Kitabı oxu: «Gaijin»

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GAIJIN

Maximiliano Matayoshi

GAIJIN

Maximiliano Matayoshi

COLECCIÓN

AVALANCHA

Odelia

Editora

Índice de contenido

Portada

Portadilla

Legales

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Epílogo


Matayoshi, MaximilianoGaijin / Maximiliano Matayoshi ; fotografías de Victoria Abalde. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : María Eugenia Krauss, 2020.Libro digital, EPUB - (Avalancha ; 1)Archivo Digital: onlineISBN 978-987-86-7053-91. Narrativa Argentina. 2. Inmigración. 3. Japón. I. Abalde, Victoria, fot. II. Título.CDD A863

Primera edición: Alfaguara, 2003.

ODELIA EDITORA

facebook.com/odeliaeditora

e-mail: odeliaeditora@gmail.com

Diseño gráfico de tapa e interiores:

che.ca diseño

che.ca.dg

© GAIJIN Maximiliano Matayoshi 2017

No se permite la reproducción parcial o total de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopia, digitalización u otros medios, sin el permiso previo y escrito del editor.

Su infracción está penada por la ley 11.723 y 25.446.

Primera edición en formato digital: diciembre de 2020

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

Dedico esta edición a Victoria,

mi compañera en todo esto.

Y a Bruno, quien al fin

le puso nombre a todo esto.

Estos agradecimientos son todos

para mamá, Regina Arakaki.

1

La profesora Hiroko nos dio un lápiz a cada uno para después decir que podíamos irnos, que los cuadernos aún no habían llegado pero estaba segura de que los tendríamos la semana siguiente. Nos levantamos de los bancos ―placas de acero apiladas― y salimos de la carpa. Al tomar el camino de los cinco tanques, Tatsuo me alcanzó para preguntarme si iría a la plaza. Me mostró cuatro proyectiles de cañón y sonrió. Aquellas municiones eran un gran tesoro entre nosotros, pocas se encontraban nuevas y cuando teníamos alguna nos reuníamos en la plaza para el gran ritual: las enterrábamos boca abajo y les colocábamos clavos a los casquillos para luego soltar una piedra o algo pesado desde lo alto del tobogán. Cuando la piedra golpeaba los clavos, la explosión dejaba un pozo enorme y quedábamos sordos durante horas. Pero ese día no me importaban las explosiones. Tatsuo dijo que yo era un tonto y corrió hacia otro grupo de chicos. Seguí por el camino mientras mis pies descalzos se cuidaban de no cortarse con piedras o esquirlas de granadas. De a ratos me detenía a descansar y a cubrirme del sol del verano. Detrás de un árbol y debajo de una piedra vi algo que brillaba. Pensé que era uno de esos gruesos vidrios que se usaban en los tanques, como los que tenía guardados en mi caja secreta, pero no, era un cuchillo. En realidad una navaja, pero entonces creí que era un cuchillo. Me pareció el objeto más hermoso del mundo, mejor que los rifles, los cascos, las municiones y las otras cosas que juntaba. Bajé al río por un sendero que apenas se distinguía por entre las plantas. En cuclillas junto al agua que mamá no me dejaba tomar porque de seguro estaba envenenada, limpié el cuchillo hasta que pude verme reflejado en su hoja. Más tarde, al llegar a casa, saludé a mi hermana que comía sola. Yumie tenía cinco años y mamá siempre la hacía comer primero y le guardaba los pedazos de carne y todas las cosas ricas. Me serví arroz ―dejé un poco para mamá― y una batata de la olla. Hacía meses que comíamos solo eso, lo único que podíamos comprar. Terminé lo más rápido que pude y lavé las tazas con el agua del balde. Después le dije a Yumie que esperara a mamá, que yo ya regresaba. A mamá no le gusta que estés afuera todo el tiempo, dijo. Salí sin decir nada.

