Kitabı oxu: «Don Quijote de la Mancha»
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Índice
HISTORIA Y POESÍA: EL RARO INVENTOR MIGUEL DE CERVANTES
CRONOLOGÍA
EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA
AL DUQUE DE BÉJAR
PRÓLOGO
PRIMERA PARTE EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA
PRIMERA PARTE
SEGUNDA PARTE
TERCERA PARTE
CUARTA PARTE
SEGUNDA PARTE EL INGENIOSO CABALLERO DON QUIJOTE DE LA MANCHA
DEDICATORIA AL CONDE DE LEMO
PRÓLOGO AL LECTOR
NOTAS
HISTORIA Y POESÍA:
EL RARO INVENTOR MIGUEL DE CERVANTES
INFANCIA Y JUVENTUD
Alrededor de la vida de Cervantes se fue tejiendo, desde su primera biografía, la de Gregorio Mayans en 1738, un envoltorio de suposiciones y conjeturas que la empañaron o desvirtuaron, adornándola con los ropajes del genio espontáneo y autodidacta, del filósofo escéptico, del héroe patriótico, del cristiano ejemplar, erasmista o contrarreformista, del descendiente de judíos conversos, del ortodoxo y del heterodoxo, del humanista cínico. Como siempre, la verdad se esconde entre todas esas máscaras, sin identificarse con ninguna. Los hechos documentados de la vida de Miguel de Cervantes son pocos y son como los nudos de una red, unidos por un hilo delgado y separados por agujeros, algunos de muchos años. Lo único cierto es que dejó una obra revolucionaria en muchos sentidos, vanguardista en su tiempo y vigente en el nuestro, una obra en la que aún vibra su voz jovial y ponderada, descreída y comprensiva, irónica y mordaz. Cervantes aún se deja oír en uno de los libros más portentosos y cordiales de la literatura universal, el Quijote, y esa voz que cambió para siempre el arte de contar historias lleva cuatrocientos años cautivando a millones de lectores.
Nació Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares en el otoño de 1547, quizá el 29 de septiembre, día de San Miguel, lo que explicaría que se lo bautizara el 9 de octubre con el nombre del santo del día. Fue el cuarto hijo del matrimonio de Rodrigo de Cervantes y Leonor de Cortinas, ambos pertenecientes a familias de economía holgada, puesto que el padre de Rodrigo fue un abogado prestigioso que desempeñó cargos relevantes (juez, corregidor, alcalde), mientras que los padres de Leonor eran terratenientes. Sin embargo, este desahogo económico no alcanzó a la familia Cervantes de Cortinas, que casi siempre estuvo acosada por las deudas y vivió entre apuros financieros. La causa última fue la sordera que sufría Rodrigo y que, siendo un serio obstáculo para seguir estudios superiores, lo redujo al ejercicio de una cirugía elemental consistente en practicar sangrías, curar apostemas y enderezar luxaciones, poco más. Ni el oficio de cirujano romancista (el que no sabía latín) ni la sordera aseguraban un buen partido, por lo que la familia de Leonor, disgustada, se distanció de la pareja. De este modo, el niño Cervantes mantuvo más relación con su familia paterna: con su tío Andrés, alcalde de Cabra, o con su tía María, que tuvo una hija con un gitano a la que Cervantes evocará en La gitanilla.
Cuando Miguel tenía cuatro años, en 1551, su familia, que había crecido con el nacimiento de Rodrigo, se trasladó a Valladolid en busca de una prosperidad que en Alcalá no llegaba. Pero nada fue fácil con una minusvalía y cinco hijos a cargo, a los que vino a sumarse, en 1552, la pequeña Magdalena. Para ir tirando, el cirujano debió pedir préstamos que no estaba en condiciones de devolver, a causa de lo cual, en los dos años de estancia vallisoletana, se registraron hasta tres ingresos en la cárcel por impagos. Pero no todo fue adverso: en la ciudad del Pisuerga entabló Rodrigo amistad con un actor de la compañía teatral de Lope de Rueda, Alonso Getino de Guzmán.
