Kitabı oxu: «Ladrón de cerezas»
Miguel Tornquist
Ladrón de cerezas
Arquetipos novelados

Tornquist, Miguel
Ladrón de cerezas : arquetipos novelados / Miguel Tornquist. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-1982-5
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.
CDD A863
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
A mis hijos
Capítulo 1
Libre como el viento
A 5500 metros de altura, corrijo, de insensatez, Salvaje Arregui experimentó los típicos síntomas del mal de la montaña: agudo dolor de cabeza y dificultad para respirar. A 6000 metros, padeció fatiga extrema, mareos y tos con sangre.
“Debo alcanzar la cima”, pensaba, cuando ya su mente no le permitía pensar. Era consciente de que se encontraba a las puertas de alcanzar el objetivo que se había propuesto durante toda su vida: escalar el Aconcagua, el pico más alto de América, ubicado en la provincia de Mendoza a 6960 metros de altura.
Era enero. Porque era el único de los doce meses del año en que el frío glacial de la montaña se tomaba vacaciones.
—Tal vez este sea un buen momento para retornar a la base —dijo Robinson, guía e instructor de alpinismo de alta montaña que lo acompañaba—. Haber alcanzado los 6000 metros de altura en tu primera incursión al Aconcagua es todo un mérito. Muy pocos lo han conseguido. Haremos un nuevo intento el año próximo y alcanzarás la cumbre, te lo aseguro.
—No hubiera hecho todo lo que hice si estuviera dispuesto a renunciar —arremetió Salvaje a lo alto de un monótono pedrero de rocas congeladas—. La cima está ahí, a la vista, casi que la puedo tocar. Nos encontramos a menos de 1000 metros de distancia y no voy a dilapidar años de esfuerzo por un insignificante mareo y un hilito de sangre.
Salvaje se había entrenado en procesos de ambientación ascendiendo de forma progresiva distintas cimas para acostumbrar al cuerpo. Se había aclimatado en cámaras hiperbáricas para someterse a una baja presión atmosférica que acelerara el ritmo cardíaco. Se había habituado a la falta de oxígeno. Durante años modificó su base de alimentación asesorado por una nutricionista especialista en deportes extremos que le recomendó una dieta adecuada para enfrentar la altura. Para fortalecer la mente se encomendó a una eminencia en psicología de riesgo, quien lo sometió a fuertes sesiones de alta presión y fatiga mental.
—Es que no te veo del todo bien —insistió Robinson—, que en tantos años como instructor de montaña podía diferenciar entre un simple mareo y un alud de hipoxia cerebral—. Tus síntomas se pueden agravar y el clima está desmejorando.
El cielo plomizo y pesado parecía entumecido por dos largos brazos de láminas de bronce que aprisionaban como un cono a la montaña y la zarandeaban buscando expulsar a los pequeños invasores que nada tenían que hacer allí. El frío era tan extremo que los huesos de Salvaje parecían astillarse al hacer contacto con partículas de nieve arremolinadas por un huracanado viento que se desplegaba como en una danza atroz. Una llovizna intensa humedecía los atisbos de confianza que no le sobraban.
—¡Vos sos responsable, oíme bien, sos responsable de haberme traído hasta acá! —gritó Salvaje enfurecido, señalándolo con un dedo inquisidor—. La culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer.
—Yo no soy tu subalterno para que me hables así. Además, la culpa también es del chancho que acepta un reto para el cual no está preparado —lo contradijo Robinson asestándole un golpe letal a la húmeda moral de Salvaje.
—¡Estoy preparado para alcanzar la cima! ¡Si no lo estuviera no estaría acá! —lo frenó en seco Salvaje, quien no se permitía abandonar las cosas a mitad de montaña—. El Aconcagua no me va a ver arrodillado, no me va a expulsar como a un boy scout que ante el primer imprevisto levanta campamento y vuelve a casa de mamá con el rabo entre las patas.
—Muchos hemos alcanzado la cima.
—Porque la montaña se los permitió.
—Todo indica que esta vez no lo va a permitir.
—Justamente ese es el motivo por el que debemos hacer cumbre. Cuando me dan una calurosa bienvenida me voy, pero cuando me echan a patadas en el culo me quedo. Por lo visto, soy una persona contradictoria que pasea la antorcha cuando el fuego está apagado.
Seguramente la montaña te hará tragar tus palabras, pensó Robinson resignado, aunque no se atrevió a contradecirlo. Salvaje era un hombre implacable y andaba empecinado en colgar la cabeza disecada del Aconcagua en la pared de su dormitorio.
Salvaje Arregui se dirimía entre un espíritu que lo incitaba a seguir y un cuerpo que lo detenía. El hombre y la montaña, la montaña y el hombre; una lucha despareja capaz de curarle el sueño hasta al hombre más despierto.
—Tu cuerpo se está muriendo, literalmente, se está muriendo; está experimentando saturación de hemoglobina y ausencia de oxígeno —se inquietó Robinson intentando convencer a un talibán de afeitarse la barba.
—Dame una razón para quedarme, no me la des para irme —imploró Salvaje.
—¿Qué significa eso? Vida o muerte, blanco o negro. Nadie más que vos puede decidir sobre tu vida.
Como cabía suponer, Salvaje andaba emperrado en hacer cumbre, aunque su vida estuviera en juego.
—Elijo morir antes que renunciar.
—Un ser tan malditamente obstinado, un aspirante a suicida, no me deja más alternativa que arriesgar mi reputación.
—Un suicida no aprende a suicidarse; en todo caso gana experiencia en un solo suicidio. Aclaro esto porque respeto a aquellas personas tan libres como para elegir hasta su propia manera de morir.
—Haremos un último intento por alcanzar la cima. Para naturalizar la presión atmosférica escalaremos únicamente 300 metros por día. En tres días lo lograremos, si no morís antes de un edema cerebral.
A veces morir te salva la vida, pensó Salvaje. La muerte lo atraía, lo cautivaba como la mantis orquídea capaz de contorsionarse emulando la más bella flor que encandila insectos enamoradizos a su lecho de muerte. Finalmente, mientras se disponía a recostarse a la veda de un risco empinado para recuperar fuerzas y reflexionar sobre su candidatura a gobernador de la provincia de Buenos Aires, el sueño lo acostó.
Por tercera vez en años, Salvaje Arregui se postulaba a gobernador de la provincia de Buenos Aires en representación del Partido Republicano. Aún resonaban en su memoria las dos derrotas anteriores contra candidatos de mucho menor renombre que él, cuya única capacidad se cimentaba en militar en el nebuloso Partido Popular liderado por un ser repugnante que respondía al nombre de Jalid Donig.
La tercera es la vencida, pensaba Salvaje, aunque comprendía que sus chances de convertirse en gobernador eran tan escasas como alcanzar la cima del Aconcagua. El aparato político del Partido Popular era tan devastador, tan enmarañado en acuerdos partidarios sombríos y tenebrosos que hacían prácticamente imposible el acceso al poder de un candidato que no se subordinara al régimen despiadado de Jalid Donig.
—Cuando alcance la cima del Aconcagua también alcanzaré la gobernación de la provincia de Buenos Aires; tengo una corazonada —le dijo Salvaje a Robinson mientras le volvían los colores a la cara.
—Una corazonada a 6000 metros de altura es un buen síntoma —contestó Robinson poniéndole algo de humor al ambiente férreo—. Aunque no termino de entender en qué se parece el Aconcagua a la gobernación.
—¿Qué tiene que ver la golondrina con el verano? —ironizó Salvaje.
—¿A quién se le puede ocurrir que es capaz de ganar una elección por el simple hecho de escalar el Aconcagua? —insistió Robinson.
—¡A mí! —insistió Salvaje—. Y no es tan simple el hecho.
—Mamita —dijo Robinson.
—¿Para qué estamos en este mundo si no para dejar una huella, un legado más grande que nosotros mismos? Esa es la razón por la que me levanto todos los días a las seis de la mañana, auxiliado por los resortes del colchón que empujan mis ambiciones para arriba.
—A eso lo llamo idealismo, Salvaje. Una persona que asume responsabilidades que no le corresponden. No termino de comprender a la gente que se siente inquebrantable, a los autoproclamados intrépidos, a los que pretenden llevarse el mundo por delante, a los que atraviesan una pared por cualquier agujero que no sea la puerta. Parece que empoderamiento es la nueva palabrita de moda en el diccionario. Muchas personas creen que vivir a las corridas es todo un mérito. Pero me pregunto: ¿a dónde quieren llegar tan rápido? ¿Cuál es la meta? Me da toda la sensación de que lo que buscan es escapar de sí mismos. La vida es una maratón, no una carrera de cien metros. Y hay que correrla como una maratón: a paso lento e hidratándose el cuerpo con una bolsita de realidad de vez en cuando.
—Yo voy en tren y vos en bicicleta —dijo Salvaje con el sarcástico aire de satisfacción que ya no le sobraba en los pulmones.
—Pero pedaleando en bicicleta se disfruta mucho más del paisaje —disparó Robinson.
La alegoría del velocípedo actuó como una colonoscopía en la arrogancia de Salvaje y en la intrepidez de un argumento tan filoso como el propio peñasco.
—¿Y esa bobada de la maratón me la dice una persona que se gana la vida a siete mil metros de altura? ¿Que vive cruzando semáforos en amarillo? —se ofuscó Salvaje desempalmando la cadena del plato de la bici.
—La montaña es más segura para mí que el ministerio para vos —aseguró Robinson pisando firme entre las piedras. Jamás pongo en riesgo mi integridad física ni la de mis parroquianos.
—Hablando de otra cosa. No me digas que la montaña no tiene secretos para vos —quiso saber Salvaje dando un volantazo a la conversación que se disponía a incrustarse contra un muro.
—Algunos me los susurró al oído, pero la mayoría no. El peor error que podemos cometer es subestimar a la montaña, andar de joda a su lado. De cuando en cuando te prende un cigarrillo y te da permiso para tirarte cómodamente entre las rocas a fumar con ella. Esos son los momentos sublimes de la vida donde uno piensa que todo valió la pena. Pero a las pocas pitadas, y sin previo aviso, te apaga el cigarrillo en medio de la frente y te deja una marca indeleble que no se te borra ni haciendo las paces con el Yeti. La montaña es como el fuego: el viento que lo extingue es el mismo que lo propaga. Nada es fácil acá arriba. Es como tener un tigre de mascota: nunca sabés cuándo te va a tirar el zarpazo.
—Tampoco es fácil allá abajo, en la jungla de cemento —replicó un Salvaje meditativo mientras Robinson recapacitaba bajo el efecto de sus reflexiones.
—Antes de volar hay que correr, antes de correr hay que caminar, antes de caminar hay que gatear. Para volar se necesita tiempo y un par de alas bien curtidas que solo te salen con las canas. Si vas a leer un ensayo, pasá primero por un cuento porque sería un salto al vacío saltar de los hermanos Grimm a Borges. Si en cambio pretendés leer a Dostoievski, pasá primero por Julio Verne. Si te pica el bichito de García Márquez frotate la mente primero con una crónica periodística al estilo de Relato de un náufrago para pasar después a una novela del calibre de Cien años de soledad. Y si pretendés sacarle punta al lápiz de Hemingway, hacé unos garabatos primero con El viejo y el mar para pasar después a una novela de trazo ancho como Adiós a las armas. De ese modo irás adoctrinando a tu mente para algún día comprender a Borges. Al igual que en un rompecabezas, lo más sensato es iniciar por las fichas de los extremos y no por las del centro.
Salvaje se sobresaltó ante la mención de muchos de sus libros y autores favoritos. ¿Podía ser coincidencia? Relato de un náufrago había actuado como introducción a la literatura en la escuela primaria y le había marcado su niñez. Lo recordaba con ambigüedad, ya que por un lado lo inquietaba la etiqueta de héroe que, a su regreso del naufragio, el pueblo de Alabama le había pegado en la frente al marinero como una estampilla, y por el otro, la postergación y el abandono que el mismo pueblo de Alabama le había provocado al finalizar el cuento. Salvaje estaba convencido de que no se lo debería considerar un héroe, sino un vil mortal señalado por el destino a participar de una ceremonia nefasta e inquietante que no anhelaba experimentar. En definitiva, hizo lo que cualquiera de nosotros hubiera hecho: intentar sobrevivir. Al fin y al cabo, hasta el suicida que se arroja de un rascacielos detiene el golpe con las manos hacia adelante.
Una vez que le tomó el gusto a la lectura, se devoró las aventuras de Julio Verne: La vuelta al mundo en ochenta días, Veinte mil leguas de viaje submarino o Viaje al centro de la tierra, por solo enumerar algunas de sus más emblemáticas obras. Coincidir con su instructor de montaña en libros y autores favoritos fue un llamado de atención, una consonancia de hermandad literaria. Era evidente que se trataba de una conexión metafísica, de una naturaleza y estructura esenciales. Fue tal la conmoción al leer El viejo y el mar que a sus veinte años emprendió una locura (de esas de las que nunca nadie se arrepiente) y decidió levar anclas y recorrer los siete mares a bordo de un majestuoso velero de quince metros de eslora mejor conocido como La Tempestad, comandado por Nelo Pimentel, su amigo de la infancia, y por una tripulación de cinco peces en el agua que no sabían respirar fuera de ella. En una cálida mañana de enero embarcaron y navegaron durante más de dos años por el océano Atlántico sur, el Atlántico norte, el océano Pacífico, el mar Caribe, el océano Ártico, el océano Índico y el mar Mediterráneo. Se enfrentaron a cientos de tormentas y soportaron olas mayores de tres metros de altura. Pero en los días diáfanos, sentados en la primera butaca del escenario azul, salado y espumoso, prendían un pucho, y se encomendaban a las fascinantes danzas de peces multicolores, caracoles caleidoscópicos, rayas aplastadas, pulpos de tinta azul que manchaban los dedos, y caballitos de mar que se paseaban entre las olas representando la obra más colosal que alguna vez hubieran experimentado. Cada puerto en el que atracaban para abastecerse se convertía en un espejo atroz del cual evitaban verse reflejados. Una realidad menospreciada de la cual nunca se sintieron parte y de la que se negaban a regresar, aunque tuvieran que despedazar, a jirones, pedazos de su propio cuerpo. Porque ellos se abastecían del mar y el mar se abastecía de ellos. Porque ellos eran el mar, eran las babas de la espuma, eran los cangrejos ermitaños que levitan para atrás, eran la sal de la vida.
Pero como todo lo bueno siempre termina, un día el mar los expulsó de sus entrañas como a los cadáveres que arroja a la costa en un acto de solidaridad tardío. Los deportó a la ciudad que tanto los oprimía, que los asfixiaba como las cumbres de las montañas. La vida sigue, pensaron, pero no sigue igual. ¿En qué se había convertido aquel joven de veinte años que descubrió en un cuento de Hemingway un modo de subsistir? Ya nada sería igual en la vida de Salvaje. Su aspecto se había mimetizado con su entorno inmediato: barbas negras de ballena cubrían su rostro, dos medusas de cuerpos gelatinosos succionaban sus ojos; su mar color piel y las azules aguas que recorrían sus venas se enfrascaban en una majestuosa batalla de sal y tierra que se disputaban a puñetazo limpio su paternidad.
—Solo se trata de una competencia con vos mismo, Salvaje, de ninguna manera con la montaña —dijo Robinson.
Luego de unos segundos de zozobra, Salvaje tomó una bocanada de aire que pareció revitalizarlo. Se acomodó cual largo era en el diván resbaladizo del risco y dio inicio a una sesión de catarsis con Robinson que le prestó el oído porque entendió que desde hacía muchísimos años tenía una espina clavada que carcomía su alma y únicamente la montaña era capaz de removerla.
—Debo alcanzar mis metas en la vida. Superar mis propios límites. De una buena vez debo convertirme en gobernador de la provincia de Buenos Aires. No puedo permitirme salir derrotado nuevamente. Siento que me encuentro en el momento justo para lograrlo y estampar mi sello en la política nacional. Desde acá arriba se ve el mundo diferente. Soy insignificante ante esta montaña, lo sé. Soy efímero y ella es permanente. Pero la verdadera medida para tomar dimensión de las cosas es enfrentándome a lo escalofriantemente poderoso, a lo sublime, a lo majestuoso, a todo aquello que se ríe de nuestra fragilidad y de un cachetazo en el medio de la cara nos pone en nuestro lugar. No estoy desafiando a la montaña, la montaña me está desafiando a mí. Quizá me está cicatrizando las heridas con lamidas de nieve, o me está recomponiendo el alma con este frío inquisidor que atraviesa mis fracasos y me interpela como una mariposa a la fealdad. Alcanzar la cima no me asegura ganar la elección, pero al menos me asegura que la elección no me gane a mí.
Las palabras de Salvaje se le metieron por las orejas a la montaña. Una pizca de adoctrinamiento flotaba en el aire, una reconstrucción de lo deconstruido. Se caía de maduro que Salvaje necesitaba a la montaña para borrar, de un plumazo, las huellas de su letargo. No buscaba dominarla, pero tampoco pretendía verse dominado por ella. Él desprendía lava por la boca y entraba en erupción de tal manera que la misma montaña se escabullía entre las casas desprevenidas e indefensas ante lo inevitable.
En un instante, la montaña mostró signos de arrepentimiento, dejó de pegarle patadas en el piso y le tendió una mano para reincorporarse. El viento amainó lo suficiente como para que los huesos desempolvados se recompusieran y un rayo de sol les calentara los sentidos señalándoles el camino hacia la cima. La montaña les enseñaba todo su poder permitiéndoles vivir, pues, si no lo hacía, su poder también moría y se convertía en una simple parábola, un chisme barato alejado de toda veracidad. Su supremacía, toda su superioridad, se hubiera disipado en cuerpos inertes e incapacitados de señalar que el verdadero poder de quien puede matar radica justamente en dejar vivir. Robinson se sobresaltó por la inusitada benevolencia de la montaña que no acostumbraba a bajar la guardia a tan pocos segundos de la campana final. Aprovechando la concesión inusitada, iniciaron el ascenso de los últimos metros que se interponían entre ellos y la gobernación de la provincia de Buenos Aires.
Al alcanzar la cima de América y observar el mundo patas para abajo, a Salvaje lo arremetió la serenidad del deber cumplido, el compromiso tachado de la lista, el corolario altisonante de la montaña que se hizo la tonta y miró para otro lado. La misma concesión que los siete mares le sirvieron en bandeja cuando las olas crispadas cedieron ante una embarcación tan insignificante como él en la montaña.
Ahora se estaba realmente bien. Ya no sentía frío ni ahogo, ni pantalones cortos, ni mamá rezongando desde la rendija de la puerta. Eran solamente él y la montaña, la montaña y él. Por algún motivo las fuerzas de la naturaleza le daban una tregua, le firmaban un cheque en blanco que no ejecutaban al mejor postor. Por algún motivo le permitía seguir viviendo. Pero la condescendencia tenía sus propios límites. Las nubes holocáusticas finalmente desplegaron sus filos de navajas puntiagudas como ajusticiadoras perpetuas de la Inquisición y lo condenaron a iniciar el descenso de inmediato. Segundos antes de iniciar la partida, Salvaje metió la mano en el bolsillo y clavó en lo más alto del risco una banderita con unas letras difusas dentro de un corazón atravesado por una flecha: “Septiembre”.
Un cóndor sobrevolaba el cielo.
Robinson lo apuró a bajar. Era una lástima, se estaba tan bien.
Aires entomofóbicos
Salvaje Arregui decidió emprender una campaña de comunicación muy distinta a las anteriores. Robinson, su guía de montaña, le sugirió entrevistarse con el asesor en comunicación Rufino Croda, un amigo de la infancia con quien había compartido sus estudios primarios y secundarios en el colegio Santa Trinidad.
Rufino era un hombre prácticamente desconocido dentro del ámbito político, pero relativamente respetado dentro del ámbito publicitario. Había presidido varias de las agencias de comunicación más relevantes de la época, aunque no había descollado sobremanera en ninguna de ellas, ni había logrado establecerse más de tres o cuatro años en un mismo lugar.
Era evidente que prefería una buena patada en el culo a un pie sobre la cabeza.
Cuando se sentía demasiado cómodo en un mismo lugar desajustaba las cinchas y los resortes del sillón para que las tachuelas se le clavaran en el aburguesamiento y lo impulsaran hacia un destino algo más estimulante. Era un convencido de que la verdadera libertad era cambiar el rumbo cuando el viento se aquietaba.
Todo era efímero en Rufino, hasta aquello que se sobreentendía permanente, hasta sus enredos amorosos cuyo inicio, desarrollo y desenlace eran de cuento y no de novela. Permaneció algunos pocos años casado con una mujer a la que prefería olvidar en una repisa descuidada, pero que le recordaba a sus tres maravillosos hijos. Un día descolgó la camisa de una percha, eludió desempolvar la repisa, desplazó hacia adentro la varilla metálica por el pasador de mano, ajustó las juntas de los herrajes, y decidió divorciarse de ella y del hombre en el que se había convertido a su lado: ciclotímico, melancólico, mezquino, egoísta.
Había que saber irse porque no le gustaba la imagen que le devolvía el espejo. De todo se divorció, menos de sus tres hijos, a quienes amaba con el alma. Sus rostros angelicales se reflejaban en un charquito de agua cada vez que Rufino observaba el suyo. Porque él era ellos y ellos eran él; una conjunción simbiótica de organismos de la misma especie en una íntima asociación de gotitas de sangre. La simple concepción de pispear el mundo por el que andaban arrastrando las zapatillas con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón le regocijaba el alma. Eran la bondad en estado puro, la maldad desarmada y despojada de todo absolutismo. Eran incapaces de juzgar al otro y mucho menos de interpelarlos. Intentó ofrecerles una vida perfecta (como si la perfección no fuera imperfecta), negarles nada y permitirles todo, pero sucumbió ante un divorcio complicado, irreversible y complejo, que sacó una versión de él que no reconocía. Por momentos se sentía como un extraño conviviendo en un cuerpo reconocible. Sus hijos fueron espectadores involuntarios de una película de terror protagonizada por dos personas grandes. Es que no toleraba la injusticia, mucho menos cuando lo implicaba. A sus ojos, la báscula de la justicia, al menos en lo que a derecho de familia se refería, se inclinaba indefectiblemente hacia el lado de la mujer, lo cual era previsible porque entre tanto padre que se tomaba el pire no abundaba mucho padre que asumiera su responsabilidad. Pero muchas veces justos pagan por pecadores, aunque el rol de la justicia era justamente echar una red en el agua y liberar, de vez en cuando, una corvina entre tanta bota.
Harto de que tanta pasa de uva exprimiera la naranja, un día, decidió renunciar a la ambición desmesurada y se arrojó un clavado al vacío; sin redes, ni botas, ni corvinas, ni cheques en blanco, en las hendiduras abruptas de un acantilado de aguas poco profundas llamado Innocence: su consultora de arquetipos de marca. No lo atemorizaban los nuevos desafíos, sino la mediocridad de lo permanente, la figurita repetida, lo que lo anclaba al fondo fangoso y blando de lo que se resistía a ser. Por el contrario, lo estimulaba el cartel recién pintado, las planchas de polietileno con burbujas de aire recién infladas, el corte de cinta, el camino de vuelta al hombre que supo ser: sereno, calmado, generoso, apacible. Lo enardecía la exigencia de deshacerse de ese holograma tridimensional que no lo representaba, que distorsionaba su imagen como en una película fotosensible. Tenía fama de hombre parco, retraído, de pocas palabras y de una timidez hechicera, esa que seduce por oposición a lo que debería expulsar por sustitución. Era tan huraño que el cuidador de un faro de una isla desierta le parecía un ser ameno, abierto y accesible. Lo único que amaba tanto como su soledad era a las mujeres (aunque parece una incongruencia, ya que ambos sustantivos comunes femeninos distaban de coincidir en sus enunciados). Ellas actuaban como la luz del faro que orientaban al bote que se tambaleaba entre aguas tormentosas y era atraído esporádicamente, y por pequeños intervalos de tiempo, a la inseguridad de tierra firme. Amarraba el bote al muelle con un vago nudo de zapatilla de niño inexperto que recién inicia en el arte de atarse los cordones y no consigue sujetarlos con la suficiente presión. Era capaz de convivir extensos períodos acompañado, únicamente, por su soledad, aunque, pasado un tiempo prudencial que se calculaba en semanas o eventualmente en meses, sentía la necesidad de volver a balancearse en un sube y baja oscilante de un sinfín de mujeres que le hacían de contrapeso en el lado opuesto del adminículo infantil. Una especie de péndulo que se detenía reiteradamente en los extremos y pasaba como un rayo por el centro. Nada admiraba más que la belleza del sexo opuesto (le costaba entender el motivo por el que a aparatos sexuales tan equivalentes se los consideraba opuestos). Quizás por esa razón jamás consideró la posibilidad de convertirse en farero en una isla desierta.
Al perderse lo hacía a lo grande entre laberintos de uñas esculpidas, delineadores de labios, perfumes de magnesio y máscaras de pestañas que decoraban la desilusión como única puerta de salida. No se vanagloriaba por actuar de esa manera, pero no lo podía evitar. Era más fuerte que él. Respetaba ese noble quijotismo de un séquito de mujeres que aún guardaban las esperanzas de convertirlo en un hombre desprovisto de restos de maquillaje y filamentos de perfumes. Un retrato de familia que pudiera detener el péndulo justo a la mitad. Su diccionario no incluía palabras rimbombantes ni lenguaje frondoso. Esas páginas habían sido arrancadas a cachetazos y esparcidas como el polvo volátil soplado por el viento. Aunque era justo reconocer que su conducta estaba provista de una hidalguía de caballero romano. Consciente de sus limitaciones amorosas, se comportaba de manera opuesta a lo que una mujer esperaría de un hombre que pretende seducirla. Con la honestidad del último deseo del hombre condenado a la horca, se esforzaba por espantarlas de su presencia mostrándose como lo que realmente era: un ser sin capacidad de amar, desprovisto de sentimientos y ajeno al sufrimiento ajeno. Un espécimen de mariposa disecada sujetada por un alfiler sobre una espuma rígida para su exhibición, pero no para su uso. Era de suponer que muchas mujeres se sintieran atraídas por un hombre repelente, ya que buscando espantarlas no hacía más que atraerlas. No actuaba premeditadamente, sino con la inconmensurable decencia de un asesino que intenta escapar de sus oscuros pensamientos mientras sus víctimas lo corren de atrás.
El encuentro se llevó a cabo en las oficinas de Salvaje Arregui, en la cogotudísima avenida Alvear de la ciudad de Buenos Aires, un viernes cualquiera de un mes cualquiera.
Al relojear como de pasada por la hendidura de luz que se formaba entre el marco de la puerta y el surco de la pared, Salvaje se sobresaltó al observar a un hombre de unos cincuenta años, vomitivamente atractivo, de unos noventa kilos bien distribuidos en 1,87 metros de altura de un cuerpo impúdicamente perturbador; agonizantes cabellos negros sobreviviendo entre un litigio de canas blancas y enruladas tan complejos e indescifrables como una novela de Kafka.
