Kitabı oxu: «Alzheimer»

Şrift:

© Nolasc Acarín y Ana Malagelada, 2017.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO087

ISBN: 9788490568507

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Prólogo

Introducción

1. La historia de los síntomas

2. Envejecimiento cerebral

3. Perder la memoria no siempre es Alzheimer

4. El deterioro y la demencia

5. El impacto social de la demencia

6. ¿Qué es el Alzheimer?

7. Las otras demencias

8. Prevención

9. Exploraciones y diagnóstico

10. Asistencia y tratamientos

11. Información al enfermo y a la familia

12. Consejos para la memoria

Bibliografía

Asociaciones de familiares de Alzheimer

Dedicamos el libro a los enfermos de Alzheimer y a los familiares que los cuidan que, a menudo, anteponen el bienestar de sus seres queridos al suyo propio.

PRÓLOGO

No hay visión más devastadora que la de una mente humana destrozada.

ANÓNIMO

Para la mayor parte de las personas sería preferible morir antes que sufrir un deterioro lento y progresivo de su mente. A medida que envejecemos, nuestra memoria empieza a declinar y nos asusta la posibilidad de padecer la enfermedad de Alzheimer. Este temor no se limita sólo a la persona que la padece, sino que también se hace extensivo a su pareja y a los familiares, que ven ante sí la posibilidad de la lenta pérdida de un ser querido, además del elevado coste emocional y material que supone el cuidado de una persona con demencia.

Afortunadamente, este terrible escenario no es inevitable y tan solo constituye el peor desenlace posible del envejecimiento cerebral. Los autores del presente libro están altamente cualificados para poner este difícil escenario en perspectiva. Ambos comparten el bagaje de la experiencia de décadas en el diagnóstico, tratamiento y prevención de la demencia, y nos brindan sus conocimientos acerca de los diferentes aspectos de la enfermedad. Nolasc Acarín es el autor del best seller El cerebro del rey y Ana Malagelada aporta su experiencia en el campo cada vez más prometedor de la microbiota y su relación con la nutrición.

Estos atributos los capacitan para ofrecer una visión única y global del problema. Los autores destacan que la demencia no es una consecuencia inevitable del envejecimiento, que la alteración de la memoria no necesariamente significa el inicio de una demencia y que, con la edad, perdemos algunas funciones cognitivas pero mantenemos, e incluso mejoramos, otras.

La exposición de los síntomas y las historias clínicas de algunos pacientes destacan tanto en el aspecto literario como en su descripción de las connotaciones psicológicas. La exposición de los mecanismos de la enfermedad demuestra importantes conocimientos sobre la neurociencia y las enfermedades del cerebro, que se explican con claridad y dominio del tema. El texto está bien ilustrado y aporta información científica que merece ser leída por méritos propios.

El análisis del tema es exhaustivo y riguroso, y también contempla los aspectos legales de la demencia y nos asesora acerca de cómo manejarlos. La forma en que está organizado el libro permite una lectura selectiva por parte de aquellos lectores que muestren un interés por temas concretos.

Aunque el público principal, al que está dirigido el libro, lo constituyen los pacientes, los potenciales pacientes y los cuidadores, esta obra también puede ser de gran ayuda para los médicos que no posean un conocimiento tan profundo ni tanta experiencia en el tema como los de sus autores. Enfermeras, fisioterapeutas, farmacéuticos e incluso políticos responsables de la sanidad pública necesitan conocer la naturaleza y el proceso de la demencia, así como el coste de la atención compasiva que requieren algunos pacientes, y han de poder involucrar a las personas, familias, comunidades y gobiernos, a fin de mejorar el diagnóstico, el tratamiento y la prevención de la demencia.

Espero que el libro obtenga el amplio público lector que merece.

VLADIMIR HACHINSKI, febrero de 2017

CM, O Ont, MD, FRCP, DSC, FRSC,

doctor honoris causa (Salamanca)

Profesor universitario distinguido

Universidad de Western Ontario, London, Canadá

Presidente de la Federación Mundial de

Neurología (2010-2013)

INTRODUCCIÓN

Las demencias, especialmente la enfermedad de Alzheimer, que es la causa más frecuente de las mismas, constituyen uno de los grandes retos de la civilización, por ser el problema de salud más extendido, por cercenar la personalidad de los pacientes y por poner a prueba la resistencia emocional de sus familias. También por la magnitud económica que representa su coste, que va camino de ser el mayor dispendio en los sistemas sanitarios de los países desarrollados.

Creemos que la función asistencial del médico incluye establecer un diagnóstico y el pronóstico de la enfermedad, indicando un tratamiento curativo o por lo menos paliativo, así como también informar sobre la evolución de la misma y aconsejar acerca de las medidas de prevención. El médico tiene que acompañar al paciente sin invadir su intimidad, aceptando su voluntad a fin de que sea él mismo quien pueda escoger con libertad las condiciones en las que desea vivir y morir, y respetando su decisión tanto si desea saber mucho como si prefiere saber poco sobre su estado de salud.

La atención al paciente con demencia implica reconocer que la persona enferma tiene derecho a conocer la verdad sobre su diagnóstico y su pronóstico, del mismo modo que le asiste el derecho a un trato digno, confidencial y compasivo. Estas consideraciones son la base del oficio de médico.

Este pequeño libro es fruto de la experiencia acumulada por dos neurólogos a lo largo de muchos años, durante los cuales se han dedicado a explicar a los enfermos y a sus familiares lo que ocurre y lo que puede ocurrir. Durante este tiempo hemos tenido la oportunidad de atender en la consulta a cientos de pacientes con demencia, lo que nos permite tener una visión amplia de lo que le sucede al enfermo y, también, de las dificultades y sufrimientos que padecen los familiares y los cuidadores. El libro pretende poner al alcance de cualquier persona interesada la información referente al envejecimiento cerebral y su transición a la demencia, además de los conceptos y síntomas de las demencias, y los más recientes avances en el conocimiento sobre sus causas y las perspectivas de tratamiento.

Nuestro propósito es que su lectura resulte útil a todas aquellas personas que se hallan inmersas en la difícil experiencia de convivir con el Alzheimer, brindándoles la oportunidad de comprender mejor la enfermedad y de este modo hacer más fácil la vida a los pacientes y a sus cuidadores.

Además de para los familiares, pensamos que este libro puede tener interés para otros profesionales como los médicos de familia y los médicos internistas, así como para el personal de enfermería y los profesionales de farmacia. Dispondrán de un pequeño breviario que aúna los conocimientos actuales sobre las demencias y la información más relevante para los cuidadores y familiares. No hay que olvidar que los médicos de familia y los equipos de enfermería constituyen la base sobre la que se asienta todo el sistema de atención sanitaria. Su acción, cercana al paciente y a las familias, es la garantía de la calidad asistencial, así como de la continuidad en la relación entre el paciente y los demás médicos.

