado en que los vería allí. Dirán que se me ha olvidado a propósito. Philippe está en casa de su madre…
—Mal sitio para un hombre —apuntó la señora Castle dando golpecitos en la mesa con su anillo para llamar a un camarero—. ¿Qué vas a tomar, Shirl?
Seguro que Philippe no quería asustarla. Si hubiera buscado detenidamente en vez de montarse una película sobre Geneviève, habría encontrado una nota. Se imaginó su letra en el bloc al lado del teléfono: «Colette ha vuelto, y con una luchadora de Hamburgo a la que conoció en el Museo de Arte Moderno. Mamá confía en que la luchadora tenga un hermano y en que esta extravagante aventura desemboque en una boda. Te esperamos para comer».
Sí, estaban esperándola para empezar con el asado de ternera del domingo y para oír las historias desdeñosas de Colette sobre las comidas, la moda y el estilo de vida que se llevaba en otra ciudad. Esperarían un rato a Shirley y luego, después de inventarse las excusas de rigor para que Philippe no se sintiera mal, empezarían con el aperitivo predilecto de Colette: huevos en gelatina. «Esto es lo último que necesita mi hígado», apuntaría Colette, untando un trocito de pan en la yema. Comerían ternera con moderación, porque en el angustiado mundo de madame Perrigny la carne causaba cáncer. Buena parte de la conversación, una vez despachada Nueva York, se centraría en los peligros de la comida, de comer en restaurantes, de comer en cualquier sitio que no fuese aquella casa; y acabarían llegando a la factura que les pasaría incluso ese almuerzo: languidez, migrañas, calambres, insomnio y remordimientos digestivos. La madre de Philippe cocinaba bien, pero solo porque era incapaz de cocinar mal: no sabía cómo se hacía. Con todo, el mero hecho de comer la inquietaba. La peristalsis era un enemigo al que nunca había conseguido someter. Sus intestinos tenían una relevancia casi histórica: aunque tomaba bismuto para calmarlos y carbón para cuidarlos, eran una nimiedad en comparación con su estómago, donde las comidas de cuatro platos se pasaban los días, indigestas, dando vueltas y vueltas como si se tratase de ropa olvidada en una secadora.
Colette se compadecía de las aflicciones de su madre; a menudo las compartía, y sumaba otra propia: un hígado inquieto. Cuando un huevo, una jícara de chocolate, una copa de vino o una galletita de más lo despertaba de golpe, el hígado de Colette se estiraba, doblaba su tamaño e intentaba abrirse paso a través de su piel. Si se llevaba las manos al costado derecho, justo debajo de las costillas, Colette conseguía devolverlo a su sitio. Sin embargo, encoger el hígado era algo muy distinto: implicaba pasarse días tumbada y no beber más que el agua en la que se habían hervido zanahorias y perejil durante dos horas, sin sal, hasta que el hígado enfurecido por fin se aplacaba. Uno de cada dos fines de semana, de hecho, Colette pasaba cuarenta y ocho horas guardando cama y bebiendo dicho caldo, y se levantaba con un hígado al que había conseguido debilitar considerablemente, pero nunca derrotar del todo.
Al poco tiempo de conocer a Philippe, Shirley invitó a su hermana y a su madre a cenar. No era consciente del nivel de compromiso que implicaba dicha invitación ni de que solo las personas sin educación recibían invitados los sábados por la noche. Pero la curiosidad llevó a las Perrigny a cruzar París aquella tarde anodina. Llegaron con veinticinco minutos de adelanto. Colette llevaba un protocolario ramo de claveles sujetos con alambre y adornados con esparraguera que fue soltando finas agujas verdes por toda la escalera. «Personajes de Goya», pensó Shirley al ver a los tres en su rellano: la mujer frágil y artrítica con ojos oscuros de gitana; Colette, tallada, adornada y bañada en oro, como un sillón antiguo; y, a su espalda, un Philippe distinto y vigilante. Quince minutos antes de su llegada —si hubieran sido puntuales—, Shirley habría hecho la cama, habría vaciado los ceniceros y habría despejado la sala de estar, privándola de su habitual y caótico desorden de bufandas, periódicos, perchas, botas de agua y flores moribundas. Iba descalza, vestida con un albornoz que sujetaba con la mano izquierda. Supo que ese encuentro era irremediable. Recordó cómo la habían mirado los padres de su primer marido y cómo se había visto reflejada en sus ojos.
—Philippe, ponles una copa, ¿vale? —dijo en inglés—. El puñetero albornoz no tiene cinturón y si quito la mano se abre.
—No beben, no te preocupes. Pero ponte algo, te lo pido por favor.
Los oyó murmurar mientras se vestía. Por el tono parecía mera cháchara. «Haz algo. Échame una mano», le pidió a ese nadie en concreto al que ella llamaba san José.
Shirley los invitó a sentarse a la mesa de la sala de estar y encendió con solemnidad varias velas, lo que les hizo pensar —ella lo supo al cabo de un tiempo— que su idea de elegancia estaba sacada de los restaurantes del Barrio Latino. Luego miraron el plato enorme que había en el centro de la mesa y dijeron lo siguiente:
La Madre: «¿Qué lleva ese plato que pueda sentarnos mal?».
La Hija: «Todo».
Escogieron selectivamente entre los cuatro tipos de arenques y la ensalada de patata aliñada con eneldo. Los vasos de aquavit se quedaron intactos delante de sus platos. Philippe se mostró amable, pero estaba perplejo: ¿qué mosca le había picado a Shirley? ¿En qué momento se le había ocurrido que su madre y su hermana disfrutarían de una extravagante cena escandinava? Ya le había hablado de ellas, y Shirley le había prestado atención, pero ¿lo había entendido? Ella notó esas preguntas desde el otro lado de la mesa, o creyó notarlas, y respondió con un «Lo siento» que parecía llevar diciendo desde siempre y que seguiría diciendo para siempre. Entretanto, las Perrigny intentaron comer un poco de cerdo con ciruelas. Dirigían la mirada hacia las pastas y al momento la apartaban. Daban mordisquitos al pan negro y fingían dar sorbos a su cerveza danesa. No estaban sorprendidas u ofendidas; estaban sencillamente angustiadas y horrorizadas por el miedo al envenenamiento.
Aquel desastroso primer encuentro no evitó el matrimonio, solo hizo prudentes a las Perrigny. Ahora, cuando iban de visita, no aceptaban nada que no fuese té chino. Inclinaban la cabeza y se cruzaban miradas que Philippe nunca veía y murmuraban opiniones que tampoco interceptaba. Para Philippe, la única consecuencia de aquella cena escandinava fue el miedo a que, después de casarse con Shirley, no pudieran invitar a comer a la gente normal: sus invitados se marcharían nerviosos y hambrientos o, aún peor, aquejados de colitis o botulismo. Entonces empezó a educarla. La enseñó a no hacer espaguetis para los invitados porque era un follón comérselos y porque parecía que no podían permitirse ir a la carnicería. La disuadió de preparar cualquier estofado con salsa de manteca, vino o algo similar porque no confiaba en que supiese cocinarlo y porque la gente podría pensar que los Perrigny disimulaban con la salsa unos cortes de carne de segunda. Cuando ocupaba su silla, presidiendo la mesa, y veía a los comensales pasarse la bandeja de ternera anémica con inocuos guisantes, decía: «Mi mujer es norteamericana, pero le he enseñado lo que es la buena cocina».
Con discreción, para que la señora Castle no la malinterpretase y se ofendiera, Shirley miró fugazmente el reloj. A esa hora, en la cocina de su suegra ya había quince platos fregados y guardados. El agua hirviendo se filtraba a través del café molido y caía a una taza de porcelana. Si Shirley se daba prisa quizá llegase a tiempo de que la perdonaran. Se imaginó allí mismo, en Pons, pidiendo un teléfono portátil. El aparato no existía, pero ella se lo imaginó sobrevolando la mesa y posándose, liviano, impoluto, como una nueva especie de extranjero, entre las dos guías de la señora Cat Castle y su bolso tapizado. Se imaginó marcando el número de su suegra, escuchando cinco o seis tonos estridentes y desistiendo. Le daban miedo los Perrigny, esa era la pura verdad. Cuando los Perrigny clavaban sus ojos marrones y escépticos en Shirley, le recordaban a aquellas personas que, hacía muchos años, en Italia, se habían quedado mirándola por llevar pantalones cortos. Shirley se fijó en el sol que bañaba París ese día. Un sol que no llegaba al comedor de madame Perrigny, siempre oscuro como el mar, pero que sí iluminaba las casas al otro lado de la plaza con una capa de amarillo grisáceo. Las ventanas de los Perrigny estaban cerradas para evitar las corrientes de aire y el ruido del tráfico; y los visillos blancos, completamente corridos, no fuese a pasar un helicóptero en vuelo rasante para fisgonear y ver qué estaban almorzando. El teléfono fantasma en la mesa de Pons se desvaneció. «He intentado llamarlos, pero no han respondido», se dijo Shirley. Era su forma de quitarse ese peso de encima: ¡alejarse de la culpa y del desastre! De pronto, una luz agradable bañó el comedor de su suegra, que se volvió tan acogedor como Pons. Shirley se imaginó el ramo de rosas que mandaría para disculparse: fresias, margaritas, primaveras y violetas blancas que un chiquillo llevaría en bicicleta hasta su destino; sería la propia madame Perrigny la que las sacaría de su envoltorio de papel crujiente y, al intentar salvar los tres imperdibles que sujetaban el papel para usarlos luego, se clavaría uno en el pulgar. La llevarían a toda prisa a comisaría; y, de ahí, al hospital, donde le pondrían la vacuna del tétanos. La excusa de Shirley estaba resuelta: podía hacer caso a la carta de su madre y quedarse con la señora Castle, «que la conocía desde siempre; desde antes de que naciera».
La pobre y peculiar señora Castle, a su edad, había emprendido un viaje por Europa con todas las incomodidades y la soledad que implicaba, para así demostrar a sus hijos, que se habían quedado en Canadá, que no los necesitaba. Se había comprado una capa y un sombrero tirolés en Salzburgo. Debajo del sombrero resplandecían unas gafas con forma de mariposa. Dejó la carta, que había escudriñado como si estuviera cifrada, se ajustó el sombrero para darle un toque informal y, después de remangarse, con su acento arrastrado de las praderas, dijo de un tirón:
—Pues me sorprende que una jovencita tan elegante y tan puesta como tú, Shirl, no conociese el salón de té Pons, la mejor pastelería de París.
—Sí lo conocía. De hecho, ya había estado, pero no sabía que era tan famoso.
—Esperemos que esté a tu altura.
Ese sarcasmo de la anciana le resultaba familiar; su voz podría haber salido perfectamente de la carta que Shirley había leído aquella mañana.
—Somos de Canadá —sentenció la señora Castle, dispuesta a dejar petrificada con la mirada a la camarera si se atrevía a negarlo—. Dile lo que quieres —le ordenó a Shirley. Entonces abrió un cuaderno y, apoyándolo en la mesa, escribió: «Pons». Acto seguido subrayó la palabra y dijo—: Una cosa hecha.
«¡Café!», gritó de repente, y siguió escribiendo: «He estado en la pastelería con Shirl el séptimo domingo después de Pascua (Pentecostés)». Levantando la mirada, preguntó a la camarera:
—No tendréis por casualidad tortitas escocesas, ¿verdad? Resulta que he estado en Escocia. —Y le dijo bruscamente a Shirley—: Tradúceselo, anda. Y no seas tímida. Nunca muestres timidez por lo que eres ni por lo que quieres.
Luego escribió: «Paredes verdes. Mimbre. Sillas rojas de felpa. Moqueta roja, estampada con plumas del Príncipe de Gales (¿o helechos?). El sol de la mañana no viene del parque, sino de la dirección contraria. Fielding no llevaba razón. Lámparas con pantallas de raso en las paredes, igual que en mi habitación. Geranios un pelín pachuchos. Mesas artísticas. Los espejos parecen de plata antigua».
—No intentes leer del revés —dijo, agitando sus excéntricas gafas—. Si te interesa lo que estoy escribiendo, me lo dices. Es para una larga historia que le voy a contar a una grabadora cuando vuelva a casa, ya ves. Voy a grabarlo todo en una cinta, reuniré a mi familia y se la pondré, así se pasarán un domingo entero escuchándola y una cosa menos. A nadie le gusta ya ver fotos y, aunque las hubiera, tendría que hablar. Lo tengo todo pensado. ¿Qué ha dicho de las tortitas escocesas? Da igual. Tomaré cualquier cosa: es mi tercer desayuno del día.
En la memoria de la viajera, los éclairs sustituyeron inmediatamente a las tortitas escocesas. Se acordó de que le habían dicho que probase los éclairs de Pons. Escogió los dos que tenían el glaseado más denso y brillante y empezó a comérselos en cuanto llegaron, mientras le explicaba a Shirley que ella siempre se había tenido que sacrificar por los demás: siempre había puesto sus deseos al final de la lista. Ahora sus hijos se habían dado cuenta y el arrepentimiento los corroía por dentro: ellos se habían casado con unas esnobs egoístas; y a Phyllis tampoco le había ido mucho mejor.
