Kitabı oxu: «El cerebro del rey»

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© Nolasc Acarín Tusell y Laia Acarín Pérez-Simó, 2001, 2010 y, 2015.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO239

ISBN: 9788491870715

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

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Índice

Introducción

Capítulo 1. El origen: del plasma a los árboles y a Mozart

Capítulo 2. Sexo y sexualidad

Capítulo 3. El alma, la consciencia y la memoria

Capítulo 4. Raíces de la conducta

Capítulo 5. Envejecimiento

Capítulo 6. Frente a la muerte

Capítulo 7. Estructura y organización del sistema nervioso

Epílogo

Agradecimientos

Notas

A LOS ESTUDIANTES DE LA UNIVERSIDAD POMPEU FABRA

A XAVIER Y A AUSIÀS

A LAIA, IN MEMORIAM, Y A SUS HIJOS:

PAU, TON Y AINA

A pesar de que mis ojos ya no pueden ver el resplandor

que antes me deslumbraba,

aunque nada nos pueda retornar

al tiempo del resplandor en la hierba, y de la gloria de las flores,

no hemos de afligirnos,

pues la belleza sobrevivirá para siempre en la memoria.

WILLIAM WORDSWORTH

«Quien, como yo, crea que los órganos corpóreos y mentales de todos los seres se han desarrollado por medio de la selección natural o supervivencia de los más aptos, así como con el uso o hábito, admitirá que estos órganos han sido concebidos con el fin de que sus poseedores puedan prevalecer en la competencia con otros seres, y de esta forma crecer en número. Ahora bien, un animal puede verse forzado a seguir esta línea de acción, que es la más beneficiosa para la especie, ya sea por medio de sufrimientos tales como el dolor, el hambre, la sed y el temor, o por medio del placer, como el comer y beber, la propagación de la especie, etcétera, o bien por la combinación de ambos medios, como en la búsqueda de alimento. Pero el dolor o el sufrimiento de cualquier clase, si se prolonga mucho tiempo, causa depresión y merma la capacidad de acción, aun cuando sea propicio para hacer que una criatura se proteja de cualquier peligro grande o repentino. Por otra parte, las sensaciones de placer pueden prolongarse mucho tiempo sin ningún efecto depresivo; por el contrario, estimulan todo el sistema para incrementar la acción. Por eso ha sucedido que la mayoría de los seres sensibles se han desarrollado de esta manera, por selección natural, y que las sensaciones de placer les sirven de guía habitual. Podemos ver esto en el placer del ejercicio, incluso en ocasiones en que se trata de un gran esfuerzo corporal o intelectual, en el de nuestras comidas diarias, y especialmente en el derivado de la sociabilidad de nuestro amor familiar. Apenas me cabe duda de que la suma de tales placeres, que son habituales o que se repiten con frecuencia, proporciona a los seres más sensibles un predominio de felicidad sobre la desdicha, aun cuando muchos de ellos sufran intensamente a veces. Tal sufrimiento es bastante compatible con la creencia en la selección natural, que no es perfecta en su acción, sino que tiende sólo a hacer a cada especie lo más apta posible para la lucha por la vida con otras especies, en circunstancias maravillosamente complejas y cambiantes.»

CHARLES DARWIN

Autobiografía, 1876

INTRODUCCIÓN

¿Por qué el título? Hay acuerdo entre los expertos, tengan o no creencias religiosas, en considerar la Biblia el libro más vendido, quizá también el más leído, de la historia de la humanidad. Los cinco primeros libros de la Biblia, en la tradición judía, componen la Torá y recogen pensamientos, creencias y leyendas que ya existían en la tradición oral antes de ser escritas; podría decirse que es el legado literario más amplio entre los antiguos. Surgió en Oriente Próximo a partir de una cultura agraria primitiva y con el tiempo se convirtió en uno de los pilares de la civilización occidental.

En el primer libro de la Biblia, Génesis (1,26), se dice: «Y dijo Dios: hagamos el hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza. Él reinará sobre los peces del mar, las aves del cielo, y sobre los animales, y sobre toda la Tierra y sobre todos los reptiles que reptan sobre la Tierra».1

Así el hombre, aunque yo prefiero decir el humano, que incluye a hombre y mujer, surgió para reinar, es el rey de la creación.

En realidad, las cosas fueron menos mágicas y bastante más complejas. La historia de la formación de la humanidad es una historia azarosa, llena de casualidades. Somos fruto de la evolución genética, de muy variadas formas de adaptación al medio a lo largo de millones de años, y de la aparición de un cerebro grande que nos permite acumular experiencia, elaborarla y programar la conducta.

En este libro se intenta dar respuesta a la pregunta: ¿por qué nos comportamos como lo hacemos?, explicando cómo los humanos hemos conseguido tener un cerebro con tantas posibilidades, tan versátil, cómo influye en nuestro comportamiento la herencia de múltiples formas de vida animal anterior a la nuestra y de qué forma reaccionamos frente al estímulo de la naturaleza o de otro humano. Todo ello con un cerebro de kilo y medio de peso que, como se verá, sirve para andar, pensar, amar, odiar, hacer la digestión, controlar el ritmo del corazón, ser feliz o estar triste.

Es un libro de divulgación, no es un texto técnico. He intentado una exposición sin tecnicismos, al alcance de cualquier persona sin formación en biología o en psicología que esté interesada en conocer los orígenes y los móviles de la conducta humana, sea estudiante de bachillerato, empleado o universitario.

El libro nació como consecuencia de estímulos diversos. Tras más de treinta y cinco años de ejercer como médico neurólogo he tenido la posibilidad de atender a personas sanas, personas enfermas y otras que creían estarlo. He observado la contribución del cerebro a la salud y a la conducta, cómo cambian nuestros intereses y la forma de relacionarnos con los demás al transcurrir la vida. Cómo el niño aprende a vivir mediante el aprendizaje que acumula conocimiento en su cerebro, y cómo al envejecer el cerebro se producen modificaciones de la conducta para adaptarnos a la nueva situación.

En 1994 los doctores J. M. Martínez Lage y Gabriel Delgado de Pamplona me invitaron a participar en la Conferencia Cajal, sobre el cerebro y la conducta, lo que supuso un primer intento de razonar, sistematizar y documentar las ideas que habían ido surgiendo en años anteriores. En 1996, a sugerencia de la doctora Dolors Folch, me compliqué la vida de forma muy estimulante, impartiendo un curso sobre el cerebro y la conducta en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra, colaboración que duró diez años, al parecer con cierto éxito para todos, experiencia que para mí ha sido muy fructífera. Éstos son los orígenes del presente libro.

Se ha hecho una selección de capítulos que a mi parecer son los de interés más universal, redactados de forma que el libro pueda leerse de principio a fin, o saltando de un capítulo a otro, en el orden que el lector prefiera. El libro puede leerse sentado en casa, tumbado bajo un árbol o recostado en la playa.

Al final de cada capítulo el lector encontrará una bibliografía recomendada, ordenada por orden alfabético de autores, con breves comentarios de cada libro a fin de ampliar el conocimiento en cada tema. Asimismo se hacen constar las referencias bibliográficas de las citas que se incluyen en el texto, por orden de aparición, cuando no se corresponden con los libros recomendados.

Sólo me cabe desear que este libro sea útil para el lector, que le ayude a comprenderse un poco más a sí mismo y a los demás, y que adquiera mayor tolerancia. Si así es, me sentiré satisfecho.

NOLASC ACARÍN TUSELL

CAPÍTULO 1
EL ORIGEN: DEL PLASMA A LOS ÁRBOLES Y A MOZART

A título provisional, considera con zoólogos y anatómicos que el hombre tiene más de mono que de ángel y que carece de títulos para envanecerse y engreírse. Se imponen, pues, la piedad y la tolerancia.

SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL

CASUALIDADES

¿Para qué sirve el cerebro?, la respuesta más exacta es decir que sirve para todo. Para amar, para odiar, para andar, para comer, para buscar pareja y procrear, cuidar a los hijos, aprender, memorizar, elaborar cultura, civilización, tener consciencia de lo que somos y del devenir, preguntarnos acerca del entorno y del universo. Para todo esto y mucho más sirve el cerebro. Sin cerebro no habría nada, sin cerebro no hay vida humana. Tenerlo es un privilegio que nos otorgó la evolución mediante la selección natural, aunque haya quien lo ignore o lo use poco.

La complejidad del cerebro es lo que ha permitido a los humanos recorrer un largo camino (largo a escala de nuestra vida) en el que hemos podido sobrevivir, reproducirnos, aprender de la experiencia, elaborar pensamientos e ideas y generar cultura.

Es una larga y bonita historia que empieza muy lejos, poco después de la formación de la Tierra y la aparición de las primeras formas de vida. Aunque más certeramente nuestra historia arranca hace unos 60 millones de años, cuando se extinguieron bruscamente los dinosaurios a partir de un invierno nuclear, producido probablemente por la colisión de un gran meteorito contra lo que hoy es la península del Yucatán. La tierra quedó arrasada, pero sobrevivieron algunas especies animales, entre ellas una pequeña musaraña, un mamífero insectívoro, que posteriormente tuvo una línea evolutiva que condujo a los primates y, más tarde, hace unos pocos millones de años, de entre los primates surgieron diversas especies antropoides de las que procedemos los humanos. El hecho de que el mamífero originario fuera insectívoro es relevante en tanto que explica la existencia de un sistema nervioso con cierto desarrollo, pues requiere mayor inteligencia cazar insectos móviles que comer hierba que no se mueve, como hacen las cabras. Ha sido una evolución larga y prolífica en líneas, muchas de las cuales se truncaron con el tiempo. Fue así como aparecimos nosotros, individuos de andar erguido, con un grasiento cerebro de más de un kilogramo de peso, formado por intrincadas redes que saben transformar las percepciones en estímulos químicos y señales eléctricas, y éstos en recuerdos e ideas, gracias también a saber transmutar en energía el oxígeno y el azúcar. Así de sencillo, así de complejo y así de largo en el tiempo.

Si el meteorito no se hubiese estrellado, si continuaran existiendo los dinosaurios y sus descendientes, si los mamíferos hubiesen quedado reducidos a su precaria vida de roedores o de comedores nocturnos de insectos, si... Pero ésta sería otra historia, más ficticia que real, y en este libro se intenta exponer lo que sabemos sobre el cerebro y la conducta de los humanos, frutos de una larga evolución, la historia natural de la vida. Historia que está por ver cómo acabará. El físico Hawkins, en una interesante serie televisiva confirmaba que el universo seguía en evolución, siendo previsible su fusión y extinción total para dentro de algunos miles de millones de años, si bien, añadía, mejor no divulgarlo pues podría provocar el pánico en la Bolsa.

Lo cierto es que el meteorito que colisionó con la Tierra hace 60 millones de años pudiera haber sido más grande, en lugar de unos diez kilómetros de diámetro pudo ser una masa como los Pirineos. La destrucción hubiera sido absoluta y total. Ahora usted no estaría leyendo este libro, ni existiría nada más que planetas llenos de piedras. Jostein Gaarder, en su libro Maya, inicia su «manifiesto» con esta reflexión: «Existe un mundo. En términos de probabilidad, esto es algo que roza el límite de lo imposible. Habría sido mucho más fidedigno si casualmente no hubiera habido nada. En este caso nadie se habría puesto a preguntar por qué no había nada».

Pero las cosas fueron como fueron y hoy estamos aquí con un cerebro complejo, que nos permite sobrevivir, pensar y escribir libros.

El cerebro humano ha sido un buen instrumento para producir cultura y conocimiento a partir de la transmisión de experiencias mediante el aprendizaje y un buen uso de la imaginación. Lo cual nos ha llevado a generar una civilización peculiar, con grandes conquistas pero también con defectos, entre ellos el de considerar que el universo, el planeta y la vida tienen razón de ser a partir de nuestra existencia. De ahí las concepciones antropocentristas que tanto daño han hecho en la búsqueda de las leyes de la naturaleza, en la investigación científica, en la convivencia entre los humanos y en la preservación de las otras especies y formas de vida que configuran nuestro entorno. Deberíamos controlar mejor nuestra tendencia a devastar el medio.

Es interesante observar que las concepciones antropocéntricas aparecen ya en los mitos antiguos cuando interpretan el origen de la vida y del mundo. Así se desarrollaron las religiones surgidas a partir del neolítico y la cultura agraria, como en el Génesis de la Biblia, citado en la presentación, donde se sitúa al hombre como eje y rey de la creación. En cambio, en las leyendas de las culturas paleolíticas, de recolectores-cazadores, se expresa una actitud mucho más respetuosa hacia la naturaleza. En el siglo XIX, el jefe indio Seattle explicaba: «La Tierra no la hemos heredado de nuestros padres, tan sólo nos la han prestado nuestros hijos y debemos devolvérsela mejor. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales desaparecieran el hombre también moriría por la gran soledad de su espíritu. Aquello que sucede a los animales, luego sucede a los hombres. Aquello que sucede a la Tierra, también sucede a los hijos de la Tierra». Las concepciones mágicas acerca de la naturaleza están influidas por el tipo de vida, de economía, de los pueblos que las desarrollan. Las relaciones de dependencia entre los humanos y la naturaleza determinan las actitudes filosóficas de los individuos respecto al universo. Si un cazador-recolector agota las reservas naturales se queda sin alimentos, mientras que para un campesino la deforestación y roturación de nuevos campos puede proporcionarle mayores recursos, que además debe defender de los animales silvestres, por lo que lucha contra los que no puede domesticar en su provecho. Las tribus nómadas debían ser cuidadosas para no agotar los recursos de su entorno, mientras que los primeros campesinos de Oriente Próximo entendían que la naturaleza estaba a su servicio, era su razón de existir, podían transformarla y explotarla a su antojo.

Esta comprensión antropocéntrica conduce también a la creencia de que toda la historia natural, desde la formación del universo hasta la hormiga más insignificante, tiene como razón de ser al humano. Todo ha sucedido con el objetivo de llegar a nuestra existencia. Cabe añadir que son concepciones que encajaron bien con la mentalidad humana, antes del desarrollo científico, pues se adaptan al convencimiento de que lo que nos sucede a cada uno de nosotros es lo más importante que puede acontecer en el universo, y que todo tiene un sentido, una finalidad, en relación con nosotros.

Debo pues dejar claro desde el inicio de este libro que los humanos somos tan sólo un accidente, surgido al azar, en la historia natural. Quizá un par de citas, muy distantes en el tiempo, ayuden a fijar nuestra pequeñez en el universo. El científico británico R. Dawkins afirmaba hace poco: «La vida no obedece a ningún diseño previo u organización, ni por supuesto a propósito alguno». Dos mil años antes se atribuye al emperador Julio César lo siguiente: «La vida no tiene ningún significado, a excepción del que nosotros podamos otorgarle».

La evolución de la vida es una historia basada en el azar, la casualidad, los cambios del entorno y el tiempo. Historia que empezamos a conocer con certeza científica desde hace menos de doscientos años, pero que ya en la antigüedad fue intuida genialmente por algún pensador sabio y humilde, como demuestra el texto sobre el origen de la vida, escrito por Demócrito de Abdera en el siglo V antes de Cristo:

«La tierra al principio, gracias al ardor procedente del sol que la iluminaba, adquirió consistencia. Luego, cuando su superficie comenzó a fermentar a consecuencia del calor, en muchos lugares algunas de las partes líquidas comenzaron a inflarse y en su derredor se formaron putrefacciones circundadas por finas membranas; aun hoy podemos ver que ocurre este mismo fenómeno en los pantanos y en las regiones cenagosas: cuando la zona se ha enfriado, el aire se vuelve tórrido de golpe, en lugar de cambiar poco a poco de temperatura. Las partes húmedas generaban seres vivos, tal como se dijo, a causa del calor; durante la noche, ellos recibían alimento directamente de la bruma proveniente de la atmósfera circundante, mientras que de día se iban solidificando por la acción del calor. Finalmente, cuando los gérmenes hubieron alcanzado su pleno desarrollo y las membranas resecadas comenzaron a resquebrajarse, dieron lugar al nacimiento de variadas especies de seres vivos. De éstos, los que contenían el mayor calor, partían hacia las regiones altas y llegaban a ser volátiles; aquellos que, por su parte, poseían una composición terrosa formaban el género de los reptiles y de los otros animales terrestres; y, por último, los que tenían parte mayor de naturaleza húmeda, afluían hacia la región de naturaleza similar a la de ellos, y recibían el nombre de acuáticos. La tierra, entonces, que se iba solidificando más y más debido al calor quemante del sol y a los vientos, terminó finalmente por no poder ya generar ninguno de los animales de gran tamaño, y a partir de entonces cada uno de los seres vivos comenzó a generarse como resultado del acoplamiento recíproco.»

DEL PLASMA A LA VIDA Y A LA HERENCIA

No entretendré al lector con el largo relato del origen de la vida. Hay muchos y mejores libros sobre ello, pero sí conviene situar y entender el cerebro humano en el contexto del conjunto de la evolución. En una perspectiva amplia nosotros somos como mariposas de un día, muy ágiles, muy bonitas, pero que nacieron hace unas horas y que no llegarán a mañana.

El lector menos interesado puede pasar directamente al apartado siguiente. De todas formas creí oportuno introducir las bases de la evolución a efectos informativos pero también como ejercicio de sosiego, humildad y paciencia. Conocer, aunque sea a grandes rasgos, la complejidad de la vida y la inmensidad del tiempo en la historia natural, nos ayuda a ser más conscientes de nuestra excepción, a relativizar mejor las vicisitudes de nuestra corta vida.

Veamos, someramente, cuál ha sido la historia desde el origen de la vida hasta la aparición de los humanos modernos con el cerebro actual.

En la figura 1-1 puede seguirse la cronología aproximada, desde la formación de la Tierra hasta nuestros días. A efectos de sencillez se han simplificado y redondeado los números de cada periodo histórico, si bien algunos datos aún son objeto de estudio y debate. El lector interesado puede consultar la bibliografía que se recomienda al final del capítulo. Se añade un ejemplo de escala evolutiva didáctica en la que se han reducido los 5.000 millones de años de historia en el planeta Tierra a la escala de 25 años, para comprender mejor las proporciones entre los distintos periodos. Así, si reducimos a 25 años la existencia de la Tierra, la vida surgió hace 20 años, los primates hace 4 meses y el humano moderno hace 4 horas. Somos muy recientes. (Veáse la figura 1-2.)


FIGURA 1-1. De forma sucinta se exponen los principales periodos de la historia de la vida en el planeta y de la evolución humana. Las cifras se han redondeado, aunque en muchos casos deberían incluir una horquilla amplia. Son datos aproximados. (MA = Millones de años; A= años.)

En general se acepta que la Tierra se consolidó hace unos 5.000 millones de años (MA) y las primeras formas de vida lo hicieron unos mil MA más tarde. Originariamente, las masas de agua crearon un plasma o caldo molecular, conjunto de átomos que progresivamente se fueron uniendo de forma más compleja, hasta que un día, bajo la influencia de las radiaciones y accidentalmente, se formó una combinación de átomos que constituyó una molécula capaz de hacer copias de sí misma, se fue perfeccionando y originó el ácido desoxirribonucleico, molécula que se conoce por sus siglas en inglés: DNA. Ahí empieza la historia que por evolución lleva a todos los tipos de plantas y animales, entre ellos a los humanos. En 1953 Crick y Watson consiguieron describir la estructura de esta molécula, la simiente de la vida.


FIGURA 1-2. El lector puede comparar la historia del planeta y de la evolución con su propia vida. De forma exacta si tiene 25 años. Si tiene 50 años multiplique por dos la columna derecha y si tiene 75 años multiplique por tres.

El DNA son dos filamentos enrollados en forma de espiral, como una doble escalera que va entrecruzándose, como la doble escalera renacentista del castillo de Chambord inspirada por Leonardo da Vinci, o la escalera barroca del monasterio de Santo Domingo de Bonaval, en Santiago de Compostela. Los filamentos del DNA están formados por compuestos de azúcar y de fósforo, y entre ellos existen unos puentecillos, o peldaños de la escalera helicoidal, constituidos por moléculas llamadas nucleótidos formadas a partir de carbono, hidrógeno, nitrógeno y oxígeno, elementos que ya existían en el caldo originario, sin los cuales no es posible comprender la generación de vida en la Tierra. Según sea su combinación química los nucleótidos se denominan adenina, timina, guanina y citosina, y son los mismos para todas las formas de vida. Todos los vegetales y los animales somos primos más o menos próximos. La diferencia para que den lugar a una hierba, un árbol, un gusano, un león o un humano estriba tan sólo en la forma de combinarse y alternarse estos nucleótidos entre los filamentos del DNA. El lenguaje de la herencia no es otra cosa que las múltiples combinaciones que pueden alcanzar estos cuatro nucleótidos, que en lenguaje técnico se denominan por su inicial: A, T, G y C (figura 1-3).