Subí por el camino viejo, el que pasaba por el mercado y la carpa de la Cruz Roja. Mamá había trabajado ahí, pero ahora atendía a los pacientes en las casas; por eso, en el pueblo, todos la conocían y algunas veces nos regalaban un poco de comida, ropa y otras cosas. La comisaría, la ex comisaría, estaba ocupada por soldados americanos con su bandera americana y sus uniformes americanos. Poca gente se atrevía a decir gud mooning o geroo o algo por el estilo, la mayoría solo agachaba la cabeza y hacía de cuenta que la comisaría, al igual que sus casas, había desaparecido con los bombardeos. Cerca de la plaza, donde antes había una escuela, se levantaba un comedor que habían puesto los americanos: servían comida occidental, era gratis y podías comer casi todo lo que quisieras. En un invierno en que la cosecha fue pobre, mamá me obligó a ir al comedor con Yumie. Dijo que era estúpido no comer, que una cena siempre era una cena. Cuando le pregunté por qué no venía con nosotros solo dijo que no tenía hambre.

El camino del norte comenzaba detrás de la plaza y terminaba más allá del bosque. El viejo que vivía cerca de ahí tenía una cosecha nueva de zanahorias; las guardaba en la parte de atrás de la casa, apoyadas en la pared sin ventanas ni puertas. Pasé el alambrado, gateé hasta la casa y me asomé: él no estaba. Di la vuelta y tomé todas las zanahorias que pude. Llené la camisa, los pantalones, sostenía veinte en cada brazo y hasta tomé una con la boca. Volví a correr hasta el alambrado y, al salir al camino, el viejo me esperaba. Me aferró de la camisa. Intenté soltarme, pero no pude. Me sostuvo hasta que levanté la vista para mirarlo a los ojos. Entonces me abofeteó y regresó a su casa. Recogí del suelo las zanahorias ―solo dejé tres― y corrí hasta cruzar el pueblo. La plaza, el comedor, la comisaría y la carpa pasaron sin que los viera. Vendí las zanahorias en el mercado, pero guardé una para mi hermana porque le encantaban. Con el dinero compraría un pescado en el puerto. Hacía meses que no comíamos pescado y los que yo conseguía en el río no podían comerse. Pero antes de llegar encontré un negocio nuevo: era una heladería. Aunque no sabía que se llamaba así, había visto a los americanos con esas cosas rojas en la boca y siempre había querido saber qué eran. Pensaba que los traían de allá, no imaginaba que podían conseguirse en el pueblo. Saqué todas las monedas del bolsillo, pero cuando pedí tres helados la señora dijo que solo me alcanzaba para uno. Le dije que me devolviera las monedas, no podía dejar a mi hermana sin helado. Ella me miró para luego darme dos envoltorios de papel de la caja de metal. Llevátelos, pero no le cuentes a nadie, dijo. Antes de salir del negocio abrí uno de los paquetes y probé algo que era frío, rojo y dulce, no tan dulce como el azúcar pero sí más rico. En ese momento pensé que los americanos eran las personas más afortunadas del mundo y me dije que con razón habían ganado la guerra. Cuando me di cuenta de que el helado se hacía agua, miré el otro paquete que aún estaba cerrado, y comencé a correr a través del pueblo empujando personas y pidiendo disculpas; terminé mi helado en el camino y llegué a casa. Mi hermana, sentada en el escalón de la entrada, jugaba con las hormigas. Abrí el paquete para darle su helado y aunque estaba derretido aún quedaba un poco. Yumie lo olió y después intentó morderlo. Gritó y lo tiró al piso. Lo levanté para volver a ponerlo en su mano. Le expliqué que era frío y muy rico, que no fuera tonta, que los americanos lo comían todo el tiempo, y al fin aceptó. A ella nunca le gustó el helado.