Shirley, que se bebía el café solo como si fuera veneno negro, entrevió el pánico de la vejez en su acompañante y esa necesidad de comérselo todo cuanto antes.
—Madre solo hay una en esta vida —dijo la señora Castle. Su triunfo sonaba algo apesadumbrado: ¿los hijos de la señora Castle la querrían más por ser única?—. Tu madre ha estado muy apagada todo el invierno, Shirl —continuó—. Ella dice que solo es un virus estomacal. Pero nueve de cada diez veces cualquier cosa en el estómago resulta ser cáncer. ¿A ti qué te cuenta?
—Acaba de mandarme una carta larguísima.
—Habla más alto, hija, que no te oigo cuando mastico.
—Acaba de mandarme una carta larguísima. Llegó ayer, pero no he tenido ocasión de leerla hasta hoy. Va de campanillas, toda la historia de las campanillas. No sé por qué. Dice que no entiende mi letra.
—Tu madre sabe un montón de botánica —apuntó la señora Castle.
—Le decía que creo que estoy echando a perder mi matrimonio; haciendo todo lo que no hay que hacer. Aunque yo sí entiendo su letra, no siempre sé adónde quiere llegar. Una vez me pidió que le señalara en un mapa las Grandes Rousses y que se lo enviara por correo aéreo. ¿Cómo iba a saber que eran montañas? Podrían haber sido bailarinas desnudas. Philippe lo sabía, pero se había marchado una temporada por trabajo; y, cuando volvió y me explicó que se trataba de montañas, mi madre me dijo que era demasiado tarde. ¿Demasiado tarde para qué? En otra ocasión, quería una foto del castillo y de las mazmorras de Nogent-le-Rotrou. Philippe también lo conocía, y si no, lo buscó, e incluso me consiguió la foto. Pero tardé un par de semanas en responder y mi madre al final ni siquiera nos dio las gracias. A lo mejor estaba buscando Jericó otra vez. La Jericó original, la que destruyeron; porque ella asegura que, en realidad, estaba en Europa. Pero como nunca me lo dijo, nunca supe qué quería en realidad…
—No tendrías que haberle contado esa parte del matrimonio —dijo la señora Castle—. Seguro que a Margaret no le gustó. Ella es una persona espiritual. Seguro que no le hizo ni pizca de gracia. Tu padre era un hombre muy cariñoso. Al principio intentaba cogerla de la mano y esas cosas, pero ella lo intimidaba con la mirada y le decía: «Teddy, no seas cochino». Es más partidaria de la faceta espiritual de las cosas. Teddy acabó acostumbrándose a ella. De hecho, creo que hasta acabó gustándole esa característica suya.
—No tenía ni idea de que fuese así —dijo Shirley—. Mi madre siempre ha sido muy razonable con todo, excepto con Inglaterra, y hablaba de buen grado de cualquier asunto, siempre y cuando no se tratase de algo personal.
—¿Por qué no has venido con él? —preguntó la señora Castle—. Creo recordar que os invité a los dos.
Shirley, jugando con su taza, dijo:
—Se me olvidó decírselo. —Y, antes de que le pidiese que lo repitiera, gritó—: ¡SE ME OLVIDÓ! De todas formas, no habría podido venir porque tenía que recoger a su hermana. Y yo tampoco sabía dónde estaba. Cuando he vuelto a casa esta mañana, ya se había ido. Había dejado una luz encendida, como si hubiera salido antes del amanecer, y dos pastillas para dormir para mí. Cuando discutimos, él nunca discute: se limita a escucharme y a corregir mi francés de vez en cuando, y luego me deja un par de sedantes en un platillo. Al verlos he comprendido que quería decirme que no había discusión, o que esta ya había terminado.
—¿Qué es eso de que has vuelto a casa esta mañana? ¿Qué haces por las noches? ¿Dar vueltas en autobús? Deja la taza. Si quieres más café, dilo, pero no juegues con la comida fría.
—Era muy sencillo, señora Castle… Me parecía sencillísimo, pero he armado un lío tremendo. Tengo una amiga que se llama Renata. No es italiana, a pesar del nombre. El caso es que quería abortar, así que le conseguí la dirección y fui con ella. Por cierto, no se lo diga a madre. Todo esto fue el viernes. Al día siguiente, o sea, ayer, me llamó para decirme que me necesitaba, que le contase a Philippe cualquier excusa, que le dijera que iba a una fiesta o algo por el estilo. La cuestión es que la persona implicada, el responsable, o sea…
—Te aseguro, sin miedo a equivocarme, que no quiero saber nada. Shirl, ¿qué pintabas tú ahí, para empezar?
—¿Que qué pintaba yo? Nada. Pero dijo que me necesitaba. Y es que había intentado suicidarse. No con mucho ahínco, pero en fin…, habría podido salirle bien, para su sorpresa. No podía contarle nada a Philippe porque aquí el aborto es un asunto grave. Basta con que lo sepas para buscarte la ruina. Lo último que quiero es que él averigüe que fui yo quien le dio la dirección. Nunca me ha quedado muy claro lo católico que es. Pero lo que sí que sé a ciencia cierta es que Renata le parece una pesada y que cree que desperdicio mi vida y mi tiempo con gente que no vale un comino. Pero ¿cómo se puede saber lo que vale alguien? ¿Cuál es la medida?
—Todo esto es cosa de tu madre —dijo la señora Castle—. Toda su familia era como tú. Sabe Dios que tu abuelo llevaba a casa al primer holgazán que encontraba por la calle. Siempre había algún zángano comiendo huevos fritos en la cocina de tu abuela. Y ella les leía la Palabra de Dios hasta que no quedase un parado sin cristianizar. Más vale que le cuentes algún cuento al pobre infeliz de tu marido.
—Más vale que le diga la verdad, antes de que la cosa se complique aún más.
—No tiene sentido —dijo la señora Castle, con voz tranquila—. Si empiezas con circunloquios y te enrollas, como estás haciendo conmigo, va a quedarse frito. Si quieres que te preste atención, escríbele una carta. Eso siempre conmociona a los hombres. Parece la última palabra. Así podrá llevársela, leerla tranquilamente y reflexionar. Te digo por experiencia que es eficaz, siempre y cuando no se abuse. Y que sea corta. Solo las mujeres que están locas escriben cartas largas. Cuéntale la verdad si suena realista. Si no, invéntate algo mejor. No hay ninguna necesidad de ir por la vida diciendo ridiculeces solo porque dé la casualidad de que sean verdad. Que sea verosímil, pero sobre todo sé escueta.
—Una fiesta es verosímil. Él cree que siempre estamos por ahí bebiendo y armando jaleo.
—«Estamos», ¿quiénes?
—Ah…, los americanos.
—Yo no soy americana. Y, hasta donde yo sé, tú tampoco naciste en Estados Unidos. Si vas a ponerte así, a olvidarte de tus orígenes, no quiero oír ni una palabra más. Imagino que, siendo católico, estará en contra del suicidio.
—Eso casi es lo de menos. Philippe está harto de mis amigos y de sus penurias. Cree que uno ha de guardarse sus cosas, a menos que sepa presentarlas como extraordinarias. Philippe no se parece en nada a la familia de madre. De hecho, es justo lo contrario. Prefiero decirle que estaba en una fiesta, y no cuidando de una amiga. Porque es verdad que a veces salgo sin él. Llegó un momento en el que empezamos a vivir así: yo iba a fiestas por mi cuenta porque él se quedaba trabajando hasta tarde o había salido de la ciudad por un encargo. Pero es que, aunque esté aquí, los sábados no sale. Mientras que a mí quedarme en casa un sábado por la noche me parece muy triste. Si te soy sincera, Philippe me da un poco de miedo. Y ahora me aterra tener que ir a casa de mi suegra. Cuando está con su hermana y con su madre, me paso todo el tiempo hecha un manojo de nervios. Tengo la sensación de que me están juzgando por cosas que no entiendo. Si las entendiese, a lo mejor me daría igual.
—¿Te ha puesto la mano encima alguna vez? —preguntó la señora Castle—. ¿Te ha pegado?
—¡No! No, por Dios. Él no es de esos, ni mucho menos. Si usted pudiera verlo cuando está con su hermana, comprendería lo que le digo. Desde que iban a la guardería les han inculcado que son mejores que los demás. A nosotros nunca nos dijeron nada parecido, ni una cosa ni la otra, así que no tengo nada en lo que apoyarme para entenderlo.
—Ya has mandado al garete dos matrimonios —dijo la señora Castle—. ¿Por qué siempre tienes tanta prisa por casarte? Da la impresión de que te casas deprisa y corriendo, y luego corres en la otra dirección.
—Pete murió, señora Castle.
—Murió, en efecto. Su madre sí que era americana.
—No murió por eso —respondió Shirley, viendo su reflejo en miniatura en las gafas de la mujer—. Las cosas se superan… —murmuró de pronto.
A Shirley, ese «te casas deprisa y corriendo» le parecía muy desacertado. Les había llevado semanas reunir los documentos necesarios para celebrar la boda entre un ciudadano francés y una extranjera. Recordaba, entre la docena de funcionarios impertérritos con los que tuvo que lidiar, a una mujer que se comportaba como si tuviese el poder de dar o quitar la vida a Shirley. Recordaba cómo lamió un sello, lo pegó justo en el borde inferior de una carta, lo firmó con sus iniciales, se sentó y escribió tres palabras a máquina, tomándose su tiempo, antes de mirar al otro lado del mostrador marrón que la separaba del resto de los mortales y sus solicitudes. «¿Es que no puede casarse con alguien de su país, señorita? —le preguntó—. ¿No hay hombres donde usted nació?» Era una víbora rechoncha, con un guardapolvo de nailon grasiento… Y las uñas grises. Cuando Philippe fue a ver a su padrino para preguntarle si podía hablar con alguien para adelantar la boda, aduciendo que Shirley estaba embarazada, el hombre le respondió: «Seguro que es mentira», y no hizo nada. Luego llegó la carta de advertencia de la madre de Shirley: «No olvides que se creen sagrados. Dios vela por ellos. Dios intervino en su nombre a través de Juana de Arco. He oído que en realidad era un hombre, o una lunática, o una hija bastarda del rey, pero nunca he leído ni una palabra que pusiera en entredicho la divinidad de su misión. Ese país está directamente vinculado al Todopoderoso, y los vínculos directos siempre son peligrosos. Lo que digo, querida, es: ¡PIÉNSATELO BIEN!».
Shirley y Philippe leyeron la carta juntos, se echaron unas risas y un buen día se casaron en el Ayuntamiento del VI Distrito, no en una iglesia. Al día siguiente pusieron rumbo a Berlín en el dos caballos de Philippe, que tenía un encargo en la ciudad: «Un año después del Muro: el grito silencioso». Hubo algunas complicaciones al atravesar la zona Oriental, porque Philippe tuvo que parar continuamente donde no estaba permitido para que Shirley bajase a vomitar. Él tomaba nota de todo, con la intención de incluirlo en el artículo como un toque conmovedor a la par que cómico, pero luego se dio cuenta de que no le serviría. No podía escribir sobre una luna de miel en la que la mujer llevase unas doce semanas embarazada y presentar a Shirley como una persona que se mareaba en el coche la haría parecer tediosa. Al final, decidió eliminarla directamente. El largo relato del viaje en primera persona que se publicó en Le Miroir dejaba claro que Philippe había viajado solo.
—Tenía prisa por casarme porque Philippe me parecía un regalo del cielo —dijo Shirley de repente—. Me parecía demasiado bueno para mí, que no me lo merecía. Yo tenía veinticinco años y todos los hombres que conocía o bien estaban casados o eran unos inmaduros, unos neuróticos u homosexuales.
—Eso habría sido lo más prudente —comentó la señora Castle, quizá en referencia a los últimos.
—No, señora Castle, ni mucho menos. ¿Dónde está la prudencia? Entre dos personas todo es ambiguo.
—Será todo lo ambiguo que quieras, Shirl, pero te ahorras las náuseas matutinas.
—Pues mire el príncipe Alberto —dijo Shirley—. La reina Victoria tuvo nueve hijos, y náuseas con todos y cada uno de ellos.
Como esperaba que la mujer cuestionase su afirmación o, cuando menos, le pidiese pruebas, Shirley empezó a preparar su defensa —el famoso y silenciado escándalo del barón Schwartz-Midland le valdría, para empezar—, pero la señora Castle se limitó a responder con su característico acento de las praderas:
—Tu abuela Woodstock tenía una jarra antiquísima para la leche con la imagen del príncipe Alberto. Estaba en la cocina, justo en el borde de un estante. Siempre parecía a punto de caerse. En ella guardaba el apio, el perejil. Esa jarra, que deberías tener tú, está en un museo de Búfalo. Así es como cuidamos nuestro patrimonio nacional… Por eso te he traído una cosa. Es mía, pero, conociendo a tu familia como la conozco, me da la impresión de que, si no te doy esto, nunca vas a tener nada.
