Kitabı oxu: «Exabruptos. Mil veces al borde del abismo»


EXABRUPTOS Mil veces al borde del abismo Autor: M. Iván Ibarra A. Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago, Chile. Fonos: 56-224153230, 56-224153208. www.editorialforja.cl info@editorialforja.cl Primera edición: septiembre, 2021. Edición electrónica: Sergio Cruz Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
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Registro de Propiedad Intelectual: N° 189.902
ISBN: Nº 9789563385359
eISBN: Nº 9789563385366
Dedicado
A Patricia.
A mis hijos Iván, Daniel y Patricia.
A mis nietos Josefa y Emilio.
CAPÍTULO 1
A los diecinueve años, Ramiro Torres Mateluna salió de su hogar natal para dedicarse a conocer mundo y experimentar todo lo que no pudo mientras vivía con sus padres. El haber crecido en una iglesia pentecostal, donde las reglas fundamentales eran no poner en duda la evidencia de la existencia de un Dios –castigador y un tanto veleidoso, según su propia interpretación– y no desviarse de las normas establecidas por la iglesia so pena de caer en horrendo pecado, habían hecho del joven un verdadero inconformista y constante buscador de la verdad, lo que le permitiría conocerse mejor a sí mismo y a los demás. Necesitaba saber por qué estos líderes autodesignados predicaban una cosa y actuaban de acuerdo a sus propios intereses. Él no podía aceptar que el cristiano no fuera digno de actuar de acuerdo a su propio albedrío y menos que Dios fuera como se lo predicaban. Él era amor, entrega, sacrificio y consolación, nos había dado una inteligencia muy superior a todo otro ser viviente sobre la faz de la tierra; habíamos sido hechos a su imagen y semejanza, por lo tanto, todo lo que hiciéramos iba a ser juzgado o recompensado en algún momento de acuerdo a nuestros propios actos.
Esta búsqueda lo llevó a conocer todo aquello que le fue coartado o prohibido. Eso que algunos llamaban maldad, para él pasó a ser emociones nuevas, conocimiento y grandeza. Emociones como aquella ocurrida en el barrio puerto, cuando por ayudar a una amiga a que se acostara con un gringo, estuvo a punto de ser arrestado por los marines de la Unitas bajo el cargo de tratante. Si no hubiese sido por su vasto conocimiento de todos los escondrijos del sector, los gringos le habrían sacado la cresta a palos y después lo habrían entregado a los navales chilenos.
La primera vez que se acostó con una prostituta, también fue uno de los grandes sucesos en su vida. Fue esa tarde en que el Pelao Enrique y el Chueco Aníbal se confabularon para venderlo a la Tía Rebeca por unas cuantas botellas de pisco y algunas bebidas. Ese día entró al oscuro mundo de las bajas relaciones, de amigos sin escrúpulos y de mujeres que pagaban gruesas cantidades de dinero por poseer a un cabrito virgen. La Tía inspeccionaba directamente la mercadería, para luego transarla sin intermediarios. Damas prominentes, de trato muy reservado y especial, eran las favorecidas.
Las emociones y sensaciones de aquella primera vez fueron fuertes, matizadas de vergüenza por la falta de experiencia –candidez, por decir lo menos– y por aquel desánimo juvenil y natural al verse manejado como un conejillo. No obstante, aquella mujer, de la cual ni siquiera supo su nombre, lo gozó y disfrutó toda la noche, entregada a su propia lujuria y alegría de haber descartuchado a otro más.
Fue así como también conoció a Claudia, bailarina del Oasis, quien lo impresionó a primera vista. Este estremecedor episodio de su vida, “todo lo hago para pagar mi carrera universitaria y para ayudar a mi pobre madre enferma”, logró calar profundo en su corazón sencillo y todavía crédulo. Entonces, por iniciativa propia y sin que nadie lo presionara, comenzó a ayudarla con algún dinero; total, lo que ganaba se lo permitía. Obviamente, llegó el momento en que cayó en la cuenta de que Claudia también percibía otros pesitos ejerciendo la prostitución. Su mundo no se derrumbó, pero si cambió en él la disposición para ver las cosas. Aunque se sentía defraudado, ideó una fórmula para entenderla mejor, y lo logró; iniciaron un idilio muy particular, que duró hasta que ella le confesara su embarazo. En un primer momento, se llenó de felicidad, pero ya más frío y calculador, sacó sus debidas cuentas; era imposible que fuera de él, sin embargo, la situación nunca pudo ser aclarada. Solo y atormentado, en una tarde gris de otoño, se despidió para siempre de ella. El tren partía hacia el sur, llevándose una parte importante de su vida, dejándolo perdido y desilusionado.
Así era la vida, no tan solo en el puerto, sino como tal, como vivencia; psicología de la vida, escucharía posteriormente en un casete de crecimiento personal.
No obstante, visualizando nuevas perspectivas para su futuro, tomó la decisión de seguir estudiando y se matriculó, aunque un poco tarde, en el Colegio Municipal para Adultos de la ciudad florida, donde completaría la Enseñanza Media, que tan necesaria se había tornado para poder encontrar un trabajo medianamente bueno. Allí conoció a mucha gente, entre ella a profesores de marcada tendencia marxista, con los cuales mantuvo buenas relaciones estudiantiles, pero no muy importantes en lo político. Nunca se había sentido identificado con alguna tendencia en particular, solo simpatizaba con aquellos que predicaban ideas que beneficiaran verdaderamente a los más desposeídos y a aquellos que nunca iban a tener un espacio para difundir sus propias opiniones. Él era pobre, provenía de un hogar humilde, donde lo único con valor material era la finca adquirida por su viejo a precio de huevo y que, después, la heredó en vida, así que estas posiciones algo remecían su corazón. En los debates políticos a los que estaban acostumbrados los alumnos, no participaba activamente, solo escuchaba y de vez en cuando movía la cabeza, apoyando o vetando alguna moción.
Para él la política era hermosa y un tanto romántica, pero consideraba que, en el último tiempo, algunos elementos la habían ensuciado y ya no era tan atractiva, principalmente para la juventud, que no se sentía partícipe de las decisiones que tomaban los mismos de siempre. Muchas de estas personalidades, daba lo mismo la ideología que profesaran, eran un montón de pillos que solo buscaban el poder para enriquecerse, apitutar a familiares y amigos, y recibir coimas cuando fuera necesario. Las acusaciones de corrupción y las querellas por ofensas y calumnias, iban y venían, pero nadie le ponía el cascabel al gato. Incluso un gran poder del Estado, como el Judicial, constantemente se veía sobrepasado por los arrebatos arbitrarios, fuera de toda ética, de algunos jueces y abogados que solo atinaban a congraciarse con sus defendidos, independiente de si estos eran o no culpables, para obtener beneficios mutuos.
Como sus fines de semana eran una verdadera incertidumbre para quien apostara algo sobre lo que haría, ese sábado no escapaba a la regla. Se dirigió al departamento y aun cuando no era muy amigo del café, se preparó uno bien negro y un par de tostadas con mermelada. No sentía hambre ni sueño, pero sí una gran sensación de vacío en el estómago, ya un tanto acostumbrado al ritmo de vida al que lo obligaba su dueño. Se dirigió hacia la puerta del ventanal que daba a la calle y abrió una de las hojas. Dio un paso hacia delante y el pequeño balcón de madera crujió con su peso, recordándole con ello que no soportaría por mucho tiempo los embates del tiempo y de la humedad, pero aún su sueldo no le daba para pagar otra cosa mejor.
Abrió los brazos y sacó el pecho al frente. Aspiró profundamente el aire puro de la mañana y observó los cerros llenos de casas. Recordó entonces el día en que llegó al puerto. Esa, su primera noche, la que tuvo que pasar junto a un grupo de ancianos pordioseros que habían adoptado como hogar el área de carga de la estación ferroviaria. Allí por lo menos tenían un techo y no se mojaban ni pasaban tanto frío. Compartió con ellos incluso su drama mañanero, cuando tempranamente llegaban los camiones y se aculataban para hacer sus primeras cargas y descargas a las bodegas. Cada uno de ellos debía despertar bruscamente y retirar de allí los sacos, mantas y frazadas, atiborradas de piojos, pulgas y garrapatas, ya que los perros también eran bienvenidos en ese hogar abierto.
Junto a ellos había pasado su primer y única noche: cansado, hambriento y con sueño. Sin embargo, había sido allí, donde recordando su hogar capitalino, había reflexionado y se había hecho una promesa a sí mismo: ¡Nunca viviría en la miseria! Su baja autoestima la convertiría en una gran actitud positiva, ahorraría dinero y no se abandonaría jamás a su suerte. Esa misma actitud le permitió, a la noche siguiente, estar durmiendo a lo menos en un hotelucho de mala muerte frente a la Echaurren. ¿Cuál había sido el vehículo para lograrlo? Sencillamente, lavando vajilla y trapeando el piso de una fuente de soda. Así pudo comer, beber y hacer muy buenas migas con la dueña, la cual además le asignó variados trabajos de carpintería en su cité.
Ahora, después de cuatro años, era empleado de una empresa naviera en formación. El sueldo le alcanzaba, además de ayudar a su madre, para la renta del departamento, pagar los estudios y los gastos propios de comer, vestirse y pasarlo bien. Aunque algunas veces lo invitaban sus contados amigos, él siempre devolvía la mano de la mejor manera. Cuando se trataba de sus amigas del ambiente, les demostraba su agradecimiento defendiéndolas en aquellas oportunidades en que la situación lo ameritaba, lo que le significaba en repetidas ocasiones trenzarse a golpes con algunos sobrepasados, especialmente con los cosacos, a quienes además no les caía muy bien, por su posición en favor de los managuas.
Solo la sirena de un carro de bomberos que se dirigía hacia la parte alta del cerro, lo sacó de sus pensamientos; volvió atrás, observó el desorden en el que vivía y no tuvo más remedio que pensar en hacer un poco de aseo. De todas maneras, eso era lo común, ya que bastaba con limpiar una vez a la semana para que el departamento se mantuviera presentable. Antes de empezar, el estómago le recordó que debía prepararse el almuerzo. Esquivó unos muebles viejos y llegó hasta la cocina, dispuesta en un rincón y separada por un biombo de coligüe. Después de buscar los ingredientes necesarios para la preparación de una apetitosa cazuela de vacuno, cortó el pedazo de costilla en trozos pequeños y agregó un par de huesos redondos con médula y media porción de tapapecho. Tapó la olla y los echó a cocer. Peló cuatro papas, un pedazo no muy grande de zapallo y una zanahoria, los juntó en una fuente con agua y agregó un diente de ajo y media cebolla. Tres cuartos de hora después la carne estaba casi lista, agregó los demás ingredientes y dejó preparada media taza de arroz para cuando faltaran unos diez minutos de cocción. Entre el aseo y la cazuela, pasó volando la mañana.
A media tarde, almorzado y relajado, bajó las escalinatas y salió al callejón lleno de talleres mecánicos y tornerías. Los burdeles que durante la noche agitaban el ambiente, a esa hora permanecían ausentes del ajetreo; caminó hasta el emporio de la esquina y solicitó el teléfono, marcó un número y esperó fumándose un pucho. Ese día no se había bañado ni afeitado, la boca le olía feo, pero era su fin de semana y, pese a no ser un adefesio, no tenía a quien parecerle bien, ni tampoco le inquietaban los comentarios de la gente que hablaba despectivamente de su “mal vestir”. En un instante se enderezó y la cara se le llenó de gozo.
–¿Lorena? Hola, qué tal... ¿cómo estás?
Esperó unos segundos y continuó:
–¿Te parece si hoy nos juntamos para ir al cine? No, no. Cómo se te ocurre. Con todo gusto te llevaré.
Se volvió a mirar a través de la ancha entrada.
–¿A las siete? Okey –confirmó–. Te sugiero que bajes abrigada, está un poco helada la tarde.
La anciana dueña del emporio, que escuchaba atenta la conversación, bajó el rostro y lo observó por sobre los lentes. El muchacho colgó, se acercó al mostrador de madera, sucio y descolorido, y sus dedos se alargaron con una moneda.
–¡No se preocupe, joven! –dijo la mujer–. Su actitud ha sido tan linda que merece que no le cobre el llamado.
Luego se irguió y acercó el rostro al de él, agregando en voz baja:
–Me alegro que aún quede gente romántica como usted.
–No exagere, doña Petronila, mire que a veces también soy muy frío.
La abuela negó con la cabeza.
–Mi intuición de vieja me dice que posees un gran corazón, hijo mío.
Calló un momento y arrugó la frente.
–¿Acaso un caballero deja esperando a una dama? ¡Vaya rápido! Que se le hace tarde.
–¡Como usted diga, mi señora! Me voy volando.
Y como si realmente hubiera sido así, subió tan de prisa las escalinatas, que no vio a Gobolino, que se encontraba echado cuan largo era, tomando el tibio sol que entraba a través del tragaluz. El gato, que se había mudado desde una casa de putas aledaña, dio un maullido estrepitoso, tanto que el muchacho pensó haberlo achicharrado. Volvió atrás, lo auscultó detenidamente y luego de comprobar que estaba ileso, le dio un beso en una oreja y siguió corriendo escalera arriba.
Encendió el calefón y, mientras esperaba que se calentara el bimetal, procedió a desvestirse. El color de su piel ahora era de un rosado fuerte –quizás color felicidad. Se metió bajo el agua caliente y su voz se escuchó en todos los rincones de la vetusta vivienda. Su cantar era bello y melodioso; había dulzor y ternura en su composición. Gobolino alzó la cabeza y sus orejas se reubicaron en el espectro, subió los escalones y se sentó frente a la puerta del baño. Movió la cabeza de un lado a otro y, arriscando los largos bigotes, comenzó a lengüetearse el pecho blanco; sin duda era un gran crítico y admirador de los buenos espectáculos.
A las siete de la tarde, estaba plantado frente al cine Metro, allí donde se estrenaban los mejores clásicos del cine que tanto le gustaban. Al cabo de cinco minutos apareció Lorena con una gran sonrisa. Compraron cuatro Súper 8, dos bowling y un paquete de cabritas confitadas recién hechas. Se demoraron un momento viendo las fotografías de algunos estrenos que vendrían pronto y le pidieron al acomodador que los condujera hacia la mitad de la sala. En esos momentos se exhibía Martini al instante. La sala era grande y con espacios muy amplios, las paredes y el cielo parecían monumentales, mientras que las butacas eran cómodas y profundas. En lo técnico, se estrenaban dos nuevos efectos: el sensurround y el cine panorama. Excelente ocasión para proyectar la película Terremoto.
Regularmente, Ramiro no asistía a este tipo de cine, solo lo hacía cuando la película era muy buena o cuando la compañía así lo recomendaba. En sus tardes de aburrimiento, le fascinaba ir a salas donde por quinientos pesos podía ver tres películas continuadas y, si estas eran entretenidas, se las repetía hasta quedarse dormido. Pero hoy era diferente; ambos jóvenes se conocían muy bien. Por largo tiempo habían compartido muchas cosas, algunas hermosas, otras no tanto; pero, en fin, de todas maneras, su amistad era única y verdadera, lo que hacía presagiar que en cualquier momento se podría convertir en algo más, sin embargo, ninguno de los dos apresuraba el proceso. Por ello, Ramiro, mientras observaba las escenas del noticiario, rememoró algunas de esas horas vividas juntos. Recordó aquel día que paseaban junto al mar, cuando ella parodiando a los suicidas de la piedra feliz, casi corre la misma suerte al resbalar desde la mitad de la roca. Solo su rápida reacción, al empujar el cuerpo hacia la piedra, permitió que no cayera directamente a los roqueríos. También aquella otra en el colegio, cuando después de haber subido eufórica al escenario, le dio un gran beso en los labios por haber sido el ganador del concurso Míster Piernas. Luego, muy suelta de cuerpo, contestaría a los interrogatorios:<<Somos excelentes amigos>>.
Terminado el noticiario, poco a poco las luces fueron encendiéndose, hasta quedar la sala completamente iluminada. El galán, aún absorto en sus pensamientos, echó la cabeza hacia atrás y observó las luminarias.
–Es increíble que de la nada pueda nacer algo –dijo.
Lorena levantó la vista e inquirió:
–¿Te refieres a las luces?
–En cierto modo, sí –contestó–. Hacía una comparación.
La joven lo miró, expectante.
–Hasta hace un tiempo atrás –rememoró–, mi vida amorosa prácticamente iba en una espiral sin fin. Pero creo que ahora vivo... en cierta manera...
Lorena quiso interrumpir, pero él terminó la frase chasqueando los dedos:
–¡Eso es! ¡Iluminado! Simplemente ¡iluminado!
Ambos fueron pródigos con la risa.
Pasados cinco minutos, estaban disfrutando de la proyección. Se arrellanaron en el asiento buscando comodidad y Lorena arrimó su hombro al de él. Cada impacto de la cinta hacía retumbar la sala. La sensación de vivir la película era de sobremanera angustiosa y entretenida. Lorena se le arrimaba cada instante más y sus manos buscaron la calma que le ofrecían las de él. Él le pasó el brazo por sobre los hombros y la apretó contra su cuerpo. No era nada extraño en ellos, casi siempre andaban abrazados o tomados de la mano, pero esta vez lo que ambos sintieron fue distinto; una electricidad les había recorrido los cuerpos.
Finalizada la película se tomaron de la mano y salieron raudos hacia el paradero de taxis. Corrida media hora de viaje, bajaban del destartalado colectivo. Ramiro siempre acostumbraba a ir a dejar a sus amigas hasta el domicilio, el concepto de seguridad personal arraigado en él, no le permitía dejarlas a la deriva. Tomó el lado exterior de la vereda y cubrió a Lorena con los brazos. Caminaron lenta y calladamente, hasta que ella rompió el hielo.
–Fue maravilloso haber compartido esta noche contigo. ¡Gracias por invitarme!
–¡Por favor, Lore! Sabes muy bien que no me gusta que me agradezcan las cosas, sobre todo cuando el favorecido he sido yo.
La joven se apegó a él y le acarició delicadamente el rostro.
–¡Eres una persona tan especial! –suspiró–. Ahora veo por qué ninguna mujer se te resiste.
–¡Aaah, déjate! –alegó, así como al desgaire.
Pese a su auténtica modestia, no podía refrenar su orgullo, sabía que esa noche escapaba a toda norma. No quería echar a perder ningún minuto de aquel encuentro. Se animó a sí mismo y decidió que era el momento más adecuado para decirle la cantidad de cosas que había estado repasando desde hacía varios días. Ella ocupaba gran parte de su atención y era la única que se había hecho merecedora de su respeto, aunque no de su libertad. A sus veintitrés años no necesitaba de una celadora, ni menos iba a estar dispuesto a ser fiel a una sola mujer. Para que ello aconteciera faltaba que corriera mucha agua bajo el puente.
Mientras la niña comentaba algunos pasajes de la cinta exhibida, él se incomodaba al no saber cómo abordarla. De pronto, en una forma casi brusca, la tomó de ambos brazos y la miró directamente a los ojos; ya nada se interponía entre ellos, ni siquiera la fría brisa de esa noche de otoño. Acercó los labios a los de ella y la besó con miedo, con nerviosismo y casi sin pasión. Luego rieron, se miraron y tomados de ambas manos se volvieron a besar, ahora sí, apasionadamente, dejando en el olvido toda la resistencia que había en ellos en un principio.
–¡Te amo, Ramiro! ¡Te amo! –musitó la joven.
–Calla, amor, no digas nada; no es necesario –dijo él.
Por primera vez se había estremecido ante una mujer. Lo sencillo y cándido de aquellos veintidós años lo habían cautivado de tal manera, que no se permitiría ni el más leve mal pensamiento con respecto a ella. Se le hacía tan necesaria, tan importante, que no quería soltarla ni apartarse un segundo de su lado.
Ella era la que más lo defendía en el colegio, sobre todo cuando el profesor de Inglés hacía, adrede, control sobre la última clase, sabiendo que él no había asistido a ella. O cuando la profesora de Orientación Religiosa lo expulsaba por quedarse, lisa y llanamente, dormido. Era su abogada personal, la gladiadora de grandes peleas, la que por él hubiera dado, si fuera preciso, la vida. Eran muchas las situaciones por las que tenía que agradecerle, pero ahora no era necesario decir nada, el silencio de aquella alegría contenida se encargaba de todo. Juntaron las manos y caminaron en dirección a la casa.
CAPÍTULO 2
Las circunstancias políticas y sociales fueron llevando día a día a la nación a un caos sin vuelta, los acontecimientos pasaron tan rápido que nadie tuvo tiempo para afinar o definir bien sus posiciones. El general Pinochet junto a los comandantes en jefe de cada rama de las fuerzas armadas, habían tomado el control del gobierno, derrocando al presidente en ejercicio. El Bando N° 1 declaraba al país en Estado de Guerra, con todas sus implicaciones: estado de sitio, toque de queda, fusilamientos, privación de libertades constitucionales y otros.
El amanecer de ese día fue sobrecogedor. A lo largo y ancho del país, los principales centros organizacionales, así como las universidades y las radios, amanecieron tomados por sorpresa por los militares, a excepción de dos emisoras proclives al gobierno democrático, que lograron seguir emitiendo con sus equipos de emergencia hasta casi el mediodía. Las personas que no alcanzaron a llegar a sus centros de trabajo debieron devolverse y quedarse en sus hogares, ya que la aplicación del toque de queda fue inmediata. Con ello y mucho más, comenzaba a tejerse una nueva historia en el país, como asimismo en el seno de la familia Torres Mateluna.
Claro, porque don Esteban y la señora Fernanda eran dos duros extremos. Nunca se habían llevado bien, es más, en dos oportunidades estuvieron a punto de separarse, pero solo el gran amor hacia su hijo los había mantenido juntos. Las peleas eran diarias y las agresiones verbales también, sin embargo, todos sabían que en el fondo de sus corazones existía un gran amor, augurando que cuando muriera uno de ellos, el otro lo echaría mucho de menos, pero en vida, tan solo se dedicaban a amargarse mutuamente. En parte, esto influiría en algunas de las malas decisiones de su hijo. Las trancas mentales arrastradas desde la adolescencia, le jugaban ingratos momentos en su vida amorosa, pues para muchos era inmaduro y falto de amor; tendría que aprender demasiadas cosas en la vida para llegar a ser un hombre. Sus padres se lo recriminaban, pero ello tampoco les sirvió para hacer su propio examen introspectivo, si de verdad eran o no culpables de que su hijo tuviera estos problemas.
