Kitabı oxu: «Incendiario»

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Título original inglés: Incendiary.

Autor: Michael Cannell.

Publicado por acuerdo con el autor. Todos los derechos reservados.

© Michael Cannell, 2017.

© de la traducción: Carmen G. Aragón, 2022.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2022.

Avda. Diagonal, 189 – 08018 Barcelona

https://www.rbalibros.com

Primera edición: febrero de 2022.

REF.: ODBO998

ISBN: 978-84-9187-981-7

EL TALLER DEL LLIBRE, S. A. • REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL

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Todos los derechos reservados.

PREFACIO

Este libro trata de la locura, de una locura cargada con pólvora. En estas páginas habita un criminal en serie con predilección por las bombas, un esquizofrénico paranoide que aterrorizó Nueva York durante un largo y terrible período de la década de 1950. Sus casi tres docenas de artefactos de fabricación casera destinados a estallar en lugares públicos gestaron una cultura del miedo cuarenta años antes de que el terrorismo se convirtiera en una obsesión estadounidense. En él se encarnó todo cuanto había de perturbador en los años que W. H. Auden llamó «la edad de la ansiedad».[1] Por muy crueles que fueran, las dos guerras mundiales del siglo podían llegar a entenderse. El Loco de las Bombas, no. Era como una distorsión onírica del malestar de posguerra: desquiciado, despiadado, perpetuamente oculto entre las sombras de la gran ciudad.

El Loco de las Bombas tenía un legítimo motivo de queja contra un empresario indiferente, pero su resentimiento se transfiguró en una ira que lo corroía por dentro, alimentada por un veneno surgido de un agujero negro psíquico donde la lógica no funciona. Me corrijo: donde la lógica normal no funciona. Los esquizofrénicos se rigen por su propia lógica, que nosotros no comprendemos.

Desde luego, el Departamento de Policía de Nueva York (NYPD) no la comprendía. Los detectives de Nueva York, famosos por su tenacidad, dieron un traspié tras otro, hostigados por una jauría de periodistas a cada paso. La policía llevaba más de un siglo recurriendo a la fuerza y las piernas para atrapar a los malhechores. La calle respetaba la porra, y no había más que hablar. Sin embargo, ese eficaz método de mano dura era inútil contra un esquizofrénico que ponía bombas en serie. «Pocas veces en la historia de Nueva York»,[2] escribió la Associated Press, «ha supuesto un caso tal tormento para la policía».

La furia destructora del Loco de las Bombas se desató en un momento en que la ciencia estaba transformando la visión estadounidense del mundo. Jonas Salk halló la vacuna contra la poliomielitis y erradicó así una enfermedad que había dejado una estela de cientos de miles de tullidos; los Laboratorios Bell allanaron el camino a la electrónica moderna y a todo lo que llegó con ella al inventar el transistor de silicio, y el físico Edward Teller creó la bomba de hidrógeno.

Sin embargo, los avances científicos no hicieron mella en la rutina policial, al menos no en Nueva York. Los testarudos comandantes y corruptos capitanes de distrito del NYPD se resistieron a los nuevos métodos que preconizaban los criminólogos con estudios superiores hasta que el criminal que ponía bombas en serie los obligó a adaptarse. Solo cuando la captura de este se convirtió en una necesidad urgente, la policía dio un paso sin precedentes: preguntó a un psiquiatra qué revelaban las pruebas forenses sobre el trastornado mundo interior del aquel hombre. ¿Qué extraña clase de persona era y qué hiriente experiencia vital lo había arrastrado a su vocación asesina? En otras palabras, pidieron al psiquiatra que inventara una nueva técnica de investigación criminológica, capaz de penetrar en la mente del terrorista, si bien la expresión «perfilación criminológica» aún iba a tardar otras dos décadas en acuñarse.

Hasta entonces, los únicos investigadores que habían esbozado retratos de la historia emocional de un delincuente solo existían en los relatos de Edgar Allan Poe y sir Arthur Conan Doyle. Sherlock Holmes analizaba las pruebas y evocaba a chantajistas y asesinos con precisión fotográfica, pero ¿podía un psiquiatra hacer lo mismo en la vida real? ¿Podía la vida imitar a una novela policíaca?

