Kitabı oxu: «Campo de los almendros»

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ÍNDICE

ESTUDIO INTRODUCTORIO

Francisco Caudet

CAMPO DE LOS ALMENDROS

PRIMERA PARTE

I

II

III

IV

V

VI

VII

SEGUNDA PARTE

I

II

III

IV

TERCERA PARTE

PÁGINA AZUL

CUADERNO DE FERRÍS

ADDENDA

APARATO CRÍTICO: VARIANTES TEXTUALES

NOTAS DEL ESTUDIO INTRODUCTORIO

NOTAS DE CAMPO DE LOS ALMENDROS

GALERÍA DE PERSONAJES HISTÓRICOS

GLOSARIO DE VOCES ESCOGIDAS

Campo de los almendros

Estudio introductorio por Francisco Caudet

Universidad Autónoma de Madrid

El laberinto mágico de Max Aub nace y se desarrolla, como habrá tenido la ocasión de comprobar el lector de los anteriores Campos, bajo el doble signo de la fragmentación y de la totalidad, de lo que siendo parte en apariencia autónoma está destinado a conjuntarse en un todo unitario. El laberinto mágico, inmerso en un continuo proceso de investigación de la realidad, va presentando sus resultados a través del tamiz de la transposición literaria. Y lo hace de manera escalonada, sin descanso, con la fijación de quien necesita, palabra tras palabra, novela tras novela, Campo tras Campo, alcanzar a todo trance una meta omnicomprensiva.

La Guerra Civil, y el trauma del fracaso de tantas esperanzas, fue el detonante. Dar testimonio escrito de lo ocurrido en aquellos tres años de enfrentamiento fratricida había de convertirse en una obsesión. Pero no ya por razones personales –inevitables por su condición personal de víctima–, sino sobre todo porque se impuso a sí mismo el imperativo ético de levantar acta de la destrucción de los ideales republicanos y de la población que los asumió y defendió. Para ello, la obra aubiana hubo de hacer un largo y laberíntico recorrido que había necesariamente de terminar, aunque tuviera luego otras ramificaciones –las más importantes, las relacionadas con los campos de concentración y con el exilio–, en el puerto de Alicante. O sea: en Campo de los almendros.

Los acontecimientos habían seguido un derrotero que la pluma aubiana estaba determinada a rastrear hasta las últimas consecuencias. Por tanto, si, de un lado, persistió en reconstruir lo ocurrido con el testimonio de los testigos y de su propia experiencia; de otro, la narración de los hechos tenía marcado el recorrido. Además, como ese recorrido lo iba a hacer sin abdicar de sus fueros de novelista, se le plantearon, desde un comienzo, unas cuestiones de escritura, de creación –cuestiones, en suma, teóricas–, a las que también se propuso dar cumplida respuesta.

En una entrevista de 1968 que sigue inédita, refiriéndose a la serie de los Campos, explicaba Aub a su entrevistador:

Hay una línea profunda en esa serie que le voy a indicar, porque usted no la va a encontrar, no por su culpa, ni por la mía. Hay una línea horizontal que es el plan del Laberinto y luego otra vertical, una línea que encuentra usted desde la primera escena de Campo cerrado: es el agua.

La idea del agua, de la disolución del Laberinto, de la imposibilidad del Laberinto, la tiene usted desde el agua que corre en las acequias de Viver hasta el mar de Alicante. No digamos ya en la otra parte de la obra, la parte del océano y el éxodo: esa línea del agua es curioso seguirla dentro de toda la primera parte del Laberinto, hasta la salida del puerto de Alicante. Luego se pierde… Como el Guadiana. […] Eso sería la guía. Hay el agua, la guía moral. De pronto la encontramos en caños, pero siempre hay una línea de agua que sigue dentro de la guerra. Después, no. Se pierde, entra en el desierto y ya no hay agua.1

Establecía Aub en estas declaraciones, por consiguiente, una relación directa entre Campo cerrado y Campo de los almendros, una línea que estaba marcada por el recorrido de las aguas, símbolo aquí de la fatalidad histórica que en julio de 1936 había caído sobre España. Ese recorrido geográfico-histórico tenía una pluralidad de ramificaciones, que narró en los demás Campos que precedían a Campo de los almendros, donde se recogen todas aquellas aguas, todos aquellos antecedentes históricos, antes de congregarse frente al mar y en él, precipitarse, hundirse, perderse… aguas muertas, vida apagada, ya. Muerte. Olvido…

Pero contra la muerte y el olvido, está la escritura, el poder de la palabra. En 1944, decía Aub en Morir por cerrar los ojos: «El olvido –que es prenda política– es lo contrario del afán que nos mueve a los escritores» (1944: 7). Un afán que, como dijera Paulino Cuartero en Campo de sangre, es la respuesta a una necesidad: «Me duele el alma. Me duele el alma. ¡Una palabra, una palabra para decir lo que siento!».

Hay un hilo, cuyo grosor se espesa a medida que las cuartillas escritas con firme trazo se apilan en los rimeros de papel de la mesa del escritor, que ha ido uniendo el tiempo fundacional de la esperanza –el 14 de abril de 1931–, con el tiempo de su declive –el para los republicanos fatídico mes de marzo de 1939–. El primer tiempo, que el golpe de Estado de julio de 1936 amenazó de muerte, aparece expresado, de manera simbólica, en el primer capítulo de Campo cerrado, titulado «Viver de las Aguas». De ese pueblo castellonense, donde había veraneado de niño Max Aub, toma el recuerdo del agua y lo funde con el de la fiesta local del toro de fuego. Es –insisto– el momento fundacional de los Campos. Esos recuerdos, aún un hilo finísimo, son la primera urdimbre que le va a permitir ir tejiendo el macrotexto, el gran mural de los seis Campos, así como otros microtextos y paratextos de El laberinto mágico. Viver de las Aguas, casi en la raya de Aragón, se encuentra, como el destino que aguardaba a la esperanza republicana, entre el camino de la tierra firme, «el áspero, desnudo camino de Teruel», o el que, conduciendo carretera abajo, se precipita hacia la disolución, hacia la muerte, «hacia la mar».

Ese recorrido, que es el recorrido de la memoria, permite componer a la pluma de Max Aub el macrotexto, o mural de palabras, que es El laberinto mágico.

En Campo de sangre, con una contundencia a la que era dado Max, encontramos esta afirmación: «No existe el mundo sino su recuerdo». De ahí, pues, ese aferrarse a la memoria y a la escritura, que son una misma cosa: una tabla de salvación.

En «No basta la nostalgia», artículo publicado por Max en la efímera, pero excelente, revista UltraMar, mantenía un imaginario diálogo con un joven exiliado a quien llama Marcos. En ese artículo decía Max Aub:

¿Tú crees que el hombre es sólo el hombre? ¿Tú crees que sólo se trata de reconquistar el hombre? No, Marcos, no: se trata también de volver a tener lo que el hombre hizo y, además, lo que lo hace: el Arlazón y el Tajo, los picos de Europa, Urbión y el Guadarrama. Cuando luchas por España, por reconquistar España, no es sólo para volver por el derecho de los hombres españoles: es para que las piedras de Valladolid, las de Burgos, las de Alcoy, las de Granada, vuelvan a ser tuyas, claras y libres; para que San Marcos y San Isidro de León, San Juan de los Reyes, el puente romano de Córdoba, el castillo de Medina y toda Salamanca vuelvan a ser tuyas, de todos los españoles. (Salamanca entera: San Esteban, dorado; la Catedral, como ascua; la casa de Monterrey, la Universidad, de oro cálido). Y Candelario, y Miranda de Castañar, y las Hurdes. ¿No oyes las piedras? ¿No te dicen nada los ríos? (Entre Eresma y Clamores, Segovia mía…). Porque, piénsalo, dices: allí están, inmutables, y no es cierto: ni el Tormes es ahora el Tormes, ni el Duero es ahora el Duero, ni el Guadalquivir es ahora el Guadalquivir que tú conociste. Los ríos y las montañas de tus recuerdos no son ahora, Marcos, más que recuerdos (Aub, 1947: 16).

Poco más adelante, con ese apasionamiento tan propio de Max que a menudo alcanzaba un intenso lirismo, seguía diciendo:

El mar también es de reconquistar… Me dirás: –¡Cuánta literatura! Tan pronto como caigan los hombres… Pero es que sin las piedras los hombres no tienen patria. Son las piedras y los ríos los auténticos padres de los hombres, sus progenitores. Y no bastan los recuerdos que envanecen desvaneciéndose, sino las piedras; y las sombras de los árboles en los ríos y en los canales. (¡Álamos invertidos en los canales de Castilla y Aragón!) Para reconquistar, no olvidar. Y el olvido nace del recuerdo vago e impreciso (ibíd.: 16).

La mayoría de los personajes del Laberinto, como el propio Max, se habían quedado ya para siempre a solas con los recuerdos personales y colectivos –República, guerra, exilio–, y con la memoria de los paisajes familiares. Con ese pesado hatillo de tiempos y espacios del pasado habrían de habérselas –era parte de la condena– en adelante.

Max parece expresar su propia situación cuando, en Campo de sangre, pone en boca de Paulino Cuartero estas palabras: «Prodigiosa soledad, con mis monstruos a cuestas, personajes que vivís, hongos, esclavos, rémoras mías, os llevo, tras mi cortejo de lamas, por un mar sombrío sin viento. Soledad de frío, soledad de lluvia. Esa inmensa celda del cielo…».

La última palabra siempre la tiene, aun cuando la imaginación emprende el vuelo, la realidad. Es lo que también vino a decir Max en estos versos, en los que nuevamente declara su adscripción a los principios de la estética realista:

Sólo los pájaros pueden despegarse

de su sombra.

La sombra siempre es de tierra.

Nuestra imaginación vuela:

somos su sombra, en tierra (Aub, 1998b: 173).

A menudo, el olfato es el acicate de la memoria. En Campo abierto, de pronto, como si tal cosa, nos sorprende Max diciendo de sopetón: «Olía a magnolias». Y ese olor le devuelve el recuerdo de un viaje en un cansino tranvía al Grao, un viaje iniciático al prostíbulo, una escena del pasado personal que se funde con la ciudad ahora prohibida: «Olía a magnolias. Pasó el tranvía por el puente, sobre el cauce seco del Turia. Todo eran luces en la noche y el silencio mecido por el ruido monótono del tranvía. […] El paso a nivel. El paso a nivel. ¿Pero no lo habíamos pasado ya? El Grao. Ancha calle. Los cines. El puerto. Hay que bajar».

A veces, el recorrido se hace a la inversa. Y las magnolias, en vez de ser punto de partida, lo son de llegada. Así, cuando Ambrosio Villegas –Max– sale, en Campo de los almendros, del Carmen, pasa por el Gobierno Civil y llega a la plaza de Tetuán, se detiene allí a contemplar la «enorme pared de cantería carcomida» del convento de Santo Domingo que nunca le había producido, y dice: «tanto amor, admiración y tristeza». Y de pronto repara en que el aire parece haberse detenido. Y dice Max: «Ni un soplo de aire. Las inmóviles magnolias de la glorieta recogen en sus hojas charoladas las luces del día».

Volvamos a Viver. El tema del agua, que compite con la dualidad toro-fuego –a veces, transmutada en otros símbolos, como Minotauro o Polifemo–, es recurrente a lo largo de los Campos y, en particular, en Campo de los almendros. El agua conjura todas las significaciones que Aub atribuye a los conceptos de renovación y de progreso. Por eso, derramar y desperdiciar el agua, desaprovechar su capacidad fertilizadora, resulta incomprensible e inimaginable –y desde luego inaceptable– a los personajes aubianos entregados al empeño de transformar aquella España.

El 15 de marzo de 1938, en el periódico La Hora de Valencia, diario de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), muy próximo a Max Aub –lo codirigió en su primera etapa–, aparecía un joven que gritaba con el rostro desencajado: «¡Resiste, Joven Guardia!». Resistir, un muro elevado sobre las aguas para impedir que se derramaran, se desaprovecharan… Un año después, en marzo de 1939, los últimos combatientes republicanos eran atrapados en el puerto de Alicante, frente al mar. Tuñón de Lara, en su introducción a El laberinto mágico, que hasta hace poco permanecía inédita, recordaba: En aquel puerto, que no fue puerto («asilo o refugio» dice el Diccionario) para nadie, el laberinto real en el que perdidos se buscan Asunción y Vicente, en el que otros están perdidos para siempre porque han perdido, es quintaesencia y trasunto del Laberinto español. ¡Demasiado bien lo sabe el autor, que así lo dice en sus «Páginas azules»!: «Llegué al lugar donde la palabra laberinto cobra su significado» (Tuñón de Lara, 2001).

Max, que había ido escribiendo la epopeya de la lucha y el ideario republicanos en los Campos anteriores a Campo de los almendros, ahora, en este último Campo, se hallaba frente al precipicio, en el lugar de la tragedia: «Este es el lugar de la tragedia: frente al mar, bajo el cielo, en la tierra. Este es el puerto de Alicante, el treinta de marzo de 1939. Las tragedias siempre suceden en un lugar determinado, en una fecha precisa, a una hora que no admite retraso».

Ferrís, llegado a ese lugar de la tragedia, se impone a sí mismo –según también se declara en Campo de los almendros– el deber de escribir esa tragedia. Y ya, desde ese primer momento, se dice: «Lo que debo hacer es tomar notas desde ahora». Y añade el narrador: «Transido, empapado, Ferrís busca su cuaderno, saca y desenrosca su estilográfica, mira a su alrededor. No sabe por dónde empezar. Sin embargo, escribe: “Este es el lugar de la tragedia, frente al mar del que lo esperamos todo”».

Es exactamente lo que hizo Aub al salir de España en febrero de 1939: empezar a transcribir en cuadernos su memoria de los sueños y las pesadillas de la España republicana. Aub, como Ferrís, se había erigido en notario, en escribano. El empeño de Aub –y el de Ferrís, su trasunto literario– sería dejar en adelante testimonio escrito de una epopeya que acabó en tragedia. Que Ferrís perdiera la pluma, y su vida por salvarla –«La diñó por no dejar la pluma de la mano. Es edificante»–, tiene un clarísimo significado alegórico. Y autobiográfico, también.

Aub, al tiempo que emborronaba sus recuerdos en cuadernos, de los que se conservan muchos en la Fundación Max Aub de Segorbe, e iba recopilando testimonios de otros testigos con los que estuvo compartiendo cautiverio en las cárceles de Marsella y de Niza, y luego en los campos de concentración de Vernet y de Djelfa, fue planteándose los problemas del realismo, que en Campo de los almendros dirá que ya le habían dejado de preocupar. Afirmación que hay que poner en entredicho porque este Campo, como los anteriores, es en buena medida una reflexión sobre la escritura realista.

El mar, espacio límite de la tragedia, acabó siendo, en los últimos días de marzo de 1939, una muralla. Algo que ya habían experimentado los personajes del cuento «Santander y Gijón»: «El mar, de pronto, se nos aparecía muralla: en pie, vertical. Hacia el mar se pueden hacer muchas cosas menos echar a correr» (Aub, 1995b: 99).

El mar convertido, pues, en una muralla que solamente dejaría de serlo para, de un golpe – cuestión de tiempo–, tragarse, como en Campos de los almendros, aquel río humano. Las palabras, como las aguas, habían estado precipitándose por centenares de páginas –de riachuelos–, hasta encontrarse, convertidas en el río humano de la novela –reflejo o trasunto de la historia–, frente al mar. En este Campo se dice: «Han caído de la altura de Madrid a la de la huerta de Alicante; verticalmente, como de un cantil altísimo a una playa enorme sin más salida ni límite que el mar que no es lo uno ni lo otro, a menos que les sustente. Están encerrados, enrejados sobre la dura piedra del puerto».

Mar y tiempo. Y el hombre, en medio, a la espera de saltar al agua y nadar. Y nadar hasta, irremisiblemente, ante la impasibilidad del tiempo, acabar ahogándose. Aub decía en un poema de Antología traducida:

Oh tiempo, oh mar,

vamos nadando

hasta no poder más,

todos ahogados

al fin y al cabo

el tiempo permanece quieto (1998b: 111).

Campo de los almendros remite, sobre todo en la primera parte, a los Campos anteriores. No hay manera de adentrarse en la lectura de este Campo sin conocer los demás. Los personajes ficticios, como los reales, tienen una historia, un pasado que les da sustento. De ahí que las continuas alusiones en Campo de los almendros a los restantes Campos y otras narraciones (las incluidas en Enero sin nombre) del Laberinto sean como la savia que alimenta, que da vida, a un frondoso árbol. Eso es, en definitiva, Campo de los almendros.

El narrador puede –y lo hace– inventar personajes y situaciones, dar saltos temporales hacia adelante y hacia atrás, cambiar el orden de ciertos sucesos, intercalar narraciones, divagar sobre los más variados temas… Como dice Tuñón de Lara, dentro de cada una de las tres partes de Campo de los almendros,

... la acción transcurre a modo de secuencias cinematográficas, óptimo método para dar vida al protagonista colectivo (que no es él sino los cientos, miles de hombres y mujeres) sin descoyuntar la obra. Alguna otra vez, el autor se sirve del procedimiento de salto atrás; no faltan algunas historias marginales pero, sobre todo, se trata aquí de evocaciones; del comienzo de la guerra, de los acontecimientos vividos de ella… Como al término de una vida dicen que surgen en visión cinematográfica, así una colectividad en el momento en que va a terminarse como tal, evoca el pasado (2001: 121).

La trama de la Historia, el inexorable transcurrir del tiempo y de los sucesos históricos impone, inflexiblemente, su ley. La Historia tiene siempre la última palabra, dicta el orden – aunque sea relatada con discontinuidades y hasta con personajes y sucesos inventados– de la narración. En las «Páginas azules» de este Campo se dice: «Para narrar una historia, nada más absurdo que intentar seguir exactamente los sucesos según la hora en que acontecieron; no hay un solo personaje –sin eso no sería una novela– que viva a la misma hora que otros».

Esas premisas son aplicables igualmente a la escritura de la Historia. Hasta el punto de que Historia y novela, inmersas en la narratividad, entran en un proceso dialéctico que hace añicos la división que establece Aristóteles entre Poesía e Historia (1964: 45). Como dice Hayden White:

De acuerdo con la opinión común, la trama de una narración impone un significado a los acontecimientos que determinan su nivel de historia para revelar al final una estructura que era inmanente a lo largo de todos los acontecimientos. […] Estos acontecimientos no son reales porque ocurriesen sino porque, primero, fueron recordados, y segundo, porque son capaces de hallar un lugar en una secuencia cronológica ordenada. Sin embargo, para que su representación se considere relato histórico no basta con que se registren en el orden en que ocurrieron realmente. Es el hecho de que pueden registrarse de otro modo, en un orden de narrativa, lo que les hace, al mismo tiempo, cuestionables en cuanto a su autenticidad y susceptibles de ser considerados claves de la realidad (1992: 34).

A continuación, amplía Hayden White su argumentación con los siguientes comentarios:

La autoridad de la narrativa histórica es la autoridad de la propia realidad; el relato histórico dota a esa realidad de una forma y por tanto la hace deseable en virtud de la imposición sobre sus procesos de coherencia formal que sólo poseen las historias.

La historia, pues, pertenece a la categoría de lo que puede denominarse «el discurso de lo real», frente al «discurso de lo imaginario» o el «discurso del deseo» (White, 1992: 34-25).

Los historiadores, en la medida en que son narradores, comparten muchos de los problemas que han de afrontar los novelistas que se ocupan de la realidad histórica o simplemente novelan sobre el cañamazo del referente histórico. A prejuicios que los novelistas despiertan todavía en algunos historiadores, se deben juicios como estos:

Muchas noticias se han difundido sobre lo ocurrido en los últimos días de Alicante, a través de relatos directos e indirectos. En una novela, Campo de los almendros, se dedican a este episodio numerosas páginas, basadas en relatos que le hicieron a Max Aub; pero el entreverar tramas más o menos novelescas, introducir personajes de ficción y reivindicar las libertades que al novelista corresponden, hacen que el rigor de aquella narración quede diluido (Romero, 1975: 446).

Al contrario, argumentaría yo. Porque un libro como Campo de los almendros pretende, entre otras cosas, remediar un problema creado por los no pocos historiadores que, como vaticinó Manuel Azaña, iban a prestar su pluma, tal el más vulgar de los plumíferos, al poder: «Se tejerá –escribía Azaña en junio de 1937– una historia oficial para los vencedores, y acaso una antihistoria, no menos oficial, para los proscritos» (Romero, 1975: 11).

El narrador retoma, en las primeras páginas de la primera parte de Campo de los almendros, el tiempo –la primera quincena de marzo de 1939– en que transcurre Campo del Moro, machihembrando –para utilizar un verbo muy del gusto de Aub–2 Campo del Moro y Campo de los almendros.3 Por otro lado, llegados al final de Campo de los almendros aparece una clara referencia al comienzo de Campo cerrado. El círculo narrativo se cierra sobre sí mismo, entrelazando tanto las distintas partes del ciclo novelístico-histórico como su comienzo y su final.

En la segunda parte de Campo de los almendros retrocede el narrador a un tiempo –los últimos días de marzo de 1939– que al ser narrado al final de la primera parte ya había, por consiguiente, narrativamente transcurrido. Pero ese retroceso permite al narrador engarzar las dos partes. Se trata, pues, de una licencia o estrategia narrativa que tiene esa explicación y esa finalidad; y que, desde luego, en nada afecta al tiempo real histórico. Un tiempo que solamente puede repetirse en el tiempo, siempre posterior, de la narración. La Historia, como el tiempo en que sucede, se diluye, se esfuma, desaparece. Es un tiempo irrepetible cuya reconstrucción – únicamente factible en términos imaginario-verbales– se da tan solo en la memoria oral o escrita de los testigos y de quienes, desde la distancia, historian o narran lo sucedido.4 Tal es, al cabo, la función de la historia oral o escrita, y de la novela histórica.

La tercera parte de Campo de los almendros podría haberse convertido por separado, desgajada de este Campo, en otra novela. Ya dijo Aub en una ocasión que en Campo de los almendros había «varias novelas».5 Pero creo que fue un acierto haberlas integrado, haber creado esta única unidad narrativa. Si, por contra, esta unidad la hubiera dividido en varias unidades, en varias novelas, no habría tenido mayor importancia. Porque estarían integradas todas ellas en la unidad superior de los Campos. Que, a su vez, constituyen con otros muchos textos –cuentos, teatro, ensayos, diarios…– la macroestructura narrativa de El laberinto mágico. A esa macroestructura se le puede aplicar lo que Paul Kohler, con sagaz y certero juicio crítico, dijo a Aub, en carta fechada el 19 de mayo de 1968, de Campo de los almendros:

La larga serie de estas evocaciones se parece a un grabado longitudinal que corre al pie de un pedestal masivo sobre el cual se erige el monumento conmemorando la lucha. […] La mayor prueba de su valor: que nunca se cansa uno volviendo a leer estas páginas, dondequiera que sea, que son como esbozos infinitamente reales cuya economía verbal enfoca el interés y evoca percepciones muy finas y profundas (EMA, 8-8).

La idea de conjunto o totalidad orgánica –o macroestructura narrativa– prevalece sobre la de unidad segregada. Así pues, resulta a la postre igual que una unidad –en este caso, Campo de los almendros– contenga una o varias novelas porque es, de una u otra manera, una o varias partes del gran fresco que Aub llamó El laberinto mágico.

La parte tercera de Campo de los almendros, que empieza el 1 de abril de 1939, no necesitaba de ningún machihembrado, porque el 31 de marzo, día en que termina la parte segunda, había dado comienzo una nueva era. Esto es, el tiempo en que los republicanos, desgajados de su espacio-tiempo natural, fueron a la vez desposeídos de su condición de sujetos históricos.6 España tenía un único amo y señor. Los días posteriores al 1 de abril transcurren con agobiante lentitud, acentuando así el tiempo inaugural de la tragedia. Cada día traía, morosa e implacablemente, desgracias, vejaciones, muerte. Y quienes seguían presos habían empezado a perder, irremisiblemente, la noción de tiempo.

Esperar. Esperar, sin saber qué y sin esperanza.

El tiempo de la esperanza se había convertido, para los que quedaban vivos en el interior, en tiempo de disolución, de descomposición.7 Luis Romero llega, en El final de la guerra, a esta conclusión:

Lo ocurrido en el puerto de Alicante es uno de los actos más espeluznantes y deprimentes de la guerra y probablemente uno de los grandes errores políticos de los nacionales, azuzados por el deseo de justicia vindicativa, consecuencia del sino cainita que había presidido la guerra y de lo exacerbado de la propaganda que actuaba a manera de bumerang (1975: 446).

Campo de los almendros solamente podía ser, pues, la novela-tragedia de la esperanza fallida. Un mundo separa los últimos días de marzo de 1939 de los heroicos primeros días de noviembre de 1936. Muy lejos queda aquella bravura, aquella defensa de la legalidad que alientan muchas páginas de Campo de sangre y de Campo del Moro. En Campo de los almendros se recuerda aquel mundo tan cercano y tan lejano ya, pero no para repetir lo dicho en los dos anteriores Campos sino para contraponer –otra vez el juego de espejos– la ilusión a la desilusión, la esperanza a la desesperanza, la vida a la muerte.

Campo de los almendros es la novela del duelo. Del duelo por un mundo perdido irreparablemente, perdido para siempre. En las «Páginas azules» de este Campo, remedando las Coplas de Jorge Manrique, escribía Aub:

¿Qué se hizo el rey don Juan?

¿Quién sabe quién fue ese rey don Juan? Los eruditos, los historiadores. Queda la música del verso, el sentido; el personaje que le importaba a Jorge Manrique se ha borrado.

¿Qué fue de Largo Caballero? ¿De Besteiro? ¿Qué fue de Sanjurjo? ¿Qué de Azaña, de Juan Negrín? ¿Qué fue de Mola? ¿Qué de los vencedores que algún tiempo anduvieron luciendo sus nombres y apellidos por las placas de plazas y calles? Fueron, en su tiempo, importantes. Los demás desaparecieron antes, pero sólo antes.8

En otro lugar de Campo de los almendros recordaba las «tristes figuras llorosas, resignadas» del sepulcro de la familia Boyl. A mí esas figuras, que se encuentran en una capilla de Capitanía, no me parecen solamente «resignadas», porque están rígidas, en estado catártico. Tampoco me parecen simplemente «llorosas», porque lloran con un llanto que es la expresión máxima del desconsuelo. Eso es, por cierto, lo que el narrador, poco más adelante –como si rectificara los adjetivos anteriores: «llorosas, resignadas»–, viene a decir en afortunada pirueta acrónica: «¿Qué lloran estas figuras enlutadas? La derrota de la República, hoy. Lo han llorado todo desde el siglo XIV. Y seguirán haciéndolo por los siglos de los siglos. Están llorando por él. Él por ellas».

Pero, como sea, Max no paraba de preguntarse cómo narrar lo sucedido en Alicante. O lo que es lo mismo, cómo escribir Campo de los almendros. Aub intenta dar la respuesta propia de un novelista que había estado durante años investigado un suceso histórico de enorme trascendencia y que, como novelista que era, no podía limitarse a transcribir fríamente, como meros documentos, sus hallazgos. Aub siempre tuvo presente que tenía que dejar testimonio, memoria del pasado, pero ese imperativo moral en absoluto implicaba tener que renunciar – sino todo lo contrario– al imperativo estético que reclamaba su oficio de novelista. Pues, como había anotado en uno de sus diarios: «Al fin y al cabo, si mi obra tiene algún valor es como literatura. Si no vale como tal, las ideas que contiene mi obra están mejor en cualquier otro autor» (1998a: 237).

Precisamente ahí es donde entra la apuesta aubiana por una escritura realista que, sin renunciar a moldes ya canonizados, presentase una puesta al día del realismo. Lo cual no debía hacerse de manera caprichosa y, por ello, falsa; sino porque los nuevos tiempos, las nuevas realidades, así lo exigían. En 1945, en Discurso de la novela española contemporánea, había lanzado este augurio:

Todo parece predecir el éxito de un realismo que un crítico mexicano adjetivó trascendente, y a mi juicio con acierto. No por la importancia, sino por el hecho de ser llamado a traspasar y penetrar en un público cada vez más amplio. Realismo en la forma pero sin desear la nulificación del escritor, como pudo acontecer en los tiempos del naturalismo. Subjetivismo y objetividad parecen ser las directrices internas y externas de nuestra novelística (1945: 102-103).

Atendiendo a esa premonición, Aub decidió realizar la conjunción del periodismo de investigación con el melodrama, con el cine y con el teatro, conjunción que acabó siendo la argamasa con la que construyó los cimientos y el edificio de los Campos y, de manera muy especial, Campo de los almendros.

La investigación, que en Aub consistía en el acopio continuo de testimonios orales o escritos, se ha de relacionar en su caso más con el periodismo que con el menester propio de un historiador. Pero la dependencia de las fuentes tenía en él primordial importancia porque aspiraba, al igual que un historiador, a un conocimiento fidedigno y lo más objetivo posible de los hechos, conocimiento que consideró previo al proceso de transposición literaria. De ahí que tardara tantos años en componer Campo de los almendros.

Aub partía, en suma, del principio de que necesitaba reunir una pluralidad de testimonios, recoger la mayor diversidad posible de versiones sobre los mismos hechos. Por eso, decía en Buñuel, novela: «Para mí, novelista que voy buscando la verdad a través de la literatura, las reacciones personales son de gran importancia: dibujan mis personajes y, a través de ellos, un mundo» (1985b: 15). Y luego añadía: «Porque si nadie sabe cómo es uno, menos los demás. Tal vez, sin embargo, confrontando testimonios de lo que creen los otros, podamos aproximarnos al “dibujo” de quien sea…» (1985b: 16). En consecuencia, llegaba a esta conclusión sobre Buñuel, novela, que es igualmente aplicable a Campo de los almendros:

Este libro es, pues, un plagio de la Historia tal como la vieron otros, y de la vida según la interpretación de muchos. […] Si lo he subtitulado novela es porque, a pesar de todo, quiero estar lo más cerca posible de la verdad. Las anécdotas, los cuentos, lo inventado acerca de un personaje o un hecho son mucho mejores para conocerlo que los documentos (1985b: 17-19).9

Hay que distinguir, pues lo hace Max Aub, entre la subjetividad suya, o si se prefiere del narrador, y la de los hombres y mujeres que pueblan la narración con sus voces, una «encarnación subjetiva» de la que –como dice Javier Quiñones– «da testimonio el novelista». Lo cual –añade Quiñones en su introducción a Enero sin nombre– confiere «valor atemporal a las novelas y relatos del Laberinto mágico, permitiendo que, leídos muchos años después de sucedidos los acontecimientos, sigan teniendo vigencia y actualidad, en tanto que son reflejo de unos hombres que viven una tragedia histórica» (1995b: 21).

Salta así a un primer plano la espinosa cuestión de la objetividad y la subjetividad del discurso histórico o novelístico. Hayden White, que se ha ocupado del tema desde ambas perspectivas, dice: «La “subjetividad” del discurso viene dada por la presencia, implícita o explícita, de un “yo” que puede definirse “solo como la persona que mantiene el discurso”. Por contrapartida, la objetividad de la narrativa se define por la ausencia de toda referencia al narrador» (1992: 19). El propio Hayden White concluye que, si se consiguiera que los acontecimientos hablasen por sí mismos, sin necesidad de un mediador, entonces, y solo entonces, se evitaría el problema de la subjetividad y por otro lado desaparecería el conflicto entre lo imaginario y lo real (1992: 18-20).

El melodrama, entendiendo por tal el relato de las pasiones que en la vida privada atrapan a los individuos y los llevan y traen por un laberinto a menudo incontrolable, es otro de los ingredientes de la novela aubiana. Pero el melodrama está en Aub siempre en función del laberinto de la historia, de una historia que en los Campos tiene todos los elementos propios de una tragedia. El melodrama es, pues, un género que en los Campos está siempre subordinado a la tragedia.

Hay, para ello, varias explicaciones. Una, la presenta Aub, si bien de manera indirecta, cuando en su prólogo a La Numancia recordaba que, para Azorín en esa tragedia, «mezcla primorosa, exquisita, de lo real y lo alegórico»,

se revela un conocimiento profundo del corazón humano. Hay en estas escenas tragedia de un pueblo y tragedia individual. Se llega, en la primera, a lo más sublime a que el genio humano ha llegado. Y se llega en la segunda a situaciones de tal hondura, de tal delicadeza, que el lector se estremece todo. No se puede ahondar más ni en el arte, ni en la vida (Aub, 1967b: 154).10

Ricard Blasco, en la presentación del libro de relatos Cuentos sobre Albatera, de Jorge Campos, venía a coincidir con Azorín y, por tanto, con esa conjunción por la que abogaban Cervantes y Aub: «Ya es sabido que el creador artístico no es un historiador, ni tiene por qué serlo, aunque se inspire en acontecimientos que luego serán historia. Suyo es el privilegio de transmitirnos vibraciones humanas, no precisiones documentales» (1985: 10).

El «estremecimiento» o las «vibraciones humanas», a que aluden Azorín y Ricard Blasco, los transmite el narrador a través de los avatares que experimentan los personajes, con unos deseos y pasiones que los empujan a laberintos personales de los que, las más de las veces, tampoco hay –como en los históricos– una salida. La pareja Vicente Dalmases y Asunción Meliá, dos de los protagonistas de Campo de los almendros, es el ejemplo más cumplido y descollante.

El cine es otra de las bases que sustenta el discurso narrativo de Campo de los almendros. De hecho, el término campo remite, aunque no únicamente, al cine. En un artículo sobre Malraux, decía que el cine había sustituido «el escenario de un teatro por el “campo”, el espacio limitado por la pantalla, el campo donde el actor entra, de donde sale, y que el director escoge, en lugar de ser prisionero de él» (1989: 308). Los Campos aubianos son eso, un escenario más amplio que el de un teatro. Pero el escenario de cada Campo tiene la limitación espacio-temporal que impone el narrador al calificar cada Campo con distintos apelativos: cerrado, abierto, de sangre, del Moro, de los almendros, francés…

Los Campos son novelas muy cinematográficas. Sobre todo porque el principio que los anima es la acelerada sucesión –en Campo de los almendros más que en ningún otro Campo– de escenas.

El diálogo, que desempeña una función decisiva en la estructura narrativa aubiana, lo relacionaba Aub a la vez con el teatro y con el cine. Pero esa relación se fue progresivamente decantando cada vez más del lado del cine (Aub, 1989: 308). De uno u otro modo, el diálogo, sobre todo en Campo de los almendros, se constituye –como dice Manuel Tuñón de Lara– en la «columna vertebral de todo el relato, y no ya, como aditamento o como sustentáculo; el diálogo deja de ser arbotante del edificio, para llegar a ser la nervatura de su bóveda» (2001: 52).

La escena, otro de los elementos fundamentales de la novela aubiana, entronca también con el teatro y con el cine. Los Campos, y de modo particular Campo de los almendros, son obra de aluvión, de acumulación de escenas que se suceden ante la mirada extática del lector. Que las escenas en Campo de los almendros son más cinematográficas que propiamente novelescas lo evidencia que apenas haya descripciones de los personajes porque estos hablan y actúan como si estuvieran físicamente presentes en el celuloide. Esa presencia hace superflua su descripción.

Hay que tener también en cuenta que la proliferación ininterrumpida de escenas requiere una técnica especial de ilación o soldadura, que se consigue con la llamada técnica de montaje. De ahí el interés de estos comentarios de Aub, aplicables particularmente a Campo de los almendros:

Encontramos en Joyce, en Kafka, en Faulkner, una sucesión de primeros planos mezclados con una serie de flash-backs; en Dos Passos un montaje continuo de escenas muy cortas. Los planos medios y los primeros planos han dado, en la novela moderna, una importancia creciente al silencio. Los silencios y las pausas son mucho más frecuentes en las narraciones actuales que en el siglo XIX. Su resonancia trágica es mayor gracias al cine (1989: 308-309).

La alusión a «los silencios y las pausas» explica la continua presencia de espacios en blanco entre las múltiples escenas que pueblan Campo de los almendros. En las «Páginas azules», las pausas a veces están para separar frases muy cortas, incluso de uno o dos renglones. Pero las pausas que separan también –y sobre todo– juntan, porque esos espacios en blanco, esos silencios, funcionan como la soldadura que une las ideas, la ilación del pensamiento. Las pausas son un mecanismo cuya función permite el fluir de conceptos que, como la acción del resto de la novela, están unidos a cal y canto, constituyen una indisoluble trabazón. Las pausas permiten, en suma, el montaje de la novela.

Campo de los almendros es una novela perfectamente construida. En ella nada falta ni nada sobra. Tal es la labor arquitectónica, la fluida trabazón entre las partes, los capítulos y las escenas, que casi no se nota, casi puede pasar desapercibido todo ese mayúsculo esfuerzo, ese extraordinario logro. Tuñón de Lara, en su varias veces citado prólogo/introducción a El laberinto mágico, decía de Campo de los almendros:

Novela o lo que sea. En todo caso, ninguna narración hay más estructurada tras un aparente desorden. El desorden no es sino consciente –y pálido– trasunto de la realidad humana que trata –con éxito– de interpretar. Al terminar de leer este Campo no sólo se tiene la cabal impresión de haber vivido aquellos días de la Historia de España, sino también de haber captado sus grandes lineamientos más allá de cada una de sus múltiples historias y circunstancias personales, de las innumerables piezas cuya ensambladura constituye el acabado edificio de esta novela (2001: 116-117).

