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LIBRO COLECTIVO:

Parentalidad, Vulnerabilidad Social y Convivencia Social


Santiago de Cali, 2020

LIBRO COLECTIVO:

Parentalidad, Vulnerabilidad Social y Convivencia Social

Editora Myriam Román Muñoz


Santiago de Cali, 2020



Pontificia Universidad Javeriana Cali

Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales

Departamento de Ciencias Sociales

Parentalidad, Vulnerabilidad Social y Convivencia Social

© Nathalia Gordillo Calderón

© Jimmy Alberto Prado Tovar

© Norberto Giraldo Garzón

© Myriam Román Muñoz

© César Fabricio Torres

© Claudia Judith Sánchez Sandoval

© Diego Fabián Valencia Orejuela

ISBN: 978-958-5177-32-1

ISBN (e): 978-958-5177-31-4

Formato: 17 cm x 24 cm

Coordinación Editorial: Claudia Lorena Gonzáles Gonzáles

Asistente Editorial: Mary Sabel Ladino Aramburo

Diseño y Diagramación: Andres Julian Tabares Rojas

Corrección de Estilo: Luisa Maria Vidal

Pontificia Universidad Javeriana Calle 18 No. 118 - 250

Teléfonos (57-2) 3218200 Santiago de Cali, Colombia, 2020

El contenido de esta publicación es responsabilidad absoluta de su autor y no compromete el pensamiento de la institución. Este libro no podrá ser reproducido por ningún medio impreso o de reproducción sin permiso escrito de los titulares del Copyright.

INTRODUCCIÓN

El semillero de investigación “Parentalidad, vulnerabilidad y convivencia social” nace en el año 2015 como resultado de la convocatoria Fortalecimiento de los semilleros de investigación, del Programa institucional para el fomento de la investigación, liderado por la Oficina de Investigación, Desarrollo e Innovación (OIDI) de la vicerrectoría académica de la Pontificia Universidad Javeriana Cali. Dicha convocatoria tiene por objetivo:

Incentivar las propuestas de profesores y estudiantes dirigidas a formar semilleros de investigación, siendo estos definidos como una comunidad de enseñanza y aprendizaje que reúne a docentes, estudiantes y líderes institucionales para adquirir competencias investigativas a través del aprendizaje colectivo y el apoyo al trabajo realizado por el profesor y los Grupos de Investigación. (Pontificia Universidad Javeriana, 2018, p.50).

Desde 2015 al 2020 el semillero ha sido avalado por el grupo de investigación Bienestar, Trabajo, Cultura y Sociedad (Bitacus) adscrito al Departamento de Ciencias Sociales. En él participan estudiantes y egresados de la carrera de Psicología y de la maestría en Familia e investigadores de la línea “Cultura, Memorias y Convivencia Social” del grupo Bitacus.

Este semillero, que se define como un espacio para la construcción de conocimiento relacionado con estudios sobre familias, tiene como propósito fortalecer las competencias investigativas en estudiantes de pregrado y posgrado desde el abordaje cualitativo, y atiende a objetivos específicos como: contribuir con la generación de pensamiento reflexivo y crítico sobre familias en contextos de vulnerabilidad y fortalecimiento de convivencia social; cualificar el conocimiento en investigación cualitativa; participar en la escritura de documentos científicos y en actividades académicas que promuevan la presentación de resultados de investigación propios del semillero.

A 2019, la dinámica de trabajo del semillero dio cuenta de una aproximación teórica sobre: familia, resiliencia familiar y parental, competencias parentales y vulnerabilidad social; también de productos académicos tales como trabajos de grado y ponencias; participación en seminarios, simposios de semilleros de investigación, congresos de investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, y en capacitaciones específicas relacionadas con el ejercicio investigativo, bien sean lideradas por el mismo semillero, propuestas por el grupo de investigación Bitacus y/o por invitación de instancias de la universidad como el Centro de Enseñanza y Aprendizaje (CEA) en escritura académica, el Laboratorio Integrado de Investigación en Psicología (LIIP) sobre Atlas Ti y, la OIDI sobre producción intelectual, entre otras.

Este libro, que lleva por nombre el mismo del semillero “Parentalidad, Vulnerabilidad y Convivencia Social” es resultado de la producción intelectual de sus integrantes, da continuidad a procesos formativos y de transferencia de conocimiento de las experiencias académicas vividas y aporta en la construcción de conocimiento entre estudiantes, egresados y docentes investigadores. Todos reconocemos la experiencia lograda y la apuesta por la producción intelectual; fruto de los trabajos de grado y las discusiones colectivas y permanentes que hemos alcanzado.

Este libro tiene como ejes temáticos centrales la parentalidad y la vulnerabilidad social, y la convivencia social aparece como eje transversal durante todo el proceso, en tanto que es inherente a las interacciones sociales. Reconocemos que la parentalidad, siendo un sistema familiar, dialoga con temas como resiliencia familiar y parental, el ejercicio de la parentalidad, la resiliencia en contextos comunitarios y los procesos defortalecimiento de la convivencia social. En especial, aquí se presenta distintos escenarios de investigación con poblaciones específicas como madres adolescentes y líderes de la Comuna 18, familias del barrio El Calvario y de la Ladera oeste de Cali, y familias en situación de desplazamiento. Nos interesó compartir el resultado de la discusión colectiva, dando lugar a un proceso de construcción del marco teórico y metodológico entre investigadores y estudiantes.

El libro se divide en cuatro capítulos: el primero presenta una revisión de la literatura que tuvo el objetivo de construir un marco teórico común a los trabajos de investigación que se presentan en este libro, y una investigación con un diseño flexible y semiestructurado que consistió en caracterizar la manera como un grupo de madres y padres, habitantes de la zona de ladera de la Comuna 18 de Cali, significaban su ejercicio parental y con qué competencias contaban para desarrollarlo en las condiciones de vulnerabilidad social en que vivían.

La aproximación conceptual sobre parentalidad y vulnerabilidad social se explica teniendo como sustento teórico la perspectiva sistémica que permite reconocer que las acciones e interacciones de las familias emergen a partir de las cualidades del contexto en el que acontece. En este sentido, es una invitación a lograr comprensiones relacionales y contextuales de los fenómenos que atañen a las familias en la comprensión de sus competencias parentales.

El segundo capítulo, centrado en el ejercicio de la parentalidad, describe las consecuencias del fenómeno del desplazamiento forzado en un grupo de familias que migran de Cali, a través de encuentros conversacionales estructurados mediante la técnica de intervención narrativa, conocida como “línea de vida”, y la observación simple como parte de la investigación cualitativa. Este estudio evidenció la importancia de comprender las condiciones estructurales y funcionales que determinan la forma en que se ejerce la parentalidad en padres o cuidadores de niños y niñas en condición desplazamiento forzado y, con ello, reconocer la necesidad de fortalecer redes y procesos psicosociales individuales y familiares que beneficien la reconfiguración familiar y su reunificación.

