Kitabı oxu: «La razón práctica en el Derecho y la moral»
Publicación
editada
en el Perú
por Palestra Editores

Cultura Chimú (entre los años 1000 y 1460 d.C.)
LA RAZÓN PRÁCTICA
EN EL DERECHO Y LA MORAL
Neil MacCormick
La razón práctica
en el Derecho y la moral
Traducción
José Ángel Gascón Salvador
Palestra Editores
Lima — 2021

Contenido
PREFACIO
LISTA DE CASOS
INTRODUCCIÓN
– 1 – INCENTIVOS Y RAZONES
1. «Nadie que no sea un zopenco»
2. Tipos de razón
3. ¿Es esta una imagen demasiado egocéntrica?
4. La voluntad legislativa
5. Reciprocidad y el dominio protegido
6. Costumbres, convenciones y moral
7. Ideales y fines
– 2 – VALORES Y NATURALEZA HUMANA
1. La importancia del lenguaje
2. Humanidad y animalidad
3. Razones concernientes a otros y «simpatía»
4. Sobre los ideales
5. Decidir qué es mejor hacer
6. Una elección real
7. Decisiones en el ámbito público
– 3 – LO CORRECTO Y LO INCORRECTO
1. Normas y contextos
2. Órdenes normativos y convenciones
3. Coordinar la no violencia
4. La moral ideal
5. El turno de Adam Smith
6. Fortalezas y límites del sentimentalismo
7. Un imperativo categórico smithiano
8. ¿Qué pasa con la autonomía?
– 4 – CUESTIONES DE CONFIANZA
1. Traicionar la confianza: mentira y engaño
2. Promesas, contratos y confianza
3. ¿Leyes?
4. Sobre las obligaciones
5. Agentes autónomos y ética institucional
6. Obligaciones no voluntarias y Derecho institucional
– 5 – AUTONOMÍA Y LIBERTAD
1. Trascender el Derecho natural
2. Autonomía y autodominio
3. ¿Hay una verdad moral?
4. Derecho natural y libertad natural
5. «Leyes de la libertad» y «libertad natural»
– 6 – OBEDIENCIA, LIBERTAD Y COMPROMISO, ¿O UTILIDAD?
1. Obediencia, libertad y compromiso
2. Objeciones utilitaristas
3. La economía de todo
4. Los sentimientos de Smith, la voluntad universal de Kant y los tres pasos de Stair
– 7 – SOCIEDAD, PROPIEDAD Y COMERCIO
1. Derecho positivo
2. Libertad y propiedad
3. Propiedad, gobierno y justicia
4. ¿Justicia? Una digresión histórica
5. Observaciones sobre la justicia
– 8 – SOBRE LA JUSTICIA
1. El problema de los invitados avariciosos
2. Suum cuique y el Estado de Derecho
3. ¿Pero qué corresponde a cada uno?
4. La justicia en el «mundo real»
– 9 – USAR BIEN LA LIBERTAD
1. Tratar de actuar de la mejor manera
2. Cómo actuar bien: las virtudes auxiliares
3. Buenos fines
4. Un buen plan de vida
5. ¿Pero cómo puede saberlo?
– 10 – JUZGAR: CASOS JURÍDICOS Y CUESTIONES MORALES
1. Juicios, jurídicos y morales
2. Las gemelas siamesas
3. La opinión de los padres
4. El juicio jurídico
5. El caracol en la botella opaca
6. El problema jurídico
7. La ratio y la resolución
8. ¿Objetividad?
9. Conclusión sobre el juicio jurídico y el moral
– 11 – RAZÓN PRÁCTICA, DERECHO Y ESTADO
1. El panorama general: este libro en su contexto
2. Lo universal y lo particular
3. Autonomía moral y Derecho institucional
4. Derecho natural
5. ¿Debe un agente moral ser un ciudadano respetuoso con la ley?
6. Cómo vivir: no hay receta
7. Enfrentarse a la vida y la muerte
8. Conclusión
Prefacio
Con la publicación de este libro se completa mi cuarteto sobre «Derecho, Estado y razón práctica». Debo a los administradores de Leverhulme la oportunidad de haber logrado esto a través de una cátedra de investigación en Filosofía del Derecho que me concedieron en 1997-9 y 2004-8. Les estoy sinceramente agradecido por eso, y también agradezco a la Universidad de Edimburgo no solo que administrase la cátedra de manera excelente sino también que me otorgase el privilegio de trabajar ahí como Profesor Regius de Derecho Público y Derecho de la Naturaleza y las Naciones desde 1972 hasta 2008.
Al preparar el manuscrito de este libro recibí una enorme ayuda y sabios consejos, especialmente de Garrett Barden, de Maks Del Mar y de Stephen Guest, con otros comentarios de William Twining y John Cairns, así como de Flora MacCormick, quien apoyó y animó de todo tipo de formas el desarrollo y la conclusión tanto de este libro como del proyecto completo. El apoyo de muchos colegas de la Facultad de Derecho de Edimburgo y nuestras numerosas y animadas conversaciones durante muchos años también contribuyeron de innumerables formas a la sabiduría que pueda contener este libro. Claudio Michelon y Zenon Bankowski aligeraron otras cargas mías durante las fases finales de la escritura del libro, cuando me encontraba algo impedido por mi enfermedad. Gracias a todos ellos.
Me considero profundamente afortunado por haber podido concluir este largo proyecto y espero que tenga una recepción favorable de los lectores. Es bonito lograr una liberación, incluso de una tarea agradable, en el Día de la Bastilla.
Edimburgo, 14 de julio de 2008
Neil MacCormick
Lista de casos
A (niñas) (gemelas siamesas), Re [2001] Fam 147; [2000] 4 All ER 961
Fundación Airedale NHS contra Bland [1993] AC 789; [1993] 1 All ER 821
Anns contra Merton LBC [1978] AC 728
Donoghue contra Stevenson [1932] AC 562; 1932 SC (HL) 31
Leitch & Co contra Leydon, 1930 SC 41; 1931 SC (HL) 1
Mullen contra A.G. Barr and Co; McGowan A.G. Barr and Co, 1929 SC 461
Murphy contra Consejo de Distrito de Brentwood [1991] 1 AC 398
Pretty contra Reino Unido no. 2346/02 ECHR 2002 III (29.4.02) (Tribunal Europeo de Derechos Humanos)
R. (Pretty) contra DPP y Ministro del Interior [2001] UKHL 61; [2002] 1 AC 800
Southern Pacific Co. contra Jensen, 244 US 205, 222 (1917)
Introducción
¿Puede la razón ser práctica? Esa es la cuestión central de este libro. El libro mismo es el cuarto que aparece de un cuarteto sobre «Derecho, Estado y razón práctica». Sus predecesores han tratado los siguientes temas: los conceptos jurídicos y el Derecho mismo dentro de una teoría del «derecho como orden normativo institucional»; el Derecho, el Estado y la nación en el contexto de preocupaciones sobre la soberanía y la postsoberanía; y el razonamiento jurídico en un punto de unión entre la retórica, la lógica demostrativa y la razón práctica general. Esos libros dejaron preguntas abiertas sobre la autonomía de las personas como agentes morales, sobre la cualidad universal en lugar de particular de los juicios morales y sobre la objetividad (o su carencia) que acompaña a los intentos humanos de establecer buenas razones para decidir qué hacer ante dilemas prácticos serios. Estos asuntos se tratan por extenso en el presente libro.
¿Puede la razón ser práctica? Es una vieja pregunta, un viejo desafío. «No», dijo David Hume. «La razón», dijo Hume, «es y solo debe ser la esclava de las pasiones, y nunca puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas»1. Quería decir que todas las motivaciones humanas para la acción dependen de nuestras emociones y nuestros sentimientos. El hecho de que me siento agradecido por algún servicio que me has prestado me lleva a desear hacer algo bueno por ti a cambio. El razonamiento sobre cuestiones de hecho puede ayudarme a encontrar la mejor manera de complacerte con mi favor recíproco, pero la razón solo entra en escena cuando se ha establecido mi deseo, basado en mi sentimiento de sincera gratitud.
Ciertamente, el elemento «pasional» o «emocional» o «sentimental» de nuestra naturaleza humana común desempeña un papel clave en la manera como interactuamos entre nosotros, así como en todo lo demás que hacemos. Las personas que mantienen sus emociones embotelladas pueden ser almas secas y poco atractivas —y peligrosamente impredecibles cuando la botella estalla—. Quienes se sienten más cómodos con sus emociones parecen mejor adaptados a las contingencias de la vida. Sin embargo, no podemos simplemente descartar la razón, darle un papel puramente secundario en las decisiones y las acciones humanas. Un argumento básico sobre la acción por razones ocupa los capítulos 1 y 2 del presente libro, así que no hace falta anticipar más aquí.
La conducta humana involucra tanto la razón como la emoción. Actuar bien y sabiamente significa actuar por buenas razones, y estas razones deben dar espacio a nuestra naturaleza afectiva además de nuestra naturaleza intelectual. El gran amigo y contemporáneo más joven de David Hume, Adam Smith, aunque seguía gran parte de la línea «sentimentalista» del pensamiento de Hume, no obstante la combinó con un postulado psicológico fascinante, el «espectador imparcial», por referencia al cual las personas normalizan o incluso racionalizan sus respuestas emocionales en interacción mutua. Este es, según creo, un correctivo vitalmente importante para el sentimentalismo puro.
El gran filósofo alemán, Immanuel Kant, de Königsberg, ciertamente se dio cuenta de su valor como correctivo. Como es bien sabido, Kant afirmó haber sido despertado de su «sueño dogmático» por la necesidad de afrontar la filosofía empirista de Hume. Abandonó lo que vio como el racionalismo acrítico de su trabajo anterior y dedicó los años posteriores a construir una filosofía trascendental que explicara los presupuestos implícitos en, y necesarios para, todo pensamiento y conocimiento humano posible sobre cualquier cosa, ya sea en asuntos de «razón pura» (matemáticas, lógica, etc.) o de «razón práctica» (moral, Derecho, política, etc.).
La respuesta entusiasta de Kant al espectador imparcial —o juez— de Smith se revela en su correspondencia y en algunos comentarios marginales de sus grandes textos filosóficos2. Pero no hay una influencia recíproca, pues el trabajo de Kant no era conocido por Adam Smith ni, de hecho, estaba disponible para él cuando trabajaba en su gran obra de filosofía moral, La teoría de los sentimientos morales, después de la cual dirigió su atención a la economía política, lo que cristalizó en su magistral Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones de 1776. Su obra final, sobre la jurisprudencia, quedó inconclusa a su muerte, así que ordenó que fuese quemada para evitar que se publicara de una manera inadecuada o incompleta. (Sin embargo, a pesar de ello, sobrevivieron algunos fragmentos en notas estudiantiles de sus lecciones que en la actualidad están publicados como Lecciones de jurisprudencia.)
Tengo la convicción, que ocupa un lugar central de este libro, de que es urgente lograr de algún modo una síntesis creíble de las ideas de Smith y Kant para solucionar el misterio de la razón práctica. La ruta propuesta hacia esa síntesis se introduce en el capítulo 3 como «el imperativo categórico de Adam Smith», o más bien como «el imperativo categórico smithiano». (Es preferible la segunda expresión porque la primera denota un objeto inexistente: lo que se necesita no puede venir de Smith sino después de Smith.) La idea es ver qué ocurre si se reconstruye una versión del principio organizador básico del pensamiento moral de Kant, el «imperativo categórico», en términos que se combinen con la necesidad de otorgar todo su peso a los sentimientos y las emociones humanas en todo juicio sobre cómo actuar en los problemas humanos. La defensa de este enfoque se expone en el capítulo 3. El capítulo 4 continúa el mismo tema y considera el lugar que ocupa la confianza mutua en las interacciones humanas, tanto en relación con la honestidad y la sinceridad en la comunicación como en relación con la buena fe en los contratos, las promesas y similares.
La idea de razón práctica humana no puede tener sentido a menos que postulemos una capacidad humana de autodominio o autogobierno al enfrentarse a dilemas y decisiones y al elaborar planes sobre qué hacer. La «autonomía», en términos kantianos, es un presupuesto trascendental de nuestra capacidad de ser individuos activos en el mundo. En la medida que de algún modo podemos crear o encontrar leyes para nosotros mismos y adaptar nuestra conducta a ellas, somos sujetos verdaderamente activos. De lo contrario, no «actuamos» en absoluto sino que se actúa sobre nosotros. Al igual que las mareas son atraídas por la gravedad o que las bestias salvajes actúan instintivamente, se nos puede concebir de manera que estamos inmersos en procesos causales sobre los que no tenemos ningún control. Estar inmerso en tales procesos causales significa encontrarse en un estado de heteronomía, lo opuesto de la autonomía. La tarea del capítulo 5 será aclarar el lugar de la autonomía en la explicación del razonamiento práctico y conectarla con la idea de Kant sobre las «leyes de la libertad», características de un Estado liberal, y con el «sistema de libertad natural» de Smith, esencial para una economía de libre mercado.
Otro grande de la historia, James Dalrymple, I vizconde de Stair, autor de uno de los mejores textos jurídicos en inglés, Institutions of the Law of Scotland3 (1681; edición definitiva 1693), hace una breve aparición en el capítulo 5, antes de ocupar el lugar central en los capítulos 6 y 7. La que ofrece Stair es una explicación espectacularmente clara y articulada del tipo de teoría racionalista del Derecho natural que, de maneras diferentes, tanto Smith como Kant trataban de trascender. Para este propósito, él es simplemente una figura representativa de la que podemos obtener, a pequeña escala, las grandes ideas que Smith y Kant trataron de superar, aunque Stair mismo no fue un objetivo concreto de ninguno de ellos.
Los capítulos 6 y 7, sin embargo, adoptan y adaptan ideas de Stair que tienen una profunda pertinencia continuada para el estudio de la razón práctica. Él presenta tres «principios de equidad», «la obediencia, la libertad y el compromiso», que delinean tres ámbitos de la razón práctica. En lo que respecta a la «obediencia», hay deberes morales básicos que debemos cumplir entre nosotros y que no pueden desatenderse o desobedecerse legítimamente. En la medida que cumplamos esos deberes básicos, somos agentes libres, con libertad moral para buscar el bien que nos parezca: este es el principio de la «libertad». Pero limitar esta libertad en favor de otros es algo que está en nuestro poder bajo el principio del «compromiso».
Por medio de promesas, contratos y muchos otros tipos de acuerdos voluntarios podemos adquirir obligaciones hacia otros, quienes recíprocamente pueden tener obligaciones hacia nosotros. Estas obligaciones involucran limitaciones autoimpuestas a nuestra libertad, y sin embargo también surgen de su ejercicio. Un uso bien planeado de la libertad a menudo involucrará la necesidad de comprometerse con otros que siguen sus propios planes. El utilitarismo de Jeremy Bentham también se considera en el capítulo 6, como la propuesta de un enfoque de la razón práctica basado en un único principio en lugar de tres, pero se prefiere la tripartición de Stair.
El capítulo 7 trata sobre la aplicación de los tres principios de equidad al dominio práctico del Derecho positivo. En tal aplicación se transmutan en los principios de «sociedad, propiedad y comercio». ¿Cómo es eso? En primer lugar, si los seres humanos no respetan mutuamente deberes básicos tales como el de no matar, no dañar, no difamar o no robar, no pueden mantener conjuntamente una comunidad pacífica. Sin embargo, tenemos que vivir en sociedad, así que necesitamos instituciones que respalden los deberes básicos con decisiones judiciales y con coerciones cuando sea necesario. La propiedad es el dominio necesario para el ejercicio de la libertad. Las personas solo pueden actuar libremente si tienen acceso a un espacio físico y a recursos materiales. Los regímenes de propiedad garantizan esto. Después el comercio surge naturalmente a medida que las interacciones que entablan las personas les permiten realizar intercambios de todo tipo entre ellas, mientras cada una trata de realizar algún plan de vida razonable.
La justicia entra en esta teoría del Derecho y de la razón práctica por medio de la simple idea de que la justicia requiere asegurarse de que todos tienen aquello a lo que tienen derecho, o, de una manera algo más amplia, asegurarse de que cada uno tiene lo que le toca bajo alguna distribución general. El sistema de libertad natural de Smith, las leyes de la libertad de Kant, y los principios de «sociedad, propiedad y comercio» de Stair son, no obstante, inadecuados para satisfacer todas las exigencias de la justicia de las que son conscientes los humanos contemporáneos en el siglo XXI. Las cuestiones de justicia distributiva, de justicia ambiental (y el bien común) y de justicia entre diferentes generaciones escapan a sus redes. El capítulo 8 se apoya en unos famosos trabajos recientes de John Rawls y Ronald Dworkin para sugerir maneras como tales preocupaciones pueden incorporarse a la imagen elaborada hasta ahora, enriqueciéndola profundamente pero sin eliminar sus líneas generales.
Posteriormente, el capítulo 9 continúa con una discusión sobre los buenos usos de la libertad. Naturalmente, todos debemos intentar actuar de la mejor manera en la medida que seamos libres para hacerlo; ese es el principio de la libertad. Si somos libres, podemos decidir nosotros mismos qué hacer, pero necesitamos un poco de claridad sobre qué es lo bueno y sobre qué cualidades personales («virtudes») debemos cultivar para buscar lo que sea bueno de la mejor manera.
El capítulo 10 retoma una cuestión que había quedado pendiente en un punto anterior del libro. Como agentes morales autónomos, si establecemos un paralelismo con las agencias del Estado, ¿nos parecemos más a los legisladores o a los jueces? La respuesta que se da aquí es, inequívocamente, «jueces», y en esta respuesta reside otra razón para intentar adaptar a Kant a la teoría de Smith. Así que en este capítulo se hace un extenso intento de explorar las diferencias y las similitudes entre las decisiones morales y jurídicas sobre cuestiones específicas. Tomo dos casos jurídicos destacados que he comentado por extenso en anteriores trabajos sobre el razonamiento jurídico. Ahora, en el contexto del presente libro, comento estos casos principalmente para encontrar una respuesta para el problema moral que es central en ellos. En uno de los casos, sugiero que el razonamiento moral arroja una solución diferente a la del razonamiento jurídico determinado por los jueces; en el otro, encuentro paralelismos pero no una identidad entre la decisión moral y la decisión jurídica que parecen correctas. El razonamiento práctico está en funcionamiento tanto en el juicio jurídico como en el juicio moral, pero se trata de dos especies del mismo género, no simplemente de una especie y una subespecie.
Finalmente, con el capítulo 11 se concluye el libro y el cuarteto, atando algunos cabos sueltos y esbozando algunos comentarios finales.
¿Puede la razón ser práctica? Los argumentos ofrecidos en estos once capítulos justifican una respuesta rotunda: «¡Sin duda alguna, puede serlo!» Si desea comprobar esta afirmación, estimado lector, siga leyendo. Tiene una razón muy buena para hacerlo: averiguar si es verdadera.
1 D. Hume, A Treatise of Human Nature (L. A. Selby-Bigge y P. H. Nidditch eds) Oxford: Clarendon Press, 1978) p. 415 [Traducido como Tratado de la naturaleza humana (Madrid: Tecnos, 2005).].
2 Véase S. Fleischacker ‘Philosophy in Moral Practice: Kant and Adam Smith’ Kantstudien 82 (1991) 249–69; cf. C. L. Griswold, Jr., Adam Smith and the Virtues of Enlightenment (Cambridge: Cambridge University Press, 1999) 14, 19, 37, 94, 138–9, 196, 223–4.
3 Stair, Institutions of the Law of Scotland (ed. D. M. Walker) (Edinburgh: Edinburgh University Press, 1981).
– 1 –
Incentivos y razones
1. «NADIE QUE NO SEA UN ZOPENCO»
Este libro es el cuarto de una serie sobre «Derecho, Estado y razón práctica». Este mismo hecho ha dado a su autor ciertos incentivos para completarlo lo más rápidamente posible, sin dejar un espacio excesivo entre este libro y los volúmenes que lo preceden. Hay algunos incentivos que tocan la propia reputación: uno puede parecer estúpido o irresoluto si, después de haber prometido un cuarteto de libros, solo alcanza a terminar una trilogía. También se puede dañar la recepción de los anteriores libros de la serie si se percibe como una serie incompleta. Hay también un débil incentivo de interés mercenario. Pocos autores de obras como esta se hacen ricos con sus actividades literarias, pero el cobro anual por derechos de autor siempre es bienvenido.