Se refería a una de sus dos guías. Se la dio a Shirley por encima de la mesa mientras la abría por la guarda. Con tinta sepia, en una letra liliputiense, alguien había escrito:
Para Charlotte S. Mackie
por su quinto cumpleaños,
de Shirley Ann Horsburgh.
5 de noviembre de 1873
Debajo, en un color algo más fresco:
Para la pequeña Cathie Murray Pryor,
de su madrina
Charlotte S. Woodstock.
Regina, 2 de julio de 1892
Luego, escrito con bolígrafo y con la letra alargada de la señora Castle, se podía leer:
Para Shirley Norrington, recuerdo de nuestro encuentro en París, este libro vuelve a quien le corresponde por derecho.
Catherine M. Castle, domingo de Pentecostés de 1963
—Cuántas mujeres, ¿eh? —dijo la señora Castle—. Si hubiera esperado otra década, te habría podido dar una auténtica antigüedad: cien años. Pero no quería esperar tanto. Lo encontré el invierno pasado mientras ordenaba la casa antes de venir a Europa. Guardé un montón de cosas: todo aquello por lo que mis hijos no se ponían de acuerdo ni decidían quién iba a quedarse con qué. Lo guardé todo y punto. Que se peleen cuando me muera. Les dije que antes de mudarme a un pequeño apartamento y pasarme la vejez cuidando de… —Perdió el hilo de lo que quería decir—. El libro… Le tengo mucho apego, pero me imagino que te mereces tener algo de tu familia y, conociendo a los Woodstock como los conozco, probablemente esta sea la única herencia que vayas a recibir. No pongas esa cara de perplejidad. ¿Es que no te dicen nada estos nombres? Pues vaya, Shirl… Excepto por el mío, y considerando que se saltaron a tu madre sin querer, es tu linaje femenino. Esto sin duda demuestra que vivimos en un mundo de hombres. ¡Me apuesto lo que quieras a que te sabes todos los apellidos por parte de padre!
—Woodstock me suena, aunque no me dice nada. Pero Pryor… ¡Anda, hay una Shirley! Siempre me dijeron que me llamaron así por una criada que teníamos.
—Pryor soy yo —dijo la señora Castle—. Yo era Cat Pryor. Mackie es tu abuela, su apellido de soltera. A ti te he puesto como Norrington porque me cuesta seguirte la pista. ¿Qué has sido? ¿Higgins? ¿Perrigny? —Pronunció el segundo apellido con gran firmeza, acentuando la segunda sílaba—. Al menos, Norrington es como empezaste. En realidad, tu abuela no era mi madrina, pero se autoproclamó como tal. Yo nací, me bauticé y me confirmé como anglicana, y para las mujeres de tu familia eso equivalía a que el papa te tenía en el bolsillo. Aunque muchas se han vuelto más respetables desde entonces. Tu madre ya no cree en nada, excepto en la reencarnación. Eso es respetable. Digo que a nadie se le ocurriría atacarlo, pero que me aspen si quiero que mi alma acabe en otra persona que no sea yo. Yo, Shirl; yo ante todo. Antes no pensaba así, pero ese es el consejo que te doy. Cuando te levantes por la mañana, di para ti misma: «Por lo pronto, yo; los demás, ya veremos».
Lo que la señora Castle le había dado no era una guía de viaje, sino que podría tratarse del mismísimo texto que la abuela de Shirley leía a los parados: el precio que habían tenido que pagar los pobres para comer huevos fritos en la cocina de los Woodstock.
El pío nuestro de cada día
o
Una serie con las
PRIMERAS ENSEÑANZAS RELIGIOSAS
que la mente infantil
es capaz de asimilar
—No digo que tengas que leerlo, ¿eh? —aclaró la señora Castle con un tono ofendido—. Puedes dejarlo para después. Además, no habrá nada que no sepas.
Pero Shirley ya estaba sumergida en sus páginas:
¡Qué fácil sería hacer daño a tu pobre cuerpecito!
Si cayese en el fuego, las llamas lo abrasarían.
Si cayese agua hirviendo sobre él, lo escaldaría. Si cayese en aguas profundas, y no lo sacaran de inmediato, se ahogaría. Si un enorme cuchillo atravesara tu cuerpo, se desangraría. Si una caja enorme te cayese en la cabeza, la aplastaría. Si te cayeses por la ventana, te desnucarías. Si pasaras varios días sin comer…
—Cuando venía de Roma, coincidí con un francocanadiense en el tren —dijo la señora Castle—. Un chico simpático, de tu edad, quizá algo más joven. Mucho más joven, con toda probabilidad. Comió conmigo en el vagón restaurante. Bebimos vino blanco, decía que era alérgico al tinto, que le salía un sarpullido en el cuello. Su padre era dentista. Empezó a criticar a su propia familia y llegó un momento en el que yo ya no sabía hacia dónde mirar. Decía que eran todos muy vulgares. Yo no los conocía, qué iba a saber yo. Pero le expliqué que también había gente vulgar en Saskatchewan, y en absolutamente todas partes. Y él me respondió: «Bueno, puede que vosotros siempre fuerais vulgares. Pero nosotros nos vulgarizamos por culpa del contacto con los ingleses».
—¿Con qué ingleses? —preguntó Shirley, dejando El pío nuestro de cada día a regañadientes—. ¿Qué quería decir con eso?
La señora Castle se encogió de hombros. Empezó a recoger su cuaderno, su bolígrafo y sus guantes.
—Pero dejó que le pagase la comida —dijo.
—La mitad de los hombres que conozco son así. ¿Eso es vulgar?
—Es poco atento. Bien podrían haber sido los últimos billetes que me quedasen.
—Supongo que fue algo grosero. ¿O no? Nunca he tenido muy claro lo que significa «grosero». —Shirley intentó imaginarse el tren, la mano agarrando una copa de vino.
—Pues no lo sé —respondió la señora Castle en tono alegre—. Creo que a él le parecía sociable, sin más. Intentaba que la conversación me resultara interesante. Bueno, Shirl, no te entretengo más, que tienes mucho que leer.
—Señora Castle, me lo he pasado de maravilla. ¿Nos veremos otra vez?
—La verdad es que no hace falta, ¿no? Nos hemos visto un buen rato y ya sé qué decirle a tu madre. Hemos estado en Pons, que me moría de ganas de conocer, y esta tarde voy a Fontainebleau con un grupo de American Express. Me han gustado mucho los éclairs.
—¿Qué va a decirle a madre?
—Nada que no pudiese grabar para que lo oyeran otras personas. Que estás delgada como un alambre y que parece que conoces a mucha gente. Que, para serte franca, eres más o menos como siempre has sido. Que prefieres leer a escuchar, pero no todo en la vida son libros. ¿Sabías que naciste de nalgas? Si volvemos a vernos alguna vez, te contaré un montón de cosas que a lo mejor te interesan.
* * *
Al salir a la calle, Shirley se sintió como una extraña en París y como si la señora Castle llevase allí toda la vida. La vio dirigirse con resolución a la que sin duda sería su parada de autobús. ¿Se habían despedido? De pronto la señora Castle dio media vuelta y le dijo:
—¿Por qué tu amiga italiana…? ¿Era Gina? ¿Por qué lo hizo?
—Renata… No es italiana.
—Da igual. ¿Por qué intentó suicidarse? ¿Para ver qué hay después?
—Pues creo que se lo he contado, señora Castle. Decía que se sentía sola y que le dolía.
—Tu madre te parió sin una triste aspirina, y eso que venías de nalgas. Tu marido tiene razón. Esa muchacha es una pesada. No te juntes con ella.
La señora Castle desapareció bajo los cambiantes juegos de luces y sombras marcados por el sol y las hojas entrelazadas de los árboles. Ahora, en su lugar, había un hombre con una silla plegable en la mano. Shirley era miope y estaba acostumbrada a que la gente se desvaneciese así ante ella, por lo que habló con confianza a la luz y a la sombra.
—Por cierto, señora Castle, esta mañana he salido de casa sin dinero. No llevo nada, ni siquiera un billete de autobús. ¿Puede prestarme algo? Mañana se lo llevo a su hotel.
—Eso sería lo último que haría —respondió la voz de las praderas—. Ni podría, ni querría. Ya tienes tu libro, y tu desayuno, pero no puedo darte nada más. Además, Shirl, tu madre sería la primera en recordarte que una dama nunca necesita nada. Nunca necesita, nunca quiere y, en cualquier caso, nunca pide nada.
4
Shirley siempre tenía la esperanza de que las cartas de su madre le ofrecieran soluciones mágicas, y siempre se llevaba un chasco. La correspondencia entre madre e hija, Montreal y París, era un diálogo de sordas ininterrumpido. Shirley le suplicaba que la aconsejara en diferentes asuntos, pero solo conseguía que le dijese que sus preguntas eran ilegibles. Después de pedir respuestas, siempre tenía miedo de cuáles podrían ser, aunque envidiaba la clarividencia que sin duda las habría inspirado. A veces dejaba los sobres intactos varios días, como si temiese que, al abrirlos, algún tipo de cuenta pendiente pudiera abalanzarse sobre ella y matarla a zarpazos. Porque así se imaginaba ella la justicia: como un leopardo agazapado en la oscuridad. Por otra parte, que la señora Norrington hubiera decidido hacer caso omiso de la última carta de Shirley con la excusa de que estaba escrita con runas ilegibles no significaba que no hubiera entendido de qué trataba o que no tuviera opinión. La madre de Shirley formaba parte de una familia de mujeres de las praderas activistas con formación universitaria. Mucho antes de que Shirley naciese, había publicado una tesis titulada Lo que Ruskin no supo ver, que no trataba tanto de Ruskin como de un aspecto insignificante del Renacimiento italiano: lo único que Ruskin no había sabido ver eran un par de pintores. (Unos años después, Shirley descubrió de manera fortuita, en una biblioteca universitaria, el campo de la tesis de su madre, dentro del ámbito «Jefes tribales escoceses», con «Familia Gray» como referencia, lo que no disgustó a Shirley, puesto que eso significaba que solo los estudiantes más dotados y perseverantes podrían remontarse al siglo que correspondía.)
La señora Norrington había salido de sus años de investigación mucho más impresionada por la lamentable historia del matrimonio de Ruskin que por la historia del arte en sí, por la que, mal que le pesara, sentía casi el mismo desdén puritano que su entorno. Llevaba un tiempo acumulando material para una segunda obra que quería titular: Lo que Effie calló. Sería un folleto —aunque Shirley se lo imaginaba con tapa rígida color oliva— y abordaría la capacidad de Effie Gray para sufrir y perdonar, su inocencia sexual, su prolongada virginidad conyugal y las posibles razones por las que por fin se armó de valor. El tiempo y la pasión se movían en círculos. La señora Norrington entendía a Effie, pero una prudencia innata impedía que entendiese a Shirley. Ahora, Effie y Shirley se habían solapado, por así decirlo. Hacía ya unos siete meses, en noviembre, que el regalo de cumpleaños que la señora Norrington le había hecho a su hija —un cojín relleno de agujas de pino— había llegado, con un mensaje ensartado en su corazón de hierro: «Ya tienes veintiséis años, cariño, la edad a la que Effie Gray por fin dejó a ese Ruskin». Lo que consternaba a Shirley no era la inocente falta de claridad de su madre, sino la lógica simplona que la llevaba a juzgar a dos hombres distintos como si fueran la misma persona. Shirley escribió en vano numerosas cartas con manchas de tinta y de café asegurando que Philippe y Ruskin no tenían nada en común, excepto el temor básico que obsesiona a todo matrimonio: el de haberse equivocado de persona. La señora Norrington seguía sugiriendo que, aunque el matrimonio no consumado fuese, en su opinión, la más respetuosa de las relaciones, carecía de mérito espiritual si el marido era impotente u homosexual. No, tenía que tratarse de algo aún más complicado. Unos votos religiosos unilaterales habrían obtenido su visto bueno, aunque más de una vez le había asegurado a Shirley que era y siempre sería «una agnóstica con la conciencia extremadamente tranquila».
«Tendría que dejar de molestar a mi madre —se dijo Shirley después de dejar a la señora Castle, con sus principios y su independencia, en la parada de autobús—. Nunca querrá entender mi letra. ¿Por qué insistir?»
Ya no tenía nada por delante, excepto una larga caminata hasta casa. Pensó en coger un taxi para ir a la casa de la madre de Philippe y pedirle al conductor que esperara mientras ella subía a la carrera varios pisos, tocaba al timbre, se sometía a una inspección a través de la mirilla y, con la respiración entrecortada, pedía el dinero del trayecto. La imagen era tan sumamente aterradora que dio gracias por estar en esa situación, sin un céntimo, cruzando la calle para adentrarse entre las luces y las sombras de los Jardines de Luxemburgo. Al menos, la carta de ese día le había dejado claro que podía usar la máquina de escribir: hasta entonces, la señora Norrington tenía la costumbre de rasgar, sin leerlo siquiera, cualquier mensaje que no estuviera escrito a mano. Lo más probable era que algún vagabundo ingenioso, o algún vecino taimado, la hubiese convencido de que el progreso de la humanidad se veía lastrado por quienes aún escribían con bolígrafo. Entonces esa persona habría sacado una Remington averiada y se la habría vendido a un precio exorbitante. Por lo general, los cambios de opinión de su madre se debían a encuentros por el estilo.
