Kitabı oxu: «El otro»

Şrift:



Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Maureen Mary Lee And Anthony Ernest Lee

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El otro, n.º 1083 - agosto 2020

Título original: The Virgin Bride

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-688-8

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

UN DÍA maravilloso», pensó Jason cuando salió a la calle. La primavera había llegado por fin. Y con ella el sol. Hacía una temperatura ideal. La ciudad nunca había tenido mejor aspecto, una ciudad situada a las faldas de las que, en aquella estación, eran unas colinas llenas de vegetación. El cielo estaba despejado. Los pájaros cantaban en uno de los árboles cercanos.

Era imposible sentirse desdichado en un día así, decidió Jason mientras caminaba por la acera.

Sin embargo…

–«No se puede tener todo en la vida, hijo» –le decía su madre.

Qué razón tenía.

El corazón le dio un vuelco al acordarse de ella y de la vida tan desgraciada que había tenido. Se había casado a los dieciocho años con un hombre que era un borracho y jugador. Cuando cumplió los treinta, ya tenía siete hijos. A los treinta y uno, la había abandonado. A los cincuenta estaba agotada y canosa y hacía cinco años había muerto de un infarto de miocardio.

Tenía sólo cincuenta y cinco años.

Jason era el hijo menor, un chico inteligente y cariñoso que se había convertido en un adolescente descontento y ambicioso, decidido a hacerse rico cuando fuera mayor. Se matriculó en medicina no porque le gustara, sino porque pensaba que era una profesión en la que se ganaba mucho dinero. Su madre había puesto objeciones, argumentando que uno no se podía hacer médico por dinero.

Cómo le habría gustado decirle que al final se había convertido en un buen médico y que era muy feliz, a pesar de no ser rico.

Claro, que uno nunca era completamente feliz. Eso era algo muy difícil.

–Buenos días, doctor Steel. Un día precioso, ¿verdad?

–Sí, Florrie –Florrie era una de sus pacientes. Rondaba los setenta años y casi todas las semanas iba a la consulta para quejarse de alguno de sus muchos achaques.

–Parece que Muriel tiene bastante trabajo hoy –dijo Florrie, señalando la panadería que había al otro lado de la calle. Del autobús que había aparcado frente al establecimiento, entraba y salía gente para comprar empanadas.

La panadería de Tindley era famosa en kilómetros a la redonda. Algunos años antes, había conseguido hacer famosa aquella localidad al ganar el premio a la mejor empanada de carne de Australia. Los viajeros y los turistas que iban de Sydney a Canberra se desviaban de la autopista sólo para comprar una empanada en Tindley.

En respuesta a tan repentina afluencia de visitantes, las tiendas que había a cada lado de la carretera, que antes estaban casi vacías, habían abierto de nuevo sus puertas para vender toda clase de artículos de artesanía local.

A los alrededores de Tindley habían acudido artistas de todo tipo, por el paisaje y la tranquilidad que se respiraba. Pero antes de aquel florecimiento del mercado, habían tenido que vender sus productos a las tiendas situadas en sitios más turísticos, sobre todo en la costa.

En un momento determinado, ya no fueron las empanadas las que atrajeron a los turistas, sino los artículos de piel y barro, madera y otros productos hechos a mano.

En respuesta a tanta popularidad, habían abierto más negocios, donde se ofrecían té de Devonshire y comida para llevar. También habían abierto un par de buenos restaurantes y una pensión que se llenaba los fines de semana con la gente que escapaba de Sydney y les gustaba montar a caballo, caminar por el bosque, o sentarse a observar el paisaje.

En un período de cinco años, Tindley había resurgido casi de la nada y se había convertido en un sitio próspero. Un lugar que se podía permitir el lujo de tener dos médicos. Jason había comprado parte del consultorio del viejo doctor Brandewilde, y no se había arrepentido de ello en ningún momento.

Aunque tenía que admitir que había tardado tiempo en habituarse al ritmo del lugar, acostumbrado como estaba a trabajar doce horas al día en el consultorio de Sydney. Había tenido que luchar al principio contra su impulso por pasar consulta de la manera más rápida posible.

En la actualidad no se podía imaginar estar con un paciente menos de quince minutos. Sus pacientes habían dejado de ser rostros anónimos y se habían convertido en personas que conocía y apreciaba. Personas como Florrie. Una conversación agradable con el paciente era una práctica habitual del médico rural.

El autobús arrancó y al poco desapareció de la vista.

–Espero que Muriel no haya vendido mi almuerzo –comentó Jason. Florrie se echó a reír.

–Nunca haría algo así, doctor. Usted es su cliente favorito. El otro día me decía que, si tuviera treinta años menos, le habría echado ya el guante y así no tendría que aguantar a la casamentera de Martha.

Jason se empezó a reír. No sólo Martha Brandewilde era casamentera. Desde que llegó a aquel pueblo, todas las damas padecían la misma enfermedad. Al parecer, no era normal que un hombre atractivo y soltero, por debajo de los cuarenta, se fuera a vivir a un sitio como aquél. Con tan sólo treinta años, más apuesto que la media, era considerado el partido perfecto por muchas.

Aunque ninguna de ellas tuvo éxito, a pesar de haber invitado a Jason a varias fiestas donde siempre por casualidad había cerca de él una chica que no estaba emparejada. Jason sospechaba que había defraudado a todas las que le habían intentado ayudar en ese sentido. Martha Brandewilde era la que más frustrada se sentía.

Sin embargo, lo que sí le alegraba era el que, a pesar de su falta de entusiasmo por las chicas que le ofrecían en bandeja, nadie había sugerido que era un solterón empedernido. Aquello era algo que le gustaba de los habitantes de Tindley. Tenían valores y puntos de vista chapados a la antigua.

Florrie frunció el ceño.

–¿Cuántos años tiene, doctor Steel?

–Treinta, Florrie. ¿Por qué?

–Un hombre no debe casarse muy mayor –le aconsejó–. Porque si no, se empieza a hacer maniático y egoísta. Aunque no hay que casarse con la primera que aparezca. El matrimonio es algo muy serio. Pero un hombre inteligente como usted lo sabe. A lo mejor por eso no se ha casado aún. ¡Dios mío, mire qué hora es! Tengo que marcharme. Va a empezar el The Midday Show y no me lo quiero perder.

Florrie dejó a Jason pensando en lo que le acababa de decir.

