Kitabı oxu: «Los Últimos»

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MONIKA HELFER

LOS ÚLTIMOS

Traducción de Gabriela Adamo


“Un libro sabio e impresionante.”

MICHAEL OPITZ, DEUTSCHLANDFUNK KULTUR

“Novelas familiares hay muchas, pero esta es muy especial. Un libro que quedará.”

DENIS SCHECK, ARD DRUCKFRISCH

En lo más profundo del valle, viven Josef y María y sus hijos. Son pobres, no son respetados, son los últimos. Estamos a comienzos del siglo XX, se declara la Primer Guerra Mundial. Josef es reclutado, y en ese ambiente hostil y arcaico, María, mujer de una belleza deslumbrante, se convierte en un trofeo para los hombres poderosos del lugar. Cuando Josef regresa del frente de batalla, tiene una hija más, Margarethe. Convencido que no es suya, la despreciará e ignorará hasta su muerte. Ese misterio los marcará a todos; también a sus descendientes.

Esa niña es la madre de la autora de esta novela. Con un talento infrecuente, con emoción y sin dramatismo, Monika Helfer hilvana la historia de cuatro generaciones. Desde María, que le permite pintar ese mundo donde la violencia de los hombres es natural, atravesando el convulso siglo XX llega hasta el presente. Traducida a doce idiomas, best seller en Alemania, ganadora del Premio de Literatura Schubart en 2021, Los Últimos es una novela conmovedora y magnífica. Su materia son los secretos familiares, la postergada vida de las mujeres y la ambición de conocer la verdad. Su voz tiene el sabor y la calidez de la mejor memoria.

Helfer, Monika

Los Últimos / Monika Helfer. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de: Gabriela Adamo.

ISBN 978-987-628-651-0

1. Novelas. I. Gabriela Adamo, trad. II. Título.

CDD 833

Título original: Die Bagage

Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere

Primera edición: octubre 2021

Edición en formato digital: diciembre de 2021

Förderung durch das Bundesministerium für Kunst, Kultur, öffentlichen Dienst und Sport Financiamiento del Ministerio Federal de Arte, Cultura, Función Pública y Deporte

Original title: Die Bagage by Monika Helfer

© 2020 Carl Hanser Verlag GmbH & Co. KG, München

Rights negotiated through Ute Körner Literary Agent.

© de la traducción Gabriela Adamo, 2021

© de la presente edición Edhasa, 2021

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ISBN 978-987-628-651-0

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Índice

  Cubierta

  Portada

  Sobre este libro

  Créditos

  Dedicatoria

  Los últimos

  Sobre la autora

Para mis Últimos

Ten, toma los lápices, dibuja una casita, un arroyo un poco más abajo, un aguadero, pero no dibujes un sol que la casa está en la sombra. Detrás, una montaña: como una piedra erguida. Delante, una mujer erguida que tiende la ropa en la soga; la soga no está del todo tensa, está atada a dos cerezos: uno a la derecha de la veranda que da a la entrada de la casa, el otro a la izquierda. En este preciso momento, la mujer cuelga un enterito de bebé y un saquito, o sea, tiene hijos. Lava seguido: las cosas de los niños y las de su marido y las propias, es dueña de una blusa blanca especialmente bonita. Quiere que su familia esté limpia, como las familias de la ciudad. Tiene muchas cosas blancas; realzan su cabello oscuro y sus ojos oscuros, y el cabello oscuro y los ojos oscuros de su marido. Los de abajo, los del pueblo, casi nunca se visten de blanco, ni siquiera los domingos. Un rostro serio tiene, ojos profundos. ¡Dibuja los ojos con lápiz de carbonilla! El pelo pegado a la cabeza, negro, con un poco de marrón, porque el lápiz de carbonilla se partió. Los lápices de colores buenos no brillan y además son caros.

La realidad se cuela en el dibujo, fría y sin piedad, hasta el jabón se acaba. La familia es pobre, apenas dos vacas, una cabra. Cinco hijos. El hombre, de pelo negro como la mujer, como barnizado incluso, apuesto, mucho más apuesto que los demás. Tiene un rostro fino, pero sin alegría, parece. La mujer, apenas treinta años, sabe que los hombres la miran, ni uno que no lo haga. Cuando su marido la aprieta contra su cuerpo, siente los pechos y la panza —él se lo dijo exactamente así—, ve todo negro y se deja caer en la cama por el cansancio. Ella se desviste rápido, se acuesta a su lado y sabe que él sólo se hace el dormido, que no quiere fallar. Por eso se dejó puesta la enagua delgada. Para que la cosa no sea tan obvia. Mira por la ventana abierta hacia el cielo nocturno. Ni la luna se asoma por encima de la montaña. A veces, pasa cerca: puede ver el reflejo, arriba, sobre el filo. Una vez grita un niño, ella sabe cuál; después llora otro, ella sabe cuál. Pero no logra levantarse, cansada no está, piensa, es que me cuesta. Hasta qué edad viviré, piensa.

La niña, dos años, aparece junto a la cama en el medio de la noche. Es Margarethe. La Grete. Tiembla.

—Mamá —susurra.

La mamá también susurra:

—Ven.

La pequeña se mete bajo la manta. El padre no debe enterarse. La niña no se acuesta entre los padres; se acuesta en el borde de la cama. Hay que agarrarla para que no se caiga, abajo, al piso, porque la cama es bastante alta.

La niña era mi madre, Margarethe, una pequeña temerosa que se escondía entre las polleras de su madre cada vez que se cruzaba con el padre. El padre era cariñoso con los otros cuatros niños; era cariñoso a grandes rasgos, y también lo sería con los dos hijos que aún iban a nacer. Sólo despreciaba a esta niña, Margarethe, porque creía que no era su hija. No sentía enojo hacia ella, ni rabia; la despreciaba, le daba asco, como si toda la vida hubiese sentido en ella el olor del intruso. No le pegó jamás. A los otros niños, a veces. A la Grete, jamás. No quería tocarla ni con un golpe. Hacía como si no existiera. Que hasta su muerte no le dirigió la palabra. Y que no tiene conciencia de que alguna vez la hubiera mirado. Eso me contó mi madre, yo sólo tenía ocho. Mi abuelo no quería tener nada que ver con la temerosa. Para mi abuela, eso fue motivo suficiente para abrazarla e incluso quererla más que a los demás. Maria se llamaba mi abuela, la bella, la que habría sido cortejada por todos los hombres del pueblo de no haberle tenido, ellos, tanto miedo a su marido.

Pero me adelanto. Porque esta historia empieza cuando mi madre aún no había nacido. La historia comienza cuando no había sido siquiera concebida. Comienza una tarde en la que Maria, una vez más, estaba colgando la ropa. Eran los primeros días de septiembre de 1914. Y vio al cartero, abajo, en el camino. Ya lo vio a lo lejos.

Desde donde estaba se podía ver el valle hasta abajo, hasta la torre de la iglesia que sobresalía entre los tilos. El cartero empujaba la bicicleta porque el camino hacia la casita era empinado y, a partir del desvío, nada más que pedregullo suelto. El hombre estaba agotado; quería que lo llamaran adjunto —la denominación oficial de su puesto era adjunto de correos—, llevaba un uniforme con botones brillantes, transpiraba, se había aflojado la corbata, abierto el cuello. Se quitó la gorra, pero sólo un segundo, para saludar y airearse. Maria dio un paso atrás cuando él le alcanzó el sobre. Era un sobre azul con un recorte suelto al frente que había que arrancar. Había que firmar ese recorte y enviarlo de vuelta al remitente. El remitente era el Estado, y quería contar con una prueba. El adjunto sabía que ella sabía que le gustaba y más. También sabía que él le era indiferente. No era ni la mitad de atractivo que Josef, su marido, el de la mirada oscura, si es que la apariencia era algo que se podía cortar al medio o duplicar.