FIGURA 1-3. Una célula, su núcleo, y en su interior los cromosomas formados por los filamentos de DNA, constituidos por la combinación de 4 nucleotidos.

Para hacerse una idea de las dimensiones del DNA sirvan estos ejemplos:

• si desenrollamos un filamento de DNA humano se observa que es como un doble hilo de 2 metros de largo por 2 millonésimas de milímetro de grueso, por lo que hay que observarlo al microscopio, pues enrollado sobre sí mismo es un puntito imperceptible.

• en los humanos el DNA contiene 100.000 millones de átomos (cifra equivalente al número de estrellas de una galaxia) y 6.000 millones de nucleótidos.

• si se plasmara en papel la información genética de un humano, es previsible que ocupara mil libros de 500 páginas cada uno.

• en cada célula humana hay varios filamentos de DNA. Tenemos unos 100 billones de células, de las que 100.000 millones son neuronas. El DNA forma los cromosomas, de los que hay 46 en cada una de las células humanas, agrupados en 23 pares (véase capítulo 2). En las células germinales hay la mitad, a fin de conjugarse entre los dos progenitores.

• el DNA de una microscópica bacteria contiene un millón y medio de átomos.

• el gen es un fragmento de DNA que codifica la información. No se conoce aún el número total de genes que hay en el humano. Hasta hace poco se especulaba con unos 100.000, más recientemente se cree que no pasan de 30 o 40.000, ya que un gen puede intervenir en la síntesis de distintas proteínas.

La herencia genética viene determinada por la forma en que se combina esta millonaria constelación de átomos. Si la copia es exacta la célula hija es igual a la célula madre, pero si entre tantos millones de átomos se produce un error se dice que ha tenido lugar una mutación, y la célula hija será algo distinta.

La reproducción de una célula se inicia con la dehiscencia o separación de los dos filamentos del DNA por la acción de una enzima o fermento (la helicasa) que deshace los puentes de nucleótidos independizando los dos filamentos. El plasma que rodea a los filamentos separados contiene diversos nucleótidos en suspensión, como si se estuvieran bañando a la espera de agarrarse a algún filamento. Aparece entonces una macromolécula denominada polimerasa, también formada por nitrógeno, hidrógeno, carbono y oxígeno, en combinación distinta a la del DNA, que consigue pegar a cada filamento la parte del puente que le falta: permite que se aproxime el nucleótido apropiado inmerso en el plasma celular y cuando está cerca lo atrae y lo adhiere en el lugar que le corresponde del filamento. Así, un puente tras otro, se recompone una doble espiral idéntica a la originaria. Se habrá pasado de una a dos espirales de DNA, y se obtiene una copia idéntica del primer DNA. La polimerasa rige el orden y la continuidad de la división celular. En la reproducción de un filamento de DNA trabajan unas 10.000 polimerasas. Los elementos básicos son muy pocos: carbono, azúcar, fósforo, hidrógeno, nitrógeno, oxígeno, pero con tantos millones de átomos las posibilidades de combinación son infinitas, si bien la polimerasa actúa para conseguir que los nuevos DNA sean idénticos a los anteriores, que la secuencia de la combinación sea exacta. Lo cierto es que el DNA y la polimerasa se entienden bastante bien, de forma que los errores al reproducir una molécula de DNA son rarísimos. Cuando se produce un error se denomina mutación y gracias a las mutaciones la vida ha evolucionado, ya que si nunca se hubieran dado errores sólo seguirían existiendo las moléculas originarias de DNA bañándose en el plasma primigenio. Al producirse algún error, entre tantos millones de elementos a ordenar, se consigue que surja un DNA algo distinto. Pasados muchos millones de años se pueden acumular los errores de la polimerasa y así se diversifica en primer lugar el DNA, luego las células y más tarde los seres vivos, que han formado las células, plantas y animales. En sentido amplio puede afirmarse que descendemos de los errores de la polimerasa.

El DNA forma los cromosomas que se hallan en el núcleo de las células. En los humanos hay 46 cromosomas que cuando se aíslan tienen forma de X excepto uno (en los varones) que tiene forma de Y, el cual contiene un gen que condiciona el desarrollo hacia el género/sexo masculino (véase capítulo 2).

Los genes son diminutos tramos de DNA cuya combinación de puentes-nucleótidos contiene la información para que el organismo fabrique una proteína, genere un trazo de nuestro físico (cabello rubio o negro), confiera al cerebro determinadas capacidades innatas, o incluso oriente las tendencias de la personalidad. Al existir menos genes de lo que se preveía, se considera que los caracteres son fruto de interacciones entre diversos genes.


FIGURA 1-4. Los seres humanos nos diferenciamos tan sólo en un 1,2 por ciento de los chimpancés y un 1,4 por ciento de los gorilas. La diferencia entre éstos y el orangutan es mucho mayor que con el ser humano.

El DNA humano y el de los chimpancés tiene una similitud de más del 98% (figura 1-4). Entre los humanos las diferencias no superan el 0,2%. Estos datos significan que, si bien somos distintos a los grandes simios, la diferencia es muy pequeña, son como primos con un cuerpo no muy distinto al nuestro y un cerebro algo menos desarrollado. La similitud entre los humanos hace imposible hablar de razas, existen diversas culturas, pero todos somos una única especie. Pero es cierto que este 0,2% por ciento explica tanto las dificultades de algunos trasplantes, por problemas de rechazo, como también las peculiaridades en el aspecto físico o en los trazos innatos de la personalidad. La mayor diferencia entre los humanos es la que existe entre mujer y varón, mientras que aquélla tiene más cronosomas X los varones tienen uno que aparenta Y, o sea como una X amputada (véase capítulo 2).

Hay dudas acerca de la información genética de más del 90% del DNA humano. Hay quien se refiere a él con la expresión de «DNA basura», quizá en sentido atávico, como si a lo largo de millones de años se hubiera acumulado material genético que tras los cambios evolutivos quedó neutralizado y superado por otros genes. Pero pudiera ser que lo poco que hoy conocemos, ayude a entender bastante bien el origen de los rasgos corporales, fisiológicos, de la apariencia, así como las capacidades innatas y la predisposición para sufrir determinadas enfermedades, mientras que la parte restante puede corresponder a las capacidades cognitivas o mentales del cerebro, campo en el que aún estamos en los balbuceantes inicios de su conocimiento.

El 26 de junio del 2000 el presidente de EE UU presentó públicamente las primeras partes descifradas del genoma humano, o sea del conjunto de la información genética. ¡Cuántas vueltas da la historia! Demócrito fue considerado impío por algunos (Platón nunca lo citó). Gregor Mendel descubrió las primeras reglas de la herencia hacia 1865 pero no fueron ampliamente divulgadas hasta finales del siglo. Darwin tardó casi treinta años en atreverse a publicar su teoría sobre el origen del hombre por selección natural. Ya en el siglo XX las cosas cambiaron. Watson y Crick recibieron el Premio Nobel por descubrir la estructura del DNA en 1953. En la actualidad, la presentación de la mayor novedad genética de la historia la hace el presidente más importante del planeta, en una operación que hace vibrar al mercado de valores. A pesar de los retrocesos, a pesar de apariencias fatuas, cabe reconocer que la humanidad avanza por el sendero del conocimiento, aunque sea lentamente, con retrocesos intercalados y con riesgos aún poco evaluados.

Volvamos a nuestra historia. Después de que los átomos y las moléculas se inventaran la vida se desencadenó un proceso lento, aunque imparable. Del plasma, o caldo molecular en las aguas y marismas, se pasó primero a la vida unicelular, individuos de una sola célula como las amebas y bacterias que aún existen, más tarde por agrupación de células aparecieron los individuos pluricelulares, como los mohos y los hierbajos acuáticos. Si hubiésemos observado al planeta en aquellos tiempos, las zonas lacustres nos hubieran parecido ciénagas sucias donde, bajo la influencia del sol, las radiaciones y los rayos de las tormentas, se convulsionaban los átomos, y mediante agregaciones casuales daban lugar a moléculas grandes y generaban la vida, como ya intuyó Demócrito. Hace años, en una conferencia en la Universidad Pompeu Fabra, el etólogo Sabater-Pi afirmaba, sin pestañear, que la vida es quizá una fantasía de las proteínas.

Hace unos 2.000 millones de años se «inventó» el sexo. Los primeros seres vivientes se reproducían por partición, cada hijo era una parte del cuerpo materno. La introducción de la reproducción sexual fue revolucionaria, pues los hijos ya no eran un trozo exacto del progenitor, sino fruto de la mezcla del DNA de dos progenitores, eran parecidos a ellos pero no idénticos, con lo cual ganaban posibilidades en el difícil mercado de la supervivencia. Si hay una epidemia agresora pueden sucumbir todos los individuos que tengan la misma estructura defensiva. Pero si los hijos la han modificado son más resistentes, sobreviven y se adaptan al nuevo entorno.

A su vez, el intercambio sexual hace más compleja la combinación de genes en los descendientes, ya que la combinación de dos patrimonios genéticos para formar al individuo hijo incrementa la posibilidad de errores. La polimerasa tiene más trabajo y puede equivocarse más veces, surgen más mutaciones, que a menudo condenan al descendiente por defectuoso, pero en ocasiones la mutación puede engendrar características de adaptación diversas de los padres que, si coinciden con un cambio en el medio, pueden dar lugar a individuos que se aclimaten mejor. Sagan lo explicaba de forma contundente: «los organismos han sido seleccionados para dedicarse al sexo, los que no saben o no pueden hacerlo desaparecen». Los progenitores pueden sucumbir al cambio pero sobreviven los hijos que son distintos y se adaptan mejor. Esto es la selección natural, un difícil equilibrio evolutivo en el que interviene la herencia genética, el intercambio sexual, las mutaciones, el paso del tiempo y los cambios en el medio. Gracias a la selección natural y a lo largo de millones de años, se ha producido la diversidad biológica, el precio a pagar fue la extinción de quienes no se adaptaron a los cambios consiguiéndose tan sólo la supervivencia de los más aptos, aquellos que tenían mejor capacidad de adaptación a las condiciones cambiantes del medio, y que gracias a ello pudieron sobrevivir y reproducirse.

DE LAS ALGAS A LOS SIMIOS

Los primeros seres vivos no microscópicos, grandes, que existieron eran una especie de hierbajos acuáticos parecidos a las algas, tal como se ha demostrado en experiencias de laboratorio que reproducen la calidad del plasma, la atmósfera y las radiaciones primitivas. Aparecieron hace unos 1.000 millones de años. Desde entonces, esponjas, trilobites, gusanos, corales y peces primitivos habitaron las aguas... y hace menos de 500 millones de años aparecieron las primeras plantas terrestres. En la escala didáctica, donde la Tierra se consolida hace 25 años, las plantas primitivas aparecen hace tan sólo 5 años. Las plantas causaron la primera contaminación atmosférica, de gran utilidad para la vida animal terrestre, pues a partir de la fotosíntesis iniciaron la liberación de oxígeno al aire, gracias al cual pudieron luego aparecer y adaptarse animales con pulmones, que al aspirar el aire absorbían el oxígeno para poder vivir. Sin oxígeno no hubiera sido posible la vida de animales con pulmones.

Más tarde aparecieron los anfibios, los insectos y los reptiles. La Tierra empezó a llenarse de sapos, cucarachas y lagartos que se comían a las cucarachas, merodeando entre las hierbas y los helechos cercanos al agua. La vida seguía evolucionando, desaparecían unas especies y surgían otras nuevas, los seres vivos se multiplicaban y el medio más confortable empezaba a ser la Tierra firme, para aquellos que, distintos a sus ancestros, podían adaptarse bien al nuevo tipo de vida. Hace alrededor de 270 millones de años surgieron los grandes árboles, las coníferas, pinos y abetos, y con ellos se amplió la gran fábrica de oxígeno. La atmósfera primigenia no tenía oxígeno, son las plantas las que lo producen, de ahí que debamos preservar los bosques, ya que gracias a ellos pudimos aparecer todos los animales, incluidos los humanos, que utilizamos directamente el oxígeno para respirar, mezclarlo con la sangre y bombearlo al cerebro para que funcionen las neuronas. Sin árboles no habría oxígeno y sin él no existiríamos. Sin árboles la inteligencia no existiría. El árbol es la fuente de la vida animal.

Tras los grandes árboles aparecieron los dinosaurios y los pequeños mamíferos. Durante 160 millones de años la Tierra fue propiedad de los grandes y pequeños dinosaurios, animales que de día lo dominaban todo. De noche se movían los pequeños mamíferos, poseedores de una capacidad de termorregulación de la que carecían los dinosaurios, los cuales dormitaban en el frío de la noche, sin capacidad de reacciones agresivas. Surgieron diversas especies de estos grandes lagartos, que podían pesar varias toneladas; unos eran bastante inteligentes y aplicaban estrategias de caza, otros eran vegetarianos y consumían grandes cantidades de vegetal. Mientras, los pequeños mamíferos sobrevivían escondidos en la maleza, alimentándose de raíces e insectos tal como siguen haciendo los topos y las musarañas.

Hacia la mitad de la era de los dinosaurios aparecieron las primeras flores y las primeras aves. Las flores surgen como forma más evolucionada de intercambio sexual, son vistosas, tienen jugos nutritivos y los insectos van de una a otra polinizándolas. Se generan así muchos y variados econichos, lo que favorece una evolución trepidante y gran aumento de la diversidad animal. Las aves parece que surgen a partir de una clase de dinosaurios, por lo que los pájaros actuales, como los gansos y los avestruces, pueden considerarse los últimos descendientes de los dinosaurios.

De pronto, sorpresivamente, llegó una gran catástrofe. Un meteorito colisionó con la Tierra, y se produjo un impacto que provocó una gran deflagración nuclear, el fuego arrasó una buena parte del planeta y el resto quedó sumido durante varios años en la oscuridad del invierno nuclear, el sol quedó oculto por el polvo levantado, bajó la temperatura, perecieron los vegetales y con ellos los dinosaurios vegetarianos, que a su vez habían sido el menú de los dinosaurios carnívoros que también perecieron al encontrarse sin medios de subsistencia. Se había roto la cadena alimentaria y unos tras otros fallecieron en poco tiempo. Probablemente el ecosistema de los dinosaurios era frágil, había dado todo lo que podía de sí mismo, los individuos se habían especializado mucho y no podían adaptarse a un cambio tan grande y brusco. Al no controlar su temperatura corporal quedaron adormecidos además de debilitados por el hambre, y fueron fácil banquete para algunos mamíferos mejor adaptados a la vida nocturna y fría.

Ésta es una lección que no hay que olvidar. Ya muchos millones de años antes, los trilobites, animalitos marinos con concha, habían desaparecido tras otro cataclismo que cambió la faz de la Tierra. Los trilobites habían sido animales hegemónicos durante 300 millones de años, hoy sólo quedan los que se fosilizaron. Los dinosaurios, a su vez, dominaron la Tierra durante 160 millones de años, también desaparecieron y tan sólo dejaron algunos fósiles. Los homínidos, que nos consideramos el gran producto de la creación, llevamos poco más de 4 millones de años de evolución en distintas especies. La historia enseña que el tiempo y la potencia corporal no son garantía de supervivencia, la única garantía es la posibilidad de ser apto cuando cambia el medio o tener la plasticidad cerebral necesaria para poder acomodarse a una situación nueva. El secreto del éxito estriba en ser apto, esto es, estar adaptado pero manteniendo la capacidad para cambiar. En la vida humana, por ejemplo, son más plásticos los adolescentes que los ancianos, que fácilmente se deterioran o sucumben tras un cambio en el entorno. La gran mayoría de especies animales que han existido, desde los trilobites hasta hoy, han desaparecido, dejando mínimos rastros. Cabe añadir que la extinción de las especies forma parte del devenir de la vida, sobreviven los más aptos y la evolución genera individuos mejor adaptados a los cambios del medio, mientras las otras especies desaparecen.

La lucha por la vida y el sexo, como dijera Darwin, es universal, aunque un individuo esté bien adaptado al medio siempre puede sucumbir a un predador. Si no fuera así, si sobrevivieran todas las especies y todos los animales y plantas que han existido, la vida en el planeta hubiera sido una guerra atroz y devastadora. La naturaleza regula el equilibrio de la biodiversidad, no posibilitando la aparición de nuevas especies sin recursos disponibles.

Al extinguirse los dinosaurios quienes sí pudieron ser más aptos en el nuevo entorno fueron aquellos pequeños mamíferos que malvivían con los grandes dinosaurios. Aquellos primeros mamíferos habían introducido ya una gran ventaja fisiológica en su organismo: la homeotermia, la capacidad para regular la temperatura corporal. Su cerebro había formado un centro fundamental, el hipotálamo (véase capítulo 7), que regula gran parte del metabolismo de los mamíferos, entre otras cosas el mantenimiento de la temperatura del cuerpo que permite la actividad del cerebro, de los sentidos y de los músculos. Así aquellos mamíferos podían salir y cazar de noche, mientras que los dinosaurios dormían aletargados por el frío. Cuando se produjo el invierno nuclear aquellos pequeños mamíferos pudieron sobrevivir, su organismo les permitía generar el calor necesario. Los pequeños mamíferos insectívoros, como la musaraña, debieron de encontrarse a sus anchas tras el cataclismo. Estaban adaptados para vivir de noche y durante unos años todo fue noche. Comían insectos y los cadáveres de los dinosaurios muertos debieron de ser fuente inagotable de aquéllos. Antes podían ser cazados por los dinosaurios que tras el cataclismo desaparecieron. Por un tiempo fueron los amos de la Tierra, sin competencia importante. Debieron de reproducirse mucho y pronto se inició un proceso de diversificación genética que dio lugar a la mayoría de las especies de mamíferos que luego han existido, de las que algunas aún perduran.

En la escala didáctica la extinción de los dinosaurios tuvo lugar hace 4 meses y poco después aparecieron los primeros primates, como los pequeños monos que subían a los árboles y saltaban entre las ramas, mientras a ras del suelo empezaban a evolucionar los otros mamíferos, algunos de ellos carnívoros, por lo que la adaptación de los primates a la vida arbórea significó un gran éxito evolutivo, estaban a salvo de los nuevos predadores. De acuerdo con Kingdom, parece fuera de duda que los primates (orden al que pertenecemos los humanos) «derivan de una especie de mamíferos insectívoros (que comían insectos) de cuello corto que podía girar para orientar la mirada, cabeza compacta y redondeada, hombros móviles, manos de cinco dedos para agarrarse, y visión adecuada para calibrar la profundidad de la distancia y el espacio. Los fósiles más antiguos de esta especie tienen unos 60 millones de años de antigüedad».

Foley lo precisa cuantitativamente: «Aunque los mamíferos tienen su origen hace, por lo menos, 150 millones de años, no se extendieron y diversificaron hasta después de la extinción de los dinosaurios, al mismo tiempo que la irradiación de las plantas en flor o angiospermas. Los primates, el orden biológico al cual pertenecen los humanos, sólo se desarrollaron durante los últimos 60 millones de años. Los mamíferos, los primates y los humanos pertenecen sólo a los episodios evolutivos más recientes, y en más amplia perspectiva son meros recién llegados, apareciendo sólo en los últimos minutos y segundos del reloj de la evolución. Dicho de otra manera, hace 70 millones de años no existía ninguna de las especies de primates actuales; hace alrededor de 10 millones de años existían probablemente un 50% de las 180 especies, y hace 1 millón de años más del 90% había evolucionado. Entre los mamíferos las expectativas medias de vida de una especie son de aproximadamente un millón de años, y así sería de esperar que la mayoría de especies que viven hoy, incluyendo los humanos, sólo hubieran aparecido muy recientemente. No obstante, hay una considerable variación y aunque el patrón de la evolución puede proporcionar ciertos pronósticos de cuándo evolucionaron los humanos, sólo será observando los detalles de los simios y los monos, y de los mismos fósiles, como esto podrá precisarse con mayor exactitud».

Durante 60 millones de años aparecieron y se extinguieron varias especies de primates, hasta que hace unos 4 millones de años (una semana en la escala didáctica) aparecen los primeros primates que se yerguen con cierta agilidad sobre las extremidades posteriores que pasan a denominarse inferiores. En Letoli (Tanzania) Mary Leakey descubrió en 1976 lo que podríamos denominar el monumento más antiguo de nuestros antepasados. Son las huellas fosilizadas de las pisadas de tres homínidos que andaban erguidos con las manos libres. Es muy entrañable el relato que hace su hijo en el libro que consta en la bibliografía.

