Kitabı oxu: «Habla con Dios»

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Diseño de portada: Editorial Sirio, S.A.

Maquetación de interior: Toñi F. Castellón

© de la edición original

Munay, 2020

© de la presente edición

EDITORIAL SIRIO, S.A.

C/ Rosa de los Vientos, 64

Pol. Ind. El Viso

29006-Málaga

España

www.editorialsirio.com

sirio@editorialsirio.com

I.S.B.N.: 978-84-18531-29-3

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Contenido

Cubierta

Créditos

A ti

Prefacio

Introducción

Una búsqueda de amor

La niña que quería salvar a la humanidad

De búsquedas y encuentros

La medida del dolor es la medida del amor

Perder el juicio y abrir la mente

Cumplir un sueño

Las primeras manifestaciones

El misterio comienza a develarse

Un regalo, un nuevo destino

Ahora sí... rumbo a México

Romper estructuras

Triste soledad

¿Y ahora qué?

Vipassana

Nuestro poder creador

Escrito en el cuerpo

Las primeras conversaciones

Un mensaje

A escribir

Encontraré a Dios

Sea

Petición a Dios

La impermanencia de las cosas

Servicio

La tarea de cada ser

Primer trabajo

A la humanidad

La voluntad de Dios: «Estamos juntos en esto»

Cual grano de arena

Continúa y avanza

¿Qué es dar?

Escribe

Desde la cima de la montaña

Amor y pasión

Poder

Cerrar círculos

Encuentro

Crecer desde el amor

La dulzura de ese amargo sabor

Cada cual en lo suyo

Dudas

Respira, respira

El único camino

Todo es especial y, a la vez, es nada

Compromiso

El poder de sugestión

Anticipación

Canalizar

Separación

Necesidad

Piensa bien una cosa

Ser especial

El espejo de las relaciones

Sincronicidad

Aquí estamos una vez más

Sacando y poniendo

Añoranza

Escúchame, pregúntate, respóndeme

Unidad

De la parte al todo

Habla conmigo

Yo estoy siempre a tu lado

Dime, hijo querido

Habla con Dios

Al tomar otro camino

Vive el proceso sin medir los resultados

Unir fuerzas

Ser y estar en uno

La vida como medio y fin

¿Para qué?

Cuestión de enfoque

Toda búsqueda es una búsqueda de amor

Para ser, primero hay que no ser

Sentir la sutileza de lo natural

Entretenerse: entre-tenerse, tenerse-entre

Al alma no hay quien la engañe

El amor nunca aparece como desafío

El amor es algo que se da. Se da porque se tiene, y se tiene porque se es. Se es amor y se da lo que se es

Busca para encontrar, y encuentra para dejar de buscar

Honrar la vida al contemplarla

Del buscador dependerá lo buscado

El ser es eterno

Las pasiones

¿A qué le temes?

En el aquí y ahora de tu vida, ¿eres feliz?

Acepta los regalos

Plan perfecto

No existe el equívoco ni el error

Con el verdadero encuentro, cae la ilusión

No confundas el mensaje con el mensajero

Nada pasa por casualidad

Es ley

Sé tu propio director

Ilusión-desilusión

La mirada de los otros

Las máscaras del ser

Dolor = necesidad

No se trata de ver para creer, sino de creer para ver

El interés viene del ego, el ser viene del alma

La comunicación con lo divino está desprovista de todo ego

Un error de concepto

Cuestionar la tarea

El camino que lleva a la pregunta

Los dos caminos

El camino del dolor

De medios y fines

¿Cómo es vivir en lo eterno?

No hay diferencia entre tú y yo

Cuando sobran las palabras

La devolución del universo

Amistad

El ser humano espera encontrarme como si me hubiese perdido. Solo estando perdido comienza a buscarme. Y solo al dejar de buscar, logra encontrarme

Si hay solo imagen, hay ego

Excusa perfecta

Más de lo mismo

Ser lúcido o ser consciente

Las relaciones pueden ser una excusa para perderte o la mejor manera de encontrarte

Lo humano frente a la muerte

¿Preparado para morir?

Diferentes caminos

¿Hablar para satisfacer la demanda del otro?

Compartir el trabajo

Conclusión

Agradecimiento final

Sobre la autora

Antes que todo comenzara ya existía la Palabra.

La Palabra estaba en Dios, y era Dios.

Cuando Dios creó todas las cosas, allí estaba la Palabra.

Todo fue creado por ella, y sin ella, nada se hizo.

De la Palabra nace la vida, y ella, que es la vida,

es también nuestra luz.

La Biblia

Dedico este libro a los buscadores de la verdad, a todos los hombres y mujeres comprometidos con la existencia y movidos por la pasión de saber, aquellos que reconocen la grandeza humana y, persiguiéndola, encuentran la perfección divina.

Serán ellos los que descubrirán el tesoro que se esconde más allá de las palabras, envuelto entre líneas detrás del verbo, y el que solo se alcanza desde la totalidad del Ser.

Para ellos, mi profundo reconocimiento.

Con amor, Munay

En memoria de Annie Besant, el alma de diamante, un ejemplo de mujer, quien consagró su vida a la búsqueda y a la manifestación de la Verdad.

No me atrevo a comprar la Paz con una mentira. Una imperiosa necesidad me induce a decir la Verdad tal como la veo, agraden o no mis palabras, reciba alabanzas o vituperios. Debo mantener inmaculada esa fidelidad a lo verdadero, mismo que me cueste amistades, mismo rompiendo lazos humanos. La Verdad podrá conducirme a un desierto, podrá privarme de todo el amor, mas debo seguirla. Aunque me quitase la vida, confiaría en ella.

Annie Besant (1847-1933)

A ti

A ti, que estás del otro lado leyéndome.

A ti, que en este acto de leerme has aceptado mi invitación.

A ti te hablo para decirte:

Gracias por estar ahí.

Gracias por haber concurrido a la cita.

Y gracias, porque en este acto de común-unión, se concreta el encuentro, no solo el encuentro entre tú y yo, sino el encuentro contigo mismo, con tu propia divinidad y con Dios.

Si tú estás ahí y yo estoy aquí, este libro cobrará un nuevo sentido al resignificarse con tu presencia, con todo lo que te hace ser quien eres y con aquello que te conduce al encuentro con tu propia Verdad.

Te invito a que juntos recorramos este camino, donde la letra será razón suficiente para unirnos en un punto en común, para pensarnos como existencia divina, jugando este juego de la vida, donde hemos venido a manifestar el amor.

Adelante, pasa, te esperaba desde hace tiempo, cuando el acto de escribir era la excusa perfecta para acercarme a ti.

Yo soy un seguidor de la religión del Amor,

no importa el camino que sus camellos transiten.

Mi religión y mi fe es la verdadera religión.

Ibn al-Arabi

No importa tu credo o religión.

No importa en qué creas o dejes de creer.

Este es un trabajo que habla de ti, de mí, de nosotros y del mundo.

Un trabajo que habla de Dios como energía ­universal.

Te invito a que, más allá de tus creencias, recorras este texto sin juicios previos que detengan tu andar.

Si elegiste creer en nada, déjame decirte que, por lo menos, te des la oportunidad de creer en aquello que, por ser tan obvio y evidente, no necesita demostración: date la oportunidad de creer en ti mismo. ¿O acaso también negarás tu existencia?

De ser así, no entiendo qué haces leyendo este libro. Sin existencia, nada es... ni se hace.

De no ser así, te invito a que sepas que este no es un trabajo de explicación o teorización sobre la vida, ni mucho menos sobre Dios.