El viejo Esteban siempre había simpatizado con la izquierda. Alegaba, pataleaba, echaba pericos contra medio mundo, pero nunca participó en actividades políticas, ni siquiera estaba inscrito en los registros electorales y para los períodos eleccionarios solo se limitaba a presionar a su esposa para que emitiera el voto de acuerdo a la preferencia que él estimaba conveniente. De todas maneras, según su propio entender, los momios y los gorilas sediciosos habían sido los únicos causantes de la gran catástrofe nacional. Y base para ello no le faltaba; cuántas veces había visto a los Bozzo esconder camionadas de insumos perecibles para crear el desabastecimiento en la población y, luego, culpar al gobierno. Ni siquiera a él, que era su capataz leal y celoso, le habían querido vender, y menos regalar, un kilo de azúcar o un litro de aceite. Para ellos se trataba de un comunista más, el cual, como se lo habían hecho notar muchas veces, podía quejarse ante su presidente. Solo algunos palogruesos de la Villa El Dorado o de la Kennedy tenían acceso a estos productos. La mente de Ramiro todavía guardaba los detalles de la última conversación que su padre había mantenido con la señora del patrón.
–¿ Pa´onde va con esas ollas que ni siquiera sabe usar, iñora? –le había preguntado cuando ella se dirigía en su BMW a un caceroleo.
–¿Y a vo´ qué te importa, viejo conchetumadre? –le había respondido ella con ira, para luego, casi sin respirar, agregar–: Preocúpate de terminar luego el chalet, pa´ que te vai de una vez por todas junto al comunista de tu hijo.
Recordó que don Carlo, quien había escuchado la última parte de aquel triste diálogo, se acercó a ellos mientras terminaban de bajar desde los tijerales y afectuosamente se dirigió a su padre.
–Perdone a esta vieja loca, maestro. ¡Usted ya sabe cómo es para las chuchadas!
Su viejo, con un pie todavía en la escala, le había contestado:
–No me preocupa tanto la forma, don Carlo. Me preocupa el fondo del asunto; sobre todo que haya involucrado a mi hijo.
Luego de mirar a este solemnemente, continuó en tono seguro:
–Necesito que me cancele hoy mismo todo el dinero que me debe y comuníquele al arquitecto que, a partir de este mismo instante, no le trabajamos más y que se busque un nuevo jefe de obra.
Mientras don Carlo escuchaba atónito esta decisión, su padre lo había tomado por los hombros, instándolo a caminar hacia la bodega.
–¡Vamos, hijo! Aquí no hay nada más que hacer.
–¡Pero, por favor, maestro! No es para tanto la situación.
–¿Qué no es para tanto? ¿Qué haría usted si un día voy, entro a su casa, me bajo los pantalones y me cago en su lindo living?
–¡Ah! Pero eso no guarda relación, pues, maestro.
–¿Cómo que no guarda relación? Su mujer hizo algo peor que eso, se cagó en mí y en mi familia... y eso... ningún ser digno lo puede aceptar. ¡Adiós, don Carlo!
A contar de ese día, su padre no había trabajado más en la construcción. Se compró un caballo y un equipo de cultivo y aró la tierra para sembrar choclos, porotos, tomates, y otros, de acuerdo a la temporada. Agrandó el gallinero y cobijó en él a más de cien gallinas y otra cantidad similar de patos. Asimismo, de una pareja de canarios obtuvo, a la vuelta de un año, alrededor de setenta pájaros. La continua preocupación por los animales, el sembrado y el regadío, lo había mantenido ocupado permanentemente hasta el inicio de estos acontecimientos políticos.
La tranquilidad le duró hasta esa mañana del golpe. Preso de una furia y odio terribles en contra de aquellos que se reían de la ignorancia del pueblo, salió hecho un celaje hacia la plaza de la población San Judas Tadeo, prácticamente toreando a los milicos del Regimiento de Telecomunicaciones para que lo mataran.
–¡Mátenme, asesinos! ¡Fascistas y momios desgraciados! –gritaba a todo pulmón, exponiendo el pecho desnudo.
–¡Váyase de aquí, viejo e´ mierda! –le gritaba un tanquista metido en su cueva blindada.
–Ándate, comunista reculiao, si no querís que te parta la raja de un balazo –gritaba a voz en cuello otro pelado, parapetado detrás de un poste.
–¡Ruéguenle a Dios que los perdone, milicos de mierda! –continuaba gritando, mientras saltaba de un puesto a otro–. ¡Están matando al pueblo!
En esos precisos momentos se escuchó un estruendo que hizo que todos, militares y civiles, se tiraran al suelo buscando algún refugio. Las grandes piedras que en algún momento fueron traídas para adornar los futuros jardines de la plaza, sirvieron de protección. Sin embargo, él se mantuvo en pie, observando que algunos mocosos muy mal pertrechados, lanzaban bombas molotov al tanque y a los dos camiones militares. La bomba casera que había estallado junto a uno de los postes del alumbrado público, que todavía no se apagaban en aquella mañana que prometía un sol esplendoroso, los había envalentonado. Entonces vino la debacle, los cerca de treinta militares, apoyados por un furgón de Carabineros, comenzaron a disparar directamente a los alzados, mientras el tanque buscaba la mejor posición para arremeter contra la panadería, donde se hallaba la mayor cantidad de gente, muchos de ellos haciendo cola para comprar el esquivo pan, producto de la escasa harina, que provenía del poco trigo sembrado por los agricultores para crear el caos.
El viejo Esteban dejó por un momento su odio de lado y corrió hacia la multitud que, espantada, dejaba bolsas, mallas y canastos botados. No obstante, para algunos fue muy tarde. Dos granadas salieron expedidas desde el cañón del tanque. Una destruyó el murallón frontal de la panadería y la otra arrasó gran parte de la sala de ventas, mientras que a la par, varios soldados enterraban sus bayonetas en los cuerpos, algunos aún vivos, de aquellos jóvenes, viejos, mujeres y niños que por algún extraño designio estuvieron en el lugar equivocado a la hora menos propicia. Todo duró escasos minutos; el toque de queda no permitió que otros murieran en aquella plaza, y su padre… bueno… él tuvo la entereza de levantarse, extrañamente sin ningún rasguño. Solo la misericordia de Dios lo libró de la muerte, contaría su mujer posteriormente. Y allí… él, sin rumbo, atontado y a punto de volverse loco, retrocedió en busca de su hogar, extrañamente también, sin que nadie se lo impidiera.
Pese a que la clase obrera y el pueblo en general se habían sentido felices por estar caminando hacia el socialismo, era muy difícil que con esa política popular y con el ideal de algunos dirigentes de la coalición gobernante, de la toma del poder por las armas, se mantuviera este estilo de gobierno por mucho tiempo, más aún si los intereses de las grandes multinacionales, junto al de muchos prominentes millonarios criollos, habían sido tocados. Ramiro, por su parte, creía que el socialismo era una buena idea política, pero estaba consciente también de que el pueblo no estaba preparado para desenvolverse en un gobierno suprapartidista y menos que algunos de sus personeros más populares fueran a ser idóneos en los cargos que se les asignaran. La prueba de ello era palpable. Dos de los ministerios sociales más importantes habían caído en manos de personas que ni siquiera habían terminado la enseñanza básica. Por otro lado, algunos ignorantes en materia de economía ejercían cargos afines en organizaciones gubernamentales. Más allá de todo ello, él continuaba estando por el diálogo, pero un diálogo diferente al que la demagogia los tenía acostumbrados. Él soñaba con que alguna vez la mesa de conversaciones estuviera servida igual para ambos lados, no caviar y codornices para uno y solo una tostada pelada para el otro. Que los acuerdos de verdad se cumplieran y que los sinvergüenzas y ladrones pagaran efectivamente sus culpas en el mismo lugar, no como sucedía hasta entonces, en que algunos iban a parar a una cárcel tipo ratonera y otros al Capuchinos Hotel.
Por supuesto que los meses fueron amansando el espíritu de unos pocos y también exacerbando el de otros. Habían pasado los primeros cinco meses de prueba y la calidez de febrero en cierta medida ayudó, aunque temporalmente, a calmar los ánimos o, más bien, a prepararse para cosas peores.
Torres se rascó la cabeza, disimulando muy bien su nerviosismo y apuró el tranco hacia la estación Barón del Ferrocarril Central, era la hora de pasada del automotor que le llevaría hasta Quilpué. Metió los dedos por el enrejado de la boletería y retiró el boleto. La estación, así como todos los servicios públicos, estaba resguardada por personal militar de la Guarnición Naval porteña que portaban en sus hombros fusiles M-16, HK o los vetustos M-1. Esta visión lo obligó a pensar necesariamente en su padre, el cual aún no se reponía del todo después de aquella barbarie en la pobla que lo había visto crecer.
–¿Qué me dice de todo lo que está sucediendo? ¿Encuentra lógico que tengamos que vivir militarizados?
Sorprendido miró a su lado y se encontró con una joven que esperaba, al igual que él, el tren al interior. Como no acostumbraba a contestar sin pensar, la observó sonriente y levantando una ceja contestó cortésmente.
–Eso depende del porqué se aplican estas restricciones. Tú debes saber perfectamente lo que está pasando, ¿cierto?
La muchacha dudó y no contestó de inmediato.
–Por lo visto tu apruebas esto –dijo, burlesca.
–¡No! No lo apruebo. Lo que trato de explicarte es que debemos analizar por qué ocurrió y de ahí sacar nuestras conclusiones, con el fin de no cometer los mismos errores.
–¡Hum! Sí –dijo, no muy convencida. Luego cambió bruscamente de tema–. ¿Vas al interior o solo a Viña?
–Voy a Quilpué.
–¿Eres de allá o vas de paseo?
Ramiro rio relajado.
–¿Soy muy preguntona? –inquirió la joven, un poco avergonzada.
–No, creo que no. Lo que pasa es que en este mundo machista uno es el que pregunta. No estamos acostumbrados a lo contrario.
–¡Verdad! Tienes razón.
–¿Y cuál es tu nombre? –preguntó él.
–¡Jacqueline! ¿Y el tuyo?
–Ramiro Torres. Sin embargo, siempre me he sentido atraído por el nombre William, que no tiene nada que ver por supuesto, pero... me bautizaron Ramiro.
–Qué entretenido. A mí me llaman Jaco. También encuentro na´ que ver, pero mis viejos...
–Ahí llega el automotor –interrumpió.
La muchacha era baja y regordeta, vestía un atuendo artesanal que le llegaba al suelo y calzaba unas chalas de cuero. Su rostro con salpicaduras de acné, cada cierto rato temblaba debido a un pequeño tic nervioso y los lentes poto de botella con marco de carey grueso no permitían apreciar en toda su magnitud la belleza de sus ojos azules. Se sentaron uno frente al otro y continuaron charlando de múltiples cosas. El joven, sin querer parecer grosero, cada vez que podía echaba a volar su imaginación. El mar encabritado demostraba la fuerte brisa que azotaba sus aguas de azul marino profundo, color que cambiaba de tonalidad según el lugar de donde se mirara. Al pasar por Recreo, Jaco quiso hacer un comentario, pero al ver el rostro impávido de quien tenía al frente, echó el cuerpo atrás y siguió con la sien pegada al marco de la ventana.
Eran cientos de personas las que cubrían toda la piscina del Centro Club. El tren paraba allí solo para dejar y tomar los pasajeros que viajaban con el fin de disfrutar de una pileta con agua de mar empotrada en la roca viva. Quinientos metros más allá se dibujaba, plena, la playa Caleta Abarca, abarrotada de pequeños y grandes grupos familiares que llegaban de toda la zona, y, los fines de semana, desde Santiago, para tomar el sol y bañarse en sus tranquilas aguas. Todo allí estaba controlado para pasarlo bien sin riesgos. Dos balsas, mar adentro, marcaban el límite apropiado para los nadadores experimentados, mientras que un bote salvavidas recorría permanentemente la zona exterior.
–¿Te gusta la playa, Rodrigo?
–Más o menos, Karina –contestó sin molestia.
–¡Me llamo Jacqueline y no Karina! –corrigió la muchacha.
–¡Perdón! Yo soy Ramiro y no Rodrigo.
– ¡Nooo! ¿Te llamé Rodrigo? ¡Perdóname! –suplicó, tomándolo de las manos.
–No te aflijas por eso. No hay ningún problema. ¿De dónde?
–Soy de Vallenar. Allá viven mis papás y... mi pololo.
–Y no me digas que se llama Rodrigo –inquirió, arrogante.
La chica se retiró los lentes y contestó con tono sentimental:
–¡Justamente! Y lo que parece aún más paradójico... es militar.
–¿Y cómo es eso? Aparentemente, tú no puedes ver a los militares.
Jaco abrió el bolso artesa y tras buscar en su interior, sacó de él un pedazo de papel higiénico. Ramiro, que se había dado cuenta de que se había emocionado, se levantó como un resorte y extrajo desde su bolsillo trasero, un sedoso y limpio pañuelo blanco.
–¡Toma! ¡Ten!
Ella lo agradeció con una sonrisa.
–Yo nunca uso, pero parece que ahora fue necesario –se justificó.
Eran unos ojos maravillosos, los que pese al dolor que demostraban, parecían fulgurar como cometas en una noche oscura. Se agachó frente a ella y no emitió palabra.
–¡Soy una tonta! No debí haberme quebrado así –dijo, mientras su tic aumentaba.
–A lo mejor lo necesitabas. Uno nunca sabe cuándo el corazón va a explotar.
–Es que... es una historia muy larga. Cuando se lanza una piedra, uno debe fijarse bien cómo está su propio techo. Si es de vidrio lo quebrarás, y si es de acero te rebotará. En ambas, te caerá a ti mismo –filosofó en forma rimbombante. Luego continuó–: De tanto odiarlos, me salí enamorando de uno de ellos.
Volvió a tomar aire, ahora asomando la cabeza por la ventana.
–Yo pertenecía a la Elmo Catalán, la BEC. –Hizo una pausa y preguntó–: Sabes a que me refiero, ¿no?
Ramiro cerró los ojos afirmativamente. Por un instante pensó en Silvana Patricia, su buena amiga del nocturno. Tan despierta y vivaz, pese a sus dieciséis años. Recordó las tantas veces que él como presidente del Centro de Alumnos tuvo que llamarle la atención por asistir a clases con linchaco y con el casco de combate del partido; ella pertenecía a la BEC.
–Nunca había tenido participación activa con el grupo –prosiguió la chica–. Quiero decir atentados, actos vandálicos o algo así, solo tenía acceso a la propaganda, ¿me entiendes? Pintaba paredes y lanzaba volantes. Empecé como a los quince años, en el gobierno de la Democracia Cristiana. Cuando vino el golpe, nuestro líder regional salió arrancando para Bolivia y nosotras las mujeres que quedábamos en la sede del comando, solo atinamos a escondernos.
Un nudo en la garganta la estaba ahogando. Suspiró entrecortado y siguió con el relato:
–A las cinco de la mañana estábamos rodeadas de militares y carabineros pidiendo nuestra rendición. No sabíamos qué hacer.
Extendió el pañuelo y volvió a sonarse.
–La Patty, que se veía más entera y llena de decisión, gateó hasta la ventana y asomó la cabeza gritando a todo pulmón: “¡Revolución o muerte!”. Allí mismo cayó acribillada por las balas de aquellos enajenados que supuestamente habían jurado defendernos. No tenía más de… más de mi edad. Éramos unas pendejas.
Al ver que nuevamente empezaba a sollozar, se acercó más a ella y le recomendó:
–No sigas, amiga mía. Si te causa tanto dolor, no sigas.
Se enjugó las lágrimas y con la vista dio una fugaz mirada a su alrededor. El vagón estaba casi vacío y el cruce por sobre el puente Las Cucharas, la estremeció.
–A su tiempo este estero también tendrá cosas que contar –dijo en un suspiro, mientras su tic volvía a acelerarse.
Ramiro estiró el cuello para mirar a través de la ventana y admiró el paradisíaco entorno. Era el punto exacto donde confluían las aguas del estero Quilpué y el Marga-Marga. La exuberante vegetación al fondo de la quebrada y las figuras oscurecidas de los troncos de las milenarias palmeras, en un trasfondo agreste, esquematizaban el verdadero sentido de la naturaleza. Solo el constante y previsor pito del automotor rompía el sosiego cansino de las aguas claras y poco profundas.
–¿Cambiémonos de lado? –propuso Jacqueline.
De un brinco, ambos estuvieron instalados en el ventanal contrario, desde donde se podía admirar la majestuosidad de las quebradas entre los cerros. Posteriormente, hubo un silencio que no duró demasiado.
–Perdóname, amigo, pero voy a finalizar lo que empecé –dijo, un tanto repuesta.
–No quiero que te vuelvas a sentir mal. Si quieres cambiamos de tema.
–¡No! –exclamó rotundamente. Acomodó el codo sobre la ventana y prosiguió–: En aquel infierno, la única que logró escapar sin un rasguño fui yo. Además de la Patty, cayeron abatidas la Josefa y la Mirna, mientras que dos lolitas, que habían venido a acompañar a la Jose, quedaron heridas.
Hizo un descanso y lo miró fijamente:
–Ahí estuvo mi desgracia. Me llevaron detenida a una casa de seguridad en Copiapó y me torturaron, más que física, psicológicamente. ¿Logras captar lo que digo?
–Gracias a Dios no lo he sufrido, pero debe ser terrible.
–Así es. Por ejemplo… cuando intentaba dormir, me ponían un tocacintas con ruidos extraños y la voz de mis viejos, pidiéndome a gritos que por favor hablara... ¿Y de qué iba a hablar? ¿De la cantidad de pintura que usábamos en las paredes? O... ¿de las cuadras que recorríamos para botar propaganda? Yo no sabía nada. Me tuvieron secuestrada tres semanas. ¡Nunca perdí la cuenta! El penúltimo día, después de que se dieron cuenta que no obtendrían nada, me soltaron las amarras y me dejaron salir al patio. Otras mujeres, demacradas y como idas, daban vueltas y vueltas alrededor de una vieja fuente. No nos dejaban conversar, y para ir al baño teníamos horarios. La que no cumplía con él, la emparrillaban. –Calló un instante y preguntó–: ¿Conoces el término?
–Lo he escuchado, pero no sé cómo es en la práctica –aclaró.
–¡Simple! Retiran el colchón de tu cama y te amarran desnudo sobre las huinchas del somier. Luego conectan a este un par de cables con electricidad y te achicharran.
No podía menos que escuchar boquiabierto el relato de su amiga. El término se lo había escuchado a unos pacos que asistían a clases junto con él, pero nunca, pese a la curiosidad, había pedido que le explicaran de qué se trataba. La muchacha continuó:
–Como a las cinco de la tarde me llevaron a una pieza limpia y ordenada. Miré alrededor y todo me hizo presagiar que podía ser un ablandamiento. Entraron dos hombres vestidos de civil, un chascón joven y otro cuarentón, medio pelado. ¡Me dio pánico!
Miró hacia afuera y se dio cuenta de que el tren enfilaba hacia la estación Valencia.
–¡Hum! Te falta solo una estación para bajarte. ¡Terminaré rápido!
–¡No, tranquila! Me puedo bajar en Villa Alemana. No voy apurado. Continúa.
Jacqueline retomó la historia. Ahora su tic se normalizó.
–A fin de cuentas, estos mafiosos querían que yo aceptara tener relaciones sexuales con ellos. Me decían que, por su ascendiente, me habían otorgado un dormitorio digno. ¡Me puse a llorar! ¡No sabía qué hacer! Pasó un momento, largo para mí, y en el umbral de la puerta apareció un muchacho joven y buenmozo. Los otros dos se enderezaron, y aunque el saludo entre ellos estaba prohibido frente a las reclusas, su cabeza cuadrada los traicionó. Se cuadraron y salieron de la pieza, no sin que antes el más viejo me mirara y me hiciera una mueca, la que yo traduje como guardar silencio.
–¿Y lo hiciste?
–¡No! Estaba dispuesta a todo. Si Dios me había ayudado hasta ahí, de seguro no me desampararía en el último momento. Me levanté presurosa y me abracé al desconocido, como si hubiera sido mi hermano. Él, confundido, solo atinó a pedirme que me calmara. ¡Tranquila!, me repetía. Luego me comunicó que, al otro día, me podría ir sin miedo y definitivamente a mi casa. Fue mi gran apoyo en ese momento, era el único que actuaba a rostro descubierto o limpio. El día domingo en la tarde, efectivamente, me encontraba de vuelta en mi hogar.
–¡Bravo! ¡Bravo! Sana y salva –rio generosamente Ramiro.
–¡Salva! Pero no sé qué tan sana –dijo con nostalgia Jaco–. Este tic nervioso es mi permanente recuerdo.
–¿Y ese mismo día nació el romance? –preguntó, ansioso.
–¡No! Dos meses después de aquella pesadilla, nos encontramos a boca de jarro en la plaza de Vallenar. Él haciendo vida de cuartel en el regimiento como oficial de enlace, y yo terminando el cuarto medio. Desde ahí, nos seguimos viendo periódicamente.
Ramiro se levantó del asiento y no pudo menos que abrazar a esta amiga poco tradicional que, extrañamente, había confiado en él en momentos tan difíciles para ellos. Su relato encajaba perfectamente en las historias de terror que se comenzaban a tejer en los últimos meses.
–¡Gracias! ¡Gracias! Por la confianza que has tenido para contarme tu drama.
–¡Todo lo contrario! Gracias a ti por escucharme tan atentamente –retribuyó la chica.
Se miraron sonrientes e intercambiaron números telefónicos. Solo el tiempo, como había dicho la muchacha, tendría la misión de levantar cenizas de la historia. Ella continuaba hasta San Pedro, y él, obligadamente, tuvo que bajarse en Villa Alemana. Cuando el tren comenzaba a moverse, Jacqueline sacó la cabeza y gritó suavemente, solo para que él escuchara:
–¡Ya sabes! ¡Nunca más me preguntes por mi pololo, si no, tendrás que acompañarme hasta San Pedro!
Ramiro no dejaba de pensar en que habían sido tiempos difíciles y duros, sin embargo, siempre se cuestionaba qué habría pasado de haber triunfado la revolución que se predicaba.
CAPÍTULO 3
Como todas las cosas cambiaban en el país, era lógico que en los últimos seis años también los acontecimientos sucedieran a favor o en contra de Ramiro. Para él, habían sido años llenos de desafíos, cosas nuevas a las que tuvo que adaptarse poco a poco y sin miramientos. Aprender a ver a los demás como iguales era más que terquedad, una necesidad imperiosa para abrirse camino en la vida. Atrás había quedado el colegio, profesores y compañeros, también la pulguera que le había servido de departamento. En la pared de su nueva oficina lucía orgulloso el cartón de enseñanza media que tanto dolor de cabeza le había causado. Era pura sangre, pura honra, ganado a puro ñeque y convicción. Ahora, ya más tranquilo, cursaba el tercer año de Administración de Empresas en la Universidad Obrero Campesina, una entidad privada que daba opciones a trabajadores talentosos. Continuamente luchaba por superar el vacío aritmético que arrastraba desde la básica, pero aun así cojeaba notoriamente en los ramos matemáticos.