La verdad era que estaba de acuerdo con ella. Casi en todo. Su vida tendría más sentido si encontraba a una mujer con la que compartirla. Había llegado a Tindley después de una experiencia bastante triste, pero no por ello abandonaba la idea de encontrar a alguien. Quería casarse, pero no con cualquiera.

Movió en sentido negativo la cabeza, al pensar en lo cerca que había estado de casarse con Adele. ¡Qué desastre hubiera sido!

La verdad era que había sido una mujer con la que había estado dispuesto a compartir su vida. Bella. Inteligente. Muy sensual. Había estado ciegamente enamorado de ella, hasta el día en que se le cayó la venda de los ojos y se dio cuenta de lo que había detrás de esa fachada. Un ser sin sentimientos que había sido capaz de asumir la muerte de un niño, sin culpabilizarse de su propia negligencia, diciendo que así era la vida y que no era la última vez que un accidente de ese tipo iba a pasar.

En ese momento, decidió dejar de verla y separarse de su estilo egoísta de vida. Y había tenido que pagar un alto precio por ello. En vez de reclamarle a Adele la mitad de sus bienes, le había dejado todo. El piso en Palm Beach y el Mercedes. Se había ido con lo puesto. Después de haberle comprado al doctor Bradewilde la mitad del consultorio, Jason había llegado a Tindley tan sólo con su ropa, su colección de vídeos y un coche, que estaba lejos de ser un Mercedes último modelo. Un coche de cuatro puertas, australiano, pero bastante duro y fiable. El coche típico de un médico rural.

Adele pensó que se había vuelto loco y le había dado seis meses para que atendiera a razones. Pero era lo que Jason había hecho. No quería seguir viviendo deprisa y con la obsesión de conseguir riqueza, ni tampoco estaba dispuesto a una vida sexual tan retorcida como les gustaba a las mujeres tipo Adele. Quería paz y tranquilidad tanto de cuerpo como de alma. Quería una familia. Quería casarse con una mujer a la que respetara y amara.

Sin embargo, le daba igual estar enamorado.

Naturalmente, era importante querer a su mujer. El sexo era tan importante para Jason como lo era para el resto de los hombres apasionados. La primavera no sólo afectaba al pueblo, también le afectaba a él. Necesitaba una esposa y la necesitaba cuanto antes.

Por desgracia, las posibilidades de casarse con la chica en la que se había fijado nada más pisar Tindley eran casi nulas.

Miró la calle y se fijó en la pequeña tienda que había en la esquina. Sus puertas estaban todavía cerradas. Era normal, pensó. No había pasado ni siquiera una semana desde el funeral de Ivy Churchill.

¿Se encargaría Emma de la tienda de chucherías de su tía? ¿Qué podría hacer él para conquistarla? Porque del corazón de aquella chica se había apoderado un cretino que se había marchado del pueblo hacía ya unos cuantos meses. Según su tía, la chica estaba todavía enamorada de ese tipo y esperaba con anhelo su regreso.

Aquella señora se lo había contado a Jason una de las veces que había ido a reconocerla, seguramente porque se había dado cuenta de las miradas que le dirigía a su sobrina.

Aunque la chica no se había enterado de nada. Las veces que había ido, ella se quedaba tejiendo al lado de la ventana.

Para Jason había sido imposible no fijarse en ella. Sus ojos volvían una y otra vez al mismo sitio, para contemplar la bella imagen de aquella chica sentada, arqueando de forma graciosa el cuello, su mirada baja, sus pestañas descansando en la palidez de sus mejillas. Siempre llevaba un vestido hasta los tobillos. Los rayos del sol habían iluminado sus hombros, convirtiendo su cabellos rizado en oro puro. De su cuello colgaba una cadena de oro, que se movía ligeramente cada vez que movía la lanzadera del telar.

Jason aún recordaba el deseo que había sentido en esos momentos de acariciarle su delicado cuello y besarla en los labios. Su paciente le dijo algo que le sacó de aquellos pensamientos tan eróticos, los cuales incluso lo habían excitado.

Jason frunció el ceño, salió del consultorio y se dirigió a la panadería. Nada más abrir la puerta, cambió su expresión por una más agradable.

Una de las pegas que tenía vivir en sitios como Tindley era que nada pasaba desapercibido. No quería que todo el mundo empezara a comentar que el doctor Steel tenía problemas. También sabía que no era bueno hacer demasiadas preguntas, a pesar de que se moría por saber qué iba a hacer Emma con la tienda de su tía.

–Buenos días, doctor Steel –le saludó Muriel–. ¿Lo de siempre?

–Sí, gracias, Muriel –le respondió sonriendo.

No había hecho más que sacar el zumo de naranja del frigorífico cuando Muriel ya le había puesto en una bolsa de papel su acostumbrada empanada de carne con champiñones y dos panecillos. Estaba a punto de pagar, cuando le picó la curiosidad.

–La tienda de chucherías está todavía cerrada –comentó como por casualidad.

Muriel suspiró.

–Sí. Emma me ha dicho que no tiene ganas de abrir esta semana. Me da pena esa chica. Lo único que tenía en este mundo era a su tía, y se ha ido para siempre. El cáncer es una enfermedad horrorosa.

–Tiene razón –respondió Jason mientras le entregaba un billete de cinco dólares.

Muriel abrió la caja registradora para darle el cambio.

–Cuando muera, me gustaría morir de un infarto, no de una enfermedad lenta. La verdad es que estoy sorprendida de que Ivy durara tanto como duró. Cuando el doctor Brandewilde la envió al hospital en Sydney el año pasado para la quimioterapia, yo no le daba más de unos días. Pero aguantó un año. En cierta forma, es un alivio para Emma que muriera. A nadie le gusta ver sufrir. Pero se ha quedado muy sola esa chica.

–Supongo –comentó Jason–. La verdad es que es increíble que una chica tan guapa como Emma no tenga novio –se aventuró Jason.

–¿No le han contado lo de Emma y Dean Ratchitt? Seguro que Ivy se lo contó. Al fin y al cabo, usted fue muchas veces a visitarla en los últimos meses.

–No recuerdo que mencionara a nadie con ese nombre –respondió Jason. Al único Ratchitt que conocía era a Jim Ratchitt, un medio descastado que vivía en una granja fuera del pueblo–. ¿Tiene alguna relación con Jim Ratchitt?