El objetivo de este libro es compartir un recorrido, una mirada, una experiencia; la única diferencia es que me animé a contarlo y, al hacerlo, asumí un compromiso como una manera de transmitir todos y cada uno de los mensajes.

Prefacio

Habla con Dios es una invitación a recordar quiénes en verdad somos, cuál es nuestra esencia divina y cómo, en el juego de la vida, el hechizo del olvido nos hace dejar de lado esta verdad.

Correr el velo y ver qué hay detrás de las fachadas ilusorias que vende el sistema, nos permitirá descubrir lo real. Para ello, habrá que salir del letargo y del adormecimiento –donde el Ser vive anestesiado de su verdad– y asumir el compromiso de reconocer la farsa en la que, día a día, se mueve en un juego que parecería estar comandado por la angustia y el dolor.

Este libro tiene la intención de poder viajar por el mundo de las ideas, recorriendo los mágicos laberintos de la mente, para que el cuestionamiento provoque el debate y ayude a traspasar las fronteras del prejuicio y del temor.

Si bien no pertenece a ninguna religión, no deja de ser religioso en el sentido estricto de la palabra. Religión significa ‘re-ligar’, volver a ligar, volver a unir a Dios y al hombre, reconociendo la Unidad.

Si todos siguiéramos la religión del Amor, sin importar el nombre que luego le demos, sería esa la ley que comandaría nuestras vidas, donde el respeto por el otro, la honestidad y la verdad conformarían las bases de todo vínculo, recordando la igualdad de nuestra esencia, siendo todos parte de una misma especie, como lo es la humanidad.

El presente trabajo está dividido en dos partes: en la primera se relatan las experiencias que me llevaron a su realización final; en la segunda se transcriben los mensajes a la humanidad.

La lectura de este libro tiene un orden aleatorio: tú eliges por dónde empezar; mas solo te recomiendo que vayas procesando los mensajes de a poco, para aprovechar el contenido que cada uno encierra. Este procedimiento es muy revelador para la mente y constituye un recordatorio para el alma.

También puedes utilizar los mensajes a modo de oráculo, tratando de encontrar respuestas a tus preguntas, o pidiendo alguna orientación y guía.

Al ser instrumentos del Universo, todos somos mensajeros del otro. Por eso, toma lo que te sirva para el momento que estés viviendo y recuerda que todo lo que acerques a tu mundo contribuye a tu propia evolución.

Además, puedes cuestionar, interrogar y analizar estos textos; es una excelente manera de hacerlos propios, y de participar activamente en todo lo que leas. Recuerda: «El verdadero dueño de una obra no es quien la realiza, sino quien la interpreta».

Por eso, deseo de todo corazón que interpretes esta obra y te adueñes de ella, solo entonces mi trabajo habrá cumplido su función. Te pido que lo hagas tanto desde la razón como dejando participar a todo tu Ser, para que sean el corazón y el alma quienes también formen parte de este acontecer.

¡Es tan fácil contagiarse del virus del prejuicio! Por eso te sugiero, si puedes, «vacúnate» contra él. Solo así lograrás saber, solo así lograrás entender.

Que así sea.

Introducción

Un discípulo se quedó dormido y soñó que había llegado al Paraíso. Pero para su asombro, vio que allí estaban sentados el Maestro y los demás discípulos, absortos en la meditación. «¿Y esto es la recompensa del Paraíso? –exclamó–. ¡Si es exactamente lo que hacíamos en la Tierra!». Entonces oyó una voz que exclamaba: «¡Insensato!

¿Acaso piensas que esos que ves meditando están en el Paraíso? Pues bien, es justamente lo contrario: el Paraíso está en ellos».

Anthony de Mello

El presente trabajo surge como consecuencia de un largo recorrido, donde el encuentro con lo Divino marca un punto crucial en el andar.

Lo Divino, la Divinidad como esa parte del Ser que nos conecta con lo más elevado de lo humano, que nos hace saber que somos parte de Dios experimentándonos desde la materia.

Esa parte sublime, sagrada e indescriptible, que al alcanzarla ya nada importa más que ser. Ser lo que siempre fuimos y no lo sabíamos, lo que siempre anhelamos y no recordábamos.

Ser lo más extraordinario que se puede experimentar aquí en la Tierra, que es la esencia que le da vida a todo lo creado, a todo lo soñado desde otras vidas, que nos conecta unos a otros y nos hace formar parte de la Creación.

Esa parte superior del Ser, a la que llamamos Amor, en su estado más puro, en su expresión más elevada es lo que conocemos como el amor incondicional.

Es desde allí que surge esta escritura, como un trabajo pedido por mi propia alma, para ser manifestado aquí en la Tierra, para ser compartido contigo por ser también parte de mí.

Este trabajo pretende también ser una invitación a que reconozcas tu propia divinidad, porque, aunque la niegues o dudes de ella, está y es parte de ti.

Nadie se escapa de este privilegio, y sería una pena que pasaras por esta vida sin saber que es ella quien te habita, te sostiene y te constituye como lo más sublime de la Creación; como el Ser maravilloso que eres, aunque te cueste creerlo o te hayan dicho lo contrario. Ponlo a prueba: busca, averigua y encuentra.

¿Para qué estás aquí? ¿Por qué has venido?

Si nunca te lo has preguntado, es hora de que empieces a hacerlo, porque esa será tu salvación cuando, en la locura de la vida cotidiana, comiences a perder la razón. Y no precisamente por estar loco, sino porque necesitarás encontrar nuevos sentidos a lo que antes creías que era la razón de tu existir.

Si te sientes triste, desanimado o confundido, deberás agradecer por ser esta tu oportunidad de replantearte la existencia. Y así llegarás a descubrir que aquello que te dijeron, o que te contaron, o que te quisieron hacer creer, no es verdad.

Aquella Verdad que habla de ti, de quién eres, de lo que siempre fuiste y de lo que siempre serás, de lo que te pertenece por ser tu propia esencia.

Tú eres ese Amor en su estado más puro, en su versión más elevada. Ocurre que has pasado mucho tiempo viviendo una vida según los demás. Y no importará cuántos años marque tu reloj biológico; a veces, por ser mayor el número es más difícil poder rebelarse contra todo aquello con lo que no se está de acuerdo, contra todo aquello que no nos gusta.

Frente a todas esas creencias pesimistas y condenatorias, que dicen que no hay otra cosa, que es así la vida, que debes aceptarlo...

¡¡¡MENTIRA!!!

He venido a decirte que es mentira mucho de lo que la sociedad o el sistema te han querido inculcar.

No me basta con exponer este y otros trabajos que te ayudarán a pensar, necesito de ti, de tu colaboración en el asunto, que formes parte de esta experimentación, que pongas a prueba tus creencias, que no te quedes con lo que dicen los demás, ni siquiera con lo que leas aquí. Este trabajo es mi recorrido, producto de mi experiencia, la cual vengo a compartir por ser parte del compromiso que he asumido en mi vida en la continua búsqueda de la Verdad.

Si entre los párrafos de estas líneas encuentras algo que te ayude a recordar, que te resuene como aquello que intuyes y que no se ha manifestado todavía, este trabajo habrá cumplido su objetivo: ayudarte a que encuentres tu verdad.

Y, como no podía ser de otra manera, de semejante hallazgo se producirá el encuentro con tu propia divinidad, que es el encuentro con todo lo creado, con toda la existencia, con toda la unidad: el gran encuentro con Dios.

