Kitabı oxu: «Presente imperfecto»


Presente imperfecto
Nando López
Ilustraciones de Rubén Chumillas

Primera edición: noviembre de 2021
PRESENTE IMPERFECTO © 2021 Nando López
Representado por la Agencia Literaria Dos Passos
© ilustraciones del interior y de la portada: Rubén Chumillas
© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.
Publicado por Dos Bigotes, A.C.
www.dosbigotes.es
ISBN: 978-84-124023-2-2
eISBN: 978-84-124023-8-4
Depósito legal: M-27132-2021
Impreso por Kadmos
www.kadmos.es
Diseño de colección:
Raúl Lázaro
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El papel utilizado para la impresión de Presente imperfecto es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.
Impreso en España — Printed in Spain
Índice
PRIMERA CONJUGACIÓN
Rebobinar antes de devolver
El juego
Las leyes de Tántalo
La huida
SEGUNDA CONJUGACIÓN
Despedida (intento de)
El tobogán más feo del mundo
El pañuelo
Chueca
TERCERA CONJUGACIÓN
4 de julio
Todo va bien
La piel y la aritmética
«Maricón de qué»
A mis «yoes», porque sin vosotras y nuestras risas, el presente —más que imperfecto— sería improbable.
Y a Juan, por cada sueño y cada día que seguimos conjugando juntos.
«Había cumplido su deseo, había nadado a través del condado, pero estaba tan embotado por la fatiga que su triunfo carecía de sentido».
El nadador, John Cheever
presente
1. adj. Que está delante o en presencia de alguien, o concurre con él en el mismo sitio.
2. adj. Dicho del tiempo: que es aquel en que está quien habla.
3. m. Obsequio, regalo que alguien da a otra persona en señal de reconocimiento o de afecto.
4. m. Gram. Tiempo que sitúa la acción, el proceso o el estado expresados por el verbo en un lapso que incluye el momento del habla.
5. m. Gram. Forma gramatical que corresponde al presente. Diccionario de la RAE
PRIMERA CONJUGACIÓN
reencontrar(se)
1. tr. Volver(se) a encontrar.
2. prnl. Dicho de una persona: recobrar cualidades, facultades, hábitos, etc., que había perdido.

Rebobinar antes de devolver
rebobinar
1. tr. Referido a una película, desenrollar la cinta de una bobina para que se enrolle en la otra.
El mensaje llega, como todos los que importan, en el momento inadecuado. Justo cuando empiezo a instalarme entre reliquias que debía haber dejado en el piso anterior y que mi nostalgia se ha traído hasta aquí. El sonido del móvil hace eco entre las paredes de este apartamento lleno de cajas que ahora mismo no sé si deshacer o desahuciar y, mientras lo decido, miro la pantalla esperando encontrarme otro de los reproches que Iván y yo nos hemos cruzado estas semanas.
La nuestra debería haber sido una ruptura modélica, pero ni siquiera la unanimidad de la decisión nos ha salvado de las mezquindades en que nos habíamos prometido no caer. A él no pienso decírselo, porque hasta yo tengo mis límites a la hora de inmolarme, pero una parte de mí le agradece que me haya permitido desprenderme del esfuerzo cortés con que nos hemos empeñado en disfrazar esta situación en la que ninguno de los dos acaba de sentirse bien. Ni quien lo ha decidido —él— con la convicción de que ya no nos hacíamos felices, ni quien ha tenido que asumirlo —yo— con la duda de si alguna vez hemos llegado a serlo.
Alcanzo mi teléfono con dificultad entre las dos cajas repletas de películas y libros donde sospecho que debe de haberse venido conmigo algún ejemplar que no me pertenece. Intento no tropezar con ellas a la vez que me pregunto cuánto tardará Iván en hacer un listado de los títulos que falten en el que ahora es su (y antes fue nuestro) estudio, el rincón del piso que decidió que le pertenecía y en el que mis libros vivían como rehenes entre los que él acumulaba con más ahínco del que ponía en leerlos. Incluso llego a sospechar que ese inventario de hurtos inconscientes pueda ser el contenido del mensaje que acabo de recibir y que, para mi sorpresa, ni siquiera firma Iván.
Es breve y conciso, así que deduzco que su escritura ha sido meditada. De lo contrario, es probable que su emisor hubiese acabado perdiéndose en un texto tan largo y farragoso como la respuesta que me dispongo a improvisar.
«Te he encontrado por casualidad», miente después de un escueto «hola» y, a continuación, añade un «soy Daniel Martín Hernández» que leo con la misma musicalidad monótona con que sonaban nuestros nombres al pasar lista en clase.
Quizá sí que haya sido el azar el culpable que lo ha traído hasta mi móvil en medio de la marejada de stories anodinas que solo recorro en busca de indirectas, alusiones más o menos sexuales o, según los casos, incluso interferencias. La posibilidad de lo fortuito resulta verosímil, aunque mi ego, tan desordenado como este apartamento de muchos menos metros cuadrados de los que requiere mi ansiedad, prefiere creer que miente.
«Hace mucho que no sabía de ti, Raúl, ¿te apetece que nos pongamos al día con un café?».
En otras circunstancias, si no estuviera leyendo su proposición encima de una caja donde acabo de descubrir los primeros libros intrusos que me costarán la siguiente discusión con Iván, le diría que no. Siento un rechazo inmediato por las expresiones que cosifican las relaciones, abaratándolas como si fueran una tarea pendiente más. Por supuesto, declinaría su invitación afirmando, siendo fiel a mi costumbre de evitar el conflicto y convertir en promesas de futuro lo que no es más que una sucesión negativa de presentes.
Ya quedaremos. Ya nos veremos. Ya hablaremos. Ya te escribiré.
Un futuro que en lo gramatical es imperfecto y en lo vivencial, mentiroso: una falacia que, dependiendo del interlocutor, tarda un plazo variable en desvelarse.
«Eso es lo que menos me gusta de ti», se desahogó Iván el domingo que acordamos para empaquetar lo poco que quedaba en el que había sido nuestro piso, «me asquea que hayas acabado incorporando —así lo dijo, como si yo en vez de su pareja fuese un sistema informático— el cinismo que siempre hemos criticado».
A mí me asqueaba que no hubiera elegido un verbo menos repulsivo, pero en medio del naufragio no parecía sensato buscar auxilio entre matices léxicos cuando lo único que urgía era salir cuanto antes para ponerse a salvo. Además, para mí el cinismo tiene que ver con quienes me metieron en su cama prometiendo algo que no iban a cumplir. No con quienes entran en la mía con la certeza de que lo único que obtendrán es exactamente aquello que les he propuesto. Pero él encontró en la confusión de ambas circunstancias una excusa perfecta para no admitir que no soportaba haber incorporado esa apertura en la que creíamos haber estado de acuerdo y que ahora, en su acelerada caída por la pendiente del aburguesamiento, le estorbaba.
«No tiene nada que ver con que te tires a otros tíos, joder, tiene que ver con que los manipulas para follártelos».
Si no hubiera estado tan cansado, porque el esfuerzo de dividir los objetos devino en una metáfora demasiado tangible de la vida que estábamos desguazando, habría respondido a su exabrupto. Pero como había puesto todas mis energías en contener las evocaciones que me atacaban desde cada estantería con sadismo proustiano, me limité a contestar con uno de los que él llama mis silencios elocuentes. Un gesto que, como casi todos los hábitos que construyen una relación, pasó pronto de ser un guiño cómplice a convertirse en un tic molesto. La misma capacidad para decir sin articular palabra, que había transformado nuestro primer encuentro en la promesa de una conexión profunda, acabó transformándose en el inicio de la incomunicación que nos aislaría en nuestros respectivos laberintos.
«Juegas con ellos, Raúl. Juegas a ofrecerles posibilidades que no son reales con tal de mantenerlos a tu alrededor. Siempre en el centro. No vaya a ser que Narciso se quede sin hombres en su espejo con los que acostarse».
Me molestó la metáfora mitológica, no tanto por su innecesaria repelencia como por el hecho de que, al elegirla, Iván había mostrado un repentino desconocimiento de mí mismo y, en particular, de todas las inseguridades que le había llegado a confesar durante el tiempo que habíamos compartido. Tal vez si no me hubiera dolido corroborar que no había modo de pasar desde mi laberinto hasta el interior del suyo, le habría explicado que yo no manipulo a nadie. Que solo empleo las estrategias justas —ni siquiera con demasiado esmero— para lograr mi objetivo y conseguir esos instantes compartidos en los que la piel vuelve a ser piel, esos momentos en que disfrutar de la torpeza de los otros me hace desear con fuerza la afinada precisión de la nuestra. El ritmo conseguido a su lado gracias a los años juntos y al conocimiento de un cuerpo que, si bien impide la novedad, a cambio nos permite la pericia y hasta el egoísmo consentido.
Pero él habría entendido mi respuesta como una justificación que yo no pretendía ofrecerle, así que me callé y tampoco aludí a cómo su obsesión por avanzar —signifique eso lo que signifique— me había empujado justo en la dirección contraria. Buscando modos de escabullirme de ese deseo de paternidad que a él había empezado a obsesionarlo y que lo llevaba a estaciones —matrimonio, familia, adopción— que no sé si quiero visitar. Quizá si me hubiese dejado pensarlo, si no hubiese impedido que siguiese siendo yo mientras aprendíamos a ser nosotros, habría acabado sustituyendo las notables ventajas que aún le veo a la apertura por la voluntad de satisfacer deseos que no sé si comparto. Pero como temía que hablar desembocara en acusarnos, me apresuré a empaquetar mis cosas para salir de aquel piso cuanto antes. Por eso, si aquí hay alguno de sus libros, la culpa es solo suya, me repito mientras respondo al mensaje de Dani con un inesperado «qué tal mañana».
Me arrepiento nada más darle a enviar, pero, por mucho que lo intento, no encuentro en esta aplicación ningún modo para deshacerlo y borrar mi texto. Debía haberle pedido su WhatsApp, así me habría evitado la vergüenza de tener que cancelar el encuentro cuando llegue la hora que él se apresura a fijar y ante la que sé que padeceré de mi síndrome del abandono entre cuarenta y cincuenta minutos antes.
No se trata de un diagnóstico científico, ni tan siquiera de una apreciación mínimamente fiable, pero forma parte, junto con mis silencios elocuentes, del idioma que construí con Iván y que ahora no sé si debería eliminar para siempre de mi vocabulario. Bastante complejo ha resultado determinar a quién le correspondían los objetos como para dirimir a quién le pertenecen las palabras.
«Allí estaré», respondo en un futuro que en esta ocasión es imperfecto por ser temerario, mientras me arrepiento de haber recurrido a un síndrome al que puso nombre Iván para el reencuentro que me propone Dani.
