Kitabı oxu: «Con suerte… en Navidad»

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28001 Madrid

© 2021 Mayte Esteban

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Con suerte… en Navidad, n.º 311 - diciembre 2021

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

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I.S.B.N.: 978-84-1105-223-8

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Epílogo

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

Para mi madre, Teresa.

Capítulo 1

Gerardo Sánchez levantó el teléfono de su despacho y marcó un número. Unos segundos después, el teléfono móvil de su joven ayudante, Andrea Hervás, empezó a vibrar en su bolsillo. En esos momentos, Andrea trabajaba en los sótanos del edificio que ocupaba la galería de arte, concentrada en organizar la disposición de las obras que iban a exponer la semana después de Navidad. Casi había olvidado que no estaba sola en el mundo y que alguien podría requerir su presencia, por eso puso un gesto de fastidio al sentir que alguien la buscaba.

—¿Sí?

—Buenas tardes, Andrea, soy Gerardo.

No hacía falta que se lo dijera, la pantalla del teléfono dejaba claro que era él. Tampoco hacían falta las buenas tardes, se las había dado por lo menos tres veces desde la comida, pero Gerardo era así. Un hombre enérgico, cercano a los sesenta, a veces demasiado educado.

—¿Sucede algo? —preguntó ella.

—Necesito que vengas a mi despacho.

Notó algo en el tono de voz con el que la abordó su jefe que provocó que pensase que, lo que fuera que tuviera que contarle, era un asunto muy importante.

—¿Ahora? Estoy terminando de organizar la disposición de la exposición. Estoy con las obras en el sótano, decidiendo dónde…

—¡Ahora! —le dijo él, mostrando su otro lado, el grosero, que también tenía tan desarrollado como el educado—. Acabo de recibir una llamada y esto es mucho más urgente que la exposición.

Gerardo colgó sin despedirse y Andrea supo que no lo iba a encontrar de buen humor cuando llegase al despacho. Se quedó mirando el teléfono, intrigada. No se imaginaba qué podría ser más importante que la exposición que llevaban preparando desde septiembre y que les iba a suponer casi una quinta parte de los ingresos de aquel año. Suspiró resignada, con media hora más habría podido dejar terminado aquello y dedicar el final de la tarde a buscar los regalos de Navidad con sus amigas, Alicia y Clara. Miró su reloj y se dio cuenta de que, como Gerardo la entretuviera, sus planes debería posponerlos al menos para el día siguiente y empezaba a ser preocupante aplazarlos: ya estaban a 21 de diciembre.

Dejó sus papeles de mala gana sobre una estantería, agarró su libreta de notas y un bolígrafo, y después de sacudirse un poco el polvo que siempre se le quedaba pegado a la ropa cuando entraba al almacén, alisarse su profesional falda de tubo y acomodarse la chaqueta, salió de allí en dirección al despacho de Gerardo, el dueño de la galería.

—¡Hasta mañana! —la saludó una de las empleadas, que ya había recogido sus cosas, con la que se cruzó cuando se disponía a tomar el ascensor.

—Hasta mañana, Lorena —contestó, con poca pasión.

En el ascensor, se miró al espejo. Puso cara de fastidio cuando se dio cuenta de que llevaba una telaraña en el pelo. Se la quitó muerta de asco, mientras iba pensando que quería irse cuanto antes, que Lorena tenía mucha suerte por haber terminado su jornada. Al retraso que acumularía por culpa de la llamada del señor Sánchez, seguro que había que sumarle cualquier otra cosa que se le hubiera ocurrido ordenarle en el último momento. Sabía que la tenía en alta estima, porque era buena en su trabajo, pero a veces eso jugaba en su contra, sobre todo cuando él consideraba que el asunto era importante.

Económicamente importante, para ser exactos.

Cuando el ascensor se detuvo, enfiló el pasillo que conducía al despacho, que por esas fechas estaba profusamente decorado con adornos navideños, y rodeó el enorme abeto que habían colocado al lado de la puerta. Tocó con suavidad con los nudillos antes de abrirla un tanto.

—¿Se puede? —preguntó.

—Sí, pasa, pasa, y cierra.

Gerardo estaba al teléfono y aún tardó un par de minutos en despedirse en los que Andrea permaneció de pie con su libreta abrazada. No tenía ni idea de qué era lo que quería de ella, pero si tenía tanta prisa bien podría haber pospuesto esa llamada que, por lo que iba captando, tenía como interlocutora a su mujer. Él contestaba fastidiado a sus peticiones, que tenían que ver con los preparativos del menú de Nochebuena, y parecía que le estaba costando un mundo que ella terminase su perorata. Le hizo un gesto con la mano a Andrea para que tomase asiento, mientras ponía cara de fastidio y se pasaba la mano por la cara, en un gesto que reflejaba cansancio doméstico. Cuando por fin pudo colgar, exhaló un suspiro de alivio. Se acomodó los cuatro pelos que mantenía su cabeza; sabía por experiencia que hablar con su mujer le hacía tocárselos y alborotarlos. No se tiró de ellos porque le quedaban pocos.

—Un día de estos me va a volver loco.

—Cámbiala por otra que dé menos guerra —le dijo Andrea, haciendo gala de su carácter pragmático.

Gerardo no pudo evitar echarse a reír. Solo Andrea era capaz de decirle aquello a un superior sin sentir el más mínimo rubor.

—¿Para qué me has llamado? Estaba a punto de terminar de organizar la exposición. Espero que sea importante, vas a hacer que me vea obligada a anular una cita que tengo hoy si me entretienes.

—Tonterías, tu cita te esperará. Y si no te espera, sigue tu propio consejo y cámbialo por otro.

Andrea sonrió y puso los ojos en blanco, pero se ahorró el contarle que la cita no era con un hombre. Esas las había cancelado hacía más de un año, al acumular una serie de estrepitosos fracasos. Uno detrás de otro. No tenía ninguna intención de complicarse la vida por lo menos en los próximos cinco años.

Podrían ser seis, tampoco tenía prisa.

—¿Qué es lo que pasa? —le preguntó a Gerardo

—Necesito que vayas a ver un cuadro.

—¿Ahora mismo? —gruñó, escandalizada.

Lo del retraso iba a ser épico si tenía que moverse por la ciudad a esas horas, se acercaba la del atasco de la tarde.

—No, no, mañana, hoy no.

—Entonces no entiendo la urgencia, Gerardo, podrías haber esperado media hora a que terminase y casi tendría acabada la organización de la exposición.

—Es muy urgente, no te preocupes por la exposición, la termino de planificar yo mismo si me dejas tus notas.

—¿Tú? ¿Te arriesgas a que tu mujer te eche de casa si no la acompañas a encargar el cordero? —preguntó con ironía Andrea.

—¿Has estado escuchando mi conversación?

—Era inevitable, te estaba dando voces. Ya sé a quién te pareces…

Gerardo se revolvió incómodo. En el trabajo era un jefe severo, a veces de más, que solía levantar la voz en más de una ocasión, pero no sabía qué demonios le pasaba con su mujer que no era capaz de hacer valer su criterio. Le molestó un poco que Andrea se hubiera dado cuenta del que quizá era su punto más débil.

Decidió ir al grano, no tenía tiempo para andar pensando en eso, Andrea llevaba razón, ambos tenían cosas que hacer en sus vidas personales y el trabajo de la galería también tenía que estar listo, así que, cuanto antes solucionase aquello, mejor.

—Verás, mi madre me ha puesto sobre la pista de una pieza importante. Es de una conocida suya. Esta mujer quiere deshacerse de un cuadro que tiene en su casa desde siempre, ha estado en su familia durante generaciones, pero ahora necesita convertirlo en dinero. Le comentó a mi madre que no sabía si yo le podría servir de intermediario para venderlo porque ni siquiera sabe su valor. Quiero que vayas a verlo mañana. Ella dice que toda la vida en su familia han dicho que es un Murillo, que lo llevó a casa en el siglo XVII un antepasado suyo, como pago que le hizo por un trabajo un cliente sevillano que se había arruinado. Yo no lo he visto, pero mi madre sí y dice que se parece mucho a todos los cuadros de Murillo. Pero que, en todo caso, por el aspecto que tiene y los años que lleva allí, lo que es seguro es que es antiguo. Le he dicho que es muy extraño que todavía haya cuadros de pintores de esa talla en casas particulares, pero yo qué sé, por echar un vistazo no perdemos nada. Sería un pelotazo para la galería hacernos con un auténtico Murillo. Como imagen y como beneficios futuros. Podemos organizar una subasta. Salir en revistas especializadas. Reventar las redes. Si el cuadro es auténtico se abren un montón de posibilidades.

—¿Y por qué tengo que ir yo? —preguntó Andrea, extrañada—. ¿No puedes ir tú, que para eso es tuyo?

—Tu TFM[1] fue sobre Murillo. Muy bueno, por cierto.

—Pero yo no soy una experta —se excusó—. Ni siquiera me he doctorado.

Lo dijo con algo de pena. Después del máster, se hacía urgente que en su casa entrasen ingresos y había tenido que posponer aquel sueño de convertirse en doctora.

—Eres lo mejor que tenemos en la galería y el trabajo no hace tanto que lo hiciste. ¡Vamos! Será solo echar un vistazo y hacerle una oferta a la mujer. Luego contrataremos a alguien más experto si crees que hace falta.

Andrea suspiró. Irse a un pueblo perdido no entraba en sus planes de esos días. Necesitaba comprar unos cuantos regalos y había planeado también darse un capricho en forma de visita a un spa con Alicia y Clara el día 23.

—A ver, ¿qué pueblo es?

—Se llama Grimiel y está a unas tres horas de Madrid, cogiendo la A-1. Después te envío la ubicación.

A Andrea no le sonaba de nada, pero tampoco conocía la zona. Ella era más de irse al sur con sus amigas a pasar unos días a la playa. Los pueblecitos castellanos, por mucho encanto que tuvieran, no los valoraba como opción de recreo. Calculó que para llegar a Grimiel necesitaría tres horas de ida, otras tres de vuelta (eso contando con que no se perdiera o se le rompiera su viejo coche, que no estaba para muchos trotes) y al menos otras tres para valorar la obra y convencer a la señora de que tenía que confiarles el cuadro a ellos y no a otros. Tal vez nueve o diez horas, si madrugaba; sí, si todo se daba bien, al día siguiente por la tarde podría estar de vuelta.