La línea evolutiva de aquellos homínidos había divergido un par de millones de años antes del tronco que luego llevaría a los chimpancés y a los bonobos. Antes se había separado de los ancestros de los gorilas y orangutanes (figura 1-5). En la escala didactica tan sólo 15 días (6 millones de años) separan la estirpe humana de la de los simios; son ellos los primos más cercanos que nos quedan, tras miles de millones de años de evolución. En su genética y en su comportamiento hallaremos algunas claves de lo que nos preguntamos acerca de los humanos. Tanto por interés biológico como familiar, los primates no humanos deben ser respetados y protegidos. Su posible extinción sería una pérdida catastrófica e irreparable para el conocimiento de nuestra historia humana.


FIGURA 1-5. Líneas evolutivas de los primates desde hace 35 MA hasta las especies actuales. De acuerdo con F. de Waal, Bien natural, ed. Herder, Barcelona, 1997, p. 13.

Los primates de andar erguido, que nos anteceden en línea evolutiva, fueron los australopitecinos, de los que existieron varias especies. Como siempre a lo largo de la evolución, el azar y la casualidad abren tantas vías como ramas puede dar un árbol. Unas ramas crecen y se ramifican, otras quedan cortas o se rompen, algunas dan frutos y otras no. Así ocurre con las estirpes animales y los homínidos no somos excepción. Tras diversas líneas de tipo australopitecino, de una de ellas surgió un cambio que dio lugar al Homo habilis que inagura el género Homo, del que formamos parte todas las especies siguientes, hasta llegar a los humanos modernos (figura 1-6). «Somos primates, más en concreto simios, y como tales mamíferos básicamente visuales, inteligentes, diurnos, tropicales, forestales y arborícolas. Muchas de nuestras características morfológicas, fisiológicas y etológicas responden a esta definición ecológica del grupo. El que los humanos, y en menor grado otros primates, vivamos ahora en climas, regiones y ecosistemas muy alejados del escenario de nuestra evolución no deja de ser una anomalía, que por otra parte es muy reciente en relación con la larga historia de los primates.» J. L. Arsuaga e I. Martínez. Esta clara definición ayuda a comprender algunos tópicos del ser humano, lo importante de la visión y del mirar, el encanto que para nosotros tienen los árboles, soñar con una confortable vida en el trópico cuando llega el frío del invierno. Las raíces de nuestro comportamiento ahondan en la naturaleza del primate.

Para un conocimiento detallado del proceso de hominización, y los diversos árboles evolutivos de los homínidos, véase la bibliografía recomendada al final del capítulo.

¿CÓMO NOS HICIMOS HUMANOS?

El proceso de hominización se considera largo para nuestra perspectiva subjetiva (unos 4 millones de años), aunque fue corto en el conjunto evolutivo (los últimos 8 días de la escala didáctica). Se fundamenta, por una parte, en los cambios que se produjeron en el esqueleto y el aparato muscular, que hizo posible la bipedestación, andar erguidos, y la consiguiente liberación estable de las manos para agarrar, transportar o realizar manualidades. Transformaciones que aparecieron de forma paulatina, en sucesivas especies, y que acompañaban a su vez a los cambios del cerebro, tanto en su volumen global como en el desarrollo específico de determinadas partes cerebrales. A partir de los cráneos fósiles descubiertos se pueden realizar exámenes por tomografía computarizada (escáner) a través de los cuales se obtienen los modelos y parámetros del cerebro que contenía un cráneo de hace miles de años. Si se compara con los actuales cerebros tanto de chimpancés como de humanos modernos pueden establecerse una serie de gradaciones sobre las capacidades cerebrales, que cotejadas con el registro fósil y los estudios paleontológicos, nos permiten conocer con notable aproximación las etapas sucesivas de la evolución cerebral.


FIGURA 1-6. Árbol evolutivo de los primates humanos, desde los australopitecinos hasta el humano moderno o Homo sapiens sapiens. (A: australopitecino; H: Homo; P: Parantropus.)

El cerebro es un órgano que evolucionó como otros, por presiones selectivas, pero a menudo se dimensionó más de lo estrictamente correlativo en relación al tamaño corporal de otros mamíferos. El mayor volumen cerebral de los homínidos, y posteriormente aún más el de los humanos, es la base que hizo posible el gran desarrollo cultural de estos individuos en comparación con los otros animales. Al ser más grande, el cerebro contiene más neuronas, lo que hace posible el establecimiento de mayores conexiones y circuitos neurales y tiene una potencialidad neuroplástica más desarrollada, donde reside la capacidad de aprendizaje y conocimiento (véase capítulo 3). La plasticidad neuronal, estimulada por la percepción del entorno, nos permite una mejor capacidad de adaptación, siempre y cuando el cerebro se mantenga estimulado. Asimismo el mayor cerebro humano obliga a que los bebés nazcan «antes de tiempo», precozmente, y computen sus redes neurales a partir de los estímulos que perciben en sus primeros años de vida. Si el bebé humano naciese con el cerebro computado, en la medida que nacen las crías de otros mamíferos, la gestación debería ser casi el doble de la actual y el parto no sería viable por el excesivo tamaño del cráneo del bebé. Los delfines tienen una gestación de 12 meses y nacen con un cerebro equivalente a la mitad del adulto, mientras que el bebé humano nace con un cerebro equivalente a una cuarta parte del cerebro del adulto, tras una gestación de 9 meses. Así el parto es viable y el cerebro se amplía por el establecimiento y desarrollo de las conexiones neurales en los primeros años de vida. Se comprenderá pues que, en los humanos, sea tan determinante la estimulación cerebral a partir de la exposición del individuo al entorno físico, social y cultural.

Los cambios de la hominización se refieren en especial a los del cerebro y con él a la transformación de las relaciones sociales, la manifestación de nuevas conductas, la aparición de la tecnología, el arte, la magia y la capacidad para la transmisión cultural y el desarrollo de la civilización.

A lo largo del siglo XX cobró certeza la hipótesis de que la cuna de la humanidad surgió en África oriental, al este del Rift, fractura orográfica que hace unos 6 millones de años quebró el continente desde el mar Rojo y el alto valle del Nilo hasta Sudáfrica. Esta rotura originó importantes cambios en el territorio, al oeste quedaron las espesas selvas lluviosas, al este un altiplano más seco con aspecto de sabana. El cambio orográfico pudo ser una buena ocasión para que, años más tarde, los primates que iniciaban formas de bipedestación hicieran incursiones de la selva a la sabana, hasta que alguna especie con mayores posibilidades de adaptación a aquel entorno, y formas de vida grupal, que en ausencia de refugio en las copas de los árboles fuera capaz de organizar su defensa frente a los predadores se estabilizara y aprovechara los mejores recursos energéticos que precisaba para sacar partido de su mayor cerebro, especialmente el acceso a carne, grasas y fósforo que obtenían de otros mamíferos.

Es interesante observar que tras estos primeros homínidos, los australopitecinos, fueron apareciendo nuevas especies hasta llegar al humano moderno, que surgió hace unos 150.000 años (tan sólo hace 5 horas en la escala didáctica), y que siempre surgieron del mismo entorno en la cuna africana. Si había cierto consenso entre los paleontólogos, la genética se encargó de confirmarlo. En enero de 1987, Rebecca Cann y sus colaboradores publicaron en la revista Nature un artículo en el que, a partir del análisis de una forma especial de DNA, denominado DNA mitocondrial, que se transmite por vía materna, confirmaban un origen africano único para toda la humanidad actual, a partir de la herencia genética femenina que surgió hace menos de 200.000 años, lo que originó la hipótesis de la «Eva africana». Parece pues que todos venimos de África, con o sin patera.

Veamos los elementos clave de esta historia.

Los primates anteriores a los homínidos ya habían conseguido algunos caracteres, distintos a los de otros mamíferos, que luego hemos heredado los humanos, tales como:

• visión estereoscópica, al tener los ojos en el frontal de la cara, no a los lados de la cabeza, permite superponer la imagen captada por ambos circuitos visuales en el cerebro, lo que da conocimiento de la profundidad y del relieve de forma más precisa que la visión con un solo ojo. El entrecruzamiento de las vías ópticas dentro del cerebro enriquece esta capacidad. Cabe decir que para trasladarse ágilmente por las ramas de los árboles, esta cualidad era imprescindible, por lo que la adaptación estereoscópica puede considerarse vinculada a la vida arbórea.

• codificación de los colores, de gran utilidad para el reconocimiento de frutos, animales pequeños o del estado de maduración de los tallos verdes.

• coordinación visión-cerebro-mano, como forma de rentabilizar la capacidad prensil, y orientar la acción manipulativa con la visión, lo que permite desarrollar modelos aprendidos y corregir los errores, como hacen los chimpancés al fabricar palitos para cazar termitas o aglomerar musgo como esponjas para aprovechar el agua retenida en el hueco de un árbol.

• relaciones sociales afectivas dirigidas a las crías, los familiares y los amigos, que se corresponde a cambios en la estructura cerebral, especialmente en el sistema límbico (véase capítulo 3).

El australopitecino representó una gran inflexión evolutiva. A los caracteres mencionados para los primates anteriores se añadieron dos cambios importantes: andar erguido y el aumento de volumen cerebral. Es necesario precisar que existieron diversas especies de australopitecinos (figura 1-6), de las que el denominado A. africanus de hace unos 2,5 millones de años es quien mejor representa estos cambios. Tenía un cerebro de 500 cc, mientras el del chimpancé es de 300 cc, y, habida cuenta que su peso corporal era menor, tenía aún mayor índice cerebro/cuerpo. La bipedestación permitía liberar las manos para coger y transportar alimentos, o lanzar piedras y palos, como aún lo hacen otros primates.

La bipedestación junto a la mano prensil es una característica que el australopitecino había heredado de sus ancestros simios. De acuerdo con el paleontólogo Salvador Moyà el antecedente se halla en los primeros simios grandes que aparecieron hace unos 13 millones de años, quienes adaptaron una revolucionaria forma de locomoción consistente en desplazarse saltando por las ramas de los árboles. La visión estereoscópica se lo facilitó, pero necesitaban, e «inventaron», la mano prensil para agarrarse con seguridad. La «mano» de cinco dedos ya existía en los anfibios y reptiles. Los primates desarrollaron cuatro dedos largos, con un pulgar que perdía relevancia, mientras que con la hominización ulterior volvió a desarrollarse el pulgar. Según Napier, la mano humana deriva estructuralmente de formas parecidas a las manos de los lemures fósiles (pequeños primates arbóreos) de hace 45 millones de años. Si observamos a un simio actual colgado de una rama veremos que su cuerpo está erguido, con la columna vertebral vertical respecto al suelo: es el primer paso hacia la bipedestación. Mientras, para agarrarse mejor a las ramas los dedos de la mano se hicieron más largos, de modo que cuando soltaban la rama tenían mayor habilidad para coger tallos verdes o frutas; sin embargo, la más humana oposición del pulgar respecto a los otros cuatro dedos no se consiguió hasta la aparición del Homo erectus, hace poco más de un millón de años. La posición vertical de aquellos primates transformó también los hombros, que se hicieron más móviles, mientras el tórax se ampliaba lateralmente y se estrechaba entre pecho y espalda. Fueron adaptaciones útiles para la vida arbórea, que los humanos heredamos y mejoramos notablemente. Con respecto a la marcha hay una interesante característica también de origen ancestral. El movimiento alternante derecha-izquierda, entre brazos y piernas al andar, tiene la misma cadencia en el humano moderno que en los monos que suben a un árbol: avanzan alternativamente el brazo derecho con el pie izquierdo y el brazo izquierdo con el pie derecho. De esta forma se consigue una coordinación de movimientos que estabiliza el equilibrio, y se altera cuando fallan algunos centros cerebrales relacionados con el control motor, lo que sucede en la enfermedad de Parkinson. Es probable que aquellos australopitecinos, al aprovechar estas habilidades y las ventajas de la marcha bípeda se adentraran en la sabana en búsqueda de animales muertos para comer, debían de ser buenos carroñeros. La ventaja de caminar servía para nutrirse mejor, así podían diversificar la dieta con mayor aporte de proteínas, grasas y fósforo en lugar de comer hojas, frutos e insectos de la selva.

En los mamíferos hay una relación directa entre dieta y cerebro. Según la dieta sea folívora, frugívora, carnívora, omnívora, el tamaño del cerebro es más voluminoso en el mismo sentido, culminando en los omnívoros como los humanos. La observación tiene bastante lógica pues para encontrar frutos hay que ser más inteligente que para comer pasto. Para encontrar una presa que aporte carne a la dieta, hay que ser más listo, y para tener capacidad de encontrar y comer de todo aún más, en especial cuando se es capaz de compartirlo con los congéneres.

Es posible que la capacidad para transportar comida (semillas, carne, huevos, etcétera) con las manos facilitara en algunos individuos la aparición de una cultura comensalista, de compartir alimentos, al menos los más exquisitos, como hacen los chimpancés cuando cazan algún animal pequeño. En tanto que las huellas de Letoli se corresponden a un tipo de australopitecino, se puede hacer volar la imaginación e interrogarse acerca de qué vínculos podían existir entre los tres individuos que andaban juntos aquel día, hace 3,5 millones de años. Eran un adulto macho, un adulto hembra y una cría, ¿tenían relación familiar? No es extraño ver juntos a la pareja y a la cría entre los bonobos (especie cercana a los chimpancés), con mayor razón puede suponerse en individuos que tenían un cerebro más desarrollado.

Hay otra cualidad que también heredamos de nuestros ancestros de vida arbórea. Si observamos, al natural o en vídeo, la traslación y saltos de un mono en la selva, llama la atención que unas veces saltan de rama en rama agarrándose con las manos, pero otras veces saltan directamente a un tronco y amortiguan el golpe mediante el efecto parachoques de la musculatura flexora. Aterrizan sobre un tronco con pies y manos, flexionando las extremidades para disminuir el efecto del impacto. Tienen un importante desarrollo de este tipo de musculatura que les permite esta habilidad sin caerse de bruces al suelo. Desde la conquista de la bipedestación por los australopitecinos este predominio flexor se complementó con el desarrollo y mayor influencia de los músculos antagonistas extensores, que sirven para conseguir la posición erguida. Los extensores mantienen las piernas rectas y el tronco erecto sobre la pelvis. Los humanos hemos heredado ambas características. Por la acción de los músculos extensores nos mantenemos en pie, pero cuando éstos fallan vuelven a dominar los músculos flexores, como ocurre durante el sueño, en el envejecimiento que flexiona al anciano sobre su cintura, en la enfermedad de Parkinson, en el estado de coma, en fases avanzadas de demencia o en el estado vegetativo. En todos estos trastornos vuelve a dominar la ancestral fuerza flexora, de forma que el individuo adopta un estado de flexión sobre sí mismo, lo que se ha dado en llamar posición fetal, por similitud a la actitud flexora del feto dentro del útero materno.

A partir de los australopitecinos prosiguió la evolución hacia el género Homo, del que forma parte nuestra especie: el Homo sapiens sapiens u hombre moderno.

A lo largo de cientos de miles de años aparecieron especies que poco a poco adquirieron un esqueleto y unos músculos más adecuados para andar y correr, a la vez que aumentaba el volumen del cerebro que los dirigía. Este aumento cerebral permite la progresión en la capacidad de acumular conocimiento, lo que puede relacionarse con la aparición sucesiva de útiles de piedra fabricados por aquellos individuos. Una mayor eficacia en el andar, junto a una mayor inteligencia, debieron de facilitar algunas formas de adaptación a entornos nuevos, una mejor organización y protección del medio inclemente y de los predadores. La maduración de las relaciones sociales se convirtió en un elemento decisivo del proceso de hominización, la vulnerabilidad de la vida sin el refugio arbóreo se compensó con el estrechamiento de los vínculos entre los individuos, que se organizaron para la búsqueda de recursos, la defensa frente a los predadores, y el cuidado de las crías. En los capítulos 3 y 4 volveré a considerar la importancia de las formas de cooperación y cohesión social en la formación de la humanidad.

La figura 1-7 muestra el progresivo aumento del volumen craneal y cerebral a lo largo del proceso, en correspondencia con la gradación de los sucesivos pasos de la hominización.


FIGURA 1-7. Evolución de los cráneos y del espacio ocupado por el cerebro desde el australopitecino hasta el humano moderno (Homo sapiens sapiens).

Los primeros individuos del género Homo fueron los Homo habilis que vivieron en África oriental hace unos 2 millones de años y perduraron durante más de un millón de años. Se atribuye a ellos el descubrimiento de la transformación de los cantos rodados en pequeños instrumentos cortantes de piedra. Experimentos recientes han demostrado que algunos chimpancés son capaces de aprender a fabricar también útiles cortantes de piedra al golpear unas piedras contra otras, pero precisan que alguien se lo enseñe. En su hábitat natural los chimpancés son capaces de modificar y usar palitos, así como encontrar piedras o maderas duras para romper nueces, quebrar la cáscara y comerse el fruto. Las madres lo enseñan a sus hijos, mediante un largo aprendizaje. Ciertos monos de Japón aprendieron ellos solos a separar los granos de cereal de la arena, al arrojar puñados de granos mezclados con arena al agua, la arena se iba al fondo, los granos flotaban y así se los podían comer tranquilamente. Todas estas observaciones permiten concluir que la capacidad de transformar e inventar está ya contenida en el cerebro de los primates, incluso en otros animales. Pero el originario invento de un instrumento cortante obtenido de la rotura de piedras parece que debe considerarse un salto tecnológico mucho más complejo, que requiere cierta capacidad para el pensamiento con imágenes, inducción imaginativa, además de sentir la necesidad y el deseo de fabricar aquel utensilio, cuya imagen se ha conceptualizado previamente en el cerebro. No podemos saber cómo se descubrió y extendió esta técnica, aunque la fantasía nos puede indicar que la paciente observación de un torrente, donde las piedras se rompen al chocar entre sí, pudo inspirar a aquellos hombrecitos a ensayarlo por la vía experimental. Su cerebro era un 40% mayor que el de los australopitecinos, por lo que cabe suponer que tenían mayor capacidad para integrar las observaciones y acumular experiencia elaborando conclusiones y proyectos.

En este libro no se trata de hacer la reseña amplia y continuada de las distintas especies que han precedido a la nuestra. Puede criticarse que tan sólo menciono a las especies más popularmente conocidas, los personajes con mayor «marketing» histórico. Es cierto. Desde los primeros mamíferos hasta los diversos australopitecinos, y desde éstos hasta nuestra especie, han existido muchos otros individuos, familias, géneros y especies, que se extinguieron, unos estarían en nuestra propia línea de antecesores genéticos, otros en líneas colaterales. Nuestros caracteres, nuestra forma de ser, son consecuencia de todos ellos que, paso a paso, entrelazaron los diversos eslabones del proceso evolutivo de la humanización. En la bibliografía el lector encontrará textos de gran rigor informativo sobre esta historia y sus diversos protagonistas. Este libro se limita a considerar tan sólo algunos aspectos del proceso que nos ha precedido, como introducción a los capítulos en que se analiza la conducta humana, que no puede comprenderse sin conocer, aunque sólo sea a grandes rasgos, cómo se produjo la aparición y evolución de los humanos.

Tras el Homo habilis aparecieron nuevas especies con cráneo más desarrollado, algo mayores de talla y con la pelvis más cerrada, lo que permitía mejorar la marcha bípeda. Hace aproximadamente un millón y medio de años apareció el Homo erectus y algo más tarde el Homo antecessor, de gran actualidad este último por ser el protagonista de los descubrimientos de Atapuerca. Parece que fueron estos individuos los primeros en conseguir el control del fuego, lo que supuso un gran avance económico y cultural. Mediante el fuego se pueden cocinar alimentos y hacerlos digeribles, o conservarlos durante más días. El fuego ayudó a ahuyentar a los predadores y a endurecer maderas para elaborar lanzas. Compartir los alimentos alrededor del fuego debió de consagrar la tendencia al comensalismo, a la vida comunitaria, al intercambio de información y con ello la generación de cultura. Gracias al fuego aquellos individuos pudieron expandirse fuera de África, colonizaron Euroasia, desde Irlanda hasta China, y afrontaron con éxito el rigor de la vida en un clima frío.

Durante cierto tiempo, en África, probablemente coexistieron varias especies de homínidos, algunos australopitecinos, así como también Homo habilis y Homo erectus, con o sin formas de relación entre ellos, tal como hoy coexisten chimpancés, bonobos, papiones y gorilas. Pero los Homo erectus fueron los únicos capaces de dar el gran salto para extenderse fuera de África, al acceder mediante el fuego a nuevas y distintas fuentes de recursos energéticos, y de esta forma llegar a convertirse en la especie hegemónica. Habían domesticado el fuego y con él accedían a una mejor defensa, a la transformación de los alimentos y a la protección frente al frío.

De acuerdo a la paleontología clásica las siguientes especies humanas proceden del Homo erectus, que en su cuna africana dio origen a individuos más competitivos. No obstante, los descubrimientos de Atapuerca apuntan a que de la línea genética que condujo al Homo erectus se desgajó una rama peculiar, el Homo antecessor, que pasaría a ser el colonizador de Europa y el ancestro directo de los humanos modernos.

