Kitabı oxu: «La vida me debe una vida contigo»
MJ Brown
La vida me debe
una vida contigo
Serie Serendipia 3

© MJ Brown
© Kamadeva Editorial, enero 2022
ISBN ePub: 978-84-122884-3-8
www.kamadevaeditorial.com
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Dedicado a todas esas personas que han sido serendipia en mi vida.
Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar el tiempo, lugar o circunstancias. El hilo rojo se puede estirar, contraer o enredar, pero nunca romper.
(Mitología china y japonesa)
Índice
Nota de la autora
Prólogo
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Epílogo
Nota de Olivia
Agradecimientos
Sobre mí
Nota de la autora
Nunca pensé que la historia de Aris y Elena, los protagonistas de A 100 peldaños de ti, primer título de la Serie Serendipia, me llevaría a escribir dos libros más para formar una serie.
Comencé a teclear estos libros allá por el mes de marzo de 2020 tras decretarse el estado de alarma en España y quedar confinados en casa.
Tras terminar el primer libro, las ganas de seguir escribiendo me llevaron a contar la historia de Héctor y Gloria, los mejores amigos de Aris y Elena, y así surgió Enséñame a decir te quiero Serendipia 2. Una historia pasional y especial, en la que los protagonistas no dejaron de decirme cosas al oído ni un solo momento por lo que me fue muy fácil escribirla.
Y tras Aris, Elena, Héctor, Gloria y sus respectivas historias ha llegado el turno de Junior, el hijo de Aris y Elena, y el de Vicky, la hija de Héctor y Gloria.
Ellos se conocen desde niños y están plenamente convencidos de que sus vidas están destinadas a estar unidas, pero en ocasiones la vida tiene otros planes diferentes a los nuestros. A veces creemos que la vida nos está diciendo no, cuando en realidad nos está diciendo espera.
Si queréis conocerlos y ver que les deparan sus respectivas vidas, pasad, leed y disfrutad.
Prólogo
Vicky
Entro en casa con el pelo mojado, descalza y dando saltitos, después de darme el último baño del día en la playa. Lo hago mientras llevo una mora negra hasta mi boca y cierro los ojos para saborearla.
—No me gusta que comas chuches antes de cenar —me dice mamá sobresaltándome—. Y tampoco, me gusta, que entres en casa con los pies mojados—sentencia.
Tras escucharla, ruedo mis ojos hasta ponerlos en blanco y me llevo una mano al pecho para recuperarme del susto.
—Es solo una —replico, levantando uno de mis dedos índices y haciendo un pequeño puchero con mi boca—. Te prometo que las demás las guardaré para mañana y además te invitaré—. Le guiño un ojo a mi madre, le hago un nudo a la bolsa de gominolas que sigo teniendo entre mis manos y se la tiendo para que sea ella quien la guarde hasta mañana. Mamá me sonríe y yo le devuelvo la sonrisa.
He ignorado la parte de que no le gusta que entre descalza en casa y con los pies mojados y ella parece olvidarla cuando me acerco a ella para darle un beso. «Estamos de vacaciones» pienso, mientras me pongo de puntillas para llegar hasta su mejilla.
Las moras negras son mis gominolas favoritas, mamá dice siempre que es porque tuvo antojo de ellas durante los nueve meses que estuvo embarazada de mí.
—¡A cenar! —escucho gritar a mi padre desde el baño, donde acabo de entrar para lavarme las manos después de haberme quitado el bañador mojado, haberme recogido el pelo y, además, haberme calzado. Termino de lavármelas, las seco y voy hasta la cocina.
—Dice Junior que vamos a casarnos —digo nada más sentarme a la mesa. Miro a mis padres de reojo, mientras me llevo una cucharada de gazpacho hasta la boca.
—Quizás algún día —dice mi madre sin darle demasiada importancia a lo que acabo de anunciar.
—Para eso, Junior tendrá que hablar conmigo primero —ahora es mi padre el que habla, bueno, más bien debería decir que mi padre rebufa o gruñe. No sé muy bien qué es lo que realmente ha hecho.
Tuerzo el gesto y vuelvo a tomar otra cucharada de gazpacho, sin dejar de observar a papá y a mamá. Sobre todo, a papá, me temo que lo que voy a decir ahora tampoco va a gustarle demasiado.
Retiro de mi cara el mechón de pelo que se ha soltado de la coleta y cojo aire antes de comenzar a hablar.
—Pues tendrá que hablar contigo pronto. Dice que vamos a casarnos mañana —lo digo todo del tirón y, después de hacerlo, dejo salir el aire que he cogido hace un rato para llenarme de valor.
Vuelvo a mirarlos de reojo, pero esta vez detengo la mirada en mi padre que acaba de escupir el gazpacho que tenía en la boca. Mamá se levanta de su silla y le da palmadas en la espalda mientras se ríe y yo me tapo la boca con las manos para no hacerlo.
—¿Cómo? —consigue decir mi padre una vez que se ha recuperado de su atragantamiento.
—Pues eso, que vamos a casarnos mañana—. repito soltando un suspiro y retirando de mi cara una vez más ese mechón de pelo que aún está mojado.
Mi padre alza una ceja mientras me mira, yo dibujo una pequeña sonrisa con mis labios y mi madre mira a mi padre encogiéndose de hombros y haciendo un pequeño mohín con su boca.
—Son cosas de niños, Héctor —mi madre me guiña un ojo.
Aunque yo no pienso que son cosas de niños. Para mi casarme con Junior es muy importante. ¡Es tan guapo!
—¿Y por qué tanta prisa por casaros? —es mi madre la que sigue hablando.
—Para besarnos —digo sin apenas pensar mi respuesta.
Mi padre se levanta de su silla, arrastrándola en el suelo y lo hace al tiempo que da un golpe en la mesa, yo doy un brinco en la silla en la que estoy sentada y frunzo los ojos por el susto. Mi madre sigue riéndose y mi padre comienza a dar vueltas sobre sí mismo acariciándose la coleta en la cual lleva recogido su pelo, ese gesto suele hacerlo siempre que está nervioso. Mi padre, a pesar de que ya es algo mayor, sigue conservando el pelo largo y suele llevarlo recogido.
—Pero ¿tú estás escuchando, Gloria? —dice por fin después de un largo silencio.
—Héctor… —desaprueba mi madre, poniendo los ojos en blanco y mordiéndose el labio inferior. Mi padre es muy exagerado para todo, sobre todo en cuanto a mí se refiere. Soy su niña. Su Victoria. Su Zafer.
—A ver cariño para darse besos no hace falta estar casados. Tú puedes darle besos a Junior cuando quieras y él también puede dártelos a ti —es mi madre la que habla de nuevo, mientras acaricia mi pelo—. Sois como hermanos —arrugo la frente al escucharla.
Pfffff… Creo que mi madre no ha entendido qué clase de besos queremos darnos.
—Eso, nena, tu aliéntala. Dale ánimos —gruñe mi padre, mientras aplaude de forma pausada e irónica. Se me escapa una risita, cuando lo veo tan enfadado y aplaudiendo.
—Pero… es que… nosotros queremos besarnos como los mayores —tapo mi boca al decir esto y abro mucho los ojos.
Mi madre se ríe a carcajadas y mi padre se ha quedado tan tieso, al escucharme, que parece que se ha tragado un palo, está tan tieso más que una vela, su cara se ha quedado blanca y sus ojos se han quedado fijos en mí.
¡Ups!
—¿Y cómo se besan los mayores? —pregunta mi madre.
Resoplo antes de contestar. Es que tengo la impresión de que en estos momentos ella me está tratando como si fuera una niña pequeña y no lo soy. Yo ya soy mayor. Muy mayor. Tengo siete años.
—Pues como os besáis tú y papá y también Aris y Elena —cierro mis ojos, pongo morritos y muevo mi cabeza a un lado y a otro como si estuviera besando a alguien.
Mi madre vuelve a reírse a carcajadas, abro los ojos al escucharla y veo que mi padre sigue igual de tieso y con la cara desencajada. Todo esto parece que cada vez le está gustando menos.
Ahora además su boca está arrugada en señal de enfado y ha cruzado los brazos a la altura del pecho.
¡Oh, oh!
Yo no acabo de verle la gracia por ningún lado a todo esto, es más me estoy empezando a enfadar. Para mí lo de casarme con Junior me parece muy serio y también la mejor idea del mundo mundial.
—Voy a llamar a Aris ahora mismo —dice papá cogiendo su teléfono móvil. Mamá se lo quita de las manos de un tirón. Aris es el padre de Junior y, además, el mejor amigo de mi padre.
—Héctor, cariño, creo que estás sacando todo esto de quicio. No son más que dos niños.
—Serán dos niños y todo lo que tú quieras, pero a mí no me gusta nada que anden con estas tonterías. Que se empieza por un beso y, luego, las cosas terminan como terminan —dice con su tono de voz más alto de lo normal. Parece estar enfadado de verdad. Sí.
Mamá se acerca hasta papá. Él ha vuelto a sentarse en la silla y ella lo hace sobre sus rodillas.
Mamá fija sus enormes ojos azules sobre los míos, que, por cierto, son exactamente del mismo color y me pregunta que quién va a casarnos.
—Vega —respondo sonriendo. Parece que mi madre empieza a tomarse en serio lo de mi boda con Junior. Menos mal.
Vega es mi mejor amiga y además es la hermana de Junior, así que no hay nadie mejor que ella para casarnos.
—¿Puedo levantarme de la mesa? —pregunto, dando así por hecho que esta conversación ha terminado. Yo no tengo nada más que decir y espero que ellos tampoco.
—Sí —responde mamá.
«¡Bien!», pienso para mí. Solo me ha faltado cerrar uno de mis puños y alzarlo en señal de victoria.
—No — ese es papá.
—Esta conversación no ha terminado, jovencita —dejo caer lo hombros en señal de derrota, bajo la cabeza y noto como mis ánimos se vienen abajo mientras desinflo mis pulmones del aire que he retenido en ellos sin darme cuenta.
Mi padre me alza en brazos, me sienta a horcajadas sobre sus rodillas frente a él, y clava sus enormes ojos color café sobre los míos azules.
—Para poder casaros primero tenéis que ser novios —la voz de mi padre ya no suena tan ruda, parece que se ha relajado un poco.
Humedezco mis labios antes de contestar. Presiento que esto que voy a decirle ahora no va a gustarle nada de nada. Lo sé.
—Pero es que Junior dice que ya somos novios, que lo hemos sido desde siempre. Que los novios se agarran de la mano y se abrazan y nosotros eso ya lo hacemos —hago un silencio y trago saliva antes de continuar—. Junior dice que soy su chica —concluyo.
Mi padre abre mucho los ojos y yo hago lo mismo.
—¿Su chica? ¿Pero…?
—Héctor, cariño, el niño se limita a repetir lo que escucha. Aris dice que Elena es su chica y tú utilizas la misma expresión para referirte a mí—mi madre parece entender todo mucho mejor que mi padre. Mucho mejor. Sí—. ¿Qué esperabas? —sentencia mi madre.
—A ver, nena, yo creo que esto es más serio de lo que tú quieres creer —protesta, una vez más, mi padre.
—No, Héctor, tú le estás dando más importancia de la que tiene. Y esta conversación se termina aquí. Son dos niños. Dos niños que juegan a ser mayores. Dos niños inocentes que creen que el amor es casarse y darse besos. Dos niños y punto. Por favor, estamos hablando de dos críos de siete y diez años —resopla mamá esto último queriendo así dar por terminada la conversación, pero por lo que parece papá quiere seguir con el interrogatorio.
—¿Y desde cuando tú y Junior os agarráis de las manos y os abrazáis? —pregunta intrigado.
Me encojo de hombros y después contesto.
—Pues casi siempre. Porque Junior me agarra de la mano para cruzar la calle. Me abraza cuando saco buenas notas en el colegio. También lo hace para darme la enhorabuena cuando hago algo bien y cuando lloro o hay tormenta y estamos en el parque para que no tenga miedo.
—En eso la niña tiene razón —replica mi madre.
—Nena… —musita mi padre.
Mamá se acerca hasta nosotros y deposita un beso en mi cabeza y otro en los labios de mi padre.
—A dormir —me dice y me da una palmada en el trasero cuando, de un salto, me bajo de las rodillas de mi padre.
Subo las escaleras hasta mi habitación. Abro el armario y revuelvo en él buscando qué ponerme para mi boda con Junior mañana. Mi falda de tul favorita de color rosa, una camiseta negra y mis inseparables botas de lona Converse, también negras. Tengo que buscar un velo.
Junior
—Yo os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia —dice mi hermana Vega que está ejerciendo de cura mientras Vicky me mira con sus enormes ojos azules y me sonríe. Está preciosa con esa falda, esa camiseta y ese pañuelo que lleva puesto en la cabeza a modo de velo. Es la niña más bonita que nunca he visto. Es la niña más bonita que jamás veré.
—Pero si todavía no nos hemos puesto los anillos —me quejo.
—Yo qué sé. Es la primera vez que hago de cura —protesta mi hermana mientras a Vicky se le escapa una risita nerviosa.
Busco en el bolsillo de mi bañador las dos anillas de las latas de refrescos que le he pedido a Manu, el dueño del chiringuito de la playa donde veraneamos cada año. Es lo que voy a usar como anillo para mi boda con Vicky. Cuando sea mayor le regalaré uno de verdad, pero ahora solo tengo diez años y no tengo mucho dinero. El poco que tenía lo gasté ayer para comprar unas moras negras en la tienda de chuches y regalárselas.
Sujeto la mano de Vicky con una de las mías y con la otra le pongo la anilla en uno de sus pequeños dedos.
—Me queda grande y la perderé —me dice entornando los ojos y haciendo pucheros.
—Luego arreglamos eso —la tranquilizo.
—Ahora tú tienes que poner esta en mi dedo —le digo y le doy la otra anilla para que ella haga lo mismo que yo.
—¿Ya puedo decir lo que he dicho antes? —pregunta Vega, impaciente.
—Sí. Ya puedes decirlo.
—Vale. Pues eso. Que yo os declaro marido y mujer y que ya puedes besar a la novia.
Vega termina de decir esto quitándose la sábana que se ha puesto a modo de sotana, mientras yo enmarco la cara de Vicky con mis manos y acerco mis labios hasta los suyos.
Ella ha cerrado los ojos hace rato y tiene los labios fruncidos, supongo que está esperando ese beso. Yo también cierro los ojos y acerco mis labios hasta los suyos para unirlos en un beso. Nuestro primer beso. Un beso como el de los mayores. Un beso como los que se dan mis padres y, también, Héctor y Gloria.
—¡Puaj! ¡Qué asco! —grita mi hermana al tiempo que se limpia su boca con una mano, como si fuera ella la que está recibiendo y dando el beso en los labios.
Vicky y yo nos separamos sobresaltados y abrimos los ojos para mirarla. Vega sigue haciendo gestos con la cara en señal de desaprobación.
—No pienso casarme nunca —dice antes de salir corriendo hasta la orilla del mar, donde están sentados mis padres junto a los de Vicky.
Todos estamos de vacaciones de verano y es casi una tradición pasarlas juntos.
Yo prefiero quedarme a solas con Vicky. Con mi Vicky. Con mi chica.
Ella se sienta en la arena y yo lo hago a su lado. Paso un brazo por encima de sus hombros y la atraigo hacia mí.
—¿Te ha gustado el beso? —pregunto nervioso. Ella mueve su cabeza en señal de afirmación.
—¿Y a ti? —me pregunta con apenas un hilo de voz.
—Mucho —Vicky me sonríe y yo también lo hago, mientras pienso que nunca podré olvidar ese beso. Nunca olvidaré nuestro primer beso. Un beso con sabor dulce. Un beso con sabor a gominolas. Un beso con sabor a moras negras. A eso sabe Vicky, a gominolas. A eso sabe mi chica, a moras negras.
El sol empieza a esconderse detrás del faro. Mi padre siempre dice que desde aquí se ve la puesta de sol más bonita del mundo y yo, a pesar de que solo soy un niño, soy consciente de que así es. Pero hoy es mucho más bella que ningún otro día. Hoy es más hermosa que nunca porque ella está a mi lado.
Aprieto a Vicky un poco más contra mí y le digo que apoye su cabeza en mi hombro. Mientras lo hace y el sol tiñe el cielo de color naranja, beso su coronilla y canto para mí un trocito de canción. No es una canción cualquiera, es esa que quiero que se convierta en nuestra para siempre.
Los primeros acordes de My girl comienzar a sonar en mi cabeza mientras yo empiezo a cantarla bajito, muy bajito. Tan bajito que solo ella y yo podemos escucharla.
I´ve got sunshine on a cloud day.
When it´s cold outside I´ve got the month of May.
I guess you´d say
What can make me feel this way?
My girl (my girl, my girl)
1
Junior
Enmarco su cara con mis manos, ya vendadas, y fijo mis ojos en ella. Tiene los ojos tan brillantes que creo que va a llorar. Que no lo haga, joder, que no lo haga. Sé que para ella es difícil estar aquí. Muy difícil. No le gusta que pelee, no le gusta que boxee y tampoco le gusta que me dedique a esto de manera profesional Y yo, a pesar de ello, sigo haciéndolo. Pero, el combate de hoy, prometo que será el último. Lo prometo, porque sin duda puedo renunciar a la adrenalina que siento cuando me subo al cuadrilátero y todo lo que me produce la competición, pero a ella, a Vicky no puedo perderla.
—¡Cásate conmigo, Vicky! ¡Cásate conmigo! —le digo en un arrebato. Acerco mis labios hasta los de ella y la beso varias veces seguida y de manera suave.
Sus enormes ojos azules se abren y su boca intenta decir algo, pero es incapaz de articular ni una sola palabra. Le ha cogido tan de sorpresa lo que acabo de decir que parece que incluso se ha quedado sin habla. Si es que hasta yo mismo estoy sorprendido con lo que acabo de hacer, por lo que no me extraña que ella lo esté tanto o más que yo.
Los segundos se me hacen minutos y los minutos se me hacen horas mientras espero su respuesta con mis manos sujetando aún su cara. Pero el silencio es lo único que ahora mismo existe entre nosotros. Vicky no dice nada, ha cerrado los ojos y está dejando rodar por sus mejillas las lágrimas que hasta hace un rato ha estado aguantando mientras apretaba los labios. Ahora no sé si llora por miedo, por preocupación o si lo hace de emoción por mi petición de matrimonio.
¿Por qué llora joder, por qué? Me pregunto, mientras sigo esperando la respuesta que tanto deseo antes de que suene la campana. Esa maldita campana que me avisará de que tengo que subir al cuadrilátero.
No tenía pensado pedirle que se casara conmigo antes de subir a un ring. Bueno, en realidad, debo admitir que no tenía pensado pedirle que se casara conmigo. A ver, sí que lo tenía pensado, pero no ahora, no en este momento. Joder, qué lío todo.
Tenía pensado hacerlo un poco más adelante cuando tuviera algo más para ofrecerle. Y el modo de hacerlo…, pues, sinceramente, me hubiera gustado que fuera un poco más tradicional, más romántico, más como ella hubiera querido, con cena, flores, velas y todas esas ideas románticas que siempre están rondando por su cabeza. También habría sido un buen detalle tener un anillo que ponerle en el dedo, que solo me ha faltado colocarle otra anilla de refresco en su dedo. «Joder, Junior», me regaño mentalmente. Qué desastre.
Pero es que a veces me dejo llevar por mis impulsos y soy incapaz de pararlos, en eso me parezco mucho a Elena, mi madre. Soy muy de arrebatos y esta vez me he dejado llevar por el más grande de todos. Pedirle a Vicky que se case conmigo es algo serio. Muy serio.
Ha sido al verla ahí, frente a mí, tan llena de miedo, tan llena de inseguridad y de amor, mirándome fijamente antes de enfrentarme a este combate, cuando me he dado cuenta de que no quiero estar separado de esta mujer ni un minuto más.
Y esta ha sido la única manera que se me ha ocurrido de hacerle ver que la quiero a mi lado. Que siempre he querido que lo esté.
Es la única manera de hacerle entender que no quiero que se marche a Londres de nuevo. Es la única manera de que sepa que, si ella se va, yo me voy con ella.
Eso es.
Punto.
Vicky lleva un año allí por temas de trabajo y esa distancia me está matando. A mí todo este tiempo se me está haciendo tan largo como si se tratara de una vida entera. No quiero pasar ni un minuto separado de ella. No. No quiero. No quiero tenerla en mi vida solo los fines de semana, quiero tenerla junto a mí los siete días de la semana y, a ser posible, las veinticuatro horas del día.
