Kitabı oxu: «Yo maté a mi tía Gladys»
Yo maté a mi tía Gladys
Una novela de
Mayra Black
Colección Noir

Mayra Black
Yo maté a mi tía Gladys / Mayra Black. - 1a ed. - Villa Sáenz Peña : Imaginante, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8447-48-3
1 1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Suspenso. 3. Novelas Policiales. I. Título.
CDD A863
Edición: Oscar Fortuna.
© 2021 Mayra Black
© De esta edición:
2021 - Editorial Imaginante.
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ISBN 978-987-8447-48-3
Conversión a formato digital: Libresque
EL DESCUBRIMIENTO
Macabro hallazgo: se encontraron enterrados los restos de una mujer en el fondo de una casa en Morón.
El cuerpo estaba envuelto en plástico, a un metro y medio de profundidad. El principal sospechoso sería el antiguo dueño de la vivienda, quien tiene antecedentes criminales y psiquiátricos.
En las primeras horas de la tarde de ayer, trabajadores encargados de la excavación destinada a construir una pileta de natación denunciaron el hallazgo de un bulto de apariencia sospechosa, enterrado a un metro y medio de profundidad.
Poco después, se hizo presente una patrulla, que constató la veracidad de la denuncia. Seguidamente, arribó personal policial y de criminología, quienes procedieron a desenterrar lo que resultó ser el cuerpo de una mujer envuelto en plástico.
El médico forense, Mariano Ibáñez, indicó que, por lo observado y analizado a priori, el cuerpo habría sido sepultado hace varios años, por lo que se descarta la responsabilidad de los actuales moradores de la casa. Añadió que, si bien el estado del cadáver hace imposible determinar a simple vista la causa de la muerte, es lógico deducir que se trata de la víctima de un homicidio.
En medio del dolor y la desagradable sorpresa generada en el vecindario, se comentó que el propietario original, Ramiro Hernández, de 34 años, había estado vinculado a un grave hecho de sangre ocurrido hace varios años, que le habría valido una prolongada internación en un hospital neuropsiquiátrico. A pesar de sus antecedentes como enfermo psiquiátrico, los vecinos manifestaron que, a partir de su regreso a la casa, la conducta de Hernández había sido normal, si bien era poco dado a establecer relaciones, tenía escasa vida social y no se le conocían familiares ni relaciones amorosas.
La casa fue vendida a sus actuales propietarios hace poco más de tres años y desde entonces se desconoce el paradero de Hernández.
La fiscal a cargo es Raquel Aquafforte, de amplia experiencia en casos de esta naturaleza. Se espera el resultado de la autopsia, que estará a cargo de los peritos forenses, para determinar la causa de muerte y la identidad de la víctima.
(16 de agosto del 2014)
I
Del diario personal de Ramiro Hernández
Miércoles, 12 de mayo del 2010
Me siento bastante más tranquilo ahora. La casa está vacía, las paredes lavadas y lijadas, los pisos cepillados, todo listo para empezar. Por las ventanas abiertas entra un viento seco que es casi un milagro en esta época del año, un viento implacablemente fresco, que huele a limpio, un viento que reanima y da ganas de ponerse a trabajar; eso es lo que voy a hacer a partir de mañana, cuando vaya a buscar la pintura que encargué en lo de Fabiani.
Voy a pintar todo de blanco, es lo más práctico para combinar con cuadros, adornos y cortinas de los colores que elija cuando decida redecorar la casa. Me gustan las cosas sencillas, que no me traen complicaciones ni me obligan a consultar con uno y con otro para ver qué es lo mejor, qué queda realmente bien o qué puede resultar de mal gusto para las posibles visitas, o tan pesado que yo mismo pueda cansarme de mirarlo día tras día.
Quedará linda la casa, estoy seguro. Es hora de que la vida empiece a darme algunas alegrías y satisfacciones.
II
Apuntes de Roberto Giaccovino, licenciado en psicología.
