Kitabı oxu: «Por qué Patria Grande»

Şrift:

POR QUÉ PATRIA GRANDE

Miguel Ángel Barrios ha dedicado sus esfuerzos y su vida a la construcción de la Patria Grande. El título de este libro, Por qué Patria Grande: teoría y praxis de una política latinoamericana en tiempos de pandemia, revela el núcleo de su reflexión como historiador y geopolítico. Barrios ha buscado identificar las causas de los obstáculos, internos y externos, que se han opuesto a la construcción de la unión de América del Sur, precursora necesaria de la unión de América Latina.

La Patria Grande debe tener bases sólidas en la Argentina, un Estado-nación de origen español y mestizo, y en Brasil, de origen portugués y mestizo. Los estadistas y pensadores del pasado llaman a los del presente, en especial a Alberto Fernández y Luiz Inácio Lula da Silva, a tomar en sus brazos y en su corazón la tarea de superar todos los obstáculos y continuar, sin temor, la histórica misión de construir la Patria Grande.

Samuel Pinheiro Guimarães

Miguel Ángel Barrios. Profesor de Historia (Instituto Superior del Profesorado Antonio Ruiz de Montoya). Magíster en Sociología (Universidad Nacional de Lomas de Zamora). Magíster en Ciencias de la Educación (Universidad Tecnológica Intercontinental de Asunción). Doctor en Ciencias de la Educación (Universidad Tecnológica Intercontinental). Doctor en Ciencia Política (Universidad del Salvador). Diploma en Relaciones Internacionales (Universidad Complutense de Madrid). Diploma en Seguridad Ciudadana (Universidad Blas Pascal). Diploma en Criminología y Criminalística (Universidad Siglo 21). Realizó cursos de Alta Especialización en Políticas Públicas y Seguridad Ciudadana en el Banco Interamericano de Desarrollo. Profesor de posgrado en la Universidad del Salvador y en el Instituto Superior Goya. Investigador y consultor internacional. Ha dictado y dicta cursos, seminarios, conferencias y posgrados en academias diplomáticas, universidades y academias militares y policiales de América Latina, Europa, Asia y África. Ha escrito más de quince obras sobre la historia y política de América Latina.

MIGUEL ÁNGEL BARRIOS

POR QUÉ PATRIA GRANDE

Teoría y praxis de una política latinoamericana en tiempos de pandemia


Índice

  Cubierta

  Acerca de este libro

  Portada

  Dedicatoria

  Prefacio, por Samuel Pinheiro Guimarães

  Capítulo 1. Aproximaciones a una filosofía de la historia de la Patria Grande Hacia una definición de “pueblo” El hombre en la historia La problemática de la cultura El nacimiento de la Patria Grande El pensamiento hispanoamericano

  Capítulo 2. La educación como transmisora de la cultura de la Patria Grande En torno al concepto de evangelización de la cultura y la educación La modernidad latinoamericana Educación y soberanía cultural Manuel Ugarte, el primer anunciador de la Patria Grande Los Estados Unidos del Sur, la educación y el carácter del Estado

  Capítulo 3. Geopolítica de la Patria Grande Las etapas geopolíticas del pensamiento político latinoamericano La geopolítica de la Patria Grande en la primera independencia El unionismo hispanoamericano (siglo XIX) El latinoamericanismo integracionista América Latina en el sistema-mundo Conclusiones

  Capítulo 4. La vigencia del continentalismo y las tendencias globales Análisis geoestratégico del sistema-mundo Emergencia de los movimientos nacionales y populares en América Latina Perón: creador de la geopolítica del continentalismo Patria Grande significa Mercosur, o la nada

  Capítulo 5. Geopolítica de la pandemia y la pospandemia Pandemia y escenario sanitario, socioambiental y mundial Geopolítica de las vacunas

  Referencias bibliográficas

  Créditos

A mi familia, Lidia Angélica y Bautista Miguel, a mi madre y a todos los que creemos en el llamado de Manuel Ugarte de la Patria Grande.

A los maestros del pensamiento político latinoamericano de la Patria Grande Manuel Baldomero Ugarte, Jorge Abelardo Ramos y Alberto Methol Ferré, mi reconocimiento eterno.

Prefacio

Samuel Pinheiro Guimarães

Secretario general de Itamaraty (2003-2009)

Ministro de Asuntos Estratégicos (2009-2010)

Miguel Ángel Barrios ha dedicado su esfuerzo y su vida a la construcción de la Patria Grande. El título de este libro, Por qué Patria Grande: teoría y praxis de una política latinoamericana en tiempos de pandemia, revela el núcleo de su reflexión como historiador y geopolítico.

Me une una profunda amistad con el profesor Barrios y, en el diálogo que cultivamos permanentemente, he aprendido a conocer más sobre el pensamiento argentino y sudamericano acerca del sueño común y cómo hacerlo realidad: la Patria Grande.

Barrios ha buscado identificar las causas de los obstáculos, internos y externos, que se han opuesto a la construcción de la unión de América del Sur, precursora necesaria de la unión de América Latina.

La Patria Grande debe tener bases sólidas en la Argentina, un Estado-nación de origen español y mestizo, y en Brasil, de origen portugués y mestizo.

En el pasado, encontramos a los estadistas que lucharon y dedicaron su vida a la construcción de la Nación argentina: San Martín (1778-1850), Juan Manuel de Rosas (1793-1877), Juan Domingo Perón (1895-1974), Raúl Alfonsín (1927-2009), Néstor Kirchner (1950-2010). Y también pensadores que se han destacado a través de los tiempos, como los argentinos Juan Bautista Alberdi (1810-1884), Domingo F. Sarmiento (1811-1888), Manuel Ugarte (1875-1951), Carlos Saavedra Lamas (1878-1959), Raúl Prebisch (1901-1986), Ernesto Sabato (1911-2011), Jorge Abelardo Ramos (1921-1994), Aldo Ferrer (1927-2016) y el uruguayo Alberto Methol Ferré (1929-2009), quien se consideraba sobre todo un rioplatense, y la figura de Manuel Ugarte (1875-1951) –del cual Barrios es uno de sus biógrafos–, nacionalista y antiimperialista que predicó a lo largo de su vida la unidad de la América Latina o Patria Grande.

Asimismo, encontramos a los estadistas que lucharon y dedicaron su vida a la construcción de la Nación brasileña: José Bonifácio (1763-1838), Diogo Feijó (1784-1843), el duque de Caxias (1803-1880), el barón de Rio Branco (1845-1912)), Getúlio Vargas (1882-1954), Luiz Carlos Prestes (1898-1990), Juscelino Kubitschek (1902-1976), Ernesto Geisel (1907-1996), San Tiago (1911-1964) y José Sarney (1930) quienes merecen una mención especial. Y los pensadores brasileños, que se esforzaron por comprender la sociedad, la economía y el Estado de esta vasta nación: Francisco de Varnhagen (1816-1878), João de Capistrano (1853-1927), Roberto Simonsen (1889-1948), Gilberto Freyre (1900-1987), Sérgio Buarque de Holanda (1902-1982), Caio Prado (1907-1990), Werneck Sodre (1911-1999), Roberto Campos (1917-2001), Florestan Fernandes (1920-1995), Helio Jaguaribe (1923-2018), Celso Furtado (1920-2004), Darcy Ribeiro (1922-1997), Raimundo Faoro (1925-2003), Luiz Alberto Moniz Bandeira (1935-2017).

Los estadistas y pensadores del pasado llaman a los del presente, en especial a Alberto Fernández y Luiz Inácio Lula da Silva, a tomar en sus brazos y en su corazón la tarea de superar todos los obstáculos y continuar, sin temor, la histórica misión de construir la Patria Grande.

* * *

La política de desarrollo de cualquier gobierno latinoamericano para que su sociedad alcance niveles cada vez más altos de bienestar económico, social y soberano debe tener los siguientes objetivos: la explotación racional y sostenible de sus recursos suelo y subsuelo; el pleno empleo y mejora física e intelectual de su fuerza laboral; la construcción, expansión y diversificación de su capacidad productiva, es decir, el capital físico del país; la mejor distribución de ingresos y riqueza, y la eliminación de la pobreza. La integración económica no es un fin en sí mismo: es solo un instrumento de política de desarrollo que puede contribuir a lograr estos objetivos.

La integración económica expande los mercados, los hace más estables, permite la instalación económica de unidades productivas de mayor escala, contribuye a ampliar la cooperación, especialmente tecnológica; fomenta la coordinación política, fundamental para defender y promover los intereses de los Estados que forman parte de la política internacional.

En un mundo que atraviesa grandes transformaciones, con grandes desplazamientos de poder, a ningún bloque ni a ninguna potencia le conviene constituir o fortalecer un nuevo bloque de Estados, especialmente si se trata de Estados periféricos y de gran escala de territorio, población y recursos. Cualquier potencia, especialmente Estados Unidos como potencia imperial, o cualquier bloque de Estados, como la Unión Europea, considera acertadamente más interesante tratar y negociar acuerdos con Estados individuales, en especial cuando se trata de países subdesarrollados que, incluso cuando son grandes, son relativamente débiles económica y políticamente.

Cuanto más cohesionados estén los Estados del Mercosur en la defensa del Mercosur, más cohesionadas serán sus sociedades, mayor su esfuerzo de desarrollo, mayor su capacidad para defenderse y beneficiarse de la actual situación internacional de enfrentamiento entre Estados Unidos, la potencia imperial, y sus Estados adversarios, China y Rusia. Hoy vemos que los países del Mercosur como Brasil o Uruguay pretenden negociar zonas de libre comercio en forma individual, todo lo contrario a la esencia de un mercado común como debería ser el Mercosur.

* * *

La estrategia (política) de Estados Unidos para las Américas se deriva de los objetivos estratégicos permanentes generales de Estados Unidos. Su objetivo es mantener la hegemonía política, económica, militar e ideológica en las Américas.

Los objetivos estratégicos permanentes de Estados Unidos como imperio son los siguientes:

1 mantener su primacía política, militar, económica y tecnológica y su capacidad de alinear los Estados (sus “provincias”) para enfrentar a los Estados adversarios, que son Rusia y China;

2 detener la expansión de la tecnología nuclear para interrumpir la fabricación de armas nucleares;

3 mantener el poder de los Estados Unidos para prevenir cualquier acción militar de la Organización de las Naciones Unidas (ONU);

4 mantener la independencia estadounidense y la capacidad de acción militar unilateral;

5 mantener tropas en todos los continentes y flotas en todos los mares;

6 mantener un sistema financiero internacional, basado en el dólar;

7 mantener un sistema de comercio mundial multilateral basado en la cláusula de nación más favorecida, trato nacional y aranceles;

8 mantener y controlar un sistema de clasificación, seguimiento e inspección de las economías nacionales, especialmente las subdesarrolladas, a través de una organización internacional;

9 garantizar el acceso a los medios de comunicación de todos los países, y

10 mantener la capacidad de aplicar sanciones económicas y políticas unilaterales a los Estados (“provincias”) que no cumplan con las normas organizativas informales del imperio americano y también a los Estados adversarios.

