Kitabı oxu: «Ser posmoderno»

Şrift:

Ser Posmoderno

Dilemas culturales del

capitalismo financiero

Norberto Chaves


ISBN: 978-84-16876-23-5

© Norberto Chaves, 2017

© de esta edición, Punto de Vista Editores, S. L., 2017

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Sobre el autor

Norberto Chaves (Avellaneda, Buenos Aires, 1942) se formó en la UBA (Filosofía y Arquitectura) y es un fiel representante de la generación del 68. En 1976 emigró huyendo de la dictadura a Barcelona, donde vive desde entonces. Desarrolla una intensa actividad docente en imagen y comunicación y ha publicado varios libros relacionados con su temática profesional. Paralelamente persevera en la reflexión cultural, la crítica social y la evasión poética. Ha publicado El sexo entre hombres. Más allá del tabú y de la cultura gay (Madrid, 2016) y Desafueros. Literatura de emergencia para una época sin tiempo (Madrid, 2016), ambos en Punto de Vista Editores. También es autor de un libro de poesía, Instantes (Madrid, 2016).

Índice

Antes de hablar

Primera parte

EL ESTADO DE LAS COSAS

El marco sistémico: disolución de lo social

El vaciamiento del sujeto: disolución de la cultura

El vanguardismo de masas: el culto a la ruptura

El entorno físico: escenario de la ficción y cauce del flujo

La entente posmoderna: Masa-Poder-Estado

La desaparición del Estado: sueño del poder

Un saludable cinismo: humano es lo que hay

Segunda parte

No todo está perdido

Alternativas: alienación definitiva o fe en la dialéctica histórica

El arquimedeano punto de apoyo: la vida misma

La primera pérdida positiva: el fin del progreso histórico

La segunda pérdida positiva: la muerte del tiempo lineal

La tercera pérdida positiva: el agotamiento de Occidente

La cuarta pérdida positiva: el cisma entre Sociedad y Estado

Tercera parte

Mientras tanto

Tres tácticas: grieta, desdoblamiento y huida

La gran grieta: una posible resocialización

El mapa: territorio social y territorio presocial

Crisis… ¿qué crisis?: localizar su vigencia

¿Qué hacer?: reencauzando la voluntad

La estética de la resistencia: exactitud y naturalidad

Bibliografía selecta

Antes de hablar

Con el propósito de granjearme la complicidad del lector —o, al menos, su condescendencia— he redactado una larga lista de advertencias a modo de prólogo, género que cultivo con asiduidad pues disfruto hablando del habla. Sigo así a un famoso cómico argentino que solía iniciar su parte diciendo: «antes de hablar quisiera decir unas palabras».

A resultas de ello, el prólogo ha quedado como una suerte de desconstrucción (antes se llamaba «análisis») de mi propio discurso. Me ahorro así la incomodidad de pedir a alguien que lo escriba y, a este, el compromiso de hacerlo sin mentir.

Y aquí van las advertencias.

Una primera advertencia apunta a la escala del análisis, que no podrá ser sino parcial. Pensar lo social es pensar solo alguna de sus dimensiones: la sociedad no es totalizable por la razón.

Algo que caracteriza a la reflexión teórica, por lo menos a partir de la segunda mitad del siglo xx, es ese progresivo e irreversible renunciamiento a la totalización, cierta creciente humildad de la razón, otrora omnipotente. Renunciamiento que fuera bautizado con la expresión poco feliz de «pensamiento débil».

Restringiré entonces mi análisis al ámbito de lo cultural y solo me referiré a una tendencia o proceso dominante, dejando inicialmente de lado lo que consideré formas marginales o paralelas.

Otra aclaración de contexto: esa tendencia dominante tiene su raíz en el capitalismo financiero y, por la propia lógica de este, se expande mundialmente.

La «globalización» no es sino el eufemismo con que se ha bautizado esta hegemonía. Hablaré, entonces, desde ese espacio global y desde uno de sus núcleos más representativos: Europa.

Mis hipótesis podrán relativizarse para absorber situaciones mixtas como, por ejemplo, la de América Latina; pero el conocimiento del modelo hegemónico es indispensable para comprender, incluso, formaciones no hegemónicas. Y, ni qué decir, para orientar todo proceso o proyecto de cambio, toda vía alternativa.

Mi principal objeto de análisis no serán las manifestaciones contemporáneas del arte y demás «géneros cultos» —no siempre representativos— sino las tendencias culturales masivas, la cultura de la cotidianeidad urbana contemporánea.

Me ayuda a ello mi propensión a una observación permanente, obsesiva, de los nuevos comportamientos sociales y a su interpretación como síntomas de otra cosa.

El trabajo tampoco surge de una exploración de la bibliografía especializada. No hay, por lo tanto, atisbo alguno de erudición, lujo fuera de mi alcance por culpa de mi pertinaz pereza ante la investigación.

Aun así, superando esa falencia, en este texto he optado por la abundancia, extensión y heterogeneidad de las citas, escogidas en cierto modo al azar, de obras que se han cruzado fortuitamente en mi camino.

No incluyo esas citas para buscarles coartadas a mis hipótesis sino para poner al alcance del lector no iniciado ciertas perlas del pensamiento crítico que, desde distintas ópticas, van coincidiendo en acorralar a nuestro objeto.

Para ello he considerado útil mezclar miradas de muy distinto origen: la sociología crítica, la filosofía, y testimonios culturales más directos, menos abstractos, tales como la literatura, la crónica social o la historia del arte.

No ha de sorprender, entonces, el eclecticismo categorial observable en el texto, fruto de cierto anarquismo intelectual y de mi insuperable fobia al academicismo y cualquier forma de intelectualismo.

Relacionado con esa predilección por la observación directa del campo está el peso que en mis análisis tiene lo vivencial que, si bien está respaldado por algunos recursos teóricos, no podría haberlos realizado sin el impulso del deseo. Y de sus frustraciones.

Para esta otra «desviación» tengo también una excusa. La problemática de la posmodernidad excede el campo de lo macrosocial o lo macrocultural, pues incide directamente sobre la vida cotidiana de las personas, sobre las propias condiciones de su existencia psíquica y cultural.

