Kitabı oxu: «El combate»
The Fight
© 1975, Norman Mailer
Todos los derechos reservados
Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho
Traducción: María Antonia Menini
Diseño: Pablo Martín
Maquetación: Emma Camacho
Primera edición en papel: Junio de 2013
Primera edición digital: Junio de 2020
© 2020, Contraediciones, S.L.
c/ Elisenda de Pinós, 22
08034 Barcelona
www.editorialcontra.com
© 1975-2013, María Antonia Menini, de la traducción
© Getty Images / Focus on Sport, de la foto de cubierta. Muhammad Alí versus George Foreman en Kinshasa, Zaire, 1974.
© Getty Images / Fred. R. Conrad, de la foto de Norman Mailer de contracubierta.
El autor quiere agradecer a Macmillan Publishing Co., Inc. el permiso para citar diecisiete versos del poema «The Congo» de Collected Poems de Vachel Lindsay, © 1914, Macmillan Publishing Co., Inc., renovado en 1942 por Elizabeth C. Lindsay; y a Grove Press Inc. y a Faber & Faber Ltd. el permiso para reproducir un pasaje de El bebedor de vino de palma, de Amos Tutuola, © 1953 George Braziller.
La cita del discurso de Louis Farrakhan proviene de la grabación «Black Family Day, May 27, 1974», incluido en Seven Speeches, © 1974.
El pasaje que comienza «No eran enemigos, no eran criminales…» es de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad.
ISBN: 978-84-18282-17-1
Composición digital: Pablo Barrio
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.
Índice
1 Primera parte. Los muertos se están muriendo de sed 1. Indiferencia carnal 2. ¡Qué bajón! 3. El millonario 4. Una pandilla de campeones 5. Un muerto en el suelo 6. Nuestro Kissinger negro 7. La larga travesía 8. Elmo en el Zaire 9. El rey de los lacayos
2 Segunda parte. N’golo 10. Los hechiceros 11. Un viaje en autobús 12. El vestuario 13. Directos de derecha 14. El hombre en las jarcias 15. La canción del verdugo 16. Llegaron las lluvias 17. Un nuevo escenario 18. «Bagarre» en Dakar 19. El afortunado perdedor por partida triple
Primera parte Los muertos se están muriendo de sed
1. Indiferencia
carnal
Siempre se queda uno atónito al volverlo a ver. No en directo como en televisión, sino de pie ante uno y con su mejor aspecto. Porque el Más Grande Atleta del Mundo corre el peligro de ser nuestro hombre más guapo, razón por la cual no tiene más remedio que entrar en escena la hipérbole kitsch. Los suspiros de las mujeres son perceptibles. Los hombres bajan la mirada. Porque recuerdan de nuevo su poco valor. Aunque jamás abriera la boca con el fin de hacer temblar la jalea de la opinión pública, Alí seguiría inspirando amor y odio. Porque es el Príncipe del Cielo… Eso dice el silencio que se produce alrededor de su cuerpo cuando está iluminado.
Cuando está deprimido, en cambio, su pálida piel adquiere el color de un café con agua lechosa, sin crema. En el cenagoso aguachirle de su carne se observa el verde enfermizo de una mañana melancólica. En tal caso, no ofrece muy buen aspecto. Esta podría ser una descripción bastante ajustada del aspecto que ofrecía en su campo de entrenamiento de Deer Lake, Pennsylvania, una tarde de septiembre, siete semanas antes de su combate en Kinshasa contra George Foreman.
Su sparring estaba soso. Peor aún. Se pasaba el rato recibiendo golpes, golpes que normalmente hubiera evitado, ¡y aquello no era propio de Alí! Contemplarle entrenar era un arte que se adquiría a lo largo de los años. Otros campeones elegían a sparrings que pudieran imitar el estilo de su próximo contrincante y, en caso de poder permitirse este lujo, añadían a otro púgil que fuera afable: alguien a quien poder golpear a su antojo y con quien resultara divertido boxear. Alí lo hizo también, pero invirtió el orden. Para la segunda pelea con Sonny Liston, su preferido había sido Jimmy Ellis, un enrevesado artista que no tenía nada en común con Sonny. Como boxeadores, Ellis y Liston poseían estilos tan dispares que no se hubieran podido pasar una sopera el uno al otro sin derramar el contenido. Como es lógico, Alí dispuso también de otros sparrings con vistas a aquel combate. Se me viene a la memoria «Shotgun» Sheldon. Alí se apoyaba en las cuerdas mientras Sheldon le propinaba cien golpes en el vientre: de esta forma entrenaba Alí su estómago y sus costillas con el fin de que estuvieran en condiciones de encajar el martilleo de Liston. Eso lo hacía por deber, pero lo que más le gustaba a Alí era pelear con Ellis como si no le hiciera ninguna falta estudiar el estilo de Sonny, pudiendo derrochar su ingenio y brillo a raudales.
Los púgiles suelen dedicar en general cierta parte de su período de entrenamiento a consolidar la propia confianza en sus reflejos, de la misma manera que un esquiador corriente, tras una semana practicando el esquí en paralelo, puede empezar a abrigar la esperanza de que parecerá un experto. En los últimos años, sin embargo, Alí solía concentrarse no tanto en la consolidación de su velocidad cuanto en la capacidad de encajar golpes. Una parte de esta habilidad consistía en reducir la fuerza de cada golpe que recibía en la cabeza para después fraccionarla. Eso lo hacen todos los púgiles, es más, un boxeador joven no estaría en condiciones de durar mucho tiempo si su cuello no girara en el instante en que recibiera el golpe, pero parecía como si Alí pretendiera enseñarle a su sistema nervioso a transmitir la señal con mayor rapidez que el resto de mortales.
Tal vez todas las enfermedades estriben en una ausencia de comunicación entre la mente y el cuerpo. Ello es indudablemente cierto en el caso de una enfermedad tan rápida como es el knock out. La mente ya no puede transmitir ningún mensaje a las extremidades. El límite de esta teoría, expuesta por Cus D’Amato cuando era el entrenador de Floyd Patterson y José Torres, señala que un púgil con auténtico deseo de vencer no puede ser noqueado si ve venir el golpe, porque en tal caso no experimenta ninguna dramática ausencia de comunicación. El golpe puede causarle daño, pero no dejarlo fuera de combate. En cambio, una combinación de cinco golpes en la que cada uno de ellos da en el blanco precipita a cualquier contrincante en la inconsciencia. Por ligeros que sean los golpes, hay premio gordo. La súbita sobrecarga del centro de transmisión de mensajes de la víctima da lugar inevitablemente a aquel alud de confusión que se conoce con el nombre de groggy.
Ahora bien, parecía como si Alí quisiera llevar esta idea hasta un extremo en el que pudiera asimilar los golpes con mayor rapidez que otros boxeadores, transmitir la sacudida a través de un superior número de partes de su cuerpo o bien encauzarla por el mejor camino, de tal forma que estuviera en condiciones de recibir esta combinación de cinco golpes (¡o de seis o siete!) y de distribuir al mismo tiempo el impacto a cada brazo, cada órgano y cada pierna, logrando de este modo digerir el castigo y conservar la claridad mental. Contemplar a Alí encajando golpes era toda una experiencia. Se apoyaba en las cuerdas y enviaba suavemente la zarpa hacia el sparring como una gata que instara delicadamente a su cría a que se alejara. Después Alí disparaba el guante para que el golpe del contrario rebotara desde el guante a su cabeza y repetía el mismo movimiento desde otros ángulos, como si la segunda mitad del arte de encajar golpes consistiera en aprenderse las trayectorias mediante las cuales los golpes rebotan de los guantes y, sin embargo, te alcanzan; Alí estudiaba constantemente la forma de amortiguar tales golpes o de castigar el guante que los había descargado, elaborando sin cesar la íntima comprensión del cómo atrapar, amortiguar, modificar, burlar, curvar, elevar, desviar, deformar, ladear, inclinar y dar la vuelta a las bombas que llegaban hasta él y hacerlo con un mínimo de movimientos, de espaldas contra las cuerdas y con las manos lánguidamente en alto. Se entrenaba invariablemente siguiendo el guion en el que se le había encasillado como púgil proclive a la extenuación, demasiado cansado como para poder siquiera levantar los brazos en el doceavo asalto de una pelea de quince. Es posible que dicho entrenamiento lo salvara de ser noqueado por Frazier en la primera pelea que ambos sostuvieron, y, desde entonces, Alí lo había venido practicando en todos los combates sucesivos. «¡Deja de jugar!», le gritaban desde su rincón; los jueces puntuaban negativamente su tendencia a apoyarse demasiado en las cuerdas, y los periodistas deportivos señalaban que ya no parecía el Alí de siempre y, sin embargo, él entretanto se dedicaba a pulir su método.
No obstante, aquella tarde en Deer Lake parecía que estuviera aprendiendo muy poca cosa. Era alcanzado por golpes estúpidos que daban la impresión de pillarlo por sorpresa. No estaba lánguido, sino perezoso. Parecía aburrido. Ponía de manifiesto, al trabajar, todo el sombrío entusiasmo del marido que se obliga a sí mismo a hacerle el amor a su mujer en medio de la más densa indiferencia carnal.
El primer sparring, Larry Holmes, un joven negro de tez clara con una marca profesional de nueve combates ganados y ninguno perdido, boxeó agresivamente por espacio de tres asaltos, alcanzando a Alí con mucha mayor frecuencia que este a él, lo cual no hubiera sido nada insólito —había veces en que Alí no lanzaba ni un solo golpe en todo un asalto—, pero aquella tarde parecía que Alí no supiera cómo utilizar a Holmes. Alí presentaba la misma expresión de enojo que solía observarse en Ray Sugar Robinson hacia el final de su carrera cuando le alcanzaban en la nariz; una mueca de desprecio hacia el oficio, como si a uno pudieran estropearle la jeta si no se andaba con cuidado. La tarde era calurosa y el gimnasio resultaba asfixiante. Estaba lleno de turistas —más de cien— que habían pagado un dólar para poder entrar… y se respiraba una especie como de apatía de finales de verano. De vez en cuando, Alí castigaba a Holmes por su atrevimiento, pero Holmes no estaba dispuesto a que se le aleccionara sin presentar batalla. Repelía los ataques con todo el entusiasmo de un joven profesional que ve abrirse ante él el futuro más grande. Como es lógico, Alí hubiera podido darle una lección, pero peleaba sumido en un denso mal humor. Parte de la fuerza de Alí en el cuadrilátero estribaba en la fidelidad a su estado de ánimo. Aunque, hablando con la prensa, se le escapara de vez en cuando un tono de voz desabrido o histérico con la misma facilidad con que otros hombres encienden un cigarrillo, en el ring jamás se mostraba frenético, por lo menos desde su pelea con Liston en Miami en 1964, en la que había ganado el campeonato de los pesos pesados. No, de la misma forma que Marlon Brando parecía encarnar un papel como si fuera una extensión natural de su estado de ánimo, de esta misma forma boxeaba Alí. Cuando estaba malhumorado, aparecía como sumido en un letargo y boxeaba como mostrando su desagrado por la pesadez de aquel trabajo. A menudo se entrenaba toda una tarde con este espíritu. La diferencia estribaba en que hoy estaba recibiendo golpes inesperados…, lo cual constituía para Alí el fin del mundo. Molesto, castigaba a Holmes apresándole la cabeza con el brazo. A lo largo de los años, Alí se había convertido en uno de los mejores púgiles del cuadrilátero. Si se hubiesen introducido en el boxeo llaves de karate, Alí hubiera sido también el mejor. Su credo era el de que nada del boxeo tenía que serle ajeno. Ahora, sin embargo, semejante virtuosismo se reducía a luchar con Holmes cuerpo a cuerpo. Cuando se separaban, Holmes lanzaba un nuevo ataque. A los tres asaltos, Alí empezó a propinarle golpes y Holmes se los devolvió.
