Kitabı oxu: «El arte de la lectura en tiempos de crisis»

Şrift:

El arte de la lectura en tiempos de crisis


A los facilitadores de libros y de historias,

a quienes les debo estas páginas

Liminar

ESTE LIBRO ESTÁ TEJIDO con multitud de voces que dan cuenta de experiencias en las que se ha manifestado el poder de la palabra escrita para reconstruir la vida de personas en desgracia. Esas voces han sido engarzadas por un pensamiento, al mismo tiempo discreto y brillante, que se propuso –lo podemos sentir en su ritmo pausado– apartarse de cualquier generalización. Un pensamiento que no se nutrió de experiencias ajenas para afirmar lo previamente conocido, sino que surgió del encuentro con el otro, y que lo celebra.

Buena parte de esas experiencias provienen de Iberoamérica: Michèle Petit tuvo conocimiento de ellas en numerosos viajes e intercambios epistolares que siguieron a la difusión en lengua española de su obra. Por esto la publicación de este libro en español es un retorno y a la vez una muestra más de la importancia del desvío, del viaje de uno al otro, para redescubrir la propia imagen y revitalizar su vida psíquica.

Al saludar su publicación en nuestro idioma, quisiera resaltar que esta obra sobre el poder de la lectura en espacios en crisis se aparta de los sobados discursos sobre la crisis de la lectura, tan comunes hoy. No se encontrará aquí un lamento por un supuesto pasado glorioso, ni la añoranza de un modelo lector al que las prácticas actuales de lectura son ajenas, particularmente entre la población joven o poco escolarizada. Como en las otras obras de Petit, aquí la atención se centra en la experiencia de los lectores, en sus sorprendentes apropiaciones, y en la manera en que estas desencadenan procesos psíquicos y narrativos profundamente revitalizadores. Tal vez por eso su obra ha tenido tanta resonancia en países como los nuestros en los que con demasiada frecuencia los discursos que alaban a los libros inhiben un acercamiento personal a la lectura.

En el momento en que escribo estas líneas el mundo se ha transformado en un espacio en crisis de gravedad insospechada. En esta situación será más importante y necesario apoyar programas y proyectos como los que inspiraron esta obra. Sin embargo es altamente probable que, por el contrario, la crisis haga peligrar la afluencia de recursos a proyectos que escapan a los criterios de rentabilidad inmediata. Ojalá que la lectura de esta obra permita comprender que la literatura, la cultura y el arte no son productos suntuarios para endulzar la vida espiritual, sino algo que reactiva la ensoñación, el pensamiento y la disposición inventiva “para que uno pueda elaborar un espacio en donde encontrar lugar, vivir momentos un poco tranquilos, poéticos y creativos, y no sólo verse sometido a evaluaciones en un universo productivista; para participar en el devenir compartido y entrar en relación con otros de manera menos violenta, menos brusca, más apaciguada”, como tan bien lo dice Michèle.

DANIEL GOLDIN, 23 DE FEBRERO DE 2009

Prefacio a la edición de bolsillo

Han pasado trece años desde la primera vez que se publicó este libro y, sin embargo, el interés por los usos de la lectura en tiempos de crisis sigue siendo un tema vigente. Durante los meses siguientes a su aparición, en 2009, la economía mundial cayó en una grave recesión, y desde entonces, bajo múltiples formas, las “crisis” no han cesado, ya sea en forma de atentados terroristas, sismos, inundaciones o incendios de enorme magnitud, o de guerras que provocan desplazamientos de poblaciones completas… Y a partir del inicio de 2020 la humanidad entera ha sido presa de una pandemia que ha amenazado todo aquello sobre lo cual está construida la vida en sociedad, y que ha contribuido a profundizar gravemente la desigualdad.

Curiosamente, una vez que salimos de aquella enorme recesión económica, o en las semanas siguientes a los atentados terroristas, la gente se lanzó en tropel a las librerías, como lo hizo también después del 11 de septiembre de 2001, a pesar de que las pantallas ocupan un lugar cada vez más importante en nuestra vida cotidiana. Al día siguiente del temblor del 19 de septiembre de 2017 en México surgieron múltiples iniciativas que tenían como centro las lecturas compartidas. Durante la pandemia, después de un primer momento de conmoción en el que resultaba difícil pensar en leer, el tiempo de la lectura regresó:1 en numerosos países se inventaron múltiples formas de lectura compartida, en familia o de forma virtual con amigos, desconocidos, maestros, bibliotecarios, promotores de lectura… Y una vez que terminó el confinamiento las librerías experimentaron un alza espectacular en ventas de libros, particularmente de obras de fondo, clásicos literarios, ensayos complejos.

¿Qué buscaban quienes corrieron hacia las librerías, o aquellos que formaron parte de los intercambios alrededor de los libros en situaciones extraordinarias? Construir sentido, encontrar puntos de referencia, aclarar lo incomprensible, transformar las tristezas en ideas —por usar las palabras de Proust—, y tal vez hasta en belleza. Porque somos animales poéticos, narrativos, sedientos de palabras, de historias, de imágenes que estén a la altura de lo que vivimos. Cuando el miedo se hace presente y el odio no está lejos, cuando el mundo parece estar a punto de fragmentarse, el libro es también, por excelencia, el objeto que sugiere un universo entero, articulado, que da la idea de una construcción sólida, firme, dotada de armonía; el libro aporta conocimiento y permite tener alguna noción de lo que nos espera, pero sobre todo nos da acceso a otra dimensión que hace más habitable ese mundo que parece tan caótico pero que llamamos real. Nos da al mismo tiempo un abrigo, un espacio íntimo y un horizonte, una lontananza, un mundo abierto.

En efecto, hoy como ayer, los lectores no comparan esta actividad con una fortaleza o un búnker, ni siquiera con una casa de piedra o de ladrillos, sino que lo hacen, de manera recurrente, con una cabaña. Ya sea que esté hecha de troncos, de ramas o de paja, la cabaña deja entrar los aullidos, los llamados y los aromas del bosque; la cabaña respira. La idea de la cabaña sugiere la lejanía, nos hace viajar: “Cuando hablamos de cabañas pensamos en algo que nos es muy próximo, muy familiar, y que al mismo tiempo evoca la lejanía, el campo, nos hace imaginar tierras de aventura”, escribe Gilles Tiberghien. Dice también de la cabaña que es el vector del deseo “entre lo cerrado y lo abierto, el interior y el exterior”.2 De manera similar, el escritor español Gustavo Martín Garzo asocia la literatura con “Una casa como la que Tarzán y Jane construyeron en la copa de un árbol, abierta a todas las llamadas de la vida”, con “un lugar que nos protege lo justo para no separarnos del mundo”.3 Viajar ahí permite reencontrar mejor el mundo después de haberlo olvidado, permite regresar sintiéndose menos perdido. Y en este complejo proceso entran en juego múltiples elementos, como veremos en los capítulos que siguen.

Si bien acudimos a los libros en contextos críticos, esto no los reduce al papel de un bálsamo o un remedio. Me parece importante insistir sobre esto porque en ocasiones se ha hecho uso de este Arte de la lectura para equiparar la lectura con un tratamiento, y legitimar la prescripción de textos supuestamente aptos para remediar tal patología o tal problema del alma. Me parece preocupante que hoy en día la lectura sea cada vez más instrumentalizada por sus efectos terapéuticos, tras haberlo sido por sus beneficios escolares (reales o supuestos) o su eventual aportación a la integración social.

No se trata de eso. Los mediadores cuyo arte se estudia en este libro poseen sobre todo un deseo de compartir, de hacer justicia, y una exigencia poética, como diría Calaferte. Están convencidos de que cada uno de nosotros tiene derecho al saber y a la información, pero también a la metáfora, a lo imaginario, a la belleza bajo múltiples formas, para nutrir sus sueños, su pensamiento, su creatividad. Y si las lecturas que sugieren permiten —entre otros efectos— alejarse de los contextos dolorosos u opresivos y adquirir un cierto margen de maniobra, me parece que es porque no se limitan a la dimensión del cuidado. La lectura ofrece mejores “curas” a quienes no buscan tal cosa. Es más, como veremos, es imposible predecir, anticipar, el efecto que tendrá un texto sobre una persona determinada, pues lo inesperado, la sorpresa, desempeñan un papel fundamental, en tanto que constituyen un desvío que permite leer las páginas de la propia vida de manera indirecta. Hay algo que se nos escapa y que no se puede explicitar completamente: he oído a psicoanalistas decir que un niño encuentra siempre el libro que necesita, y esto sin duda es cierto más allá de la infancia, siempre y cuando, desde luego, alguien haya abierto el camino hacia los libros, haya facilitado su apropiación y haya sabido volverlos deseables.

Hoy incluso dudo que podamos hablar de los “poderes reparadores de la lectura”, a pesar de que los menciono en numerosos momentos en las páginas siguientes. “Reparar” puede sugerir un regreso al estado anterior, al cual aspiramos con mucha frecuencia en los tiempos críticos. Sin embargo, es mucho más fuerte el poder transformador que poseen ciertos libros, o ciertas frases, que a pesar de no tener nada que ver con la situación en la cual se encuentra atrapado el lector le dan la fuerza necesaria para liberarse.

Toda violencia resentida, todo sufrimiento, entorpece, aleja el horizonte, cuando no cancela completamente la posibilidad misma de salir y de llevar la mirada o el pensamiento a la lejanía. Nos convierte en Dreyfus cuando estaba preso en la isla del Diablo, rodeado de una empalizada que le impedía ver el mar y con la prohibición de hablarle a sus carceleros. Y sin embargo, hasta a él se le dio la gracia de los libros y pudo copiar páginas enteras de Montaigne o Shakespeare en los cuadernos donde resolvía ejercicios de inglés y de matemáticas.

Los libros son la anti-empalizada. La fuerza, el movimiento reencontrado tal vez proviene de esa lontananza ilimitada que abren las palabras o las ilustraciones, de esa otra dimensión, completamente distinta, que se sale de la brutalidad de lo real. Puede que haya otros objetos que también abren estos accesos, pero los libros lo hacen de manera excelente, como anota Camus al referirse indirectamente a la biblioteca municipal que visitaba de niño: “lo que contuvieran esos libros en el fondo poco importaba. Lo que importaba era lo que sentían al entrar en la biblioteca, donde no veían las paredes de libros negros sino un espacio y unos horizontes múltiples que, no bien traspasado el umbral, los arrancaban de la vida estrecha del barrio”. En los últimos años tuve que organizar las obras que componían la biblioteca de mi madre, que acababa de morir. He descubierto que desmontar la biblioteca de alguien que se ha ido es un gesto sacrílego, mucho más que regalar sus vestidos o los objetos que la rodeaban. La biblioteca de alguien, ya sea que conste de diez volúmenes o de cinco mil, está compuesta de sus sueños. Al tocar esos libros yo me internaba en sus territorios más íntimos, y al destruir su orden, desmantelaba un universo compuesto como un ramo de flores. Me abría paso a golpes de una atroz racionalidad económica (éstos de aquí pueden donarse, éstos de acá pueden venderse, estos títulos técnicos o manuales pueden tirarse).

Los sueños de mi madre estaban hechos de muchos tratados científicos sobre la evolución de los seres vivos, el cosmos o el sistema nervioso; de bellos libros sobre los pájaros, sus plumajes, sus costumbres, sus cantos. De poesía francesa del siglo XX, de novelas estadounidenses, de diccionarios muy sabios. Y de islas cuyas antípodas permanecieron en secreto: entre dos obras de arte descubrí un juego de cartas y documentos sobre el océano Pacífico de los cuales jamás había oído hablar. Desamparada frente a un descubrimiento semejante dejé de organizar y pospuse el resto del trabajo para otro día; pensé que la palabra “pacífico” seguramente habría significado algo para ella, que era tan inquieta. Recordé a una colega cuya biblioteca también tuve que vaciar: en medio de carpetas sobre temas muy serios se había deslizado un libro de fotografías de la actriz Simone Signoret en el esplendor de su juventud; ahí también había encerrado un continente pacífico, secreto, escondido. Me hizo recordar la frase de una mujer a propósito de una ilustración encontrada en un libro de la infancia: “era el anverso absoluto de todo lo que me rodeaba”.

Un anverso absoluto del cual requerimos todos los días para que nuestros deseos encuentren a dónde ir, eso que nos hace dormir y soñar. Lo que hace a Wendy y sus hermanos seguir tarde tras tarde a Peter Pan hasta El País de Nunca Jamás, lo que hace a Proust escribir noche tras noche, lo que hace a Sherezada contar.

Más que someter a los niños, a los adolescentes o a los adultos con quienes trabajan a discursos muy aburridos sobre los beneficios de la lectura, los mediadores, de cuyo arte trata este libro, los ayudan a descubrir ese anverso donde tomar respiro y donde experimentar, tal vez, una transfiguración. Les muestran un continente entero que no es sólo un consuelo sino una parte invisible, vital, de cada uno de nosotros.

PARÍS, FEBRERO DE 2021

Traducción de Juana Inés Dehesa

1 Véase Michèle Petit, “Leer (o no leer) en tiempos de pandemia”, conferencia inaugural del Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, Resistencia (Argentina), 19 de agosto de 2020, publicada en El fomento del libro y la lectura 20, Fundación Mempo Giardinelli.

2 “Demeurer, habiter, transiter; une poétique de la cabane”, en Augustin Berque et al., L’Habiter dans sa poétique première, París, Donner lieu, 2008.

3 Gustavo Martín Garzo, “Una casa de palabras”, El País, 8 de enero de 2012.

Prólogo

Tuvieron que labrarse un arte de vivir en tiempos de catástrofe,

para nacer una segunda vez, y en seguida luchar, a rostro descubierto,

contra el instinto de muerte que está activo en nuestra historia.

ALBERT CAMUS1

LA IDEA DE QUE LA LECTURA puede ayudar al bienestar de la gente es muy antigua, sin duda tanto como la creencia de que puede ser peligrosa o dañina. Sus poderes reparadores, en particular, no han dejado de ser observados a lo largo de los siglos. “Para mí, el estudio ha sido el supremo remedio contra el hastío de la vida, pues no ha habido pesar que una hora de lectura no me haya quitado”, escribió Montesquieu. Más cerca de nosotros, en el siglo XX, pensemos en el papel que jugaron la lectura o los recuerdos literarios para tantos deportados a los campos de concentración nazi, o para quienes sufrieron el confinamiento estalinista. Primo Levi le recitaba Dante a su amigo Pikolo en Auschwitz, y los compañeros de Robert Antelme rememoraban poesías que transcribían en pedazos de cartón que encontraban en la bodega de la fábrica.2 Brodsky, condenado a trabajos forzados en un lugar cerca del círculo polar, leía a Auden y de él sacaba fuerzas para sobrevivir y enfrentarse a sus carceleros.3 Y la biblioteca que Chalamov encontró al salir de la Kolyma le dio nuevos ánimos para seguir adelante: “La notable biblioteca de Karaïev –no había un solo libro que no valiera la pena de leerse– me resucitó, me dio nuevas armas para la vida, en la medida en que eso era posible”.4

En las cárceles de los militares argentinos o uruguayos, muchos hombres y mujeres redescubrirán esa importancia vital de los libros o de los recuerdos de textos leídos. Tal como lo hará Jean-Paul Kauffmann, rehén durante tres años en Líbano: cuando no tenía nada más que leer, rememoraba las poesías o novelas “de antes”, afanándose en recuperar “su impregnación”:

Esa gimnástica de la memoria no se enfocaba para nada en el argumento. Reconstruir la intriga de Rojo y negro, Eugenia Grandet o Madame Bovary no era el objetivo que yo perseguía. Recrear el recuerdo de una lectura, reconocer en mí la huella que ésta dejaba, recuperar su impregnación, tal era el objetivo que me había propuesto. Darle un significado a lo que yo leía era algo accesorio. Lo que buscaba era empaparme del texto, no interpretarlo […].

