Kitabı oxu: «El espejo del lago»

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Nacho Larrañaga

El espejo del lago


A mis padres.

A Claudio, Carolina, Ariel, Chachi, Karina, Martín, Julieta, Sol, María Eva, Ana, Abril, More, Gerardo.

A mis hermanos.

PRÓLOGO

Recostados en su cuarto dormían sus amores, sobre una repisa triste la miraban sin rencores. Había cinco retratos, había cinco estampas, había cinco esposos y ninguna esposada. El destino ciego de su sensible belleza la envolvió sin permiso y le estancó sus piernas. La quería siempre sola, la quería siempre bella, la quería siempre ahogada en sus charcos de tristeza.

Sobre su pecho ardiente le “yerró” la condena de morirse sola y vagar de pena. En un laberinto eterno la abandonó sin tregua y le clavó un cuchillito para que solo sufriera y vagara por el mundo sin encontrar sus huellas, rodando inútilmente en la esperanza incierta.

CAPÍTULO 1
Rubí, resuena, recuerdos rotos

Enceguecida, bajo del escenario con la adrenalina desordenada que me quema la piel, soportando el halo ensordecedor de los aplausos y silbidos que me siguen detrás hostigándome. Me siento querida, amada, hasta envidiada, pero la historia de mi vida pasa distorsionada por mi corazón y no logro disfrutarla. He llegado a mi límite y no puedo continuar sangrando esta herida mal cicatrizada desde niña que, al menor descuido, siempre se abre. Es como cuando se rompe un espejo, no existe pegamento ni nada que pueda volver a unirlo para vernos completas. Mientras atravieso el túnel del Estadio Azteca rumbo a mi camarín, recibo apoyo y felicitaciones mudas de mis asistentes, de otros artistas invitados, hasta de gente que ni conocía y a quienes solo les sonrío por cortesía. En el eco de mi frente rebotan esas palabras… “No hay maquillaje que logre ocultar la tristeza de tu sonrisa.” “Regresemos a la Argentina y empecemos de nuevo.”

El pecho se me contrae y siento ese hormigueo en mis piernas que de a poco pierden la resistencia. Roberto se acerca entusiasmado a felicitarme, me abraza, intenta besarme y lo esquivo con violencia. Les suplico a todos que necesito estar sola unos minutos y cierro abruptamente la puerta del camarín. Me apoyo sobre la puerta con toda la espalda. ¿Necesito buscar otra salida? ¿Qué hago? Tengo solo diez minutos antes de regresar al escenario.

Cierro con llave y en la penumbra me arranco el vestido, necesito calmar mi enojo, azoto con furia el ramo de alcatraces y girasoles que me regaló Roberto contra el mueble hasta desintegrarlo. Me observo en el espejo, mi rostro está iluminado con la luz del baño, que me llena de sombra y me hunde más. Estoy hiperventilando y eso no me ayuda a pensar. Veo reflejados mis vestidos del show, los zapatos desparramados, un desorden tan mío, pero me hundo en las pupilas de esa Mora sobreviviente que tengo delante y le suplico que me ayude a escapar. De un bolsillito de mi mochila agarro una tableta de Alplaxil y mastico una barrita despacio hasta sentir dormida toda mi boca, y luego la escupo. Inhalo y exhalo varias veces.

Aquel reencuentro de hace unos días con Nash, en Acapulco, sacudió mi instinto y de un garrotazo me trasladó a una realidad tan movediza que no puedo pararme sobre ella. La verdad, no me interesa saber si fue por la casualidad o la causalidad. Lo cierto es que logré convivir con la felicidad como no lo hacía desde hacía años. Fue un amor caprichoso en la adolescencia, mi luz en la oscuridad, con el que conocí la esperanza, él se convirtió en la mejor canción de amor que entoné. Fue el inspirador de mi carrera, mi compañero silencioso, el que me escoltó años sin pedirme nada a cambio. Él reapareció en mi camino y yo tropecé con la piedra que necesitaba para caerme, poder levantarme y dejar de seguir arrastrándome, arrastrándome por un poco de cariño, como lo hice siempre. Trick, trick, trick.

—¡Mora! ¡Ábreme por favor! —gritó Josefa—. ¡Debes regresar al escenario en cinco minutos! —y continuó golpeando la puerta insistentemente.

—¡Déjenme en paz! ¡Ya lo sé! —exclamé desbordada.

¡Basta!… ¡Shhh! Otra vez siento ese zumbido en mi cabeza. Me golpeo la frente, desesperada, y me tapo los oídos. Sin embargo, escucho esa maldita bola de ruleta que continúa saltando entre los números: trick, trick, trick… y nunca descansa en ningún casillero. Necesito ¡silencio!

Camino agobiada en el camarín y continúan golpeando la puerta insistentemente. Sé que no puedo regresar allí y presiento que no hay otra salida, todo es un desastre. Desesperada, agarro las dos tabletas de Alplaxil y comienzo a vaciarlas en mi mano, y con ese puñado blanco me dispongo dormir.

Cierro mis ojos y me veo de niña bajando rumbo a la orilla del lago. Respiro. Cuatro, cinco, seis. Entre las maderas del muelle busco el reflejo de mis montañas sobre el agua. Respiro. Siete, ocho, nueve. Siento la mano de mi madre que me contiene la tristeza, escucho el latir de su corazón que retumba en mis oídos, y la observo desde abajo con su sonrisa tierna y me aferro a sus rodillas, palpo la textura de sus pantalones Oxford de corderoy y distingo, en el trasluz, mi casa del lago. Camino con mi padre en la estación de trenes de Bariloche, lo despido con los demás soldados, juego con las manos de mi madre a un costado de la vía, “En un convento, borombombón, de San Francisco, borombombón, había una negra, borombombón, y tres negritos”. Mi padre nos saluda desde la ventanilla y se despide…

Mi película se detiene abruptamente por los gritos de afuera, el carrete continúa girando pero nada se proyecta sobre la pantalla. Me golpeo de nuevo la cabeza y presiono mis oídos con las palmas. Escucho el forcejeo de la puerta, cada vez más intenso. Mi cuerpo reacciona instintivamente, mis brazos y piernas se contraen, tiemblo de pánico y me desvanezco sobre el piso.

—¡Mora, ábreme ahora! —insiste Josefa.

—¡Contéstame! ¡Abre la chingada puerta! —exige Roberto rabioso.

Una paz ensordece mis oídos, solo escucho el eco de mi inhalación a lo lejos, froto los dedos sobre la alfombra y veo las felpas enormes pegadas a mis ojos, en contraste con la luz de la rendija de la puerta. Todo queda inmóvil y finalmente me detengo, me diluyo.

Corro desesperada rumbo al pueblo, a pedir ayuda. Descalza, voy cuesta abajo por un sendero improvisado, trazado por los yuyales verdes del verano, salpicado de flores amarillas silvestres, hasta que veo que el camino se corta porque hay un abismo. Intento frenar, sin embargo, mi cuerpo continúa por el impulso, pero alguien me sujeta a tiempo.

Josefa, Roberto y otras personas de la compañía de discos echan abajo la puerta del camarín. Me encuentran enroscada debajo de la silla, adornada por los restos de flores y los sedantes desparramados. Me sacuden bruscamente y con cachetazos secos buscan despertarme. Pero esta vez no les daré ese gusto. Oigo los gritos de Josefa… “¡Llamen a una ambulancia, urgente!”

Me aferran unas manos y me acuestan en una camilla. Me deslizan velozmente por un pasillo oscuro, siento el aire fresco que despliega mis cabellos y entra por mis fosas nasales, escucho entre los gritos que se abre una compuerta metálica y percibo bajo mis párpados la luz del exterior.

Los comienzos: Julio y Alicia

Mis padres se conocieron en los años setenta, en medio de ese torbellino de revoluciones sociales que se desataba en toda Latinoamérica. Como dice el dicho: “A río revuelto, ganancia de pescadores”. Para la de ellos, así fue. La verdad, sus destinos estaban bastante entreverados para coincidir y menos para desatar los nudos de la vida por sí mismos. Pero desafiaron a las predicciones e inesperadamente sus ojos se toparon, sus corazones se rozaron, y lograron que sus almas ansiosas encontraran amparo.

Julio Lozano era un hombre alto y corpulento como un faro, de melena revuelta, varonil, de ojos verdes intensos, y bigotes. Tenía el porte de un príncipe. Pero también sumaba a estos atributos su carácter: era insolente, histriónico, gracioso e indeciso. Me imagino que nunca le faltaron pretendientes, ya que tenía un combo completo que cualquier muchacha hubiera pretendido. Era hijo único de una familia aristocrática porteña de gran renombre, obtenido a fuerza de puro sacrificio de su padre, un reconocido neurólogo. Pero este árbol genealógico era más bien un bonsái con apenas unas ramas, y con más otoños que veranos. Desde la llegada de mis tatarabuelos a esta tierra, tal vez por los aires de este hemisferio o el excesivo olor a tierra húmeda, que no les sentaron bien, se encargaron de ir secando esta sangre que estaba destinada a no germinar. Así fue extinguiéndose su linaje, hasta terminar con su último eslabón, que soy yo.

