Kitabı oxu: «Noche de bodas aplazada»

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
2009 Natalie Rivers
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Noche de bodas aplazada, n.º 4 - octubre 2020
Título original: The Blackmail Baby
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Este título fue publicado originalmente en español en 2010
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-1348-829-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
CHLOE Valente, eres la mujer más increíblemente guapa y sexy que he conocido en toda mi vida.
Las palabras, apenas un susurro en el oído de Chloe, hicieron que sintiera un escalofrío de anticipación. El calor del cuerpo de Lorenzo la quemaba a través de la fina seda del vestido de novia, excitándola. Todo en su vida había cambiado como jamás pudo imaginar.
–Gracias por hacer que este día haya sido tan especial –suspirando, se agarró a la barandilla de piedra del balcón, mirando el fabuloso salón de baile que aún estaba lleno de invitados tomando champán. Resultaba difícil creer que aquel palazzo, propiedad de la familia veneciana de Lorenzo durante generaciones, fuese ahora su nuevo hogar.
–Ha sido maravilloso. No imagino una boda más bonita.
Venecia era un sitio mágico para casarse y la nevada de febrero la había hecho aún más encantadora y romántica. Mientras volvían al palazzo después de la ceremonia, reclinada sobre almohadones de terciopelo en una góndola al lado de su guapísimo marido, había sabido que aquél era el día más feliz de su vida.
–Lo mejor aún está por llegar –dijo él, su acento italiano como una caricia–. Deja que te lo demuestre en el dormitorio.
Chloe cerró los ojos un momento, dejándose llevar por una ola de placer. Saber que Lorenzo la deseaba tanto hacía que su corazón latiese a mil por hora y que sintiera mariposas en el estómago.
El sonido de las conversaciones mezclado con el tintineo de las copas y la angelical música de un arpa parecía llegar flotando desde abajo.
–No podemos irnos todavía –sonrió, mientras Lorenzo la besaba en el cuello–. ¿Qué haremos con toda esa gente?
–Tú siempre haces lo que debes hacer –dijo él, tomándola por la cintura–. Eras la ayudante perfecta, siempre anticipándote a mis deseos y a los de mis socios. E incluso ahora, el día de tu boda, estás pensando en los invitados… en ser la mejor anfitriona posible.
Chloe miró sus vibrantes ojos azules y sintió un familiar escalofrío. Con esa mirada y un físico soberbio, era el hombre más apuesto que había conocido nunca. Casi resultaba imposible creer que ahora fuese su marido, que estuviera casada de verdad con Lorenzo Valente.
Durante dos años había sido su ayudante ejecutiva, amándolo a distancia, sabiendo que sus sentimientos no podían ser correspondidos por su increíble jefe veneciano. Ella era una chica inglesa normal y él pertenecía a una de las familias más antiguas y nobles de Venecia. Además de ser un hombre de negocios multimillonario y respetado por todo el mundo. Pertenecían a mundos diferentes.
Pero entonces Lorenzo le preguntó si quería salir con él.
Al principio le había resultado difícil creerlo. Desde el día que empezó a trabajar en el cuartel general de su empresa lo había visto con una interminable sucesión de bellezas del brazo, todas altas, delgadas, con ojos sensuales y largas melenas oscuras.
No tenían nada que ver con ella, que era bajita, rubia, con pecas y unos ojos verdes que resultaban ridículos si se ponía algo más que un poco de rímel.
Pero, a pesar de sus dudas iniciales porque no entendía cómo un hombre tan magnífico como Lorenzo Valente podía estar interesado en alguien como ella, le había resultado imposible resistirse. Había entrado en su vida como un tornado, seduciéndola con la intensidad con la que el apasionado italiano lo hacía todo.
Chloe había visto que Lorenzo trataba a las mujeres como una diversión pasajera, pero sabía que a ella la trataba de otro modo.
Jamás había mencionado la palabra amor, pero ella sabía que no se sentía cómodo mostrando emociones o sentimientos.
Un día la llevó a su casa en Venecia y le habló de su futuro y de los hijos que esperaba que tuviesen juntos. Para Chloe, ésa era la auténtica señal de amor y compromiso.