Si es que la quiero, joder. La quiero.
La quiero desde la primera vez que la vi cuando ella era tan solo un bebé y yo apenas levantaba tres palmos del suelo.
La quiero desde la primera vez que nuestras miradas se cruzaron, cuando la vi dormida en su cuna.
La quiero desde la primera vez que ella se aferró a mi dedo índice, con su diminuta mano y, entonces, ya sentí esa especie de corriente eléctrica que me recorre todo el cuerpo cuando entrelazamos nuestros dedos.
La quiero desde la primera vez que besé su mejilla, cuando ella tan solo tenía unos días de vida.
La quiero desde que simulamos nuestra boda cuando apenas éramos unos niños y nos dimos nuestro primer beso en los labios con sabor a gominolas.
La quiero desde siempre. Eso es, desde siempre.
Ella es mi chica, siempre lo ha sido y siempre lo será.
Me acabo de dar cuenta de que la he querido desde que nació y que es con ella con quiero compartir mis penas, mis alegrías, mis victorias, mis derrotas y que ella lo haga conmigo. Quiero que compartamos todo lo que la vida nos depare, pero juntos, nunca más separados. Juntos, siempre juntos.
—Dime que sí Vicky. Dime que sí. Por favor —le pido con un tono de voz que suena a súplica. Pero ella sigue frente a mí en silencio con sus ojos clavados en los míos.
Me acerco un poco más para besarla de nuevo y con mis labios sobre los suyos le prometo que este será mi último combate. Esperando que, de esta manera, ella reaccione al fin.
No quiero que siga sufriendo cada vez que me ve subir a un ring. Todas y cada una de nuestras discusiones siempre son debido al boxeo. Siempre.
No quiero que sufra por cada golpe que recibo.
No quiero que sufra por nada y, mucho menos, por mi culpa.
Si puedo evitarle el dolor y el sufrimiento, lo haré, y si para ello tengo que renunciar a boxear, no me importa, lo haré. Porque a lo único que no puedo renunciar ni estoy dispuesto a hacerlo, es a ella. Lo demás, sinceramente, me da igual, porque mi vida sin ella no es vida. Si Vicky no forma parte de mi vida…, yo no quiero vivir.
Yo lo único que quiero es que ella sea feliz.
Yo lo único que quiero es que ella sea feliz a mi lado, y yo al suyo. Tal y como mi padre es feliz al lado de Elena y Héctor lo es al lado de Gloria.
Yo lo único que quiero es que seamos felices, pero no por separado.
Yo lo que quiero es que seamos felices juntos. Juntos.
De todos modos, la idea de abandonar el boxeo de manera profesional es algo que me ronda la cabeza desde hace algún tiempo, concretamente desde que mi abuelo Ángel nos dejó.
Mi abuelo murió hace tan solo un año. Falleció debido a un alzhéimer que, sin duda, le provocó todos y cada uno de los golpes que recibió en su cabeza a lo largo de todos los años en los que se dedicó al boxeo profesional. Se fue de este mundo sin reconocernos a ninguno y sin recordar nada de su vida y, lo más triste de todo, se fue sin saber quién era él mismo. Y yo no estoy dispuesto a que eso me ocurra.
No estoy dispuesto a perder ninguno de mis recuerdos, porque todos forman parte de mi vida, los buenos y los malos y todos me gustan. Unos me agradan más, otros menos, pero todos forman parte de ella.
Me dedicaré al boxeo de otra manera, puedo hacerlo como entrenador, tal y como lo hacen mi padre y Héctor.
O tal vez lo abandone por completo. Eso aún no lo sé.
Pero eso ya lo pensaré.
Por ahora lo que sí tengo claro es que hoy, es la última vez que me subo a un ring para competir.
Además, ser hijo de Aris Gon, El Ángel, campeón de España de boxeo y también del mundo, pesa demasiado. Es una gran presión. Muchas comparaciones. Demasiado peso sobre mis hombros. En definitiva, un gran número de cosas que no me dejan disfrutar de este deporte cuando me subo al ring. Mi padre me ha dejado el listón demasiado alto y yo no me veo capaz de superarlo. Ser su hijo me lo ha puesto muy difícil a nivel profesional.
No estoy dispuesto a que me tachen de ser un mediocre y tampoco quiero dejarme la vida peleando para demostrar que puedo ser tan bueno como mi padre o tal vez mejor. Pero eso nunca lo sabré. Nunca lo sabrán. Nunca lo sabremos. Nunca. Porque hoy disputaré mi último combate.
—Sal de ahí, Junior, sal de ahí. Joder. Te tiene contra las cuerdas.
Escucho gritar a mi padre mientras yo me revuelvo entre una de las esquinas del cuadrilátero y mi contrincante para librarme de él con la intención de volver al centro del ring y, así, poder continuar el combate. Finalmente, lo consigo golpeando a mi rival en el hígado.
Izquierda, derecha. Izquierda, derecha. Son golpes directos que doy en la cara de mi rival.
Él ataca con un directo de derechas que impacta en mi ceja, haciéndome un corte que comienza a sangrar de manera inmediata. Muevo mi cabeza hacia un lado y hacia otro para despejarme. Consigo reponerme y lanzo dos upper, dos directos hacia su barbilla, con la intención de dejarlo KO, pero no consigo hacerlo. Es un rival duro. Muy duro.
El gong de la campana nos avisa de que el noveno y penúltimo asalto ha terminado.
Voy hasta mi esquina y me siento. Mi padre, que además es mi entrenador, me quita el protector bucal, me da un poco de agua y corta la hemorragia de mi ceja. Consigo contener la expresión de dolor de mi cara. Esto duele. Joder.
—¿Todo bien, chaval? —me pregunta dándome un par de palmadas en la cara.
—Todo bien —respondo, o más bien balbuceo, porque la verdad es que estoy un poco mareado, pero no voy a decir nada. Si todo va bien, el próximo asalto será el último y también el definitivo. Si lo gano me proclamaré campeón de España y podré retirarme del mundo profesional por la puerta grande.
La campana avisa del inicio del décimo y último round. Me incorporo, doy un par de saltos en mi esquina y choco mis propios puños antes de volver al centro del ring.
Mi contrincante, aunque tiene el combate perdido, sale con ganas de pelear. Ataca con un par de hooks que hacen que me desestabilice. Me duele la cabeza y empiezo a ver un poco borroso. Con sus golpes consigue llevarme hasta las cuerdas. Estoy algo desorientado. Él lanza un golpe de derecha y otro de izquierda y, finalmente, un golpe en el costado. Aprieto los dientes al recibirlos y me doblo debido al dolor. Dios, es insoportable. Debe haberme roto alguna costilla, estoy convencido de que así ha sido porque me cuesta respirar.
Miro a mi padre que me hace gestos para que ataque. Consigo salir del rincón donde mi rival me tiene encerrado atacándolo con un jab y tres golpes seguidos al hígado, mientras él se retuerce de dolor, yo consigo volver al centro del ring. Inspiro fuerte a pesar del dolor que tengo en uno de los costados. Pero un upper al mentón, un golpe directo, impacta en mí. Uno que no esperaba, porque no tengo la cabeza en el combate, mi cabeza está en otro sitio.
No dejo de pensar en que Vicky no me ha contestado a la pregunta que le he hecho antes de subir al cuadrilátero. No me ha dicho ni sí ni no. No me ha dicho nada. Nada.
Ha sido un golpe que no he podido esquivar, porque no veo bien joder, no veo.
Un nuevo ataque me hace caer al suelo.
Mientras caigo, como si lo estuviera haciendo a cámara lenta, busco la mirada de Vicky y en ella la respuesta que tanto ansío.
Mi Vicky. Mi chica. Mi Zafer.
Cuando, al fin, nuestras miradas se encuentran, yo cierro mis ojos, mientras termino de caer sobre la lona con los suyos clavados en los míos. Es lo último que veo. Es lo último que consigo distinguir. Y con esa imagen guardada en mi retina, mi cabeza impacta de manera brusca contra el suelo del ring, a la vez que escucho como mi nombre sale por su boca de un modo tan desgarrador que incluso a mí me duele. Un grito que me llevo clavado en lo más profundo de mi corazón. Ese grito y esos ojos fijos en los míos se quedarán grabados para siempre en mí. Para siempre.
Y mientras mi nombre retumba en todo el recinto, en mi cabeza ha comenzado a sonar esa canción que tanto me recuerda a ella, a nosotros.
Nuestra canción.
My girl.
Y, después de sus acordes, llega él, el silencio.
2
Vicky
Sin palabras. Sin palabras me ha dejado Junior al pedirme que me case con él. Toda una vida esperando a que lo hiciera y cuando al fin lo hace, yo me quedo muda. «Muy bien, Vicky. Muy bien», me recrimino mientras me aplaudo mentalmente de manera irónica.
Sus manos siguen enmarcando mi cara, sus ojos fijos en los míos en espera de una respuesta, las lágrimas me ruedan por las mejillas, mi boca continúa sellada formando una fina línea y, además, no soy capaz de pronunciar una sola palabra. Hago varios intentos de emitir algún sonido, pero el gong de la campana, esa maldita campana, no me deja responderle.
No me deja decirle que sí.
Que sí quiero.
Que sí quiero casarme con él.
Que sí quiero pasar el resto de mi vida a su lado.
Que sí…, que sí, a todo.
Porque yo lo quiero todo con él. Lo quiero todo con Junior. Todo.
Junior besa mis labios una vez más. Me acaricia las mejillas con sus pulgares, para limpiarme las lágrimas, y sube al ring.
Paso la lengua por mis labios para guardarme el sabor de su beso y me siento junto a Vega para ver el combate. Vega es la hermana pequeña de Junior y, además, mi mejor amiga.
—Todo saldrá bien —me dice ella cogiendo mi mano y apretándola fuerte. Respondo a su gesto de la misma manera.
Me encojo con todos y cada uno de los golpes que Junior recibe por parte de su contrincante, mientras me aferro a la mano de Vega cada vez con más fuerza.
Observo a mi padre, está nervioso, lo sé porque no deja de pasarse las manos por el pelo. Deshace y rehace su coleta una y otra vez, y ese gesto es muy característico en él cuando los nervios le pueden. Y si mi padre está inquieto, yo lo estoy más.
No puedo con esto, de verdad que no puedo. Yo solo quiero que suene de nuevo la campana. Yo solo quiero que suene ese gong que anuncia el final definitivo del combate. Correr hasta los brazos de Junior, saltar sobre él, enroscar mis piernas alrededor de su cintura y decirle que sí, que sí voy a casarme con él, pegando después mis labios a los suyos.
La campana suena, para avisar que el penúltimo asalto ha terminado. Mi padre se acerca hasta las cuerdas para hablar con Aris y Junior. Aunque mi padre también ejerce de entrenador con él, siempre es Aris quien está en la esquina del ring para darle las indicaciones oportunas durante el combate.
Sigo con la mirada a mi padre, dejo de hacerlo para detenerme en el rostro de Junior. Un rostro hinchado y bastante desfigurado, por los golpes que ha recibido y lleno de sangre por un corte que tiene en la ceja. Un nudo se forma en mi estómago y sube hasta llegar a mi garganta, la barbilla me tiembla y las lágrimas amenazan con salir en cascada por mis ojos. Cojo aire, aprieto los labios y me obligo a no llorar.
Junior mueve su cabeza de un lado a otro con movimientos repetitivos y cortos, esos movimientos que se suelen hacer para despejarse. Fija su mirada en la mía y me guiña un ojo, se lo devuelvo, le sonrío y le susurro un «te quiero».
—Creo que no está bien. Tiene la mirada perdida —le digo a Vega al oído ahogando un sollozo.
—Tranquila —es lo único que me dice mientras aprieta mi mano, con más fuerza, para darme confianza. Una confianza que yo no tengo y creo que ella, en estos momentos, tampoco, pero que aun así intenta transmitirme.
El combate para Junior no pinta demasiado bien, está como ausente y recibe más golpes de los que da, aun así se mantiene en pie y parece que tiene ganas de pelear por ese título con el que cerrará su carrera como boxeador profesional.
La campana suena de nuevo para avisar de que el último asalto está a punto de empezar. Me estremezco al escucharlo. Lanzo un suspiro, mi cuerpo se tensa un poco más y dirijo mi mirada hacia Elena, la madre de Junior y de Vega.
Ni ella ni yo deberíamos estar aquí. Las dos sufrimos demasiado viendo a Junior sobre un ring y ninguna de las dos deberíamos estar presenciando este combate. Yo normalmente no suelo hacerlo, como ya os he contado es demasiado difícil para mí ver como Junior recibe golpes; por lo general, suelo ver sus combates en diferido, una vez que ya han pasado y, aun así, sufro con cada uno de los golpes que recibe. Pero el campeonato de hoy es importante para Junior, puede proclamarse campeón de España en su categoría y, además, es su último combate como profesional, me ha prometido que hoy es la última vez que se subía a un ring y me ha pedido que le acompañe. He venido expresamente desde Londres para ello y si he de ser sincera desde que he cruzado la puerta del recinto me estoy arrepintiendo.
Elena tiene la cabeza escondida entre el hombro y el cuello de mi madre, y ella le acaricia la espalda de arriba abajo con una de sus manos; verla hacer eso parece que también me tranquiliza a mí. Mi madre es mucho más fuerte en este aspecto, aunque ella también sufrió lo suyo cuando mi padre se vio inmerso en una serie de peleas ilegales por culpa de su hermano Olaf.
Un golpe. Un golpe seco. Un golpe que hace que todo el recinto se quede en silencio.
¿Qué ha sido eso? Joder.
Giro mi cabeza buscando la procedencia de ese golpe y allí está él, Junior. Ahí está él, cayendo sobre la lona del ring, buscando con sus ojos entrecerrados los míos.
Nuestras miradas se encuentran y, tras hacerlo, sus ojos se cierran, y un grito desgarrador diciendo su nombre sale por mí boca.
—¡¡¡JUNIOR!!!
Suelto la mano de Vega. Escucho gritar a Elena. Veo como Aris pasa por debajo de las cuerdas para llegar hasta su hijo. Mi padre corre hacia el ring. Y yo, casi por inercia, lo imito y corro tras él, después de zafarme del agarre de Vega, que ha intentado sujetarme sin éxito.
—Déjame —protesto.
Tengo que verle, tengo que llegar hasta él y asegurarme de que está bien.
Corro abriéndome paso entre el tumulto de fotógrafos y curiosos que se han arremolinado alrededor de las cuerdas, dejando a Junior en el centro del cuadrilátero, sigue tumbado en el suelo y con los ojos cerrados, parece que ha perdido el conocimiento.
—Dejadme pasar. Dejadme pasar —grito al tiempo que me limpio a manotazos las lágrimas que ruedan por mis mejillas y apenas me dejan ver por dónde voy.
Salto al ring sacando fuerzas de donde no las hay, me tiemblan tanto las piernas que me pregunto cómo he conseguido llegar hasta aquí, sin caerme al suelo ni una sola vez.
Consigo llegar hasta él. Mi Junior. Mi chico. Mi amor. Mi vida. Mi mundo. Mi todo.
Me dejo caer de rodillas a su lado y agarro su cara con mis manos temblorosas. Una cara desfigurada por los golpes. Una cara irreconocible.
—Sí quiero, Junior. Sí quiero —le digo entre lágrimas e hipidos, acercándome a su boca, con la esperanza de que él reaccione al escuchar mi voz y al sentir mi aliento sobre su rostro.
—Sí, quiero —repito desesperada mientras lo zarandeo varias veces, hasta que alguien tira de mí para separarme de él. Intento liberarme de esa mano que quiere apartarme de Junior y me giro hacia atrás con la frente y los labios arrugados en señal de enfado para comprobar quien es. Es Aris.
—Vicky, cariño, deja pasar a los médicos —su agarre se suaviza convirtiéndose en una caricia.
—¿A los médicos? ¿A los médicos, por qué? —pregunto incrédula, girándome de nuevo hacia Junior y así acercar mis labios hasta los suyos para besarlo. Para darle un beso dulce. Un beso con sabor a moras negras. Un beso con sabor a nosotros.
Ese beso. Ese sabor. Se convierten en mi última esperanza. Una esperanza que me ha ido abandonando poco a poco y que se desvanece cuando veo como lo suben a una camilla y se lo llevan para alejarlo de mí. Para arrebatármelo.
—¡¡¡JUNIOOOORRRR!!! —grito una vez más con la voz desgarrada, arrodillada sobre la lona y observando cómo se lo llevan sin que yo pueda hacer nada para impedirlo.
—Quédate conmigo. No te vayas —le suplico bajito.
3
Vicky
—Vicky, cariño, deberías irte a casa para descansar —escucho decir a mi madre en un susurro y sintiendo sus caricias sobre mi espalda. Abro los ojos y los froto para intentar ubicarme, una vez que lo consigo, intento recordar dónde y por qué estoy aquí.
—Ya lo hago —le digo con los ojos entreabiertos y estirando mi cuerpo. Esta maldita silla y esta angustia me tienen el cuerpo agarrotado. Pero no voy a quejarme, no. Si lo hago insistirán en que me vaya a casa y no quiero. Si Junior está aquí, yo también. No voy a separarme de él.
—Llevas semanas durmiendo en esta silla. No creo que sea lo mejor. —Ahora es mi padre el que habla, y también lo hace acariciándome la espalda.
—Quiero estar aquí cuando Junior despierte. Quiero ser la primera persona a la que vea cuando él abra los ojos —respondo con apenas un hilo de voz. Estoy tan cansada que apenas tengo fuerzas para hablar.
—Vicky, cariño. Los médicos han dicho que esta situación puede alargarse. —Es Aris el que me habla ahora, agachado frente a mí con las manos apoyadas en mis rodillas y con sus ojos clavados en los míos.
—No pienso irme de aquí. No pienso dejarlo solo. No voy a hacerlo —protesto desafiándole con la mirada—. Si fuera yo la que estuviera prostrada en una cama, él tampoco se separaría de mí —sentencio. Él pasa su mano por mi pelo en un acto de cariño y también con cierta compasión.
—Escúchame, Vicky. Deberías retomar tu vida. Regresar a Londres. Volver a tu trabajo. Te prometo que cuando Junior despierte te llamaremos. Te lo prometo. Serás la primera persona a quien avisaremos. —Es Elena quien me habla ahora. Ella acaricia mi cara y, después, hace lo mismo con mis manos, lo hace con delicadeza y con cariño. Mucho cariño.
Niego con la cabeza.
—No voy a irme. No quiero que nadie me llame cuando Junior despierte. No voy a volver a mi trabajo. No voy a regresar a Londres. No voy a hacer nada sin Junior. Nada —respondo de manera brusca.
Me levanto de esa silla donde paso los días y también las noches, atravieso ese pasillo que tan bien conozco ya y que, además, me lleva hasta la máquina de café que hay al fondo de él. Necesito tomarme uno. Estoy cansada y hasta las mismísimas narices de que todo el mundo me diga lo que tengo que hacer.
Vega me sigue. Me giro hacia ella alzando mis manos en señal de stop
—Necesito estar un rato a solas. Por favor —le suplico a mi amiga. Ella ignora mi súplica y sigue mis pasos por el largo pasillo que me lleva hasta la ansiada máquina de café.
—Vicky vas a caer enferma, cariño. Tienes ojeras. Has perdido peso. Y si sigues aquí también perderás el trabajo —me dice con una caricia en el un brazo.
—No me importa —respondo con la mirada perdida en el café que cae en el vaso en un intento de relajarme. Cualquier cosa me vale en estos momentos para evadirme de toda esta pesadilla.
—Pero a nosotros sí —susurra ella, acercando una mano hasta un mechón de pelo que se me ha soltado de la coleta para colocármelo tras la oreja.
—Me da igual lo que penséis vosotros —rebufo. Soplo el café y doy un sorbo.
—No creo que a Junior le gustara verte en estas circunstancias y estoy convencida de que él desaprobaría todas y cada una de las decisiones que estás tomando.
—Junior no puede decir nada al respecto, no vayas por ahí Vega, por favor.
—Estamos preocupados por ti nada más —insiste.
—Lo sé y os lo agradezco, pero necesito que me dejéis un poco de espacio, ya soy lo suficientemente mayorcita como para tomar mis propias decisiones —termino de beberme el café de un trago, deposito el vaso de papel en la papelera y enfilo de nuevo el largo pasillo hasta la habitación donde está Junior.
