Kitabı oxu: «La venganza de un duque»
La venganza de un duque
Noelle Cass

Primera edición en ebook: Marzo, 2021
Título Original: La venganza de un duque
© Noelle Cass
© Editorial Romantic Ediciones
www.romantic-ediciones.com
Diseño de portada: Olalla Pons – Oindiedesign
ISBN: 9788418616235
Prohibida la reproducción total o parcial, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.

PRÓLOGO
Londres, mayo de 1835
El sol empezó a ponerse en el horizonte y poco a poco la noche fue cubriendo con su manto oscuro la ciudad y que solamente quedaba iluminada por las luces de las farolas de gas que alumbraban la calle. Nolan Wells todavía permanecía en su despacho de las oficinas St. James, donde trabajaba como secretario personal del señor y presidente de la empresa de lord Willow St. James. Trabajo con el que Nolan estaba contento, porque en esas oficinas se había enamorado de lady Gina St. James, la hija del presidente, pero ella parecía no querer hacerle caso, y no dejaba de preguntarse por qué esa mujer se mostraba siempre fría y antipática cuando él estaba a su lado. Nolan era un joven de buen ver de veinticuatro años, alto, delgado, moreno, un rostro atractivo, sus ojos de color marrón almendrado brillaban de una forma especial y lo hacía irresistible hacia las mujeres, menos a la que más le interesaba a él, lady Gina. A esa mujer no le servía de nada que Nolan fuera un hombre atractivo, era un pobre asalariado y esa mujer aspiraba mucho más arriba a la hora de escoger el hombre que compartiría su vida con ella y que, por supuesto, fuera del agrado de lord Willow.
Nolan respiró profundo y salió del pequeño despacho que le habían adjudicado para que hiciera sus labores de secretario personal. Tras dejar todo recogido se acercó a la puerta; estaba a punto de salir cuando Nolan chocó con alguien y enseguida supo de quién se trataba.
—¡Es que no sabe mirar por dónde camina, Nolan! —exclamó Gina con enfado.
—Perdóneme, milady, pero es evidente de que usted tampoco miraba por dónde iba.
—Mírame bien, y escúchame todavía mejor. —Él le prestó toda su atención—. No vuelvas a acercarte a mí nunca más, eres demasiada poca cosa para una mujer como yo. —Y Gina prosiguió su camino, pero él no se rindió y la siguió por el pasillo.
—Por favor, lady Gina, solo le pido una oportunidad para que nos podamos conocer mejor.
Ella se rio de una forma burlona para hacerle saber qué pensaba de su estúpida propuesta, y luego exclamó:
—¡Eres tan patético, Nolan! ¿No te cansas de suplicar a las mujeres?
—¿Por qué es tan cruel conmigo, milady?
—Porque un empleado como tú nunca estará a mi altura, serás siempre un secretario que no tiene visión de futuro y sin intención de prosperar en la vida. Y yo necesito a un hombre que me pueda proporcionar la vida a la que estoy acostumbrada a llevar.
Estaban llegando a las escaleras, Gina se detuvo unos instantes y fue entonces cuando Nolan la sujetó del brazo, la hizo girarse para quedar frente a frente, y luego preguntó:
—¿Así que para usted es más importante la posición social, que el amor?
—Sí, para mí sí que lo es, Nolan.
—Ya veo, estaría dispuesta a casarse con un hombre por seguir frecuentando la alta sociedad, a pesar de que no ame a su marido.
—Mira, Nolan, eres un buen chico y una buena persona, no quiero lastimarte, pero de verdad que no me interesas. En la oficina hay muchas chicas jóvenes que estarían dispuestas a salir contigo. —E hizo un gesto de desdén y bajó las escaleras, esta vez Nolan no se lo impidió y dejó que saliera del edificio. Luego se acercó a la ventana y vio cómo uno de los lacayos de la familia la ayudaba a subir al carruaje de la familia St. James. Nolan se quedó un buen rato mirando por la ventana y pensando qué podía hacer con esa mujer que no hacía otra cosa que despreciar el amor que él tanto le profesaba. Para él no era justo que la sociedad estuviera dividida en clases y los ricos con los ricos y los pobres con los pobres.
Cuando Nolan perdió el carruaje de vista, se llevó las manos a los bolsillos y bajó las escaleras; ya en la calle, una suave brisa de mayo le removió el abrigo y el pelo. Caminó un buen rato hasta poder encontrar un carruaje de alquiler que lo llevara a la pensión donde vivía y que con su modesto salario era lo mejor que se podía permitir, por lo menos el inmueble estaba limpio y no tenía que compartir su habitación con pequeños invitados no deseados, y la comida era decente y sabrosa.
Tras indicarle la dirección al cochero, subió al interior del vehículo y poco después, el cochero azuzó a los caballos y el carruaje emprendió la marcha. Mientras, Nolan observaba por la ventanilla el paisaje nocturno, a su mente volvió la imagen de Gina St. James, y de lo que su pobre corazón estaba sufriendo por el rechazo de esa mujer. Tenía que reconocer que por el momento él no podía ofrecerle un buen futuro a Gina, pero esperaba que en algún momento su suerte cambiara, y para bien, desde luego. Nolan tenía el presentimiento de que muy pronto su vida iba a dar un giro inesperado y la suerte se iba a poner de su lado. Y sería entonces cuando él se podría permitir el lujo de rechazar a la esquiva, prepotente y desdeñosa lady Gina St. James. Porque Nolan seguía pensando que esa premonición se haría realidad muy pronto.
El carruaje que transportaba a Gina, enfiló el camino hacia la casa de tres pisos de estilo victoriano, de color blanco y de tres pisos. En cuanto el vehículo se detuvo, uno de los lacayos la ayudó a apearse; ya en el suelo, entró directamente en la casa y Vernon, el mayordomo, le abrió la puerta para que ella entrara. Ya en el vestíbulo, Gina le entregó los guantes y el abrigo a Vernon y luego subió a su dormitorio a cambiarse para la hora de la cena y donde su doncella Cassy la estaba esperando y empezando a quitar del armario los vestidos y así poder escoger el apropiado.
—Buenas tardes, Cassy, ¿ya has escogido el vestido que me pondré para la cena?
—No exactamente, milady, he puesto algunos sobre la cama para que usted elija el que más le guste.
—Creo que esta noche no tenemos invitados a cenar, ¿verdad?
—No, milady. Solamente cenarán en casa lady Pendelton —tía por parte de madre— y lord St. James. Los chicos avisaron de que cenarían en el White's.
—Estupendo, sin mis primos pasaremos una velada tranquila, tía Holly, papá y yo.
—Y no le quito razón, milady. Son buenos chicos, pero no cabe duda de que saben divertirse de lo lindo.
—Sí, Cassy, pero lo importante es que se divierten de forma sana y sin meterse con nadie.
—Milady, lo que necesitan lord Xavier Pendelton y lord Jerome, es una mujer que los ponga en cintura.
Ambas rieron por el comentario de la criada. Y poco después, Cassy ayudó a Gina a ponerse un elegante vestido de tafetán de color violeta y que rivalizaba con el violeta de sus ojos y el pelo negro como el ala de un cuervo. Su rostro en forma de corazón, unos labios de color fresa y en armonía con unas facciones bien definidas, era realmente hermosa. No era una mujer alta, pero sí tenía un cuerpo esbelto con suaves curvas allí donde eran necesarias.
Luego, Gina se sentó en el taburete frente al tocador y Cassy le recogió el pelo en una trenza, y pocos minutos después, Gina salió de la estancia para reunirse en el comedor con su tía y con su padre para cenar. Y en la cual disfrutaron de una velada tranquila y amena.
En cuanto Nolan entró en la pensión donde se alojaba, el dueño del establecimiento le llamó para informarle que habían dejado una carta a su nombre. Nolan se acercó al mostrador y el afable hombre se la entregó. Nolan vio que procedía de Somerset, y que supiera él no conocía a nadie allí. Tras darle las gracias al dueño, subió los escalones que lo llevaban a su habitación a leer la carta. En cuanto entró, rasgó el sobre y con impaciencia leyó la carta, y la cual decía que debía viajar a Somerset para recibir la herencia que le había dejado un tío lejano y que no tenía más herederos que él, ya que nunca se había casado y no tenía descendencia.
Nolan no tenía ni idea de qué iba todo eso, pero desde luego que iba a viajar a Somerset para saber qué estaba pasando. Y si todo lo que decía la carta era cierto, muy pronto su vida cambiaría y sería él mismo el que algún día despreciaría a la hermosa lady Gina St. James y le haría pagar muy caro cada una de sus humillaciones y sus desprecios.
Con esa idea en la mente, y una gran sonrisa en su atractivo rostro, se fue desnudando hasta quedarse en ropa interior, luego separó las mantas, se tumbó y se arropó. Cómo iba a disfrutar bajándole los humos a la remilgada señorita St. James y pagando sus desplantes de la misma forma que ella había hecho con él.
Poco a poco, se fue quedando dormido y con solo dos pensamientos en mente, la venganza, y pensando que tenía que preparar un viaje que iba a cambiar para siempre su vida, porque Nolan presentía que en ese asunto había mucho más de lo que en verdad se decía. Seguramente por protección, por si la misiva llegaba a caer en manos equivocadas. No tenía ni idea de quién era ese tío, pero gracias a esa fortuna iba a poder vivir como un verdadero caballero, sin pasar necesidades y que nunca más lo iban a mirar por encima del hombro, ahora iba a ser él quien lo haría, y además iba a ser implacable con aquel que se osara meter con él.
1
Somerset, abril de 1842
Ya habían pasado siete largos años desde que Nolan viajó a Somerset para tomar posesión de su herencia. Y se había sorprendido cuando el abogado de su anciano tío leyó el testamento. No solo era inmensamente rico, sino que entre esa herencia se encontraba un ducado y ahora era el duque de Graystone. A sus treinta y un años ya era millonario, mucho más que los jóvenes lores que habían nacido en cuna de oro.
Ya era media tarde y Nolan se encontraba en el despacho de su enorme y palaciega casa, ultimando los detalles de su venganza en contra de Gina. Tiempo atrás ya había empezado con sus planes, y el primer paso fue despojar a lord Willow St. James de la empresa maderera que tan rico lo había hecho. Y poco a poco también los fue dejando en la ruina y sin dinero. Ahora, con ayuda de su abogado, quedaba darles el golpe de gracia, despojarlos de la casa y de todas sus pertenencias. Para eso, estaba ultimando los detalles para regresar a Londres y culminar su venganza. Y cómo iba a disfrutar viendo la cara de sorpresa de Gina cuando se diera cuenta de que ahora las cosas eran muy diferentes y ella estaba completamente arruinada y él nadaba en la abundancia e incluso poseía un título nobiliario.
Nolan estaba al lado de la ventana y con el brazo apoyado en el alféizar. Era una preciosa y cálida tarde de abril en la que el sol brillaba de forma espectacular. Pero Nolan no disfrutaba de las maravillosas vistas que tenía delante, pues desde hacía siete años su obsesión por vengarse de Gina había ocupado cada uno de sus pensamientos. Nolan sacudió suavemente la cabeza y volvió a la realidad, se separó de la ventana, se acercó al cordón y llamó a Graves, su mayordomo. Poco después, el hombre entró en la estancia y tras hacer una reverencia le preguntó:
—¿Deseáis algo, excelencia?
—Graves, tráeme un café.
—Enseguida, su excelencia. —Y el criado salió de la estancia para cumplir las órdenes del duque.
Nolan fue a sentarse al amplio sofá de cuero marrón que había en el despacho. Le gustaba la decoración de toda la casa, pero en especial la de esa estancia. El centro lo ocupaba un gran escritorio de madera de caoba con su sillón de piel y color beige. A la derecha se encontraba el sofá y frente a él había una mesita ovalada y de cristal. Cubriendo el suelo había extendida una alfombra Aubusson de color granate. En la pared de al lado había un aparador también de caoba marrón en la que descansaban varias licoreras y botellas de bebidas. A la izquierda estaban las ventanas, de las que colgaban unas pesadas cortinas de color granate.
El mayordomo entró de nuevo en la estancia con una bandeja entre las manos en la que había una taza de humeante café, azúcar y un plato con una porción de bizcocho. El criado dejó la bandeja sobre la mesita y le preguntó si deseaba alguna otra cosa. Nolan le respondió que eso era todo y el mayordomo salió de la estancia para continuar con sus labores.
Nolan cogió la taza de café de la bandeja, puso dos cucharaditas de azúcar, revolvió el contenido y dio un largo sorbo a la bebida, luego en voz alta dijo:
—Muy pronto nos veremos las caras, lady Gina St. James. —Y una cruel risa cruzó su hermoso rostro.
Mientras, en Londres, en la casa de los St. James la cosas iban de mal en peor. Y a esas alturas habían tenido que prescindir de la mayoría de los sirvientes, solo permanecían en la casa, Cassy, Vernon, que asistía a los varones de la casa, y Belinda, la doncella personal de Holly.
Gina se encontraba dando un paseo por los jardines de la finca sola. Todavía no se podía creer que su querido padre hubiera perdido la empresa y toda la fortuna de la familia por culpa de un mal hombre. Y lo peor no era eso, para ese malvado duque no era suficiente haberlos dejado completamente arruinados, sino que ahora, los estaba obligando a abandonar su casa y no tenían a dónde ir. Pues Jerome y Xavier también dependían de la empresa de madera, ya que ellos eran los que buscaban los clientes, y su tía Holly apenas podía malvivir con la pequeña cantidad de dinero que le había dejado su difunto marido. Y en los últimos siete años su padre se había dedicado a frecuentar casinos y mesas de juego para solventar una situación que cada día que pasaba se preveía peor, y en la que había perdido los escasos ahorros con los que habrían podido malvivir, y su padre se negaba a buscar un trabajo y ser un simple asalariado. Ella misma se había ofrecido a buscar trabajo como institutriz de alguna joven y poder enseñarle todo lo que ella sabía sobre etiqueta y alta sociedad, pero su padre también se había opuesto a ello y Gina ya no sabía qué hacer.
Derrotada, interrumpió su paseo y se dejó caer en un banco de hierro forjado situado al lado de los amplios jardines. Su vida tal y como la conocía se estaba derrumbando ante ella y no podía hacer nada. Y por si no fuera suficiente, anteayer habían recibido una carta del abogado del maldito duque diciendo que en breve viajaría a Londres para tomar posesión de la casa. Gina se imaginaba a ese duque viejo y decrépito riéndose de sus hazañas, y deseaba de todo corazón que a ese hombre le sucediera algo malo y así su familia y ella poder seguir viviendo en su casa como hasta ahora.
La voz de Cassy interrumpió sus pensamientos al decir:
—Milady, le traigo su acostumbrada taza de té. —La doncella dejó la taza sobre la mesa de hierro forjado que había al lado del banco.
—Gracias, Cassy —respondió Gina, distraída.
—Milady, ¿todavía sigue preocupada por la llegada de su señoría?
—Sí, Cassy. Estamos a punto de perder lo único que nos queda, nuestras posesiones, por culpa de un malvado hombre.
—No se ponga así, ya verá que al final todo se va a solucionar.
—No, Cassy. Esta situación ya no tiene vuelta de hoja, y que mi padre se haya gastado nuestros escasos ahorros apostando no ha ayudado en nada.
Como estaban tan entretenidas con la conversación, no oyeron a Holly acercarse.
—Cariño, no te preocupes tanto —dijo su tía sentándose al lado de su sobrina.
—¿Le sirvo una taza de té, milady? —le preguntó Cassy.
—Sí, por favor.
—Enseguida se la traigo. —La doncella entró en la casa para cumplir con su cometido.
—Tía Holly, es que no puedo aceptar así por las buenas que nos quieran echar de nuestra propia casa.
—Lo sé, querida. Pero ya sabes lo orgulloso que es tu padre, y no quiere aceptar la poca ayuda que puedo ofrecer. Y Xavier y Jerome tampoco quieren saber nada del asunto.
Gina no lo soportó más, apoyó la cabeza en el hombro de Holly y rompió a llorar, y trémula consiguió decir:
—En esta casa he pasado los mejores momentos de mi vida y es el único recuerdo que tengo de mi madre.
Su tía le pasó la mano por la espalda para reconfortarla.
—Lo sé, cariño. La situación que estamos viviendo es insostenible, pero ya verás que pronto olvidaremos este mal trago y vendrán tiempos mejores.
Fue en ese momento cuando Cassy regresó con una taza de té en una mano y un plato de pastas en otro. Dejó todo sobre la mesa y las dejó de nuevo a solas para seguir con sus quehaceres. Holly instó a Gina a beberse el té e intentando distraerla con algunos chismorreos y así pasaron una agradable tarde en compañía.
Horas más tarde, mientras Cassy la ayudaba a cambiarse y ponerse el camisón, Gina se dijo que su tía tenía razón y ya era hora de dejar de compadecerse de la mala suerte que los acuciaba, e iba siendo hora de luchar y defender lo poco que les quedaba. Pues ella tenía muy claro que no iba a permitir que ese duque se quedara con sus pertenencias y con los recuerdos que le quedaban de su adorada madre. Por desgracia, su padre se había rendido, pero ella iba a ser fuerte y presentar batalla, si el duque de Graystone pensaba que iban a darse por vencidos tan fácilmente y que iban a cumplir sus órdenes no sabía la sorpresa que le esperaba, porque ese hombre iba a conocer a la verdadera Gina y no le iban a quedar ganas de volver a enfrentarse con la gente que ella más quería en el mundo.
Poco después, Gina se sentó en el taburete frente al tocador y la doncella le deshizo el peinado y le cepilló el pelo. Luego, Cassy le preguntó si se le ofrecía algo más, Gina respondió que no y que podía retirarse a descansar, la doncella le dio las buenas noches y ella se quedó a solas en el dormitorio.
Se acercó a la gran cama con dosel, separó las mantas, se tumbó en la cama y se arropó. Mientras intentaba imaginar la cara de ese demonio que tanto daño les estaba haciendo, pero por mucho que se esforzara no lograba imaginarse cómo sería el rostro de ese hombre y desterró enseguida ese pensamiento de la mente, en lo que debía pensar era en idear un plan para frenar los maléficos ataques de ese hombre, y se dijo que lo iba a conseguir a como diera lugar, aunque muriera en el intento, y con la seguridad de que ese malvado no se iba a quedar con lo que todavía les quedaba y que por derecho les pertenecía. Su padre se había rendido, pero entre sus primos, su tía y ella evitarían el desastre de verse en la calle y desahuciados.
Fue entonces cuando Gina consiguió relajarse, porque al final de tanta oscuridad veía un resquicio de luz y de esperanza. Al duque de Graystone no le quedaría más remedio que largarse por donde había venido y con el rabo entre las piernas, y Gina sonrió al imaginarse al viejo duque subiendo a su ostentoso carruaje furioso con su gente porque sus planes se habían derrumbado. Era la única oportunidad de salvar St. James House y todo lo que pertenecía a la familia St. James.
Unos días más tarde, Nolan viajaba en su cómodo carruaje a su residencia de Londres y que se encontraba en el distrito de Mayfair, uno de los barrios más lujosos de la ciudad, y cuya casa destilaba tanta riqueza como la vivienda que poseía en Somerset. Como ya se encontraba en el último tramo de viaje, había parado a descansar en una posada y allí escribió una carta dirigida a lady Gina St. James y en la cual solicitaba su presencia en Mayfair tres días después, pidió a la posadera un sobre y que lo sellase con cera. Luego dio orden a uno de los lacayos que lo acompañaban en el viaje que la entregara personalmente a la dama, y tras darle la dirección, el sirviente alquiló un caballo y salió veloz a cumplir el mandado de su patrón. Y como iba a ser hora de comer, preguntó a la posadera si ya había comida preparada, esta le respondió que sí, y que tenían para comer empanada de carne o venado al horno con puré de patatas. Nolan se decantó por el venado asado con patatas y también pidió una jarra de cerveza bien fría. Le sirvieron la comida y pudo comprobar que estaba muy rica. Y mientras comía, una risa iluminó su rostro, porque Gina iba a saber muy pronto que él era el responsable de que se vieran en la ruina, y la cara que pondría ella cuando supiera que se había convertido en duque.
Nolan había dejado el trabajo y se marchó de Londres tan pronto leyó la carta. Siete largos años fuera de la ciudad, eran muchos años, y no sabía qué se podría encontrar cuando pisara Londres y, sobre todo, cuando tuviera a Gina St. James frente a él. Porque si de algo estaba seguro, era que en todo ese tiempo no había sido capaz de dejar de amarla, lo había intentado con otras mujeres, pero había fracasado estrepitosamente, Pero tenía que olvidarse de ese amor para poder culminar su venganza, pues Nolan no era capaz de olvidar las palabras de desprecio de Gina, y tenía muy claro de que iba a llegar tan lejos como pudiera, por ver a esa mujer y a su familia completamente arruinados. Y lo más importante de todo, era que en la vida de Gina no había nungún hombre que le impidiera culminar sus planes, y la tendría completamente a su merced.
Cuando acabó de comer pidió un café y otra de las mozas que servían en la posada se lo sirvió mientras le sonreía y flirteaba con él, era un hombre muy apuesto y los años habían enfatizado su atractivo rostro; él le sonrió y la chica tuvo que abanicarse cuando se dio la vuelta para seguir con su trabajo.
Tras pagar la cuenta a la dueña, salió del establecimiento y se encaminó hacia el carruaje, donde otro de los lacayos que lo acompañaban mantenía la puerta abierta para que él entrara en el vehículo. Nolan subió y se acomodó en uno de los mullidos asientos, pensando que en muy pocas horas estaría en su casa de Londres y podría descansar del largo viaje.
Ya empezaba a anochecer, y Gina se encontraba leyendo un libro en su biblioteca privada, cuando Vernon llamó suavemente a la puerta, asomó la cabeza y anunció que en el vestíbulo había un lacayo que quería hablar expresamente con ella. A Gina se le hizo muy extraño, porque ella no esperaba a nadie. Tras pensárselo, le dijo al mayordomo que enseguida bajaba, el sirviente asintió y fue a cumplir con su cometido.
Tras alisarse el vestido, Gina salió de la estancia, bajó las escaleras y se acercó al vestíbulo. Vernon permanecía al lado del lacayo, para Gina fue más que evidente que su fiel sirviente sospechaba de ese hombre y quería estar a su lado por si necesitaba su ayuda.