Lo examinó de arriba abajo: barba descuidada, ojos apagados, y un puñado de arrugas escondidas que develaban a un hombre de sonrisa evasiva y gesto adusto. Su modo de vestir era austero, casi desinteresado: jeans gastados, zapatillas al tono y una remera blanca clásica que contrastaba con la formalidad y elegancia del lugar. La apariencia impoluta de sus oficinas y el vocabulario prudente de todos los que allí trabajaban generaban un contraste imposible de ocultar ante el ignoto visitante. Un publicista desvariado, un sapo de otro pozo que saltaba de estanque en estanque en busca de algo de mosca. Se estrecharon las manos con la confianza que un ladrillo le tiene a una masa y pasaron a la sala de reuniones.
Rufino era un hombre de una timidez crónica, casi patológica, que generaba un enorme contraste con su agigantada figura. Ante la presencia de desconocidos lo atacaba una sensación de sofocación y abarrotamiento de cientos de músculos del cuerpo, especialmente aquellos situados en la mandíbula y el cuello que se apretaban en espacios reducidos y le imposibilitaban expresar algún tipo de emoción más allá de la angustia. Enmudeció ante la presencia del candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires y se apichonó de tal manera que involuntariamente comenzó a balbucear, a transpirar las manos, a entrecortar la respiración y a acelerar la frecuencia cardíaca. Este tipo de perturbaciones eran habituales en él, que de cuando en cuando recurría a ansiolíticos para mitigar el tormento que le generaba la presencia de extraños de su misma especie, especialmente cuando se trataba de hombres de poder.
Como era de suponer, nunca se sintió miembro activo de la familia Homo sapiens; más bien se sentía el eslabón perdido, el apéndice que constituye parte del cuerpo humano, pero nadie comprende precisamente su función. Parecía como si lo hubieran aplazado en antropología.
En contrapartida, se sentía infinitamente más cómodo entre animales, o niños, o ante la presencia de sus pares: un cactus, una piedra, o una lata, probablemente porque no se sentía interpelado por ellos y mucho menos juzgado. La absoluta confianza que le manaba por los poros ante la presencia de una mujer se deshilachaba a pedazos ante la presencia de un hombre. Al enfrentarse cara a cara con Salvaje no logró sostenerle la mirada, escondió las manos en los bolsillos, y sus ojos se clavaron en un piso de eucalipto blanco con vetas infinitas recién lustrado que le minaban aún más su poca confianza.
Me cago en Robinson que me recomendó entrevistarme con semejante espécimen, pensó Salvaje mientras intentaba acelerar, de alguna manera metafísica, las agujas del reloj de cola situadas en el vértice contiguo a la puerta de entrada. Se había convencido de que los próximos minutos de su vida no quedarían registrados en el museo de la Acrópolis, aunque, tal vez sí en el museo de las cosas olvidadas.
—¿Muchas hormigas? —ironizó Salvaje tirándole un salvavidas de plomo a su inconmensurable timidez.
Mientras los ojos de Rufino continuaban perdidos en el piso buscando vaya a saber qué, sigilosamente y de un leve impulso ascendente, elevó su pie derecho hasta alcanzar la altura de la botamanga izquierda; en busca de equilibrio extendió ambos brazos de manera perpendicular al cuerpo y se mantuvo inmóvil y en absoluto silencio evitando alertar a las hormigas de la inminente contingencia y facilitarles así su huida. Con desmedido esfuerzo elevó aún más su pie derecho hasta alcanzar la altura rotuliana de su homónima izquierda, y manteniendo la vertical en su pie izquierdo, dejó caer su homónimo derecho a una velocidad y violencia inusitadas y lo estrelló intempestivamente contra una porción del piso de eucalipto blanco con vetas infinitas recién lustrado que se quejó de semejante destrato y rechinó ante la indecencia del visitante. Al coincidir nuevamente con sus dos pies en el piso repitió el mismo proceso, pero esta vez de manera inversa; elevando su pie izquierdo hasta la altura rotuliana de su homónima derecha y dejándolo caer a una velocidad inusitada estrellándolo nuevamente contra otra porción del piso que volvió a quejarse y a rechinar por semejante destrato. Y así sucesivamente durante varios segundos al estilo de un rítmico zapateo americano interrumpido solo por pequeños intervalos de giros de cabeza de izquierda a derecha y de derecha a izquierda acompañados por un “no, no, no” acompasado que inspeccionaban rincones ocultos donde aquellos minúsculos insectos sobrevivientes pudieran haberse dado a la fuga. Se mantenía tan concentrado en su tarea que Salvaje no pudo resistir la tentación de bajar la vista y mirar el piso de eucalipto blanco con vetas infinitas recién lustrado en busca de la plaga de hormigas que supuso, incorrectamente, que deambulaban por allí.
—¿Muchas hormigas? —replicó Rufino quitándole el plomo al salvavidas de su retraimiento.
Su enfermiza timidez se prolongaba por breves espacios hasta que finalmente su taquicardia cedía, sus músculos se relajaban, su temblor se aquietaba, su rictus se recomponía y se convertía nuevamente en el depredador de mujeres, pero esta vez de pelo corto y nuez en la garganta. Es que no diferenciaba entre hombre y mujer. Seducía a ambos por igual.
Al asegurarse de que efectivamente ninguna hormiga hubiera invadido el lugar, Salvaje se sorprendió al comprobar que la delgada línea entre la locura y la genialidad era tan imperceptible como el aleteo de un colibrí (y aun no podía dilucidar de qué lado del chaleco de fuerza se encontraba su entomofóbico amigo).
—¿De dónde diablos saliste? —preguntó Salvaje abriendo las compuertas del dique para descomprimir la presión.
—Vine a cumplir el mandato de Robinson.
—Ahora se me ocurre eso de que hay que confiar más en los enemigos que en los amigos.
—Mi nombre es Rufino Croda, vos me convocaste, che —dijo monótonamente mientras se acomodaba los huevos en los escrotos y tomaba aire para equilibrar los síntomas del pánico escénico que comenzaban a ceder.
—Robinson me sugirió hablar con vos, dijo un Salvaje afligidísimo por haberse convertido en protagonista involuntario de una parodia digna del Cirque du Soleil, en el que un ignoto publicitario lo había dejado en ridículo.
—Como bien dijiste, no deberías confiar tanto en tus amigos —ironizó Rufino, mientras comenzaba a levantar los ojos del piso.
—Es probable que sea verdad eso que decís. Estos pocos minutos que no me sobran me lo develarán, —lo desafió Salvaje de una manera esquiva, aunque ya sin relojear las agujas del reloj.
—No es momento de arrepentimientos, tal vez la charla te resulte sustancialmente tolerable.
—Espero llevarme algún aprendizaje de esta jornada.
—No vas a perder el tiempo conmigo, che.
—Si lo que tenés para decir es tan malo como tu actuación de bailarín de malambo mata hormigas te voy a echar a patadas en el culo de mi oficina.
—Vos sí que tenés un don especial para motivar a la gente, hermano.
Salvaje se rascaba la cabeza sin lograr comprender si se encontraba frente a un hombre desquiciado o a un puto genio.
—Estuve investigando acerca de tu trabajo, consulté con algunos colegas. ¿No te habrás imaginado que iba a quedarme únicamente con la opinión subjetiva de Robinson?
—Ahí vamos… —dijo resoplando Rufino.
—Y lo que escuché no fue justamente la Quinta sinfonía de Beethoven.
—Bueno, pero si estoy aquí parado frente a vos al menos habrás escuchado algo parecido a una serenata.
—Digamos, más bien un corito de niños.
—Ideas que se hace la gente nomás…
—Veo que le das una importancia relativa a lo que las personas piensan de vos.
—Depende de qué personas. Respeto la opinión de aquella gente que valoro. ¿Pero qué sentido tiene hacerse mala sangre por lo puedan pensar personas que no te merecen ningún respeto? Que hablen de mí es lo importante; bien o mal me tiene sin cuidado.
Salvaje estiró sus huesos en su mullido sillón color ocre, se sirvió un Johnny Walker etiqueta azul, e invitó a Rufino a acompañarlo.
—¿Sabés cuál es el motivo por el que estás aquí sentado? —preguntó Salvaje.
—Puedo imaginarlo —contestó Rufino.
—A ver…
—En las dos últimas elecciones a gobernador de la provincia de Buenos Aires fuiste derrotado por candidatos del Partido Popular que no te ataban ni los cordones. Es evidente que andás necesitando una estrategia de comunicación que, de un plumerazo, remueva las telarañas que cuelgan de tu autorretrato y permita de una vez por todas que el marco de metal se exhiba, inmaculado, en la parte de arriba del escaparate. Perdoná la franqueza.
A Salvaje le dieron unas ganas locas de cagarlo a trompadas, pero de alguna manera lo cautivaba la palabra descarnada, el relato desnudo, el caldo desabrido de un hombre incapaz de sazonar la sopa. La contraposición entre un discurso atrozmente demoledor y una personalidad inexorablemente vacilante impulsó a Salvaje a apoyar cómodamente el culo en el sillón.
—¿Qué pensás de mi campaña publicitaria?
—No pienso en tu campaña publicitaria, ese es justamente el problema.
—¿Al menos tendrás algún recuerdo?
—Lo que recuerdo es que era un reverendo bodrio; algo así como ir a misa un martes a la mañana o escuchar la cátedra de un epidemiólogo en un congreso en Copenhague —se aventuró Rufino caminando descalzo entre brasas calientes—. Al menos te reconozco la monumental contribución de lagañas pegajosas secretadas por el aparato lagrimal de involuntarios testigos de semejante suplicio.
No había atisbo de maldad en las palabras de Rufino. Era consciente de que había sido convocado para remover las cenizas de los ojos de Salvaje y aportar un nuevo punto de vista que lo impulsara a convertirse finalmente en gobernador de la provincia de Buenos Aires, y lo habilitara a él a recibir una buena paga por ello. Un simple intercambio comercial, nada más. No lo inquietaba trabar relación personal con él.
—Puedo comprobar que vas al hueso y sin anestesia —se ofuscó Salvaje.
—Es que de esa falta de originalidad no podía salir nada bueno —dobló la apuesta Rufino—. Tus asesores en comunicación te ofrecían al mejor postor, no te mostraban a cara lavada ni reflejaban la verdadera personalidad abandonada que tu mamá mecía en la cuna. Te exhibían como la joya de la abuela, el príncipe de fábula, el marido perfecto: intachable, prodigioso, conservado en formol. ¿Pero sabés lo que pasa? Las personas son imperfectas, defectuosas, incompletas. Carecen de lo que presumen tener. Se inclinan por las muñecas de trapo a las de porcelana, los almacenes de barrio a las grandes tiendas comerciales, los perros callejeros a los huskies siberianos. No se reconocen en los príncipes de cartón de urna que les refriegan en la cara su linaje y su virtud aristocrática. Hombres de cera que no se despeinan si una mujer los cachetea. Parece que no cagan ni salpican la tapa del inodoro al mear. La gente vota candidatos de carne y hueso, tipos que alguna vez se hayan cagado a trompadas en un bar o no se hayan podido mantener en pie por efectos del alcohol.
A lo mejor valía la pena asomarse por el cristal del vaso de whisky y escuchar lo que este tipo tenía para decir, pensó Salvaje.
—“Por una educación más justa y equitativa, vote a Salvaje Arregui” —dijo Rufino—. Guau, qué original concepto de campaña. ¡A ustedes sí que les brilla la bombilla en el mate! “Más trabajo y menos desempleo”, a-lu-ci-nan-te razonamiento económico. ¡Mamita, qué salto al vacío!
En el preciso instante en que Rufino se incorporaba e interpretaba a capela un irónico aplauso de manos estrellándose repetidamente una contra la otra al grito de “bravo”, “bravísimo”, “bravo”, Salvaje se precipitó entre mandarlo al carajo o lanzarle el vaso de whisky en medio de la trompa, pero lo intimidaba la contextura física de Rufino y la caprichosa incoherencia de un hombre que pasaba de la genialidad a la estupidez en un abrir y cerrar de ojos. Las palabras que salían a borbotones de su boca le adormecían el ego, le zamarreaban el yo, el superyó, el ello y vaya a saber qué otro concepto fundamental freudiano.
—“Ciudadanos libres y delincuentes presos”, qué concepción tan perspicaz sobre seguridad —continuó Rufino—. ¿Qué persona en su sano juicio podría no estar de acuerdo con semejante afirmación? Me tomo la libertad de decirte qué, si la campaña te la hicieron gratis, te salió tan cara como haber perdido la elección.
—¿Este tipo entiende que yo estoy sentado frente a él? —se preguntó en voz alta Salvaje dirigiéndose vaya uno saber a quién.
Rufino cabeceó en varias direcciones en busca del destinatario del mensaje, pero se sobresaltó al notar que solamente ellos dos se encontraban en la sala. Lo alucinó el descubrimiento de que tal vez Salvaje estaba loco como una cabra.
—¿A quién le hablas vos, che? —quiso saber Rufino.
Salvaje prefirió ahorrarse el adoctrinamiento.
—Lo que ocurre es que la gente busca candidatos con ideas previsibles —afirmó Salvaje.
—Sí y no —concedió Rufino—. Las ideas previsibles nos trajeron hasta acá. Hoy lo que la gente busca es un candidato imprevisible que se anime a romper con el típico “sálvese quien pueda” argentino y nos regale un par de binoculares que nos permitan adentrarnos al horizonte que se encuentra más allá de los próximos cuatro años. Un estadista que haga pedazos el nefasto cortoplacismo argentino. De una vez por todas y para siempre debés tomar el toro por las astas y atreverte a poner en tela de juicio todo lo que te hizo llegar hasta acá, incluyendo esta conversación conmigo. ¿Nunca te cansás de no ser vos mismo?
—No sé. Nunca me lo pregunté.
—¿No te cansás de no hacerte ninguna pregunta? ¿No te cansás de andar por la vida en piloto automático?
—En piloto automático también se llega a destino —lo contradijo Salvaje.
—Sí, pero en zona de turbulencia, en lugar de un robot, los pasajeros suplican por las manos firmes de un piloto que tenga tanto para perder como ellos en caso de accidente —aseveró Rufino.
—¿Y vos vendrías a ser ese piloto?
—No sé —mintió Rufino encogiéndose de hombros.
—Hay que hacerle frente a la realidad, eso es indudable.
—¿Oíste hablar de los arquetipos?
—No.
—Los arquetipos o “inconsciente colectivo” son imágenes arcaicas que se transmiten de generación en generación, que existen eternamente en el inconsciente de los hombres y que son comunes a toda la humanidad. Este hallazgo fue descubierto por el médico psiquiatra y psicólogo Carl Gustav Jung (1875-1961), quien fue colaborador de Freud y profundizó sobre la interpretación de los sueños, enfocándose sustancialmente en lo visual y no en lo discursivo. Los arquetipos se manifiestan simbólicamente a través de los sueños y en contenidos encubiertos en leyendas, cultos y mitos de todas las culturas. Sin distinción de raza, sexo, edad, nivel socioeconómico o religión son inconscientemente atractivos para todos los seres humanos en el mundo: héroes, villanos, inocentes, magos, rebeldes, reyes, bufones, protectores, aventureros, genios o sabios, entre muchos otros. Nadie puede escapar a los tentáculos arquetípicos, salvo mediante una aneurisma o un grado elevado de locura. Se trata de una transición cognitiva que nos viene heredada de generación en generación. Jung, a diferencia de Freud, creía que el inconsciente de la mente de un niño iniciaba ya provista de conocimientos y experiencias absorbidas por las generaciones que lo precedieron. Así como evolucionan las especies de Darwin también evoluciona el cerebro humano. Esa información se encuentra reprimida en nuestro inconsciente y la vamos elevando a lo consciente a medida que nuestra vida evoluciona y nos enfrentamos a nuestras propias experiencias.
—Tómense un tiempo y vuelvan a leer el párrafo anterior. Háganme el favor —suplicó Rufino al lector.
—¿Sería algo así como democratizar la dictadura del inconsciente? —se despachó Salvaje, enderezándose la espalda y haciendo sonar el tronco encefálico del cerebro.
—Ese razonamiento demuestra que no tenés goteras en el cielorraso —lo condecoró Rufino.
—Siempre me interesó explorar sobre los mitos y las leyendas que nos remueven la consciencia y la percepción de la realidad.
—Justamente no se enfrenta a los mitos y a las leyendas a través de lo consciente porque dejarían de ser mitos y leyendas para convertirse en realidades.
—El hombre es multitud de antepasados, decía un tal Borges.
—Hablando de Borges seguramente has oído hablar de Freud —preguntó Rufino.
—¿Qué tiene que ver Borges con Freud?
—Que los dos se sentaban bajo el paraguas del razonamiento.
—Eso sí.
—Freud consideraba a Jung como su sucesor. De hecho, hizo el intento de delegarle la conducción del psicoanálisis. Pero en este punto de la consciencia pensaban exactamente lo opuesto, ya que Freud se inclinaba en suponer que el inconsciente de un niño viene desprovisto de cualquier tipo de información y que comienza a desarrollarse a través de sus vivencias y de la identificación con sus padres de quienes aprende lo que está permitido y lo que no se puede hacer. Y a medida que vive sus experiencias va desarrollando una serie de mecanismos de defensa como la represión o la negación destinados a impedir que lo dominen los deseos prohibidos, trasladando al inconsciente todo aquello que le genera malestar o infelicidad. De allí surge el psicoanálisis freudiano que a través de la palabra lleva lo inconscientemente reprimido a lo consciente con el objetivo de hallar la cura de los pacientes mediante la palabra. En contrapartida, Jung pensaba que solo se reconoce a la gente por su comportamiento y no por como dice que se comporta. Y los arquetipos son una verdad eterna imposible de ocultar a través de la palabra.
—¿Y por qué motivo pensaban tan distinto, siendo que Freud consideraba a Jung como su sucesor?
—Existen varias hipótesis al respecto. La mía se basa en el supuesto de que la religión cristiana se manifiesta a través de las imágenes, de lo visual: la cruz, el Espíritu Santo, la Santísima Trinidad, la Virgen María, los apóstoles. Cualquiera puede entender que Jung, al ser un hombre profundamente religioso y venerador del cristianismo, se inclinara por la contemplación más que por lo discursivo. En cambio, Freud, como judío ortodoxo, se manifestaba a través de la palabra, de lo escrito. A mi manera de ver este pudo haber sido un punto de desencuentro entre ambos genios. Aunque también es cierto que en su famoso libro La interpretación de los sueños, Freud presentó su óptica sobre la relación entre los sueños y el inconsciente y advirtió que el sueño era la realización “disfrazada” de un deseo reprimido. Jung, por su parte, desafió la conclusión de Freud y se inclinó hacia una interpretación místico-simbólica de los sueños que no conciliaba con el empirismo científico de Freud. Jung descubrió los arquetipos, y digo descubrió, no concibió, ya que siempre estuvieron allí, ocultos detrás de los inicios de la humanidad. Pero solo un hombre con la lucidez de Jung los pudo imaginar e interpelar.
Salvaje desactivó su celular y lo dejó a un lado. Acababa de escuchar un argumento tan lógico dicho por una persona tan ilógica y sustentado desde una teoría tan práctica que tal vez su entomofóbico amigo, en teorías psicoanalíticas y motivaciones humanas, lo acababa de dejar del tamaño de una hormiga.
En ese preciso instante, la secretaria de Salvaje los interrumpió para informarle que su próxima visita lo estaba aguardando en la sala de recepción; se trataba del licenciado Mariano Menéndez, mejor conocido como el Clavo, asesor en comunicación del Partido Republicano.
—Por favor, dígale que me aguarde unos minutos —dijo Salvaje.
—Igual yo ya me estaba yendo —se adelantó Rufino incorporándose de la silla.
—Te podés ir si querés, pero mejor que te quedes un poco más. Una conclusión como esa no puede dejarse por la mitad —reflexionó Salvaje que comenzaba a respetar al extravagante ejemplar.
—Bueno, aún nos quedan unos minutos, además tengo una pila de cosas que contarte sobre los arquetipos.
—A decir verdad, por favor dígale al licenciado Menéndez que regrese otro día.
—Así lo haré —respondió su secretaria mientras se evaporaba como el whisky escocés que aun derretía los hielos.
—¿Y cómo aplican los arquetipos a la comunicación política? —quiso saber Salvaje.
—No sé, no tengo idea —dijo Rufino sin ruborizarse.
—¿Cómo que no sé?
—Rara vez se han aplicado los arquetipos a la comunicación política, al menos que yo sepa. En cambio, las marcas comerciales los utilizan todos los días de una manera tan sencilla que da bronca. Se posicionan en territorios arquetípicos y construyen su imagen con consistencia y determinación respetando una misma personalidad de marca que difícilmente sea modificada en el ciclo de vida del producto.
”Pensemos, por ejemplo, en el emblemático caso de Coca-Cola. Se trata de una bebida sin alcohol que bajo una mirada estrictamente racional es absolutamente perjudicial para la salud; contiene altos niveles de azúcar y su viscosidad oscura tampoco ayuda demasiado. Sin embargo, es la bebida más consumida del mundo después del agua. ¿Sabés cuál es la verdadera fórmula mágica de Coca-Cola?
—Alguna vez leí que se trataba de una combinación entre azúcar, extracto de vainilla, jugo de limón y cáscara de naranja, aunque nadie lo sabe a ciencia cierta. Me imagino que justamente por eso se conoce como fórmula mágica —reflexionó modestamente Salvaje.
—La inocencia —dijo Rufino—, la inocencia es la verdadera fórmula mágica de Coca-Cola. Desde hace años se posicionó en ese territorio arquetípico y jamás se apartó de él ni modificó su tono de comunicación naif, ingenuo, cándido, crédulo y absolutamente carente de maldad.
—¿Inocencia? —preguntó intrigado Salvaje.
—Inocencia —insistió Rufino—. A la hora de analizar su comunicación podrás observar que irremediablemente gira siempre sobre los mismos ejes de narración. En sus inicios, la marca se apropió de la imagen angelical de Papá Noel y como corolario tuvo la genial idea de vestirlo de color Coca-Cola. Según cuenta la leyenda en la cultura occidental, el barbudo bonachón surgió en Irlanda y su vestimenta era originariamente verde. A partir de Papá Noel, Coca-Cola se apoderó de un halo de felicidad, positivismo, bonanza y la promesa de un mundo mejor.
—No te sigo.
—Tal como te comenté anteriormente, todos los seres humanos en el mundo nos sentimos inconscientemente atraídos por seres inocentes. Soñamos con ellos, nos magnetizan como una calamita, no lo podemos evitar.
—Yo no sueño con inocentes, ni con niños, ni con ositos de peluche.
—Los sueños arquetípicos no son así de literales. No soñamos con inocentes, pero soñamos con actos crédulos; no soñamos con Batman o Superman, pero soñamos con actos heroicos; no soñamos con la reina de Inglaterra, pero soñamos con castillos medievales; no soñamos con el papa Francisco, pero soñamos con actos de fe. Todo es cuestión de interpretación.
Unos años atrás se desarrolló un estudio que se mantuvo tan oculto como el sexto evangelio en la Iglesia católica donde se reafirmaba que una persona tomando una Coca-Cola se encontraba mejor predispuesta a realizar la buena acción del día.
—No me subestimes, por favor —dijo escépticamente Salvaje.
—Lo podés comprobar por vos mismo. La próxima vez que te sientes en un bar prestá atención al comportamiento de una persona tomando Coca-Cola. Te sorprenderá advertir que su semblante se torna alegre, animado y optimista. Así de poderosos son los arquetipos porque son capaces de transformar conductas humanas.
—A mí no me ha ocurrido nunca —replicó Salvaje.
—Que no te haya ocurrido no significa que no ocurra.
—Sinceramente no puedo concebir la idea de que el arquetipo inconsciente de una marca movilice a una persona a ejercer un acto reflejo de bienestar. Por favor, las personas son infinitamente más racionales que eso. Todo lo hacen de manera consciente. Sus actos tienen un motivo empírico. Siempre fue así.
—¿Por qué decoramos árboles de Navidad? —lo frenó en seco Rufino mientras se paseaba con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¡Eh! Eso que tiene que ver.
—¿Por qué esperamos a los Reyes Magos con una canastita con pasto y un recipiente repleto de agua?
—Eso qué tiene que ver —repitió Salvaje.
—Los arquetipos no necesitan volverse conscientes para ejercer el “motor de la consciencia”. Los arquetipos están en el inconsciente, y es en el único lugar donde están. Si como vos decís, todo es racional en el ser humano explicame la lógica de estas costumbres. Existen miles de acciones que los seres humanos realizamos de manera inconsciente. Lo hacemos simplemente como un acto reflejo y como efecto de una herencia cognitiva cultural. No nos preguntamos por qué, simplemente lo hacemos, y trasladamos la costumbre a las nuevas generaciones ¿Por qué regalamos huevos de chocolate en Pascua? ¿Por qué decoramos esos huevos? ¿Por qué el ratón Pérez se lleva los dientes de los niños? ¿Alguna vez te pusiste a pensar por qué muchas veces la primera palabra que sale de la boca de un bebé es Coca en lugar de mamá o papá? ¿Alguna vez observaste un niño de pocos años señalando la M de McDonald’s? ¿Cuál es el motivo inconsciente que los hace actuar de esta manera?
El escritor Julio Cortázar se refirió al tema al explicar su proceso de pensamiento al escribir su novela Los reyes, que acentuaba su mirada sobre mitología griega sin haber tenido ningún tipo de conocimiento profundo sobre el tema. Y dio la razón a Jung y a su teoría de los arquetipos en el sentido de que existe una memoria cognitiva de los antepasados, donde a modo de ejemplo, un archibisabuelo suyo que vivió probablemente en Creta 4000 años antes de Cristo, a través de los genes y de los cromosomas, transfiere una información y uno comienza a escribir un cuento o una novela que corresponde a su tiempo y no al tuyo.
—En plan de confesar excentricidades he de reconocer que los seres humanos cometemos innumerables actos inconscientes —balbuceó Salvaje con una mezcla de resignación y sumisión—. Con esa premisa deberíamos identificar qué tipo de motivación podría ejercer el acto involuntario de una persona a la hora de emitir su voto por determinado candidato.
—Lo primero que tengo para decirte es que ninguna persona en su sano juicio votaría a un candidato de manera involuntaria —dijo Rufino.
—Vos sos o te hacés, che, me acabas de convencer de todo lo contrario.
—Coca-Cola es la bebida más consumida en el mundo porque es putísimamente rica. Si no lo fuera, la gente no la tomaría por más halo de inocencia que la envuelva. Pero a la hora de elegir entre Coca-Cola y Pepsi-Cola se quedan con la primera porque los estímulos inconscientes refuerzan los criterios racionales de elección.
Pensamientos inflamados de oscilaciones sobrevolaban por la mente de Salvaje.
—En primer lugar, los ciudadanos deben coincidir con tu ideología política —continuó Rufino—, recién después te van a entregar su voto. Lo interesante es que entre candidatos parecidos los arquetipos comienzan a hacer girar los engranajes para un lado o para el otro.
—¡Me cago en tu lógica! —exclamó Salvaje solidarizándose con las nobles particularidades del idioma español que nos concede la posibilidad de alabar insultando.