Para Estados Unidos, América Latina es la principal área estratégica por ser la más cercana al territorio continental norteamericano, para mantener su hegemonía política, económica, militar e ideológica en la región, que son los que siguen:

1 evitar que un Estado, o una alianza de estados, reduzca la influencia estadounidense en la región;

2 ampliar su influencia cultural-ideológica en los sistemas de comunicación de cada Estado;

3 incorporar todas las economías de la región a la economía de Estados Unidos;

4 desarmar a los Estados de la región y transformar sus Fuerzas Armadas en fuerzas policiales;

5 mantener bajo su control un sistema regional de coordinación y alineación política, que es la Organización de los Estados Americanos (OEA);

6 obstaculizar y, si es posible, impedir la presencia, especialmente militar, de los Estados adversarios, es decir, de China y Rusia en la región, y transformar sus Fuerzas Armadas en fuerzas policiales;

7 castigar a los Estados que contravengan los principios del liderazgo hegemónico estadounidense;

8 prevenir el desarrollo de industrias autónomas en áreas tecnológicas avanzadas;

9 debilitar a los Estados de la región, y

10 elegir líderes políticos favorables a los objetivos estratégicos y los intereses estadounidenses ocasionales.

Desde la guerra de la independencia (1775-1783) y después de la formación de la Unión en 1787-1789, Estados Unidos buscó excluir a las potencias europeas del territorio de América del Norte (Luisiana, 1803; Florida, 1819; Oregón, 1845; Alaska, 1867) y absorber estos territorios en la Unión Americana.

América Latina fue declarada de facto zona de influencia exclusiva de América por la Doctrina Monroe, establecida en un mensaje del presidente de los Estados Unidos al Congreso norteamericano en diciembre de 1823. Esta doctrina fue una manifestación de apoyo a la política de Gran Bretaña, que era la única potencia que, en ese momento, pudo, debido a su hegemonía naval, impedir los intentos de recolonizar la Santa Alianza y restablecer los monopolios comerciales en España y Portugal.

La Doctrina Monroe corresponde a una visión y convicción histórica de Estados Unidos respecto de su derecho a ejercer la hegemonía natural sobre América Latina.

Estados Unidos logró incluir en el Tratado de Versalles (1919) el reconocimiento internacional de la Doctrina Monroe. En la Carta de las Naciones Unidas, en 1946, obtuvo el reconocimiento de la posibilidad de crear pactos regionales de seguridad, en una disposición que permitiría la creación de la OEA y así excluir los temas latinos del ámbito del Consejo de Seguridad.

La expulsión por parte de los estadounidenses de los pueblos indígenas de sus territorios originales se produjo con intensidad tras la revocación de la Proclamación Real de 1763, como consecuencia del Tratado de Paz de París (1783) entre Gran Bretaña y la Confederación, que separó el territorio de las Trece Colonias de Tierras Indígenas más allá de los Apalaches hasta el Misisipí.

La influencia económica, política y militar estadounidense sobre los países de Centroamérica y el Caribe fue y es abrumadora, con intervenciones y ocupaciones militares, a veces prolongadas, y el patrocinio de dictaduras sanguinarias.

La guerra contra México (1848) provocó la anexión de la mitad del territorio mexicano y, con la llegada al Pacífico, permitió la consolidación de Estados Unidos continentales desde el Atlántico hasta el Pacífico. Estados Unidos anexó los territorios de los actuales California, Nevada, Texas, Nuevo México, Utah, y partes de lo que ahora son Arizona, Colorado y Wyoming.

La guerra contra España (1898) llevó a la ocupación de Cuba, la anexión de Puerto Rico, Filipinas y Guam, y afirmó a Estados Unidos como potencia asiática.

Política de Estados Unidos en América Latina

El arbitraje americano, en 1878, de la cuestión del Chaco entre Paraguay y Argentina después de la guerra del Paraguay; la decisiva ayuda naval a la consolidación de la República en Brasil, en 1894; la imposición a Gran Bretaña de la solución arbitral de la disputa territorial entre Venezuela y el territorio inglés de Guyana (1895); el arbitraje de la cuestión de Palmas entre Brasil y Argentina, en 1895, y su participación como uno de los garantes del protocolo de paz entre Perú y Ecuador (1942) fueron algunos de los episodios que marcaron la creciente influencia política de Estados Unidos en América del Sur.

La política norteamericana fue resentida y temida por las naciones latinoamericanas, especialmente las de Centroamérica, tras la anexión de la mitad del territorio mexicano y la declaración del corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe (1908), en el que Estados Unidos se asignó el papel de policía del continente, con derecho a intervenir e imponer el orden por la fuerza a las naciones que consideraban “turbulentas”.

Así ocurrieron las intervenciones y ocupaciones militares estadounidenses en Haití (1914-1934), República Dominicana (1916-1924), Nicaragua (1926-1933), Honduras (varios, entre 1903 y 1925) y Cuba (varios, entre 1906 y 1933).

Estados Unidos apoyó política y militarmente la secesión de Colombia y la creación de Panamá como Estado independiente (1903), que permitió la construcción del canal (1904-1914) y la concesión de este. La zona permaneció como territorio bajo soberanía política y militar estadounidense hasta 2000. El canal permitió la conexión marítima rápida, tanto comercial como militar, entre la costa este y la región del golfo con la costa oeste de América del Norte. Este puede considerarse el principal logro de la estrategia para expandir la influencia política y militar estadounidense en Centroamérica y el Caribe que aseguró su control político, económico y militar de la región.

A lo largo del siglo XX, Estados Unidos organizó conferencias con el objetivo de alinear a las naciones latinoamericanas y construir la solidaridad del continente en torno a Estados Unidos frente a Europa y, posteriormente, frente a la amenaza de Alemania y el nazismo. En 1890, la primera conferencia estableció la Oficina Internacional de Repúblicas Americanas, con sede en Washington.

En esas conferencias, las naciones latinoamericanas hicieron esfuerzos para que Estados Unidos aceptara el principio de no intervención, pero sin éxito hasta la década de 1930, mientras Estados Unidos buscaba imponer la tesis del arbitraje en las disputas entre Estados de la región (con Estados Unidos como árbitro permanente).

La “política del buen vecino”, iniciada en 1933 con el presidente Franklin Delano Roosevelt, constituyó un cambio radical en la política exterior estadounidense en un esfuerzo por preparar a Estados Unidos para enfrentar el desafío nazi acercándose a los países de América del Sur, principalmente con Brasil y Argentina, donde existieron importantes comunidades de origen alemán e italiano.

Los objetivos de extraordinaria importancia para los estadounidenses eran garantizar el acceso exclusivo a minerales estratégicos en caso de ocupación de fuentes de abastecimiento por parte de los países del Eje, y contar con el consentimiento de Brasil para utilizar militarmente la ubicación privilegiada del noreste de este último país frente a África.

Después de la guerra, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), firmado en 1948 en el contexto de la Guerra Fría, define la agresión contra cualquier Estado signatario como agresión contra todos los Estados de la región y obliga a todos los países miembros a cooperar con el Estado agredido.

Los acuerdos militares bilaterales servirían para consolidar la presencia de Estados Unidos como los principales proveedores de armas y entrenamiento del personal militar latinoamericano.

Después de la Revolución Cubana, al poner en marcha, en 1962, la Alianza para el Progreso, Estados Unidos creó en la zona del canal la Escuela de las Américas, donde se capacitó a miles de oficiales latinoamericanos que luego serían entrenados como jefes de los golpes de Estado y la administración de los regímenes militares.

Estados Unidos se esforzó por crear una fuerza interamericana de paz, de carácter multilateral, para encubrir su intervención en caso de necesidad. Esta propuesta siempre ha contado con la oposición de los gobiernos civiles latinoamericanos y la simpatía de los gobiernos militares de la región.

En cuanto a la OEA, desde su creación ha sido un importante instrumento para legitimar la política estadounidense en América Latina. Apoyó la destitución, con la participación de mercenarios armados por Estados Unidos, del presidente Jacobo Arbenz en Guatemala (1954), la suspensión de Cuba de la OEA en 1962, la intervención en República Dominicana (1964), y no condenó a ninguno de los regímenes militares que se instalaron en toda América Latina como resultado del uso político de la Alianza para el Progreso.

En la OEA, Estados Unidos casi siempre ha logrado unir a sus posiciones a los países de Centroamérica y el Caribe, cuyos gobiernos, a menudo conservadores y autoritarios, estaban sujetos a su hegemonía militar, política y económica. El control político de Centroamérica y el Caribe se fue aflojando (pero no en su vertiente militar) a medida que desaparecía el conflicto con la Unión Soviética, como también cuando comenzó a superarse el conflicto de Centroamérica.

Con las réplicas provocadas por el escándalo de Watergate (1970), la derrota en Vietnam (1975) y la revolución iraní (1979), los gobiernos de los presidentes Ronald Reagan y Jimmy Carter desarrollaron una estrategia para recuperar la imagen de Estados Unidos y desestabilizar a los gobiernos socialistas de Europa del Este, basada en la defensa de los derechos humanos y la democracia.

Por extensión, comenzaron a defender los derechos humanos y la redemocratización de América Latina y la implementación de políticas liberales por parte de los nuevos regímenes civiles. Uno a uno, los gobiernos militares instalados y mantenidos por Estados Unidos dieron paso a gobiernos civiles.

Política latinoamericana en América Latina

Desde la independencia, gobiernos progresistas (que no eran más que nacionalistas y desarrollistas) en países latinoamericanos como los de Lázaro Cárdenas (1934-1940) en México, Getúlio Vargas (1930-1945 y 1950-1954) en Brasil, Juan Velasco Alvarado (1968-1975) en Perú y Juan Domingo Perón (1946-1955) en la Argentina buscaron volverse, ocasionalmente y sin éxito duradero, menos sujetos a la hegemonía política estadounidense.

Esta hegemonía nunca había producido en sus países los beneficios económicos que habían soñado y reclamado, pero sí muchas veces intervenciones políticas e incluso militares para ponerlos en el “buen camino”.

El colapso de la Unión Soviética (1991), el fin de la Guerra Fría y el enfoque controlado de la China comunista hacia los países capitalistas crearon un entorno que permitiría una mayor articulación de los Estados latinoamericanos en su aspiración a la independencia, sobre la base de los principios de no intervención y autodeterminación. Por ejemplo, el presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso convocó una reunión de presidentes de América del Sur, lo que despertó la sospecha de Estados Unidos porque no fue invitado a la conferencia.

Es interesante recordar que, en el momento de la conferencia (agosto de 2000), la mayoría de los presidentes simpatizaban con Estados Unidos: el argentino Fernando de la Rúa (1999-2001), el brasileño Fernando Henrique Cardoso (1995-2002), el colombiano Andrés Pastrana (1998-2002), el peruano Alberto Fujimori (1990-2000), el uruguayo Jorge Battle (2000-2005), el paraguayo Luis González Macchi (1999-2003), el ecuatoriano Gustavo Noboa (2000-2003).

Además, Brasil y Argentina, junto con otros Estados como Chile, habían tomado iniciativas de desarme, como la Declaración de Mendoza sobre la Renuncia a las Armas Químicas y Biológicas, y se habían adherido a acuerdos de no proliferación, como el Tratado Nuclear Tratado de No Proliferación (TNP), el Régimen de Control de Tecnología de Misiles (MTCR), la Convención sobre Armas Químicas, “iniciativas” espontáneas, para gran satisfacción de Estados Unidos. Por lo tanto, la reunión de presidentes de 2000 no fue realmente un desafío para la política estadounidense en América del Sur.