Durante mi reciente visita al Aula Capitular del monasterio de Santo Domingo, donde se conserva el doble sepulcro de la familia Boyl, el guía, don Diego Peña, me llevó a la Capilla de los Reyes. Gracias a su iniciativa tuve la inesperada oportunidad de contemplar su impresionante bóveda, obra del arquitecto Francisco Valdomar. Sí, una impresionante bóveda; y también sorprendente, única. Un conjunto de nervaduras sin nervios, esa bóveda se asemeja, con sus complicadas y desnudas aristas, al portentoso tallado de un diamante. Un conjunto de nervaduras sin nervios, como las escenas –pensé– de Campo de los almendros, que están soldadas sin que se noten las soldaduras. Me distrajo de mis pensamientos este comentario de don Diego Penã: «Sin los gruesos muros de la capilla, sin su imponente sillería, no podría haber construido Valdomar esa portentosa bóveda, sus nervaduras sin nervios». «Ah, me dije, también como Campo de los almendros, una novela que está apoyada, construida, sobre las sillerías de los Campos que la preceden».

Una novela como Campo de los almendros no se puede improvisar. Por la acumulación que en ella hay de experiencia personal y de investigación de fuentes; y por lo que en ella hay de dominio del arte de narrar. Además, es el resultado de un proyecto que se fue desarrollando y cumpliendo a medida que su autor, con el paso de los años, fue componiendo las novelas de El laberinto mágico, ciclo que, tras casi tres décadas –Campo cerrado, la primera, data de 1939–, completaba, en 1966, Campo de los almendros.

Aub era consciente de que en este último Campo había dado cuanto podía dar de sí. Llegado aquí se había quedado sin fuerzas ni ganas de continuar con el tema. Hasta el extremo de que dijo, en las «Páginas azules» de este Campo, que no volvería a escribir en adelante sobre la Guerra Civil: «El autor se despide, supone que para siempre, de la Guerra Civil Española. Lo que quisiera es volver algún día a pisar el suelo de las ciudades que conocía hace medio siglo. Pero no le dejan porque ha intentado contar a su modo –¿cómo si no?– la verdad».

Otra cosa era dejar de escribir sobre España. Eso no pudo evitarlo. Porque era su laberinto, el lugar de sus demonios personales, y el de una parte de España, la que fue vencida. Viene aquí muy a propósito este pasaje de Campo de los almendros:

Templado: –¿Saldremos de este laberinto?

Cuarteto: –¿Qué laberinto?

Templado: –Este en el que estamos metidos.

Cuartero: –Nunca. Porque España es el laberinto. Nos basta para vivir que nos traigan un número decente de jóvenes, cada año, como holocausto.

Templado: –Entonces no somos el laberinto sino el monstruo perdido.

Cuartero: –Estamos en el laberinto, si prefieres.

Con anterioridad, mucho antes de que compusiera este Campo, había escrito en uno de sus cuadernos de notas: «¿Por qué me acogí al título de Laberinto Mágico? Tal vez porque no sabía cómo salir de él. Todas las explicaciones que saldrán de Alicante son a posteriori».11

Todas las explicaciones habían de salir de Alicante; es decir, de Campo de los almendros. Porque en este Campo iba a concentrarse todo Max Aub y toda una España. E iba a ser a posteriori, por la fecha en que publicaba este Campo, casi treinta años después de terminada la guerra. Mucho tiempo parecerá y, sin embargo, ese y más tiempo era necesario para comprender, o empezar a comprender, la tragedia de la Guerra Civil.

En Alicante, en la reconstrucción literaria de lo sucedido en aquella exigua explanada,12 iban a volver a encontrarse, arremolinándose en el duermevela de una interminable y siempre presente pesadilla, todas las vivencias personales y colectivas, todas las esperanzas puestas en la República, todas las luchas para evitar el epílogo final: la derrota, la cárcel, los fusilamientos, el exilio…13 El pasado y el presente iban, gracias a la escritura, a poder mirarse, reflejando en sus espejos la realidad del ayer y lo que de ella quedaba –quizás por defecto: narrar siempre es una limitación–14 en las páginas de la novela.

El final de Campo de los almendros –que, como enseguida se verá, ha tenido, durante el proceso de escritura, varias versiones– está directamente relacionado con el comienzo de Campo cerrado. Un mismo hilo une así a ambos Campos y, por extensión, a todos los demás. Como corresponde, en suma, a una tal macroestructura novelística.

Pero ahora, llegados a este punto, el énfasis ha de ponerse en el significado que tiene el final del ciclo, ya que, en palabras de Hayden White: «El cierre en los relatos históricos es una imposición del significado moral de lo narrado».15

Previamente, conviene detenernos brevemente en el manuscrito de Campo de los almendros. En él, lo primero que descubrimos es que, si bien en la primera versión estaba previsto ese engarce con Campo cerrado, no lo estaba con la claridad y contundencia con que aparece en la versión corregida, la definitiva, que es la por todos conocida porque es la publicada en la primera y subsiguientes ediciones de Campos de los almendros. Compárense, pues, las dos versiones:


Primera versión Asunción, vestida de hombre, no llegó nunca a la cárcel de Alicante. Escapó antes, encontró a Monse y regresó –por Venta la Encina, en tren, sin mayores dificultades– a Valencia. Fue en seguida a ver a su tía, en casa de don Juanito, Exclamaciones, en todos tonos, lloros, suspiros, retahila de reprensiones rompiéndose el pecho, que ya no son del caso. No le fue difícil a Concha esconder a su sobrina en el piso alto; nadie sabía sino ella atender a la impedida. A los cuatro meses, debido al hambre –no había casi nada de comer por entonces, en Valencia–, la infeliz niña murió. Entre Concha y Asunción la metieron en una maleta grande (no pesaba la difunta ni veinte kilos); de madrugada, como si fueran a la estación, dejaron abandonado el cadáver. No estaban los periódicos para asuntos de ese género: acababa de declararse la guerra entre Alemania, Francia e Inglaterra, por la invasión de Polonia. Asunción ocupó –para lo que fuera– el lugar de la impedida. Vicente estaba en Albatera. En noviembre le trasladaron a Madrid. Don Blas, arrellanado en un sillón del casino de Viver, habla con el tío Cola. –A ver si este año hay toros… –Me parece todavía pronto para hablar de eso. Primeros de septiembre y el aire frío bajando por el Ragudo; más arriba las estrellas de monte, tachas del viento y el ruido del agua viva por la tierra: fuentes, manantiales, acequias. Versión definitiva Asunción, vestida de hombre, no llegó nunca a la cárcel de Alicante. Escapó antes, encontró a Monse y regresó –por Venta la Encina, en tren, sin mayores dificultades– a Valencia. Fue en seguida a ver a su tía, en casa de don Juanito. Exclamaciones, en todos tonos, lloros, suspiros, retahíla de reprensiones rompiéndose el pecho, que ya no son del caso. No le fue difícil a Concha esconder a su sobrina en el piso alto; nadie sino ella atendía a la imposibilitada. A los cuatro meses, debido al hambre –no había casi nada de comer por entonces, en Valencia–, la infeliz murió. Entre Concha y Asunción la metieron en una maleta grande (no pesaba la difunta ni veinte kilos); de madrugada, como si fueran a la estación, dejaron abandonado el cadáver. No estaban los periódicos para asuntos de ese género: más podía la guerra entre Alemania, Francia e Inglaterra, olvidada ya Polonia. Asunción ocupó –para lo que fuera– el lugar de la impedida. De tarde en tarde llegaba alguna noticia indirecta de Vicente. –¿Qué vamos a hacer? –pregunta la obesa. –Esperar. –¿Qué? –No lo sé –dice Asunción, perdida la mirada. Se ha acostumbrado al sillón de la muerta. Don Blas, arrellanado en un sillón del casino de Viver, habla con el tío Cola. –A ver si este año ya hay toros… –Me parece todavía pronto para hablar de eso. Primeros de septiembre y el aire frío bajando por el Ragudo; más arriba las estrellas del monte y, a ras de tierra, el ruido del agua viva: fuentes, manantiales, acequias. Hacia abajo, caído hacia la mar, por Jérica y Segorbe, Algar, Estivella, Sagunto, El Puig; cuesta arriba, por Sarrión, el áspero, desnudo camino de Teruel. Hay quien dice que ha visto a Rafael López Serrador, guerrillero, por el monte…

Campo de los almendros termina, como no podía ser de otro modo, donde había empezado el Laberinto: en el espacio mítico de la infancia de Max: Viver y sus pinares. Pero, en la versión definitiva, a ese final se le añaden unas palabras sobre Rafael López Serrador, que ni siquiera aparece mencionado en la primera versión. Esas palabras, de un lado, permiten sellar mejor el engarce entre Campo de los almendros y Campo cerrado, que en la primera versión quedaba un tanto diluido; y, de otro, declaran y celebran el mito de la invulnerabilidad de los ideales republicanos.

Pero no acaba esto aquí. Porque la versión corregida y definitiva, que en un primer momento iba a ser la versión canónica, dejó de serlo al tener Max Aub la afortunada ocurrencia de añadirle una «Addenda», que había sido previamente publicada, en Cuadernos Americanos, con el título «La Virgen de los Desamparados» (1966).

Esta «Addenda» complementa el anterior final. Pues si ese final cerraba la macroestructura de los Campos, un monumento literario-arquitectónico en memoria de los vencidos, la «Addenda» es la inscripción que, como un rezo, figura grabada en los mausoleos.

Los desamparados son los derrotados. Lo son doblemente: por haber sido desterrados para siempre a la memoria de sus heridas y por haber sido borrados de la Historia.

El narrador necesitaba, por tanto, sacar a la luz pública lo que uno de sus personajes de este Campo le dice en el puerto de Alicante a su hijo:

–Estos que ves ahora deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sudados, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides, hijo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España, los únicos que, de verdad, se han alzado, sin nada, con sus manos, contra el fascismo, contra los militares, contra los poderosos, por la sola justicia; cada uno a su modo, a su manera, como han podido, sin que les importara su comodidad, su familia, su dinero. Estos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio muertos, esperanzados todavía en escapar, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo. No lo olvides nunca, hijo, no lo olvides.

Pero Aub se inclinaba más por el diálogo que por el monólogo. De ahí que introdujera algunos matices, relativizando la rotundidad de esa prédica, en los Campos y en los demás escritos de El laberinto mágico.

Volveré en seguida a esta cuestión.

Antes, he de mencionar que, de vuelta nuevamente al manuscrito de Campo de los almendros, se comprueba que también la primera parte de este Campo tiene un doble comienzo. La primera versión empezaba en la escena segunda: «No he muerto. La guerra ha terminado…». La escena anterior, en la que se relata la tertulia en la Academia de San Carlos, es un añadido posterior. La función de este añadido no es fácil de dilucidar. Pero no parece errado concluir que ese añadido hace menos evidente el machihembrado entre Campo de los almendros y Campo del Moro. La tertulia en la Academia remite sobre todo a otros Campos, pues los personajes que participan en ella no han sido tan directamente protagonistas de Campo del Moro como Vicente y Asunción, que llevan el peso de lo narrado en ese Campo y también en la escena segunda de Campo de los almendros, la que previamente era la primera. Por otra parte, en la primera versión, esa escena segunda iba precedida de la fecha: «18 de marzo de 1939», que quitó Max Aub en la versión definitiva. Esa fecha remitía también muy directamente a Campo del Moro.

Hay más. Los contertulios de Ambrosio Villegas, en esa primera escena, son intelectuales de la clase media, preocupados por el arte y la literatura. No son grandes intelectuales, no son luminarias. Son eso, pequeños intelectuales de la clase media. Como Vicente Dalmases. Como la inmensa mayoría de los personajes del resto de los Campos. Y como el propio Max Aub. Los Campos son sobre todo la narración, en clave novelescohistórico-sociológica, de las aspiraciones de esa clase de modernizar el país. Las continuas diatribas de Max con prietistas, anarquistas y comunistas se explica, al menos en parte, por el reformismo pequeño-burgués de raigambre krausista, un krausismo imbricado en un socialismo mucho más cercano a Negrín que a Besteiro y totalmente alejado –faltaría más– de Indalecio Prieto. Pero a Besteiro, a quien nunca perdonó Max haber protagonizado con casado el golpe del 5 de marzo de 1939, lo llegó a considerar recién proclamada la República una opción que no se supo –o no se pudo– aprovechar. Alto fue el precio que hubo que pagar por ese error de cálculo, imputable en buena parte –que cada palo aguante su vela, pensaba Aub– al Partido Socialista. En «Balance de un mundo perdido», decía Aub:

La Segunda República Española fue una mezcla de buena fe, equívocos y equivocaciones, justificables las últimas por las ilusiones que, de buenas a primeras, envolvieron a los mejores. Las rencillas internas del Partido Socialista impidieron llevar a la Presidencia de la República a Julián Besteiro, el hombre más indicado entonces para dirigirla, episodio que tal vez le llevó [el 5 de marzo de 1939] a rematarla. Alzaron en su lugar a un orador del régimen monárquico, gran propietario andaluz, aficionado de raíz a la cacería, gérmenes que pudieron más que su indisputada honradez.

Desde el primer día, la reacción, derrotada en las urnas, hizo naturalmente los esfuerzos necesarios para recobrar el poder. Fracasado, ya en 1932, el primer intento del general Sanjurjo, en Sevilla – como había de ser por capital de Andalucía, reino de los mayores latifundistas–, la benevolencia liberal de Manuel Azaña le perdonó la vida –cauce de cientos de miles de muertes–, fundado en las ilusiones decimonónicas del 14 de abril (1967a: 131).

Esas «ilusiones decimonónicas» eran, en suma, las de Aub y de la clase media ilustrada y progresista, que como Antonio Machado tenía en las venas «sus gotas de sangre jacobina». Admiraban al pueblo, estaban con el pueblo, se sentían solidarios con el pueblo, pero el protagonismo es en los Campos suyo. Por eso, el pueblo apenas aparece en los Campos. Bueno, sí aparece, pero como telón de fondo. Los Campos son fundamentalmente protagonizados por Dalmases, Templado, Cuartero, Rivadavia, Ferrís, por los intelectuales de la Alianza, por los jóvenes universitarios de la FUE… Clase media entregada, sin el más mínimo quebranto de ánimo, a la causa popular. Pero, insisto, no pertenecían a esa clase por la que, sin el menor género de duda, sentían el mayor respeto. Era el pueblo el punto de referencia fundamental de sus ilusiones ilustrado-progresistas. Las palabras con las que termina «Balance de un mundo perdido» son muy elocuentes: «¡Qué pueblo! –exclamábamos [en abril de 1931]–. ¡Qué pueblo! En ello no nos equivocábamos: lo demostró cinco años más tarde. Los errores fueron otros» (1967a: 133).

El atributo mayor de Aub y de su Laberinto no es, por tanto, el monólogo, el canto a las virtudes –a veces lo hay, como aquí: «¡Qué pueblo!», o como más arriba, la prédica del padre–, sino la capacidad de análisis, de denuncia y también de autocrítica.

Campo de los almendros, como el resto del Laberinto, es un antídoto contra la amnesia histórica.

Y lo es no solamente por los temas de que se ocupa, sino también –y acaso sobre todo– porque no renuncia a ser, con todo lo que ello implica –hasta aquí se ha intentado un acercamiento a tan compleja cuestión– una obra artística.

Ediciones de Campo de los almendros

1968, Campo de los almendros, México, Joaquín Mortiz.

1981, El laberinto mágico VI. Campo de los almendros, Madrid, Alfaguara.

1998, Campo de los almendros, Madrid, Alfaguara.

2000, Campo de los almendros, ed. Francisco Caudet, Madrid, Castalia.

2002, Campo de los almendros, ed. Francisco Caudet, en Obras completas de Max Aub, Joan Oleza (dir.), vol. III-B: El laberinto mágico II, Valencia, Biblioteca Valenciana / Institució Alfons el Magnànim.

2004, Campo de los almendros, Madrid, Punto de Lectura.

2019, Campo de los almendros. El laberinto mágico, vol. 6. pról. de Gerard Malgat, Granada, Cuadernos del Vigía.

Nota a la edición

Luis Llorens Marzo y Francisco Caudet

Tomamos como base de nuestra edición la primera edición publicada en México por Mortiz [1968], la única publicada en vida del autor y por lo tanto con una considerable garantía respecto a su corrección. La siguiente edición en salir a la luz es la de Alfaguara [1981], con abundantes erratas y supresiones, algunas de las cuales fueron subsanadas por Francisco Caudet en la edición que preparó para Castalia [2000]. Posteriormente se han publicado ediciones comerciales en Punto de Lectura [2004] y Cuadernos del Vigía [2019]. Desde aquí nuestro agradecimiento a la generosa colaboración de Pepi Badía, Alejandro García y Míriam Civera en el cotejo de las ediciones.

Al igual que hicimos en la edición de Campo de sangre, hemos regularizado aquellos aspectos tipográficos en los que el autor vacila: uso de signos de apertura y cierre de exclamación e interrogación, puntuación ante estos, uso de guiones largos parentéticos, sangrías y espaciados antes y después de citas de otros autores, etc. Igualmente hemos normalizado la ortografía, en aquellos casos en que la RAE no permite alternancia, y la transcripción del valenciano según las normas de Castellón.

De Campo de los almendros también se conserva en la FMA abundante material correspondiente a su «estadio preparatorio» (notas, proyectos, borradores...), la mayoría desgajes de otros proyectos creativos, como ya explicamos en el «Estudio introductorio» de Campo de sangre. Pero en la FMA también se encuentran el manuscrito definitivo de la novela (FMA-21/1) y la copia mecanoscrita de este. Desgraciadamente, se trata de material de consulta exclusivamente, por lo que, al no haber podido disponer de una reproducción de este, ha quedado al margen de nuestra edición crítica. De las variantes más significativas hemos dado cuenta en notas a pie de página.

Bibliografía

Fondos documentales de la fundación Max Aub [FMA] utilizados

1. FMA - Archivo Biblioteca Max Aub. Diputación de Valencia, Inventario de Fondos Archivísticos, Bibliográficos y Artísticos de Max Aub: MANUSCRITO (citación: caja-manuscrito)

Caja 4 - ms. 7; ms. 8; ms. 9

Caja 5 - ms. 20

Caja 6 - ms. 8

Caja 13 - ms. 19

Caja 21 - ms. 1. Campo de los almendros

2. FMA - Archivo Biblioteca Max Aub

Caja 22-3/7. Informe Lafuente. Diez folios mecanoscritos en tinta roja. Fuente para Campo de los almendros.

Caja 22-3/8. «Informe de lo ocurrido en el puerto de Alicante en los días 28, 29, 30 y 31 de marzo de 1939». Informe Lafuente. Juez de instrucción de la Audiencia de Valencia.

3. Epistolario de Max Aub [EMA] (citación: caja-carpeta)

Aub y Manuel Tuñón de Lara, 14-47

Falta el epistolario de Paul Kohler, 8-8

Obras citadas de Max Aub

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1944, Morir por cerrar los ojos, México, Tezontle.

1945, Discurso de la novela española contemporánea, México, El Colegio de México.

1947, «No basta la nostalgia», UltraMar: Revista Mensual de Cultura 1, junio, pp. 16-17.

1961, El remate. Sala de espera, México, Distribuciones Avándaro.

1966, «La Virgen de los Desamparados», Cuadernos Americanos, vol. XXV, n.º 4, julio-agosto, pp. 241-245.

1967a, Hablo como hombre, México, Joaquín Mortiz.

1967b, Pruebas, Madrid, Ciencia Nueva.

1967c, Morir por cerrar los ojos, ed. Ricardo Doménech, Barcelona, Aymá.

1970, Novelas escogidas, ed. Manuel Tuñón de Lara, México, Aguilar.

1979a, Campo francés, Madrid, Alfaguara.

1979b, La verdadera historia de la muerte del general Franco, Barcelona, Seix Barral.

1985a, La calle de Valverde, ed. José A. Pérez Bowie, Madrid, Cátedra.

1985b, Buñuel, novela, ed. Federico Álvarez, Madrid, Aguilar.

1989, «André Malraux y el cine», Archivos de la Filmoteca 3, septiembre-noviembre, pp. 308-311.

1993, Las buenas intenciones, Madrid, Alianza.

1995a, La gallina ciega. Diario español, ed. Manuel Aznar Soler, Barcelona, Alba.

1995b, Enero sin nombre, ed. Javier Quiñones, Barcelona, Alba.

1998a, Diarios (1939-1972), ed. Manuel Aznar Soler, Barcelona, Alba.

1998b, Antología traducida, ed. Pasqual Mas i Usó, Segorbe, Fundación Max Aub.

1999, Diario de Djelfa, ed. Xelo Candel Vila, Valencia, Denes, col. «Edicions de la Guerra & Café Malvarrosa».

2001a, Cuerpos presentes, ed. José-Carlos Mainer, Segorbe, Fundación Max Aub.

2001b, Campo cerrado, ed. Ignacio Soldevila Durante, y Campo abierto, ed. José Antonio Pérez Bowie, en Joan Oleza (dir.): Obras completas de Max Aub, vol. II: El laberinto mágico I, Valencia, Biblioteca Valenciana / Institució Alfons el Magnànim.

2001c, La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco, introd. y notas de Eugenia Meyer, Segorbe, Fundación Max Aub.

2002, Campo de los almendros, ed. Francisco Caudet, en Joan Oleza (dir.): Obras completas de Max Aub, vol. III-B: El laberinto mágico II, Valencia, Biblioteca Valenciana / Institució Alfons el Magnànim.

2008a, Campo francés, ed. Valeria de Marco, Madrid, Castalia.

2008b, Novelas I. Las buenas intenciones. La calle de Valverde, ed. Luis Fernández Cifuentes, en J. Oleza (dir.): Obras completas de Max Aub, vol. VI, Valencia, Biblioteca Valenciana / Institució Alfons el Magnànim.

2010, Campo francés, ed. José María Naharro Calderón, en J. Oleza (dir.): Obras completas de Max Aub, vol. V-A: El laberinto mágico, Valencia, Biblioteca Valenciana / Institució Alfons el Magnànim.

2014, La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco, il. Antonio Santos, Granada, Cuadernos del Vigía.

2017a, Campo cerrado. El laberinto mágico, vol. 1, pról. Antonio Muñoz Molina, Granada, Cuadernos del Vigía.

2017b, Campo abierto. El laberinto mágico, vol. 2, pról. José Antonio Pérez Bowie, Granada, Cuadernos del Vigía.

2018, Campo francés. El laberinto mágico, vol. 4, pról. Carmen Valcárcel, Granada, Cuadernos del Vigía.

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Campo de los almendros

A LA MANERA DE V. H.

A España, donde crecí,

estas hojas aún verdes

de un árbol desarraigado.

Amor, el viento te lleve.1

¡Oh, quién no supiera escribir!

Baltasar Gracián, Agudeza y Arte de Ingenio2

PRIMERA PARTE
I

–Esa Junta de Madrid,3 ¿no es un gobierno de verdad?4 ¿Ni hay ministro de Instrucción Pública?5

–¡Para eso están!

–¿Ni Director General de Bellas Artes?6

–¡A qué santo!

–Entonces... ¡Soy el dueño! ¡El mandamás! ¡El Propietario!

Ambrosio Villegas, archivero y director interino de San Carlos,7 se pone a gambetear, tarareando el U y el Dos, ante las columnas renacentistas del Patio del Embajador Vich:8

Ta ta ta tá, ta ta ta ta ta ta tá,

Ta ta ta tá, ta ta ta ta ta ta tá.

Te canto con mis amores,

con el alma y corazón;

ya me llaman los pintores

que te pinten afición.

Resaladita Dolores,

cumpliendo con mi deber,

lo digo de corazón

que mejor no puede ser

con el cante labrador

cumpliendo con el deber.9

Alarga a más no poder los gorgoritos al final de los sedicentes versos de las insulsas coplas, salta sobre la azulejería policromada del centro de la sala,10 baila frente a la tremebunda Visión del Coliseo, de don José Benlliure. Arriba, el cielo lívido de El entierro de Santa Cecilia, de Cecilio Pláa, nunca ha visto cosa igual.11

Juan Valcárcel12 mira a su amigo como si se hubiese vuelto loco. (¿Lo estamos todos? Entonces, no vale.) González Moreno13 ríe, enseñando todos sus dientes. Para rematar, Villegas cabalga el León de Bocairente, y sigue, con otro aire de la tierra:

–Ib en un quinset tincc un puro,

i en dos quinsets una pipa,

i en tres quinsets una guitarra,

i en una peseta una xicad.14

–Che, tú, ya está bien. Mira que si entra alguien...

–¿Quién quieres que venga? Y si llega, le echo. Aquí mando yo. El Museo ha pasado a ser de mi propiedad.

La verdad es que habían tomado unas copas de más para festejar el acontecimiento. (Además: ¿para qué almacenar ya botellas?)

El edificio del Carmen no es cosa del otro mundo, pero el patio es hermoso y las estatuas desportilladas por el tiempo, las estelas labradas, le dan aire de gran monumento.15 Claro que la sala central no presenta un aspecto muy lucido; faltan las tablas góticas, los mejores Juan de Juanes, los Ribaltas, todo lo que fue de Portaceli: el gran retablo donado por Fray Bonifacio, el hermano de San Vicente Ferrer, aquel que después de estar casado se metió a cartujo y llegó a prior general de la Orden, gran personaje en la tramitación del cisma de Occidente, compromisario en Caspe y traductor de la Biblia. Tampoco están los Nicolaus ni los Osona ni, naturalmente, el Pinturicchio. Dejando sus huellas en los damascos de la tierra, faltan los Goyas y el autorretrato de Velázquez; seguros –hasta donde pueden estarlo– en los sótanos de las Torres de Serranos. De todos modos, con lo que queda, todavía es un museo respetable, sobre todo para quien, como él, gusta de Muñoz Degrain; colgadas todavía sus telas porque son muchas y muy grandes; a pesar de que, según él, valen un potosí; no tienen al valenciano en el aprecio que merece.16 Ambrosio Villegas es hombre del siglo XIX, liberal, masón, amigo de vaguedades y seguro de que, si se hubiese llevado a cabo la reforma agraria, España sería un paraíso.17

–Para lo que te va a durar.

–Hasta que entren los otros. Pero, hasta entonces, ¿quién me lo quita? ¡Nadie!

–Pero si con gobierno o sin él nadie te lo iba a quitar.

–Eso nunca se sabe. De pronto, una mañana, una tarde, recibes una carta, un oficio y ¡zas!, ya no eres director de San Carlos. Ahora ¿quién puede conmigo? Es como si una –la– mujer con la que has soñado acostarte durante toda la vida te dijera: ¡ahora!

Y se pone de nuevo a cantar.

Ie el que templa una guitarra

pot18 templar un guitarró.

–¡Claro que hasta que entren los otros! ¡Pues no habrá pocos que ansíen el puesto!

–Y nosotros ¿qué vamos a hacer?

Ambrosio Villegas mira al portero, viejo, que se ha hecho viejo ahí, en el zaguán, en las salas. No sabe qué contestarle.19

No he muerto.20 La guerra ha terminado y no he muerto. Esta es la verdad. La guerra la han ganado los otros. Es pasajero. Vendrá la nuestra. Ganaron un round, perderán el combate. ¿Quién lo duda? Nadie, y menos él.

Apretado, encogido; el codo de Máximo en el estómago, la pistola de Federico incrustada en el muslo izquierdo, la panza de no sabe quién en la espalda. De aquí para allá; callados. Noche negra. Vicente piensa en Asunción: la única verdad, el amor.21 Se reprocha su sentir: falso; no es verdad, se miente. El amar, solo parte. Vuelve la insidia: solo el amor vale la pena, solo el amor cuenta: tener ahora a Asunción contra él, y, todo lo demás, ¡al demonio!, a la cuneta, a la muerte.22

¿Qué pensaría Álvarez si leyera en él? ¿Qué le diría Uribe?23

No ha muerto.24 No ha hecho nada por evitarlo, tampoco lo ha buscado (¿para qué?). Ha obedecido órdenes, no le tocó ninguna china. No le han herido en los treinta y dos meses de guerra. La verdad es que los últimos doce los ha pasado sin peligro. No lo pidió, le mandaron.25 Es fácil decir: Asunción, pensar en Asunción, ahora que Madrid se queda atrás a sesenta o setenta kilómetros por hora, que cada minuto señala mayor distancia entre él y el cadáver de Lola. Lola, muerta, a la que naturalmente no volverá a ver nunca. Lola, punto y basta.26 Ahora, Asunción, su amor, toda su vida; la que fue y la que será. Lola, ¿qué iba a hacer? La guerra es la guerra. Hace exactamente seis meses y siete días que no ha visto a Asunción, que no la ha tenido entre sus brazos.27 Entonces, ¿quién le echa la primera piedra? ¿Pedro? ¿Luis? ¿Dolores? No tenían sino haberla destinado a Madrid, o cerca. (No. –No: tú, en Valencia. Aquí haces falta.) O haberle enviado a Valencia. (–No, eres necesario en Madrid, ya irás la semana próxima.) Nunca.28 Ahora sí, que se ha perdido todo, hasta el honor.29 Fue el mismo Francisco I el que dijo: –¡Bienaventurada España, que pare y cría a los hombres armados!

¿Habrá logrado Asunción salir hacia Alicante?, ¿habrá podido escapar? No ha muerto. No se lo puede figurar. En Valencia no hubo lucha. Es una razón tan buena como otra. Se citaron por teléfono: en Alicante. ¿Me oiría? Cortaron la comunicación.30 Debía haber ido él a Valencia. Todo se amontonó sin dejarle respiro. ¿Qué hará si no la encuentra? ¿Qué harán si no se encuentran? No ha de ser tan difícil. Alicante no es tan grande y, aunque los del partido deben de vivir escondidos, escondiéndose, hallará la manera de dar con el hilo.

Baches, trompicones, choquecillos, encontronazos, traspiés que no van más allá de las espaldas, los costados, los pechos de los apretujados de pie en medio del camión. Rebotes, tropiezos y el cansancio que puede más que todo: duelen los brazos, las piernas, los pies, los hombros. Trastabilla constantemente un viejito que no se tiene más que por lo que le sostiene. Envidia de los que han conseguido apoyarse en los adrales o de los que, en la zaga, se pudieron sentar, colgadas las piernas al aire. El tiempo se multiplica por sí mismo en la noche enorme.

Hace poco pasaron Tarancón.31

Desde lo alto de aquel cerro, en las lindes del robledal, Vicente ve la carretera dar vuelta y desaparecer. Más abajo, por la vegetación más alta, debe correr agua –¿un regato, un «aprendiz de río»?–.32 En toda la extensión ni un alma. Desciende. Le pueden ver desde cualquier parte. A medio camino entre la maleza de la que sale y la carretera, divisa de pronto una pareja de guardias de asalto. Se echa al suelo. Quieto, cierra los ojos. (¿Qué es? ¿Desertor? Ni se ha pasado al bando contrario ni ha quebrantado la fidelidad. ¿Huye? Intenta ponerse a salvo. ¿Perder es traicionar? ¿Por qué se esconde? Le detendrían –tal vez–. Debe de haber miles en su caso. ¿Es razón?)33 Cuenta hasta cien. Luego mira la tierra seca, el polvo, unas guijas. Debiera de haber una hormiga. ¿Los dejo pasar? No hay duda de que tarde o temprano darán conmigo si he de seguir, aunque sea de lejos, la carretera. Tienta la bomba de mano. ¿Cada cuántos kilómetros hay una pareja? No lo sabe, y esta, ¿con quién estará? Tumbado, siente el sol sobre su espalda, la cabeza a la tierra; la solevanta: unos pedruscos. Un animal extraño corre sobre uno de ellos: dorado, con ocho patas cortas, dos antenas que se mueven a más y mejor; un insecto cualquiera. ¿Cómo se llamará ese animal? Se echa en cara su ignorancia. ¿Cómo se llama este bicho? Es una de las mil cosas que no sabe ni sabrá nunca. Puedo arrastrarme hasta el borde del camino, esperarles, hacerles polvo. Dos más, dos menos... ¿Vale la pena? Tengo que pasar. Pueden pasar ellos y no verme y sigo. Pero ¿si me descubren? ¿Vale la pena matar en estas circunstancias, ahora que todo está perdido? ¿Y luego? Sus fusiles, en el caso de que queden útiles, no me sirven. No puedo andar con un Máuser en la mano: pistolas no llevan. ¿Qué valen hoy las pistolas? Y estos son nuestros; lo eran, hasta ayer, hasta que este imbécil, loco, Consejo de Defensa ha dado en fusilarnos, en meternos en la cárcel, ¿para qué? ¿Para hacer la paz? ¿Qué paz?34 ¿Cómo va a aceptar Franco cualquier condición tal y como están las cosas? Están locos.35

Asunción, ¿dónde estará? ¿La habrán detenido? La imagina en la cárcel. La vuelve a ver en Madrid, dormida a su lado, en la vía –en noviembre hará ¡ya! tres años–.36 Muerta. Tirada en el campo, muerta, esparrancada. Se empeña en figurársela libre en Valencia, en Alicante. No puede. Morirá, él, ella, los dos, todos. No: le esperará, se irán juntos. La mirada, su mirada inacabable. Su cara delgada. ¿Estará enferma? ¿Estará muerta?, como Lola. Piensa en su mujer como nunca, hasta que le duele el pecho. ¿Dónde, cuándo se volverán a ver? ¿Se volverán a ver? Nunca nada le ha dado tanta fuerza, tanta voluntad, tanta decisión: Asunción, su vida.

El sol le amansa. Allí, en la tierra, está bien. Podría dormir.

Se durmió. Por el sol, supo que poco. Al levantar la cabeza, con lentísimo cuidado, no había nadie.

Se alza, sigue, baja hacia la carretera, cada vez más de prisa. Tiene hambre. Al llegar, topa de narices con un campesino que hace sus necesidades al socaire de unos arbustos.

–Buenas tardes.

–Buenas.

–¿Queda lejos Requena?

–A tres leguas.

Se aleja seis pasos; vuelve:

–¿Tiene algo de comer?

El campesino –bajo, magro, moreno, sin afeitar hace semanas, ya subidos los pantalones y echada la azada al hombro– le mira sin contestar. Vicente repite la pregunta. Tampoco obtiene respuesta.

–Puedo pagar.

Mete la mano en el bolsillo y toca la bomba. Con la alusión al dinero el interpelado recobra la voz.

–Allí hay unos peones camineros.

Señala a la derecha, por donde se fueron los guardias.

–No es mi camino.

–A la paz de Dios.

«A la paz de Dios», ¡cómo ha cambiado el mundo en unas horas! Hace días hubiera dicho: – Salud.37

Se aleja; Vicente cruza la carretera, sigue adelante. «No tomo bastantes precauciones.» Del susto, le duele el estómago. El hambre, piensa.

Una hora más tarde, subido en la colina frontera, en la encrucijada de dos caminos descubre un amasijo de casas puestas a como les dio el lugar. Todavía cae el sol como plomo. Puede más la sed que el hambre, sin más remedio que acogerse a lo que le depare la suerte.

Un caserío miserable, tan pintas las tejas como sucias las paredes de barro viejo. Espera, a ver. No aparece nadie ni hay perro que ladre. Cae la tarde, sin viento, todo más viejo, poco a poco. Llama a la primera casa; ¿qué más da una que otra, tan pobres todas?

–¿No hay nadie?

Asoma una jeta enana.

–¿Qué quiere?

–Un poco de agua, por favor.

–Usted, ¿quién es?

Es una niña con cara de vieja.

–¿No tienes un cántaro o un botijo?

Una enlutada sin edad, seca:

–Allí hay un cubo.

Pasa al patio.

–Dios se lo pague.

–Así sea.

–Madre...

Una joven lozana. Sorprende en aquel lugar.

–Vuélvete adentro.

Y al forastero:

–¿Quiere algo más?

Era inútil. En el tono, todo.

–¿Cómo se llama este pueblo?

–Ni es pueblo ni tiene nombre. Unos le dicen La Cruz, otros Fresnillo.

–Pero ¿si hay que escribir alguna carta?

–¿A quién?

–A usted.

–Ya recibí todas las que tenía que recibir.

–Con el perdón. Y gracias por el agua.

–No hay de qué.

–¿Podré comer algo en alguna de estas casas?

–No lo creo. Aquí no hay ni para nosotras.

Recalca el femenino.

–No pedía.

–Por si acaso.

La oscuridad llega, como siempre, solapada.38

Vicente había vuelto a salir de Madrid al anochecer del 12 de marzo.39 Al llegar a Utiel pidieron la documentación a todos. Él y dos más fueron a dar a la cárcel.

–¿A qué partido perteneces?

Podía mentir: no llevaba carnet. Sin pensarlo, contestó:

–Comunista.

Los otros no podían negarlo.

–Ahora nos las vais a pagar.

–Pagar, ¿qué?

–Las perradas que nos habéis hecho.

–¿Yo?

–Tú y todos los de tu ralea.40

A los tres días los soltaron.

–Y ahora, ¿por qué?

–Son órdenes.41

No les habían tratado mal. Pudo meterse en un coche hasta Requena. Allí se les acabó la gasolina y no hubo manera de dar con más. Fue a la estación. Nadie sabía a qué hora saldría un tren, ni siquiera si lo habría. Asunción debía suponerle detenido o muerto. Tal vez le esperaría en Alicante, como habían quedado. Ahora, en Requena, nadie contestaba el teléfono en la casa. ¿Qué sería de la tía Concha?42 ¿Qué le habría pasado?

Al salir de la centralilla, volvieron a detenerle. Le llevaron a una comisaría. No le hicieron caso. Al anochecer escapó, a campo traviesa.

