Kitabı oxu: «Res Gestae Divi Augusti»

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Este trabajo forma parte del proyecto FONDECYT n° 1120036 (Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología, Chile) “La Construcción de la Memoria en los Inicios de la Roma Imperial”

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LAS MEMORIAS POLÍTICAS DEL EMPERADOR AUGUSTO Nicolás Cruz Barros

© Inscripción N° 270.157

Derechos reservados

Septiembre 2016

ISBN edición impresa 978-956-14-1970-4

ISBN edición digital 978-956-14-2553-8

Diseño: Francisca Galilea

Diagramación digital: ebooks Patagonia

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CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile.

Augusto, Emperador de Roma, 63 a. C.-14 d. C.

Res gestae divi Augusti: (las memorias políticas del Emperador Augusto) / traducción del latín, prólogo y notas de Nicolás Cruz.

1. Roma - Historia - Augusto, 30 A. C.-14 D. C.

I. Cruz Barros, Nicolás.

2016 937.07+DDC22 RCAA2


Dedico el presente trabajo a mi profesor Francesco Borghesi, quien me hizo ver los elementos de una tradición a la cual yo he adscrito.

Índice

RECONOCIMIENTOS

Prólogo

La Inscripción

Comentarios

OBRAS CONSULTADAS

ÍNDICE DE INSTITUCIONES, NOMBRES Y LUGARES ANTIGUOS

ÍNDICE DE AUTORES MODERNOS

Reconocimientos

Antonio Arbea G. revisó en dos ocasiones la presente traducción de la inscripción Res Gestae Divi Augusti, lo que me permitió mejorarla de manera sustantiva. Agradezco, junto a su capacidad, su buena disposición.

Javier Beltrán digitalizó la versión latina de acuerdo al texto establecido por Alison Cooley.

Santo Mazzarino, persona e historiador notable, me hizo ver la importancia de esta inscripción por primera vez.

Alejandro Bancalari respondió muy gentilmente a mis pedidos de lectura de varios pasajes de los comentarios y me hizo significativos comentarios.

Raúl Buono Core me prestó una invaluable ayuda para acceder a algunos textos necesarios para el desarrollo de mi trabajo.

La Dirección del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile me apoyó y concedió facilidades para realizar esta traducción comentada.

El personal de la Biblioteca de Humanidades de la PUC, Chile, así como el de la École Francaise de Rome, colaboró con su buena disposición durante el tiempo en que trabajé en ellas.

El Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología (Fondecyt-Chile) me otorgó un proyecto de investigación durante tres años para la realización de este trabajo.

Al gobierno de Italia que me concedió una beca de estudios en la Universidad de Roma entre los años 1981 y 1983, y a Horacio Aránguiz, entonces director del Instituto de Historia de la Universidad Católica de Chile, quien me brindó un apoyo decisivo.

Prólogo

Solo pretendía mostrar que era el más poderoso, el único capaz de restaurar el orden en el Estado.

P. Zanker

Noticia sobre la inscripción

Res Gestae Divi Augusti (RGDA.) es el título con el que se conoce la inscripción en la que el emperador Augusto (63 a. C.-14 d. C.) registró los hechos que consideró distintivos de su extensa participación en la conducción de la vida política romana (año 44 a. C., a partir de la muerte de Julio César y hasta el año 13 d. C., poco antes de su muerte). Fue redactada en 35 párrafos breves y muy precisos. Desechando hacer un elenco de todas las cosas hechas (res gestae), el autor seleccionó aquellas que le permitían afirmar que había restaurado la República romana desde el inicio mismo de su gobierno (31 a. C.), revirtiendo así la profunda crisis del siglo I a. C., marcada por las intensas guerras civiles del período. Agregó, además, que su conducción política había gozado del reconocimiento de la sociedad romana en su conjunto, la que había vivido un tiempo de tranquilidad y bienestar. Todo esto, logrando una “exposición factual de una gran sobriedad”, tal como lo señaló Claude Nicolet (1988, p. 30).

La voluntad del emperador fue que, luego de su muerte, la inscripción fuese grabada en dos columnas de bronce –un material especialmente durable y utilizado en ese tiempo– e instalada en el ingreso de su monumental mausoleo ubicado en el Campo de Marte de la ciudad de Roma. El cumplimiento de su voluntad fue llevado a cabo por decisión del Senado en su primera sesión tras la muerte del longevo gobernante (Suetonio Augusto, 101).

De la inscripción instalada en Roma no tenemos rastros, ya que probablemente las columnas de bronce fueron fundidas algunos siglos después. Han sido recuperadas tres ediciones encontradas en ciudades de la provincia de Galacia en Asia Menor –actualmente Turquía–. Una de ellas en la ciudad de Ancyra –hoy Ankara– donde el texto latino fue acompañado de una versión en griego; una segunda en Pisidia de Antioquía –también en Turquía, en la ciudad actual de Yalvac– donde figuró solo el texto latino–, y finalmente en Apolonia –hoy Uluborlu– donde se instaló solo la versión griega. La versión de Ancyra, la primera en ser descubierta, es la que más ha llamado la atención de los investigadores1.

Conocemos el texto de la inscripción a través de estas recuperaciones, lo que ha presentado una serie de problemas, varios de los cuales aún mantienen un carácter abierto: ¿por qué se han encontrado solo copias en la provincia de Galacia?; ¿la difusión respondió a una orden emanada de Roma para que se reprodujera la inscripción en todas las provincias?; ¿o las reproducciones se hicieron a partir de la voluntad de un gobernador y/o de los concejos locales de las ciudades, preferencia esta última por la cual se inclina Alison Cooley?2; ¿se repartieron copias a todas las ciudades y solo algunas decidieron monumentalizar el texto? Estas son las preguntas que al respecto formula John Scheid3. La discusión es larga y para nuestros efectos nos interesa destacar dos puntos: el texto latino encontrado en las provincias parece ser, efectivamente, una copia del original romano, tal como se indica de manera expresa al inicio de las copias provinciales, y no habría motivos para dudar sobre este punto4; el texto griego, en cambio, no sería una traducción literal del texto latino, sino una ‘paráfrasis muy cercana’ de la inscripción original5.

La inscripción que ha llegado hasta nosotros tiene la característica especial de haberlo hecho a través de las mencionadas copias y sus correspondientes traducciones. Esta situación ha determinado que una de las líneas de interpretación de RGDA. tenga en cuenta este hecho, y el análisis se haga prestando mucha atención a los términos con que se tradujeron ciertos conceptos a partir del original latino. En este mismo contexto, han sido estudiados con atención los emplazamientos de la inscripción en las distintas ciudades orientales. Podemos decir que esta línea privilegia una lectura de la inscripción en aquella dimensión imperial que terminó por adquirir a partir de terceros que incidieron en ella con posterioridad a su redacción. Como en el caso de la discusión sobre varios textos romanos, estaríamos aquí ante una situación de ‘otras voces’ que actuaron sobre el texto dándole su forma definitiva6. Nuestro trabajo e interpretación se basa en el original latino de la inscripción, el que fue pensado para ser instalado en un punto específico de la ciudad de Roma, esto es, tal como parece haberlo dispuesto su autor.

En efecto, cuando redactó estas memorias políticas el emperador Augusto no pensó en que fuesen enviadas a las provincias, no solicitó que fueran traducidas al griego, ni les dio un carácter de inscripción imperial, aunque el argumento que desarrolló fue el del Imperio. Él las escribió en latín y manifestó una voluntad específica sobre su lugar de exhibición en la ciudad capital del Imperio. En nuestra apreciación, estos últimos puntos no son accidentales, sino que dicen relación con el sentido último que el autor pensó para su obra. Destacar estos aspectos no implica subvalorar la importancia de las copias encontradas fuera de Roma. Pero entre ambas posibilidades de lectura hay diferencias que llevan a poner los énfasis en aspectos diversos. Una muestra que ilustra la situación que estamos explicando se encuentra en el contexto urbano romano en que se encontraba el Mausoleo de Augusto que contenía Res Gestae.

Un punto necesario a tener en cuenta es el que se refiere a las dimensiones del mausoleo y a su ubicación en un barrio muy importante de la ciudad de Roma. En efecto, a la importancia tradicional del Campo de Marte corresponde agregar que esta fue una zona enriquecida y transformada de manera profunda durante el gobierno del primer emperador romano. Así, su mausoleo, el más grande construido en la ciudad de Roma antigua, debe insertarse en un contexto de construcciones nuevas y de restauraciones de edificios ya existentes, especialmente, entre las nuevas se realizaron las del Ara Pacis o Altar de la Paz (13 al 9 a. C.) y la del gran reloj solar, el más grande del mundo antiguo llamado Horologium (10 a. C.). A los ya señalados se deben agregar el Pórtico de Octavia, iniciado el año 33 y terminado probablemente el año 23 a. C. (entre otros, este pórtico tiene un contenido político, ya que esta hermana de Augusto había estado casada con Marco Antonio. La probable fecha de inicio muestra esta obra como una de las acciones realizadas por el futuro emperador para estrechar lazos con la ciudad de Roma y marcar su distanciamiento de Antonio); el Panteón entre los años 27 al 25 a. C. (se puede visitar en la actualidad pero con múltiples transformaciones); las Termas Públicas de Agripa (25 al 19 a. C); el Teatro de Marcelo, iniciado por César y terminado bajo Augusto el 17 a. C. y dedicado a su sobrino probablemente el 11 a. C. (visible hoy con todos los cambios que ha experimentado a través de la historia). Lo señalado aquí tiene la intención de resaltar la importancia del ambiente en que se ubicó el mausoleo que contenía la inscripción.