La segunda reunión de presidentes sudamericanos se llevó a cabo en 2001, en Guayaquil, y la tercera en Cuzco, en 2004. En esta última, siguiendo una sugerencia del presidente peruano Alejandro Toledo, el canciller brasileño Celso Amorim tomó hábilmente la iniciativa de promover las negociaciones para la formación de una comunidad sudamericana de naciones. En 2005 se llevó a cabo en Brasilia el Primer Encuentro de Jefes de Estado de la Comunidad Sudamericana.

La política brasileña permanente de no intervención, equidistancia y respeto de la autodeterminación, y la participación del presidente Lula de Silva, quien entre 2003 y 2008 realizó varias visitas a países de la región, contribuyeron a superar las sospechas. En 2008 se firmó el tratado fundacional de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur).

Así, Unasur, y ya no la OEA, se convirtió en el foro para la solución de controversias entre Estados sudamericanos, reduciendo la capacidad de Estados Unidos para influir en la región.

La OEA, sin embargo, era de vital importancia para Estados Unidos: desde sus inicios había sido un instrumento de legitimación de su política en América Latina y, por lo tanto, Unasur apareció como un obstáculo para los intereses estadounidenses en la región.

Unasur surgió como un importante instrumento de cooperación no solo política, sino también militar, económica y tecnológica. Se creó una secretaría y consejos de Ministros, incluido el Consejo de Defensa. El Consejo de Defensa previó el avance de la industria de armas regional y el desarrollo del pensamiento estratégico, dos áreas vitales para la acción militar estadounidense en América del Sur.

El tema de la reintegración de Cuba al sistema interamericano, tema de gran sensibilidad e importancia para Estados Unidos, fue abordado inicialmente en la Conferencia Iberoamericana (1991) en la que participaron todos los países latinoamericanos, y por ende Cuba, más España y Portugal.

Luego, en 2008, Cuba fue admitida en el Grupo de Río que se había formado luego del fin del conflicto en Centroamérica (1986-1987).

En 2010, en México, una reunión presidencial de los Estados del Grupo de Río, Estados del Caribe, incluidos los anglófonos, y Cuba, creó la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). La CELAC es un organismo político que aún no ha logrado una mayor institucionalización, pero que se presenta como un potencial sustituto de la OEA para abordar temas políticos y de seguridad en toda América Latina y el Caribe.

Uno de los propósitos de Unasur fue promover la convergencia de esquemas de integración en América del Sur, a saber, el Mercosur, la Comunidad Andina y la Alianza del Pacífico.

De esta manera, se creó un vínculo formal entre los procesos de integración política y económica en América del Sur, siempre entrelazados, y la posibilidad de conformar un bloque de naciones sudamericanas.

* * *

La estrategia económica de Estados Unidos para la integración (en rigor, control) de América Latina ha sido parte de su estrategia económica global desde el inicio de la vida política del país del norte como Estado independiente, y se ha desarrollado con el tiempo a través de presiones, como las negociaciones políticas y económicas, de acuerdos bilaterales y acuerdos regionales –como el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA)– y las multilaterales en el ámbito del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por su sigla en inglés) y hoy de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Los objetivos iniciales de la estrategia económica estadounidense hacia los nuevos Estados independientes de América Latina fueron prevenir la recolonización, intentada por España con el apoyo de la Santa Alianza; enfrentarse a la tradicional presencia y competencia inglesa y fortalecer los lazos económicos, comerciales y financieros entre los nuevos Estados independientes y Estados Unidos.

Estados Unidos, entonces país proteccionista, llevó a cabo una política de acuerdos comerciales con naciones sudamericanas en la que buscaban obtener aranceles preferenciales sobre sus productos manufacturados a cambio de acceder al mercado americano de productos primarios sudamericanos.

En 1890, en la Primera Conferencia Americana, Estados Unidos presentó la propuesta de crear una zona de libre comercio continental, la cual no fue aceptada.

En el siglo XX, Brasil firmó acuerdos en los que otorgó preferencias arancelarias a las importaciones de manufacturas estadounidenses a cambio únicamente del acceso continuado del café, con arancel cero, al mercado estadounidense.

Durante la Gran Depresión (1929-1939), las relaciones económicas de los países de América del Sur con Estados Unidos y con los países europeos se vieron profundamente afectadas y las corrientes comerciales, de inversión y de financiación se redujeron considerablemente.

Después del ascenso de Adolf Hitler al poder en 1933, parte de las élites estadounidenses, y especialmente el presidente Roosevelt, se dieron cuenta gradualmente de la amenaza de hegemonía nazi en Europa y del riesgo para Estados Unidos del control por parte de Alemania de fuentes de suministro de materias primas estratégicas. Entonces Estados Unidos firmó acuerdos estratégicos de suministro de minerales con países de América del Sur para garantizar el abastecimiento de su industria, indispensable para enfrentar militarmente el desafío nazi.

La victoria estadounidense en la Segunda Guerra Mundial, el apoyo que habían recibido de los países latinoamericanos en la guerra y en la organización de las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo (BIRD), y la ayuda del Plan Marshall (1948) para los países europeos, incluidos los antiguos enemigos del Eje, generaron la expectativa en América Latina de que podrían beneficiarse del Plan Marshall, o un plan similar, para promover su desarrollo industrial.

Antes del Plan Marshall, los países de América Latina habían superado la ilusión de normalización del comercio exterior porque ya en 1947 se hizo evidente que la moneda acumulada durante la guerra no era convertible y que estaban sujetos a severas restricciones a la importación.

En 1948, ante las demandas latinoamericanas en la Conferencia de Bogotá, la respuesta de Estados Unidos fue que los países latinoamericanos deberían atraer capital privado y, para ello, mantener sus economías en orden, ganándose la confianza de los inversionistas.

En 1949, el cuarto punto (de ahí el nombre de Punto IV) del discurso inaugural del presidente Harry Truman anunció recursos para el desarrollo. La comisión mixta Brasil-Estados Unidos se organizó en 1951 para preparar proyectos de infraestructura, que fueron 41, en los sectores de transporte (66%) y energía (33%). El Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDE) de Brasil se creó para recibir los dólares que el Banco Mundial (entonces BIRF) y el Eximbank americano enviarían para tal fin, y también se creó el Fondo de Reequipamiento Económico, que era la contrapartida, en cruceros, a los dólares que llegarían. En 1953, el presidente Dwight Eisenhower puso fin unilateralmente a la participación estadounidense en la comisión conjunta, que se disolvió.

En 1958 las manifestaciones antinorteamericanas durante la visita del vicepresidente estadounidense Richard Nixon a Perú brindaron la oportunidad al presidente brasileño Juscelino Kubitschek de enviarle una carta al presidente de Estados Unidos Dwight Eisenhower en la que proponía la “operación panamericana”, cuya estrategia consistía en promover el desarrollo económico para contener la subversión política.

La Revolución Cubana llevó a Estados Unidos a crear, en 1961, la Alianza para el Progreso, un programa de financiamiento, especialmente para obras de infraestructura, que preveía la elaboración de planes nacionales de desarrollo por un monto total de 20.000 millones de dólares, para ser distribuidos en diez años entre países latinoamericanos, sin restricción a la inversión industrial extranjera.

Mientras se enfrentaba a las iniciativas de los países en desarrollo en foros multilaterales como la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por su sigla en inglés), Estados Unidos continuó con su objetivo histórico de construir una zona continental de libre comercio en la que los países latinoamericanos serían absorbidos por la economía estadounidense.

En 1994, el presidente estadounidense Bill Clinton convocó una reunión de los “países democráticos” de las Américas en Miami. En el encuentro, Estados Unidos lanzó la Iniciativa para las Américas, un ambicioso programa económico y social en las áreas de educación, salud, infraestructura, combate a la pobreza, etc., cuyo eje fue la negociación de un área de libre comercio, el ALCA, que se implementaría en diez años.

Luego de cuatro cumbres de las Américas, decenas de reuniones de ministros de Comercio y grupos técnicos, en parte por la decisión estadounidense de no negociar los temas de defensa comercial y agricultura y en parte por la reacción popular contra el ALCA en varios países, se suspendieron las negociaciones. En la Cumbre de Mar del Plata, Argentina, en 2005, ante la oposición de los presidentes Lula, Chávez y Kirchner, se cerraron las negociaciones del ALCA.

Estados Unidos, derrotado en su estrategia multilateral-regional ALCA, comenzó a implementar una política de hub y radios, es decir, la creación de un sistema de acuerdos que tiene un centro (hoy, Estados Unidos) y radios (acuerdos bilaterales de Estados Unidos con países individuales de la región).

La Alianza del Pacífico, creada en 2012, en la que participan Chile, México, Perú, Colombia y Costa Rica, agrupa a países que han suscripto tratados de libre comercio con Estados Unidos. La Alianza es parte de la estrategia estadounidense para, por etapas, crear un área de libre comercio en las Américas.

Queda, sin embargo, a los estrategas norteamericanos superar la resistencia del área económica más importante de América del Sur, el Mercosur, que corresponde a más del 64% de la economía suramericana, la zona más industrializada y con mayor y mercados diversificados, para integrarse total e irrestrictamente con la economía estadounidense. Ahora lo están logrando, por eso es potencialmente estratégico brindar la respuesta a la pregunta por qué Patria Grande.

* * *

La estrategia latinoamericana de integración económica tenía los siguientes principios: la promoción del desarrollo industrial, con la acción complementaria del Estado; la integración económica con los Estados vecinos de la región y una acción política afirmativa para exigir ayuda económica y financiera de los países desarrollados y condiciones especiales en los acuerdos comerciales internacionales.

Sin embargo, el recuerdo de la guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay, los conflictos entre Ecuador y Perú, la guerra de Paraguay, la guerra entre Chile, Bolivia y Perú, y de las disputas entre la Argentina y Chile mantuvo resentimientos y sospechas, lo que dificultó la ejecución de cualquier proyecto de integración.

Perón, que asume la presidencia en 1946, lanzó, antes de la Conferencia de Bandung (1954), la idea de la Tercera Posición que se traducía en política exterior en América Latina en una geopolítica del continentalismo, como muy bien lo explica contundentemente Miguel Barrios. En un momento de alineamientos incondicionales de la Guerra Fría, esta posición de independencia del general Perón ganó una gran antipatía por parte de Estados Unidos, que provenía de la posición de neutralidad de la Argentina en la Segunda Guerra Mundial.

En 1953 se impulsó a instancia de Perón el Nuevo ABC conformado por la Argentina, Brasil y Chile, integrado además por el presidente brasileño Getúlio Vargas, y el chileno Carlos Ibáñez del Campo. Fue la gran oportunidad de generar un punto de partida de integración político-económica, pero las fuerzas del imperialismo, interna y externa, en cada uno de los países lo boicotearon de manera tal que no se pudo concretar.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo económico y tecnológico de Estados Unidos, el éxito de la planificación y la industrialización en la Unión Soviética, las iniciativas europeas para la formación de un mercado común basado en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) y el Tratado de Roma provocaron una reflexión sobre el subdesarrollo de América Latina en relación con Estados Unidos y los países europeos, que tuvo lugar en la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), creada en 1948.