Mi padre nació debido a un milagro de la Virgen del Luján, combinado con una cantidad de incontables rosarios y de actos de penitencia realizados por mi abuela junto al grupo de mujeres estériles devotas de San Eleusipo y Santa Felicitas. Según mi abuelo, el milagro se debió a los avances de la medicina, porque él era médico y gracias a sus colegas genetistas experimentaron con todos los métodos de fertilización que existían en esa época y, luego de cinco pérdidas, mi abuela por fin logró llevar su embarazo a término. Doña Ana, con treinta y siete años, tuvo que regalar parte de su cuerpo y donar años de su vida para engendrar a su hijo. Los sacrificios le dejaron su salud pendiendo de un hilo, un hilo tan delgado que no resistió mucho tiempo. Poco después de los primeros años de haber traído al mundo a su amado Julio, doña Ana sufrió una osteoporosis tan aguda que la condenó a vagar en silla de ruedas la mayor parte del tiempo, porque sus simientes óseas estaban apolilladas y al menor golpecito se fracturaba. Mi abuelo Enrique decía que ella estaba tan contenta con su hijo que nunca le importaron los sacrificios que había tenido que soportar. Desafortunadamente, mi abuela se despidió de la vida durante el festejo del cumpleaños número once de su pequeño Julio. Aquel día, la casa había sido decorada y arreglada con mucho esmero para la celebración. Antes de soplar las velas, un grito de la empleada retumbó por la casona y un silencio lúgubre silenció el festejo. No pudieron siquiera cantarle el “Feliz cumpleaños”, por lo cual Julio no pudo pedir por la salud de su madre, su principal deseo. Así se fue, y dejó a mi padre medio huérfano para el resto de su vida. Este dolor quedó incrustado como una almeja en la roca de su corazón.

Julio Lozano se educó libre como un pájaro indomable pero dentro de una cómoda jaula dorada. El esfuerzo de mi abuelo por encauzarlo fue inútil. Nunca pudo vencer a su particular espíritu de equidad y justicia. Nació con la espada y la balanza en sus manos, como la carta del tarot pero testarudo. Se refugió en la enorme biblioteca de su padre, donde pasaba días enteros nadando en silencio en esa gigantesca y oscura pecera de roble. Siendo aún un niño, recorrió varios países de Europa y Sudamérica mientras acompañaba a su padre a los aburridos simposios de medicina. Fueron esos viajes los que encendieron una chispa y lo impulsaron a seguir los pasos paternos. Su conocimiento, sus idiomas y todo lo que su padre invirtió en su educación destilaron en algo que siempre estuvo fuera de los parámetros normales. Su temple y su nobleza hicieron crecer sus ansias de justiciero, y cuando llegó a la Facultad de Medicina, se ganó la lealtad de sus camaradas al ser elegido representante de los derechos de los estudiantes.

Tenía ese estigma marcado en su frente. Por más que fuera el alma de las fiestas, el ser más bondadoso seguía vagando en busca de consuelo por la muerte de su madre. Aunque era el candidato perfecto para las mujeres, su espíritu estaba herméticamente cerrado para no sufrir. Egoísta y vanidoso como todo hijo único de padres burgueses. Ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires con honorables y distinguidas calificaciones. Seguía el camino ilustre de su padre hasta que se involucró en el centro de estudiantes para desarrollar sus pasiones revolucionarias de orientación marxista, las cuales poco a poco fueron tiñendo su rebelde alma de liberador.

***

Alicia Martínez. Mi madre. Era tan especial que, si tuviese que hablar de ella, empezaría diciendo que su presentación tendría que ir acompañada de un violín de ópera vienesa mezclado con platillos de circo ruso. Poseía una gracia única, con su enorme cabellera castaña y su cuerpo escuálido. Pacífica pero con un cuchillo entre los dientes, libre y resistente como una caña de colihue. Amorosa pero no empalagosa, como repetía siempre. Bastante particular, pero así le gustaría que la presentasen.

Gracias a la difusión de los sindicatos en los años cuarenta, Mar del Plata pasó de ser de una playa inhóspita, elitista, burguesa y poética, a ser la predilecta de la clase media trabajadora. Mis abuelos decidieron buscar un nicho de mercado allí. Colgaron un cartel de “Se alquila casa” y en un par de semanas cargaron todas sus pertenencias en su Chevrolet 37 y emigraron del conurbano porteño rumbo a “La Feliz”.

Alicia nació allí, envuelta en la espuma del oleaje desenfrenado, perfumada por las sales marinas, “empoetizada” de Alfonsina Storni. Mi abuela Delicia, al verla entre sus brazos, supo de inmediato que era su versión mejorada, y le dedicó más cariño y esmero que a sus otras dos hijas. Esto despertó un despiadado celo entre sus hermanas, que con el tiempo fue incrementándose, y se volcó inevitablemente, años después, en un castigo inconsciente hacia mí.

Su padre, Rafael, era rígido, tacaño y jugador compulsivo. Estricto como un militar resentido, tenía a sus tres hijas y a mi abuela Delicia bajo el yugo de sus caprichos. Ellas pagaban las consecuencias de sus constantes fracasos financieros y de no haber tenido un varón en la familia Martínez del Campo. Al no comprender los principios básicos de la economía, sumado a sus visitas al casino, la familia pendulaba entre lo justo y lo mezquino para vivir. No salían de aprietos pese a que mi abuela daba clases de literatura en tres secundarias y tenía alumnos particulares. Sus dos hermanas, Elsa y Betty, tristemente tragaron demasiada sal de las olas de esos años, debido a una infinidad de penitencias que recibían sin motivo aparente. Sacaron el carácter de un gato adentro de un balde de agua. Eran amargadas, enojonas y ciclotímicas. Se convirtieron en dos fieras imposibles de acariciar.

La familia vivió en esa localidad balnearia hasta que mi madre terminó la primaria. Ella guardó hermosos recuerdos: los paseos por el puerto, las caminatas por la rambla, las acrobacias por las escolleras enormes que se hundían en el mar. Los juegos en el verano con sus hermanas. Como ese día en el que jugaron a perderse entre la multitud desbordada de las playas para ser encontradas después por los aplausos de los bañistas que, desesperados, las paseaban en sus hombros.

Por una apuesta clandestina, la familia Martínez debió fugarse una medianoche antes de que un grupo de padrotes mataran a su padre por estafador. Alicia tuvo apenas unas horas para recoger y seleccionar doce años de su vida y meter lo que entrara en una valija. Tan solo sobrevivieron un puñado de fotos de su infancia, de sus paseos. Muchos de sus recuerdos quedaron abandonados en esa casa. Rafael Martínez arrastró a sus cuatro mujeres al exilio y nuevamente regresaron a su pequeña casa heredada, en las afueras de la capital porteña. Sus dos hijas mayores nunca se lo perdonaron. Lo que más les había dolido de esa fuga fue no haber podido despedirse de sus primeros novios, amores sellados en los túneles del casino marplatense. Tuvieron que olvidar para siempre esos amaneceres impagables rodeados de sus amigos.

Alicia era femenina y fuerte al mismo tiempo. Mi abuelo siempre se había mortificado por no tener a un Martínez en la familia y mi madre, inconscientemente, se lo cumplía. Así pasó gran parte su adolescencia, interesada en otro tipo de tareas y actividades. Reparaba todo lo que tenía a su paso por pura inspiración y maña: plomería, cambio de enchufes, desagotaba cañerías, cortaba el césped, arreglaba el alambrado del palomar del patio. A causa de esto, no contaba con ningún tipo de educación sentimental ni jamás se le acercaba un hombre, los espantaba. Combinaba muy bien esa hosquedad y esos movimientos sensuales, a pesar de que usaba ropa holgada y no dejaba más que los tobillos al descubierto. ¿Qué hombre no estaría feliz con una mujer que, aparte de ser hermosa, reparaba y mantenía la casa en perfecto estado? Tenía un corazón rebosante de amor y no sabía cómo usarlo. Lo canalizaba en el cuidado de los niños, los perros y gatos del barrio, y todo aquel que necesitara su cariño. Ella lo concedía sin nada a cambio.

En sus dejos de realidad, sus hormonas adolescentes se enloquecían y pedían atención. Entonces, practicaba en el espejo (como sus hermanas le habían enseñado) a dar un beso, a bailar con el swing del momento o a sugerir con movimientos sutiles que alguien le gustaba.