—¿Quieres que le haga una oferta por el cuadro o solo quieres que le eche un vistazo?

—Las dos cosas. Quiero que lo veas y, si te parece interesante, que trates de que nos lo ceda.

—¿Qué presupuesto tengo? —preguntó.

Gerardo escribió dos cifras en una hoja entre las que podía moverse. Andrea se la devolvió con cara de pasmo.

—Si es un Murillo esto es una miseria —le dijo.

—Y si te equivocas, demasiado alto, míralo así.

—Sigo pensando que es una tomadura de pelo y, si esta señora es un poco lista, lo rechazará si tiene la más mínima sospecha de que el cuadro es auténtico.

—Pero ella no lo sabrá porque tú no se lo vas a decir. —Sonrió él.

—¡No seas capullo, es amiga de tu madre!

—No soy capullo, Andrea, esto son negocios.

Ella lo sabía, si querían que la galería fuera rentable se tenían que inflar precios de venta mientras se reducían los que se pagaban a los autores o a los dueños de los cuadros que vendían. Básicamente, se seguían unas leyes de mercado que eran menos justas con los que poseían el talento de crear o los bienes con los que comerciar.

Aunque, a juzgar por el horror de cuadros que estaba preparando para la exposición de Navidad de ese año, considerar talentoso lo que había hecho el artista era, por lo menos, un acto de bondad navideña. Solo estaban allí porque era famoso y tenía muchos contactos que se harían con los cuadros solo por el nombre del autor, no por su calidad.

Consultó la hora en su reloj, llegaba tardísimo a la cita con sus amigas. Lo mejor sería anularla.

—Vete a casa, Gerardo —le dijo—, yo me quedo a terminar lo que estaba haciendo.

—¿No te importa?

—¡Pues claro que me importa, pero seguro que termino antes haciéndolo yo que explicándote por dónde iba!

—Te debo una —le dijo él, guiñándole un ojo.

—Nada de eso, me vas a pagar el favor a precio de oro. Por lo pronto, te voy a presentar facturas hasta del último café que me tome de camino a Grimiel.

Gerardo le dio el teléfono y le envió la dirección de la mujer a la que tenía que visitar, Angustias, y le dijo que había hablado con ella advirtiéndole de que alguien la visitaría al día siguiente.

—Acabo de llamarla, no hace falta que lo hagas tú.

—¿Y si te hubiera dicho que no iba?

—Los dos sabemos que no lo habrías hecho.

Andrea abandonó el despacho rumbo de nuevo al almacén. Bastante enfadada con Gerardo, que la conocía lo suficiente como para saber que había cosas a las que le costaba negarse.

[1] TFM: Trabajo Fin de Máster.

Capítulo 2

Nada más volver al almacén de la galería, Andrea sacó del bolsillo el móvil y llamó a una de sus amigas, Alicia. Se hacía urgente anular su cita de esa tarde, pues estaba segura de que le sería imposible llegar a tiempo. Si la esperaban, acabarían haciendo las compras navideñas a la carrera. Podía terminar comprando en el último momento una pandereta en uno de los puestos de la Plaza Mayor, y no se le ocurría peor regalo de Navidad.

En cuanto escuchó su voz, le contó las razones por las que anulaba sus planes.

—No te preocupes, iremos mañana —le dijo Alicia.

—Mañana tengo que salir fuera por trabajo, tampoco sé si llegaré a tiempo. Tengo que ir a un pueblo que está a tres horas de Madrid.

—Madruga y volverás a tiempo. No está tan lejos.

—Define lejos.

—Vamos, ¡has dicho que solo son tres horas!

—Tres de ida y tres de vuelta, y a bordo del Glacier Express[2]. Igual las tres se hacen siete si me despisto.

Alicia se echó a reír cuando Andrea comparó su coche con el lentísimo tren turístico que atravesaba los Alpes suizos.

—Será mejor que llames a Clara y vayáis sin mí, se nos está echando encima el tiempo —sugirió.

—¿Estás loca? Ir de compras sin ti no sería ni la mitad de divertido —dijo Alicia.

Andrea dudó un instante sobre si seguir poniendo excusas o confiar en que el Universo se sincronizase con ella y todo le saliera bien. Procuró llenar su mente con pensamientos positivos de agenda adolescente: no se iba a romper el coche, la señora del cuadro la atendería con amabilidad y en un momento estaría de vuelta. No habría atascos al entrar en Madrid. Gerardo no le encargaría más cuestiones de última hora. Su cerebro interpretó un Om perfecto que destruiría todos los obstáculos a su paso y llenaría de serenidad su mundo. No estaba muy segura de estarse inventando una filosofía sin base alguna, pero la dio por buena, porque necesitaba poner un poco de optimismo en sus pensamientos.

—Está bien —dijo—, entonces quedamos mañana, ¿llamas tú a Clara para decírselo?

—No te preocupes, lo haré.

—¡Gracias! Sois las mejores.

—Anda, termina el trabajo y no te entretengas mañana, te esperamos —le dijo Alicia antes de colgar.

A Andrea le llevó todavía una hora terminar de organizarlo todo para la exposición. La interrupción de Gerardo le había roto el ritmo y, además, en el último momento se le ocurrió una manera más efectiva de presentar los cuadros que le obligó a replantearse su primera idea. Estaban en Navidad, así que no vendría mal que algo de ese espíritu navideño se colase en la sala. Debía ser sutil, no interrumpir la atención que deberían acaparar los lienzos, pero a la vez dotar al ambiente de la calidez de las fechas. En opinión de Andrea, las salas de exposición de las galerías estaban tan pensadas para ser solo un marco anodino, que a veces eran muy frías. Y no era necesaria esa frialdad. No cuando, además, las obras no eran gran cosa. Tenían que esforzarse porque los clientes encontrasen atractivo el conjunto.

Ella misma sentía frío en algunos museos.

Cuando entraba en el Reina Sofía se sentía desubicada, como si en lugar de estar en un templo del arte estuviera paseando por un lugar tan aséptico como el antiguo hospital que albergaron las paredes del edificio en el pasado. Sin embargo, al atravesar la puerta del Museo del Prado, esa sensación se desvanecía. El edificio era enorme, pero a la vez era impresionante en sí mismo y acogedor para cualquier amante del arte. No se lo imaginaba con árboles navideños ni decoración festiva, no le hacía ninguna falta para despertar por sí mismo el síndrome de Stendhal[3] en sus visitantes. Pero la galería no era un museo centenario, sino una simple sala de exposiciones a la que no le venía mal aportarle un extra de magia. Moviendo el bolígrafo sobre el papel, como si se tratase de una varita, dibujó la idea y anotó las instrucciones para que los operarios que contratasen lo dejasen todo en el lugar perfecto.

Cuando acabó, contenta por haber logrado plasmar lo que tenía en mente, regresó a su casa en Cuatro Caminos, que estaba a apenas quince minutos de la galería tomando el metro. Nada más abrir la puerta, salió a recibirla Satis, la gata de su madre, que se enroscó entre sus piernas como cada día.

—¡Hola, preciosa! ¿Cómo está mi niña?

Dejó su bolso y el abrigo en el perchero de la entrada y cogió en sus brazos a la dócil gata, que restregó su rostro contra el de Andrea en un saludo que ambas llevaban ensayando desde hacía cinco años. Les salía perfecto.

Lo que no había logrado Andrea era que Satis no la pusiera perdida de pelos.

—Hoy esta preciosa gata me tiene contenta —dijo su madre, que salía en ese momento de la cocina.

—¿Qué ha hecho?

—Subirse en el mueble del salón y ha tirado la escultura que me regaló la tía Marina.

—Y la ha roto, ¿no? —preguntó, mirando a la gata a los ojos, como si la gata fuera capaz de contestar a su pregunta.

—No, si te parece… —dijo su madre, que parecía de verdad enfadada con el animalito.

—¡Mamá, era espantosa!

—Me la regaló mi tía —replicó Mercedes, con los ojos llorosos.

—¡Era horrible, mamá! Y, al fin y al cabo, no es como si fuera un jarrón y dentro estuvieran las cenizas de la tía Marina.

Andrea se arrepintió al instante de decirle eso a su madre, siempre que le mencionaba a la tía Marina se echaba a llorar desconsolada. Había sido su madrina, una mujer solterona y malhumorada que no trataba bien a nadie, incluida a la propia Andrea, pero que por lo que fuera tenía a Mercedes el cariño que se reserva para los hijos y la había tratado con todo ese amor que no daba a los demás.

—Vale, perdona, mamá, no he dicho nada.

Mercedes, tras unos hipidos y sonarse los mocos, pareció tranquilizarse un poco. Se fijó en que era tarde, aunque no le había llamado la atención que Andrea llegase a esas horas; le había dicho que iría de compras, pero no había visto que trajera ningún paquete.

—¿Tú no habías quedado? —le preguntó.

—Sí, pero mi jefe me ha encargado otro trabajo para estos días, se me ha hecho tarde mientras me lo explicaba y al final he tenido que quedarme a terminar lo que estaba haciendo hasta ese momento.

—Ese jefe tuyo te explota —dijo Mercedes, desplazándose a la cocina seguida de su hija—. ¿A cómo te paga las horas extra?

Andrea sonrió, no tenía ningún problema con Gerardo en ese sentido.

—Mañana no voy a ir a la oficina —le dijo a su madre, mientras dejaba a la gata en el suelo.

—Anda, mira, este hombre por una vez se estira y te da vacaciones.

—Pues es que… en realidad sí tengo que trabajar, pero no en Madrid —respondió mientras cogía una aceituna de la ensalada. Mercedes le dio un manotazo.

—¡Lávate las manos primero!

—Ay, mamá, ¡qué pesadita eres!

—¿Dónde vas a trabajar mañana si no es en Madrid?

Andrea se lavó las manos antes de empezar a poner la mesa para que las dos cenasen.

—Mañana tengo que ir a un pueblo para valorar un cuadro. Ida y vuelta.

—Mira, así te aireas.

—Lo dices como si apenas saliera.

—Hombre, sí, salir de casa, sales. Con tus amigas los fines de semana y vas a trabajar, pero ¿cuánto hace que no sales de Madrid?

Andrea se encogió de hombros, la verdad era que no se acordaba. Le daba una pereza espantosa sacar su viejo coche del garaje y tener que moverse con él. Prefería el transporte público que la libraba de preocupaciones como esquivar a los otros conductores y echar gasolina. Había perdido la cuenta de las veces que se había olvidado de que los coches no andan por arte de magia.