El tercer capítulo aborda la vulnerabilidad social, propone visibilizar las características resilientes gestadas del quehacer familiar en espacios y contextos en riesgo de vulnerabilidad social; condiciones que crean importantes desafíos para ser y crecer como núcleo de la sociedad. Prioriza y valora las voces de las familias, y posibilita una reflexión sobre acciones de transformación social ante fenómenos como la pobreza y la violencia desde procesos de resiliencia y de aprendizaje social por contraste. Para esto, se realizó una investigación cualitativa con diseño de casos múltiples, que tenía como objetivo describir los procesos de resiliencia familiar en cinco hogares del barrio El Calvario en Cali.

Finalmente, el cuarto capítulo presenta dos experiencias y encuentros de intervención en parentalidad con familias en contextos de vulnerabilidad social, las cuales asumieron el reto de relacionar el ejercicio de investigación propuesto a manera de trabajo de grado y el proyecto de intervención propio de la práctica profesional. Estas intervenciones, se desarrollaron desde la perspectiva del construccionismo social, utilizando herramientas como el genograma y el mapa de redes, la caracterización y diagnóstico de población a través de técnicas como la cartografía social y la línea de tiempo, y la sistematización de las experiencias de intervención con familias con orientación cualitativa fenomenológica, cuyo resultado fue la comprensión y el reconocimiento de las competencias parentales de las familias tales como las relaciones comunitarias, la resiliencia parental y los desafíos sociales a los cuales se enfrentan diariamente estas familias.

Es importante concluir estas páginas agradeciendo a la Pontificia Universidad Javeriana Cali por impulsar el fortalecimiento de la investigación, por dar lugar al encuentro entre las experiencias de estudiantes de diferentes niveles de formación y docentes e investigadores. A cada uno de los integrantes del semillero, a César Fabricio Torres; como coequipero, a Daniela Garrido; en su vocación de asistente de investigación, y a los futuros lectores de este documento por acercarse a este camino recorrido.

Myriam Román Muñoz

Tutora Semillero de Investigación

Investigadora línea Cultura, Memorias y Convivencia Social

Grupo de investigación

Bitacus Pontificia Universidad Javeriana Cali

Capítulo 1.

Parentalidad, vulnerabilidad social y convivencia social

Nathalia Gordillo Calderón Jimmy Alberto Prado Tovar Norberto Giraldo Garzón Myriam Román Muñoz César Fabricio Torres

1.1 Aproximación sistémica a los conceptos1

Desde el año 2015 el semillero de investigación Parentalidad, Vulnerabilidad y Convivencia Social ha desarrollado diversas investigaciones formativas con aproximaciones teóricas específicas y comunes, con el fin de contribuir a la generación del pensamiento reflexivo y crítico sobre familias en contextos de vulnerabilidad, y al fortalecimiento de la convivencia social. Por lo tanto, en este capítulo se presenta el abordaje teórico sobre la parentalidad, la vulnerabilidad social y la convivencia social, con el objetivo de construir un marco teórico común a los trabajos de investigación que se exponen en este libro. Además, se plantea la discusión sobre futuras indagaciones en temas relacionados con la familia y otros conceptos que han tomado relevancia durante el desarrollo de las investigaciones.

Acerca de la parentalidad

Son de vital importancia los estudios y los procesos de intervención sobre las competencias parentales de los padres, las madres o los cuidadores al interior de la familia, pues en esta el ejercicio de la parentalidad es muy importante porque está fuertemente determinada por la época, la cultura y la situación económica, política y social que enfrenta la familia, teniendo en cuenta que sus lazos familiares oscilan entre las diferentes funciones que a través de la historia se le ha atribuido a la familia, entre ellas la más importante: la crianza de los hijos. Si bien, gran cantidad de familias persiguen el mismo objetivo en la crianza de los hijos; formar seres humanos íntegros para la sociedad, cada familia se enfrenta a diferentes retos que son exclusivos para cada una, como la enfermedad, la violencia, el desplazamiento, la vulnerabilidad, entre algunos otros fenómenos que afectan de diferente forma a cada uno de sus integrantes. Y que al final influyen significativamente en las relaciones familiares y, fundamentalmente, en el ejercicio de la parentalidad. Barudy y Dantagnan (2005) refieren que las competencias parentales se dividen en parentalidad social y biológica.

Según Barudy y Dantagnan (2005) las competencias parentales “son una forma semántica de referirse a las capacidades prácticas de los padres para cuidar, proteger, educar a sus hijos y asegurarles un desarrollo sano” (p. 77). De este modo, los autores refieren que las competencias parentales están divididas en competencias biológicas y sociales, las cuales le permiten a los padres y madres establecer pautas de crianza que aseguren el desarrollo óptimo del infante. No obstante, algunos padres presentan dificultades con respecto a las funciones parentales sociales, lo que supone que los progenitores cumplen con la parentalidad biológica, mas no asumen o desarrollan las funciones de cuidadores.

Barudy y Dantagnan (2005) refieren que las competencias parentales están asociadas a los procesos de cuidado y de crianza que las personas viven durante su infancia, en tanto la mayoría de veces las habilidades y las capacidades que se tienen para ser competentes como padres surgen de la historia de vida en la infancia. No obstante, Ausloos (1998) asegura que “todas las familias tienen competencias, pero en algunas situaciones o no saben utilizarlas correctamente, o no saben que las tienen o se les impide utilizarlas por diferentes razones” (p. 183). En ese sentido, se puede decir que no hay padres completamente incompetentes, hay padres que podrían llegar a fortalecer y mejorar sus competencias parentales. Barudy y Dantagnan (2005) refieren: “la adquisición de competencias parentales se conforma a partir de la articulación de factores biológicos y hereditarios, y su interacción con las experiencias vitales y el contexto sociocultural de desarrollo de los progenitores o de los cuidadores de un niño o una niña” (p. 36).

En este contexto, la adquisición y el desarrollo de competencias parentales implica tres complejos procesos de interacción que se relacionan con los hereditarios, socioculturales y experimentales, razón por la que Podría esperarse que en algunas ocasiones los padres o los cuidadores no cuenten en su totalidad con los tres requisitos para poder llegar a ser “competentes”, pues en su historia de vida no se han satisfecho los tres procesos necesarios.

Barudy y Dantagnan (2005) refieren que las competencias parentales se dividen en parentalidad social y biológica. Entre las funciones de la parentalidad social define tres líneas fundamentales: la función nutriente que consiste en proporcionar los aportes necesarios para asegurar la vida y el crecimiento de los hijos; La socializadora se refiere al hecho de que los padres y las madres son fuentes fundamentales que permiten a sus hijos el desarrollo de un autoconcepto e identidad; y la función educativa hace referencia a que “los padres deben garantizar el aprendizaje de los modelos de conducta necesarios para que sus hijos e hijas sean capaces de convivir, primero en familia y luego en la sociedad, respetándose a sí mismos y a los demás” (p. 83). Bajo este concepto se presentan los tres ejes centrales sobre los que se puede llegar a observar la parentalidad social como parte fundamental en toda practica parental durante los procesos de cuidado y de crianza. Por su parte, la parentalidad biológica solo asegura la reproducción biológica de los hijos para dar cuenta de las habilidades y de las capacidades parentales, por lo que es necesario desarrollar la parentalidad social.