En la primavera de 1553 regresaron a Alcalá y, tras el verano, Rodrigo se mudó a Córdoba, donde podía contar con la ayuda de su padre, instalado como gestor público en la capital. Fueron tres años de residencia cordobesa, pero no se tiene la certeza de que con Rodrigo viajaran Leonor y sus seis hijos. En 1556 murió el abuelo Juan y, con su deceso, se perdió la pista de su hijo Rodrigo, cuya prole había aumentado en 1554 con el benjamín Juan. Reapareció en octubre de 1564 en Sevilla, donde gestionó el alquiler de unas casas que pertenecían a su hermano Andrés. Con él estaba su hija Andrea y acaso también el resto de la prole. Para entonces, Miguel ya era un adolescente de diecisiete años en el que se despertaba la vocación literaria, quizá alentada desde el colegio de los jesuitas de Sevilla, si bien su asistencia no está probada. Allí pudo coincidir con el futuro secretario de Felipe II, Mateo Vázquez, pero Miguel también pudo conocerlo por otra vía: Nicolás de Ovando, el amante de su hermana Andrea y padre de su sobrina Constanza, que vivió con el escritor hasta sus últimos días. En el otoño de 1566 la familia Cervantes se trasladó a Madrid y, gracias a la herencia materna que recibió Leonor, encontró alivio su precaria economía. Rodrigo actuó entonces de prestamista y participó en transacciones financieras con varios socios, los italianos Pirro Bocchi y Francesco Musacchi, y el antiguo actor Alonso Getino, en esos momentos alguacil de la corte.
En Madrid, Miguel asistió al Estudio de la Villa, regentado por el humanista López de Hoyos, y empezó a frecuentar a poetas y jóvenes aspirantes al Parnaso, como su compañero en el Estudio, Luis Gálvez de Montalvo, o Gabriel López Maldonado. A sus veinte años, Cervantes hizo sus primeros escarceos literarios en la poesía y con fortuna suficiente como para que López de Hoyos incluyera cuatro poemas suyos en la relación de las exequias de Isabel de Valois que publicó en 1569, en las que alude a Miguel como su «caro y amado discípulo». Pero apenas iniciada esa incipiente carrera poética, Cervantes desapareció súbitamente para reaparecer en diciembre de 1569 en Roma.
ITALIA, HUMANISMO Y MILICIA
Ese extraño fundido en negro obtuvo una explicación en la segunda mitad del siglo XIX con el hallazgo en el archivo de Simancas de una orden de busca y captura (una provisión real dirigida a un alguacil) de un «Miguel de Cervantes» que había herido a un tal Antonio de Sigura, delito por el que se lo condenaba a la amputación de la mano derecha y al destierro por diez años. Sin embargo, nada asegura que el Miguel de Cervantes prófugo de la justicia fuera nuestro escritor. Existe otro motivo para que Cervantes abandonara España y tiene que ver con la visita a Madrid, en octubre de 1568, del jovencísimo monseñor Giulio Acquaviva —este contaba entonces veinte años y le faltaban dos para recibir el capelo cardenalicio—, quien acudió con la misión de transmitir las condolencias papales a Felipe II por la muerte del príncipe Carlos. Cervantes debió de ser presentado a Acquaviva y este, aficionado a las letras, bien pudo ofrecerle entrar a su servicio para facilitar, con su traslado a Italia, el contacto directo con el foco de emanación de la cultura humanística. Si esto fue así, Cervantes partió de España hacia diciembre de 1568 ya en calidad de camarero (o ayuda de cámara) de Acquaviva, como recordará en La Galatea. Pero un año en semejante empleo le debió de parecer suficiente.