–Es su hijo. Tendría que enterarse de lo que se comenta por ahí –dijo Muriel mientras le entregaba el cambio–. Sobre todo si está pensando en echar la mirada en esa dirección, como supongo.

–¿Qué se comenta?

–Pues lo de Emma y Dean, por supuesto.

–¿Estaban saliendo juntos?

–Oh, eso no lo sé. A Dean le gustan las chicas liberales, y Emma no es así. Ivy la educó respetando los viejos valores. Esa chica cree en la castidad hasta el matrimonio. Pero quién sabe. Dean tiene mano con las mujeres, de eso no hay duda. Y durante un tiempo estuvieron saliendo.

–¡Saliendo!

–Sí. Eso fue antes de que Ivy se fuera a Sydney, el año pasado. Nos sorprendió mucho, porque Dean había estado saliendo con otra un mes antes. Emma llevaba un anillo que le regaló cuando se marchó a Sydney a ver a su tía. Cuando dos meses más tarde volvió de Sydney con Ivy, en todo el pueblo se comentaba que Dean había dejado embarazada a la chica pequeña de los Martin.

–¿La chica con la que estaba saliendo antes de Emma?

–No, no, esa era Lizzie Talbot. De todas formas, él nunca negó que se había acostado con la chica de los Martin, pero no quiso reconocer al niño. Dijo que la chica era muy liberal y que él no era el único que se había acostado con ella. Emma discutió con él justo en la puerta de la tienda de Ivy. Yo misma oí la discusión. Todo el pueblo la oyó.

Muriel apoyó los codos en el mostrador, disfrutando con el cotilleo.

–Dean tuvo la cara todavía de pedirle que se casara con él. Emma se negó y él perdió los estribos, acusándola de que había sido culpa suya, aunque a mí me gustaría saber la razón. Recuerdo que le gritó que si no se casaba con él, como habían pensado, lo suyo habría acabado. Ella le respondió, gritando también, que de todas maneras ella lo daba por terminado. Le tiró el anillo a la cara y le dijo que se casaría con el primer hombre decente que encontrara.

–¿De verdad? –indagó Jason, incapaz de ocultar la alegría que le habían producido aquellas palabras.

–No se haga ilusiones, doctor –le advirtió Muriel–. Estoy segura de que lo dijo por despecho. Se dice mucho por la boca, pero luego los actos son lo que importan. Lleva un año sin salir con nadie, aunque chicos no han faltado que se lo pidieran. ¿Quién le va a pedir que se case con él, si ni tan siquiera queda con ellos una vez? Todos sabemos que está esperando a que vuelva Dean. Y si vuelve… –Muriel se encogió de hombros con resignación, como si lo inevitable fuera que Emma iba a caer de nuevo en los brazos de su antiguo amor.

Y aquel hombre había sido su amante. De eso Jason no tenía duda alguna. Las mujeres enamoradas pronto olvidan los valores que les han inculcado.

De todas maneras, imaginarse a Emma en manos de semejante energúmeno le revolvía el estómago. Era una joven tan dulce y cariñosa que se merecía algo mejor.

Se merecía alguien como él, decidió Jason. La modestia nunca fue una de sus virtudes.

–¿Y qué le pasó a la chica que Jason dejó embarazada?

–Se fue a la ciudad. La gente dice que abortó.

–¿Usted cree que era de él?

–¿Quién sabe? La chica era un poco casquivana. Si era de Dean, sería la primera vez que tuvo un desliz. Porque durante todos estos años, ha salido con todas las mujeres por debajo de los cuarenta de este pueblo, tanto si estaban casadas como si estaban solteras.

Jason enarcó las cejas.

–Todo un récord. ¿Qué es lo que tiene ese hombre?

Muriel se echó a reír.

–No se lo puedo decir yo, doctor, porque ya casi tengo sesenta. Pero de lo que no hay duda es de que es un chico muy apuesto.

–¿Qué edad tiene?

–Un poco más joven que usted, pero un poco mayor que Emma.

–¿Y cuántos años tiene Emma?

Muriel estiró su espalda, poniendo una expresión de reprobación.

–Doctor, doctor… ¿qué es lo que ha estado haciendo estos meses mientras iba a casa de Ivy? Ése tipo de cosas es de lo que uno primero se entera, si se va en serio con la chica. Tiene veintidós.

Jason frunció el ceño. Había pensado que era mayor. Tenía una expresión más madura, serena, que sugería una mayor experiencia en la vida. Con veintidós años no era más que una niña. Una niña que había vivido toda su infancia en un pueblo. Una joven inocente y sin experiencia.

De pronto se acordó del compromiso de Emma con Dean Ratchitt. Tampoco tan inocente, quizá. Ni con tan poca experiencia. Los hombres del tipo de Ratchitt no perdían el tiempo saliendo con chicas que no les daban lo que querían.

–¿Usted cree que Ratchitt va a volver?

–¿Quién sabe? Si se entera de que Emma va a heredar la tienda, a lo mejor.

Jason dudaba mucho de que el hecho de que Emma heredara aquella tienda fuera a hacer volver a un tipo de su calaña. Aquel establecimiento no daba más que para vivir, pero sólo porque no se pagaba renta. La tienda era muy pequeña y no valía mucho.

–¿Usted cree que si volviera, ella estaría dispuesta a salir con él otra vez?

–El amor es ciego.

Jason estaba de acuerdo. Por fortuna, él no estaba enamorado de la chica. Quería tomar una decisión sobre ella con la cabeza, no con el corazón.

–Hasta mañana, Muriel –se despidió. Ya había pasado demasiado tiempo en la tienda de Muriel y seguro que aquella conversación la conocerían pronto todos los vecinos.

Aunque tampoco le importaba. Ya había decidido dar el primer paso nada más acabar la consulta esa misma tarde. No quería esperar hasta que apareciera Dean Ratchitt. No quería perder el tiempo pidiéndole que saliera con él. Iba a ir directo a lo que quería. Le iba a proponer que se casara con él.

Capítulo 2

JASON estaba empezando a ponerse un poco nervioso, un estado bastante inusual en él.

Aunque comprensible, decidió mientras entraba por la puerta de atrás de la casa de Emma. No todos los días le pedía uno matrimonio a otra persona, y menos a una mujer de la que no estaba enamorado, con la que nunca había salido y menos acostado. La mayoría de la gente diría que estaba loco. Adele seguro que pensaría eso.