Por regla general utilizamos la expresión «enfermo» o «paciente», ya que en gramática castellana el genérico trasciende al sexo y, por tanto, se refiere tanto a varones como a mujeres. Es importante aclarar también que el término «demencia» guarda relación con el deterioro cognitivo (o mental) progresivo que se presenta en la edad adulta, por lo que no debe confundirse con «locura», que en su acepción popular se refiere a los trastornos de la personalidad que, en general, se inician en la juventud.

En el año 1910 se puso nombre a la demencia más frecuente en la especie humana, después de que el neurólogo alemán Alois Alzheimer publicase, en 1906, la primera descripción clínica y patológica de la enfermedad. Su trabajo fue ampliado poco después por Nicolás Achúcarro, un médico bilbaíno radicado en Washington.

Desde entonces se han producido grandes avances en el conocimiento de los cambios neurobiológicos que originan las demencias. Hoy sabemos que en la enfermedad de Alzheimer intervienen alteraciones genéticas, y hemos identificado algunas proteínas anormales que se depositan en el cerebro, de forma parecida a lo que sucede en otras enfermedades neurodegenerativas como la enfermedad de Parkinson. La investigación nos ha aportado además modernas técnicas de neuroimagen y marcadores biológicos obtenidos del líquido cefalorraquídeo del paciente, que nos ayudan a diagnosticar y diferenciar los distintos tipos de demencia.

Sin embargo, a pesar de estos progresos, todavía no contamos con ninguna exploración que nos confiera la certeza diagnóstica absoluta en vida del paciente, ni tampoco podemos ofrecer un pronóstico seguro hasta que la evolución del paciente nos lo permita. El diagnóstico de certeza solo se obtiene a partir del estudio patológico del cerebro en el laboratorio, que se realiza tras el fallecimiento.

Las demencias constituyen uno de los grandes problemas de salud en los países en los que la población tiene una elevada esperanza de vida, ya que son las enfermedades que producen más años de incapacitación en los individuos. En el último siglo, en Europa hemos duplicado la esperanza de vida, y en nuestro país hemos llegado a una esperanza de ochenta y cuatro años para las mujeres y de algunos menos para los hombres. El envejecimiento de la población es una causa evidente de que las enfermedades «demenciantes» sean cada vez más frecuentes, por la simple razón de que hay muchos más ancianos.

En España se prevé que en 2030 casi una cuarta parte de la población supere los sesenta y cinco años. Hoy la demencia afecta ya a un 6,3 % de la población mayor de sesenta años y somos el cuarto país con mayor prevalencia (cantidad de nuevos enfermos por año) del mundo. En edades más avanzadas, la prevalencia crece enormemente. Así, en Europa, la demencia afecta a un 14 % de los hombres y un 16 % de las mujeres de entre ochenta y ochenta y cuatro años. Actualmente, en la Unión Europea hay siete millones de personas afectadas por la demencia, de las que cerca de ochocientas mil viven en España.

Además del impacto social, no hay que olvidar la trascendencia económica del problema. Hoy, en España, se cifra en más de treinta mil euros anuales el coste de las atenciones domésticas, sociales y médicas que precisa una persona con demencia. Aparece, pues, un nuevo gran sector económico. Si se multiplica el número de enfermos que estarán muchos años discapacitados por el coste económico por enfermo, la cifra alcanza los veinticuatro mil millones de euros anuales, en España, una cantidad muy importante que incluye desde los equipamientos a los recursos humanos y tecnológicos, así como los programas y medicamentos necesarios para atender a los pacientes.

Los retos de futuro se centran en la investigación de las causas de estas enfermedades y, en consecuencia, en el descubrimiento de tratamientos eficaces. Pero, al mismo tiempo, además de aumentar los recursos sociales y económicos, debemos aprender a mejorar la calidad de vida de las personas que sufren enfermedades neurodegenerativas, de sus familiares y de los cuidadores, proporcionándoles las mejores respuestas emocionales y sociales posibles. Hay que impulsar la cultura de apoyo a las personas que están al cargo de estos enfermos.

La vida es una historia que siempre acaba mal y, en ocasiones, peor. En algunos casos, el fin de la vida es repentino, sin sufrimiento para el enfermo. Muchos consideran que es la mejor forma de morir. Otras veces la muerte llega tras un largo proceso de dolor y agonía. En el caso de la demencia, la muerte se produce después de la despersonalización del enfermo debido a la pérdida de sus capacidades mentales, de tal forma que los enfermos en etapas avanzadas no suelen sufrir desde el punto de vista psicológico y, si reciben los cuidados adecuados, tampoco físicamente. La situación es más cruel para los familiares que los han querido, los han cuidado y acompañado durante muchos años, y que se convierten en testigos de la progresiva decrepitud del paciente. La demencia se come el pensamiento del enfermo y, al mismo tiempo, agrede los sentimientos de quienes le quieren.

Alguien podrá pensar que este es un libro triste; es posible que lo sea. Pero hay que tener presente que, al ofrecer información clara y explícita sobre estas dolencias, se ayuda a enfermos y a familiares a adquirir un marco de conocimiento que les permitirá gestionar mejor el desconcierto inicial y, más tarde, el dolor emocional. Con información es menos difícil tomar decisiones más libres y acertadas. El conocimiento siempre es fuente de libertad.

Los lectores no expertos pueden saltarse sin ningún problema los párrafos con tecnicismos biológicos, genéticos o moleculares, pues hacerlo no alterará en absoluto la comprensión y el aprovechamiento del conjunto del libro. El contenido de esta obra incluye los más recientes hallazgos en neurobiología, en especial sobre la enfermedad de Alzheimer, así como las más recientes técnicas de diagnóstico. Contiene numerosas figuras y esquemas para que el texto resulte didáctico.

Uno de los autores, Nolasc Acarín, publicó en 2010 Alzheimer. Manual de instrucciones. En el presente libro nos ha parecido oportuno recuperar el primer y el último capítulos de aquel texto, a pesar de que el actual es un libro distinto y más amplio.

Deseamos que este libro sea de ayuda para los que viven de cerca la demencia.

NOLASC ACARÍN Y ANA MALAGELADA

Barcelona, febrero de 2017

1
LA HISTORIA DE LOS SÍNTOMAS

ME HAN QUITADO LOS ÁRBOLES

Varón, setenta y cuatro años, jefe de oficina bancaria jubilado, tres hijos. Sin enfermedades previas destacables.

Cada día sale de casa a las diez de la mañana para dar una vuelta y comprar el pan. Un día, regresa más tarde que de costumbre. Lo hace justo antes del almuerzo, en compañía de un policía municipal. Dice que le han quitado los árboles. Lo repite varias veces, apesadumbrado. El policía explica que lo han encontrado perdido, lejos de casa, y que lo han identificado por los documentos que llevaba encima. El hombre se sienta en una silla del comedor y se queda absorto, con la mirada perdida. Está preocupado y no responde cuando su esposa le pregunta si quiere una infusión.