Viernes, 14 de mayo del 2010
Hoy es la segunda sesión de Ramiro Hernández, un paciente derivado por el doctor Jaime Funkenstein, quien tuvo a cargo su tratamiento durante los años que el joven permaneció internado en el hospital neuropsiquiátrico.
Funkenstein no me ha dado detalles de las causas que motivaron esa internación, pero sugiere que la terapia deberá extenderse por largo tiempo, para ayudarlo a superar sus crisis depresivas, salir del aislamiento y reinsertarse en la sociedad.
Ramiro es alto, delgado, de cabellos renegridos que contrastan con la blancura de su piel y ojos oscuros, de mirar profundo, que por momentos adquieren un brillo alucinado y perturbador. Es un hombre serio, reservado, misterioso. Se advierte que se esfuerza por mantener un estricto control de sus expresiones y movimientos corporales, seguramente para no delatar sentimientos y sensaciones que guarda ocultas en lo profundo de su ser.
De acuerdo con la evaluación elaborada en la sesión inicial, carga con un importante monto de angustia, cuyo origen aún no me ha dado pautas para determinar.
Al llegar, saluda formalmente, se sienta en el sillón frente al mío y esboza una sonrisa antes de empezar a hablar, con voz vacilante, como si dudara de la importancia de pronunciar esas palabras:
—Estoy bastante más sereno ahora. Comencé a pintar el comedor de la casa, despacito y tranquilo, no tengo nadie que me apure, y me doy cuenta de que me hace bien. Todo de blanco, más fácil para pintar y más limpio, el mejor color. Me da la impresión de que la casa se ve pura, como protegida del mal. Antes era todo oscuro, rojo oscuro, verde musgo, azul desteñido, algunas paredes de color mostaza, parecía más un lugar de juegos para niños que una casa de familia, ¿me entiende? —Le digo que sí, por ahora me parece más prudente no ahondar en el tema. Intuyo que volverá a tocarlo en el futuro—. A propósito, todo esto que le cuento lo estoy poniendo en el diario de mi vida, como me había aconsejado usted la vez pasada. No resultó tan difícil como pensaba, vamos a ver si me ayuda para algo. Porque como escribí en el diario, me parece que es hora de empezar a recibir algo bueno de la vida.
—¡Qué curioso! Ramiro…, ese comentario me llama un poco la atención. Usted dice que: «es hora de empezar a recibir algo bueno de la vida». ¿Quiere decir que siente que nunca ha recibido nada bueno en su vida? —Niega con un movimiento de cabeza, parece desconcertado por mi pregunta.
—Bueno, tal vez decir «nada» es un poco exagerado… —admite— Pero, a ver…, qué se me ocurre… —Desvía la mirada, baja la cabeza, se queda pensando. Finalmente, como iluminado por una revelación, exclama—: ¡Algo bueno que he recibido de la vida es mi fantástico metabolismo, que me permite comer todo lo que quiera sin aumentar de peso! Sí, ya sé que a usted puede parecerle una frivolidad, pero ¿sabe la envidia que despertaba en mis conocidos? A veces hacían bromas, se reían de mi manera de comer, pero siempre había alguno que se atrevía a decir lo que pensaba: «Viejo, vos sí que tenés suerte, no sabés cómo te envidio». Mi tía Gladys era una de las que me envidiaba. Porque ella vivía a dieta, no podía comer pastas ni dulces ni frituras, según decía, engordaba solo de mirar las comidas que le gustaban. Sí, usted se ríe, pero una mujer empecinada en pesar lo mismo que pesaba a los quince años, sufre como una esclava. Desde que era chico se pasaba diciéndome: «Pará, Ramiro, vos no engordás, pero estás abusando de tu estómago, te estás haciendo daño». Cuando fui un poco mayor, se dio cuenta de que a mí no me asustaban sus advertencias y empezó a probar con otros argumentos. Por ejemplo: «Mirá, vos seguís comiendo de esta manera desaforada porque sos un desconsiderado y un egoísta. No te das cuenta de que estás desestabilizando el presupuesto familiar. ¡Sí, con vos gastamos más en comida que en cualquier otra cosa!». Como tampoco así conseguía hacerme reaccionar, ella terminaba perdiendo la imagen de mujer fina y de cuidado lenguaje que le gustaba lucir frente a los demás y caía en lo más ordinario: «¡Vos comés como un barril sin fondo! ¡Me da asco verte comer de esa manera, ni que fueras un mendigo que por primera vez se sienta en una mesa!».