«De Requena a Valencia debe de haber unos setenta kilómetros. ¿Y si, al llegar, me meten otra vez en la cárcel? No es posible que el ejército de Levante... Lo mejor es que al llegar a Chiva me desvíe hacia Bétera y Náquera.43 No pueden haber detenido a todos los mandos del Cuerpo de Ejército».

Había pedido noticias, en la comisaría:

–No hay nada.

–¿Qué dicen los partes?

–Nada.

II

Tan pronto como habló por teléfono con Vicente, Asunción fue a ver a Gaspar Requena.1

–Acabo de hablar con Vicente.

–¿Dónde está?

–En Madrid, camino de Alicante. Me dijo que me reuniera allí con él.

–A ver cómo te las arreglas.

–Por eso vine a verte.

Están solos en el despacho oscuro, grande, largo; ahora le parece mayor, siempre lleno de gente en tiempos que, de pronto, le parecen muy pasados.

–Tú, ¿qué vas a hacer?

–Todavía no lo sé.

–¿Cuándo entran?

–Cuando les dé la gana.

Gaspar está deshecho –partido a golpes de hacha–, tan duro como siempre, pero con arrugas verticales, que parecen –en la semioscuridad– tallarlo en madera carcomida.

–¿Con quién puedo irme?

–Arréglatelas como puedas.

–¿No hay coches?

–No.

–¿Y los demás?

–Luego nos reuniremos. Tal vez sea más fácil por Gandía.

–Me dijo que en Alicante.

Asunción se dispone a salir.

–Que te vaya bien. Salud.

–Salud.

Gaspar Requena la ve marcharse. Supone que no volverá a verla. Aunque no quiere confesárselo, la retuvo en Valencia. No que faltaran razones de peso: hacía excelentemente su trabajo, en el periódico, en la guardería, en la célula. Pero, con un poco de buena voluntad, con condescendencia, hubiera podido prescindir de ella. No quiso. Su presencia le compensaba de muchas cosas que nunca tuvo, que le faltarían siempre. Tener una compañera así. No que faltaran rubias a mano. Pero ¿quién con esos ojos?, ¿quién con esa decisión?, ¿quién con esa flexibilidad?, ¿quién con ese cuerpo?, ¿quién con esa constancia? (¿Quién con aquella pureza?2 De esto no puede darse cuenta en su inflexibilidad, pero es así).

Jamás le diría ni le dijo una palabra: ya estaba viejo para ella. Cuarenta años no son nada si no son más de cuarenta años, pero doce de cárcel los doblan. Sin tener en cuenta que no sabe más que mandar, aunque solo sea mandar lo que le mandan. Además, ¿a qué horas? Hace años que no pasa de dictar informes, discutirlos, rebatir opiniones, sentado alrededor de una mesa; de razonar sin fin, de impugnar, intentar vencer sectarismos, de rivalidades apenas o desaforadamente afloradas, de porfías y tozudeces. Casó, muy joven, cuando todavía trabajaba en la fábrica de gas. Murió estando él en la URSS: empezó a vomitar sangre y se fue. Hubo otra, de la que prefiere no acordarse. No aguantó. Quería un hijo, lo tuvo, se fue. En este aspecto de la vida, Gaspar Requena no ha tenido suerte. No se queja. ¿Con quién? Ahora ve salir a Asunción, tan pura, tan decente, tan enamorada de ese Vicente Dalmases, de su edad –de la de ella–; nacido señorito, además. Valiente, sí. Pero señorito al fin y al cabo.3

¿Cuántas noches no ha soñado con ella? Y ahora se va. A otra cosa. Hay que volver a la lucha, sea como sea.

En la puerta, Asunción se cruza con Raúl Tirado:

–¿Qué sucederá hoy?

–Si lo supieras ya no estarías aquí.

–¿Por qué?

–Sabrás lo que pasó ayer...

No lo sabe, no le importa. Tiene que marcharse. Vicente. No está para resolver enigmas. Vicente, en Alicante. Hay que llegar. Baja corriendo la escalera mientras Raúl se acerca a Gaspar.

–¿Qué vas a hacer?

–Todos preguntan lo mismo. ¿Y tú?

–Yo me quedo –dice resuelto el recién llegado.

–La orden es marcharse. Como se pueda.

–O el que quiera.

–¿No quieres?

–No.

–El partido...

–Me cago en el partido.

Gaspar le mira con extrañeza.

–¿Qué mosca te ha picado?

–Quiero dar con la pareja de la Guardia Civil que picó a mis padres. Si me voy, ¿sabes cuándo volveré?

–La orden es irse.4

–Yo me quedo. Tengo donde esconderme y esperar.

–No va a ser fácil.

–¿Quién te dijo que lo iba a ser?

Gaspar se extraña: Raúl siempre ha sido más que obediente, sumiso.

–Entonces, ¿a qué viniste aquí?

–A decírtelo.

–¿Por qué?

–No lo sé.

Calla un momento. Humilde:

–Tal vez por costumbre.

Asunción sale a la plaza de San Agustín, sin luces. Haberle impedido ir a Madrid desde hacía tantos meses, para reunirse con Vicente «porque el partido la necesitaba»,5 y ahora todo se ha perdido. Solo queda el futuro. Reunirse con Vicente, y olvidar. Olvidar, ¿qué? Para seguir adelante.6 En la ciudad, a oscuras, se mueve la gente como arañas o lombrices. Van, y vienen, corriendo, paso a paso, nadie tranquilo. Gusanera. ¿Miedo? ¿Qué hacer? ¿Ver a quién? De repente, nadie. La mente vacía, como la plaza: todos por las aceras, pegados a la pared, cobijados.

Luego –al divisar los árboles– se da cuenta de que dentro de nada empezará la primavera, de que en los dos años anteriores –¿o ya eran tres?– no se había fijado en el mudar de las estaciones, que los meses han pasado por encima de las condiciones del tiempo, que de lo que se acuerda es de las cosas, de los sucesos, no del ambiente, que lo mismo le daba que luciera el sol o que lloviera, que hiciera calor o frío. No le había importado el mundo sino su organización. Le parece mal. «Será que me estoy volviendo vieja» –piensa.

Cumplió veinte años el día anterior.7 Lo primero: despedirse de la tía Concha, ¿qué remedio? Además, la quiere.

La tía Concha no quiere saber nada de la guerra:

–A mí no me contéis nada: hijos de Satanás. Todos al Infierno, unos y otros.

–¿Y si no hay infierno?

–¡Eso faltaba! Si no lo hubiera, lo inventarían para vosotros.

–¿Hemos querido la guerra?

–La hacéis.

–¿Y qué? ¿Debemos dejarnos?

–No lo sé ni me importa, no quiero saber, ni hablar.

–Sí, tía.

La tía Concha cuida de la hija de don Juanito Valcárcel. Le ha tomado un odio feroz a la contienda, que ha crecido a medida que parecía perderse:

–De hacer guerras, ganarlas, recontrapuñeta...a

–¿Ya no me quiere usted, tía?

–Eso, ¡qué tiene que ver! Pero todos sois unos asquerosos y acabaréis hechos tizones, juntos y revueltos para pagar vuestros pecados. ¡Mira que irte a vivir con la Monse esa!

–¡Si usted nunca está en casa!

Asunción ya no es tan callada, pero tampoco, ni mucho menos, peca de habladora. Bástanle los ojos, muchas veces, para darse a entender. Con ser grandes parecen haber crecido estos últimos meses y su azul es más profundo. Muchos darían cuanto tienen a mano para que les dijera algo. Se defiende como puede: haciéndose muchas veces la tonta. No suele contestar, tratando de alzar barricadas en el iris de sus ojos. Se adarga tras ellos.

–No creas que te va a servir hacerte la mosquita muerta.

Se lo dice su tía, se lo han dicho otros. Ha tenido que luchar contra sus compañeros, sobre todo con Requena, que nunca le ha dicho nada. Podía haberla mandado a Madrid. Está segura de que podía haberlo hecho.

–No puede ser: te necesitamos aquí.

El que la necesita es él, aunque nunca se lo haya dicho, pero ella lo sabe. Quien manda, manda, y más en la guerra.

–Pero, si yo...

–Tú, aquí. Ya irás el mes próximo.

(Seis desde la última porfía.)

–¿Cómo me voy a ir? No puedo llevarme a mi hija.

–Déjala.

Valcárcel mira a su amigo.

–¿Con quién? ¿Cómo?

–Con quien la cuida... Franco no puede durar mucho.8

–Eso dices tú. Ignoro, como todos, lo que pueda prolongarse la nueva situación, pero estoy lejos de compartir tu optimismo.

–La guerra europea no tardará.9

–¿Y eso, para ti, es una esperanza?10 Por la vida de mi hija, digo, y por la mía.

–Entonces, ¿qué piensas hacer? Supón que te quedas. En el mejor de los casos, irás a la cárcel. ¿Quién se ocupará de Claudia?

–¿Por qué me han de meter en la cárcel?

–Si no bastara por republicano, por masón.11

–¿Quién te ha dicho que soy masón?

–Nadie; todos. Sabes lo que ha sucedido en el resto de España. Y ahora que recuerdo: bien está que hace veinte años que no nos hayamos visto, pero eras de la misma logia de mi hermano Fernando.

–¿Qué ha sido de él?

–Acabó, de muerte natural. Ahora parece extraño. Cuando hablamos de alguien y decimos que faltó parece necesario añadir: en el Jarama, en Bilbao, en Asturias...12 Amigos tienes pocos y, entre los fachas, supongo que ninguno. ¿Quién te va a proteger? ¿Dónde piensas acogerte? Si tuvieras algún falangista amigo, algún cura conocido...

Paulino Cuartero13 tiene razón.

–¿Con irme qué ganaría la pobrecita?

–Pero tú...

–Yo, olvídalo.

–Por lo menos estarías vivo.

–No sé hacer nada.

–A nadie le faltará un trozo de pan en Francia, en Argelia, en América.14

–¿Qué se me ha perdido a mí en Santa Elena?

–No eres Napoleón. Lo sientes: pero no lo eres.

–Estoy ya medio muerto.

–Es decir, medio vivo. Vivo.

–Emigrado, ¿a mi edad?

–No lloriquees. Tienes, o mejor dicho aún no tienes cincuenta años. Te quedan muchos por delante. Y emigrados hay cientos de miles de españoles.

–El problema no soy yo, sino Claudia.

Algo he adelantado, piensa Cuartero. Remacha:

–No seremos emigrantes sino desterrados.

–Es lo mismo. (Miente.)15

–Como quieras, no vamos a discutir. ¿Cómo me voy?

–Conmigo.

–¿A dónde?

–A Alicante.

La seguridad de su amigo hace mella en el chamarilero. Por unos momentos no piensa en su hija sino en su negocio al que, quieras que no, se ha acostumbrado. Y en sus libros. Su incómoda comodidad. Vuelve atrás:

–¿Y querrá la Concha cargar con la niña?

–Eso, tú sabrás.

–¡Qué ha de querer! No conoces a la gente. ¿Por qué ha de cargar con la niña? ¿Y el negocio?

–No faltará postor.

–Es fácil de decir.

–¿No tienes a nadie?

–No. A Marcelo, un muchacho que a última hora me ayudaba, lo mataron... en Brunete.16

–Algún vecino, algún competidor.

–Todos son...

El gesto despectivo de Juan Valcárcel dibuja, mejor que nada, su agrio concepto de la vida.

–Ciérralo.

–¿Y de qué vivirá la niña?

–Lo primero que tienes que hacer es hablar con quien la cuida.

–No va a querer.

–Tú, como siempre, pesimista de oficio. Pero hazlo en seguida.

–¿Cuándo te vas?

–Cuando hable con el Gobernador, paso por ti.

–Será inútil.

–A ver.

Don Juanito no ha pensado nunca en separarse de su hija; jamás de su negocio. No por nada sino porque así es su vida. Irse, enfrentarse con algo nuevo le parece disparatado. No porque tenga ninguna ilusión. Vive porque sí. Leer, lo único que le distrae, siempre podrá hacerlo, en cualquier parte, y discutir acerca de la revolución, de la francesa, claro está, supone que también. Por eso la cárcel no le asusta. Morir tampoco: si hay nada después, ¿para qué preocuparse? Y si no, no dejará de haber bibliotecas en el Limbo, que es donde, hace tiempo, ha decidido que deben enviarle si hay justicia. Si no la hay, tanto monta.

Entraba Concha.

–Óigame.

–Usted dirá.

–Es posible que me marche.

–¿Usted también?

–Ah, ¿pero es que se va?

–¿Yo? No. (Asunción.)

–Usted, ¿se quedaría cuidando a la niña?

–Claro.

–¿Y con el negocio?

–¿Qué sé yo de eso?

–No es difícil. Podría buscar a alguien que la ayudase.

–Como usted diga.

Juan Valcárcel se queda estupefacto.

–Y perdone, pero es hora de que la niña tome algo, ¡con lo que me ha costado encontrar un puñado de arroz!

La mole sube la escalera, haciéndola rechinar, como siempre, en el tercer escalón.17 Suena la campanilla de la puerta de la tienda; entra un mocito, de luto, sin dejar tiempo a Paulino Cuartero para rematar su triunfo.

–¿El señor Valcárcel?

–¿Qué quieres?

–Vengo de La Mastaba.

La Mastaba, una funeraria de la calle de Colón.18

–¿Quién se ha muerto?

–Dicen que su mujer.

Es más la sorpresa que el dolor. Hace ocho años que Ángeles está recluida en el Manicomio Provincial.19 Fue a verla hace quince días; la encontró como siempre: flaca, ida, callada, sin conocer a nadie. Perdida. Ahora había muerto.

–¿Cómo no me han avisado antes?

–No lo sé.

–¿A qué hora es el entierro?

–A las cuatro.

–Lo siento –dice Cuartero–; si no tienes inconveniente, te acompaño.

Se habían vuelto a hacer amigos por medio de Ambrosio Villegas. Solían reunirse todos los días en el Museo.20 Sin nada que hacer, Paulino había ido a la tienda de Valcárcel para ver –de paso– una colección de obras teatrales sueltas, del XVII, que el baratillero había conseguido.21 Le convenía, de hecho se las regalaba. Pero ¿qué hacer –ahora– con ese bulto?

La familia es un animal extraño –negro, informe, con mil patas– que solo sale a la superficie con la muerte de uno de sus miembros. Y aun así no se la ve nunca entera. Los santos no se celebran con la misma unanimidad –y menos ahora–; los nacimientos pasan inadvertidos; a las bodas faltan los enfadados con este o con aquel –a más de ser dos las familias–. Solo la muerte de una de sus partes es capaz de reunirlas: se quedan todos mirándose con extrañeza y asombro.

–¿Este es este?

–¿Este es aquel?

Velas, mantos, abrigos, café, coñac, flores, coronas, callados chismorreos.

–¿Quién es este?

–¿Quién es aquel?

–No nos vemos nunca.

–¡Cómo ha crecido!

–¡Cómo ha envejecido!

Teatro del siglo XIX. Ya nadie se quiere. Solo en los pueblos, y aún...

Van por la calle de Lauria.22

–Tú no la conociste, ¿verdad?

–No.

–Tu hermano, sí.

De cómo Fernando Cuartero, vallisoletano, como Paulino, había venido a parar a Valencia hacía cerca de veinte años, tras una segunda tiple, era una historia de la que solo se acordaba Pilar, de cuando en cuando, para ejemplo de liviandades masculinas. Pilar, en París, Rosario, hecha pedazos, en Barcelona. Y ahora él, en Valencia. ¡Señor!

–¿Ya no haces teatro?

–¿Te parece poco este que vivimos?

Una comedia o un drama: todo él en un velorio. No es mala idea: redondearla estos días en que no tiene nada que hacer.

Los pésames. El ataúd. Las velas. Indudablemente le habían cortado la cabeza. Era una equivocación. Ahora bien, en estos tiempos absurdos y revueltos no había por qué armar un escándalo. Pero ¿por qué la habían guillotinado? Siempre había sido más bien reaccionaria. Sí, por girondina...

A Juanito Valcárcel lo que le importa, ante todo, es la Revolución Francesa. Ha leído todos los libros que han caído en sus manos acerca del asunto; no han sido pocos en los cuarenta años que lleva de leer por lo menos tres o cuatro horas al día.23

–Te vas a volver ciego.

–No sé para qué te sirve tanto destrozarte los ojos.

–¡Qué ganas de perder el tiempo!

–¿No tienes otra cosa que hacer?

¿Quién no se lo había dicho en casa? Los padres, la mujer. Se alzaba de hombros, teóricamente, que, de hecho, a lo sumo, no hacía sino levantar los ojos o quitarse las gafas para ponérselas otra vez y continuar leyendo los avatares de la Convención, los discursos de Desmoulins, las proclamas de Saint-Just.24 A fuerza de leer historias enfocadas favorablemente a unos u otros no tuvo –por lo menos hasta 1936– posición en favor de nadie. Lo que le entusiasmaba era la Revolución Francesa, en bloque.

Lo mismo le sucede con su insania. Sabe muy bien que la seguridad de su locura demuestra lo contrario; le consta –¿por qué?– que el que piensa –o sabe– está loco y no lo está. La prueba es que no delira ni desatina ni disparata. Tasa. Pero, cosa extraña, saber es muy distinto que estar seguro. Y está seguro de haber perdido la razón sin haber perdido la de vivir. Sucedió y está archivado el año 1928. Exactamente el 28 de octubre, precisamente porque no recuerda a consecuencia de qué lectura. Eso es aparte. La Revolución Francesa –y algo de Garibaldi– es una cadena de oro que le une al pasado y le deja franca la salida a su laberinto sin saber exactamente a qué atenerse. Ahora bien, si se pone a pensar en serio –cuando se queda solo– que no es muchas veces porque se duerme entonces rápidamente, sabe cuántos dedos tiene en una mano, y aun en dos. Lo que no acaba de comprender es por qué Ángeles perdió la chaveta. Los médicos, tampoco; lo que no le extraña, nunca les tuvo en mucho.

Los lunes, miércoles y viernes dedica cinco minutos al onanismo, que le sirve para rememorar físicamente a Ángeles; a otras horas se le sube por las paredes. La visita cada ocho días, no sabe por qué ni para qué: igual podría enviar a cualquier otra persona: no reconoce a nadie y enflaquece. Dicen que come, pero adelgaza. Está más allá de los huesos. Claro que, vestida de negro, quién sabe con cuántas enaguas y un pañuelo negro en la cabeza, atado bajo la barbilla, no se puede saber exactamente lo flaca que está. Tampoco habla, solo mira fijo. ¿Qué ve? ¿Qué piensa? ¿Qué quiere? Juan Valcárcel daría cualquier cosa por saberlo, pero se queda con las ganas. Ángeles tiene treinta y tres años, parece el doble.

Juan está satisfecho de estar loco y que los demás no lo sepan (ni lo hayan de saber nunca). En eso no pierde el juicio. Al contrario –desde fuera, donde cree estar–, tasa las cosas de Dios con la mayor objetividad. Hubo un tiempo, muy pasado, en el que se indignaba de las iniquidades que le rodeaban; ahora solo las juzga y almacena para el día de mañana, cuando haya, de verdad, que pasar cuentas, según el módulo de Robespierre, claro está.

Lo de marcharse de Valencia, abandonándolo todo, trastorna sus firmes creencias. Le faltan puntos de referencia y por bien que sepa su lección –Blanc, Thiers, Michelet, los textos mismos de la Convención– le parece que va a serle difícil ir por el mundo sin las dos hileras de libros que se enfrentan a su sillón. (La pantalla de cristal, verde por fuera, blanca por dentro; el alto pie de su cama de latón, la alfombra raída sobre el piso de azulejos carcomidos en los bordes.)

Ahí, en ese nicho del cementerio civil, estará bien. Ni demasiado alto ni demasiado bajo. «A Ángeles, su amante esposo». Desconsolado, no. Para él sigue viva; ¿qué diferencia? No ir los jueves al Manicomio. Hace años que la niña la cree muerta. Y tantos. A nadie le importa que uno esté loco y menos cuando es uno mismo.

La familia de Ángeles. ¡Qué curioso! Tenía familia. Los conoce a todos. Los saluda. Les da la mano. Los abraza. Los mira como si fuese la primera vez. ¡Qué seres tan extraños! Qué extraños son los seres.

–Ya descansó la pobre.

–En gloria esté.

–Te acompaño en el sentimiento. (¿Qué sentimiento?)

–Tal vez ha sido lo mejor. (¿Que hayamos perdido?)

Paulino Cuartero, de pie, alejado, mirándole. ¿Cómo se le ocurrió ir hoy a la tienda? Claro, quería ver esos folletos... No decirle nada a Villegas. Un «Lo siento» menos. Él sí era amigo de la difunta. ¿Amigo? La conocía.

–¿Dónde vamos? –le pregunta Cuartero.

–Al museo –dice Valcárcel.

Toman el tranvía.

–No les digas nada.

Cuartero se equivoca acerca del motivo. Pero se le crispa el corazón –¿no se dice así?– pensando en Pilar. Si en vez de regresar de ennichar a la mujer de este, volvieran del entierro de Pilar... En París no hay nichos. ¿Qué haría con los niños? ¿Qué haría? Lo curioso, piensa volviendo en sí gracias a los demás, que es él quien tiene más probabilidades de pasar pronto a condición de cadáver.

Fue desde que Ángeles se volvió loca que Valcárcel se convenció de que él también lo estaba. No lo dijo ni hizo cosa que diera en hacerlo sospechar. Pero sabía que se había vuelto loco porque quería tanto a su mujer que le pareció natural que así sucediera. Que la muerte de Ángeles coincidiera con la pérdida de la República también le pareció normal. Desde que se convenció –le convencieron– de que a Ángeles convenía recluirla en el manicomio, Juanito Valcárcel se encerró en su casa y juró no tocar otra mujer. Lo hizo. Con la guerra tuvo que volver a salir a la calle alguna que otra vez para diligencias necesarias, sobre todo para la niña.

Por la noche, se puso a pensar en que la idea de marcharse, una vez muerta Ángeles, no era tan mala. En el fondo odiaba a su hija, a quien hacía responsable del trastorno mental de su progenitora. El amor de Ángeles y Juan había sido perfecto. Ambos habían llegado vírgenes al matrimonio y descubierto conjuntamente los placeres del acoplamiento, hasta que ella devoró un libro pornográfico –perdido en un lote de otros de texto–, con ilustraciones, y el sexo se le subió a la cabeza.

Don Juanito ignoraba la existencia del volumen, que Ángeles quemó después de aprendérselo de memoria.

Lo único que no varió para él, durante esos años, fue su afición por la Revolución Francesa, aunque, a última hora, sintió mayor simpatía por las facciones más radicales.

La locura de Juanito Valcárcel tuvo, eso sí, expresión gastronómica: durante meses decidió tomar únicamente leche, hasta que un feroz estreñimiento le hizo variar de régimen. Hubo entonces tiempos en que solo comió caracoles, otros col o zanahorias. Como se lo preparaba todo, nadie se llamó a engaño. Dormía mucho y bebía bastante vino grueso de Utiel lo que tal vez tenía cierta relación. Atendía mal el negocio, con cuidado de que sus clientes no se dieran cuenta de su demencia. Lo consiguió fácilmente porque, de verdad, jamás supo si estaba loco o no.

Poco antes de la rebelión militar, le dio por tomar café a todas horas. Bueno o malo no le importaba, con tal de que fuera hijo del grano; con o sin achicoria, recuelo, moca, planchuela, caracolillo o triache. Con la guerra, como es de suponer, y más a medida que pasaba el tiempo, le fue cada vez más difícil, más caro, conseguirlo, así pagara lo que le pidiesen. Su economía se resintió y hasta sus existencias, pero no careció nunca de la infusión. Lo que hizo fue no convidar a nadie, Concha aparte; lo que facilitó mucho sus relaciones con la mole, que se perecía por el brebaje. También Asunción, de tarde en tarde, participó de lo que, dadas las circunstancias, entraba en la categoría de festín. En América tendría, por lo menos, el café asegurado.

Asunción llamó varias veces a la puerta de la tienda. Su tía tardó en bajar a abrirle.

–Hola. ¿Qué hueso se te ha roto para que tenga el reverendo honor de verte? Pasa.

–¿Y don Juanito?

–Se fue al entierro de su mujer.

–¿Qué?

–Sí, se murió Ángeles.

Asunción creía que el chamarilero era viudo. Pero no tenía tiempo de aclararlo, ni de pedir explicaciones.

–Me voy.

–¿A dónde?

–A Alicante. Me habló Vicente por teléfono; de Madrid.

–¿Y te vas a ir así?

–¿Cómo si no?

–¿Sin ropa ni nada?

–Con lo puesto voy bien, y si no ya me las arreglaré.

Concha siente que se le sube la congoja a la garganta. No quiere, pero no puede luchar contra el sentimiento que la sobrecoge. Se desparrama:

–¡Ay, filleta! ¡Ay, Sunción! ¡Ya se lo decía yo a tu padre, que en gloria esté! ¡Desde que se volvió a casar no hemos tenido hora buena!25

La abraza, besa, anega. Asunción estaba segura de que tenía que suceder así, sin remedio.

–¿Cuándo nos volveremos a ver? No sé por qué me da que ya no.

–Pero, tía...

–No, no me digas nada. Aquí ganaron los moros. Acuérdate del abuelo y de Cucala; de los carlistas.26 Si el padre es músico el hijo es bailarín. ¿Qué se te había perdido entre tantos hombres? No hay perdición que no venga por ellos y de la política. Y tú, sola, por esos mundos, sin saber nada de la vida. ¿Con quién te vas?

–Todavía no lo sé. Pero no se preocupe, no faltará algún camarada...

–¡Camaradas! ¡Camaradas! Todos de la misma camada. Locos que pensáis que el mundo puede cambiar así como así, de buenas a primeras.

La puerta de la tienda había quedado entreabierta, se asoma Ambrosio Villegas.

–Buenos días. ¿No está Juanito?

Se da cuenta de que algo sucede...

–¿Qué pasa?

–Que faltó Ángeles y esta se va.

–¿Que se murió Ángeles? ¿Cuándo?

–No lo sé. A las cuatro es el entierro.

–Y tú, ¿dónde vas?

–A Alicante. A reunirme con Vicente.

Asunción se acoge al archivista para marcharse.

–¿Hacia dónde va?

–Al Gobierno Civil.27

–Voy con usted, para el pase.

Besuqueos frenéticos.

–¡Me dejas sola!

–Será por poco tiempo.

–Sí, sí: créetelo.

Las mejillas, los labios, los ojos, la frente mojados por las lágrimas y la saliva de la gordísima que ya llora sin contención.

Ambrosio Villegas corta:

–Si quieres que te acompañe, vámonos. ¿A las cuatro el entierro? ¿Desde el manicomio?

–No lo sé –dice la tía, enjugándose, antes de sonarse–. Supongo que sí.

–Adiós, tía.

Y se queda sola. Mira todos los cachivaches amontonados en la tienda; trebejos, trastos, escritorios, trincheros, tocadores, perchas, jardineras, cómodas, aparadores, baúles, sillas, braseros; todo cojo, sucio, amontonado de cualquier manera, sosteniendo paquetes de libros atados, platos, cojines, macetas, vasos, relojes, lámparas; todo desmantelado, viejo, desportillado; el aparador, la caja, con su balaustradita de maderas torneadas, la prensa para copiar la correspondencia, las libretas, los legajos; todo con un pie en la sepultura, avellanado, provecto. Concha se siente más vieja de lo que es y se deja caer en una silla baja, a la que se ha aficionado. Inclina la cabeza, cierra los ojos, quisiera morirse, pero recuerda –un relámpago– que se ha dejado a la niña a medio comer su plato de arroz, se endereza con dificultad, pero con decisión y sube la escalera. Cruje el tercer escalón.

–Voy, niña, voy.

Al llegar a la plaza de Tetuán,28 Asunción se despide de Villegas. Este le pregunta:

–¿No ibas al Gobierno Civil?

–Voy a subir, a ver si hay alguien.

La casa del Partido. Fue de los Fernán Núñez.29

–¿Sabes –le pregunta su acompañante, antes de dejarla– que en esta casa Fernando VII abrogó la constitución de 1812?

–No.

–¿Que aquí María Cristina firmó su abdicación a la Regencia?30

–Tampoco, ¡a qué santo!

A nadie le importa la Historia, comprueba una vez más el bibliotecario.

Enfrente está Santo Domingo y Capitanía General,31 entran y salen militares y paisanos, se paran coches, salen otros. El cielo gris pesa. La fachada filipesca del convento tiene las puertas cerradas. La enorme pared de cantería carcomida nunca le ha producido a Villegas tanto amor, admiración y tristeza.32

Al pasar por la puerta, da con el general Miaja, forrado en una pelliza.33

–Hola, mi general. ¿Cómo van las cosas?

–Muy bien, muy bien –dice el rubicundo y miope militar, metiéndose en un coche–. Muy bien.

Atardecer. Desembocan cientos por el puente del Mar, uniéndose a otros, que han penetrado en la ciudad por el de Serranos.34 Encima del tanque, el cadáver del Uruguayo.35

Enfilan hacia la plaza de Tetuán. Ni un solo soplo de aire. Las inmóviles magnolias de la Glorieta recogen en sus hojas charoladas las luces del día.36

Los cuarteles cerrados, Santo Domingo, dorado del reflejo del cielo y su piedra carcaveada.

El tanque –un camión cubierto con planchas de hierro atornilladas– avanza testudíneo sacando centellas al roce del metal con los adoquines.37

Tendido sobre el techo plano del mastodonte, el cadáver sangra todavía y entre el orín de las planchas se abre paso el reguerillo oscuro. Fáltale un ojo al muerto, saltado por el pistoletazo en la nuca, aborbóllanse los sesos en el entrecejo derecho.38

–¿A qué vienen? ¿Qué buscan? ¿Qué esperan?

Fue ayer, hace cerca de tres años. Ambrosio Villegas aprieta el paso hacia el Gobierno Civil.

Ahora llegan otros, con tanques de verdad. Los abandonan.39

Al fondo del zaguán del local del Partido, Asunción encuentra a Bonifacio Álvarez.40 No pensaba volver. ¿Qué la ha empujado? ¿Librarse lo antes posible de la compañía de su tía? ¿El redil? Podía haber ido al Instituto; buscar a Monse. Contra todos los consejos regresaba al local del Partido.

–¿Qué hacemos?

–Nada. Esperar.

–¿Qué hago?

–Vete a casa, y espera. Ya te avisará Pilar.

–¿Y Vicente?

–En Madrid, ¿no?

–No, en Alicante.

–¿Y?

–Me quiero reunir con él.

–Allá tú.

Bonifacio Álvarez, de pie, a punto de salir; pequeño, duro, más bien cerrado de mollera, no ha cambiado con la guerra; su pelo erizado, corto, más cano. Ha sido un poco de todo: policía, director de una revista, comisario, jefe de los talleres de los Altos Hornos de Sagunto, donde trabajó en su juventud. Ahora es «responsable» de la Agit-Prop. Nunca ha tomado una decisión de por sí.

–Han empezado a detener a camaradas.

–¿Para eso quieres que vaya a casa?

–No van a enchiquerarnos a todos.

(Como diciendo: tú no cuentas.)

–¿Qué pasó de verdad en Madrid?

–No lo sé.

No lo sabe.

–Dicen que el Gobierno ha huido.

–No lo creo –rectifica–: de todos modos, no habrá huido.41

–¿Y la guerra?

–De Madrid dicen que todo sigue igual.

–¿Sin nosotros?

A Asunción no le cabe en la cabeza que la guerra pueda seguir sin los comunistas.

–Salud. Voy a ver a...

Se marcha, apretando el paso; la muchacha quiere alcanzarle, pero se da cuenta de que es inútil. Le conoce y comprende el reburujo de ideas y sentimientos contradictorios que debe llevar encima de los hombros. (–¿Ese, cabeza? ¡Vamos!)

–Vete a casa.

La que fue de sus padres; como si fuera antes. Otra vez: la tía Concha. Asunción, desde que casó con Vicente, ve poco a su tía; no porque no la quiera: por falta de tiempo –se convence–: Ver a la familia, igual a perder el tiempo. A veces, en cualquier reunión, oyendo discusiones inútiles, pesadas, ininteligibles para ella, se acuerda de la obesota; pero está fuera de su vida. Es la guerra. Sí, y algo más: la entrega al trabajo. Ahora, como un hachazo:

–Vete a casa.

Es imposible que se acabe la guerra sin ganarla. Se lo dice cada día, a cada momento. Lo ha asegurado, repetido; lo ha escrito en la revista de la Juventud. Están contentos con su trabajo. Se lo ha dicho Ángel Santiesteban, que para todos tiene más años de los que representa, a pesar de sus solos veinticinco.

Oye sonar el teléfono, abre; cuando descuelga la bocina ya cortaron la comunicación.

Desde que se casó, Asunción vive con Monse, una muchacha que trabaja con ella, en el Instituto de la calle de Sagunto. No solo tan morena como rubia Asunción, sino distinta de todo en todo:

–No he conocido animales más idénticos y diferentes que los hombres.

–Como no sean mujeres.

–Es verdad. Sin eso el mundo sería muy aburrido,

–Si no fuese por la obligación.

–Eso tú, que lo tomas en serio.

Cara redonda, ojos enormes, flequillo, el pelo liso, Monse –Monserrat– tiene un cuerpo precioso, senos pequeños, muslos prodigiosos, pierna gruesa, toda ella maciza. Había sido, desde los catorce años, modelo de cien escultores y pintores. No le da la menor importancia a pasearse desnuda frente a quien sea y a entregarse al primero que se le presente, por dar gusto. A veces, se lo proporciona ella misma, sin excesos. La ropa le molesta. Invierno o verano siempre va en cueros bajo el vestido que sea.

–No te entiendo.

–Ni yo. Pero ¿qué más da?

–Pero...

–Mira, chica, ¿por qué no? Yo no lo paso mal, ellos se vuelven locos. Así fue desde el principio, ¿para qué me preocupo?

–¿No te has enamorado nunca?

–Sí.

–¿Muchas veces?

–No. Una.

–¿Y?

–¿Qué tiene que ver lo uno con los otros? Me acuesto con este, con el otro, con el de más allá. Eso no cuesta. No importa. No me importa. Tú eres de otra madera. No me escandalizo –dice, riendo–. Le eres fiel a Vicente. Santo y bueno, me parece perfecto. Te educaron, te educaste de otra manera. Para ti la monogamia es la muestra más perfecta del amor. Para mí, no; este o el otro, como beberme un vaso de agua. Figúrate si acostumbraran a la gente a creer que el comer juntos tuviera el mismo significado que el acostarse...

–No lo tiene.

–La costumbre, Sun, la costumbre. El catolicismo y otras zarandajas. El amor es otra cosa.

–¿Para qué vamos a discutir?

Asunción le escribe a Vicente en todos y cada uno de sus momentos libres. Le importa mucho lo que hace –lo mejor que puede–; Vicente está siempre a su lado. La empuja a trabajar, a cumplir.

–Vicente o el deber –le dice su amiga.

¿Qué busca Monse en la vida? Husmea, no escudriña las entrañas de la tierra sino las de los demás. ¿Cuál es el secreto? ¿Qué intenta descubrir? Por derecho, rodeando, en zigzag, procura averiguar lo que busca. En pos de uno, de otro, alarga la rienda del deseo. Tropieza en estorbos, sin hacer extremos. Da vuelta a los escondrijos, lo recorre todo con la perspicacia de sus sentidos. No halla sino deseo, gustos y ascos. Sin otro recurso que pasar de uno a otro, se mira a sí misma procurando su consuelo. ¿Qué mendigo? –se pregunta–. Discurre entre conocidos y desconocidos, a caza del entendimiento, a tientas, en un mundo mudo si no ciego, intentando pescar en agua turbia. Buscona –se dice en los ratos malos, que abundan–. Da vueltas. A veces, le faltan las fuerzas.

–Mira, es sencillo; los hombres –y las mujeres, claro– nos catalogan en dos categorías: las honradas y las que no lo son. Por definición, las primeras son pasivas; las otras, activas. Es decir que las decentes –las sedicentes decentes– esperan, se están quietas, por lo menos al principio; las segundas, toman la iniciativa o las iniciativas. De ahí su superioridad, en este aspecto, y la rabia de las once mil vírgenes, puestas a parir.

–No sé cómo puedes hablar así, de eso.

–Yo por mi parte me he convencido de que lo mejor es un término medio. Se vuelven locos, sin saber a qué carta quedarse.

–Y, ¿para qué?

–Absolutamente para nada, desde tu punto de vista. Desde el mío, la cosa cambia.

–¿Por qué?

–La gozo.

(«Si Gaspar hubiese querido ayudarme.»)

–¿Quién me llevaría a Alicante?

–¿Los del Partido?

–Esperan.

–¿Qué?

–No lo sé.

Monse piensa un momento, se le ocurre:

–Tal vez mis tíos.