Y eso sin contar con las veces que su viejo utilitario, que había sido antes de su padre, se estropeaba.

—¿Y cuánto hace que no sales con nadie? —insistió Mercedes.

Ahí estaba, la eterna pregunta que su madre sacaba a relucir cada dos por tres, como si en la vida no hubiera nada más importante que tener pareja.

—¿Cuánto llevas tú? —contraatacó Andrea.

Mercedes resopló y la chica supo que le había tocado las narices y no volvería a mencionar el tema. Si las últimas relaciones de Andrea habían sido un desastre, la de su madre había sido infinitamente peor. Se enamoró de un electricista que, además de ser un vago redomado, le sacó todo el dinero que pudo mientras estuvieron juntos y después la dejó por su dentista. Eso había sido años después de la muerte de su padre y no se había atrevido nunca más a dar el paso de salir con alguien.

—Será mejor que no recordemos eso —dijo Mercedes.

—Sí, será lo mejor. Me estuviste mintiendo durante meses, mamá. Y ya sabes lo nerviosa que me pone que me cuenten mentiras. ¡Me trataste como si fuera una niña pequeña!

Mercedes cerró los ojos, porque sabía que llevaba razón. Algo en ella gritaba que el electricista no era trigo limpio, pero una cosa era saberlo y otra confesarle a su hija que, a su edad, estaba siendo tan ingenua como una jovencita y se dejó engatusar. Andrea, al ver una sombra aparecer en los ojos de su madre, cambió de tema; sabía que la había incomodado evocando historias del pasado que era mejor olvidar.

—El pueblo al que tengo que ir se llama Grimiel, ¿lo conoces? —le preguntó.

—No, no lo he oído en mi vida —dijo Mercedes, mientras servía la verdura y la ensalada que había preparado para cenar.

—Voy a ver dónde está.

Andrea fue a la entrada y buscó el móvil dentro de su bolso. Cuando se volvió a sentar a la mesa de la cocina estaba ya enfrascada en la búsqueda en Google.

—¿Cuántas veces te tengo que decir que no traigas el móvil a la mesa? —le dijo Mercedes.

—Es un momento, espera.

La búsqueda dio un resultado, como le había indicado Gerardo; Grimiel estaba al norte, a unas tres horas de Madrid. Miró el itinerario para hacerse una idea de por dónde tenía que salir de la ciudad y se quedó pensando.

—Creo que me levantaré a las cinco de la mañana —dijo.

Mercedes respondió tan alto que Satis se asustó:

—Pero ¡¿dónde vas tan pronto?!

—A ver, mamá. Quiero esquivar el atasco de la mañana. Si me voy pronto, quizá a las nueve haya llegado y por la tarde estaré de vuelta de sobra para comprar los regalos con Alicia y Clara.

En esos momentos, en el televisor encendido en la cocina, estaban dando la previsión del tiempo para el día siguiente. Ambas, madre e hija, se quedaron mirando, Mercedes porque era fan de los informativos del tiempo (uno siempre podía preguntarle el día que haría en Cáceres o en Canarias, que ella se sabía de memoria la previsión, aunque no tuviera intención de pasar por allí), y Andrea porque esperaba no tener que conducir bajo condiciones adversas.

—Se esperan fuerte nevadas para el final de la tarde en el centro de la meseta norte, nevadas que se producirán a partir de los seiscientos metros de altitud.

—¿Ves por qué me tengo que ir pronto?

Mercedes asintió con la cabeza, pero después se la quedó mirando pensativa.

—Creo que deberías llevarte una maleta con ropa de abrigo —dijo.

—Mamá, no me pienso quedar en ese pueblo. Iré, veré a esa señora y volveré. Ese es mi plan.

—Antes han dicho en La 1 que mañana empezará a nevar por la mañana. Yo los veo más profesionales que a los de esta cadena. Seguro que aciertan.

—Ay, mamá, no seas agonías.

—Bueno, tú haz lo que quieras, si te da la gana no me hagas caso, pero por lo menos mete unas bragas en el bolso y unas galletas en el coche, que nunca se sabe qué puede pasar.

Andrea renegó un rato, pero al final decidió que le haría caso a su madre. Al fin y al cabo, ella era la única persona cercana que le quedaba a Mercedes, si descontaba a su hermana Salud, con la que no se llevaba del todo bien desde lo del electricista (la tía Salud lo había calado a la primera), y si le estaba dando aquel consejo era porque se preocupaba muchísimo por ella y la quería. Además, con sus escasas artes automovilísticas y ese coche tan poco fiable, prefería no correr riesgos. Si se ponía a nevar, buscaría dónde alojarse, aunque fuera por el camino.

No quería que una nevada inoportuna la encontrase conduciendo, así que era posible que necesitase una maleta.

La buscó, pero la dejó sin hacer. Estaba demasiado cansada para ponerse a esa tarea en ese momento.

[2] El Glacier Express es un tren turístico suizo que va de Sant Moritz a Zermatt en el cantón suizo de Valais. Tarda siete horas en recorrer 275 km.

[3] Síndrome de Stendhal, también conocido como «Síndrome del viajero» o «Síndrome de Florencia». Se refiere a la experimentación de sensaciones muy intensas delante de una pieza artística, normalmente debido a su belleza. Hoy en día, gran parte de los psicólogos clínicos reconocen el trastorno como verdadero, pero existe cierta controversia al respecto.

Capítulo 3

Como le había dicho a Mercedes, se levantó a las cinco de la mañana. Antes de desayunar, se dispuso a meter en una pequeña maleta de cabina lo justo para pasar una noche fuera de casa. Esa era su intención, pero, movida por la advertencia de su madre, (una advertencia que debía llevar impresa en el ADN de nacimiento, porque se la había hecho millones de veces), metió más bragas. Concretamente cinco. Y después, como si la mentalidad previsora de su progenitora se hubiera hecho dueña de su mente, también incluyó dos vestidos, medias y unos zapatos extra. Y otros vaqueros. Y un jersey gordito. Dejó encima una bufanda, un gorro y gruesos guantes de lana.

—¡Para, Andrea, que no te vas de casa! —se dijo en voz queda, regañándose.

No se iba a quedar en Grimiel de ninguna manera, aquella misma tarde estaría de regreso en Madrid, todo aquello era innecesario. El viaje sería de ida y vuelta, y regresaría a tiempo para salir por el centro de Madrid y decidir los regalos que pensaba comprar: el de su madre, su tía Salud y el amigo invisible que hacían todos los años en la galería. Para el de sus amigas habían hecho otros planes mucho más divertidos entre las tres. Sacó de la maleta la mitad de las cosas que había metido.

Aquel dichoso viaje no podía apetecerle menos.

Suspiró.

Ya que no tenía escapatoria, decidió que lo haría rentable. Se esforzaría por volver con un contrato firmado por aquella ancianita que convertiría a la galería en dueña de un cuadro que, si todo era como apuntaba, les podía dar muchos beneficios.

No parecía tan complicado.

Tomó una rápida ducha, un frugal desayuno (un café con leche bebido a toda velocidad), y se dirigió a buscar el coche. Animada por sus optimistas pensamientos, y porque su vehículo había arrancado a la primera a pesar del tiempo que hacía que no lo tocaba, salió del garaje y se incorporó al escaso tráfico de la madrugada. A aquella temprana hora, Madrid parecía dormir aún y no le resultó difícil moverse por las calles y llegar hasta la A-1. En la autovía, se dejó acompañar por una lista de pop clásico de Spotify. Prefería eso a la radio, porque a menudo perdía la emisora y se veía obligada a buscarla de nuevo, con el consiguiente peligro que tenía en ella que quitase los ojos de la carretera medio segundo.

Mecida por la música, se sintió mucho más relajada. Apenas había vehículos que le pusieran difícil el conducir.

Hasta le pareció que no se le daba tan mal aquello.

Cuando llevaba dos horas y media de camino, cuando hacía rato que el sol había roto las sombras de la noche para abrirse paso en el cielo, paró en un bar de carretera, urgida por la premura de usar el baño y la necesidad de calmar sus tripas. El café bebido estaba resultando insuficiente a todas luces para serenarlas. Al bajar del coche, un viento helado le hizo ajustarse el abrigo y el gorro, y la obligó a entrar corriendo en el bar.

—Buenos días —saludó al camarero, mientras se deshacía de las prendas—. ¿Me puede poner un café con leche y una tostada con aceite y tomate?

El camarero asintió y se volvió para prepararlo, momento que ella aprovechó para buscar el baño. Al regresar, dejó sus prendas encima de uno de los taburetes que estaba al lado de la barra y se sentó en otro. Quería preguntarle a aquel hombre cómo se llegaba a Grimiel. El navegador del móvil le iba indicando el camino, pero por experiencia sabía que a veces se equivocaba y era mejor tener claro dónde iba uno si no quería acabar en mitad de un camino rural a muy temprana hora del día.

O lo que podía ser peor, en la puerta de un club de carretera.

Bueno, eso también podía pasarle porque era muy despistada, pero tampoco había que quitarle mérito al GPS, que a veces se explicaba un poco mal.

—¿Usted me podría decir cómo se llega a Grimiel? —le preguntó al hombre.

—Veamos, tienes que seguir unos veinte kilómetros aún por la autovía dirección norte. Después tienes que tomar un desvío a la derecha. —Se quedó pensando—. Creo que allí hay una rotonda. Luego pasar otra rotonda, girar a la izquierda, tomar la siguiente que hay después de esa y, cuando llegues, es la… —contó levantando los dedos en silencio— tercera salida. Creo que lo pone. Pasas Matilla, Aldeasetas y Villanegra, y en dos minutos estás en Grimiel.

Andrea se había ido poniendo pálida mientras lo escuchaba. Solo se había enterado de que había que seguir veinte kilómetros por la autovía. A partir de ahí, siguiendo las rotondas se había empezado a marear y no sabía si los pueblos que le había mencionado el camarero se llamaban Mantiel, Aldeacasa o Villagrande, porque era incapaz de recordar los nombres que le había dicho.

Fue a abrir la boca para volver a pedirle las indicaciones, pero decidió encomendarse al navegador y de paso a cualquier santo que tuviera sus dominios de influencia por aquella zona y que estuviera dispuesto a guiarla hasta su destino. Como tuviera que aprenderse de memoria el trayecto que le había contado el camarero lo tenía claro.