A mí, lo que más me enojaba era cuando le daban esos ataques delante de otras personas, amigos de ella o míos, por ejemplo, en un cumpleaños o en las reuniones familiares, porque nunca faltaba alguno que se le daba por festejarla y otros que la imitaban y al final estaban todos riéndose de mí. De envidia, porque yo podía comer todo lo que quería y no engordaba, ni siquiera tenía panza, o distensión abdominal, como lo llamaba mi hermana.
—A ver, Ramiro —le digo esbozando una sonrisa que pretende ser amable y comprensiva, pero se me ocurre que Ramiro la puede interpretar como una burla más a su relato y vuelvo a estar serio—. ¿Por qué no me cuenta un poco más de su tía Gladys? —Él se sobresalta, cambia su postura, es como si se hubiera puesto en guardia, y en sus ojos aparece algo así como ¿miedo?
—¿Y por qué quiere que le hable de mi tía Gladys? ¿Qué tiene que ver mi tía con el problema que tengo ahora…? —pregunta, desafiante.
—Bueno, no se me ocurre nada en particular, Ramiro, pero como ha sido la primera persona de la que me ha hablado y se ha extendido tanto sobre ella, me inclino a pensar que es alguien que tuvo un lugar de cierta trascendencia en su vida. ¿Me equivoco? —Deja escapar un suspiro de alivio, vuelve a acomodarse en el sillón y empieza a responderme.
—Sí, claro, desde su punto de vista seguramente podría decirse que mi tía Gladys fue alguien con mucha trascendencia en mi vida. Más que mi padre, que murió cuando yo tenía cinco años y apenas lo conocía. Más que mi hermana Sofía, que pasó la mayor parte de su infancia viviendo con mis abuelos maternos y solo venía a pasar algún fin de semana con nosotros y para las fiestas de fin de año. Y más que mi madre, que trabajaba once horas por día y cuando estaba en casa se quejaba de estar cansada, de tener sueño, de que la comida le había caído mal, de que el tránsito estaba cada vez más complicado y estacionar en la zona céntrica era una misión irrealizable.
—Entonces, ¿su tía Gladys vivía con ustedes? —Me mira fijo, directo a los ojos, como si quisiera estar seguro de que soy alguien en quien puede confiar y vuelve a hablar con una voz lenta, pastosa, pensativa. Tengo la sensación de que ya no está hablando conmigo, sino consigo mismo, retomando recuerdos, tratando de entenderse, cuando se supone que debo ser yo el que trate de comprenderlo.
—Ella vino a vivir con nosotros cuando nació mi hermana, porque mamá tuvo que trabajar doble turno y no podía darse el lujo de pagar una niñera. Cuando mi padre murió, a mi hermana se la llevaron los abuelos y tía Gladys pasó a hacerse cargo de la casa y de mí.
—Entonces, ella pudo hacerse cargo de la casa durante todo el día, por lo que me está contando, ¿es así? La tía no estudiaba, no salía con amigas, ¿vivía todo el tiempo con ustedes, Ramiro?
