Kitabı oxu: «Veintisiete noches»

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Veintisiete noches

Veintisiete noches

Natalia Zito

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Primera parte

Segunda parte

Tercera parte

Nueve años después

Preguntas

Posfacio


Zito, NataliaVeintisiete noches / Natalia Zito. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2021.Archivo Digital: descargaISBN 978-950-556-843-71. Literatura Argentina. 2. Narrativa Argentina. I. Título.CDD A863

© 2021, Natalia Zito

©2021, RCP S.A..

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.

Diseño de tapa e interior: Pablo Alarcón | Cerúleo

Imagen de tapa y de solapa: Mariana Melinc

Digitalización: Proyecto451

Versión: 1.0

ISBN edición digital (ePub): 978-950-556-843-7

A Nicolás,

por la confianza y la compañía

“No mires adónde conduce, sino más bien, de dónde ha partido.”

IMRE KERTÉSZ, LIQUIDACIÓN

“Si mueres, vive.”

HÉLÈNE CIXOUS, LA LLEGADA A LA ESCRITURA

De los hechos reales, queda la ficción.

Este libro es una reconstrucción, una historia basada en hechos reales, con todas las licencias ficcionales que eso implica, fruto de una investigación periodística en la que me encontré con libros, cartas, demandas judiciales, sentencias, informes, notas periodísticas, fotos, videos, inventarios y más de cincuenta relatos de los que fui testigo. Los nombres también pertenecen al dominio de la ficción porque el relieve no es quién o quiénes, sino cómo y por qué.

Lo que importa es la historia.

PRIMERA PARTE

1.

Cuando el ascensor abre las puertas en el hall del piso diecisiete, Miriam ya tiene su propia llave en la mano y uno de los enfermeros despliega la silla de ruedas. Todos esperan en silencio que ella haga girar el engranaje hasta que, por fin, entran por la puerta de servicio.

Miriam, su marido, el administrador de la familia y seis enfermeros.

Van directo hacia la izquierda, evitando el pasillo que conduce al living, donde Sarah, que podría haber sido Nélida o Clara, está escuchando música clásica, recostada en el sillón de cuero azulino. No es que falte luz, pero acaso la madera y las paredes llenas de cuadros dan sensación de oscuridad o vejez.

Llegan al cuarto de planchado. Miriam saluda a Delia, que amaga articular alguna palabra, pero no termina diciendo nada. Delia usa uniforme con delantal y es la mujer que nadie, ni siquiera Sarah, quiere mucho, pero trabaja para ella hace más años de los que ambas pueden recordar. Algunos dicen que espera su lugar en el testamento. Eso no le impide pelear a diario por trivialidades, una costumbre de la que Sarah tampoco se abstiene. Conoce la casa tan bien como cualquiera de la familia y ha rechazado a todas las empleadas que Sarah quiso contratar para colaborar con la limpieza y el mantenimiento del departamento de siete dormitorios, casi cuatrocientos metros en pleno Recoleta, que vale más de un millón y medio de dólares.

Todos pueden salir del cuarto, menos Delia. El administrador se apoya en el marco de la puerta cruzando una de sus manos hacia el marco contrario.

—Usted no sale de acá.

Sarah espera a una amiga y en un par de horas llegará la masajista que la atiende desde que Patricio Katz murió y ella pasaba días sin salir de la cama. Mezclados con la música, escucha los pasos de la tropa de enfermeros que hace crujir el piso desde el pasillo largo que viene desde el área de servicio. Antes de que pueda tener alguna idea de qué son todos esos pasos, los enfermeros copan el living con sus ambos color hospital, la silla de ruedas y una caja de inyectables. Detrás aparece Miriam y su marido.

Todo el mundo la conoce como Sarah Katz, escritora, artista plástica y mecenas. Una mujer potente, de cuerpo diminuto pero exuberante, coqueta sin elegancia, que a sus ochenta y ocho años tiene planes de empezar una vida nueva.

—Estás enferma y no te das cuenta —le dijeron más de una vez sus hijas, Olga y Miriam, desde que la palabra demencia comenzó a flotar sobre Sarah.

Orlando Narvaja, que podría haber sido Francisco, Pablo u Octavio, un médico joven y ambicioso, que aún no lo sabe pero los años le traerán una curiosa combinación de fama, medicina y política, fue el tercero al que consultaron las hijas; el primero que habló de demencia frontotemporal, también llamada mal de Pick.

—Mis hijas no se van a animar a hacer una cosa así —dijo Sarah, cuando uno de sus amigos le advirtió que se cuidara, que sus hijas estaban muy insistentes con esto de la enfermedad y la preocupación por su salud, que no fuera a ser que la metieran en un psiquiátrico. Pero ella no quiso pensar más. Por confiada o por terca, quería convencerse de que ciertos planes a su edad no podían ser para tanto, que siempre había hecho lo que quería, incluso contra la voluntad de su madre, y que no iban a ser justamente sus hijas quienes cambiaran las cosas, que lo del casamiento había sido un chiste, que sus hijas iban por sus segundos matrimonios y ella, por fin, también tenía a alguien.

Es difícil saber hasta dónde va a llegar el otro. Olga y Miriam no saben hasta dónde es capaz de llegar su madre. O sí. Tal vez saben y justamente por eso, esta tarde de junio de 2005 será lo que atormente a la familia durante los próximos dos, cuatro, quince o veinte años.

Sarah, tal vez, las subestimó, como otras veces, como siempre, especialmente con Miriam, convencida de que por más compleja que fuera la situación, iban a terminar aceptando que ella tiene derecho a hacer lo que quiera, aunque sus hijas no estén de acuerdo. Sarah cree que su cordura es evidente, que por más médicos que la vean, la conclusión va a ser siempre la misma. Tal vez por eso, tarda unos segundos en darse cuenta de lo que hace Miriam con todos esos enfermeros en su casa.

—La tenemos que llevar —dice uno de los enfermeros, mirando a los ojos a Sarah.

Unos segundos tarda en tener miedo y pensar: chau, me inyectan, me duermen y me cargan en silla de ruedas. Hasta que sale como eyectada del sillón para el lado opuesto a los enfermeros, hacia la ventana desde la que el tren y el río quedan enmarcados por las cortinas pesadas. Son muchos, a sus ojos, una patota, una emboscada.

—¡Por favor, no! —grita Sarah, mientras se mueve hacia un lado y otro y pone las palmas hacia adelante y camina de costado en el espacio que queda entre los sillones y la mesa ratona de vidrio.

Delia pasa un rato mirando a su celador ocasional con los gritos de Sarah y el barullo de los enfermeros de fondo. A él, que hace esfuerzos por comportarse como si fuera un procedimiento más en la lista de tareas, se le nota que está nervioso, que quiere ir a ver qué pasa. Los gritos cada vez son más desesperados y Delia sabe que las cosas con las hijas no están bien hace tiempo, pero esto no se lo imaginaba. Entonces, deja de pensar y avanza hacia la puerta.

Sarah cae sentada sobre el sillón y se levanta varias veces. Los enfermeros esperan la autorización, tal como habían conversado, para usar la fuerza.

—Ya les dije que estoy bien, que me dejen de joder, qué más quieren —repite Sarah

—Confiá en nosotras por una vez, es por tu bien.

Esas frases u otras, reproches y miradas llenas de historia, de hastío, de rechazo, se chocan en el aire.

Cuando Sarah ve aparecer a Delia aprovecha para pedirle un vaso de agua. Miriam enfila para la cocina también, mientras Sarah queda rodeada por los enfermeros. Andá, dice su marido sin pronunciarlo, asintiendo con la cabeza y cerrando apenas los ojos. Miriam necesita aire o pensar de nuevo o tomar valor para no dudar de que están haciendo lo correcto.

—Piense lo que van a hacer con su mamá, señora Miriam —dice Delia con su voz aguda, mientras deja caer el agua dentro del vaso. Miriam mira las manos de Delia sobre la mesada de mármol blanco, luego levanta la vista y no se detiene.

—Quédese tranquila que mi mamá va a volver, cuando esté viejita, que no pueda ni hablar, ahí va a volver—responde Miriam con un sarcasmo parecido al de su madre, pero inusual en ella.

Los enfermeros saben que en estos casos no es conveniente demorar. Cuando aparece Miriam con Delia detrás, se miran entre sí y le hacen un gesto a Miriam. Esperar solo puede empeorar la escena. Algunos recordarán esta tarde cuando los diarios publiquen la palabra matricidio. Otros o los mismos tal vez se cuestionen lo que están haciendo, pero en esta imagen dan la impresión de no dudar.