Según la CEPAL, la estrategia para superar el subdesarrollo de América Latina radica en la industrialización, en la expansión de los mercados internos, además de la reforma agraria, la reforma tributaria y la construcción de infraestructura de transporte y energía.

Sin embargo, debido al reducido tamaño de los mercados, el éxito de la industrialización hizo necesaria la integración económica y la distribución de las inversiones industriales en los territorios de los diferentes Estados.

En 1960 se creó la primera entidad de integración regional, la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), con objetivos puramente comerciales, a ser implementada en doce años. Pero la ALALC fracasó debido al método de su programa de desgravación arancelaria. Los programas nacionales de industrialización por sustitución de importaciones, las dificultades de la balanza de pagos y las crisis petroleras de 1973 y 1979 llevaron a los países de la ALALC a transformarla, en 1980, en la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI).

La ALADI, a pesar de proporcionar una preferencia arancelaria regional, es, en realidad, un conjunto de acuerdos bilaterales de preferencias arancelarias no extensivas, no lineales, no automáticas, no progresivas.

La redemocratización en la Argentina, en 1984, y en Brasil, en 1985, llevó a los presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney a buscar establecer lazos de cooperación que redujeran los resentimientos entre los dos países y fortalecieran sus respectivos gobiernos.

En 1985, la reunión de Sarney y Alfonsín inició las negociaciones que conducirían a la firma en 1986 del Programa de Integración y Cooperación Económica (PICE) y en 1988 del Tratado de Integración Brasil-Argentina.

Los presidentes Carlos Saúl Menem y Fernando Collor de Melo decidieron transformar el esquema de integración bilateral Brasil-Argentina en una unión aduanera, que incluiría a Paraguay y Uruguay, como instrumento auxiliar de sus políticas neoliberales que tenían la liberalización comercial como un aspecto importante.

En 1991 el Tratado de Asunción creó el Mercado Común del Sur (Mercosur), basado en una unión aduanera que se implementaría mediante un programa de desgravación arancelaria automática y lineal.

En 1988, la elección de Gert Rosenthal como secretario ejecutivo de la CEPAL, quien ocupó un largo período de 1988 a 1997, fue decisiva para la reorientación del trabajo del organismo. Surgieron la teoría del regionalismo abierto y la del desarrollo con equidad, elaboradas por técnicos de la CEPAL, bajo la dirección de Rosenthal. La teoría del regionalismo abierto pretendía justificar la negociación de tratados de libre comercio del Mercosur con otros bloques y países, lo que permitiría la inclusión del Mercosur en el ALCA y, por tanto, lógicamente conduciría a su disolución. La teoría del desarrollo con equidad serviría para reorientar las políticas de desarrollo económico para priorizar los desafíos de disparidades, pobreza, salud y educación y reducir el énfasis en el desarrollo físico de la infraestructura y la industria.

La elección de gobiernos progresistas (Lula da Silva 2003-2010, Néstor Kirchner 2003-2007, Tabaré Vázquez 2005-2010, Fernando Lugo 2008-2012) condujo al fortalecimiento del Mercosur, con la creación de mecanismos como el Fondo de Convergencia Estructural del Mercosur (Focem), la realización de reuniones especializadas de ministros en diferentes áreas, la creación de organizaciones de cooperación –como el Foro Universitario Mercosur (Fomerco) y Mercociudades– y la firma de varios convenios.

El Mercosur se expandió en direcciones políticas y sociales insospechadas por sus promotores iniciales a través de la cooperación en diversas áreas y la creación de entidades. La multiplicidad de intereses y actividades en un Mercosur ampliado se convirtió en un obstáculo para el avance de la política estadounidense de integrar (absorber) las economías de los países miembros en la economía norteamericana.

Esta nueva situación ha hecho que el Mercosur sea objeto de una sistemática campaña adversa por parte de la prensa y los círculos proamericanos de los países que lo integran, que están a favor de acuerdos de libre comercio entre el Mercosur y países aislados con bloques y países. La prensa lo presenta como un bloque formado por economías estancadas, con poco comercio entre sí y con el mundo, aislado de las cadenas productivas globales, tecnológicamente atrasado, integrado por países “enemigos” de Estados Unidos, como Argentina y Venezuela, a diferencia de la Alianza del Pacífico, “moderna y dinámica”, que es en realidad una alianza de países con escaso comercio entre sí y con una pequeña dimensión económica, a excepción de México, una economía peculiar por su integración con la economía norteamericana.

Las políticas económicas en términos de comercio y desarrollo son muy diferentes entre los países latinoamericanos que firmaron tratados de libre comercio con Estados Unidos por un lado y los países del Mercosur por otro. Esta diferencia hace prácticamente imposible un proyecto de integración a nivel de América Latina en su conjunto (o América del Sur). Este hecho, sin embargo, no impide la cooperación económica y política, especialmente en la construcción de infraestructura regional, que es fundamental para la integración de sus mercados y el desarrollo de cada economía del bloque, y en muchos temas como el medio ambiente.

* * *

El desafío más grande, complejo y auspicioso para la política económica interna y externa de los países de América Latina y especialmente para los de América del Sur y el Mercosur es el surgimiento de China, que podría convertirse en la mayor potencia de la economía mundial en las próximas décadas.

La política económica exterior de China (similar a la estadounidense) tiene como objetivo importante garantizar el acceso a fuentes de materias primas minerales, energéticas y agrícolas en todo el mundo, especialmente en África y América Latina.

Debido al importante aumento de los ingresos, el incremento de la población urbana y la firme política de reducción de la pobreza, la demanda china de alimentos seguirá creciendo por encima de la oferta interna, a pesar del esfuerzo por ampliar la producción nacional de alimentos para el consumo de la población. La demanda china de productos primarios tiene un impacto directo en la economía del Mercosur, especialmente para Brasil.

Un segundo aspecto de la política económica exterior de China es la incesante búsqueda de mercados para sus manufacturas, que inicialmente se produjo en el ámbito de los bienes de consumo más simples, pero que hoy abarca toda la gama de bienes industriales, incluidos los bienes de capital sofisticados.

Los países del Mercosur se caracterizan por la disparidad extrema en territorio, población, recursos naturales y producción, la importante producción y exportación de productos agrícolas (y en el caso de Brasil también minerales y cada vez más petróleo), el gran potencial para expandir la producción agrícola, los parques industriales menos integrados, menos sofisticados y menos competitivos que los de los países capitalistas desarrollados y China; la capacidad de generación de pequeña tecnología, la presencia grande y no regulada de megaempresas multinacionales en sus economías, incluida su agenda de exportaciones; el alto grado de urbanización en sus sociedades, excepto Paraguay, y las disparidades extremas de ingresos, con la excepción de Uruguay.

El impacto del surgimiento de China, que en muy poco tiempo se convirtió en el principal socio comercial de la Argentina y Brasil, el segundo de Uruguay y Paraguay y uno de los mayores socios comerciales de cada país de América Latina, ha sido doble. Por un lado, la demanda china contribuye a mantener la actividad económica en el Mercosur y, por otro, genera una entrada de divisas que contribuye a valorar las monedas locales, estimulando las importaciones, desalentando las exportaciones, “desintegrando” las cadenas productivas industriales locales y fomentando el gasto en rubros como remesas de utilidades.

La demanda externa de productos primarios estimula la inversión, tanto interna como externa, en la agricultura y la minería, y desalienta las inversiones en el frágil sector industrial, que se vuelve menos rentable.

La relativa escasez de oportunidades de inversión en las economías desarrolladas hace atractiva la adquisición de empresas en los países del Mercosur, lo que profundiza la desnacionalización de sus economías. Estas inversiones pueden generar dificultades en la balanza de pagos, ya que las empresas extranjeras invierten en sectores que no generan divisas, pero que las demandarán para futuras remesas de utilidades a sus accionistas en el exterior.

El debilitamiento de los sectores industriales en los países del Mercosur como consecuencia de la penetración de las exportaciones chinas, europeas y americanas hará que sus Estados miembros pierdan mercados para sus productos industriales en los países del bloque, y por ende su importancia en la agenda de comercio exterior de cada país del bloque se reducirá.

Como el principal eslabón del proceso de integración es el comercio industrial (y no el de productos agrícolas o minerales), el Mercosur sería cada vez menos relevante para la Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, y se disolvería, como sucedió en el pasado con otros esquemas de integración en América del Sur.

La principal característica del Mercosur son las asimetrías. Cuando se creó, agrupaba a cuatro Estados igualmente soberanos, pero profundamente desiguales en cuanto a territorio, población, producción y situación social. Uruguay y Paraguay son países de pequeño territorio (176.000 km² y 407.000 km²), con una población pequeña (3.500.000 y 7.000.000) y parques industriales pequeños y poco diversificados. Son países importadores de productos industriales y, por tanto, practicaban aranceles bajos antes de la creación del Mercosur. Hoy pagan al TEC (tarifa externa común del Mercosur) las importaciones de fuera del Mercosur y no abonan nada por las importaciones de bienes de otros miembros del organismo, es decir, de la Argentina y Brasil. Actualmente les interesa tener aranceles bajos, o incluso nulos, para las importaciones de cualquier país del mundo.

Así, favorecen (la situación en Paraguay es muy especial y diferente de la de Uruguay, incluso debido a Itaipú Binacional) la negociación del Mercosur de tratados de libre comercio con bloques o países y la libertad de negociación individual de cada miembro, manteniendo la zona de libre comercio entre los cuatro países.

En el ámbito económico, las regiones que están mejor dotadas de infraestructura, capital humano, recursos naturales y un mercado más amplio tienden a ejercer mayor atracción sobre las inversiones productivas. Esta concentración de inversiones conduce al surgimiento de empresas más grandes. Las empresas más grandes tienden a tener ventajas competitivas y a adquirir o excluir del mercado a las más pequeñas. De esta manera, se generan desequilibrios comerciales, con efectos económicos, entre las regiones, que a su vez generan tensiones políticas que resultan de la presión sobre sus gobiernos de las fuerzas económicas dañadas, para proteger el empleo y las ganancias.

Estos desequilibrios, que provocan tensiones políticas, pueden disminuirse si se reducen las asimetrías y deficiencias de infraestructura entre regiones y Estados, lo que haría que las fuerzas de atracción de inversiones fueran menos desiguales entre regiones.

Existe un tema crucial para el futuro del Mercosur, derivado de las asimetrías y del objetivo supremo de promover un desarrollo económico y social equilibrado de los cuatro Estados para preservar su unión y profundizarla. La implementación del Tratado de Asunción, al no tomar en cuenta las diferencias entre países y el impacto económico y político de las dislocaciones económicas provocadas por la eliminación de aranceles, generó todo tipo de tensiones y tendencias centrífugas, especialmente en los Estados menores e incluso en Estados más grandes, de grupos e intereses que comienzan a defender el regionalismo abierto.

La supervivencia y eficiencia del Mercosur como instrumento para el desarrollo de los Estados miembros dependen de su transformación en una agencia de desarrollo regional.