Hoy suele ser el arte el que imita a la vida. La televisión y el cine nos han abrumado de tal modo con relatos ficticios sobre la perfilación criminológica que olvidamos fácilmente la innovación que esta supuso en 1957. Todos los perfiladores de hoy, reales o televisivos, descienden del psiquiatra que retrató al Loco de las Bombas con asombrosa precisión.

El que sigue es un relato sobre los albores de la perfilación criminológica. Todo lo que cuentan estas páginas es cierto, incluidas las citas (obviamente, los pensamientos del Loco de las Bombas son mera especulación). Como toda historia impactante, encierra una pregunta sin respuesta: ¿Puede la ciencia por sí sola vislumbrar los entresijos de la mente humana, o acaso la verdadera comprensión precisa del poder iluminador de la intuición? ¿Cómo se capta el ingenio de un loco? Estas cuestiones me han tenido cautivado durante los tres años que he trabajado en este libro. Por el camino he llegado a entender que escribir sobre la locura es escribir sobre uno mismo, aunque sea indirectamente.

El virtuoso se conforma con soñar

lo que el malvado realiza en la vida.

PLATÓN, SEGÚN SIGMUND FREUD

Todo el mundo tiene una corazonada alguna vez.

DR. JAMES BRUSSEL

PRÓLOGO
DICIEMBRE DE 1956

Una fría mañana de diciembre de 1956, poco después del almuerzo, un trío de detectives neoyorquinos salió por la puerta de atrás de la jefatura de policía, cuya cúpula de cobre se alzaba como un sucio templo gris sobre las casas y restaurantes de Little Italy. Al otro lado de la calle, semioculto por la sombra invernal, un cartel con forma de revólver colgaba a las puertas de John Jovino’s, la tienda de armas más antigua de la ciudad, si no del país, donde los patrulleros compraban los cartuchos Special del 38 que rodeaban sus caderas. Justo encima de Jovino’s había una escalera de incendios de la que Weegee, el decano de los fotógrafos de la prensa sensacionalista, se colgaba con su negra Graflex con flash para captar imágenes privilegiadas de asesinos y mafiosos que la policía llevaba esposados a comisaría para ficharlos. En la misma manzana, en la esquina con Grand Street, había un restaurante alemán llamado Headquarters bajo cuyo techo de caoba tallado los jefazos se tomaban su whisky seguido de cerveza en una larga barra de roble cuando estaban fuera de servicio. Los agentes que querían pasar desapercibidos podían entrar al bar por un túnel subterráneo.

Aquel día, los tres detectives no tenían tiempo para esas distracciones. Con el veterano capitán Howard Finney a la cabeza, el trío se llegó a paso ligero hasta un coche patrulla de incógnito, un gran Plymouth verdiblanco estacionado junto al bordillo, para dirigirse al sur por las sinuosas calles del centro en una misión urgente.

Cuatro días antes había estallado una bomba durante la proyección de Guerra y paz en la sala de cine Paramount de Flatbush Avenue, en Brooklyn. A las 19.55, mientras mil quinientas personas contemplaban un salón de San Petersburgo en un tecnicolor de saturados azules y rojos, una explosión atronadora destelló desde la fila GG del patio de butacas, bajo el escenario, seguida de nubes de humo gris. Tras un tenso instante de conmoción, similar a ese momento de silencio que sigue al estallido de una ventana, los gritos inundaron el teatro: gritos de dolor, de pánico y de horror a medida que los espectadores vislumbraban rostros y cabezas abiertos por la metralla. El público se puso en pie de golpe, como un coro de fieles para entonar un salmo, y se precipitó hacia las salidas dejando atrás seis heridos. En la pantalla, la bella Audrey Hepburn, deslumbrante con su diadema y su vestido de noche, bailaba un vals bajo los claros ojos azules de Henry Fonda.

La explosión de la sala Paramount no fue un suceso aislado. Cualquier neoyorquino que leyera la prensa sabía que la policía llevaba dieciséis años buscando a un individuo que ponía bombas en serie y se identificaba únicamente con las iniciales F. P. Ya había puesto treinta y dos artefactos explosivos caseros en los espacios públicos más concurridos de la ciudad —cines, estaciones de metro y de tren, en una estación de autobuses y en una biblioteca—, y había herido a quince personas. Casi todas las bombas habían sido programadas para estallar poco después de las cinco de la tarde, en plena hora punta.