Sea como fuere las siguientes especies que aparecen en nuestra historia son el Homo Neanderthal y el Homo sapiens moderno, conocido también como Homo Cro-Magnon por los restos hallados en Francia en una cueva que lleva este nombre. De él desciende toda la humanidad actual. Si consideramos que la aparición del Homo sapiens moderno tuvo lugar hace aproximadamente 150.000 años, nosotros ocupamos tan sólo las últimas 5 horas de la escala evolutiva didáctica. Últimamente se ha escrito mucho sobre las relaciones entre Neanderthal y Homo moderno, si colaboraron entre sí o pelearon hasta la masacre. Lo más probable es que la mayor capacidad cerebral del Homo sapiens moderno le permitiera ser mejor cazador-recolector de alimentos, tener una estrategia más elaborada y tenaz para la caza, e inventar armas como el arco, que le permitía luchar a cierta distancia del animal. De esta forma las poblaciones de Homo moderno se desarrollaron y aumentó su población y lentamente el Neanderthal quedó arrinconado en áreas más pobres en recursos, disminuyó su demografía y acabó por extinguirse hace unos 50.000 años. Robert Sala lo resume en pocas palabras: «... Debía de haber enfrentamientos puntuales (entre Homo sapiens moderno y Neanderthal), cuando entraban en contacto grupos de las dos especies, enfrentamientos que debían de dejar clara la supremacía del sapiens desde el inicio. Pero no hay indicios de guerra en el registro arqueológico. En cualquier caso debió de ser una guerra fría, pues no parece que los sapiens aniquilaran directamente a los Neandertales sino que lo más probable es que fueran arriconándolos en territorios pobres». El hombre moderno quedó entonces como la única especie Homo, sin competidor, e inició su gran expansión sobre el planeta al tiempo que pudo y supo desencadenar el desarrollo cultural que caracteriza la humanización. La cultura ha conseguido aprovechar y modular las tendencias innatas y ha contribuido decisivamente a configurar las formas de vida y de civilización.

En la historia evolutiva el cerebro ha pasado de unos 300-500 cc de volumen en el australopitecino a 1.300-1.400 cc en el humano moderno (figura 1-8). A mayor volumen mayor capacidad neuroplástica y mejores posibilidades cognitivas, más habilidad para adaptarse al medio, sobrevivir y tener descendencia, lo que permite ocupar y aprovechar nuevos territorios, con lo que las especies menos capaces desaparecían por falta de recursos. No olvide que, entre los humanos actuales, se siguen produciendo violentos enfrentamientos y guerras para conseguir el control sobre los recursos, el móvil es la conquista de éstos y la historia se repite una y otra vez. La conquista del oeste de Norteamérica y la colonización de Australia son ejemplos próximos de cómo los grupos humanos con mayor desarrollo tecnológico llegan a aniquilar a otros grupos.

Además del aumento del volumen cerebral, el proceso de hominización a lo largo de varios millones de años ha comportado cambios cualitativos relevantes del cerebro que son los que hoy caracterizan al humano.

• La estructura nerviosa que tienen los mamíferos especializada para la olfacción ha ido transformándose en el sistema que dá soporte al aparato emocional y al sistema operativo de la memoria (véase capítulo 3), lo que se denomina sistema límbico y que se describe en el capítulo 7. Esta transformación permite que los humanos obtengan mejor rendimiento del sistema visual, ya que a partir del impacto emocional o del interés que en nosotros despierta el entorno, orientamos la vista, integramos la imagen visual y la confrontamos con la información que hemos almacenado desde la infancia, pudiendo así distinguir lo que nos interesa, lo útil de lo inútil, al compañero y al adversario. Lo que para los pequeños animales supone el olfato para nosotros es el aparato emocional que nos guía para obtener la mejor eficacia en la vida. Quedan restos olfatorios importantes en nuestro cerebro, que nos permiten apreciar el olor y sabor de los alimentos y el agua. Incluso en el lenguaje hay testimonios residuales de aquella antigua vinculación, así decimos que tal persona nos huele mal refiriéndonos a que nos produce una apreciación emocional negativa, que no nos podemos fiar de ella o que puede ser un adversario. Como se verá en los capítulos 3 y 4, la transformación del sistema límbico ha hecho posible la preeminencia de las actitudes afectivas y cooperativas que son la clave de cómo los humanos nos hemos consolidado, gracias a la convivencia y colaboración en el seno de las comunidades. El arte que aparece en el paleolítico, además del simbolismo mágico, traduce, por vez primera en expresión plástica, la universal capacidad emocional del cerebro humano.


FIGURA 1-8. El volumen cerebral se ha desarrollado desde los 450 cc en los australopitecinos hasta casi 1.400 cc en los humanos modernos, lo que significa que se ha triplicado en poco más de tres millones de años. Esquema modificado de Eccles y Tobias.

• El lenguaje verbal simbólico ha tenido también una larga evolución. Actualmente los bebés aprenden el lenguaje al oír a sus familiares, al tiempo que computan en el cerebro las sensaciones que se producen al expulsar el aire por la boca, al modular el sonido con la laringe (las cuerdas vocales), la lengua, los dientes y los labios. Este vasto conjunto de sensibilidades y sensaciones acústicas se empiezan a integrar cuando el bebé empieza, como juego entretenido, a pronunciar las primeras sílabas: ma-ma-ma, la-la-la, etcétera. Así aprende que a determinada sensación en garganta y boca le corresponde un peculiar sonido. Más tarde, conjugando estas primeras sílabas o fonemas, construirá su lenguaje, tal como un albañil construye su casa a partir de los ladrillos, a imagen de lo que oye a los adultos, e incorporará vocabulario cada vez más rico, acento (en función del área geográfica) y contenidos cada vez más amplios.

Las especies de Homo anteriores a la nuestra tenían una configuración distinta de la garganta, con la laringe muy elevada, casi en la base del paladar, con lo que no podían articular un lenguaje parecido al nuestro. Durante muchos años se creyó que esta diferencia demostraba que el lenguaje verbal era patrimonio exclusivo de la humanidad moderna. Un neurólogo y paleontólogo sudafricano, Tobias, ya alertó hace años acerca de que esta exclusividad probablemente no tenía sentido, aceptando que los primeros Homo tuvieran también algún tipo de lenguaje verbal. Lo cierto es que cuando los Homo se expandieron por África, y especialmente cuando iniciaron la gran colonización del planeta, tenían algún tipo de lenguaje eficaz; de no ser así difícilmente se hubieran organizado en comunidades sólidas, con expediciones exploratorias en busca de alimento, planificado turnos de vigilancia, vadeado ríos peligrosos o establecido formas de protección para las crías y las hembras en precariedad maternal.

Experiencias con chimpancés demuestran que son capaces de aprender, mediante los signos del lenguaje de los sordomudos o con símbolos gráficos, gran cantidad de nombres y conceptos, y ordenarlos con una sintaxis correcta. Lo que no pueden hacer es pronunciarlos. Lo cual significa que su cerebro empieza ya a estar estructurado para la elaboración simbólica del lenguaje, si bien no tienen un órgano fonador adecuado para la expresión verbal. En los modelos de cerebros compuestos a partir de los cráneos fósiles se demuestra que las áreas del lenguaje, tanto la de comprensión como la de expresión, se desarrollaron ya en los australopitecinos, y despues de éstos, de forma progresiva, en las distintas especies de Homo, hasta culminar en la versatilidad del lenguaje verbal del hombre moderno.

El lenguaje verbal, gramaticalmente complejo y de representación simbólica, es una herramienta cultural de primer orden, sin éste no se habría podido inventar la agricultura, ni construido ciudades, ni por supuesto transmitido el conocimiento deductivo, o formulado la ley de la gravedad universal, por poner algunos ejemplos. Sin lenguaje no podríamos estructurar ni transmitir experiencias y recuerdos, o plantear las construcciones filosóficas de los humanos modernos.

• El córtex prefrontal también ha ido creciendo a lo largo de la hominización. Se trata de la estructura cerebral que se haya encima de la nariz y de los ojos, justo detrás de la frente, y tiene capacidad para ordenar estrategias, logística, programas, sentido de responsabilidad, etcétera, como se expone en el capítulo 4. Arsuaga y Martínez denominan gráficamente a esta estructura el «director de orquesta» de nuestro cerebro. Las especies de individuos con mayor desarrollo prefrontal tuvieron más ventajas para sobrevivir, fueron más aptos, resistentes y prolíficos, de ahí que se trate de un cambio biológico que ha perdurado. Parece existir relación entre la bipedestación y la mayor eficacia del córtex prefrontal. Experiencias modernas demuestran que un mayor calentamiento de esta área cerebral condiciona un mejor rendimiento de la memoria de trabajo. El hecho de andar erguidos propicia un mayor impacto de los rayos solares en el cráneo, especialmente en la frente. Esta influencia debió de propiciar individuos más inteligentes. Al igual que las otras características de los humanos modernos hay que comprender que a lo largo de millones de años surgieron muchas variantes genéticas que poco a poco fueron seleccionadas por el medio, por el entorno favorable o adverso, de forma que persistieron tan sólo los individuos que poseían capacidades para adaptarse mejor y ser más competitivos, y por tanto con mayor eficacia para la perpetuación. Cuando los Homo iniciaron la colonización de la sabana, donde habitaban los grandes mamíferos, probables predadores de los Homo, es lógico que tuvieran mayores ventajas las especies con mayor capacidad para la organización, la estrategia y la responsabilidad, funciones que dependen del desarrollo del córtex prefrontal. Al examinar los cráneos puede observarse que la prominencia frontal aumenta a lo largo de la evolución de los homínidos (figura 1-9).


FIGURA 1-9. Silueta lateral de diversos cerebros: de chimpancé (A), australopitecino (B), Homo erectus (C) y humano moderno (D). Obsérvese el progresivo abombamiento y mayor tamaño del polo frontal, señalado con una flecha. A lo largo de la hominización se desarrolla el córtex frontal y prefrontal, estructura imprescindible para las funciones de logística, planificación, previsión y responsabilidad. Modificada de Eccles.

Los humanos actuales descendemos de los individuos que fueron biológicamente más eficaces. Siendo las funciones prefrontales una de las garantías de supervivencia, es lógico que hoy se siga valorando la capacidad organizativa y la responsabilidad personal.

• La consciencia de uno mismo puede observarse ya en los chimpancés cuando se les enfrenta a un espejo. Recientemente se han divulgado algunas películas de gran interés sobre esta experiencia. Los Homo adquirieron una consciencia más amplia y profunda, que implicaba la relación del hombre con el tiempo, su ubicación en el devenir y las preguntas acerca del «más allá»: la inquietud frente a la muerte como profunda frustración. La interrogación sobre la muerte se ha supuesto en la cultura Neanderthal, habiéndose identificado enterramientos rituales de estos individuos (véase capítulo 6). Se han hallado placas de hueso del paleolítico donde están grabadas las fases lunares, como si se tratase de un primitivo calendario, lo que implica además una gran capacidad artesanal que precisa de una elaborada actividad mental de síntesis de la imagen que se pretende producir. Lo mismo sucede con las pinturas rupestres o las estatuillas del paleolítico. El neurobiólogo John Eccles escribió: «La evolución cultural procura la base de nuestra humanidad, donde el aprendizaje es la clave para una vida cultural cada vez más rica. La estética vincula y demuestra valores tanto intelectuales como afectivos, unos dependen del córtex prefrontal, los otros del sistema límbico, dos partes del cerebro muy interrelacionadas».

UN CEREBRO PARA LA CULTURA Y LA TÉCNICA

De la interrelación entre la evolución biológica, que nos dotó de cerebros muy complejos y capaces, la evolución cultural que recogió la herencia de millones de años de aprendizaje para la supervivencia, y el desarrollo material, surge la humanización como destino cultural de la vida humana. Los humanos actuales somos hijos de la eficacia biológica de nuestros antepasados y de sus cerebros progresivamente grandes y complejos, así como de la cooperación, moralidad y magia que cohesionaba a las tribus, de la vida social rica en empatía, alianzas, engaños, premios y castigos, pérdidas y ganancias.

Durante más de 100.000 años el humano moderno tuvo que ser muy competitivo respecto a especies anteriores (H. erectus, H. Neanderthal), pero tan sólo consiguió sobrevivirlas, ¡que ya fue mucho! Amplió y mejoró los útiles de piedra, hueso y madera, pero no fue mucho más lejos. Es como si durante más de 100.000 años se hubiese dedicado a digerir hasta donde habían llegado los anteriores Homo. Es probable que se tratara de un problema de masa crítica demográfica. Hasta que no hubo un número importante de individuos no se generó la cultura necesaria para ir más allá de sus ancestros. La cultura se desarrolla a partir del intercambio de ideas, experiencias y proyectos. Éste es aún el sistema que permite la fecundidad científica moderna. Si había pocos individuos, en grupos muy dispersos, sería difícil que unos aprovecharan las experiencias de otros. En cambio, cuando aumentó la demografía, los grupos se interrelacionaron y establecieron relaciones de mercadeo e intercambio y el potencial cultural se desarrolló.

El gran salto que supuso el control del fuego por el H. erectus no tuvo parangón hasta el paleolítico superior, hace unos 30 o 40.000 años, cuando aparece el primer arte figurativo. Hasta entonces, los cerebros del humano moderno se dedicaron a computar e interpretar las experiencias propias o contadas para conseguir sobrevivir.

La pintura y la estatuaria del paleolítico significan una nueva inflexión, demuestran que se han desarrollado las capacidades para la abstracción y la síntesis, junto a técnicas artesanales de gran precisión. Aún debieron transcurrir muchos milenios hasta que, tan sólo hace 9 o 10.000 años se produjo la primera gran revolución ideada por la mente humana: el neolítico. El humano inventó la agricultura y con ella la manipulación genética, la posibilidad de mejorar, mediante cruces de simientes, los cereales, otros vegetales y también los animales. En el neolítico se consiguen los primeros asentamientos estables, pueblos y ciudades, donde fermenta la cultura. Luego, hace unos 5.000 años, se inventó la escritura. Ahí empieza lo que denominamos la Historia y con ella la producción cultural en mayúsculas. ¿Qué ocurrió durante los más de 100.000 años anteriores? ¿Qué pensaban aquellos humanos que ya tenían el mismo cerebro, las mismas proteínas y el mismo cuerpo que nosotros? Aquel largo periodo de latencia ¿fue tan sólo para colonizar el planeta? ¿Fue el periodo de entrenamiento para entender y aprender la complejidad de las relaciones sociales entre seres muy inteligentes? Muchas preguntas y pocas respuestas. Cuando hace unos 5 o 6.000 años se inventó la escritura aparecieron muchos textos sobre el destino del humano, sus orígenes, problemas, felicidad y pesares. Como si al tener escritura se plasmara una antigua tradición oral que recogía lo que se había reflexionado en voz alta, junto al fuego, durante miles de noches en que el humano aún no se comprendía a sí mismo, ¿fue necesaria esta «infancia humana» para iniciar luego el gran desarrollo cultural?

Probablemente a lo largo de esta «infancia humana» el cerebro fue desarrollando las capacidades lingüísticas, y puso a punto un lenguaje rico en vocabulario y sintaxis que pasaría a ser el primer instrumento de creación cultural, que se enriquecía con las relaciones entre distintas tribus. Es interesante observar que, entre los primates no humanos (chimpancés, gorilas, etcétera), no hay cambios culturales entre una y otra generación, mientras que sí existen entre los humanos de forma que cada generación llega un poco más lejos que la anterior, en cuanto a avances científicos y técnicos. Compare el lector cómo es su vida en relación a la de sus padres y abuelos cuando tenían la misma edad. Cuán distinto es su entorno social y cultural, los recursos materiales para generar riqueza y sustento, las formas de comunicación e interacción habituales. Se calcula que desde el origen del Homo sapiens moderno hasta hoy han vivido unas 8.000 generaciones. Es fácil imaginar que los cambios han sido exponenciales, mucho más importantes a medida que avanzaba la historia y la civilización. Considérese la cantidad de cambios culturales, la progresiva acumulación de conocimiento y la lenta pero creciente complejidad del lenguaje para hacerlo más apto al desarrollo cultural. «Si no podemos disociar el lenguaje de la conducta social y económica, podemos vernos abocados a la idea básica de que lo que nos hace humanos es la cultura. Los antropólogos utilizan el concepto de cultura de muy diversas maneras, pero en esencia es la idea de una plantilla cognitiva que sirve de molde para toda la estructura de la conducta humana. Su elemento pivotante es la flexibilidad que proporciona para que se modifiquen todo tipo de conductas, pensamientos y acciones y para que se integren actividades ampliamente dispares. El hombre, animal portador de cultura, puede cambiar y abarcar todos los aspectos de la humanidad desde la tecnología hasta la política, pasando por la estética.» (R. Foley).

Las interacciones sociales, una elaborada tecnología de útiles y las estrategias de defensa y caza, junto con un lenguaje simbólico complejo, debieron de ser los factores que lentamente acercaron a los primitivos humanos modernos al siguiente gran salto, la invención de la agricultura, a partir de la cual el conocimiento se desarrolla de forma exponencial.

Wilson lo resume elocuentemente: «Se puede afirmar con certeza que la mayor parte de la evolución genética en la conducta social humana ocurrió durante los 5 millones de años anteriores a la civilización, cuando la especie consistía en pequeñas poblaciones de cazadores-recolectores relativamente inmóviles. Por otro lado, la mayor parte de la evolución cultural ha ocurrido desde el origen de la agricultura y las ciudades hace aproximadamente 10.000 años. Aunque durante este último periodo histórico tuvo lugar algún tipo de evolución genética, no puede haber conformado sino una diminuta fracción de los rasgos de la naturaleza humana».

Se considera que al inicio del neolítico, cuando se empezó la explotación agrícola de la Tierra y de los animales, habitaban el planeta unos 6 millones de personas (actualmente somos 6.000 millones y para el año 2100 se calcula que estaremos cerca de los 10.000 millones). Menos de 200.000 años habían producido 6 millones de humanos, mientras que a partir de la explotación dirigida (aunque a veces devastadora) de la naturaleza y en tan sólo 10.000 años, la humanidad ha crecido a ritmo vertiginoso gracias al desarrollo cultural que ha permitido conseguir mayores y mejores recursos alimentarios y de cobijo. La humanidad existe gracias a la capacidad cerebral para crear cultura. Quién sabe si a causa de ella puede también llegar a sucumbir, se pregunta Rogeli Armengol.

Pueden hacerse muchas conjeturas acerca de cómo el humano descubre la domesticación de los animales y la posibilidad de cosechar vegetales sembrados, o sea de cómo se «inventa» la agricultura. Posiblemente intervinieron varios factores conjuntamente. La capacidad humana para observar tuvo como aliada la capacidad para idear soluciones nuevas. El ejemplo del perro me parece ilustrativo. Los perros salvajes debieron de acercarse a las comunidades humanas con el interés de aprovechar los restos alimentarios en la basura que producían, los perros más cordiales y menos agresivos podían acercarse más, comer mejor y establecer cierta relación continuada con los humanos, por lo cual este tipo de perro obtenía mayor beneficio y se facilitaba su reproducción, de forma que por evolución llegó a configurarse una especie más dócil. En una etapa ulterior los humanos debieron de observar que los perros dóciles que convivían cerca de ellos tenían importantes ventajas: avisaban con ladridos cuando se acercaba un animal salvaje y perseguían en cooperación con los humanos a los animales que éstos intentaban cazar. De ahí que probablemente el perro sea el primer animal domesticado por los humanos, fruto de la confluencia de la conducta propia del perro, su observación por parte de los humanos y la ideación de éstos de un proyecto de cooperación beneficiosa para ambas especies. Las tribus que tenían perros estaban mejor resguardadas y tenían más éxito en la caza, con lo cual eran más eficaces y conseguían mejores recursos que otros grupos humanos. Tener perros domesticados era una ventaja económica relevante.

Hace 10.000 años cuando se inició la cultura agrícola en unas pocas áreas del planeta, debieron de ser de gran utilidad estas experiencias anteriores, reflexionadas, discutidas y reelaboradas con el fin de conseguir resultados más óptimos.

La cultura sirvió para transformar la vida de la humanidad, a partir de la explotación de la naturaleza en beneficio del humano erigido en rey de la creación que sometía a su beneficio lo que le interesaba y relegaba al campo adversario lo que no le convenía. El rey era, y sigue siendo, antropocentrista, nos interesa lo que produce beneficios a corto plazo, y olvidamos a menudo el necesario equilibrio de la biodiversidad.