Te invito a que en el recorrido de este libro dejes jugar a tu mente, liberándola de todo prejuicio y de todo condicionamiento, tarea nada fácil si se trata de una mente poderosa. Por eso te propongo que convoques a tu inteligencia superior –esa que no solo incluye tu mente y tu cuerpo, sino también tu alma–, y así, en equipo, pueda ser mucho mejor la participación para aproximarte, para reconducirte a aquellas verdades universales que te ayudarán en el encuentro con tu verdad.

Si este libro está en tus manos, seguramente tendrá algo para ti. Avanza y, en su recorrido, descúbrelo y apodérate de aquello que te pertenece.

Bienvenido.

Primera parte

Una búsqueda de amor

La niña que quería
salvar a la humanidad

Desde que tengo uso de razón y hasta donde alcanzan mis recuerdos –los dos años de edad aproximadamente–, me he preguntado por el sentido de la vida. Es evidente que mi alma traía ya consigo un trabajo profundamente existencial. De niña soñaba con tener el poder suficiente para cambiar el mundo, para hacer justicia y para que la gente fuera feliz y pudiera sentir, en sus corazones, el mismo amor que sentía muy dentro de mí.

El haber vivido experiencias emocionalmente fuertes a temprana edad me llevó a convocar continuamente a la Divinidad como una forma de sostenerme frente al dolor. Tenía ya de niña la certeza absoluta de la existencia de Dios, y aunque en mi familia no se hablara de temas místicos o religiosos, estaba instalada en mí, como fuerza espiritual, la comunicación con lo Divino. Hablar con Dios era algo habitual: no solo lo convocaba en mis oraciones diarias, sino también cada vez que necesitaba amparo y protección.

Mi sueño era ser bailarina –estudiaba danza clásica y española–, y esa ilusión se completaba con la idea de formar mi familia, casarme y tener hijos. A los seis años, me lesioné gravemente una de mis piernas cuando me atropelló un auto. Mientras me llevaban al hospital, lo único que le preguntaba a mi madre era quién me iba a querer sin una pierna. Con el tiempo me recuperé completamente, terminé el profesorado y logré ser bailarina.

Los momentos más intensos de entrega incondicional hacia Dios fueron de niña, pero también de adolescente. Recuerdo que vivía escribiéndole cartas de amor, manifestando mi deseo de llegar a Él. Si bien tenía la certeza de su existencia, lo buscaba en cada momento y en cada lugar. Sin embargo, fue necesario que mi mente racional intentara entenderlo, tarea nada fácil cuando se trata de la existencia de Dios.

¿Quién es Dios?, fue la pregunta que comenzó a hacerse esa niña convertida en mujer. La vida me mostraba situaciones que, al cuestionarlas, no entendía por qué Dios las permitía. Veía tanto caos, tanta injusticia alrededor, que me preguntaba con angustia: ¿Cómo Él participa en el juego de la vida? ¿Qué tipo de Dios salva algunas vidas y no otras? ¿En qué consiste la justicia divina?

No cuestionaba su existencia –eso estaba más que claro para mí–, sino que trataba de saber quién era Él. Esa pregunta me condujo por muchísimos caminos. No siempre era consciente de lo que buscaba. Hoy, a la distancia, puedo ver que toda búsqueda, cualquiera que sea, es una búsqueda de Dios, es una búsqueda de amor, lo sepamos o no.

De búsquedas y encuentros

De adolescente, amaba leer, me gustaba estudiar y me encantaba hacer investigaciones por mi cuenta. Nunca pude disfrutar las salidas a boliches o cualquier otro ­divertimento nocturno, ya que no podía evitar hacerme replanteos existenciales en un lugar, para mí, equivocado. Me sentía diferente, dolorosamente diferente. Hacía todo lo posible para adaptarme, pero terminé por rendirme al sentir mi propia imposibilidad.

Al terminar la secundaria, mi camino estuvo dividido entre mi carrera artística (estudiaba en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático) y la facultad de Psicología. Posteriormente alterné mi tiempo entre el trabajo y la continua formación, entre la profesional y la artista. Como profesional trabajaba en hospitales y centros de rehabilitación en diferentes ramas de la psicología. Como artista realizaba trabajos en televisión. Cuando me enojaba por creer que estaba satisfaciendo los deseos de mi ego, dejaba lo artístico y me dedicaba al ámbito académico y psicoanalítico. Cambiaba figuritas *: renunciaba al ego de la imagen por el ego intelectual. Cansada de la frivolidad de la tele y pensando que nada quería de la actuación, dediqué los siguientes años al psicoanálisis en mi consultorio particular.

La medida del dolor
es la medida del amor

La vida me arrebató a la persona que más amaba y con quien estaba en pareja desde hacía unos años. Mi mundo se derrumbó y sentí mi corazón destrozado. Con el ­tiempo descubrí que el dolor de esa pérdida había activado los ­demás dolores no sanados en mi vida. Una nueva tarea debía emprender: enfrentarme por primera vez a todas mis sombras. Y eso constituía una gran y dolorosa ­oportunidad.

Sentí en carne propia el límite del dolor. ¿Para qué vivir una vida donde amar era un riesgo demasiado alto? ¿De qué se trataba la vida si elegía no amar? Miles de preguntas surgieron junto a aquella herida abierta. Habiendo pensado en morir como forma ilusoria de arrancarme del cuerpo ese dolor, sabía que no tomaría por cuenta propia semejante decisión. Declaré en voz alta, teniendo mi dolor como testigo, que no pararía hasta saber si Dios existía, que no me detendría hasta saber quién era Él. El tiempo era mi aliado, y me decía, tratando de consolarme, ya va a pasar, tarde o temprano pasará.

Sin embargo, algo me alentaba. Solo habiendo amado tanto podía sentir con la misma intensidad tanto dolor. Mi trabajo era recomponer mis partes, ahora sí, desde otro lugar. Gracias al dolor uno se vuelve más humano, más sensible hacia la vida. Necesitaba hallar respuestas universales, más abarcadoras, que pudieran contemplar la Creación en su totalidad. Si todos vivimos las mismas experiencias, con diferentes escenarios o en diversos momentos, si, tarde o temprano, nos enfrentamos al dolor, al vacío, a la soledad, al temor, a la muerte o la enfermedad, entonces la diferencia está en cómo lo vive, cómo lo trasciende y lo elabora cada uno.

Emprendí un nuevo recorrido para poder hallar la Verdad. El camino se hacía más complicado, ya que, por lo general, cuando algo no se puede explicar, se dice que es un misterio.

Perder el juicio y abrir la mente

Buscaba con ansias un momento libre para leer y adentrarme en ese maravilloso mundo donde los misterios son develados y surgen las grandes verdades universales. A diferencia de otras etapas en mi vida, el que leía era mi Ser en su totalidad. Estaban la razón, el corazón y el espíritu unidos en una misma tarea: LLEGAR A DIOS.

Si bien sabía que ya estaba en Él, había algo que todavía lo buscaba. Aun junto a Él, sintiéndome cerca, me dirigía hacia un lugar desconocido hasta ese momento.

Para adentrarse en el camino de los misterios develados, hay que perder el juicio, abrir la mente hacia nuevas realidades, sin desconectarse de la propia, pudiendo incluso presenciar experiencias fenomenológicas inexplicables para la razón, pero totalmente comprensibles para el alma.

Para avanzar en el camino del Misterio, hay que perder la razón. Para ello, hubo antes que haberla usado como para entender no solo lo propio, sino al mundo; haber curado las heridas del pasado y sentirse enormemente agradecido por formar parte de este maravilloso juego del vivir-vivir.