El siguiente sparring de Alí, Eddie «Bossman» Jones, un peso semipesado, era como una oscura versión recortada de George Foreman. No debía de medir más de un metro setenta y cinco de estatura y Alí lo utilizaba como un compañero de juegos. Sintiéndose con Jones (un boxeador parecido por su estilo a otros boxeadores que quedaban como paralizados y solían retroceder) absolutamente a sus anchas, Alí permanecía apoyado contra las cuerdas y encajaba los golpes de Bossman cuando le parecía bien y los bloqueaba cuando no. A juzgar por su comportamiento, Alí hubiera podido ser el inspector de una línea de montaje que aceptara y rechazara el producto. «Esta pieza pasa, esta no.» En la medida en que el boxeo es carnalidad, carne contra carne, Alí era un maestro a la hora de encajar y sabía extraer todo el jugo estético de los golpes que bloqueaba o esquivaba, más todo el libidinoso jugo de Bossman Jones aporreándole el estómago. Durante todo el asalto, Bossman se dedicó a machacar a Alí, y Alí siguió encerrado en sí mismo. En el segundo de sus dos asaltos, Alí se apartó de las cuerdas durante los dos últimos minutos y empezó, por primera vez en toda la tarde, a soltar golpes. Exhibió entonces todo su arsenal de golpes de maestro, golpes con el puño cerrado, golpes con el puño abierto, golpes con el puño girado a la derecha, golpes con el puño girado a la izquierda y después toda una serie de ataques de tanteo en forma de jabs, uppercuts y ganchos certeros en posición erguida, con gran rapidez en ambos puños. A cada golpe, el guante hacía algo distinto, como si el puño y la muñeca que albergaba en su interior también estuvieran hablando.
Bundini, el entrenador de Alí, empezó ahora a animarse y a gritar desde el rincón. «¡Dale, dale, dale!», gritaba alegremente. Pero Alí no lanzaba ningún golpe fuerte; más bien aporreaba a Bossman Jones como con un pimentero, ¡ting, ting, bing, bap, bing, ting, bap!, y la cabeza de Bossman oscilaba hacia adelante y hacia atrás como una «pera» de entrenamiento. «¡Dale, dale, no pares!» Había algo de obsceno en la contemplación del espectáculo, como si la cabeza de aquel hombre se encontrara en la rueda de un alfarero y estuviera siendo moldeada en forma de «pera» o punching-ball. Aunque no había sido golpeado con fuerza, Jones (un tanto a favor del teorema de D’Amato) se tambaleaba cuando finalizó el asalto. Había sido bueno para el patrón. El rostro de Jones daba a entender bien a las claras que miles de golpes habían rebotado en su persona; poseía aquel brillo celestial del rudo trabajador cuya inteligencia ha ido mermando golpe a golpe.
Los últimos tres asaltos se disputaron con Roy Williams, presentado al público como el campeón de los pesos pesados de Pennsylvania. Poseía la misma envergadura que Alí y era un amable negro de aspecto adormilado que boxeaba con tanto respeto hacia su patrón que parecía como si su mayor preocupación fuera el terror de estropear el carisma de Alí. Williams daba zarpazos al aire y Alí se dedicaba a luchar con él desde todos los ángulos. Parecía que ahora se concentrara más en luchar que en boxear, como si experimentara curiosidad por poner a prueba sus brazos contra la fuerza de Williams. Transcurrieron tres lentos asaltos con la cabeza del campeón de los pesos pesados de Pennsylvania apresada en el hueco del bíceps de Alí. Parecía la fase terminal de una pelea callejera en la que ya no queda más que respiración jadeante.
Alí llevaba boxeando ocho asaltos, cinco de los cuales habían sido muy fáciles, demasiado fáciles para que pusiera de manifiesto tanto cansancio… El tono verdoso de su piel era indicio de un hígado en no muy buenas condiciones. Los turistas, una multitud integrada principalmente por obreros blancos del sector textil enfundados en floreadas camisas deportivas y salpicada aquí y allá por alguna que otra barba o melena, se mostraban más bien apáticos. Era necesario estar familiarizado con los métodos de Alí para tener alguna remota idea de lo que podía significar aquel entrenamiento. Hacia la mitad del último asalto empezó a escucharse de nuevo la voz de Bundini. Muy conocido entre los lectores de las páginas deportivas (por ser el inventor del «Flota como una mariposa y aguijonea como una abeja»), poseía en días normales una personalidad mucho más intensa por centímetro cúbico que el propio Alí y ahora estaba gritando con una voz que todos los espectadores iban a recordar, porque no es que fuera únicamente ronca o imprecatoria, sino que sugería, además, una capacidad de atravesar cualquier barrera atmosférica. Bundini estaba evocando a los espíritus. «¡Azótalo como una serpiente! ¡Pínchale! ¡Pínchale duro!», bramaba echando la cabeza hacia atrás y alanceando ogros ectoplasmáticos con sus ojos en blanco. Alí no reaccionaba. Él y Roy Williams seguían abrazándose, luchando y aporreándose de vez en cuando. Sin arte. Simplemente los pesados conatos de unos luchadores excesivamente cansados, tan parecidos al lento arrastrarse de los trabajadores de una empresa de mudanzas excesivamente cansados: «Dale —gritaba Bundini—, dale fuerte.» Los segundos iban transcurriendo despacio. Bundini aspiraba a una buena paliza, aspiraba a ella por aquello de la moral, para que Alí se quedara con la conciencia tranquila aquella noche, para que se confirmara la buena costumbre, para que se acabara de una vez aquel maldito mal humor, si no por otra cosa. «¡Dale fuerte! ¡Pínchale! Anda, nene. ¡Remata el espectáculo, rematemos el espectáculo! Atízale. ¡Acaba con él! ¡Acaba con él! ¡Acaba con él!», siguió vociferando Bundini hasta los últimos segundos de aquel octavo y último asalto, mientras Alí y Williams llegaban muy despacio al término de su jornada. Nada extraordinario. Ninguna paliza. El gong. No había sido un entrenamiento demasiado afortunado. Alí estaba agriado y congestionado.
No se le vio tampoco muy contento que digamos una hora más tarde, cuando se dispuso a hacer frente a las entrevistas. Repantigado en un sillón de los vestuarios, se observaban en él trazas evidentes del esfuerzo realizado y daba la impresión de ser lerdo y, por una vez, hasta poco inteligente; más aún, ni siquiera estaba guapo. Tenía el rostro ligeramente hinchado y parecía como si la cabeza se le tuviera que ir espesando hasta acabar presentando en los años futuros el aspecto de un perro carlino. Pero lo más sorprendente era su falta de energía. Por lo general, a Alí le gustaba hablar después de un entrenamiento, como si el esfuerzo físico sirviera para aguijonear sus energías y estimularlo en su mayor pasión, que era la de hablar. Hoy, sin embargo, permanecía reclinado en el sillón y dejaba que los demás hablaran por él. Se hallaban presentes en la estancia varios negros que se acercaban uno a uno como cortesanos, murmurándole a Muhammad algo al oído, y después se retiraban. Un entrevistador de una cadena negra extendió el micrófono por si Alí deseaba contestar, pero en esta ocasión no lo hizo.
Parecía como si el entrenamiento lo hubiera agotado en exceso. Se respiraba en el aire una ausencia de estímulo tan pesada como la tristeza. Desde luego, no es nada insólito que los campos de entrenamiento de los púgiles resulten sombríos. Cuando se hallan sometidos a un intenso entrenamiento, los boxeadores viven en unas dimensiones de aburrimiento que otras personas apenas alcanzan a imaginar. En el caso de los boxeadores, así tiene que ser. El aburrimiento provoca impaciencia con la propia vida y violento deseo de mejorarla. El aburrimiento crea aversión hacia la posibilidad de perder. De ahí que el mobiliario presente invariablemente todos los matices del gris apagado y del marrón apagado; que los sparrings golpeados casi hasta la insensibilidad se muestren abatidos cuando no malhumorados, y que el silencio parezca destinado a preparar al púgil para la tortura de la noche de la pelea. Los campos de entrenamiento de Alí, sin embargo, solían rebosar de vitalidad, si no por parte de los demás sí por la suya. Era como si Alí insistiera en pasarlo bien mientras se entrenaba. Pero hoy no. Aquello se parecía al campo de entrenamiento de cualquier otro boxeador. Unos sentimientos no expresados de derrota impregnaban la estancia lúgubremente amueblada.
De la misma forma que un hombre que cumple una larga condena en prisión empieza a desesperarse en el momento en que se percata de que el esfuerzo por conservar la cordura va a acabar convirtiéndolo en menos hombre, un boxeador sigue más o menos el mismo razonamiento. El preso y el púgil tienen que ceder una parte de lo que en ellos es mejor (dado que lo que es mejor para cualquier ser humano está tan poco adaptado a la cárcel —o al entrenamiento— como un animal salvaje al parque zoológico). Más tarde o más temprano, el boxeador se da cuenta de que algo de su psique está pagando demasiado caro el entrenamiento. El aburrimiento no solo le embota la personalidad, sino que le asesina el alma. No es de extrañar, por tanto, que Alí se hubiera pasado la mitad de su carrera rebelándose contra el entrenamiento.
—¿Qué piensa usted de las apuestas? —le preguntó alguien, y la pregunta, lanzada sin previo aviso, dejó a Alí como desconcertado.
—No sé nada de apuestas —repuso; alguien le explicó que las apuestas estaban contra él a razón de 21/2 a 1—. ¿Y eso es mucho? —preguntó, casi sorprendido—. ¡Entonces es que piensan en serio que Foreman va a ganar! —Por primera vez en aquel día se le vio algo menos deprimido—. Con unas apuestas así podrían ganar mucho dinero, señores. —La idea del combate, sin embargo, pareció alegrarlo un poco, como el reo que piensa en la hora en que finalizará su condena (aunque pudiera haber un asesino aguardándole en la calle)—. ¿Les gustaría —preguntó algo más animado— escuchar mi último poema?
Nadie se atrevió a decirle que no. Alí le hizo un gesto a un lacayo, el cual trajo una cartera, de la que el púgil extrajo unas manoseadas páginas, manejando esta literatura con la misma concentración en los dedos con la que un pobre hombre cuenta un fajo de billetes. Después empezó a leer. Los negros lo escuchaban compadecidos, manteniendo los ojos apartados y pensando en otras cosas.
Tengo —recitó Alí— un golpe uno-dos magnífico. El uno pega mucho, pero el dos es terrorífico.
Todo el mundo se rió estúpidamente. La composición proseguía afirmando que Alí era afilado como una navaja y que tal vez Foreman sufriera algún corte.
Con solo mirarlo te pondrás malo, porque le verás el rostro todo cortado.
Al final, Alí apartó a un lado las páginas. Agitó la mano agradeciendo el forzado regocijo de los oyentes. El poema tenía una extensión de tres páginas.
—¿Cuánto tardó en escribirlo? —le preguntaron.
—Cinco horas —repuso Alí, que podía hablar a razón de trescientas nuevas palabras por minuto.