La lucha para conseguir tierras fértiles debió de ser dura, se tenían que deforestar amplios espacios de territorio boscoso y conseguir el acceso al agua. Aún hoy, entre los campesinos, es fácil encontrar reminiscencias mentales de la tenacidad de los primeros agricultores. Hace años fui de excursión a un pequeño pueblo del Pirineo semiabandonado por sus habitantes, que habían emigrado a la ciudad. Tras conversar con un amable campesino sobre la belleza del paraje y comentar el abandono de casas y campos me dijo: «y aún está por llegar lo peor, este pueblo acabará trágicamente, si Dios no lo remedia, los árboles empezarán a invadir los campos y al final se quedarán con todo el pueblo». Los árboles eran el enemigo. Sentí un escalofrío, mi joven mentalidad urbana no podía comprender tanto odio a los árboles.

La agricultura, la minería, la industria, los servicios y la comunicación, son hitos de este pequeño periodo histórico que se inició hace 10.000 años, que ha hecho posible el desarrollo demográfico a partir de establecer relaciones económicas entre los individuos y entre éstos y la naturaleza.

«Con la invención de la agricultura hace 10.000 años, nos convertimos en la primera especie en 3.700 millones de años de historia de la vida que no tenía que vivir en pequeños grupos dependiendo de la riqueza natural de la Tierra. Al hacernos cargo de la producción de los alimentos nos salimos del ecosistema local. Todo lo que no pertenecía al pequeño grupo de plantas cultivables se convirtió en malas hierbas y los animales que no se podían domesticar, cazar o convertir en mascotas, fueron plagas y alimañas.» [...] «No somos la primera ni la única especie en esparcirse por todo el globo, pero sí somos los primeros en hacerlo como una entidad económica integrada. Otras especies mantienen leves conexiones genéticas, pero no conexiones ecológicas directas entre sus miembros esparcidos por todas partes. Nosotros, en cambio, intercambiamos más de 1.000 millones de dólares en bienes y servicios todos los días» (N. Eldredge).

La acumulación de recursos excedentes en los últimos milenios ha hecho posible el desarrollo de las capacidades que los genes otorgaron al cerebro humano. La cultura pasa a ser el nuevo universo de la evolución humana, la humanización mejora la calidad de vida y estimula la fantasía con el arte, lo que permite el intercambio de sentimientos mediante la música, avanzando en el conocimiento y control de las fuerzas naturales del planeta y del universo. La cultura ha modificado el esquema de civilización como muestra la figura 1-10.

«Lo que nos ha hecho humanos es la tecnología. Los humanos básicamente hacemos útiles, es lo que nos distingue del resto de animales, y esto es lo que empezaron a hacer aquellos humanos de hace 2 millones y medio de años. Nosotros no estamos sometidos únicamente a la selección natural sino también a la selección técnica, es esta selección la que ha hecho, a lo largo de la historia, que unos grupos hayan tenido más éxito que otros». [...] «Somos un organismo biológico, pero nos distinguimos de todas las otras formas de vida en el hecho de tener una inteligencia operativa muy desarrollada, no sólo una inteligencia natural como la que permite a un gorila entender su entorno, sino una inteligencia que nos permite fabricar objetos» (E. Carbonell).

Ha habido una inflexión en el devenir evolutivo. La producción cultural altera la presión selectiva, el curso natural de la vida.


FIGURA 1-10. La aparición de la cultura y del lenguaje como parte de ésta, transforma la función civilizadora, como también modifica y enriquece las relaciones sociales.

Se curan enfermedades e individuos con déficit importantes pueden sobrevivir integrados en la sociedad. Se consigue fertilizar e irrigar campos que eran de secano y aumenta incesantemente la producción de recursos nutritivos y energéticos. Se combaten las plagas y los incendios. Los individuos ya no deben mutar o cambiar para adaptarse al medio. Mediante la cultura la humanidad transforma el entorno para adecuarlo al cerebro humano. Lo que hace unos milenios hubiera sido una anomalía fatal para la supervivencia hoy puede resolverse con sencillez. Quien esto escribe hubiera nacido condenado a una muerte prematura en la prehistoria, en cambio al nacer más tarde aproveché el invento de las gafas, ¡que llevo desde los tres años! Sin ellas hubiera sido incapaz de conseguir recursos y sobrevivir. En las últimas décadas se ha transferido la información desde los cerebros a las redes informáticas a las que puede accederse desde cualquier rincón del planeta. El conocimiento al alcance de cualquiera ha sustituido a la sabiduría de los ancianos. El cerebro desarrollado por nuestros ancestros primates ha conseguido el mayor éxito y el primate humano ha sido capaz de construir cerebros tecnológicos que facilitan y amplían las funciones del cerebro natural.

Algunos ejemplos pueden ayudar a verlo más claro. Un pez bien adaptado a su vida acuática sucumbe cuando se seca el río. Un pato con pies membranosos es veloz en el agua pero si ha de vivir en tierra es presa fácil para el predador. Si a un grupo de chimpancés se les quema el bosque, se quedan sin recursos ni refugio y también perecen. En cambio, los humanos modernos (Homo sapiens sapiens) desarrollamos alternativas técnicas frente a la sequía, el incendio o la inundación y podemos sobrevivir a los bruscos cambios del medio, e incluso en pocos cientos de años iniciaremos la colonización del espacio exterior. Hay también alternativas de gran beneficio personal por la técnica. Un humano miope recurre a las gafas, si otro es diabético recurre a un medicamento y ambos hacen vida normal. La tecnología creada por el cerebro humano va más allá de los cambios biológicos, los supera, actuando sobre el individuo o sobre el medio para adecuarse a las necesidades humanas.

Hubo un periodo crucial hace unos 400.000 años, cuando el Homo erectus (¡aún no era nuestra especie!) consiguió la domesticación del fuego. El fuego permitió vivir fuera de África y disponer de nuevos recursos, mejorar la alimentación y aumentar la demografía. Junto al fuego un anciano sobrevivía mejor a un resfriado y podía seguir aconsejando y transmitiendo información a la tribu.

El fuego fue el primer recurso defensivo de gran eficacia, mucho antes que la jabalina o el arco, tanto para protegerse de los predadores como de otros humanos que deseaban hacerse con él. Suponía el poder con que dominar el entorno. Quizá pueda establecerse un paralelismo entre lo que significó el poder del fuego en aquella época y el control de la energía nuclear en el presente. La colonización de espacios nuevos, gracias al fuego, permitía acceder a más recursos y mejorar radicalmente la nutrición, a la vez que estimulaba la imaginación, se exploraban territorios y se hacían proyectos, lo que enriqueció los cerebros con nuevas experiencias, mayor sabiduría y mejor habilidad para elaborar útiles. Creció así la capacidad cultural y la fecundidad tecnológica. Sentados alrededor del fuego aquellos humanos se vinculaban de forma más confortable, se transmitían cultura y compartían experiencias mágicas al amparo de las llamas y sus juegos de luces y sombras.

La domesticación del fuego fue un fenómeno tan trascendente para nuestra historia como antes había sido la bipedestación. Esta última fruto de un cambio genético y la conquista del fuego consecuencia de un avance tecnológico sin precedentes en los otros animales. En 1980, 9 años antes de la primera edición inglesa del libro de Eccles, el biológo Faustino Cordón escribía acerca de la influencia que supuso el dominio del fuego en la mejora de la nutrición, en la demografía y en el lenguaje: «Desde que inició su actividad culinaria, el homínido (excepcional, a este respecto, entre todos los animales) dejó de estar reducido al alimento propio de su especie, al que hasta entonces había estado constreñido por su especialización, establecida a lo largo de la evolución de los animales, y, de hecho, se le abrió el acceso a explotar grandes cantidades de alimento propio de otros animales. El manejo de útiles le permitía ya defenderse con mayor éxito de los carnívoros; desde que comienza a cocinar, este manejo va a permitirle suplementar su dieta animal en crudo con nuevas fuentes de alimento, vueltas asimilables por el subsiguiente tratamiento culinario. En pocas palabras, el homínido, desde que cocina, se vuelve el animal autótrofo, esto es, el animal que no se limita a buscar su alimento, sino que lo prepara y produce (cualidad que distingue a sus descendientes, los hombres, de todos los demás animales). Ni que decir tiene que este hecho crucial fue la ocasión inicial del paulatino aumento demográfico que, en unos 100.000 años (periodo cortísimo frente a los 600 millones de años de la evolución animal), ha elevado la población desde, tal vez 100 o 200.000 homínidos a los 4.000 millones de hombres actuales; la progresiva capacidad de producir más alimento, iniciada por el homínido, ha multiplicado por 20.000 la población de sus descendientes que puede sostener hoy la Tierra». [...] «La vertiente oral de la comunicación entre los homínidos (el esbozo de la futura palabra) iría adquiriendo una importancia creciente a medida que su actividad cooperante fuese sometiendo a su voluntad nuevos campos, o aspectos de la realidad con la que se enfrentaban. Me inclino decididamente a pensar que no fue posible que la comunicación oral entre los homínidos encontrara ocasión de superar el esquema dicho durante todo el periodo en el que los homínidos, entregados exclusivamente a la busca de su alimento crudo (natural), permanecían durante todas sus horas de actividad inmersos en su medio animal (esto es, en relación constante con otros animales con cuya voluntad, astucia e iniciativa habían de contar tanto como con las propias); esto es, los homínidos, o iban en silencio, o se alertaban con gritos para acciones apremiantes, concretadas, en último término, por lo que veían hacer a otros animales tan activos como ellos mismos. Y, en mi opinión, las cosas no pudieron cambiar hasta que los homínidos encontraron el nuevo modo de hacerse con más alimento aplicando el fuego y, en consecuencia, acamparon para cocinar.»

El fuego fue determinante para transmutar los alimentos, mejorar la nutrición y a su vez conseguir que las capacidades culturales del cerebro humano se pusieran en marcha, iniciando el camino de las grandes innovaciones tecnológicas que permitirían dominar la naturaleza y alterar la fuerza de la selección. Es por tanto la cultura el eslabón que cualifica la humanización.

«En vez de esperar que los humanos vayan adquiriendo variaciones (biológicas) concretas para conseguir una mejor adaptación, se modifica el entorno para que el ser biológico ya existente obtenga una optimización de los recursos propios, sin tener que modificarse.» [...] «Ya no son necesarias adaptaciones somáticas o del comportamiento para conseguir determinados propósitos: la fabricación de útiles puede suplirlo con mucha más eficiencia.» [...] «La aparición de adaptaciones externas a nuestro cuerpo representa una innovación radical, que ha dado a la especie humana el potencial de desarrollo, lo que nos puede hacer pensar que somos muy distintos del resto de los seres vivos» (J. Bertranpetit y C. Junyent).

Si con el conocimiento del genoma se consigue descifrar y modificar el mecanismo molecular de la herencia, la cultura humana habrá abierto la puerta al dominio sobre la evolución de forma directa y explícita. Es en este contexto donde se puede comprender la transcendencia de la difusión de las técnicas de reproducción por clonación o de la producción de transgénicos.

En el paleolítico la cultura permitió construir abrigos, calentarse al fuego y probablemente «fabricar» al perro, cruzando individuos con caracteres apreciados. Luego la humanidad abandonó la práctica de la recolección de frutos silvestres e ideó la agricultura, con asentamientos estables y ganado domesticado. Desde ahí, y durante los últimos 25 minutos de la escala evolutiva didáctica, el avance ha sido vertiginoso.

La invención de la escritura revolucionó la comunicación humana, la tradición oral podía ser registrada en letras para las siguientes generaciones. Más adelante se inventaron los números, las matemáticas, se observaba el movimiento de las estrellas y surgió la astronomía. Las informaciones y conocimientos nuevos se aplicaban a la agricultura que, enriquecida con la tecnología, producía más recursos, pudiéndose vivir mejor, tener más hijos y expandirse la demografía. La cultura transformó al humano y aún sigue influyendo en su vida de forma determinante.

La cultura humana también ha incidido y modificado la vida de otras especies. La agricultura, la urbanización, la explotación forestal y marina han transformado el medio de gran parte del planeta, al precio de propiciar la desaparición de 2.500 especies vegetales o animales cada año, de entre los 10 millones de especies existentes en la actualidad. Asimismo hemos modificado los hábitos de muchos animales. En Valladolid, por ejemplo, las cigüeñas se han asentado de forma estable, y en las cabeceras montañosas de los grandes ríos hay gaviotas. En ambos casos se trata de aves que modificaron su conducta al conseguir alimento fácil y seguro en los vertederos de pueblos y ciudades, formados éstos por el subproducto alimentario de la cultura humana.

No obstante queda un largo camino por recorrer, es el reto para los próximos siglos. Las condiciones de vida y de cultura que una parte de los humanos ya han alcanzado deben extenderse al conjunto de la humanidad, el éxito como especie se confirmará si somos capaces de distribuir mejor la riqueza material y cultural.

Desde la Segunda Guerra Mundial, la renta per cápita en África ha disminuido a la mitad. La miseria, el hambre y las enfermedades infecciosas son la losa que no permite el desarrollo cultural de la mayoría de la población del planeta. Mientras parte de la población es víctima de la opulencia, la obesidad, los tóxicos, la arteriosclerosis precoz y otros trastornos derivados del derroche, la mayoría malvive en la pobreza. En el conjunto del planeta muere una persona de hambre cada 3 segundos. Veinte millones de humanos fallecen cada año por carecer de medicamentos básicos. Son cifras que estremecen y que revelan la gran desigualdad. Como botón de muestra, de acuerdo con los datos del «Informe sobre desarrollo humano» de la ONU, sepa el lector que la riqueza de las 325 personas más ricas del mundo equivale a la mitad del ingreso de toda la población pobre del planeta (citado por F. Fernández Buey).

Nuestra supervivencia depende también de que sepamos conservar el medio en que vivimos, controlando mejor las agresiones al entorno natural y preservando las demás formas de vida, clave para que se mantenga la diversidad biológica que hizo posible la aparición de la especie humana.

En tanto que humanos culturizados hemos conseguido salir del círculo cerrado de la manada, nuestros cerebros saben relacionar el hoy con el ayer y con el mañana, podemos recordar, aprender y planificar. De nosotros depende que la humanidad siga su camino. Adam Kuper lo expresa claro: «Sólo los humanos han escapado del círculo cerrado que impone la banda, porque sólo ellos poseen ciertas facultades cruciales y específicas del cerebro humano, por encima de todas la capacidades para una comunicación simbólica. Esto es lo que permite a los seres humanos hablar sobre otros momentos y lugares, así como desarrollar rituales; ello refuerza el sentimiento de pertenencia y reciprocidad incluso en personas que de hecho pasan largos periodos separadas. Las relaciones recíprocas entre los humanos pueden basarse en la seguridad de que los niños recordarán a sus padres cuando crezcan y se casen, y de que mantendrán los lazos con sus hermanos; de que los obsequios serán recordados y, algún día, correspondidos. Fue el desarrollo del lenguaje, y con él el desarrollo de la memoria social, lo que permitió que las relaciones se independizaran de la proximidad espacial, lo cual a su vez constituyó el punto de partida para que la evolución social en tanto que cuestión humana iniciara su singladura».

Si hemos roto el círculo cerrado de la banda, si podemos mantener relaciones entre todos los miembros de la especie, si el lenguaje nos ha permitido dar el gran salto en la progresión y difusión del conocimiento, la humanidad debe afrontar el reto de resolver las desigualdades frente a la vida y el conocimiento, no tan sólo por razones de simpatía entre individuos de una misma especie, sino también por razones de supervivencia del conjunto.

La cultura es una producción universal, en cuyo desarrollo participaron antes o después todos los pueblos de nuestra especie. Si hoy tenemos redes informáticas, cultivos de alta productividad y viajes al espacio, es fruto de la continuidad de una línea que se inició en África hace algunos millones de años con las primeras herramientas de piedra. ¿Habría que pagar royaltys a los africanos? La cultura es patrimonio de la humanidad, en tanto es un trazo característico de nuestra especie. Cualquier adolescente del planeta es capaz de trabajar con un ordenador y aprovechar la tecnología moderna, escribir poesía o interpretar música. Sólo precisa estar alimentado y disponer de los recursos adecuados. Debemos conseguir que la cultura sea reconocida como herramienta universal, como lo es la música, uno de los productos humanos que más ahonda en los sentimientos y mayor universalidad tiene en su goce y comprensión. A Mozart le pagaba el emperador de Austria, pero su música, su contribución a la cultura universal, emociona y contribuye al bienestar, en cualquier área geográfica sin distinción de edad o clase social.

CARACTERES HUMANOS

Como el lector habrá comprendido, es muy difícil hablar de caracteres específicos y únicos para los humanos. Serían muy pocos. Quizá el lenguaje verbal simbólico, el envejecimiento longevo, y la mayor capacidad de conocimiento, que ha hecho posible la cultura, y poco más. Casi todos los demás trazos que caracterizan a los humanos surgieron mucho antes de que apareciera nuestra especie, algunos forman parte del contingente anatómico-funcional de los mamíferos, como casi toda nuestra fisiología y el metabolismo. Otros han aparecido en el proceso evolutivo de los primates, desde la visión tridimensional, a la mano prensil o a la curiosidad por el entorno. En general se trata de caracteres que ayudan a ser más aptos para adecuarse al medio, sobrevivir y perpetuarse, que han hecho posible una selección y caracterizan a la humanidad actual. De todas formas, a partir del surgimiento de la cultura, como instrumento potenciador de la civilización humana, la presión selectiva ha disminuido o se ha anulado, de forma que hoy sobreviven y procrean tanto los fuertes, inteligentes y cooperadores como los débiles, tontos, miopes o egoístas. La cultura y la plétora demográfica han modificado la evolución, hasta tal punto que cualquiera puede perpetuarse.

A continuación se expone la relación de caracteres humanos que al autor le parece más propia. Los seis primeros ya se han considerado en el apartado anterior.

1. Distinción de los colores y visión tridimensional. Véase también capítulo 7.

2. Aparato emocional como estímulo para el aprendizaje y la conducta, a partir de la transformación del sistema olfatorio y desarrollo del sistema límbico. Véanse también capítulos 3, 4 y 7.

3. Lenguaje verbal simbólico.

4. Capacidades para la planificación logística y la responsabilidad, a partir del desarrollo del córtex prefrontal. Véanse también capítulos 4 y 7.

5. Bipedestación, mano prensil y oposición del pulgar.

6. Coordinación visión-cerebro-mano, para tener una manualidad precisa en la fabricación de útiles-herramientas, para lo que es necesario tener un proyecto mental previo, ensayar bajo el control de la visión y saber corregir los errores.

7. Expresión facial de la emoción. Todos los humanos, de cualquier lugar del planeta, demostramos de idéntica forma las emociones básicas (dolor, alegría, tristeza, cólera, miedo, asco, etcétera) mediante la estimulación de los músculos de la cara. En 1872 Darwin publicó un libro, La expresión de las emociones en los animales y en el hombre, en el que exponía el criterio de universalidad de la expresión emocional a partir de sus observaciones personales y del análisis de los estudios de los neurólogos franceses del siglo XIX. En este texto ya ahondaba en el dilema sustancial: ¿domina lo hereditario o lo aprendido? Darwin escribe: «... las principales acciones expresivas que exhiben los hombres y los animales inferiores son innatas o heredadas, es decir, que no han sido aprendidas por el individuo». A renglón seguido matizaba: «Sin duda los niños aprenden pronto los movimientos de expresión de sus mayores, del mismo modo que los animales aprenden del hombre». Como en tantos aspectos del comportamiento el debate entre lo innato y lo adquirido está servido (véase capítulo 4). Cierto que en un niño o un joven se reconocen gestos propios de sus progenitores, pero también se pueden reconocer en personas que no convivieron ni conocieron a sus padres, o de un nieto con respecto a los abuelos a pesar de haber fallecido antes de que él naciera. Cabe no obstante distinguir entre la expresión emocional que es fruto de un conjunto de movimientos faciales involuntarios, en ocasiones inconscientes (como ocurre durante el sueño), y la gestualidad que deriva de movimientos voluntarios más o menos dirigidos a un fin. Los modernos estudios tanto psicológicos como etológicos, en especial los de Eibl-Eibesfeldt, ponen de manifiesto la universalidad en la expresión facial de las emociones, sea cual sea el ámbito geográfico o cultural. Con respecto a los otros primates vivientes hay cierto parecido, pero la expresividad de los humanos es más diversificada, lo que se corresponde con unas áreas más amplias en el córtex motor del cerebro (véase capítulo 7).

8. Relaciones sociales complejas, altruismo, moralidad y simpatía. Las relaciones altruistas se observan en muchos animales, si bien conviene distinguir entre altruismo y cooperación. Que los chacales se agrupen para cazar no significa que entre ellos practiquen el altruismo. En los primates no humanos se han documentado diversas formas de altruismo recíproco y de simpatía, aunque en los humanos es donde estos caracteres se han hecho más universales, gracias a la mayor capacidad cerebral y por mor de la necesidad de convivir en grupo. A todo ello me referiré en el capítulo 4.