La transformación del Mercosur de una simple unión aduanera y un área de libre comercio imperfecta en un organismo que promueva el desarrollo regional equilibrado y armónico de los cuatro Estados, lo que significa la eliminación paulatina de asimetrías y la construcción paulatina de una legislación común, requeriría lo siguiente:

1 mantenimiento del TEC como instrumento esencial de la Unión Aduanera;

2 fortalecimiento organizativo, financiero y técnico de la Secretaría del Mercosur;

3 expansión significativa del Focem, que incentivaría la participación de las economías más pequeñas y compensaría las desventajas comerciales;

4 trato comercial preferencial en los Estados más grandes para los más pequeños, única vía para permitir su industrialización;

5 acuerdos de cooperación tecnológica para abordar la creciente brecha tecnológica entre las economías altamente desarrolladas y el Mercosur;

6 constitución de fondos comunes, con recursos adecuados, en cada área de integración, reconociendo asimetrías en los aportes y en la asignación de recursos;

7 firma de acuerdos comerciales organizados en sectores industriales relevantes, similares al acuerdo automotor, teniendo en cuenta la importante presencia de megaempresas multinacionales en la producción y el comercio intrarregional del Mercosur;

8 creación de mecanismos que eviten la “desorganización de los mercados nacionales” y, al mismo tiempo, eviten el desvío del comercio a favor de países no miembros del Mercosur;

9 fácil acceso de las empresas de capital nacional, con sede en los cuatro Estados, a los organismos nacionales de financiamiento de cualquiera de los cuatro Estados;

10 armonización de la legislación de los cuatro Estados en todos los ámbitos de la integración, y

11 desarrollo de la conciencia comunitaria y cultural en el territorio del Mercosur (en el los dos primeros capítulos de este libro se encuentra explicado y desarrollado la identidad cultural y educativa de la Patria Grande con una sorprendente erudición).

Paralelamente a la transformación del Mercosur en una agencia de desarrollo regional, la firma de acuerdos de comercio e inversión con China (y con otros países) sería de suma importancia para el procesamiento industrial de las materias primas que actualmente en los países miembros exportan juntos, con garantías de acceso al mercado chino (y otros países) en sistemas de cuotas.

Esta política de acuerdos con China (y con otros países) estaría perfectamente alineada con el objetivo de desarrollar la economía brasileña y la de los demás países del Mercosur, que es crear la capacidad para transformar sus recursos naturales para agregar valor a la producción, generar más y mejores empleos, elevar su nivel tecnológico e integrar verticalmente los distintos sectores de sus economías.

Sería de gran importancia concertar acuerdos conjuntos de investigación tecnológica entre las principales instituciones brasileñas (y las del Mercosur) con homólogas chinas más avanzadas en áreas de especial interés común.

Si no se toman estas medidas y si no hay un compromiso firme por parte de los presidentes de cada Estado miembro, el Mercosur podrá sobrevivir, pero siempre lo hará cojeando y no se transformará en un bloque de Estados capaces de defender y promover con éxito sus intereses en este mundo de transformaciones y crisis.

El futuro del desenvolvimiento y la integración de América del Sur y el Mercosur se enfrenta al desafío que presentan las economías capitalistas desarrolladas que están tratando de recuperarse de la crisis económica y de salud, y apostar por un enfrentamiento económico político con China (y Rusia) bajo liderazgo estadounidense con todas sus implicaciones de alineación para los Estados subdesarrollados, incluido Brasil.

Pero, sobre todo, el futuro del Mercosur se enfrenta al desafío de superar la hegemonía sofocante del pensamiento neoliberal en sus sociedades, que acepta como destino el mediocre desarrollo económico, social y político de sus países.

El progreso de la integración en América Latina (y el Sur) tendrá que esperar el control de la pandemia, el regreso a la actividad económica normal, la política del presidente Joe Biden hacia la región y un futuro gobierno brasileño a partir de 2023.

Brasilia, agosto de 2021

CAPÍTULO 1
Aproximaciones a una filosofía de la historia de la Patria Grande
Hacia una definición de “pueblo”

El neoliberalismo es una subetapa de la globalización que en verdad es un proceso histórico multidimensional que se inició en el siglo XV. Como decíamos, el neoliberalismo como subetapa de la globalización en los últimos diez años fue ideologizando la interpretación de la evolución del sistema-mundo en izquierda y derecha, o sistema o antisistema.

Hasta el propio Mercosur se encuentra ante la disyuntiva de decidir si es un bloque de libre comercio o un mercado común. Si se trata de un bloque de libre comercio, el Mercosur no tiene ninguna posibilidad de soberanía en el mundo de la pandemia y pospandemia.

Por eso creemos necesario rediscutir desde el punto de vista político-filosófico de qué se trata la Patria Grande y asumirla a partir de la dinámica histórica, entendiéndola como el espacio continental desde México a Tierra del Fuego que identificara en 1901 el socialista católico argentino Manuel Ugarte. Para ello comenzaremos por hablar del pueblo que, aunque parece lo más abstracto, es una realidad muy concreta.

¿Dónde estudiar al pueblo? ¿Dónde se estudia esta realidad?

El único lugar donde hay pueblos es la historia. Solo en la historia podemos verificar los elementos que tiene el pueblo. Por eso, buscar qué es el pueblo no es concretar una definición, sino más bien abrir cierta reflexión sobre la historia.

El concepto de pueblo adquiere y posee diferentes contenidos en los diversos países y en los distintos períodos de la historia, hasta en un mismo país. Porque el pueblo es una realidad eminentemente dinámica e histórica.

En general, nuestra formación, las historias que hemos estudiado, tienden a hacernos creer que los grandes personajes hicieron la historia cuando, en verdad, son los pueblos los que la hacen; ellos son los sujetos activos de la historia. En ese sentido, esta es el proceso de lucha, de esfuerzo de los pueblos por ser sujetos activos de su propia historia y copartícipes, como sujetos también, en la historia universal.

La historia universal sería el camino hacia la unidad de todos los pueblos, adonde cada uno quiere llegar con su personalidad cultural para aportarla en la integración universal. Y si, de alguna manera, la historia es una larga lucha de los pueblos para lograr estar integrados como tales en el concierto de las naciones –y esto es uno de los aspectos fundamentales de lo que llamamos liberación de los pueblos– es porque hay pueblos que intentan incorporar a otros a la historia como objetos, como instrumentos. Los pueblos luchan para ser sujetos, es decir, por ser libres. Esta idea fuerza nos conduce al problema de la capacidad de hacer historia.

El hombre hace la historia desde la razón. Pero si nos encerramos en una visión iluminista, se podrán sostener particularmente solo los pueblos de Occidente en su versión europea o norteamericana, que postulan que tienen historia únicamente los que poseen ciencia positiva racional. Por lo tanto, desde esta lógica, solo conducen la historia los avanzados científicamente, los “pueblos sujetos” frente a los “pueblos objetos”. Los otros, los “primitivos” ya que los primeros serían los “civilizados”, son los “pueblos objetos” incorporados a la historia por los “civilizados”. Y si los “pueblos objetos” no aceptan la interpretación histórica de estos “pueblos sujetos” por la razón, tendrán que aceptarla por la fuerza, que es lo que ha sucedido en la historia.

Desde el punto de vista cristiano, nuestra concepción es la del derecho natural: todos los pueblos poseen racionalidad.

El pueblo posee una honda vivencia de la realidad y esta honda vivencia es la que produce valores. La expresión de esta sabiduría, de esta conciencia directa, es más bien una toma de posición o una forma de praxis. Por ejemplo, solo el que ha sufrido la injusticia valora en profundidad la justicia. En esta praxis, concebimos los pueblos como movimientos históricos para ser libres. Porque en esencia los pueblos anhelan ser libres.

Por lo tanto, un pueblo puede no tener ciencia, pero tiene conciencia, que es un modo fundamental de llevar la historia. Esta conciencia es, básicamente, la cultura. En la experiencia de la vida es donde asume valores: tiene valores.

Teniendo en claro lo antedicho, afirmamos que el pueblo es un todo nacional. Pueblo somos todos. Todos los que tienen la capacidad de trabajar la tierra, de relacionarse y de sentir que hay que alejar la muerte y la soledad. Es decir, todos aquellos que se cultivan asociativamente. Somos todos; pero también son pueblos los sectores. Todo es el pueblo. Y primordialmente, los pobres.

Por su propia condición, el pobre busca la justicia, que es el fin de la historia, que es donde el pueblo es sujeto. Por eso, el pueblo es aquel que, por no tenerla, por su propia situación existencial, afirma que la sociedad se encamina hacia lo justo. Por aquí pasa, originaria aunque no exclusivamente, la historia.

Las élites, los líderes, los sectores medios y altos, también son pueblo, pero en la medida, diríamos, en que saben ser pobres, es decir, comprometiéndose con el destino de la Nación y de los sectores más populares de ese todo, que es el Pueblo.

Pueblo, también, es un todo temporal. No es solo la actual situación; es un proceso de tiempo que se condensa en el hoy, en el nosotros.

Entonces, el elemento determinante de la nación no es el hoy geográfico, ni el hoy histórico, sino la unidad de pueblo, cuyo factor específico es la cultura. Lo que une al pueblo en el tiempo y en el espacio es la cultura, que va continuamente elaborando, que es y que viene de la historia, que se vive y que se sigue transmitiendo a las generaciones futuras.

En ese sentido, un pueblo-nación es una comunidad de hombres reunidos sobre la base de la participación en una misma cultura, en un mismo estilo cultural.

El positivismo nos hizo creer que la cultura consiste en creaciones individuales, cuando en verdad es producto de toda una comunidad. Es un pueblo el que realiza valores. El ethos, el estilo cultural, es el que reúne el pueblo y lo constituye.

En el centro de esa conciencia cultural está la decisión política de ser: de defender los propios valores, de querer constituirse como pueblo y, por lo tanto, incorporarse a la cultura universal con su propia idiosincrasia, con su propio estilo, con su ethos cultural.

La conciencia histórica es el requisito ineludible para adquirir una conciencia nacional.

La soberanía solo se logra con una identidad cultural sólida y, en su dimensión más profunda, la espiritualidad cristiana o evangelización constituyente que forjó a la Patria Grande mestiza, católica y barroca.

Ahora abordaremos, a partir de lo dicho, al hombre en la historia.

El hombre en la historia

Abordaremos las ideas centrales de Carlos Galli (1996: 135) sobre una teología de la historia, ya que como católicos entendemos a la historia desde la teología. El punto de partida es la visión cristiana del tiempo, ya que la historia es el tiempo propio del hombre. El tiempo es la medida del movimiento de los seres que se realizan en instantes sucesivos.

La historia es el tiempo del hombre, la medida de su duración temporal, que lo cualifica como ser histórico. El ser humano es un ser compuesto situado en la frontera de dos mundos, que participa por su corporalidad de la sucesión y del tiempo, y que por espiritualidad es capaz de ir más allá del instante presente.

La historia surge de la capacidad humana de abarcar todo el tiempo desde el presente. Es fruto de la conjunción de la vida temporal propia del ser corporal y de la vida espiritual, propia del ser personal. Ella mide la actividad del hombre que da un sentido humano al mundo. Su objeto es la humanización y perfección de la naturaleza y del hombre mismo, lo que llamamos cultura, cuyo agente y término es el hombre.