En este punto se definen dos componentes de la parentalidad social desde Barudy y Dantagnan (2005). En primera medida, mencionan que las competencias parentales están divididas en capacidades y habilidades, pese a que no hay que olvidar que se trata de un modelo dinámico. Las capacidades parentales se subdividen en la capacidad de apegarse a los hijos, que se refiere a los recursos emotivos, cognitivos y conductuales que tienen los padres o cuidadores para responder a las necesidades y demandas de los niños, para promover un apego seguro -a diferencia de uno inseguro o ambivalente- Y así garantizar el bienestar y la salud emocional del menor.

Se ha evidenciado que en los primeros años de vida, la relación cercana de los niños y niñas con sus padres o sustitutos parentales los estimulan mientras responden a sus necesidades afectivas, lo que se constituye como la fuente de recursos fundamentales para el desarrollo de una seguridad de base y una personalidad sana (Bowlby, citado en Barudy y Dantagnan, 2010, p. 50).

En el mismo orden, se encuentra la empatía, la cual refiere a la capacidad que tienen los padres o cuidadores para reconocer las manifestaciones emocionales de los niños cuando tienen miedo, alegría, tristeza, ira, entre otras, lo cual permite identificar estados de ánimo y brindar un acompañamiento que favorece los procesos de desarrollo de los menores. A su vez, los modelos de crianza tienen que ver con los modelos culturales que se transmiten generacionalmente y que se traducen en la protección, la educación y la satisfacción de necesidades. Finalmente, se señala la participación en redes sociales y la utilización de recursos comunitarios que se evidencia, a su vez, en la conformación y el fortalecimiento de las redes de apoyo para la familia y las redes de tipo formal e informal que constituyen un elemento significativo para el ejercicio de la parentalidad.

Por otro lado, se encuentran las habilidades expuestas por Barudy y Dantagnan (2005) que hacen referencia a las tres finalidades fundamentales de la parentalidad: la función nutriente, socializadora y educativa; expuesta anteriormente para explicar la funcionalidad de la parentalidad social. Se exponen, entonces, las competencias parentales que padres, madres y cuidadores deberían proveer para asegurar el desarrollo físico, cognitivo y social de sus hijos. Se identifica que las prácticas de cuidado y de crianza están asociadas a diferentes características de las familias. El tipo de cultura, la situación socioeconómica, política y educativa influye y, en gran parte, puede determinar las pautas de crianza utilizadas con los hijos. Distintos modelos de crianza que han sido transgeneracionales y que en su permanencia en el tiempo han aportado innumerables beneficios para los infantes, del mismo modo, podrían llegar a encontrar modelos de crianza tradicionales que en la actualidad no son aceptados por los profesionales de la salud y de las ciencias sociales, tales como los castigos físicos y verbales, el control y el establecimiento de normas y limites radicales.

Inicialmente Barudy, Dantagnan (2010) y Ausloos (1998) refieren que las competencias parentales tienen Se heredan de los procesos de cuidado y de crianza por los que se ha pasado en la infancia, en tanto la mayoría de veces, las habilidades y capacidades que se adquieren para ser competentes como padres, surgen de la historia de vida en la infancia.

Es importante tener en cuenta que a lo largo del tiempo, desde una visión muy psicologizante del siglo XX, se ha culpado a los padres de los problemas de los hijos, y esto ha tomado gran fuerza desde el modelo médico-psiquiátrico, el cual está centrado en el déficit, donde se echan de menos las competencias de la familia sin visibilizar entonces sus habilidades y capacidades en esa labor de ser padres.

En este orden de ideas Barudy y Dantagnan (2010) refieren que:

La adquisición de competencias parentales se conforma a partir de la articulación de factores biológicos y hereditarios, y su interacción con las experiencias vitales, el contexto sociocultural de desarrollo de los progenitores o cuidadores de un niño o una niña” (p.36).

La adquisición y el desarrollo de competencias parentales implica tres complejos procesos de interacción que se relacionan con procesos hereditarios, socioculturales y experimentales. Razón por la cual se podría inferir que es apenas normal que en algunas ocasiones los padres y/o cuidadores no cuenten en su totalidad con los tres requisitos para poder llegar a ser “competentes”.

Por otro lado, Barudy y Dantagnan (2010) hablan de las habilidades parentales, las cuales hacen parte también de las competencias parentales que en otro sentido corresponden a los modelos de crianza, que tienen que ver con los modelos culturales que se transmiten de generación en generación y que se traducen en la protección, educación y satisfacción de necesidades. Así mismo, se encuentra la habilidad para participar en redes sociales y utilizar recursos comunitarios que se evidencia a su vez en la conformación y fortalecimiento de las redes de apoyo para la familia, redes de tipo formal e informal que constituyen un elemento significativo para el ejercicio de la parentalidad adecuado.

Por otro lado, LeVine (1980) a través de distintos estudios refiere que la parentalidad es un ejercicio universal, en el cual -si bien cada población y cultura le apunta a unas prácticas parentales particulares, cuando se habla de parentalidad se encuentra que universalmente-, los padres y madres le apuntan a un objetivo en común y es poder hacer de sus hijos personas íntegras para la sociedad, además de otros identificados por el mismo autor, que se describen a continuación:

1. La supervivencia física y salud del niño incluyendo (implícitamente) el desarrollo normal de su capacidad reproductora durante la pubertad.

2. Desarrollar en el niño la capacidad de comportamientos que le permitan auto sostenerse económicamente en su madurez.

3. El desarrollo de las capacidades de comportamiento del niño para maximizar otros valores culturales, por ejemplo: moralidad, prestigio, riqueza, piedad religiosa, logro intelectual, satisfacción personal, auto realización tal como son formulados y simbólicamente elaborados en normas, creencias e ideologías culturalmente diferenciadas (p.2).

De este modo, la parentalidad a todas las poblaciones, principalmente cuando se habla de niños, padres y familias, en el momento de analizar y evaluar el tipo de relaciones que se gestan y que por supuesto dan lugar a dinámicas familiares particulares que aluden a la estructura de cada familia, del comportamiento de los miembros familiares y de las formas de interrelación que se establecen.

