Kitabı oxu: «Deconstruyendo al Joyce de Lacan»

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Nació en Buenos Aires. Se convirtió en Psicólogo (UBA), lo que tolera mejor ejerciendo el psicoanálisis. Fue primero concurrente, y luego formador y supervisor, en el Hospital José T. Borda. Dictó conferencias y charlas en torno a James Joyce en diversos Centros de Salud, buscando siempre despatologizar al artista.

Por el lado de la escritura, ésta se lo llevó por delante, haciéndole la vida más vivible. Tal vez algo de ello lo propulsó a comenzar su carrera como editor. Trabajó en editoriales especializadas en psicoanálisis (La docta ignorancia, Letra Viva) y para autores y autoras en lo que llamó: Encuentros de edición. Desarrolló proyectos y dirigió colecciones que vinculan la literatura y el psicoanálisis; la música y el psicoanálisis; así como también colecciones de narrativa. Coordinó por diez años la sección de literatura en el portal elsigma.com. Organizó Conversatorios que interrogan al psicoanálisis desde las teorías de género, junto a María Magdalena y Natalia Neo Poblet, y Jornadas que proponían un diálogo entre la literatura y el psicoanálisis.

Cree que principalmente fue la conjunción de todo este recorrido, y el amor por los libros, lo que lo decidió a crear este proyecto que hoy se llama Las Furias editora.

Publicó en narrativa: Disculpe las molestias ocasionadas (cuentos, 2009), La voz en off (novela, 2012), Errancia a diario. Elogio del caminar (2020), y en ensayo psicoanalítico: ¡Cuidado con la música! (2014), Bellas y bestias (2015), Lo absurdo y el humor (2017), ¿Usted está aquí? (2020), entre otros libros.



Cerruti, Nicolás

Deconstruyendo al Joyce de Lacan / Nicolás Cerruti; editado por María Magdalena. - 1ª edición. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Las Furias, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-48302-1-0

1. Psicoanálisis. 2. Ensayo Literario. 3. Literatura. I. María Magdalena, ed. II. Título.

CDD A864


EDICIÓN María Magdalena

DISEÑO Romina Luppino

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito de los editores. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

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Índice

  Cubierta

  Sobre el autor

  Portadilla

  Créditos

  Portada

  Índice

  Dedicatoria

  Epígrafe

  Prólogo. Jorge Baños Orellana

  Ulidice

  Principios

  Capítulo I. Leer a Lacan, leyendo a Joyce ¿Lectores de Joyce? Quememos las preguntas

  Capítulo II. Des(p)ertar de la religión Matar a la madre El arrebato de James Joyce

  Capítulo III. Escritos críticos y afines Drama y vida La casa bella Los más vivos de los muertos

  Capítulo IV. El esplendor de lo real Abandonarse Jacques Lacan y la búsqueda de la verdad El esplendor de qué Matar a Helena

  Capítulo V. Vivir la propia ida Destruir a dos amo(re)s Rechazo del gaélico Verdades primeras

  Capítulo VI. Desterrados La lejanía secreta Al margen de la cultura

  Capítulo VII. Lo que está detrás Palabra musical

  Capítulo VIII. Cargar con el padre Cargar con el padre Elogio del caminar

  Las Furias editora

  Sobre este libro

A María Magdalena

ella tan Joyceana, sin saberlo

«A

Mi propia Alma

le dedico el primer

trabajo auténtico de mi

vida».

JAMES JOYCE

En verdad, las relaciones con la escritura son complicadas. Las palabras son susceptibles y caprichosas; capaces, sin embargo, de generosidad y comprensión.

Necesitas, al entrar en contacto con ellas, cambiar por completo, olvidar lo que sabes por lo que vas a aprender.

EDMOND JABÈS

El libro de las preguntas

Todo libro rompe un cerco, pero a su vez nace de él, de una voz que ha sido capaz de volverse un cerco de voces, un murmullo junto al fuego.