También hay incentivos que tienen en cuenta a otras personas. El proyecto estaba financiado por una beca de investigación de cinco años que liberó al autor de cualquier impedimento para leer, reflexionar y escribir. La buena fe hacia la Fundación Leverhulme, que otorgó la beca, y hacia la Universidad de Edimburgo, que la administró, exige que el proyecto completo sea llevado a cabo tal como fue planeado, incluso tras el fin de los cinco años. La relación con los colegas o antiguos colegas, quienes asumieron cargas adicionales para permitir que el proyecto tuviera éxito, se vería deteriorada si nunca fuese terminado. Finalmente, el editor ha ofrecido un contrato para cuatro libros y ha respaldado la serie con la publicidad adecuada, y todo esto sería malgastado en cierta medida si no se completara la serie. En efecto, existen contratos con quienes concedieron la beca, con la Universidad y con los editores que se quebrantarían si se abandonara el proyecto. Estos, sin embargo, son un tipo de contrato que no tiene sentido intentar imponer, así que el riesgo de un procedimiento judicial no entra en los cálculos. No obstante, existe una ética de cumplimiento de los contratos. Se deben cumplir los contratos que se hagan incluso aunque no exista una posibilidad seria de sufrir sanciones legales por su incumplimiento en determinadas circunstancias. Esta es, simplemente, una cuestión de honor. Las personas honestas cumplen sus promesas.
Otro aspecto de las relaciones con colegas concierne a la pertenencia a cierta comunidad laboral. Una Facultad de Derecho u otro departamento académico de una universidad, cuando funciona bien, funciona como una empresa común de todos o la mayoría de los profesores, investigadores y administradores que trabajan ahí. La imagen pública de una Facultad de Derecho (quizá incluso atestiguada por medio de ejercicios públicos formales de evaluación, como ocurre en el Reino Unido en la actualidad) depende, entre otras cosas, de su fuerza como comunidad de investigación. El trabajo de cada participante se nutre en cierta medida del de todos los demás y la reputación del conjunto es valiosa para el reconocimiento del trabajo de cada uno de sus miembros. El respeto hacia el bien común de esta comunidad es otro posible elemento en la motivación de un autor. Cualquier cosa que refuerce el bien común también es buena para uno mismo, pero no de una manera instrumental.
Esto nos acerca a lo que podría caracterizarse como pura motivación académica, aunque no sea idéntico a ella. Una razón, y quizá la más fundamental, para escribir y reflexionar sobre el tema de este libro es tratar de llegar a la verdad sobre el razonamiento práctico en la moral y el Derecho. Un autor debe creer que en sus escritos surgirá alguna nueva verdad, o algún aspecto de la verdad que nunca se ha comprendido adecuadamente, expuesta con una claridad única y apasionante. La verdad es importante por sí misma, y la verdad sobre el pensamiento práctico también es útil, ya que comprenderla puede ayudar a otras personas (así como al autor) a desenvolverse mejor en la práctica de vivir.
El interés por la verdad que ocupe un lugar en la deliberación del autor es más o menos toda la motivación razonable que puede tener cualquier lector ordinario (dejando a un lado casos especiales como revisores de libros y estudiantes que deben leer los libros establecidos en un curso) para prestar su atención a tal obra. Si no contiene alguna nueva idea, alguna verdad o verdades mejor comprendidas y mejor articuladas, ¿por qué la iba a leer nadie? Estos pensamientos motivan o deberían motivar a un autor no solo a seguir escribiendo, sino también a escribir bien, con ingenio y sabiduría, con los lectores finales de su obra en mente. De este modo, el bien de ellos es también el bien del autor —y aquí, de nuevo, asoma la cabeza la cuestión de la reputación como una cuestión secundaria—.
Hasta ahora esta historia se ha contado en términos de «incentivos». Es una historia sobre las razones que tiene un autor —este autor, de hecho— para escribir un libro y prepararlo para su publicación. Sin tales incentivos, ¿cómo podría hacerse jamás un trabajo de este tipo —o, para el caso, un trabajo de cualquier tipo—? Sin embargo, para el momento en que la obra está en manos del lector, los incentivos se han agotado. Si fueron suficientes, habrá un libro que leer, y, si no, no se plantea la cuestión. Los incentivos conciernen a algo que debe hacerse y pueden motivar suficientemente a hacerlo o no. Así que, después de que el trabajo esté hecho, ¿qué pasa con los incentivos para hacerlo?
La respuesta parece ser que sobreviven como razones de un tipo explicativo o de un tipo justificativo. Están disponibles para ayudar a responder preguntas como: «¿Cómo ocurrió que este autor escribiera este libro? ¿Qué razones tenía para hacerlo, y qué razones tenía para hacerlo justamente de esta manera?» En tanto que razones de este tipo, pueden ser sometidas al menos a dos formas de evaluación, la histórico-biográfica y la crítico-racional. La primera se refiere a su exactitud o su adecuación como explicación histórica de la actividad y el logro de un autor concreto. ¿Es verdad que MacCormick estaba motivado por cierto tipo de orgullo para cumplir con sus planes tal como había anunciado, o por un sentido del honor, o de fidelidad a los compromisos que adquirió con varias personas, junto con algunas expectativas de aumento de sus ganancias por los derechos de autor de la publicación? ¿Eso era todo o había tal vez otras motivaciones no reconocidas, o incluso, como podría suponer un freudiano, motivaciones inconscientes o subconscientes (qué represión sexual puede haber tras esas frases tan delicadamente construidas)?
La precisión explicativa, siempre que uno intenta realmente captarla, resulta ser un asunto de historia, de la biografía. Como tal, es inherentemente particularista. Se examina la vida de una determinada persona y se intenta averiguar qué la motivó, y qué es lo que explica las diferentes cosas que hizo a lo largo de su vida o en algún periodo de esta, para poder explicar los libros que ha escrito y otras cosas que ha logrado hacer. El gran libro de Nicola Lacey sobre H. L. A. Hart1 es un buen ejemplo. Su hábil lectura y uso de los diarios y otros papeles personales de Hart, junto con los registros públicos, proporcionan una vívida imagen del carácter de Hart. Esto, a su vez, hace posible entender o al menos hacer conjeturas informadas sobre las razones por las que Hart escribió ciertos libros que transformaron la comprensión del Derecho para al menos una generación de lectores interesados. Por supuesto, en todo caso real, como el de Hart, o el de Karl Llewellyn2 tal como lo ha representado William Twining, también se hace un ejercicio de interpretación y de conjetura. Siempre hay cierto grado de incertidumbre en este tipo de explicación, por muy detallado que sea el relato y por muy excelentes que sean los materiales de referencia disponibles. En cualquier caso, independientemente de cuál sea la verdad del asunto y de qué dificultades y conjeturas implique el intento de llegar a ella, esa verdad es sobre una persona en concreto y sobre la secuencia de sucesos concretos que constituyó su vida.
El examen crítico-racional de las razones que se presentan para dar cuenta de ciertas acciones o actividades de una persona concierne a su adecuación como razones justificativas. Es decir, concierne a su adecuación como una teoría de una acción racional, no su precisión histórica o biográfica como explicaciones. «Ningún hombre que no fuera un zopenco escribió nunca, excepto por dinero», dijo el Dr. Johnson. Para él, solo una de las razones que se han ofrecido en la anterior explicación es una buena razón para hacer este trabajo. Si va a ganar dinero preparando un escrito, entonces hágalo. Si no, no lo haga. En efecto, si el esfuerzo que se debe invertir es desproporcionado respecto de los beneficios que se obtendrán, se debe dirigir la atención a alguna otra cosa más provechosa.
Nótese que esta no es una afirmación sobre la auténtica motivación de ninguna persona. Ciertamente, como un asunto de historia personal, alguien puede haber escrito un libro únicamente por un sentido del honor, o de orgullo, o de compromiso con la verdad. Sin embargo, tal persona, según Johnson, es una zopenca. Esas no son buenas razones en absoluto para invertir la inmensa cantidad de tiempo y esfuerzo que se requiere para escribir un libro, o como mucho proporcionan algunas débiles razones adicionales para hacerlo. Por ejemplo, en un caso en el que las ganancias económicas sean conjeturales o parezca probable que solo sean suficientes para compensar por el esfuerzo invertido, esas razones pueden inclinar la balanza solo lo justo para que sea racional seguir adelante con el proyecto.
Debemos señalar aquí que la afirmación del Dr. Johnson no hace que esta visión sea correcta. Johnson defiende un análisis económico de la autoría, pero no está necesariamente en lo cierto. Se puede discutir. Podemos argumentar que el orgullo de la autoría, la fidelidad a los compromisos, al honor y a la preocupación desinteresada por la verdad son valiosos por sí mismos. Se pueden ofrecer buenos argumentos a favor —y en contra— de todo eso, y puede incluso que finalmente unos argumentadores razonables estén en desacuerdo sobre qué es aceptable como una buena razón para que alguien escriba (o haga cualquier otra cosa). Al menos, y quizá esto sea más probable, puede que estén de acuerdo sobre qué cuenta como una razón adecuada o aceptable, pero difieran sobre la relativa importancia o el peso de las razones cuando se trata de formarse un buen juicio sobre qué hacer en la vida.
A diferencia del análisis histórico de las razones de una persona para hacer algo, la evaluación crítico-racional no parece ser particularista. Puede que el orgullo que sienta cierta persona por algún trabajo sea de hecho bastante idiosincrático, de tal modo que solo ella puede verlo de esa manera. Sin embargo, todos podemos entender el orgullo de la creación, la autoría o el cumplimiento de una tarea difícil, y este tipo de orgullo es un concepto que compartimos. Es particular en cada una de sus manifestaciones concretas, pero solo en tanto que es universal podemos incluirlo en un catálogo de motivos racionales o razones adecuadas para actuar. Pensar en la adecuación de unas razones implica pensar en términos interpersonales, no idiosincráticos. No es: «¿cuál sería una buena razón para mí para hacer esto?» Es: «¿qué buenas razones podría tener cualquiera para hacer esto?» Por supuesto, puede que uno después se pregunte: «¿esa buena razón se aplica a mí en este caso?» Una discusión sobre buenas razones es una discusión sobre un asunto objetivo. Esto es así incluso aunque sea inevitable que todos los que entren en la discusión lo hagan desde sus propias perspectivas, con sus propias experiencias de vida, con sus propias particularidades y (puede ser) con sus rarezas.
Es también inevitable que, cuando uno deja de discutir y vuelve a vivir, aplique criterios de juicio que expresen su propia visión sobre la respuesta correcta a la pregunta objetiva. Si, después de discutir y reflexionar, concluyo que el Dr. Johnson está en lo cierto, dejaré de escribir salvo cuando me paguen lo suficiente por un escrito (o tenga una expectativa razonable de obtener un beneficio suficiente por ello). Entenderé a mis colegas que ignoran el motivo mercenario y escriben por orgullo o por un interés por la verdad, pero pensaré que están equivocados. La verdadera explicación biográfica de las decisiones que toman, aunque sea inteligible incluso para un johnsoniano, revelará que actúan de manera estúpida, es decir, hacen lo que hacen por motivos personales que son objetivamente inadecuados desde la perspectiva del análisis económico de la autoría.
Es importante señalar aquí que existe una obvia interdependencia mutua entre las explicaciones histórico-biográficas de la motivación y sus evaluaciones crítico-racionales. Para poder comprender lo que alguien hizo sobre el supuesto de que era un asunto de decisión, y una decisión en principio racional, se debe disponer de alguna declaración o conjetura sobre el carácter de la acción tal como le parecía al agente. El carácter de la acción incluye, para este propósito, la cosa misma que debe hacerse o que se hizo, así como los resultados y consecuencias remotas de esa acción en la medida que el agente era (o se presume que era) consciente de ellos en el momento. Solo algo que uno cree que puede considerarse —aunque sea equivocadamente— objetivamente como una buena razón para actuar puede incluirse en una explicación de lo que alguien hizo en cuanto que agente racional.
No obstante, debe señalarse enseguida que no todo lo que uno hace puede atribuirse a uno mismo como agente racional. Odiseo no volvió a casa directamente tras la victoria final de los griegos en Troya. ¿Por qué? No por una decisión que tomó sino por un viento en contra que desvió su barco de la ruta mientras navegaba hacia casa. Quienes navegan a vela están a merced del viento. Cuando se enfrentan a vientos en contra, deben tomar decisiones sobre cómo manejar la situación en la que se encuentran (la Odisea es un extenso relato sobre cómo la manejó Odiseo), y se puede dar una explicación racional de esto. Sin embargo, las cosas que nos ocurren, a diferencia de las cosas que hacemos, escapan de la explicación racional o son solo elementos del trasfondo. En la medida que los humanos sufren diferentes formas de compulsión psicológica, fobias y similares, son como marineros arrastrados por el viento, no como remeros que se esfuerzan con determinación.
Un relato de la vida de una persona es una amalgama de las cosas que le ocurrieron a esa persona y las cosas que hizo, teniendo en cuenta las circunstancias que la rodeaban y el contexto. Lo que una persona hizo solo es inteligible en la medida que un observador externo pueda entender como razones, aunque sea como razones inadecuadas, los motivos por los que se considera que esa persona actuó. Otro aspecto de la inteligibilidad concierne a las cosas que simplemente le ocurrieron a esa persona, lo que tal vez incluya rasgos básicos de su carácter derivados de su herencia y su crianza en una mezcla impenetrable. Otro aspecto más concierne al contexto social en el que la persona se encontraba, el entorno en el que se movía.
Por el contrario, la discusión crítico-racional depende de una comprensión de las personas reales tal como han actuado realmente en el pasado y continúan actuando ahora. Asumir una perspectiva objetiva depende de la capacidad de imaginarse uno mismo dentro de las vidas de otros. Las grandes obras de literatura —novelas, poesía, teatro, historia, biografías— así como las interacciones interpersonales hacen que sea posible que cada uno de nosotros adquiera cierta comprensión de cómo sería convertirse en otra persona. Sin empatía no hay comprensión de las (otras) personas como personas. Sin comprensión de las otras personas, no hay autocomprensión. Sin la literatura, la empatía se empobrece. Existe siempre una interacción continua entre el análisis subjetivo y particularista de las acciones y las motivaciones individuales y la evaluación universalista de las razones aceptables para la acción desde un examen crítico-racional de las mismas.
Un estudio de la razón práctica y del razonamiento práctico debe tener cuidado de no dar o aparentar dar una explicación excesivamente racionalista de la actividad humana. No todo lo que hace o parece hacer una persona es el resultado de un proceso de razonamiento. Mucho de lo que «hacemos» es más una cuestión de lo que nos ocurre, y no de respuestas muy meditadas a sucesos que se desarrollan a nuestro alrededor, que una cuestión de acciones conscientes hechas reflexivamente, por razones. Mucho de lo que hacemos es una cuestión de nuestros propios hábitos arraigados. Puede que las acciones y las actividades habituales hayan empezado por alguna decisión, algún razonamiento, pero que hayan dejado de depender (excepto negativamente) de cualquier decisión que tomemos (podríamos, y quizá un día lo hagamos, decidir abandonar nuestros hábitos, pero eso no es algo que tengamos en mente en el momento). Los hábitos y las rutinas son un elemento esencial que permite a las personas dirigir sus vidas con éxito, prestando atención solo a asuntos que realmente necesiten su atención3.
Para comprender a los seres humanos por completo se requiere prestar atención tanto a la voz activa como a la voz pasiva, tanto a lo que hacen como a lo que padecen. La razón práctica es como mucho una parte de lo que se incluye en nuestro carácter como seres humanos, aunque es decisiva para nuestra condición de agentes morales. Puede que incluso algunos nieguen que sea una parte real de nuestra humanidad. Las apelaciones a las motivaciones humanas conscientes en las explicaciones sobre lo que hacemos, según algunos, forman parte de la decoración de la mesa (mantel de encaje y fina porcelana) de la presentación personal, no de la maquinaria interior de la cocina, donde se prepara la acción. Las apelaciones a la razón práctica son cuestiones de mera «racionalización», un proceso por medio del cual se presentan como racionales cosas que no son racionales en absoluto.
Tres líneas de pensamiento que influyeron fuertemente en gran parte del trabajo en ciencias humanas durante el siglo XX contribuyeron en gran medida al escepticismo sobre la razón práctica. Sigmund Freud y sus seguidores nos enseñaron a fijarnos en las motivaciones subconscientes y en la probabilidad de que nuestras motivaciones aparentes enmascaren impulsos más profundos de un tipo esencialmente sexual que se originan en la más tierna infancia. Karl Marx y sus seguidores nos advirtieron de la «falsa conciencia» de las teorías sobre la moral y la justicia, que no eran más que disfraces o reflejos de apelaciones a los propios intereses de clase en el conflicto de clases que es intrínseco a los fundamentos de las economías capitalistas. El conductismo en psicología y sociología enseñó a los científicos a estudiar el comportamiento humano simplemente como comportamiento, sin referencias a la presentación personal de los agentes en términos de sus supuestas motivaciones racionales. Estas visiones científicas, o supuestamente científicas, sobre los seres humanos eran marcadamente diferentes, incluso mutuamente contradictorias en algunos puntos. Sin embargo, cada una de ellas aportó ideas sobre la condición humana que deben tomarse muy en serio, aunque en una forma modificada. Todas ellas disminuyeron la fe en la idea de que la acción pueda tener una motivación puramente racional.
Su conclusión era exagerada. Queda un lugar para el razonamiento sobre razones en los asuntos humanos. Hay algunas acciones y actividades que requieren algún tipo de explicación racional. Esto es cierto incluso aunque también puedan ser esclarecidas de otras maneras, como por ejemplo en términos de motivaciones inconscientes o como algún tipo de respuesta a fuerzas sociales estructurales fuera de nuestro control y (a menudo) de nuestra consciencia. El ejemplo (autorreferencial) de este capítulo es bueno a este respecto. Escribir un libro, o incluso escribir un ensayo o un artículo sustancial, no es un suceso discreto que pueda ocurrir simplemente de improviso por alguna especie de reflejo. No es una acción sino una actividad que se extiende durante muchos días y semanas, a veces incluso meses y años, sometida a muchas interrupciones —para comer, para dormir, para reunirse con amigos y colegas, para realizar actividades laborales de varios tipos, para dedicarse a actividades recreativas y muchas otras cosas—.
Sin embargo, es un proyecto continuado que se retoma tras cada interrupción para continuarlo donde se dejó, o para revisar el progreso hasta la fecha y reflexionar sobre qué se debería hacer a continuación. Es también un proceso de descubrimiento porque, a medida que la argumentación se desarrolla, se pueden ver nuevas líneas por las que puede desarrollarse, y a veces se descubre que algunas líneas planeadas originalmente tienen que ser abandonadas porque ya no parecen correctas o convincentes. A mitad de camino, uno puede darse cuenta de que algunos capítulos anteriores tienen que ser reconsiderados y replanteados significativamente para que lleven de manera razonable hacia los argumentos centrales, de acuerdo con la formulación que ahora parece mejor. Escribir es, por tanto, un proceso reflexivo y autocrítico, en el que lo que se hace siempre se está juzgando respecto a lo que se ha hecho hasta ahora y lo que parece más apropiado hacer a continuación.
Sin duda, la escritura tiene sus propias peculiaridades, pero tiene mucho en común con otros proyectos creativos a largo plazo. Se parece a plantar un jardín y cultivarlo hasta que madure o a adquirir un pequeño negocio —un puesto de periódicos, por ejemplo— y convertirlo en una empresa en buen funcionamiento. (Se debe mejorar la disposición de los mostradores, hacer que los productos a la venta sean atractivos, crear buenas relaciones con los clientes y, en general, buscar una posición de rentabilidad asegurada que justifique el dinero y el esfuerzo que se han invertido en ese negocio.) Un aspecto deliberativo y reflexivo similar puede encontrarse igualmente, o quizá incluso más, en los proyectos que son esencialmente colectivos y cooperativos. Piense en lo que implica construir una casa o un gran edificio público, como una galería de arte4 o un Parlamento5, donde muchas personas participan en una deliberación continua sobre cómo avanzar el trabajo y cómo lograr una coherencia global en la forma final de lo que se está creando. Otro ejemplo más es el de un equipo de abogados que preparan un caso para algún litigio importante y después lo defienden en el debate o el juicio, y, al final, si es necesario, en el recurso de apelación.