El adjunto no aprobaba la forma en que los hombres del pueblo hablaban sobre Josef y Maria. Los hijos no son prueba de nada, y menos de que alguien supiera hacerlo bien en lugar de, simplemente, saber hacerlo: cuatro hijos no significaban nada de nada. Una mujer puede tener hijos aunque el hombre no le guste, está en su naturaleza, y la naturaleza no tiene nada que ver con el amor, y que de casualidad se llamen Maria y Josef no quería decir absolutamente nada, más bien al contrario. Eso era lo que los hombres hubiesen querido. Porque de ser así —eso pensaban— tal vez hubieran tenido alguna posibilidad con la bella Maria. La pareja no se mostraba casi nunca junta en el pueblo; de ahí los hombres también sacaban sus conclusiones y encontraban más justificaciones. Y cuando aparecían, no se mostraban felices el uno con la otra, no se miraban entre ellos, el Josef como siempre serio y la Maria casi siempre también, como si se acabaran de pelear. Pero los hombres no tenían idea. A Maria le gustaba estar abrazada en la cama con Josef, tenía temperamento. Y a su marido a veces también. Ni de lejos estaban en la situación de tener que oscurecer el cuarto cuando se acostaban juntos. Ni de lejos. Y cuando habían soplado la vela y el cuarto quedaba a oscuras, solían permanecer un rato largo hablando.

Sólo una vez por semana el adjunto llegaba tan lejos, porque había que subir mucho y el acceso era difícil. Y pocas veces Maria estaba sola, y pocas veces delante de la casa. Varias veces había golpeado la puerta y nadie había abierto. ¿Todo ese camino por la nada misma? Él habría preferido que la gente que vivía acá fuera, desparramada, tuviera amigos abajo en el pueblo, al menos uno, donde dejar las cartas para que ellos mismos después las buscaran. Pero una carta del Estado debía ser entregada en persona. Al menos hoy la podré mirar, pensó el adjunto.

Los límites del pueblo llegaban lejos; hasta el último asentamiento había por lo menos una hora de camino, contando desde la iglesia. Seis casas estaban en los límites, detrás empezaba la montaña. Los que vivían al pie, bajo su sombra, no se llevaban bien con los del pueblo, y tampoco entre ellos. No llevarse bien significaba no querer saber cómo le va al otro, nada más. Vivían allí porque sus antepasados habían llegado más tarde que los demás y la tierra era más barata, y era más barata porque trabajar esa tierra era muy duro. En el extremo más lejano, atrás y arriba, vivían Maria y Josef con su familia. Los llamaban los Últimos. El padre y el abuelo de Josef habían sido changarines; eran los que no le pertenecían a nadie, los que no tenían un techo firme sobre sus cabezas, los que se mudaban de un asentamiento al otro y pedían trabajo y en verano cargaban montañas sobrehumanas de heno hasta los graneros de los campesinos; era la más baja de todas las ocupaciones, más baja que la del siervo.

La carta era del ejército. Era la orden de leva. Austria le había declarado la guerra a Serbia y Rusia había saltado para apoyar a Serbia y el emperador alemán había saltado para apoyar a Austria y le había declarado la guerra a Rusia, y Francia había saltado para apoyar a Rusia y le había declarado la guerra a Alemania y a Austria, y Alemania había invadido Bélgica.

El cartero seguía sosteniendo el sobre azul en la mano. Para sus adentros soñaba que ayudaba a Maria: algo sucedía y él la ayudaba y ella por fin se daba cuenta de qué clase de hombre era él en realidad. Con gusto la habría liberado de su marido; se imaginaba que ella sufría con él y creía que él mismo era uno de esos que, cuando se da el caso, saben mostrar mucho cuidado y afecto, y no sólo por un rato, por una noche o así, sino hasta que la muerte los separe. Ni una mancha roja en su cara, tampoco en el cuello. No veía ni una arruga, ni vertical entre los ojos señalando la frente, ni junto a la boca, ni desde los ojos hacia las sienes. Sus manos eran ásperas, pero sólo del lado de adentro. Por afuera eran como doradas. Su marido solía ir de acá para allá. Tenía asuntos. Qué clase de asuntos, eso el adjunto no lo sabía, y Maria tampoco. En el pueblo se sospechaba que eran asuntos raros y torcidos. Josef tenía fama de irse enseguida a las manos. Pero los hombres decían eso sólo para calmarse, para justificar entre ellos su propia cobardía. Porque hasta el momento ninguno se había animado a irle de frente a Maria. Justamente porque el Josef es uno de esos que enseguida se van a las manos. Aunque pelear, la verdad, no lo había visto nadie.

La carta era del ejército, dijo el adjunto. Maria debía confirmar la recepción con una firma. Que entre paréntesis escribiera “esposa”. Tenía a mano un lápiz indeleble, confiable. Él mismo humedeció el lápiz con la lengua.

Maria sabía que había guerra, pero que alguna vez tendría algo que ver con ellos, que su estruendo llegaría hasta allá atrás, al último rincón del valle en la sombra de las montañas, eso no se le había cruzado por la cabeza. Qué era exactamente lo que decía la carta impresa, qué palabras, eso no lo habría podido repetir, pero esto sí: Josef Moosbrugger debía partir a la guerra.

El alcalde se llamaba Gottlieb Fink y también tenía sus asuntos. Era el único con el que Josef hablaba más allá de lo estrictamente necesario. Más que sí, no, buenas y, otra vez, sí, no. A veces, Josef había bajado de la montaña directo hasta la casa del alcalde, había entrado sin golpear o llamar, y se había quedado una buena hora dentro. Pero no eran amigos. Al alcalde le hubiese gustado ser amigo del Josef Moosbrugger. Era el único con el que se podía hablar; primero, porque no tenía enfermedades; segundo, porque no apestaba como un animal, y tercero, porque no era idiota, sabía leer y escribir y calculaba mejor que bien. Le dabas las multiplicaciones más difíciles, entornaba una vez los ojos y ya las había sacado. El alcalde era generoso. Cuando había asuntos siempre repartía, incluso las veces que Josef apenas participaba. Siempre mitad y mitad. Josef no era tan generoso. Pero el alcalde no se lo echaba en cara. El alcalde tenía vacas, chanchos, gallinas y un par de cabras, esas las tenían todos; además había construido un taller junto a su casa. Había aprendido a hacer carabinas. Antes hasta torneaba y fresaba él mismo los cañones y serraba y tallaba la madera para las culatas y las aceitaba y las pulía. Ahora se hacía mandar las partes desde distintos lugares del sur de Alemania y simplemente las encastraba. Resultaba más barato y rendidor. Le ponía la chapa con su sello, así el arma se convertía en un Fink auténtico, y los fusiles Fink seguían teniendo su fama, como si todas sus piezas estuvieran hechas a mano. Al Josef el alcalde le había regalado una carabina, doble cañón. Eso fue más que generoso. La gente se había sorprendido. Eso lo explicaba todo, aunque nadie sabía exactamente qué. Un carpintero tendría que haber trabajado más de medio año para comprarse una. Tal vez Josef era nomás su amigo. Sólo porque actuaba como si no necesitara un amigo no quería decir que realmente no lo necesitara.

Cuando llegó la orden del ejército, Josef necesitó un amigo. Al alcalde no lo habían llamado; motivo: era imprescindible en casa. Así era: Josef, por ejemplo, lo necesitaba.

Josef amaba a su mujer. Nunca había dicho esa palabra. La palabra no formaba parte del dialecto. Era imposible decir te amo en dialecto. Por eso tampoco había pensado esa palabra, nunca. Maria le pertenecía. Y él quería que ella le perteneciera y fuera parte de él: lo primero se refería a la cama; lo segundo, a la familia. Cuando caminaba por el pueblo y veía a los hombres sentados junto al aljibe, jugando con los cuchillos de madera que ellos mismos habían tallado, y cuando veía que lo veían, leía en sus miradas: eres el marido de la Maria. Ni uno de ellos no había pensado en cómo sería con ella. Y ahora que lo habían llamado, creían que se les abrían oportunidades. Oportunidades medianas, porque nadie sabía bien cuánto duraría la guerra. Aunque las noticias de Viena y de Berlín decían que la cosa no iba a durar mucho, nadie hubiese apostado.