Nunca devoré algo con tanta intensidad. Me olvidaba de la celda. Metido en el fondo de mi lectura, produciendo dentro de mí otro texto. Extraño goce, equivalía a una liberación provisional. […] Encadenado y a la luz de una vela, conocí la adhesión absoluta al texto, la fusión total con los signos que lo componían –la cuestión del sentido, lo repito, era secundaria.5

Sin llegar a esas situaciones extremas, la contribución de la lectura a la reconstrucción de uno mismo tras una desilusión amorosa, un duelo, una enfermedad, etc. –cualquier pérdida que afecte la representación de sí mismo y del sentido de la vida– es una experiencia común y ha sido descrita por numerosos escritores; para no ir más lejos, en una entrevista que encuentro la noche en que escribo estas líneas: habiendo perdido a su padre cuando era un bebé y luego a su madre a la edad de cinco años, Sergio Pitol cayó gravemente enfermo; ya no podía ir a la escuela, pero la casa donde su abuela lo había acogido estaba llena de libros: “Mi abuela leía sin parar. Y yo atrapaba todo lo que caía en mis manos.[…] A los doce años descubrí La guerra y la paz y cesó mi enfermedad. Siempre he estado convencido de que Tolstoi me salvó”.6

De manera parecida, Marc Soriano narró un día de qué manera, siendo niño, Pinocho le ayudó a sobreponerse a la muerte de su padre y a la grave anorexia resultante que puso en peligro su vida. En palabras de él “devoró, masticó, engulló y regurgitó Pinocho”, en el cual encontró “a la vez su crimen y la saludable rebelión que le dio la fuerza para luchar contra el abrumador sentimiento de culpa que la muerte absolutamente real de su padre amenazaba con hacer irreversible y fatal”.7 Allí se puede ver hasta qué punto una obra, en ocasiones, nutre literalmente la vida. En retribución, Soriano consagró la suya al estudio de los cuentos.

Tomaré un último ejemplo de Laure Adler quien, refiriéndose a la muerte de su hijo, declaró: “Si no me quité la vida, fue porque casualmente me topé con Un dique contra el Pacífico de Marguerite Duras”,8 que encontré en una casa alquilada para el verano:

…de hecho siempre tuve el sentimiento de que me estaba esperando. Ese verano acababa de pasar por una de esas pruebas de las que uno cree que nunca podrá reponerse. Me consta que un libro, al trocar mi tiempo por el suyo, el caos de mi vida por el orden del relato, me ayudó a recuperar el aliento y a avizorar un futuro. La feroz determinación y la inteligencia del amor que manifiesta la muchacha de Un dique seguramente contribuyeron mucho a lograrlo.9

Años de guerra, “años bibliotecas”

Pero no sólo en los momentos de desastres íntimos los libros llegan al rescate; también cuando sobrevienen crisis que afectan simultáneamente a un gran número de personas.“En los años treinta, de acuerdo con varios análisis, en Estados Unidos la crisis lanzó a millones de estadunidenses a sus bibliotecas”, según escribe Martine Poulain:10

A veces los desempleados le pedían a la lectura que les permitiera distanciarse de lo real y de su propia situación, le pedían que los llevara “fuera del mundo”. Otras veces, al contrario, lo que esperaban era que los mantuviera “dentro del mundo”. La lectura de la prensa era entonces algo muy apreciado, ya sea porque la lectura de las “noticias” sancionaba esa necesidad de sentirse ligado a una comunidad de pertenencia, o porque la consulta de las ofertas de empleo sellaba de manera aún más directa la búsqueda de reintegración.11

Y así por el estilo en todas partes, la segunda Guerra Mundial provocó un fuerte aumento en las prácticas de lectura, como mucha gente lo ha atestiguado, entre ellas Thaïs Nasvetnikova, en Rusia, quien evoca el invierno de 1941: “Recuerdo que todo el mundo leía… Muchísimo. Nunca he visto algo así… Agotamos la biblioteca para niños y adolescentes. Entonces nos autorizaron a leer libros para adultos”.12 O J. M. G. Le Clézio, quien se encontraba en Niza: “No se podía salir, era demasiado peligroso. Los caminos y los campos estaban minados […] Vagabundear era imposible. No teníamos muchos amigos, vivíamos aislados. Había que poblar ese vacío, y allí estaban los libros”.13 O Marina Colasanti, quien habla de su infancia en Italia:

… aun en pleno nomadismo, mis padres pudieron ofrecernos, a mi hermano y a mí, una normalidad estable.

Esa normalidad fue la lectura.

Cuando pienso en esos años, los veo atiborrados de libros. Son mis años-biblioteca. Y mis lecturas más emocionantes, ésas que hasta hoy vivo como mi epifanía de lectora, me fueron dadas justamente en los dos últimos años de la guerra, los años más duros. […]

Miraba por la ventana de nuestra sala, veía el símbolo del fascio sobre la fachada del Duomo y leía. Comíamos coliflor siete días a la semana, un huevo costaba una lira, se decía que el pan estaba hecho de serrín, y yo leía. Abandonamos la ciudad, buscamos refugio en la montaña. Allí, cuando despertábamos, las columnas de humo, allá en el horizonte, nos decían que Milán estaba siendo bombardeada. Y yo, ¡ah!, seguía leyendo.14

Todavía en fecha reciente, inmediatamente después del 11 de septiembre de 2001, en una época en que lo audiovisual ya era omnipresente, se observó pese a todo un aumento en la afluencia a las librerías de Nueva York mientras que disminuía la frecuentación de todos los demás comercios: “El público se vuelca hacia lo escrito para comprender la crisis”, escribió en su encabezado Le Monde del 22 de septiembre de 2001. Tras la primera onda de choque, la gente “vino a buscar libros para superar esa prueba”, comentó la directora de una gran librería.15 En Francia también las librerías registraron un movimiento similar.16

¿Qué puede hacer la lectura en estos tiempos difíciles?

En la actualidad puede decirse que el mundo entero es un “espacio en crisis”. En efecto, una crisis surge cuando, debido a cambios de carácter brusco –aunque hayan sido preparados con mucha anticipación–, o debido a una violencia continua y generalizada, los esquemas de regulación, tanto sociales como psíquicos, hasta entonces vigentes se vuelven inoperantes. La aceleración de las transformaciones, el aumento de la desigualdad, de las disparidades y el incremento de las migraciones, han alterado o hecho desaparecer los marcos en que se desarrollaba la vida, haciendo vulnerables a hombres, mujeres y niños, obviamente de manera muy variable según los recursos materiales, culturales y afectivos con que cuentan y el lugar en que viven.

Para muchos de ellos, estas crisis se traducen sin embargo en el mismo tipo de angustia. Vividas como rupturas, sobre todo cuando se acompañan de una separación de los seres más allegados, de la pérdida del hogar o de los paisajes familiares, las crisis desembocan en un tiempo inmediato, sin proyecto, sin futuro, en un espacio sin línea de fuga. Reviven antiguas heridas, reactivan el miedo al abandono, afectan el sentimiento de continuidad propia y la autoestima. A veces provocan una pérdida total de sentido. Pero igualmente pueden estimular la creatividad y la inventiva, contribuyendo a que se elaboren otros equilibrios, porque en nuestro psiquismo, como dijo René Kaës, una “crisis libera al mismo tiempo fuerzas de muerte y fuerzas de regeneración”.17 “El desastre o la crisis son también, y por encima de todo, oportunidades”, escriben Chamoiseau y Glissant tras el paso de un ciclón. “Cuando todo se derrumba o se trastoca, también algunas rigideces o imposibilidades se ven sacudidas. De pronto se vislumbra cómo, gracias a nuevas claridades, se esculpen algunas improbabilidades”.18

¿Puede la lectura sostener a esas fuerzas de vida? ¿Qué esperar de ella sin ilusiones vanas, en espacios donde la crisis es particularmente intensa, ya se trate de escenarios de guerra o de violencia reiterada, de desplazamientos de poblaciones más o menos forzosos o de quebrantos económicos acelerados?

En contextos como ésos, muchos niños, adolescentes y adultos podrían redescubrir el papel de esa actividad en la reconstrucción de sí mismos y la contribución insustituible de la literatura y del arte a la actividad psíquica. Y a la vida en pocas palabras. Esta hipótesis puede sonar paradójica en una época de mutaciones tecnológicas donde lo que más preocupa es la eventual disminución de las prácticas de lectura. Y puede parecer todavía más audaz, incluso incongruente, considerando que el gusto por la lectura y su práctica en gran medida se construyen socialmente. Pensemos en los ejemplos que dimos anteriormente: en casi todos los casos se trata de hombres y mujeres que tuvieron contacto con los libros desde su más tierna edad o que, al menos, fueron introducidos precozmente en los usos de la cultura escrita. La abuela de Sergio Pitol leía sin descanso, y si Marina Colasanti y su hermano vivieron algunos “años-biblioteca”, fue gracias a sus padres. La lectura es un arte que, más que enseñarse, se transmite, como lo han demostrado muchos estudios.19 Éstos revelan que la transmisión dentro de la familia sigue siendo lo más frecuente. Lo más común es que alguien se vuelva lector porque de niño vio a su madre o a su padre con la nariz metida en los libros, porque los oyó leer historias o porque las obras que había en casa eran temas de conversación. En ese sentido, ¿la experiencia de Jean-Paul Kauffmann, Marc Soriano o Marina Colasanti puede hacerse extensiva a categorías sociales más alejadas de lo escrito, que son las más afectadas por las transformaciones actuales?

Los trabajos que realicé anteriormente, tanto en espacios rurales como en barrios populares de la periferia urbana,20 me han llevado a pensar que, bajo ciertas condiciones, sí puede ampliarse a ellos, y que también es posible extenderla a las generaciones más jóvenes, que a menudo nos son presentadas como más renuentes a la cultura escrita que las generaciones anteriores. Estas investigaciones me enseñaron, en efecto, que la experiencia de la lectura no variaba de acuerdo con la pertenencia social o las generaciones. En particular, las personas que mis colegas y yo conocíamos durante nuestras investigaciones evocaban ampliamente, de manera espontánea y detallada, la importancia de esta actividad en la construcción o en la reconstrucción de sí mismo, aun en los casos en que los entrevistados sólo leyeran de vez en cuando. Pero estas operaciones se realizaban por medio de apropiaciones muy singulares, incluso de desvíos respecto de los textos leídos. Con un desconcertante sentido del hallazgo, cada uno de ellos “cazaba furtivamente” lo que en secreto tenía que ver con sus propios asuntos, lo cual le permitía intercalar su propia historia entre líneas: nos hallábamos ya dentro de las “artes de hacer” que estudió Michel de Certeau.21

Nuestros interlocutores se referían a algo más amplio que las acepciones académicas de la palabra “lectura”: aludían a textos que habían descubierto en un encuentro cara a cara, solitario y silencioso, pero también, a veces, a lecturas oralizadas y compartidas; tanto a libros releídos con obstinación como a otros que apenas habían hojeado, robándose una frase aquí o un fragmento allá; a los momentos de ensoñación que acompañaron o vinieron tras el intercambio con lo escrito, a los recuerdos híbridos que tenían de eso, a las transformaciones que experimentaban. Más que el desciframiento de los textos, más que la exégesis erudita, lo esencial de la lectura era, al parecer, ese trabajo del pensamiento, de la ensoñación. Esos momentos en los que se levanta la vista del libro22 y se esboza una poética discreta, en los que surgen asociaciones inesperadas.

No obstante, lo que variaba de un medio social a otro eran los obstáculos. Para unos, todo ya estaba dado por nacimiento o casi; para los otros, el alejamiento geográfico se añadía a las dificultades económicas y a las prohibiciones culturales. Si habían logrado incluso leer, era siempre gracias a mediadores específicos, al acompañamiento cálido y discreto de algún facilitador que tenía también el gusto por los libros, que había hecho deseable su apropiación.

Sorprendentes experiencias literarias compartidas

En los años posteriores a estas investigaciones, los azares del destino profesional –o más bien las artimañas del deseo que me hicieron volver al lugar en donde viví muchos años atrás– me llevaron a viajar frecuentemente por América Latina. Desde 1998 me trasladé a ese continente varias veces al año y en esos viajes conocí a un gran número de mediadores culturales con los que dialogué.23 De este modo descubrí sorprendentes experiencias literarias compartidas que han llevado a cabo diversos profesionales (maestros, bibliotecarios, psicólogos, artistas, escritores, editores, libreros, trabajadores sociales o humanitarios…) con niños o adultos expuestos a una relegación social más o menos aguda y acompañada por múltiples adversidades.

En efecto, actualmente se están implementando programas donde la lectura ocupa un lugar esencial, en diferentes regiones del mundo que viven situaciones de guerra o de violencia, crisis económicas intensas, éxodos de poblaciones o catástrofes naturales. Casi siempre, esas experiencias tienen poca difusión y son ignoradas o poco conocidas, no sólo en Europa (donde la autosuficiencia etnocéntrica impide a la gente imaginar cómo se beneficiaría si se informara acerca de lo que se ha intentado hacer en otros lugares), sino también a unos cuantos kilómetros de los lugares donde se realizan. Sin embargo están llenas de enseñanzas.

Ya sea que cuenten con el apoyo de organismos internacionales, de instituciones públicas, asociaciones o fundaciones privadas, de entrada tienen la particularidad de dirigirse a aquellos que están más alejados de los libros: niños, adolescentes, mujeres u hombres a menudo con baja escolaridad, originarios de medios pobres, marginados, y de culturas dominadas. Muchos provienen de sociedades donde es la tradición oral, mucho más que la escrita, la que durante largo tiempo les ha brindado puntos de referencia, recursos de los cuales echar mano para vincularse con unas representaciones culturales compartidas. Mitos, cuentos, leyendas, proverbios, cantos o fragmentos de canciones les permitían hasta cierto punto simbolizar emociones intensas o acontecimientos inesperados, representar conflictos, dar forma a sus paisajes interiores, insertándose al mismo tiempo en una continuidad, una transmisión. En dos palabras, construir sentido. Al menos así sucedió mientras esas sociedades conservaron una mitología viva, recompuesta o enriquecida a merced de los encuentros. Pero actualmente en muchos lugares la tradición oral se ha desarticulado y los puntos de referencia simbólicos se han desorganizado, con todos los riesgos que implica esa alteración de la “red” de la cultura. En contextos así, ¿la introducción de propuestas donde lo escrito ocupa un lugar central puede suplir a esa tradición, incluso reactivarla, o al contrario, amenaza con destruir lo que queda de ella?