A finales de 1569, Miguel pidió a su padre que le remitiera una Información de limpieza de sangre —equivalente a un certificado de penales—, sin duda porque iba a cambiar de ocupación. En ese documento, Rodrigo afirmaba que su hijo era legítimo y no descendía de moros ni judíos, lo que certificaron tres testigos ya conocidos: Getino de Guzmán —que hubiera comprometido su condición de alguacil si Cervantes fuera el perseguido por la justicia— y los dos negociantes italianos Bocchi y Musacchi. Miguel no tardó mucho en optar por la vida militar, y se alistó en los Tercios a mediados de 1570, muy a tiempo para participar en la confrontación naval más célebre del siglo XVI, la de la Santa Liga cristiana comandada por don Juan de Austria y la temible armada del Imperio otomano en el golfo de Patrás (que con el de Corinto formaba el antiguo golfo de Lepanto), sobre el Peloponeso.
La batalla de Lepanto fue para Cervantes la culminación de su carrera militar y siempre se enorgulleció de haber vivido «la más alta ocasión que vieron los siglos», en la que se puso freno a la expansión turca en el Mediterráneo. No fue el único escritor presente, ni el único Cervantes. A bordo de las trescientas naves cristianas iban su amigo López Maldonado, Pedro Laynez, el capitán Rey de Artieda o Cristóbal de Virués, pero también su hermano Rodrigo, que había llegado a Italia en julio en la compañía de Diego de Urbina, a la que se había incorporado Miguel. El hermanastro del rey, don Juan de Austria, llegó a Nápoles el 8 de agosto para tomar el mando y el 23 zarpó la escuadra española rumbo a Mesina para reunirse con las naves venecianas y romanas. Cervantes y su hermano habían embarcado en la galera Marquesa y navegaban hacia el Mediterráneo oriental, al encuentro de la armada turca. El 7 de octubre, al despuntar el sol, se produjo el avistamiento y se inició la batalla. El escritor tenía fiebre, pero insistió en permanecer en cubierta, en la proa (el «lugar del esquife»), uno de los lugares más expuestos a las flechas y el fuego enemigos, cosa que comprobó en sus carnes al recibir tres disparos de arcabuz, dos en el pecho y uno en el brazo que le inutilizó la mano izquierda.
Tras una convalecencia de meses, Miguel se reincorporó a la vida militar en abril de 1572 y, hasta 1575, participó como «soldado aventajado» en varias campañas marítimas, como la fracasada toma de Navarino, la conquista de Túnez o la defensa de La Goleta. Esas operaciones las narró en el Quijote a través del personaje de Ruy Pérez de Viedma, el capitán cautivo que logra huir del infierno de Argel y que llega a la venta acompañado de su amada Zoraida. Cuando Cervantes no estaba en campaña, pasaba el tiempo acuartelado en Nápoles o Sicilia.
En el verano de 1575, Miguel y Rodrigo decidieron volver a España, antes de lo cual el primero pidió cartas de recomendación a don Juan de Austria y al duque de Sessa con el fin de solicitar un ascenso en el escalafón militar. Embarcaron a primeros de septiembre en Nápoles en la galera Sol. Un par de semanas después, muy cerca de la costa catalana, el barco fue asaltado por dos galeotas de piratas berberiscos que mataron al capitán y capturaron a los tripulantes, destinados a las subastas de esclavos en Argel o a engrosar el contingente de cristianos por los que se exigía un rescate. Las cartas que llevaba Cervantes hicieron creer a los corsarios que habían atrapado a un pez gordo por el que obtendrían un rescate suculento. Los 500 escudos en que tasó su liberación Dalí Mamí —uno de los corsarios, que se quedó a Miguel como botín— estaban muy lejos de poder ser satisfechos por su familia. Se abrió entonces un periodo de duro cautiverio que se prolongó cinco interminables años.