FABIO MORÁBITO

El idioma materno

Prólogo
JORGE BAÑOS ORELLANA

No hay lecturas virginales, libres de supuestos, presunciones e inclinaciones. Los autores y las editoriales lo saben bien, por eso procuran llamar la atención de los lectores a quienes se dirigen enviando contraseñas dentro de los títulos, subtítulos y listas bibliográficas, y cargando los anzuelos en contratapas, solapas y prólogos. ¿Pero a quiénes se dirige Deconstruyendo al Joyce de Lacan? ¿A joyceanos, lacanianos o deconstructores? Creo que a los tres, y con un mismo propósito, el de incitarlos a leer a Lacan de otra manera, desde supuestos, presunciones e inclinaciones que, lamentablemente, hoy son todavía inhabituales. Es un tour de forcé, un proyecto que reclama madurez, y Cerruti pone su experiencia de lector, escritor, editor y psicoanalista en el intento de vencer las inercias que refrenarían ese cambio anhelado.

Supongo que los joyceanos serán los que se deslizarán con más familiaridad por las primeras páginas de este libro. No les sorprenderá encontrar allí a Cerruti a los diecisiete años de edad leyendo, en un bar del centro de Buenos Aires, el Ulises de Joyce y atascado en la página 40. Atascado hasta que el confortable murmullo del interior del bar es bruscamente interrumpido por el bochinche de una murga carnavalesca y de los gritos de la policía queriendo detenerla:

Fue ahí que me di cuenta: lo que leía en el Ulises estaba en la calle; no sé qué palabra fue, tal vez una frase, pero la encontré en el texto y luego tras la puerta del bar. Entonces supe que el Ulises había que leerlo dejando que la realidad que circundaba al lector lo penetrase.

Para los lectores de Joyce, ni falta les hace que este recuerdo venga anticipado por la etiqueta: «Entonces ocurre una epifanía personal que destraba algo. La anoto en la primera página del libro, dado que aún no tengo el hábito de llevar una libreta». Para el resto, en cambio, será una advertencia provechosa para anoticiarlos de la importancia heurística que tienen para los escritores, desde finales del siglo XIX, las metamorfosis poéticas o «momentos eucarísticos» que suelen suceder a partir de episodios menores de la vida ciudadana, como el de la murga. Prestar atención a su irrupción y anotarlos es un hábito y gesto corrientes, y si, hacia la edad de diecisiete años, Joyce también lo hacía, recopilando tales experiencias anodinas bajo el título de «siluetas» o «epifanías», fue por ser un escritor de su tiempo, no por una tara psicopatológica singularísima o trastornos de los fenómenos elementales del automatismo mental de Clérambault, como suele entenderse luego de leer a Lacan mencionando las epifanías joyceanas.

A los lectores de Joyce, además, no se les pasará por alto la posibilidad de que el recuerdo de Cerruti adolescente haya sufrido algún retoque para cobrar mayor significación. Consultarán seguramente la página 40 del Ulises en su edición más popular, la de Penguin Modern Classics, para encontrar una reveladora equivalencia. Allí aparece la tortuosa discusión, sobre el sentido de la historia, entre el joven profesor Stephen Dedalus y el director del colegio Mr. Deasy. El silencio de fondo de la elegante oficina de la dirección, donde conversan, se ve repentinamente interferido por un griterío procedente del patio de los alumnos. Stephen lo aprovecha para replicar que la historia de la humanidad no obedece a ningún designio providencial conservador, sino a irrupciones inopinadas: «Eso es Dios. Un grito en la calle», le dice a Mr. Deasy, señalando la ventana por donde entró el barullo.

No creo cometer una seria infidencia al señalar la clave de este guiño de Cerruti dirigido exclusivamente a la hermandad joyceana. Si, acaso, él retocó ligeramente su recuerdo, no lo hizo para engañar a lectores no advertidos, sino para mostrar, a los más curiosos, cómo se permite emplear otro artificio del saber hacer de Joyce, el de editar recuerdos, porque, subraya Cerruti: «el fin del artista y la verdad [biográfica] permanecen integrados a sus obras, o sea, cambian según la ficción lo requiere, y, a la vez, forman sus propuestas en acto».