Durante el Día de la Primavera del último año de su bachillerato, mi abuela, por temor a que su hija se volviera una solterona, obligó a sus hijas a llevar a la más pequeña a la celebración. Después de una gran pelea y sin ningún tipo de negociación, Elsa y Betty debieron aceptar incluirla en sus planes primaverales o quedarse encerradas por desobedecer. Después de tres horas de producción, apareció mi hermosa madre. Se dejó llevar por los consejos de sus asesoras, que la vistieron como para un concurso. Su belleza apareció como por arte de magia, como cuando se frota un metal opaco. Las hermanas, que de bondad no tenían nada, se dieron cuenta de que habían encontrado la mejor carnada para que las cañas de los hombres guapos y aristocráticos del momento mordieran el anzuelo de las hermanitas Martínez. Y quizá así atraparían al candidato de sus sueños, que las sacaría de la miseria geográfica y social del conurbano.

El punto de encuentro fijado con sus compañeros universitarios fue el puente del Rosedal, en los bosques de Palermo. Mi abuelo entonces acomodó a su esposa y a sus tres “tesoros” en su destartalado Renault 12 celeste, sus hijas cargando con la vergüenza de no bajar las ventanillas durante la hora de viaje; las llevó hasta el dichoso bosque. Ellas arribaron como un espejismo, juntas, sincronizadas y perfectamente combinadas por los colores, y lograron su cometido. Captaron la atención absoluta pero discreta de los muchachos. Animadas por canciones de Sandro, Palito y Leo Dan y el olor dulzón de la marihuana, se fusionaron entre los miles de estudiantes que compartían desde el mediodía el hermoso encuentro juvenil.

Alicia Martínez, perdida en el enorme hormiguero, se sentía como sapo de otro pozo. Era imposible tapar su cara de púbera e inexperta y así como atraía a los jóvenes, los intimidaba con la misma velocidad. Cada tanto sus hermanas le lanzaban miradas de regaños y le abrían los ojos con desquicio para que sonriera todo el tiempo. Ellas solían decir: “Por más que te estén pisando los zapatos nuevos, los dientes siempre se muestran”. No se daba cuenta de que aquello que despertaba interés era la combinación de inocencia junto con ese salvajismo encerrado, era una feromona que hipnotizaba a todos los que tenían el olfato especial.

Cansada de ver a Betty enroscada en los brazos de un hombre que la estaba asfixiando de tanto besuqueo, optó por perderse. Mientras se mezclaba entre la muchedumbre, su ingenuidad se evaporaba en cada paso que daba, sutilmente. Allí, Alicia Martínez del Campo, en su vestido de flores cortísimo con sus ojos remarcados y su cabellera salvaje agarrada con un pañuelo rosa, fue empujada por el destino a chocar con el corazón de Julio Lozano. Entre el sol que les impedía ver, más el desorden y la tierra que volaba, mi madre puso su mano como visera y, al levantar su cabeza, un silencio retumbó en sus oídos y su mirada se ahogó sin excusas dentro de los ojos de mi padre. Ambos recibieron ese caudal de fascinación. Fue tan puro y sublime —para él especialmente— que logró en un instante quitar sus escudos, su rencor femenino, y por primera vez desde la muerte de su madre, bombeó un suspiro de renovación. Su sangre se redimió de amor. Julio estaba parado arriba de un escalón y agitaba sus manos como un líder, lanzaba discursos revolucionarios e incitaba a sus compañeros del centro de estudiantes a reclamar por sus derechos y a promover una nueva marcha. Con sus cabellos revueltos, sus ojos verdes profundos y vestido con sus pantalones acampanados de corderoy marrones que nunca se sacaba. Ella caminó seducida por su histrionismo, impactada, atolondrada; él tartamudeó al mirarla. Se elevaron entre la multitud, se olfatearon silenciosos como dos animales y supieron en ese segundo que sus vidas tenían demasiado en común para despegarse. Envueltos en el almíbar de sus almas, se quedaron pegados, y así comenzó el insólito afecto del revolucionario con la brusca doncella.

Sin muchos preámbulos, sin otra intención que aprovechar el tiempo, se subieron a los botes del lago y remaron durante horas para llegar a una isla desierta llamada destino. Se escaparon de la realidad, de sus pasados, enjuagaron sus penas con unos besos paganos, desordenados, redentores. Y esa misma tarde, se prometieron bajarse el sol, la luna y las estrellas.

Se tornaron inseparables. Para mi madre fue un verdadero tormento terminar el secundario, porque durante sus horas de estudio debían estar separados. Comenzó a gestarse ese amor puro y recíproco a escondidas de mi familia materna, en especial de mi abuelo Rafael, que la hubiera abofeteado por andar de boca suelta, con un agitador de masas que tenía menos esperanza de vida que una rosa en un florero de arena. Se veían todos los días a la salida del colegio. Él pasaba a buscarla, caminaban sin rumbo hasta terminar en la casona de mi abuelo matando el tiempo entre arrumacos y delirios juveniles. Mi madre, por obtener otro título terciario y complementar su horizonte de maestra normal nacional, empezó el Conservatorio Nacional de Música. En parte por su amor al piano y en parte por presión de sus padres, que debían sacar provecho a los diez años gastados en su educación musical.

Alicia tomó su primer puesto laboral, una suplencia, en la Escuela Nacional N.º 14. Impartía clases en segundo grado. Así conoció la responsabilidad y el gusto por el trabajo. Mientras tanto, las mentiras a sus padres se hacían cada vez más grandes y difíciles de sostener: escapadas los fines de semana, extrañas reuniones con amigas a medianoche, las siestas clandestinas. Mis tías conocieron a Julio porque a mi madre se le hizo inexcusable y poco estratégico esconderlo de ellas. Él tenía muchos amigos burgueses y elegantes de la Facultad de Medicina, entonces con eso pagaba el silencio y la protección. Organizaba citas a ciegas para Elsa y Betty, quienes nunca tuvieron la suerte, ni la estrella, ni las virtudes de mi madre, pero con las que la vida fue excesivamente más gentil y piadosa. Como dice el dicho, “El que juega con fuego, tarde o temprano se quema”. Y así fue que mi madre, al año de estar junto a Julio, sintió cosquilleos en su panza. Su ombligo comenzó a estirarse día a día y sin anestesia le arrojó a su revolucionario la hermosa noticia de que la magia del amor la había hecho madre. Mis abuelos, que tenían olfato de hiena, siempre andaban sospechando de todo y vigilando a sus “tesoritos”. Al escuchar la primera arcada, el aumento de los senos y los vómitos inocultables, el despertador sonó, y entre gritos y zamarreos le arrancaron la verdad acerca de su embarazo. La encerraron en su casa bajo llave. Salía para ir a dar sus clases y diariamente mi abuelo la esperaba en el auto afuera para llevarla de regreso a su casa. Rafael y Delicia detestaban a mi papá, por guerrillero marxista y por haber abusado de su hija. Decidieron que el futuro de Alicia no era el de ser madre a esa edad y no hubo manera de hacerles cambiar de decisión. Encontraron médico e hicieron los arreglos para sacarle a ese “demonio” que llevaba adentro y así continuar con la vida de una joven estándar de buenos principios. La cita fue coordinada para un sábado a la mañana, para evitar así faltas en su trabajo y, en especial, no agitar el avispero de los vecinos. Ella ya estaba a punto de entrar en la decimosegunda semana y el riesgo era cada vez más grande. Pero a ellos nada les importaba, solo su reputación ordinaria de clase media. Mis tías prefirieron no colaborar ni impedirlo por miedo a desobedecer las reglas de la casa. Julio fue varias veces a tratar de hablar y de buscar una solución, pero jamás lo dejaron entrar y desde el visor redondo de la puerta lo espantaban con insultos. A veces él, después de horas de esperar en la vereda, le gritaba a mi madre para saber si estaba bien, y mi madre respondía desde su habitación. Entonces se iba tranquilo hasta el día siguiente.

El exilio sureño

Horas antes de la cita con el médico y con el cielo cerca del amanecer, Alicia desarmó la cerradura, desconectó la línea telefónica, desatornilló las bisagras de las ventanas del patio trasero, saltó dos paredones, espantó perros y, con la tristeza de esa realidad sobre la espalda, huyó de su casa. Unos cuantos trapos en un bolsito, un gamulán y ahorros suficientes como para comprarse pan y fiambre para dos días, salió rumbo a la estación de Constitución, donde mi padre la esperaba para huir al Sur. Entre abrazos incómodos y un beso salado de tristeza, se subieron indecisos al tren. Se tomaron de la mano, envueltos en un mutismo de cementerio, y con sus miradas perdidas en la ventana, partieron. Así hicieron los primeros doscientos kilómetros sin emitir un sonido, sin pestañear, sin mover sus manos. En su interior, el abandono de sus proyectos, sus peleas revolucionarias, sus carreras profesionales, el sueño de una familia unida y otros tantos anhelos se deshilachaban a medida que el tren atravesaba la Pampa húmeda.

—No dijiste una palabra desde que subimos. ¡Mirame, mi amor! —Julio intentó animarla pero Alicia seguía perdida en la ventanilla.