«Aquí está la fuente junto a la que Geneviève aprendió Ganso Gansito de memoria; donde Geneviève arrastraba una silla verde para sentarse, confiada, al lado de la señorita Thule; donde las rodillas desnudas de Geneviève rozaban la falda estilo racionamiento de posguerra de la señorita Thule.» Shirley escogió una silla en ese lugar consagrado y abrió su guía, la auténtica Palabra llegada de su hogar, El pío nuestro de cada día. «¿Podría morir tu padre? —leyó—. Por supuesto: muchos niños no tienen padre. Me han hablado de un niño cuyo padre se cayó de una escalera alta y se mató. El padre de otro niño murió por la coz de un caballo. Otro padre estaba excavando un pozo muy hondo y dejó de respirar. Los padres de algunos niños enferman y se mueren.» A Shirley le agradaba leer por fin algo que parecía irrefutable. A sus pies, dos niños que no parecían conocerse estaban acuclillados, espalda contra espalda, dibujando en la arena. Una mujer pálida, una de las madres del parque, preguntó con una risilla maliciosa que recordaba a un relincho: «¿Son suyos los dos?». Entonces Shirley cayó en la cuenta de que uno de los niños era de piel oscura, quizá magrebí. Cerró el libro, dejando un dedo entre las páginas.
«¿Que dónde he estado desde anoche? —volvió a empezar, tratando de dar con alguna historia que Philippe pudiera creerse—. Esta mañana he vuelto de casa de Renata en metro (verdad) y he parado en Rue du Bac a comprar comida para nuestro almuerzo (verosímil). He estado comprando. Eso es lo que he hecho las últimas dieciséis horas. He comprado olivas, anchoas, salchichón de ajo y dos tipos de queso…» Pero era imposible, porque no llevaba dinero encima, ni un céntimo, y no necesitaban anchoas, porque cada dos domingos comían en casa de la madre de Philippe. Aquel era un domingo de gala, con una tarta Saint-Honoré de treinta y cinco centímetros de alto, tachonada de violetas azucaradas y rellena de ligerísima nata hasta que la tarta pareciese flotar, solo porque Colette había vuelto sana y salva de su viaje a Nueva York. Colette, una estilista con una clientela casi exclusivamente extranjera, había viajado con todos los gastos pagados porque una clienta se había empeñado en que le enseñara a su peluquera cómo conseguía un tono concreto de castaño rojizo —o eso le dijo Colette a su madre—. Shirley se imaginó a los tres Perrigny alrededor de la tarta Saint-Honoré. Cada vez que veía a Philippe con su familia, aunque fuera en la imaginación, se decía que su misión era salvarlo, y que ese era el objetivo de su matrimonio. «Me daba miedo acabar pareciéndome a mamá», le había dicho su marido una vez; una frase alarmante, habida cuenta de que, para él, su madre no tenía ningún rasgo odioso. Poco después de la boda, Philippe le leyó a Shirley la mano y el futuro, lo que quizá significaba que había sido incapaz de imaginárselo. Ella estaba tumbada en una cama alta de hospital, en Berlín, mirando el cielo coriáceo por la ventana a la que él daba la espalda. Le dijo que su línea de la cabeza era tenue y que la línea del destino estaba partida en dos: seguía un curso irregular poco después del corte. «Una vida agitada, una vida americana», le dijo. Ella pensó que su marido estaba intentando que aquel dolor pareciese inevitable, porque se sentía culpable. La había arrastrado por media Europa en un dos caballos. «Cree que es responsable del aborto», se dijo Shirley. Pero había sido un accidente, culpa de los dos. No se había casado con ella porque estuviera embarazada, ¿verdad?
—Quizá tuviste una crisis religiosa en algún momento, y eso explique el corte —le dijo, no para burlarse, sino intentando encontrar en su mano un tema que su mujer evitaba. Lo único que Shirley sabía del universo era que la humanidad está abandonada a su suerte. Ella negó con la cabeza—. O puede que signifique que vas a hacer alguna tontería. —Y Philippe volvió a presionar con los dedos hasta que la palma arqueada de su mujer pareció una hoja.
—A lo mejor ya he hecho la tontería.
—Se te olvidará —respondió él con voz suave, creyendo que se refería a aquel día—. Veo que vas a tener siete hijos.
—Muy bien. Yo también.
¿Por qué no hablaba en plural? Shirley podía recordar a su difunto padre sin que se le saltaran las lágrimas; nunca hablaba de su joven marido fallecido; y tampoco estaba llorando en ese momento, así que Philippe pensó que sabía sacudirse la tristeza con facilidad y que el dolor era una disposición transitoria de sus sentimientos. Creía que era una característica norteamericana que permitía llevar una existencia cómoda, sin recuerdos ni remordimientos.
Pero Shirley no era tan descuidada como él parecía desear: al menos sabía lo que la asustaba. El accidente de su mujer lo había conmocionado. Philippe se sentía culpable, pero malinterpretaba el significado de ese sentimiento. Shirley consideraba a su marido invulnerable y, por el mero hecho de ser riguroso, superior a ella. Ninguno de los desdichados amigos a los que Shirley había ofrecido con mucho gusto su cariño sabía lo impuros que le parecían en el fondo. Ahora se daba cuenta de que Philippe aún estaba aprendiendo: a los veintinueve años, había descubierto que hasta los mejores días esconden sorpresas envenenadas. La compasión generosa de Shirley, su inmediata buena fe y su raudo arrepentimiento no iban a servirle de nada a él. Obsesionado con el significado oculto de las ideas, aún creía que la gente era lo que parecía ser; o peor, que la gente era como tenía que ser. La discreción le parecía algo fundamental y las inclinaciones del corazón, fáciles de identificar. Shirley había esperado que le construyese una casa, intelectual y sentimental, y la invitara a pasar. Pero al final resultó ser ella quien lo invitó. La escasez de casas en París, que ya afectaba a dos dóciles generaciones, imponía ciertas normas: uno de los cónyuges tenía que aportar un techo. Dos personas sin casa jamás se casarían, simple y llanamente. Philippe dejó a su hermana y a su madre por un apartamento donde había espacio de sobra, pero solo sitio para Shirley. Hizo hueco a la ropa de su marido colocando la suya sobre las sillas, y habría podido quedarse allí para siempre si Philippe no la hubiese vuelto a guardar.
El día avanzaba: arrastró unos centímetros su silla de hierro para sacarla de la sombra que ofrecía el parque. Se acordó de que en los parques de París había que pagar para sentarse, y se preguntó qué diría cuando apareciese la mujer andrajosa con sus tickets de papel. Leyó: «En el cielo no hay noche, porque los ángeles nunca se cansan de cantar y nunca tienen ganas de dormir. Nunca enferman y nunca morirán». Cada vez que la historia que estaba inventándose para Philippe rozaba la verdad, se volvía inverosímil. ¿Quién iba a creerse que la amiga más vieja de su madre, la señora Cat Castle, se había negado a prestarle a Shirley el dinero para un mísero billete de autobús? Quizá Philippe llevaba razón y lo mejor era imaginarse a los demás como tendrían que ser. Entonces Shirley sería descrita por todos los Perrigny que la sobreviviesen como ingenua, puritana y alcohólica, porque así veían ellos a los norteamericanos. Al menos era explícito; ella, en cambio, no tenía una imagen fija de nadie. Esa misma mañana, mientras volvía arrastrando los pies después de la larga noche en casa de Renata, había visto su reflejo en el escaparate de una charcutería. Se esperaba ver la cara de alguien vulnerable, de quien era fácil aprovecharse (¡qué fiables resultaban ser los espejos de Geneviève!), pero el reflejo decía: «Así eres tú» y le devolvía su imagen, implacable. También estaba ridícula. El cinturón de la gabardina le arrastraba. Esa mañana radiante de junio iba vestida para la lluvia y para la noche. Como ese recuerdo no le decía nada, lo recompuso, y se vio caminando por la Rue du Bac vestida con la ropa idónea, intimidatoria, como su cuñada Colette. Se alejó un poco para ver la calle con algo de distancia. Por la otra acera, siguiendo a Shirley con cierta torpeza, había un perseguidor melancólico, un personaje propio de Turguénev, con los cordones desatados. Bien administrado, el episodio podía ocupar hasta doce minutos de cualquier aburrida película europea. En una película estadounidense, uno de los dos tendría que estar gritando. Soltó una carcajada, y uno de los niños acuclillados a sus pies creyó que se burlaba de él. Intentó ocultar lo que quiera que estuviese dibujando en la arena, pero tenía las manos demasiado pequeñas. Había dibujado un león o una esfinge de pies enormes; su criatura llevaba botas.
—Es un caballero —le dijo a Shirley.
—Ya lo sé —respondió—. Se nota por las botas.
«Me había puesto las botas de agua de Canadá —le diría a Philippe—. Y la gabardina que, según tu hermana, parece una pieza de un uniforme alemán. Unas horas antes habían pronosticado un fin de semana lluvioso, pero, como siempre, fui la única persona de París que se tomó en serio el pronóstico del tiempo. Me vestí para una o dos cosas que nunca ocurrieron. Tú me dijiste que dejase de ponerme la gabardina porque estaba sucia, pero ¡tampoco me dejaste regalársela a nadie, que habría sido lo más sencillo y considerado! No, tú me aconsejaste que la llevara a la tintorería para que la sumergiesen en líquido para embalsamar.»
«Mi madre escribió: “Si te casas con él, siempre os separarán dos cosas: la higiene, porque no lavarse forma parte innata de él, y la manera de concebir los bienes terrenales, porque seguro que es un tacaño”. Está muy equivocada. O eso me parece a mí. Ahora ¿qué? Cruza el parque. Ve a casa. Busca dinero. ¿Dónde? James, claro. Mi vecino, James Jijalides. Philippe se pondrá hecho una furia.» Entonces le dijo a Philippe: «Mira, no puedo seguir disculpándome por todo. Sé que piensas que mis amigos son unos inútiles, y supongo que lo son; pero ¿los tuyos dónde están? Otra cosa que escribió mi madre fue: “Acuérdate de que no tienen amigos”. Tú tienes a Geneviève, pero nunca la he visto. Luego está Hervé. Fuisteis juntos a clase, al ejército, a Argelia, pero ahora estáis casados y vuestras mujeres os distancian. Yo podría describir a una Geneviève, aunque nunca haya visto una, pero ¿cómo describir a Hervé? Hervé no sabría ni cómo se llama si la policía no hubiese escrito su nombre en un carnet y lo hubiera sellado. Él no se mira al espejo; él mira la foto del carnet de identidad. Si la policía ha asegurado que esa cara es de Hervé, tiene que serlo sin más remedio. Si la policía no pudiera verlo, significaría que es invisible o una persona distinta. He hecho una tontería —le dijo a Philippe—. En Berlín dijiste que la haría. Lo leíste en mi mano».
La razón le aconsejaba que no todas sus llamadas telefónicas fueran imaginarias. En la sala de estar, con los postigos cerrados, Shirley marcó el número de la madre de Philippe. La centralita de Galvani le evocaba calles desangeladas y esposas de dentistas con guantes que esperaban en fila el autobús. Respondió Colette, que dijo: «Ah, eres tú», en un inglés con un tono nuevo y áspero. Dejó a Shirley divagar, o parlotear, un par de minutos hasta que la interrumpió con un: «Shirley, cariño, no te molestes en venir a no ser que tengas hambre. Estoy cansada del viaje y me voy a acostar. Mamá está descansando. Todos estamos agotados. ¿Por qué lo sientes? ¿Perdón por qué? No, mujer, no. La amiga de tu madre es igual de importante. No, Philippe no ha ido a Le Miroir en todo el día. Hoy no va a trabajar. Eso te lo puedo asegurar. Espera, por favor, me dice… No, dice que no dice nada. ¿Que si está furioso? Qué va. Qué lenguaje más dramático. ¿Disculparte por qué? No hace falta, no hay motivo, así que déjalo, por favor. Tengo que colgar. Ya está. Hablamos. Adiós. Shirley, despídete, por favor, es más sencillo que seguir con todas estas disculpas. Hablamos. Voy a colgar».