—Los arquetipos tiran por la borda aquellas máximas de los textos de marketing que promueven la identificación dirigiéndose a las personas en su propio lenguaje. En cambio, los arquetipos promueven la acción contraria porque las personas se identifican con marcas que les brindan justamente lo que ellos no tienen, o creen no tener. ¿Cómo se explica que las motos Harley-Davidson se hayan convertido en una insignia norteamericana? Una marca que promueve el arquetipo del villano y es aprobada por miles de personas decentes que todas las mañanas les preparan el desayuno a sus hijos y le sirven la leche al gato. No la aprueban por ser villanos, sino precisamente porque no lo son, aunque de vez en cuando quisieran serlo para alimentar el diablo interno que todos tenemos oculto.
—A mí me da toda la sensación de que los motoqueros que conducen una Harley-Davidson son efectivamente los chicos malos de la película.
—Inconscientemente estás representando el típico estereotipo del motoquero gordo, barbudo, feo y malo que arrastra sus botas texanas contra el suelo polvoriento, vistiendo tachas y camperas de cuero color noche privada de estrellas. Al experimentar la sensación de maniobrar una Harley, muchos absorben su posicionamiento y cualquiera puede comprender que la mayoría de ellos son gentes de alta alcurnia: profesionales, médicos, abogados o ingenieros que cuentan con un pasar económico lo suficientemente holgado como para acceder a una moto que cuesta un ojo de la cara. La cuestión es que son los malos de la película arriba de una Harley, pero debajo de ella, colorean con tizas de colores pececitos en la vereda para sorprender a sus hijos al regresar de la escuela.
Unos soliloquios de ideas encontradas se perdían en el razonamiento anoréxico de Salvaje.
—Cuesta verse representado por un candidato político que busque posicionarse en el arquetipo del villano —afirmó Salvaje.
—Seguramente sería su certificado de defunción —coincidió Rufino.
Difícilmente alguien votaría arquetipos relacionados con villanos, vampiros, viudas negras, saboteadores, ladrones de guante blanco o lobos en piel de cordero; al menos en nuestra cultura occidental.
—Es relativo. En política sobran candidatos que se victimizan para dar lástima y de esa manera obtener votos —lo contradijo Salvaje.
—La paradoja de quien se victimiza es que lo que realmente genera no es lástima, sino bronca —lo corrigió Rufino sacándole punta a la lengua.
—¡Es así! Eso no lo vamos a discutir.
—Lo que vale la pena es enfocarnos en arquetipos eficaces, en imágenes inconscientes activas y vivas, que al igual que los instintos, influyan en el pensamiento y el sentir de cada persona. Al mundo le sobran adjetivos y le faltan verbos. Es hora de arremangarnos y poner manos a la obra.
A este tipo le brilla la estrella Sirio dentro del mate, pensó Salvaje mientras se secaba la frente con la manga de la camisa.
—Y así podría enumerarte miles de marcas en el mundo que se posicionan siguiendo los lineamientos de Jung —reflexionó Rufino. Y por alguna extraña razón muchos políticos admiran varias de esas marcas, pero no las imitan.
—Los políticos no somos marcas —reflexionó sagazmente Salvaje. Puede resultar relativamente sencillo imbuir a una marca de personalidad, pero con una persona…
—Agudo comentario —lo premió Rufino—, pero cada cosa en su lugar y cada lugar en su cosa. Las marcas son incapaces de hablar, ver y escuchar: Solo pueden comunicarse a través de su comunicación. En cambio, las personas tenemos una boca, dos ojos y dos oídos, aunque habitualmente no respetamos esas proporciones innatas que Dios nos dio. Durante nuestra vida nos atraviesan la gran mayoría de los arquetipos; aterrizamos al mundo como inocentes, pero despegamos como sabios; en nuestra primera infancia pasamos de bufones a rebeldes en un adolescente salto al vacío. Y después nos transformamos en héroes que encauzan su vida y cargan de pólvora sus primeras armas. Nos convertimos en protectores al nacer nuestros hijos… y ahí vamos, acomodándonos a las diversas etapas de nuestra vida. Ese razonamiento es bastante simple, aunque la complejidad humana radica en que a una persona, en una misma semana, la pueden invadir cientos de arquetipos al mismo tiempo; los lunes podemos sentirnos alquimistas que convierten en oro todo lo que tocan, pero los martes el oro se transforma en mirra y debemos arrastrarnos como mendigos en busca de algo de pan y circo, y los miércoles el mendigo se viste de seda y terciopelo y se consagra rey, y los jueves el rey apoya la espada en su hombro y se autoproclama caballero, pero los viernes el autoproclamado caballero es herido en combate y se inmortaliza como un héroe que riega la tierra con su propia sangre y los sábados se convierte en activista que interpone su cuerpo entre los buques balleneros y las ballenas para detener la matanza. Y los domingos… ni siquiera los domingos descansamos.
—Bichos raros somos los humanos —concedió pensativo Salvaje.
—Lo más curioso es que cada persona viene con un manual de fábrica que predomina sobre los otros al que denominamos arquetipo primario. Para ejemplificar: Donald Trump es más villano que héroe, pero George Patton es más héroe que villano; Cristiano Ronaldo es más rebelde que mago, pero Messi es más mago que rebelde. ¿No se te ocurrió pensarlo alguna vez?
—Donald Trump es un villano que intentó construir un muro divisorio contra el pueblo mexicano.
—Hay que construir el muro, pero alrededor de Trump —observó Rufino.
—Está piantado ese tipo.
—El secreto está al alcance de la mano, solo hay que saber dónde tocar. Una vez detectado el arquetipo primario se esparce como una regadora de agua en el verde césped de los medios masivos, en redes sociales, en el mundo digital, en notas periodísticas, en discursos y hasta en la vestimenta, el sentir y la manera de hablar del candidato. Nada debe quedar librado al azar. Todo debe construir una imagen coherente y consistente.
—¿Y vos me garantizás que siguiendo la lógica de los arquetipos voy a ganar la elección?
—Qué se yo, no soy vidente, no hago futurología. Ya me he explayado bastante acerca de que los arquetipos no han sido utilizados a nivel político, pero creo en la razón y en el sentido común y no me someto ante nada más que ello. No te puedo garantizar la victoria. Lo que sí te puedo garantizar es una mejora sustancial en comparación a las dos elecciones anteriores.
—¿Vos trabajarías para cualquier candidato?
—No.
—¿Por qué no? Trabajás para cualquier marca, podrías trabajar para cualquier candidato.
—Ese razonamiento es tan absurdo como ver a un dominicano veraneando en Mar del Plata.
—Mira que los casinos convocan…
—Hay una pequeña pero gran diferencia. Una marca, un producto e incluso un servicio se pueden comprar, probar y abandonar, pero a un presidente no se lo puede desechar en el cesto de la basura como a una lata de atún o a una pelusa del armario. Su fecha de vencimiento es de cuatro años como mínimo, con la eventualidad de cuatro años más, tiempo suficiente para pudrirnos como sociedad.
—¿Con qué candidatos trabajarías?
—Solo con aquellos con los que comparto su ideología política y considero capaces y con buenas intenciones.
—¿Vos compartís mi ideología política?
—Sí.
—¿Y pensás que soy capaz y con buenas intenciones?
—El tiempo dirá… Pero estoy seguro de que algo bueno puede salir de todo esto.
—Antes de poner el gancho, necesito pispear algo de mi arquetipo, un adelanto de mi territorio de comunicación —suplicó Salvaje como el perro debajo de la mesa que espera que le caiga un hueso.
—Para poder anticipar el arquetipo preciso de una extensa conversación con vos.
—¡Necesito un anticipo para poder confiar! —se ofuscó Salvaje.
—Yo también necesito un anticipo para poder confiar, pero de honorarios.
—¿Cuánto vale tu trabajo?
—¿Cuánto vale que te conviertas en gobernador de la provincia de Buenos Aires?
—Mucho.
—Mi trabajo también. Son cien mil dólares. Los primeros cincuenta mil adelantados y el saldo al finalizar la elección. Además, voy a resultado. Por lo tanto, de ganar en las urnas mis honorarios se duplican.
—Y de perder en las urnas tus honorarios se reducen a la mitad —replicó Salvaje que no se amilanaba frente a una negociación.
Por unos segundos, Rufino quedó en silencio, petrificado y absolutamente abstraído de la escena. Había algo que lo empujaba a aceptar, pero había algo que lo detenía. No podía deducirlo en ese momento, pero un escalofrío en los nervios de la espalda le daba mala espina. Rufino se tomó todo el tiempo para pensar que es siempre el tiempo mejor invertido. Encendió un cigarrillo y se inclinó hacia adelante apoyando sus codos en las rodillas.
—No sé por qué, pero voy a aceptar.
—Lo aceptás porque necesitás un conejillo de Indias que compruebe que tu teoría funciona a nivel político. Yo estoy dispuesto a prestarme a ello, siempre y cuando vos asumas el riesgo conmigo.
A Rufino le gustó más bien poco el razonamiento de Salvaje, pero sabía que estaba en lo cierto. Era bueno acumular pruebas tangibles de la efectividad de los arquetipos en ámbitos alejados a las marcas. Pero lo que en realidad lo atemorizaba era terminar él como conejillo de Indias, o como rata de laboratorio. Podía ser una tragedia.
Alas invisibles
La entrevista entre Rufino y Salvaje se llevó a cabo en un café Starbucks enclavado en la esquina de avenida de Mayo y Luis Sáenz Peña, a metros de la Plaza del Congreso, famosa por sus habituales e innumerables manifestaciones populares.
—Podrías haberme convocado en un sitio algo menos transitado y más alejado del caos de la ciudad —se quejó Salvaje visiblemente contrariado.
Por algún motivo, andar por la vida de saco y corbata es sinónimo de respetabilidad y circunspección. Y Salvaje vestía esa solemnidad que contrastaba con la informalidad de los manifestantes.
—Nada mejor que una manifestación socialista para que el futuro gobernador de la provincia de Buenos Aires oiga de primera mano los reclamos de la gente, —respondió Rufino desentumeciendo el mal humor matutino de Salvaje.
—¿Cómo podés estar tan seguro de que se trata de una manifestación socialista?
—Porque la multitud se desplaza desde la avenida San Juan hacia el Obelisco.
”En cambio, si se tratara de una manifestación capitalista, la multitud se desplazaría desde la avenida del Libertador hacia el Obelisco. Es increíble cómo un simple cambio de dirección fracciona la sabiduría popular.
Salvaje se mantuvo en silencio mientras bebía su café Gold Coast blend y observaba a los manifestantes con pancartas en las manos exigiendo más trabajo y planes sociales. Una enorme pancarta le llamó poderosamente la atención. Estaba sostenida por una mujer arrozmente gorda e incluía una leyenda que declaraba sin eufemismo alguno: “tenemos hambre”. Su pensamiento dibujó lógicos paralelismos relacionados con las propiedades de la polenta y su doble interpretación cáustica que no venía al caso aclarar, y prefirió eludirlas en el brevísimo período de unos segundos de cocción. Hubiera podido incorporar a su estofada reflexión las propiedades de lentejas o garbanzos rehogados en su salsa, pero no tenía interés alguno en que tildaran a su pensamiento de gorila. Pero lo mismo se quedó pensando y una sonrisa tenue, palpablemente indecorosa, se asomó por los ángulos de su boca que quiso (o guiso, por continuar con esta pavada onomatopéyica), compartir la ocurrencia con Rufino que observaba perplejo a través de la ventana el desesperado intento de una pequeña mosca por escapar de su repentina prisión de seda plateada: una tela de araña excepcionalmente tejida que se interponía entre la mosca y la libertad. Apiadándose del estado de abstracción en el que se encontraba su alunado amigo, Salvaje dejó pasar unos breves segundos hasta que por fin se decidió a posar su dedo pulgar sobre su homónimo mayor, y ejerciendo una inconmensurable presión frotó ambos dedos haciéndolos chocar entre sí mediante un terrible latigazo cuyo sonido alteró la plácida abulia de Rufino e interrumpió de un chasquido la épica contemplación de la lucha entre la mosca por sobrevivir y la araña por succionar los líquidos del díptero alado.
—Dejá de joder, che —dijo Rufino—. Viví y deja vivir, hermano.
—Será que detesto la dispersión humana— contestó Salvaje.
—Abstraerse es humano, es uno de los pocos instantes en la vida en que se evaporan los pensamientos y nos sumimos al notable privilegio de permanecer con la mente en blanco.
—Yo también andaba pensando en algo relacionado con la evaporación, pero de líquido escaldado.
—¿Notaste que el sonido que se produce con el chasquido de los dedos no proviene del roce entre ellos, sino del golpe del dedo mayor contra la palma de la mano? —observó Rufino de lo más asombrado por el descubrimiento.
—¿De qué hablás, flaco?
—Intentá nuevamente el chasquido y comprobalo por vos mismo.
Salvaje no daba crédito a la conversación, pero la curiosidad mata al gato y se encomendó nuevamente al acto de chasquear los dedos. Los ojos se le abrieron como dos pelotas de hule al comprobar que efectivamente el sonido no provenía del choque entre los dedos sino del latigazo del dedo mayor al estrellarse contra la palma de la mano. Absolutamente absorto por el descubrimiento lo repitió en reiteradas ocasiones hasta cerciorarse de que la hipótesis se convirtiera en la teoría práctica que explicara el fenómeno. Y así coincidieron por unos segundos chasqueando los dedos al unísono mientras los demás comensales encorvaban ligeramente la espalda, intercambiaban miradas reticentes, encogían sus hombros, elevaban las cejas y apretaban los dientes superiores contra el labio inferior.
(Parecía como si todos estuvieran jugando al truco y hubieran ligado en la misma mano el ancho de espada y alguno de los cuatro tres de la baraja española), y amontonaban sus manos encarnando una figura similar al rezo o a la plegaria mientras las sacudían de arriba abajo como si estuvieran mezclando dados u ocultando una vaquita de San Antonio en evidente mueca corporal de sorpresa o alucinación.
Luego de un tiempo prudencial recuperaron la compostura y se encomendaron al motivo que los había reunido allí.
—Debemos sumergirnos en tu infancia, en tu adolescencia, en tus primeros años de juventud y en todo aquello que te formó como persona —le informó Rufino—. Como si fuera un biógrafo, intentaré llevarte por todos los rincones de tu vida hasta dar con tu arquetipo primario. Una vez detectado, pondremos manos a la obra en la construcción de una campaña de comunicación que saque a relucir tu verdadera personalidad, tu verdadera esencia, e impulse tu figura hacia los vericuetos inconscientes de la ciudadanía. Te pido encarecidamente que no faltes a la verdad ni me ocultes información.
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Muchas veces hasta los pacientes más encumbrados les mienten a los médicos, a los psicólogos, incluso a sí mismos. Solo te lo menciono porque si noto que faltas a la verdad, y te aseguro que lo voy a notar, será el fin de nuestra efímera relación comercial.
—¡Yo soy el cliente y vos el consultor, carajo! Soy yo quien decide el momento en que esta relación comercial se termina —se exasperó Salvaje experimentando pequeñas contracciones de cólera mientras revolvía nerviosamente el café al que cargó con tres nuevas cucharadas de azúcar para matizar la amargura que el comentario de Rufino le había provocado.
Rufino apoyó los codos sobre la mesa con el rostro entre las manos.
—No sé por qué te pones así con una simple recomendación, che —dijo Rufino.
—Vos cumplís con esa rara condición innata de cagarme el día cada vez que abrís la boca —se encolerizó Salvaje.
A Rufino le dieron unas ganas locas de tirar todo al diablo. Sin mediar palabra, le dio un último sorbo a su blend Veronna, tomó sus cosas, se incorporó y se marchó del lugar.
Salvaje lo persiguió con la mirada.
Arrastrando las zapatillas con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón y con los ojos en el piso, atravesó la ventana por el lado de afuera del Starbucks donde la mosca y la araña aún se debatían en su enfrascada batalla evidentemente dispar (no por la superioridad física de uno contra el otro, sino por el contexto evidentemente desfavorable para el díptero alado, ya que en una lucha cuerpo a cuerpo en un terreno neutral, el pequeño artrópodo no tendría chance alguna contra la mosca). De repente, Rufino se estremeció no solo por el ruido seco del certero puño de Salvaje estrellándose en reiteradas ocasiones contra la fina capa de cristal que propiciaba de abertura lumínica hacia el exterior o hacia el interior del Starbucks (dependiendo el lado de la ventana en que se sitúe el lector), sino también por la reprobable mueca en que, con una habilidad digna de reconocimiento, hizo curvar sus dedos índice, anular, medio y meñique de ambas manos y los sujetó apretándolos a los respectivos pulgares conformando una especie de recipiente o montoncito que se agitaban con movimientos ascendentes y descendentes en perfecta coordinación de tiempo, espacio y distancia y que expresaban de una manera precisa un exabrupto del calibre de: ¡vos sos boludo! O ¡a vos te faltan algunos caramelos en el frasco! O ¡vos no tenés todos los patitos en fila!
Cualquiera fuera la libre interpretación que el lector quisiera darle a tan repudiable calificación, Rufino tomó la determinación de retroceder sobre sus pasos y acomodar nuevamente el culo en la silla del Starbucks a darle un nuevo sorbo a su blend Veronna, confiriendo un enorme sentido de colaboración a la causa, no sin antes liberar a la exhausta mosca de su evidente final. Había que verla agitar las alas hacia su libertad… Volaba que era un encanto.
—No se me da la gana aguantarme tus ataques de nervios matutinos —se exasperó Rufino soltándole la cadena al perro—. En estrategia en comunicación te llevo años como para que me digas lo que tengo que hacer. Cualquiera de los dos puede dar por finalizada esta relación comercial cuando se le cante las bolas.
—Lo dije por decir, che. Vamos a poner paños fríos al café. No creo que valga la pena tirar por la borda esta profusa relación que estamos construyendo —dijo irónicamente Salvaje encadenando nuevamente al perro—. Tu Carl Gustav de no sé cuánto merece que zanjemos diferencias y nos internemos en los misterios arquetípicos.
—Se me piantó un lagrimón con tus palabras tan sentidas —se burló Rufino. Dicho sea de paso, se llama Jung, Carl Gustav Jung.
—Bueno, como sea.
—¿Hay algo que ames lo suficiente como para morir por ello? Quiso saber Rufino enhebrando nuevamente el hilo a la conversación.
Salvaje pensó en el nombre de la banderita que clavó en el pico del Aconcagua, pero no dijo nada.
—A mis dos hijos —respondió Salvaje, quien había concebido su prole en dos matrimonios diferentes trazando una perfecta conjunción entre sus dos fracasos matrimoniales y sus dos fracasos a gobernador.
—Podrías ser un poco más original —refutó Rufino.
—¿Qué querés que te diga?
—No sé, salgamos del terreno de lo obvio.
Salvaje ensayó una respuesta premeditada, hasta que comprendió que debía responder sin pensar.
—Mi libertad, probablemente. Nada valoro tanto como las alas invisibles que recorren mi espalda y me permiten emprender vuelo.
Rufino era un hombre tan rudimentario para algunas cosas, tan cavernícolamente prehistórico, que, en un acto reflejo, inclinó su cuerpo para cerciorarse de que las alas invisibles no se encontraran efectivamente allí.
—Seguramente pensarás que soy un hombre desquiciado —continuó Salvaje—, pero de alguna manera envidio la inconmensurable libertad del vagabundo que extrema precauciones para mantenerse por fuera del sistema y anda callejeando sin rumbo fijo en una ciudad que se despliega como un abanico de oportunidades, y colores y telas y varillas que se agitan y sacuden la monotonía diaria con una bocanada de aire que no se puede hallar en las prácticas habituales del buen samaritano; la fiesta inimputable con colegas esporádicos que se visten el día y se desvisten la noche según los harapos que hayan podido recolectar por obra y gracias del Espíritu Santo, tomándose un tinto de cartón con la fiel compañía de cuatro o cinco perros de raza dudosa que en su perra vida imaginaron convertirse en ávidos concurrentes de semejantes tertulias.
—Efectivamente creo que estás desquiciado —reflexionó Rufino.
—Establecer domicilio en cualquier esquina y pasar la noche con un cobertor contra la cara y un recipiente de hojalata con granos de maíz para que picoteen las tórtolas y demás plumíferos; mear a la sombra de un ombú, o a la fresca del jacarandá de alguna esquina olvidada; el alboroto hormonal por la emancipación a la presión impositiva, a la contingencia del impuesto a los ingresos brutos, a las ganancias, a respirar y a los jefes abusivos. Y de cuando en cuando, algún golpe de suerte al tropezar con un billete de lotería aprisionado entre dos juntas de adoquines, o con una moneda de 5 pesos, o con una revista de turf que te tira la fija de la sexta carrera del domingo.
—También hay otra cara de la moneda —mencionó Rufino—. Da pena verlos durmiendo a la intemperie en noches congeladas, sentirse eludidos por su olor nauseabundo, o sucumbir a la contingencia de no poder contar con un sistema de salud adecuado, o comer del basurero o de cuando en cuando escapar a los tumbos de los palos de la policía.
—Daños colaterales que ni se comparan con la sublime sensación de cagarte en el deber ser, en tener la fortuna de no tener nada, exceptuando lo único que nadie no puede no tener: libertad. Preguntale a un preso si no le cambia su vida a un mendigo.
Rufino bajó los ojos por un momento. Una especie de lluvia fina le humedeció sus convicciones, le encogió sus certezas y lo apuró a reservar un billete de cien pesos para el vagabundo que estableció domicilio en la esquina de su casa.
—¿Qué cosas no te dejan dormir de noche? —continuó Rufino.
—El irritante zumbido del mosquito —contestó Salvaje con una literalidad digna de Rufino, pero no de él.
—Dípteros zancudos, una manga de crápulas —asintió Rufino mientras retiraba lentamente la película plástica de celofán que reposaba arriba de la mesa y recubría un paquete de cigarrillos, lo acercaba a su boca y comenzaba a resoplar con tal maestría que un chillido similar al zumbido de un mosquito emergió en el ambiente y se hizo carne en los oídos de Salvaje, pzzzpzzzpzzz.
—¡Aflojá, flaco! Me produce dentera ese sonido, al igual que el arrastre de la tiza y las uñas en la pizarra.
—Vos te la buscaste, che, te estoy hablando en serio.
—No sé por qué, pero creo que perder la elección por tercera vez consecutiva sería el fin de mi carrera política. Me considero un tipo joven y con mucho hilo en el carretel. ¿A qué me dedicaría después?
—A vagabundear por las calles —dijo Rufino sin un atisbo de ironía. A veces se expresaba como un niño que no había crecido y que escupía a borbotones su ingenuidad.
—El Partido Republicano se juega mucho en esta elección, no solamente la gobernación de la provincia de Buenos Aires, sino también otras quince gobernaciones provinciales, incluyendo la jefatura de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, intendencias, municipios y obviamente la presidencia de la nación donde la doctora Septiembre Del Mar se postula por primera vez como candidata a ejercer la primera magistratura.
La sola mención de Septiembre Del Mar le fue absolutamente indiferente a Rufino, pero mortalmente devastadora a Salvaje que intentó eludir de manera estéril involuntarias convulsiones de espinas clavadas en cada vocal, en cada consonante, en cada acentuación, en cada unidad estructural que conformaban el nombre de Septiembre y que no podía quitar ni con las migajas del amor evidentemente no correspondido.
Salvaje apretó los dientes y siguió hablando como si un tren no lo hubiera pasado por encima.
—Septiembre Del Mar ordenó alinear la campaña de todos los candidatos del Partido Republicano bajo una misma línea de comunicación, bajo una misma premisa, y bajo el mismo liderazgo indiscutido del gurú de la comunicación política, el licenciado Mariano Menéndez.
—Altísimas enunciaciones de bajo… —murmuró Rufino.
—¿Eh?
—No nada, seguí nomás...
—Para de esa manera apoderarnos de un estilo de comunicación propio y reconocible que represente a todos los candidatos por igual, ya que en definitiva militamos en el mismo espacio político.
—¿Mariano Menéndez no era acaso aquella persona a la que le cancelaste la reunión el otro día?
—Sí.
—Extraña manera de tratar a un gurú.
—Por como viene la mano con vos, he de reconocer que tal vez me apresuré un poco.
—De todas maneras, me extraña semejante desorden analítico de una mujer inteligente —reflexionó Rufino mientras se rascaba a mano limpia el sobaco izquierdo. Como si todos los candidatos estuvieran cortados por la misma tijera, como si no se tratara de personas que piensan y sienten diferente, como si se los pudiera enlatar como conservas de picadillo de paté o como una novela brasileña. Las personas no votan partidos, las personas votan personas, y cuanto más genuinas sean, mayores chances de ganar una elección.
—Es verdad eso que decís, Rufino. De hecho, me tomé la libertad de introducir a Septiembre y a todo su equipo de asesores en comunicación a nuestra conversación sobre Jung y su teoría de los arquetipos. De una vez por todas tenía que animarme a patear el tablero y agitar las aguas estancadas de mis convicciones. No soy de amedrentarme fácilmente ante ciénagas pantanosas desprovistas de huellas humanas. Esa mañana me dio por ensayar un decente alegato sobre las marcas arquetípicas y su posible comportamiento en territorios políticos inexplorados.
—Debo reconocer que llevás bien puesto tu nombre —dijo Rufino.
—Tras un largo recorrido sobre el posicionamiento y el propósito de marcas icónicas como Coca-Cola o Harley-Davidson, más una detallada descripción de sus logros comunicacionales establecidos en décadas de coherencia estratégica, propuse apropiarnos de ese estilo de comunicación de productos y convertirnos en pioneros de una nueva etapa de comunicación política sustentada en principios emocionales arquetípicos y no solo en valores racionales empíricos. Al dar por concluido mi alegato, me recliné en la silla y aguardé de brazos cruzados las conclusiones de la comitiva presente, mejor dicho, la sentencia, ya que un silencio sepulcral se apoderó de la sala.
—El silencio habla a gritos, Salvaje.
—Luego de varios minutos de sigilo que parecieron horas, algunos miembros de la comitiva del Clavo Menéndez comenzaron a reírse bajito como en una transición suave y progresiva de colores en degradé que se fueron superponiendo uno por encima del otro en risitas tibias que se amontonaron en carcajadas y desafiaron las cualidades acústicas de la sala. Era tal el alboroto que andaban todos doblados de risa y con los ojos fijos en mí. Bueno, en realidad no todos porque Septiembre se mantenía con un temple sereno, sosegado, sin emitir opinión ni manifestar dictamen alguno.
—Es de no creer cómo se contagia la risa —ironizó Rufino.
—Es evidente que no supe explicarlo bien. No cuento con tu poder de convencimiento.
—Tal vez porque no estás del todo convencido.
—Si no lo estuviera no me hubiera expuesto ante la candidata a la presidencia de la nación. ¿No te parece?
—Me parece que sí, hermano, perdoná…
—Septiembre se mantenía imperturbable, con gesto adusto, carente de emoción. Se la notaba por demás intrigada e inmiscuida en el relato que acababa de escuchar. Al notarla tan abstraída en sus propios pensamientos las sonrisas mermaron considerablemente y un silencio de submarino a mil metros de profundidad se apoderó nuevamente de la sala.
—Ya habían expresado su opinión, Salvaje, eso quedó tan claro como las turbias aguas del Riachuelo.