Incluso los proyectos más individualistas, como la escritura de una monografía con un solo autor, a menudo involucran muchas consultas con otras personas (de hecho, habitualmente es así en los proyectos que tienen éxito). Pueden realizarse presentaciones de algunas secciones para la lectura crítica por parte de los colegas o seminarios para la discusión de algunas ideas que se están desarrollando pero aún no están bien definidas por escrito. Una característica definitoria de las cosas que se hacen deliberadamente es que implican deliberación. La deliberación a menudo se lleva a cabo más eficazmente de manera interpersonal que en un soliloquio. Pensamos mejor cuando ponemos a prueba nuestros pensamientos con otras personas.
Otro caso pertinente se da cuando uno se pregunta si debería solicitar un nuevo trabajo; o cuando a uno le han ofrecido un nuevo trabajo, por ejemplo en un lugar alejado de donde vive ahora, y se pregunta si debería aceptarlo. Nadie puede estar seguro posteriormente de que la decisión que finalmente se tomó no se vio influida por factores irracionales o inconscientes, pero eso no ayuda en el momento de la deliberación. Pues, en ese momento, lo que se necesita es una reflexión sobre las razones que hacen que algo parezca lo correcto o lo mejor que se puede hacer dadas las circunstancias, frente a las razones que apuntan en el otro sentido, en contra de hacer eso en ese momento o en general. En la medida que uno tome consciencia de alguna motivación subconsciente que pueda estar influyendo la decisión hacia la que se inclina, lo sensato en ese momento es sacarla a la luz. Entonces puede abordarla para evaluar si merece alguna consideración seria a la luz de la razón y, si es así, cuánta y en qué sentido. En todas esas reflexiones sobre qué hacer, las consultas con los amigos y los colegas apropiados pueden ser una inmensa ayuda.
2. TIPOS DE RAZÓN
Se ha dicho ya suficiente para dejar claro que un interés en el razonamiento práctico es un interés en cómo las razones que son justificativas influyen en cómo se decide actuar. La reflexión sobre ellas también requiere una reflexión sobre las razones explicativas, y es poco probable que alguien que carezca de un interés en las biografías humanas o en las novelas, las obras de teatro o las películas tenga mucho que aportar a una comprensión del razonamiento práctico. Sin embargo, la reflexión crítico-racional sobre la manera como las razones pueden constituir incentivos válidos para la acción, o pueden alejar de ciertas acciones o conductas, es el tema del presente trabajo, y las razones explicativas solo ocupan el lugar necesario pero secundario que ya se ha indicado.
Se puede diferenciar entre tipos de razones de varias maneras. Una de las divisiones se refiere a su direccionalidad. Aquí identificamos diferencias entre las razones concernientes a uno mismo, las razones concernientes a otros y las razones concernientes a la comunidad. Otra se refiere a su contenido: algunas se refieren a lo que es bueno para nosotros simplemente en cuanto que animales que tratan de permanecer con vida y mantener un bienestar corporal, otras se refieren a valores más abstractos que nos importan especialmente en cuanto que seres humanos. Independientemente de si estas razones son concernientes a uno mismo, a otros o a la comunidad, tienen un contenido ideal más que material. En el ejemplo de la escritura de un libro que se consideró en los párrafos introductorios de este capítulo, las motivaciones concernientes a uno mismo incluían el orgullo de la autoría, la preocupación por la reputación y las posibles ganancias económicas de la publicación. Las motivaciones concernientes a otros se referían a los compromisos con otros (que eran tanto contratos legales como promesas personales), es decir, la fundación que otorgó la beca de investigación, la universidad que administraba la beca y el editor que había asumido la publicación del cuarteto de libros. También había obligaciones no contractuales hacia colegas que facilitaron el proyecto, y puede haber una ganancia altamente conjetural hacia las personas en general si por medio del libro se logra una mejor comprensión de la razón práctica y termina por afectar a las acciones de las personas de una manera positiva. La motivación concerniente a la comunidad se refiere al aporte que la obra haga al bien común de la comunidad, en este caso la comunidad de una Facultad de Derecho. Las publicaciones de investigación que ayuden a aumentar o consolidar la reputación o el estatus común del lugar merecen el esfuerzo. Todo esto está relacionado con un contenido ideal: la búsqueda de la verdad. Comprender estar cosas es bueno en sí mismo, incluso aunque no haya ningún otro resultado práctico aparte de esa mejor comprensión.
¿Es una omisión no haber incluido la posible motivación concerniente a uno mismo de la satisfacción que se logrará tras completar el proyecto? La respuesta es «No». La satisfacción no puede ser una motivación antes de que el proyecto haya comenzado. Pues solo es racional sentir satisfacción por completar un proyecto si se trata de un proyecto bueno o razonable, así que considerar la satisfacción final con uno mismo en el proceso deliberativo inicial sería irrelevante.
La contemplación de un trabajo en curso es un caso diferente. Cuando se ha empezado una tarea de larga duración, la expectativa de terminarla y de sentir la satisfacción de verla completada es efectivamente una buena razón para seguir adelante y concluir el trabajo. La contraparte negativa de esto es la insatisfacción por el tiempo y el esfuerzo desperdiciados que uno sentiría si abandonase la tarea a la mitad (o en algún otro punto). De hecho, desde cierto punto de vista, el hecho de que un determinado libro que uno piensa en escribir sea el cuarto de un cuarteto es equívoco. ¿Debe escribirlo o no? Desde el punto de vista del momento presente, tomado aisladamente, la cuestión es si se debe empezar o no una nueva actividad o un nuevo proyecto. Para eso, la expectativa de una satisfacción todavía no es pertinente. Desde una perspectiva más amplia la imagen es diferente, pues este libro representa la cuarta parte final de un proyecto mayor, y satisfacer el deseo de completar todo el cuarteto es una buena razón para seguir adelante, aunque pueda no ser apremiante o incluso ni siquiera muy fuerte. Si, pensándolo bien, los tres libros predecesores han dicho todo lo que realmente merece decirse, es mejor anunciar que la serie está completa como una trilogía y que el plan original de cuatro libros se ha reducido por buenas razones, y no ha sido abandonado por pereza.
Esta cuestión resalta un aspecto diferente del razonamiento práctico: su carácter temporal. Hemos diferenciado entre razones concernientes a uno mismo, razones concernientes a otros y razones concernientes a la comunidad, y también hemos diferenciado entre el contenido animal o material de las razones y el contenido ideal. Ahora debemos fijarnos en otras diferencias referentes a las fases del razonamiento. El razonamiento deliberativo precede a la decisión. Las circunstancias frecuentemente nos exponen a dilemas prácticos: si debemos hacer esto o aquello, si debemos hacer esto o no hacerlo y, en su lugar, considerar si hay alguna otra cosa que merece más la pena hacer. Hay incluso ocasiones en las que parece que se ha completado todo en un programa de actividades y surge la pregunta: ¿qué hacer ahora? Los titulados que han llegado al final de una difícil licenciatura estarán familiarizados con este tipo de problema práctico (que no es realmente un dilema, y «polilema» es una palabra que no existe y que debe permanecer así). En este punto, se intenta identificar algunas posibles líneas de actuación y determinar qué razones pueden encontrarse que hagan que una u otra merezca la pena. Las razones deliberativas pueden ser de alguno de los diferentes tipos ya señalados. Si más de una línea de actuación es prácticamente posible, entonces la cuestión es si las razones a favor de seguir una de ellas son suficientemente buenas y, si hay que elegir entre dos posibilidades, la cuestión es cuál de ellas tiene mejores razones de su lado. Además de razones a favor, puede haber razones en contra de hacer algo, y a veces revisamos los pros y los contras de una manera bastante cotidiana. En ocasiones, sin embargo, puede haber razones negativas que excluyen hacer esto o aquello, sin importar las buenas razones que podrían favorecer hacerlo. Tales razones «excluyentes»6 tienen una importancia especial en el Derecho y la moral.
El carácter excluyente de una razón concierne a su fuerza como razón —algunas razones tienen una fuerza excluyente, otras no—. Esto añade una tercera dimensión a la discusión anterior sobre tipos de razones: además de direccionalidad y contenido, las razones tienen fuerza.
La deliberación no puede prolongarse por siempre. Después de reflexionar sobre un asunto lo mejor que podamos, debemos tomar una decisión. A veces puede que incluso recurramos a tirar una moneda cuando el asunto se presenta rodeado de incertidumbre o cuando las razones a cada lado parecen igualmente fuertes y ninguna es una razón excluyente. La decisión es un acto de la voluntad que a menudo se manifiesta en alguna acción abierta, como reservar un billete de avión o llamar por teléfono para confirmar una reserva en un hotel o aceptar una invitación social o profesional. Las decisiones, por supuesto, pueden revocarse o abandonarse con el tiempo, pero la revocación exige una nueva decisión guiada por una nueva deliberación. El equivalente colectivo o corporativo al acto individual de manifestar una decisión por medio de una acción es la aprobación de una resolución en una reunión de la autoridad corporativa o colectiva convocada de manera competente. Las reglas procedimentales normalmente estipulan que tales decisiones solo pueden ser reconsideradas o revocadas recurriendo a procedimientos especiales.
Tras la decisión viene la implementación. ¿Cómo realizarla? ¿Cómo dividir las partes de un proyecto largo? ¿Cuándo hacer una pausa, cuándo retomarlo? Todas estas preguntas requieren una especie de deliberación «ejecutiva» y decisiones (minidecisiones) sobre la manera más oportuna y mejor de continuar. ¿Cuándo abandonar totalmente el proyecto? Aquí, como ya se señaló, la cuestión de la satisfacción de completarlo es un factor a favor de continuar, respaldado por los remordimientos por el tiempo malgastado si efectivamente no hay expectativas útiles de continuar hasta el final.
Esto dirige nuestra atención hacia el hecho evidente de que la vida puede ser compleja. Incluso un autor decidido probablemente tendrá más de un proyecto en curso. Además de escribir un libro, uno puede tener una vida familiar que debe cuidar, un trabajo docente o administrativo que exige esfuerzo y atención o quizá algún trabajo relativamente menor para mantener unos ingresos mientras reserva todo el tiempo libre para el esfuerzo literario en cuestión. Y, en medio, puede que haya congresos a los que asistir o clases que preparar como profesor invitado o vacaciones que disfrutar. Incluso los grandes proyectos se entrelazan con otros proyectos o actividades, algunos bastante mundanos, con los que uno también está comprometido. Así que unos proyectos deben hacer concesiones a otros, y en la deliberación se requiere asignar tiempo y esfuerzo a cada uno, para lo que puede ser útil, por ejemplo, escribir un diario de compromisos y citas. La vida de una persona autónoma es compleja y exige una reflexión y una deliberación regulares sobre cómo está llevando todos sus proyectos y actividades, y puede que esto requiera una toma ejecutiva de decisiones sobre proyectos en curso y una deliberación sobre otros nuevos posibles. En la terminología popularizada por John Rawls, se debe tener un «plan de vida»7 global en el que las propias actividades y actuales proyectos estén integrados de algún modo.
3. ¿ES ESTA UNA IMAGEN DEMASIADO EGOCÉNTRICA?
El deliberador racional caracterizado hasta ahora debe de parecer una persona terriblemente ensimismada en sí misma. Una persona está metida en su propio plan de vida con todos los proyectos y las actividades que lo componen, otra persona en el suyo propio, y así para cada individuo, dejando a un lado, por supuesto, los proyectos corporativos o colectivos —pero eso a su vez puede ejemplificar simplemente un ensimismamiento corporativo—. Sin embargo, eso no es todo. En cuanto que deliberadores racionales, cada uno es también un agente moral, y eso implica una actitud no ensimismada.
El razonamiento práctico en la moral ciertamente concierne a mis planes para mí mismo, pero plantea aún más notoriamente la cuestión de las obligaciones hacia otras personas. ¿Qué pasa con mis hijos, mi cónyuge, mis amigos, mis colegas, mi jefe, mis conciudadanos y, de hecho, todos mis semejantes con sus sufrimientos? ¿Cómo figuran en mis planes? Y lo más importante: ¿cómo deberían figurar? ¿No es esa la esencia misma de todo problema moral? ¿Qué debemos a los otros? ¿Cómo respondemos a ellos? ¿No es la respuesta irreflexiva de amabilidad y buena voluntad a un extraño en problemas el ejemplo más obvio de acción moralmente buena, a diferencia de todos los cálculos y toda la deliberación que tipificamos como razonamiento práctico?
Estas cuestiones tienen mucho peso pero no son ajenas a nuestra discusión, en la que se ha insistido en el lugar que ocupan las razones concernientes a otros y concernientes a la comunidad entre los componentes de la deliberación y también (puede suponerse) de la ejecución de decisiones. Es obviamente cierto que solo uno mismo puede pensar en lo que va a hacer, ciertamente desde la perspectiva de la agencia y la acción. Yo puedo preguntarme qué hará usted, puedo reflexionar sobre qué sería inteligente o correcto que hiciera y puedo darle mi opinión sobre ello si quiere, pero solo usted puede decidir qué le merece la pena hacer en este momento, qué es lo que debería hacer por encima de todo lo demás. El razonamiento práctico, en este sentido, siempre está dirigido a uno mismo y sirve para gestionarse a uno mismo, ya sea un razonamiento individualista o corporativo.
Que esté dirigido a uno mismo no significa, sin embargo, que sea concerniente a uno mismo. Una autora que decide que debe embarcarse en la escritura de cierto libro y completarlo dentro de cierto plazo puede considerar que sus obligaciones hacia su editor o hacia el organismo que le ha otorgado una beca son una razón buena y suficiente para ponerse a trabajar. Podría verla como una razón concluyente, independientemente de cualquier otra razón concerniente a uno mismo, económica o de otro tipo, que también pueda pensar que influye en este caso. Esto sería evidente si se imaginara que la situación es un poco más compleja. Se le ha ofrecido una plaza como profesora visitante que es muy prestigiosa y puede ser bastante agradable, pero debe asumirla dentro de los próximos doce meses. Esos son precisamente los doce meses en los que debe escribir el libro para cumplir con el plazo acordado. En lo que respecta a las razones concernientes a uno mismo, ella podría pensar que lo correcto desde su punto de vista «egoísta» es posponer o abandonar el libro para asumir la plaza de profesora visitante. Sin embargo, sus obligaciones hacia terceras partes superan a estas consideraciones, así que rechaza la invitación con pesar y se pone a escribir.
El término «moral», en uno de sus sentidos más restringidos, se usa para llamar la atención sobre los elementos concernientes a otros del razonamiento práctico. Las exigencias de la moral son exigencias en favor de otras personas diferentes de la que está deliberando. Las motivaciones o las razones morales son las que compiten con las concernientes a uno mismo. Cada uno de nosotros se encuentra constantemente en riesgo de favorecerse demasiado a sí mismo. Las razones concernientes a uno mismo para hacer algo pueden aparecer vívidamente iluminadas o pueden verse ensombrecidas por las exigencias que hemos caracterizado como «razones concernientes a otros». La virtud moral requiere en sus fundamentos una determinación firme e incluso férrea de no sobrevalorar lo que concierne a uno mismo en detrimento de las consideraciones que conciernen a otros. La imparcialidad entre uno mismo y los otros es difícil de cultivar pero es fundamental para la moral.
Esto es cierto e importante. Sin embargo, ese es solo uno de los sentidos del término «moral». Además, prestarle demasiada atención puede empujarlo a uno hacia el error opuesto. Es cierto que todos tenemos una tendencia hacia el egoísmo, en el sentido de una propensión a sobrevalorar las motivaciones concernientes a uno mismo en detrimento de las concernientes a otros, y debemos estar en guardia ante esto. No obstante, también es posible la corrección excesiva. Convertirse en un felpudo o en un mártir en favor de las necesidades relativamente triviales de otros es un error de juicio —de juicio moral, de hecho— tanto como lo opuesto. También puede tener efectos moralmente indeseables, como en el caso de unos padres que, temerosos de descuidar a sus hijos, terminan por mimarlos totalmente y por fomentar en la práctica que se conviertan en mocosos egoístas. Aquí, como en muchos otros asuntos, existe un término medio deseable, y una desviación de ese punto en cualquier dirección conduce al error moral, aunque la tendencia al error normalmente esté algo sesgada en la dirección de uno mismo.
A veces se traza una distinción entre razones «prudenciales» y «morales» para la acción, sobre la base de que las prudenciales son concernientes a uno mismo, mientras que las morales son concernientes a otros. Este es un uso muy desaconsejable. «Phronesis» en griego se traduce como «prudentia» en latín y «prudencia» en español. Significa sabiduría práctica, que se manifiesta en una capacidad madura para deliberar de una manera correcta y equilibrada, teniendo en cuenta todo lo que debe considerarse y dejando a un lado consideraciones irrelevantes. La «prudencia» en este sentido no se refiere solo a lo que concierne a uno mismo. Consiste en dar su justo valor a las consideraciones concernientes a uno mismo, las concernientes a otros y las concernientes a la comunidad en cualquier contexto de deliberación importante. Quienes pueden ayudar a guiar (no controlar) las deliberaciones de una persona afligida por dificultades son sabios consejeros de quienes están turbados por difíciles problemas prácticos.
Aquí no trataremos «moral» y «prudencia» como virtudes mutuamente excluyentes. La prudencia conduce a decisiones moralmente correctas, y las decisiones son moralmente correctas en la medida que den el valor justo o apropiado a las consideraciones concernientes a otros siempre que estas compitan con las concernientes a uno mismo. La pregunta, por tanto, concierne al «valor justo o apropiado»: ¿cómo debemos evaluar las razones para lograr una sabiduría práctica en la toma de decisiones? Hay una respuesta aparentemente circular que ha sido popular durante siglos: la sabiduría se aprende observando y tratando de imitar a quienes ya son sabios. Uno se convierte en alguien que toma buenas decisiones aprendiendo de alguien que ya es sabio. De la misma manera, se aprende a tallar la madera siendo aprendiz de un buen artesano, se aprende a navegar bien aprendiendo de un buen capitán de barco, se aprende a escribir bien imitando a buenos escritores establecidos y prestando atención a las críticas de buenos críticos, y así sucesivamente. Esto, sin embargo, es complicado. Las personas sabias toman las decisiones correctas. Yo aprendo a tomar decisiones correctas siguiendo las palabras y el ejemplo de los sabios. ¿Pero cómo saben hacerlo ellos? Por otra parte, ¿cómo pueden los menos sabios estar seguros de que, a juzgar por la corrección de sus decisiones, el individuo que consideran como un ejemplo tan bueno es realmente sabio, es realmente alguien que toma decisiones de manera correcta? La corrección de sus decisiones demuestra su sabiduría, pero las decisiones son correctas porque es sabio. ¿No están razonando en círculo aquí?
Tal vez la solución no sea muy diferente de la que aplicamos en el caso de habilidades prácticas menores que se aprenden por el ejemplo. El maestro artesano puede mostrarle qué hacer, mostrarle qué va mal en tus intentos, hacer críticas útiles a sus esfuerzos, explicar qué efectos se busca conseguir al ejercitar una habilidad y así sucesivamente. Las personas prácticamente sabias no hacen declaraciones délficas sobre qué es correcto, explican por qué lo es. Muestran las razones que parecen más pertinentes y por qué una de ellas se valora más en un contexto que en otro, entre otras cosas. La persona sabia llama la atención sobre aspectos de la situación de los que puede que uno no se haya percatado o de cuya pertinencia puede que no se haya dado cuenta. La sabiduría viene con la experiencia y los sabios han experimentado más cosas que los aprendices, y han aprendido de su experiencia, una experiencia tanto de errores como de aciertos. No son oráculos infalibles sino guías muy valiosos.