2

No pudimos comer pescado, pero aún quedaba arroz, batatas y media zanahoria. Mi hermana dormía y yo esperaba en el escalón de la puerta mientras abría y cerraba mi cuchillo, y pensaba que ningún americano tenía uno así. Mamá llegó por el camino y entró a casa sin saludar. Le serví la comida en dos tazas y le llevé agua en un vaso. Mientras acariciaba mi mejilla y mi oreja como solía hacer, preguntó si aún quería ir a la Argentina. Yo conocía a unos chicos que se habían ido y a otros que decían que era como América pero mejor: los argentinos no matan a los japoneses. Quiero que vayamos todos juntos, dije. Mamá me miró y me tomó de las manos. No podemos ir todos, no tenemos el dinero, además Yumie es chica para viajar y yo debo quedarme a cuidarla. Irás solo. Si tu papá estuviera sería diferente, dijo.

Fue un año de ver a mamá empeñada en conseguir dinero: préstamos, ventas de terrenos y casas derruidas, y hasta negocios con los americanos. Durante la última semana antes de viajar les regalé a mis amigos casi todas las cosas que guardaba en mi caja secreta. Me quedé con los zapatos que nos habían dado el año anterior y que mamá me dejaba usar en invierno, unos chicles que encontré en el bolsillo de un uniforme americano y un libro escrito en inglés que me había regalado la profesora Hiroko. Al colegio no fui más. Acompañaba a mamá en sus visitas, le llevaba el maletín y ayudaba a lavar las cosas. Después de almorzar me decía que fuera a casa a ver cómo estaba Yumie. Por la tarde recibía a familiares y amigos de mamá y papá que pasaban a visitarme. Tía Momoko, la hermana de papá, estuvo solo unos minutos. Se arrodilló, puso sus manos en mi rostro y se quedó así. Al salir me dijo que era igual a papá y me dejó un paquete en el escalón de la puerta. Antes de que me diera cuenta, Yumie ya había desatado el pañuelo que lo envolvía: una agenda y una pluma que no hacía falta mojar en tinta. Nunca pude agradecerle el regalo.

Dos días antes de que saliera el barco, mamá me mostró los dólares que había conseguido al vender la casa del abuelo y el documento que había tramitado con unos hombres que habían venido desde Suecia, un papel con una foto mía en el frente. Me pregunté por qué el gobierno de un país más lejano que Argentina me daba el documento que necesitaba para salir de Japón y por qué tenía que viajar solo a mis trece años. De su botiquín sacó un papel más chico: mi pasaje.

Salimos antes del amanecer. Mamá cargaba mis bolsas en la espalda y yo llevaba a mi hermana dormida. Caminamos durante horas esquivando los senderos minados que estaban señalados con carteles y cuidando de no meter el pie en los pozos que habían dejado los morteros. Me costaba caminar con los zapatos, eran demasiado grandes y no estaba acostumbrado a usarlos. Como mamá no había preparado nada para tomar porque ya cargábamos demasiado peso, de vez en cuando llamábamos a la puerta de alguna casa y pedíamos agua. Antes del mediodía llegamos a un llano donde se levantaban cientos de montículos, algunos con lápidas pero la mayoría solo de tierra. Mamá lo cruzó lo más rápido que pudo y mi hermana y yo la encontramos poco después bajo la sombra de un árbol. Nos sentamos para sacar de la bolsa los paquetes de comida: batata, un poco de arroz y pescado. Cuando le pregunté a mamá dónde había conseguido la comida dijo que era un regalo y que podía comer todo lo que quisiera. Comí mucho ―me gustaba el pescado― pero dejé un poco para ellas, para el camino de regreso. Reanudamos la marcha; desde el camino se veían cada vez menos casas y las pocas que encontrábamos estaban vacías o incendiadas. Un par de horas antes del atardecer, desde una loma, vimos el final del camino, una aldea en la costa oeste de la isla. No seguimos hasta el pueblo, nos desviamos a través de un bosque que podía estar minado y encontramos un sendero oculto bajo las plantas. Mamá dijo que faltaba poco. Antes de ver el mar, vi una chimenea por sobre las copas de los árboles.