Es importante señalar que entre los aportes más relevantes de la discusión al interior del semillero de investigación está el reconocimiento de la parentalidad como un conjunto de acciones que van más allá del criterio de parentesco o consanguinidad, abarcando de forma más amplia el ejercicio de los cuidados parentales, según refiere Gross (citado en Domínguez-De la Ossa, 2014) cuando mencionaba que “existe una pluralidad en la forma en que se ejerce la parentalidad que van desde la matrifocalidad a la paternidad implicada”(p. 209), pues actualmente se habla de “pluriparentalidad” (Martín citado en Domínguez-De la Ossa , 2014), de “parentalidad adoptiva”, de “monoparentalidad”, de “abueloparentalidad”, así como de “homoparentalidad” (Kropf y Burnette citados en De la Ossa, 2014), “para indicar que el lugar de padre o madre puede ser diversamente ocupado por uno solo de los padres, por un padre homosexual o por una pluralidad que hace la función de padres” (p. 209).

Aproximación al concepto de vulnerabilidad social

En el contexto de América Latina la vulnerabilidad social es una de las características dominantes y ello responde al contexto socioeconómico y político manifiesto por una economía mundial y políticas de privatización que adelantan los diferentes gobiernos, entre otras.

Desde este panorama, Pizarro (2001) enfatiza la vulnerabilidad como lo más distintivo de la realidad social, porque más allá de las condiciones de pobreza y de concentración del ingreso, la economía de mercado abierta al mundo ha generado un aumento de la indefensión y de la inseguridad social de la mayor parte de la población con menores ingresos, y estos riesgos se evidencian, en todo su grado de pauperización, tanto en las áreas urbanas como rurales.

La privatización de la salud y la educación ha generado un alto impacto de debilitamiento en las comunidades con menos probabilidades de acceder a los servicios privados, colocándoles así en desventaja frente a la posibilidad de ser competitivos con el mercado que plantean los grandes capitales dentro de la llamada globalización. Esto desde una mirada sistémica se puede asociar con el crecimiento del sector informal de la economía, con una afectación directa al empleo y por consecuencia al desarrollo de las familias que se abastecen del mismo.

La mirada sistémica invita a reconocer estos eventos socioeconómicos, dando una perspectiva realista de la comunidad. Esta comprensión, desde una mirada colaborativa y apreciativa, permite que la intervención psicosocial considere los recursos y las estrategias de las propias familias para enfrentar los impactos que las vienen afectando.

Mientras que un abordaje lineal de las condiciones de pobreza se define en términos de los atributos de personas y familias sin dar mayor cuenta de los procesos causales que le dan origen, el enfoque sistémico ha de considerar la vulnerabilidad social en referencia al carácter de las estructuras e instituciones socioeconómicas y al impacto que estas provocan en comunidades, familias y personas en distintas dimensiones de la vida social, como la convivencia social. Dentro del concepto de vulnerabilidad social también se consideran las redes de protección social en salud, educación y seguridad social. Las comunidades, al verse impactadas por el desempleo y precariedad en el trabajo, suelen implementar estrategias basadas en el manejo de sus propios recursos para defender sus condiciones de vida, sumado además el diálogo bidireccional que hacen con los recursos socioeconómicos ofrecidos por su contexto.

Pizarro (2001) afirma que la utilización de la palabra vulnerabilidad parece ser relevante para entender el impacto psicosocial que ha producido en los habitantes de América Latina el nuevo patrón de desarrollo. Los enfoques de pobreza y distribución del ingreso son insuficientes para comprender la condición de indefensión y el debilitamiento de los recursos y capacidades de amplios grupos sociales de la región.

Otra perspectiva es cuando se hace la lectura desde la ampliación de la mirada a través del concepto de vulnerabilidad, pues se manifiesta en las distintas dimensiones de la vida social: en el trabajo, en el capital humano, en el capital físico del sector informal, y en las relaciones familiares y sociales. Las redes sociales operan como uno de los recursos básicos de supervivencia de familias en condiciones de precariedad, pues se trata de uno de los mecanismos importantes de movilidad social y aprovechamiento de oportunidades, donde los vínculos y redes que tienen las personas y familias son determinantes para acceder a oportunidades de trabajo, información y posiciones de poder.

En este orden de ideas, interesa precisar que el semillero de investigación acoge el concepto de Pizarro (2001) sobre vulnerabilidad social definido como condiciones que afectan a las personas, comunidades y familias de manera social, cultural, económico, político, entre otras, en las que se ve involucrado el desarrollo de sus derechos.

La convivencia social: una mirada sistémica hacia la convivencia familiar.

Al hablar de convivencia social, es necesario extenderla no solo a las dinámicas sociales que hay dentro de la familia, sino también en espacios de relación entre individuos que hacen parte de una comunidad específica. Una comunidad es un grupo social compuesto por un conjunto de personas que se reconocen como integrantes que interactúan en ámbitos sociales específicos, con características históricas y culturales determinadas, influidas por unos intereses y necesidades que afecta en mayor o menor grado a cada uno de sus miembros, quienes desarrollan una forma de identidad social (Montero, 2011).

Es importante tener en cuenta lo propuesto por Maritza Montero (2011) con relación a la construcción del sentido de comunidad, en tanto que permite delimitar las formas y los espacios de interacción necesarios para la convivencia social entre los individuos, comprendiendo que “surgen y son parte de un espacio y de un tiempo y se dan en relaciones construidas cada día, colectivamente, en procesos dialécticos de mutua influencia” (p. 22). Además, la comunidad puede ser vista como un escenario y una herramienta que potencia el desarrollo humano y social, sin una limitación geográfica de convivencia en la que es posible llevar a cabo procesos de transformación social partiendo de las realidades sociales de los individuos y las comunidades (Castro-Arroyave, 2012).

Teniendo en cuenta lo anterior, la convivencia social se refiere a la forma en la que los individuos de una comunidad o grupo social determinado interactúan entre sí en su cotidianidad, con un énfasis en las formas de relación y el posicionamiento subjetivo frente al otro (Bayón y Saraví, 2019). Asimismo, la convivencia social está determinada por la presencia o ausencia de experiencias compartidas en las que es necesario reconocer al otro como un sujeto merecedor de solidaridad, respeto y empatía (Bayón y Saraví, 2019); habilidades que se desarrollan por medio de la socialización y la identificación con los otros (Bayón, 2017). Adicionalmente, la convivencia social puede ser influenciada por la intensidad de esas interacciones en espacios físicos como escuelas, hospitales, parques, transporte público, e incluso el mismo hogar, apreciando que estos regulan o limitan de maneras diferentes el comportamiento social y los modos de interacción (Bayón y Saraví, 2019). Por esta razón, la convivencia social se puede categorizar de acuerdo con el espacio físico determinado del que se refiera, por ejemplo, en la escuela se habla de “convivencia escolar” y en la familia de “convivencia familiar”, sobre la que se hará énfasis más adelante.

No obstante, hay que señalar que, en contextos de vulnerabilidad social, estos procesos de convivencia social se ven afectados significativamente, gracias a las brechas sociales que existen en el contexto colombiano y que han sido consolidadas y profundizadas en diferentes áreas de la vida personal y social (Bayón y Saraví, 2019). Ese incremento en las brechas sociales ha llevado a un debilitamiento, una disminución y hasta desaparición de las experiencias compartidas y “han constituido o cristalizado ámbitos segregados y homogéneos de sociabilidad (…) desde experiencias socioculturales distantes y con frecuencia recíprocamente invisibilizadas” (p. 9).