De modo que había aceptado su proposición con auténtica felicidad, sintiendo que entraba en un nuevo capítulo de su vida, un capítulo que duraría para siempre.
–Ven arriba conmigo y deja que me anticipe a tus deseos, mi querida Chloe –dijo con voz ronca–. Deja que te muestre lo feliz que me siento por haberme casado contigo.
Los ojos de Chloe se llenaron de lágrimas. Jamás se había sentido especial… desde luego nunca se había visto sexy o preciosa. Que Lorenzo se lo dijera significaba para ella mucho más de lo que nunca podría imaginar.
El amor y la felicidad eran más potentes que el champán que había estado bebiendo durante toda la tarde…
«Te quiero» era lo único que pensaba.
Sólo dos palabras, pero nunca las había dicho en voz alta. Ninguno de los dos lo había hecho.
Al principio era demasiado tímida como para admitir sus sentimientos, pero ahora todo había cambiado. Estaban casados. Habían estado juntos en medio de una congregación, prometiendo cuidar el uno del otro, amarse y respetarse durante el resto de sus vidas… y ahora su corazón rebosaba felicidad.
Y, de repente, las palabras escaparon de su garganta:
–Te quiero, Lorenzo.
Inmediatamente la expresión de Lorenzo cambió por completo, un cambio tan profundo que Chloe supo de inmediato que había cometido un terrible error.
–¿Me quieres? –repitió él con súbita ira–. ¿Por qué has dicho eso?
–Porque… porque es verdad –respondió Chloe, sorprendida.
–¿A qué estás jugando? –Lorenzo frunció el ceño como si no entendiera–. Tú sabes… siempre has sabido que este matrimonio no tiene nada que ver con el amor.
–Pero… –Chloe no pudo terminar la frase, con el estómago encogido. ¿Qué estaba diciendo?
–Tú sabes que el nuestro es un acuerdo práctico. Hemos hablado de que serías mi esposa ideal… tú entendías que éste era un acuerdo sensato y práctico entre los dos, mucho mejor que un campo de minas emocional. Siempre has sabido lo que pensaba de este matrimonio.
–No te entiendo –Chloe lo miraba, desconcertada, intentando recordar su proposición. Era cierto que no había clavado una rodilla en el suelo para pedirle que se casara con él, pero la había llevado a París, la ciudad más romántica del mundo, habían paseado por la orilla del Sena con las hojas de otoño bailando a su alrededor… incluso había tomado sus manos para pedirle que fuera su mujer.
Intentó recordar cuáles habían sido sus palabras exactas, recordar la conversación entera. Pero, de repente, lo único que podía ver era la expresión airada de Lorenzo.
–Discutimos el asunto cuando tu madre y tu hermana se marchaban a Australia. Te pregunté por tu padre, si él emigraba con ellas… y tú me dijiste que no lo habías visto desde que tenías siete años.
–Pero tú y yo no salíamos juntos entonces –dijo Chloe, intentando entender la relevancia de esa conversación–. Eso fue antes de pedirme que saliera contigo.
Recordaba que se había mostrado muy comprensivo y que le había contado que su madre se marchó de casa cuando él tenía cinco años. Era la primera vez que su relación había saltado la barrera entre jefe y ayudante. Lorenzo incluso le había servido una copa mientras le decía… que en su opinión la vida era mucho más sencilla sin las complicaciones de los ideales románticos.
Chloe se llevó una mano al corazón. Sí, lo había dicho, pero nunca habría imaginado que hablaba en serio, que era algo más que un simple comentario amargo debido a los tristes recuerdos de su infancia.
¿Qué tenía eso que ver con su matrimonio?
Lo miró, atónita, intentando recordar si habían vuelto a hablar del asunto alguna vez, pero sabía que no era así. Lo recordaría si Lorenzo hubiese dicho algo que la hiciera pensar que su interés por ella era frío y práctico.
Él se pasó una mano por el pelo, sus ojos azules brillando de rabia.
–Pensé que eras diferente a las demás –le dijo–. No otra de esas mujeres que intentan atraparme con falsas declaraciones de amor y promesas que no tienen intención de cumplir. Pero ahora veo que eres como ellas… peor aún porque has esperado hasta hoy, el día de nuestra boda, para hacerlo.