—Decidido hoy nos iremos todos a casa. Esta noche nadie se quedará aquí. En el hospital tienen nuestros números de teléfono y si se produce algún cambio nos lo harán saber —escucho decir a Aris, cuando Vega y yo nos acercamos de nuevo hasta la puerta de esa habitación en la cual llevo prácticamente viviendo varios días. Por no decir que, en realidad, vivo en ella.
Apenas falto tiempo de aquí. Apenas suelto su mano. Solo me separo de él cuando voy a casa para darme una ducha y cambiarme de ropa. Eso apenas me lleva una hora. Hay días que incluso menos. El resto del tiempo lo paso a su lado. Observando cómo su pecho sube y baja cuando respira. Vigilando que no deje de hacerlo. Con mis dedos entrelazados con los suyos. Y esperando. Esperando algún cambio, por pequeño que sea.
Junior está en coma tras aquel maldito golpe.
Tras aquella maldita caída sobre la lona.
Tras aquel fatídico día en el que iba a dejar el boxeo.
Desde entonces velo por él, día y noche.
Los primeros meses los pasé en la sala de espera ubicada frente a la UCI, con la nariz pegada a esa cristalera que se empeñaba en separarme de él. En separarnos. Esperando a que despertara y, por qué no admitirlo, también esperando a que no lo hiciera. Quería estar a junto a él tanto si ocurría una cosa como otra. Yo no quería que estuviera solo. Yo lo único que quería era estar a su lado.
Ahora mis guardias las hago sentada en una silla, bastante incómoda, por cierto, que hay junto a la cama de la habitación que le fue asignada unos días después de salir de la UCI.
A los tres meses de aquel fatídico día y, una vez que fue estabilizado y que el peligro mayor pasó, Junior salió de la Unidad de Cuidados Intensivos, sin tantos aparatos que sostuviera esa vida que durante un tiempo estuvo pendiente de un hilo y respirando por sí solo. Ahora solo queda seguir esperando a que Junior despierte, los médicos están convencidos de que lo hará, pero lo que no saben es cuándo ocurrirá. Por lo que ahora solo queda esperar..., esperar…, esperar…
En esta situación llevamos casi un año. Doce meses desde que él cerró los ojos y no volvió a abrirlos, desde que su pregunta se quedó sin respuesta. Un año…
4
Vicky
—Dígame —respondo al teléfono sin mirar quien me llama, lo hago adormilada y bastante confundida.
—Vicky… —me sobresalto al distinguir la voz de Aris diciendo mi nombre con la voz entrecortada y emocionada.
—Sí —respondo inquieta, incorporándome en la cama.
—Es…, es Junior, cielo.
Hago un silencio.
—¿Junior? ¿qué pasa? —consigo preguntar con el corazón latiéndome de manera desbocada en la garganta y a punto de salir despedido por la boca. Inspiro, cierro los ojos y me quedo de nuevo en silencio para escuchar a Aris, al tiempo que retengo todo el aire en mi interior y mientras suplico mentalmente que a Junior no le haya pasado nada. Que Junior no se haya ido. Que Junior no nos haya dejado. Que Junior no me haya dejado. «Por favor, por favor, por favor», me repito interiormente como si de una letanía se tratara.
—Junior… —vuelve a decir. Silencio. Trago saliva.
—Junior ha despertado, cielo —escucho al fin decir a Aris con la voz ronca por la emoción, después rompe a llorar y yo no puedo evitar hacerlo con él.
Suelto el aire que he estado reteniendo en mis pulmones sin ser consciente de que lo estaba haciendo y noto como mi corazón sigue latiendo de manera acelerada, pero al menos esta vez ya lo hace de nuevo en mi pecho. Llevo la mano que tengo libre hasta mi boca y sigo llorando emocionada, consiguiendo de ese modo deshacer ese nudo que he tenido en la garganta y que a punto ha estado de ahogarme.
—Busco el primer vuelo y voy —alcanzo a decir entre hipidos.
Salto de la cama, para buscar una pequeña maleta, abrir el armario y coger algo de ropa y así poder volar hasta él lo antes posible.
Son las cuatro de la mañana y estoy en Londres. Regresé aquí un año después de lo ocurrido. Finalmente me convencieron y yo misma entendí que era lo mejor al ser consciente de que no podía seguir entre aquellas cuatro paredes esperando para ver que ocurría con la vida de Junior y frenando la mía.
Regresé a mi trabajo y a mi vida aquí tras la insistencia de todos. Retomé mi vida en Londres haciéndoles prometer a todos y cada uno de ellos que me avisarían si se producía cualquier cambio, por mínimo que fuera, daba igual la hora o el momento. Ellos me llamarían y yo volvería al lado de Junior en cuanto tuviera la oportunidad.
Regresé convencida de que Junior algún día despertaría, que no se rendiría. Y tal y como yo les aseguré, él ha despertado. No se ha rendido. No lo ha hecho.
Regresé prometiéndome y prometiéndole, a él, que volvería a su lado siempre que pudiera y eso es lo que he estado haciendo durante todo este tiempo. Volver a su lado cada fin de semana.
Me he subido a un avión cada viernes para entrelazar mis dedos con los suyos, acariciar su pelo y besar sus labios y no dejar de hacerlo hasta el domingo, ese día en el cual me subía a otro avión para regresar a Londres y continuar con mi vida, mientras la suya se consumía en una cama.
Me he subido a un avión cada viernes para que me llevara hasta él, vigilar su pecho y así asegurarme de que seguía respirando.
Me he subido a un avión cada semana para volar hasta él, con la esperanza de estar allí cuando él abriera por primera vez los ojos y que cuando lo hiciera lo primero que viera fueran los míos.
Me he subido a un avión cada viernes llena de esperanzas, para regresar a Londres cada domingo con el corazón un poquito más roto, con todas y cada una de esas ilusiones un poco más perdidas. Unas esperanzas que lograba recargar a lo largo de la semana para volver a su lado repleta de ellas, como si fueran la batería de un teléfono móvil.
Cierro la maleta, confirmo que he recibido el billete en mi correo electrónico para el vuelo que he conseguido en un par de horas, llamo un taxi que me lleve hasta el aeropuerto y salgo de mi apartamento pensando en que no estaba equivocada al confiar en que Junior no iba a rendirse, que conseguiría salir de esta. Que Junior no me dejaría. Lo sabía. Siempre lo supe.
—El proceso de recuperación no será fácil. Nos queda un trabajo duro por hacer durante bastante tiempo. Pero de lo que sí estamos casi seguros es de que apenas le quedarán secuelas. Junior es fuerte y joven, todo esto juega a su favor. Estamos bastante convencidos de que volverá a ser casi la misma persona que era antes de lo ocurrido. Aunque debo advertirles de que nadie que ha superado un coma tan largo vuelve a ser el de antes. Solo les pido un poco de paciencia y también de prudencia. Sobre todo, paciencia. Lo importante es que Junior ha despertado. Otros se quedan en el camino. Es decir, nunca lo hacen.
Esas son las palabras que escucho cuando entro como un torbellino, arrastrando mi maleta, en la consulta donde están Aris y Elena junto al equipo de médicos que han estado atendiendo a Junior durante todo el tiempo que ha estado en coma. La palabra «casi» se repite en mi cabeza de manera insistente.
—Quiero verlo —acierto a decir aún sofocada tras correr por ese pasillo que se me ha hecho tan largo, por no decir interminable, mientras me retuerzo el pelo con las manos para después recogerlo en una cola de caballo con la goma que siempre llevo en una de mis muñecas.
—Todo a su tiempo, señorita —responde uno de los médicos, levantando una mano para pedirme así que mantenga la calma.
—¿Y usted es? —me pregunta otro, alzando una ceja.
—Vicky —respondo al mismo tiempo que lo hacen Aris y Elena—. Su prometida —aclaro entre dientes, mientras tomo asiento, aunque nadie me ha invitado a hacerlo. Las miradas de Aris y Elena se clavan en la mía.
—Íbamos… —cojo aire y rectifico—. Vamos a casarnos —susurro, mientras yo clavo la mía en la de ellos y retuerzo el asa de mi bolso entre mis manos nerviosas.
Nunca le he contado a nadie que Junior me pidió matrimonio aquel fatídico día antes de subir al ring. Trago saliva, entorno los ojos y cojo la mano de Elena, Aris hace lo mismo con la que me queda libre.
Y así, agarrados los tres de las manos, sintiendo la fuerza de unos en otros, nos subimos a una montaña rusa de sentimientos y esperanzas, mientras seguimos escuchando hablar a los médicos.
—Junior está bastante desorientado, en estos momentos, cosa muy normal en estos casos —aclara uno de ellos.
—Su cerebro ha estado demasiado tiempo sin actividad. Están haciéndole numerosas pruebas y por ahora los resultados obtenidos son favorables, el TAC no muestra nada anormal —continúa otro—. Pero debo advertirles que es probable que Junior no recuerde nada, puede que lo recuerde todo, o bien, que solo recuerde algunas cosas, el tiempo nos dirá que es lo que ha pasado con sus recuerdos. Por lo general, este tipo de pacientes suelen inconscientemente seleccionar algunos de ellos. Lo llamamos memoria selectiva.
»Esos recuerdos que quedan activos suelen estar relacionados con su infancia, el resto de ellos no desaparecen, pero se quedan almacenados en algún rincón de su cabeza. Con tiempo y también trabajando con las terapias adecuadas vuelven a recordar casi todo, por no decir todo—. El médico hace una pausa. Bebe un poco de agua de un vaso que tiene sobre la mesa. Doy un pequeño suspiro y me humedezco los labios, yo también tengo sed.
»Pero cada paciente es un mundo. Y aún no sabemos cómo evolucionará y responderá Junior.
»Es posible que ni siquiera recuerde quien es él y quienes son ustedes. Que no recuerde que iba a casarse. O tal vez lo recuerde todo y pueda retomar su vida donde la dejó. —Aris hace un amago de hablar, pero el médico le pide alzando una de sus manos que le deje continuar. Elena no dice nada. Elena solamente llora.
Yo me revuelvo en mi asiento cuando escucho al doctor decir todo esto y me estremezco solo de pensar en el hecho de que Junior no recuerde nada de su vida anterior al coma y me pregunto cómo afrontaremos la situación si así fuera, cómo nos enfrentaremos a ella.
—La parte física también es complicada, ha perdido masa muscular por la inactividad durante tanto tiempo, necesitará sesiones de rehabilitación que serán dolorosas; no les voy a mentir, tendrá que aprender a caminar de nuevo y tengo que ser sincero con ustedes una vez más, tal vez no vuelva a hacerlo, tal vez su vida quede relegada a una silla de ruedas.
Elena gime y yo lo hago con ella. Aris traga saliva de manera brusca y, por un momento, creo que él también se derrumbará y llorará como un niño junto a nosotras, sin embargo, no pierde su compostura. Y las palabras que dice a continuación me confirman que él está mucho más entero que nosotras y también más seguro de que Junior saldrá de esta situación.
—Sé que volverá a caminar y también sé que lo recordará todo. Junior es fuerte y logrará salir de esta. Nosotros le ayudaremos a hacerlo —dice de manera firme. Aprieto su mano para así hacerle saber que yo estaré a su lado, que yo le ayudaré en ese proceso.
—Estoy casi convencido de que así será, pero deben entender que yo tengo que hablarles también de las peores circunstancias que se pueden dar. Deben estar preparados para todo —concluye el doctor.
5
Junior
Intento abrir los ojos, pero los párpados me pesan demasiado. Escucho un pi… pi… pi… pi… a modo de melodía. Quiero tragar saliva, tengo la garganta seca, pero no puedo hacerlo, algo me lo impide. Ruedo los ojos con los párpados aún cerrados y por fin consigo abrirlos. Está bastante oscuro, tan solo una pequeña luz fluorescente sobre el cabecero de mi cama me deja entrever que estoy en la habitación de un hospital. Intento mover mis piernas, pero no puedo y empiezo a ponerme nervioso. El pi… pi… pasa a ser un pi, pi, pi, pi, pi. De pronto, la puerta de la habitación se abre y un tropel de gente entra a toda prisa abalanzándose sobre mi cama y también sobre mí.
Los escucho hablar, lo hacen como si yo no estuviera, y me mueven a su antojo. Al fin alguien pronuncia un nombre, agarrándome una mano.
—Junior. —«Ese soy yo», pienso y aprieto fuerte la mano de la mujer que acaba de decirlo.
—¿Puedes oírme? —me pregunta la misma voz, es amable y suena bastante dulce.
Aprieto de nuevo su mano para hacerle entender que sí puedo hacerlo.
—¿Estás despierto? —insiste la misma voz. Y yo vuelvo a agarrar con firmeza su mano.
—Bien. Vamos a hacerte unas pruebas. No te asustes. ¿Vale?
Presiono su mano otra vez para darle mi conformidad.
—Vamos a estabilizarlo —escucho decir a una voz ronca.
—Hay que ponerle un calmante y oxígeno. Ha entrado en taquicardia.
Un pinchazo en mi brazo derecho, una mascarilla que cubre mi nariz y mi boca y, después sueño, mucho sueño. No quiero dormir, no quiero hacerlo. Quiero que alguien me explique por qué estoy en un hospital. Quiero que alguien me explique qué me ha pasado. Y quiero que alguien traiga a Vicky.
Escucho una voz muy cerca de mi oído que susurra mi nombre, lo hace casi a modo de jadeo, la identifico al instante, esa voz podría reconocerla entre un millón de ellas. Solo Vicky dice mi nombre de esa manera.
—Junior —repite esta vez con su boca muy pegada a la mía. Siento como me acaricia la cabeza con una de sus manos y con la otra aprieta una de las mías.
Abro los ojos con algo de dificultad y frente a ellos me encuentro con esos dos mares azules que Vicky tiene en su cara, están brillantes por las lágrimas que hace rato deben haber empezado a rodar por sus mejillas; me gustaría poder pasar mis dedos por ellas y limpiarlas, pero, aunque mi cerebro da la orden de levantar mis manos, no lo consigo. Emito una especie de gruñido en señal de frustración y me revuelvo un poco en la cama.
Intento hablar, intento decir algo, pero tampoco puedo. Mi garganta está demasiado seca. Abro la boca una y otra vez, pero las palabras no salen.
—Te quiero —susurra con los labios pegados a los míos.
Cierro los ojos, saboreo su boca y también ese beso con sabor a moras negras.
«Yo también te quiero», pienso con la esperanza de que ella pueda escuchar mi mente.
—Saldremos de esta —dice con la voz rota por la emoción.
Me da un nuevo beso en los labios, y yo lo único que puedo hacer es mover mi cabeza asintiendo para decirle que sí, que saldremos de esta.
Dos años después
6
Vicky
—¡¡Estás preciosa!! —dice mi madre llevándose las manos a la cara emocionada al verme vestida de novia.
—¿De verdad? —le pregunto expectante, mientras me miro al espejo y recojo mi larga melena ondulada y castaña en una coleta con la goma que siempre llevo sujeta en una de las muñecas.
Bajo la mirada y me atuso el vestido. Frunzo el ceño al subir de nuevo la mirada para verme otra vez en el espejo, tuerzo el gesto, en señal de desaprobación. No termina de convencerme la imagen que recibo reflejada, de mí.
—Vicky, cariño, alegra esa cara, vas a casarte y, sin embargo, parece que acaban de condenarte a muerte. —Fuerzo una sonrisa, miro a mi madre y después a Elena que me mira con los ojos anegados en lágrimas, la barbilla temblorosa y con una mano en su boca intentando sujetarse las ganas de llorar. «No llores, por favor», le suplico mentalmente.
—Déjame que te haga unas fotos, quiero guardar este recuerdo y, además, voy a enviárselas a tu padre para que te vea y así nos dé su opinión.
—Mamá… —musito resoplando en señal de protesta.
—Papá nunca será objetivo. Dirá que estoy guapa y encima protestará, porque, a pesar de que tengo veintisiete años, sigue pensando que soy una niña y que no tengo edad para casarme —mascullo.
—En eso Vicky tiene toda la razón —dice Elena, tras tragar saliva para deshacer el nudo de emoción que tiene formado en la garganta
Soy como una hija para ella y la emoción la está invadiendo por segundos al igual que lo está haciendo con mi madre y también conmigo. Rehúyo su mirada antes de que alguna de las dos terminemos llorando a mares. Hago un esfuerzo y sonrío para que mi madre finalmente me tome las fotos.
Cuando mi madre termina, vuelvo al probador para quitarme el vestido de novia y vestirme con mi ropa. Una falda de color negro en largo midi, una camiseta básica de color blanco, una cazadora vaquera y unas botas Converse también negras, un look muy londinense. Sigo viviendo y trabajando en Londres, pero ahora estoy en casa.
En una de mis botas, colgada del cordón, esa anilla de refresco que me acompaña desde que tengo siete años.
Mi anilla. Su anilla. Nuestra anilla.
Sonrío al verla. Paso uno de mis dedos por ella acariciándola y pienso en todo lo que ha pasado desde aquel día. Han pasado veinte años desde que Junior la colocó en mi pequeño dedo anular y después la anudó al cordón de una de mis zapatillas para que no la perdiera. Desde entonces esa anilla ha ido pasando por todos y cada uno de los pares de zapatillas que he estrenado.
Ahora, en ese dedo, en el cual él un día colocó esa anilla de refresco, luzco un anillo de oro blanco con un brillante. Ahora en ese dedo llevo mi anillo de compromiso.
Pero esa anilla siempre será especial, al igual que nuestra historia lo fue, lo es y siempre lo será. Siempre.
—¿Puedes enviarme las fotos a mi teléfono? —le digo a mi madre mientras salimos de la tienda de novias—. Quiero enviárselas a Vega —aclaro.
—Ay, mi niña, lo que daría ella por estar aquí en estos momentos —suspira Elena, al tiempo que se le ilumina la cara al pensar en ella. Vega lleva algo más de dos años viviendo en Australia, desde que se marchó para seguir con su vida, tal y como hicimos todos, se marchó para encontrarse con sus olas y su filosofía de vida. No la hemos vuelto a ver desde que se marchó. No ha vuelto a venir a casa.
—Para la próxima vez —le digo y beso una de sus mejillas, mientras me agarro de su brazo y del de mi madre, quedando así en el centro de ambas.
—¿Para la próxima vez? —pregunta mi madre asombrada—. ¿No te has casado la primera vez y ya estás pensando en casarte la segunda? Por favor, Vicky —resopla.
Elena y yo nos reímos a carcajadas al escucharla.
—Supongo que se refiere para la próxima prueba. ¿Verdad, cielo? —aclara Elena todavía entre risas.
Asiento en señal de afirmación y lo hago pensando en lo mucho que me gusta escuchar a Elena reír. Me encanta que haya recuperado esas ganas de vivir que siempre le caracterizaron. Hubo un tiempo en que sus risas se volvieron silenciosas, al igual que las de todos nosotros. Pero, por fin, todos hemos vuelto a disfrutar de nuestras vidas. Unas vidas que no han vuelto a ser las mismas, después de lo sucedido. Nunca lo serán. Nunca podrán serlo.
—Claro —resoplo aliviada al ver que Elena si ha sabido entender lo que he querido decir.
—Madre mía, mamá. ¿En qué estabas pensando? —digo soltando otra carcajada.
Mi madre se lleva una mano al pecho en señal de alivio o de angustia, vete tú a saber por qué, y se une a nuestras carcajadas al darse de cuenta de que su lengua ha ido más rápido que su cabeza. Eso en mi madre es bastante normal. Todo hay que decirlo.
7
Junior
Levanto una de mis manos para chocarla con la de Lola, que me espera con la suya levantada al otro lado de la pasarela, de la cual estoy a punto de llegar al final. Este gesto se ha convertido en habitual entre nosotros cada vez que logro uno de mis objetivos, y debo aclarar que últimamente son muchos.
Trastabillo un poco antes de llegar, hay días en los que la emoción me puede y hoy es uno de ellos. Veo como Lola se embala colocándose frente a mí de una zancada y hace un gesto con sus manos para sujetarme. Frunzo el ceño al tiempo que muevo mi cabeza en señal de negación y apoyo de nuevo mi mano sobre la barra de la que me he soltado hace tan solo unos segundos.
—No —le digo con voz firme y segura.