Los tíos de Monse... Porque al fin y al cabo le viene de casta. De sus padres no se podía decir gran cosa: murieron jóvenes y la dejaron al cuidado de la abuela Manuela y de su hijo Jaime, casado con la Corsetera. Jaimito, el nieto, tenía tres años más que Monse. La tienda y la «fábrica» estaban en la calle de Zaragoza, al lado del Bazar Colón.42 El comercio, naturalmente, en los bajos: el taller en el entrepiso. Los dueños vivían en el principal. La gran especialidad eran los agremanes, las borlas y los madroños. Pasamaneros desde no se sabía el tiempo. La abuela era la gracia personificada. Gracejo un poco o un mucho chocarrero como es natural cuando se crece en fertilísima tierra donde el buen comer es de la mayoría. Más que chusca, picante; tan salada y verde como tosca. Descarada, irreverente, inculta como no había otra –como no fuese su nuera–, daba siempre en lo más inesperado. Ahora, a los ochenta años, acezosa, carcavina en la cama, a punto de diñarla, envuelta en el olor de las medicinas. Todo se le va en hipar, sin encontrar aire, los ojos hundidos en ojeras moradas, las patas de gallo ya verdosas haciendo pareja con la papada deshinchada. Pero le queda la luz de los ojos, ardiente y furiosa. Aún encuentra fuerzas para decirle a su retoño:

–Hijo, tu madre está a punto de ir a ver los riñones de San Pedro...

Que tuvo fama, bien ganada, de soltera, casada y viuda, de pasarse por donde más gusto le daba a cuantos le parecieron a propósito para ello. Don Jaime, el heredero, no se había quedado atrás, alzando faldas donde podía, prefiriendo un cuarto oscuro, al fondo del entresuelo, donde se almacenan los géneros de más valor.

No pasó aprendiza por el taller –las prefería jovenzuelas– que no tuviera que defenderse o sucumbir a sus continuas provocaciones. De todo hubo en sus torpezas: relaciones verdaderas o fingidas, rechazos furibundos, aceptaciones interesadas, tarquinadas y ridículos, fornicación y masturbaciones, libertinajes sórdidos y defensas extremadas. Lo que no tendría nada de particular si no fuese porque la cónyuge lo atisbaba todo a través de una mirilla, hecha en el tabique que separaba el sucucho de un cuarto contiguo y que, con el tiempo, llamara a su hijo para que presenciara las liviandades paternas.

La Corsetera, además, era mentirosa como ella sola, tan habladora como su suegra, aunque no tan aficionada como ella a los cuentos subidos de color. Pero a ella nadie le contaba nada:

–¿Azúcar? ¡Yo he visto minas, minas enteras, allá por Segorbe!

Como buen valenciano, don Jaime, por mal nombre el Corsetero, era republicano, punto del Ateneo Mercantil,43 chamelista de primera, jugador de carambolas y masón para mayores señas. Jaimito, en cambio, solo pensaba en el fútbol, hincha del Valencia F.C., enemigo personal que fue, tanto del Gimnástico como, luego, del Levante.44 Tampoco le hacía ascos a las peleas de gallos, en la gallera de la calle de Saladers,45 en la parte trasera del almacén de la ferretería de Mata y Planchadell.46 Allí perdió bastante dinero, lo que motivó no pocas grescas: que la familia, de arriba abajo, si concupiscente, todavía más avara.

A poco de empezar la rebelión militar, la Corsetera puso en lugar visible del cuarto de las nefandades de su marido y, seguramente, por indicación de doña Manuela –que a la interesada no se le habría ocurrido–, un letrero, copia fiel de los que se habían pegado en las casas de prostitución de la cercana calle de Gracia y sus alrededores, socializadas por la CNT:

Trátala con respeto, como si fuese tu madre o tu hermana. 47

No lo tomó a mal el avisado porque ya andaba por medio –la expresión es exacta– Amparito Guillén, a la que nada, en la pasamanería, le cogió de sorpresa. En 1937, nació Ramoncito, al que se aficionó ferozmente, tal vez por haberle visto concebir, la Corsetera. Presentáronse mal las cosas cuando Jaimito, que no tenía el arranque de sus antecesores, compartió los favores de la Amparo y, para salvarla del acoso paterno y de la preferencia descarada, que algún dinero le costaba, decidió, con el consentimiento materno, casarse con ella, lo que, por aquellos días, era cosa de coser y cantar. La escena entre padre e hijo no es para contarla. Sí lo que sucedió un año después, cuando las cosas empezaron a venir peor dadas, tras el nacimiento de Jaime III, hijo legítimo y nieto de la Corsetera, que se llevaba muy mal con su nuera, a la que llamaba y remoqueteaba con clásico mote que no se puede estampar aquí.48

–Mira, hijo, tu madre, que no me negarás que tiene vista, ha decidido que, por si acaso, nos vayamos algún tiempo a Francia, a casa del tío Chimo. Ya nos arreglaremos.

–¿Quién se va a quedar aquí?

–Tu tío Martín.

–Yo no puedo dejar mi puesto. Estoy movilizado.

–Tú no te preocupes, que eso ya lo aviará tu madre.

Jaime está movilizado en la Junta de Obras del Puerto, que por algo sirven las influencias cuando se es amiga de la infancia de uno que fue Ministro de Obras Públicas.

–Ya está todo arreglado con el cónsul de Francia. Lo que no quiero es que venga tu mujer, la... Los niños, sí.

–Eso no puede ser.

–Pues será.

–Va a ser difícil.

–¿Qué difícil ni no difícil? Yo no quiero putas en la familia. Lo que no tienes es vergüenza. ¿Cómo nos vamos a presentar en una casa decente con esa?

–Tan decente como usted.

Bofetada al canto.

–Tú a mí no me replicas.

–¿Ya lo sabe mi padre?

–Tu padre hará lo que yo le mande.

–¿Y la abuela?

–Ya no hay abuela. Martín ya está arreglando el entierro.

–No me han dicho nada.

–Faltó esta mañana. Ya te habías ido. El barco sale mañana. Conque listo. Yo no quiero ver lo que va a pasar aquí cuando entren los buenos. Todos sois unos calzonazos. Ahora mando yo. Conque arreando. Trae a los niños aquí, con el pretexto que sea y que esa no se entere de nada.

En este momento entraron Monse y Asunción.

–¿A Alicante? Tú estás bojab. ¡La abuela acaba de espicharla! ¡Dios, qué mundo! ¡A Alicante! ¡Anda, anda, sube a rezar un rosario, es lo menos que puedes hacer!

La que se presentó, media hora después, con la policía, fue «esa».

Asunción salió de estampía, mientras las mujeres echaban víboras. Monse se reía las tripas.

–Todos iguales. Que esa es otra: no hay uno decente. ¿O crees que tu hombre te ha estado esperando todos estos meses? Por favor, hija, ten un poco de sentido común. El hombre es un ser inferior que no puede vivir sin nosotras. Tampoco sé por qué hemos merecido esta merced de los cielos. Pero es así. Entonces, ¿por qué no aprovecharnos?

–Es mi compañero –dijo Asunción.

–Esa es otra. Olvidaba que, para colmo, eres comunista.

–¿Tiene algo de malo?

–No. Al contrario.

–¿Entonces?

–No lo sé. Se me hace extraño encontrar mujeres a quienes les interese el futuro del mundo. Y eso que sin nosotras no lo habría. No nos llevamos tanto; a las de mi edad nos tenía completamente sin cuidado.

Monse tiene veinticinco años. Asunción replica, picada.

–¿Y no puedes tener una hija a quien le importe?

Monse la miró un momento, con cierta dureza.

–No.

Asunción comprendió que pisaba un terreno vedado.

III

Ambrosio Villegas encontró al Gobernador cuando este iba saliendo del Temple.1

–¿Adónde vas?

–Al Grao. Acompáñame.

Se acomoda a su lado.

–¿Cómo van las cosas?

Molina Conejero no le contesta.

–¿Crees que esto va a durar mucho?

–No lo sé. Por de pronto las órdenes no han cambiado.

–Entonces, ¿por qué todas esas barrabasadas?

–¿Qué barrabasadas?

–Contra los comunistas.

–Aquí no ha pasado nada. Ni pasará.2

–Pero no en Madrid.3

–La culpa no es nuestra.

Molina Conejero, socialista de siempre, está de acuerdo con el Consejo de Defensa del coronel Casado.4

–Acabo de encontrar a Miaja.

–¿Qué te dijo?

–Que todo iba bien.

El gobernador conoce al viejo cazurro, defensor de Madrid.

–¿Qué hace aquí?

–En su puesto, supongo.

Hay un largo silencio. Para él, todos siguen en sus puestos.

–No lo entiendo.

Molina tiene ganas de contestarle que él tampoco, pero calla.5

Alberto Chuliá6 entró en casa de Pepa como si fuese en la suya. Hacía dos años que no la había visto; para él, ayer. Pepa Chuliá, su hermana, es la querida de Ambrosio Villegas, hace más de veinte años.7

–Hola, tú. ¿Está Ambrosio?

–Sí, durmiendo.

–Despiértale.

–¿De dónde vienes?

–De París. Y asómate a la ventana para que veas el coche que traigo...

Pepa no se extraña de las decisiones, viajes, fantasías, trolas de su hermano, ni siquiera comenta ahora lo que le parece un disparate. Fue el único de la familia que no puso su grito en el cielo cuando dejó tirado a su marido –un calzonazos que parece mentira que fuera carnicero– para liarse con Villegas, amigo de siempre de Alberto. El escándalo, en Alboraya, fue de órdago; pero como hay sus buenos cinco kilómetros del pueblo a la calle de Isabel la Católica, nadie, en la ciudad, tuvo nada que decir, que la moral depende de la densidad de la población.

–Despiértale.

–Ya sabes que no le gusta.

Chuliá la mira desde arriba, con ese desprecio «olímpico» que tiene por todo; dejando aparte que la sobrepasa de una cabeza. Entra en el dormitorio, con la autoridad que nunca le abandona.

–Che, despierta.

–¿Qué haces aquí?

–No te lo voy a decir, pero es importantísimo. Tanto, que puede todavía cambiar el curso de la guerra.

Tampoco Villegas se asombra. Solo mira al famoso inventor, entrecerrados los ojos por el sueño y cierta ironía que se cuida mucho de expresar porque conoce bien el orgullo insensato de su cuñado de la mano izquierda. Apenas dice:

–¿A estas alturas? ¿Y tus repoblaciones forestales?

–Ahora hay cosas más urgentes.

–Bueno. ¿Qué quieres?

Chuliá echa un vistazo a la puerta semiabierta. La cierra.

–Estoy en el Reina Victoria,8 con una mujer. Una mujer de bandera, pero me tengo que marchar unos días y no me la puedo llevar.

–¿Dónde vas?

–Eso es cuestión mía.

–Entonces, ¿qué quieres?

–Nada. Que, si necesita algo, estés al tanto. Le dejaré tu teléfono, el del Museo.

–Bueno.

Villegas se levanta, despereza, busca, calza, coge su chaqueta.

–¿Sales?

–Voy al Museo. ¿Vienes?

Chuliá mira la hora en su reloj de pulsera. Lo pone ante los ojos de Ambrosio.

–¿A que no has visto otro igual de extraplano? Cuesta una fortuna.

Villegas sabe que su viejo amigo está rabiando por contarle el negocio en el que anda metido. También está seguro de que si se lo pregunta alargará la conversación con negativas. Espera.

–¿Cenarás aquí? –le pregunta su hermana, antes de salir.

–No. Tengo un compromiso.

–¿Cuándo no?

–Pues, claro.

–Eres tan importante que no cabes por esta puerta, pero por una vez que se te ve podrías cenar aquí.

–Podría, pero no puedo.

–Pero ¿por qué?

–Che, porque no pot ser.

Ante el portal está un coche negro, enorme, con cuatro hombres armados, muy a la vista, dentro.

–Seguidnos –ordena olímpico el mandamás.

–Se van a llevar el susto de su vida –le dice a Villegas, andando por la calle.

–¿Quiénes?

–Los fachas.

–¿Piensa minar los alrededores?

–No, fill meu. Pero para llegar a las cosas, a la entraña, hay que ir a su origen. ¿Dónde se sublevaron los militares?

–En Marruecos, a menos que hayas descubierto otra cosa.

–Pues allí hay que volver.

–¿Cómo?

–En avión, mira este. Y no tengo más que un asiento mañana, en Alicante. Por eso tengo que dejar aquí a Tula.9 Si se lo digo, me mata.

–¿Qué vas a hacer a Casablanca?

–En Casablanca, nada. En Marrakech. Voy a sublevar a los moros contra Franco.

–Y a empezar la Reconquista...

No ha podido Villegas dejar de imprimir cierto tono irónico a su réplica. Chuliá se sale de sus casillas como siempre que huele que no le toman en serio:

–¡Me cago en la puñeta! ¡Tú tenías que ser! Es una idea genial.

–Como todas las tuyas.

–Naturalmente.

Lo dice en serio.

–Vamos a ver qué pasa cuando tengan ese par de banderillas en el culo.

–¿No te parece un poco tarde?

–No. Hay que coger desprevenido al adversario. Es una ley que no falla. ¿A qué santo van a suponer que ahora se les subleven las jarcas?

–¿Y lo tienes todo preparado?

–Todo. No puede fallar. El Gobierno, bueno, Vayo, está de acuerdo.

–Pero si ya no hay Gobierno.

–Eso dices tú. Está en París y estoy seguro, aunque Vayo no me lo haya dicho, que el gobierno francés hará cuanto pueda. ¿Cómo van a permitir que un aliado de Hitler, Hitler mismo, esté amagándoles en los Pirineos?

–Mejor hubieran hecho en dejar pasar las armas. Trenes enteros había en la frontera, allí se quedaron.10

–Tú, ¡qué sabes! Hay que cubrir las apariencias.

–Eso costará mucho dinero. ¿Lo tienes?

–Millones.

–¿Dónde?

–En Rabat.

No duda Villegas que Chuliá tiene una base para decir y hacer, pero conoce el paño: con una piedra es capaz de erigir una catedral, en su caletre, pero una catedral. También conoce a Vayo y tampoco duda de que al Ministro de Estado del gobierno de Negrín le haya parecido bien el plan y lo apoyara, teóricamente por lo menos, hace unos meses. Para Chuliá el tiempo no tiene importancia, no distingue claramente entre pasado, presente y futuro.

–¿De veras, Vayo...?

–Hace tres meses que vengo trabajando en eso. Va a ser algo sensacional, en el mundo entero.

Lo que no dice es que, a pesar de las circunstancias, ha decidido llevar a cabo el proyecto él solo. Hace meses habló con dos moros, en París, cuando fue a un congreso de ingeniería, enviado por la «Confederación de Obras Hidráulicas del Sur de España», que él mismo había formado. Lo del dinero es cosa suya y de unos antiguos amigos, monederos falsos, a los que encargó imprimir billetes de cien dólares. La imitación no es perfecta, pero Chuliá no duda de que, para los «moros», pasarán por buenos sin dificultad.

–Tropas, no tienen allí. Va a ser cosa de coser y cantar. Tengo una chilaba que, si la ves, das de hocicos.11

Villegas ve a Alberto Chuliá, con su nariz flamígera, su calva rematada con una melena al viento, su color de pan bien cocido, vestido con la chilaba, a caballo, como en un Delacroix cualquiera,12 ordenando con gesto bravío el ataque a Melilla, y no puede menos que sonreír.

–¿Qué? ¿Tienes algo que decir?

–Nada: me parece perfecto: el huevo de Colón. Y, ¿qué les vas a prometer?

–No me vengas con garambainas ni teorías.

–Sin teoría no hay revolución.

–Así es como no hay revoluciones, o, a lo sumo, abortos. Las revoluciones, hacerlas y luego a sacar consecuencias. ¿O de veras crees que los que hicieron la Revolución Francesa fueron Voltaire o Diderot? ¡Vamos! ¡Adelante y con pantalones! Como hicieron la revolución mexicana Villa y Zapata.

–¡Yo estuve allí!

–¡Y qué teorías y qué no teorías: lo del rico, del pobre, y ya!

–Lo que no deja de ser una teoría.

–Igual que el comer si tienes hambre. ¡Nos ha fastidiado este! Y aquí, hemos perdido la guerra porque no hicimos la revolución.

–Lo cual es otra teoría.

Chuliá se puso blanco de rabia, como siempre que alguien le llevaba la contraria. Siguió:

–No me saques de quicio. Porque lo que es a cojones no me gana nadie. Y te advierto que no es una teoría. Mucha revolución burguesa y liberal. Y, ¿qué? Así estamos.

–¿Y con qué armas te hubieras opuesto a la rebelión una vez hecha tu revolución?

–Ni lo sé ni me importa.

–Las armas ya no son las mismas.

–Las armas son siempre las mismas si se lucha contra un adversario: unas mejores y otras peores.

–Todo eso no deja de ser subjetivismo vulgar.

–¡Vete al carajo! Aquí habrá habido mucho subjetivismo elegante, pero estáis perdidos, y en México, con puro subjetivismo vulgar, les dimos para el pelo... como vamos a dárselo todavía aquí.

–¿No te estás haciendo muchas ilusiones?

–¿Yo?

–Las cosas se hacen y no se dicen.

–Los anarquistas tendremos pocos teóricos, pero de lo otro, ¿qué tal? Por algo somos españoles...

Chuliá aúna sin ninguna dificultad las doctrinas más dispares: el amor a los humildes y a sus pobrezas y su deseo desenfrenado de riqueza; el universalismo más absoluto y una creencia cerrada en la superioridad, para él evidente, de todo lo español; llega a unir su vegetarianismo con el más encendido elogio del jamón de Trévelez, si alguien alaba el de Parma; el antimilitarismo más cerrado con la vanagloria de los Tercios de Flandes si viene o no a cuento. No siente rubor de tan encontradas posiciones, entre otras cosas porque si se las hubieran echado en cara hubiese aducido su derecho a la contradicción. Con los años y los sinsabores su entusiasmo por lo castellano se acrece.

–¿Es que los demás no son también españoles? –le pregunta Villegas, con tal de molestarle.

–Eso del fascismo es bueno para los alemanes o los italianos; nosotros no tenemos por qué acogernos a garambainas de esa especie. ¿Sangre? ¿Afán de nuevas conquistas? ¿Aquí? Un español tiene la sangre limpia por el hecho de serlo. ¿Imperio? Todavía lo llevamos a cuestas. ¿No? Aquí el fascismo es, sencillamente, reacción. Pura, clara, indecorosa reacción. Los banqueros, los terratenientes, los curas y los militares como medio. No hay que buscar más lejos. Y aderézalo como quieras. Por eso tampoco el socialismo tiene nada que hacer en España. Lo nuestro es el anarquismo, que cuesta menos trabajo. ¡Abajo todo el mundo! Que no haya autoridad, y como consecuencia, autoridades. El español es tan grande que se basta y se sobra a sí mismo para cualquier cosa. Y como todavía no se ha probado lo contrario, y supongo que ha de pasar bastante tiempo hasta que nos lo demuestren, pues: ¡a ello! Los anarquistas odian a los comunistas por razones innatas. Los tienen por lo peor de lo peor. Se entremataron en Barcelona y en Madrid y se entrematarán aquí hasta que no queden ni los rabos. Pero en el momento en que haya que volver a luchar de verdad contra los fachas, con posibilidad de ganar, ¡verás la que se arma! Y, ¿a quién se lo deberán?, a menda.

Habla en serio.

–Bueno, ¿y a qué viniste a Valencia?

–El avión tuvo una avería, en Alicante, y no sale hasta mañana.

No dice que ha venido a presumirle a él y a su hermana, que nunca creyó en sus fantasías, por el reloj y el coche, dejando aparte lo de Tula, que no es grano de anís.

–¡A ver qué decís ahora!

Julián Templado13 se quedó estupefacto al encontrarse con Paulino Cuartero en la calle.

–Y tú, ¿qué haces aquí?

–Lo mismo te pregunto.

–Bueno, lo mío, es lógico: sabes que Rivadavia14 me mandó al Centro. De Madrid a Valencia, un paso.

–Malo.

–Pero un paso. Pero ¿y tú? ¿No estabas en Barcelona?

–Sí. La casualidad, m’hijo. La culpa, de Tineo.

–¿Tineo?

–Un hijo de puta.

Julián se sorprendió; no era la manera de hablar de Paulino.

–Que a estas horas debe de estar descansando tranquilamente en París. Con lo que le hubiese costado...

(Paulino Cuartero tampoco había creído nunca en la posibilidad de que se perdiera la guerra.15 El tráfago en que andaba metido, no tener un momento libre, caer muerto en la cama, la preocupación del quehacer del día siguiente –primero, esto; luego, lo otro– le quitaba la posibilidad de enfrentarse con los acontecimientos. Oía indiferente los partes de guerra, como si la distancia del Segre a Barcelona fuese inconmensurable. Bastábale el optimismo oficial para no enfrentarse con la realidad. Cuando, el 14 de enero, Rivadavia le dijo, en la puerta del Ministerio de Instrucción Pública, donde había ido a recoger una orden de traslado de unos cuadros,16 que había que pensar en marcharse, arqueó las cejas, y, sin tomarlo en serio, soltó un inexpresivo:

–¿Crees?

–Esto se ha acabado.17

–Pero si Negrín le dijo anoche a...

–Déjate de historias. Están en Valls y estos catalanes no sirven para morirse.

–A mí, en el Ministerio, no me han dicho nada.

–¿Por qué te lo habían de decir a ti?

–Bueno, hombre, pero...

–¿Tienes pasaporte?

–Sí: diplomático. De cuando fui a la exposición de París,18 en representación del Ministro. Aquí lo llevo.

Sacó su cartera, enseñó el cuaderno empastado en piel de Rusia parda. Lo hojeó Rivadavia, mientras preguntaba:

–¿Qué sabes de Pilar?

–Fastidiada, sin dinero.

–¿Sigue en París?

–Sí.

–Oye: tu pasaporte está caducado. Ve a Estado, que te lo prorroguen.

–¿De quién depende eso?

–De Tineo. ¿Le conoces?

–Sí. ¿No es ese gallego, amigo de Templado?

–No pierdas tiempo.

–¡No fastidies!

Volvió a subir a la Dirección de Bellas Artes. No estaba Renau19 y no se atrevió a preguntar a nadie acerca de la situación. Vagamente:

–¿Hay alguna orden nueva?

–No.

Preocupado, tomó el tranvía y bajó hasta el paseo de Pedralbes.20 Anduvo tres manzanas hasta el Ministerio de Estado. Subió a la dirección que dependía de Tineo, se hizo anunciar. Salía Guardiola del despacho.

–¿Qué?

–Nada bueno. Salimos esta noche para Figueras.

–¿Quiénes?

–Todo el Ministerio.

–¿Tan seria está la cosa?

–Avanzan como les da la gana.

–Pero Barcelona se defenderá.21

–Es de suponer. Pero, por si acaso...

–¿Y Vayo?

–Se fue anoche a Toulouse. Regresa mañana.

–¿Aquí?

–Creo que no. El gobierno va a instalarse en Figueras.22 De allí piensa trasladarse a la Región Centro.23

–¿Y Azaña?

–Cerca de la frontera.24

–Va a ser un desastre.

–No tanto, hombre. Aunque perdiéramos Cataluña queda el Centro: avanzamos por el sector de Valsequillo.25

El ujier hizo pasar a Paulino. Tineo era un hombre bajito, joven –¿qué tendría, treinta y dos años?–, magro, muy seguro de sí y de las ordenanzas.

–Hola, ¿qué hay? ¿Qué quiere?

En contra de la mayoría, no tuteaba a nadie. Sentía, muy hondo, el orgullo de pertenecer a la «carrera».

–Si me haces el favor de revalidarme o prorrogarme, o como se diga, mi pasaporte.

–A ver.

Lo examinó con cuidado.

–¿Sigue desempeñando ese puesto?

–No.

–Entonces lo siento mucho, pero no puedo autorizarlo.

–Pero, hombre...

–No; lo siento: ya no tiene misión diplomática y, por lo tanto, no tiene derecho a pasaporte diplomático.

–¿Se da cuenta de cómo están las cosas, según me acaba de decir Guardiola?

–Sí, pero ¿qué tiene que ver? Vaya a Gobernación: le darán un pasaporte ordinario sin ninguna dificultad.

–Está bien.

¿Qué otra cosa podía decir? Sentía que aquello iba a jugar un papel en su vida: un remover de las entrañas se lo advertía. Cochina burocracia; no: cochinos burócratas. ¿Qué le hubiese costado a ese imbécil de Tineo ponerle un sello y una firma? Pero no: antes que la vida, las ordenanzas. Si las cosas venían mal dadas, ¿de qué le serviría un pasaporte diplomático? Decidió dejar las cosas como estaban y no preocuparse de papeles.

Al salir del Ministerio, se encontró con Fernández Balbuena.26

–¡Hombre, Cuartero!

–¡Hola!

–¿Qué tienes que hacer?

–¿Ahora?

–No; así, en general.

Ambos eran de la Junta de Protección y Conservación del Tesoro Artístico.27

–¿Te importaría irte al Centro? Bueno, a Madrid primero y a Valencia después. Necesitamos alguien que ponga a buen recaudo lo que pueda quedar del Museo de San Carlos. ¿Quieres ir?

–¿Cómo?

–En avión, claro.

Cuartero dudó un momento. Ir a París, volver con Pilar, los niños. Pudo más la rabia que le había dado lo de Tineo y aceptó.

–¿Qué haces aquí?

–Nada. O casi. Los sótanos de las Torres están llenos.28 Algo queda en el Museo, pero no es gran cosa. Y en cuanto a las esculturas... Sin contar que a estas alturas no se van a poner a bombardear aquello. ¿Conoces a Ambrosio Villegas?

–No. ¿Quién es?

–El bibliotecario. Si no tienes nada que hacer vente para allá. Tal como te conozco, te gustará. Y don Juanito. Allí nos pasamos las horas muertasa.)

Las horas muertas –piensa Templado–, no está mal.

–¿Y Pilar?

–En París.

–¿Cómo está?

–Mal.

–¿De salud?

–No. Sin dinero. Y no le puedo enviar nada.

No tenían gran cosa más que decirse a menos de empezar: «Esto se acabó», etc., y ninguno de los dos quería. No era su manera de ser.

–¿Y has estado en Madrid, todos estos días?

–A Dios gracias, no. ¿Y tú?

–Sí.

–¿Y?

–La recaraba.

Templado nunca había sido un hombre serio.

–¿Que murió Ángeles?

Nadie se atreve a darle el pésame. Valcárcel es viejo amigo de Chuliá –que tuvo en muy pasados tiempos afanes de artista y su estudio, al lado de la tienda del chamarilero–. Villegas y Cuartero se conocen de estos años, en Madrid. Presentan don Juanito a Templado que farfulla una frase de circunstancias. Se sientan en el despacho del director. Las paredes están cubiertas de anaqueles cerrados con rejillas, legajos, protocolos, ediciones de primera si no primeras ediciones. El ambiente es grato. Villegas saca copas y anís.

–¿No tienes coñac?

–Jerez no está en España.

–Francés –dice Chuliá.

–¿Quién me lo trae?

–Yo, si me lo hubieras dicho.

La conversación sigue donde la habían dejado Chuliá y Villegas, porque el inventor –siendo el centro del mundo– lo juzga lo más natural:

–Vosotros creéis –repite– que estos cuadros son más importantes que la vida humana. Que una vida humana. Una sola. Yo no. Sin arte se puede vivir. Muerto, ¿para qué se quiere? Ya sé que pensáis que soy simplista, primario. Nosotros (¿Quiénes «nosotros»?, se pregunta Cuartero) os tenemos por señoritos retorcidos. Yo le oí un discurso a Azaña donde dijo que le importaba más Las Lanzas que una provincia.29

–No lo creo.

–Yo lo oí. Además, aunque no fuera así, lo mismo da: muchos de vosotros lo pensáis. Es una tontería. Lo que importa es la vida, y no esa costra, esa buba que es el arte. Es natural que el hombre cante, lo hace sin tener que recurrir a un medio muerto. Para pintar se necesitan pinceles, paredes o telas. Para cantar basta la garganta. Todo lo que es humano pasa. Empeñarse en buscar la inmortalidad es una tontería. Eso del arte es algo que desaparecerá tarde o temprano. Los museos son una cosa reciente y pasajera.

–Pero no las bibliotecas.

–Tanto da. Lo que importa es el hombre como es; por mucho que le embadurnen, maquillen o le pongan postizos no dejará de ser quien es. En una situación histórica cómoda, sin sobresaltos, es posible que el arte dé el pego; que la gente crea en eso de la cultura; pero cuando se tiene que enfrentar con la guerra entonces se ve que tanta pintura, tanta literatura superferolítica no sirve para nada.

–Parece un personaje de Baroja –le dice Cuartero a Villegas, por lo bajo.

–Hoy, el arte es una casualidad, no una causalidad como pudo serlo en la Edad Media. Lo que importaban eran las iglesias y Dios. Como ya nadie cree en él, se han dedicado a darle importancia a los altares. Es como los médicos; ya no les importa la salud, sino los microbios.

–Para curar, al fin y al cabo –aduce Cuartero que no tiene por qué sacar a relucir su catolicismo.

–No, hombre. Se han enamorado de las enfermedades. Como vosotros de las tablas. La vanidad tiene mucho que ver con todo esto. Es como la higiene. Acaba de morirse –en París– el hijo del doctor Pascual; tenía veinte años; nunca había probado un alimento que no estuviese perfectamente esterilizado. Comió un helado de los de la calle y se murió. No tenía defensas. Ese helado se lo come cualquiera y no le pasa nada. Si fuese verdad eso de la higiene no habría mundo. Hay una hipertrofia de médicos y de clínicas, como de pintores, de exposiciones, de conciertos y de museos. En vez de vivir, por las buenas, la gente se especializa. De seguir así todo se acabará: unos especialistas contra los otros.

–Entonces, usted, ¿qué propone? –pregunta Cuartero.

–¿Yo? Nada. Las celdas de los monjes, desnudas.

–Lo siguen estando.

–¡Qué diferencia! ¿O es que Lenin se puede comparar con Jesús? Claro, eso es lo que quisieran los comunistas. Pero Lenin está todavía vivo, es un decir; viven gentes que lo vieron y anda embalsamado. Los católicos empezaron a pintar a Jesús siglos después de su muerte. Lo que representaron primero fue a Dios padre. ¿Cuál es el Dios padre de los comunistas? ¿Marx? Como no sea por las barbas...

–Podrían pintarse únicamente paisajes, por real orden –aduce Villegas.

–¿Para qué? Basta salir al campo.

–Pero es que el campo no lo suele ver la gente. En las telas, sí.

–No. Lo que pintan los paisajistas no es la naturaleza, es su ánimo. El suyo. Eso no le interesa a nadie.

Chuliá es así de tajante. No se puede discutir con él. No hacían otra cosa.

–La gran diferencia entre el arte del Renacimiento y el de ahora –mejor dicho de la falta de arte– o, por lo menos, de un arte de la importancia del de Petrarca o Calderón, de Donatello o Velázquez, consiste en que, en aquel entonces, el arte precedía a la ciencia; y ahora sucede al revés. Es decir que, para la imaginación, para la creación de mitos y de belleza, la ciencia ha tomado el lugar que entonces ocupaban las artes.

–Y ahora, ¿usted propone lo contrario? –preguntó Cuartero por meter baza.

–Sí: que el arte sirva para algo.

–¿Es comunista?

–¿Yo? ¿Por quién me ha tomado?

–Perdone mi ignorancia.

–Cuando digo que sirva para algo no es que se rebaje a limpiarle las botas a unas ideas, sean las que sean, sino que cree; que de él –del arte– salga vida nueva.

–Así que, ¿tú te vas ahora a Marruecos por amor al arte? –comenta divertido Villegas.

–¡Calla, bocazas! No se te puede decir ni pío. ¡Qué verdad que en boca cerrada no entran moscas! ¡Maricón!

Villegas, tras el silencio obligado por la intemperancia, conociendo el paño, no hace caso del insulto y habla de otra cosa, tras su mesa, como si fuese un profesor:

–«Hay que comer para vivir y no vivir para comer», dicen; y el español se queda tan ufano y orgulloso de su sobriedad. Pero la razón no está ahí, sino en aquello que cuenta Guicciardini, y que le estaba leyendo antes a este: «Trabajan cuando la necesidad les obliga, y después descansan mientras les duran las ganancias».30

–Ya sabemos que eres un erudito. La cuestión es no trabajar.

–Estuvo aquí por 1512: «La pobreza es grande –lee– y en mi juicio no tanto proviene de la calidad del país cuanto de la índole de sus habitantes, opuesta al trabajo; prefieren enviar a otras naciones las primeras materias que su reino produce, para comprarlas luego bajo otras formas, como se observa en lana y seda que venden a los extraños para comprarles después sus paños y sus telas».

–¿Y América? –pregunta Chuliá, como si no hubiera pasado nada.

–Es otro cantar. Primero, nadie es igual a sí mismo en el momento en el que sale de casa. Luego, conquistar América no fue un trabajo. Un trabajo, lo que nosotros llamamos un trabajo, es hacer algo determinado de antemano a horas prefijadas. El español es capaz de hacer tres veces más trabajo del previsto con tal de que no se llame trabajo. De ahí el honor, y el hambre, que cuesta mucho más esfuerzo conservar viva que dedicarse a cualquier oficio honrado que la mate. «Y como no trabajan, muy dispuestos al robo».

–Teniendo en tan poco el esfuerzo de los demás, es evidente que el robo no parece tan mala cosa. El ladrón puede pasar por señor.

–Así acaba Guicciardini diciendo que somos «buenos ladrones».

–¿Hemos cambiado algo en más de cuatrocientos años?

–«No son aficionados a las letras, y no se encuentra ni entre los nobles ni en las demás clases conocimiento alguno». No olvidéis que escribe un veneciano del Renacimiento. «En la apariencia y en las demostraciones exteriores son muy religiosos, pero no en realidad; son muy pródigos en ceremonias y las hacen con mucha reverencia, con mucha humildad en palabras y cumplimientos, y besándose las manos, todos son señores suyos, todos pueden mandarles, pero son de índole ambigua y hay que fiar poco de sus ofertas».

Cuartero mira el patio que se dora, el cielo que se trasluce al vincapervinca; se vuelve hacia Chuliá, cuando este vuelve a estallar:

–Eso era antes. No voy a discutir si esas bribonadas florentinas son ciertas o no, pero he dado muchas vueltas por el mundo y en ninguno, me oyes: en China, en Rusia, en México –por no decirte en Alemania ni en Francia– he hallado tanta solidaridad, tanta honradez a flor de piel, tanta confianza.

–Lo peor es que tengas razón. Con la solidaridad se emborracha uno y vienen los malos y te destrozan a palos.

Hubo un silencio. Prosiguió Villegas hojeando:

–«Quizás tengan mejores soldados que generales, y que sus habitantes hayan sido más aptos para el combate que para el gobierno o el mando. Y el no ser de un reino solo sino el haber estado dividido entre muchos y varios señores, y en muchos reinos, cuyos nombres todavía subsisten». ¿Os dais cuenta del «todavía», recalcado a principios del XVI? Y los nombra: «Aragón, Valencia, Castilla, Murcia, Toledo, León, Córdoba, Sevilla, Portugal, Granada, Gibraltar». Gibraltar. Y sigue: «De suerte que quien la ha atacado, no ha combatido con toda España junta, sino ya con una parte, ya con otra».

–Ahora la ruptura es distinta. Económica, ante todo.

–¿Tú crees?

Villegas lo pregunta con sombría ironía.

–¿Tú crees que los moros y los de la Legión que ha traído Franco van a parar mientes en eso?, ¿o que son millonarios?, ¿o no os queréis acordar de lo de Badajoz?

Badajoz, lo que contaban de Badajoz. El diputado socialista banderilleado en el ruedo antes de rematarlo. La matanza de tantos en la arena, con ametralladoras emplazadas en los tendidos.

–Nunca hemos sido un pueblo decente.

–No fastidies. Es exactamente lo contrario –bufa Chuliá.

–No. Lo que nos contraría no es el aprender sino el esfuerzo que hay que realizar para hacerlo. Por eso el comunismo no tiene aquí nada que hacer. ¿Ves algún español convertido en estajanovista?

–Como no sea catalán o vasco...

–Ni esos, acuérdate del cantar. Bueno, no te acordarás porque es del tiempo de la nana. Pero era bueno:

Los rusos vienen por tierra

los ingleses por el agua

y yo, que soy español,

estoy tumbado en la cama.

O aquel otro:

A mí me llaman el tonto

los tontos de mi lugar,

ellos pasan trabajando,

yo paso sin trabajar.31

Aquí procesiones y fútbol porque es cosa de mirones.

–No lo dirás por las procesiones de Antequera, esas que llaman «a porfía».

–Claro que lo digo hasta por esas, porque ahí se trata de puñaladas. Puñaladas por la Virgenb de la Paz o la del Socorro: «¡Me cago en tal y viva la Virgen del Socorro y váyase a hacer gárgaras la de la Paz!». Para las puñaladas sí somos buenos; al fin y al cabo no es más que tender el brazo, y las tripas, mantequilla. Ni siquiera se suicida la gente.

–Aquí siempre hemos sido aficionados. Lo que decía este: sentado y que trabajen los demás. Por eso no hay ni filósofos ni estadistas. Nos basta con fantasear. Eso de pensar en serio es demasiado trabajo. Nos apañamos con lo que tenemos.

–Pero no me vas a negar...

–Si yo no niego nada. Pero lo mismo dicen los italianos de Italia, los griegos de Grecia, etc. Depende del humor.

–¿A que no lo dicen los alemanes?

–Claro que no: porque son bárbaros: les gusta la música.

–No veo la relación.

–Pues yo sí y si no acuérdate del mito de Orfeo. Para gozar de la música hay que ser animal.

–¿Y a ti no te gusta?

–Me encanta. Pero la cuestión es saber qué clase de música, si la jota o Beethoven.

–Todo es música.

–No es verdad; música: la jota, que sale de adentro; lo otro viene de fuera. La diferencia que hay entre dar y que le den a uno por detrás.

–Todo es de maricas –dice Villegas para molestarle.