Solo con el corazón limpio se puede sentir el amor en su estado más puro. ¿Qué es el amor sino la energía más sutil y poderosa, creadora de todo lo que existe y de todo lo que es? ¿Quién es Dios sino esa energía universal, creadora del cosmos y de toda la realidad?

Cumplir un sueño

El hombre progresará espiritualmente en conocimientos y,

por ende, en todo aspecto de su vida, solamente si es fiel a su libertad interna y externa.

Albert Einstein

Vivía una vida de absoluta confianza, sabiendo que todo respondía a un plan perfecto, que nada pasaba por casualidad y que todo tenía un propósito. Decidí, entonces, cumplir un viejo sueño: viajar, conocer el mundo, fundirme en él, descubrir otras culturas, la maravillosa creación de Dios. Poder experimentar en carne propia las manifestaciones del Universo a través de sus revelaciones, en medio de la naturaleza, perdida en algún rincón del mundo.

Pero, cada vez que lo pensaba, parecía imposible. La trampa en la que uno cae cuando va ganando más dinero, es gastar más y más. Sumida en un montón de obligaciones, debía responder al pago de todo el confort con el cual intentaba tapar el vacío.

¿Cómo hago?, me preguntaba cuando el sueño me hablaba al oído.

Imposible, me respondía.

¿Imposible? Nada es imposible para los propósitos del alma.

Elige de nuevo, me decía esa dulce voz al oído.

Así lo hice, con la absoluta certeza que da el Universo cuando uno confía.

Faltaba muy poco para diciembre, fecha que había fijado para dejar todo atrás. Pagué mis deudas, algunas ­cosas las vendí, otras las regalé y las demás quedaron archivadas. Me imaginaba viajando con la liviandad necesaria para no detener el ritmo de mi andar. Libertad, verdadera libertad era la que quería sentir al emprender ese nuevo camino, sin ningún compromiso más que conmigo misma, sin ninguna responsabilidad más que con mi propio Ser.

El primer destino imaginado era México. Al sueño de viajar le sumaba la idea de poder trabajar como actriz en el exterior. Cuando tenía todo listo, surgió causalmente una invitación a conocer uno de los lugares sagrados más importantes de Latinoamérica: el cerro Uritorco, en la provincia de Córdoba (Argentina). Aunque no sabía demasiado del lugar, decidí ir.

Las primeras manifestaciones

El cerro Uritorco es un lugar maravilloso, uno de los centros energéticos más importantes del mundo. Su geografía es totalmente diferente a cada paso: montañas, arroyos, cascadas, playitas de arena en medio de las rocas, colores impresionantes de la tierra y de las piedras. Ese lugar es muy famoso por la presencia de avistamientos y todo tipo de manifestaciones extraordinarias. Sin ninguna expectativa, pensaba estar unos días y regresar para irme a México.

Lo primero que me impresionó, habitando en medio de la naturaleza, fue la maravillosa inteligencia del Universo, que se manifestaba a cada paso. Empezaba a descubrir ese lenguaje sutil y casi indescriptible que tiene para ­comunicarse con aquellos que desean ver y escuchar más allá de lo que a simple vista se percibe. No me resultaba extraño lo que iba experimentando, surgía en un fluir natural.

Al ser todo energía, todos somos uno, estamos hechos de lo mismo, ya sea un pensamiento, el aire, el fuego o un ser humano. Si todo está hecho de lo mismo, debería existir una forma de comunicación universal, una manera de llegar a hablar el mismo lenguaje que el viento, las montañas o las aves, aquel con el que se comunica la Creación. Incluso deberíamos poder comunicarnos con otras realidades, con otros niveles de conciencia superiores. No solo se trataba de este nuevo lenguaje que iba descubriendo, sino de manifestaciones extraordinarias. Así lo sospechaba y así se manifestó la primera verdad revelada.

Estábamos en un bellísimo lugar al que llaman «la playita de los sueños», habíamos ido un grupo de personas con un guía, quien no solo conocía a la perfección la zona, sino que sabía mucho sobre las manifestaciones y los avistamientos. Al caer la tarde, nos sentamos en círculo y, haciendo honor al nombre del lugar, cada uno fue contando cuáles eran sus sueños. De pronto, mientras miraba el cielo, vi una esfera dorada muy luminosa que se movía lentamente. ¡Qué extraño!, pensé y la señalé. Todos se sorprendieron mientras el guía nos informaba que ­estábamos frente a un avistamiento. La esfera luminosa daba la sensación de estar mostrándose ante nosotros, pero de inmediato se esfumó en un destello de luz.

Con el tiempo descubrí que estas experiencias siempre responden a un propósito elevado y nunca a la simple curiosidad. Son manifestaciones que le dan al ser humano la posibilidad de reconocer la inmensidad del cosmos y recordar que formamos parte de un plan mayor. Distintas lecturas me permitieron entender que estos fenómenos son más comunes de lo que creemos, y que es el ser humano quien teme enfrentarse con la verdad. Algunos son incrédulos y dicen que son simples reflejos lumínicos; otros investigadores guardan silencio y consideran viable dicha realidad.

La mitología de pueblos antiguos nos habla de «dioses venidos del cielo», «pájaros de fuego», «alfombras voladoras» o «nubes». Incluso la Biblia narra cómo Ezequiel estuvo ante un objeto que le pareció hecho de metal brillante: ... una gran nube con fuego fulgurante y un resplandor a su alrededor, y en su centro, algo como metal refulgente en medio del fuego (Ezequiel 1: 4).

Si en realidad deseamos despertar al hombre, debemos procurar la verdad saliendo hacia nuevas búsquedas, rompiendo las estructuras que nos atan a viejos conceptos. A medida que avanzamos en la evolución –tanto espiritual como intelectual– y que purificamos nuestro cuerpo físico –haciendo más sutil la materia–, vamos alcanzando la percepción de distintas realidades, de manifestaciones invisibles o aparentemente inexistentes, que serán registradas por los sentidos del cuerpo.

Un ejemplo es Erks, ciudad intraterrena de la zona del Uritorco, controlada por una civilización suprafísica. Como la esotérica Shambala, Erks jamás podrá ser descubierta a menos que se manifieste y se haga visible. En ella rigen las leyes de la materia-antimateria, como en el Iberá y en el Triángulo de las Bermudas. Suele suceder que cuando el curioso o el investigador llegan a la zona activa, nada comprenden; Erks solo se revela a quienes llegan sin malicia, sin esperar un espectáculo.

El misterio comienza a develarse

En el avistamiento sentí una vibración en todo mi cuerpo, como si fuera una irradiación de una energía suave, sutil, pero muy poderosa. Siempre en momentos claves de mi vida, cuando estaba por tomar una decisión importante, o me sentía angustiada o preocupada, esa presencia era algo simbólico para mí, como si el mensaje fuera: «No estás sola, estamos contigo». Así lo sentía desde lo más profundo de mi corazón.

Rescato de estos sucesos que lo verdaderamente importante es qué consecuencias trae para aquel que vive estas experiencias –que escapan a la lógica racional y de las cuales no siempre se puede tener una prueba específica–, cómo impactan en su mundo, y hasta dónde contribuyen con su propia evolución.

Muchas otras experiencias se sucedieron en estos mágicos escenarios naturales: dormir bajo la luz de la luna, rodeada de estrellas, contemplando la inmensidad del firmamento; presenciar avistamientos; sentir una profunda conexión con el cosmos. Pero hubo algo muy impresionante y en el Uritorco tuve la oportunidad de comenzar a descubrirlo.