Chloe intentó entender lo que estaba diciendo, pero no era capaz. Se daba cuenta de que estaba temblando y se abrazó a sí misma.
–¿No quieres que te quieran? –le preguntó–. No te entiendo, Lorenzo. Es natural esperar amor, buscarlo incluso.
–La gente que busca el amor es idiota –dijo él, desdeñoso.
–¿Pero y si lo encuentras aunque no lo estés buscando? –le preguntó Chloe.
Nunca había esperado enamorarse de su jefe, pero su magnético carisma, su seguridad, su presencia, habían hecho imposible que no lo amase.
–El amor es una ilusión, un falso ideal.
–Eres tan cínico… –murmuró Chloe–. Pues claro que el amor existe, no se puede negar lo que siente tu corazón.
–¿Y tu corazón te dice que me quieres? –preguntó Lorenzo, sarcástico–. ¿Incluso ahora que he dejado claro lo que pienso sobre el asunto?
–No es algo que uno pueda apagar y encender con un interruptor –dijo ella, desolada por su actitud. Sabía que Lorenzo podía ser muy arrogante a veces, pero nunca había pensado que fuese una persona cruel.
Por lo visto, había muchas cosas que no sabía del hombre con el que acababa de casarse. ¿Había cometido el error más terrible de su vida?, se preguntó.
–¿Entonces insistes en decir que me quieres? Tal vez no desees echarte atrás ahora… ¿crees que es mejor seguir fingiendo?
–¿Qué es lo que quieres de un matrimonio, de tu mujer? –le preguntó Chloe, que no iba a dejarse amedrentar.
–Quiero a alguien sincero, auténtico. Alguien a quien pueda respetar. No otra de esas mujeres cuyas promesas de amor son tan falsas como su aspecto.
–Yo siempre he sido sincera contigo –replicó ella, parpadeando furiosamente cuando notó que sus ojos se empañaban. No iba a llorar delante de él cuando estaba tratándola de esa forma–. Y si no puedes respetar eso… si no puedes respetarme a mí, me temo que es tu problema, no el mío.
Chloe levantó la barbilla, desafiante, mordiéndose los labios para evitar que le temblasen mientras intentaba pasar a su lado. Pero Lorenzo sujetó su brazo.
–Ve a tranquilizarte un poco si quieres –le dijo–. Pero no tardes mucho. Después de todo, eras tú quien no quería ser grosera con nuestros invitados.
Chloe miró por encima de su hombro. Había olvidado dónde estaba y fue una sorpresa ver que la fiesta seguía en todo su apogeo.
Sintió una ola de náuseas al preguntarse si alguien los habría visto discutir. Pero nadie estaba mirando.
–No hay testigos, lo cual es una suerte –las palabras de Lorenzo eran desdeñosas, pero eso no enmascaraba el tono amenazador– porque no voy a tolerar más faltas de respeto. Ni voy a permitir que me avergüences de ninguna manera.
Chloe lo miró, de repente incapaz de reconocer al hombre del que se había enamorado. Abrió la boca para responder, para decirle que ella no toleraría ese comportamiento, pero antes de que tuviese oportunidad de hablar Lorenzo se dio la vuelta.
Y se quedó donde estaba, mirándolo. Nunca había podido apartar la mirada cuando Lorenzo entraba en una habitación. Su presencia era como un imán.
Incluso ahora, después de lo que había pasado, no pudo dejar de mirar hasta que lo perdió de vista. Pero como la puerta de su estudio estaba cerrada de inmediato supo lo que debía hacer. Tenía que alejarse de él, tan rápido como fuera posible.
Diez minutos después, Chloe vaciló en la puerta de su dormitorio, mirando el precioso vestido de novia tendido sobre la cama. Se había sentido como una princesa con ese vestido. O tal vez como Cenicienta yendo al baile. Pero había descubierto de la peor manera posible que Lorenzo no era el príncipe azul.
Tembló al recordar su expresión cuando le declaró su amor y se tapó la cara con las manos, intentando apartar el recuerdo de su fría mirada mientras aplastaba todas sus esperanzas. Le había roto el corazón y la había humillado.