9. Curiosidad, necesidad de investigar acerca de uno mismo y del entorno. Si a un chimpancé se le entrega un tubo con tapones en cada extremo, empezará a manipularlo para sacarle los tapones y mirar lo que hay dentro, luego usará el tubo para mirar a través de él. Los niños hacen algo parecido. Hace unos pocos cientos de años los humanos inventamos un tubo mágico, para escrutar el cielo, el telescopio, y otro para observar lo más pequeño, el microscopio. Los chimpancés también demuestran una gran curiosidad por sus congéneres y cuando nace una cría todos los miembros del grupo la observan durante largos periodos de tiempo. ¿Qué pensarán? Cuando llega un nuevo individuo deben dilucidar si es amigo o adversario, tras una pelea se observan unos a otros para saber cuál es el estado de ánimo del vencedor y del vencido. Hay una intensa curiosidad en los chimpancés por conocer cómo son los demás, para orientar mejor las relaciones sociales. En los humanos la curiosidad científica es la base sobre la que se asienta la apetencia para transformar el medio, adecuándolo a nuestras necesidades. La curiosidad que compartimos todos los primates ha sido desarrollada en nuestro cerebro para conocer la geografía, la física o la biología y es el punto de partida del conocimiento científico y de las innovaciones tecnológicas.

10. Alopecia corporal. En el transcurso de la hominización se fue perdiendo el pelo que cubría el cuerpo de los primates, concentrándose la pilosidad en la cabeza, axilas y pubis. En las axilas sigue sirviendo de almohadilla, lubricada por el sudor, entre el brazo y el tronco. En el pubis y zona perineal desempeña cierta función protectora de los órganos genitales externos. En la cabeza nos proteje de los rayos solares, que al andar erguidos es donde más pueden incidir. Son interpretaciones clásicas que están abiertas a debate. Es posible que los restos pilosos sean reliquias atávicas sin ningún sentido. Cierto es que hay otros atavismos en la anatomía humana a los que no se puede justificar función alguna, como ocurre con las muelas del juicio. Pero ¿por qué desapareció el pelo corporal? Hay muchas teorías. De acuerdo con Reichholf, lo que parece más plausible es que la desaparición de pelo facilitó la transpiración y sudación de la piel. Cuando los humanos primitivos abandonaron la selva y habitaron la sabana debían soportar más calor; especialmente cuando corrían o hacían esfuerzos, el sudor mojaba la piel que al evaporarse disminuía la temperatura corporal con lo que se refrescaba al individuo. La pérdida del pelo corporal y el sudor debió de ser el primer sistema de refrigeración corporal. Quienes reunían estas características tenían mejores facilidades para vivir en la sabana, correr y conseguir alimentos, por lo que sobrevivieron mejor y procrearon más hijos. La humanidad actual desciende de ellos, no de los que fracasaron en su intento de adaptarse a la vida fuera de la selva sin perder el vello corporal.

11. El humano practica el sexo recreativo sin relación directa con la procreación. La disponibilidad sexual de mujer y varón no es cíclica, sino casi continuada. Unos primates genéticamente más próximos a los humanos, como los bonobos, también tienen este hábito: la búsqueda del placer mediante el acoplamiento sexual, como elemento de estímulo vital. Probablemente esta atracción por la actividad sexual, sin cortapisas cíclicas, tuvo un papel importante en las relaciones sociales de los homínidos y los humanos, facilitando la selección sexual de caracteres, tal como describió Darwin en el siglo XIX. Este aspecto se desarrolla en el capítulo 2, donde también se considera la ovulación oculta y el emparejamiento familiar como conductas humanas.

12. Estrechamiento de la cadera, parto precoz y bebés desvalidos. Las modificaciones en la pelvis permitieron optimizar la marcha pero, en el caso de la mujer, constreñían el canal del parto, con lo que la mejor solución fue acortar la gestación de forma que las crías humanas nacen «precozmente», esto es, sin tantos conocimientos como, por ejemplo, un caballito que a los 20 minutos ya sabe correr por el campo. A los humanos nos cuesta un año aprender a andar. Estos cambios significan que el bebé humano nace con un patrimonio genético heredado que le ofrece grandes posibilidades, mucho mayores que a un caballo, pero debe computar su cerebro tras el parto, en los primeros años de la vida a partir de la experiencia y el aprendizaje dirigido por los adultos. De ahí que los cambios en la gestación y el parto no hubieran sido posibles sin que antes se transformara el aparato emocional, ampliándose la capacidad para la ayuda recíproca y el afecto hacia las parturientas y las crías, que precisaban atención continuada durante varios años. En los capítulos 2, 3 y 4 se vuelven a considerar estos aspectos, que creo fueron determinantes en la aparición y supervivencia del humano moderno, a partir del desarrollo de los programas altruistas en la conducta humana.

13. Comensalismo, vinculación-apego y sentido comunitario. Es otro de los aspectos más relevantes de la hominización: la vulnerabilidad del animal humano se supera gracias a la capacidad para vivir en grupo y establecer vínculos estrechos de amistad y camaradería, como también de aceptación de liderazgos entre sus componentes con la aceptación de pactos y normas para la convivencia (véase capítulo 4).

14. Disminución del dimorfismo sexual, que pasa de una diferencia del 100% en otros mamíferos (el macho tiene el cuerpo con un volumen doble del de la hembra) al 15%, lo que introduce un elemento de mayor igualitarismo corporal entre los dos sexos. Las diferencias del tamaño corporal según el género están en relación con la estructura social y sexual. Los animales absolutamente monógamos, como por ejemplo los cisnes y los gibones, presentan idéntico tamaño macho y hembra. En los animales poligámicos el tamaño del macho es mucho mayor que el de las hembras, tal es el caso del gorila y del ciervo cuyos machos doblan en tamaño a la hembra. En los humanos existe una diferencia corporal menor, lo que sugiere una estructura social originaria de tendencia polígama (un macho con dos o tres hembras), que luego evolucionó hacia una estructura familiar monógama secuencial dentro de un colectivo amplio de individuos (véase también capítulo 2).

15. Acumulación de conocimiento y producción cultural generalizada. Todos los animales tienen su cultura y su tecnología, las termitas fabrican grandes construcciones de barro, los pájaros pueden construir un nido, que en ocasiones desafía a las leyes de la física. Los grandes simios desarrollan relaciones sociales complejas y fabrican instrumentos para conseguir recursos. Pero nadie pone en duda que el animal humano ha sido el que mejor ha sabido sacar partido a la naturaleza en su provecho, y que al mismo tiempo es quien ha sacado mayor beneficio de la imaginación y la inventiva.

El desarrollo cortical del cerebro humano fue el substrato que hizo posible el salto desde la hominización a la cultura de explotación y transformación del medio. No obstante transcurrieron muchos miles de años hasta conseguir un cerebro grande con intrincadas redes neurales que es el que caracteriza al humano moderno.

16. Envejecimiento lento, menopausia, integración de los abuelos en la comunidad. Se trata en los capítulos 2 y 5.

17. Consciencia compleja, sentimiento acerca de la muerte. Se considera en los capítulos 3 y 6.

18. Perseveración en el error, prepotencia, perversión.

Son caracteres muy específicos de los humanos. Tenemos mayor capacidad cerebral para aprender de la experiencia pero a menudo tropezamos dos veces con la misma piedra, creemos tener razón cuando no la tenemos, nos consideramos superiores a los vecinos, nos complicamos emocionalmente la vida sin obtener nada a cambio, a no ser algún disgusto, y hay humanos que desarrollan conductas perversas buscando el placer en el sufrimiento de otros. En el capítulo 4 se consideran algunos de estos trazos de la humanidad, pero conviene avanzar que la razón de estos desaguisados hay que buscarla también en la gran capacidad y complejidad de nuestro cerebro. El desarrollo del córtex frontal junto a la capacidad neuroplástica para el aprendizaje permiten que ideemos y programemos estrategias y proyectos que superan a los de cualquier otro animal, pero esta mayor fecundidad cerebral tiene un precio y cuando el entorno nos estimula de forma que creemos desfavorable o negativa podemos enfurecernos y perdemos el sentido de la realidad y la capacidad de razonar, aparece la agresividad más primaria, sin filtros ni mediadores, nos podemos hundir en la depresión o volvernos egoístas, irascibles y prepotentes hacia los demás.

Nuestro cerebro es muy rico en pensamientos, por lo que el humano puede desarrollar la voracidad y la perversión egoísta de forma muy complicada, como resultado de la interacción de experiencias, fantasías, insatisfacciones, ideas y proyectos con resultado pernicioso para los demás y, en general, para uno mismo. En el patrimonio genético hay códigos que, cuando un desencadenante los hace expresar, ponen en marcha este tipo de comportamiento infeliz. Las conductas asociales no acostumbran a tener eficacia biológica, por lo que a lo largo de la evolución debieran haberse depurado. Pero están formadas por elementos sanos, útiles para la vida, que en determinadas circunstancias se ordenan de forma enfermiza y nociva. Las conductas aberrantes son el subproducto de un cerebro rico y productivo sin el cual no hubiéramos podido desarrollar nuestra creatividad cultural. Rita Levi Montalcini lo sintetiza así: «El aumento progresivo del volumen del cerebro y el incremento, más espectacular, de sus capacidades intelectuales fueron el resultado de un proceso inarmónico que ha provocado un sinnúmero de complejos psíquicos y conductas aberrantes, suerte de la que, en cambio, se salvaron nuestros compañeros de viaje, desde los primates antropomorfos hasta aquellos, infinitamente más numerosos, que nos precedieron hace centenares de millones de años, y que probablemente nos sobrevivirán: los insectos. Los que pueblan hoy en día la superficie del planeta básicamente no se distinguen de sus más remotos antepasados, que vivieron hace 600 millones de años. Desde el primer ejemplar en adelante, su cerebro, del tamaño de una punta de alfiler, se ha mostrado en tal grado idóneo para resolver los problemas del ambiente y evadir las asechanzas de los depredadores, que no se prestó al caprichoso juego de las mutaciones: debe su estancamiento evolutivo a la perfección del modelo primordial».

Todos los caracteres humanos descritos tienen como fundamento al cerebro, que constituye la parte más compleja y avanzada del animal humano. El cerebro humano produce cultura y razonamiento pero también conductas insólitas y pensamiento mágico. En palabras de E. O. Wilson: «Si el cerebro evolucionó por la selección natural, aun las capacidades para seleccionar juicios estéticos y creencias religiosas particulares deben haber surgido por el mismo proceso mecánico. Son adaptaciones directas a situaciones ambientales del pasado en las que evolucionaron las poblaciones humanas ancestrales o, en el mejor de los casos, construcciones determinadas secundariamente por actividades más profundas y menos visibles que en alguna ocasión fueron capaces de adaptarse a este sentido biológico estricto. La esencia del argumento es, entonces, que el cerebro existe porque promueve la supervivencia y multiplicación de los genes que dirigen su formación. La mente humana es un mecanismo de supervivencia y reproducción, y la razón es solamente una de sus diversas técnicas».

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

ARSUAGA J. L., MARTÍNEZ I., La especie elegida, Ed. Temas de hoy, Madrid, 1998.

BERTRANPETIT J., JUNYENT C., Viatge als orígens, Ed. Bromera, Barcelona, 1998; edición castellana: Viaje a los orígenes, Ed. Península, 2000.

CORBELLA J., CARBONELL E., MOYÁ S., SALA R., Sapiens, Ed. 62, Barcelona 2000. Son tres buenos libros acerca del origen y la formación de la humanidad sobre la base de los estudios paleontológicos y genéticos, el largo camino de la hominización y la aparición de la cultura como trazo específico de los humanos. Los tres son de comprensión fácil y de gran rigor expositivo. Muy recomendables.

BOYD R., SILK J. B., Cómo evolucionaron los humanos, Ariel, Barcelona, 2001. Amplio compendio académico que expone de forma completa los actuales conocimientos acerca de la evolución, genética, filogenia, ecología y comportamiento de los primates, los homínidos y los humanos actuales.

DARWIN CH., El origen del hombre, Ed. EDAF, Madrid, 1999. Leer textos modernos no es excusa para no leer los clásicos. Es un gran libro, de uno de los descubridores de la evolución por selección natural, editado por primera vez en 1871. El autor expone con detalle sus descubrimientos y descripciones que le llevaron a concluir que el hombre procede de un primate que a su vez es también ancestro de los simios actuales.

ECCLES J. C., La evolución del cerebro: creación de la conciencia, Ed. Labor, Barcelona, 1992. Un notable intento de explicar la evolución del cerebro y del esqueleto hasta el humano moderno, por un neurobiólogo y Premio Nobel, que se caracterizó por sus tesis dualistas sobre la consciencia.

EIBL-EIBESFELDT I., Biología del comportamiento humano, Ed. Alianza Psicología, Madrid, 1993. Tratado académico sobre etología humana, donde el lector puede encontrar las raíces del comportamiento a partir del estudio comparativo entre las distintas poblaciones y culturas del planeta.

FOLEY R., Humanos antes de la Humanidad, Ed. Bellaterra, Barcelona, 1997. Tratado académico que reúne respuestas a cuestiones esenciales de la evolución humana. ¿Cuándo nos hicimos humanos? ¿Por qué ocupa África un lugar tan central en la historia de nuestra evolución? ¿Por qué no han evolucionado como nosotros otras especies animales? ¿Son los humanos tal como son hoy a causa de la selección natural? ¿Cómo evolucionó nuestro comportamiento social?

KUPER A., El primate elegido, Ed. Crítica. Barcelona, 1996. Estudio sobre la evolución de los humanos, sus formas de vida, la civilización y los orígenes de la sociedad.

LEAKEY R. M., La formación de la humanidad, Ed. del Serbal, Barcelona, 1981. Descripción de los grandes descubrimientos paleontológicos en África en la segunda mitad del siglo XX, con el interés de saber hilvanar las preguntas sobre el origen del hombre con los hallazgos fósiles. Es difícil de encontrar.

NAPIER J. R. y P. H., The Natural History of the Primates, Ed. MIT Press, Cambridge, 1996. Texto técnico sobre la historia evolutiva de los primates, los caracteres comunes y las diferencias, desde los primeros primates hasta el humano moderno, con todas las clasificaciones biológicas.

REICHOLF J. H., La aparición del hombre, Ed. Crítica, Barcelona, 1994. Libro de divulgación y lectura amena que ofrece respuestas a las preguntas básicas sobre la evolución y la aparición del humano moderno. Puede ser un buen texto introductorio para los no iniciados.

SAGAN C., Cosmos, Ed. Planeta, Barcelona, 1980. Tanto el libro como el vídeo son dos instrumentos muy didácticos que abarcan todo el amplio espectro desde el origen del universo, la vida, la evolución, la consciencia, etcétera. En algún aspecto ha quedado superado por descubrimientos recientes. Es difícil encontrarlo.

WAAL FRANS DE, La política de los chimpancés, Alianza editorial, Madrid, 1993. Es un pequeño gran libro sobre la vida, la sexualidad y la lucha por el poder entre los chimpancés. Ayuda a conocer las tendencias innatas del primate más próximo a los humanos, y nos ayuda a imaginar cómo pudieron ser las relaciones sociales entre nuestros ancestros.

REFERENCIAS DE CITAS NO INCLUIDAS EN LA BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

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LEVI MONTALCINI R., Elogio de la imperfección, Ed. BSA, Barcelona, 1999.

CAPÍTULO 2
SEXO Y SEXUALIDAD

El amor es la compensación de la muerte, su correlativo esencial, se neutralizan, se suprimen el uno al otro.

ARTHUR SCHOPENHAUER

SEXO Y GÉNERO

Todos somos hijos del sexo. Todos fuimos engendrados a partir de un encuentro sexual. Desde que existe lenguaje escrito sabemos que el sexo y el envejecimiento son obsesiones universales de los humanos, más aún en las sociedades desarrolladas donde se han resuelto otros problemas más acuciantes. Ejemplo de la universalidad de la preocupación sobre el sexo es la gran cantidad de literatura dedicada al intercambio sexual, al amor y al desamor, que la humanidad ha producido desde el origen de la escritura. También es ejemplo la facilidad con que a lo largo de la historia se han expandido las enfermedades de transmisión sexual, sin fronteras geográficas ni límites religiosos. Como ejemplo podemos citar los problemas, documentos y narraciones que surgen acerca de la identidad sexual y la homosexualidad. Y cómo no la generalizada preocupación por la fecundidad o la esterilidad, por la potencia sexual y por el orgasmo. Nos interesa el sexo como antídoto a la angustia que nos produce la idea de la muerte, la procreación es el resultado que persiguen las leyes de la naturaleza. Cierto es que estas leyes naturales no son conscientes en nuestra voluntad, al igual que comemos porque nos gusta, nos da placer, sin pensar que lo hacemos para no morir. De forma parecida copulamos para gozar del sexo, sin pensar en la perpetuación de la especie, ni tener consciencia explícita de que así estamos conjurando la muerte.

La sexualidad humana tiene grandes similitudes con la conducta sexual de los demás mamíferos, en especial con la de los primates, en cuyo grupo nos incluimos junto a los gorilas, chimpancés, bonobos, orangutanes y otros monos más pequeños. Nuestra sexualidad también tiene rasgos peculiares que la distinguen, algunos de los cuales se observan ya en los primates, como es la práctica recreativa de la actividad sexual, independientemente de la procreación. En general practicamos el sexo para pasarlo bien, aunque en ocasiones también sea fuente de conflictos y pesares. Otras características humanas son la práctica del sexo en intimidad, la ocultación de la ovulación femenina, que no se muestra externamente con señales de celo, el crecimiento de las mamas en las mujeres, sin relación biológica con la lactancia, la menopausia, que se comenta en el capítulo 5, y las funciones diferenciadas entre mujer y varón, que ya se observan en otros animales.

Existen más de 4.000 especies de mamíferos, de las que muy pocas practican la vida en pareja como los humanos. Normalmente llevan una vida solitaria y se juntan tan sólo para procrear, con lo que la mayoría de los mamíferos machos no coopera en la crianza de los hijos. La conducta sexual recreativa, andar erguido, la complejidad cerebral que ha hecho posible el habla y la consecución de un largo envejecimiento, son características propias de los humanos, aunque todas ellas encierran trazos que pueden observarse de forma incipiente en otros mamíferos.

Actualmente casi todos los animales se reproducen mediante un encuentro sexual con intercambio genético entre los progenitores, pero no siempre fue así. Los primeros seres vivos que existieron en la Tierra fueron microorganismos que se reproducían sin necesidad de intercambio sexual. Hace unos 3.000 millones de años las bacterias descubrieron las ventajas de la reproducción sexual, tal como se expuso en el capítulo 1. Aún quedan algunos seres que se reproducen de forma primitiva, por partición, como las anémonas marinas y las amebas en las que no hay intercambio sexual entre progenitores. No obstante, siempre hubo errores en la transcripción del DNA, lo que hizo posible la variabilidad genética primigenia que originó los primeros eslabones de la evolución. Si el método sexual de reproducción se ha impuesto de forma tan generalizada es porque contiene algunas ventajas importantes. Cuando la reproducción es por partición, sin intercambio sexual de los progenitores, los hijos resultantes son exactos a los padres, son clónicos, son parte del organismo progenitor que se ha desgajado y se desarrolla por su cuenta. Por lo tanto tiene la misma estructura interna que el organismo padre, las mismas proteínas y la misma capacidad de defensa inmunitaria. Tras varias generaciones todos los individuos serán idénticos, de forma que todos serán vulnerables a la acción de un agente agresor, a una infección, ya que al ser idéntico el aparato de defensa inmunitario todos los individuos sucumbirán ante la agresión de un germen patógeno.

La reproducción mediante intercambio sexual, en cambio, consigue una combinación genética mixta de padre y madre que da lugar al patrimonio genético del hijo, que se parece a los padres pero no es exacto, es fruto de la mezcla, del mestizaje. Esto permite que los nuevos individuos sean más resistentes y se adapten mejor a los cambios del entorno. El sexo hace posible las ventajas de la diversidad biológica y el intercambio sexual es un buen mecanismo para depurar la especie de mutaciones nocivas. Cuando hay alguna enfermedad hereditaria la combinación al azar de los genes de los progenitores podrá producir un hijo sin taras genéticas, que al ser más apto para adaptarse, sobrevivir y reproducirse se convertirá en el ancestro de muchos descendientes, mientras que sus hermanos menos aptos serán menos competitivos para la supervivencia y no tendrán descendencia. El intercambio genético mediante el acoplamiento sexual tiene muchas ventajas: mejor resistencia de los hijos a los gérmenes, mayor diversidad biológica, depuración de mutaciones nocivas, y además resulta que el acoplamiento sexual nos produce placer, con lo que insistimos reiteradamente durante media vida.