Poco a poco, logran reconstruir la historia de esa mañana: al salir de casa tiene la costumbre de tomar la calle de la derecha; hoy, en cambio, ha torcido hacia la izquierda. La de la derecha es ancha, con árboles, mientras que la otra es estrecha y sin árboles. Ha caminado durante dos horas sin saber dónde estaba, hasta que, finalmente, se ha sentado en un banco de una placita. Unos niños que jugaban con una pelota le han alcanzado con la misma accidentalmente. Él ha cogido la pelota y no la ha querido devolver, y los niños han acabado por llamar a un policía. Lo han subido al coche patrulla y lo han traído a casa.

CELOS

Mujer, sesenta y dos años, ama de casa, dos hijos, tensión arterial alta desde la menopausia.

No tolera que su marido salga solo de casa, pero a ella no le gusta hacer la compra, así que le envía a él. Afirma que se quiere ligar a todas las mujeres que encuentra y que tiene un lío con una del mercado. La mujer dejó de ir de compras con la llegada del euro: no entiende cuál es su valor. El marido, de setenta años, calla. Está triste porque no entiende qué le pasa a su mujer. La hija los visita dos veces por semana para arreglar la ropa que la madre lava y plancha sin mucha destreza, y que no sabe dónde guardar. Quiere proporcionarles una chica que se encargue de limpiar la casa y preparar la comida, pero la madre dice que estas muchachas extranjeras le roban los pañuelos y que, además, se liarían con su marido. En la consulta insiste en que es su marido el que está mal; ella afirma encontrarse perfectamente.

SOSPECHAS

Varón, sesenta y ocho años, presidente de una industria metalúrgica, tres hijas, vive con su esposa.

Acude a la consulta en compañía de una hija y de su esposa. Esta última explica que, desde hace un año, se queja de que un sobrino le quiere robar el dinero, por lo que él lo cierra todo bajo llave y antes de irse a dormir esconde la cartera y las llaves bajo el colchón. Él lo reconoce y añade que, alguna vez, ha sorprendido al sobrino en casa con actitud sospechosa. La hija aclara que el sobrino es el director de la fábrica, que acude a casa del paciente los viernes para informarle del estado de las cuentas, que es una persona de plena confianza de la familia y que, hasta hace un año, era el familiar a quien él más apreciaba. A raíz de este conflicto, el consejo de administración ha retirado las funciones ejecutivas al paciente. Se ha convertido en una persona muy rígida y poco tolerante. Su actitud es seria, con cara poco expresiva y lentitud en los movimientos. Se acuesta hacia las dos de la madrugada y se toma un somnífero potente que compra a espaldas de la familia. No acepta que sufra un trastorno. Considera la consulta un examen o reto, en el que debe sacar buena nota.

ARROZ CON ACEITE

Mujer, sesenta y tres años, empleada de mercería jubilada a los cincuenta y ocho años, viuda, sin hijos.

Vivía con su madre hasta que esta murió. Sin antecedentes de enfermedad alguna, tiene una hermana en tratamiento psiquiátrico desde joven por un trastorno de personalidad. La prejubilaron porque durante los últimos tres años no ordenaba bien la mercancía y porque se confundía a la hora de cobrar a los clientes. Le dieron la baja por depresión hasta que se pudo tramitar la jubilación. Acude a la consulta con una sobrina. Tiene la casa llena de objetos inútiles que recoge por la calle. Guarda en la despensa montones de paquetes de azúcar, harina y pasta. Se olvida de la higiene, va despeinada. Siempre come arroz hervido con aceite. Me explica que el aceite de oliva es muy bueno para la salud. Cuando la sobrina la visita, se sienta cerca de la mesa de la cocina y la observa sin decir palabra. Otras veces le enseña el álbum de fotos de cuando era jovencita, junto a sus padres y hermanos, pero ya no los puede identificar. Pregunta a la sobrina si ella también aparece en las fotografías y parece no entender que la sobrina es hija de un hermano mayor ya fallecido. «¿De qué hermano?», pregunta, mientras señala a un muchacho que aparece en el álbum.

REUNIONES

Varón, setenta y seis años, ingeniero y director jubilado de una multinacional francesa en España, un hijo.

Operado de cáncer de próstata con buen pronóstico. Practica deporte con regularidad. Viene a la consulta con su esposa. Hará unos ocho años, todavía en activo, comenzó a tener problemas para entender las cosas. Ahora habla poco, con frases cortas, que repite, del tipo «unos y otros tenemos que reunirnos», «hay que hacer reuniones». Su lenguaje se limita a expresiones convencionales, pero en cambio es capaz de leer en voz alta en castellano, catalán y francés, con buena pronunciación, aunque no comprende nada de lo que lee. No entiende órdenes verbales ni escritas («levante la mano derecha», «cierre los ojos»). A veces, cuando se le pregunta cómo está, contesta «estoy fuera...», con indiferencia, sin comprender el significado de lo que dice. Se levanta y camina por la consulta, con los pies separados. Junta los labios y resopla un buen rato. Su esposa lo vuelve a conducir al asiento. Se lava y se afeita él solo cuando su mujer se lo indica. Come sin ayuda, pero no sabe manejar los cubiertos. Se pierde dentro de casa. Parece que reconoce a la esposa y al hijo, pero no pronuncia sus nombres. Se acerca a ella y le da besitos en los labios. Casi siempre controla los esfínteres, aunque de noche le ponen pañales.

SENTIR MIEDO

Mujer, sesenta y seis años, viuda, dos hijos, empresaria de la confección, sin antecedentes.

Desde hace un año lleva la dirección de la empresa uno de sus hijos, porque durante los dos últimos se sentía agobiada. Va periódicamente a la fábrica, pero no tiene prácticamente responsabilidades. En la consulta se muestra apática y explica que ha perdido el interés por las cosas, aunque llevaba el negocio con éxito desde los treinta y cinco años. Teme no estar ya al nivel que había alcanzado tras toda una vida de trabajo. Ahora le cuesta recordar el nombre de los artículos que producen y no entiende los extractos bancarios. Tampoco recuerda el nombre de los clientes de toda la vida que se acercan a saludarla. Sus familiares se han alarmado cuando ha comenzado a olvidar el nombre de los hijos y de los nietos. Cree que los hijos llevan bien el negocio, pero tiene miedo de que se equivoquen, de que no hagan bien las compras. También teme que la dejen en casa. Ha pensado en iniciar alguna actividad cultural, pero no hay nada que le interese. Explica que toda su vida ha consistido en sacar adelante su industria y que ahora siente que ya no sirve para nada. Rompe a llorar. No sabe qué día es, no recuerda qué ha comido, no recuerda el nombre del pueblo donde está la fábrica. Teme quedarse sola (vive sola desde que enviudó, hace muchos años) y sin dinero. Está atemorizada.

SOLA Y ABURRIDA

Mujer, setenta y un años, sin enfermedades previas de interés, tres hijas, vive con su marido.