Pensar en la opinión de Adele le motivaba. Todo lo que Adele pensara que era locura, seguramente era lo más cuerdo en este mundo.

Decidido a no cambiar de parecer, Jason cerró la puerta y caminó por el sendero que iba hasta la puerta de atrás de la casa de Emma. Se veía luz a través de las cortinas de las ventanas. También se oía música en alguna parte. Estaba en casa.

Había unos escalones de acceso. Jason puso el pie en el primero, se detuvo, se colocó la corbata y se estiró la chaqueta.

No es que hiciera falta estirarse la chaqueta, porque llevaba un traje de corte italiano, de color gris oscuro que nunca se arrugaba y que le hacía sentirse como si fuera millonario. La corbata era de seda, también gris con rayas de color azul y amarillo. Era moderna y elegante, sin llegar a ser chillona. Incluso se puso algo de la colonia que guardaba para ocasiones especiales.

Jason sabía que esa noche tenía una misión difícil y no quería dejar nada al azar. Quería dar a Emma una imagen atractiva y deseable de sí mismo. Quería demostrarle que él era lo que Dean Ratchitt no podía ser nunca. Quería ofrecerle lo que Dean Ratchitt nunca le había ofrecido. Un matrimonio sólido, seguro, con un hombre que nunca le sería infiel y del que se podría sentir orgullosa.

Respiró hondo y continuó subiendo los escalones, levantó una mano y llamó a la puerta. Los segundos que tardó ella en abrir le hicieron sentir el estómago revuelto. Tendría que haber comido algo antes de ir. Pero no había sido capaz de probar bocado hasta no saber la respuesta de Emma.

Una vocecilla interna le advertía que le iba a rechazar, que ella era una mujer romántica y que no estaba enamorada de él.

La puerta se abrió poco a poco. Un rectángulo de luz iluminó su rostro. Emma se quedó de pie, su rostro en la oscuridad.

–¿Jason? –le preguntó con voz débil. Habían pasado bastantes semanas de visitas a Ivy, antes de que se dirigiera a él por su nombre de pila. Aunque a veces lo seguía llamando doctor Steel. Le alegró de que esa noche no lo llamará de esa manera.

–Hola, Emma –saludó él, sorprendido por su tranquilidad. Tenía el corazón en un puño y el estómago revuelto, pero respondió de forma muy segura.

–¿Puedo entrar un momento?

–¿Entrar? –repitió ella como si no lograra entender lo que le había dicho. No la había ido a ver desde la muerte de su tía. Había ido al funeral, pero había recibido una llamada y se había tenido que ir a una urgencia. Seguro que pensaba que su amistad con él se había acabado cuando murió su tía.

–Es que quiero pedirte una cosa –añadió él.

–Ah, bien –se apartó y le dejó entrar.

Jason la siguió con el ceño fruncido. Parecía estar mejor de lo que había estado el día del funeral, pero todavía estaba muy pálida y delgada. Tenía los pómulos hundidos, con lo que parecía que sus ojos verdes eran más grandes. Llevaba un vestido suelto y el pelo casi no tenía brillo.

Jason echó un vistazo a la cocina. Estaba muy limpia. Posiblemente no había estado comiendo bien desde que murió su tía. El frutero que había en el centro de la mesa estaba vacío, y también el tarro de las galletas. A lo mejor es que no tenía dinero para comida. Los entierros eran muy caros.

¿Se habría gastado todo el dinero que tenían en enterrar a Ivy?

Ojalá se le hubiera ocurrido pensar en eso antes de ir. No debería haberla dejado sola. Tendría que haberle ofrecido ayuda. ¿Qué clase de médico era? ¿Qué clase de amigo? ¿Qué clase de hombre?

Pues la clase de hombre a la que no se le ocurría otra cosa que pedirle a una mujer que se casara con él sólo porque le convenía. Pero no había tenido en cuenta las necesidades de ella. Era un gesto muy arrogante por su parte.

En realidad, no había cambiado tanto. Seguía siendo el mismo egoísta y avaricioso que había sido siempre. ¿Cuándo iba a aprender? ¿Cuándo iba a cambiar? Esperaba conseguirlo algún día.

Sin embargo, estaba decidido a continuar con lo que le había llevado allí esa noche. Decidió que él era un buen partido para una muchacha cuyo estado no era muy boyante.

–¿Quieres que prepare café? –le preguntó con gesto triste. Sin esperar su respuesta, se fue a llenar de agua la cafetera.

No era la primera vez que le había preparado café. Cada vez que había ido a visitar a Ivy se lo había ofrecido. Emma sabía que le gustaba tomarlo en un vaso, con sólo una cucharada de azúcar.

Jason cerró la puerta de entrada y se sentó en la mesa de formica, observándola moverse por la cocina. Se movía de forma muy grácil y elegante.

Una vez más, sintió deseos de acariciarle el cuello, seducirla para calmar su deseo, un deseo tan fuerte como el que había sentido una vez por Adele.

Pero no era Adele, una mujer cuya belleza tenía un toque muy sofisticado. Adele tenía unas piernas muy sensuales, sobre todo cuando llevaba los trajes negros que se ponía para ir a trabajar.

Jason no se imaginó a Emma vestida con traje, ni con la ropa interior que Adele utilizaba.

Pero, de alguna manera, la encontraba mucho más sensual con aquellos vestidos sueltos. Seguramente se pondría un camisón con puntilla para dormir. La verdad, le daba igual. No había cosa más excitante que una mujer con su cuerpo cubierto. Le añadía misterio, una sensación de «no me toques» que era muy excitante.

Jason no se podía imaginar a Emma desnuda. Parecía tener unos pechos de tamaño adecuado, pero no sabía lo que era sujetador y lo que era carne. Aunque a él le gustaban también los pechos pequeños.

Era una mujer pequeña en altura, a diferencia de Adele, que casi era tan alta como él. A decir verdad, le encantaba que Emma tuviera que levantar la cabeza para dirigirse a él. Le gustaba aquella mujer. A pesar de que era un hombre egoísta, Jason juró no hacer nunca nada que pudiera hacerle daño.

–Lo siento, pero no tengo galletas para ofrecerte –se disculpó mientras ponía los dos vasos de café encima de la mesa–. No me apetecía ir a comprar, ni cocinar, ni comer.