Esta distancia, entre la mera verdad de las escribanías y el saber hacer del escritor, es uno de los temas recurrentes de Deconstruyendo y el más espinoso. Se trata del choque entre las búsquedas metódicas y documentables de la verdad, que reciben el visto bueno de Mr. Deasy, y los tanteos en las tinieblas hacia la incalculable irrupción de lo real, que consiente Stephen Dedalus. Es ilustrativo ver a Cerruti tomar partido por la segunda vía en su crítica a un pasaje de Las poéticas de Joyce de Umberto Eco. Se trata de un libro que refiere respetuosamente en varias ocasiones, pero del que toma distancia cuando nota que, haciendo gala de su formación de medievalista, Eco censura a Joyce por citar erróneamente a Santo Tomás de Aquino en Retrato del artista adolescente, revelando falta de contacto con sus fuentes latinas:

Tal vez desde aquí –objeta Cerruti– se puede apreciar que [Joyce] no profundizó en su lectura e investigación de los textos originales, porque lo que había hallado le servía más para sus propios fines que para sostener la coherencia del pensador de Aquino. La clave resulta ser lo que se aprehende, y no lo bello y lo verdadero. Lo que se aprehende, ¿será uno de los nombres del saber hacer?

Es una crítica pertinente y a la que no cuesta demasiado adherir. Pero lo que alborotará de este libro, tanto a tirios como a troyanos, es cuando, a continuación, se concede y pondera que, para aprehender lo incalculable de la clínica psicoanalítica, Lacan se haya permitido libertades paralelas a las de Joyce. Y que eso lo haya hecho no solamente, pero sí con particular inclemencia, en sus lecciones acerca de la vida y obra de Joyce de su seminario El sinthome...

Puede que algunas afirmaciones inexactas, que figuran en ese seminario, hayan sido involuntarias, debidas a simple falta de conocimiento en la materia. Jacques Aubert y David Hayman han testimoniado con qué insistencia Lacan los consultaba y de lo mucho que leía a estudios joyceanos mientras dictaba El sinthome. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones no hay explicación más verosímil que la de que Lacan realizó una tergiversación deliberada de los datos biográficos y las evidencias textuales. Debe tomarse en cuenta que, para la fecha en que dicta El sinthome, ya estaban publicadas las muy difundidas primeras ediciones de Allusions in Ulysees de Weldon Thornton, de Ulysses Annotated de Don Gifford y de la monumental biografía de Richard Ellmann, que ponen a la vista esos deslices. «Deslices», «errores» que Lacan toma como premisas de algunas de sus conclusiones clínicas. Me refiero, especialmente, a cuando otorga valor autobiográfico a la golpiza que recibe el personaje Stephen, a cuando atribuye a Joyce un comentario de A. Griffith acerca del logo de The Freeman’s Journal, y a cuando escamotea la solución tradicional del enigma del zorro. El lector encontrará comentadas esas operaciones en las páginas de Deconstruyendo.

Esas inconsistencias académicamente insostenibles, semejantes en todo a las que Eco censura en Retrato del artista adolescente, decepcionaron y hasta enojaron a muchos joyceanos. Lo que ellos festejan en Joyce, no lo ven con buenos ojos cuando lo hace Lacan. El mismo Philippe Sollers, asistente de número del seminario El sinthome, tramó venganza después de escuchar a Lacan asegurando, sin basamento alguno, que Joyce era impotente («Como él [Joyce] tenía el pito algo flojo, si puede decirse así, su arte suplió su firmeza fálica»). Pocas dudas caben de que fue ése el motivo de que, en el segundo capítulo de su novela Mujeres, Sollers haga protagonizar a Lacan, bajo el obvio pseudónimo de Fals, un escándalo sentimental donde es crudamente engañado y puesto en ridículo.