—Tranquilo, Junior. No voy a hacer nada que tú no quieras. Pero debes tener en cuenta que tengo que estar alerta. No quiero que tu cara acabe empotrada sobre el suelo, tu nariz termine rota y salgas de aquí mañana hecho un eccehomo. —Muestra una sonrisa mientras me habla para que no suene a reprimenda.
Suspiro aliviado cuando por fin consigo mantener el equilibrio, yo también me he asustado y, por unos segundos, he pensado que terminaría con mi cara estampada contra el suelo. No sería la primera vez que esto ocurriera. A lo largo de todo el tiempo que ha durado mi recuperación y rehabilitación, han sido muchas las veces que me he caído de bruces, y todas y cada una de esas veces me he levantado. Todas.
—Creo que ya está bien por hoy —me dice Lola, dando una palmada al aire, cuando por fin alcanzo el final de la pasarela.
—Hoy hemos hecho sesión doble y me imagino que mañana querrás salir de la cama para irte de aquí y regresar por fin a casa. Y, además, pronto será la hora de cenar —sentencia Lola. Me tiende una botella de agua para que beba y una toalla para que me seque el sudor.
Lola es mi fisioterapeuta, pero en este tiempo también se ha convertido en mi amiga y mi confidente. Lola ha sido y es un gran apoyo para mí, especialmente, durante los momentos tan duros que he vivido en esta clínica. Ella ha sido ese hombro en el que he podido llorar siempre que lo he necesitado. Y debo reconocer que no han sido pocas veces.
—Espero tener hoy una cena especial de despedida —le digo después de beber un poco de agua y pasarme la toalla por la frente y la nuca.
—Si consideras especial la crema de brócoli y los filetes de pechuga de pollo a la plancha. Sí, es una cena especial de despedida. —Simulo que voy a vomitar cuando termina de darme el menú de esta noche y Lola se ríe cuando me ve hacerlo.
8
Vicky
Envío a Vega las fotos que mi madre me ha sacado hace un rato nada más llegar a casa, sin tener en cuenta qué hora es ni tampoco la diferencia horaria que nos separa.
Suspiro tranquila cuando me doy cuenta de que allí, donde ella está, nada menos que en Australia, está amaneciendo y que ya estará levantada. Ella no perdona por nada en el mundo empezar el día cogiendo olas en Byron Bay, la cuna del surf en Australia.
Creo que todavía no le han llegado las fotos cuándo escucho sonar la melodía de mí teléfono. Descuelgo.
—¿En serio vas a casarte con ese vestido? —me grita desde el otro lado. Ella no saluda, ella va al grano directamente.
Está dando tantas voces que ni siquiera ha hecho falta que active el manos libres para escucharla y hablar con ella, mientras deshago la maleta que he traído desde Londres y coloco la ropa en el armario. Voy a pasar una temporada en España por temas de trabajo, concretamente, en casa de mis padres. Soy correctora y diseñadora gráfica en un importante grupo editorial, Sunder´s Edition.
—¿No te gusta? —pregunto contrariada.
—Oh, vamos, Vicky. No es que no me guste, es que no te pega nada —rebufa.
—¿Qué ha sido de ese vestido con el soñabas de pequeña y de esa boda informal y divertida en la playa y de la que no cambiabas absolutamente nada a pesar de que los años pasaban? Bueno, debería decir el «no vestido», porque siempre tuviste claro que el día que te casaras no llevarías un vestido.
«Ni que tuviera pensado casarme desnuda», pienso.
Me siento sobre la cama y resoplo antes de responder.
—Las personas maduran, ¿sabes?
—Ah, claro, que, ahora, a ser aburrida le llamas madurar. Si pareces la Cenicienta después de que el hada madrina pasara su varita mágica sobre ella. Que vaya tela de hada madrina. La bruja de Blancanieves, una santa a su lado. Lo de esa hada madrina fue una venganza en toda regla. Creo que Cenicienta no le caía nada bien.
Suelto una carcajada al escuchar todo lo que Vega acaba de soltar por su boca, mientras la dejo continuar con su diatriba. Sé que no ha terminado. Sé que aún le queda algo por decir. Vega es así.
—Menudo vestido, menudos zapatos y menudo moño. Por favor. —Os lo advertí, tenía algo más que añadir.
Sonrío de nuevo mientras la escucho y, además, me la imagino haciendo alguna de sus múltiples muecas. Estoy convencida de que en estos momentos está sentada en el porche de su casa de la playa, observando la salida del sol con una taza de café a su lado y llevándose su mano libre hasta la cabeza para remover sus rizos, poniendo sus enormes ojos azules en blanco y, por último, si no me equivoco, se habrá mordido el labio inferior en señal de desaprobación al ver las fotos que le he enviado con el vestido de novia que finalmente he elegido.
La conozco tanto que podría poner la mano en el fuego y no me quemaría al afirmar que todo eso es lo que está haciendo mientras habla conmigo. La echo tanto de menos. Lo que daría por estar sentada a su lado y tener esta conversación cara a cara. Por estar tomándome ese café con ella mientras vemos salir el sol y que la única preocupación que tuviéramos ahora mismo en nuestras cabezas fuera si hoy podremos cabalgar sobre las olas o no. Eso es lo que quiero en estos momentos. Eso es lo que necesito.
—Tú y yo siempre hemos estado de acuerdo en que Cenicienta debería haber ido al baile con una falda de tul negra hasta los tobillos, una camiseta blanca, una cazadora de cuero y unas botas Dr. Martens —dice Vega sacándome de mis pensamientos. Ella, como podéis leer, sigue a lo suyo.
—Unas Converse negras —replico metiéndome así de nuevo en la conversación.
—Bueno, ese detalle de las botas es lo de menos —masculla ella. Yo me río y ella se contagia de mi risa.
Es cierto que siempre hemos discrepado sobre el vestuario de la Cenicienta, y de cualquiera de las princesas Disney de hace algunos años. Pero eso ahora no viene al caso. Estamos discutiendo sobre mi vestido de novia.
—No soy aburrida, Vega, es solo que… —retomo la conversación inicial, pero dejo la frase a medias.
—Es solo que esta boda no te apetece nada —continúa ella por mí.
—¡¿Perdona?! —le increpo asombrada y doy un respingo sobre la cama, donde me he sentado para hablar con ella.
—Pues eso, que esta boda, por mucho que tú te empeñes, no te hace ninguna ilusión. Vamos, que no te apetece —repite enfatizando así lo que ha dicho antes y dejándome así muy claro que esa es su opinión y que no va a cambiarla por nada.
Esto quiere decir que habla en serio. A su manera, me está diciendo que ella está segura de que yo no quiero casarme y eso no se lo voy a consentir, ni a ella ni a nadie. A nadie.
—Vega… —resoplo.
—¿Qué…? —responde ella del mismo modo.
—Estoy muy cansada para escuchar tonterías. De verdad, estoy muerta. He estado toda la mañana trabajando en Londres. Después me he subido a un avión. Y sin haber comido nada desde esta mañana que desayuné, me he probado un vestido de novia, con el que por cierto no me siento nada cómoda y sabes que me fastidia mucho tener que darte la razón en esto. Y, por supuesto, lo último que necesito en estos momentos es escuchar tonterías y sandeces —le digo subiendo mi tono de voz para mostrarle mi enfado y gesticulando con mis manos de manera exagerada, como si ella pudiera verme.
Sí. Estoy enfadada. Estoy dolida. Sobre todo, por esto último, por todo lo que acaba decirme. Y también estoy confusa por su ataque de sinceridad.
Así es como me siento en estos momentos, enfadada, dolida y confusa.
—Tonterías y sandeces. Ya. Lo que yo te estoy diciendo son verdades como puños, pero tú puedes llamarlas como quieras —me increpa ella, al tiempo que a mí se me encoge un poquito el corazón al escuchar esto último. Unas palabras que se han clavado en mi alma como si fueran pequeños cristalitos. Unos cristalitos que, por cierto, hacen daño, mucho daño.
«Verdades como puños». Tres palabras que repito inconscientemente en mi cabeza. Tres palabras que no necesitan ninguna más para adornarlas. Tres palabras.
—No voy a seguir escuchándote, lo siento. ¡¡Vete a la mierda!! —le grito enfadada.
—En la mierda hay overbooking, querida, así que envíame a otro…
Antes de que continúe con esta estúpida discusión y, además, se me escape la risa, porque finalmente terminaré riéndome a carcajadas, cuelgo el teléfono y, por supuesto, lo apago. Conmigo tonterías, las mínimas. No voy a seguir escuchando todas esas verdades que ella me está diciendo y que yo también sé. Esas que me niego una y otra vez, a diario.
De verdad que no voy a consentir que, por muy amiga mía que sea, la mejor amiga que tengo para ser más exactos, me diga todas estas cosas.
—Que no me apetece esta boda, por favor —farfullo entre dientes mientras cuelgo en el armario toda la ropa que he ido sacando de la maleta durante mi conversación con Vega.
Ni que ella estuviera en mi cabeza, o ella fuera yo para saber lo que me apetece o no. Resoplo cerrando las puertas del armario de manera brusca en un intento de descargar la rabia que siento ahora mismo, una de ellas rebota y vuelve a abrirse para darme en la cara. Eso sí que es literalmente un portazo en las narices. Joder. Suelto un gruñido de dolor y a la vez de rabia, cierro mis manos en un puño, las aprieto fuerte y, después, pataleo como cuando era pequeña.
«Ni que una boda fuera un helado de vainilla o un chupito de tequila, que ahora te apetece y, en dos segundos, ya no y cambias de opinión», continúo protestando en voz alta para mí sola.
9
Junior
Termino de cenar y voy hasta mi habitación para buscar una sudadera, quiero salir a dar un pequeño paseo por el jardín de la clínica antes de irme a la cama, estamos en primavera y las noches todavía son frescas.
El teléfono vibra en el bolsillo de mi pantalón.
—¡¡¡¡Vega!!!! —respondo entusiasmado. Escuchar la voz de mi hermana siempre me supone una gran alegría, es tan divertida, tan alocada, tan imprevisible. Tan… Vega.
—¿Te puedes creer que me ha colgado el teléfono? —me pregunta ella. Ni siquiera empieza por un «hola Junior ¿qué tal estás?». No. Ella va directa al grano.
—¿Quién ha osado a hacerle eso a mi hermana? —le digo entre risas.
—Vicky —responde con un tono de voz que no consigo identificar.
Y al escuchar su nombre, yo noto como mi corazón se salta al menos un par de latidos, para después latir desbocado hasta mi garganta. La sola mención de su nombre sigue teniendo ese efecto en mí.
Trago saliva y al hacerlo deseo con todas mis fuerzas que esa saliva arrastre el nudo que acaba de formarse en mi garganta.
—Algo le habrás dicho para que haga algo así —consigo responder con un tono de voz bastante neutral.
He vivido con mi hermana lo suficiente como para saber que sin duda ella ha sido el detonante para que Vicky le cuelgue el teléfono. A Vega la conozco, pero a Vicky mucho más.
—Le he dicho que no me gusta su vestido de novia.
Hostias. ¿Ha dicho vestido de novia? Mi cuerpo se tensa al escuchar a mi hermana.
—Le he dicho que ese vestido no le pega, que ese vestido…—La corto no quiero seguir escuchando nada más. No puedo hacerlo.
—Vega… —Me quedo en silencio tras darme cuenta de que mi voz ha sonado más rota de lo que quería.
—¿Sííííi? —responde con voz repipi.
—¿Has dicho vestido de novia? —susurro.
—Sí, claro. Hoy ha tenido su primera prueba. —Mi hermana hace una pausa y después la escucho suspirar.
—Espera, Junior —rebufa—. No me digas que… no sabías que va a casarse.
Mi respuesta es no decir nada. Quien calla otorga. Y en estos momentos, sin duda, mi silencio está hablando por mí.
—Joder, lo siento, pensé que estabas al tanto de la noticia —se disculpa con la voz temblorosa.
—No te preocupes. No pasa nada. Antes o después iba a enterarme —tranquilizo a mi hermana, mientras mi respiración se acelera y la sangre me comienza a hervir en el interior de las venas.
—Bueno, pues como te decía que Vicky me ha mandado a la mierda. Pero yo le he dicho que allí hay overbooking y, sin dejarme terminar de hablar, me ha colgado.
»No ha nacido nadie que me cuelgue el teléfono a mí. Nadie —dice enfadada. Y yo…, yo simplemente suspiro aliviado, está tan metida en su propia conversación que estoy seguro de que ni siquiera se ha dado cuenta de que mi voz suena rota y de que yo también lo estoy tras saber que ella ha rehecho su vida. Ella va a casarse y no va a hacerlo precisamente conmigo.
Me recompongo e intento continuar con la conversación.
—A ver, Vega, sí ha nacido alguien que te cuelgue el teléfono y lo acaba de hacer —le rebato—. Y ese alguien se llama Vicky —sentencio.
—Qué mierda, Junior. Tienes toda la razón. Joder —resopla Vega.
Me río a carcajadas y ella lo hace conmigo.
—¿Has escuchado lo que te he dicho sobre el vestido? —insiste ella.
—Sí. Pero no me interesa —digo cuando ya casi estoy llegando a la puerta del jardín. Necesito aire. Necesito respirar. Me ahogo. Me asfixio.
—Joder, Junior. Debemos hacer algo con respecto a eso.
—¿Hacer algo con respecto a qué? —pregunto inquieto.
—Con respecto a la boda. Ya se me ocurrirá algún plan.
Un plan. Repito en mi cabeza. Todo lo que planea mi hermana siempre es peligroso. Muy peligroso.
—Bufff… miedo me da tu plan, Vega.
—Buah —protesta una vez más.
—Por cierto, ¿sabes guardar un secreto? —me pregunta cambiando el tema de conversación. No me sorprendo cuando lo hace, en Vega es bastante habitual. Ella habla por impulso sobre todo lo que pasa por su cabeza.
—Sí, sí se guardar un secreto. Venga, suéltalo.
—Vuelvo a casa en unos días, concretamente, para el cumpleaños de papá.
—¿Y cuál es el secreto que debo guardar? —pregunto contrariado. Me apoyo sobre una de las grandes columnas que hay en el porche y dejo que mi vista se pierda a lo lejos.
—El secreto es que no lo sabe nadie. Bueno, ahora lo sabes tú. —Escucho una risita a través del teléfono. Mi hermana tiene veintiséis años, pero a veces es como una cría de cinco y eso forma parte de su encanto.
—¡La hostia! —respondo.
Escucho a mi hermana reírse de nuevo al otro lado del teléfono. Esta vez lo hace más fuerte, con más ganas.
—¿Eso significa que te alegras?
—Claro. Joder, ¿cómo no voy a alegrarme? Pero ¿por cuánto tiempo vienes?
—Por tiempo indefinido. Necesito estar con vosotros. Necesito abrazarte hermanito. Bueno, eso y que además el contrato en la escuela de surf acabó hace unos días —resopla.
—Pero ya tengo planes. Quiero cumplir mi sueño y tengo que solucionar algunas cosas. ¿Estás contento? Dime que sí, Junior. Dime que sí lo estás.
Vega está entusiasmada con idea de volver y yo también lo estoy, aunque la noticia de la boda de Vicky me haya cogido un tanto desprevenido y, ahora, la vuelta de Vega ya no me parezca tan emocionante. Mejor dicho. Un tanto, no, la noticia sobre la boda de Vicky me ha cogido muy desprevenido. Suspiro e intento asimilar tanta información en tan poco tiempo.
—Claro que estoy contento. Ya sabes que te he echado de menos todo este tiempo. Yo también tengo ganas de abrazarte. Te necesito tanto, Vega —digo con los ojos abarrotados de lágrimas y con la voz temblorosa.
—Eyyyy… ¿No estarás llorando, verdad? Ya no queda nada para vernos. Pero recuerda que es un secreto. Creo que es el mejor regalo que puedo hacerle a papá. Creo no, estoy completamente segura de que es el mejor regalo que puedo hacerle.
—Hay barbacoa —respondo.
—Lo imaginaba. Si no tengo problemas con el vuelo, llegaré a tiempo para ella. Te quiero, Junior.
—Y yo a ti, Vega.
Mi hermana cuelga el teléfono.
Me siento en las escaleras que bajan al jardín, apoyo los codos sobre mis rodillas, escondo la cara entre las manos y dejo que las lágrimas rueden por mis mejillas. Dejo salir todo el dolor que tengo dentro y también la rabia. Necesito que ambas cosas salgan fuera. Necesito expulsarlas y la mejor manera que encuentro de hacerlo, en estos momentos, es llorando.
10
Vicky
Busco algo de ropa cómoda entre la que he colocado hace un rato en los cajones de la cómoda, me cambio para bajar hasta la cocina y ayudar a mamá con la cena.
Me visto con un pantalón corto de algodón y una camiseta talla XL. No es una camiseta cualquiera. Es la camiseta. Es su camiseta. Aquella camiseta que él dejó un día en Londres para que yo durmiera con ella durante los días que duraba su ausencia y, así, sentirlo más cerca. Un poquito más cerca.
Hoy tres años después, sigo aferrada a ella, ya no huele a Junior, ya no huele a nosotros. Pero, es su camiseta y, también, un poquito mía.
Recojo mi melena en una coleta mientras bajo las escaleras dando saltitos como cuando era una niña. Estoy tan contenta de estar en casa de nuevo.
Voy directa hasta la nevera y saco un par de refrescos, uno para mi madre y otro para mí. Me siento en una de las banquetas que hay alrededor de la isla de la cocina y suspiro dejando caer mi cabeza sobre la encimera en señal de cansancio y. por qué no decirlo, con algo de desesperación tras mi conversación con Vega.
—Maldita, Vega —farfullo entre dientes con la esperanza de que mi madre no me haya escuchado.
—¿Qué ha pasado ahí arriba? —me pregunta acercándose a mí y alzando las cejas.
Me encojo de hombros, le digo que nada.
—¿Nada? Vamos, Vicky, que se escuchaban las voces al otro lado de la urbanización —me dice mientras se acerca un poco más.
—Nada, de verdad —repito, lo hago en un intento de convencerla de que así ha sido y, de paso, convencerme a mí misma.
—Vickyyyyy —me reprende, alargando la última letra como cuando era una niña.
—¿De verdad? ¿De verdad que las voces han sido para tanto? —pregunto y esta vez soy yo la que alzo mis cejas y, además, abro mucho los ojos en señal de asombro.
Mi madre se ríe y choca su hombro contra el mío al escuchar mi pregunta, haciéndome entender de esa manera que está hablándome en broma.
No soy muy dada a dar voces, al contrario, soy muy tranquila y dialogante, sin embargo, hoy Vega me ha sacado de mis casillas. En realidad, ella siempre lo hace. Siempre lo ha hecho. Siempre lo hará. Y ojalá lo siga haciendo siempre. Siempre.
Estoy cansada, estoy estresada y estoy sobrepasada.
—No, cariño, no han sido para tanto. Pero algo grave tiene que haber ocurrido entre vosotras para que le dieras esas voces a Vega. Y, además, la mandaras a la mierda. —Me llevo las manos hasta la cara para esconderla entre ellas y me muerdo el labio inferior en señal de desaprobación hacia mí misma. «Por el amor de Dios, he perdido los papeles por completo».
Pues sí que he dado voces, sí. Por lo que veo mi madre se ha enterado de todos y cada uno de los pormenores de nuestra conversación. Me remuevo, algo inquieta, en mi asiento.
Humedezco mis labios y coloco un mechón de pelo, que se ha escapado de mi coleta, tras la oreja de manera nerviosa.
—Vega ha dudado de que quiera casarme —confieso al fin.
—Me ha dicho que esta boda no me apetece. ¡¡JA!! Como si una boda, no sé, fuera algo efímero, algo que ahora te apetece y dentro de dos horas ya no. Como si una boda fuera una comida, una película o dar un paseo. No sé si me entiendes. —Me encojo de hombros para hacerle saber a mí madre de ese modo que no entiendo la actitud de Vega y hago rodar los ojos hasta ponerlos en blanco. Bebo un poco del refresco para humedecerme la boca, de repente, se me ha quedado muy seca. No sé por qué me he puesto nerviosa al hablar de esto con mi madre.
La miro, esperando a que ella me ayude a entender mejor todo esto que yo soy incapaz de explicar en este momento. Ella me mira fijamente y en sus ojos veo algo, no sé qué es, pero intuyo que mi madre se está callando un pensamiento. Y que eso me incumbe directamente.
Esto me asusta, porque entre mi madre y yo no hay secretos. Nunca los ha habido, al menos no los ha habido hasta ahora. Solo espero que ella no piense también que esta boda es un error. Solo me faltaba eso. Que ella también pensara que me estoy equivocando.