Él no puede saber que mi síndrome del abandono consiste en mi tendencia a hacer fracasar en el último momento —y por culpa de mi desidia— un encuentro, un proyecto o cualquier otra iniciativa que involucre a más gente y que, quizá por eso mismo, me hacía estremecer cada vez que Iván aludía a su sueño de ser padre. Ni siquiera creo que Dani, si me recuerda del modo en que yo lo recuerdo a él, piense en la abulia como uno de mis rasgos. Sospecho que en su memoria seguiré siendo el adolescente esforzado de notas más bien altas y perfil social más bien bajo a quien conoció en segundo de BUP y al que, desde que sus caminos se escindieron en COU, no ha vuelto a ver.
Habría sido sencillo buscarse, pero durante un tiempo pensé que si no lo hicimos fue porque habíamos intuido que estábamos equivocándonos. O que acabaríamos haciéndolo si seguíamos transitando ese camino impreciso entre lo que parecía unirnos y lo que nos había terminado distanciando.
Con Iván nunca hablé de Dani. Ni con ninguna de las dos parejas que precedieron a Iván y que, en mi biografía emocional, ocupan los tres únicos lugares que se merecen nombre propio. No sé si tres es una cifra elevada o ridícula, si he alcanzado la media de fracasos conyugales que debería haber cumplido todo hombre de cuarenta y pocos o si el hecho de haber centrado mi atención en el bagaje sexual —que arroja una cifra mucho más abultada— ha lastrado las posibilidades del sentimental. De acuerdo con Iván, eso sería cinismo. A mí, sin embargo, se me antoja que no es más que la consecuencia de ser coherente con mis prioridades y no acabo de entender por qué, después de seis años de relación, ahora le parece tan inapropiado que me reivindique como alguien que no concibe vivir sin alimentar su instinto.
En la foto de perfil no hay una imagen de Dani. Y, por mucho que la amplío, no logro adivinar de qué se trata. Quizá un paisaje. O un detalle de un cuadro. Los colores y las formas resultan confusas y abigarradas, así que sin contexto soy incapaz de interpretar el contenido ni, mucho menos, de obtener una imagen actualizada de mi interlocutor. Podría buscarlo en Twitter, o en Facebook, o incluso optar por una opción tan escasamente excitante como la de LinkedIn, pero no hacerlo me permite responder al Dani de los quince, al de las camisetas blancas con el logo de Adidas, las deportivas gastadas y los Levis 501 que no se quitó desde el mismo día en que, por fin y tras mucho insistir, se los regalaron.
Venzo la tentación de enviarle una solicitud que me permitiría asomarme a lo que esconde bajo ese candado. Prefiero escribirle desde el compañero de clase que aún hoy lo recuerda como un adolescente moreno, alto, con gafas diminutas y brazos más fibrosos que la media que, lamentablemente y para disgusto de quienes habríamos disfrutado con otro tipo de atuendo, ocultaba bajo su habitual combo de sudadera holgada y cazadora vaquera más amplia todavía.
Hablar con ese Dani desde el yo que fui entonces me divierte más que con el que se oculta hoy bajo un perfil privado. Incluso me excita. Tanto que tengo que buscar un lugar entre las cajas que quedan sin abrir para sentarme y apoyarme contra la pared. Me hace sonreír la erección que me provoca la idea de responder a su mensaje y hasta tecleo algo que sé que no voy a enviarle mientras deslizo mi mano dentro de mi pantalón y noto el sexo casi tan duro como la primera vez que nos quedamos solos en su casa.
Analizada desde la distancia, esa era una de las ventajas de ser un adolescente gay en los noventa. Nadie veía peligro en la soledad doméstica que mi hermana, sin embargo, jamás pudo tener con ninguno de sus novios.
Y esa, vivida entonces, era también la maldición de cumplir quince siendo gay en aquellos años. Aprovechar la ocasión requería usar palabras de un idioma que, educados en la invisibilidad, no habíamos empezado a construir.
No sé si él lo notó entonces. Ni si habrá vuelto a pensar en ello al cabo del tiempo. Su mensaje de hoy, sin embargo, parece responderme que sí. Que, al igual que yo estoy a punto de hacerlo, no es la primera vez que se masturba con el recuerdo de una tarde que, quizá porque no tuvo lenguaje, acabó transformándose en uno de esos instantes a los que se regresa cuando el sexo que nos ofrece el ahora es mucho más mediocre que el que nos hemos encargado de idealizar.
Incluso cuando no era.
Dejo el móvil a un lado y, sin contenerme, decido quitarme los pantalones mientras pienso en todas las respuestas que no sé si voy a escribir. El teléfono, desconsiderado, vibra con fuerza y permite que llenen su pantalla el nombre y la imagen con que he actualizado esta misma mañana el contacto de Iván.
Se me hacía raro verlo irrumpir encarnado en esa fotografía que nos hicimos cuando empezábamos, sentados en uno de los bancos del Retiro donde nos gustaba besarnos en público para paliar todas las ocasiones en que, mucho antes de conocernos, no nos habíamos atrevido a hacerlo. Eso —pienso mientras silencio el móvil— Iván y yo tampoco lo hemos hablado nunca, pero tal vez no habría sido mala idea analizar si todo lo que hemos vivido juntos nació de lo que nos unía o de lo que, en nuestra adolescencia, nos habíamos robado.
Con Manuel y Teo, los anteriores, no llegué a dar el paso de la convivencia, así que no fue necesario distanciarse de la rutina que, en el caso de Iván, alejábamos coescribiendo la comedia romántica que nuestro yo quinceañero habría imaginado, el mismo que se distraía en la clase de Latín cuando Dani, por culpa del calor de un aula en la que siempre hubo más alumnos que espacio, se quitaba la sudadera para quedarse en mangas bajo su eterna camiseta blanca.
Podría escribirle todo lo que ahora mismo imagino, todo lo que en este momento estoy recordando, pulsar en la solicitud de seguimiento y permitir que la conversación desemboque en una llamada o, si así lo prefiere Dani, en una conexión donde vernos y dejarnos llevar a través de las cámaras. Pero ese sexo inmediato no solo pondría en peligro el café de mañana, sino también las imágenes pasadas, los fotogramas que me obligan a seguir acariciándome en busca del morbo que dominaba a aquel chico asustado e inseguro que no sabía si lo que estaba sucediéndole se podía decir. Ese adolescente que, después de una tarde confusa y decepcionante, no se atrevió a decirlo.
«Mejor te vas ya, ¿no?», me despidió Dani aquel día.
Ahora, su brusquedad hasta me resulta tierna si la comparo con las frases que yo mismo he llegado a decir a los hombres que he conocido en barras y aplicaciones, en vagones y en parques, en algunos bares de La Latina y en ciertas reuniones de trabajo. «Podrías hacer un catálogo con todos los tíos que te has tirado», me espetó Iván poco antes de que esa capacidad mía de socialización dejara de ser lo que lo había seducido para convertirse en el fantasma que ponía en jaque su confianza. Me pregunto cómo calificaría él, desde su baremo de toxicidades, la abrupta despedida de Dani aquel viernes en el que habíamos quedado en su casa para ver juntos una película.
Y eso fue lo que hicimos: ver una película.
Mañana, si mi síndrome del abandono no se impone, deberíamos reírnos de la obediencia con que cumplimos todos y cada uno de los pasos en aquella sesión de cine casero. Desde las monedas con que pagamos el alquiler del VHS a los minutos que, tras ver aquel film, Dani y yo pasamos rebobinando la cinta tal y como demandaba la carátula del videoclub. Es curioso que, tantos años después, no recuerde qué vimos —estoy seguro de que cualquier título que mencione aquí será un intento tramposo por anclar ese recuerdo en una referencia válida o, peor aún, idealizada—, pero sí puedo revivir la sensación de esos instantes en que, sin saber qué decirnos, solo oíamos el ruido de los cabezales del vídeo al girar y, sobre él, el de nuestra propia respiración.
Sentados en su sofá, reclinados sobre las horrendas fundas de ganchillo que lo cubrían, ambos tuvimos la oportunidad de acercarnos ligeramente, hasta de arriesgar aproximando la mano lo bastante como para comprobar si era posible que nuestros dedos se acabaran enlazando y siendo así el preludio de lo que deberían haber hecho nuestros labios. Tal vez habría ocurrido si, antes de alquilar esa película, hubiésemos tenido el coraje de decirnos a nosotros mismos quiénes éramos. Si el tiempo que perdí mirándome al espejo y pensando cuál de mis sudaderas me haría parecer más atlético, lo hubiese destinado a asimilar por qué la idea de entrar con él en el videoclub y, cuando no estuviesen sus padres, en su casa me excitaba tanto. También nos habría ayudado elegir una película algo más extensa, cuyo rebobinado durase todos los minutos que requeríamos para que nuestras manos entablaran el diálogo que los dos habríamos querido comenzar. Lamentablemente, como el cine de los noventa no solía transgredir los sanos límites de los cien minutos, la cinta se detuvo antes de que nos atreviésemos.
«Me voy, sí», respondí dando muestras de una innegable agudeza dialéctica para las situaciones de alto calado emocional.
Busqué mi cazadora mientras Dani guardaba la película en su caja con una expresión en la que pude leer mi propia frustración. Si hubiera ocurrido unos años después, no le habría permitido abrirme la puerta, ni me habría dejado guiar hasta ella. Antes habría intentado probar suerte con uno de esos roces que, aunque se finjan fortuitos, nunca lo son. O incluso habría expresado un insolente «¿y nada más?» que hubiese dado pie a las acciones que le faltaron a nuestra casta sesión cinematográfica.
Con el tiempo, después de que la universidad fuera una excusa para perder el contacto que había comenzado a debilitarse aquella misma tarde, ese instante que no sucedió se convirtió en uno de mis refugios habituales. Un espacio al que regreso cuando me agota la evidencia a la que he llegado a acostumbrarme y necesito recuperar esa ambigüedad en la que a veces invento que hicimos todo lo que no hicimos aquella tarde.
Mañana puede que se lo pregunte. Aunque dudo que su versión sea más fiable que la mía. Ignoro si su relato describirá cómo se desplazaba por el sofá sin que pudiera saber si buscaba alejarse de mí o, por el contrario, trataba de aproximar sus piernas a las mías. Si estuviera inventándolo, esas piernas irían enfundadas en un pantalón deportivo muy corto, lo bastante como para lucir esa musculatura que le hacía sobresalir en las clases de Educación Física —entre nosotros, gimnasia— y que, sin embargo, él nunca exhibía. O porque no era consciente de su propio cuerpo o porque hacerlo podía ayudarme a interpretar de un modo distinto sus oscilaciones en el sofá.