Aunque esto sea cierto, no nos ha acercado mucho a la solución del problema con el que empezamos. ¿Cómo evaluar el diferente valor de diferentes razones? ¿Qué tipo de cosas son las razones? La primera respuesta a esto es: «las razones no son en absoluto cosas». Los aspectos de una situación y los aspectos de las relaciones entre personas son pertinentes para las preocupaciones humanas. El hecho de que una línea de conducta sea posible y que considero que esta línea de conducta es deseable en sí misma o por sus probables resultados es una razón para mí para seguirla. El hecho de que le he prometido a usted no seguir tal línea de conducta si termina por perjudicarlo hace que sea necesario que yo compruebe si es probable que lo perjudique en este caso. Si lo es, entonces hay una razón para que me abstenga de esa línea de conducta. Si no lo es, entonces soy libre de embarcarme en ella y debería hacerlo, a menos que aparezca o me dé cuenta de que hay alguna otra opción más valiosa. Las razones para hacer cosas son hechos, no entidades. Los hechos son lo que afirman los enunciados verdaderos. El mundo tal como lo aprehenden conscientemente los humanos es un mundo de hechos.
Esto se vuelve cada vez más desconcertante. Algunos dicen que hay una brecha insalvable entre los hechos y los valores, pero parece que los hechos (y solo los hechos) pueden darnos razones para actuar, es decir, pueden hacer que merezca la pena hacer algo. Lo que merece la pena tiene valor. Así que los hechos poseen valores después de todo. Sí, pero son valores en un sentido relativo: valores para los humanos. Este relativismo no es incompatible con la objetividad. Los hechos que tienen un valor lo tienen para cualquier ser humano que esté situado de la manera pertinente. (En el razonamiento justificativo, recordemos, las razones son universales, a diferencia de las razones explicativas o biográficas.)
Lo que hasta ahora hemos llamado «razones concernientes a otros» son hechos de un tipo especial, es decir, hechos sobre las relaciones entre personas. Calpurnia y César son cónyuges; Bruto es amigo de César. Bruto ama la República Romana y considera que César es un peligro para su supervivencia. Casio está celoso de César por sus éxitos militares. César dirige tropas que pueden intervenir si solo se utilizan medios políticos para frenar sus maquinaciones. César puede ser asesinado cuando aparezca en el foro. Así que los conspiradores pueden llegar colectivamente a la conclusión de que lo mejor es asesinar a César cuando vaya al foro. Al reflexionar sobre este riesgo, Calpurnia puede implorar a César que evite hoy el foro y así César puede encontrarse en un dilema: por consideración hacia Calpurnia, no debe ir, a menos que los miedos de ella sean infundados. Él considera que es esencial para su papel de estadista asistir a la reunión del Senado en el foro. Los conspiradores consiguen su oportunidad y la aprovechan. Podemos concluir que nadie en esta situación razonó bien. César debería haber prestado más atención a su mujer. Bruto no debería haber asesinado a su amigo y, de hecho, debería haberlo avisado, buscando una manera de hacerlo que no traicionase a los otros conspiradores. Nadie debería haber tomado parte en un asesinato sangriento, incluso aunque César estuviera amenazando con establecer una nueva monarquía con toda probabilidad de convertirse en una tiranía. Todo esto es discutible, pero lo que no es discutible es que tales relaciones entre personas y tales hechos sobre las personas en sus relaciones con otras personas son fundamentales para juzgar qué hacer —si somos uno de los actores—. Adicionalmente, son fundamentales para nuestra evaluación crítica de lo que se hace, si somos meros espectadores. Así que, ¿qué es lo que hace que las relaciones cuenten como razones de esta manera?
4. LA VOLUNTAD LEGISLATIVA
Como seres humanos, actuamos y reflexionamos sobre nuestras acciones. Reaccionamos a sucesos y a veces esa reacción es reflexiva, precedida por una deliberación sobre qué hacer. Este ha sido el tema del presente capítulo hasta ahora. ¿Qué es entonces lo que llegamos a ver cuando reflexionamos sobre las relaciones entre nosotros mismos y otros o entre las personas en general? La mejor respuesta es que vemos la necesidad de algún tipo de respuesta a la situación que tenga las características de una ley. César es un ser humano que se encuentra expuesto al filo de mi daga si lo ataco cuando entre al Senado, ¿pero debería hacerlo? Se debe combatir a todos los tiranos; no se debe matar a ningún ser humano salvo en caso de que sea necesaria la defensa propia. En esta situación, a menos que la amenaza de un régimen tiránico sea muy grave e inmediata, y que no sea posible evitarla por otros medios, la excepción de la defensa propia no se aplica y la norma en contra del asesinato debe prevalecer. Esto es, debe prevalecer de acuerdo con lo que yo propongo como un elemento aceptable de un código de conducta universal. Esta propuesta es discutible y bien puede darse una discusión sobre el problema del tiranicidio8 y sobre la cuestión de qué es necesario hacer para proteger a personas que estén en peligro aparte de Bruto (o quien sea). También se pueden discutir cuestiones de hecho: ¿qué certeza hay de que César esté intentando asumir poderes tiránicos y destruir la República?
Es fácil ver que puede ser cuestionable dónde exactamente se debe trazar la línea de las excepciones justificadas para la norma «no matarás» de maneras que puedan ser pertinentes para este caso. Sin embargo, no se podría imaginar la posibilidad de una comunidad humana en la que no se reconociera que el acto deliberado por parte de una persona de matar a otra es, en todas las circunstancias ordinarias, sumamente inaceptable. Las excepciones, si las hubiera, tienen que ser definidas con mucho cuidado. Si algo merece ser considerado como una «ley universal de la naturaleza», según la famosa expresión de Kant9, sin duda es esto. Una «sociedad» cuyos miembros no reconocieran ninguna restricción normativa para la violencia interpersonal no sería concebible como sociedad, pues la sociedad implica un nivel mínimo de civismo mutuo y de interacciones basadas en la confianza, por muy cautelosa que sea tal confianza. Una guerra hobbesiana de todos contra todos es la antítesis de la sociedad.
Kant y muchos de sus seguidores, incluyendo recientemente a Christine Korsgaard10, representan la manera como sometemos nuestra naturaleza activa a los dictados de nuestra naturaleza reflexiva con la analogía de un órgano legislativo. Matar está mal porque hay una ley que lo prohíbe, una ley que ha sido promulgada por la voluntad de un agente moral guiado por la razón práctica, y es una ley porque se aplica objetiva y universalmente a todas las personas. Todos somos legisladores morales y las leyes de nuestra naturaleza racional dependen de nuestra común voluntad legislativa universal. Esto, sin embargo, hace que la moral parezca un asunto de algún modo arbitrario. Según se argumentará a lo largo del presente trabajo, es preferible otra analogía que se fije en la función judicial en lugar de la legislativa. Nadie reflexiona sobre lo correcto y lo incorrecto durante una deliberación racional salvo en el contexto de un código práctico aprendido y heredado. A las personas se las educa para que conozcan y comprendan reglas morales simples, como no decir mentiras, no incumplir las promesas, no ser violento, no abusar de otros y no robar.
En el proceso gradual de alcanzar la madurez moral, uno habitualmente asume esas normas que ya están operativas, aunque en ocasiones puede que desee cuestionarlas y revisarlas. Uno acepta de manera autónoma lo que originalmente se le inculcó de manera heterónoma. Sin embargo, esto no es como una nueva promulgación solemne de todo un código civil y penal. Es más como la posición de un juez que se enfrenta a problemas que surgen en el contexto de un sistema jurídico que ya está en funcionamiento, pero en un contexto en el que siempre pueden ser necesarias nuevas interpretaciones para lograr la justicia adecuada según la ley. Se adopta la ley de acuerdo con una nueva comprensión mejorada de la misma.
Esta es solo una analogía débil (aunque más adelante tendremos ocasión de volver a ella con mayor profundidad). Los jueces en un sistema jurídico estatal poseen una estricta jerarquía de fuentes de Derecho. Pueden estar vinculados por precedentes de tribunales superiores, así como también están vinculados por leyes parlamentarias que contienen muchas y a menudo laberínticas disposiciones sobre asuntos importantes de Derecho civil, penal o público11. En cambio, no existen jerarquías de autoridad moral (al menos fuera de ciertas tradiciones religiosas). No existen precedentes cuidadosamente registrados, ni códigos de leyes detalladas, ni compendios legislativos actualizados año tras año que contengan las leyes promulgadas sobre una multiplicidad de temas. No existe un libro de códigos morales12, aunque haya resúmenes reconocidos popularmente, como los Diez Mandamientos, así como numerosos tomos de filosofía moral y obras sobre Derecho natural donde se enuncian proposiciones ampliamente aceptadas como reglas morales, como lugares comunes o como principios morales más en general. En cuanto jueces de lo que debemos hacer nosotros mismos y de la conducta de otros, tenemos que extrapolar a partir de las simples orientaciones que hemos heredado o con las que nos hemos criado y determinar gradualmente lo que parece aceptable si se universaliza. La máxima de una acción que debe aceptarse universalmente es más como la ratio decidendi de una resolución del sistema de common law que como un artículo de un código civil o penal o una ley de la Commonwealth o de Estados Unidos13. Quien toma una decisión asume todo un trasfondo de juicios previos y lugares comunes morales que constituyen el marco para la actual decisión, un marco con el que la decisión debe ser coherente. Un juicio es, sin embargo, no solo un acto de la razón sino también de la voluntad: se trata de la cuestión de qué debe considerarse aceptable como máxima universalizable —no de qué está aceptado ya—. En ese sentido la voluntad racional en efecto interviene en el proceso de establecer la pertinencia moral de las relaciones.
Este argumento llama la atención sobre dos tipos diferentes de juicios. A veces uno juzga de manera meramente contemplativa, tratando de llegar a una conclusión sobre qué es o no es el caso. Puede que quiera formarme una conclusión sobre la cuestión de qué está causando que aparezca una mancha marrón en mi pared. ¿Está húmeda? Y, si lo está, ¿de dónde viene la humedad? O puede que contemple el curso que ha tomado la guerra de Irak desde 2003 y las circunstancias de los años 2001-2003 que llevaron al ataque por parte de EEUU y la «coalición de la voluntad». Puede que desee evaluar estos sucesos de acuerdo con los estándares del Derecho internacional. ¿Fue esta acción militar una guerra legal o un acto ilegal? Esta es una pregunta sobre una cuestión práctica, pero para mí, como un mero asunto de contemplación, la cuestión no es práctica. Por supuesto, si estoy a punto de votar en una elección pertinente, o si estoy considerando si debo participar en alguna protesta, el juicio sobre la legalidad de la guerra será importante en el contexto de mi deliberación práctica, para saber cómo votar o si unirme a la protesta.
Si hubiera sido un miembro del gobierno o del Parlamento del Reino Unido en febrero de 2003, al considerar la cuestión de la legalidad de la guerra, habrían sido pertinentes los mismos factores para resolverla que en el caso contemplativo. Pero la deliberación habría sido un asunto de razonamiento práctico, no de pura contemplación o especulación. Habría sido fundamental para mi deliberación la cuestión de si debía permanecer en el gobierno y apoyar su política militar, o la cuestión de si debía votar «sí» o «no» en la votación sobre si se debía aprobar la acción militar. (En realidad, en aquel tiempo yo era un Miembro del Parlamento Europeo, donde alcé mi voz y mi voto en favor de las resoluciones que deploraban la decisión de embarcarse en una guerra en las circunstancias de aquel momento.)
Esta distinción se sigue de las proposiciones ya establecidas, de que son los hechos los que pueden ser constitutivos de las razones. La cuestión de si cierto hecho se da o no se da no puede determinarse por medio del razonamiento práctico. La cuestión de si el hecho, en caso de que se dé, es una buena razón para que una persona actúe tras la debida deliberación depende de cómo esté situada esa persona. Los hechos pueden ser razones relacionadas con una acción, pero solo para una persona que contemple unas acciones para las que sea pertinente este hecho y otros. La cuestión de si son pertinentes o no depende de si aparecen en una máxima reguladora o una norma de acción, y en este asunto siempre es decisiva la prueba de la universalización.
También hay un lugar para los ensayos más exhaustivos de la filosofía moral crítica. Un famoso ejemplo es Derecho, libertad y moralidad de H. L. A. Hart14 y otro es Sobre la libertad de su gran modelo y precursor John Stuart Mill15. Tales obras están dirigidas a la razón legislativa y proponen principios de práctica legislativa sobre fundamentos morales. Tienen un gran valor práctico, pero no son modelos de razonamiento moral ordinario.
5. RECIPROCIDAD Y EL DOMINIO PROTEGIDO
Las razones concernientes a otros en la deliberación son (o incluyen) razones morales del tipo generado por la voluntad racional de la manera indicada. Son esencialmente interpersonales y relacionales, de modo que poseen cierta reciprocidad intrínseca. El hecho de que sea incorrecto que yo lo ataque y ponga en peligro su vida implica que es igualmente incorrecto que usted me ataque, y así sucesivamente. Sea cual sea la mejor versión de «no matarás», es universal, así que si obliga a uno obliga a todos. Lo mismo vale para la prohibición de robar, de dar falso testimonio, de mentir y de romper las promesas, por tomar algunos ejemplos trillados y poco controvertidos. Mi deber de no atacarlo se corresponde con su deber de no atacarme, y así sucesivamente. Por lo tanto, a la inversa, cada uno de nosotros tiene un derecho frente a todos los demás de no ser atacado. Del mismo modo, tenemos el derecho de no ser robados, de no sufrir perjurio, de no ser engañados y de no ser decepcionados por el incumplimiento de una promesa.
Así que estos y otros deberes morales básicos tienen un aspecto dual. Por un lado, por supuesto, equivalen a restricciones autoimpuestas que limitan lo que podemos permitirnos hacer correctamente. Por otro lado, sin embargo, demarcan un dominio de libertad moral, en el que somos libres de actuar como nos parezca mejor una vez que estamos seguros de que eso no implicará el incumplimiento de un deber, o, dicho de otra forma, la violación de un derecho de alguna otra persona.
Cuando consideramos el razonamiento práctico en su modalidad concerniente a uno mismo, dirigido a escoger y emprender proyectos y actividades dentro de algún plan de vida más general, la importancia de esto queda clara. Al decidir de manera deliberativa o ejecutiva sobre qué hacer o cómo empezar un proyecto adoptado (por ejemplo, escribir un libro), estamos en primer lugar y principalmente deliberando sobre el bien. Nos estamos preguntando: «¿Cuál es un buen uso de mi tiempo, cuál de los diferentes buenos usos es actualmente el mejor?» De nuevo, esto no solo implica un sentido adquirido de lo que vale la pena hacer, sino también el desarrollo de ese sentido por medio del razonamiento autónomo. El juicio sobre qué es lo que merece su interés, preocupación, atención y acción es un juicio del ámbito del «debería», aunque no del ámbito del «deber» como tal. Es universal en un sentido más débil que el juicio de un deber. Lo que merece la pena para mí debe merecer la pena para cualquiera —pero no para todos—. Las personas tienen diferentes talentos y predilecciones, y alcanzan la madurez en la toma de decisiones tras diferentes cursos de aprendizaje, escolarización, formación o lo que sea. Cada una debe ser capaz de ver qué es lo que hace que los fines de otra sean valiosos, o de lo contrario su valor es puesto seriamente en duda. Sin embargo, no todos adoptan proyectos idénticos, ni tampoco deberían o podrían hacerlo. Este es otro rasgo esencial de la libertad moral. Personas diferentes poseen diferentes bienes y diferentes percepciones del bien. Una persona puede considerar que el proyecto de otra es una total pérdida de tiempo, pero eso no justificaría que interfiriera (aunque puede ofrecer críticas y consejos amistosos). Las personas que se mantienen dentro de sus derechos son moralmente libres para perseguir sus propios fines, y de hecho a cometer sus propios errores de vez en cuando.
Estas reflexiones muestran el buen sentido de la idea de que los deberes hacia otros pueden ser limitaciones16 en la deliberación propia. Son señales de prohibición como la de «Prohibido pisar el césped». Quien esté dispuesto a cumplir la orden de no pisar el césped no recibe instrucciones sobre adónde ir o en qué dirección caminar; que camine por donde quiera, mientras no pisotee este bello jardín. Otra terminología en la que se puede expresar esto es la de las «razones excluyentes»17: el hecho de que uno tiene el deber de no pisar el césped es una razón para excluir de la deliberación todas las líneas de actuación que impliquen caminar sobre él.
Ciertamente, eso no es todo. Muchos deberes entran en la deliberación como una parte de lo que delinea el bien que se puede decidir perseguir. Una hija atenta puede planear unas vacaciones que incluyan a su padre anciano y permitirle que visite algún lugar que él siempre ha querido ver, como Venecia o el Gran Cañón. Tales acciones no se realizan por puro deber y en contra de nuestras inclinaciones; se realizan por placer y como un acto de amor, y pueden ser experiencias profundamente gratificantes. Esto, no obstante, no excluye el hecho de que una parte de la motivación para elegir tal viaje de vacaciones es un sentido de obligación o deber filial. Esto también es significativo porque justifica lo que uno no hace. Tal vez haya otra persona anciana entre sus conocidos a quien le haría aún más ilusión este viaje que a su padre, pero existe una obligación previa hacia el padre, así que la cuestión simplemente no cruza el umbral de la deliberación. En el ejemplo mundano de la escritura de un libro, hemos visto que las consideraciones sobre lo que uno debe a quien le concedió la beca, a su universidad, a sus colegas y a su editor pueden formar parte de la amalgama de motivaciones —o razones— que uno adopta para justificar el proyecto.
6. COSTUMBRES, CONVENCIONES Y MORAL
Si es cierto que los seres humanos, en cuanto criaturas racionales y activas, tienen que ser considerados en algún sentido los creadores autónomos de sus propias normas morales y sus propios valores, ha sido cierto por mucho tiempo. En el siglo XXI de la Era Común, nosotros los humanos tenemos una antigüedad respetable como especie, aunque seamos unos recién llegados en comparación con las tortugas, los cocodrilos u otros. Esto hace que sea improbable que, en la generación actual o en cualquier generación reciente de humanos, la autonomía de cada persona implique una originalidad radical. La mayoría de las posibles versiones de valores y normas morales creíbles ya habrán sido propuestas, probadas, refinadas y abandonadas en algún momento o lugar. Además, precisamente debido a la reciprocidad que conlleva el reconocimiento de normas vinculantes que gobiernan las relaciones humanas, es probable que la mayoría de las personas que interactúan en gran medida entre ellas hayan llegado al menos a algún tipo de entendimiento provisional sobre lo que cada una debe a todas las demás.
Conjuntamente con esta reflexión general viene la necesidad más concreta de varios tipos de convenciones que faciliten la coordinación mutua. Los sistemas comunes de medición y comunicación del tiempo son esenciales en las sociedades industriales y postindustriales basadas en alta tecnología. Las lenguas mismas que hablamos son un mecanismo de coordinación fantástico que permite el intercambio de expresiones con significado y por tanto de información, de avisos, de imprecaciones, de amenazas, de bromas y de todo lo demás que comunicamos unos a otros. Internet depende de convenciones y estándares totalmente desconocidos para la mayoría de sus usuarios. Asombrosamente, funciona. De hecho, funciona de manera asombrosa.
Por lo tanto, no tenemos ninguna razón para sorprendernos si descubrimos que en la mayoría de las comunidades de personas relativamente estables que interactúan dentro de algún contexto social más amplio también hay consagrados muchos deberes y derechos morales en las costumbres y las convenciones de la comunidad. Compartimos muchas reglas y principios morales, tal vez no en una formulación muy exacta, pero sí en una necesaria comprensión común. Las personas no podrían hacer promesas, agendar citas, celebrar fiestas o hacer muchas otras cosas si no fuera así. El uso del vocabulario rico y variado del «lenguaje de la moral»18 como una parte comúnmente comprendida y ampliamente usada de nuestro repertorio de comunicación interpersonal es una prueba de esto, si es que hiciera falta alguna prueba de lo evidente. Sin embargo, es la adopción continuada de esto en los juicios reflexivos de los agentes autónomos que conforman una comunidad moral lo que otorga una normatividad a las costumbres que seguimos —cuando falta la normatividad, solo la presión social (a veces bastante intensa, sin duda) motiva la obediencia—.