Josef fue hasta lo del alcalde y le dijo:

—¿Podrías cuidar a Maria mientras estoy en el frente?

El alcalde sabía cómo se escribía cuidar en este caso. En primer lugar, así pensó, el Josef cree que no puede confiar en su mujer. ¿Confía ella misma? ¡Esa era la pregunta! Porque se ve cada mañana en el espejo.

Nadie más participó de aquella conversación. Una conversación delicada, que no quería testigos. ¿Cómo podría responderle el alcalde al marido de mi abuela? ¿Se atrevería a decir: “Quieres decir que me asegure de que nadie suba hacia la casa mientras tú estás lejos”?

¿Y Josef? Si dice: “Sí, eso quiero decir”, entonces estaría admitiendo que no confía en su mujer.

Josef dijo:

—Sí, me vendría bien que te asegures de que nadie suba.

“¿Y por qué?”, podría preguntar el alcalde. Pero con eso ofendería a Josef. Y no es lo que quiere. ¿Cabe la posibilidad de que algún hombre del pueblo, o vaya uno a saber de dónde, se ponga violento con la bella Maria? ¿Que en un caso así intervenga el alcalde? ¿Y eso qué querría decir? ¿Que debía matar al hombre?

El alcalde dijo:

—Me voy a ocupar de ella. No te preocupes en la guerra, Josef.

¿Es posible que una mujer tan hermosa esté hecha para un solo hombre? El alcalde creía que Maria era fiel sólo porque le tenía miedo a su marido y no por falta de interés en otros. Tampoco había que hacer tanto espamento si uno u otro calculaban con que Josef cayera en la batalla, así es el ser humano. Claro que eso el alcalde no se lo habría dicho a Josef. Justamente, porque quería mantenerlo como amigo. Él era el alcalde y deseaba que, al terminar la guerra, no faltara uno solo de los del pueblo. Además, pensaba que quedaba bien tener un amigo apuesto, y la señora alcaldesa también creía que el Josef era un buen adorno. Porque a ella el Josef le gustaba muchísimo. Como decía tan abiertamente que alguna vez le gustaría ver al Josef desnudo, mejor aún si era afuera, en el bosque, quedaba claro que no había ningún tipo de peligro en este sentido, si no habría cerrado la boca. Nadie necesitaría cuidar a mi mujer, pensó el alcalde, y si me llamaran al frente nadie la cuidaría. El alcalde estaba bien en su matrimonio. Él y su mujer eran consideradas las personas más divertidas, no sólo en el pequeño pueblo, sino en todo el valle, hasta Bregenz. Y eso era sobre todo mérito de ella. Sabía reírse de una manera... hasta Josef se reía con ella ni bien empezaba y nadie sabía qué iba a venir.

—Que se mude aquí con todos los niños —dijo el alcalde—: eso lamentablemente no es posible, aunque sería lo mejor.

—No hace falta —dijo Josef—. Alcanza con que mantengas los ojos abiertos. Dicen que para octubre ya habrá pasado todo. Y entonces ya estaré de vuelta.

—Y además están las vacaciones del frente —dijo el alcalde.

—Si todo resulta tan rápido como dicen, entonces no habrá tiempo para vacaciones —dijo Josef. Eso pensaban todos. Josef llegaría a tener dos vacaciones.

Josef se había despedido de su mujer con un abrazo y un beso leve y ya estaba en camino, doblando las rodillas en la bajada como era su estilo, cuando ella corrió tras él y lo arrastró de nuevo a la casa, hacia el dormitorio, y le abrió el cinturón y se apretó contra él.

—¿Por qué pones esa cara? —preguntó ella.

—Me duele una muela —dijo él.

—Pero eso va a empeorar —dijo ella.

—En el frente hay dentistas —dijo Josef—. Al parecer, mucho mejores que los de Bregenz.

—¿Cómo lo sabes?

Él la alejó y se levantó de la cama. Que deje de hacerle preguntas, ya la conocía. No terminaría más y él llegaría tarde.

No fueron muchos los hombres del pueblo alcanzados por el llamado de principios de septiembre. Por qué mi abuelo estuvo entre los primeros, eso no lo sé. Eran apenas cuatro: uno se llamaba Franz, como el emperador, otro Ludwig, otro Alois y, bueno, Josef. Debían ir a pie hasta el segundo pueblo, allí los buscarían los camiones que los llevarían a la estación de Bregenz, y de ahí al campo de batalla nomás, donde fuera que eso quedara. Al final uno solo de los cuatro volvió de allá, del campo: Josef. Alois murió a la semana. Ludwig murió casi medio año después, en un hospital de campaña. Franz cayó al año, en el Paso de Valparola. Los siguieron cinco muchachos más; sólo dos de ellos regresaron.

Los cuatro hombres se habían puesto flores en los sombreros y bebido unos tragos. El alcalde, como el representante del emperador que era, repartió aguardiente y disparó un tiro al aire. Un montón de niños salieron junto a los que se iban a jugar, como decían de los reclutas, pero sólo llegaron hasta el pueblo siguiente, enseguida regresaron. A partir de allí, los futuros soldados siguieron solos hasta L., con paso más lento; habían dejado de cantar y ya estaban bastante sobrios. Hablaron sobre cosas que tenían que hacer pronto, como si fueran a estar en casa en un par de días o semanas. Se quitaron las flores de los sombreros y las arrojaron junto al camino. Ahora que no los veía ninguno de los suyos, ¿para qué?

El hijo segundo del Josef también los había acompañado hasta el pueblo vecino: Lorenz, el obstinado, nueve años recién cumplidos. Era inteligente, su capacidad para los cálculos mentales asombraba y entusiasmaba al maestro en la escuela, había heredado el don de su padre. Ya a esa edad rechazaba la vida en la montaña. No iba a ser un campesino. El solo hecho de que se preguntara en qué podía convertirse lo distinguía de los demás niños del pueblo. Le interesaban los motores y en el valle —llamado simplemente “el bosque”— no había muchos; además, eran siempre los mismos. El padre le había dado un golpecito en los hombros, nada más, esa fue su despedida. En casa, Lorenz debía ocuparse de los animales, dos vacas, la cabra. Y había un perro. Todos le decían “Wolf”, “lobo”. El padre lo había entrenado bien. No hacía falta tenerlo atado. El padre había dibujado una línea con piedras alrededor de la casa y el perro no la cruzaba, pasara lo que pasase. El adjunto del correo igual le tenía miedo. Cuando Maria veía llegar al cartero, metía al perro dentro de la casa. Lorenz no lo habría hecho. Quería al perro; era parte de la familia y no se manda a un miembro de la familia a la casa porque llega alguien que no pertenece a la familia. Y luego estaba el gato, al que le arrojaban lo que sobraba, y si no sobraba nada tenía que arreglárselas solo.

Lorenz arreó las vacas hacia la pradera; ya era demasiado tarde, pero el día no había empezado como siempre. Antes de la partida del padre, Heinrich —el hijo mayor del Josef y la Maria— había ordeñado las vacas y la cabra. Luego el padre se había lavado un rato largo en la fuente, a fondo y con mucho jabón, también el pelo. La mamá había hecho entrar a los chicos a la casa, no quería que vieran al padre desnudo. La cabra quedaba en el establo día y noche. Lorenz le dio una parva de heno mientras miraba el listón de sus ojos. Y pensó lo que pensaba siempre cuando estaba frente a la cabra: ¿por qué no tienen todos los mismos ojos? Los gatos tienen tajos verticales; las cabras, vigas; los seres humanos, agujeros redondos y circulares.