No resulta fácil precisar el impacto público de la inscripción una vez instalada en la entrada del Mausoleo de Augusto, construcción que Estrabón describió como “un gran túmulo que se eleva, a la orilla del río, sobre un zócalo de mármol blanco, enteramente cubierto hasta su cima por árboles de hoja perenne. Del mismo modo, en lo alto, hay una estatua de bronce de César Augusto, al pie del túmulo están depositados sus restos y los de sus parientes y amigos más íntimos, y, detrás, un gran recinto sagrado que contiene admirables paseos. En medio de la llanura, está el recinto de su pira funeraria, también con muros de mármol blanco, rodeado por una balaustrada circular de hierro, y, en su interior, una plantación de álamos negros” (Estrabón, Geografía V,3,8). Los cálculos modernos indican que la construcción habría alcanzado unos 87 metros de ancho por unos 40 de altura (Zanker, p. 99).

Retomando el punto central, destacamos que RGDA. se ubicaba al ingreso de una construcción de gran presencia y significado en la ciudad de Roma y que, en su tiempo, se relacionaba de manera estrecha con las otras construcciones mencionadas, formando un conjunto que expresaba el poder de la ciudad y de la manifestación del régimen que ahora la gobernaba. Las copias encontradas en las provincias, por su parte, fueron instaladas en otro tipo de edificios y quedaban fuera de un contexto arquitectónico como el original romano.

Volviendo a la inscripción, sabemos que se hicieron copias escritas a las que tuvieron acceso los escritores e historiadores que se ocuparon de la vida y gobierno del emperador en esa época y en las siguientes, tal como parecen ser los casos de Veleyo Patérculo, Suetonio, Tácito y Dion Casio. La lectura directa por parte del público en la tumba debe haber sido bastante difícil por la altura de las columnas, así como también por las múltiples abreviaturas usadas en la redacción. Podemos imaginar que muchos de los que se acercaban al mausoleo recibían una explicación verbal de su contenido; explicación que contendría un resumen de los aspectos considerados centrales.

El público destinatario, esto es, aquel que el emperador tuviese en mente al momento de escribir se ha prestado para muchas interpretaciones diversas y no resulta posible dar una respuesta categórica sobre el punto. Las últimas opiniones al respecto mantienen la divergencia. Yavetz (1984, p. 12) postuló que el destinatario era aquel compuesto por “los ciudadanos más educados, y fue a ellos a quienes les dijo cómo quería ser recordado”, especialmente los jóvenes hijos de senadores y los integrantes del Orden Ecuestre. Levick (2010 pp. 222-224), en cambio, volvió a insistir que había sido dirigido a todos los habitantes del imperio, independiente de cuál fuera el espacio que ocupaban dentro de la sociedad romana, así como para todos los italianos que estuviesen en Roma o la visitasen7.

En nuestra opinión RGDA. debe haber estado ahí para que la conocieran todos los que transitaban por el importante barrio de Roma donde se encontraba instalada, permitiendo que cada uno hiciera la lectura que estimase conveniente, ya fuese a través de una dificultosa observación pausada, por medio de la explicación de un tercero –una suerte de guía– que ilustrara sobre los contenidos a un determinado auditorio, o como ha señalado Paul Veyne (2009), a través de la mirada fugaz de un paseante que se forma una impresión general a través de los sentidos al observar una obra de esas dimensiones8. Cada uno entendía, a su manera y posibilidades, que la inscripción contenía las importantes obras realizadas por el Emperador Augusto, quien había encabezado unos tiempos felices en que Roma recuperó su paz y acrecentó su poderío en todos los planos. Conviene tener siempre en cuenta que la inscripción fue hecha para durar en el tiempo y, por tanto, una parte de sus probables lectores, en la idea de Augusto, fuesen también los romanos de los tiempos por venir.

La situación recién descrita ha generado distintos equívocos. Uno primero ha consistido en que su condición de fuente informativa para la comprensión de la historia del período se vio acrecentada por la pérdida de la mayor parte de las historias escritas de forma contemporánea sobre Augusto y su gobierno. Sabemos que estas fueron varias y con diversas orientaciones. Esta situación ha determinado que la mayor parte de la información la encontremos en textos tardíos como los de Suetonio y Tácito, ambos de la segunda mitad del siglo I y primeras décadas del siglo II d. C.; mientras que la narración más completa y documentada corresponda al historiador Dion Casio, quien vivó entre la segunda mitad del siglo II y las tres primeras décadas del siglo III d. C. Este último tuvo acceso a una buena parte de las historias que nosotros hemos perdido y realizó, no obstante la distancia cronológica con el objeto de su estudio y los cambios culturales y políticos que habían tenido lugar en la sociedad imperial romana, un trabajo muy bien documentado y riguroso. Su Historia Romana es considerada la fuente más importante para el conocimiento del estado de las cosas unos doscientos años antes9. En este contexto de pérdidas, la inscripción ha visto acrecentada su importancia, aun cuando no se encuentre en ella una historia del período propiamente tal.


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El Mausoleo de Augusto según el diseño reconstructivo de 1912 y que forma parte de la Colección Giuseppe Gatteschi (1) y el estado actual de la construcción (2 y 3).

En esta construcción fueron sepultados varios miembros de la familia Julio Claudia. Es probable que el último emperador sepultado en este mausoleo fuese Nerva en el año 98. En tiempos posteriores fue utilizado con otros fines y luego abandonado. Su restauración sigue siendo una tarea pendiente para los encargados de los bienes arqueológicos de la ciudad de Roma.

Junto a lo anterior se ha dado un segundo equívoco relacionado con las características de la información que contiene. Durante mucho tiempo, aunque de manera especial durante la segunda mitad del siglo XX, fue interrogada desde la perspectiva de la veracidad de la información histórica de los hechos que refería. Esta lectura terminaba, generalmente, por considerar que el autor-emperador había faltado sistemáticamente a la verdad con el objetivo de ocultar la creación del sistema monárquico. Si bien volveremos sobre este punto en la parte final de este prólogo, cabe decir por el momento que lo interesante es que RGDA. contiene una presentación y explicación personal que un Augusto viejo y cercano a la muerte hizo de los hechos ocurridos. Dicho de otra forma, no corresponde buscar aquí los resultados de una obra objetiva e imparcial. Su valor, por el contrario, radica en la parcialidad con que se ordenan los hechos y el objetivo que con esto se persiguió. Por esta vía, la inscripción es valiosa en cuanto entrega una visión, importante sin duda, de lo sucedido, constituyéndose, además, en un laboratorio que permite explorar la personalidad de Augusto.

Los aspectos señalados en las líneas finales del párrafo anterior deben ser tenidos en cuenta, puesto que, si bien todos están de acuerdo en que se trata de unas memorias políticas, la evaluación final tiende a hacerse desde criterios que se ubican fuera de esta categoría. Por una parte, entonces, tenemos una serie de hechos que son reportados aproximadamente como sucedieron, pero a los que se le otorgan significados y son relacionados de una manera libre y arbitraria. El hecho de que la mayor parte de las otras fuentes se hayan extraviado no significa que debamos abordar a RGDA. desde una perspectiva distinta a lo que es su esencia. En suma, en el caso de estas memorias políticas, lo sugerente descansa en la solidez de la mirada retrospectiva que dio Augusto a todo su período de gobernante.

Autor y contenido

Res Gestae fue escrita por el emperador Augusto, un hombre que gustaba de la literatura y que parece haber comprendido con claridad su función social. Se dice con esto que no fue una obra encargada a un tercero o a un secretario cuyo texto el gobernante revisara y aprobara, aunque, por cierto, no debe excluirse alguna ayuda en aspectos tales como la búsqueda de la información requerida en torno a hechos precisos y la misma puesta final por escrito, así como cabe destacar que Tiberio, su sucesor, ordenó realizar algunas actualizaciones puntuales posteriores. La redacción final, que el mismo autor declara haber realizado “cuando tenía setenta y seis años”, nos ubica en el año 13 d. C., esto es, un año antes de su muerte. En este plano, es probable que la idea y los borradores de algunas de sus partes hayan tenido una redacción anterior.

Los dos aspectos mencionados, esto es, el de la autoría directa y la redacción al final de la vida de Augusto, se han prestado para múltiples debates que continúan hasta el día de hoy. En relación con el primero, John Scheid (2007), autor de la última edición de la inscripción publicada por Belles Lettres10, ha llegado a diluir casi completamente la autoría del emperador, traspasándola a sus secretarios y al entorno familiar11. Se basa para esto en las formas de producción de los textos en el vértice del poder romano durante la antigüedad, tiempo en que los políticos no escribían directamente sus obras y se limitaban a dar una suerte de visto bueno a lo redactado por sus cercanos12. Alison Cooley (2009), en cambio, continuando una interpretación de larga data al respecto, resalta la autoría directa. Cabe señalar que, careciendo de pruebas decisivas que se puedan aportar al respecto, el conocimiento profundo del texto, así como de la personalidad y estilo de Augusto, resultan centrales para desarrollar una postura en este plano. Nuestra impresión es que Augusto fue el autor directo de la inscripción y que esta responde efectivamente a su pensamiento. Aun más, y tal como tendremos oportunidad de resaltar más adelante en este prólogo, así como también en los comentarios que acompañan a cada uno de los pasajes de la inscripción, el emperador prestó atención especial a este escrito que consideraba clave para la futura comprensión de su obra política, y que constituyó la última elaboración de su memoria en relación con todo lo sucedido durante cincuenta y ocho años. Respecto del segundo punto, ya hemos señalado que, sin descartar una elaboración lenta y que responda a diversos momentos, RGDA. ha llegado a nosotros en una versión final que resalta su redacción tardía y con una perspectiva global de lo acontecido desde su perspectiva13. Y este punto de vista contiene una idealización de lo referido.