—Una opinión, al menos, con ciertos altibajos. En ese instante, Septiembre arrinconó al Clavo Menéndez, le pidió su opinión, y lo expuso como a una rana en un laboratorio. Se lo notaba inquieto, intranquilo. Era evidente que no se sentía a gusto en esa situación. De haberse podido escabullir como una rata lo hubiera hecho, pero ya no le quedaba ratonera por donde escapar.
—¡Le pagan para eso! ¿O acaso lo hace gratis?
—Gratis no, pero regalado sí. Al verse tan comprometido no le quedó otra opción que afinar desganadamente las cuerdas vocales y comenzar a despotricar contra los arquetipos, contra Jung, contra el inconsciente colectivo, y de paso te embarcó a vos también en una etimología de “todos a la misma bolsa”.
—Qué macana, che. Jung se estará revolcando en su tumba.
—Te tenía estudiado, eso quedó claro cuando inició su alegato. Dominaba en detalle aspectos personales de tu vida; estaba al tanto de tus miserias y de la mugre que cada uno oculta debajo de la alfombra. Y las expuso sin remordimiento alguno por defenestrar de semejante manera a un colega.
—He tenido algunos logros en mi vida, también.
—No se detuvo en ellos.
—Probablemente porque no estaba al tanto de la sífilis que me contagié a los diecisiete años al entregarme a los placeres de Michu, la madama del prostíbulo de avenida Santa Fe al mil quinientos y pico. Qué lindas épocas aquellas... haceme acordar que te cuente cuando me hice pasar por Napoleón y me corrieron cuatro locos en el Borda.
—El clavo Menéndez te describió como a un hombre sumamente reservado, de una reputación resbaladiza, un publicitario de poca monta, farsante, embustero, mujeriego, y con una dudosa teoría psicológica que no había sido probada dentro de la cultura de marcas y mucho menos dentro del mundo de la política.
—Es la delicadeza misma —reflexionó Rufino.
—Parece que te conoce bastante bien.
—El Clavo y yo nos parecemos menos de lo que parece.
—Ante semejante exabrupto hacia tu persona, Septiembre se alineó a él y dio la orden de ejecutar todas las campañas publicitarias de los candidatos del Partido Republicano bajo los mismos lineamientos de comunicación.
Lejos de amedrentarme, le manifesté que pretendía candidatearme por tercera vez consecutiva a la gobernación de la provincia de Buenos Aires consciente de que en las últimas dos elecciones había salido derrotado comportándome como el mejor compañero de la clase, pero que esta vez prefería ganar la medalla al más desobediente de la escuela. Le expresé abiertamente que había llegado la hora de emanciparme, hacer valer mis propias convicciones y revelarme al sistema, y que mi renuncia se encontraba a su disposición en caso de que no comulgara con mis ideas.
Una cosa había que reconocerle a Salvaje y era su empecinamiento cuando algo se le metía en la cabeza. Ese mismo empecinamiento que habían sufrido el Aconcagua y los siete mares ante un intruso que en un par de expediciones los dejó culo para el norte.
—¿Y qué pasó después?
—Como no podía ser de otra manera el Clavo Menéndez se mostró escéptico de mi comentario, pero Septiembre se sintió atravesada por un sentimiento ambivalente entre la imperiosa necesidad de encolumnar a la tropa y el noble encandilamiento de reconocerse en un soldado que se animaba a romper filas por seguir su intuición. Finalmente primó el sentido común y accedió a liberarme de las cadenas del partido y a darme luz verde para hacer y deshacer mi candidatura como mejor me pareciera, de manera independiente y autónoma. Aunque fue intransigente al afirmar que en caso de que saliera nuevamente derrotado sería el fin de mi carrera política.
—Me alegra que haya accedido, Salvaje. Todo el mundo despotrica contra las ovejas negras, pero al final del día, son las únicas que se atreven a saltar la verja.
—El Clavo Menéndez intentó persuadirla y comenzó a agitar sus brazos vehementemente intentando evitar que me utilizaran como conejillo de Indias, ya que entendía que la única fórmula para acceder al poder se limitaba a la elección de un buen candidato, y en menor medida, a la confección de una buena campaña.
—Es increíble cómo muchas veces la desesperación te obliga a enterrarte a vos mismo pegándote un tiro en un pie. Suena por demás contradictorio el argumento de Menéndez —reflexionó Rufino sin inquietarse. Pero hay algo de cierto en sus palabras: en primer lugar, el candidato, después la campaña. Pero no como entidades independientes ni autónomas entre sí, sino como una simbiosis de dos elementos heterogéneos que se fusionan y forman un núcleo homogéneo. Una ensalada de candidato y campaña condimentada con arquetipos. Envase y contenido todo revuelto en una misma unidad indisoluble.
—¿Envase y contenido? —se interesó Salvaje.
—Una asociación mancomunada de dos elementos perdurables.
—Los envases vacíos se tiran.
—Justamente por eso debemos llenarlos de contenido.
—Por lo visto nos vamos entendiendo.
—Así parece, pero retomemos la senda de nuestra catarsis biográfica. ¿Tus películas favoritas? —preguntó Rufino.
—Indiana Jones, Star Wars, Náufrago —enunció Salvaje recuperando la línea de la conversación mientras levantaba la mano para pedir su segundo café, aunque en esta oportunidad la balanza se inclinaría por una infusión Medium Road originaria de Kenia.
—¿Un personaje admirado?
—Neil Armstrong, Jacques Cousteau, Ernest Hemingway.
—¿Una marca de autos?
—Jeep.
—¿Un deporte?
—Surf.
—¿Una marca?
—Red Bull.
—¿Una marca de indumentaria masculina?
—Timberland, Wrangler, Patagonia.
—¿Una bebida alcohólica?
—Johnny Walker.
A medida que avanzaba la entrevista, Salvaje sacudió sus prejuicios, se fue aflojando el nudo que le aprisionaba la garganta, y su evocación floreció como un árbol genealógico cuyos brotes ramificaron la conversación por el espacio de horas y horas transportándolo a Manchita, su fiel dogo de la infancia cuyo apodo no le hacía justicia a la fama del animal, a su abuela Nelly que a los noventa y cinco años había muerto de nada, que es la manera más difícil de morir, al pelotazo en el vidrio roto del vecino, a su ojo en compota por esa noble adicción de perseguir amores imposibles, a sus sueños incumplidos de convertirse en piloto de líneas comerciales, a su tía Malela y su mousse de chocolate con doce huevos batidos a mano y sus budines de naranja. Compadecía la indulgencia de sus padres por haberse mantenido unidos por amor a sus hijos y no por amor a ellos mismos; como si sus hijos fueran a aplaudir la resiliencia de sus padres de extender la agonía, en lugar de celebrar la desobediencia por claudicar a un amor envejecido.
A pesar de haber contraído matrimonio en dos oportunidades, se quebró al adentrarse en las vicisitudes del amor verdadero del que se sentía ajeno y despojado, ya que jamás había tenido la deferencia de golpear a su puerta, y si lo hizo, él no se encontraba en casa. Era acaso la expresión más pura y sosegada de un hombre al que le brotaban por los poros secreciones hormonales de adrenalina por adentrarse en desafíos imposibles (adjetivo al que le había amputado el prefijo para convertirlo en posible) mediante un espíritu explorador que le permitió conquistar el Aconcagua, navegar los siete mares y cruzar el mar de las Antillas en kayak. Tan a gusto se sentía esa mañana en Starbucks que incluso confesó su próxima proeza que se debatía entre atravesar el océano Atlántico desde el Puerto de Santa Cruz de Tenerife hacia Venezuela en una primitiva balsa de troncos a vela y sin timón, o descender por el hueco de un volcán apagado en Nicaragua.
Sacando pecho, le enseñó la medalla de plata que había recibido al obtener el segundo puesto de la America’s Cup, la competición a vela más importante del mundo, y que siempre llevaba consigo como fiel reflejo de su espíritu deportivo.
Rufino escuchó atentamente a Salvaje hasta convencerse de que el arquetipo que mejor lo representaba era tan encarnizadamente brutal, tan elípticamente proporcionado que hasta un niño lo hubiera detectado con la módica asistencia de su intuición y una lupita que hiciera combustión con las hojitas secas de su pasado. Por un momento lo inquietó haber acordado semejantes honorarios en dólares para un territorio de comunicación tan evidente, tan elocuentemente coetáneo para todo el mundo, menos para Salvaje.
—Ya es tiempo de que saquemos a relucir el aventurero que hay en vos, Salvaje —reflexionó Rufino con un convencimiento tal que hasta los fondos buitre hubieran cedido parte de su ganancia en acciones caritativas.
—¿Aventurero?
—Tan aventurero sos que hasta te llamás Salvaje. Ante semejante exposición, puedo asegurar sin temor a equivocarme que el arquetipo que mejor te representa es el “aventurero” porque siempre se mantuvo latente en tu interior, en la dermis, no en la epidermis, en todo lo que se mantenía oculto, pero acaba de asomar la cabeza por la rendija de la persiana. Es hora de que dejes de ponerte las medias al revés, que te entreabras la camisa y dejes de ahorcarte con la corbata. Tu próxima campaña debe transpirar aventura en cada acción, en cada palabra, en cada gesto. Marcas aventureras como Heineken, Red Bull o Jeep utilizan un tono de comunicación individualista, cosmopolita, inquieto, intrigante, bohemio. Debemos convertirte en el trotamundos de la política, el bon vivant de los grandes placeres de la vida.
—Son justamente las marcas que enuncié anteriormente —balbuceó Salvaje.
—Y esas cosas no pasan por casualidad. Johnny Walker es el whisky escocés más vendido en el mundo. Sus fundadores aprovecharon el apellido de la familia para posicionarse como una marca aventurera.
Su eslogan lo refuerza aún más: “Keep walking”.
El famoso y popular logo de la marca, mejor conocido como “el caminante”, surge en 1908 y, al mejor estilo de la época, representa a un caballero con galera y bastón, elegante y refinado. Su comunicación más emblemática retrata aquellos momentos bisagra de la humanidad: la llegada del hombre a la luna, el primer vuelo a motor, la construcción de la ciudad de Nueva York y la caída del muro de Berlín: “Quién sabe a dónde nos llevará el próximo paso”, declara el concepto de campaña.
—Otra emblemática marca aventurera es casualmente el sitio que nos cobija —continuó Rufino mientras relojeaba vagamente todo aquello que lo rodeaba—. Los orígenes de Starbucks se remontan a la famosa novela Moby Dick escrita en 1851 por Herman Melville que narra la historia del capitán Ahap, quien tiene una extraña obsesión por perseguir a una ballena blanca por los mares de todo el mundo a bordo de su embarcación Pequod. Podrás deducir rápidamente el nombre del primer oficial del barco.
—¿Starbucks?
—Acertaste —confirmó Rufino—. En ese personaje se inspiraron los tres socios fundadores de la que es hoy la cadena de cafeterías más grande del mundo. ¿Sabés en qué sitio abrieron la primera cafetería?
—No.
—En el Pike Place Market, a unos metros del muelle de Seattle, famoso por sus puestos de pescado fresco. Por favor, mirá a tu alrededor y decime qué figura representa su isologo.
—Una sirena, evidentemente —respondió Salvaje mientras comenzaba a explicarse el motivo por el que estaba tan cómodo aquella mañana.
—Una sirena, sí, pero no cualquier sirena; una de color verde, verde naturaleza. En cualquiera de sus 26.000 sucursales se pueden degustar sabores que provienen de todas partes del mundo. Como ese Gold Coast blend que pediste al llegar, o el Medium Road de Kenia que ahora te quema la garganta. Prestá especial atención al mobiliario: madera anudada con grandes tornillos metálicos. A vos que navegaste los siete mares, ¿te recuerda algo?
—Me recuerda a mi embarcación: La Tempestad.
—Es así como decís. La experiencia de compra tampoco se encuentra librada al azar, ya que se distingue justamente por la modalidad de ofrecerte un simple café para que prosigas tu viaje, no para que te detengas.
”Primero te venden la libertad y después te venden el café. Una simple receta que no falla.
”No se trata de un ámbito que se caracterice precisamente por la amabilidad de sus cómodas sillas que inviten a instalarse durante horas a conversar de bueyes perdidos con amigos de ocasión. Cada mínimo detalle, cada pequeño elemento, ha sido estudiado y analizado a la mínima expresión. ¿O realmente alguien se puede imaginar que todo esto es casualidad? Al momento en que una persona se detiene en un Starbucks no solamente absorbe el café, sino también el posicionamiento inconsciente del aventurero y emprende una travesía simbólica en una embarcación en medio del mar, una pequeña licencia que de alguna manera nos ha permitido por un instante escapar de la rutina y de la jungla de cemento. Y esa percepción inconsciente es la que nos predispone a pagar un poco más por un café similar al que encontraríamos a la vuelta de cualquier esquina a un precio ridículamente más bajo.
”Todo es arquetípico en Starbucks; todo, hasta lo que parece que no se ve. Puedo asegurarte que se trata de una de las marcas más admiradas en el mundo, aunque la gente no lo pueda exteriorizar conscientemente. Simplemente aman la marca, aunque no puedan explicar por qué.
”Eso mismo es lo que intentaremos construirle a tu imagen, a tu personalidad, a tu esencia, a tu candidatura a gobernador de la provincia de Buenos Aires. Te garantizo que todos aquellos votantes indecisos entre un candidato u otro se inclinarán por aquel que los confronte, ya que las razones inconscientes actuarán como motor de la conciencia racional. Simplemente se mostrarán incondicionales al candidato, tal como se muestran con aquellas marcas arquetípicas que los representan.
A Salvaje se le había enfriado su Medium Road de Kenia, se le habían caído todos los papeles y algo la mandíbula. Se percató rápidamente de que el verdadero motivo por el cual Rufino lo había convocado en Starbucks era para que se sintiera a gusto, como en casa, o como en una embarcación navegando por las calmas aguas del mar (que para el caso era lo mismo).
La entrevista era una mera formalidad. Rufino conocía de antemano su arquetipo, aunque no lo hubiera de reconocer.
Nada estaba librado al azar en Starbucks, como tampoco nada lo estaba en la mente de Rufino.
—¿Nunca dudaste de mi arquetipo, cierto? Ese fue el motivo por el que me convocaste acá —quiso saber Salvaje.
—Lo intuía —mintió Rufino—. Quizás al final todo se ordena en su justa medida y los planetas se alinean en una antología de fragmentos fortuitos dignos de destacar.
—Nada es fortuito en esta conversación, Rufino. Exceptuando aquellas personas que nos rodean. Todo lo demás ha sido deliberadamente orquestado como en un ensayo que imprevistamente se convierte en la cartelera principal de la noche.
—No me subestimes, Salvaje, en una de esas las personas que nos rodean también toquen en esta afinada orquesta.
—Lo dudo, ya que la mayoría de los músicos abandonaron el lugar en cuanto los instrumentos comenzaron a desafinar con el chasquido de los dedos.
—El arte está en todos lados, hermano, solo que hay gente que no lo sabe apreciar.
—Siempre que hablás de marcas arquetípicas hacés foco en marcas internacionales. ¿Por qué?
—Es una buena pregunta, Salvaje. He estudiado el tema en profundidad y puedo asegurarte que desgraciadamente no hay marcas argentinas o latinoamericanas que se posicionen sobre la base de territorios arquetípicos. Por lo tanto, no son reconocidas globalmente como marcas icónicas, ni tampoco nadie se tatuaría la piel con ninguna de ellas. Algunos ejemplos como Arcor, Mercado Libre o Petrobras solo parecen destacarse fronteras adentro. Probablemente porque siguen pensando en atributos racionales en lugar de imbuirle una personalidad a la marca. Sin embargo, las grandes marcas arquetípicas en el mundo descubrieron que solo hay dos rutas estratégicas para seguir: o reducen el precio o le crean una personalidad a la marca. Entienden que para el consumidor el significado de la marca es tan importante como la calidad de sus productos, si no más. Y entienden que es vital promover un vínculo emocional para que sus argumentos racionales sean escuchados. ¿Podrías imaginar cuál es la ruta estratégica que siguen las marcas latinoamericanas?
—Reducir el precio —reflexionó Salvaje.
—Exacto, y de esa manera se convierten en marcas commodities —continuó Rufino—. Ergo, el precio se transforma en la única variable por ecualizar para vender. Y no hay posicionamiento más débil, táctica más endeble, que el precio bajo porque al momento en que la competencia inicia la descarnada batalla de la remarcación se te viene abajo toda la estantería y te quedás colgado de una liana y con las patitas en el aire.
Me da toda la sensación de que ninguna persona en su sano juicio se pasaría la noche entera haciendo cola junto a otros miles de fanáticos desesperados por adquirir un nuevo celular argentino de marca “pirulito”. Pero, sin dudarlo, se apretujarían contra el frío y se pasarían la noche entera haciendo cola en un local de Apple para convertirse en uno de los primeros mortales en conseguir el nuevo I Phone estratosférico, aclarando, además, que al igual que el café de Starbucks las personas se muestran mejor predispuestas a pagar un precio desorbitante por una marca cuyo significado los representa.
—¿Hay algún ejemplo de una construcción arquetípica aventurera en un simple mortal de carne y hueso? —preguntó Salvaje, dejando a pirulito de lado y yendo directamente al encuentro de menganito.
—¿Alguna vez te tomaste el trabajo de pensar el motivo por el que Hemingway se ha transformado en uno de tus escritores favoritos? —preguntó Rufino.
—Me gusta como escribe, punto. No le des mucha más vuelta.
—Hay muchos escritores que escriben tan bien como Hemingway. Sin embargo, hace unos instantes lo incorporaste a tu listado de personajes más admirados. ¿Alguna vez te detuviste en su vida? Por si te falla la memoria puedo recordarte que se trata de un escritor y periodista estadounidense y uno de los principales novelistas y cuentistas del siglo veinte. En la Primera Guerra Mundial, se alistó como conductor de ambulancias. En 1919 fue gravemente herido en combate y regresó a los Estados Unidos donde escribió su novela Adiós a las armas. Se casó en cuatro oportunidades. Vivió en París y trabajó como corresponsal extranjero. Fue periodista durante la guerra civil española. En la Segunda Guerra Mundial estuvo presente en el desembarco de Normandía y la posterior liberación de París. Poco después de la publicación de El viejo y el mar se marchó en un safari al África donde sufrió dos accidentes aéreos consecutivos que no lo mataron de milagro, aunque le dejaron secuelas en su salud y dolores que lo acompañarían por el resto de su vida. Vivió en La Florida, también en Cuba. Fue un bon vivant y un solitario empedernido.
—He leído su biografía, aunque seguramente no se te escapa que se suicidó a los 61 años.
—Era un ser tan maravillosamente independiente que hasta la última decisión de su vida debía tomarla él.
—A veces el suicidio mata al autor, pero revive a la obra —se congració Salvaje.
—Si la obra es buena vive por siempre. Pero si además es fiel al autor se convierte en un clásico. Solo por citar un ejemplo extravagante: el cuento de El viejo y el mar, escrito por Woody Allen, difícilmente se hubiera destacado, ni hubiera tenido semejante repercusión.
—Eso es evidente, un bicho de ciudad no puede andar ocultándose detrás de olas de arena y médanos de sal.
—Lo que te quiero representar con esto es que no solamente admiramos la pluma del escritor, sino también todo lo que la pluma del escritor no dice con tinta, pero sí dice con experimentaciones mundanas que nos manchan las huellas dactilares con un matiz indeleble que nos queda estampado por siempre como el primer beso o la primera borrachera adolescente.
”Un macho alfa improcedentemente mujeriego que las atraía con una personalidad granítica que hipnotizaba hasta a una carretilla o a una pala, aunque no por sus encantos, sino por su desinterés. Les perteneció a todas y a ninguna a la vez. En realidad, eran ellas quienes lo acechaban como el ratón que ronda, sin saberlo, por las fauces mortales del gato que reposa tranquilamente sobre la buhardilla. Hemingway esconde al hombre que representa a aquel vagabundo o a esas alas invisibles que aletean en tu espalda.
—A las mujeres les encantan los hombres mujeriegos, eso es indudable.
Almitas de Dios, quién las entiende —ironizó Salvaje.
Salvaje comprendía que se encontraba ante la manifestación prodigiosa de lo que durante tantos años se había reprimido, de lo que no podía mantenerse oculto por siempre, de lo que emanaba de su cuerpo, de lo que iba a revelarse el día menos pensado, porque el día menos pensado acababa de hacer su aparición.
—Te suena Richard Branson —preguntó Rufino aludiendo al dueño de Virgin Group.
—Claro, cómo no —replicó Salvaje—. El magnate de los negocios anglosajones.
—No viene al caso detenerse en su visión para hacer negocios, pero un tipo capaz de crear 360 empresas refleja un extravagante espíritu competitivo, porque ser un emprendedor también es sinónimo de aventura.
—La libertad no se refleja únicamente al desafiar la naturaleza —aseveró Salvaje.
—En todo caso se refleja al protegerla —lo contradijo Rufino—. Y a lo que nunca deberías renunciar es a tu propia naturaleza, a tus propias convicciones y a tus propios ideales. Y eso fue justamente lo que movió a Branson a conseguir el récord mundial por el cruce más rápido del océano Atlántico en su embarcación: Virgin Atlantic Challenger. Lejos de conformarse con eso, dos años más tarde, volvió a cruzar el océano Atlántico, pero esta vez en globo. En 2004 realizó el cruce más rápido al canal de la Mancha en un vehículo anfibio. Y unos años más tarde obtuvo el récord mundial al vuelo más rápido entre Marruecos y Hawái. ¿Te recuerda a alguien?
—¿Lo que intentás decirme es que Branson realizó todas esas maravillas para posicionar a su marca Virgin como una marca aventurera? —preguntó Salvaje.
—Más bien lo contrario. Su marca se posicionó gracias a la figura de Branson. Muchas veces las marcas se parecen a sus dueños.
—A ver si logro descifrarte. ¿Estás insinuando que yo debería convertirme en el primer candidato a gobernador en atravesar la Cordillera en globo?
—Vamos progresando, Salvaje —dijo Rufino.
—¿Te volviste loco?
—¿Qué haces los fines de semana?
—¿Qué tiene que ver?
—Todo tiene que ver con todo.
—Visito a mis hijos, ejercito mis músculos en el gimnasio, juego al fútbol con mis amigos, voy al cine, salgo a cenar… Qué se yo, lo mismo que cualquier mortal.
—Pero vos no sos cualquier mortal. Vos sos el candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires —se impacientó Rufino mientras se detenía específicamente en los partidos de fútbol de los fines de semana.
—¿Te gusta el fútbol?
—No mucho.
—Y entonces, ¿por qué lo jugas?
—Porque me da popularidad. Convocamos a la prensa antes de cada partido.
”El fútbol es el deporte argentino por excelencia y me acerca al hombre común y corriente. En cambio, recorrer el país en globo me alejaría de ellos. Me da toda la sensación de que se trata de una experiencia demasiado sofisticada para la gente de a pie, una práctica elitista de la cual no se sentirían representados. Por no decir, además, que le estamos hablando a la gente de un deporte individual en un país donde predominan los deportes en equipo.
—No me llevo bien con aquellos deportes donde se puede empatar —aseguró Rufino. Y generalmente se trata de los deportes en equipo.
—¿Qué tiene de malo empatar?
—Que nadie gana.
—O nadie pierde, según la óptica por donde lo mires.
—Ahora entiendo por qué perdiste las últimas dos elecciones —lo frenó en seco Rufino apretando la pelota y tajeándola con una navaja filosa—. El día que dejes de ser otro ganarás la elección. Los argentinos no se van a identificar con vos porque juegues al fútbol; ellos son fútbol, son baldío, son camiseta de club de barrio, son pelota de trapo y no se van a detener justamente en alguien que hace lo que ellos hacen, sino justamente en alguien que hace lo que ellos no hacen, o no se animan a hacer. Ya te lo expliqué antes. Es cierto que la Argentina es un país relacionista donde predominan los deportes grupales. Es el país de la amistad, de los vínculos sociales, de los encuentros familiares, de los asados, y la sobremesa. Los argentinos no somos de raíz argentina. No descendemos de los aztecas como los mexicanos, ni de los incas como los peruanos, ni de los mayas como los guatemaltecos. Adolecemos de una raíz cultural, de una tradición arraigada a una civilización arcaica. No hay apellidos argentinos porque descendemos de los españoles y de los italianos, países gregarios si los hay. Hasta el origen de la palabra “argentina” es italiano. Ciertos arquetipos pueden aparentar ser más efectivos en una cultura que en otra. Por ejemplo, los arquetipos generalistas como “hombre/mujer común” parecen ideales para una cultura relacionista como la nuestra. Y los arquetipos individualistas como el salvaje (evitando alusiones personales) funcionarían mejor en culturas individualistas como las de Estados Unidos o Inglaterra. Sin embargo, la teoría funciona exactamente al revés. A las culturas relacionistas les generan una mayor atracción inconsciente aquellos arquetipos individualistas y a las culturas individualistas les generan una mayor atracción inconsciente aquellos arquetipos relacionistas. Es como la gata flora, quieren lo que no tienen. Pero no debemos confundir individualismo con egoísmo, autonomía con codicia. En realidad, construyen algo colectivo sin perder su individualidad. La propia persona sin abstracción de las demás. Lo importante es que las grandes masas de gente no anulen al individuo.
Debemos comenzar a quemar los libros de marketing que avalan esas teorías de que la gente se mira en el espejo que les devuelve su figura; eso de que buscan marcas que hablen su mismo idioma. El arquetipo “aventurero” es individualista, pero no por eso deja de ser gregario.
Pues entonces debés abolir la pelota y comenzar con los preparativos para atravesar la cordillera de los Andes en globo. No los subestimes. Las personas captan rápidamente cuando alguien hace algo forzado buscando sacar un rédito que no le corresponde. Ellos pueden detectar que jugás al fútbol por conveniencia. Y como no te creen no te compran y tu imagen en lugar de crecer se desmorona. Así de simple. Te van a empezar a votar cuando te animes a escalar el Aconcagua o a cruzar a nado el Río de la Plata o cuando rompas el espejo de la identificación que no es tal. Está en tu naturaleza y tu naturaleza es lo que crece en tu jardín, no en el jardín del vecino.
—He escalado el Aconcagua. Sin embargo, que yo sepa, nadie se percató—lo contradijo Salvaje.
—No lo escalaste siendo candidato. Además, en lugar de haber convocado a la prensa a un partido de fútbol deberías haberla convocado al pie de la montaña. De haberlo hecho, ya serías gobernador.
—Dudo de que quisieran acompañarme a escalar el Aconcagua.
—Ellos no, pero su tinta sí.
—Avalo tu teoría, Rufino, pero hay algo que no me termina de cerrar. Jamás me consideré un aventurero, en todo caso siempre preferí ser reconocido como un expedicionario.
El comentario le abrió los ojos a Rufino.
—¿Cuál es la diferencia?
—Parafraseando al intrépido Alfredo Barragán: “Un aventurero se tira al mar a ver qué pasa. Un expedicionario, en cambio, se tira al mar sabiendo exactamente lo que va a pasar porque durante años estudió las corrientes marinas, la dirección de los vientos, las temperaturas, las profundidades oceánicas, los termo climas”. Al expedicionario las cosas no le van sucediendo, sino que hace que le sucedan. No puede ocurrir un imprevisto. Antes de lanzarme con Nelo Pimentel a recorrer los siete mares, trabajamos denodadamente en la estabilidad de La Tempestad, en su quilla, en sus lastres, en su combinación de peso y longitud. Esta obsesión por los detalles la implementamos en cada desafío intempestivo que iniciamos.