Deseó que la vuelta fuera más sencilla, después de todo, solo debería seguir los carteles que indicaban como destino Madrid. De esos, por fortuna, había por todas partes.

—Muchas gracias —le dijo al hombre.

—De nada, para eso estamos.

Andrea pensó que menos mal que le pagaban por poner cafés y que hacía unas tostadas buenísimas, porque si se tuviera que ganar la vida dando direcciones iba a tener un gran problema.

Se tomó el desayuno con calma; aunque ella tuviera prisa por volver a Madrid, no podía presentarse en casa de nadie antes de las nueve de la mañana, al menos si no quería ser recibida a escobazos. Mientras disfrutaba de la tostada, en el televisor del bar una cadena de televisión reproducía los preparativos del sorteo de Navidad, que empezaría en un rato. El ritual formaba parte del imaginario colectivo, pero parecía que, a pesar de sus más de doscientos años, mantenía intacta la ilusión de quienes participaban. La narración del locutor repetía lugares comunes, pero ella, en realidad, como el resto de la escasísima concurrencia del bar, escuchaba sin dejar de mirar la pantalla.

Se preguntó qué haría si le tocase el premio.

Enseguida desechó la idea, nunca jugaba a la lotería, ni siquiera a esa tan popular.

Cuando terminó, pagó la consumición, pidió el tique para incluirlo en sus gastos y se montó en el coche, dispuesta a encontrar Grimiel.

Al meter la llave en el contacto y girarla, el coche hizo un ruido extraño. Pareció toser en lugar de arrancar. Andrea contuvo la respiración antes de hacer otro intento girando la llave. Enseguida el motor rugió, con poco ímpetu, pero el suficiente como para permitirle seguir su camino. Condujo atenta a todos los carteles y, para su sorpresa, cuando fue pasando por cada uno de los hitos que le había relatado el camarero, recordó que eran tal y como se los había descrito. Tal vez no era el hombre el que no se explicaba, era ella la que seguía medio dormida y no había sido capaz de entenderlo a la primera.

Al poco, el cartel que anunciaba que entraba en el municipio se presentó ante sus ojos. Tuvo que mirarlo con atención al pasar con el coche por su lado, le parecía surrealista que alguien se hubiera tomado la molestia de ponerle una gruesa cinta verde navideña con adornos rojos y dorados. Pero ahí estaba, rodeando la señal, anunciando que en menos de dos días estarían dentro de las fiestas más familiares del año.

Siguió por la calle principal y enseguida llegó a la amplia plaza, donde tampoco le costó conseguir aparcamiento.

Había llegado a su destino.

Hacía frío, mucho frío. Tanto que no se veía un alma en aquel pequeño municipio castellano. El viento, procedente del norte, trajo en su regazo una ráfaga de diminutos copos blancos. La cara de Andrea fue de preocupación cuando reconoció los primeros atisbos de la nevada que pronosticaban. Se ajustó la bufanda y se puso los guantes y el gorro.

—Ya se puede dar prisa esta mujer —se dijo bajito, mientras le castañeteaban los dientes.

Sacó el móvil y consultó la dirección. La casa de Angustias estaba en una de las esquinas de la plaza, la que se situaba más cerca del arroyo. Echó un vistazo a su alrededor. Si se guiaba por la montaña y por la torre de la iglesia románica que asomaba entre los tejados, bastaría con cruzar la plaza para encontrarse en la puerta de la casa de la mujer. Achinó los ojos para comprobar desde donde estaba si el número que había encima de un dintel rematado con una gruesa viga de madera era el 24, el que ponía en el mensaje que le había mandado Gerardo. Enseguida se dio cuenta de que así era. Miró de modo innecesario a ambos lados de la calle que atravesaba la plaza, desierta a esa hora, y la cruzó para acercarse al domicilio.

Diez minutos después, Andrea seguía pulsando el timbre sin obtener ninguna respuesta. Empezaba a sentir los pies congelados y temía entrar en hipotermia general por el frío que hacía. Además, su preocupación empezó a aumentar, porque los tímidos copos que habían caído cuando se bajó del coche se habían ido haciendo más y más grandes, y en esos momentos empezaban a tener el tamaño de la uña de su dedo meñique. Parecía imposible, pero ya no se veía el cristal delantero de su coche, aparcado al otro lado de la plaza.

—¡Pero esta mujer dónde está! —casi gritó, asumiendo que estaba sola en ese pueblecito helado.

—Angustias no sale casi nunca de casa, estará dentro.

Andrea se dio la vuelta al escuchar la voz. Frente a ella apareció un hombre joven, de algo más de treinta años, calculó, enfundado en un abrigo rojo con capucha. Casi se le olvidó respirar cuando se topó con los ojos azules más bonitos que había visto en toda su vida, enmarcados en una sonrisa encantadora que se dejaba ver bajo una sutil barba rubia. El pelo lo llevaba bajo la capucha, pero tenía algo de flequillo y se intuía que era del mismo color que la barba. El joven era más alto que ella y de él emanaba una sensación de seguridad apabullante, tal vez porque la miraba desde una postura relajada, con las manos en los bolsillos.

Cuando consiguió reaccionar, Andrea habló:

—He llamado un montón de veces, quizá le haya pasado algo.

El hombre se acercó a la puerta. Al pasar al lado de Andrea se la quedó mirando un instante y le dedicó una sonrisa ladeada que resultó de lo más sexy. Ella tuvo que tragar saliva porque, por alguna razón que no alcanzaba a comprender en ese momento, las piernas empezaron a temblarle. Luego se acordó de que hacía mucho frío, supuso que tenía que ser por eso.

El desconocido del abrigo rojo llamó con la mano a la puerta, golpeándola con energía repetidas veces. Ante la ausencia de respuesta, dio un paso atrás para lograr mejor perspectiva de las ventanas de la planta superior y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.

—¡Angustias! —gritó.

Pilló a Andrea tan desprevenida que dio un respingo.

—A ver si le ha pasado algo, me han dicho que es muy mayor —dijo, más que nada por participar en la búsqueda de la mujer y dejar de sentirse idiota. No podía dejar de mirar a ese hombre embobada.

—Bueno, sí, es mayor, pero no creo que le haya pasado nada, salvo que está un poco sorda.

—¿Y si está sorda por qué la llamas a voces?

—Pues por eso.

El joven volvió a sonreír de medio lado y a ella se le descolocó un suspiro que logró atrapar dentro antes de que se hiciera audible y delatase que se estaba comportando como una idiota.

—¿Tú quién eres? —le preguntó el joven a Andrea.

—Uy, perdona, qué maleducada. No me he presentado. Soy Andrea Hervás. —Le ofreció la mano, que antes sacó de uno de los guantes.

—Yo soy Fernando.

Él sacó la suya del bolsillo para corresponder el saludo.

Cuando sus manos se tocaron, Andrea sintió el calor de la mano de Fernando y una confusa sensación que la invadió por completo. Fue un momento extraordinario, había saludado a miles de personas en su vida, por trabajo o cuando las acababa de conocer, pero nunca había sentido algo tan extraño como en aquel instante. Se quedó tan extasiada que le costó soltarse. Obligándose, abrió la mano y, muy despacio, la separó de él, aunque no pudo evitar que las yemas de sus dedos se rozasen un segundo en una caricia tan inesperada como inapropiada para aquella situación. No había dejado de mirarlo mientras todo eso sucedía y le pareció atisbar en la mirada de Fernando el mismo desconcierto que ella había sentido.

—En… encantada —dijo en un tartamudeo.

—Lo mismo digo —contestó él, con mucha más seguridad.

Volvió a meter las manos en los bolsillos y volteó ligeramente la cabeza hacia la esquina opuesta de la plaza. Después, volvió a centrarse en los ojos de Andrea.

—No sé, igual Angustias ha ido a comprar el pan y se ha quedado un rato hablando en la panadería. Caminar por estas calles empedradas justo cuando empieza a nevar no es lo más seguro del mundo. Sueles resbalar, así que no me extrañaría que esté haciendo tiempo a ver si nieva algo más y el suelo se queda debajo de la nieve. Si quieres podemos tomar un café hasta que llegue —dijo, señalando un hotel que Andrea no había llegado a ver, se lo había tapado un enorme árbol de Navidad profusamente decorado que habían colocado al lado de la puerta—. Yo voy ahí. Acompáñame y dentro de un rato puedes regresar a ver si ha vuelto.

Andrea asintió, estaba tan congelada que la idea le pareció fantástica y se dispuso a seguir a Fernando. Tomar un café con alguien que acababa de conocer era mucho mejor idea que quedarse parada en medio de la calle esperando a una viejecita sorda, corriendo además el riesgo de entrar en hipotermia.

No tardó ni treinta segundos en comprobar que lo de que las calles de Grimiel resbalaban cuando empezaba a nevar era muy cierto. Dio un patinazo y habría caído al suelo de no haber sido por los reflejos de Fernando, que la sujetó por un brazo.

—¡Cuidado! —dijo. Bajó la voz un tanto, mientras la agarraba del otro brazo, y sus caras se quedaron tan cerca que pudieron notar el aliento del otro—. Te dije que resbala.

—No se me ocurrió que tanto —le contestó ella, sin alzar tampoco la voz y sin separar sus ojos de los de él, que le parecían hipnóticos.

Un poco incómoda, pasados unos segundos, Andrea carraspeó y Fernando la soltó. Procurando no resbalar, llegaron a la acera.

—Estoy pensando que, en el hotel, por estas fechas, suelen tener caldo o chocolate recién hecho. Tal vez es mejor idea que el café. ¿Qué te parece? —preguntó él.

—Adoro el chocolate —contestó Andrea.

—Pues chocolate entonces.

Le indicó con un gesto la puerta del hotel. Quién le iba a decir a él que aquella mañana iba a estar llena de sorpresas. Había cerrado el taller de tractores que tenía para atender una llamada que recibió desde el hotel, en la que le decían que se presentase allí, que Marcos, el director, tenía algo que contarle. Se lo había dicho de forma muy misteriosa, pero Marcos tendía a exagerarlo todo, así que solo le hizo caso porque le apetecía un café con el que combatir el frío que a esa hora hacía en la nave. Ni por lo más remoto se imaginó que por el camino iba a conocer a la chica más guapa con la que había tropezado en los últimos años.

—No sé cuánto tiempo hace que no me tomo un chocolate —dijo ella, ajena a los pensamientos de Fernando.