A Cerruti no le incomodan esas tergiversaciones de Lacan. Tampoco las minimiza o disimula. La cuestión de «¿qué llevaba a Lacan a actuar de esta manera?», aparece formulada en la mitad de este libro y será central en todo lo que le sigue. De allí saldrán las principales conclusiones y la argumentación que lo sostiene para celebrar El sinthome: «Porque no de otra manera se acerca a lo real. Porque Lacan, como Joyce, estaba dispuesto a abandonar su falsa paz».

Pero mientras consiente hasta el elogio el funcionamiento antiacadémico de esa fabulosa máquina de producción de ideas que fueron los seminarios de Lacan, siente indignación por la credulidad con que la mayor parte de sus discípulos lo escucharon o leyeron. Le avergüenza que, a medio siglo del seminario El sinthome, todavía prevalezca en el lacanismo la creencia de que Jacques Lacan reveló la verdad de la vida y obra de James Joyce, con los métodos que Mr. Deasy respaldaría. Deconstruyendo al Joyce de Lacan es, no solamente pero sí en primerísimo lugar, un intento laborioso de cambiar ese estado de la recepción. Ante la abundante bibliografía secundaria que generó El sinthome mantiene que:

Los dichos hacia Joyce están llenos de bajezas, de falta de tacto, de lecturas sesgadas. Eso nos puede llevar a la ruina. […] Desenmascarar el Joyce de Lacan, deconstruirlo, es un trabajo que los analistas se han evitado (no todos), dado que no parecen tolerar dos cosas: que Joyce no sea el que Lacan les presenta, y que Lacan tome a Joyce para hablar de sí mismo.

Como reflejos y reverberaciones de este alarmante diagnóstico, que yo comparto, el lector encontrará una decena de ocasiones en que Cerruti pierde la paciencia y se pone a sermonear –la entonación del sermón fue muy practicada por Joyce y Lacan–, incluyendo casi siempre la fórmula «Los/as analistas». Por ejemplo:

[La golpiza] que refiere Lacan está en Retrato del artista adolescente. Y, aunque es una ficción, no estaría mal que los/as analistas vayan a leerlo, para sacar sus propias conclusiones, y ver cómo está distorsionado, incluso mal citado, mezclando tiempos y espacios. […] ¿Qué lo llevará [a Lacan] a dejar asentadas varias referencias y pistas que los/as analistas, sin interrogar, sin espíritu crítico, toman al pie de la letra, transformando sus lecturas en una letra bíblica?

Se objetará que este prólogo es unilateral, que muy distinto hubiese sido de haber yo optado por la alternativa, mucho más probable, de suponer que Cerruti no leyó, a los diecisiete años, el Ulises de la edición de Penguin, sino la traducción del argentino Salas Subirat. En la página 40 de la edición Salas Subirat, no aparece el barullo que interrumpe la tranquila oficina de Mr. Deasy, sino la voz de Buck Mulligan acusando a Stephen de impiedad en los días de la agonía de su madre. Entrar por esa puerta hubiese, seguramente, privilegiado otras cuestiones de este libro. Como las del duelo, las maternidades y paternidades, los exilios amorosos, las carencias, las políticas del Otro, la no relación sexual y, last but not least, lo que Deconstruyendo al Joyce de Lacan cuenta del propio análisis de Cerruti. ¿No es casi un testimonio de pase? Admito la importancia de esas páginas y, naturalmente, pude haber enviado a Nicolás un Whatsapp para verificar cuál Ulises leyó de jovencito. Sin embargo, me pareció más cercano al espíritu de su libro, y a mi tarea de pregonar su novedad, abstenerme de preguntárselo.

Ulidice1

«El personaje de Ulises siempre me fascinó, incluso de chico. Imagínese que hace quince años empecé a escribir este libro como uno de los cuentos cortos que debían integrar Dubliners. Llevo trabajando siete años en este libro, ¡ojalá reviente!».