—¿Tú también piensas que casarme es un error? —pregunto inquieta y albergando la esperanza de que me saque de mis dudas.
Mi madre no dice nada. Se queda en silencio y se limita a abrir uno de los cajones que hay bajo la isla de la cocina y sacar una bolsa con gominolas, concretamente, una llena de moras negras. Mis chuches favoritas y también las de ella. En realidad, mi madre es la culpable de que me gusten, ya os he contado que mientras estuvo embarazada de mí tuvo antojo de ellas. Y, por lo que se ve, a día de hoy, sigue teniéndolo. Unas gominolas que siempre me trasladan a mi primer beso con Junior, a nuestro primer beso, al primero de muchos. Y también tristemente lo hacen hasta el último.
—Vamos a tomarnos una sobredosis de azúcar antes de que llegue tu padre. Seguro que después de varias de estas, veremos todo de otra manera. —Mi madre me sonríe y yo imito su gesto, mientras pienso que ella no ha contestado a mi pregunta. No va a hacerlo, estoy convencida de ello y eso me preocupa.
—No sé si lo veremos de otra manera, pero más dulce seguro que sí —le digo llevándome una mora a la boca y cerrando los ojos como si estuviera degustando el manjar más exquisito del mundo y trasladándome con mi mente hasta mi lugar favorito del mundo. Los labios de Junior. Sacudo mi cabeza para desterrar esa imagen de ella.
Ayudo a mi madre a poner la mesa para la cena y nos sentamos en el porche a esperar a mi padre, el cual no tarda en llegar. Esperar a mi padre, sentadas en el porche, es algo que hacemos desde que yo era una niña. Es una de las tantas cosas que echo de menos cuando estoy en Londres. Echo de menos tantas cosas…, tantas.
Nada más verlo aparecer por la puerta del jardín me levanto y salgo corriendo hacia él, salto sobre sus caderas y me engancho a ellas mientras hundo mi cabeza en el hueco que se forma entre su hombro y su cuello. Tal y como lo hacía cuando era solo una niña.
—Mi Zafer. Mi Victoria —me dice mientras acaricia mi espalda y yo beso su cuello insistentemente para asegurarme de este modo de que es verdad que estoy entre sus brazos.
Mi padre pocas veces me llama Vicky, él siempre me llama Victoria o Zafer, que es mi nombre en turco. Mi abuelo paterno, al cual no conozco, es de allí. Mi padre siempre cuenta que, cuando mi madre eligió mi nombre, lo primero que le vino a la cabeza fue esta palabra turca y, desde que nací, es su manera de llamarme cariñosamente.
Cuando se enfada o tiene que hablar seriamente conmigo utiliza mi nombre completo, Victoria. Él y Junior son los únicos que me llaman de este modo. Bueno, debo aclarar que Junior lo hacía. Ya no lo hace.
—Papá… —consigo decir mientras intento deshacerme de ese pequeño nudo que se ha formado en mi garganta al sentirme entre sus brazos y aspirar su olor. Oler a papá es saber que por fin estoy en casa. Oler a papá es oler a hogar.
Mamá siempre lo decía, y yo no sabía a qué se refería hasta que me marché a Londres a trabajar. Ahora lo entiendo perfectamente, sé que estoy en casa cuando el olor de mi padre inunda mi nariz. Hubo un tiempo que sentía lo mismo cuando estaba con Junior. Estar en los brazos de Junior o cerca de él era saber que nada malo iba a pasarme, era saber que estaba protegida. Era saber que él era ese lugar donde siempre debía regresar. Era.
—¿Está todo bien cariño? —me pregunta al notar que un pequeño hipo me inunda.
Asiento repetidamente, con mi cabeza todavía hundida en su cuello. Pero él desenrosca mis brazos y mis piernas de su cuerpo para dejarme en el suelo, me enmarca la cara con sus manos y hace que sus enormes ojos color café se encuentren con los míos azules, que he heredado de mi madre, además de otras cualidades. Desvío la mirada para que él no pueda leer en la mía todo lo que ella tiene que contarle.
De mi padre tengo el color castaño de mi pelo, aunque de pequeña era muy rubia, tanto como mi madre, pero con los años se fue oscureciendo hasta quedar igual al de mi padre.
Ellos dicen que he sacado las mejores cosas de cada uno y la valentía por partida de doble. Por lo visto, ambos estuvieron de acuerdo en que yo sería valiente además de lista, guapa, luchadora y feliz. Pero hace un tiempo que demostré que no tengo valentía por partida doble. Y, sobre la felicidad, por ahora prefiero no hablar. Solo voy a aclarar que la felicidad es efímera. Solo hace falta un chasquido de los dedos para tenerla y otro para perderla.
La felicidad, tal y como la atrapas en tus manos, se esfuma entre los dedos. La felicidad son momentos, instantes… Eso es la felicidad.
—¿De verdad, está todo bien? —insiste inquieto.
—Sí. Solo que te echo de menos, bueno, os echo de menos a los dos, a mamá y a ti —le digo encogiéndome de hombros y limpiando de un manotazo las lágrimas que ruedan por mis mejillas, finalmente no he conseguido controlarlas.
A pesar de que llevo varios años viviendo en Londres, sigo echando mucho de menos a mis padres, bueno en realidad sigo echándolos de menos a todos. A todos…
—Eso tiene solución —me dice. Vuelvo a fijar mi mirada en la suya, pero esta vez lo hago sorprendida.
—¿Ah sí? —pregunto agarrándome a su brazo y poniendo rumbo al porche donde mamá sigue sentada, observando la escena.
Sé que ella no ha querido interrumpir este momento, ella es consciente de ese vínculo especial que mi padre y yo tenemos. Ella ha querido disfrutar, a su manera, de ese momento de intimidad que mi padre y yo acabamos de tener.
—La solución es que vuelvas a casa, con nosotros. No tienes por qué seguir en Londres
—Papá… —farfullo entre dientes.
—Héctor… —le riñe mamá, dándole un beso en los labios, a la vez que un pequeño manotazo sobre un hombro como reprimenda.
—¿Qué pasa? Tengo que quemar todos los cartuchos antes de que el guiri ese me la arrebate para siempre —protesta mi padre.
—Gordon, se llama Gordon —replica mi madre.
—Me da igual su nombre. Se llame como se llame va a llevarse para siempre a una de las dos personas que más quiero en esta vida.
—Espero que la otra persona sea yo —protesta mi madre cruzándose de brazos frente a él en señal de enfado.
—¿Acaso lo dudas, nena? —pregunta mientras la alza en brazos y le come la boca, literalmente, a besos.
Por favor, ver esta escena en mis padres no es que resulte demasiado agradable, ¡si parecen dos adolescentes con las hormonas revolucionadas! Bueno, he de reconocer que, a pesar de llevar tantos años juntos, me gusta ver como aún se siguen haciendo esas muestras de amor y cariño. Solo espero que, algún día y después de muchos años, yo también siga disfrutando del amor de esta manera. Me gusta cómo se miran, hay algo especial en sus ojos cuando se encuentran.
No. No, es algo especial, es ese amor infinito que se tienen el uno al otro, esa admiración mutua y ese respeto que ellos se profesan.
Amor infinito, admiración mutua y respeto.
Eso es lo que hay entre mis padres.
Eso es lo que ellos transmiten cuando se besan y se miran. Eso es.
11
Junior
«Una vez escuché o tal vez leí que “te amo” en italiano se dice “ti voglio bene” que significa “te quiero bien” y, sinceramente, creo que debería ser la meta de toda relación, querer bien a la otra persona para ser un apoyo, no una dificultad».
Y eso fue lo que hice, querer bien a Vicky. Amarla. Renunciar a ella para no ser una dificultad en su vida. Para no ser una carga.
Fue una mañana de otoño con olor a lluvia, ese a Elena, mi madre, tanto le gusta, ella siempre ha defendido la teoría de que la lluvia purifica y trae aires nuevos.
Esa mañana también tenía cierto sabor a invierno, un invierno que desde ese momento se instaló en mi corazón, para siempre. Un invierno que desde ese instante me acompañó día a día, sin ella. Sin Vicky, sin el roce de sus manos en mi piel, sin el sonido de mi nombre en su boca, sin sus dedos enredados en mi pelo, sin el sabor de sus labios en los míos. Sin ella.
Vicky viajaba cada viernes desde Londres para acompañarme los fines de semana en mi recuperación. Un proceso lento y doloroso, que me hacía sufrir y también sé, aunque nunca me lo dijera, que le hacía sufrir a ella. Podía ver ese sufrimiento en sus ojos, esos ojos que siempre han hablado por sí solos.
Insistí, en numerosas ocasiones, que no era necesario que viniera cada fin de semana para estar conmigo. Pero aun así ella seguía viajando para estar a mi lado, aferrada a un pequeño halo de esperanza que yo no estaba dispuesto a darle. Una esperanza que decidí romper porque no quería que ella siguiera sufriendo a mi lado.
Mi recuperación física iba más lenta de lo normal. Más de lo que los médicos pronosticaron y de lo que yo mismo deseaba que fuera. Y ni ellos ni yo estábamos seguros de cuando terminaría aquella tortura y tampoco de que fuera a ser el mismo de antes del accidente. Tal vez mi vida se quedaría relegada a una silla de ruedas, no lo sabíamos, y no quise que Vicky hipotecara su vida al compás de la mía. No quería hacerlo. No podía hacerlo. No debía hacerlo.
Los domingos a última hora de la tarde se despedía de mí, lo hacía con un beso en los labios y una caricia en mi rostro, hasta el siguiente viernes. Pero aquel domingo, lluvioso y casi invernal, decidí que sería la última vez que nos veríamos, que sería la última vez que nuestros labios se besarían, la última vez que sentiría sus manos acariciando mis mejillas. Sí, lo decidí así.
—Deberías irte —murmuré en apenas un susurro, mientras las gotas de lluvia golpeaban de manera intensa los cristales de la ventana, tic, tic, tic, tic, tic, tic. Tenía un nudo tan grande en mi garganta que a punto estuvo de ahogarme antes de pronunciar aquellas dos malditas palabras.
—Aún me queda un rato para coger el vuelo —respondió Vicky con los dedos entrelazados en los míos y acariciando el dorso de mi mano con su dedo pulgar.
—Creo que no me has entendido —aclaré a la vez que me giraba hacia la pared para no encontrarme con sus enormes ojos azules, haciéndome preguntas para las que yo no tenía respuestas. No las tenía, porque no las había.
—Quiero que te vayas y que no vuelvas —noté como su cuerpo se tensionaba y también sentí como se agarraba con más fuerza a la mano que aún acariciaba con su dedo pulgar. Una mano que yo retiré de manera lenta, queriendo así marcar en mi piel el tacto de la suya por última vez, como si de un tatuaje se tratara.
Mientras soltaba su mano de la mía pude escuchar como su corazón, y también el mío, se rompía en pedazos. Crac, crac, crac…, aquel día descubrí que cuando un corazón se rompe, no se parte por la mitad, en solo dos pedazos, lo hace en mil.
—Pero… ¿Por qué Junior? ¿Qué he hecho mal? ¿Qué ha pasado? —balbuceó todas y cada una de las preguntas con apenas un hilo de voz, lleno de ansiedad, lleno de dolor, lleno de angustia, de tantas cosas…
«Maldita sea», pensé. Me pregunta que ha hecho mal, cuando soy yo el único que está haciéndolo todo mal. Todo.
Estoy decidiendo por ella. Cuando debería ser ella la que determinara si quiere continuar a mi lado a pesar de todo. Sin embargo, soy yo el que no le está dando ninguna opción a ella. Ninguna.
—Yo te quiero y tú me quieres, nos queremos, siempre, lo hemos hecho. ¿O es que acaso tú has dejado de hacerlo? —Su voz sonaba temblorosa e insegura. Y yo quise dejarle claro que la decisión que había tomado era un acto de amor hacia ella.
—No he dejado de quererte, nunca dejaré de hacerlo. Joder. Por eso te pido que te vayas y me dejes, porque no creo que sea justo que tú estés aquí a mi lado. Sin saber qué va a ocurrir conmigo, con nosotros. VIVE, VICKY, VIVE. Pero hazlo sin mí. Por favor —supliqué.
No hubo ni una sola palabra más, ni una sola réplica por su parte, solo un sonido que lo llenó todo. El ruido de la silla donde ella estaba sentada, arrastrándose lentamente por el suelo y sonando como un adiós. Un sonido que durante mucho tiempo me acompañó. Supongo que lo hizo para recordarme lo que es el dolor. Aquel sonido era eso, dolor. Mucho dolor. El dolor de ver como el amor de tu vida se va de ella, porque tú lo has echado de tu lado. El dolor de sentir como el corazón, el alma y las entrañas se desgarran a la vez en tu interior. Al mismo tiempo.
12
Vicky
«Cuando un corazón se rompe, lo hace en mil pedazos, y cuando vas a recogerlos te das cuenta de que solo encuentras novecientos noventa y nueve».
Aquí dentro siempre llueve, Chris Pueyo
Dejé que Junior se soltara de mi mano de manera lenta, alargando de ese modo el roce de su piel en la mía, un roce agónico, un roce que sería el último.
Arrastré lentamente la silla en la que estaba sentada y recorrí los pocos pasos que me separaban de la puerta para salir de la habitación. Un tintineo me acompañó en aquel corto trayecto: clin, clin, clin…, era el sonido de los pedacitos en los que había quedado roto mi corazón. Exactamente, novecientos noventa y nueve.
Cerré la puerta al salir y tras ella se quedó ese pedacito de corazón número mil, ese que nunca he conseguido recuperar. Un pedacito que se quedó con él, con Junior. Se quedó con quien una vez me lo dio todo y, del mismo modo, también me lo arrebató. Los novecientos noventa y nueve restantes los recogí, los guardé en uno de mis bolsillos y me los llevé conmigo para intentar recomponer ese corazón destrozado.
Cerré la puerta siendo consciente que, desde ese momento, mi corazón estaba roto, sangraba y, además, se había quedado incompleto, y nada más hacerlo me encontré de frente con un sentimiento que aún no conocía, el odio.
Y también con un dolor que era desconocido para mí, no era físico, no. Era ese dolor que no se cura, que a pesar del tiempo sigue ahí, unas veces más latente, otras menos, pero que siempre, siempre te acompaña. Todavía hoy lo sigue haciendo.
El tiempo no lo cura todo, el tiempo simplemente calma, tal vez anestesia. Te enseña a vivir con las heridas, y las heridas, a veces, escuecen. Y las mías a día de hoy lo siguen haciendo a menudo. Muy a menudo. Demasiado.
13
Junior
—¿Todo bien? —escucho decir a alguien. Abro los ojos y miro en derredor en busca de la voz que me ha sacado de mis pensamientos. No tengo que indagar demasiado para encontrarla, ni tampoco pensar mucho para distinguirla. Sin duda, es Lola y está sentada a mi lado. Estoy tan sumido en mis dilemas mentales que ni siquiera me había cuenta ni me había percatado de su presencia.
—Va a casarse —murmuro.
—¿Quién? —pregunta contrariada.
—Vicky —respondo con la voz algo temblorosa, todavía estoy impactado por la noticia.
—¡No me jodas! —responde con ímpetu.
—Acabo de hablar con mi hermana. Han discutido —chasqueo la lengua contra el paladar.
—¿Quién ha discutido con quién?
—Vega y Vicky —aclaro—. Ya sabes que son las mejores amigas. Vega estaba bastante enfadada porque le había colgado el teléfono tras una discusión por el vestido de novia de Vicky. Estaba tan cabreada, que creo que ni siquiera estaba siendo consciente de la bomba que estaba soltando por su boca.
—Lo siento, Junior. De verdad que lo siento. Supongo que en todo este tiempo has albergado algo de esperanza, por pequeña que fuera. —Lola pasa su mano por mi espalda en un intento de darme algo de consuelo. Siento como me acaricia la espalda arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo… Cierro los ojos y respiro de manera lenta antes de continuar hablando.
—No es que tuviera muchas esperanzas en recuperarla —confieso, aunque eso no es cierto, porque la verdad es que en mi cabeza no ha habido otro pensamiento más que el de recuperar a Vicky en todo este tiempo. Cada día de dolor en las sesiones de rehabilitación yo mismo me convencía de que merecía la pena porque era un paso más para llegar a ella, para volver a ella.
»Pero sí es cierto que siempre he estado aferrado a una, muy pequeña —continuo diciendo—. Esa diminuta esperanza era la que hacía que cada día luchara un poco más por salir de toda esta mierda. Ahora ya nada me importa. Ahora ya todo me da igual. Esta vez la he perdido para siempre. —Trago saliva y humedezco mis labios antes de seguir hablando, mientras entierro la cabeza entre las manos que tengo apoyadas sobre las rodillas.
»Pero también supongo que me lo merezco. Supongo, ¿no? Estoy convencido de que me lo merezco. ¡La eché de mi vida Lola, la eché, joder! ¡No le di opción a nada! —grito. Cierro los ojos en un intento de retener las lágrimas que amenazan con rodar por mis mejillas. Aprieto las palmas de mis manos contra ellos, pero las lágrimas tienen más fuerzas que mis manos y rompo a llorar.
»Fui un miserable. No. Soy un miserable —digo con la voz ronca y casi desgarrada por la emoción.
—Junior… no sé qué decirte, no se me ocurre nada más que decir que lo siento. —Lola pasa sus pulgares por mis mejillas para limpiar mis lágrimas.
—No tienes por qué decir nada. Ni siquiera merezco que estés aquí consolándome. Me merezco todo esto. ¡Me lo merezco! —grito de nuevo, pero esta vez lo hago enfadado. Estoy enfadado conmigo mismo por haber tomado la decisión incorrecta y, por supuesto, por no haberle dado ni una sola opción a Vicky. Ni una sola.
—No te castigues. No es justo. Hiciste lo que creías correcto por y para ella. Yo nunca he pensado que tu decisión fuera egoísta. Fue todo un acto de amor, dejar volar a la persona que quieres para que fuera feliz.
Lola saca un paquete de tabaco del bolsillo de su pantalón y enciende un cigarrillo.
—¿Puedo…? —le pregunto señalando el paquete con mi cabeza.
—No sabía que fumabas.
—No lo hago. Pero…
—Toma —me dice tendiéndome el cigarrillo que ella acaba de encender. Le doy una calada y, nada más hacerlo, el humo pasa quemando mi garganta. Toso, vuelvo a toser y una arcada sube hasta mi boca.
—Joder, Junior. —Lola da golpes en mi espalda. Mientras yo intento reponerme de esa quemazón que acaba de atravesarme.
Con los ojos aún vidriosos por el mal rato que acabo de pasar, le devuelvo el cigarrillo a Lola: mi etapa de fumador ha empezado y terminado con tan solo una calada.
Busco la bolsa de gominolas que llevo en el bolsillo de mi pantalón. Llevo una mora negra hasta mi boca, cierro los ojos y la saboreo.
Mi cabeza me juega una mala pasada como siempre que como moras negras. Así, mi cabeza me lleva hasta todos esos recuerdos que tengo de ella, de nosotros. Aprieto los ojos y dejo que mis recuerdos me lleven hasta ese día en que la besé por primera vez, en la playa. Hasta ese día en que jugamos a ser mayores y nos prometimos amor eterno. Hasta ese día en que ninguno los dos sabíamos que ser mayores iba mucho más allá de un beso en los labios.
14
Vicky
Después de cenar, me preparo una taza de té, me lio un cigarrillo y salgo al porche. Me siento en uno de los peldaños, bebo un sorbo y doy una calada, cierro los ojos y levanto mi cabeza al cielo en un intento de dejar mi mente en blanco y no pensar en nada. En nada.
—Me alegro de tenerte unos días en casa —dice mi padre, sentándose a mi lado. Doy un respingo, estaba tan concentrada en buscar la tranquilidad que no he sido consciente de que mi padre se acercaba hasta mí.
—Yo también, papá —le digo apoyando mi cabeza en su hombro. Doy una calada a mi cigarrillo.
—¿Desde cuándo fumas? —me pregunta sorprendido y algo enfadado. La verdad es que yo tampoco sé desde cuando fumo. Bueno, sí lo sé, fue hace dos años cuando mi vida se desmoronó y por inercia compré un paquete de tabaco al salir del hospital, como si en ese paquete de cigarrillos fuera a encontrar consuelo, desde entonces no he dejado de hacerlo.