«Me hace ilusión verte», me escribe. Y justo cuando parecía posible, añade un «jeje» (esa maravillosa interjección que o bien no significa nada o bien solo cabe traducirse por tienessitio-erespasoact-paracuándobuscabas) y un emoticono (¿el del gorrito de fiesta y el matasuegras?, ¿en serio?) que, de repente, lo banalizan todo. No son más que un par de detalles seguramente insignificantes y ni siquiera puedo explicar por qué me molestan tanto —«ni tú mismo te entiendes», me despidió Iván cuando acabé de cerrar la última de mis cajas—, pero me resultan suficientes para alertarme de los riesgos de cambiar nuestra memoria analógica por un remake digital.
Acaba de exiliarme de ese cuarto, de esa película para la que no tengo título y hasta de esos minutos en que el ruido desabrido y hosco del rebobinado acompañó las dudas con que me mordía el labio, pensando si Dani me había invitado para compartir solo lo que había ocurrido o para que nos atreviésemos a lo que, si la cinta dejaba de girar antes de que yo tomase la iniciativa, ya no iba a suceder.
No sé si me molesta más ese recurso a una síntesis gráfica que infantiliza cualquier tentativa de diálogo o la segunda llamada perdida de Iván, que al final opta por dejarme un audio de más de dos minutos en el que, tras una introducción que se finge diplomática, incluye el listado de libros que me he llevado por error porque, apostilla, está seguro de que no puedo ser tan mezquino como para habérselos robado.
Sonrío, esta vez sí, con cinismo, al comprobar que él también ha incorporado ese modo de confundir lo que se afirma con lo que se niega y me concentro en el posible café con Dani para que no me hieran el «mezquino» y el «robado» de su mensaje.
A su audio —que escucho a doble velocidad para distorsionar su voz tanto como hemos llegado a distorsionar nuestra relación— suma una captura del cuaderno donde ha anotado, uno por uno, los títulos ausentes, con esa cargante perfección suya que lo lleva a incluir también autoría, editorial y hasta lugar y año de publicación. «No urge», termina diciendo, «pero no me gustaría que te olvidases».
¿De los libros? ¿De él? ¿De —si es que lo fuimos— nosotros?
Desconcertado ante su calculada ambigüedad, respondo con un escueto «esta semana te los devuelvo» antes de darle la vuelta al móvil, dispuesto a no permitir que nadie —ni Iván con sus exigencias, ni Dani con sus interjecciones— interrumpa el recuerdo en el que he decidido instalarme.
Cierro los ojos y me dejo llevar mientras busco de nuevo mi sitio en ese sofá junto a un compañero de clase en quien la erección es cada vez más evidente. Noto un temblor que creía lejano y que tal vez tiene que ver con el acné inoportuno, con el cuerpo desgarbado que, use la sudadera que use, me devuelven todos los espejos, con el esfuerzo público por ser sin que se note cómo soy de verdad. Y mi mano, que ahora está en mí, se posa con decisión sobre su cintura, desanudando la lazada que sobresale del elástico de su pantalón y buscando el modo de convencerlo de que no me detenga justo cuando estoy a punto de bajar hasta él y probar su miembro endurecido con mi boca aún pringosa de las palomitas y la Coca-Cola. Es necesario hacerlo bien, a pesar de los nervios y de la inexperiencia, para que no me aparte con la fuerza de la que dan cuenta sus triunfos deportivos y en la que somos evidentemente desiguales. La misma fuerza con que espero que sea él después quien desabroche mis vaqueros y agarre el sexo que ahora, por culpa de ese sofá y de ese VHS, está a punto de desbordarse.
Intento convencerme de que, si no hubiese sido por su interjección y su emoticono, mañana acudiría, pero hasta a mí me resulta ridículo escudarme en una excusa que apenas enmascara los verdaderos motivos por los que no quiero compartir pasado ni café con él. Quizá sea culpa de Iván, de ese «mezquino» que ha usado en su mensaje, o de esos libros que me he traído conmigo porque, tras haberlos recorrido a su lado, hoy se hallan en la frontera de lo que, como nuestro fracaso y nuestra memoria, nos pertenece a los dos por igual.
«Mejor no rebobinar, ¿no te parece?».
No estoy seguro de si Dani habrá entendido todo lo que pretendía decirle, porque ni él vuelve a responder ni yo encuentro valor para preguntar. Sin embargo, quiero creer que lo que me atraía de aquel chico era algo más que un físico que siempre lo hizo parecer un par de años mayor que el resto. Algo que, aunque entonces no supiera expresarlo, tenía que ver con esa forma de hablar a pesar del hermetismo que, después de él, he buscado en todos los hombres con quienes he seguido inventando y ampliando nuevos códigos a lo largo de mi vida.
Espero el tiempo necesario frente al teléfono antes de cerciorarme de que el silencio es, en ambos, su única respuesta.
El mensaje en visto de Iván, que me hace sentir culpable por razones que exceden su torpe excusa bibliográfica y a quien le aseguro, por segunda vez, que le haré llegar los libros robados —acotación intencionada— lo antes posible.
Y el mensaje sin contestar de Dani, que me otorga así el don de seguir rebobinando nuestra escena tantas veces como lo necesite. Un recurso que ahora que tengo que comenzar a ser de nuevo —¿la adolescencia no era eso?— puede que me sirva de amuleto en medio de una vida adulta que ha resultado estar más llena de prosa y de cajas que de giros argumentales satisfactorios.
Le agradezco, mientras despliego el futón que de momento será mi dormitorio, que no me haya preguntado por qué no le he pedido desvelar las imágenes bajo su candado. Por qué no me sentaré mañana a tomar ese café. Y por qué no dejaré que quienes somos hoy hagan algo que envilezca lo que hicieron, aunque no creyésemos que lo estuvieran haciendo, quienes fuimos entonces.
Bastante derrota he traído conmigo en estas cajas como para robarme también las únicas victorias que, gracias a que no sucedieron, nadie podrá arrebatarme jamás.
El juego
regresar
1. intr. Volver al lugar que se abandonó.
Fui la primera en irme y he sido la última en regresar. Ni siquiera me habría molestado en hacerlo si mi hermano no hubiera mencionado las primeras ediciones que, según él, aún seguían apiladas en su estudio, en la misma vitrina cerrada bajo llave en la que habían permanecido siempre.
—Tú verás si las quieres, Alba.
—¿Para qué?
—No sé. Para venderlas. Algunas puede que sean valiosas.
—Lo dudo mucho… Siempre fue bueno dándole importancia a lo que no la tenía.
—De todas formas, deberías echarles un vistazo. Por si acaso.
—¿Y lo demás?
—Lo demás no vale nada. Ya he hablado con una empresa para que se lo lleven todo. Cuanto antes podamos vender, mejor. Y esa casa, tal y como está, llena de trastos y con una reforma pendiente, no la quiere nadie.
Nada más bajar del taxi que me ha traído de vuelta hasta aquí, compruebo que el deterioro al que aludía Lucas es evidente. Los muros revelan la desidia que ha habitado este lugar en las últimas décadas y, tras esforzarme por comparar su estado actual con el que presentaba hace veinte años, me pregunto cómo es posible que no guarde memoria de cómo era esta casa el día en que me marché. No sé si la cal dejaba apreciar las mismas grietas que hoy tan solo cubre una vegetación descuidada y anárquica que invade la fachada con la misma contumacia con que las miradas ajenas recorren mi cuerpo.
Finjo no percatarme del susurro coral que, tras las ventanas próximas, despierta mi presencia en el pueblo y busco nerviosa la llave que me ha prestado Lucas y con la que sustituyo la que abandoné aquella madrugada en la mesa del despacho, justo frente a los libros que hoy me traen de nuevo al único lugar donde no tiene sentido regresar.
Por suerte, la llave gira rápido y logro entrar antes de que una voz que me resulta lejanamente familiar me detenga. Soy consciente de que mi decisión de no darme la vuelta será comentada por el mismo murmullo que confía en que alguien dé el paso de acercarse hasta mí en busca del testimonio con que completar nuestra historia, pero la única ventaja de haberme escapado como una fugitiva es que hoy ni siquiera siento que sea yo quien de verdad está aquí, así que puedo comportarme como la extranjera en que me he convertido y que no debe más explicaciones que las que ella misma quiera exigirse.
Tienes dieciocho años, muchas dudas y un billete arrugado de autobús en el bolsillo.
Has imaginado tantas veces este momento que ahora solo echas en falta el arrojo con el que habías esperado vivirlo, la seguridad con que aprovechabas el silencio de la noche para dejar atrás el suelo que quema bajo tus pies y que hoy, sin embargo, te detiene, alertándote de la distancia entre el plan concebido y el viaje real, el tramo que separa la persona que imaginas de la quizás eres y a la que le cuesta emprender el camino sin preguntarse si está tomando la decisión correcta.
Lo sea o no, convencerte de que lo has resuelto tú se vuelve imprescindible para no reducirte más de lo que ya lo hacen estas paredes que hoy recorres a oscuras, cargada con una mochila en la que hay más ganas de comenzar una vida que herramientas para lograrlo. No tardarás en descubrir que todo cuanto has guardado en ella es inútil, porque pronto preferirás la incomodidad a tener que recurrir al pasado para vencerla. Cuanto llevas contigo será el testimonio de un origen que pretendes borrar, tratando de deshacer tus huellas con la misma furia con que pretenderás sacar su nombre de tu cabeza. Esa memoria que esta noche forma parte de tu escueto equipaje y que, cuando el autobús arranca, reclama su propio espacio en el asiento de al lado.
Estiras las piernas y te acurrucas contra la ventanilla, con el único fin de impedir que alguien más pueda sentarse junto a ti, pero tus demonios son capaces de doblarse sobre sí mismos tantas veces como sea necesario hasta que su presencia resulta inevitable, tan obvia como para que te plantees por primera vez si este éxodo tiene sentido. Si existe algún destino en el que puedas dejar atrás todo lo que ahora te mueve como un resorte, impidiéndote conciliar el sueño a pesar de que cierras los ojos y te esfuerzas por buscar una calma que, esta noche, no va a llegar.
—No sé por qué no me sorprende…
—¿Es lo que esperabas? —me pregunta Lucas mientras señala los libros que voy sacando de la vitrina que el viejo custodiaba con tanto celo.
—Supongo que sí —admito—. Esperaba que no dejara de decepcionarnos nunca. Y eso es justo lo que he encontrado.
Ni uno solo de los ejemplares que tengo ante mí posee el valor bibliófilo que él, cuando aludía a ellos, les atribuía. No solo no son primeras ediciones, sino que apenas podrían catalogarse como rarezas, así que el hecho de que las guardase bajo llave cuando Lucas y yo éramos niños solo puede explicarse por su voluntad de crear una ficción que ahora, como todo lo que hay en esta casa, también se desarma.
—A lo mejor deberías pedir una segunda opinión —sugiere mi hermano—. Tampoco eres ninguna experta.