La inscripción, tal cual se indica en su título, describe “…las obras del divino Augusto con las cuales sometió todas las tierras del orbe al imperio romano, y de los gastos que hizo en favor de la República y el Pueblo romano”. Existe la convención de observar la siguiente división tripartita en la inscripción: los párrafos I a XIV contienen los honores políticos y religiosos aceptados o rechazados por Augusto; mientras que los puntos XV a XXIV están dedicados a los gastos realizados por él en favor de la ciudad de Roma, de la plebe y aquellos otorgados al erario militar; en los párrafos XXV a XXXIII son abordadas las guerras encabezadas por él dentro del territorio romano, así como el reconocimiento alcanzado en aquellos lugares limítrofes o con los que Roma estableció algún tipo de contacto en su contexto de hegemonía mundial en el período. Finalmente, y a modo de coda, se encuentran los dos párrafos finales, XXXIV y XXXV, que cierran la inscripción con la reiteración de algunos de los conceptos que el emperador-autor consideró fundamentales de su gobierno. Cada una de estas partes es, a su vez, susceptible de múltiples precisiones que pueden llevar a una subdivisión del texto cada vez mayor. Todo esto lo podrá apreciar con claridad el lector al intentar captar la estructura que dio Augusto a sus memorias. Lo que sí conviene tener en cuenta es que la estructura tripartita resulta ser una aproximación atendible, pero que no clausura el tema necesariamente, en especial por el hecho de que Augusto introdujo en varias ocasiones noticias y afirmaciones muy importantes que, teniendo relación con el argumento puntual que está tratando, lo excedían con claridad14. A modo de ejemplo, si uno quiere hacerse una idea de las relaciones entre Princeps y Senado tendrá inevitablemente que traspasar las distintas secciones, ya que dichas referencias son abundantes y reiterativas en cada una de ellas. Algo similar puede mencionarse en relación con el tema de la paz alcanzada en Roma, cuyas características y beneficios se encuentran en múltiples párrafos que cruzan toda la RGDA.

Un ejercicio interesante de realizar, con relación a lo recién mencionado y que puede prestar ayuda para una lectura más completa, consiste en seleccionar aquellos términos y conceptos que aparecen con mayor frecuencia e importancia, advirtiendo el propósito y oportunidad con que son mencionados. Algunos de estos son: auctoritas, pacificación, restauración de la República (consenso con el Senado), beneficios entregados (especialmente a la plebe), piedad, incorporación de nuevos territorios, reconocimientos de los pueblos y reyes extranjeros, entre otros. Tal como ya señalamos, estos aparecen de forma reiterada en varios pasajes y al relacionarlos se puede profundizar la comprensión del sentido e intenciones del autor. Esto no debe hacernos perder de vista el intento de Augusto por instalar todas sus palabras en la perspectiva de que Roma ha tenido bajo su mando un gobierno laborioso y que le había dado al Imperio un nuevo tiempo de prosperidad y tranquilidad, tal como fue representado en el Ara Pacis y señalado de manera expresa en los Juegos Seculares del año 17 a. C.

Res Gestae Divi Augusti contiene la visión personal de su autor sobre la vida política, militar, diplomática de la ciudad de Roma y de su Imperio entre los años 44 a. C. y el 13 d. C., es decir, desde el asesinato de Julio César y aparición de Octaviano –después Augusto– en la escena política, hasta el momento en que el emperador puso por escrito sus memorias en el marco de un imperio que lo había tenido a la cabeza del gobierno por varias décadas. Esta reconstrucción marcadamente personal fue realizada a través de la memoria, usada de manera selectiva por un gobernante autoritario con el objetivo de poner de manifiesto ciertos hechos y situaciones que resultaran ser indicadores de los aspectos claves de su gobierno y del sistema imperial establecido por él, buscando establecer una memoria oficial de aquello que había tenido lugar. A partir de lo recién señalado, varias lecturas y ordenaciones del texto resultan posibles y válidas.

Una mayor aclaración del punto recién mencionado puede obtenerse al preguntarse por aquello que no se encuentra en Res Gestae. No se encuentra una historia del período, sino una selección subjetiva y arbitraria de los hechos en una función determinada y clara15. No existe tampoco la intención de evidenciar los aspectos colectivos del proceso; por el contrario y de manera insistente se reitera el carácter personal de las cosas hechas, los colaboradores apenas reciben menciones, expresadas siempre en términos secundarios, mientras que los adversarios ni siquiera son objeto de una referencia directa.

El lenguaje utilizado para la redacción de la inscripción se convierte en un punto importante. Ya hemos tenido oportunidad de señalar que fue redactada en 35 párrafos breves, precisos y directos, con una gran economía expresiva16. Estas características no han permitido clasificarla dentro de alguna de las formas habituales de expresión en la literatura antigua, encontrándose en ella elementos de los elogios triunfales, de los textos de rendición de las acciones realizadas, así como de la autobiografía o biografía antiguas, pero todos combinados y resuelto en una clave personal. John Scheid, quien se ha ocupado del tema, concluye el punto con la siguiente afirmación:

Ellas no son una creación ex nihilo, ni la simple reproducción de un ejercicio convencional. Ahí se encontrarán ciertas características de las biografías, como la celebración de las virtudes y la respuesta a ciertas polémicas, pero no se puede reducir a esas similitudes inevitables con el género biográfico. …

Cabe considerar, entonces, a Res Gestae como una autorepresentación epigráfica, como una crónica de los hechos realizados, de los honores recibidos y de las generosidades ofrecidas al servicio de la República, breve como una autobiografía de un estilo particular17.

De igual manera se ha producido una larga discusión sobre la calidad literaria del texto. Esta ha tenido su punto de partida en la afirmación de Suetonio de que Augusto habría sido un escritor “elegante y ponderado” que “procuraba por todos los medios expresar su pensamiento con la máxima claridad.” Aulo Gelio probablemente exageraba al declararse, luego de la lectura de unas cartas de Augusto, “arrebatado por la elegancia del discurso, ni difícil ni forzada, sino fácil, por Hércules, y simple”18. Esta discusión ha llegado a tantos resultados como analistas han participado en ella. Lo que nos parece interesante de destacar es la relación estrecha que existe entre el mensaje a transmitir y el estilo adoptado para hacerlo. Desde este punto de vista se puede señalar, a modo de impresión personal, que RGDA. está bien lograda en cuanto a los objetivos propuestos.

La redacción de la inscripción denota el uso insistente de la primera persona: hice; anexé; como resultado de mis acciones, etc. Todo tendiente a destacar con claro voluntarismo el marcado protagonismo en su obra. Se advierte una tensión entre los rasgos autoritarios del uso lenguaje y la referencia a los conceptos de moderación y consenso que se utilizan de manera reiterada y que sirven de plataforma para el discurso del autor. Por último en relación con la cuestión de fondo y forma se puede señalar que el texto fue pensado desde sus inicios para ser materializado en una inscripción.

Augusto, restaurador de lo antiguo y creador de lo nuevo

Una de las ideas expresadas de forma más reiterada por Augusto en RGDA. consiste en señalar que su obra fue de restauración de la República romana en cuanto forma de gobierno, de reposición de las costumbres y de la piedad antiguas, así como también de algo que puede denominarse ‘un modo romano de ser republicano’. Estos aspectos son objeto de menciones directas en el texto, pero se pueden advertir también como inspiración en algunos pasajes que entregan noticias específicas sobre un determinado punto, como es el caso de la mención a la restauración de los templos en la ciudad de Roma, donde subyace el concepto de piedad hacia los dioses (véanse los comentarios a XIX,2 y XX,4, a modo de ejemplo).

La inscripción se abre y se cierra con referencias directas a la pacificación de Roma y a la restauración de la República como un efecto directo de ese primer logro. En I,1 se lee que “A los diecinueve años alisté un ejército por decisión personal y financiado por mí con el cual devolví la libertad de la República oprimida por el dominio de una facción”; mientras que en XXXIV,1, esto es, al momento del cierre, se encuentra que: “En mi sexto y séptimo consulado, luego de haber extinguido las guerras civiles, teniendo todo el poder con el consentimiento de todos, lo transferí al arbitrio del Senado y del Pueblo romano”19.

Probablemente sean estos los pasajes más comentados de la inscripción a lo largo del tiempo. Un análisis detallado servirá para dar cuenta de los conceptos y de las formas de escritura adoptadas por Augusto. En efecto, a los diecinueve años Augusto –entonces Octaviano– alistó un ejército personal con el cual se propuso reclamar la herencia política de Julio César, asesinado ese año (44 a. C.). Pero deduce, a continuación, y a modo de consecuencia directa de esta acción, su triunfo sobre Marco Antonio ocurrido bastante después en los años 31 y 30 a. C., a quien identifica simplemente como “una facción”. La idea central que el lector puede hacerse es que el hecho inicial fue la pacificación de Roma luego de las extensas guerras civiles que habían llegado a un punto máximo con el asesinato de César20. Cuatro años después de lograda la paz (27 a. C.) habría procedido a transferir de modo libre y voluntario la totalidad del poder desde sus manos al Senado y al Pueblo Romano (XXXIV,1), estableciendo de esta manera el carácter central y de mayor profundidad del nuevo régimen. Aunque se trate de hechos iniciales –recuérdese que Augusto gobernó hasta el año 14 d. C., esto es, 41 años más– en el texto aparecen antecediendo y concluyendo todas las noticias y referencias mencionadas. En términos generales, pero muy claros, a la paz habría seguido la restauración como resultado de un acto claro de voluntad política.