La pequeña compañía en la que se había iniciado, hoy figuraba dentro de las de mayor proyección y en ella él jugaba un papel muy importante como jefe de la sección de Administración de Personal, aún sin poseer un cartón universitario. Por sus manos pasaban múltiples contratos de nuevos empleados, manejaba nóminas de tripulantes y, de vez en cuando, proponía despidos. La recién creada sección de informática también era de su responsabilidad. Sin embargo, en el fondo de su corazón seguía con la inconformidad que le había caracterizado; su sueño de independencia.
Sus afanes de aventura continuaban exactamente igual que al principio; en este aspecto los años no lo habían cambiado. El dicho el que nació chicharra muere cantando era lo más acertado para referirse a él. No obstante, su capacidad intelectual había crecido de sobremanera, contrarrestando un poco la inmadurez que le caracterizaba para tomar responsabilidades en el terreno amoroso. Esto no fue impedimento para contraer matrimonio con su adorada Lorena. Habían convivido casi dos años antes de tomar la decisión y hoy vivían junto al pequeño Cristián Andrés en un departamento del edificio Cordillera, que habían adquirido a través de un crédito de vivienda del Banco del Estado.
Lorena seguía amándolo tal cual era, qué más daba, si total el amor que le profesaba a ella y a su hijo era muy superior a cualquier aventura. Por lo demás, él también le permitía realizarse en su trabajo. En esos momentos esperaba iniciar sus actividades profesionales como secretaria de gerencia en la Multifuncional Telefónica Chilena. Esa decisión había sido tomada de común acuerdo. Por un lado, se había puesto en la balanza su propio deseo, empeñado siempre en contar con lo suyo y, por el otro, el aumento del ingreso mensual, nunca mirado a mal en época de vacas flacas. La vida moderna así lo ameritaba, atrás habían quedado los tiempos en que las mujeres solo servían para criar hijos y cuidar del hogar, hoy también estaban a la vanguardia en los problemas comunes y cotidianos que afligían a todo matrimonio joven.
Mientras esto estaba por venir, gran parte de su tiempo Lorena lo dividía entre cuidar de su hijo, que ya se mostraba como un niño inquieto y observador, y la cocina. El preparar algunas comidas nuevas sacadas de sus recetarios favoritos o hacer algún postre creado por su imaginación, era como el gran juego, no exento de sutileza, para ganarse por las tripas –como decía chistosamente– a sus dos principales comensales y a uno que otro de los invitados de fin de semana. Sin embargo, ese viernes, como el día estaba esplendoroso bajaría a la playa y, luego, en la noche, en cuanto vistiera y acostara a Cristian, se quedaría dormida, como de costumbre, frente al televisor encendido.
En el intertanto Ramiro llamó.
––Hola, cariño, estaba lista para disfrutar del mar y esas arenas blancas que tanto me gustan.
–¡Hola, mi amor! Yo estoy entrando a Santiago –le dijo Ramiro.
–Espero hayas llevado camisa limpia para cambiarte.
–No te preocupes –la calmó Ramiro–. Estaré solo por la mañana. Pienso que no más allá de la una, ya que en la tarde tengo una entrevista con gente interesada en actualizar nuestros viejos y pasados de moda sistemas informáticos.
–Entiendo. ¿Te espero a cenar? –preguntó ella con aire sombrío, al conocer muy bien la respuesta.
–¡No! –contestó Ramiro, taxativamente. Luego argumentó–: Hoy tendremos la pagada de piso del Fernández, ¿no ves que le llegó su primer sueldo? ¿Y cómo está mi regalón?
–Está muy bien, solo que te echa de menos. Ahora está un poco inquieto porque le dije que bajaríamos a jugar a la playa. ¡El día está estupendo! Estaremos un rato y, luego subiremos a almorzar.
–¡Qué rico! –exclamó alborozado–. Espero que lo disfruten por todo lo que yo no puedo. Bueno, si puedo te llamo más tarde, si no... ¡Aló, aló!
En ese momento, se escuchó una vocecita.
–¡Hola, pa… pá!
Cristián había tomado el auricular y sin esperar una respuesta coordinada, prosiguió entusiasmado, contándole en su media lengua todo lo que harían en la arena.
–¡Por supuesto, mi amor! Me alegro mucho de que bajes a jugar y no te alejes de mamá.
–¡Muah, muah, muah!
Ramiro imaginó cómo Cristián se llevaba repetidamente la mano a la boca y se despedía en forma efusiva.
A las tres de la tarde, Ramiro apareció por la oficina. Ese día había viajado a Santiago junto al gerente general, para supervisar y solucionar algunos problemas de las nuevas instalaciones que recién estaban funcionando. Venía cansado, pero contento por los resultados de la visita. Entró al despacho y se desplomó sobre el sillón giratorio, cerró los ojos y aspiró profundamente. Recién allí, se dio cuenta de que en aquel piso todo olía perfecto. El desorden que acostumbraba a tener por indicaciones propias, había desaparecido. Claramente, en su ausencia, Corina había ordenado y limpiado. Cada rincón estaba pulcro y desodorizado y su escritorio sin un solo papel fuera de lugar. En principio, no lo aprobó, él entendía perfectamente su desorden y el hecho de que los papeles y archivadores en algunas oportunidades no le permitieran ni siquiera ver a su alrededor, no le preocupaba. Se enderezó y se despojó del vestón y la corbata, volvió a echarse hacia atrás y aspiró –ahora con deleite– el magnífico aroma de su oficina. Le comenzaba a gustar, quizá porque hacía mucho tiempo que no la sentía así, o simplemente... ¿estaría madurando?
No se había dado ni cuenta de que su secretaria, desde hacía un rato, estaba allí frente a él. Giró en el sillón y la contempló, sonriente. Estaba maravillosa. Se había amarrado el largo cabello en un tomate sobre la nuca, dejando al descubierto un hermoso cuello y orejas pequeñas, mientras un par de bucles le caían sobre la frente.
–¿Qué tal, princesa? –saludó, levantándose–. ¿Cómo has estado?
Se inclinó por sobre el escritorio y la besó en la mejilla, sintiendo el suave perfume Chanel que él mismo le había regalado en su cumpleaños.
–A Dios gracias, muy bien –contestó–. Y usted, ¿qué tal? ¿Cómo anduvo el tour a la capital?
El hombre suspiró largamente y contestó:
–Se me hace cada día más pesado viajar a Santiago. Solo lo hago cuando voy a ver a mis viejos y cuando el jefe lo pide. ¡Tú sabes!
–¡Hum, hum! –confirmó Corina.
–Vamos, toma asiento y cuéntame si ha pasado algo novedoso –sugirió Ramiro.
–En verdad ni siquiera lo han llamado por teléfono –contestó ella, al tiempo que abría su portafolios–. En lo que respecta al trabajo, se enviaron los currículums de los nuevos asistentes y los señores de COMPUT estarán aquí a las cinco. Por ello me tomé la libertad de...
–¡Hum! Voy a pasarlo por alto esta vez –dijo a modo de recriminación amable. Corina abrió los ojos. Luego de un corto silencio, agregó riendo–: ¡Tranquila, querida amiga! Me encuentro muy a gusto con este nuevo orden. ¿Qué más tenemos? –continuó.
–También cité a la señorita Cristina Vásquez para el lunes a las once de la mañana.
Ramiro arrugó la frente en un gesto discordante.
–Es la postulante que a usted le pareció idónea para hacerse cargo de la nueva sección –le aclaró.
–¡Ah sí! Ahora recuerdo. ¡La morenita simpática que a ti te cayó tan mal!
–¡Sí! Esa misma –confirmó su secretaria, explicando con voz grave–: Es que cuando salió de su oficina ni siquiera me miró y solo la escuché hacer un comentario en voz baja, que parecía tener alguna relación conmigo.
–¡Tranquila, mi amor! –la apaciguó–. Solo son celos entre mujeres profesionales, y en eso sabes muy bien que no tienes a qué temer; eres eficiente, ordenada, atenta y muy hermosa.
La mujer bajó la cabeza y se quitó los lentes, tras lo cual atinó a sacar el pañuelo desde la manga de la blusa y limpiarse suavemente la nariz. Las manos le transpiraban. Miró a su jefe de soslayo y balbuceó apenas un gracias. Él se echó hacia atrás en el sillón y miró el reloj.
–Todavía nos queda un poco de tiempo para relajarnos –dijo, dirigiéndose a la puerta–. Iré a buscar dos gaseosas, ¿te parece? –Corina asintió. Entonces, bajando el tono de la voz a lo más mínimo, agregó–: ¡Estás realmente bellísima!
Hacía mucho tiempo que no compartía con alguien de esta forma, pues el trabajo no les dejaba el espacio necesario para ello. Se sentaron en la pequeña sala de estar que poseía el despacho y allí se rieron y se burlaron de todo. Recordaron situaciones embarazosas por las que había pasado cada uno y otras, jocosas, ocurridas en la oficina, en la empresa, con sus jefes.
Corina tenía treinta y dos años, casada hacía ocho y con dos hijos a su haber. Nunca había demostrado tener problemas en el hogar, ni tampoco le gustaba revelar fácilmente sus verdaderos sentimientos, pero igual Ramiro sospechaba que algo no andaba bien; la experiencia y la intuición eran sus mejores aliadas para pensar así. Muchas veces se había percatado de que ella lloraba a escondidas y que sus reacciones cuando él la piropeaba o le solicitaba algo en forma cariñosa eran típicas de la mujer incomprendida, de la que nunca recibe este tipo de cumplidos y que, por otro lado, está atenta a satisfacer cualquier solicitud para sentirse importante y reconocida. Sabía que el marido era del tipo de hombre normal que se las sabía todas. Bocón frente a los demás, y absolutamente engreído al aseverar que él mandaba en el hogar y que su mujer le daba el gusto en todo. Por consiguiente, seguro pensaba que ningún otro hombre estaba en condiciones de hacerla feliz como él.
Con esta clase de macho era poco probable que las cosas caminaran bien por mucho tiempo, más aún si a ella no la tomaba en cuenta para nada. Ramiro imaginó que quizás cuántas veces Corina había llegado temprano a su hogar con la finalidad de preparar una rica cena para esperarlo, vestida muy sensual y dispuesta a conversar de tantas cosas que le abrumaban, tomarse un traguito fuertón y, luego, recibir, por ejemplo, una insinuación para hacer el amor, así como cuando pololeaban, donde tan solo una mirada, un guiño, un roce eran suficiente vocabulario para entender lo que vendría. Pero seguro que ello no había dado resultado; probablemente era del tipo que probaba la comida con desgano y encendía el televisor para ver las noticias o algún partido de fútbol. Y cuando se aburría de aquel aparato, la miraba y movía la cabeza en desaprobación o le hacía comentarios soeces sobre su vestimenta y le insinuaba que parecía una puta. Lo más probable es que después, finalmente, se dirigía al dormitorio, se metía en la cama y se quedaba dormido.
Por eso para Corina debía ser, en cierto modo, entretenido conversar con el hombre amado y hacer resbalar la mano por la pierna al mismo tiempo.
De pronto Ramiro Torres levantó el brazo para mirar el reloj, faltaban pocos minutos para comenzar la reunión.
–Bueno –dijo Corina, entendiendo el mensaje–, voy a ir a preparar las tazas para el café y recordarle al personal de computación que suba a las cinco.
Al levantarse del asiento, una de las alas de la abertura de su falda quedó doblada hacia arriba, dejando expuestos aquellos bellos muslos, que de seguro tenían la loca intención de dejarse tocar y abrirse a quien tuviera la delicadeza de tratarla como a una verdadera mujer.
–¡Excelente! –exclamó Ramiro–. Nuevamente gracias por tu gran ayuda.
–No ha sido nada… me siento bien haciéndolo. Además, creo que es parte de mi obligación, ¿no?
–No del todo, mujer –la regañó. Luego pasándose una mano por el cabello solicitó–: Déjame la puerta abierta, por favor, y no te olvides de avisarme cuando estos compadres vengan subiendo.
Ella asintió con la cabeza y se dirigió a la puerta. El hombre, que no en vano se caracterizaba por ser un buen observador, la alcanzó y le confidenció de manera suspicaz:
-–¡Tienes un par de piernas fabulosas! Pero no quiero que otros las vean. Así que… arréglate la falda, que la tienes subida.
Corina giró el dorso y bajó la vista hacia sus pantorrillas, luego volvió el rostro sonrojado y haciendo una pequeña morisqueta, se la bajó.
–Cualquiera que me viera saliendo así de su oficina podría pensar quizá qué cosa –opinó. Luego, agregó, un tanto avergonzada–: ¡Perdóneme, señor Torres!
–¡No puedes pensar así, Corina! –le reprochó, golpeando sus piernas con las palmas–. Sé que puede ser difícil para ti aceptarlo, pero nadie vive por lo que piensa o diga la gente.
Hizo una pausa y reaccionó:
–¡Ah! Y, por favor, no me trates de esa manera tan cursi. ¿Por qué ahora, si antes no? –inquirió, refiriéndose al tiempo cuando ambos se habían iniciado en la empresa–. Tu respeto lo he tenido siempre y creo que no por tutearme eso cambiará. No te permito que me hagas sentir viejo. ¿Estamos de acuerdo?
La bella sonrió y asintió en silencio, coquetamente.
En la reunión se afinaron los detalles de la instalación de dos nuevos equipos computacionales y se bosquejó un programa de capacitación para el personal. Los costos de instalación, programas y entrenamiento, eran una materia que debería estudiar y evaluar la sección de Finanzas. Sin embargo, el verdadero interés y preocupación del jefe administrativo, era que su personal se pusiera rápidamente en onda informática, pues sabía que eso los llevaría a liderar la competencia con las otras empresas, a pesar de que ciertos ejecutivos longevos, no lo consideraban así todavía, pues el solo hecho de imaginarse que esta modernización los podría marginar de su actual trabajo, les producía urticaria, por lo cual se resistían al cambio. Pese a ello, el gerente general, después de haber escuchado detenidamente su exposición, como siempre objetiva, leal y convincente, había dado luz verde a la implementación del nuevo sistema.
Una vez firmados los acuerdos de capacitación, se dio por finalizado el encuentro. Ramiro recomendó que se guardaran carpetas y documentos, e invitó a los participantes a compartir un café con galletas. A partir de ese instante, la sala de reuniones se alborotó. Se olvidaron las discusiones, las diferencias financieras y los temas tradicionales de oficina se cambiaron por otros más agradables y entretenidos. Corina se desenvolvía hábilmente retirando las tazas por sobre los hombros de la gente y, luego, llenándolas con el agua hirviente del termo. Los ojos de los hombres luchaban desinhibidos por posarse en sus atributos, pero ella, que se había dado cuenta, continuaba con su labor sin nerviosismo. También sabía que a esa hora de la tarde su jefe solo tomaba té, por lo que luego de estrujar la bolsa y agregar tres cucharaditas de azúcar, se lo sirvió prestamente.
–¡Permiso, señor!
El aludido se retiró un poco de la mesa y esperó a que depositara la taza frente a él. Carraspeó levemente y terminó preguntándole:
–¿Se le ofrece algo más?
–¡No! –dijo él, un tanto nervioso–. Muy amable.
El éxtasis que sintió al darse cuenta de que aquellos pechos enormes y bien formados, casi le habían acariciado el rostro, fue mayúsculo. Tuvo la incontenible tentación de tomarla por la cintura y desabotonarle allí mismo el vestido, para luego sumirse entre ese exquisito par de senos, que de seguro nunca habían sido succionados como él lo podría hacer; pero no era posible... al menos en ese momento.
Mientras el grupo continuaba intercambiando opiniones de diversas materias, Ramiro, inmerso en alucinantes pensamientos, no dejaba de observar el accionar de su secretaria. Eres una mujer exquisita, le transmitía, casi moviendo los labios. Ella, que se daba cuenta de aquellas miradas, le contestaba telepáticamente frases como: Todo lo que deseo es que me hagas tuya, quiero que me recorras entera, acompañando cada una de ellas con pequeñas sonrisas llenas de encanto.
Avanzada la tarde se dio término al encuentro y el personal se retiró a sus hogares. Ramiro bajó a los baños que se encontraban en el subterráneo y se dio una ducha con agua fría. La necesitaba para enfriar un poco su cuerpo y porque la suciedad del ambiente capitalino se le había impregnado hasta en los lugares más invulnerables. Era un verdadero suplicio ir durante el día a Santiago. Toda la gente se movía apurada, el ruido de las micros y los bocinazos casi rompían los tímpanos, el esmog, que ya empezaba a mostrar sus garras, causaba trastornos a las vías respiratorias y la total apatía de la gente era del todo desagradable. Nadie hablaba con nadie, y cuando él intentaba saludar, lo miraban como un bicho raro. Sinceramente, no era así su Santiago del pasado, todo estaba cambiando, algunas cosas para bien y otras lamentablemente para mal. Terminó de secarse y subió a la oficina vestido a medias. Se cambió ropa, algo más sport, y se perfumó levemente, no le gustaba andar dejando la estela de olores, le interesaba algo más sutil, algo que atrajera solo a quien él quisiera. Mientras se peinaba, escuchó que golpearon suavemente la puerta.
–¡Adelante! Está abierta
–¡Hola! Soy yo.
Corina estaba allí en el umbral.
–¡Pero qué sorpresa! –exclamó alucinado–. Pensé que ya te habías ido.
Con el rostro lleno de alegría, la mujer respondió:
–Yo también había pensado lo mismo, pero cuando bajé a marcar tarjeta creí verte cruzar desde los baños.
–¡Sí! Me estaba encontrando conmigo mismo –rio burlonamente y prosiguió–: recuerda que hoy tenemos la pagada de piso del Joaquín Fernández.
–No lo he olvidado –contestó celosamente–. Lo que pasa es que no tengo donde ir, así que decidí quedarme un rato más y aprovechar de terminar algunos oficios que estaban pendientes. Así hago hora.
–Siempre tú y tu desinteresada entrega, ¿no? –dijo moviendo la cabeza–. Bueno, todavía es temprano –agregó–, así que nos queda bastante tiempo por delante. –Luego, mientras terminaba de guardar las cosas, le interrogó–: ¿Tienes algún otro compromiso?
–¿Yooo? –preguntó, azorada–. Sabes perfectamente que siempre me quedo aquí hasta última hora. No es que eso me deleite, pero a mi casa llego solo a preparar el almuerzo para el día siguiente y a acostarme totalmente rendida.
–¿Y Eduardo... no viene por ti algunas veces? ¿O... no salen a algún lado?
La mujer, que todavía se mantenía apoyada en el marco de la puerta, murmuró algo y avanzó unos pasos.
Ramiro sirvió dos tazas de té y se sentaron en la pequeña sala. Ella no alcanzó a hilvanar una frase mínima, porque, casi sin darse cuenta, se encontró con los húmedos labios de ese hombre que también la buscaba agitadamente. De inmediato se entregó a aquello que por tanto tiempo había aguardado.
Transcurrieron cuarenta y cinco minutos de éxtasis, placer y entrega total. Ramiro había sabido controlar la situación y veía a Corina feliz porque sus expectativas de seguro no habían fallado, aunque sabía que no podría tener a ese hombre siempre y solo para ella.
A medio vestir, se enderezaron y se miraron uno al otro con aire de picardía y aventura. Ramiro parecía un verdadero espantapájaros. Mientras se abrochaba la camisa con una mano, con la otra intentaba subirse los pantalones. El pelo lo tenía revuelto y echado hacia los ojos. Su amante no lo hacía nada de mal. La falda enrollada alrededor de la cintura, desordenada y arrugada y la blusa colgándole de un hombro, mientras que el sostén, sin haber sido desabrochado, se mantenía circundando por sobre aquellos senos desnudos y erectos.
–No puedo creer que esto haya pasado y menos aún en la oficina –dijo Corina mientras buscaba el calzón.
–Eso es lo atractivo en una relación. No importa el lugar. Mientras más peligroso sea, más es la excitación –explicó Ramiro con desplante. Ella lo observó brevemente y sonrió.
–Es fácil para ti, pero no para mí. De todas formas, es lo más maravilloso que me ha sucedido.
Terminaron de escarmenarse el pelo y bajaron juntos hasta el vehículo. Corina se veía esplendorosa. Se sentó cómodamente y echó la cabeza hacia atrás, cruzando la pierna derecha sobre el muslo. Ramiro puso contacto y, antes de echar a andar se acercó a ella. Recorrió sutilmente con sus labios aquel cuello hermoso y fragante, y susurró:
–Eres una mujer tremendamente divina y apasionada.
Corina, con los ojos cerrados, lo dejó hacer. Luego reaccionó.
–Y tú eres muy tierno y varonil. No creo que alguien pueda resistírsete –suspiró largamente y agregó–: Al menos le costaría mucho.
–¡Calla! –rogó, besándola en los labios.
Tomaron la Errázuriz y gran parte del camino lo continuaron en silencio. Solo un par de miradas y unas nerviosas sonrisas, barnizaban aquel maravilloso encuentro pasional.
La azotada de piso que se había pegado Joaquín fue de verdad espectacular. En cuanto a los invitados, no habían sido muchos, solo los más amigos y casi todos empleados del mismo departamento. La excepción la constituía Ramiro, quien siempre era invitado por los muchachos, honor que se había ganado al estar constantemente al lado de ellos en las luchas sindicales, aunque no perteneciera al mismo sindicato. También, en reiteradas ocasiones les había demostrado un irrestricto apoyo en muchas de sus peticiones a la gerencia, los asesoraba en materias administrativas y con respecto a leyes sociales. Por supuesto, ello le había acarreado más de un problema con los otros jefes de áreas, o con algunos personeros sindicales que solo les gustaba revolver el gallinero con solicitudes fuera de toda órbita o simplemente hacer farra política. Perro y blando, según los ejecutivos, y arrastrado defensor de los derechos de la empresa, para los empleados conflictivos. Eran los apelativos gratuitos con los cuales él no se identificaba para nada. No obstante su gran espíritu profesional y su capacidad de negociar situaciones extremas, como por ejemplo intervenir para deponer peticiones no viables y decir no a la huelga, le permitían contar con amplio apoyo en todos los sectores y, lo más importante, en el seno de la gerencia general.