Finjo no haber escuchado su comentario para evitar una réplica que vuelva la situación aún más incómoda. Si quiero que terminemos pronto de vaciarlo todo necesito centrarme en la acción y esquivar la tentación de remontarme a explicaciones de un pasado que llevo años tratando de reparar. Así que me ahorro la alusión al momento en que tuve que irme y a cómo eso lo truncó todo, porque ya no era factible seguir el cauce convencional y cómodo que me había propuesto —licenciatura, máster, doctorado—, en un orden que, según nos habían contado, conducía indefectiblemente al éxito.
Después de mi marcha, la supervivencia primaba sobre mis veleidades academicistas, así que mi recorrido universitario se volvió más pragmático y, sobre todo, agónico, mientras salía adelante con trabajos basura que apenas llegaban para el alquiler. Si hiciera mención a cualquiera de esas circunstancias con las que justifico que mi situación actual solo pueda calificarse de gris, Lucas sacaría a relucir el rencor que me guarda desde entonces y convertiría mi marcha en un acto voluntario.
Tú elegiste. Tú decidiste. Tú optaste.
Emplearía cualquiera de los verbos con que lleva golpeándome en cada una de las contadas discusiones que hemos mantenido en estos años. Tampoco han sido muchas. Solo las estrictamente imprescindibles para definir nuestras posiciones y dejar claro quién cree y acusa a quién. Y Lucas no cree —y sí acusa— a la hermana que se escabulló de esta misma casa una semana después de cumplir de los dieciocho, la hermana que ahora no tiene derecho a quejarse de su presente porque fue la misma que, de todas las alternativas posibles, se inclinó por el abandono.
—¿Estás segura de que no los quieres?
—Esto no se puede vender… Y yo paso de llevármelos. De este lugar no quiero absolutamente nada.
—Eso ya lo has dejado muy claro, Alba. Lo dejaste clarísimo cuando ni siquiera te dignaste a venir al entierro.
—¿De verdad esperabas que lo hiciera?
—A veces me miento… O me digo que el tiempo ayuda a madurar y a verlo todo con distancia.
—Te mientes, sí. Porque si lo vieras con distancia, habrías entendido de una vez por qué me fui.
—No empecemos con eso. Por favor.
—Tranquilo, no podemos empezar algo que para ti ni siquiera existe.
—Tus demonios son tuyos. Y puedes hacer con ellos lo que quieras. Como con estos libros. Lo único que te pido es que no me los intentes endosar a mí. Bastante tengo con los míos.
—¿Y para esto querías que viniera a su entierro?
—Para no tener que hablar de esto, sí.
—Nunca entenderé por qué lo defiendes.
—Porque nunca has sabido explicarme de qué lo acusas.
El viaje se hace mucho más largo de lo que habías imaginado. No te habías parado a pensar en cómo llegarían a estirarse las horas mientras ansiabas alcanzar la primera meta. Una ciudad a suficientes kilómetros de tu lugar de origen como para contar con la anonimia y el espacio que necesitas para construirte. Lejos de ese entorno en el que ya no sabes si podías llegar a ser tú. Si había algún resquicio de esperanza capaz de sobrevivir a la culpa que lleva nueve años persiguiéndote.
Nueve años negándote, respondiéndote, convirtiéndote en la única participante en un diálogo donde jamás encuentras las palabras precisas, porque todas quedan siempre en boca de tu rival, de esa otra Alba que te mira desde ese lado del espejo en el que todo resulta tan nítido como para juzgarte por no haber sabido mirar bien antes.
Desconectas el móvil.
Ya escribirás un mensaje al llegar.
Algo breve. Sí, lo suficiente como para que no den aviso a la policía de una desaparición que no es tal. O que sí lo es. Sí estás desapareciendo, Alba. O, por lo menos, estás intentándolo.
Intuyes que tu padre recibirá tu sms con alivio. Y tu hermano, con cierta inquietud. Una preocupación moderada que resolveréis reencontrándoos cuando estés preparada para incorporarlo de nuevo a tu vida, aunque debas hacerlo como un personaje secundario con el que ya apenas te une nada. Con el que, en el fondo, tampoco nunca os unió gran cosa.
Por un segundo piensas qué habría hecho ella, pero te cuesta imaginar la reacción de tu madre desde el reducido bagaje emocional que aún guardas de tu infancia. Los años buenos, esos previos al diagnóstico y a un tratamiento que se prolongó con la crueldad de las esperanzas incumplidas, fueron pocos. Así que interrogar a esa niña de ocho años que se niega a ponerse el jersey negro que su padre ha tendido sobre la cama tal vez no tenga mucho sentido. No puede responderte qué habría hecho una mujer a la que has construido imaginándola, intuyendo cómo era más allá de las largas estancias en el hospital, de los días en cama, de esa voz que se fue volviendo hilo hasta hacerse inaudible, porque no hubo nada más que decir cuando se desvanecieron las fuerzas para expresarlo.
Aquel momento, ese verano de tu octavo cumpleaños, pisaste el terreno resbaladizo de la adolescencia por primera vez. Lucas, que entonces te doblaba la edad, se encontraba en ese espacio desconocido en el que a ti te adentraron a la fuerza, de un único empujón que te separó para siempre de la niña que se quedó, observándote con frialdad, en el lado del espejo donde te sigue doliendo buscarte.
De esa etapa recuerdas, sobre todo, la fragilidad. El aprendizaje de que luchar no es suficiente. La conciencia de un espíritu trágico que peleabas por vencer entre juegos y cuentos infantiles que no resultaban suficientes. Nada podía serlo cuando la realidad había mostrado con tanta fiereza la que en adelante sería tu única certeza. Esa conciencia de la muerte que, por mucho que nos empeñemos en lo contrario, es lo único que podemos atestiguar.
No me marees con eso. No me aburras con eso. No me tortures más con eso, Alba.
En tu padre encontrabas negativas cada vez que exigías respuestas para las preguntas que a ti te habían llevado hasta el umbral mismo de la adolescencia a la vez que a él lo sentenciaban a una prolongada depresión.
Ahora no es el momento. Ahora no puedo. Ahora no tengo tiempo, Alba.
Sus clases de Literatura, a las que sumó las que empezó a dar de forma particular en vuestra casa, se volvieron su único refugio durante el mismo curso en que Lucas encontró el suyo entre porros y botellones mientras tú lo hacías en los juegos de Rebeca. En la capacidad para inventar historias de Rebeca. En los recreos con esa compañera de clase que antes te resultaba inquietante y que ahora, sin embargo, era la única con la que sentías que podías ser tú. Los silencios de tu familia impuesta frente al universo compartido que te ofrecía tu familia elegida. Esa chica voluminosa, de cabello rojizo y ojos claros, con quien te adueñabas de un pueblo que, junto a ella y cada vez más lejos de los demás, ya no se parecía al lugar en el que vivíais, sino al lugar en el que tú habrías querido vivir.
Un lugar donde la niña al otro lado del espejo, con su jersey negro y su mirada triste, no tendría nada que reprocharte. Porque no habría visto lo que, una vez de regreso a la realidad, las dos estabais a punto de ver.
—Todavía me pregunto si lo intentamos lo bastante —me confiesa Lucas.
Me ha convencido para pasar la noche y, aun con reticencias, he acabado accediendo. He avisado a Irene con un audio breve —ya le advertí que no quería llamarla desde aquí: no quiero que este lugar empañe su nombre— y le he dado la razón a mi hermano en que es mejor que me quede a cenar y aplace mi regreso hasta mañana, sobre todo porque después del amasijo de emociones que intento digerir es más sensato retornar a la carretera a primera hora.
—¿Tendría que haberlo intentado más, Alba?
Preferiría que no insistiera, porque responder a esa pregunta tan sencilla supone un ejercicio de análisis para el que no me siento preparada.
—No lo sé —miento, pero él se mantiene firme en su demanda.
—Dudé mucho. Durante más tiempo del que imaginas… En el fondo —se justifica—, creo que sigo dudando. Sigo preguntándome si quieres que me haga más presente, que me interese por ti, por tu trabajo, por tu pareja. O si tú quieres que te involucre más en mi mundo. En todo lo que, por mucho que me esfuerce por contarlo a la inversa, no me ha ido bien en estos años. A veces me digo que nuestro silencio es lo que tú buscabas, que lo estoy haciendo bien. Otras, en cambio, juraría que me castigas por no haberlo intentado lo suficiente.
—Hubo un momento en que el silencio era tomar partido —admito—. Pero hasta eso podía entenderlo, Lucas. No te culpaba a ti por no creerme, me culpaba a mí por no haber sabido explicártelo.
—¿Necesitas que te dé la razón para que esto sea de otra manera?
—Aunque me la dieras, y sé que no lo vas a hacer, tampoco estoy muy segura de que pueda serlo.
Saca un par de cervezas más mientras me devuelve una de sus sonrisas tristes. Así las bautizamos cuando, un par de años después de mi marcha, nos vimos por primera vez. La tarde en que le envié una localización a la que acudió con su actitud de hermano mayor dispuesto a un rescate que yo no le había solicitado y que, por supuesto, tampoco iba a aceptar. Nuestro encuentro sirvió para tranquilizarlo, gracias un somero recuento de mis por entonces inexistentes logros vitales y, una vez convencido de que había encontrado el modo de no morir de inanición y frío en mitad de la calle, los dos nos despedimos con la promesa de reconstruir una relación que aún sigue siendo tan errática como había empezado a serlo entonces.
—¿Todavía piensas que no pasó? —me atrevo a preguntárselo por primera vez en años: si atisbara en su respuesta la más mínima duda, sé que sí tendríamos una oportunidad real.
—No va a cambiar nada lo que yo piense.
Pero no. Está claro que no la tenemos.
—Todo por salvar un recuerdo.
—O por no cometer una injusticia.
Me muerdo la lengua y cuento hasta tres para no decir nada que rompa el precario equilibrio que esta noche hemos creado entre ambos. Y, ahora sí, me alegro de que Irene no me haya acompañado, porque no soportaría avergonzarla con esta actitud pacificadora en la que sacrifico lo que de verdad pienso por unas horas más en calma. Una madrugada de una relación fraternal ficticia que, cuando nos despidamos, involucionará hasta ocupar el mismo espacio que ocupaba antes. Ese rincón incómodo donde moran los lazos y afectos familiares que nos han educado para ejercer y que la vida se encarga de desatar entre distancias y desencuentros.
—Es duro, Alba.
—¿El qué?
—Tener que asumir que papá fuera un monstruo.
—A mi hermana le gusta.
Miras a Rebeca desconcertada. Sin acabar de entender qué es lo que ha querido decirte mientras jugáis en el patio trasero de tu casa, cerca del huerto que tu padre ha convertido en su nuevo despacho. Allí es donde Lucas y tú vais a buscarlo cuando no dais con él, porque sabéis que estará sentado con alguno de esos libros que, le cuentas a Rebeca, valen muchísimo y que están encerrados bajo llave porque son un tesoro.