Dado que se respetaba al hombre, al hombre en su totalidad con inclusión de su talento literario (de la misma forma que uno hubiera estado dispuesto a respetar los chirridos que Balzac pudiera arrancarle a una flauta si ello fuese indicio del valor de Balzac… y aun así, menudo valor), la imagen de Alí era apreciada también lápiz en mano, componiendo, en la más profunda reverencia negra hacia la rima…, los misteriosos eslabones del universo del sonido: ¡no hay rima que no posea una razón oculta! ¿Contribuían las rimas de Alí a configurar la disposición del futuro o se limitaba Alí simplemente a sentarse, una vez finalizado un entrenamiento, ensartando lentamente versos de escasa inspiración?
Los poderes psíquicos de Alí jamás se mantenían largo rato apartados de cualquier situación crítica.
—Eso —dijo— es para divertirme. Me estoy dedicando también a la poesía seria.
Por primera vez en aquel día pareció mostrar interés por lo que estaba haciendo. Ahora empezó a recitar de memoria en tono grave:
Las palabras de la verdad son conmovedoras, la voz de la verdad es profunda, la ley de la verdad es sencilla. En tu alma cosecharás los frutos.
El poema se prolongaba a lo largo de un considerable número de versos y al final terminaba con el verso «El alma de la verdad es Dios», sentimiento indiscutible tanto para un judío como para un cristiano o un musulmán; en realidad, indiscutible para cualquiera menos para un maniqueo como nuestro entrevistador. Pero es que el entrevistador ya se estaba adentrando por otra vereda estética. No era posible que el poema fuera original. Tal vez fuera la traducción de algún pío fragmento sufí que sus preceptores musulmanes le hubieran leído, tras lo cual Alí se hubiera limitado a modificar algunas de las palabras. Perduraba, sin embargo, un determinado verso: «En tu alma cosecharás los frutos.» ¿Lo había escuchado uno realmente? ¿Era posible que lo hubiera escrito él? En todos los doce años de proféticas coplas pugilísticas por parte de Alí —el poema tan pésimo como exacta la predicción: «Archie Moore / el suelo duro / besará seguro / cuando termine el cuarto», y cosas por el estilo—, aquel verso debía ser el primer ejemplo, en el voluminoso catálogo de Alí, de una idea no resueltamente antipoética. Que Alí fuera capaz de componer algunas palabras de verdadera poesía sería análogo al caso de un intelectual capaz de soltar un buen golpe. Era necesario efectuar averiguaciones. Alí, sin embargo, no lograba recordar el verso fuera de su contexto. Tenía que recordar el poema entero. Pero le estaba fallando la memoria. Ahora podía comprenderse el efecto de los golpes que había recibido aquella tarde. Verso a verso, su voz buscaba las olvidadas palabras. Tardó cinco minutos en conseguirlo. En aquellos momentos, todo ello se convirtió en otro tipo de esfuerzo, como si el acto de recordar pudiera restablecer la conexión de los circuitos del cerebro que se habían estropeado aquel día. Con todo el alborozo de un niño de ocho años que hace gala de su buena memoria en clase, Alí lo consiguió al final. Su paciencia fue recompensada.
—La ley de la verdad es sencilla. / Lo que siembres cosecharás.
¡Lo que siembres cosecharás! La marca de Alí se había conservado intacta. Aún le faltaba por escribir su primer verso de poesía.
El ejercicio sirvió, sin embargo, para despertarlo. Empezó a hablar de Foreman con gran fruición.
—¿Piensan que va a derrotarme? —preguntó Alí a gritos, como si hubieran cometido una ofensa contra su sentido del universo—. Foreman —añadió, encolerizado— no es más que un tipo agresivo. ¡No sabe pegar! Jamás ha dejado fuera de combate a ningún hombre. Derribó a Frazier seis veces pero no pudo noquearlo. ¡Derribó cuatro veces a José Román, que es un don nadie, pero no pudo noquearlo! ¡Y a Norton lo derribó cuatro veces! Eso no es un pegador. Foreman se limita a empujar a la gente al suelo. ¡No puede causarme ningún quebradero de cabeza porque no tiene gancho de izquierda! Los ganchos de izquierda me preocupan. Sonny Bates me abatió con un gancho de izquierda, Norton me rompió la mandíbula, Frazier me derribó con un gancho de izquierda, pero Foreman… pega flojo y tarda un año en alcanzarte. —Ahora Alí se levantó y empezó a lanzar golpes al aire—. ¿Creen que eso me va a preocupar a mí? —preguntó lanzando en dirección al entrevistador golpes con la izquierda y con la derecha, que por escasos cinco centímetros no le llegaban a la retina—. Esta va a ser la mayor derrota de toda la historia del boxeo. —Al final, Alí se había animado—. Le gano en alcance por cuatro centímetros. Y eso es mucho. Un centímetro y medio ya puede considerarse una ventaja. Pero cuatro centímetros es mucho. Mucho.
De sobra era sabido que un campo de entrenamiento se propone el objetivo de manufacturar un producto: el ego de un púgil. En el campo de Muhammad, sin embargo, no se encargaban de la manufactura ni el ausente representante ni los entrenadores ni los sparrings y ciertamente tampoco la sombría atmósfera que en él se respiraba. No, de todo el trabajo se encargaba el propio Alí. Él era el producto de su propia materia prima. Tal y como él planteaba el asunto, Foreman no tenía ninguna posibilidad. No obstante, perduraba el recuerdo del aniquilamiento de Ken Norton en dos asaltos por parte de Foreman. Aquella noche, hablando junto al ring poco después de finalizada la pelea, Alí lo había dicho con voz estridente. Al empezar a hablar con los entrevistadores de televisión, su primera observación —nada característica de Alí— fue: «Foreman puede pegar más fuerte que yo.» Si Alí se había disculpado consigo mismo por sus dos largos combates nulos con Norton, tales disculpas se habían borrado de su ego. Aquella noche en Caracas, directamente ante sus ojos, había visto a un asesino. Foreman se había mostrado en el cuadrilátero perverso como pocos. En el segundo asalto, mientras Norton empezaba a desplomarse por segunda vez, Foreman le alcanzó de lleno cinco veces con la misma rapidez instantánea con la que un león ataca a su presa. Tal vez Foreman no supiera pegar, pero sabía ejecutar. Aquel instante debió de remover las entrañas de Alí.
Como es lógico, un gran boxeador no puede experimentar la misma inquietud que otros hombres. No puede pararse a pensar en el daño que tal vez le inflija otro boxeador. Porque en tal caso su imaginación no lo haría más creativo, sino menos… Al fin y al cabo, tiene a su disposición toda la inquietud que desee. Allí en Deer Lake la orden era la de enterrar cualquier temor; en su lugar, Alí se dedicaba a aspirar una perniciosa confianza en sí mismo, monótona en extremo. Una vez más, su encanto se perdió en la declamación de su propio valor y de la ineptitud de su adversario. No obstante, la alquimia daba resultado. En cierto modo, la inquietud enterrada se transformaba en ego. Diariamente acudían los entrevistadores y diariamente era informado del 21/2 a 1 de las apuestas y sometía a sus informadores al mismo discurso, leía los mismos poemas, se levantaba y les lanzaba golpes a cinco centímetros de la cara. Si los reporteros traían consigo magnetófonos en los que grabar sus palabras, podían acabar disponiendo de la misma entrevista, palabra por palabra, aunque sus visitas hubieran estado separadas por una semana de distancia. Toda una horrenda pesadilla —el exterminio de Norton por parte de Foreman— se convertía, periodista por periodista, poema por poema, mismo análisis tras mismo análisis —«¡Tiene un golpe agresivo pero no sabe pegar!»—, en la restauración del ego de Alí. El canguelo del terror estaba siendo emparedado tras ladrillos psíquicos. ¡Qué muro de ego no habrá erigido Alí a lo largo de los años!
Antes de partir se efectúa un recorrido informal por el campo de entrenamiento. Deer Lake ya es famoso en los medios de comunicación por sus reproducciones de cabañas de esclavos en lo alto de la colina de Alí y por las grandes rocas en las que aparecen pintados los nombres de sus contrincantes. El nombre de Liston figura en la primera roca que se encuentra al enfilar la carretera de acceso. Cada regreso al campo tiene que recordarle a Alí estas rocas. Hubo un tiempo en que aquellos nombres eran púgiles que provocaban el pánico en medio del sueño y un escalofrío al despertar. Ahora no son más que nombres, y las cabañas constituyen un deleite para la vista, sobre todo la cabaña de Alí. Sus maderas presentan el oscuro tinte del viejo puente de ferrocarril del que proceden; su interior, para agradable sorpresa, se asemeja mucho al de una modesta cabaña de esclavos. El mobiliario es sencillo pero auténticamente antiguo. El agua se obtiene mediante una bomba de mano. La más lógica moradora de la cabaña de Alí sería una anciana con los modales propios de una reseca y honrada vida. Hasta la cama de cuatro pilares, con su colcha de labor de retazos, parece más adecuada para el tamaño de la anciana que para el de Alí. Fuera de la cabaña, sin embargo, el residuo filosófico de esta anciana queda obliterado por el estacionamiento cubierto. Es más espacioso que una cancha de baloncesto, y todos los edificios, grandes y pequeños, lindan con él. ¡Cuánta parte de Alí se respira aquí! El sutil gusto del Príncipe del Cielo, venido para conducir a su pueblo, entra en colisión con los estridentes rugidos del paraíso de los medios de comunicación de Muhammad, en el que el único firmamento es el asfalto y las estrellas despiden destellos en medio de las perturbaciones eléctricas.
2. ¡Qué bajón!