El Ruys, así se llamaba el barco, estaba atracado en un abandonado puerto secreto. Era más grande de lo que imaginaba: recorrerlo de punta a punta me hubiese tomado unos cien pasos. En el muelle, muchas personas formaban dos filas que pasaban junto a una mesa con hombres de uniforme, subían por rampas y entraban por puertas diferentes. Mamá dijo que nos pusiéramos en la fila más larga, la que iba hacia la parte inferior. Le dije que regresaran, que si partían en ese momento llegarían de noche, pero si se quedaban más tiempo tendrían que dormir en el camino. No me contestó y no insistí. Antes de que oscureciera llegamos a la mesa de oficiales, tres gaijin (1) y un chino. Me pidieron el documento del gobierno sueco y el pasaje, y le dijeron a mamá que debía esperar afuera de la fila. Ella me abrazó para después alisar mi camisa arrugada. Mi hermana dijo adiós como si me fuera al colegio o a la plaza. Saqué los chicles del bolsillo de mi pantalón para dejarlos en su mano y le di un beso. Me devolvieron los papeles, subí por la rampa y entré al barco.

1. Gaijin: persona de afuera, extranjero.

3

Seguí a las personas que iban delante, no sabía hacia dónde, pero en la mesa del muelle habían dicho que todos dormiríamos en un mismo sitio. Las paredes de los pasillos ―algunas de metal y otras de madera― dejaban poco espacio para caminar. Dos personas no hubiesen podido pararse una junto a la otra, y con las bolsas al hombro resultaba difícil pasar por las puertas. Solo podía ver el piso y la espalda del hombre que caminaba adelante: las luces se encontraban muy alejadas una de la otra y entre ellas solo había oscuridad. Después de doblar a la derecha y de bajar por una escalera empinada, comencé a escuchar un murmullo de voces y algo que sonaba como el quejido de un animal grande. A medida que avanzaba pude distinguir risas y llantos de niños y voces de mujeres, pero al llegar a la última puerta todo volvía a ser confusión. Era un depósito enorme, casi tan largo como el barco, y de sus paredes de metal colgaban tres pisos de literas. Por el centro, el eje de la hélice giraba y dividía la sala en dos pasillos largos. Todo el lugar resonaba con un estruendo que hacía vibrar las cadenas de las literas, las paredes y el piso. Unas pocas luces, que colgadas de remaches en el techo se sacudían todo el tiempo, no alcanzaban a iluminar un tercio del lugar. Apenas podía distinguirse a hombres de mujeres. Cuando me empujaron desde atrás avancé por el pasillo de la derecha. Como todos los lugares cercanos a la puerta ya estaban ocupados, avancé hasta el final y elegí la única litera de abajo que se encontraba vacía: una plancha de metal con una manta enrollada en uno de sus extremos. Cuando dejé mi bolsa en el suelo para desatar el cordón que la mantenía cerrada, un hombre mayor se acercó, me golpeó el hombro y dijo que ese era su lugar, que debía usar el de arriba. Miré la litera que colgaba sobre mí y arrojé el bolso. Me aferré de las cadenas para poder subir. Me quité los zapatos y los guardé, desenrollé la manta y me quedé sentado.

Algunas personas aún buscaban lugar, los chicos permanecían juntos en las literas más altas mientras los mayores intentaban ubicar sus bolsos donde ocuparan menos espacio. El murmullo persistía, yo no podía determinar su origen y aunque nadie hablaba, las voces permanecían. Un hombre arrojó su bolso junto a mí y trepó para mirarme a los ojos. Más arriba, ordenó. Tomé mis cosas para subir a otra litera, igual de dura y fría. Los altavoces que colgaban de las paredes sonaron con un ruido agudo: alguien con un japonés mal pronunciado nos anunció que saldríamos en media hora y que teníamos prohibido subir a cubierta hasta nuevo aviso. Cuando las puertas se cerraron, el lugar quedó más oscuro todavía. Busqué la manta para ponerla alrededor de mi espalda y cubrirme la cabeza. Aunque no hacía frío, imaginé que muchos estarían haciendo lo mismo.