Ella, celosa de tu relato de riquezas y maravillas ocultas, te devuelve otro de amores imposibles y se inventa una historia en la que Sandra, su hermana mayor, se enamora de su profesor de Literatura. A ti, que te has fijado en ella más de una vez, no te sorprende que alguien se pueda enamorar de Sandra, de esa chica de piernas largas y rasgos afilados, con la piel bronceada y los músculos firmes y definidos. Es más, aunque no se lo confiesas a Rebeca, algo te pasa cuando la tienes cerca. Cuando tu amiga te invita a su casa y merendáis mientras ella, en su estudio, analiza alguna de esas oraciones infinitas que les dicta en su cuaderno el profesor que, según su hermana, le gusta. Y tú puedes entender que sea a la inversa. Puedes imaginar que Sandra, con su pantalón deportivo corto, con su melena recogida, con esos ojos grandes e intensamente negros, le guste a alguien. Incluso que, ¿es eso lo que te está pasando?, te guste a ti.
—Los he pillado hablándose… Fuera de clase.
El cuento de Rebeca empieza a resultar violento. No te sientes cómoda sabiendo que uno de sus personajes, ese profesor del que ella asegura que Sandra va escribiendo el nombre en su diario, es tu propio padre. Vuestros juegos siempre se han basado en la imitación de lo que veis. Y tú eres Diana y ella es Julie. Y tú eres Candy y ella es Anthony. Y tú eres Hank y ella es el Amo del Calabozo. La rutina es sencilla: consiste en emular las acciones de las series que os gustan y, a partir de ahí, improvisar continuaciones y finales donde todo es posible. Todo salvo que tu padre, ese hombre que pasa tardes enteras leyendo en su huerto, donde de vez en cuando ayuda con los deberes a algunas de sus estudiantes, sea uno de sus protagonistas.
—Se escriben cosas.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Lo sé. Si hasta una vez los vi besarse.
—Eso es mentira.
—Eso es verdad.
—¡Es mentira!
—¡Es verdad!
El juego se vuelve pesadilla y caes sobre Rebeca con toda la rabia que no te has permitido hasta ahora. La niña del otro lado del espejo, envuelta en su inmutable jersey negro, os mira con horror, viéndoos girar sobre el suelo en una pelea que detenéis en el mismo momento en que os dais cuenta de que podríais haceros daño. Son demasiados días juntas como para no sentir como propia la piel de tu amiga. Como para que no te duelan los golpes que has estado a punto de propinarle mientras seguíais gritando para afirmar y negar a la vez lo que ella, tiene que ser así, inventa.
Os alejáis un segundo. Recobráis fuerzas y sopesáis vuestras opciones. Reanudar el juego resulta imposible. Retomar la pelea sería doloroso. Marcharse sin despedirse, con una pizca de orgullo y hasta de soberbia teatralizada, parece lo más digno. Rebeca se pone en pie y atraviesa el patio sin mirarte, con la misma altanería que si hoy fuera ella Diana y tú, aunque no la soportas, la cursi de Julie.
Tardaréis unos días en volver a veros fuera del colegio. En clase fingiréis no conoceros. Actuaréis como si pudierais sobrevivir sin el apoyo que habéis aprendido a mostraros y esperaréis a que la soledad imponga sus normas antes de un «¿me ajuntas?» que pronuncia primero Rebeca y al que, antes de que ella termine de hablar, tú solo puedes responder con un «sí». La niña del espejo, sin embargo, no celebra el reencuentro con vuestro mismo entusiasmo, quizá porque teme que el protagonista humano que provocó vuestro distanciamiento oculte, como la maquiavélica Diana, su piel de lagarto.
—Es la primera vez que dices algo parecido, Lucas.
Deambula nervioso de un lado a otro de la habitación, como si con su caminar zigzagueante pudiera borrar lo que acaba de expresar en voz alta.
—Ni siquiera sé por qué lo he hecho.
—A lo mejor te estás deconstruyendo.
—¿Tú también?
—¿Yo también qué?
—¿También eres de las adictas a la neolengua? Deconstruirse suena a autoayuda. Pasado por la conciencia woke, pero sigue siendo autoayuda.
—Para una vez que intentaba otorgarte algo de mérito en esta historia…
—Gracias por el sarcasmo, Alba.
—Es que no sé por qué te cuesta tanto admitir que pudo ser así.
—Porque no hay pruebas.
—¿Una adolescente muerta te parece un testimonio poco contundente?
—Pudo deberse a mil motivos más…
—Pero él fue uno de ellos.
—Eso nunca vamos a saberlo.
—No, Lucas, no vamos a saberlo. —Rebeca clavándome las uñas en el brazo, la arena del patio rasgando la tela de mis pantalones, el bote de agua oxigenada y la explicación para una herida en el codo en la que, mientras nuestra maestra finge no saber lo que ha ocurrido durante el recreo, yo omito cualquier alusión a nuestro juego—. Pero sí creo que puedo imaginármelo.
La noticia se extiende deprisa. La familia, incluida Rebeca, trata de ocultarlo y se divulga un relato lo suficientemente hermético como para que la palabra prohibida no surja de manera explícita en ningún momento.
Nadie la pronuncia en voz alta, pero tú puedes oírla una y otra vez. En cada corrillo. En cada grupo. En cada uno de los callejones de esta comunidad que ahora se ha vuelto más diminuta y oscura que antes. Su eco llena los rumores de un pueblo siempre sediento de carnaza en la que hincar el diente, atento a todo murmullo con el que pueda desmentir su bucolismo y demostrar su verdadera piel. Tan traicionera como la de los lagartos extraterrestres a los que, en adelante, no volverás a jugar con Rebeca.
Nadie habla de que ha sido un suicidio, aunque todos lo sospechen y tú misma trates de preguntarle a tu padre si es verdad eso que dicen las vecinas. Si es cierto que Sandra, esa chica que no consigues sacarte de la cabeza y que, en un retorcido guiño del destino, se parecerá a todas las mujeres con las que te acuestes en el futuro, se ha quitado la vida. Pero tu padre ya no está en el huerto donde Lucas y tú acudís a buscarlo. Ha suspendido esas clases particulares y gratuitas que le han hecho granjearse un aura de auténtico filántropo en el pueblo. Tampoco lo veréis más ordenando los libros-tesoro en su vitrina. Tu padre pasa las horas en el instituto, inventando actividades que le permitan regresar a casa lo bastante tarde como para no tener tiempo de responderos.
Sandra no se encontraba bien.
Sandra ha sufrido un problema repentino de salud.
Sandra ha tenido mala suerte.
Todo lo que escuchas es tan impreciso que no puedes dejar de pensar que quizá ese eco sordo que ha invadido el pueblo sí tenga razón.
Pero en ese momento no acabas de unir todas las piezas. Ha pasado un año desde que tu vida se te hizo más pequeña y ahora, de repente, vuelve a quebrarse a través de un dolor que no te pertenece pero que, cada recreo que compartes con Rebeca, sientes que es también tuyo.
Ella no habla del tema. Inventa juegos nuevos y te propone historias que ya no nacen de los programas que veis, sino de las narraciones que ella inventa. «Podrías ser escritora», le dices y Rebeca niega con la cabeza. «No quiero tener nada que ver con los libros», responde. «Los libros han matado a mi hermana».
A ti se te graba esa frase. Para siempre. Y es la que ahora, en este autobús al que, si todo va bien, ya solo le queda media hora para llegar a su destino, te repites una y otra vez.
«Los libros han matado a mi hermana».
Y los libros son el hombre que hablaba de ellos, que los prestaba, que los recomendaba. El hombre que los atesora en una vitrina y que puede que, oculto tras esos mismos lomos, esconda un monstruo. Quizá por eso los guarda con llave, no porque piense que son un tesoro, sino porque es el único modo de mantener cautivos a sus demonios.
Al cabo de seis meses, Rebeca y sus padres se mudarán y abandonarán para siempre el pueblo. Os prometeréis seguir escribiéndoos, pero el cansancio podrá pronto con una amistad en la que los años agravarán el peso de los secretos. Cada día que pase te obligará a reconstruir con mayor lucidez una historia de la que apenas cuentas con indicios. El relato infantil de una amiga que no tardará en dejar de serlo y el desenlace trágico que podría demostrar la crueldad de ese juego. Podrías elegir no mirar. No volver la vista hacia esa narración que, poco a poco, te acaba devorando. Como si fuera tuya. Como si la niña atrapada en el espejo se hubiera despojado de su jersey negro y ahora tuviera las piernas y la alegría truncada de Sandra.
Durante años, lucharás con todas tus fuerzas contra la agonía de la lucidez, contra esa verdad que no ve nadie más y que a ti, que recuerdas las tardes en que escuchabas salir del huerto palabras como conjugaciones y sintagmas, te resulta cegadora de puro obvia. Esas tardes que Lucas llenaba jugando a un partido de fútbol infinito y que tú pasabas con Rebeca mientras su hermana, y otras como su hermana, aprendían a diferenciar oraciones simples y compuestas entre las hortensias y las azaleas que cultivaba con esmero su profesor. Hasta que decides que el único modo de ser es dejar de estar. Necesitas alejarte para que el juego no te derribe. Para que ese eco que aún suena de vez en cuando en este pueblo ansioso de leyendas no te devore y las sombras de ese hombre al que ahora escudriñas con recelo, temerosa de descubrir gestos o acciones que ratifiquen su condena, no te rocen.
Cuando el autobús, por fin, se detiene, mandas los dos mensajes que habías pensado antes de subirte a él.
Uno, que incluye un «no me busques», para ese hombre al que nunca volverás a referirte como tu padre.
Otro, que promete un incierto «estaré bien», para tu hermano.
—¿Dos más?
Veo nuestro reflejo fragmentado en los botellines vacíos y, como si fuera una autómata, le digo a mi hermano que sí.
—A lo mejor esto podría considerarse un inicio, ¿o no?
Me gustaría creer que el juego puede variar sus reglas. Que el tiempo hará su trabajo y que, ahora que Lucas ha admitido la posibilidad de la infamia, cabe la opción de que logremos acercarnos. Pero hace mucho que no me permito la ingenuidad de creer en finales felices y, en su lugar, me conformo con la imperfección del presente, tratando de aprovechar lo poco o mucho que pueda aportarme en vez de obsesionarme con sus posibles consecuencias o, peor aún, con algo tan volátil como su supuesta perdurabilidad.
Hablar de un inicio después de veinte años de encuentros breves y conversaciones casi formularias —con la información precisa para rellenar los huecos administrativos de nuestra biografía— es demasiado ambicioso en una noche como esta. Sobre todo cuando puede que mañana, en el desayuno, él se arrepienta de lo que —¿han sido las cervezas?— ha dicho hoy y yo de lo que le he prometido a cambio.
Respeta mi silencio y señala los ejemplares con los que hemos empezado a alimentar la chimenea.
—¿Era lo que necesitabas hacer?