Existe un lugar conocido con el nombre de Ongamira, que es un lugar sagrado y cargado de historia y de relatos que dan cuenta de las persecuciones de los ­españoles hacia lo comechingones, sus habitantes originarios. Justamente por semejante evolución de conciencia, esta raza sabía muy bien de la eternidad del Ser y que el cuerpo no es más que lo efímero del alma. Cuenta la historia que estando los comechingones en una de las cimas más altas de Ongamira, y al ver que los españoles se aproximaban, se suicidaron en masa arrojándose al vacío, para no revelar sus secretos.

Todo el grupo junto con el guía que nos acompañaba nos detuvimos a contemplar una gruta que formaba una especie de puerta gigante. Comencé a sentir que mi corazón se aceleraba, que mi cuerpo era invadido por un hormigueo que me hacía temblar y que terminó en un intenso llanto acongojado. Luego me enteré de que estaba frente a una puerta dimensional. Las puertas dimensionales son puertas virtuales que se encuentran en distintos lugares del planeta y que comunican con otra dimensión, superior a la nuestra. Existen muchas maneras de percibirlas. Esta fue mi primera experiencia cerca de ellas.

Lo que experimenté en este primer viaje fue tan impresionante y tan revelador que me quedé a vivir un tiempo allí.

Un regalo, un nuevo destino

Hay más cosas en el cielo y en la Tierra

de lo que tu filosofía supone.

William Shakespeare

Agradecida por todo lo que estaba viviendo, el Universo me hacía un nuevo obsequio: Machu Picchu. De un día para el otro estaba en Perú. ¿Para qué? Ya lo sabría, más adelante. Sin duda, lo sabría.

El 7 de julio de 2007, día que declararon a Machu Picchu como una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno, me encontraba sentada en la plaza de Cuzco. La gente festejaba alegremente, cantaba y bailaba, orgullosa de su tierra, su geografía, su historia, su pueblo. Quiero compartir una de las experiencias que marcarían un antes y un después en mi vida. Es imposible encontrar las palabras que la describan con precisión, solo serán aproximaciones para invitarte a viajar dentro de ti mismo y encontrar allí lo que ellas quieren expresar.

Mi cuerpo se fue acostumbrando a la altura. La jornada estaba destinada a conocer la cascada de Mandor. Salimos muy temprano para aprovechar la luz del sol, ya que fuimos caminando hasta el lugar. La escenografía era de película: muy bella, mucho verde, montañas por doquier, un cielo azul que lastimaba la vista de tanta hermosura, un aire fresco y un sol radiante Quedé impresionada. ¡La cascada estaba en medio de una selva! Para aquellos que siempre vivimos en la ciudad, las primeras experiencias son de no creer, uno vive exclamando ¡Guau! todo el tiempo, conmovido por lo que ve. Nos quedamos contemplando el lugar. Estaba atardeciendo, pero el sol todavía iluminaba.

Súbitamente, mientras regresábamos, detuvimos la marcha, mirando a lo lejos tres montañas gigantes. El silencio nos envolvía. Fijé la vista en una de las montañas, justo la que estaba en el medio, y vi cómo se empezaba a mover. Primero, a un ritmo suave y lento, como si danzara, un movimiento ondulatorio. Inmediatamente dejó de ser tridimensional para aparecer como una ­fotografía ­plasmada en una especie de manto. Luego comenzó a desdibujarse como si se estuviera desmaterializando y en unos segundos volvió a su estado normal.

Mientras duraba el fenómeno, cerré y abrí varias veces los ojos para comprobar que la vista no me estuviera fallando. Lo que veía se me estaba manifestando claramente. Si bien me imaginaba de qué se trataba, no estaba segura. Como el Universo cada vez que revela algo lo corrobora de alguna manera, solo debía esperar a que llegara la explicación.

Al día siguiente, subimos la sagrada Machu Picchu. Fue uno de los ascensos más extraordinarios de mi vida, difícil por la altura y por lo empinado del último tramo. Pero cuando se está en la cima más alta, contemplando todo desde semejante altura, uno no puede más que agradecer y agradecer.

Al otro día, llegada la tarde, nos dirigimos hacia unas piletas de aguas termales en Aguas Calientes, el pueblo donde nos hospedábamos. Al final del recorrido había una inmensa cascada llena de rocas; el agua caía con ­mucha fuerza, y la potencia era proporcional al ruido que ella producía. Me quedé apartada en un costado, y de pronto, tres rocas, que estaban agrupadas a un lado, se empezaron a mover de la misma manera que la montaña.

En ese momento recordé una información vinculada con lo que afirma la física cuántica en cuanto a los niveles de conciencia y los niveles de existencia, a través de los cuales, de acuerdo a la evolución intelectual y espiritual que hayamos adquirido, podremos percibir otras realidades. Cuanto mayor sea nuestra evolución, más sutil e ­interiorizado será nuestro ser, y podremos percibir frecuencias de energía cada vez más elevadas. Es lo que también se menciona como Universos paralelos, donde se hace referencia a que el espacio-tiempo desaparece, y se lo define como una cuestión de perspectiva.

Más tarde me enteré de que en ese sector también existía una puerta dimensional. La energía que se percibe en estos sectores es más liviana y vibra a una mayor velocidad. Lo que se me estaba manifestando era, nada más y nada menos, la existencia de esas realidades diferentes que existen simultáneamente, donde todo se convierte en una ilusión, en referencia a lo que termina viendo el ojo humano por sus propias limitaciones físicas.

Quiero aquí transmitir el mensaje que me llegó en ese momento:

 Esto no es todo lo que hay.

 La realidad es mucho más de lo que se ve a simple vista.

 Si abres tu mente, podrás percibir otros mundos paralelos.

 Pasan muchas más cosas a tu alrededor de lo que te imaginas.

 Si vas con el corazón abierto y sin expectativas, las mayores revelaciones te serán manifestadas justo en su momento, ni antes ni después.

Agradece, siempre agradece, por lo que se te dé.

De vuelta a Buenos Aires, estaba conmocionada y maravillada por todo lo que había vivido. Este conocimiento de la existencia ilusoria de las cosas me generaba liviandad y entusiasmo, y me impulsaba a ver la vida desde esa nueva realidad.

Ahora sí... rumbo a México

México fue magia pura, todo cuanto necesitaba se me presentaba, como si mis pedidos estuvieran listos antes de nombrarlos. Este viaje estaba signado por un tema meramente profesional. Si bien estaba muy agradecida, sentía una profunda nostalgia cada vez que recordaba mi vida en medio de la naturaleza, me costaba disfrutar de la misma manera entre maquillajes y vestuarios, encerrada en un canal de televisión.

Mucho ruido para no escuchar la Verdad, para tapar el doloroso vacío existencial. Hoy, a la distancia, entiendo qué sabio fue el Universo al invitarme a recorrer aquellos lugares sagrados. Creo que si hubiera ido directamente a México, me hubiera costado tener la claridad suficiente para ver que todo ese mundo no era más que una simple ilusión. Cuanto más avanzaba en este camino de los flashes y el glamur, más extrañaba mis montañas.

Quería volver, deseaba profundamente regresar; pero la idea de saber de qué viviría rondaba, sin respuesta, en mi cabeza. Se trataba de descubrir si era ese el camino que debía seguir o si había algo más. Evidentemente era hora de regresar, por unos días nada más.