Cuando el eje comenzó a girar más rápido y a hacer más ruido, algunos se cubrieron las orejas con las manos y otros nos escondimos entre las mantas. Pensé que se rompería, que el barco quebrado nunca llegaría a Argentina y que mamá aún estaría en el muelle esperando que yo partiera. Pero aunque el ruido se hizo insoportable, nada se rompió. Sentía que avanzábamos despacio, que las olas nos levantaban y bajaban con suavidad; antes de que me diera cuenta me había inclinado para que mi cabeza sobresaliera de la litera y así poder vomitar. Luego de limpiarme la boca con la manga de la camisa vomité otra vez. Me recosté, junté las rodillas contra el pecho y abracé mis piernas. Intenté pensar en otra cosa, en cómo sería Argentina sin tanques, sin soldados americanos y sin muerte. Pero al volver a vomitar, acostado bajo de la manta, recordé la canción que papá cantaba para que me durmiera. Fue con ella que habían llegado las explosiones de los bombardeos y los incendios que iluminaban la ventana de mi habitación. Al fin me quedé dormido.

El ruido del altavoz me despertó: ya podíamos salir a cubierta, la comida comenzaría a servirse una hora más tarde. Al salir del depósito, un par de tripulantes chinos entregaban un pedazo de papel con un número escrito. Las comidas eran servidas en cinco turnos, cincuenta personas por vez. Una señora me preguntó si podía cambiar mi lugar en el tercer turno para que ella pudiese comer con su hija. Como tendría media hora más para recorrer el barco y en ese momento no podía ni pensar en comida, acepté. La señora me agradeció, alzó a su hija y pronto se perdió entre la gente.

La cubierta de segunda clase que estaba en el frente del barco era el único lugar al aire libre donde podían ir los de tercera y había cuatro tripulantes chinos con garrotes que se encargaban de que fuera así. Tenía el piso de madera y algunos bancos donde las madres se sentaban con sus hijos dormidos en el regazo. Los pasajeros de segunda y tercera clase solo se diferenciaban por la ropa. Todos mostrábamos cansancio y resignación en nuestra forma de caminar y de bajar la mirada. Zapatos del mismo tamaño que el pie era lo único que nos distinguía y los tripulantes chinos no veían siquiera esa diferencia. Cuando estaba en tercer grado, un general se había presentado en mi clase para mostrarnos un mapa de Asia, con Japón en un color rojo que abarcaba también algunos territorios de China. Nos habló de los chinos que mataban a sus hijos y golpeaban a sus esposas, de los niños chinos que les pegaban a sus padres y maestros, y de los abuelos chinos que debían trabajar todo el día sin descanso. Eran los mismos chinos que nos envidiaban por ser superiores y que desde siempre nos odiaban. Pero la mayoría no quiere vivir así, dijo, y por eso llevamos esta guerra, para liberarlos y que puedan vivir como nosotros. Mientras decía esto, mostraba cuadros de un joven soldado japonés que luchaba contra decenas de soldados chinos, de estudiantes chinos que se burlaban de sus maestros y de niños chinos que escupían a sus padres. Durante la cena de aquel día, papá nos contó que lo habían despedido ―él enseñaba en la misma escuela en la que yo estudiaba― y que al día siguiente intentaría conseguir otro trabajo, tal vez en el puerto. Preguntó si en mi clase había estado el general, quiso saber lo que nos había dicho y si yo le había creído. Claro que le creí, dije. Me tomó la cabeza para asegurarse de que lo miraba a los ojos y preguntó si me acordaba del señor Chow ―el hombre que hacía juguetes y vivía cerca de casa― y si yo creía que él lastimaba a su esposa o si alguna vez nos había tratado mal. Cuando preguntó si su muerte me había parecido justa, no pude responder. Papá se incorporó para alcanzar el avión de madera que colgaba del techo y lo dejó sobre la mesa. Él era chino, dijo.

11,86 ₼
Yaş həddi:
0+
Həcm:
210 səh. 1 illustrasiya
ISBN:
9789878670539
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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