–Pero tienes que comer, Emma –le aconsejó–. ¿No querrás ponerte enferma?

Emma sonrió débilmente, como si la idea de caer enferma fuera algo que no le preocupara demasiado en aquellos momentos. Estaba claro que la muerte de su tía la había deprimido.

Pero no sabía qué decir. Parecía que se le habían borrado todas las ideas de la cabeza.

Se quedaron en silencio durante unos minutos, dando sorbos de café, hasta que Emma dejó su taza y lo miró.

–¿Qué querías pedirme? –le preguntó en un tono muy débil de voz–. ¿Es algo sobre la tía Ivy?

La verdad era que no estaba mirándolo. Podía haber llevado puesta cualquier cosa, que ella no se habría dado cuenta.

–No –respondió–. No es algo sobre tu tía Ivy. Es algo sobre ti.

–¿Sobre mí?

Por la expresión de sus ojos y el tono de su voz estaba claro que aquello la había sorprendido. Pero había llegado demasiado lejos como para echarse atrás.

–¿Qué es lo que vas a hacer ahora, Emma, que Ivy se ha ido?

–No tengo ni idea.

–¿No tienes familia?

–Tengo primos en Queensland. Pero no los conozco mucho. De hecho, llevo años sin verlos.

–No creo que te quieras marchar de Tindley. Todos tus amigos están aquí.

–Sí –le respondió y dio otro suspiro–. Supongo que abriré la tienda la semana que viene y seguiré haciendo lo que hacía antes.

Lo que hacía antes.

¿Se refería a esperar a que volviera Dean Ratchitt? ¿No se daría cuenta de que una relación con aquel tipo era un callejón sin salida?

–¿Y qué has pensado del futuro, Emma? Una chica guapa como tú habrá pensado en casarse.

–¿Casarme?

–Serías una mujer maravillosa para cualquier hombre, Emma –le dijo de corazón.

Ella se sonrojó y miró su café.

–Lo dudo –murmuró.

–Pues yo creo que el hombre que se case contigo tendría que sentirse muy afortunado.

Aquellas palabras provocaron una reacción en ella. Jason vio que había entendido la razón de su visita. Los ojos de Emma se arrasaron de lágrimas.

–Sí –continuó diciéndole–. Sí, Emma, te estoy pidiendo que te cases conmigo.

Poco a poco, su estado de sorpresa dio paso al de confusión y curiosidad. Sus ojos buscaron su rostro, intentando ver Dios sabe qué.

–Pero, ¿por qué? –le preguntó.

–¿Por qué?

–Sí, ¿por qué? –insistió ella–. Y por favor, no me digas que estás enamorado de mí, porque los dos sabemos que no es cierto.

Jason estuvo a punto de mentirle. Sabía que podía ser muy convincente si quería. Le podía decir que había ocultado sus sentimientos por respeto a Ivy. Podía contarle todas las mentiras del mundo. Pero no era eso lo que quería. Si se iba a casar con ella, no quería que hubiera mentiras.

–No –replicó Jason con cierto tono de arrepentimiento en su voz–. No estoy enamorado de ti, Emma. Pero creo que eres una mujer muy atractiva y deseable. Eso lo he pensado desde el primer momento que te vi.

Jason vio que se sonrojaba, lo cual le agradó. ¿Se habría dado cuenta de su admiración por ella? Si lo había notado, nunca había intentado manifestarlo, aunque bien era verdad que ella siempre se había mostrado dispuesta a quedarse un rato con él, cuando visitaba a su tía, y le ofrecía café y buena conversación.

–Un hombre como tú puede conseguir a cualquier chica que quiera –contraatacó–. Una mucho más guapa y deseable que yo. No hay ninguna chica de por aquí que no estuviera dispuesta a rendirse a tus pies, si tú se lo pidieras.

«Pero no tú», pensó Jason. Parecía que las cosas no le estaban saliendo como él había pensado. El fracaso le dejaba un sabor amargo de boca. Ya le había ocurrido con otra chica, que lo rechazó.

Trató de mantener la calma. La miró a los ojos y continuó.

–Yo no quiero a ninguna otra chica. Te quiero a ti, Emma.

Al decirlo aquello, se puso roja como un tomate.

–Como ya te he dicho, creo que serías una esposa maravillosa. Y una madre magnífica. He visto cómo tratabas a tu tía. Eres amable y cariñosa, paciente y gentil. Durante todas estas semanas que te he estado viendo, me he llegado a encariñar mucho contigo. Y creo que yo también te gusto. ¿Me equivoco?

–No –le respondió con voz temblorosa–. Me gustas. Pero eso no es suficiente para casarme contigo. Ni tampoco lo es encontrar atractivo a alguien.

Así que lo consideraba un hombre atractivo. Eso estaba bien.

–¿Crees que tienes que estar enamorada? –indagó él.

–Para serte sincera, sí.

–Hace seis meses podría haber estado de acuerdo contigo –argumentó él, entrecerrando los ojos.

–¿Qué quieres decir? ¿Qué es lo que pasó hace seis meses?

Jason se quedó dudando. A continuación, se arriesgó a contarle la verdad. Se establecía siempre un vínculo con alguien, cuando le contabas algo personal, un secreto. Y no quería que hubiera secretos entre ellos, si iban a ser marido y mujer.

–Hace seis meses estaba viviendo y trabajando con una mujer en Sydney. Una doctora. Estaba enamorado de ella y habíamos pensado casarnos este año. Un día, unos de sus pacientes murió. Un niño. De meningitis.

–¡Qué triste! Seguro que ella sufrió mucho.

–Eso mismo había pensado yo –le respondió con amargura–. Yo en su posición me habría quedado destrozado. Pero no Adele. No. La muerte de aquel niño no significaba nada para ella. Se enfadó tan sólo porque no había podido identificar los síntomas, pero se justificó diciendo que era imposible en cinco minutos de consulta.

–¿Cinco minutos?

–Ése era el tiempo que teníamos para pasar ver a cada paciente. Había que ver a el máximo de pacientes posible. Eso significa dinero y el dinero es lo que importa. No la gente. Ni la vida. Sólo el dinero.

Estaba mirándolo fijamente, viendo la verdad que se escondía en aquellas palabras. Una verdad que decía que no sólo Adele había sido la avariciosa y despiadada. Él había sido igual que ella.