Explica que está triste porque se considera poco útil, dice que ya no sabe hacer nada. De madrugada a veces se despierta y se viste, desordenando la ropa del armario. El marido hace las compras y prepara las comidas. No quiere salir de casa, pero dos o tres veces por semana se desplaza a la casa de una hija. Cuando lleva un rato allí, se queja de que es una inútil, una carga, y quiere irse. La familia insiste en que se siente y coma. Se pone violenta: dice que se pasa el día sola y aburrida, que nadie le hace caso. En su casa, revuelve las cosas, como por ejemplo los pañuelos, y las pierde. No se cuida, no se deja peinar. En la consulta da largas explicaciones para justificar los muchos errores que ha cometido en la vida. El marido explica que era una mujer afable y muy trabajadora. Llevaba la casa sola, cuidaba de las hijas y además dirigía una pequeña tintorería en los bajos del edificio.

LA SALA DE ESPERA

Mujer, noventa y tres años, viuda desde hace cinco, cuatro hijos.

Vive en una residencia asistida. Camina sola, con la ayuda de un bastón. Artrosis severa en caderas y rodillas. Oye poco y su visión es limitada. Es autónoma para comer, pero necesita ayuda para la higiene. No sabe qué día de la semana es, pero cada día lo mira en el periódico y marca la fecha en el calendario con una cruz. Recuerda los nombres de los familiares. No recuerda que la hayan ido a ver ni qué visitas ha tenido, aunque también lo anota en el calendario. Le gustan los almuerzos familiares. Se sienta junto a su bisnieta de dos años y se entretiene con ella, sin atender mucho a los demás. A veces hace comentarios como «estoy en la sala de espera, pero el tren no pasa». No inicia espontáneamente la conversación, el lenguaje espontáneo es limitado, pero responde bien a las preguntas, aunque de modo escueto, y hace pocos comentarios. Le gusta ver a los bisnietos y, con un poco de esfuerzo, los recuerda bien. Lee el periódico, aunque por sí misma no recuerda las noticias, pero cuando se las recuerdan sus comentarios son oportunos. Relee los mismos libros, explicando que, como le falla la memoria, los puede ir releyendo porque no los recuerda. Ríe porque le hace gracia. A veces está de mal humor y se queja a los hijos de sus deficiencias sensoriales, de la vista y del oído, pero en general se siente feliz porque dice que tiene todo lo que necesita y que, por fin, no tiene que preocuparse por nada.

PERRITO GUAPO

Mujer, treinta y cinco años, soltera, vive con su madre.

Hasta los veintiocho años hizo vida normal. Era secretaria de dirección y se ganaba bien la vida. Entonces fue intervenida por una malformación del corazón y sufrió un prolongado paro cardíaco. Estuvo varias semanas en coma anóxico (por falta de oxígeno en el cerebro) hasta que, lentamente, pasó a un estado vegetativo y fue ingresada en un centro de rehabilitación. Al cabo de seis meses se comenzó a recuperar, a moverse voluntariamente, a comer con ayuda y a realizar rehabilitación para aprender a caminar, pues tenía tetraplejia (parálisis de las cuatro extremidades). Desde entonces, solo dice «perrito guapo, perrito guapo» de forma repetitiva durante todo el día, con el habla entrecortada, a trompicones. Le regalaron un perrito. Camina por la consulta con paso inseguro y gran rigidez de las piernas, y no quiere sentarse. No entiende las órdenes. Lleva pañales para la incontinencia. Tiene la mirada perdida, no la fija al explorar. Es dependiente para la higiene, para vestirse y para comer. Para salir, debe usar silla de ruedas. Le resbala la saliva de la boca.

COMENTARIO

Estas han sido unas pocas notas clínicas de la observación de pacientes muy diversos, pero con un aspecto en común: el deterioro de sus funciones mentales, lo que los médicos denominamos deterioro cognitivo.

La chica de treinta y cinco años que tiene un «perrito guapo» es un claro ejemplo de demencia por anoxia cerebral. Se produjo a causa de una intervención cardíaca, porque durante un tiempo su cerebro no recibió el aporte de oxígeno necesario, una complicación que, por fortuna, no es frecuente.

Es interesante observar la diferencia entre el penúltimo caso («La sala de espera») y los anteriores. La anciana de noventa y tres años, pese a sus grandes carencias cognitivas, no está triste y, en la medida de su capacidad de comprensión, es consciente de sus limitaciones, que ella misma atribuye a la edad. Utiliza un lenguaje poco espontáneo pero fluido. Tiene un deterioro cognitivo que se encamina hacia la demencia.

De entre los otros pacientes, algunos no tienen conciencia del deterioro que sufren, otros están preocupados por la pérdida de sus capacidades mentales —tienen miedo, están tristes—, y también los hay que ya no tienen capacidad alguna para comprender lo que ocurre en su entorno. A la pérdida de memoria se añaden otras dificultades, como las del lenguaje, la conducta y la incapacidad para planificar el futuro o para organizar las actividades más elementales de la vida diaria (higiene, vestimenta, alimentación...).

Algunas de estas notas clínicas son ejemplos del perfil de síntomas propios de la enfermedad de Alzheimer, mientras que otras lo son del perfil sintomático de demencias degenerativas distintas que se comentan en el capítulo 7.

2
ENVEJECIMIENTO CEREBRAL

El envejecimiento es el proceso de deterioro biológico que afecta progresivamente a todas las células, tejidos y órganos del cuerpo humano (del mismo modo que afecta al de los otros animales), causado a lo largo de los años por la acumulación de errores en el mantenimiento y reproducción de las células. Las células del organismo se renuevan, unas perecen y nacen otras. También en el cerebro se produce la generación de nuevas células nerviosas, la denominada neurogénesis. Esta generación tiene lugar, fundamentalmente, en dos regiones cerebrales, el nervio olfatorio y el hipocampo, donde residen células nerviosas pluripotenciales, es decir células madre neurales que tienen la capacidad de originar diferentes células cerebrales. Estas células, después, migran hacia otras localizaciones cerebrales.

La formación de nuevas células nerviosas, así como la ramificación de las prolongaciones neuronales, las dendritas y sus espinas dendríticas, permiten al cerebro regenerarse y, sobre todo, aumentar la interconexión entre sus neuronas, es decir, incrementar la red neuronal. Estos fenómenos confieren al cerebro plasticidad , es decir la capacidad de irse adaptando a los cambios de su entorno y aprender. Es lo que se conoce como neuroplasticidad.

La reproducción celular está regulada por el ADN (ácido desoxirribonucleico), una molécula ubicada en el núcleo de la célula que contiene el código que le indica cómo reproducirse. Los segmentos o genes de los que se compone dirigen la fabricación de proteínas.