Sus consecuencias humanas son inmediatas. De allí la imposibilidad —e inconveniencia— de una mirada puramente social. En el análisis debe ingresar aquel factor existencial como inexcusable. Dicho de otro modo: no ha de disimularse el ánimo del escritor.

Hablaré, por lo tanto, desde una determinada manera de habitar el mundo, de estar en él a partir de unos valores también determinados. Será este un texto en cierto modo confidencial. Aunque no individual.

Esa experiencia excede la individualidad pues, al tratarse de un contexto social dominante y descarnado, es compartida por toda mirada mínimamente sensible y atenta al escenario real.

Si algo distingue nuestra época de los años 60 es el que lo sistémico apenas requiere procesos de decodificación, pues está a la vista: las relaciones de poder se han desembozado.

Hablaré así desde una subjetividad que es colectiva y que, además, está en expansión. Afortunadamente.

Por otra parte, la autocrítica de las ciencias —incluso la de las ciencias «duras»— va desdibujando las fronteras entre la teoría y la literatura, entre la razón y la intuición, entre la ciencia y la experiencia.

Y esta consideración refuerza el peso de la «territorialidad» de mis observaciones: hablaré de un objeto que constituye el paisaje de mi propia experiencia cotidiana.

También corresponde recordar que la temática de la posmodernidad no es precisamente novedosa: lleva décadas siendo analizada por el pensamiento radical; hay quienes señalan al mismísimo Nietzsche como su precursor.

Aun así, la distancia entre la reflexión teórica y la consciencia social suele ser enorme, y aquellas décadas no han transcurrido todavía para parte importante de las capas llamadas «cultas», incluida la pléyade de programadores culturales y trabajadores de la cultura.

Grosso modo, esos sectores siguen atrapados en el progresismo de la modernidad; y sus especulaciones topan con la vía muerta de una cosmovisión obsoleta.

De ahí que me haya planteado la redacción de estos textos como una tarea de divulgación: su origen ha sido, precisamente, una serie de conferencias.

No pretendo, por lo tanto, hacer un estudio del estado de la cuestión en la bibliografía actual ni superar los logros analíticos de los especialistas, sino poner esa problemática al alcance de miradas que aún no han advertido el significado del cambio sociocultural que atravesamos.

Por consiguiente, en la redacción he adoptado un enfoque intencionalmente didáctico. De cara a ese objetivo, he recurrido a la reiteración —que para el lector advertido resultará excesiva— y a los ejemplos que faciliten la visualización de los hechos y, más aún, de las fuerzas que los generan.

Los temas troncales reaparecen una y otra vez, observados desde distintos ángulos, con el intento de darle a la escena posmoderna relieve y realismo.

Intento volver visible un mundo velado por una imagen de él tan tenaz como distorsionada, una imagen interesada que oculta aquello que nos da miedo ver.

Quizá nuestro actual entrenamiento en nuevos miedos masivos —a las epidemias, al terrorismo, a la catástrofe ambiental— nos ayude a carearnos con el miedo que está detrás de todos ellos: el miedo a nosotros mismos.

Por idéntica razón he conservado, allí donde me fue posible, el carácter coloquial del texto, proveniente de su origen oral e, incluso, he mantenido la forma de «guión de conferencia», que aconseja una clara separación entre las afirmaciones.

Al transformar ese guión en libro he pensado que si esa forma ha sido útil para mí en las exposiciones también podría resultarle útil al lector en su lectura.

En lugar de construir los párrafos en función de su unidad temática, como es de rigor, o sea por la contigüidad de los argumentos articulados entre sí, he optado por segmentarlos en párrafos muy breves o incluso en oraciones. Ello permitirá «digerir» más fluidamente cada argumento por separado.

Esto me ha obligado a exigirle, a cada una de esas células, una redacción más diáfana que aspire a la autosuficiencia. Y, más aún, que facilite su lectura crítica. Este esfuerzo les ha dado a las afirmaciones cierto tono aforístico.

Ahora, una salvedad terminológica. He optado por «posmodernidad» en lugar de «posmodernismo» pues en España —contexto de este escrito— el término «modernismo» refiere a la corriente estética, especialmente fuerte en Cataluña, más asociada al art nouveau o al jugendstil. Así, a la «modernidad», término con el que se identifica en España al Movimiento Moderno, sucede la «posmodernidad».

Finalmente, un comentario sobre el origen y evolución de este libro. Como he dicho, su base ha sido el guión de una conferencia, dictada para un colegio de arquitectos; conferencia que se reiteró en facultades de arquitectura, escuelas de diseño y centros culturales.

Con cada nueva emisión, el discurso fue puliéndose y creciendo, hasta absorber notas y artículos previos en los que yo rozaba esta temática, brindándoles un eje articulador.

Como es normal que suceda, la mayor precisión que fueron alcanzando los agregados forzaron a una revisión de los textos originales y a una reestructuración del guión.

En esa tarea, de por sí placentera, he vuelto a verificar el papel del lenguaje, ya no como mero transcriptor de hechos exteriores a él, sino como vía expedita del conocimiento. La verdad se abre camino solo a través de la forma.

Ese papel cognitivo del lenguaje, cuya forma extrema es la literatura, me ha dado permiso para, alejándome del tono académico, incurrir en ciertos giros literarios que faciliten la comprensión del texto y hagan más amena su lectura. Ojalá lo haya logrado.

A través de las sucesivas relecturas y correcciones del texto — que, por así decirlo, fue creciendo solo— fui dándome cuenta de que este lleva implícito un alegato contra la unidimensionalidad, o sea, contra el maniqueísmo y el reduccionismo, tanto en lo ético como en lo intelectual. Y una gozosa aceptación del misterio y la aventura de vivir.

Con ello, el texto me transmite, a mí mismo, la sensación de no estar haciendo otra cosa que cantar la misma canción que viene oyéndose desde siempre.

La certeza de no estar inventando nada sino poniendo por escrito lo que muchísimos están pensando confiere cierta serenidad: la de sentir que en la propia singularidad habita un espíritu genérico; y superar, con ello, la soledad. He advertido de que este escrito tenía cierto carácter confesional. Pues, lo dicho.