Por primera vez se alegraba de que nadie de su familia hubiera podido ir a la boda. Su madre y su hermana estaban demasiado ocupadas organizando su nueva vida en Australia y, como Chloe había decidido no ir con ellas, era casi como si se hubieran olvidado de que existía.
Y, por supuesto, su padre no estaba allí. Ni siquiera sabía dónde estaba o si seguía vivo.
Chloe respiró profundamente para darse fuerzas. Había pensado que aquél sería el día más feliz de su vida, pero Lorenzo la había despertado bruscamente de ese sueño. Tendría que darse prisa si quería escapar de allí sin que la viera. Y, en aquel momento, lo único que deseaba era estar lo más lejos posible de Lorenzo Valente.
Después de ponerse un gorro de piel falsa para cubrir su pelo y oscurecer su cara en lo posible, levantó el cuello del abrigo y se dirigió a la amplia escalera que llevaba a la puerta principal del palazzo.
Sabía que habría muchas góndolas en la entrada del Gran Canal esperando llevar a los invitados de vuelta a sus hoteles después del banquete y necesitaba transporte para llegar al aeropuerto lo antes posible. No había mucho tiempo antes de que el último avión saliera de Venecia esa noche.
Disfrazada bajo capas de ropa, no parecía la bajita novia rubia que había llegado ese día radiante de felicidad después de la ceremonia y esperaba con todo su corazón que nadie la reconociese. No podría soportarlo si el equipo de seguridad de Lorenzo la llevaba de vuelta a casa… a Lorenzo.
Chloe suspiró mientras subía al taxi-góndola y le pedía que la llevase al aeropuerto Marco Polo. Un viento helado que parecía llegar directamente de los Dolomitas la atravesó y la hizo temblar por fuera y por dentro.
Esa tarde, los copos de nieve le habían parecido maravillosamente románticos. Ahora el tiempo le parecía frío y cruel.
Logró salir del palazzo sin que la vieran e iba de camino al aeropuerto, pero las ventanas del taxi-góndola estaban cubiertas de vaho y como no podía ver nada el movimiento la estaba poniendo enferma.
De repente, la noche le parecía impenetrable, un muro negro e inseguro sin monumentos reconocibles. Y su corazón estaba rompiéndose en un millón de fragmentos iguales a los copos de nieve que caían del cielo para ser tragados por las aguas negras del canal.
Lorenzo estaba en el balcón, mirando la tormenta de nieve con un enfado tan negro como la noche.
La nieve caía con tal fuerza que las luces de los edificios del otro lado del Gran Canal no eran más que reflejos y no había manera de ver a diez metros de distancia.
Aunque no había nada que ver. Chloe se había ido.
Había tomado un avión para marcharse de la ciudad esa misma noche y el mal tiempo hacía imposible que la siguiera… ni siquiera en su jet privado.
Lorenzo soltó una palabrota, agarrándose a la balaustrada con dedos tan fríos y duros como la piedra.
Él sabía dónde había ido, estaba casi seguro. A casa de su mejor amiga, Liz, en un pueblecito al sur de Londres. Pero, como precaución, tenía gente esperando en la puerta del aeropuerto de Gatwick para confirmar su destino.
No era un viaje largo. De hecho, seguramente ya estaría cerca.
Lorenzo levantó un brazo automáticamente para mirar el reloj y volvió a soltar una palabrota al ver que tanto el reloj como la manga de la chaqueta estaban cubiertos de nieve.
Furioso, se volvió abruptamente para entrar en el dormitorio, apartando la nieve con manotazos impacientes. Pero ya se estaba derritiendo con el calor de su cuerpo, de modo que se quitó la chaqueta.
Y se quedó inmóvil al ver el vestido de novia de Chloe abandonado sobre la cama. Su corazón empezó a latir violentamente dentro de su pecho…
¿Cómo se atrevía a abandonarlo así?
¿Cómo se atrevía a salir huyendo en medio de la noche?
Romper su matrimonio no era una decisión que pudiera tomar por capricho, sencillamente porque él había aplastado ese ataque de romanticismo.