Con el paso del tiempo, diversos factores como la herencia familiar (genética), las radiaciones, los hábitos, las enfermedades y múltiples factores ambientales van dañando la capacidad de reproducir copias exactas de la misma célula o de fabricar algunas proteínas. Es como hacer fotocopias de otra fotocopia de forma sucesiva y reiterada: al final se produce un deterioro progresivo de la imagen, que puede llegar a desaparecer, dejando tan solo algunas manchas como herencia del texto inicial.

La molécula de ADN está formada por dos cadenas de unas unidades denominadas nucleótidos, enroscadas sobre sí mismas en forma de doble hélice. Estas hélices, enrolladas y plegadas, constituyen el componente principal de los cromosomas. En los extremos de los cromosomas hay una parte menor, denominada telómero, que protege la estructura de los mismos. Con el tiempo se va desgastando, acortándose, lo que produce la alteración de la capacidad del ADN para producir una copia perfecta en la nueva generación de células. La consecuencia es el envejecimiento del organismo. Hay otras moléculas, las llamadas reparadoras, que intentan corregir los errores que se producen en el ADN, pero con el paso del tiempo también pierden eficacia y de forma progresiva las copias se convierten en una caricatura del primer original.

Uno de los más recientes descubrimientos acerca del envejecimiento es la participación en el mismo de las células senescentes. Se trata de un tipo de células que dejan de dividirse, probablemente por haber sufrido alteraciones genéticas que las convierten en potencialmente cancerígenas. El sistema inmunitario se ocupa de su eliminación, pero una gran parte de las mismas escapan a su acción y se acumulan en los tejidos del organismo. Se ha demostrado en estudios muy recientes, que estas células también participan activamente en el envejecimiento del organismo, no solo porque al no dividirse dejan de contribuir a la regeneración y reparación de los tejidos, sino también porque producen moléculas inflamatorias. La inflamación crónica del cerebro, la neuroinflamación, acompaña al envejecimiento cerebral y aparece característicamente en fases muy precoces de la enfermedad de Alzheimer. En un experimento reciente realizado con ratones, la eliminación de las células senescentes ha conseguido prolongar la supervivencia de los mismos hasta un 35% y, curiosamente, ha logrado asimismo que mantengan una mayor actividad y un interés mayor por explorar su entorno, lo que demuestra que también previenen el envejecimiento cerebral y el deterioro cognitivo.

Sea como consecuencia del acúmulo de células senescentes y la neuroinflamación, o debido a otros mecanismos, la neurogénesis cerebral disminuye y se reducen las conexiones interneuronales: se produce una menor ramificación de las prolongaciones neuronales —dendritas y espinas dendríticas—, que son piezas clave, como ya hemos comentado previamente, para la plasticidad neuronal.

Por otra parte, el envejecimiento cerebral parece ir acompañado también, en una elevada proporción (entre un 20 y un 30 % de las personas afectadas, según los últimos estudios), por el depósito de una proteína anormal, la proteína beta-amiloide, característica de la enfermedad de Alzheimer y que produce deterioro neuronal (véase el capítulo 6.) En un estudio muy reciente se ha demostrado por primera vez una mejoría cognitiva en pacientes con formas leves de EA (enfermedad de Alzheimer) tras la administración de un anticuerpo que elimina la proteína beta-amiloide del cerebro. Habrá que esperar a nuevos estudios en mayor número de pacientes para confirmar la eficacia de este tratamiento.

El oxígeno, indispensable para la vida orgánica del cuerpo humano, en determinadas circunstancias puede ser dañino: es lo que sucede cuando se altera la estructura y el vínculo entre sus electrones. Así es como se forman los radicales libres de oxígeno, que producen una oxidación excesiva, la cual rompe las moléculas produciendo lo que podríamos llamar «herrumbre» de la estructura orgánica, que de esta manera se deteriora.

Los futuros posibles tratamientos del envejecimiento cerebral y las enfermedades neurodegenerativas van desde la eliminación del acúmulo de células senescentes y de proteína beta-amiloide, y la administración de tratamientos antioxidantes y antiinflamatorios, hasta el trasplante de células madre. Queda aún mucho camino por recorrer, pero hay que mantener la esperanza e insistir en la investigación para descubrir la causa primordial de estas demencias y los factores clave en el envejecimiento. (Para más información sobre el sistema nervioso, véase el libro de Nolasc Acarín El cerebro del rey.)

A nivel del organismo en general, al envejecer la piel pierde elasticidad, las células del oído pierden sensibilidad, las arterias se vuelven rígidas, las células del intestino pueden degenerar, y así se van deteriorando todas las células del cuerpo. Hay que tener en cuenta, sin embrago, que el envejecimiento cerebral es más complejo y delicado debido a la especificidad y funciones de las neuronas. Las neuronas son células especializadas en recibir y emitir señales eléctricas a partir de un estímulo químico, desencadenado por unas biomoléculas denominadas neurotransmisores. Las neuronas son grandes consumidoras de oxígeno. El cerebro representa, alrededor del 2 % del peso corporal, pero consume el 20 % del oxígeno que se inhala a través de los pulmones. En personas sanas el consumo de oxigeno por el cerebro disminuye un 6 % cada década. En consecuencia, con la edad también disminuye el metabolismo cerebral. A los ochenta años este se reduce a la mitad con respecto a los diez años de edad. El cerebro es realmente un órgano muy vulnerable.

El cerebro también pierde volumen al envejecer, en concreto entre un 0,2 y un 0,5 % anual. La corteza cerebral se adelgaza, se atrofia globalmente, pero algunas áreas, sobre todo las frontotemporales, lo hacen con más celeridad.

La disminución del volumen y del metabolismo cerebral conduce a la reducción progresiva de la capacidad cognitiva característica de la vejez. Está todavía en discusión si el envejecimiento cerebral es un proceso que ya se inicia en la juventud, o incluso en el mismo momento de la concepción, o si tiene lugar a partir de edades más avanzadas. En cualquier caso, se ha comprobado en estudios poblacionales que la memoria episódica, es decir la que utilizamos para almacenar y evocar experiencias personales, autobiográficas, empieza a declinar a partir de los cincuenta o sesenta años de edad.

En la ancianidad, cuando empiezan a alterarse las funciones cognitivas, se pierden primero las habilidades ligadas al razonamiento, que se aprendieron en la infancia después del lenguaje de convención social. Incluso cuando aparece la demencia se mantiene la regla: lo primero que se pierde es lo último que se aprendió, mientras que resiste más lo que es innato o se aprendió precozmente. Ello se debe a que las áreas donde se ubican los circuitos neurales que recogen los primeros conocimientos de la vida, como andar erguido, hablar y reconocer las relaciones sociales, tienen una fuerte carga innata que predispone a este aprendizaje, por lo que su conmutación neural es más precoz. Al envejecer estas áreas cerebrales son más resistentes al deterioro. En cambio, los conocimientos ulteriores, útiles en el desarrollo vital para conseguir recursos, buscar emparejamiento y mantenerse informado, se ubican en otras áreas de maduración más tardía. Se trata de conocimientos que en la vejez son menos necesarios para seguir viviendo. Se comprende, por lo tanto, que resista mejor la memoria filética, propia de la especie, junto a la referida al aprendizaje conseguido en la infancia y juventud.