Trabajar para preservar y ampliar las posibilidades de autonomía y de acción autónoma, así como trabajar para contribuir a la formación de individuos que aspiran a la autonomía y aumentar su número, es ya una obra política, y una obra de efectos más importantes y más duraderos que ciertas clases de agitación superficial y estéril.

Cornelius Castoriadis

Primera parte

EL ESTADO DE LAS COSAS

El marco sistémico: disolución de lo social

Para analizar las características esenciales de la producción cultural contemporánea es obviamente inexcusable partir del contexto socioeconómico en que se inscribe.

Ese marco lo brinda el modelo que ha ido cristalizando durante las últimas décadas del siglo xx y que hoy está ya generalizado: el neoliberalismo instaurado por el capital financiero multinacional. Este criterio de análisis tiene dos sustentos: uno teórico, el otro empírico.

De partida, conviene eludir todo determinismo economicista y reconocer la autonomía relativa de todo lo cultural, sus asincronías y desarrollos desfasados. Pero esta mirada no-reduccionista tampoco puede obviar los factores económicos que obran como condicionantes de lo cultural.

En segundo lugar, la articulación actual de la cultura con los dictámenes del capital financiero, su simbiosis, es un hecho de titulares de periódico: la relación entre el desarrollo de los negocios y los cambios culturales se detecta a simple vista.

Ya no hace falta realizar esfuerzos de decodificación. El modelo no solo cuenta con una copiosa bibliografía sino también ha tomado estado público: «fondos buitre» no es del todo una metáfora.

Este modelo, en lo cultural, aflora bajo la denominación de «posmodernidad»; o, siguiendo a Zygmunt Bauman, «modernidad líquida».

La obra de Fredric Jameson El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado lo dice ya desde su título: no se trata de una corriente sino de un modelo propio de la fase superior del desarrollo capitalista.

Si intentáramos señalar una característica de esta etapa de la cultura, que cubra desde los grandes géneros hasta los usos y costumbres de la vida cotidiana, diríamos que tal característica es la desregulación de la forma.

Bastará enumerar las manifestaciones de esta última fase del capitalismo para detectar su coherencia sistémica y su vínculo estructural con la cultura; una articulación en la que no es fácil diferenciar causas de efectos, si ello fuera de alguna utilidad.

Apuntemos esas manifestaciones, las más salientes, que por simple acumulación bosquejarán la etapa:

 El beneficio financiero instaurado como principio único de la economía, forma más pura y abstracta del capitalismo.

 La consiguiente implantación de la especulación como cultura: hacer rendir el dinero. Se universaliza la usura.

 La socialización de la idea de «precio del dinero» y la cristalización de una «subjetividad financiera».

 La globalización del capital, su descentramiento o deslocalización, su fluidez y desplazamiento mundial y en tiempo real; y la consiguiente internacionalidad e instantaneidad de las crisis de cambio.

 La paralela y congruente globalización del mercado: un mercado único mundial, sin fronteras ni diferencias regionales, coincidente con un consumidor tan abstracto como el capital.

 El desplazamiento de lo económico desde la esfera de la producción hacia la del consumo, y la capitalización a dos puntas: la explotación del trabajo y la explotación del consumo.

 La consiguiente equivalencia de «salario» y «capacidad adquisitiva».

 La masificación y la producción industrial de los consumidores: hiperindustrialización de la sociedad.

 La primacía del flujo en la composición de los mercados: peso de lo estadístico.

 El papel clave de la economía de escala en la fijación del precio: el flujo de ventas sustituye al costo como pauta del precio.

 La elasticidad absoluta del precio, que disuelve su propio concepto y arrastra consigo al de «valor»: nada vale nada, solo cuesta algo, provisoriamente.

 La implantación del mercado de oferta y la marginación del mercado de demanda en espacios infraestructurales: los «commodities» o «graneles».

 El recambio acelerado de la mercancía como dinamizador del mercado: innovación permanente y obsolescencia programada.

 La consiguiente pérdida de capacidad de apreciación de valor por parte de los consumidores.

 El protagonismo de la oferta en la propuesta de valor: la necesidad se explica y se crea desde la oferta.

 La primacía de lo anímico (confianza) sobre lo racional en la opción de compra: fiabilidad de la marca y fidelidad del comprador.

 La primacía de la oportunidad en el volumen total de los consumos. El hecho económico no como respuesta a la necesidad sino a la tentación: de la necesidad de mercancías a la necesidad de comprar.

Este escenario general nos pinta un rostro de la sociedad bien distinto al que nos mostraba hasta mediados del siglo xx. Y bien distinto a la imagen que aún conservamos de ella.

Entre las diferencias podríamos señalar una como, quizá, la más de fondo: es prácticamente imposible discriminar los hechos económicos de los ideológicos o, incluso, de los culturales.

La tradicional división entre infraestructura y superestructura hoy resulta, si no inútil, claramente insuficiente.

«En el capitalismo todo deviene mercancía», premonizó Marx hace un siglo y medio. Pues bien: ya lo ha devenido. La expresión «industrias culturales» lo delata.

Ello implica que en todos los sectores —desde el comercio minorista hasta los propios Estados— la «gestión de intangibles» (calidad percibida, imagen, diseño, comunicación, identidad, marca…) haya ascendido al lugar de las decisiones estratégicas.

O sea, el carácter simbólico del precio se confunde con el carácter económico del símbolo: la marca, actor intangible protagónico.

De allí que la comunicación, mero servicio logístico en la sociedad de la producción, haya ocupado ahora el puesto de mando.

Nos lo recuerda una revista de negocios en una nota sobre la informatización de los servicios: «El mítico CEO y creador de Apple, Steve Jobs, sostenía que los clientes no tienen en claro qué necesitan y que son las empresas las que deben asumir el rol de demostrar el valor de las innovaciones».

El comentario, aparentemente inocuo, delata un hecho explosivo que marca a la época, ¡los clientes ignoran sus propias necesidades!

Pero con lo que él llama genéricamente «clientes» hace referencia, en realidad, a un tipo de comprador diferenciado: el consumidor masivo.

Este es, precisamente, el público objetivo del visionario proyecto Apple; proyecto que inaugura el mercado de la tecnología de consumo en el que Apple se transforma velozmente en líder absoluto.