Romper estructuras

La revelación es como una ascensión. Será también necesario que la revelación y la ascensión vivan en la armonía conseguida. Cada nivel, desde el más denso hasta el divino, es para el hombre una etapa de ascensión. Los velos irán cayendo, uno tras otro, para aquel que ama a DIOS y busca a DIOS. El individuo se convierte así en un instrumento de la revelación.

José Trigueirinho Netto

Me sentía agradecida, conmocionada y bendecida por estar haciendo lo que en verdad quería desde hacía tanto tiempo: viajar, ir y venir con la liviandad del aire, con la libertad del viento.

No bien llegué a la Argentina, el primer lugar que visité fue Capilla del Monte para subir mi amado cerro. Necesitaba saber por dónde continuar. Así descubrí que el verdadero propósito del viaje era poder romper con esas estructuras que me impedían manifestarme de manera diferente, sentirme más relajada, más desenvuelta. Ya no era la misma: se había ido una mujer y había vuelto otra. Así lo sentía y así lo vivía.

Me di cuenta de que por debajo de aquel gran proyecto había algo mucho más simple, pero a su vez más enriquecedor: cambiar, encontrar esa parte mía que sabía que estaba adormecida.

¿Qué hacer?

Esperar.

El tiempo de espera terminó transcurridos un par de meses. Había incorporado a mi cotidianeidad dedicarle tiempo a la meditación y a estar conectada con lo ­espiritual. Fascinada con todo lo que había estado viviendo, había emprendido una búsqueda absolutamente consciente en este camino de introspección y de contemplación. Me sentía acompañada, asistida y guiada a cada momento. Ahora sabía que estuviera donde estuviere, lo que pidiese se iba a presentar, la Verdad se iba a ­manifestar.

Una seguidilla ** de sucesos extraordinarios aconteció con posterioridad. Sin buscarlo y sin pensarlo, día a día, se me iban manifestando distintos tipos de revelaciones: verdades sabidas, intuitivamente o desde la razón, personales o de alcance universal, se hacían carne en mí. A medida que avanzamos en nuestra evolución, tanto intelectual como espiritual, empezamos a recordar aquella sabiduría que está contenida en nuestra propia alma, y vamos adquiriendo la capacidad de aprender de un modo más intuitivo y no tan racional.

La Verdad hecha carne, así la sentía, y así la empezaba a manifestar. Era una sensación de ir liberándome de mí misma, de aquellos condicionamientos que habían quedado como vestigios, aún no sabidos, después de tanto trabajo personal. ¿Cómo seguir? ¿Por dónde avanzar? Había quedado afuera del sistema. ¿Existiría otro lugar donde habitar?

Triste soledad

El tiempo pasaba y no había vuelto a estar en pareja desde aquella dolorosa pérdida. Una noche mientras regresaba a mi casa, pensaba sobre la sensación de tristeza y soledad que me habitaba. Tenía demasiado amor para dar y quería compartirlo, y era eso lo que me llevaba a sentir añoranza.

Ese amor era nuevo, jamás lo había sentido de esa manera, una incondicionalidad del más puro amor, aquel que sobrepasa los límites del yo, que va más allá de la imagen y trasciende la propia muerte; ese era el amor que reinaba en mi diario vivir.

Desde esa nueva concepción pude verme haciendo mil cosas a la vez, sin parar, toda esa acumulación de títulos, objetos, billetes, espejismos para no pensar... ¿En qué?

EN QUE LA FELICIDAD SOLO ES VERDADERA

SI ES COMPARTIDA.

La verdadera realización de ese gran amor que sentía era junto al otro, en la común-unión del espíritu.

¿Y ahora qué?

Si un hombre se purifica a sí mismo, Dios vendrá a él; porque al no poseer voluntad propia, entonces Dios demandará para él lo que Dios demanda para sí Mismo.

Maestro Eckhart

Como consecuencia lógica del intenso proceso que venía viviendo, un día, en medio de un profundo llanto, habiendo llegado al límite de la racionalización, declaré mi total y absoluta renuncia a todos mis viejos deseos. ¿Qué hacer cuando todo ha dejado de importar? ¿Cómo y por dónde continuar? ¿Qué hacer cuando nada de lo mundano nos atrae ya?

Ya no había temor, porque entendía que el amor, cuando se siente en su estado más puro,

SOLO PUEDE DARSE.

Y es dándolo como se lo recibe en el mismo instante en que se da. La reciprocidad viene por ley de afinidad, donde lo semejante atrae lo semejante y donde la propia persona que da se siente más que agradecida por tener esa oportunidad. Es como si uno le agradeciera al otro la maravillosa posibilidad de experimentar la versión más elevada de su ser... humano.

Pero dar de corazón y desde la verdad.

Donde toda manipulación cae.

Donde no hay lugar para el cálculo o la especulación.

Donde el dinero no es moneda de intercambio o de ambición.

Donde no hay lugar para el dolor.

Donde no hay más que amor, puro amor, del amor que se siente por ser nuestra verdad. Nuestra esencia está hecha de amor como energía, como esa energía poderosa y sutil que todo lo crea, que todo lo es.

Decidí, entonces, viajar a mis queridas montañas. Si bien no estaba todo resuelto, sí tenía en claro lo que no quería para mi vida. Y dentro del completo listado que hice, lo que más me asombró fue que ya no quería aquello que durante tanto tiempo había sido mi gran pasión: actuar.

Vipassana

El verdadero conocimiento existe como orden cósmico interior;

es la ley del Universo. Estará a disposición para serviros, cuando lo necesitéis.

La ley muestra el camino de la libertad, y nunca lleva al ser hacia la dependencia.

Cada ser tiene que recorrer solo su propio camino.

Si en su trayecto necesitara ayuda, esta le llegará sin que tenga que ir a buscarla.

Para recibirla es preciso que esta sea imprescindible.

José Trigueirinho Netto

Como todo lo que surge sin buscarlo, una nueva causalidad se presentó tras una repentina invitación para participar en un retiro de meditación Vipassana. Era el último miércoles de agosto, todavía el invierno se hacía sentir aunque el sol brillaba. Mientras esperaba para ingresar al retiro espiritual de meditación budista, me pregunté: «¿Qué hago acá?».

Quedarme significaba asumir el compromiso no solo de permanecer durante los diez días que duraba el trabajo, sino también cumplir con el régimen de disciplina:

 Levantarse todos los días a las cuatro de la mañana;

 Acostarse a las nueve de la noche, ya que a esa hora se apagaban las luces;

 Respetar el «noble silencio»: no se podía hablar ni siquiera con señas; solo estaba permitida la comunicación, acotada, con la coordinadora;

 Evitar el uso de la tecnología, nada de lecturas ni entretenimientos;

 Adaptarse a los horarios dispuestos para los ratos libres: una hora para el almuerzo, de once a doce, y una hora para el té, a las cinco de la tarde;

 Meditar «sí o sí», actividad que solo se podía interrumpir para ir al baño o estirar las piernas, cinco minutos cada hora y media, cuando sonaba una campana.

«O me porto bien y cumplo», decía mi ego, «o confío y me entrego al trabajo de meditación», decía mi alma. Decidí quedarme para averiguarlo.

Durante los tres primeros días del retiro, se hizo hincapié en la respiración, con el fin de tener un registro preciso. Como la meditación es «el arte de la ­contemplación», se insiste desde el principio en la observación de uno mismo, para ir registrando las sensaciones y ver qué dice el cuerpo a través de ellas.