El criado habló, interrumpiendo los pensamientos de Gina:
—Buenas tardes, es usted lady Gina St. James, ¿verdad?
—Sí, soy yo, ¿qué desea?
—Milady, vengo de parte del duque de Graystone, le envía esta carta —respondió el lacayo y extendió la mano con el sobre para que ella lo cogiera.
Al escuchar ese nombre, Gina empezó a notar cómo la rabia empezaba a bullir en su interior, con calma aparente pudo decir:
—Lo siento... pero tiene que ser un error, yo no conozco a ese hombre de nada.
—Milady, soy uno de los lacayos de su excelencia, créame, no hay error posible.
Gina dudó varios minutos, pero finalmente cogió el sobre y el sirviente le dio las gracias, y tras despedirse salió de la casa y montó en el caballo que lo estaba esperando, mientras Vernon cerraba la puerta y después se dispuso a continuar con su trabajo.
Ella se quedó un buen rato mirando el sobre, como intentando averiguar el contenido de la misiva. Luego, regresó a su biblioteca para leer con calma y sin interrupciones la intrigante carta del hombre que había logrado que la vida de su familia y la de ella fueran un infierno. Y no tenía ni idea de qué motivaba a ese hombre para escribirle personalmente a ella, pues odiaba con todas sus fuerzas a un hombre tan perverso. Gina entró en la estancia, pero de repente, el pánico la atenazó y sintió un gran escalofrío, pensando que seguramente esa carta era para notificarles que muy pronto tomaría posesión de la casa. Con el corazón en un puño rasgó el sobre y se puso a leer. Gina pasó del pánico inicial a la sorpresa, pues el duque solo solicitaba una entrevista con ella en su mansión de Mayfair. Gina se acercó a uno de los sillones y se dejó caer estupefacta, y preguntándose a qué diablos estaba jugando ese hombre. Y releyó una y mil veces la carta intentando encontrar alguna trampa, pero Gina no pudo apreciar nada raro.
Ya era madrugada y Gina se encontraba en la cama y a oscuras, pero era incapaz de dormir, porque seguía dándole vueltas a esa extraña carta, y su instinto le decía que podía tratarse de una treta de ese malvado anciano. Y así permaneció en la cama dándole vueltas y más vueltas a sus pensamientos.
Ya pasaban de las cuatro y media de la madrugada, cuando Nolan cruzó el umbral de la lujosa mansión de Londres. Había pedido a Nina, el ama de llaves que cuidaba la mansión, cuando solicitaba que Graves viajara con él, que no lo esperara despierta, ya que no tenían hora prevista de llegada. Pidió a Torrance, su ayuda de cámara, que le preparara un buen baño ya que necesitaba sacarse el polvo del viaje. Dos lacayos subieron la bañera de cinc a los aposentos de Nolan, mientras dos doncellas subían agua caliente en cubos para llenar la bañera.
Poco después, Nolan se sumergió en la bañera y pidió a Torrance que le sirviera una copa de su brandy francés favorito; tras cumplir sus órdenes, pidió al criado que lo dejara a solas, y se dijo que tenía mucho que celebrar, ya que estaba más cerca de conseguir lo que tanto ansiaba, y no era otra cosa que ver a la caprichosa Gina y a su familia sin nada. Ni siquiera les dejaría un techo donde poder refugiarse de las inclemencias del tiempo. Nolan nunca se había creído un hombre vengativo y cruel, pero los desplantes y las malas acciones de Gina lo habían convertido en el hombre que era hoy en día. Gina se merecía comprobar con sus propios ojos lo que un día había despreciado y que podría haber llegado a ser su duquesa si no hubiera despreciado su amor de una forma tan cruel. Ahora iba a demostrarle que era ella la que estaba muy por debajo de su estatus social y la veía muy poca cosa para él.
Nolan volvió a la realidad al notar que el agua de la bañera se estaba enfriando, llamó a Torrance y le pidió una toalla para poder secarse y la bata. Se levantó de la bañera, se secó, se puso la bata y se acercó a la cama donde el ayuda de cámara había dejado ropa interior limpia y un pantalón de pijama, se vistió y tras despedir al sirviente se quedó a solas y se puso a dar vueltas de un lado a otro de la estancia. Diciéndose que a esas horas Gina ya habría recibido su carta, y cómo le hubiera gustado ver su cara de sorpresa al saber que el hombre que la había llevado a la ruina requería su presencia. Y se volvió a preguntar por qué no había sido capaz de olvidarse de esa mujer en tantos años. Ni siquiera sabía si Gina seguía conservando su belleza, o esta se había ido marchitando con el paso de los años, pero muy pronto descubriría cómo era la Gina de ahora, y lo único que podía pensar era en no flaquear ni mostrarse débil ante ella, no había pasado los últimos siete años de su vida arruinando la vida de esa familia si se desquebrajaba cuando la tuviera ante él. No, no, no, se dijo, iba a llegar hasta el fin con sus últimas consecuencias y no le iba a temblar el pulso a la hora de ejecutar la justa venganza que tanto ansiaba. En el pasado, Gina había sido una mujer con aires de grandeza y creyéndose superior a los demás.
Ahora las tornas habían cambiado y muy pronto sería él quien le bajara los humos, rompiera esa férrea voluntad de la que tanto presumía y la convertiría en polvo. Ella estaría a su completa merced y la sometería a todos sus caprichos, y sabía muy bien cómo lo iba a lograr. Ahora solo tenía que esperar a encontrarse cara a cara con ella y hacerle su propuesta, y Nolan tenía la certeza de que Gina no la iba a rechazar si sabía lo que en verdad le convenía. Dejó de dar vueltas, se acercó a la ventana, corrió la cortina, y a través del cristal observó la oscuridad de la noche, y se dijo que muy pronto sabría qué pensaría Gina de su proposición y qué decisión tomaría respecto a ello, solo debía tener paciencia y esperar unos cuantos días más, si había aguantado durante siete años, unos pocos días pasarían tan rápido que ni se daría cuenta. Solo debía esperar tres días para volver a tener a Gina St. James frente a él y daría el golpe final después de tantos años.
2
Gina, desde el carruaje de alquiler, observaba la majestuosa mansión que se erigía ante ella. No se lo podía creer, era un edificio de cuatro plantas, pintada de un suave color granate que resaltaba sobre las mansiones vecinas. Con amplios ventanales en color beige, de la que sobresalía una terraza flanqueada por una barandilla de piedra y en la que florecían hermosas flores de todo tipo y de diversos colores. Y los amplios jardines que bordeaban la finca parecían inmensos y multicolores. Gina se dijo que no había duda de que ese anciano sabía vivir a lo grande.
Ella bajó del vehículo en cuanto el cochero bajó del pescante, le abrió la portezuela y la ayudaba a apearse del carruaje. Gina inspiró profundo para armarse de valor, pues ya era demasiado tarde para arrepentirse, y ahora más que nunca sentía una curiosidad por saber cómo era ese hombre. Y con determinación, se puso a caminar hacia la puerta principal de la mansión, a cada paso que daba, se le iba formando un nudo en la boca del estómago, mientras pensaba que no tenía nada que temer, ya que solamente iba a conocer a un indefenso anciano, y seguía preguntándose por qué ese hombre se había fijado en ella, y qué podría querer de ella.
Interrumpió sus pensamientos porque ya había llegado a la puerta, volvió a tomar aire, cogió la pesada aldaba en la mano y llamó, no tuvo que esperar mucho para que el mayordomo le abriera la puerta.
—Buenas tardes, ¿qué desea señorita? —preguntó Graves.
—Soy lady Gina St. James, su excelencia me está esperando.
—Sí, ya me había comentado que esperaba su visita, milady. —Abrió del todo la puerta y se hizo a un lado para dejarla entrar en el vestíbulo—. Pase, por favor, y espere un momento aquí mientras anuncio a su excelencia su llegada.
Gina asintió, y mientras esperaba, paseó la vista por el amplio vestíbulo fascinada por todo el lujo que sus ojos estaban viendo, su familia y ella habían sido millonarios y gente importante entre la gran sociedad londinense, pero nunca habían llegado a poseer tanta riqueza como la de ese hombre.
Graves regresó y le pidió que lo siguiera, que el duque la esperaba en la biblioteca. No sabía por qué, pero Gina tenía el presentimiento de que se estaba metiendo en la guarida del lobo, sacudió suavemente la cabeza para sacar esas ideas de la mente y diciéndose que se estaba volviendo loca, se concentró en seguir al sirviente por el interminable pasillo de la mansión.
El mayordomo por fin se detuvo ante unas puertas dobles de madera, llamó y esperó hasta que el duque dio su permiso para entrar. El criado abrió una de las puertas, hizo una reverencia ante el duque y luego se hizo a un lado y le indicó que entrara. Ella entró en la estancia buscando a ese horrible anciano y lo que vio la dejó de piedra: un hombre alto, musculoso y joven estaba de espaldas mirando por la ventana, parecía muy tranquilo, mientras los nervios devoraban a Gina por dentro.
Entonces, el duque dio orden al mayordomo de que los dejara a solas, y el sirviente, tras hacer una reverencia, los dejó a solas. Gina se quedó paralizada donde estaba, como si le hubieran clavado los pies al suelo, había algo en esa voz que le resultaba muy familiar, pero no podía identificar al dueño de tan sensual voz. Y, desde luego, que se había equivocado en su predicciones pensando que el duque era un viejo artrítico, nada más lejos de la verdad.
El duque empezó a girarse lentamente hacia Gina, y ella estaba ansiosa por ver el rostro de ese hombre, pero cuando quedaron frente a frente, se llevó el chasco de su vida, porque él tenía el rostro parcialmente cubierto por un antifaz.
—Buenas tardes, lady Gina St. James —dijo Nolan, acercándose a Gina. Ella hizo una reverencia y extendió la mano para que el noble se la besara. Pero Gina no estaba preparada para lo que vino a continuación, cuando él le sujetó la mano y la besó, una corriente eléctrica sacudió todo su ser.
—Encantada de conocerlo, su excelencia —pudo responder con mucho esfuerzo. Y por fin Nolan liberó su mano.
—Me alegro mucho de que haya aceptado mi invitación.
Nolan se acercó al escritorio que había en la estancia, apoyó una de las caderas sobre el mueble y la miró fijamente a través del antifaz. Se permitió pasear la vista por el cuerpo de Gina. Él había pensado que los años habrían ajado esa belleza, pero era todo lo contrario, Gina St. James no se había convertido en una belleza, sino que era la perfección hecha mujer. Nolan sabía que ella era dos años más joven que él, eso significaba que Gina tenía veintinueve años en la actualidad.
Ella interrumpió sus pensamientos al preguntar:
—¿Qué es lo que deseáis de mí, excelencia? —Mientras, se preguntaba a sí misma si el duque tenía el rostro desfigurado para llevar ese antifaz. Tenía mucha curiosidad por saberlo, pero sabía que sería muy impertinente de su parte formularle la pregunta al duque.
—Deseo hacer un trato con usted, milady.
—¿Qué clase de trato? ¿Acaso no os parece suficiente que vos queráis quitarnos lo único que nos queda para dejarnos en la calle?
—Todo eso puede cambiar si acepta la proposición que voy a hacerle.
—¿De qué se trata? —A Gina no le estaba gustando nada cómo estaban sucediendo las cosas.
—Mi propuesta es muy sencilla, milady. Su familia y usted podrán quedarse en su casa con una sola condición.
En la estancia se hizo un largo silencio, pero finalmente con mucho esfuerzo, Gina pudo preguntar:
—¿Cuál es esa condición?
—La quiero a usted, milady...
—No, no entiendo... lo que estáis insinuando, excelencia.
—Es muy fácil, quiero su cuerpo.
—¿Me está pidiendo que me ofrezca a vos para que mi familia pueda seguir viviendo en la casa que por derecho les pertenece? —preguntó Gina, mientras la rabia empezaba a hervir en su interior.
—Eso es lo que he dicho. —Y una risa burlona apareció en su rostro.
—¡Estáis loco si pensáis que voy a vender mi cuerpo como si fuera una vulgar ramera! —Y comenzó a darse la vuelta para poder salir cuanto antes de la estancia y de esa mansión para siempre, pero él la llamó y Gina se detuvo de golpe dándole la espalda.
—Le doy tres días para que piense mi proposición. Si en ese tiempo no tengo una respuesta favorable de su parte, mis abogados y yo nos presentaremos en su casa para desalojarlos, ¿lo ha entendido?
Gina notó que las piernas le flaqueaban, y por unos instantes pensó que iba a desmayarse. Sin responder, salió de la estancia sin esperar a que el mayordomo la acompañara a la puerta. Salió a la calle e intentó inspirar para tranquilizarse, pero las palabras de ese desalmado resonaban una y otra vez en su mente. Con mucho esfuerzo logró llegar hasta donde estaba el carruaje, el cochero bajó y la ayudó a subir al vehículo. Poco después, el carruaje se puso en marcha. Gina no podía creerse que sobre la faz de la Tierra existiera un ser humano tan malvado como el duque de Graystone, y Gina tenía claro que prefería verse en la calle ante de entregarse a ese demonio como si fuera una fulana cualquiera. Pero muy lejos de toda esa furia que sentía, seguía pensando que algo en esa voz le resultaba demasiado conocida, y no era capaz de identificarla.
Nolan se estaba deshaciendo del antifaz cuando Graves entró con la bandeja en la estancia y no hizo pregunta alguna al ver al duque solo, dejó la bandeja sobre el escritorio y luego se retiró a continuar con su trabajo.
Ya a solas, Nolan se sirvió una taza de café y fue a sentarse a una de las butacas que había en la estancia. La reunión con la remilgada Gina St. James resultó mucho mejor de lo que había planeado. Le había parecido fantástica la idea de cubrir su rostro con el antifaz, y era más que evidente que Gina no lo había reconocido. Se sentó en la butaca y dio un sorbo a la bebida, diciéndose que iba a lograr su propósito e iba a tener a Gina St. James en su cama, la haría suya y entonces él descubriría su rostro para demostrarle quién era, y una cruel risa iluminó su rostro al imaginársela humillada porque había caído en los brazos de Nolan Wells, el hombre que ella había despreciado en el pasado. Pero también quería demostrarle todo lo que se había perdido al rechazarlo y que habría llegado a ser duquesa, y ahora tendría que conformarse con ser la amante del noble, porque desde luego, Nolan no tenía intención de hacerla su esposa. Cuando decidiera casarse para tener herederos, buscaría una mujer respetable y de buena cuna para casarse, mientras tanto, disfrutaría de tener a Gina calentando su cama por las noches hasta que él quisiera y cuando se hubiera cansado de ella, la echaría de su vida como a un despojo humano.
Se bebió el contenido de la taza, luego la dejó al lado de la mesa auxiliar que había al lado de la butaca, y siguió perdido en sus pensamientos. Tenía plena seguridad de que en tres días esa mujer iba a aceptar, si no lo hacía, ella misma sería la responsable de que su familia se quedara en la calle y sin un techo donde resguardarse. Se levantó de la butaca y se puso a dar vueltas de un lado a otro de la biblioteca, muy pronto vería culminado sus planes y sería inmensamente feliz por ello. Gina lo había rechazado y burlado de él en el pasado, ya era hora de que alguien le diera a probar de su propia medicina.
A lo largo de los últimos siete años, se había preguntado si sería capaz de llegar tan lejos, pero no le hizo mucha falta para hallar la respuesta, sí, sí que estaba listo para dar a Gina el golpe de gracia, y no se iba a sentir culpable por todo lo que estaba a punto de hacer. No, no podía, Nolan se juró solemnemente que no podía sentir remordimiento alguno con Gina, el amor que un día le había tenido se había transformado en odio, y eso era algo que muy pronto ella iba a saber.
Para cuando Gina llegó a casa, seguía muy enfadada por cómo había salido la reunión con ese maldito duque. Menos mal que nadie la vio llegar a casa y pudo refugiarse en la soledad de su biblioteca, donde solamente ella podía entrar, y si hubiera ido a su dormitorio se habría encontrado con Cassy, y la doncella empezaría a hacer preguntas al verla en el estado de rabia y de frustración que se encontraba.
Luego, se puso a dar unas cuantas vueltas por la estancia a ver si lograba calmarse, pero era inútil, y cada vez que recordaba la sucia propuesta de ese diablo para que pudieran seguir viviendo en la casa que les pertenecía, su sangre hervía todavía más. Exhausta, se acercó al sillón y se sentó, diciéndose a sí misma que de ninguna manera iba a venderse por conservar un techo sobre su cabeza, prefería mil veces verse en la calle que convertirse en la mujerzuela de un noble, y desde luego, no podía contar nada de lo sucedido a su familia, se escandalizarían e irían a enfrentarse al duque.
Después de varios minutos respirando hondo para intentar tranquilizarse, casi lo logró. Pero en su mente volvió a escuchar la voz de ese hombre, y estaba segura de que la había escuchado muchas veces en el pasado, pero no conseguía identificar de dónde. Y en voz alta se dijo que eso ya no importaba, porque nunca más iba a ver a ese desagradable hombre, prefería estar muerta antes de verse nuevamente frente a él.
Más relajada, se levantó y tras alisarse el vestido salió de la biblioteca y fue a su dormitorio donde sabía que podía encontrar a Cassy, y le pediría que le subiera un té. Gina entró en la alcoba y vio que la doncella estaba guardando en el ropero parte de sus vestidos.
—Buenas tardes, milady —la saludó Cassy, alegremente.
—Buenas tardes, Cassy. Por favor, ¿podrías bajar un momento a la cocina a buscarme un té?
—Por supuesto, milady. —La doncella dejó su tarea y salió de la estancia a cumplir el encargo de su patrona.
Gina se acercó a la cama y se sentó en el borde, poco después, regresó Cassy con la taza de té, se la pasó a Gina y ella dio un sorbo, mientras su doncella continuaba con la tarea que tenía entre manos. Poco a poco, se fue bebiendo la reconfortante bebida, y cuando terminó, dejó la taza vacía sobre la mesilla de noche. De repente, se encontraba muy agotada y se tumbó en la cama, Cassy se dio cuenta y le preguntó:
—¿Quiere que la deje a solas, milady?
—Sí, por favor, me encuentro cansada y quiero dormir un rato.
Como todavía era de día, la sirvienta corrió las pesadas cortinas para que el dormitorio quedara en penumbra, luego salió de la alcoba dejando a Gina a solas para que pudiera descansar, y fue al cuarto de la plancha a pasar el hierro a algunas prendas que le faltaban de su patrona.
Ya era noche cerrada, cuando la voz de Holly despertó a Gina de un profundo sueño. A ella le costó un buen rato orientarse y darse cuenta de que estaba en su alcoba. Con movimientos lentos se incorporó en la cama, mientras su tía la observaba preocupada.
—Cariño, ¿te encuentras bien?
—Sí, me he tomado un té y me quedé dormida.
Holly le sujetó la mano y la instó a que se levantara.
—Ven, bajemos al comedor, están a punto de servir la cena.
—No tengo apetito, tía Holly.
Su tía la miró con esa aguda mirada, Gina pudo escuchar cómo los engranajes de la mente de su querida tía se ponían en marcha.
—¿Qué está pasando, Gina?
—¿Por qué lo preguntas?
—No me respondas con otra pregunta. Te conozco demasiado bien y sé que algo te preocupa.
—Tía Holly, te lo contaré si prometes no hacer un escándalo, no quiero que papá, Jerome y Xavier sepan nada de esto.
—Ahora sí que me estás preocupando...
—Tía Holly... por favor...
—Te lo prometo, y dime de una vez qué es lo que tanto te preocupa.
Gina conocía muy bien a su tía y sabía que cuando daba su palabra, la cumplía, ella había pensado que sola podría buscar una solución para deshacerse del duque y que no los desalojara de su casa, y no le quedaba más remedio que contarle todo a su tía, pues Holly había sido una segunda madre para ella y su confidente.
Tras unos minutos de silencio, dijo:
—Hace unos días, recibí una carta del duque de Graystone invitándome a que acudiera a la residencia que posee aquí en Londres. Yo no tenía ni idea de qué quería ese mal hombre que tanto daño nos ha hecho.
—Cariño, me lo tendrías que haber dicho en cuanto has recibido la carta, yo te habría podido aconsejar y pedirte que no acudieras a ver a ese odioso duque.
Gina siguió hablando:
—Ese hombre... ese hombre es cruel, tía Holly. ¿Sabes lo que me ha pedido a cambio de dejarnos vivir en nuestra casa? —A Gina se le hizo un nudo en la garganta, pero pudo decir—: Que nos dejará seguir viviendo en esta casa a cambio de que yo me acueste con él.
—¡¿Pero qué dices?! —exclamó Holly, escandalizada por todo lo que estaba escuchando.
—Tía, por favor, cálmate —le suplicó Gina.
—¿Cómo quieres que me ponga, cariño? Ese hombre es un degenerado al hacerte semejante proposición. Y espero que le hayas dicho que no.
Entonces ya no lo pudo soportar y Gina rompió a llorar, mientras su tía la abrazaba y le daba consuelo.
—Sí, tía, lo he rechazado... pero me ha dado un ultimátum. Si en tres días no tiene una respuesta favorable de mi parte se presentará aquí con sus abogados para echarnos. No digas nada a los demás, no quiero que esto termine en un enfrentamiento.
—Tranquila, ya verás que entre tú y yo encontramos una solución.
Y se dejaron estar abrazadas largo rato. Ahora que Gina le había confesado todo a su tía, se encontraba mucho más tranquila, porque si de algo estaba segura, era que no iba a convertirse en la mujerzuela de ningún noble, y mucho menos, a cambio de poder seguir viviendo en la casa que por derecho les pertenecía. Su tía Holly era una mujer de armas tomar y con mucho coraje, ya que esta había tenido que criar a sus dos hijos ella sola, sin ayuda de ningún hombre. Y Gina confiaba en que muy pronto algo se le iba a ocurrir para frenar los avances de ese hombre y sin que estallara un conflicto. Así lo esperaba y deseaba de todo corazón, porque Gina sabía que el reloj corría en su contra y no había mucho tiempo para actuar.
Cuando estuvo más tranquila, Holly le pidió que se recostara en la cama y que descansara, que ella la disculparía con el resto de la familia, luego le pediría a Cassy que le subiera una bandeja con algo de cenar. Gina asintió, se recostó en la cama, mientras su tía salía de la alcoba y bajaba al comedor.
Minutos más tarde, su doncella entró en el dormitorio con una bandeja entre las manos. Cassy se acercó a la mesilla de noche y dejó la bandeja sobre el mueble. Gina se incorporó, se sentó en el borde de la cama y vio que había un cuenco con sopa de pollo, un trozo de pan con nueces y una taza de té. Fue entonces cuando su estómago le hizo saber que estaba hambrienta, cogió el cuenco y poco a poco fue vaciando el contenido, se comió la hogaza de pan y también se bebió el té.
Casi media hora más tarde, Cassy ayudó a Gina a desvestirse para ponerse el camisón y cepillarse el pelo, le dio las buenas noches a la doncella, por fin se acostó y volvió a quedarse profundamente dormida. En sus sueños, el endemoniado duque volvió a aparecer para seguir atormentándola. Soñó que estaban los dos solos y que él la besaba, al principio con ternura y luego, con una pasión descontrolada, al tiempo que la abrazaba y la atraía hacia su cuerpo. Gina notaba cómo las piernas le temblaban y una sensación se instaló dentro de su pecho. En dos ocasiones ella había intentado sacarle el antifaz para saber quién era en realidad ese hombre que tanto la afectaba, pero él no se lo había permitido.
Gina se despertó de madrugada sobresaltada y envuelta en sudor. Se sentó en la cama diciéndose que no se podía sentir atraída por un hombre como él, y que tanto daño le había causado a su familia y a ella. Pero el sueño que acababa de tener había sido tan real que casi se había visto entre los fuertes brazos del duque. Separó las mantas de la cama, se levantó y se puso a dar vueltas por la estancia, pensando en que se estaba volviendo loca de remate por tener ese tipo de pensamientos con el enemigo, y así era cómo lo debía ver ella, como a un enemigo y no pensar en la atracción que sentía por él, y que presentía que la dejaría a ella muy mal parada. Ese hombre era cruel y vengativo, y no acertaba a imaginarse por qué le estaba haciendo tanto daño.
Dejó de dar vueltas, cogió la bata que había a los pies de la cama y se fue a la biblioteca, esperaba que leyendo se olvidaría enseguida del sueño que acababa de tener. Entró en la estancia, que todavía estaba cálida, se acercó a la estantería, cogió un libro al azar y luego se fue a sentar al sillón, abrió el libro e intentó concentrarse en las páginas, pero a cada minuto, la imagen de ese hombre asaltaba su mente, cerró de golpe el libro, lo dejó sobre el regazo y en voz alta maldijo al duque porque se estaba adueñando de sus pensamientos, y de ninguna manera iba a caer en sus sucias artimañas. Como pertenecía a la nobleza, para no aburrirse utilizaba a las mujeres a su antojo. Ella sabía muy bien cómo era la alta sociedad inglesa y sabía que Graystone solo quería divertirse a su costa, y no iba a entregarse a ningún hombre por chantaje, únicamente se acostaría con el hombre del que se enamorara y estuviera destinado a compartir su vida con ella. Muy pronto, Graystone sería un mal recuerdo en cuanto dejara a su familia en paz y desapareciera de Londres para siempre.
3
La noche para Nolan no estaba pasando mucho mejor, todavía seguía en vela y sin poder pegar ojo. Desde que había visto a Gina no era capaz de sacársela de la mente. Estaba realmente hermosa y parecía una sirena recién salida del mar. Y notó cómo la temperatura del cuerpo le subía varios grados, deseaba a esa mujer y muy pronto la tendría en su cama. Si Gina se negaba, sabía muy bien lo que les esperaba a ella y a su preciada familia.
Apartó las mantas y se levantó de la cama, encendió la vela que Graves siempre le dejaba sobre la mesilla de noche, se puso la bata y salió del dormitorio. Necesitaba una copa que lo ayudara a relajarse y dormir el resto de la noche. Caminó por el pasillo, bajó a la planta inferior y se fijó en que el reloj marcaba las tres de la madrugada; luego, se dirigió a la biblioteca y allí se sirvió un vaso de whisky. Dio un largo sorbo y fue a sentarse a su butaca.
A partir de ahora, tenía que ser muy meticuloso para que Gina cayera en sus redes y que nada fallara y, sobre todo, Gina no podía averiguar su identidad antes de tenerla en su cama. Estaba seguro de que el ultimátum que le había dado no iba a caer en saco roto, pues ella sabía perfectamente a qué se debía atener si no accedía a su proposición.
Cuando la tuvo frente a él, deseó besar sus labios y saber a qué sabía esa boca tan tentadora, pero había hecho un gran esfuerzo para contenerse. Se llevó el vaso a la boca y se bebió el contenido de golpe y lo dejó con más fuerza de la necesaria sobre la mesa auxiliar. Y se dijo que no podía seguir enamorado de esa mujer que tan mal lo había tratado en el pasado, sí, la deseaba como nunca antes había deseado a otra mujer, y no podía olvidarse de su plan, si lo hacía, sería él quien estuviera a merced de esa mujer y no podía mostrar debilidad ante el enemigo.
Se levantó de la butaca, cogió la palmatoria de la vela, salió de la estancia, subió a su alcoba y en ese momento, decidió salir a montar a caballo, necesitaba despejar la mente, y galopando con Suki, su precioso y adorado alazán, intentaría olvidarse por unas horas de Gina.
Ya en el dormitorio, se acercó al armario y cogió su traje de montar, y en menos de cinco minutos estuvo listo para partir. Salió de la mansión y la rodeó para ir a las cuadras, allí despertó a un somnoliento mozo de cuadra para que le ensillara el caballo. Y poco después, partía al galope hacia las afueras de la ciudad, ya que la calle estaba vacía y solitaria. Nolan se relajó al notar en la cara la suave brisa de la noche. Muy pronto llegó a la intersección que anunciaba la gran ruta del norte, pero Nolan no quería alejarse tanto. Dio orden al caballo de que diera la vuelta e inició el camino de regreso hacia la mansión.
Estaba amaneciendo cuando Nolan dejó en las cuadras a Suki, y dio orden al jefe de cuadra que le diera agua y comida, mientras él entraba en casa para bañarse y cambiarse de ropa, ya que ese día tenía varias reuniones a lo largo de la jornada, y una de ellas era a las diez de la mañana en el White`s. Entró en el interior de la mansión y se encontró con un preocupado Graves.
—¿Dónde estabais, excelencia? Estábamos preocupados por vos, Torrance se alarmó al entrar en vuestros aposentos y ver que no estabais durmiendo.
—No podía dormir y he salido a cabalgar por la ciudad.
—Excelencia, no es seguro que salgáis de casa sin protección.
—Graves, como puedes ver, estoy perfectamente. Ordena que suban la bañera al dormitorio, necesito darme un baño y cambiarme de ropa.
—Enseguida, excelencia. —El mayordomo hizo una reverencia y fue a cumplir la orden de su patrón.
Nolan subió a sus aposentos. Al entrar, Torrance no hizo pregunta alguna, seguramente su compañero ya le habría informado de que había salido a cabalgar, y estaba escogiendo la ropa que Nolan se pondría ese día.
Minutos después, Nolan se sumergía en la bañera de agua caliente, y notando cómo se le relajaban los músculos del cuerpo. Luego, pidió a su ayuda de cámara que le pasara una toalla para poder secarse, para entonces, Nolan ya se encontraba con ánimos renovados para comenzar el nuevo día. Torrance había elegido un fino pantalón de seda de color negro, camisa blanca también de seda, corbatín beige y un elegante gabán de color negro. Cuando estuvo listo, Nolan se echó un vistazo en el espejo de cuerpo entero y dio su aprobación. Después, salió de sus aposentos para bajar al comedor a desayunar, y dando la orden a Graves para que el cochero tuviera listo el carruaje para la hora prevista.
La noche había sido demasiado larga para Gina, pues no había podido dormir nada dándole vueltas a la cabeza, y esperando que su tía hallara pronto una solución para frenar los avances de ese despiadado duque, que por mucho que seguía pensando, no entendía por qué la odiaba tanto y les estaba haciendo tanto daño. Estaba harta de esa situación que había arrastrado a su padre a las mesas de juego para intentar recuperar el dinero del que los había despojado el duque, toda la familia había hecho lo posible para quitarle ese vicio, pero Willow se negaba a verse en la ruina y eso lo había arrastrado también a una profunda depresión. Gina sentía impotencia porque no sabía cómo ayudar a su padre y le dolía verlo en ese estado.
Todavía estaba recostada en la cama, cuando Cassy entró en la estancia con la bandeja del desayuno de Gina. La doncella dejó la bandeja sobre la mesilla de noche como siempre, Gina se incorporó en la cama, se sentó en el borde y cogió la taza de té, mientras Cassy escogía la ropa que ese día se pondría Gina.
Holly entró en la alcoba cuando Gina estaba acabando de beberse el contenido de la taza. Su tía ya estaba vestida con un precioso vestido de muselina de color tostado que resaltaba la belleza que todavía conservaba.
—Buenos días, tía Holly, ¿se te ha ocurrido algo para poder detener a ese hombre?
Su tía se acercó a la cama y se sentó al lado de su sobrina.
—Lo siento, querida. Pero de momento no sé qué podemos hacer para que ese duque no se salga con la suya.
—¡No voy a caer en su chantaje! —exclamó Gina.
—¡Y yo no voy a permitir que lo hagas! No voy a dejar que ese malnacido arruine tu reputación y que tu buen nombre quede enlodado.
—No quiero imaginarme qué pasará cuando se presente con sus abogados para desalojarnos, eso matará a papá. Él no soportará verse en la calle.
Holly abrazó a su sobrina para intentar tranquilizarla, pero tenía la mente tan bloqueada que no era capaz de pensar con claridad. Pero lo que si tenía claro, era que de ninguna manera iba a dejar que su sobrina se convirtiera en la amante del noble.
Tras un largo silencio, Holly dijo:
—Sé que para Willow va a ser muy doloroso verse en la calle... —Pero de pronto, una idea cruzó su mente.
—¿Qué sucede, tía? Te has quedado callada de repente.
—Querida, creo que se me acaba de ocurrir el plan perfecto. —Y sonrió a Gina.
—¿Qué se te ha ocurrido?
—Yo misma iré a ver al noble. Le diré que de ninguna manera vas a aceptar su deshonesta proposición porque estás comprometida para casarte. Y que vas a viajar lejos para reunirte con tu futuro esposo.
—Es una locura.
—No, Gina, es perfecto. Tú y yo nos podríamos ir muy lejos, donde la maldad de ese hombre no nos alcance.
—¿Y qué pasará con papá, con Jerome y con Xavier? Ellos no pueden enterarse de nada.
—Ellos defenderán la casa, no van a dejar que ese maldito noble nos deje sin ella. Mientras, nosotras estaremos visitando a una tía anciana mía.
Gina se quedó pensativa unos minutos, y luego respondió:
—Tía Holly, tu plan no es tan descabellado.
Holly se levantó, y le dijo que se lo pensara bien. Poco después, se despidió de su sobrina porque esa mañana tenía una partida de cartas en el club con dos de sus mejores amigas.
Gina acabó de desayunar, y Cassy la ayudó a vestirse con un sencillo vestido de color rosa, y le recogió el pelo en una trenza. Ya lista, salió del dormitorio decidida a dar un paseo por los jardines ya que esa mañana lucía el sol.
Mientras caminaba por los jardines, la idea que le acababa de plantear su tía no le disgustaba para nada. Solo lejos del duque podía evitar que cayera en desgracia. Ese condenado hombre estaba loco si pensaba que se iba a dejar doblegar por él y que destruyera su buena reputación. Y por unos instantes, se imaginó lo furioso que se pondría cuando llegara a su casa y descubriera que ella se iba muy lejos. Solo de imaginárselo, le entraron ganas de sonreír.
Más tarde, Cassy se unió a ella al paseo y le pasó a Gina una sombrilla para cubrirse del sol porque ya empezaba a hacer calor. Cuando Gina se cansó de caminar, pidió a la doncella que le fuera a buscar un libro a la biblioteca. Poco después, se sentó en el banco mientras Cassy entraba en la casa. La doncella no tardó nada en cumplir el encargo de su patrona, luego entró en la casa para seguir trabajando. Gina abrió el libro, disfrutó leyendo mientras escuchaba el canto de los pájaros que se posaban en los árboles de los alrededores. Levantó la vista de la página, pero, sobre todo, tranquila, porque su tía había hallado el plan perfecto para esquivar a Graystone. En cuanto regresara su tía, tenían que planear todos los detalles del viaje y ponerse en marcha sin pérdida de tiempo. Solamente marchándose de Londres podría evitar que la maldad del duque la alcanzara y enlodara todavía más el nombre de su familia convirtiéndola en su querida; que se buscara a una fulana para que le calentara la cama y divertirse, porque de ella no iba a conseguir nada.
Dos tardes después, Gina y Holly se encontraban en el carruaje que las llevaría lejos de Londres, habían decidido viajar a Éxeter tTuvieron una dura batalla en casa porque tanto Xavier como Jerome se habían ofrecido a acompañarlas, porque opinaban que no era seguro que dos mujeres viajasen solas, y Willow apoyó la decisión, pero finalmente, Holly se había impuesto y logró convencerlos de que iban a llegar sanas y salvas, pero antes, Holly iba a solicitar audiencia con el duque.
El carruaje se fue aproximando a la mansión, y con cada avance del vehículo, los nervios estaban destrozando a Gina por dentro. Esperaba que el plan que habían urdido entre su tía y ella saliera como esperaban, porque se sentiría culpable si por su culpa su familia se quedaba en la calle.
El cochero detuvo el carruaje frente a la mansión, bajó del pescante y ayudó a Holly a apearse, pero Gina la llamó.
—Tía Holly, ¿estás segura de lo que vas a hacer?
Holly la miró y respondió:
—Por supuesto, cariño. Ese hombre no se va a burlar de ti. —Luego, se giró y empezó a caminar hacia la mansión.
Holly llegó a la puerta, llamó con la aldaba y el mayordomo no tardó en abrirle la puerta.
—¿Qué desea, señora? —preguntó Graves, enarcando las cejas.
—Soy lady Holly Pendelton. —Sacó una tarjeta del bolso, se la mostró y continuó diciendo—: Solicito una audiencia con su excelencia.
—Lo siento, milady, pero su excelencia no recibe visitas el día de hoy.
—Muéstrele mi tarjeta y verá cómo si me va a recibir.
—Espere un momento. —El mayordomo dejó la puerta entreabierta y fue a avisar al duque de esa inesperada visita.
Nolan se encontraba en el despacho consultando unos estados de cuentas que su administrador le había enviado por correo, cuando Graves llamó suavemente a la puerta, y entró portando una bandeja de plata con la tarjeta de Holly.
—Excelencia, perdonad que os interrumpa, pero en la puerta hay una dama que solicita hablar con vos. —Y le acercó la bandeja para que Nolan leyera la tarjeta.
Nolan se sorprendió de que la tía de Gina quisiera hablar con él y no sabía qué podía requerirle esa mujer. Después de pensárselo unos minutos, le dijo a Graves que la hiciera pasar, momento que él aprovechó para ponerse el antifaz porque estaba seguro de que Holly Pendelton lo reconocería.
El mayordomo regresó al despacho y anunció a Holly, luego le hizo una señal para que entrara. Ella entró e hizo una reverencia al noble, y le sorprendió ver que tenía el rostro cubierto por un antifaz.
—¿Desea tomar un té, lady Pendelton? —preguntó Nolan amablemente.
—No, excelencia. Lo que me ha traído aquí no me llevará mucho tiempo.
—Como usted desee. Graves, puedes retirarte. —El sirviente hizo una reverencia y salió de la estancia dejándolos a solas.
—Bien, lady Pendelton, ¿qué es lo que me quiere decir con tanta urgencia? —preguntó Nolan, divertido, que ni siquiera se había levantado por cortesía hacia la dama.
—Estoy al tanto de la sucia propuesta que le habéis hecho a mi sobrina, y quiero informaros de que ella no va a aceptar vuestras insinuaciones. No permitiré que la chantajee para ofrecerse a vos, a cambio de que nos permita seguir viviendo en nuestra casa.
—Milady, y yo tengo que informarle de que si su sobrina no accede a mi propuesta, mañana me presentaré en su casa para desalojarlos a usted y a toda su familia.
—Mi sobrina no puede aceptar.
—¿Por qué?
—Porque está comprometida para casarse y está viajando para reunirse con su futuro esposo. Un noble de las tierras altas que ha pedido su mano en matrimonio, yo misma me reuniré con ella en los próximos días para ultimar los detalles de la ceremonia.
—No le creo ni una sola palabra, no pensará que me voy a creer esa sarta de mentiras, ¿verdad?
—Pensad lo qué vos queráis, excelencia, cuando queráis podéis ir a comprobarlo por vos mismo, así os daréis cuenta de que os estoy diciendo la verdad. —Holly hizo una reverencia y salió del despacho dejando a Nolan sorprendido. Gina había sido muy astuta para intentar librarse de él, y estaba más que decidido a encontrarla donde fuera y culminar su plan. Dejaría que Gina pensara que había ganado, solo así bajaría la guardia y él podría lograr lo que tanto ansiaba. En un principio había creído que Gina accedería a ser su amante para que su familia y ella no se quedaran sin su casa, ella quería jugar, pues muy bien, pero en ese juego solo iba a haber un vencedor y ese era él.
Cuando Holly salió del despacho, se encontró con el mayordomo que la acompañó hasta la puerta. Ya en la calle, por fin se permitió respirar aliviada, esperaba que el duque se hubiera tragado sus mentiras. Después, se puso a caminar hacia el carruaje, el cochero la estaba esperando con la portezuela abierta para que entrara en el interior del vehículo.
Dentro del carruaje, Gina se encontraba al borde de un ataque de nervios, porque no tenía ni idea de cómo le estaba yendo a su tía Holly con el malvado noble. Y esperaba de todo corazón que el plan que habían fraguado entre su tía y ella, saliera como deseaban.
Tan pronto Holly entró en el carruaje, Gina preguntó:
—¿Cómo ha ido todo, tía Holly?
—Enseguida te lo contaré, querida. Ahora lo importante es que nos pongamos en marcha cuanto antes. —Le indicó al cochero que ya era hora de emprender el viaje, ya que habían llevado el equipaje con ellas para no perder tiempo.
El carruaje se puso en marcha con un brusco bamboleo y poniendo rumbo al destino que había elegido para ocultarse.
—Ahora, cuéntame, ¿qué ha sucedido en la mansión?
—Todo ha salido como estaba planeado. —Holly soltó una carcajada—. Tenías que haber visto la cara de sorpresa que ha puesto cuando le he dicho que estabas comprometida para casarte y te encontrabas viajando para reunirte con tu prometido.
Gina también se rio, y respondió:
—Cómo me hubiera gustado verle qué cara se le ha quedado al altanero duque.
—Lo que importa es que te has librado de convertirte en su juguete por los pelos.
—Sí, tienes razón. Ahora espero que papá, Xavier y Jerome puedan evitar que nos quite nuestro hogar.
Holly puso la mano sobre la de su sobrina para darle ánimos, y respondió:
—Ya verás cómo sí. Ellos son hombres fuertes y no permitirán que ese malvado siga con sus planes de querer vernos arruinados.
—Gracias por todo, tía Holly, yo no hubiera sido capaz de enfrentarme sola a ese noble.
—Eres mi sobrina, y te defenderé de quien haga falta. Lo que sí me sorprendió...
—¿Qué?
—Ese hombre llevaba puesto un antifaz.
—Sí, a mí también me sorprendió que lo llevara puesto cuando le fui a ver, puede que tenga el rostro desfigurado y sea para cubrir alguna cicatriz.
—Bueno, dejemos de pensar en él, Gina. En Éxeter estaremos a salvo una buena temporada.
Gina asintió, y se pusieron a charlar de temas más agradables mientras proseguían el viaje. Las horas fueron pasando y la noche empezó a caer. Encontraron una posada en un pequeño pueblo; a simple vista, el establecimiento se veía en buenas condiciones, y Holly asomó la cabeza por la ventanilla para ordenar al cochero que detuviera el carruaje en el patio de la posada. El cochero detuvo el vehículo, bajó del pescante y ayudó a las damas a apearse. Después de bajar el equipaje y acercarlo a la puerta de la posada, Holly pagó al hombre el recorrido, segura de que a la mañana siguiente encontrarían algún medio de transporte para continuar el viaje. Tras darle las gracias, el cochero subió de nuevo al pescante, puso en marcha el carruaje y se perdió en la espesura de la noche.
Gina y Holly entraron en el establecimiento y pudieron comprobar que era acogedor y que estaba limpio. Con las maletas en la mano, se acercaron al mostrador y Holly preguntó al posadero si tenía habitaciones libres. El hombre le respondió que le quedaba una habitación con camas dobles. Holly asintió y el posadero les entregó la llave, anunciándoles que la cena se servía dentro de media hora, y les indicó las escaleras para que subieran a la habitación el equipaje. Holly y Gina subieron a la planta de arriba, y entraron en la habitación que les habían asignado. No era una habitación grande, pero resultaba confortable y estaba limpia. Aprovecharon que había agua en el aguamanil para asearse y cambiarse de ropa antes de bajar a cenar.
Veinticinco minutos después, bajaron y una de las mozas que atendían en el local las acompañó al comedor. La joven les preguntó qué iban a tomar y les dijo que esa noche había para cenar empanada o codillo de cerdo al horno con patatas. Ambas pidieron limonada para beber y se decantaron por el codillo. La chica no tardó nada en servirles la cena, y comprobaron que estaba sabrosa; luego, tomaron un té para que las ayudara a descansar mejor.
Tras beberse la infusión, Gina y Holly subieron a su habitación, mientras el comedor se iba llenando de huéspedes. Todavía era muy temprano, pero Holly le dijo a su sobrina que era mejor que se acostaran temprano, pues no sabía cuánto tiempo les iba a costar encontrar otro carruaje de alquiler a la mañana siguiente.
Ya acostadas, Holly no había tardado nada en quedarse dormida, pero Gina todavía permanecía despierta sin poder dormir. La imagen del duque aparecía en su mente para torturarla. Y no conseguía entender por qué no podía dejar de pensar en él y le afectaba tanto. Mentalmente, maldijo a ese hombre que se estaba adueñando por completo de su mente y de sus pensamientos. Y tenía que verlo como el canalla que era y que únicamente la quería para satisfacer su deseo. Pero algo se removía dentro de su pecho cuando pensaba en él. Y Gina no entendía qué le estaba pasando, cuando debería odiar con todas sus fuerzas al hombre que había llevado a su familia a la ruina y ahora quería quitarles su casa. Se removió incómoda en la cama diciéndose que tenía que sacar de su cabeza esos pensamientos que no la llevaban a ninguna parte, y que si estaba huyendo era precisamente para que él no lograra lo que pretendía de ella. Su tía y ella le habían demostrado que eran mucho más inteligentes que él, e iba a hacer todo lo posible para que no pudiera encontrarla y cumplir con lo que ese horrible noble pretendía de ella. Era una mujer decente y no iba a arruinar su reputación siendo su amante.
Como Nolan había dispuesto, a la mañana siguiente a las diez en punto, sus dos abogados se presentaron en la mansión para dirigirse a St. James House para desalojar a sus inquilinos. Nolan se subió al carruaje ducal y emprendió la marcha, mientras en otro carruaje lo seguían los abogados. Y no dejaba de pensar en cómo iba a disfrutar ese momento, y de paso, sabría si Gina se había ido como le aseguró su tía.
Cuando el carruaje se detuvo en la propiedad, por la ventanilla pudo apreciar el mal estado en que se encontraba la propiedad, y se alegraba de ver hasta qué punto había arruinado la vida de Gina y la de su familia, y tenía plena seguridad en que nunca se iba a arrepentir por ello; ella lo había despreciado y pisoteado sus sentimientos como si de un trapo sucio se tratara.
El lacayo que había acompañado al cochero en el pescante, bajó para abrirle a Nolan la puerta, él cogió el antifaz que había dejado en el asiento y con un eficaz movimiento se cubrió la cara, bajó del vehículo y se encaminó hacia la entrada de la casa seguido por sus abogados. Vernon ya había abierto la puerta nada más distinguir el carruaje ducal.
—Buenos días, excelencia, ¿qué os trae por nuestra humilde morada? —preguntó, mientras hacía una reverencia.
—Como estarás al tanto, sabrás perfectamente que hoy vence el plazo para que desalojéis la propiedad.
—¿Qué está pasando, Vernon? —los interrumpió Jerome.
—Sabes perfectamente a lo que vengo —respondió Nolan, sardónicamente.
—¡No tenéis derecho a hacernos esto, excelencia! —Jerome estaba empezando a enfadarse.
Nolan los miró desafiante, al tiempo que decía:
—Sí que puedo hacerlo, aquí están mis abogados para demostrar que estáis ocupando de forma ilegal una propiedad ajena.
—¡Eso es una vil mentira, no sé de qué sucia artimaña os habéis valido para lograrlo! ¡Pero de nuestra casa no nos vamos!
Xavier, que se encontraba en la biblioteca, oyó el griterío que se había formado en la puerta y salió a ver qué estaba pasando.
—¿Qué significan estos gritos, Jerome?
—Su excelencia viene a echarnos de la casa.
—¡No lo vamos a permitir! ¡Así que subíos a vuestro carruaje y largaos antes de que empecéis a tener serios problemas!
Nolan soltó una carcajada, eso enfureció a Jerome e intentó darle un puñetazo, pero Xavier lo detuvo a tiempo haciéndole ver que era un gran error y que los podían enviar a la cárcel.
—Sabia decisión —prosiguió diciendo Nolan—. Ahora quiero que todos los habitantes de esta casa salgan y se vayan. ¡Abogados, procedan!
—¡No os atreváis, imbéciles! —dijeron Jerome y Xavier, haciendo un frente común para evitar los avances. Poco después, llegó Willow y entre los tres hicieron todo lo posible para que el noble no se saliera con la suya.
Nolan se estaba cansando, y se negaba a creer que le habían ganado la batalla, por ahora no le quedaba más remedio que retirarse. Les lanzó una mirada de odio advirtiéndoles de que no iba a permitir que las cosas quedaran así. Luego se giró, e hizo un gesto a sus hombres para que se retiraran. Furioso, subió al carruaje y diciéndose que no iba a fallar en la última fase del plan.
Willow, Xavier y Jerome, respiraron aliviados cuando vieron que los carruajes abandonaban la propiedad. Entraron en el interior de la casa, fueron a la biblioteca y allí pidieron a Vernon que les sirviera una copa de brandy. El mayordomo asintió, todavía con el susto en el cuerpo, ya que, por unos instantes, había temido que el duque se saliera con la suya. Sirvió la bebida, mientras Xavier decía que habían ganado algo de tiempo y que su madre y Gina no habían tenido que presenciar la espantosa escena que se había producido con ese maldito hombre.
Mientras el carruaje avanzaba, Nolan pensaba en Gina, y no había podido saber si de verdad se había ido de viaje como afirmaba su tía. Y se juró así mismo que él la encontraría donde fuera que se estuviera escondiendo, porque ahora tenía más claro que nunca que estaba huyendo de él, y qué equivocada estaba si creía que lo podía engañar tan fácilmente.
Holly y Gina se levantaron tan pronto el alba empezó a despuntar sobre el horizonte, se asearon, se vistieron, recogieron el equipaje y bajaron a desayunar. Tras un copioso desayuno, Holly pagó la cuenta al posadero y le preguntó si había una cuadra cercana donde se pudiera alquilar algún carruaje, el hombre les dijo que había una a unos quinientos metros de distancia, le dieron las gracias y salieron del establecimiento siguiendo las instrucciones del dueño.
Cuando llegaron, preguntaron al jefe de cuadra si tenían algún carruaje para alquilar, el fornido hombre les dijo que estaban de suerte, ya que solamente le quedaba uno disponible. Tras pagar lo acordado, el cochero subió el equipaje y ayudó a las damas a subir al vehículo; minutos después, emprendían la marcha hacia Éxeter.
Fue entonces, cuando Gina preguntó:
—Tía Holly, ¿Graystone ya habrá ido a casa?
—Querida, no te angusties por eso, mis hijos y tu padre lo evitarán.
—Ojalá sea así. Me sentiría muy desgraciada si por mi culpa nos quedamos en la calle.
—Escúchame, Gina. Has hecho lo correcto, ninguna muchacha decente aceptaría esa denigrante proposición.
—Es cierto, y todavía me sigo preguntando por qué ese demonio se ha ensañado de esa forma con nosotros. No lo conocemos de nada y no sé qué diablos tiene en nuestra contra.
Holly se quedó unos minutos en silencio antes de responder:
—Cariño, no tengo ni idea, y tampoco tengo respuesta a tu pregunta.
—En Éxeter estaremos seguras, espero que para entonces Graystone se haya olvidado de todo.
—No lo creo, a un hombre solamente le hace falta que le nieguen algo, para querer lograrlo a toda costa.
Poco después, cambiaron de tema y hablaron de cosas mucho más agradables. Cuando entraron en el siguiente poblado, vieron que era día de mercadillo y bajaron a pasear entre los diferentes puestos, y pasaron una agradable mañana, en la que compraron algunos víveres para comer más tarde. Y la verdad es que Gina estaba disfrutando con la experiencia, porque por primera vez en muchos años se veía libre y sin preocupaciones en la mente.
Regresaron al carruaje y emprendieron la marcha. Más tarde pararían en algún descampado para comer. Gina se concentró en mirar por la ventanilla para observar el paisaje tan bello que pasaba ante sus ojos. Estaba feliz y deseosa de llegar a su destino y comenzar una nueva vida, y quizás allí podría conocer a un hombre del que poder enamorarse, casarse y ser feliz con él el resto de su vida. Y cuando regresara de nuevo a Londres lo haría del brazo de su flamante esposo. Una sonrisa iluminó su rostro con solo imaginárselo.
Para cuando Nolan llegó a la mansión, estaba tan furioso que tenía ganas de destrozarlo todo. Con mucho esfuerzo se contuvo, bajó del carruaje y con paso acelerado entró en la mansión. Pidió a Graves que no le molestaran y se encerró en el estudio. Allí se sirvió un vaso de whisky y se lo bebió de un trago, se acercó al escritorio, dejó el vaso vacío sobre el mueble con más fuerza de la necesaria, y se puso a dar vueltas por la estancia muy enfadado. Había estado a punto de lograr su venganza, y como un idiota había dejado que todo se le fuera de las manos. Tantos años analizando meticulosamente cada movimiento, para que ahora se hubiera dejado derrotar con tanta facilidad. Gina no sabía a qué poderoso enemigo se enfrentaba, y en cuanto la encontrara iba a ser mucho más cruel con ella por haber intentado burlarse de él, y no iba a descansar hasta que la tuviera nuevamente frente a él.
Después de varios minutos, por fin logró serenarse, y fue a sentarse al sillón tras el escritorio. No importaba el dinero que tuviera que invertir en la búsqueda de Gina St. James para encontrarla. Si era necesario, removería cielo, tierra y mar para encontrarla. No iba a permitir que la única mujer que se había burlado de él lo siguiera haciendo. Pero lo primero de todo, era hablar con un juez y pedirle una orden de desalojo para poder quitarles a esa gentuza lo único que les quedaba.
Se había convertido en un hombre duro y frío, porque una mala mujer había aplastado todas sus ilusiones de un plumazo, sin siquiera darle una oportunidad para poder conocerlo. Pero ahora las cosas eran diferentes, ya no era el muchacho pobre del pasado que había sido, ahora se había convertido en un hombre muy poderoso, poder del que se iba a valer para desquitarse de Gina. Ella siempre lo había mirado por encima del hombro, y haciéndole sentir insignificante.
Ahora lo imperante, era contactar con un buen detective que lo ayudara en la búsqueda de esa mujer. Encomendaría a Graves el encargo de contactar con el mejor detective de la ciudad, y diciéndose que la investigación tenía que dar frutos cuanto antes, ya que con Gina nunca sabía a lo que atenerse, y existía la posibilidad de que huyera incluso del país, y no podía darse ese lujo, si ella lograba salir, le sería mucho más difícil encontrarla, por no decir que sería imposible. No, eso no iba a suceder, Gina tenía que pagar y con creces por todos los desprecios del pasado y que seguían vivos en su memoria.
Se levantó del sillón y se acercó al cordón para llamar a Graves, y que le sirviera una taza de café bien cargado. El mayordomo no tardó nada en presentarse y cumplir las órdenes del duque. Nolan aprovechó para dar orden de que contactara con el mejor detective, y pensando que debía mantener la cabeza bien fría para poder pensar con claridad. Minutos después, estaba disfrutando de la cálida bebida, mientras observaba el paisaje a través de la ventana. Quisiera o no, Gina iba a caer irremediablemente entre sus brazos y en su cama. Cuanto más intentara ella evitarlo, más empeño pondría él, y por fin podría ver cumplido el sueño que había anhelado desde siempre.
Ahora que estaba mucho más tranquilo, se dijo que debía mantenerse firme para no perder el terreno que había ganado. En cuanto hablara con el juez, concentraría toda su atención en encontrar a Gina, allí donde se estuviera escondiendo, y porque había huido de él como la cobarde que era.
4
Ya habían pasado tres largas semanas, desde que Gina y Holly llegaran a Éxeter. Tres días después de su llegada, consiguieron que las contrataran para trabajar en la casa del conde Carling; Holly, como acompañante de la anciana madre del conde, y Gina, como doncella. Al principio, su tía se había opuesto a que su sobrina fuera una simple doncella, pero Gina le había hecho ver que necesitaban el trabajo para sobrevivir mientras permanecían en Ëxeter, y empleadas en la misma casa, tendrían una cama donde dormir y ahorrarían mucho dinero al no tener que pagar alquiler por una casa. Lord Aníbal y su esposa lady Vera, se portaban muy bien con las dos, pero con el hijo del matrimonio, las cosas eran muy diferentes, lord Jeremy Carling era un joven muy apuesto y se había encaprichado de Gina desde que la había visto, y no perdía ocasión para molestarla.
Ya era media mañana, y Gina se encontraba en uno de los dormitorios aireando la estancia y cambiando las sábanas de la cama, cuando Jeremy la increpó por la espalda, con un brazo la sujetó por la cintura, y con la mano que tenía libre le tapó la boca.
—Si sabes lo que te conviene, vas a hacer todo lo que yo te pida —le dijo al oído.
Gina intentó zafarse, y eso hizo que Jeremy se enfadara.
—¡Te he dicho que te estés quieta, me estás empezando a agotar la paciencia! —Y la apretó todavía más a su cuerpo.
Ella hizo un nuevo intentó de zafarse dándole una patada, pero falló en el intento.
Luego, la giró bruscamente y la empujó a la cama, después se tumbó sobre ella y empezó a levantarle la falda del uniforme.
Gina aprovechó ese momento para morderle la mano, flexionó la rodilla y golpeó a Jeremy en la entrepierna, él aulló de dolor mientras se doblaba, Gina se libró de él, se levantó de la cama y se alisó la ropa.
—¡Esto es para que aprenda que conmigo no se juega! —Y salió corriendo del dormitorio. En el pasillo se apoyó en la pared mientras intentaba tranquilizarse, pensando que no le quedaba más remedio que callar lo que había sucedido; si no lo hacía, su tía y ella se quedarían en la calle, y además, el hijo del conde diría que había sido ella la que había intentado seducirlo. Finalmente, logró tranquilizarse y continuó con sus quehaceres, diciéndose que de ahora en adelante debía tener mucha precaución y evitar quedarse a solas con Jeremy.
En el dormitorio, Jeremy seguía retorciéndose de dolor, al tiempo que decía:
—¡Esto no va a quedar así! ¡Vas a ser mía a como dé lugar!
Para alivio de Gina, el resto de la mañana no se volvió a encontrar con él, y preguntándose por qué había tenido que caer tan bajo, ella, que lo había tenido todo en la vida, y resultaba muy duro servir a personas que antes habían estado a su mismo nivel social.
Por culpa de Graystone, había tenido que huir de Londres como una fugitiva, y no iba a permitir que un canalla la deshonrara. Y de nuevo maldijo al duque porque todavía les seguía haciendo la vida imposible.
A la hora de comer, por orden de Patricia, el ama de llaves, otra doncella y ella sirvieron la comida al conde, a su esposa y a la anciana madre, Dolly, que estaba acompañada por Holly. Después de la comida, sirvieron té, y finalmente recogieron la mesa. Tras una pequeña comida en la cocina, Gina continuó con todo el trabajo que tenía que hacer.
Horas después de recoger la mesa de la cena, Gina se fue a su dormitorio a quitarse el uniforme, asearse y ponerse el camisón, como no tenía hambre, se tumbó en la cama y se puso a leer un rato para intentar distraerse y no pensar en nada. Ya apenas veía a Holly, pues a ella le habían puesto un pequeño camastro en los aposentos de la anciana.
Nolan había viajado a Éxeter, porque Danny Tramain, el detective que había contratado, le aseguró que la dama que buscaban se encontraba en la ciudad. Y ya llevaba casi una semana alojado en la suite del mejor hotel y todavía no sabía dónde se escondía Gina.
Ya pasaban de las diez y media de la noche, Nolan ya había bajado a cenar al restaurante del hotel, y ahora se encontraba en la suite dando vueltas de un lado a otro, tenía que encontrar a Gina, ella no se iba a burlar de él tan fácilmente. Danny le había dicho que estuvo preguntando en las casas que se habían alquilado durante las últimas semanas, pero ninguna de ellas fue alquilada por dos mujeres que encajaran con la descripción que Nolan le había proporcionado.
Luego, se acercó al mueble de las bebidas y se sirvió una copa de coñac, fue a sentarse al sofá y dio un sorbo a la bebida, y preguntándose qué más podría hacer para encontrar a Gina. Éxeter no era una ciudad tan grande, y ella no podía haberse esfumado de la faz de la Tierra. Y se dijo que seguiría buscándola hasta dar con su paradero. Gina había demostrado ser una mujer astuta, pero él le iba a enseñar que lo era mucho más, y que por mucho que intentara escapar de él, nunca lo iba a conseguir, porque la perseguiría hasta el mismísimo infierno si era necesario, porque Gina iba a pagar muy caro, e iba a disfrutar haciéndola pagar.
Se bebió el contenido de la copa, y entonces recordó que para esa noche se había organizado una partida de póquer en una de las salas del hotel. Se levantó del sofá, se recompuso la ropa y salió de la suite, decidido a pasárselo bien durante unas horas.
La suerte estaba de su lado, y a lo largo de la noche fue el ganador de la partida, aunque en esa ocasión no se había apostado dinero, simplemente había sido organizada para diversión de los caballeros que se alojaban en el prestigioso hotel.
Cerca de las tres de la madrugada, Nolan regresó a su suite. Allí se desvistió; en ese viaje había prescindido de su ayuda de cámara, ya que no tenía intención de quedarse para siempre en Éxeter. Luego, se puso el pantalón del pijama y se acostó en la mullida cama. Apagó la luz, y como estaba exhausto, poco a poco se fue quedando profundamente dormido, mientras la suave luz de la luna inundaba la habitación.
Y como otra noche cualquiera, soñó con Gina, con sus besos y sus caricias que tanto añoraba. Y Nolan era feliz porque ella le correspondía. Le encantaba sentir el tacto de la piel de ella sobre la suya, sus labios sobre los suyos y descubrir a qué sabían sus besos. Pero de pronto, el hechizo se rompió y Nolan despertó bruscamente y respirando con dificultad, diciéndose que solo había sido un sueño, pero demasiado real.
Separó las mantas de la cama, se sentó en el borde de la cama y se pasó las manos por el pelo, diciéndose que la obsesión por esa mujer lo estaba llevando a la locura, y si no la encontraba pronto y la hacía suya, acabaría volviéndose completamente loco. Y se negaba a creer que seguía enamorado de Gina, no, no lo podía estar, después de cómo ella lo había rechazado de forma tan cruel. Lo que sentía por Gina en esos momentos, era un deseo incontrolable por tenerla en su cama y poseerla. Y para lograrlo, tenía que encontrarla lo antes posible.
Para Gina, la noche no estaba pasando demasiado bien, y no podía pegar ojo, temiendo que Jeremy irrumpiera de un momento a otro en su cuarto para terminar con lo que había empezado esa mañana. Aunque tenía prohibido acercarse a los dominios de la servidumbre, Gina no se fiaba para nada, por eso había decidido pasar la noche con un ojo abierto y alerta. Sabía que a la mañana siguiente tendría un espantoso dolor de cabeza, pero eso era lo que menos le importaba, proteger su honra era mucho más importante que unas horas de sueño. Lo que no dejaba de preguntarse era hasta cuándo podría soportar esa situación, porque ella tenía conocimiento de que era la única sirvienta que Jeremy Carling violentaba y molestaba de la forma que lo hacía.
Cansada de dar vueltas en la cama, encendió la vela, hizo a un lado la ropa de cama, se levantó, se acercó a la ventana, descorrió la cortina, y se puso a contemplar la oscuridad de la noche a través del cristal. Pensando en que tenía que buscar una solución para evitar que Jeremy la siguiera molestando, pero por muchas vueltas que le diera al asunto, no encontraba una solución, ya que ella era una simple doncella y llevaba las de perder. Si se atrevía a decir una sola palabra, su tía y ella serían echadas a la calle como perros, y Gina tenía claro que no podía permitir que eso sucediera, tenían que permanecer en esa casa hasta que ahorraran el suficiente dinero para poder alquilar su propia vivienda.
Minutos después, cerró la cortina y regresó a la cama, se tumbó, se cubrió con las mantas, cogió el libro que había dejado sobre la cama y se dispuso a leer un rato, a ver si así la vencía el cansancio y lograba descansar el resto de la noche, pero la lectura no la atrapaba.
De repente, Graystone apareció en su mente. Se preguntó si él la estaría buscando o se habría rendido al darse cuenta de que no iba a conseguir nada de ella. Y esperaba de todo corazón que no la buscara y la dejara continuar con su vida tranquilamente. Pero tenía sus dudas al respecto, el duque no se había pasado tantos años intentando destruirlos para que de buenas a primeras se quedara tan tranquilo. Gina rezó de todo corazón para que ese malvado hombre se olvidara de ella para siempre, y por supuesto, que Jeremy Carling la dejara de molestar, solo así podría llevar una vida tranquila. Y, sobre todo, rezó por la familia que había dejado en Londres, para que su padre y sus primos se encontraran bien. No había sido fácil mentirles, pero era la mejor decisión que su tía y ella habían tomado, porque no quería que ellos fueran a reclamarle nada al duque, porque se podría ensañar con su padre y sus primos, y Gina jamás lo hubiera soportado.
A la mañana siguiente, a Gina no le quedó más remedio que tomarse varios analgésicos para eliminar el terrible dolor de cabeza que tenía, pues no había sido capaz de descansar en toda la noche, y necesitaba estar completamente despejada para poder desempeñar su trabajo.
Estaba acabando de vestirse, cuando una de sus compañeras llamó a su puerta.
—Gina, ¿puedo pasar?
—Adelante, Sandy. —La otra doncella abrió la puerta y entró.
—Buenos días, lady Vera, me ha enviado a buscarte porque quiere hablar contigo.
—¿Y qué quiere de mí? —preguntó, pero un escalofrío la recorrió de los pies a la cabeza, pensando que a lo mejor Jeremy la había delatado y la iban a despedir.
—No lo sé, Gina. Solamente me ha dicho que te viniera a avisar de que te espera en su saloncito privado.
—Por favor, Sandy, dile que enseguida voy.
—De acuerdo. —Y la doncella salió del dormitorio tras despedirse de Gina.
Con los nervios a flor de piel, Gina acabó de ponerse el uniforme y la cofia que usaban las doncellas de la casa. Tenía miedo de que por culpa del idiota de Jeremy su tía y ella se quedaran sin trabajo. Cada día que pasaba, odiaba más la miserable vida a la que la habían obligado a vivir, pero por mucho coraje que le causara esa sensación, no le quedaba más remedio que soportarla.
Minutos después, salió de sus aposentos y se dirigió al saloncito privado de Vera, que se encontraba en la planta de arriba de la casa. Mientras subía las escaleras, Gina notaba que el corazón se le iba a salir del pecho, por mucho que intentara tranquilizarse, no lo conseguía.
Para cuando llegó a las puertas dobles del saloncito, se paró para inspirar profundamente y desde el interior le llegó la voz de Vera diciéndole que pasara. Gina entró e hizo una reverencia.
—Milady, ¿quería usted hablar conmigo?
—Sí, acércate, por favor. —Y Gina hizo lo que Vera le decía.
—¿He hecho algo malo, milady? —siguió preguntando.
—No, no, al contrario. Estoy encantada con el trabajo que desempeñáis tu tía y tú en esta casa. Nunca he visto tan contenta a mi suegra con su dama de compañía. Y tú eres responsable y haces bien tus labores.
—Milady, me agrada poder escuchar eso.
—Le he dicho a Sandy que vinieras porque estoy organizando un baile de máscaras. Me he enterado de que el duque de Graystone se encuentra en la ciudad. Mis amistades me han comentado que se aloja en el hotel Resorte.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Quiero que tú dejes en la recepción del hotel la invitación para que se la entreguen.
Gina empezaba a notar que se le secaba la garganta, porque si iba a ese hotel, existía la posibilidad de que se encontrara con el duque, y él entonces sabría que estaba escondida en Éxeter.
—¿Y no es más conveniente que la entregue usted? Es la anfitriona.
—Ya lo había pensado, pero me es imposible. El baile se celebrará dentro de dos noches y todavía me queda mucho trabajo por hacer.
A Gina no le quedaba más remedio que cumplir con lo que su patrona le había pedido.
—Como usted ordene, milady.
—El cochero ya tiene el carruaje listo para llevarte al hotel.
—Milady, ¿necesita algo más?
—No, eso es todo, puedes retirarte. —Gina hizo una reverencia y salió de la estancia.
Tan pronto bajó al piso inferior, Samuel, el cochero, ya la estaba esperando con el carruaje en la entrada de la casa. Gina subió al carruaje y el vehículo se puso en marcha, mientras el corazón le latía a galope dentro del pecho, solo esperaba no encontrarse con Graystone. Haría el recado que su patrona le había encomendado, dejaría la invitación en la recepción del hotel y regresaría a casa para continuar con sus quehaceres.
El carruaje se detuvo frente a la entrada del hotel. Gina bajó del vehículo y se puso a caminar hacia la entrada del edificio, con piernas temblorosas, temiendo encontrarse con el duque. Como llevaba el uniforme puesto, el portero no se molestó siquiera en abrirle la puerta. En el vestíbulo del hotel, tuvo que enfrentarse a las miradas de indignación de clientes y empleados, pero Gina irguió con orgullo la cabeza y se dirigió al mostrador de recepción.
—Buenos días, señorita.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó la guapa recepcionista, con aire despectivo.
—Soy empleada del conde Carling. Su esposa, la condesa, está organizando un baile y me pidió que dejara esta invitación para el duque de Graystone. —Y le mostró el sobre.
—Muy bien —respondió la chica, al tiempo que le sacaba el sobre de la mano—. Le entregaremos la invitación cuando lo veamos, ahora ya puedes irte.
Gina salió del edificio, pues ya no soportaba que la gente la mirara como si fuera un insecto al que había que aplastar. Ya al lado del carruaje, subió y regresó a la casa. Y allí le informó a Vera que había cumplido su encargo. Luego, comenzó su jornada laboral, pues no tenía tiempo que perder, porque ya llevaba mucho retraso.
Mientras cambiaba las sábanas de las camas, y limpiaba el polvo, no podía dejar de pensar que en dos días iba a volver a ver a Graystone. Y se preguntó cómo iba a hacer para evitarlo, porque estaba segura de que en cuanto la viera, la iba a reconocer. Por mucho que intentara sacar esa preocupación de la mente, no era capaz. Porque por culpa de ese hombre tan déspota, estaba haciendo todo lo posible para ocultarse de él.
Sacudió suavemente la cabeza, y se puso a pensar en cosas más agradables, como, por ejemplo, en escribirles una carta a la familia para saber cómo se encontraban, y que ellos también supieran que su tía y ella se encontraban bien. Cada día que pasaba, a Gina le costaba cada vez más estar separada de su casa y de todos sus recuerdos. Tenía que mantenerse firme y pensar en cómo iba a hacer para que Graystone no la viera servir durante el baile.
Nolan todavía se encontraba en la cama. Era lo bueno de pertenecer a la nobleza, no se tenían preocupaciones y uno podía levantarse a la hora que fuera. Perezosamente, separó las mantas de la cama, se levantó, se acercó a las amplias ventanas y descorrió la cortina; al instante, la habitación quedó inundada por la luz del sol. Luego, se puso la bata y se disponía a desayunar cuando llamaron a la puerta de la habitación. Nolan hizo un gesto de contrariedad, ya que no soportaba las interrupciones, se anudó la bata y fue a abrir.
—Buenos días, excelencia, siento importunaros, pero han dejado este sobre para vos en recepción —dijo el botones.
—Gracias —respondió Nolan, al tiempo que cogía el sobre.
—¿Estáis cómodo, necesitáis algo? —Quiso saber el empleado.
—Todo está en orden —respondió Nolan.
—Me alegro, ya sabéis que solo tenéis que avisar cuando necesitéis algo. —El botones hizo una reverencia y desapareció por el pasillo para continuar con su trabajo.
Nolan cerró la puerta, vio que en el sobre estaba escrito el nombre del conde Carling, y sin pérdida de tiempo abrió el sobre. Estupendo, se dijo, lo estaban invitando a un baile de máscaras que se celebraría dentro de dos noches. Ya que no le vendría nada mal divertirse unas horas, y diciéndose que tenía que confirmar su asistencia lo antes posible. Se acercó a la mesa del desayuno, dejó el sobre, y se sentó a tomarse el desayuno. Y con el presentimiento de que le esperaban grandes sorpresas.
Después de desayunar, se dio un baño, se vistió con la elegancia de siempre, y tras consultar su aspecto en el espejo, salió de la habitación. Para ese día, el hotel había organizado varias actividades para entretener a los huéspedes. Para los caballeros, habían organizado un concurso de dardos, una partida de cartas, y las actuaciones de dos bellas cantantes. Las damas, se entretendrían bordando, tomando el té, y todo amenizado con la armoniosa música de un arpa.
A la hora de la cena, los huéspedes se reunieron en el comedor, y mientras se sentaban, comentaban lo bien que se lo habían pasado ese día, y los camareros comenzaban a servir la cena.
Nolan se sentó solo. El día le había resultado agradable, pero nada fuera de lo normal. Mientras cenaba, el baile de los condes ocupó de nuevo su mente, deseando que los dos próximos días pasaran pronto para poder asistir al baile. Porque su intuición le decía que en esa casa le aguardaba una gran sorpresa, y deseaba averiguar de qué se trataba.
Después de cenar, pidió un café acompañado de una copa de coñac. De pronto, la imagen de Gina St. James cobró vida en su mente, y se maldijo, porque desde que había llegado a Éxeter no había sido capaz de dar con su paradero, parecía como si Gina se hubiera esfumado del planeta. De nuevo, pensó en la posibilidad de que hubiera abandonado el país en barco, pero Danny le había asegurado que el nombre de esa mujer no se encontraba en las listas de pasajeros de ningún barco que hubiera zarpado de Londres, o fuera a zarpar en los próximos días. Y Nolan tenía el presentimiento de que estaba malgastando sus energías buscando en el lugar equivocado, y ya no sabía qué más podría hacer, quería creer en el detective al asegurarle que estaban tras la pista correcta. A Nolan no le gustaría malgastar su fortuna en algo que no estaba dando los frutos que esperaba.
Nolan sacó esos pensamientos de la mente, se levantó de la mesa, se acercó a la barra del restaurante y allí pidió otra copa de coñac. Todavía no tenía sueño, y estaba seguro de que, si subía a su habitación a acostarse, no iba a ser capaz de dormir. Minutos después, el barman le informó de que varios caballeros solicitaban su presencia para una partida de póquer, y Nolan se alegró por ello, porque así estaría distraído parte de la noche, ya que a todo buen caballero que se preciara, le gustaba disfrutar de una buena partida de cartas.
Y como siempre, Nolan volvió a llevarse las mejores manos y ganó todas las partidas de la velada, ya que tenía mucha suerte para el juego. No había nacido en cuna de oro, pero estaba demostrando mucha más inteligencia que los petimetres que se habían criado en Eton, y que se creían el ombligo del mundo por nacer entre la nobleza.
5
Los dos días siguientes pasaron como un torbellino, pues toda la servidumbre debía limpiar la casa a fondo, poniendo especial atención en el salón de baile, en el que había que abrillantar el suelo, asegurarse de que todas las velas de las magníficas lámparas alumbraran, colgar cintas decorativas, y un sinfín de tareas que parecían no tener final. Cuando Gina entraba en su dormitorio, se encontraba totalmente exhausta de tanto trabajo. Vera también había ordenado a Holly que ayudara a las doncellas, y su tía hacía que las largas jornadas fueran más amenas.
Ya era por la tarde, y Gina y Holly se encontraban en el salón de baile poniendo flores frescas, mientras las otras doncellas se ocupaban de preparar la mesa, y la orquesta que amenizaría la velada montaba el palco y afinaba los instrumentos.
Con el paso de las horas, Gina se veía cada vez más nerviosa, por mucho que había pensado en la forma de que Graystone no la viera, no se le había ocurrido nada. Y, por descartado, podría decirle a Vera que precisamente esa noche se encontraba mal. No le quedaba más remedio que mentalizarse de que estaba expuesta al peligro, porque con la gente disfrazada no podría reconocer al duque, y eso le daba mucho miedo, porque quedaba a merced de él.
Su tía Holly interrumpió sus pensamientos.
—Querida, ¿me estás escuchando?
Gina, sacudió suavemente la cabeza para volver a la realidad.
—Perdona, tía Holly, ¿qué me decías?
—Veo que estabas muy distraída.
—Sí, estaba pensando en que esta noche Graystone descubrirá mi paradero.
—Gina, no puedes pasarte la vida atemorizada por culpa de un hombre, eres una mujer hecha y derecha, ya se cansará cuando vea que de ti no va a conseguir lo que quiere.
—Tienes toda la razón, tía. Pero te olvidas de que existe la posibilidad de que haya echado a la familia de casa, y se haya apropiado de nuestras pertenencias.
—Eso solo es un vil chantaje para que tú te acuestes con él y convertirte en su amante. Te aseguro de que no nos puede quitar nuestro único hogar.
—Por cierto, quiero contarte que anteayer les he escrito una carta para saber cómo sigue todo por Londres.
—Cariño, has hecho muy bien, yo misma lo habría hecho, pero no puedo separarme ni un instante de lady Dolly. Y estoy preocupada por mis hijos.
—Lo sé, y tenemos mucho que agradecerles a los condes que hayan permitido que nos quedáramos las dos en esta casa. Y me siento muy culpable porque una mujer como tú tenga que trabajar.
Holly se acercó a Gina, y la abrazó al tiempo que decía:
—Mientras las dos podamos estar juntas, lo demás no importa. —Se separó de su sobrina, y la miró a los ojos—. Ahora, ayúdame con este jarrón de flores.
Gina y Holly continuaron decorando el salón, mientras las otras doncellas se aseguraban de que el resto de la casa estuviera en perfecto orden. Luego, Holly abrió las ventanas de la estancia para airear, mientras Gina limpiaba de nuevo el suelo para que estuviera reluciente.
Horas más tarde, todas las doncellas se habían retirado a sus aposentos para cambiarse de ropa y ponerse el uniforme que debían usar cuando se celebraba algún evento importante. Gina, en su dormitorio, se miró en el espejo mientras se arreglaba y se aseguraba de tener el mejor aspecto posible.
De pronto, Gina notó un frío escalofrío por todo el cuerpo, y detrás de ella vio aparecer a Jeremy a través del espejo, ella intentó gritar, pero él fue más rápido y le tapó la boca con la mano, mientras la apretaba fuerte contra su cuerpo.
—Eres preciosa —empezó diciendo él, mientras acercaba sus labios al cuello de Gina—, y ya verás cómo al final voy a lograr que seas mía.
Gina forcejeó para intentar liberarse, pero fue un error, porque Jeremy la sujetó con más fuerza.
—¡Estate quieta, no empeores las cosas! —exclamó él, furioso.
Entonces, Jeremy puso una mano sobre la pierna de Gina, le subió la falda e iba acercando la mano a su entrepierna. Ella sollozó para que la dejara en paz y no le hiciera daño.
—Mmm, no sabes cuánto he soñado que llegara este momento. Me vuelve loco el aroma de tu piel tan suave y delicada.
Gina se encontraba totalmente perdida y no sabía qué hacer para librarse de ese canalla, pero si no hacía algo pronto, ese hombre iba a abusar de ella y no podía permitirlo. Jeremy se dejó llevar por el calor del momento, y sin darse cuenta, soltó la mano que le tapaba la boca a Gina, y se puso a acariciar unos de los pechos por encima de la ropa.
Por unos minutos, ella permaneció inmóvil mientras dejaba que Jeremy se distrajera, e intentaba pensar en algo para librarse de él. De pronto, supo cómo iba a deshacerse de Jeremy.
Él siguió explorando el cuerpo de Gina, cada vez más distraído y perdiendo la noción de lo que estaba haciendo. Jeremy la libró del agarre e hizo que Gina se girara para quedar cara a cara, y la besó. Fue un beso que a Gina le hizo sentir náuseas y gran repulsión, luego, lo empujó sobre la cómoda, cogió uno de los jarrones que adornaban el dormitorio y lo estrelló con todas sus fuerzas sobre la cabeza de Jeremy. Él cayó desplomado al suelo, sin saber qué era lo que estaba pasando.
Minutos más tarde, Gina sostenía un atizador en la mano, atenta por si ese desgraciado la volvía a atacar. Jeremy abrió los ojos, y la miró furibundo.
—¡Mira lo que has hecho, criada del demonio! —exclamó, con los dientes apretados por la rabia.
—Es lo menos que se merece por intentar abusar de mí.
—¡Solamente eres una fulana como todas las demás, y necesitas sentir algo duro entre las piernas para ser feliz!
—¡Cállese, o le juro que esta vez soy capaz de matarlo! —respondió Gina, levantando la mano con la que sujetaba el atizador.
Jeremy lanzó una risa espeluznante, y el vello del cuerpo de Gina se erizó por temor.
—No tienes el suficiente valor para hacerlo.
—¡No me ponga a prueba! ¡Ahora, levántese y salga de mi habitación!
Él se levantó tambaleándose, y con la mano en la cabeza se fue hacia la puerta, antes de abrirla miró a Gina y le dijo que eso no se iba a quedar así, después, abrió la puerta, y salió dando un sonoro portazo.
Gina permaneció largo tiempo donde estaba, mientras dejaba caer el atizador al suelo. Luego, se dejó caer en el suelo llorando y temblando como una hoja, porque estaba segura de que tarde o temprano, Jeremy iba a lograr su propósito. Por mucho que intentara mantenerse alejada de él, no lo conseguía, porque Jeremy no dejaba de perseguirla cada vez que tenía ocasión.
Pero se dijo que no tenía tiempo para lamentarse, esa iba a ser la noche en la cual los anfitriones habían organizado el baile, todavía había mucho trabajo que hacer, y no tenía tiempo para lamentaciones.
Se levantó del suelo, todavía con los nervios a flor de piel, se acercó a la cómoda, cogió un pañuelo y mirándose en el espejo se limpió la cara. Se recompuso el uniforme, al tiempo que suspiraba profundamente, porque no sabía hasta cuándo podría soportar esa situación. Quizás le hubiera ido mejor quedarse en Londres y acceder a la proposición de Graystone. Desde luego, prefería mil veces acostarse con él, que con el maldito Jeremy. Aunque era un hombre atractivo, Gina no soportaba que la tocara ni que la besara, pues sentía asco de solo recordar cómo la había manoseado, y su cuerpo se convulsionó de repugnancia.
Ya mucho más tranquila, salió del dormitorio para cumplir con sus responsabilidades. Gina se dirigió a la cocina y ayudó a Sandy y a Holly a llevar a la mesa los aperitivos y las bebidas que habían colocado en una de las esquinas.
Ahora, su mayor preocupación era Graystone, y cómo iba a hacer para poder evitarlo. Pero reconocía que iba a ser una ardua tarea, porque como era un baile de máscaras, no iba a poder localizarlo tan fácilmente y esquivarlo. Y ella tendría que atender a los invitados como otra doncella cualquiera.
Cuando ya estuvo todo listo, Vera reunió a toda la servidumbre en la cocina para darles las últimas instrucciones. Para esa noche, los condes habían contratado a varios lacayos de librea para ayudar a los invitados a bajar de los carruajes y llevarlos a saludar a los anfitriones.
Gina, Sandy y Holly, echaron un último vistazo a la decoración del salón, y ambas estaban de acuerdo en que era preciosa. Mientras, los músicos, en el escenario, empezaban a tocar una bella melodía, pues los invitados no tardarían en comenzar a llegar.
Gina reconocía que estaba nerviosa, no solo porque esa noche se iba a reencontrar con el duque, sino porque era la primera vez que ella servía en un acto público de tanta importancia, pues ella había pertenecido algún día a esa sociedad que tanto detestaba ahora, porque había vivido en un mundo falso en que lo único que importaba era despellejarse los unos a los otros. Y eso precisamente era lo que había sucedido con su familia y con ella, se habían cebado con ellos cuando cayeron en desgracia y quedaron completamente arruinados.
Sacó esos recuerdos de la mente, porque no la llevaban a ninguna parte, el pasado era pasado y no podía cambiarse lo ocurrido, ahora debía concentrarse en el presente y en el futuro, deseando de todo corazón que su suerte cambiara lo antes posible. Pero mientras eso sucedía, le esperaba una larga noche de trabajo, quería que todo saliera bien y que los invitados quedaran contentos de la velada y comentaran los buenos anfitriones que eran los condes.
Y tiempo más tarde, Gina ya no tuvo tiempo para pensar en nada más, pues se concentró en servir champán y canapés a los invitados que empezaban a llegar y que se veían muy elegantes con sus vestuarios. Y expectante para cuando se anunciara la llegada de Graystone, ya que los nervios le atenazaban la boca del estómago, porque no tenía ni idea de cómo iba a reaccionar cuando lo tuviera delante de ella.
Mentalmente, se dijo que tenía que tranquilizarse, porque debía desempeñar su trabajo con profesionalidad, y no tenía ganas de exponerse a que se burlaran públicamente de ella, y mucho menos, de los anfitriones. Gina tenía muy claro que Graystone no significaba nada para ella y que tampoco le debía nada a ese canalla, que solamente pretendía utilizarla y humillarla.
Sobre las once de la noche, Nolan aguardaba en el carruaje su turno para saludar a los anfitriones, que por supuesto no conocía de nada, pero estaba seguro de que lo habían invitado porque tener entre los invitados a Graystone era un lujo y que la gente que pertenecía a la más selecta clase, se peleaban por tener en sus eventos.
Esa noche, Nolan se había engalanado con un frac, camisa blanca y relucientes zapatos negros; para cubrirse la cara, había elegido una máscara que le cubría totalmente el rostro, eso le daría la suficiente privacidad para pasar desapercibido entre los invitados y así poder explorar el ambiente con más calma, pues él seguía con la sensación de que esa noche se iba a encontrar con una gran sorpresa.
Los carruajes fueron avanzando, y el suyo también avanzó unos pocos metros, deseando que le tocara su turno para saludar a los anfitriones y entrar en el interior de la mansión. Esa era una de las normas de etiqueta que Nolan detestaba, aunque intentaba mostrarse relajado, por dentro estaba hecho un manojo de nervios, aunque se le estaba agotando la paciencia, no le quedaba más remedio que mantenerse sereno.
Y por fin, llegó su turno. Un lacayo de librea le abrió la puerta del carruaje para que él bajara, y lo acompañó hasta la entrada de la casa, donde estaban esperando los condes para saludarlo. El lacayo lo anunció, y tras saludar cortésmente a los anfitriones, Nolan entró en el interior de la casa, y allí el ama de llaves lo acompañó hasta el salón de baile, donde ya había muchos invitados luciendo sus mejores atuendos, junto con antifaces y máscaras que les cubrían el rostro. Nolan se acercó a la mesa de las bebidas y se sirvió una copa de champán, mientras seguía recorriendo con la mirada la estancia.
Gina había estado un buen rato pendiente de la entrada de los invitados, a la espera de que anunciaran a Graystone y así saber cuál era el hombre del que debía ocultarse, pero Sandy la había llamado para que le ayudara a servir los aperitivos y los canapés, y reconocía que se encontraba atrapada y no tenía escapatoria, porque si se negaba a servir a los invitados, a su tía y a ella, las echarían a la calle sin contemplaciones, y no quería imaginarse a su tía en la calle en la oscuridad de la noche, ella era responsable de haberla puesto en esa situación, y no le quedaba otra solución que enfrentarse a lo que tuviera que pasar, mientras esperaba en la cocina con Sandy y con Holly hasta que Vera anunciara que ya habían llegado todos los invitados y podían comenzar a servir, e intentaba tranquilizarse, pero sin éxito.
Casi veinte minutos después, Vera entró en la cocina a anunciar que todos los invitados ya se encontraban en el salón de baile, y que podían comenzar a servir las bandejas de comida. Las tres se alisaron el uniforme y cada una cogió una bandeja y salieron de la estancia. Entraron en el salón de baile donde la orquesta había empezado a tocar otra pieza musical y varias parejas bailaban al son de la música, mientras ellas se dispersaban entre la multitud y ofrecían comida a los invitados, pero de pronto, los ojos de Gina se clavaron en una pareja que bailaba; sobre todo, no pudo dejar de fijarse en ese hombre tan alto, moreno, musculoso y que tenía el rostro totalmente cubierto por una máscara. Pero se obligó a recomponerse y a continuar con su labor, antes de que Vera se diera cuenta y le llamara la atención.
Pero por mucho que intentaba tranquilizarse, no lo lograba, porque había algo en ese hombre que la perturbaba demasiado y no conseguía identificar por qué, y se preguntaba qué tenía ese hombre para que la afectara tanto, aunque no halló respuesta ninguna a sus preguntas.
El vals terminó de sonar y tras hacer una reverencia a la dama con la que había bailado, Nolan salió de la pista de baile y se dirigió a la mesa a por otra copa de champán. Ya al lado de la mesa, cogió la copa y fue entonces, cuando una de las doncellas llamó su atención, y aunque estuviera vestida con un horrible uniforme y tuviera el cabello recogido en un tirante moño, tenía la sensación de que la conocía, aunque en ese momento no fuera capaz de identificar de quién se trataba. Y desde ese momento, el ambiente del evento se le hizo mucho más interesante y divertido, porque no se iba a ir de esa mansión hasta que supiera todo de la bella mujer que había captado toda su atención.
Gina salió del salón de baile con la bandeja vacía y regresar a la cocina para dejar la bandeja, pues Vera acababa de dar la orden de que ya no se servirían más canapés y aperitivos esa noche, Holly y Sandy, ya hacía rato que se habían retirado a la cocina a cenar, pues todavía les quedaba mucho trabajo que hacer cuando los invitados se marcharan. Ya en la estancia, las tres cenaron y se tomaron una taza de café bien cargado para mantenerse despiertas.
Tiempo más tarde, Gina recorrió el pasillo hasta donde se encontraba la terraza, abrió las puertas y salió al fresco de la noche, y notó el sutil aroma que desprendían las flores que había en las macetas, mientras sus pulmones se llenaban de aire fresco.
Pero, de repente, empezó a notar que el vello del cuerpo se le erizaba, y no tenía nada que ver con el frío de la noche, y se decía que si seguía así se iba a volver completamente loca. Entonces, alguien habló desde las puertas, haciendo que Gina se girara rápidamente y estuvo a punto de desmayarse al encontrarse frente a frente con el hombre que había llamado su atención. Él estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y mirándola fijamente.
—Perdona que te haya asustado, pero te he visto y he sentido la curiosidad de charlar contigo.
—Milord, usted no puede estar aquí, debe regresar al salón de baile con los invitados.
—Excelencia, es la forma correcta de dirigirte a mí.
—Perdón, pero no estoy entendiendo nada.
—Vamos, Gina, ¿es que ya te has olvidado tan pronto de las normas sociales de la nobleza inglesa?
Gina deseó que en ese momento se abriera la tierra a sus pies y se la tragara, con mucho esfuerzo, pudo decir:
—Lo siento mucho, milord. Pero me está confundiendo con otra persona.
—No, no lo estoy. Has sido muy astuta al intentar querer librarte de mí. Ha sido una gran suerte de que te hubiera encontrado esta noche aquí, y vestida de doncella.
—Por favor, váyase o gritaré para que alguien venga a ayudarme.
Nolan se separó de la puerta, y a paso lento se fue acercando a Gina.
—No, porque sé perfectamente que no lo harás.
—Quiero que se identifique ahora mismo.
—Tus deseos son órdenes para mí, soy Graystone. —Pero Nolan no descubrió su rostro.
Gina palideció al escuchar ese maldito nombre. Nolan torció la boca en un gesto de desdén.
—Por tu cara, veo que me recuerdas perfectamente, ¿verdad?
Con un hilo de voz, ella pudo decir:
—Excelencia, salid de aquí antes de que me busquéis un problema con los condes.
Él fue acercándose cada vez más a Gina.
—Me importa un bledo lo que pase contigo. Ahora que te he encontrado no voy a dejarte escapar de nuevo.
Cuando ya estuvo al lado de ella, Nolan la envolvió en un abrazo, la atrajo hacia él y la besó. Con ese beso, Gina tuvo la sensación de que de un momento a otro iba a desmayarse, gracias a los fuertes brazos de él que la sujetaban con firmeza, pero sin hacerle daño.
—No sabes cuánto tiempo he esperado para hacer esto, y tengo que reconocer que la espera ha valido la pena.
—Yo… yo no he hecho nada para que me tratéis de esta forma, por favor, marchaos y dejadme tranquila.
Nolan la miró fijamente a los ojos a través de la máscara, y Gina se estremeció al ver el brillo perverso de sus ojos, y que hicieron que todas las alarmas saltaran dentro de su cabeza.
—Gina, estás loca si piensas que ahora que te he encontrado, te voy a dejar que huyas de nuevo de mí, tendría que ser muy tonto para permitirlo. —Luego, alzó a Gina en brazos, al tiempo que con una mano le tapaba la boca para que no pudiera gritar pidiendo ayuda, y mientras se adentraba en el pasillo, se aseguraba de que tenía el camino despejado para sacarla de la mansión.
Nolan localizó una puerta que resultó ser un angosto pasadizo oscuro, solamente iluminado por la luz de la luna, pero que a él le sirvió para orientarse y avanzar buscando la salida, mientras Gina forcejeaba entre sus brazos para soltarse, pero sin éxito, porque él era mucho más fuerte y poderoso de lo que ella había esperado.
El pasadizo era muy largo y Nolan tardó mucho tiempo en localizar la salida. Ya en la calle, dejó a Gina en el suelo, pero sin soltarla, la sujetó firmemente a su cuerpo, al tiempo que le decía al oído que no cometiera una locura, y a ella no le quedó más remedio que obedecer a ese malvado hombre. Caminaron hacia donde se encontraban los carruajes aparcados, y en cuanto Nolan localizó el suyo avanzó con ella, el lacayo que acompañaba al cochero los vio, bajó del pescante y abrió la portezuela para que entraran en el interior del vehículo, y sin hacer pregunta alguna. Minutos después, Nolan dio un suave golpe en el techo para indicar que ya estaban listos para partir, y el vehículo se puso en marcha.
En el interior del carruaje, Gina por fin se pudo librar del abrazo de Nolan, mientras la sangre le hervía de rabia por dentro.
—¡Esto es un secuestro! ¡Lo colgarán por lo que me está haciendo!
—Gina, ¿tanto me odias para desear mi muerte? —preguntó Nolan, con curiosidad. Pero Gina no respondió, cruzó los brazos y giró la cabeza hacia la ventanilla porque no soportaba las burlas de Greystone. Nolan se acurrucó en su sitio. apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y en el interior del carruaje se hizo un tenso silencio, mientras el carruaje avanzaba a gran velocidad por las solitarias calles, y Nolan tomó la decisión de que era hora de regresar a Londres, mandaría aviso al hotel donde se había alojado que enviara sus pertenencias a la mansión, y pensando que la noche había resultado mucho mejor de lo que esperaba en un principio.
El carruaje seguía avanzando a gran velocidad, y Gina empezó a preocuparse porque no sabía a dónde tenía planeado llevarla Graystone, pero su integridad era lo que menos le importaba en esos momentos, la que de verdad le preocupaba era su tía Holly, pues no sabía cómo reaccionaría cuando se diera cuenta de que ella había desaparecido, pero se obligó a sí misma a serenarse, ya que sabía perfectamente que no iba a conseguir nada, y mucho menos la compasión de Graystone, un hombre que había demostrado que tenía el alma negra como el mismísimo diablo.
Finalmente, se atrevió a preguntar:
—¿A dónde me lleváis, excelencia?
Nolan permaneció largo rato en silencio, Gina casi temió que él no iba a responder, pero al final y mirándola a la cara, dijo:
—Regresamos a Londres, de donde nunca debiste huir. Y, por supuesto, te quedarás en mi mansión.
—¡No podéis hacerme esto! ¡Estáis cometiendo un delito al retenerme a la fuerza! —exclamó Gina, desesperada.
Nolan soltó una carcajada que hizo que Gina se estremeciera.
—Claro que puedo hacerlo. Y te aseguro que muy pronto sabrás por qué quiero verte destruida, y entonces, desearás estar muerta.
Ella ya no lo pudo soportar más, con una fiereza desconocida en ella hasta ahora, levantó el brazo para abofetear a ese hombre tan miserable, pero él fue más rápido y le sujetó con fuerza el brazo antes de que la mano de Gina impactara en su mejilla.
—¡Escúchame bien, nunca vuelvas a intentar nada parecido, ¿me oyes?, porque te aseguro que te va a ir muy mal! —exclamó Nolan, furioso. Porque ya se le empezaba a agotar la paciencia.
—Sois el peor hombre que existe sobre la faz de la Tierra, y tened por seguro que nunca me acostaré con vos, aunque fuerais el último hombre que poblara este planeta.
—Sí, sí que lo harás. Porque sé que tú me deseas tanto como yo a ti, el beso que nos hemos dado me le demostró.
—Eso es mentira, lo único que siento por vos es desprecio, y todavía más después de que me habéis separado de esta forma de mi tía.
—Tu tía es una mujer adulta y sabrá cuidarse sola perfectamente.
El silencio se hizo en el interior del carruaje, pues Gina no veía necesario volver a decirle a Graystone que su tía Holly se iba a llevar un susto de muerte, cuando se diera cuenta de que había desaparecido de la mansión de los condes, y se le encogía el corazón de tristeza al tener que causarle ese dolor a su tía. E imaginaba que después de lo sucedido y buscarla por todo Éxeter, no le quedaría más remedio que regresar a Londres, pues sin ella, su tía no vería la necesidad de quedarse en esa ciudad.
Después de mucho tiempo pensando, Gina se atrevió a decir:
—En cuanto lleguemos a Londres quiero ir a ver a mi padre y a mis primos para asegurarme de que se encuentran bien.
—Te doy mi palabra de honor de que se encuentran bien. Y todavía conservan St. James House.
Gina soltó una carcajada carente de humor, y luego respondió:
—Honor, no sabéis el significado de esa palabra. Un hombre de bien no va causando el daño que vos habéis hecho a mi familia.
—Mira, Gina. No quiero sonar repetitivo, pero ya te he dicho que muy pronto sabrás toda la verdad.
—Y ¿por qué no ahora? —siguió preguntando ella, desafiante.
—Porque no es lo que tengo en mente para ti. Ahora te recomiendo que intentes descansar porque nos queda por delante un largo viaje. Además, no quiero seguir con esta conversación que no nos lleva a ningún lado.
—¡No sabéis cuánto os odio! —exclamó Gina, entre dientes.
—Créeme, el sentimiento es mutuo. —Y por fin, se hizo el silencio en el interior del vehículo. Gina cogió la manta que había a su lado, se cubrió con ella, se recostó en el asiento, y cerró los ojos para intentar dormir.
Nolan, que estaba sentando frente a ella, se la quedó mirando fijamente. Con los ojos cerrados, Gina parecía un ángel caído del cielo, mientras recordaba lo mucho que la había amado en el pasado. Por unos instantes, se preguntó si la seguía amando, pero enseguida desechó esa idea de la mente, porque lo único que podía permitirse sentir por esa mujer, era odio. Gina había matado ese amor al romperle el corazón y todas las ilusiones que había albergado de joven.
Sacudió suavemente la cabeza, para desterrar esos pensamientos de la mente, y se puso a observar el paisaje nocturno a través de la ventanilla, ya que no tenía sueño, pues debía permanecer alerta en todo momento, porque existía la posibilidad de que Gina huyera, y no podía darse el lujo de dejarla escapar una segunda vez.
Pasados unos minutos, volvió a mirarla, y se dio cuenta de que Gina dormía profundamente. Y entonces, se puso a imaginar la reacción que tendría ella cuando se enterara de que él era Nolan Wells, el chico que había despreciado por ser pobre, y ahora convertido en duque de Graystone.
Y sentía mucho haber fracasado a la hora de dejarla a ella y a su familia en la calle, pues habría sido el castigo perfecto para que Gina acudiera a él desesperada, y ni en un millón de años se habría imaginado que ella estaba planeando huir con su tía. Pero finalmente, la suerte y el destino lo habían llevado directamente a ella, y por fin iba a tenerla en su cama y haciéndole apasionadamente el amor cada noche hasta que se saciara de ella, entonces la echaría a la calle sin contemplaciones, y no iba a dudar a la hora de expulsarla de su vida para siempre.
Cerca de las tres y media de la madrugada, los condes despidieron a los invitados más rezagados, luego, subieron a sus aposentos a descansar. Jeremy no había estado presente en el evento, y Aníbal y Vera, estaban seguros de que su hijo estaba en algún salón de juego y que seguramente no llegaría antes del amanecer, por mucho que los condes habían intentado que Jeremy fuera un hombre responsable y decente, fracasaron en el intento.
Ya casi iban a ser las cuatro y cuarto de la madrugada, cuando Holly entró en el dormitorio de Gina, preocupada porque llevaba mucho tiempo sin verla, y no era normal que su sobrina desapareciera sin decir nada. Y se alarmó al ver que no se encontraba en la cama ni en el cuarto de baño.
—¡Gina, cariño, dónde estás! —exclamó Holly, angustiada.
Pero no obtuvo respuesta.
—Si se trata de una broma, te aseguro que no tiene ninguna gracia —siguió diciendo, mientras registraba de nuevo todos los rincones del dormitorio y del baño. Y empezaba a ponerse nerviosa porque no sabía qué le había podido suceder a su sobrina.
Como un cohete, salió de los aposentos que había ocupado Gina, y fue a preguntar al resto de la servidumbre si la habían visto, pero todos le dijeron que llevaban mucho tiempo sin verla, y Holly empezaba a asustarse temiendo que su sobrina estuviera en peligro. Luego, recorrió la mansión buscándola por todos lados, pero sin éxito. Después, fue a la habitación de Dolly, y allí cogió una capa, se la puso a los hombros y salió de la alcoba, se dirigió a la cocina y encendió un quinqué, luego salió al exterior para seguir buscando a Gina en los jardines y los alrededores, pero ni siquiera halló una miserable pista que le indicara qué había pasado con la joven. Cada vez más preocupada, regresó al interior de la mansión, ahora tenía más claro que nunca que algo le había sucedido a Gina, porque ella nunca habría desaparecido de esa forma y sin decir nada.
Y por descartado, no podía decir nada a los condes, porque sabía que a esa gente lo que le pasara a la servidumbre no les importaba nada, para la nobleza, los sirvientes no tenían derecho a sentir y a padecer como cualquier otro ser humano. Holly lo sabía perfectamente, pues ella había pertenecido parte de su vida a la alta sociedad, aunque ella nunca había tratado mal al servicio que trabajaba a su órdenes.
Regresó a los aposentos que compartía con Dolly, allí se puso a recoger sus pertenencias; cuando acabó, volvió a entrar en el de Gina e hizo lo mismo con los enseres de su sobrina. Porque lo único que podía hacer ahora era irse de esa casa y encontrar a Gina lo antes posible.
Pero de pronto, recordó que Graystone había estado presente esa noche en el evento, y aunque estuvo atenta para poder identificarlo y advertir a Gina, le había resultado imposible. Pero ahora estaba completamente segura de que ese malnacido se la había llevado a la fuerza. Y se maldijo, porque no había sido capaz de ocultar a Gina para protegerla de ese condenado hombre.
Y ahora era demasiado tarde para lamentaciones, porque Graystone iba a lograr lo que siempre había pretendido de Gina, e iba a arruinar su reputación al convertirla en su amante. Y ella ya no podía hacer nada para ayudarla porque no tenía ni idea de dónde la podría tener oculta ese canalla.
Con la maleta de las pertenencias de Gina en la mano, regresó a su dormitorio y dejó la maleta de la joven al lado de la suya. Luego, se desvistió, se puso el camisón y se acostó en la cama, pero sabía que no iba a ser capaz de pegar ojo el resto de la noche, porque estaba muerta de preocupación.
Ahora, no le quedaba más remedio que regresar a Londres, y decirles a Willow, Jerome y Xavier que habían secuestrado a Gina, y que tenía la certeza de que Graystone era el responsable. Y no sabía cómo se lo iba a tomar Willow cuando se enterara, porque no le iba a quedar más remedio que confesar toda la verdad y que ellas se habían marchado de Londres huyendo del duque.
Intentó cerrar los ojos, y así poder dormir unas horas, pero no lo consiguió. Lo único que hizo fue dar vueltas y más vueltas sintiéndose responsable de lo sucedido. Porque si Gina y ella hubieran dicho la verdad desde un principio, nada de lo que estaba pasando, hubiera sucedido. Y la destrozaba por dentro, porque sabía que Willow era un hombre muy atormentando por todas las desgracias que lo habían sacudido en la vida, y saber que su única hija se encontraba desaparecida, sería como enterrarlo en vida, porque adoraba a su única hija y era el recuerdo que le quedaba de su difunta esposa.
6
El día comenzó a despuntar en el horizonte. Nolan no había podido dormir en toda la noche, mientras que Gina se había tumbado en el asiento dormida y todavía seguía durmiendo. No podía apartar la vista de ella, era como si Gina St. James ejerciera un embrujo sobre él y mucho más poderoso que sus fuerzas e intentaba luchar contra sus sentimientos. Con mucho esfuerzo, desterró esos pensamientos de la mente, porque no quería profundizar en lo que sentía por Gina, pero de lo que sí estaba seguro es que el amor que un día había sentido por ella, ahora se había transformado en un profundo odio, y que muy pronto ella misma iba a ser testigo de ello.
A lo largo de la noche, habían tenido que hacer varias paradas para dejar descansar a los caballos y darles agua, porque los hermosos ejemplares les pertenecía y Nolan no quería dejarlos en una cuadra cualquiera porque no tenía la seguridad de que recibieran los cuidados a los que estaban acostumbrados, o que alguien decidiera adueñarse de ellos.
Todavía les quedaba un largo camino que recorrer, y Nolan calculaba que esa misma noche llegarían a la mansión Graystone. Deseando poder estar de nuevo en su hogar, donde le esperaba su cómoda cama. En la mansión, podría recuperar las horas de sueño, mientras daba orden a una de las doncellas que no perdiera de vista a Gina. Sabía que era una chica muy inteligente, y tenía muy claro que no podía quitarle la vista de encima ni un solo segundo.
Un ligero movimiento en el asiento de enfrente, hizo que Nolan volviera a la realidad. Gina separó la manta con la que se había cubierto por la noche y la hizo a un lado, después se incorporó en el asiento, confusa por todas las horas que había dormido.
Pero, de pronto, lo recordó todo, cómo Graystone se había acercado a ella en la mansión de los condes, que la había sacado a la fuerza por un oscuro pasadizo, y la había obligado a subir a su carruaje para llevarla de vuelta a Londres. Y en silencio, se maldijo por haber sido tan idiota de exponerse al peligro. Su tía y ella debieron renunciar a sus empleos en cuanto se había enterado de que el duque iba a asistir al baile, y ahora, ella estaba pagando muy caro las consecuencias de ese gran error. Pero lo que sí tenía claro, era que no iba a dejarse aplastar por ese hombre, y si quería guerra, ella se la iba a dar, porque lucharía con todas sus fuerzas para que él no lograra lo que pretendía de ella, y si creía que la iba a hacer suya sin su consentimiento, se iba a llevar el chasco de su vida, porque lucharía con uñas y dientes para defenderse de él, y debía seguir viéndolo como lo que era, el enemigo.
Tras pensárselo varios minutos, preguntó:
—¿Qué hora es?
Nolan se desabotonó la chaqueta del frac y del bolsillo interior sacó la leontina de oro del reloj, y tras consultar la hora, la miró fijamente. Por unos instantes, Gina se quedó perdida en las profundidades de esos ojos, que estaba segura que había visto antes, pero no conseguía recordar de dónde, y eso la perturbaba demasiado, porque el hombre que tenía sentado frente a ella, sabía todo sobre su vida, sin embargo, ella no sabía absolutamente nada sobre él, y eso la inquietaba demasiado.
—Son las ocho y veinte de la mañana —respondió él, y Gina perdió el hilo de sus pensamientos.
—¿No vamos a parar a desayunar?
—El cochero detendrá el carruaje cuando vea alguna tienda de comestibles, y se apeará a comprar algo para que desayunemos mientras proseguimos el camino.
—Lo siento, excelencia, pero yo necesito... ya sabéis... ejem, creo que no hace falta que os diga nada más, y también necesito estirar las piernas entumecidas.
Nolan sonrió al ver el rubor que había aparecido en las mejillas de Gina al decirle que necesitaba bajar del carruaje porque sentía la llamada de la naturaleza. Y cómo le gustaría creer que Gina era la mujer inocente y cándida que aparentaba ser en esos momentos. No, no, se dijo para sí mismo, no podía dejarse llevar por esos derroteros o estaría completamente perdido, y todo lo que había hecho los últimos siete años se iría al garete en un solo instante, debía ceñirse a su plan original y no dejarse llevar por sus sentimientos.
—Entonces, nos detendremos en la primera pensión o posada para que puedas ir al excusado, pero desde ahora, te advierto que no intentes escapar o te juro que no respondo de mí, ¿te ha quedado claro?
—Me queda muy claro, excelencia —respondió ella, desafiante. Pero, por dentro, sintió un frío helador que hizo que se estremeciera, porque ese hombre representaba un peligro real para ella.
Gina giró la cabeza hacia la ventanilla, y descorrió la cortinilla para observar el paisaje, dando gracias por tener algo en lo que distraerse y no pensar en el hombre que estaba sentado frente a ella, y que la turbaba demasiado.
Casi veinte minutos más tarde, el carruaje entró en un pequeño poblado y el cochero detuvo el carruaje en una pensión que se veía muy deteriorada. El cochero bajó del pescante para abrir la portezuela, y primero ayudó a salir a Gina, luego a Nolan. Ella se puso a caminar hacia el interior del establecimiento, mientras Nolan daba orden al sirviente de que estuviera atento por si la joven intentaba escapar. Luego, siguió a Gina y entró en la pensión. Pudieron comprobar que el interior era decente y bastante ordenado.
Gina se acercó al mostrador y preguntó a la mujer dónde estaba el cuarto de baño, y resultó que estaba afuera; llamó a una de las mozas para que la acompañara. Antes de que saliera, Nolan la sujetó por el brazo y le recordó que no intentara nada, porque si lo hacía e intentaba escapar, el sirviente tenía instrucciones de disparar a matar. Gina palideció al escuchar la amenaza, sabía que estaba atada de pies y manos y ni siquiera podía pedir ayuda.
La chica le dijo que la siguiera, salieron al exterior, y le mostró a Gina un pequeño cuarto de baño en el que había un retrete, un espejo, y un aguamanil con agua para lavarse las manos, pero que estaba limpio. Gina dio las gracias y entró en el minúsculo cubículo. Atendió a la llamada de la naturaleza, después se lavó las manos, y se peinó el pelo como pudo para no tener un aspecto tan desaliñado. Cuando salió, vio que el cochero no la había perdido ni un segundo de vista, y por descontado, no podía pensar en cometer una locura.
Entró de nuevo en la pensión, tras buscar a Graystone con la mirada, lo encontró sentado en una mesa tomando una taza de café. Él también la vio, y le hizo una señal para que se acercara. Y al lado de la mesa, le hizo otra señal para que se sentara.
—Al menos, podríais tener la decencia de poneros en pie, ante una dama —dijo Gina, entre dientes.
—Sí, sí que la tengo, pero a ti no debo mostrarte ningún respeto, porque no eres una dama. Ahora siéntate, y pide algo de desayunar antes de que me arrepienta y te deje con el estómago vacío.
Ella se sentó, murmurando algo entre dientes.
—Perdón, ¿decías algo? —preguntó Nolan, lisonjero.
—Nada que os incumba, excelencia.
Una de las mozas se acercó a ella y le preguntó qué iba a tomar. Gina pidió un té con una rebanada de pan y mermelada. Mientras, Nolan la observaba en silencio, porque sabía que ella estaba perdiendo los estribos y solamente se contenía por su amenaza.
Media hora después, subieron al carruaje y emprendieron de nuevo el camino a Londres, y por momentos, el ambiente se volvía más tenso entre los dos.
—¿Por qué siempre lleváis el rosto cubierto? —Quiso saber Gina—. ¿Acaso tenéis alguna cicatriz que ocultar?
—Eso es algo que no te incumbe, Gina.
—Solo siento curiosidad, porque sois un hombre muy atractivo, y no es justo que os ocultéis bajo esa horrenda máscara.
Nolan lanzó una carcajada carente de humor.
—Así que piensas que soy atractivo.
—No, no lo pienso, lo afirmo.
—Y entonces, ¿por qué te niegas a acostarte conmigo?
—Eso es algo muy personal y que no os concierne, excelencia.
—Te aseguro que mientras seas mi amante, no te faltará nada, tendrás los vestidos más glamurosos que cualquier mujer puede desear, joyas exquisitas, y largos viajes, si así lo deseas.
—Estáis muy equivocado conmigo, excelencia. A mí no me importan las cosas materiales que me estáis ofreciendo, porque ante todo tengo dignidad.
—Estás mintiendo, porque te conozco demasiado bien y sé lo materialista que eres.
—¡Vos no me conocéis! ¡Y no os permito que habléis de esa forma de mí! —exclamó, dolida.
—Al contrario, querida. Te conozco mejor de lo que tú crees. Recuerda que llevo siete largos años vigilando cada uno de tus movimientos.
—¡Podéis amenazarme todo lo que queráis, pero nunca me acostaré con vos!
—Eso ya lo veremos.
Poco después, se hizo el silencio en el interior del carruaje, y la tensión entre los dos creció. Mientras, Nolan se decía que Gina iba a caer en sus brazos mucho más pronto de lo que ella creía. Ella misma le acababa de confesar que lo encontraba atractivo, y seducirla no le iba a costar ningún esfuerzo. La mantendría como su amante mientras la deseara, y dejaba que Gina se fuera enamorando poco a poco de él, entonces, cuando eso sucediera, se desharía de ella como si fuera un trapo viejo del que había que desprenderse. Pero, sobre todo, debía tener mucha precaución para no dejarla embarazada, porque existía la posibilidad de que Gina le exigiera casarse con él. Aunque Nolan creía que en cuanto él le desvelara su verdadera identidad lo odiaría con todas sus fuerzas, y sería feliz al haber arruinado por completo la vida de Gina y su reputación, porque en cuanto se diera a conocer que ella había sido su amante, ningún caballero decente querría casarse con una mujerzuela que se vendía al mejor postor, y por descontado, Nolan no iba ni a cargar ni a responder por esa mujer el resto de sus días, porque la odiaba y la aborrecía con todas sus fuerzas, y eso era algo que siempre debía tener presente y no olvidar nunca, porque si lo hacía, estaría completamente perdido, y sería él el que estuviera a merced de Gina St. James, y no podía permitir que una mujer dominara sus sentimientos y sus emociones.
Mientras, en Éxeter, Holly había esperado poder marcharse a Londres esa misma mañana, pero cuando comunicó a Vera sus intenciones de marcharse, no se lo había permitido, porque insistía en que su suegra la necesitaba. Por mucho que intentó explicarle que su sobrina estaba en peligro, Vera no quería escuchar nada del asunto, luego, la obligó a deshacer el equipaje y regresar al lado de Dolly. Diciéndose que tenía que escribir cuanto antes una carta a sus hijos para ponerlos al tanto de lo que estaba sucediendo.
Ya al lado de Dolly, intentó distraer la mente charlando con la anciana, pero seguía muerta de la preocupación por lo que le pudiera pasar a Gina, y creyéndose la responsable por dejar que su sobrina se exhibiera ante Graystone. Pero ahora, era demasiado tarde para lamentaciones, y no le quedaba otra solución que pedir ayuda a la familia para que rescatara a Gina de las garras del duque.
Jeremy regresaba del club, cuando escuchó voces que provenían de la biblioteca, se acercó a la puerta y espió lo que su madre y la criada decían. Y no le gustó para nada enterarse de que Gina se había ido de la mansión.
Sigilosamente, recorrió el pasillo hasta las escaleras para subir a sus aposentos y acostarse, porque estaba muerto de cansancio. Y mentalmente, soltaba una ristra de obscenidades porque no había logrado hacerla suya, y tenía la seguridad de que a esa zorra se le había presentado la oportunidad de largarse con otro hombre, y supo aprovecharla.
En el pasillo, se encontró con Patricia y le dio orden de que subieran la bañera a su dormitorio, que quería darse un baño antes de acostarse. Ya en la estancia, le pidió a su ayuda de cámara que le preparara ropa interior limpia y un pantalón de pijama. El sirviente asintió e hizo lo que su patrón le ordenaba.
Diez minutos después, Jeremy se sumergió en la bañera de agua caliente y se relajaba. Diciéndose que tenía que averiguar el paradero de Gina e ir a buscarla, porque no iba a dejar que escapara de él tan fácilmente. Y desde luego, no iba a permitir que ningún otro hombre se la arrebatara, prefería verla muerta antes que al lado de otro hombre.
Jeremy no sabía por qué una simple doncella lo obsesionaba tanto, pero algo muy dentro de él le decía que esa mujer no siempre había sido una sirvienta, pues en ella se veía un porte regio, elegancia y buenos modales. Y por eso tenía que hacerla suya al precio que fuese.
Cuando el agua de la bañera comenzó a enfriarse, llamó a Travis, el ayuda de cámara, para que le pasara una toalla para secarse. Después de secarse, se vistió con ropa limpia, mientras dos lacayos vaciaban la bañera y la sacaban del dormitorio. Cuando todo estuvo recogido, dio orden de que nadie lo molestara hasta la hora de la comida, y se acostó en la cama, pensando cómo iba a lograr que Gina volviera a su lado. Y la única solución que veía, era que él contratara a un detective que lo ayudara a dar con el paradero de Gina, con esa idea en mente, se quedó profundamente dormido.
Para Holly, el día fue pasando lentamente, porque con el paso de las horas, su angustia por la ausencia de Gina iba en aumento. Porque sabía qué intenciones tenía Graystone con la joven, y tenía el presentimiento de que ese hombre le iba a hacer mucho daño; se lamentaba porque ella no podía hacer nada para ayudarla, aunque quisiera, no tenía ni idea de a dónde se la podría haber llevado.
Ni siquiera tenía ánimos para comer, porque los nervios la devoraban por dentro, y debían haber confiado en la familia para resolver el problema, ya que ellas habían fracasado a la hora de intentar solucionarlo a su manera, y además, conscientes de que el duque se encontraba entre los invitados de los condes.
Por lo menos, mientras atendía a Dolly estaba distraída, y eso evitaría que se volviera loca de la angustia. Esa misma noche, cuando la anciana se quedara dormida, escribiría la carta a sus hijos y al día siguiente haría que uno de los sirvientes la pusiera en el correo, y esperaba que no fuera demasiado tarde para cuando la recibieran.
El carruaje donde viajaban Nolan y Gina de regreso a Londres había hecho cuatro paradas a lo largo del trayecto para que los caballos descansaran, repusieran fuerzas y bebieran agua. Mientras, en el interior del carruaje, seguía reinando el silencio y no se había vuelto a decir ni una sola palabra desde que dejaron la pensión en la que se habían apeado a desayunar.
Ya era noche cerrada, cuando el carruaje entró en Londres. Nolan estaba deseando llegar a la mansión, darse un buen baño para quitarse el polvo del camino, y acostarse a dormir varias horas, porque se encontraba tan cansado que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantenerse despierto, pues temía que Gina aprovechara cualquier despiste para huir de él, aunque sabía que la amenaza de esa mañana había surtido efecto en ella.
Gina, cortó el hilo de los pensamientos de Nolan, al decir:
—Excelencia, quiero que me llevéis a St. James House para ver a mi padre y a mis primos, necesito ver con mis propios ojos que están bien.
—Ya te he dicho que no, vas a tener que confiar en mi palabra.
—Y yo no confío en vos, después de la forma en que me habéis secuestrado de Éxeter.
El rostro de Nolan se contrajo en una mueca de contrariedad, mientras levantaba una mano para hacer callar a Gina.
—Mira, Gina. Estoy demasiado agotado para discutir contigo. Ya te he dicho que no vas a ver a tu familia y es mi última palabra.
—¡No sois nadie para decirme lo que puedo o no puedo hacer! —exclamó ella, indignada.
—Gina, estoy empezando a hartarme de tus exigencias.
—Estupendo, así podréis ordenar que detengan el carruaje y regresaré a mi casa.
Nolan torció la boca en un gesto de desdén.
—¿Piensas que soy tan idiota para dejar que te vayas?
—Sí, lo haréis. Antes de que os acusen por secuestro y os condenen a la horca por ello.
—No seas ingenua, Gina. No cuelgan a ningún hombre por tener una amante.
—Sí, si está obligada a serlo a la fuerza.
—No irás a ver a tu familia, y es mi última palabra. Por tu bien, es mejor que tengamos la fiesta en paz.
—¡Os juro que algún día pagaréis muy caro por todo esto! —exclamó ella, furiosa entre dientes. Mientras, por dentro hervía de la rabia, porque había perdido la última esperanza de pedir ayuda a su familia.
Casi cuarenta y cinco minutos más tarde, el carruaje atravesó el portón de la entrada de la mansión, y minutos después, se detuvo al lado de la entrada donde un lacayo los esperaba para abrirles la puerta y ayudarlos a apearse. Mientras Gina y Nolan bajaban, del interior de la casa salió el mayordomo con otro de los lacayos y le daba instrucciones para que bajara el equipaje y lo dejara en el vestíbulo, a la espera de saber cuál era el dormitorio que Nolan iba a asignar a la mujer que lo acompañaba.
Ya dentro, Nolan presentó a Graves a Gina, y le dijo que cualquier cosa que necesitara se la pidiera al mayordomo.
Gina se lo quedó mirando fijamente mientras pensaba, y luego dijo:
—Excelencia, en realidad, hay algo que os quiero pedir a vos, y que a mí me haría muy feliz.
—Por favor, Graves, que suban mi equipaje a mis aposentos, y el de la dama a uno de los dormitorios de invitados. —E hizo un gesto para que los dejaran a solas.
—¿De qué se trata?
—Excelencia, me haría muy feliz que permitáis que Cassy, mi doncella, venga a atenderme.
—Tendré qué pensármelo. Porque quiero estar seguro de que no tienes intenciones ocultas al querer que esa mujer venga a mi casa. Es una de tus sirvientas y no dudo de que esté dispuesta a hacer lo que sea para ayudarte a escapar.
—Os juro que no tengo nada que ocultar, excelencia. Os lo pido porque ella me conoce desde hace años, y solamente me encuentro a gusto con ella.
Nolan se quedó largo rato en silencio, luego dijo:
—Te prometo que lo pensaré. Ahora, sube a tu habitación a bañarte y a descansar. Graves te acompañará a tu dormitorio para que te instales.
Gina asintió, y poco después, seguía al mayordomo escaleras arriba, mientras observaba la lujosa decoración de la mansión, y tuvo que reconocer que estaba decorada con muy buen gusto y preciosa.
Cuando llegaron a la puerta de la habitación que le habían asignado, Graves la abrió y le hizo un gesto para que entrara. Gina entró, y se quedó asombrada, al ver la bonita decoración. Por unos minutos, se quedó plantada en el sitio mientras recorría la estancia con la mirada. El dormitorio era muy amplio, presidido por una gran cama de dosel de madera blanca, y cortinas de seda de color lila claro. Al lado, había dos mesillas de noche también blancas, a la derecha había una cómoda con espejo, y un gran armario. También tenía amplios ventanales con cortinas de un color lila más oscuro. Y diciéndose que a partir de ahora ese iba a ser su refugio, porque Graystone estaba loco si pensaba que ella iba a compartir su cama con él.
El mayordomo la dejó a solas. Y Gina fue a sentarse a la cama, deseando que el duque accediera a que Cassy se pudiera quedar con ella. Con su doncella en la mansión, Gina sería capaz de soportar mucho mejor la situación en la que se encontraba, pues su doncella la ayudaría a no volverse loca, ya que en esa casa no podría contar con ningún aliado.
En cuanto Gina subió las escaleras, Nolan llamó a Shelby, una de las doncellas, y le dio órdenes precisas para que no perdiera de vista a Gina en ningún momento. Incluso mandó poner un camastro para que la doncella durmiera en los mismos aposentos que Gina. La sirvienta asintió, y cumplió con lo que su patrón le ordenaba. Sabía que a Gina no le iba a agradar la idea, y de ninguna manera le iba a dar la oportunidad de que saliera de la mansión. Y todavía tenía qué pensar si permitía que su doncella se quedara con ella, porque antes tenía que averiguar qué estaba tramando Gina.
Deseaba darse un baño, pero antes necesitaba una copa para relajarse. Tenía muchas cosas que planear, pero en esos momentos solo quería relajarse y no pensar en nada. Ya en la estancia, se acercó a la mesa de las bebidas, se sirvió una copa de coñac, luego fue a sentarse al sofá, dio un largo sorbo a la bebida, y cerró los ojos, al tiempo que se masajeaba una de las sienes.
Al cabo de un rato, Nolan volvió a abrir los ojos, se bebió de golpe el contenido de la copa, se levantó del sofá, se acercó a la mesa de las bebidas y dejó sobre ella la copa vacía. Luego, salió de la biblioteca para subir a sus aposentos, esperando que a los sirvientes les hubiera dado el tiempo suficiente para que hubieran preparado su baño. Recorrió el pasillo y subió las escaleras a paso ligero; ya en el pasillo, se dirigió a su dormitorio cuando sintió curiosidad por lo que estaba haciendo Gina, porque le había dicho a Shelby que la dejara bañarse sola, ya que Gina no se encontraría nada cómoda desnudándose ante una desconocida. Y en vez de ir al ala donde se encontraban sus aposentos, dio la vuelta y se dirigió al ala donde solían hospedar a los huéspedes.
Al lado de la puerta, Nolan pegó la oreja a la madera a ver si era capaz de escuchar algo, pero dentro parecía estar todo muy silencioso y tranquilo. Sigilosamente, abrió un poco la puerta para saber qué era lo que estaba haciendo Gina. Y la vio, por unos instantes, pensó que el corazón le iba a dejar de latir, ella estaba de pie en la bañera y de espaldas a él, mientras se secaba el pelo con una toalla, y a través del espejo, Nolan vio el reflejo de sus turgentes pechos, y la boca se le secó, y aunque tenía ganas de seguir descubriendo el cuerpo de Gina, se dijo que no podía arriesgarse porque ella lo podría descubrir, o la doncella que la atendía podía aparecer en cualquier momento, y entonces él quedaría como un pervertido por espiar a una mujer cuando se estaba bañando.
Muy despacio, cerró la puerta, se aseguró de que no había nadie en el pasillo, y se dirigió a su dormitorio para bañarse. Cuando entró en sus aposentos, vio que todavía Torrance estaba escogiendo ropa limpia en el armario, y dos lacayos llenaban la bañera con cubos de agua caliente. Minutos después, el ayuda de cámara le ayudaba a quitarse la ropa. Nolan se sumergió en la bañera de agua caliente, y dio orden al sirviente de que lo dejara a solas. Torrance asintió, hizo una reverencia y dejó a solas a su patrón.
Fue entonces cuando Nolan se dejó llevar por sus pensamientos, y se dio el lujo de volver a recrear en su mente el cuerpo desnudo de Gina, y tuvo que reconocer que esa mujer era perfecta. Y ahora que la había visto desnuda, todavía la deseaba más y soñaba con hacerle el amor lenta y apasionadamente. Porque por mucho que ella insistía en que nunca se iba a acostar con él, estaba seguro de que muy pronto Gina bajaría la guardia.
El agua de la bañera comenzó a enfriarse, y Nolan llamó a Torrance para que le pasara una toalla para secarse; luego, se visitó con ropa limpia. Poco después, entró Graves y le preguntó a Nolan si le servían algo de cena, él respondió que no tenía hambre, y le ordenó que fuera a los aposentos de Gina a preguntarle si quería tomar algo antes de acostarse.
Como estaba agotado, Nolan se acostó en la cama después de despedir a Torrance para que lo dejara a solas. Apagó la luz de la vela, y la estancia quedó en penumbra. Pero, durante largo rato, no fue capaz de cerrar los ojos, y diciéndose que debía haber obligado a Gina a compartir su cama desde ya. Pero Nolan había querido que ella se fuera adaptando al ambiente de la mansión, y comprobar con sus propios ojos los beneficios que obtendría al convertirse en su amante. Ella le había asegurado que no le importaban las cosas materiales, pero Nolan sabía perfectamente que mentía, porque en el pasado lo había despreciado por ser un simple secretario.
Dio varias vueltas en la cama, porque la imagen de Gina desnuda no dejaba de atormentarlo. Esa mujer se estaba convirtiendo en una obsesión para él, y eso podía hacerle perder la cabeza y flaquear en sus planes, y Nolan tenía muy claro que no podía desviarse de su cometido, porque si no, el lastimado sería él, y desde luego, no iba a permitir que una mujer que se había burlado de él en el pasado, saliera indemne.
Por fin, el cansancio lo fue venciendo. Nolan cerró los ojos y cayó en la oscuridad de un profundo sueño, mientras el cuerpo se le relajaba y disfrutaba de tan merecido descanso.
Gina se había bañado y cambiado de ropa, cuando llamaron a la puerta y una doncella entró en la habitación.
—Buenas noches, señorita. Soy Shelby y su excelencia me ha ordenado que la atienda en todo lo que usted necesite, y que se sienta lo más cómoda posible.
—Hola, Shelby, yo soy Gina St. James. Te agradezco tus buenas intenciones, pero te aseguro que me las puedo arreglar perfectamente sola.
—Lo siento, pero son órdenes directas del duque, y no puedo desobedecer una orden directa de su excelencia.
La conversación quedó interrumpida porque llamaron a la puerta, la doncella abrió, y dos de los lacayos cargaban con un camastro. Shelby abrió del todo la puerta y se hizo a un lado para que los sirvientes entraran.
—¿Qué significa esto? —preguntó Gina.
La doncella les indicó a sus compañeros dónde podían dejar el camastro, y poco después, volvieron a quedar solas.
—Su excelencia me ha pedido que me quede con usted en este dormitorio.
—¿Por qué? —siguió preguntando Gina, pero tenía sus sospechas de por qué ese canalla había pedido a la sirvienta que se quedara con ella.
—Para que usted no se sienta tan sola en esta habitación tan grande. Y por si se le ofrece algo de noche, no conoce la mansión y se puede perder.
A Gina no le quedó más remedio que resignarse, porque su última oportunidad de escapar de Graystone se le había escapado de las manos. Con la doncella en los aposentos, le iba a ser imposible escapar en medio de la noche, y mentalmente maldijo a ese hombre, porque parecía tener un sexto sentido para saber lo que ella pretendía, y siempre iba un paso delante de ella, y lo estaba empezando a odiar con todas sus fuerzas. Porque un hombre que secuestraba a una mujer para obligarla a ser su amante, no era un hombre de verdad, era un demonio.
Pero se obligó a sacar esos pensamientos de la mente, porque no podía pagar su frustración con la pobre doncella, Shelby solo cumplía las órdenes de su patrón.
—Shelby, quisiera tomarme un té, ¿sería posible? —preguntó Gina, amablemente.
—Por supuesto, señorita. Avisaré a Graves para que se lo sirva. —La mujer se acercó al cordón para llamar al mayordomo. Poco después, el sirviente llamó suavemente a la puerta y entró en el dormitorio.
—¿Se le ofrece algo, señorita?
—Sí, ¿podrías subirme un té?
—Enseguida, señorita. Aunque su excelencia me ha pedido que le pregunte si desea cenar algo.
—No, gracias. con el té será suficiente.
El sirviente salió de la estancia, y bajó a la cocina a preparar el té que Gina había pedido. Mientras, Shelby hacía su cama. La doncella estaba colocando la colcha, cuando Graves entró en la estancia con una bandeja entre las manos, en la que había una humeante taza de té, y un plato con galletas.
El mayordomo se acercó a la mesilla de noche, y dejó la bandeja sobre el mueble, y salió del dormitorio dejándolas solas. Gina se acercó a la cama, se sentó en el borde, cogió la taza de té de la bandeja, se lo fue bebiendo en lentos sorbos y notando que el cuerpo se le relajaba.
Diez minutos después, y tras mucho insistir, la doncella ayudó a Gina a desvestirse y a ponerse el camisón, también le cepilló el pelo. Luego, ambas mujeres se acostaron en sus respectivas camas y Gina apagó la luz de la vela.
Intentó cerrar los ojos y dormir, habían sido muchas horas de viaje y se encontraba exhausta, pero no conseguía que el sueño la venciera. Gina reconocía que estaba asustada, aunque lo intentaba disimular y ser fuerte, era todo lo contrario. Y tenía que idear pronto un plan para poder deshacerse del duque antes de que arruinara su buena reputación.
Ella había esperado poder escapar esa noche en cuanto todo el mundo estuviera durmiendo, pero Graystone se le había adelantado a la jugada: le había puesto una doncella para que la vigilara, y su plan había fracasado estrepitosamente, antes de ponerlo en marcha.
Se dio la vuelta en la cama, y miró a Shelby, esta parecía dormir, pero Gina no podía fiarse, porque bien podría ser una artimaña para engañarla, y si intentaba algo, enseguida avisaría a su patrón de que ella había intentado huir, y entonces las cosas le iban a ir mucho peor.