Para la doctrina social de la Iglesia, los hechos históricos son signos de los tiempos porque en el lenguaje de la acción representan tendencias universales e interrogantes profundos del hombre.

Los seres humanos hacen la historia por la actividad temporal de su libertad. Una actividad es histórica en la medida en que es un movimiento colectivo del que muchos participan, activa o pasivamente. El sujeto más propio de la historia es el sujeto colectivo, las comunidades humanas, desde la familia a los pueblos. La historia es, entonces, el movimiento de las grandes colectividades humanas que configuran sus historias particulares y, en el límite, de la humanidad entera que se realiza en la historia universal.

Cuanta más repercusión pública tiene un sujeto o un hecho, más carácter histórico tiene.

La historia es acción de comunidades o de personas que por su trascendencia colectiva merecen el nombre de sujetos históricos. Sujetos de la historia son los pueblos y las personas en los pueblos. Estos, sujetos de su cultura y de sus historias nacionales, tienen mayor o menor gravitación en el curso de la historia mundial. Realizaciones parciales, diversas y complementarias del único género humano, ellos integran la comunidad internacional y son protagonistas de la historia universal.

En la historia conviven muchos sujetos, individuales y colectivos, de menor y de mayor magnitud, en la unidad de la naturaleza humana. La humanidad es una “unidad plural”, en la que se interpenetran muchos sujetos históricos.

La cuestión de si hay “una” historia universal o solo una superposición de “muchas” historias particulares es difícil. Desde el punto de vista táctico, la historia se va haciendo cada vez más universal, se va abriendo gradualmente a su universalidad.

La aceleración y la universalización llevan a una interdependencia mayor entre la historia nacional y la historia mundial.

Nuestro continente –es decir, la Patria Grande– ha gravitado en el proceso de universalización de la historia del mundo y de la Iglesia. La aparición de América en la historia hace descubrir, por primera vez, el mundo en su totalidad.

Solo desde el final se percibe el conjunto y solo desde el último continente ocupado se revela el curso de la historia.

La Patria Grande ha surgido con América, trae la novedad de una geografía divida en Viejo y Nuevo Mundo, que separa los espacios del globo y da a luz a la ecúmene mundial, la novedad de un nuevo evo que se distingue del antiguo por mediación del evo medio que divide las épocas de la historia universal y da origen a la modernidad.

América Latina está marcada por esta nueva conciencia universal por ser uno de los primeros pueblos nuevos surgidos de la expansión europea al comenzar la unificación del mundo en el espacio y en el tiempo que ahora ingresa a su etapa decisiva. En el alba de la modernidad expresó una primera ecúmene universal de pueblos en el horizonte cultural del catolicismo.

Una reflexión teológica sobre la universalidad de la historia debe distinguir diversos niveles. Paul Ricœur (1986: 99-114) diferencia el plano de la civilización universal, con los instrumentos científicos y técnicos que permiten la modernización y el desarrollo, cada vez más planetario, y el plano de las culturas particulares, con su acervo propio de valores y símbolos, con sus tradiciones, manifestación y lenguajes típicos. La lectura de los acontecimientos debe corresponderse con los dos planos: el del progreso que abarca el mundo instrumental, cuyos logros son acumulativos y van conformando una historia singular de la civilización, y el de la ambigüedad que afecta a las culturas como unidades de memoria y de proyectos, ubicados en el nivel de los fines, distinto y más profundo del anterior centrado en los medios.

A diferencia del plano del progreso, con su visión lineal, este plano de las civilizaciones particulares que nacen, crecen, pasan por crisis y pueden morir lleva a una visión cíclica de la historia. Si la historia es una en su progreso racional, es múltiple en su dramática cultural, pues abarca civilizaciones, períodos y corrientes distintas.

El creyente discierne un tercer plano, el del misterio de la historia, que supera el absurdo aparecer del devenir y unifica la historia universal desde su término escatológico, dándole su sentido último y fundando la esperanza.

Hoy se cruzan procesos opuestos de globalización y fragmentación, de unificación de la civilización y diversificación de las culturas, a punto tal que la conciliación de la unidad del mundo y de la diversidad de los mundos, del universalismo planetario y de las singularidades de las culturas parece ser el problema crucial de fin de siglo.

Un hombre que se acentúa porque la planetarización se expande desde el plano de los instrumentos del desarrollo (económicos, tecnológicos, comunicacionales, informáticos) hacia el nivel de las instituciones políticas y económicas (democracia, libre mercado, e incluso al de los valores como la libertad, participación) y los disvalores ético-culturales (secularismo, consumismo).

La problemática de la cultura

Una cultura es la expresión de una particularidad histórica. Su cultura le ofrece a cada individuo una forma de vida, por y en la que se configura su existencia personal y en cuyo contexto puede construirse su destino de manera colectiva. Por lo tanto, la ventaja de esta forma de vida es que le proporciona un arraigo, lo liga a un modo de entender y de ver el mundo.

Teniendo en cuenta la historia de América Latina es muy importante analizar cómo han entrado en contacto las culturas y como se han conducido, comunicado o incomunicado o han llegado a fuertes conflictos. Estos mecanismos se podrían agrupar en cuatro (Monserrat, 1986: 21), a saber:

1 Aislacionismo-centrismo: el primer grupo enfrenta la tentación del centrismo cultural junto con la del aislacionismo cultural. Centrismo se enfrenta a aislacionismo. ¿Qué quiere decir centrismo y qué quiere decir aislacionismo? En el fondo, centrismo cultural se puede resumir en la vieja expresión que alinea a los civilizados versus los bárbaros. El civilizado, naturalmente siempre es uno; los bárbaros son los otros. Así, uno podría ir buscando en la historia universal, en la historia de las relaciones culturales, muchos ejemplos que consisten, básicamente, en considerar la propia cultura como central, o el paradigma a las que otras culturas deben adaptarse o asemejarse. Frente a esta tentación centrista aparece una tentación antagónica: la del aislacionismo cultural, de la cual también se pueden ver ejemplos interesantes. Es antagónica esta tentación porque muy frecuentemente, frente a quienes se consideran en el centro, hay otros que se aíslan en su propia cultura y no quieren saber nada de ningún contacto. Pongamos un ejemplo argentino: el de la generación del 80, un sector de la cultura argentina que se aísla de otra, que rechaza a la otra.

2 Totalismo-particularismo: ¿qué quiere decir que la cultura tenga una tentación de totalitarismo? Que esa cultura se presente o sea percibida como un todo homogéneo. La cultura sería percibida como una totalidad uniforme y estática. Aquí también son los ejemplos numerosos en América Latina, que es percibida muchas veces por quienes no son latinoamericanos y algunas veces también por los que somos latinoamericanos como una realidad única, sin matices, sin distinciones. Frente a esta tentación totalista, o sea de creer que todo es igual dentro de un área cultural, surge la tentación del particularismo cultural, o sea, creer que una cultura posee ciertas características propias, casi mesiánicas. Habría ciertas culturas incluso que, según esta tentación, por sus características tendrían casi como una suerte de destino manifiesto en el sentido político: estarían llamadas a una misión específica.

3 Incomunicabilidad-crecimiento lineal: ¿qué es esto de la tentación de la incomunicabilidad cultural? Muchas veces ha existido la idea de que la cultura son formas que no pueden comunicarse entre sí, que no pueden transmitirse entre sí sus contenidos; cada una de ellas es una cultura con formas de vida que no se pueden comunicar. En el fondo, todas las culturas tienen formas de desarrollos iguales, son no una única cultura, pero si uno conoce ciertas leyes o ciertas tendencias de leyes de crecimiento cultural, en el fondo conoce a todas. En el crecimiento lineal también reside un peligro bastante grande porque no existen leyes deterministas de crecimiento y desarrollo exactamente iguales una de otras, todo proceso histórico es distinto al resto; por lo tanto las conclusiones que conducen a la idea de que haya un desarrollo lineal unívoco de la cultura puede conducirnos a equivocaciones.

4 Plenitud cultural-imposible identidad cultural: ¿qué es esto de la tentación de la plenitud cultural? Está muy emparentada con algunos de los anteriores aspectos, y es creer que una cultura puede encarnar en sí misma un modelo de plenitud completo, que sirva de ejemplo prácticamente para el resto de la humanidad como modelo. En los modelos totalitarios hay cierta tendencia a esto, como en la Alemania nazi. ¿Cuál era la tentación? Hemos encontrado una forma de ciencia, una forma de cultura, que es la verdad; luego esta verdad debe imponerse sobre el resto. Esta es la única verdad cultural en este terreno, es el modelo, y se trataba de crear un modelo único. Frente a esta tentación de crear un modelo, además de un modelo único, autoimpuesto o impuesto, aparece una tentación totalmente contraria: la de creer, una tentación muy curiosa, que se da cuando una cultura se pone a pensar que nunca va a encontrar su identidad, como si una cultura estuviese torturada por la idea constante de que le resulta imposible identificarse a sí misma y expresarse a sí misma. En el caso de la Argentina, esta idea sería la siguiente: la cultura argentina no existe o si existe no se sabe cuál es, porque en realidad, como somos un país regional, o de formación inmigratoria, no se ha podido desarrollar culturalmente, tal como otros lo han hecho.

Pueblo y cultura

Hemos visto que el pueblo es una realidad eminentemente dinámica e histórica. En este sentido, Juan Pablo II ha hecho de la cultura un tema central de su magisterio y desarrollado un concepto antropológico de ella, sostenido en la dignidad del hombre pensado a partir de su ser sujeto, tanto individual (la persona) como colectivo (la nación) (cf. discurso de Juan Pablo II en la ONU, 1979, y en la Unesco, 1980. Para los principales textos citados en este apartado, cf. Consejo Católico para la Cultura, 1991).

También el Documento de Puebla, de 1979, contiene un desarrollo antropológico acerca de la cultura, convierte la evangelización de la cultura en la opción pastoral de la Iglesia de América Latina, asumiendo la línea del papa Pablo VI como evangelización de la cultura en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (1975).

A partir de los documentos citados, los principales interrogantes acerca de la cultura latinoamericana podrían resumirse en tres grandes núcleos de cuestiones que desarrollaremos a continuación.

¿Una o múltiples? Es cuestión discutida si la cultura latinoamericana es una o múltiple. Entre la homogeneidad férrea de una cultura y la total heterogeneidad de varias culturas, nos sentimos afines al reconocimiento de una unidad plural, que afirma tanto la totalidad como la unidad de esta comunidad continental, como la particularidad y diversidad de sus distintos pueblos y Estados.

Admitiendo todas las diferencias regionales, nacionales o locales, reconocemos que en esta originalidad histórica, cultural, que llamamos América Latina, existen factores históricos (el pasado común y la problemática presente), lingüísticos, culturales y religiosos que le otorgan la unidad espiritual que subsiste, pese a la ulterior división en Estados.

El núcleo ético-religioso, en nuestra opinión, es el factor más coercionante en la vida del pueblo. De ahí que la clave de la unidad latinoamericana sea básicamente cultural, situándose en un nivel más hondo que engloba los constituyentes geográficos, raciales, económicos, políticos y tecnológicos. Con el andar del tiempo surge una nacionalidad continental a partir del mestizaje que lleva a Manuel Ugarte, a principios del siglo XX, a hablar de la Patria Grande. Sin embargo, nuestro subcontinente no ha logrado que sus vínculos espirituales y afectivos se traduzcan en efectiva integración. Necesitamos que las comunes raíces espirituales e históricas ayuden a la integración económica y política.