Por otra parte, el análisis de esos programas y su confrontación permiten precisar las condiciones necesarias para su implementación, delimitar el papel de los mediadores, su margen de maniobra y las asociaciones necesarias para el “éxito” de esas acciones. También proporcionan pistas para identificar los procesos que se ponen en práctica y clarificar los beneficios que pueden esperarse de la lectura en esos contextos, al igual que los límites, los callejones sin salida, la posible dosis de riesgo que implican estas iniciativas.

Ahora bien, si a menudo se ha señalado la utilización de esa práctica en tiempos de crisis, la naturaleza de los procesos que llevan a la reconstrucción de sí mismo casi nunca se hace explícita. Tampoco se hace clara en el caso de instituciones como el hospital o la prisión, pese a que en ellas hay servicios públicos y asociaciones dedicados a facilitar el acceso a los libros. Una parte de los que trabajan en este campo son conscientes de la complejidad de esos procesos, pero otros sólo se ocupan de desarrollar la capacidad que tiene la lectura de “distraer” y, en el caso del universo penitenciario, únicamente subrayan los aspectos funcionales de esta práctica que pueden contribuir a una futura reinserción profesional. Basta pensar en los comentarios de Jean-Paul Kauffmann o de Marc Soriano, citados anteriormente, para sospechar que una gran parte de las vivencias son totalmente desconocidas.

En cambio, sí existe una literatura científica en el campo del psicoanálisis. En algunas mediaciones culturales que se inspiran en él, la lectura de cuentos, mitos y, en menor grado, de libros ilustrados, novelas, obras de teatro, etc., se utiliza algunas veces, en particular con niños o adolescentes con dificultades escolares, con psicóticos o autistas, en las áreas de la clínica intercultural o durante las terapias familiares.24 No obstante, tanto estas observaciones como la conceptualización que las acompaña son poco conocidas fuera de los círculos especializados.

Una parte de los profesionales que implementan programas centrados en la lectura en espacios en crisis dicen ser seguidores de la “biblioterapia”, que fue desarrollada y teorizada en Norteamérica, Europa del norte o Rusia.25 Las definiciones que dan de ella son muy diversas: a menudo, ésta designa la utilización de materiales de lectura seleccionados como coadyuvantes terapéuticos para los cuidados médicos y psiquiátricos, pero a veces recibe acepciones más amplias hasta incluir un conjunto de mediaciones culturales seguidas de discusiones en grupo, en contextos que rebasan el marco hospitalario.

Analizar las experiencias relatadas en las obras que se han publicado dentro de esta especialidad, particularmente en el mundo anglosajón, sería rico en enseñanzas, pero es un trabajo diferente al que me propuse en este libro. En los contextos en que he trabajado, el concepto de “biblioterapia” sólo figura esporádicamente, incluso entre quienes trabajan en el ámbito hospitalario.26 Y no es sólo una cuestión de hábitos culturales: en las prácticas que afirman encuadrarse en esta disciplina, como su nombre lo indica, lo que se espera es ante todo un resultado terapéutico; sin embargo, la mayoría de los facilitadores de libros a los que he conocido pretenden actuar en un nivel mucho más amplio que el de la curación, que es de orden cultural, educativo y, en ciertos aspectos, político.

Para los que viven en América Latina muchas de las “crisis” son producto de una explotación económica salvaje, de procesos de segregación agudizados, de una dominación social feroz o una territorialización de la pobreza. Cuando una persona o una población han sido gravemente afectadas en su existencia misma, su cuerpo, su dignidad, o despojadas de sus derechos esenciales, la “reparación” debería ser por principio jurídica y política. A ellos les parece igual de fundamental que cada persona cuente con una actividad capaz de garantizarle, de manera honorable, su subsistencia y la de sus seres queridos; y que tenga voz y voto en el futuro compartido. Ninguna de las personas a las que seguí en su trabajo concibe éste como un atenuante o una labor de trabajo social, mucho menos como una válvula de escape: para ellos, verse reducidos a distraer y disciplinar a los habitantes de las zonas marginales sería insoportable.

Con frecuencia se trata de gente comprometida en luchas sociales y para quienes el acceso a la cultura escrita, al saber, a la información, constituye un derecho escamoteado con demasiada frecuencia. Al igual que la apropiación de la literatura. Y es por varios motivos que ésta les parece deseable, como veremos: el hecho de tener acceso a ella les permitiría ser más hábiles en el uso de la lengua, tener una inteligencia más sutil, más crítica; y ser más capaces de explorar la experiencia humana, de darle sentido y valor poético.

Confrontar investigaciones en acción

En la presente obra me basaré en gran medida en el análisis de experiencias latinoamericanas para aportar elementos de respuesta a las preguntas que se plantean. A lo largo de los últimos años he dado seguimiento a algunos intercambios con personas que animan unos quince programas de este tipo y que son considerados por sus pares como particularmente creativos: son casos de “buenas prácticas”, como se diría hoy en día. De manera más puntual, he recabado datos sobre muchas más experiencias.

Dos países, en particular, son los que han nutrido mis reflexiones:Argentina y Colombia. El primero ha atravesado en los últimos años por una crisis económica sumamente grave, que ha desembocado en un desastre social sin precedente y una multiplicación de las patologías ligadas al estrés, la depresión, al pánico. En cierta medida, el desarrollo de nuevas formas de solidaridad ha permitido limitar los estragos de dichas patologías, igual que lo hicieron el dinamismo artístico y la multiplicación de las iniciativas culturales. Como decía la psicoanalista Silvia Bleichmar, en esta resistencia, “la cultura en general ocupa un lugar central: cultura del trabajo en primer lugar, de la valoración del conocimiento, de la educación… Pero lo fundamental, la resistencia a la reducción de los argentinos a puros seres biológicos sobrevivientes […] La resistencia de la cultura es el derecho al pensamiento…”27

En un país que pasó recientemente por una dictadura que obstaculizó el acceso a los libros, éstos todavía son deseables, incluso a la hora de la telenovela y de los reality shows. Tal vez la calidad y vitalidad de la producción literaria en ese país también tiene su importancia en eso. Si bien las prácticas de lectura, muy correlacionadas con el nivel de estudios, siguen siendo menos importantes que en Francia, las manifestaciones alrededor del libro acogen a un número muy elevado de visitantes.28 Más allá de las categorías sociales “letradas”, mucha gente tiene conocimiento de la importancia vital de la literatura, oral o escrita. Hay un viejo chiste que dice que los mexicanos descienden de los aztecas, los peruanos de los incas y los argentinos del barco. Más que del barco, los argentinos descienden tal vez del cuento, y no es una casualidad que entre ellos nacieran Borges, Cortázar o Bioy Casares.

De Colombia, los medios de comunicación franceses sólo muestran la guerra, los secuestros, los narcotraficantes, la delincuencia. Sin embargo, los profesionales del libro que han viajado a ese país saben que en él se hallan algunas de las bibliotecas más bellas del mundo, y también de las más visitadas. En ellas se encuentran, por ejemplo, unas salas de música como nunca las he visto en Europa, con pianos disponibles a todo aquel que quiera practicar.29 En la capital, los usuarios de las bibliotecas pueden pedir por teléfono libros que les serán entregados hasta su domicilio por un mensajero: en las calles más que asesinos con visera como en la película La virgen de los sicarios, de Schroeter, los motociclistas a veces transportan bellas historias, relatos sabios o historietas.

Tal vez estos contextos tan expuestos permitirán hacer explícito lo que permanece invisible o tácito en otros lugares. Y además ofrecen la oportunidad de tener una perspectiva alejada sobre nuestra realidad inmediata, de encontrar diferencias para interrogarnos, o bien proximidades, ecos de nuestras propias experiencias.

Desde luego, todo cambia a uno y otro lado del Atlántico: la historia de los pueblos, la magnitud de la pobreza, los niveles de escolarización, las representaciones de lo escrito, el libro, el involucramiento de los servicios públicos, la intensidad de las crisis actuales, etc. No obstante, en ambas orillas del océano, de vez en cuando vuelven a surgir observaciones parecidas. Y como contrapunto a estas experiencias latinoamericanas, a veces se mencionarán algunas iniciativas llevadas a cabo en otras regiones del mundo, como Francia o España, Camboya, Irán o Canadá.

Como en mis investigaciones anteriores, a donde yo quería llegar era a la experiencia de los lectores. Algunos me permitieron compartir con ellos sus vivencias durante alguna entrevista o conversación, o por medio de algún testimonio escrito. Las más de las veces tuve que captarlas a través de las observaciones de quienes impulsan o animan esos programas. Desde luego que es difícil ser juez y parte. Pero muchos de estos profesionales llevan a cabo investigaciones y se dotan de herramientas para conservar un poco de distancia y consignar, ya sea mediante registros o bitácoras, el desarrollo de las sesiones o esas pequeñas frases por medio de las cuales algunos participantes empiezan a mostrar que la experiencia no les deja indiferentes. A menudo, mediadores que no tienen ninguna relación entre sí, con distintas ocupaciones y que no siguen las mismas corrientes teóricas, hacen observaciones parecidas en Buenos Aires, Teherán o México: en consecuencia, no tengo motivos para dudar del rigor de sus observaciones…

El presente texto pretende ser también un homenaje a los mediadores culturales de los países del Sur que no escatiman esfuerzos porque están convencidos de que los recursos culturales, del lenguaje, narrativos y poéticos son tan vitales como el agua. Son ellos los que hicieron posible este libro. Se ha nutrido también de algunas entrevistas realizadas en Francia y España, y de la lectura de algunos escritores y psicoanalistas que estudian la formación del pensamiento y el lenguaje en los primeros años de vida.

Relacionando estos materiales se propondrán pistas, las cuales están lejos de agotar el tema, para tratar de explicitar la contribución de la lectura en algunos contextos críticos. Todo comienza, como veremos, con algunas situaciones de intersubjetividad gratificantes, con encuentros personalizados, un recibimiento, una hospitalidad. A partir de allí, algunas lecturas abren la puerta hacia lugares distintos y hacia momentos de ensoñación que permiten construir un país interior, un espacio psíquico, y apuntalar el proceso de autonomización, la construcción de una posición de sujeto. Pero también la lectura hace posible un relato: leer permite que se desencadene una actividad narrativa y se creen enlaces entre los eslabones de una historia, entre quienes participan en un grupo y a veces entre universos culturales. Sobre todo cuando esta lectura ofrece no un calco de la experiencia de cada persona, sino una metáfora.

Para efectos del análisis distinguiré todos estos elementos y muchos otros que en realidad están entremezclados, para formar una sola y misma experiencia de la que dan testimonio tanto muchachas como muchachos,30 provenientes de distintos medios sociales y culturales, que han practicado la lectura de manera individual o que hacen referencia a lecturas compartidas. Se trata de una misma experiencia que, no obstante, supone dispositivos particulares para hacer que los textos se conviertan en una verdadera apropiación y no sean percibidos como algo que se quiere imponer y de lo que habrá que rendir cuentas.

Más allá de los “espacios en crisis”, en las páginas que siguen se hablará de todos nosotros. Si me interesé en estas temáticas fue probablemente porque yo he tomado mucho de los libros para enfrentar las aflicciones que me ha tocado vivir.31 Pero en ciertos momentos de la vida, cada uno de nosotros es un “espacio en crisis”. Los seres humanos tienen además una predisposición originaria, antropológica, a las crisis: al nacer prematuros, estamos marcados por una fragilidad cuyas huellas persisten durante toda la vida. Pese a ello se nos ofrecen salidas para no quedar atrapados en los componentes destructivos de aquello que nos toca enfrentar.

Proust decía que las ideas eran “sucedáneos de las penas”: “en el momento en que éstas se transforman en ideas, pierden una parte de su efecto nocivo sobre nuestro corazón, incluso, en el primer instante, la transformación misma súbitamente libera alegría”.32 Los libros leídos ayudan a veces a soportar el dolor o el miedo a distancia, a transformar las penas en ideas y a recuperar la alegría: en estos contextos difíciles, he conocido a lectores felices. Vivían en un marco que no predisponía mucho a la felicidad. Su mirada a veces estaba muy marchita. Sin embargo, habían podido asirse de textos o de fragmentos de textos, o de imágenes a veces, para modificar el curso de su vida y pensar su relación con el mundo. Lejos de ser un catálogo de la desgracia humana, este libro pretende identificar algunos de los sesgos que permiten un nuevo despliegue de las posibilidades, una posibilidad de salida de los caminos ya trazados, una respiración.

1 Discurso del 10/12/1957. Disponible en el sitio de la Fundación Nobel.

2 Primo Levi, Si c’est un homme, París, Julliard, 1987 (Si esto es un hombre, Barcelona, Quinteto, 2006); Robert Antelme, L’Espèce humaine, París, Tel- Gallimard, 1978, pp. 202-203. (La especie humana, Ed. Era, 2001.)

3 Joseph Brodsky, “To please a shadow”, Less than one, Nueva York, Farrar Straus Giroux, 1986. (“Complacer a una sombra”, en Menos que uno, Barcelona, Versal, 1987).

4 Varlam Chalamov, Mes bibliothèques, París, Interférences, 1993, pp. 49-50.

5 Jean-Paul Kauffmann, La Maison du retour, París, Nil Editions, 2007, pp. 115-116.

6 Rencontre avec Sergio Pitol, Le Monde, 2/11/2007.

7 Citado por Rémy Puyuelo en: Héros de l’enfance, figures de la survie, París, ESF, 1998, p. 66.

8 Entrevista publicada en Elle, 3/9/2001.“La lectura de esa novela suspendió el tiempo, me llevó a otro lugar. Ese personaje que logra transformar su soledad en libertad, me permitió entrever el mañana”.

9 Laure Adler, Marguerite Duras, París, Folio-Gallimard, 1998, p. 11.

10 “Les sociologies de la lecture”, Le Grand Atlas Universalis des littératures, París, 1990, p. 276.

11 Martine Poulain, “Les publics des bibliothèques” en: Lire en France aujourd’hui, París, Éditions du Cercle de la Librairie, 1993, p. 235.