En biología es habitual la utilización del término sexo para referirse tanto al género de los individuos y sus funciones, como al aparato reproductivo. Mientras que en ciencias sociales se mantiene la diferencia entre género y sexo, reservando este último término únicamente para el aparato reproductivo.

En los años setenta se introdujo la acepción «sistema de género» para referirse al conjunto sociocultural de los humanos que contribuye a perpetuar una relación asimétrica entre hombres y mujeres, con dominación de los primeros y sumisión de las segundas. En aquellos años se restó importancia a lo biológico, subvalorando la importancia de las diferencias sexuales y hormonales en la conducta de cada género. Tal como se expone más adelante, el aparato sexual influye en la construcción de la arquitectura cerebral y por tanto tiene trascendencia en el diseño de algunos aspectos de la conducta humana, los cuales serán distintos en el hombre y en la mujer. A estas diferencias se añadieron a lo largo de la historia las derivadas de los distintos roles reproductivos, tan dispares entre mujeres y hombres. Estos hechos no quitan importancia a las políticas dirigidas a resolver la discriminación de las mujeres. Es cierto que la dominación masculina tiene raíces socioeconómicas en la historia de los últimos milenios, pero también es posible que esta tendencia haya surgido a partir de funciones primigenias ya diversas. En cualquier caso, la polémica sobre la mayor o menor influencia de los factores socioculturales, o de las características hormonales en la historia de las relaciones humanas, no se pretende cerrar en este texto, pero sí cabe aportar los conocimientos actuales que dan mayor amplitud al debate.

Por lo que se refiere a la terminología, en este texto se usa predominantemente la expresión sexo, que se considera sinónimo de género.

FEMENINO Y MASCULINO

El método de la reproducción sexual tuvo a lo largo de la evolución notables consecuencias, una de ellas es la diferenciación de funciones y papeles entre el macho y la hembra.

En la mayoría de animales, entre ellos los mamíferos, el macho produce pequeños y numerosos espermatozoides que deposita dentro de la hembra en un espacio de tiempo muy corto. Las hembras producen unos pocos huevos u óvulos, grandes, que no pueden malbaratar pues han requerido una gran inversión energética. La hembra acoge al embrión en su abdomen durante una larga gestación de varios meses, nueve para los humanos, durante los cuales precisa mayor alimentación y aporte energético, con lo cual se hace más pesada y lenta. Debe sacrificar algunos hábitos de movilidad, lo que prosigue tras el parto a lo largo de los primeros meses en que el amamantamiento sigue ocupando gran parte del tiempo de la madre, sin olvidar los riesgos y la energía consumidos en el parto. Mientras la hembra está tan ocupada con la cría, el macho puede seguir copulando con otras hembras en una amplia campaña de procreación. Sus necesidades energéticas son menores, de forma que unos pocos machos pueden fecundar a varias hembras.

Por la ley de la oferta y la demanda las hembras escogen al macho preferido, hay muchísimos espermatozoides y muy pocos óvulos. La hembra no puede correr riesgos, su capacidad reproductiva es limitada: unos pocos hijos a lo largo de toda la vida fértil con una gran inversión energética son un alto coste en el sacrificado esfuerzo por la cría. Mientras, el macho puede, sin gran esfuerzo, inseminar a muchas hembras, sin tener que asumir directamente el cuidado de las crías. Es, pues, comprensible que en la mayoría de los animales sea la hembra quien elija al macho que la inseminará, elección que hace en función de las ventajas que éste aporte para compensar, en parte, la inversión energética de la hembra. Entre las aves es habitual que la hembra elija al macho capaz de construir el mejor nido. En general las hembras eligen a los machos más fuertes y astutos que puedan garantizar recursos para ellas y las crías, a partir de la observación de sus cualidades o del éxito que tiene el macho vencedor en la pelea con otros machos. Durante millones de años se ha repetido esta forma de elección, así se depuraron los genes de manera que los animales actuales, entre ellos los humanos, descendemos de los machos más aptos y las hembras más listas para escoger pareja. Los genes que se han perpetuado son los que mejor garantizan el éxito reproductivo.

Esta diferenciación sexual ha tenido una influencia determinante en las conductas de hembra y macho, de mujer y varón. Desde los albores de la humanidad las mujeres amamantaban y cuidaban de las crías, lo que facilitaba su permanencia en el campamento base, dedicándose a la recolección de alimentos en un área cercana al campamento. Los varones tenían que aventurarse en los riesgos de las expediciones de caza. Además podía haber otras características físicas que consolidaran esta diferencia de roles, como por ejemplo la existencia de periodos menstruales en las mujeres fértiles, que puede ser un estímulo para el ataque de los predadores, la presencia de una mujer en el comando de caza podía constituir un riesgo añadido, mientras que si permanecía en el campamento todos estaban más seguros. Aun en la actualidad se ha documentado que los osos de los parques naturales de Estados Unidos atacan especialmente a mujeres en periodo de menstruación que se adentran en el bosque, los osos huelen la sangre.

Diamond estudió el aporte calórico y de proteínas conseguido por hombres y mujeres en las comunidades que aún sobreviven en la cultura paleolítica. Concluyendo que si consiguen nutrirse suficientemente es gracias a la contribución de las mujeres, pues los hombres cazadores aportan insuficientes piezas para alimentar a la tribu. Esta primera observación le llevó a preguntarse por qué el hombre primitivo no se dedica a la recolección de frutos y pequeños animales junto a las mujeres y niños en vez de perder el tiempo en la caza poco fructífera. La dedicación del hombre a la caza, a pesar del bajo rendimiento obtenido, se comprende al valorar la relevancia de la caza en el rol de los hombres como protectores. Al igual que otros mamíferos, los hombres patrullan su territorio para defenderlo de rivales y predadores que pueden poner en peligro a las mujeres y a las crías, al tiempo que exploran su espacio en busca de recursos o para evitar daños potenciales. Complementariamente a esta actividad defensiva y protectora practican la caza, que, además de procurarles algún alimento ocasional, les permite practicar las habilidades de lucha que otro día pueden precisar para defender a la tribu de los enemigos. Además, la caza exigía gran tenacidad. Conseguir un venado precisaba una persistente carrera que, como gusta explicar Francisco Mora, debió de contribuir a la perpetuación de algunos genes relacionados con el talante pertinaz y testarudo que caracteriza a muchos hombres. De todas formas, no es menos cierto que la tenacidad sería también una cualidad femenina, en tanto las mujeres persistían día a día en la recolección de frutos y raíces, como en la atención a las crías y a los ancianos que no salían de caza. El rol masculino de la caza es más valioso por la función protectora que supone que por los simples rendimientos nutritivos. Estas observaciones ayudan a comprender los orígenes ancestrales de los diversos roles masculino y femenino.

La distinta función sexual entre hembra y macho conlleva diferencias de conducta que van más allá de la estricta función procreativa. Femineidad y masculinidad surgen de las diferencias en la función reproductora. En la formación del cerebro las hormonas, distintas según el sexo, intervienen para diseñar peculiaridades propias que garanticen las funciones de cada uno. En este texto se usará el término hormona masculina u hormona femenina sin más precisiones técnicas, para simplificar la lectura.

Hay diferencias estructurales entre el cerebro de la mujer y el del hombre, diferencias que surgen cuando en el periodo embrionario la organización de las neuronas cerebrales se hace bajo el influjo hormonal. Si hay alteración de las hormonas se producen cambios en la organización cerebral y aparecen mujeres con tendencias masculinas u hombres con tendencias femeninas.

Las dos estructuras cerebrales que hoy se conocen con caracteres propios de hombre o de mujer son el cuerpo calloso y el hipotálamo.

El cuerpo calloso es el conjunto de fibras nerviosas que comunican los dos hemisferios cerebrales entre sí (véase capítulo 7). El cerebro trabaja como una globalidad indisociable, los dos hemisferios se influyen constantemente, transmitiendo la información entre uno y otro para conseguir un conocimiento de conjunto. Hay cierta especialización de cada uno de los hemisferios, así el hemisferio derecho tiene mayor capacidad para las emociones, la creatividad artística y musical, mientras que el hemisferio izquierdo tiene el protagonismo de la fluidez verbal y las capacidades analíticas (figura 2-1). El cuerpo calloso interrelaciona las capacidades de cada hemisferio a fin de conseguir la más completa personalidad del individuo. Hay una cierta variabilidad entre mujeres y varones en lo que se refiere a las peculiaridades de los hemisferios cerebrales. Las mujeres, en general, tienen mayor facilidad y fluidez verbal, de forma que incluso se recuperan mejor cuando una lesión cerebral poco grave les afecta el lenguaje. La lateralización lingüística no es tan completa como en los varones, por ello tienen mayores recursos verbales, y son más eficaces en la mediación verbal frente a un conflicto o en la transmisión cultural a través del lenguaje. En cambio, los varones tienen mayor facilidad para la orientación y destreza visuoespacial. Probablemente estas afinidades contribuyeron, junto con otras, a que los varones desarrollaran actividades relacionadas con la exploración y la caza. Estas variaciones entre hembras y varones se modifican cuando se perturban las influencias hormonales en el periodo embrionario. Si la madre presenta una alteración hormonal puede provocar que el embrión desarrolle una estructura cerebral no acorde con su sexo genético (volveremos a tratar este tema en el siguiente apartado).

HEMISFERIO CEREBRAL IZQUIERDO

• Comprensión y expresión del lenguaje con subáreas específicas para los nombres, la sintaxis, el reconocimiento de los conceptos, la comprensión simbólica de lectura, escritura y la articulación de las palabras. La comprensión y expresión del lenguaje implica dos áreas distintas que funcionan en íntima conexión.

• Capacidad analítica, elaboración de hipótesis, comprensión numérica y análisis lógico.

• Memoria musical para el análisis del ritmo.

HEMISFERIO CEREBRAL DERECHO

• Aprendizaje por ensayo-error.

• Evaluación de las interacciones personales.

• Comprensión de la melodía y de los contenidos emocionales del lenguaje, así como de la comunicación emocional por la mímica facial.

• Memoria visuoespacial, reconocimiento de espacios y figuras, capacidad para la síntesis.

• Conservación del esquema corporal.

FIGURA 2-1. Funciones distintas y complementarias entre cerebro izquierdo y cerebro derecho, que actúan de forma sincronizada mediante la conexión del cuerpo calloso. El esquema se refiere a las personas diestras. Entre los zurdos hay muchas variantes, desde la inversión completa a la inversión parcial.

En la mujer el cuerpo calloso está más desarrollado que en el varón y contiene algunos millones más de fibras. Esta diferencia estructural se produce como consecuencia del distinto influjo hormonal durante la formación del cerebro en el periodo embrionario, de acuerdo con las distintas secuencias del desarrollo de la diferenciación sexual, tal como se expone en el siguiente apartado. La existencia de un cuerpo calloso mayor en la mujer se ha relacionado con la mejor capacidad femenina para la intuición, que sería la cualidad que favorece una mayor integración entre percepción e información, generalmente no consciente, que permite establecer juicios y decisiones acertados sin tanta necesidad de reflexión razonada como precisan los varones. Es frecuente que las mujeres establezcan relaciones de simpatía o antipatía con otras personas basándose en una sensación difusa y poco argumentada, que las orienta para construirse rápidamente una opinión, mientras que el varón necesita un mayor esfuerzo de análisis y razonamiento. Hay otra cualidad femenina que puede estar en relación con esta diferente estructura cerebral que es la capacidad de mediación. Ya entre algunos simios (como los chimpancés y los bonobos) la hembra tiene mayor capacidad de mediación que el macho. En los humanos esta cualidad es aún mayor. La mujer está más dispuesta a encontrar soluciones a los conflictos, a limar asperezas en los enfrentamientos familiares y a mediar entre oponentes. Esta cualidad puede estar en relación también con roles ancestrales, ya que las mujeres garantizaban la supervivencia de la banda de homínidos en el campamento base, mientras los varones se ausentaban en expediciones de exploración, defensa del territorio y caza. La convivencia en el campamento base con otras mujeres, las crías y los viejos o enfermos consolidó la capacidad de cohesión que aún hoy tienen las mujeres dentro de las familias. Obsérvese que el rol femenino de mediación quedó incluso recogido en la mayoría de los cultos sagrados y religiones, en los que al lado de un Dios omnipotente y justiciero aparece un personaje femenino con cualidades de intercesión y mediación.

La otra estructura cerebral que presenta peculiaridades diversas según el género es el hipotálamo, estructura nerviosa que se halla en la base del cerebro (véase capítulo 7), y que tiene la función de regular los mecanismos hormonales, así como el equilibrio del sistema nervioso autónomo o vegetativo. Éste ordena el funcionamiento de las vísceras que forman los sistemas o aparatos que regulan las actividades básicas para la vida: respiración, circulación, digestión, sexualidad, etcétera. Es fácil comprender que haya diferencias en la estructura hipotalámica entre hembras y varones, ya que los influjos hormonales que dependen de ella son distintos. También en este caso las diferencias estructurales se derivan de la influencia que tuvieron tanto el diseño genético como las hormonas maternas en el periodo embrionario.

Los comportamientos agresivos constituyen un buen ejemplo de las relaciones entre influencias hormonales, personalidad y conducta. Entre los mamíferos, las hembras, por lo general, orientan su comportamiento agresivo hacia la defensa de la prole, en especial cuando las crías son muy jóvenes. Los cambios hormonales que se suceden tras el parto favorecen la aparición de conductas maternales de atención a las crías a la vez que conductas agresivas hacia quienes pueden representar un peligro para ellas. Esta conducta está a su vez influida por la estimulación que producen las crías lactantes al succionar el pecho materno, de forma que mientras se mantiene la succión se estimula una hormona que influye en el cerebro de la madre para que esté más vigilante y agresiva frente a posibles adversarios. Cuando termina la lactancia menguan los comportamientos agresivos. En este caso hay una estrecha vinculación entre necesidades de las crías, estímulo hormonal y comportamiento agresivo-protector. El influjo hormonal está a su vez estimulado por el amamantamiento. En el futuro se conocerán mejor las influencias cerebrales de los cambios hormonales que acontecen durante y después del parto, lo que permitirá comprender mejor algunos fenómenos, específicamente femeninos, como es la depresión tras el parto.

En los mamíferos machos el comportamiento agresivo es más general, y va dirigido a la defensa-conquista de territorio, de recursos y de derechos sexuales, aunque en ocasiones los comportamientos agresivos no tienen objetivos fáciles de comprender, por lo que puede aceptarse que hay una cierta inespecificidad en la agresividad masculina. Desde hace mucho tiempo se conoce que esta agresividad está en relación con los niveles de hormona masculina. El aparato testicular produce la hormona masculina de forma diversa según la etapa de la vida, tras niveles bajos durante la infancia se produce un gran aumento a partir de la pubertad que se mantiene hasta la entrada en la vejez. Las conductas agresivas son más intensas en aquel periodo de la vida, la agresividad va ligada a la fertilidad sexual, lo que induce a pensar que es una característica vinculada a las garantías de procreación que precisa el macho para conseguir perpetuar sus genes. El macho, si sabe manejar bien su agresividad, puede atesorar recursos y ser más convincente para conseguir la hembra apropiada, a quien podrá colmar de atenciones y sustraerla del mercado sexual, con lo que se garantiza la perpetuación de sus propios genes. Entre algunos primates no humanos, cuando el macho se aparea con una hembra que ya tiene crías pequeñas puede matarlas, evitando así que la madre comparta atenciones que desea para las crías que engendrará él, la muerte de las crías interrumpe la lactancia con lo que la hembra vuelve a ovular y a entrar en celo, de manera que el macho puede disfrutarla y fecundarla para obtener sus propios hijos. La hembra también quiere proteger sus crías y cuando inicia una nueva relación estando ya encinta de un compañero anterior, disimula su gestación hasta que el nuevo compañero piense que es el padre de la nueva cría. La hembra, que es quien elige pareja, no precisa tanto de la agresividad, ya que la certeza de la maternidad es absolutamente fiable, no así la posible paternidad. No se trata, por supuesto de decisiones conscientes o intencionales, sino de impulsos innatos que contribuyen a la preservación y perpetuación de determinados genes.

Las relaciones entre hormona masculina y conducta agresiva son conocidas desde hace miles de años. Así fue como se extendió la costumbre de castrar a toros y caballos para conseguir animales que con igual robustez fueran mucho más dóciles y útiles como fuerza de trabajo.

La división de funciones entre hombre y mujer, exploración, defensa del territorio y caza para el primero, y garantía de continuidad y mediación para la mujer puede parecer excesivamente esquemática para una sociedad moderna. Debe considerarse que llevamos muchos millones de años de evolución, en los que las generaciones presentes ocupamos un ínfimo espacio de tiempo. Durante millones de años se ha moldeado nuestro cerebro y las diferencias necesarias entre los dos géneros, a fin de tener la mejor eficacia reproductiva. Hoy pensamos y sentimos con las mismas estructuras nerviosas que nuestros ancestros, lo que a menudo puede entrar en colisión con las expectativas y necesidades de las personas o de la economía moderna.

Hace unos diez mil años, en determinadas áreas del planeta, los humanos descubrieron las ventajas de la agricultura frente a la búsqueda de alimentos silvestres. Este gran cambio, que conocemos como la revolución neolítica, introdujo también modificaciones en las funciones según el género, ya que con la agricultura aparecieron los asentamientos estables, la propiedad, la economía y nuevas relaciones sociales. La mayor vinculación de la mujer con actividades sedentarias contribuyó a la formación de relaciones de sometimiento con respecto al hombre, en tanto que éste gozaba de mayor libertad de movimiento. Los nuevos cambios que el neolítico introduce en las relaciones hombre-mujer responden a una realidad social nueva, pero son posibles en tanto que extrapolan las tendencias naturales que ya existían y que tienen relación con la estructura cerebral y las hormonas.

Con la modernidad, el desarrollo económico modifica sustancialmente la función femenina. Han sido decisivos los descubrimientos que inciden en el control hormonal de la mujer como por ejemplo la introducción de métodos contraceptivos eficaces a partir de los años sesenta. La modificación de los aspectos que tienen relación directa con la función procreadora de la mujer y el varón, es lo que abrirá el nuevo camino para las relaciones de igualdad entre los dos géneros, lo que puede significar un cambio estructural en la gestación y en la función maternal de la mujer.

El futuro puede deparar grandes sorpresas, a partir de la paridad económica entre mujer y varón. Adolf Tobeña es audaz en su discurso:

«De los dos protagonistas del sexo cromosómico hay uno que es más determinante para el buen funcionamiento del seso. Naturalmente se trata del cromosoma X (femenino). No podía ser de otra forma, pues es bien conocido que la combinación XX, que produce hembras, genera individuos con unas habilidades adaptativas espléndidas, mientras que la combinación XY, que hace a los machos, genera unos organismos con una gran capacidad para causar problemas (a ellos mismos y al conjunto de la sociedad). Y debe recordarse que la capacidad de adaptación a circunstancias exigentes es una excelente medida para la inteligencia. [...] Los datos genéticos sobre el retraso mental son el criterio para establecer esta distinción tan radical. Hay muchas enfermedades que producen retrasos mentales severos dependiendo de una alteración localizada en el cromosoma X. Se han descrito más de 150 de estos trastornos. Actualmente el número de genes que contiene este cromosoma, correlacionados con distorsiones cognitivas, superan ampliamente lo que cabría esperar si la distribución de los “genes de la inteligencia”, en la mezcla de la recombinación inicial, se repartiera estrictamente al azar entre los 23 pares de cromosomas humanos. Parece, por tanto, que el cromosoma X (femenino) tiene una especial predilección para contener genes con instrucciones cruciales para la organización de las redes neurales que hacen posible andar por la vida con una cabeza bien amueblada.»

Veremos qué ocurre en el futuro, pero es razonable pensar que estamos en las últimas etapas de las funciones «naturales» de mujer y varón. Los cambios en el sistema productivo y las futuras transformaciones en la procreación introducirán formas de vida muy distintas a la que ha perdurado durante milenios, las funciones femenina y masculina pueden modificarse de manera radical.

DIFERENCIACIÓN E IDENTIDAD SEXUAL

En el desarrollo de los humanos, como en otros mamíferos, pueden establecerse cuatro etapas de diferenciación sexual, que abarcan desde la calificación sexual celular hasta la consciencia de identidad sexual que tiene el individuo adulto.

Hasta hace pocos años no se conocía bien la forma en que de manera progresiva se delimita la diferenciación sexual. Hoy conocemos mejor las influencias que las hormonas tienen a lo largo de la maduración del individuo. El que acabemos siendo, y sintiéndonos, hombre o mujer viene determinado por la conjunción entre patrimonio genético heredado y las influencias de algunas hormonas, que modifican o completan la identidad genética primigenia.