Shirley podía oler perfectamente los cigarrillos de su marido, y también un olor parecido al de casa de su suegra, una mezcla de hierbas secas, manzanas, libros oscuros y alcanfor. Estaba sonriendo, como si la conversación con Colette hubiera sido una especie de broma. La araña de la habitación había desaparecido, pero entonces vio un recordatorio de que tenía amigos. Tuvo que acercarse mucho a los ojos la carta de James Jijalides, al que una vez le habían dicho que la caligrafía minúscula era un rasgo de intelectuales. Tal y como Shirley intuía, era una invitación a una fiesta. «Tráete a quien quieras», decía, como si Philippe fuese cualquiera. El primer mensaje que le dejó, hacía casi dos años, rezaba: «Sus vinilos ahogan mi radio. ¿No cree que unos vecinos tan escandalosos tendrían que conocerse?». Le gustaba escribir en inglés, y de haber leído en voz alta su propia frase habría pronunciado ese «¿No cree?» con tono altanero, porque así se hablaba en ese idioma. Shirley recordó las muchas veces que había subido a la carrera los dos pisos que los separaban, siempre buscando algo. Cuando llamó al timbre (un carrillón de barra) recordó que era domingo, que París estaba vacía y que todas las fiestas del sábado habían terminado.
James fue a abrir, seguro de sí mismo a la par que bribón, sonriendo con la cabeza gacha, y Shirley pensó, como la primera vez que lo vio: «Zorro negro». Le tendió su carta.
—Bueno, aquí estoy —dijo—. Pero tienes que dejar de dirigirme las cartas solo a mí. Philippe no entiende esas confianzas. He subido a decírtelo, entre otras cosas.
El hombre cogió la carta y se la metió en el bolsillo de la chaqueta, como si tuviera intención de reutilizarla. Su puerta principal daba directamente a una sala de estar en la que había dos chicas de pelo rubio en el sofá, descalzas, con un cenicero ámbar hasta arriba de colillas entre ellas. En una mesa plegable había una bandeja con bebidas y los restos de un generoso desayuno sin recoger.
—Anoche te esperamos, madame Perrigny —dijo Rose O’Hara, levantándose para saludarla—. James decía que le dejó la invitación a tu marido. Yo le expliqué que no era elegante que la escribiese a tu nombre.
—Philippe nunca viene —intervino James—, ¿para qué iba a tomarme la molestia?
—Odias las fiestas —respondió Shirley.
—Ya lo sé —dijo Rose—. Y nosotros lo aburrimos. Lo siento.
Shirley y la mujer, que se sentían muy cómodas la una con la otra, sonrieron y dejaron a los otros dos de lado. Rose era alta y desgarbada. Tenía la boca grande, la falda muy larga y el pelo suave y rebelde recogido en un peinado caótico, sujeto con peinetas, broches e incluso trozos de hilo bramante. Una vez, sentada en el borde de la bañera de James, Shirley vio a Rose intentando dominar sus mechones sueltos en vano y la escuchó decir que no había hombres para todas, que los hombres inteligentes elegían a las mujeres idiotas porque no les daban quebraderos de cabeza, y que los que quedaban eran de segunda clase. Rose se refería a James y a ella misma; estaba hablando de ellos. Pero Shirley lo había interpretado como una alusión a Philippe, y creyó que ella era la chica anodina que hurtaba a ese hombre inteligente a otras mujeres más apropiadas para él. Dijo que lo sentía, y Rose respondió: «No, no lo sientas por mí».
La segunda chica rubia, que había tenido los ojos cerrados hasta ese momento, como si esperase una sorpresa, los abrió de pronto.
—Ah, una mujer —dijo con ligero acento alemán—. ¿Por qué no viene por fin un hombre?
—¿Es que no me has oído hablar? —preguntó Shirley.
—Es domingo, cariño, y madame Perrigny ha pasado a tomar el aperitivo —apuntó James, intentando restaurar el decoro. Se quedó mirando a la chica, como diciendo: no hagas nada que escandalice o espante a madame Perrigny.
—James, ¿es que Rose y tú habéis vuelto a adoptar? —preguntó Shirley—. Un día de estos os vais a meter en un buen berenjenal.
—Lo que acabas de decir no es interesante —respondió James. Tenía la nariz alargada y la piel un poco irritada, como si se hubiese rascado por la varicela. Su pelo resplandecía como una pizarra que acabasen de limpiar, y daba a sus manos un trato propio de la clase media europea: quería que lo viesen como alguien que no había tenido que cambiar una rueda en su vida. Se movía en ese ambiente femenino como pez en el agua—. ¿De dónde dirías que soy, si no lo supieras? —le preguntó a Shirley.
Probablemente estuvieran hablando de eso cuando ella llamó al timbre. James quería que lo tomasen por algo que no era, pero ¿qué era? «El griego de arriba», lo llamaba Philippe. Para Shirley, «griego» abarcaba todo lo que hubiese en el otro extremo del Mediterráneo. Los griegos, los turcos, los egipcios y los libaneses acudían a los grandes cócteles acompañados de sus inteligentes mujeres de piel morena, con vestidos de lamé y perlas de Chanel. Cuando se formaba un grupo que después se iba a cenar a algún sitio, el griego o el turco de turno siempre acababa pagando la cuenta. Nunca consideraba aquello como un desprecio: lo único que él quería era que lo viesen, acompañado de su mujer, pagando la cena de un puñado de desconocidos en un local caro. Pero ¿que lo viese quién? Cuando pensaba en James, al que conocía bien —puede que, en cierto sentido, incluso mejor que a Philippe—, y en Atenas, ciudad que nunca había visitado, se le ocurrió que podía tener aire de «Byron», pero poco más. James había aprendido francés con un maestro de provincias autoexiliado. Su acento sonaba como el de esos egipcios apátridas que, cuando les preguntaban de dónde eran, siempre respondían: «Mi cultura es francesa: he leído a Racine». La ropa de James era inglesa, pero tan perfecta que solo podía proceder de una boutique Merrie England continental. «Al menos James tiene nombre —pensó Shirley—: el banquero libanés o el abogado alejandrino que pide champán para doce desconocidos nunca dice su nombre, o nadie se lo pregunta.»
—Diría que tienes un aire entre francés e inglés —respondió Shirley.
Él levantó una mano, como dándole su bendición. La luz del sol inundaba la sala de estar.
—¿Más francés o más inglés?
—Más inglés —respondió, pensando en Philippe.
—¿Veis? —les dijo James a las otras dos—. Ella sí que sabe.
—Dijiste que los odias por lo de Chipre, y porque nunca hicieron nada por la comunidad cristiana —se quejó la chica alemana.
—Es verdad —respondió James—. Construyeron campos de fútbol y animaron a los chiquillos a llevar pantalones cortos holgados y grises, a no cambiarse de ropa interior y a correr de aquí para allá sin ningún sentido; por lo demás, no hicieron nada por la comunidad cristiana. Estoy de acuerdo. Todo el mundo los odia. Y a todo el mundo le gusta que lo confundan con un inglés.
—Bueno, James, no sé qué decirte —intervino Shirley—. Ya no. Quizá en los países cálidos. Pero incluso allí…
—No en un país frío que yo me sé —dijo la apacible Rose en tono feroz. Se levantó y se sacudió la ceniza de la falda—. Ofrécele un cigarrillo a madame Perrigny, James, en vez de quedarte ahí pavoneándote y abochornándola con tus preguntas.
James salió con Rose al descansillo; Shirley podía oír una discusión susurrada.
—Se ha perdido la misa de esta mañana —le explicó la chica alemana—. Ahora se va a casa a rezar y a darse un baño. Se niega a usar la bañera de James.
—¿Sigue guardando libros en el cesto de la ropa sucia?
—Ya solo Los ángeles del látigo. Nos lo sabemos de memoria. Lo escribió una señora muy moralista que de joven había visto cosas raras. En un inglés impecable.
—¿Se llamaba señorita Thule?
—No lo sé.
—¿James te lee en voz alta o leéis por turnos?
—¡Anda! ¿Es que crees que no es como los demás? Pues no es el caso, te lo aseguro. Er nimmt schon Frauen, aber es muss doch immer einer dabei sein. —Hablaba con gesto desdeñoso, echando la cabeza hacia atrás, imitando a James. Cuando pasó al alemán, evocaba las medias blancas gruesas y los zapatos de hebilla, los corsés de encaje y las enaguas de un vestido de postal. Era casi un dialecto; al decir Frauen había pronunciado algo parecido a vrown, y al principio Shirley no la entendió—. Nos hemos quedado a dormir porque se hizo tardísimo después de la fiesta —siguió la chica—, y estamos muertos de cansancio.
—No tienes que contarme nada de Rose —dijo Shirley.
—Te estoy hablando de mí —respondió la chica, y repitió su nombre. Sonaba como Crystal Lily, algo así, aunque Shirley lo corrigió por «Christel» en su fuero interno—. ¡Qué pelo más bonito! —añadió acto seguido Crystal Lily.
—¿De verdad? Mi marido no dirá lo mismo cuando me vea. Me lo he cortado con las tijeras para las uñas de una amiga, a eso de las tres de la mañana.
La chica pareció levemente ofendida.
—A mí me dicen mucho que tengo el pelo bonito. —Hizo una pausa, acostumbrada por tradición a los cumplidos recíprocos, pero no llegó ninguno—. Y James también —añadió al punto—. Un pelo natural muy bonito. Antes, Rose admiraba su decadente cabeza romana, como la llaman, aunque no hay ninguna duda de que es griego. Ahora está cansada. James va todas las tardes a verla cuando sale del trabajo. Cuando sale ella, digo. No nos consta que James trabaje. Siempre que va lleva un periódico inglés, que lee con atención, y una botella de vino que no le deja meter en hielo, aunque a ella la asquee el vino tibio. Rose se niega a bebérselo tibio, así que él se lo bebe todo. «Un caballero se encarga de la bebida», dice. Al parecer, eso se considera inglés. Rose compra un pollo asado y guisantes congelados. James es capaz de comerse una cuña entera de camembert. A Rose no le gusta el olor y tiene que alejarse de la mesa. Hacen el amor «a la americana»: al principio era para ahorrar tiempo, pero ahora Rose ha pedido consejo a su padre y ya no volverá a hacerlo. Así que reza, y se baña varias veces al día.
»James se marcha después de cenar y vuelve a casa. Duerme solo porque le da miedo roncar y que se rían de él. Rose está inquieta por su padre y porque es creyente. Creo que no son compatibles. Cuando mejor se lo pasan es cuando estoy yo con ellos. Duermo entre los dos, y así Rose tiene la sensación de que duerme con su hermana, o con una buena amiga del colegio, ¿entiendes? James dice que es incapaz de conciliar el sueño, pero yo he oído cómo sueña y rechina los dientes. Anoche, en la fiesta, le preguntó a Rose si estaría dispuesta a limpiar los cristales, porque sus dos hermanas han venido de Grecia para visitarlo. Me da la impresión de que James no es constante, de que está buscando a otra chica. —Miró a Shirley y le preguntó—: ¿Desde cuándo lo conoces?
—Estoy casada —respondió Shirley.
—A James le daría igual —dijo la chica—. Tienes más o menos su edad, ¿no?
—A lo mejor soy un par de años más joven. Tengo veintiséis años.
—Ah —dijo la chica, que rondaría los diecisiete. Guardó silencio y se quedó sentada, acariciándose el pelo y mirando a la pared.
Cuando James volvió a entrar, dio un par de vueltas por la sala de estar. El silencio le resultaba insoportable.
—Nos falta felicidad. Ella entra en estado de gracia tres días a la semana. Le escribe a su padre a diario y le cuenta qué y por qué y cuánto se arrepiente, y el viejo voyeur le responde que lamenta que su corderito blanco se haya visto arrastrado al fango. —Se detuvo delante de Crystal Lily y dijo, enfadado—: Veo que estás admirando mi apartamento. ¿Es que es la primera vez que lo ves de día? Lo amuebló mi casera, una mujer anónima. Es la mujer más rica de París, pero viaja en metro, y en segunda clase. Su único despilfarro es el Nescafé, que le suministra uno de sus exmaridos. Existe la creencia generalizada de que lo mezcla con veneno, pero hasta la fecha solo han muerto sus invitados. Los muebles son suyos; los accesorios, míos. —Se refería a los pósteres de corridas de toros, a los ceniceros sustraídos de los cafés y al muñeco con uniforme de evzone que tenía encima de la televisión. El muñeco era una lámpara: James la apagó y la encendió varias veces para que viesen que la bombilla estaba debajo de la falda. Había cables colgando, tendidos y pegados a las paredes, que conducían a lámparas, a altavoces y a un tocadiscos del tamaño de un bote. James también era dueño del aparato de aire acondicionado y de una plancha eléctrica colocada en vertical y olvidada—. ¿Otra copita? —propuso, aunque aún no le había ofrecido ninguna a Shirley. El vaso se enfrió en su mano mientras le servía un ouzo con hielo.