JAMES JOYCE

«Las casualidades nos empujan a diestra y siniestra, y con ellas construimos nuestro destino, porque somos nosotros quienes lo trenzamos como tal. Hacemos de ellas nuestro destino porque hablamos».

JACQUES LACAN

Una edad tan equívoca como los diecisiete años. En el horizonte cercano el final, casi ningún principio. ¿Por dónde seguir viviendo? ¿Cómo? No poseo las herramientas que lo indiquen. Asumo que el mundo puede devorarme. Que si continúo así de estúpido cesarán las chances. Quisiera leer. Por dónde comenzar. Voy muy atrás. Homero: la Ilíada y la Odisea. Leo mal, a espaldas del día. No entiendo qué hago. La lectura es una presencia que se pierde.

De a poco, bajo un velo rasgado, los libros van apareciendo. Luego de unas pocas páginas tal vez entienda porqué estoy leyendo lo que leo. Algo me conduce. Nunca lo sabré con certeza. Soy un mal lector, no tengo maestro, guía… tampoco fuerza.

En el Paseo La Plaza inauguro un nuevo bar (hoy desaparecido) y una nueva lectura. Me gusta este ritual: un nuevo libro en un nuevo lugar. Buenos Aires siempre cae renovándose.

Pero no avanzo. Hay un muro de palabras. Del libro salta una imagen cada tanto, aunque es tenue, no logro atraparla. Una torre, un acantilado. La palabra es el muro donde el mar del lenguaje choca. Cuerpos flotando, extraños, estoy confundido, no sé qué dice el libro que tengo en mis manos. Una voluntad inexplicable, como la de la marea, detiene mi lectura en la página cuarenta: es el Ulises, de James Joyce.

*

Estoy leyendo Ulises, y es una obra semánticamente increíble e inmensa, grandiosa, genial…2

*

Entonces recuerdo: Ulises es el nombre de un amigo de mi hermano. Ocurre en sesión, con mi analista. Viene de muy atrás. Este amigo me había dicho, con sorna, que a sus nueve años ya había leído el Ulises de James Joyce. Me lo dice cuando yo tengo nueve; y él parece un adulto con sus catorce años.

El tiempo pasa. Ulises compone música en un idioma inventado. Mi hermano lo asiste, pues entiende de la fragmentación de la letra. Ulises quiere llevarse a mi hermano al inhóspito Sur. Quieren fundar una comunidad. Perderse al fin. Mi hermano va a exiliarse. No lo soporto. Me siento solo. Los libros se convierten en una compañía momentánea. Me sumerjo en su tiempo sin tiempo. La lectura es la presencia de su pérdida.

Y es cuando leo la Odisea que el nombre cae hacia la aventura. Decido partir también. Lograr mi hazaña. Sin embargo, no encuentro con quién. No tengo un Ulises.

Quedo tan capturado que su nombre se inscribe como uno de los deseos más complejos y bizarros de mi corta existencia.

Es cuando la analista devela el nombre de mi héroe griego que recuerdo todo el dolor por la pérdida de mi hermano, y queda así truncada mi odisea: recorrer la Argentina en bicicleta, desde la Quiaca hasta Ushuaia.

Una proeza, como la de ese personaje que podría representar a la humanidad completamente.

Una aventura, que escondía el placer de perderme en el carozo de un nombre, no revelado.

*

En una de las charlas con su amigo Budgen3, James Joyce vuelve sobre el texto que está escribiendo –Ulises–, y al decirle que se basa en la Odisea lo consulta: «¿Recuerda algún personaje de un libro que reúna tantos aspectos a la vez?»4. Sus palabras quieren ser tan precisas como las vestiduras que a un hombre lo vuelvan completo. En verdad, son semblantes con los que forja a este hombre común: Leopold Bloom. (Hombre completo y común; aunque «No tan común, por lo pronto, es bueno»5).

* PRIMERA VESTIDURA: ¿Jesucristo?: no, porque éste era soltero, nunca vivió con una mujer. «Realmente, vivir con una mujer es una de las cosas más difíciles que un hombre pueda hacer, y él nunca lo probó»6.