La restauración política habría sido acompañada por un intento de reponer las costumbres antiguas (VI,1 y VIII,5) y las formas tradicionales de la piedad romana (VII,3; XIX,2; XX,3; XXIV,1 y 2), aspectos en los cuales el autor insiste bastante con la probable finalidad de señalar que se habría tratado de una intención real y no de una mascarada política. Este aspecto se encuentra presente también en una parte muy significativa de la producción literaria más cercana al régimen de la época, especialmente en Virgilio, quien construyó un Eneas cuyo rasgo distintivo fue el de la piedad, algo que también aparece como central el en el poeta Horacio y en varios pasajes de Ovidio.

Según sus propias palabras, Augusto habría sido alguien que deseaba restaurar y conservar un orden, y desde su posición de poder habría llevado adelante una búsqueda de consenso vuelto hacia las virtudes tradicionales de Roma. Consenso, antes que nada con el Senado romano, un organismo bastante modificado en cuanto a sus integrantes y poderes, pero cuyos miembros terminaron por aceptar el nuevo espacio concedido en la vida política romana y actuaron dentro de él. La contracara habría sido la decisión del emperador de contar de manera efectiva con este organismo para el desarrollo de su gobierno, entregarle de forma regular responsabilidades a sus integrantes, señalando, cada vez que le resultaba posible, que actuaba de acuerdo con la voluntad del que, de manera teórica al menos, seguía siendo el organismo rector de la vida política romana. Entre ambos hubo tensiones a lo largo del extenso gobierno de Augusto, pero no parece haberse llegado a una oposición irreconciliable21. Tácito, de manera ácida, señala que los senadores aceptaron riquezas y honores y en recompensa se mostraron dispuestos a servirlo22.

¿El Senado romano? La pregunta que cabe hacerse es, justamente, de cuál Senado se habla en forma específica. Este cuerpo que había ido acumulando una serie de poderes a lo largo del tiempo, más por la vía de la práctica que por un proceso legislativo, había experimentado una serie de cambios durante el complejo y convulsionado siglo I a. C., y muy especialmente en los años en que Julio César detentó el poder.

Augusto, desde su irrupción en la actividad política romana el año 44 a. C. demostró tener claridad en la necesidad de acercarse a los grupos sociales poderosos dentro de la sociedad romana, y esto representaba a la aristocracia senatorial y los caballeros del Orden Ecuestre. Con el paso de los años y disponiendo de poder suficiente, fue elaborando, modificando y ampliando este concepto. Por lo que al Senado se refiere, lo consideró una institución necesaria y de la cual esperaba que abasteciera al gobierno con una parte de sus funcionarios.

Pero se trataba de un Senado reformado en una serie de aspectos: con 600 integrantes (un tercio menos que en los años inmediatamente precedentes, pero con el doble de miembros de lo que Augusto habría deseado), sus componentes fueron impelidos a desarrollar una vida ejemplar en lo político y lo personal, y se adoptaron varias medidas para cautelar este cumplimiento. Para ingresar al Senado reformado se debía tener, según el censo, bienes equivalentes a 1.000.000 de sestercios, contra los 400.000 anteriores. Para aristócratas y caballeros no parece haberse tratado de una gran suma, pero para algunos romanos e italianos sí podía llegar a serlo, y ellos recibieron apoyo directo del emperador cuando, según él, el caso lo ameritaba. Fue por esta vía que llegó a contar con un grupo de incondicionales dentro de la corporación.

Un aspecto central de las reformas al Senado fue la reducción del poder que había tenido antes de la crisis de la República, tiempos en los cuales había controlado todos los aspectos de la vida romana. En el nuevo escenario, construido a través de sucesivas imposiciones y transacciones, los senadores mantuvieron una palabra importante en la vida religiosa; en la recepción de las embajadas y los problemas que ellas plantearan, sus integrantes se desempeñaban como gobernadores en una cantidad significativa de provincias –las llamadas provincias senatoriales–, y en sus sesiones debían aprobar las variadas iniciativas que se le proponían. La otra cara de la moneda era su exclusión casi completa del sistema militar que se estableció durante el gobierno de Augusto, su no injerencia en las relaciones con los reyes extranjeros y, por ende, su escasa gravitación en la política exterior romana. Perdió su influencia en la conducción de las finanzas imperiales y muchas de las provincias quedaron bajo el mando directo del emperador, particularmente aquellas en que se estacionaban las legiones romanas. Cuando el año 31 a. C. Egipto fue incorporado como provincia, los senadores no podían ir hasta allá sin contar con una autorización del gobierno central.

Las relaciones de Augusto con el Senado han dado motivos para muchas investigaciones y divergencias entre los historiadores modernos, reproduciendo la disparidad que se encuentra presente en las fuentes antiguas. Un problema central radica en que el naciente sistema de principado mantuvo un espacio para el Senado y no hubo intentos por erradicarlo. El primer emperador se presenta en la inscripción como el promotor y ejecutor de esta idea.

Cuando enfrentamos las múltiples menciones que se hacen al Senado en RGDA., debemos tener en cuenta que ellas se refieren a un período específico de la historia de esta corporación, un tiempo en el que sus poderes fueron reducidos en comparación con aquellos que había detentado en tiempos anteriores.

El Orden Ecuestre es mencionado de manera escasa dentro de RGDA. En XIV,2 se menciona que la totalidad de los caballeros (ecuestres) donaron escudos, lanzas y nombraron Príncipes de la Juventud a Cayo César y Lucio César, hijos adoptivos de Augusto y subentendidos herederos, con ocasión de su nombramiento prematuro como cónsules. La otra mención, y de mayor significación, se encuentra en XXXV,1, cuando Augusto, al referir su nombramiento como Padre de la Patria, indica que este reconocimiento fue proclamado por “El Senado, El orden Ecuestre y la totalidad del Pueblo romano”, referencia en que, de manera inusual, el autor incluye una mención al Orden Ecuestre en la fórmula que siempre había estado reservada solo al Senado y Pueblo romano. El silencio relativo a los ecuestres o caballeros romanos ha llamado la atención dada la importancia que tuvieron dentro del gobierno de Augusto y el régimen establecido. La mayor parte de los analistas señala que, por una parte, el emperador, en esa clave conservadora que identificó todo su régimen, restauró el prestigio del Orden Ecuestre del período republicano, y también recurrió a ellos de forma reiterada para abastecer de funcionarios a una serie de cargos nuevos que se iban generando en la medida que crecía y se hacía más compleja la administración imperial23.

Asimismo, se estableció un consenso más difícil de precisar con la plebe romana puesto que tuvo como base la prestación mutua de una serie de servicios y favores. Por una parte, el emperador asumía la representación de este sector a través de la tribunicia potestad, y a partir de esa condición se comprometía a adoptar una serie de medidas que beneficiaran a los plebeyos. Todo esto en el contexto de una plebe disminuida en relación con su gravitación social y política dentro del nuevo escenario del Imperio romano24.

Un consenso, por último, en cuanto a que la dirección de las legiones y todo lo que se relacionara con ellas, quedaba radicado en las manos del emperador. Esto fue algo difícil de lograr, requirió de tiempo y de intervenciones muy decididas por parte de Augusto, obligando a la realización de reformas estructurales profundas –creación de una carrera militar en regla y un fondo de pagos e indemnizaciones para los soldados–; y a cambios culturales arraigados en la élite romana que había hecho de la obtención de triunfos militares uno de los pilares de la carrera política de sus miembros. Esta élite tuvo que aceptar, a partir de un cierto momento, que los triunfos en los campos de batalla fuesen adjudicados al emperador y no a los comandantes que habían estado a cargo de las legiones de manera directa. Lo señalado hasta aquí ha intentado dar cuenta de que en el régimen de principado dirigido por Augusto hubo elementos de restauración, mantención y modificación. Según el autor, las razones para generar un consenso a este respecto fueron mayores que las discrepancias que existían, al menos, con una parte de los senadores.

Pero, el lector tiene el derecho a hacerse preguntas ante estas afirmaciones e identificar ciertos silencios significativos guardados por el emperador. Ronald Syme en su libro Revolución Romana señaló que la inscripción resultaba ilustrativa tanto por lo que decía como por aquello que omitía, al igual que lo señalaron Brunt y Moore en una de las ediciones de Res Gestae que ha tenido una mayor circulación: “Lo que se omite en una narración de este tipo puede ser tan informativo como lo que se señala, dado que esto indicará la forma en la cual el autor deseaba sesgar su narración”25.

Llegados hasta este punto, la mayor parte de los analistas relacionan los silencios con aquellas noticias que el emperador prefirió callar, dado que no concordaban con la orientación de su escrito o la contradecían directamente. Y, en efecto, hay varias omisiones importantes que se pueden anotar en este sentido. Por ejemplo, los cercanos y colaboradores de Augusto no aparecen, por lo general, mencionados en la inscripción –incluida la omisión del nombre de Julio César–26, salvo si son referidos a una acción relacionada de manera directa con el emperador, como son los casos de Marco Agripa27 y de Tiberio, quienes fueron muy cercanos a él y estuvieron relacionados con el régimen de manera muy profunda, además de los vínculos familiares que se establecieron. Esto le da a su obra el carácter de un gobernante solitario quien, en esa condición, decidió la marcha del Imperio de acuerdo a una profunda voluntad de servicio ajena a cualquier tipo de interés y ambición personal. He aquí una de las deducciones más claras que se pueden extraer de RGDA. y que parece haber sido una obsesión de Augusto. Paul Zanker señaló, a este respecto, que Augusto “Solo pretendía mostrar que era el más poderoso el único capaz de restaurar el orden en el Estado”; y Alison Cooley, por su parte, destaca que entre los mensajes más claros que se encuentran en la inscripción, figura aquel que destaca la obra de un hombre que había resuelto todos los problemas del Imperio y establecido un gobierno que representaba los intereses de todos, sin menoscabar la soberanía de las instituciones28.