Jason suspiró.

–Ésa es la verdad y yo más o menos era igual.

–No, Jason –le respondió ella con voz suave–. Tú no. Tú no eres así. He visto cómo tratabas a la tía Ivy. Eres un hombre cariñoso, un buen médico.

–Me halagas, Emma. Me gusta pensar que me di cuenta a tiempo y traté de mejorar. Por eso me fui de la ciudad y vine aquí, para descubrir una forma mejor de vida.

–¿Y tu relación con Adele? –le preguntó con gesto pensativo.

–No puedo seguir enamorado de una mujer que desprecio –le respondió.

Ella se empezó a reír, lo cual le sorprendió.

–¿Tú crees que el amor se acaba con tanta facilidad? ¿Tú crees que por encontrar un defecto en la persona que amas, la dejas de amar? Créeme si te digo, Jason, que eso no es así.

Sus palabras fueron como una patada en el estómago. Estaba claro que todavía estaba enamorada de Dean Ratchitt, a pesar de que le era infiel. Y creía que él estaba enamorado todavía de Adele.

Jason intentó pensárselo mejor. A lo mejor tenía razón y estaba todavía enamorado de Adele. La verdad era que pensaba mucho en ella, sobre todo cuando estaba en la cama.

Pero ninguno de esos factores iban a disuadirle de su intención de convertirla en su esposa. Ni tampoco iba a dejarla pensar que no estaba enterado de la pasión que sentía por otro hombre.

–Ya me han contado lo de Dean Ratchitt –le dijo de forma abrupta. Sus ojos verdes brillaron.

–¿Quién te lo contó? ¿La tía Ivy?

–Entre otras.

–¿Y qué… qué dicen?

–La verdad. Que te ibas a casar y que te engañó con otra. Que discutisteis y que le dijiste que te ibas a casar con el primer hombre decente que te lo pidiera –le respondió mirándola a los ojos–. Y yo soy ese hombre, Emma. Y es lo que te estoy pidiendo, que te cases conmigo.

Jason se quedó sorprendido al ver que ella se enfadaba.

–No tienen ningún derecho a contarte eso –replicó ella–. Yo no quise decir eso. No me puedo casar contigo, Jason. Lo siento.

Aquella respuesta apasionada borró del rostro de Jason toda expresión de calma y tranquilidad que hasta ese momento había tenido.

–¿Por qué no? –exigió él–. ¿Es que estás esperando que vuelva Ratchitt?

–Dean –espetó ella, sus ojos verdes llameantes–. Se llama Dean.

–Ratchitt le va mejor.

–Es posible que vuelva –murmuró ella–. Ahora que estoy… estoy sola y… y…

–¿Y has heredado? –dijo por ella–. No creo que esto le haga volver, Emma –le dijo haciendo un gesto con la mano para señalar la habitación–. Los hombres como Ratchitt quieren de la vida algo más que una casa vieja y un negocio pequeño.

Emma movía la cabeza.

–No lo entiendes.

–Creo que entiendo la situación muy bien. Se apoderó de tu corazón y lo destrozó sin pestañear siquiera. Conozco a ese tipo de hombres. No pueden tener la cremallera abrochada durante más de un día. Y sólo se quieren a sí mismos. No merece la pena quererlos. Lo mismo me ha pasado a mí con Adele. Y pertenece al pasado. Lo mejor que puedes hacer es olvidar a Ratchitt y seguir viviendo. Cásate conmigo, Emma –le instó cuando vio la confusión en sus ojos–. Te prometo que seré un buen marido para ti y un buen padre para los niños. Porque querrás tener niños, ¿no? No querrás despertarte un día y ver que eres una solterona con nadie más en que pensar.

Emma se cubrió la cara con las mano y empezó a llorar. Sin hacer ruido, pero con mucho sentimiento, moviendo los hombros. Jason se puso en cuclillas a su lado. Tomó su delicada mano y le giró su rostro lloroso.

–Nunca te haré sufrir así, Emma. Te lo juro.

–Pero es muy pronto –sollozó ella.

Jason no estaba muy seguro de lo que había querido decir.

–¿Muy pronto para qué? ¿Quieres decir que ha pasado poco tiempo desde que murió Ivy?

–Sí.

–¿Me estás diciendo que podrías casarte conmigo más adelante?

Levantó los ojos. Jason vio que estaba a punto de responder de forma afirmativa. Pero algo se lo impedía.

–Dentro de un mes –le respondió–. Pídemelo dentro de un mes.

Jason se sentó sobre sus talones y suspiró. Tampoco era tanto tiempo. Pero le dejaba preocupado. No creía que aquel período de espera tuviera nada que ver con la muerte de Ivy. Era por Ratchitt. Seguro que esperaba que volviera.

La posibilidad de que aquel desgraciado volviera era mínima, pensó Jason. Pero, por mínima que fuera, le ponía enfermo. Sólo imaginarse a Emma otra vez en sus brazos, le revolvía el estómago.

Se sentía celoso. Lo extraño era que él nunca había sentido celos. Emma evocaba unos sentimientos extraños en él. Además de celoso se sentía protector.

Pero la mayoría de los hombres se sentiría protector con una chica como Emma. Era tan frágil, tan dulce. Alguien tenía que protegerla de tipos como Ratchitt. No tenía experiencia para saber a qué tipo de persona se estaba enfrentando.

–Está bien, Emma –replicó Jason–. Un mes. Pero eso no quiere decir que no te pueda ver hasta dentro de un mes, ¿no? Me gustaría salir contigo de vez en cuando, para así conocernos.

–Pero todo el mundo pensaría que… que…

–Que estás saliendo con el doctor Steel –terminó por ella–. ¿Y qué hay de malo en ello? Eres una chica soltera. Yo también estoy soltero. La gente soltera queda para salir, Emma. Eso no es nada malo.

–No conoces a las damas de Tindley.

–Las estoy empezando a conocer. ¿Qué te parece si quedamos mañana a cenar? Es viernes y yo siempre salgo los viernes. Nos podemos ir a la costa, si no quieres que te vean conmigo en Tindley.

Emma parpadeó y lo miró.

–¿Y después vas a pedirme que me acueste contigo?

Jason casi no pudo evitar mostrar en su mirada el sentimiento de culpabilidad. Porque no tenía pensado seducirla esa noche. Era algo que había pensado hacer después de algún tiempo.