APRENDIZAJES DEL CAUTIVERIO
Esos años argelinos fueron, tras Italia humanística y la milicia, la penúltima gran escuela de experiencia para Cervantes (la última serían los casi cuatro lustros como recaudador en Andalucía). Él formaba parte del grupo de esclavos europeos, pero, como cautivo de rescate, podía estar relativamente seguro y quizá moverse por la ciudad internacional, abigarrada y bulliciosa, donde se mezclaban mercaderes y limosneros con turcos ricos y buscavidas. La convivencia de Cervantes con aquella sociedad multilingüe en la que el islam no reprimía la práctica discreta de otros cultos religiosos —los prisioneros católicos podían celebrar sus misas— ni la moral sexual reprimía usos pecaminosos para un cristiano, marcó profundamente al escritor, quien regresó literariamente varias veces a esa etapa. Durante su secuestro no cesó de luchar por su libertad y la de sus compañeros de fatigas. Habían pasado poco más de tres meses desde su captura cuando, en enero de 1576, Cervantes protagonizó el primer intento de evasión, frustrado porque el guía musulmán que conducía a los cristianos fugados a Orán los abandonó a su suerte y no tuvieron más remedio que regresar. Entretanto, sus padres Rodrigo y Leonor habían tenido noticia de la suerte aciaga de sus dos hijos e hicieron esfuerzos por reunir el dinero exigido para el rescate. En abril de 1577 llegaron a Argel tres padres mercedarios con la misión de redimir cautivos, pero no pudiendo hacer frente a la suma que pedían por Miguel, este exigió que liberasen a su hermano Rodrigo, con el que había trazado el plan de su segundo intento de fuga. Era mayo y Cervantes se refugió, junto a otros catorce cautivos, en una gruta a las afueras de Argel, en el jardín del alcaide (hoy un atractivo turístico en Belouizdad), en espera de que los recogiera una fragata mallorquina que había de conseguir Rodrigo, pero el problema fue que este no pudo abandonar Argel hasta agosto debido al nombramiento del renegado veneciano Hasán Bajá (o Hasán Agá) como nuevo bey de Argel. La larguísima espera concluyó cuando fueron delatados por el jardinero. Cervantes asumió toda la responsabilidad, lo que a punto estuvo de costarle la vida porque se lo sometió a un simulacro de ahorcamiento. La esperanza del bey Bajá de obtener un rescate abultado debió de librarlo de la muerte, aunque el veneciano elevó el rescate a la suma inalcanzable de 1.000 escudos de oro.
Entre los cristianos redimidos en 1577 estaba Antonio de Toledo, aficionado a la poesía y amigo personal de Mateo Vázquez, el secretario de Felipe II. A través de él, Cervantes vio la oportunidad de hacer llegar a Vázquez una carta en verso en la que refería su participación en Lepanto y su posterior infortunio para rogar al rey una intervención que liberara a los súbditos españoles:
Del amarga prisión, triste y escura, / adonde mueren veinte mil cristianos, / tienes la llave de su cerradura. // Todos, cual yo, [...] te están rogando / vuelvas los ojos de misericordia / a los suyos, que están siempre llorando.
Esta Epístola a Mateo Vázquez no surtió efecto y Cervantes hubo de perseverar en alcanzar la libertad por sus propios medios.
Las otras dos tentativas de evasión se saldaron también con un fracaso, una de ellas porque el moro al que había enviado Cervantes a Orán con una petición de socorro fue interceptado y empalado; la otra debido a las insidias de un dominico extremeño, Juan Blanco de Paz, quien movió los hilos para que un renegado florentino revelara al bey que el español iba a escapar de Argel en una fragata, pagada por el comerciante valenciano Onofre Ejarque, con otros sesenta cristianos.
A finales de 1579, Hasán Bajá tenía que volver a Constantinopla y decidió llevarse a Cervantes consigo. Venturosamente, el trinitario fray Juan Gil, que había recibido de la familia Cervantes 300 escudos de oro, llegó a Argel y, recaudando el resto del rescate entre los comerciantes cristianos, logró liberar a Miguel cuando ya estaba embarcado. Lo peor había acabado, o casi, porque aún tuvo que contrarrestar las ruines difamaciones de Blanco de Paz. Con ese fin, Cervantes solicitó, todavía en Argel, una Información sobre su conducta durante los cinco años de fatigas «para presentarla, si fuera menester, en Consejo de su majestad y requerirle haga merced», en sus propias palabras.