La sociedad de masas y de consumo redefine radicalmente la dinámica socioeconómica y cultural, instalando en su epicentro un tipo humano inédito: un individuo deseante, ignorante de sí mismo y masivamente aislado.

La sociedad de masas es, al decir de Bauman (citando a Simmel), «la sociedad de los individuos», un oxímoron. Su «liquidez» proviene del debilitamiento y fugacidad de los vínculos.

Se han disuelto los lazos intersubjetivos, los individuos se comportan como los granos en un silo: privados de un aglomerante, nada los liga entre sí más que la ley de la gravedad.

Ese aglomerante era precisamente lo social. Se ha disuelto lo social, que lo considerábamos componente esencial de la condición humana. Al decir de Paolo Fabbri: «hemos padecido durante demasiado tiempo una idea demasiado social de lo social».

La sociedad de masas, o sea, de flujos, sustituye lo específicamente social por lo pulsional; e instala lo pulsional en el núcleo del consumo, que deviene así «consumismo».

El consumismo, por oposición al consumo, no consiste en disfrutar del bien adquirido sino del acto de adquirir. Y esa no es una «desviación» o un «daño colateral» sino el núcleo mismo del funcionamiento socioeconómico actual.

Esta pulsionalidad obra como respuesta automática a estímulos primarios: novedad, sensación, estridencia, sorpresa, atipicidad, extravagancia, curiosidad, transgresión, enfatismo… Sobreestimulación que capta una atención no mediada por la consciencia.

Podríamos considerar al sensacionalismo, en todos sus sentidos, como la esencia de este modelo de mercado: la oferta no va dirigida a la racionalidad ni a la sensibilidad sino a la sensación.

Una dinámica estresante que el poder denomina «creatividad» e «innovación» y las considera «motores del desarrollo económico»; pues lo son.

Manuel Vicent dramatiza aquella compulsión al consumo en estos términos:

Si al escritor le hubieran preguntado qué tragedia caracterizaba a este tiempo, su respuesta hubiera sido esta: el símbolo de la caída era ese ciudadano medio, cargado de paquetes, que está dispuesto a tragar con cualquier bajeza política o moral con tal de seguir consumiendo hasta el final de sus días. (De la nota «Año Nuevo» en el periódico EL PAÍS de Madrid)

El vaciamiento del sujeto: disolución de la cultura

Por fijar un hito, a partir de aquel célebre texto de

Levi-Strauss, Lo crudo y lo cocido, a la cocina se le reconoció su justo lugar en el corazón de la cultura: matriz de matrices.

Pero, en ese corazón la posmodernidad instaló el simulacro gastronómico: la paradójica «cocina de autor». Con ella, el consumidor de íconos compulsivo, comensal impostado, saborea el nombre del cheff.

Desde muy atrás, Nietzsche en sus Consideraciones intempestivas, nos describe esa forma de decadencia:

El hombre moderno, en fin de cuentas, arrastra consigo una enorme masa de guijarros, los guijarros del indigesto saber que, en ocasiones, hacen en sus tripas un ruido sordo, como dice la fábula. Este ruido deja adivinar la cualidad más original del hombre moderno: es una singular antinomia entre un ser exterior y «viceversa». Esta antinomia no la conocieron los pueblos antiguos […] para todo lo que es vivo, esta oposición es falsa. Nuestra cultura no es una cosa viva, porque, sin esta oposición, es inconcebible. Lo que equivale a decir que no es una verdadera cultura, sino solamente una especie de conocimiento de la cultura: se contenta con la idea de cultura, con el sentimiento de la cultura, sin llegar a la convicción de la cultura.

Nada cuesta asimilar su «hombre moderno» (se refería a sus contemporáneos y no a la «modernidad») con nuestro «hombre posmoderno». Y aquello que él define como «conocimiento, idea y sentimiento de la cultura que no llegan a lo convicción de la cultura» enlaza claramente con nuestra visión del simulacro de la cultura. En aquella disociación «exterior-interior» vemos insinuarse los orígenes de nuestra problemática.

Pero empecemos por aclarar nuestros términos.

Dentro de la vasta polisemia del término «cultura», el uso ha decantado al menos tres acepciones, que se corresponden con tres escalas del campo cultural. Aun reconociendo lo borroso de sus fronteras, resulta clara la diferencia conceptual entre ellas.

La acepción más amplia, omnicomprensiva, próxima a la antropológica, reconoce como cultura a la totalidad de actividades humanas y sus productos.

Así, existe una cultura económica al lado de una cultura artística; una cultura científico-técnica al lado de una cultura literaria; una cultura sanitaria al lado de una cultura gastronómica…

Pero, entre todas esas actividades, existen unas reconocidas por la sociedad como específicamente culturales. Un segundo uso del término «cultura» lo asocia, entonces, al conjunto de mitos, ritos y fetiches estructurados en géneros y practicados conscientemente como tales; desde los usos y costumbres de la buena educación hasta los grandes géneros del arte.

Esta acepción excluye, de la anterior, todas aquellas actividades y sus productos que no tengan una finalidad específicamente simbólica. Así, podemos afirmar sin error que un excelente técnico puede ser, a la vez, una persona profundamente inculta.

Un tercer uso de «cultura», el de campo más restringido, la acota a los «grandes géneros», los «géneros cultos» o académicos: la «alta cultura». Es esta, sin duda, la acepción más difundida.

En este texto he descartado tanto la acepción inclusiva como la restringida, optando, en cambio, por la intermedia, aquella que considera cultura lo asumido como tal por la comunidad.

Obviamente, es esta acepción la más pertinente para el análisis de la posmodernidad y la que tácita o explícitamente, es adoptada por sus analistas.

A su vez, dentro de ese campo he dado predominio, por su mayor representatividad social, a los fenómenos de la vida cotidiana. Pasemos a los ejemplos.

En un sorprendente libro-catálogo de productos para jovencitas, NIKE hace gala de su lucidez sociológica —y de su audacia— ya desde su título: «Enciclopedia de las ADICCIONES» (las mayúsculas son originales).

En él se enumera sarcásticamente una serie de dependencias consumistas de sus usuarias, refiriéndolas a sendos productos NIKE.