—¡Abazame, por favor, solamente eso! —murmuró desconsolada—. ¿Qué estamos haciendo, Julio? ¿Adónde vamos? Sin rumbo, sin dinero, sin nada.

—¡Tranquila! No te preocupes que no te va a faltar nada en Bariloche, ni a vos ni a nuestro hijo. Aldo me dio el teléfono de un amigo que podría hospedarnos unos días y hasta darnos trabajo. ¡Descansá un rato!

—¡No puedo! Es que tampoco quiero cerrar los ojos. Abandoné a mi familia, mi trabajo, mi casa, todo. ¿Cómo podés estar así de contento? —Julio no le contestó, solo la acunó en su pecho y la meció como una niña hasta lograr que se durmiera.

Abandonaron sus cuerpos cansados en un sueño natural y purificador, mientras sus ánimos se iban ensamblando despacio, como pidiendo permiso y sanando los dolores que traían impresos. Cuando el sol del mediodía los sorprendió a través de la cortina de metal, sus ojos ya eran diferentes, sus miradas estaban limpias y sus manos acalambradas aún continuaban unidas. El final del primer tramo fue Carmen de Patagones. De allí debían cruzar a Viedma para continuar hasta Bariloche, pero hubo un desperfecto en una vía sobre el puente que unía ambas ciudades y el tren se atrasó siete horas. Aprovecharon para recorrer ese pueblo que muchos años después sería mi lugar en el mundo. Durante esas pocas horas que estuvieron haciendo tiempo, recorrieron las orillas del río Negro, la Plaza 7 de Marzo y entraron a conocer la Parroquia Nuestra Señora del Carmen. Mi papá, con ese prepotente pero hermoso estilo indomable, la tomó en sus manos y le preguntó si quería ser su esposa, su compañera de vida. Mi madre asintió con la cabeza y le dio un sí balbuceado de emoción. Él la tomó suavemente del brazo, tarareando la “Marcha nupcial”, la condujo por el pasillo hasta el altar donde Dios y algunas estatuas calladas le dieron su bendición y los unieron en santo matrimonio. Salieron entre aplausos y ovaciones de familiares queridos que les daban las bendiciones y les deseaban un amor eterno, los bañaron de arroz para brindarles abundancia. La ilusión duró unos segundos de felicidad y, al chocar con la nada misma, mi madre comenzó a llorar; con un ojo, de alegría, y con el otro, de tristeza.

Durante la gran cena de su noche de bodas en el comedor del tren, compartieron el brindis, canciones y charlas con otros jóvenes con sus mismos ideales. La mayoría de ellos, al notar que estaban un poco perdidos en su decisión acerca de dónde instalarse, los invitaron a unirse al movimiento hippie o new age, que hacía unos años había comenzado en la Argentina con los actores y seguidores del Movimiento Salvador. El movimiento había salido de la famosa ópera Hair, y ellos, al buscar una nueva tierra, una nueva porción de mundo alejada de la violencia, del sistema capitalista, conectada con la naturaleza, se radicaron en la pintoresca localidad de El Bolsón.

Entre brindis y cigarros cambiaron sus planes durante la velada y agradecieron al universo las causalidades de la vida. La idea de instalarse en Bariloche poco a poco se quedó enganchada en la oscuridad inminente del paisaje patagónico. Viajaron tranquilos hasta el final del recorrido, cuando en los vidrios empañados escribieron sus nombres. Allí mismo alcanzaron a ver entre las letras el majestuoso lago Nahuel Huapi. Mi madre pudo advertir por primera vez el color inmaculado de la nieve, las montañas y el agua de un lago, fue un amor a segunda vista.

El invierno aún estaba dando los últimos quejidos del año y junto con el frío cordillerano, Bariloche los recibió con las manos abiertas. Bajaron aturdidos, junto con sus nuevos amigos, con los ecos del traqueteo que sacudían sus piernas y sus cabezas. Entre la multitud aparecieron unos pelilargos que los recibieron felices entre gritos y estrujones, como si fueran los únicos sobrevivientes de una guerra atómica. Afuera había una furgoneta Volkswagen que los esperaba para transportarlos a la nueva tierra prometida. Atravesaron la orilla del majestuoso lago y se internaron en el terrorífico Cañadón de la Mosca, uno de los caminos más peligrosos de la Argentina, a más de mil metros de altura sobre el nivel del mar. Entre la humareda espesa de marihuana, las palmas eufóricas que retumbaban allí dentro por cualquier motivo, aunadas a las conversaciones exageradas a los gritos, mi madre aterrada prefirió ponerse a rezar cubriendo su panza y suplicándole al universo llegar sanos y salvos a destino.

Julio, como buen previsor, llevaba escondido suficiente dinero como para vivir unos años. Era parte de la herencia de su madre. Regalos de oro de su familia, que llevaba colgados de su cuello, fueron el mejor alivio para Alicia, que se preguntaba cómo sobrevivirían a muchas carencias en su nueva aventura. Además, el padre de Julio, con tal de que su hijo desistiera de su activismo político, colaboró con dinero y con todo lo que necesitara su nieto.

El destino de mi padre en la capital estaba marcado con sangre, y la vida pendía de un hilo tan fútil que al menor suspiro todos sabían que se cortaría. Varios de sus compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo no corrieron con la misma suerte que él y tres días después, en una redada, incautaron armas y “desaparecieron” de la faz de esta tierra llevándose colgadas sus banderas libertadoras. Solo Aldo Martelli, su gran amigo, que era el hijo de un ex gobernador, fue al único que no se llevaron aquella vez, por influencias, pero se la tenían jurada. Gracias a mi nacimiento, mi padre se salvó de ser una víctima más de los desaparecidos por la dictadura argentina.

Ellos confiaban en que en el Sur estarían contenidos y protegidos. Se instalaron en el albergue comunitario La Fraternidad, del movimiento hippie, unas hectáreas pegadas a la ciudad de El Bolsón. Durante los primeros meses tuvieron muchas dudas y cuestionamientos acerca de la decisión de refugiarse en ese lugar tan recóndito, tan ermitaño, tan alejado de sus sueños.

Compartían todo durante las veinticuatro horas del día. No existían la privacidad ni los bienes personales, y todo estaba demasiado expuesto y compartido. Mi padre, con su secreto carácter de aristócrata y acostumbrado a vivir solo en una casona de tres plantas en medio del corazón porteño, pronto comenzó a perder su paciencia. Se sentía incómodo y algo celoso, quería salir de allí. En cambio, mi madre, que había tenido un limitado tipo de educación y sobre todo de experiencia, disfrutaba como niña. Todo le llamaba la atención y todo lo aprendía con rapidez. Conoció a nuevos artistas y escritores censurados. El famoso lema “Prohibido prohibir”. Experimentó los efectos de la marihuana, peinados extravagantes, meditaciones que la hacían viajar a otros mundos, cocinar a base de vegetales, atender la huerta, hacer jabones, cremas, y un sinfín de experiencias vivenciales. Además, por ser una futura madre, gozaba de favoritismos por parte de todos los integrantes de la comunidad. Para ellos, Alicia estaba bendecida por traer una nueva esperanza de cambio generacional. Todo fue así, hasta que en un arrebato de celos y posesión, Julio decidió que ya era momento de comenzar a disfrutar de la vida como pareja y esperar solos a su hijo. Alicia no estaba feliz con la decisión. Mi padre, para compensarla, invirtió parte la fortuna que llevaba escondida en un espacio propio. Milagrosamente, en una panadería, sobre un pedazo de papel desgastado, apareció publicado un aviso de una casa en venta. Su instinto lo alentó, y sin buscar otras opciones, caminó varios kilómetros por esa corazonada. Después de un sinfín de indicaciones de los lugareños, apareció ese sueño hecho realidad; era una casa creada por un pintor enamorado, construida de madera y piedra, sumergida dentro de un bosque milenario, decorada con una exquisitez campestre y con una celosa vista única al lago Puelo.

Mi madre sufrió mucho la separación del albergue. Además de tener las hormonas sublevadas por el embarazo, había encontrado su universidad de la vida, un remanso con personas sensibles, llenas de cultura, de arte, sin tiempos, ni apuros y que se alimentaban con los regalos de la naturaleza. Le habían derribado en unos días todos los paradigmas existenciales que sus padres con tanto esfuerzo le habían inculcado durante toda una vida; bastaron unos meses en esa comunidad para pulverizarlos por completo. Por eso, por más encantadora y especial que fuera esa casa sacada de una fábula, no era el mejor escenario ni la mejor idea, y debió lidiar con el ruido sordo del silencio y la asfixia de la soledad, que eran su gran terror.