Andrea cerró los ojos y alzó la cabeza en un gesto ensoñador que dejó al descubierto sobre la bufanda un pedazo de la sedosa piel de su cuello. Fernando no pudo evitar que aquello le pareciera un gesto de lo más sensual y tragó saliva. Se imaginó ese cuello regado de chocolate y sus labios ansiosos recogiéndolo mientras lo iba llenando de besos. El amargo dulzor de aquella delicia se iría diluyendo en su boca, mientras todos sus demás sentidos se despertaban por la proximidad de ella. Se la imaginó gimiendo de placer cuando él la besara y casi gimoteó envuelto en su ensoñación. Casi, porque pensando en tonterías, despistado como iba, acabó resbalando y cayéndose de culo en el suelo.

—Pero ¿qué te ha pasado? —preguntó ella, que tras su resbalón había decidido mirar con mucho cuidado dónde ponía los pies—. Menos mal que eres tú el que conoce el pueblo y el que avisa de que el suelo desliza…

Le ofreció su mano para levantarse y Fernando la tomó. Al instante, ella supo que no había sido la mejor idea del mundo. Volvió a suceder. Tocarlo le provocaba un escalofrío que la recorría entera. Era como si su instinto reconociera a ese joven, aunque estuviera segura de que era la primera vez que se veían.

—Consejos vendo que para mí no tengo —dijo él, contestando con un refrán, mientras se levantaba—. Vamos dentro antes de que acabemos accidentados.

Capítulo 4

Cuando Fernando tiró de la puerta le sorprendió el alboroto que había en la recepción del hotel, que compartía espacio con el único bar del pueblo. Parecía que medio Grimiel se había reunido allí aquella mañana de diciembre, algo que no tenía mucho sentido, pues aún no eran ni las diez y media y era un día entresemana.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó, elevando un poco la voz para que se le escuchase.

—¿No te has enterado? —contestó Carlos, el chico del picadero, que llevaba una copa de cava en la mano—. ¡Nos ha tocado la lotería de Navidad!

Marcos, el dueño del hotel, salió de la cocina con más botellas de cava y descorchó una sin ningún cuidado. El tapón voló por el establecimiento, rebotó en una viga de madera y acabó dándole en la cabeza a Luisa, la camarera, que en ese momento estaba en la barra.

—¡Mecagüen tus muertos! —le gritó la mujer madura—. Ya puedes mirar para la próxima, o te tiraré yo la jarra de la leche a la cabeza cuando la tenga hirviendo.

—¡Perdona, Luisa! Ha sido sin querer…

La risotada fue general y Marcos, tratando de escapar de la furibunda mirada de la camarera, se volvió hacia la puerta. Vio allí plantado a Fernando. Había sido él quien lo había llamado para que acudiera al bar del hotel.

—¡Fer, tío! ¡Que nos ha tocado la lotería!

Agitó la botella, regándolos a todos con el alcohol y poniendo de más mala leche a Luisa, que se veía, un rato después, cuando se le pasara la euforia a todo el mundo, limpiando el suelo pegajoso por el alcohol derramado.

—¿A quién le ha tocado la lotería? —preguntó Fernando.

—¡A todos! ¡A ti también!

—¿A mí? —La cara de incredulidad que puso fue evidente.

—Claro, tú te llevaste unas papeletas el otro día, ¿verdad? No me digas que no las compraste para ti…

Fernando se quedó pensando. Claro que se había llevado unas papeletas y, de hecho, si no recordaba mal, las tenía aún en la cartera. Dos, en concreto, una para él y otra para sus padres. Se alegraba de que le hubiera tocado un pellizquito, porque últimamente el taller no iba como debería y, además, en el invierno tenía mucho menos trabajo y, por lo tanto, menos ingresos que en verano. Aquella sí que era una buena noticia para empezar la mañana.

—Pues sí me las llevé, pero no sé si serán las mismas que las vuestras —dijo, porque aún no se creía del todo que hubiera tenido suerte.

—¡Tienen que ser las mismas, solo compramos un número! ¡Todos tenemos el mismo! Anda, llama a Marcial para que venga a celebrarlo, que a él también le ha tocado.

Una mujer guapísima, que a Andrea le sonó mucho, aunque no sabía de qué, se colgó del cuello de Fer y le dio un sonoro beso en la mejilla. Le pareció que el alcohol le había hecho algo de efecto porque tenía los ojos un tanto brillantes.

—¡Esto es una pasada! —gritó, sin soltarle.

—Seguro que sí —dijo Fernando, que era el único, junto con Andrea, que no parecía ebrio—. ¿Qué nos ha tocado?

Preguntó con la idea en su mente de que, tal vez, tenía mil euros; le iban a venir de perlas para no ahogarse con los gastos de la Navidad. Se le iba una pasta en regalos.

—¡Nos ha tocado el gordo! —gritó Marcos, terminando de echarles lo que quedaba del cava por encima.

Andrea dio un respingo al notarse mojada de arriba abajo. ¿Dónde demonios se había metido? En ese pueblo parecían todos locos, aunque entendía que si les había tocado el gordo de Navidad era como para volverse un poco loco.

Fernando se quedó mudo por la sorpresa. Si no estaba equivocado, era el propietario de una papeleta de diez euros que en esos momentos valía doscientos mil. No había visto esa cantidad junta en su cuenta bancaria en toda su vida. ¡Y tenía otra para sus padres! Tardó un poco en reaccionar, pero cuando lo hizo su cara dibujó un gesto de alegría y su corazón se contagió de la euforia de sus vecinos. Sin pensarlo, agarró a Andrea por la cintura y la elevó a su lado, dándole una vuelta hasta volver a depositarla en el suelo. Pensando aún menos, cuando notó que los pies de ella se posaban en las losetas de barro de la recepción, la besó.

Si Andrea hubiera podido mover los brazos, algo que le impedía la manera en la que la había cogido Fernando, quizá se habría soltado, o se habría revuelto, o le habría preguntado qué puñetas estaba haciendo o por qué se tomaba esas confianzas si hacía un momento que se conocían. Pero no lo hizo. Recibió el beso con la misma estupefacción que la noticia de que a los vecinos de aquel pequeño pueblo perdido les había tocado el gordo de la lotería. El alcohol que llevaba regado por la ropa, la cara y el pelo pareció emborracharla también por dentro, porque, sin saber cómo, se encontró sintiendo un cosquilleo que le abrasó la piel y devolviéndoselo a aquel hombre que acababa de conocer. El beso fue como una promesa de sensaciones por descubrir en aquellos labios nuevos para ella, que parecían hechos para perderse en ellos.

—¡Esa sí que es una buena manera de celebrarlo! —dijo una voz de mujer.

Ambos se sobresaltaron y se soltaron, como si de pronto fueran conscientes de lo que había pasado. Fer se sentía desconcertado, él no era de arrebatos ni de dejarse llevar así. Andrea estaba más que aturdida; en la vida se había visto en otra semejante. Además, hacía tanto tiempo que nadie la besaba que estaba descolocada. No estaba segura de que las piernas fueran capaces de sostenerla si seguían pasándole cosas extraordinarias esa mañana, así que buscó con la mirada una silla, pero se encontró con que todos los taburetes del bar estaban ocupados.

—Andrea, esta es Angustias, estaba aquí, por eso no la encontrabas.

La chica se quedó mirando a la octogenaria. Iba vestida con una bata acolchada de color azul oscuro, que tenía pinta de ser un modelo de mediados del siglo XX, y llevaba zapatillas de estar por casa. Bajo la bata asomaba la tela de lo que intuyó que era un camisón.

—¿Me estabas buscando a mí? ¿Y por qué me busca tu novia? —le dijo Angustias a Fernando.

—No, no soy su novia —contestó ella, con rapidez.

—¿Eh?

—¡Que no soy su novia! —gritó Andrea, acordándose de que Fernando le había dicho que estaba un poco sorda. Todo el mundo lo escuchó y se la quedó mirando, para su bochorno.

—Bueno…, cuando un muchacho te mete la lengua hasta la campanilla creo que te puedes considerar su novia.

—¡Angustias! —dijo Fernando.

—Oye, que has sido tú, que te he visto con mis propios ojos.

Andrea se estaba dando cuenta de que la señora estaba un poco achispada, y no le extrañaba. Para la gente que había reunida en el hotel, había una cantidad indecente de botellas de cava regadas por la barra y no creía que todas hubieran acabado sobre los clientes. Más bien, por la emoción que mostraban, debían de llevar la mayoría del líquido dentro de sus cuerpos.

—¿Y en qué te puedo ayudar? —le preguntó Angustias, cogiendo otra copa de cava que le ofreció alguien.

—Vengo de una galería de arte de Madrid, creo que ayer habló con mi jefe…

—Ah, sí, con el hijo de Milagros.

—Ese.

—Oye, Fernando, ¿y tú de qué conoces a esta chica? ¡Qué casualidad!

Fer fue a decirle algo, pero Andrea se adelantó y él aprovechó para escabullirse tras la bandeja de copas de cava.

—Verá, me ha mandado para que vea su cuadro y haga una valoración del mismo. Parece que podría estar interesado en él.

Angustias se bebió de un trago la copa de cava. Hubo un momento en el que a Andrea le pareció que se estaba atragantando, porque se le pusieron los ojos brillantes, pero enseguida se recompuso.

—Hija, qué lastimica que te haya hecho venir desde tan lejos, ya no quiero vender el cuadro.

Y se dio la vuelta, dejándola con la palabra en la boca y con la sorpresa pintada en el rostro. Tampoco pareció escucharla cuando la llamó, pero no estuvo segura de que se estuviera haciendo la sorda o de verdad no la oyera. ¿Se había levantado a las cinco, había conducido durante horas, la habían bañado en cava… para nada? Bueno, algo podía rescatar de ese día, le habían dado un beso como hacía mucho que no los recibía.

Rectificó mientras miraba a Fer. Le habían dado el mejor beso de su vida.

La lástima era que solo había sido un beso de celebración y ella la destinataria porque era lo que tenía más a mano.

Capítulo 5

Andrea empezó a ponerse nerviosa. La euforia de la gente reunida en la recepción-bar del hotel no la compartía, pues a ella seguro que no le había tocado ni el más miserable reintegro, quizá porque no se le había ocurrido jugar a la lotería. Para eso estaba Mercedes, su madre, que era asidua de la Bonoloto, el cupón de la ONCE y el sorteo de la Cruz Roja, además, por supuesto, de la lotería de Navidad y del Niño. Jugaba a todo y alguna vez cazaba un pellizco, pero tampoco era reseñable, pues se solía gastar mucho más de lo que recogía.