Otra de las omisiones significativas se refiere a la cuestión sucesoria, aspecto en el cual el nuevo régimen había introducido un elemento nuevo y revolucionario con respecto a la tradición, puesto que en Roma las magistraturas no habían sido nunca hereditarias. Los miembros de la familia imperial que habían sido proyectados como sucesores de Augusto aparecen mencionados, pero no en esta clave, y nosotros podemos inferir esa condición más que percibirla de manera directa. Son las otras fuentes, aquellas tardías pero que recogieron noticias que se encontraban en aquellas que se perdieron, las que informan que el aspecto dinástico estuvo presente desde temprano en el ideario y gobierno de Augusto. La lista podría seguir aumentando y exaltando la contradicción entre las cosas dichas y hechas, dado que según señalara Luca Canali en su edición de RGDA. en 1982 “…cuánto más se consolida el poder monárquico de Augusto, tanto más Augusto habla de restauración republicana”29. Augusto, en suma, y según varios historiadores, habría sido un hipócrita político y su texto ejemplificaría de forma clara el punto.

Pero en Res Gestae hay otros silencios que llaman la atención y que se refieren a aquellos aspectos que bien podrían haber encontrado cabida en la inscripción y destacado elementos importantes del gobierno de Augusto. Sin embargo, fueron dejados de lado por algún motivo difícil de comprender. Nos referimos, a modo de ejemplo, a una buena parte de lo hecho por el gobierno de Augusto en la ciudad de Roma, aquella que encontró de ladrillos y dejó de mármol, según la famosa sentencia de Suetonio; la significativa promoción de libertos a cargos de importancia dentro de la administración30; su acción en las provincias, presentadas de manera casi exclusiva en su aspecto de pacificación; la promoción sostenida de artistas y escritores que llevaron a la vida cultural romana a uno de sus momentos mejor logrados, etc. Es cierto que todo esto habría ido en contra de la brevitas buscada y habría terminado por exceder los marcos exigidos para una inscripción, pero esto no deja de gene-rar curiosidad y cierta extrañeza respecto de los mecanismos de selección utilizados por el autor.

La historia de la inscripción

Res Gestae Divi Augusti ha tenido una vida accidentada y variada a lo largo del tiempo. Este proceso puede muy bien constituir un capítulo aparte que ilustra la forma en que un texto antiguo llega hasta nosotros y cómo resulta marcado de manera profunda por su travesía y las lecturas que distintas épocas han hecho de él. A continuación intentaremos reconstruir este camino en sus grandes trazos, identificar las interpretaciones y usos más significativos durante los siglos XIX y XX; esto es, a partir del momento en que fueron editados los contenidos de los restos antiguos que de manera progresiva habían sido transcritos, para finalmente intentar una aproximación a las lecturas actuales31. Un aspecto central de este recorrido consiste en que el autor de esta inscripción fue el emperador romano Augusto, una figura valorada de manera diversa a los largo de la historia, por lo cual la inscripción que él redactara ha estado siempre relacionada con el interés, o la falta de este, que en distintas épocas se ha hecho de su autor.

El proceso del descubrimiento progresivo de la inscripción a partir del siglo XVI en Ancyra (Turquía), bajo condiciones muy adversas marcadas por el deterioro del templo y de la inscripción en él contenida, tuvo un momento decisivo en la segunda parte del siglo XIX, cuando Georges Perrot y Edmond Guillaume, encargados por Napoleón, hicieron una serie de dibujos del templo donde se encontraba RGDA. y realizaron una copia de esta. Sobre estos fragmentos copiados, Theodor Mommsem realizó la primera edición de este documento en el año 1865. Diecisiete años más tarde, los investigadores de la Academia de Berlín sacaron a la luz la totalidad del texto griego, y el propio Mommsem realizó la segunda edición (1883)32. Hacia mediados de la década de 1930 cuando la inscripción fue completamente recuperada, pudo contarse con un texto establecido para su trabajo33.

Una labor especialmente importante fue la edición a cargo de Jean Gagé en 1935 y que publicó la editorial Belles Lettres. Esta fue considerada por la casi totalidad de los comentaristas como la heredera, en cuanto calidad y seriedad en el trabajo, de la segunda edición de Mommsen. En sus más de doscientas páginas, se encuentra una introducción extensa de unas 60 páginas, la inscripción en sus versiones latina y griega, comentarios a cada una de sus párrafos, además de apéndices útiles. La crítica especializada34 otorga a esta edición un carácter fundacional en relación con todo lo posterior que se hará en el siglo XX.

Hacia fines de la década de 1930 tuvieron lugar dos hechos externos que incidieron en las formas de utilizar y comprender Res Gestae Divi Augusti. En 1938 el gobierno fascista italiano instaló una copia de la inscripción en la base del podio que sostenía el recién excavado Altar de la Paz (Ara Pacis)35. Quedaban así unidas por primera vez dos piezas que originalmente habían nacido separadas, pero que el mencionado régimen puso en relación por cuanto representaban aquellos valores de la romanidad que se reivindicaban como sustento del régimen de Mussolini y de la proclamada nueva época que se estaría iniciando para el pueblo italiano. Esta actividad tuvo lugar en un contexto más amplio de recuperación y apropiación del gobierno de la experiencia romana antigua36. Como veremos en breve, esta situación marcó la lectura –o la no lectura– de RGDA. por varias décadas, pero antes debemos decir que hasta el día de hoy el Altar de la Paz y la inscripción augustea comparten un mismo espacio.


Ara Pacis Augustae (Altar de la Paz Augusta) fue levantado por indicación del Senado romano con motivo del retorno del Emperador desde Hispania y Las Galias en el año 13 a. C. Inaugurado tres años después, fue una de las construcciones en las que se expresaron con mayor fuerza y claridad las ideas del régimen. Los otros dos fueron el Mausoleo y el Foro de Augusto.

Un año después, en 1939, pero en Oxford, comenzó a circular el libro The Roman Revolution de Ronald Syme, una obra que revolucionaba lo que había sido hasta entonces el tratamiento del gobierno del emperador Augusto y del régimen imperial que estableciera37. La importancia de esta obra radicó en la visión según la cual el programa y la obra de Augusto había sido el resultado de la acción de un partido –una parte o un sindicato, según el término que usó Syme– que pudo ponerse a la cabeza del imperio mediante una serie de acciones militares y políticas combinadas; a partir de este punto se transitó hacia un aceptación general que se fue produciendo a través del extenso gobierno de más de cuarenta años. A lo largo de este tiempo doblegó a los sectores sociales que habían gobernado Roma con anterioridad e impuso un sistema nuevo, aunque explicara esta novedad en un contexto de restauración del sistema republicano y de los valores antiguos de Roma. Pero, y tal como el título del libro lo indica, habría primado la revolución por sobre la restauración, voceada por la publicidad imperial y aceptada generalmente por la historiografía hasta ese momento.

La obra de Syme implicó dos aspectos más: fue la primera que, dedicada a la historia romana y referida al emperador Augusto, revisó de manera crítica a la figura de un emperador que había gozado de un crédito ilimitado por parte de la historiografía38, insistiendo en el divorcio entre acción y discurso político. En este punto, el texto de Syme participó de manera profunda de la desconfianza que empezaba a generalizarse durante el período de entreguerras mundiales en relación con las intenciones y acciones del poder político y de las élites gobernantes. La segunda consistió en que Roman Revolution fue entendida por algunos críticos influyentes –Hugh Last y Arnoldo Momigliano, entre otros– como un libro anti fascista, lo que marcó la circulación y comprensión de esta obra por varias décadas. Esta lectura ha empezado a ser superada en los años recientes.

La utilización de RGDA. durante el fascismo, así como la desconfianza ante los discursos del poder propuesta por Syme y que sería compartida por una parte significativa de la historiografía posterior, determinaron que en el período de posguerra, la inscripción fuese objeto de escasa atención. En 1967, P. A. Brunt y J. M. Moore publicaron una edición comentada que contiene una breve introducción, el texto latino, su traducción y un cuerpo de comentarios suscintos. Esta edición gozó de mucha aceptación y fue consulta obligada hasta la aparición de la edición de Alison Cooley (2009). En Italia, en el año 1982, apareció luego de una larga sequía al respecto, una pequeña edición a cargo de Luca Canali con texto latino y traducción al italiano, acompañada de breves comentarios. Su aparición fue considerada muy significativa por el vacío que venía a llenar más que por los contenidos que aportaba sobre el tema.

En español RGDA. ha tenido algunas traducciones acompañadas, por lo general, de comentarios. Una primera edición correspondió a Antonio Magariños en 195139. En 1994 Juan Manuel Cortés publicó una muy completa e informada edición, traducción y comentario de Res Gestae Divi Augusti, recomendable desde todo punto de vista, especialmente por su Loci Paralleli, apartado en el que entrega las noticias que se encuentran en otras fuentes sobre los temas referidos por Augusto. En Chile la primera traducción y comentarios estuvo a cargo de Nicolás Cruz y se publicó en 1984. Cuatro años después, Raúl Buono Core publicó una nueva traducción del texto con comentarios40.