Rufino leyó algo entre líneas que es la manera más difícil de leer.
Extrajo del bolsillo del saco la libreta que siempre llevaba consigo y comenzó a anotar agitando las manos dando muestras de una visible excitación.
Salvaje le había concedido una nueva óptica sobre los arquetipos, una capa de arena que tapaba algo más profundo aún. Algo extremadamente peculiar olfateaba en ese hallazgo, pero aún no lo podía descifrar. A Rufino lo excitaba interactuar con personas inteligentes porque se nutría de ellas y habitualmente les extraía algún jugoso entrecot de la mente.
—Soy yo quien debería agradecerte por la lección arquetípica que acabo de experimentar —bramó Rufino extasiado—. ¡El expedicionario y el aventurero! Dos caras de una misma moneda que se complementan.
—Acostumbro a sorprender a la gente —alardeó Salvaje sin entender realmente lo que había dicho para extasiar de tal manera a Rufino.
—Tampoco te pienses el quinto Beatle —replicó Rufino bajándole los humos.
—Es que estás re manija, che.
—Porque se me acaba de espabilar una idea que me ha estado dando vueltas en la cabeza por años.
—Alguno de los tantos misterios que aún no han sido develados.
—Hay algo detrás del aventurero —dijo Rufino emborrachándose de nostalgias.
Salvaje se sentó al borde de la silla, echó su cuerpo hacia atrás y le puso una mano en el hombro a Rufino.
—Desde hoy que la tenés con los aventureros, Rufino, pero vamos a zambullirnos al mar de los expedicionarios, vamos a navegar entre olas mayores que los tres a cuatro metros y a enfrentar las más aterradoras tormentas y vientos huracanados, y muy probablemente seremos cebo de tiburones, pero no vamos a naufragar. De eso debemos quedarnos tranquilos.
Rufino echó el cuerpo hacia adelante, apoyó ambos codos sobre el borde de la mesa y se puso a observar por la ventana cómo se diluía la manifestación socialista.
—Estamos como queremos —balbuceó Rufino.
Finalmente se estrecharon las manos y se dieron una palmada en el hombro. Mientras Rufino se retiraba del lugar, Salvaje comenzó a desajustarse la corbata que tanto lo oprimía.
Enredo de sábanas
A escasos seis meses de las elecciones generales, las encuestas reflejaban un aplastante triunfo de Micaela Dorado, candidata a gobernadora de la provincia de Buenos Aires por el Partido Popular. Una mujer de un cuerpo transitado e indiscreta compañera de sábanas de Jalid Donig, presidente de la nación que también se postulaba a la reelección.
Jalid Donig era un hombre de principios jabonosos y dignidad resbaladiza. Como una olla de teflón todo se deslizaba en su superficie, nada se mantenía impregnado en el metal. Sus valores humanos encubrían resortes que se esparcían dispuestos en espiral y se deformaban y se estiraban y se comprimían adaptándose a su conveniencia inmediata. Podrido en plata, era señalado en un sinnúmero de causas de corrupción jamás esclarecidas, eludía a la justicia valiéndose de jueces comprados y fiscales puestos a dedo en una enmarañada red de marionetas manipuladas con hilos invisibles que se movían a su antojo como pequeños títeres en miniatura. Su reputación se iba a pique como un ancla en el mar, pero se aferraba al poder gracias a votos comprados y planes sociales distribuidos sin discreción alguna. De origen armenio, era capaz de fracturarle la tibia a su propia madre por unos pocos pesos o por un pilaf de arroz. Un hombre de temer, un farsante, un impostor, un ser inescrupuloso capaz de embaucar a millones de argentinos en una empresa deficitaria para todos, menos para él. Lo único coherente en su persona era la correlación de su atroz aspecto exterior con su espeluznante aspecto interior. Un rostro marcado por la viruela que le ocasionaba una afección en la piel con áreas escamosas y zonas rojas. Una figura antropomórfica contorneada por anillos de sebo trazando circunferencias en espiral alrededor de un cuerpo gelatinoso y un vientre tan explotado que los botones del pantalón se ganaban, con creces, el jornal de cada día. Hasta los ojos eran fofos. Su inherente traje negro de marca dudosa lo acompañaba en sus recorridas habituales con la fiel compañía de una costra de caspa tan blanca que alguna vez un cocainómano confundió su hombrera y la aspiró. Era un fumador tan empedernido que los cigarrillos olían a él, y sus dientes tan negros que, al sonreír, su cara parecía virar a un tono extremadamente blanco, y su mal aliento crónico viraba al azul la cara de los desafortunados oyentes que se le plantaban a menos de un metro de distancia. Al expresarse de manera atolondrada se le formaban repugnantes montículos de espesa saliva en los extremos de las comisuras de la boca. Un ser tan repugnante como Micaela Dorado, capaz de aspirar de esa espesa saliva por un centímetro de poder y algo de reconocimiento. Una mujer con el estómago de la mosca que sobrevuela por la mierda sin molestarse por enmascarar la escatológica fragancia posándose de cuando en cuando sobre algún jazmín.
Las cifras oficiales mostraban a Salvaje Arregui siete puntos por debajo de Micaela Dorado y con el margen ampliándose.
El pronóstico no era el más alentador.
—¡Otra vez sopa! Se ofuscó pesadamente Salvaje, mientras encendía el vigésimo cigarrillo Marlboro. No hay manera de revertir semejante diferencia. Lo mismo me ha sucedido en las dos elecciones anteriores. Para qué darle más vueltas al asunto. ¡Se terminó! Era mi última oportunidad de convertirme en gobernador de la provincia de Buenos Aires.
—¿Por qué hablás en pasado? —preguntó Rufino—. Aún contamos con tiempo suficiente para revertir esta tendencia decreciente.
—¡Seis meses no es tiempo suficiente para recortar siete puntos en las encuestas!
—Nacen bebés seismesinos.
—Vos y tus metáforas…
—Mientras sigamos el plan al pie de la letra podremos dar el batacazo.
—¡Los batacazos solo pasan en el hipódromo! ¡En ningún otro lugar pasan! —gritó, Salvaje enfurecido—. Esto se trata de política y en política no hay lugar para sorpresas ni resultados inesperados.
—Vamos a atacar el problema real en lugar de seguir dando vueltas por la periferia —replicó Rufino.
—Tal vez aún estamos a tiempo de cambiar el rumbo. En una de esas Septiembre tenía razón —balbuceó un Salvaje pensativo—. Me genera ansiedad la posibilidad de haberme equivocado.
—La ansiedad es pensar que siempre se pudo haber elegido algo mejor: una esposa mejor, un trabajo mejor, un auto mejor, una casa mejor. Y de esa manera entrás en un círculo vicioso de nunca acabar que finaliza irremediablemente en un aneurisma. Debemos validar nuestras propias decisiones y confiar en nosotros mismos.
—Eso y decir que te conformás con poco es básicamente lo mismo —lo inquirió Salvaje.
—Hay que valorar lo que uno tiene, che, que es muy distinto. El verbo conformarse tiene mala fama, porque uno no debe mirar únicamente hacia arriba, también debe mirar hacia abajo y reconocer el centro como nuestro punto de equilibrio.
—Es que tengo ambiciones por superarme.
—La ambición es el motor que nos mueve todos los días. Es necesaria la ambición. Pero cuando la ambición ambiciona desmesuradamente se convierte en el azúcar que se estanca en el fondo de la taza de café y ya no se disuelve en el líquido por estar excedido justamente de azúcar.
—La ambición tiene la buena fama que le falta al conformismo —dobló la apuesta Salvaje.
—Todo en su justa medida —concluyó Rufino.
Al otro fin de semana, Salvaje canceló sus habituales partidos de fútbol con amigos para embarcarse en un velero rumbo a Colonia, Uruguay, con la única compañía de cuatro o cinco peces muertos que flotaban panza arriba a la orilla del río. Era un tibio sábado de madrugada cuando soltó amarras en el puerto de San Isidro y aceleró hacia el Río de la Plata a una velocidad promedio de cinco nudos por hora. El clima se perfilaba óptimo y se propuso alcanzar el puerto de Colonia al anochecer. No llevaba combustible en el motor. El desafío era navegar a vela únicamente: Salvaje, el río y la embarcación, una fiesta de tres invitados únicamente; y el viento que se colaba de cuando en cuando saltando por la medianera. La prensa fue invitada especialmente a cubrir la travesía. Rufino se apuró en entregarles la hoja de ruta del trayecto y los alentó a tomar fotografías y capturar imágenes audiovisuales del inicio de la travesía. Salvaje se hizo angular en las lentes de las cámaras que le deformaban su descolorida sonrisa por el ojo de pez. Sus focales reflejaban a un navegante con su barba mal afeitada, jeans gastados, camisa leñadora y un sombrero de paja estilo canotier. Llevaba en su mano derecha el cuento de Hemingway: El viejo y el mar y en su mano izquierda una pipa que Rufino se había ocupado de reemplazar por sus habituales cigarrillos Marlboro. Haciendo unos pequeños movimientos giratorios deslizaba las velas y calibraba la aguja náutica con una destreza que llamaba la atención. Al momento de zarpar experimentó una sensación de sosiego, una conciliación tan ancha como las aguas que iba a navegar; un presagio de medialuna en el café, de miga de pan en el huevo, de dedo en la torta, enlazados en un festín de una versión superadora de sí mismo. Lo alborotaba un cosquilleo en el pecho, un ejército de hormigas coloradas que avanzaban a paso redoblado sobre un campo de batalla minado por el desasosiego y la contrariedad de lo no auténtico, lo ilegítimo, lo que no es y debería haber sido.
Rufino acertó, pensó Salvaje mientras estiraba las velas de la embarcación. Es evidente que me estremece la adrenalina de lo inesperado porque yo soy el agua que baña mi velero, yo soy el viento que empuja mi vela, yo soy el casco que mueve mi embarcación. Este río, este viento, este casco son los elementos que me estabilizan y me hacen flotar, no aquel desconocido que maniobra el velero. Nadie me asegura el triunfo siendo río, siendo viento, siendo casco, pero tampoco nadie me lo asegura siendo esquina, siendo asfalto, siendo embotellamiento. Si he de caer, que sea en remolinos de agua en lugar de bloques de cemento.
Al otro día, ya anocheciendo, una estela de espuma blanca que se acercaba al puerto de Buenos Aires se apareció entre las aguas del apacible Río de la Plata dándole la bienvenida nuevamente al hombre en el que Salvaje se había convertido. Solo Rufino lo esperaba y una periodista de un diario amarillista que había documentado la partida el día anterior y se había sentido particularmente atraída por un no sé qué de Salvaje. La repercusión de la travesía no había sido la esperada por Rufino, pero le restó importancia. Un solo medio de comunicación de la relevancia de jornal amarillista era suficiente para amplificar la noticia.
Con suma habilidad Salvaje amarró la embarcación haciendo uso de los cabos y motones que parecían danzar graciosamente entre sus dedos. Al descender, extrajo del bolsillo superior de su camisa leñadora un sobrecito transparente con la cantidad justa de tabaco para rellenar el hueco del tazón de la pipa de madera y lo aprisionó y lo apretó en el recipiente hasta que las hojas estuvieron lo suficientemente compactadas y maceradas para dar inicio al ritual de la combustión. Con suma delicadeza acercó al recipiente una llamita de nada, la encendió, la llevó a su boca, y comenzó a aspirar una serie de bocanadas de aire poco profundas que avivaron el fuego hasta que la intensidad de las llamas comenzó a ceder dramáticamente para al final extinguirse en brasas de hojas secas y en humo y en Hemingway.
Por no contaminar la escena, Rufino interrumpió el paso de una pareja que accidentalmente se paseaba por allí y se disponía a interponer, desinteresadamente, su silueta entre la lente de las cámaras y la figura del agua, el viento y la embarcación hecha carne y hueso. Todo el ritual fue documentado por la periodista del diario amarillista que volvió a percatarse de un qué sé yo que le llamaba la atención en Salvaje. No encontraba motivos para explicar el porqué de un momento al otro le había dejado de pasar indiferente.
—¿Por qué navega? —preguntó intrigada la periodista.
—¿Y usted por qué respira? —respondió Salvaje.
—¿Acaso busca transmitir algún tipo de mensaje a alguna persona? —insistió la periodista.
—A mí, probablemente —respondió Salvaje.
—Lo que me asombra es que lo noto distinto; no sé cómo explicarlo, tal vez más plantado en su eje, o mejor parado, o en armonía consigo mismo.
—Es usted muy aguda en su razonamiento. Probablemente esta corta travesía me haya servido para hacer las paces conmigo mismo.
—¿Por qué? ¿Estaba peleado con usted mismo? ¿Le desagradaba la imagen que le devolvía el espejo?
—Digamos que si pudiera hacer las cosas diferentes las haría. Tal vez, como bien dijo anteriormente, me siento más plantado en mi eje aspirando este suave atardecer.
—¿No le molesta viajar solo?
—No viajé solo.
—¿Quién lo acompañó?
—El viento, el agua, la embarcación.
—He notado una barba más pronunciada y un cabello más largo que lo normal. ¿Piensa dejarlos crecer?
—Definamos normal.
—¿No cree que un candidato a gobernador debería cuidar su apariencia?
—Justamente es eso lo que estoy haciendo. En realidad, me parece que jamás debería haber salido del rincón donde empezó mi existencia.
La conversación se extendió por unos minutos y viró hacia las implicancias del viaje y sus imprevistos y después se perdieron en otras cosas. Al finalizar la entrevista la periodista le preguntó por Rufino a lo que Salvaje respondió que era quizá la persona que lo había coaccionado a pensar en lugar de repetir.
Al otro día, una de las páginas interiores del matutino retrataba la aparición de Salvaje en el puerto de Buenos Aires. A su vez, el material audiovisual comenzó a viralizarse por innumerables canales de YouTube.
Esa mañana, Salvaje se dirigió a su oficina engamado en su jean gastado y en su camisa leñadora pegada en la piel. Para robustecer su imagen de trotamundos y bon vivant, enterró el saco y la corbata en el último cajón del último armario de la última pieza que resguardaba la formalidad de su pasado. Su barba prominente y su piel dorada por el sol le daban un talante renovado que se concatenaba con su raíz interior. Su temple era sereno y su andar reposado. Se hacía visible un distinguido aplomo al hablar, un sosiego, una moderación que solo aquellos que han salido airosos de las garras de la muerte pueden detentar. Su legítimo retorno a su esencia lo había depositado nuevamente en el centro de la escena. A esa altura se mostraba confiado en poder revertir la elección. Por primera vez en su vida tenía un norte, una brújula, un puerto cierto a dónde dirigirse. Ya no navegaba a oscuras, ni en círculos, ni en aguas turbulentas, y a pesar de los despiadados vientos huracanados y las corrientes cruzadas, su embarcación se dirigía en línea recta hacia el faro que lo iluminaba y lo invitaba a tierra segura.
En los cuatro meses subsiguientes incursionó en innumerables desafíos naturales que la prensa, cada vez menos hostil, se encargaba de amplificar: escaló el volcán Ojos del Salado en Catamarca, navegó a las islas Malvinas e hizo una ofrenda a los caídos en el cementerio de Darwin, cruzó en kayak el mar de las Antillas, atravesó la Cordillera en globo, se lanzó en paracaídas a siete mil metros de altura en la ciudad de Lobos, y hasta se lo vinculó sentimentalmente con una enigmática filántropa. Poco a poco, los medios de comunicación fueron adquiriendo el hábito de cubrir sus exóticas aventuras en virtud del interés de las audiencias.
A solo dos meses de las elecciones generales, las encuestas revelaban una considerable merma de cinco puntos entre Micaela Dorado y Salvaje Arregui, quienes ahora se disputaban la gobernación de la provincia de Buenos Aires en un margen menor de los dos puntos.
Micaela no acreditaba lo que estaba sucediendo y montó en cólera al percatarse de semejante retroceso en las encuestas. Desperdigando los últimos cartuchos de dignidad que aún le quedaban, se puso en contacto con Jalid Donig, su amado presidente (en sentido literal y figurado), quien la recibió desganadamente en Casa de Gobierno.
Al reconocerse, se apretaron tibiamente las manos y cuidaron las formas ya que la comitiva que los acompañaba desconocía la relación sentimental que se profesaban. Era indispensable guardar distancia para evitar suspicacias acerca de algo que podría llamarse amor contraindicado, ya que Jalid se hallaba infelizmente casado, y Micaela infelizmente divorciada. La simple revelación a la prensa acerca del romance entre ambos contendientes a cargos públicos podría derrumbar su imagen y hacerlos trastabillar en las elecciones.
—¿No sé si tuviste oportunidad de observar las últimas encuestas a la gobernación de la provincia de Buenos Aires? —preguntó Micaela a Jalid, afligidísima mientras desplomaba su humanidad en un mullido sillón color obispo, testigo involuntario de innumerables enredos de sábanas inconfesables hasta para la tonalidad prelada del sillón. El aire se cortaba con el filo de una navaja y entre la comitiva se podía observar, inquieto y alarmado, a Ulises Cáceres, el jefe de campaña de Micaela Dorado.
—Sí, afirmó escuetamente Jalid, amonestándola y clavándole los ojos como dos estalactitas puntiagudas que le minaban la confianza.
—No logro entender lo que está sucediendo. En apenas cuatro meses de campaña Salvaje Arregui redujo la brecha en cinco puntos. Aún me mantengo dos puntos por encima de él, pero de persistir esta tendencia nos encontraríamos en un hipotético empate técnico al día de las elecciones. ¡Debemos actuar rápidamente para revertir la tendencia antes de que sea demasiado tarde!
Jalid Donig era un embustero, un embaucador, un profeta del sofismo, pero a la hora de referirse a Salvaje Arregui procedía con total sinceridad.
—¿Qué sugerís que hagamos, Micaela? No tengo la menor idea de lo que está pasando. No encuentro explicaciones racionales. Supuse que vos me las darías.
—Tampoco logro hallar una explicación lógica —se apenó Micaela—, pero olfateo algo extremadamente extraño. Su plataforma política se mantuvo inalterable y su aprehensión a renovarla lo han llevado al fracaso en las dos últimas elecciones. Además, sus propuestas económicas no se adaptaron a los nuevos valores de época ni a las exigencias del electorado. Lo que no logro dilucidar es de qué manera se reinventó a sí mismo. Hace unos pocos meses era una reliquia prehistórica, un fascinador de lo extinguido. Hoy se ha convertido en un encantador de serpientes. Tampoco ha renovado a su cartera de ministros y a los pocos a los que se vio forzado a reemplazar fue por causas tan extremas como la jubilación o la muerte. No sé si habrán advertido que últimamente se ha convertido en un pendeviejo insufrible, un hombre que no asume su edad. Un bon vivant despojado de todo charme.
El cabello enrollado en la nuca de Micaela le daba a la escena un aire aún más trémulo y extravagante.
Ulises Cáceres vio una apertura en la conversación para congraciarse con el razonamiento de Micaela.
—¡Es increíble cómo se puede perder la dignidad en un minuto!
—En los últimos meses ha descuidado la campaña. Se dedicó a navegar por mares inhóspitos, a atravesar el cielo en globo, a escalar montañas —se exasperó Micaela. Es evidente que le importa poco la gobernación y no tiene la menor intención en ganar las elecciones. Pero a veces uno encuentra lo que no busca buscando lo que no encuentra. Muchas veces, la mejor estrategia para acceder al poder es justamente esquivarla. Estamos hablando de un hombre que se encuentra más allá del bien y del mal. Y es un enigma indescifrable luchar contra una persona que no tiene nada que perder.
Jalid la dejó hablar mientras revolvía unos papeles, firmaba unos documentos y miraba de reojo el celular. Parecía no darle demasiada importancia al asunto, aunque era un hombre tan impredecible que habitualmente se manifestaba de manera contraria a lo que proclamaba. Cuando decía A era B, cuando decía B era C, y así hasta llegar a la Z. Era como el tero que cacarea de un lado y pone los huevos del otro. Era como el escorpión que inyecta su veneno a quien lo pretende auxiliar. Era veneno en ornamenta de escorpión. Acechaba a su víctima con pinzas repletas de toxicidad. Estaba en su esencia, no lo podía evitar. Había algo que lo llevaba a inferir que la suerte ya estaba echada en favor de Salvaje. Era una corazonada, un presentimiento. Haberle recortado cinco puntos en unos pocos meses eran una pésima señal. En el fondo sabía que la fecha de expiración de su amor por Micaela coincidía con la fecha en que saliera derrotada de la elección. Le permitió desahogarse sin prestarle su hombro, sin ofrecerle contención, como a una botellita que se lanza al mar y se bambolea de un lado al otro sin poder manotear un tronco de donde aferrarse.
—Yo te escucho, aunque no parezca —ironizó Jalid.
—Me gustaría que escuches y que también lo parezca —se quejó Micaela.
—Hiciste bien en venir —dijo Jalid en un tono moderado—. Y no hay de qué preocuparse. Un gobernador debe parecerse a un gobernador, debe expresarse de manera correcta, vestir de forma adecuada, cuidar las formas y transmitir aplomo y moderación. En cambio, este excursionista de camping devaluado se presenta ante la ciudadanía en una tupida barba plateada que se confunde, en una danza siniestra, con extensos mechones de cabello dorado que, a su vez, se impregnan de una viscosidad grasosa y mal oliente desprendida por la combustión de su pipa. Sus palabras ampulosas, casi místicas, apelan a factores naturales, a corrientes marinas, a chispas de lava que parpadean eclipsando la garganta oscura de su voz. Ahora parece que se le ha antojado practicar deportes extremos sin tomar ningún tipo de recaudo. Es evidente que lo hace por llamar la atención, para que nos pasemos el día hablando de sus peripecias. Por el momento la estrategia le ha funcionado, pero una cosa es verlo y otra muy distinta es votarlo. Es como la rosa: a simple vista te atrae, pero al ponerle la mano encima te repele.
—“No interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error”, se despachó Ulises Cáceres aludiendo a un supuesto enunciado de Napoleón Bonaparte y girando repetidamente la bombilla para darse un poco de luz en el mate.
—¿A qué error te referís? —gritó Micaela enardecida—. ¡Salvaje Arregui nos acaba de recortar cinco putos puntos, infeliz, por si no te has enterado!
—Al margen de la incomprensible conducta de los votantes, podría sospecharse que nos estamos enfrentando a un hombre más cercano al arpa que a la guitarra —reflexionó Ulises. Entregar el voto a un candidato con intenciones evidentemente suicidas no concuerda con la lógica de sensatez que la ciudadanía ha expresado en tantos años de democracia. Salvaje es libre de arrojarse sin paracaídas de una avioneta a diez mil metros de altura, pero la ciudadanía es libre de no votar a un insensato. El pueblo busca previsibilidad y concordancia en el futuro gobernador que dictará los destinos de la provincia de Buenos Aires por los próximos cuatro años.
No debes angustiarte, Micaela. En un mes mandaremos a relevar nuevas encuestas que resultarán en una caída segura en la imagen de Salvaje Arregui que se derrumbará como un castillo de arena arrastrado por la crecida del mar.
Micaela puso una cara semejante a la de una madre primeriza que retiene sus impulsos homicidas al verse sermoneada por su suegra sobre la manera correcta de criar a su bebé.
—Puede que Ulises esté en lo cierto —dijo Jalid poniendo paños fríos. Simplemente hay que dejar que la naturaleza haga su trabajo.
—¿Cómo pueden estar tan seguros? —interrumpió Micaela.
—Son años de profesión… —alardeó Ulises subiéndose a un pony.
—No te vengas a hacer el argentino conmigo —lo amonestó Micaela.
—Es de manual, Micaela —insistió Ulises—. Un hombre que luego de años se afeita la barba llama la atención el primer día; pero después de un tiempo, la cara al ras se vuelve tan indiferente como la tupida barba plateada.
—Esta dialéctica de jardín de infantes no nos lleva a ningún lado —sentenció Micaela. Y como yo no iba a quedarme de brazos cruzados viendo cómo mis votos se evaporaban por arte de vaya uno a saber qué, contraté a una consultora privada para que indagara sobre los verdaderos motivos de este enamoramiento repentino de los votantes por Salvaje. ¿Pueden imaginar lo que respondieron?
—No —contestó Ulises tragando la poca saliva que aún le quedaba.
—La mayoría de la gente dijo que hay un no sé qué en Salvaje.
—¿Un no sé qué? —repitió Jalid.
—Te lo juro, eso dijeron. Su nueva figura despierta algo incomprensible que les infunde confianza, respeto y admiración. Es como si los hubiera hechizado con el movimiento perpendicular de un reloj pulsera. Como si les hubiera lavado la cabeza y hubiera aplazado su razonamiento. No sé, nunca vi una cosa igual. Lo más inquietante es que lo veneran hasta el punto de querer imitarlo. Y tal como les mencioné anteriormente su plataforma política se mantuvo inalterable. No logro entender lo que está pasando, si es que está pasando algo que no logro entender.
—No quiero propagar noticias alarmantes —vaciló Ulises transpirando una espesa gota gorda que recorría el laberinto de su cerebro argentinizado—, pero me ha llegado el rumor de que Salvaje ha sumado a un nuevo asesor a su séquito de consejeros en comunicación.
—¿Quién? —quiso saber Micaela.
Ulises hizo un esfuerzo para recordar su nombre.
—Un tal Rufino Crada, o Creda. No, no, Rufino Croda —confirmó Ulises consciente de que acababa de cavar su propia fosa; aunque muchas veces la lengua es más rápida que la pala.
—¿Alguien tiene referencias de él? —preguntó Micaela.
—Algo escuché —dijo Ulises tartamudeando y aferrándose al palo enjabonado en el que se encontraba y del que no tenía ninguna intención de caer—. Tengo entendido que promueve una extraña teoría de arquetipos que jamás ha sido implementada en campañas políticas.
—¿Arquetipos? Nunca escuché nada sobre eso —lo interrumpió Micaela—. ¿Para qué sirven?
—Creo que tienen algo que ver con la psicología de Freud y Lacan.
—Freud y Lacan —repitió Jalid.
—Sí, algo relacionado con la teoría freudiana.
—En la única psicología en la que creo es en la de los sofistas —alardeó Jalid, dorándose la píldora—. Lo que daría por tener asesores como Protágoras, o Gorgias.
—Tampoco avivemos giles —ironizó Micaela—. Debe ser otro impostor, otro tipo que ronca como tanta gente.
—A ciencia cierta, solo se me ocurren dos teorías que oscilan entre el materialismo y el idealismo —continuó Ulises—: o bien Salvaje está utilizando su campaña arquetípica con el único propósito de levantarse minas, o bien Septiembre Del Mar lo está utilizando como rata de laboratorio para que, en caso de comprobar que efectivamente los arquetipos funcionen, utilizarlos en su campaña presidencial.
La sola mención de la campaña presidencial de Septiembre Del Mar prendió una mecha de dinamita en la corta estatura de Jalid que agarró a Ulises por la manga de la camisa.
