Kitabı oxu: «La luz oscura»

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© LOM ediciones Primera edición, 2013 ISBN IMPRESO: 9789560004079 ISBN DIGITAL: 978-956-00-1311-8 RPI: 224.980 Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 688 52 73 | Fax: (56-2) 696 63 88 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile

A mis mujeres: Catalina, Julieta y Josefina

1

Sentí como si una grieta me estuviese abriendo la cabeza. Apareció junto con la luz del sol la grieta. Bajé a la cocina por un poco de jugo. La sala parecía un campo de batalla: vasos a medio llenar, botellas, latas, colillas, el parquet cubierto por una capa de suciedad pegajosa (mezcla compacta de ceniza, piscola y cerveza) y un olor nauseabundo a humo condensado con alcohol. Mi hogar.

Mi madre me había invitado a almorzar. Al llegar a su casa, me tomé una aspirina y un litro de jugo de naranja. Jaume, su nuevo marido, que vendría siendo mi padrastro, me preguntó si estaba enfermo. Hice un gesto con mi mano derecha, llevándomela a la boca con el pulgar y el meñique extendidos. Resaca, solo resaca, quise decirle, pero me limité a hacer el gesto. Faltaban quince días para que Jaume se llevara a mi madre a vivir con él a Barcelona. Si se hubiese ido un par de años antes, probablemente la habría acompañado, pero por primera vez mi vida gozaba de cierta estabilidad y no estaba dispuesto a arriesgarla con un nuevo exilio, aunque el precio fuese nuestra separación.

“Matías, te vengo diciendo hace semanas que tienes que llevarte tus cosas. Estoy como loca, embalando todo, y necesito que te las lleves. Si no, te juro que las voy a botar”. Una de las ocupaciones favoritas de mi madre: recordarme mis pendientes durante el almuerzo. Pero aprendí a tomarme sus retos con cariño; al menos se preocupaba por mí.

Almorzábamos los tres arroz con pescado, en un silencio interrumpido solo por Jaume, que trataba de convencerme para que viera con él el debut de Argentina en el Mundial, ante Costa de Marfil. Jaume era catalán, pero en el Mundial iba por Argentina. Mi madre se quedó en silencio, mordiéndose los labios para no decir “de nuevo la misma tontera del fútbol; parece que los hombres no son capaces de comunicarse en otro idioma que no sea el de la pelotita”, callándose solo para darle una oportunidad a su marido de acercarse a mí, aunque fuera a través de la pelota. Una parte de mí quería ver el partido con él. Esa parte le reconocía haber hecho feliz a mi madre (lo que mi padre nunca pudo conseguir del todo). Pero también se la llevaba lejos y me dejaba solo, con mis amigos como extravagante familia adoptiva.

Me mantuve unos instantes en silencio, demorándome un poco más de lo necesario en separar las espinas del pescado. Era una de las últimas posibilidades de establecer una comunicación, que se haría mucho más difícil cuando estuviesen en Barcelona. Pero una vez que instalaba una distancia, me resultaba difícil salvarla. “Tengo que trabajar”, mentí.

Lo que mi madre llamaba “mis cosas” eran unas cajas medio podridas que estaban guardadas en el ático. La casa tenía dos pisos y se entraba al ático por una pequeña puerta que se dibujaba en el techo del pasillo al que daban las habitaciones. Subí por la estrecha escalera de mano que se desplegaba cuando uno abría la puerta. Lo primero que hice ahí arriba fue golpearme la cabeza contra el techo. Creo que me salieron unas lágrimas (la grieta había disminuido, pero el golpe en la cabeza la hizo reaparecer). Encendí la luz, lo que debería haber hecho antes, y tuve ante mis ojos montones de cajas de distintos tamaños, sillas viejas, maletas, una impresora destartalada, la máquina de escribir de mi padre, bolsas de basura, una pequeña mesa de taca–taca tan desteñida que apenas se notaban los jugadores blancos y azules, una lámpara rota, además de otros objetos que se iban perdiendo en las sombras a medida que la iluminación cedía en su intensidad. Tenía mucho trabajo pendiente mi madre. Conociendo su preocupación por el orden y la limpieza, me extrañó que lo tuviese tan abandonado. Tal vez el polvo que se levantaba al husmear en los trastos viejos la disuadía de la idea de subir; el mismo polvo cuyas partículas me revelaba la tenue luz de la ampolleta. Estornudé y sentí en mi frente la suave y pegajosa textura de una telaraña.

Quería salir de ahí cuanto antes, pero sabía que mi madre estaría abajo, esperando a que terminara de una vez. ¿Cómo iba a reconocer mis cosas en ese desorden? Estuve un rato buscando hasta que encontré una caja azul de plástico donde estaba mi colección de revistas Triunfo (tenía casi todos los números desde el año 91 al 97). Tuve la tentación de ojearlas, pero sabía que si empezaba me quedaría toda la tarde ahí y acabaría asfixiándome con el polvo. También encontré dos cajas con los materiales que había ocupado para estudiar mi examen de grado; su destino estaba decidido de antemano: la hoguera. Y había otra que decía “Matías” con un plumón negro. Adentro estaba mi traje del Hombre Araña, una pelota desinflada, el Halcón Milenario, un ejemplar de Viaje al centro de la Tierra, varios casetes (me fijé en el de los Rolling Stones, que tenía que escuchar con audífonos), algunos posters: de Patricio Reyes con la camiseta de la selección, del Superman Vargas y del Matador Salas, y también un palafito en miniatura que me traje de Chiloé y un gorro de alpaca que había comprado con Francisca en el Valle del Elqui. La cerré.

Cuando llegué a la segunda parte de lo que mi madre llamaba “mis cosas”, me detuve. La tarea encomendada por ella había rebasado el verbo ordenar y comenzaba a transformarse en algo mucho más peligroso: recordar. Volví a sentir ganas de abrir la caja azul y refugiarme en las revistas Triunfo. Esa segunda parte eran cinco cajas con las cosas de mi padre: lo poco que había quedado en su departamento semivacío cuando murió. Su herencia. A su muerte, mandé a mi madre al departamento a recogerlas porque yo no tenía el ánimo para hacerlo. Ella había traído las cajas, dejándolas en esa esquina del ático, donde, cinco años después, mis ojos las volvían a encontrar. Antes no había tenido el valor para abrirlas. O tal vez, inconscientemente, quise olvidarlas y dejarlas selladas para siempre. Me quedé contemplándolas por un instante. En cada una de ellas estaba escrito su nombre (Ramón) en color azul. No me las podía llevar todas, estaba obligado a revisarlas. Me dije que probablemente encontraría solo basura y papeles viejos. Pero era una forma de revivirlo, de poner a prueba esa precaria estabilidad que creía haber logrado. El sonido de la tela adhesiva desprendiéndose del cartón hizo que aumentara mi ansiedad.

La primera caja contenía materiales de sus clases de castellano; la segunda, también. Decidí botarlas. En la tercera caja encontré unos ejemplares de la novela que había escrito mi padre, pero que no alcanzó a publicar. Se llamaba Desmalezando. La había leído siete años atrás, cuando tenía diecinueve. Su recuerdo se había vuelto borroso. Era sobre un jardinero que llegaba desde Rengo a trabajar en las casas de los ricos; lo trataban de usted y lo miraban en menos. Ya llevaba dos o tres años trabajando cuando se acostó con la hija de uno de sus patrones (era bien caliente la hija). No me acordaba bien si fue solo una vez o si estuvieron acostándose durante un tiempo, pero la cosa es que el patrón los descubrió. Del resto no recordaba mucho, al parecer venía la furia del patrón y sus amigos contra el jardinero (me acordaba de su imagen, amarrado a una silla, con el rostro ensangrentado). Y tal vez una venganza posterior del jardinero, pero la parte final la tenía muy confusa; de hecho, casi la había olvidado; incluso cabía la posibilidad de que su venganza hubiese terminado en un completo fracaso. En esa época no la había encontrado muy buena; quizás la leí muy rápido. Me prometí leerla de nuevo cuando tuviera tiempo.

La cuarta caja estaba llena de libros viejos. Hice una rápida selección: me quedé con Hemingway, González Vera, Marín, Arlt, Droguett, Céline y Onetti, y también Estrella distante y Conversación en la catedral (se la había regalado yo). El resto (novelas desconocidas, amarillentas, en su mayor parte militantes, que seguramente no pudo vender antes de su muerte) decidí botarlas. La quinta caja tenía un poco de todo: un contrato de arriendo, copias de los títulos de la casa de mi madre, facturas del hospital, algunos exámenes y sus videos de Cantinflas. Era, en su mayor parte, basura. Pero me llamaron la atención unas hojas sueltas, de cuaderno (cuadriculadas), escritas a mano (una letra pequeña y alargada: la letra de mi padre). No tenía título, solo la fecha anotada en la parte superior: 4 de diciembre de 1994. El orden de los cachureos del ático, al que me había obligado mi madre, comenzaba a escapárseme de las manos. Tuve la tentación de apoyar mi espalda en la pared, justo debajo de la tenue luz de la ampolleta, y detenerme a leer las hojas cuadriculadas, pero me contuve. Su aparición era inesperada y la letra de mi padre, como él, no era fácil de entender. Preferí leerlas con calma en un lugar donde no me terminaran doliendo los ojos.

Mi madre me preguntó si había encontrado algo interesante. “Algunos recuerdos de cuando era chico, como mi traje de Hombre Araña”, le contesté. “Te veías precioso”. Traté de sonreír y metí las cajas al auto. Me demoré cinco minutos desde Hamburgo con Simón Bolívar (la casa de mi madre) hasta Antonio Varas con Eliodoro Yáñez (mi casa).

Bajé solo la caja con las cosas de mi padre. Abrí la puerta y recordé el partido de Argentina con Costa de Marfil. Dejé la caja junto a la escalera. Un olor a marihuana encerrada me golpeó las narices. Mis amigos sonrieron. Carlos y Tísico, con quienes compartía la casa, estaban sentados en un sillón que alguna vez fue blanco y que nos había regalado una tía de Tísico. Echado sobre el bergère negro estaba Roberto, que se pasaba en nuestra casa varios días a la semana. Yo era el nexo entre los tres: a Carlos y Roberto los conocía desde la época del colegio, mientras que Tísico fue compañero mío en la Facultad de Derecho y se había terminado haciendo amigo de los otros dos de tanto que se juntaban conmigo. Todos miraban hacia la pared, donde se veía la imagen del partido gracias a un proyector que habíamos comprado en mil cuotas mensuales, especialmente para ver el Mundial. Un saco de dormir abierto, colgado a lo largo de la ventana, a modo de cortina impenetrable, se encargaba de tapar la luz para proyectar en la pared una imagen más nítida. Junto al living estaba el comedor, compuesto por una mesa redonda y cuatro sillas con ruedas, todas negras, que antes habían pertenecido a una sala de reuniones de la oficina donde trabajaba el padre de Carlos. Argentina ganaba uno a cero, según me dijeron, con el típico gol de Crespo: agarrando un rebote en el área chica. Me invitaron a verlo con ellos. Yo quería subir la caja a mi habitación para leer las hojas cuadriculadas con calma, pero la idea de olvidarme de todo por un rato viendo el partido con mis amigos terminó por convencerme, y me senté junto a Carlos y Tísico en el sillón que alguna vez fue blanco. Roberto me preguntó si quería fumar. Le dije que no. Poco después vino el segundo gol de Argentina, de Saviola, tras gran pase de Riquelme, pero a medida que pasaban los minutos, no dejaba de pensar en las hojas cuadriculadas con la letra de mi padre. El segundo tiempo lo vi completamente desconcentrado.

Apenas terminó el partido, tomé la caja y subí casi corriendo las escaleras. Me encerré en mi habitación, encendí la luz y comencé a leer.

* * *

Estoy en la fila y no me siento capaz de entrar. Lo veo a lo lejos, esa mole maldita. Hay más de treinta grados y muchos andan con el torso desnudo. Tengo frío. Siento ganas de volver a mi casa, a encerrarme y encender el televisor, pero estoy con Matías. Es el partido más importante de su vida. No le puedo hacer esto; no me puedo hacer esto. Subo las escaleras lentamente, hacia el interior, conteniendo la respiración, y solo abro los ojos para no tropezarme con los escalones. Estamos en la escotilla. Escucho un grito, cualquier grito, y mis piernas se doblan y siento que voy a caer. Tengo que detenerme; me apoyo en una baranda de metal. Matías me pregunta si estoy bien. Que sí, que un poco cansado por lo de la fila y todo, pero que sigamos, que salgamos a las gradas de una vez. Hago lo posible para que la angustia no se note en el tono de mi voz.

El estadio está casi lleno. Matías hizo una fila de ocho horas, durante la semana, para comprar dos entradas en Tribuna Andes. Todavía falta subir las escaleras de cemento, con el sol a nuestras espaldas, para llegar a lo más alto. Mis pies pesan como si llevaran cadenas. No me atrevo a girar mi cuerpo y mirar hacia las galerías, hacia la cancha, hacia el estadio en su conjunto. Me concentro en las escaleras, en llegar al final de las gradas, a esos pequeños claros donde todavía queda un poco de espacio. Nos sentamos en la penúltima fila.

Me veo obligado a observar: el espectáculo es abrumador. Hay sesenta mil hinchas de la U y unos veinte mil de la Católica. Todos gritan y despiertan los gritos dentro de mi cabeza. Las graderías están repletas, incluso hay muchos sentados en las escaleras, pero enseguida las veo con menos gente, tal vez unas cinco mil personas, pero no son espectadores, al menos no como estos; somos nosotros, espectadores recíprocos de nuestra propia tragedia. Trato de sacudirme. “Ya terminó, ya terminó”, me repito una y otra vez. Miles de gargantas entonan las canciones de la U, pero no consiguen silenciar los gritos de esos que ocupaban sus lugares hace veinte años. El rostro del Leo Zucchi. ¡Cállense! ¡Déjenme tranquilo! ¡Dejen de gritar! Ya no sé si pienso en voz alta o callo, como he callado en todos estos años.

Matías lee la revista Triunfo; está concentrado en las estadísticas, solo espero que no se dé cuenta. Comimos en la casa, justo antes de partir, pero siento hambre, un hambre monstruosa, incontrolable, y veo ese asqueroso tazón de porotos duros con el que hay que saciarla durante todo el día. Vuelvo a sentirme débil, sediento, exhausto, el sueño no me deja pensar, nubla mis percepciones; el miedo, ahora solo queda el miedo. Veo soldados, algunos cabizbajos, avergonzados, y otros riendo, orgullosos. Y veo también sus fusiles. Y sus culatas. Y sus bototos. Creí haber recobrado mis sentidos, pero me equivoqué. Todavía los veo: los he despertado. Quiero volver a comer naranjas. Me cuesta respirar, el aire se me escapa, como un pez que ha mordido el anzuelo y se encuentra de golpe en la superficie… tal vez si como algo, o si se callan de una puta vez.

“Matías, por favor, baja y tráeme dos sándwiches de mechada”. “Qué rico, buena idea”. “Si quieres uno para ti, entonces trae tres, pero anda rápido”. Me mira extrañado, pero parte hacia abajo pidiendo permiso entre la gente que llegó un poco más tarde y tuvo que sentarse en las escaleras. Lo pierdo de vista y me siento un poco más tranquilo. Decido ponerme los anteojos oscuros para ocultar mis ojos. Pero no me atrevo a cerrarlos. Quiero que todo esto termine luego, pero es como si hubieran detenido el tiempo. Necesito comer. Ellos se alimentan de mi hambre. No sé cuánto tiempo pasa hasta que lo veo subir. Me como los dos sándwiches sin respirar, siento que me podría comer otros cinco. Matías deja de leer y se pone a hablar; su voz me despierta, me calma. “El que gane hoy tiene el campeonato asegurado. Creo que no podré soportarlo si perdemos. No podría volver al colegio”. “Es que ya son veinticinco años, Matías. Es mucho tiempo, imagínate que ya habían pasado diez cuando tú naciste. Es una carga muy pesada, que cuesta sacarse de encima”. “Al menos tú ya viste a la U campeona. Yo apenas puedo imaginármelo”.

Conversamos algunos minutos más, pero nos cuesta seguir hablando. Sigo sentado, con un cigarro en la mano, mirando el suelo, reviviendo la penumbra. Me he fumado más de una cajetilla. Matías canta “Volveremos otra vez a ser campeones como el Ballet”, pero su voz se pierde en el eco ininteligible, borroso, de las miles de voces que vuelven a ser apagadas por los gritos, por mis gritos. “Estoy cansado”, le digo a Matías, cuando me invita a pararme y cantar con él. “Que eres fome, papá”. Y de repente, un estruendo, una bomba, balazos. “¿¡Qué pasa!?”, grito, agachándome, aturdido por una ráfaga aterradora. Es la U que sale a la cancha: fuegos artificiales, petardos, una nube compacta de papel picado y extintores con humo azul y rojo que lo inundan todo. La amargura de su sabor contamina mi respiración.

Empieza el partido y trato de concentrarme. Pasan pocos minutos y veo la pelota en el aire, el arco vacío, el presagio de una tragedia a la que nos hemos terminado por acostumbrar como una fiera domesticada; y súbitamente aparece una pierna milagrosa para sacarla de la línea. Matías dice que fue Cristián Castañeda. Pero yo veo al Leo Zucchi, que me saluda desde la galería norte. Está muy flaco. Está débil. Todavía tiene veintisiete años. Parece que mañana me toca de nuevo, me dice con su voz grave, de animador de televisión. ¿Adónde te llevaron, Leo? Siento un codazo. “Nos salvamos”, dice Matías. Su sonrisa me conforta y me permite volver al partido. Al final del primer tiempo expulsan a Gorosito por doble amarilla. Matías me abraza. “Calma, que falta mucho todavía, ni siquiera hemos hecho un gol. Acuérdate que nos ganaron con nueve en la primera rueda”, le digo.

Lo mando a comprar otros sándwiches. Sigo con hambre. Intento al menos sacar a los recuerdos de aquí y llevarlos hacia el día en que me liberaron de este estadio maldito. Fue gracias a otro partido, el de Chile con los fantasmas de la Unión Soviética. Dos meses interminables. Había que desocupar el estadio, dar otra imagen al mundo. Cuánto desearía ser inocente, poder sentarme a mirar el partido como un hincha más, sin esos gritos, sin la voz del Leo Zucchi, que me sigue saludando desde la galería norte. Tengo que forzar una sonrisa porque veo a Matías, con los sándwiches en las manos, abriéndose paso entre la gente que ocupa la escalera. Me como los dos antes que comience el segundo tiempo.

El partido me importa, son veinticinco años. Tengo que silenciarlos. El presente, hay que vivir el presente. Pero los soldados siguen ahí. Matías me habla, me ayuda a callarlos. Tira la cuerda para subirme desde el fondo del pozo; hacia el partido, hacia la cancha. Son veinticinco años. Treinta minutos de búsqueda frenética del gol. Me involucro. El cero a cero me sabe amargo y frustrante, pero como hincha de la U, ya estoy acostumbrado. “Huevón, mira”, escucho la voz del Leo Zucchi. La pelota cae en el área, sobre el corazón de Salas. Los soldados desaparecen y también el Leo Zucchi. Me estremezco, como si mi cuerpo muerto recién hubiese cobrado vida. Y Salas lo hace, los ahuyenta con su zurda mágica. Espero un instante para ver si es otro sueño traicionero, pero no, es de verdad. El grito nace de mis entrañas, el más fuerte que he dado en mi vida. Matías salta sobre mí. Caemos los dos al suelo de cemento, abrazados, y otros hinchas desconocidos se lanzan sobre nosotros, y el pecho se me desgarra de tanto gritar, pero lo sigo haciendo, y veo sus ojos húmedos (como los míos, creo que lloro).

El resto del partido transcurre lentamente. Soy el que tiene el reloj: otra razón para mantenerme concentrado. Matías y los hinchas vecinos me preguntan la hora cada treinta segundos. Todos cantan, algunos lloran, y yo no sé si canto.

2

–Ya, huevón, tengo dos minutos para explicarte lo del aumento de capital y necesito que esté listo asap, así que concéntrate –mi jefe me hablaba sin mirarme, mientras revisaba los correos en su Blackberry, a pesar de tener el computador al frente. Yo lo miré con los ojos nublados de los últimos días y me dispuse a anotar en mi cuaderno–. ¿Te acuerdas de Inversiones Cóndor S.A., que constituimos el año pasado? –no me dio tiempo para responder–. Van a ingresar a la sociedad dos nuevos accionistas: un gringo y un brasileño, uno aporta plata y el otro capitaliza un préstamo. Necesito que hagas un pacto y la junta de accionistas –mi lápiz dibujaba unas letras ininteligibles en el cuaderno. Solo escuchaba el rumor desagradable de su voz y fingía comprender–. Te voy a mandar unos emails donde encontrarás más información, ¿understood?

Asentí, esbocé una sonrisa (una de las cosas que había aprendido en Errázuriz y Cía.: a forzar esa sonrisa cínica, inexpresiva, que solo los abogados son capaces de conseguir) y abandoné su oficina. Caminé hacia la mía sin levantar la cabeza. El contacto con cualquiera de los ojos de ese lugar me habría resultado intolerable. Desde Avenida Isidora Goyenechea, donde está Errázuriz y Cía., solo se podía ver un edificio moderno, forrado en espejos, reluciente e impenetrable, pero no era fácil imaginarse que ahí dentro había un cuchitril como el mío. Ese pequeño espacio sin ventanas al que llamaba oficina era una zona de catástrofe que solo yo entendía, o que solo yo alguna vez podría entender. Los archivadores, amenazantes, se inclinaban desde la repisa sobre mi cabeza, y el suelo era un campo minado de carpetas y papeles sueltos, apilados en pequeños montones.

Diez de la mañana; me sentía incapaz de sobrevivir a las siguientes diez horas. El abatimiento era absoluto. Muchas veces, en días anteriores, sentía ganas de salir al pasillo y gritarles a todos que se largaran, que salieran de ese enorme edificio a respirar un poco de aire, que dejaran de llevarse a los pulmones esa mierda viciada, densa, falsa, que flotaba en esa oficina. Pero ni siquiera el hastío conseguía despertarme.

Errázuriz y Cía. es un estudio grande, con más de cincuenta abogados cobrando muchos dólares por hora. La ambición y el dinero eran los valores fundamentales, el resto podía ir adecuándose a las circunstancias (últimamente se habían visto obligados a ser políticamente correctos, incluso habían contratado un abogado gay; lo mostraban en las reuniones como un trofeo, con sus sonrisas características, queriendo decir miren que somos tolerantes, aunque la estrategia no les dio mucho resultado porque el trofeo renunció a los pocos meses), pero sin esos dos excluyentes objetivos en la cabeza, era imposible pensar en hacer carrera. Yo llevaba un buen tiempo. Había comenzado como procurador cuando era estudiante (o sea, esclavo), no porque tuviera muchas ganas de trabajar, sino para poder pagarme la matrícula y evitar que mi deuda universitaria siguiera inflándose.

Hasta entonces no tenía real conciencia de lo que significaba un apellido en un país provincia como Chile. Me dejaron entrar por una ventana que se les había quedado mal cerrada. Un universo ajeno, el de los dueños del país, donde todos se conocían y no dejaban de sonreír; y yo, un pendejo al que habían depositado ahí en medio casi por casualidad, que no sabía hablar, que no sabía comportarse, que apenas sabía comer. A veces me quedaba observando la pulcritud de sus movimientos cuando los veía almorzar, como si estuviesen siguiendo una música inaudible que guiaba sus silenciosos tenedores y cuchillos. ¿Siempre haces el mismo ruido al comer o es que ahora estás muy apurado?, me preguntó una vez, sonriendo, un simpático abogado de ojos verdes, dos años mayor. Estoy apurado, le contesté, volviendo la mirada a mi plato. Fui en auto a la comida de fin de año: mi Citroën ZX del año 96, de color rojo, sobresalía entre esa infinidad de todoterrenos último modelo. Algunos se acercaron a él como si contemplaran un clásico. Otros se limitaron a sonreír despectivamente. Me ofrecieron volver una vez que me titulara. Acepté esa oferta porque conllevaba la seductora idea de la independencia, y yo necesitaba esa independencia, aunque fuera a costa de una jornada excesiva y agotadora. No me gustaba el trabajo ni la gente; solo me gustaba mi sueldo. Tampoco tenía amigos ahí dentro, aunque la verdad es que nunca los busqué (es probable que hubiera muchos como yo, también camuflados en esa masa corporativa). Era una herramienta tediosa y aburrida que me permitía mantenerme, vivir con mis amigos, olvidarme un poco de quién fui. Pero ya habían pasado más de dos años y tal vez era hora de buscar nuevos horizontes; claro que para un tipo sin iniciativa como yo, eso no era muy fácil.

Desde el sábado vivía en un estado hipnótico permanente. Esas hojas cuadriculadas me hicieron ver cuán precaria era mi estabilidad. Cuando las terminé de leer me quedé en silencio como media hora, sentado en mi cama, aturdido. Las risas de mis amigos, que subían desde el primer piso, me perturbaban. Encendí el televisor para no escucharlas. En un sorteo, sacando el palito de fósforo más largo, había ganado el derecho a ocupar la pieza más grande: sobradamente, cabían mi cama de dos plazas, un escritorio, el televisor y un canasto de mimbre donde tiraba la ropa sucia, que por lo general estaba rebasado. Di vuelta sobre la cama la caja con las cosas de mi padre: la inscripción de la casa, un contrato de arriendo, otro con el banco y la tarjeta de crédito, cuentas de electricidad, gas y agua; una cuenta telefónica con cifras anotadas a mano y unos signos de interrogación y exclamación, facturas del hospital, recetas médicas, algunos exámenes, copia de su cédula de identidad y pasaporte, su contrato de trabajo con el colegio, y por último sus películas de Cantinflas. Revisé página por página todos los papeles, por ambos lados, en busca de una nota al margen, un garabato, cualquier huella que me ayudara a saber un poco más. No encontré nada.

El relato me obligaba a volver hacia atrás, a mirar a mi padre, a tratar de entenderlo, a buscar explicaciones y respuestas que antes no había logrado encontrar. Pero no era fácil volver ahí. Mi estabilidad, en gran parte, descansaba en la idea de no hacerlo. La página en blanco, a la espera de una junta de accionistas que me resultaba imposible empezar, había sido reemplazada por una sobre el Mundial de Alemania. A esa hora jugaban Australia y Japón: ni siquiera había un partido interesante para perder el tiempo.

Recibí un correo de Claudia. “Hola, mi amor, ¿estás con mucha pega? Tengo ganas de verte. ¿Qué te parece si nos juntamos a almorzar en el Akarana a las dos? Un beso enorme y apretado”. No entendía por qué Claudia insistía tanto en ese lugar si sabía que yo lo encontraba demasiado caro. Le respondí que no alcanzaba porque tenía mucho trabajo, pero la verdad era que no tenía ganas de ver a nadie.

Volví a abrir la página en blanco, pero no podía concentrarme. Incluso deseé tener la capacidad de redactar la junta y sacarme de una vez las imágenes de mi padre, que seguían presionando por entrar.

De casualidad, descubrí que había estado preso durante dos meses en el Estadio Nacional. La historia familiar, o más bien las mentiras que me contaron, decía que a mi padre lo habían detenido solo un día y que luego partió al exilio, primero a Argentina y poco después a Barcelona. Ahí conoció a mi madre y nació su único hijo, o sea yo. Y luego decía que volvimos todos juntos a Chile a principios del año 85, que es donde comienzan mis recuerdos de manera un poco más organizada; lo anterior es un cúmulo de imágenes y emociones sin mucha lógica, que de todas formas tuvieron una poderosa influencia durante mis primeros años en Chile. Mi padre se encerró tras los muros de concreto del Estadio Nacional. Como me forzaba a no recordar, en lugar de hacerlo mi cabeza se empeñaba en mostrarme imágenes de él en el estadio. Veía un soldado, moreno y un poco regordete, que le daba un culatazo en las costillas y él, que en esa época era muy flaco, como un quiltro, caía al suelo sobre un charco de agua. Con esfuerzo conseguía levantarse y el soldado lo empujaba hacia la puerta de un camarín (¿Qué camarín? ¿En el lado norte o en el sur? ¿Sería el que ocupaban los jugadores de la U? ¿El de la selección? ¿Cuánta gente había ahí adentro?). La imagen se iba y era reemplazada por un grito ahogado (el grito, supongo, era suyo, aunque no pude reconocerlo).

Yo tenía claro que habían usado el Estadio Nacional como campo de concentración durante los primeros meses de la dictadura y recordaba en especial algunos rumores de conciencia colectiva, como el velódromo, al que habían transformado en centro de interrogatorios o los presos en las graderías sonriendo durante el reportaje del periodista Claudio Sánchez. Pero necesitaba saber más, ver nuevamente los documentales desde otra perspectiva, leer libros, reportajes, investigaciones, ver películas. Sin embargo, antes de cualquier cosa, necesitaba saber de él, obtener de alguna parte lo que nunca me quiso contar.

¿Por qué me había ocultado una cosa así? Incluso se me pasó por la cabeza que todo fuese una mentira, que tal vez era solo un relato ficticio, un cuento, una manipulación de la realidad. Al fin y al cabo mi padre era un escritor, o alguna vez lo fue, o intentó serlo, y eso es lo que hacen los escritores: mentir, manipular la realidad, ordenar los hechos a su gusto, inventarse historias, mitos, vidas paralelas. Aunque tal vez llamarlo escritor puede ser una exageración. En los años de la Unidad Popular trabajaba en la editorial Quimantú y escribió Desmalezando, la que incluso se imprimió, pero llegó la tormenta y no alcanzó a distribuirse. Los ejemplares que había encontrado en el ático todavía estaban guardados en la maleta de mi auto, insistiendo una vez más en quedarse cuidando la retaguardia, como lo habían hecho con mi padre cuando partió a Argentina. Después del Golpe nunca volvió a escribir. Era como un escritor castrado. Aunque, en realidad, ese relato lo desmentía. Esas pocas páginas significaban, además de la perturbadora revelación que llevaban consigo, que a mi padre no lo habían castrado del todo. Y significaban, además, que si había escrito un relato, también podría haber escrito otros. Pero en el fondo sabía que ese relato era cierto, que no lo había inventado. Mi padre vio ese partido con el Leo Zucchi (¿quién era el Leo Zucchi?) y no conmigo. Él no vio el mismo partido que yo: jugaba consigo mismo. Y si para él la zurda de Salas significó poder ahuyentar a sus fantasmas, aunque fuera solo por un rato, para mí fue algo totalmente distinto, fue el primer triunfo real de mi vida, el primer atisbo de que las cosas podían tomar otro rumbo. Ese gol fue un triunfo personal; al igual que Salas, yo también la amortigüé con el pecho y la dejé dar un bote manso para definir de zurda, con un latigazo bajo, a la izquierda del portero.

Se acercaba la hora de almorzar y mi incapacidad para trabajar era absoluta. Me declaré enfermo y le mandé un correo a mi jefe diciéndole que terminaría el aumento de capital en mi casa.

Mi madre no había tocado el ático en esos dos días. Seguía sorprendiéndome su dejadez. El caos era exactamente el mismo. Separé la máquina de escribir de mi padre, que significaba demasiado para botarla, y me lancé sobre los cachureos. Las telarañas seguían ahí, empeñadas en pegarse a mis manos, pero había decidido revisar cada centímetro del ático. Escondidas en las sombras, encontré unas cajas que pertenecían a mi madre. No estaba para consideraciones acerca de su intimidad. Pantalones, un cinturón, blusas, varios uniformes blancos, aros, perfumes seguramente añejos, documentos sin referencia alguna a mi padre, viejas fotos de Barcelona, la mayoría de mis abuelos, aunque también había una en que salía ella con mi padre, los dos abrazados en una angosta callejuela oscura con pequeños balcones de los que colgaban unos maceteros (en algunos de ellos parecía haber flores, pero como la foto era en blanco y negro, costaba distinguirlas), ella rodeándole la cintura con su brazo derecho y él los hombros con el izquierdo; me quedé observándola un rato porque parecían felices; claro, las fotos suelen engañar, incluso podría decirse que están hechas para engañar; pero había algo auténtico en esas sonrisas que no recordaba haber visto en otras fotos de ellos dos. Me pasé cerca de dos horas revisando el contenido de esas cajas, sin resultado, hasta que la falta de aire y el frío me obligaron a bajar.

Puse la cafetera sobre el gas. No quería perder mucho tiempo. Todavía me quedaba un rincón allá en el ático, junto a un enorme televisor en blanco y negro, frente al que perdí innumerables horas de mi vida aburriéndome con Sábado Gigante (a un hijo único sin relación alguna con sus primas no le quedaba otra opción que verlo de principio a fin) y disfrutando con Pipiripao. Abrí la tapa: el agua se calentaba y el café comenzaba a subir a la parte superior. El olor del café siempre me ha parecido tranquilizador, es tan poderoso y absorbente que uno puede cerrar los ojos para abrir la nariz, dejando la mente en blanco, concentrada solo en esos segundos en que la ebullición hace que ese aroma se vaya adueñando de todo a su alrededor. Traté de poner mis sentidos en dejarme llevar por él, pero mi cabeza estaba empeñada en darle vueltas a la posibilidad de revisar el escritorio de mi madre, que en ese momento ocupaba Jaume y que alguna vez estuvo inundado con los libros de mi padre. El gorgoteo me indicaba que estaba listo. Tomé la cafetera y busqué una taza.

–¿Hiciste para mí también? –la voz de mi madre rompió el ritual.

–¡Mamá! –derramé un poco de café sobre la cubierta de la cocina–. Me asustaste.

–¿Acaso no puedo entrar a mi propia cocina?

–Por supuesto que puedes, es que no sabía que habías llegado.

–Anda, sírveme un poco y siéntate un minuto conmigo –serví dos tazas pequeñas en lugar de una grande– ¿Estabas en el ático?

–Sí, revisando mis cosas. Hay mucha basura allá arriba. Me sorprende que nunca lo hayas ordenado.

–Creo que voy a botar todo, salvo lo que te lleves tú. No tengo ganas de perder el tiempo revisando cachureos. No hay nada que rescatar.

–Entonces voy a fijarme bien, para que no botes algo importante –resolví no decirle nada. Tenía la fuerte sospecha de que ella también me lo había ocultado. Quería confrontarla con más información, si es que la había, y obligarla a contarme toda la verdad.

–Ah, se me había olvidado contarte que la semana pasada me encontré con Francisca en el centro –hizo una pequeña pausa, como para ver mi reacción, pero me mantuve impasible–. Parece que está creando una de esas revistas que se ven solo en Internet, dedicada a la literatura. Todavía vive con sus papás, por aquí cerca, en Diagonal Oriente con Villaseca, ¿te acuerdas?

–Por supuesto que sí, mamá –respondí, con un dejo de fastidio–. Me alegro que esté bien, pero acuérdate que terminamos hace casi dos años. Ahora estoy con Claudia.

–Tienes razón, solo te lo comentaba porque me la encontré de casualidad. Me cae bien esa niña, Claudia. Lástima que solo la hayas traído una vez. Sería bueno verla de nuevo antes de irme.

–Voy a tratar.

–¿Estás seguro que no te quieres ir conmigo a Barcelona? –solía hacerme preguntas intempestivas para ver si me pillaba desprevenido.

–Mamá, yo entiendo que tú quieras volver, ahora que estás con Jaume y todo, pero mi vida está aquí, en Chile. Es demasiado tarde. Ya no estoy dispuesto a vivir otro exilio. Muchas veces te propuse que nos fuéramos juntos a Barcelona, sabes que si me hubieras respondido que sí, probablemente ahora estaríamos viviendo allá. Pero ese tiempo ya pasó y tú no te quisiste ir, así como yo no me quiero ir ahora –hice una pausa y le di el último sorbo a mi café–. Siento que por fin conseguí alguna estabilidad, soy independiente, disfruto viviendo con mis amigos, tengo un buen sueldo, y además a mi polola. Por primera vez puedo mirar hacia delante. Creo que irme a Barcelona contigo sería como retroceder cinco años.

–Tal vez podrías ir a hacer un master por un año y ver si te acostumbras. Creo que todavía estás a tiempo para matricularte. Yo te lo puedo pagar con la plata que recibiré por la venta de la casa.

–Mamá, te dije que no. Te puedo ir a ver en el verano, cuando tenga vacaciones, pero me voy a quedar en Chile. No me siento capaz de afrontar un nuevo comienzo.

–Está bien, pero si algún día cambias de opinión, sabes que puedes ir cuando quieras –se levantó, me besó en la frente y dejó la taza vacía sobre la mesa.

Volví al ático. Me quedé un rato frente al televisor en blanco y negro. Se me había olvidado cuánto pesaba. Abajo a la izquierda aparecía escrito Hitachi y a la derecha estaban las dos perillas para cambiar los canales, una para la señal VHF y otra para la UHF. Di vuelta la de más arriba, desde el canal 2 hasta el 13, y seguía igual de dura que antes. Sentí un impulso de encenderlo, para ver si todavía funcionaba; incluso pensé en llevármelo, como una reliquia, pero no veía un enchufe cerca y la sola idea de bajarlo por la escalerita que comunicaba el ático con el resto de la casa me hizo desistir. Detrás del televisor había tres cajas de zapatos que mi madre debió haber traído del departamento de mi padre. Las dos primeras tenían zapatos; la tercera, también, pero debajo de unos mocasines negros encontré unos papeles. Mis manos comenzaron a temblar. Eran hojas sueltas (cuadriculadas) escritas con la letra pequeña y alargada que estaba buscando. Eran dos relatos. Uno tenía solo la fecha (14 de septiembre del 2000, casi un año antes de su muerte), y el otro se titulaba “Ruinas”, pero no tenía fecha. Guardé las hojas en el maletín de abogado que me había regalado mi madre y seguí buscando por el resto del ático con desesperación, hasta que estuve seguro de que no había nada más.

Ni Tísico ni Carlos estaban en nuestra casa. El nombre de Tísico era Javier. También era abogado, pero de una naturaleza muy distinta: era un litigante. Trabajaba en el centro, en una pequeña oficina de cinco abogados, donde seguramente debía estar en ese momento, con la corbata un poco desanudada y las mangas de la camisa arremangadas hasta el codo, compartiendo su espacio, cargado de humo y olor a comida china, con un abogado especialista en divorcios. Se pasaba buena parte del día frente al computador redactando escritos, pero siempre se reservaba un par de horas para pasearse por tribunales y conversar con sus amigos, los actuarios. Llevaba varios años trabajando y ya los conocía a casi todos; parte fundamental de su trabajo era conversar con ellos y sobarles el lomo, ganándose su confianza de cualquier manera. Era de esos abogados que hablaban un idioma que ni yo entendía, plagado de referencias procesales, plazos, prórrogas, recursos, dúplicas, réplicas, reconvenciones, escritos, nombres y apodos de jueces, y sobre todo bromas aburridísimas que mezclaban un poco de cada una.

Carlos era periodista y podría estar en cualquier parte. A veces se quedaba en la casa, pues su habitación era también su oficina: había cientos de papeles amontonados sobre el pequeño escritorio que cabía milimétricamente al lado de su cama, y junto a ellos algunos recortes de diarios que se iban poniendo cada día un poco más amarillos. Trabajaba haciendo crónicas y reportajes para un diario electrónico que se llamaba El Informante, además de encargos esporádicos que recibía de una agencia de comunicación estratégica. En el diario, al principio lo tenían de cabeza investigando la historia amorosa de los participantes del reality show de turno, pero de a poco le fueron entregando temas más interesantes. El último había sido un listado de los personajes que fueron a Londres a apoyar a Pinochet y quienes financiaron sus viajes y estadías. A diferencia de Tísico, que tenía algunas zonas grises que dejaba deliberadamente fuera de la visión del resto, Carlos era un tipo abierto y extrovertido, que me tenía al tanto de todos los detalles de su vida.

Me sentía a gusto en mi desastroso hogar. Tísico sentía un profundo y libertino desprecio por el orden y la limpieza. Y me lo contagió. Carlos al principio era más ordenado, incluso intentó contrarrestar la tendencia a la anarquía, pero al poco tiempo se rindió y se dejó llevar. Era como si el caos que usualmente había fuese un reflejo de mi reciente derecho a ser libre, en un entendido un poco absurdo que relacionaba la libertad con el poder desordenar y ensuciar sin que nadie te diga nada. El saco de dormir abierto seguía cubriendo la ventana y probablemente se quedaría en el mismo lugar hasta que terminara el Mundial. Necesitábamos un poco de penumbra para ver mejor. Tomé una cerveza de la cocina. La sala estaba plagada de sombras. Encendí la ampolleta desnuda que colgaba desde el techo. No tenía mucha potencia. La luz iluminaba la mayor parte de la sala, pero aún quedaban zonas oscuras. De todas formas, alcanzaba para leer. Me senté y puse mi maletín de abogado sobre el sillón que alguna vez fue blanco.

* * *

La única manera es escribirlo; como un cuento, como si le hubiera pasado a otro.

Todo comenzó por un reclamo que hice a Megatel por una cuenta de teléfono estratosférica. Estoy solo y casi no hablo por teléfono; no tengo a quien llamar. Me querían cobrar como si hablara todo el día. Traté de solucionarlo por teléfono, pero me tuvieron esperando con una musiquita enervante que no conducía a ninguna parte; y solo porque no tenía nada mejor que hacer, me pasé una hora escuchándola, hasta que me aburrí y decidí ir a reclamar en persona a una de las sucursales de Megatel, en Ahumada con Agustinas.

La estrategia de esos abusadores siempre ha sido la rendición por aburrimiento. Yo no estaba dispuesto a rendirme, porque simplemente no tenía la plata para pagar esa cuenta. Sabía que me harían esperar un buen rato antes de atenderme. Decidí aprovecharlo para releer Corazón tan blanco. Me atendió un empleado con pelo corto y barba de tres días. Los entrenaban para ser como una pared, inmunes a todo. Metió la cabeza en la pantalla e introdujo unas cifras en el teclado, para luego dejarme esperando unos veinte minutos al frente suyo, sin mirarme. “Lo siento mucho, señor, pero estos llamados figuran como realizados y la tarifa está correcta. Quizás las hizo algún amigo o un pariente”. Tal vez si hubiera ido a Megatel unos años antes, cuando no me sentía tan cansado, habría terminado gritándole al tipo o incluso golpeando su rostro de pusilánime indiferente. Traté de explicarle con buenas palabras que me había quedado prácticamente solo y que casi no ocupaba el teléfono, pero no hubo caso. Siguió repitiendo la frase como un robot.

“¡Llévame con tu jefe!”, tuve que exigirle, levantándole la voz, y el tipo se sobresaltó y me quedó mirando con cara de profunda extrañeza. Se lo repetí, bajando un poco el tono. Tuve que insistir un par de veces antes que apareciera una mujer de baja estatura y me dijera que el jefe hablaría conmigo. Me hizo pasar a una pequeña sala de reuniones, lejos de los demás clientes. Yo no quería estar ahí, prefería quedarme leyendo en mi departamento. Incluso, si no me hubiese faltado el dinero, podría haber pagado la maldita cuenta de una vez para que me dejaran tranquilo, pero me obligaban a sentarme ahí a suplicar, a perder el tiempo, a refregarme en el rostro una derrota perpetua y absoluta y, lo peor, a lo que vino después. Estuve esperando durante media hora, releyendo Corazón tan blanco, en la que ni siquiera me trajeron un vaso de agua. Estaba muy enojado, pero ya me había cansado de pelear. Solo esperaba encontrarme con un tipo razonable y poder zanjar el tema lo antes posible para volver a mi departamento.

Pero se abrió la puerta y lo vi. Ahí todo cambió; ya no se trataba de una cuenta telefónica. “Patricio Reinoso, jefe del departamento de atención al cliente de esta sucursal, a sus órdenes”, me saludó, estirando la mano derecha. Ojos pequeños, tabique pronunciado, orejas llamativamente grandes. Una voz levemente nasal; una voz aguda, que podría haber sido de mujer. Me apretó la mano y apenas contuve las ganas de orinar; era una mano pequeña, que me tocó por escasos instantes, rehuyendo el contacto prolongado. Se sentó al frente mío y habló de Megatel, de cómo para ellos un cliente contento era lo más importante, pero yo no lo escuchaba y tampoco lo veía, porque todo se había vuelto oscuro. “Me vio, huevón, me vio”, apuntando con el dedo. Esa voz, que podría haber sido de una mujer. Había pasado casi una vida, no podía saberlo; pero ya habían comenzado y era imposible detenerlos, sonidos e imágenes que poblaban la sala de reuniones, rostros que se aparecían y me hablaban, siempre apuntándome con el dedo, y decían no te hemos olvidado, Ramón; todavía nos acordamos de ti, Ramón; espero que te acuerdes de nosotros, Ramón; no nos abandones, Ramón. “Efectivamente, el registro del tráfico indica que esas llamadas se hicieron desde su casa. ¿Tiene niños? ¿Nietos tal vez? Hay muchas veces en que los niños se ponen a hacer bromas y marcan cualquier número, y al final los padres tienen que pagar las consecuencias”. Ojos pequeños, tabique pronunciado, orejas llamativamente grandes. Lo miraba sin poder hablar; los dientes mantenían a mi lengua prisionera, inmovilizada. Mi pie derecho comenzó a moverse, descontrolado, y no conseguía detenerlo. Solo quería salir de ahí. “Megatel está dispuesto a hacer una excepción en su caso y rebajarle un veinte por ciento del total de la cuenta”. Sonrisa que mostraba una dentadura mal cuidada. “Y además, como entendemos que las cosas no están fáciles, le vamos a dar la posibilidad de pagar la deuda en tres cuotas mensuales, sin interés”.

Ni siquiera respondí. O tal vez hice un gesto con la cabeza, o un balbuceo infantil. El resto es borroso, confuso. Desperté en mi departamento, botella vacía junto a la cama. “Patricio Reinoso, jefe del departamento de atención al cliente de esta sucursal, a sus órdenes”. No paró de sonreír. Podría ser un tipo cualquiera, puede que no sea él. Mi rostro ha cambiado mucho en veintisiete años, también podría haberlo hecho el suyo ¿Cómo saberlo? ¿Qué debo hacer para saberlo?

3

Cuando el frío me golpea en el rostro tiene un efecto tranquilizador. Por eso decidí dejar el auto en mi casa e irme a pie. La vereda estaba húmeda, pero no mojada, como después del rocío de la mañana. Caminaba por Diagonal Oriente, pero me faltaban unas veinte cuadras todavía. Desde la calle Villaseca en adelante la ruta me resultaba familiar porque la recorría casi a diario cuando pololeaba con Francisca. La hora y la temperatura mantenían a la gente en sus casas. Pocos peatones, algunos autos. Debajo del gorro de lana se escondían los audífonos. Si tenía bien cubiertas las orejas y el cuello, la del frío era una sensación agradable.

Escuchaba los comentarios del partido entre la U y la Católica que acababa de terminar. Roberto nos había invitado a mirarlo en su casa, donde seguramente tendría un asado apoteósico, pero preferí verlo solo, acostado en mi cama, repartiendo la mirada entre la pantalla y la máquina de escribir de mi padre. La puse en el escritorio, junto al mueble del televisor, pero antes la había limpiado porque estaba inmunda, cubierta de una capa gris y pegajosa que me demoré bastante en eliminar. Era como si hubiese resucitado a la vieja máquina de escribir. Desde mi cama alcanzaba a leer Underwood y las teclas blancas se veían brillantes, como esperando ser acariciadas de nuevo. Me pregunté cuánto tiempo llevarían sin ser usadas (los tres relatos de mi padre estaban escritos a mano).

Los dirigentes del fútbol chileno, en otra de sus geniales y frecuentes iluminaciones, habían decidido que el campeonato nacional se siguiera jugando en forma paralela al Mundial de Alemania. El partido con la Católica, por los cuartos de final, había terminado dos a dos. Perdíamos dos a uno hasta el minuto 72, cuando el colombiano Candelo puso el empate. Todo se definiría en el partido de vuelta, el domingo, en el Estadio Nacional. Me arrepentí de no haber llevado la carpeta en una mochila o incluso en mi maletín de abogado. Tenía que ir turnándomela entre la mano derecha y la izquierda, a medida que se iban enfriando.

Terminé de leer el relato y miré las hojas, pero sin volver a leerlas. Me puse de pie, buscando en el movimiento un poco de aire. Fui a la cocina, donde la ruma de platos se mantenía en un precario equilibrio que desafiaba las leyes de la física. En el refrigerador encontré un despoblado absoluto, salvo por dos latas de cerveza que dejé para una mejor ocasión. Enseguida abrí la puerta que conducía a la pieza de servicio. En una esquina se apilaban distintos objetos desechados de otras partes de la casa, pero bajo la ventana estaba el colchón desnudo en el que solían quedarse los borrachos que no estaban en condiciones de volver a sus casas y también algunas visitas. Me detuve frente al colchón y me acosté. Pensé en mi padre y en Patricio Reinoso. “Podría ser un tipo cualquiera, no tiene que ser él”. Era como si Reinoso de alguna forma le perteneciera. Un abismo de inquietantes posibilidades. Subí a mi habitación para revisar otra vez la cuenta telefónica con cifras anotadas y signos de exclamación e interrogación que había encontrado en la caja de mi padre. Ella había estado ahí, había sido la indirecta culpable de la reunión entre él y Reinoso. Tampoco tenía una respuesta; cualquier conclusión sería apresurada. Sentí ganas de entrar a la habitación de Tísico y robarle un poco de hierba del tarrito de vidrio hermético que guardaba en su clóset, pero desistí porque me había prometido no fumar solo, y además si no podía detener a los fantasmas en mis plenas facultades, menos aún lo conseguiría volado. No quería seguir pensando. Hice la junta de accionistas: una actividad mecánica, estupidizante; completar espacios en blanco, repartir dinero ajeno, sumar, restar, copiar, pegar.

Escuchaba en mis audífonos los comentarios del debut de Brasil, que había derrotado a Croacia por uno a cero con gol de Kaká. Para mí, tenía que ser el Mundial de Ronaldinho después de la tremenda campaña que había hecho en el Barcelona, con Liga de Campeones incluida.

Iba a la altura de Conventry; me quedaba poco para llegar. Había bebido una sola cerveza durante el partido de la U porque necesitaba tener la mente despejada para hablar con mi madre. Me encontré con Jaume en la puerta de la casa. Tal como me había asegurado ella, él iba saliendo. Vi su cabeza calva entre las ligustrinas que daban paso al pequeño antejardín. Le di la mano y entré.

Mi madre me recibió con una sonrisa enorme que la hacía ver un poco más vieja que sus cincuenta y dos años, pero que también me recordaba que, desde hacía un tiempo, había vuelto a ser feliz. Presentí que había entendido otra cosa cuando le dije que tenía que hablar con ella. Es extraño sentirse nervioso cuando uno habla con su propia madre, pero lo estaba. Cuando iba a su casa, en la que viví por más de doce años, me sentía lejano, lo que no dejaba de sorprenderme. Tal vez algo tenía que ver el hecho de que Jaume se hubiera mudado pocos meses después de mi partida. Bueno, y tampoco me gustó mucho que mi habitación hubiera sido transformada rápidamente en una sala para ver televisión. De alguna forma, me sentí reemplazado. Dentro de la casa la temperatura era agradable, pero yo seguía moviendo las piernas, como si temblara. Estábamos en el living, el lugar que menos había cambiado desde mi partida: seguían los mismos sillones, el bergère y también la mesa de centro con mosaicos rojos que siempre me había parecido un poco fuera de tono. Le dije que tomáramos una copa de vino. Mientras ella buscaba la botella y la abría, yo me senté (al principio en el sillón de tres cuerpos, pero luego me arrepentí y fui al bergère: necesitaba distancia). Dejé la carpeta sobre la mesa de centro, justo al frente mío.

Ella se sentó en el sillón de tres cuerpos. Bebí un trago de vino y dejé la copa sobre la mesa. En su lugar, tomé la carpeta. Saqué los relatos, pero no se los pasé, sino que me quedé con la vista fija en ellos.

–Bueno, ¿qué es eso tan importante sobre lo que me querías hablar? –me preguntó, echándose hacia atrás, copa en su mano derecha, sonrisa un poco suavizada, pero sonrisa al fin y al cabo; como si esperara que le dijera que lo había pensado mejor y me iba con ella a Barcelona, que en el fondo seguía siendo el niño que idealizaba su ciudad natal y se la proponía como destino para escapar de un presente descorazonador.

–Revisando mis cosas en el ático me enteré, por casualidad, que el papá estuvo preso en el Estadio Nacional –me detuve a propósito.

Su rostro se desencajó como si lo hubiese atravesado una línea en diagonal, formando una cicatriz imaginaria que iba desde la sien derecha hacia la mejilla izquierda. Se puso pálida y sus manos torpes comenzaron a hurguetear en su cartera, hasta encontrar un cigarrillo. Demoró unos segundos más en encenderlo.

–Los escribió el papá, es su letra –le dije, entregándole los relatos. Me quedé parado frente a ella, impulsado por la paranoia. Para mí ya era evidente que mi madre lo sabía también y que por lo tanto había sido parte de la conspiración del silencio; tal vez quería leerlos a la rápida para ver hasta dónde había hablado mi padre y así seguir protegiendo su mentira–. Mamá, lo que necesito ahora son respuestas.

–Lo que dices sobre el estadio es verdad –dijo ella al fin.

–¿Y cómo nunca nadie fue capaz de contármelo?

–Es que Ramón me exigió que no se lo dijera a nadie, especialmente a ti. Creo que yo era la única que lo sabía.

–Pero el papá murió hace cinco años, mamá.

–Lo sé, Matías, lo sé. No es fácil hablar de estas cosas.

Sus ojos enrojecieron. No fui capaz de seguir con el hostigamiento. Me senté en el sillón, pero no a su lado (mantenía la distancia). Bajé un poco la cabeza y la escondí entre mis brazos. Ella hizo un ademán de acariciarme, pero la rechacé con suavidad.

–Cuéntame. Necesito saberlo todo de una vez.

–Es que no tengo mucho más que contarte. Solo me dijo que había estado preso durante dos meses en el Estadio Nacional y que, como a la gran mayoría, lo habían torturado.

La palabra quedó suspendida entre nosotros, repitiéndose una y otra vez. Mi madre se detuvo, tal vez pensando que se había apresurado, que podría haber seguido mintiéndome. Yo estaba aturdido como un boxeador que recibe un golpe esperado, temido, vislumbrado, pero inevitable y demoledor. La grieta se abría y una luz oscura comenzaba a inundarlo todo hacia adentro. Seguía en el aire, la tortura y había tomado la forma de un muro de gruesos ladrillos que dividió al sillón en dos.

Traté de hablar, pero me lo impidió una imagen vívida de mi padre, desnudo, colgado desde el techo por una cuerda gruesa con la que le habían amarrado las muñecas. Sus brazos estirados hacia arriba parecían a punto de romperse. Tenía dos heridas abiertas, una sobre el pecho y la otra en el hombro. De ambas corrían pequeñas gotas de sangre formando delgados arroyuelos que terminaban en los dedos de sus pies, y ahí se detenían por unos segundos para enseguida caer al suelo. Estaba inconsciente. La cabeza fláccida le colgaba hacia delante, como si buscara separarse de sus hombros. Paredes de cemento, desnudas como él, que lo observaban enmudecidas. Una fetidez insoportable, mezcla de orina, mierda, horror y vómito. Había silencio, hasta que repentinamente se escuchó el sonido del agua fría golpeando su cuerpo. Le habían vaciado un balde, pero aun así no era capaz de despertar.

–Matías, ¿estás bien?

–No, mamá, no estoy bien –tomé la copa de vino y me la bebí de un trago–. Me horroriza imaginarme lo que le hicieron, lo que tiene que haber sufrido –tuve que detenerme. Me bebí su copa también–. ¿Cómo pudo vivir en ese infierno todo ese tiempo sin contarle a nadie? Se me vienen imágenes escalofriantes del papá y me dan ganas de ayudarlo, de encontrar una forma de darle alivio o por último de ofrecerle algún consuelo, pero ya es imposible, hace rato que es muy tarde.

–Le cagaron la vida, Matías. No lo conocí antes, pero sé que lo transformaron en otra persona.

–Necesito saber qué le pasó al papá. Viviste con él por casi veinte años, me cuesta creer que solo supiste eso.

–Matías, te juro que nunca me contó nada más. Tu papá era impenetrable, como hablar con el espejo; no sabes cuántas veces traté de conversarlo con él, pero nunca me quiso contar nada. ¿Crees que no quería saber cómo fue, qué le hicieron, si hubo alguna razón, cuánto tiempo o cómo se sintió? Seguramente ahora tú te haces las mismas preguntas. Esa noticia de la que te vienes enterando ahora marcó todo nuestro matrimonio y lo hizo naufragar. Nunca supe lo que pasaba dentro de su cabeza. A Ramón había que entenderlo, que aguantarlo, pero no era fácil vivir con alguien como él. Era como si hubiese tenido una amante contra la que no se podía competir, que era dominadora absoluta de sus emociones. Un triángulo: él, yo y la tortura.

–Y yo, mamá. Que no se te olvide que yo también estaba al medio.

–Tienes razón. Aunque no lo supieras, a ti también te debe haber afectado.

–Por supuesto que sí. ¿Acaso mi infancia fue normal? ¿Crees que no me ha costado ser hijo del papá? Tantos años después aparece como víctima, pero yo nunca lo vi así; para mí nunca fue la víctima. Y ahora que ya está muerto, que habría que conversar con un fantasma, tengo que volver a entenderlo. ¿Cuántas veces en vez de enojarme debí haberlo abrazado? Tampoco tuve la oportunidad de apoyarlo. Me aterra pensar en lo que tuvo que haber vivido. Es algo que está más allá de mi capacidad de comprensión. Cierro los ojos y me duele, porque lo veo, lo escucho, lo huelo. Pero también siento rabia, ganas de ir a revolver su tumba y traerlo de vuelta a este sillón, a que hablemos los tres con la verdad por una sola vez. Si me lo hubiera dicho, habría sido todo distinto; podría haberlo enterrado en paz.

–Sé que no fue fácil. Yo también estaba ahí. Ojalá pudiera contarte algo más, pero es todo lo que sé.

No dije nada. Me quedé mirando los cordones de mis zapatillas. Mi madre se levantó para rellenar nuestras copas. Quería que me abrazara y también quería que se fuera lejos y me dejara solo. Dejó mi copa en la mesa de centro.

–Matías –se interrumpió para beber un poco de vino, o para pensar una vez más lo que iba a decir–, yo sé que esto te afecta mucho. Es duro saber que te mentimos. Te entiendo. Fue una decisión de tu papá que respeté. Cuando uno revisa su vida hacia atrás, se arrepiente de muchas cosas. No sirve de nada decirte que ahora lo haría de otra manera. Tienes todo el derecho a estar mal, a exigir apoyo y explicaciones –bebió una vez más–, y por eso creo que lo mejor es que yo me quede en Chile. No puedo dejarte solo. No ahora.

–Ni hablar, mamá. Tú te vas a Barcelona, tal como lo tenías planeado. La verdad, no sé por qué no te fuiste antes, o por qué te viniste –su ofrecimiento me sonó falso, forzado, como si siguiera obligándose a hacer lo correcto, aun sabiendo que no se trataba de la mejor solución, como cuando siguió al lado de mi padre aguantando una vida que no se merecía. Ella siempre entendía y aguantaba, o más bien pretendía hacerlo. Al menos tuvo la oportunidad de entenderlo en vida (tal vez por eso siguió a su lado, aguantando una vida que no se merecía). Y pudo darme a mí esa chance de entenderlo, incluso de apoyarlo, de decirle “papá, puedes contar conmigo”, pero no lo hizo; incluso al final, cuando podría haber traicionado esa estúpida conspiración del silencio–. Si quieres podemos hablar todos los días por teléfono, yo en Chile y tú en Barcelona. Quedarte sería otro error.

Dos días lentos, opresivos, de incesantes elucubraciones. La tortura había estado dando vueltas como una presencia silente, observándome y escondiéndose. Estuvo en el ático y en mi casa, cuando leí los relatos y trataba de ahuyentarla como a un mal sueño. Pero resultó ser realidad; una realidad evidente, por lo demás. Y la tortura también había estado desde siempre conmigo, como un fantasma oculto y omnipresente que se había instalado a vivir entre mi padre y yo (sin olvidar a mi madre, forzada encubridora). La revelación de esa palabra era una luz oblicua que me permitía, y al mismo tiempo me obligaba, a iluminar hacia atrás, hacia mi oscuridad, e interpretar miradas, actitudes, comportamientos, una vida llena de ambigüedades encriptadas que solo muchos años después se me permitía observar gracias a un descubrimiento fortuito. Era la pieza que faltaba, la que otorgaba sentido a una vida que lo adolecía, conformada por un cúmulo de situaciones a las que no pude encontrar una explicación. La luz oscura mostraba rincones grises, alcantarillas que ilusamente creía haber clausurado; la luz oscura obligaba a verlo todo de nuevo.

También pensé en Patricio Reinoso. Mi padre reconoció a alguien, o más bien creyó reconocerlo. La primera duda era si es que Reinoso era esa persona que él creyó reconocer. Y en la eventualidad de que esa sospecha fuese cierta, la otra duda era quién había sido esa persona para que mi padre tuviese esa reacción. Podía tratarse de un traidor, como el encapuchado del Estadio Nacional: un antiguo militante socialista que se volvió soplón y usaba una bolsa de papel en la cabeza con dos agujeritos para esas armas mortales que resultaron ser sus ojos (esa bolsa de papel lo hacía ver como una versión criolla de los miembros del Ku Klux Klan). Llevaban a los prisioneros a las graderías y aparecía el encapuchado como si fuera un equipo saliendo a la cancha (o un árbitro drástico y muy temido, mejor dicho). Caminaba por la pista atlética rodeado de soldados, hasta que se detenía frente a un prisionero y lo apuntaba con el dedo. Y después otro, y otro, y el encapuchado descansaba un par de días y volvía a trabajar. Lo encontraron cuatro años después, en un sitio eriazo, al cadáver del encapuchado.

Y al parecer no era ese el único encapuchado en el Estadio Nacional; se decía que eran varios, que la tortura había transformado a algunos presos en delatores y que incluso metían infiltrados a los camarines como falsos detenidos, para ver si obtenían alguna información. Eran más de doce mil prisioneros y los cambiaban constantemente de lugar. El delator podía ser un rostro conocido de nombre desconocido. Tal vez mi padre compartió un cigarro con Reinoso y le contó algo comprometedor, que al final podía ser cualquier cosa, como su militancia en algún partido o un atisbo de información sobre un dirigente, y días después apareció Reinoso, encapuchado, y lo apuntó con el dedo. Y por alguna razón mi padre lo vio (“Me vio, huevón, me vio”, apuntando con el dedo). El rostro de mi padre cambió bastante desde la época en que estuvo en el estadio hasta el día de la reunión (había engordado al menos unos cuarenta kilos), lo que podría explicar el hecho de que él reconociera a Reinoso, pero Reinoso no lo reconociera a él.

Esa tarde me había puesto de acuerdo con Claudia para comer algo y ver una película en su departamento. Era de esos nuevos, de paredes delgadas, donde uno escucha cuando tiran los vecinos. Tenía un dormitorio, cocina americana y un pequeño living. Quedaba cerca del metro Escuela Militar. Llevábamos juntos cerca de cuatro meses. La había conocido en un bar, después de la oficina, en una de esas despedidas a las que uno se siente obligado a asistir como parte de un deber tácito pero real, aunque el abogado al que se está despidiendo te resulte desconocido, insignificante o incluso detestable. Una terraza donde abundaban las corbatas. Me sentí inmediatamente atraído por Claudia, aun antes de hablarle, cuando la miraba de reojo hacia la mesa vecina, porque ella nada tenía que ver con la despedida. Me pidió fuego. Yo no tenía, pero le seguí hablando. Una atracción física, por supuesto, pero que iba un poco más allá del mero gusto por su apariencia. También estaba su gesticulación, sus movimientos con ciertos rasgos felinos que me impedían dejar de mirarla. Claudia se había ido de la casa de sus padres hacía solo dos meses para vivir sola en ese departamento. Aunque tenía un trabajo bien pagado en una empresa de retail, de la que además su padre era uno de los ejecutivos principales, en su familia la noticia no cayó nada bien. Para su madre, Claudia solo debía irse de la casa cuando su padre la llevara del brazo al altar. Yo veía lo nuestro como algo relajado, sin mayores compromisos o exigencias asfixiantes. Simplemente dos personas que lo pasan bien estando juntas.

Claudia me dio las llaves y me dijo que la esperara en su departamento mientras ella terminaba de trabajar. Inventé una hora al dentista y salí temprano de la oficina; no podía seguir viendo esas sonrisas de abogado. La esperaba en el living bebiendo una cerveza. Llevaba media hora de retraso. Mientras tanto, me acompañaba Reinoso. Otra de las posibilidades era que fuese su torturador. La víctima suele tener los ojos vendados y esa venda podría haberse movido, permitiéndole ver su rostro. También estaba el recuerdo de su voz (una voz aguda, que podría haber sido de una mujer), que pudo ser la de su interrogador. Pero no había forma de saberlo, al menos no con la sola revisión del relato (el relato era, tal vez intencionadamente, bastante confuso).

El chirrido del timbre me sobresaltó. Le abrí la puerta a Claudia. “Perdona, pero me di una vuelta por el Parque Arauco y me atrasé un poco. Mira, me compré esta cartera. ¿Te gusta?”. Dije que sí, aunque siempre he encontrado todas las carteras iguales. Ella me abrazó y me dijo te eché de menos. Yo le dije lo mismo. Me preguntó si me pasaba algo, que tenía una mirada rara, como triste. Nada más que un poco de sueño. Se sentó junto a mí, en el único sillón que había en el living. Me alejé algunos centímetros porque ella había encendido un cigarro. El olor me producía una sensación de rechazo. Ella quería hablar; yo la dejé mientras me tomaba otra cerveza. Se sentía bien oír sin escuchar. De vez en cuando observaba su rostro de rasgos delicados; me gustaban sus pestañas largas, que contrastaban con unos ojos celestes que se verían huérfanos sin ellas. Creo que hablaba sobre una compañera de oficina que se había enrollado con su jefe. Pero mi cabeza estaba en otra parte. Hacía cinco años, Reinoso era jefe del departamento de atención al cliente de la sucursal de Megatel en Ahumada con Agustinas, una de esas empresas en las que se puede hacer carrera. Tal vez todavía trabajaba ahí. Sentí algo húmedo en mi cuello. Claudia se acercaba. Yo no podía. Seguía pensando en Reinoso. “No me pasa nada, solo estoy un poco cansado”, le dije. Ella se enojó. No me sentía capaz de hablar de mi padre con Claudia. Su familia venía del otro lado, por lo que preferíamos no hablar de política. Y lo que le había pasado a él, sin duda caía dentro de ese tema. Aunque, en realidad, a Claudia la política no le importaba mucho, más bien le era indiferente; ella estaba bien y con eso se daba por satisfecha. De todas formas, yo no quería hablarlo ni con ella ni con nadie. Terminé mi cerveza en silencio y me fui.

Pude haber tomado el metro, pero preferí irme en micro por Apoquindo hacia el poniente. En los asientos de atrás había un grupo de adolescentes ruidosos, seguramente borrachos. Busqué un asiento adelante y traté de no escucharlos. Me acordé de la vez que Claudia me presentó a su familia en un almuerzo de día domingo. Al principio, pensé en inventar una excusa, porque iba a ser en el Club de Polo, pero después algo pasó y lo cambiaron por la casa de sus padres en La Dehesa.

Fui en mi Citroën ZX. Di varias vueltas por los alrededores, un poco perdido, arrinconado por las señoras que me tiraban encima sus enormes todoterrenos, hasta que por fin encontré la casa. Quedé impresionado con el jardín; era, sin exagerar, unas diez veces más grande que el de la casa de mi madre. El padre era un tipo de pelo gris y mirada severa. Trabajaba en la misma empresa que Claudia. Sentí que estudiaba en silencio cada uno de mis movimientos y comentarios. Solo habló para informarnos sobre la calidad de la botella de vino que se disponía a descorchar. El vino estaba bueno, me ayudó a sobrevivir. El almuerzo fue servido por la nana, vestida de uniforme negro con ribetes blancos y una toca cubriendo su cabeza. Claudia se esforzó para que todo fluyera, pero su madre se empeñaba en escudriñar en mi pasado. “¿A qué colegio fuiste? Ah, no lo ubico. ¿Y la universidad? ¿Y en qué trabajan estos niños con los que compartes la casa? ¿Dónde vive tu mamá? Ah, dicen que Ñuñoa ha mejorado mucho desde que llegó Sabat. ¿Conoces a la Sarita Gutiérrez, que es tan dije?”. Y yo respondía, esforzándome por hacerlo bien, mientras me concentraba en no hacer ruido al comer.

La micro se demoró solo diez minutos en llegar a Antonio Varas. Como era habitual, el familiar rumor de los gritos se escuchaba desde la calle. El portón eléctrico del pasaje estaba malo, bastaba con empujarlo. Mi casa era la segunda a la izquierda. Podía distinguirse fácilmente porque el pasto del pequeño antejardín tenía unos cincuenta centímetros de alto. El olor a carne asada consiguió animarme, era una buena forma de evasión. Estaban en el patio: minúsculo callejón donde apenas llegaba el sol, pero bastaba para poner una parrilla, una pequeña mesa y algunas sillas. El rostro de Roberto se veía anaranjado por el reflejo del fuego. Había estudiado arquitectura y llevaba poco más de un año trabajando en el Ministerio de la Vivienda, además de otros trabajos que hacía por su cuenta, pero en el fondo su profesión era la de parrillero. El asado lo hacía él y nadie más que él (quien se atreviera a cortar un pedazo de carne sin su autorización arriesgaba su integridad física). Los demás podían opinar, ayudar, acompañar, pero nunca decidir. Butifarras, costillar, prietas y lomo vetado, que seguramente había sido un aporte suyo. En ese orden; sin arroz, ensalada o nada que se le pareciera. Carne cortada en pedacitos junto a las brasas.

Con una piscola en la mano, me senté en una silla de plástico, entre Tísico y Carlos. Mi sensación era la de quien, después de un mal día, se sienta a comer junto a su familia y se sumerge en una conversación banal para dejarlo atrás. Me saqué el gorro de lana porque ya no sentía frío. Hablaban del Mundial. Argentina le había ganado por seis a cero a Serbia. Tísico creía que tenían equipo para ser campeones: arriba estaban Riquelme, Crespo y Tévez (no Saviola, que al final no era desequilibrante), además de Messi, que era un niño, pero si llegaba a explotar los dejaría a todos asombrados. Carlos decía que Argentina siempre tenía equipo para ganar el Mundial, pero nunca lo ganaba (salvo robando, o con Maradona). Yo escuchaba y seguía bebiendo piscolas cada vez más fuertes. A Roberto le gustaba Holanda y tenía una especial fascinación por Van Nistelrooy.

Roberto repartía el lomo cortado en pedacitos sobre una tabla de madera que tenía unos pequeños surcos donde se acumulaba el jugo de la carne. En la parrilla, Roberto era imbatible, y por eso tenía derecho a hacer lo que quisiera. Tísico también comió, a pesar de tenerlo prohibido: a los veintisiete años ya se las había arreglado para tener un ataque de gota (no habían factores congénitos, solo mérito individual). Creía que cuidarse significaba cambiar la piscola por cerveza, pero seguía comiendo carne y le echaba la culpa a Roberto en caso de que le diera un nuevo ataque. Me tomé cuatro piscolas más y después nos fumamos un pito. Más que la descarga efímera de la eyaculación, necesitaba una anestesia cerebral.

Cerca de las cuatro de la mañana, Roberto se fue a su casa y Tísico se fue a la cama (cuando le daba mucho sueño era capaz de quedarse dormido sentado, en medio de una conversación, así que a la primera pestañeada partía a acostarse). Quedábamos solo Carlos y yo desparramados en las sillas. Sobre la mesa, también de plástico, estaba la tabla con algunos restos de carne ya fría. Seguíamos comiendo por inercia. Carlos no fumaba marihuana, pero después de haberse tomado sus diez piscolas de costumbre, estaba borracho. El día siguiente era sábado y tenía que trabajar. Pero su trabajo era redactar un reportaje y podía hacerlo desde su cama. Además, necesitaba solo cinco horas de sueño, cosa que siempre le envidié.

Nos servimos otra piscola.

–¿Estabas donde la Claudia?

–Sí, estuve con ella un rato.

–Ah, va bien encaminada la cosa, entonces.

–Igual me gusta, lo paso bien con ella. Quiero que sea algo relajado, pero creo que ella se está empezando a enganchar –comencé a sentirme mal. No tenía que ver con la borrachera; era la anestesia, que no estaba funcionando.

–Eso es típico, pasa cuando las minas se acercan a los treinta. Se enganchan en muy poco tiempo. Acuérdate del reloj biológico.

–Tiene veintiséis, huevón.

–Bueno, pero eso no quita que la mina igual te gusta. Y creo que eso de que ella está más enganchada que tú se debe a tu aversión al compromiso más que a otra cosa.

–La verdad, no tengo idea a qué se debe, pero la consecuencia es la misma.

–Tómatelo con calma, entonces, pero igual tu relación con la Claudia es lo más serio que has tenido desde la Francisca –Carlos se detuvo un instante para encender un cigarrillo, cosa que solo hacía cuando estaba muy borracho–. Igual estoy nervioso por el partido del domingo con la Católica –dijo al fin, aprovechando la pausa para cambiar de tema.

–El recuerdo de la final que nos ganaron por penales el año pasado no me tiene muy tranquilo que digamos.

–Tenemos que llegar temprano al estadio, porque va a ir harta gente.

–No creo que vaya –le dije, bajando la voz.

–Pero, huevón, hemos ido a casi todos los partidos de este campeonato de mierda y se te ocurre faltar a los más importantes –la voz de Carlos comenzó a escucharse un poco más lejos. Volví a tener frío.

–No me siento capaz de volver al estadio.

Yo no soy de esos borrachos a los que el alcohol les suelta la lengua, sino más bien al contrario, si algo me pasa cuando bebo es que me pongo más ensimismado. Pero las piscolas no tuvieron nada que ver, sino que simplemente me di cuenta de que necesitaba contárselo a alguien y que ese alguien tenía que ser Carlos. Ya me había ayudado una vez a empezar de nuevo y podría volver a hacerlo. Le conté todo: el descubrimiento en el ático, los relatos, la conversación con mi madre, su revelación y forzado ofrecimiento, mis divagaciones y preliminares suposiciones. Solo decía “qué fuerte, es que no puede ser”, con la lengua igual de traposa que la mía. Se me habían acabado las palabras y Carlos contemplaba los hielos en su vaso vacío.

–Has estado rarísimo toda la semana, con cara de enfermo, pero sin estarlo. Pensé que había pasado algo con la Claudia, pero veo que no tiene nada que ver –Carlos hablaba de una manera particular, con un tono de constante sube y baja. Pero cuando conversaba de algo íntimo, su voz se volvía más plana, casi monótona.

–No dejo de pensar en mi viejo, de mirar hacia atrás y encontrarme con momentos como el partido del 94, del que habla en su relato. Nunca lo sentí tan cerca, abrazados gritando el gol de Salas, pero ahora me doy cuenta de que en ese minuto había un abismo entre los dos.

–Puta, debe ser súper difícil tener que reinterpretar todos esos momentos.

–Es verdad, esto también me ha hecho ver mi vida como una permanente contradicción –le dije, echándome el último hielo a la boca–. Ese día mi viejo estaba viendo fantasmas por todos lados, y yo saltaba, cantaba y reía, incluso lo hueveaba porque se quedaba ahí sentado, mirando el suelo.

–Pero creo que hay algo que se te está olvidando –dijo Carlos, echando un poco de pisco en su vaso–. Tu viejo vibraba con la U, quizás nunca vibró con otra cosa tanto como lo hizo con la U. El grito de ese gol de Salas tuvo que haber sido una catarsis tremenda para él, tal vez más grande que para cualquier otro hincha de los que estaban en el estadio. Y tú estabas ahí con él, abrazándolo, compartiendo ese momento, dándole todavía más sentido. Eso es lo importante, huevón.

–Puede ser. Pero lo que más me angustia, además de darme cuenta del infierno que vivió, es que siento que no conocí a mi viejo. Pensé que mi vieja me iba a ayudar, pero no sabía nada. Y mi cabeza no me deja en paz, fantaseando con horrendas imágenes suyas. No voy a estar tranquilo hasta que sepa qué le pasó.

–Y que no se te olvide lo del otro tipo, Reinoso.

–Claro, también Reinoso. No puedo seguir así.

–Estoy seguro de que encontrarás tus respuestas. Vas a ver que no es tan difícil como crees –Carlos volvía a subir el tono–. En este país uno hurguetea un poco y la mierda sale a flote con facilidad. Solo hay que apretar las teclas adecuadas.

–Muchas gracias, huevón. Necesitaba hablar con alguien, te juro que lo necesitaba –le dije, mientras me paraba de la silla y le daba un abrazo largo y apretado (en el abrazo, hay que reconocerlo, sí tuvieron que ver las piscolas).

4

Retornamos a Chile el 24 de febrero de 1985. Vivíamos de allegados en la casa de mis abuelos, en Santa Isabel, a dos cuadras de Vicuña Mackenna. Nos instalaron en la pieza de alojados, que estaba al frente de la habitación de mis abuelos. A mí me dejaban durmiendo en el suelo, a los pies de mis padres, sobre un colchón delgado y duro, tapado con un saco de dormir celeste. Una semana después, la tierra se movió, enérgica y destructora, tal vez enfadada con la idea de nuestro retorno. Yo tenía cinco años y no sabía lo que era un terremoto. Mi madre, que por primera vez pisaba nuestra tierra movediza, tampoco. Observaba, hechizado, el librero de mi abuelo haciendo danzar a los libros, y había varios que ya se caían al suelo de tanto bailar y al mismo tiempo escuchaba a lo lejos los chillidos de mi madre amortizados por el ruido ensordecedor que hace la tierra cuando se sacude. Fue mi padre el que reaccionó (ya tenía más de un terremoto en el cuerpo). Me tomó en sus brazos, enérgico, pero calmado, y me llevó a la terraza, donde esperaba mi madre, sentada en posición fetal bajo una mesa con cubierta de vidrio.

Mi padre nunca me pareció tan fuerte, tan protector, como en el terremoto. El recuerdo del sismo se acerca más a la fascinación que al terror. No era muy recomendable para un niño de cinco años quedarse en casa viendo el rostro descompuesto de su madre, sobre todo si era ella quien solía llevar las riendas de la familia. Al día siguiente, ella se quedó con mis abuelos y mi padre me sacó a dar una vuelta. Su tercer relato se llamó “Ruinas” y habla de ese paseo que dimos por el centro después del terremoto. Solo me acuerdo de una imagen que él describió así: “Dos perros luchan por un pedazo de carne podrida, probablemente en lo que alguna vez fue la cocina de la casa. Las paredes de adobe yacen esparcidas sobre la calle. Hay en el aire una capa de polvo que insiste en invadir mis ojos. Un hombre y una mujer están sentados en la vereda, con la espalda apoyada en lo que queda del muro, y a sus pies tienen los restos del desayuno sobre el pavimento. Dos niños, que deben ser sus hijos, cada uno con un palo en la mano, corren sobre los escombros de la casa, ahuyentando a los perros que peleaban por el pedazo de carne”. Lo recuerdo extrañamente tranquilo en comparación con el estado de ánimo del resto de mi familia y de la ciudad.

Tres meses después, mi madre consiguió trabajo en un hospital público. No era bien pagado, pero representaba el primer paso para asentarnos. Uno de los administrativos del hospital también era catalán y fue fundamental para que la contrataran. Mi madre nunca tuvo mucho contacto con otros catalanes en Chile. Mis años en Barcelona se fueron transformando con el tiempo en imágenes y sensaciones puntuales más que en recuerdos concatenados, un collage desordenado y sin sentido donde se agolpan esos recuerdos de manera caótica y superpuesta, como el departamento donde vivíamos: no tenía mucha luz y hasta yo lo encontraba pequeño. Cuando salía a la calle, esta también era estrecha y oscura, como si formara parte de un laberinto. Había mal olor, como a alcantarillado. Pasé mucho tiempo dentro de ese departamento y su recuerdo es como una sensación de encierro y ahogo que se pasaba cuando mi madre me llevaba a jugar a una plaza. Iba a un jardín infantil que estaba cerca de nuestra casa; me gustaba estar ahí porque podía gritar y jugar a la pelota. También el recuerdo de mi padre encerrado en el baño; el haz de luz saliendo por debajo de la puerta, que se mantenía cerrada durante horas. Y la imagen de los cerditos muertos expuestos en los mostradores del mercado, que me observaban con sus cabezas y sus colitas enroscadas; los quedaba mirando, como hipnotizado, mientras mi madre esperaba que trajeran el cadáver de un toro de lidia para comprarme carne, porque era más barata. Y cuando le insistía para que me llevara a dar una vuelta por la Rambla de los pájaros, me quedaba embobado mirando los canarios en sus jaulitas de madera, tirándole la falda para que me comprara uno, pero ella se mantenía incólume, negando con la cabeza. Y las veces en que íbamos al Parque de la Ciudadela, donde me gustaba que me subieran en la trompa del mamut. O el día que mis padres me llevaron al Montjuic. Hicimos un picnic con huevos duros y sándwiches de salame, y después nos subimos al teleférico; siempre recordé esa imagen de la ciudad, que partía en el mar y terminaba encaramada sobre los cerros, vista desde las alturas movedizas, en esa cabina roja que se mecía suavemente con el viento.

Nos fuimos a vivir a una casita de un piso, en Macul, cerca de Rodrigo de Araya. Tenía solo dos habitaciones, una mucho más grande que la otra; la primera para mis padres, la pequeña para mí. Mi padre se quedaba en la casa (su condición de retornado no le ayudaba mucho en la búsqueda de un trabajo, algo de por sí esquivo para quien ha estudiado literatura) y me cuidaba cuando volvía del colegio. Yo jugaba en el patio, que recuerdo inmenso, aunque seguramente se encogió con el paso de los años. Había dos árboles, uno que me parecía muy grande, con el tronco grueso y ramas perfectas para encaramarse, y el otro, más pequeño pero que tenía el tronco desnudo, lo que frustraba cualquier intento para subirme a él. Mi padre se quedaba en la terraza con un libro, una botella de pisco y un pequeño vaso de color verde con relieves verticales. Yo tenía un disfraz del Hombre Araña e intentaba trepar al árbol de tronco grueso. También jugaba a patear una pelota contra la pandereta. Y él leía con un cigarro en la mano y tomaba pisco, y comía mucho pan con mermelada; se podía comer un kilo de pan en una tarde. No le gustaba que yo gritara. Al principio me lo decía y después me lo ladraba. A veces jugaba conmigo, pero se cansaba pronto (nunca fue muy bueno para la actividad física) y después volvía a sentarse en la terraza. Cuando ya conseguía subirme al árbol con mi traje de Hombre Araña, me dio por saltar y caer en cuatro patas. Le decía que me mirara cómo saltaba y él seguía leyendo, pero yo de todas formas saltaba como el Hombre Araña, y como no dominaba por completo la técnica de caer en cuatro patas, a veces me golpeaba con el suelo y me ponía a llorar, y mi padre se enojaba.

Una sensación cálida. Había despertado justo cuando los primeros rayos del sol se asomaban sobre la cordillera; los estuve mirando un par de minutos y después jugué con mis playmobiles, pero al poco rato me aburrí y fui a despertar a mi madre. Estaba despeinada, un poco aturdida también, y caminaba hacia mi habitación con los ojos entrecerrados. Abrió mi cama. “¡Matías! ¿Hasta cuándo vas a mojar la cama? ¡Ya tienes siete años. Estás grande para andarte meando como una guagua!” Y por atrás apareció mi padre, tranquilo, moviendo la cabeza para lado y lado. “Ya aprenderás a ir al baño, solo concéntrate y no tomes ni una gota de agua antes de irte a dormir”, me dijo, acariciándome la cabeza. Cuando mojaba la cama era de las pocas veces en que mi padre se mostraba comprensivo conmigo.

Iba a un colegio de curas donde daban algunas becas a hijos de retornados. En los recreos jugábamos fútbol. Yo quería ser Patricio Reyes, porque era el único jugador de la U al que llamaban a la selección. También jugábamos a los dibujos animados que veíamos en Pipiripao (me gustaban El Capitán Futuro, El Galáctico, El Vengador, El Hombre Araña, He-Man, Mazinger, Inspector Gadget y Los Imposibles; y otros de los que me avergonzaba un poco, como Marco y La Pequeña Lulú). Muchas veces interrumpían Pipiripao para mostrar a Pinochet en una cadena nacional que no terminaba nunca (incluso, más que su imagen, me acuerdo de su voz chillona y amenazante). Mi padre me dejaba ver toda la tele que quisiera, pero mi madre no, aunque a veces, cuando Pinochet llevaba mucho rato hablando, mi padre me la apagaba.

Estaba viendo He-Man en el living. Tuve que subir un poco el volumen porque los gritos no me dejaban oír nada. “¡Esto no se ha acabado, mierda! ¡Ahora sí que me vas a escuchar!”. Yo trataba de concentrarme en la pelea contra Skeletor, pero no podía porque solo escuchaba el estruendo de un plato que se quebraba contra el piso de cerámica. Estarían en la cocina. Y mi madre al principio gritaba, llorando, pero al poco rato quedaba solo el llanto. Subí el volumen al máximo y estuve un rato así, tratando de no oírlos y seguir con mi atención puesta en la carrera de He-Man sobre su enorme gato. Pero llegó mi padre. “¡Cuántas veces te he dicho que no pongas esta mierda tan fuerte!”, me dijo, mientras la silenciaba.

Él comenzó a enfermarse seguido, aunque nunca supe muy bien de qué. Se quedaba en la cama con la botella en el velador. Tal vez por eso comenzó a engordar. Le preguntaba “qué te pasa, papá” y él respondía “nada, déjame tranquilo”, y se quedaba acostado, leyendo un libro. No me gustaba mucho entrar a su pieza. Había mal olor, una mezcla de cigarro, pisco, inmovilidad y encierro. Mi madre trabajaba muchas horas al día, y mientras ella estaba en el hospital, él se acostaba y yo podía pasarme la tarde en la sala, frente al televisor en blanco y negro donde también veía Sábado Gigante (el sábado, eterno, era el imperio absoluto de Don Francisco; creo que las horas de mayor aburrimiento que he tenido en mi vida las pasé viendo su enorme cabeza). Cuando no encontraba nada bueno en la tele, me imaginaba que venía Fujur, el dragón blanco de La Historia Sin Fin, y me sacaba a volar sobre su lomo. Otras veces me quedaba mirando la máquina de escribir de mi padre, que estaba puesta sobre una mesa de madera; estuvo siempre en el mismo lugar, aunque nunca lo vi usándola. No me atrevía a tocarla por el recuerdo de los cinturonazos que me dio la única vez que jugué con ella.

Yo trataba de no mojar la cama y había veces en que lograba despertar en la mitad de la noche justo antes de mearme, y partía corriendo al baño. Más aliviado, podía concentrarme en los ruidos y en el olor a cigarro que venían desde el living. Asomaba la cabeza y veía a mi padre frente al televisor. Se vestía solo para mirar la tele de noche, con zapatos y todo. Veía películas de Cantinflas, con su vasito verde de relieves verticales. Siempre estaba en la misma posición, con el vaso en la mano izquierda y las piernas estiradas sobre la mesa de centro. En primer plano aparecían sus mocasines sobre la mesa y tras ellos su rostro impasible, mientras escuchaba el acento mexicano que venía desde la televisión. “Qué bueno que llegaste al baño, ahora anda a acostarte”, me decía, haciendo un gesto con la cabeza para que me largara.

La época que más me gustaba era la Navidad. Mi madre compraba unos turrones buenísimos (duros y blandos). Los primeros años, la de mi familia era muy distinta a las Navidades de mis compañeros, porque abríamos los regalos para el día de los Reyes Magos, pero a mí eso no me gustaba mucho, porque hacía ya dos semanas que todos tenían sus regalos y yo no tenía nada, solo las chucherías que traía el caga tió que mi madre ponía en un lugar privilegiado de la sala. Al final, ella se terminó rindiendo y me entregó los regalos para nochebuena. Pero nunca creí en el Viejo Pascuero.

Me ponía triste verlo en cama, con su pijama de rayas celestes y blancas, casi siempre mal abrochado. “Déjalo tranquilo, el papá no se siente bien”, me decía mi madre cuando quería jugar con él. A veces se levantaba, pero de mal humor. Un día jugaba a ser León o, gritando ¡Thundercats!, con la espada del augurio en mis manos, para llamar a los demás. “Para con los gritos”, me dijo mi padre. Pero si me callaba Mumm–ra se saldría con la suya, porque tenía prisionera a Chitara, así que tenía que seguir llamándolos. Fue una cachetada con la mano abierta. Al menos nunca lo hizo con el puño. Siempre lo veía acostado, pero casi nunca durmiendo. A veces me quedaba junto a su cama jugando con los dos playmobiles que tenía, y lo miraba y él me miraba de vuelta; y no decíamos nada, como si habláramos en silencio.

Poco después, mi madre me dijo que él se había ido de vacaciones. Estuvo fuera por tres meses. Durante el día, me dejaba donde mis abuelos. Me gustaba estar ahí. Mi abuelo me regaló otro playmobil (un vaquero) y se quedaba jugando conmigo mientras mi abuela preparaba la comida (hacía unos porotos con longaniza que me encantaban; me comía dos platos y quedaba con el estómago hinchado toda la tarde). Volvió mi padre y se levantó de la cama sin su vasito verde. Y comenzó una nivelación para sacar pedagogía en castellano.

Al menos al frente mío nunca se habló mucho de política en la casa; yo solo sabía que Pinochet era el malo. Pero tras el plebiscito del 88, cuando ganó el NO, me llevaron a celebrar a la calle. Mi padre compró una bandera chilena y otra con los colores del arco iris. Un vecino nos subió en la parte de atrás de su camioneta. Era impresionante verlo saltar, a mi padre, haciendo chirriar los resortes de la camioneta, sin dejar de repetir: “¡Y ya cayó!”. Nunca lo había visto llorar. Parecíamos felices.

No tuve que esperar mucho tiempo para verlo llorar de nuevo, aunque esta vez no se trató de un llanto de alegría precisamente. Fue el 15 de enero del 89. La U jugaba con Cobresal en el Estadio Nacional. El técnico era Manuel Pellegrini. Mi padre, como siempre, se negó a llevarme al estadio. Escuchamos el partido por la radio, en la terraza. Creo que tuvo un cigarro encendido durante los noventa minutos. Hacía mucho calor. Nunca lo había visto transpirar tanto. Estaba empapado. Cuando sonó el pitazo final, la U descendió a Segunda División por primera y única vez. Mi padre me abrazó y volvió a llorar, pero de una manera muy distinta; tenía las mejillas mojadas e incluso se sorbía los mocos como un niño. Yo estaba tan impresionado que, por más que trataba, no me salieron las lágrimas.

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9789560013118
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