—No fumo. No me trago el humo, me limito a expulsarlo por la boca. Me relaja —me defiendo ante mi padre. Es cierto que no me trago el humo, pero la sensación de tener algo entre mis manos me alivia, sé que no es la mejor manera de afrontar los problemas, pero tantas veces erramos en la forma de encararlos, que esta simplemente, es una más.
—Victoria, cariño. Sabes que puedes contar conmigo para cualquier cosa. ¿Está todo bien?
Me llevo la taza, de manera lenta, hasta los labios y bebo un poco de té antes de responder, mirando a mi padre por encima de ella.
—Sí. ¿Por qué no iba a estarlo?
—Estas un tanto extraña.
—He discutido con Vega. Eso es todo. Pero mañana lo solucionaré. Hoy estoy cansada. Quiero irme pronto a la cama.
—¿Has… has… has hablado con Vega? —pregunta mi padre ¿nervioso?
—Sí… —giro mi cara para mirar a mi padre arrugando la frente.
—¿Yyyyyy? —pregunta.
—¿Y? ¿Qué? —pregunto extrañada.
—Hemos hablado sobre mi vestido de novia. No le gusta y, bueno…, además me ha dicho algunas cosas que no me han gustado. Nada más. —No quiero hablar otra vez de mi conversación con ella.
Escucho a mi padre soltar todo el aire que ha retenido en sus pulmones. Es como si así estuviera liberando una sensación de ahogo.
—¿Hay algo que quieras contarme? —pregunto alzando mis cejas. Después de mi madre, soy la persona que mejor conoce a mi padre y sé que tiene algo que decirme, pero tal vez no encuentra las palabras exactas, o quizás aún no sea el momento. Yo qué sé.
Observo como mesa su pelo una y otra vez. Ese gesto termina por delatarle. Está nervioso por algo. Y ese algo me incumbe, estoy segura. Muy segura.
—¿Papá…? —interpelo.
—Vicky, cariño. Gordon al teléfono —interrumpe mi madre. Mi padre vuelve a resoplar en señal de alivio.
—Gracias, mamá —digo cogiendo el móvil que mi madre me tiende y levantándome del peldaño donde estaba sentada junto a mi padre. Busco un poco de intimidad para hablar con Gordon.
Mientras me alejo puedo escuchar a mis padres hablar, lo hacen muy bajito, sin embargo, hay una parte de esa conversación que llega hasta mis oídos.
—Hay que decírselo, nena. Hay que decírselo. Ya —sentencia mi padre.
—Mañana, Héctor. Lo haremos mañana, cariño. Hoy ha vivido demasiadas emociones.
15
Gordon
—Gordon, cariño. Perdóname. —Escucho aliviado la voz de Vicky al otro lado del teléfono mientras abro la puerta del apartamento que comparto con ella desde hace algún tiempo en Notting Hill.
—No hay nada que perdonar, mi vida. Perdóname tú a mí por llamar al teléfono de tu madre —me disculpo—. Pero llevo toda la tarde intentando contactar contigo a través del tuyo y siempre me da la señal de apagado o fuera de cobertura. Imagino que te has quedado sin batería —continuo.
—No. No me he quedado sin batería, lo he apagado después de discutir con Vega.
Me sorprendo al escuchar que ha discutido con Vega. Desde que conozco a Vicky, creo que no la he visto discutir con nadie y mucho menos la he escuchado hacerlo con ella. Ambas son un apéndice de la otra, aunque no se vean desde hace dos años, si no me equivoco en esto último. Si hay una definición de amistad distinta de la que recogen los diccionarios sería «amistad es la relación que mantienen Vicky y Vega».
—¿Quieres hablar de ello? —pregunto contrariado.
—Prefiero no hacerlo, al menos, por ahora. —Escucho como resopla al otro lado del teléfono—. Estoy cansada y mañana tengo que madrugar para ir al trabajo. ¿Te importa que lo dejemos para otro momento?
—Claro que no. Descansa, mi amor. Te echo de menos, Vicky.
—Yo también te echo de menos, Gordon. Sabes que te quiero, ¿verdad?
—Yo también te quiero Vicky —respondo—. Yo también —insisto.
—Hablamos mañana y te cuento que tal me ha ido en el trabajo. Estoy tan emocionada por volver a la oficina de mamá y trabajar de nuevo con Elena. Por cierto, ¿tienes ya el billete de avión para venir este fin de semana?
—Sí, hablamos mañana y me cuentas que tal ha ido todo. El billete también lo buscaré mañana. Hoy me ha sido imposible. Aún faltan algunos días para el viernes, tranquila mi amor.
—Descansa, Gordon. Hasta mañana.
Me aflojo el nudo de la corbata, me sirvo un whisky, me quito la americana y la tiendo en el respaldo del sofá y, por último, me dejo caer sobre él, me restriego la cara y paso una mano por mi pelo para mesarlo. Estoy cansado, el día no está siendo fácil.
No suelo beber demasiado y mucho menos en días de diario. Pero hoy no sé por qué, lo necesito. Será el encontrarme solo en esta casa de nuevo, me he acostumbrado a Vicky. Me he acostumbrado a tenerla en casa, en el trabajo y en mi vida. Sobre todo, en mi vida.
Al colgar la llamada, busco una lista aleatoria en Spotify, suena One en la voz de Mary J. Blige acompañada por Bono de U2. Saboreo un trago de whisky escuchando los primeros acordes de la canción y fijo la mirada en la foto que tengo como fondo de pantalla en el teléfono. Es una foto de Vicky de hace tan solo unos días, si no recuerdo mal es del pasado domingo, está sentada en el sofá de casa, recién levantada, tomando una taza de café con el pelo alborotado y con cara de sueño. Pero es que aquel día estaba tan bonita, que no pude resistirme a inmortalizar el momento. Estaba tan feliz, tan despreocupada…, era tan Vicky.
Era la Vicky que conocí hace algunos años. Una Vicky que poco a poco volvía a ser esa de la que me enamoré un día nada más verla. Tan segura de sí misma, con esa sonrisa eterna, esos ojos entre azul y verde que hablan cuando ella está en silencio, esos ojos que dicen todo lo que ella calla.
La primera vez que la vi recuerdo que llevaba puestas esas botas Converse negras que son tan parte de ella, una falda de tul negra hasta los tobillos y una sudadera gris con un unicornio dibujado en la parte delantera. Esbozo una sonrisa cuando esta imagen viene a mi cabeza, pues me doy cuenta de que, a pesar del tiempo pasado, ese recuerdo ha llegado hasta mí de manera nítida.
Doy otro trago a mi whisky, me acomodo un poco más en el sofá y me dejo llevar hasta el día en que la vi por primera vez. Aquel día Vicky estaba sentada en una de las mesas de la editorial que por entonces dirigía Gloria, su madre. Esa a la que ha vuelto por unos días o tal vez semanas.
Aquel día mi padre y yo fuimos a hablar con Gloria por primera vez personalmente para interesarnos por la editorial. Una empresa pequeña que ella misma había creado y que, gracias a su tesón, trabajo y valentía, consiguió cosechar grandes éxitos y encumbrar a la fama a diferentes escritores. Entre ellos Hache Winter, Elena, la mejor amiga de Gloria, mujer de Aris y madre de Junior y Vega.
Vicky había comenzado a trabajar para su madre como correctora hacía tan solo unos meses, tras haberse licenciado en Filología en la universidad. Además, hacía sus pinitos como diseñadora gráfica, aunque esta actividad la veía como hobby, pero finalmente se ha dado cuenta de que es buena en este tipo de trabajos.
La editorial de Gloria, como ya os he dicho, era pequeña e independiente y el grupo editorial que dirige mi padre, Sunder´s Edition, la compró tras llegar a un acuerdo económico con ella. La única condición que puso Gloria, tras llegar a ese acuerdo de compraventa y antes de firmar el contrato, fue que su hija no perdiera el puesto de trabajo, cosa a la que ni mi padre, ni yo, pusimos ninguna objeción o impedimento.
Por aquel entonces, Vicky salía con Junior y estuvo un tanto reacia a abandonar su ciudad para trasladarse a Londres, ya que esa fue la única condición que puso mi padre, que Vicky trabajara en las oficinas centrales del grupo. El puesto de trabajo de Gloria seguiría en España para dirigir al pequeño equipo que tenía bajo sus órdenes y del que, por supuesto, nadie perdería su trabajo. Pero Vicky debería trasladarse hasta Londres para llevar a cabo su trabajo, esa condición era inamovible.
Si por algo se ha caracterizado siempre mi padre es por tener cerca de él a los mejores. Siempre. Y Vicky era y es muy buena en su trabajo como correctora de textos. Además, poco a poco empieza a despuntar en el equipo de diseño y maquetación del grupo como diseñadora de portadas para los libros que publicamos.
Hasta ahora, como diseñadora gráfica, lo único que ha hecho han sido pequeñas colaboraciones junto a otros diseñadores con más experiencia, pero el trabajo que va a realizar en España será íntegramente suyo, y lo hará con una de nuestras autoras estelares, Hache Winter.
Tras algunas conversaciones con ella, tanto por teléfono como personalmente, accedió a nuestras condiciones y se trasladó a vivir aquí, a Londres. Vicky fue un soplo de aire fresco en las oficinas centrales tan risueña, tan trabajadora, tan llena de vida y de alegría. Tan Vicky. Tan ella.
La invité a cenar a la semana de trasladarse a Londres, estaba sola y también un tanto desubicada. Echaba de menos a su familia, a sus amigos, a sus compañeros de trabajo, su casa, su entorno y, por supuesto, a Junior. Sobre a todo lo echaba de menos a él.
Aquella noche me habló de Junior, me habló de ellos y lo hizo con tanta pasión, con tanto amor, con tanto cariño, con tanta admiración, con tanto de todo…, que supe de inmediato que yo debía retirarme de esa guerra que ni siquiera había empezado y ya estaba más que perdida. Así pues, fui un caballero y acepté que jamás podría tener nada con ella, a pesar de todo lo que había empezado a sentir por Vicky: sin apenas darme cuenta, me había enamorado de ella.
Para Vicky, Junior lo era todo. Todo.
Es más, a día de hoy y aunque ella esté conmigo y vayamos a casarnos en apenas unos meses, creo que él sigue siendo su todo. Siempre lo será, siempre. Es algo que tengo tan asumido que soy plenamente consciente de que en nuestra relación en lugar de ser dos, somos tres. Ella, yo y la sombra de Junior, esa sombra que nos persigue constantemente, aunque hace mucho tiempo que dejamos de hablar de ella.
Más adelante, yo mismo pude comprobar de primera mano el amor que se profesaban el uno al otro, cuando más de un fin de semana él vino hasta Londres para visitarla.
Juntos eran la viva imagen del amor, si el amor tuviera una imagen, claro está, sería la de Junior y Vicky juntos. Esas miradas, esos besos, esas caricias, esa complicidad. Ese todo entre ellos. Un todo que yo no he conseguido tener, un todo que ella y yo jamás conseguiremos, que jamás tendremos.
Conocí su historia por boca de ellos, me contaron cómo sabían que estaban destinados el uno al otro desde niños. De cómo para ellos el estar juntos era lo más normal del mundo desde que apenas levantaban un palmo del suelo. Me contaron su boda simulada, siendo unos niños y la historia de las anillas de refrescos. Anilla que, por cierto, Vicky sigue llevando enganchada en el cordón de una de sus zapatillas, una anilla que me recuerda a diario que él sigue estando anclado en sus pensamientos. Una anilla que nunca le pediré que se quite. Nunca lo haré.
Junior me mostró la suya también atada al cordón de una de sus zapatillas. Me pregunto, si él, tal como Vicky, también la conservará actualmente.
También me mostraron sus cordones de hilo rojo, atados alrededor de sus muñecas. Cordón que, por cierto, yo también llevo atado a una de las mías, pues yo también estoy, o estuve hace algún tiempo, no lo sé, vinculado a alguien a través de un hilo rojo. Pero eso es otra historia, tal vez más adelante os la cuente. O tal vez ni siquiera lo haga. A veces es mejor no remover sentimientos. No se debe hacer si todavía duelen. Y los míos, en ocasiones, siguen doliendo. Hay heridas que tardan en sanar o quizás nunca lo hacen.
Un cordón que, al igual que Vicky, no he sido capaz de quitar de mi muñeca, porque supongo que si lo hago será algo así como romper por completo el vínculo que aún me une con esa persona. A estas alturas y después de varios años, todavía no estoy preparado para hacerlo.
Al igual que Vicky no ha podido sacar ni de su corazón ni de su cabeza a Junior, tampoco yo he conseguido sacar de mi corazón y tampoco de mi cabeza a esa persona que un día lo fue todo para mí. Su recuerdo sigue estando muy dentro de mí. Tan dentro que es muy probable que si intento arrancarlo puede que incluso muera al hacerlo.
Puede ser que ni Vicky ni tampoco yo lo hayamos intentado con las fuerzas suficientes. Un recuerdo que me sigue quemando. Es uno de esos recuerdos que no sabes si te hacen bien o mal. Es un recuerdo enquistado. He intentado desecharlo más de una vez, pero no lo he conseguido, o tal vez no he querido hacerlo.
Esa persona fue, es y será el amor de mi vida. En eso, Vicky y yo estamos en igualdad de condiciones. Los dos tenemos un amor inolvidable, que nos acompañará siempre. Un amor que pudo ser, pero que, finalmente, no fue.
Sin embargo, yo, a diferencia de ella, nunca he sido capaz de contarle quien es la persona a la que estoy unida por ese hilo rojo. Nunca he sido capaz de hablarle sobre ella. Para mi alivio, he de confesar que ella nunca ha preguntado.
Pero sé que vosotros os estaréis preguntando qué significa Vicky para mí. Qué lugar ocupa ella en mi vida. Ella…, ella es la mujer de mi vida, y eso no quiere decir que por ello tenga que ser el amor de la mía.
El amor de mi vida un día lo tuve entre mis manos y, tal como lo atrapé, lo dejé escapar entre mis dedos. No supe conservarlo. No supe defenderlo. Se esfumó. Se evaporó. Dejé que lo hiciera. Dejé que se fuera.
Vicky es la mujer con la voy a compartir lo bueno y lo malo, de hecho, ya lo hacemos desde hace algún tiempo, desde el día que decidimos unir nuestras vidas. La quiero con locura y siempre la querré, a Vicky es muy fácil quererla. Muy fácil.
Vicky fue mi tirita para ese corazón que yo también tenía roto en mil pedazos.
Para ese corazón que pensé que nunca podría recomponer.
Para ese corazón que pensé que nunca podría volver a querer y amar a alguien.
Y yo, sin duda alguna, lo fui para ella y también para su corazón.
Cuando ocurrió el accidente de Junior, temí por ella, por su integridad física y psicológica. Perdió peso, apenas comía y dormía. Se pasó días, semanas y meses sentada en una silla esperando a que Junior se despertara o a que no lo hiciera. Su vida quedó condenada al verbo esperar.
Dadas las circunstancias, le concedimos un permiso especial en la editorial durante las primeras semanas. Después accedimos a su petición de trabajar desde la sede de España, desde el hospital y desde casa. Por fortuna su trabajo se lo permitía.
Yo personalmente me trasladé varias veces hasta allí, para acompañarla y para interesarme por la evolución de Junior. Y sin darme cuenta me convertí en ese paño de lágrimas donde ella necesitaba llorar a menudo.
Meses después de lo ocurrido, a regañadientes, tras escucharnos a todos y tras las súplicas de sus padres, para que fuera yo quien la obligara a regresar a las oficinas bajo la amenaza de perder su trabajo, finalmente, se incorporó de nuevo a trabajar en la sede central en Londres. Cuando lo hizo nos encontramos a una Vicky rota. Una Vicky que no era ni siquiera la sombra de lo que un día fue.
No me separé de ella ni un minuto, no quería que nada malo le ocurriera y que tampoco hiciera ninguna tontería. Así fue como poco a poco me fui ganando su confianza y su cariño, y yo, yo me fui enamorando de ella un poquito más cada día.
Le di ese cariño que yo también necesitaba. Yo había vivido en mi propio cuerpo lo que es sufrir la pérdida de esa persona que se ha convertido en el centro de tu universo. De la misma manera, yo sentí como mi mundo se paraba cuando ella se fue de mi vida. Yo la entendía mejor que nadie en aquellos momentos.
Y un día sin darnos cuenta nos besamos. Fue un beso tímido y lleno de cariño. Fue un beso lleno de agradecimiento, lleno de miedo. Un beso tembloroso. Un beso que nos prometimos que no volvería a repetirse. Un beso que, a pesar de las promesas, si volvimos a repetir pasado algún tiempo.
Dos meses, dos meses fueron los que estuvo viajando Vicky cada fin de semana a su lado, al lado de Junior. Dos meses en los que yo la acompañaba hasta el aeropuerto cada viernes y la despedía con un pellizco en el estómago. Un pellizco que me acompañaba hasta el domingo en que regresaba hasta allí para recogerla. Y cada domingo al recogerla, ella estaba un poquito más rota de lo que la había dejado. Un poquito menos Vicky. Un poquito menos todo.
Pero un domingo la recogí rota por completo. La abracé y mientras lo hacía pude escuchar como dentro de ella tintineaban todos y cada uno de los pedacitos en los que venía hecho, una vez más, ese corazón que yo estaba consiguiendo parchear. Nunca lo llegué a reconstruir del todo. Nunca lo he conseguido. Nunca lo conseguiré. Nunca.
Pegué mis labios a su cuello y le prometí en un susurro que volvería a recomponerla, que volvería a pegar uno a uno cada trozo de su corazón roto.
Un par de meses después de aquel día, nos miramos a los ojos y volvimos a besarnos tal y como habíamos hecho tiempo atrás. Solo que en este beso había muchas más cosas. Era un beso que nos demostraba que ambos estábamos preparados para volver a querer a alguien, que, aunque nuestros corazones seguían heridos, estaban dispuestos a intentarlo de nuevo y, si ellos lo hacían, ¿por qué no íbamos a hacerlo nosotros?
Y así fue como decidimos que ambos merecíamos ser felices. Que ambos merecíamos una nueva oportunidad y que la vida nos la estaba dando.
Y eso es lo que he hecho desde entonces. Cumplir mi promesa de volver a recomponerla a ella y a su corazón. Pero la pieza clave para terminar de recomponer ese corazón destrozado la sigue teniendo él. Ese pedazo que siempre me ha faltado y me sigue faltando lo tiene Junior. Siempre lo tendrá. Soy consciente de que el corazón de Vicky nunca será entero para mí, siempre lo compartiré con él. Con Junior.
16
Vega
No me puedo creer que me haya colgado el teléfono y me haya dejado con la palabra en la boca. A mí, colgarme el teléfono a mí. Y todo porque le he dicho la verdad de lo que pienso. Todo porque le he dicho lo que, en realidad, ella también sabe y además piensa y se sigue negando a sí misma. El único problema de todo esto es que no quiere reconocerlo. Y eso no es un problema, eso es un problemón.
«¡¡¡Mierda!!!», grito llena de rabia, al mismo tiempo que lanzo mi teléfono bien lejos en señal de enfado, después de hablar con mi hermano e intentar, por enésima vez en lo que va de día, contactar con Vicky. La muy cabrita no se ha conformado con colgarme el teléfono y dejarme con la palabra en la boca, es que además la muy zorra (léase con cariño lo de zorra) ha desconectado el maldito teléfono.
«Oh. Joder. Joder. Joder», grito al darme cuenta de lo acabo de hacer, lanzar el teléfono como si estuviera practicando lanzamiento de martillo.
Me levanto del escalón del porche de mi casa, en el cual estoy sentada y corro. Corro para llegar hasta donde creo que ha caído el puto teléfono y, en el trayecto, me doy de bruces con un chico que camina en dirección contraria a mí, acompañado de un perro.
Es tal el golpetazo que nos damos, que yo me tambaleo hasta perder el equilibrio por completo y caigo de culo sobre la arena.
—¡Vaya mierda! —es lo primero que sale de mi boca. Ni perdona ni nada. A veces soy bastante bruta como podréis ir comprobando por vosotros mismos poco a poco.
»Perdona —consigo decir algo después, y muerta de la vergüenza, mientras hago un intento por levantarme. Digo intento porque, al verlo, vuelvo a sentarme de culo, y esta vez lo hago a propósito.
Madre. Mía. Cómo. Está. El. Chico.