7. IDEALES Y FINES
La desaprobación de las personas con las que uno vive y trabaja resulta desagradable para la mayoría de la gente, y la intensidad de la desaprobación aumenta el dolor que uno sufre por ello. La desaprobación puede incluso degenerar en coerción y amenazas de violencia en algunos casos. Todo esto significa que las personas siempre tienen una motivación concerniente a uno mismo para respetar la moral convencional, como mínimo de boquilla pero habitualmente llegando hasta el auténtico cumplimiento, al menos cuando el incumplimiento puede detectarse fácilmente y provoca un gran rechazo. Del mismo modo, las sanciones legales proporcionan a las personas motivos concernientes a uno mismo para hacer lo que exige la ley, al menos cuando es probable que sean detectadas y llevadas a juicio. En otros casos, como la compra de terreno o de casas, el deseo de obtener un derecho de propiedad irrecusable proporciona un fuerte motivo para cumplir con las condiciones y las obligaciones que el Derecho impone a tales transacciones.
Tal motivación se asemeja parcialmente a la motivación económica (en un sentido amplio de lo «económico», es motivación económica). Una persona puede escribir por dinero o por otros beneficios económicos que pueden resultar directa o indirectamente del éxito literario. Aquí, como en el caso de quien actúa moralmente para evitar la desaprobación o actúa legalmente para evitar sanciones u otros perjuicios legales, lo que tenga de bueno la acción es meramente instrumental. Actúo bien para evitar la desaprobación o para mejorar mi situación económica. Ninguna de estas cosas es o parece un fin en sí misma. Un asunto diferente es hacer lo correcto porque es correcto. Obtener unos beneficios para mantener un hogar y posiblemente algún tipo de vida familiar puede entenderse mejor; al igual que, de hecho, obtener unos beneficios suficientes para poder mantenerse con vida y cómodo sin necesidad de abusar de la generosidad de los demás. En toda deliberación seria está implícita la cuestión de cuáles son los bienes últimos que dan sentido a los bienes instrumentales y hacen que estos sean inteligibles como motivos. En el siguiente capítulo se prestará atención al bien, es decir, a lo que tiene valor y a lo que significa «tener valor».
Puede existir una obediencia reticente y en cierta medida impuesta en la moral y el Derecho, como hemos visto y como vemos cada día. A diferencia de tal obediencia, quien cree en una concepción de lo bueno y se guía por ella, o de lo que es correcto y lo que es incorrecto, expresa con ello su fidelidad a un valor que tiene un contenido ideal más que animal. Cuando se aplica el contraste de «correcto e incorrecto», las razones a las que se apela tienen la fuerza excluyente que se ha señalado antes. A continuación, el capítulo 2 se ocupa principalmente del bien, y después los capítulos 3 y 4 se ocupan de los fundamentos de lo correcto y lo incorrecto.
1 N. Lacey, A Life of H. L. A. Hart: the Nightmare and the Noble Dream (Oxford: Oxford University Press, 2004).
2 W. Twining, Karl Llewellyn and the Realist Movement (London: Weidenfeld and Nicolson, 1973).
3 Véase S. P. Soosay, Skills, Habits and Expertise in the Life of the Law (Edimburgo: Tesis de doctorado de la Universidad de Edimburgo, 2005).
4 Por ejemplo, el museo Guggenheim de Bilbao, diseñado por Frank O. Gehry (véase <http://www.guggenheim-bilbao.es/>)
5 Véase The Holyrood Inquiry: a Report by the Rt Hon Lord Fraser of Carmyllie QC (Edinburgh: Scottish Parliament Corporate Body, 2004).
6 J. Raz, Practical Reason and Norms (London: Hutchinson, 1975), 37–45 [Traducido como Razón práctica y normas (Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 1991).].
7 J. Rawls, A Theory of Justice (Oxford: Oxford University Press, 1972) 407–16 [Traducido como Teoría de la justicia (México: Fondo de Cultura Económica, 1979).]. J. Finnis también considera que la posesión de un plan de vida adecuado es un requisito básico de la razonabilidad práctica. Véase su Natural Law and Natural Rights (Oxford: Clarendon Press, 1980) 103–5 [Traducido como Ley natural y derechos naturales (Buenos Aires: Abeledo-Perrot, 2000).].
8 Garrett Barden me ha recordado los importantes comentarios que hace Cicerón sobre esto en Sobre los deberes (Madrid: Alianza, 2015), libro III. Por supuesto, Cicerón y Julio César eran contemporáneos.
9 La segunda formulación de la primera versión del imperativo categórico de Kant es: «Obra como si la máxima de tu acción debiera tornarse, por tu voluntad, ley universal de la naturaleza». Véase H. J. Paton, The Moral Law (London: Hutchinson, 1948), 84.
10 Véase C. Korsgaard, The Sources of Normativity (Cambridge: Cambridge University Press, 1996), 97–103 [Traducido como Las fuentes de la normatividad (México: UNAM, 2000).].
11 Sobre el uso de precedentes en muchos sistemas jurídicos, véase N. MacCormick y R. S. Summers (eds), Interpreting Precedents: A Comparative Study (Aldershot: Dartmouth, 1997).
12 Sobre la relevancia de la ausencia de un libro de normas para la moral, véase J. Dancy, Ethics Without Principles (Oxford: Oxford University Press, 2004), 130–32.
13 Compárese con N. MacCormick, Retórica y Estado de Derecho (Lima: Palestra, 2016), cap. 8 «Usar Precedentes».
14 Madrid: Dykinson, 2007.
15 Madrid: Alianza, 2013.
16 La idea de las limitaciones (side-constraints) fue propuesta por Robert Nozick en Anarquía, Estado y utopía (México: Fondo de Cultura Económica, 1988). Es comparable el concepto de F. Schauer de «generalización afianzada» (entrenched generalization); véase F. Schauer, Playing by the Rules (Oxford: Clarendon Press, 1991) 38–52 [Traducido como Las reglas en juego (Barcelona: Marcial Pons, 2004).]. Las «razones excluyentes» de Raz son una tercera variante, que aquí se prefiere. Véase la siguiente nota al pie.
17 J. Raz, Practical Reason and Norms (London: Hutchinson, 1975), 37–45 [Traducido como Razón práctica y normas (Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 1991).]; al menos para ciertos propósitos, Raz ha revisado posteriormente su terminología y ha sustituido este término por el de «razones protegidas». Este cambio no es importante para nuestros actuales propósitos.
18 Esta expresión refleja deliberadamente el título de la obra de R. M. Hare El lenguaje de la moral (México: UNAM, 1975). Tanto personalmente como por sus escritos, Hare provocó mi interés en muchos de los asuntos tratados en el presente libro, aunque mis ideas han terminado por desviarse un poco de las suyas.
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Valores y naturaleza humana
1. LA IMPORTANCIA DEL LENGUAJE
Es una vieja creencia, que todavía tienen muchos, la de que los seres humanos son criaturas que deben su existencia a un Dios todopoderoso y totalmente benevolente. Todos los judíos, los cristianos y los musulmanes sostienen, de maneras diferentes pero desde una misma fuente original, que algunos seres humanos en la historia recibieron, por medio de los profetas (y, para los cristianos, por medio de la encarnación de Dios en Jesús, y por tanto de las enseñanzas de Jesús), una revelación de las leyes de Dios que son obligatorias para los humanos. Sin embargo, algunos creyentes observaron que incluso quienes no habían recibido la revelación divina que fue registrada en las Sagradas Escrituras parecían vivir de acuerdo con principios similares, aunque de manera muy imperfecta. Tenían alguna idea de los principios expresados en los Diez Mandamientos, con o sin las interpretaciones adicionales que reciben en el Nuevo Testamento. La ley divina, según tales creyentes, se revela especialmente en la Biblia (o el Tanaj o el Corán), pero incluso sin la revelación los humanos tienen algún acceso a ella. Aquí tenemos una manera fundamentalmente cristiana de expresar esta idea: «Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándolos o defendiéndolos sus razonamientos»19. Observaciones similares de que podían encontrarse las mismas cuestiones de Derecho en muchas comunidades, a pesar de variaciones locales en cosas como la moneda, los pesos, las medidas y las formas de gobierno, llevaron igualmente a algunos filósofos de la Grecia Antigua a la conclusión de que algunas cosas son correctas o incorrectas por naturaleza, no solo por convención. Por tanto, parecía que había, en algún sentido, un «Derecho natural» común a todos los seres humanos en cuanto tales.
Para las personas que viven en el siglo XXI, la metáfora de la «escritura en los corazones» de los seres humanos ha adquirido un nuevo sentido. Pues los científicos de la vida contemporáneos, tanto en sus trabajos de investigación como en sus explicaciones populares de lo que hacen, nos dicen que pensemos en el genoma humano como un libro. Este libro contiene un complejo código de letras y palabras bioquímicas, que funcionan como una especie de receta para que las proteínas formen los complejos grupos moleculares de los que estamos hechos (al igual que todos los demás seres vivientes20). «En el principio era el Verbo», dice la frase inicial del Evangelio de San Juan. En realidad, hay una palabra, o más bien un libro de palabras, en el inicio de cada ser viviente, cada uno con su propio código genético escrito en los pares de bases de la doble hélice de su ADN. La escritura no está en nuestros corazones, o más bien no está solo en ellos, sino en cada célula de nuestros cuerpos. Sin embargo, esto en sí mismo no es un código moral ni nada que se le parezca. En cambio, puede ser una precondición para la posibilidad de cualquier código moral y muchas otras cosas.
Quien pueda leer y entender los párrafos precedentes los habrá reconocido como una exposición de ideas en lengua española. Es posible inferir algo con seguridad para cualquiera que haya llegado hasta aquí. Cada una de tales personas tiene un gen «FOXP2» en el cromosoma 7 que funciona correctamente. «Este gen es necesario para el desarrollo de una capacidad normal para la gramática y el habla en los seres humanos, incluyendo un buen control motor de la laringe… Cuando está dañado, la persona nunca desarrolla un lenguaje completo»21. Por supuesto, que unos genes sean necesarios para el habla no significa que sean suficientes. Se activan por medio de la exposición del ser humano entre la infancia y la pubertad al entorno de una comunidad lingüística, y la lengua que se desarrolla es la lengua de esa comunidad —una lengua que sin embargo es traducible a cualquier otra lengua humana natural, aunque sea con imperfecciones—. Puede que las personas con sordera profunda nunca aprendan a hablar con sus cuerdas vocales. Sin embargo, la lengua de signos puede ser un modo de comunicación lingüística igual de completo, y puede complementarse con el uso de un lenguaje escrito —o codificado electrónicamente— al igual que puede hacerse con una lengua oral.
Como señalaron Thomas Reid hace mucho tiempo y Ludwig Wittgenstein mucho más recientemente, un lenguaje privado es inconcebible22. El poder del habla es uno de los poderes irreductiblemente sociales de la mente humana. Las condiciones para el aprendizaje y el uso del habla dependen absolutamente de la adhesión común a unas normas comunes de gramática y similares que estructuran nuestro lenguaje. Como se argumentará más detalladamente en un capítulo posterior, entre tales normas debe haber una que privilegie la veracidad y la sinceridad sobre la falsedad y el engaño, pues una comunidad sin tal norma nunca podría desarrollar un lenguaje o perdería rápidamente el que tuviera. En el genoma no está escrito que mentir y engañar están mal, pero las capacidades que pueden desarrollar quienes portan el genoma humano dependen de que la mayoría de los miembros de una comunidad de hablantes traten esas cosas como incorrectas la mayoría del tiempo y se abstengan de ellas, especialmente delante de aprendices.
Añadamos a esto el reconocimiento de la conexión entre el lenguaje como habla, por medio de la vocalización o los signos, y la invención y el desarrollo de la escritura. Los mensajes en un lenguaje que empezó siendo escrito, después impreso y ahora encriptado digitalmente crean en los humanos una habilidad extraordinaria que nos ha distinguido progresivamente de nuestros parientes más cercanos, los chimpancés y los bonobos, cuyo código genético es increíblemente similar al nuestro. Esta es nuestra capacidad para comunicarnos a una distancia tanto espacial como temporal, así como para acumular conocimientos generación tras generación, que se vuelven cada vez más especializados en las ramas del conocimiento que podamos dominar y así, de manera casi inevitable, se produce una división social del trabajo cada vez más avanzada. Esto implica la capacidad de desarrollar una sociedad civil cada vez más extensa, que a su vez requiere la extensión de una confianza al menos provisional entre un número cada vez mayor de personas que no se conocen personalmente. Esta idea le resultará familiar a cualquier lector de Adam Smith.
El civismo de la sociedad civil, así como la confianza impersonal que requiere y sustenta, es un logro notable en la medida que los humanos consiguen alcanzarla y mantenerla. Al menos en tiempos recientes, ha dependido de la creación y el mantenimiento de Estados constitucionalistas, Estados con alguna distribución constitucional de poderes que facilite la vigilancia y el equilibrio de quienes ostentan diferentes poderes a lo largo del tiempo. Solo en los Estados constitucionalistas de este tipo la democracia ha sido una posibilidad a largo plazo. Por supuesto, nada de esto está dictado por el código genético, ni tampoco su creación se ha logrado por medio del razonamiento a priori. No obstante, sigue siendo cierto que tales desarrollos han sido posibles para los seres humanos debido a nuestra naturaleza, y debido a que somos capaces de aprender cómo mejorar lo que ha evolucionado con nosotros. Siempre se nos presenta la fragilidad del civismo y la civilización, y la lección de sucesos tales como los de Irak entre 2003 y 2008 nos advierte de que es mucho más fácil destruir que reconstruir. El impulso de destruir también es parte de nuestra naturaleza, pero es uno del que nos pueden resguardar nuestras instituciones.
El ejemplo del lenguaje humano con el que empezaron estas breves reflexiones es importante. Todos hablamos alguna lengua, y quizá más de una. Las lenguas son fuertemente normativas23. Sin embargo, sus normas no fueron creadas por ningún acto humano de voluntad revestido de algún tipo de autoridad institucional —incluso la Académie française tiene un papel relativamente subsidiario en relación con la gran lengua de la que se ocupa—. No podemos escribir la gramática de una lengua hasta que ya estamos completamente equipados con esa lengua y con la habilidad de usarla. No tenemos ninguna gramática sobre la que escribir a menos que ya estemos hablando la lengua cuya gramática queramos investigar. Al estudiar y construir una gramática, estamos averiguando las normas implícitas de la comunicación correcta que ya estamos usando. La lección de esto es que los humanos usamos normas antes de crear normas, o de legislar. Si esto es así, se sigue que nuestro sentido del deber y de la obligación hacia los demás es y tiene que ser anterior a cualquier imposición autoritativa de reglas. Si no fuera así, las instituciones civiles nunca podrían haberse desarrollado.
No es un hecho meramente contingente que un ser humano de aquí o de allá hable alguna lengua. No es un hecho más contingente que el hecho de que el bacalao es un animal acuático. Podría no haber existido nunca ningún animal acuático vertebrado, y la especie del bacalao podría no haber evolucionado nunca como lo ha hecho. En ese sentido, la naturaleza acuática del bacalao es contingente. Del mismo modo, los animales terrestres bípedos implumes con la capacidad del habla podrían no haber evolucionado nunca. En ese sentido, la existencia de los humanos como animales que hablan es contingente. Sin embargo, dado el curso que ha tomado la evolución, los animales que los humanos pueden reconocer como pertenecientes a su propia especie tienen necesariamente una capacidad para la comunicación lingüística, y (como ahora sabemos) existe un código genético para esto en el ADN humano. Los seres que tienen la mayoría de las características humanas pero carecen de esto son lamentablemente deficientes en cuanto al rasgo más característico de nuestra especie. Merecen un gran cuidado y atención, pero no son humanos completos o normales. Esto tiene una profunda implicación. Dado que el habla solo puede desarrollarse en una comunidad humana, es esencial pertenecer a una comunidad para ejercitar la capacidad humana más fundamental. Vivir en comunidad con otros, por tanto, es de un valor fundamental para los seres humanos.
2. HUMANIDAD Y ANIMALIDAD
Aquí la humanidad no se presenta en un contraste radical con la animalidad24. Los animales que hablan son efectivamente animales. Por tanto, hay cosas que tienen valor para nosotros simplemente en virtud de nuestra naturaleza animal. Ser un miembro de una comunidad de habla es una de ellas, pero hay otras.
Permanecer vivo es preferible a sufrir una muerte prematura. La salud es preferible a la enfermedad. Tener un refugio es preferible a dormir al raso. La amistad es preferible a la enemistad. El amor es mejor que el odio. Tener los miembros en buen estado es mejor que tenerlos rotos o raquíticos. La abundancia de alimentos es mejor que las raciones de supervivencia. El agua limpia es mejor que el agua salobre o contaminada.
¿Qué se le podría decir a alguien que pusiera en duda estas afirmaciones o que dijera que solo expresan mis valores subjetivos? No hay mucho que decir aparte de «¡bobadas!». Un ser humano en cualquier situación imaginable no solo preferirá unas de esas opciones a las otras sino que, si está consciente y en su sano juicio, considerará que unas son objetivamente preferibles a las otras. No solo las prefiero yo; cualquiera lo haría y, si alguien asegurara que no, tendríamos que oír alguna razón especial de por qué no.
Por supuesto, las circunstancias pueden alterar los casos. Cuando Ronald Ross estaba trabajando en su teoría de que la malaria es una enfermedad de transmisión sanguínea propagada por insectos, inevitablemente se expuso a picaduras de mosquito y por tanto a la enfermedad cuya causa estaba tratando de descubrir. Se expuso voluntariamente a la enfermedad y actuó razonablemente al hacerlo, aunque también heroicamente. Sin embargo, lo que Ross hizo no se entiende como la expresión de una preferencia por la enfermedad antes que la salud, sino lo contrario. Como médico, quería establecer la causa de una enfermedad con el fin de encontrar un mejor tratamiento y mejores medidas preventivas. Arriesgó su propia salud para mejorar la salud humana en general. Se pueden encontrar todo tipo de casos similares de personas que de una u otra manera arriesgan su vida y su integridad física por compañeros o incluso por extraños en peligro. No lo hacen porque tengan más en consideración la muerte que la vida, o la lesión que la integridad, sino precisamente por el bien de esos valores en las vidas de los demás. El amor es mejor que el odio y la vida es mejor que la muerte, así que arriesgar la propia vida por amor a otro u otros no es un caso de negación del valor de la vida para una persona razonable. Es un reconocimiento de que a veces un valor cede ante otro.
Los ascetas religiosos también pueden considerar que la renuncia a todas las comodidades ordinarias de la vida es necesaria para enfocar la mente en la devoción a Dios y para expresar la exclusividad de esa vocación. Esto no significa que los bienes que he mencionado no sean bienes, sino que a veces sacrificarlos promueve un bien mayor. Tal vez esta forma de pensar pueda hacer inteligible incluso la conducta del terrorista suicida que cree que para dar testimonio de la verdad de su religión, o para denunciar injusticias cometidas contra todo un pueblo, se requiere nada menos que el autosacrificio y el asesinato arbitrario de desconocidos. Sin embargo, aunque esto sea inteligible, sigue siendo incorrecto. La ponderación de valores es totalmente incorrecta en este caso, aunque es posible comprender que una creencia equivocada sobre sus pesos relativos podría motivar a una persona a actuar de esta manera radicalmente inhumana. En cambio, el asceta religioso, por muy extraños que puedan resultar sus valores para otras personas, al menos no daña a ninguna otra persona cuando los busca.
La sexualidad también es parte de la animalidad y la satisfacción de los impulsos sexuales es buena. La expresión de esto en las uniones heterosexuales también es el medio de preservar la especie en general, y en el interior de una comunidad humana es la garantía de su preservación como comunidad durante generaciones. El cuidado de los jóvenes y su protección de los desastres, las enfermedades y los ataques de otros humanos u otros animales tiene valor para nosotros al igual que para todos los animales. Es parte de los bienes de la vida.