Observen ustedes el gusto de otro negro: son los dominios presidenciales del presidente Mobutu en Nsele, a orillas del río Congo, un recinto en cuyo interior se levantan varios edificios revestidos de blanco estuco, con calles que se extienden a lo largo y a lo ancho de quinientas hectáreas de terreno. En algún oculto lugar del mismo se encuentra un parque zoológico, así como una piscina olímpica. Hay una gran pagoda a la entrada, que empezó a construirse como regalo de los chinos nacionalistas y se terminó como regalo de los chinos comunistas. Nos encontramos en unos curiosos dominios: ¡Nsele! Se extienden desde la autopista hasta el Congo sobre campos de cultivo, a tres kilómetros hasta el Congo, ahora llamado el Zaire, enorme río que aquí resulta decepcionante dado que sus aguas son cenagosas y están congestionadas a causa de los arracimamientos de jacintos desprendidos de las riberas que flotan como reses muertas sobre la superficie, tan poco románticos como zurullos. Una embarcación fluvial de tres puentes, híbrido de yate y vapor de ruedas, se halla amarrada al muelle. La embarcación se llama Président Mobutu. A su lado y con una apariencia muy similar se encuentra un buque-hospital. Se llama Mama Mobutu. No es de extrañar. Los carteles que anuncian el combate dicen: «Un cadeau du Président Mobutu au peuple Zairois (un regalo del presidente Mobutu al pueblo zaireño) et un honneur pour l’homme noir» (y un honor para el hombre negro). Al igual que una serpiente enroscada a una vara, el nombre de Mobutu se entrelaza en el Zaire con el ideal revolucionario. «Una pelea entre dos negros en una nación negra, organizada por negros y presenciada por todo el mundo; eso es una victoria para el mobutismo.» Así reza uno de los letreros gubernamentales verdes y amarillos en la autopista que enlaza Nsele con la capital, Kinshasa. Un variado surtido de dichos letreros escritos en inglés y francés proporcionan al automovilista un curso acelerado de mobutismo. «Queremos ser libres. No queremos que se obstaculice nuestro avance hacia el progreso; aunque tengamos que abrirnos camino a través de la roca, nos lo abriremos a través de la roca.» Es mejor que los anuncios de la loción para el afeitado Burma Shave y sin duda un noble sentimiento para con la vegetación del Congo, pero el entrevistador está pensando que, tras haber realizado un viaje tan largo, ha llegado a un lugar sin demasiado encanto. Y, además, el entrevistador presenta un color verdoso. Ha contraído cierta afección viral en El Cairo antes de trasladarse al Zaire y solo lleva en este país tres desdichados días. Incluso emprenderá viaje a Nueva York esta misma tarde. La pelea ha sido aplazada. Foreman ha sufrido un corte durante los entrenamientos. Dado que la lesión está localizada justo sobre el ojo, el aplazamiento —aunque no pueda saberse con certeza— no podrá ser inferior a un mes. El día en que tomó tierra en el Zaire fue el día en que se enteró de la noticia. ¡Qué bajón! Como es lógico, habían hecho caso omiso de su reserva de habitación. No hay nada comparable a no encontrar una cama cuando se llega al amanecer a una capital africana. Perdió buena parte de la mañana antes de que le asignaran una habitación en el Memling, famoso por su historia revolucionaria. Hace una década, los corresponsales se albergaban en sus plantas superiores mientras los protagonistas eran ejecutados en el vestíbulo. La sangre había corrido por el suelo del vestíbulo. Pero ahora el Memling había vuelto a ser el mismo de siempre, un hotel mediocre de una ciudad tropical. El famoso suelo del vestíbulo igualaba más o menos en limpieza y buena impresión al suelo de la estación de autobuses Greyhound de Easton, Pennsylvania, y los nativos del mostrador hablaban el francés como hombres con laringes artificiales. A pesar de lo cual los aires de superioridad que mostraban hacia los extranjeros eran propios de parisienses. ¡Qué orgullo exhibían ante la incapacidad de comprender el acento de uno! ¡Menudo vestíbulo en el que ser ejecutado! Los funcionarios zaireños que por allí pasaban vestían chaquetas azul oscuro sin solapas a juego con unos pantalones azules llamados abascos (contracción del lema à bas le costume, abajo el traje formal), conjunto que se había convertido en el atuendo oficial burocrático revolucionario. Dado que algunos de dichos funcionarios hasta hablaban inglés (con acentos más torturados que el de los japoneses, catapultando las palabras desde el estómago, al tiempo que los ojos parecían salírseles de las órbitas), la irritación coloreaba todos los diálogos. La opinión de la prensa era que los zaireños debían ser el pueblo más mal educado de todo África. Las relaciones entre los zaireños y los blancos visitantes se convertían rápidamente en mutuo aborrecimiento. Para obtener lo que uno deseaba —tanto si se trataba de una bebida como de una habitación o de un billete de avión—, era obligado el tono autoritario propio de un belga. Si, por ejemplo, colgabas el teléfono tras haberte pasado veinte minutos esperando respuesta, podías estar seguro de que el telefonista te llamaría a su vez para pegarte un rapapolvo por haberle molestado. Tenía uno que adoptar la actitud de un cultivateur de Belgique que les cantara las cuarenta a los braceros de las plantaciones. «La connection était im… par… faite!» Los modales se habían vuelto tan malos que los negros norteamericanos increpaban a los negros africanos. ¡Menudo país de viejos y nuevos embrollos!
Peor todavía. Encontrarse en el Congo por vez primera y saber que su nombre había cambiado. Esta contribución a la anomía resultaba más debilitante que el canibalismo. ¡Llegar al borde del «Corazón de las tinieblas», allí en la vieja capital del horror de Joseph Conrad, esta Kinshasa, la antigua y malvada Leopoldville, centro de la trata de esclavos y del comercio del marfil, y verlo a través de los ojos biliosos de un torturado intestino! ¿Formaría parte del genio de Hemingway el hecho de que este viajara con las tripas sanas? ¿Quién habría deseado jamás con mayor vehemencia encontrarse de regreso en Nueva York? Si había algún hechizo en Kinshasa, ¿dónde buscarlo? El centro de la ciudad presentaba todo el aire de una localidad del interior de Florida de unos setenta u ochenta mil habitantes que, de alguna manera, no hubieran conocido los tiempos de vacas gordas. Unos pocos edificios de gran tamaño dominaban a muchos otros muy pequeños. Pero Kinshasa no tenía ochenta mil habitantes. Tenía un millón y se extendía a lo largo de más de sesenta kilómetros alrededor de un meandro del Congo, ahora el Zaire, sí. No resultaba más agradable que recorrer sesenta kilómetros de tránsito de camiones y suburbios atestados de vehículos por los alrededores de Camden o Biloxi. Si en el interior había una ciudad llena de miseria y color llamada La Cité en la que los nativos vivían en una interminable pobreza de riachuelos, serpenteantes caminos sin asfaltar, clubes nocturnos, tenderetes y cobertizos, nuestro viajero se sentía demasiado mareado a causa del desarreglo interno de su vida como para efectuar una visita a la misma y solo pensaba en regresar a casa. Como es lógico, en tales circunstancias, las emociones productoras de bilis resultaron de lo más satisfactorias. ¡Qué placer comprobar que aquel estado revolucionario negro de un solo partido había logrado combinar algunos de los más opresivos aspectos del comunismo con lo más reprobable del capitalismo! El presidente Mobutu, el séptimo (según se dice) hombre más rico del mundo, había decretado que el único término adecuado para un zaireño cuando se dirigía a otro era el de «citoyen». Con unos ingresos promedio per cápita de 70 dólares anuales, incluso un zaireño, cualquier zaireño, podía llamar «ciudadano» al séptimo hombre más rico del mundo. No es de extrañar, por tanto, que al entrevistador le resultaran detestables los dominios presidenciales. Aquellos pequeños hotelitos blancos (reservados a la prensa) y el gran Palacio de Congresos (reservado para los entrenamientos de los boxeadores) constituían un Levittown-del-Zaire. Los edificios de estuco pintados de color aspirina se encontraban situados detrás de unos decorativos muros modulares a cielo abierto que recordaban lo peor de Edward Durrell Stone, lo cual constituye una crítica muy severa, dado que hasta lo mejor de Edward Durrell Stone es análogo a tomarse una pastilla para el cáncer… No, aquel ostentoso Nsele, con sus calzadas de tres kilómetros y sus hordas de demacrados braceros trabajando en los campos de melones (se podía cruzar uno con mil negros por la carretera antes de vislumbrar a un hombre con el más leve asomo de tripa), era una realización tecnológica análoga a la NASA o a Vacaville, una prisión de mínima seguridad para los funcionarios de los medios de comunicación y los burócratas de paso de todo el mundo. Una alta torre blanca y cromada con las iniciales del partido —MPR— se erguía como un pilar rebosante de rectitud fálica. Quedaban muy lejos Joseph Conrad y el viejo horror. Tal vez hiciera falta una mentalidad tan radical como la suya para estar dispuesto a argüir que las exquisiteces plásticas de Edward Durrell Stone eran igual de odiosas que el Congo Belga de 1880:
No eran enemigos, no eran criminales, no eran ahora nada terrenal… No eran más que unas negras sombras de enfermedad y hambre yaciendo confusamente en la verdosa oscuridad. Traídos desde todos los rincones de la costa, con toda la legalidad de los contratos temporales, perdidos en un ambiente incompatible, alimentados con comida extraña, enfermaban, resultaban ineptos y entonces se les permitía alejarse a rastras y descansar. Aquellas sombras moribundas eran tan libres como el aire… y casi tan livianas como este. Empecé a distinguir el brillo de los ojos bajo los árboles. Después, al bajar la mirada, vi un rostro cerca de mi mano. Los huesos negros se hallaban recostados con un solo hombro contra el árbol y lentamente los párpados se abrieron y los hundidos ojos me miraron, enormes y vacíos, con una especie de ciego y blanco destello en la profundidad de las órbitas, extinguiéndose lentamente. El hombre parecía joven —casi un niño—, aunque en su caso resulta difícil saberlo. No pude hacer otra cosa más que ofrecerle una de las excelentes galletas suecas que llevaba en el bolsillo. Los dedos se cerraron lentamente y la apresaron…, no hubo ningún otro movimiento y ninguna otra mirada.
En Nsele, Alí se alojaba en una villa situada en una calle que bordeaba las márgenes del Zaire. El interior de la vivienda había sido amueblado por el gobierno según el estilo que era de esperar. Las habitaciones, el doble de grandes que las de un motel, eran idénticamente deprimentes. Los grandes sofás y los sillones estaban tapizados en pana verde, el suelo eran unas grises baldosas de plástico, los almohadones de color anaranjado, la mesa de color marrón oscuro… Nos encontrábamos ante ese omnipresente mobiliario de hotel que en el comercio al por mayor se conoce con la denominación de High Schlock.
Eran las nueve de la mañana. Alí había dormido. Aunque ofrecía mejor aspecto que en Deer Lake, todavía seguían adivinándose en él ciertas deficiencias de salud. En realidad, se habían divulgado noticias en el sentido de que su índice de azúcar en la sangre era bajo, de que le faltaba energía y de que había sido sometido a un nuevo régimen. Sin embargo, su aspecto no había mejorado gran cosa.
Aquella mañana se encontraba doblemente deprimido a causa del corte de Foreman. Faltaba escasamente una semana para la pelea. Un corresponsal de la televisión llamado Bill Brannigan, que habló con Alí poco después de haberse enterado este de la noticia, comentó: «Es la primera vez que veo a Alí reaccionar sinceramente.» Qué contrariado estaba. «En el peor de todos los momentos —dijo Alí—, y lo peor que podía ocurrir. Me siento como si acabara de morirse alguien muy cercano a mí.» ¿Era posible que lo que efectivamente acabara de morir fuese la creciente determinación de su cuerpo, su difícil aproximación a la buena condición física? Sin embargo, hablar de buena condición física equivale a abordar el principal misterio del boxeo. Se trata de un insólito estado del cuerpo y de la mente que permite a un peso pesado poder moverse a alta velocidad por espacio de quince asaltos. Lo cual no puede lograrse por un simple acto de voluntad. Pero Alí lo había estado intentando. Se había estado entrenando durante meses.
Y lo más curioso era que había habido un tiempo en que siempre se encontraba en buena forma. Antes de su segundo combate con Liston, se le podía sorprender en mitad de cualquier sesión de gimnasio y estaba soberbio. Su cuerpo no le podía traicionar. Se podía definir la felicidad en función de cómo valorara su propia condición física. Pero de eso hacía diez años. En el transcurso de los tres años que siguieron a su desposesión del título por haberse negado a cumplir el servicio militar —«Ningún miembro del Vietcong me ha llamado jamás ‘negrito’»— llevó toda clase de vidas menos la propia de un boxeador: dio conferencias, actuó en un teatro de Nueva York, viajó y holgazaneó. Se lo pasó bien. Desde entonces entrenaba siempre con un ojo puesto en las diversiones de que iba a gozar tan pronto como finalizaran los entrenamientos del día. La víspera de su primera pelea con Norton, con las manos doloridas a causa de la artritis y con una inyección de cortisona en el tobillo, acudió a una fiesta. A la noche siguiente, Norton le rompió la mandíbula. Tras lo cual, Alí se obligó a entrenar con mayor dureza, pero le costaba enormemente. Solo para el segundo combate con Frazier y ahora para el de Foreman se había sometido de buen grado al deprimente suplicio de intentar alcanzar la mejor condición física. ¡Cuántos meses había trabajado con denuedo en Deer Lake! Hasta comía pescado por la artritis y evitaba la carne. Las manos se le curaron. Podía volver a pegar duro. Pero su energía había menguado. Tras aquella larga temporada de entrenamientos, ¡su energía seguía menguando! Algo de las cósmicas leyes de la violencia debe ser carnal y le ordena a uno comer carne. Desistió de comer pescado, volvió a alimentarse con carne de animales, comió postres y volvió a recuperar el nivel de azúcar en la sangre. Tal vez ya estuviera dispuesto finalmente a hacer frente al combate que pondría a prueba la lógica de toda su vida. Ahora el aplazamiento debió antojársele algo así como una amputación. ¡Menudo peligro! Todas las células de su cuerpo estaban dispuestas a amotinarse.