Pero eso ya no importaba. No sabía si su declaración de amor había sido genuina o una trampa calculada. O si no era más que algo que había despertado la ceremonia y el banquete. Daba lo mismo, al escapar de allí había sellado su suerte. Su matrimonio estaba roto.
Lorenzo tomó el vestido y se encontró recordando lo guapa que estaba Chloe con él puesto. Había pasado gran parte de la tarde imaginando cómo iba a quitárselo…
De verdad había creído que sería una buena esposa y una buena madre para sus hijos. Pero su unión había terminado antes de que empezase.
Entonces recordó algo y tuvo que apretar los puños, sin darse cuenta de que estaba aplastando la tela entre los dedos. No era la primera vez que alguien escapaba del palazzo. Pero nadie volvería a hacerlo nunca más.
Lorenzo miró la delicada seda blanca y luego, con un abrupto movimiento, la tiró salvajemente hacia el balcón.
Se quedó de pie, mirando un momento el vestido, obligándose a sí mismo a respirar pausadamente y haciendo un esfuerzo sobrehumano para que su corazón latiese de manera controlada.
El vestido ya no podía distinguirse de la nieve que había caído sobre el suelo de piedra del balcón. Y si no dejaba de nevar pronto estaría cubierto por completo.
Furioso, se dio la vuelta y salió de la habitación.
Capítulo 2
Tres meses después
ERA UN precioso día de mayo. El sol brillaba, los pájaros cantaban sobre las ramas de los árboles… y Chloe estaba frente a la tumba de su mejor amiga con una niña huérfana en los brazos.
Resultaba casi imposible creerlo, pero era cierto. Liz, la madre de Emma, ya no estaba con ellas.
Había tenido tres meses para hacerse a la idea de que su querida amiga estaba perdiendo la batalla contra el cáncer, pero aun así su muerte había sido una horrible sorpresa.
Aquella fría noche de febrero, cuando volvió de Venecia, había ido directamente a casa de Liz, en el pueblo. Estaba desesperada por ver a su amiga y contarle lo que le había pasado con Lorenzo. Pero lo que necesitaba sobre todo era buscar el consuelo de su compañía.
Sin embargo, en cuanto abrió la puerta, Chloe se dio cuenta de que ocurría algo. El cáncer que llevaba meses en remisión había vuelto.
Liz no había querido contárselo para no estropear el que debería ser el momento más feliz de su vida, el día de su boda. Pero lo más descorazonador era que la enfermedad había progresado hasta el punto de que los médicos ya no podían hacer nada.
Chloe miró a la niña que tenía en brazos, sintiéndose helada y vacía. El sol del mes de mayo no era capaz de calentarla y, en ese momento, pensó que jamás volvería a hacerlo.
–¿Estás bien, cariño?
Chloe notó la preocupación en la voz de Gladys, la amable vecina de Liz, que había sido un apoyo increíble durante las últimas semanas. Había intentado animarla en los peores momentos y se había ofrecido a cuidar de la niña para que Chloe pudiese acompañar a Liz en el hospital.
Chloe se volvió, intentado que su sonrisa pareciese convincente, aunque sabía que no era fácil engañar a Gladys.
–Estoy bien, sí.
–Ha sido un funeral precioso. Los versículos de la Biblia que Liz quiso que leyeses eran muy bonitos.
Chloe asintió con la cabeza, intentando controlar el nudo que tenía en la garganta. El funeral le había parecido insoportable. El dolor de perder a su mejor amiga seguía siendo intolerable.
Liz era demasiado joven para morir y Emma era demasiado pequeña para perder a su madre.
–Si de verdad estás bien, me voy a casa. Deben estar esperándome allí.
–Gracias por invitar a todo el mundo a tomar un té –dijo Chloe. Había sido un detalle por parte de Gladys ofrecerse a recibir a los invitados después del funeral porque ella no tenía fuerzas para hacerlo.
–Es lo mínimo que podía hacer. Tú estás ocupada con Emma y ya has hecho demasiado.
–Sólo he hecho lo que hubiera hecho todo el mundo.
–No, no todo el mundo –sonrió Gladys–. Tú cuidaste de tu amiga en los momentos más difíciles y ahora estás cuidando de su hija. Liz era muy afortunada por tener una amiga como tú.