Entre los años 2007 y 2009 aparecieron dos ediciones que resultan de primera importancia: nos referimos a las ya mencionadas de John Scheid y a la de Alison Cooley. Ambas contienen la versión latina y griega de la inscripción más la traducción al francés y al inglés, respectivamente, una extensa y profunda introducción al tema, un completo cuerpo de comentarios y una extensa bibliografía. A estos elementos, se agrega el hecho de que se trata de ediciones que superan el tema de la relación RGDA. - fascismo, que de una u otra forma marcó las últimas seis décadas, aunque Cooley cierra su prólogo con una referencia de cierta extensión al respecto, mientras que Scheid no menciona la situación. Lo interesante es que estas ediciones abren nuevas posibilidades de lectura, especialmente porque intentan encontrar un equilibrio adecuado entre los contenidos romanos de la inscripción y su reception en nuestros días.

La nueva edición del volumen X de la Cambridge Ancient History (“The Augustan Empire 43 b. C.- A.D. 69), publicado en 1996, aborda el tema de las lecturas del período realizadas en nuestros días. Parte constatando: “Probablemente sea cierto que no existe un período de la historia romana frente al que la visión de los investigadores modernos haya experimentado una transformación más radical en las últimas seis décadas”41. Los cambios no provendrían tanto de nuevos volúmenes de información como de una nueva valoración de aspectos a los que con anterioridad se les prestaba una atención menor y diferente42. Los ejemplos que se destacan corresponden al estudio de los restos materiales (edificios, objetos de arte, monedas, inscripciones, etc.); al estudio de los símbolos y mitos para la comprensión de los períodos históricos; y, finalmente, a la atención prestada a las creaciones literarias por cuanto resultan ser representativas del estado de la sociedad de su tiempo y tuvieron incidencia en la formulación de proyectos y procesos históricos (Virgilio y su Eneida han sido objetos de un intenso debate a este respecto). Los puntos destacados en la nueva edición del volumen de la Cambridge hacen referencias a aquellos aspectos que han sido modificados ‘desde adentro’ en este campo de estudios.

Estas ‘nuevas lecturas’ de nuestros días se relacionan también con otros dos aspectos que han tenido un fuerte desarrollo en las últimas décadas: el tema de la memoria, por una parte, y el de la tensión-distancia entre el discurso político y su plasmación en situaciones concretas de poder.

La memoria ha sido puesta como tema central por el estudio y la investigación de la neurociencia43. Una de las conclusiones alcanzadas hasta el momento señala que lo que nosotros llamamos memoria consiste en una última elaboración de los recuerdos a los que no podemos acceder, como si hubiesen quedado registrados de manera definitiva en el momento que tuvieron lugar, aunque hagamos el esfuerzo de reconstruirlos por medio de las varias huellas que podamos encontrar. A partir de esto, RGDA. sería un ejercicio que Augusto habría realizado en esta clave y conviene evaluarlo y comprenderlo en este contexto, más que como un texto histórico sometido al escrutinio de su veracidad o falsedad o veracidad de sus contenidos.

Lo anterior no implica la concesión del crédito a todo lo señalado en RGDA. Más bien habla de la necesidad de especificar con la mayor claridad que sea posible frente a qué tipo de información nos encontramos. El punto, tal como ya tuvimos oportunidad de señalar, se hace más complejo por cuanto se perdió la mayor parte de la información escrita en el período y, por lo tanto, estas memorias políticas del emperador han aumentado su importancia ante el vacío relativo existente. El problema de fondo es que nos faltan aquellas obras que nos habrían permitido contar con una base crítica para confrontar la visión llegada hasta nosotros. En suma, lo que debió haber sido un elemento más para reconstruir un tiempo, ha terminado por asumir un protagonismo inesperado. Pero esto no nos debe llevar a restarle valor a lo que son los recuerdos intencionados de quien fue actor central del proceso al cual hace referencia.

Un segundo aspecto que nos parece conveniente tener en cuenta radica en los análisis de las últimas décadas respecto a la tensión existente entre los discursos del poder y las intenciones manifiestas en sus actuaciones. Este fue uno de los grandes temas del pensamiento de la segunda mitad del siglo XX, el que se fue progresivamente alejando del estudio principalmente filológico de las fuentes para incorporar elementos provenientes de las ciencias sociales. Así, y retomando nuestro tema, a un primer período en que los historiadores concedieron el crédito a las afirmaciones de Augusto respecto de su gobierno del imperio (Mommsen inició y marco marcó este camino), ha seguido uno en que, con varios matices, el escrutinio ha buscado fijarse en la distancia entre lo hecho y lo dicho sobre ese quehacer.

Estos dos aspectos se encuentran en la presentación que hacemos aquí de la inscripción y han orientado muchos de los comentarios. Nuestro problema, y con el que los historiadores tropezamos muchas veces, es que podemos advertir con cierta claridad cómo cada una de las ediciones de RGDA. contienen mucho de la época en que fueron realizadas y cómo cada uno de los editores ‘conversaba’ con las ideas de su propio tiempo; pero esta lucidez disminuye cuando se trata del trabajo propio y de la manera en que una determinada visión del mundo actual –en caso de que lleguemos a tenerla alguna vez– orienta la aproximación. Por más difícil que resulte, parece indispensable intentar hacer un ejercicio que lleve al plano consciente la propuesta de lectura que se está realizando, pero también para intentar la comprensión de una período diferente y que es el que ha sido puesto bajo estudio.

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1Para la historia de la inscripción antes de la segunda edición de Theodore Mommsen en 1883, GUIZZI (1999), 18-23; una información muy completa y bien valorada por la casi totalidad de los analistas es la de Ridley (2003), pp. 3-24.

2COOLEY (2009) pp. 19-22.

3SCHEID (2007) Introduction, pp. XIV-XVII.

4BRUNT Y MOORE (1967), p. 2.

5Ibíd.

6Scheid y Cooley están en esta línea interpretativa.

7YAVETZ, 1984, p. 12; LEVICK, 2010, pp. 224-224.

8VEYNE (2009), desde todo punto de vista, uno de los textos más sugerentes sobre el tema de la memoria y el fasto imperial. El artículo está dedicado a la columna de Trajano pero contiene ideas generales muy interesantes, además de una serie de referencias a Augusto.

9Una descripción general de las fuentes para el estudio de Roma imperial, con interesantes referencias al período augusteo, se encuentra en WELLS (1984, pp. 33-52); JONES (1970, pp. 168-174) es informativo y claro.

10La primera publicada por esta editorial estuvo a cargo de Jean Gage y fue editada en 1935. En ella se reportaba el estado actual de la cuestión respecto de los tópicos que aquí se discuten.

11El punto ya había sido discutido por GUIZZI (1999, pp. 35-39). Este autor termina por descartar toda posibilidad de un ghost writer.

12SCHEID cita en “Introduction” (pp. XXVI y XXVII), las intervenciones que en este sentido hicieron W. Bowersock y Mary Beard en la discusión de St. Maul en 1998.

13En este sentido, ver RAMAGE (1987, p. 135).

14YAVETZ (1984, p. 12).

15ZANKER (1992) fue quien habló del “informe político del anciano Augusto” (p. 116), presentado en “la inscripción más monumental de los tiempos romanos” (GALINSKY, 2012); DYSON (2010): “…la última palabra sobre lo que había realizado durante su largo gobierno” (p. 155). Ya antes, SOUTHERN (1998): “Su narración retrospectiva en Res Gestae está fraseada de manera cuidadosa y su objetivo fue valorar de la manera más positiva posible aquello que ya había acaecido. Las intenciones y esperanzas que quedaron en la nada están ausentes…” (p. 139); ECK (2007): “…un retrato del príncipe como el miembro más sobresaliente del populus Romanus”

16El punto puede aclararse si tenemos en cuenta que la inscripción digitalizada en las formas actuales suma algo así como nueve páginas (Times New Roman, cuerpo 12). Otro elemento extemporáneo pero aclaratorio es que el género de memorias políticas a lo largo de la historia ha tendido a plasmarse en obras extensas, varias de las cuales supera un solo volumen.

17SCHEID, Introduction, (2007, p. LI). El autor realiza una interesante presentación y análisis de las diversas interpretaciones acerca del lenguaje y estudio literario de la inscripción durante los siglos XIX y XX. Con anterioridad se había ocupado del tema RAMAGE (1987, pp. 135-146).

18Suetonio “Augusto”, 86; Aulio Gelio Noches Áticas, XV.7.3. La traducción corresponde a Juan Manuel Cortés. Augusto fue autor de unas memorias inconclusas, de una biografía de Druso, de algunos epigramas y versos satíricos y de una tragedia Ayax (BICKEL (1987, p. 201).

19I,1 Annos undeviginti natus exercitum privato consilio et privata impensa comparavi, per quem rem publicam a dominatione factionis oppressam in libertatem vindicavi XXXIV,1 In consulatu sexto et septimo, po‹stquam bella civilia exstinxeram per consensum universorum potitus rerum omnium, rem publicam ex mea potestate in senatus populique Romani arbitrium transtuli

20El tema de la paz alcanzada, y luego mantenida durante el gobierno de Augusto, se vuelve a encontrar en XIII, 1, cuando señala que las puertas del Templo de Jano “que nuestros antepasados quisieron que se cerrase cuando en todo el Imperio romano hubiese paz…” fueron cerradas tres veces.

21BARRAZA, L. (2014). Su tesis formó parte del proyecto FONDECYT n° 1120036 (Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología, Chile) “La Construcción de la Memoria en los Inicios de la Roma Imperial”.

22TÁCITO, Anales, I,2.