Sin embargo, aquella mañana, 48 horas más tarde, se mostró filosófico:
—Una auténtica decepción —dijo—, una auténtica decepción. Pero Alá me ha revelado que debo considerarlo una lección particular de decepción. Es mi oportunidad de aprender a transformar la peor de las decepciones en la mayor de las fuerzas. Porque la semilla del triunfo puede encerrarse en la miseria de la decepción. Alá me ha concedido poder considerar este aplazamiento como una bendición. La mayor sorpresa —añadió extendiendo un dedo— siempre se encuentra en el propio corazón.
Solo Alí podía pronunciar aquel discurso a las nueve de la mañana e inducirle a uno a creer que él se lo creía.
—A pesar de todo —añadió Alí—, es duro. Estoy cansado de entrenar. Siento deseos de comerme todos los dulces de manzana y toda la crema azucarada que me apetezca.
Después —¿sería acaso porque habían permanecido de pie escuchando todo el discurso?— el entrevistador fue oficialmente presentado a los acompañantes negros de Alí como «un gran escritor. No’min es un sabio», dijo Alí. Grave obstáculo para la entrevista. Porque, tras semejante presentación, ¿cómo podría Alí no desear leer sus poemas? Y, a su vez, es posible que el sabio desee ser valiente pero que, obligado a enfrentarse con tales versos, se adhiera al culto de la cobardía. ¡Cómo esquiva No’min el deseo de Alí de que someta a crítica sus poemas! Mientras Alí recita, se derrumban todos los principios literarios… Lo cual es análogo, en pecado estético, a aplaudir el urbanismo de Nsele.
Una vez más, sin embargo, la poesía no es un simple ripio, sino que deriva de las misteriosas fuentes de Alí. En cosa de unas cien páginas, cada una de ellas ocupada por la gran caligrafía de Alí, de tal forma que no contiene más de cincuenta palabras, Alí se refiere al corazón. Se trata de un curioso poema. Una vez más, resulta difícil averiguar qué proporción del lenguaje le pertenece, pero es ciertamente un poema acerca de la naturaleza del corazón. Lo recita como un sermón, y Alí se parece a un inteligente muchacho de trece años, admirado por su capacidad de permanecer en el altar y hablar como un adulto. El poema explora las categorías del corazón. Está el corazón de hierro, que hay que acercar al fuego para poder introducir en él algún cambio, y el corazón de oro, que refleja la gloria del sol. Mientras la atención de uno empieza a disminuir, uno escucha de pasada los comentarios relativos a los corazones de plata y cobre y piedra y al corazón de cera del cobarde, que se derrite ante el calor (si bien una intención superior puede conferirle cualquier tipo de forma útil). Después Alí se refiere al «corazón de papel, que vuela como una cometa al viento. Se puede dirigir al corazón de papel siempre y cuando la cuerda sea lo suficientemente fuerte como para sujetarlo. Pero, cuando no hay viento, se cae».
Se ensaya una variación. Se da a entender que Alí debe poseer un corazón de hierro. Alí se muestra sorprendido porque se ve a sí mismo con un corazón de oro. A la lectura sigue después el silencio.
—Son unos sermones muy bonitos —dice Norman—. Cuando emprenda la carrera de pastor, serán muy adecuados para lo que vaya a hacer.
Sus intestinos le castigan inmediatamente por su hipocresía. Además, esta ausencia de comentario directo no contribuye a mejorar el estado de ánimo de Alí. Está resultando una mañana desenfocada. Puesto que más tarde no va a haber entrenamiento, Alí se muestra inquieto.
—Tal vez me entrene un poco —dice—. A esta gente de África le gusta verme y el aplazamiento los ha desalentado. Tal vez se tranquilicen un poco si ven que me sigo entrenando.
—¿Se quedará aquí hasta el día de la pelea?
—No tengo la menor intención de moverme. Mi sitio está aquí, con mi pueblo.
Habían corrido rumores en el sentido de que ni a Alí ni a Foreman se les iba a permitir abandonar el Zaire. Lo cierto era, de todos modos, que la villa de Foreman se hallaba custodiada por soldados. En la hora que siguió al corte sufrido por el campeón, el hombre de Mobutu en Nsele, Bula Mandungu, procuró que no se divulgara la noticia, pero descubrió que esta ya se había transmitido a Norteamérica a través del único teletipo que sus colaboradores habían negligentemente olvidado destruir. Bula, en cuyos ojillos brillaba la no agradable bienvenida del hombre que ha llevado una pistolera al cinto durante veinte años, reprendió ahora a la prensa:
—No deben publicarlo —dijo—. Sería erróneamente interpretado en su país. Les aconsejo que se olviden de esta historia. El corte no es nada. Vayan a nadar un poco. Seguramente Foreman podrá retomar el entrenamiento mañana —opinó Bula, que había vivido tres años en la Alemania Oriental y cuatro en Moscú, circunstancias a las que tal vez cupiera atribuir el estilo de sus palabras—. Los norteamericanos son unos histéricos —concluyó—. Siempre dramatizan las cosas.
Un valiente funcionario del Departamento de Estado les prestó ahora su automóvil negro de la embajada norteamericana a unos cuantos periodistas con el fin de que estos pudieran trasladarse a la villa de Foreman, a seis kilómetros. Pero, cuando llegaron, no se les permitió descender del vehículo. Desde el porche, el entrenador de Foreman, Dick Sadler, les hacía señas con la mano indicándoles que subieran, pero el funcionario de seguridad que había mandado detener el automóvil dijo rápidamente:
—Están ustedes molestando al campeón.
—No es cierto. ¿Acaso no ve usted que el entrenador nos está haciendo señas para que nos acerquemos? —dijo John Vinocur, de la Associated Press.
—Me están molestando a mí —dijo el funcionario de seguridad llamando a los guardias, que se acercaron inmediatamente con sus metralletas Uzi, producto de un viejo devaneo con los israelíes. Dado que Mobutu es también conocido por su pagoda chino-nacionalista y chino-comunista, por sus residencias privadas en Bélgica, París y Lausana, por sus bancos suizos, por su actual flirteo con los árabes y por los extraordinarios buenos oficios de la CIA en Kinshasa, que habían desencadenado, según se decía, el golpe que lo había elevado al poder, justo era considerar al presidente del Zaire como un ecléctico. (La verdad: ¡era el colmo del eclecticismo!) Los periodistas rindieron tributo a semejante virtuosismo alejándose con el automóvil oficial norteamericano y su bandera norteamericana de las Uzis israelíes que empuñaban las negras manos de los guardias de seguridad de Mobutu. Ahora, en las mesas de la prensa, se comentaba jocosamente que los Marines tendrían que invadir el Congo para liberar a Alí.
Sin embargo, el tiempo transcurría sin incidencias en la habitación amueblada al estilo High Schlock. La gente entraba y salía de la villa. Alí tomaba asiento en uno de las sillas tapizadas de pana verde y concedía una entrevista tras otra. Analizaba el corte de Foreman y el efecto que en este produciría. «Jamás había sufrido ningún corte. Creía que era invencible. Eso le habrá perjudicado.» Al finalizar su análisis, Alí concedió una entrevista a un reportero africano y se refirió a su intención de recorrer todo el país del Zaire después de la pelea. Habló luego de su amor hacia los zaireños. «Es un pueblo dulce y trabajador, humilde y bueno.»
Había llegado la hora de partir. Si pretendía uno no perder el avión, había llegado la hora de despedirse de Alí. Se sentó a su lado, esperó un minuto y pronunció unas cuantas palabras de despedida. La idea de la partida de alguien fue tal vez la causa de su inesperada respuesta. Lo cierto es que Alí murmuró con toda claridad:
—Tengo que largarme de este sitio.
¿Podía el entrevistador creer en lo que acababa de escuchar? Se inclinó hacia adelante. Era lo más cerca que ambos habían estado jamás.
—¿Por qué no se va de safari por unos días?
Con esta observación perdió lo que restaba de su exclusiva. ¿Por qué no se habría limitado a decir simplemente: «Sí, es muy duro»? Comprendió demasiado tarde que había que acercarse a la mente de Alí con la misma precaución con que se acerca uno a una ardilla.
—No —repuso Alí resistiendo la tentación de rascarse el nuevo prurito—. Me quedaré aquí y trabajaré por mi pueblo.
El boxeo es la exclusión de la influencia exterior. Una disciplina clásica.
Norman regresó a los Estados Unidos sin la menor ilusión sobre el futuro combate.
3. El millonario
Resulta que nuestro sabio tenía un vicio. Escribía acerca de sí mismo. No solo describía los acontecimientos que observaba, sino también el pequeño efecto de su persona sobre los acontecimientos. Esto irritaba a los críticos. Hablaban de exaltación del propio orgullo y de las desagradables dimensiones de su narcisismo. Tales críticas no hacían demasiado daño. Ya había mantenido consigo mismo unas relaciones amorosas que habían agotado buena parte de su amor. Ya no se mostraba tan complacido como antes de su presencia. Sus reacciones cotidianas le producían aburrimiento. Se estaban pareciendo cada vez más a las de cualquier otra persona. Observó que su mente estaba empezando a girar sobre sí misma y que a veces parecía repetirse por la simple esclavitud de intentar defender unas costumbres mediocres. Si se preguntaba el nombre que debería utilizar para su escrito acerca del combate, ello no se debía en modo alguno a ningún exceso de orgullo literario, sino que arrancaba más bien de una preocupación por la atención del lector. Difícilmente se podría seguir una larga composición en prosa en la que el narrador se presentara únicamente como una abstracción: El Escritor, El Viajero, El Entrevistador. Resultaría tan poco agradable como el hecho de tener que convivir durante muchos años con una mujer a la que se considerara La Esposa.
A pesar de lo cual, Norman se sentía humilde a su regreso a Nueva York y pensaba que tal vez fuera conveniente utilizar su nombre propio… tal como hacía todo el mundo en el ambiente pugilístico. En realidad, tenía la cabeza tan decididamente vacía que la única alternativa en la que podía pensar era escribir una obra sin utilizar ningún nombre. Su sabiduría jamás se le había antojado más invisible, lo cual constituye la condición más adecuada para adquirir una voz anónima.
Sin embargo, de vuelta en Kinshasa un mes más tarde, observó que se habían producido muchos cambios. Ahora disponía de una buena habitación en el Inter-Continental, al igual que todas las personalidades del grupo de Foreman: el campeón, el apoderado, los sparrings, los parientes, los amigos, los hábiles entrenadores —estamos hablando nada menos que de Archie Moore y de Sandy Saddler—, todos los componentes del séquito estaban allí. En el hotel se alojaban algunos miembros del equipo de Alí, muy especialmente Bundini, que más adelante se enzarzaría en guerras verbales con la gente de Foreman en el vestíbulo. ¡Y menudas guerras! Tendremos ocasión de describirlas más adelante. También se alojaban en el Inter-Continental los promotores del combate, John Daly, Don King y Hank Schwartz, así como Big Black, el gran tambor de conga del equipo de Alí. Entrevistado por un periodista británico que le preguntó cómo se llamaba el tambor, él repuso que conga. El periodista escribió Congo. El censor zaireño lo cambió por Zaire. Y ahora Big Black podía declarar en las entrevistas que tocaba los zaires.
Sí, reinaba una atmósfera distinta. La comida era mejor en el Inter-Continental, y las bebidas también. En el vestíbulo se observaba una enorme actividad de blancos y negros. Músicos que habían actuado en un festival celebrado cuatro semanas antes y que habían quedado rezagados, agentes a punto de ser ascendidos, expertos en boxeo, cantamañanas y hasta algunos turistas se mezclaban con burócratas africanos y empresarios europeos de paso. Los empleados y empleadas de los casinos acudían a echar un vistazo y se mezclaban con los muchachos del Cuerpo de la Paz y los ejecutivos de empresa. Por el vestíbulo cruzaban dashikis, chaquetas guerreras y trajes de espiga. Los relaciones públicas se apresuraron a hablar del «salón de Kinshasa». Resultaba un vestíbulo curiosamente agradable a pesar de que el castaño y el anaranjado pastel de las alfombras, sillones de mimbre, paredes, lámparas, y sofás no se diferenciaran gran cosa del color del Hilton de Indianápolis o el Sheraton de Albuquerque. En África daba resultado. En Kinshasa, la menor comodidad daba mucho de sí. ¡Los rápidos ascensores parecían aviones! ¡La comida frita consistía en huevos! Los taxis acudían velozmente. No obstante, la dicha estaba en función de la corriente que se registraba en el vestíbulo y no ya de la situación social de las personas allí reunidas. Los árbitros sociales de los campeonatos de los pesos pesados hubieran acabado ciegos en su esfuerzo por descubrir algún rostro lo suficientemente importante como para ser ignorado. Aunque la víspera de la pelea llegaron finalmente algunos nombres famosos —Jim Brown, Joe Frazier y David Frost—, las viejas glorias del boxeo estuvieron ausentes. El cuadro de mando de la pelea más George Plimpton, Hunter Thompson, Bud Schulberg y el que esto escribe constituían el grupo de notables. Había que rechazar cualquier noción de anonimato.
Porque resultaba que Norman estaba siendo acogido por los negros. Si Alí lo presentó como «un sabio» —Alí, que lo había visto en una docena de circunstancias a lo largo de los años y que jamás había recordado bien su nombre—, Foreman dijo a su vez: «Sí, he oído hablar de usted. Es el campeón de los escritores.» Don King lo presentó como «una gran mente, un genio». Bundini, mintiendo descaradamente, les aseguró a todos: «No’min es incluso más listo que yo.» Archie Moore, a quien No’min llevaba reverenciando mucho tiempo, decidió finalmente mostrarse cordial. Un sparring le pidió un autógrafo.
¡Qué fiesta! Al verse acogido tan calurosamente a su regreso a África, se sintió liberado del malestar que le había producido su anterior bajón. Las huellas finales de la miserable fiebre que lo había retenido en cama una semana al regresar a Nueva York desaparecieron por completo. Se alegraba de encontrarse de nuevo en África. Menuda sorpresa. Puesto que en aquel ambiente no era tan leído como elogiado y puesto que la comunidad norteamericana negra, con su curioso consenso de opinión, estaba extendiendo, a modo de ondas psíquicas, conceptos favorables a él sin ningún motivo aparente —no había publicado recientemente ninguna obra y no había mantenido ninguna relación extraliteraria con los negros desde los libros y artículos que había publicado diez o quince años antes—, comprendió al final todas las dimensiones de la ironía. Hacía algunos meses, los periódicos habían publicado una noticia referente a un libro que estaba escribiendo. Los editores iban a pagarle un millón de dólares por el libro. Si en el transcurso de los últimos años sus velas se habían consumido más bien despacio en la catedral literaria, la noticia contribuiría a acelerar su extinción. Sabía que la tan cacareada novela (de la que le faltaban todavía por escribir nueve décimas partes) tendría que ser ahora doblemente buena con el fin de poder superar semejante noticia económica. Los buenos literatos no andan recogiendo sumas. No era cosa de que se pusiera a protestar en todas las periferias literarias afirmando que su editor de Boston no había enloquecido a causa de una enfermedad degenerativa de la corteza cerebral, sino que el millón se le iría pagando a medida que fuera escribiendo de quinientas a setecientas mil palabras, es decir, el equivalente a cinco novelas. Puesto que solo cobraría contra entrega del trabajo y había contraído deudas y ya se había gastado un considerable anticipo y tenía que mantener a cinco esposas y siete hijos, encontrándose actualmente en unas dificultades económicas más grandes que la copa de un pino, la suma no era tan elevada como parecía, afirmaba él. «El millón es nominal, ¿comprende?»
El mundo literario estaba construido sobre un mal reparto de obligaciones. Y era lógico. Si nadie se apresuraba a perdonarlo, a no ser que su novela resultara extraordinaria, tal vez ello lo obligara a crear una obra lo más cercana posible a dicho objetivo. Era posible que, al final, pudiera disponer de tiempo para, al menos, analizarlo.
Aquí en África, sin embargo, las cosas eran distintas. Tan pronto como la noticia del millón se difundió a través de los servicios informativos, su nombre empezó a subrayarse en toda la comunidad negra. No’min Millón era un hombre capaz de ganarlo utilizando la cabeza. ¡Un respeto! No tenía que dejarse aporrear la cabeza y no tenía tampoco que aporrear la de los demás con la suya. Ese hombre tenía que ser el campeón literario. Ganar un millón sin correr ningún riesgo…, ¡para quitarse el sombrero! Firmar por una suma que ningún campeón de los pesos pesados había conseguido alcanzar hasta la llegada de Muhammad Alí… Los elementos más optimistas de la comunidad negra que andaban a la caza de cualquier nuevo horizonte comercial en Norteamérica empezaron a considerar las posibilidades de la literatura. La consigna fue la de arrimarse a aquel hombre. ¡Era posible que se les pegara algo!
En otros tiempos se hubiera entristecido ante el hecho de prosperar según tales valores. Pero sucedía que sus relaciones amorosas con el alma negra, una orgía sentimental de la peor especie, habían sufrido una azotaina durante los años del Black Power. Ahora ya no sabía si amaba a los negros o si les odiaba en secreto, circunstancia esta que constituiría el más sucio secreto de su vida norteamericana. Parte de la angustia de su primer viaje a África, parte del aborrecimiento irracionalmente intenso que le inspiraba Mobutu —y hasta incluso el hecho de que una simple fotografía del presidente con sus mofletudas mejillas y sus gafas de montura de concha le indujera a soltar unas ardientes invectivas análogas a las que hubiera podido lanzar un profesor de Harvard contemplando un icono de Nixon—, todo ello debía ser una tapadera de la cólera que sentía hacia los negros, hacia todos los negros. Paseando por las calles de Kinshasa en el transcurso de su primer viaje, mientras las muchedumbres negras se movían a su alrededor con tal indiferencia hacia su persona que consiguió ponerlo negro de rabia, comprendió lo que era ser mirado por los demás como si uno fuera invisible. Se estaba acercando, si bien con no demasiada cautela, a la animosidad declarada de cualquier jubilado. ¿Cómo hacer amainar su odio mediante una excusa justificable? Cuando, al final, la pura evidencia de África superó dicho fanatismo (cuando un recorrido a lo largo de varios kilómetros de autopista le mostró a miles de enjutos y probablemente hambrientos zaireños corriendo en su calidad de nuevos habitantes de los barrios bajos para no perder un abarrotado autobús en una absoluta afirmación estética, en una especie de imprimátur de la sagrada y definitiva aseveración de la línea del cuerpo humano, mostrando en sus oscuras y delgadas figuras una incorruptible soledad, una muda dignidad, una especie de dignidad africana que jamás había observado ni en los latinoamericanos ni en los europeos ni en los asiáticos, una especie de trágico sentido magnético del propio yo, como si cada uno de ellos y todos juntos llevaran consigo el continente como un nimbo de dolor que rodeara sus cabezas), entonces le resultó imposible no percibir la insólita vida de África —aunque Kinshasa fuera al bosque tropical lo que Hoboken a Big Sur—; sí, imposible no percibir lo que todo el mundo llevaba cien años intentando decir acerca de África, en primer lugar nuestros abuelos: ¡aquel lugar era malditamente sensible! Ningún horror dejaba de repercutir a miles de kilómetros de distancia, ningún estornudo era ajeno a la hoja que caía al otro lado de la colina. Entonces ya no pudo odiar a los zaireños y tampoco estar seguro de la condena que había emitido contra sus opresores negros; entonces su animosidad cambió de continente y se dirigió a los negros norteamericanos con su arrogancia, su jactancia, sus disfraces étnicos, sus maullidos anímicos, sus despectivos modales tócate los huevos y sus nuevos y vomitivos egos negros que constituían la peor de todas las escorias de los alienados sumideros norteamericanos; entonces comprendió que había acudido allí no solo para informar acerca de un combate, sino también para analizar un poco sus exagerados sentimientos de amor y —¿será posible?— de puro odio en relación con la existencia de los negros sobre la tierra.
No, no le sorprendió lo más mínimo que su enfermedad se recrudeciera de nuevo a su regreso a los Estados Unidos y que después se pasara un par de semanas aborreciéndose a sí mismo, sumido en una fiebre sin delirios, en una enfermedad sin terror, porque tenía la impresión de que su alma había expirado o, peor todavía, de que se le había escapado. La advertencia fue suficiente para que captara el mensaje. Se levantó de la cama firmemente decidido a averiguar algo acerca de África antes de su regreso allí, saludable impulso que le trajo muy buena suerte (aunque, ¿acaso no jugamos con la idea no admitida de que un regreso de la buena suerte significa el regreso de la salud?). Tras realizar diversas pesquisas, acudió a la Librería Universitaria, de Nueva York —definición práctica de la palabra conejera—, en el octavo o noveno piso de un viejo edificio comercial de la Calle Catorce —con olor de catacumbas en sus piedras—, tropezando a la salida del ascensor con un montón de libros, cajas de cartón y polvo, entre los que el único empleado, un tipo rubio de elevada estatura y desiguales patillas, le aseguró al nuevo cliente que sin duda podría permitirse el lujo de adquirir todos aquellos libros que le ofrecía porque, al fin y al cabo, le habían pagado un millón, ¿no es cierto?, digresión no merecedora de ser descrita de no ser por el hecho de que el dependiente empezó a elegir libros, todos ellos con títulos extraños. ¿Habría algún párrafo sobre el tema en medio de aquel cieno geográfico, político e histórico? Intervino la suerte; no un párrafo, sino todo un libro: La filosofía bantú del padre Tempels, un misionero holandés que había vivido en el Congo Belga, extrayendo aquella filosofía del lenguaje de las tribus entre las que había vivido.