A partir de este momento, hay dos relatos.

Uno, el de la propia Sarah y algunos de sus amigos, dice que sentada en el sillón con el vaso de agua en la mano, trata de tranquilizarse, mientras mira con odio a todo el mundo, pero eso es todo lo que hace antes de ir a buscar un saquito de piel y caminar junto con los enfermeros hacia el ascensor y luego la ambulancia que espera en la puerta. Que lo hace convencida o queriendo convencerse de que le harán algunos estudios, que comprobarán que ella está bien, que a lo sumo aceptará cambiar la medicación y estará de regreso en su casa esta noche o mañana. En esta versión, Sarah no es inyectada con un sedante ni acepta sentarse en la silla de ruedas. Delia pregunta llorosa dónde la llevan y Sarah hace un chiste o dos con su característico sarcasmo, y con un gesto que los enfermeros, porque no la conocen, toman por cortesía, acepta irse con ellos y Miriam.

La otra versión, de esos pocos a quienes Sarah les habría contado cómo fueron las cosas realmente, dice que luego de un pase de miradas entre los enfermeros, dos de ellos la agarran por los brazos desde atrás, mientras otro sujeta las piernas ancianas, que no dejan de patalear, entonces un tercero, que ya tenía listo el inyectable, logra aplicarlo en medio de un escándalo de gritos y forcejeos que con los años a algunos les dará vergüenza recordar. Delia llora, grita que no, que no le hagan esto a la señora, que tengan piedad y corre para abalanzarse sobre ellos y salvar a Sarah.

—Quédese ahí, si no quiere tener problemas —dice el administrador de la familia, haciéndola a un costado con una solidez que a Delia la paraliza. Acata, pero a cambio no para de llorar, mientras los forcejeos con Sarah continúan hasta que la medicación alcanza su efecto y consiguen que se quede en la silla de ruedas. Algunos relatos hablan de chaleco de fuerza. Sarah, ya sedada, es transportada hacia el ascensor y metida en la ambulancia, que pocos minutos más tarde abandona la avenida Alvear por la pendiente de la calle Libertad hacia el río, dobla a la izquierda hacia la avenida Libertador y se pierde de vista.

2.

Unos meses antes de la tarde en que se llevaron a Sarah, el portero del departamento de Punta del Este había llamado varias veces a Olga y Miriam. Entrecortaba las palabras, sin certeza de estar haciendo lo correcto, pero el pedido de ellas había sido claro: que avisara sobre cualquier cosa que llamara la atención. La primera vez pensó que tal vez ellas estaban al tanto o que sería esa vez y listo. ¿Quién no tuvo una fiesta descontrolada? Pero después hubo otras y fue cada vez peor, o así lo pensó, porque lo inusual y lo peor a veces quedan juntos.

Cuando Sarah llegaba, el departamento se convertía en un desfile de raros. Así los llamaba él cuando comentaba con los demás vecinos. A algunos, el portero los conocía de la televisión o salían en las revistas del verano, pero a otros no los había visto nunca, era gente nueva, distinta a la de antes. Gente grande, aclaraba, aunque no tanto como Sarah. Entraban y salían, muchos tenían llave y a veces iban cuando ella ni siquiera estaba. Ponían música a todo lo que da y a cualquier hora, se escuchaban gritos, carcajadas, ruidos de botellas, a veces discusiones feroces. Algunos se quedaban a dormir y se iban al día siguiente o al otro y quién sabe qué consumían. Sarah se llevaba mal con los vecinos de Punta del Este, como con los de su casa en la avenida Alvear y los de la casa anterior, en la calle Guido, también en Recoleta. No hacía caso al pedido de los vecinos por ruidos molestos, ni a los suyos, los del portero, cuando le pedían que interviniera. Incluso, a veces, se burlaba con groserías. La señora estaba rara, hacía gestos o comentarios entre obscenos y atrevidos, inusuales en ella. Estaba como desaforada.

—Vaya a contarles todo a mis hijas o después piense y venga a decirme cuánto es —le habría dicho Sarah la última vez que el portero había tenido que pedirle que por favor moderaran el despliegue festivo, que dejaran, al menos, la puerta del departamento cerrada, que ella tenía que entender.

El administrador de la familia, el contador, el que lleva cuentas y finanzas de la familia Katz hace años, también había alertado, a Olga y Miriam, sobre conductas raras, distintas, inusuales. Cheques por miles de dólares que Sarah libraba cada vez más seguido. En la mayoría de los casos no daba explicaciones sobre el destino. Otros eran para comprar obras de arte de dudosa procedencia y calidad, como la antigua bomba de agua con un muñequito en la punta —así la describían— que Sarah había comprado por cincuenta mil dólares. También habían desaparecido cuadros originales de Pettoruti de la oficina de la calle Montevideo, sobre los que Sarah, al ser preguntada por sus hijas, había dicho que podía hacer lo que quisiera con sus cuadros, sus obras, su cama, su casa y toda su fortuna. Que si los quería regalar o mal vender era problema de ella porque, después de todo, los había comprado con Patricio.

Las reuniones madre-hijas tenían la mecha cada vez más corta. Sarah despotricaba contra el buchón del portero, contra el administrador y contra todos los que tuvieran objeciones con el modo en el que estaba viviendo. Le resultaba indignante tener que estar escuchando opiniones sobre lo que ella hacía o dejaba de hacer a esta altura de su vida, que ella tenía derecho a hacer lo que quisiera, que estaba grande para que la anduvieran controlando, que para eso ya había tenido a su madre y después a su marido. Que después de mil años sola, lo que pasaba era que no podían soportar que tuviera un hombre que la hacía sentir cosas que no había sentido ni siquiera por Patricio, que tal vez se le ocurriera casarse, coger o ir a vivir a España, que por qué tenía que estar pendiente de sus hijas, de sus caprichos, que ellas ya estaban grandes también y tenían suficiente dinero para no trabajar nunca más, que lo que ella hiciera no les iba a cambiar la vida, que por favor la dejaran de joder.

Pero las hijas insistieron. Que algo había que hacer, que no solo estaba grosera y despilfarradora sino ciega, que no podía darse cuenta de que toda esa gente no tenía interés en ella sino en su plata y que todos los amigos que le rondaban estaban ahí siempre por lo mismo: interés económico. Que había pasado toda su vida manipulando con el dinero, pero que ahora eran otros los que se aprovechaban de ella y que estaba vieja y no se daba cuenta.

Cuando Sarah tenía once años, en 1930, se encontró en el espejo con las trenzas que le hacía su mamá. La madre que Sarah describiría como una adelantada para su época porque había querido interrumpir el embarazo que trajo a Sarah a un mundo que para su madre estaba completo. Los celos y el lujo eran las principales causas de intranquilidad en las familias, eso pensaba la madre y cada vez que tenía oportunidad, lo escribía en cartas de lectores que enviaba a los diarios. La madre que había hecho que Sarah estudiara idisch, piano y francés, pero de la que más tarde tuvo que esconderse durante un año para poder estudiar Letras en la Universidad de Buenos Aires, la madre que prefería a su hija mayor, que no era rebelde y caprichosa como Sarah, sino obediente y bella.

Las trenzas eran gruesas, castaño oscuro y se doblaban apenas sobre sus hombros. Para qué tengo pelo largo si me hacen trenzas, pensó como tantas veces. Pero esa tarde Sarah agarró la tijera, se las cortó y tiró las trenzas a la basura. Luego salió del baño con el pelo apenas tapando las orejas y un rato más tarde tuvo que correr desesperada delante de la madre alrededor de una fuente repleta de plantas en el patio de estilo romano de la casa de la avenida Rivadavia, donde con los años llegarían a tener un depósito de antigüedades y una pequeña huerta.

—Me las corté y nada más —diría muchos años después, sin agregar casi nada, mucho menos alguna palabra sobre la reacción de su madre. Hará un silencio largo y vacío para agregar:

—A mi mamá no le gustaba escuchar nada de lo que yo tuviera para decirle.

3.

En sus ochenta y ocho años Sarah podía contar al menos tres momentos en los que no había tenido ganas de levantarse, ni salir, ver a nadie o arreglarse. Momentos en los que algunos veían tristeza, y otros, depresión. Por fuera de ellos, Sarah había sido docente, madre, esposa y más tarde artista plástica y escritora, en los claroscuros de la ciclotimia. Épocas, días, ráfagas de una gran vitalidad y buen talante que contrastaban con desgano, apatía y —en ocasiones y en la intimidad— lo que vulgarmente se llama mal genio.