–Contra esa tengo otra muy buena, sin contar a los egipcios, a los griegos o a los romanos, de los que nada sabemos: Leonardo, marica; Miguel Angel, marica; Verlaine, marica; Wilde, marica; Benavente, marica; y todos los comunistas, maricas porque basta que se les diga una cosa para que lo crean. Seres inferiores.

–¿Y lo eran Leonardo o Miguel Angel? Digo, inferiores.

–¿Pero lo eran Danton, Robespierre, Desmoulins, Saint-Just? –chilla Juanito Valcárcel. Cuartero no resiste más. Se enfrenta con Chuliá.

–Óigame: acaba de decir que basta que se crea una cosa –a pies juntillas, añado– para ser marica.

–Desde el punto de vista intelectual, sí.

–Le advierto que soy católico.

Chuliá no se desconcierta, sonríe, pregunta con mala uva:

–¿Y clerical?

–Déjate de historias –interviene Villegas, para templar gaitas–. El anticlericalismo es tan viejo en estas tierras como el mismo clero. Oye esto, que es de los pocos versos que me sé de memoria. Son de Gil Vicente, de una obra que hizo cuando Isabel, hija del rey de Portugal, llega a Castilla para celebrar sus esponsales con Carlos I. De Al templo de Apolo:

Y plantar todos los frailes

en la tierra que no es buena,

la corona so el arena,

las piernas hacia los aires

como quien pomar ordena.

Y si no diesen limones

en mitad del arenal,

todo género humanal,

y pérsigos a montones

¡luego fuego y... San Marzal!

Conque fíjate. Y antes:

Los monjes de estopa bella

que en llegando la candela

se acabasen de quemar...

¡Y luego fuego a su celda!

La quema de los conventos es una necesidad nacional.

–Cuando el pueblo mira quemar las iglesias, ¿en qué cree que piensa?

–El pueblo no piensa.

–Déjese de puñetas: el pueblo piensa. Es decir, fulano, más mengano, más perengano. Y si ven quemar las iglesias no les importa, porque no son suyas. Si las tuviera por tales, ahorcaría. Ellos –fulano, perengano– no tienen más que sus brazos. Las piedras no son suyas, no les llega a la entraña, no tienen nada que perder; más el placer de destruir lo ajeno.

–El desierto...

–¡Fiat Justitia, pereat mundus! No, señor cristiano: la justicia sobre el desierto no me tienta como a usted. Prefiero un poco de injusticia y vida, señor, vida. Los juristas son gentes archirreaccionarias –ya lo dijo Bebel, o Lenin– y los funcionarios también son juristas, los que tienen médula de funcionario. Habéis olvidado que Marx concedía una gran importancia a la destrucción; a la destrucción, subraya Lenin, de la maquinaria burocrática.

–A mí no me interesa ni me ha interesado nunca la política.

–No dices más que tonterías.

–¿Y qué diferencia hay entre decir tonterías y no decirlas en la situación en que estamos? Yo no voté al Frente Popular. La CNT se equivocó, con ministros y todo el jollín. Ya sé que es muy bonito eso de ser ministro. Y más bonito todavía oírle decir a uno, cuatro días antes de serlo: «Yo no seré nunca ministro», y serlo a los cuatro días. Esto es histórico:32 me lo dijo Juan López,33 aquí.

–No os las deis de más hombres que los otros –dijo Cuartero, que ya empezaba a calar a Chuliá.

–Pues lo hemos probado.

–¡Qué habéis de probar!, como no sea vuestra ignorancia.

–Hombres son los que faltan. ¡Hombres! –grita Chuliá.

–Como tú –le dice Villegas.

–Aunque lo digas en broma.

La amargura de Chuliá decanta de que no podía hacerlo todo. Si nada se le escapa, si es capaz de resolver cualquier problema: ¿por qué se lo encargan a otro? No era envidia –¿cuál podía sentir siendo tan superior?– sino rabia de no ser ubicuo.

–Y usted, además de católico, ¿qué es? –le pregunta a Cuartero.

–Los comunistas dicen que soy anarquista. Y los anarquistas aseguran que soy comunista. Así que me va a ser muy difícil vivir, a menos que deje de pensar. Que es lo que hacen muchos por aquello de que es necesario alcanzar el fin. Pero ¿qué fin? Si uno no lo ha de ver lo que importa son los medios. Y los medios de hoy no me gustan nada.

–Así que lo que usted quiere es que los ricos sigan explotando a los pobres.

–Lo que quiero ante todo es no discutir.

Intervino Valcárcel:

–Todo esto es viejo: durante la Revolución Francesa decían: Fraternidad o Muerte.

–¡Ya está bien de Revolución Francesa!

–¡Allí está todo!34

Había en Juanito Valcárcel un antagonismo fundamental entre sus ideas anarquistas –enemigo personal, como se decía, de la propiedad privada y el comercio que había heredado de sus padres– . Lo resolvió a la medida de su magín, convirtiendo la tienda de antigüedades en vulgar baratillo. Cambalacheaba con honradez, lo que hizo, en tiempos muy pasados, aumentar su clientela, a su desesperación.

–Cambias las sospechas en certezas –le decía Villegas.

El diminutivo le venía de la estatura y no de los años, que ya le asomaban en las sienes, semicalvo joven; los ojillos azules muy claros, la color azafranada y unas herpes en el pescuezo que no hubo quien curara y le obligaron a llevar –desde mozo– pañuelo, inmaculado eso sí, en vez de cuello en la camisa. Cuando arreciaba el frío, boina.

–El trueque no es comercio –aseguraba, no muy seguro de sí, queriéndose convencer–. Sin trueque no hay vida.

–No deja de ser un cambio, una permuta, una reversibilidad –le oponía Villegas para molestarle, blandamente, a su manera–. Toma y daca.

–De alguna manera hay que comer en este cochino mundo.

–Al fin y al cabo eres un materialista.

El trocador le miraba fijo:

–Eso faltaba; ¡que no lo fuera!

Valcárcel no parecía ser nadie: inconsolable, jamás le perdonó al cielo que se llevara el magín de la única auténtica prenda que tuvo. Sin contar que la niña, desde los seis años, no pudo andar; ahora, a los veinte, parece una vieja. No se mueve de su sillón, leyendo novelas rosas. Concha, balumbona, la lleva y trae de la cama a la silla de ruedas y de vuelta.

Muchas noches Juanito Valcárcel sueña que le atormentan en el torniquete. Le van apretando poco a poco. Las maderas, sobre todo las de los lados, le van estrechando, quitándole la respiración, rompiéndole lentamente las costillas, metiéndole los brazos en el cuerpo y entonces, solo entonces, empieza a sentir cómo se van acercando las partes superiores e inferiores del ataúd, cómo le van prensando la morra y los dedos de los pies y, poco a poco, va quedando hecho papilla.

–Dentro de cien años, todos calvos.

–Un poco antes –susurra Cuartero.

Oscurece, no hay luz.

–Oye, ¿te sabría mal llevarte una chica a Alicante?

–¿Otra?

–No, hombre, no. Una chica de primera.

–No lo dudo. ¿Lo sabe Pepa?

–No tiene nada que ver. Sencillamente, tiene que reunirse con su marido, y no tiene con quién irse.

–No faltaba más.

Así llegó Asunción a Alicante al amanecer del día 20.35 El viaje tuvo de todo. Tan pronto como Chuliá supo que la muchacha era comunista, empezó a despotricar:

–No debes olvidar nunca una cosa: el comunismo está basado interiormente en la policía y exteriormente en el ejército, y un policía y un general podrán ser comunistas o no, pero nunca dejarán de ser policías o generales... Nadie más que yo es testigo de lo mucho que han hecho los comunistas, pero también puedo decirte que, si no obedecen, aun en contra de su voluntad, dejan de ser: te expulsan y ya sabes lo que eso significa: te conviertes automáticamente en «enemigo del pueblo», y, ¿eso es un partido político? No, es una orden, una iglesia. Desde este punto de vista, claro, ya no hay nada que decir. Pero si lo que quieren es formar parte de un partido, dar, intercambiar, influir: no. Mandan los mandamases y sanseacabó. (Cambia de tono, consciente de sus efectos si no de su inconsecuencia.) Ahora bien: siempre el mismo problema, sin esa disciplina férrea, sin ese monolitismo, ¿cómo cambiar el mundo?

–El mundo cambia, aunque no queramos.

–Entonces hazte mahometana y espera con tranquilidad, a la puerta de tu choza, ver pasar el cadáver de tu amigo.

–Para eso habría que colgar, primero, en un árbol cualquiera, la piel del capitalismo. Y todavía está muy dura. Por lo menos aquí.

Chuliá se asombra de que haya jóvenes capaces de enfrentarse con él.

–¿Y qué has hecho estos días de la sarracina de Madrid?

–Intentar hacer lo que hago ahora: reunirme con Vicente.

–¿Dónde trabajas?

–En la radio. (Miente porque no se fía.)

(Chuliá se acuerda –¡Cómo no se ha de acordar!– del día 11 de julio de 1936; parece mentira que haga cerca de tres años... Aquel día, en Valencia, unos jóvenes fascistas se hicieron con la estación de radio, en la calle Juan de Austria, frente a El Pueblo. Aquel edificio era de los Carles, que allí tenían su casa de Banca.36 Se acuerda del speaker, después de aquel Serret, autor de un sermón para él famoso, que murió frente al micrófono, de una angina de pecho.37 ¿Qué se habrá hecho de aquel Llopis Piquer, un gachó un poco contrahecho, con una cabeza grandota –parecido al Sebastián de Morra, de Velázquez–, con su chambergo negro y sus pretensiones de poeta, que hacía recados, escribía sobres y membretes en El Pueblo? Llegó a redactar la sección de sucesos; se creía muy importante; hijo único de un bedel del Instituto –Morote, entonces director, le ayudó para que estudiara–.38 Muy calmoso el muchacho, bajo, ancho, con su cabezota y sus aficiones literarias. Recomendaba libros para leer: versos de Núñez de Arce. Modesto y bueno y su madre jorobadita, muy apañada. Vivían muy unidos; su mayor deseo: que el hijo fuera muy destacado en lo que fuera, cosa que al principio parecía que iba a cumplirse. Hacía versos, entró en El Pueblo...

A Chuliá le parece prehistoria. Lo es.

–¡Que los fascistas se han sublevado en toda España y han tomado la radio! Lo acabo de oír. Estaban reunidos en un bar, pensando ir a cenar, con su mujer y unos amigos, a la Marcelina.39 El bar era de unos muchachos republicanos, de Utiel, que habían salido de allí por sus ideas políticas. Primero habían tenido otro, en la Posada del Rincón, al lado del cine Romea,40 donde había un quiosco y una casa de transporte, esquina a la casa de la calle de Linterna donde vivía Paco Galán,41 cuyo hermano tenía un negocio de medias, con especialidad para las de toreros. ¡Qué Paco Galán aquel!, tan aficionado a los toros... Sus queriditas iban a buscarle a la tienda, se acercaban al mostrador y él les daba medias y géneros de punto. Se quería actor, recitador. Aquella peña de «Alma joven», en la casa de la Democracia, en la calle de Alfredo Calderón...42 Y ahora los fascistas. En un rincón del bar estaba Faustino Valentín, un diputado.

–Hombre, no fastidies.

Estaba con Sanchís Requena que había sido anarquista de acción antes de pasarse al grupo de los Treinta.43 Tenía influencias en la factoría de Sagunto, en los Altos Hornos.

–¿Has oído?

–No hay que hacer caso.

Insiste el que habló.

–¡Oye, que es cierto! Y gritan que se ha proclamado el Estado fascista en España.

El diputado se alzó de hombros:

–No te creas nada de eso. Estoy esperando a Martínez Barrio y no me voy a mover por una tontería.44

Chuliá, a Sanchís Requena:

–Por aquello de las dudas, ¿vienes? ¿Traes pistola?

En la calle de Juan de Austria, entre la puerta de la redacción del periódico y el patio del edificio donde estaba instalada la radio había doce o catorce personas que no se atrevían a subir.

–¿Qué demonios esperáis?

Patio de mármol, escalera empinada, gran bola dorada rematando el pasamanos. En el estudio, atado con cordeles en un sillón, el pobre de Llopis Piquer, muerto de miedo. Desatado, cuenta cómo cinco o seis jóvenes, pistola en mano, lo maniataron, obligándole a decirles cómo funcionaba la estación.

–Aquello se llenó y mi Llopis Piquer empezó a querer echar hombría. Reconocí a un tal Vicente Cantí, hijo del ingeniero jefe del Ayuntamiento, estudiante en Deusto. Me dio una idea. Yo era amigo del padre y alguna vez este me había comentado que su hijo tenía ideas raras. Lo de «ideas raras» para el bueno de don Vicente era el falangismo, que empezaba a estar de moda. Sabía que aquel y algunos de sus amigos se reunían en un bar cercano de la avenida Victoria Eugenia. Al bajar a la calle, llena ya de gente, recluté al portero de El Pueblo.

–¿Tienes una pistola? Dámela.

–Yo voy a donde vayas.

–Quédate; y dámela.

Chuliá y Sanchís Requena fueron directamente al bar. Era un bar moderno, las ocho de la noche: señoritos.

Chuliá le dijo a Sanchís Requena: –Tú en la puerta– y, a un guardia de asalto, que los siguió: –Tú en la ventana. Si no veis nada, nada: yo entro.

En el fondo, Juan Manuel Rincón; alrededor de una mesa de mármol, redonda, el hijo de Vicente Cantí, el hijo de Francisco Morote –que de comunista había pasado a ser falangista– y dos o tres más. Chuliá metió mano a la pistola:

–No os mováis, os jugáis la vida.

El hijo de Cantí: –Pero, don Alberto, ¿qué le pasa?

El hijo de Morote: –No jodas, no dispares.

–Bueno, pues entonces poneos de pie y cara a la pared.

En este momento entró el guardia, y los muchachos se acobardaron. Les sacaron dos pistolas pequeñas y en un coche los llevaron al Gobierno Civil.

Chuliá volvió al otro bar donde había dejado a su mujer, la de turno, una rubia gorda, basta, chillona aguda que empezó, en un valenciano correspondiente a su volumen, a gritarle:

–¡Hora y media esperándote! Vago de la porra, ¿no te da vergüenza? ¡Con el hambre que tengo!

Tal como habían planeado fueron a cenar a la Marcelina. Al enfilar la calle de Colón empezó a seguirles un coche. Al entrar al camino del Grao se les unió otro y al rebasarlos les dispararon sin puntería. Contestaron, al buen tuntún y decidieron no cambiar sus planes.

Quince días después, los primeros de la sublevación militar,45 Chuliá tomaba café en Negresco, un bar grande de la calle de Ribera;46 en el primer piso, algunos partidos habían organizado un retén al que solían traer sospechosos. Por la calle, Vizcaíno, un socialista grande y gordo, traía detenido a un muchacho como de veinticinco años, guapo, fino, bien vestido, descorbatado. El detenido vio a Chuliá y se le acercó:

–Oye, tú no me conoces, pero yo a ti sí. Y prefiero entregarme a ti a que me cace cualquier otro.

–Yo no le conozco, no sé quién es.

–Tal vez te baste saber que yo fui quien disparó contra ti en el camino del Grao.

–Es una buena recomendación.

–No puedo andar escondido, porque no es cosa de hombres. Ni puedo liarme a tiros con vosotros, porque sería inútil. Toma mi pistola, te la has ganado porque con ella disparé contra ti, y contra ti también, Martincho, que tú también ibas en el coche.

En eso se equivocaba. Le subieron al primer piso. Vizcaíno quiso interrogarlo. Chuliá se opuso:

–Mira, ese no te dirá nada. Lo único que hay que hacer es llevarlo al Gobierno Civil.

–Si hubiéramos ganado –dijo el detenido a Chuliá– hubieras caído de los primeros. Y tú también –por Martincho– aunque creíamos que solo eras aficionado a los toros.

Y a Vizcaíno:

–Ni te digo cómo me llamo, ni dónde vivo, ni cómo me llaman, ni quiénes son amigos. Porque teniéndome que matar como me vais a matar, tú dirás: ¿qué adelanto con una traición?; cosa que, además, no haría nunca. Y, aunque no venga a propósito, ¿vosotros habéis comido hoy? Porque yo no he probado nada. ¿Me podéis dar un café?

–Hombre –dijo Chuliá–, no solamente un café. Un café y una cena.

–¡Coño, no jodas! –protestó Vizcaíno.

–Déjale, que cene. Yo pago. ¿Dónde quieres cenar? ¿Aquí?, ¿o abajo?

–Pues hombre, abajo.

Se sentaron a cenar en una mesa que daba a la calle. Martincho, Vizcaíno, Chuliá y el detenido. Les rodeaban muchos. Cenaron tranquilamente hablando de cosas baladíes: que se había echado a perder la feria. ¿Qué harían con los toros?

A las once, el detenido se encaró con Vizcaíno:

–Mira, oye, tú, que se ve que eres el encargado de estas cosas: ¿cuándo quieres que vayamos hacia el Saler?

Vizcaíno se puso nervioso.

–¿Qué prisa tienes? –le preguntó Chuliá.

–Lo mismo me da. Primero tengo interés con este, porque parece un hombre feroz... (Y a Chuliá) ¿Tú no vienes?

–Yo, no hombre.

–Pues, Chuliá, hasta más ver: perderéis al final.

Subieron en un coche, seis.

–En Madrid me encontré un día con Vizcaíno y me dijo: aún llevo detrás al tipo aquel. Jamás he visto un tío más echao p’alante ni quien se burlara ni nos insultara más. Hizo parar el coche, nos ordenó bajar y encendiendo un cigarrillo, con un encendedor que tiró, me cogió por las solapas y me dijo: –Ya puedes disparar. Te aseguro que, después, nos fuimos sin volver la cara.

–Esos son los valientes que a mí me gustan.

–Ahí es donde te equivocas –le dijo Uliberri–. Los más valientes, en el concepto que tienes de la valentía, son los que más pronto cantan.

El valenciano se subió por el mástil de la indignación:

–¡Tú qué sabes! La valentía es la valentía y cuando un tío es echao p’alante, ya pueden darle.

–Mira, hablo porque sé –dijo Uliberri que había visto muchas cosas–. A los valientes como los que dices no les da un comino la vida. Ni la suya ni la de los demás. Cuando se ven cogidos lo único que les importa es acabar cuanto antes: morirse y que no les hagan demasiado daño. Su valentía –la de estos tipos– es muy personal. Les tienen sin cuidado los demás. Acabados ellos, puede hundirse el mundo. Y cantan.

–¡Tú qué sabes!

–Porque lo sé lo digo. Los que no sueltan prenda, bueno, no se puede ser tan afirmativo, que los hay de una manera y de otra... Siempre te llevas sorpresas. Los que no dicen nada, en general, son los que tienen ideas. Callan porque saben. No digo yo que sepan más que los demás de la organización o de las organizaciones acerca de las que se les puede interrogar; no: saben por qué luchan, están preparados. Estudian para sufrir.

–¿Así que tú crees que los sabios son los que más resisten? ¡Vamos!

–Todos tienen miedo, la cuestión es aguantárselo. Todos se cagan en los pantalones, la cuestión es que no les importe. Yo sé precisamente de un falangista, de esos valientes de los que te gustan, que se chivó precisamente por eso: por haberse cagado de miedo. Se lo dijo a otro en la celda, que se lo echaba en cara: –¡Pero cómo quieres que no dijera lo que sabía si me había cagado en los pantalones! Eso le rebajaba a sus propios ojos, no podía llegar más bajo. Entonces, que acabaran con él, que se hundiera el mundo. Eso de morir gritando: ¡Viva la República!, es más fácil de lo que crees. Lo difícil es que le arranquen a uno las uñas de las manos o de los pies y no abrir boca.

Hizo una pausa:

–Y lo peor es que digan que has hablado cuando no lo has hecho.

–Cuenta.

–No.

Uliberri era un gran tipo; vino a policía por casualidad y carencia de Julio Godínez que, nombrado de la noche a la mañana, sin que le abonara más que la amistad del ministro, gobernador de Murcia, lo necesitó.47 A Godínez le importaba la publicidad y los aplausos.

–Yo, soy yo.

Se relamía los intestinos. Cosquillas:

–Señor Gobernador... Llamó a Uliberri para que le organizara manifestaciones de simpatía. Lo hizo tan bien que lo llamaron de Madrid para otros menesteres.

–Aunque no te lo creas, se establece una especie de amistad entre el interrogador y el interrogado.

–La tortura es una expresión de amor...

–Sí, aunque lo digas con mala uva: una expresión.

–Hay otras.

–Y otros que no conocen otras. Generalmente acaban siempre con la muerte.

–Del mal. Del adversario.

–Es una amistad.

–Que nunca se dice. Yo soy tu amigo –dice el comisario al prisionero– y miente. Pero hay algo más sutil. El comisario –no el policía que le aniquila a golpes–, el juez, con la aureola de la legalidad, de la justicia, es el primero con quien el prisionero habla de verdad, el primero con quien se abre de palabra, el primero con quien ve la luz. Y eso cuenta como no tienes idea. Muchos se dejan engañar, por las buenas, sabiendo que los engañan. Pero es un descanso.

Uliberri, ¡qué tipo!, aparte de lo de Ibiza, ¡cuántas cosas sabía! Tantas, que nadie supo nunca lo que pensaba ni lo que fue. Desapareció. Era alto, delgado, de León o de Zamora, a pesar de su apellido vasco. Parecía que lo único que le importaba era no dejar rastro. Lo consiguió. ¿Qué se habrá hecho?, se pregunta Chuliá, arrellanándose.

Asunción se había dormido. Entreabrió los ojos al pasar por Gandía.48

Llegaron a Alicante a las diez y media. El cielo seguía gris («En Alicante hace mejor tiempo que en Valencia, siempre»).49 Las nubes bajas, el mar plomizo. La carretera, si no atestada de coches en movimiento, era difícil de sortear por algunos abandonados en las cunetas; los unos volcados, otros por lo menos con una portezuela sin cerrar («Con la boca abierta»). El humo de unos barcos a lo lejos.

–¿Dónde te dejamos?

–En cualquier parte.

–¿Conoces Alicante?

–No.

–¿Dónde quieres ir?

–No lo sé.

–¿A quién buscas?

Contesta, sorprendida:

–A Vicente.

No habían cambiado palabra desde Gandía como no fuese por hablar de la hora, la distancia, el tiempo. ¿Por qué había de saber que...? Vicente, ¿qué otra razón la podía mover? ¿A qué santo iría en estas condiciones, de Valencia a Alicante, como no fuese para reunirse con Vicente?

Chuliá preguntó:

–¿Cómo sabes que está aquí?

–Me mandó recado.

El Paseo de los Mártires, hecho polvo. Los baños, hechos polvo; las palmeras, grises de polvo. Gentes desarrapadas, sin afeitar. Todo barbado. La llovizna. Tristeza repartida lo mismo en la tierra que en el cielo. Las mujeres, los hombres, culones, de aquí para allá. Ruido de aviones. La gente corre a los refugios: ni mucho ni mucha.

–¿Dónde te dejo?

–No lo sé.

–Prueba aquí, en el Ayuntamiento. Tal vez Domínguez sepa…

–¿Qué es?

–Responsable de la organización.

–¿De la organización de qué? –pregunta uno de la escolta con sorna. Chuliá no se sintió aludido. Apretujados, sin protesta, llegaban al término del viaje.

–Tout le monde descend –dijo el valenciano. –¿Vas a Air France?50

–Sí. ¿Y tú?

El armado se encogió de hombros. Chuliá le molestaba, por el aliento, que había tenido que soportar, aunque fuese de lado desde que salieron de Valencia.

–¿Nos dejas el coche?

–Os lo regalo.

El gesto, olímpico.

IV

21 de marzo 1

Deslumbra el día. Blanca la casa, como todas las que se alcanzan a ver, y eso que, con la guerra, el jaharrado deja que desear. Está en un alto, las demás en las laderas cercanas. Son casas de veraneantes, en las afueras del pueblo, que tiene gran predicamento en Valencia por la pureza de su aire, enemigo declarado de la tuberculosis, ese fantasma que de madrugada y a cualquier golpe de tos asusta a las madres. Grande la puerta, la escalera que lleva a ella, de dos tramos, cobija una ventana baja que da luz al sótano. Dos ventanas arriba –otra con balcón encima de la puerta– que corresponden a las del piso bajo. Delante, un jardín, escaso de tamaño –dos cipreses, unas adelfas de hojas oscuras–, descuidado; detrás, un corral y una huerta pequeña; luego el barranco, poco profundo, en suave declive, lleno de hierbas aromáticas y pedruscos, con seis olivos y muchas higueras, como si de aquel suelo solo pudieran salir troncos retorcidos.

La carretera, ni ancha ni buena, ni siquiera lo es de verdad, porque no lleva, hacia la derecha, a ninguna parte; ahí acaba. Por el otro lado, baja al pueblo.

Todo huele, ligera pero continuamente, a tomillo, romero, mejorana, cantueso; olor de laderas. Luego, pinos –cuya emanación se mezcla con la de las matas–. Este mes de marzo, como casi todos, ha sido muy variable: ha llovido –charcos y barro–, pero también ha lucido el sol, levantando más los olores. Náquera dio siempre, en medio de la guerra, una gran sensación de paz que, ahora, entre la paz y la guerra, se ha convertido en un oscuro sentimiento de inquietud.

A lo lejos, algunos naranjos sienten asomarse sus primeros botones de azahar; los algarrobos y sobre todo las higueras se preparan para dar lo suyo como en ninguna parte. Ya hay flores que crecen –en marzo– en lo inculto: campanillas rayadas, malvavisco, jaras; otras que parecen brezo y dicen que no es, llantenes, tréboles, verónicas, matas de lentiscos, duros palmitos, espejos y peines de Venus. Más allá, la pinada de Serra.

La tierra, cuando se la abre, es roja con mil pálidos cantos rodados. También hay mármol negro que asoma de cuando en cuando sus archipiélagos limados por centenares de años.2

El ancho corredor desemboca en el corral; para llegar a él hay que bajar seis escalones. A la derecha está la sala; a la izquierda, el comedor; a su lado, la amplia cocina con sus baldosas rojas, oscuras; el zócalo es de azulejos, blancos, amarillos, azules –del cercano Manises–; algunos baldosines del pavimento están rotos, descubren un polvo grasiento; pocos trebejos: un par de cacerolas, un cazo, algunas vasijas de barro, brillantes; media docena de vasos desaparejados; unos platos; en la escurridera, una jofaina; los grifos, sucios. Todo da sensación de abandono. Una mesa de madera de pino tiene manchas oscuras; un banco, a lo largo de la mesa, adosado a la pared. Enfrente, tres sillas, con asiento y respaldo de esparto; la tomiza, gastada, sucia de tiempo.

En lo que fuera comedor, quedan dos retratos de los dueños de la casa, o de sus padres, cuando se casaron, hace muchos años; él, con bigote y barba; ella, con moño alto y mangas de jamón; la cintura muy encorsetada, estrechísima. Los marcos son de ébano, anchos y sencillos. En medio, una mesa hecha de un tablero y unos burros improvisados. En otra pared, una vieja litografía de Los fusilamientos del dos de mayo, de Goya,3 con anchos bordes amarillentos, encuadrada de media caña negra.

–Sí, es mucho más fácil vivir durante la guerra; porque uno –miles– saben lo que quieren. Despiertas y te duermes con un interés (aunque solo sea el del parte oficial). Todo tiene otro color y las horas un sentido. Antes, ¿qué eras tú? Cualquier cosa, perdona o no perdona. ¿La Universidad? ¿Y qué? No. Un fin, y tampoco un fin remoto, ni la salvación del alma. Ahora algo se juega por ti, cada día en que andas metido, algo que te empuja, que te levanta: la posibilidad de perder, ¿comprendes? Ahí está el quid. Te has metido en algo y puedes despeñarte en la pérdida. Todo el gusto del juego está en la ruina, en la amenaza. Si hubiésemos tenido la certeza de ganar, entiéndeme, la certeza absoluta de ganar, ¿qué ganaríamos? Nada. Y de perdidos, al río. Uno se muere, y ya. Los políticos no pueden pensar así, ni los generales en jefe, supongo; aunque un general en jefe que pensara así sería algo serio. ¿Qué hacías tú cuando no había guerra? Ni siquiera te acuerdas. Era el limbo. Si ganamos, seguirá la guerra. Y si perdemos, también. Por lo menos así lo pensamos y eso nos empuja y mantiene. ¿O no? Esto es vivir, lo otro era vegetar. A menos de tomar la paz como la guerra. Y el amor. La santa paz del matrimonio. ¡Al demonio! ¿Qué se gana con eso? Quedan las queridas, pero son recursos idiotas porque los casados que tienen queridas, dos veces casados; y los que tienen una querida, como si estuviesen casados. ¿Tú no estás enamorado?

–Sí –le contesta Rafael Saavedra.

–¿Novia?

No contesta, se le contraen los rasgos de su cara niña.

–¿Pero te la has tirado?

–No –responde con rencor, y no solo porque Templado es de mediana edad.

–¿Cuántos años tienes?

–Veinte. Veintiuno –rectifica.

–Claro.

–¿Por qué claro?

–No sé. Supongo que muchos de tu edad creen haber vivido más que tú. La guerra da mujeres y las mujeres son la edad del hombre.

Rafael calla, le duele horriblemente lo que le dice aquel hombre. Tal vez es verdad; pero para él, no, y tenía a Alicia, sobre todo sus ojos, continuamente presentes, a todas horas; sus ojos azules estriados de verde. Además, aquel hombre mentía. Mentía a sabiendas (a sabiendas de él, Rafael). Porque, ¿dónde estaban todas esas mujeres?: ni siquiera las había visto desde que llegó al frente. Eso sería en las ciudades. Pero tampoco. Cuenca no es Madrid ni Barcelona, pero sí una ciudad bastante grande y a él, ¿qué mujeres se le habían ofrecido? Posiblemente en las capitales, pero debían de ser mujeres de la calle. Y se había jurado no acostarse nunca con una de esas. Le da asco. Pensar que otro hombre la abrazaría después que él...

–¿Qué estudiabas?

–Derecho.

–¿Qué te falta o te faltaba?

–Dos años.

–¿Y tienes ganas de acabar la carrera?

Ve que se lo pregunta en guasa; no contesta. Tiene la orden, como todos, del general Menéndez, de no moverse. Va y viene porque buscan a los comunistas para meterlos en la cárcel. ¿Quién sabe que lo es? Ni siquiera aparenta su edad. El gobierno de Negrín ha desaparecido. El general Miaja manda ahora en Madrid, a las órdenes del coronel Casado.4

–¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado en Madrid?

–¿Usted lo sabe?

–Hasta cierto punto, como se sabe todo.

–¿Y qué?

–Nada; que ganaron los moros, porque eran más.

Julián Templado no tiene ganas de contarle nada a aquel chiquilicuatre. Llegado a Valencia, de Madrid, hace cuatro días,5 ha venido a Náquera porque es amigo de Federico de la Iglesia6 y allí no puede pasarle nada ni faltará condumio.

Evacuados los heridos del contraataque del 9 de marzo, en Rosales, fue González el que le dijo que se fuera.

–Esto no tiene solución.

–¿Y dónde voy?

–Vete a Cuenca, habla con Monzón, el gobernador. (Si es que lo sigue siendo, piensa.) Un tipo estupendo.

No sabe el jefe de la VII división que Monzón ya está en Orán, camino de Marsella, acompañando a Pasionaria, siguiendo los consejos de Ercoli.7

Cuando Templado llegó a Cuenca encontró la ciudad en manos de los casadistas y, en medio de un barullo espantoso, ya algunos fascistas por la calle. La provincia siempre había sido reaccionaria y durante la guerra pueblos serranos enteros se pasaron al enemigo. Hasta que el gobernador, comunista, le puso término provocándoles a irse, facilitándoles camiones, que los llevaron a las cárceles de Valencia. Ahora los «nacionales» van y vienen por la ciudad, muy quitados de la pena, susurrando:

–Es cuestión de horas.

Lo fue de días. Ahora Templado habla con ese jovenzuelo. Desde la galería posterior de la casa mira el esplendor del paisaje, a la medida del hombre. Montañas, cerros, colinas que no pasan de lo fácilmente escalable y el color malva de todos los matices en la tarde todavía en carne viva. Allí Serra, allí Portaceli (¿dónde los cartujos de antaño? –piensa el médico cojuelo), larga sierra mediana, suave; hacia abajo la huerta, más allá de Bétera. (¿Qué sabe la naturaleza de la Historia? Mañana –o pasado– mandarán aquí los fascistas; las líneas ligeramente quebradas del horizonte, los colores, serán idénticos, Perogrullo de mi corazón.) ¿Cómo de ello saca quietud? No lo sabe; así es.

Rodales de pinos por las cumbres, allá atrás serpentea la carretera de Teruel. Higueras, algarrobos, vides, olivos, tierras labrantías en las hoyadas. El bosque de pinos de Portaceli. El olor. Los olores seguirán siendo los mismos, más el suyo, carcavinando.8

Sentados en el poyo, de espaldas a la maravilla del atardecer, con su fusil ametrallador en las rodillas, un centinela y un comisario lían medio cigarrillo cada uno hablando sin tapujos de lo que preocupa a todos.

–¿Qué crees tú que va a pasar?

–La recaraba.

–¿Qué vamos a hacer?

–Ya nos lo dirán.

–Tú, claro...

–Yo, claro...

–No te contesto, de tan idiota: los comunistas tenemos una sola línea, un solo fin, una sola voluntad y como se trata de una línea científica, no nos equivocamos nunca; eso es lo que no podéis comprender, por lo que se mueren todos de envidia. La URSS dirige el mundo hacia un camino nuevo...

–Y Stalin es su profeta.

–Aunque te rías.

–No me río.

Quintín es de espíritu simple y el comunismo le basta para dormir tranquilo. Fue estuquista. Ahora es comisario. Está lejos de su mujer, que se quedó en Zaragoza. Es feliz. Las noticias son malas, pero no le hacen mella; son cosas de afuera. Seguro de sí, todo es cuestión de tiempo. No pueden perder. A tipos como este Valentín Mijares que, además de viejo, puede tener cerca de cincuenta años y es socialista, lo mejor: no hacerles caso, aunque agoreen:

–Ya verás cómo nos dejan en la estacada.

En el comedor, Ignacio Mantecón, Comisario general del Ejército de Levante,9 que no ha tomado posesión, y el Estado Mayor que queda: Federico de la Iglesia, Paco Ciutat, Fernando Errandonea,10 tras comer miran el cromo de Los fusilamientos del dos de mayo y escogen posturas para cuando les toque:11

–Yo, como el de la esquina.

–Pues el del medio tiene cierta dignidad.

–Yo, como este.

No dudan de lo que les espera.

Suena el teléfono.

–¿Qué?

–Por «Perros comunistas».12

Mantecón cuelga el auricular.

–En el Palmar han aparecido dos cadáveres de compañeros vuestros (Mantecón es de Izquierda Republicana) con unos cartelones: «Por perros comunistas».

–Vamos a ver a Menéndez.

–¡Qué a Menéndez! A los de la CNT, directamente.13

–Tú –le dice Errandonea a Mantecón–, te quedas aquí, quieto.

–¿Yo? ¡Vamos!

–Órdenes terminantes del general.

–Sí. Pero si te coge en Valencia...

–Lo mismo que a vosotros. Nada, hombre, nada. Ya no están las cosas para nada. Se asoma Templado:14

–¿Qué pasa?

–Nos vamos a Valencia a arreglar un asunto. ¿Vienes?

–¿Vais a volver?

–Claro que sí.

–¿Entonces para qué me voy a molestar? No me gusta Valencia y Clemencia ha preparado arroz de conejo...

No tiene ganas de moverse. Que caiga la noche, a cenar y a dormir. Dormir: «Proletarios del sueño, uníos.» Mucho mejor que: «Proletarios de todos los sueños uníos.» Náquera o el baño del mundo el día de la creación. Silencio. No hay aviones ni bombardeos ni heridos que curar. (¿Quién sabe que es médico? Amigo de Mantecón, de la Iglesia y ya.) Todo se ha perdido, hasta el honor, que Casado echó por la borda.15 ¿Qué le importa a él ya nada? Manuela se quedó en Madrid.16 Ni siquiera le dijo adiós. ¿Para qué? Queda la posibilidad del exilio o de pasar desapercibido, en cualquier lugar; al fin y al cabo nadie sabe quién es ni ha hecho nada, ni piensa hacerlo. Además, le tiene sin cuidado. Lo que le importa es cenar, dormir y no despertar.

Van camino de Valencia, conduce Federico de la Iglesia, al lado de Mantecón, uno de escolta, con una subametralladora; detrás Ciutat y Errandonea y otro ayudante, con un máuser.

–«Perros comunistas» –dice Mantecón–. Me acuerdo de un anarquista. ¿Cómo se llamaba? No me acuerdo. De Caspe. Lo habían juzgado en Zaragoza –debía de ser por el 25 o el 26–, tampoco me acuerdo por qué: un atentado, un asalto. Tanto da. El fiscal, en su acusación, se ensañó como de costumbre y de «perro comunista» no le bajó. El 18 de Julio del 36 estaba mi hombre en una cárcel de Barcelona. Lo soltaron, como es natural, y fijaos lo que es la casualidad, se entera que aquel fiscal estaba veraneando en Salou. –Este me lo dejáis por mi cuenta. Tardó lo que os cuento en ir por él y se lo trajo a su casa, en Caspe, y lo metió en una perrera. Allí le tuvo cerca de un año, encorvado, sin poder levantarse ni sentarse; le llevaba su comida y el agua y le obligaba a comer y a beber a cuatro patas, como un perro. Hasta que me enteré. El pobre hombre no se podía ni desdoblar.