El día se encaminaba hacia el desastre; Shirley ya se había dado cuenta en el parque. Podía oír a su madre decir: «Aunque tengas doce años, te comportas como una niña de nueve». Y ella se dijo: «Aunque tengas veintiséis años, te comportas como una adolescente de catorce. Pero ni siquiera una adolescente inteligente. Porque si una adolescente espabilada acabase enredada en el suicidio de mentirijillas de otra persona, no se pasaría la noche bebiendo en la cocina de la suicida: buscaría las sábanas y se haría la cama; y, por la mañana, desayunaría beicon y tostadas con mermelada y, sin rastro de consternación, sortearía el cadáver de Renata para alcanzar la mantequilla». Una vez, delante del Museo Rodin, un refugiado le pidió algo. Shirley recordaba que el hombre estaba pasando apuros en París; solo se acordaba de su pelo canoso rapado. «Puede usar mi teléfono —le dijo—. Vivo a cinco minutos.» Media hora después lo estaba golpeando con el teléfono, con la intención de matarlo. Él creyó que estaba loca, y ella se asustó porque podía notar lo que pensaba aquel hombre, que solo era el horrible producto de la vida urbana y de los encuentros fortuitos. El extranjero, conmocionado y tembloroso, se sentó. En ese momento, ella habría hecho cualquier cosa por él: curar sus heridas, buscar dinero, si eso era lo que necesitaba… De repente vio la silueta de una sensación borrosa que siempre le habían transmitido las personas.
—¿Por qué me ha traído a su casa? —le preguntó el hombre.
—Lo he traído por lo que le he dicho en la calle: para ver si podía ayudarle.
—¿Cuántos años tiene? —Se había tapado la oreja con la mano—. La miro y no parece tener edad. Podría ser una chiquilla, cualquier cosa. Primero pensé que tenía treinta años, luego veinte, y ahora no lo sé. Creo que es una joven histérica o una vieja chiflada.
—Tengo veinticuatro años —le dijo.
—Entonces aún es joven, señorita, pero ya es demasiado mayor para ofrecer ayuda inocentemente.
El rumbo de su vida se había partido en dos: una de las líneas de su mano se desplazó. El refugiado estaba en la nueva línea inconexa. Ahora Shirley era independiente, aunque nunca había querido tal cosa.
—¿Otra copita? —preguntó James.
—Llevo sin comer desde ayer a mediodía —respondió Shirley—. Tengo tantos platos sucios en la cocina que ni siquiera puedo entrar. James, me gustaría pedirte una cosa en privado.
—Vete al baño a leer —le dijo James inmediatamente a la amiga de Rose.
—Siempre me has rogado que te pida algún favor, ya lo sabes…
—Sí —respondió él—. Porque estoy en deuda contigo. Habría tenido que casarme contigo, aunque puede que eso no hubiera sido un favor.
—Mira… no voy a andarme por las ramas. No tengo ni un franco y no queda nada en la casa. Llevo sin comer desde ayer a mediodía. Es que… he estado con Renata. No, no quiero las tostadas frías de tu desayuno, gracias. Estaría más tranquila si llevara algo de dinero en el bolso, hasta que vea a Philippe esta noche… o el martes, porque mañana es puente.
—¿Solo dinero? Creía que necesitabas un favor. —James tenía dinero por todo el piso, como una mujer; escondido en sitios de lo más estrambóticos: el muñeco evzone guardaba una fortuna en las botas.
—Esto es demasiado —dijo Shirley, mientras contaba forzando la vista—. Más de lo que necesito.
—Tú cógelo —respondió James—. Más de lo que necesitas no existe. —Pues, por lo que él pensaba, las mujeres estaban a merced de unas necesidades sociales y económicas que lo aburrían, querían casarse por esa razón y anhelaban ser amadas por otra—. Pobre Crystal —continuó—, qué mala y qué obediente es. Se quedará sentada en el cesto de la ropa sucia leyendo libros hasta que la llame, pero en el fondo está pensando en qué va a decirme. Algo que active y haga sonar una alarma que reviente la casa. Luego le dirá a Rose: «James está hecho trizas: vamos a vendérselo al carnicero».
—Espera, quiero contarte una cosa. Ya sabes lo de Renata. Cuando he vuelto a casa esta mañana no sabía dónde estaba Philippe, y él tampoco sabía dónde estaba yo. Qué horror todo. Mis padres llevaban mejor esa parte.
—Mi padre respetaba a mi madre y mi madre no necesitaba una vida secreta —respondió James, dando a entender que así era como tenía que ser. Empezó a dar vueltas otra vez, encendió la televisión, que le devolvió una imagen nevada, sin señal, y tocó el lateral de la cafetera, que estaba fría, por supuesto. Habría preferido hablar de ropa (de la suya); de un safari en Kenia; de aquel día o del siguiente, pero no más allá; de la orgía permanente de un piso de la Avenue d’Iéna y del diputado que llegó de punta en blanco, con la Legión de Honor en la solapa, y dando palmaditas dijo: «Allez, allez, Mesdames: dentro de veinte minutos tengo una cita importante con el ministro de Asuntos Exteriores turco».
Ella lo sabía, pero algo la impulsó a insistir.
—Ahora está en casa de su madre y ni siquiera se pone al teléfono. Tiene que estar hecho una furia… Me da miedo verlo.
—Rose no conoce a Renata. —James hizo un apunte que no era irrelevante: significaba que quería que Shirley dejara de hablar de la noche anterior. Entonces ella recordó el miedo que tenía James a quedarse a solas con alguien. Le ofrecería de buena gana tiempo, dinero, un consejo rápido, una presentación o cualquier cosa que zanjase el asunto y que le permitiera no tener que seguir escuchando ni una palabra más.
—Puede que no conozca a Renata, pero, al parecer, conoció a Crystal Lily… —respondió Shirley.
—… quien es libre de quedar con quien le plazca. Si la quieres, puedes llevártela. —No, gracias. Ya te he dicho lo que pienso: aparenta diecisiete años. Algún día vas a meterte en un buen lío.
«Cree que estoy celosa —se dijo Shirley—. Cree que soy una cabeza hueca. No, está aburrido. Hace cinco minutos tenía a tres mujeres. Una se ha ido a su casa, otra está enfurruñada en el baño y la tercera le ha dicho: “Préstame dinero. ¿Dónde está mi marido? No puedes estar con esa chiquilla”. Así que se pone a tararear, se sienta clavando los codos en la mesa del desayuno y da golpecitos con las uñas a la cafetera; primero con una mano, luego con la otra.»
Ahora con más decoro, al volver, Rose le devolvió teatralmente una llave a James, para que nadie pensara que podía entrar y salir a su antojo de aquel piso.
La joven Crystal, que se volvió a asomar cuando oyó su voz, se acariciaba el brazo como si alguien le hubiera hecho daño.
—Ha estado echando pestes de Rose —le dijo a Shirley.
—No seas tonta —respondió Shirley—. No hemos hablado de Rose en ningún momento.
—Sí que se queja de ti, Rose —insistió la chica con una malevolencia despreocupada que sus amigos parecían aceptar. Ese era el cebo, el comienzo del juego—. Anoche me dijo que no sabías cocinar, entre otras muchas cosas.
Con una voz que recordaba a la de la señora Castle, Shirley dijo:
—Mejor será que me marche. Voy a… ¿Qué voy a hacer? Ah, sí, voy a un restaurante a darme un buen festín con el dinero de James. Y luego me voy a acostar. Aunque más vale que ordene un poco la cocina antes de que vuelva Philippe. Está hecha una pocilga, y para qué discutir por la cocina cuando hay tantas…
Crystal Lily, cuyos ojos fríos y color aguamarina habría heredado de alguien, preguntó:
—¿El matrimonio es algo feliz? ¿Te roba demasiado tiempo? ¿Cocinarías solo para ti? —Por un momento, parecía haber perdido interés en sus captores y contempló brevemente un futuro sin ninguno de los dos.
Rose, cuyo padre a veces llevaba peluca, y del que había heredado la comprensión de las carcajadas melancólicas, respondió:
—Claro que es feliz.
—Dice que todo lo que cocinas sabe a papel secante —gritó la chica—. Guisantes desaboridos. Pollo insípido.
—Cuidadito, Crystal.
Ninguno se percató de que Shirley se marchaba, pensando: «Dentro de unos minutos, meterán la cabeza de Crystal en una tetera y ella cantará, con voz somnolienta: “Brilla, brilla…”. —Shirley solo pudo olvidarse de aquel episodio convirtiéndolo en una escena propia de la literatura infantil, para así concluir—: Y si alguna vez Crystal quiere que la rescaten, ya sabe cómo me llamo y dónde vivo».
5
La conexión entre la vida y el placer solo se encontraba de cuando en cuando. Shirley lo sabía, como sabía que las apelaciones a la memoria nunca recibían respuestas perfectas. No obstante, la carta de su madre y la conversación con la señora Castle durante el desayuno sobre todo, le recordaron a sus padres. Excéntricos, inconformistas, del todo peculiares para el patrón canadiense, jamás habían dudado de sí mismos ni se habían cuestionado su origen ni habían rechazado la idoneidad de su comportamiento: podrían juzgarlos, pero nunca reemplazarlos. Mientras que ella, que pedía un desayuno en un café-restaurante a la hora de comer, que lo pagaba con dinero prestado, era una refugiada. No tenía nada que ver con ser extranjera o ignorante: la señora Castle, que no sabía una palabra de francés ni conocía lo que era el arrepentimiento, se había montado en el autobús que tenía que montarse; de hecho, llevaba acertando con los autobuses durante todo su viaje por Europa. Philippe estaba en casa de su madre, donde había dicho que estaría, aunque fuese, a juicio de la señora Castle, mal sitio para un hombre.
Recordó que su anciano padre la llamaba Belle, al principio porque no le gustaba Shirley y luego porque Belle hacía referencia a una época y a una medida de la belleza femenina. Tenía por costumbre alternar las comidas con una cebolla cruda mojada en leche, y siempre que le preguntaban respondía: «Favorece el tránsito». A veces se sentaba a la mesa con su cebolla y su vaso de leche, pero cuando hacía bueno le gustaba comer fuera, en las escaleras de atrás, viendo los cinco jardines traseros que se podían observar desde allí. Shirley no podía soportar la idea de que aquel viejo que masticaba trozos de cebolla y derramaba leche fuese su padre. «Soy adoptada», les decía a los vecinos, pero nadie la creía. Un día, viendo que a la niña le molestaba, su padre le dijo con voz plácida: «Por Dios, Belle, ¡ni que te la estuvieras comiendo tú!».
«Nunca vivirás una vida razonable —le había dicho Philippe—, a menos que aprendas a ser sensata y ordenada.» Pero bueno, ¡ni que se la estuviera comiendo él! Se imaginó a los dos al cabo de siete años, con treinta y tres años o más, navegando frente a los terrones de azúcar de la costa yugoslava en su aventura anual de agosto. «Cogimos campanillas para decorar nuestras bicicletas. Aunque murieron en menos de una hora.»
Sea como fuere, allí estaba Shirley, refugiada en un restaurante, en un banco corrido de cuero rojo. Sentada, en silencio, entre dos desconocidos, un hombre y una chica. La chica había construido un dique contra Shirley formado por un bolso caro, desgastado y abarrotado; una copia de la guía del ocio semanal de París abierta por una página con películas, con una crucecita al lado de El llanto de un ídolo; una bufanda blanca de raso; un paquete de Craven A, como los que fumaba Philippe; un ramo de violetas rociadas con un vehemente aroma sintético; y una correa de perro. El perro, un dócil cocker spaniel recién cepillado, estaba tumbado en el hueco estrecho entre la mesa de Shirley y la de la chica. El camarero, enfrente de ellas, tomaba nota a Shirley: un zumo de naranja, una cerveza, un café, huevos con jamón y pan tostado con mantequilla, y que lo trajesen todo a la vez. El hombre repitió la comanda con incredulidad. Mientras ellos se esforzaban por entenderse, la chica los escuchaba tranquilamente; parecía encantada. Tenía las manos igual de grandes que un chico; las apoyó en la mesa con las palmas muy abiertas, como si se preparara para defender una posición. Shirley pensó que como era tan reservada tenía que ser francesa. Pero ¿qué hace comiendo sola en un restaurante a estas horas? Debe de haber algún asunto familiar grave que lo explique: una abuela a la que tiene que visitar todos los domingos y que sigue una dieta a base de sobras, por lo que la muchacha siempre se queda con hambre. Está en una situación económica cómoda; de lo contrario, se habría ido a casa, por muy lejos que estuviera, para comerse el puré de patatas frío que hubiese sobrado del almuerzo. No es francesa del todo. Se siente perdida. Es suiza, tiene una madre paranoica. Su padre, que participa en un congreso de teología persa en París, ha decidido que lo acompañe. No, sus padres están divorciados. Vive con su madre húngara en Lausana, en una de esas calles repletas de señales de tráfico. Su padre trabaja en Pan American y está almorzando con su amante estadounidense, y luego llevará a su hija a ver El llanto de un ídolo.
El camarero le puso delante un plato con dos finas lonchas de jamón y un pepinillo. Shirley formó una frase, pero había estado fantaseando en su idioma y, para cuando recordó la palabra francesa para «pan tostado», que era idéntica, el tipo se había esfumado. De la mesa a su izquierda, su segundo vecino le pasó sin mediar palabra un cesto de pan y un tarrito de mostaza. «¡Ay, gracias!», exclamó Shirley, con esa gratitud entusiasta y exagerada que a Philippe le parecía tan innecesaria.