12 Citada por Svetlana Alexievitch en: Derniers témoins, París, Presses de la Renaissance, 2005, p. 28.

13 Entrevista publicada en Télérama, 13/12/2000, p. 66.

14 Marina Colasanti, Fragatas para tierras lejanas, Bogotá, Grupo editorial Norma, 2006, p. 30.

15 Libération, 27/9/2001.

16 Télérama, 10/10/2001.

17 René Kaës et al., Crise, rupture et dépassement, París, Dunod, 2004, p. 22.

18 Le Monde, 26 de agosto de 2007, p. 14.

19 Véase en particular Hélène Michaudon, “La lecture, une affaire de familles”, INSEE, 777, mayo de 2001; François de Singly, Les Jeunes et la lecture, Ministère de l’Éducation nationale et de la Culture, Dossiers Éducations et formations, 24, enero de 1993; Erich Schön, “La fabrication du lecteur”, en: Martine Chaudron y François de Singly, Identité, lecture, écriture, París, BPI/Centre Georges Pompidou, 1993.

20 Cf. Michèle Petit, Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura, México, Fondo de Cultura Económica, Col. Espacios para la lectura, 1999 (traducido del francés por Rafael Segovia y Diana Luz Sánchez).

21 Michel de Certeau, “Lire: un braconnage”, en: L’Invention du quotidien, I/ Arts de faire, París, 10/18, 1980. (“Leer: Una cacería furtiva” en La invención de lo cotidiano, I. Artes de hacer, México, Universidad Iberoamericana, 1996.)

22 Hace unos veinte años, Yves Bonnefoy, en “Lever les yeux de son livre” (“Levantar la vista del libro”) introducía la idea de que “la interrupción en la lectura de un texto puede tener un valor esencial y casi fundador en la relación del lector con la obra”. Cf. Nouvelle revue de psychanalyse, 37, 1988, p. 13.

23 Me encontré con la sorpresa de constatar que muy rápidamente se habían apropiado de mis trabajos mientras yo me preguntaba si podrían atravesar el Atlántico. Decían que en ellos encontraban plasmado lo que ellos mismos observaban en contextos totalmente diferentes, y que veían legitimadas sus iniciativas.

24 En el caso de los cuentos, Stefano Monzani ha hecho un balance reciente de la cuestión: “Pratiques du conte: revue de la littérature”, La Psychiatrie de l’enfant, 2005/2, 482, p. 593-634 (distribución electrónica, Cairn).

25 Me refiero en particular al libro: Using bibliotherapy: a guide to theory and practice, Londres, Mansell, 1978, y a la obra colectiva que coordina: Bibliotherapy sourcebook, Londres, Mansell y Phoenix, Oryx Presse, 1978. En una acepción diferente de la biblioterapia tal como se practica en los países anglosajones, véase Marc-Alain Ouaknin, Bibliothérapie: lire, c’est guérir, París, Le Seuil, 1994.

26 Lo que dice, por ejemplo, Claudie Guérin, coordinadora de Bibliotecas de Asistencia Pública-Hospitales de París: “Es importante señalar que todo lo que hacemos en materia de actividades culturales en torno al libro y la escritura no es biblioterapia. El personal de salud y las bibliotecas están de acuerdo […] no es una herramienta terapéutica más…” (COBB, Actes de la journée Santé mentale et bibliothèques, Plérin, 16 de noviembre de 2006. En línea en http://www.britalis.org/ABV/Integration/Pages/framesetPortail.asp).

27 Entrevista realizada por Elisa Boland, La Mancha, Buenos Aires, 17 nov. de 2003. Juan Carlos Stagnaro, psiquiatra, declara por su parte: “La cultura cumple una función de protección, que toma la estafeta de las figuras parentales. La situación se vuelve dramática si la cultura fracasa en su papel protector”. Sufrimiento y salud mental a prueba en la política: Argentina 2001- 2002. Jornada organizada por l’AFAPSAM y el Centro Henri Ey, París, 15/5/2003.

28 En Buenos Aires, la Feria del Libro atrae a más de un millón de visitantes, de los cuales un buen número son habitantes de los medios populares (el Salón del Libro de París acoge a unas 160 000).

29 Pienso en la biblioteca Ángel Arango de Bogotá. http://www.lablaa.org. En la capital, recientemente se han sumado tres bellas bibliotecas a la red existente. www.biblored.org.co/. Acerca de las bibliotecas de ese país, cf. Émotion, rire, conviction. Quatre ans de coopération franco-colombienne en bibliothèques (Edición bilingüe del Ministerio Colombiano de Cultura y la Embajada de Francia en Colombia, 2006).

30 Hablo aquí en sentido general pese a que en muchos países las diferencias entre muchachas y muchachos se han vuelto las más importantes en el campo de la lectura

31 Cf. Michèle Petit, Una infancia en el país de los libros, México, Océano travesía, Col.Ágora, 2008 (traducido del francés por Diana Luz Sánchez). Un trabajo “científico” es en gran parte una autobiografía disfrazada.

32 Eso es lo que Ouaknin dice sobre la catarsis (que la escena literaria hace posible, tal como la escena teatral): es “esa alquimia subjetiva que consiste en transformar en placer la pena inherente a esas emociones: la piedad o el espanto” (op. cit., p. 20).

1. Todo empieza con una hospitalidad

Lo mío, lo tomo siempre de otras manos.

ANTONIO PORCHIA 33

EN CUANTO EMPIEZO A ESBOZAR este capítulo, vienen a mi mente algunos rostros. Muchos de ellos son de gente joven, mujeres en buen número, pero también hay muchachos. Se ven muy sonrientes pese a que han vivido episodios difíciles, producto de la violencia o la dictadura que han sufrido sus países. Basta escucharlos un poco para que se suelten narrando historias. Y lo hacen bien. Cuando pienso en ellos, los veo siempre en movimiento. Algunos van incluso con asnos cargados de libros, como Luis Soriano, con Alfa y Beto, en el norte de Colombia. O llevan libros ilustrados en barcos y navegan rumbo a islas en el sur de Chile, mientras que otros remontan el Paraná o la Amazonia, como los muchachos del grupo Vaga Lume (gusano reluciente).34 “A los libros les enloquece vagar” dice la iraní Noush-Afarin Ansari, y los que “se quedan en la biblioteca son libros tristes”.35

Aunque no sean animadores de bibliotecas ambulantes, las personas en las que pienso parecen estar siempre entre un viaje y otro: acaban de recorrer la Patagonia, Minas Gerais o Chiapas, en auto o en autobuses en los que leen durante horas, como Javier, sumergido en El Quijote y muerto de risa, solo, en medio de los intrigados pasajeros.

Son los facilitadores: bibliotecarios, promotores de lectura, maestros que llevan a cabo experiencias un tanto diferentes, poetas, ilustradores, psicoanalistas. A veces van a pie, como esas muchachas que tienen su base de trabajo en la biblioteca de El Tunal y que trepan hasta los barrios más estigmatizados de Bogotá, llevando a cuestas montones de historias que leerán a los niños y a los adolescentes. Y con el paso del tiempo, éstos los siguen hasta la construcción de arquitectura futurista en la que ahora trabajan. Un poco más lejos, en los jardines públicos de la ciudad andina, unos jóvenes despliegan grandes exhibidores en los que se acomodan libros y álbumes ilustrados.36 Algunos niños se acercan, o sus padres; miran lo que se les propone y, también en este caso, los intercesores leen.

Es un mundo que camina y narra. En África o Asia existen mediadores que se les parecen.37 Y, desde luego, en Europa. Tienen el deseo de transmitir, de aprender, de compartir sus preguntas y también recorren decenas o centenas de kilómetros para reflexionar sobre sus experiencias junto con sus pares o con escritores o investigadores.

Muchos de ellos son artistas de las relaciones y de la palabra, que ejercen su arte con talento y generosidad, poniendo en juego su experiencia profesional, su intuición, su imaginación. Otros se muestran menos seguros o son más rígidos y piden recetas que nadie podrá darles. La mayoría, ya lo he dicho, se sitúan en el extremo opuesto de la caridad y de las buenas obras: simplemente están convencidos de que todo el mundo tiene derecho a apropiarse de la cultura escrita, y que verse privado de ella expone a una marginación todavía mayor. Sin afectación, sienten sin embargo que lo que hacen es en buena medida una historia de amor: con aquellos a los que acompañan y con los objetos que proponen. Pero, como escribe Thomas Pavel, “la inteligencia del corazón no excluye la del intelecto, más bien la convoca”.38 Supone conocimientos, competencias literarias, una observación atenta, un cuestionamiento de sí mismo, una puesta en tela de juicio. Tanto más porque atraviesan tiempos de desánimo, en los que han perdido hasta el significado de su oficio y de su compromiso, así de incierto es el futuro de lo que hacen, así de amenazado está por el cambio político, la pérdida de un subsidio, el capricho de una autoridad tutelar. Así de difícil es la realidad social, política, a la que se enfrentan.

Un dispositivo aparentemente muy simple

En el centro de lo que ellos emprenden, regresa siempre, con variantes, una forma de trabajo aparentemente muy simple: el intercesor propone soportes escritos a los que habitualmente están alejados, luego lee en voz alta; después entre los participantes empiezan a surgir relatos, o a veces una discusión; o también el silencio. ¿Qué es lo que sucede en esos encuentros? Dos grupos que tienen una larga experiencia con estas mediaciones, cada uno a su manera, nos permitirán acercarnos a ellos.

A Cor da Letra (“El color de la letra”, que suena también como “Afina la letra”) desarrolla desde 1998 proyectos centrados en la lectura y la literatura en varias regiones del Brasil. Este centro de estudios trabaja con instituciones que se ocupan de niños y jóvenes en situación de riesgo, ONG, escuelas públicas y privadas, hospitales, bibliotecas, centros sociales y culturales, particularmente en barrios urbanos pobres y en el campo. Forma a personas muy diversas en este arte de las relaciones que mencionaba anteriormente, con el fin de que “la lectura de historias se incorpore a la rutina de las instituciones o a diversos espacios de la comunidad”,39 en la esperanza de que estas “islas de expresión, de transmisión y de creación de cultura” se multipliquen. Y es que, de acuerdo con este grupo, cualquier persona puede convertirse en mediador de lectura si está decidida a ello, dispone de un poco de tiempo y tiene algún vínculo con alguna institución o comunidad local, para así garantizar que el trabajo tenga una continuidad.

Cuando es posible algún tipo de cooperación institucional, por ejemplo con hospitales pediátricos, A Cor da Letra le enseña al personal (en este caso al personal de salud, desde el jefe de médicos hasta los asistentes y el personal de limpieza) a entrar en el universo de los relatos, a conocer y respetar la diversidad de las culturas, de los tiempos, de las opciones, a leer un texto en voz alta, exactamente como está escrito, y a dar cabida a las palabras o a respetar los silencios de los niños. Cuando no existen servicios públicos, la asociación forma a jóvenes o a habitantes del lugar, para que garanticen la continuidad de la mediación y a su vez puedan ser iniciadores de otras.

Sin embargo, en Brasil como en cualquier otro lugar, no es fácil transmitir a los adolescentes el gusto por la lectura, particularmente cuando han crecido en ambientes populares. Cuando las animadoras del A Cor da Letra llegaron a las favelas y empezaron a sacar libros de sus bolsas, muchos jóvenes se mostraron desilusionados o a la defensiva. Esos objetos estaban desprovistos de sentido; ellos sólo habían conocido la lectura en la escuela y no les traía buenos recuerdos: “La escuela fue una experiencia carente de significado” relata Val: “La lectura se nos presentaba allí como una obligación, una imposición, lo único que aprendí fue a memorizar textos, el acto de leer no tenía ningún sentido, yo no hacía más que descifrar signos. Y al hacer esto, pronto mi creatividad, la posibilidad y la capacidad de descubrir quedaron anestesiadas. Durante muchísimos años, viví como la Bella Durmiente, no distinguía nada, no entendía y no decía nada”.

Y donde normalmente nadie cree en las capacidades de los adolescentes, donde la actitud más común hacia ellos es la desconfianza, las mujeres que impulsan A Cor da Letra tuvieron confianza en la creatividad, la audacia y la energía de éstos. Al cambiar la perspectiva que se tiene sobre ellos, “también los cambiamos de lugar”, dice Patricia Pereira Leite.40 Como no había examen final y se sintieron conmovidos por las palabras, o la voz, o la energía de esos adultos que fueron a leerles historias y luego a proponerles que se les unieran, buen número de ellos se mostraron abiertos a recibir una formación.

Durante las sesiones, se les sugería hablar de su infancia, por ejemplo pensar en un objeto que les gustara mucho y en una historia asociada a él.“Se reflexiona junto con ellos, a partir de los temas que introducen”, aclara Patricia: “todo el mundo tiene historias que contar”. Se ve así que el repertorio cultural a partir del cual trabaja la asociación no sólo está constituido por lo que aportan los formadores, sino también por lo que cada uno propone. Desde su más tierna edad, todo niño o niña es considerado como un sujeto activo en la construcción de sus conocimientos y de su cultura.

Los adolescentes se preguntaron por qué era importante tener acceso a los libros y debatieron sobre ello. También fueron proyectados, analizados y comentados, algunos videos en los que aparecían niños con libros ilustrados; se les proporcionaron elementos teóricos sobre el desarrollo del lenguaje en el niño, la diferencia entre contar y leer (el libro garantiza la repetición de la historia, la estabilidad). Se cuestionaron sobre el lugar en que se situaban, que se distinguía del de algún maestro o amigo; muchos de ellos están en una posición de dar algo que ellos no tuvieron. Las sesiones de formación también recurrieron al mecanismo y a los soportes que se les invitaría a utilizar: se les propuso empezar a leer un libro ilustrado en voz alta, y luego comentar esa experiencia. Al principio, la mayoría no se atrevía a hacerlo, por miedo a tartamudear o a pronunciar mal las palabras, a ser objeto de burla. Les sorprendió que alguien los escuchara con atención, comprobar que su voz, su palabra, tenían un valor, la posibilidad de ser escuchados. Poco a poco se sintieron reconocidos y disminuyó la inhibición que sentían.

Así pues, leyeron para otros, generalmente para niños más jóvenes, frente a las puertas de su casa. Se les sensibilizó a la necesidad de observar y luego anotar lo que ocurría durante esas sesiones: ¿los niños se expresan más que antes o no?, ¿se sienten más cómodos cuando hablan de sí mismos?, ¿su relación con los otros se modifica?, ¿cómo les va en la escuela?, etc. Todas estas observaciones fueron comentadas y analizadas en las supervisiones que se realizaron durante las reuniones mensuales.

Parece que después de unos meses, sus propias posibilidades de expresión lingüística, oral y a veces escrita se desarrollaron mucho, lo que se vio confirmado por algunas evaluaciones realizadas por lingüistas. Algunos reanudaron sus estudios. Otros participaron en eventos en contextos que excedían con mucho su medio social y su marco de vida habitual, como algunos Encuentros Nacionales de Adolescentes o la inauguración de una biblioteca ligada al Movimiento de los Sin Tierra. También visitaron museos situados en otros barrios.