Pensar en Mercedes la puso en alerta, se le había olvidado llamarla cuando llegó a Grimiel. Tenía tanta prisa por solucionar el tema que la había llevado a ese pueblo castellano que se le pasó darle un toque para que no estuviera preocupada.

Porque esa era otra de las especialidades de Mercedes: preocuparse.

Salió a la plaza, dispuesta a completar ese trámite.

—Mamá —dijo, en cuanto ella descolgó el teléfono.

—Hola, cariño, ¿todo bien?

—Sí, llegué hace un rato.

—¿Es bonito el pueblo? —le preguntó.

Andrea hizo un recorrido visual por la plaza. Estaba rodeada de soportales, decenas de columnas separaban la acera protegida de los elementos de la calle que partía el espacio en dos. El árbol decorado le daba un toque navideño que se acentuaba más con las luces que supuso que se encenderían de noche y con la tremenda nevada que estaba cayendo. En los minutos que permaneció dentro del hotel, un manto blanco se había hecho dueño de todas las superficies y el color blanquecino del cielo, mezclado con el blanco de los copos, le otorgaba una luminosidad inusitada a aquel pueblecito en medio de Castilla.

—Sí, es un pueblo típico, bonito en su… ruralidad, pero no he venido a hacer turismo.

—¿Qué tal el tiempo?

Estaba tardando en hacerle la pregunta que saciase sus inquietudes meteorológicas.

—Pues nada más llegar se ha puesto a nevar con huevos…

—¡Niña, esa boca! Ya te lo decía yo, que en La 1 siempre aciertan. ¿Ves cómo tenías que hacerme caso y llevarte maleta? No deberías volver con ese tiempo, se va a poner peor en las próximas horas y tú no conduces muy bien.

Suspiró, no hacía falta que se lo contase porque lo estaba viendo y sentía el frío que se le estaba metiendo hasta los huesos, pero no quería contarle que no pensaba quedarse en Grimiel a pasar la noche. Tenía que volver a Madrid como fuera. Ella sabía mejor que nadie que lo de conducir no era su fuerte, precisamente ese día no necesitaba que se lo recordasen, pero tenía sus planes. Debía reunir toda la confianza que pudiera para salir de allí y llevarlos a cabo.

—¿En Madrid está nevando? —le preguntó a Mercedes.

—No, aquí todavía no.

Eso le daba cierto margen, tal vez cuando encarase hacia el sur la tormenta de nieve se quedase atrás. Estaba dispuesta a irse sin comer si hacía falta para llegar antes que la nevada.

—Oye, mamá, te dejo, tengo que llamar a Gerardo.

—¿Ya has hablado con esa señora del cuadro?

—Sí, he hablado con ella.

—¿Y qué te ha dicho?

—Mamá, hasta luego.

No quiso decirle que no había conseguido nada, seguro que su madre encontraría una manera de prolongar la conversación y se le estaban congelando las manos, los pies y hasta la punta de la nariz. ¿Por qué no se había llevado un abrigo más gordito?

Revisó la agenda del teléfono para buscar el número de su jefe y lo seleccionó. Tras cuatro tonos, Gerardo contestó:

—¡Buenos días, Andrea! —dijo, eufórico.

—Hola, Gerardo.

—¿Cómo han ido las negociaciones?

Se quedó callada unos instantes. Llamar negociaciones a haber hablado con una anciana borracha le parecía maquillar la realidad un tanto.

—La señora Angustias no quiere ni oír hablar de vender el cuadro.

—¿Cómo que no quiere venderlo? ¡Pero si ayer…!

—Lo que estás oyendo. Me ha dicho, literal, que es una «lastimica» haberme hecho venir desde tan lejos para nada.

Gerardo gruñó al otro lado de la línea.

—¿Así? ¿Sin más? ¿No puedes convencerla?

—Bueno, es que ha pasado algo con lo que no contábamos —empezó a decir Andrea.

—¿Se ha muerto alguien?

Ahí, Gerardo el optimista, poniéndose en el peor de los escenarios. Si es que ese hombre no tenía remedio.

—No se ha muerto nadie, les ha tocado la lotería de Navidad.

En la línea se hizo un silencio que al poco interrumpió el galerista:

—¿A quién le ha tocado la lotería?

—Pues, si no me he enterado mal, a todo el pueblo. No creo que sea mucha gente la que vive aquí, esto es pequeñito, pero había un jaleo tremendo en el bar del hotel y todo el mundo estaba como loco porque se han convertido en millonarios de golpe.

—¿Angustias también? —preguntó él.

—No sé lo que le habrá tocado a ella, pero sí, Angustias también tenía lotería, y una borrachera considerable cuando, con una sola frase, me ha mandado a freír monas.

—Tienes que conseguir el cuadro. Es muy importante.

—Pues vienes tú, no creo que a esta mujer hoy sea fácil convencerla. Me voy a volver. Está nevando y como no salga de aquí ya, no podré regresar a Madrid.

—¡No, no, no! ¡Tienes que conseguirlo! Anoche estuve haciendo unas llamadas a un amigo que es conservador y le enseñé las fotos del cuadro que me hizo llegar mi madre por correo electrónico. Cree que hay muchas posibilidades de que sea auténtico. Verifícalo antes de venir.

Andrea resopló y una nube de vapor de agua se formó delante de su rostro, que en ese momento empezaba a crisparse.

—Por favor —insistió Gerardo, rebajando el tono de sus exigencias.

—Te digo que no me va a dejar ni entrar en su casa —gruñó Andrea—, está celebrándolo con los vecinos. De hecho, están tan eufóricos que estoy cubierta de cava.

Su jefe se echó a reír.

—Oye, no me hace gracia, estoy en la calle, hace un frío del copón y encima estoy calada. Esta gente tiene fiesta para rato y yo quiero irme ya. ¿No podemos dejarlo para después de Navidad, para cuando todo esto se relaje?

—No, no podemos, al hablar con este amigo supe que la galería Keitar está al tanto de ese cuadro, tiene que ser nuestro. Si de verdad es un Murillo, esto sería un respaldo tremendo para nosotros. Vuelve y convéncela de que somos su mejor opción.

No dejó que replicase, le colgó y Andrea miró el teléfono un tanto furiosa. ¡A su mujer no le colgaba el teléfono con tanta soltura, el muy idiota! Después miró el cielo y, ante un escalofrío que sacudió su cuerpo, decidió entrar de nuevo en el hotel.

Antes de abrir la puerta dio otro resbalón y consideró sus opciones. Por muchas ganas que tuviera de marcharse, no estaba ducha para conducir en aquellas terribles condiciones climatológicas, así que fue a su coche, sacó la maleta de él y volvió al bar.

Gerardo iba a tener que añadir una factura de hotel a aquella excursión invernal a la que la había empujado.

Por el rabillo del ojo le pareció ver que una unidad móvil de televisión aparcaba al otro lado de la plaza.

Al abrir la puerta del establecimiento, la fiesta continuaba. No parecía que nadie tuviera prisa ese día por marcharse a casa, menos cuando el restaurante del hotel había preparado unos pinchos con los que acompañar al alcohol. Los vecinos de Grimiel hablaban a voz en cuello y nadie pareció darse cuenta de que ella había vuelto cargada con la maleta. No sabía a quién tenía que preguntar para registrarse y que le dieran una habitación. Si se iba a quedar, urgía darse una ducha y quitarse de encima las ropas mojadas y el olor a bodega.

—Creía que te habías ido —le dijo Fernando, apareciendo de pronto a su espalda.

—Tenía que hacer unas llamadas.

—Te he visto hablando con Angustias, pero veo que no has solucionado con ella el tema que te ha traído hasta aquí —le dijo, señalando la maleta.

—En ello estoy —mintió—, pero primero necesito una habitación para cambiarme, me habéis puesto perdida con el cava.

Fernando agarró uno de los mechones de su pelo y lo tocó, mirándola con ojos brillantes. Andrea no pudo decidir si esa mirada la provocaba ella, si tenía algo que ver con el beso que le había dado minutos antes o era que había bebido y empezaba a notarse en él el efecto del alcohol. En cualquier caso, al sentir los ojos azules de él sobre los suyos, al recordar las emociones que le había producido aquella reacción espontánea de Fer, comenzó a temblar. Tanto que él se dio cuenta.

—Supongo que te has quedado fría ahí afuera.

—Supones muy bien —contestó, con voz trémula. Ese chico provocaba en ella sensaciones que llevaban demasiado tiempo dormidas.

—Espera.

Giró la cabeza, buscando a alguien entre el gentío, y dio una voz.

—¡Marcos!

El interpelado apareció de nuevo, Andrea lo recordaba de haberlo visto hacía un rato.

—Marcos, la señorita necesita una habitación.

—¡Bienvenida! Y perdone que antes no le haya hecho caso, es que con el jaleo que hay, y como ha entrado con él, pensaba que solo había venido a celebrar lo de la lotería, no he visto la maleta. Soy el dueño del hotel. Venga por aquí.

La condujo al mostrador de recepción y, después de rodearlo, apretó el botón de la pantalla del ordenador. Se quedó mirándola con atención, acercándose y alejándose de ella, como si no fuera capaz de enfocar. Después de varios intentos, la miró con una sonrisa idiota, se dio la vuelta, cogió una llave prendida a un llavero de madera con el número de habitación y se la dio.

—Ya haremos el registro más tarde, no tengo que preocuparme porque esté ocupada la habitación que le voy a dar, es nuestra única clienta hoy. Luego me dirá la que le he dado y rellenaremos los datos.

Y se fue, dejándola desconcertada en medio del gentío. Supuso que la despreocupación de aquel hombre se debía a la euforia del premio y a la fiesta que se habían marcado los vecinos, que en ese momento pasaba por escuchar cantar a uno de ellos, que lo hacía bastante mal, pero al que todos jaleaban como si fuera el mejor cantante del mundo.

—Si quieres, te acompaño arriba y te llevo la maleta —le dijo Fer, adivinando su inquietud.

Marcos, prisionero de lo extraordinario del día, se había olvidado de decirle cómo se iba a las habitaciones y dónde estaba la suya.

—No, no, puedo yo sola —contestó ella.