–No –le respondió, con lo que él esperaba que fuera un tono convincente–. Te prometo que no.

Ella frunció el ceño.

–¿Por qué no? –le preguntó–. Me has dicho que me encuentras bonita y deseable. Me has pedido que me case contigo. Supongo que me deseas, aunque sólo sea un poquito.

–Claro que sí, más que un poquito, Emma –se puso en pie y se alisó el pelo con las manos. No se había preparado para una pregunta como aquella. ¿Estaba pidiéndole que la sedujera, o no?

–No te preocupes, Jason –le dijo en tono tranquilo–. Me he criado en un pueblo, no en un convento. Sé lo que los hombres piensan y quieren con respecto al sexo. Sé que no has salido con nadie desde que has venido a Tindley. Lo que no quiero es darte falsas esperanzas si salgo contigo a cenar. Eres un hombre muy atractivo y con experiencia. Estoy segura de que sabes cómo conquistar a una chica. Pero no pienso acostarme contigo. Y menos antes de casarme.

Jason se quedó mirándola a los ojos. Aquel era un lado de Emma que nunca había visto. Tenía una actitud decidida y desafiante en su mirada.

Llegó a sentir admiración por ella, hasta que se acordó de Ratchitt. Estaba seguro de que no le había dado el mismo ultimátum a aquel tipejo.

O a lo mejor sí. ¿Sería eso lo que ocurrió entre ellos? ¿Le habría dicho que no quería acostarse con él hasta no casarse? ¿Le habría dado el anillo sólo para acostarse con ella?

–¿Retiras entonces la invitación de salir a cenar mañana?

–No –le respondió él–. Pero me gustaría que me respondieras a una pregunta.

–¿Qué pregunta?

–¿Eres virgen?

Capítulo 3

EL DÍA siguiente le pareció interminable a Jason. Se acordó varias veces de la respuesta que le había dado el día anterior Emma a su pregunta. Sí era virgen. Pero, ¿qué más daba? ¿Realmente le importaba a él eso?

Sí y no.

Nunca antes se había encontrado con una mujer virgen. Ni una sola vez. Adele no lo había sido, ni tampoco las otras novias que había tenido.

Hacer el amor con una mujer virgen era como estar en terreno desconocido.

Pero, al mismo tiempo, hacer el amor con una mujer que nadie había tocado, excitaba una parte de su personalidad que él nunca creía que hubiera existido. Nunca antes se había considerado un romántico. Pero con Emma era un hombre distinto. Era una mujer que sacaba lo mejor de él.

Y quizá lo peor.

La posesión y los celos en los hombres eran rasgos que él no admiraba. No le gustaba la forma en que trataba esa clase de hombres a sus novias y mujeres. Era posible que las mujeres se sintieran halagadas en parte durante un tiempo, al ver la pasión de sus compañeros. Hasta que se daban cuenta de la realidad, una realidad que daba paso al miedo. Jason decidió luchar contra la tentación de comportarse así con Emma. Quería que fuera feliz, que nunca tuviera miedo.

Y se convertiría en su esposa. Estaba seguro de ello. Sólo era una cuestión de tiempo.

Tiempo…

Jason miró el reloj que había en la pared. Las cinco en punto. Y la sala de espera llena de pacientes estornudando. El clima primaveral había traído un montón de alergias.

Jason suspiró, se levantó y se fue a llamar al siguiente paciente.

–Nancy, espero que hayamos acabado –dijo Jason al cabo de un rato, asomándose a la sala de espera vacía del consultorio. Eran las siete menos cinco. Normalmente siempre acababa a las cinco y media. Nunca antes había acabado tan tarde.

–Creo que ya no vendrá nadie más hoy, doctor Steel –respondió Nancy, suspirando no por cansancio, sino por tener que dejar al amor de su vida e irse sola a casa.

No es que estuviera enamorada de él, estaba enamorada del consultorio.

Nancy había sido la recepcionista, secretaria y enfermera del doctor Brandewilde desde hacía veinte años. Trabajaba seis días a la semana, siete si era necesario y se quedaba a hacer horas extras sin recibir ni un céntimo. Estaba en los sesenta, pero sana como una manzana. Seguro que podría aguantar en la clínica otros veinte años.

Al principio había estado un poco tirante con Jason, hasta que, a través de Muriel, se enteró de que Nancy había tenido miedo de que la despidiera. Pero en cuanto le aseguró que ella se iba a quedar allí hasta que ella quisiera, su relación había mejorado, aunque tuvo un momento delicado cuando Jason sugirió introducir un sistema informático para llevar la contabilidad. Cometió el error de decir que un ordenador era más eficaz y que así tendría menos trabajo. De lo que no se dio cuenta Jason en aquel momento era de que Nancy no quería tener menos trabajo.

Nancy se puso muy nerviosa y comentó por todo el pueblo que Jason pensaba que una máquina podía hacer el trabajo mejor que una persona con veinte años de experiencia y que no iba a seguir trabajando para una persona que pensara eso. Faltó un día al trabajo y Jason tuvo que ir a suplicarle de rodillas que volviera. Le dijo que todavía no se había acostumbrado al ritmo de los pueblos y que le perdonara su ignorancia.

Después de aquello, las cosas fueron rodadas, aunque Nancy siempre le llamaba doctor Steel, lo cual algunas veces irritaba a Jason. Pero así era la gente de los pueblos. Tenían a sus médicos en una alta estima. Los ponían en un pedestal. Y aunque era agradable, Jason a veces se sentía incómodo. Porque si hubieran sabido sus motivos al elegir la medicina como profesión, a lo mejor no le tendrían tanto respeto.

–Me voy arriba a cambiarme, Nancy –le dijo Jason.

–¿Va a salir esta noche, doctor?

–Así es.

–¿Dónde va a ir?

–Había pensado ir a la costa.

–Bastante lejos para ir solo –comentó Nancy.

Jason estuvo a punto de contarle una mentira, pero prefirió no hacerlo. A la gente de Tindley seguro que le encantaría ver a su segundo y mucho más joven médico casado con una chica de allí. Los médicos escaseaban en los ambientes rurales. Seguro que influirían en Emma para que aceptase su proposición.

–Pues la verdad es que no voy solo –comentó él–. Voy con Emma Churchill.