Para mi sorpresa, desde un primer momento, sentí que estaba viviendo un proceso totalmente diferente al que debía realizar, era como si hubiese sido guiada hasta allí para vivir otra experiencia.

Las meditaciones se realizaban en posición de loto, con la espalda erguida y los ojos cerrados. Me encontraba feliz de haber logrado que mi mente no se fuera ni al pasado a través de los recuerdos, ni al futuro por medio de las fantasías, y que permaneciera en el aquí y ahora solo contemplando. La respuesta a tres preguntas que me hacía permitía a mi mente volver de cualquier distracción:

«¿Dónde estás?»... «Aquí».

«¿Qué tiempo es aquí?»... «Ahora».

«¿Quién eres?»... «Soy este momento».

Para «ser y estar» en el aquí y ahora, hay que aceptar tanto lo que fue como lo que puede llegar a ser, sin controlar, sin forzar, dejándose llevar.

Nuestro poder creador

Si consideramos el presente como el «no tiempo», como lo eterno, esto no significa que no tenga fin, sino que es «sin tiempo». Así, logrando habitar el presente, comencé a percibir nuevas manifestaciones a través de los sentidos.

Esto es uno de los mayores privilegios que uno puede experimentar como regalo que da la vida, como una ­especie de recompensa al confiar plenamente en la existencia de aquellas verdades que la razón no puede entender anticipándose a la experiencia. Es gracias a esa confianza ciega, a esa fe, que uno apuesta a la Verdad, aun antes de abrazarla en su total manifestación. Y es gracias a esa apuesta que ella se manifiesta, diciendo: «Aquí estoy». La manera de percibirla dependerá del momento evolutivo de cada uno, de lo que ella traiga como revelación, y serán los sentidos del cuerpo físico los que experimenten su percepción.

De allí la verdad hecha carne, que solo al ser corporizada puede verse reflejada en la continuidad del diario vivir; lo demás será pura teoría, contenido intelectual de la razón. Y esta es una manera de reconocerla y diferenciarla de lo que no es una Verdad verdadera.

El poder estar en el «aquí y ahora» abría un nuevo camino para mí. Una de las condiciones para que ello ocurriera era poder dejar el vaivén de la mente en ese ir y venir al pasado y al futuro. Al ser el pensamiento creador, la posibilidad de crear el futuro dependerá del tipo de pensamiento generado. Por ley de afinidad, lo semejante atrae lo semejante, así que aquellos pensamientos recurrentes en nuestra mente se convierten en creencias instaladas que serán responsables de crear la realidad.

Lo sepamos o no, todos somos magos creadores de lo que vivimos, la atracción que genera un pensamiento con otro creará, sin saberlo, más y más de esa vida dichosa o desdichada. La clave de este trabajo es desde qué lugar se desea, ya que de eso dependerá su vibración energética. La energía posee una vibración, un movimiento que ­determina su frecuencia. No basta con pensar desde la razón en algo que uno desea; para que esto sea cumplido se deberá estar vibrando energéticamente en la frecuencia que corresponda al deseo ya cumplido.

Lo importante será que cada vez que veamos que la mente está en alguna de estas dos posibilidades (pasado o futuro), la traigamos aquí y ahora. Dejaremos entonces de empujar, de ejercer nuestro poder consciente y nos rendiremos, entregándonos al poder de la Voluntad Superior, que es la voluntad de nuestra alma junto con la de Dios.

En esta renuncia todo es pura posibilidad para ser manifestada frente a nosotros, en el momento presente. Ya no somos los directores de nuestra gran obra, sino que delegamos el mando a nuestro Ser Superior y, desde allí, nos dejamos sorprender, confiando absolutamente en que lo que surja será lo mejor para nosotros.

Al existir el libre albedrío, Dios no se opone a nuestra voluntad, pero cuando nos entregamos a sus manos le estamos pidiendo colaboración a nuestro Padre Amoroso, quien estará allí aun antes de pedírselo y, de esta manera, paradójicamente, hacemos uso de la ley trascendiéndola. Así, Él se convierte en esa voz interior que es la nuestra, aquella que nos conduce hacia los próximos pasos.

Cuando nos conectamos con lo más elevado de nuestra alma, todos y cada uno de nuestros deseos tienen un nuevo sentido. Pasan, entonces, a ser un medio y no un fin en sí mismos, y la pregunta que deberíamos hacernos frente a cada nuevo objetivo sería: ¿Qué quiero lograr? ¿Qué quiero que suceda?

Será entonces el Observador (Dios en ti) quien se focalice en el propósito que se ha de cumplir, trascendiendo las emociones y sintiendo la libertad de pensar en forma multidimensional. Focalizarse en esta tarea nos obligará a dejar atrás el pasado, siendo para eso indispensable sanar todo dolor.

Si el pasado y el futuro quedan ya fuera de juego, aparecerá entonces la maravillosa posibilidad de vivir la vida en la única realidad posible que es el AHORA. No solo el Universo está en continuo cambio, sino que, como parte de él, el ser humano se está creando permanentemente. Un sinfín de acontecimientos se conjugan a favor de ello. ¿Cómo poder decir qué va a pasar? Además, como existe la libertad de elección, es imposible determinar un único futuro.

Escrito en el cuerpo

Cuando aprendamos a separarnos de nuestros cuerpos, a salir fuera de nuestro vehículo, y veamos que tenemos una conciencia mucho más completa fuera que dentro de él, y que en modo alguno dependemos del mismo; una vez alcanzado esto, nos será imposible seguir identificándonos con nuestros cuerpos, y nunca más volveremos a cometer el error de suponer que somos lo que llevamos.

Annie Besant

Si pensamos en el cuerpo como el vehículo del alma, aquello que nos permitirá experimentar la vida en esta encarnación, sabremos que es desde y a través de él, que viviremos nuestras vidas terrenales.

Cualquier cosa que el ser humano busque en el plano terrenal, tiene como fin sentir en el cuerpo las sensaciones que desencadenan esas emociones. ¡Todo lo que buscamos son sensaciones! El observarlas en mi cuerpo durante el trabajo de meditación me permitió ver con claridad la diferencia. A través de imágenes, pensamientos, frases, sensaciones corporales, una intuición, los sueños, o hasta en un simple comentario escuchado al pasar, de todo se vale el alma, el Universo, lo Divino, para comunicarse con nosotros.

En verdad son siete los cuerpos que lo conforman; un cuerpo físico, el doble etéreo, el cuerpo astral, el causal, el cuerpo mental, el espiritual y el aura humana; cada uno le sirve para actuar en distintas regiones del Universo. La vida en la Tierra se desarrolla en la tercera dimensión (tercer nivel), donde el espacio-tiempo y la densidad de la materia ponen ciertas limitaciones para las experiencias más sutiles. Poseídos por lo que Saint Germain llama «la falaz hechicería de la mente carnal», la mayoría considera solamente lo físico y desde allí nivelan su existencia. No toman en cuenta el funcionamiento de otros cuerpos y, por ende, desconocen lo que pueden lograr a través de ellos.

Las primeras conversaciones

En medio de una profunda meditación, tuve el claro deseo de contactarme con el alma de dos personas que hacía poco tiempo habían partido de este mundo. En momentos de angustia, las convocaba para pedirles asistencia y contención. Inmediatamente se presentaron con la misma imagen que tenía de ellas en vida y con la energía que cada vínculo afectivo contenía. Les agradecí y les pedí que me transmitieran aquello que necesitara saber para ese momento. Así lo hicieron.