Retomando, para comprender la convivencia familiar, es importante señalar que la familia es entendida como una forma organizativa particular (Rentería, 2004), integrada por unos miembros que cumplen unos roles determinados e interactúan entre sí, construyendo un espacio compartido en el que median los vínculos afectivos y experienciales. Además, dentro de la familia se presentan unas dinámicas específicas que de alguna manera replican y mantienen las dinámicas sociales mayores (las de las comunidades), en las que se presencian normas, acuerdos de convivencia y aspectos histórico-culturales que influyen en cómo se relacionan sus integrantes (Rentería, Lledias y Giraldo, 2008).

En este sentido, la familia tiene un rol fundamental en la convivencia social, en tanto es la familia quien sumerge a los individuos en el mundo social y promueve ciertas dinámicas dentro y fuera de ella. El sujeto humano durante su proceso de desarrollo tiene la necesidad de desplegar diferentes habilidades y competencias que le permitan construir su propia manera de ver, habitar y relacionarse con el mundo. Para lograrlo, la familia funciona como un ente socializador que brinda la posibilidad de desarrollar y potenciar habilidades sociales, las cuales, a su vez, pueden favorecer los procesos de convivencia social que se dan entre los integrantes de un grupo familiar (convivencia familiar) o de estos con otros grupos sociales (convivencia social).

Ahora bien, para referirse a la convivencia familiar, es preciso considerar tres elementos fundamentales que están presentes en las relaciones familiares y que pueden fortalecer o debilitar los procesos de convivencia social: la socialización como función parental, la comunicación y la construcción de sentido dentro del grupo familiar. Respecto al primero, hay que destacar que la parentalidad se reconoce como un conjunto de acciones ligadas al ejercicio de cuidados parentales, independientes de criterios de consanguinidad o parentesco biológico. Además, en la parentalidad cumplen un rol fundamental las pautas de crianza y las diferentes características sociales, culturales económicas, políticas y educativas que las determinan; siguiendo muchas veces modelos transgeneracionales que garantizan su permanencia a través del tiempo y que influyen de alguna manera en el desarrollo de las habilidades sociales (Barudy y Dantagnan, 2005).

En este sentido, dentro de las funciones parentales se encuentra la función socializadora, en la que las figuras parentales son las encargadas de garantizar en sus hijos el aprendizaje de las dinámicas y comportamientos sociales que se extienden a la sociedad en general y que favorecen los procesos de convivencia social que se dan primero en el hogar y luego fuera de él (Barudy y Dantagnan, 2005). La socialización se entiende como un proceso constante que acontece en el transcurso de la vida, que tiene lugar en la interacción permanente del individuo con diferentes grupos sociales o comunidades, con unas circunstancias y contextos específicos en los que viven o se encuentran (Bazilli et al., 1998). Así pues, uno de los espacios de interacción más comunes e importantes en la vida social de cada ser humano son los que se dan en la interacción familiar, los cuales dan lugar a la construcción de significados propios y compartidos entre los integrantes de la familia de manera simultánea e interactiva, que favorecen o inhiben los procesos de convivencia familiar, y más ampliamente de convivencia social (Rentería, Lledias y Giraldo, 2008).

De acuerdo con lo anterior, surge el segundo elemento relacionado con los procesos de comunicación que tienen lugar durante la interacción con los miembros de la familia y de otras comunidades o grupos sociales, y que inciden en la convivencia social. Al respecto, hay que resaltar que la comunicación se da gracias a la presencia inherente del lenguaje, en el que existen una serie de símbolos y significantes compartidos, a los que se les otorga un sentido en el relacionamiento con el otro (Bazilli et al.; 1998. Citado en Rentería, Lledias y Giraldo, 2008). En consecuencia, es por medio de la interacción entre los individuos, en la que se comunican simbólicamente y emplean procesos mentales o reflexivos, que las personas construyen su realidad y su forma de relacionarse con el mundo social (Rentería, Lledias y Giraldo, 2008). Esta construcción de su realidad se liga al tercer elemento, la construcción del sentido dentro del grupo familiar durante la interacción, siendo la familia una fuente principal de significados y sentidos que se extienden a la cotidianidad y al contexto en un intercambio constante y que, finalmente, repercute sobre la convivencia familiar y social (Rentería, Lledias y Giraldo, 2008). De este modo, la convivencia familiar es entendida como “el proceso cotidiano de interacción de los miembros de un grupo familiar en el que se reconocen, se fortalece, se elaboran, se construyen o se transforman sus vínculos creando un espacio común que posibilita la existencia” (Rentería, Lledias y Giraldo, 2008. p. 430).

Desde el enfoque sistémico las condiciones de vulnerabilidad social tienen un gran impacto sobre la vida de los individuos, las familias, las comunidades y los diferentes grupos sociales. De acuerdo con Bayón y Saraví (2019) esas condiciones ligadas a la desigualdad generan un proceso de fragmentación social que reconfigura la convivencia social en sus diferentes dimensiones, razón por la que se considera fundamental fortalecer los programas de intervención psicosocial que disminuyan ese impacto sobre las familias y las comunidades, y favorezcan espacios de interacción que determinan la convivencia social y familiar.

Finalmente, dos conceptos más que atraviesan la aproximación teórica que los integrantes del semillero han compartido: resiliencia parental, entendida como el proceso dinámico que permite a los padres desarrollar una relación protectora y sensible ante las necesidades de los hijos e hijas a pesar de vivir en un entorno potencializador de comportamientos de maltrato (Rodrigo, Martín, Cabrera y Máiquez, 2009); y resiliencia familiar, el cual “supone algo más que manejar condiciones estresantes, sostener una pesada carga o sobrevivir a una dura prueba. Implica la potencialidad para la transformación y el crecimiento personal y relacional que se puede lograr a partir de la adversidad” (Walsh, 2004, p. 79).

1.2 Competencias parentales en condiciones de vulnerabilidad social: una perspectiva situada2

Jacqueline Garavito López

César Fabricio Torres

Ser madre o padre en contextos de vulnerabilidad social representa un desafío, pero también una posibilidad de cambio. Así pues, con el objetivo de ahondar en la comprensión de la parentalidad en condiciones de vulnerabilidad y complementar el marco teórico común, se presentan los resultados de la investigación sobre competencias y significaciones parentales de un grupo de familias residentes en Cali, Colombia, país con un Índice de Pobreza Multidimensional de 20,2 % (DANE, 2016). Muchas familias colombianas no cuentan con los recursos económicos, culturales ni emocionales para orientar el desarrollo de sus integrantes; en cambio afrontan numerosas situaciones de riesgo (Ministerio de Salud y Protección Social de Colombia, 2012) y bajos niveles de educación parental, pues solamente 30 % de los niños vive en un hogar donde la cabeza de familia ha completado la educación secundaria (Social Trends Institute y Trends Child, 2014). Situación que tiene graves consecuencias para los derechos de los niños (Durán y Valoyes, 2009).