El psicolingüista Evelio Cabrejo Parra y yo conocimos a algunos de ellos. Son mediadores en favelas, hogares para niños en peligro, hospitales o en el campo. Nos impresionó su gran capacidad para decir y hablar de su experiencia de manera directa, implicada, y no a partir de un discurso de otros sobre los supuestos beneficios de la lectura. También la agudeza de sus observaciones, su atención y su respeto por los destinatarios de esta labor de mediación. Igualmente nos sorprendió la calidad de la atención por parte de los responsables de la asociación, que en ningún momento intervenían en su discurso o sustituían las palabras de ellos por las propias.

Es cierto que dos de ellas son psicólogas profesionales: Patricia Pereira Leite es psicoanalista y Marcia Wada, psicoclínica, mientras que Cintia Carvalho tiene formación literaria. Por su oficio, ellas saben que las líneas de un destino pueden moverse debido a una intersubjetividad, una disponibilidad psíquica, una escucha, y que éstas, al igual que la simbolización, están en el centro de la construcción o la reconstrucción de sí mismo. Pero hacen una clara distinción entre su trabajo clínico y su actividad dentro de A Cor da Letra. Ellas conocen los poderes de la literatura por experiencia y gusto personal y citan a un crítico, Antonio Cândido, quien escribe:

Así como no hay equilibrio psíquico sin sueños durante el sueño, tal vez podríamos decir que no hay equilibrio social sin literatura. […] La literatura aparece claramente como una manifestación universal de todos los hombres, de todas las épocas. […] No hay pueblo ni hombre que puedan vivir sin ella, sin entrar en contacto con una especie de fabulación. […] Desde ese momento, si nadie puede pasar veinticuatro horas sin sumergirse en el universo de la ficción y la poesía, la literatura, en la acepción amplia a la que hago referencia, parece corresponder a una necesidad universal, cuya satisfacción constituye un derecho.41

Su forma de trabajo se basa en tomar en cuenta las aportaciones de la literatura al desarrollo psíquico, con la convicción, sustentada en la experiencia y el seguimiento de observaciones, de que en particular el arte del relato permite organizar la historia propia y transformarla. Fue primero con René Diatkine, de la Unidad Nocturna de la Fundación Martine Lyon, que forma parte del dispositivo de salud mental del distrito XIII de París,42 y con la asociación ACCES,43 donde Patricia Pereira Leite se formó. Allí aprendió que, sean cuales fueren las dificultades de la vida social o psíquica de un sujeto, siempre se puede esperar un nuevo despliegue de sus posibilidades si se le sabe escuchar y modificar la óptica desde la cual se ve a esa persona; y comprendió que el horror al texto que sienten algunos niños o adolescentes, para quienes lo escrito ha sido sinónimo de exclusión, es reversible, “sobre todo si no se reconstruye una situación de examen, si no se plantean preguntas destinadas a verificar que el oyente entendió bien lo que se deseaba que entendiera”.44

Algunos de los jóvenes mediadores de A Cor da Letra hablan del reconocimiento que adquirieron, particularmente entre los habitantes del lugar en el que viven, como esta joven que dice: “Con este trabajo, ya no soy una muchacha más de esta comunidad, soy una referencia para los niños; cuando paso por la calle, todos me reconocen”. O esta otra: “Ya sabes, la gente te escucha. ¡Alguien se fijó en mí!”

Otros hablan del sentimiento de responsabilidad, de la importancia que ha tenido para ellos el hecho de sentir que participaban en algo más vasto que ellos, como este muchacho: “Fui responsable de algo que no era solamente mi vida, de algo que nos sacaba de nosotros mismos”. OVal, que ahora trabaja en la asociación y reanudó sus estudios: “Trabajando con jóvenes insertos en la misma realidad que yo había vivido, sentía que tenía una responsabilidad muy grande: abrir caminos que hicieran posible la transgresión” “la transgresión que consiste en salir de los puestos sociales asignados y en apropiarse de lugares u objetos a los cuales por sus circunstancias no estaban destinados”.

Es cierto que no harán eso toda su vida; su participación en A Cor da Letra será sólo por una temporada, pero una temporada importante. Y está siempre la idea de la multiplicación. Por ejemplo en el marco de un proyecto titulado Mudando a historia (Cambiando la historia), se formaron 338 jóvenes en Sao Paulo, Río y otras dos ciudades. A su vez, transmitieron lo que sabían a 2 459 nuevos mediadores y, en definitiva, se benefició a cerca de 30 000 niños y adolescentes. “Se abren claros en el bosque, otros se apoderan de esos objetos y los llevan más lejos”, dice Patricia.

Espacios no sujetos a la rentabilidad escolar

Atravesemos la frontera que separa a Brasil de Argentina y escuchemos a Javier Maidana, quien es maestro de secundaria en un barrio popular de Buenos Aires. Él recuerda el día en que llegaron dos mujeres a proponer que se abriera un “Centro de lectura para todos”.45 Él estaba allí, al lado de los alumnos, igual de desconfiados que los jóvenes brasileños cuando vieron llegar a las animadoras de A Cor da Letra. Una de las dos visitantes, Ani Siro, leyó en voz alta un texto que hablaba de recuperar los paraísos personales y les preguntó si ellos tenían paraísos como esos:

Nadie contestaba. A mí me pasó algo raro, volví a sentir el placer de que me contaran un cuento, como cuando era chico, la voz de nuestra lectora nos envolvió dulcemente y me olvidé de todo, de que era profesor, de que era adulto, de que estaba frente a mis alumnos y entonces viajé hacia mi niñez y recordé que mi paraíso se encontraba en un baño precario que había en mi casa. Estaba construido con maderas y la humedad fue provocando manchas que adquirían formas humanas, o demoniacas, o se transformaban en monstruos mitológicos con los que podía conversar si quería o necesitaba hacerlo, o sólo me quedaba escuchando lo que ellos hablaban. Y allí, a mis siete años, me sentía feliz y protegido. […] No pude resistir y tuve que compartirlo con los participantes de la reunión. Luego de contarlo, algo cambió. El ambiente se distendió, todos parecían más sueltos y se animaron a hablar de sus paraísos.46

Javier se convirtió en uno de los animadores de ese Centro de lectura. Si éste se instala en una secundaria, adquiere cierta extraterritorialidad: como afirman los que lo impulsaron, es “un espacio de no obligatoriedad en el marco de la obligatoriedad”, una tierra de libertad no sujeta a la rentabilidad escolar, y los adolescentes, muchachos y muchachas de 12 a 17 años, que participan en él, lo escogieron. Como Natalia: “Lo mejor del Centro de lectura es que tenemos nuestro propio espacio para expresarnos, escuchar y ser escuchados. Es el lugar en donde estás cómodo compartiendo lecturas, sin vergüenza, sin miedos, sin nervios”. No todos son buenos alumnos y la mayoría de ellos no fueron arrullados en su infancia por lecturas nocturnas. Pero en ese Centro gozan de la presencia cálida y de la escucha de mujeres u hombres que adoran la literatura y que sobresalen en el arte de hablar de su propia experiencia como lectores.

Como los adolescentes brasileños, aprendieron a leer en voz alta sin miedo a las miradas de los demás. Al principio, ellos también estaban asustados: “Yo no le tenía miedo a los libros, sino al rechazo de la gente frente a la cual leía”. También ellos lograron un reconocimiento, como Darío, quien recuerda la primera vez que leyó en público:

Recuerdo que cuando los miraba veía en sus caras una pequeña sonrisa que me hizo sentir como en casa y el mejor momento fue cuando al terminar de leer ellos me aplaudieron. Yo me sentí por primera vez importante. […] Cuando leo a los chicos y ellos me aplauden yo me siento único e importante.

En la actualidad, los que así lo deseen leerán para otros en la secundaria o en el exterior, mientras que sus compañeros serán “buscadores de libros” que renuevan las lecturas propuestas después de haber discutido los criterios de selección.47 Cada semana, unos y otros se reúnen, en primer lugar para tener momentos de exploración personal, de intimidad con los libros, y luego comentan sus impresiones, sus preferencias, sus historias singulares de lectores. Enseguida el coordinador lee en voz alta un texto que ha seleccionado y todos debaten sobre algunas interpretaciones posibles. Como en la experiencia brasileña, a veces se organizan excursiones culturales, que los llevan a descubrir otros barrios.

La víspera de mi llegada, ellos habían buscado en Internet poemas de Prévert que les gustaban, para que yo los leyera en francés y ellos en español. También dieron voz a otras poesías y cuentos que hablaban de amor, en su mayor parte, y a veces de la muerte, y luego discutieron sobre uno de ellos, La dama o el tigre. En el grupo había un sentimiento de amistad y al escucharlos me decía a mí misma que ésa era una escuela en donde se aprendía a escuchar con delicadeza al otro, y también al otro sexo. Algunos leyeron sus propios textos y uno de ellos nos contó que siempre escribía algo sobre una mujer, hasta que una poeta fue al Centro y le dijo que tratara de encontrar la belleza que buscaba en esa mujer dentro de la naturaleza.“Me gustó, eso me abrió muchas puertas. Escribí una poesía uniendo esa mujer y la naturaleza”. A partir de la mujer soñada, el mundo entró a formar parte de sus poemas. Otro muchacho, Juan Carlos, dijo: “tenía que hacer algo por mi vida. Si no hubiera encontrado el Centro de lectura, no sé que habría sido de mi vida”. Y una muchacha, Soledad: “El Centro me ayuda a ser la persona que soy, encontrar vida en las palabras. (…) El Centro es un espacio para descubrirte a vos mismo, un lugar para compartir, un lugar para estar con los libros, sin escrúpulos”.

Una disponibilidad esencial

En efecto, “encontrar vida en las palabras” supone “estar con los libros sin escrúpulos”, como tan acertadamente lo expresa ella. Es decir, esos objetos no deben convertirse en monumentos intimidatorios, repulsivos. Si el adulto le dicta al niño el comportamiento que se supone debe tener, la manera correcta de leer, si el niño se somete pasivamente a la autoridad de un texto y lo siente como algo que se le ha impuesto y de lo que después tendrá que rendir cuentas, hay pocas posibilidades de que el texto pase a formar parte de su experiencia, de su voz o su pensamiento. Apropiarse realmente de un texto supone haber conocido antes a alguien –un allegado en medios donde los libros son algo familiar, o algún maestro, un bibliotecario, un promotor de lectura o un amigo– que haya permitido que los cuentos, novelas, ensayos, poesías, palabras acomodadas de manera estética, desacostumbrada, entren a formar parte de su propia experiencia, y que haya sabido presentar esos objetos sin olvidarlo. Alguien que deconstruya el monumento haciendo que reaparezca una voz peculiar.

Alguien que le muestre al niño, al adolescente, o también al adulto, una disponibilidad, un recibimiento, una presencia de calidad y lo considere como un sujeto. Lo que dicen quienes han vivido totalmente alejados de los libros y que un día pudieron considerarlos como objetos cercanos, como compañeros, es que todo empieza con encuentros, con situaciones de intersubjetividad gratificantes que un centro cultural, social, una ONG o la biblioteca, o en ocasiones la escuela, hacen posible algunas veces. Todo parte de una hospitalidad.

Escuchándolos, volvían a mi mente las palabras de aquellas y aquellos a quienes mis colegas y yo conocimos en Francia, en algunos de los barrios marginales. Gracias a algunas mediaciones sutiles, cálidas y discretas en diversos momentos de su recorrido, la lectura entró a formar parte de su experiencia única. No significaba forzosamente que fueran a convertirse en grandes lectores, pero los libros ya no les provocaban aversión, no les asustaban. Y les han ayudado a plasmar en palabras su propia historia, a convertirse un poco más en sujetos de ella. Eso no basta para mover radicalmente las líneas de su destino social, pero podría contribuir a que eviten algunos de los caminos trillados.

Ellos también hablaron de la importancia decisiva de la hospitalidad, del lugar que se les ofreció.“De saber que allí hay alguien que te escucha… El hecho de tener un cierto lugar en la biblioteca donde te saludan, te llaman por tu nombre.‘¿Cómo estás?’‘Bien, gracias’. Con eso basta. Te reconocen; te dan un lugar. Te sientes como en casa”. Nos permitieron ver esos momentos en que algún mediador está profundamente disponible. Al escucharlos entendíamos que lo realmente valioso no es sólo la aptitud técnica del bibliotecario para orientarse en el mundo de la documentación, sino también su hospitalidad con el niño, con el adolescente, quien aprovechará esa disponibilidad que es tan difícil de encontrar en un adulto, se apoyará en él para su búsqueda, pero también, más allá de eso, para elaborar ese lugar que se le ha abierto, para dar nuevo movimiento a su pensamiento, sus deseos, sus ensueños, su vida, y para ir más lejos.

Es lo mismo que encuentra Claire Jobert en un experimento con niños trabajadores de un barrio popular de Teherán: “algunas mediaciones individuales que logran tener una duración [pueden] vencer las resistencias de unos y la falta de habilidad para leer de los otros. Son mediaciones muy simples, que se apoyan ante todo en una gran disponibilidad de tiempo y de espíritu, en escuchar a esos niños y adolescentes tan sensibles a la atención que se les dedica”.48 En el caso de algunos niños y niñas estigmatizados por una u otra razón, ya sea porque crecieron en una favela, o porque sus padres son migrantes o forman parte de un grupo dominado, es comprensible la importancia de esa hospitalidad, de ser reconocido en su singularidad, nombrado, escuchado, y de serlo por alguien que difiere de las personas cercanas, que es el facilitador de un mundo diferente.

Esto es aún más sensible para quienes han vivido un drama, una catástrofe; en ocasiones, que han perdido a algunas de las personas que velaban por ellos. Además, todos los que trataron de identificar los elementos propicios para una reconstrucción de sí mismo después de esos dramas, señalaron la importancia de las intersubjetividades: toda reconstrucción psíquica supone un acompañamiento, “toda crisis implica no una lógica del individuo sino una lógica relacional”, escribe Kaës.49 Otros han mencionado el papel decisivo que tienen los “encuentros significativos”, los “adultos referentes” o los “tutores de desarrollo” o bien “de resiliencia”, cuya calidad de presencia y de atención son una característica importantísima.

En busca de pelotas que nos manden los demás a nuestra cancha

Al dirigir una mirada diferente sobre el adolescente, los mediadores culturales crean una apertura psíquica, sobre todo en la medida en que no son los intercesores de un objeto cualquiera, sino de los libros, anteriormente símbolos de aburrimiento o de exclusión que, como descubrirán estos jóvenes, también los “escuchan” y les brindan una atención singular, a la vez que les envían ecos desde la parte más profunda de ellos mismos.