«Ha sido un gesto normal y corriente —le habría dicho su marido—. No le des más importancia de la que tiene.»
«En las ciudades no hay gestos normales y corrientes —le respondería—. Hasta el más mínimo detalle tiene su significado.» Estaba satisfecha de su respuesta, y la incluyó en una conversación que habrían tenido en el crucero yugoslavo siete años después.
Del hombre a su izquierda solo había visto una mano manchada de nicotina y un enorme sello. Volvió a fijarse rápidamente en la chica y notó su blusa planchada, el pelo recién lavado y la sutil elevación eslava de sus mejillas. Los caminos de san José siempre eran inescrutables. La chica sacó un cigarrillo del paquete y empezó a rebuscar en el bolso; era el primer gesto desordenado que hacía, y llevó a Shirley a decirse: «Ah, es norteamericana». Le dio la sensación de que había pasado algo entre sus dos vecinos antes de que su llegada lo interrumpiese. Esperaba ver cómo el hombre pasaba la mano con el sello por delante de ella para encender un mechero dorado debajo de la nariz de la chica, pero en ese mismo momento la joven sacó una cajetilla de cerillas con el nombre de un restaurante de Bougival. Tenía uno de esos bolsos abarrotados propios de las mujeres que duermen fuera y rara vez vuelven a casa, o que se imaginan que la vida está llena de emergencias. El bolso de Shirley no llevaba más que un lápiz, una llave, los francos de James, un peine, un pañuelo de papel y la única reliquia de su familia, El pío nuestro de cada día. El desayuno siguió con el zumo de naranja y dos huevos trémulos y poco hechos en un plato frío.
—El pan tostado —dijo con buen acento.
—Ya, ya —respondió el camarero, descargando una porción de mantequilla de su bandeja.
Se bebió el zumo, rechazó los huevos y empezó a leer El pío nuestro de cada día bajo el fulgor del neón.
«Un día Dios quemará este mundo en el que vivimos. Es horroroso ver una casa en llamas. ¿La has visto alguna vez? ¡Pero cuánto más horroroso será ver este gran mundo con todas las casas y los árboles en llamas! El ruido será terrible, el calor será insoportable. Los malvados jamás podrán escapar de Dios. Arderán por los siglos de los siglos. Mas el mundo no arderá para siempre: acabará consumiéndose y Dios creará otro mucho mejor que este.»
«Es de cajón», dijo Shirley. Cerró los ojos y vio su cama en la habitación con las cortinas corridas, como Philippe la había dejado. Soñó que estaba durmiendo y que alguien la despertaba respirando a través de una pared. Se incorporó bruscamente.
La chica le sonrió y le dijo en tono suave:
—Estaba soñando.
—Me temo que sí. Espero no haber hablado.
—No la habría dejado. La habría despertado con discreción. —Su voz tenía un tono más bajo que el parisino, pero era inconfundiblemente francesa—. Yo también sueño. Anoche tuve tal pesadilla que mi madre tuvo que venir a despertarme. —Echó el humo contra el cigarrillo y cubrió de ceniza la mantequilla de Shirley—: Había un rosal que crecía en una maceta colocada encima de un radiador. Tenía forma de árbol de Navidad y estaba todo cubierto de rosas rosas. Al girarlo para que le diese la luz por todas partes, veía que las rosas que daban a la pared eran una pasta de polvo y moho.
El hombre apartó su mesa del banco, arrojó la servilleta y se alejó a paso lento.
«No te culpo por dejarnos —le dijo Shirley en silencio—. Es más, te envidio. Es de esas personas que cuentan sus sueños. Tiene que ser la única en París, y san José va y me la pone al lado.»
—Yo no le he pedido que me compre tabaco ni violetas —dijo la chica—. Ha sido cosa suya.
—¿Juntas? —dijo levantando la voz el camarero de pelo alborotado—. ¿Están juntas? ¿Una cuenta o dos? —Para evitar que siguiera contándole sus sueños, Shirley había vuelto a su libro—. Oiga, madame, he terminado el turno —continuó el camarero—. ¿Les molesta pagar ya? ¿Usted y la joven están juntas? ¿Hago una cuenta o dos?
—No, señor, claro que no estamos juntas —respondió Shirley.
La pregunta la pilló por sorpresa, pero aún más la forma en la que la chica la miró, esperando su respuesta. «¿Por qué no dice nada? —pensó Shirley—. Estaba repelando un pudin de chocolate cuando he entrado, y se ha quedado ahí sentada, fumando, dándome conversación, como si estuviera esperando a alguien o matando el tiempo.»
Shirley pagó su cuenta, sintiéndose incómoda, como si fuera culpable de haber explicado algo mal. Pagó unos huevos que no se había comido y una cerveza y un café que al camarero se le había pasado llevarle. Se le olvidó que James esperaría que le devolviese los francos prestados; solo eran francos de atrezo, sin valor real. La chica la miró, sonriendo, y le dijo en tono suave: «Atenta a la comedia».
«Habla de la actuación», pensó Shirley. En inglés diríamos actuación.
Dirigiéndose al camarero, que ahora estaba sumando las cantidades de la otra comanda, bastante larga, la chica dijo:
—No se moleste, déjelo: no puedo pagar. —Lo repitió dos o tres veces, mirándolo y riéndose, hasta que el hombre dejó de sumar y apartó los ojos lentamente de su bloc, contra el que clavaba el lápiz con fuerza. Él también era actor.
—No —dijo—. No. Es la segunda del día. —Y llamó de un grito al chico que estaba limpiando los ceniceros—. ¡Olivier! Dile a Madame que venga. Y explícale por qué.
—¡Ay, Madame! —dijo la chica: era evidente que su edificio se había venido abajo.
Shirley se imaginó levantándose, como había hecho el hombre, y apartando la mesa de la fila; se oyó decir «Lo siento» y «Adiós». Sin embargo, se acordó de que el dinero no era suyo, y por tanto no tenía relevancia ni significado, así que dijo:
—No pasa nada. No moleste a Madame. Pago yo.
«En fin, hasta tal punto ha llegado esta historia de preocuparme por los desconocidos —se dijo—. Si me atreviese, dormiría encima del mantel manchado, como los refugiados que no pueden permitirse un hotel e intentan conciliar el sueño en los cafés; pero antes tengo que pagar para que esta joven de aspecto ruso no se enfrente a Madame. Yo no puedo enfrentarme a mi suegra, ni siquiera a Philippe, y cuando estoy con mi cuñada derramo el vino y solo digo sandeces, así que ahora tengo que pagarle la cuenta. Madame le da miedo, está claro: sonríe, pero solo hay que ver cómo retuerce la cajetilla de cerillas. Lleva dinero encima; hasta el cocker parece cobrar su nómina. Lo de hoy ha sido un accidente: ella quería hacer una temeridad, pero se ha llevado un susto. ¿Cuatro mil francos? ¿Qué habrá pedido el cocker?»
Mientras el camarero cogía los billetes de Shirley, apareció Madame. Era baja, recia, coja y bigotuda, como sin duda se esperaba la chica.
—Han venido juntas —dijo el camarero, incluyendo a ambas en un barrido de su lápiz—. O casi. Mademoiselle estaba esperando a alguien, y madame o mademoiselle —añadió, señalando a Shirley— también parecía estar buscando a alguien.
—Las dos estábamos esperando —intervino la chica. Su actitud había cambiado, como si su conciencia la obligara a ser rigurosa—: de hecho, apenas conozco a esta señora.
—Si no estaba esperando a la señora, ¿por qué ha seguido comiendo si sabía que no llevaba dinero? —preguntó madame—. Podía meterse en un lío.
—El perro ha tomado arroz criollo, zanahorias Vichy, una hamburguesa con un huevo frito y café con leche —dijo el camarero, leyendo en su bloc la comanda—. Con cuatro terrones de azúcar. Que yo haya visto.
—¿Y por qué no iba a comer Bobby? —respondió la chica, con ojos afligidos—. Él no tiene la culpa.
—Las dos han venido juntas —insistió el camarero. Miró con cierta ternura a la joven. Seguro que Shirley era la delincuente: ella la había tentado a entrar. Shirley era una depredadora; se le notaba en los ojos.
—Voy a serles sincera —dijo la chica—: no estaba segura de que mi amiga fuese a venir. Y ella tampoco tenía claro si yo lo haría. Nuestra cita dependía de que nos acordásemos la una de la otra. —La chica, sonriente, juntó sus manazas y las miró. Con un tono suave, suplicó a Madame y al camarero que fuesen comprensivos: era un asunto personal y peculiar. Y añadió—: No echen la culpa al perro.
—Por supuesto que no —respondió Madame—. Si la gente fuera tan sencilla como los perros, llevar un restaurante hasta podría tener su aquel.
—Bueno —continuó la chica, mirando ahora a Shirley—, ¿me acompaña a casa? Vivo aquí al lado. Mi padre querrá saldar cuentas. No le gusta que debamos dinero.
El camarero esbozó una mueca de desdén, Madame se había puesto roja como un tomate y el chico de los ceniceros parecía el único que entendía mínimamente lo que había pasado allí. Miró a Shirley con una compasión que duró hasta que ella le devolvió la mirada; entonces el chico se volvió. Shirley empezó a comprender lo que esos desconocidos estarían pensando: la chica había sido demasiado inocente, demasiado ingenua o, al contrario, demasiado lista. Y había conseguido una comida gratis: bien por ella. Le había dado una lección a la otra. La extranjera, claro está, no se atreverá a enfrentarse al padre.
—¿Qué necesidad hay de que vea a su padre? —preguntó Shirley, y empezó a escribir su nombre y su dirección en la solapa de la cajetilla de cerillas de Bougival—. Si quiere, puede mandarme un cheque.
La chica se metió la dirección en el bolsillo y se enrolló la correa del perro en la muñeca. Con una sonrisa y un gesto, indicó a Madame y al camarero (que se habían quedado a ver cómo acababa aquella historia) que les dejaba las violetas.
—Insisto —dijo la chica—. Vivo aquí al lado. —Era más alta que Shirley, que la siguió porque no podía aguantar ni un segundo más ser el centro de atención, y porque sería más sencillo despedirse de ella en la calle. Al salir, la chica dijo—: ¿Ha aparcado aquí cerca? ¡Ah! Entonces tendremos que coger un taxi. En autobús se tarda una eternidad.
—Me ha dicho que vivía en el barrio —respondió Shirley, pero entonces, al oír en su voz una petulancia que detestaba, decidió que debía de haberla entendido mal—. No dejo de darle vueltas a una cosa —añadió—, aunque sería demasiado perfecto para ser verdad. Es por su forma de hablar y por los cigarrillos que fuma. ¿Se llama Geneviève?
—No, me llamo Claudie. Claudie Maurel.
Su taxi puso rumbo al oeste por la orilla izquierda del Sena hasta que llegaron a una zona desolada, con gasolineras y fábricas con las persianas bajadas: allí el Sena era un río sucio en el que flotaba basura, aceite y palomas manchadas de aceite. Según el calendario mental de Shirley, aquel era un domingo del pasado. Escogió un punto, donde el tiempo podría empezar a correr, y puso un dedo en la esfera mientras el minutero comenzaba su marcha. «No me preguntaste ni una vez si el tiempo es necesario», se había quejado su madre.
La chica miraba por la ventanilla con aire cautivado. Parecía encerada, como si hubiese muerto joven y la hubieran embalsamado. Una vez, Pete y Shirley vieron a una niña embalsamada en una urna de cristal en una iglesia italiana. «Aún conserva el pelo», les había dicho la guía.
La chica suspiró.
—No monto en taxi todos los días.
«Porque su padre tiene chófer», supuso Shirley. La madre de Shirley creía que había gente turbia dando vueltas por la ciudad, haciéndose pasar por taxistas, que se dedicaba a recoger a colegialas para luego amenazarlas con jeringuillas. Puede que a ella le hubieran contado la misma historia. Intentó recordar cómo había conocido a Renata: Renata fue un encuentro fortuito, como esa chica; como Philippe. El taxi parecía estar saliendo de París. A lo mejor iban a la casa de campo donde su familia pasaba el fin de semana, «la segunda residencia», como se las conocía en París. Hasta Philippe usaba la expresión sin que le entrara la risa. O quizá el viaje acabara en la clásica media luna de gravilla bordeada por flores de salvia color kétchup, frente a uno de esos cajones de embalaje revestidos de ladrillo y coronados por torres victorianas que los parisinos denominan «château» sin inmutarse.