* SEGUNDA VESTIDURA: ¿Fausto?: no, porque ni siquiera es un hombre. «… ¿es viejo o joven? ¿Dónde están su casa y su familia? (…) no puede ser completo porque nunca está solo, siempre tiene a Mefistófeles cerca de él, a su lado, o tras él»7.

* TERCERA VESTIDURA: ¿Hamlet?: no, porque es solamente un hijo.

En cambio Ulises –se refiere al héroe griego, independientemente de si representa a Bloom, o al libro– «es hijo de Laercio, pero también padre de Telémaco, esposo de Penélope, amante de Calipso, compañero de armas de los guerreros griegos que luchan contra Troya, y rey de Ítaca. (…) fingió estar loco (…) la historia de Ulises no terminó al concluir la guerra de Troya. Su historia no hacía más que empezar (…) fue el primer caballero de Europa. Cuando avanzaba, desnudo, hacia la joven princesa, ocultó a su mirada de muchacha las partes nobles de su cuerpo…»8.

Ulises, ese hijo, padre, esposo, amante, compañero, rey, loco, caballero. Maestro en ardides. Relator de su propia historia como un mendigo. Desecho de experiencias. De lenguas que se fragmentan y caen ante los ojos de los incrédulos. El que escuchó a las sirenas, pero nunca encontró las palabras para transmitirnos su canto (porque no habrá palabra, aunque viva en la lengua, en la punta de la lengua…).

Ulises: el héroe preferido de Joyce. Tanto que, al final de su vida, todos los domingos, esperaba a su nieto en la cama, fumándose un Parisienne, y vestido con una bata roída continuaba el relato que había cesado la semana anterior9. Encontraba por fin a alguien que lo leía al escucharlo atentamente. En definitiva, uno de los deseos de James Joyce.

*

No haré el viaje planeado. No dejaré detrás mi hogar, ni mi carrera de psicología a punto de comenzar. No interrumpiré por lo tanto el análisis. Ella –mi analista– logra que tras el nombre confesado vea la dimensión de un pasaje al acto. Entonces vuelvo a leer como si estuviese de duelo. Lo estoy. No tengo fuerza, guía, maestro. No paso de la página cuarenta: es el Ulises de James Joyce.

Insisto sin embargo, como antes, cuando marcaba en un mapa el itinerario de un viaje posible. Leo en los bares, lejos de casa. Llevo el libro constantemente en mi bolsillo (son dos tomos en ese formato, lo agradezco) como antes llevaba el mapa de la Argentina. En la barra de aquel viejo bar Gandhi de la Avenida Corrientes (hoy transformado en una enorme librería), se me acerca el personaje secundario de una película independiente.

–Conocí a tres personas en mi vida que «dicen» haber terminado el Ulises –me anuncia confidente, interrumpiendo mi lectura–. Con vos, podrían ser cuatro.

Sonrío. Él sabe de la dificultad. ¿El Ulises se lee? ¿El Ulises se lee todo? (Hoy podría especificar aún más la pregunta: ¿el Ulises se deja [de] leer?).

Insisto. Entonces ocurre una epifanía personal que destraba algo. La anoto en la primera página del libro, dado que aún no tengo el hábito de llevar una libreta.

Corrientes. Comparsas. Carnaval, bombos, quejas… El día en que los silbatos de los policías por fin sonaron para la música alegre. El sonido de la cafetera, Marcelo golpeando en el tacho para sacar el resto de café usado, el calor, y luego de la puerta la comparsa con sus tambores y platillos. Corrientes.

(Ocurre un pasaje: ese hueco que se abre en donde se sustrae el tiempo, donde el espacio vuela y viajamos sin movernos; donde nos trasladamos súbitamente a alguna realidad que vivirá por siempre, como apartada. Él está allí, su densidad se abre en cualquier momento, sólo hace falta reconocer el pasaje).