Las familias que viven en tales condiciones requieren de apoyo para asumir sus responsabilidades parentales, por lo cual es necesario que los profesionales que brindan tal apoyo conozcan las necesidades y retos que afrontan estas familias, las capacidades y habilidades con que cuentan, y la manera como significan su labor parental. En esta investigación se sigue la recomendación de Granada y Domínguez (2012) de profundizar en la comprensión de las competencias parentales en escenarios de vulnerabilidad social, centrándose en las fortalezas, capacidades y habilidades de los padres.

De acuerdo con los resultados del censo de 2005, con actualizaciones a 2007, la población de la Comuna 18 de Cali -a la que pertenecen las familias participantes- está ubicada en los niveles más bajos del Sistema de Selección de Beneficiarios para Programas Sociales (SISBEN), 44,3 % corresponde al nivel 1 y 31,5 % al nivel 2; el 30 % vive en condiciones de hacinamiento. La jefatura femenina del hogar alcanza cerca de un 40 %. El 97 % de las familias se encuentra en situación de pobreza y 46 % está bajo la línea de indigencia (Alonso, Arcos, Solano, Vera, y Gallego, 2007).

El concepto de vulnerabilidad social implica tanto la indefensión y exposición a riesgos como el manejo de recursos y estrategias para enfrentarlos; abarca las dimensiones de trabajo, capital humano, capital social y relaciones sociales (Pizarro, 2001). Es un concepto más amplio que el de pobreza, el cual se refiere específicamente a la insuficiencia de recursos económicos y sociales (Barrios, 2016). Si bien los padres que cuentan con determinadas competencias pueden disminuir el impacto de la vulnerabilidad social (Rodrigo, Martín, Cabrera y Máiquez, 2009), esta a su vez puede debilitar las competencias parentales (Barudy y Dantagnan, 2005; Richaud et al., 2013).

Parentalidad son las experiencias que se construyen a nivel familiar para cuidar de los menores y orientar su desarrollo, preparándolos para las situaciones físicas, psicosociales y educativas características de su cultura (Bornstein, 2013). La parentalidad y las maneras de organizarse, funcionar y representarse la vida familiar han cambiado debido a transformaciones sociohistóricas como el acceso de las mujeres al sistema educativo y laboral, y el desarrollo de nuevos procedimientos para el control de la reproducción. Esto ha implicado una relación menos jerárquica entre los integrantes de la familia y roles de género más equitativos (Arriagada, 2007; Climent, 2006; Delucca et al., 2009; Echeverri, 2004).

Desde una perspectiva de maduración psicológica y ciclo vital familiar, convertirse en madre o padre implica tanto un desafío como una oportunidad. Responder a las múltiples y cambiantes necesidades de los hijos requiere disponer de recursos y capacidades, y también de plasticidad para adaptarse a tales cambios (Barudy y Dantagnan, 2009). Desde el inicio de su vida, los niños confrontan a sus padres con aspectos no reconocidos de sí mismos, lo cual obliga al adulto a reconsiderar su propia experiencia como hijo y puede ocasionar crisis (Shapiro, 1991). Por lo anterior, el interés y la preocupación por orientar a las nuevas generaciones representa una importante oportunidad de madurez psicosocial adulta (Serra, Gómez, Pérez-Blasco, y Zacarés, 1998; Zacarés y Serra, 2011).

Al asumir la parentalidad como tarea evolutiva, el adulto debe desarrollar un conjunto de competencias para responder a necesidades fisiológicas, cognitivas, sociales, de valores, y de lazos afectivos seguros y continuos. Las competencias parentales son capacidades prácticas para proteger y formar a los niños asegurando su sano desarrollo (Barudy y Dantagnan, 2009); deben ser flexibles y adaptativas, e implican generar estrategias para aprovechar las oportunidades que ofrecen los contextos de desarrollo (Rodrigo, Martín, Cabrera y Máiuez 2009; Sallés y Ger, 2011).

Las competencias parentales constituyen una expresión de la función social de la parentalidad que se diferencia de las funciones biológica (Barudy y Dantagnan, 2009) y simbólica. La función biológica hace referencia al progenitor. La simbólica alude a quienes conviven con el niño, asumen su cuidado y crianza, y velan por la educación en el marco de una relación de autoridad (Tenorio, 2004). Mientras que los padres biológicos aportan directamente para la conformación genética, los padres sociales construyen las experiencias de los niños

(Bornstein, 2013). La función simbólica implica que el adulto inscriba al hijo en el linaje familiar a partir de su propia ubicación en la cadena de generaciones, y lo posicione como alguien que debe ser cuidado, protegido y formado (Tenorio, 2004). Así, una persona no se convierte en padre o madre cuando engendra o da a luz, sino mediante el compromiso cotidiano con el cuidado y educación del niño.

A nivel investigativo, se ha encontrado que la motivación autónoma hacia la parentalidad -encontrar interesante y significativo el hecho de ser madre o padre en sí mismo-, se relaciona con un mayor sentido de competencia parental y con un estilo parental democrático (Jungert et al., 2014). También se ha establecido que existe un mayor sentido de competencia parental cuando las redes comunitarias son más amplias (Gelkopf y Jabotaro, 2013). Las competencias pueden fortalecerse como demuestran los programas dirigidos a diferentes poblaciones de padres (Daley y O’Brien, 2013; Martín, Alemán, Marchena y Santana, 2015; Menéndez, Jiménez y Hidalgo, 2011; Tarleton y Porter, 2012; Tenorio, Garavito-López, Sánchez, y Burbano, 2015).

Teniendo como referencia lo planteado, el objetivo de esta investigación fue caracterizar la manera como un grupo de madres y padres, habitantes de la zona de ladera de la Comuna 18 de Cali, significan su ejercicio parental y con qué competencias cuentan para desarrollarlo en las condiciones de vulnerabilidad social en que viven. A continuación, la metodología mediante la que se desarrolló la investigación.

Método

Tipo y diseño de investigación

Dado que el interés era conocer las competencias y significaciones de padres y madres, la investigación fue de carácter cualitativo y se desarrolló mediante un diseño flexible y semiestructurado que consistió en un plan modificable en cuanto a los medios, el volumen y la cantidad de información. Es así, como la investigación tuvo lineamientos orientadores pero no fijos ni rígidos, sino modificables antes las demandas del estudio (Galeano, 2004).

Participantes

Las diez familias participantes fueron elegidas mediante un muestreo intencional teniendo como criterios de inclusión que fueran residentes en la zona desde hace al menos tres años, con al menos una figura parental y un menor de edad. Además, participaron en calidad de informantes clave tres líderes de la Comuna 18 de Cali, quienes aportaron información sobre condiciones y problemáticas del sector y sobre la manera como la población se relaciona con los niños bajo su cuidado. El acceso a las familias se obtuvo por intermedio de la institución educativa donde estudian sus hijos y a través de los líderes de la comuna.