Así ocurría con Samir, quien dice acerca de una bibliotecaria que le aconsejaba libros en su infancia: “Ella conocía mis gustos. Al principio yo estaba centrado sólo en ellos, y ella sentía que esa era mi orientación principal, y yo no lo sabía. Y ella me aconsejó otros libros; pensé para mis adentros: ¡mira!, eso no tiene nada que ver con lo que yo quería, pero de todos modos me gustaba. Y cada vez ella cambiaba, y siempre me gustaba lo que escogía para mí”. Malika hace un comentario casi igual: “Mi mejor recuerdo era Philippe, el bibliotecario. Siento que realmente éramos amigos… Él siempre sabía todo, los libros que me gustarían: ‘yo ya leí este, quizás tú podrías leerlo también…’ Sabía qué tipo de libro le gustaría a tal o cual persona”. Como Samir, se sintió escuchada por alguien que parecía tener un conocimiento sobre ella que ella misma no tenía. Porque los libros ilustrados que el bibliotecario compartía, esas pequeñas historias que le leía o aconsejaba, tenían muchísimo que ver con lo que experimentaba. Esos libros sabían mucho sobre ella, sobre sus deseos, sus temores, sobre algunas facetas de ella misma que nunca había explorado o sabido expresar.

Allí tenemos, desde luego, una experiencia que no es exclusiva de los niños o adolescentes que viven en contextos de crisis. A lo largo de toda nuestra vida, buscamos pelotas que nos mandan los demás a nuestra cancha, las cuales nos permiten discernir mejor lo que hay alrededor de nosotros y, sobre todo, lo que nos sucede a nosotros, de manera inexpresable. Necesitamos al otro para “revelar” nuestras propias fotografías, tomando una imagen que utiliza Proust en El tiempo recuperado, donde menciona esos “innombrables clichés que no se aprovechan porque la inteligencia no los ha revelado”.

Del nacimiento a la vejez, sólo pensamos en respuesta a lo que otros nos proponen, sobre todo cuando suponemos que ellos saben algo, un secreto, al que nosotros no tenemos acceso. Sin el Otro, no puede haber sujeto. En otras palabras, el gesto de compartir, o de intercambiar –la relación–, está en el principio mismo de la interioridad, que no es un pozo en el que uno se sumerge, sino algo que se constituye entre dos, a partir de un movimiento de aproximación hacia el otro. Está también en el principio mismo de la identidad (si es que ésta existe, lo cual es discutible) que se construye tanto en un movimiento centrífugo como centrípeto, en un impulso hacia el otro, un desprendimiento de sí mismo, una curiosidad, una envidia también, a veces feroz. En el principio mismo de la cultura.

En busca de un nuevo impulso, de sentido, los hurtamos de donde podemos, hurgamos en los bolsillos de los demás y chapuceamos a partir de frases oídas en el autobús o en la calle, pero también de lo que encontramos en los depósitos de sentido propios de las sociedades en que vivimos: leyendas, creencias, ciencias, bibliotecas. Y los escritores que expresan lo más profundo de la experiencia humana devolviéndole a las palabras su vitalidad, ocupan aquí un lugar esencial.

Tal vez se captarán mejor los fundamentos de todas estas cosas si regresamos al inicio de la vida humana. Además, como se habrá visto y se verá más tarde, los mediadores convidan a las personas con quien comparten experiencias a un retorno hacia la infancia, hacia los primeros recuerdos del descubrimiento de las palabras, de las historias, de los libros, o de los objetos amados.

Las intersubjetividades en el origen del pensamiento…

Recientemente, el psicoanálisis y la psicología cognitiva han profundizado mucho en el análisis de la parte interactiva y relacional de la constitución del psiquismo desde los primeros meses de la vida, y aclarado los procesos de adquisición del lenguaje y desarrollo del pensamiento. Como escriben François Flahault y Nathalie Heinich, “el recién nacido dispone de las bases neurológicas que le permiten convertirse en una persona. Pero la activación de esas posibilidades requiere las interacciones con el adulto que cuida de él”.50 Sólo el desvío por medio del otro le permite poco a poco dar forma y sentido a lo que experimenta, construir un significado y encaminarse hacia el lenguaje verbal.

Estas disciplinas han mostrado que las primeras pelotas que se le envían al niño a su cancha son cruciales: de ellas dependerá, en gran medida, su desarrollo. Todos los grandes especialistas en esta edad han subrayado la importancia que tienen para el despertar sensible, intelectual y estético de los niños los intercambios precoces de la madre (o la persona que la representa) con su bebé. Ellos han insistido en el papel fundamental de esas interacciones que involucran todos los sentidos: el tacto, el olfato, el gusto, el oído, la vista, y que se organizan de manera recurrente en pequeños argumentos.

Winnicott ya había mencionado la “delicadeza de lo que es preverbal, no verbalizado, no verbalizable, si acaso, tal vez, por medio de la poesía”.51 Expresó la importancia de la manera en que se sostiene al niño (el holding), en que se le trata, se le maneja (el handling). Comentó el papel del rostro de la madre, hacia el cual el pequeño gira su mirada para que éste le refleje algo sobre sí mismo, ese rostro que él trata de “leer” para descifrar el humor de la que cuida de él, “igual que cuando escrutamos el cielo para adivinar si va a llover”. La psicoterapia era “un derivado complejo del rostro que refleja lo que está allí para ser visto”. Tal vez la lectura también, pues lo que el niño explora o teme en los libros, es en gran medida ese ser extraño, inquietante, fascinante, que se halla en el centro de él mismo, del que ignora tramos enteros y que algunas veces se descubre, se construye al azar del encuentro con una página; esa lejanía interior, ese lugar, el más íntimo, el más oculto, que sin embargo es el lugar en el que nos abrimos a los otros. Allí se encuentra una gran parte del secreto que buscan los lectores, a veces con tanto frenesí; y que otros, en cambio, se empeñan en evitar.

Los sucesores de Winnicott estudiaron esa exploración del rostro materno a la que se entrega el bebé. Observaron el papel que juega el abrazo táctil, la forma como se sostiene la espalda; ambos son fuentes de la organización de sí mismo.52 Ellos demostraron que la función de referencia e información del lenguaje se desarrollaba sobre la base previa de su alcance afectivo y existencial:53 para entrar en el orden del lenguaje, el niño debe haber experimentado el placer del diálogo, su interés, haber sentido que por medio de él puede tener un efecto sobre el otro, tocarlo.54 Mencionaron la importancia de la voz: la palabra vale en primer lugar por sus modulaciones, su ritmo y su canto.

Ahora se sabe lo valiosos que son para el desarrollo psíquico los momentos en que la madre se entrega junto con su bebé a un uso lúdico, gratuito, poético, del lenguaje, cantándole una cancioncita, diciéndole una rima infantil que mezcla con gestos de ternura sin más fin que el del placer compartido de las sonoridades y las palabras. En todas las culturas del mundo, primero se aprende la música de la lengua, su prosodia, que no se enseña, sino que se transmite. Y así se ponen a disposición de los niños pequeños canciones de cuna, rimas infantiles, rondas, las cuales son ya una forma de literatura.

Por sus repeticiones, sus retornos, parece que la melodía de este lenguaje proporciona una continuidad tranquilizadora, da unidad a las experiencias corporales del niño.55 A partir de sus percepciones, éste deducirá estructuras rítmicas que intervienen en su adquisición del lenguaje. Esta noción de ritmo –presente tal vez desde la vida uterina– es al parecer central en esas interacciones precoces y en la implementación de la psique y del lenguaje.56 Diferentes trabajos han mostrado, en particular, la sensibilidad de los niños a la estructura rítmica de las canciones de cuna, que al parecer es muy similar a la estructura del soneto en la poesía clásica.57

Desde los seis meses empieza a saberse a qué cultura pertenece un bebé ya que poco a poco construye su propia voz apropiándose de las formas sonoras utilizadas por aquellas y aquellos que le hablan. “Es imposible tener una voz si antes no se ha oído hablar a alguien”, escribe Evelio Cabrejo Parra. “Si los otros no nos dieran acceso a la voz, permaneceríamos estancados en el grito, sin poder acceder a nuestro destino de seres de palabra. El bebé oye, capta en las voces que escucha los rasgos acústicos que devolverá en forma de eco cuando produzca sus primeras sílabas bajo la forma de “ta-ta-ta”, “ma- ma-ma”.58 Sin siquiera pensarlo, el adulto entra en el juego del niño y le devuelve a su vez un eco de su producción silábica, reconociendo su actividad psíquica, reactivándola. Mediante este diálogo y mucho antes de que sepa hablar, las reglas de la conversación, que se basan en un intercambio por turnos, también se llenan de significado para el pequeño.

Soñar el mundo al lado del niño

Posteriormente le serán transmitidos cuentos, mitos, es decir, ficción, literatura, una vez más de manera universal, o casi, para nutrir su pensamiento, iniciarlo en la lengua del relato, permitirle enfrentar las grandes preguntas humanas, tanto como sea posible (los misterios de la vida y la muerte, las diferencias entre los sexos, el miedo al abandono, a lo desconocido, el amor, la rivalidad, etc.); y para celebrar la vida cotidiana.

Porque el hacer “como si” es vital, como nos lo recuerdan F. Flahault y N. Heinich: “Si el niño percibe que el adulto que quiere hacer que coma sólo busca alimentarlo (respondiendo a una necesidad utilitaria), reaccionará contra esa actitud manifestando su mala voluntad e incluso negándose a comer”.59 Si la cuchara se vuelve un avión que aterriza en la boca o si el adulto canta, reconoce, más allá de la necesidad, el deseo, y celebra el estar juntos gracias a una especie de alianza natural (eminentemente cultural) entre relación y ficción. Pero es también para simbolizar la ausencia, para pensarse poco a poco como un pequeño sujeto distinto de su madre, que el niño debe tener acceso a “un lenguaje que no se reduce a los nombres de las cosas, y (a) una relación verdadera mediatizada por el ‘hacer como si’ y las ficciones”.60 Diatkine lo decía también: las historias que se le leen al niño antes de dormir le permiten soportar mejor la oscuridad, la separación de sus padres, el miedo a perderlos, y a morir; pero aclaraba: “Sólo una historia ficticia, narrada en una lengua con una estructura totalmente distinta a la del habla relajada de la vida cotidiana parece tener efecto contra esa angustia de la separación”.61

Así pues, en los primeros tiempos de la vida humana, la madre le habla al niño, sueña el mundo al lado de él. Se lo presenta y las miradas se desvían hacia un tercer polo que ella nombrará. Y en todas las culturas del mundo, antes de pronunciar las primeras palabras, los bebés empiezan un día a señalar con el dedo, para alguien que está allí, cerca de ellos. Con ese gesto, el niño aísla un objeto de las cosas que lo rodean, segmenta el mundo y se distancia de él. El adulto nombra entonces lo que fue designado: “el perro”, “el gato”, “el avión”, o esboza un pequeño relato, reconociendo la actividad psíquica del pequeño, dando cuenta de lo que se produjo en él: “Sí, viste pasar un bello pájaro blanco en el cielo”. Los libros ilustrados son en este punto, cabe señalarlo, unos soportes perfectos, que enriquecen esos momentos con las “miradas conjuntas”. Para Laurent Danon-Boileau, es importante dedicar un lugar especial a esos juegos de señalar que se dan con los libros: “La mirada que se lanza en común a las huellas del pensamiento de otro, y la posibilidad de reconocerla y pensarla a su vez, son el primer momento de la creación de un tercer espacio. Es así, entre otros experimentos, como el lugar del otro toma forma en el pensamiento del niño. Otro situado en un lugar distinto al de la interacción”.62

Siguiendo a Wilfred Bion, los especialistas en la primera infancia han señalado igualmente la importancia crucial de la “capacidad de ensoñación” de las madres, que les permite filtrar los terrores de los niños –siempre y cuando ellas mismas no estén demasiado deprimidas o frágiles– y coincidir con lo que ellos sienten devolviéndoles ecos gestuales y del lenguaje.

Es allí, en esas interacciones, y posteriormente en esas intersubjetividades originarias, en ese diálogo de las atenciones y esos ajustes mutuos donde se encuentra el fondo de nuestra experiencia, de nuestra vida psíquica, de nuestro pensamiento. Y es quizás este fondo el que se ve tocado, son estas primeras experiencias las que a veces se recuperan, se reactivan, en algunos encuentros en torno a la lectura, cuando no están regidos por la utilidad (y a su vez, si el facilitador del libro busca únicamente responder a una “necesidad”, seguramente también sólo podrá ganarse la mala voluntad o el rechazo).

La oralidad, en el origen del gusto por la lectura

El gusto por la lectura se deriva, en gran medida, de esas intersubjetividades y le debe mucho a la voz. Si bien no hay recetas que garanticen que un niño leerá, la capacidad para establecer con los libros una relación afectiva, emotiva, sensorial, y no sólo cognitiva, parece en efecto ser decisiva, igual que las lecturas oralizadas: en Francia el porcentaje de los grandes lectores es dos veces más importante entre quienes tuvieron la oportunidad de escuchar historias que su madre les contaba cada día, que entre los que nunca escucharon ninguna.63 Antes del encuentro con el libro está la voz de la madre, o a veces del padre o, en ciertos contextos culturales, de la abuela o de otra persona a la que le es confiado el niño, y que lee o cuenta historias.

Pero cuando la lucha por la supervivencia o el trabajo acaparan el tiempo cotidiano, cuando la madre, psicológicamente frágil o enlutada, no recibe el suficiente apoyo de su entorno, no estará en condiciones de decir una rima, de narrar una historia, y mucho menos de leer alguna (lo que supondría que ella misma haya podido apropiarse de los libros). Incluso ella misma ha olvidado a veces las leyendas que le fueron transmitidas en su propia infancia. O bien el lenguaje sólo sirve para designar las cosas inmediatas. En ese caso les faltará a los niños una etapa para integrar los diferentes registros de la lengua y apropiarse un día de la cultura escrita: la etapa en que la literatura, oral o escrita, es la iniciadora a un uso de las palabras tan esencial y vital como “inútil”, completamente cercano a la vivacidad de los sentidos y al placer compartido, completamente alejado del control y de las evaluaciones.

No obstante, algunos mediadores culturales pueden recrear situaciones de oralidad felices que permiten una nueva travesía, un desvío hacia esa época en que las palabras son bebidas como leche o miel. Y a veces observan que algunos adolescentes, al escucharlos, se extienden y luego se acurrucan en posición fetal, mientras que otros cierran los ojos.

En los centros de lectura que he estudiado, los mediadores se fundamentan en sus conocimientos, gracias a los cuales proponen una selección de obras muy pensada, como veremos después. Pero también están allí con sus cuerpos, sus sentidos, su energía (como señala Juan Groisman, un joven argentino: “al comienzo yo creo que ellos venían por nuestra energía, por nuestro deseo, eso era lo primero”). Están allí con su propia historia, sobre la cual a menudo se han interrogado, aunque no lo demuestren, con su propio recorrido como lectores; y con sus voces que dan vida a los textos. La oralidad está en el fondo de prácticamente todos los programas que se han desarrollado en esos espacios en crisis.

Durante demasiado tiempo se ha contrapuesto lo oral a lo escrito pese a que el libro y la voz son compañeros y que en particular la biblioteca es un marco “natural” para la oralidad: es el lugar de miles de voces ocultas en libros que fueron escritos a partir de la voz interior de un autor. Cuando un lector lee, hace revivir esa voz, que proviene a veces de varios siglos atrás. Pero a los que crecieron lejos de los soportes impresos, alguien debe prestarles su voz para que oigan la que el libro transporta.