Ya en la cena, Ramiro solicitó sentarse en cualquier parte, no a la cabecera como le tenían dispuesto, provocando con ello más de un comentario suspicaz.
–Usted es una excelente persona, don Ramiro, pero como ejecutivo no debe rebajarse –lo carboneaba el viejo Bartolomé.
–Tranquilo, don Bartolo, esta es una comida de amigos y no de la empresa –le recordó, sacando aplausos.
–Sí, pero igual –insistió otro–. La posición no se debe olvidar nunca.
–Pierda cuidado, Carlos, no la he olvidado –recalcó–. Es más, por lo mismo es que estoy eligiendo cambiar de lugar.
–Bueno –interrumpió Joaquín–. Si don Ramiro se queda en otro lugar, tendré que sacrificarme poh. Total, pa´ eso yo soy el que pago.
Mientras con sonoros aplausos, gritos y fanfarria de cubiertos se celebraba la primera alocución de Joaquín, todos comenzaron a sentarse en torno a la mesa. Ramiro nunca se había acostumbrado a los platos finos, aun cuando a veces –por el Manual de Carreño o por simple urbanidad– los aceptaba. Estimaba que ellos solo engañaban a la vista y no alimentaban lo suficiente. Como su plato favorito era el lomo a lo pobre, esta vez no tuvo mucho que pensar. En cuanto al acompañamiento líquido, prefería un buen vino cabernet sauvignon o un merlot con tradición, pero sabía que en esta ocasión tendría que aceptar cualquier tinto. Como postre, le fascinaban las papayas al jugo con helado de lúcuma y, por último, un bajativo dulce con poco licor. Su opinión filosófica era que cualquier evento se disfrutaba mucho mejor sin emborracharse, ya que así uno podía tener el control total de la situación y, por supuesto, también, ver como entregaban material del bueno los borrachos, cómo el whisky transformaba a los gerentes en verdaderos ases de la conquista –lachos– y como algunas esposas de estos caballeros se soltaban y bailaban con total desenfado sobre las mesas, sin dejar de lado a aquellos que mutuamente se ponían a cobrarse sentimientos cochinos y añejos. Por último, en el trayecto hacia la casa uno no rifaba la vida en un manejo descuidado.
Esa jornada no había sido la excepción, el trago había envalentonado a algunos empleados, que decidieron decirles unas cuantas cosas a sus respectivos jefes, el lunes por la mañana. Ramiro sabía que esto no sucedía y que muchos de ellos, de seguro, en una próxima jornada mojada, estarían acordando nuevamente lo mismo. Después de agradecer la invitación, Ramiro se excusó y decidió retirarse, así los empleados más tímidos tendrían libertad para soltarse. No obstante, como era ya común, varios se aprovecharon de esta instancia para evadirse del asedio de los más buenos para el trago. Ramiro observó directamente a Corina y ella presa quizá de algún temor interno, no quiso acompañarlo. En tales circunstancias, ofreció llevar a algunos de los que se retiraban.
De vuelta a casa, Ramiro enfiló por Marina y se encontró con todos los semáforos en color amarillo intermitente.
Eran las tres de la mañana cuando besó a su mujer y procedió a acostarse; Lorena apenas despertó, musitó algo dulce y lo abrazó por los hombros. Ambos se durmieron.
CAPÍTULO 4
Los ojos animosos de Lorena reflejaban enteramente el momento que vivía. Su nítida expresión corporal y la forma casi arrogante de considerar cada uno de los problemas que se le presentaban pronosticaban, sin lugar a dudas, un pronto quiebre de los esquemas tradicionales que hasta entonces se habían mantenido en ese hogar. Le gustaba su trabajo, aún en desmedro de su propio entorno personal. Había dejado un tanto abandonadas sus antiguas actividades como la cocina, la lectura y el bordado, incluso, era común que la noche la pillara trabajando.
Era una secretaria ejecutiva laboriosa, comprometida y capacitada en las materias que debía tratar. En poco tiempo había logrado asimilar todo lo aprendido en el instituto y ponerse al día en el rodar de la empresa. En cierto modo, su sueño más grande era similar al de él, pensó su Ramiro, deseaba dirigir alguna vez su propia empresa, no depender de un jefe y trabajar libremente en beneficio propio y no de terceros. La lectura la había ayudado a relacionarse mejor con la gente. La compañía donde trabajaba estaba ampliando sus servicios a varios puntos del país y se estaba modernizando. Eso implicaba que a menudo ella debía desplazarse junto al personal de gerencia a esos centros de atención, con el fin de asesorarlos y crear con ellos una estrecha vinculación en aspectos administrativos y operacionales.
Fue precisamente este uno de los puntos que empezaron a incomodar a Ramiro, quien entonces quiso empezar a entender a su mujer. Aun cuando esta nunca le había reprochado su actitud, era un hecho que por dentro sufría sus tardanzas, esas llegadas en la madrugada a solo dormir, sin siquiera intercambiar alguna idea; odiaba sus comidas y eventos, como también a cada mujer con quien debía compartirlo. Ahora era él el que no estaba tranquilo, la echaba de menos al no encontrarla esperándolo, sentía celos de todos aquellos que sí la tenían a su lado, aun cuando fuera por razones de trabajo. Algunas noches no podía conciliar el sueño, quería gritar que la amaba y que la necesitaba, no tan solo para cuidar el hogar y a su hijo, o para tenerle las cosas limpias y planchadas, pero su machismo lo hacía morderse de rabia y lo único que pensaba era emborracharse y acostarse con cuanta puta se le pusiera en el camino.
Esa tarde, como ya se había hecho común y rutinario en los últimos meses, llegó temprano para hacerse cargo de su hijo. Sara, quien le esperaba inquieta mirando el reloj a cada momento, le hizo un recuento rápido de lo sucedido en el día y esperó que la despachara.
–Señora Sarita, hoy tendrá que esperar un poco, deseo hablar con usted. Tome asiento por favor.
La mujer, nerviosa y en silencio, se sentó en el sillón.
–Mire, nosotros no podemos seguir con esta forma loca de entrar y salir de la casa. Normalmente, estoy llegando tarde al trabajo por tener que esperarla a usted en las mañanas, y por las tardes debo venirme soplado para que usted no pierda su tren hacia el interior...
–Pero... –interrumpió Sara–, ese fue el trato acordado cuando empecé a trabajar aquí.
–Totalmente de acuerdo, pero ese trato ya no se compadece con los cambios que han ocurrido en esta casa.
Avanzó cauteloso hacia la ventana y con un movimiento lento sacudió algunas hojas del filodrendo.
–Quiero saber efectivamente si usted puede o no continuar puertas adentro.
La mujer se incorporó, y dijo sin ningún asomo de duda:
–No, don Ramiro. Lo siento de verdad, pero yo también tengo casa y una familia que depende de mí.
Hubo un largo silencio. Ramiro volvió sobre sí mismo y se sentó; mientras Sara lo miraba tranquilamente. Sabía que de él dependía la decisión.
–Entonces, tendré que buscar a otra persona. Usted sabe que no es algo personal, ¿verdad?
–La mujer asintió con la cabeza.
–No se preocupe, señor, lo entiendo. Me doy cuenta de lo mucho que ustedes trabajan y que les es necesaria una persona a tiempo completo. Y por mí... pierda cuidado, creo que también necesito un descanso.
–Gracias por entenderme, Sarita. Ahora el problema es encontrar a alguien.
La mujer sonrió con picardía, mientras observaba la desesperación de su jefe. Este arqueó las cejas sin comprender.
–También le tengo a la persona precisa.
–¿Cómo? –inquirió, incrédulo.
–Sabía que esto de un momento a otro iba a suceder. Hablaré con una niña que tengo de allegada en mi casa y, si acepta, se la mandaré mañana mismo para que usted la vea.
–¿Y es de confianza?
–Es jovencita, pero de absoluta confianza –respondió con firmeza. Ramiro movió compulsivamente los hombros y se incorporó para despedirse.
Cuando hubo quedado solo, se dirigió a la cocina y abrió el mueble de la despensa. Sacó una botella de coñac Napoleón y se sirvió un corto. Necesitaba algo que le quemara las tripas. Caminó hasta el dormitorio de Cristián y comenzó una alegre conversación con el pequeño, hasta que este se quedó dormido.
El martes por la noche se presentó la recomendada de Sara. No tenía ningún tipo de referencias e incluso parecía hasta sin experiencia. Era una mocosa de diecisiete años, delgada, relativamente baja, de escaso nivel sociocultural, pero, según su locuacidad, con hartas ganas de ganar dinero. Se veía un poco cómica aparentando ser una mujer hecha y derecha, vistiendo minifalda, la que no le alcanzaba a cubrir casi nada y calzando unos zapatos rosados taco aguja muy altos. Tanto sus ojos como los labios, eran un verdadero arcoíris de colores. Luego de conversar con ella, para saber algo de su vida y así conocerla mejor, le dio algunas recomendaciones sobre Cristián, relacionadas con el régimen de comida, sueño y juegos. También se trató el día de asueto, sueldo y aspectos relativos a su vestimenta.
–¿Estás dispuesta a quedarte de inmediato?
La chica no se hizo de rogar y contestó esperanzada:
–¡Sí, señor!
–¡Qué bueno! Felicitaciones –le dijo, con un apretón de manos–. Te indicaré cuál será tu pieza y después de comer podrás acostarte a descansar. Mañana comenzarás tus labores.
–Gracias, señor, pero no tengo hambre. Me gustaría conocer el dormitorio para dejar mis cosas y luego acostarme a dormir. Me siento un poco agotada.
–Como tú quieras –contestó pausadamente. Enseguida, se agachó para ayudarle con el bolso y continuó, imperativo–: Ven, sígueme.
La muchacha, radiante de felicidad, salió detrás de él.
–Gracias, caballero, por darme este trabajo. Siempre se lo agradeceré.
Él no entendía a qué se debía tanta alegría, y en ese momento solo atinó a observarla.
–Espero que te sientas cómoda en este cuarto. Tienes tu cama, velador, el clóset bastante amplio y mañana te instalaremos un televisor. –Se retiró hasta la puerta y le recordó el horario de levantada–. Si estás dormida cuando llegue mi mujer, no te aflijas, las presentaré mañana, ¿ okey?
Eran cerca de las once de la noche cuando la puerta del departamento se abrió y bajo el dintel apareció la figura de su mujer. Estaba extenuada, desencajada por el esfuerzo y el trabajo del día. En el hombro colgaba su gran cartera –maleta, según la opinión de algunos–, y contra el pecho traía atrapados, apenas, un par de archivadores y varios otros documentos que ya escapaban de su abrazo. Había bajado un par de kilos desde que entró a trabajar, pero ello no influía en su belleza, su cuerpo seguía siendo igual al de la muchacha que él había conocido, incluso su esmerada dedicación para verse cada día mejor destacaba en ella algunas cualidades físicas que no dejaban de asombrarlo.
–¡Pero, mi amor! ¿Por qué no me avisaste que venías subiendo? –la recriminó, apurando el tranco para ayudarle.
–Realmente no se me ocurrió, amor, pensé que ibas a estar acostado; ya es tarde.
Ramiro tomó como pudo los archivos y se besaron tiernamente, tal cual era su costumbre. No habían perdido ese contacto íntimo y cariñoso.
–¡No, mi amor! –prosiguió–. Te esperé en pie para poder ver tu cara cuando degustes una exquisita sopa de mariscos que preparé exclusivamente para ti.
–Seguro que la tomaré –dijo–, primero déjame descargar todas estas cosas y luego me acercaré a la cocina.
Lorena entró al dormitorio y dejó caer todo amontonado en un rincón, se sacó los zapatos, el pantalón y la blusa, quedando solamente con la ropa interior negra y los pies desnudos. Así se sentía cómoda y la ayudaba a relajarse. Era verdad, pues hasta su rostro había cambiado, estaba más rosada, con más ganas, y su actuar también denotaba alegría. Se sentaron en la pequeña pero adornada mesa ubicada en la cocina, donde Lorena se acomodó terapéuticamente sobre una de sus piernas, es decir la izquierda recogida sobre la silla por debajo de las nalgas, y compartieron el apetitoso caldo.
–¡Está deliciosa! –exclamó sorprendida–. Realmente me la tomaría toda, pero aprovecharé de llevar un poco para el almuerzo de mañana –dijo ella, sonriente.
–Me he sentido muy a gusto preparándotela –dijo él, allegándose al cuello de su mujer–. Hacía mucho que deseaba tener la oportunidad de demostrarte mi cariño con algo nuevo.
Lorena le tomó el rostro con las dos manos y lo besó amorosamente.
–¿Y cómo marcha la oficina? ¿Ha mejorado la relación con tu jefe?
–Se podría decir que sí. Creo que ha entendido mi posición y ya me respeta. De todas formas –prosiguió pícaramente–, en algunos momentos he tenido que emplear mis encantos para ello.
–¡A ver, a ver! –reaccionó él–. ¿Cómo es eso?
–¡Hum! Cosas de nosotras las mujeres.
Él la miró de arriba abajo y de vuelta, sus ojos se pusieron serios. Se hicieron un par de morisquetas y rieron largamente.
Ramiro retiró los cubiertos y Lorena continuó explicando algunos detalles de la empresa. Diseño, costos y crecimiento que esta estaba experimentando. A su vez las lentas mejoras en las relaciones humanas entre su jefe y el personal subalterno.
–Bueno –acotó ella–, característico en los ejecutivos actuales.
–No me mires a mí –dijo Ramiro.
–¡Descuida, amor mío! Te conozco perfectamente. Tus entretenciones son de otra índole.
Costó un poco superar ese pequeño gran silencio. Sin embargo, ella lo aprovechó para comunicarle que al día subsiguiente saldría hacia la Octava Región –nueva división territorial impulsada por el gobierno–, como parte de un equipo de trabajo, y que su estada allí sería aproximadamente de siete días. Ramiro la miró y se encogió de hombros, sonriéndole.
–¡Qué puedo hacer yo! Parece todo resuelto, ¿no?
La mujer intentó hilvanar una respuesta, pero él, dejando de lado sus quehaceres, se acercó y la alzó en los brazos, que no eran musculosos, pero sí fuertes. Caminó hasta el dormitorio y cerró la puerta con el pie, la depositó con delicadeza sobre la cama y la besó con toda pasión. Luego, dejó caer su bata blanca. Lorena reaccionó como él estaba acostumbrado. Sus manos se aferraron a las bien formadas nalgas y, doblando el cuello, acercó los labios a aquel pene aún flácido, que poco a poco iba ocupando más espacio en su boca. Él le desabrochó el sostén, que cubría la mitad de esos senos preciosos y se los acarició.
–Mi amor, eres encantadora –susurraba–. No sabes lo feliz que me haces.
Lorena, sin dejar de besarlo, alzó los bellos ojos y acompañó con ellos las palabras.
–Y yo quiero, deseo y amo hacerte feliz, esposo mío.
Para él, en estas mismas circunstancias, era absolutamente distinto a lo que le ocurría con otras mujeres. No quería hacerle daño y casi no era capaz de reventarse buscando la saciedad más allá del límite, lo que no significaba que ese cuerpo no lo excitara y que, como otras veces había sucedido, al final la tratara sexualmente igual que a todas, dejándola integralmente satisfecha. Fue así como, pensando en ello, la tomó bruscamente de la nuca y la atrajo más hacia sí, mientras sus dedos, por sobre la espalda, hurgueteaban bajo el minúsculo calzón.
Era tal la pasión del juego que de un brinco se subió a la cama, mientras Lorena, a gatas, se daba vuelta y acomodaba la cabeza sobre la almohada. Ramiro recorrió con la vista el perfumado y curvilíneo cuerpo y le hizo a un lado el bikini. La penetró poco a poco, hasta que estuvo completamente en su interior. Ella comenzó a moverse con un vaivén lento, que luego se convirtió en un ir y venir desenfrenado, golpeando con fuerza las nalgas contra el estómago de su amante. Ambos se necesitaban, eran felices sexualmente y todo aquello que compartían les servía de relax para alejar cualquier cansancio. Mientras él gemía guturalmente mirando al techo, ella se retorcía de gozo. Finalmente, no aguantaron más todo el torbellino de deseos y se entregaron en un orgasmo espectacular.
Siguieron acariciándose abrazados, extenuados y felices, pero en la cabeza de él aún daban vueltas miles de cosas. Por las reacciones de su esposa, él era capaz de sobra de hacerla feliz, más aún si él le había enseñado todo lo que sabía. La había hecho sentir placer hasta en las formas más increíbles. Recordó que el último asiento de un pulman, viajando de Santiago a Valparaíso, había sido el silente testigo de una de sus más espectaculares corridas, sin olvidar aquella otra, no exenta de emoción, en la Estación Bellavista, cuando decidieron hacer el amor arriba de un vagón de carga que se encontraba en una línea secundaria. Grande fue la sorpresa de ambos cuando este comenzó a moverse en el medio de aquel acto; el vagón por suerte, solo fue arrastrado hasta la próxima estación.
Mientras se fumaban un pitillo, Ramiro le contó que ya tenían una nueva nana puertas adentro, la que dado la hora ya debería estar dormida. Lorena sorprendida abrió tan grandes los ojos que su marido no pudo menos que reír.
–¡Eres incorregible! –le manifestó, metiéndose rápidamente bajo la ropa de cama.
–¿Qué he hecho ahora? –interrogó, haciéndose la víctima.
–¿Cómo qué he hecho? Te parece poco no haberme avisado que había otra persona en la casa.
–¡Ah, mi amor! No ha sido nada. Estoy seguro de que tus gemidos no los escuchó nadie más allá de la cuadra.
Lorena se hincó sorpresivamente y tomando la almohada la lanzó de lleno a la cabeza de su esposo. Este se cubrió la cara con las manos y se tiró prestamente bajo la cama, dejando al descubierto todas sus nalgas bronceadas y peludas.
–¡Así te quería pillar, briboncito! –gritaba, mientras descargaba una seguidilla de almohadazos sobre ellas.
–¡Por favor! ¡No me golpees más! –clamaba el castigado, pataleando a diestra y siniestra. Advirtiendo luego–: ¡Llamaré a los carabineros!
–Si quieres puedes llamar a tu misma abuelita. Lo que es yo, no te dejaré salir de ahí –sentenció.
–¡Ten piedad! Nunca más lo haré. ¡Por favor!
Una vez Lorena hubo aceptado la tregua, en aquel combate post sexual, ambos se metieron bajo las sábanas, extenuados y llorosos de tanto reír. No obstante, aquella alegría solo disfrazaba en parte lo que Ramiro pensaba; sin embargo, no era el momento más adecuado para tratar aquellos temas. Se despidieron con un beso fresco y liviano y él estiró el brazo para apagar la luz.
En la oscuridad de aquella habitación, solo quedaba pensar que la relación matrimonial y familiar de este pequeño grupo, mirado desde fuera, era excepcional; todo era belleza, amor y aceptación. Vivían bien, eran unidos como clan, e independientes como individuos. Casi no peleaban y cuando lo hacían eran muy reservados y rápidamente se abuenaban. Sin embargo, en el seno mismo de ella algo no funcionaba. Más allá de las infidelidades masculinas, había aspectos fundamentales que no se respetaban, como por ejemplo la falta de comunicación verbal o diálogo, que casi siempre se traducía solo en un saludo, muy amoroso de todas maneras, pero que no tocaba el fondo del problema. Parecía que uno no se atrevía decirle al otro las cosas que estaban minando esa relación, esquivando los momentos de verdadera conversación. No obstante, al verlos dormir parecía que su sueño era plácido.
Ramiro, aunque ya no tenía la obligación de regresar temprano, llegó antes que Lorena a su casa, estaba inquieto por saber cómo había sido el primer día de la nana nueva; eso y el compartir con Lorena la última noche antes que esta se fuera a Concepción, fueron incentivos suficientes para que esto ocurriera. A su encuentro salió Ana María. Nerviosa hizo amago de saludarlo, pero luego calló.
–Buenas tardes, Ana María –saludó Ramiro con simpatía.
–Buenas tardes, don Ramiro. ¿Cómo estuvo su día?
Él que ya caminaba hacia el living, frenó bruscamente y volvió con lentitud la cabeza; no se esperaba esa atención.
–Bien... muy bien. Y... ¿tú?
–Contenta –contestó de un viaje. Echó atrás las manos y colgó los pulgares en el nudo del delantal–. Cristiancito está dormido. Se portó muy bien pese a no conocerme todavía. ¿Va a tomar once, o va a cenar inmediatamente?
Ramiro estaba desubicado. Tanta amabilidad y esmero por parecer y caer bien, le habían sacado de su esquema monótono de todas las tardes. Hasta pensó: Así, quién no llega temprano, poh.
–Mira... ¿por qué no me traes un café chico por ahora? Más tarde a lo mejor como algo.
Antes de que Ana María saliera disparada hacia la cocina, Ramiro inquirió:
–¿Qué hiciste de almuerzo?
–Tallarines con salsa y harta carne –señaló, orgullosa.
–¡Ajá! Me encantan. A la cena los vamos a probar.
–Perdone, pero ¿cómo le gusta el café? –preguntó Ana María de pronto.
–A ver, a ver –canturreó Ramiro, dirigiéndose a la cocina en donde abrió el mueble donde se guardaba la vajilla–. Cuando te pida un café, significa una taza de estas. Cuando sea un cafecito, es en una de estas otras. En cuanto al gusto, me gusta el café como debe ser, es decir, cargado y dulce. Eso significa, una cucharadita rebosante de café y tres de azúcar, ¿estamos?
La chica asintió.
–Solo cambia el tamaño de la cuchara –concluyó él.
–Gracias, don Ramiro. Poco a poco me iré poniendo a tono.
–Lo importante es que preguntes ante cualquier duda. No te quedes sin hacerlo –le recomendó–, pues ello podría significar cometer errores.
–Pierda cuidado, señor. Lo que más quiero es aprender, para poder atenderlos como ustedes se lo merecen.
Ramiro disfrutó el café hojeando el almanaque del navegante y dando ocasionales miradas a la joven que, sentada en el comedor, parecía muy metida en la lectura. Era una especie de guerrera. Sus ojos tornasolados, sin color definido, emitían permanentes haces de luz brillante, y el pelo, que de tarde en tarde se le venía a los ojos, aunque desmarañado, parecía limpio y acondicionado. El cuerpo delgado, casi anoréxico, andaba bien en relación con la altura. No obstante, un mejor cuidado y, sobre todo, una buena alimentación, producirían un mejor equilibrio. Cierto que no era un monumento de mujer, pero con algunos arreglos..., se dijo, podría inspirar mucho más que cariño. Tomó aliento y se incorporó. Al instante Ana María reaccionó dejando la lectura de lado.