Ella continuó interactuando con la comunidad y todos los fines de semana, absolutamente todos, emergían desde la montaña como un espejismo, mimetizados con las delgadas lanzas de los colihues, un grupillo de pelilargos tocando instrumentos, coreando canciones esperanzadoras. Venían a compartir el día con mi madre, hablaban diferentes idiomas, vestían de colores terrenales, algunos hasta tenían nombres de la naturaleza como: viento, roca, lluvia, arrayán. Doña Ema era una de las líderes, por su sabiduría mapuche, y desde el primer día que pisó El Bolsón fue su gran compañera, confidente y su paño de lágrimas. Era baja y retacona, andaba siempre con una trenza enroscada en la cabeza y su poncho rojo. Tenía la mirada arisca y desconfiada como un águila de montaña. Julio Lozano no tenía más opción que agasajarlos, cocinarles y armarse de paciencia. Lo hacía para mantener vivo el espíritu de convivencia humana que a veces, por la soledad de la casa, caía en un aislamiento tétrico. Él compartía con ellos sus tesoros, sabiendo que al otro día y apenas se asomara el sol, los acompañaría amablemente al sendero de salida por el que habían llegado. De a poco lo fueron conquistando, y terminó queriéndolos más de lo que su cabeza hubiera previsto. Además, la incomunicación jugó un papel muy importante en sus vidas, y aunque él estaba acostumbrado a ese estado de soledad, también se veía afectado por mudarse a una casa en medio de la nada. Sus únicos diálogos eran con el viento, los cerros y con el espejo sordo del lago, que lo dejaba hipnotizado por horas.

Durante los últimos meses del embarazo, una ola de calor azotó la Patagonia cordillerana. se extendió durante todo enero, y provocó que se desataran varios incendios forestales muy cercanos a la casa. Por seguridad decidieron talar gran parte de los árboles cercanos, para evitar que el fuego se propagara. Con la cantidad de madera que extrajeron de esa tala, una vez pasada la temporada de incendios, agregaron una habitación a la casa, un quincho multifuncional con un horno de barro y una mesa comunitaria para sus visitantes semanales, que después de unos años pasaría a ser mi primer escenario.

La comunicación con mi abuelo Enrique era vital, en especial para mi padre, que lo contactaba con bastante frecuencia. Era el único cable a tierra familiar que tenían ambos. A Julio se le notaba en sus ojos que extrañaba Buenos Aires. Ese ruido a ciudad, el anonimato, las avenidas interminables, sus reuniones en la Facultad de Medicina, las comodidades de su casona, las luces, los teatros, las pizzerías. Andaba días enteros cabizbajo, acompañado únicamente de su sombra, merodeando durante horas por la orilla del lago, hablando y discutiendo con sus decisiones precipitadas, que eran una constante en su vida.

Mis abuelos maternos habían llegado varias veces a implorarle a don Lozano que les confesara adónde había huido su “niña mimada”, que les dijera que ya la habían perdonado y que si el destino había querido traer a ese niño, lo aceptaban con dicha. Pero don Lozano solo se limitaba a decirles que estaban juntos y felices en algún lugar del Sur argentino. En el espacio cultural del pueblo, en los últimos meses de su embarazo, mi madre comenzó a dar clases de piano. Un trabajo simple y digno para poder comprar el ajuar y demás pequeñeces propias de una madre ilusionada. Tenía varios conjuntitos de color azul, los móviles colgados en la habitación: con avioncitos y pajaritos hechos de madera. Solo doña Ema le confirmó que sería una hermosa niña, rebelde como el padre y dulce como la madre, revoltosa como el viento pero libre y correntosa como un río de montaña.

Febrero llegó con un calor fastidioso, Alicia, con la panza de treinta y seis semanas a cuestas, se la pasaba arreglando la casa, abanicándose el fastidio con cualquier objeto. Apenas daba unas horas de clases a sus pocos alumnos, cocinaba dulces de sauco y moras silvestres, pero lo más trabajoso era velar el espíritu depresivo de mi padre. Llevaba la cara de enojo constante, no tenía paciencia y al menor cruce de mirada o de alguna pregunta innecesaria, explotaba con ira. Cada día se hundía más en ese malestar producto de su resentimiento. Mi madre, antes de perder también la razón, le suplicó que se fuera una semana a Buenos Aires para que, cuando llegara su hijo, no lo viera con esa cara de catástrofe emocional.

Julio, inmaduro e irresponsable, lo hizo. Por sus caprichos de niño rico, abandonó a su mujer a semanas de parir en medio de un bosque patagónico. Llevaba una lista interminable de favores que tenía que hacer en la capital teniendo extremo cuidado, porque aún había chances de figurar en alguna lista negra. Mi madre le sugirió que, si podía y no era peligroso, les entregara por medio de unos amigos unas cartas y fotos a sus hermanas, para que supieran que ella estaba bien y que, apenas diera a luz, las llamaría y harían las paces.

Durante esos días de ausencia apenas recibió un solo telegrama, a nombre de Penélope García. Así supo que su Ulises Lozano había llegado a la capital sano y salvo. Entonces ella descansó y todos sus nervios se apaciguaron, pero junto con esa tranquilidad llegaron las primeras contracciones y las segundas.

Mi madre, aterrada por tanta soledad y lejanía, les pidió a sus amigos de la fraternidad mudarse con ellos hasta que Julio regresara. Necesitaba estar cerca de alguna clínica y de un adulto ante cualquier imprevisto. Se instaló como privilegiada en la sala de meditación. A la segunda semana de estar allí, estuve a punto de romper la bolsa pero a base de cantos, meditaciones y masajes, me tranquilizaron para cumplir las semanas que faltaban. La tarde del 25 de febrero mi abuelo llamó al teléfono de la comunidad y comentó que Julio hacía tres días que no aparecía. Según sus contactos, podría estar detenido en un algún centro clandestino porque nadie lo ubicaba, ni a él ni a su amigo inseparable, Aldo Martelli. Fue tal el disgusto de ella, y seguramente el mío también, que ahí mismo sin especular le habría dado una patada a la bolsa de mi madre y el líquido amniótico mojó sus piernas. Porque entre gritos de apoyo y una múltiple contención holística comencé a despegarme sin más protocolos y, relajada por un mantra cósmico y auxiliada por su amiga doña Ema, nací. Ni siquiera intentaron llevarme al hospital municipal porque no hubo tiempo para decisiones. Nunca necesité ayuda de nadie, desde que nací me las he arreglado sola para sobrevivir y no molestar.

La cara de mi madre y la de todos al ver que de varón —que era lo que esperaban— no tenía nada, fue un impacto, pero inconscientemente fue el alivio de ella. Ernesta no podían ponerme y los nombres que se venían a la cabeza de todos, como Libertad, Esperanza, Alma, Purificación, Aura, fueron desechados al instante. Fue Silvia, mi madrina, que había llegado con unas flores y una canasta de moras silvestres recién cortadas, la que me bautizó: Mora Julia Lozano. Lo de Julia fue por mi padre, para que no se enojara por la elección unánime del primer nombre, y también para homenajearlo en caso de que nunca regresara. Así me describieron ellas y justificaron mi nombre en la comunidad, y creo que estuvo muy acertado.

Mora es el antónimo de una rosa en su máxima evolución, es la esencia de una rosa hecha fruta. Es un arbusto salvaje, próspero, trepador, veloz, que engancha todo y se llena de espinas para resguardar su alma, por eso es que si no sabes cómo agarrarla y tienes prisa, te desangras en el intento, pero si la conoces, y sabes guiar lentamente sus ramas, el manjar de saborear su pulpa escarlata es algo exquisitamente dulce e impagable.

Durante semanas esperamos alguna noticia de mi padre, algo que nos diera esperanza, pero la mismísima tierra se lo había tragado. Se mandó investigar a través de las múltiples relaciones que tenía mi abuelo con la aristocracia argentina, pero nadie le ofrecía información fehaciente; ni que estaba detenido, muerto, desaparecido o vivo. Regresamos a la casa del lago y de a poco nos fuimos acomodando con ese sentimiento de consuelo huérfano, sostenidos de un pálpito muy finito con la esperanza de que estuviera con vida. Muchas veces, mientras me daba el pecho, me empapaba la cabeza con sus lágrimas, que no podía disimular. El otoño comenzó a hacerse presente con vientos silbadores, lluvia de hojas amarillas y noches largas. Alicia había decidido que era el momento de regresar a la capital, no existía ningún argumento para estar allí aislada, sola. Su familia la perdonaría al verla con una hija entre sus brazos y con paciencia podrían rearmar ese vínculo que habían desecho.

La tarde del 1.º de abril, a un mes de no tener información, Alicia juntó dos maderas a un costado de la casa y las ató con unas raíces. Allí armó una cruz, talló el nombre de Julio con un cuchillo sobre la madera, lo decoró con flores, fotos y la clavó entre las piedras grises frente al lago Puelo. Acompañada de doña Ema, iniciaron esa sencilla despedida. Con un ramillete de incertidumbres, una hija recién nacida, viuda a los diecinueve años, separada de toda su familia, en una casa en medio de la nada y sin dinero. Comenzó a llorar, tan desolada que hasta el viento se detuvo y la esquivó por compasión.