Esta Información de Argel es un documento precioso para conocer el carácter del escritor y los hechos de su cautiverio. Se elaboró entre el 10 y el 22 de octubre de 1580 y en él se recogen diversos testimonios que se muestran concordes en la cortesía y cordialidad del escritor, en la robustez de su fe cristiana, en su inteligencia y buen discurso, en su coraje y gallardía, en su generosidad y buen crédito en todo Argel y en que estaba «apartado de vicios y malos pensamientos», en alusión a la práctica de la sodomía de que lo había acusado Blanco de Paz.
REGRESOS Y PRIMERAS TENTATIVAS LITERARIAS
Ningún regreso es sencillo y el de Cervantes tampoco lo fue; a últimos de octubre de 1580, después de una ausencia de once años, y cargado con las deudas de su rescate, Miguel entró por el puerto de Denia y pasó un mes en Valencia, donde pudo conocer el dinámico mundillo teatral de la ciudad. Una vez en Madrid, su primer objetivo fue conseguir un puesto de funcionario, un empleo dependiente de la corona. Se sabe que en marzo de 1581 el excautivo viajó a Tomar, en Portugal, donde se encontraba Felipe II para prestar juramento, como nuevo monarca portugués, ante las Cortes, y se sabe que a Cervantes se le encomendó allí una misión que implicaba volver al Magreb (a Orán y Mostaganem), misión que aceptó y cumplió en los meses de mayo y junio sin más recompensa que cien escudos. Al mismo tiempo, Cervantes había reanudado su actividad literaria, integrándose en el círculo de jóvenes literatos protegidos por Ascanio Colona: Francisco de Figueroa, Gracián Dantisco, Pedro Padilla y viejos conocidos como López Maldonado o Pedro Laynez. En febrero de 1582 había empezado a escribir una novela pastoril, La Galatea, puesto que alude a ella en una carta de solicitud que le dirigió al secretario del Consejo de Indias, Antonio de Eraso. Para entonces, su amigo Gálvez de Montalvo ya había puesto punto final a un espécimen de ese género, El pastor de Fílida, lo que debió de espolear a Cervantes a probar suerte en un tipo de escritura artificiosa que satisfacía las demandas del gusto renacentista, el de la idealización bucólica.
En 1584 varios acontecimientos señalaron el curso de la vida del escritor. En septiembre nació Isabel de Saavedra, fruto de sus amores con la joven Ana Franca de Rojas, a la que pudo conocer en la taberna de la calle Tudescos de Madrid —Ana era la esposa del propietario—, donde se reunía el círculo de poetas. El otro hecho lo propicia la muerte, en marzo, de uno de ellos, Pedro Laynez, por lo que su viuda regresó a su pueblo, Esquivias. Allí acudió Miguel después del verano para ordenar los papeles del amigo y publicarlos, pero lo que se encontró en Esquivias fue un amor fulminante, el de otra muchacha, Catalina de Salazar, veintidós años más joven que él. Bastaron pocas semanas para decidirse, porque en diciembre de 1584 contrajeron matrimonio. En dos meses, el excombatiente se convirtió en padre y esposo y, en breve, en escritor, con la publicación en febrero de 1585 de La Galatea. Casi a la vez vendió al empresario José Gaspar de Porres dos comedias hoy perdidas, El trato de Constantinopla y La confusa. Pero aquel cúmulo de felices augurios fue un espejismo pasajero, de un par de años. En abril de 1587, Cervantes ya sabía que no iba a perseverar como dramaturgo y que iba a tener que abandonar el hogar familiar, razón por la cual concedió poderes notariales a Catalina para que se ocupara de la administración de la casa. Tras el verano recibiría el nombramiento como comisario de abastos, lo que le obligaba a trasladarse a Andalucía.