Instrumentos y técnicas de investigación

Se diseñó un dispositivo metodológico que permitiera producir conocimientos situados, es decir, generados desde la historia, las condiciones, los lugares y los tiempos de las familias participantes (Braidotti, 2013; Packer, 2007; Sandoval, 2013). Este consistió en una tarea familiar y dos entrevistas semiestructuradas a un adulto que cumpliera funciones parentales en cada familia. En una perspectiva situada, estas técnicas favorecen la interacción entre los integrantes de la familia y de ellos con los investigadores, dando especial valor a las voces de los participantes.

Procedimiento

La investigación se llevó a cabo en tres fases. En la primera fase, las familias fueron informadas sobre los objetivos del proyecto, garantizando el anonimato y el derecho a retirarse en cualquier momento del proceso, a partir de lo cual otorgaron su consentimiento informado. En la primera entrevista se obtuvo información sobre las actividades relacionadas con el cuidado y educación de los hijos y sus competencias para asumirla. Pese a que fueron invitados ambos padres, solo en dos casos asistieron padre y madre, mientras que en los demás asistió sólo la madre.

En la segunda fase, se desarrolló la tarea familiar propuesta por Beavers y Hampson (1995), en la que la consigna fue: “Discutan juntos lo que les gustaría que cambiara en sus familias” (p. 33). Se pidió a cada familia que durante diez minutos expusieran sus puntos de vista en un diálogo circular y reflexivo (Boscolo, Cecchin, Hoffman, y Penn, 1989; Ceccin, 1987). Esta experiencia pone en evidencia patrones de interacción que poseen una alta correlación con las competencias de la familia en situaciones cotidianas (Beavers y Hampson, 1995). Terminada la tarea familiar, se realizó una segunda entrevista semiestructurada a las mismas personas que respondieron la primera, con el propósito de complementar y triangular la información.

En la tercera y última fase, el análisis partió del proceso sistemático de transcripción y reorganización de los datos en una matriz donde se compararon las narrativas de cada familia en relación con las categorías deductivas, y las identificadas a partir de la revisión de la literatura: necesidades y retos, competencias parentales y significaciones de la parentalidad (Sandoval, 2013). El análisis tuvo un momento inductivo y uno deductivo: El momento inductivo consistió en la identificación de temas a partir de la lectura de las transcripciones de las entrevistas y las tareas familiares, esta información fue sistematizada en una matriz donde se compararon los datos obtenidos de cada familia en relación con los temas identificados entre los que están: autoridad, maltrato, expresión de afecto, pautas y prácticas de crianza. En el momento deductivo, la información sistematizada en la matriz fue agrupada según las categorías -previamente establecidas a partir de la revisión de literatura- que son: necesidades y retos, competencias parentales y significaciones de la parentalidad. El contenido de cada categoría dio lugar a las tendencias y contrastes que se presentan en los resultados.

Consideraciones éticas

En el estudio se consideran las normas científicas, técnicas y administrativas en el campo de la investigación en salud, establecidas en la Resolución No. 008430 del Ministerio de Salud de Colombia (1993) y el ejercicio ético del psicólogo como se describe en la Ley 1090 del Congreso de la República (2006), además de un consentimiento informado por medio del cual se notificó a los participantes sobre los objetivos, riesgos y la confidencialidad de la investigación.

Resultados y discusión

En la Tabla 1 que se presenta a continuación, se incluye la infor-mación sociodemográfica de las familias participantes, incluyendo los padres sociales quienes conviven actualmente con sus hijos, aunque algunos de ellos no son los progenitores.

Tabla 1.

Información Sociodemográfica de las Familias Participantes


Fuente: elaboración propia con base en la información recolectada.

Cinco de las familias participantes eran nucleares, mientras que dos eran ensambladas y tres monoparentales con jefatura femenina. La edad de las madres oscilaba entre 28 y 55 años, mientras que los padres estaban entre 32 y 52. Cuatro madres se dedicaban al hogar, tres trabajaban en ventas (dos como empleadas de almacenes y una tenía un puesto de comestibles), una es modista, otra acompañante de transporte escolar y solo una de ellas tiene trabajo estable, pues hace 18 años trabaja en un hotel donde pasó de ser aseadora a realizar labores de apoyo administrativo. Dos de los padres estaban desempleados, otros dos trabajaban en construcción y los demás desempeñaban oficios como jardinería, ebanistería y fotografía. En cuatro familias, los hijos aportaban ingresos provenientes de oficios como construcción, ventas y servicios; dos de los tres hijos universitarios realizaban trabajos ocasionales relacionados con la profesión en que se estaban formando. Las familias tenían entre 1 y 5 hijos, en un rango de 2 a 37 años de edad.

En lugar de asumir su situación de vulnerabilidad con resignación o desesperanza, madres y padres asumen activamente el cuidado de las nuevas generaciones y crean estrategias que hacen de la parentalidad una posibilidad para lograr inclusión social, especialmente mediante la educación de los hijos. En este apartado se presentan las carencias que afrontan los participantes y los retos que representa el ejercicio de la parentalidad, así como las competencias que despliegan para asumirlos y lo que significa para ellos ser madres o padres. Los hallazgos se reportan desde las voces de familias, es decir, partiendo de lo expresado por ellas durante los encuentros, a la vez que estos son discutidos en relación con la literatura y las condiciones en que viven los participantes.

Necesidades y retos

Esta categoría incluye las carencias expresadas por las familias y los retos identificados, especialmente con respecto al ejercicio parental.

Las necesidades o carencias están presentes a lo largo de la historia familiar. Algunos de los actuales padres y madres dejaron sus hogares paternos entre los 9 y 14 años a causa del maltrato recibido; adicio- nalmente durante estas edades participaron en las labores productivas asignadas a cada género en las familias tradicionales (Arriagada, 2007; Echeverri, 2004; Tenorio, 2002). Los participantes llegaron a Cali pro- venientes de zonas rurales, buscando mejores condiciones. Inicialmente fueron alojados por familiares o pagaron arriendo mientras compraban un lote y empezaban a construir su vivienda en este sector de urbani- zación no planificada. Allí, actualmente enfrentan carencias y riesgos como los siguientes: disponibilidad de agua potable sólo cada tres días; sus viviendas son precarias, los techos construidos con materiales pro- visionales no logran impedir el paso del agua cuando llueve. Acceder a servicios de salud y educación ha requerido en algunos casos inter- poner acciones de tutela. Padres e hijos frecuentemente cubren largas distancias caminando porque no siempre disponen de dinero para pa- gar el transporte. En el sector existen pandillas y ha habido homicidios selectivos, denominados popularmente limpieza social.