23No resulta fácil hacerse una idea precisa del papel del Orden Ecuestre en el nuevo régimen imperial. Para este tema, pueden verse con provecho a JONES (2013, orig. 1970, pp. 136-140); NICOLET (1984, pp. 96-107) y LEVICK (2010, pp. 143-144).

24GUZMÁN, F. (2014). Su tesis formó parte del proyecto FONDECYT n° 1120036 (Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología, Chile): “La Construcción de la Memoria en los Inicios de la Roma Imperial”.

25SYME: (2010) “Es tan instructiva por lo que dice como por lo que omite” p. 640; BRUNT Y MOORE (1967, p. 3). En esta misma línea y con ejemplificación detallada, JONES (2013, pp. 59-61) y GUIZZI (1999. Pp. 56-57). Una opinión en sentido contrario, COOLEY (2010, p. 36).

26LEVICK (2010, p. 233).

27No compartimos la impresión de Alison Cooley en cuanto a que sí existe un pleno reconocimiento a la figura de Marco Agripa.

28ZANKER (1992, p. 102) y COOLEY, pp. 36-37). Una presentación interesante se encuentra en LEVICK (2010, p. 231).

29CANALI (1982, p. 11).

30COOLEY (2010, p. 39).

31El descubrimiento y transcripción progresiva de la inscripción ha sido narrada y explicada por RIDLEY (2003, pp. 3-24). Las breves referencias que hacemos aquí son deudoras de su completo y muy atractivo informe.

32The Monumentum Ancyranum. E. G. HARDY. Oxford, 1923.

33Ilustrativos y claros sobre este punto resultan ser RAMAGE (1987, 121-132), quien señala que el texto fue establecido de manera definitiva en un largo arco de tiempo que se extendió desde MOMMSEN (edición de 1883) y a través de la primera mitad del siglo XX, destacando las ediciones a cargo de D. M. ROBINSON (1926), W. M. RAMSAY Y A. VON PREMERSTEIN (1927), W. WEBER (1937) y E. MALCOVATI (1944). Durante este período tuvo importancia la edición, con un amplio cuerpo de comentarios históricos, realizada por JEAN GAGÉ, publicada por Belles Lettres en 1935. Interesantes noticias y comentarios a este respecto se encuentran también en SCHEID (2007, pp. LXXVIII-LXXXIV).

34Esta valoración de la edición de Gagé se encuentra en el comentario de FRANZ CUMONT aparecido en la Revué Belge de Philologie et Histoire, 1936, vol. 15, n° 1, pp. 178-179, así como también en el de L. A. CONSTANS (Journal des Savants, 1935, vol. 6, n° 6, pp. 276-277), quien destaca el vacío que había venido a llenar esta edición en Fran-cia donde solo se encontraba una antigua edición de 1886. Términos de reconocimiento similares expresó G. A. HARRER en The American Journal of Philology, vol. 58, n° 2, 1937, pp. 247-250. Por último, J. G. C. ANDERSON (Journal of Roman Studies, vol. 26, 1936, pp. 278-280) resalta la presentación del texto de acuerdo a su estado más reciente y por entregar un completo estado de la discusión.

35COOLEY (2009, p. 51).

36A este respecto, COOLEY (2009, pp. 51-55); STONE (1999, pp. 205-220); SANFUENTES (2013, pp. 249-261).

37CRUZ (2015, pp. 73-92).

38Los libros más representativos a este respecto en los años cercanos a la aparición del libro de Syme fueron los de HAMMOND (1933) y COOK, ADCOCK Y CHARLESWORTH (1934). Debe tenerse en cuenta que este último corresponde a la primera edición del volumen X de la Cambridge Ancient History y fue una obra de influencia enorme en lo que se refiere a la comprensión del surgimiento del régimen imperial romano.

39Entre las traducciones al español cabe consignar a ALVAR, A.: Las Res Gestae Diui Augusti. Introducción, texto latino y traducción, Cuadernos de Prehistoria y Arqueología 7-8, 1981-1982, pp. 109-140; y FATAS, G., Y MARTÍN-BUENO, M.: Res Gestae Diui Augusti, Universidad Popular, Zaragoza, 1990. Ambos fueron profesores de Juan Manuel Cortés y lo impulsaron para que llevara adelante su edición del año 1994.

40CRUZ (1984, pp. 63-112); BUONO CORE (1988, pp. 149-165).

41BOWMAN, CHAMPLIN Y LINTOTT (1996, Preface, p. XIX).

42CROOK (1996, pp. 71-73) en BOWMAN, CHAMPLIN Y LINTOTT.

43HUSTVEDT (2013), pp. 111-134; COETZEE Y KURTZ (2015).

La Inscripción

Rerum gestarum divi Augusti, quibus orbem terra‹rum› imperio populi Rom‹a›ni subiecit, et inpensarum, quas in rem publicam populumque Romanum fecit, incisarum in duabus aheneis pilis, quae su‹n›t Romae positae exemplar sub‹i›ectum.

De las obras del divino Augusto con las cuales sometió todas las tierras del orbe al Imperio romano, y de los gastos que hizo a favor de la República y el pueblo romano. He aquí reproducida una copia del original inscrita en dos columnas de bronce levantadas en Roma.

‹I›

Annos undeviginti natus exercitum privato consilio et privata impensa comparavi, per quem rem publicam a dominatione factionis oppressam in libertatem vindicavi. eo ‹nomi›ne senatus decretis honorif‹i›cis in ordinem suum m‹e adlegit C. Pansa et A. Hirti›o consulibus con‹sula›rem locum s‹ententiae dicendae tribuens et i›mperium mihi dedit. res publica n‹e quid detrimenti caperet›, me pro praetore simul cum consulibus pro‹videre iussit. p›opulus autem eodem anno me consulem, cum ‹consul uterqu›e in bel‹lo ceci›disset, et triumvirum rei publicae constituend‹ae creavit›.

I.1 A los diecinueve años alisté un ejército por decisión personal y financiado por mí con el cual devolví la libertad a la República oprimida por el dominio de una facción.

I.2 Por esto el Senado, con decretos honrosos, me unió a su Orden bajo el consulado de C. Pansa y A. Hirtio, y se me permitió expresar mi opinión entre los cónsules y se me concedió el imperio.

I.3 Dispuso que yo, en condición de propretor, junto con los cónsules, velara por que la República no sufriese daño alguno.

I.4 Ese mismo año el Pueblo, ya que los dos cónsules habían caído en la guerra, me nombró cónsul y triunviro para ordenar la República.

‹II›

Qui parentem meum ‹trucidaver›un‹t, eo›s in exilium expuli iudiciis legitimis ultus eorum ‹fa›cin‹us e›t postea bellum inferentis rei publicae vici b‹is a›cie.

II.1 Mandé al exilio a los que asesinaron a mi padre y con juicio justo castigué su crimen. Luego, cuando hicieron guerra a la República, los vencí dos veces.

‹III›

‹B›ella terra et mari c‹ivilia ex›ternaque toto in orbe terrarum s‹aepe gessi› victorque omnibus v‹eniam petentib›us civibus peperci. exte‹rnas› gentes, quibus tuto ‹ignosci pot›ui‹t, co›nservare quam excidere ma‹lui›. millia civium Roma‹no›rum ‹sub› sacramento meo fuerunt circiter ‹quingen›ta. ex quibus dedu‹xi in coloni›as aut remisi in municipia sua stipen‹dis emeri›tis millia aliquant‹o plura qu›am trecenta, et iis omnibus agros a‹dsignavi› aut pecuniam pro p‹raemis mil›itiae dedi. naves cepi sescen‹tas praete›r eas, si quae minore‹s quam trir›emes fuerunt.

III.1 Frecuentemente combatí, en tierra y mar, guerras civiles y externas en todo el orbe, y victorioso perdoné a todos los ciudadanos que pidieron el perdón.

III.2 Preferí conservar en vez de destruir a los pueblos extranjeros que podían ser perdonados con seguridad.

III.3 De los ciudadanos romanos, fueron cerca de quinientos mil los que me prestaron juramento. Algo más de trescientos mil veteranos ubiqué en colonias o devolví a su lugar de origen, y a todos asigné tierras o les di los premios por labores militares.

III.4 Capturé seiscientas naves, sin contar las más pequeñas que los trirremes.

‹IV›

‹Bis› ovans triumphavi et tri‹s egi› curulis triumphos et appella‹tus sum v›iciens et semel imperator, ‹decernente plu›ris triumphos mihi senatu, qu‹ibus omnibus su›persedi. l‹aurum de f›asc‹i›bus deposui in Capi‹tolio votis, quae› quoque bello nuncupaveram, ‹sol›utis. ob res a ‹me aut per legatos› meos auspicis meis terra ma‹riqu›e pr‹o›spere gestas qui‹nquagiens et q›uinquiens decrevit senatus supp‹lic›andum esse dis immortalibus. dies a‹utem, pe›r quos ex senatus consulto ‹s›upplicatum est, fuere DC‹CCLXXXX. in triumphis meis› ducti sunt ante currum meum reges aut r‹eg›um lib‹eri novem. consul f›ueram terdeciens, cum ‹scribeb›a‹m› haec, ‹et eram se›p‹timum et tricen‹simu›m tribuniciae potestatis.

IV.1 Dos veces recibí la ovación y celebré tres veces el triunfo curul, y fui aclamado veintiuna veces emperador, aunque el Senado decretó en mi favor otros triunfos más, que decliné. Deposité los fasces de laurel en el Capitolio, cumpliendo los votos que hice en cada una de las guerras.