Si el sentido de Patria Grande pertenece a nuestro pasado y configura desde la memoria histórica la integración futura, ese sentido debe promover nuestra identidad cultural como vocación y proyecto para construir la “nación de naciones” que soñó Simón Bolívar.

¿Tradicional o moderna? Otras de las discusiones habituales surge de querer tipificar América Latina a partir de la oposición polar entre la sociedad tradicional y la sociedad moderna. El debate se abre al plantearse la cuestión acerca del origen de Nuestra América, sea que lo sitúen antes del siglo XVI como hacen los indigenistas, en el siglo XVI como hacen los hispanistas o en el siglo XIX como hacen los ilustrados. El nacimiento es crucial en la construcción de toda identidad.

El tema fue planteado con crudeza por cierta “sociología de la modernización”, que veía el subdesarrollo latinoamericano ligado con la cultura tradicional religiosa del pueblo, y llamaban a una conversión al paradigma modernizante y secularizante de la tecnociencia. Lógicamente, esta visión cuestionaba la función del catolicismo en la cultura de América Latina. Desde una visión inversa, el Documento de Puebla cuestiona el racionalismo de las ideologías dominantes y reduccionistas tanto del liberalismo como del colectivismo marxista. A partir de ese enfoque se instalan entre nosotros el debate acerca de lo originario y de lo moderno en la cultura de América Latina y el desafío de una nueva síntesis vital entre universos culturales diversos y complementarios.

El verdadero concepto de modernidad tiene que ver con la fidelidad de un pueblo a su identidad. Así lo expresan las palabras de Octavio Paz al recibir el premio Nobel de literatura:

Y en ese aparte del mundo que es la mía, América Latina, y especialmente en México, mi patria, ¿alcanzaremos el fin de la verdadera modernidad, que no es únicamente democracia política, prosperidad económica y justicia social, sino reconciliación con nuestra tradición y con nosotros mismos? (Paz, 1990: 9)

¿Occidental o sureña? América Latina tiene una fisonomía particular, en virtud de una doble pertenencia: por un lado, integra culturalmente el mundo occidental moderno; por otro, es parte del sur del mundo, ecúmene del subdesarrollo y la pobreza. Desde su origen, América Latina está marcada por la apertura a la ecúmene mundial, ya que es uno de los primeros pueblos nuevos surgidos de la expansión europea al comenzar la unificación del mundo que ahora ingresa en su etapa decisiva. Desde entonces nuestro continente está inserto en la trama de la historia universal, aunque de una manera especial lo que le ha valido ser caracterizado como un occidente “marginal” o extremo. Estos cinco siglos han mostrado las tensiones entre dos realidades que nacen juntas: la modernidad europea, que entra en declive con la cultura occidental en el tercer milenio, y la cultura latinoamericana, que empieza a asomar en el teatro de la historia.

Nuestro continente –que siguió el aporte del mestizaje al ir amalgamando los diversos aportes de lo indígena, lo ibérico, lo africano y lo europeo moderno– expresa una síntesis cultural, un ethos de encuentro, o una vocación universal a partir de la propia originalidad. Sin ceder ante los reduccionismos de proyectos indigenistas, hispanistas, iberoamericanistas o europeístas, América Latina muestra un espíritu de integración, especialmente en sus más altas realizaciones. Esta universalidad concreta y situada de nuestra cultura ha sido denominada de manera diversa: “el hombre entero” (José Martí), “la plenitud del Ser” (José Enrique Rodó), “el hombre completo” (Eugenio María de Hostos), “la raza cósmica” (José Vasconcelos), “el hombre universal” (Pedro Henríquez Ureña), “la raza de la síntesis humana” (Alfonso Reyes).

El nacimiento de la Patria Grande

Alberto Methol Ferré (2000: 8) realizó una periodización de la historia de América Latina en tres períodos. Es un diseño esquemático pero indispensable porque la cuestión nos exige una mirada totalizante. ¿Cómo abreviarla? En tres grandes momentos, los tres momentos capitales de América Latina: 1) la formación de América Latina: de la dispersión a la unidad; 2) la formación de los nuevos Estados: de la unidad a la dispersión, y 3) nuestra integración de América Latina en América del Sur: de la división a la unidad.

Nos detendremos en el primer punto, es decir en la formación de América Latina, que en la visión de Methol Ferré se trata de la conquista, la colonización y el mestizaje de la América indígena por Castilla y Portugal. La América indígena tenía una gigantesca dispersión de las etnias y lenguas, y los dos centros unificadores que ya habían alcanzado su tope expansivo fueron los imperios aztecas e inca. Pero, de golpe, vertiginosamente, como acaece siempre en los grandes acontecimientos históricos, entre 1520 y 1560, en apenas cuarenta años se diseña la red de ciudades, columna vertebral de la constitución de América Latina. Salvo Montevideo y Brasilia, entonces fueron fundadas todas las capitales de América Latina. En este primer momento está la raíz y la configuración básica de la América Latina mestiza. Va surgiendo un pueblo nuevo en la historia.

Este primer momento tiene su apogeo en la unión de las coronas de Portugal y Castilla en un solo reino. La culminación de la alianza peninsular se produce cuando toda América Latina tiene un solo rey (1580-1640), Felipe de Habsburgo. Fue el primer imperio mundial, por eso de “donde no se pone el sol”. Luego será el declive, su división y conflictivas etapas siguientes (Methol Ferré, 2000: 9).

Los orígenes fundacionales de nuestra cultura fueron un encuentro conflictivo u amoroso, dice Julio Raúl Méndez (s/f). No debemos buscarlas en las primeras décadas del siglo XIX, tampoco en las del siglo XX. Necesitamos ir más lejos, a los comienzos del siglo XVI.

La llegada sistemática de los europeos a América a partir de fines del siglo XV fue llamada un “descubrimiento”. Obviamente, ese nombre deriva de una mirada unilateral eurocéntrica. Supone un solo sujeto activo, el europeo, que descubre lo que le resulta desconocido.

También se ha usado la categoría “encuentro”. Ciertamente se encontraron diversos sujetos y culturas. Pero, hay que tenerlo presente, fue un encuentro conflictivo.

Los europeos no llegaron a un desierto. En las tierras americanas había reinos, comunidades constituidas, culturas, religiones. Así lo reconocieron los documentos de los Reyes Católicos de España. En realidad, la visión más principista y de auténtica preocupación por actuar moralmente era de Isabel; así lo expresa incluso en su última voluntad. Después de su muerte el rey Fernando no tuvo la misma intención. De todas maneras, es sabido que en el terreno americano la acción no fue muy coherente con los principios expresados en los papeles.

En esta relación tensionada de conquista y evangelización, los españoles se llevaron todo y dejaron todo. Hubo conflicto, violencia, pero también hubo amor, verdad y entrega heroica. Se llevaron vidas humanas, oro, plata, patatas, maíz, chocolate, azúcar, tomate, tabaco; también nuevas especies de animales, aves y plantas. Lesionaron culturas, ultrajaron lugares de culto, desarticularon sociedades, se apropiaron de tierras y bienes, despreciaron la lengua y el pensamiento.

Dejaron vidas propias, su lengua, la fe cristiana, la crítica a los sacrificios humanos, elementos de reflexión sobre los grandes principios, la sistematización de lenguas aborígenes, nuevas costumbres, modelos de organización familiar, social, laboral y comercial, nuevas tecnologías, la escritura, la imprenta y la circulación de libros, estilos arquitectónicos, las viñas, las ovejas, el trigo, la vaca y el caballo, y también enfermedades nuevas.

Con lo que dejaron, con lo que quedó, se constituyó un nuevo sujeto. La clave de comprensión de este encuentro radica en el mestizaje. No se trata solamente de individuos, del mestizaje biológico, que fue muy grande (posibilitado y favorecido por la secular experiencia ibérica de mestizaje y por las normas de inspiración católica, que obligaban al matrimonio y prohibían el amancebamiento de europeos e indias), sino sobre todo del mestizaje cultural, de la constitución de un nuevo pueblo. Incluso se mestizaron especies de animales, de aves y de plantas.

El mestizaje no significa una simple yuxtaposición, sino que dos realidades humanas y culturales completas en sí mismas se mezclan generando una nueva. Por ello le cabe también la noción de simbiosis, porque se trata de dos sujetos vivos que generan un nuevo modo de vivir.

Las comunidades precolombinas eran regionales, aun los imperios (inca y azteca) no tenían dimensión continental. Tampoco tenían una apertura a las otras etnias; las relaciones eran de distancia, hostilidad o dominio. No es raro que el nombre de una etnia aborigen equivalga a la designación de “hombre”, cerrando la amplitud de este término en la propia comunidad. Tampoco había una única cultura ni un universo simbólico común, ni un sistema cronológico compartido en la extensión del subcontinente.

Ante el otro, ante el español, se unieron en un nosotros. De los otros y los europeos resultaron los aborígenes y los mestizos. Ambos ligados a la propia tierra. La misma palabra indígena, que expresa al originario del propio lugar ante los que llegan.

La autoconciencia de identidad no se dio de manera simple, como en los pueblos o naciones que tienen siglos de constitución, de lazos étnicos internos y expresión de un universo simbólico propio. En los hispanoamericanos mestizos fue un acto progresivo, advertido, tensionado, fundacional y heroico. El universo simbólico propio que se generó, en general y con acentos diversos en la extensión del subcontinente, es el barroco americano.

Lo que dejaron los europeos constituyó un factor determinante en la gestación de algo nuevo: un pueblo nuevo, incorporado a la ecúmene como un nosotros propio (complejo y tensionado en su interior), pero con una unidad subyacente de base cultural y religiosa, en búsqueda de su unidad política organizada e independiente.

El desarrollo de la conquista y evangelización es contemporáneo a la construcción de la basílica de San Pedro y la iglesia del Gesù de Roma, también de la excomunión de Lutero y del Concilio de Trento, del auge de las universidades de Salamanca y de París, de la consolidación de la unidad española luego de la expulsión de los moros y del Imperio español, que incluía los Países Bajos y parte de Alemania donde despuntaba la nueva ciencia.

La Europa que primero llegó a América era la que vivía una modernidad barroca, de mayor continuidad con la tradición antigua y medieval, no la de la ruptura. Esa Europa aportó su matriz y su iniciativa fecundante, no las únicas, sino en encuentro, conflictivo y amoroso al mismo tiempo, con la matriz y la fuerza fecundante aborigen en la gestación de lo nuevo.

Como dice Bolívar en su Carta de Jamaica (1815), la situación de los componentes del pueblo americano era difícil, muy singular. Ya no eran aborígenes, tampoco españoles. Ya eran otros, singulares y excéntricos. La tierra, las costumbres, el mestizaje, las condiciones de vida, los acontecimientos y la distancia respecto de España generaron una nueva realidad con un nuevo sujeto histórico. La diversidad de imagen de hombre generó una diversidad de pueblo.