La comunidad es esencial para desarrollar el carácter de un ser humano como persona con capacidad de habla. El logro de otros bienes esencialmente animales tales como los que hemos considerado aquí también es posible en el contexto de una comunidad con otros humanos, tanto en unidades familiares estrechas como en otras más amplias, donde la amplitud es una cuestión contingente que depende del desarrollo social en un lado u otro. Entre las formas en que la comunidad con otros tiene valor para los humanos debemos incluir la posibilidad de la defensa mutua cooperativa contra los males a los que estamos expuestos. Sin embargo, forma parte de la dualidad de nuestra naturaleza el hecho de que otros humanos son capaces de ser los autores de esos mismos males, incluyendo los peores imaginables, como puede apreciar con espantosa claridad cualquier visitante del museo del campo de exterminio de Auschwitz. Los humanos son capaces de cooperar en comunidad y de apoyarse mutuamente. También son capaces de hacer crueldades, engañar, abusar, asesinar y muchas otras cosas tanto entre comunidades como dentro de una misma comunidad. De hecho, las comunidades posibilitan las formas de fuerza colectiva por medio de las cuales pueden perpetrarse más eficazmente esos males.
La seguridad que pueden tener los humanos en grandes números depende de los términos de coexistencia de quienes se han reunido. Solo sobre la base de unas normas compartidas —y respetadas— contra la violencia y la crueldad mutuas es preferible la comunidad a la soledad, y sin embargo la comunidad bajo normas aceptables es esencial para el desarrollo humano. Unos términos desiguales de coexistencia social pueden resultar mejores que ninguna coexistencia desde el punto de vista de quienes están en el lado perdedor de la desigualdad. Estas son las mismas personas que —como en el caso de los esclavos o, en muchos contextos sociales, las mujeres y los niños— no tienen la opción de salir de la comunidad ni tampoco tienen una voz efectiva en ella. Las sociedades humanas pueden ser con la misma facilidad lugares de males naturales o de bienes naturales.
Esto no significa que el bien sea algo diferente de un bien donde y para quien se realice. Por repetir lo que ya se ha dicho: permanecer vivo es en efecto preferible a sufrir una muerte prematura. La salud es en efecto preferible a la enfermedad. Tener un hogar es en efecto preferible a dormir al raso. La amistad es en efecto preferible a la enemistad. El amor es en efecto mejor que el odio. Tener los miembros en buen estado es en efecto mejor que tenerlos rotos o raquíticos. La abundancia de alimentos es en efecto mejor que las raciones de supervivencia. El agua limpia es en efecto mejor que el agua salobre o contaminada. Quienes tienen acceso a todo eso están sin duda en mejores circunstancias. Quienes no tienen acceso son efectivamente desafortunados. Su desgracia puede estar directamente causada por quienes viven con comodidades, o en el mejor de los casos puede ser insensiblemente desatendida por ellos. Esto hace que su desgracia sea aún peor, pues no solo sufren los males naturales sino también la injusticia humana.
La cuestión en este momento, sin embargo, es simplemente si hay bienes y valores que son naturales para los humanos, algunos de los cuales son también bienes para otros animales y otros son específicos de los humanos (con el corolario de que, independientemente de cómo se produzcan, en ambas categorías también hay desgracias o males genuinamente humanos, que consisten en la ausencia o la privación de lo que es bueno). La respuesta es que los hay, y sería imposible tomarse en serio a alguien que lo negara.
El hecho de que esos sean bienes tiene importantes implicaciones para el estudio de la razón práctica. El hecho de que una circunstancia o un estado sea bueno de alguna de las maneras que hemos estado explorando significa que es una razón para actuar en los casos apropiados. Cuando hay un peligro para la vida uno tiene una razón para evitarlo, cuando hay agua sucia uno debe buscar una fuente limpia o algún método de purificación, cuando hay una gotera en el techo uno debe arreglarla. Las personas se comportan de manera razonable cuando tienen en cuenta los riesgos de que las cosas se tuerzan de alguna de esas formas, y toman precauciones que parezcan adecuadas para evitar los riesgos en cuestión. Todo esto se refiere a lo que hemos llamado «razones concernientes a uno mismo» en el capítulo anterior.
3. RAZONES CONCERNIENTES A OTROS Y «SIMPATÍA»
Pasemos ahora a las razones concernientes a otros. El lugar fundamental de la amistad, así como sus parientes cercanos como el amor en la unión sexual, el amor paterno hacia los hijos y posiblemente también el amor de los hijos hacia los padres y entre herm anos y primos, dan lugar a una preocupación natural por el bienestar animal de otros. El bienestar del amigo, del cónyuge, de los hijos, de los padres o de los hermanos en su sentido básico animal forma parte del bien propio. Esa es la naturaleza de la conexión entre amigos y familiares. En un sentido más amplio, el bien de la comunidad también forma parte del bien propio, pero no puede subdividirse en partes que cada uno pueda disfrutar solo. Si los residentes de un área trabajan conjuntamente para limpiar el parque del barrio, todos estarán en mejores condiciones como resultado de ello, pero el parque sigue siendo un recurso común que todos pueden disfrutar, tanto quienes ayudaron como quienes no lo hicieron.
Los humanos también tienen, como señalaron Hume y Smith, una capacidad aún más amplia para la simpatía con otros de su misma especie25. Somos capaces de sentir el dolor de otros y de hecho simplemente lo hacemos en las circunstancias apropiadas. Lo sentimos, por ejemplo, cuando vemos un accidente de carretera, un asalto físico de una persona a otra, unas imágenes en televisión de las consecuencias de un atentado suicida con bomba o uno de los aviones que chocaron contra las Torres Gemelas —aunque lo sentimos con menos intensidad que las víctimas directas—. También podemos sentir de manera tenue la alegría de quienes están contentos cuando vemos o imaginamos la ocasión de su alegría, excepto cuando las punzadas de envidia lo enmascaran. Por simpatía (o «empatía») podemos incorporar el bien de otros en nuestro propio bien, y así poseer razones para la acción concernientes a otros que también tienen un aspecto concerniente a uno mismo.
Un aspecto diferente, aunque no desconectado del todo, de lo concerniente a otros entre las razones que podemos tener para actuar o abstenernos de actuar se refiere a las normas de conducta que dictan cómo debemos comportarnos unos con otros. Puede estar mal tratar a ciertas personas de ciertas maneras y estar bien actuar hacia ellas de otras maneras. Abstenerse de hacer una cosa porque sería incorrecto hacia alguien y hacer otra cosa porque es la manera correcta de tratar a otra persona es en efecto una buena razón para nuestras acciones. En cualquier caso, no es difícil darse cuenta de por qué todo el mundo considera que los ataques a su integridad física y psicológica están mal. A nadie le gusta sufrir daños por parte de otra persona y menos aún sufrir un ataque asesino. El hecho de que una línea de actuación evitará dañar a otra persona es una razón genuina a favor de emprender esa línea de actuación. La diferencia entre lo correcto y lo incorrecto se considera principalmente en el siguiente capítulo.
Los humanos no son solo una especie animal sometida a similares riesgos y causas de muerte y dolor que los de otros animales. Son animales pasionales, capaces de experimentar todo un abanico de sentimientos provocados por sus circunstancias, incluyendo los efectos secundarios y las consecuencias de sus propias acciones. Sufrir un mal en cualquiera de sus formas es doloroso, y ese dolor puede ser de diferentes tipos en función de la causa del sufrimiento. Un miembro roto duele de manera diferente que un corazón roto. Sufrir un desprecio es doloroso pero es diferente de sufrir una indigestión o una paliza. Los dolores que tienen causas puramente físicas normalmente pueden curarse o aliviarse tomando las medidas físicas apropiadas. Los dolores que surgen por males mentales o psíquicos son más difíciles de aliviar. Evitar dolores directos y simples es una razón básica concerniente a uno mismo para la acción.
No todos los dolores son así de directos y simples. Se puede sentir culpa por algo malo que uno ha hecho sin ser descubierto, para lo que es esencial tener conciencia de haber actuado mal. Se puede sentir vergüenza por haber hecho algo malo y haber sido descubierto y expuesto a los reproches de los demás. Se pueden sentir remordimientos por agravios que se han cometido o por daños que se han causado, cuando uno simpatiza con quienes sufren por sus propios actos y agravios. Se puede sentir resentimiento hacia otros que nos han causado o creemos que nos han causado un daño, especialmente cuando ese daño fue infligido deliberadamente, pero también cuando fue causado por descuido o negligencia. También podemos sentir desagrado y repulsa hacia la suciedad, y en consecuencia desear instalaciones para el lavado y la eliminación de desechos y aguas residuales, con especial urgencia si vivimos en las condiciones de aglomeración de las grandes ciudades26.
Por el contrario, las experiencias felices nos hacen sentir alegría o euforia, amor hacia nuestros amigos y quienes nos ayudan, la calidez de la comunidad hacia otras personas que estén involucradas en la actividad alegre, gratitud hacia los benefactores y el puro placer del ejercicio y la actividad cuando tenemos buena salud. Tenemos placeres estéticos en las escenas de belleza natural o en las obras de arte bellas, en la buena música y en la arquitectura magnífica. Podemos gozar con la satisfacción de nuestra curiosidad cuando descubrimos la solución para alguna cuestión profunda e importante o cuando aprendemos cómo otros la han encontrado. El descubrimiento de la «doble hélice» de Crick-Watson y la manera en que eso transformó nuestra comprensión en biología y especialmente en genética es un ejemplo especialmente llamativo del último medio siglo.
Aquí no hace falta seguir los pasos de los filósofos, como David Hume, que han enumerado y clasificado cuidadosamente las pasiones. Son muchas y variadas, tanto las que tienen connotaciones positivas para nosotros como las que tienen connotaciones negativas. Pueden figurar en nuestras razones para la acción, ya que la expectativa de sentir emociones positivas es una razón para emprender actividades, tanto en un sentido concerniente a uno mismo, cuando se trata de nuestras propias emociones, como en un sentido concerniente a otros, cuando se trata de las emociones de aquellos a quienes tratamos de beneficiar. De la misma forma, evitar o alejarse de un mal es una razón para actuar tanto cuando se trata de la protección de uno mismo como cuando se trata de la protección de otros. No obstante, parece muy poco plausible construir un sistema hedonista según el cual los únicos motivos para toda acción sean evitar el dolor y maximizar el placer. Los mayores placeres surgen como efectos secundarios de tipos complejos de actividades emprendidas por un conjunto de razones que no incluyen la búsqueda del placer o, de hecho, de la felicidad, o solo la incluyen de manera secundaria. Puede que sea cierto, por ejemplo, que muchas personas encuentran una profunda felicidad en la unión matrimonial con otra persona, cada una de las cuales parece la persona indicada para la otra. Sin embargo, un matrimonio es una relación compleja que se desarrolla y evoluciona a lo largo del tiempo, que siempre requiere una «deliberación ejecutiva» conjunta y continuada sobre cómo seguir funcionando bien conjuntamente, en un contexto en el que cada uno de los cónyuges tiene muchas otras actividades e intereses. Proponerse ser feliz todo el tiempo sería una buena manera de hacer que tal relación desembocara en un final infeliz. El hecho de que los buenos matrimonios generen gran felicidad es una razón por la que las personas solteras podrían desear o incluso intentar encontrar a la persona adecuada para ellas. Casarse solo para ser feliz, sin embargo, sería un gran error, uno que muchos han cometido.
4. SOBRE LOS IDEALES
¿Qué pasa entonces con los ideales? ¿Es cierto que la búsqueda académica del conocimiento en algún ámbito es buena en sí misma? ¿Es cierto que la construcción de cosas bellas, la construcción de teatros de ópera y la financiación de compañías de ópera, el desarrollo de grandes equipos de fútbol que compiten con éxito contra otros equipos para deleite de innumerables seguidores son objetivos dignos de esfuerzo? ¿Puede alguien que admira una puesta de sol en un bonito paisaje sentir satisfacción solo por la belleza de la escena? La mayoría de las personas sienten pasión hacia algún ideal o algunos ideales. Pero entonces, ¿son los bienes ideales simplemente los objetos objetivados de las pasiones que resulta que tenemos?
John Finnis ha aplicado un famoso argumento por «reducción al absurdo» para refutar o en cualquier caso frustrar a quienes nieguen que el conocimiento sea bueno en sí mismo y mejor que la ignorancia27. Construir y presentar un argumento en apoyo de esta negación solo tiene sentido si vale la pena llegar a la verdad de ese asunto. Esto implica que, después de todo, al menos en este caso, vale la pena tratar de establecer la verdad en lugar de permanecer en la ignorancia. Pero, si eso es cierto en este caso, ¿por qué no en otros? Por supuesto, quien resuelve un problema o hace un descubrimiento o consigue comprender por fin algún punto bien conocido pero difícil de las matemáticas, la física, la filosofía o la literatura obtiene un placer y una satisfacción con el descubrimiento o con la comprensión. El placer con este logro propio también puede implicar algo de orgullo. Pero el placer, la satisfacción y el orgullo parecen presuponer que valía la pena en sí mismo conocer los hechos o los puntos de la teoría. Si no, ¿qué placer habría en descubrirlos?
Consideraciones como esta me parecen muy persuasivas para establecer que, para los humanos (y, en ese sentido, relativamente), existen algunos bienes ideales que no son bienes simplemente como expresiones de bienestar animal o incluso como medios de satisfacción de las pasiones. También son, y principalmente, buenos en y por sí mismos como asuntos de constante interés y preocupación para los humanos en cuanto que animales sociales que piensan y hablan. Hay aquí un elemento relativista. Estos son asuntos del bien humano y su bondad es relativa a la existencia presente y continuada de nuestra especie. Si algún incidente nuclear catastrófico o alguna colisión con un asteroide redujera de nuevo la vida en la Tierra hasta el nivel microbiano, no habría nada para lo que tales bienes serían buenos. Entre los seres humanos, sin embargo, no es necesario presentar ningún argumento especial para la existencia de ciertos ideales como bienes objetivos para cualquiera de nosotros. El lugar que ocupan tales bienes en el razonamiento práctico tanto intersubjetivamente como desde la perspectiva individual de cada uno puede considerarse suficientemente fundamentado como para que no haga falta ningún otro argumento.
La conclusión de esta parte del argumento es que realmente existen bienes humanos objetivos, de un tipo que es racional para cualquiera tomar como buenas razones para las decisiones, las acciones, las actividades y los grandes proyectos en algún plan de vida. Hagamos lo que hagamos, y siempre que nos preguntemos qué hacer, la reflexión sobre la presencia de tales razones puede permitirnos alcanzar decisiones que nos parezcan acertadas sobre lo que debemos hacer. Por supuesto, podemos equivocarnos. Los hechos pueden resultar ser diferentes de lo que pensábamos. Asuntos que parecían inciertos al inicio de una línea de actuación pueden aclararse en un sentido contrario a nuestro proyecto. El prometedor estudio geológico que parecía justificar la apertura de una mina de carbón en un lugar determinado puede resultar ser defectuoso si aparece una falla inesperada que distorsiona la veta de carbón y hace que la mina sea económicamente inviable. Nuestras propias capacidades o intereses en cierta actividad o empresa pueden resultar ser insuficientes y puede que la decisión más sensata sea un cambio de profesión, incluso después de invertir mucho tiempo en adquirir la cualificación con la que uno ya no se siente cómodo. La razonabilidad y la racionalidad requieren una continua supervisión «ejecutiva» de las actividades propias para asegurarse de que siguen teniendo el apoyo de las razones que inicialmente apoyaron nuestra decisión deliberativa o de otras razones supervenientes que resultan apoyar la actividad de manera más satisfactoria.
En cualquier caso, claramente puede haber razones genuinas para hacer cosas, ya que hay valores objetivos genuinos. Su carácter depende efectivamente de nuestra naturaleza humana y comprenderlos es parte de lo que hace falta para comprender la naturaleza humana. «Razonamiento práctico» no es un oxímoron. Puede estar dirigido a todas las razones concernientes a uno mismo, a otros o a la comunidad, cuyo contenido son bienes humanos que tienen un carácter animal o ideal. Lo que permanece oscuro es qué significa ponderar o evaluar tales razones y discriminar entre las más y las menos importantes, o las que cancelan a otras o las invalidan o las excluyen de la actual deliberación. Para comprender tales cuestiones es necesario reflexionar sobre el razonamiento práctico, especialmente en lo referente a las razones concernientes a otros, de las que solo se ha dado hasta ahora una explicación bastante somera pero en las que se centrarán los capítulos 3 y 4.
5. DECIDIR QUÉ ES MEJOR HACER
Si hay hechos que tienen valor, de tal modo que tenemos razones para hacer cosas, ¿cómo debemos llevar a cabo este proceso de razonamiento? ¿Qué implica intentar actuar de la mejor manera, siempre que tengamos que decidir esta cuestión? Estas son las preguntas que hay que considerar ahora. Por el momento, se excluirán o se quitará importancia artificialmente a las cuestiones sobre los deberes, o sobre lo correcto y lo incorrecto —llamadas a veces «razones excluyentes»—. Surgirán en la discusión del capítulo 3. Supongamos que un agente se enfrenta a una decisión entre dos líneas de actuación aparentemente razonables y no tiene el deber de excluir ninguna de ellas. ¿Qué tipo de deliberación debe emprender ese agente y cómo debe llegar a una conclusión esa deliberación?
Una línea de argumentación que se propone frecuentemente pero no resulta muy útil para explicar esto se refiere a la «ponderación» o el «equilibrio» de razones. Digamos que hay que elegir entre hacer A y hacer B. Se asume que tanto hacer A como hacer B son buenos por al menos una razón. También se asume que, si hay alguna razón en contra de hacer A o B, no es una razón excluyente. Claramente, si la razón o las razones a favor de A o B no son más fuertes en algún sentido que las razones en contra que pueda haber, al menos una de las dos puede eliminarse sobre esa base. Sin embargo, puede resultar que se eliminen las dos y que no exista una tercera posibilidad C. En este caso, la elección entre A y B se presentará ahora bajo la forma de una elección entre dos males. En tal caso, lo razonable será intentar llegar una conclusión sobre cuál es el mal menor y decidirse por ese.
La cuestión de la elección entre males puede posponerse. Centrémonos simplemente en la idea de que se debe elegir entre A y B, y que tanto A como B están apoyadas por buenas razones. ¿Debe pensarse entonces en una deliberación en la que se enumeren todas las razones a favor de A y de B, se determine la fuerza o el peso de cada una de tales razones y después se sume la fuerza (o el peso) total de todas ellas en cada caso? Si las razones a favor de A tienen una fuerza acumulativa mayor que las razones a favor de B, entonces la deliberación revela que A es la mejor línea de actuación disponible. Lo más racional será decidirse por A en lugar de B. Si ocurriera al contrario, entonces B sería lo que se debe (decidir) hacer. Esto estaría claro si pudiéramos explicar cómo se debe calibrar la «fuerza» o el «peso» de las razones. ¿Lo encontramos de alguna manera inherentemente en los hechos y los valores que expresan? ¿O más bien asignamos pesos relativos como parte del proceso mismo de deliberación? Solo en el primer caso la «fuerza» o el «peso» nos proporcionarían una base independiente y objetiva para la evaluación. Sin embargo, es difícil ver cuál es el fundamento o el medio para medir tal peso o fuerza independiente de la deliberación.
Otra dificultad tiene que ver con la conmensurabilidad. Anteriormente parecía razonable identificar tipos de razones concernientes a uno mismo, a otros y a la comunidad, y diferenciarlas en términos de su contenido entre bienes animales e ideales. ¿Cómo debería elegir entonces entre algo que deseo mucho para mí mismo y algo que sería muy apreciado por mis amigos (pero que no les debo ni estoy obligado a hacer por un deber hacia ellos)? ¿Cómo puedo elegir entre dos aspectos del bien de las comunidades a las que pertenezco o entre lo que es bueno para una comunidad y lo que es bueno para otra? No existe aquí ninguna escala a priori evidente de bondad en la que nos podamos apoyar. Los utilitaristas pueden sugerir que, en cada caso, debemos intentar sumar el total de felicidad o de satisfacción de preferencias que provoca cada acción, o que parece probable que provoque, haciendo los descuentos apropiados según los grados relativos de probabilidad. Esa es una posibilidad a la que volveremos en el capítulo 6 pero, mientras tanto, dejemos anotadas aquí tres objeciones. La primera es que la capacidad de las personas ordinarias para calcular tales cosas, si es que son calculables, es en el mejor de los casos limitada, dados todos los problemas de probabilidad y la dificultad de medir la intensidad interpersonal de los placeres. La segunda es que puede implicar un replanteamiento de la pregunta en otros términos en lugar de una respuesta a la pregunta original. Incluso aunque podamos traducir las opciones a unidades netas de expectativas de placer (todos los placeres menos todos los dolores) o alguna otra unidad neta, no está justificado asumir que lo que constituye la bondad de los bienes con los que partimos sea simplemente su producción de placer o alguna otra base común similar de medida. La tercera se refiere a la satisfacción de preferencias. El razonamiento práctico se refiere a lo que es racional preferir en una situación de elección, así que es presupuesto por el utilitarismo de la satisfacción de preferencias en lugar de ser explicado por él.