Todas las células del organismo contienen, en su núcleo, un determinado patrimonio genético, que se expresa por los genes que forman los cromosomas. Si en un laboratorio aislamos los cromosomas de una célula obtenemos una imagen compuesta por varias figuras agrupadas en parejas, en forma de pequeños palitos entrecruzados (figura 2-2).

Los cromosomas están formados por los filamentos de DNA enrollados en doble hélice, como una doble escalera de caracol que gira sobre sí misma, tal como se expuso en el capítulo 1. Cada peldaño de la escalera contiene unas moléculas, llamadas genes, que contienen las indicaciones de cómo va a desarrollarse la célula y el organismo que formen, desde el color del pelo y de los ojos hasta la predisposición a contraer alguna enfermedad, o la tendencia a ser más longevo o morir de forma precoz, incluso algunos trazos de la personalidad y del comportamiento humanos tienen una dependencia genética, como se conseguirá demostrar en los próximos años. También el género del individuo, al menos en su inicio, depende de los genes que contienen los cromosomas de las células. En los humanos hay 46 cromosomas en cada célula que podemos agrupar en 23 pares por la similitud de su forma, excepto el último par que puede aparentar, como los otros, la forma XX o, por el contrario, al lado de un cromosoma X corresponde otro en forma de Y. Esta diferencia es la que califica el sexo genético: denominamos femenino cuando la configuración del último par de cromosomas es XX y denominamos masculino cuando es XY. Todas las células tienen esta configuración, el examen del sexo genético de un individuo puede establecerse por la identificación cromosómica de cualquiera de sus células.

Esta configuración cromosómica existe ya en las células embrionarias. Cuando empieza la historia del individuo ya se determina si la tendencia primigenia es XX o XY. La presencia o ausencia de la Y es determinante para la evolución hacia sexo masculino o femenino. El cromosoma Y contiene un gen que estimula la evolución de los órganos sexuales hacia órganos masculinos. Si no hay cromosoma Y la evolución natural es hacia órganos de carácter femenino. Se ha dicho que los varones somos hembras modificadas por la acción de la hormona dependiente del cromosoma Y.

A lo largo del desarrollo embrionario se diferencian progresivamente los órganos internos: cerebro, corazón, hígado, intestinos, ojos, etcétera, y en una primera fase se forman, en el abdomen, unas glándulas imprecisas que más tarde darán lugar a los órganos sexuales, denominadas gónadas. En la segunda fase del desarrollo del embrión las gónadas pasarán a transformarse en órganos femeninos o masculinos. Ahí está la influencia del gen contenido en el cromosoma Y. Cuando éste existe provoca la síntesis de una hormona que determina la conversión de la gónada en testículos. De no ser así la gónada evolucionará espontáneamente hasta convertirse en ovario y matriz, lo que acontece a partir del tercer mes de la gestación. La configuración femenina de matriz y ovarios o la masculina con la formación de testículos determina el sexo genital.


FIGURA 2-2. Conjuntos de cromosomas humanos, masculino y femenino. Obsérvese que el último par de cromosomas masculino tiene forma de XY en vez de la XX femenina. (Cortesía de la doctora Laura Tusell.)

Cuando el embrión se acerca al cuarto mes de gestación los distintos órganos genitales ya diferenciados inician la producción de hormonas distintas, femenina o masculina según el caso. Estas hormonas son las que determinarán la apariencia externa femenina o masculina, con órganos sexuales externos diferentes (vulva y clítoris o pene y bolsa escrotal), apariencia corporal distinta, tamaño corporal mayor en los varones e incluso diferencias en la estructura del cerebro. Así pues la hormona masculina, producida por los testículos, o la femenina producida por los ovarios, en la etapa embrionaria del individuo, será la responsable de que la apariencia externa del futuro individuo sea de hombre o de mujer. Es lo que se denomina sexo aparente. Cabe añadir que tras esta primera punta hormonal en la etapa embrionaria la actividad diferenciadora queda un tanto dormida durante la infancia, hasta que se desencadena la pubertad y con renovado vigor vuelven a producirse altas tasas de hormona masculina o femenina, lo que completa en la adolescencia lo iniciado en el embrión, esto es, la diferenciación corporal externa con apariencia, envergadura, genitales y pelos de hombre o con la configuración más suave del cuerpo de mujer. El conjunto de cambios y diferencias configura lo que se denomina dimorfismo sexual. El dimorfismo sexual tiene como objeto diferenciar a hembras y machos, mujeres y varones, a fin de facilitar la identificación de los distintos sexos y la elección de la pareja. Entre los mamíferos, las diferencias entre los sexos aumentan cuanto mayor es la competencia para conseguir pareja, especialmente en las especies que son polígamas-poliginícas, o sea donde un macho controla a varias hembras de las que obtiene favores sexuales y acceso a los recursos nutritivos. Los humanos tenemos mayor tendencia a la monogamia, por ello las diferencias entre varón y mujer no son tan relevantes como entre los leones o los gorilas. No obstante existe una apariencia física distinta que nos sirve para distinguir fácilmente un cuerpo de varón de un cuerpo de mujer, con un conjunto de diferencias que se consolidan a partir de la adolescencia y están relacionadas con los distintos roles masculino o femenino, de ahí que tanto unos como otras intenten enfatizar estas diferencias con el vestido, los cosméticos o la manera de mostrarse. En la figura 2-3 se resumen los caracteres de diferenciación sexual más sobresalientes. Como se expuso en el capítulo 1, el dimorfismo sexual entre los humanos es menor que entre los mamíferos polígamos, el 15% de diferencia corporal es quizá el atavismo que resta del pasado polígamo. Los animales estrictamente monógamos no tienen diferencia de tamaño corporal en función del sexo. Además es interesante observar, de acuerdo con Diamond, las diferencias entre la conducta sexual y el tamaño de los atributos genitales externos (visibles) en los primates machos. Los chimpancés son sexualmente promiscuos y presentan testículos grandes con pene pequeño. Los gorilas de conducta polígama (un macho con varias hembras) tienen pequeños tanto los testículos como el pene, mientras presentan un gran dimorfismo corporal, doblando el macho el tamaño de la hembra. Los humanos tenemos testículos más pequeños que los chimpancés pero el pene es mayor que en las otras dos especies, con un comportamiento sexual de monogamia secuencial, esto es, que se mantiene, espontáneamente, la relación entre los progenitores mientras cabe atender a las crías. Luego puede persistir o deshacerse. No es fácil sacar conclusiones acerca de la relación entre dimorfismo corporal, tamaño de los genitales y conducta sexual, pero es lógico pensar que hay algún tipo de correlación.

La diferenciación de los genitales externos se produce entre el quinto y sexto mes de gestación, de ahí que sea en esta época cuando mediante ecografía se puede reconocer si se trata de un embrión masculino o femenino. En el caso de los varones puede ocurrir que los testículos formados en el abdomen (paralelamente a los ovarios y matriz femeninos) no desciendan a las bolsas escrotales antes del parto, con lo cual el niño nacerá con las bolsas sin testículos. Puede que acaben descendiendo en las primeras semanas de vida, de no ser así una pequeña intervención quirúrgica resolverá el problema. No se debe pensar que se trata de una indefinición de sexo.

• Anchura de espaldas: en los varones se desarrollan y ensanchan más que en las mujeres. La cuadratura de la espalda se acentúa con los uniformes militares (con las hombreras) que pretenden resaltar la masculinidad del individuo.

• Mandíbula: más amplia, pesada y mentón prominente en el varón. La barba puede realzarla.

• Busto: senos más desarrollados en la mujer, por la acumulación de grasa sin aumentar la glándula mamaria. Significan una señal de madurez de la hembra al tiempo que aparente «garantía» de nutrición para los hijos. La corsetería los resaltan.

• Cintura: más marcada en las mujeres que en el hombre, se acentúa con la ampliación de caderas y muslos. Se realza con los vestidos de talle ceñido, como antiguamente con el corpiño.

• Caderas y nalgas: más amplias en las mujeres que en los varones, se acentúan con el vestido y los bañadores que resaltan las nalgas femeninas y provocan la excitación en el varón.

• Vello púbico: con distribución distinta. En la mujer es más denso y de forma triangular con base superior, mientras en el varón es menos notorio y el vértice es superior. La distribución y mayor densidad en la mujer ayuda a señalar la vulva. El vértice superior en el varón enmarca al pene en erección, contrastando su coloración.

FIGURA 2-3. Caracteres sexuales secundarios.

Las hormonas configuran también la estructura cerebral diversa según se vaya a formar un hombre o una mujer. Se han descrito diferencias claras en algunos núcleos cerebrales como la amígdala del sistema límbico (gestión emocional) o en el hipotálamo (control hormonal y vegetativo), donde pueden configurarse núcleos distintos según que el cerebro se haya estructurado bajo el efecto de la hormona masculina o femenina en las últimas semanas de la gestación, e incluso en los primeros días de vida. También se han descrito diferencias estructurales en el haz de fibras, o cuerpo calloso, que comunica el cerebro derecho y el izquierdo, que contiene más fibras en la mujer que en el hombre, tal como se ha mencionado antes. Al influir en la arquitectura cerebral, las hormonas pueden considerarse determinantes en la definición de la personalidad y de la conducta masculina o femenina, con lo que se configura así la identidad sexual mental o de la conducta.

Hace muchos años que se conocen las influencias entre hormonas y conducta de género, mucho antes de que se describieran las hormonas tal como hoy las conocemos. Investigadores del siglo XVIII observaron que si se castraba a un gallo dejaba de cantar, pero si más tarde se le implantaban los testículos de otro gallo volvía a cantar. Se pensó que en los testículos, tan alejados de la garganta, había alguna sustancia que se difundía por el organismo y condicionaba la posibilidad de cantar. Por aquellos tiempos, entre los humanos también se usaba el mismo método, se castraba a algunos niños para que de adultos mantuvieran la fina y aguda voz de la infancia a fin de cantar en una o dos octavas más alto. Hoy conocemos las sustancias que influyen en esta conducta, son las hormonas sexuales, y no influyen directamente en la garganta sino que lo hacen en el cerebro que es quien dirije y controla los nervios y músculos de la garganta. Si se castra a un ratón pierde el interés por montar a las hembras, pero si más tarde se le aplican pequeñas cantidades de hormona masculina en la zona cerebral del hipotálamo, el ratón recupera su virilidad y vuelve a montar a las hembras. Las hormonas influyen en el cerebro y por tanto en la conducta, ya que modulan y caracterizan las respuestas a estímulos y señales de forma femenina o de forma masculina. La identidad sexual es fruto de la conjunción entre genes, hormonas, cerebro y apariencia corporal.

En ratones y en monos se han hecho experiencias sobre la influencia de las hormonas en el comportamiento. Los jóvenes monos se entretienen jugando pero los juegos son distintos según sean machos o hembras. Los machos prefieren los juegos de lucha y aquellos en que se aparenta una monta sexual. A las hembras les gustan más los juegos de persecución y los de cuidar a crías más pequeñas (jugar a mamás). Si se les inyectan hormonas sexuales inversas a su sexo real (hormona masculina en hembras y femenina en machos) se altera la conducta invirtiéndose los gustos y comportamiento para el juego.

También en humanos sucede de forma parecida. De acuerdo con los estudios que refiere Le Vay, la mayoría de las niñas escogen la muñeca frente al camión para sus juegos, mientras que los niños prefieren el camión. Observaciones parecidas se han hecho con las crías de primates no humanos, en los que hay patrones de juego distinto según se trate de hembras o de machos. Pero cuando las niñas han estado expuestas, antes de nacer, a altos niveles de hormona masculina como consecuencia de una enfermedad de su madre, las niñas prefieren los camiones y desarrollan conductas de tipo masculino.

Las influencias familiares y culturales deben de tener también su influencia en los hábitos y costumbres que adquieren los niños y las niñas. En la literatura hay muchos ejemplos de cómo la educación familiar parece haber influido en el comportamiento sexual de los hijos, pero a la luz de los modernos conocimientos caben dudas razonables sobre si la influencia determinante fue la educación, el ejemplo, la experiencia o mejor la anómala influencia hormonal de la madre en la gestación. Debe comprenderse que existe una completa integración entre cerebro y hormonas, de forma que el estado emocional de la madre puede desencadenar determinados influjos hormonales que son los responsables de la configuración interna del cerebro del embrión, que luego pasará a determinar el comportamiento del nuevo individuo.

A este respecto hay interesantes experiencias con ratones. Si se somete a una situación de estrés a ratones hembras gestantes se obtienen ratones hijos con comportamiento femenino frente a la monta, sin expresar la conducta dominante propia de su sexo. ¿Está el estrés materno en el origen de algunas conductas femeninas de sus hijos varones? Hoy no me atrevería a afirmarlo, pero hay indicios que apuntan en este sentido, la ansiedad en las madres puede favorecer estímulos hormonales que feminicen la estructura cerebral de sus hijos varones.

HOMOSEXUALIDAD

¿Por qué hay algunos hombres y algunas mujeres que se sienten sexualmente atraídos por los individuos del mismo sexo? Ésta es una pregunta muy antigua, a la que aún no es fácil dar respuesta. Hay testimonios desde los inicios de la historia escrita y han habido multitud de teorías y controversias. Siempre llamó la atención el hecho de que hubiera humanos que se sentían atraídos por individuos de su propio género, más entre los hombres que entre las mujeres. El fenómeno no es sencillo si se analiza en términos de eficacia biológica, pues el emparejamiento homosexual no es fértil, por lo que no contribuye a perpetuar la especie.

Se ha argumentado que en la evolución del humano moderno la existencia de la homosexualidad masculina podía haber sido beneficiosa, ya que al liberar a algunos hombres de competir en el mercado sexual se reducían las tensiones. Además, la existencia de individuos que no tenían directas obligaciones con las crías permitía un excedente humano aprovechable en labores de vigilancia o seguimiento de animales.

Lo cierto es que desde la antigüedad la homosexualidad ha promovido testimonios, teorías y controversias. En culturas como las de Grecia y Roma, el amor homosexual tenía su reconocimiento, existiendo múltiples ejemplos históricos entre artistas, filósofos o emperadores. Más tarde la homosexualidad quedó, en la cultura occidental, relegada a espacios marginales o casi clandestinos, discriminada por las leyes. En los últimos años, a causa de las epidemias provocadas por las enfermedades de transmisión sexual, la homosexualidad ha cobrado nuevo y dramático protagonismo, al tiempo que se ha despenalizado su práctica.

La homosexualidad femenina tuvo menor predicamento que la masculina y aún hoy parece menos frecuente, alrededor de la mitad de la masculina de acuerdo con los estudios sociológicos. Esta diferencia puede ser consecuencia de una mayor represión femenina en las tendencias homosexuales, fruto de una mayor sumisión al orden establecido, pero hay otros factores biológicos que ayudan a comprender estas diferencias. La inapetencia del hombre homosexual por el sexo femenino obstaculiza a veces la erección, con lo que el emparejamiento procreativo es difícil, aunque también haya hombres homosexuales que han procreado, pero es una proporción menor. En la mujer la situación es distinta ya que puede haber acoplamientos sexuales con buena eficacia reproductiva a pesar de que exista pasividad y desinterés por el hombre. Así, muchas mujeres homosexuales pueden llevar una vida de aparente «normalidad» heterosexual y pasar desapercibidas en las encuestas.

La homosexualidad no es un carácter exclusivamente humano. Entre los mamíferos y las aves se han documentado prácticas homosexuales tanto masculinas como femeninas. Las más conocidas son las que se producen entre los chimpancés y los bonobos, pero también se han observado en otros mamíferos como leones, gacelas y en muchas aves. Bagemihil ha documentado este tipo de conducta en 470 especies de animales.

Las prácticas homosexuales pueden tener su origen en la identidad homosexual que impele al individuo a relacionarse con otros individuos del mismo género, pero también pueden ser una alternativa vicariante de la heterosexualidad cuando faltan individuos del otro género como, entre los humanos, ha ocurrido en centros de reclusión, centros religiosos o centros militares, donde sólo conviven varones. Una adaptación biológica de este fenómeno sería lo que ocurre entre algunos peces que cambian de género en función de la oferta sexual del medio en que viven, así si predominan los machos algunos de ellos se tornan hembras para equilibrar la oferta, y viceversa, garantizándose así la eficacia reproductiva. Puede, aun, que la relación homosexual sea la expresión de pautas de sumisión, o descarga de tensiones tras la solución de un conflicto, como ocurre con los chimpancés.

En los años cincuenta, en EE UU causó gran impacto el trabajo de Alfred Kinsey que, mediante análisis sociológico, concluía que un 37% de los hombres y el 13% de las mujeres habían tenido alguna práctica homosexual. Con un análisis más estricto podía concluirse que al menos el 4,5% de los hombres y el 3% de las mujeres eran predominantemente homosexuales. En aquella época estos datos fueron una bomba y un escándalo, la opinión pública no podía creer que los hombres que habían vencido en dos guerras cuestionaran su masculinidad.

En las últimas décadas se ha avanzado en el conocimiento de los orígenes de la homosexualidad, aunque siguen sobre la mesa muchos interrogantes. Algunas escuelas psicológicas atribuyeron la homosexualidad a un error en la maduración mental del individuo que se quedaba fijado en una etapa infantil, poco definida, o que regresaba a ella a partir de una experiencia familiar traumática. Sin negar la importancia de las percepciones en la infancia, para la formación de la personalidad, sería especular en exceso atribuir las orientaciones de la conducta humana a la única experiencia infantil. Cabe aceptar que en el cerebro y en las hormonas hay varias peculiaridades que pueden relacionarse con la homosexualidad.

A finales de los años setenta se descubrió que la exposición de un embrión a hormonas del sexo contrario puede generar cambios en el futuro comportamiento de los individuos. Se estudiaron amplias series de mujeres que durante el embarazo habían recibido tratamiento con hormona masculinizante para evitar un aborto, se comprobó que más tarde las hijas tenían rasgos de conducta masculina en sus juegos y relaciones. También se observó que otras mujeres a las que se había administrado una dosis excesiva de hormona femenina tuvieron hijos que desarrollaron conductas de tipo femenino. Paralelamente, trabajos experimentales con ratones permitieron observar que cuando se somete a hembras gestantes a situaciones de estrés se produce un aumento de hormona femenina y más tarde el seguimiento de las crías demostró que en el caso de los machos tenían conductas femeninas.

Otra observación acota las anteriores. Desde hace varios años, se utiliza hormona femenina en el tratamiento de algunos tumores de próstata en los varones. En tales casos se ha observado que la hormona femenina en varones adultos puede modificar su apariencia externa hacia la feminización: caída del vello corporal o crecimiento mamario, pero nunca se modifican las apetencias y conducta sexual, que siguen siendo masculinas. De forma parecida mujeres tratadas con hormona masculina adquieren caracteres masculinizantes en su apariencia externa, pero no se altera la conducta sexual de tipo femenino que tenían antes del tratamiento.

Este conjunto de observaciones y experiencias permite establecer que:

1. Las hormonas administradas en adultos modifican la apariencia externa en el sentido del sexo de la hormona, pero no influyen en el tipo de conducta.

2. Cuando la alteración hormonal se produce en hembras gestantes, influyendo así al embrión, se producen cambios y los hijos, al crecer, desarrollan conductas distintas a las propias del sexo genético pero de forma coherente con el sexo de la hormona que recibieron a través de la madre durante el periodo embrionario.

3. La influencia hormonal se debe a su acción sobre el cerebro en formación durante el periodo embrionario, no modificándose las conductas cuando las hormonas se aplican a los adultos puesto que ya tienen el cerebro organizado y consolidado.

Los cambios hormonales tienen influencia en la configuración de la estructura cerebral. Siendo el cerebro quien ordena y regula la conducta, es lógico que hormonas distintas al sexo genético del embrión tengan influencias que compitan con éste, cuyo resultado sería la organización de cerebros femeninos en cuerpo de varón, o masculinos en cuerpo de mujer. Consecuencia de la diversa organización cerebral sería la distinta conducta de tipo homosexual.

Al inicio de la década de los noventa Le Vay hizo descubrimientos de gran interés. Al estudiar cerebros de hombres y de mujeres, hetero y homosexuales, observó que existen diferencias estructurales en el hipotálamo, región del cerebro que, entre otras funciones, dirije el sistema hormonal y regula la conducta sexual. La arquitectura de algunos núcleos del hipotálamo es distinta entre hombres y mujeres, pero además descubrió que en los hombres homosexuales la arquitectura hipotalámica es distinta a la de los hombres heterosexuales y en cambio es parecida a la de las mujeres. Luego, en experiencias con ratones se comprobó que los núcleos hipotalámicos, correspondientes a los estudiados en humanos, son susceptibles de cambios hacia el final de la gestación, inclusive tras el parto durante el amamantamiento, en función de las hormonas que se administran a la madre.

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