—Algo así —le respondo a la vez que vuelve a mí, con la contundencia de una bofetada, la frase de Rebeca.
«Los libros han matado a mi hermana».
En un gesto estúpido saco mi móvil y grabo, durante unos segundos, este fuego. Después pienso que podría buscarla en redes, dar con ella, enviarle el vídeo donde se ven arder los ejemplares que durante tantos años fueron intocables y explicarle el significado del ritual que acabo de idear. Pero mientras estoy apuntando con la cámara de mi teléfono hacia las llamas me doy cuenta de que no soy quién para hacer eso. Sé cómo me han tratado a mí los años, qué clase de culpa y de rechazo han alimentado en mi interior y hasta qué punto la palabra «legado» se ha convertido en el final amargo para nuestro juego. Pero no sé cómo han tratado a Rebeca. Ni qué habrán ido depositando en ella. Ignoro si necesita perdonarme u odiarme. Si me ha mantenido como un recuerdo infantil, a salvo bajo nuestras identidades televisivas, o si me ha condenado al ostracismo del mismo modo que el eco de susurros acabó exiliándonos de un pueblo donde la vida que no se ajustaba a sus estúpidas normas siempre fue tabú.
Desconozco demasiado de ella como para saber si este vídeo, que yo sí guardaré, le ofrecerá alguna clase de consuelo. A mí, al menos, me asegura que he encontrado la manera simbólica de escribir un final. Las llamas devorando las páginas. Sus libros, como su cuerpo, reducidos a cenizas. Y puede que revisar estas imágenes me ayude a creerme que ha terminado. Que ya no tengo que volver a ese momento en que me pregunto si yo pude adivinar. Si yo pude saber. Si yo fui cómplice.
Ese instante en el que aún hoy me sigo desvelando a medianoche e Irene, preocupada, me insiste en que era imposible que con nueve años pudiese hacer o entender mucho más. Ese momento con el que no dejo de luchar para que la niña que me vigila al otro lado del espejo me perdone por no haber sabido tenderle la mano. Para que Sandra se vuelva a mirarme, con su pantalón corto y su camiseta de tirantes, mientras subraya sintagmas en nuestro jardín. Para que todas las mujeres que fui y pude ser mientras estuve encerrada en esta casa admitan y acojan a la mujer que hoy soy. La que permite que su hermano, al que no sabe cuándo volverá a ver, le dé un abrazo. La que esta noche no será capaz de dormir y, para no enfrentarse a su antiguo cuarto, se dejará caer en este mismo sofá. La que no despega sus ojos de las llamas con que pretendía poner fin al juego que aún atormenta su presente y que mañana, cuando vea a Irene, se abrazará a ella y le pedirá que le diga a la niña del jersey negro que no fue culpa suya. Que era imposible saber que los libros que se ocultaban tras esa vitrina no valían absolutamente nada.
Las leyes de Tántalo
codiciar
1. tr. Desear con ansia.
La vergüenza llega en el momento en que, sin mirarme, te pones en pie y empiezas a vestirte.
Intento disimular mi incomodidad mientras te observo de espaldas y comparo la silueta trabajada de tu cuerpo con las formas imprecisas del mío. Permanezco tumbado, convencido de que la horizontalidad favorece la indiferencia que finjo ante la que será una despedida tan breve como las anteriores. Buscando alguna excusa —un mensaje que no necesito enviar, un cigarrillo que no me apetece fumarme— para completar con acciones minúsculas el tiempo que tardas en localizar tu ropa en el suelo de la habitación.
La última vez. Esta es la última vez.
Me lo repito mientras oigo la puerta cerrarse, tus pasos bajando las escaleras, el silencio de un móvil donde solo te encuentro cuando a mí me pueden las ganas y a ti, la inmediatez. O la rabia.
Hoy he estado a punto de preguntártelo, justo antes de que entraras con esa actitud displicente con la que ni siquiera te molestas en ganarte una atención que sabes que ya tienes. Me habría gustado saber si vienes porque este piso y su ocupante te resultamos prácticos o si la temporalización errática que te trae hasta aquí tiene que ver con circunstancias que ignoro y que para ti, más que alicientes, son atenuantes. Excusas con las que te perdonas por acceder a la humillación de este hombre de físico mediocre y actitud complaciente que, tras cada uno de vuestros polvos, se ha mostrado dispuesto a sumar otro más.
Eso explicaría que todo sucediera siempre con la misma rudeza. Sin margen para nada que no sea la violencia con que nos empujamos a través del pasillo, como si estuviéramos a punto de comenzar una pelea que sé que voy a perder y en la que eres tú quien, agarrándome con una fuerza que tiene más de inmovilización que de abrazo, marca el ritmo de cada uno de sus asaltos.
La primera vez pensé que te habías equivocado, que no había quedado claro quién podía hacer el qué después del abrupto intercambio de requisitos con que decidimos las coordenadas del cómo y del dónde, pero enseguida entendí que esa violencia era tu manera de atribuirte también la ejecución aunque fuera yo quien, obligado por tus brazos e incapaz de oponer resistencia, acabara penetrándote con la misma urgencia que se repetiría en las siguientes ocasiones. Todas y cada una de las veces en que el deseo ha resultado ser más perseverante que mi dignidad.
La última vez, me insisto.
Y aún en la cama, encogido en esa pequeñez en que me desdibujo cada vez que tú sales de ella, me culpo de una debilidad que conozco demasiado bien como para pretender vencerla.
No tiene sentido empeñarse en dejar de ser quien sé que soy, cuando una de las pocas certezas con que cuento es la de una vulnerabilidad que, en mi pantalla, se fractura en tantos pedazos como para hacer imposible una reconstrucción en la que quepa algo parecido al orgullo. Para qué aspirar a contenerme cuando, después de recorrer los perfiles entre los que no tengo nada que ofrecer, sé que un mensaje tuyo despertará de nuevo mis ganas y, peor aún, la fantasía estúpida en la que hablamos y hasta empezamos a conocernos después de follar. Hasta ahora, ninguna de nuestras conversaciones ha dado para semejante prodigio, así que me conformo con los escasos datos con que hemos ido completando el cuestionario previo y en el que tengo más información acerca de tus rutinas y tus horarios de entrenamiento que sobre lo que de verdad me gustaría saber.
Sé que vives en las afueras.
Sé que te obsesiona tu cuerpo.
Sé que estás en una relación de varios años.
Sé que a él no se lo cuentas y que, si quiero que esto siga repitiéndose, tampoco yo debo contarlo.
Y sé que te gusta girarme y manipularme hasta que nuestras bocas quedan a altura del sexo que buscamos voraces y en el que nos permitimos un tiempo que no nos concederemos al terminar.
—Deberías mandarlo a la mierda de una vez.
Lola pierde la paciencia conmigo cada vez que le hablo de ti. Es más, para ella ni siquiera tienes nombre. No soporta que te mencione, ni cuando le explico que hemos quedado de nuevo ni cuando me quejo de que no muestres ningún interés por volver a verme.
—No lo entiendo, Teo, en serio.
—Ya —me rindo en vez de defenderme—, yo tampoco.
—Pues pon más de tu parte. Además, ¿qué tiene de malo estar solo?
Me encojo de hombros, porque el verdadero problema no es estar solo, sino la autoestima herida por no saber si alguna vez voy a estar con alguien. Los cristales en que me observo lejos del canon que me permitiría avanzar hasta la siguiente plataforma en el laberinto de aplicaciones donde soy, en el mejor de los casos, invisible.
—Ese tío te está usando.
—Y yo a él.
—Bueno, eso es lo que tú te dices.
—Eso es lo que hacemos, Lola. Usarnos. Yo también saco algo.
—Cuando él decide que puedes tenerlo.
—Pero al menos lo tengo.
—Qué triste, ¿no?
—Cuando lo tengo debajo de mí te aseguro que no lo es.
Iba a ser más directo, pero he logrado frenarme antes de acabar con la paciencia de Lola y obligarla a que se levante y me deje con esta botella de vino que acabamos de empezar y que, como se ajusta a la cantidad estricta de euros que hoy podemos permitirnos, sabe tan áspero como nuestra conversación.
—Monólogo —me corrige ella cuando trato de pedirle que cambiemos de tema—. Hablar contigo es como figurar en uno de tus relatos —estoy a punto de interrumpirla para confesarle que sigo sin encontrar editor para los más recientes, pero prefiero guardarme el inciso para no darle tan pronto la razón—, perdida en medio de una historia donde el único protagonista siempre eres tú.
—Eso no es verdad.
—¿Ah, no?
—Claro que no. Mis relatos son otra cosa. Cuando quedo contigo, hablamos de los dos.
—Vale, pues demuéstramelo.
—¿Y cómo quieres que te lo demuestre?
—Cuéntame ahora a mí.
—¿Qué?
Lola llena las copas y me desafía después de dar un trago a este vino que, tras superar el primer tercio de la botella, casi parece asumible.
—Que me cuentes a mí.
Si, como ella propone, esto fuera un juego literario, su relato empezaría en nuestro Erasmus en Roma y acabaría en David y en Marion, lo que supondría admitir que tengo poco que decir del intervalo que abarca desde su piso compartido hasta esta misma tarde. Ese paréntesis que comienza con el momento en que conoce a dos personas con quienes entabla una relación que no necesito que me explique porque resulta obvia cada vez que los veo a los tres juntos y que termina a la vez que apuramos la primera de las tres botellas de vino que caerán hoy. No estoy seguro de que la culpa de ese vacío narrativo sea mía, quizá sí podría llenar estas líneas hablando de Lola si ella me hubiera descrito un poco mejor a Marion, o a David, si me hubiera querido contar qué la sedujo de ella o qué la atrajo de él, en qué momento pensaron que podían compartir piso y vida con una armonía que yo sigo buscando y que, aunque me duela admitirlo, me obsesiona.
Adivino mi reflejo en el fondo de la copa y me pregunto si en mi expresión no hay un rastro de envidia. Un tímido gesto que no se atreve a manifestarse con la misma contundencia con que sí me hiere cuando Lola se excusa y me dice que no puede escaparse conmigo en uno de esos viajes que antes sí hacíamos, los que empezaron con ese Erasmus en Italia y se prolongaron mientras acabábamos una carrera que dejó de interesarnos en el mismo momento en que nos matriculamos en ella. Puedes venirte con nosotros, suele añadir, como si ser el número cuatro en un mundo de tres no resultara aún más humillante que invitarte —no creas que en esta digresión me he olvidado de ti— a mi cama.
—Llevaba yo razón…
Lola se ríe y rompe en pedazos la servilleta donde he improvisado unas líneas que debían de hablar de ella y que, me temo, solo he sido capaz de que hablen de ella conmigo.