—¡Con nosotros no, conmigo, solo conmigo…! —se apresura a aclarar— Ah, y el gato Tobías y Tomy, el perro salchicha que vivió hasta que tuve diez años. No, ella no salía casi nunca sola… Bueno, a veces un domingo, cuando mi madre se quedaba en casa, pero Gladys estaba siempre conmigo. Por eso hablé primero de ella, tiene razón, porque formaba parte de mi vida todo el tiempo. En todo momento, como si fuera mi sombra, ¿me entiende? Como si la única responsabilidad de su vida fuera ocuparse de Ramiro.
—Y eso a usted no le gustaba…
—¿Y a usted le parece que le hubiera gustado tener una tía persiguiéndolo todo el tiempo, hasta cuando iba al baño? ¡No, no me gustaba! O sí…, bueno, debe haberme gustado cuando era chico, cuando mi madre empezó a estar todo el día fuera de casa y Gladys era la tía protectora, la que me llevaba al parque, la que me hacía el almuerzo y se sentaba a comer a mi lado, la que me llevaba a la escuela y me ayudaba a hacer la tarea. Porque ella había asumido el papel de mi madre, era lo que hacían las madres de los otros chicos o sus abuelas, a veces.
—Pero en algún momento empezó a dejar de gustarle… —Otra vez se sobresalta y sus ojos vuelven a poblarse de sombras. Cuando habla, su voz suena cargada de enojo—. ¿Quiere contarme cuándo ocurrió eso? —pregunto, dudando o fingiendo que dudo. No quiero que se sienta invadido por mi inquisición, porque sin duda para él mi interés por saber solo puede ser interpretado como curiosidad, tal vez hasta curiosidad malsana.
Hay dudas en su mirada, incertidumbre, siento que por alguna razón le da miedo hablar de ese tema. Puede ser que todavía no confíe en mí lo suficiente, después de todo, esta es solo la segunda sesión que tenemos, y Ramiro es un individuo enfermo, psicológicamente enfermo. No quiero ponerlo en una situación desagradable para él. Cuando estoy por sugerirle que lo dejemos para la próxima semana, comienza a hablar, cabizbajo, sumido en sus propios pensamientos, con voz temblorosa:
—Dejó de gustarme cuando se metió en el baño mientras yo estaba bañándome.
—¿Eso hizo…? —La frase queda suspendida en el aire; él se refugia nuevamente en el silencio. Cuando levanta la cabeza para mirarme, en sus ojos percibo la determinación de seguir adelante con el relato, pero también está esperando el visto bueno de mi parte para hacerlo.
—Eso mismo. La puerta del baño no tenía llave, el pasador interno se había roto, pero a nadie se le había ocurrido entrar sin asegurarse de que no estaba ocupado. No digo que había que golpear, claro, pero siempre preguntábamos: «¿Vacío?». Esa era la pregunta, «¿vacío?», era suficiente. Pero esa noche…, era un viernes, me acuerdo porque había estado jugando al fútbol con unos amigos y había transpirado mucho, por eso quería bañarme antes de cenar. Y estaba allí, debajo de la ducha, desnudo, medio enjabonado, cuando mi tía abrió la puerta del baño y se quedó allí, mirándome…
—Me imagino que usted se habrá sentido incómodo, claro. Y ella, ¿qué hizo?
—Empezó a reírse, pero no era una risa de burla ni la risa nerviosa de alguien que se da cuenta de que metió la pata, ¿me entiende? Era una risita provocadora, insinuante, como si quisiera seducirme…, no sé si me entiende.