Se apiadó de mí, mi Dios

Esa noche del 25 febrero de 1974, en la que yo nací, mi padre visitaba la casa en Villa Crespo de Aldo Martelli, su fiel compañero de la lucha revolucionaria. Aunque se había alejado de la militancia, sus ideales se reavivaban apenas se veían. Él estudiaba Química y eso lo facultaba para elaborar explosivos caseros que eran utilizados para la reyerta y para los encargos de los discípulos de Mario Roberto Santucho. Aldo ya estaba marcado, y esa misma noche, mientras ellos conversaban sobre el futuro del país tirados en la cama, afuera un grupo de tareas estaba intentando entrar a su hogar. Dios se apiadó de su paternidad y un ángel revolucionario de la guarda los despabiló segundos antes de que los militares derribaran la puerta para llevárselos al olvido. Saltaron aterrados en calzones por los techos durante horas y se escondieron unos días en diferentes casas, hasta que, sin muchas opciones, se subieron al Fiat 600 rojo que mi abuelo le había entregado como un regalo de bodas. Huyeron rumbo al Sur con lo mínimo que tenían y con los sueños liberadores aplastados por la sobrevivencia. Atravesaron de un flechazo lento pero continuo los mil setecientos kilómetros desde el corazón de la Argentina hasta la rodilla derecha que se rozaba con la Cordillera de los Andes. Como dos adolescentes, sin prisas, sin justificativos, viajaron durante casi un mes conociendo pueblo por pueblo, sin establecer ningún contacto, por temor a que por su culpa algún familiar o amigo terminara bajo tierra o pagara los platos rotos, o peor aún, que denunciaran su paradero. Él imaginaba que llegaría justo para ver nacer a su querido Ernesto. Pero su querida Mora ya caminaba y, si no se apuraba en regresar, me encontraría terminando la primaria. Aún tengo guardadas unas fotos de ese viaje, algo deterioradas porque mi madre las odiaba y fue punto de grandes discusiones por el egoísmo y la inmadurez de él.

Cuando mi madre colocó la última piedra en su tumba, desecha como un papel en alcantarilla, desde las entrañas del mismísimo cerro, apareció un auto rojo por los cañizales de colihues, envuelto de espinas de murra entre bocinazos y gritos, que daban muestras de que había regresado a su querido hogar. Ella, con los ojos encharcados, levantó la vista para comprender si era una alucinación o si era real. Él me tomó en sus brazos, ansioso, se quedó callado al ver que estaba reflejada la sonrisa de su madre en mí, no hizo más que lavarme y bautizarme con sus caricias de amor. Se olvidó del hombrecito que anhelaba, se olvidó del Che y de la guerrilla marxista. Me recostó sobre su corazón y me ensamblé con él para nunca más separarme. Mi padre fue mi mentor, mi mago, mi salvador, pero también fue mi gran, gran dolor.

Durante noches enteras hubo fiestas de bienvenida, ambos habíamos nacido. Nuestros amigos de la comunidad y algunos amigos del pueblo hicieron comidas, cenas y reuniones durante días. Durante esos días, por los excesos de los vinos regionales, los guindados fermentados y otros licores de extraña procedencia, sumados a la luna llena de abril, me bautizaron con mis dos padrinos en una particular ceremonia a orillas del lago.

Mi infancia en tres pasitos

Mis primeros años fueron gloriosos y los más estables gracias a un remanso insólito del destino. Sin embargo, un tornado silencioso comenzaba a gestarse en mi futuro cercano. Mi abuelo Enrique siempre estuvo presente, hablábamos por teléfono y aparecía cada cambio de estación con regalos costosos, desde licuadoras, tocadiscos, muñecas y trompos, hasta herramientas sofisticadas para mi padre, que seguía dilucidando si cortaba maderas, trabajaba de enfermero, de guardia del muelle o de profesor de las indecisiones aristocráticas. Mi madre, en cambio, daba clases de música, hacía mermeladas y pasteles para vender en la feria y todo lo que sirviera para rascar unos pesos y no vivir como mantenida del dinero de los Lozano.

Mis tías aparecieron para mi segundo cumpleaños, luego de largas cartas en las que suplicaban perdón. Les carcomía el alma el hecho de no haber protegido a su “Ali” durante el embarazo, ni brindarle información a Julio para que la rescatase. Envueltas con el sol de febrero y la agitación de conocer el nido oculto de Alicia, llegaron al pueblo. Las dos con actitud de gallina de exposición, que les duró un par de horas porque se acoplaron a la vida rústica más rápido que mi madre. Trajeron mensajes y chismes frescos de muchos familiares, y en especial una cámara de fotos de regalo para mi papá. Gracias a ella tengo un registro de gran parte de mi niñez.

Elsa, la mayor, ya cargaba con un anillo en su mano y una panza de cinco meses. Ella formó su familia y se instaló en Carmen de Patagones con un contador de esa zona, a quien había conocido en una pizzería de la avenida Corrientes. Mientras él pagaba sus estudios trabajando allí, ella saciaba su voraz apetito, que nunca se le apaciguó. Allí se enamoraron. Betty, en cambio, siempre anduvo de pretenciosa, sin apuros, probando sus múltiples encantos con cuanto galán tropezara en su vida. Las tres compartieron el amor de hermanas, o al menos fue lo que sintieron y demostraron durante esos diez días. Hubo paz, hubo sonrisas, hubo familia. Diez días únicos, diez días últimos y diez días inigualables.

Después de que mis tías intentaran suavizar a mis abuelos maternos, y de que mi madre les pidiera perdones de muchas maneras y se guardaran su orgullo y la razón en sus puños, logró que vinieran a compartir unos días en el Sur. La felicidad que generó el perdón fue mejor que tres navidades juntas. Se prepararon escabeches, se organizaron excursiones y las mejores cervezas para recibir a mis abuelos. Julio les construyó una cama matrimonial en mi habitación y demás atenciones y elogios para sanar las heridas de tantos años.

Mi abuelo Rafael siempre le tuvo terror al agua, peor que un gato, y nunca disfrutó ni de un baño de inmersión ni de un chapuzón en una pileta. Durante los diez años que vivieron en Mar del Plata, nunca se metió más hondo que las rodillas por terror a morir ahogado. Todo esto tenía una explicación y una lógica, o hasta una ilógica que él sacaba a relucir siempre en las conversaciones para asentar o buscar complicidad o consuelo. Mientras cumplía el servicio militar obligatorio en la Armada, a los diecinueve años, en una cantina del puerto, mientras festejaba con otros marinos en su franco, una gitana se le acercó y le pronosticó, según las líneas de su mano y la profundidad de sus ojos, que siempre respetara el agua y que el agua no era tan amiga, como él creía, que el agua podía ser traicionera, así que no le estirara sus manos porque tal vez podía morir asfixiado bajo ella. Y las vueltas de la vida son tan sorprendentes, tan necias y obstinadas que se cumplió esa predicción cuarenta años después.

Mis abuelos salieron del conurbano bonaerense en un Renault 12 último modelo. Recién lo habían comprado, especialmente para su gran aventura. La intención era manejar hasta Carmen de Patagones, al sur de la provincia de Buenos Aires, para ver a su nieta y continuar rumbo al oeste cordillerano a ver a su querida Morita. Bajaron por el centro de la provincia disfrutando de los campos y de las cosechas estivales, ilusionados por ese reencuentro. Allí iban los dos, mi abuela poniéndose los ruleros frente al espejo y el abuelo escuchando la radio a un volumen desquiciante, pero según mi madre ellos así se amaban, con sus manías y abrazos secos. Compartieron unos mates sobre la banquina en las afueras de Olavarría. Cuando atravesaron Coronel Pringles, la desgracia misma tomó cara de tormenta. Mi abuelo, estremecido porque el cielo completo se caía sobre el parabrisas, continuó despacio su trayecto hasta que una vaca desorientada se les cruzó en el camino. Pudieron esquivarla, pero el asfalto los empujó sin piedad y cayeron en una acequia de un campo de girasoles. El auto quedó en el fondo, del lado de mi abuelo Rafael. Por más que mi abuela intentó despertarlo, no lo logró y murió ahogado. Mi abuela fue rescatada por otros viajantes, pero fue en vano, ya se había muerto allí, junto con su marido, solo que sus ojos olvidaron cerrarse. Estuvo internada un largo período porque su cuerpo tardó en reconocer que aún le fluía sangre por las venas; cuando salió del hospital decidió enmudecer. Así se pasó nueve años, perdida en el infinito, buscando en el aire las caricias toscas de mi abuelo.