–¿Qué hiciste con él?

–Lo juzgaron, le condenaron a muerte. Pero como hace más de un año que no se cumple ninguna sentencia, por ahí andará.

–Todo son perrerías... ¿Y tu anarquista?

Mantecón se alza de hombros.

Entran en los arrabales de la ciudad, más concurridos que nunca. Afluye gente de todas partes. Muchos que dejaron de ser soldados por propia decisión han abandonado los arreos, arrancándose los galones –si los tuvieron–, abandonando armas, pero no cierto aire vacilante de quien no sabe andar solo.

–Y que hayan sido capaces de asegurar que esos nombramientos de Negrín que, según dicen, armaron todo el jaleo de Casado y compañía,17 eran para jugar a ser numantinos... ¡Me cachis en la mar! ¡Cuando lo que quería era controlar las costas y los puertos para que se salvara la mayor cantidad posible de gente...!

–Todo dependerá de cómo se escriba la historia.18

–Que lo hagan como les dé la gana: por de pronto a nosotros...

Entran en el local de la CNT. Habla Mantecón sin dejarles abrir boca:

–Si continúa esto, ya sabéis de lo que estoy hablando, nos venimos para acá con un regimiento de tanques. Vosotros escogéis.

–Nosotros...

–Vosotros, ya lo sé. Punto y basta, y a hacer gárgaras.

Los anarquistas saben que el Ejército de Levante sigue, en parte, a las órdenes de los presentes.

–Y ahora a Capitanía –dice Errandonea.

Para allá fueron.

El general Aranguren, Gobernador Militar de la plaza, les recibió en seguida a pesar de su pierna imposibilitada y su salud deshecha.

–Mi general, en la cárcel hay muchos comunistas, entre ellos el diputado Uribes.19 ¿Piensa entregarlos a Franco?

El general Aranguren les dice que no, toma el teléfono que está al alcance de su mano y da, por de pronto, la orden de soltar a Uribes.

–¿Usted cree, mi general...?

–Yo no creo nada.

Entra el general Menéndez. Mira a los presentes, se fija en Mantecón; no hace comentario. Paco Ciutat repite la pregunta, refiriéndose no solo a los detenidos en Valencia sino a los treinta que la junta ha enviado de Madrid. Menéndez, alto y fuerte, contesta:

–Enterado.

Errandonea inquiere:

–Y puestos a hablar de prisioneros, ¿qué hacemos con los de ellos que tenemos en un campo, cerca de Náquera?

–Cuando entren en Madrid, los sueltan.

–¿Y nosotros?

–Ustedes sabrán.

–¿Y usted, general?

Menéndez contesta con otra pregunta, seca:

–¿Algo más?20

–A sus órdenes.

–No nos queda más remedio que ser hombres –dice Mantecón, de vuelta hacia Náquera–. Es una lástima, porque quisiera ser mosca. Y no se va uno a suicidar. Si me echo a pensar que lo que pienso no llega más allá de mis narices, que lo demás no hay manera de conocerlo, me entran ganas de vomitar.

–Nadie te lo impide.21

–¿Por qué te hiciste comunista? –indaga Templado–. No me contestes. No lo sabes. Porque sí, porque era lo más, porque lo ibas a dar todo. ¿No?

Rafael Saavedra no contesta, impresionado porque uno mayor se interese por él.

–¿De dónde eres?

–De Segovia.

–¿Te cogió la rebelión en Madrid?

–En Valencia, por la feria.

–¿Y cómo has venido a parar aquí?

–A ver al coronel Iglesias.

–Te has equivocado de camino.

–No lo entiendo.

–Donde debes de ir es a Segovia.

–¿Habla en serio?

–¡Hombre! ¿Qué tenías al empezar la guerra, dieciséis, diecisiete años? ¿Qué sabes de tu familia?

–Nada. Ni quiero.

–¿Carcas?

El muchacho calla.

–Mira, hijo, hay que saber perder y dejar las cosas para mejor ocasión. Quítate ese uniforme, métete en Madrid. Alza el brazo, tan pronto como entren.

–No soy capaz.

–Allá tú. Y vete a Segovia. Y cuenta que a última hora te movilizaron. Pero que tú estabas con ellos.

–¿Me está hablando en serio?

–Como si fuese tu padre. ¿Tu novia?

–Se quedó en Madrid –dice con la voz más apagada.

–Será de buena familia.

–Era.

Julián Templado mira al muchacho, que tiembla.

–Perdona. Pero hazme caso. ¿Un bombardeo?

–Se le cayó la casa encima.

Un guerrillero, naranjero en ristre, llega, con Vicente Dalmases. Templado le mira. El soldado pregunta:

–¿Le conoces?

–Creo que sí. ¿De qué te conozco?

–De Madrid.22

–¿Cómo te llamas?

–Vicente Dalmases.

–Eras amigo de Carlos Riquelme, ¿no?

–Sí.23

–Está bien –dice Templado al centinela–. ¿Cuándo le viste por última vez?

–Hace cuatro o cinco días.24

–¿Qué pensaba hacer?

–Quedarse. No va a abandonar el hospital.

–Lo que va a abandonar es otra cosa.25

–Es así.

Vicente se fija en Rafael:

–Hola.

Templado pregunta:

–¿Os conocéis?

–Sí.

–Le estoy aconsejando que regrese a Madrid y luego a su pueblo. ¿No te parece lo mejor?

–No lo sé.

La misma inseguridad.

–¿Tú qué piensas hacer?

–Si se puede, ir a Valencia.

–Puedes. Allí la cosa está relativamente tranquila, todavía.

–¿No han metido a los comunistas en la cárcel?

–A algunos. Se han contentado con destituirlos.

–Entonces, para allá voy.

–¿No quieres comer algo?

–Sí.

–Entra. ¿Conoces a Ferrís?26

–Claro.

–Aquí vive con su compañera.

Señala la casa. Vicente se queda estupefacto.

–Con tu permiso.

Entra, da con Clemencia.

–¿Conoces a Asunción Meliá?

–Sí.

Sale Ferrís, de los adentros.

–Hola. ¿Qué haces por aquí?

–¿Qué sabes de Asunción?

–Nada. Trabajaba en las Milicias de la Cultura, hasta la sublevación de Casado; y en el periódico, con Bolea;27 y creo que en un refugio o algo así.

–Eso ya lo sé. ¿Dónde está?

–No lo sé, no lo sabemos –dice Clemencia–. Supongo que sigue en Valencia.28

–¿Allí no ha pasado nada? –repite, incrédulo.

–Comparable con lo de Madrid, no. Se han contentado con echarnos y echarles mano a quienes han podido.

–¿Así que no sabéis nada?

–¿De Asunción? Habrá hecho como los demás; esconderse y andar de aquí para allá, por si acaso.

–¿Así que se puede andar por Valencia?

–Con cierto cuidado.

–Pero no con los pies como los traes –dice Clemencia–. Espérate.

Trae agua caliente, la pone en una jofaina.

–Anda, esto te descansará. No te puedes ir a estas horas a Valencia. ¡Mira cómo traes los pies! Le ayuda a descalzarse el derecho.

–¿No hay coche?

–Los caminos están cortados por barricadas en las entradas de los pueblos, los guardias de asalto o los carabineros te piden documentación. De día, todavía, por el uniforme, puedes pasar sin demasiadas dificultades. Pero, a estas horas de la noche, unos u otros, sin ganas de hacer daño, por fastidiar, son capaces de meterte en chirona. No por nada; por ver, por molestar.

Clemencia no es parca en palabras. Algunos la llaman El Molinillo, por aquello de que no para.

–¿Qué más te da hoy que mañana? Pon que llegas ahora a pie, o en bicicleta, a Bétera. ¿Y qué? Trenes no hay más que de cuando en cuando. Autobuses, si los he visto no me acuerdo. Los del Estado Mayor tienen coches, pero no los sueltan ni pa’ Dios.

–Y hacen bien.

–Nadie te dice lo contrario.

–¿Sabes manejar un tanque? Porque, para que veas, eso sí, a lo mejor te lo regalan.

–Espérate a mañana –aconseja Ferrís–. Total, ¿qué te cuesta? De comer hay, y cama. Comer, dormir. Lo demás vendría solo.

–Pon los pies en alto.

Paco Ferrís, Valencia, Asunción, la lechería de la calle de Lauria, la Escuela de Comercio. Como si fuese ayer. Paco Ferrís, siempre el mismo. ¿Cómo es posible que haya cambiado tanto? La guerra. No, no es como si fuese ayer. Nada es como si fuese ayer. Ayer, por el monte; ahora, aquí. ¿Y Asunción? Su puerto. A pesar de lo que dicen, tiene que marcharse.

Después de cenar no puede moverse, lleva muchas leguas en el cuerpo. No que tenga sueño; es que, auténticamente, no puede con su alma.

–Espérate a mañana. Si no, eres capaz de llegar al Puente de Madera y no poder cruzarlo.

–¿Cómo fue lo de Madrid? –pregunta Clemencia.

Vicente se alza de hombros.

–¿Muchos muertos?

–No lo sé. Hablaron de cuatro mil.29

–Ninguna dictadura puede sobrevivir sin violencia.

–Por eso no estoy, no estuve ni estaré con vosotros –dice Paco.

(¿Qué quiere decir? Está aquí, con nosotros. ¿No ingresó en el Partido?)

–¿Crees que odio menos que tú esos procedimientos?

–¿Entonces?

–La violencia, es decir, la policía, la delación, las cárceles. El tiro de gracia. Ahora bien, mientras la política sea lo que es hoy –la de ayer, la que será todavía desgraciadamente mañana– antes que la policía, la delación, las cárceles, los tiros de gracia del enemigo, preferiré siempre los nuestros.

–¿Así, siempre? ¿Hasta la conclusión de los siglos?

–No la habrá. Así hasta que se implante el comunismo en el mundo entero. Hasta que desaparezca el Estado –asegura la mujer tan contundente como corpulenta.

–Si tan largo me lo fías... –chunguea Ferrís.

–¿Entonces? –se rebela Clemencia.

–Entonces, vamos a cenar –dice Templado, entrando.

–Por eso –sigue Ferrís, sin hacerle caso– no he ingresado ni ingresaré nunca en el Partido.

–De esa agua no beberé...

–Ni ingresaré nunca –insiste– porque no sabéis lo que es la amistad.

Vicente cambia palabra por mirada; para él es lo contrario.

–No te hagas de nuevas, hermano. Muchas bromas y confianzas, muchos abrazos y palmadas en los hombros, mucho cantar y comer juntos mientras estáis de acuerdo, mientras obedecéis, mientras os dejáis llevar por la corriente. Pero en el momento en el que –por lo que sea y el que sea– muestras tu inconformidad con la «línea siempre justa del partido», se acabó todo; hace fin y termina. ¿Qué se ha hecho de aquellos abrazos? ¿Dónde aquellas palmadas? ¿Cómo se eclipsó aquel vino tomado en común? Cortan, salen, te dejan solo.30

–¿No es normal?

–Para ti, tal vez: para mí, monstruoso. Ten en cuenta que no hablo de gentes solo reunidas al azar de un comité, una tenida, una célula, una reunión, sino de amigos. De amigos verdaderos, de toda la vida, es decir, de toda la juventud. Este sentir inhumano me aparta de vosotros. Y no me lo niegues; lo he visto.

Ninguno ve el rostro desencajado de la mujer.

–No te lo niego.

–¿Y no te parece mal?

–No.

–Entonces, ¿qué es ser hombre? Si las ideas pueden más que la amistad, yo renuncio.

Vicente mira a Paco Ferrís sin querer adivinar lo que le lleva a esos extremos.

–Prefiero a los anarquistas. Los he visto perdonar asesinatos, robos, estafas, deserciones por el solo hecho de pertenecer a un grupo.

–Pues no hay más que escoger.

–Sí lo hay: aceptar las inconformidades, los cambios, los titubeos, los vaivenes, el volver atrás, las dudas.

–¿Quién no las tiene? –dice Templado.

–Pero las calláis.

–No.

–Olvidaba que eres perito mercantil.

Lo dijo con ganas de herir. Lo consiguió:

–Tienes razón.

Vicente deja pasar unos segundos para preguntarle:

–¿A esto llamas amistad?

–Nunca estuvo reñida con la mala leche. Y, a propósito, lee lo último que escribí para Adelante31 y que no llegó a publicarse.

–¿Por qué?

–Porque lo escribí el 5 y el 6 ya no salió el periódico.32 Te advierto que no hay una línea que no suscriba de verdad.

–Entonces, ¿por qué no firmabas con tu nombre y apellido?

–Los guardo para otras cosas.

–¿Hiciste alguna estos años?

–Notas, apuntes. Tal vez algún día te los enseñe. Pero para que veas que todavía sé escribir, lee esto.

–¿Pero viene o no viene esta cena? –clama Templado.

–Un momento –pide Clemencia.

Se mete a la cocina para dejar que Vicente tenga tiempo de leer el texto de Paco. Sabe lo que le importa a su amante.

Dicen: «la historia le juzgará», como si nosotros no fuésemos historia o el futuro valiese más que el pasado o el presente. Alguien me ha contado alguna vez aquella madrugada bilbaína en que dijo: «De no despertarme mañana Presidente del Consejo, no me interesa nada.» En aquella época, era una fantasía de la imaginación. Algunos años después pudo serlo y se negó. ¿Por comodidad, rehuir de responsabilidades, inseguridad en sí mismo?

Como tantos, creció, se hizo y acostumbró en la oposición. Orador, prefirió atacar el poder a defenderlo; hombre de partido, pocas veces gozó de la mayoría de los votos de sus correligionarios y, si los tuvo, buscó triquiñuelas para no coincidir con sus compañeros de directiva; jamás se entendió con Largo Caballero ni con Besteiro, amigo de soluciones personales buenas para él con tal de que no fueran compartidas por otros que podían ofrecerlas distintas.

Opositor por nacimiento, periodista por gusto de llevar la contraria, moviéndose como anguila en barro entre chismes, dimes y diretes, llevando sus simpatías y diferencias a categoría superior, dándoles una importancia que no tenían, hinchaba perros, él, tan obeso. Con visión clara de la realidad nunca procuró enfrentarse decididamente a ella más que palabreando. Gracioso, ocurrente, de inteligencia aguda, perspicaz, honrado hasta donde puede serlo un político profesional, amigo de los entresijos del poder, que le sorbía el seso, de gran memoria como lo son indefectiblemente todos los que andan en eso y aficionados de verdad a la cosa pública; mangoneó durante más tiempo que nadie la política española republicana.

–¿Qué dirá Prieto?

–¿Qué hará Prieto?

No se hacía nada sin Prieto y Prieto no hacía ni dejaba hacer. ¿Con tal de molestar? No, sencillamente porque no se hacía o dejaba de hacer lo que él no quería –o quería de otra manera– llevar a cabo. Siempre dijo que no, príncipe de distingos.

Para toda una vida dedicada a la política, los nuevos ministerios de Madrid, el proyecto de unión de las estaciones de ferrocarril, más parecen obra de alcalde que de ministro.

Su influencia fue personal –extraordinariamente simpático, ocurrente–; su fuerza, la palabra –oral y escrita–; en ella quedó, buena para el escritor que no fue, mala para un político. Sus inquinas de campanario, sus previsiones justas –todas resonantes– le impidieron tener un norte al que se sacrificara; sus odios personales, enardecidos por su agudeza, le llevaron a extremos lamentables para el pueblo que siempre esperó de él tanto o más que de nadie.

Defraudó a todos, menos con la lengua. No usurpó: frustró, inutilizó, dejando sin resultado monumentos y renombres que había contribuido a construir. Teniendo tantas cosas en la mano las dejaba caer al final por desidia, cansancio o, tal vez, por haberse dado cuenta de que sirvió para poco pudiendo haber sido tanto, refugiado en sus recuerdos de juventud.

Sabiéndose superior –lo fue durante años–, gozne sobre el que giró durante unos lustros la política española, se desperdició y a los demás: vivirá los años suficientes para quedarse solo, mirar hacia atrás, y no remorderle la conciencia.

Gran gustador de zarzuelas y de toda clase de alimentos, gordo, ojos de buey, oportuno en réplica, cazurro, dañó con su clarividencia, aplicado más a su gusto personal que al servicio público, no a su medro. Le perdió, como a tantos, el desprecio. Profundamente burgués, hijo de su siglo y no, como quería, de su etiqueta socialista. En esta diferencia entre su marbete y su verdadero pensamiento radicó parte de su impotencia, empeñándose en lo contrario. Díjose disciplinado para centrar las discordias de los demás capitostes de su partido. Así vino a reñir con todos los sobresalientes, más si crecidos a su sombra.

Quien tonto o envidioso hace daño, puede, naturalmente, ganar el olvido. Prieto, que oye gemir el viento en las Antípodas, quedará durante algún tiempo en el de las memorias como uno de los políticos españoles más funestos de nuestro tiempo.33

–¿Qué te parece?

–Bien. Pero ¿a qué viene esto ahora?

–Viniendo de Madrid, ¿lo preguntas?

–Precisamente por eso. No porque Prieto no se merezca eso y más. Lo que te sabe mal es que no se haya publicado no por lo que dice sino por el cómo. Y no creo que se trate de un capítulo de novela.

–Ve a saber.

Clemencia sale con unos huevos fritos.

–Ya era hora –suspira Julián Templado, ya sentado en la mesa.

–¿Tú lo has leído? –pregunta al médico–. ¿Qué te pareció?

–Bien.

Solo le echó la vista por encima, pero no quiere discutir sino comer.

–Tú no te muevas –le dice Clemencia a Vicente–. Ahora te traigo más agua caliente.

–¿Y ese muchacho que estaba contigo ahí afuera? –pregunta Vicente.

–Volvió a Valencia. Viene todos los días. Bueno, venía. Le traía las pruebas del periódico al coronel de la Iglesia, que era, hasta la semana pasada, jefe del Estado Mayor.

–A lo mejor conoce a Asunción.

–Pues sí –dice Clemencia–. No se me ocurrió. A veces parece una tonta...

–¿Cómo se llama?

–Rafael, no sé qué.

–Rafael Saavedra.

–Es un chico estupendo.

–Me ha estado contando cómo se libró de ir a filas.

–¿No está?

–Sí, y no. Le dieron por inútil total. Por eso trabaja en el periódico.

Templado hace una pausa, no solo para masticar:

–Trabajaba.

–Entonces, ¿a qué viene?

–A ver a los amigos.

–¿No hace nada?

–Oír la radio de Burgos, a la hora de los partes, por encargo del Partido –dice Clemencia–. Es la única manera de enterarse de lo que pasa.

–¿Y qué pasa?

–Nada.

(El 19 de Julio de 1936, Rafael Saavedra cumplió dieciochoa años. En la Central de Milicias, bastó su carnet de la FUE. Le dieron un brazalete, un fusil, sin municiones, y le mandaron vigilar el paso a nivel del camino del Grao.

Vivía en casa de su tía, en la calle de Caballeros. Era una costumbre: pasar la Feria en Valencia, antes de ir a reunirse con sus padres, en Zarauz, en agosto. Quiso volver a Madrid la noche misma de la sublevación, pero no hubo trenes: la guarnición de Albacete se había sublevado. Solo pudo hacerlo los primeros días de agosto. Madrid, ardido, le dejó estupefacto y entusiasmado.

Cuando llamaron a su quinta se presentó en la Caja de Recluta correspondiente; a su sorpresa, le dieron por inútil total: «por tracoma.»34 Su tía Manuela, hermana de su padre, se asustó; fueron a ver a un oculista:

–No, nada en absoluto. ¡Qué barbaridad! ¿Quién le ha dicho eso?

–Pues, mire.

–Muchacho, ¡menuda suerte!, hay quien pagaría montones de dinero por tener uno igual.

Rafael no supo qué hacer.

–No seas tonto, aprovéchate –le dijo su tía.

Lo hizo solo a medias, más por la novia que por otra cosa. Se puso a corregir pruebas de El Mono Azul,35 que todo lo que fuera letra le interesaba. Hacía versos, que no enseñaba a nadie, con bastante sentido común para saber que eran malos. Sin embargo, publicó algún que otro romancillo, escondido en la cuarta plana.

–Inútil total...

–¡Bah! –dijo el médico–. Entre mis compañeros, bueno, eso de compañeros es un decir, hubo, había, hay muchos saboteadores. Nunca salieron tantos inútiles como entonces.

–¡Pero, tracoma!

–Ve a saber. Lo más probable es que te confundieran con otro.

–¿Usted cree?

–Claro. Al fin y al cabo, Rafael Saavedra no es llamarse Margarita Nelken.36 ¿Saavedra? A lo mejor te creyeron hijo de un ortopedista de la calle de la Montera, que conozco. No que fuera carca del todo, pero tiene un hijo de tu edad.

–¿Y se llama Rafael?

–No lo sé. Pero puede ser. Andará por el frente y su padre cagando puñetas acerca de lo informales que pudieron ser algunos amigos suyos, médicos de la Caja en la que te presentaste.)37

Madrileño –por equivocación– de un mes; hace veinticinco años, doña Mariana Rodríguez de Ferrís se empeñó en acompañar a su legítimo, fabricante de calzado, de Almansa, en busca del arreglo de un asunto bancario de cierta importancia. Ninguno de sus partos anteriores –seis– había fallado en cuanto a la fecha, aunque sí al sexo, que todas fueron hembras. Sea por lo que fuera – alumbramiento tal vez prematuro– la criatura nació escuálida, calidad, si lo es, que no perdió en todos los años de su vida enfermiza sin que los médicos acertaran nunca a definir las razones de su evidente debilidad. Paco –por su padrino, alcalde de la ciudad– trajo siempre mal color, haciendo temer algún asalto repentino a su quebrada salud que todas las mujeres de su familia reputaban, por adelantado, mortal de necesidad. Mariana, Ángela, María, Carmen, Julia y Adriana, sus hermanas, formaban una valla infranqueable para las posibles corrientes de aire, los microbios, el frío y el calor. Paco Ferrís no tuvo, hasta los diez años, más horizontes que faldas. Su educación fue –como puede suponerse– casera; ¿quién iba a atreverse a sugerir que se le enviara a un colegio? Confiado a doña Josefa Angulo, ancha «maestra nacional» que cuidó mucho, ante las instancias de los progenitores de no «cargarle las meninges» lo que hubiera sido difícil dadas las limitadas dotes de la profesora en quien lo más visible era una dentadura postiza, casi toda de oro, en la que invirtió el caudal de la menguada herencia de sus progenitores, merceros de poco. Así le llegó al jovenzuelo la edad del bachillerato, con sus consiguientes problemas.

–Que estudie «libre». (Es decir, en casa.)

–Y que se examine en Murcia. (Que tenía la reputación de manga ancha.)

–Sí, «libre», pero en los Salesianos, como externo.

–¡Estás loco, Julio! ¿Cómo vamos a dejar que salga el chico de casa? Se perdería. No tienes corazón. Quieres matarme.

Don Julio Ferrís tenía corazón, y grande, aunque no le sirviera para gran cosa.

La única que estaba de acuerdo en que su hermano saliera de la casa era Adriana, que se las prometía felices de benjamina.

Don Claudio Moreno, el médico de la familia –alto, calvo, bigotón, cuello de celuloide, tan gran fumador como chamelista–, no daba opinión, partidario como lo era de que «la naturaleza es la mejor medicina». Don Santiago Abascal, competidor comercial y amigo, fue tajante:

–Dejen al chico; que vea mundo. Si no, el día de mañana, ¿cómo va a manejar la fábrica?

El padrino había muerto, de apoplejía; la madrina había sido doña Mariana. A su director espiritual, don José López Becerra, no muy bien visto de la familia por su abolengo liberal, le tenía sin cuidado:

–Todo tiene su lado bueno y su lado malo –dictaminaba.

–¿Tú qué prefieres? –se le ocurrió preguntarle la hermana mayor, que era práctica y ya empezaba a llevar el peso de la casa.

–¿Yo? –respondió estupefacto el niño, al que nunca pedían parecer–. ¿Yo? No sé.

Con tal que le dejaran jugar con las muñecas de sus hermanas, sus soldados de plomo y libros de estampas lo demás no contaba. Le gustaba quedarse quieto.

–Este va a salir romancero –decía Feli, la criada de más edad–. Déjenlo que vea algo más que las enaguas de todas vosotras, pobrecito mío.

Aunque parezca mentira, el criterio criaderil se impuso y el niño fue a los Salesianos. Abrió los ojos y no entendió nada. Fue pésimo estudiante. Nadie le pidió cuenta de sus suspensos, como no fuera él mismo. Luego fue aprobando, dándose cuenta de que si se empezaba podía aprender sin dificultad, como no fueran las matemáticas que le repelían porque sí.

Mejoró su salud; aunque siguió pequeño, seco y enjuto dio en ocuparse de su aspecto, sobre todo de su pelo que tenía abundante y ondulado. Amigos no tuvo, conocidos pocos, y la pubertad, como es de suponer con estos antecedentes, le cogió desprevenido.

La natural endeblez, su aspecto doliente, su falta de fuerzas –la gimnasia le fue perdonada–, su apartamiento de los juegos violentos, su gusto por la literatura, le hicieron pronto blanco de las burlas de los más musculosos. No faltaron motes denigrantes ni profesor que se interesara por él. El alias de Mariconcete llegó a oídos de su padre.

–¿Sabes cómo te llaman?

–Sí.

–¿Y?

–No me importa.

–¿Cómo que no te importa?

–Todos son unos imbéciles. Este es el problema, papá. No es que haya mucha gente sino muchos idiotas. Cada día más.

El buen señor se quedó sin habla. Cuando se recobró:

–Pero, a ti, ¿no te gustan las mujeres? (Paco Ferrís había cumplido los dieciséis años.)

–¡Cómo no! Si no he visto otra cosa en casa...

–No te lo pregunto en este sentido.

–¿En cuál pues?

–En el natural.

–No me parece una conversación para un padre y un hijo.

Don Julián miró a su retoño con la boca entreabierta y salió de su despacho.

–Me preocupa el chico –dijo a su cónyuge.

–¿Por qué?

–No nos haya salido rana.

–¿Qué quieres decir?

–Nada.

–Tú siempre preferiste a las chicas.

–Esas, por lo menos no presentan problemas.

–¡Cómo se ve que no las tienes que soportar!

Ya se habían casado la segunda y la tercera. La mayor parecía llamada a vestir santos.

–¡De todo ha de haber! –se consolaba, muy a medias, la buena señora.

–Sí, pero de eso no.

–No lo entiendo, Julio.

–Ni falta que hace.

–A grosero no te gana nadie.

Don Julio hizo partícipe de sus congojas al médico.

–Deje, deje que obre la naturaleza –concluyó don Claudio.

–¿Y si lo hace en sentido contrario?

–Mire, don Julio, si así fuera, tampoco contra eso se puede hacer nada.

–Entonces, ¿qué? ¿Le parece a usted justo que uno se esfuerce toda la vida, que trabaje como un negro durante treinta o cuarenta años, que le haga uno siete hijos a su mujer, que levante un negocio más o menos boyante para que, al fin y al cabo, me salga rana mi único hijo, mi sucesor natural?

–Un momento: primero, no he dicho que sea justo; segundo, ¿quién le asegura a usted que el chico sea pederasta? ¿Que es menudito? ¿Que no le gustan los ejercicios violentos? ¿Y qué?

–Tampoco le entran las matemáticas.

–No veo la relación.

–Yo sí: los números son cosa de hombres.

–A lo mejor hará un excelente abogado. Y en cuanto al negocio, le sobrarán yernos.

–¡Qué yernos ni qué ocho cuartos! No es lo mismo. Yo siempre había pensado...

–Ahí está lo malo, mi querido don Julio; no hay que pensar, usted deje que las cosas lleven su curso.

–Sí, ya sé: la naturaleza.

–Usted lo ha dicho.

–¿Y si la naturaleza hace que a mi único hijo le guste...?

–Lo mejor es verlo.

–¡Don Claudio!

–No hago chistes. El chico, de hecho, no ha salido a la calle. ¿Quiere un consejo?

–Ya era hora.

–Mándele a Madrid.

–¿Solo?

–Claro. Lo que sea sonará. Y tenga confianza. Con todo, a mí me parece que no hay nada, por lo menos físicamente, que lleve al chico por malos caminos.

Así fue Paco Ferrís no a Madrid, que doña Mariana desde aquel parto, que siempre tuvo por prematuro, tenía en horror, sino a Valencia, a acabar el bachillerato. Allí tenía la buena señora a su hermano, relativamente bien casado –en un puño– que acogió, sin grandes entusiasmos, al sobrino.

Don Germán regentabab un negocio de exportación de naranjas; las tierras eran de su mujer. Su única preocupación era la temperatura, para que no se helara la cosecha de las navel, allá por los Valles, en las cercanías de Sagunto. Doña Amparo vivía bajo el manto de la virgen de su advocación, rogándole que el termómetro no bajara a los extremos que temía su legítimo que, del frío, se ponía imposible física y moralmente, hasta el extremo de atreverse a plantarle cara.

–O se ocupa uno del sexo o de política.

–¿Y la literatura?

–Depende de lo uno o de lo otro.

–¿No de los dos?

–Eso se queda para los dioses.

–Entonces, tú.

–¿Yo?

Dionisio Velázquez se quedó mirando a Paco Ferrís e hizo un gesto vago. Dionisio quería ser pintor y lo que más le molestaba, además del hígado –de cuando en cuando– era su apellido, que no tardó en suprimir; firmó Dionisio, a secas.

–¿A ti no te importa la política?

Eran los últimos tiempos de la dictadura de Primo de Rivera.

–Ni un comino.

–Pero ¿los demás?

–No existen.

Paco se había unido, al año de estar en Valencia, con un grupo de jóvenes todos algo mayores que él. No mucho: Dionisio tenía veintidós años; Alberto Domínguez, veintitrés; Emilio Ferrer, veintiuno; Blas Ortega, veinte; Vicente Dalmases, los mismos. Hablaban de música, de literatura, de pintura; en general mal, pero ardidos. Alberto era escultor; Emilio, poeta; Blas, crítico de arte; Vicente estudiaba comercio.38 Ninguno de ellos había salido del terruño natal como no fuese para asomarse, unos días, a Barcelona o a Madrid. A pesar de no tener conocimiento directo de las corrientes imperantes en Europa sino a través de revistas y periódicos no muy especializados, la emprendieron contra sus mayores ayudados por un periodista de La Voz de Valencia y el cónsul paraguayo que había estado, poco, en París.39 En general, nadie les hacía caso, pero ellos se creían el ombligo del mundo y Paco estaba seguro de haber encontrado, por fin, su vocación; sería escritor, cosa que ocultó cuidadosamente a la familia.

Dionisio, a pesar del padrinazgo de Federico Ramírez, el periodista y de Carlos María de Alfaro, el cónsul, dominaba la tertulia. Era, de lejos, el más inteligente sin contar sus posibles que ayudaban no poco al respecto. Él, es decir su padre, registrador de la propiedad, pagó los seis números de una revista, Huerta,40 que no mereció honores y con razón, ni en Madrid ni en Barcelona. Allí publicó Francisco Ferrís por primera vez, un poema en prosa, que mandó a su hermana mayor con la obligación –¿hasta qué punto sincera?– de no enseñárselo a nadie; Mariana, con buen criterio, la respetó.

Contribuían al descrédito de que gozaba el grupo en la ciudad las nefandas relaciones de Dionisio con Blas, que no ocultaban a quien quisiera tomarse el menor trabajo de enterarse. Entre otras cosas porque les parecía natural y a Dionisio evidente prueba de superioridad.

Dionisio Velázquez se interesó en seguida por Paco Ferrís. Lo citaba en cafés apartados donde podía darse el gusto de pontificar. Quiso formar al almanseño. Dejábale este, más curioso que convencido. Sin embargo, lo marcó indeleblemente, propicias la edad y la ocasión.

–Intentar ayudar no tiene sentido. A nadie. Cada quién va a lo suyo, aunque no quiera. Así, ¿quién puede remediar a quién? Como no sea económicamente... Es decir, con algo que no tiene que ver con la vida, dar algo que sirva al prójimo para que este haga lo que le parezca mejor. Cualquier otro apoyo carece de sentido. Dios inventó el dinero para eso. Es lo único que sirve para salvar almas ajenas. No protestes: nadie colabora. ¿O conoces alguien que haya agradecido un favor? La filantropía es una mierda; la caridad, un insulto; dar lo superfluo –veinte céntimos o un libro repetido– es deshacerse de lo que sobra, de un lastre, de lo que no vale. O por el placer de dar –el propio gusto–, de regalar, de gozar entregando, una copulita barata. Todos los plazos están vencidos. Entiende: «No hay plazo que no se cumpla»,41 tontería: todo es después, todo fue ya antes, no se hace nada gratuitamente. Nada. ¿Me comprendes? Todo lo rige el interés propio, así sea el ajeno. Siempre se obra por algo. No se suicida uno por nada. Uno manda; siempre se es dueño –poseedor– de algo; la miseria absoluta no existe. Siempre se puede matar, por ejemplo, que es otra manera de dar. ¿Qué diferencia hay entre dar y quitar? ¿Quién agradece de veras un favor? Solo los que pueden devolvértelo con creces. El agradecimiento, de quien da, nunca de quien recibe. Las dádivas solo engendran la envidia. No hablo de las palabras, máscaras que plagan nuestro laberinto. Las sacamos y las agitamos en la punta de unos palos, moviéndolas a distancia. El hombre si no es esclavo es desagradecido. Al fin y al cabo, la libertad es ingratitud o no es libertad. La libertad consiste en hablar y obrar mal para con quien se portó bien contigo. Lo contrario no tiene sentido. Libre, el que se desgaja de sus padres, de sus maestros, de su familia. El agradecimiento es esclavitud. Por eso inventó Dios el dinero, fuente la más corriente de la libertad. Por eso existe tan gran admiración por lo que llaman «espíritus independientes», es decir, los más desagradecidos. La gratitud, la lealtad, son obligaciones tan pesadas que hunden al hombre al fondo de lo vulgar. Vuélvelo: la ingratitud, el desagradecimiento, el olvido, la deslealtad son las bases de la grandeza humana, lo firme de la historia, lo que queda; y no hay progreso. El hombre solo va hacia adelante despreciando lo que antecede, entre otras cosas porque, de todos modos, ahí queda. Para subir hay que pisotear lo anterior, alzarse a costa de lo que sea. No es fácil, porque, además, si lo haces conscientemente, sabes que los que te siguen –a quienes aun sin querer haces favores por el solo hecho de vivir–, a su vez te han de machacar. El mundo es una enorme montaña de fino polvo en la que los que no se ahogan por impotencia, desde que tienen uso de razón, no tienen sino un leve respiro antes de hundirse en lo que hundieron. El interés del mundo reside en la superposición de una maquinaria desconocida –que no sabes si funciona o si lo hace bien o mal– hecha de nuestros pensamientos heteróclitos, arbitrarios, extravagantes, desproporcionados, generalmente monstruosos, muchas veces ridículos, siempre mágicos. La idea de progreso –que envenena al mundo desde hace siglos– es la imagen misma del desagradecer: querer más a costa de los demás, aunque estos, a su vez, «progresen». Todos quieren ganar –lo que sea–. ¿Quién no se naturaliza desnaturalizándose?

Solían reunirse los jóvenes en el estudio de Dionisio, tendido de seda negra, atravesado por un biombo filipino, dos camas turcas, alfombras persas, mesas bajas, dizque chinas y un piano en el que Blas tocaba, como Dios le daba a entender, algunas piezas de Debussy y Ravel. Ferrís, que era negado para la música, mostró entusiasmo por la Pavana y La catedral sumergida. Dionisio solía vestirse con un precioso kimono negro bordado con flores brillantes, doradas, rosas y verdes, que había sustraído a su madre. Contra lo que pudiera suponerse eran sobrios, dejando aparte el sudamericano que solía emborracharse, a solas, en su casa, cada noche con tal de no oír a su mujer, por no hablar de su gusto natural por el whisky.

Los primeros escarceos amorosos de Paco Ferrís fueron con una criada de sus tíos, sin mayores dificultades; debido al dinero no hubo favor que no tuviese, aunque bajo, su precio. No pasaron de roces, masturbaciones entre los pechos de la doméstica, que los tenía abundantes, y tentarrujeos repetidos. Así descubrió el hombrecillo cosas insospechadas. Por ejemplo: la menstruación de la que no tenía cabal idea y que le produjo auténtica repugnancia debido, entre otras cosas, al poco cuidado de la Rosario que se contentaba con llevar, esos días luneros, unas enaguas de tela de saco que lavaba con frecuencia. Ni qué decir tiene que de coito ni se hablaba ya que quedaba, para la moza, reservado para uno de su pueblo el día que coyundeara. Paco llegó a preguntarse, en serio, si le gustaban las mujeres. Dionisio le dio a leer algunos relatos eróticos que le produjeron mayor confusión.

Publicó por entonces el doctor Marañón su Evolución de la sexualidad y los estados intersexuales que pasaron a ser la Biblia del pintor, que tenía nociones de Sade, Gide y algunos surrealistas.42

–Si todos tenemos dos sexos, más o menos desarrollados, no veo por qué constreñirnos a uno solo. Es una aberración. De ahí la superioridad de los griegos. No seas tonto. Un hombre bien vale una mujer y el tacto, bien amaestrado, se satisface tanto con uno como con otro. La inversión – ¿qué tal sonaría esta palabrita a nuestros padres?– es absolutamente natural. No es vicio. Viciosos o viciosas, como quieras llamarlo, solo pueden serlo las mujeres. Es el único remedio que les queda aun a las más inteligentes, como lo ha visto muy bien Marañón: o se quedan bobas con la maternidad, o imbéciles e insatisfechas con la infecundidad. Que el homosexualismo está mal visto no es más que la prueba de que la humanidad es incapaz, desde hace siglos, de dar un paso adelante. Si no por la misma razón debieran perseguir a los calvos o a los zurdos.