Cruzaron el río pasando entre barreras rojas y blancas y luces parpadeantes: el puente, como buena parte de la capital, estaba en obras. Los detuvo una larga fila de coches parados. «¡Domingueros!», exclamó Claudie, maravillada, como si hubiese oído hablar de esos seres, pero no hubiera tenido pruebas de su existencia hasta entonces. Shirley había entrevisto un letrero que decía «Autoroute» y volvió a preguntarse adónde irían. Quería hablar con la chica, interrogarla, pero ahora guardaba silencio, con aire apagado y deprimido; y, en cualquier caso, el día ya estaba perdido. Quizá acabaran en Versalles, Chartres o Le Mans. Recordó una plaza grande y horrenda en Le Mans y un restaurante donde una gramola le estuvo taladrando los tímpanos durante el almuerzo y donde el café se le enfrió mientras esperaba a que Philippe pagase la cuenta. Al igual que ahora, entonces también se había equivocado de barco; se había alejado de la costa, rumbo a un destino no deseado. En Le Mans se había apoderado de ella la imperiosa y salvaje necesidad de resultar atractiva a aquel atajo de patanes provincianos con corte de pelo estilo cola de pato que perdían el tiempo en la barra. El largo, etílico y cariñoso almuerzo con Philippe no había terminado en la cama como pretendían, sino en una conversación. Philippe le había confesado que uno de sus temores secretos era su incapacidad para gustar a las mujeres muy distinguidas o hermosas. «¿Ah, sí?» Philippe le confirmó que sí: cuando una chica inalcanzable y encantadora se le ponía a tiro, temía volverse impotente, ser incapaz de complacerla. «Impotente mental», añadió, significara eso lo que significara.
«¿De verdad? —preguntó ella—. Conmigo nunca lo has sido. Claro que yo me mostré disponible desde el primer día, y tampoco soy muy guapa. Ah, impotente mental. No me habría dado cuenta. Es decir, no se me habría ocurrido preguntarte qué se te pasa por la cabeza.» Shirley le dijo que había curado a otra persona de un miedo parecido. No le resultó difícil, ni mucho menos; no le supuso ningún esfuerzo. Nunca había tenido claro qué fue lo que le dijo o lo que hizo para obrar el cambio, pero aquella persona le aseguró que lo notaba y se lo agradecía. De hecho, seguía agradeciéndoselo y era muy simpático con ella. «¿Quién?» «Ah, el griego que vive dos pisos más arriba.» «¿El griego de pelo rancio que nos invita a fiestas?» «Sí, ese.» «¿Fue hace poco?» «Hace relativamente poco, por eso me acuerdo. Antes de que nos casáramos, por supuesto.» «¿Antes de que nos casáramos, pero cuando ya nos conocíamos?» «No me acuerdo. Puede que se solaparan.» Aquel domingo anodino, volviendo de Bretaña, Philippe preguntó: «¿Esperamos a llegar a París o reservamos una habitación?». «Reserva una habitación.»
Después de pasar por delante de las fábricas de Renault, cerradas y oscuras, el taxi de Claudie y Shirley enfiló una calle vacía y se detuvo, solitario, en un semáforo. De una casa ruinosa llegaron gritos que podían ser de pavor o de hilaridad.
—Ahí viven vagabundos —dijo Claudie—. Hombres y también mujeres. Cuando derriben la casa no tendrán adónde ir. Mi padre dice que sobrevivirán al verano y, si acaso, al otoño, pero que, por suerte para la sociedad, el invierno acabará con ellos. Los alcohólicos son propensos a la neumonía. Así es como la naturaleza nos protege a los demás.
Unos edificios modernos con balcones estrechos y que parecían algo incómodos asomaron por los márgenes de la entumecida vista de Shirley. Vio un jardín de césped con un gnomo pescando en un cubo, un concesionario de segunda mano con dos Volkswagen al otro lado de un escaparate repleto de telarañas, y barracones militares prefabricados —no, en realidad eran casas— con jardines de antenas que despuntaban del techo. La chica hablaba en un tono muy animado:
—Ahora los conocerás. Me desprecian y me obligan a suplicarles por todo. Toda la ropa que me pongo y todo lo que como. Me han robado a mi hijo: cuando nació, me lo arrebataron. Él cree que soy su hermana. ¡O al menos eso es lo que creo que piensa!
—Anda, tienes un hijo —dijo Shirley—. Qué bonito. —Le incomodaba la gente que hablaba de niños robados. Las películas suecas le habían transmitido la sensación de que todas las conversaciones en idiomas desconocidos consistían en preguntas como «¿Dónde está Dios?» o «¿Debería tener hijos?», aunque, en realidad, lo más probable era que aquellos extranjeros estuvieran diciendo «¿Cuánto cuesta?» o «Pásame la sal». Como sabía que Shirley no era francesa, a lo mejor la chica también estaba intentando parecer extranjera y enigmática al hablar. Eso convertía la conversación en algo tan sencillo y errático como nadar.
—Sí, un niño. Y tú tienes marido —respondió la chica, mirando el anillo de Shirley. Apartó los ojos con una expresión penetrante y maliciosa, que le recordaba un poco a Renata.
—Pasa mucho tiempo fuera —murmuró Shirley, que parecía incapaz de pronunciar determinadas frases de lo más necesarias, como «Adiós» o «Eso no te importa»—. Está de viaje —añadió como una boba, pensando que bien podría estarlo.
—Ojalá mi padre viajara —dijo la chica—. Nos tiene a todos intimidados. Tengo miedo de que algún día pegue a mi madre, que es muy frágil y endeble. A veces creo que ya le ha pegado. Así son los rincones oscuros de la vida de una mujer.
El conductor no se había vuelto ni una vez; ni siquiera las había mirado por el retrovisor. Cuando se detuvo en una calle flanqueada por árboles jóvenes y frágiles, Shirley vio que era argelino. Claudie y ella tendrían que haberle sonado como cualquiera que no hablara su lengua materna. Lo que Claudie había dicho no eran sandeces; era algo ajeno, sin más. La chica se alejó a paso lento del taxi como si fuese de mala educación ver lo que Shirley tenía que pagar. Luego respiró hondo y continuó:
—Me detestan porque no tengo dinero. Mi hermana se buscó un buen partido con diecinueve años. Pero, en fin, estarán encantados y sorprendidos de verme contigo. ¡Ya verás qué cara ponen cuando sepan lo maja que es mi nueva amiga! Vivimos aquí arriba.
—¿El balcón de las flores es vuestro?
—No, ese es de unos locos. Mamá dice que no podrán pagar su funeral, y aun así tiran el dinero en plantas.
—Qué motivo más curioso para querer dinero: tu propio funeral. —Shirley, que había heredado algo de dinero de su primera suegra, se preguntó para qué querría el dinero una persona. Luego se preguntó si de verdad habría ido hasta allí para que el padre de aquella chica le devolviese un puñado de francos.
En un vestíbulo de cemento abarrotado de carricoches, el cocker hizo todo un alarde de personalidad al ladrarle al ascensor y enseñarle los dientes.
—No se fía de él —le explicó Claudie—. Móntate tú. Yo tendré que subir por las escaleras con Bobby. Sexto piso, a la izquierda.
—No, voy contigo.
Y los tres, Shirley, la chica y el perro, subieron juntos. Entre piso y piso tenían que parar por Bobby, cuya individualidad fue aumentado hasta revelar que era un perro con un soplo cardiaco. Era la hora del crepúsculo. Las ventanas de los rellanos, tercamente pequeñas —como si el artículo más odioso de la normativa fuera lo único que había obligado al constructor a ofrecer el más mínimo resquicio de luz natural—, eran de cristal martillado y estaban protegidas por una reja de alambre. Al llegar a una puerta marrón en el sexto piso, el perro se detuvo, se sentó y empezó a jadear con fuerza. No se leían nombres por ningún sitio. Del otro lado de la puerta se oyó un ruido, como de hojas secas arrojadas al aire, y alguien gritó «¡Bobby!». La puerta se abrió. De las caras que aparecieron, una encima de la otra, solo la más pequeña miraba al perro en lugar de a Shirley. Nadie dijo «Hola» o «Pasa». Se sintió como si estuviese en un aula con niños que se habían quedado solos y sin instrucciones, hasta que la maestra apareció: una mujer esbelta y estirada, de unos veintinueve años, con un traje ligero y una boina de fieltro verde sujeta con un broche. La mujer apartó a los niños, como si se abriera paso entre la hierba alta, y le cruzó la cara a la nueva conocida de Shirley: una bofetada con la palma y otra con el dorso de la mano.
—Vengo con una amiga —se limitó a decir la chica, que había girado bruscamente la cabeza, pero que no gritó ni le devolvió el golpe.
—Tú no sabes lo que es una amiga —respondió la mujer—. A ti no te quiere nadie. ¿Cómo te atreves a llevarte a Bobby? ¡Y mi bolso! ¿A qué tipo de persona se le ocurriría ser amiga tuya?
En aquellos ojos grises llenos de odio, Shirley vio el reflejo de los ojos de la policía. Vio a chicas jóvenes y crueles amedrentando a extranjeros en la jefatura de policía; las oyó gritar «¿Qué pasa, es que no sabes leer?» a alguien que sabía leer en español y en árabe, pero que ignoraba qué había hecho mal y qué responder. Shirley notaba el hierro frío del pasamanos deslizarse bajo su palma. Durante el precipitado descenso, le parecía que en cada giro iba a estrellarse contra esas pequeñas ventanas con rejas. Cuando se detuvo a tomar aire, vio bajar el ascensor con la luz encendida y una silueta oscura en su interior. Esperó a que el corazón se le tranquilizase. Una mujer rubia, que la miraba con ojos suplicantes desde unos peldaños más abajo, le cortó el paso. De repente frunció la cara con un espasmo; parecía asustada.
—He bajado para pillarla —dijo—. Lo lamento. Mi hija es demasiado espontánea.
—No puedo ver cómo humillan a alguien —respondió Shirley, bajando lentamente—. A mí no me ha parecido espontánea. Más bien, calculadora. En cualquier caso, la he traído a casa. No corre peligro.
—No, me refiero a la mayor —respondió la mujer—. Usted habla de la pequeña Claudie. Ha traído a Claudie.
—En realidad, me ha traído ella. Disculpe, tengo que irme. Mi marido me espera.
Si Philippe hubiera estado en casa esa mañana, Shirley no estaría allí en ese momento. Se aferró a la idea de que Philippe seguía de viaje en algún sitio; en Hong Kong, por ejemplo. La mujer se echó la mano a un broche que llevaba puesto, como si la palabra «marido» le causara sumo nerviosismo. Desde arriba, cayendo a plomo por la espiral de hierro y cemento de las escaleras, llegó una orden: «¡Mamá! ¡Vuelve ahora mismo! Y trae a la señora». Una lucecita parpadeó en el ascensor, que empezó a subir hasta desaparecer.
—Es la primera vez que trae a casa a alguien decente —dijo la madre de Claudie—. Lo lamento. Marie-Thérèse estaba angustiada por Bobby. Le paga una fortuna al veterinario para que le diga que Bobby tiene el corazón delicado, y no sabíamos dónde se lo había llevado Claudie ni cuánto lo había obligado a caminar.
«Varios kilómetros por todo París», pensó Shirley. A menos que Claudie fuese hábil para viajar gratis. Entonces se acordó del taxi y cayó en la cuenta de que, por supuesto, Claudie nunca necesitaba caminar. De repente, en la oscuridad de la escalera, Shirley dijo en inglés:
—Que la chica de la boina verde haya montado en cólera no es el único motivo por el que me he ido corriendo, aunque reconozco que odio los altercados. Pero ¿qué hago aquí, a las afueras de la ciudad, con una familia desconocida que me confunde con quien no soy?
—Mi marido ha salido —respondió la mujer en francés—. No, no para buscar a Claudie. Estaba tan enfadado que no quería volver a verla. Se lo digo porque seguro que Claudie también le ha hablado del asunto. A mí el perro me da igual, pero cuando Claudie enfada a su padre, él se niega a comer. Deja de comer, simple y llanamente. Deambula por las calles, vuelve a casa débil y exhausto, y al día siguiente está aún más enfadado.
—Los muy desgraciados se niegan a darme el dinero que te debo —dijo Claudie, saliendo del ascensor—. Pero puedes volver cuando papá esté en casa y él te lo devolverá. —Aún llevaba la correa del perro, con la que daba golpecitos distraídos al pasamanos—. ¿Qué miráis vosotros? —rugió a una hilera de cabezas que las observaba desde arriba.
—No te preocupes por lo que me debes —respondió Shirley—. No voy a hacer otra vez todo el viaje solo por el dinero. Ni siquiera sé dónde estoy. Y tampoco te preocupes por el taxi. Da igual todo.
—¿Taxi? —gritó una voz—. ¿Claudie ha pedido un taxi?
—Papá te devolverá el dinero —continuó Claudie, impasible—. Pero si no te ve con sus propios ojos jamás se creerá la historia.
La madre de Claudie se aferró a su broche dorado como si sacase de él sus fuerzas.
—Es de mala educación obligar a la señora a que venga a cobrar una deuda —dijo—. Devolveremos por correo el dinero que le debe Claudie. ¿Cuánto es?
—Ah, casi nada —respondió Claudie—, pero me gustaría que mi amiga volviese otro día.
—No, no está bien —insistió la madre. Entonces, su tic facial se agudizó hasta tal punto que le impidió hablar durante un par de segundos, pero por fin preguntó—: ¿Claudie tiene su dirección?
Pulsuz fraqment bitdi.