IV.2 Cincuenta y cinco veces el Senado decretó rogativas a los dioses inmortales por las felices empresas cumplidas en tierra o mar por mí o mis legados bajo mis auspicios. Alcanzaron a ochocientos noventa los días en los cuales, por decreto del Senado, fueron pronunciadas oraciones.

IV.3 En mis triunfos fueron conducidos delante de mi carro nueve reyes o hijos de reyes.

IV.4 Cuando escribo estas memorias he sido cónsul trece veces y desempeño por trigésima séptima vez la Tribunicia Potestad.

‹V›

‹Dic›tat‹ura›m et absent‹i e›t praesent‹i mihi delatam et a popu›lo et a se‹na›tu ‹M. Marce›llo e‹t› L. Arruntio ‹cos.› non rec‹epi. non sum› depreca‹tus› in s‹umma f›rum‹enti p›enuria curatio‹n›em an‹non›ae ‹qu›am ita ad‹min›ist‹ravi, ut intra› die‹s› paucos metu et periclo p‹r›aesenti civitatem univ‹ersam liberarim impensa› et cura mea. consul‹atum› quoqu‹e› tum annuum e‹t perpetuum mihi› dela‹tum non recepi›.

V.1 No acepté la dictadura que me ofreció el Pueblo y el Senado mientras estuve ausente o presente en la ciudad, bajo el consulado de M. Marcelo y L. Arruntio.

V.2 No rechacé el encargarme del aprovisionamiento de grano en momento de la gran escasez de este; administré las cosas de tal manera de liberar en pocos días a la ciudad entera del peligro y el temor gracias a mis gastos y preocupaciones.

V.3 No acepté el consulado anual y perpetuo que se me ofreció.

‹VI›

‹Consulibus M. Vinicio et Q. Lucretio› et postea P. Lentulo et Cn. L‹entulo et tertium Paullo Fabio Maximo et Q. Tuberone senatu populoq›u‹e Romano consentientibus› ut cu‹rator legum et morum summa potestate solus crearer, nullum magistratum contra morem maiorum delatum recepi. quae tum per me geri senatus› v‹o›luit, per trib‹un›ici‹a›m p‹otestatem perfeci, cuius potes›tatis conlegam et ‹ips›e ultro ‹quinquiens a sena›tu ‹de›poposci et accepi.

VI.1 Bajo el consulado de Marco Vinicio y Quinto Lucrecio, y luego bajo el de Publio Léntulo y Cneo Léntulo, y por tercera vez bajo Paulo Fabio Máximo y Quinto Tuberón, el Senado y el Pueblo romano quisieron designarme único y todopoderoso superintendente de las leyes y las costumbres, pero yo no acepté ninguna magistratura contraria a las costumbres de nuestros antepasados.

VI.2 Y aquellos actos que el Senado quiso que entonces fuesen realizados por mí, los llevé a cabo sobre la base de la Tribunicia Potestad, en la cual por cinco veces, de forma espontánea, solicité y obtuve un colega.

‹VII›

‹Tri›umv‹i›rum rei pu‹blicae c›on‹s›ti‹tuendae fui per continuos an›nos ‹decem. p›rinceps s‹enatus fui usque ad e›um d‹iem, quo scrip›seram ‹haec, per annos› quadra‹ginta. pon›tifex ‹maximus, augur, quindecimvir›um sacris fac‹iundis, septemvirum ep›ulon‹um, frater arvalis, sodalis Titius›, fetialis fui.

VII.1 He sido triunviro para la ordenación de la República por diez años seguidos.

VII.2 He sido princeps del Senado por cuarenta años hasta el momento en que escribo estas memorias.

VII.3 He sido pontífice máximo, augur, parte de los quince hombres encargados de los ritos sacros, parte de los siete hombres epulones. También he pertenecido a los Hermanos Arvales y a los Titios, y asimismo he desempeñado el cargo de heraldo fecial.

‹VIII›

Patriciorum numerum auxi consul quintum iussu populi et senatus. senatum ter legi. et in consulatu sexto censum populi conlega M. Agrippa egi. lustrum post annum alterum et quadragensimum fec‹i›. quo lustro civium Romanorum censa sunt capita quadragiens centum millia et sexag‹i›nta tria millia. tum ‹iteru›m consulari cum imperio lustrum ‹s›olus feci C. Censorin‹o et C.› Asinio cos., quo lustro censa sunt civium Romanorum ‹capita› quadragiens centum millia et ducenta triginta tria m‹illia. et te›r›tium consulari cum imperio lustrum conlega Tib. Cae‹sare filio› m‹eo feci› Sex. Pompeio et Sex. Appuleio cos., quo lustro ce‹nsa sunt› civ‹ium Ro›manorum capitum quadragiens centum mill‹ia et n›onge‹nta tr›iginta et septem millia. legibus novi‹s› m‹e auctore l›atis m‹ulta e›xempla maiorum exolescentia iam ex nostro ‹saecul›o red‹uxi et ipse› multarum rer‹um exe›mpla imitanda pos‹teris tradidi›.

VIII.1 Siendo cónsul por la quinta vez, por voluntad del Pueblo y del Senado aumenté el número de los patricios.

VIII.2 Tres veces depuré el Senado, y en el sexto consulado, teniendo como colega a Marco Agripa, hice el censo de la población. Celebré la ceremonia lustral después de cuarenta y dos años y en esta ocasión fueron registrados cuatro millones sesenta y tres mil ciudadanos romanos.

VIII.3 Por segunda vez hice la ceremonia lustral, revestido del poder consular con imperio único, bajo el consulado de C. Censorino y C. Asinio, y en este censo fueron registrados cuatro millones doscientos treinta y tres mil ciudadanos romanos.

VIII.4 Y por la tercera vez, investido del poder consular con imperio, teniendo como colega a mi hijo Tiberio César, realicé la ceremonia lustral bajo el consulado de Sexto Pompeyo y de Sexto Apuleyo, y en esta ocasión fueron registrados cuatro millones novecientos treinta y siete mil ciudadanos.

VIII.5 Con nuevas leyes, promulgadas a propuesta mía, restablecí costumbres antiguas y yo mismo transmití a las generaciones futuras muchas costumbres dignas de imitar.

‹IX›

Vota p‹ro salute mea susc›ipi p‹er cons›ules et sacerdotes qu‹in›to qu‹oque anno decrevit senatus. ex iis› votis s‹ae›pe fecerunt vivo m‹e ludos aliquotiens sacerdotu›m quattuor amplissima conle‹gia, aliquotiens consules. pr›iva‹ti›m etiam et municipatim univer‹si cives unanimite›r con‹tinente›r apud omnia pulvinaria pro vale‹tu›din‹e mea s›upp‹licaverunt›.

IX.l El Senado decretó que cada cuatro años los cónsules y los sacerdotes hiciesen votos por mi salud. Para celebrar estos votos se celebraron frecuentemente juegos en vida mía, algunas veces los realizaron los cuatro más venerados colegios de sacerdotes y otras veces los cónsules.

IX.2 Y también en privado, así como por municipios, todos los ciudadanos, en forma unánime, y constantemente, ofrecieron oraciones en los altares por mi salud en todas las fiestas públicas.

‹X›

Nom‹en me›um ‹sena›tus c‹onsulto inc›lusum est in Saliare carmen et sacrosanctu‹s in perp›etum ‹ut essem et, q›uoad viverem, tribunicia potestas mihi ‹esset, per lege›m s‹anctum est. pontif›ex maximus ne fierem in vivi ‹c›onle‹gae mei l›ocum, ‹populo id sace›rdotium deferente mihi, quod pater meu‹s habuer›at, r‹ecusavi. qu›od sacerdotium aliquod post annos eo mor‹t›uo q‹ui civilis tu›m‹ult›u‹s o›ccasione occupaverat, cuncta ex Italia ‹ad comitia mea› confluen‹te mu›ltitudine, quanta Romae nun‹q›uam ‹narratur ad i›d temp‹us fuisse›, recep‹i› P. Sulpicio C. Valgio consulibu‹s›.

X.1 Por decreto del Senado mi nombre fue incluido en el Canto Saliar, y fue sancionado por la ley que mi persona fuese inviolable y que tuviese la Tribunicia Potestad de por vida.

X.2 Rechacé convertirme en Pontífice Máximo en el puesto de un colega todavía vivo cuando el pueblo me ofreció ese sacerdocio que ya había tenido mi padre. Después de algunos años, muerto aquel que lo había ejercido con ocasión de las guerras civiles, acepté ese sacerdocio bajo el consulado de Publio Sulpicio y de Cayo Valgio, y confluyó para mi elección desde toda Italia una multitud tal que, según se dice, nunca se había visto en Roma antes de este tiempo.

‹XI›

Aram ‹Fortunae› R‹educis a›nte aedes Honoris et Virtutis ad portam Cap‹enam pro› red‹itu me›o senatus consacravit, in qua ponti‹fices et› vir‹gines Ve›stal‹es anni›versarium sacrificium facere ‹iussit eo› di‹e, quo co›nsul‹ibus Q. Luc›retio et ‹M. Vi›nic‹i›o in urbem ex ‹Syria redieram, et diem Augustali›a ex ‹c›o‹gnomine› nos‹t›ro appellavit.

XI.l El Senado, con motivo de mi regreso, consagró el altar de la Fortuna Redux delante de los templos del Honor y de la Virtud en la Puerta Capena, y dispuso que en él los pontífices y las vírgenes vestales sacrificasen anualmente el día en el cual, bajo el consulado de Q. Lucrecio y M. Vinicio, regresé a la ciudad desde Siria, y llamó ese día Augustalia en recuerdo de mi nombre.

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