Alza su mano para pedir la segunda botella y me detengo a mirarla con la atención que siento que no le he prestado desde que he asumido que su nueva realidad la aleja de la que habíamos construido los dos juntos. Repaso, como si no la conociera, sus ojos menudos y grises, su nariz recortada y su melena rubia siempre desordenada y en movimiento, agitándose con la misma libertad con que escoge la ropa con la que juega a disfrazarse en un cuerpo que aprendió a querer después de los años en que llegó a odiarlo. De eso tan solo sé lo justo, lo que quiso contarme en aquel apartamento en Roma del que lo único que recuerdo son las fiestas en las que se mezclaban bebidas e idiomas mientras, entre rayas y copas, yo me ejercitaba con hombres que nunca volvía a ver y de los que aprendía el tipo de amante en que quería llegar a convertirme. A lo mejor no me contó más porque no estaba escuchando, o porque ella misma tampoco sabía cómo hacerlo. Ahora no parece sensato preguntarle por todo aquello. No cuando la segunda botella nos permite alejarnos de los reproches de lo que no sabemos y reírnos de guiños y bromas que no por gastadas resultan menos eficaces.
Sus anécdotas en el laboratorio. Las mías en mi empresa. La reflexión social lo suficientemente burguesa como para ironizar sobre la precariedad de nuestros contratos sin que eso desemboque en acción necesaria alguna. Las alusiones a la serie que no debería perderme. El comentario sobre una exposición recién inaugurada de una pintora del exilio (Ruth no sé qué más). Y el diálogo avanza hacia la intrascendencia en la que sí nos reconocemos y donde puedo refugiarme en su manera de agitar la melena cada vez que está en desacuerdo conmigo al mismo tiempo que baja la voz cuando intenta convencerme para que esté de acuerdo con ella.
—Déjalo de una vez —me insiste. Y coloca su mano derecha firme sobre la mía, con ese tono solemne que le da a los consejos (pocos) que se atreve a ofrecerme. Como la tarde en la que decidimos que ese Erasmus era la ocasión que necesitábamos para alejarnos de una realidad que nos asfixiaba y abrazar otra en la que, si hubiéramos sido más hábiles —o más valientes—, deberíamos habernos instalado.
No recuerdo más momentos en que se haya mostrado tan taxativa. Salvo hoy. Quizá porque tu nombre, que jamás me deja pronunciar en voz alta, le resulta especialmente desagradable. O porque imagina qué límites estoy dispuesto a cruzar con tal de que tú también cruces ese umbral bajo el que, durante unos minutos, parece que buscases algo que necesitas. Algo que sí codicias y que, aunque quiero creer que tiene que ver con lo que yo puedo ofrecer, puede que solo nazca de lo que tú deseas dejar atrás.
—Si te conformases con lo que hay entre vosotros, no me preocuparía —admite a la vez que abrimos, ahora sí, la tercera y última botella de este vino que confirma su mediocridad a cada trago—. Pero no te conformas. Tú esperas, Teo. Esperas que esa intermitencia acabe provocando algo más. Y eso es jodido, porque no va a ocurrir. Y cuando no ocurra, voy a tener que esforzarme mucho para no soltarte un «te lo dije».
Como hoy prefiero mis mentiras a sus verdades (¿por qué tendrían que ser mejores las segundas?), le entrego otra servilleta y le pido que sea ella quien, ahora, me hable de cómo empezó todo con David y Marion. De quién conoció a quién. De en qué momento supieron que no era cuestión de decidir, sino de sumar. Pero Lola adivina mis trucos y, cansada de que utilice sus confidencias para evitar seguir desgranando las mías, dobla la servilleta, la deja en blanco sobre la mesa y me invita, a cambio, a pasarme un día a cenar en su piso.
—Si quieres que no hablemos de ese cabrón, no lo hacemos. Pero no me pidas que me explique a mí ni a mi relación para evitarlo, Teo. Bastantes veces me toca hacerlo ya en otros contextos…
No llego a defenderte porque eso supondría retomar la conversación y convertirte en objeto de un debate donde llevo todas las de perder. Puedo insistir en que no estoy seguro de si el problema, como asegura Lola, se resume en que tú eres un cabrón o, sencillamente, en que yo soy gilipollas, pero resulta tan difícil establecer algún criterio científico con el que medir ambas variables que prefiero no decantarme por ninguna y permitir que el resto de la botella y de la noche nos devuelvan a anécdotas que no necesitamos repetir y a esbozar planes que, seguramente, no haremos. O porque el dinero será insuficiente para ese viaje juntos que Lola y yo nos llevamos prometiendo desde que cambiamos la posibilidad de Roma por los contornos de esta eterna periferia o porque el tiempo será demasiado escaso como para compartirlo con quien ya no ocupa el mismo espacio que sí poseía entonces. Mencionar esto último resultaría mezquino, así que justificaremos todo lo que no hagamos con la precariedad en la que hemos aprendido a sostener el presente y que a veces, aunque me joda admitirlo, me resulta cómoda para explicarme por qué me cuesta tanto inventarme futuros.
Ya de regreso, en la misma cama que hemos deshecho hace unas horas y que no me he molestado en cambiar porque encuentro un placer minúsculo —y admitámoslo, ligeramente masoquista— en las arrugas y el olor que aún perviven en ella, sostengo el móvil y ensayo un mensaje largo que escribo y borro compulsivamente.
Podría dejar que fuera mi voz la que llegase a ti, pero confío en que la temeridad resultante de cualquier comunicación etílica quede amortiguada por el esfuerzo de teclear una selección de palabras entre las que se me escapan todas las que de verdad querría escribirte.
El resultado final es tan poco satisfactorio como el de la servilleta en la que improvisé un relato que, me prometo, sí que voy a escribir, aunque Lola esté convencida de que no sé mirar y no se dé cuenta de cómo me gusta la persona que hoy es y el mundo que, cuando toma la palabra, dibuja ante mí. Incluso cuando los contornos de esos espacios, en los que me ve con demasiada precisión, me duelen.
Borro el mensaje y juego con la idea de eliminar también tu número. De bloquearte. De darme de baja en la misma aplicación que he vuelto a descargar tantas veces como he suprimido de mi teléfono. Imagino la satisfacción de ser yo quien haya cerrado hoy la puerta por última vez. La rabia, ahora sí, que te invadirá cuando necesites utilizar de nuevo a ese hombre al que fingías someter para que nadie, ni siquiera tú, supiera que era él quien en realidad te dominaba. Me resulta morbosa la posibilidad de que puedas acercarte en mi busca, merodeando esta calle que conoces y que, pese a tu soberbia, podría jurar que guardas en tu agenda. Pero la fantasía se aparta pronto del camino por el que pretendo guiarla y me vuelve a conducir hasta esa encrucijada en que esa búsqueda se vuelve necesidad. Y lo sórdido, íntimo. Quizá mantenerte sea el único modo de alejarme, asumir el papel de Tántalo y ser yo mismo quien me niegue lo que, cada vez que reapareces, despierta mi sed.
Preferiría poder elegir cualquier otro mito. Alguno que no tuviera que ver con esos castigos eternos que definen con exactitud nuestra existencia. Cualquier referente que me alejara de la sed de Tántalo o del cansancio de Sísifo y me acercase a ese otro lugar que, gracias a Lola, sé que también existe. Ese Parnaso que, de momento, se halla a salvo de Dite y donde tres personas son capaces de acompañarse y desearse sin que los dioses se atrevan a castigar la soberbia con que los desafían desde su libertad. Quizá porque basta mirarlos de cerca, en cualquiera de las fotos que Lola sube a sus redes, para adivinar en su comunión una belleza intimidante y única, una verdad que ninguno de los tres necesita justificar y que, mientras me pregunto si debo o no borrar tu número, me gustaría encontrar alguna vez.
Si esta fuera una de esas servilletas de bar en las que, en esta etapa de bloqueo perpetuo y de noes continuos, improviso relatos que nunca se publicarán, inventaría un final en el que llegaría un aviso. Mi pantalla parpadearía con una señal que llevaría tu firma y ante la que podría optar por acceder o por contenerme.
El desenlace sería rotundo, preciso. Con esa exactitud de las historias que fingen hablar de la vida pero que, en sus últimas líneas, se traicionan al ofrecer un cierre poético y que, por eso mismo, rara vez resulta verosímil. No sería, en ese caso, un relato realista, sino vengativo. Un cuento redentor donde me regalaría la posibilidad de superarte, o de olvidarte, o —por qué no— hasta de humillarte y que hablaría del deseo y de la dignidad, del vacío y del orgullo, de las expectativas y del conformismo.
Pero si hiciera algo así, estaría olvidando el temblor que me invade cuando me abro paso a través de ti. La respiración agitada de los dos cada vez que esta cama se convierte en nuestro espacio. Los labios que recorren gozosos el cuerpo del contrario, recreándose en la perfección del tuyo o en el modo en que juega a esconder sus complejos el mío. Y eso, por mucho que Lola intente salvarme de mí mismo, no tiene que ver con dignidades ni con usurpaciones, sino tan solo con la voluntad de considerar esos minutos en que tus piernas se enlazan con las mías como el único tiempo posible. Este ahora que, mientras le doy la vuelta al móvil donde temo —a la vez que deseo— volver a encontrarte, es todo lo que tengo.
La huida
arriesgar
1. tr. Poner en peligro o exponer a un riesgo.
Sería un reencuentro inocente si no tuviéramos un pasado.
Pero mis pasos me sitúan en el mismo lugar en que Lucía y yo llevamos atrapadas hace ya más de quince años. Ese instante en el que las dos tomamos una decisión de la que, quizá, ni siquiera fuimos responsables. Puede que nos hayamos convencido a lo largo del tiempo de que si no ocurrió fue porque lo evitamos, o porque nos esforzamos por impedirlo, pero cada vez que vuelvo a verla dudo si no fue más que la consecuencia de una sincronización imperfecta y de una logística demasiado precaria.
Lucía no insiste.
Me conoce demasiado bien como para saber que semejante derroche dialéctico solo serviría para alejarme, así que acepta mi silencio ante su oferta —una noche, un hotel, una escapada— y me cede, a cambio, el privilegio de la siguiente réplica, de modo que seré yo quien decida si nuestro encuentro de hoy se prolongará un poco más o si nos despedimos antes de que lo que no decimos pueda empezar a oírse.
—Ya quedaremos algún día —aseguro con ese tono con el que aludo a lo que es evidente que no voy a cumplir.
—Claro —sonríe ella sin traslucir ni un ápice de decepción en su respuesta, como si no tuviese la certeza de que esa llamada no se va a producir.
Podría añadir que ese mensaje ni siquiera será necesario porque nos bastará con seguir la misma rutina que hoy nos ha conducido hasta esta galería a la que hemos venido en más ocasiones de las que nos atreveríamos a admitir. Un espacio que conocimos juntas por culpa de nuestros respectivos trabajos y que acabó siendo de las dos por pura rutina, convertido en testigo habitual de las conversaciones con que nos relatábamos la vida habitada para aludir a esa otra vida que, a ratos, nos gustaría invadir.