Complementariamente, a la lentitud en el procesamiento de las percepciones se añaden el deterioro sensorial (visión, oído), las dificultades locomotoras (dolor, inestabilidad al andar) y los problemas cardiocirculatorios, de tal modo que se obliga al cerebro a un sobreesfuerzo, pues ha perdido capacidad de aprendizaje y, al mismo tiempo, está más ocupado en compensar y controlar estas deficiencias orgánicas. En consecuencia, se produce una menor disponibilidad energética para las funciones de la memoria.

La sexualidad no es un tema menor en el envejecimiento. Alcanzada la jubilación, a los sesenta y cinco años, la expectativa de vida en el mundo desarrollado permite una supervivencia de veinte o treinta años más. Eso es mucho tiempo. La mujer afronta esta etapa con mayor tranquilidad hormonal que el varón. Ya pasaron los sobresaltos menstruales, así como los deseos o riesgos de la gestación. También quedaron atrás los trastornos de la menopausia. Con la jubilación la mujer renueva su compromiso doméstico, se entrega a la función de abuela o inicia una nueva vida de actividad cultural y relaciones sociales. Se produce un reencuentro con la pareja, que puede ser satisfactorio o poco feliz. Con los años se han acumulado las gratitudes, pero también las frustraciones.

En cambio, el varón persiste en su competitividad masculina, aunque con la pérdida lenta y progresiva de la virilidad. Al varón abuelo le resulta más difícil reubicarse en la sociedad, pues ya ha perdido su rango y el relieve económico que lo distinguía de la mujer. De hecho, queda más solo y desocupado, puede pasear o ir a un bar a jugar las cartas, pero se halla lejos de la capacidad de iniciativa que despliegan muchas mujeres mayores.

Pasados los setenta años los varones, en su mayoría, mantienen una potencia sexual suficiente, si bien puede suceder que el deseo sea más fuerte que la energía necesaria para consumar el coito. En la mujer el deseo se debilita tras la menopausia y el consiguiente desajuste hormonal, aunque más adelante se recupera de nuevo.

Las condición física general, y con ella también el rendimiento sexual, serán mejores si se lleva una vida saludable, igual que en la juventud. Es aconsejable controlar la presión arterial, evitar el sobrepeso y el tabaco (primera causa de impotencia masculina), no abusar del alcohol, ser cauto con los psicofármacos, hacer ejercicio físico moderado y dormir una hora de siesta en la cama. Al envejecer hay que asumir las renuncias, aunque también hay que evitar el pesimismo provocado por unas limitaciones excesivas, que pueden hundir la moral del anciano.

Como se verá en los capítulos siguientes, los cambios neurobiológicos, físicos y cognitivos propios del envejecimiento son más ostensibles en las demencias, así como en otras enfermedades degenerativas. Junto al envejecimiento cabe considerar los antecedentes personales y la personalidad de cada individuo. La biografía personal condiciona la forma de envejecer, y también caracteriza las formas y síntomas de la demencia. Algún día conoceremos el contingente genético de la personalidad que condiciona gran parte de la vida, del comportamiento, así como de la forma de afrontar el envejecimiento, y probablemente de la degeneración cerebral ligada a la ancianidad.

Para terminar: la precariedad del anciano facilita el derrumbe personal. No es fácil convivir con la edad de las renuncias. En vez de buscar nuevas fuentes de interés y adaptarse a la situación, muchos ancianos se entregan a un lento abandono en la frustración resignada. La inseguridad y el temor pueden favorecer la lenta caída en la mezquindad. Como dijera Antonio Machado, el anciano se siente «solo, triste, cansado, pensativo y viejo». Solo las personas mayores que mantienen una buena estimulación mental y una vinculación emocional activa con el entorno son capaces de conservar la llama del interés, de la curiosidad por la vida. Se mantienen más activas y con menor deterioro y, por tanto, son menos viejas aunque sean personas ancianas. Este es el secreto para conseguir envejecer bien.

3
PERDER LA MEMORIA NO SIEMPRE
ES ALZHEIMER

A partir de los cincuenta años es frecuente que las personas se quejen de pérdida o de falta de memoria. La queja más habitual es la dificultad para recordar los nombres, sobre todo los nombres propios de personas y lugares. En la antigua Roma, los patricios solían hacerse acompañar por esclavos jóvenes y cultos, y dotados de una gran memoria, para que les recordaran el nombre de las personas con las que se cruzaban en la calle. Los llamaban nomenclator, el que recuerda los nombres. Téngase en cuenta que en aquella época había pocas personas mayores de cuarenta años.

En general, esta sensación de pérdida de memoria se debe a las dificultades para acceder a la información de nuestro cerebro, en momentos en los que tenemos muchas cosas en la cabeza o sufrimos un conflicto emocional, a pesar de que la información sigue estando grabada en el cerebro. Nos cuesta relacionar el archivo cerebral donde almacenamos las caras con el archivo de los nombres, así como también con el de los recuerdos o los conceptos.

Las alteraciones en el estado de ánimo, en especial la ansiedad, así como el estrés, propician que olvidemos lo que íbamos a hacer. Cuando suena el teléfono, puede ocurrir que dejemos lo que llevamos en las manos en cualquier sitio y que después no recordemos que estábamos cargando con algo, o bien dónde lo hemos dejado. Es habitual escuchar a alguien comentar: «He ido a la cocina a buscar algo y, una vez allí, no he podido recordar qué era».

En la consulta médica, esta percepción de pérdida de memoria la vemos con mayor frecuencia en las mujeres que en los hombres. Al margen de que las mujeres son más susceptibles de sufrir demencia (como se verá más adelante), probablemente se deba a que ellas suelen estar pendientes de varias cosas al mismo tiempo, ya que su cerebro parece tener más capacidad para diversificar su atención, para ejercitarse en la denominada multitarea (multitasking en inglés). Se han comprobado claras diferencias anatómicas y funcionales entre el cerebro masculino y el femenino. Las mujeres tienen más sustancia gris (la corteza cerebral es más gruesa) y más conexiones entre los dos hemisferios cerebrales, mientras que los hombres tienen más sustancia blanca y más conexiones dentro de un mismo hemisferio cerebral (figura 1). Con la edad, esta capacidad de multitarea disminuye y las mujeres entran en una situación de alarma.

La sospecha de pérdida de memoria nos produce angustia, ya que la relacionamos con la pérdida de autonomía, y es entonces cuando aparece el miedo a tener que depender de otras personas.

Necesitamos la memoria para relacionarnos normalmente con los demás. Las conversaciones con nuestros semejantes suelen nutrirse de recuerdos: vivencias, experiencias comunes, noticias de la prensa o la televisión, programas, lecturas etc. La memoria nos hace sentir implicados en la vida, integrados en un proyecto social con protagonismo propio.