Es mejor por el momento detenerse y dudar de todo el proyecto de «medida», así como las ideas presentadas sobre la «fuerza» y el «peso». Las deliberaciones reales parecen diferentes de este tipo de ejercicio. Para explicar por qué esto parece ser así, puede que valga la pena permitirme una modesta digresión autobiográfica.
6. UNA ELECCIÓN REAL
En 2003, a la edad de 62 años, yo era un Miembro del Parlamento Europeo (MPE), cargo para el que había sido elegido en 1999. En el momento de mi elección, la Universidad de Edimburgo me había concedido una excedencia de cinco años de la Cátedra Regius de Derecho Público, con la condición de volver a mi puesto académico tras servir durante un mandato como MPE. La alternativa sería que continuase como MPE pero renunciase a mi plaza en la Universidad al principio del siguiente mandato. Para junio de 2003 ya era necesario que decidiera si iba a anunciar que estaba disponible como candidato para la reelección en las elecciones de junio de 2004 o no. Había razones muy convincentes para suponer que, si me presentaba como candidato, casi con toda seguridad sería reelegido como uno de los dos (o posiblemente tres) representantes de mi partido político (el Partido Nacionalista Escocés) para representar de nuevo a la circunscripción de Escocia durante los años 2004-9.
Yo era muy consciente de que me encontraba en una posición inusual, y de hecho en una inusualmente afortunada. En un momento de la vida en el que pocas personas tienen alguna opción de trabajo, yo tenía que elegir entre dos trabajos que me resultaban ambos muy atractivos. Los dos estaban bastante bien pagados, más o menos al mismo nivel de remuneración económica, en el rango medio o superior de los sueldos de los funcionarios públicos, aunque muy por debajo de las remuneraciones que reciben quienes tienen éxito en los negocios o en la práctica del Derecho. En términos de necesidades y deseos materiales, incluyendo el deseo de poder ayudar a los miembros de mi familia a quienes les pudiera surgir alguna necesidad, mi situación sería en cualquier caso tan buena como deseaba. Tenía unos ingresos con los que podía vivir con comodidad mientras ahorraba unos modestos excedentes para contingencias.
Disfrutaba mucho con mi trabajo como MPE. Es emocionante representar a los propios conciudadanos en una gran asamblea democrática, intentando resolver problemas de los individuos y conseguir buenos resultados en proyectos que tienen un impacto en comunidades o sociedades enteras. Durante el proceso uno participa en debates bastante profundos en comisiones parlamentarias especializadas y en deliberaciones de su grupo del partido cuando se toman decisiones sobre la línea colectiva del grupo acerca de cuestiones importantes que surgen en el Parlamento. Uno puede expresar su postura en debates grandes pero bastante formales, y a menudo con escasa asistencia, en las sesiones plenarias. Uno se relaciona regularmente con funcionarios públicos, tanto a nivel de la Comisión Europea como al propio nivel nacional, por medio de representantes del gobierno del Reino Unido y del gobierno de Escocia (actualmente transferido), y a menudo uno se encuentra también con los de otros Estados miembros. En la sede central, los miembros del equipo mantienen un contacto continuo con individuos y grupos de interés, y hay importantes puntos de contacto con el partido político como organización y con sus representantes en ayuntamientos y parlamentos (el escocés y el inglés, en este caso). Se hacen muchas visitas a sedes locales del partido en todo el país, y por medio de ellas uno conoce a otros representantes públicos y activistas de varias organizaciones que comentan cuestiones sobre las políticas de la UE. También se tienen que hacer bastantes viajes por Europa para estar al tanto de las actividades y las preocupaciones de partidos hermanos en otras naciones y regiones cuya causa uno representa colectivamente en el Parlamento Europeo. Todo esto es difícil y trabajoso, pero para alguien con una mentalidad determinada es extremadamente satisfactorio y (en ese sentido) gratificante. Es cuestión de encontrar el propio bien y la propia realización personal en actividades que sirven para lo que uno considera aspectos verdaderamente importantes del bien común y de la justicia que afectan a las comunidades a muchos niveles en la gran confederación de la Unión Europea.
Además, tuve la excepcional suerte de ser elegido en los años 2002-3 para formar parte de la «Convención sobre el futuro de Europa». Este augusto organismo redactó una posible «Constitución para Europa» en forma de un borrador de un Tratado que se ofreció al Consejo Europeo en julio de 2003 para su posible adopción por parte de la Unión Europea. Finalmente este fue solo un éxito parcial, como ya he explicado en otros escritos28. Éxito o fracaso, formar parte de una convención constitucional de todo un continente es, para una persona con mi trasfondo y mi historia intelectuales, una oportunidad excepcional y fascinante, y considero que tuve alguna influencia con mis intentos por mejorar las ideas y los ideales expresados en el producto de la Convención.
Un aspecto negativo de mi puesto como MPE, para mí, resultó ser que excluía casi totalmente tener tiempo para leer con seriedad algo de filosofía jurídica y política, ni siquiera obras muy pertinentes para mi trabajo. Por la misma razón, se volvió cada vez más difícil para mí durante mis años como MPE contribuir a debates de alto nivel en esas disciplinas. Hice una buena cantidad de periodismo pero relativamente poca escritura académica sustancial. En el momento de mi primera elección había asumido que sería posible organizar una agenda equilibrada con algún espacio para mis intereses académicos incluido en mi trabajo parlamentario. Sin embargo, las exigencias diarias del trabajo parlamentario refutaron esa expectativa y me dejaron con muy poco tiempo para el tipo de lectura y de reflexión que se necesita en la academia.
Las exigencias físicas del trabajo también eran considerables, con vuelos frecuentes que a menudo salían a horas muy tempranas de la mañana y con todo el desgaste de los viajes contemporáneos de larga distancia. Aparecieron algunos signos de que eso iba a pasar factura tanto en mi propia salud como en la de mi esposa.
En cuanto a la idea de regresar a la Cátedra en Edimburgo, también había grandes alicientes, que se mencionaron parcialmente en el capítulo 1. Tenía un trabajo inacabado que era importante para mí, el de completar la contribución de toda una vida (de la calidad que sea) a la filosofía del Derecho, cuya conclusión es el presente libro. También contaban mucho la compañía de mis colegas académicos tanto en Edimburgo como en otras partes, así como el contacto con los estudiantes y la contribución a su aprendizaje. Surgió un factor adicional por la coincidencia de que el tercer centenario de la fundación de la Facultad de Derecho cayera en el año 2007. De hecho, estaba específicamente asociado con mi propia Cátedra, que tenía el título bastante inusual de «Derecho Público y Derecho de la Naturaleza y las Naciones», establecida ese año por la Reina Ana siguiendo el consejo del gobierno escocés de aquel tiempo. También parecía posible que pudiera contribuir de manera diferente al menos a algunas de las metas y algunos de los ideales más amplios, incluso de toda Europa, en los que estaba involucrado como MPE desde la perspectiva diferente de un académico senior y un miembro de varias sociedades académicas. Además, volver a mi hogar en Escocia a tiempo completo haría que fuese más fácil hacer una contribución continuada, aunque reducida, a la política escocesa.
Sabía que, hiciera lo que hiciera, decepcionaría a algunos buenos amigos, quienes habrían preferido que tomase el otro camino. Por otro lado, mi esposa y mi familia se alegrarían de ver el final de mis extenuantes viajes semanales hacia y desde las sedes del Parlamento Europeo en Bruselas y Estrasburgo. Su opinión sobre esto se basaba al menos en parte en el hecho de que yo había sufrido una enfermedad del corazón durante 2001, aunque pareció ser cosa de una sola vez.
Estos párrafos son suficientes como breve explicación histórico-autobiográfica de mi dilema. Es la más exacta que puedo dar. La conclusión fue que decidí decir a los dirigentes del partido que no me presentaría a la reelección e informar a la Universidad de Edimburgo de que pretendía regresar tras mi periodo de excedencia y tratar de conseguir una renovación de mi beca de la Fundación Leverhulme. Cuando llegó la hora, regresé, realmente sorprendido de que la Fundación hubiera dado una respuesta favorable a mi solicitud.
En ningún momento del proceso de deliberación, que para mí fue angustiosamente difícil, pareció posible reducir el problema a una mera lista de razones a favor y en contra, seguida de una asignación de peso a cada una y de un cálculo matemático del ganador. Ciertamente, intenté anotar cada una de las consideraciones a favor y en contra en dos listas en columnas paralelas para tratar de comparar lo que fuese comparable. Esto me ayudó mucho, aunque al final las listas eran bastante largas. Me ayudó a asegurarme en la medida de lo posible de que estaba teniendo todo en cuenta y comparando cosas similares, dejando un margen al mismo tiempo para las consideraciones inconmensurables y divergentes que afectasen a un lado u otro del dilema. También era fundamental preguntarse en qué medida y de qué manera los valores que obviamente apoyaban una opción podían buscarse o realizarse, aunque fuese en un grado menor, si escogiera la otra opción.
Discutí aspectos del problema con personas muy cercanas a mí, especialmente mi esposa (cuya preferencia personal era que yo regresara a la Universidad), y volví a reflexionar sobre ello varias veces durante una semana de vacaciones que pasé en la Costa Brava, en Cataluña.
Al final, después de haber descompuesto las opciones en sus componentes y en consideraciones a favor y en contra, hay que volver a unirlo todo de nuevo. A lo que me enfrentaba era la elección entre dos paquetes completos que constituían dos partes de mi vida significativamente diferentes, aunque solo parcialmente, que iban a ocupar los últimos años de mi trabajo a tiempo completo antes de abandonarme a los placeres de la jubilación. (Al tomar una decisión en la sesentena, lo más inteligente es reflexionar sobre qué tipo de vida puede reducirse más fácilmente a un compromiso a tiempo parcial, para después aplicar mayores reducciones hasta el abandono total del trabajo. La vida académica tiene notorias ventajas en este sentido, pero para mí en 2003 no eran decisivas.)
Una elección entre formas de vida parcialmente diferentes puede hacerse en términos de lo que expresan o de aquello para lo que son instrumentales. En cuanto a la instrumentalidad, en este caso concreto los beneficios económicos eran casi los mismos en cualquier caso, y eran ampliamente suficientes para cubrir mis necesidades y mis modestos lujos, así como para cumplir con mis diferentes obligaciones. Alguien que toma una decisión de manera racional siempre debe tener en mente las necesidades de supervivencia y de comodidad razonable, así como la capacidad de ayudar a quienes lo necesitan y lo piden. Si uno tiene la suerte de poder tratar todo esto como algo ya establecido, las razones para la decisión pasan a referirse a lo que tiene valor intrínseco (como bien ideal) entre las opciones disponibles, o a cualquier cosa que estas representen.
«La justicia es la primera virtud de los sistemas políticos, al igual que la verdad es la de los sistemas de pensamiento», dijo John Rawls29. En cierto modo, esto expresa el tipo de decisión que yo estaba tomando. El valor rector del trabajo académico es la verdad, en el sentido de buscar una buena comprensión de un ámbito de investigación. El valor rector de la actividad política es la búsqueda de la justicia en la sociedad de acuerdo con alguna concepción bien elaborada de la justicia y del bien común. En la función de representación pública, esto por supuesto está sujeto a diversas concesiones en diversas etapas, ya que no se puede actuar eficazmente en una asamblea representativa (o siquiera ser elegido en una) sin participar en un partido. Esta complejidad es aún mayor dentro de un Parlamento como el Parlamento Europeo, cuyos miembros son elegidos por medio de partidos nacionales de muchos Estados miembros, y quienes por tanto tienen que trabajar en agrupaciones de partidos que implican alianzas de trabajo con otros partidos. El precio que se paga por una implicación eficaz en el ejercicio del poder es la capacidad de ceder, la disposición a renunciar de algún modo a la verdad perfecta sobre la justicia y el bien común tal como uno la ve. Puede que esto pueda convertirse fácilmente en un precio excesivo que corrompa cada vez más la capacidad propia para actuar de manera honesta pero con ánimo de conciliación. No obstante, eso no es inevitable.
En cambio, aunque la vida académica contiene algunas presiones para ceder y limar asperezas con el fin de lograr resultados publicables y cumplir los plazos de publicación, e incluso algunas veces presiones para alejarse de verdades incómodas, las buenas universidades e instituciones similares protegen celosamente el derecho del académico o del científico a investigar su propia visión de la verdad, su propia vía hacia la buena comprensión. Según este criterio, la Universidad de Edimburgo era y es un buen lugar para trabajar. Cuando el dominio de investigación propio incluye asuntos de justicia y del bien común, uno puede proponer su propia concepción de la verdad sin interferencias y con firmeza (aunque no de una manera que sea insensible hacia las concepciones opuestas de otros). Sin embargo, el precio por la libertad de interferencias es que uno carece relativamente, o incluso completamente, de influencia en la gestión de los asuntos públicos, al menos a corto plazo y probablemente también a largo plazo.
No estoy negando la idoneidad y la legitimidad de las concesiones en la vida política. Son esenciales para una democracia efectiva. Me alegro de haber desempeñado un papel en esto durante años y en varios cargos en mis propios lugares de residencia. De hecho, estoy orgulloso de haberlo hecho, a un coste considerable de tiempo libre y de disfrute de una vida tranquila. Involucrarse en la vida pública es una parte de la virtud cívica que todos tienen razones para cultivar. No obstante, para mí, cuando llegó el momento de decidir cuál era la mejor manera de pasar el último periodo de mi vida totalmente activa, finalmente di prioridad a las virtudes académicas, con una implicación política continuada pero secundaria y sin menospreciar las virtudes políticas. Así es como me justifiqué la decisión a mí mismo, teniendo todo en cuenta. Así es como describo hoy, de manera autobiográfica, la decisión que tomé en 2003 y con cuyas consecuencias todavía estoy viviendo —con mucha satisfacción, debo añadir—. En cierto modo, las grandes decisiones expresan un compromiso con ciertos aspectos de la buena vida, es decir, con virtudes. Puede haber diferentes modos de vida que exhiban virtudes genuinas pero diferentes, y uno tiene que escoger a la luz de su propio carácter y sus propias predilecciones. Las decisiones también contribuyen con el tiempo a formar el carácter. Uno se convierte en lo que hace. Los mismo vale para los modos de vida viciosos, desgraciadamente.
Puede que esta parte de la discusión haya sido demasiado idiosincrática, basada en una situación de decisión concreta y extremadamente inusual. Tal vez se puedan decir también algunas cosas de importancia más general.
Algunos valores humanos son valores animales compartidos, que tienen que ver con permanecer con vida (perseverare in esse suo), criar a la siguiente generación de los nuestros, evitar la enfermedad y la exposición a lesiones y cosas similares. Estos valores van primero, no necesariamente por la importancia que tengan en sí mismos sino simplemente como una condición para lograr todo lo demás que sea de valor. Cuando están en peligro, o simplemente si asumimos una perspectiva prudencial a largo plazo de los posibles riesgos futuros, es razonable prestarles atención en primer lugar, por el bien de uno mismo y por el de quienes son cercanos física o emocionalmente o por medio de relaciones familiares o estrechas. Para quienes son afortunados, esto no es difícil en sí mismo, y a menudo en la toma de decisiones se puede dar por sentado que estos valores no están en ningún riesgo por el momento.
Más allá de eso, la toma de decisiones se ocupa de las razones para la acción concernientes a uno mismo, a la comunidad y a otros que tienen al menos parcialmente un contenido ideal, y su objetivo es establecer la mejor línea de actuación teniendo en cuenta todo lo que está en juego. Cuando hay razones fuertes concernientes a uno mismo para emprender una línea de actuación, es esencial preguntarse si uno es moralmente libre para emprenderla. Si hay razones excluyentes pertinentes y hacen que por algún motivo sea incorrecto emprender la línea de actuación que se contempla (o incorrecto a menos que pueda encontrarse alguna manera viable), entonces se debe descartar esa posible línea de actuación. (Esto no siempre se hace, pero eso solo significa que a veces actuamos incorrectamente priorizando ilegítimamente nuestras preferencias. Esto es casi demasiado evidente para que haga falta decirlo.) La cuestión de «lo correcto y lo incorrecto» se trata en el siguiente capítulo, no aquí.
Dentro del ámbito en el que uno tiene libertad moral para actuar, actuar para lograr lo mejor requiere tener un plan de vida general. En este plan, una persona persigue una multiplicidad de valores de manera razonable y equilibrada a lo largo del tiempo, de acuerdo con alguna concepción de la virtud o de la bondad en la acción y el carácter. Ya hemos considerado esto antes de una manera preliminar y será sometido a una mayor consideración más adelante (en el capítulo 9). Un equilibrio clave que debe alcanzarse es entre lo que uno hace para el disfrute propio de algún valor en sus diversas formas y lo que uno hace por otros o por el bien común. El egoísmo siempre es un riesgo, pero el respeto hacia uno mismo exige prestar atención en una medida razonable a las razones concernientes a uno mismo. La cuestión de cómo podemos juzgar lo que es razonable se tratará en una discusión posterior.
7. DECISIONES EN EL ÁMBITO PÚBLICO
Las autoridades públicas tratan de coordinar las acciones de muchas personas por el bien, presuntamente, de la justicia y el bien común en la comunidad en la que tienen autoridad. Para lograr tal coordinación es necesario tener alguna expresión clara de los valores o la «misión» de la autoridad. Un caso concreto es el del gobierno escocés que asumió el poder tras la elección del Parlamento escocés de 2007. Este ejemplo resulta conveniente porque en el sitio web de ese gobierno hay disponible mucho material para la evaluación y sobre la evaluación. Desde sus primeros días, el gobierno anunció cinco «objetivos estratégicos» como sus valores rectores, en los siguientes términos30:
Enfocar el gobierno y los servicios públicos en la creación de un país más próspero, con oportunidades para que toda Escocia se desarrolle, por medio de un mayor crecimiento económico sostenible.
1. MÁS RICO Y MÁS JUSTO
Permitir que las empresas y las personas aumenten su riqueza y que haya más personas que compartan esa riqueza de forma justa.
2. MÁS SALUDABLE
Ayudar a las personas a mantener y mejorar su salud, especialmente en las comunidades desfavorecidas, asegurando un acceso mejor, local y más rápido a la atención sanitaria.
3. MÁS SEGURO Y MÁS FUERTE
Ayudar a que las comunidades locales se desarrollen y sean lugares más fuertes y seguros para vivir, ofreciendo mayores oportunidades y una mejor calidad de vida.
4. MÁS INTELIGENTE
Ampliar las oportunidades para que los escoceses prosperen desde la crianza hasta el aprendizaje continuo, para obtener logros mayores y más distribuidos.
5. MÁS VERDE
Mejorar el ambiente natural y edificado de Escocia, así como su uso y su disfrute sostenibles.
Por supuesto, puede discutirse si esta es una lista completa y suficiente de los valores que un gobierno debe adoptar. ¿Han omitido algo de gran importancia, similar a lo que han enumerado o incluso más importante? Si es así, el gobierno fracasará en su objetivo de hacer que el país del que es responsable sea un lugar mejor para sus ciudadanos, residentes y visitantes, o al menos no logrará todo lo que podía haber logrado. Una mejor formulación de la estrategia del gobierno podría haber llevado a mejores resultados para todas o la mayoría de las personas afectadas. Este no es un asunto que deba explorarse más aquí, pero será un tema de controversia política en Escocia ahora y en los próximos tiempos. Por el momento, tomemos esa declaración como un intento serio y destacable de establecer un marco de trabajo para la actuación gubernamental, y consideremos cómo funciona como tal.