Lo extraño fue que Nancy no pusiera cara de sorpresa. Lo que hizo fue sonreír.

–Lo sospechaba.

–Sospecha… –empezó a decir Jason. Aquel pueblo nunca dejaba de sorprenderle–. ¿Cómo te has enterado? –le preguntó, con cierta curiosidad. No podía ser que Emma se lo hubiera contado a todo el mundo.

–Muriel me dijo que estuvo preguntando por Emma ayer. Luego, Sheryl lo vio entrar por la puerta de atrás de la casa de Ivy. Emma entró en la tienda de Beryl y se compró un vestido. Además de todo eso, ha estado mirando su reloj todo el día. No hace falta ser muy inteligente para darse cuenta de las cosas.

Jason no tuvo más remedio que sonreír.

–¿Y qué es lo que pueden pensar las buenas damas de Tindley? –le preguntó, todavía sonriendo.

–No creo que comenten nada con respecto a Emma, doctor Steel. Porque todo el mundo sabe que esa chica no hará nada con nadie hasta que no tenga el anillo en su dedo. Supongo que le pedirá que se case con usted.

–Sí, pero eso no quiere decir que ella vaya a aceptar.

–Si lo que le preocupa es Dean Ratchitt, yo sé todo sobre él –le respondió con cierta brusquedad–. Muriel me lo ha contado.

–Dicen que es muy guapo.

–No guapo exactamente –le respondió–. No es tan guapo como usted. Pero tiene algo. Tiene mano para las mujeres.

–Eso me dice todo el mundo –comentó Jason–. Pero él no está en Tindley y yo sí. Así que dejémoslo así. Bueno, será mejor que me dé prisa, porque voy a llegar tarde.

–¿A qué hora va a recoger a Emma?

–A las siete y media.

–Pues márchese, yo me encargo de cerrar aquí.

Jason subió a toda prisa las escaleras.

Al igual que la tienda de chucherías, el consultorio estaba en un edificio antiguo que daba a la calle principal de Tindley. Pero mientras que la casa de Ivy era pequeña y sólo tenía un piso, la casa del doctor Brandewilde era bastante espaciosa y tenía dos pisos. El doctor Brandewilde y su mujer habían criado a tres hijos allí.

A Jason le gustaba aquella casa. Tenía carácter, como esas casas americanas que a veces se ven en las películas y que él tanto había deseado. Tenía una puerta inmensa de madera con un llamador de bronce. Los techos era muy altos. El vestíbulo servía de separación para las habitaciones, dos a la derecha y dos a la izquierda. Las dos de la izquierda las habían convertido en sala de espera y consulta. Las dos de la derecha seguían siendo el comedor y el salón.

Arriba había cuatro habitaciones y un cuarto de baño, hasta hacía pocos años, en que la mujer del doctor Bradewilde, Martha, convirtió dos habitaciones en un dormitorio con baño incluido.

Jason se metió en el cuarto de baño y se dio una ducha. No tenía tiempo para afeitarse. Una pena. Quería estar perfecto cuando lo viera Emma. Sin embargo, no era de los que ya tenía barba a las cinco de la tarde. Su padre había sido un hombre con mucho pelo y muy moreno. Pero su madre había sido rubia. Él había salido una mezcla de ambos.

Tampoco se lavó el pelo. No quería ir a buscarla con el pelo mojado. Salió de la ducha y se secó con la toalla. Cinco minutos más tarde estaba frente al armario, pensando qué ponerse.

Decidió no ir de traje. Iba a ir más informal. Estuvo moviendo varias perchas, para decidir qué se ponía. Tenía demasiada ropa. Finalmente, sacó la percha que tenía más a mano y se puso unos pantalones color crema, con una camisa azul de seda y una chaqueta que había elegido Adele, la última vez que salieron de compras.

Aquel recuerdo no le agradó mucho, pero no tenía tiempo para cambiarse. Se puso el reloj en la muñeca y un anillo, regalos que le había hecho Adele en su primer aniversario saliendo juntos. Le había regalado bastante cosas.

Pero Jason no ponía ninguna carga sentimental en los regalos. Se los ponía sin pensar en nada. Pero, sin embargo, no le parecía correcto ponérselos cuando iba a salir con una chica que quería que se casara con él. Dejó el anillo, pero se quedó con el reloj, porque le gustaba saber la hora. Pero decidió comprarse otro reloj nuevo a la mañana siguiente. Un reloj menos ostentoso.

Emma estaba lista y esperándole. Estaba guapísima con un vestido que le sentaba a la perfección. Tenía el cuello redondo y mangas, color crema. Era de una tela muy suave, suelta, que le llegaba hasta los tobillos. Se había lavado el pelo y se había puesto suavizante, porque tenía mejor brillo que el día anterior. También se había maquillado. Sus ojos parecían más grandes, aunque no parecía que se los hubiera pintado. Cuando se acercó a ella, percibió un suave olor a lavanda.

Parecía pertenecer a otro mundo. Era un tesoro que había que cuidar y querer.

¿La habría visto de esa forma Ratchitt cuando iba detrás de ella? ¿O sólo supondría otra muesca en su revólver? ¿Su pureza le habría enrabietado o esclavizado? Jason no se podía imaginar a aquel energúmeno con un mínimo de sensibilidad. Seguramente le habría pedido a Emma que se casara con él porque pensó que iba a conseguir lo que quería.

No se la merecía. Los hombres como él no merecían una mujer decente, y menos a Emma.

–Estás muy guapa –le dijo él, mirándola de arriba abajo, deseando que de forma no apasionada. Pero la verdad era que la deseaba. Pero de manera diferente a como había deseado a Adele.

Con Adele siempre había querido tomar, nunca dar. Al fin y al cabo, era una de esas mujeres liberadas que clamaban a los cuatro vientos que ellas eran responsables de sus propios orgasmos, y algunas veces había sido verdad. Adele y él nunca habían hecho el amor. Habían fornicado. Y muy bien, por cierto. Pero sólo era sexo y satisfacción física.

Con Emma quería dar. Jason quería que cuando hicieran el amor fuera una experiencia inolvidable para ella, que le borraría a Ratchitt de su mente para siempre. Su placer sería algo secundario. Eso nunca lo había pensado antes. A lo mejor estaba cambiando de verdad.

–Tú también estás muy guapo.

Pulsuz fraqment bitdi.

5,70 ₼