¡En qué podría haberse convertido mi tío Lorenz, de no haber sido uno de los Últimos! ¿En qué podrían haberse convertido sus hermanos?

“La guerra es normal”, me dijo una vez. No había ninguna relación visible con la conversación que estaba manteniendo en ese momento, de la que yo de todos modos no participaba. Cuando mi tío Lorenz hablaba con mi padre, me quedaba muda como el paraguas que colgaba del respaldo del asiento en el que él se sentaba.

“¿Qué quieres decir con eso?”, pregunté tras aclararme la garganta. Su estilo era ignorarme, o dirigirse a mí de golpe y presionar con su dedo índice en el medio de mi esternón. El tío con carisma. Eso es bueno y malo a la vez, al mismo tiempo.

Respondió. “¿Por qué, niña, debería decir algo y querer decir otra cosa? Quiero decir lo que digo: la guerra es normal”. ¿Había olvidado mi nombre?

Cuando nos visitaba, yo no podía estar tranquila. Me preparaba para todo. Cualquier cosa. En la Segunda Guerra había estado en Rusia; tenía una mujer en casa y luego en Rusia también tuvo una mujer y un hijo, pero los había abandonado y había emprendido el largo camino de regreso hacia su mujer en nuestro país; a veces lo había levantado algún vehículo militar, otras veces había viajado en tren sin pagar, también sentado atrás en una moto, pero la mayor parte del trayecto la había hecho caminando. Nos visitaba a menudo cuando yo era pequeña. Jugaba al ajedrez con mi padre. Odiaba la idiotez de la vida en el campo. Sobre eso hablaban con mi padre; mi padre tampoco tenía simpatía por los campesinos, al fin y al cabo, era hijo de una criada de Lungau y su padre, el adinerado, nunca se había ocupado de él. El tío Lorenz tenía tres hijos en nuestro país; los consideró unos inútiles incluso antes de que se pudieran convertir en algo útil, y de hecho no llegaron a nada: uno se colgó de un árbol. El tío Lorenz admitía abiertamente que en Rusia vivía una segunda familia. Tenía cincuenta años cuando un conductor borracho lo mató, atropellándolo en un puente que cruzaba el Rin en Bregenz. Su perro estaba junto a él y aullaba. Yo le puse su nombre a mi hijo: “Pero no soy así y tampoco quiero serlo”, dijo.

Heinrich era el que más ayudaba a la madre. En el momento en el que transcurre esta historia, tenía once, dos años más que su hermano Lorenz. Era un callado, nunca quiso ser otra cosa que un campesino. Su mamá solía decirle: “¡Pero eres más adulto que yo! ¡Haz alguna estupidez, Heinrich, por favor!”. Pero él no hacía estupideces. Tan grande era su deseo de ser campesino que nunca se le ocurrió pensar si había alguna otra opción para él. Lo irritaba que, ante cualquier pavada, Lorenz se planteara si no podía ser distinta. Hasta el final de sus días hizo las cuentas usando los dedos.

La madre —eso había dicho el padre la noche antes de partir hacia la guerra— sólo debía trabajar en la casa; de la granja debían ocuparse el Heinrich y el Lorenz. Katharina, de once, ayudaba a la madre con la ropa y en la cocina. Walter aún no servía para nada, jugaba con el trompo de madera que Heinrich le había tallado, pero no lograba hacerlo girar en serio.

A Katharina yo le decía tía Kathe. Cuando murió, tenía casi cien años. Se teñía el pelo de negro. Era delgada y anduvo muy erguida hasta el final de sus días. Sus hombros eran rectos y vista desde atrás, aún a los ochenta, pasaba por una de a lo sumo cuarenta; su forma de andar mostraba que la vida le interesaba. Quien la veía de frente, podía pensar que se trataba de una mujer indígena como en las fotos. Para quien la veía de frente, el mundo era una película en blanco y negro, un western, cada arruga un canto duro. Tenía una nariz larga y ganchuda y una boca que siempre pareció decir me importan todos un comino. Había querido a mis hermanas, en especial a la mayor, porque era como invisible y sin fallas. Yo le resultaba demasiado salvaje, dijo, no podía conmigo. Le pregunté que qué quería decir, qué era lo que no podía conmigo. Cruzó el aire con el filo de su mano, eso fue todo. A fines de verano, cuando caía la noche, me mandaba con su hijo a buscar manzanas. Debíamos colarnos en el jardín de un vecino en particular, sacudir el árbol, llenar dos mochilas con las frutas y desaparecer. Yo siempre tenía la conciencia sucia, como si hubiera sido yo —¡yo!— la que le había dado la idea a mi tía Kathe y también a su hijo, que siempre me miraba como si fuera descendiente de rufianes.

¿Y mi tío Walter? Se ahogó en el lago Bodensee, tenía cuarenta y dos. Era pelirrojo —él y mi madre los únicos entre los Últimos que no habían salido oscuros— y tenía la cara picada por la viruela y una cabeza alta y un torso como tallado en mármol por un escultor. Andaba detrás de todas las mujeres y al parecer a las mujeres les gustaba. Además de su esposa gorda con los cinco hijos tuvo una segunda mujer, que hacía la calle. Su esposa, a la vez, se iba a la cama con un vendedor de artículos para el hogar. En algún momento, la amante le resultó muy exigente y se la pasó a su hermano menor. Y después se ahogó. Cuando su padre partió a la guerra, Walter acababa de cumplir cinco años.

Era principios de septiembre y todavía hacía mucho calor; Lorenz se quitó la camisa y se la ató a la cintura. Su rostro era serio, como el del padre, ya resultaba incluso un poco adusto. El perro esperaba delante de la casa, a cada rato volvía a poner la pata sobre el límite que le habían marcado. Nunca había cruzado por iniciativa propia la hilera de piedras. Daba pasitos y gruñía con tonos agudos. Lorenz puso la mano sobre su cabeza.

—Wolf —dijo—, enseguida nos vamos.

Maria estaba en la casa, acostada, en el dormitorio. Que no era mucho más grande que la cama matrimonial. Había lugar para un armario. La puerta estaba apenas entreabierta. Lorenz vio a su madre acostada boca abajo, la cabeza sobre un brazo. Se deslizó por el pasillo y subió por la escalera hasta el altillo. Al lado de una de las vigas, el padre había adosado una caja angosta, el escondite no se notaba. Dentro estaba la carabina. El regalo de Gottlieb Fink. Y municiones también había. Ahora, pensó Lorenz, ahora el padre recibirá un arma del emperador, y esta, la carabina Fink, me pertenece a mí. Hasta que el padre vuelva de la guerra, me pertenece a mí. Se metió una caja con municiones en el bolsillo del pantalón, envolvió el arma con su camisa y volvió a bajar por la escalera. Salió de la casa, llamó al perro: “¡Ven, Wolf!”. Los dos corrieron por la pendiente, pasaron el abrevadero, cruzaron el camino, saltaron el arroyo de piedra en piedra y, una vez del otro lado del valle angosto, desaparecieron hacia lo alto en medio del bosque.

Lorenz conocía un buen lugar. Una hondonada que no se abría a la vista por ningún lado. La madre tal vez escucharía los estallidos. Lorenz pensó que no se preocuparía. A veces había cazadores de paso en el bosque. Abajo en el pueblo nadie oiría nada. Alineó una serie de piedras, del tamaño de puños, sobre un promontorio de musgo; a unos veinte pasos de distancia se echó entre los helechos, apuntó con la carabina y disparó. Cómo recibir el culatazo sin que doliera, eso se lo había enseñado el padre. Sólo a él, a Lorenz, el padre lo había dejado disparar. No a Heinrich, el mayor. Lorenz sabía por qué. El Heinrich quería demasiado a los animales. Nunca sería un buen cazador. El perro dio un salto con el primer tiro. Lorenz lo rodeó con el brazo y acercó su cabeza a la de él. Desde esta distancia, acertó todas las veces. Vació la caja de municiones. Veinticinco tiros. El gatillo era duro. Le dolía el dedo. Eso lo puso feliz.