Tales necesidades están relacionadas con retos para la parentalidad como el esfuerzo por conciliar familia y generación de ingresos, la rea- lización de ajustes en los estilos parentales durante la adolescencia y el logro de acceso a educación superior para los hijos. A continuación, ampliamos cada uno de ellos:

Conciliar los tiempos laborales y familiares representa el primer reto para los participantes, pues realizar trabajos informales genera pocos ingresos y deja poco tiempo para la interacción familiar. Uno de los padres participantes manifestó que llega tan cansado que apenas habla con sus hijos. La escasa presencia o accesibilidad de los padres y la falta de comunicación constituyen un factor de riesgo, pues se asocian con comportamientos anti- sociales y de riesgo en los hijos adolescentes (Dishion, Patterson, Stoolmiller y Skinner, 1991; Rodrigo et al., 2004; Serrano, Godás, Rodríguez y Mirón, 1996). Estos riesgos se reflejan en los casos de consumo de sustancias psi- coactivas, abandono del hogar y embarazo adolescente que se han presen- tado en las familias participantes. Lo anterior evidencia dos manifestaciones de la exclusión social relacionadas entre sí: la falta de un trabajo estable y el debilitamiento del núcleo familiar (Barrios, 2016).

El segundo reto aparece cuando los hijos llegan a la adolescencia, lo cual pone a prueba las competencias parentales de los participantes en términos de mantener confianza y autoridad con sus hijos. Los padres reconocen que sus hijos necesitan crear relaciones afectivas fuera del círculo familiar, pero temen que se conviertan en padres adolescentes como les ocurrió al alguno de ellos, o en consumidores de sustancias psicoactivas. Además, en esta etapa los hijos que han recibido violencia de sus padres comienzan a exigir un trato distinto.

Finalmente, cuando los hijos terminan el bachillerato aparece un nuevo reto proveniente del dilema entre pedirles que generen ingresos, muy necesarios para el hogar, o lograr que accedan a estudios superiores. Cuando lo logran acceder a esos estudios, para los padres es difícil brindarles el apoyo económico y académico necesario, especialmente si se tiene en consideración que más del 80 % de padres de la comuna, entre ellos los participantes, no son profesionales (Alonso et al., 2007). En la siguiente categoría se identifican las competencias con las que las familias enfrentan las necesidades y los retos mencionados.

Competencias parentales

Las competencias parentales incorporan las capacidades fundamentales de apego y empatía. También involucran habilidades como estilos parentales, participación en redes comunitarias e institucionales, y uso de recursos comunitarios (Barudy y Dantagnan, 2010). A continuación se describe cómo se expresa cada una de ellas en las familias participantes:

La capacidad de establecer un vínculo de apego con los hijos está determinada por las experiencias infantiles de los padres. En este caso, seis de las familias participantes reportaron que al menos uno de los integrantes de la pareja recibió maltrato por parte de sus padres, pero solamente en tres de estas familias la experiencia de maltrato se repitió en la siguiente generación; en las otras cuatro familias no se reportó maltrato en ninguna de las dos generaciones. El hecho de que quienes fueron maltratados no necesariamente se hayan convertido en padres maltratantes puede interpretarse como una expresión de madurez psicosocial adulta. Tres madres reconocen haber sido violentas con sus hijos, lo cual atribuyen a la falta de control de la frustración y la ira, o al rechazo hacia el hijo por no haber sido deseado. Ellas reconocen este comportamiento como inadecuado y han buscado asesoría profesional para cambiarlo, reconociendo así que el acompañamiento psicológico es un factor ambiental que puede facilitar el vínculo de apego entre padres e hijos (Barudy y Dantagnan, 2010).

Los relatos de las familias participantes permiten identificar prácticas cotidianas como el acompañamiento permanente a sus hijos, la provisión y preparación de alimentos, y el apoyo escolar. Ellos motivan y expresan apoyo a sus hijos para que continúen estudiando. Les brindan afecto mediante expresiones físicas y verbales; algunos de ellos también las recibieron en su hogar de origen, especialmente por parte de la madre.

Otra capacidad, estrechamente relacionada con el apego es la empatía. El marco cultural de las familias participantes asigna a las madres, antes que a los padres, esta capacidad para comprender las necesidades de sus hijos a partir de sus expresiones no verbales. Además, se espera que las madres sean expresivas y cariñosas, lo que hace que quienes no respondan a este patrón se sientan en falta. Una participante manifiesta preocupación porque es muy seca (poco expresiva), aunque reconoce que expresa el afecto a su hijo estando pendiente de él, no le gusta cuando su hijo le hace cosquillas, le dice que no sea tan meloso. Sin embargo, el niño de 7 años reconoce claramente la empatía materna cuando dice:

Ella es muy cariñosa, cuando estoy enfermo me acaricia, cuando estoy dormido y estoy frío, ¡frío todo el cuerpo!, ella me echa una cobija (Hijo de Gladys).

El apego y la empatía de las familias participantes se relaciona con habilidades como sus estilos parentales (Barudy y Dantagnan, 2010). A nivel investigativo, Baumrind (1996) identificó los estilos: autoritario, permisivo y democrático, a partir de diferentes combinaciones entre las dimensiones de control y afecto por parte de los padres; posteriormente MacCoby y Martin (1983) identificaron el estilo negligente. El análisis de tales modelos en contextos específicos ha permitido identificar otros estilos parentales como el tradicional que aparece en la mitad de las familias participantes. En el modelo tradicional se usa el castigo al igual que el modelo autoritario, pero se diferencia en que este tiene una intención formativa y quien asume la autoridad representa a un poder superior (Jimeno y Roldán, 1998; Tenorio, 1999). El estilo democrático, que la literatura psicológica tiende a valorar positivamente, solamente se observó en una de las familias; mientras que en otra los padres se identificaron como permisivos.

Aunque los participantes tratan de lograr un balance entre calidez y límites, al momento de corregir un comportamiento aparecen los repertorios adquiridos mediante su propia socialización, donde está muy presente el castigo físico como forma de corrección. Por ejemplo, cuando una de las madres participantes manifestó que a su esposo le faltaba autoridad con su hija, él respondió es que a mí me duele la mano para castigarla; él asoció la autoridad con castigo físico, desconociendo otras formas de corrección. La autoridad de las familias participantes es asumida principalmente por las madres, algunas llegan a ser rígidas pues se les dificulta ajustar las normas según las edades de los niños. Mientras unos padres comparten la autoridad materna, otros la delegan completamente en ellas o desautorizan a su pareja frente a los hijos. En las familias que reportaron violencia hacia los hijos, esta fue ejercida y reconocida por parte de la madre, mientras el padre era negligente frente al cuidado de los menores. Madres y padres tienden a incrementar el control durante la adolescencia de sus hijos, lo cual puede parecer excesivo pero, en contextos como éste con múltiples factores de riesgo para la formación de los menores, también puede constituir un factor de protección.

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Litresdə buraxılış tarixi:
22 oktyabr 2025
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