Intentó adivinar el camino que tenía que tomar, pero había tanta gente que lo único que consiguió fue encaminarse a los baños del bar. Fernando la tomó por el brazo con suavidad y la recondujo hacia las escaleras. Cogió el llavero, sin que ella lo soltase, y lo giró para ver el número de habitación.

—Sube por esta escalera hasta la segunda planta y después gira a la derecha. La encontrarás con facilidad, hay pocas.

—¿No puedo usar el ascensor? —preguntó ella, señalándolo.

—Me temo que no está operativo. Vamos, sería un milagro que funcionase. La oferta sigue en pie, si quieres te acompaño —insistió él.

—Gracias por la amabilidad, puedo yo sola —se obligó a decir, mientras su cerebro se empeñaba en rememorar el cosquilleo que había atravesado su columna cuando la besó y su instinto traidor le gritaba que quería volver a probarlo.

—Como quieras. Encantado de haberte conocido.

Se despidió con un guiño que alentó todas las emociones que Andrea estaba tratando de doblegar. De ninguna manera se iba a dejar vencer por ellas. Para esquivarlas con más fuerza, se dio la vuelta y encaró las escaleras. Descubrió enseguida que sí le hubiera gustado que la acompañase, y no solo porque el hotel estaba construido en un antiguo edificio y las escaleras eran tan empinadas que, varias veces, estuvo a punto de perder el equilibrio y caerse hacia atrás. Por alguna razón, le apetecía prolongar el tiempo con aquel chico tan atractivo.

La maleta, a medida que descontaba escalones, le iba resultando más fastidiosa. ¿Pero qué había metido? ¿Piedras? Recordó que se había llevado su viejo portátil, que pesaba como una mala enfermedad, y un libro, por si se daba el caso de que tuviera que quedarse, además de útiles de aseo y ropa.

Llegó a la habitación jadeante.

Abrió la puerta y observó el espacio; era preciosa. Estaba decorada con gusto, con muebles rústicos muy elegantes y en el baño, amplio y luminoso, había un jacuzzi. Su idea de darse una ducha se tambaleó al pensar que podía cambiarla por un relajante baño de espuma, digno del mejor spa. Eso le hizo acordarse de que tenía que hacer otra llamada: tenía que anular la cita con Alicia y Clara. Si esa tarde tampoco podían hacer las compras programadas, la idea de ir el 23 a un balneario urbano iban a tener que dejarla para otro momento.

—¡Vaya! Videollamada a tres, seguro que nos quieres contar algo jugoso —dijo Clara, que fue la primera que descolgó. Al momento se unió Alicia.

—¡Hola, darling! ¿Qué tal por el medio rural? —dijo.

—A ver por dónde empiezo…

—Empieza por los pelos que llevas. ¿Te has pegado con un oso?

Mientras Andrea encontraba la manera de contarles la mañana que llevaba, Alicia desapareció del plano.

—¡Ali!

—¡Estoy, seguid hablando, que me estoy poniendo cómoda! Esta mierda de tacones me está dejando los pies molidos. Para salir esta tarde de compras pienso ponerme zapatillas deportivas.

—No puedo acompañaros hoy —dijo Andrea, entrando de lleno en el asunto que la había conducido a llamarlas.

Alicia metió la cabeza en el plano, de repente, procedente de un lugar hacia la derecha.

—¿Cómo que no vas a venir? ¿Y para cuándo vas a dejar las compras?

—Ali, lo siento, es que todo se ha complicado.

—¿No decías que era ir y volver? —preguntó Clara.

—Eso creía yo, pero no.

—Cuenta, cuenta —dijo Alicia, sentándose por fin delante del teléfono.

—¿Qué llevas puesto? —le preguntó Andrea, fijándose en los dibujitos de Frozen que llevaba la camiseta de su amiga.

—¿A que es adorable? Es que siempre quise un pijama de Frozen y nadie me lo regaló porque «soy muy mayor para estas tonterías» —dijo, imitando con burla una frase de su madre—, así que me lo he comprado yo solita. Me lo pongo en cuanto llego a casa. Y también tengo zapatillas.

Subió el pie para mostrar unas abrigadas botas de pelo blanco con motivos de la película.

—Ali, deja que Andrea nos cuente qué le pasa.

—¡Vale, vale! Si es que ella ha preguntado…

—No discutáis. Lo que ha pasado es que la señora con la que tenía que hablar del cuadro ha cambiado de idea sobre venderlo.

—Bueno, pues ya está —dijo Clara, que era la más práctica—, ha cambiado de idea, tú se lo has preguntado. Coges y te vienes. Y que le den al idiota de tu jefe.

—¿Y a esa mujer qué flus le ha dado para cambiar de idea de ayer a hoy? —preguntó Alicia.

—Pues, el mismo que a toda la gente del pueblo en el que estoy. En realidad, le ha tocado la lotería de Navidad. Por eso voy regada de cava.

—¡Joder!

La imprecación salió de la boca de Clara y Alicia a la vez, que se pusieron a especular con lo que harían ellas si les tocase la lotería de Navidad, planes muy locos que en ningún momento pasaban por quedarse a celebrar aquellos días con sus familias.

—Bueno, vale, le ha tocado la lotería y no quiere vender. Perfecto —dijo Clara—, pero tú qué vas a hacer si ha cambiado de idea, sino regresar. Deberías estar en camino, de hecho, vamos a volver tardísimo de las compras si no sales de allí ahora mismo.

—Es que esa es otra, Gerardo estaba muy cabreado cuando se lo he contado. Si no la convenzo, igual se le pasa por la cabeza despedirme del trabajo.

—¿Y solo porque ese idiota te haya gritado, que por otro lado lo hace siempre, te vas a quedar allí, arruinando nuestros planes?

Andrea se quedó un momento en silencio. En ese instante se arrepintió de haber optado por la videollamada. No era lo mismo decirles algo solo a través de la voz o de un audio que la posibilidad de que mirasen a sus ojos y descubrieran que había algo más que había hecho que cambiase de opinión.

No eran Gerardo y sus exigencias.

Ni siquiera estaba segura de que la nevada estuviera siendo nada más que una excusa, pero no sabía si estaba preparada para confesarse a sí misma una verdad inesperada. Como para decírselo a ese par de cotorras. Una sed que no era consciente de que sintiera había despertado hacía un rato, al encontrarse con unos labios que parecían hechos para acallarla en su boca.

—Me voy a quedar hasta mañana —dijo, procurando sonar casual y evadiendo por un momento sus propios pensamientos—. Iremos de compras sin falta por la tarde, lo prometo. Lo único es que… deberíais ir anulando lo del spa, no creo que nos dé tiempo…

Otra vez las dos amigas empezaron a hablar a la vez, logrando que Andrea no se enterase de nada de lo que le estaban contando. Solo cuando se calmaron un poco decidió contarles lo que le sucedía de verdad.

Al fin y al cabo, eran sus amigas.

Al fin y al cabo, a alguien se lo tenía que contar si no quería explotar.

—A ver, tengo que contaros algo, pero me tenéis que prometer que no gritaréis.

—Qué tonterías dices, nosotras no gritamos nunca —dijo Alicia.

—Bueno —apostilló Clara—, que te pongan una araña delante, verás como gritas, Ali. ¿Hay arañas o ratones en la habitación en la que estás, Andrea? Mira que en los pueblos perdidos no creo que los hoteles sean de mucho lujo. Te puedes encontrar cualquier animal salvaje…

Andrea puso los ojos en blanco, estaba en un pueblo castellano, no en medio de la selva.

—¡Al contrario! Este sitio es espectacular. Es que… —No sabía por dónde empezar—. Es que hace un rato, en la recepción del hotel…

—¡Quieres arrancar, que nos tienes en ascuas! —dijo Clara.

—Venga, va. Pues que en medio de la euforia de esta gente, que estaba como loca celebrando lo de la lotería, uno del pueblo me ha besado.

Las dos se quedaron unos segundos en silencio.

—Pues hija, normal, estaría contento y te habrá confundido con alguien —dijo, al fin, Alicia—. Y si encima dices que lo están celebrando con cava, igual iba un poco perjudicadillo…

Andrea se quedó callada y Clara, que parecía un poco más despierta que Alicia, abrió la boca antes de preguntar:

—¿Te ha besado, besado? —preguntó.

—Sí —dijo Andrea, al tiempo que afirmaba con la cabeza.

—¡¿Con lengua y todo?!

—Sí —volvió a contestar; parecía que el beso la había dejado monosilábica.

—¡Ostras! ¿Y cómo era? —preguntó Alicia—. Me refiero a si estaba bueno o era un tipo de esos que te entran ganas de salir corriendo y no parar hasta Siberia.

—Parecía un hijo perdido de Odín —respondió Andrea, sin pensarlo mucho.

—¿De quién? —preguntó Ali, que no parecía muy puesta en mitología nórdica.

—Mira que eres imbécil —dijo Clara—. ¿Me estás diciendo que está buenísimo? ¡Hala, tía, qué suerte! ¡Mándame la ubicación que me voy para allá ahora mismo!

Andrea se echó a reír a carcajadas y acto seguido intentó quitarle hierro al asunto diciéndoles que no había tenido importancia. Iba a llevar razón Alicia, seguro que era porque estaba contento y hasta podía haberla confundido con alguien.

Colgó tras despedirse de ellas, buscando no prolongar más la conversación y que se le escapase algo que no quisiera. No había dicho toda la verdad a sus amigas.

No, Fernando no estaba borracho, al menos no lo estaba de alcohol, no le había dado tiempo a que le afectase lo más mínimo el cava que tomó. Ni a ella ese beso la había dejado tan indiferente como pretendía mostrar.

Solo les había contado lo que no comprometía a su corazón.

Capítulo 6

Tras la conversación con sus amigas, decidió saltarse la comida. El madrugón, sumado al relajante baño de espuma en el jacuzzi, alentó una dulce somnolencia, que invitaba más a probar la cama que a darse un atracón de comida castellana. Andrea se arrebujó en el edredón y, arrullada por el hipnótico movimiento de los copos que caían al otro lado de la ventana, no tardó en cerrar los ojos y quedarse dormida. Cuando los abrió de nuevo, estiró los músculos y bostezó. Inhaló una bocanada de aire y sonrió relajada después del descanso que le hacía tanta falta. Instantes después, miró con atención la habitación, intentando ubicarse.