Treinta años después, en el prólogo de Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados (1615), Cervantes mencionó borrosamente su larga etapa como funcionario: «Tuve otras cosas en que ocuparme, dejé la pluma y las comedias» y recordaba que, antes de eso, es decir entre 1580 y 1587, compuso «hasta veinte comedias o treinta» que merecieron el aplauso del público en alguno de los corrales estables abiertos por algunas cofradías madrileñas, como el de la Pacheca, el del Príncipe o el de la Cruz. De aquellas comedias nos han quedado muy pocas, porque entonces los dramaturgos no se preocupaban de publicar sus obras después de vendérselas al director de una compañía (llamado «autor»). Entre las conservadas están El trato de Argel, que dramatiza el conflicto interior del esclavo Aurelio del que se enamora su ama Zara, y su mayor logro en esta etapa de su dedicación al teatro, La destrucción de Numancia. Es esta una tragedia que entusiasmó a los románticos alemanes e ingleses (a Goethe, a los hermanos Schlegel, a Shelley) y que, como imagen de la resistencia heroica de un pueblo asediado, se ha representado en coyunturas históricas difíciles, como los sitios de Zaragoza en la guerra de la Independencia o el del Madrid republicano en la guerra civil. En ella, los numantinos, cercados por las tropas de Escipión, aceptan el destino trágico que les anuncian las alegorías de la Guerra, la Enfermedad y la Muerte, y Cervantes acertó a transmitir vívidamente la denodada supervivencia dentro de los muros y la resuelta autoinmolación de la ciudad.
Ninguna relación guarda el aliento trágico-épico de La Numancia con la atmósfera idílica y postiza de La Galatea. Esta novela de pastores sublimados (enamorados, cultos y sensibles) es un tributo de Cervantes a la moda del bucolismo del Renacimiento que, por sus raíces clásicas en Teócrito y Virgilio, fue muy apreciada por los humanistas. El género, que armonizaba la dulzura de estilo con cierta enseñanza moral, lo había actualizado en Italia Jacopo Sannazaro en su Arcadia (1502), pero lo impulsó en España el portugués Jorge de Montemayor con Los siete libros de la Diana (1559) y lo consolidó Gaspar Gil Polo en su Diana enamorada (1564), títulos que Cervantes tuvo muy en cuenta, junto a uno de los evangelios de la doctrina neoplatónica: los Diálogos de amor de León Hebreo. El argumento de La Galatea, que discurre moroso en prosa y verso, es casi evanescente: la bella Galatea, que hermosea con su mera presencia las riberas del Tajo y es amada por el pastor Elicio, ha sido prometida en matrimonio por su padre al pastor portugués Erastro, lo que moviliza a Elicio y la cohorte de pastores para impedir el enlace. Como era propio del género, estos nombres enmascaran personas reales visibles para quienes estaban en el secreto; detrás de Damón, Tirsi, Siralvo, Meliso, Larsileo y Australiano podrían estar, respectivamente, Pedro Laynez, Francisco de Figueroa, Gálvez de Montalvo, Diego Hurtado de Mendoza, Mateo Vázquez y el mismísimo don Juan de Austria, mientras que el propio Cervantes podría ocultarse tras Lauso. La trama novelesca, con todo, quedó suspendida a la espera de una segunda parte que el escritor anunció reiteradamente pero que no llegó a publicar ni seguramente a escribir nunca.