Pero los últimos meses, antes de la tarde de los enfermeros, fueron distintos a los ojos de Olga y Miriam, que venían asistiendo a una euforia materna inédita, una especie de marea de energía descontrolada, una violencia de aprovechar la vida hasta lo último.

Guillermo Rothman era el psiquiatra de Sarah desde hacía tres años y fue el primer profesional al que consultaron las hijas, al que le llevaron la preocupación por los cambios de conducta que ellas y otras personas señalaban. El primer receptor del ¿qué hacemos con mamá? Rothman ya había publicado en revistas de psiquiatría, era docente en el Hospital Alvear y había sido director general de Neuba, una clínica psiquiátrica en prometedor ascenso. Un hombre de modales premeditados y aparente conciencia de su prestigio. Rothman las escuchó con atención, probablemente con las carcajadas, a veces fútiles y grandilocuentes, de Sarah en el margen de su cabeza, la manera de arrastrar las sílabas de Sarah y su particular forma de transmitir sin pronunciarlo que no estaba dispuesta a negociar su porvenir. Rothman hizo algunas preguntas y constató que la relación madre-hijas se había deteriorado a partir del frenesí de Sarah por la relación amorosa que estaba viviendo. Sarah era hostil a la preocupación de sus hijas, con modos terminantes y, en ocasiones, era expulsiva. Rothman, si bien entendía que esas alteraciones conductuales podían darse en una personalidad como la de su paciente, no encontró razones para preocuparse, ni para pensar en grandes cambios en el esquema terapéutico o cuestionar el diagnóstico que siempre pensó más cercano a la ciclotimia que a la depresión o la bipolaridad. Comprendía que algunas conductas excéntricas de Sarah podían resultar incómodas, molestas, a veces hasta de mal gusto, pero que ninguna de esas circunstancias cuestionaba el cuadro diagnóstico, ni significaba sintomatología nueva por reconsiderar. Su respuesta fue probablemente que, en todo caso, podían intensificar la frecuencia del contacto con él para que pudieran quedarse tranquilas, pero que —en su criterio— nada revestía urgencia en términos psiquiátricos.

Pero las hijas insistieron.

Que Sarah estaba despilfarrando plata sin conciencia de lo que hacía, que por momentos tenían la sensación de que su madre no sabía distinguir pesos de dólares, que estaba grosera y más irritable que de costumbre. Que las palabras de él no las dejaban tranquilas y que justamente estaban ahí para mostrar el lado de Sarah que él no podía ver en el consultorio durante el rato que la tuviera enfrente.

Cualquier profesional de la salud mental sabe que no maneja una ciencia exacta, que las certezas son un lujo infrecuente, que termina siendo un riesgo cerrar la puerta a otras opiniones y que a veces ciertas intervenciones responden más a la preocupación familiar que a necesidades del propio paciente y que, de no hacerlo, los efectos pueden ser peores. Por eso y por la insistencia, es probable que Rothman haya tenido que encontrar la manera de dar lugar a la preocupación de las hijas sin que eso significara cambios en el tratamiento de Sarah.

Pocos días después, Olga y Miriam llegaron al consultorio de Alejandro Lagos, psiquiatra, amigo de Rothman, presidente de la Fundación de Bipolares de Argentina.

—Si alguien sabe de bipolaridad en Argentina, es él —habría dicho Rothman. Pero Lagos, después de escuchar los relatos de las hijas y tener que responder varias veces: “El egoísmo y la imprudencia no son necesariamente síntomas psiquiátricos”, no tardó en coincidir con Rothman y se negó a someter a Sarah a una evaluación para elaborar un nuevo diagnóstico.

—La excentricidad no tiene cura —dicen que les dijo y las despidió.

La preocupación, el ¿qué hacemos con mamá?, se quedaba otra vez, rebotando entre Olga, Miriam y sus maridos como un expediente abierto, una intranquilidad persistente que todavía no encontraban cómo resolver.

Dos años después de la consulta con Lagos, en enero de 2007, cuando entre Sarah y sus hijas habrán pasado tantas cosas que ni siquiera se dirigirán la palabra, La Nación publicará una nota titulada La enfermedad de los genios, en la que participarán tanto Lagos como Mariano Jacowitz, un psiquiatra de Funar, la fundación neurológica que sería parte de la fama de Orlando Narvaja.

Lagos planteará la bipolaridad como un rasgo no necesariamente trágico.

La nota comenzará así:

“¿Qué tuvieron en común Edgar Allan Poe, Miguel Ángel, Virginia Wolf, Piotr Tchaikovsky, Cary Grant y Vincent van Gogh? Su talento, es cierto. Sin embargo, cada uno de estos genios sufría una alteración que obraba como disparador de su creatividad, y quizá nunca lo supieron: el trastorno bipolar, más conocido como enfermedad maníaco-depresiva.”

Lagos agregará: “Hay una característica particular que suele ser bastante común entre los bipolares: es reconocido que estas personas son más creativas y capaces.” Explicarán la bipolaridad como un cuadro que por momentos pierde los bordes, de manera que ceden ciertas inhibiciones. Se trataría de personas que, en las fases maníacas, podrían volverse extremadamente creativas y excéntricas con las que la convivencia podría resultar muy difícil.

4.

Una noche de otoño, pocas semanas antes de que los enfermeros coparan el living del departamento de la avenida Alvear, Sarah aceptaba otra copa de champagne en la casa de Gilberto Magdalani.

Gilberto tenía sesenta y siete años, era conocido como empresario y artista plástico autodidacta. En Buenos Aires, había sido el creador de boliches como La France, Buenos Aires News y el restaurante Dolbu. Este último, su mayor orgullo. Aunque muchos lo conocían del ambiente de boliches gay, como encargado de un lugar en el barrio de Once, sobre avenida Corrientes, muy cerca de lo que entonces era el Mercado del Abasto, en el sótano del Hotel N`ontué. Era común que, en su casa, en el décimo piso de una de las torres mejor cotizadas de Buenos Aires, se encontraran diferentes personalidades de la cultura y la farándula como el arquitecto Elías Bonet y su delicada esposa escultora, el artista plástico Bernardo Girvés, Paco Uriburu, junto con actrices conocidas de teatro y televisión. Algunos, como Sarah, estaban siempre; otros, solo en algunas ocasiones más numerosas a las que concurría el reciente ex presidente, productores de televisión y algunos de los más conocidos artistas del Di Tella. En 2005 ya no resultaba una novedad que desde uno de los ventanales se viera la Biblioteca Nacional que el propio Elías Bonet había diseñado muchos años antes.

Otras veces la cena era de a cuatro: Sarah y Gilberto, Hilario Herb, un conocido director de teatro que además era psicoanalista, y su esposa actriz. Es probable que Sarah mencionara al pasar la tensión creciente en la relación con sus hijas, pero la mayor parte quedaba ahogada en las copas y los poemas recitados en voz alta.

Esa noche de otoño, copas de champagne en mano, las carcajadas de Bernardo Girvés contagiaban a todos acaso por el entusiasmo compartido. Estaban cerca de concretar el proyecto Arcos de Buenos Aires en el Paseo de la Infanta. Estaban convencidos de que el proyecto iba a tener excelente aceptación del público porque rescataría el Paseo de la Infanta del abandono en el que se había hundido desde la muerte de la nena de seis años a la que se le había caído una escultura encima y que tantos problemas les había traído a Gilberto y sus socios. Era importante que el mensaje público fuera la recuperación de un espacio de la ciudad para crear un nuevo foco de interés cultural, más popular de lo que había sido la galería de arte Bögen, situada en el mismo lugar. Se trataría de un espacio de recreación física, artística y cultural, que no se limitaría a locales comerciales sino también comprendería las veredas y el estacionamiento. El proyecto incluiría un teatro para setecientas personas.

Arcos de Buenos Aires era la oportunidad de recuperar la rentabilidad de la concesión que la empresa Dolber SRL tenía hacía muchos años. Dolber SRL era, entre otros, Gilberto Magdalani, junto con un matrimonio conocido como los fundadores de Pumper Nic cuando en Argentina no existían los locales de comida fast food. Tenían también la empresa de hamburguesas Paty y el complejo de ski de Las Leñas.