–¡No, no! Tranquila –le señaló con un gesto. Se acercó a la mesa y torció el cuello para ver qué leía. La muchacha, avergonzada, intentó cubrir la página. Ramiro no logró entender–. ¿Qué lees? –preguntó por último.
–Palomita blanca –dijo, casi en un susurro.
–¡Hum! Qué bien. Me alegro que leas a autores chilenos.
–¿Es chileno este caballero con apellido tan raro? –preguntó. En su voz había cierta duda.
–¡Sí! Un excelente escritor. Un poco extraño, pero... chileno.
Tomó el destartalado libro de bolsillo y constató que se trataba de la novena edición de la misma novela que él se había devorado en el año setenta y dos. La hojeó, haciendo pasar las páginas controladas por su pulgar y sonrió románticamente. Allí estaban las primeras expresiones formidables, llenas de amor, música, odio, violencia, drogas y sexo, que no tan solo a él le habían impactado. Los primeros garabatos que había visto escritos en un libro, los leyó allí. Repudiado por muchos, pero leído por todos. Lo cerró y lo ubicó frente a ella con la contratapa hacia arriba.
–Siempre que quieras leer un libro, primero parte por la biografía del autor. Así sabrás quién es él, la nacionalidad, de qué trata la obra..., en fin.
–Es que parece tan aburrido –interrumpió.
–Bueno, pero tú has dicho que quieres aprender, o... ¿no? ¡Todo aprendizaje tiene su costo!
La muchacha no opinó y él encendió un cigarrillo y salió al balcón.
Las luces destellaban por todas partes. Hacia el sur poniente las figuras recortadas de los cerros del gran Valparaíso, daban la sensación de esconder inimaginables escenas. Hacia el norte y al final del conjunto de dunas, el humo gris que emergía lento pero constante desde la chimenea de Ventanas, entremezclado con un tenue resplandor anaranjado que prometía un esplendoroso futuro económico para el país. Pero todo ello era una metáfora esclava del romance, Ramiro debía hacer frente a una realidad. No deseaba que Lorena se fuera y lo dejara por tanto tiempo, quizá encaprichada en su afán por ser la mejor. ¿Y si en estos avatares la perdía? ¿Cómo recuperar una torcaza después de enseñarle a volar? No tenía respuesta a ello. Todo era silencio; dentro y fuera de sí.
Instintivamente disparó la tercera colilla a través del aire marino y se dio vuelta, encontrándose a boca de jarro con su mujer que acababa de llegar. Tras la sorpresa, se besaron, y él pudo oler el suave licor impregnado en el aliento de Lorena.
–¿Qué tal, mi pequeña? ¿Cómo anduvo todo?
–¡Bien! –exclamó contenta–. Por fin logré zafarme a las cinco.
–¿Ah, sí? Me parece justo –masculló Ramiro–. Y las muchachas, ¿qué contaban?
–¿Ellas? ¡Puf! Entusiasmadas y súper contentas porque al fin pudimos salir juntas a disfrutar de un after office.
Apretó los codos y metió la cabeza entre los hombros, en un gesto de que sentía frío.
–¡Entremos! –la conminó Ramiro, acurrucándola contra él.
–¿Y se puede saber qué hacías afuera con este fresco?
–Solo me fumaba un cigarrillo y pensaba un poco. Solo eso. Nada más.
–Pensabas... ¿en mí? –preguntó, mientras se acomodaba en el diván, como era típico en ella, con una pierna recogida por debajo de la nalga contraria.
–¡En ambos! –dijo secamente–. Hoy me he dado cuenta de lo rico que es llegar temprano y que te estén esperando para ofrecerte un té, café, o lo que sea…
–Y eso... –alargó Lorena–, ¿cómo fue? Me confundes.
–Ana María –respondió sin más.
–¡Ah! –espetó con un poco de desilusión–. Espero que siempre sea así. Toda escoba nueva barre...
–¡Es que no se trata de eso! –la interrumpió un tanto altivo.
–Y... ¿qué es entonces?
Los ojos de Lorena se abrieron. En la sala no se escuchaba ni un respiro. Ramiro ladeó la cabeza, esperando que se le iluminara la mente.
–Solo... que me habría encantado que esta vez hubieras dicho no y te quedaras conmigo.
–¡Ah! Eso.
–¡Sí! Eso. Pero no me está permitido poner objeciones –dijo él, en tono sarcástico.
Ella se levantó y como si ya todo estuviese consumado, le dirigió una mirada que no era la misma de siempre. En esta, había entremezclado amor, rabia y desdén.
–¿Te acuerdas, amor, cuántas veces te esperé, así como quieres que te esperen hoy? ¿Te olvidas de las veces que me quedé dormida, esperándote para conversar de las cosas del día? Pero... –dijo, recuperándose de algunos sollozos–, ¡gracias! Porque ello me ha permitido entender que somos seres independientes y que ninguno es dueño del otro, sino simples pasajeros que viajan en el mismo tren hacia un destino que no necesariamente debe ser el mismo.
Él, entre dolido y sorprendido, se engrifó.
–¡Eso no es verdad! ¡No es tan así como dices!
–¿No es verdad? –preguntó burlona–. Entonces explícamelo mejor, pues eres tú mismo el que predica eso. Lo que pasa es que ni tú mismo estás convencido de ello, pero tu contumacia no te permite ver tus propios errores.
Él sonrió con descaro:
– ¡Aaah! ¡Ya! Ahora yo soy el culpable de todo lo que ha pasado.
–¡No! No, Ramiro. Yo también soy responsable de cada cosa que nos pase –dijo en tono conciliatorio–. Pero eso no significa que tu actuar no haya influido negativamente en algunas acciones.
Un golpe en la puerta los hizo darse cuenta de la presencia de Ana María.
–¡Buenas noches, señora Lorena! –saludó, como quien interfiere en algo privado.
–Buenas noches, Ana María –contestó Lorena cortésmente–. Perdone que no la haya saludado antes.
–No se preocupe, señora. ¿Desean cenar ya?
–¿Cenar? –preguntó Lorena, mirando con cierta estupefacción a su marido. Este le guiñó un ojo y salió al paso.
–Lo que pasa es que Ana María quiere que probemos su mano.
–¡Hum! No sé si el horario será el adecuado.
Movió el brazo para que el reloj cayera hacia la muñeca y observó que eran las once y media. Luego decidió que, por ese día, podían hacer una excepción.
–Y también nos serviría para una tregua, ¿no crees?
CAPÍTULO 5
En un pueblo de más al norte –payaría un eximio compositor–, nadie le arruinaría la vida a Ramiro Torres, pensó. Estaba decidido a no echarse a morir mientras Lorena estaba en Concepción. Haciendo de tripas corazón, el sábado, bien de mañana, preparó el auto con algunas cosas para pasar hasta el domingo cerca de la cordillera. Todavía no sabía dónde, pero su espíritu aventurero lo había convertido en un experto para buscar lugares donde otros no llegaban. En esta oportunidad, lo acompañarían Ana María y un matrimonio amigo.
A las nueve, salió del estacionamiento rumbo a la casa de los suegros, quienes se quedarían con Cristián. A él le habría encantado llevarlo, pero lamentablemente el pequeño estaba un tanto resfriado y el frío de los cerros le podría hacer mal. De todas maneras, dejarlo con sus abuelos había sido una mutua decisión y, además, mataría dos pájaros de un tiro: estaría bien cuidado, pues a ellos les llenaba de felicidad disfrutar del nieto y, por otro lado, no se le irían a meter a su casa por largo tiempo.
Después de recoger a Paulo César y Verónica, se dirigieron al supermercado, donde juntos hicieron algunas compras para el fin de semana. Ana María lucía muy bella. A su hermosura natural de juventud, Ramiro había agregado su experiencia y buen gusto, haciéndole algunas recomendaciones sobre la ropa que se pusiera. Vestía un pantalón de jeans y unos botines que le hacían parecer más alta y esbelta. Hacia arriba llevaba puesto un polo blanco ajustado, que, como no usaba sostén, dejaba ver la transparencia de sus pequeños senos, dos naranjas duras y redondas, y la erección de sus juveniles pezones. Sobre la polera llevaba puesta una camisa manga larga de mezclilla liza, amarrada a la cintura y sin abrochar y, para el campo llevaba un flamante par de zapatillas tenis que Lorena le había regalado.
En el trayecto, prácticamente solo habló Ramiro, quien después de un rato entendió que al parecer la había embarrado al invitar a Paulo y Vero, pero no quiso darle mayor importancia.
Llegaron pasada la hora de almuerzo a los faldeos del cerro La Campana, donde ubicaron un lugar seguro y seco, cercano a un arroyo con muy poca agua. El clima estaba amenazante, parecía que en cualquier momento se largarían los chubascos. Mientras ambos hombres armaban con prontitud las carpas, Verónica, a regañadientes, le daba instrucciones a Ana María para que encendiera un fuego para preparar el asado. En una mesita armable, acomodada junto a un pequeño tronco seco, se encontraba el bol con las papas mayo y otro con ensalada de lechugas. Un merlot cosecha especial asomaba su gollete dentro de la caja que servía de despensa.
De verdad que, para los Lira Azócar, había sido un tanto incómodo acompañar a su amigo en esta excursión. A última hora supieron que Lorena no viajaría, pero pese a ello decidieron ir igual, creyendo que a lo menos verían al niño. Les costó no preocuparse, sobre todo Verónica, que era muy amiga de Lorena y que siempre andaba criticando el proceder de Ramiro. Sin embargo, este los trató de tranquilizar al explicarles que Ana María dormiría en la carpa, sola, y que él se instalaría en el auto, situación a la que ya estaba acostumbrado, pues, muchas veces, cuando viajaban con Lorena, se estacionaba en alguna bencinera y se acomodaban a dormir; lo consideraba parte de la aventura.
El asado había quedado rico y jugoso, habiendo ayudado a ello la buena mano de los cocineros. Después de degustar el almuerzo, cada uno buscó el lugar más idóneo para reposar o dormir un poco. La tarde, caprichosamente, estaba a todo sol, las nubes se habían retirado y el aire fresco cordillerano permitía que los pulmones se llenaran de pureza y dejaran escapar toda aquella contaminación de la ciudad y de los vicios típicos como el cigarro y el trago. Mientras sus amigos roncaban dentro de la carpa, Ramiro decidió internarse a través de la espesa vegetación, no sin antes observar que Ana María, quien continuaba con la limpieza de los utensilios, lo miraba de soslayo cada vez que podía. Se acercó a ella y le habló en voz baja.
–No te preocupes tanto por el aseo, recuerda que viniste a compartir y disfrutar, no a trabajar. Haz cuenta que este es tu día libre.
–Gracias, don Ramiro, pero me siento incómoda no haciendo algo –se justificó la muchacha–. Además, me preocupa lo que piensen sus amigos de mí. La señora Verónica, cada vez que puede, me mira con una cara bastante rara y me da vergüenza.
–No tienes por qué preocuparte. Tú viniste porque yo te invité y, si lo hice, no fue precisamente para que me vengas a servir, por lo tanto, deja eso de lado y acompáñame a recorrer el parque.
La muchacha miró hacia la carpa de Verónica y, dubitativa, volvió el rostro hacia él, quien le hizo un gesto, dando a entender que no se preocupara por sus amigos y con la mano la instó a apurarse. Se alejaron del campamento hasta que alcanzaron el pie del gran cerro. Allí jadeantes y cansados, se tiraron de espaldas sobre una roca. Aquel fue el momento propicio para que Ramiro le sonsacara jirones de su historia.
–Anita, ¿qué te han parecido estas dos semanas con nosotros?
El rostro de la muchacha se impregnó de gozo. Cerró los ojos y esperó un par de segundos.
–¡Maravillosos! –contestó finalmente.
–¿Y por qué le das ese calificativo? Quiero decir, ¿por qué lo encuentras tan maravilloso?
–¡Ah! Porque siempre me dije que si es que trabajaba lo haría en un hogar donde se me valorara por lo que soy y donde me trataran bien... como ustedes lo han hecho –acotó.
–Pero eso es muy pronto para confirmar que nosotros somos... como tú dices, esas personas.
–Sí, es verdad. Pero, aunque soy una chiquilla, he vivido bastante como para darme cuenta rápido cuando algo es para bien.
–Y se puede saber, si es que tú quieres contar, ¿cómo ha sido tu vida?
La joven se volcó de lado, frente a él, y apoyó el codo en la piedra, mientras con la palma de la mano se afirmaba parte de la barbilla. Ramiro, casi en una actitud religiosa, se acomodó para escuchar.
–Yo... –comenzó temerosa–, nací en una reserva mapuche cerca de Victoria. No sé si conoce por allá. Mi madre se llamaba Herminia y era una mezcla entre chilena y alemana. Creo que eso era muy común en el sur, por el asunto de los colonos y todo eso. Mi papá... bueno mi papi era descendiente de pehuenches, bastante directo por lo que supe después.
Ramiro, mientras la contemplaba, tuvo la extraña sensación de estar asimilando aspectos y situaciones de esa narración similares a las que su propia madre había vivido, un poquito más al interior, en Villarrica. También reconoció que la combinación de razas había hecho de esta chiquilla una criolla bastante bella, concordando con esa primera impresión de...
Ana María prosiguió:
–A los diez años perdí a mi mamita. Hasta el día de hoy no tengo claro cómo, ni por qué.
Hizo una pausa para reflexionar y Ramiro aprovechó para preguntar:
–¿Murió o se fue de la casa?
–Murió –contestó–. Desde ahí se complicó mi existencia. Mi papá no quiso seguir manteniéndome, según me dijeron algunos, para dedicarse con mayor preocupación a mis dos hermanos hombres, y fui a caer en las garras de unos tíos que vivían más al norte.
Tomó aliento, como disponiéndose a recordar lo peor y continuó:
–Ellos se aprovecharon de toda mi inocente adolescencia. Me explotaban mandándome a vender quesos al terminal de los buses interprovinciales, sin recibir un mísero centavo a cambio; ¡si ni ropas decentes tenía! –recordó con pena. Ramiro le pasó la mano por el pelo y ella se la apretó suavemente entre la mejilla y el hombro; enseguida retomó el relato–: Lo peor de todo, don…, es que ese viejo desgraciado, que decía ser mi familia, ¡ojalá se revuelque en el infierno!, me pasaba a buscar todas las noches en su destartalada camioneta, me llevaba hasta una barraca abandonada y se aprovechaba sexualmente de mí; aunque solo me comenzó a penetrar cuando cumplí los trece años. Fueron varias las veces, yo no le decía nada a nadie, porque me daba cuenta de que no me creerían y saldría más perjudicada.
En ese momento no aguantó más y rompió a llorar. Ramiro bajó de la piedra y la abrazó contra el pecho.
–Llora, llora. Desahógate. Es necesario echar todo eso fuera.
Ana María se mantuvo así durante un corto rato. Al superar la agitación, se apartó de su protector, dio un brinco hasta el suelo y se pasó los dedos por las humedecidas mejillas. Lo observó cabizbaja, como avergonzada de ese pasado que había dejado en ella huellas imborrables, y esperó. Esperó quizá un reproche, una mirada burlona o un sarcástico comentario, sin embargo, nada de ello ocurrió. Aquel hombre había entendido que no era el momento de seguir haciendo preguntas. La abrazó por los hombros y caminaron.
–No temas, cariño –le dijo–. Tendrás muchas oportunidades en la vida para rehacer esos malos momentos.
Le levantó la barbilla con el índice y agregó:
–Y si así tú lo deseas, podrás seguir estudiando; nosotros te ayudaremos.
La joven estaba tiritando de emoción. Aquel abrazo sincero del hombre que había empezado a admirar y la firmeza de sus palabras, le habían hecho olvidar por un instante todos los malos momentos de su vida, lo cual le infundió más fuerza.
–¿No quiere saber cómo es que llegué hasta acá? –preguntó valientemente. Ramiro al ver que esos ojos bailaban con una inusitada brillantez, aceptó escuchar.
–Adelante, pero... no quiero más llantos ni desesperanzas.
–¡No! –prometió, reiniciando la narración–. En ese mismo terminal, y cuando estaba por cumplir los quince, conocí a la señora Sara. Ella siempre viajaba a Loncoche, donde al parecer tenía unas hermanas. Cada vez que se volvía para el norte me compraba quesos, de esos con los que no me ganaba ni medio. Hasta que un día hizo amistad conmigo. Para qué le cuento cómo aproveché ese momento. ¡Le conté todo lo que me había pasado! Desde cuando me quedé sin mi mamita, hasta lo que usted ya sabe. Así que ella influyó para que un día, sin decirle nada a nadie, tomara la decisión de arrancarme de mis tíos y viajar con doña Sara a Quillota, donde me quedé a vivir en su casa como allegada.
–Así que esa vieja... –interrumpió Ramiro, riendo fuerte–. Con razón cuando tuve que decirle que no seguiría con nosotros dijo que me tenía una solución inmediata.
–¿Y está arrepentido? –inquirió preocupada.
–Por supuesto que no. O por lo menos aún no me has dado motivo para ello.
–Qué bueno –dijo, conforme–, porque pese al poco tiempo, ya me he empezado a encariñar con ustedes.
Era realmente digno de comparación recordar el primer día que apareció en el departamento y la forma y gracia que había adquirido desde entonces. Si hasta más mujer parece, se decía Ramiro para sí. Se incorporó desde donde se encontraba encuclillado y propuso volver al campamento. Para ello acordaron hacer una carrera de ingenio. Él tomaría un sendero diferente por entre los árboles y arbustos y ella tendría la garantía de devolverse por el camino que ya habían recorrido. Ana María lo miró con los ojos bien abiertos y sin esperar la partida se lanzó a correr.
Había caído la tarde cuando ella apareció corriendo junto al automóvil. Su rival solo lo hizo al cabo de un buen rato. La pareja de amigos los recibió fríamente.
–¡Ramiro! –dijo Paulo–. Quiero hablar algo contigo.
–Dime, ¿de qué se trata? –preguntó, dispuesto.
Paulo le hizo una seña para que lo siguiera y, abrazándolo por los hombros, lo hizo alejarse un par de metros. Verónica, cruzada de brazos, miraba con desprecio a Ana María. Esta, cabizbaja, se entretenía haciendo montículos de tierra con los pies.
–Mira, Ramiro, tú sabes perfectamente la amistad que nos une, pero...
Ramiro quitó bruscamente el brazo que se posaba en sus hombros y le espetó sin remilgos.
–Dime todo lo que tengas que decirme, sin rodeos ni cuestiones raras.
Paulo bajó la vista y emitió un murmullo.
–¡Nos devolvemos! Verónica no puede aceptar esta situación.
–¡Ah! Conque eso era, ¿no? ¿Y no fuiste capaz de decírmelo antes de salir, aguafiestas? ¿Tenías que esperar a tener todo instalado?
–Es que... la Vero, tú sabís como es, poh.
–No me hablís de esa mojigata, güeón –dijo, enfurecido. Luego agregó–: Y vó, está bueno que aprendái a llevar los pantalones y tomí tus propias decisiones. ¡No seái mangoneao!
–¡Claro! Pa´ ti es fácil decirlo, poh. Si supieras los escandalitos que se manda.
–¡Eso es culpa suya nomás poh, compadre! Usted la acostumbró así.
Ramiro se alejó un poco y golpeó con todas sus fuerzas el tronco de un alicaído sauce llorón, mientras descargaba un cúmulo de groserías. Le costó sobreponerse a la rabia y sacar el habla de nuevo. Cuando lo logró, se acercó a su amigo y abrazándolo le dijo:
–¡Está bien! Nos devolveremos todos. No estoy dispuesto a que la arpía de tu mujer vaya con cuentos donde la Lore y le amargue aún más la existencia.
Posteriormente, dirigiéndose a Ana María, gritó:
–¿Me puedes echar una manito para desarmar la carpa?
La muchacha de un brinco estuvo a su lado.
–¿Qué hago, don Ramiro?
–¡Calmada, mi amor! –contestó él–. Le daremos en el gusto por esta vez, así también tú estarás más tranquila.
–La muchacha le sonrió en agradecimiento e iniciaron juntos la labor de desarmar.
Ramiro tenía la conciencia totalmente tranquila, había sido un paseo de ejercicio y relajamiento y ninguna otra cosa, pero, lamentablemente, Verónica, quien manejaba a pleno gusto a su marido, no quiso aceptar ninguna de las explicaciones. Se subieron al auto en silencio y emprendieron el camino de regreso. Una vez llegado al pavimento, Ramiro subió el volumen de la radio y se dedicó a cantar todas las canciones que asomaban en el dial. Mientras la oscura carretera de vez en cuando era alumbrada por los focos de los pocos coches que los enfrentaban, Ramiro alargó la mano y le tomó suavemente los dedos a la joven, quien le devolvió una preciosa sonrisa.
Paulo y Verónica no emitieron ni la más débil señal de estar vivos, transformándose la vuelta a casa, para ellos, en una verdadera batalla campal de callados sentimientos y prejuicios. Ramiro hacía sentir más su voz abaritonada, sin medir lo que ella produjera en sus pasajeros; quizá estaba deseando que uno de los dos explotara. Al llegar al domicilio de los Lira, subió el coche a la vereda y frenó bruscamente.
–¡Llegamos, señores! –gritó–. Espero que vuestro viaje haya sido cómodo y ameno.
–No es nada gracioso lo que dices, ello solo demuestra tu rotería –le enrostró Verónica.
Ramiro se asió de la manilla e intentó salir. Las manos de Ana María lo tomaron del brazo y lo instaron a no perder la compostura.
–No te aflijas, solo bajaré a abrirles el maletero. Te prometo no decir una palabra.
–Así lo espero –dijo ella–. No me gustaría que terminaran peleados por mi culpa.
Y, aunque le costó, cumplió su promesa. Después que hubieron descargado, cerró con llave el baúl, sin decir una palabra, se subió al coche y echó a andar hacia el plan. Atrás solo quedaba Paulo, quien levantó tímidamente la mano en señal de despedida.
–¿Tienes hambre?
–¡Hum! Un poco –contestó ella.
–Entonces, pasaremos a una amasandería para comprar una pizza grande y algunas bebidas. ¿Estás de acuerdo?
–Si usted lo quiere, ningún problema. Lo que es por mí, podemos esperar a llegar al departamento y no me costaría nada preparar alguna cosa.
–¡No, no! Ocuparemos ese tiempo en compartir vivencias y reírnos un poco de los problemas –dijo–. Te enseñaré cómo tomar las cosas sin aproblemarse.