Tiene los ojos azules más bonitos del mundo. Su pelo es rubio y lo lleva atado en una coleta, algunos mechones rebeldes se han soltado y resbalan por sus mejillas y, además, tiene los labios más sensuales y apetecibles que he visto en mucho tiempo. ¡Qué coño en mucho tiempo!, ¡en toda mi vida! Y su piel…, su piel parece muy suave y está muy bronceada. Mamma Mía.
—¿Española? —me pregunta arqueando una ceja hacia arriba y dando una calada al cigarrillo que sujeta entre sus dedos. No fumo y estoy en contra del tabaco, por lo de las enfermedades y todo eso. Pero me da muchísimo morbo ver a un hombre fumando. Y a este… pues que queréis que os diga, a este mucho más.
—Sí. ¿Se nota mucho? —respondo a su pregunta con otra y lo hago de manera algo irónica.
—Un poco —responde él en un español casi perfecto y esbozando una sonrisa. Ahora soy yo quien arquea la ceja hacia arriba.
Escuchar hablar español, después de tanto tiempo sin hacerlo, me resulta extraño. Y os preguntareis que por qué no escucho hablar nuestro idioma desde hace tanto tiempo. La respuesta es sencilla, estoy en Australia, concretamente en Byron Bay, la cuna del surf, pero eso ya lo sabéis, mi hermano o Vicky habrán hecho mención de ello en algún momento.
Un lugar que no es que tenga las mejores olas del mundo, pero tiene la famosa ola Byron Bay, un fenómeno que sucede de vez en cuando. Se produce cuando se juntan tres points al subir la marea, creando una larga ola que avanza hacia la derecha. Una ola que comienza en la punta del cabo y entra en la bahía con tubos regulares y sincronizados. Y solo por esa ola vivir en este lugar, merece la pena. Solo por esa ola.
¿Que por qué estoy aquí? Soy una trotamundos, un espíritu libre. Y porque también soy una cobarde. Sobre todo, esto último. Me vine huyendo después de todo lo que le ocurrió a Junior. Me vine para no sufrir. Porque no soportaba ver como mi hermano se consumía en una cama. No soportaba ver como la vida se iba pasando y él no era consciente de ello, debido a su estado de coma. No le he visto después de que despertara de su letargo, yo siempre le digo que ha estado hibernando como los osos, intento quitarle un poco de drama a todo lo vivido. Así soy yo. Los dramas se los dejo a mi madre, ella es muy de ellos, por algo es escritora.
Mi hermano me conoce lo suficiente como para saber que siempre, bueno, casi siempre, bromeo cuando hablo. Bromear para mí es casi un mecanismo de defensa.
En este tiempo, desde que despertó, mi hermano y yo hemos hablado mucho por teléfono, he sido su confidente, y he seguido respetando la decisión que él tomó con respecto a su relación con Vicky. El respeto es fundamental para la convivencia y el día a día. Aunque a veces esto suponga no compartir ciertas decisiones.
Desde el principio pensé y, a día de hoy, sigo pensando que fue y es una locura lo que mi hermano hizo. También reconozco que fue una decisión valiente, o tal vez egoísta, no lo sé, nunca lo he tenido claro.
Tras el anuncio hace unos días de su salida de la clínica, donde ha estado ingresado durante las fases más duras de la rehabilitación y su regreso definitivo a casa, y coincidiendo que mi contrato en la escuela de Byron Bay como profesora de surf ha terminado, he decidido regresar a casa. Ya es hora de que lo haga. Ya es hora de volver junto a los míos. Ya es hora de abrazar a mi hermano y también de que tome cartas en el asunto. Tengo una misión que cumplir. Conseguir que Vicky y mi hermano se reconcilien. ¿Qué cómo voy a hacerlo? Ni idea, pero algo se me ocurrirá. Seguro.
Yo como Tom Cruise y su Misión imposible. Solo que yo espero que la mía sea posible.
—¿Es tuyo? —me pregunta, el chico contra el que he chocado, señalando al perro que le acompaña, y sacándome así de mis pensamientos. Menos mal. Si no llega a hacerlo, en estos momentos, estaría colgada de un arnés y secuestrando a Vicky el día de su boda con Gordon. Vale, vale, vale, me he venido arriba al pensar en Tom Cruise. Por Dios, si creo que hasta he escuchado la banda sonora de la película en mi cabeza.
«Vega, por Dios, céntrate», me recrimino mentalmente.
—¿Eeeeh…? ¿Mío? No —titubeo—. ¿Por qué iba a ser mío? —pregunto, señalando yo también al perro, con mi barbilla, mientras me levanto del suelo, ayudada por la mano que él acaba de tenderme y me sacudo con la otra la arena que se ha quedado pegada en mi trasero. Solo voy vestida con una camiseta y la braga de un bikini.
—El perro, no. El teléfono —me dice señalando la boca del animal y mostrando una sonrisa de medio lado. Sonrisa que, por cierto, imito. Estoy como boba.
Madre mía, debo estar quedando fatal delante de este pedazo de hombre. Me están entrando unas ganas tremendas de darme un par de bofetadas a mí misma para que se me pase esta empanada mental que se ha apoderado de mí. «Vega espabila», me digo mientras controlo mis manos para no darme ese par de tortas que no dejan de asomar por mi cabeza yque, por cierto, sin duda alguna merezco.
—Ay, joder. ¿Qué hace mi teléfono en la boca de un perro? —rebufo. Un amago de sonrisa se dibuja en su boca, pero, sin embargo, de ella lo que sale es una carcajada tremenda. Tuerzo el gesto al escucharlo reírse. ¿Se está riendo de mí? Puffff…
Acerco mi mano hasta la boca del perro, en un amago de rescatar mi teléfono, pero cuando estoy cerca de ella me lo pienso mejor, la retiro y la escondo detrás de mi espalda.
A ver, el perro tiene pinta de bonachón, pero estos animales, no sabe una cómo van a reaccionar. Puede que el perro piense que desde ahora el teléfono es su nuevo juguete y yo quiero arrebatárselo y, entonces, igual me ataca, me muerde la mano y me la arranca de un bocado. Yo qué sé. Se me va la cabeza. Se me va y mucho. Sigo sin centrarme.
«¡¡¡VEGA!!!», me grito interiormente cuando en mi cabeza aparece la imagen de ese perro corriendo por la playa con mi mano atrapada en su boca.
Frunzo el ceño y le digo que sí que creo que es mío. A ver no es que lo crea, es que estoy segura de que es el mío, porque, además de mí, no debe haber mucha más gente que se dedique al lanzamiento de teléfonos como deporte nacional. Algo que es bastante habitual en mí.
—Puede —le digo mientras tiro de mi camiseta, intentando hacer un vestido de ella y así tapar mis piernas.
«Vega pareces tonta», pienso mientras lo hago. Estás en la playa y no creo que este chico vaya a asustarse por verte en bragas. Además, son las bragas de un bikini. Un bikini bien bonito. Precioso, diría yo.
El bikini en cuestión es rojo y lleva unos topitos blancos. Esto os lo aclaro para que no os quedéis con la duda y las ganas de saber cómo es. Pero eso no viene al cuento. ¿Verdad? Estoy fatal, lo sé.
—Paco, devuélvele el teléfono a… perdona, no sé tu nombre, no me lo has dicho —me dice el chico sonriendo de nuevo. Joder, con la sonrisita de las narices.
—¿Paco? ¿En serio el perro se llama Paco? —pregunto abriendo mucho los ojos y removiendo mis rizos con las manos a un lado y a otro. Sí, tengo el pelo rizado, muy rizado, es herencia de mi madre y, además, lo llevo muy largo. Mientras lo hago, él me observa y se ríe. Otra vez.
Le debo hacer mucha gracia, porque desde que nos hemos encontrado no ha dejado de mostrar una sonrisa en sus labios. Una sonrisa preciosa, por cierto. Y también ha soltado alguna que otra carcajada.
Yo estoy mal, pero hay algunos que están peor. ¿A quién se le ocurre ponerle como nombre Paco a un perro? Por favor.
—Vega —contesto una vez que consigo dejar atrás mi divagación mental.
—Liam —me dice él a la vez que me tiende la mano en señal de saludo, cuando yo ya me he acercado a él lo suficiente y estoy poniéndome de puntillas para plantarle el primer beso de los dos que pienso darle en una de sus mejillas.
—Ah, dos besos. Mejor. Mucho mejor. Como en España. Sí. Me gusta —me dice sonriendo de nuevo, y acercándose a mí para besarme también.
Buah, que bien huele. Huele a mar, a olas, a salitre, a arena de la playa, a tabaco y todos esos olores mezclados hacen que su perfume sea especial, muy especial. Único diría yo. Y luego está ese acento medio español, medio extranjero. Muy sexy su acento, muy sexy su olor y muy sexy Liam. Mmmmmm… Sobre todo, Liam.
—¿Conoces España? —Madre mía, otra pregunta. Venga, Vega, que pareces la cotilla número uno del mundo.
—Mi padre es español —responde.
—Ya —mascullo pensando que este tipo se ha propuesto tomarme el pelo desde que nos hemos conocido.
—¿Y qué haces aquí? —Muy bien, Vega, otra pregunta más. De aquí a nada van a colocarme la banda de Miss Cotilla. Me la estoy ganando a pulso.
—Vivo aquí. Mi madre es australiana y siempre he vivido con ella. Bueno, ahora voy y vengo de un lado a otro buscando las mejores olas. —Vale esta parte me la creo, porque esa, en el fondo, es también un poco mi vida.
—Mi padre, aunque vive en España por trabajo, pasa largas temporadas aquí con nosotros.
—¿Y tú? —Ahora es Liam quien hace la pregunta. Donde las dan las toman, así que si tú preguntas él también. Tiene todo el derecho a hacerlo.
—Soy española por los cuatro costados —respondo acariciando mi cuerpo de arriba abajo y moviéndome de manera graciosa, o al menos eso creo. Soy bastante cómica y suelo gesticular mucho, en ocasiones demasiado. Liam se ríe a carcajadas y yo me contagio de su risa. Veis lo que os digo, que le hago gracia. Mucha gracia.
—¿Y qué haces aquí?
—Soy un espíritu libre —respondo.
Liam vuelve a reírse, pero esta vez yo no lo hago. No lo hago porque así es como me siento y, también, como me defino. Y, además, ya me está tocando la moral con tanto jijijí-jajajá. Por lo que esta vez he decidido no reírle la gracia y mi gesto es más serio de lo que ha sido hasta ahora.
—Perdona si te he molestado —se disculpa y su mirada queda fija en el tatuaje que llevo en uno de mis antebrazos, Free Spirit.
—No, tranquilo —replico chocando uno de mis hombros contra el suyo para quitar así un poco de hierro al asunto. Creo que se ha dado cuenta de que me he sentido algo molesta y no quiero que se sienta así. Pero en el fondo lo estoy, él puede ser un trotamundos, pero yo no puedo ser un espíritu libre. No me gusta que piense que una mujer no puede llevar la misma vida que un hombre. No me gusta. Bueno, a ver que esto todo son suposiciones mías, que el pobre no ha dicho ni una sola palabra sobre este tema. Vale, venga, ya me he montado otra de mis películas en la cabeza.
Liam por fin me devuelve el teléfono tras rescatarlo de la boca de Paco y limpiarlo con su camiseta, después, acaricia la cabeza del perro y este lo mira con la boca abierta y la lengua fuera en señal de agradecimiento.
Por cierto, Paco es un labrador precioso que parece tan noble o más que su dueño. Esto lo pienso ahora, claro, tras comprobar que el pobre animal no tenía ninguna intención de atacarme ni arrancarme la mano de un mordisco y tras tener de nuevo el teléfono en mi poder.
—Gracias —le digo mostrando una sonrisa.
—¿Un mal día? —pregunta sentándose en la arena, Paco lo hace a sus pies.
Liam me invita a hacer lo mismo, dando unas palmadas sobre la arena.
—No. Una conversación un tanto intensa, con demasiadas verdades —le digo y me siento a su lado cruzando mis piernas como si fuera un indio y aceptando así la invitación que me ha hecho hace unos segundos. No sé por qué, este chico me ofrece confianza.
—Mejor decir verdades que duelen que mentiras que hacen feliz solo por un momento —me responde mientras busca algo en los bolsillos del pantalón corto que lleva puesto.
—¿Te importa? —me pregunta, mostrándome una cajetilla de tabaco. Niego con la cabeza.
—Eso mismo pienso yo —le digo mientras cojo montoncitos de arena con mis manos para después dejarla caer, lentamente, como si de un reloj de arena se tratara.
—Pero por lo que parece que hay personas que no opinan lo mismo —suspiro al decir esto último.
—¿Un novio quizás? —su voz suena con algo de recelo. Desvía su preciosa mirada azul hacia el infinito, soltando el humo de la primera calada del cigarrillo que acaba de encender.
Me quedo callada ante su pregunta, acabamos de conocernos y ya está haciendo este tipo de preguntas un tanto íntimas. No respondo y dejo que mi mirada se pierda siguiendo las ondas del humo de su cigarrillo.
—Perdona, no debí preguntar eso. Demasiado personal. —Liam hace chasquear la lengua contra el paladar en señal de desaprobación a sí mismo y después le da otra calada al cigarrillo, arrugando un poco los labios y también los ojos. Esta vez la calada es un poco más profunda. Podría asegurar que se está regañando mentalmente.
—Mi mejor amiga. O tal vez debería decir mi ex mejor amiga. Creo que después de la discusión que hemos tenido hoy la he perdido para siempre —respondo y añado un pequeño suspiro al tiempo que me recojo los rizos en un moño en lo alto de la cabeza.
Yo y mis dramas. Por favor, Vega. No es más que un enfado. Ya verás como pronto se soluciona todo. Vicky está cansada nada más. Su vida es una montaña rusa de sentimientos desde hace años. Qué coño una montaña rusa, Vicky vive en puto parque de atracciones.
—¿Para tanto ha sido? —insiste Liam.
—Creo que me he pasado con mi sinceridad —confieso—. Ella va a casarse dentro de unos meses y le he dicho que se equivoca en esta decisión.
—Ufffff. Parece un tema delicado —resopla Liam y hace mover su cuerpo como si un escalofrío le hubiera recorrido desde arriba hasta abajo. Me río ante ese gesto.
—Lo es. Pero es que detrás de todo eso hay una historia —me levanto y vuelvo a sacudirme el trasero para retirar la arena de él. He decidido irme. Creo que estoy hablando demasiado, y lo estoy haciendo con alguien a quien acabo de conocer, el tema de Vicky es bastante espinoso, y no tengo por qué ir aireándolo por ahí y, mucho menos, tengo que contárselo a un desconocido.
—Tengo que irme lo siento —me disculpo.
—Espera, Vega. ¿He dicho o hecho algo que te haya molestado? —Liam me sujeta por una de mis muñecas y tira de mí para que vuelva a sentarme. Pero yo consigo mantenerme en pie, por lo que él también se levanta y se queda a mi lado mientras hablo.
—No. No. No. Es solo que tengo que irme. Mañana tengo que madrugar y se me hace tarde. Además, he dejado mi casa abierta, le digo señalando con la cabeza la casa que está con la luz del porche encendida y la puerta abierta de par en par. Soy un desastre para todo, como podéis comprobar.
—¿Vives ahí?
—Sí.
Oh joder, no tendría que haberle dicho donde vivo, y si es un psicópata o un violador o un ladrón, o un secuestrador. Para, Vega, que te embalas. Deja de montarte historias en la cabeza, la escritora es tu madre.
—¿Puedo acompañarte? —Me encojo de hombros como respuesta.
—Como quieras, pero no creo que vaya a perderme —digo finalmente.
—Me pilla de camino a casa. Vivo al otro lado.
—Entonces tendré que aceptar tu compañía a la fuerza. —Hago un mohín con mi boca.
—Sí que eres sincera, sí —me dice sonriendo.
—Puedo invitarte a una cerveza si quieres —le digo de camino a casa. Yo y mis contrariedades.
—Creí entender que se te hacía tarde.
—Sí. Pero de todos modos pienso tomarme una antes de cenar y prefiero beber en compañía que hacerlo en soledad. —Ahora soy yo la que se ríe.
—Acepto tu invitación. Solo con una condición que mañana sea yo el que te invite.
—Mmmmm, déjame que lo piense —le digo llevando el dedo índice hasta mis labios para dar golpecitos en ellos.
Nos tomamos la cerveza sentados en el porche y hablando de cosas sin importancia, mientras observamos una de las puestas de sol más bonitas que he visto en mi vida, solo hay una que me guste más que esta y es la de mi paraíso.
Ese paraíso que descubrí siendo una niña, gracias a mis padres y al que muy pronto pienso volver. Ese será mi próximo destino y allí cumpliré mi sueño. Ese sueño que me persigue desde que descubrí el surf. Tener mi propia escuela.
Hoy, esta puesta de sol es mucho más bonita, o al menos a mí me lo parece, será porque estoy acompañada de Liam, o tal vez porque será una de las últimas que vea a este lado del mundo.
Miro de reojo a Liam, mientras apura la cerveza de un trago. Me gusta este chico. Lástima que tenga que irme en unos días. Lástima no haberlo conocido antes. Chasqueo la lengua contra el paladar en señal de disgusto.
—Tengo que irme. Se hace tarde. —Liam se levanta del escalón donde está sentado y deja el botellín vacío sobre el suelo.
Me levanto al mismo tiempo que él y le agradezco su compañía.
—Mañana saldré a surfear temprano, al amanecer. ¿Te apetece acompañarme?
—¿Qué te hace pensar qué hago surf?
—Supongo que esas dos tablas que tienes apoyadas sobre la pared no son precisamente de adorno. Y porque un alto porcentaje de las personas que visitan y viven en Byron Bay lo practican. —Me guiña un ojo.
—Ah, claro —le digo y noto como mis mejillas comienzan a sonrojarse. Cosa que es la primera vez que han hecho desde que Liam y yo nos hemos encontrado.
Si es que cuando te gusta un chico o te enamoras pareces tonta Vega. Me recrimino.
Si yo soy de las que cuando me gusta un chico, me empeño en hacer el ridículo una y otra vez. Forma parte de mi encanto. Yo no aleteo las pestañas en señal de coqueto, ni me paso la lengua por los labios en un gesto sexy. No. Yo hago el ridículo, y lo hago con todas las consecuencias, eso sí.
—¿Te apetece? —insiste.
—¿El qué?
—Surfear mañana al amanecer —responde algo contrariado.
—Ah, sí…, claro que me apetece —consigo decir, metiéndome así de nuevo en la conversación.
—Bien.
—Bien —repito.
—A las cinco estaré en tu puerta.
—A las cinco —vuelvo a repetir.
—Hecho.
—Hecho —repito una vez más. ¿Veis lo que os decía? No puedo ser más ridícula. Liam se despide de mí levantando su mano para decirme adiós y le silba a Paco para que acuda a su lado mientras camina por la pasarela de madera que le lleva hasta su casa.
—¡¡¡LIAM!!! —le llamo antes de que desaparezca de mi vista—. Gracias —le digo, cuando se gira hacia mí, levanto y agito la mano con la que sujeto el teléfono móvil que Paco ha rescatado y que él me ha devuelto.
Liam me regala una sonrisa tímida.
—De nada, ha sido un placer —responde, levantando él también de nuevo su mano a modo de saludo.
«El placer ha sido mío», suspiro mentalmente.
Liam guarda sus manos en los bolsillos del pantalón corto con el que viste y se da la vuelta de nuevo para continuar su camino.
Me asomo para observarlo caminar. Mierda, ¿por qué estoy haciendo esto? Parezco una espía o peor aún parezco una adolescente vigilando al chico que le gusta.
Liam vuelve a girarse y me saluda de nuevo. Joder y además me ha pillado. Hago lo mismo y siento como mis mejillas se encienden, una vez más, tras darme cuenta de que he sido descubierta. Segunda vez que me sonrojo hoy y las dos veces por culpa de este hombre. Resoplo y lo hago tan fuerte que mis labios incluso vibran.
No te enamores Vega, no te enamores, me exijo. Que en dos días estas de vuelta en casa y Australia y Liam quedarán lejos. Muy lejos. Demasiado lejos.
Entro en casa, tras sacudirme los pies de arena, y recoger los botellines vacíos de cerveza que acabamos de bebernos.
Me preparo un sándwich vegetal para cenar y hago un nuevo intento de llamar a mi amiga, me da igual la hora que sea en España. Necesito hablar con ella y disculparme, sé que no soy nadie para meterme en su vida. Nadie. Pero no quiero que cometa un error. No quiero que lo haga y haré todo lo que esté en mis manos para evitarlo.