—Por tu bien espero que la teoría materialista se imponga a la teoría idealista porque de lo contrario surgirá mi teoría subjetivista y todas las balas apuntarán a tu cabeza —gritó Jalid amenazándolo con una pistola de dedos fofos, pelos, uñas mal cortadas y una sustancia oscura y polvorienta similar a restos de pólvora que se apilaban debajo de las cutículas.
Las palabras petrificadas de Ulises solo atinaron a decir algo que pensaba de Jalid, pero se lo imputaba a Salvaje.
—Es evidente que Salvaje no busca asesores en comunicación, busca culpables.
—Ha habido guerras más difíciles que esta —continuó Jalid. Vamos a alimentar a los hongos silvestres para que se sigan intoxicando en su propio veneno. En una de esas ese tal Rufino no sé cuánto se convierta, sin saberlo, en nuestro principal aliado para enterrar de una vez por todas las aspiraciones del Partido Republicano.
Luego de una corta siesta Ulises continuó con su repertorio escatológico.
—Además, nos encontramos en vísperas del lanzamiento de la campaña publicitaria masiva que nos permitirá recuperar esos puntitos perdidos. No tengo dudas de que nuestro mensaje sobrio y recatado actuará como contrapunto del mensaje estrafalario que seguramente estarán impulsando para apuntalar una imagen obscena de Salvaje. Me permito conjeturar que, en caso de replicar en la campaña publicitaria al grotesco Indiana Jones que intentan mostrarnos en esta devaluada saga de Steven Spielberg, se estarán azotando en la espalda con su propio látigo, ya que jamás podrán valerse del arca perdida para obtener los votos necesarios para convertirse en gobernador. Imaginen a Salvaje enfundado en su chaqueta de piel, camisa safari color caqui suave, sombrero cazador y una pipa en su boca intentando concientizar a la ciudadanía sobre las implicancias de la justicia social, la previsibilidad económica y el funcionamiento de las instituciones. Es indudable que se va a convertir en el hazmerreír de todos los argentinos.
Tras meditarlo unos minutos, Micaela se convenció de que debían arriar las velas y permitir que Rufino Croda y su extraña teoría arquetípica hundieran en su propia incapacidad a Salvaje.
—Vamos a mantenernos como hasta ahora, pero nos veremos las caras en un mes para corroborar los nuevos datos de las encuestas.
Jalid no le puso atención al comentario de Micaela.
Sus verdaderas intenciones se escondían detrás de una sonrisa falsa.
El expedicionario
Al mismo tiempo en que Micaela, Jalid y Ulises discernían sobre mitología arquetípica y las relacionaban con sirenas, unicornios y centauros, Rufino se disponía a correr los velos de la campaña a gobernador de la provincia de Buenos Aires y descubrir su contenido a Salvaje y a dos de sus asesores en comunicación que lo acompañaban. Se dieron cita en las oficinas de Innocence donde los gemelos Salvador, quienes desempeñaban el papel de directores generales creativos, desplegaban bocetos y guiones en un tablero especialmente acondicionado para la ocasión. Los gemelos Salvador eran tan idénticos que solo se diferenciaban porque uno mascaba chicle y el otro no. El que mascaba chicle era el más creativo y el otro el más estratégico. Aunque a veces intercambiaban el chicle y se armaba un matute de la madona. Como en un acto de ilusionismo, las luces de la sala se disiparon tenuemente y comenzaron a oscurecer el ambiente mientras focos refulgentes se prendían y reproducían héroes, villanos, bufones, rebeldes y reyes que se proyectaban y se esparcían por las ochavas del recinto.
—Antes de correrle el tul a la novia —alardeó Rufino con el pecho inflado por los cinco puntos descontados a Micaela Dorado—, debés recordar que es indispensable mantenernos firmes en nuestra estrategia de comunicación expedicionaria. Por ningún motivo debemos desviarnos del camino trazado que tan buenos resultados nos ha dado hasta el momento.
—No abras el paraguas antes de tiempo —respondió distendidamente Salvaje, mientras observaba detenidamente a los gemelos Salvador y se esforzaba por descubrir los cristales recubiertos de una capa metalizada de mercurio que evidentemente se superponía entre ambas figuras. Para colmo de males, eran de una perversión tan sádica que hasta vestían exactamente igual: remera negra con un estampado en el centro del emoji amarillo de la carita apretando los dientes y una falda negra al estilo escocés.
Los gemelos Salvador se pusieron de pie y se dispusieron a contar la primera idea con el aplomo de quien conoce su oficio de sobra. Una pantalla de amplias dimensiones reproducía una imagen cenital de Salvaje en su travesía en kayak por el mar de las Antillas. Era una secuencia tomada por un dron a más de cien metros de altura. Envuelto íntegramente en un traje de neoprene verde fosforescente con franjas naranjas, Salvaje remaba incesantemente entre las furiosas olas del mar.
Sobre el azul del cielo se leía en letras blancas un titular de gran tamaño:
“El 30 de octubre, declará tu independencia”. Salvaje Arregui gobernador.
Los gemelos Salvador quedaron expectantes a la reacción de Salvaje que se mantenía abstraído en sus pensamientos, como solidificado en un molde de hielo impenetrable. Imposibilitados de picar con un cincel esa concentración de astronauta alunizando continuaron con su exposición y se sumergieron en el comercial de televisión. La película reflejaba una escena desesperante de un padre a la deriva junto a sus dos pequeños hijos que se debatían en una pequeña embarcación en medio de un mar embravecido que azotaba con olas de más de dos metros de altura y vientos huracanados capaces de estremecer al navegante más avezado. La pequeña embarcación se zarandeaba de un lado al otro como un barquito de papel que choca con el desagüe de una alcantarilla y comienza a tambalearse en círculos de agua que engordan las células de celulosa y comienzan a desprender fragmentos húmedos de papel. Era evidente que la pequeña embarcación no podría resistir por mucho más tiempo los embates del mar enfurecido. El padre se persigna, mira al cielo y se encomienda a Dios esperando por un milagro. En ese preciso instante, entre las vísceras del mar hambriento de embarcación y de carne y de huesos, emerge un buque de rescate que se dispone a socorrerlos. El padre y sus dos pequeños hijos se aprietan en un abrazo de tres gotas de agua que se funden en una sola gota más grande. Dios les acaba de tender una mano. Están salvados. El buque se encuentra a pocos centímetros de la embarcación, casi pueden tocarse las manos. En ese momento surge la figura del capitán que, en lugar de lanzarles un cabo para sujetarlos al buque, les suelta una urna y se pierde a toda velocidad por el embravecido mar. El hombre en la pequeña embarcación extrae de su bolsillo una boleta de Salvaje Arregui y la inserta en la urna. Al instante, vemos que la tormenta se disipa, el mar se aquieta, el viento cede y el cielo dibuja un arcoíris hialino y luminoso. Por corte, vemos que de la nada surge una pequeña isla paradisíaca que se abre paso arremetiendo hacia la pequeña embarcación. Escuchamos la voz del locutor: “El 30 de octubre, declará tu independencia”. Salvaje Arregui gobernador.
El segundo comercial mostraba a una alpinista colgada de un arnés y sostenida por un cabo a más de mil metros de altura en un empinado peñasco rocoso en medio de una cadena montañosa. De repente, sin previo aviso, cientos de rocas se desprenden del risco y comienzan a caer ladera abajo a gran velocidad. La intrépida alpinista logra eludir los primeros desprendimientos de rocas, pero una nueva andanada más furiosa que la anterior la golpea con dureza en el casco, en los hombros, en los brazos y le arrebatan de su cintura las cuerdas, las cintas y los alicates. Su vida pende de un hilo, literalmente. El desplazamiento también arrastra árboles, ramas, lodo y todo lo que encuentra en su camino que multiplican el golpeteo incesante de las rocas. La situación se torna dramática. Parece no haber escapatoria. Al límite de sus fuerzas y a punto de desvanecerse vemos que inesperadamente un avezado rescatista desciende de la cumbre para socorrerla. Al llegar a su lado, en lugar de encordarla a sus propios anillos para sujetarla e iniciar el ascenso, le suelta una urna y asciende con extrema destreza eludiendo el alud de rocas que sigue cayendo. Con las pocas fuerzas que no le sobran extrae de su bolsillo una boleta de Salvaje Arregui y la inserta en la urna. Inesperadamente el alud comienza a ceder, las rocas se disipan, el lodo caudaloso se solidifica y la calma vuelve a renacer. La alpinista recobra fuerzas y comienza a ascender con suma agilidad haciendo cumbre rápidamente en la montaña. En ese momento escuchamos la voz del locutor: “El 30 de octubre declará tu independencia”. Salvaje Arregui gobernador.
La campaña de gráfica apuntalaba aún más al concepto: ¡abolamos la pobreza! “El 30 de octubre, declará tu independencia”. ¡Abolamos el analfabetismo! “El 30 de octubre, declará tu independencia”.
¡Abolamos el desempleo! “El 30 de octubre, declará tu independencia”. Salvaje Arregui gobernador de la provincia de Buenos Aires.
Las luces de la sala se encendieron tenuemente mientras un silencio intranquilo y entrecortado por bruscos suspiros de resignación se apoderó de la sala. Rufino y los gemelos Salvador quedaron expectantes aguardando las primeras impresiones de Salvaje y sus dos colaboradores en comunicación. Era evidente que habían quedado aletargados, como el peatón que distraídamente arremete a cruzar las vías del tren y queda en estado vegetativo al oír a pocos metros de distancia el bocinazo de una locomotora. Una mezcla rara de desorden y fascinación se daba de bruces en su interior adoleciendo de un ganador aparente.
—Necesito un tiempo para reincorporarme —suplicó Salvaje arqueando las cejas, mientras se abalanzaba a un vaso de agua que actuaba más de salvavidas que de agua, mientras se rascaba la cabeza como buscando remover sus ideas—. Qué se yo, Rufino, me imaginaba algo más formal y prudente. Me parece una idea muy arriesgada. No me siento del todo cómodo. Nos estamos embarcando en un territorio absolutamente inexplorado en campañas de comunicación política.
—Muy arriesgada… —repitió uno de los asesores en comunicación de Salvaje que respondía al apodo de Pelícano y se distinguía por una barriga prominente y una incipiente pelusa que cubría su barbilla y ocultaba una incipiente papada.
—¡Me tranquiliza tu intranquilidad! —dobló la apuesta Rufino—. Si fuera al revés estaría realmente preocupado porque significaría que estamos transitando lugares comunes de los que inexorablemente nos debemos alejar.
—Deberíamos buscar una idea en la que todos estemos de acuerdo —insistió Salvaje.
—Una idea en la que todos estemos de acuerdo —repitió el Pelícano.
—Cuando todos estamos de acuerdo, hay algo que estamos haciendo mal —insistió Rufino.
—Una campaña sin creatividad y sin estrategia es como un avión sin alas y sin ruedas. La idea no vuela y el concepto no aterriza —observó el gemelo Salvador que no mascaba chicle.
—Veo que en Innocence las alegorías están al orden del día —se quejó Salvaje.
—Es fácil opinar con el diario del lunes —dijo Rufino—, pero estamos convencidos de que esta campaña es lo que necesitás para convertirte en gobernador de la provincia de Buenos Aires.
—No sé, Rufino. Me gusta cómo pensás pero…
—Si te gusta cómo pienso déjame pensar —lo interrumpió Rufino.
—Es fácil decirlo cuando no es uno quien mete la cabeza debajo de la guillotina. La gente quiere un candidato predecible.
—La gente no sabe lo que quiere, Salvaje —opinó Rufino. Y tampoco es su trabajo saberlo. Es justamente el nuestro.
—¿Cómo que no?
—Si Henry Ford hubiera escuchado la opinión de la gente, en lugar de inventar el automóvil, hubiera inventado alguna fórmula alimenticia nutricional que apresurara la velocidad de los caballos.
—¿Qué tiene que ver Henry Ford con la campaña? Ese ejemplo es cualquier cosa —se exasperó Salvaje.
—Cualquier cosa —repitió el Pelícano.
—Si Edison hubiera escuchado la opinión de la gente encenderíamos velas más resistentes en lugar de bombillas de luz.
—Esa comparación es un disparate, te estás refiriendo a los inventos más brillantes de la humanidad, y acá estamos hablando sobre un simple candidato a gobernador. La gente está esperando nuestra campaña y debemos mostrarnos a la altura de los acontecimientos.
—Un disparate —repitió el Pelícano.
—La gente no está esperando ninguna campaña —opinó el gemelo Salvador que no mascaba chicle—. A lo sumo puede estar esperando encamarse con Angelina Jolie, o que su equipo de fútbol se meta en la zona de grupos de la copa Libertadores, o la última temporada de Breaking Bad, o acertar un pleno en la ruleta, pero una campaña de un candidato a gobernador te aseguro que no está esperando. Así como tampoco está esperando la campaña de ningún producto que les cambie la vida.
—¡Pero un gobernador sí les puede cambiar la vida! —lo amonestó Salvaje.
—Siempre y cuando te conviertas en gobernador —mencionó Rufino. Y para que eso suceda necesitamos una campaña que salga de lo común y acaricie las fibras íntimas que apuntalen tu posicionamiento expedicionario.
—Sabés lo que pasa, Rufino, si esta campaña no me convierte en gobernador, ustedes estarán habilitados a trabajar con muchos otros candidatos, pero yo quedaré despedido del ámbito político y sin indemnización alguna. ¿Además qué significa el concepto “declará tu independencia”? La gente es libre de votar por el candidato que mejor le parezca. Nadie los apunta con un revólver a la hora de emitir su voto.
—Partiendo de la base de que el Partido Popular es liderado por Jalid Donig, me permito poner en duda esa afirmación —respondió Rufino.
—¿Qué significa el concepto “declará tu independencia”? —repitió el Pelícano.
—¿Y vos, qué onda, che? ¿Sos un loro o un pelícano? —ironizó el gemelo Salvador que mascaba chicle.
El Pelícano se refugió bajo las alas de Salvaje y lo miró con desesperación.
—Es un hombre reservado —dijo Salvaje.
—A mí más bien me parece un lameculos metafísico —sentenció el gemelo Salvador que no masticaba chicle.
—Sos lo más parecido a Smithers que conozco —dijo el gemelo Salvador que masticaba chicle.
—¿Smithers? —preguntó el Pelícano.
—El secretario del señor Burns en la saga de Los Simpson —respondió el gemelo Salvador que masticaba chicle—. En cualquier momento le vas a probar la comida a Salvaje para asegurarte de que no esté envenenada.
El Pelícano antepuso a sus palabras un gesto de desprecio.
—Aguardo una disculpa por semejante aberración —se ofuscó el Pelícano masticando bronca.
El gemelo Salvador no quiso retractarse. Alegaba el precepto del humor como excusa de su observación. El Pelícano se descubrió poseído por un odio visceral y apagó su furia haciendo gárgaras de agua en su profusa papada.
—Rufino, he de reconocer que hemos llegado hasta acá respetando el arquetipo del expedicionario y no pretendo desviarme del territorio de comunicación definido. Pero no logro comprender por qué no seguimos construyendo en esa misma dirección.
—¿A qué te referís, Salvaje? —preguntó Rufino mirándolo fijamente a los ojos—. Justamente es eso lo que estamos haciendo.
—Me refiero a replicar la palabra “expedicionario” en la campaña. No voy a hacerme el creativo, pero me imagino algo como: “El horizonte de la Argentina cuenta con un expedicionario que lo llevará a buen puerto”, no sé, qué sé yo… algo así.
—Menos mal que le picó el bichito de la política y no el de la creatividad —murmuró el gemelo Salvador que no mascaba chicle a su hermano, con la frialdad de una piñata sin caramelos.
—Hay dos palabras prohibidas en nuestra campaña arquetípica —continuó Rufino—, y son justamente: “aventurero” y “expedicionario”. Por todos los medios debemos evitar llevar al terreno consciente lo que debe mantenerse en el inconsciente. En años de comunicación, oíme bien, en años de comunicación, no encontrarás una sola adjetivación “inocente” en una campaña de Coca-Cola, ni una sola adjetivación “villana” en una campaña de Harley-Davidson. La clave pasa por decir sin decir, por adjetivar sin adjetivar. Una cosa es el brief y otra muy distinta es la comunicación. Y ahí golpeamos la puerta los creativos para transmitir mensajes que conmuevan, resuenen y de cuando en cuando se conviertan en íconos populares. Vayamos a los hechos. Le hemos recortado cinco puntos a Micaela Dorado y no tiene sentido girar el timón ahora. La gente no tiene una explicación racional que dar, pero se identifican inconscientemente con tu figura. Y no debemos olvidar que todo pasa por mantenernos consistentes con el tono de comunicación cosmopolita, independiente, bon vivant, trotamundos, inquieto. El concepto “declará tu independencia” apuntala todo lo que la gente pretende ser, pero no se anima a ser. La libertad no se refiere únicamente a la libertad física, sino también a la emocional, psíquica y espiritual.
Era tal la vehemencia de Rufino al hablar que una especie de apichonamiento invadió las convicciones de Salvaje, al igual que aquella vez que vio aparecer su atlética figura por la rendija de la puerta de su oficina. Se encontraba entre la espada y la pared. O cedía ante los cimientos de lo inédito, o cubría las ruinas de lo establecido con la lava fundida de sus convicciones. Fuera como fuere, la variedad de pensamientos se explicaba por el hecho de aceptar miradas diferentes sobre una determinada cosa. Justamente ahí estaba lo bueno y para eso lo había contratado. Y estaba claro que los números avalaban a Rufino. Accionando una válvula de escape, abrió el conducto de salida de agua de la represa y cedió la palabra a sus asesores en comunicación, quienes no hablaban gran cosa. Principalmente un muchacho rubio peinado a la gomina, con chupines que acentuaban una figura descuidada y mocasines marrones con medias amarillas que recalcaban un gusto al menos discutible. Y el Pelícano solo repetía. De haber podido hubieran obstruido la represa con hormigón armado para embalsar el agua y huir por el desfiladero de paredes escarpadas, pero el cauce fluvial había elevado su nivel y ya no quedaba otra escapatoria que la del propio razonamiento. Tras unos segundos de zozobra, y al confirmar que ninguno de los dos se atrevería a hacer uso de la palabra, Salvaje inyectó algo de energía cinética al estado de reposo y les formuló una especie de ping-pong de preguntas y respuestas donde cada uno debía levantar la mano en caso de estar de acuerdo y retenerla en caso de no estarlo.
—¿Les gusta la campaña? —preguntó Salvaje.
Ninguno de los dos levantó la mano.
—¿Y el concepto “declará tu independencia”?
Al principio tampoco la levantaron, pero luego de unos breves segundos el muchacho rubio la levantó. Al verse interpelado el Pelícano también la levantó.
Sin dar crédito al movimiento de masa y velocidad que tomaban las cosas, y anticipando la explosión de Chernóbil, Rufino cerró la tapa del reactor y arremetió contra semejante despropósito.
—La aprobación de una campaña no es un acto democrático —dijo Rufino levantando la voz por encima de su propia altura que no era poca, ya que arañaba el metro noventa. Si estuvieras volando en un avión en medio de una severa turbulencia y el aparato comenzara a zamarrearse de un lado al otro y las mascarillas de oxígeno cayeran y un descenso brutal se apoderada de tu aliento, ¿te tranquilizaría escuchar al piloto proponiendo a los pasajeros un ping-pong de preguntas y respuestas por los altoparlantes? Por sí o por no: ¿disminuyo la altitud o incremento la velocidad? ¿Reduzco el nivel de sustentación o despliego los flaps traseros? ¿Nivelo la nariz del avión o elimino combustible? O qué pasaría si tu hijo estuviera debatiéndose entre la vida y la muerte en plena cirugía a corazón abierto, y el cirujano se dirigiera a la sala de espera a consultar la opinión de los familiares. ¿Intento una incisión en la aorta o destapo una arteria? ¿Hago una transfusión en las válvulas cardíacas o presiono el miocardio?
Salvaje volvió a eludir un frenético impulso de cagarlo a trompadas, pero ya nada de lo que saliera de la boca de Rufino lo sorprendía. Hablaba crudamente, sacándole las capas de formalidad a la cebolla.
El muchacho rubio por fin se animó a opinar y se despachó con un atendible cuestionamiento improcedente por relacionar una campaña publicitaria con una operación de miocardio, a lo que el Pelícano, desencajado por no haber sido él quien generara la controversia, le soltó un puntinazo en medio de los huevos que de alguna manera burlaron la presión y el aplastamiento que ejercía el chupín y se reacomodaron en sus respectivos escrotos.
—¿Qué tiene que ver una campaña a gobernador con una operación de miocardio? —repitió el Pelícano.
—Hay un dicho popular que dice que de publicidad, fútbol y política todo el mundo puede opinar —observó el gemelo Salvador que no mascaba chicle.
—Hay que creer en los dichos populares —dijo el muchacho rubio, aun alborotado por el dolor en los escrotos.
—Yo no estaría tan seguro —dijo el gemelo Salvador que no mascaba chicle. Hay dichos populares que repetimos como loros de manera inconsciente sin percatarnos que cuentan con connotaciones absolutamente contradictorias entre sí: “no por mucho madrugar se amanece más temprano”, pero “al que madruga Dios lo ayuda”. ¿En qué quedamos? ¿Madrugamos o no? “Más vale pájaro en mano que cien volando”, pero “Quién no arriesga no gana”. ¿Qué hacemos? ¿Arriesgamos o no?
—Este tipo de expresiones también pertenecen a las conductas inconscientes del ser humano —continuó Rufino—, así como la decoración de árboles de Navidad, o el ocultamiento de huevos en Pascua, tal como le comenté a Salvaje en alguna oportunidad. Te garantizo que la comunicación es mucho menos subjetiva y mucho más objetiva de lo que todo el mundo cree. Nuestra campaña no puede depender de un ping-pong de preguntas y respuestas a tus asesores en comunicación. Pero de mantenerte en esta postura inflexible estás absolutamente liberado de contratar una nueva agencia de comunicación.
—Ah, bueno. ¿Ahora tampoco podemos opinar? ¿Debemos aprobar la idea tal cual como nos la contaron estas dos láminas de papel carbónico? —Alzó la voz el muchacho rubio.
—¡No podemos opinar! —repitió el Pelícano.
A los gemelos Salvador les gustó más bien poco la parábola carbónica e intercambiaron el chicle en señal de rebeldía.
—Estamos abiertos a intercambiar opiniones sobre la belleza de la flor, pero no sobre su raíz; sobre lo periférico, pero no sobre lo profundo —reflexionó Rufino.
Finalmente, luego de un silencio ensordecedor, Salvaje les agradeció la colaboración a sus asesores y se inclinó por darle un voto de confianza a Rufino. Sabía que a esa altura no era prudente abrir un nuevo cauce en el río, aunque significara sucumbir en la elección.
—Muy bien, Rufino, declaro tu independencia. Te libero de todo tipo de ataduras. Avancemos con la campaña —manifestó Salvaje agitando la bandera de la rendición—. Al final no los contraté para decirles lo que ustedes tienen que hacer, sino para que ustedes me digan lo que yo tengo que hacer.
Rufino apreciaba la confianza y le estiró la mano en señal de agradecimiento.
—Te declaro la independencia —repitió el Pelícano.
Un mes y medio previo a la elección la campaña comenzó a emitirse en medios masivos y a amplificarse en medios digitales. Las primeras repercusiones fueron despiadadamente crueles hacia la figura de Salvaje. En redes sociales se lo caricaturizaba como al nuevo Libertador General San Martín y se lo parodiaba con el padre de la patria. Sin embargo, a los pocos días, la tendencia comenzó a revertirse y a inclinarse a su favor. La campaña fue vista por más de quince millones de espectadores en YouTube, se compartió más de veinte millones de veces en Instagram y Facebook y arañó los diez millones de likes en LinkedIn. De un día para el otro, Salvaje había pasado de ser la figurita repetida a la figurita difícil. Se había convertido en un personaje admirado, un hombre glamoroso y atractivo cuya imagen se había ensanchado como la panza de la provincia que se disponía a gobernar. A pocos días de la elección, las encuestas mostraban prácticamente un empate técnico, tal como había anticipado Micaela Dorado. A contramano de esta tendencia alcista, Septiembre Del Mar, candidata a presidenta por el Partido Republicano, retrocedía estrepitosamente en las encuestas y se alejaba de la posibilidad de arrebatarle la presidencia a Jalid Donig.
En un intento desesperado por evitar lo inevitable, Septiembre convocó de urgencia a Salvaje a su despacho.
—Necesito reunirme de manera urgente con tu asesor en comunicación —le imploró Septiembre en estado de shock por la tremenda paliza que Jalid Donig le estaba propinando en las encuestas—. ¿Cuál era su nombre?
—Rufino Croda —respondió escuetamente Salvaje—. ¿Por qué motivo te interesa conocerlo?
—Los motivos son los mismos de siempre. En unos pocos meses, la brecha de siete puntos entre vos y Micaela Dorado se ha esfumado. No logro descifrar lo que está sucediendo, pero, de repente, todo el mundo comienza a adorarte, a aclamarte como si te hubieras transformado en la última Coca-Cola en el desierto. En contraposición, yo me alejo cada vez más de la posibilidad de convertirme en presidenta de la nación. La tendencia es prácticamente irreversible, pero tal vez podamos jugar nuestras últimas cartas con Rufino.
—Las cartas ya están echadas, Septiembre —se lamentó Salvaje—. Conozco a Rufino y es una persona que no cree en los manotazos de ahogado, mucho menos a tan pocos días de los comicios.
—Tal vez tengas razón, pero insisto en conocerlo.
—Deberías haberlo hecho en aquella oportunidad cuando te comenté acerca de la teoría arquetípica.
—Tal vez cometí un error.
—Además, me da toda la sensación de que ustedes dos se llevarían a las patadas. Rufino es un ser impredecible, un hombre sin filtro, con la capacidad de sacar de sus casillas al mismísimo papa Francisco. No, definitivamente no es buena idea que se conozcan.
—Como jefa del Partido Republicano te ordeno que lo convoques de urgencia a mi despacho. No hay tiempo que perder. Lo espero mañana a las dos de la tarde.
—Se lo haré saber.
Había algo del encuentro entre Rufino y Septiembre que le daba mala espina a Salvaje. Su lado conciliador decía una cosa, pero su lado contendiente decía otra. Aunque era preciso reconocer que, a esa altura, el encuentro era inevitable.
Envase y contenido
Era miércoles. El encuentro se llevó a cabo en las oficinas del Partido Republicano donde Septiembre Del Mar atendía sus asuntos cotidianos. Llovía. Diluviaba, a decir verdad. La cita estaba prevista para las dos de la tarde, pero un asunto urgente retrasó a Septiembre por más de una hora. Rufino aguardó impoluto, sin inmutarse, exhibiendo una absoluta hidalguía, casi un quijotismo en un hombre acostumbrado a lo efímero, a lo fugaz. Finalmente, tras una hora de espera que pareció prolongarse por más tiempo, las agujas del reloj le señalaron el camino al despacho de la candidata a presidenta por el Partido Republicano.
Se miraron el uno al otro por unos segundos más de lo permitido.