—¿Con Marta bien?
Asiento y, en un quiebro no sé si cortés o defensivo, le devuelvo la pregunta.
—¿Y con José Luis?
—Lo de siempre, ya sabes.
En realidad, no. No lo sé. Finjo que he adivinado a lo que se refiere, pero tengo que admitir que ignoro si ese «siempre» encierra una rutina mansa como la que nos ha envuelto a Marta y a mí desde un momento que no soy capaz de determinar. O si es su manera de hablar de un vínculo que no se ha visto tan alterado por el tiempo y la costumbre como, por mucho que Marta lo niegue, creo que se ha vuelto el mío. Lucía, sin embargo, parece convencida de que cuento con los indicios necesarios como para entender la vida conyugal que no me describe y que, honestamente, no necesito conocer. Tampoco le pregunto por sus hijos, aunque haya mencionado algo de cómo le va a Delia en su empresa o a Cristian en la suya. Contemplar sus posibles grietas agravaría el eco que el tiempo hace resonar en las mías y no quiero que mis decisiones, si es que llego a tomar alguna, nazcan del retrato de la frustración ajena.
—Era buena, ¿no crees? —comenta a la vez que señala con la mirada el cuadro de Ruth de la Fuente que tenemos justo a nuestra derecha—. Es difícil retratar mejor el exilio.
Asiento, con la única duda de si me admira más la obra o la biografía de la artista.
—Lo triste es que haya tenido que esperar a morirse para que se le reconozca su talento.
—De algo han tenido que servir nuestras luchas, ¿no te parece?
—Tú y yo tampoco hemos luchado tanto —la corrijo.
Me molesta que mitifique una beligerancia que no recuerdo. En los ochenta, al poco de conocernos en la universidad —ella, en el último curso; yo, apenas comenzándola—, las dos nos dedicamos más a experimentar con nuestras emociones que con nuestro activismo y estábamos más ocupadas en interpretar lo que sentíamos —lo que, tantos años después, quizá aún sentimos— que en cambiar el mundo.
No pretendo culparnos de eso. Ni era fácil definirse en un entorno como el mío, de misa semanal, álbum en sepia y ennegrecidas raíces filofranquistas, ni resultaba sencillo buscarse en una bisexualidad sin referentes que hacían que Lucía se sintiera cuestionada tanto cuando estaba con ellas como cuando se encontraba con ellos. Tuvo que aprender pronto que llegar a entenderse exigía renunciar a explicarse, haciendo caso omiso a los estigmas nacidos de la ignorancia o, peor aún, de la inseguridad de la mayoría de sus parejas, obsesionadas con saber si eran hombres o mujeres quienes tenían cabida en sus fantasías mientras ella dormía a su lado. Sin embargo, me gustaría que también pudiésemos presumir de una revolución que no ejercimos, de haber contribuido a exigir una memoria y un ajuste de cuentas que renunciamos a alcanzar, quizá porque el hambre no nos había mordido la infancia o porque las dos contábamos con las facilidades suficientes como para que nuestra rebelión no dejara de ser un juego.
—Tampoco lo hemos hecho tan mal —se defiende Lucía, que siempre ha estado convencida de que escapar de la mediocridad que nos precedía ya había sido batalla suficiente. En mi caso, que tuve la suerte de contar con un punto de partida más acomodado, donde no se requerían las becas que para ella sí fueron imprescindibles, me cuesta verlo así. A pesar de todo, le doy la razón. Sigo sin creer que nuestros recorridos merezcan un especial reconocimiento, pero los años me han enseñado a tratarme con la misma indulgencia que intento aplicar a los demás.
Antes de abandonar la galería, en la que Lucía se jubiló hace ya cuatro años y donde solo volvemos cada vez que inauguran una exposición porque hay grandes probabilidades de encontrarnos, me pregunto cuándo será la próxima vez. Intuyo que ella también lo piensa, pues las dos sabemos que la voluntad no tiene nada que ver con lo que nos pasa, con este caminar en círculos alrededor de dos existencias que nunca convergen porque ninguna de las dos ha encontrado el modo de hacer esa intersección posible más allá de esas noches que convertimos en nuestro particular breve encuentro y que, desde entonces, buscan mañas y estrategias para volver a repetirse.
Desde ese primer verano, en que José Luis y sus dos hijos se habían ido un par de semanas y Marta había salido de viaje de trabajo, hace ya quince años. Ni su relación ni la mía atravesaban por sus mejores momentos, aquejadas de reiteraciones que habían convertido el amor en costumbre y el sexo en una obligación semanal de anodino cumplimiento.
Nos reencontramos en una exposición colectiva de pintoras del exilio de la que Lucía había sido una de sus comisarias y allí, además de descubrirme por primera vez la obra de Marta Palau o Ruth de la Fuente, nos dimos cuenta de que era inútil negarse a las ganas de revivir esa experimentación universitaria que habíamos dejado aparcada años atrás. Resucitar a sus cincuenta y a mis cuarenta y cinco la quemazón de los veinte, la vehemencia de la novedad y la fascinación de lo prohibido porque, simplemente, no se ha acordado.
No sé qué pensaría José Luis si supiera que no ha habido un solo año que hayamos dejado de vernos. Ni qué me diría Marta si le contase que Lucía y yo siempre hemos hallado el modo de que esta relación a espaldas de nuestras vidas oficiales siga existiendo. No quiero imaginar lo que podría desencadenar en esos mundos que, sin que nuestras parejas lo sepan, mantenemos a salvo gracias a que nos permitimos huir de ellos. Caerían fulminados si no fuera por la fuga que a veces, en su vertiente adulta, acaba en un hotel y que otras, como hoy, se conforma con un museo donde no cabe otra opción que disfrutar del platonismo preadolescente. Sin este morbo que nos seguimos provocando, porque ella cada día se parece más a la mujer de la que yo querría enamorarme y yo cada vez escondo menos la mujer de la que ella se enamoró, no sé si podría seguir sosteniendo la realidad a la que regresamos cada vez que Lucía y yo nos despedimos.
Las dos hemos cambiado desde el primer verano. Lo que se ha mantenido es el decorado. La ciudad. Las calles. La posibilidad de buscarse sin pretenderlo o de huir sin querer evitarlo. La necesidad de saber que esa historia no elegida seguía siendo posible y que, en tardes como hoy y frente a este óleo de inspiración expresionista, cabe la opción de rozar el peligro sabiéndonos a salvo, porque el amor o la cobardía —a veces no sé cuál de los dos sentimientos es más poderoso— nos devolverá a nuestra cotidianidad.
—¿Ha merecido la pena, Olga?
Juraría que Marta lanza su pregunta con intención, pero en mí estalla una culpa estúpida que, además de estorbarme, me avergüenza.
—No ha estado mal, aunque es una artista demasiado clásica para mi gusto.
—Eso parecía obvio…
—¿Tú crees?
—Por lo que he leído de ella, Ruth de la Fuente no era una pintora especialmente innovadora —comenta Marta con algo que yo interpreto como desprecio y que quizá no sea más que cansancio. Desde la compra de la empresa en que trabaja por una multinacional sueca, apenas ha tenido un minuto entre auditorías y reuniones de las que sale repitiendo los cinco años que aún le quedan para jubilarse y quejándose de los esfuerzos que ahora siente que hizo para nada. He intentado convencerla de que no es así, pero ella confunde mi consuelo con condescendencia, así que prefiero no opinar cuando se lamenta del ostracismo al que cree que están relegando a la generación veterana y subraya sus ganas de dejarlo todo y de que nos vayamos, por fin, al mar.
«¿Ahora tienes dudas?», se sorprendió la única vez que lo hablamos en serio y en la que yo mostré ciertas reticencias ante lo que siempre creí que era un deseo utópico. Marta, sin embargo, lejos de arredrarse, expuso un concienzudo plan de acción que incluye un terreno, una posible hipoteca y un préstamo bancario que, con sus ahorros y nuestras futuras jubilaciones nos permitirán cambiar el interior por la costa y esta ciudad, en la que sé cómo y dónde perderme, por otra en la que eso se volverá imposible.
«Hace tiempo que este no es nuestro sitio», argumentó cuando le expuse mis reticencias sobre la viabilidad de un proyecto que no estoy segura de compartir y al que nunca antes me había opuesto por considerarlo irrealizable. «Además», añadió, «si quieres seguir trabajando, también puedes hacerlo desde allí; a las dos nos vendrá muy bien un cambio de aires. Me niego a que me traten como a una mujer mayor cuando lo único que soy es una mujer con experiencia. Y sabes que si nos quedamos aquí, acabarán despersonalizándonos. Igual que hacen con todo».
En ese momento entendí que el único lugar del que pretendía huir Marta era del que nosotras habíamos llegado a asfixiar en los más de veinte años que llevábamos juntas, así que preferí no participar en una discusión que había abandonado pronto los inconvenientes bancarios para adentrarse en la introspección sentimental. Me pareció innecesario abordar un relato en el que la culpa de los grises pertenece al tiempo que hemos sumado juntas y a los errores que hayamos podido cometer mientras nos íbamos distanciando en un colchón que ha acabado siendo demasiado pequeño o en el que nuestros presentes se han vuelto demasiado distantes.
Me gustaría saber cuál fue la noche exacta en que dejamos de dormir abrazadas. La fecha en la que abandoné la postura habitual hasta entonces —sus manos alrededor de mi cintura, sus piernas encogidas dentro de las mías, su respiración acompasada sobre mi cuello— porque nos dimos cuenta de que lo que antes era necesario ahora se había vuelto incómodo. Las razones prosaicas y hasta vulgares se impusieron sobre las que habían prevalecido anteriormente y nuestros cuerpos buscaron nuevas posturas que ya solo interrumpe el sexo a menudo programado y escasamente espontáneo con que pretendemos revivir a quienes hemos sido.
Esa inutilidad del exilio, la conciencia de que no importa dónde vayamos porque arrastraremos nuestra vida conocida con nosotras, es la certeza que me protege de Lucía. Me paraliza saber que si alguna vez marco su número y sustituyo la galería donde jugamos a encontrarnos por una cita calculada y realista acabaremos contorsionando los cuerpos hasta que no nos identifiquemos en ellos, alejándolos por culpa del mismo exceso de conocimiento que ahora, en el sexo pausado y cerebral con Marta, a veces me abruma. Y no tiene que ver con que el deseo sea diferente, ni con la edad, ni con estos sesenta que no siento como si lo fueran, porque quizá ni siquiera lo son, quizá son una cifra tan aleatoria como mis pasos por la ciudad hasta que llego a la galería en la que siempre hay una exposición que me recuerda la artista que pude haber sido y donde, cuando la suerte no me es esquiva, contemplo a la mujer con la que, si todo hubiera sido diferente, pude llegar a serlo.
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