En cuanto Josef se despidió de Maria, ella se dejó caer en la cama y cerró los ojos. Walter se acostó sobre su panza. Aunque ya era demasiado grande y pesado. Era un niño amable. También le gustaba acostarse con el perro, en la casilla. El perro era bravo como todos los perros acá afuera, pero Walter podía hacer con él lo que quería y guarda si alguien que no era de la familia lo tocaba. Gruñía incluso si lo tocaba alguien de la familia.

Katharina tejía, eso se lo había enseñado la madre; era hábil, con lana roja iba a hacer una bufanda. Para papá. Tenía que apurarse, así estaba lista cuando terminara la guerra. La madre había visto fotos de soldados; los uniformes azules le habían gustado, hacían que el hombre más insignificante se viera bien. No podía imaginarse otra cosa que Josef volviendo a casa con ese uniforme, y el azul combinaba bien con el rojo.

La madre estaba cansada y se dio el gusto de ese cansancio, ahora que el padre estaba fuera de casa; si no, no se hubiera acostado en la cama durante el día. Había poco para comer. El alcalde, que era el que más cosas tenía, los abastecería con comida una vez por semana durante el tiempo que el padre estuviese ausente. Eso ya estaba arreglado. A cambio, cuando volviese, Josef le retocaría la contabilidad. Los chicos querían al alcalde, era divertido: revoleaba a Katharina por el aire, a pesar de que ya casi no era una niña, e imitaba a un león para Walter. Frente a Lorenz se frenaba, le resultaba demasiado parecido a su padre y eso lo irritaba.

El mismo día en que Josef y los otros tres partieron a la guerra, el alcalde subió hasta lo de Maria. Llevó papas, cebollas y manzanas. Había llenado un carro y le indicó a uno del pueblo que lo arrastrara hasta arriba; ni bien llegaron, lo mandó de vuelta para abajo. Él mismo había ido a caballo. Cerezas tenían allá arriba, las mejores incluso. Josef le había dicho a Maria que le diera al alcalde una bolsa llena de cerezas, porque le gustaban tanto.

El alcalde se sentó en la cocina con Maria; Walter se ocupó del caballo y Lorenz lo ayudó, o así se expresó para darle una alegría a su hermanito. Los postigos estaban cerrados para proteger la casa del sol caliente. Quedaba vajilla en la pileta. Maria estaba descalza, el pelo atado en un rodete.

En el fin de semana iría al mercado de hacienda en L., dijo el alcalde. Quería buscar un toro. Por la guerra, los precios eran buenos. Pero nadie sabía cuánto tiempo más. En la guerra ya no hay reglas. Tampoco allí donde no hay tiros. En el bosque, eso lo podía garantizar, no se tiraría jamás. Pero los precios eran precios de guerra, acá también. Creía, dijo el alcalde, que era inteligente comprar ahora un toro para el pueblo. Cada uno hace un aporte relativo y a cada uno le corresponde algo. Dónde lo guardarían, eso estaba por verse. Apostaba a que, si Josef estuviese allí, diría lo mismo. Si ella, Maria, no quería ir con él a L. Él sabía que su hermana vivía allá. Podría visitarla. Y en el mercado de hacienda siempre había un poco de feria. Aunque pudiese comprar poco, podía mirar mucho, seguro. Le haría bien.

—Debería llevar a los niños —dijo Maria—. No va a ser posible.

Los niños podían quedarse con su mujer, dijo el alcalde, si nada le gusta más que los niños, y eso que no logró tener hijos propios, ni uno solo.

—Si soy honesto, Maria —dijo—, ya hablé con ella.

Porque había dado por sentado que iría.

Maria quería pensarlo.

Si quería, que el jueves a las seis y media de la mañana fuera con los niños a su casa. Si quería. Nadie estaba obligado a nada acá.

Faltaban tres días. En realidad, Maria se alegraba. Habría música allí, golosinas, personas para mirar y escuchar. ¡Le gustaba tanto eso! También se alegraba de ver a su hermana. No tanto como a los puestos de feria y la música. Seguramente habría una orquesta. Por otro lado, había oído que todas las orquestas habían sido requisadas para la guerra. Y a la vez no podía imaginarse que en la guerra les importara tanto la música.

Lorenz se enojó cuando la madre le explicó que la alcaldesa cuidaría de Walter y que los demás también podían ir a su casa.

—De ninguna manera —dijo él—, nosotros mismos cuidaremos a nuestro hermano, Heinrich y yo y Katharina, además Walter no necesita una niñera.

Expuso astutamente sus reparos hacia el mercado de hacienda: “Tú, como mujer, qué buscas allí, dinero no tienes”. Que era la estupidez más grande y que para qué cuernos quería ir.

—Ya, cállate la boca —dijo la madre—. ¡Sólo tienes nueve años y no puedes prohibirme nada!

Reconoció en Lorenz a su marido y sintió enojo.

—¿Puedo al menos llevar a Wolf a lo del alcalde? —preguntó Lorenz. Se había apocado y a Maria le dio pena haberle hablado de esa manera.

—Eso no será posible —dijo—. Si le tiene miedo.

—Pero no va a estar, si se va contigo.

—Igual.

—Wolf no sabe qué hacer cuando se queda solo.

—Un animal siempre sabe qué hacer.

—¿Por qué no puedo quedarme acá con Wolf?

—Porque no.

Al final, cedió. Lorenz podía quedarse en la casa. Con el perro. Walter protestó. Katharina y Heinrich estuvieron de acuerdo. A Lorenz le gustaba darse aires frente a ellos. Sobre todo, cuando había otra gente. Así que les parecía bien que se quedara en casa.

Maria se hizo un vestido azul con la cortina del dormitorio; cosió hasta que le dolieron los ojos, cosió hasta tarde bajo la luz del sol de noche. Quería ponerse el vestido para el viaje, con un sombrero de paja con amapolas frescas. Eran pocos kilómetros hasta L., pero era un viaje. Giró frente al espejo del armario y quedó muy satisfecha. Se sentaría adelante en la banqueta, al lado del alcalde. Esa imagen le alcanzó de sobra.

Quería traerles alguna cosita a los niños. En la azucarera siempre había un par de monedas, las guardó en su cartera, que era su prenda más especial: Josef se la había regalado, tenía caracoles en los bordes, la hebilla era de nácar, estaba cosida con hilos de un material que no conocía, hilos rojos, lisos, brillantes e irrompibles.

La hermana de Maria se había casado con un comerciante, mucho más viejo y rico que Josef. Era del valle del Rin y tenía muchas ideas de negocios. Cada vez más campesinos del valle construían pequeños espacios junto a sus graneros, contó, y arrendaban máquinas de bordar; no era mucho trabajo, pero rendía bastante y así uno tenía un segundo pilar en el que apoyarse; él, el cuñado, quería introducir la idea en el bosque. Había hablado con Josef sobre el tema, al poco tiempo de casarse con la hermana de Maria; había ido especialmente a visitarlos, atravesando todo el bosque a caballo, un animal tan maravilloso que el pequeño Walter lloró de alegría al verlo y tembló de excitación cuando Kaspar —así se llamaba el hombre que le había jurado a Maria que haría feliz a su hermana— lo levantó hasta la montura y le dio las riendas a Lorenz para que hiciera dar una vuelta al caballo y a su hermano. Uno así como Josef le vendría bien, había dicho el cuñado, uno que supiera hacer cuentas, porque la voz se había corrido por todo el bosque. Entonces Josef dijo la primera palabra: “Adulador”. Es que no tenían ganas de salir ya mismo, todos, de ese bosque perdido y triste —siguió sin pausa el cuñado— en el que no tendrían ningún futuro, ni ellos ni —menos— los chicos, no querían mudarse a L.: Josef debía pensar también en los niños. Ellos ya tenían teléfono y luz eléctrica. Y el primer automóvil del correo. ¡Si eso no era el progreso! El cuñado tenía una idea más. Una idea loca, dijo Bella, la hermana de Maria. ¡Que deberían mudarse todos juntos directamente a Bregenz! ¡Todos juntos! ¡Construir una casa grande! ¡Fundar una empresa grande! ¡Una existencia nueva! ¡Una vida nueva! Eso había sido medio año atrás. Ahora, Kaspar y Bella ya llevaban casados un año y medio y todavía no tenían descendencia.