Tardó tres segundos en decidir que estaba en el hotel de Grimiel.

Tardó dos más en pensar que las sábanas blanquísimas y muy suaves, con olor a lavanda, eran las más cálidas que la habían arropado nunca.

Le costó otro segundo pensar qué día era.

¿Qué día era?

Agarró el teléfono que había dejado sobre la mesilla y confirmó la fecha, 22 de diciembre, y lo más aterrador, que el reloj marcaba las ocho de la tarde. ¡Había dormido durante horas! Su estómago le recordó que se había saltado la comida y su cerebro le echó una bronca silenciosa al darse cuenta de que, aquella noche, por culpa de haberse dejado acunar por la comodidad de la habitación, no iba a dormir.

—¡Ay, ya me vale! Me voy a pasar la noche contando tantas ovejas que voy a reunir un rebaño —dijo en voz alta.

Lo dijo regañándose con suavidad por no haberse acordado de poner una alarma que la despertase.

Se levantó de la cama y, mientras se vestía, aguzó el oído, intentando escuchar el jaleo que había dejado en recepción cuando la abandonó. No tuvo éxito, en esos momentos todo parecía en silencio en el hotel. La gente debía de haberse cansado de celebrar su reciente cambio de estatus económico y se habrían ido a sus casas.

Decidió entretenerse un rato con el teléfono. Las noticias sobre los premiados en la lotería de Navidad ocupaban un gran espacio y entre los nombres de los lugares agraciados aparecía Grimiel. Incluso en una de las fotos, incluida por un periódico digital, le pareció reconocer a Angustias con su bata y sus zapatillas, con una copa de cava en alto, bailando entre el gentío. No pudo evitar que en sus labios se dibujase una sonrisa.

—¡Venga, nena! Muévete que todavía te quedas sin cenar también —se dijo, dejando el teléfono.

Se puso el abrigo, agarró su bolso bajo el brazo y, cuando encaró las empinadas escaleras se acordó de que al subir no había hecho el registro en el hotel. Fue a la recepción hacia donde se encaminó en primer lugar. Allí, sentado en una silla frente al ordenador, estaba Marcos, atento a algo que sucedía en la pantalla. En esos momentos llevaba puestas las gafas que no encontró por la mañana. Cuando la escuchó llegar, cerró la página, se puso en pie y la saludó con una sonrisa perfecta de recepcionista.

—Buenas… noches —dijo Andrea, al comprobar que desde la ventana solo se veía oscuridad en la calle.

—Buenas noches. ¿Ha descansado? —preguntó él, en un tono muy correcto y muy profesional.

—Sí, sí, muchas gracias, venía a registrarme. Antes, con el lío…

—Claro, claro, es que antes estaba todo un poco descontrolado. No pasa nada, lo hacemos ahora.

—Menuda suerte ha tenido el pueblo esta mañana —comentó, por romper el silencio incómodo de hablar con un desconocido.

—Ha sido maravilloso, sobre todo porque le ha tocado el gordo a casi todo el mundo. ¿Le importa firmar aquí?

Marcos le entregó un papel que Andrea rubricó con prontitud antes de devolvérselo. A continuación, le dio una tarjeta al director y le indicó que contenía los datos del trabajo para después hacer la factura. Gerardo había insistido en que se quedase y ella le pasaría cada céntimo que le costase la broma, como le había dicho, además de anotar todas las horas extra y hasta el último café que también pensaba reclamarle. Completó con Marcos el resto de los trámites y le preguntó dónde podía comer algo.

—La verdad es que no tenemos servicio de comedor hoy. He dado permiso al personal después de la noticia de la mañana.

La cara de pánico de Andrea fue bastante elocuente, las tripas le rugían como unas posesas, recordándole que les prestase atención. Desde el desayuno de carretera no había tomado nada, puesto que el chocolate prometido por Fernando se había desvanecido por la noticia que encontraron al entrar en el hotel y ni siquiera se había tomado un café. Tampoco auguró que en un sitio tan pequeño pudiera encontrar otro restaurante. Preguntó, por si estuviera equivocada:

—¿Hay algún sitio más donde pueda cenar?

—En Grimiel no, pero podría ir hasta Lorsa.

No tenía ni idea de dónde estaba Lorsa, pero para calmar su apetito iría donde fuera necesario. Le pidió a Marcos que le explicase cómo llegar.

—Pues no está la noche como para perderse por carreteras secundarias… —le dijo, por toda respuesta.

Andrea no quiso arriesgarse, la previsión de su madre le había hecho meter un paquete de galletas en la maleta. Insuficientes para calmar un estómago hambriento, pero menos peligrosas que adentrarse en carreteras desconocidas de noche y sin instrucciones.

—¿Podría al menos tomar un café? —preguntó.

—Sí, claro, el bar está abierto —contestó Marcos, señalando la barra.

Ella se dio la vuelta y descubrió que tras el mostrador trasteaba una mujer mayor, que no tardó ni medio segundo en escabullirse por la puerta que daba a la cocina.

—Si quiere, podemos subirle a la habitación un bocadillo —ofreció Marcos.

Un «sí» rotundo y mudo se materializó en el cerebro de Andrea, pero al salir de su boca se había transformado en un educado y sosegado «gracias». Sin embargo, lo que menos le apetecía en esos momentos era quedarse más tiempo encerrada en una habitación. Auguraba una noche en blanco y sospechaba que se iba a hartar de mirar las paredes. Había un televisor, pero era poco dada a entretenerse con lo que ofrecía la programación televisiva y el libro que se había llevado no era tan gordo como para mantenerla ocupada muchas horas. Tampoco tenía ganas de encender el portátil, aunque si no quedaba más remedio lo usaría para ver alguna película.

—¿Puedo comer el bocadillo en la barra? —preguntó.

—Sí, claro, si quiere, no hay problema.

—Por favor, tutéeme, me siento muy incómoda cuando me hablan de usted —le pidió Andrea.

—No me extraña —dijo la mujer mayor, que había aparecido con un plato de torreznos y un trozo enorme de tarta de queso—. Eres muy joven y este muy cenutrio para darse cuenta de que nadie te ha llamado de usted en la vida.

—Bueno, alguna vez…

—Pocas —sentenció ella—. Soy Luisa, espero que no seas vegana o algo así.

Aunque hubiera sido vegana convencida, con el hambre que tenía se habría comido aquellos torreznos, que encima olían deliciosamente bien. Se le olvidó por completo el bocadillo.

—No, no soy vegana, esto está bien.

—Agua.

Después de decirlo, Luisa le puso una botella de agua mineral sin preguntarle si la quería o prefería otra cosa.

—Se nos han acabado los refrescos y la cerveza, y no pienso subir otro barril hasta mañana por la mañana. ¿O quieres vino? Espera, tengo tónica y bíter.

—Agua está bien —dijo la chica.

Andrea vio cómo Marcos esbozaba una sonrisa, quizá porque conocía muy bien a aquella camarera suya que servía a los clientes lo que le parecía la mitad de las veces, sin preguntar si era lo que deseaban. La gente del pueblo la había dejado por imposible, pero los clientes que llegaban al hotel no solían aceptar de buen grado sus imposiciones. Al menos la primera vez, porque después, como si ella tuviera el don mágico de doblegar voluntades, acababan aceptando su rareza como parte del encanto de Grimiel.

—¿Te ha gustado la habitación? —preguntó Marcos, saliendo del mostrador de la recepción y acercándose a ella.

—Preciosa, lo poco que he visto del hotel es muy bonito —dijo Andrea con sinceridad.

—Estamos muy orgullosos de él en el pueblo.

—Sobre todo tú —dijo Luisa, entre dientes, pero Andrea llegó a oírlo.

—Si te gusta, te agradecería mucho que nos pusieras una buena valoración en la página web, las valoraciones son importantes.

Luisa se echó a reír sin disimulo alguno.

—No sé cómo explicarle que cuando la gente viene a Grimiel no tienen otra cosa para elegir que este hotel. ¿Qué más da si nos valoran bien o mal?

—Pero puede animar a otros a venir a visitarnos si lo ven en la web —alegó él.

—¿A ver, qué, Marcos? —preguntó Luisa—. ¿Las vacas de Tomás? ¿El depósito de agua? Amos, anda…

—No le hagas caso, el hotel tiene un prestigio avalado por…

—No le hagas caso a él —le interrumpió Luisa—. Hace unos años salimos en toda la prensa y vamos viviendo de las rentas, pero la verdad es que venir aquí tiene muy poquito encanto. Sobrevivimos porque no hay más bares en muchos kilómetros a la redonda, pero esto está muerto.

—¡Luisa!

—A ver si te crees que la chica no sabe que el medio rural se muere. Lo sabe, como todo el mundo.

Andrea fue a intervenir, pero parecía que la conversación era entre ellos y no la incluía demasiado. Ella solo había sido la excusa para que volvieran a repasar un tema que era recurrente en sus conversaciones, algo que les dolía porque ante sus ojos se desmoronaba el modo de vida que habían conocido. La ciudad se había ido llevando a la gente de Grimiel y, salvo excepciones, nadie regresaba a vivir, pocos optaban por quedarse allí, por mucho empeño que pusieran en mantener el pueblo en pie.

—Tenemos lo que has visto en la plaza. Suerte que no han quitado la farmacia, creo que porque la mayoría somos viejos, consumimos medicinas a tutiplén y le damos negocio. Aparte del hotel, hay un picadero, el taller de tractores, la carnicería, el estanco, una tienda de ultramarinos… Algunos grimielenses tienen negocios de chapuzas, pero para de contar. Pero si desde este año no tenemos ni colegio, que los niños tienen que ir a Lorsa desde chiquitines…

—Tenemos la senda del río —puntualizó Marcos.

—¡Fíjate tú qué maravilla! —dijo Luisa, irónica.

—Y setas en otoño, y el festival de la croqueta en mayo, y… nos ha tocado la lotería.

—Pan para hoy, hambre para mañana —remató ella—. Por cierto, ¿tú que haces aquí? —preguntó, dirigiéndose a Andrea—. ¿Eres la novia de Fernando?

Andrea se tragó de golpe un trozo de torrezno que tenía en la boca y se atragantó. Tuvo que beber agua para que se le pasara. Al parecer, a pesar del jaleo, todo el mundo había sido testigo del beso que le había plantado el chico de los tractores. Recordarlo hizo que le latiera el corazón un poco más deprisa y se apresuró a recomponerse.

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