Chloe apretó los labios para controlar la emoción. Sabía que Gladys lo hacía con buena intención, pero en ese momento era difícil pensar que Liz hubiera sido afortunada en absoluto. La pobre había sufrido tanto… y sólo para que el cáncer le quitase la vida al final.
–Nos vemos dentro de un rato –murmuró, abrazándola.
Luego, cuando la anciana se dio la vuelta, dejó escapar un suspiro de alivio. Necesitaba estar sola.
No podía soportar la idea de encerrarse en el saloncito de Gladys, con la gente del pueblo dándole el pésame. Liz no tenía parientes cercanos y nadie sabía dónde estaba el padre de Emma porque en cuanto descubrió que Liz estaba embarazada no había querido saber nada de ella. Incluso se atrevió a insinuar que él no podía ser el padre.
–Todo saldrá bien, Emma –susurró, besando la carita de la niña–. Nos tenemos la una a la otra.
De repente, la imagen de Lorenzo apareció en su cabeza. Tres meses antes había pensado que iba a embarcarse en la más maravillosa aventura de su vida: casarse y tener hijos con el guapísimo Lorenzo Valente. Pero todo había cambiado.
No había vuelto a saber nada de él desde la noche que se marchó de Venecia y eso le dolía más de lo que quería admitir. Sabía que era poco realista esperar que la siguiera para decirle que estaba equivocado, que la amaba…
Pero eso era lo que había deseado.
Tampoco ella se había puesto en contacto con Lorenzo. Entre otras cosas, porque estaba demasiado ocupada cuidando de Liz y Emma. Y, si era absolutamente sincera, no habría sido capaz de enfrentarse con él.
En el fondo sabía que se había portado mal al salir huyendo sin decir nada, pero había sido una reacción instintiva al descubrir que Lorenzo veía su matrimonio como un acuerdo práctico y sin amor. El abrumador deseo de protegerse, de salvarse a sí misma, la había hecho huir. Porque para proteger su corazón debía alejarse de él.
Y, sin embargo, ahora tenía que ponerse en contacto con Lorenzo.
Primero, para contarle su intención de adoptar a Emma. Aún seguían oficialmente casados y eso podría ser una complicación en el proceso legal. Y, además, debía hablarle sobre un dinero que se había visto obligada a sacar de la cuenta que Lorenzo había abierto a su nombre antes de la boda. Era una cantidad muy pequeña, insignificante para un multimillonario, pero lo conocía tan bien como para saber que no le pasaba desapercibido ningún detalle, incluso el más pequeño.
Se lo devolvería en cuanto le fuera posible. No quería nada de él y cuanto antes lo solucionase antes podría dejar atrás aquel triste episodio de su vida y seguir adelante, forjándose un futuro para Emma y para ella.
Un escalofrío recorrió su espalda al pensar en volver a verlo, pero cerró los ojos y apretó la cara contra la de Emma.
–No voy a pensar en eso ahora –murmuró. Le había prometido a Liz que sólo pensaría cosas alegres, pero en ese momento era una promesa difícil de cumplir.
Suspirando, se acercó a un banco de madera bajo un almendro en flor. La hierba estaba cubierta de delicadas flores rosadas que le recordaban al confeti que lanzaron el día de su boda.
Y, de repente, un sollozo escapó de su garganta. Hacía un día precioso, pero su mejor amiga no estaba allí para compartirlo con ella. Y no estaría nunca más.
Lorenzo Valente conducía el descapotable con natural facilidad, cambiando de marcha cuando tomaba una curva. Era una bonita tarde del mes de mayo y el sol era sorprendentemente cálido mientras recorría la carretera de la Inglaterra rural.
Pero, aunque normalmente disfrutaba conduciendo, su expresión no era precisamente de alegría. Estaba pensando en la trampa que Chloe le había tendido.
Pocas cosas lo sorprendían. Había aceptado el hecho de que haber nacido en una familia rica y haber multiplicado su fortuna lo convertía en el objetivo de varios tipos de parásitos buscavidas.
Jamás pensó que Chloe quisiera robarlo, pero era una cosa más por la que hacerle pagar.
Sus fuertes dedos se aferraron al volante mientras apretaba los dientes, furioso.