En la mesa del champagne y las carcajadas tenían todo lo que necesitaban: un arquitecto que se iba a encargar de la planificación estructural, Bernardo Girvés haría el diseño de decoración, Gilberto la gerencia y toda la gestión. El proyecto estaba a punto de ser aprobado por el Organismo Nacional de Administración de Bienes. Cuando eso sucediera, solo faltaría un inversor que pudiera aportar alrededor de quinientos mil dólares.

—Yo la pongo —había dicho Sarah en una reunión anterior.

5.

Cuando a Sarah le tocó ser madre se propuso ser diferente a como había sido la suya.

—Diferente, nada más.

A veces, Sarah usa las palabras como si tuviera que devolverlas, como quien estudia de un libro ajeno, o como quien teme el espesor de lo que se dice y, entonces, prefiere librarse de eso cuanto antes. No sabe si funcionó, si pudo ser diferente. No sabe o no quiere pensar o no lo quiere decir.

—Diferente, con más libertad —y luego calla lo que piensa y se le nota, y en ese silencio la libertad parece más para ella que para nadie.

Algunos piensan que ha sido una madre excesiva, con esa repulsión hacia las hijas, propia de lo excedido, que hubo épocas en las que no las dejaba en paz, que —ya grandes— las trataba como si fueran menores de edad, que siempre tenía una opinión sobre las parejas, que por momentos era una furia de reclamos y desaires si no se hacía lo que ella quería.

Las hijas —dicen— llevan una vida teniéndole paciencia.

—¿Por qué te parece que ambas, Olga y Miriam, viven lejos de Sarah? —dijo, perspicaz, Gerardo Tespano, amigo de la familia, una de las personas que más sabe de la obra de Victoria Ocampo y uno de los autores de la revista Sur.

Mientras los cheques de cifras exorbitantes se multiplicaban, en esa distancia de rivalidades resueltas a fuerza de silencios, las palabras del psiquiatra, la sugerencia de tranquilidad se diluía en cada grito, en cada insulto, cada grosería de Sarah, cada rechazo a cualquier intención de acuerdo o muestra de preocupación. Y, en esa disolución, crecían las preguntas.

¿Qué hacer? ¿Aceptar que despilfarre la mitad de la fortuna? ¿Dejarla que haga lo que quiera, con el riesgo de que se aprovechen de ella? ¿Permitir que se case aún con la sospecha de que no es querida? ¿Hasta dónde llegaría esta gente? ¿Cómo arrogarse el derecho de decidir por ella? ¿Cuándo es el momento de comenzar a tratar a una madre como si fuera una niña? ¿En qué momento alguien deja de ser dueño de su propia vida? ¿Llega ese momento? ¿Arriesgarse a no hacer nada? ¿Cuál es la prioridad? ¿La prioridad para quién? ¿Desde los cincuenta o sesenta años se puede ver y decidir sobre la vida a los casi noventa?

Todas esas preguntas y otras llegaron a oídos de Augusto Perez Blas, amigo cercano de la familia, médico dedicado a la neurobiología, que en ese momento era rector de la facultad de medicina. Perez Blas conocía el brillo joven y la formación que Orlando Narvaja había conseguido en el exterior. Todo indica que, teniendo en cuenta su propia formación y quizá una serie de ideas acerca de los límites no solo de los diagnósticos sino de la mirada psiquiátrica, Perez Blas consideró oportuno que cambiaran de especialidad, de eje, de punto de vista. Es así como Olga y Miriam, después de consultar a dos psiquiatras, llegaron a Orlando Narvaja, un neurólogo.

6.

Mientras la ambulancia que lleva a Sarah llega a la clínica Neuba en el barrio de Almagro, en Buenos Aires, es probable que Gilberto Magdalani camine por alguno de los senderos de la Posada del Quenti, en Córdoba, el hotel donde cada tanto resuelve su sobrepeso.

Sarah no recordará cómo ni quién la baja de la ambulancia, tampoco si Miriam está ahí o la encuentra después. En cambio, sí recordará que le piden que espere en un consultorio en el que no hay más que dos sillas y un escritorio casi vacío.

Se queda sola durante minutos, que vive como horas, sentada con el mismo saquito de piel que tal vez se había puesto para escuchar música o tal vez eligió cuando se resignó. Aun así, tiene frío. Y con el frío escucha las voces de sus hijas detrás de la pared.

Miriam y Olga.

La voz de Olga se impone sobre las demás.

Sarah aprieta los párpados y sacude la cabeza hacia los lados. Pasa un rato en ese consultorio hasta que llega un psiquiatra que le hace las preguntas habituales de una evaluación psiquiátrica. Preguntas que Sarah considera absurdas, bastardea, pero finalmente responde con errores: en qué año estamos, quién es el presidente, si sabe dónde está, cuánto sale un kilo de tomates, cuál es la relación entre dólares y pesos o cuál es la diferencia entre un niño y un enano.

Luego, tampoco recordará si están sus hijas al alcance de su vista mientras atraviesa, junto con alguien de ambo claro, varias puertas con cerraduras magnéticas. No recordará cuántas, pero estará segura de que son más de dos y de que llegan a un hall mediano en el que hay un office de enfermería como el que vio en cualquier hospital común. No como éste —en sus palabras—, un loquero.

Llegan a una habitación con dos camas, sábanas blancas, frazadas verde agua y baño privado que huele a limón. Hay una puerta al fondo de la habitación que da a un jardín sin plantas, pero con el pasto bien verde. Parece la casa de Gran Hermano. Espacios amigables, dijo el arquitecto responsable de la obra. Si no fuera por el trato ligeramente compasivo, dulce pero dominante de los enfermeros y porque no puede irse, se podría decir que las instalaciones tienen casi la categoría de La Posada de Quenti en versión psiquiátrica metropolitana donde, a diferencia de la escena en la que debe andar Gilberto, los pasajeros están cansados, tirados en los sillones, perturbados, aislados en rincones, privados de su libertad.

A la derecha del hall donde dan las habitaciones de Neuba, que suman veinte camas para internación, hay una puerta con seguridad magnética que conduce a los espacios comunes. Un living, así lo llaman, con amplios sillones, donde la calefacción es excesiva; el comedor con una especie de barra de bar atendida por una enfermera, el sum y el jardín. Todo en perfecta limpieza. Pero Sarah no verá nada de eso todavía. Los ojos le pesan y un cansancio atroz le impide moverse. Se recuesta en la cama, con el saquito de piel todavía puesto y no puede darse cuenta de que se duerme profundamente.

7.

Muchos años antes, en los comienzos de los noventa, mientras manipulaba el cerebro de un cadáver, Orlando Narvaja, en sus años de estudiante de la Universidad de Buenos Aires, reflexionó:

—Pensar que este kilo y medio de carne gelatinosa alguna vez fue la sede de esperanzas, amores, odios, envidias y frustraciones de alguien.

La inclinación por la neurología lo había conducido, pocos años después, todavía antes de recibirse, a la prestigiosa Fundación CIEN, Centro de Investigación de Enfermedades Neurológicas.

“Lo conocí en un congreso que hubo en Mendoza y me impresionó su determinación, ya que me persiguió todo el día para que lo invitara a trabajar con nosotros. Además, mientras realizaba su entrenamiento, demostró una enorme capacidad de trabajo.” Eso había dicho Sebastián Silverstein, reconocido neurólogo, número dos en la Fundación CIEN, en una nota de Doris Muller para el diario La Nación.

El mismo Silverstein que en 2018, ante el pedido de entrevista para este libro, respondería desde Perth, Australia, donde viviría durante quince años, que preferiría no hablar de Narvaja.

Durante los noventa, junto con la transformación de CIEN en un centro también asistencial y no solo de diagnóstico, Narvaja había formado parte de la primera camada de residentes que en 1997 obtuvieron su título de especialistas en neurología. Convertirse en residente fue un hecho casi natural después de los años de estudiante ávido de experiencia, recorriendo pasillos, consultorios y ateneos. Todos lo conocían. Narvaja se destacaba por su ambición de progresar, su capacidad de trabajo y también por su modo amiguero de involucrarse con sus compañeros y armar partidos de fútbol. Si no hubiera sido médico, Narvaja habría sido futbolista. Su padre, también médico, había pensado en llevarlo a algún club para que probara suerte. Orlando siempre fue hábil en la cancha. Muy buen jugador, dicen los que recuerdan los miércoles de fútbol a la vuelta de CIEN, con un defecto imperdonable: “Era un gran morfón”.