Ciertamente el mestizaje no fue ni es una realidad uniforme ni homogénea. Se da de distintos modos y en diversas combinaciones. El más presente es el cultural y el religioso, aun en los sectores poblacionales que no tuvieron mestizaje biológico. Si no se entiende el papel del mestizaje, si no se descubre esa mediación transversal, biológico-cultural-religioso-política, no se lee adecuadamente la realidad hispanoamericana tal como se inserta en cuanto sujeto mundial. Esa unidad de un nosotros continental es la que explica la experiencia para el hispanoamericano de poder desplazarse por los distintos países, que las circunstancias y los intereses han dibujado más o menos artificialmente, sin sentirse propiamente extranjero en ninguno de ellos.

La radical diferencia cultural entre un francés y un alemán o un italiano (con toda la Unión Europea de por medio) no se da entre los hispanoamericanos; más bien pareciera que se pertenece o se transita por provincias de una gran nación.

La base étnica aborigen de América al momento de la llegada de los españoles, si bien tenía rasgos comunes, poseía importantes diferencias regionales, que han marcado el mestizaje. Por otra parte, en la extensión del continente no existía una autoconciencia ni una unidad sociopolítica. Había diversas unidades regionales: el sentido de nación continental se originó con la llegada del Imperio español; solamente en el mestizaje se constituyó el nuevo sujeto histórico continental que llamamos América Latina.

El sustrato común lo ha dado lo hispánico en su mixtura con el sustrato en parte común y en parte diverso de lo aborigen, por ello las características regionales provienen de lo aborigen y otros aportes: africanos, en algunas zonas, y también europeos, en otras (particularmente en Sudamérica). También hay diferencias surgidas por los distintos desarrollos históricos, aunque también aquí existen coincidencias fundamentales.

Por debajo del mosaico de Estados independientes hay un sustrato común; por ello no son sociedades concluidas en sí mismas, no hay extranjerías entre ellas en la inmensa extensión geográfica. Ese sustrato es lo hispánico mestizado con lo indígena. No hay un fondo amerindio común; lo común es lo hispánico. Lo indígena le pone características regionales, a las que se suman otros aportes y el mismo curso histórico, para dar las diferencias regionales. Por lo que queda asumido de la matriz europea, el nuevo sujeto surge como un otro Occidente. Por lo que viene de lejanas migraciones originarias, tiene también algo de común con algún Oriente de raíces asiáticas. En algunas regiones también se incorporaron, biológica y culturalmente, forzadas migraciones africanas.

Pero el sujeto cultural hispanoamericano se constituye por el mestizaje hispano-aborigen-africano o hispano-africano. Algunos autores detallan dieciséis formas de mestizaje. En la cúspide de la pirámide social se encontraban los españoles puros, nacidos en la metrópoli. Los aportes posteriores produjeron modificaciones más o menos fuertes, pero en un sujeto ya constituido. A propósito de este punto es oportuno indicar dos elementos fundamentales.

En primer lugar, que el mestizaje no es solamente biológico, sino fundamentalmente cultural: aunque haya troncos familiares sin mezcla de sangre, la cultura común es simbiótica, no es ya ni la aborigen (de lejana procedencia asiática) ni la africana ni la europea.

En segundo lugar, que la vivencia del sujeto histórico cultural hispanoamericano tiene su propia autoconciencia y su propio camino de adquisición y de expresión. Porque no sigue los itinerarios de la modernidad, no le caben las recientes descripciones sobre la destrucción del sujeto en la sociedad noroccidental contemporánea.

Amor y verdad en el conflicto

El encuentro entre europeos y americanos no solo generó la ambivalencia de los dinamismos de violencia y de servicio, sino que generó en Europa, y llevó a América, un dinamismo de reflexión y discusión en búsqueda de la verdad. Se trataba de clarificar la identidad específica de los pobladores americanos ante los europeos, y decidir el curso debido de las acciones futuras.

El desembarco colombino en América generó un debate intelectual tan intenso que podemos decir que Hispanoamérica nació muy discutida y muy pensada. Se discutió radicalmente con qué títulos España se encontraba allí, qué debía hacer y cómo debía proceder.

Las discusiones fueron admirables por su nivel, su rigor y su honradez. De ellas surgieron algunas normas ejemplares por su sentido humanitario, no solo para aquellos contextos, también para nuestro tiempo. Otras normas no abrevaron de las mejores tesis. La realización práctica, sin duda, tuvo grandezas, pero también abundante miseria humana.

No podemos pasar por alto el giro copernicano que significa no haber mantenido el derecho de conquista por la fuerza como un principio evidente e incuestionable. Hasta ese momento ningún imperio se había cuestionado orgánicamente la moralidad de su expansión; tampoco ha sido frecuente en la posteridad.

El hecho del descubrimiento fue generador de filosofía, de teología y de derecho. Pero los hechos de la conquista se impusieron muchas veces y estructuralmente al derecho.

El primer cuestionamiento de Juan Mayor en París y luego las disputas en la Universidad de Salamanca y en la Junta de Valladolid, los pronunciamientos de Pedro de Córdoba, Domingo de Soto, Francisco de Vitoria, Bartolomé de las Casas, Antón de Montesinos, por una parte, Juan Ginés de Sepúlveda por otra, definieron la superación del principio del derecho de conquista (ius belli) y de la pretensión de un imperio universal basado en un poder temporal del papado. Abrieron así un nuevo panorama que se reflejó en las Leyes de Indias (1500), las Leyes de Toro (1502), las Leyes de Burgos (1512), las Leyes Nuevas (1542-1543) y la Recopilación de Leyes de Indias (1680) (Sánchez Bella, de la Hera y Rementería, 1992).

Un giro fundamental fue la supresión en 1542 de la Requisitoria establecida en 1514. Se trataba de un curioso documento que el español debía leer ante los aborígenes al llegar a un territorio, intimándolos a someterse a la Corona española como imperio con respaldo religioso universal del papado.

Juan Ginés de Sepúlveda defendía la actuación española basándose en el valor de la donación de tierras hecha por el papa (como vicario de Cristo con potestad universal) y en la natural inferioridad de los indios, destinados a ser sometidos por los españoles. Los escritos de Sepúlveda, que reunían sus posiciones en la Junta de Valladolid convocada por el Consejo de Indias, no pudieron publicarse en España por ser considerados doctrina no sana, tanto por las universidades de Salamanca y Alcalá como por el Consejo de Indias y de Castilla; finalmente los publicó en Roma (Sepúlveda, 1984: 84).

Un punto básico fue la coincidencia en reconocer a los indios el carácter de personas humanas. El programático y profético sermón de fray Antonio de Montesinos el 21 de diciembre de 1511 tocó el eje de la cuestión: “Estos ¿no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos?”. En dos líneas vemos asentado el principio de la natural igualdad de dignidad y el principio evangélico del amor al prójimo (el texto del sermón fue recogido y transmitido por Las Casas, 1994. El virrey Diego de Colon denuncio a Montesinos por su sermón, el fraile repitió lo mismo otro domingo, luego fue aministiado).

La bula papal Sublimis Deus (1537) de Paulo III reconoció la condición plenamente humana de los indios. Ello implicaba reconocerles su libertad política, el derecho a su propiedad y la libertad religiosa; al mismo tiempo se censuraba a quienes los trataban como animales, los forzaban a hacerse cristianos o los sometían a servidumbre. (El texto completo de la bula se puede ver en Metzler (ed.), 1991: 364-366). Presentamos una traducción del párrafo central:

Nos pues, que aunque indignos hacemos en la tierra las veces de Nuestro Señor, y que con todo el esfuerzo procuramos llevar a su redil las ovejas de su grey que nos han sido encomendadas y que están fuera de su rebaño, prestando atención a los mismos indios que como verdaderos hombres que son, no solo son capaces de recibir la fe cristiana, sino que según se nos ha informado corren con prontitud hacia la misma; y queriendo proveer sobre esto con remedios oportunos, haciendo uso de la autoridad apostólica, determinamos y declaramos por las presentes letras que dichos indios, y todas las gentes que en el futuro llegasen al conocimiento de los cristianos, aunque vivan fuera de la fe cristiana, pueden usar, poseer y gozar libre y lícitamente de su libertad y del dominio de sus propiedades, que no deben ser reducidos a servidumbre y que todo lo que se hubiese hecho de otro modo es nulo y sin valor [asimismo declaramos] que dichos indios y demás gentes deben ser invitados a abrazar la fe de Cristo a través de la predicación de la Palabra de Dios y con el ejemplo de una vida buena, no obstando nada en contrario. Dado en Roma en el año 1537, el cuarto día de las nonas de junio [2 de junio], en el tercer año de nuestro pontificado.

Los debates de Salamanca desmontaron el complejo teórico de respaldo de la ocupación. Se trató de filosofía y teológica práctica (en materia moral política) a partir de los hechos. Domingo de Soto cuestionó la instalación del poder español por cuanto los indios no habían prestado consentimiento. Sostenía que no hay autoridad sin consentimiento, y que ninguna autoridad puede disponer de las vidas de los habitantes, sean españoles o indígenas.

Durante todo el período de dominio español se mantuvo la llamada “duda indiana”, es decir, la discusión moral y jurídica acerca de la legitimidad y de los modos de la presencia española en América. Las dos tesis centrales contrapuestas (representadas por Las Casas y Vitoria, por una parte, y Sepúlveda, por otra) se mantuvieron. Por ello Hispanoamérica nació y se desarrolló pensada en el plano de los principios. Ambas tesis buscaban justificativos; ninguna se apoyaba simplemente en los hechos. El hecho indiano entró en la teología cristiana y aportó el escenario de la unidad del género humano y de los grandes temas morales de la política. De todo este trasfondo nació una conciencia que se prolongó en el movimiento independentista.

Desde el siglo XVI, en la apertura al pleno del proceso colonizador español, surgieron las voces proféticas de la autocrítica, que adquirieron primacía en el plano teórico, en la inspiración de las leyes y en las páginas más gloriosas de la empresa americana. En la temprana autocrítica aparecen dos líneas, que luego se mantendrían en la argumentación independentista del siglo XIX. Por un lado, los dominicos Bartolomé de las Casas y Francisco de Vitoria, con centro en la dignidad de la persona humana, de su libertad, incluso de culto, y de la autonomía de sus comunidades y autoridades. Y por el otro, Sepúlveda proclama el derecho a que los indígenas puedan ser esclavizados por ser seres inferiores.

El humanismo en tierra sudamericana adquirió un giro propio. No solo atendió al cultivo personal de la espiritualidad y las letras, sino que se formuló como un humanismo solidario, preocupado por el otro y su educación, en un proyecto ideal de sociedad cristiana. En su apertura universalista este humanismo se ocupó de las lenguas y costumbres de los indios, al mismo tiempo que les enseñaban latín y castellano.

En las treinta y tres universidades americanas (para quince millones de habitantes), dos de ellas en el Virreinato del Río de la Plata, la enseñanza era la misma que en Europa. Las bibliotecas particulares y de los conventos nos muestran los mismos libros que circulaban en Europa en cuanto a ideas políticas y económicas. Incluso se leían autores cuya difusión en España estaba prohibida.

Pulsuz fraqment bitdi.

15,15 ₼
Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
15 noyabr 2024
Həcm:
301 səh. 2 illustrasiyalar
ISBN:
9789878140506
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar