Kitabı oxu: «Dionisíacas. Cantos XIII - XXIV»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 286


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de esta obra ha sido revisada por ÓSCAR MARTÍNEZ GARCÍA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2001.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO370

ISBN 9788424933012.

INTRODUCCIÓN
NONO Y LAS DIONISÍACAS . CANTOS XIII-XXIV

En este segundo volumen de las Dionisíacas de Nono de Panópolis, encuentran cabida los más dispares episodios, engendrados mediante una mezcla entre la erudición mitológica y el barroquismo de este poeta egipcio, que vivió durante la segunda mitad del siglo V y cuya vida es un misterio para el estudioso moderno. La traducción al español de esta obra, inédita hasta ahora en nuestra lengua, y el comentario a los pasajes más interesantes, no pretenden sino poner de manifiesto el valor literario de este poeta tardío tan mínimamente conocido. Se tratan en este tomo los cantos XIII a XXIV de las Dionisíacas , que versan sobre una gran variedad de temas, desde la epopeya guerrera de tintes homéricos, hasta los amoríos novelescos y pastoriles, siguiendo el singular ideario poético de Nono.

Este ideario, la poética de la variación, llamada en griego poikilía , es el principio inspirador de la ingente obra de Nono de Panópolis, un autor de enciclopédica erudición que vivió en la recóndita y mística provincia de la Tebaida, en Egipto, durante el siglo V de nuestra Era. De esta forma, una multiforme obra poética nos ha llegado como amalgama de géneros literarios y mitos compilados barrocamente, de tal suerte que las Dionisíacas podrían muy bien ser el paradigma de la literatura griega de época imperial e incluso adelantar lo que habría de ser la literatura bizantina.

En efecto, Nono marca una ruptura en la historia de la literatura griega en diversos aspectos, que tienen que ver, por una parte, con su enorme producción literaria, que le llevó a escribir ese grandioso compendio sobre Dioniso en más de veintidós mil versos, y, por otra, con sus innovadoras técnicas estilísticas y métricas, que se alejan considerablemente de los cánones clásicos. Este poeta tardío, relativamente desconocido para los helenistas, ha impresionado vivamente a otros autores más recientes, como Goethe y Cavafis, que lo consideraron un modelo literario con validez y vigencia. En muchas ocasiones, sin embargo, ha sido considerado un autor de estilo «impuro» o poco recomendable por los críticos de siglos pasados, a los que su barroquismo les parecía la contradicción del espíritu helénico 1 .

No obstante, al ser Proteo, un dios cambiante de interpretación simbólica, la divinidad que invoca Nono para que inspire su obra, el propio poeta nos da las claves de su poética, la poética de la variedad, de la poikilía . En un trabajo muy discutido, pero pionero de los estudios modernos sobre Nono, la monografía Eîdos Poikílon 2 , Fauth trató de analizar y enunciar este principio poético. El poeta, según Fauth, escribe un prólogo de carácter programático 3 , en el que anuncia una obra variada e innovadora que va a combinar diversos estilos narrativos, sin ceñirse a la épica tradicional. Así, encontraremos en las Dionisíacas reminiscencias líricas y poesía bucólica, junto con catálogos de corte homérico, historias de amor al estilo de la incipiente novela, etc. Nuestros cantos, que terminan con el vigésimo cuarto, cierran la primera parte de la obra con una excelente muestra de esta variedad, concluyendo así un primer ciclo, a imitación de Homero, previo al que se abre con el segundo proemio e invocación a las Musas en el canto vigésimo quinto.

Si para Fauth esta poikilía se refleja en la temática de la obra de Nono y no se queda en mero recurso estilístico, F. Tissoni 4 va aún más allá y defiende un cargado simbolismo de Proteo, en la línea de las interpretaciones neoplatónicas que se hicieron de la obra de Homero. Los cantos XIII a XXIV son claro ejemplo de esta poética de la variación, con implicaciones que van quizás más allá de lo meramente mitológico. En bruscos giros temáticos, Nono dirige nuestra atención de forma alterna a la guerra contra los indios en los cantos XIII a XV , XVII , y XXI a XXIV , a la fundación de Nicea mediante el hermoso mito de sus amores (probablemente escrito en forma de patria , como veremos), en el canto XV y XVI , a las competiciones heroicas de los cantos XVIII y XIX en honor de Estáfilo, o al antiguo mito de Licurgo el teómaco, en el canto XX . Todo ello en medio de veladas alusiones a hechos históricos, cultos de la época (entre los que se incluye el cristianismo), magia y poesía oracular, como se verá más adelante. Otro trabajo de imprescindible lectura para la comprensión del complicado y barroco arte poético de Nono es Metafora e poetica in Nono di Panopoli , de Daria Gigli 5 . La estudiosa italiana discute en esta obra la compleja imaginería noniana, de inspiración muy alejada de los cánones clásicos, que se acentúa sobremanera en los cantos XIII -XXIV .

Hay, pues, quienes han buscado en Nono y en su obra referencias filosóficas o religiosas, e incluso el testimonio de una dudosa pervivencia del dionisismo en fechas tan tardías, compitiendo en su vertiente salvífica con el pujante cristianismo. Y es que, verdaderamente, el autor de dos obras tan dispares como las Dionisíacas y una Paráfrasis al Evangelio de San Juan se presta a las más variadas interpretaciones. ¿Fue Nono cristiano o pagano? ¿Usa lugares comunes en su obra cristiana y en la pagana prescindiendo de cuestiones teológicas? Esta es una de las grandes dudas sobre nuestro autor, una quaestio disputata entre aquellos que afirman que fue un convencido pagano, quienes le representan como un converso al cristianismo y la más reciente tendencia, que apuesta por un Nono ecléctico, sin auténticos compromisos religiosos ni prejuicios en una mentalidad propia de su época 6 .

Respecto a la cronología de sus obras, se trata de otra quaestio disputata , por el carácter tan opuesto de las Dionisíacas y la Paráfrasis al Evangelio de San Juan . Durante mucho tiempo, hasta el siglo pasado, predominaba la idea de una supuesta conversión de Nono al Cristianismo. De tal manera, la primera obra en ser escrita habría sido necesariamente las Dionisíacas , con anterioridad a la conversión del autor a la fe cristiana 7 . Por otra parte, no se puede dejar de considerar a Nono como «el último poeta pagano», en una romántica visión de los últimos días del paganismo 8 . De esta forma, para algunos autores, Nono quedaría incluido en el famoso giro o reacción pagana que comenzara durante el siglo IV con figuras como la del emperador Juliano. Se ha afirmado, incluso, que representaría la pervivencia del paganismo en pleno siglo V , lo cual parece ciertamente arriesgado.

Nono desarrolló su actividad literaria en una ciudad que cuenta con numerosos testimonios de una rica cultura en época bajoimperial y bizantina. Panópolis, verdaderamente, fue el mayor centro cultural de la recóndita Tebaida hasta la conquista musulmana, en el siglo VII , y un foco permanente de creación literaria y artística. Se caracterizó principalmente por una gran mezcolanza de razas y credos, siendo sede de unos 400 templos, y por un ambiente étnica y culturalmente muy variado que, sin duda afectó a nuestro autor. Fue cuna de otros poetas, como Horapolo el Viejo, Ciro de Panópolis y Pamprepio, y parece que tuvo su esplendor precisamente durante el s. v 9 . Escasas noticias biográficas y teorías dispares, como la que le identifica con el obispo de Edesa 10 , hacen de este autor un gran desconocido para los estudios griegos. Este halo de misterio se acentúa aún más, como veíamos, a causa de su dispar obra, el poema pagano más largo que nos ha legado la Antigüedad, y una interesante Paráfrasis al Evangelio de San Juan en hexámetros épicos.

La datación es, pues, bastante incierta, y no figura en el léxico bizantino Suda . Keydell 11 , principal editor moderno del poeta, establece un terminus ante quem para su actividad literaria gracias a una mención que de nuestro autor hace Agatías 12 como uno de los jóvenes poetas de su tiempo y también mediante la aparición de la primera obra de la escuela de Nono, el Encomio a Teágenes , de 470. Por otro lado, varios indicios nos señalan el terminus post quem . Por un lado, Claudiano y su poema De raptu Proserpinae de 397, pues Nono hace uso claramente de él. También cuenta el hecho de que Bérito (actual Beirut) figura en el canto XLI como una ciudad, una pólis , status jurídico que no le fue concedido hasta el 450. Para una cronología más precisa de su actividad literaria, se han propuesto diferentes teorías, desde finales del siglo IV , hasta incluso finales del v, en una época de bastante confusión, pero en general se sitúa su floruit en la primera mitad del s. v.

Contamos además con dos epigramas de la Anthologia Graeca 13 , que se le atribuyen sin demasiada certeza. Uno de ellos sería una suerte de epitafio, que ha comentado Livrea 14 . Se ha dicho también, basándose en suposiciones a partir de sus obras, que Nono estudió Leyes en la ciudad de Béroe o Bérito, en su famosa escuela de Derecho como tantos otros jóvenes patricios de su tiempo, fundamentándose esta afirmación en el extenso panegírico que sobre esta ciudad figura en las Dionisíacas . Para Keydell, autor de la más reputada edición de Nono, el poeta habría descrito fielmente la zona del Asia Menor, por conocimiento personal. Así, parece que también habría conocido la ciudad de Tiro, según la descripción física que de la misma se hace en el canto XL, versos 311 y siguientes. También se ha dicho que el controvertido lugar de composición de las Dionisíacas fue la ciudad de Alejandría, pues en el proemio al mismo, en el que se cita la «cercana isla de Faro» 15 , Nono parece indicar que escribe en aquella ciudad. Sin embargo, se obvia en su enorme producción literaria toda mención de su patria egipcia, lo cual ha sido comentado como una cierta animadversión hacia su lugar de nacimiento, contra la opinión de P. Chuvin 16 .

Nono de Panópolis marcó una cierta revolución literaria en los esquemas métricos y estilísticos, en dos aspectos fundamentales que habrían de tener una gran repercusión en la literatura posterior escrita en lengua griega. Por una lado está la revolución métrica que supone introducir un nuevo tipo de hexámetro, el llamado hexámetro noniano, que altera la tradicional métrica cuantitativa, ante el cambio fonológico que se produce en la lengua griega desde la época helenística, e introduce el ritmo acentual, en una aproximación a lo que sería la métrica actual 17 . De ahí que Nono aparezca citado por Agatías como uno de los «nuevos» poetas, como veíamos. De esta forma, el estilo de Nono va a convulsionar el panorama literario de su época, de modo que pronto aparecerá una auténtica escuela de «nonianos», o jóvenes poetas que escribirán con este característico y multiforme estilo 18 . En lo que se refiere a esta escuela noniana, el reciente descubrimiento del papiro de Oxirrinco 2946, ha puesto sobre la mesa la cuestión de la supuesta originalidad de Nono. En este papiro se data a Trifiodoro, uno de los supuestos sucesores «nonianos», en el siglo III o principios del IV . Parte de la doctrina, a raíz de este hallazgo, considera a Nono más un perfeccionador de estas tendencias, que su creador 19 .

Prescindiendo de estas consideraciones teóricas, la originalidad de este poeta estriba en la variada fusión de estilos en su obra, que queda patente en estos complejos cantos cuya traducción se presenta ahora. Nono de Panópolis es un poeta con todo derecho a ser incluido en el Parnaso de la literatura griega, pese a la animadversión de algunos críticos y a la poca fortuna de su obra, que ahora se empieza a recuperar. La influencia y repercusión de su obra ha sido escasa debido a esta especie de «ostracismo» al que se ha condenado al poeta sin justicia alguna. Pero si Goethe hablaba ya del caótico universo mitológico que Nono había creado 20 , y Cavafis, defensor a ultranza de la decadencia como valor estético, ensalzaba el barroquismo del poeta, no podemos privar al público moderno de esta flor tardía que ha estado oculta durante tantos siglos. Por todo ello, hemos de romper una lanza a favor de un poeta de inspiración visual y estética barroca, cuyo estilo, en ocasiones difícil de seguir y enrevesado, puede descubrirnos un universo poético y mitológico ciertamente cautivador. Quizás la mejor invitación a la lectura de las Dionisíacas sean los versos que el también grecoegipcio Cavafis dedicó a su autor, recreándose en el fino atractivo de lo decadente: «Anteayer leíamos versos de Nono. / Qué imágenes, qué ritmo, qué lengua, qué armonía. / Admirábamos entusiasmados al de Panópolis» 21 .

ESTRUCTURA Y TEMÁTICA DE LOS CANTOS XIII-XXIV

Las Dionisíacas de Nono, fruto de su tiempo en cuanto a la temática, tienen su fuente en otros autores épicos de la Antigüedad tardía, que narraron las gestas de Dioniso 22 . Sin embargo, las intenciones de Nono eran bastante más ambiciosas que las de sus precedentes colegas. Se trataba de escribir, en tantos cantos como la Ilíada y la Odisea juntas, el mayor poema épico de la historia, en un claro desafío a Homero (al que dice superar, cf. XXV, como se ve en los cantos que a continuación se presentan, cargados de tintes épicos y guerreros. Es una epopeya dedicada a un dios que parecía significar mucho para el autor, un dios que ora se presenta como héroe alejandrino, ora guerrero y conquistador (como en el canto XIII ), ora un galán o un pastor de novela amorosa (como en la historia de amor de Nicea), pero las más de las veces aparece en un extraño sincretismo con Cristo como divinidad redentora y misericordiosa. En fin, lo más apartado posible del Dioniso clásico. En el presente volumen se ponen de manifiesto las raíces literarias e históricas de las Dionisíacas , en los cantos de la guerra contra los indios, en los que se alcanza la madurez poética de la obra.

El poema comenzaba en el anterior volumen con los prolegómenos a la venida de Dioniso, en su triple nacimiento, una suerte de «arqueología» dionisíaca que principia con el rapto de Europa y la saga de Cadmo. Con el nacimiento del primer Dioniso, Zagreo, y el del segundo, hijo de Sémele, los primeros doce libros se centran en el nacimiento anunciado y la juventud de Dioniso. Del trece al veinticuatro, nuestros cantos, se desarrolla su madurez y la prueba de su divinidad a través de la campaña contra los indios, como paso previo a su apoteosis, en una narración salpicada de digresiones varias e historias de fundaciones de ciudades. A partir del veinticinco se nota un corte claro, mediante un segundo proemio que compara a Dioniso con los más valientes héroes griegos, Perseo y Heracles, y anticipa la victoria sobre los indios. La guerra aún se prolonga hasta el canto cuarenta, y a continuación tiene lugar el encomio a dos ciudades que visita Dioniso en su camino hacia Grecia, Tiro y Béroe. El final de las Dionisíacas narra el viaje de Dioniso por Grecia y los diversos episodios que tienen lugar en Tebas, Argos, Atenas y otras ciudades antes de la apoteosis de Baco y su ascensión al Olimpo, con lo que se cierra la obra en el canto cuarenta y ocho.

En el marco de este gran proyecto literario, los cantos que se presentan a continuación, responden a un plan establecido de imitatio homérica mediante la narración bélica de aliento épico, por una parte, y de acumulación de diversos mitos referentes al dios, así como de encomios a ciudades (como en el caso de Nicea), historias de índole amorosa o bucólica, todo ello entremezclado con antiguos mitos dionisíacos, como la historia de Licurgo, en el canto XX , de la que ya de cuenta Homero. Dioniso ha alcanzado la madurez y ha de acercarse ahora a los mortales para difundir su evangelio, por un lado, y para probar su derecho a ser contado entre los demás dioses. Sin embargo, el tema principal que desarrolla Nono en los cantos que se agrupan en este segundo volumen es la larga campaña militar contra los indios. En ella encontramos ecos históricos y legendarios, que aproximan al Dioniso noniano a figuras como la de Alejandro Magno o la de algunos emperadores romanos (principalmente Septimio Severo). Pero la campaña de Dioniso no es sólo militar. Su propósito es civilizador, pues se propone llevar el vino, la justicia y la religión por todo el Oriente (incluso la medicina 23 ) En un breve resumen de cada canto se pondrán de manifiesto los aspectos más notables para el lector y estudioso, sin pretender un exhaustivo análisis de su estructura y temática por razones de espacio.

Canto XIII

El canto decimotercero narra el inicio de la guerra de Dioniso contra los indios, anunciada por Nono como el paso previo a la apoteosis del dios, y se centra en la imitación homérica del «catálogo» de los ejércitos de ambas partes. Así, entre presagios varios que hablan del destino celestial de Dioniso el conquistador, se prepara el campo de batalla y los distintos escuadrones de mortales e inmortales que lucharán en ambos bandos. Dioniso queda así equiparado al prototipo de caudillo o conquistador, más cercano a Alejandro Magno o a los emperadores que defendían el limes romano (como Septimio Severo, con cuya campaña militar del año 195 hay notables paralelismos), que a los héroes homéricos. Comienza mediante una introducción en la que Zeus deja claro sus designios sobre la guerra de Dioniso contra los pueblos indios. Zeus quiere aniquilar esta raza por su iniquidad, pues no conocen la justicia (cf. XII 3). Aquél, con Iris como mensajera, se dirige a Dioniso para comunicarle los planes de su padre (vv. 1-34). Así da comienzo un canto que imita fielmente a Homero en la enumeración de los ejércitos contendientes, previa a la batalla. Una invocación a las Musas, a partir del verso 43, liga este canto a la Ilíada , concretamente al catálogo de las naves 24 . De esta forma, el exhaustivo catálogo de los ejércitos que apoyan a Dioniso en su divina empresa también se inspira en el catálogo de las Argonáuticas , de Apolonio Rodio. Este canto XIII se centra en la enumeración de las tropas heroicas (cf. XIII 43) de Dioniso, es decir, aquellas formadas por humanos, en una clara oposición al canto XIV , en el que se ofrece la lista de las divinidades y seres sobrenaturales (cf. XIV 5) que acuden en ayuda del dios. Chuvin ha sabido dividir este catálogo en dos partes 25 ; en la primera (vv. 53-308), Nono nos ofrece el elenco de los griegos que participan en esta campaña y sus respectivos caudillos. Estos serán, el beocio Acteón (vv. 53-82) e Himeneo (vv. 83-134), los Coribantes y los eubeos (vv. 135-170), el ateniense Erecteo (vv. 171-200), Éaco, hijo de Zeus y la ninfa Egina (vv. 201-221), Asterio y los cretenses (vv. 222-252) y Aristeo, hijo de Apolo (vv. 253-308)

En la segunda parte (vv. 309-568), se presentan los ejércitos que provienen de otras partes del mundo, como Italia, Africa o Asia Menor: los sicilianos Acates y Fauno (vv. 309-332), Cratégono y los libios (vv. 333-392), Ogiro y Orfeo, y los samotracios (vv. 393-431), los chipriotas Ledro y Lápeto (vv. 432-463), los lidios Estabio y Estamno (vv. 464-510), el frigio Príaso (vv. 511-545) y el cario Mileto (vv. 546-568). La imitación de Homero es evidente, amén de la cita expresa del verso 50, al basarse en la estructura del catálogo de la Ilíada para éste, eludiendo, eso sí, las regiones de proveniencia de los héroes homéricos, que serían de una época posterior a la que trata Nono. Todos estos caudillos tienen un vínculo de sangre más o menos claro con Dioniso, o con su abuelo Cadmo, y por ello acuden en su auxilio (Acteón, Éaco, Asterio, etc.). En definitiva, con este catálogo de tropas, que no es el único en las Dionisíacas 26 , Nono exhibe su portentosa erudición mitológica, etimológica y geográfica, y nos ofrece una interesante visión del mundo grecorromano de su época, intentando remontarse a la antigüedad más remota. El catálogo homérico se convierte en manos de Nono en una erudita enumeración de lugares, nombres y genealogías, siguiendo el principio poético de la poikilía .

Canto XIV

El canto decimocuarto destaca por la combinación temática que presenta, pues por un lado continúa el catálogo de los ejércitos que participan en la campaña índica, y, por otro, narra el primer combate serio de las Dionisíacas , que cobra aliento épico en la batalla del lago Astácida, con el famoso episodio del milagro del vino, arma dionisíaca por excelencia. Así pues, destaca ante todo la falta de unidad del canto, que se estructura en dos partes bien diferenciadas. Por un lado, el catálogo del divino ejército de Dioniso, que recoge las cohortes masculinas y femeninas. En cuanto a las tropas masculinas, el catálogo se centra en los inmortales que se cuentan entre las filas de Dioniso (vv. 203-227), puesto que las tropas de humanos ya habían sido tratadas en el canto anterior, con el extenso catálogo de ciudades que apoyan al dios 27 . Sobre las tropas femeninas, hay que decir que las mujeres ocupan un destacado lugar en el culto dionisíaco, y por ello han de tener también un importante papel en las huestes del dios. Se ocupan de este catálogo femenil los versos 203 a 227.

A continuación, el poeta pasa ya a narrar la batalla del lago, con un breve intervalo que recoge la marcha del ejército dionisíaco a través de la Frigia (vv. 247-283) y de Ascania (vv. 284-294). Hay un claro paralelo con las campañas de Alejandro Magno y con la narración de éstas por Quinto Curcio 28 , que describe un itinerario idéntico, con lo que se consolida la identificación de Dioniso con Alejandro. En los versos 295-322 se desarrolla la primera embajada a los indios (la segunda tendrá lugar en XXI 200-278). La batalla del lago Astácida, propiamente dicha, ocupa los versos 323-437. Los prodigios dionisíacos se suceden ante el terror de los indios y la Fortuna se decanta a favor de los ejércitos dionisíacos, vv. 386-410. Sin embargo, no hay grandes escenas de guerra. Las Bacantes, pertrechadas con tirsos e instrumentos musicales, sorprenden con sus prodigios, dando muerte a animales salvajes (el ritual del sparagmós o «despedazamiento») y desafiando a la naturaleza (la oreibasía) . Todo el pasaje se inspira en Eurípides 29 más que en Homero. Será en los cantos XXII -XXIII en donde se vea una batalla de verdadero acento épico.

Como punto culminante de este decimotercer canto, no obstante, se presenta el milagro del río cuyas aguas son transformadas en vino, a partir del verso 411. Se puede pensar acertadamente en el milagro cristiano de la transformación del agua en vino, que con toda seguridad tiene Nono en mente al escribir este pasaje. Recordemos que éste es también autor de una Paráfrasis al Evangelio de San Juan , y que en su canto segundo trata precisamente este milagro con expresiones muy similares 30 . El canto concluye con un elogio del vino por parte de un indio sorprendido ante sus maravillas, comparándolo con otras bebidas y señalando su superioridad.

Canto XV

El canto decimoquinto se divide en dos episodios nítidamente separados. Por un lado, se narra el final de la batalla del lago Astácida, concretamente hasta el verso 168, y por otro, el comienzo de la historia de los amores de Nicea, desde el verso 169 hasta el final.

En primer lugar, este canto concluye la narración épica del combate junto al lago. En una escena inicial, llena de humorismo, se narran los efectos del vino en los indios, que aprovechan las Bacantes y Sátiros para derrotarles sin mayores problemas. Lejos de los tópicos homéricos del combate, que aparecerán con toda su fuerza a partir del canto XXII , las cohortes dionisíacas luchan de peculiar forma, usando como armas la danza, el vino, los objetos rituales del culto y la vegetación. Todo ello se contrapone al armamento ortodoxo del ejército indio, que es derrotado por el poder del dios y sus «armas paradójicas» 31 . El episodio de la lucha en el lago reúne todos estos tópicos. El ejército de los indios es vencido aquí no mediante armas convencionales, sino a través de los fármacos de Dioniso, es decir, el vino que embriaga a sus enemigos. El dios obra un milagro y transforma el agua del lago en vino (cf. XIV 411 ss.), de suerte que los indios se embriagan (1-86) y son así derrotados al caer dormidos por causa de su ebriedad (87-168) De esta forma, los atributos propios del culto dionisíaco resultan vencedores sobre las armas humanas.

Tras el episodio de la batalla, da comienzo la historia de Nicea, que ocupará los versos 169 a 422, hasta el final del canto. Se trata de una patriá , o mito fundacional de una ciudad, en este caso la ciudad de Nicea, que probablemente Nono conoció. De hecho, parece que el poeta utilizó como fuente para este episodio algún poema de este tipo. La villa de Nicea floreció notablemente en época helenística. Fue llamada así por la hija del Antípatro y esposa del rey Lisímaco, segundo fundador de la ciudad tras Antígono, sucesor de Alejandro. El mito de su fundación fue narrado, entre otros, por Pisandro de Laranda, cuya obra se ha perdido totalmente 32 . También contamos con un testimonio de Memnón de Heraclea 33 , siendo desconocidas para nosotros las demás fuentes de este mito. Posiblemente existiera una patriá de la ciudad de Nicea compuesto por Pisandro, que Nono conocería. Dentro de su poikilía poética, Nono incluye, tras una narración totalmente épica, un género distinto, de acentos bucólicos y amorosos, dando un corte radical en este canto, a la manera pindárica. El hecho de que Nicea se resista a Dioniso pero al final sucumba a sus amores, se puede interpretar como reflejo del hecho histórico de la toma de la ciudad de Nicea por el emperador Septimio Severo, tras una larga resistencia 34 .

Por otra parte, el episodio de Nicea, que comienza en este canto y se extiende el final del siguiente, ha sido uno de los más comentados en Nono, por su rara belleza y por ser el único testimonio de patriá sobre esta ciudad. El propio Goethe, conocedor de la mitografía de Nono a través de los trabajos de su amigo Uwarow 35 , elogia este episodio en su correspondencia con éste 36 . Nono alterna el estilo bucólico con discursos llenos de retórica erudita y mitológica, creando un episodio único en las Dionisíacas .

La historia de Nicea en este canto comienza con sus trágicos amoríos con el pastor Himno, por cuya muerte será castigada. Tras su detallado su retrato (169-203), en el que aparece como personificación de Ártemis, la doncella cazadora, y el de Himno (204-219), se narran los requiebros de amor del pastor y su muerte a manos de la doncella (220-394). Nicea desprecia el amor que Himno siente por ella, y, llena de soberbia, le da muerte. En este sentido, se puede trazar un paralelo entre Nicea y el Hipólito de Eurípides en tanto que ambos rechazan el amor y se consagran a la caza, llenos de hýbris 37 . El canto decimoquinto acaba con la impresionante manifestación de duelo de la naturaleza por la muerte del pastor, un recurso que Nono emplea en varias ocasiones 38 (vv. 370-394). Además, se incluye aún otra variación en el canto, un thrénos , o canto fúnebre, que canta la propia naturaleza mostrando su luto por la muerte del pastor. De esta forma, Nono concluye el canto con un cambio de estilo y métrica (395-422), pues el lamento está escrito en forma de poesía bucólica, poniendo de manifiesto la originalidad de Nono, que incluye en su epopeya ejemplos de los más variados géneros literarios, en un sincretismo insólito. Cabe destacar el estribillo «El bello pastor ha muerto, etc.», con el que comienza cada estrofa, típico de la poesía bucólica 39 .

Canto XVI

Continúa el canto decimosexto la historia de Nicea, que tras provocar la pasión y muerte de Himno, logra enamorar al propio Dioniso, que será encargado de vengar al pastor. Se canta así, con tono tragicómico, cómo Dioniso seduce a la joven. Desde el comienzo de este canto, se narran los efectos del amor en Dioniso, una acumulación de lugares comunes sobre el enamoramiento del dios (vv. 1-182), que persigue a la doncella cazadora, pero con ciertos recursos ingeniosos (como el monólogo que dirige Dioniso a su perro de caza, vv. 183-227, etc.) Nono hace uso en este pasaje de un recurso estilístico muy propio de su estilo poético, la sýnkrisis o comparación con pasajes previos en su obra. Paso a paso, va comparando la pasión que siente Dioniso por la doncella, con la de Himno en el canto precedente 40 . Tras dirigirse a ella en vano, incluso humillándose, el dios opta por seducirla mediante el engaño, embriagándola con el vino, para lo cual transforma una vez más el agua de una fuente en su fármaco , repitiendo el milagro dionisíaco (XV 411 ss y XVI 1-168). En consonancia con esta comparación con el canto precedente, la descripción de la embriaguez de Nicea (vv. 253 y ss.), se hace en los mismos términos que la de los indios en XV 22 y ss.

Tras la unión de Dioniso y Nicea (vv. 263-291), en la mitad del canto decimosexto se describe la aparición fantasmal del espectro de Himno, el pastor muerto en el canto precedente. De esta forma, Himno reprocha a Nicea por haberle rechazado y se burla de su desdicha (292-305). Nono gusta mucho de estas apariciones de fantasmas para culminar un episodio mítico 41 , como es el caso. Al punto, Nicea se lamenta por la pérdida de su virginidad (vv. 341-394) en un auténtico thrénos , un canto fúnebre. El tono de este lamento es, no obstante, tragicómico, pues va precedido por las palabras de Pan y un Sátiro, celosos de la unión de Dioniso y Nicea (306-340).

El canto finaliza con el nacimiento de Teleté («iniciación»), hija de Nicea y Dioniso, y con la fundación de la ciudad de Nicea con un doble sentido, para conmemorar la victoria (níkē) sobre los indios, y para recordar a Nicea, la doncella cazadora (vv. 395-405).

Canto XVII

Este canto vuelve a la narración de la campaña contra los Indios. Se trata de la batalla del Tauro, segundo gran enffentamiento entre Dioniso y las huestes de los indios, capitaneadas en esta ocasión por Orontes. Este episodio cierra la primera parte de la expedición de Dioniso, localizada en el Asia Menor. Para enlazar con el canto anterior, que concluía la historia de Nicea con la fundación de la ciudad homónima, Nono comienza con un breve preludio, en el que se describe la marcha de las tropas de Dioniso (vv. 1-31), e introduce a continuación una historia de ecos bucólicos, que sirve de transición para volver a la campaña contra los indios.

En efecto, esta digresión es la historia de Brongo, un anciano agricultor que ofrece su hospitalidad a Dioniso (vv. 32-86). De nuevo se demuestra la variación típica del estilo noniano, pues se trata de un epilio , una narración bucólica sobre la hospitalidad del humilde al poderoso. Nono gusta de estas historias de hospitalidad recompensada, como se ve en los cantos XVII-XVIII, con Estáfilo y Botris como anfitriones del dios, en el canto XLVII, con la narración del mito de Ícaro y Erígone, la historia de Triptólemo en XIII 190 y XIX 84 42 . Brongo es un personaje desconocido en la tradición mitográfica anterior a Nono. Al parecer, se trata de una invención suya. El nombre, que tantas veces define a la persona en mitología, está relacionado, según Vian, con una ciudad llamada Brunca o Brunga 43 . El personaje en cuestión, habita en una caverna en el mítico país de Álibe, que ya aparece en Homero, y que Estrabón localiza en Bitinia 44 .

En cuanto al episodio de la batalla del monte Tauro (vv. 87-397), Nono va a narrar el segundo gran enfrentamiento de ambos ejércitos, volviendo de nuevo a la narración de tintes épicos (lo que señala en la transición vv. 133-135), después de la primera batalla, la del lago Astácida. El emplazamiento de este segundo combate denota la relación de Dioniso con Alejandro Magno, puesto que tiene lugar en Isos, precisamente donde Alejandro derrotó a Darío. Gerlaud, en su edición del texto y traducción, ha querido también ver en esta batalla un reflejo de otro hecho real más cercano, las campañas de Septimio Severo contra Níger, en 193 45 .

Tras un preludio en el que se reúnen y se describe los ejércitos de Dioniso (vv. 87-96), y el de los indios, comandado por Astraente y Orontes (vv. 97-132), da comienzo el combate. Ante el ímpetu sobrenatural de las Bacantes y los Panes, que desbordan a los indios (vv. 133-167), los indios retroceden. Como es natural, los soldados de Dioniso luchan de forma sobrehumana, con las manos desnudas. Los indios reaccionan gracias a su caudillo Orontes, uno de los generales de Deídades, que lleva el nombre del río Orontes. Éste dirige muy duras palabras a sus hombres (vv. 168-224), y a continuación desborda las líneas del ejército dionisíaco, causando estragos, y dando muerte a algunos Centauros y a Hélice, una Bacante. La muerte de Hélice (vv. 222-224), por otro lado, refleja el tópico literario de la pudorosa doncella que muere cubriendo su desnudez 46 .

A continuación Orontes desafía a Dioniso, y tras un breve duelo (vv. 225-268), Orontes se suicida, y su cuerpo se transforma en río, (vv. 269-314). El desafío a un combate singular es típico de la gesta grecorromana, pero no así el inusual fin de Orontes, que se suicida, en un gesto que cualquier griego tacharía de bárbaro (pese a los ejemplos de Meneceo o Ayante 47 que aparecen en XXIII 52 ss. para justificarlo). Dioniso y su duelo con Orontes ocupan la posición central de este complejo canto, así como en la Ilíada lo ocupaba el duelo de Aquiles y Héctor. Pero en este caso Orontes no es propiamente vencido en el combate, sino derrotado por la magia del dios (por ej., la invulnerabilidad de Dioniso, v. 241 y 244-5, el tirso que rompe la coraza de Orontes, vv. 267-8, etc.). Por causa de esta humillación Orontes se suicida, tomando ejemplo de la obra de Sófocles, Ayante , cuya invocación al Sol se imita en las últimas palabras del indio (véase nota ad loc.) . El otro modelo trágico que usa Nono es el Penteo de Eurípides, cuyos insultos 48 y carácter impío refleja en Orontes (vv. 170-191). A ambos responderá el dios con toda su fuerza mágica, a través de los mencionados prodigios 49 .

Por otro lado, la metamorfosis del caudillo indio Orontes en el río que lleva su nombre es un aitíon que Nono fundamenta en la historia que refiere Pausanias: los romanos desviaron la corriente de este río hacia la ciudad de Antioquía, y hallaron en su lecho, cerca de Dafne, una gran vasija, de once codos de largo, que contenía un esqueleto de la misma estatura. Al preguntar al oráculo de los sirios, éste desveló que se trataba de Orontes, de la estirpe de los indios, famoso por su enorme estatura 50 .

Hay que señalar, por último, las duras palabras de Dioniso ante la muerte de Orontes, que recuerdan a Aquiles ante el cuerpo de Licaón 51 , yaciente en el río Escamandro. Viendo a su caudillo vencido, las tropas aún luchan, en contra de la costumbre homérica, pero la victoria ya es de Dioniso. Esto se constata con la fuga de Astraente, el otro caudillo de los indios (vv. 353-356). Destacan una vez más los prodigios dionisíacos, paralelos a los que describe Eurípides 52 : lanzas que no pueden atravesar las pieles de ciervo de las Bacantes (vv. 347-349), hiedra y vid que atraviesan corazas (vv. 350-366), etc. Una interesante digresión, tras la batalla, es la curación de las heridas de guerra (vv. 357-384). Aristeo, como descendiente de Apolo, conoce las artes médicas. Así se aprovecha la digresión para hacer un elenco de los distintos tipos de heridas y su curación, por medio de agentes naturales (miel o vino), ungüentos, e incluso encantamientos (vv. 373-375). Se trata de una digresión de tipo científico que muestra ciertos conocimientos médicos de Nono, aunque todo el pasaje se basa de nuevo en Homero 53 .

El episodio concluye con la rendición de Blemis, caudillo de los indios eritreos. El misericordioso Dioniso, les concede habitar la región de Eritrea bajo el cetro de Blemis (vv. 385-397). Se trata de un epílogo etiológico sobre el origen de los blemios, una tribu vecina a la ciudad de Nono, en el sur de Egipto, que, según el poeta, provendría de este general indio, que deserta de Deríades. Para Chuvin, el primer lugar de asentamiento de este pueblo en su migración sería el actual Yemen 54 , de donde pasarán a habitar en Etiopía, mencionando la ciudad de Méroe (v. 396).

Canto XVIII

Este canto nos presenta a dos personajes de cuño noniano, Estáfilo, rey de Asiria, y su hijo Botris, que acogen a Dioniso como huésped tras su victoria en el lago. De nuevo se pone de manifiesto la especial relación entre Dioniso y los mortales que lo acogen y aceptan su culto sin reticencias. Todo lo contrario de lo que ocurre a quienes se le oponen, como los indios, Licurgo, en el canto XX , o Penteo en los cantos XLIV a XLVI. Nono retrata de manera similar a los que acogen al dios (Brongo, Estáfilo, Botris, Ícaro, etc.) y a los teómacos que lo rechazan, como Licurgo, Penteo o los indios, que están vinculados a la tierra (cf. XVIII 267) como los Titanes, enemigos arquetípicos de los Olímpicos.

En este caso, Estáfilo y Botris, que se presentan con otros personajes secundarios, la reina Mete o el anciano Pito, reciben amistosamente en el canto decimoctavo al dios y disfrutan de sus dádivas. Tras convencerle mediante argumentos mitológicos, el rey Estáfilo y Botris, su hijo, acogen a Dioniso a su palacio como huésped (vv. 1-61). Nono describe el palacio de Estáfilo como Homero el de Alcínoo en la Odisea 55 (vv. 62-92), con gran lujo de detalles. Dioniso es agasajado con banquetes y festejos en su honor (vv. 93-165), hasta que un sueño profético le revela su futura victoria sobre los indios y su batalla contra Licurgo (vv. 166-195). Entonces se interrumpe el descanso del ejército y Nono vuelve al tono épico, entre exhortaciones al combate y preparativos, mediante el largo discurso de Estáfilo. Éste anima a Dioniso a emular las gestas de su padre Zeus y de los dioses Olímpicos, cuyo elenco se resume en un nuevo alarde de la erudición mitológica del poeta egipcio (vv. 196-305).

Los preparativos del combate incluyen una embajada a los indios, a los que Dioniso se dirige mediante su heraldo Ferespondo, que parte en los versos 306-326, mientras el propio dios marcha a través de Asiria para hacer proselitismo de la religión del vino. A su vuelta, en una escena de gran fuerza poética, Dioniso se entera de la muerte del rey Estáfilo, acaecida en su breve ausencia, mediante los gestos de dolor de sus súbditos (vv. 334-368). Con esta escena de duelo general, se cierra el canto en un clímax que se resolverá en el canto XV .

Canto XIX

Tras la muerte de Estáfilo, en los versos 1-58, Dioniso consuela a su hijo y a su mujer a través del fruto de la vid «que aleja las penas» (XIII 274, XVII 82, etc.) y de unos juegos fúnebres dedicados a la memoria del rey de Asiria. El certamen que se celebra junto a la tumba de Estáfilo no es de índole atlética, sino literaria y artística, como se encarga de recordar Dioniso (vv. 138-157), que destaca la idea de la primacía de las bellas artes sobre el resto de los saberes humanos.

El canto entero se inspira, como no podía ser de otra forma, en el certamen del canto XXIII de la Ilíada , los juegos fúnebres que Aquiles instaura en memoria de su amado Patroclo. Pero paradójicamente el certamen no será deportivo, sino artístico, lo que refleja más las costumbres de la época de Nono, que la rudeza de los concursos homéricos. El primer concurso será de canto, «la fiesta ática» (v. 66), en la que se presentan como primer premio un buey, y un macho cabrío como segundo premio 56 . Participan en este concurso dos aedos de diversa procedencia, Eagro, comandante de las tropas tracias, padre de Orfeo y esposo de la musa Calíope, y el ateniense Erecteo, capitán del ejército del Ática. Este último comienza a cantar entonando la historia de Triptólemo, que hospedó a la diosa Deo-Deméter 57 y recibió como recompensa el cultivo del cereal (vv. 80-99) Esta historia de hospitalidad a un dios se compara con el caso de Estáfilo y Dioniso. Al punto, el tracio Eagro entona una brevísima canción, a la manera de los lacedemonios, sobre Apolo y Jacinto en comparación con lo sucedido a Estáfilo, y se alza con la victoria por aclamación, por lo que recibe la corona y el primer premio de manos de Dioniso (vv. 100-117).

El segundo concurso es el de danza, o más bien de danza pantomímica, un tipo de representación muy de moda en época imperial que Nono parecía conocer bien 58 . Como premio, esta vez se presentan dos cráteras, una de oro, llena de vino añejo, y la otra de plata, llena de mosto 59 (vv. 118-157). Marón es el primer participante, y tras un discurso de captatio benevolentiae (vv. 158-197) interpretará en una pantomima a los escanciadores del Olimpo, Hebe y Ganímedes, en el banquete de los dioses (vv. 198-224). Por otro lado, Sileno, se presenta al concurso describiendo mediante su danza la disputa entre Aristeo y Dioniso, sobre la miel y el vino (vv. 225-284) En ambas escenas, Nono usa un brillante y dramático estilo narrativo que describe los movimientos de ambos contendientes. Se recrea especialmente en Sileno, que, al final, tropieza y se transforma en río, concediendo la victoria a Marón, (vv. 285-302). Como culminación de este certamen, Nono recuerda el mito de Apolo y Marsias en el discurso que Marón le dirige a Sileno tras su victoria (vv. 303-348).

Canto XX

El canto vigésimo es uno de los más interesantes de el presente volumen, pues recoge un mito dionisíaco muy antiguo, el único mito sobre Dioniso que aparece en Homero 60 , el de Licurgo, el teómaco enemigo de Dioniso. La historia de Licurgo es uno de los pilares ancestrales del culto de este dios, tal y como ha estudiado Otto en su libro Dioniso 61 . Así, la fuente principal del episodio de Licurgo es Homero, que en la Ilíada VI 130-140 describe cómo Licurgo puso en fuga a Dioniso y persiguió a las nodrizas del dios. Nono recrea la narración homérica e innova mediante sus barrocos procedimientos estilísticos, pues introduce en la acción a la diosa Hera, quien, por medio de su mensajera Iris, prepara el enfrentamiento entre Dioniso y Licurgo.

El canto, sin embargo, comienza todavía en el palacio del rey Estáfilo, una vez terminados los juegos en su honor (cf. XIX 59 ss.). Dioniso se recrea en el palacio, entre banquetes. Tras la embriaguez viene el sueño, y es entonces cuando los dioses se encargan de recordar a Dioniso cuál es su misión. Le envían en un sueño a la diosa Eris, la Discordia, para que le exhorte a combatir (vv. 35-98). Esta escena del sueño es paralela a la visión de Agamenón, al que los dioses deciden incitar de la misma manera en la Ilíada 62 . Tras esto, Dioniso cobra ánimos guerreros y comienza los preparativos para la batalla, secundado por el príncipe Botris y sus nuevos amigos (vv. 99-148). Se introduce en este momento una digresión, la metamorfosis del anciano Pito, sirviente de la casa de Estáfilo (vv. 127-141), que se transforma en una jarra de vino (píthos en griego), lo que sirve de transición para la historia de Licurgo.

Al llegar a Arabia, se introduce la historia de Licurgo con un retrato de las costumbres del fiero soberano de Nisa. Recalcando su impiedad, Nono narra cómo asesina a los forasteros y les despedaza para colgar sus cabezas en las puertas de su palacio. Hay una comparación muy a propósito con otro malvado rey, Enómao, soberano de Pisa. Licurgo es hijo de Driante, pero para Nono, a diferencia de Homero, su auténtico padre es el sanguinario Ares, y no en vano es llamado por su mismo epíteto («el sanguinario», v. 149). Destaca una segunda aparición divina en el canto, la visita de Iris, mensajera de la diosa Hera, a Licurgo, para exhortarle a combatir a Dioniso (vv. 149-181). Iris se disfraza de Ares y se dirige a Licurgo como si fuese su padre, entregándole de parte de Hera el boúplex , el arma que caracteriza a Licurgo ya en Homero 63 , para que ataque a Dioniso. Tras una considerable laguna textual, en la que se ha perdido parte de la respuesta de Licurgo, éste obedece a su padre y cobra ánimos para el combate (vv. 182-261), despreciando la figura de Dioniso y blasfemando contra él 64 . Hera, en cumplimiento de su insidioso plan, envía a Iris como mensajera a Dioniso, esta vez disfrazada de Hermes, heraldo de Zeus. De este modo le convence de que Licurgo es amistoso y que debe ir desarmado a su encuentro. Con ello, la treta de la diosa está servida. Ésta es la última epifanía divina en el canto XX (vv. 261-303).

Este tema del engaño de Hera es la principal diferencia con la narración homérica, ya que en las Dionisíacas media la insidia en la derrota de Dioniso, que va al encuentro de Licurgo desarmado y en plena orgía con sus Bacantes y Silenos, mientras que en la Ilíada , Dioniso es una divinidad joven que sucumbe ante el «poderoso Licurgo», cuya impiedad resalta más Nono que Homero. El episodio de Licurgo propiamente dicho comienza en el verso 325, con una paráfrasis casi textual de Homero (Il . VI 130), cuando Licurgo pone en fuga a Dioniso y ataca a sus mujeres con furia. El dios escapa y se oculta en el mar, acogido por Nereo (vv. 352-369). Licurgo se enfurece y su soberbia, su hýbris , se compara con la de un personaje histórico, Jerjes. Como el persa, Licurgo azota el mar en su cólera 65 (v. 395), lo que provoca la advertencia de Zeus (vv. 397-404).

Canto XXI

El canto vigésimo primero marca la transición, algo abrupta, entre la historia de Licurgo y la continuación de la campaña contra los indios. La gran innovación de Nono respecto de la historia homérica de Licurgo es, sin duda, su final. El episodio de la lucha de Licurgo con Ambrosía y las Híades no tiene sino precedentes fragmentarios en la literatura griega 66 . Se trata, una vez más, de la arquetípica batalla del malvado teómaco contra el poder dionisíaco que Nono recoge tan a menudo.

Usando sus extrañas armas 67 , las mujeres dionisíacas logran las más increíbles victorias. La lucha de Licurgo con Ambrosía no se interrumpe al transformarse ésta y sus compañeras en viñas: Rea le dota de voz para que pueda seguir desafiando al malvado. Así se produce una lucha de todas estas mujeres-vid contra Licurgo, en paralelo con la escena del despedazamiento ritual de Penteo a manos de las Bacantes 68 . Con sus hojas, estas guerreras vegetales, que pueden hablar merced a una gracia de Rea, atrapan a Licurgo y, paradójicamente, le privan de la voz (v. 60). El texto a partir de estos versos está bastante corrupto, por lo que la conclusión del mito parece ligeramente confusa. Por la maldad de su rey Licurgo, los árabes se ven castigados por los dioses, que provocan una serie de desastres en Arabia. Así, Poseidón hace temblar la tierra y la locura se apodera de las mujeres y los pastores de Nisa, que despedazan a sus propios hijos (vv. 90-123). Al parecer, el final de la historia trata de combinar, una vez más, la tradición homérica (según la cual Zeus castigaba a Licurgo con la ceguera 69 ), con otras versiones del mito desconocidas 70 . Licurgo será liberado al fin del mortal abrazo de las Híades por Hera, que le convertirá en dios. Pero al mismo tiempo, para concluir el mito, Zeus le cegará y le enviará al exilio, con lo que se mezclan dos tradiciones míticas, una conocida, y otra desconocida para nosotros (vv. 124-169). El final de la historia es, pues, confuso e incoherente, pero Nono se refiere a la divinización de Licurgo como un hecho futuro («el tiempo tardará en cumplirla aún mucho» v. 162).

La segunda parte del canto, a partir del verso 170, se dedica a los preliminares de la campaña contra los indios. Tras narrar la acogida de Dioniso en el palacio submarino de Tetis y Nereo (vv. 170-184), se describe con maestría el paso del abatimiento de los seguidores de Dioniso por su ausencia (vv. 184-199), al júbilo cuando el dios regresa a la superficie (vv. 279-286). Entre medias, se introduce como transición el episodio la embajada a los indios (vv. 200-278), de reminiscencias homéricas 71 . El heraldo Ferespondo («portador de tregua»), embajador de Dioniso, es un Sátiro de peculiar aspecto que ya partió en embajada en XVIII 313. Deríades, rey de los indios, ríe ante el mensaje y se burla del mensajero, preludiando la guerra al golpear la espada contra el escudo. Ante el fracaso de la embajada, ambos ejércitos se preparan para la guerra. Dioniso ordena a los radamanes construir una flota para un eventual combate en el agua (vv. 306-309), y los indios preparan una emboscada en la orilla occidental del Hidaspes, comandados por el caudillo Tureo, mientras que el rey Deríades se queda en la orilla oriental con la otra parte del ejército (vv. 320-325). Parece que Nono tiene en cuenta para la narración de esta estrategia india los hechos históricos de las campañas de Alejandro contra Darío que cuenta Arriano, concretamente el paso del río Pínaro 72 . De tal manera, el canto finaliza con la preparación de esta emboscada de ecos históricos y legendarios a la par.

Canto XXII

En este canto comienza la batalla propiamente dicha, una vez han sido dispuestos ambos ejércitos. De esta manera, los cantos XXII y XXIII , y también la primera mitad del XIV, van a narrar la gran batalla final de este primer ciclo de las Dionisíacas , que tiene lugar en el río Hidaspes. Como se trata de un canto puramente bélico, Nono recurre de nuevo a Homero para competir con su Ilíada , más concretamente con el episodio de la batalla del río Escamandro, en el canto XXI . También pueden hallarse nuevas reminiscencias de las campañas de Alejandro Magno en la India, como veremos 73 .

La imitación de Homero se confirma desde el primer verso del canto, que es el mismo con el que comienza el canto XXI de la Ilíada . Seguidamente los ejércitos dionisíacos preparan su mejor arma y protección, la música ritual, desatando las fuerzas de la naturaleza: los animales entran en éxtasis báquico, fuentes de vino y leche brotan espontáneamente del suelo o de las rocas, etc. (vv. 1-54). En fin, típicos prodigios dionisíacos que Nono toma de Eurípides 74 , en un fragmento también parafrasea en XLV 306 ss. De estos ritos y milagros dionisíacos es mudo testigo un espía indio, que los contempla tras unos arbustos, como un actor trágico tras su máscara (vv. 55-65), o como Penteo en el Citerón 75 . Al contárselo a los demás, el ejército indio vacila, pero Hera les anima haciéndoles creer que Dioniso no es más que un hechicero que ha envenenado las aguas del río (vv. 55-81).

Antes del primer enfrentamiento, una ninfa de los árboles se aparece a Dioniso para advertirle de la emboscada que Tureo y sus soldados han preparado contra él (vv. 83-113), y a continuación desaparece volando, como presagio de la victoria de Dioniso (vv. 114-117). Zeus confirma esta profecía tronando en los cielos, y trastocando los planes del ejército indio con su lluvia, una probable alusión a las campañas de Alejandro 76 . De este modo, y mediante una estratagema de Dioniso, se evita la emboscada de los indios, y se les lleva a luchar en campo abierto (vv. 118-135). A continuación la acción se centra sucesivamente en tres caudillos del ejército de Dioniso y sus hazañas o «principalías», a la manera homérica, intercalando una sangrienta escena de batalla general. Así como Homero narra la aristía de sus héroes empezando por Diomedes 77 , Nono narra en primer lugar las gestas del tracio Eagro, padre de Orfeo, en dos partes. En los versos 187-217, aparece Eagro en la lucha cuerpo a cuerpo, un enorme guerrero parecido al Ayante homérico (vv. 187 ss.). Por otra parte, en la segunda principalía de Eagro (vv. 320-353), se narran sus hazañas en la lucha con arco. Sucesivamente, el poeta lo compara en su implacable ímpetu cuerpo a cuerpo, con la crecida de un río (en la primera principalía, vv. 171-177) y también parangona sus flechas, en la segunda principalía, con las chispas de fuego que salen sin cesar de la forja de un herrero (vv. 337-343).

Las gestas del rey de los mirmidones, Éaco, hijo de Zeus y Egina y abuelo de Aquiles, se cuentan también en dos partes. Por un lado, en los versos 253-292, el guerrero llena de cadáveres las aguas del río Hidaspes. Preso de un ardiente furor guerrero, Éaco continúa su combate cuerpo a cuerpo en un segundo fragmento (vv. 354-401) de inspiración homérica 78 . Éaco es famoso por su especial relación con la divinidad 79 , y, al ser padre de Peleo, aparece también como un adivino, profetizando el combate de su nieto Aquiles en las aguas del Escamandro. Por último, en vez de introducir dos símiles en cada principalía, como veíamos en el caso de Eagro, el poeta culmina cada hazaña de Éaco con los reproches y súplicas de Gea (vv. 276-283) y de una ninfa de las aguas (vv. 392-401), que cierra el canto. Además, culminando la elaborada estructura formal del canto, entre medias de las dos principalías de Éaco, se desarrolla el combate hípico del ateniense Erecteo (vv. 293-319).

Canto XXIII

En este canto, las variaciones en la narración bélica, que se centra en la lucha del río Hidaspes contra Dioniso, imprimen al estilo poético un dinamismo muy efectivo a través de pequeñas digresiones y monólogos. La referencia a Homero es, de nuevo, ineludible. Nono imita la lucha del río Escamandro contra Aquiles, y del mismo modo, el Hidaspes vuelve sus aguas contra Dioniso, cuyo ejército intenta vadearlo con insólitas embarcaciones. Para dar sensación de continuidad, el canto comienza con Éaco y Dioniso entre las aguas, aniquilando uno tras otro a los guerreros indios, que se revuelcan entre el lodo y las aguas del río en las más variadas posiciones. De esta gran mortandad solamente se salva Tureo, un arquetipo del «único superviviente», que habrá de anunciar en el canto siguiente el desastre al rey Deríades (vv. 1-116) Una de las mencionadas digresiones es el suicidio de un guerrero indio (vv. 59-75), un gesto bárbaro, en paralelo al suicidio de Orontes en XVII 269 ss. No obstante, Nono compara estas muertes con suicidios famosos en la literatura griega, como son el de Ayante y Meneceo 80 . Otra de aquellas es el reproche de un indio a su río, el Hidaspes, que sirve de fosa común para sus propios soldados (vv. 88-194). Nono aprovecha esta segunda digresión para hablar de otros ríos del mundo antiguo, desde el lejano Occidente ibérico, hasta el Oriente persa y meda, incluyendo interesantes curiosidades y datos geográficos y etnográficos.

Seguidamente tiene lugar el episodio central del canto XXIII , el paso del río Hidaspes. El Hidaspes, ultrajado por los cadáveres que le cubren y las embarcaciones que intentan vadearlo, ataca con sus olas al ejército de Dioniso, incitado por Hera (vv. 117-121) mientras las tropas tratan de cruzar el río de diversas formas (vv. 122-224). Los ejércitos de Dioniso utilizan los más diversos medios, desde una canoa india, hasta un escudo de piel de buey, o unos odres inflados (vv. 122-150). Incluso se remeda el milagro cristiano de caminar sobre las aguas (vv. 151-152, véase nota ad loc.) cuando Pan cruza andando las aguas del río. Para esta escena en particular, parece que Nono tuvo en cuenta, una vez más, las crónicas sobre la campaña de Alejandro en la India 81 .

Ante el ataque del río Hidaspes, que se enfrenta a Dioniso, como el Escamandro a Aquiles en el canto XXI de la Ilíada , el dios intenta en vano apaciguarle, y al punto contraataca con el fuego divino, a fin de consumir las aguas del Hidaspes (así como Hefesto había incendiado el Escamandro en auxilio de Aquiles) 82 . Sin embargo, Océano, padre de todos los ríos, sale en su defensa y amenaza con inundar la tierra y el cielo (vv. 225-320), lo que supondría un cataclismo universal. Nono aprovecha las palabras de Océano para enumerar diversas constelaciones y estrellas que se ven amenazadas por la divinidad, y con ello cierra el canto XXIII .

Canto XXIV

Éste es el último canto del primer ciclo de las Dionisíacas , al término del cual se detiene la guerra contra los indios durante seis años, siguiendo el modelo homérico. De nuevo tenemos un episodio de transición que Nono resuelve mediante el procedimiento de las digresiones poéticas, habituales en su obra. En esta ocasión, una vez concluida la batalla en la primera parte del canto, los ejércitos de Dioniso descansan escuchando la declamación de Leuco el poeta, que narra una hermosa historia sobre Afrodita.

De esta manera, la primera mitad del canto (vv. 1-122) se dedica a la conclusión de la batalla, y sus consecuencias. Zeus y Hera calman la furia de Océano, que amenazaba con destruir el universo (vv. 1-6) y, por fin, el río Hidaspes se somete al misericordioso Dioniso (vv. 10-67), pidiendo perdón por su orgullo para congraciarse con él. Al punto, los dioses acuden en auxilio del ejército de Dioniso, para ayudarle en el paso del río en una escena que evoca el deus ex machina de la tragedia, en una espectacular intervención (vv. 73-108) Esta es la excusa de Nono para recordar una vez más la genealogía de los héroes que acompañan a Dioniso. Cada dios ayuda a su patrocinado, Zeus lleva en volandas a Éaco, Apolo socorre a Aristeo, Hermes a Pan, Hefesto a los cabiros, y así ad libitum . Mientras tanto el único superviviente de la masacre del río, Tureo, a quien Dioniso dejó con vida a propósito en el canto XXIII , le cuenta a su rey Deríades lo sucedido en un emotivo discurso (vv. 143-178). De esta forma, le persuade para que acuartele sus huestes y no ataque inmediatamente, debido a las grandes bajas sufridas. El regreso del ejército indio a su ciudad es excusa perfecta para otra digresión, una impresionante escena de duelo por la muerte de los guerreros indios (vv. 180-218). Esto permite a Nono introducir de nuevo pequeñas escenas individuales que enriquecen el retablo general del luto de los indios. Así, se retrata a mujeres llorando por sus difuntos (vv. 181-186), a un anciano que lamenta la muerte de sus tres hijos (vv. 186-190), etc. La esposa encinta de un indio muerto en combate, en el paroxismo de su dolor, reprocha al río que le sepulta que su hijo póstumo nunca podrá ver a su padre (vv. 196-218). En cierto modo, esta escena retoma el duelo por la muerte de Estáfilo en el canto XVII , pero con el gusto por la descripción detallista que caracteriza al poeta.

La segunda parte de este canto XXIV (vv. 179-348) está dedicada al canto del aedo Leuco, para lo cual Nono se inspira de nuevo en Homero, concretamente en el famoso canto de Demódoco, que celebra los amores adúlteros de Ares y Afrodita 83 . El ejército de Dioniso se recrea en un banquete amenizado por la música del poeta Leuco, un lesbio por otra parte desconocido, que comienza cantando brevemente la guerra contra los Titanes (vv. 230-236). Pero Lápeto, un caudillo chipriota, le pide una canción que honre a Afrodita, que es patrona a la vez de Lesbos y Chipre (vv. 237-241) Así, Nono introduce una curiosa historia sobre Afrodita, probablemente de su invención, demostrando una vez más su valía como poeta. El mito narra la decisión de Afrodita de abandonar las artes del amor, y dedicarse a las labores del telar, que son atribución de Palas Atenea. Se trata de un canto entre encomiástico y humorístico de la diosa Afrodita y del Amor. Por un lado, la historia cuenta en tono burlón los desastrosos tejidos de la diosa inexperta en el telar, pero también se refiere al caos que provoca en el cosmos la falta de amor (v. 320), elemento fundacional del universo. Al fin, Hermes convence a Afrodita para que vuelva a encargarse de las labores que le son propias y que resultan fundamentales para la armonía del universo, siendo el amor una fuerza primigenia y cosmogónica.

Tras el banquete los ejércitos de Dioniso duermen (vv. 330-348), vigilados por los perros y por la luz de las antorchas iniciáticas, cuyo resplandor místico llega hasta el Olimpo de los dioses. Con esta escena final, concluye el canto XXIV y la primera mitad de las Dionisíacas. Se prepara el camino para el segundo ciclo que, a imitación de Homero, comenzará en el canto vigésimo quinto con un nuevo proemio y una invocación del poeta a las musas.

SOBRE LA PRESENTE TRADUCCIÓN

Para la presente traducción de Nono, inédita en lengua castellana, se ha elegido una versión en prosa, frente a algunas de las traducciones precedentes (por ejemplo la alemana 84 ), por entender que debe primar la exactitud en el estudio de este poeta de complicado estilo literario. En particular, la abundancia de neologismos nonianos y de palabras compuestas, crea gran dificultad para una versión castellana en verso. En alemán, lengua más dúctil en la composición nominal, no ocurre lo mismo, a nuestro juicio. El estilo de la épica noniana, lleno de epítetos altisonantes y repetidos en multitud de ocasiones, desaconseja, a nuestro parecer, una versificación que aspire a mantener mínimamente la fidelidad deseada.

Con respecto al texto griego, se ha seguido la lectura establecida por Rudolf Keydell (Berlín 1959) 85 publicada en dos volúmenes, que ha fijado el texto comúnmente más aceptado. La tradición manuscrita de Nono se compone de dos familias, la adespota , que no conserva el nombre del autor, y la que nos transmite la autoría de los cuarenta y ocho cantos, como se veía en la introducción general al primer volumen. La Editio princeps de las Dionisíacas es de Falkenburg (Nonni Panopolitae Dionysiaca , Amberes, 1569) tuvo en cuenta las familias de manuscritos mencionadas. Además, son dignas de mención las ediciones posteriores del texto de E. Lubinus (1605), con traducción latina, Cunaeus y Heinsius (1610), G. H. Moser (1809), que edita los cantos VIII-XIII, F. Graefe (Leipzig, 1819-26), Comte de Marcellus (París, 1856), A. Koechly (Leipzig, 1857-8), A. Ludwich (Leipzig, 1909-11).

Se ha consultado además, para la traducción de estos cantos, la versión de las Dionisíacas que figura en el Thesaurus Linguae Graecae , en formato de CD-ROM, editado por la Universidad de California en 1993. Se ha tenido también en cuenta la edición con notas críticas de L. R. Lind, que aparece en la traducción al inglés de W. H. D. Rouse en tres tomos de la Loeb Classical Library (Londres, 1940) 86 , que enmienda en ocasiones el texto de Keydell, pese a no tener propiamente aparato crítico. Destacan, ante todo, en esta edición y traducción, las interesantes notas mitológicas. Y asimismo se ha utilizado para estos cantos la edición más reciente de Les Belles Letres (París, 1976-1999) que ha venido publicándose bajo la dirección de F. Vian, con traducción al francés y un excelente estudio crítico. En particular, nos remitimos a los tres volúmenes de la Collection des universités de France en los que Vian y su equipo editan, traducen y comentan los cantos XIII -XXIV , que se tratan en el presente volumen 87 .

Esta traducción pretende tener presentes todas las más recientes aportaciones al estudio de este autor minoritario. Destaca, por último, la reciente traducción de M. Maletta 88 , con notas de F. Tissoni, que se ocupa precisamente de los cantos XIII -XXIV , y que ha arrojado bastante luz sobre ellos.


1 Por ejemplo, dos de sus editores y comentaristas del siglo XVII , CUNAEUS y HEINSIUS (véase bibliografía), corregían el estilo «anti-clasicista» y defectuoso de NONO , como paradigma de lo que no debía hacerse al escribir en griego, y tachaban al poeta egipcio de bárbaro helenizado.

2 W. FAUTH , Eîdos Poikílon. Zur Thematik der Metamorphose und zum Prinzip der Wandlung aus dem Gegensatz in den ‘Dionysiaka’ des Nonnos von Panopolis , Gotinga, 1981.

3 Dion . I 11-15.

4 F. TISSONI , en su reciente trabajo I Canti di Penteo , Florencia, La nuova Italia, 1998, págs. 80 y ss.

5 D. GIGLI PICCARDI , Metafora e poetica in Nonno di Panopoli , Università degli Studi di Firenze 1985, Dipartimento di Scienze dell’Antichità «Giorgio Pasquali».

6 Así, la escuela francesa de VIAN y CHUVIN , y la estudiosa italiana GIGLI PICCARDI .

7 Sostienen esto, entre otros, A. LESKY y R. KEYDELL , en el artículo «Nonnos», de la enciclopedia PAULY -WISSOWA .

8 Así titulaba G. F. DAMIANI , su famoso estudio, L’ultimo poeta pagano , Torino, 1902.

9 E. AMÉLINEAU , La géographie de l’Egypte copte , 1893.

10 Según E. LIVREA . Véase su artículo «Il Poeta ed il Vescovo» Prometheus 13 (1987), 97-123.

11 R. KEYDELL , en su mencionado artículo de la enciclopedia PAULY -WISSOWA .

12 AGATÍAS , Hist . IV 23 (pág. 257 BONN ).

13 Anthologia Graeca 9.198 y 10.120.

14 E. LIVREA , Parafrasi al Vangelo di S. Giovanni. Canto XVIII , págs. 32-5, Nápoles, 1989.

15 NONO , Dion . I 13-15 ¡Ea, mostradme a Proteo, el de muchos rostros, junto a la cercana isla de Faro cuando alcance vuestros coros, para que brille en su multiforme apariencia, puesto que voy a escribir un poema multiforme!

16 P. CHUVIN , Mythologie et géographie dionysiaques. Recherches sur l’oeuvre de Nonnos de Panopolis , Adosa, 1991, págs. 278-281. Aunque no menciona su patria egipcia, sí habla del Nilo y otros aspectos de Egipto. Para un estudio más detallado sobre este tema, véase D. GIGLI PICCARDI , «Nonno, Proteo e l’isola di Faro», Prometheus 19 (1993), 230-234, y «Nonno e l’Egitto», Prometheus , año XXIV (1998), fascículos 1 y 2.

17 Para un antiguo pero excelente estudio sobre la métrica de NONO , véase A. WIFSTRAND , Von Kallimachos zu Nonnos: metrisch-stilistische Untersuchungen zur späteren griechischen Epik und zur verwandten Gedichtgattungen , C. W. K. Gleerup, Lund, 1933.

18 Véase el artículo de R. KEYDELL , «Nonnos und die Nonnianer» en Die griechische Poesie der Kaiserzeit ; Part II; Bursians Jahresbericht , vol. CCXXX, 41-161.

19 Para más información sobre las tendencias métricas de la época, véase A. CAMERON , Claudian: Poetry and Propaganda at the court of Honorius , Oxford, 1970, págs. 478-82.

20 «Wirrwarr, womit Ovid und Nonnus das Universum zerrütten», en J. W. v. GOETHE , Werke, Weimarer Ausgabe, I 41.2, 44, 4f. Phaeton. Un interesante estudio sobre el conocimiento que Goethe tuvo de la obra de Nono puede hallarse en U. PETERSEN , Goethe und Euripides Carl Winter , Heidelberg, 1974, «Nonnos», págs. 176-8.

21 «Refugiados», en C. P. CAVAFIS , Άπαντα ποιητικά, Atenas, Ýpsilon, 1990 = Poesía Completa [intr., trad. y notas de P. BÁDENAS DE LA PEÑA ], Madrid, Alianza Tres, pág. 290.

22 Así TEÓLITO escribió sus Báquicas , EUFORIÓN un Dioniso , NEOPTÓLEMO DE PAROS las Dionisias , DIONISIO las Basáricas , SOTÉRICO las Basáricas o Dionisíacas , etc.

23 Cf. XVII 357 ss.

24 Cf. HOM ., Il . II 484 ss.

25 En su obra ya clásica sobre Nono, P. CHUVIN , Mythologie et géographie dionysiaque. Recherches sur l’oeuvre de Nonnos de Panopolis , Clermont-Ferrand, Adosa, 1991, pág. 30. Chuvin aduce que cada parte tendría igual extensión, 258 versos, tras considerar dos lagunas de un verso cada una.

26 Cf. canto XIV, el catálogo de tropas divinas de Dioniso, canto XXVI, el catálogo de las tropas indias, etc.

27 Concretamente en XIII 53-568.

28 Q. CURCIO , 3.1, 11-22. Alejandro también pasa por Frigia (11), obtiene presagios favorables, como el nudo gordiano (14-18) y la sumisión voluntaria de la Paflagonia (22). Véase también HIMERIO , Disc . 18, 2-3.

29 Cf. EURÍP ., Bac . 695-764.

30 Cf. Paráfr. al Evang. de San Juan II 36, en el que usa los mismos términos que en Dion . XIV 413.

31 Se habla de «armas paradójicas» («armi paradossali» en D. GIGLI , o. c ., págs. 135 ss.) para designar todas estas armas inusuales que vencen al acero mediante el poder del dios.

32 Según D’IPPOLITO Pisandro narraba este mito en sus Teogonías Heroicas (cf. D’IPPOLITO , Studi nonniani. L’epillio nelle Dionisiache , Palermo, 1964, pág. 91).

33 Frag. 434 F1, 28, 9, en FOCIO , Bibl . 224-225B.

34 Cf. M. MALETTA , Le Dionisiache- 2: Canti 13-24 . Nonno di Panopoli; edición de DARIO DEL CORNO ; traducción de MARIA MALETTA ; notas de FRANCESCO TISSONI , Milán, 1999, págs. 211-212, n. 34.

35 SERGEI UWAROW trabajó sobre las Dionisíacas de NONO , publicando su trabajo Nonnos von Panopolis, der Dichter. Ein Beytrag zur Geschichte der griechischen Poesie , S. Petersburgo, 1817.

36 Carta a Uwarow , 9 mayo 1814, Weimar, 7.117, pág. 258.

37 Cf. EURÍPIDES , Hipólito 10-24.

38 Véase I. MARONI , Temi vegetali e relativi miti nelle ‘Dionisiache’ di Nonno di Panopoli , Milán, 1993.

39 Cf. BION , Canto fúnebre a Adonis , 1 ss., TEOCR ., Id . XXIII 45, etc.

40 Adoración de sus armas, en XV 294 y XVI 24, manos ansiosas por tocarla, en XV 288 y XVI 165, rechazo de la doncella, en XV 318 y XVI 211, diálogo con los perros de caza XV 298 y XVI 224, etc. Sobre este procedimiento estilístico, ejemplo de la poikilía poética de la que hablaba Fauth, véase por ej., J. G. MONTES CALA , «Un apunte sobre imitatio cum uariatione noniana», Exc. Philol . 4-5 (1995-95), 63-75.

41 Como la aparición del fantasma de Acteón a su padre Aristeo, en V 412 ss.

42 Por otra parte, es la típica historia de la llegada de Dioniso, que en agradecimiento por la hospitalidad recibida, honra al anfitrión con el vino (para los mitos de «El dios que viene», véase W. F. OTTO , Dioniso , págs. 65-67).

43 Su nombre puede tener que ver, según VIAN , con un lugar de descanso en la ruta hacia Jerusalén, cercano a Nicomedia, que se llamaba Brunga (cf. F. VIAN , «La grotte de Brongos et Cybèle: Nonnos, Dionysiaques 17, 32-86», Rev. Ét. Grec . 104 [1991], págs. 584-593).

44 HOMERO , Il . II 857; ESTRABÓN , XII, 3, 20.

45 B. GERLAUD , Nonnos de Panopolis, Les Dionysiaques VI: XIV-XVII, París, Belles lettres, 1994, Introducción al canto XVII.

46 Cf. EURÍPIDES , Hécuba 568 ss.

47 EURÍP ., Fen . 831 ss.; SÓFOCLES , Ayante 815-865.

48 EURÍP ., Bac . 215-247.

49 El propio NONO recrea el mito de Penteo y las Bacantes en los cantos XLIV-XLVI.

50 PAUS ., VIII 29, 4.

51 HOM ., Il . XXI 120-135.

52 En Bac . 760-764.

53 Cf. HOM ., Il . II 731 (Podaliro y Macaón, hijos de Asclepio), V 401-402, etc.

54 P. CHUVIN , Mythologie et géographie dionysiaques , Clermont-Ferrand, Adosa, 1991, pág. 277.

55 HOM ., Od . VI 295 ss.

56 Haciendo referencia a las fiestas atenienses, Leneas y Dionisias, en cuyos certámenes dramáticos se premiaba con un macho cabrío.

57 Deméter concedió a Triptólemo las artes de la agricultura para que las extendiese por el mundo, véase XIX 82-96.

58 Véase nota a XIII 220. Cf. GIGLI , o.c ., págs. 150 ss. sobre las representaciones de danza pantomímica en NONO .

59 La descripción de los trofeos es imitación de Teócrito; véase nota ad loc .

60 HOM ., Il . VI 130-140; VII 142 ss., etc.

61 W. F. OTTO , Dioniso , págs. 39, 46, 48, 50, etc.

62 En HOM ., Il . II 6 ss., Óniro, el Sueño, es la divinidad que se le aparece a Agamenón.

63 No sabemos a ciencia cierta qué tipo de arma fue este boúplex , se suele traducir por «hacha de boyero», pero también tiene otra acepción, «látigo» o «fusta». Ya en la Antigüedad esta palabra homérica fue objeto de disputa (cf. EUSTACIO , 629 51). En la traducción emplearemos ambas acepciones alternativamente.

64 Todos los enemigos de Dioniso se burlan de él en estos términos, poniendo en duda su divinidad, llamándole afeminado etc. (cf. Penteo en EURÍPIDES , Bacantes 353 y también en NONO , XLIV 134).

65 Como narra HERÓDOTO en VII 55.

66 Las Híades son divinidades acuáticas. Son siete, Ambrosía, Eudora, Pedile, Coronis, Polixo, Pito, Tíone. Según FERÉCIDES , fueron combatidas por Licurgo (en HIGINIO , Fab . II 21, 1).

67 Se habla de «armas paradójicas» para designar todas estas armas inusuales que vencen al acero mediante el poder del dios (D. GIGLI , o.c ., págs. 135 ss.).

68 Cf. XLVI 210 ss. y EURÍP ., Bac . 1122-1139.

69 Cf. HOM ., Il . VI 139.

70 La historia de Licurgo ha tenido todo tipo de interpretaciones en la literatura griega. Como curiosidad, DIODORO SÍCULO (III 64, 4 ss.) recoge una tradición evemerista según la cual Licurgo sería un personaje real que vivió en Tracia y se enfrentó a un rey griego de nombre Dioniso.

71 Cf. HOM ., Il . IX, embajada a Aquiles.

72 Véase ARRIANO , Anáb . II 8 5 y nota ad loc . Darío divide su ejército en dos destacamentos, como hace Deríades en este episodio.

73 En el episodio de Zeus tronante, cf. la lluvia que ayudó a los griegos en ARRIANO , Anáb . V 12 3.

74 EURÍP ., Bac . 706-710.

75 Cf. XLVI 152 y EURÍPIDES , Bac . 1064 y ss.

76 Esto parece otra reminiscencia de las campañas de Alejandro, pues según cuenta ARRIANO en Anab . V 12 3 Zeus ayudó con su lluvia al ejército de Alejandro Magno.

77 Cf. el canto V de la Ilíada .

78 Inspirada en la lucha de Aquiles contra Licaón y Asteropeo. Aquiles da muerte al troyano Licaón en Il . XXI 64-135 y a Asteropeo en Il . XXI 139 ss., tras su combate en el río Escamandro.

79 Cf. APOLOD ., Bibl . III 12, 6. Véase nota a XXII 253.

80 Véase nota a XXIII 72 y 75.

81 Concretamente, el paso del río Hidaspes lo refiere ARRIANO en Anáb . V 8, 4 ss., en el que se usaron odres y tiendas de campaña (cf. ibid . V 9, 3), escudos (ibid . I 19, 4), barcas (cf. PLUTARCO , Alejandro 602), etc. Véanse las notas a estos versos.

82 Cf. HOM ., Il . XXI 331-360.

83 HOM ., Od . VIII 266-366.

84 T. VON SCHEFFER , Die Dionysiaka des Nonnos , 2 vols., Múnich 1929-1933.

85 R. KEYDELL , Nonni Panopolitani Dionysiaca , Weidmann, Berlín, 1959.

86 W. H. D. ROUSE , Nonnos’ Dionysiaca , I-III, Londres, 1940.

87 F. VIAN , Nonnos de Panopolis, Les Dionysiaques , tomo V: XI-XIII, París, Belles lettres, 1995. B. GERLAUD , Nonnos de Panopolis, Les Dionysiaques VI: XIV-XVII, París, Belles lettres, 1994, J. GERBEAU y F. VIAN , Nonnos de Panopolis, Les Dionysiaques VII: XVIII-XIX, París, Belles lettres, 1992. N. HOPKINSON , y F. VIAN , Nonnos de Panopolis, Les Dionysiaques VIII: XX-XXIV, París, Belles Lettres, 1994.

88 M. MALETTA , Le Dionisiache- 2: Canti 13-24 . Nonno di Panopoli; edición de DARIO DEL CORNO ; traducción de MARIA MALETTA ; notas de FRANCESCO TISSONI , Milán, 1999.

NOTA TEXTUAL

Los pasajes en los que hemos decidido apartarnos de la edición de Keydell, base de la de Belles Lettres , vienen enumerados a continuación, con la lectura adoptada y preferida a la derecha, junto con su procedencia. A la izquierda figuran las que se han desechado:




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CANTO XIII
SUMARIO

— Preliminares a la guerra contra los indios, vv. 1-52: Iris anuncia a Dioniso su misión, vv. 1-34. Rea da la señal y convoca a los ejércitos, vv. 35-42. Invocación a las Musas y a Homero para poder enumerar los ejércitos de Dioniso, vv. 43-52.

— Catálogo de los ejércitos griegos de Dioniso, vv. 53-308: Acteón y los beocios, vv. 53-82. Himeneo, y los orcomenenses y focenses, vv. 83-134. Los Coribantes y los eubeos, vv. 135-170. Erecteo y los atenienses, vv. 171-200. Éaco y los eginenses, vv. 201-221. Asterio y los cretenses, vv. 222-252. Aristeo y los arcadios, vv. 253-308.

— Catálogo de los ejércitos extranjeros de Dioniso, vv. 309-568: Acates y Fauno, y los sicilianos, vv. 309-332. Cratégono y los libios, vv. 333-392. Ogiro y Orfeo, y los Samotracios, vv. 393-431. Ledro y Lápeto, y los chipriotas, vv. 432-463. Estabio y Estamno, y los lidios, vv. 464-510. Príaso y los frigios, vv. 511-545. Mileto y los carios, vv. 546-568.


EN EL CANTO DECIMOTERCERO HABLARÉ DE UN EJÉRCITO INNUMERABLE, Y DE LOS BELICOSOS HÉROES QUE SE PREPARAN EN AUXILIO DE DIONISO

Zeus Padre envió en aquel momento a Iris hacia el celestial palacio de Rea para anunciar a Dioniso, que preparaba ya la guerra, que debía expulsar del Asia la estirpe de los soberbios indios, que ignoraban la idea de la justicia 1 , empuñando su tirso vengador y trabando batalla naval contra el astado hijo de un río, el rey Deríades 2 , pues había de enseñar [5] a todas las razas los sagrados misterios nocturnos y el fruto purpúreo de la vendimia.

Iris, por su parte, impulsándose decidida con un ventoso batir de alas, entró en el resonante establo, en la gruta de los [10] leones, sin dejar oír sus pasos, y un mudo silenció tensó sus labios. Quedóse en pie como una esclava ante la reina de las montañas, haciendo una reverencia. E inclinando la cabeza, besó con labios suplicantes los pies de Rea. Los Coribantes 3 , a una señal de la lúgubre Rea, le sirvieron junto a la [15] crátera de la divina mesa. Y bebiendo admirada un sorbo del vino recién nacido, se complació y se turbó. Entonces, con gesto grave, la divinidad proclamó la voluntad de Zeus al Crónida que estaba allí presente:

«¡Oh valeroso Dioniso! Tu padre te anima a aniquilar la [20] raza de los indios, que no conoce la piedad. Ea, alza el tirso guerrero en tus manos y alcanza el cielo a través de tus hazañas, pues el divino palacio de Zeus no te ha de recibir sin arduas fatigas, ni te abrirán jamas las Horas las puertas del [25] Olimpo si no te has esforzado para el triunfo 4 . Del mismo modo, Hermes llegó con dificultades al cielo, no antes de dar muerte con su bastón a Argos el pastor, cuyos ojos relucían desde los pies hasta su cabellera, y liberar a Ares de sus cadenas 5 . Apolo tuvo que domar a la dragona Delfine 6 y sólo entonces pasó a habitar el Éter. Incluso tu mismo padre Zeus, el príncipe de los bienaventurados, próvido en las alturas, [30] el propio soberano de las estrellas, ascendió a los cielos no sin fatigas, ya que hubo de apresar a aquellos que amenazaban el Olimpo, a los Titanes, y arrojarles al abismo del Tártaro. Y tú, después de Apolo y Hermes, con esfuerzo obtendrás como recompensa a tus fatigas habitar el cielo paterno.»

Y habiendo hablado así, la diosa regresó al Olimpo. [35] Rea, la madre de todas las cosas, envió inmediatamente un mensajero, a Pírrico 7 , el que baila con ruidoso estrépito, para reunir el ejército y anunciar el clamor de la batalla del Dioniso Lieo en armas. Congregando una variopinta armada para Dioniso, Pírrico recorrió todas las regiones del sempiterno mundo. A las naciones y razas de toda Europa y Asia [40] condujo hacia la tierra de los vivaces lidios.

Ea, cantad, oh Musas, aquella heroica tribu de caudillos que se extendía por todo el mundo, los velludos Sátiros, sangre de la estirpe de los Centauros y la antigua falange de los Silenos, con sus hirsutas piernas, y las tropas de Basárides [45] Coribántides. Pues yo no podría cantar a tantas razas ni aunque tuviera diez lenguas o diez bocas que derramaran una voz de torrente broncíneo 8 , todos cuantos Baco el lancero pudo reunir. Sin embargo, en alabanza de tales adalides llamaré a Homero como ayuda, ese gran puerto de bellas [50] palabras, del mismo modo que los marineros errabundos llaman como salvador al de oscura cabellera 9 cuando pierden el curso de la navegación.

En primer lugar se presentó veloz Acteón, a la llamada de Dioniso, el de hermoso tirso, por respeto a la sangre que les era común 10 , tras abandonar la tierra de las siete puertas, [55] en su patria Aonia. Acudieron en tropel las falanges beocias. Por un lado, las que habitan la tierra de Tebas, de bellas torres, las de Onquesto, allá donde está la morada de Poseidón 11 el dios que agita la tierra, y las de Peteón, Ocalea y Eritra, a las que se añadió la vinosa ciudad de Arne, que se gloria de Dioniso.

[60] Por otro lado, llegaron los habitantes de Midea y de las muy famosas villas de Ilesia, Escolo y Tisba, la de asiento marino, el puerto de hermosos amarres de la Afrodita marina. También los de la tierra de Esqueno, Eleona, la de pulcra cabellera, y la gloriosa tierra de Copas, donde aún pueden oírse las aguas del lago que lleva su nombre, excelente [65] criadero de anguilas. De la frondosa Medeón vinieron otros muchos, y de Hile, la de espesos pastizales, aya de largas grebas de Tiqueo, el célebre curtidor 12 , de su llanura de amplios sembrados, custodiada por el oráculo arcano que toma el nombre de Anfiarao y su carro póstumo 13 . Otros eran de [70] la ciudad de Tespia y de Platea, la de escarpadas laderas, y de la húmeda Haliarto, que está separada del Helicón por las corrientes de un río montañoso que corre por entre medias.

Y todavía venían ejércitos de la ulterior Antedón, cercana al ponto, la humilde ciudad de Glauco, pescador inmortal que habita en el mar 14 , y de la inhóspita Ascra, patria del pastor más celebrado con el laurel 15 , de Grea, la ciudadela sagrada, y de Micaleso, ciudad de espléndidas danzas que lleva su nombre por causa del rugido de Euríale 16 . Incluso acudieron desde la tierra Nisea y de la acrópolis que lleva el nombre de Corono 17 .

Y a estos que llegaban hasta las regiones orientales del [80] mundo los conducía Acteón como caudillo. Apolo, el adivino de la corona de laurel, que era padre de su padre, estornudó profetizando la victoria a la partida del joven 18 . El amado de Bromio 19 , Himeneo 20 , de hermosa cabellera, capitaneaba [85] la otra escuadra de Beocios, floreciente en su lozanía con sus imberbes mejillas. Y llevaba el muchacho como tutor a un canoso príncipe llamado Fénix 21 que semejaba mucho a Laoconte, el caudillo que otrora acompañara en su navegación al guerrero Meleagro, embarcándose hacia la Cólquide en el Argo, la nave de Jasón 22 .

[90] Aún más, tal muchacho, que estaba en la flor de la juventud, Himeneo el de dulce cabellera, se dirigía al combate con los indios, haciendo ondear a ambos lados de la cabeza su melena, tan lozana como él mismo. Sus escuderos le acompañaban; unos procedían de la ciudadela de Aspledón, otros, del recinto sagrado del baile de los dos Eros que se [95] encuentra en Orcómeno, la ciudad de Minias, la que nunca abandonan las Gracias 23 , y también le seguían los que pueblan Hiria, la tierra de cultivo que acoge a los dioses y que lleva el nombre del hospitalario Hirieo, allí donde el inmenso gigante Orión, de tres padres, naciera de un lecho carente de bodas, pues surgió de su madre la Tierra formándose por [100] sí solo como un retoño después de que tres generaciones de dioses derramaran su orina sobre el surco abierto por el fecundo arado, que se convirtió en el partero del hijo silvestre de la Tierra 24 .

Asimismo llegaron los oriundos de la rocosa Áulide, aquella acogedora tierra en la que los aqueos se reunieron en asamblea 25 , sede de la flechadora 26 Ártemis, donde Hera, [105] la diosa del profundo rencor aceptara un día como víctima inmolada en su altar montañoso a una falsa Ifigenia, en realidad un cervatillo criado en los montes, que ardió en un fuego irreprochable, como si fuera en verdad el cuerpo de la secuestrada Ifigenia, a la que raptó el artero Ulises para que [110] fuera la concubina de Aquiles antes del fragor de la batalla. Por ello se llama Áulide con el nombre de la supuesta alcahueta de Ifigenia, que pese a todo no se desposó 27 . Pues sopló sobre los veleros argivos un viento impulsor que fustigaba la silenciosa cima de la calma que guardaba las naves, llevando una brisa que devolvía a la muchacha al rey matador de ciervos. Y la niña, marchando al fin por el aire en [115] alta mar hacia la tierra de los tauros, aprendió la terrible ley de sus inhóspitos calderos, llenos de hombres descuartizados, y del altar homicida pudo rescatar a su hermano Orestes, derrotado en la mar 28 . Tal era la expedición de beocios, [120] de innumerables hombres, que acudió con Himeneo para alistarse en la campaña contra los indios.

Y a éstos se añadieron, en las cercanías de la sabia roca de Delfos, sus compañeros focenses; unos eran los custodios del campamento de Cipariso 29 y la tierra de Hiámpolis, a la que llamo así porque lleva el mismo nombre que la tierra [125] de los cerdos de Aonia 30 , la cual se enorgullecía de la hermosura de sus lechones y llegó a competir por ellos con la diosa Tritogenia 31 . Otros, a su vez, eran de Pitón, y de las eras que medran en tomo a sus barrancos, de la celebrada Crisa, de Dáulida y Panopea, vecinas de Baco, puesto que el laureado Apolo compartió sus predios con su hermano Dioniso [130] en el Parnaso de doble cumbre.

Y mientras los habitantes de Delfos se congregaban, la roca Pitia clamó con voz de inspiración divina, y su trípode resonó espontáneamente a la vez que burbujeaban con su sabio fluir las locuaces ondas de la célebre fuente Castalia. [135] Los Coribantes portadores de escudos, que habían guardado a Dioniso hasta que creció, comandaban las falanges eubeas: los del golfo de Frigia ya habían rodeado con su estrépito a Baco cuando era niño, junto a Rea, la que vaga por los montes. Antaño le hallaron los Coribantes en las montanoñas, [140] cubierto por un velo de color púrpura vinoso, como un infante astado, allá donde Ino se lo había confiado a Místide la niñera, la madre de Corimbo 32 .

En aquel momento todos acudieron desde la famosa isla: Primneo, Mimas, el de pies corredizos 33 , Acmón el errabundo, Damneo y Oquítoo el belicoso. Con ellos vino hasta [145] Ideo, como compañero de viaje, Meliseo el impetuoso, a quienes una vez expulsó su padre Socos, cegado por el insensato aguijón de la impiedad, de su patria ceñida por el mar junto con su madre Combe, de siete vástagos 34 . Y ellos, en su huida, llegaron hasta la tierra de Cnosos, y de nuevo anduvieron errantes desde Creta hasta llegar a Frigia, y desde [150] Frigia hasta Atenas, donde habitaron como colonos hasta que Cécrope mató a Socos con el bronce vengador de la justicia. Entonces, abandonando la tierra de Maratón, batida por el mar, dirigieron sus pasos de vuelta a su patria, hacia la sagrada tierra de los Abantes, el linaje terreno de los primigenios [155] Curetes cuya vida no es sino la música de los oboes 35 y el fragor de las espadas golpeadas. Ellos se cuidan del ritmo circular de los pies y del baile de los escudos 36 . Así pues, los combativos hijos de los Abantes se unieron también a la empresa, tanto los que procedían de la elevada Eretria, como los que participaban de Estira y Cerinto, los [160] poblados de la renombrada Caristo y la pedregosa llanura de Dión. También estuvieron allí los habitantes del cabo batido por las olas, el célebre cabo Geresto, que nunca enmudece, y los de Estiga y la fortaleza de Cocileo y aquellos que provenían de la villa de Siris, los estrechos de Marmario, y la [165] llanura de Egis ogigia 37 . A ellos les acompañó el pueblo cuya patria era la Calcis, la metrópoli de los Elópidas de luengas cabelleras.

Siete caudillos armaron este ejército, pero un solo espíritu tenían todos para el combate. En un altar resplandeciente aplacaron a los astros que habitan el camino del Zodíaco, [170] encomendando la batalla a los errabundos planetas de par número.

Conducía a los Cecrópidas Erecteo, que nunca se saciaba de combatir, pues por él corría la dorada sangre de Erecteo 38 , el de hijos ilustres, a quien una vez la doncella Atenea, que nació por si sola, amamantó de su masculino pecho [175] en el lecho de sus virginales aposentos de fuego 39 . Y así la diosa de ojos brillantes, que nunca conoció el amor, se tomó nodriza de niños, y avergonzada, cogió con sus vírgenes e inexpertas manos, al hijo de Hefesto, después de que el mal casado cojo derramara su simiente sobre la tierra en amor no correspondido, y sembrara aquella fértil espuma de amor, que procreó por sí misma. De ahí nació el caudillo [180] de los atenienses, el príncipe Erecteo, que contaba como compañero de fatigas con Sifno, caudillo de su misma ciudad. Asimismo acudieron los que poseen la fecunda llanura de Enone, los que venían de los valles llenos de miel que están cerca del monte Himeto y del recinto sagrado del profundo bosque de Maratón, tierra de olivos.

[185] Otros llegaron desde la ciudad de Celeo 40 y también los habitantes del puerto de Atenas, del marino Braurión o de la yerma Ifigenia. Los de la tierra de Tórico y de la fecunda Afidne se les sumaron y así los del país eleusino de Deo, la de célebres hijos, el de los iniciados en la canasta de la divinidad de bellos frutos, engendrados a partir de la sangre de [190] Triptólemo, el cual una vez condujera a través del aire su carro uncido de serpientes, portando abundante trigo y fustigando el lomo de los reptiles 41 . Y muchos ancianos acarnienses acudieron agitando sus armas de hierro aquí y allá para exhortar a sus hijos. Y llegaron como auxiliares las cohortes áticas incitando al combate con lanzas y con puñales, los atenienses de hermosos yelmos marchaban enfervorecidos [195] a la lucha, y el puerto de Falero se llenó con los ecos de los que iban a la guerra. Y ciñéronse muchas cigarras de oro a sus bien peinados cabellos, anunciando su primigenia [200] y autóctona raza 42 .

También dejó Éaco 43 su tierra patria, él, a quien engendró un ave fingida tras unirse a la hija de Asopo, a la cual secuestró. Pues era en verdad el altísimo Zeus el cónyuge alado de Egina, y él fue llamado Éaco a causa de tales bodas 44 . Aún más febrilmente corría en auxilio de su hermano Dioniso. Así ordenó con diestro arte las falanges de mirmidones, [205] que en una época se arrastraban por el suelo, pues no eran sino hormigas de innumerables y atareadas patas, hasta que, cambiando la forma nacida de la tierra de sus cuerpos [210] insignificantes en otra figura más noble, Zeus, el de altos pensamientos, les modeló, y de tal manera surgió un ejército en armas, pues de repente la hilera de hormigas de extrañas formas que estaban sin habla diseminadas por el suelo, se metamorfoseó en cuerpos humanos dotados de voz 45 .

Su capitán Éaco llegaba, y en su bien labrado escudo había hecho grabar como signo de su alcurnia la imagen de [215] aquella águila fingida, su próvido padre Zeus llevando a una mujer en sus consideradas garras, también cerca de aquél, se dibujaba un río de fuego, a cuyo lado una muchacha se apenaba con amargura, a pesar de ser tan sólo una imagen sin aliento. Volvía sus ojos oblicuos como si estuviera angustiada [220] por su padre Asopo, el de pesadas rodillas, e incluso parecía decir lo siguiente: «¡Hermosa dote me has regalado destruyendo a mi padre!» 46 .

Por otro lado, Asterio, de resplandeciente hermosura, tan encantador como poderoso, se erigía como caudillo de Creta, pueblo de multitud de voces. A aquél lo engendró Androgenia, de Festos, en un lecho de Cidonia 47 , tras desatar [225] el nudo de su doncellez ante Minos. Pues bien, él mismo, en aquel momento, como guía del pueblo de las cien ciudades al servicio del vinoso Baco, acudía en reverencia a la sangre de su padre, que les unía por nacimiento, pues Minos [230] era primo de Sémele, de linaje común al de Cadmo.

Todos los soldados de diverso origen confluyeron en torno a un solo caudillo que les infundía ánimo. Unos eran guerreros de Cnosos, otros de Licto, y habían venido como compañeros de los soldados de Mileto 48 . Y junto con ellos se armaron muchas ciudadanos de Gortina, la de altas colinas, otros tantos habitantes de Ritio y de la fértil Licasto 49 . Y la tierra de Zeus Nodeo 50 , las sedes de Bebe y la llanura [235] de Cisamo, así como los nobles bosques sagrados de Citeo. Acompañado de tal forma se presentó el príncipe de Creta, y a su llegada la estrella de Ares relució sobre Asterio, que lleva su nombre 51 , derramando con cálidos rayos un resplandor [240] profético, como presagio de la victoria que iba a fraguarse.

Mas en cierta ocasión, tras haber vencido una batalla, Asterio, que nunca se había enamorado, sintió el impuro dardo en un país implacable. Ciertamente no habría de ver de nuevo, tras la campaña contra los Indios su patria de yelmos brillantes y la cueva del escarpado monte Ida, sino que prefirió vivir lejos de su tierra, y en vez de ser ciudadano [245] de Dicte se quedó como colono de Cnosos en Escitia. Abandonando al canoso Minos y a Androgenia, marchó como único hombre civilizado entre los bárbaros pueblos de la Cólquide, asesinos de extranjeros. Y a éstos, cuya naturaleza les proporcionaba bárbaras costumbres, les denominó [250] Asterios, ofreciéndoles un nombre cretense. En efecto, dejó su patria cretense y el río Amniso que le había criado para ir a beber el agua impía del Fasis con boca avergonzada.

Aristeo 52 llegó solo y tarde, el último de todos cuantos habitaban las regiones cuyos límites conforman la tierra helénica. Una vez alzó su cabeza orgulloso de sus colmenas de [255] mil panales, llenas de dulce miel, retando a Dioniso, el escanciador de vino, con la vana esperanza de una victoria de su gustosa miel. Los jueces en la disputa fueron aquellos [260] que habitan el Olimpo, pero he aquí que el hijo de Febo, tras presentar a los inmortales el jugo recién sacado de sus colmenas, no alcanzó la melosa victoria, puesto que los dioses, al aceptar el espeso licor de la abeja, que ama las jóvenes flores, quedaron al punto hastiados de aquel jugo que saciaba. Ya la tercera copa dejó ahítos a los bienaventurados, y no hubieran gustado la cuarta porción que se mezclaba de [265] nuevo, incluso aunque tenían sed. Sin embargo, después de que Baco hubiese extraído su licor de suaves gotas, los dioses se regocijaron en su ánimo y bebieron todo el día el jugo del incesante vino.

[270] Y embriagándose admiraron el dulce vino que encanta el corazón. Zeus alabó el don de Aristeo, obra de la abeja, de dulces gotas, y el esfuerzo artesano de su vástago apicultor, y, no obstante, ofreció las primicias de la victoria, que disuelve las penas, a Dioniso, el que escancia el vino.

Y de ahí que Aristeo llegase con tardanza a la guerra [275] contra los indios. Tarde había apaciguado su antiguo resentimiento, tras abandonar la roca de Arcadia, su morada en la sede de Hermes, en Cilene 53 . Pues aún no había pasado a habitar la isla llamada antaño Méropis 54 , ni había amansado [280] el aliento de fuego de la estación sedienta, trayendo los vientos portadores de vida de Zeus Protector. No había dispuesto su férrea armadura, para que reflejase el resplandor de la estrella de Sirio, calmando su reluciente fuego durante toda una noche, de modo que otra vez, exhalando la ardiente [285] llama reseca a través del aire con su inflamada garganta, las brisas lo enfriaran con sus leves alientos. No, aún no había sucedido esto, puesto que habitaba en la llanura de Parrasia 55 .

Era seguido Aristeo por el errante pueblo Arcadio en armas, que se alimenta de bellotas 56 . Por un lado, los habitantes de Lasión y de los nobles bosques de Liceo, la rocosa [290] Estinfalo y las celebradas ciudades de Ripa, Estratia, Mantinea, Enispa y la frondosa Parrasia, allí donde está aún la planicie nunca hollada en la que dio a luz antaño la divina Rea 57 , la llanura de Feneo y Orcómeno, patria de la danza 58 , rica en rebaños y morada de los Apidaneos.

[295] Por otra parte estaban los ciudadanos de Arcadia, villa de Arcas, a quien una vez diera a luz Calisto de Zeus, quien le llamó a la bóveda celeste para dejarlo ahí transformándolo en la constelación del Boyero, que trae el granizo 59 . Tal fue el ejército que armó Aristeo con la pica arcadia, llevando al combate también perros pastores para que lucharan [300] con los hombres. A Aristeo lo engendró la ninfa Cirene, una segunda Ártemis, veloz cazadora de ciervos y matadora de leones, por el amor de Febo, cuando el hermoso Apolo le llevó a la arenosa Libia como colono en su nupcial carro raptor 60 . Y él, su padre Apolo, abandonando su laurel profético, [305] le armó a toda prisa con sus propias manos. Le entregó el arco a su hijo y ajustó a su mano un escudo curtido de piel de buey, poniendo a su espalda un cóncavo carcaj, que pendía de su hombro en bandolera.

Desde Sicilia llegó Acates el arquero para combatir con él, y también sus escuderos le acompañaban para asistirle, [310] provenientes de los pueblos cilirio y elimo, que formaban un gran ejército, así como los que gobiernan la tierra de los Pálicos 61 . Incluso le acompañaban los que habitan junto al lago de Catania, que se halla cerca de ciudad de las Sirenas, a las que la rosada Terpsícore parió en un lecho de cuernos de toro tras unirse a su amante, el impetuoso río Aqueloo 62 . Los de Camarina, vinieron por su lado, allí donde el inquieto [315] río Híparis escupe sus aguas tortuosas en una corriente atronadora, y también los que pueblan la sagrada villa de Hibla y el cercano Etna, en donde burbujean ardientes los cráteres de la ígnea piedra que sirve de lecho de llamas a Tifón 63 , y aun los que tienen sus hogares en torno al abrupto [320] Peloro, en la tierra isleña de Páquino, con sus rompientes de olas, y en la Aretusa siciliana. Por allá se arrastra el errabundo río Alfeo, un forastero orgulloso de su corona pisana que cruza los profundos rompientes arrastrando sus aguas como esclavo del amor a través del ponto sin mezclarse con éste, pues alberga un fuego abrasador a través de las aguas [325] heladas 64 .

A continuación llegó Fauno 65 , tras haber abandonado su tierra peloria rodeada de fuego en Sicilia, la escarpada isla de los tres picos. Dio a luz a éste Circe, la astuta hermana de Eetes, que habitaba en un abismal palacio de piedra, tras [330] unirse en las profundidades al Cronión 66 .

Marcharon juntamente en armas los libios, que habitan en la región occidental de la tierra, cerca de las nubes, en las ciudades del errante Cadmo. Pues allí mismo vivió Cadmo [335] en un tiempo remoto, llevado hasta allá por vientos contrarios cuando estaba embarcado con su prometida sitonia, Harmonía, que aún era doncella. De ella, por su belleza, se había difundido una fama que engendraba guerra y odio entre vecinos, ya que las tropas libias la habían nombrado su Gracia.

[340] En efecto, la delicada muchacha bistonia 67 floreció verdaderamente como una Gracia terrenal y por ello toma su nombre hoy en día la cima de las Gracias en Libia. Y es que, por su hermosura, el pueblo Mauro 68 , que habita el desierto, fue poseído por una insensata pasión de guerra y latrocinio y esta terrible tribu, como un Ares bárbaro, se levantó en armas por amor. Pero el esposo de Harmonía, blandiendo en su mano defensora de su mujer la lanza de [345] Atenea Libia 69 , los combatió con su escudo y aterrorizó a toda la nación etíope del occidente 70 , gracias a las armas de Zeus, Ares y Citérea. Y allí mismo fue donde, según se [350] cuenta, yació Cadmo el errante con Harmonía, junto al lago Tritonis, y las Ninfas Hespérides tejieron para ellos su melodía, mientras que Cípride y los amores adornaban un bello lecho nupcial, colgando en el tálamo el fruto dorado de su jardín, una dote de amor digna enteramente de la novia. Harmonía y Cadmo trenzaron sus cabellos con generosas ramas llenas de hojas, en vez de rosas nupciales junto a su [355] opulento lecho.

Y más delicada la novia parecía llevando frutos dorados, honor de la dorada Afrodita. Su abuelo, el libio y encorvado Atlas, despertó la música de la celestial cítara y con pie [360] danzarín hizo girar la esfera celeste entonando a la vez una armoniosa melodía con voz acorde. En memoria de su amor por su esposa, también Cadmo puso precio al desembarco de sus pies en tierra libia, pues fundó cien ciudades y entregó [365] a cada una de ellas unas murallas inexpugnables que fueron alzadas con pétreas torres. Y como guardasen este recuerdo de aquel hecho, se enrolaban los soldados como vanguardia meridional de Enío 71 en la guerra de Bromio, ya que habitaban las cercanías de aquellos poblados donde se cuenta que nació la Luna 72 y los palacios meridionales de Zeus Asbistes 73 , el adivino astado, en el que Amón, en la [370] apariencia de un carnero con cuernos de tres espirales, muchas veces profetizó con los labios visionarios del Zeus Occidental.

Otros que asimismo lo hicieron habitaban junto a la corriente del Cremetes y del Cínifo 74 , en la arenosa llanura de [375] tierra árida, en las compañeras Ausica y Bacales 75 , ciudades que aman a Ares mucho más que ninguna otra, y que han sido edificadas al amparo de una esquina remota del Céfiro. Tanta era la gente de las Cien Ciudades.

[380] Y a cargo de tal multitud estaba Cratégono 76 , que nació de la joven Anquírroe, hija de Cremetes, junto a las llanas riberas de su padre, al unirse en un amor breve con el insensato Psilo, pues el amante que estrechaba entre sus brazos había desafiado a los dioses. Por ello Noto, el ardiente [385] viento del Sur, abrasó con su árido aliento a sus vástagos. Y sin embargo aquel pertrechó una armada de buques y guerreros de altivos penachos para que lucharan contra los etéreos vientos de la Enío meridional con ánimo vengador, incitados a matar al ardiente Noto. Hasta la propia isla de [390] Eolo 77 llegó la armada blandiendo sus grandes escudos, mas los vientos flechadores tomaron sus armas, fustigando con ímpetu a aquel hombre enloquecido que había reunido la armada, sacudiendo su flota federada en una tempestad de único aliento y enterraron la armada y a Psilo bajo el mar.

Desde Samotracia confluyeron muchos otros guerreros [395] con escudos, incitados por su comandante Ematión, el de espesa barba y pesadas rodillas, que tenía ya una cabellera nevada, semejante a los Titanes por su tamaño. De ellos, unos poseían tanto Mírmex, vecina al mar, como el florido monte Saoce, y la tierra de Teumerio, los prados de hermosos pastos y los umbríos bosques de Fesíades 78 , con su frondosa espesura, y la divina Cerinto, poblada por los insomnes [400] Coribantes, y fundada por la renombrada Pérsida 79 en el lugar en donde se hallan los peñascos sagrados que visitan los iniciados de la Doncella 80 con sus antorchas. Otros, en cambio, gobernaban Brontio y la tierra que está bajo sus cimientos de muchas puntas, y en Atrapites 81 , cuyo nombre [405] puedo oír en el cercano mar del profundo Poseidón.

Tales eran las tropas que llegaron como auxiliares mostrando su lealtad al linaje que compartían con la primigenia Electra 82 . Allí mismo, pues, en un tiempo pasado, Ares, Zeus y Citerea concedieron a Cadmo, paladín de los dioses, a una mujer de estirpe marina como don, a Harmonía, de familia divina. Y ante tales y tantos soldados que se alzaban [410] en armas junto a Dioniso, el de hermoso tirso, la estrella de Electra, la séptima de las Pléyades 83 , se elevó a través del firmamento como augurio favorable al combate. Proclamaba ya la victoria la voz de las Pléyades, llena de ruidosos [415] ecos, concediendo esa gracia a Dioniso, que también llevaba la sangre de su hermana, y dio ánimo igualmente a todo el ejército. Ogiro les capitaneaba en su marcha hacia la guerra, como si fuera un segundo Ares, de frente tan elevada como la imagen de los Gigantes, con un cuerpo enteramente inflexible. [420] Desde la cabeza y la nuca tensa, hasta la cadera le caían en bucles los cabellos sobre la espalda que portaba su melena, a imagen de un espinoso erizo. Tenía también una garganta temible e inabarcable, que asemejaba un cuello de roca. Era de carácter y linaje bárbaro.

[425] Ningún otro hubo más poderoso que aquel en la guerra oriental contra los Indios, con salvedad de Dioniso. Y pronunció el juramento de la victoria, prometiendo que devastaría él solo con su lanza la tierra de los indios.

Eagro 84 , el audaz hijo de Ares, abandonando su ciudad de Pimplea, en tierra bistonia, se puso en marcha con todos ellos. En efecto, marchó tras dejar a Orfeo sobre las rodillas [430] de Caliopea, cuando aún era un recién nacido que sólo se ocupaba de alimentarse de aquel pecho de reciente leche. El valiente Ledro y Lápeto 85 , de hermosa cabellera, comandaban las falanges chipriotas. Y muchos hombres se armaron junto con ellos, unos procedentes de Esfecia, isla del cerco batido por el mar, otros de Chipre, la tierra que acoge a los [435] dioses y que pertenece al bien alado Amor, pues lleva el nombre de Cípris, que nació por sí sola. La isla que antaño fue moldeada por Nereo con la forma de un delfín, trazando sus esquinas con el profundo tridente de muchas puntas. Cuando Urano formó su amorosa espuma que se derramó en torrente de varonil licor, engendró a la Afrodita Pafia, y un [440] delfín dotado de entendimiento surcó las olas hasta la astada tierra de Chipre, llevando a Afrodita sentada sobre su lomo 86 .

Otros provenían de la llanura de Hilates y de las poblaciones de Sesto, Támaso, Tembro, la ciudad de Eritras y el [445] bosque sagrado de profunda espesura de la agreste Panacro. Y procedente de Solon una numerosa armada se pertrechó, y otra que venía de Lápeto, que se llama así a partir del nombre de su príncipe, que reunió a su pueblo y en la guerra del tirso pereció, siendo enterrado con honores. Por ello dejó su nombre a sus ciudadanos. E incluso estaban presentes [450] los de la ciudad de Ciniras, que lleva el nombre del primigenio Ciniras 87 , tierra en la que reside Urania, denominada así por causa del vacío celeste, porque crió ciudadanos que brillaron como estrellas en el firmamento. También acudieron otros muchos procedentes de Crapasia, tierra coronada [455] por las olas, y Pafos, puerto que lleva la diadema del amor, de dulce cabellera, allí donde desembarcó Afrodita desde las aguas profundas donde se encuentran las aguas nupciales de la Afrodita Pafia, nacida del mar, es decir, el amable río Sétraco, en donde muchas veces Cipris, tras bañar al hijo de Mirra, le puso los vestidos que para él había [460] cogido, y también la ciudad del antiguo Perseo, la cual una vez Teucro 88 , partiendo de Salamina por la cólera de Telamón, fortificó con torres como si fuera la famosa Salamina, pero más joven.

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