Cuando terminó la residencia, Orlando Narvaja contaba con más de cinco años de trabajo entre grandes maestros y con el difícil cariño de Rodolfo Bett, neurólogo, número uno en CIEN, mentor de la fundación desde 1978, responsable del posicionamiento en Latinoamérica entre las clínicas más prestigiosas de la especialidad. Bett era el director general de CIEN y lo quería como el hijo varón que no había tenido. Orlando Narvaja era el elegido. Dicen que buena parte de las habilidades de liderazgo que Narvaja supo desarrollar las aprendió con él. Rodolfo Bett era también el director médico que cinco o seis años después de la tarde de los enfermeros en la casa de Sarah, en medio de la atención personal y traslado desde Venezuela del líder de la banda de rock más conocida de Argentina, por una isquemia cerebral que años después derivaría en su muerte, sería desvinculado de CIEN en medio de un escándalo por sospechas de malversación de fondos.

Al ser entrevistado para este libro, Bett resumirá así los comienzos de Orlando Narvaja:

—Lo mimamos y después lo mandamos a formarse a Inglaterra y Estados Unidos. —Luego estirará los labios en una mueca de disgusto, sacudirá apenas la cabeza y dirá—: Yo lo detesto porque nos engañó a todos.

Sebastián Silverstein consiguió los contactos para enviar uno de los profesionales de CIEN a perfeccionarse en Inglaterra. Una oportunidad para la que entonces solo había dos candidatos: Orlando Narvaja y Marcos Pietra. Este último, psiquiatra y neurólogo, que años más tarde se convertiría en el director médico de Neuba. Pietra estaba casado, esperaba su primer hijo y no tenía posibilidades de viajar en ese momento. Para Orlando Narvaja, en cambio, aun cuando tuvo que aprender inglés a las apuradas, resultó una gran oportunidad.

Así fue como, durante poco más de un año y medio, estudió en la Universidad de Cambridge, con John R. Hodges, reconocido profesor de neurología cognitiva y, de ahí, la posibilidad de una formación más profunda en demencias neurodegenerativas, entre las que se cuenta la demencia frontotemporal o enfermedad de Pick. Luego pasó un tiempo en Iowa, en un centro de neuropsiquiatría, también gracias a los contactos de Sebastián Silverstein.

Cuando finalizaron los cursos de especialización, en 2001, Orlando Narvaja regresó al país. CIEN ya se había convertido en un universo en el que los médicos caminaban apurados por los pasillos de las salas de espera llenas de pacientes. El escenario de política institucional tenía a Silverstein como protagonista porque lideraba el gran proyecto: CIEN Pilar. La apertura de un centro de rehabilitación para pacientes con secuelas de enfermedades neurológicas, accidentes cerebrovasculares, traumatismos varios, etc. El centro alcanzaría rápidamente reconocimiento nacional e internacional.

Acaso por el protagonismo o por acumulación de años, las diferencias Bett-Silverstein habían comenzado a ser vox populi. Política institucional, ideologías de gestión y —algunos dicen— cuestiones económicas.

CIEN Pilar estaba en pleno despliegue. El país, luego de dos presidencias de Menem y un mandato debilitado de De La Rúa, estaba por atravesar la peor crisis económica y social de su historia, antes de la pandemia de covid-19. Argentina vivía el año que terminaría con cinco presidentes en dos semanas. Orlando Narvaja se había convertido en un médico joven con muy buena formación para su edad y el capital conseguido en el exterior le brotaba por los poros. Se incorporó al servicio de neurología cognitiva que funcionaba en el octavo piso de la torre de consultorios de CIEN y se disputaba el número tres, debajo de Silverstein, con Marcos Pietra. Los planes de Silverstein para Narvaja eran que fuera a trabajar a CIEN Pilar, pero Orlando seguía siendo el elegido de Bett y lo de irse a Pilar no le parecía una buena idea.

Con el correr de los meses y las presiones de un proyecto tan grande, las diferencias Bett-Silverstein se profundizaron. Tenían grandes discrepancias respecto de cómo llevar adelante el crecimiento del centro de rehabilitación. Ambos tenían personalidades intensas, fuertes convicciones sobre sus ideas, Silverstein era casi un talibán del rigor científico y Bett se perdía en las relaciones interpersonales. Cada vez encontraban menos puntos de convergencia que les permitiera seguir trabajando juntos.

En un movimiento que muchos no pudieron creer y la mayoría sufrió en silencio, Sebastián Silverstein, el médico señalado como el principal responsable de la fundación de CIEN Pilar, inteligente, prestigioso y reconocido neurólogo, fue desvinculado de CIEN.

Orlando Narvaja tenía treinta y cuatro años y pasó a ser el jefe del servicio de neuropsicología y neuropsiquiatría.

Poco tiempo después, Marcos Pietra se fue de CIEN y Sebastián Silverstein viajó a Australia para radicarse en Perth.

8.

Todo indica que, algunas semanas antes de la tarde de los enfermeros y luego de consultar a Rothman y Lagos, Orlando Narvaja recibió a Olga y Miriam gracias al contacto de Augusto Perez Blas. Hablaron acerca de la gente que Sarah tenía alrededor; que querían sacarle plata, que le estaban metiendo ideas raras sobre revisar la venta del Laboratorio Katz, la empresa familiar, concretada nueve años antes: y no lo dijeron, pero era fácil adivinar que se trataba de una suma millonaria. Que Sarah organizaba fiestas y no quería entrar en razón, que no prestaba atención a la familia. Hablaron también de la locura del casamiento, que —si eso pasaba— iba a ser equivalente a dejar la puerta abierta de sus casas. Iban a tener que lidiar con un oportunista como si fuera un miembro más de la familia.

La edad de Sarah y la fortuna de las Katz no eran datos menores.

Es posible que Orlando Narvaja haya tenido la sensibilidad de detectar lo que hacía falta: detener los actos. Un compás de espera para que todo se calmara y luego, más adelante, ver. Tal vez, con la convicción de buscar la solución menos riesgosa para todos: para él, para las hijas y eventualmente, aunque no fuera seguro, para Sarah. Desde ese punto de vista, no es tan difícil considerar excitabilidad al entusiasmo, deficiente control de los impulsos a la pasión y ver obscenidad en el desparpajo a una edad socialmente “inadecuada”.

Es probable, entonces, que haya dedicado un rato a plantear opciones, posibilidades terapéuticas y legales. El abanico, para una paciente de ochenta y ocho años, nunca es tan amplio. Indicar un esquema específico de medicación, solicitar una medida de protección en la justicia, internarla, o bien no hacer nada, como habían sugerido los psiquiatras anteriores. Para cualquiera de las opciones, necesitaba conocer a Sarah.

Las hijas, probablemente, hayan hecho muchas preguntas porque no buscaban hacer nada inconveniente para Sarah, pero llevaban meses en esa difícil cornisa en la que Sarah podía hacer cosas inconvenientes para ellas, acaso todavía más inconvenientes que las de siempre, y Olga, sobre todo ella, era una mujer de trazos sólidos que no temblaba cuando había que tomar una decisión. Pero al mismo tiempo, la duda feroz: ¿cuál es el límite de la libertad? ¿Está bien dejar libre a una madre que está a punto de ser estafada? Es probable que lo hayan vuelto a pensar con el médico y luego afuera, entre ellas; y más tarde con los maridos o con amigas y con el administrador de la familia y sus abogados. Que luego de idas y vueltas se hayan convencido de estar haciendo lo mejor, que lo que planteaba Orlando Narvaja les parecía lógico, que algo tenían que hacer, que tal vez llegaba ese momento en el que les tocaba decidir por su madre, aunque ella no estuviera de acuerdo y ojalá pudiera entenderlo alguna vez. El dinero, por suerte, no era un problema. O sí.

Tal vez el dinero era, justamente, el problema sin solución.

Luego de conversar largamente con Narvaja, probablemente, Olga y Miriam aceptaron hacer lo que había que hacer, lo que decidieran de ahí en más. Aunque muchas de esas cosas implicaran dolor y escondieran, como en la relación de todo hijo, las cuentas pendientes de antaño, las broncas, los odios no resueltos. La decadencia de los padres es, a veces, como el agua negra que emerge de la cloaca.