En los últimos años, en muchos países se ha redescubierto la oralidad y se ha conjugado lo oral con lo escrito en los espacios dedicados a facilitar la apropiación de la cultura escrita. En Argentina se han implementado talleres para ayudar a las mujeres a encontrar, o reencontrar, una relación feliz con la narración oral a fin de que más adelante ellas puedan contar o leer historias a los niños. Esos talleres, que formaban parte del Plan Nacional del Lectura, estaban destinados a algunas maestras, pero también, por ejemplo, a las mujeres miembros de una ONG en un barrio popular de la provincia de Entre Ríos, que se encargan de algunos de los comedores que se crearon por todo el país en los años noventa, después de que la liberalización causó los estragos que ya se conocen. Según sus propias palabras, ellas querían agregar un “alimento cultural” a los platillos que les servían a los niños. Algunas eran analfabetas, pero desde un principio dijeron que aunque no supieran leer, podían contar historias. Silvia Seoane las escuchó y observó durante algunos talleres. Se sintió impresionada por el trabajo de apropiación, de reinterpretación y elaboración estética que realizaban a partir de las historias aportadas por los cuentacuentos profesionales; por esta oralidad diferente de la oralidad espontánea de lo cotidiano, y cuya lógica interna estaba próxima a la de la narración escrita; por el surgimiento progresivo en ellas del deseo de leer los cuentos por sí mismas y por lo tanto de aprender a leer; por la transición al mundo de lo escrito, facilitada por lo que se había prefigurado en la narración oral. Se dice a veces que el paso a lo escrito supone renunciar, dejar detrás un mundo anterior que se ama profundamente, más próximo a las sensaciones, a las imágenes. Según Silvia Seoane, lo que hubo en estas mujeres no fue la renuncia a un mundo amado, sino más bien el surgimiento de un nuevo deseo.64

Reencontrar una “tierra adentro” de sensaciones, un ritmo

Un deseo que pudo salir a la luz porque alguien supo tocar esta sensibilidad primera, suscitar, mediante la voz, vaivenes entre cuerpo y pensamiento y permitió recobrar, bajo el texto, una “tierra adentro” de sensaciones, un movimiento, un ritmo. Permitió entrar en la danza.

Porque los textos actúan en varios niveles, ya sea que se lean en voz alta o que se escuchen en el secreto de la soledad: por su contenido, por las asociaciones que ocasionan, las discusiones que provocan; pero también por su melodía, su ritmo y su tempo. Escuchemos, por ejemplo, a Joséphine:

Recuerdo un día en que me encontraba en un estado de nerviosismo completamente patológico. Corrí a la biblioteca para localizar El molino de Verhaeren. Inmediatamente me tranquilizó. Desde ese día he regresado a él a menudo, suprime toda mi locura, todo mi desequilibrio; sé que está allí como las pastillas que están en el cajón de la izquierda. Me hace mucho bien debido a su ritmo, quizá también a alguna imagen, pero es sobre todo el ritmo. Lo sorprendente es que ese día fui directo a buscar el libro, y dentro del libro, ese poema, de modo que en mí había algo que ya lo sabía y yo no tenía conciencia de ello.

A propósito de los poderes reparadores de una obra literaria, Nuala O’Faolain escribe: “La esperanza de reparar la pérdida está en el ritmo y el tono de la obra escrita, no en sus palabras. El ritmo está allí donde el lector presiente la veracidad del autor, de modo tan infaliblemente, creo, como un lactante adivina si la persona que lo está cargando lo quiere. El escritor y el lector bailan al ritmo, en conjunción con la melodía…”65

En ciertas obras parece haber un texto subyacente “que no es verbal, sino rítmico”, o un canto, y sobre él los lectores enraizarán sus emociones y sus experiencias. La asociación con el lactante sugiere una vez más que se está rozando algo tan antiguo como la canción de cuna, de la que Alberto Konicheckis escribe: “El ritmo supone un regreso, una repetición, una especie de circularidad, capaz de oponerse a las tendencias a la diseminación y la dispersión que acechan permanentemente al bebé”.66 A semejanza de las manos que cargan a un niño, el ritmo sostiene. Independientemente del riquísimo aspecto de simbolización del lenguaje, de formulación de la experiencia gracias a las metáforas que ofrece un texto –que analizaremos más adelante– la lectura, en particular de obras literarias, intervendría así a un nivel más próximo a lo sensorial y a las primeras interacciones que permitieron la construcción de los límites de uno mismo. Sobre todo cuando se trata de lectura en voz alta, y de poesía.

Beatriz Helena Robledo, quien ha desarrollado numerosas experiencias literarias en Colombia, especialmente con adolescentes desmovilizados del conflicto armado o personas desplazadas, y que ha observado con mucho cuidado lo que sucedía durante algunas sesiones, insiste también en la importancia de un ritmo: “…hay ritmo, hay cadencia, musicalidad, juegos de palabras, y un tempo que sostiene, que evita el vértigo y el sinsentido”:67 “La poesía en la infancia es mucho más que juego con el lenguaje. Es ante todo ritmo, ritmo que sostiene, que protege del vacío, que no permite la sensación de vértigo, porque cuando nos entregamos al ritmo, éste nos acoge: lentamente unas veces, de manera rápida o cadenciosa otras, devolviéndonos el ritmo original y binario del corazón: sístole, diástole”.68

“La voz viene del cuerpo, es decir de nuestra parte sensible. La voz viva es lo contrario de la letra muerta y de la lengua estereotipada”,69 escribe la psicoanalista Marie- France Castarède, quien ha estudiado mucho la voz, especialmente en la ópera. Ella afirma también:

…actualmente, algunos desgarradores cambios de enfoque deberían llevarnos a desarrollar más que nunca el espacio cultural, lugar privilegiado de la expresión de sí mismo y de la comunicación con el otro, decisivo contrapeso al mundo de la inteligibilidad y de la ciencia tecnológica, lo que vuelve tan contemporáneo a Winnicott. […] Lo sensible ha sido destronado en provecho del conocimiento. Ya es hora de que regrese a casa, el paraíso que hemos perdido.70

Es verdad que en Francia, quizá más que en otros países, hace ya largo tiempo que se consumó la ruptura entre el mundo de la inteligencia, de la razón, y el de la sensibilidad. En la escuela, durante mucho tiempo se estudió la literatura como algo externo a sí mismo, que no tiene que ver con las vivencias, las experiencias o las sensaciones. Algunos enfoques se han afanado en ahondar la distancia con el cuerpo, en repudiar cualquier emoción, la cual era vista como un alejamiento peligroso. Y durante mucho tiempo el cuerpo ha sido lo olvidado, lo impensado en las investigaciones sobre la lectura, reducida a una actividad mental pese a que se trata de una actividad psíquica que involucra de manera indisolublemente ligada tanto el cuerpo como la mente.

Si la literatura está en parte distanciada de lo carnal, por el lado de la especulación, también está cercana a la vivacidad de los sentidos, y esto no tiene que ver con el tema tratado, sino con la escritura… o con la “lectura”, el ángulo de aproximación. El paraíso que evoca M.-F. Castarède es quizá el mismo que evocaba Ani Siro al iniciar el Centro de lectura para todos en Buenos Aires: el lugar en el que concuerdan emociones y pensamientos, en el que lo más singular, lo más irreductible de cada uno es lo que más se comparte, y el que se abre hacia horizontes hasta entonces insospechados.

33 Citado por Gustavo Martín Garzo, El pozo del alma, Madrid, Anaya, Sopa de libros, 2000, p. 46.

34 Véase el sitio www.expedicaovagalume.org.br

35 Citada por Claire Jobert en: “Médiations en faveur de la lecture auprès d’enfants travailleurs. Le cas d’une bibliothèque à Téhéran”, Tesis de Master 2 Literatura juvenil, Universidad de Maine, septiembre 2007, p. 21.

36 Programa Paraderos Paralibros Paraparques, iniciado por Fundalectura. Situados en jardines públicos, proponen una colección de 300 libros que pueden prestarse a domicilio. http://www.fundalectura.org

37 Véanse por ejemplo los que fueron nominados para el Asahi Reading Promotion Award, otorgado cada año por la International Board of Books for Young People (IBBY). http://www.ibby.org/index.php?id=505&L=2. Véase también My librarian is a camel. How Books Are Brought to Children Around the World, Margriet Ruurs, Boyds Mills Press.

38 Thomas Pavel, Comment écouter la littérature, París, Collège de France/Fayard, 2006, p. 38.

39 Patricia Pereira Leite, “Des chemins posibles” (Caminos posibles). Foro franco-brasileño Culturas y desigualdades culturales en Francia y en Brasil, Salón del libro y de la prensa para la juventud en Seine-Saint-Denis, UNESCO, 29/11/2005. Sobre esta experiencia con los adolescentes, véase también Marcia Miyoko Wada, Juventude e leitura, Annablume, São Paulo, 2004. El programa ha sido apoyado en particular por la fundación Abrinq para los Derechos de los Niños y Pananco do Brasil.

40 Lo que dice Val citando el coro de una canción en un correo electrónico: “O seu olhar, seu olhar melhora, melhora o meu”: tu mirada hace mejor la mía. También me viene a la mente, como un eco, esta frase de un joven de un barrio marginado francés, citado por Florence Schreiber durante una mesa redonda en el Salón del Libro de París de 2006: “Nos hablaron como a personas”.

41 Antonio Cândido, V. Dantas (org.), Bibliografia Antonio Cândido/Textos de intervençao, São Paulo, Editora 34, 2002, pp. 242-243.

42 Cf. Claude Avram, “René Diatkine et l’unité de soins intensifs du soir”, en: MadeleineVermorel et Elsa Schmid-Kitsikis, René Diatkine, psychanalyste de l’enfant, Lausanne, Delachaux et Niestlé, 2001.

43 ACCES fue fundada en 1982 por Marie Bonnafé, René Diatkine y Tony Lainé, quienes conocían el valor insustituible de la literatura en el desarrollo psíquico. Especialistas en los niños pequeños, estos psicoanalistas sabían que para que un niño o niña se interesara un día en lo escrito, debía previamente apropiarse de la lengua de un modo lúdico, poético. Señalaban que desde su llegada a la escuela, los niños ya estaban en desigualdad de competencias narrativas o literarias: los que en el seno familiar habían tenido acceso a la lengua del relato se sentían más a gusto cuando se veían confrontados al aprendizaje de lo escrito, que los que habían crecido en familias donde el uso de la lengua era limitado, utilitario. Al privilegiar la colaboración con los servicios públicos, ACCES pone los libros a disposición de los más pequeños y de su entorno en medios ecnómicamente desfavorecidos. La asociación privilegia las lecturas individuales dentro de un pequeño grupo. (Cf. Marie Bonnafé, Los libros, eso es bueno para los bebés, México, Océano travesía, Col.Ágora, 2008.)

44 Cf. René Diatkine, “Lectures et développement psychique”, Hommage à René Diatkine, Les Cahiers d’ ACCES, 4, 1999.

45 Este centro fue iniciado por Ana María Kaufman y Ani Siro, junto con la Universidad de San Andrés. Se ubica en el Instituto Parroquial San Pedro Claver y es sostenido por la Fundación Bunge y Born.

46 Voces, Centro de lectura para todos, 2004, p. 4.

47 En Francia también hay algunos adolescentes que son mediadores. Por ejemplo Patrick Borione, librero en Montreuil, mencionó un experimento de cabaret literario realizado en Nanterre con preparatorianos del barrio de las Pâquerettes: “Les regalamos una decena de libros de colecciones para adolescentes y adultos. De un golpe, estos estudiantes ya no estaban en el terreno de la lectura obligada. Ésta ya no era una obligación académica, sino un sinónimo de libertad. Pensábamos que encontraríamos a una o dos personas que hubieran leído todos los títulos. Lo más interesante fue que hubo tres o cuatro alumnos que fueron los facilitadores de los otros, que les pasaron los libros. Al final, todos los estudiantes presentes habían leído al menos tres novelas” (Coloquio Lecturas y adolescentes, INJEP, 17/11/2005, Marly-leRoy).

48 C. Jobert, op. cit., p. 100.

49 R. Kaës et al., op. cit., p. 25.

50 François Flahault y Nathalie Heinich, “La fiction, dehors, dedans”, L’Homme, 175-176, julio-diciembre 2005, p. 8.

51 D. W. Winnicott, Jeu et réalité, París, Gallimard, 1975, p. 154. (Realidad y juego, Barcelona, Gedisa, 1994).

52 Véanse en particular los trabajos de Daniel Stern.

53 F. Flahault y N. Heinich, art. cit., p. 28.

54 Bernard Golse, L’Être-bébé, París, PUF, 2006, p. 224.

55 Alberto Konicheckis, “El relato como canción de cuna”, en: Bernard Golse y Sylvain Missonnier (dirs.), Récit, attachement et psychanalyse, París, Érès, 2005. Véase también Marina Altmann de Litvan, La Berceuse, 1001 bébés, Érès, 2004 ; Marie-Claire Bruley y Marie-France Painset, Au bonheur des comptines, París, Didier-Jeunesse, 2007.

56 B. Golse, L’Être bébé, op. cit., p. 259.

57 Id, p. 242.

58 Evelio Cabrejo Parra, “Langue, littérature et construction de soi”, en: Henriette Zoughebi (coord.), La Littérature dès l’alphabet, París, Gallimard, p. 73 y siguientes.

59 F. Flahault y N. Heinich, art. cit., p. 12.

60 Id, p. 10.

61 Hommage à René Diatkine, op. cit., p. 8.

62 Laurent Danon-Boileau, “Naissance du langage, naissance de la symbolisation chez l’enfant”, Conferencias de la Sociedad Psicoanalítica de París, 21 de mayo de 2002.

63 F. de Singly, op. cit., p. 102.

64 Silvia Seoane, “Narración oral y cultural escrita. Acerca de lectoras del ‘Club de Abuelas y Madres del Barrio Gral Belgrano’ de Entre Ríos” Conferencia pronunciada en el marco del Postítulo de Literatura Infantil y Juvenil, CePA, Buenos Aires, 12 de julio 2003.

Estos talleres fueron desarrollados en el marco del Plan Nacional de Lectura dirigido de 2003 a principios de 2008 por Gustavo Bombini e implementado por el Ministerio de Educación Nacional.

65 Nuala O’Faolain, J’y suis presque, París, Sabine Wespieser, 2005, p. 155.

66 A. Konicheckis art. cit., p. 127.

67 Beatriz Helena Robledo, “El lugar de la literatura en tiempos difíciles”, Lectura viva http://www.lecturaviva.cl/articulos/lugar_de_la_lectura.html

68 B. H. Robledo, Antología de poesía colombiana para niños, Bogotá, Alfaguara infantil, 2007, p. 7.

69 Marie-France Castarède, La Voix et ses sortilèges, París, Les Belles lettres, 2000, p. 202.

70 Id

2. Saltar al otro lado

Estábamos sentados en esa mesa, coléricos, tristes,

y descubrimos un nuevo mundo

que nos hizo olvidar esos sentimientos.