Salimos esa mañana afuera de nuestro bosque encantado, de nuestro refugio a prueba de las acechanzas de la vida. Y al salir se abrió una puerta hacia los cambios que jamás se alcanzaría a cerrar por completo. Adentro, todos juntos en ese minúsculo Fiat 600, osamos salir rumbo al sepelio de mi abuelo. Por primera vez pude ver otras ciudades, otras personas, otras luces, sentir lo enorme del mundo y lo pequeños que éramos. Mi madre permaneció en silencio parte del recorrido, con sus ojos clavados en el paisaje. Lloraba porque sabía las consecuencias que esto arrastraría en nuestras vidas. Después de tres días eternos, extenuantes, llegamos a la capital. Para sorpresa de mi madre y de nosotros, ya habían enterrado a mi abuelo el día anterior, con el único propósito de hacerle pagar a Alicia en el país de las fantasías, como la apodaban ellas, la culpa por lo sucedido. Mis tías le atribuyeron la culpa por el accidente a su capricho de no querer salir de su maldito pueblito de hadas, y le acopiaron en su espalda esa acusación para siempre. Hubo gritos, agresiones y celos. Poco sirvieron tantos ruegos, y con el corazón destrozado por ver a su madre muda y tan medicada que no entendía nada de las circunstancias, se despidió de sus hermanas. Asumió la culpa de la tragedia para que la perdonasen alguna vez y se marchó de esa casa; esta vez, para siempre.

Permanecimos varias semanas en la casona de mi abuelo, en Recoleta. El hombre más noble y sabio que conocí en mi vida. Gocé de unos días normales, pude saborear el don de tener un abuelo, de poder pasear juntos por las calles tomados de la mano, de cumplir todos mis caprichos, de poder dar vueltas en el carrusel del barrio, de tomar helados, de entrar al cine juntos, de conocer el Jardín Japonés. Mientras tanto, mis padres remendaban el sentimiento que los mantenía unidos y fuertes.

Pasamos un mes refugiados del otoño cordillerano. Sin descanso, mi madre buscaba brindar consuelo a sus hermanas, que aún seguían en shock por la pérdida de mi abuelo Rafael. En el fondo se sentían liberadas del yugo de su mano dura y su carácter. Mi padre ya no era objeto de búsqueda para el conocido Equipo Compatibilizador de Interfuerzas (ECI), y las temidas “listas negras” se fueron desintegrando. Su amigo Aldo Martelli se había exiliado en España y todos sus intentos de justicia quedaron frustrados en un pasado después de la muerte de su creador, Mario Santucho.

El abuelo nos suplicaba de varias maneras que nos quedáramos a vivir en la capital. “Acá van a tener trabajo, bienestar y una familia desarmada, por así decirlo, pero familia al fin.” La noche antes de volver al Sur, después de una cena hermosa con mi tía Betty, mi papá encontró, escondida entre los papeles del escritorio, una carta que habían mandado del Ejército con el propósito de reclutarlo para defender y exigir la soberanía de las Islas Malvinas. En esa cena mi abuelo le imploró que no fuera, que era un capricho estúpido de la dictadura. La velada terminó en una disputa acerca de la patria, de los valores del ser humano y otros fundamentos. Alicia le advirtió: “Si te llegás a marchar a defender esas ingratas islas, olvidate de esta familia, te lo juro por tu hija y tu padre acá presentes. ¿Con qué necesidad siempre andás tentando a la muerte? ¿Es para probar tu valentía o tu estupidez?”.

Fueron inútiles sus advertencias, Julio ya tenía el cuerpo y la mente infectados de patria y estuvieron días sin hablarse, incluidas las treinta horas del viaje de regreso. En la casa del lago el “extrañismo” de mi padre aumentó. Decidió permanecer varios días sin salir de su habitación; era caprichoso y mordaz. Con el anhelo de ser el protector de la patria, le fue carcomiendo la cabeza a mi madre para que le otorgara permiso. Argumentó que se quedaría del lado del continente, que no cruzaría jamás el Atlántico, que sería la última vez y que con esto se liberaría de todo sentimiento de deuda, que volveríamos a vivir en la capital, etcétera. Como ella siempre decía que nadie está atado a un destino, terminó dándole un permiso y volvió a advertirle que si no regresaba sano y salvo, entero y cuerdo, no lo aceptaría, y que hasta me cambiaría el apellido y se iría del país para que nunca nos encontrara.

Mi padre tomó la Guerra de Malvinas como una aventura reivindicatoria de su alma revolucionaria; con esto lavaría sus penas y vengaría el algo indefinible de sus amigos desaparecidos. Quizás tendría algún cable desconectado en su cabeza soñadora, terca, egoísta, siempre con un pie en la tierra y el otro en el aire, despojándose de sus pertenencias por impulsivo y después no tener nada para comer.

Con apenas ocho años me pidió que lo acompañara al muelle. Nos sentamos en la punta, con las piernas colgando, rozando apenas el agua turquesa del Puelo, que nos confesaba. Me abrazó diferente. Sentí su resguardo mezclado de emoción, de incertidumbre. Era una despedida disfrazada de mentiras. Comenzamos a cantar y a jugar con las manos, y mientras ambos nos despedíamos, golpeábamos nuestras palmas enérgicamente para disimular las lágrimas que se escapaban sin poder contenerlas.

“En un convento, borombombón, de San Francisco, borombombón, había una negra, borombombón, y tres negritos, borombombón, mientras la negra, borombombón, cebaba mate, borombombón, los tres negritos, borombombón, hacían bollitos”…

Mi padre partió una tarde de abril; lo acompañamos hasta la estación de trenes de Bariloche. Durante el viaje nos mirábamos a través del espejo retrovisor, él me guiñó un ojo de complicidad y yo le respondí con monigotadas porque era su aliada y su amor. Mi madre se sacó los ruleros y antes de bajar sujetó su cara con bronca y le aclaró: “Por esta estación llegamos a vivir al Sur y por esta estación volverás… Ojalá que la suerte no se canse de ayudarte”.

Nos formamos detrás de una larga fila de otros jóvenes que estaban igual de desconcertados pero entusiasmados. Iban pasando lista. Un sentimiento de terror y una angustia me invadieron y no paraba de llorar, me aferraba entrelazando mis brazos a su cintura. Él me levantó, me acarició y con sus enormes ojos verdes me juró que regresaría a buscar a su princesita y a su amada Ali.

Mezclados en esa aglomeración de familias desesperadas, que entre gritos y súplicas intentaban retener a sus hijos, hermanos, amigos, vimos a mi padre subir al penúltimo vagón. Desde la ventanilla nos lanzamos piropos y tonterías para atenuar la congoja y rogarle al tiempo que esa tortura pasara rápido. Finalmente se escuchó el silbatazo y el tren comenzó a moverse. Me quedé impávida mirando su sonrisa e intenté seguirlo entre la multitud, pero mis pies quedaron pegados hasta que un golpe sórdido en el corazón me golpeó cuando vi pasar el último vagón, salté de la plataforma y corrí por las vías unos metros. Mi madre me detuvo con sus brazos posados en mis hombros, nos quedamos inmóviles con la boca abierta siguiendo la cola del tren por la infinita hilera de durmientes, hasta que ese cuadrado se transformó en un puntito negro que se tragó el azul del cielo patagónico.

Durante varios días no tuvimos más que noticias vagas, así pasaron semanas entre rezos y oraciones al destino para que lo protegiera. Solo recibimos dos cartas de diez renglones, cuya letra mi madre juraba no reconocer, pero por amor y por piedad nunca me lo confirmó. Teníamos una leve sospecha de que alguien escribía las cartas dentro del Ejército, con un modelo genérico para enviárselas a todas las familias; solo cambiaban los destinatarios del principio y el final de la redacción.

“Querida familia, los extraño mucho, estoy muy feliz de servir a la patria y espero volver pronto. Acá en el Sur hace mucho frío pero los recuerdos de ustedes me mantienen alegre y refugiado…”

Hasta que una tarde, cuando regresaba del colegio, mi madre me comentó que mi abuelo nos había llamado varias veces al teléfono a la casa de la familia de doña Ema, y que en unos días vendría a visitarnos. Nos quedó la sospecha de que algo nos ocultaba. Era extraño tantos llamados y ese viaje injustificado. Al llegar a casa prendimos la radio y todo cayó por su propio peso.

“Repetimos: transmite LRA1 Radio Nacional Buenos Aires y LS 82 Canal 7 y todas las emisoras que integran la cadena nacional de radio y televisión, directamente desde la Casa de Gobierno. Comunicado N.º 15 hace saber: que a las 17 horas del 2 mayo el crucero ARA General Belgrano fue atacado y hundido. La dotación del buque es de 1.042 hombres”.

Mi madre se quedó con la vista clavada en la ventana que daba al lago, su espíritu sintió un vacío tan asfixiante que intentó borrar esa corazonada negra de su cuerpo y se desvaneció sobre el piso. Subió sus rodillas, las abrazó temblando de dolor y lloró. Yo la acompañé a llorar sin saber exactamente por qué lo hacía, si mi padre me había jurado volver y debería cumplir esa promesa.