Pocos días más tarde Orlando Narvaja tocó el timbre del departamento de la avenida Alvear. Delia atendió el portero eléctrico y recién después de repetir dos veces su nombre, se escuchó el chirriar que le permitió entrar. Orlando saludó al guardia de seguridad y confirmó que para ir al piso diecisiete tenía que subir a ese ascensor de puertas automáticas y doradas. Al subir se miró en el reflejo de las paredes metálicas y se acomodó el cuello de la camisa. Al llegar al palier, esperó unos minutos hasta que Delia abrió la puerta.

Narvaja hizo crujir el piso de madera con sus pasos, entre las paredes colmadas de cuadros, hasta encontrarse, por primera vez, con esa mujer diminuta pero imponente que lo recibió estirando los labios en forma de sonrisa. Sarah le señaló el sillón de cuero azulino, mientras ella se sentó en un silloncito, sin perderle la mirada.

Orlando estiró levemente el cuello hacia adelante, de manera que la cabeza siempre quedó más allá de su cuerpo. Es un modo de demostrar interés, de concentrarse, meterse en lo que está haciendo. Hizo chistes y sonrió grande como lo hace siempre, como si la mueca de mostrar los dientes fuera parte de su trabajo. Hay algo de yerno encantador en Narvaja que combinó con el humor sarcástico de Sarah, que también tiene la costumbre de los chistes cuando quiere sacarse alguna situación de encima. Juntos hacían una escena digna del cine nacional costumbrista.

Trece años después, cuando Orlando fuera un médico famoso, con aspiraciones políticas, diría que la ciencia puede medir muchas cosas, menos la ironía y el humor. Sarah, especialista en ambas, era una suerte de espécimen extraño, un desafío o una oportunidad.

Sarah respondió las preguntas y se ocupó de dejar claro que se sentía bien, que la preocupación de sus hijas era infundada, que se atendía con su psiquiatra, que la encontraba bien, que ella solo estaba de fiesta y que en su vida era algo para celebrar, que sus hijas olvidaban todos los momentos tristes por los que ella había tenido que pasar, que ella era una artista y que sus hijas no entendían eso y que en lugar de estar gastando plata y tiempo en médicos, deberían dejar de preocuparse por ella y por el dinero porque dinero era lo que sobraba y que ella era, tal vez, una de las mujeres más poderosas del país y que, como lo había hecho en otro tiempo con la Fundación Katz, estaba por invertir en un gran proyecto cultural.

Narvaja se ocupó de tener gestos de empatía, tal vez habló del cerebro, de las cosas que le pasan a ese órgano, como hace siempre que quiere resultar impersonal. El cerebro aprende, al cerebro le pasa, el cerebro es conservador, el cerebro olvida o recuerda. Tal vez, por momentos, Sarah pudo sentir que él estaba de su lado, o que la entendía o que los estudios probarían de una vez que ella estaba bien de la cabeza. Acaso por eso, Sarah, a pesar de que quería seguir atendiéndose con Rothman, se comprometió a hacer los estudios que Narvaja dejó indicados y que Sarah realizaría en CIEN.

9.

Luego de la primera noche internada en Neuba, Sarah, al despertar, tarda unos segundos en entender dónde está. No tiene puestos los zapatos, está tapada con una manta verde agua y todavía lleva su saquito de piel. Al pasarse las manos por el pecho, aparecen en su memoria los enfermeros, el living, los gritos, los ojos llorosos de Delia y la mirada severa de su hija. El saquito es, esta mañana, el único rastro que le queda del exterior.

Sus hijas no están.

Al costado hay otra cama que está vacía. Detrás, una ventana y una puerta que todavía no ve hacia dónde da. Antes de que ella pueda incorporarse, como si hubiera estado espiando, aparece una enfermera que parece un tren, abre las cortinas de un solo movimiento y deja entrar un exceso de luz que a Sarah le hace fruncir los ojos. Luego se acerca, le dice Sari sin pedir permiso, la obliga a incorporarse, le toma la presión, le mide la temperatura y le explica que los controles son porque estuvo durmiendo mucho tiempo. Luego le muestra dónde es el baño, le ofrece darse una ducha y que incluso podría ayudarla si lo necesita. Sarah no responde o lo hace de mal modo. Al rato sale despeinada de la habitación y de a poco descubre un ejército de gente de ambo de casaca blanca con pantalón azul. En todos lados dice Neuba. Sin que ella pregunte, le explican la rutina del nuevo mundo. Cuando pregunta si hoy va a volver a su casa, le responden con evasivas o chistes acerca de por qué tanto apuro, que si la están tratando mal y por eso ya quiere irse.

Nadie toma en verdadera cuenta cuando dice que no está loca.

Escucha que las habitaciones son para dormir por la noche o alguna siesta eventual. Durante el día tiene libertad para andar por el living, el comedor, el sum y el jardín. Se lo repiten como si fuera algo que sin importar cuán demente está, tiene que aprender. Tendrá talleres de yoga, eutonía, gimnasia, plástica, terapia ocupacional, psicodrama, musicoterapia, taller literario, terapia de grupo. Las actividades están divididas en horarios por la mañana y por la tarde y le irán avisando en cuáles se irá incorporando. En la enumeración cordial de todo lo que hay por hacer Sarah encuentra días, semanas, meses. Y no llega a pensarlo, no puede recordar los poemas de Pizarnik que le recitaba su amigo Armando Lois, pero algo de aquellas palabras se encienden en su cuerpo, porque, como Pizarnik, con la sola idea de la laborterapia se arrancaría los ojos y se los comería.

Luego de un rato, la dejan sola o ella se aleja, no sabe, y camina por donde se puede caminar, pero no saluda a nadie porque todo tiene una cuota tan grande de irrealidad que Sarah, por primera vez, no sabría qué decir. Entonces, camina y se cruza con un chico que parece no tener más de dieciocho años, con un gorro con visera y ropa deportiva, que la saluda con cortesía tres o cinco veces, como si cada vez olvidara la anterior o tratando de asegurarse de que no se olviden de él, pero luego sigue y da la impresión de tener algo que hacer. Hay también una señora de unos cincuenta años, con pantalón de jogging y blusa de vestir, tiene los ojos muy maquillados y el pelo sucio, deambula como si supiera adónde va. Si Sarah siguiera observando, comprobaría que la mujer repite un circuito que no conduce a ningún lado. En los sillones hay una adolescente acostada con una libretita en la que se ven letras y dibujos de soles y caritas con trazos que hunden las hojas con birome azul. Una chica de unos veinte años está sentada en una silla, con la cara hacia las puertas vidriadas que dan al jardín. El pelo tapa gran parte de su cara. No se sabe si mira el pasto, el suelo cerca o algo que solo ella puede ver.

A la derecha de las puertas ventanal que dan al jardín, hay un recinto pequeño y sin puerta, con un teléfono semipúblico, que funciona con las mismas tarjetas telefónicas que los de la calle. Sarah le pregunta a un enfermero si puede darle una tarjeta o cómo puede hacer para hablar por teléfono.

—¿A quién querés llamar?

—A mis hijas —miente Sarah.

—No te preocupes, ellas saben que estás acá, yo les voy a avisar que querés hablar con ellas.

—También me gustaría hablar con algún amigo.

—Bueno, le voy a avisar a tu médico, lo que vos tenés que hacer ahora es descansar.

10.

En los tiempos de apogeo de Narvaja en CIEN, mucho antes de conocer a Sarah Katz, era frecuente verlo leyendo un paper sobre algún nuevo descubrimiento científico apoyado sobre uno de los escritorios del office de médicos. Era común que, a los diez minutos de haberlo leído, lo comentara en la reunión de equipo como un saber consolidado y que al comprobar que nadie estaba al tanto, regañara a sus colegas con un fondo casi escolar que mezclaba el exhorto con aspiración de profesionalismo, combinado con una presión que deja a los otros más cerca de la frustración que del ánimo creativo.

Con una idea casi darwiniana del desarrollo, Orlando ejercía la jefatura desde una concepción del liderazgo que se basaba en competir para crecer. Competir entre sí para crecer como equipo. No tenía prurito en mostrarse como ejemplo porque estaba convencido de que el líder tiene que inspirar, mostrar cómo se hace. Un líder como él, como el personaje en que se convertiría con los años, tenía que ocuparse de conservar su lugar.

Un líder no es un maestro.