Lo que más me sorprendió fue el punto en el que ambas coincidieron. Voy a tratar de traducirlo, uniendo ambas en uno solo mensaje: «Cada vez que me convoques, allí estaré para acompañarte y contenerte, como lo hice cada vez que por ti fue pedido; mas en este otro plano de conciencia también existen limitaciones donde no podemos ver más allá de lo que tú misma puedes ver. No nos está permitido alcanzar lo que tu propia alma no ha alcanzado todavía». Lo más impresionante fue que, al despedirse, ambas coincidieron en que «cuando quieras saber algo más, Él es quien sabe y tiene todas las respuestas. Recuerda: habla con Dios, habla con Él».

Si bien esto era una obviedad –cómo no saber que Él es quien todo lo sabe–, la verdad es que nunca acudí a Dios para escuchar su voz, siempre lo hice para hablarle, para pedirle o agradecerle. ¡¡Qué momento!!

Inmediatamente acudí a Él y empezamos a tener un diálogo, una especie de charla entre amigos. Al principio solo lo escuchaba a través del juego de la propia imaginación, luego comencé a ver su imagen representada de muchas maneras, y cuando aparecía mi mente para cuestionar lo que ocurría, Él mismo me explicaba cómo se vale la imaginación para representarlo según mi propia creación, y cómo a través del dios interior se accede a ese privilegio.

Es muy importante saber que todos, ABSOLUTAMENTE TODOS, los procesos de la mente son representados en el cerebro a través de imágenes. La diferencia entre las imágenes que produce la pequeña mente con las que produce la gran mente unida al espíritu de Dios está determinada por las emociones y sentimientos que desencadenan.

Las sensaciones de alivio, de paz y armonía, como así también la alegría, el júbilo, el profundo amor e incluso el éxtasis celestial son claras señales que provienen de lo más elevado de lo humano: la esencia divina, nuestro dios interior, el Gran Creador. En cambio, aquellas que producen angustia, incertidumbre, ansiedad o temor, provienen de la pequeña mente, más precisamente del ego o pequeño yo.

Reconociendo estas diferencias, comencé a conversar con mi Ser Superior, el Creador, Dios, o como quieras llamarlo. Las primeras charlas estaban relacionadas con el proceso que estaba viviendo, el cual era totalmente diferente al de Vipassana, y quería saber hasta dónde no era una especie de excusa para distraerme. Y sentía que me decía, con mucho humor y hasta riéndose: «Si distraerse es hablar con Dios, ¡qué buena excusa!, ¿no crees?».

Esta charla entre amigos se daba en un constante fluir. Tenía clara la diferencia entre el saber, que viene del intelecto, y la sabiduría del alma, que se va manifestando en su justo momento, ni antes ni después, a medida que el ser evoluciona. Fueron muchas las vivencias que me permitieron unir el conocimiento racional con lo espiritual. No solo el poder ver puertas dimensionales o presenciar avistamientos, sino también experimentar otros estados de conciencia y percibir otras realidades, donde se empieza a entender el juego de la vida desde la Totalidad.

Entendí que las formas en que uno va encontrando las respuestas a las grandes preguntas existenciales siempre vienen de Él. Me limitaba a dejarme sorprender por lo que sucedía, sin buscarlo, sin forzarlo. De repente empezaban a aparecer imágenes donde me veía en distintas situaciones del pasado, momentos claves de mi vida, en los que Dios me revelaba aquello que me faltaba entender de cada vivencia. Era maravilloso poder alcanzar tan alto nivel de comprensión de mi propia historia, del para qué y de los porqués. Me sentía fascinada y sumamente agradecida por semejante revelación.

También, en un inicio, se manifestaron números, nombres o imágenes que daban cuenta de símbolos que más tarde entendería. Por ejemplo, surgió espontáneamente la imagen del siete como un número clave. No solo el séptimo día del curso fue más que significativo, sino que finalizó un siete de septiembre, fecha que fue como un volver a nacer por el nuevo camino que empezaría en mi vida.

Un mensaje

Varios acontecimientos relacionados con lo físico se sucedieron. Relataré brevemente algunos de ellos. Los primeros días sentía por todo el cuerpo una sensación de hielo seco, un frío intenso que me quemaba por dentro. Nada lo calmaba; entre más de cincuenta personas solo yo lo padecía. Fue una especie de purificación interior, una limpieza energética de mi cuerpo, para elevar su nivel de vibración.

Empecé a sentir como si tuviera un peso –que me generaba un movimiento extraño– en mi mano derecha, que en verdad no se movía. El dorso de la mano se hinchó. Cuando comenzó a desinflamarse, descubrí su simbolismo con respecto a mi tarea de escribir como canal.

Otra experiencia significativa fue que pude ver la diferencia entre ver a través de los recuerdos y ver a través del alma. Y también vivir la maravillosa sensación de salirme del cuerpo, una experiencia casi indescriptible, en la que se percibe liviandad, placer y profunda paz. Investigué este fenómeno en el libro de Annie Besant El hombre y sus cuerpos, y comprendí que dicho suceso tiene que ver con utilizar el cuerpo astral para separarse del cuerpo físico y del doble etéreo, donde se vive la típica sensación del desprendimiento.

Después de vivir estas experiencias con absoluta naturalidad, el sexto día comencé a sentir una especie de incómoda ansiedad. Mi mente no tuvo mejor idea que cuestionar lo sucedido: «¿Y si nada de todo esto es verdad, si es solo mi imaginación?». En la hora de descanso, después del almuerzo, decidí recostarme y dormir un rato. Le pedí específicamente a Dios que me ayudara a calmar ese malestar. De inmediato me llegaron sus palabras: «Tranquila, estoy contigo, tú estás en Mí». Me levanté como si hubiera dormido durante horas y, curiosamente, al verme en el espejo, noté que mi piel estaba espléndida, luminosa, mejor que después de cualquier tratamiento de belleza. «¡Dios es lo más, ya sé a qué spa voy a ir de ahora en adelante!», pensé mientras sonreía.

Ese mismo día, en medio de las conversaciones, surgieron una serie de relatos sobre la vida de muchos hombres y mujeres que habiendo buscado a Dios, consagraron su vida a Él. Al hacerlo, vivieron momentos en donde se culpaban y no podían aceptar que Dios les hablase o se les manifestara directamente. Su humildad les hacía creer que no podía ser cierto, e ignoraban la existencia de ese dios interior, el cual, una vez que se accede él, nos comunica con el Gran Creador.

Mi tarea en lo sucesivo sería escribir, ser un medio o canal para aquello que se me manifestase. No sería yo quien dirigiera mi escritura, sino el gran Escritor. Me sentía agradecida, más que agradecida, por semejante privilegio.

El domingo 7 de septiembre fue como un renacimiento. Ese día marcaría un antes y un después en mi vida. Con letras bien grandes escribí en mi cuaderno:

ENCONTRÉ A DIOS.

¿Qué más se puede buscar? Nada... nada de nada, frente al todo de Todo. Siempre supe que aquello que buscaba ya existía en mí, pero me era necesario encontrarlo desde mi totalidad.

Hoy, a la distancia, lo veo como un juego en el que uno va recorriendo el camino de la búsqueda para que en su proceso surja el encuentro, primero con uno mismo y luego con Dios. Es Él quien, al final del recorrido, nos espera con los brazos abiertos, diciéndonos: «Bienvenido, estás en casa, el lugar de donde nunca te has ido». Y en esa frase se devela el misterio del loco juego de «ir tras lo que ya se tiene, para encontrar lo que ya se es».

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9788418531293
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