–Yo soy zurdo –dijo Paco, sonriendo.

–Comprendes, lo que cambia es la forma, en el fondo todo sigue igual desde el principio de los principios. Siempre hubo hombres, mujeres, hombres-mujeres, mujeres-hombres: imbéciles, inteligentes, imbéciles-inteligentes, inteligentes-imbéciles. Tú y yo nos vamos a entender muy bien.

–Nos entendemos muy bien: es decir, hasta cierto punto, del que no se puede pasar.

–Ya veremos –dijo Dionisio.

Lo intentó. A Paco Ferrís no le produjo ninguna impresión. Blas sintió unos celos feroces. Paco le miró con sorpresa:

–Si le da gusto, ¿a mí que más me da?

–Pero tú... –le gritó descompuesto el afeminado.

–¿Yo? A mí no me interesa.

Surgió Clemencia, ya en Madrid; que Paco decidió estudiar Filosofía y Letras, cosa que no podía hacer en Valencia. Dionisio le dio cartas para varios amigos suyos, pintores en su mayoría. A Paco Ferrís le hicieron poca gracia y ligó más a gusto con algunos escritores que se solían reunir en la Granja del Henar: Sénder, Sánchez Ventura, Díaz Fernández, Arderiús.43 Allí conoció a Clemencia Velasco. Grande, gorda, fea, joven, como es natural en total ruptura de bando con su familia palentina. Le gustaba montar a caballo, la esgrima, escribir versos al estilo popular de Gil Vicente según la forma –que en otros venía a fórmula– en que lo hacían García Lorca y Rafael Alberti. «No es mala del todo», decían sus mejores amigos. Publicaba aquí y allá sus cancioncillas. Diose cuenta rápidamente de la situación (Paco trajo a la reunión a un joven pintor, Santiago Marco, que todos sabían invertido) y decidió obrar con la prisa que las circunstancias reclamaban, por lo menos para ella.

Tenía algún dinero que, a la fuerza de la ley, siendo medio huérfana, le enviaba su familia. Poco, pero suficiente para vivir en un pisillo de la calle de Velázquez –que había sido parte de la portería–, que no arreglaba de ninguna manera porque entre otras cosas no le importaba demasiado la limpieza ni la buena vida.

–Sí, cómo no, engordo como una vaca.

Se había acostumbrado a tomar solo cafés con leche; eso sí, a todas horas. Lo que le gustaba era Paco, por inteligente, chiquito, grácil.

–Tamarrizquito, ven aquí –le decía.

Un sofá, una mesa coja, dos sillas, un armario que nunca pudo cerrarse del todo, una palangana en un tocador con laja de mármol blanco bien rota en medio, formaban su mobiliario. Tres platos, dos vasos y otras tantas, o tan pocas, cacerolas; un cazo, unas botellas, en la cocina, y dos trapos cochinos que hacían juego con un par de toallas; era todo.

Su ajuar se componía de tres trajes y dos pares de zapatos. Muchos libros –en francés, en inglés– por todas partes y párese de contar porque la alfombra hacía tiempo que había dejado de merecer su nombre, desflecada y con agujeros que dejaban al descubierto unas duelas en las que sobresalían carcomidos nudos de las más diversas formas.

Clemencia atrajo a Paco sin complicaciones ni contemplaciones y el joven escritor vio de pronto el cielo abierto –es una imagen–, un poco en forma de avalancha, de golfo, de prado de altas hierbas. Clemencia fue madre, amante, esposa, hija, tía, sobrina, madrina, cocinera –mala, pero cocinera–. Lo envolvió en algodones y hasta aprendió a hacer huevos fritos como le gustaban al mancebo: muy hechos.

La guerra los llevó de la mano a la Alianza de Intelectuales Antifascistas.44 De ahí pasó Paco Ferrís a la 11.ª división, con Herrera Petere y su mujer –una niña rubia, preciosa–, Juan Paredes, Miguel Hernández, Martínez de León, el dibujante de toros, tan chirigotero. Hacían, entre todos, el periódico de la división.45 Se reunían en una casa de la calle de Lista –frente al edificio que albergaba la jefatura del V Cuerpo de Ejército, mandado por Modesto–.46 Los cuarteles estaban en la Ciudad Lineal.47 Por ahí aparecían, de cuando en cuando, Rafael Alberti y María Teresa León, su mujer, que hacían teatro en el de la Zarzuela.

A principios de 1938, la 11.ª pasó a Cataluña; no Paco Ferrís, por entonces enfermo de pulmonía. Fueron algunos a despedirse de él en el hospital con un cordial y rutinario:

–No tardes.

Ninguno pensaba que no se volverían a ver. Los «nacionales», el cuerpo de ejército legionario que mandaba el general Gambara, alcanzaron el 7 de abril el vértice Tornell desde el que divisaron al Mediterráneo, donde llegaron el 15. Quedó España más partida.48 Ese mismo día sacó Clemencia a Ferrís del hospital y se lo llevó a su cuchitril. Un mes después lo destinaron al Comisariado del Ejército de Levante. Así fue Ferrís a parar a Náquera, a las órdenes de Carranque, comisario político y ayudante de Ortega, Comisario General del Ejército. Clemencia se le reunió a los dos días; no se fiaba de nada ni de nadie. La vida era tranquila, la comida suficiente, el tiempo espléndido. Ferrís se repuso totalmente y pensó en empezar a escribir una novela.

Una mañana de noviembre de 1938 se presentó su tío, Gonzalo Muñoz. Encontró la casa, se quedó sorprendido al ver a Clemencia, a la que confundió con una posible sirvienta. La mujer se dio cuenta, le dio cuerda, más o menos divertida.

–¿No está?

–¿Quién?

El bueno del tío se quedó en el aire, no sabía qué palabra emplear. Por fin se decidió:

–El señor... Paco Ferrís. Es mi sobrino.

Que Paco tuviera familia a mano asombró a Clemencia y más que se tratara de aquel tío ordinario. Él nunca le había hablado de su pasado ni ella indagó. Entre otras cosas porque le tenía absolutamente sin cuidado.

–No. ¿Qué quería?

–Verle, claro.

–Está en el Estado Mayor.

Gonzalo le daba vueltas a su sombrero.

–¿Está bien?

–Sí.

–¿Del todo?

–Sí. Salió hecho un pimpollo.

–Salió... ¿de qué?

–De una pulmonía.

–Ah. ¿Y ya está bien?

–Completamente.

–¿Y qué hace?

–Está en el Comisariado.

–Ya me enteré. Por eso vine.

–Ah.

–¿Y dónde está el Estado Mayor?

–No se lo puedo decir.

–Usted... ¿le atiende?

–En lo que puedo.

–Me alegro.

Ferrís, al poco de llegar a Madrid y liarse con Clemencia, rompió todo vínculo familiar, entre otras cosas –aunque no lo pensara– porque no lo necesitaba ya económicamente. Su amantísima le proveía de lo necesario y sus colaboraciones en revistas y periódicos (así las firmara con muy variados nombres para resguardar el suyo, llamado a altos destinos) le daban para no quedar mal en el café. Había decidido que nada tenía que ver con la industria zapatera, con Almansa, sus padres, sus hermanas, la historia, el pasado. Para ser escritor, y bueno, tenía que surgir de la nada. Añadíase el desprecio: había dado –iba de descubrimiento en descubrimiento– en que era inteligente. Clemencia le empujaba hacia las cimas. Leía mucho de lo que se tenía por mejor y no se asombraba; esto –se decía– lo podía haber escrito yo. Lo malo que, cuando se enfrentaba a las cuartillas –como no fuera para algo preciso y urgente–, no se le ocurría nada de provecho. Partía del supuesto, para él esencial, de que la literatura era expresión de disconformidad entre el mundo y el escritor. La cuestión era averiguar en qué consistía, y, aunque lo tenía en la mente y aun en el pecho, no daba con ella.

–Metieron a tu tía en la cárcel.

–Por algo sería.

–Nada serio: la acusan de guardar billetes de numeración atrasada.

–Como recomienda la radio de Burgos.

–No lo sé. Tal vez.

–¿Entonces?

Con un voluntario tono hiriente en la pregunta.

–¿No puedes hacer nada?

–No puedo. Y aunque pudiera no lo haría.

El pobre hombre no sabía qué decir y menos qué pensar.

–Mire: a mí no me importan nada ni usted ni su mujer. Además, no se preocupe, no le va a pasar nada. Ya no fusilan a nadie. La van a soltar.

–¿Estás seguro?

–Absolutamente. No nosotros: ellos.

–¿Quiénes ellos?

–Los de Burgos. Hemos perdido. No me diga que no lo sabe.

–Puedes venir a casa cuando quieras. Allí nadie te molestará.

–No pienso hacerlo.

–No creas que hagamos responsable a nadie de lo que le pasó a tu padre.

Ferrís no aguantó más:

–Váyase y déjeme en paz.

A su padre, a los seis meses de guerra, lo habían paseado, en Albacete, donde se creía seguro en casa de un amigo. Paco Ferrís se enteró mucho más tarde y quiso adargarse pensando que no le importaba. Llegó a echarse la culpa de tanto distanciarse del asunto: ¿qué tengo que ver?, nadie me dijo nada. ¿Qué podía hacer? ¿Qué podía haber hecho? No hubiese hecho nada. Se lo merecía. ¿Se lo merecía? De derechas, desde luego, ¿qué más?, ¿qué le importaba?, ¿no había roto con su familia? No tenía nada que ver con el pasado. Ni con el futuro.

Al llegar Templado a Náquera, tuvieron grandes conversaciones. Se conocían de Madrid. El médico se extrañó:

–¿Cómo te metiste en esto?

–No lo sé: de pronto juzgué que era intolerable que los militares decidieran, por las buenas, de la vida de uno. Dije, no. Y me presenté en el Quinto Regimiento.49

–Clemencia –callando– no era extraña al hecho.

En aquellos días de marzo, muertos, no había qué hacer. Horas extrañas: ¿qué iba a pasar?, ¿a dónde irían a parar?

Los soldados rodeaban Náquera, sabiendo que allí había «jefes»; se iban por otros caminos llenando las carreteras, hacia Valencia, las calles de la capital levantina estaban atestadas de desertores, todavía con armas. Iban, venían sin saber a qué atenerse. Emplazaban cañones y tanques o, mejor, los dejaban abandonados en las orillas del Turia.

–¿Comprendes? Lo triste es que somos unos y nos importan los demás. Bueno, digo lo triste, desde tu punto de vista. Desde el mío... Yo soy yo y tanto me da lo que tú pienses. Pero tú quisieras saber lo que pienso de ti, y no pienso sino de mí. Uno solo puede pensar de sí y con ese parecer andar por el mundo: a ciegas, claro está. Y de topadas, descabezazos, quiebros y quiebras y requiebros está el universo lleno.

Ferrís calló mirando hundirse el día.

–¡Si a uno pudiese, de verdad, importarle únicamente su parecer y voluntad! Pero, ca. Lo que quiere el hombre es señorear. Y a eso llaman ética.

–¿Y el amor?

–Eso viene después, si viene, puro adorno. Pero las fundaciones, Templado, no se hacen con jeribeques. Contentarse con sus propios sentimientos no puede ser hijo más que de la conciencia de la propia superioridad. Por eso el estoicismo es una filosofía aristocrática.

–¿Y tú eres estoico?

–Por lo menos aristocrático.

–¿Por eso has hecho la guerra con nosotros?

–Naturalmente.

–Me das lástima.

–Nadie es digno de lástima, porque la lástima es un sentimiento turbio y bajo. No se puede sentir lástima, si es que a tanto te rebajas, más que por los que la tienen por lo que sea. Las cosas se remedian y si no se puede, se abandonan.

–Para un filósofo de tu especie, no está mal recordarte que «nada le sienta al hombre mejor que la grandeza de los sentimientos», según tu Séneca.

–Todo es cuestión de lo que se entienda por sentimiento.

–Para ti: ¡muerte o soberanía!

–Esa noción de muerte y soberanía solo se desencadena tres veces en la historia española: Séneca, Quevedo y el 98.

–¿El 98? No fastidies. Si dijeras Goya...

–No digo Goya porque no hablo de sentimientos, sino de dignidad.

–Que no es un sentimiento...

–No. Es una manera de enfrentarse a la vida. El español es estoico por dignidad personal; porque sufre mengua al solicitar o usar apoyo de quien sea. Y la soledad no nace de su misoginismo sino de la gallardía. Séneca y Cristo son poco más o menos contemporáneos, sus influencias contradictorias han influido en España: tan importantes son para el conocimiento del español el uno como el otro. Séneca crece derecho desde Córdoba y Cristo viene con el aire de Levante. El uno, árbol, y el otro viento, o la música: la música que no se puede ir a otra parte, que diría Bergamín.

–¿Y tú crees de verdad que Séneca era español?

–A menos que Córdoba esté en la luna.

–Era Roma. De verdad: debieras estar con los de enfrente. En el fondo eres falangista.

–Lo que sucede es que los de enfrente no son falangistas, sino banqueros y militares; y fabricantes de zapatos.50

Julián Templado mira con extrañeza a Ferrís, lo ignoraba así. Salía Clemencia con los diarios huevos fritos, que olían a gloria.

–«Terrible lugar es este para no comer carne que aun un huevo fresco jamás hay.» Lo digo yo porque lo dijo Santa Teresa. Y nunca mintió. La comida como la paz nunca hay que verla desde demasiado cerca. Por algo Fray Luis la compara al cielo: inmóvil. ¡Sí, sí!, fíate. Y, además, créeme: el cenar es costumbre bárbara y por eso hay tantos equívocos entre el almorzar y el comer, que los unos suponen al mediodía y otros por la noche. Lo trae el levantarse temprano y la culpa del sol; el español decente nunca desayuna, que no es menester, somos de hora nocturna y conviene dormir de día; quita las ganas de comer, y no sienta bien el alimento tan cerca del sueño. Y para ahorrar palabras –que suelen dar hambre–: no está bien levantarse antes de las doce. Almorzar: aire del aire; comer es otra cosa. Vamos allá.

No hubo gran cosa y menos para el paladar. Acabaron en un quítame allá esas pajas con los nabos y las acelgas.

Siguieron hablando sentados en el poyo de la terraza, con la luz titilante y rectangular de la puerta en el suelo. Noche fresca, viento leve, oscuridad campesina.

–Tú, ¿qué quieres de la vida? –pregunta el médico, ya interesado.

–La gloria. Lo que quiero es la gloria. ¿Entiendes? La gloria verdadera.

–¿Qué es la gloria?

–Ser traducido a todos los idiomas y que se lo paguen a uno.

–¿Blasco Ibáñez?

–Para él, así fue. Para mí, sería distinto, pero en el fondo, el sentimiento debe ser parecido.

–Si te diesen a escoger entra una vida regalada –regaladísima– y el olvido, o una vida de penalidades y la gloria, ¿qué escogerías?

–¿Lo dudas?

El silencio hacía daño. Clemencia se levantó a fregar los platos.

Nada que hacer ni ganas de ir a hablar con los demás.

–Creí que la verdad me haría libre. Por eso estoy aquí, con vosotros: pero sois tontos, y sin embargo no puedo quitarme de la cabeza que la verdad es la única forma de libertad a nuestro alcance. Los fascistas mienten a sabiendas, creyendo servir sus fines. Como los comunistas. (Volvió la cabeza para asegurarse de que Clemencia no oía.) Acaban por creer lo que dice su propia propaganda. ¡He visto tantos seguros de lo que dicen o de lo que escriben porque lo dijeron o escribieron ellos mismos! No porque fuera verdad, sino sencillamente porque les susurraron que lo hicieran.51

–Que no te oiga Clemencia.

–Tanto da.

Clemencia pertenecía al partido comunista desde antes de la guerra.

–Si lo que buscas es la verdad, no creo que la guerra te sirva de gran cosa.

–Las noticias, desde luego, no. La guerra en sí, es otra cosa. Te ves como nunca te habías visto.

–¿Y a los demás? –preguntó con su habitual mala intención el médico cojuelo.

–El mundo es como lo pienso, porque también soy mundo. Si el mundo permite que lo piense como lo pienso, es como lo pienso, por disparatado que lo piense. Quiero creer en mi libertad. Pero lo único libre que tiene la libertad es mi imaginación.

–La imaginación no tiene nada que ver con la libertad. Hasta te diría que es su contrario. Porque, para colmo, puede uno figurarse que es libre.

–Libres, solo los vencedores.

–Pues estás aviado.

–Ya veremos.

Salió la mujer de la casa.

–¿No vais con los otros?

–No.

–Pues yo tengo reunión.

–¿Cuándo no? ¿Y Dalmases?

–Durmiendo.

A pesar de su terrible cansancio, tal vez por él, Vicente no concilia el sueño sino tarde y mal. Solo consigue, al principio, dar algún descanso a sus ojos. La fatiga puede más que el amodorramiento. La ansiedad de pensar que vería a Asunción al día siguiente le lleva a todas partes menos al descanso.

Templado y Ferrís vuelven del pueblo. Fueron por andar. Algo de luna, borrada a menudo por nubes, les basta para otear y seguir el camino. En una taberna dan con vino, agrio, pero vino, y no poco.

–Cuando se está borracho se puede decir todo –perora Paco–. La cuestión es que estoy borracho y no tengo nada que decir. Etwas mehr?52 Es curioso: cuando estoy borracho me da –y a otros que conozco– por hablar en extranjero. Wohin gehst du?53 A ninguna parte. He llegado a la estación de término. De aquí no puedo pasar. Terminus, dicen los franceses. Aquí se acaba la vía, avec deux tampons.54 Dos discos de acero gris, pintados de rojo y puestos en una viga. No hay más allá. Lo que me gusta, cuando estoy borracho, es mirarme en un espejo. Me encuentro otro, con otro. ¿Ese soy yo? No hay duda. Soy yo. Tengo una cara extraña. ¿Cómo es posible que ese sea yo? ¿Quién me asegura que sea yo? ¡Qué ojos! ¡Qué extraña nariz! Tampoco, por ahí, se puede ir más allá... También podría resultar que no fuera yo. Sería más divertido... ¿Cómo es uno por dentro? Los músculos, la sangre. ¿Lo sabes tú, médico? Un grano. Este señor, que soy yo, tiene un grano en la mejilla derecha, no: en la izquierda... Estoy borracho, ¡qué bien!, da gusto. La verdad es que el emborracharse es agradable. Vuela uno. El mundo se ensancha y se pisan alfombras por todas partes. Puedo decir: Alfonso es un cabrón. Y es verdad. O Gustavo es un tacaño. Lo cual también es cierto. Pero la cuestión es que me van a matar. A matar como a un perro. Y no me importa. La verdad es esa: borracho, no me importa. Pero despierto, sí. Lo difícil es estar siempre hecho un cuero.

–¿Siempre te estás dando importancia? ¿O pagaste algo por nacer? Pura casualidad, y fuiste. ¿Y eso tienes quec defender? Mírate bien, ya que te gusta. Igual que un pollo o una col; estos, a veces, deben su vida a la decisión de seres que los necesitaban: fueron plantados.

–¿Crees que nosotros también?

–No lo creo; se sabría.

–¿Crees que las coles saben que fueron plantadas?

–Habría que preguntárselo.

–Te aseguro que no lo saben.

–¿De qué poder usas para saberlo?

–Esto nos llevaría a suponer que a nosotros también nos plantan. Es decir, dar la razón a los católicos o a otros de la misma ralea.

Templado calló un momento:

–Bueno, vamos a considerarlo de otra manera: pura casualidad, sin más. ¿Qué importa entonces la vida?

–Será la tuya.

–Sí, desde luego, la mía. Y la de los demás.

–¿Entonces? ¿Por qué quieres que sea de una manera y no de otra? ¿Por qué has luchado? ¿Por qué estamos aquí?

–Como hay una razón es evidente que no sabes lo que dices.

–Lo que queréis es, sencillamente, privar al hombre de su historia. No me refiero a vuestros cortes en ella o a su enfoque –cada quien hace lo que puede– sino que de veras queréis plantar al hombre en el mundo como si no tuviera pasado, como si no hiciera sombra, como si lo que existe fuese lo único que existiera.

–A ti lo que te importa es tu sombra. Mírala, te la regala la luna. Dentro de un momento ya no la tendrás, por las nubes.

Trastabilla Ferrís. Se detiene.

–Hasta se te enredan los pies en ella.

Se embravece:

–Hago lo que me da la gana.

–Creo que no. Eso es precisamente lo que no haces. Eres de esos para quienes lo que cuenta es la memoria.

–El hombre es su memoria. ¿Te figuras un mundo sin memoria? No. La memoria es la base de la humanidad. Recordar, si se piensa un momento, es monstruoso: es la muerte –lo muerto, lo pasado– que determina en todo momento la vida. Entonces, ¿por qué me echas en cara mi pasión de inmortalidad?, lo más puro del hombre, su razón más firme.55

–Te lo figuras. Eres lo que haces; en cuanto a las razones, es cuenta tuya: la cuenta que te haces; lo que cuenta es lo que eres. Ni siquiera el vino que trasegaste, sino el efecto que te hace.

–¿Eso lo dice un forense?

–No lo soy: lo olvido todo, embotado el entendimiento.

–Un botarate.

–Servidor. Pero si, de verdad, crees en el tiempo –ese descubrimiento de ayer–, no podrás vivir: te abrumará. Solo te quedaría un remedio: irte lo más pronto posible al otro lado, avergonzado de lo que no has hecho.

–O de lo que voy a hacer.

Se para a mear.

–A lo mejor te hago caso.

Embragueta.

–Mira, solo hay dos maneras de escribir: desnudarse –destacar, se dice– o emperifollarse. El escritor –el angustiado– intenta echar de sí cuanto le puede hacer aparecer vestido. Cuanto más desnudo, mejor. Hay otra manera –tan ilustre– que requiere toda clase de adornos y abalorios. La historia manda y hay –como no puede menos de ser– épocas de confusión en que creyendo desnudarse, y aun echar las tripas, el artista no hace más que enredarse en telas de araña. Añade, médico, que uno puede desnudarse pero que es imposible hacerlo con los demás. Para pintar a otros se tiene que recurrir a lo que les recubre; aunque sea la piel.

–Se les puede desollar.

–Eso tú, para la anatomía. Para los mortales sería sangre y entrañas, my friend. Y, ahora, a callar, que los demás duermen.

–A desnudarse.

Vicente sueña poco. Si sueño –supone– no lo recuerdo. Ahora, traspuesto, transido, despierto otra vez, quebrantado, rememora la pesadilla entre duerme y vela. ¿O sueña?

El mar, un mar sin orillas, negro, enorme: de betún. Sin cielo. Si lo hay no lo ve. Vicente ve el agua negra desde lo alto. ¿Dónde está? ¿En un barco? ¿En lo más alto de un mástil? Porque volar, no vuela: está fijo, ve desde arriba la prodigiosa extensión del océano negro que lentamente empieza a arremolinarse sobre sí mismo. Agua negra pesada, oleaginosa, con largas espirales finas de espuma parda, musga, sucia. ¿Quién, qué produce el remolino? No hay viento. El agua da vueltas cada vez más rápidas. Del rodar lento y lejano al torbellino. Vorágine del centro que poco a poco empieza a hundirse –arrastrando largas espirales finas de espuma oscura–. Todo –a su vista– se arremolina hacia una hoya profundísima, sin fondo. Maelstrom.

La fuerza de la corriente le atrae, le llama para sí, le arrebata. Resiste. Puede. (¿Atado al mástil? No.) Puede, de voluntad. Nada de lo que ve resiste, la corriente arranca cuanto se le pone delante, engolfa objetos que no distingue con claridad. ¿Maderos, barcas? Residuos de no sabe qué. No hay viento que explique el fenómeno.

Enajenado, desfallece. Ahogado, suspenso el entender; todo ojos. Arrecia la ronda. Cae. Pero, no. Ve, sigue mirando, fijo, el fin de todo. El agua negra rueda y da vueltas revolviéndose, revolcando. En el fondo estrecho un punto todavía más negro. Mareo, ansia, congoja. Despertar relampagueante, dolor de cabeza. Fin del mundo. Interpreta: estamos perdidos. Estoy perdido. Única luz: Asunción. Buscarla, buscarla. Debe de estar aquí, ahí, aquí fuera. Perdida. ¿Cómo dar con ella entre miles? Un altavoz. ¿Dónde? Encontrarla y todo se arreglará. Encontrarla y todo será fácil. Se levanta a duras penas. Crujen –o se lo figura– sus articulaciones. Y las del pensamiento. No se le va de la retina el inmenso remolino.

Anda, busca, tropieza; aterido. El mar, el mar oscuro. Quieto. Si ahora empezara a arremolinarse, a tragarnos a todos... La gente amontonada, como nunca. Nunca hubo tanta. Anda, busca, tropieza, grita:

–¡Asunción!

Estoy soñando. Se da cuenta de que está soñando. Cree estar soñando. Cree estar despierto. Está seguro de estar despierto. Hay que destruir inmediatamente el sueño, atacándolo en su médula. Se dirige, a pie firme (¡sobre qué!), al centro del hoyo. Allí se abre un largo corredor, un larguísimo corredor que se pierde en la perspectiva de sus ojos. (¿Cómo es posible que siendo todo igual de alto, de ancho, acabe en un punto visible? Porque tiene dos ojos. No recuerda la ley. Si fuese bizco vería las cosas tal como son. Se lleva la mano derecha al ojo derecho y se lo arranca –sin dolor–, siente correr la sangre por su mejilla derecha.) Pero el corredor sigue igual, estrechado en un punto hacia el que marcha con paso seguro.

La enorme fotografía del ojo de un hombre; el iris, la pupila, el blanco, el párpado, las pestañas, la ceja. El corredor se aboveda, entra en el ojo, pisa lo blanco, penetra en la pupila camino del iris que se va cerrando como el objetivo de la Kodak que le regaló su padre al cumplir quince años. Tropieza, cae, la cabeza en el agujero de la guillotina. Arriba la cuchilla. ¿Cuándo cae? Cae, rueda su cabeza. La ve en el cestón de mimbre, exangüe, los ojos cerrados, gris. Mantegna: el Tránsito de la Virgen. Asunción: Botticelli: la cara de Venus.56 Se pone de pie, echa a correr. Hay que salir, escaparse del laberinto. Ahí está la reja, la puerta. Corre: allí, al final. La alcanza: diminuta, casi invisible, da al huerto de la tía María. Los naranjos cargados todavía de frutas – algunas por el suelo–, el azahar apuntando. Huele. No sueña: los olores no se sueñan. Está, de verdad, en el huerto de la tía María, en Alcira. La tierra, roja; las hierbas, verdes; las naranjas, de su color; el cielo azul y el zumo por la boca, escurriéndosele entre los labios: sangre que le empapa la camisa.

Llueve menudo. ¿Era yo quien soñaba u otro? Asunción. Erección. Micción, a tientas.

¿Quién es esta Clemencia? ¿No era maricón Paco?

–Ahí tienes un orinal.

Vuelve, como puede, a la cama fría.

¿Dónde está mi libertad, dónde mi libre albedrío? ¿Si hago lo que no quiero... si lo hago sabiéndolo, empujado por lo que no quiero, y es más fuerte que lo que quiero...? Pero, entonces lo que no quiero, es, para los demás, lo que quiero. Y vengo a no ser yo. La voluntad es el hombre. Y no soy hombre.

Duerme. Apunta el clarear. Despierta.

–¿Dormiste?

–Apenas.

–¿Ya te vas?

–Sí. Gracias por todo.

Vuelve, desde el pie de la escalera.

–Me alegro por ti y por Paco. Dale un abrazo. Recuerdos a Templado. Ya nos veremos.

–¿Y tus pies? –le grita todavía Clemencia.

–Bien –contesta sin volverse.

Vicente tomó el tren de vía estrecha, en Bétera. Al parar en Rocafort, se le fue el recuerdo hacia don Antonio Machado, un día que fue a verle, a poco de casarse con Asunción, con ocho días de permiso, con algunos del Teatro Universitario. Aquel hombre viejo, desdentado, en su sillón de felpa raída, le dio sensación de camino, de estar siempre caminando. Hablaron de las colinas verdes de Espeluy. Tres arrugas al sesgo le dibujaban la boca, caída por falta de dentadura; la barba, de días. Delgado –por el traje que le quedaba ancho, la camisa desbocada–, chupadas las mejillas, los hombros salpicados de caspa. Su resignación tranquila, con su hermano Manuel clavado en el costado. Manuel, vivo, en Burgos. Don Antonio, enterrado en Francia. Nadie le habló de su hermano, pero él sí, con su sevillano cecear:

–Mi amigo Cassou tiene un drama. El drama de un soldado. Hoy se podría representar. Es de Manolo y mío. Pero yo lo firmaría solo. A él le podrían molestar.

Los ralos pelos canos hacia atrás, despeinado, la frente casi calva, todo él imagen del cansancio, la mirada velada, sin las viejas gafas que se puso luego para ver de cerca un programa que le traían.

Unas niñas corrían de aquí para allá; Pepe, su hermano, pasó sosteniendo a la madre –todos de negro– yendo hacia los adentros por el pasillo ancho, embaldosado. Los muebles eran viejos, de mal gusto: la villa de un valenciano a medio enriquecerse o rico, tal vez. El jardín delantero con sus macizos y arriates cuidados a medias, circundados de azulejos modernos; todo destartalado. Pero la huerta olía a maravilla; más allá, unos árboles altos partían el horizonte que ya se presentía marino.

Naranjos y fuente. El pueblo a la espalda y la espalda del mar, delante, adivinada. Salió don Antonio a acompañarle hasta lo alto de la escalinata, arrastrando los pies.

–Escribiré versos sobre Valencia. Cuando me marche de aquí. Siempre ha sido así. El recuerdo es una gran fuerza.57

El recuerdo, el recuerdo de Asunción, más fuerte que si estuviera sentada frente a él, en el trenecillo. Godella, Burjasot, la estación del Puente de Madera.

Lo primero que hizo fue ir, lo más rápidamente que pudo, a casa de la tía Concha. Sentía los latidos de su corazón en el cuello y los temporales. Subió corriendo las escaleras. Llamó. No contestó nadie. Insistió. Bajó al primer piso.

–¿No hay nadie en casa de los Meliá?

–La señora Concha solo viene a dormir, y no todos los días.

–¿Y Asunción?

–Hace muchos días que no la hemos visto. (¡Vive!)

No hay razón de que le engañen y menos la señora Petra, que le conoce. ¿Se atreverá a ir al local del Partido? Lo más probable es que no haya nadie y es exponerse a que le detengan. Lo mejor es pasar por la casa de los Jover. Aunque el Retablo58 ya no existe, sus componentes se han seguido viendo, un poco al azar. Va, en tranvía, hasta la Gran Vía,59 baja en la esquina de Almirante Cadarso. Todo está igual. Le abre una criada. Ninguno de los chicos está en casa.

–¿La señora?

Se asoma.

–Buenos días. No sé si se acordará de mí. ¿Sabe algo de José?

–Está herido, en el hospital de Onteniente.

–¿Y Julián?

–No lo sé, estaba en Madrid.

–Sí, le vi.

–¿Cuándo?

–Hace unos meses. ¿Y Julio?

A la señora se le aguan los ojos. No puede contestar.

–Perdóneme, señora, pero busco a mi mujer. A Asunción. Asunción Meliá. ¿Sabe algo de ella?

La señora niega con la cabeza. Vicente no se atreve a preguntar más, dándose cuenta de su impertinencia. A pesar de todo, insiste:

–¿Y Luis Sanchís?60

La criada interviene:

–La señora no está para nada.

Vicente se vuelve hacia la doméstica:

–¿Y usted no sabe nada de ninguno de ellos?

–Vi hace poco a la señorita Josefina.

Josefina Camargo. ¿Dónde vivía? Por el Mercado. Pero ¿dónde? Josefina Camargo: Santiago Peñafiel.61 Se despide atropelladamente. ¿Recurrir a Peñafiel? No y, sin embargo... Le duele todavía la herida. No lo recuerda, así en general, pero ahora se le pone por delante la confesión de aquella noche del 6 de noviembre, en Madrid, y algo insufriblemente agrio le regurgita en el estómago.62 Vuelve a subir hasta el principal. Entreabre de nuevo la criada.

–¿Y no ha visto a Santiago Peñafiel?

–Le mataron en el frente de Aragón. Ustedes tienen la culpa. ¿Quién les mandaba meterse, tan jóvenes, en ese lío de hombres? ¡Malditos! ¡Al infierno irán todos, derechos, de cabeza!

Vicente Dalmases baja corriendo. Peñafiel muerto. A pesar de sí, se alegra. Un fantasma menos entre Asunción y él. Peñafiel poseyendo a Asunción. Claro –se dice después de habérselo dicho mil veces– entonces ella no era nada mío. ¡Claro que lo era aunque no se habían dicho palabra!

Buscar a Josefina Camargo... Buscarla, ¿dónde? Tal vez en la Alianza de Intelectuales. Tal vez... Anda lo más aprisa que puede hacia Trinquete de Caballeros. Se encuentra con Paco Bolea que sale del que fuera Diario de Valencia y luego Verdad.63

–Hola.

–¿Sabes algo de Josefina Camargo?

–No.

–¿Y de Asunción?

–Hace días que no la veo. Desde que no sale el periódico. ¿No vivía con su tía?

–Sí, pero no hay nadie en la casa.

–Claro. Ahora dormimos cada noche en sitios distintos, por si acaso. Oye, ¿por qué no preguntas en casa de don Juanito?

–¿Quién es?

–El librero de viejo, bueno, el chamarilero.

–¿Por qué?

–Su tía cuidaba a la hija que tiene.

–¿Dónde vive?

–No lo sé, pero creo que va todos los días al Museo; es muy amigo de Ambrosio Villegas.

–Villegas está en Madrid.

–Andas muy atrasado de noticias: hace mucho que los de la junta volvieron a destinarle aquí.64 No quiso pasar a Cataluña.

–Para allá voy. Hasta luego. ¿Luego? ¿Dónde?

Vicente no puede con su alma cuando llega al Carmen. Ambrosio Villegas; otros. Don Juanito Valcárcel. La dirección: la tía Concha, la niña lela.

–Claudia, saluda a mi sobrino. Se llama Vicente.

–¿Y Asunción?

–Tú sabrás.

–No.

–Se fue a Alicante, a reunirse contigo.

–¿Cuándo?

–Hace cuatro días.

Vicente se deja caer en un sillón que cruje y se ladea.

–Ahí, no. Siéntate ahí.

Vicente no se mueve. No puede.

–¿No fuiste a Alicante?

–No pude.

–¿De dónde vienes?

El joven hace un gesto vago.

–De Madrid.

–¡Eso ya lo sé! ¿Qué vas a hacer?

Dormir, piensa Vicente, pero dice:

–Irme a Alicante.

Una pausa.

–¿Cuándo?

–Ahora.

–Lo que debes hacer es dormir.

Vicente no tiene fuerza para contestar. Luego pregunta:

–¿Cómo está?

–¿Cómo quieres que esté? Bien.

Sobreponiéndose, Vicente busca a Monse. La encuentra en el Instituto para Obreros, de la calle de Sagunto,65 donde seguía haciéndose una vida relativamente normal, por lo menos en la Colonia Escolar. La joven se quedó asombrada al verle.

–¿Hasta ahora no has llegado?

–Ya ves.

–Asunción debe de estar como loca buscándote en Alicante.

–¿No sabes dónde puede estar allí?

–Ni la menor idea.

¿Quién podría decírselo? ¿A quién recurrir?

–Lo mejor es que te vayas allá lo antes posible.

Recurrir al Partido.

–¿Quién está aquí?

–Todos, hasta en la cárcel, pero no se les ve. Otros, sueltos, en Náquera...

–De allí vengo.

–Por aquí anda Hernández y pasó Checa, a quien habían detenido en Alicante.66 A ver si das con Ángel Gaos.67 Dicen que está encargado de la evacuación. Debe de tener bastantes enlaces. Lo mejor: que te fueses lo antes posible.

–Es lo que pienso hacer. ¿Y Bonifacio?

–Debe de estar en su casa. O, por lo menos, allí te dirán dónde está.

El sueño aumenta su confusión, todo se le mezcla y perturba. La algarabía de los niños acrecienta el remolino de su desdicha. Gritan, corren, se persiguen, juegan.

–Lo que necesitas es descansar. Tienes cara de muerto, ¿por qué no vas a casa y duermes?

Y luego será otro día. Tiene razón, pero resiste.

–Dame unas aspirinas.

Las toma, sentado en una mesa del gran comedor. Largas mesas desiertas.

–¿Cómo está?

–Bien. Pero lo único que quiere es estar contigo.

Vicente deja caer su cabeza sobre sus antebrazos. Se le enturbia la vista y duerme de golpe. Monse duda y sale.

Le despierta a la hora de comer la gritería de los párvulos. Lee, como idiota, los grandes carteles pegados en las paredes.

EL TALENTO,

NO EL DINERO

ABRE LAS PUERTAS DEL ESTUDIO

LA CULTURA HA DEJADO DE SER PRIVILEGIO DE UNA MINORÍA

EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR HA CREADO MILES DE BECAS PARA COSTEAR LOS ESTUDIOS DE TODOS LOS HIJOS DEL PUEBLO QUE ACREDITEN SU TALENTO

Pedid informes detallados en todos los Centros de Enseñanza, en vuestros lugares de trabajo, en vuestras organizaciones y en el

MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA 68

–¿No vas a ir a casa?