La cruz de mi pecho

Doña Ema apareció como un fantasma al enterarse de la espantosa noticia y, al vernos desconsoladas, nos contó que en la tradición de su gente había un ritual de sus ancestros para evitar que la muerte se llevara a un ser querido. La verdad, no dimensionamos ni tampoco tuvimos lucidez para entender lo que hacíamos, solo nos dejamos guiar por ella. Nos pidió que con el filo de una piedra nos cortáramos el pecho en forma de cruz y que luego derramáramos gotas de sangre en la orilla del lago y arrojásemos la piedra lo más lejos que pudiéramos. Y que tal vez, si aún no era tarde, quizá podría resultar nuestra ofrenda y enviar de regreso a Julio a su hogar. Así fue que marqué mi cruz arriba de mi corazón, al igual que mi madre, y arrojamos la piedra hasta el centro del lago, sin saber las consecuencias que tal vez eso desencadenaría en nuestras vidas.

El lago amaneció aplomado, afónico, con una paz aterradora. Se percibía el suspiro del agua sobre la bruma lechosa. Mi madre, desconsolada, comenzó con la idea de que regresaríamos a Buenos Aires, que ella sola en medio de la nada no se quedaría ni un día más, necesitaba escuchar el ruido de la vida y no este silencio desolador. Estaba harta de Julio, de los hermosos cerros nevados, los bosques fríos, de cortar leña y jugar a la familia Robinson, estaba enloqueciendo de agobio y aislamiento. Recuerdo en las noches, cuando apagábamos la luz y la oscuridad nos incluía sin más condición que la de un elemento más de la naturaleza salvaje, un sinfín de ruidos extraños entraba en mis oídos: pisadas mullidas de animales sobre la hojarasca, el crujido de las maderas de la casa, el silbido infinito del viento que entraba por las hendijas, las ramas y las copas de los árboles que se rozaban violentas como cuernos de ciervos y el silencio sordo del lago. Yo me aferraba dentro de la cama a la cintura de ella y dormía protegida.

Al siguiente día fuimos al destacamento a confirmar la lista de los soldados que habían caído dentro del crucero. Nadie sabía nada con exactitud, nadie ubicaba a mi padre, o nadie quería decir la verdad. Los periódicos y las noticias por la radio eran muy escasos en esos tiempos.

Mi abuelo apareció al día siguiente en El Bolsón y se quedó con nosotras esparciendo su optimismo mientras vendaba nuestros corazones. Cantábamos tangos acompañados por algún instrumento que mi madre improvisaba, inventábamos dulces con los frutos de la huerta, pescábamos con un mediomundo casero durante la noche con una linterna y pedazos de pan, hacíamos trampas con cañas de colihue alrededor de la casa para cazar osos y leones.

Nuevamente, para sorpresa de todos, y como siempre jugando a desafiar el destino, mi padre llamó unos días después desde la base naval del puerto con la confirmación de que estaba con vida, aunque con unos dedos del pie menos. Se los tuvieron que amputar por la hipotermia que sufrió en el bote de rescate que le había salvado la vida, y que lo guareció en ese mar helado y hostil que se había tragado al crucero y a sus compañeros. Pero él estaba feliz como un estúpido héroe, mientras anunciaba que llegaría a casa a festejar en pocos días. Por segunda vez había burlado a la muerte y estábamos agradecidas. Pero doña Ema le decía aterrada a mi madre: “Alicia, con la muerte no se juega y a la muerte no se la tienta”, y “La ofrenda al lago dio resultado, pero siempre algo se lleva a cambio, siempre”. Ninguna de las dos le dimos más importancia de la que creíamos y solo agradecimos su gesto de ayudarnos y traerlo de vuelta a casa. Era inevitable no darse cuenta de que el aroma de la casa ya se había transformado. No era más de madera de pino, de resina fresca ni de brisa de lago. Todo había sido invadido por un extraño olor a tierra fétida.

Volvió mi padre, lo esperamos en la terminal durante horas. Cuando bajó del colectivo, cojeando con actitud inmadura, los tres corrimos a su encuentro; lo abrazamos y nos quedamos en ese impasse de unión. Creo que fue el último. Siempre recuerdo esa imagen, como si la hubieran tomado con una cámara desde el cielo. Esta vez, mi madre estaba harta de aguantarlo, dejó de cantar, se volvió seria, irascible y solo quería alejarse de mi padre, que le había traído siempre tantos disgustos como placeres, y esa ecuación ya no le cerraba. Aborrecí tanto a mi padre con apenas ocho años. A veces lo culpo de todas mis desgracias. Me gustaría haber tenido más edad para entenderlo, o para golpearlo con los puños cerrados tanta veces como fuera para hacerlo madurar. Era un sentimiento extremo y simultáneo de amor y odio.

Corría 1984, varios de sus amigos de la fraternidad, al ver que la democracia instauraba nuevamente al país y regresaba la libertad, comenzaron a volver a sus raíces, otros migraron y apenas quedó un puñado de ellos desparramado por las cercanías de El Bolsón. Mis padres de a poco fueron despidiéndose de una época hermosa que los mantuvo contenidos y felices dentro de esa comunidad. Durante los meses de ese invierno permanecimos los cuatros unidos, disfrutándonos. Mi “Enri” dormía conmigo en la habitación y roncaba como un animal, pero ese sonido en vez de fastidiarme me mecía y me acostumbré a dormir con sus gruñidos. A mi abuelo, con su ojo de médico, le pareció que Alicia estaba diferente, así que la examinó y le mandó hacer unos estudios. Mi madre, por tantas tristezas juntas y por no tener la experiencia para defenderse de tantos dolores, perdió las defensas. Comenzó a gestarse en ella un silencioso fantasma que fue apoderándose de su cuerpo. Mi padre, inquieto como siempre, aunque caminaba con dificultad por la falta de algunos dedos, construyó un hermoso bote con maderas de la zona. Veía que mi madre tomaba remedios y a veces la acompañaba al hospital, pero nunca dimensionaba lo que estaba pasando. Apenas entró la primavera, a mediados de octubre, dimos el primer paseo por el lago. Era un sábado soleado y tranquilo. Remamos durante la mañana, nos tomamos unas fotos que aún conservo como un gran tesoro. Al mediodía salimos almorzar a la cantina del centro del pueblo, como solíamos hacer los fines de semana. Me trajeron mi postre preferido, con vainillas, chocolate y nueces, pero no alcancé a probarlo porque irrumpió desesperadamente un mozo del restaurante para informarnos que mi madre se había desmayado dentro del baño.

La internamos de urgencia en el hospital de El Bolsón, mi abuelo comprendió que nos había ocultado su enfermedad demasiado tiempo. Pero no era momento para reproches. Estuvo en un estado de inconsciencia farmacológica durante semanas y en el que solo por momentos brotaba un tallo de lucidez, salud y expectativa. Yo, todos los días, religiosamente, salía del colegio y pasaba a verla, y allí me quedaba observándola, inmóvil, nadie del cuerpo médico me negaba el acceso por más que estuviese fuera del horario de visita. Almorzábamos juntas cuando podía, me ayudaba con los deberes de matemática o me quedaba monologando simplezas: que dormía en la cama grande con papá para que él no se sintiera solo y que había aprendido a limpiar la casa y hacer comida para ayudarla cuando regresara. Sabía perfectamente que eso no pasaría por un largo tiempo o nunca, sin embargo necesitaba mentirle y mentirme para alivianar la realidad. Mis tías, por enojo, dejaron de hablarnos, nos culpaban por ocultarles la verdad; mi madre tampoco nos lo había contado hasta que fue muy tarde. Su hermana Betty había tomado licencia en su trabajo para quedarse una temporada cuidándola, pero mi madre se le adelantó.

El 29 de octubre mi padre se sentó en un costado de su cama y acarició su cuello, ella lo reconoció inmediatamente y se fueron despidiendo con la mirada. Su alma ya andaba corriendo por otros lugares inexactos, infinitos. Me acurruqué como un pájaro en el poco espacio que quedaba de su cama, me abrigué con el exiguo calor que aún tenía su cuerpo, porque los vientos del Sur inexorablemente lo enfriaban minuto a minuto. Intuí su corazón cansado, que bombeaba los últimos quejidos, entonces entrelacé mis dedos con sus nudillos y llevé sus manos a mi pecho, hice puchero con mi boca y lloré en silencio para no despertarla. Seguramente, se emocionó por tanto amor que fue allí que sintió un vacío tan vacío que mi madre se abandonó y rodó por un precipicio inevitable, hasta topar con el halo de su amor que la atrapó en el aire y la sopló liviana, traslúcida, y se unió al infinito sin pedir permiso.

Me costó soltarle su mano, tenía miedo de quedarme tan sola ante un destino incierto y desolador. Lloraba de impotencia al sentir tan rápido su ausencia, era pavoroso imaginar cómo mi madre se me escapaba sutilmente como un secreto en la oreja o como el agua de un río que se pierde cuando uno simplemente abre los dedos.

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Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
22 oktyabr 2025
Həcm:
242 səh. 4 illustrasiyalar
ISBN:
9789874188717
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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