Se tiende a pensar que la pérdida de memoria es sinónimo de Alzheimer. Como se expone en los capítulos siguientes, en la enfermedad de Alzheimer se dan otras deficiencias además de los problemas de memoria. La sola sensación de pérdida de memoria no tiene porqué ser grave. En todo caso, tiene que estimularnos a ser más ordenados y vivir más tranquilos. Así, cuando se tiene tendencia a perder las llaves, lo aconsejable es ser más ordenado e instaurar rutinas de seguridad, evitando, sobre todo, el estrés. Hay que protegerse de las interferencias de los estímulos del entorno, aprendiendo a relativizar.

Con la edad nos agobiamos fácilmente con los ruidos, el movimiento y la actividad que nos rodea. Al mismo tiempo, el cerebro procesa la información con menos agilidad, más lentamente, pero también los órganos sensoriales, como el oído y la vista, se deterioran. Se oye y se ve con menor precisión que en la juventud. El cerebro tiene que realizar un mayor esfuerzo para percibir, procesar y registrar.

A diferencia de lo que sucede en la infancia, en la edad adulta disminuye la capacidad neuroplástica del cerebro, esto es, la facilidad con que las neuronas establecen nuevas conexiones entre ellas a partir de los estímulos sensoriales.

La capacidad de aprendizaje también está influida por el buen dormir. En la fase del sueño en la que soñamos, llamada fase REM, el cerebro selecciona lo que debe retener en la memoria, separando y guardando lo que es importante. Con la edad, el sueño se vuelve más ligero y más corto, con frecuentes despertares durante la noche, y disminuye el tiempo de la fase REM, lo que contribuye a dificultar el aprendizaje. Si además se abusa del alcohol y los psicofármacos, el resultado es todavía peor.

A partir de los sesenta años se producen cambios importantes en la vida, como la jubilación, y alteraciones en la dinámica familiar por la marcha de los hijos de casa. Son cambios que nos hacen darnos de bruces con una vida nueva para la que no nos hemos entrenado, para la que carecemos de experiencia. Hay que volver a adaptarse y aprender. En la infancia y la adolescencia, con gran capacidad de aprendizaje, nos instruimos para ir por la vida. Al hacernos mayores, esta capacidad de aprendizaje es menor y debemos aprender una nueva forma de vida, con horarios, expectativas y obligaciones diferentes. Al mismo tiempo, la capacidad física del organismo también va menguando. La fatiga, la apatía y los dolores crónicos nos persiguen y otras preocupaciones ocupan nuestro cerebro. Todo ello genera inquietud, malestar, dificultades de adaptación, lo que puede producir ansiedad, insomnio y, a veces, tristeza. Es fácil comprender que, en estas circunstancias, resulte más difícil fijar en la memoria cosas nuevas o recordar lo que hemos visto u oído. Este hecho es interpretado muy a menudo como un deterioro de la memoria, cuando en realidad se trata de los efectos de una menor capacidad de aprendizaje a causa de la edad, combinada con un defecto de atención y concentración.

Es muy característico en la edad avanzada perder la memoria reciente y, en cambio, recordar con gran detalle aspectos del pasado. Esto es así porque los recuerdos antiguos fueron almacenados en el cerebro cuando este era más joven y tenía mayor capacidad neuroplástica. Quedaron fijados para siempre. Las personas mayores a menudo no recuerdan lo que comieron ayer, pero en cambio recuerdan bien a los amigos de la adolescencia, la época en que iban a la escuela o hicieron el servicio militar, o la casa donde vivieron en su juventud. De ahí que los ancianos tengan la costumbre de hablar de tiempos pretéritos.

También es cierto que cuando envejecemos la memoria no es tan importante e imprescindible como en la juventud. No tenemos que aprender a vivir, porque ya lo sabemos hacer, y precisamos menos información. Disponemos de todos los recuerdos de nuestra vida, de nuestra biografía, que es la que ha influido en nuestra personalidad y en nuestra forma de ver la vida. Al envejecer tenemos la oportunidad de transmitir nuestra experiencia a los hijos y, especialmente, a los nietos.

Algunas personas acuden a la consulta del médico neurólogo por iniciativa propia, preocupadas por los problemas de memoria. La mayoría de las veces se trata de un deterioro leve que no evolucionará hacia la demencia. En otros casos es la familia la que ha tomado la decisión de llevar al familiar a la consulta del neurólogo, o bien ha sido el médico de cabecera el que lo ha aconsejado. Así pues, la consulta se produce porque la familia ha observado que la pérdida de memoria del paciente está repercutiendo en su conducta diaria o han aparecido otras dificultades añadidas: ordena mal sus cosas, traspapela documentos, facturas y cuentas, no cuida su aspecto o se desorienta en la calle.

En estos casos, es frecuente que el paciente no entienda por qué lo llevan al médico. Él se muestra tranquilo porque está convencido de que no tiene ningún problema, mientras que la familia está muy preocupada. Esta disparidad en la percepción de la enfermedad es una señal de alarma importante. Cuando la familia detecta que el posible enfermo está perdiendo capacidad mental, suele acertar, a diferencia de lo que sucede cuando es el interesado el que acude a la consulta por miedo a sufrir la enfermedad de Alzheimer. La ausencia de percepción de dificultades o trastornos por parte del paciente, que denominamos anosognosia en términos médicos, es un posible y frecuente síntoma precoz de demencia.

En las personas ancianas también es habitual que, ante una pérdida discreta de capacidades mentales, con conciencia del propio déficit cognitivo, estas lo vivan sin angustia, como una etapa más en la vida. Esta eventualidad es más frecuente en los varones. Un paciente de ochenta y cinco años decía: «Mi esposa es mi cerebro, el mío ya no funciona bien. Ella hace y deshace, y lo organiza todo. A mí ya me parece bien, aunque me sabe mal no estar a su nivel». Unos años más tarde, este paciente desarrolló la enfermedad de Alzheimer.

Las personas que actualmente pertenecen a la tercera edad formaron parte de una generación en la que el hombre solo se dedicaba a su trabajo, y todas las responsabilidades de la logística doméstica, así como las referentes a los hijos, recaían en la mujer. En la tercera edad, la vida cotidiana consiste en organizar el día a día, en cuidar y abastecer la vivienda y el vestuario, y a menudo en cuidar de los nietos, unas ocupaciones que el varón está acostumbrado a delegar en la mujer, por lo que a esta le resultará más difícil adaptarse si aparecen dificultades cognitivas que le creen problemas para desenvolverse con la seguridad de antes.