—Muevo la cabeza afirmativamente, sí, claro, creo que lo entiendo, pero me cuesta, de verdad me cuesta mucho aceptar que Ramiro me esté diciendo que su tía lo vio desnudo cuando era un jovencito y adoptó una actitud de seductora. Pero él solo ve mi afirmativa y suspira, aliviado, antes de seguir—. Yo tenía quince años, ya no era un chiquito. Había visto películas con escenas de sexo, mis compañeros de la secundaria hablaban de sexo, las chicas de mi barrio empezaban a tener tetas y a contornearse cuando caminaban. Yo sabía lo que significaba todo eso, lo que anticipaba, lo que estaba presagiando. ¡Pero mi tía tenía treinta y cinco años, era una mujer! ¡No me va a decir que no se daba cuenta del mal que me estaba haciendo con esa mirada! —Ramiro está alterado, nervioso, las manos le tiemblan y su voz empieza a quebrarse. Me doy cuenta de que aquel acto de indiscreción de su tía Gladys le ha producido un daño que no ha podido superar con el paso del tiempo—. Ella tenía un vestido verde, de una tela muy fina, casi transparente. Parada en el hueco de la puerta se le podía ver el contorno de las piernas, mientras ella seguía sonriéndome con los ojos entrecerrados. Entonces, tuve una erección, y ella alcanzó a verla. Me tiró un beso con la punta de los dedos, se dio vuelta y salió del baño, sin decir una sola palabra. ¡Tuve tanta vergüenza!
—Sí, fue natural que la tuviera en ese momento. Sin embargo, Ramiro, no tiene por qué sentirse culpable. Lo que le ocurrió fue algo normal, teniendo en cuenta las circunstancias. Ni tiene por qué sentirse avergonzado.
—¿Qué se te pare viendo a tu tía en la puerta del baño no es motivo para avergonzarse? —me increpa, casi llorando, con la tensión aflorando de su cuerpo, y continúa—: Esa noche no quise cenar con ellas…, porque estaba mi madre en casa, claro. Me fui a dormir, pero continuamente me venía la imagen de las piernas de mi tía y su sonrisa…, terminé masturbándome, pensando en ella, ¿se da cuenta? ¡Era mi propia tía, la hermana de mi madre!
—Es comprensible, lo entiendo, Ramiro. Pero, en todo caso, si hubo una culpa, fue de su tía, debería haber tenido más cuidado, respetar la privacidad de un muchacho de quince años. Fue un error de ella, está claro, por eso le digo que no debe sentirse culpable ni avergonzado.
¿Y usted no se atrevió a plantearle a su tía que había estado mal lo que hizo? ¿Nunca le contó lo mal que se había sentido? —Sigue enojado, molesto, dolorido. La hora de la sesión ha terminado, pero quiero concluir de una manera menos dramática el encuentro.
—No. Quise dar por cerrado el tema, me pareció que si lo hablaba iba a empeorar las cosas, tal vez ella empezara a hacerme bromas de mal gusto o se hiciera la desentendida, como si hubiera olvidado lo que había pasado. No le dije nada ni se lo conté a nadie, esta es la primera vez que lo cuento. Pero mi relación con mi tía empezó a cambiar desde esa noche.
—A ver…, usted dice que su relación con ella empezó a cambiar. ¿Fue su relación lo que cambió o fueron sus sentimientos hacia ella los que cambiaron?
—Hace amago de comenzar a responderme, pero lo detengo con un gesto—.
¡No!, no trate de contestarme ahora, Ramiro. Le dejo esto como una propuesta para que lo piense y en la próxima sesión me contesta, ¿está bien?
Él acepta tácitamente, se pone de pie y se marcha saludándome con un movimiento de cabeza. Me parece que está perturbado.
III
Del diario de Ramiro
Miércoles, 19 de mayo del 2010
El baño estaba pintado de color mostaza y los azulejos eran marrones. Oscuro, sombrío, así era el baño. Por eso hice quitar los azulejos, lijé las paredes. Hasta el piso de baldosas, de un rojo oscuro como la sangre, hice sacar. Ya compré la cerámica nueva, blanca como la pintura de las paredes, como los sanitarios, como será la cortina para la bañera. Todo blanco, el baño debe ser un lugar limpio, porque es un sitio donde nos deshacemos de la mugre, la transpiración, los desechos de nuestro cuerpo, para salir renovados y puros. Debe ser un espacio privado, donde cada uno sienta que está a resguardo de los otros, donde pueda sentir que será respetado. Va a quedar lindo mi baño y nadie, nunca, va a abrir la puerta mientras esté ocupado por otra persona.