F. P. aún no había matado a nadie, pero que lo hiciera solo era cuestión de tiempo. El New York Journal-American, un diario de la tarde de corte combativo, lo llamó «la mayor amenaza individual a la que se haya enfrentado Nueva York».[1] «La captura de un psicópata fabricante de bombas con una reivindicación insaciable e insensata», decía el periódico, era «el desafío más angustioso de los tiempos modernos».[2]

En todos esos años, un período que se remontaba a 1940, el mayor y más formidable cuerpo policial del mundo no había logrado hacerse con ninguna pista relevante. Su fracaso aún podía excusarse mientras el Loco de las Bombas fabricara artefactos rudimentarios e ineficaces, pero en 1956 demostró una nueva capacidad letal y además declaró su intención de matar en varias furiosas y farragosas cartas que envió a directores de periódico, todas ellas firmadas con las crípticas iniciales F. P.

El ambiente de Nueva York, ya enrarecido por la ansiedad de la Guerra Fría, era cada día más sombrío. Cada bomba hacía que la policía pareciera más impotente. El alcalde habló de desgobierno. A la mañana siguiente del atentado en el Paramount, el nuevo comisario de policía, Stephen P. Kennedy, ordenó la «mayor operación de búsqueda de la historia del departamento de policía».[3]

La desesperación llevó a la policía por un derrotero que jamás se había planteado en los ciento once años de historia del departamento. Aquella tarde de finales de otoño, el capitán Finney y sus dos compañeros de la Brigada de Explosivos salieron de la jefatura para visitar al doctor James A. Brussel, un psiquiatra experto en los entresijos de la mente criminal. Si las pruebas materiales no llevaban a la policía hasta F. P., quizá lo lograra su información emocional.

En las oficinas centrales del Departamento de Salud Mental del Estado de Nueva York, en Broadway, donde el doctor Brussel trabajaba como subinspector, un personaje enjuto de sonrisa jocosa y fino bigote teñido a tono con su oscuro pelo negro peinado hacia atrás, saludó al capitán Finney. Brussel repartía su tiempo entre las oficinas de dicho departamento y una consulta privada en su casa, situada en el recinto de un hospital psiquiátrico de Queens. Si el capitán Finney era serio y circunspecto, el doctor Brussel era todo lo contrario: asertivo, ingenioso y dotado de una vivacidad exaltada rayana en la locura.

El capitán Finney vació una cartera de pruebas sobre el escritorio del doctor. De ella salieron fotografías de artefactos sin explotar y butacas de cine destripadas a navajazos junto con fotocopias de cartas de extraña redacción e informes de escenas del crimen reunidos a lo largo de dieciséis años. «Las bombas y las cartas: eso era todo cuanto tenía la policía», escribió después Brussel. «El resto era un misterio».[4]

Los tres detectives apenas movieron un pelo mientras el doctor ojeaba las pruebas, deteniéndose de vez en cuando para tomar notas en una libreta. A medida que acumulaba información, su mente barajaba posibilidades. El capitán Finney «era un hombre bajo y fornido de mucho talento y pocas palabras», escribió después el doctor Brussel. «Me miraba esperando que dijera algo. Yo miraba el montón de cartas y fotografías que había lanzado sobre mi mesa».[5]

El doctor Brussel percibió que el capitán Finney, un tipo silencioso y reflexivo, estaba dispuesto a escuchar al margen de lo descabellada que pudiera parecer la retroalimentación psiquiátrica. Los otros dos detectives de la Brigada de Explosivos apenas disimulaban su escepticismo. Parecían caricaturas del poli duro: anchos hombros y tórax voluminoso, mandíbula cuadrada y perenne barba de un día. Ponían los ojos en blanco y se sonreían de soslayo, como unos niños traviesos obligados a asistir a misa. «Se movían nerviosos, suspiraban e intercambiaban miradas de guasa y de impaciencia», escribió el doctor Brussel. «Atrapar delincuentes era asunto de la policía. ¿Qué sabría de eso un psiquiatra?».[6]

Para los policías curtidos en la calle, un psiquiatra no merecía más crédito que un médium o un adivino. Brussel sabía que al aventurarse a hacer una valoración psiquiátrica del Loco de las Bombas —lo que hoy se conoce como perfil—, estaba poniendo en peligro la credibilidad de su profesión. Y la suya propia.