Maria llegó a las seis y media en punto a la casa del alcalde, con Heinrich, Katharina y Walter, y llamó.

Abrió la esposa del alcalde, que se tapó la cara con las manos:

—¿Cuándo nos vimos por última vez? —exclamó.

—Hace un mes, quizá —dijo Maria.

—¡Cómo terminará esto, Maria —rio la esposa del alcalde—, si tu belleza se duplica de mes en mes! ¡Espero que el diablo no se haya propuesto algo contigo!

El desayuno para los niños estaba listo. Para su marido y para Maria, la mujer había preparado dos cajitas de latón con panes, fiambre y huevos duros.

El alcalde azuzó los caballos, quería impresionar a Maria: dos animales gordos con gruesos lomos marrones; el de la derecha con una crin clara, larga, igual que la cola; el de la izquierda más oscuro, con la cabeza orgullosa y más inquieto que el otro. Maria se agarraba el sombrero para que no se le volara. Sentía claramente que el alcalde se acercaba, con algunos movimientos sus muslos se tocaban. Se ajustó el vestido para que no quedara suelto.

—Seguro que sabes cantar —dijo él—. ¿Cuál es tu canción preferida? Podemos cantarla. Yo también canto bien.

Maria, medio en serio, medio en broma, dijo:

—“Maria pasó por un bosque de espinos”.

—¡Pero esa es una canción de iglesia!

—Es un canon —explicó ella—. Suena muy bien cuando se lo sabe.

—Pero yo no voy a cantar ahora una canción de iglesia —dijo el alcalde.

—Pues entonces no —dijo Maria.

Giró la cabeza e hizo como si viera algo interesante al costado del camino. El coche tenía ruedas de goma, eso era agradable y poco común, al menos allá atrás en el bosque. El camino era incómodo, recién después del segundo pueblo comenzaba un pavimento más fino y alisado. El alcalde se elevó brevemente del asiento para darle un latigazo con las riendas al overo, enseguida volvió a sentarse y, como por casualidad, se acercó aún más a Maria. Ella contaba con eso. Así sería a la ida, y también a la vuelta. A veces se inclinaría por encima de ella porque tenía que ver algo o lo que fuera, cuestión de que pudiera rozarla una y otra vez, sin que se le notaran enseguida las intenciones. Si no pasaba más allá, no tendría de qué quejarse. Le daban curiosidad las ocurrencias que podría tener el alcalde con tal de que no pareciera a propósito. Y si en algún momento haría algo que fuese evidentemente a propósito. Al alcalde no le tenía miedo. De todos modos, su aliento le resultaba desagradable. Demasiado cercano. No es que oliera mal. Más bien al contrario. Chupaba caramelos de menta. Justamente porque quería oler bien. Al mismo tiempo se le cruzó por la cabeza que debía ser amable, al fin y al cabo, había cosas que esperar de él. Conseguiría víveres para la familia y también podría pedirle tela e hilos. Y zapatos. A Heinrich no le daría vergüenza usar zapatos de un desconocido, tenía pies como un adulto de grandes. Lorenz, por principio, no se pondría nada que otro ya se hubiera puesto, porque en ese caso sería algo regalado y el principio de Lorenz era: no quiero regalos de nadie, así tampoco tengo que estar agradecido con nadie. Con Katharina no estaba segura. Podía ser terca como Lorenz, pero le encantaban las cosas bonitas, sobre todo si además olían bien. Al pequeño Walter le venía bien cualquier cosa que le viniera bien a su mamá. Y también necesitaban cosas para la escuela. Las clases empezarían pronto.

—Alcalde —dijo ella—, ¿le parece bien tan cerca?

—Perdón —masculló y se corrió.

—Digo nomás —acotó ella.

—Nadie tiene que llamarme alcalde —dijo él—. Al menos, ninguno de nosotros.

—Gottlieb —dijo ella.

Después de un rato, él comentó:

—Gottlieb es lo mismo que Amadeus. ¿Sabías eso, Maria?

—No, no lo sabía.

—Como Amadeus Mozart —dijo él.

—No, no lo sabía —repitió ella.

El alcalde tenía contactos con Dios y María Santísima. Ella también podría pedirle lo necesario a su hermana. Seguro que le sobraba lo necesario. Y se lo hubiera dado con gusto. Pero entonces ella habría quedado más en deuda. Si me pongo así con todos, pensó, entonces está claro que no conseguiré nada. Un beso me puede dar, en la mejilla, y hacer como si fuera amistoso, y del brazo me puede tomar, más no, no demasiado arriba, donde ya transpiran las axilas, y más no será necesario para que se muestre un poco generoso, y más no va a hacer. Yo para mí no quiero nada.

Se fueron acercando a la zona de L. y ya de lejos oyeron los cencerros de las vacas y la música. De niña iba todos los años al mercado de hacienda; en esa época había empezado a haber puestos como en una feria, puestos de tiro por ejemplo, donde los muchachos disparaban sobre galletas de jengibre con forma de corazón; también un puesto en el que se hacía algodón de azúcar en tres colores diferentes, y mesas al aire libre, sin un techo encima, donde se ofrecían anillitos y cadenitas, pulseras y pañuelos, y puestos con tortas y cosas dulces que venían de la zona, el hojaldre era la sensación. El público estaba bien vestido, se ponía lo mejor que tenía. Bebían sidra. Y las cabezas se ponían coloradas, a esa hora de la mañana ya. Se oía una orquesta, o sea que sí. Al fondo unos platillos, un tambor grande y uno pequeño. De niño, Josef había aprendido a tocar el clarinete, pero no tenía uno propio y por eso abandonó. La orquesta tocó la misma marcha militar tres veces seguidas, hasta que realmente logró irritar a todos. Entonces los músicos guardaron sus instrumentos. Al final de la tarde volverían a tocar.

El alcalde bebió sidra, se había encontrado con un conocido que ya tenía el bocal en la mano, listo para volver a servir. Que Maria diera vueltas sin problemas, acá no se iba a perder, dijo el alcalde. La hacienda estaba en fila detrás de las vallas, vacas, ovejas, cabras. Tres toros había, manchados, tenían argollas en la nariz y estaban atados al piso con unas cadenas cortas. La desesperación en sus ojos era algo que Maria no podía mirar. Los campesinos negociaban entre ellos, con atuendo dominguero, golpeaban con las manos sobre los lomos de los animales, acariciaban a los terneros y permitían que les lamieran las manos.

Había un puesto con rollos de tela en el que Maria se detuvo fascinada; eso está en la familia, a las mujeres nos gusta tocar la tela: a mi madre, a mis tías, especialmente a mí y, bueno, a mi abuela Maria también.

—Tóquela nomás —dijo la vendedora, con tonada del sur de Alemania, y Maria agarró la tela entre el pulgar y el índice y la frotó.

—Eso no alcanza —dijo la vendedora—, tiene que tocarla en serio.