Me arriesgaré a salir mal parada por meterme donde no me llaman, pero quien no se arriesga siempre pierde. Y yo soy de las que me arriesgo, de las que me tiro a la piscina de cabeza, aunque la piscina no tenga ni una sola gota de agua.
«Apagado o fuera de cobertura» son las cinco palabras que obtengo por respuesta en todos y cada uno de los intentos que hago de nuevo por hablar con ella. Hay que ser obtusa y soberbia para apagar el teléfono y no querer hablar conmigo.
Humildad, Vicky, un poquito de humildad, es lo único que te estoy pidiendo.
Esto, hace un tiempo, no se habría quedado así, porque yo habría corrido hasta su casa para hacer las paces con ella y, así, poder dormir con la conciencia tranquila, pero hoy es distinto. Es más, casi seguro habríamos terminado compartiendo cama y riéndonos de nosotras mismas por el enfado. Sin embargo, hoy tendré que irme a la cama sin haberme reconciliado con ella. Nos separan demasiados kilómetros, concretamente 15.741, para correr hasta su lado, saltar sobre ella y abrazarla para después terminar las dos tiradas sobre el suelo muertas de la risa, como si nada hubiera pasado entre nosotras.
Esto de vivir en diferentes continentes es complicado a veces. A veces, no. Es complicado siempre. Muy complicado. Es como si viviéramos en diferentes galaxias, en diferentes planetas, es como si una de nosotras estuviera en la Tierra y la otra en Marte o en Plutón.
«Mañana será otro día», pienso mientras acaricio ese tatuaje que ambas compartimos, dos dedos meñiques entrelazados Un tatuaje que Sara, la amiga común de nuestros padres y tatuadora oficial de nuestras familias, nos tatuó cuando ambas cumplimos los dieciocho años de edad en señal de nuestra amistad, y también para sentirnos mayores. Mucho más mayores.
¡¡Buah!! Dieciocho años y además un tatuaje. Muy maduro todo. Sí. Muy maduro.
Nuestra amistad viene desde que éramos unos bebés. Vicky y yo solo nos llevamos nueve meses de diferencia. Nuestros padres son amigos desde hace muchos años, lo son desde antes de nacer nosotras. Vicky y yo no somos amigas, somos casi hermanas, y esa teoría además la corroboran nuestros padres que siempre nos han contado que yo fui concebida la misma noche en que Vicky nació.
¿Que cómo saben ellos eso? Muy fácil, Vicky nació en Las Vegas la misma noche en que mi padre, Aris Gon, El Angel, boxeador profesional, se proclamó campeón del mundo de los pesos pesados.
Sí, soy hija de Aris y Elena y, además, soy la hermana pequeña de Junior. ¡Oh!, que eso no os lo había contado. Yo y mis despistes. Pero seguro que ya lo sabéis, sé que tanto Vicky como Junior han pasado por aquí antes que yo y os habrán hablado de mí. Que yo no esté presente en alguna de sus conversaciones es algo tan difícil como extraño, tan extraño que seguro que podría ser un tema a tratar por Iker Jiménez en Cuarto Milenio.
A lo que iba, nueve meses después de aquello, de la proclamación de mi padre como campeón del mundo y del nacimiento de Vicky nací yo, así que las cuentas no fallan. Héctor, el padre de Vicky y, por cierto, mejor amigo del mío, siempre dice que yo soy el resultado de la fiesta privada que se montaron mis padres en la habitación del hotel para celebrar la victoria en el campeonato del mundo. Gloria, su mujer y madre de Vicky, siempre le da un codazo como respuesta, para que cierre su preciosa e inoportuna boca.
Mi nombre, Vega, también tiene que ver con esa anécdota. Si fui engendrada en Las Vegas, no había mejor manera de recordármelo a todas horas que llamarme así. Bien por mis padres. Un aplauso para ellos por recordarme a diario donde echaron el polvo del cual fui el resultado. Es broma. Me encanta mi nombre. Pero lo de imaginarme a mis padres engendrándome me da un poco de grima. Todo hay que reconocerlo.
Vicky y yo hemos vivido muchas cosas juntas, tanto buenas como malas. Siempre nos hemos apoyado. Pero en esto, a lo de su boda me refiero, no puedo hacerlo. De verdad que no puedo.
Y os preguntaréis por qué no estoy de acuerdo con esa boda. Pues muy sencillo, porque ella no va a casarse con Junior, pero eso también lo sabéis. No va a casarse con mi hermano, su alma gemela, su hilo rojo. Vicky va a casarse con el estirado de Gordon, ese pijo inglés. No es que lo conozca demasiado, ni siquiera nos conocemos en persona. Reconozco que tampoco me he preocupado en hacerlo, no me interesa. No me cae bien, bueno, en realidad tampoco me cae mal. Simplemente no me cae. Eso es.
En resumidas cuentas, Vicky no es para Gordon y Gordon no es para Vicky. Punto y final.
Vicky es para Junior, siempre lo ha sido. Al igual que Junior ha sido, es y será para Vicky. No tengo ni un solo recuerdo de ellos en el que no los vea juntos. Siempre juntos. Siempre. Por ello, no me cabe ninguna duda de que ellos deben compartir su vida con la del otro.
Pero el accidente de Junior… Ese maldito accidente… Ese maldito combate… Ese maldito día…, las decisiones equivocadas y todas esas trabas que, a veces, nos empeñamos nosotros mismos en ponernos han hecho que todo cambiara.
Joder lo que nos gusta una zancadilla. Si es que somos tan extraños que, si no encontramos una piedra en nuestro camino con la cual tropezar, nosotros buscamos una para hacerlo, y esa piedra, justo esa, es la que hace que te caigas de bruces contra el suelo.
17
Vicky
Me levanto temprano, cuando apenas ha amanecido, para salir a correr un poco antes de ir a la editorial. Es algo que suelo hacer habitualmente, porque correr siempre me llena de energía positiva y, además, me hace empezar el día con mejor humor. Debo confesar que esta costumbre la he retomado hace relativamente poco, después de lo ocurrido con Junior no me sentía con fuerzas para hacerlo, no sin él.
Enciendo el teléfono para así poder conectar los cascos y escuchar música mientras hago unos kilómetros. Los avisos de las llamadas perdidas, los mensajes y también los de WhatsApp son la banda sonora que escucho mientras me visto con la ropa de deporte y me recojo el pelo en una coleta.
Bajo las escaleras, para llegar hasta la planta baja, comprobando todos y cada uno de esos avisos. La mayoría son las notificaciones de las llamadas sin responder de Vega, un par de ellos son de las de Gordon, con quien finalmente hablé ayer por la noche, cuando llamó al teléfono de mi madre y las demás notificaciones son correos electrónicos del trabajo que llegan desde la editorial de Londres, esos los leeré cuando ya esté en la oficina desde mi ordenador.
La llamada a Vega, también, la retrasaré para más tarde.
—Salgo a correr —digo alzando la voz y abriendo la puerta para salir. Sé que mi madre ya estará en la cocina tomando su primera taza de café y revisando su agenda donde tendrá planificado todo el día de hoy, mi madre es muy meticulosa y ordenada. Es una rutina que no ha abandonado y la cual yo también he adoptado. Me gusta tomar la primera taza de café en casa, mientras compruebo, en mi agenda de papel, todo lo que me deparara el día.
—Te espero para ir a la editorial —dice ella desde allí. Como veis no me he equivocado. A pesar de llevar algunos años fuera de casa, sigo conociendo todos y cada uno de los pasos que mis padres dan a diario. También sé que mi padre habrá salido a correr antes del amanecer y que ya estará entrenando con Aris antes de abrir el gimnasio y escuchando alguna ópera mientras lo hacen.
Sí, los dos son muy raritos. Por extraño que parezca, ellos escuchan ópera mientras se pegan puños, más de uno pensará que lo suyo sería escuchar Heavy Metal o algún tipo de música más dura o con más ritmo, pero no, ellos escuchan a Maria Callas, a Pavarotti, a Plácido Domingo y un largo etcétera.
Es algo que Aris tenía como costumbre y que, finalmente, mi padre también adoptó. Recuerdo que cuando éramos unos niños, Junior, Vega y yo pasábamos muchas tardes viendo entrenar a nuestros respectivos padres y escuchando ópera con ellos. Vega y yo hicimos nuestros pinitos en el boxeo de adolescentes, hasta que ambas nos dimos cuenta de que preferíamos mantener nuestra integridad física intacta a seguir peleando. Vega llegó incluso a competir, sin embargo, yo ni siquiera me lo planteé. Junior, por su parte, continuó con los entrenamientos y ganó algunos campeonatos amateurs, esos fueron los que le animaron a seguir para convertirse en profesional de este deporte, hasta aquel día.
Hasta aquel día en el cual iba a proclamarse campeón de España. Hasta aquel día en el que había decidido dejar el boxeo. Hasta aquel día en el que me pidió matrimonio y no obtuvo una respuesta a tiempo. No recibió ninguna respuesta. Todavía sigo teniendo esa espinita clavada en mi corazón. Una espinita que dudo que algún día logre sacarme.
Salgo a la calle, me coloco los cascos, conecto la música, subo el volumen al máximo para que suene muy alta y compruebo que mis zapatillas están bien atadas. Esto último es algo que hago casi de manera inconsciente, desde el primer día en que salí a correr con Junior y caí de boca delante de él, tras pisar uno de los cordones, de eso también hace muchos años. Aquel día uno de los cordones de mis zapatillas se desató, lo pisé y no me dio tiempo a sujetarme para no caer, él tampoco pudo hacerlo.
Ha pasado mucho tiempo de aquello, pero y aún hoy no sé qué fue lo que más me dolió si el golpe que me di contra el suelo o el que recibió mi orgullo tras aquella caída delante de Junior.
Al poco de empezar a trotar soy consciente de que estoy pasando por delante de la casa de Elena y Aris, pues vivimos a dos casas de diferencia. Freno en seco al hacerlo, como lo hacía antes, cuando salía a correr acompañada de Junior y, a veces, también de Vega. Miro de reojo hacia la puerta con algo de nostalgia y fijo mi mirada en ella, como si así fuera capaz de hacer aparecer a Junior tras ella, con su bonita sonrisa, su ropa de deporte y bajando los escalones a saltos para llegar hasta mí, darme un beso de buenos días en los labios y, tras él, comenzar nuestra carrera. Como si así fuera capaz de hacer que el tiempo retrocediera los años suficientes para volver a esos momentos.
Me doy la orden de seguir, me obligo a hacerlo tras pensar que nada podrá ser como antes y, además, me recuerdo que fue él quien decidió echarme de su vida y apartarme de su lado.
Frunzo el ceño al recordar sus palabras en señal de enfado y también de dolor, y dejo que ese odio que siento por él, o más bien, ese odio que me obligo a sentir haga acto de presencia en mi cabeza, aunque he de ser sincera y reconocer que un pequeño nudo se ha instalado de repente en mi garganta y también que mis ojos se han vuelto acuosos debido a las lágrimas que piden paso a través de ellos, unas lágrimas que, en estos momentos, me pregunto si son de emoción, de rabia o de nostalgia.
«Mierda, mierda y mierda», pienso limpiándome de un manotazo esa lágrima que se me acaba de escapar sin mi permiso y rueda solitaria por una de mis mejillas.
A pesar de todo lo ocurrido, a pesar del tiempo y a pesar de todo lo que ha sucedido desde entonces sigue doliendo. Duele y mucho. Mucho.
Me encojo un poquito y dibujo una pequeña mueca de dolor en los labios, al sentir un pequeño pinchazo en el pecho, justo sobre el corazón, un pinchazo que aparece cuando los recuerdos me invaden. Un pinchazo que me recuerda que, aunque no quiera reconocerlo, duele, Junior todavía duele. Un pinchazo que me recuerda que las heridas siguen ahí y ahora vuelven a escocer. Vuelven a hacerlo. Otra vez.
Sin darme cuenta hago el recorrido que Junior y yo teníamos marcado y que hacíamos a diario. Soy consciente de ello al pasar por la puerta del gimnasio de mi padre y Aris, sonrió al ver que la luz de la sala donde ellos suelen entrenar está encendida y que Chema el del bar ya está subiendo la persiana para abrir y servir los primeros desayunos. Los primeros del día serán el de Aris y el de mi padre, ellos no perdonan su café americano y su tostada con aceite y tomate después de entrenar, antes de que el gimnasio se llene de futuros boxeadores repletos de ilusiones y con ganas de pelear para ser los mejores del mundo. Y sin querer hacerlo me sumo otra vez en un pequeño sentimiento de nostalgia y también de melancolía. Joder, que mierda, todo.
Comienzo a cuestionarme si habrá sido buena idea regresar a casa, aunque solo sea por un tiempo. Resoplo mientras cruzo el jardín de casa dando grandes zancadas, no lo hago por el esfuerzo que me ha supuesto esta carrera a primera hora de la mañana, no; sino porque todos esos recuerdos y todos esos sentimientos de repente han empezado a pesarme. Pesan mucho, demasiado y no me había dado cuenta de que lo hacían hasta ahora.
Entro en casa algo contrariada, estoy satisfecha y contenta tras la carrera, pero también con ese sentimiento nostálgico que sin darme cuenta me ha ido invadiendo. Este último decido guardarlo en algún rincón de mi cabeza, con esos otros sentimientos que, antes o después, y sin querer, fui almacenando muy dentro para que no volvieran a salir. Y que, sin embargo, hoy han amenazado con volver a hacerlo.
—Me doy una ducha, me visto y nos vamos —le digo a mi madre, asomando la cabeza por la puerta de la cocina.
—Tienes una taza de café esperándote —me responde con una sonrisa y hojeando su agenda. Está contenta de que esté en casa.
—Gracias, mamá. No tardo —le digo subiendo los escalones de dos en dos que me llevan hasta mi habitación.
Me doy una ducha. Me visto con un pantalón de algodón ancho de color negro y una sudadera de color turquesa, recojo mi pelo en una coleta, y me calzo mis Converse de color negro. «Tal vez ya va siendo de que retire esa anilla de ellas», pienso mientras las ato.
Tal vez. Sí. Pero otro día. Hoy no.
Me cuelgo mi enorme bolso a modo de bandolera, compruebo que en él llevo todo lo que necesito para empezar a trabajar esta mañana y bajo las escaleras danto saltitos.
Me encuentro con la enorme sonrisa de mi madre al llegar al recibidor y una mano que me tiende la taza termo llena de café. Dibujo una sonrisa cuando compruebo que, a pesar de los años, sigue siendo fiel a sus zapatillas Converse de color rosa.
—¿Por qué te ríes? —pregunto tras dar un sorbo a mi bebida favorita.
—Por un momento me ha parecido verte siendo una niña. Recuerdo lo contenta que bajabas esas escaleras cada mañana para ir al colegio.
Me acerco hasta ella, le doy un beso en la mejilla y después se la acaricio con el dorso de la mano. Por lo que intuyo no soy la única que se ha dejado invadir por la nostalgia y los recuerdos.
—¿Nos vamos? —pregunto. Abro la puerta y dejo que mi madre pase delante de mí.
—¿Elena viene con nosotros?
Mi madre da un respingo, o al menos a mí me lo parece, antes de responder.
—No, no… Elena —titubea antes de continuar—. Elena… irá más tarde. Tiene algo importante que hacer antes de reunirse con nosotras —concluye.
Frunzo el ceño ante la respuesta de mi madre, también porque parece nerviosa o al menos esa es la impresión que a mí me está transmitiendo con sus dudas a la hora de hablar.
El motivo de mi estancia aquí es, precisamente, trabajar con Elena, codo con codo, en todo lo referente a su nueva novela. Tras dos años sin publicar nada, vamos a lanzar su nuevo trabajo en pocos meses y ella ha querido que sea yo quien haga todas las correcciones necesarias y también diseñe su portada; en definitiva, ha dejado y confiado su trabajo en mis manos.
El requisito imprescindible que ella misma puso fue trabajar desde las oficinas de España, al cual ni Gordon ni su padre se opusieron, teniendo en cuenta que Elena es la autora estelar en estos momentos en la editorial. Solo ella puede salvar al grupo del momento financiero tan complicado por el que pasa, tal y como ocurre con muchos otros escritores. Elena es una apuesta segura cada vez que publica y, tras tanto tiempo sin hacerlo, todos sabemos que el éxito está más que asegurado.
Para ambas este trabajo es muy importante. Para Elena, porque ha vuelto a escribir y volverá a publicar después del accidente de Junior. Para mí, porque me supone una gran responsabilidad tener entre mis manos un trabajo tan importante y que ella haya confiado en mí es más valioso aún.
Mi madre se da cuenta de la expresión de confusión que hay en mi cara tras su respuesta.
—No creo que tarde demasiado. Mientras tanto, tú y yo podemos ir poniendo puntos en común y adelantar algo de trabajo.
—Perfecto, tengo algunas ideas en mente y tenía pensado hablarlas contigo antes que con ella. No sabes la ilusión que me hace trabajar de nuevo contigo.
—La ilusión es mutua, cariño —responde ella, y entrelazamos nuestros brazos.
Al pasar por la puerta de la casa de Elena y Aris, vemos que su coche está saliendo a través de la puerta del garaje.
—Vicky, que alegría verte —dice Aris, asomando su cabeza por la ventanilla. Parece que tiene prisa, si no fuera así, ya habría salido del coche y me habría abrazado tan fuerte que ahora mismo estaría casi sin respiración. Me sorprende su actitud, pero no le doy más importancia de la que tiene. Demasiado temprano para empezar a comerme la cabeza con las actitudes de otros.
—Yo también me alegro de verte Aris —le digo al tiempo que le regalo una sonrisa. A pesar de todo lo ocurrido entre Junior y yo, entre todos nosotros las cosas han seguido igual que siempre, o casi igual.
Elena comienza a gesticular dirigiéndose a mi madre, a la cual miro de reojo, ella también gesticula de manera exagerada. Es como si estuvieran hablando en clave para que así yo no pueda enterarme de nada, cosa que por supuesto han conseguido porque, aunque intento leer sus labios para descifrar sus palabras, no soy capaz, pero lo que sí han logrado ambas es despertar mi curiosidad.
El coche de Aris se aleja de nosotras tras subir Elena en él, nos despedimos de ellos moviendo las manos en señal de saludo.
—¿Hay algo que deba saber? —me dirijo a mi madre enarcando una de mis cejas. Mi madre se muerde los labios de manera nerviosa.
»¿Hay algo que quieras contarme? —insisto.
—Estáis todos muy raros. No sé por qué tengo el presentimiento de que me estáis ocultando algo, o al menos a mí me lo parece. —Mi madre se pone tensa al escucharme. Sabe que no soy tonta. Siempre he sido bastante avispada.
La verdad es que estoy algo mosqueada, por no decir que lo estoy mucho, desde anoche, cuando escuché a mis padres hablar medio en clave entre ellos y, ahora, la actitud de Elena y mi madre me confirman las sospechas de que hay algo que quieren contarme y no saben cómo hacerlo.
La observo tragar saliva con algo de dificultad, humedecerse los labios y retorcer los dedos de sus manos para hacerlos chascar uno a uno. Dios, odio ese sonido.
—Verás… —Hace un silencio—. Es sobre… —Vuelve a quedarse callada. Retira un mechón de pelo de mi cara, lo coloca tras la oreja y después me acaricia la coleta. Ese gesto solía hacerlo cuando era una niña y tenía algo importante que decirme. Arrugo la frente.
—¿Mamá? —interpelo inquieta clavando mis ojos en los suyos, al ver que cada dos por tres se queda callada.
—Es sobre Junior —dice de seguido y tan bajito, que apenas puedo escucharla. Pero lo hago, vaya que si lo hago. Frunzo el ceño y ella pasa su pulgar por las arrugas que se han formado en mi frente como si así fuera a borrarlas.
Mi cuerpo se tensa al escuchar el nombre de Junior, es como si acabara de ponerse a la defensiva.
Debo aclarar que desde que él decidió sacarme de su vida, apenas lo hemos mencionado en nuestras conversaciones. No fue algo impuesto, fue algo que de manera espontánea se instauró entre nosotros. Yo no preguntaba y ellos no me daban ningún tipo de noticias, ni explicación sobre él o su evolución. No me interesaba. Bueno, a ver, sí que me interesaba, joder, claro que lo hacía, a quien quiero mentir.
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