–No. No lo sé. Voy a ver a Bonifacio Álvarez. Después...

–¿Después?

–Dar con ella, como sea.

Villegas y Valcárcel pasan frente a los Salesianos. Han ido a comprar unos chorizos en la trastienda de una ferretería, que Pepa ha descubierto, en la calle de Serranos.

–Total, no te cuesta nada, al ir al Museo. Tomas el tranvía... Es cuestión de diez minutos.

Al salir encuentra a don Juanito, que iba a verle. Le extraña la hora desusada.

–Acompáñame.

–¿Qué hago?

–Ya hemos hablado bastante de eso. Es cuestión tuya.

–Por eso.

Los Salesianos...69 Villegas recuerda los primeros días de la insurrección militar, de cómo acudían, en tropel, a apuntarse en las «milicias» toda clase de gente, buenos, malos y regulares. De cómo se despobló el río cercano; allí los escapados de San Miguel de los Reyes,70 mendigos, gorrones, vagos, lisiados que solían dormir en el «lecho» del río, al socaire de los puentes, sobre todo del de Serranos; los sopistas, los zampalimosnas, los del bodrio, alguno del asilo, unas manflas vestidas con monos azules, todos, en fila, con algo rojo: un pañuelo, una faja, un gorro, un cojo con una flor.71

–Apunta a este.

–Y a mí.

¿Qué se han hecho? Tal vez alguno vuelva a ser lo que fue.

Las puertas de Serranos; en aquella época, ese bárbaro de Escriche, vestido de general ruso – tal como él se lo figuraba–, con chamarra de piel de cordero, gorro de astracán, en agosto, con un calor insoportable –subido en un cajón, arengando a los que no tenían otra cosa que hacer, enhebrando lugares comunes:

–¡Compañeros...! ¡Camaradas! ¡La República! ¡La democracia! ¡La reacción! ¡La patria está en peligro! ¡A las trincheras...!

Y aquel chusco voz en cuello:

–Y tú, ¿por qué no vas?

El desconcierto del fanfarrón. Ayer; hace cerca de tres años, aquel empuje, aquel entusiasmo, aquella fuerza de la opinión, aquel fulminar contra los agresores, aquel poder implantarse, aquel desenredarse de las ocasiones, aquella salida al cerrado laberinto de la vida diaria... Torres, su peluquero, convertido en jefe de una columna... Este vencimiento.72

–¿Qué hago?

Don Juanito sigue y sigue hablando. Pasan frente a la Asociación de los Desamparados.73

–Me preocupan estos niños. No tendrían que marcharse los mayores sino ellos –dice Villegas.74

–No se puede evacuar todo, nunca.

–Todos estos que levantan la naricita al cielo mirando los aviones diciendo: –¡Son nuestros! Ellos son, de verdad, los que van a perder la guerra, la vida. De aquí en adelante irán a la escuela bajo la égida de Franco, de los curas, ya verás; bueno, no lo verás, pero te lo puedes imaginar, lo que les van a decir de sus padres. De ti, de mí.

–Tú no tienes hijos y en cuanto a mi hija...

A Juanito Valcárcel le regurgita de la garganta a la boca el agrio constante de su estómago.

–No es mayor cambio que para los que estudiaban con los jesuitas o los maristas, o lo que fueran, si hubiésemos ganado nosotros.

–Pero hemos perdido y la reacción se entronizará por quince o veinte años. No me digas que no.

–No te preocupes, los españoles estamos hechos para crecer en la adversidad. La bonanza no nos sirve. ¿La Revolución Francesa cuánto duró? Y ya ves.

–Pero es que ahora tampoco hemos hecho la revolución. Hemos intentado detener la contrarrevolución, sin éxito. No hemos sabido aprovecharnos.

–De las calzadas romanas lo que cuenta todavía hoy son los puentes. No por lo que sirven o sirvieron, por hermosos.

–Pero se hicieron...

–Con fines utilitarios. De acuerdo. ¿Y qué? Ídem, los templos, ¿y qué? También las novelas se escriben para ganar dinero.

–Con lo que destruyes toda tu argumentación.

–¿Qué argumentación? Lo único que dije fue que me preocupan estos niños.

–Déjalos, ya crecerán y tal vez lo que hicimos no haya sido en vano.

–¿Qué dirán cuando se enteren de esto que está pasando? ¿De este fin que les legamos sin querer?

–No te preocupes, no se lo contarán y, si lo hacen, será de tal manera que no les quedarán ganas de saber de nosotros. Lo tendrán que redescubrir todo por sí mismos.

–¿Qué otra cosa hiciste tú?

Van llegando al Carmen.

–«El pueblo, paciencia inmensa y fuerza sin límites», dijo Robespierre –redarguye don Juanito.

–Los alientos, el ardor, el entusiasmo eran los mismos en 1936 que en 1792. El deseo y la resolución. Pero no el armamento. Los franceses eran más que sus invasores –como nosotros– pero sus armas eran iguales. El hombre vencido por su obra.

Están parados en la puerta del Museo. La voz aflautada de Juanito Valcárcel se crece en los agudos.

–Mira, en 1792 el Mercure de France decía: «Ni un regimiento de línea con el cual se pueda contar. Voluntarios de nuevo cuño que la táctica alemana sorprenderá más que a frailes a quien adoctrinar o a aristócratas maltratados. Ni un oficial de alta graduación de cierta reputación; los generales, sargentos cuya mayoría no han visto jamás un mapa; cuerpos enteros sin oficiales, otros mandados por oficiales de complemento cuya inexperiencia y rango precedente desacreditan la influencia.»

–Pero nosotros vencimos en Madrid, en Barcelona, aquí. En cambio, los franceses, en el 93, cosecharon derrotas. Las derrotas, al principio, son buenas.

–El primero de agosto de 1793, Carnot proclamó: «Todo ciudadano poseedor de un fusil que no marche a la frontera o no ceda su arma a un voluntario es declarado infamed, traidor a la patria y digno de la pena de muerte.»

–Sí: «Todas las armas al frente.»75

–Pero nosotros guardamos las más en la retaguardia, por lo que pudiera suceder.

–Y sucedió.

–Si hubiésemos tenido disciplinae…

–La disciplina es hija de las armas empleadas. Cuando se tardaba tres minutos en cargar un fusil, había que acostumbrar a los soldados enemigos a disparar mientras los otros recargaban. De ese automatismo nació la admiración de los militares por la infantería prusiana. Pero ¿ahora? ¿Cuando dos hombres se bastan para manejar una ametralladora?

–Lo malo es que aceptamos la táctica del enemigo cuando debíamos de haberle impuesto la nuestra.

–¿Cuál?

–No lo sé. Pero debía de haber una; no dimos con ella.

Villegas no contesta. Oye, entiende, pero piensa en lo que va a hacer; no lo sabe.

–La disciplina, lo que se entiende peyorativamente por tal, nace de una necesidad de militar: la obediencia. La disciplina no es solo automatismo en busca del mejor aprovechamiento de la energía humana, o mejor dicho, si la disciplina es eso, la nuestra debía haber tenido en cuenta que nuestro ejército era revolucionario y no empeñarnos en formar un ejército espejo del de los fascistas. Los guerrilleros, los dinamiteros nos probaron que teníamos medios de los que los otros no disponían. Nos faltó el jefe genial. «Los pueblos no hacen guerras largas», escribía en el 93 uno de los comisarios del pueblo (título un tanto más bonito que este absurdo de comisario político). ¿No lo crees?

Villegas se encoge de hombros. Lo mismo le da. Lo que quiere es dejar los chorizos en su despacho. Echa a andar.

–«Obra siempre en masa y a la ofensiva.» Carnot sabía que su gente se desbandaba, que para sentirse fuerte necesitaban atacar: «Entretener una disciplina severa y no minuciosa.» La nuestra no era severa ni minuciosa. Espérame, no vayas tan aprisa. «Tener siempre las tropas alentadas a punto», es decir, nada de quedarse, nada de trincheras; nada de frentes, fuera el de Aragón o el de Extremadura. Nada de charlar o de jugar al fútbol con el enemigo. Ya sé, ya sé. Pero déjame acabar. «Empeñar en toda ocasión el combate a la bayoneta y perseguir al enemigo hasta su completa destrucción.» Jugarse, en todo momento, el todo por el todo. Claro que los armamentos y la situación eran distintos, pero no tanto.

Todo al trote: paso y discurso. Entran en el despacho. Villegas se arrellana en su sillón directorial.

–¡Qué lástima que no fueras general en jefe!

–Búrlate, pero el valor es, en gran parte, reflejo adquirido; luego nació la táctica que hizo posible a Napoleón. Sus adversarios no se dieron cuenta hasta el 8 o el 9. Los soldados revolucionarios no aguantaban impávidos el fuego regular y acompasado de la línea enemiga, pero sabían lanzarse ciegos a un asalto, rehacerse, andar en invierno, en contra de todas las reglas hasta entonces observadas. Nació la guerra de movimiento. Razón de nuestro éxito en Teruel y razón de nuestra derrota en los mismos lugares, después. Y nuestro aguantar en el Ebro –como un ejército regular– desencadenó la derrota de hoy. Necesitábamos movimiento, movimientos, aunque fuese para atrás. ¿Qué prometía Napoleón a los suyos? En la campaña de Italia, en 1796: ¡Gloria! ¡Tierras! ¡Dineros! «Para vosotros los desheredados, los desarrapados.» ¿Y nosotros? ¡Disciplina y Frente Popular!, y pena de muerte al ladrón. Y aquí estamos, frente al paredón.

Vicente Dalmases entró en el cuarto de Bonifacio Álvarez (una sencilla cama de hierro, una mesilla de noche, una esterilla, un lavabo, una silla, unas zapatillas, una cómoda).

–Así que, ¿hemos perdido?

–No se puede ganar en todas partes.

–¿Dónde hemos ganado?

–En China.

–Mejor hubiese sido ganar aquí, aunque perdiéramos allá.

–Lo que importa es la causa general de la revolución.

¿Miente? No. Es así. Repite lo que le enseñan, aunque no se lo crea. Ha tragado muchas víboras en los años que lleva en el Partido y lo seguirá haciendo, porque está convencido de que no hay otro camino. ¿Se lo ordenan? Lo hace. La salvación no está en lo individual: se prohíbe pensar. No hace falta, como le dijo Uribe:

–¿Para qué quieres meterte en líos? La táctica es la táctica, y si en Moscú han resuelto una cosa sus razones tendrán.

–No comprendo cómo se ha perdido Madrid; cómo Casado y Besteiro, casi sin fuerzas, han podido vencer.

–Para no hacer estallar el Frente Popular –contesta, como le han dicho.

–¿Más de lo que lo está?

–Pero la culpa no es nuestra.

–¿Qué vas a hacer?

–Organizar la evacuación de la mejor manera posible. Estos hijos de puta no han hecho nada, no han preparado nada, no han previsto nada.76

–Que la organice Domínguez, que para eso lo han mandado.

–Lo que tenemos que hacer es organizar la evacuación de los nuestros.

–¿En qué quedamos?

–Nunca has comprendido la diferencia entre táctica y estrategia.

Es verdad.

–Por de pronto hay que contar con los camiones necesarios para llevar la gente a Alicante.

–No será muy difícil.

–Hacer los itinerarios precisos, señalar las horas exactas, los lugares de reunión, avisar a la gente.

–Bien.

–No te lo pintes tan fácil, camarada, ninguno duerme en su casa, ninguno debe dormir en su casa, a menos de tener un escondite seguro, sino pasar las noches en sitios distintos. Y nada de fichas o de listas, ni de direcciones.

–Como si volviéramos a la clandestinidad.

–Ya hemos vuelto. Y tú me vas a ayudar.

–Asunción me espera en Alicante.

–Ya la encontrarás. Por ahora, te necesitamos aquí.

–Está bien.

–¿No la puedes avisar?

–Si dan con ella, sí.

–Haz lo posible.

–Descuida.

Se lo promete a él mismo. No esperaba el refuerzo que significa para él Vicente Dalmases; al verle entrar decidió aprovechar su probada efectividad.

Calles, paseos, avenidas. Tiendas abiertas, con pocos géneros, otras –más– cerradas. Los bombardeos han deshecho a medias las casas cercanas al puerto: las del Parque de Canalejas, las del Paseo de los Mártires y del Postiguet, las del paseo de Gomís. Asunción va del Gobierno Civil al Militar; del local de la UGT al de algunas Federaciones.77 Busca, indaga y pregunta con precaución y en vano. Nadie sabe nada de Vicente; ni siquiera le conocen.

–Este llega de Madrid.

–Este acaba de llegar.

–No sé.

–No se sabe.

Se entera, a retazos, de que el 22 cuerpo de Ejército sigue dominado por los comunistas, de que Checa y Vega están presos, de que el general Escobar acabó con los comunistas en Ciudad Real,78 de que nadie sabe lo que va a pasar. Se le acaba el poco dinero que ha traído, al comprar unas alpargatas. Le dan de comer en un Instituto para Obreros al saber su condición de maestra en otro similar.

¿Dónde dormir? Por el paseo de Méndez Núñez lee el letrero de un tranvía: «Muchamiel».79 Le vuelve un confuso recuerdo de su infancia: Muchamiel. Muchamiel. El nombre se le quedó grabado. Le gustaba –y le gusta– la miel, los caramelos de miel. Lo oyó en casa. Su padre. De boca de su padre. El pelo rubio, casi albino del cogote de su padre, su acento catalán. Muchamiel. Amparo, la asesina. Su padre, muerto. Luis Romero, asesino.80 ¿Dónde estará Vicente? Y si, de pronto, se le apareciera ahí, frente a ella, frente al banco del paseo en el que, cansada, indecisa, desesperada, se ha dejado caer. Su padre, tan dicharachero. Muchamiel. Rimaba además con algo. ¿Con qué? No podía ser más que con algo relacionado con su condición de tranviario. El tranvía de Muchamiel. Un compañero. Un compañero que estuvo en casa por motivos sindicales. De apellido que rimaba con Muchamiel. Guillermo Tell. Lo mejor, por si acaso, es preguntar dónde está el apartadero. La plaza de Santa Teresa. Cartel: a la Cruz de Piedra, 15 cts.; Condomina, 20 cts... Un «tranviero».

–Perdone, compañero.

–Dime.

–Estoy buscando a un tranviario de la línea de Muchamiel, que era directivo del sindicato hace todavía tres o cuatro años y cuyo apellido acaba también en miel o algo así.

–¿De dónde eres?

–De Valencia. Mi padre era del gremio.

–A quien buscas es a Héctor Buñuel.

–Ese mismo. ¿Dónde vive?

–Allá por San Juan.

–¿Cómo voy?

–En el tranvía de Muchamiel. Allí, frente a la parada de San Juan, preguntas. Vive al lado. Espera cerca de media hora. Por lo menos tiene algo a que agarrarse. Treinta céntimos hasta San Juan. El Hospital Militar; a lo lejos, la Plaza de Toros, la calle de Sevilla; allí arriba, el Castillo. Al llegar a la Santa Faz quiere bajar.81

–No, todavía no.

Un monte, la ladera, casas elegantes. Las calles de los ricos.

–San Juan.

Pregunta. Da. Lo reconoce en seguida. Él se acuerda.

–¿Y tu padre? Hace mucho que no sé de él. ¿Y su mujer?

¿Qué contestar? Cualquier cosa, menos la verdad. No por su padre, por el engaño.

–Murió.

–¿Amparo?

–Mi padre.

–¿Y Amparo?

–No sé.

–¿Y cuándo murió?

–Los primeros días de la guerra.

–No sabes cuánto lo siento. Le tenía en mucho. Era un hombre, un hombre de verdad.

Oyen: la mujer y seis hijos pequeños, atentos, de pronto, a la palabra muerte.

–Todo son desgracias –dice la cónyuge.

–¿Y tú qué haces en Alicante?

–Buscar a mi marido.

–¡Tan joven y ya casada!

–No soy tan joven.

–¿Cuándo te casaste?

–Hace dos años.

–¿Y tu marido?

–Estaba en Madrid. Me llamó por teléfono, me dijo que nos reuniríamos aquí. No le encuentro.

–¿Comunista?

Asunción duda un momento, fía en la amistad.

–Sí.

–Pues, no sé. Vino Etelvino Vega a hacerse cargo de la provincia y le detuvieron.

–Creo que ya lo han soltado.

–No lo sé. No quiero enterarme de nada.

–Si no molesto.

–¡A qué santo! Y aunque no fuera así, basta que seas la hija de Meliá.

La mujer añade: –Que en paz descanse.

Asunción se quedó en San Juan. A la mañana siguiente, después de ayudar a Verónica en el barrido de la casa y en el lavado somero y vestido de los más pequeños, regresó a la ciudad.

–Al fin y al cabo nadie me conoce.

–¿Tú también eres comunista?

–Sí.

–¡Mare meua! No lo entiendo.

–Su marido...

–De la UGT y gracias. No hablamos nunca de esas cosas. Bastante tiene con conseguir comida para toda esta tropa.

Las indicaciones que le dio Héctor Buñuel no le sirvieron de gran cosa. Nadie conocía a Vicente.

–¿No podría hablar por teléfono con Valencia?

–Claro que sí.

–Es que no tengo dinero.

–¡Hija! Haberlo dicho antes.

Habló con su tía, en casa de Valcárcel. Así supo que Vicente estaba en Valencia.

–Dile que no se venga. Regreso hoy mismo.

No había trenes. Tomó un autobús, hasta Denia. Pero al llegar a Villajoyosa un bombardeo de la carretera les obligó a regresar; parte a pie, parte en carro. Volvió a obtener comunicación en la madrugada siguiente. Contestó Vicente, que había dormido aquella noche en casa del chamarilero.

(¿Qué quiere decir «le dio un vuelco el corazón» o «no caberle el corazón en el pecho» o «reventar el corazón en el pecho»? Lo supo.)

–No te muevas de ahí. Iré.

–¿Cuándo?

–No lo sé. Pronto.

–¿Cuándo?

–Dentro de tres o cuatro días.

–¿Tanto?

–Sí.

–¿Por qué?

–No te lo puedo decir. Pero ¡espérame! ¿Dónde estás?

–Ahora, en Teléfonos. Pero vivo en San Juan. En casa de un compañero de mi padre. ¿Dónde nos encontraremos?

–En el puerto.

–Lo bombardean casi todos los días.

–No te preocupes. Allí nos encontraremos.

–¿Dónde?

–En el Puerto. No es tan grande.

–¿Le conoces?

–No.

–Pues es muy grande.

–¿Como el de Valencia?

–No. Más chico.

–¿Entonces? Ya nos encontraremos, mi vida.

–¿Dónde?

–En la puerta.

–¿En cuál?

–En la principal, digo.

–¿Cuándo?

–No te lo puedo decir. No lo sé exactamente. Cuando lleguen unos barcos.

–Todos los días llega alguno.

–Lo más probable es que sea... No lo sé.

–¿No te sería posible venir a buscarme?

–¿Dónde?

–En el 13 de la calle de Canalejas, en San Juan.

–Es mejor en el Puerto. Tendré que ir allá derecho. Llámame pasado mañana o el otro, a esta hora. Procuraré estar aquí y, tal vez te pueda decir algo más.

–¿Cómo estás?

–Bien. ¿Y tú?

–Bien, también. No sabes las ganas que tengo de verte.

–No tantas como yo.

–Van seis minutos y necesitamos la línea, compañero.

Cortaron.

¡Habían hablado! ¡Oh, luz del teléfono! ¡Prodigio de la voz en un hilo! ¡Atadura celeste! ¡Música mejor que todas! ¡Nunca tan contenta desde hacía siglos! Desterrada la tristeza, confortado el corazón a pesar de las impresiones, se siente llena de savia. ¡Qué armonía en el frescor del aire húmedo del mar! Baja antes de llegar a San Juan y echa a andar por una ladera pedregosa plantada de almendros cuyas hojillas verdes empiezan a nacer. Contentarse con la voz amada, ronca de la emoción. ¡Oh sosiego! La carretera, allá arriba con sus coches metiendo ruido se le convierten en sostén lejano. Descansa. Muchamiel. Sí, miel en los labios todavía, de los oídos, caída del cielo.

No le duró el contento, pero fue. Aúnf le bullían los pies cuando Héctor le dijo que, según le habían dicho en la Agrupación nada tenía remedio y que la quinta columna hacía acto de presencia descarada por las calles de Alicante.

V

–¡Señor Director, señor! Le han estado llamando y llamando del Hotel Victoria.

–Pues ya volverán a hacerlo.

No tardaron ni cinco minutos. Era Tula, tal como suponía.

–¿Qué sabe de Alberto, de Alberto Chuliá?

–Regresó a Alicante.

Hubo un corto silencio.

–¿Necesita usted algo?

–No, gracias.

–Estoy a sus órdenes.

–¿Sabe de algún sitio donde se pueda todavía comer decentemente? Lo que dan en el hotel es pura bazofia.

–¿Quiere comer conmigo?

Ambrosio Villegas se deja llevar por la curiosidad. Avisa a Paca que no irá a casa y a Alfredo que le prepare lo que pueda.

–Me queda un conejo.

Si no consigue lo que los demás no tienen, Alfredo no está contento; cazador furtivo, contrabandista, estraperlista, acaparador; todo en pequeña escala, que le basta para darse gusto.

–Ya decía yo que por qué me había dejado tanto dinero ese hijo del demonio.

El reservado es cochambroso, pintado de rojo oscuro, descascarillado; las sillas son feas pero cómodas, aunque un poco bajas por lo alto de la mesa; el mantel casi limpio, el vino de primera, los mejillones a punto, el conejo con patatas, suave y aromático.

–Hace años que no comía.

–Pues no lo parece.

–Conejo.

–¿No le gusta?

–Comí demasiados.

–¿Dónde?

Tula hace un gesto vago para cambiar la conversación.1

–No había más que un sitio en el avión.

–¿Y para eso me deja en Valencia? Habrá más aviones. Digo.

–¿Qué piensa hacer?

–Volver a París. No crea que me gusta, pero esto ya no está para nada. Me embaucó con un viaje a Marruecos. No lo hice por él sino por el tiempo. París, en esta época, es un asco. Sin contar que no me gusta.

–¿Qué le gusta?

Tula duda, se alza de hombros. Luego, condescendiente:

–Barcelona.

–¿Catalana?

–Claro.

Comen, beben, fuman. (Tula tiene cigarrillos franceses.)

–Esto se ha acabado.

–Esto y todo. Ningún hombre vale la pena que se haga ni esto por él. Todos sois unos cerdos, y perdone.

–Desde luego, no nos podemos comparar con las mujeres.

–No es necesario que lo diga en guasa. Nada tenéis que ver con nosotras. Un perro y una perra tienen muchas cosas en común. Un hombre y una mujer, no.

–La especialización; que empezó hace mucho más tiempo de lo que supone la gente.

–Usted parece inteligente.

–Favor que me hace.

–No se haga ilusiones: no sirve para nada.

Rectifica.

–El hacerse ilusiones.

–No me hago ilusiones.

–¿Ni de acostarse conmigo?

–No se me había ocurrido.

–Pues, ocúrrasele. Estoy a su disposición.

–¿Para vengarse de Alberto?

–No sea necio. No me acuerdo ya ni del santo de su nombre. No: he comido a gusto y no me vendría mal rematarlo como se debe.

Fueron al hotel.

–Creo que los hombres se perecen por ser malos y no pasan de bajos, orgullosos o crueles.

–¿Qué diferencia hay entre bajo, orgulloso, cruel y, supongo, envidioso, brutal, malo?

–La maldad debiera englobar todos los vicios y aun algo más y no hay hombre que no se salve por algo: ahí les duele.

–Y las mujeres, ¿no?

–Ojalá.

Ambrosio se da cuenta de que debe haber algo oscuro en la vida de Tula.2 No tiene ninguna gana de averiguarlo, sin contar que se le está haciendo tarde para la tertulia.

–¿Qué dicen en París de lo nuestro?

–Están hasta aquí –señala su garganta–, deseando que se acabe lo antes posible. Nunca habían visto tantos españoles juntos y en su cabeza no nos diferencian de los gitanos. Aquí, bien; allá somos gentes de mal vivir. Por lo menos para los franceses que trato.

–Me tengo que marchar.

–Me ha dado gusto conocerte. Por lo menos no te haces ilusiones ni alardeas.

–Algo es algo.

–No empieces: es mal camino.

–¿Así que me tengo que resignar a ser hombre?

–¿Qué remedio te queda?

–¿De veras no quieres nada?

–No. ¿Qué me puedes ofrecer que no tenga? Un Goya, un Velázquez no me vas a dar... En cuanto a lo demás, yo lo tuve, en su punto y ahora. Así que... arrivederci.

Cuando salió Villegas, Tula llamó al portero del hotel.

–Búscame un coche.

–No hay. Todo está socializado.

–Donde hay dinero, hay.

–No se puede.

–¿Cuánto?

–Le digo que no puede ser.

–¿Cuánto?

El montón de billetes asombra al mal uniformado.

Vicente fue a ver a Bonifacio Álvarez.

–Hablé con Asunción.

–Supongo que no le habrás dicho nada.

–Nada, ¿de qué?

–De lo que estás haciendo.

–¿Qué te has creído?

–No sería la primera vez.

–No te entiendo.

–Pues no estaría mal que te enteraras de una vez. ¿O no recuerdas por qué te fuiste al frente en agosto del 36?3

Rejalgar.

–¿Está aquí?

–No. En Alicante. Ya que tú no pudiste... Hondo reproche en el tono.

–¿Querías que llamara a los nuestros, en la cárcel?

Una ligera pausa.

–¿Está bien?

–Sí.

–¿Ya tienes listo todo lo que se te ha encargado?

–En lo que cabe, sí.

–Entonces, que empiecen a avisar a la gente de la hora y los sitios convenidos; desde mañana a las cuatro de la tarde. Supongo que los camiones podrán hacer dos viajes y otros dos, pasado mañana. Te irás en el último.

–¿Y tú?

–Yo, me quedo.

–¿Cómo que te quedas?

–Alguno, algunos, tienen que hacerlo, ¿no? ¿O crees que vamos a abandonarlo todo?

No le dice que ha insistido con Pedro Checa para que se le designe. No le dice nada. Solo las últimas órdenes:

–Si todavía hay controles, pasáis como sea. Dos, armados, en la parte delantera, otros dos detrás, y bombas de mano. En el puerto te pones en relación en seguida con los responsables del Partido para el embarque.

–¿Y después?

–Eso es cosa tuya. Para ti, al llegar al Puerto con los designados para los doce camiones, ha concluido tu misión. Salud.

–Salud.

Se estrechan la mano. No llegan al abrazo. Se miran.

–Hasta pronto.

No lo creen.

–Vienen barcos por vosotros, de Marsella y de Orán.4

Lo primero que hizo Tula al llegar a Alicante fue dar, a la vuelta de una esquina, con el Cadillac que Chuliá había usado, y a dos de sus acompañantes cambalacheándolo con el dueño de una tienda de ropas, a medio cerrar. Le dijo al chófer que la acompañaba que se esperara. Bajó.

–¿Dónde dejaron al general?

–En el aeropuerto. Nos regaló el coche.

–Podía hacerlo. Era suyo. ¿No les dijo nada?

–No. Que dejáramos a la chica en el Gobierno Civil.

–¿Qué chica?

–Una que trajimos de Valencia.

–¿Joven?

–Sí, rubia.

–Es lo único que faltaba. ¡Hijo de su madre!

–No creo que sea lo que se figura. Buscaba a un hombre. Comunista para más señas.

–¿Qué sabes tú lo que yo me figuro?

Volvió a su coche.

–Vamos a Air France.5

–Quiero un pasaje para París.

El hombre la miró con guasa, le contestó, en serio:

–No hay aviones.

–Algún día habrá.

–Quién sabe cuándo.

–Cuando los haya.

–Pueden tardar quince días, un mes, dos.

–Lo que sea.

–Tendrá que pagar el pasaje en francos.

–¿Le es lo mismo en dólares?

–Desde luego. ¿Tiene visado?

–Mírelo.

–¿Dónde la avisamos?

–Ya iré llamando por teléfono.

Se hizo llevar al Hotel Victoria. Media hora después empezó un bombardeo. Bajó despavorida al sótano. Al cesar la alarma –todavía el polvo por el aire y las ambulancias corriendo a todo meter por las calles–, se fue a la calle de Torrijos y llamó a una casa de un solo piso. Se asomó Concha. La proxeneta se quedó de piedra.6

–¿Qué vienes a hacer aquí?

–A vivir. Por lo menos a estar lejos del puerto.

–Estoy sola.

–Pues tendrás compañía.

–¡Si tengo la casa cerrada!

–Te alquilaré la habitación. ¿No ves que el mundo está al revés? Dinero no me falta. Y no me hables de hombres: tute, café y coñac.

–De todo hay. Ahora bajo.

La casa es de tres pisos, de berroqueña y ladrillo, rejas abombadas y floridas de hierro colado, no faltan florones y archivoltas, el zócalo –que fue brillante– marcado con tiza o alquitrán: «Viva la URSS», «Frente popular» y, repetidas y ya semiborradas, «UHP».7 De las dovelas de arco pende un farolón historiado, las ménsulas de los balcones tienen estrellas y flores; el zaguán es ancho y limpio con lugar para un coche. La casa, que debió de construirse en el primer decenio del siglo mientras Blasco Ibáñez y Rodrigo Soriano andaban a estacazos por las calles,8 da una impresión inequívoca de seguridad burguesa. Los dueños, como es costumbre, deben vivir en el principal; no es así, allí vivió don Carlos Dalmases, registrador de la propiedad; en las tres habitaciones que, del lado derecho, dan a la calle de Isabel la Católica, tuvo establecido su despacho y en todas las demás –pasan de diez, para ser exactos: once–, nacieron sus nueve hijos.9 En veintiocho años de matrimonio no está mal, teniendo en cuenta que un número igual de retoños murieron al nacer o un poco antes o después.

Frente por frente se alza la iglesia de Jesús y María,10 toda ella de cemento, gótico industrial, mocha de una torre, que, por lo visto, la caridad feligresa no dio para más, el pórtico sin acabar. Los altares dorados brillaron a la luz de velas artificiales y los santos, faltos de llamas y su bailar, dieron una apariencia todavía más falsa, como si acabaran de salir, casi por su pie, de un escaparate de la calle de la Paz. Ahora las puertas, de madera clara, están cerradas.

Ambrosio Villegas vive en el segundo derecha. Al entrar se le enfrenta Pepa:

–¿A que no sabes quién está aquí?

Tras ella aparece Luis González Moreno. Villegas no se extraña.

–Me alegro de verte.

–Yo, no.

Villegas comprende perfectamente la intención de las palabras de su viejo amigo.

–¿De dónde llegas?

–De Madrid.

–¿A qué vienes?

–A cenar con vosotros.

–Vamos allá. ¿Cómo estás?

–Hecho polvo.

–Explícanos.

–¿Que os explique qué?

–Lo que ha pasado.

González Moreno hace un gesto vago: ¿qué más da? Se sientan, esperando las lentejas a las que Paca, por la llegada de Luis, va a añadir un par de chorizos; luego sacará la malta con leche y el pan negro.

–Dejando aparte el mundo y el destino, a mi ver todo empezó en diciembre del año pasado, cuando destituyeron a Fernando Piñuela de su cargo de Comisario General del Ejército del Centro.11 En Madrid no les importó la ofensiva contra Cataluña. Le oí entonces decir a un jefe militar socialista: «¡En estas condiciones no vale la pena seguir luchando!» No dejaba de tener razón; pero no por eso sino porque teníamos doscientas piezas de artillería y ellos seiscientas; cincuenta tanques contra cientos de ellos. ¿O crees que los comunistas creían ganada la guerra y querían asegurarse posiciones? ¿O que ellos solos la podían llevar adelante? Cuentos. En enero, se reunieron, en Barcelona, la UGT y la CNT para tratar de la defensa de Cataluña y lo único que resolvieron fue pedir al Gobierno el aumento de las raciones de alimentos... Negrín estaba seguro, todavía entonces, de que se podían formar treinta batallones de doscientos hombres, resueltos, escogidos por los partidos y las organizaciones. Todo quedó en palabras. Santillán12 le pidió los mandos exclusivos para levantar cinco mil hombres de la CNT. Negrín accedió. Y, ¡ni uno! Pero cuando, el 23 de enero, se dio la orden de evacuación, salieron cien mil.13 Entonces fui a buscar a Fernando Vázquez, que vivía en un chalé en las afueras. Todo eran, por allí, soldados que habían abandonado el frente, dispuestos a no volver; sin fuerzas siquiera para seguir huyendo. ¡Y cómo ametrallaron las columnas en retirada! Como le dijo Azaña a uno de los suyos: «Me doy cuenta de que me he equivocado. España es otra cosa, lo que hemos odiado siempre, desde la Contrarreforma. No hay nada que hacer.»14 En la forma estaba de acuerdo con Casado; en el fondo, más deshecho.

Ambrosio escucha con asombro a su viejo compañero de niñez. No es que la propaganda de la radio y de los periódicos le tuviera engañado, sino que correspondía a su sentimiento: a pesar de los reveses jamás quiso suponer que la guerra se pudiera perder.

–¿Crees que estaban conchabados?

–¿Quiénes?

– Azaña y Casado.15

–¡No, hombre! Ni pensarlo. ¿Sabes cómo llamaron a las quintas de la movilización general de última hora, los de más de cuarenta años?

–No.

–Las quintas del colorín-colorado. Por aquello de: este cuento se ha acabado.

–Aquí, no.

–Ni en Madrid. Allí no se pensó nunca que podían rendirse. Pero los dirigentes estaban dispuestos a poner fin a la guerra, como fuera.16 Nunca vi tanto odio ni tanto resentimiento. Dejando aparte que la vuelta de Negrín, la llegada de los jefes comunistas derrotados en Cataluña produjo un verdadero malestar.17 Al fin y al cabo ellos, los que estaban en Madrid, llevaban treinta meses sosteniéndose frente al enemigo; a los que volvieron de Francia les hicieron el vacío. Añade que los anarquistas vieron la posibilidad de que había llegado la suya. Para los libertarios no cuenta el tiempo sino la ocasión.18 Fue Melchor Rodríguez el que le propuso a Casado que un nuevo Frente Popular se hiciera cargo del Gobierno.19 Sin contar que desde hacía tiempo Besteiro y Casado estaban en relación con el Gobierno inglés para descabellarnos. Luego vino la dimisión de Azaña, el reconocimiento de Franco por Inglaterra y Francia.20 Es posible, aunque parezca mentira, que Casado creyera en la palabra de Franco.21 «O todos nos salvamos o todos nos hundimos en la exterminación y en el oprobio» –había dicho Negrín–,22 y el Consejo de Defensa se impuso –fueron sus palabras– «como primera y última, como única tarea, convertir en realidad estas palabras». Creo que fue San Andrés el que leyó eso.23 Las remachó Casado diciendo: «El pueblo español no abandonará las armas mientras no tenga la garantía de una paz sin crímenes.»24 Empezó la rebatiña por los puestos; así el padre Benito –Feliciano Benito, el que detuvo al gobierno de Largo Caballero en Tarancón, el 36–, ha llegado a Comisario del Ejército del Centro... Tan orondo.25

–Te paso los comentarios. ¿Y estos últimos días?

–Una mañana se le presentó a Casado el coronel de artillería Cendaños, o Centaños, no sé exactamente:26 jefe de la Maestranza de Artillería: –A sus órdenes. Le habló de algo relacionado con su especialidad, y de pronto, le espetó: –Mi coronel: soy el representante del general Franco. La cara que pondría casado... Que, además, estaba hecho físicamente polvo.27 El artillero iba con otro y le advirtieron, después de felicitarlo, que solo tenían la misión de buscar un acuerdo para la rendición incondicional.28 Casado hizo el paripé de exclamar que estaba dispuesto a luchar hasta el final. Cendaños, muy seguro de sí, le alargó un documento con las condiciones.29 Lo de las condiciones es una manera de hablar. Como es natural, Franco se negaba a entablar conversación alguna. A pesar de todo, el tira y afloja entre Madrid y Burgos ha durado una semana. Los militares –y la Junta– pensaron en organizar la evacuación de la población civil de Madrid, en retirar el ejército del Centro por el Tajo. Pero, en fin, como era de esperar, no decidieron nada. De todos modos se hizo un plan que debía de haberse puesto en práctica ayer. Creo que el 19, Cendaños le comunicó que el generalísimo accedería a negociar únicamente para disponer los detalles de la rendición, y no con él sino con militares que no pasaran de coroneles; Garijo y Ortega fueron a Burgos el 23.30 Los que los esperaban ni quisieron escucharlos –los recibieron de muy mala manera, sin salir del aeropuerto–, les alargaron un documento para que se lo dieran a Casado exigiendo la entrega de nuestra aviación para anteayer.31 Como puedes suponer, al enterarse, lo que hicieron los pilotos fue irse volando a Francia o Argelia.32 Garijo y Ortega volvieron a Burgos hace 48 horas, pidiendo un plazo de veinticinco días para que nos marcháramos –los que quisiéramos o pudiéramos– en barcos ingleses y franceses. Volvieron con el rabo entre las piernas. Ayer habló por teléfono Casado con Burgos y Franco le hizo contestar que hoy empezaría el avance por todos los frentes. Ayer, a mediodía, entraron en Pozoblanco.33 Ya no hay frentes.

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