Maria no sabía qué quería decir con “tocarla en serio”. La vendedora le mostró: “Primero levántese las mangas”. Tomó la blusa de Maria, abrió los botoncitos y empujó las mangas hasta las axilas, donde ya estaba muy húmedo. “Y luego entre con los brazos como si fuera agua. ¿Se da cuenta lo fresca que es? Hace bien, ¿no? Ahora que empieza a hacer calor de verdad. Me dan pena los soldados; fines de otoño o primavera hubieran sido mucho más agradables para la guerra, pero ahora tienen que marchar con todo el equipo bajo este sol, y en Italia hace más calor todavía.”

—Gracias —dijo Maria y volvió a bajarse las mangas, pero no cerró los botones.

El alcalde estaba detrás de ella:

—¿Qué color te gusta más?

—Azul cielo.

—Rojo te quedaría mejor —dijo él.

—Pero no es para mí.

—¿Y si fuera para ti?

También había aguardiente. Que si quería tomar un traguito, preguntó el alcalde, pero no lo decía en serio. A él le gustaba beber, pero no se emborrachaba nunca. La mayoría de los hombres acá tomaban poco, pero cuando lo hacían se daban vuelta como cerdos. Josef no bebía jamás.

Primero iba a ir a lo de su hermana y el cuñado, dijo ella, y luego volvería con ambos al mercado.

Pero no pensaba hacer eso. No sabía qué pensaba hacer, el mercado ya no le interesaba más. Se haría largo hasta las seis de la tarde. En un puesto de golosinas vio un chupetín redondo, grande como un plato, con espirales rojas y blancas y verdes. El vendedor dijo que lo rojo era frutilla; lo verde, aspérula; lo blanco, limón. Una porción gigantesca, no entraba en una sola boca, ni hablar en la boca de un niño. Primero habría que romperlo en pedacitos y luego repartirlos. Y entonces el chupetín estaría roto. Guardarlo y nada más no tendría sentido. Un regalo general, eso podría ser. Podrían colgarlo en la cocina y el que quiere, lo chupa. O cinco minutos lo tiene Heinrich, cinco minutos Katharina, cinco minutos el Walter y cinco minutos, si quiere, Lorenz. Temía que Lorenz dijera por qué gastas dinero en semejante estupidez, no quiero probarlo. Entonces sería el único al que no le habría llevado nada. Un cochecito de madera había visto, más allá, Heinrich podría arrastrar a Walter sentado dentro. Pero entonces otra vez no habría nada para Lorenz. ¿Y qué sería algo para él? Algo para comer seguro que no; compartiría con sus hermanos y se quedaría con la menor porción, o con nada.

Un hombre se le acercó, era apuesto, llevaba sólo una camisa blanca con un pantalón negro, no tenía chaqueta y parecía forastero; hablaba raro, y raro era sobre todo su corte de pelo: casi al ras en las sienes y arriba un jopo.

—¿Busca algo en especial? —preguntó.

—¿Es suyo este puesto? —preguntó ella—. Busco algo para mi hijo, nueve años.

—¿Y qué cosas le interesan?

—Eso es justamente lo que no sé. Usted habla raro. Nunca oí a alguien que hablara así. ¿Qué clase de persona es usted?

El forastero se rio fuerte y largo:

—Y yo nunca vi a una mujer que sea tan directa.

—¿Qué quiere decir con directa? —preguntó Maria.

—Si, supongamos, yo tuviese una nariz chueca y le preguntase si tengo una nariz chueca, entonces usted seguramente me diría sí, tiene una nariz chueca. ¿Tengo razón?

—¿Y qué quiere que le diga si no?

El forastero volvió a reír fuerte y largo. Mi abuela le contó esta anécdota a su hija mayor, Katharina, pero recién algunos años más tarde. Mi tía Kathe me la contó a mí. Dijo que su mamá, o sea, mi abuela, se había emborrachado una sola vez en su vida, no sabía cuál había sido el motivo, pero que en aquella ocasión le contó, de pronto, así de la nada, que se había enamorado una sola vez en su vida, de este hombre, y desde entonces sabía que el enamoramiento no significaba nada, pero el amor significaba mucho. Estando sobria, Maria nunca habría hablado de esa manera con su hija.

—Me llamo Georg —dijo el forastero y le tendió la mano a Maria—. Soy de Alemania, de la ciudad de Hamburgo, no es por casualidad que estoy aquí. ¿Y usted?

No quiere pasarme revista, pensó Maria, pero lo hace igual, y no logra esconder su admiración porque me ve tan linda. Muchas veces había pensado eso o algo parecido. No era un arte interpretar las miradas de los hombres. Él le contó que estaba en ese pueblo para darle una noticia triste a una familia; había sido un amigo, su mejor amigo, y era su responsabilidad poner al tanto a la pobre gente.

—¿Es que usted ya estuvo en la guerra, su amigo cayó? —preguntó Maria.

—No —dijo él—, fue un accidente, no tiene nada que ver con esta tonta guerra.

No quería seguir hablando del tema, Maria se dio cuenta, pero tampoco quería interrumpir la conversación porque temía que entonces ella se diera la vuelta y se fuera. Que si era de acá, preguntó.

Dio una respuesta breve. Este hombre que se llama Georg me gusta, pensó. Eso era un hecho. Pero también le gustaban las montañas en el brillo del anochecer. Y que se había enamorado de él era algo que notó más tarde. Él dijo el nombre de la familia que buscaba. Había muchos con ese nombre ahí. Por eso ella dijo no, no los conozco. Se despidieron con un apretón de manos, muy formal, y ella se puso en camino hacia lo de su hermana, sin mirar para atrás, la vista fija en el suelo. La casa quedaba sobre una lomada, él podía seguirla con la mirada hasta que llegara arriba.

El cuñado estaba en el jardín delantero y llamó a su mujer, que salió corriendo de la casa, y empezó el abracerío. Luego comieron pan con tocino y bebieron agua con unas gotas de vinagre y se sentaron frente a la casa y miraron hacia abajo, hacia el mercado. A las seis, Maria volvió a bajar, el ambiente estaba más tranquilo, todos ya habían visto todo.

—Es hora —dijo el alcalde.

Estaba de un increíble buen humor y charlatán. Que había reservado un toro, se lo iban a llevar, no tenía que ocuparse de nada, puro lujo, nada más que riquezas para cualquiera que poseyera un toro. Habló todo el trayecto, sin pausa. Atravesó el pueblo y pasó junto a su casa y no dejó que Maria dijera una sola palabra y luego hizo como si hubiera olvidado que Heinrich, Katharina y Walter estaban con su mujer, esperando a que los pasaran a buscar.

—Después los mando para arriba. Todavía hay suficiente luz. El movimiento les va a hacer bien. Después dormirán mejor.

Junto al abrevadero ayudó a Maria a bajar del carro y le dio un paquete envuelto en papel marrón. Para los chicos había comprado bombones de fruta y también útiles escolares. Y para ella, Maria, este paquete extra. De puro agradecida ella se paró en puntas de pie y le dio un beso, al Gottlieb, al Amadeus. Lorenz estaba con el perro en los escalones de la veranda, los codos sobre las rodillas, el mentón en la mano, y los miraba.

En el paquete extra había tela roja, brillante, e hilos para coser. Y entonces apareció frente a la puerta. El forastero que se llamaba Georg. Sin anunciarse. Nadie se había anunciado jamás en lo de Maria y Josef. ¿Cómo? ¿Para qué? ¿Mandar primero a alguien que diga que van a ir el día tal y cual? ¿Qué sentido tendría? Dos caminos. Pero de un forastero cabría esperar que le pidiera a un muchacho del pueblo que lo acompañara. Para que quedaran a la vista las buenas intenciones. Apareció de pronto frente a ella... ella otra vez colgando la ropa, con una camisa blanca en la mano que ya había lavado tres veces, de puro descuidada, ¿o la camisa se había colado sola entre la ropa sucia porque quería deshacerse del último olor a Josef, porque las cosas sabían más que las personas y la camisa sabía que Josef no volvería? No, Maria no era supersticiosa. El forastero simplemente la miraba. Ella, los puños en las manos, los brazos extendidos para que la camisa no tocara el suelo. El perro no había hecho un solo sonido. El hombre se inclinó hacia él, lo acarició detrás de la oreja, toqueteó su cuello, sin dejar de mirar a Maria. La miró profundo, al interior de los ojos.