Lo más evidente desde el punto de vista de nuestra reflexión sobre el razonamiento práctico en cuestiones de valor es que no hay ninguna acción única del gobierno ni ninguna iniciativa política única que pueda servir igualmente a todos esos fines. Algunos serán centrales para ciertas iniciativas políticas; obviamente, las políticas del servicio de salud tratarán más estrechamente el «más saludable». Sin embargo, los esfuerzos por disminuir la ebriedad en público en el contexto del objetivo de «más seguro y más fuerte» también tendrán efectos beneficiosos en la salud pública y eso será pertinente para su justificación. Así que no existe una correspondencia uno a uno entre los objetivos estratégicos y los departamentos de Estado. También puede haber alguna oposición entre objetivos. No todas las formas de aumentar la actividad y el crecimiento económicos son compatibles con el objetivo de «más verde». La fuerza de una política de justicia penal puede entrar fácilmente en conflicto con su justicia. El esfuerzo por crear una sociedad más inteligente puede intensificar la competitividad económica sin aumentar la justicia distributiva. Y así sucesivamente.
También surgen cuestiones de eficacia práctica. Por ejemplo, puede parecer que se sirve bien al objetivo de «más verde» con proyectos para desarrollar energías renovables, incluyendo la energía eólica. Puede que haya flujos de viento apropiadamente estables sobre los pantanos de las islas Hébridas Exteriores. Sin embargo, puede que el uso de tales tierras sea a su vez dañino para el ambiente porque perjudique su capacidad para seguir actuando como «sumidero de carbono». Además, en términos de la conservación de hábitats naturales para especies protegidas, puede que haya otras consideraciones ambientales que desaconsejen el uso de ese lugar para un parque eólico. Al mismo tiempo, puede argumentarse que el objetivo de «más rico y más justo» nos da fuertes razones para fomentar este tipo de desarrollo industrial en un área remota del país en la que hay pocas oportunidades de empleo. En cualquier deliberación como esta, es importante reflexionar sobre todo el abanico de probables efectos que tendrá la construcción de un parque eólico a gran escala, y evaluarlos para comparar sus ventajas con las de otros posibles medios para desarrollar fuentes de energía renovables. Además, si el gobierno tiene alguna obligación de dar absoluta prioridad a la protección del hábitat (por ejemplo, por la Directiva sobre los hábitats de la UE), esto puede funcionar como una razón excluyente para descartar esta posibilidad. Así que la aplicación del valor rector «más verde» requiere un razonamiento complejo tanto de un tipo probabilístico de causas y efectos como de un tipo evaluativo. Esto puede incluir elementos cuantitativos pero al final siempre requiere una conclusión cualitativa que justifique la decisión.
Los gobiernos modernos involucran procesos muy complejos e interactivos en los que colaboran muchos participantes. Los asuntos siempre avanzan por medio la gestión de la burocracia, bajo la dirección general de ministros elegidos que dependen de la cooperación (normalmente) y la orientación (siempre) de sus funcionarios públicos. Los parlamentos democráticos y sus miembros son responsables de que el gobierno responda por sus decisiones y muestre que esas decisiones sirven realmente a los valores declarados, y no son una tapadera para otros objetivos o intereses más siniestros. En tal actividad de varios jugadores, es esencial que haya alguna declaración de objetivos estratégicos como los enumerados arriba para lograr algún tipo de administración coherente del gobierno, así como una satisfactoria rendición de cuentas democrática. Ante cualquier legislación propuesta o conjunto de medidas ejecutivas, es fundamental preguntar: ¿cuál de los objetivos estratégicos establecidos promueve esto? ¿Hay alguno que apoye de manera secundaria? ¿Hay alguno para el que no sea útil? ¿Hay alguno hacia el que esté en oposición directa? La tarea del gobierno en conjunto, dirigido por un primer ministro y un gabinete, es asegurarse de que haya un equilibrio satisfactorio en la prosecución de todos ellos, sin abandonar ninguno frente a otros y sin oponerse directamente a ninguno con acciones dirigidas a otros. En la medida que se pueden clasificar cinco objetivos estratégicos numerados, obviamente hay un elemento cuantitativo en esto; pero la tarea general es, de nuevo, más cualitativa que cuantitativa. Si no se sacrifica ningún objetivo por el bien de otros, y si ninguno pasa a ser tratado como meramente secundario respecto a uno o más de los otros, cada uno de ellos proporciona un punto de apoyo para equilibrar el logro de cada uno de los demás. Un estadista sabio parece ser el referente para el éxito en el juicio cualitativo y el razonamiento práctico en el gobierno. La sabiduría es la virtud suprema de la gobernanza pero se logra haciendo bien otras cosas, no buscándola como una virtud que pueda especificarse de manera independiente. La conclusión tentativa o provisional es que el buen razonamiento sobre qué es bueno hacer, tanto en la toma de decisiones individual como en la colectiva (por ejemplo, la gubernamental), tiene un elemento cuantitativo. Uno debe ser capaz de presentar una breve exposición de los valores que guían su propia acción. Tiene un elemento probabilístico, en la medida que siempre se tiene que calcular la probabilidad de que los pasos que se dan para lograr cierta meta tengan éxito. Puede que uno quiera apoyarse en listas con todos los factores que aconsejan o desaconsejan alguna línea de actuación. Sin embargo, no existe ningún método algorítmico de sumar los puntos positivos y restar los puntos negativos para llegar a una conclusión. Teniendo en cuenta todos los aspectos cuantitativos y cualitativos de la situación, uno finalmente toma una decisión cualitativa guiada por algún compromiso con unos valores preferidos de la vida privada o la vida pública.
19 Pablo, Epístola a los romanos, 2:14-15.
20 Véase Matt Ridley, Genome: the Autobiography of a Species in 23 Chapters (London: Fourth Estate, 1999), 1–15 [Traducido como Genoma: la autobiografía de una especie en 23 capítulos (Madrid: Taurus, 2000).].
21 Matt Ridley, Nature via Nurture (London: Fourth Estate, 2003), 214–5 [Traducido como Qué nos hace humanos (Madrid: Taurus, 2004).].
22 Véase Thomas Reid, Ensayos sobre los poderes activos de la mente humana (Madrid: Tecnos, 2014); L. Wittgenstein, Investigaciones filosóficas (Barcelona: Crítica, 1988), 269, 275.
23 Puede encontrarse una visión fuerte de la normatividad de la gramática en G. Pavlakos, Our Knowledge of the Law: Objectivity and Knowledge in Legal Theory (Oxford: Hart, 2007).
24 Una idea compartida fuertemente por Martha Nussbaum. El ocultamiento de lo humano: repugnancia, vergüenza y ley (Buenos Aires: Katz, 2006).
25 D. Hume, A Treatise of Human Nature (L. A. Selby Bigge y P. H. Nidditch, eds) (Oxford: Clarendon Press, 1978), 317–22, 369–86 [Traducido como Tratado de la naturaleza humana (Madrid: Tecnos, 2005).]; A. Smith, The Theory of Moral Sentiments (D. D. Raphael y A. L. Macfie, eds) (Oxford: Clarendon Press, 1976), 9–15 [Traducido como Teoría de los sentimientos morales (México: Fondo de Cultura Económica, 2004).]. El suyo es un concepto ampliado de simpatía, ya que incluye cualquier forma de «sentir junto con» otro.
26 Martha Nussbaum, El ocultamiento de lo humano: repugnancia, vergüenza y ley (Buenos Aires: Katz, 2006).
27 J. Finnis, Natural Law and Natural Rights (Oxford: Clarendon Press, 1980), 59–80 [Traducido como Ley natural y derechos naturales (Buenos Aires: Abeledo-Perrot, 2000).].
28 N. MacCormick, Who’s Afraid of a European Constitution? (Exeter: Societas/Academic Imprint, 2005); «The Convention and its Constitution: All a Great Mistake?», en Hanne Petersen, Anne Lise Kjær, Helle Krunke y Mikael Rask Madsen (eds), Paradoxes of European Legal Integration (Aldershot: Ashgate, 2008).
29 J. Rawls, A Theory of Justice (Oxford: Clarendon Press, 1972), 3 [Traducido como Teoría de la justicia (México: Fondo de Cultura Económica, 1979).].
30 Véase el sitio web del gobierno escocés (<http://www.scotland.gov.uk/>).
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Lo correcto y lo incorrecto
1. NORMAS Y CONTEXTOS
El hecho de que una acción sea incorrecta es una razón para no considerar siquiera su realización. Lo que es incorrecto puede serlo desde uno u otro punto de vista, en uno u otro contexto de juicio. En el fútbol, es incorrecto coger el balón con las manos a menos que uno sea el portero y esté dentro del área de la portería. En el rugby, cualquiera puede coger la pelota, pero solo se puede placar u obstaculizar físicamente a un jugador que tenga la pelota. Placar a un jugador que no tiene la pelota es incorrecto. No es así en el fútbol americano, donde se permite bloquear a un oponente sin la pelota. En el Derecho, es incorrecto conducir un vehículo a motor por encima del límite de velocidad en cierto tramo de la carretera o conducir en una carretera pública con exceso de alcohol en sangre. Moralmente, es incorrecto actuar con desprecio hacia la salud y la seguridad de otras personas con las que uno está en contacto. Todas las religiones monoteístas consideran gravemente incorrecto cometer blasfemia contra Dios o difamar a Sus profetas. Cada uno de estos contextos de juicio es un «orden normativo», en un sentido que se explorará más detalladamente en el presente capítulo31.
La incorrección de una acción es lo que antes se ha llamado «razón excluyente». Excluye esa acción de la deliberación, o cualquier acción similar, como una línea de actuación disponible para cualquiera que esté comprometido con el orden normativo en el que es incorrecta. Considerar la posibilidad de realizarla, o incluso realizarla, implica flaquear o no estar a la altura de ese compromiso. Puede tener consecuencias adversas: una penalización contra el propio equipo en alguno de los tipos de fútbol o una expulsión, un proceso penal y un castigo, una censura moral por parte de otros y sentimientos de culpabilidad por parte de uno mismo, o la excomunión. La incorrección, por tanto, presupone un estándar de juicio, una base para juzgar como incorrecta la conducta en cuestión en el contexto en cuestión.
Las acciones incorrectas no solo lo son en el contexto de un orden normativo, sino que también son incorrectas según cierta descripción. «Coger el balón con las manos, pero no como portero [en un partido de fútbol]». «Obstaculizar a un jugador [en un partido de rugby]». «Conducir por encima de 50 km/h en un tramo de carretera con un límite de velocidad de 50 km/h [establecido por la Ley de tránsito y por las regulaciones establecidas según esa Ley]». «Mostrar desprecio hacia el bienestar de un prójimo que está en peligro [desde un punto de vista moral]». «Cometer blasfemia al insultar al único y verdadero Dios [según el judaísmo/islam/cristianismo]». Cada uno de ellos puede tener una formulación imperativa o normativa. «No se debe coger el balón con las manos/obstaculizar a otro jugador/superar el límite de velocidad/mostrar desprecio hacia el prójimo/cometer blasfemia». «Nadie puede coger el balón con las manos excepto el portero...», etc. Actuar incorrectamente implica violar tal precepto o infringir tal norma. Dejando a un lado la posibilidad de que pueda haber excepciones o matizaciones no declaradas a tal precepto o norma, incluyendo excepciones no reconocidas expresamente hasta el momento, puede verse que cada de ellas se aplica necesariamente a toda acción realizada en el contexto pertinente a la que se aplique apropiadamente esa descripción. En ese sentido, tales preceptos o normas negativos tienen un carácter universal.
Puede haber algunos preceptos o normas que sea natural expresar en términos positivos, en lugar de como prohibiciones: «Respete las decisiones del árbitro [en fútbol/rugby/fútbol americano]». «Haga una declaración anual de sus ingresos para el sistema tributario de la manera establecida por las leyes actualmente en vigor [en el Estado de S]». «Trate a sus hijos pequeños con cuidado, amor y atención, ayudándolos a desarrollar la autonomía moral [como persona moral]». «Alabe a Dios y hónrelo siempre [de acuerdo con su religión]». Tanto en tales prescripciones positivas como en las negativas se encuentra el mismo carácter contextual y universal dentro de un contexto.
Incluso en el caso de las prescripciones positivas se puede aplicar apropiadamente la terminología de lo «incorrecto». La primera era una lista de acciones incorrectas o indebidas. De la segunda podemos derivar una lista de omisiones indebidas: «Es incorrecto desobedecer al árbitro o ignorar sus decisiones». «Es incorrecto no hacer una declaración de la renta anualmente». «Es incorrecto que los padres descuiden la crianza de sus hijos pequeños». «Es incorrecto que los creyentes no alaben y honren a Dios».
Las acciones y las omisiones, por tanto, pueden ser incorrectas o no serlo. Son incorrectas en el contexto de un orden normativo y, en ese contexto, son incorrectas según cierta descripción. La descripción se hace en términos de universales lógicos y, siempre que una acción u omisión concreta ejemplifique el universal en cuestión, o lo ejemplificaría si se realizase, esa acción u omisión es incorrecta para ese contexto. La incorrección presupone una norma o prescripción pertinente para el contexto, pero no necesariamente una norma o prescripción promulgada efectivamente o declarada públicamente. Puede haber excepciones explícitas o implícitas, de tal modo que un juicio prima facie de la incorrección de una acción puede ser rebatible32. Sin embargo, las excepciones y los fundamentos para el rebatimiento tienen ellas mismas un carácter genérico y por tanto son también universales de la misma forma que las normas que hemos usado más arriba como ejemplos.
Cuando una conducta no es incorrecta, queda a discreción del actor qué hacer. Siempre y cuando no coja el balón con las manos en un partido de fútbol, puedo decidir avanzar hacia la portería contraria, tratar de regatear a mi adversario más cercano o pasar el balón hacia atrás a mi propio portero. Todas las opciones no incorrectas están disponibles para mí. Ciertamente, en cualquier contexto puede que haya un gran catálogo de acciones indebidas que uno puede cometer y que al menos ocasionalmente se sienta tentado a cometer. Pero, si ninguna acción u omisión que uno cometa o que considere cometer es indebida en ese contexto, uno es necesariamente libre para hacer lo que le parezca. Puede que no sea capaz de hacerlo o que tenga algún impedimento para hacerlo, pero no es culpable de ninguna incorrección por hacerlo o intentarlo. En este sentido, tenemos una «libertad negativa» para actuar o abstenernos de actuar como prefiramos, siempre y cuando no hagamos nada incorrecto33 (lo que incluye evitar las omisiones indebidas). A eso se le llamará aquí «libertad normativa». El ámbito de la libertad normativa de acción u omisión contiene toda acción u omisión que no sea indebida según cualquier descripción razonable de esa acción/omisión. La cuestión de qué acciones y omisiones posibles contiene ese ámbito depende del contexto que se presuponga, y por supuesto cada contexto define su propio ámbito de libertad normativa. (Desde el punto de vista del fútbol, ni tengo ni dejo de tener la libertad de asaltar el banco de Monte Carlo. El fútbol no define o reconoce esa acción de ninguna manera, ni positiva ni negativa. No es una acción posible en el contexto del fútbol. Apostar por uno mismo para ganar o perder en una competición de liga sí que lo es, y está prohibido.)
Existe una conexión entre hacer algo incorrecto y hacer algo malo, pero «incorrecto» y «malo» no son conceptos o términos equivalentes. Sin duda sería extraño calificar de incorrecta una acción que no se considerase mala en algún sentido, y el hecho de pensar que una acción es muy mala es una razón paradigmática para considerarla incorrecta. «Malo» y «bueno» son términos graduales, y el espectro que va de lo mejor a lo peor abarca el rango de gradación que está conceptualmente disponible para nosotros en alguna escala determinada de valoración. Analíticamente, uno siempre tiene una razón para preferir lo mejor a lo peor, y a preferir estados, acciones y resultados buenos a los malos. Esto se desprende de los comentarios anteriores sobre los valores.
Las personas son criaturas pasionales y también evaluadoras racionales. La idea misma de actuar racionalmente está conectada íntimamente con valores que tiene el actor. Es racional tratar de provocar lo que parece bueno y es irracional tratar de provocar lo que parece malo. Esto es así porque, al considerar algo como bueno o malo respectivamente, uno manifiesta una visión sobre qué es preferible provocar o evitar que suceda, en la medida que eso esté dentro de sus capacidades.
En la experiencia humana, sin embargo, aunque existan algunos bienes puros y algunas vivencias que nos parezcan totalmente buenas sin ningún mal o inconveniente asociado, esto en la práctica es relativamente raro. En la mayoría de nuestras deliberaciones y acciones practicamos en mayor o menor medida el arte de buscar un equilibrio. Cuando parece que no puede eliminarse totalmente lo malo del mapa de posibles acciones sobre las que deliberamos, toleramos algunas de las cosas malas en beneficio del mayor bien. Tenemos que hacer, literalmente, lo mejor que podamos, reconociendo que rara vez puede lograrse el bien puro en los asuntos humanos. Conllevan grandes dificultades las decisiones en las que podemos hacer un bien muy pequeño sin efectos concomitantes adversos o un bien mucho mayor con más males relacionados, pero en la que tales males parecen compensarse con creces y el bien mayor parece ampliamente preferible a su pequeña alternativa.
Esto es precisamente lo que otorga a lo «incorrecto» su especial relevancia. No todo puede aceptarse como algo negociable. Algunas cosas malas tienen que estar totalmente descartadas, excluidas de toda deliberación razonable, aunque a menudo la mente pueda verse arrastrada por la tentación de adentrarse en ese territorio prohibido y a veces la voluntad pueda ser débil. El sentido conceptual de lo «incorrecto» es el de destacar lo que está excluido de la deliberación razonable, aunque realmente las deliberaciones no siempre sean razonables según los estándares de un contexto determinado de discurso. Y, por supuesto, puede que uno rechace los estándares de cierto discurso y adopte deliberadamente las «incorrecciones» que este condena, como en el caso de las personas de EEUU que antes de la guerra ayudaban a los esclavos fugitivos a escapar del control de sus dueños.
2. ÓRDENES NORMATIVOS Y CONVENCIONES
Es el momento de reflexionar más sobre los diferentes discursos, o lo que antes hemos llamado el «contexto» de un juicio sobre lo incorrecto. Cada uno de tales contextos es un caso de «orden normativo». Todos los deportes, por ejemplo los diferentes tipos de fútbol mencionados antes, son formas de orden normativo. También lo son las leyes de un Estado, el Derecho internacional, los códigos religiosos de comportamiento y la moral, aunque de un modo general. Cada uno de ellos es un dominio en el que las personas activas actúan sobre la base de razones que incluyen consideraciones sobre lo correcto y lo incorrecto: en el fútbol, bajo el Derecho positivo, bajo el Derecho internacional, de acuerdo con la religión verdadera y de acuerdo con la moral. Los fundamentos de la corrección y la incorrección pueden formularse como preceptos o normas de la manera que señalamos anteriormente. En los órdenes normativos institucionalizados, a menudo son normas positivas enunciadas y promulgadas por una persona o un organismo que reclama autoridad para hacerlo, y cuya autoridad es reconocida sobre una u otra base por los otros participantes.
La moral, sin embargo, al menos según algunas concepciones de lo que significa ser moral, y ciertamente según la concepción que se propone aquí, no está institucionalizada. No obstante, es claramente un contexto de juicios normativos, y de hecho es el más amplio de todos, pues todo el universo de agentes morales está sometido a él, sin distinciones según el deporte preferido, la religión o el Estado con sus leyes. El contexto moral es el contexto ilimitado, diferente a todos los demás —o eso se argumentará en el resto de este libro—. El hecho de que no esté institucionalizado, sin embargo, no significa que no contenga una buena cantidad de normas y prácticas convencionales ni que ignore los dominios de los órdenes institucionalizados. Todo lo contrario. La cuestión de qué es lo que cuenta como trampa en el fútbol o en el ajedrez depende de las reglas del juego en cuestión. La pregunta de qué tiene de incorrecto hacer trampas (si lo es) puede responderse en el contexto del juego mismo, ya que menoscaba el juego cuando se hace de manera oculta, del mismo modo que lo entorpecería si se hiciera abiertamente. Sin embargo, la pregunta de qué tiene de incorrecto hacer trampas también plantea una cuestión moral, y esa es la pregunta más fundamental. Este tema se retomará en la sección final del capítulo 4.
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