EL COMISARIO CERVANTES
Desde la primavera de 1587, Cervantes estuvo en Sevilla, pero hasta septiembre no inició sus tareas como comisario del rey, a las órdenes del proveedor general Antonio de Guevara, cuya primera misión era abastecer de grano y aceite las galeras de la Armada Invencible, que, fondeada en Lisboa, se preparaba para invadir Inglaterra. Pronto comprobó Cervantes que aquel oficio de recaudador no era ninguna bendición. En septiembre acudió a Écija, donde, como consecuencia de las requisas del trigo de algunos clérigos, Miguel fuera excomulgado por el vicario general de Sevilla. Con la Iglesia había topado, pero su deber estaba por encima de tales contingencias y tuvo que volver a Écija muchas veces en los dos años siguientes, en idas y venidas por pueblos sevillanos o cordobeses como Castro del Río (donde recibió una segunda excomunión), La Rambla o Cabra. El cumplimiento de sus deberes le deparó denuncias y pleitos, y una nutrida experiencia sobre los recovecos de la conducta humana. En 1590 se le renovó a Miguel la comisión, ahora en Carmona, pero la lucha cotidiana con quienes se resistían a contribuir con la Hacienda a bajo precio no podía hacerle olvidar su sueño de trasladarse a las Indias.
El 21 de mayo de 1590 dirigió un memorial al presidente del Consejo de Indias en el que, apelando a su hoja de servicios, «suplica humildemente» se le haga merced «de un oficio en las Indias, de los tres o cuatro que al presente están vaccos [vacantes], que es el uno la contaduría del nuevo Reino de Granada, o la gobernación de la provincia de Soconusco en Guatimala, o contador de las galeras de Cartagena, o corregidor de la ciudad de la Paz». No se conformaba con fruslerías Cervantes, de modo que no extraña la lacónica desestimación de su demanda: «Busque por acá en qué se le haga merced». A las órdenes del nuevo comisario general, Pedro de Isunza, continuó requisando aceite, trigo y cebada en Utrera, Marchena, Úbeda, Baeza o Montilla, lugares donde dejó un reguero de denuncias por requisas abusivas o ventas ilegales de los productos incautados. A causa de una de ellas, en septiembre de 1592, fue encarcelado en Castro del Río. Isunza, que ya había sacado a Cervantes de algún brete, intervino a su favor y logró su liberación para regresar a sus tareas de comisario, seguramente a su pesar. Días antes de su arresto, el día 5, firmó un absurdo contrato con el autor Rodrigo Osorio por el que se comprometía a escribir seis comedias que fueran las mejores representadas en España al precio de cincuenta ducados. Semejante temeridad (o bravuconada), cuando Lope de Vega ya había adueñado en los escenarios, solo se explica por la fatiga del comisario y la ansiosa necesidad de volver a la escritura.
De hecho, es muy probable que por entonces Cervantes empezara a tantear la narración despojada de delicuescencias idealistas, para lo cual pudo recurrir a su propia memoria para urdir la Novela del capitán cautivo, un relato con trazas testimoniales que acabaría integrado en el Quijote. La representación verista pudo inspirarse en el costumbrismo de los pasos de Lope de Rueda, que con tanta admiración recordó en 1615, en los diálogos celestinescos (o humanistas, como el Viaje de Turquía) y hasta en el Lazarillo. El realismo corregía las inverosimilitudes del género pastoril, que seguía siendo de su agrado frente a los disparates y desmanes estilísticos de los peores libros de caballerías, que conocieron un nuevo auge en los años ochenta. Sin embargo, había otra fórmula narrativa que había ganado el interés de Cervantes porque aunaba el derroche inventivo y el deleite estético con lo didáctico y moral: la novela bizantina o de aventuras peregrinas, que lanzaba a sus protagonistas a un sinfín de lances emocionantes y peligros en un viaje por mar y tierra que concluía felizmente, tras superar toda clase de obstáculos, en Roma, con todo lo que de alegoría cristiana implicaba ese desenlace. El modelo tenía una cuna prestigiosa, la Historia etiópica de Heliodoro, una novela helenística del siglo III descubierta en 1534, que había suscitado la admiración de los humanistas europeos y había generado una serie de imitaciones, entre las cuales el último empeño del propio Cervantes: Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617). En la encrucijada de todos esos estímulos, el escritor hizo sus probaturas, de las que surgieron las novelas El amante liberal y La española inglesa, en las que compaginaba recuerdos de su cautiverio con un hilo narrativo bizantino.