Ahora recuerdo que el psiquiatra que me derivó a Giaccovino me habló de eso, también. De la necesidad de los seres humanos de liberarnos de nuestros desechos, de la basura que llevamos acumulada dentro de nosotros mismos, como los recuerdos que nos perturban, las culpas, los remordimientos, la necesidad de venganzas que guardamos disimuladas detrás de la sonrisa falsa de todos los días. Y me dijo: «Eso vas a hacer, Ramiro, en tus sesiones con el psicólogo. Y vas a sentirte mucho mejor después. Pero claro, Ramiro, eso depende de tu capacidad para abrirte, para ser sincero y honesto contigo mismo. Decir la verdad, Ramiro, aunque te duela». Y no lo hice. Porque yo, al psicólogo, le estuve mintiendo.
IV
Apuntes del licenciado Roberto Giaccovino
Viernes, 21 de mayo del 2010
Ramiro ingresa al gabinete con paso firme, erguido, decidido. Apenas se deja caer en el sillón, levanta la vista y, mirándome de frente, me dice:
—Quiero empezar confesándole algo. El otro día, cuando me preguntó sobre mi familia, no fui sincero con usted, no le dije la verdad. —Quedo a la espera, en silencio. Siento que no hará falta que le haga más preguntas y mucho menos un comentario—. Cuando le dije que mi padre había muerto: eso no es cierto. Mi padre no murió, él se fue de casa, simplemente. Tuvo una discusión con mi madre, se pelearon mal, hubo muchos gritos, insultos y reproches, llanto de ella. Él juntó su ropa en una valija y nos abandonó. Sin despedirse de mí, siquiera. Ni un beso ni una caricia al pasar ni una palabra… Como si yo no existiera.
—Pero ¿sí es cierto que usted tenía cinco años, Ramiro? —Hay un dolor profundo que reflota con estas palabras, que brota de sus ojos y se trasluce en la palidez casi cadavérica que cubre su rostro. Tengo que ayudarlo, pero todavía no alcanzo a percibir cómo.
—Sí. Me desperté con los gritos, llamé a mamá, pero ella no me oyó, siguieron gritando. Me levanté descalzo y me quedé en la puerta del cuarto de ellos, asustado, temblando. Creo que un poco era de frío, porque era pleno invierno, pero también de miedo. Ellos se decían muchas cosas feas, insultos que yo no estaba seguro siquiera qué significaban, pero sabía que eran insultos. Lo que me quedó grabado a fuego fue lo que dijo mi padre antes de marcharse. Le gritó: «¡Esto pasa por haber traído a una puta a vivir en tu casa!».
—Y usted se preguntaba a quién se estaba refiriendo su padre…
—No. No me preguntaba nada —afirma él, sin asomo de duda—. Yo sabía que la única persona que mi madre había traído a vivir a casa era mi tía Gladys. —Confirma, mirándome de frente, pálido como si hubiera recibido una herida mortal— Lo que no sabía era qué quería decir puta.
—Pero ahora, sí lo sabe… —Hay un silencio duro, que parece destinado a extenderse por tiempo indefinido, mientras en mi mente se arma el final de la frase que Ramiro no se atreve a pronunciar: Su tía Gladys era una puta. Aunque él no sabía en aquel momento qué significaba esa palabra.
—Esa frase quedó dando vueltas en mi mente de cinco años y cuando pude saber el significado, empecé a preguntarme por qué mi padre dijo eso de mi tía. Y por qué «eso» había sido motivo para que mis padres se pelearan y él terminara yéndose de casa.
—Seguramente, se habrá preguntado si su padre tuvo alguna aventura con la tía Gladys.