Volvió a dar varias vueltas más, pero no lograba conciliar el sueño. Fue bien entrada la madrugada cuando finalmente el cansancio la venció. Esa noche, Gina tuvo un perturbador sueño con Graystone. Soñó que él la volvía a besar, y ella no se resistió, al contrario, lo abrazó más fuerte para que no se separara de ella, mientras en el estómago sentía revolotear cientos de mariposas. El duque profundizó el beso, y con la punta de la lengua, incitó a Gina a que abriera la boca para poder explorarla, mientras sus lenguas se unían en una excitante danza y en la que las emociones de Gina la hacían sentirse viva, y a punto de perder la razón. Porque no entendía que un desconocido le hiciera sentir todo lo que estaba sintiendo solamente con un beso, pues nunca antes la habían besado de esa forma.
Gina se acurrucó en la cama, con una sonrisa en los labios, mientras seguía perdida en las profundidades de ese sueño tan delicioso y del que no querría despertarse jamás. Mientras, en el interior de la mansión y en la calle, reinaban la paz y la tranquilidad en el transcurso de la noche.
Mientras, Gina seguía con el sueño más dulce que había tenido en toda su vida, porque ahora se daba cuenta de lo mucho que se sentía atraída por Graystone, pero eso era lo que menos le importaba, lo único que quería era sentirse abrazada entre los fuertes brazos del duque, perdida en sus besos y en el sabor a miel de su boca, y besos a los que Gina se estaba haciendo adicta.
7
Casi una semana más tarde, en St. James House, Jerome estaba sentado a lomos de su caballo mirando distraído el horizonte, después de leer la carta que su madre le había enviado, todavía le costaba creer que su madre y su prima les hubieran mentido a todos, y que nunca había habido una tía anciana enferma, sino que se habían visto obligadas a huir por culpa de Graystone, y que además, existía la posibilidad que ese maldito la hubiera secuestrado.
Jerome estaba tan ensimismado en sus pensamientos, que no oyó que un jinete se acercaba a él, se trataba de Xavier, su hermano pequeño.
—Jerome, ¿te pasa algo? —Pero su hermano no le escuchaba—. Jerome, soy yo, Xavier.
Su hermano giró la cabeza y por fin lo miró, sorprendido de que no hubiera oído llegar a su hermano, mientras su mente seguía dando vueltas como un torbellino.
—Te veo muy preocupado, Jerome.
—Y lo estoy. Esta mañana he recibido una carta de mamá.
—¡Qué buena noticia! —exclamó su hermano, alegre.
—No, Xavier, no son buenas noticias.
—Me estás alarmando, ¿qué sucede?
—Mamá y Gina nos han mentido. No se fueron de Londres porque había una tía anciana a la que cuidar, se fueron huyendo de Graystone. Estaban escondidas en Éxeter...
—Sí, eso ya lo sabíamos, recuerda que ya hemos recibido una carta de Gina que nos decía dónde estaban —lo interrumpió Xavier.
—Estaban escondidas en casa de unos condes, donde consiguieron emplearse. Gina ha desaparecido y mamá tiene la seguridad de que Graystone la secuestró.
Xavier, que no daba crédito a las palabras de su hermano, notó cómo la rabia lo invadía por dentro.
—¡Ese desgraciado sigue haciendo de las suyas!
Jerome asintió, y continuó con el relato:
—Pero eso no es todo. Mamá ha intentado regresar a Londres, pero la condesa no se lo ha permitido.
—¡Maldita sea! ¡Debían haber confiado en nosotros para poder ayudarlas! —siguió diciendo Xavier.
—Llevas razón, pero ahora que ya sabemos la verdad, debemos actuar con premura, antes de que ese hombre le haga un daño irreparable a Gina.
Xavier se quedó unos minutos pensativo, y luego preguntó:
—Jerome, ¿y cómo se lo vamos a decir a Willow? Al pobre hombre no le podemos decir nada de lo que está pasando, sería un disgusto muy grande para él si se llega a enterar de todo.
—Es cierto. Y no le vamos a contar nada, nosotros dos nos valemos para dar caza a Graystone y rescatar a Gina de sus garras. Y no tenemos tiempo que perder. —Azuzó al caballo y lo puso a galope, y Xavier hizo lo mismo con su montura y siguió a su hermano.
Ya de vuelta en la casa, Vernon les comunicó que Willow había salido a jugar una partida de cartas. Los dos asintieron, dieron la orden al sirviente de que les sirviera una taza de café bien cargado en la biblioteca. Así podrían hablar con total libertad sin miedo a que el padre de Gina averiguara lo que estaba pasando con su hija. Y, por supuesto, tendrían que hallar la forma para que su madre regresara a casa, de ninguna manera podían permitir que siguiera siendo una sirvienta.
Minutos después, Vernon entró en la estancia portando una bandeja entre las manos con las dos tazas de café. Tanto Xavier como Jerome permanecieron en silencio, mientras el sirviente dejaba la bandeja sobre el escritorio. Ambos hermanos confiaban plenamente en el mayordomo y sabían que era una persona de fiar, pero si hablaban de lo sucedido delante de él, temían que al hombre se le fuera a escapar algo delante de Willow.
Sabían que les iba a resultar muy complicado, porque no tenían pista alguna que seguir. La información que daba su madre en la misiva no arrojaba luz sobre el paradero de su prima. Pero estaban decididos a todo, y ardían en deseos por darle un escarmiento al duque de tener la osadía de llevarse a Gina, porque sabían perfectamente cuáles eran las pretensiones con respecto a su prima, y tenían que actuar deprisa y antes de que fuera demasiado tarde.
Mientras, en la mansión Graystone, Gina ya llevaba casi una semana en la casa del duque, y ya empezaba a estar harta de estar vigilada las veinticuatro horas del día por Shelby, y tampoco se le permitía deambular por la casa, ni por los jardines, estaba recluida en esa habitación y empezaba a sentirse muy agobiada. Aunque la doncella abría las ventanas de par en par para que el aire entrara en la estancia, a Gina no le servía de nada, porque ella necesitaba salir a la calle a tomar el aire y pasear para estirar las piernas.
Shelby le había subido más de una docena de novelas de la biblioteca para que estuviera distraída, pero ninguno de los libros captaba su atención. Su mente no dejaba de pensar en Graystone, y que en cualquier momento él entraría en sus aposentos para exigirle que compartiera su cama, y ella estaba asustada, porque nunca antes había llegado tan lejos con un hombre; algunos la besaron en el pasado, pero Gina seguía siendo virgen por convicción, pues ella quería compartir esa intimidad con el hombre del que se enamorara y fuera su esposo, ella no valía para ser la amante de ningún hombre. Por unos instantes, pensó en la posibilidad de aceptar acostarse con Graystone, de esa forma, él se daría cuenta de su inexperiencia y la echaría de su lado porque ella no era una buena amante.
Pero se dijo que no podía hacerlo, porque ella iba a ser la más perjudicada en todo ese asunto. En cuanto se empezara a rumorear que Gina St. James vivía con el duque, su reputación quedaría por los suelos, aunque no hubiera pasado nada reprochable entre ellos.
También seguía preocupada por su tía Holly, porque no sabía si ella estaría de regreso en St. James House. Lo que más mortificaba a Gina, era cómo se iba a tomar su padre la noticia de que ella estaba en la mansión Graystone, porque no quería añadir un disgusto más a su padre. Pero, de momento, no le quedaba más remedio que permanecer en esa casa, hasta que se le ocurriera un plan para poder huir y regresar a su casa. Y decidió que no tenía otra opción que engañar a Graystone y hacerle creer que con el paso de los días se había convertido en una mujer sumisa y apocada, y entonces, cuando él menos se lo esperara, le demostraría quién era de verdad y que con ella no se jugaba. Pero hasta entonces, no le quedaba más remedio que guardar las apariencias.
Shelby interrumpió sus pensamientos, al entrar en la estancia con una taza de té para Gina. La doncella se acercó a la butaca que había al lado de la ventana, donde Gina permanecía sentada observando el paisaje por la ventana. Shelby le pasó la taza con la infusión, y la joven le dio las gracias, dio un lento sorbo a la bebida, mientras la sirvienta se sentaba a su lado en otra de las butacas. Y la joven reconoció que la doncella no era mala persona, y que siempre la trataba con mucho respeto, pero cumplía las órdenes de su patrón.
Pero lo que seguía turbando a Gina era que el duque invadía cada noche sus sueños, y ella se despertaba en mitad de la noche respirando entrecortadamente y envuelta en sudor. Y no dejaba de decirse qué era lo que estaba haciendo ese hombre para tenerla embrujada de esa forma, y que no podía sentirse atraída por él.
Ese día, Nolan había decidido ir a comer al White`s para distraerse y dejar de pensar en Gina. Porque en su mente seguía viendo las imágenes de Gina en la bañera desnuda. Y si no dejaba de pensar en ella acabaría volviéndose loco, porque nunca antes había deseado a una mujer como deseaba a Gina. Y aunque ella permaneciera enclaustrada en el ala de huéspedes, cuando él estaba en casa, notaba el perfume de Gina en cada estancia, y por eso permanecía fuera de la mansión todo el tiempo que le era posible. Y seguro de que esa obsesión se acabaría en cuanto la tuviera en su cama e hicieran el amor, solo así podría apagar el deseo que día a día crecía dentro de él quemándole las entrañas.
Después de comer, se unió a una partida de póquer que habían organizado varios de los caballeros que se encontraban en el afamado club. Pero esa vez, Nolan no tuvo suerte, y perdió una buena cantidad de dinero apostando, porque era incapaz de concentrarse en el juego. Y empezaba a estar harto de que Gina estuviera metida a todas horas dentro de su cabeza.
Tras disculparse con los otros hombres, se levantó de la mesa y salió del club. En la calle, sacó del bolsillo la leontina de oro del reloj para mirar qué hora era, vio que iban a dar las cuatro de la tarde, y se dijo que era muy temprano para regresar a casa; después, guardó el reloj y se puso a caminar hacia donde se encontraba aparcado su carruaje. Mientras avanzaba, una idea cruzó su mente, todavía era muy temprano, pero el recorrido era largo y llegaría justo a tiempo para la hora de apertura.
El lacayo que los había acompañado, bajó del pescante para abrirle la puerta a Nolan. Antes de subir, dio la orden al cochero para que lo llevara al Divine`s, un club masculino que había a las afueras de la ciudad en el cual las mujeres bailaban para entretener a los clientes, e incluso tenía varias habitaciones en la planta superior donde las chicas ofrecían sus servicios a los hombre que quisieran tener sexo.
Esa noche, entraría en el club a tomarse una copa, solicitaría los servicios de la mujer más hermosa del club, y disfrutaría de una ardiente noche de buen sexo. Aunque Nolan nunca había acudido a ese sitio, de oídas sabía que las mujeres que trabajaban en ese local eran ardientes y muy fogosas, justo lo que él necesitaba para olvidarse de Gina.
El carruaje avanzaba lo más rápido que podía por la ciudad, mientras el sol ya comenzaba a ocultarse en el horizonte, y la luz del día se iba apagando para dar paso a la oscuridad de la noche. Nolan observaba el paisaje por la ventanilla, pero sin ver nada, solo pensaba que lo que planeaba hacer esa noche le sirviera de verdad para algo, y que su estrategia saliera como él esperaba.
Para cuando llegaron al Divine`s, ya iban a ser las nueve de la noche. Se habían retrasado bastante porque él insistió en parar en una tienda de caballeros para comprarse un atuendo adecuado para la noche, ya que todavía llevaba puesta la ropa de día. Después de cambiarse en uno de los probadores que tenía el establecimiento, y tras comprobar en el espejo que le mostraba el sastre que estaba impecable, salió de la tienda y emprendieron la marcha hacia las afueras de la ciudad.
Nolan bajó del carruaje y caminó hasta la entrada del club, donde un portero lo saludó para que entrara en el interior. Lo primero que le llamó la atención a Nolan fue que el local estaba decorado en color rosa y violeta muy llamativo. Una chica vestida con un minúsculo vestido que enseñaba parte de sus generosos pechos y sus largas piernas, se acercó a él para acompañarlo a una de las mesas, donde había cómodos asientos para que los clientes estuvieran a gusto y no tuvieran prisa en marcharse.
Él tomó asiento donde la camarera le indicó, y pidió un whisky doble. Mientras la chica iba a por la bebida, Nolan aprovechó para observar el ambiente, todavía era temprano, pero ya empezaba a congregarse una gran cantidad de caballeros.
Cuando la camarera regresó, Nolan preguntó directamente por la madame, porque sabía que esos lugares eran regentados por mujeres. Ella le respondió que esperara; al cabo de unos minutos, regresó acompañada por una rubia atractiva de unos cincuenta años.
—Buenas noches, caballero. Tina ha dicho que desea hablar conmigo. —Al mismo tiempo, hizo una señal a la empleada para que los dejara a solas.
—Así es, madame. Quiero solicitar los servicios de la mujer más hermosa que tenga en el local, le aseguro que por el dinero no tendrá problemas, pagaré muy bien por sus servicios.
—Estupendo, enseguida le mandaré a Connie para que lo entretenga, y cuando guste podrán pasar al piso de arriba.
Nolan asintió, y la dueña lo dejó a solas unos minutos; poco después, se sentaba a su lado una hermosa joven, morena de pelo largo, piel cetrina y unos enormes ojos de color marrón, luciendo un vestido tan provocativo como el de su compañera.
—Buenas noches, guapo, me han dicho que esta noche tienes ganas de compañía. —Luego, cogió el vaso de whisky de Nolan y dio un trago, y con la otra mano le acariciaba la pierna.
—Así es, preciosa. Y será todo un placer compartir esta noche contigo. —Ella soltó una suave risilla, que a Nolan le sonó a música celestial.
—Ya verás qué bien nos lo vamos a pasar.
—Eso es precisamente lo que quiero hacer.
—Entonces, subamos ya, no hay necesidad de esperar. —Cogió con suavidad la mano de Nolan, se levantó, y lo instó a que hiciera lo mismo. Ella se abrazó a él y juntos subieron a la planta superior del establecimiento.
Cuando llegaron al pasillo, Nolan vio que la decoración era muy diferente, de un color rojo muy llamativo. Recorrieron el pasillo hasta llegar a la habitación que iban a ocupar esa noche. Entraron en la habitación, donde había una cama enorme cubierta por una colcha roja, dos alfombras del mismo color, cortinas también rojas y en la pared había colgados varios cuadros eróticos.
Connie no perdió el tiempo, en cuanto cerraron la puerta, besó a Nolan y después lo empujó hacia la cama: él cayó en el colchón de espaldas y la chica se sentó a horcajadas sobre él. Comenzó por sacarle la chaqueta del traje, siguió con la camisa, y al final, con el pantalón.
Después, empezó a desnudarse ella, luego, se tumbó al lado de Nolan, al tiempo que llevaba una de las manos al miembro viril para excitarlo. Connie se disponía a dejarlo completamente desnudo, y fue en ese momento, cuando Nolan se dio cuenta de que no podía continuar con lo que estaba haciendo, ya que él no era de ese tipo de hombres, y sujetó la mano de ella para que no continuara.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella, desconcertada.
—Lo siento mucho, pero he cambiado de opinión, no quiero continuar con esto.
—¡Estás loco o qué te pasa! Los hombres que vienen al local saben perfectamente a lo que vienen. Le has prometido una buena suma de dinero a la madame por mis servicios.
—Y te prometo que pagaré lo prometido y como si hubiera disfrutado de tus servicios. Ahora quiero estar solo.
—Como quieras —respondió Connie con desdén, recogió su ropa y salió de la habitación dando un portazo.
Ya a solas, Nolan se sentó de nuevo en la cama y suspiró profundamente, debía estar completamente loco cuando había tomado la decisión de ir a ese local. Pero, afortunadamente, había recobrado la sensatez justo a tiempo, porque si se hubiera acostado con esa fulana, no tendría cara para mirar de nuevo a Gina. Y entonces, se dio cuenta de que todavía amaba a Gina y que muy en el fondo de su corazón nunca lo había olvidado. Y se dijo que se estaba adentrando en terreno peligroso, porque si se dejaba llevar por el corazón, no lograría la tan ansiada venganza que tanto había planeado.
Después de vestirse, salió de la habitación y bajó a la planta inferior, llamó a un apartado privado a la madame y pagó la cantidad acordada junto con la consumición. Y después salió lo más rápido posible de ese establecimiento, quería olvidar cuanto antes esa estúpida noche. Pocos minutos más tarde, entraba en el interior del carruaje, este se puso en marcha de regreso a Londres.
Pero en el interior del local, alguien que se encontraba dentro, lo había reconocido, y no era otro que Jeremy. Una pérfida sonrisa apareció en su rostro al ver bajar de las habitaciones, nada más y nada menos, que a Graystone. Y se dijo que era el momento oportuno para seguirlo y averiguar dónde vivía el duque y así poder encontrar de una vez a Gina.
Como estaba acompañado por una de las chicas, dejó un buen fajo de billetes sobre la mesa y salió corriendo para no perder la pista a Graystone. Y estuvo de suerte, porque cuando salió a la calle vio que él todavía estaba subiendo al carruaje. Jeremy se dirigió al suyo, y antes de subir le pidió al cochero que siguiera al carruaje que tenía delante. Entonces, el carruaje de Nolan se puso en marcha, y el de Jeremy hizo lo mismo.
Por fin iba a descubrir el paradero de Gina y podría arrebatársela al duque para que pudiera ser suya. Porque cada día que pasaba, el deseo que sentía por esa mujer crecía y ya no lo podía controlar, y si hacía falta que se casara con ella para tenerla, lo haría, ya que para él no supondría un sacrificio, al contrario, cuando fuera su esposa, ella debía cumplir con sus obligaciones maritales para darle un heredero. Jeremy curvó los labios en una sonrisa, imaginando a Gina en su cama, y sabiendo que muy pronto sus sueños se harían realidad.
Y desde luego, Graystone se llevaría su merecido por haber puesto los ojos en la misma mujer que él, y se lamentó por no haber logrado nada con ella mientras estuvo trabajando en la mansión, y se dijo que ahora las cosas iban a ser diferentes y no iba a permitir que se le escapara una segunda vez, eso lo tenía más claro que el agua.
Gina se encontraba en sus aposentos, muy intranquila, y no tenía ni idea de por qué se sentía tan mal. A cada segundo que pasaba, no dejaba de mirar el reloj que había sobre la repisa de la chimenea, y su angustia iba a más. Ya pasaban de las dos y media de la madrugada, y en todo el día no se había sabido nada de Graystone, y ella empezaba a sospechar que algo malo le hubiera pasado, y el corazón se le encogía de miedo dentro del pecho, y diciéndose que no podía estar preocupada por un canalla como él, pero no le quedó más remedio que reconocer que lo estaba, y mucho.
Shelby ya estaba acostada en su camastro, mientras ella no dejaba de dar vueltas de un lado a otro de la estancia, y pensando que, si no tenía noticias pronto del duque, acabaría volviéndose loca. Sacudió suavemente la cabeza para sacar esos pensamientos de la mente, pero fue inútil.
Luego, se acercó a la cama donde dormía la sirvienta y la meció suavemente para despertarla.
—¿Todavía está despierta, señorita? —preguntó Shelby, somnolienta.
—Perdona que te despierte a estas horas de la noche, pero me encuentro muy nerviosa y necesito que bajes a la cocina a prepararme un té.
La criada se incorporó en el camastro, al tiempo que preguntaba:
—Señorita, ¿se encuentra usted mal? ¿Está enferma? ¿Le duele algo?
—No, no, tranquila, solamente estoy nerviosa, eso es todo.
—No se preocupe, enseguida le subo una taza de té para que la ayude a tranquilizarse y a dormir —respondió, mientras se levantaba de la cama y se ponía la bata.
—Gracias, Shelby. No era mi intención interrumpir tu descanso.
—No se preocupe, señorita. —Y salió de la alcoba.
Gina empezó a dar vueltas de nuevo por la estancia, cada vez más angustiada, porque el tiempo pasaba y el duque seguía sin aparecer y tampoco había avisado de que iba a llegar tarde, y Gina comenzaba a creer que algo malo le había ocurrido. Desde que estaba en la mansión, sabía que Graystone era un hombre honrado y que tenía instaurada su rutina diaria, pues siempre llegaba a casa temprano, y no dejaba de decirse que algo malo le había sucedido.
De repente, se quedó parada en el sitio, y un pensamiento cruzó por su mente, sacudió la cabeza para desterrarlo de la mente, ella no podía estar enamorada de un hombre tan cruel como Graystone, que le había hecho tanto daño a su familia y a ella. La había secuestrado de Éxeter y recluido en su mansión como si fuera una prisionera para convertirla en su amante, y no encontraba otra explicación posible de que se estaba enamorando del duque. Y debía tener mucho cuidado porque Graystone podría hacerle mucho daño, no podía darse el lujo de entregarle su corazón a un hombre que acabaría rompiéndoselo, y estaba segura de que no sería capaz de recoger los trozos de un corazón roto y herido.
Por fin, Shelby regresó con la taza de té que Gina le había pedido a la doncella. Ella se sentó en el borde de la cama, mientras Shelby se sentaba a su lado y le pasaba la taza con la infusión.
Y no podía dejar de pensar en lo que había descubierto, y eso la dejaba completamente helada, porque sabía que, quisiera o no, estaba a merced de Graystone. Y era cuestión de tiempo que ella cayera entre sus brazos.
Estaba dando un sorbo al té, cuando a las dos les llamó la atención un ruido que provenía del exterior. Fue Shelby la que se levantó y se acercó a la ventana, a ver qué pasaba, pero desde donde se encontraba y desde ese dormitorio no se podía ver nada.
Entonces, la doncella se quedó unos minutos en silencio, y después preguntó:
—¿Será que le ha pasado algo a su excelencia y vienen a darnos malas noticias?
—No digas eso, Shelby, si a su excelencia le hubiera pasado algo, hace horas que nos hubieran avisado.
—No estoy segura, señorita. Pero de todas formas voy a ver qué está pasando.
—Sí, por favor, ve y regresa cuanto antes para informarme.
La doncella asintió, se anudó bien la bata, y luego salió de la alcoba. Mientras Gina dejaba la taza de infusión sobre la mesilla de noche, se puso de pie y continuó dando vueltas por el dormitorio, esperando que a Graystone no le hubiera pasado nada malo. Ahora que acababa de descubrir sus sentimientos por él, se dio cuenta de que no quería perderle.
Pulsuz fraqment bitdi.