Con todo, en 1593 siguió aceptando nuevas comisiones de cobro para abastecer los galeones que zarpaban hacia las Indias, una de Cristóbal de Barros, que era el proveedor general de la Flota de Indias. En marzo recogió trigo y cebada en diversos pueblos (Puebla de Cazalla, Paradas, Carmona, Utrera, Arahal, Marchena, Osuna, Morón y Villamartín), un trasiego que, junto a las varias denuncias que pesaban sobre su gestión, debía de apesadumbrar al escritor. Por si fuera poco, su madre Leonor falleció en octubre. Eran muchos años yendo y viniendo de Andalucía a Madrid, de brega con gentes de toda laya, desde jueces y clérigos a hidalgos venidos a menos, desde nobles reacios a contribuir con el fisco hasta labriegos pobres e inermes ante el Estado inmisericorde. El sueldo de alrededor de 400 maravedís diarios, generoso entonces, ya no compensaba de la vida itinerante, amén de que lo habitual era recibirlo con retraso. Pero sus días de funcionario real no habían acabado. En julio de 1594, el Consejo de Hacienda le encargó el cobro de alcabalas en el antiguo reino de Granada. Esta nueva comisión lo convirtió en un agente fiscal con autoridad pero también con riesgos, pues se hacía garante del cobro de los impuestos. Y de nuevo acudió a su cita con él la negra suerte. En 1595 había depositado miles de maravedíes recaudados en el banco sevillano de Simón Freire de Lima; como por ensalmo, desaparecieron el banquero y el dinero, y, aunque Cervantes ofreció su patrimonio para cubrir la deuda, resultó insuficiente. En septiembre de 1597, la Audiencia de Sevilla dictó orden de prisión contra él, que volvió a pisar la cárcel. Entonces ya no era un veinteañero brioso, como cuando estuvo recluido en Argel, sino un hombre de cincuenta años, en el umbral de la ancianidad.
Dice Cervantes en el prólogo del Quijote que la historia se «engendró en una cárcel» y bien pudo ser en la de Sevilla, donde permaneció hasta abril de 1598. Aquellos meses en la peor cárcel de España, donde se hacinaban dos mil reclusos, tuvo que ser una severa prueba para quien tanto había resistido. Cervantes dirigió al rey un pliego de descargo que obtuvo respuesta favorable: se ordenó su puesta en libertad y su comparecencia en Madrid para rendir cuentas ante el Tesoro, pero el juez sevillano dilató cuanto pudo la ejecución de la orden.
Una vez libre, el escritor se quedó en Sevilla el tiempo suficiente como para enterarse allí de la muerte de Felipe II el 13 de septiembre, en un momento en que el Imperio se hallaba sumido en una profunda crisis. En noviembre compuso un espléndido soneto satírico —«honra principal de mis escritos», dijo— al aparatoso catafalco que se levantó en memoria del rey difunto («¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza / y que diera un doblón por describilla!»), que es asimismo un corrosiva reducción al absurdo de la grandeza imperial y sus sueños, en los que él había tomado parte como soldado. Pero no fue esa la única muerte de la que tuvo noticia en los meses siguientes, ni la que más le afectó, porque en mayo había abandonado este mundo Ana Franca, dejando dos huérfanas, una de ellas la hija de Cervantes, Isabel, que un año después, en agosto de 1599, entró al servicio de su tía Magdalena. Con Isabel de Saavedra, la familia aumentó y requirió la presencia de Miguel, pero quizá no fue hasta el verano de 1600 cuando dijo adiós a Sevilla, empujado, además, por la epidemia de peste bubónica que estaba castigando a Andalucía, y regresó a Esquivias junto a Catalina.