Llegaron al departamento y se sentaron en el living. Al cabo de un rato no existía ninguna evidencia de comida. Ana María entusiasmada y Ramiro ya olvidado del percance de la tarde, acordaron jugar a las cartas. Al rummy, propuso él. La muchacha, pese a no saberlo, se interesó por aprender. Despejaron la mesita de centro y él se sentó en la alfombra con las piernas cruzadas. Tomó el montón de cartas y comenzó a barajarlas. Ana María lo miraba sin perder ni un detalle, mientras optaba por acomodarse igual que su personaje ideal. Pidió permiso y se sacó las zapatillas.
–¡Ponte cómoda nomás! –la autorizó–. Yo también me las sacaré y me prepararé un trago. ¿Me acompañarías con uno?
–A lo mejor usted no me va a creer, pero nunca he probado el licor –aseveró la joven.
–Si tú lo dices, mi obligación es creerlo. Solo tú puedes decidir qué quieres.
–Por ahora solo tomaré jugo, en otra oportunidad le aceptaré uno, siempre y cuando usted me enseñe a beberlo.
–¡Claro que sí! –dijo él, con inusitado entusiasmo–. Te enseñaré a preparar unos muy ricos y suaves, así también... otros fuertes y venenosos.
Los ojos de la muchacha casi se salieron de su órbita. Él, vista su preocupación, la calmó riendo. Luego le explicó que ningún trago, normalmente preparado, iba a matar a nadie. A pesar de que uno fuerte, sin saber tomarlo, puede provocar un malestar no deseado.
Una vez aclarado el punto y ambos ya relajados, comenzaron un par de manos de instrucción. Él le explicó primero los valores de cada una de las cartas y la función de los comodines, luego cómo se formaban los tríos y las escalas y el puntaje necesario para bajar o irse respectivamente. Al repartir las primeras cartas, Ramiro se ubicó directamente detrás de ella. Tomó su mano izquierda suavemente y comenzó a enseñarle el orden de la baraja. El hecho que Ana María fuera zurda, cambiaba absolutamente cualquier esquema, lo cual entorpecía un tanto la enseñanza. Sin embargo, aquello hacía de esa jornada nocturna, un maravilloso pasatiempo para ambos.
Pasadas algunas horas, y fuera de las instancias del juego, su cabeza, entusiasmada por el licor del cóctel, empezó a proyectar imágenes del cuerpo suave y tierno de su contrincante, sobre todo cuando se rozaban al acercarse el uno al otro. La libido, azuzada por la frecuencia del contacto físico y la mirada ingenua y dulce de la chiquilla, lo estaba haciendo sentir incómodo. Tomó sus cartas y las depositó en el montón.
–¡Pero todavía no hemos terminado! –protestó ella.
–¡Es verdad! –le confirmó él–. Tú has ganado.
–¡Ea! –exclamó, alborozada.
–¡Mis felicitaciones!
Él alargó el cuerpo y la besó en la frente. Ana María cerró los ojos y soñó por un instante.
–Gracias... –masculló.
Ramiro estiró los brazos hacia lo alto y lanzó un largo y sonoro bostezo, provocando la hilaridad de ella.
–¡Huy! Faltó poco para que me tragara –dijo, en forma no insolente.
–Lo que pasa es que me bajó todo el cansancio y estoy sintiendo que ya me debo acostar. Mañana no puedo relajarme demasiado. Debo hacer algunas cosas en el departamento y después ir a buscar a Cristián, no muy tarde.
–¡Ah! ¡Sí! Tiene toda la razón. Yo también me levantaré temprano.
–¡Pero, Any! ¡Por favor! Tú no tienes a qué levantarte. Recuerda que es tu día libre.
–No se preocupe, don Ramiro –dijo con simpatía–. No me incomoda hacerlo.
–¡Eres increíble, muchacha! ¡Increíble! Bueno, por ahora deja todo tirado y mañana te preocupas de limpiar. ¡Hay que dormir!
–Que tenga una buena noche –susurró ella.
Ramiro se acercó y la tomó de las mejillas, puso su frente junto a la de ella y le observó por un instante.
–¡Tú también! Que sueñes algo lindo.
Entre una amalgama de lucidez y encantamiento, se dirigió a su dormitorio y se encerró en el baño; era ya de madrugada. Allí tuvo el tiempo y la tranquilidad necesaria para recorrer los acontecimientos de la tarde del día anterior. De verdad no se amargaba, cada uno podía tener la idea que quisiera respecto a su vida y a la de su familia. Estaba consciente de que nunca se habría expuesto a que le criticaran algo si él no hubiera dado motivos, por lo cual, consideraba, era la cosecha que se merecía. La situación no dejaba de complicarlo un poco.
Sabía con certeza que Verónica no se había molestado porque no estuvieran Lorena ni el niño; su molestia principal radicaba en que él no había ido solo. Siempre había pensado –modestia aparte–, que lo odiaba porque nunca le había hecho ojitos. Era una mujer madura, fea de cara para su gusto, pero con unas medidas corporales muy atractivas, las que aprovechaba de destacar con una forma de vestir juvenil. De todas maneras, por ningún motivo correría el riesgo de que llegara donde Lorena a cuentearle y lo dejara mal parado, empeorando con ello aún más la relación con su esposa. Sería él mismo quien le explicaría lo acontecido, así también Ana María estaría mucho más tranquila.
El largo rato sentado en la taza del wáter, con un estreñimiento poco característico en él, le alcanzó también para pensar en la hermosa velada pasada con la muchacha. Sonrió ante los recuerdos y encendió un cigarrillo, para luego levantarse, lavarse los dientes y acostarse a dormir pesadamente. El teléfono sonó en repetidas ocasiones; sin embargo, no hubo quien contestara.
CAPÍTULO 6
El predio donde se ubicaba la estupenda Iglesia Anglo Cristiana del Único Sendero, ocupaba casi toda la extensión de una manzana en el exclusivo barrio de Los Girasoles. El gran salón podía acoger unos cuatrocientos fieles cómodamente sentados, sin contar al gran coro vocal compuesto por casi ochenta almas, que tenían su ubicación en el altillo, en la parte posterior. Tanto las paredes laterales como las pilastras que dividían el gran salón en tres naves longitudinales eran de piedra de cantera labrada. Sobre el altar, elevado a casi un metro del suelo, había una larga mesa de mármol rectangular ubicada transversalmente, cuyas dos puntas se levantaban cóncavas sobre el nivel central. La barandilla que flanqueaba el ara, era de fierro fundido, torneado artísticamente por manos hábiles, y los dibujos en bronce simbolizaban las peores luchas ancestrales entre el bien y el mal. Cabezas de león, dragones, serpientes, espadas, dardos y ángeles, eran la tónica. Ramiro nunca se había preocupado de entender estos símbolos, ni el porqué de la opulencia de algunos templos cristianos, pero sin duda era uno de los temas espinosos dentro de la orden clerical. De todas maneras y a todas luces, la austeridad religiosa no era algo habitual.
Era domingo y como Lorena nuevamente se encontraba fuera de la región –ahora le había correspondido ir a Coquimbo por cinco días–, había decidido que sería bueno alimentar su espiritualidad. Se levantó temprano y mientras Ana María vestía a Cristián, preparó un rápido desayuno. Leche con Milo para el pequeño, café con leche para Any y té puro para él. Lo complementaban huevos revueltos con pedacitos de tocino, y tostadas con mantequilla y mermelada.
–¡Vamos, vamos! Que se nos hace tarde.
–Ya estoy casi lista, don Ramiro. Solo me falta peinarlo –contestó Any, mientras terminaba de vestir a Cristián.
–¡Sí, porque ya son las diez! Y recuerda que nos iremos a pie.
–¡ Uf ! –exclamó Ana María–. Entonces no tienen pa´ cuando llegar.
–¡Tranquila! Al menos, llegaremos ante de la bendición final.
Desayunaron con rapidez y los dos varones salieron disparados. Ya en la acera, Ramiro tomó a su hijo por los brazos y de un envión lo montó a horcajadas sobre los hombros, apurando visiblemente el tranco. Llegaron justo cuando se entonaba el Pescador de hombres, que gustaba tanto al niño y que, pese a ser un himno católico, ya se había convertido en todo un símbolo del cristianismo, sobre todo su estribillo, que lograba estremecer al corazón más duro.
Señor, me has mirado a los ojos,
Sonriendo, has dicho mi nombre.
En la arena he dejado mi barca,
Junto a ti, buscaré otro mar.
Hermosa canción que hablaba muy bien de la capacidad creadora de su compositor: profundidad de sentimiento, sobrada pasión de espíritu, divina inspiración y abundancia de energía; la misma que era transmitida a través de sus entusiastas intérpretes.
Se acomodaron poco más atrás de la mitad del templo, el cual estaba prácticamente lleno y Cristián, aprovechando que la congregación estaba de pie, se encaramó sobre la banca que les antecedía, y se apoyó en el respaldo. Se movía de un lado a otro, cantando en un tono parejo y armónico, pero subiendo la voz y alargando cada final de línea, mientras se hacía acompañar por un palmoteo sin ritmo. Realmente lo disfrutaba. No tan solo su progenitor lo observaba y gozaba con verlo feliz, también lo hacían las damas que le habían cedido un espacio y algunas pequeñas de cabellos rizados y vestimentas domingueras, que poco a poco comenzaban a congregarse alrededor del pasillo, admirándolo boquiabiertas. El pelo negro que le caía en forma de delgados rizos sobre el cuello por el efecto de tener el pelo largo, y la carita llena y cachetes rosados, le daban un aire endiabladamente coqueto. Es igual de pícaro que su padre, le habían dicho en más de alguna oportunidad.
Terminó el canturreo y Cristián se retiró a la escuela dominical de la mano de la tía Rebeca. Ramiro entonces enfocó toda su atención en la prédica del presbítero Glenn Dotson. La pérdida de los valores cristianos y la falta de comunicación en la pareja fueron el punto de apoyo de su sermón. Atacó duramente la omisión y trasgresión de los Diez Mandamientos y condenó la ruptura del sagrado vínculo del matrimonio. La hermana María de la Luz, que otras veces no dejaba de clavarle sus pequeños ojos de lince y de coquetearle cada vez que podía, hoy se encontraba en lo más profundo y oscuro de sus propios principios trasgredidos. Ni siquiera había levantado una ceja. En el otro extremo, el diácono Barburiza se rascaba seguidamente la barba y de reojo observaba las reacciones de la venerada hermana Priscila, esposa del director del coro, con la cual mantenía relaciones hacía un tiempo. Para qué hablar de la tía Glenda, quien ni pisaba el suelo, y a la que, sin embargo, el mismo tesorero del concilio, que era su cuñado, la había pillado haciéndole una felación al gringo Ortega, misionero de origen nicaragüense, mientras que por allá atrás, casi escondido detrás de la mampara, dormitaba don Eusebio, su esposo, con el grueso mentón apoyado en el pecho y las manos entrecruzadas sobre la henchida barriga.
Todo ello le provocó una especie de vergüenza ajena, aun cuando se divertía viendo tanto pecador acorralado. Sabía, eso sí, que esa no era la tónica general de los cristianos, eran pocos los diablillos, dentro de los que también se contaba, pero existían igual que en todas partes.
Las conclusiones a las que llegó luego de terminada la ceremonia fueron que los movimientos de cada uno de los miembros de la pareja podían ser determinados de antemano. Que las cosas no se iban dando de acuerdo a las circunstancias, tal cual como se lo había imaginado él y como sucede con el resto de la gente. La falta de una comunicación real, que se hacía parecer como tal a través de la entrega de ciertas cosas que a veces no eran tan necesarias, la poca honestidad para reconocer los propios errores y el callar cuestiones que parecen no ser de importancia para la otra persona, cada día iban minando la verdadera entrega conyugal. No era la primera vez que escuchaba un sermón parecido, pero siempre había tenido el hábito de acomodarlos a su antojo. A pesar que nunca se sintió culpable, tampoco le achacaba la responsabilidad a otra persona. Lo único que reconocía –y solo porque era una afición que se la conocía mucha gente– era su infidelidad e irresponsabilidad en sus correrías sentimentales. Pero esta vez, llevando de la mano a su hijo –su fiel compañero–, se fue caminando hasta su hogar con algunos signos de arrepentimiento. En cierto modo se dio cuenta de que solo la voluntad individual y absoluta de la persona era capaz de revertir cualquier situación, por muy difícil que ella fuera. Pensó que Dios nos había dotado de una inteligencia tan grande, que era una pena no usarla en beneficio propio y en el de los demás, más aún si esto podía ayudar a mejorar la calidad de vida y la relación de pareja. Caviló en las tantas veces que se había hecho propósitos y no los había cumplido y que ahora parecía ser lo mismo. En cuántas oportunidades se había puesto serio y se había dicho: ¡ basta de mujeres!, ¡ basta de fumar!, y nunca había cumplido a cabalidad, o solo cumplía a medias por un par de días, prosiguiendo luego con el mismo ritmo anterior, o peor.
Cruzaron varios pasajes particulares, que se distinguían de los públicos por estar con una cadena a la entrada, y saludaron a cuanto hermano les tocara la bocina. El andar lento de Cristián hacía que el tiempo pasara rápidamente, sin que ellos avanzaran mucho en el espacio. A Ramiro no le importaba. Cada vez que su hijo se quedaba embelesado mirando un pájaro o un perro que le moviera la cola, él se agachaba y lo acorralaba con los brazos, dándole seguridad.
Dejó vagar la mente hasta que en la garganta sintió un leve sabor salado. Miró tiernamente a su hijo, con ese amor que nace solamente de un corazón de hombre fuerte y duro, pero a la vez sentimental, y se encuclilló para estrecharlo contra su pecho; luego, volvió a cargarlo sobre los hombros –ejercicio predilecto de Cristián. Brincando sobre el césped de los jardines exteriores de las casas, se dirigieron a su hogar bajo la atenta mirada de la gente que los veía felices. Deben ser seres extraños, pensarían muchos.
Ya de vuelta en el hogar, ambos hombres fueron recibidos estupendamente. Ana María había preparado tomate relleno con atún, en fondo de lechuga y un deleitoso pollo asado al horno con puré. En esos días en que Lorena no estaba, las sopas y caldos poco o nada se veían, ya que el dueño de casa circunstancial, no era muy amigo de ellos. Rodearon la mesa de la cocina y dieron gracias a Dios por el alimento.
Después de almorzar, padre e hijo se dirigieron hacia el dormitorio del primero.
–Any, tú bajas con nosotros a la playa después de la siesta –le dijo Ramiro antes de iniciar una nueva jornada de bulla, risa y cosquillas con su hijo, como si quisiera borrar ese entusiasmo que la joven no pudo reprimir al escuchar lo que había sido una orden.
El juego favorito del niño era la lucha, por lo que, tirados en la cama, momentáneamente se olvidó del sueño y el cansancio. Unas directas cosquillas alrededor de la panza eran el suplicio más agradable del mundo, secundariamente también en los pies y en el cuello. Los revolcones, como parte integral del juego, varias veces terminaron en el suelo, arrastrando cubrecamas, almohadas, frazadas y más de una vez la lámpara. Al cabo de una incesante media hora de lucha, los ojos del niño no aguantaron el ritmo y se cerraron de sueño. Ramiro lo tomó cuidadosamente y lo hizo reposar en su pecho.
La puerta del dormitorio quedó entreabierta, por lo que Ana María pudo contemplar aquella maravillosa escena. Los observó y no pudo menos que sonreír camino a su propio dormitorio.
Mientras Ana María se ponía el traje de baño se escuchó la suave voz que llamaba frente a su puerta.
–¡Ya abro! gritó. Hizo una rápida maniobra con la cruzada de los tirantes del traje y se chantó una solera veraniega. Abrió la puerta. Ramiro esperaba, apoyada la espalda en la pared del pasillo.
–Solo quería conocer tu residencia –explicó–. Siempre y cuando... tú me dejes, por cierto.
Lo miró como si quisiera decirle que todo lo que salía de él era importante para ella, pero se retuvo. Movió amorosamente la cabeza, sonrió y le invitó a pasar.
–¡ Hum! –exclamaba él a medida que daba vueltas la cabeza y se encontraba con novedades–. La tienes muy bien adornada. Desde que tú llegaste, nunca había entrado a esta habitación. Veo que valió la pena tanta espera.
–Gracias –dijo ella, feliz–. Aquí es donde vivo, por eso la mantengo así. Nunca me había sentido tan cómoda como en esta pieza.
Él, mientras escuchaba, fijó la vista en la cama de una plaza.
–¿Qué significa ese perro semidormido que está sobre tu almohada? ¿Es algún regalo especial?
La muchacha alargó los brazos y tomó cuidadosamente al desarrapado peluche.
–Es un recuerdo que he guardado desde niña, señor. Me lo regaló mi madre antes de partir.
Le pasó la mano por el lomo y posteriormente le acomodó la cola.
–Está un poco viejo y deteriorado, pero... los perros me encantan.
–¿Y este otro de acá?
–Ese es un conejo, y me lo regaló la señora Sara, cuando aún no se aburría de mí –agregó sin pena.
–Y los osos... ¿te gustan?
–¡Todos los peluches me encantan! –saltó la chica. Luego acotó–: Ellos me ayudan a no pensar que estoy sola.
–¿Sola? ¿De verdad te sientes sola?
–Realmente es en una forma... A ver cómo le digo. O sea... no de soledad física. Es una soledad... no sé; mental, podría ser. No sé cómo explicarme.
Ramiro se acercó y la observó detenidamente. Ella bajó la vista e intentó moverse de donde estaba.
A los ojos experimentados de aquel mujeriego, ella era una joven mujer deseable para cualquier hombre. Pese a ello, no sabía por qué tenía cierto temor de acercarse y tomarla entre sus brazos. Intuía que Any lo deseaba tanto como él a ella. Se había percatado de sus miradas y de sus muestras de interés hacia él. Pero sumando y restando, lo maravilloso de todo era sencillamente eso. El poseerla quizá ayudaría a hundirse más en sus problemas de infidelidad, y además el esquema de vida de la muchacha solo le acarrearía problemas. Sin embargo, en ese momento estaba al borde de sucumbir en un mar de deseo. Ese cuerpo se le estaba entregando en bandeja de plata. La abrazó y sintió cómo sus latidos se confundían con los de ella. Asimismo, pudo palpar la lozanía de esa piel fresca y joven y escuchar el respirar agitado junto a su oreja.
–¡Te quiero! –le dijo en un susurro. Luego con las manos remeció levemente sus mandíbulas–. Eres joven y bella, pero no me podrás ganar al fútbol.
Ana María sonrió coqueta. Sintieron los pasos de Cristián en el pasillo. El niño venía hacia ellos con la pelota de fútbol entre los brazos. Los tres se miraron y tomaron rumbo al ascensor. Ana y Ramiro respiraban tranquilos, sabiendo que se habían dicho mucho sin decir nada.
Esa tarde de playa fue fantástica. El equipo compuesto por Cristián y Ana María había puesto en jaque el buen juego del experimentado Ramiro, obligándolo a entregar el máximo de esfuerzo y dejar todo en la cancha para poder ganarles por cinco goles a cuatro. No obstante, tuvo que aceptar la humillación de ser agredido físicamente por sus contendores, cuando decidieron subirse en masa al montoncito, del cual solo pudo zafarse a costa de muchas cosquillas y rezongos. Claro está que el desquite fue bastante frío, pues del chapuzón de agua helada nadie se libró; hubo carreras, pataleos, gritos, solicitudes de clemencia, pero el castigo cayó igual. Empapados, los dos adultos decidieron tirarse sobre la arena para secarse, mientras Cristián, incansable, comenzaba la extenuante labor de construir un castillo, con un canal de cocodrilos incluido. Luego de convencerlo de que sería un poco largo el proceso, se limitó a construcciones menores. Un puente sobre un canal que debía mantenerse permanentemente con agua, fue el objetivo. Al final de tanta carrera hacia la orilla para acarrear el líquido, todos terminaron exhaustos y con no poca hambre, por lo que decidieron ir a tomar once. Ana María, quien a esa altura ya manejaba muy bien los asuntos de cocina y siendo una aventajada estudiante en la repostería, se ofreció para hacer panqueques, que luego fueron rellenados con mermelada algunos y otros con manjar, tarea a la cual debieron sumarse los dos hombres.
El resto de la tarde fue comer y reír.
En la noche, cuando su hijo se hubo dormido, Ramiro entrecerró la puerta y se fue a acomodar frente al televisor del living. Las noticias eran las de siempre. Balaceras, cadenazos a los cables del alumbrado y barricadas en el sector sur de Santiago. Viña del Mar y Valparaíso no se quedaban atrás. El general Pinochet era repudiado por los países que manejaban la política mundial y el presidente de la Federación del Trabajo era relegado a una región sureña. En el ámbito deportivo, Chile seguía con su misma tradición: depender de las matemáticas para clasificar en algún torneo sudamericano. Colo-Colo volvía a salir campeón en la Liga Nacional, y la Universidad de Chile ganaba un cupo para la Copa Libertadores.
No se dio ni cuenta cuando Ana María lo remeció suavemente para despertarlo. Se restregó los ojos con las manos y se estiró sobre el respaldo del sillón.
–¿Y en qué terminaron las noticias? –preguntó, desorientado.
–No lo sé. Yo entré a la ducha cuando todavía no se dormía –contestó.
–¿Te mojaste el pelo, amorcito? –dijo, luego de observarla.
¡Sí! Estoy acostumbrada a hacerlo. No me pasa nada.
–Está bien, pero de todas maneras sécatelo un poco, ¿ya?
–¡Ajá! Así lo haré.
Ana María se había puesto a medias su blusón pijama, que solamente se mantenía sujeto por dos botones desalineados a la altura del ombligo. Las uñas de los dedos de los pies desnudos mostraban una exquisita y suave mano de esmalte rosado, haciendo resaltar esas piernas llenas de vida, mientras que algunas gotas de agua le escurrían a través del cuello y, después, caían en el canal que dividía aquellos precoces senos, cubiertos ligeramente por un corpiño negro. Ramiro la contemplaba azorado. ¿Qué pasaría si él la poseyera como lo estaba deseando? ¿Sería esta joven mujer, capaz de guardar el secreto? Ana María se sentó en el sillón de tres cuerpos y se agachó para acomodar la cara entre las manos. Apoyó los codos en las rodillas y sin mover ni una pestaña, solo sonrió.
–Anita, por favor, no me mires así –suplicó, excitado.
–¿Quiere que desaparezca y me vaya a acostar? –preguntó, enderezándose.