—Buenas tardes —lo saludó Septiembre sin percatarse del retraso evidente, apretándole la mano y mirándolo con la curiosidad del gato al ovillo enmarañado de lana. Salvaje Arregui había pasado de ser un hilito de humo en la cerilla a un fogonazo inextinguible en un bosque de arrayanes. Y Rufino Croda había sido parte responsable de frotar el fósforo.
Septiembre era una mujer de una belleza infrecuente, como la de un flamenco verde que a la larga llama la atención porque uno se cansa de ver tanto flamenco rosa… Era de una delicadeza extravagante, esa que solo se puede hallar en la celestial desatención de una madre que se hace la distraída ante los primeros reclamos de su bebé en reemplazarla por un biberón, y de una peculiaridad invasiva que embiste despiadadamente al hombre más distraído, aunque no anduviera buscando pleito. La alquimia de su presencia le revolvía las materias a Rufino y le traspapelaban la física superficial con una química trascendental que nunca había experimentado. Quizá no era su extrema timidez lo que lo paralizaba, sino la inédita sensación de sentirse vulnerable ante una mujer horrorosamente hermosa, con un par de esmeraldas pegadas en los ojos que cada vez que se prendían se declaraba un armisticio entre Corea del Norte y Corea del Sur y cada vez que se apagaban se derrumbaba la bolsa de Nueva York. Llevaba un simple vestido de flores multicolores vaporizadas por el agua de lluvia que se abría paso a empujones por la hendidura de las ventanas indebidamente selladas. A sus cuarenta y tantos años se había convertido en candidata a presidenta de la nación por el Partido Republicano. Quince años antes, contrajo matrimonio con un hombre que intentó pintar de rosa al flamenco verde y que se le escabulló como el dibujo de un niño que no consigue mantener el trazo dentro de los límites de la hoja. Tras cuatro años de divorciada no se le había conocido romance alguno a pesar de los innumerables suspiros que su exótica belleza despertaba entre miles de hombres dispuestos a cautivar a una mujer de rasgos desacostumbrados. Su hablar y su andar acelerado desafiaban las leyes del tiempo y la distancia en las fórmulas del movimiento. A pesar de haber sido concebida con un inconfundible olor a bohemia de barrio, transmitía una sofisticación, un refinamiento y una elegancia que hubieran obligado a la mismísima reina de Inglaterra a inclinar la cabeza para hacerle una reverencia. Estudió en la escuela pública número cuatro de Caballito, a pocos pasos de la casa donde había nacido. Entre patadas en los huevos y escupitajos en el puchero logró sobrevivir a dos hermanos varones que no se percataban de que su garganta adolecía de nuez. De su madre aprendió el ejemplo del trabajo duro y el sudor en la frente, y de su padre que el título de señor no se obtiene en universidad alguna. Al finalizar la escuela secundaria se debatía entre convertirse en maestra jardinera o licenciada en Ciencias Políticas. Su amor por los niños le tiraba fuertemente de la pollera, pero la injusticia la descomponía y la desigualdad la exasperaba. Se discernía entre la obligación moral de tomar cartas en el asunto o la decencia incuestionable de no complicarse demasiado la vida. Finalmente, primó su obligación moral y se graduó sin demasiados honores y con notas promedio en la carrera de Ciencias Políticas de la Universidad de Buenos Aires.
—Buenas noches —respondió irónicamente Rufino, que ante la presencia de una mujer no se amedrentaba ni experimentaba signo alguno de ansiedad, taquicardia o sudor en las manos. Por algún acto involuntario su cuerpo no balbuceaba, sino que se precipitaba con la convicción de un halcón aleteando al borde del precipicio de una cadena montañosa en busca de su presa. Aunque en este caso, hasta las dos Coreas hubieran podido coincidir en que el depredador podría convertirse en presa en un abrir y cerrar de un par de ojos color esmeralda.
—Disculpe la demora, Rufino, me vi obligada a atender asuntos urgentes.
—No hay problema, Septiembre, siempre y cuando demos por concluido este encuentro en el horario previsto. También tengo asuntos urgentes que atender —dijo Rufino ganándose el respeto a machetazo limpio.
—De ninguna manera —prosiguió Septiembre—. Le ruego que entienda que me han surgido algunos imprevistos que no me permitieron iniciar a tiempo nuestra reunión. Por lo tanto, le pido que la extendamos por el tiempo que sea necesario. Por otro lado, ¿qué puede ser más importante que reunirse con la futura presidenta de la nación?
—Ir a la escuela a buscar a mis hijos, por ejemplo —replicó Rufino asestándole una bofetada al ego de Septiembre y poniendo en tela de juicio su posibilidad concreta de convertirse en presidenta.
Un revuelo inusitado de endorfinas se amotinó en el vientre de Septiembre a quien el amor a primera vista le sonaba a infantilismo, pero la atracción a primera vista le sonaba a Rufino.
—¿Acaso no los puede buscar su esposa? —Clavó una estaca Septiembre hundiéndola en la curiosidad elocuente de una doble intención nada habitual en ella.
Rufino olió sangre y soltó a los tiburones que comenzaron a nadar en círculos por un mar de imperturbables alteraciones.
—Hace muchos años me divorcié de mi esposa —respondió Rufino—. Así como un preso condenado a perpetua que tacha con una cruz los días que le faltan para dejar de respirar un aire encerrado, yo aguardo a que los miércoles se desplomen del almanaque para abrazar a mis hijos.
—¿Y por qué motivo no los abraza más seguido?
—Porque la justicia no me lo permite.
—No me diga que es usted uno de esos padres ausentes que se hacen los distraídos a la hora de la manutención sus hijos.
—Todo lo contrario. El ciento por ciento de la manutención de mis hijos se encuentra a mi cargo. Desde la cuota escolar hasta la casa donde viven con su madre, hasta la obra social, hasta la sopa, hasta los campamentos, hasta las medibachas de lana, las figuritas de Messi y los brackets en los dientes. Y no me quejo. Debo reconocer que nada me infla más el pecho que poder sostener a mis hijos decentemente, aunque me queden los bolsillos desinflados.
—¿Y su exmujer?
—Anda con los bolsillos inflados y el pecho adelgazado.
—¿Acaso la manutención de sus hijos no debería recaer sobre ambos progenitores de igual manera?
Rufino confirmó con la cabeza.
—Seguro, pero muchas veces la justicia, al menos en lo concerniente a derecho de familia, se afloja el velo que recubre sus ojos y mira para otro lado para facilitarle la fuga a la mujer —prosiguió Rufino.
—Me parece muy injusto.
—Para peor, tras una denuncia falsa por violencia de género, el juez dispuso una medida cautelar de restricción de acercamiento a menos de cien metros de distancia de mis hijos.
—¡Cómo un juez puede separar a un padre de sus hijos!
—Nos los puede separar, pero los puede alejar.
—¿Las medidas cautelares no dependen de la acreditación de la verosimilitud del hecho? —preguntó envenenada Septiembre.
—Lamentablemente no funciona así. La justicia siempre mira al hombre de reojo. Es suficiente un principio de prueba y un par de testigos que salgan a validar cualquier disparate.
—Me imagino que habrá apelado.
—Lo hice, pero salió denegada la apelación. Y cada vez que procuraba reclamar mi derecho me extendían por otros treinta días la restricción perimetral. Al final desistí a que la justicia le hiciera honor al sustantivo y emprendí una lenta retirada hasta la finalización del proceso.
—El hilo se corta por lo más delgado —reflexionó Septiembre.
—El hombre es la parte delgada del hilo —confirmó Rufino.
—Muchas veces lo que parece ser la parte delgada del hilo es en realidad la parte gruesa; es como el dedo meñique que parece frágil, pero si lo amputan el puño pierde toda su fuerza. Sería bueno que algunos jueces lo pudieran ver, aunque siendo absolutamente sinceros también debemos aceptar que muchos padres se desentienden de sus hijos.
Rufino tumbó sus pensamientos al lado de los de ella y entrelazaron las ideas.
—Es así nomás —coincidió Rufino—. Al fin de cuentas, difícilmente las madres saquen los pies del platillo de la balanza, pero muchos padres sí lo hacen. Semejante descalabro genera que la balanza de la justicia quede siempre desnivelada hacia el lado de la mujer y no hacia el lado del hombre que deja los pies en el platillo, pero no ejerce el suficiente contrapeso como para equilibrar la balanza.
—La balanza no debería estar desnivelada hacia ningún lado.
—O en todo caso desnivelada hacia el lado del centro.
—La justicia debería ser individual no colectiva.
—La justicia debería únicamente ser.
—No hubiera querido estar en sus zapatos cuando se confirmó la sentencia —se apiadó Septiembre—. No me quiero imaginar lo que habrá sentido.
—Lo mismo que sentiría un hombre inocente al ser condenado a la horca. Pero al final uno acaba por comprender que no tiene caso luchar contra los molinos de viento y decide emprender una cruzada mirando el lado positivo de un viento que no tiene lado. Un día me ajusté las ideas y me di cuenta de que a cien metros de distancia mis hijos no me podían ver, pero al menos me podían escuchar. Entonces, me hice de un tambor de gran tamaño con mazo de madera y todos los días a las cinco de la tarde, al regresar mis hijos del colegio, me refugiaba bajo un pórtico a cien metros de distancia, y le entraba a dar maza al bombo, y le daba, y le daba. Pero no eran golpes imprecisos; se trataba de una consonancia uniforme de tres notas musicales combinadas entre sí. El primer golpe seco y armónico representaba al pronombre personal “te”, seguidos por dos golpes disonantes e inestables que representaban a la primera persona del singular del verbo amar. Y así lo repetía en tres oportunidades para cada uno de mis hijos: “te amo”, “te amo”, “te amo”.
Un breve charquito de agua chapoteó por los ojos de Septiembre.
—¿Y ellos le respondían? —preguntó conmovida.
—Eran muy chiquitos para comprender, pero al menos sabían que su papá estaba presente. Esa coartada funcionó de mil maravillas hasta que mi inculpabilidad se hizo evidente y la justicia desestimó la falsa denuncia, aunque solo me concedieron los miércoles como día de visita. Podrá entender ahora mi apuro en finalizar esta reunión.
—Claro que sí. Y en este momento me invade un vértigo de retraimiento por haber situado a una simple candidata a presidenta por encima de sus hijos.
—El solo hecho de haberse interesado en un asunto tan personal la muestra como a una candidata humana, condición indispensable para convertirse en presidenta de la nación. Pero mejor sería que dejemos en paz a la justicia y nos aboquemos a lo que nos trajo hasta aquí. Porque no creo que me haya convocado para interiorizarse acerca de mi vida personal.
Un impulso de consentimiento sobrevoló los pensamientos de Septiembre, pero los reprimió. Un cataclismo de conmoción emergió ante la presencia de un hombre que consagraba la paternidad antes que a su mismísima presencia. La relación padres e hijos era su punto débil, era la espumita en el café que se rinde ante el simple paso de una cucharita.
Durante años se dedicó de lleno a la política, pero no quiso renunciar jamás a la inclinación de convertirse en madre. En su círculo más íntimo se permitían conjeturar que no había nacido para cambiar pañales, sino para cambiar los destinos del país (como si una cosa eclipsara a la otra) y la incitaban a priorizar sus asuntos laborales. “De dónde vas a sacar tiempo para dedicarles a tus hijos”, le repetían, a lo que ella respondía con un silencio apagado que es la manera más grave de responder. Y por un momento lograron confundirla. Sin embargo, un día cualquiera en París, y por accidente —como generalmente ocurren las cosas geniales de la vida— Mia comenzó a habitar su panza. Era de cuento. Nada más ni nada menos que París, la ciudad de donde vienen las cigüeñas. De repente, ese inhibido vuelo de pájaro pasó de intrascendente a sustancial, a lo único que la conmovía y que le importaba en este mundo. Todos la abortaban como madre menos Mia, que con una sonrisa desdentada le acomodó las prioridades y le arrebató la estúpida idea de que una mamá no podía convertirse en presidenta.
De buenas a primeras se dispuso a reemplazar soporíferas sesiones legislativas por susurros de saco una manito, la hago bailar, la cierro, la abro y la vuelvo a guardar; saco la otra manito, la hago bailar, la cierro, la abro, y la vuelvo a guardar. Y diálogos memorables absolutamente recubiertos de lógicas de collage: porque la cebra no es blanca con rayas negras, ni negra con rayas blancas; es color rayas y punto. Y las abejitas son de miel, las vaquitas de leche, las ovejitas de lana y las cabritas de queso. Y no hay tu tía.
La llamó Mia, con el posesivo en femenino, porque nadie más que ella merecía atribuirse semejante milagro.
En su primera ecografía, notó que su corazón comenzaba a bombear témperas de colores, lunitas y estrellitas que salpicaban de una pincelada una vida en blanco y negro. A partir de ese momento, una irrenunciable vocación a la maternidad se despertó en Septiembre que, de buenas a primeras, se convirtió en la mamá de todas las Mias que habitan este mundo.
En esos tiernos pensamientos andaba cuando Rufino, sin motivo aparente, hundió un cuchillo afilado en el armonioso clima que se había generado y comenzó a tajearlo de tal manera que temperas negras, marrones y grises opacaron al garabato multicolor.
—¿Por qué no te sale la erre? —le preguntó sin atisbo de maldad alguno. De alguna manera se autoboicoteaba ante la presencia de una mujer que pudiera despojarlo de su armadura y deshacer a hilachas al hombre mujeriego que no se enorgullecía de ser. Era evidente que se encontraba ante la presencia de una mujer que lo zarandeaba por dentro y le removía toda la estantería repleta de libros sin sustento, de textos sin contenido, de autoras dispuestas en el canto de ejemplares que no significaban nada para él. Por primera vez en su vida tuvo la necesidad de acomodar a Septiembre en una biblioteca despojada, un solo libro inundado de comas y desprovisto de puntos finales.
Los colores en el rostro de Septiembre empalidecieron y su figura se distorsionó al estilo de objetos reflejados en espejos deformantes. Se había sentido enormemente conmovida ante el relato paternal de Rufino, pero semejante exabrupto personal no hizo más que encolerizarla. Pronunciaba la erre de una manera escurridiza, como un patín deslizante imposibilitado de sujetarse sobre una superficie de hielo por estar desprovisto del taco de goma necesario para frenar. De muy pequeña había sufrido los embates de sus compañeros de aula debido a esa imposibilidad natural de pronunciar la erre. Una dislalia que ningún fonoaudiólogo pudo corregir (verbo que ella jamás utilizaría, ya que se había empeñado en componer un alfabeto que no la contuviera); tren en lugar de ferrocarril, can en lugar de perro, colorado en lugar de rojo, eran acepciones naturales en su abecedario de veintiséis letras. Aprovechando semejante cinismo de un hombre que la desestimaba, se empeñó en incluir una nueva acepción a su deslizante vocabulario: Laucha en lugar de Rufino. Indudablemente era el apodo que mejor le calzaba. Jamás un hombre se había mofado en su propia cara de su incapacidad de pronunciar ciertos sonidos. Debía contraatacar si no quería perder la poca autoridad que evidentemente tenía frente a él.
—¿Y vos por qué sos tan pelotudo? —bramó Septiembre tuteándolo por primera vez, con la furia de un demonio de Tasmania al que se le birla la carne y se la reemplaza por una hoja de lechuga.
—No me estoy burlando de tu rotacismo —mencionó Rufino pasando la candidez por el tamiz por donde los reposteros espolvorean los buñuelos. Era evidente que escupía las entrañas al hablar. No existía perversidad en aquel hombre, sino un genuino interés por ayudarla. Era de una ingenuidad deliciosa, como la del cachorro que gruñe frente a la propia imagen que le devuelve el espejo.
—Parece que sí —dijo ofuscada Septiembre.
—Hay ejercicios para corregirlo. La erre es una consonante alveolar, cuyo sonido se consigue haciendo vibrar la punta de la lengua contra el paladar. —En ese momento Rufino estiró enormemente la boca y pronunció la vibrante suave “rrrr” y la vibrante múltiple fuerte “rrrrrrrrrrrrrrrrrrr”.
Incrédula del espectáculo al que estaba asistiendo sin haber sido invitada, se incorporó de un salto y lo invitó a retirarse de su despacho.
—Aún nos quedan unos pocos minutos antes de finalizar nuestra entrevista —dijo Rufino sin comprender semejante desplante.
—Cuando una oye barbaridades así realmente no vale la pena seguir hablando —lo amonestó Septiembre por lo que sentía como una ofensa personal.
Rufino era un hombre repleto de buenas intenciones y convencido de haber actuado correctamente. Resignado se incorporó cansinamente de la silla alzando vagamente sus hombros y emprendió una lenta retirada.
Pero antes de marcharse, advirtió movimientos extraños a sus espaldas. La competencia de haber sobrevivido a dos hermanos varones durante tantos años convirtieron a Septiembre en una rea descomunal que no se amedrentaba fácilmente ante semejante atrevimiento de un desconocido. Haciendo gala de una inigualable destreza proveniente de sus años de gimnasta artística, inclinó su cuerpo ciento ochenta grados, afirmó su pierna izquierda en el suelo, remontó apenas unos centímetros del piso su pie derecho, y a la velocidad de un rayo giró su cuerpo y le estrelló una terrible patada en el culo a Rufino que por lógico efecto de la física cuántica salió despedido hacia adelante confirmando las irrefutables leyes de Newton.
Ante semejante descaro, Rufino posó su dedo índice en la sien y lo hizo girar reiteradamente de izquierda a derecha siguiendo el movimiento de las manecillas del reloj.
En eso andaban cuando intempestivamente Salvaje Arregui asomó su figura por el despacho de Septiembre.
—No tenía dudas de que ustedes dos iban a llevarse de maravillas —ironizó Salvaje sin comprender lo que realmente estaba sucediendo. Intercediendo entre las reclamaciones de Septiembre y la incredulidad de Rufino, logró poner paños fríos al asunto y mantuvo la puerta entornada para un próximo encuentro.
Al otro día los tres coincidieron en el despacho de Septiembre que se apersonó con un vestido gris tan corto como un electroshock catatónico que produjo en Rufino una demencia momentánea, una especie de convulsión esquizofrénica que sacudió hasta los bronces de la mismísima Real Academia Española que no pudo encontrar entre las veintisiete letras del alfabeto una sola combinación que le hiciera justicia a semejantes piernas.
En cambio, Rufino vestía la misma ropa que el día anterior.
—Parece que mudar de ropa no es un tema prioritario en tu agenda —observó Septiembre como quien quiere la cosa.
—Lo que pasa es que me encariño con la ropa —respondió Rufino mientras se acariciaba la manga de la camisa.
—¿Por qué mejor no te encariñás con la gente? —ironizó Septiembre, que era lo más parecido a un diamante arrabalero tallado con años de cara sucia y zapatillas desatadas en lugar del surco del disco giratorio.
—Tal vez sea porque la ropa no acostumbra a meterme patadas en el culo.
—Bien merecido lo tenías —rezongó Septiembre.
—El dolor todavía me dura, che —protestó Rufino mientras se pasaba la mano por el reverso del pantalón.
—Y bueno, era medio duro de tragar lo que me dijiste.
—Tampoco descubrimos la pólvora. Andás por la vida arrastrando la erre. ¿Acaso tiene algo de malo? Pero no te creas que la próxima vez me voy a dejar achurar así nomás.
—No te vengas a hacer el compadrito conmigo —lo inquirió Septiembre.
—Qué tal si damos por concluido el episodio y nos concentramos en la elección a presidenta de la nación que tenemos a la vuelta de la esquina —dijo Salvaje quitándoles los guantes a los boxeadores evidentemente predispuestos a medirse en un segundo asalto.
—Me parece lo más razonable —coincidió Septiembre, tirando la toalla. A tan pocos días de la elección las encuestas me muestran cada vez más lejos de Jalid Donig. ¿Qué pensás sobre lo que está sucediendo?
—No pienso nada —respondió Rufino con el tono del deseo sexual abúlico de un nonagenario.
—A ver si agitamos el fuego para que salten algunas chispas… —ironizó Septiembre.
—Es que ya no hay chances de que salgas electa, al menos en estas elecciones —sentenció Rufino con la misma calma de un león acechado por conejos.
—Septiembre aún puede revertir la situación —mintió Salvaje.
—Contate otro —dijo Rufino.
Septiembre quiso soltar un insulto de su boca, pero lo reprimió. Salvaje ya le había anticipado sobre la inexistencia de estímulos y emociones de Rufino que lo conducían a manifestarse sin filtro, como las cápsulas de aluminio del Nescafé.
—¡Qué te hace pensar que estás en lo cierto! —lo desafió Septiembre.
—No hay que darle más vueltas al asunto. Ya no queda tiempo suficiente para revertir la elección. Para colmo de males, tampoco tu campaña es algo como para alquilar balcones, digamos. A veces, la estrategia más efectiva es retirarse a tiempo y rearmarse para una próxima batalla.
—Ya que nos encontramos frente al Nostradamus del siglo veintiuno —dijo sarcásticamente Septiembre—. ¿Qué debo hacer para revertir la elección?
—Soy incapaz de saberlo.
—Justamente te pagamos por saberlo —se ofuscó Septiembre.
—Salvaje me pagó por saberlo, vos no. Tiempo atrás tuvo el coraje de apostar a la teoría de los arquetipos mientras tus asesores en comunicación se doblaban de risa por la estrambótica ocurrencia de apostar por algo nuevo. Sin embargo, hoy Salvaje se encuentra prácticamente en un empate técnico con Micaela Dorado, mientras vos te alejás cada vez más de la posibilidad de convertirte en presidenta. Disculpá la sinceridad.
Septiembre sangraba por la herida cada vez que Rufino abría la boca.
—Te hago una pregunta antes de que la desolación me invada —mencionó Septiembre.
—Adelante.
—¿Qué diferencia a los arquetipos de los estereotipos?
—Una pregunta digna de una persona cuya inteligencia se esconde detrás de la presunción —la premió Rufino—. La gran mayoría de la gente de negocios desconoce el poder de los arquetipos porque piensan en segmentación de mercado y cometen el error de reducir un arquetipo a un estereotipo que limita a las personas y las encapsula: todas las rubias son tontas; todos los políticos roban; todos los buenos estudiantes son nerds; todos los negros son buenos deportistas; todos los ricos son prepotentes; todos los ancianos son sabios. Y así podría continuar indefinidamente estereotipando patrones de conducta humanos. Sin embargo, yo les pondría un signo de interrogación a cada una de estas afirmaciones. ¿Realmente creés que todos los negros son buenos deportistas?
Septiembre negó con la cabeza.
—Algunos negros son buenos deportistas y otros son pésimos deportistas. ¿Todas las rubias son tontas? ¿De verdad alguien puede pensar eso? ¿Todos los políticos roban? Creo estar sentado frente a dos políticos que desafían esa afirmación. El estereotipo segmenta, el arquetipo incluye; esa sea tal vez la gran diferencia. El arquetipo no discrimina, sino que iguala. Tus asesores en comunicación te convirtieron en un estereotipo. Es evidente que no están convencidos de que puedas ganar la elección. Seguramente tengan buenas intenciones, pero con buenas intenciones no se puede ganar. Acá lo que se necesita es una comunicación consistente y equilibrada.
—¡Y un buen candidato! —gritó Salvaje golpeando fuertemente la mesa. El motivo por el que me encuentro en un empate técnico en esta elección es porque soy un gran candidato.
Un rastro de desconcierto sobrevoló la cabeza de Rufino. Por primera vez, la basurita debajo de la alfombra de Salvaje hacía su aparición. En años de profesión había aprendido a distinguir entre capricho y perversidad. Y era evidente que semejante desplante no tenía nada de capricho.
—¿Acaso no eras un gran candidato en las elecciones anteriores? —consultó Rufino echando insecticida al hormiguero.
—Las elecciones las ganan los candidatos. Siempre fue así. La campaña ha sido de gran ayuda, eso es indudable, me ha dado la consistencia y la coherencia que antes no tenía, pero se trata simplemente de un eslabón más dentro del engranaje de un reloj al que yo le doy cuerda.
—Estoy de acuerdo con el argumento de Salvaje —coincidió Septiembre—. No pretendas convencerme de que una buena campaña publicitaria puede llevar a la gobernación a un mal candidato. No me subestimes por favor.
—Un buen contenido debe tener siempre un buen envase, así de simple —respondió escuetamente Rufino.
—A veces los envases se usan como adornos —lo contradijo Salvaje.
—Ese es justamente el gran problema de la democracia —aseveró Rufino—, porque muchas veces llega al poder el candidato más popular y no el más capaz, el más carismático y no el más sereno. Se quedan con el envase y tiran el contenido.
—Ustedes, los publicitarios, son capaces de concebir lindísimos envases, aunque contengan pésimos contenidos, y ni se inmutan en facilitarle la llegada al poder a personas que adolecen de valores morales y principios éticos que regirán los destinos del país donde viven sus propios hijos.
—¡Hablando de estereotipos, qué significa esto de meternos a todos en la misma bolsa! —protestó Rufino—. En mi caso, jamás trabajaría para Jalid Donig, por ejemplo. No es momento de mirar para otro lado y negar que hay mercenarios en la actividad publicitaria; existen, así como en todas las profesiones. Pero si yo fuera uno de ellos, ustedes no estarían ejercitando la psiquis conmigo. Preciso es reconocer que un buen producto debe contar con un buen envase. Salvaje es un buen producto. Adhiero a gran parte de sus palabras y consideraciones. No hay discusión alguna. Lo único que le faltaba era mostrase como Salvaje y no como una mala fotocopia de un personaje estereotipado. Ese fue el motivo por el que salió derrotado en las últimas dos elecciones; porque lo convirtieron en un commodity: como una pala o un catre. Fue un fracaso de aficionado. Era un buen producto con un mal envase. En esta elección, por primera vez se animó a mostrarse sin rodeos, a caminar sin desviarse del camino. Es esa la razón por que la gente le confía su voto. Porque no hay nada más atractivo que una persona que se quita el disfraz y evita los atajos.
—Por oposición me estás diciendo que no estoy siendo auténtica —replicó Septiembre.
—Algo así.
—¿Vos sos realmente un tipo repelente o únicamente andás empecinado conmigo?
—Un poco de las dos cosas —contestó Rufino—. Lo que ocurre es que al que dice la verdad lo desacreditan y al que miente lo idolatran. Cosa de locos, así estamos.
—Estás subestimando mi inteligencia.
—Todo lo contrario. Todo el mundo es profeta en su tierra, pero no en tierra ajena. Así como yo soy un ignorante en física cuántica, en depilación definitiva y en corte y confección, vos también lo sos en estrategia comunicacional y arquetípica. Y está bien que así sea. Simplemente te dejaste llevar por asesores en comunicación que también te convirtieron en una carretilla o en una garrafa. Y es una pena, una enorme desilusión, porque la garrafa hubiera explotado de votos. Hubieras sido una gran presidenta si te hubieras animado a exhibir el corazón del alcaucil quitándole las capas de hojas que lo recubrían.
—¿Y cómo es ese corazón de alcaucil? —preguntó tajantemente Septiembre.
—Soy incapaz de saberlo —reiteró Rufino—. Necesito tiempo para despojarlo de cada una de las hojas que lo recubren. Puede llevar semanas, tal vez meses, pero vamos a descubrir de qué está hecho ese corazón de alcaucil y lo comunicaremos de una manera que te muestre como una persona inconscientemente atractiva para todos los argentinos. Y te convertirás en presidenta de la nación porque tu contenido es esencialmente lo que este país necesita.