—No. No me lo pregunté por mucho tiempo, al menos. Porque yo había visto cosas, señales, indicios, desde que era muy chico, solo que no sabía interpretarlos. Mi tía apoyada contra la pared de la cocina y mi padre con la cara escondida en su cuello, eso fue un día. Cuando me vieron, ella empezó a reír y dijo que le estaba contando un secreto. Otra vez, entré llamando a mamá en la sala y alcancé a ver que mi padre le bajaba la falda a mi tía. Era chico, pero me pregunté por qué mi tía había estado sentada en el sofá con la falda levantada. Así dos o tres veces, escenas que no le decían mucho a un chico de cuatro o cinco años, pero cuando fui creciendo pude interpretar.
—Entonces, me pregunto, Ramiro…, el hecho de que usted hubiera logrado entender lo que dijo su padre refiriéndose a la tía Gladys, ¿puede haber sido el motivo que lo hizo interpretar como seductora la manera en que ella lo miró al verlo desnudo en el baño?
—¿Usted quiere decir que en mi inconsciente yo tenía grabado el concepto de que mi tía era puta y entonces se me ocurrió que me estaba provocando? —Sonríe, como si lo que acabo de decirle le pareciera una ingenuidad impropia de un profesional de la psicología y, de paso, me recuerda que no es un neófito en estos temas y entiende bien de qué le estoy hablando—. No puedo estar seguro de eso…, pero sea como sea, tuve sobradas oportunidades de comprobar que había estado en lo cierto, ya le voy a ir contando. ¿Pero, recuerda la pregunta que me dejó picando la vez pasada? ¿Si lo que había cambiado a partir de aquel día eran mis sentimientos o mi manera de relacionarme con ella? —Asiento, sin necesidad de palabras. Estoy seguro de que Ramiro va a darme una respuesta concreta y, casi seguramente, sincera—. Empecé a sentirme incómodo estando cerca de mi tía. A estar intranquilo cuando sabía que estábamos solos en la casa, aunque me quedara encerrado en mi habitación y ella estuviera ocupada en la cocina, por ejemplo. Empecé a evitar el menor contacto con ella, hasta esos que son inevitables, como ocurre cuando alguien te alcanza un plato o algo que se te ha caído. La miraba con desconfianza, siempre la veía sospechosa de estar tramando algo que tuviera relación conmigo… No sé si me estoy explicando…
—Muy bien, sí, claro, entiendo, Ramiro. Cambió la manera de relacionarse y cambiaron sus sentimientos, al menos en lo que tocaba a usted. ¿Pero, ella advirtió lo que estaba pasando?
—No lo sé. No tuve tiempo de ponerme a analizar si veía cambios en mi tía, estuve durante años dedicando mis energías a evitarla, me sentía como un fugitivo dentro de mi propia casa.
—Está bien, pero trate de pensar. ¿Notó si ella lo seguía tratando como antes, si lo seguía cuidando? ¿Le hacía comentarios sobre su manera de comer, por ejemplo?
—Sí, eso fue siempre, desde que era chico, pero cuando se enojaba conmigo por algo, los reproches eran más agresivos, se le notaba en la cara que estaba molesta, era como si me odiara.
—Y esa situación tan…, digamos, ambigua, ¿duró mucho tiempo entre ustedes?
—Fueron dos o tres años así. Yo evitándola, ella haciendo de cuenta de que todo era normal, que nunca había pasado nada molesto ni desagradable entre los dos, hasta llegó un momento en que empecé a dudar de que realmente hubiera ocurrido. Una vez, oí que mi madre le decía a mi tía: «¿Me parece a mí o Ramiro está raro con vos? Como si estuviera enojado o dolido por algo, no sé…». Y mi tía le contestó que eran cosas de adolescentes, que los chicos de mi edad siempre estaban enojados con sus padres, con sus hermanos mayores, con sus profesores o sus tíos, pero con el tiempo se les iba pasando. «Hay que tener paciencia, no es nada grave»; eso dijo, pero no sé si de verdad pensaba así o lo estaba diciendo para tranquilizar a mi madre. —Él no sabe cómo interpretar lo que dijo su tía, yo le doy a la mujer el beneficio de la duda. ¿Y si Ramiro no era más que un adolescente paranoico, influenciado por el recuerdo de la definición que su padre había dado de Gladys, y no había tenido motivos reales para estar tan enojado con ella? Pero me limito a asentir en silencio, no quiero arriesgarme a cuestionar sus razones, es necesario conservar su confianza para ir desnudando la verdad oculta en su alma—. Entonces me hice amigo de Ana María, la hermana de un compañero de mi curso. Era linda, alegre, tenía una risa fácil y contagiosa. Cuando estaba con ella, me olvidaba de mi casa, del problema con mi tía, me parecía que podía ser un chico normal, como los otros.