–Realmente no sé. O más bien... si sé lo que quiero, pero no sé si hacerlo. Tengo una gran confusión.
–¿Confundido? ¿Don Ramiro confundido? ¡Eso sí que es grandioso!
–No te burles, Anita, no soy perfecto. También a veces dudo de mis actos.
La chica se levantó y se acercó a él, le pasó la mano por la cabeza y sin decir nada lo besó en la mejilla y se fue a su pieza.
Ramiro apagó el televisor y fue a la despensa a buscar un trago. Rebuscó en el mueble y sacó una botella de Jack Daniel´s. Echó tres cubos de hielo a un vaso y lo llenó de whisky hasta el límite. Metió los dedos en el líquido y revolvió compulsivamente la bebida con el hielo y se echó un gran sorbo. El licor le quemó hasta las entrañas, tal vez desatando todos aquellos nudos de preocupación y remordimiento.
–¡Por la puta! ¡Qué hago, por la cresta! –gritó ahogadamente para no ser escuchado.
¡Es toda tuya! Solo tienes que ir. Te está esperando, le aconsejaba su demonio interior. Se tomó un nuevo sorbo y apagó la luz de la cocina. Al pasar frente a la puerta que daba al dormitorio de la muchacha sintió el excitante y llamativo aroma de aquel perfume barato que usaba Ana María, que a él le fascinaba. Inspiró profundamente y se fue a la alcoba, metió una película en el Beta y se tiró sobre la cama, apoyando la cabeza en la marquesa. Cerró los ojos e hizo cinco inspiraciones profundas, tras lo cual intentó enfocar toda su atención en la cinta de video, lográndolo solo a medias. Terminó el whisky y se preparó para dormir. Sin embargo, muy pronto, la molestia de sentirse inquieto lo llevó a golpear fuertemente la almohada con el puño y se sentó en la cama con las rodillas levantadas, cruzó los brazos sobre ellas. Era el precio de ser como era. ¿Su destino? ¡No! Él era un fiel compañero de filosofía del mayor Lawrence: Nada está escrito, mientras tú no lo escribas. Por ello, él mismo sería el artífice, el constructor, el arquitecto de su propio destino. Tomaría el control de su vida y no permitiría que las dudas hicieran mella en su andar; al menos por esa noche.
CAPÍTULO 7
Dos años habían pasado desde esos días nublados y taciturnos en la vida de Ramiro y Lorena. Sin que casi nada de las irritantes complejidades hubiera quedado definitivamente atrás, en algo habían mejorado sus relaciones. Él ya no llegaba tan tarde del trabajo y ella comenzaba a desplazarse menos hacia otros centros. No en vano Lorena debía asistir a múltiples encuentros sociales, ya sea acompañando a su jefe o simplemente como enviada personal de este. Había sido elegida presidenta del Sindicato N° 1 de Empleados, algo contradictorio a primera vista, dado su cargo de brazo derecho del gerente general y, por otro lado, ser la cabeza del sindicato más conflictivo y politizado que existía en la empresa. Ramiro sabía que le había costado tomar la decisión de aceptar el puesto, pero luego de conversarlo, se dio cuenta de que era el instrumento para que las cosas se aquietaran y así trasladar las verdaderas luchas hacia el campo laboral y al bienestar social, cultural y educacional de los empleados y sus familias.
La inteligencia, constancia y sagacidad de Lorena para los negocios eran explotadas favorablemente por la compañía, aun cuando para ella estaba muy claro que no sería por mucho tiempo. Algún día, junto a su esposo, tendría su propia empresa. Así se lo decía a Ramiro siempre. Mientras tanto, disfrutaba de su buena posición y de su excelente sueldo.
En uno de los encuentros sociales, Lorena se entremezcló con la asistencia y se mostró entretenidísima escuchando a varios ejecutivos que habían asistido al cóctel con que su empresa celebraba su progreso dentro de las comunicaciones. El negro pelo, que ahora lucía destellos plateados, le caía en cascadas sobre los hombros y el sobresaliente escote a la espalda del largo y ajustado vestido negro, que acentuaba cada una de sus curvas, le destacaban en aquel desfile de señoras mal vestidas, chapadas a la antigua y santurronas. No en vano era la mujer más admirada en los diferentes eventos en que participaba, sacando partido de todo lo natural que Dios le había dado, contrastando mucho con su estilo elegante, pero recatado de joven y laboriosa ejecutiva. Cada pliegue esquemático de sus labios, como de sus maravillosos ojos azabaches, había sido resaltado o atenuado por una mano delicada y profesional que no escatimó cuidados, mientras que los contornos de un estilizado bikini, que se marcaban delicadamente bajo el vestido, dejaban volar la imaginación de cada uno de los hombres allí presentes. Pero, pese a poseer un boleto a la popularidad y al éxito, Lorena sabía muy bien que la belleza era el factor más engañoso al momento de valorar lo auténtico de una persona. Así lo había leído y así lo había comprobado. En sus manos libres –el uso de la pequeña cartera sobre se lo permitía–, sostenía un escocés en las rocas y un par de galletas de champaña. El interlocutor de turno era un maduro editor de libros esotéricos que acababa de lanzar El héroe del Armagedón, que, según su propia apreciación, se convertiría en un best seller, considerando que a la gente le encantaba sufrir sin ser participante activo.
En un momento, mientras el editor continuaba su monólogo, sin demostrar el poco interés que le producía aquella conversación, echó un vistazo a la concurrencia. Luego, tras aprovechar la oportunidad que le brindó la esposa de uno de los gerentes, quien sí se interesó muchísimo en el tema de las ediciones, se retiró diplomáticamente. Dejó la copa sobre el descanso de una de las ventanas y miró a través de los cristales; realmente no pudo ver nada. El sofocante calor allí dentro, contrastaba con el aparente frío exterior. Los vidrios estaban empañados y las gotitas de agua de la transpiración formaban diferentes figuras surrealistas. Abrió la pequeña cartera y buscó afanosamente los cigarrillos, dio un golpe a la cajetilla y se llevó a los labios el primer filtro que asomó. Dos o tres manos volaron prestas a ofrecerle fuego; se volvió hacia ellos y decidió aceptar la mano de quien estaba más cerca.
–¡Gracias! No era necesaria su molestia –dijo ufanamente.
–¡En absoluto! –corrigió el galán–. No es ninguna molestia atender a una mujer tan maravillosa.
El hombre se mostraba muy educado y su estupendo acento refinado llamaba más la atención de las damas presentes. Su porte era inglés y, como si se tratara de un felino, cada cierto tiempo se pasaba la lengua por el bigotito exiguo y bien recortado, prosiguiendo con los dedos el peinado ceremonial de este.
–Muy lindo su cumplido, señor...
–Fernando Pérez de Arce –se adelantó–. Gerente de producción de IEC.
–Un verdadero gusto, señor Pérez... de Arce, supongo, ¿no? –preguntó algo irónica.
–De todas maneras, señorita Peñablanca, no soy un Pérez cualquiera –contestó con vanidad. Luego, con una mirada penetrante, que la llegó a poner nerviosa, prosiguió–: este Paul Könnig es un verdadero afortunado al tener una ejecutiva como usted.
–Solo hago lo que debo hacer y siempre he pretendido ser yo misma, tanto en mi actuar, en mi vestuario, en fin. Todas esas cosas que nos preocupan tanto a nosotras las mujeres. Usted debe apreciarlo en su... perdón, ¿es usted casado?
–Divorciado –dijo él–, hace cinco años. Pero entiendo lo que usted quiere decir.
Mientras el hombre se explayaba en algunos criterios atípicos sobre las mujeres, una extraña sensación recorrió todo su cuerpo. Se puso tensa. ¿Qué me pasa, Dios mío? Todo me da vueltas. Pidió excusas –él pese a su extrañeza no le preguntó nada– y se retiró en dirección al toilette de damas. La frente le empezó a transpirar profusamente y la agitación le hizo sentir náuseas. Se echó sobre el lavabo e intentó vomitar, pero no lo consiguió. Dos damas que la reconocieron se acercaron y le frotaron la espalda, mientras le preguntaban la razón de su estado.
–No sé qué me ocurre –dijo con un asco indisimulado–. Estaba muy bien en el salón, cuando de golpe me vino este arrebato. Creo que pediré un taxi para regresar a casa.
–¡De ninguna manera! –dijo una de las damas–. Nosotros te llevaremos. Hablaré con mi esposo para que nos vayamos.
–¡Tranquilas, por favor! Ustedes no se incomoden conmigo. Ya me siento mucho mejor; así que podré irme sola.
–¡Cómo se le puede ocurrir, jovencita! –insistió la más anciana–. Si no te quieres ir con los Bacigalupo, te irás con nosotros. Mira que esos extraños cambios en el sistema nervioso son peligrosos –terminó argumentando.
–¡Ay, por favor, señora Marta! No es para tanto –reclamó–. Les agradezco su buena voluntad, pero el caminar al aire fresco me hará bien. ¡Muchas gracias!
No era tan difícil suponer lo que le ocurría, de hecho las dos damas se habían dado cuenta, para eso tenían sus años, pero de todas maneras al día siguiente iría al médico para estar segura y así poder comunicárselo a su marido. En varias oportunidades lo habían conversado, pero nunca habían llegado a un punto de encuentro al respecto, sin embargo, hacía un buen tiempo que no estaba tomando pastillas, ni tampoco se encontraba en tratamiento. Recordó que la última vez que usó la T, esta le había provocado una herida en su interior, por lo que en conjunto con Ramiro decidió no usarla más. Por otro lado, los encuentros sexuales con su marido se habían distanciado bastante. Siempre las excusas eran las mismas: trabajo, cansancio, desgano, falta de tiempo. Por eso ella había estimado que las posibilidades de quedar embarazada eran muy remotas. Al parecer, se había equivocado.
Logró escabullirse en medio de la concurrencia y retiró su fino chaleco blanco desde la guardarropía. Observó de reojo a su alrededor y salió en dirección a la calle. Aún era temprano y ciertos rasgos de la noche bohemia empezaban recién a entonarse. Su caminar lento y sereno se oponía al agitado y presto de las mujeres hacia los paraderos de la locomoción. Pese a la baja temperatura ambiente, se sentía mucho mejor al aspirar aquel aire fresco. Cruzó la angosta calle y se adentró por uno de los pasajes donde se encontraban algunos antros populares de muy dudosa reputación. Siempre le había llamado la atención recorrer ese lugar, aunque ahora el miedo le hacía latir mucho más rápido el corazón. Se detuvo, aspiró profundamente y, sin dudarlo, prosiguió.
Era divertido que después de estar en un cóctel con lo más granado de los ejecutivos y empresarios de la región, ahora se encontrara fantaseando en aquel lugar público. Pasó frente al 2269 y disminuyó la marcha. Recordó que algunos de sus compañeros hablaban mucho de este lugar. Por ellos sabía que aquí los hombres –y hasta mujeres, pareció haber escuchado– pagaban buenas sumas de dinero por obtener servicios sexuales a la medida. En el segundo piso se veía movimiento y las ventanas abiertas dejaban escuchar un incesante compás caribeño. Pegó la espalda al poste del alumbrado y sacó un cigarro, lo encendió y luego de aspirar, dejó ir el humo en diferentes direcciones; se sentía libre y fresca. Se sacó el chaleco y se acomodó los senos. Corrió los tirantes del vestido, ampliando el escote y se acercó a la muralla. Una vez arrimada, elevó una pierna hacia atrás y apoyó el taco. Mientras divagaba acerca de los misterios de la noche, escuchó el sonido de unos pies que se arrastraban.
–Hola, ¿qué tal, preciosa? –preguntó una voz noctámbula–. ¿Eres nueva por aquí?
A Lorena simplemente se le entró el habla. ¿Tan fácil era captar un hombre? ¿Qué haría ahora? El extraño prosiguió:
–Eres una maravillosa estrella caída del cielo –dijo en su dialecto de borracho, arrastrado y perezoso–. Y sin embargo... no tienes lengua.
–No. No se trata de eso, señor –balbuceó Lorena–. No soy lo que usted cree, ni lo que busca.
Bajó el pie y se acomodó recatadamente el escote.
–¿Y qué es lo que yo busco? A ver, ¡adivina!
–No sé, de pronto una prostituta, quizá –dijo ella.
–Bah, ¿y tú quién soi entonces?
–Yo... este...
Lorena miraba hacia todos lados buscando una mano amiga. Vio que el hombre dudaba y quiso aprovechar la oportunidad de huir. Lorena sintió que el hombre la rodeaba fuertemente por la cintura y que una de sus manos le buscaba afanosamente el trasero. Trató de soltarse y llamar la atención de alguien, pero en ese instante el filo de una navaja impidió cualquier grito. El hombre, embrutecido por el alcohol, la atrajo hacia sí y le hundió levemente la navaja en el vientre, sin hacerle daño. Luego la conminó que caminara con él sin escándalo alguno. Lorena obedeció, aunque internamente se recriminaba a gritos el haber sido tan estúpida. Continuaron por la callejuela oscura, hasta que el hombre la introdujo en un vericueto que formaban un par de paredes de adobe, vestigio de lo que habría sido en algún momento una agradable casa de familia. La arrinconó contra la pared y, extasiado, comenzó a lamerla desde la misma cabeza hasta el cuello, para luego obligarla a dejar libres sus senos. Lorena no sabía lo que sentía, era una extraña mezcla de rabia y placer. Aquel gusano la estaba lamiendo toda y ahora se encontraba mamando furiosamente sus tetas, mientras que sin dejar de lado la navaja, una de sus manos le acariciaba las nalgas. Lorena pensó cuál sería la mejor manera de escapar. Dejó pasar un instante y, lentamente, dirigió una mano hacia el bulto de la entrepierna del hombre. Este se dejó hacer, ayudándola en la tarea de desabrocharle el pantalón.
Hasta ese momento parecía una verdadera fiesta. El hombre se bajó los pantalones y permitió que Lorena atrapara aquel hirviente miembro. Era un animal fuera de lo normal, al extremo que el estómago de Lorena sintió el rechazo. Entonces el criminal intentó besarla, pero ella lo rehuyó inteligentemente. Despechado, le agarró con ambas manos por la cabeza y la obligó a arrodillarse frente a él. En ese momento Lorena cerró los ojos y con la punta de la lengua le dio una pequeña pincelada. El hombre perdió definitivamente la compostura. Dejó caer la navaja y se rindió ante el deleite de lo que su mente imaginaba. Lorena comprendió que era el momento. Se enderezó diestramente y le hundió una rodilla entre las piernas, haciendo que este lanzara un alarido de dolor.
–¡Y la puta que te parió! ¡Perra conchetumadre!
Retorciéndose, el asaltante cayó al suelo. Lorena aprovechó la ventaja y le lanzó un feroz puntapié al rostro.
–¡Y la tuya, malnacido de mierda!
Habiéndolo dejado momentáneamente fuera de combate, salió de aquella cueva, mientras el borracho lanzaba llamaradas de ira, y emprendió la carrera por el callejón. A los pocos metros, trastabilló. El hombre, un tanto repuesto, intentó seguirla. Entre la desesperación y las recriminaciones, se enderezó y optó por sacarse los zapatos para correr más libremente.
Pasó frente a otros prostíbulos de mala muerte y dio vueltas al recodo de la calle. De verdad ahora estaba excitada, pero de miedo y pavor; la callejuela era ciega. Se afirmó de un poste y descansó un poco. Su corazón ya no latía, brincaba, mientras los pies le punzaban, adoloridos por el esfuerzo. Respiraba agitadamente. Trató de calmarse. Pensó que ella era la única culpable, no sabía de dónde le habían venido esas ganas de ser puta por un minuto y no había medido las consecuencias. Su afán no era irse a acostar con un hombre, sino saber lo que se sentía estar allí ofreciéndose al mejor postor. Poco había durado la experiencia. De pronto sintió rabia por haber sido tan tonta. Golpeó repetidamente el puño contra las tablas que encerraban un sitio de estacionamientos y se puso los zapatos. Cimbreó el cuerpo para bajar y dejar en regla su vestido e hizo el intento de pensar en algo que la sacase del problema. Comenzó a retroceder cuidadosa y atentamente, por si su agresor aparecía.
En el intertanto, de los lenocinios circundantes habían comenzado a salir algunas prostitutas, alertadas por los gritos enfurecidos del agresor que, al verse rodeado, no tuvo más remedio que alejarse con la cola entre las piernas. El cuchicheo y las miradas interrogantes, hicieron que Lorena nuevamente sintiera temor. Cruzó los brazos sobre el pecho y decidió enfrentarlas. Ninguna le dirigía la palabra, solo la miraban, algunas con desprecio, otras con curiosidad. Sin embargo, desde el umbral de un cité, una mujer joven tomó la iniciativa y se dirigió hacia ella. Lorena ideó alguna forma de defensa y calculó sus pasos. Tenía un extraño andar, parecía no tener costumbre de usar tacos y la minifalda que llevaba puesta era tan apretada que le hacía parecer un verdadero paquete mal armado. No obstante, al trasluz de los sucios faroles parecía poseer un cierto grado de hermosura.
–¡Hola! –saludó la desconocida, mientras la estudiaba–. ¿Por qué corríai tanto? ¿El viejo güeón te quería hacer algo?
Parecía haber visto parte del espectáculo.
–¡No! –dijo tajantemente. Pensó luego y se retractó–. Es decir, ¡sí!
– Güeno, cómo es la cosa, mijita. ¿Es o no es? ¡Está bien! ¡ Pst! Pa´ lo que me importa. Pero estái bien, ¿no cierto?
Lorena movió la cabeza afirmativamente, dejándose arrastrar por el torrente de preguntas
–¡Hum! Oye... pero a ti nunca te había visto por aquí, ¿dónde trabajas?
–Yo... bueno..., soy ejecutiva de una telefónica.
– ¿Quéééé? –interrogó la mujer, abriendo tamaños ojos. Luego al ver que la muchacha se había asustado, bajó el tono y prosiguió–: ¡Está bien, está bien! ¡Yo soy el rey de los maricones! Pero tú no me puedes salir con que eres... ejecutiva.
–Señor... –dijo–, es verdad lo que le digo. ¡Trabajo en la multifuncional! –afirmó casi llorando–. Solo me metí a esta calle por demostrarme a mí misma que no me daba miedo estar cerca... de ustedes. Es decir... bueno... de las prostitutas.
–¡A ver si entiendo bien! Tú ibai pasando por la calle y te bajaron las ganas de entrar al pasaje, solo pa´ sentirte como una puta. ¿Voy bien? Luego cuando aquel güeón se acercó pa´certe algunos cariñitos, a vo´ te entró lo de dama y apretaste cachete pal fondo. ¿Es así o no?
–¡Sí! –confirmó ella, angustiada–. ¡Aunque no me lo crea! Esa fue la horrible y loca idea.
El muchacho al ver la seguridad con que le contestaba Lorena, se quedó mirándola y rio espontáneamente. Se dirigió al grupo de prostitutas y homosexuales y les hizo saber que no se trataba de una de ellas. Al momento tres a cuatro se acercaron a la pareja. Miraron a Lorena como bicho raro y rieron de una manera extraña.
–¿Y qué hacía aquí esta comadre? –preguntó al aire una gorda desaliñada con pinta de cabrona.
–¿Qué andabai haciendo en nuestras pasarelas? ¿Se te había perdío algo, acaso? –inquirió otra que parecía jirafa.
La asustada mujer hizo una mueca y mirando al homosexual levantó los hombros.
–¡Ya poh, chiquillas, déjenla tranquila! ¡La dama necesita reanimarse!
–¡Yo me presto de voluntario para reanimarla! –dijo, de pronto, un peliteñido amanerado.
–Por favor... –suplicó Lorena–. Yo no quiero incomodarlos. Me metí aquí por error y ahora solo deseo irme a mi casa.
Lorena aceptó que Sergio la acompañara hasta el paradero. Este se le colgó del brazo. No dejaba de sorprenderse con cada cosa que aquel muchacho le contaba. En cortas pero profundas oraciones, este dejó escapar sentimientos guardados dentro de sí desde hacía mucho tiempo. Supo que tenía un amor imposible, un hombre casado, y hasta cuánto había sufrido al ser penetrado por primera vez por un hombre maduro, teniendo solamente catorce años. Cuando ambos se despidieron, los dos sintieron que habían recuperado algo más de su propia identidad. Ella experimentando sus propias fantasías y Sergio dejando su legado para la mejor comprensión de su situación. Habría mucho más que conversar en una nueva oportunidad. Al despedirse, ambos se abrazaron cariñosamente.
–Chiquilla –le susurró–, ¿estarías dispuesta a visitarme algún día?
–Si tú me lo pides y me garantizas seguridad, ¡sí! –contestó ella.
Esa madrugada, mientras le cancelaba la carrera al taxista, el rostro de Lorena esbozó una sonrisa; había logrado entender algunas otras cosas del ser humano.
Eran las seis de la tarde y Ramiro se había sacado la corbata. Lucía desgarbado. El pelo desordenado y las mangas de la camisa blanca recogidas. Tenía que revisar una serie de trabajos y documentos que la compañía debía presentar a la Contraloría el lunes siguiente, ya que, por costumbre ancestral, las demás secciones entregaban sus datos el último día hábil. Además, pese a no ser de operaciones, había sido comisionado para viajar a Colombia el domingo en la mañana. Un barco de la empresa se encontraba con orden de arraigo en el puerto de Buenaventura. Sus cualidades profesionales y, por qué no, los buenos contactos que poseía en ese país ayudaron a la elección.
Corina, que por el contrario lucía fresca y animosa, ingresó a la oficina sin meter mucho ruido y se le acercó con sigilo. Cuando estuvo detrás de él, sin emitir palabra, comenzó a arreglarle el enmarañado pelo que, aunque más dócil con el pasar del tiempo, todavía le quedaba un poco de rebeldía. Ramiro dejó caer el lápiz sobre el escritorio y se volvió, la tomó por la cintura y la atrajo mansamente hasta él. Tan mansa que sintió que venía dispuesta, ajena a todo el mundo. Entonces incrustó la cabeza como oso buscando madriguera y exploró con la boca la división de esos senos dorados, para terminar lamiéndolos. Ella se apretó tan fuerte contra él, que casi no le permitía respirar, luego lo soltó y encontró de lleno sus labios.
–¿Me recordarás algún poquito? –preguntó ella.
–¡Tonta! –le contestó con una sonrisa en los labios–. Sabes que siempre te llevo en mis pensamientos.
Corina se enderezó y fue a cerrar la puerta con llave.
–¡Cuidado, mi amor! –expresó él, algo inquieto–. Más de alguien puede venir a verme.
Ella pareció no escuchar.