Entre un 10 y un 20% de las personas mayores de sesenta y cinco años padecen una pérdida de memoria o deterioro de otras funciones mentales que supera lo que se puede esperar en personas sanas de su misma edad y nivel cultural, pero que no interfiere de forma significativa en su vida diaria, ni en su ámbito laboral ni social. Es lo que se denomina deterioro cognitivo leve (DCL) o mild cognitive impairment (MCI) en inglés. Se trata de un estado intermedio entre la normalidad cognitiva y la demencia. La mayoría de personas con DCL pueden permanecer en esta situación el resto de su vida, aunque alrededor del 12% evolucionan hacia la demencia. Actualmente existen varios estudios dirigidos a detectar qué pacientes con DCL sufren mayor riesgo de desarrollar la enfermedad de Alzheimer, mediante el uso de biomarcadores en líquido cefalorraquídeo o PET-Scan (una técnica que se explica en detalle en el capítulo 9). En pocos años estarán al alcance de la práctica neurológica habitual.

El DCL puede tener diferentes perfiles. En unos casos, el síntoma predominante es la pérdida de memoria (DCL amnésico), mientras que en otros serán otras funciones mentales las afectadas (DCL no amnésico). El DCL amnésico es el que presenta un mayor riesgo de evolucionar hacia una enfermedad de Alzheimer. De las personas mayores con DCL amnésico, entre un 10 y un 15 % desarrollan EA cada año. Por ello es importante, tanto para el interesado como para la familia, realizar el diagnóstico precoz y preciso del DCL. Se trata de establecer si solo existe afectación de la memoria u otras carencias cognitivas, o si lo que predomina es la apatía con cambios de carácter y de la conducta. Según el perfil biográfico y la personalidad de cada paciente, será más fácil o difícil predecir la evolución futura. En todo caso, es recomendable que cuando aparezcan las primeras dificultades cognitivas se consulte al neurólogo, quien puede valorar su importancia y la conveniencia de realizar exámenes especializados.

El principal factor de riesgo para la aparición del DCL es la edad, pero hay otros factores que la favorecen, como la hipertensión, la diabetes, el exceso de colesterol, algunas deficiencias vitamínicas (B12 y D) y las apneas del sueño. También el abuso de alcohol, y especialmente el tabaquismo, son factores de riesgo vascular (que se describen en el capítulo 8).

Las personas con DCL mantienen la independencia en las actividades de la vida diaria y, con pequeñas ayudas familiares, pueden llevar una vida normal acorde con su edad. Si conducen será aconsejable dejar de hacerlo, ya que pueden sufrir cierto enlentecimiento de la capacidad de reacción ante los problemas.

3.1. ¿QUÉ ES LA MEMORIA?

La memoria es el proceso cognitivo (mental) que permite registrar, codificar, consolidar, almacenar, acceder a la información y recuperarla. Es un proceso básico para la adaptación del ser humano al mundo que le rodea. La memoria es la base del aprendizaje, que se produce gracias a la plasticidad del cerebro. Se puede considerar aprendizaje al conjunto de cambios permanentes en la conducta, mediante modificaciones estructurales del sistema nervioso resultantes de la experiencia y la memoria. Se asienta en la formación de conexiones (sinapsis) entre las neuronas y en la generación de circuitos, con miles de neuronas, donde se fija lo aprendido. La formación de la memoria se produce en dos etapas. En primer lugar, se retiene la información durante un tiempo breve, que es la memoria a corto plazo, como, por ejemplo la que utilizamos al retener brevemente un número de teléfono para marcarlo o para transcribir al papel un dato que acabamos de oír en la televisión. Es esta una memoria efímera, que puede sufrir fácilmente la interferencia de otra información o de estímulos del entorno. Se incluye dentro de la memoria a corto plazo la llamada memoria de trabajo, que es la que nos permite retener momentáneamente datos recientes y manipularlos para utilizarlos en nuestros razonamientos o toma de decisiones: «Me acaban de decir que se ha cancelado el vuelo, pero la reunión es dentro de tres horas, por lo que sacaré rápidamente un billete para el tren».

En cambio, si la información o la experiencia se repiten varias veces, queda registrada de forma duradera, constituyendo la memoria a largo plazo, que contiene gran cantidad de información. Es la que nos permite recordar cómo conducir el coche, nuestra dirección o cómo realizar nuestro trabajo. Esta grabación permanente en el cerebro, llamada consolidación de la memoria, se produce gracias a la plasticidad neuronal. La llegada de información al cerebro estimula la formación de nuevas sinapsis o conexiones entre las neuronas y, gracias a ello, se desarrollan las redes neuronales más extensas y complejas.

La información llega al cerebro a través de los órganos sensoriales (oído, vista, tacto, olfato y gusto). Una estructura cerebral imprescindible para recordar esta información es el sistema límbico, situado en el lóbulo temporal del cerebro (figura 2). El área más relevante para la memoria dentro del sistema límbico es el hipocampo. Si imaginamos una aguja de hacer punto que nos entre en la cabeza por delante y por encima del lóbulo de la oreja, atravesando el cerebro de un lado a otro, tocaríamos con la aguja las áreas temporales donde se hallan los hipocampos. Hace años que los neurólogos sabemos que la lesión del hipocampo impide la consolidación de la memoria. En concreto desde 1957: un paciente, H. M., al que se le extirparon quirúrgicamente los dos hipocampos para tratarle una epilepsia, sufrió una amnesia anterógrada, es decir, una incapacidad para fijar en su cerebro nueva información. Por ejemplo: si sabía ir en bicicleta seguía conservando esta habilidad, pero no podía aprenderla de nuevo si no lo sabía antes. En las demencias, en especial en la enfermedad de Alzheimer, se produce característicamente la degeneración de los hipocampos. Por ello, el enfermo no puede memorizar. En la imagen de atrofia cerebral (disminución del volumen del cerebro) de la figura 5B puede observarse que la zona del hipocampo ha desaparecido en las personas con enfermedad de Alzheimer.

Pero, además del hipocampo, muchas otras áreas de la corteza cerebral son capaces de registrar la información, almacenándola en uno u otro archivo del cerebro en función de su contenido y calidad: palabras, caras, colores, razonamientos, conceptos, etc. Esta grabación debe consolidarse después para poder formar la memoria a largo plazo, con recuerdos que perduren en el tiempo.

Sabemos que la memoria humana es fundamentalmente asociativa: se puede recordar mejor una información recibida si se la relaciona con experiencias previas que ya están registradas en la memoria. Y cuanto más importante sea la asociación, más efectiva es a la hora de ayudar a recordar: la información aislada se pierde con más facilidad que aquella que se vincula con conocimientos previos o con estímulos simultáneos. Es interesante la asociación del hipocampo con la amígdala cerebral, que regula la capacidad emocional: todos hemos podido comprobar lo intensamente que queda grabado en nuestro cerebro el recuerdo de experiencias con gran carga emocional, sea esta negativa o positiva; un buen ejemplo son las fobias, por ejemplo al avión o a los perros, en las que el recuerdo de una primera experiencia negativa provoca un miedo intenso.

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14 noyabr 2024
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9788490568507
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