Dadas algunas de sus ideas, Norman experimentó una gran emoción al leer La filosofía bantú. Porque descubrió que la filosofía instintiva de las tribus africanas resultaba muy cercana a la suya propia. Pronto averiguó que la filosofía bantú veía a las personas como fuerzas y no como seres. Sin expresarlo con palabras, él siempre lo había creído así. Según esta lógica, los hombres y las mujeres eran algo más que las distintas partes de sí mismos, lo cual equivale a decir que eran algo más que el resultado de su herencia y experiencia. Un hombre no era solamente lo que contenía, no solo sus deseos, su memoria y su personalidad, sino también las fuerzas que lo habitaban en todo momento, procedentes de todas las cosas vivas y muertas. Por consiguiente, un hombre no era solo sí mismo, sino también el karma de todas las generaciones pasadas que todavía habitaban en él; no solo un ser humano con su propia mente, sino una parte de la resonancia, favorable o desfavorable, de todas las raíces y cosas (y brujerías) que le concernieran. Y hallaría el equilibrio, su tembloroso lugar, en el campo en que se dieran cita todas las fuerzas de los vivos y los muertos. Por consiguiente, jamás resultaba difícil averiguar el significado de la propia vida. Uno tenía que procurar que la atracción de dichas fuerzas fuera tal que contribuyera a aumentar la suya propia. Idealmente, ello tenía que lograrse en armonía con el juego de todas las fuerzas; sin embargo, el principio de la sabiduría consistía en enriquecerse, en enriquecer el muntu, que era la cantidad de vida que uno poseía, la cantidad de ser humano que hubiera en uno. Curioso. Volvemos al calvinismo de los elegidos, en el que se elige al hombre con mayores posesiones, al hombre de fuerza y riqueza. Nos encontramos ciertamente en el gueto en el que no hay que invadir el patio de los demás. Estamos aliados con todo el orgullo de la propiedad y el autoenriquecimiento. ¡Volvemos a las antiguas fibras del capitalismo! La filosofía bantú, sin embargo, no es tan primitiva. Es posible que nos ofrezca una visión siniestra, pero tal vez resulte más noble. Porque, si somos nuestra propia fuerza, somos también los siervos de las fuerzas de los muertos. Por consiguiente, tenemos que ser lo suficientemente audaces como para vivir con todas las mágicas fuerzas que actúan entre los vivos y los muertos. Lo cual no está exento de temores. Hace falta mucho valor para vivir con la belleza o la riqueza en caso de que consideremos tal existencia relacionada con los mensajes, las maldiciones y las fidelidades de los muertos.
En presencia de una mujer elegantemente vestida, es posible que un africano haga algo más que saludar el aumento de poder que le reporta a la mujer el bonito atuendo. A sus ojos, la mujer habría adquirido también la fuerza que habita en el vestido propiamente dicho, es decir, el kuntu del vestido. Que posee existencia propia. Y es también una fuerza en el universo de las fuerzas. El vestido es análogo al incremento de poder que experimenta un actor cuando encarna un papel, cuando percibe la existencia aparte del papel aproximándosele, como si este hubiera estado allí fuera, aguardándole en la oscuridad. En tal caso es como si se apropiara de parte de la médula de las olvidadas cavernas. A ello se debe el que algunos actores tengan que actuar o bien enloquecer porque no pueden vivir sin la claridad de aquel momento en el que regresa el papel.
He aquí un fragmento de El bebedor de vino de palma, de Amos Tutuola:
Conocimos personalmente a «Risa» aquella noche porque, mientras que todos ellos dejaron de reírse de nosotros, «Risa» no lo hizo por espacio de dos horas. Mientras «Risa» se reía de noso-tros aquella noche, mi mujer y yo olvidamos nuestros dolores y nos reímos con él porque se reía con unas voces muy curiosas que jamás en la vida habíamos escuchado… Por consiguiente, si alguien siguiera riéndose con «Risa», acabaría cayéndose o des-mayándose de tanto reír, porque su profesión era la risa.
Si la risa posee semejante poder, ¿qué pensar de la actitud africana en relación con la concupiscencia, que es el inevitable kuntu del coito? Sí, todas las palabras están relacionadas con los elementos primigenios del universo. «La palabra —dice un sabio dogón llamado Ogotemmêli— es agua y calor. La fuerza que transporta la palabra procede de la boca en un vapor acuoso que es al mismo tiempo agua y palabra.» Nommo es a un tiempo el nombre de la palabra y del espíritu del agua. De ahí que Nommo viva en todas partes: en el vapor del aire y en los poros de la tierra. Dado que la palabra es lo mismo que el agua, todas las cosas están influidas por Nommo, la palabra. Hasta la oreja se convierte en un órgano sexual cuando entra Nommo: «La buena palabra, tan pronto como es recibida por el oído, se traslada directamente al órgano sexual, donde penetra hasta el útero…»
¡Qué gozada! El pequeño librito de La filosofía bantú y un volumen de mayor extensión, rebosante de golosinas intelectuales, titulado El muntu, la nueva cultura africana, de Janheinz Jahn, iluminan sus últimas horas en Nueva York, su vuelo —¡un día y una noche!— y sus segundas impresiones de Kinshasa. Le han devuelto su antiguo amor hacia los negros… como si las más profundas ideas de su imaginación se hubieran debido precisamente a la existencia de los negros. Y le han devuelto también el antiguo temor. El genio misterioso de estos groseros, perniciosos y —¡abajo con ellos!— totalmente indigestos negros. ¡Qué barullo siguen armando en los restos de su mente literaria, qué alaridos, qué gritos y chillidos; cuántas promesas de olvido en un santiamén!
¡Cómo se liberaron sus prejuicios! Todo el resentimiento que le habían inspirado el estilo negro, el esnobismo negro, la retórica negra, los macarras negros, los más guays y toda esa chulería de virtuoso. ¡Cuánto se enorgullecían los negros de su habilidad como chuloputas! Ahora estaba furioso por el mal gobierno de su propia existencia sensual y lamentaba que la generosidad de su mente pareciera decidida a reducirse a medida que envejecía. No conseguía aplaudir la aparición de un pueblo poderoso en el centro de la vida norteamericana: estaba celoso. Habían tenido la suerte de nacer negros. Y experimentaba como una especie de cólera particular ante la profesional complacencia de la autoconmiseración de los negros, rabia ante el rítmico poder de aquellas voces amenazantes, un resentimiento, en fin, con sus valores, ante aquella eterna manía del centralismo: «Soy el verdadero gallo del barrio, el jefe más terrible, el puño más fuerte. Soy el puto amo. Y será mejor que os vayáis enterando, hijos de puta.»
Y, sin embargo, a pesar de verse arrastrado por la envidia, experimentaba también como una especie de curioso alivio. Porque había acabado reconociendo algo muy provechoso. Cuando el negro norteamericano fue arrancado de África, se vio despojado también de toda su filosofía. Por consiguiente, su violencia y su arrogancia podían constituir una vez más un justo motivo de comprensión. Bastaba con pensar en la tortura. Toda la filosofía africana giraba en torno a las raíces y esta filosofía había sido arrancada de raíz. ¡Qué trasplante tan brusco y exagerado el del negro norteamericano! Su concepto de la vida arrancaba no solo de sus sombrías experiencias en América, sino también de los fragmentos de sus perdidas creencias africanas. Por consiguiente, se sentía alienado, no de una cultura, sino de dos. ¿Qué idea podía, por tanto, conservar un afro-norteamericano de su herencia como no fuera la de que cada hombre anda en busca del máximo de fuerza para sí mismo? Dado que vivía en un campo de fuerzas humanas en perenne y dramática mutación, porque las personas que conocía eran asesinadas o detenidas o arrojadas a la basura, no tenía más remedio que buscar su afirmación. ¿De qué otro modo podía hallar la vida? La pérdida de fuerza vital era una pérdida absoluta, análoga a menos orgullo, menos posición social, menos capacidad de adquisición de la belleza disponible. En comparación con un negro norteamericano, un judeo-cristiano blanco podía superar la pérdida de fuerza vital y sentirse moral, generoso y hasta incluso santo, mientras que un africano podía sentirse en equilibrio entre las fuerzas tradicionales. Un africano podía soportar el peso de su obligación hacia su padre porque su padre se encontraba un eslabón más cerca de Dios en aquella cadena ininterrumpida de vidas que se remontaban al origen de la creación. En cambio, el negro norteamericano era sociológicamente célebre por haber perdido a su padre.
¡No era de extrañar que con sus voces intentaran llamar la atención sobre sí mismos! Hablaban de una (tensa) fuerza vital. Un hombre pobre e inculto no era nada sin esta fuerza. En la medida en la que esta habitaba en su interior, se sentía lleno de capital, lleno de capital de orgullo, que era lo único que poseía. Era el capitalismo de los negros norteamericanos pobres que se esforzaban por acumular más y más de la única riqueza que podían hallar, el respeto de sus vecinos, el respeto de los aduladores locales hacia el poder de su alma. ¡Qué capitalismo tan áspero, minucioso, urgente y competitivo! ¡Menudos dividendos! El establishment contrarrestaba estas masivas fiebres de orgullo mediante unas masivas medidas de represión. No es de extrañar que la vida tribal en Norteamérica empezara a desarrollarse entre muros de piedra y drogas. Las drogas acrecentaban la impresión de que en el interior de uno seguía albergándose una poderosa fuerza y la prisión restauraba la antigua idea según la cual el hombre era una fuerza en un campo de fuerzas. Si el contrato social de la represión africana había sido la tradición, el negro norteamericano con ideal político se vio obligado en su lugar a vivir según una disciplina revolucionaria. Viviendo entre muros de piedra, todo ello se convirtió para él en una disciplina tan pulverizadora para el alma como la búsqueda de la buena forma física por parte de un boxeador.
La filosofía bantú resultó ser un regalo, pero de los que tal vez no le hagan falta a un escritor. Para comprender el combate no era necesario. El nuevo bagaje intelectual era ahora lo suficientemente pesado como para perder el tren. Norman traería consigo únicamente una parte del mismo, con la esperanza de no mostrarse excesivamente codicioso. Porque el boxeo de los pesos pesados era casi todo negro, tan negro como el bantú. El boxeo se había convertido, por tanto, en una clave más de la emoción negra, de la psicología negra, del amor negro; una clave más de las revelaciones acerca de los negros. Tal vez el boxeo de los pesos pesados condujera también hacia la estancia del sótano del mundo en la que se hallaban instalados todos los reyes negros: ¿qué era la emoción negra, la psicología negra, el amor negro? Como es lógico, intentar averiguarlo a través de los boxeadores constituiría la quintaesencia de la comicidad. Los boxeadores eran unos embusteros. Los campeones eran unos grandes embusteros. No tenían más remedio que serlo. Una vez supieras lo que pensaban, podrías atacar su punto débil. De ahí que sus personalidades se convirtieran en unas obras maestras de la ocultación. Lo que se pudiera averiguar acerca de Alí y Foreman por medio de la filosofía tendría también sus límites. No obstante, se sentía satisfecho de aquella pista. Las personas no eran seres, sino fuerzas. Intentaría analizarlas desde este punto de vista.
4. Una pandilla
de campeones
De cerca, Foreman no era precisamente un representante menor de la fuerza vital. Emergió del ascensor en una especie de mono bordado y una chaqueta de tela gruesa y entró en el vestíbulo del Inter-Continental flanqueado por dos negros. No parecía tanto un hombre cuanto un león que se mantuviera en posición erguida como un hombre. Se le veía somnoliento al modo de un león digiriendo el cadáver de un animal. Su ancho y bien parecido rostro (no poco semejante a una máscara de Clark Gable algo achatada) no resultaba ni simpático ni antipático, sino que más bien producía la impresión de estar alerta, tal como suele estar alerta un boxeador, por adormilado que parezca su aspecto, lo cual sea posiblemente una prerrogativa de todos los buenos deportistas capaces de apresar con sus dedos un insecto al vuelo y al mismo tiempo de percatarse de la expresión del rostro de algún amigo sentado en la trigésima fila del ring.