Un ejemplo: una joven a medio vestirse, rodeada de una veintena de modelos de zapatos y zapatillas NIKE, concluye desconsolada: «Todavía no tengo nada que ponerme para practicar el tiro al plato».

El catálogo termina con un separable de bolsillo titulado: «Centros de ayuda a personas desesperadamente necesitadas de nuestros productos».

Con este catálogo la sociedad de consumo «adviene a su para-sí» —por decirlo con un cultismo— y lo hace alegre y creativamente. La propia oferta puede denunciar el carácter adictivo del consumo a sabiendas de que tal dependencia es, como toda adicción, difícilmente reversible.

Y este fenómeno incluye al propio individuo, que deviene, él mismo, metalenguaje, soporte de la ficción: cuerpo y comportamiento forman parte de la representación mediática.

De la indumentaria al disfraz. De la cosmética al tatuaje. Del gusto personal a la adhesión a la moda. De la personalidad a la actuación efímera de personales permanentemente cambiantes. De la experiencia a la imagen de la experiencia: su simulacro.

La escena urbana nos muestra hoy la creciente proliferación de personas disfrazadas; y el término «disfraz» no es aquí metafórico.

Pues no se trata de la explosión de una diversidad de personalidades, supuestamente reprimidas por la indumentaria convencional; sino de todo lo contrario: la renuncia manifiesta a la personalidad.

La identidad, expulsada hacia lo exterior, es sustituida por un personaje artificial y fugaz, actuado histéricamente. Entre el psiquismo primario y ese disfraz no hay nada.

Un interesante acontecimiento comercial en España ha sido la creación y aceleradísima expansión de una cadena de ropa diseñada inicialmente bajo un principio único y sin antecedentes.

Cada prenda mezclaba, anárquicamente, trozos de tejidos, materiales, colores y dibujos no solo distintos sino intencionalmente antagónicos, violentamente contrastados: lo que llamábamos «desregulación de la forma».

La persona que «iba dentro» de esa prenda realizaba, sin saberlo, un doble renunciamiento a la personalidad: el implícito en toda adhesión a la moda y el —novedoso— de adherir al «estilo de la falta de estilo», a una suerte de sorna explícita a la coherencia y a la armonía.

Una identidad patchwork: la posmodernidad indumentaria en su forma extrema, que se corresponde con la tan mentada «disolución del sujeto»: vaguedad del yo y, por lo tanto, del otro, de la alteridad.

Y la desaparición del otro conlleva la desaparición del sentido del ridículo: pérdida del pudor, renuncia a la intimidad, mimetismo voluntario, masificación, ausencia de patrones personales y sociales.

Aquel sujeto protagonista de la modernidad, núcleo de lo social, defecciona, se repliega y es sustituido por el individuo-pulsión, molécula del flujo.

La masificación genera así un nuevo ente, ya no caracterizable como sujeto: un ser sin edad ni país, un individuo ni joven ni viejo y de ningún lugar, sin memoria ni proyecto, sin ensoñaciones ni fantasías y prácticamente sin pensamientos. Sin antes ni después.

Una forma de vida humana instalada en un presente absoluto: el de sus respuestas reflejas inmediatas a estímulos exteriores inesperados.

En ese contexto desaparece la cultura. Nos enfrentamos al hecho, ya no de la diversidad cultural, sino de la absorción de la cultura dentro de lo extracultural: la pura distracción.

Escojamos como típico género de la distracción a la narrativa de consumo, discurso banal menos preocupado por la calidad literaria que por la trama que atrape y entretenga.

Ante el lector una secuencia de acontecimientos singulares lo mantendrá atento a los desenlaces, sin otra pretensión que satisfacer su curiosidad.

Este género literario, por llamarlo de alguna manera, es sin duda el que tiene mayor salida en el mercado, auténticos best sellers de tienda de aeropuerto: una literatura que arrastra al lenguaje hacia el abismo de la irrelevancia o el sinsentido.

Italo Calvino, ejemplo de serenidad y equilibrio, pierde ambos ante ese sinsentido del lenguaje, brindándonos un texto tan diáfano como exasperado. Figura en el capítulo «Exactitud» de sus Seis propuestas para el próximo milenio, obra póstuma e inacabada.

A veces tengo la impresión de que una epidemia pestilencial azota a la humanidad en la facultad que más la caracteriza, es decir, en el uso de la palabra; una peste del lenguaje que se manifiesta como pérdida de fuerza cognoscitiva y de inmediatez, como automatismo que tiende a nivelar la expresión en sus formas más genéricas, anónimas, abstractas, a diluir los significados, a limar las puntas expresivas, a apagar cualquier chispa que brote del encuentro de las palabras con nuevas circunstancias.

No me interesa aquí preguntarme si los orígenes de esa epidemia están en la política, en la ideología, en la uniformidad burocrática, en la homogeneización de los mass-media, en la difusión escolar de la cultura media. Lo que me interesa son las posibilidades de salvación. La literatura (y quizá solo la literatura) puede crear anticuerpos que contrarresten la expansión de la peste del lenguaje.

Quisiera añadir que no solo el lenguaje parece afectado por esta peste. También las imágenes. Vivimos bajo una lluvia ininterrumpida de imágenes; los media más potentes no hacen sino transformar el mundo en imágenes y multiplicarlas a través de una fantasmagoría de juegos de espejos: imágenes que en gran parte carecen de la necesidad interna que debería caracterizar a toda imagen, como forma y como significado, como capacidad de imponerse a la atención, como riqueza de significados posibles. Gran parte de esta nube de imágenes se disuelve inmediatamente, como los sueños que no dejan huellas en la memoria; lo que no se disuelve es una sensación de extrañeza, de malestar.

Pero quizá la inconsistencia no está solamente en las imágenes o en el lenguaje: está en el mundo. La peste ataca también la vida de las personas y la historia de las naciones. Vuelve informes, casuales, confusas, sin principio ni fin, todas las historias. Mi malestar se debe a la pérdida de forma que compruebo en la vida, a la cual trato de oponer la única defensa que consigo concebir: una idea de la literatura.

Calvino murió en 1985, con la posmodernidad sobre sus hombros. No podemos pensar que él fuera ajeno a ese fenómeno.