Los líderes como Narvaja se guardan una parte. No muestran sus mecanismos, por más arcaicos que sean y consiguen así la fascinación de muchos. No ponen en riesgo su lugar, sino todo lo contrario, refuerzan a cada uno según su sitio en la jerarquía de líderes y seguidores. Narvaja habla con datos estadísticos —ciertos o no, siempre impresionan—, con fórmulas, definiciones, fábulas, anécdotas engordadas para soltar moralejas. La primera vez impacta, pero al escucharlo en repetidas oportunidades queda a la vista que el repertorio es siempre el mismo.

Máquina imparable, le decían los que podían observar sin fascinarse, los que podían ver más allá del brillo hipnótico que destilaba y destila Narvaja, alguien con la valentía de poner deliberadamente en juego su propósito. No son muchas las personalidades capaces de eso. Los que no se animan juegan de seguidores. Orlando se animaba y eso que tenía, que seguiría siendo su arma de crecimiento, era lo que lo hacía cada vez más grande. Competía contra sí mismo, se exigía cada vez más y para el 2005 tenía grandes planes.

En febrero de 2005, La Nación publicó una nota de Doris Muller, ya reconocida como periodista científica, parte de una serie que, con los años, conformarían un promedio de cinco o seis notas al año, con Narvaja como protagonista de noticias o curiosidades en torno al cerebro.

“El doctor Orlando Narvaja se considera un típico producto de la clase media argentina. Su padre es médico rural en un pueblito de dos mil habitantes y su madre, ama de casa. Desde Ituzaingó se mudaron al casco de una estancia en el campo. La ciudad de Buenos Aires lo recibiría muchos años después para estudiar en la UBA y acercarse a la ciencia. Ya antes de recibirse —precozmente, cuando sólo tenía 23 años—, empezó a interesarse por los temas de la neurología. Combinó estudio e investigación y muy pronto comenzó a hacer sus primeras publicaciones. De esos tiempos conserva una foto con uno de sus profesores. En el anverso de la fotografía se lee una dedicatoria con algo de premonición: Para Orlando Narvaja, pichón de águila que volará alto, estoy seguro”.

Rodolfo Bett irrumpió en el consultorio de Narvaja, enojado por las apariciones mediáticas de Orlando sin haber sido consultado, sin consensuar lo que iba a decir y, sobre todo, sin nombrar a CIEN. Bett levantó el tono de voz, habló de la imagen y la política institucional, del respaldo de las asociaciones médicas, de la importancia de definir con mentalidad corporativa qué tipo de información se hace circular. Orlando escuchó en silencio y luego se ocupó de minimizar, de priorizar la divulgación de descubrimientos científicos, síntomas habituales de determinadas patologías, estudios recomendados. Tal vez argumentó que había avisado pero que Bett lo habría olvidado.

En abril de 2005, Bett no podía imaginar que en menos de tres meses la preocupación por lo que aparecería en los medios sería todavía peor y los temas científicos pasarían a un segundo plano.

En los pasillos llenos de pacientes, para los que Orlando tenía cada vez menos tiempo, comenzó a flotar una idea que tenía sus años, pero era cada vez más evidente: Narvaja no tenía el perfil de CIEN. O lo había tenido al principio, pero su propósito de popularidad no combinaba con la idiosincrasia institucional. La medicina, comenzaron a decir, era para él una herramienta social, personal y política, un instrumento para ser una especie de rockstar. El perfil de CIEN era Sebastián Silverstein, coincidían mientras seguían lamentando su ausencia, y recordaban que Silverstein era alguien a quien le interesaba la medicina y la investigación en primer lugar.

—Un médico que, si sale en las revistas, es para hablar de algún descubrimiento, seriamente, no para hablar pavadas —sentenciaría Bett, años más tarde.

De la época del regreso de Orlando Narvaja a CIEN, había quedado una historia. Casi una leyenda que conocían todos, aunque nadie se animaba o prefería no confirmar. Algunos, incluso, la negaban. Historias que tejen el cuerpo institucional como una suerte de atmósfera donde circula la identidad colectiva e individual en la que todos, al cabo de un tiempo, creen conocerse.

En aquel momento y muchos años después, no hacía falta terminar de pronunciar la historia de las corbatas para que el interlocutor sonriera, asintiera y hasta le sumara algún detalle. Decían que durante los meses en los que Narvaja todavía era un recién llegado del exterior, sucedió la siguiente escena.

Orlando se quedó a solas con Bett y mientras desataba su propia corbata, dijo algo cercano a:

—Sos la persona con la que más aprendí en CIEN, por eso quiero que tengas la corbata que usé en Cambridge. Es mi modo de regalarte un poco de lo que viví allá gracias a ustedes.

Bett tomó la corbata de Orlando y sintió esa especie de satisfacción que se tiene con los hijos cuando algo de la tarea cumplida regresa en forma de gratitud. La leyenda dice que pocos meses después, Bett, que probablemente andaba con el orgullo de la corbata encima, se encontró en un ascensor con otros dos neurólogos de trayectoria en CIEN. Al contarles su anécdota, comprobó la cara cada vez más desencajada de sus interlocutores, que, a su turno, relataron la misma escena. Ellos también habían recibido una corbata, con una frase de gratitud en clave de exclusividad, un abrazo y una sonrisa genuina de Narvaja, distinta a la que usaba para trabajar.

—Usted siempre me saluda despidiéndome —le dijo un paciente a Narvaja en medio de la sala de espera, cuando apareció veinte minutos más tarde que el horario del turno, para saludarlo y decirle que en lugar de él lo iba a atender Gloria Fusco. Una psiquiatra joven, con muchas ganas y gusto por trabajar, que en los últimos meses se había convertido en la mano derecha de Narvaja.

Lo que pasaba era que Orlando estaba gestando una decisión grande para su carrera y si bien era alguien que siempre había tenido la habilidad de estar en muchas cosas a la vez, no podía tener tiempo para las consultas simples, para los casos de rutina de todos los días. Orlando estaba por dar el gran paso, independizarse, fundar lo propio, la institución que pudiera llevar su impronta, que reuniera todo su interés por la investigación, la divulgación de la ciencia, diagnóstico y asistencia. Para eso, estaba buscando dónde instalar lo que sería, con los años, Funar, Fundación Narvaja, su propia institución, un pichón de CIEN.

Para eso, le había pedido a Gloria Fusco que fuera a ver un departamento en la avenida Corrientes, un piso quince en un edificio de oficinas. Necesitaba una segunda mirada antes de cerrar el contrato de alquiler. Le anticipó que el lugar necesitaba bastante más que un poco de pintura, pero que cerraba con el presupuesto inicial, que no había que ponerse quisquillosos, que él lo quería hacer en ese momento, que confiaba en que iban a crecer y, en todo caso, luego se mudarían a un lugar mejor, que contaba con la ayuda económica que le daría su hermano y su familia, que no era mucho, pero que para empezar iba a estar bien.

Cuando Gloria Fusco volvió de ver ese departamento, fue terminante.

—¿En qué estás pensando, Orlando? ¿Vas a atender a personas dementes en un edificio que tiene una escalera en la entrada?

Antes de que él pudiera cambiar el gesto de sorpresa por la opinión de ella y por no haber considerado semejante detalle, Gloria insistió en que la escalera de la entrada tenía demasiados escalones, que eso iba a ser un problema enseguida, que tal vez incluso tuviera problemas con la habilitación, que le extrañaba cómo él no se había dado cuenta y que además el lugar estaba demasiado abandonado, que el edificio era muy viejo, que el departamento no había estado habitado los últimos, por lo menos, dos años. Pero, sobre todo, que lo había encontrado muy deprimente, que para atender pacientes con la gravedad a la que ellos estaban acostumbrados, necesitaba otra cosa.

11.

Mientras Orlando Narvaja analizaba los estudios que Sarah había accedido —finalmente— a hacerse, Olga y Miriam esperaban en silencio. Todas las preguntas estaban sobre la mesa, hasta que Narvaja se acomodó en la silla para inundar todo con su voz.