–Quiero regalarte algo muy especial..., para que me recuerdes en el viaje.
Cuando estuvo frente a él, se contorsionó con las piernas separadas y se soltó el cabello, a la par que se abría la blusa hasta dejar sus pechos libres. Ramiro la miraba con ojos brillantes y cautelosos. Una cautela diferente, una que distaba mucho del miedo, una cercana a la emoción y al nerviosismo. Raras veces se había sentido así. Cerró los ojos en clara señal de expectación y se dejó seducir tranquilamente. Era perverso no permitirlo, más cuando esas manos de mujer hábil comenzaban a bajarle el cierre.
Pasado el escenográfico momento, Ramiro, prendido de aquella estupenda experiencia, se dedicó a ultimar los detalles de la labor pendiente. Cerró el despacho y se dirigió al estacionamiento. Se fumó un cigarrillo y pensó en lo que debía hacer esa noche: después del contacto en el café topless Orbita, apartaría un tiempito para él. Partiría tomándose unos tragos en ese mismo lugar, y de ahí... lo que viniera. De seguro su mujer llegaría tarde; era lo común. Los cócteles eran el motivo encubierto para efectuar encuentros de negocios informales, que luego proseguían en algún café o restaurante hasta altas horas de la madrugada.
El café quedaba ubicado en un subterráneo de la avenida de Los Libertadores y a él asistían muchos hombres solos, ya que en cierto modo el espectáculo era para ellos, lo cual no era un impedimento para que también llegaran mujeres. El lugar, que contaba con tres niveles independientes entre sí, podía ser aprovechado, además, para escuchar una selección de música interpretada por Jacinto en su pequeño piano, o para beber una artesanal cerveza del puerto y entablar conversaciones. Muchos de los clientes ya se conocían, por lo que algunos días se transformaban en verdaderos encuentros familiares. Allí tuvo tiempo para ordenar sus ideas y clarificar el panorama del próximo viaje. Ya había estado en Colombia dos veces, una por la empresa y otra por turismo. En esta oportunidad, no se podía permitir extravagancias, ya que tanto el tiempo como las circunstancias se lo impedían. De todas maneras, se dijo, me daré maña para pasar aunque sea unos dos días en Cartagena de Indias.
Bebió su old fashion de pie y recorrió el salón con la vista. Había varios rostros conocidos, pero no les hizo caso. Se apoyó en el piano y esperó un par de minutos, al cabo de los cuales pasó junto a él un individuo decrépito. Tendría unos sesenta y cinco años, bajo, regordete, calvo y con un bigote bien recortado, quien dejó caer descuidadamente un bolígrafo Pentel. Era la señal. Esperó un lapso prudente y fue tras sus pasos. Poco se demoró en recorrer el pasillo en penumbras y encontrarse de pronto, frente a un frío pero bien cuidado reservado.
–¿Se sirve algo, señor...?
–¡Torres! –se apuró en contestar.
–Bueno, bueno –apuró el vejete, sin dar importancia al nombre–, pida lo que quiera, luego conversamos.
El trato autoritario del hombre parecía una demostración de poder, por lo que se podía concluir se trataba de un exoficial militar. Ramiro corrió la silla de madera y se sentó. El mesero, que parecía esperar atento, se acercó en actitud de escucha.
–Repítame el old fashion, por favor.
Ramiro estaba nervioso. Aquel hombre lo miraba imperturbable.
–¡Relájese, señor Torres! Lo noto un tanto inquieto.
Realmente no tuvo para qué confirmar lo ya observado. Apoyó con todas sus fuerzas el cuerpo sobre el espaldar de la silla y buscó un cigarro. El exmilitar le alargó el encendedor, al tiempo que comenzó a hablar.
–¡Tranquilícese! –le dijo–. Hablaré corto y preciso. ¡Ponga mucha atención!
El monólogo no se alargó más allá de quince minutos, tiempo suficiente estimado por su interlocutor para que todo quedara definido.
–¿Le ha quedado claro? ¿Alguna duda? –inquirió con prepotencia. Antes de responder, Ramiro se inclinó sobre la mesa y, en voz baja, preguntó:
–¿Cuál será la forma de pago?
–¡Ajá! Intuía que esa sería la principal pregunta.
Se acercó más hacia él y le confidenció de manera insolente:
–¡Por eso me cargan los civiles! ¡Todo lo hacen solo por dinero!
Ramiro se incomodó. Se levantó bruscamente y tomó al vejete por la solapa.
–¿Y usted qué se cree que me viene a hablar así, viejo pendejo hijo de pu...?
No alcanzó a terminar la frase, cuando de la nada aparecieron dos hombres. Lo tomaron fuertemente por la espalda y uno de ellos, (luego Ramiro confirmaría que se trataba del garzón), le dobló el antebrazo, lo justo para hacerle sentir un leve dolor.
–¡Ya basta! –les dijo el oficial–. Y usted... ¡tranquilícese! ¡No se atarante! ¡Siéntese! Y terminemos esto como caballeros.
Ramiro Torres bufaba de rabia. Cuando lo soltaron, se sentó y resolló fuerte. El hombre movió la cabeza y esperó que los matones se retiraran detrás de la cortina.
El hombre metió la mano izquierda al bolsillo interior del vestón y sacó un sobre.
–En respuesta a su inquietud aquí tiene el efectivo que usted pidió. Lo demás le fue depositado ayer en su cuenta en Washington. Finalizada la comisión se le depositará lo que falta.
–Ramiro miró el sobre y lo tomó para abrirlo.
–¡No lo haga! –le ordenó el hombre–. ¡Guárdelo! Y verifíquelo después.
El extraño tomó el bastón y el sombrero, y se incorporó. Dio un paso al frente y sonrió sarcásticamente.
–¿Sin resentimientos, amigo mío?
Ramiro, que ni siquiera intentó levantarse, medio volvió la cabeza y observó la mano extendida. Ante todo soy un caballero, pensó. Se levantó y aceptó el saludo.
–¡Sin resentimientos! –repitió. El exmilitar no dejó de sonreír.
–¡Adiós! Ojalá nos volvamos a ver –fue lo último que dijo.
Luego de eso salió del reservado y se dirigió por otro pasillo hacia la calle posterior. El guardaespaldas que vestía de traje lo siguió. Ramiro esperó, según lo habitual en estos casos, unos diez minutos y se acercó a la caja. Pagó su primer consumo y adquirió una nueva cajetilla de sus Camel preferidos. Eran cerca de las doce de la noche cuando salió a la calle, buscó su vehículo y lo puso en marcha. Mientras manejaba en dirección a Viña del Mar, sintió un calor horrible, parecía que el cielo lo apretujaba contra el asiento. Bajó el vidrio y sacó el brazo hacia afuera, lo levantó hacia el techo y extendió la palma de la mano frente al viento, logrando que una cierta cantidad de aire penetrara directamente hacia su rostro. Viró por Libertad y luego cruzó hacia las calles aledañas. Pasó las intersecciones de varias arterias manejando suavemente. Metió la mano en la chaqueta y sacó el sobre con el dinero. Lo olió largamente y después lo depositó debajo del friso de goma, junto con sus documentos. Había poca luz y los transeúntes eran escasos.
Apenas llegó a su casa, entró al baño y se miró al espejo. Estaba barbón, ojeroso y desaliñado. Abrió la llave del agua fría y se mojó la cara. Después, se cepilló los dientes y, tras comprobar que Lorena dormía profundamente, se sentó a los pies de la cama y abrió el sobre. Allí estaban los dos mil dólares en billetes de cien, frescos y perfumados. Tomó algunos al azar y verificó su legitimidad. Los metió nuevamente al sobre y los guardó en el doble fondo de su maletín casero. Se metió a la cama y se acostó de espaldas a su mujer.
Antes que el sueño finalmente lo doblegara, estiró la mano hacia el velador. Le agregó dos aspirinas al vaso de agua. Lorena, a medio despertar, sacó los brazos por sobre el cubrecama y siguió durmiendo.
Octubre todavía no convencía a nadie de que era un atractivo mes inmerso en el corazón de la primavera. Si bien las plantas, los pájaros y los árboles parecían entender su desvarío, el ojo humano ya lo catalogaba de raro. Y no era para menos, el clima en la región había estado cambiante en el último tiempo. Algunos días amanecían con un majestuoso y rotundo sol, cuyos rayos dorados revoloteaban en el lomo de la gente quemándolos, y otros, con una llovizna blanca, neblinosa tan fría que calaba hasta los huesos. La mañana de ese día se caracterizaba por la humedad que se percibía en el ambiente. El matrimonio no había pasado una buena noche y despertaron sobresaltados. Si el día hubiera estado limpio de seguro el sol estaría alto.
–¡Despierta, mi amor! Nos hemos quedado dormidos –gritó Lorena, echando la ropa de cama hacia los pies–. ¡Son las ocho y diez! –recalcó. A Ramiro le costó sobreponerse al sueño.
El horario de entrada de ambos era a las ocho y media. Aunque tenían ciertas licencias para llegar tarde, ninguno se había aprovechado de tal situación. Se tiraron rápidamente abajo de la cama y se metieron al baño. En la cocina Ana María, que no los había despertado, preparaba el café con leche para la señora y el té puro con tostadas para el caballero. Mientras se afeitaba, Ramiro intentó romper el hielo.
–¿Cómo pasaste la noche? –preguntó.
Lorena, abierta de piernas sobre el bidé, chapoteaba diestramente con las manos y el jabón para lavarse.
–¡No muy bien! –chilló con cierta hostilidad.
–¿Me di muchas vueltas?
–¡Sí! Bastantes.
–¡Lo siento! ¡Qué pena! –dijo, atribulado–. Hace días que no duermo bien.
Terminaron de vestirse y él caminó hasta la cocina, saludó a Ana María y bebió un par de sorbos de té. Detrás apareció su esposa, quien no escondió su disgusto.
–¡Buenos días, Ana María! –Ella respondió el saludo compungida–. ¿No se dio cuenta que nos habíamos quedado dormidos?
–¡Sí, señora! Pero como ni siquiera sonó el despertador, pensé que se iban a levantar más tarde.
Lorena levantó las bien formadas cejas negras y con pesar se dirigió a su esposo:
–¿No pusimos el despertador?
Ramiro no pudo menos que reírse.
–¿Y qué me dices a mí? Tú eres la encargada. ¿O no?
Lorena se bebió la leche de un viaje y no dijo nada. Le robó una tostada y salió arrastrando la cartera. Él corrió detrás. El panorámico espejo del ascensor sirvió para corregir algunos detalles del vestuario y para que el matrimonio se informara que ese día habría corte de agua después de almuerzo.
–¡Hum! Llamaré a Ana María para que junte un poco –dijo Lorena–. La semana pasada dijeron que era hasta las tres el corte y... ¿te acuerdas que llegó como a las siete?
–¡Detallitos! ¿Manejas tú?
Le alcanzó las llaves.
–¡No! –contestó desinteresada–. No estoy de humor para ello.
Después de abrir la puerta para que subiera su mujer, recorrió el corto trecho hasta su asiento y echó a andar el motor. Organizó un poco el desorden de cosas que había en el asiento trasero y activó el portón automático. Al salir a la intemperie una lluvia de mugre se deslizó desde el techo sobre los vidrios. Accionó el limpiaparabrisas junto con el sapito, hasta que se formaron dos medialunas de limpieza entre el polvo y los restos de hojas.
El tráfico estaba horroroso, parecía que todos se habían quedado dormidos el mismo día y al mismo tiempo. Los autobuses y colectivos no respetaban ninguna señalización y los automóviles particulares debían hacer esfuerzos para no tocarse con ellos. Ramiro miró hacia todos lados y viró bruscamente hacia una bocacalle que tenía sentido contrario. Desembocó en Ocho Norte y continuó hacia el oriente, hasta tocar con la arteria principal que lo llevaría hasta la telefónica. El tránsito a esa hora pico era exactamente igual en todos lados, por lo que Lorena, aferrada con dientes y muelas al asiento, hizo lo posible por calmarlo.
–¡Ya vamos tarde, amor! No sacas nada con apurarte.
Él entendió el mensaje y encendió la radio.
–¡Eso está mucho mejor!
Ya calmado, su mujer sacó el cosmetiquero Artistry que le habían traído de Estados Unidos y procedió a maquillarse; tarea que siempre hacía antes de salir, pero ese día, por el atraso, tendría que aprovechar el taco para hacerlo. Él, en tanto, deleitaba al mundo con su hermosa voz, cantando todos los pedacitos que se sabía de las canciones que emitía la radioemisora. Ya avanzadas un par de cuadras y en el momento en que Lorena aplicaba a sus labios el Rose Glisten Lip, se sintió un fuerte golpe metálico y el vehículo se estremeció por completo. Su cabeza bailoteó y dio contra la ventanilla, dando paso a un hilillo de sangre; habían sido impactados por un bus urbano. Ramiro, furioso, intentó abrir la puerta y salir, pero esta estaba bloqueada por la carrocería del autobús. Reaccionó y volteó la cabeza: su mujer se miraba el labio en el espejo del parasol e intentaba en vano parar la sangre de la frente.
Ramiro se olvidó de todo y se acercó a ella preocupado. La tomó suavemente de la barbilla y se interiorizó visualmente de la gravedad de la herida.
–No fue nada grave, cariño –dijo ella–. Un pequeño golpe en la sien y la rotura del labio al morderme.
Incrédulo, puesto que el impacto había sido bastante considerable, comprobó que realmente estuviera bien y, ya más tranquilo, la instó a salir. El conductor de la liebre corrió a auxiliarlos.
–¿Se encuentra bien, señora? ¿Es grave la lesión?
–¡No! Todo está bien –contestó.
–¡Quiero ver los daños! –gruñó Ramiro, mientras se tomaba del marco del auto para salir.
–¡El bus me patinó y no lo pude controlar! –se excusó el autobusero. Añadiendo con voz discordante–: Por lo que observé... no es tanto el daño. Parece ser solo de lata.
Ambos hombres dieron la vuelta al automóvil y verificaron los daños, mientras una decena de curiosos comentaba el siniestro. Parecía ser que había resistido bien el golpe y solo denotaba tener hundido el tapabarro, no vislumbrándose otro daño importante. El bus por su parte, había resultado con un rasguño en el parachoques.
–¿Qué hacemos señor? ¿Retiro el autobús? –consultó el chofer. Ramiro se enderezó y miró a su mujer, se encogió de hombros e hizo una mueca con la boca. El conductor volvió a hablar–: Si desea que le paguen los daños tendría que poner la denuncia en Carabineros y, después acompañarme a la Asociación. El abogado de la empresa tomaría el caso.
Ramiro lo miraba moviendo la cabeza. Cuando el chofer terminó, él dijo:
–¡Ya, compadre!¡Yo me encargaré de los daños! No tengo ninguna intención de perder tiempo y dinero en un juicio con ustedes. Así que olvídese, y gracias por la preocupación.
Invitó a su mujer a abordar el vehículo y reemprendieron la marcha. Ella, más repuesta, le tomó la mano y se la besó.
–¡Gracias por no enfadarte! Creo que has hecho lo correcto –le dijo.
Él sonrió y luego, le arriscó repetidamente la nariz.
–No es nada, corazón mío. Eres tú la que me da esa calma.
Una vez llegado al trabajo de su esposa, estacionó subiéndose a la vereda y se bajó para abrirle la puerta. Le brindó la mano y luego la besó en los labios. Lorena carraspeó aclarándose la garganta y le susurró al oído:
–¿Podrías venir a buscar a tu esposa a la salida?
Él le apretó los pómulos con los nudillos y movió afirmativamente la cabeza.
–A las seis y media estaré acá, ¿está bien?
Lorena apuró el tranco y sin detenerse dio vuelta el rostro; un guiño fue la respuesta.
Ramiro bajó cuidadosamente al pavimento y en el camino marcó el número de teléfono de la central. Pidió hablar con Corina. Explicó sin grandes detalles lo ocurrido e informó que pasaría directamente al taller. Cortó y enfiló por avenida Francia hacia el cerro.
–Esto está atestado de vehículos, como todos los viernes –le explicó Jorge.
Esperó media hora. El jefe de taller le ordenó a un mecánico que hiciera el chequeo de daños y, posteriormente, concluyó que solo se había estropeado el tapabarro. De todas formas, eso implicaba desmontar, desabollar y pintar de nuevo toda la pieza. Ramiro sacó cuentas y decidió pasar a dejarlo al día siguiente.
De vuelta en la oficina adelantó todo el trabajo que pudo y delegó otro tanto en Corina y los encargados de secciones. Por la tarde, compartió un café con todos ellos y les deseó éxito en lo que hicieran, no sin antes recomendarles que tuvieran cuidado y no se buscaran problemas con el personaje que le subrogaría, el que era reconocido entre los empleados como vaca y negrero. Se despidió personalmente de cada uno de ellos y se alejó del despacho.
A las seis con treinta, clavadas, se encontraba estacionado frente a la telefónica. Abrió las puertas para que se ventilara el interior del auto y aprovechó de echar una ojeada a los asientos y al piso. Tomó un paño untado con spray para cristales y limpió los vidrios por dentro. En ello estaba cuando sintió dos dedos que le punzaban los costados. Dio un pequeño brinco y volvió la cabeza lentamente. Detrás de él, su mujer le observaba con su joven rostro casi angelical y lleno de dulzura. Lucía encantadora, más suave y alegre que nunca. El corazón de Ramiro se encabritó y sus ojos brillaron como luces de estrellas en una noche sin luna. Tiró lejos lo que tenía en las manos y se acercó mirándola fijamente. La tomó con suavidad por los hombros y ella ladeó levemente el rostro, entreabrió los labios y esperó. Cerraron los ojos y se besaron con toda pasión. Los aplausos y los silbidos de aprobación de algunos compañeros que en ese momento salían del edificio y de otros que observaban la romántica escena desde el segundo piso, no se hicieron esperar. El matrimonio se volvió y levantó los brazos en señal de triunfo.
–¡Mi amor! –exclamó súbitamente Lorena, como si su voz culebreara entre rosales–. Me gustaría caminar un poco. Siento deseos de volver a repasar cosas que no hacemos desde hace un tiempo.
Él ya había abierto la puerta y reaccionó atolondradamente.
–Pero... está un tanto fría la tarde y te podrías resfriar.
–¡No hay cuidado! –exclamó ella rebosante de gozo–. Tengo muchísima energía.
Ramiro se preocupó de asegurar bien el coche y notó que algo bueno estaba pasando.
–¡Bueno, ya! –dijo con firmeza–. Si tú lo deseas... por mí no hay ningún drama; caminaremos.
Se tomaron de la mano y se dirigieron hacia el paso de peatones. Esperaron el monito verde y cruzaron la avenida. Sobre el puente peatonal que cruzaba el fétido estero hacían nata los microempresarios de la solidaridad y de la cesantía. Los Súper 8, las sustancias, los tofis, el maní confitado y los cocos de palma pelados –chupados, según la competencia–, competían con las manos estiradas de los ciegos, mancos, cojos y ancianos sucios y hediondos a su propio orín. En este grupo, según seguimientos especializados, varios tenían suculentas cuentas de ahorro.
Al cabo de un rato llegaron al Samoyak, sitio predilecto para saborear exquisitos sándwiches, tortas, kuchen, y otras delicias. Ubicaron una mesa con la posición más estratégica y se acomodaron uno al lado del otro. Lorena solicitó la carta y Ramiro sacó un cigarrillo.
–¿Te importaría no fumar por ahora? –le solicitó angelicalmente. El hombre seguía sin comprender–. Estoy un poco mareada y el humo me hace peor –justificó.
Devolvió el cigarrillo al paquete y por dentro pensó que era muy posible que los malestares que sentía su mujer fueran consecuencia del golpe que se había dado en la mañana. Le tomó de las manos por sobre la mesa y le preguntó:
–¿Te sientes realmente bien? En la mañana me dijiste que el paramédico te había examinado y te…
La sonrisa de Lorena hablaba por sí sola.
–¡Hum, hum! –respondió afirmativamente. Se acomodó en la silla y cambió de tema–. Me tomaré un jugo de piña, ¿y tú?
Ramiro, más tranquilo, pero no por eso menos ansioso, ladeó la cabeza y pensó.
–A ver, a ver... ¡uno de melón tuna!
El mozo, que los observaba desde que habían ingresado al establecimiento, esperó el ademán del caballero y se acercó a tomar prestamente el pedido. Anotó en su comanda y, de nuevo, los dejó solos. Él le contó del auto.
–¡Hum! Tú no estarás –dijo Lorena–. Me imagino quién tendrá que retirarlo.
–Si es que te queda tiempo –dijo en tono de víctima–. Si no es así, le diré a alguien del trabajo que lo haga.
–¡Tonto! –gruñó ella, frunciendo el ceño–. Sabes que solo espero que me lo pidas.
El mozo se acercó a la mesa y depositó en ella los jugos solicitados. Esperaron que este se fuera y al unísono levantaron los vasos haciéndolos chocar. Brindaron por... sencillamente estar juntos. No obstante, Lorena no paraba de sonreírle. Como si quisiera contarle muchas cosas, hasta que de pronto largó:
–¡Cariño mío! De alguna manera tengo que contarte lo que nos está sucediendo.
Ramiro se incomodó, creyendo que tocaría el mismo tema de siempre.
Ella prosiguió:
–Ayer, en el cóctel al que asistí, hubo un momento en que me sentí bastante mal. Tu entiendes; estómago revuelto, náuseas, en fin.
Ahora sí Ramiro escuchaba atento.
–Me dirigí al baño y estuve como quince minutos de cabeza en el lavamanos, sin embargo, no pude trasbocar nada. –Estupefacto se tomó la barbilla y raspó con sus yemas la incipiente barba. Lorena bebió un sorbo de jugo y continuó–: Preocupada, hoy en la tarde fui a visitar al doctor Vargas, y él me dijo... –sacó una servilleta y se limpió suavemente la nariz. Unos lagrimones habían surcado sus mejillas. El hombre no soportó seguir en ascuas y expresó su impaciencia.
–¡Dime por favor, mujer! ¿Qué te dijo? – Y añadió con una alegría contenida–: ¿Es acaso lo que pienso?
Lorena bajó la vista y apretó una mano contra la otra.
–¡Sí! Tengo casi un mes de embarazo.
–¿Un mes? ¿Un mes de embarazo y no me lo habías dicho? ¡Esto tiene que saberlo todo el mundo! –gritó, hecho un loco.
Sollozando de emoción y sin que su mujer alcanzara a persuadirlo, se paró sobre la silla y golpeó repetidamente la copa, buscando la atención de todos en el salón.
Pulsuz fraqment bitdi.