Por el contrario, sabemos que preparó esas seis conferencias, que habría dictado en Harvard, apremiado por el espectáculo de la decadencia del lenguaje y del libro, propia de la era «postindustrial».

La denuncia que, sintomáticamente, Calvino inicia en la decadencia del lenguaje, le conduce a detectar el vaciamiento de la propia vida de las personas y la sociedad en su conjunto.

Y como vía de recuperación pone su esperanza en la literatura, forma suprema de captura de sentido. Al final de este ensayo se comprobará hasta qué punto esta es una esperanza compartida.

Aquella «epidemia pestilencial» no es sino la que desteje la trama de la cultura y la sustituye por los abalorios del pasatiempo irrelevante: el vacío.

El mundo deviene un gigantesco parque temático y el individuo, un ente trashumante: aquello que Pasolini denominó, allá por los 60, «mutación antropológica». Oigámoslo en sus Cartas luteranas:

La pérdida del prestigio ‘infundado’ de todos los valores de una cultura entera no puede dejar de producir una especie de mutación antropológica, no puede dejar de causar una crisis total […] Se trata, insisto, de la pérdida de los valores de toda una cultura; valores que, sin embargo, no han sido sustituidos por los de una cultura nueva (a menos que tengamos que ‘adaptarnos’, como por lo demás sería trágicamente correcto, a considerar ‘cultura’ el consumismo).

Tres procesos indican esa mutación: a) resignificación de lo cultural como espectáculo: el concierto deviene «show»; b) sustitución de lo cultural por los géneros de masas: primacía del entretenimiento; c) vacío, o sea, droga/consumo: anomia recanalizada.

Volvamos a Pasolini:

La droga es siempre un sucedáneo […] de la cultura […] A un nivel medio —referente a «muchos»— la droga viene a llenar un vacío causado precisamente por el deseo de muerte, y que es por tanto un vacío de cultura. Porque la cultura —en sentido específico, o mejor, clasista— es una posesión, y nada precisa de más encarnizada y loca

energía que el deseo de posesión. Quien no tiene esa energía en dosis siquiera mínima, renuncia.

En este acto de renunciamiento podemos localizar el inicio del proceso de deculturación.

En ese proceso es indispensable no soslayar la progresiva decadencia y marginalización del folclore en sentido estricto, o sea, el ejercicio social de la cultura como práctica reproductiva de la comunidad; un folclore que es sostenido, en el mejor de los casos, por su minoritaria profesionalización.

Crece aceleradamente el número de personas que no recuerdan ninguna canción tradicional o niños que no han aprendido ningún juego no mediado por el consumo.

Solo esfuerzos denodados de educadores conscientes de la crisis logran sostener efímeramente la ritualidad lúdica de la niñez, boicoteada por un enorme aparato mediático que, con sus vidrios de colores, secuestran la voluntad infantil.

Y es, precisamente, el infantilismo la característica más saliente del comportamiento deculturado, que descarta como pertinentes incluso los principios de la conducta cívica.

El creciente desdén por las normas de urbanidad («disculpe», «gracias», «permiso»), tendencia ya detectada y denunciada por la opinión pública, suele atribuirse a la «mala educación», cuando, en realidad, se trata de conductas de otro origen.

Prueba de ello la da el hecho verificable de que personas instruidas y formales en medio del flujo incurren en esas «descortesías».

Esta aparente contradicción proviene del hecho de que tales comportamientos no son fruto de una cualidad del individuo sino de una condición de la actual vida en sociedad: la conducta masa en la que todos inevitablemente incurrimos.

La persona que no saluda en el ascensor, que no agradece que le cedan el paso o que no se disculpa cuando tropieza con alguien no le falta el respeto al prójimo: obra de tal manera sencillamente porque no reconoce la presencia del otro, lo omite, desatiende toda forma de alteridad.

Mimetizado con la multitud por sus automatismos en la adopción de lo que se le impone, el individuo-masa, él mismo estandarizado, es idéntico a los demás pero no reconoce tener semejantes, carece de ellos.

Está solo, ausente de lo social. Pasa sin escalas intermedias del psiquismo autista a la disolución en la masa.

Reza entre las normas de un hotel entregadas a sus huéspedes al registrarse: «También le informamos que no está permitido el ingreso al restaurante en pantalones cortos, chancletas o camiseta sin mangas».

La sola norma delata la frecuencia de su incumplimiento espontáneo, fruto de lo que llamamos «desregulación de la forma». En este caso, de la formalidad.

El origen real, entonces, debe buscarse en el contexto. Y el contexto de la falta de urbanidad es el de la desurbanización, el espacio de la abstracción, de las relaciones despersonalizadas, o sea, de la ausencia de vínculos por ausencia del otro.

Se expande así un nuevo tipo de sujeto que no participa de ninguna manifestación cultural en sentido estricto, ni practica, él mismo, ningún género.

Ajeno a toda forma de cultura, ha pasado en menos de dos generaciones de los cantos de taberna al karaoke.

Más significativo aún resulta el hecho de que esta inapetencia de cultura sea abiertamente declarable. La cultura es expulsada del campo del deseo sin pudor ni remordimiento. O, incluso, con jactancia, como prueba de una liberación.

Pues ya no constituye un bien, un valor ni un atributo esencial. No hace falta indagar en las estadísticas para dar por seguro que gran parte de turistas que visitan Orlando son universitarios.

El consumismo, masivamente concentrado en los abalorios, opera como un sucedáneo de la cultura; ocupa su lugar y la relega al olvido. Se trata del imperio de la pequeña gratificación inmediata y efímera, fruto de un puro reflejo no mediado por ningún proceso mental, privado de todo esfuerzo.

Un goce no reproductivo, regresión de la genitalidad a la oralidad. El sujeto se desubjetiva: igual que el bebé, no sabe ni necesita decir «yo».

A diferencia de la personalización, de la individuación, el individualismo es fruto de una pulsión genérica. No se trata de un tipo de individuo sino de un tipo de comportamiento masivo e indiferenciado.

Eugène Ionesco, solo diez años mayor que Pasolini, publica en 1959 su relato «Rinoceronte», fábula breve, compacta, metáfora exacta de la sociedad de masas. Preanuncia, con ella, la pasoliniana «mutación antropológica».