Al cabo de dos horas, el doctor se levantó de su escritorio y se plantó junto a una ventana con vistas al ayuntamiento. El sol, ya bajo, proyectaba sus débiles rayos invernales sobre los solemnes edificios municipales en un anochecer gris azulado. Doce plantas más abajo, la primera oleada del tráfico de la hora punta se densificaba con los aerodinámicos sedanes y los taxis que atestaban Broadway. Las farolas centelleaban. Chambers Street se iba llenando de hombres con gabardina y sombrero que caminaban deprisa, como acostumbran los neoyorquinos, con la cabeza gacha y los hombros encorvados de frío. «Cualquiera de entre la gente que veía abajo podía ser el Loco de las Bombas», escribió el doctor Brussel. «Había un hombre de pie junto a un coche. Otro, ocioso en un portal. Otro paseaba con la mirada fija en los edificios. Todos ellos estaban en esas calles a esa hora por algún motivo. Tal vez fuera un motivo legítimo, tal vez no. . . Se sabía tan poco del Loco de las Bombas que prácticamente cualquier ciudadano escogido al azar podía ser el sospechoso. Cualquiera. . . y ninguno».[7]

La búsqueda había durado tanto y había generado tanta frustración que el capitán Finney y sus hombres habían llegado a tener la sensación de estar persiguiendo a un espectro que anduviera suelto por las calles. «Parecía un fantasma», recordó después el doctor Brussel, «pero tenía que ser de carne y hueso. Había nacido, tenía madre y padre, comía y dormía, y andaba y hablaba. En alguna parte había gente que lo conocía, veía su cara, oía su voz. . . Probablemente miles de personas de Nueva York y sus alrededores habían tenido algún contacto fugaz con él en un momento u otro. Se sentaba junto a otras personas en el metro y el autobús, pasaba a su lado en las aceras, se codeaba con ellas en las tiendas. Y aunque a veces pareciera hecho de una materia nocturna, etérea, incorpórea, era evidente que existía».[8]

Durante largo rato dio la impresión de que el doctor Brussel había entrado en trance, como si se esforzara en oír una señal entre el rumor de fondo de la ciudad —un repiqueteo psíquico— que lo llevara hasta el Loco de las Bombas.

Mientras observaba a los extraños arremolinarse en la calle, algo se aclaró en su mente, como cuando los píxeles se juntan para formar una imagen nítida, y apareció el retrato detallado de un hombre de carne y hueso. El doctor se volvió hacia el capitán Finney y describió a su fugitivo hasta el más mínimo detalle, incluido el corte de su chaqueta.

PRIMERA PARTE

1
UN ÁNGEL JUSTICIERO

OCTUBRE DE 1951

Cinco años antes, la tarde del 22 de octubre de 1951, F. P. recorrió unos ciento cuarenta y cinco kilómetros de la Taconic Parkway en su Daimler, respetando escrupulosamente el límite de velocidad. Si un agente de tráfico lo hubiese detenido, habría podido sospechar, cachearlo y descubrir el pesado objeto que llevaba en el bolsillo del abrigo.

En los primeros días de su campaña de bombas, F. P. viajó a Manhattan en tren y tuvo la insoportable sensación de llamar excesivamente la atención. Era uno de los pocos hombres a bordo tras la hora punta de la mañana. Las mujeres, vestidas para ir a almorzar en la ciudad o asistir a una sesión de cine matinal, le lanzaron miradas recelosas, y el revisor se entretuvo demasiado al validar su billete, como para memorizar sus rasgos. O eso pensó F. P.

Aparcó el Daimler en Riverside Drive cerca de la calle Noventa y seis, como de costumbre, y permaneció en su asiento mientras vertía pólvora muy lentamente de una botella a un trozo de tubería que sujetaba entre sus zapatos de cuero con cordones. Había esperado hasta entonces para montar la bomba a fin de reducir las posibilidades de que se produjera una explosión accidental de camino a la ciudad.

Luego echó a andar entre los sobrios edificios de oficinas que se alzaban hombro con hombro en la periferia del centro. Los escaparates rebosaban de artículos —lustrosos zapatos de cordones y trajes de lana, muebles de salón daneses, televisores DuMont en armarios de madera oscura— que F. P. contemplaba como quien codicia cosas que nunca tendrá, mientras la multitud le rozaba al pasar por la acera, lo que aumentaba su sensación de invisibilidad. Durante todo ese tiempo la bomba en marcha latía como un corazón mecánico en el bolsillo de su abrigo.