—Eso quiere decir que hasta entonces no se había sentido como un chico normal… —Ahora parece que las confidencias van tomando un nuevo rumbo. Ramiro deja de ser monotemático, abandona a esa tía conflictiva que pareciera haber sido el centro de su vida de niño, y toma un sendero más natural, una visión de la vida donde las relaciones juveniles pasan a ser más importantes que la familia. Se encoge de hombros y vuelve adoptar un acento reflexivo para responder.
—Uno no puede establecer comparaciones con lo que no conoce, ¿no le parece? Me di cuenta de las diferencias cuando empecé a salir con Ana. Pasábamos tiempo juntos, sentados en la plaza, conversando, contándonos cosas de nuestras familias y de nuestras vidas. Y no es que ella pudiera entenderme, no, porque teníamos vidas tan diferentes… Su gente era normal, no había peleas ni separaciones, había cariño en esa familia, no eran como los míos.
—A ver, Ramiro, me gustaría que me explique un poco mejor este concepto. ¿Quiere decir que no había cariño en su casa?
—No parecía que nadie se quisiera, al menos. No vi abrazos entre mis padres cuando era pequeño, mi mamá y mi tía hablaban, se reían, se contaban cosas, pero nunca las vi abrazarse, mirarse con afecto, era como si fueran dos actrices representando un papel dado en una obra de teatro. Tampoco me acuerdo de que ninguna de ellas me haya dicho que me quería, nunca, ni siquiera cuando era chiquito. Siempre sentí que todos estaban apurados, que yo era como algo que hay que aguantar porque no hay más remedio, solo una obligación, ¿me entiende?
—Pero eso era algo subjetivo, Ramiro. Era lo que usted sentía, tal vez porque ellos no eran demostrativos, no eran abiertos, no sabían expresar lo que sentían; eso no quería decir que no lo amaran. —Sacude la cabeza, con una certeza inamovible, una seguridad que parece barrer todos los rastros de la energía optimista que tenía al ingresar a mi consultorio y responde:
—No me querían, ni se querían entre ellos —afirma convencido—. Tal vez no quisieron nunca a nadie, a lo mejor nunca se sintieron queridos por nadie y no sabían cómo era eso. Pero, la verdad, ahora ya no me interesa.
—Y Ana María era diferente…
—Ana vivía demostrando cariño. Les hablaba a las plantas, a los pájaros, los perros la seguían en busca de caricias, uno se sentía querido y comprendido estando con ella. Pero mi tía se encargó de arruinarlo todo. —Otra vez la tía Gladys, irrumpiendo como una sombra maléfica destinada a destruir el menor asomo de normalidad en la vida de Ramiro. Al menos, esta es la forma que tiene él de interpretarlo, la que me transmite a mí a través de sus recuerdos. Al menos, eso creo. Pero el tiempo de la sesión se ha completado y me veo obligado a dejar el tema en suspenso.
—Por lo que me acaba de decir, imagino que Ana debió haberle hecho mucho bien en esa etapa de su vida. Me gustaría que en la próxima sesión me cuente qué fue lo que hizo su tía para estropear su relación con ella, Ramiro. —Abandona el sillón con un encogimiento de hombros y murmura algo que me dejará intrigado durante toda la semana.
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