En aquel pueblo, los vecinos van uno a uno transformándose en rinocerontes. El protagonista y narrador de aquella catástrofe es el único que no logra mutar.

Oigamos su confesión final, la que cierra el relato. La transcribo íntegra pues da prueba de la implacable precisión de la metáfora escogida, comenzando por la elección de aquel paquidermo como análogon. Nada más parecido a un rinoceronte que un peatón que avanza por la calle con su cabeza inclinada sobre su teléfono móvil.

Una metáfora que, al ilustrar el fenómeno de la masificación hasta en sus más mínimos detalles, transforma la obra, inscrita en el llamado «teatro del absurdo», en un ejemplo extremo de literatura realista.

Y por todas partes los bramidos, polvaredas, carreras incesantes… De nada me servía encerrarme en casa y ponerme algodón en las orejas: los veía hasta en sueños, por la noche.

‘No hay otra solución que convencerlos’. Pero, ¿de qué se les podía convencer? Las mutaciones ¿eran reversibles? Y, además, para convencerlos era imprescindible hablar con ellos. Para que reaprendiesen mi lenguaje (que además comenzaba ya a olvidar) tenía primero que aprender el suyo. Porque yo seguía sin distinguir un bramido de otro, ni un rinoceronte de otro rinoceronte.

Mirándome un día en el espejo, me encontré espantoso, con mi rostro pálido, alargado: me haría falta un cuerno, o incluso dos, para realzar mis rasgos vacilantes.

¿Y si — como me había dicho Daysi — la razón estuviera de su parte? Me había quedado atrasado, había perdido pie, era evidente.

Luego descubrí que sus bramidos tenían, en todo caso, cierto encanto, por más que fuesen ásperos, sin duda. Debería haberlo comprendido cuando aún estaba a tiempo. Intenté bramar, pero era débil, me faltaba muchísimo vigor. Esforzándome más solo lograba emitir aullidos. Y aullar no es lo mismo que bramar.

Pero es evidente que no hay que dejarse llevar siempre por los hechos, y que es preciso conservar algún espacio de originalidad. Sin duda hay que tenerlo todo en cuenta: diferenciarse, sí, pero aún así… mantenerse entre nuestros semejantes. Ahora yo ya no me parecía ni a nadie ni a nada, salvo a una vieja foto pasada de moda que carecía de toda relación con los vivos.

Sentía crecientemente una consciencia dolida, desgraciada. ¡Ay, me sentía un monstruo! Nunca me transformaría en rinoceronte: no podía cambiar.

No me atrevía a mirarme en el espejo. Me sentía invadido de vergüenza. Y sin embargo… ¡Pero no podía! ¡Yo no podía, no, yo no podía!

Premonitoriamente, el personaje de «Rinoceronte» acaba lamentándose de no haber renunciado a tiempo, consciente de la espantosa condición a que lo conduce la soledad.

Retomando la advertencia inicial, debemos señalar que esa disolución de la cultura no implica su ausencia: solo indica que la vida cultural ha dejado de ser hegemónica y hoy se aloja en otro espacio, paralelo, alternativo; que analizaremos más adelante.

El vanguardismo de masas: el culto a la ruptura

La radicalidad del cambio en curso recibe básicamente dos lecturas opuestas e igualmente falsas, pues ambas parten de la negación de la naturaleza contradictoria de lo social y, por lo tanto, padecen de un bloqueo para acceder a su comprensión.

La primera lectura es ingenua y consiste en negar el carácter estructural e irreversible del cambio en curso y ver sus síntomas como meros accidentes pasajeros.

De esta mentalidad siguen surgiendo programas políticos, movimientos sociales, proyectos culturales aparentemente coherentes pero disociados de la realidad a la que pretenden aplicarse.

Parten de la creencia en una sociedad imaginaria que fuera instalada como real a partir de la modernidad, una sociedad asentada en la supuesta hegemonía de la razón cívica y la representatividad social del poder político; visión suficientemente desautorizada por los hechos.

Una segunda lectura, ya no ingenua sino perversa, es la simétricamente opuesta: aquella que no parte de la negación del cambio sino de su idealización, de su interpretación como signo incuestionable de progreso.

El progreso, cristalizado como cosmovisión hegemónica, atraviesa de arriba abajo toda la pirámide social. Cualquiera fuera su thelos, todos aspiran a un cambio de la sociedad en la dirección que cada uno considera positiva; nadie duda de que el progreso es un valor universal y que, consecuentemente, toda praxis social ha de perseguirlo.

Quizá sea este el único mito común de la sociedad occidental en su conjunto, síntesis máxima de una identidad étnica: Occidente y Progreso son sinónimos.

El carácter culturalmente relativo de la idea de progreso se pone en evidencia con solo mirar atrás y en derredor. No todas las culturas se cohesionan en torno a esta idea ni tampoco todas las épocas de la nuestra: no siempre hemos creído en ella.

Esta cosmovisión no se limita a las elites autodenominadas «vanguardias», pues se extiende a la masa consumidora. Y esta, a diferencia de aquellas, privada de poder para producir el cambio, lo fantasea.

El vanguardismo masivo, naïf, se manifiesta en lo que podríamos denominar «avidez y compulsión al cambio» que, en su forma más extrema, se convierte en una fantasía de mutación o culto a la ruptura.

En el ánimo de la sociedad entera está instalado, consciente o inconscientemente, un estado de espera, permanente, insuperable, cualquiera fuera el Mesías. El cambio prometido viene siempre de afuera y adopta el carácter de verdadero milagro.

Quizá, la manifestación más pura y masiva de esta forma de mesianismo sea la fe en la redención por la revolución tecnológica.

Se trata de una necesidad de huir hacia adelante, un adelante imaginario que, por una suerte de hastío del presente, pugna por un futuro anticipado.

Nada ajeno a este fenómeno es el culto a la velocidad, al «tiempo real» y a la simultaneidad. «El futuro es hoy» promete la demagogia publicitaria del mercado de la innovación. Y la masa reafirma, en esa promesa, su ilusión.