Esa es una expresión que mi madre usaba a veces. Cuando creía que le había mentido, decía: “¡Mírame profundo, al interior de los ojos!”.

En algún momento le dije —tenía ocho y ya estaba llena de indignación hacia nuestra familia, porque había oído tantas historias, sobre todo de los hermanos de mi madre, que, con excepción del Heinrich, no eran como los otros hombres—, fui y le dije a mi madre:

—¡Nadie habla como tú! ¡Siempre hablas como no habla nadie! ¡Por qué hablas como no habla nadie!

Y ella dijo:

—Dame un ejemplo.

Y yo dije:

—Por ejemplo: mírame al interior de los ojos. Nadie dice mírame al interior de los ojos. Si a alguien se le ocurre querer decir algo así, dice: mírame a los ojos, ¡pero no al interior de los ojos!

Lo tenía de su madre, dijo.

—De tu bella abuela —y en la misma exhalación agregó—: era igual que tú.

Me enfurecí aún más.

—¿Y ahora qué quieres decir? Siempre hablas con insinuaciones.

Y ella respondió:

—Ten cuidado de no volverte igual a ella.

Mi “bella” abuela era ejemplo y reproche a la vez. Todo lo bueno la acompañaba, pero si algo en mí no le gustaba a mi madre, decía que debía tener cuidado de no volverme igual a ella. Lo bueno de mi abuela eran su dulzura y su paciencia para escuchar a todos; su opinión era que todos merecían ser escuchados hasta que terminaran de hablar y que sólo el hablante podía decidir cuándo había terminado. A veces tengo la sensación de que la dulzura de mi abuela era, en realidad, indiferencia y flema. Como otra de sus cosas buenas se contabilizaba el hecho de que no guardaba rencores. Lo no-bueno en ella era sólo su belleza. No era bueno por sus consecuencias. En nuestra familia, yo era considerada bella. No se usaba la palabra, pero los circunloquios me permitían sacar esa conclusión. A saber, los circunloquios eran todos negativos. “Crees que con esa cara puedes permitirte cualquier cosa.” O: “Átate el pelo, a ti no te hace falta un peinado”. O precisamente: “¡Ten cuidado, no vayas a volverte igual a tu abuela!”. Hoy en día creo que mi madre no lo decía como una amenaza. Quería decirme que fuese cuidadosa, que una cara bonita corre peligro. Si pensaba así, sabía por qué. En el último rincón del valle, la belleza no era de provecho para una mujer. Eso quería decir. Atrás en el valle siguieron hablando de la belleza de mi abuela incluso después de su muerte.

Voy a adelantar algo que recién toca mucho más adelante en la historia, pero no soporto dilatarlo, prefiero contarlo ahora mismo: en algún momento apareció el cura delante de la casa de Maria y Josef, en el último rincón del valle, tan sin anunciarse como el forastero que se llamaba Georg. Pero el cura no fue amable, como el forastero, que sí lo fue. Porque el forastero fue amable. Tan amable fue con Maria como nadie lo había sido nunca. Ni siquiera Josef. Él podía ser cariñoso. Cuando se ponía oscuro, incluso muy cariñoso. Era servicial y muchas otras cosas. Pero amable no era. Simplemente no estaba en su carácter. El forastero era amable, no hacía diferencia entre hombre y mujer. Pero el cura sólo dijo, no saludó, sólo dijo:

—¡Gira tu rostro hacia el sol!

Y Maria lo hizo. Pero preguntó:

—¿Y por qué debo hacerlo?

—En ese rostro se puede leer todo —dijo el cura.

—¿Qué, por ejemplo? —preguntó ella.

—¿Cuánto hace ya que se fue tu marido? —preguntó, en cambio, el cura, aunque sonó como una orden.

—Desde que hay guerra —dijo Maria.

—¿Y la panza?

—¿Qué panza?

—¡Tu panza, zorra!

Ella hubiese querido decir que no quería que le hablaran así, tampoco un hombre de la iglesia podía hacerlo. Pero la mala palabra la asustó tanto que no dijo nada.

—¡Es ese maldito rostro! —exclamó el cura. Y se dio vuelta y gritó hacia el valle, como si estuviera en el púlpito y abajo estuviera escuchando toda la parroquia, mirándolo como necios, a la derecha las mujeres, a la izquierda los hombres—: ¿Es que alguien puede creer que Dios el Señor crea un rostro así? ¿Alguien puede creer que Dios el Señor es tan injusto? Las mujeres berrean cuando ven tu cara y vuelven locos a sus maridos. ¿Por qué yo no? Eso dicen. Como si el marido hubiese hecho esa cara para poder mirarla todo el tiempo. Vienen a mi confesionario y me lo dicen. ¿Por qué yo no? Como si yo hubiese hecho tu cara. ¿Con qué basura, por favor? ¿Con qué basura podría haber amasado una cara así? Esa basura no crece acá. Esa basura crece, tal vez, en la ciudad. Y del rostro llegan directo a la panza. ¡Ja! Es un camino corto. Uno ni siquiera puede enojarse con los hombres. Te das cuenta de eso, ¿no? ¡Responde, Maria! ¿Qué piensas? ¡Dime qué piensas! Si yo ahora te preguntara, zorra, entonces dirías, claro que lo dirías: si Dios el Señor me dio un rostro tan bonito, porque eso dirías, admítelo, también me dio el derecho de andar con los hombres. Que los aceptas. Porque si no para qué serviría un rostro bonito. ¡Exactamente eso piensas! ¡Admítelo!

Todo eso, porque mi abuela estaba embarazada. Y el Josef estaba en el campo de batalla, en realidad en las montañas de Italia. Eso fue cuando la guerra cumplía medio año. El Josef, eso pensaba el cura y seguramente todo el pueblo, no pudo haber sido. A pesar de que vino dos veces de franco. Pero en cada ocasión, fue muy poco tiempo. El cura y los demás le daban muy poco valor a esos francos. En cuanto la panza se hizo evidente, comenzaron a discutir sobre el asunto. Había otras mujeres de soldados que también estaban embarazadas, pero sobre eso no se discutía. En las discusiones se hacían cálculos. Cada franco son tres días, bien. Pero cuando uno llega del frente, ¿no necesita como mínimo un día para descansar, sin estar en condiciones de hacer otra cosa? Por supuesto que lo necesita. Entonces quedaban sólo dos días. Por lo general, cuando el hombre recién vuelve de la guerra, marido y mujer se desconocen, eso siempre se dice, y una sensación así suele durar aún más que el cansancio. Digamos que dura un día. Bien. Entonces queda apenas un día para consumar el matrimonio. Y que justo ese día la cosa funcione, eso puede considerarse bastante improbable. O por lo menos, poco probable.

Maria estaba embarazada y en su panza estaba mi madre.

Mi abuela no pudo sostener la mirada del forastero. ¡Control!, se ordenó a sí misma. Conocía esa orden en relación con una sola cosa: el deseo, pues. Fuera de eso no había nada en su vida frente a lo que necesitara control. “¡Contrólate!”: ya se lo había ordenado su madre. La había descubierto, una vez, buscando placer por mano propia. La expresión “por mano propia” también era de su madre. Más tarde Maria leyó ese giro en algún lugar, pero en referencia a alguien que se había suicidado. “Se quitó la vida por mano propia”. Cómo lo había hecho, eso no decía. Ella pensó que con un cuchillo. Uno tiene el cuchillo en una mano si va a cortar la otra, es decir, el otro antebrazo. Dicen que no hay que cortar en transversal, sino a lo largo. De dónde sabía eso, ni idea.

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15 noyabr 2024
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