*

Aún no se habían declarado legales los feriados de carnaval. Las murgas tomaban las calles, y sus reclamos insistían en el calor. La policía los acompañaba y, sin quererlo, todo sonaba como parte de la misma música. Fue ahí que me di cuenta: lo que leía en el Ulises estaba en la calle; no sé qué palabra fue, tal vez una frase, pero la encontré en el texto y luego tras la puerta del bar. Entonces supe que el Ulises había que leerlo dejando que la realidad que circundaba al lector lo penetrase. El Ulises tiene una continuidad con aquello que nos está pasando en el momento de la lectura. Su lectura debe ser porosa. El texto pide que la realidad, y más específicamente la de la calle, se filtre.

Es así que en un trance hipnótico leo el Ulises. Me ha hechizado, soy parte de su sueño. Luego escribo cuentos donde la sonoridad de las palabras cobra prevalencia –aún no lo sabía, pero lalengua ya actuaba allí, aunque fuese un libro traducido, aunque no fuese el Finnegans Wake.

Escribo cuentos sonoros y se los leo a mis amigos. Y al entorno le ocurren cosas bizarras cuando leo: una silla se rompe y una amiga cae; una ventana estalla; un equipo de audio zumba agudamente antes de apagarse para siempre. Por momentos tenemos la ilusión de que la palabra es la cosa (que se rompe, estalla, zumba).

Escribo y leo. Mucho. Siempre al margen, sin maestro, sin guía, con fuerza. Luego encuentro a Lacan, habla de Joyce. No sé de quién habla, sin embargo es alguien al que desprecia y admira a la vez. No es el Joyce que conozco y que fui conociendo en todos estos años. Las lecturas de Lacan no son mis lecturas. Sus eventualidades no son las mías. Los motivos son distintos. Ulises es el nombre de un acontecimiento que podría haberme llevado a recorrer la Argentina en bicicleta y, quién sabe, tal vez a nunca orientarme hacia el psicoanálisis y su práctica. Ulises es el nombre de una aventura que no fue, o más bien, Odiseo. Todos nombres envueltos. Tantos nombres que cambian y develan otros. Odiseo se vuelve Ulises, Ulises se vuelve Joyce, Joyce se vuelve Lacan. Y algo de todo eso me acerca a la escritura.

Ahora que lo pienso, no creo que el viaje se haya frustrado. Hoy tengo la escritura para acompañar esta odisea, como antes tenía mis piernas. El destino es el mismo: un recorrido de punta a punta, a través de un país tan tormentoso, hermoso y plural como la Argentina, eso será tal vez este deconstruir al Joyce de Lacan.

1. Lo primero que quiso escribir Joyce sobre Ulises fue un cuento. Lo pronunciaba: Ulidice (Oolissays). Dado que desde el psicoanálisis destacamos el sujeto en tanto que habla (parlêtre) y es hablado, este nombre, que es canto y decir conjugados, se constituye para mí en una bella metáfora. Lo extraigo de la monumental biografía: Ellmann, R., James Joyce, Anagrama, Barcelona, 2002, pág. 257.

2. Plath, S., Diarios completos, Alba editorial, Barcelona, 2016, pág. 207.

3. «Frank Budgen, con quien llegó a tener relaciones más íntimas que con todas las demás amistades de su vida, si se exceptúa a Byrne» dirá Richard Ellmann, Op. cit., pág. 476.

4. Ibíd., pág. 483.

5. Gamerro, C., Ulises. Claves de lectura, Interzona, Buenos Aires, 2015, pág. 80. También Joyce reconoce en Ulises un hombre bueno, lo que no es común.

6. Ellmann, R., Op. cit., pág. 483.

7. Ibíd.

8. Ibíd., págs. 483-484. Las cursivas son mías.

9. Ibíd., pág. 818.

15,85 ₼
Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
23 oktyabr 2025
Həcm:
157 səh. 13 illustrasiyalar
ISBN:
9789874830210
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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