Septiembre comenzó a mostrar signos de arrepentimiento por haber incluido a Rufino en su diccionario despojado de “erres”. Debía admitir que se encontraba frente a un acertijo, un enigma que aún no podía descifrar.
—Me permito insistir en convocarte a mi equipo de asesores para intentar revertir la situación —suplicó Septiembre—. Quedan unos pocos días de campaña. Quizá ya no podamos aspirar a una victoria, pero al menos podemos apuntar a una derrota digna que nos permita quedar mejor posicionados a la hora de sentar representantes del Partido Republicano en el Congreso.
—Sería innoble aceptar la proposición cuando las cartas ya están echadas. Pero con mucho gusto trabajaré en tu campaña en las próximas elecciones. Eso sí, debés tener en cuenta que no trabajo con nadie más que con los gemelos Salvador.
—Que son… —quiso saber Septiembre.
Salvaje inclinó su cuerpo hacia adelante, apoyó los codos en sus rodillas, abrió las palmas de las manos, y comenzó a girar reiteradamente su cabeza de izquierda a derecha, y de derecha a izquierda en obvia alusión a un adverbio de negación del calibre de “no, no, no”, “mejor no preguntes”, “son dos energúmenos de la madonna”.
—Los gemelos Salvador son mis directores generales creativos en Innocence —infló el pecho Rufino.
—Entiendo que tu posición es indeclinable, así que no voy a insistir. De todas maneras, espero que estés equivocado y tus predicciones no se confirmen.
—Lamentablemente se van a confirmar.
—A veces tu soberbia me irrita.
—Quizá no te irrite mi soberbia, sino la tuya por haber descreído de los arquetipos en el preciso momento en que necesitabas creer.
—Eso lo decís a cada rato.
—A cada rato me lo preguntás.
—Espero al menos que Salvaje gane la elección. De otra manera perderás todo tipo de credibilidad.
—¿Alguna la vez la tuve?
—No.
—Salvaje será el nuevo gobernador de la provincia de Buenos Aires. Podés apostar por ello. El electorado se encuentra inconscientemente atraído por él. Envase y contenido. Una combinación que no falla.
Septiembre se incorporó de la silla y se apuró a la puerta de salida para despedir a Rufino. Sus manos se encontraron al despedirse y por algún motivo quedaron entrelazadas unos segundos más de lo que el protocolo concedía. Un campo magnético se apoderó del hueco de aire que dividía un cuerpo del otro.
Salvaje también lo advirtió y se abalanzó a desactivarlo antes de que las corrientes eléctricas chocaran entre sí. Les tiró de las manos y logró separarlas, pero no pudo evitar que sus ojos se aplastaran como cuatro mantarrayas que evitaban, por el momento, inyectarse el veneno letal.
Finalmente, sus manos se soltaron sabiendo que se trataba de una separación ficticia, de una trama entrelazada que reconciliaría lo que no se podía disolver, lo que no se podía desunir, porque ambos entendían que la “erre” de Rufino era la única consonante que sobreviviría en el diccionario de Septiembre.
Discurso de coral
A días de las elecciones a gobernador de la provincia de Buenos Aires, Salvaje Arregui arremetió envalentonado a brindar su discurso final en una playa pública de la ciudad de Mar del Plata adaptada especialmente para la ocasión. Unas cincuenta mil personas se congregaron como cangrejos rojizos correteando entre rocas marinas sumergidos en pequeños recipientes de agua formados por las irregularidades del terreno, y cientos de periodistas de diversos medios de comunicación que se acicalaban las tenazas y las pinzas para darles de comer a las hojas en blanco.
Arrastrando las zapatillas por la arena y la camisa leñadora a cuadros negros y rojos por la frondosidad de los acantilados, Salvaje se precipitó al estrado en pantalones color caqui erosionados por las inclemencias de una vida lanzada, anteojos negros y un sombrero de ala ancha que lo guarecía del sol que se hundía lentamente en el mar, mientras el mástil de un velero parecía querer sobrevivirlo de alguna manera. Detrás del sol, unas pesadas nubes de amianto parecían precipitarse a la costa como olas gigantes.
Su tupida barba blanca se confundía con la espuma del mar y su larga melena dibujaba movimientos aleatorios manipulados por el viento. En sus ojos se frotaban miles de peces multicolores que aleteaban de algarabía por reconocer al hijo pródigo que alguna vez se había marchado, pero que finalmente regresaba a casa. Ahora se daba cuenta de qué, en los momentos más determinantes de su campaña, los arquetipos habían actuado como la penicilina que adormecía la ansiedad y la angustia, pero despabilaban a lo legítimo, a lo verdaderamente probado. Parecía como si Salvaje hubiera tomado la mano de Rufino y hubiera garabateado en el aire el discurso que Rufino aterrizó en el papel. Todo estaba en su lugar. Mientras subía al estrado lo atropelló un impulso de alboroto por enfrentar a sus compatriotas con la gobernación al alcance de la mano. El momento había llegado y no estaba dispuesto a desaprovecharlo.
En toda la playa no cabía un grano de arena más.
Septiembre se sentó en una silla de madera a escuchar el discurso.
Queridos compañeros de travesía, empezó Salvaje.
Al igual que un cartógrafo, me he sumergido cientos de veces, de arriba abajo y de abajo arriba, en el mapa de la provincia de Buenos Aires. Analicé medidas, latitudes, longitudes y datos de los 43 municipios a escala reducida, en dimensiones lineales y dispares llegando siempre a la misma conclusión, a la pregunta recurrente que parece interpelarnos con una respuesta evasiva: no existe una solución aparente para la provincia de Buenos Aires. Un laberinto intencionadamente complejo de callejones sin salida, pasadizos y encrucijadas indescifrables que nos han convertido, por décadas, en una provincia deficitaria e ineficiente, cuando deberíamos destacarnos por brillar como la perla de la ostra, el trébol de cuatro hojas, el zafiro azul recubierto por millones de hectáreas de tierras fértiles y valles fecundos que deberían distinguirnos por una producción agrícola y ganadera capaz de alimentar al mundo. Además, nuestra incipiente industria debería transformar las materias primas en productos acabados y elaborados. Pero nada de eso ocurre. Se preguntarán por qué. Porque los gobiernos que nos antecedieron desgobernaron la provincia en lugar de gobernarla. Nos encolumnaron en naves piratas que nos ofrecían el oro y el moro, pero nos daban mirra. Esa siniestra travesía ha extendido la agonía del pueblo por décadas y décadas, pero ha llegado el momento de hacerla naufragar con un bombardeo de manos en las urnas. Van a hacer doce años que una lluvia de votos se precipitó en la provincia la última vez. Durante tres períodos consecutivos hemos deambulado a la deriva bajo las velas arriadas del Partido Popular que nos arrastraban por los caprichos de las corrientes marinas en una emboscada perpetrada por corsarios que vestían con trajes elegantes, pero ocultaban los parches en el ojo. Olas descomunales, vientos huracanados, hielos desprendidos y profundos fangos de lodo acecharon el trabajo, la seguridad y la salud de todos los bonaerenses. Pero acá estoy, luchando a machetazo limpio contra los bucaneros, contra los corsarios de lo ajeno. Indudablemente extenuado, pero con la fuerza indestructible que me dan sus voces; maltrecho, pero no abatido. Valió la pena el sacrificio porque este mar de agua salada que me cauteriza la espalda, y este mar de gente que me escurre la frente, desplegarán de una vez por todas las velas que nos permitan rescatar a los miles de bonaerenses que se encuentran a la deriva, flotando en balsas amorfas, deambulando sin rumbo fijo, a merced de hambrientos tiburones que mordisquean nuestro esfuerzo y sacrificio y son incapaces de saciar su propia hambre ni de trabajar por su propio sustento. Puedo afirmar, sin ínfulas ni arrogancia, que vamos a arrojar al gobierno actual, que nada tiene de gobierno y mucho menos de actual, a una isla pantanosa en medio de la nada misma y rodeada por esos mismos tiburones que mordisquean nuestra dignidad. El Partido Popular ha manchado con alquitrán las lentes de los binoculares del largo plazo y han cepillado el cristal de la lupa del corto plazo que amplifica únicamente todo aquello que tenemos frente a nuestras narices. Pero no se desanimen, no se rindan, la tierra firme se encuentra a la vista, a unos pocos votos de distancia. Casi que la podemos tocar. Con mis propios brazos les voy a tender un cabo para remolcarlos a la tierra de la seguridad, de la educación, del trabajo y de la justicia que tanto anhelaron nuestros abuelos. Aquella tierra prometida donde el único plan social se debatía entre el sudor de la frente y el cultivo de la mente. No se confíen en gobiernos que se autodenominan populistas y que pretenden ganarse al pueblo con dádivas y limosnas porque en realidad no hacen otra cosa que ponerles un pie arriba de la cabeza. ¡Leven anclas, compañeros! ¡Desplieguen sus velas! ¡Encaucen su embarcación al puerto de la abundancia y la oportunidad! Sean protagonistas de su propio destino. No se queden de brazos cruzados. Llegó la hora de declarar la independencia a la tiranía que nos ha gobernado durante los últimos años y que nos ha dejado desnudos, expuestos, despojados y sin esperanzas. Llegó la hora de abolir la esclavitud que nos cercena la mente y nos encadena a la desesperanza crónica. Y a todos aquellos que no comparten nuestra ideología política les pregunto: ¿Ustedes creen realmente pertenecer al partido que los expulsa? Mírense en el espejo y abracen la imagen que se desprende de él, aunque no se reconozcan, aunque se vean distorsionados, desfigurados, aturdidos. ¡Se acabó el tiempo de las excusas! Son ustedes quienes deben escuchar su propia voz interior. No les pido que tengan esperanza porque la esperanza, a veces, se transforma en una espera infinita. Pero les pido, y no les exijo, que tengan confianza en el capitán de la embarcación que los llevará a buen puerto, a climas menos hostiles. Estas manos ajadas por las inclemencias del tiempo pertenecen a un hombre que ha sobrevivido a las más ingratas tempestades y las ha superado; a un hombre que sabe exactamente lo que va a pasar cuando inicie esta nueva travesía. Y lo que va a pasar el 30 de octubre es que se va a erigir un nuevo gobernador de la provincia de Buenos Aires; uno de barba blanca, larga melena y el rostro erosionado por miles de voces que lo alientan y lo animan a dar la batalla del bienestar general, la salud pública, la educación, la seguridad y la estabilidad económica. Un hombre con las espaldas escaldadas por la injusticia social y el pecho calcinado por la corrupción enquistada en el poder. ¿A quién le entregarían el mando de una embarcación hecha trizas que se desgarra por mantenerse a flote en medio de una impiadosa tempestad que no nos da tregua y nos carcome hasta las tripas? ¿Quién es el capitán? ¿Ustedes conmigo, o ellos con una mujer que pretende comandar la nave con piel de porcelana y manos de museo egipcio que brotan en sangre ante el mínimo roce de un simple cabo? Alcen sus voces en las urnas y acallen los ecos débiles y confusos de las mentiras repetidas que pretenden confundirnos con falsas promesas.
¡Le declaro la independencia a la falta de provenir! ¡Le declaro la independencia a la falta de oportunidades! ¡Le declaro la independencia a depender de un gobierno que no les dio nada y les quitó todo! ¡Todo menos la dignidad!
Al finalizar su discurso, una tormenta silenciosa se desató por el lapso de unos breves segundos, y tapó de arena a cada uno de los cangrejos rojizos que asomaban incrédulos sus ojitos por fuera de los recipientes de agua y comenzaban a hacer sonar sus pinzas y a estrellarlas contra sus caparazones mientras un bullicio ensordecedor se apoderaba de la playa, junto a vítores, fanfarrias y alaridos alborotados que se abalanzaban y se confundían con el bramido del mar. Un viento infrecuente le alborotó los pelos de la cabeza a Salvaje.
Septiembre se colgó del brazo de Salvaje y un inexplicable alfilerazo en el alma se le clavó a Rufino. Un estremecimiento que jamás había experimentado.
Tras el recuento final de votos, Salvaje Arregui se consagró como nuevo gobernador de la provincia de Buenos Aires imponiéndose a Micaela Dorado por una distancia mayor de los tres puntos. Tras dos intentos fallidos, un nuevo gobernador asomaba su barba, su pipa y toda su informalidad por el malecón de la provincia.
Como corolario de una campaña donde un solo avestruz se animó a asomar la cabeza, Salvaje Arregui se consagró como el único candidato del Partido Republicano en obtener una gobernación provincial en la República Argentina, ya que todos los demás avestruces escondieron sus cabezas en la obediencia del partido y vieron frustradas sus posibilidades de contrarrestar en las urnas a los cazadores furtivos del Partido Popular. A su vez, Jalid Donig retuvo la presidencia de la nación aplastando a Septiembre Del Mar y cercenando su futuro político como el sol que se apagaba detrás de sus espaldas.
El búnker del Partido Popular se debatía entre una mezcla de algarabía por la consolidación del poder en casi todo el país y desazón por la impensada derrota en la provincia de Buenos Aires de Micaela Dorado. La convivencia política entre Jalid y Salvaje sería de todo menos sencilla, pero no quedaba otra alternativa que enfrentarla. A su vez, Micaela Dorado se arrastraba aturdida, apabullada, sin lograr comprender cómo se le había escapado el bacalao que ya estaba siendo condimentado dentro de la sartén y a punto de ser engullido. Un impresentable pescador, un don nadie le había birlado la gobernación más importante del país y la había precipitado al fondo del mar. ¿Cuál había sido su fórmula? ¿Cómo había convencido al electorado para que lo eligieran por encima de ella? Ese ignoto explorador de invernadero le había arrebatado lo único por lo que había luchado tanto como para taparse la nariz y prestarse a la repulsiva tarea de dejarse embelesar por la comisura de montículos de baba de Jalid. Lo único destacable en su mente retorcida giraba en torno a la consolidación del poder del Partido Popular que le garantizaban la continuidad en su carrera política.
En esas elucubraciones andaba cuando las puertas del búnker se abrieron de par en par y la figura rechoncha de Jalid hurgándose la nariz y soplando bronca por las orejas se reconoció elípticamente por el roce de la carne rolliza que se atascaba al contacto de los bordes de la puerta. Micaela se derrumbó en sus brazos, de la misma manera que se despeñaron sus votos en la provincia, aguardando por una conjunción de gestos de confraternidad, un entramado de cabeza en el hombro y mano paseándose por el pelo que la contuviera y la absolviera de la responsabilidad de haberse permitido ultrajar por un farsante que la inhalaba como al humo de su pipa y la expulsaba de sus pulmones por la articulación de la ventana. Era la ambigüedad adoctrinada, la algarabía y el desconsuelo resumidos en un solo abrazo, en una sola fusión al calor de aleaciones metálicas que Jalid se empeñó en reprimir a empellones alejándola de él, agitando el aire con ambas manos para disipar el humo de la pipa y disgregando las aleaciones metálicas bajo la técnica precisa del enfriamiento.
—Te felicito, mi amor —dijo con modestia Micaela, visiblemente afectada por el breve empujón que la había arrojado a miles de kilómetros de distancia de lo que debería considerarse algo parecido al amor.
—¡Lamento no poder decir lo mismo! —la reprendió Jalid, consumiéndola como a un plástico que se retuerce al calor extremo y desprende efectos tóxicos de gases en combustión—. Nos has deshonrado, te has convertido en la vergüenza del partido, en la única candidata derrotada en su provincia. Y no en cualquier provincia, en la más importante del país, la más poblada, la más rica y promisoria. Para peor fuiste víctima de un viejo anticuario que reacondicionó su fachada y ofrecía sus trastos y sus cacharros al mejor postor como si fuera una moderna tienda de Apple.
—¡Intenté alertarte de que algo inexplicable estaba sucediendo con la campaña de Salvaje! ¡Te lo advertí y no me escuchaste! —se lamentó Micaela absolutamente alterada y en estado de shock.
—Esto me sucede por pensar que la rendija de las urnas de cartón y las de la carne deberían retroalimentarse entre sí —balbuceó Jalid.
Micaela se apretó las manos contra la cara y soltó un llanto espasmódico que convulsionó el difuso límite entre lo que se puede dejar pasar y lo que no tiene vuelta atrás.
—No malgastes tus lágrimas conmigo —sentenció Jalid.
—Tal vez haya sido lo más inteligente que te escuché decir en años —lo incriminó Micaela entre sollozos mientras se sacaba el asco que tantos años de Jalid le habían producido.
—No acepto perdedoras en mi partido, mucho menos en mi cama. De ambas debés retirarte en este preciso instante —sentenció Jalid con la frialdad de un depósito de cadáveres que aguarda al médico forense dispuesto a practicarles la autopsia.
Micaela se encontraba aletargada, como adormecida. Las palabras de Jalid le habían anestesiado el cuerpo mientras experimentaba una especie de flotación de limbo doctrinal que pergeñaba su alma desde arriba, pero en una dimensión diferente de gestos despectivos y descalificaciones que provenían de la boca de la persona que supuestamente la debía alentar. ¿Cómo era posible que se hubiera equivocado tanto con ese rufián? Aunque tal vez era momento de quitarse la careta y reconocer que ambos estaban hechos de la misma madera. Había intentado engañar a la pasión con luces apagadas, al amor con conveniencia política. Como si el amor pudiera moldearse con alquitrán o con agregados de arcilla que cambian de forma hasta convertirse en vasijas de cerámica incapaces de retener el líquido por estar desprovistas justamente del pedazo de arcilla que debía obstruir el orificio de salida. Debía acostumbrarse a seguir siendo el amor de nadie y el juguete de todos.
Al despabilar su aturdimiento, un cataclismo de proporciones extraplanetarias se apoderó de ella, le aplastó la cara de un cachetazo y lo eyaculó de su vida para siempre.
En su primer día como gobernador electo de la provincia de Buenos Aires, Salvaje convocó a Rufino a su nuevo despacho en la ciudad de La Plata, más conocida como la ciudad de las diagonales, no tanto por lo complejo que puede resultar extraviarse entre tantas ve cortas y equis entrelazadas, sino por lo sencillo que puede resultar perder el rumbo y acertar el camino equivocado.
Rufino no alcanzaba a comprender lo que veía. Salvaje lo recibió convertido en un fragmento decorativo del expedicionario que supo ser. Una especie de metal corroído recubierto por una pintura sintética de base acuosa que no ataca la enfermedad, sino que la cubre momentáneamente hasta que tarde o temprano el óxido arremete contra la pintura. Para peor se descalzó las zapatillas, se arrancó la informalidad, se despegó sus pantalones erosionados por las inclemencias del tiempo y los encestó haciendo triple en la pieza del fondo, en esa parte de la casa de memoria frágil.
El nuevo expedicionario escalaba un volcán en erupción vestido de saco, corbata, y mocasines de charol de ala ancha con una hebilla plateada que lo encandilaba y no le permitía ver con claridad a la persona en la que se había convertido. Aquel atuendo no parecía el adecuado para llevar la embarcación hacia aguas menos turbulentas. Su barba blanca y su extensa melena se habían ido de excursión sin él y yacían olvidadas en el desagüe de algún depósito de baño y encarpetadas en vinilo como una obra de colección.
—No tengo más que palabras de agradecimiento, Rufino —dijo Salvaje—. Sin un buen envase no me hubiera convertido en gobernador.
—Envase que acabás de reemplazar por uno más del montón —se sinceró Rufino descargándole un botellazo de ira en la cabeza.
—Ah, veo que tus ojos te sirven para diferenciar al candidato del gobernador —manifestó Salvaje sin retroceder un ápice en su disposición de convertirse nuevamente en un pez ahogándose en el mar—. Me parece que ha llegado el momento de verter el contenido del producto en un envase más prudente. Un gobernador debe parecer gobernador, no debe parecer un hombre común y silvestre; debe cuidar las formas y adecuarse al sistema. Ya es hora de bajar al expedicionario del bote y subir al ejecutivo al transatlántico.
—La gente votó la agilidad del bote para virar y cambiar rápidamente de dirección y no la lentitud del transatlántico incapaz de maniobrar con la suficiente velocidad para eludir un iceberg —lo reprendió Rufino.
—En un transatlántico se viaja mejor y se llega más lejos.
—Salvaje, hasta aquí te trajeron tus zapatillas desgastadas y tu camisa leñadora que arremetió con un hachazo en las urnas y le gritó en la cara a Micaela Dorado: “fueraaa, abajooo”, y encima con la fortuna deliberada de que el árbol seccionado golpeó de lleno contra el ego de Jalid. Todos sabemos lo difícil que es mantenerse en el poder. Ahora más que nunca debés reconciliarte con el expedicionario que hay en vos. No te seas infiel a vos mismo, no cometas semejante sacrilegio.
—Por una vez en la vida deberías ponerte en mis zapatos y entender que un gobernador no puede andar derrapando por la vida.
—¿Cómo me voy a poner en tus zapatos cuando deberías andar en patas pisando caracoles en la arena?
—En patas uno corre el riesgo de electrocutarse y lo que yo necesito es conectarme con los bonaerenses para resolver sus problemas.
—Estaban tan conectados con vos que hasta te confiaron su voto.
—Eso es verdad, pero ahora necesito desempacar los pedazos de montaña y de mar que llevo en la mochila y empacar los trozos de asfalto y de cemento que extravié en el camino. Debo hacerme más visible porque en la montaña o en el medio del mar nadie me puede encontrar.
—En eso estamos de acuerdo, pero cuando te encuentren deben encontrar al capitán de la embarcación, no al ejecutivo de saco y corbata que saca chapa por viajar en primera clase. No debés transformarte en el blanco fácil de la falsedad. El expedicionario prefiere encontrar a que lo encuentren, buscar a que lo busquen. Debés navegar mucho más frecuentemente por las arremolinadas calles de la provincia que por las serenas aguas de tu oficina. Ese es tu mar, no este lindo despacho. El territorio inexplorado se encuentra fuera de estas cuatro paredes; en los barrios, en las escuelas, en los hospitales, en las caras desesperadas de los bonaerenses que no llegan a fin de mes. Todos aquellos que te confiaron su voto desplegaron sus alas aguardando el viento de cola. Ese que los llevará a buen puerto, a tierra firme. No seas justamente vos quien arríe las velas de la esperanza que vos mismo les enseñaste a extender.
—Hasta aquí llegaron tus consejos, Rufino —lo frenó en seco Salvaje—. El concepto de la campaña fue premonitorio: ha llegado el momento de independizarme, de abolir las cadenas que me sujetan al pasado. Con tu ayuda alcancé el objetivo que me había propuesto durante toda mi vida, pero hasta acá llegamos. Fuiste bien recompensado por tu trabajo. Ya no tengo más nada que ofrecerte.
Por primera vez Rufino lo desconocía. Algo entre ellos dos se había roto, eso era indudable, pero no podía decodificar quién había lanzado la patada temeraria que había fracturado la tibia y el peroné. Y ya no había manera de hacerle comprender que así no llegaría a ninguna parte. En un abrir y cerrar de ojos, Salvaje se había desmoronado como un hormiguero intervenido con ramas y palos empuñados por niños que serpentean la superficie para observar el alboroto de un ejército de hormigas coloradas dispuestas a defender su territorio a cualquier costo sin amedrentarse por el tamaño de su oponente.
—Debo confesar que no me esperaba semejante asesinato a la racionalidad, Salvaje. Lo que está sucediendo es difícil de tragar, realmente. En todo caso hubiera preferido que perdieras la elección, pero mantuvieras tu esencia. Hubieras sido más feliz. Me cuesta entender cómo un simple cargo público pudo alterar de un día para el otro al hombre desprovisto de formalidad y prudencia. Pero ya no tiene caso rebelarse, no voy a insistir. Te deseo suerte, es evidente que la vas a necesitar.
Mientras Rufino se disponía a marcharse, Salvaje le puso la mano en el hombro y lo retuvo por unos breves segundos.
—Quiero decirte una cosa más antes de que te vayas. No quiero que vuelvas a ver a Septiembre nunca más, mucho menos que la asesores en su próxima campaña.
El tiempo se petrificó en la mente de Rufino y se paralizó aún más el desconcierto que quedó como estaqueado al escuchar semejante aberración. En ese instante lo atropelló un impulso de quitarle las manos de su hombro y hacerle tragar sus palabras, pero lo reprimió. Siendo apenas un muchacho, cientos de esquinas fueron testigos involuntarios de peleas intrascendentes ocasionadas por motivos sin importancia que lo hicieron comprender que el verdadero hombre no es el que busca pleito, sino el que no se acobarda cuando el pleito lo busca a él. Respirando hondo y haciendo un curso acelerado de recogimiento, miró en retrospectiva y comprendió que la alegoría de las hormigas coloradas simbolizaba con exactitud la escena trágica; porque Septiembre representaba al hormiguero, él a la rama y Salvaje a las hormigas coloradas que brotaban como sangre a borbotones y chorreaban el recelo que solo podía cauterizarse con la desaparición indeclinable de Rufino. Sin amedrentarse, se dispuso a agitar la rama y alborotar aún más a los rojizos insectos.
—¿Qué te hace pensar que podría aceptar semejante despropósito? —preguntó Rufino.
—Tu integridad moral —respondió escuetamente Salvaje.
—Lo inmoral es justamente lo que me acabás de proponer. Mi relación con Septiembre se basa simplemente en un intercambio comercial. Ella se mostró interesada en contratarme para su próxima campaña presidencial y yo me mostré interesado en asesorarla. Y debo recordarte que yo vivo de esto.
Salvaje no logró dilucidar si se refería al dinero o a Septiembre.
—Con el tiempo se te van a evaporar esas absurdas ideas de la cabeza —dijo verborrágicamente Salvaje.
—¿Absurdas ideas? ¿Esas que te ayudaron a convertirte en gobernador?
—Yo no soy Septiembre, Rufino. Los arquetipos no funcionarán con ella.
—No te imaginás lo equivocado que estás.
—Es una decisión tomada.
—¿Tomada por quién? ¿Por vos o por mí? Porque entiendo que Septiembre no fue consultada de todo esto.
—¡Ni lo será!
—No me había enterado de que habíamos vuelto a la época medieval.
—No me gustaría rememorar la batalla de los cien años —lo incriminó Salvaje en un tono amenazante.
—Por lo visto no te referías únicamente a mi integridad moral, sino también a la física.
—A ambas posiblemente.
—Al menos en la batalla de los cien años había dos ejércitos dispuestos a luchar, aquí parece que hay solo uno. ¿Realmente creés que la manera de retener a una mujer es eliminando a su enemigo? ¿Tan baja es tu autoestima, señor gobernador?
—Demos por terminado el asunto, no quiero volver a verte con Septiembre y se acabó.
Rufino quitó uno por uno los dedos de Salvaje que aún le aprisionaban los hombros, tomó sus cosas, dio media vuelta y emprendió la retirada. Pero un repentino impulso motriz lo detuvo en la antesala del despacho, lo hizo retroceder sobre sus pasos y plantársele frente a frente. En ese momento le soltó un tremendo puñetazo en la cara que le desprendió el globo aerostático, el Aconcagua, los siete mares y las ganas de medirse el instrumento con él.
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