Durante un rato, gesticuló en exceso, movió las manos y acaso porque lo dijo o porque se ocupó de que se le notara, las hijas supieron que había estudiado este cuadro casi más que nadie en Argentina, que su especialización en el exterior había estado dedicada a eso, que había compartido experiencias en clínicas de Inglaterra y Estados Unidos, que había visto miles de resonancias similares y publicado papers sobre el tema en revistas científicas. Orlando usó toda su destreza didáctica para explicar que se trataba de un cuadro difícil de diagnosticar, que muchas veces pasaba desapercibido hasta estadios avanzados y que por eso algunos profesionales lo desestimaban. Les enseñó imágenes del cerebro de Sarah en la resonancia y tradujo en palabras sencillas lo que podía entenderse como una marcada atrofia frontal bilateral, una lesión orgánica compatible con alteraciones conductuales típicas de esa zona: vulgaridad, deterioro de las buenas costumbres y respeto por las normas sociales, etc. Les mostró, probablemente, distintos ejemplos de otras resonancias, casos tal vez más avanzados, cerebros al trasluz donde ubicó cosas que Olga y Miriam vieron solo a partir de las palabras.

Habló de dos síntomas claves: desinhibición y prodigalidad.

Hizo especial hincapié en la prodigalidad y con ello instaló una palabra que condensaba los relatos de las hijas respecto del comportamiento de Sarah con el dinero. Argumentó que eso explicaba las conductas extrañas de los últimos meses.

Olga y Miriam escucharon entonces, por primera vez, lo que flotaría sobre la familia durante los siguientes tres o veinte años. El diagnóstico que —Narvaja no podía adivinar— el tiempo pondría a prueba: demencia frontotemporal o enfermedad de Pick.

Es probable que las hijas tuvieran esa ambigua sensación de alivio que aportan los diagnósticos, esa idea de saber lo que pasa, aun cuando los nombres no explican nada. Aunque la palabra demencia tenga peso, historia e ideas propias.

Aparecieron, entonces, las preguntas por el tratamiento, si éste conducía a la cura, cuál era la causa, por qué pasaba esto, si estaba seguro, si no había otro estudio que pudieran hacer para confirmar, si era hereditario, qué iba a pasar si ella no lo reconocía y por qué podía no entender lo que a ella misma le pasaba.

A Orlando Narvaja le tocó decir que la demencia frontotemporal no solo no tenía cura, sino que es progresiva. Tuvo que encontrar la manera de transmitir que Sarah estaría cada vez peor, que la desinhibición se profundizaría y había probabilidades de que no pudiera mantener una conversación coherente. Dependiendo de los años que le quedaran por vivir, Sarah podría perder la orientación temporo-espacial: no iba a saber dónde vive, ni qué año es, ni cómo se llama, ni quiénes son los que la rodean. Orlando Narvaja tuvo que traducir en palabras amables que las demencias evolucionan hacia la desintegración completa de lo que alguna vez fue la personalidad y convierten a las personas en seres vulnerables, incapaces de anclarse a ninguna coordenada, para terminar en la muerte. Es probable que haya dicho también, tal vez a causa de las preguntas, que se trata de un diagnóstico hereditario en un porcentaje muy bajo, tal vez menos que el 10% de los casos.

Entonces, ¿qué hacemos con mamá? ya no era un desierto de cuestionamientos morales sino una cuestión de médicos. Ahora, Sarah no era solo una anciana alocada, trayéndoles problemas a sus hijas, sino una anciana demente.

Narvaja planteó un esquema específico de medicación para intentar que el cuadro menguara su intensidad, pero tanto él como las hijas sabían que las posibilidades eran exiguas. Sarah no iba a tomar nada que le recetara alguien que no fuera su psiquiatra, mucho menos Narvaja, ni nadie que dijese que estaba loca. Narvaja nunca se comunicó con Guillermo Rothman para intercambiar criterios, debatir u obtener más datos de la historia clínica de la que, ahora por decisión de las hijas, era su paciente.

Sarah era una marea que frenar. Quedaban, entonces, las opciones de internarla y/o iniciar un juicio de insania. Dos tipos de barreras que, entendieron, servirían para protegerla de ella misma y de terceros.

En el 2005 —vigente el Código Civil anterior a la reforma del 2015—, cuando alguien era declarado insano, se le retiraba la potestad sobre sus derechos y obligaciones. En su lugar se nombraba un curador que ejerciera, en nombre del insano, los derechos y deberes. Un representante. La sustitución de un insano por un sano. Es decir, si nombraban a Miriam como curadora, Sarah iba a necesitar la firma de su hija para poder casarse, sacar dinero de sus cuentas, comprar, vender bienes o salir del país.

Probablemente, Orlando Narvaja tuvo que explicar que para solicitar judicialmente la insania era necesario acreditar el diagnóstico mediante la firma de dos profesionales. Uno podía ser él. Necesitaban alguien más.

12.

Una tarde de abril o mayo de 2005, antes de conocer a Sarah Katz y a sus hijas, Orlando entró al consultorio de Bett con el cuerpo tenso y algo grande para decir. Luego de dos o tres comentarios para romper el hielo, miró a los ojos de Bett y le comunicó que en tres meses dejaría de trabajar para CIEN, que estaba en marcha un proyecto personal al que quería dedicarse íntegramente. Orlando sabía que la clave del éxito era apostar fuerte y ese era el momento en que tocaba sostener la adrenalina, el deseo, el riesgo y el temor, todo alineado en la misma dirección.

Orlando Narvaja no se iba a atender pacientes en su consultorio particular, ni había conseguido un trabajo mejor, estaba montando una futura competencia. Es probable que Orlando haya hecho comentarios de gratitud, que dijera frases complacientes acerca de los ciclos de la vida y los desafíos, que tratara incluso de sonreír buscando en los ojos de su maestro su propio reflejo como alguien por quien valía la pena apostar. Pero a Bett se le fueron endureciendo los labios y así, con la boca dura, aceleró las palabras, tal vez hizo algún comentario alentador en el que no creía. No por orgullo, aunque probablemente lo sintiera, recién más tarde iba a poder pensar que Orlando, casi un hijo, se iba lejos de su tutela, de los años de formación que Bett jamás consideraría pagos, lejos del mundo CIEN en el que él, Bett, era el techo que habría costado años atravesar. Orlando, con su salida, desafiaba el orden jerárquico de líderes y seguidores que Bett también había sabido construir.

Aprender en CIEN para volar hacia otro lado es lo que decían y dicen muchos profesionales. Se sabe que los sueldos no son los mejores del mercado. Lo supo Narvaja cuando lo importante no era la plata sino la experiencia, lo supo Gloria Fusco cuando Narvaja le ofreció quedarse a trabajar luego de que ella también pudiera ganar experiencia en CIEN durante sus años de formación.

Funar, Fundación Narvaja, era un proyecto de un médico que era pura proa y que, naturalmente, no podía ofrecer sueldos atractivos, más bien todo lo contrario. En algunos casos, para los puestos directivos, la oferta implicaba cierta sociedad o participación de las ganancias. Orlando siempre supo que las palabras importan, que los discursos tienen capacidad de crear mundos y que se vive más con lo que se sueña que con lo que efectivamente se tiene.

Lo que Bett no podía ver era que Funar se iba a llevar un poco de CIEN.

—Te vendía que ibas a ser la mejor psicóloga de Sudamérica, es tan vehemente, que es muy difícil no creerle —dice alguien que recuerda aquellos meses, que tuvo que tomar la difícil decisión de dejar un trabajo seguro para unirse a un proyecto en ciernes y agrega que Funar, naturalmente, necesitaba no solo profesionales sino benefactores, tal como CIEN. Entidades, personas, empresas, familias que estuvieran dispuestas a apoyar económicamente. Apostar por una institución cuyo único capital era el futuro.

No es novedad que la seducción y la capacidad de hacer soñar puede ganarle a cualquier propuesta económica. Narvaja se fue del consultorio de Bett, probablemente con un peso menos, con esa sensación de vértigo y libertad por estar adentro pero ya afuera. La combinación ideal para hacer movimientos que en otro momento habrían sido imposibles.

Con el correr de las semanas, la distancia de los que empezarían a pensar en irse iría agujereando los consultorios con silencios, miradas esquivas, gestos indecisos, conversaciones a escondidas que de a poco se irían convirtiendo en decisiones, en promesas y apuestas, en esa actitud contagiosa de ir por algo mejor. Si bien la salida de Narvaja no era un secreto, de lo que no se hablaba era de lo que se llevaría. En los consultorios, las reuniones de equipo y el office de médicos nadie hablaba del tema, ni estaría seguro de cuánto sabría el otro. Por las dudas callaban y las conversaciones estaban llenas de la artificialidad de estar midiendo la información. Dialogaban entre silencios, tanto que al cabo de pocas semanas ya no quedaría nadie que no hubiera escuchado el nombre Funar, un pichón gigante que crecía en silencio desde el corazón de CIEN.

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