El imaginario social resignifica los cambios históricos reales para ajustarlos a la fantasía de ruptura, que opera como matriz interpretante de toda realidad.

El mito de la ruptura cultural forma parte de la opinión pública, que calca la interpretación de toda novedad sobre el argumento de la pérdida de sentido de lo previamente instituido, por efecto del nuevo hecho.

Existiendo el ordenador no tiene sentido escribir a mano. Existiendo el correo electrónico no tiene sentido el correo postal. Existiendo el supermercado no tiene sentido comprar en las tiendas. Existiendo el wasap no tiene sentido hablar por teléfono. Existiendo la comida a domicilio no tiene sentido cocinar. Etcétera.

El cambio, el cambio por el cambio mismo, atraviesa todo impulso, desde lo comercial hasta lo electoral.

Recambio, novedad, nuevo estilo, nueva vida, nuevas sensaciones, nuevo gobierno… aparecen en toda oferta publicitaria sin alusión alguna al sentido y contenido de tal oferta.

El cambio-a-secas es el verdadero objeto del deseo: incontinencia, compulsión sustitutiva.

No hace falta una capacidad interpretativa especial para detectar la relación patente y directa que hay entre esta sintomatología y el modelo consumista.

El modelo «modela» el sistema de comportamientos y representaciones a su imagen y semejanza. El consumidor repite miméticamente los argumentos de la oferta de consumo: «servidumbre voluntaria».

Pero la avidez de cambio, la esperanza de que se produzca y la fantasía de su consumación tienen, además, su versión académica: las fundamentaciones «teóricas» de la caducidad.

En este universo literario cunden los exhibicionistas de su lucidez y cultores de la boutade, que se jactan de haber detectado, antes que nadie, un cambio rotundo ya realizado pero oculto a los ojos del común, o de premonizar un cambio inminente, inevitable y, por lo tanto, deseable. Verdaderos gurús de la ruptura.

Sus textos caracterizan ese cambio no como un hecho nuevo que se suma sino como la irrupción de una estructura inédita, que cancela y sustituye todo lo anterior, fundamentando así el prejuicio de la ruptura.

Fernando Peirone nos regala una perla de Hernán Casciari:

No hay que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver el mundo viejo como aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con Alzheimer.

Pocos textos contemporáneos han alcanzado este nivel de mitomanía y ejercicio desembozado de la compulsión al cambio.

En estos analistas, el devenir histórico se describe como una sucesión de escenas inconexas, cuentas independientes y desiguales de un rosario cuyo único hilo es el tiempo abstracto y homogéneo, el de los calendarios.

Esta ideología, en todas sus variantes, ejerce una suerte de función «forense» (la metáfora del Alzheimer no es inocente): se deleita en diagnosticar la muerte de todo lo real. La muerte del arte, del libro, del sujeto, de la escritura, de la ideología, del cine, de la pintura, del amor…

O sea, selecciona de la realidad aquellos fenómenos parciales de cambio y los erige como prueba de una nueva realidad universal y excluyente.

Todo su esfuerzo intelectual se concentra en la demostración de que en cada estadio nada sobrevive del anterior. Una hipótesis de partida y no una conclusión: un prejuicio.

Este tipo de razón antidialéctica reconoce los opuestos no para detectar su confrontación dinámica sino para tomar partido por uno de ellos.

Continuidad o cambio, convención o transgresión, recurrencia u ocurrencia, condicionamiento o libertad, sistema o elemento, comunidad o individuo, tradición o ruptura, lo viejo o lo nuevo. Pares irreconciliables del pensamiento maniqueo.

Vayamos a la música. Una obra de Antonio Vivaldi, cúspide del barroco italiano, nos propone con su título una reflexión: Il cimento dell’Armonia e dell’Invenzione. La palabra clave: cimento (desafío, reto, puesta a prueba). Un confronto que se entabla entre la norma y su excepción, o sea, entre el estilo y la pieza única.

El desafío del arte, superado genialmente por el maestro, consiste en sintetizar en la obra ambos elementos sin renegar de ninguno: Apolo y Dionisos cantando a dúo.

Absurdo sería negar la drasticidad de los cambios culturales que atestiguamos cotidianamente, fruto de una nueva etapa del desarrollo capitalista. Tan absurdo como concebir esos cambios como una fractura absoluta en la realidad social.

La idea del «mundo viejo» (acuñación ideológica donde las haya) reforzada por la metáfora del Alzheimer (juicio ético emitido desde la pulsión de cambio) ilustran a la perfección un fenómeno ideológico producto del derrumbe de las utopías sociales en la segunda mitad del siglo pasado.

El vanguardismo social —ya no solo de elites— constituye un espectacular desplazamiento de la utopía desde el campo de las conquistas sociales revolucionarias hacia el campo de la revolución del consumo, con los consumos tecnológicos a la cabeza.

El consumista tecnológico, sumiso ante la oferta, palia la angustia de su dependencia erigiéndose como la versión real del «hombre nuevo».

Y una intelectualidad portadora del mismo virus se da a la tarea de ir anunciando su llegada. Una suerte de Zaratustras negativos proclaman la llegada del infrahombre.

Pero tal infrahombre no existe. Es apenas la hominización de un sistema de conductas novedosas, hegemónicas pero no universales ni mucho menos sustitutivas.

No se trata de un «mundo nuevo» sino del único posible, reformulado por enésima vez. Y son los destellos de las novedades los que impiden detectar las estructuras estables de lo social.

La fantasía de ruptura realiza una gestalt, un constructo verosímil, y combate por instituirlo como imaginario social excluyente.

Fuera de esa gestalt queda gran parte de lo real, silenciado, oculto, gracias a esa función esencial de la ideología que no es tanto la elucidación como el encubrimiento: tacha lo que no corresponde.

Como toda concepción reduccionista, la fantasía de ruptura emerge de una consciencia frágil que huye de la complejidad; incapaz de asumir toda contradicción, todo antagonismo, se refugia en el remanso de una escena homogénea, unidimensional, privada de toda dialéctica.

Desde el punto de vista existencial, se trata de un síntoma de la «ansiedad anticipatoria», patología específica del consumismo.

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Litresdə buraxılış tarixi:
22 oktyabr 2025
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9788416876235
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