Un minuto después llegaba al diminuto pueblo y tomaba el camino que llevaba a la iglesia. Una vez allí, detuvo el coche a corta distancia de la valla y esperó a que la gente que salía pasara a su lado.
Sabía que aquel día estaban celebrando el funeral de su amiga. Siempre estaba informado de las actividades de Chloe desde que lo abandonó.
Y, de repente, vio una figura vestida de gris cruzando el patio de la iglesia para dirigirse al pequeño cementerio que había detrás.
Era Chloe.
Lorenzo experimentó una extraña sensación en la boca del estómago y su corazón empezó a latir más deprisa mientras salía del coche, ignorando las miradas de curiosidad de los vecinos. Sólo tenía ojos para Chloe.
Ella no lo vio acercarse. Estaba completamente inmóvil en un banco bajo un almendro, totalmente desolada, sujetando a una niña en brazos.
Lorenzo estaba a punto de decir algo, pero vaciló, sintiendo una desacostumbrada punzada de inseguridad. Chloe tenía los ojos cerrados y estaba llorando, las lágrimas rodando por su rostro.
El dolor por la muerte de su amiga era algo tan íntimo que acercarse en aquel momento sería una intromisión.
Pero de repente ella abrió los ojos y lo miró, con cara de sorpresa.
–Lorenzo –murmuró. Las lágrimas hacían que sus ojos verdes brillasen como nunca bajo la luz del sol y su pálida piel parecía casi transparente–. Dios mío, no puedo creer que estés aquí.
Que hubiese pronunciado su nombre con tal sentimiento hizo que sintiera una inesperada ola de emoción. Le habría gustado alargar la mano y acariciar su mejilla, pero en lugar de eso apretó los brazos firmemente a los costados.
–¿De verdad? –le espetó, sabiendo que su tono era exageradamente brusco. Sobre todo después de haberla visto llorando. Pero la intensidad de su reacción lo había pillado por completo desprevenido. Él no estaba acostumbrado a verse afectado por las emociones de otros–. Pensé que robándome dinero tu intención era volver a verme.
–El dinero… ¿es por eso por lo que estás aquí?
Chloe lo miró, con el pulso acelerado. Tenía un aspecto tan fuerte, tan vibrante. Y, a pesar de todo, era la persona a la que más quería ver en ese momento.
Por un segundo había querido creer que tal vez estaba allí porque sabía que lo necesitaba… porque sabía lo triste y lo sola que se encontraba. Había imaginado que sabría dónde estaba desde que se marchó de Venecia porque la información era moneda de cambio para Lorenzo Valente.
–¿Qué otra razón podría haber? –le preguntó él.
Chloe respiró profundamente, intentando contener una irracional desilusión. En realidad sabía que si le hubiese importado en absoluto habría ido a verla mucho antes.
–Voy a devolverte el dinero –le dijo–. Pero es que lo necesitaba urgentemente.
–¿Para qué? ¿Qué era tan urgente que no has podido esperar? ¿Qué era tan importante que has tenido que tomar mi dinero inmediatamente y sin permiso?
–Tenía que pagar el entierro de Liz –respondió ella, incapaz de creer lo frío y seco que era–. Ya no me quedaba dinero en el banco y mis tarjetas de crédito están al máximo. Llevo varios meses sin trabajar porque he estado cuidando de Liz y…
Chloe se detuvo abruptamente, pensando que había hablado demasiado. El estado de su economía no era asunto de Lorenzo.
Había sido una sorpresa encontrarse cara a cara con él, pero Lorenzo no tenía el menor interés por ella; sólo le interesaba lo que creía que le había robado.
¿De verdad había ido hasta allí por una ridícula cantidad de dinero?
–He usado ese dinero para pagar el funeral y el entierro de Liz –añadió.
Ni siquiera Lorenzo Valente sería tan duro de corazón como para no entenderlo.
–Deberías habérmelo pedido –dijo él.
–No tenía que pedírtelo, la cuenta estaba a nombre de los dos. Yo nunca he querido tu dinero, pero no voy a pedirte disculpas porque volvería a hacerlo. Liz merecía un entierro apropiado.
Pulsuz fraqment bitdi.