En breve, la primera oleada de trabajadores desfilaría hacia el este en dirección a la estación Grand Central para tomar los trenes a las ciudades de los alrededores, como Bedford, Rye o Darien. Allí les aguardarían cubiteras tintineantes y el tierno abrazo de sus hijos en casas de estilo ranchero cercadas por las rojizas hojas de octubre. A F. P. no le esperaban esas alegrías. No tenía empleo. No tenía casa propia. No tenía el calor de una familia. No tenía ninguno de esos consuelos que veía en la televisión o en los anuncios de la revista Life. En su lugar alimentaba un rencor insaciable por un agravio y la creciente convicción de que él, y solo él, había sido elegido para ser un gran vengador, un ángel justiciero.

Apostado en la esquina de la calle Cuarenta y tres con Broadway, F. P. veía resplandecer el llamativo neón de Times Square palpitando encima de él. Cigarrillos Camel. Electrodomésticos Admiral. Chevrolet. Las vallas publicitarias relucían y parpadeaban con la potencia de un millar de bombillas, como para compensar la melancolía de la tarde moribunda.

En el lado oeste de Times Square se alzaba un viejo palacio del cinema de recargada decoración llamado Paramount, con una colosal marquesina que parecía el remate de una cómoda en la fachada. Cuatro años después iba a alojar uno de los primeros conciertos de rock-and-roll, con Chuck Berry y otros artistas, que produjo el disc-jockey Alan Freed, pero en 1951 aún era una anticuada sala de cine dotada de un Wurlitzer que tocaba temas populares antes de los noticiarios y los tráileres.

El vestíbulo estaba prácticamente vacío cuando F. P. se internó entre sus blancas columnas de mármol y arañas de cristal para comprar una entrada para ver El poder invisible, una película de gánsteres sobre un policía que se infiltra en el ambiente de los muelles. Era la última aportación al cine negro que retrataba a los tipos duros y los chanchullos de los muelles de la ciudad. En el vestíbulo, un cartel mostraba a tres hombres con grueso rostro de mafioso sobre el eslogan: «Cruel, ingeniosa y fría como el hielo».

F. P. parecía de todo menos cruel o ingenioso. Vestido con un anodino traje y corbata, nada en él habría despertado sospechas en el empleado de la entrada. Era un ejemplo casi perfecto de hombre insulso de cuarenta y ocho años, robusto sin ser gordo, con gafas de montura dorada, una ligera papada y el cabello ralo de color indefinido peinado con un formal tupé. Era un ser corriente y moliente de pies a cabeza, como si la vida no hubiera logrado dejarle una marca inconfundible.

«Es el ejemplo perfecto de hombre al que no reconocerías la segunda vez que lo vieras»,[1] dijo un conocido suyo. Nada en sus modales sugería lo que se cernía sobre él. Nada delataba un ápice de sus ideas asesinas.

Se sentó en una zona vacía hacia el centro de la platea, a cierta distancia de los otros espectadores que integraban la escasa concurrencia del atardecer. Las luces se atenuaron, conminando así al público al silencio. En la gran pantalla empezó la película: llueve a cántaros en la calle Sesenta y tres Oeste; en una casa de empeños, el detective Johnny Damico regatea por unos pendientes que quiere regalar a su novia; de vuelta a casa, oye unos disparos y ve un cuerpo boca abajo en la húmeda calle vacía; un hombre con gabardina está de pie junto a la víctima con un revólver; el hombre le muestra una reluciente placa y se identifica como el teniente Henderson del Distrito 21; Henderson dice que se acercará a una cafetería próxima para telefonear a comisaría e informar del tiroteo, pero en vez de ello huye por la puerta de atrás.

También para F. P. había llegado el momento de huir. Se levantó y salió arrastrando los pies por el pasillo como si fuera al servicio de caballeros, dejando la bomba atrás, y se alejó a pie sin ser visto bajo el fulgor parpadeante de Times Square.

19,74 ₼
Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
14 noyabr 2024
Həcm:
411 səh. 19 illustrasiyalar
ISBN:
9788491879817
Naşir:
Tərcüməçi:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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