ORHAN PAMUK 71

Psique es espaciosidad. No lo sabe.

SIGMUND FREUD72

EN EL INICIO ENCONTRAMOS, así, el recibimiento y la voz. Leer, apropiarse de los libros, es reencontrar el eco lejano de una voz amada en la infancia, el apoyo de su presencia carnal para atravesar la noche, para enfrentar la oscuridad y la separación. Como para esos niños que están en el hospital y aseguran oír, cuando se quedan dormidos, la voz de la persona que les leyó una historia durante el día. O para Florence, en misión humanitaria en Rwanda, quien se ve enfrentada día tras día a la angustia de los sobrevivientes del genocidio, reviviendo los duelos que ella misma conoció. Cuando se encierra en su cuarto en el hotel, o por la noche antes de dormirse, ella lee: “Nunca había estado sola hasta ese grado. Cuando ya no tuve ningún libro me sentí perdida. Compré uno y me estabilicé de nuevo. Era alguien, una presencia viva, como cuando mis seres queridos me llamaban por teléfono por la noche. Una voz humana. Era algo físico, una presencia. Como si estuviera con un amigo, una amiga y ya no esperaba”.

Como escribe Pascal Quignard: “Se cuenta que los dos primeros miedos, prehumanos, tienen que ver con la oscuridad y la soledad. Nos gusta hacer acudir a voluntad un poco de compañía y de luz ficticias. Son las historias que leemos y que por las noches tenemos entre las manos”.73 O Chalamov: “… los libros son también un mundo que jamás nos traiciona”.74 Aunque uno esté solo, en el interior de sí mismo estará poblado, a lo largo de toda la vida, podrá hacerse acompañar.

Leer es también volverse autónomo: el libro está hecho de signos, de lenguaje, de ese registro simbólico que los psicoanalistas sitúan más bien del lado del padre, de una instancia tercera que separa al hijo de su madre. Y la llegada a la lectura se describe a veces como la incorporación de algo que es propio de la madre, pero de lo que el padre, o el ser amado por la madre, aquel con quien ella sueña, no está ausente.75 Esto muestra hasta qué punto, para el psiquismo, lo que uno se apropia posee un estatuto complejo.

Un regalo de espacio

Escuchemos cómo evoca Silvia Seoane un recuerdo de su infancia en Buenos Aires. En él también se habla de un paraíso y de la voz:

Cuando yo era chica, mi mamá me contaba, a la noche, con la luz de la pieza apagada, la historia de Alicia en el país de las maravillas. Yo no sé si ella alguna vez leyó la novela de Lewis Carroll; no sé si su mamá, un hermano mayor o una monja del colegio en el que fue pupila alguna vez le narraron la historia. No sé si leyó alguna versión de esa novela en El tesoro de la juventud, libro de cabecera en la niñez de mi madre (libro que yo imaginé, durante muchos años de mi infancia, fuente de todas las historias). Es decir, no sé cómo llegó ese clásico de la literatura a manos, vista u oídos de mi madre.

[…] Sé que mi mamá atendía un quiosco en mi casa y que, probablemente por eso, las aventuras de esta Alicia que ella me contaba transcurrían en un mundo de árboles de chocolatines Jack y cataratas de Fanta Naranja y Coca Cola. Sé que Alicia llegaba a este paraíso a través del espejo (por eso yo amaba el botiquín del baño) y sé que estaban el conejo y la Reina de Corazones. Lo demás de ese relato nocturno ya no lo recuerdo.

No recuerdo muchos detalles de la historia pero sí recuerdo la voz de mi mamá en la oscuridad. Recuerdo con enorme nitidez lo que yo veía mientras ella contaba. Recuerdo la emoción y la maravillosa sensación alucinada. Sé que yo estaba convencida de que, de algún modo, era Alicia […] ; todas las noches, nacía para mí en la voz de mi mamá un mundo paralelo. Con su relato, yo atravesaba el espejo y entraba ritualmente en la ficción. Como entraba cuando, también mi mamá, me contaba la historia del Rey David o la de mi tatarabuelo el carabinero del Sur de Italia; la historia de Pedro y el lobo y también la de mi tío Orestes; las historias de mis bisabuelos maestros en la Patagonia a principios de siglo, la de la piedra movediza de Tandil cerca de cuyos restos mi abuela daba clases (relatos merced a los cuales –estoy segura– elegí la profesión docente).

Narraciones todas. Palabras trabajadas artesanalmente por mi mamá para crearme mundos.76

Cada noche, en la oscuridad, la voz de la madre de Silvia, nutrida con el Tesoro de la juventud y con algunas epopeyas familiares, entretejía narraciones que encantaban lo cotidiano, le infundían una dimensión poética, con árboles de chocolate y cascadas de Fanta sabor naranja. Y aquí se ve de paso que la lectura es un asunto de la boca: tiene que ver con la voz, pero también con los primeros alimentos que recibe el niño. Quizá por eso en algunos hospitales de Colombia los mediadores de lectura intervienen mucho, a petición de los médicos, con algunos niños que se hallan en estado de desnutrición. Pensemos también en Marc Soriano salvándose de la anorexia gracias a Pinocho.

Sin embargo, en la escena que narra Silvia, no es el placer de un regreso al regazo materno lo que predomina; ni siquiera la fascinación recíproca de la madre y el hijo. Lo que hace mediante sus palabras es abrirle paso al Otro. El Otro son todas las personas de las generaciones pasadas que están allí en su voz, el antepasado carabinero, el tío Orestes, los abuelos maestros cuyas hazañas le transmite la madre, introduciendo a la niñita en el tiempo histórico del siglo transcurrido y también en el tiempo bíblico del rey David, en un espacio inmenso que se extiende hasta la Patagonia y el sur de Italia. Las historias contadas la hacen correr más allá del espejo, atravesar otras tierras; agrandan su vida.

Oral o escrita, la literatura es un regalo de espacio. Las palabras no dejan de abrir en ella paisajes, pasajes, “como si su esencia fuera mucho más espacial que verbal, como si su base geográfica fundara su sentido”, escribe Georges-Arthur Goldschmidt.77 Antes que cualquier otra cosa, es tal vez un espacio lo que se encuentra en algunas palabras leídas, de manera vital, sobre todo para quien no dispone de ningún lugar, ningún territorio personal, ningún margen de maniobra, como los que participaron en las experiencias siguientes.

“Miradas de piedra”

En los años posteriores a la segunda Guerra Mundial, en los Estados Unidos, una joven mujer, Mira Rothenberg, se ve obligada a dar clases a treinta y dos niños judíos originarios de Europa central que fluctuaban entre los once y los trece años de edad. Algunos habían nacido en campos de concentración, otros habían sido abandonados por sus padres durante la guerra para darles una oportunidad de escapar de los nazis. Son niños “con mirada de piedra” que levantaron fortalezas para protegerse de los horrores por los que tuvieron que pasar. Desollados vivos, aterrorizados, violentos, no confían en nadie y repiten, en una lengua u otra, que quieren regresar a casa, reencontrar su tierra de origen. Hasta el día en que Mira Rothenberg, aprovechando un respiro en sus ataques de odio, les habla de los indios de América:

Les conté cómo esos hombres a los que les perteneció el país habían llegado a ser refugiados en su propio territorio, del cual los habían desposeído. Encontré un libro de poemas de indios que hablaban de la tierra que amaban, de los animales con los que ellos vivieron, de su fuerza, de su amor, de su odio y de su orgullo. Y de su libertad.

Los niños reaccionaron. Algo se había movido en ellos. Los indios debían experimentar por América lo que ellos mismos sentían por su país de origen.

Todos nos transformamos en indios. Quitamos los muebles de en medio del salón. Instalamos carpas y pintamos un río sobre el suelo.. Construimos unas canoas, unos animales de tamaño natural en papel maché. […] Los niños comenzaron lentamente a liberarse de sus caparazones. Vivíamos en los tipis, comíamos dentro de ellos. No querían regresar a sus casas.78

Incluso a los que fueron gravemente lastimados, un relato o una metáfora poética les ofrecen a veces, en una forma transpuesta, un eco de lo que vivieron y que no había podido expresarse, suscitando así un movimiento psíquico. Pero en este caso la metáfora es quizá aún más efectiva en la medida que entrega una tierra, ríos, animales, todo un país donde el cuerpo y la psique podrán desplegarse. Porque, hay que señalarlo, lo que se les ocurre a los niños, es componer un espacio alrededor de ellos, asirse de él activamente, reordenarlo. En un primer momento serán unos animales feroces; luego, con el paso de los años se aventurarán a convertirse en “verdaderos indios”. Un día montarán una obra en la que hablarán “con infinita poesía de los indios en que se convirtieron”. Este atajo por la tierra de los indios les permitirá aprender a tejer o a hacer cerámica, leer otros poemas, o escribirlos, estudiar la historia y la cultura de ese pueblo y compararlas con las de su país de origen. Más tarde, algún día, tomarán el metro para visitar un parque, seguirán en él antiguas pistas indias, pasarán un tiempo en grutas y aprenderán la geografía para ubicar sus asentamientos o las matemáticas para evaluar las distancias.

Más de cincuenta años después, en Colombia, Beatriz Helena Robledo también lee historias a adolescentes un poco mayores que los anteriores. Éstos se encuentran en una casa hogar piloto que desde 2001 ha recibido a algunos cientos de muchachos y muchachas de doce a diecisiete años enrolados en el conflicto armado, ya sea en el bando de la guerrilla o en el de los paramilitares. Algunos desertaron, otros fueron capturados o abandonados por los grupos armados porque estaban enfermos. Educadores, psicólogos, trabajadores sociales, escritores y artistas tratan de prepararlos para reincorporarse a la vida civil.

En su gran mayoría, esos adolescentes crecieron completamente alejados de los libros, en regiones rurales o pobres o en barrios urbanos marginados. Su escolaridad casi nunca llegó más allá de la primaria y muchos de ellos trabajaron desde muy temprana edad; de este modo, en su infancia apenas si disfrutaron de espacios de juego y de tiempo gratuitos. Bajo presión o de manera voluntaria, tomaron las armas por múltiples razones: falta de recursos, violencia intrafamiliar, deseos de vengarse, cooptación por un conocido, búsqueda de protección, de prestigio, de poder, gusto por el uniforme, adhesión ideológica; pero también por una voluntad de abrirse camino lejos de su familia, buscando una pertenencia, o aventuras, descubrimientos, horizontes desconocidos.

En sus años de incorporación, los grupos armados les dieron identidad, referencias, sentido de la vida. Los más jóvenes vivieron la guerra como un juego, pero la mayoría tuvieron que pasar por experiencias terribles, vieron morir a seres queridos, mataron a sus enemigos, muchas veces en combates cuerpo a cuerpo. Las muchachas soportaron un machismo feroz, a menudo fueron víctimas de violaciones y vivieron embarazos precoces no deseados. Durante esos años, la gran mayoría de ellos no tuvieron ningún contacto con actividades de tipo educativo; no disfrutaron de ninguna información, de ningún aprendizaje, aparte de los relacionados con su papel de guerrilleros. A su llegada a las casas-hogar, no habían tenido relación con lo escrito desde hacía años y manifiestan un interés mínimo por el saber; su imaginario es muy pobre, tienen pocos conocimientos sobre el mundo, su geografía, su historia. Una parte de ellos muestra una actitud muy ambivalente hacia los lugares en donde se encuentran alojados, en particular cuando viven como una traición el hecho de estar allí: en este caso pueden rechazar todo lo que se les propone.

Se presentan como jóvenes guerreros experimentados, duros, que exhiben sus cicatrices con orgullo; pero su coraza sólo cubre su desamparo y su universo emocional demostrará estar profundamente alterado. A lo largo de las semanas, se muestran asustados, confundidos, dominados por la rabia, el dolor, o por sentimientos de abandono y soledad. Tienen pesadillas terribles, algunos padecen delirio de persecución. Los traumas, separaciones y pérdidas que sufrieron no han sido objeto de ninguna elaboración; además, en su mayor parte, provienen de medios en los que se hablaba poco y luego fueron sometidos a una disciplina militar implacable que los obligaba a obedecer y a callar.

Entre otras cosas, una vez por semana se les propuso un lugar calificado de “ritual” por quienes lo iniciaron, llamado “Escojo la palabra”,79 en el que la literatura y el arte audiovisual juegan un papel central. Las y los que lo concibieron tenían algunas convicciones: el taller no debía tener relación directa con el espacio pedagógico; no habría ninguna tarea, ninguna calificación, ninguna obligación de participar. Sería el área del juego, de la risa, en donde se reencontraría el derecho a ser niño, a inventar, a compartir momentos agradables, gratuitos, creativos: un lugar estético y cultural, no didáctico. También se deslindaría claramente de los espacios terapéuticos: no se haría ninguna pregunta directa que pudiera contribuir a que asociaran el taller con esos espacios, ni se formularía ningún juicio. Todas estas opciones eran muy parecidas a las que encontramos en la mayoría de las experiencias reportadas en este libro.

Beatriz Helena Robledo evoca una de las sesiones:

Estábamos contando mitos y leyendas ante un mapa de Colombia que tenía ubicados los diferentes grupos indígenas que pueblan nuestro país. Nunca imaginamos que un mapa pudiera significar tanto. Verlo, tenerlo allí presente mientras escuchaban los cuentos y las leyendas, les fue configurando sus propias historias, pero también su propia geografía. A medida que leíamos y señalábamos la procedencia del mito o de la leyenda, ellos iban recordando lugares, ríos y pueblos, por los que habían pasado.

De pronto, como un “abracadabra”, al hablar de la Llorona, la Madremonte, El Mohán, la palabra de esos jóvenes, reprimida hacía tantos años por la guerra, reemplazada por el ruido sordo de los fusiles, empezó a fluir y comenzaron a contar.80

Así, tras haber escuchado una leyenda, uno de los adolescentes presentes, Julio, que jamás había dicho una palabra, habló por primera vez. Señalando con un dedo en el mapa la región que él había recorrido, habló como no lo había hecho desde hacía años para empezar a evocar los mitos que oyó en su infancia, y luego a narrar su propia historia, reencontrando así un lazo con lo más profundo de su ser; y lo mismo hicieron otros después de él. Beatriz H. Robledo comenta:

Una biblioteca o una colección de libros tienen mucho que hacer en una población marginada. […] Muchísimo más que brindar información o apoyar la educación formal. Para ciudadanos en condiciones medianamente normales de desarrollo, un libro puede ser una puerta más que se abre, en cambio, para aquellos que por circunstancias de la vida han sido despojados de sus derechos fundamentales, o de sus mínimas condiciones humanas, un libro es quizás la única puerta que puede permitirles atravesar el umbral y saltar al otro lado.

Pulsuz fraqment bitdi.