Dado que Norman no era a menudo tan emprendedor como hubiera debido ser, en algunas ocasiones se mostraba en exceso decidido. Acababa de regresar a Kinshasa por segunda vez y no sabía que no era correcto hablar con Foreman en el vestíbulo, razón por la cual se le acercó con la mano extendida. En aquellos momentos, Bill Caplan, que era el relaciones públicas de Foreman, se aproximó corriendo al campeón.
—Acaba de llegar, George —dijo Bill Caplan a modo de presentación.
Foreman asintió, esbozó una inesperada sonrisa e hizo una amable observación, calificándome de campeón de los escritores con una voz sorprendentemente suave, tan sureña como de Texas. Se le iluminaron los ojos como si le gustara la idea de escribir… Pronto se divulgaría la noticia de que Foreman estaba trabajando en la redacción de un libro. Después hizo una curiosa observación acerca de la cual se hubiera podido reflexionar durante el resto de la semana. Era enormemente característica de Foreman.
—Perdóneme que no le estreche la mano —me dijo con esa voz cuidadosamente apagada del que no quiere perder un ápice de su fuerza—, pero es que llevo las manos en el bolsillo, ¿sabe?
¡Claro! Si las llevaba en el bolsillo, ¿cómo iba a hacer para sacarlas? Lo mismo que preguntarle a un poeta en el trance de la escritura de un verso si el café se toma con leche o crema. Sin embargo, Foreman hizo la observación con tanta simplicidad que la idea resultó más simpática que grosera. Decía la verdad. Era importante llevar las manos en el bolsillo. E igualmente importante mantener alejado al mundo. Vivía en medio del silencio. Flanqueado por unos guardaespaldas cuya misión era la de mantener apartadas —sí, exactamente— a las personas que se acercaban para estrechar la mano del campeón, podía encontrarse en el vestíbulo en medio de cien personas y no hallarse en contacto con ninguna de ellas. Su cabeza estaba a solas. Otros campeones poseían una presencia impresionante. Tenían carisma. Foreman tenía el silencio. Este vibraba a su alrededor en silencio. Uno llevaba treinta años sin ver a un hombre así, ¿o tal vez fuera más tiempo? Desde que había trabajado un verano en un hospital psiquiátrico, Norman jamás había estado en presencia de alguien capaz de permanecer tanto tiempo sin moverse, con las manos en los bolsillos y bóvedas de silencio para su cámara particular. Por aquel entonces había atendido a unos catatónicos que no efectuaban ni un solo gesto entre el almuerzo y la cena. Uno de ellos, con las manos contraídas en puño, permaneció en la misma posición durante meses, estallando al final en un súbito puñetazo que le rompió la mandíbula a un enfermero que pasaba. Los guardianes informaban siempre a los nuevos guardianes de que los catatónicos eran los pacientes más peligrosos. Y eran sin duda los más fuertes. No hacía falta que te lo dijeran los demás empleados. De la misma forma que la posición de un ciervo en el bosque puede decir: «Soy vulnerable, insustituible y fácil de destruir», de igual modo la posición de un catatónico obsesiona la mente. «Si no me muevo —dice esta posición—, toda la fuerza vendrá a mí.»
Aquí, sin embargo, no cabía preguntarse si Foreman estaba loco. El estado mental de un campeón de los pesos pesados es mucho más especial que todo eso. No habría muchos psicópatas capaces de soportar la disciplina del boxeo profesional. No obstante, un campeón de los pesos pesados debe vivir en un mundo sin proporciones. Es posiblemente el más aterrador de los asesinos desarmados. Con sus manos podría asesinar a cincuenta hombres antes de sentirse lo suficientemente cansado como para seguir matando. ¿O tal vez dicho número se aproximara a los cien? En realidad, uno de los motivos por los que Alí inspiraba amor (y relativamente poco respeto hacia su fuerza) era el hecho de que su personalidad sugiriera invariablemente la idea de que no sería capaz de causar daño a un hombre corriente, sino que se limitaría a zafarse de cada ataque mediante un mínimo movimiento, y que pase el siguiente. Foreman, en cambio, era una amenaza real. En cualquier pesadilla de matanza, atacaría y atacaría.
Pero, como es lógico, los boxeadores profesionales no se entrenan para cometer asesinatos en masa. Muy al contrario, el boxeo ofrece una profesión a los hombres que de otro modo tal vez cometieran asesinatos por las calles. A pesar de ello, la violencia que era capaz de generar un campeón como Foreman causa vahídos cuando se la ve dirigida contra otro boxeador. Esta violencia, convertida en una habilidad especial, le había permitido ganar el campeonato a su trigésima octava pelea. Foreman jamás había sido derrotado. La noche en que ganó el campeonato había acumulado nada menos que treinta y cinco K.O., concluyendo en general sus combates antes del tercer asalto: diez en el primer asalto, once en el segundo, once en el tercero y cuarto. ¡Qué marca tan increíble! No había por qué considerarlo un psicópata. Era más bien un genio físico que empleaba los métodos de la catatonia (silencio, concentración e inmovilidad). Dado que Alí era un genio en otro sentido completamente distinto, cabía anticipar la más insólita de las guerras: una colisión entre distintas encarnaciones de la inspiración divina.
La pelea sería por tanto una guerra religiosa. Lo cual redundaría en beneficio de Alí. ¿Quién se atrevería a decir que Alí no tenía posibilidades de alzarse con el triunfo en una guerra religiosa cuyo escenario fuera África? Norman había esbozado una sonrisa al enterarse de la noticia del combate pensando en el mal de ojo, los exorcistas y los terrenos psicológicos negros. «Si Alí no puede ganar en África —observó—, no podrá ganar en ninguna parte.» La paradoja, sin embargo, fue que, al conocer al campeón, resultó que Foreman parecía más negro. Alí no estaba exento de sangre blanca, en cantidad no escasa, por cierto. Algo había en su personalidad de jubilosa e incluso exuberantemente blanca al modo de un presidente de metro ochenta y cinco de estatura de una hermandad estudiantil sureña. Alí no era a veces mucho más que un actor blanco que no se hubiera embadurnado lo suficiente para el papel y no resultara por ello totalmente convincente como negro, una más de las ochocientas pequeñas contradicciones que se observaban en Alí. Foreman, en cambio, era profundo. A Foreman se le podía tomar por africano con mucha más facilidad que a Alí. Foreman estaba en comunión con una musa. Y esta era también profunda, una prima lejana de la belleza: la musa de la violencia en toda su complejidad. El primer deseo de la musa de la violencia tal vez sea el de conservar la serenidad. Foreman podía cruzar el vestíbulo como un viril manifiesto de la muerte ambulante, alerta a todo y, sin embargo, inmune en su silencio a las fortuitas contaminaciones de los vibrantes apretones de manos de la gente. Las manos de Foreman estaban tan separadas de este como un kuntu. Eran su instrumento y las llevaba en el bolsillo del mismo modo que un cazador guarda de nuevo el rifle en su estuche de terciopelo. El último peso pesado algo parecido a Foreman había sido Sonny Liston. Solía inspirar temor con solo mirarlo y su enojo ante cualquier intrusión que invadiera el campo magnético de su persona se extendía como el humo. La amenaza que inspiraba era íntima: podía liquidar con la misma rapidez tanto a un hombre de pequeña estatura como a uno grandote.
En comparación, Foreman igual hubiera podido ser un monje contemplativo. Su violencia estaba en la aureola de su serenidad. Era como si hubiera aprendido la lección que Sonny había enseñado. Uno no debía permitir que se disipara la violencia, sino que debía almacenarla. La serenidad era el recipiente en el que se podía almacenar la violencia. Por consiguiente, todos los que rodeaban a Foreman habían recibido la orden de mantener apartada a la gente. Y así lo hacían. Era como si Foreman se estuviera preparando para defenderse contra los pensamientos de los demás. Si entraba en escena y toda África deseaba que perdiera, entonces su concentración se convertiría en el océano de su protección contra África. Una defensa formidable.
Observándolo en el transcurso de los entrenamientos, dicha impresión quedó confirmada. El campeón literario de Kinshasa no era más que un experto de mala muerte en boxeo; tan de mala muerte como sus antecedentes de Foreman. Lo había visto una vez hacía cuatro años en el transcurso del combate en que se alzó con un dudoso triunfo sobre Gregorio Peralta en diez asaltos. Foreman se había mostrado lento y torpe. Y después no había vuelto a ver a Foreman hasta su segundo asalto contra Norton. Habiendo llegado a la sala con retraso, no vio más que los golpes que propiciaron el K.O. del segundo asalto. Todo ello difícilmente podía considerarse una imagen completa de Foreman.
Sin embargo, viéndolo en el cuadrilátero de Nsele, resultó evidente que el estilo de George se había sofisticado. Todo en su entrenamiento apuntaba hacia el combate. Su entrenador, Dick Sadler, llevaba en el boxeo prácticamente toda la vida. Archie Moore y Sandy Saddler, junto con Ray Sugar Robinson, eran exactamente los tres boxeadores capaces de ofrecer los más brillantes ejemplos de técnica en relación con las cualidades de Alí. Foreman era por tanto un campeón cuyo entrenamiento estaba siendo dirigido por otros campeones; ello ofrecía la posibilidad de observar cómo eran capaces de actuar algunas de las mejores mentes del boxeo.
Contra los peligros de África y la histeria masiva, el antídoto era evidente: silencio y concentración. Si África no era la única arma con que contaba Alí, la psicología debía ser la siguiente. ¿Trataría de castigar la vanidad de Foreman? No existe actividad física más vana que el boxeo. Un hombre sube al ring para provocar admiración. Por consiguiente, en ningún deporte puede verse uno más humillado. Alí se esforzaría al máximo con el fin de que Foreman se sintiera torpe. Si, cuando resultaba más temible, Foreman se parecía a un león y luchaba como un león, en sus peores momentos se asemejaban a un buey. Por consiguiente, la primera finalidad de los entrenamientos tendría que ser la de perfeccionar el sentido de la gracia de Foreman. A George le estaban enseñando a bailar. Aunque se encontraba todavía en la fase del foxtrot mientras que Alí hacía siglos que había superado las contorsiones y sacudidas de los bailes más modernos, Foreman había aprendido ahora a deslizarse por el cuadrilátero, que era precisamente lo que más falta le iba a hacer. El entrenamiento empezó con un proceso de aflojamiento que otros púgiles no necesitaban. Foreman se encontraba meditando en el centro del ring cuando empezó a sonar por los altavoces una extraordinaria y estrambótica música. Era pop, pero el pop más ambicioso que imaginarse pudiera: sonidos que recordaban a Wagner, Sibelius, Mussorgski y a muchos compositores electrónicos. La naturaleza se estaba despertando por la mañana —esa era la primera impresión que a uno le sugería el tema—, pero, ¡menuda naturaleza! Las brujas de Macbeth reuniéndose con los dioses de Wagner en un amanecer espasmódico. Abundaban los demonios. En las cavernas hervían los vapores. Árboles hendidos con el grito de un hueso roto. El terreno empapado. Grandes masas rocosas se derrumbaban sobre los instrumentos musicales. Entre estos sonidos, tan líricos como el rocío de la música cinematográfica, el sol aparecía lentamente, las hojas se agitaban y los melancólicos latidos de un alma doliente llena de violentos aporreos de órgano llenaban algún que otro hueco de aquel estruendo.
Foreman lucía calzones rojos, una camiseta blanca, un gorro tirando a rojo y guantes rojo vivo, todo lo cual constituía un sangriento contraste con la sobriedad de su estado de ánimo. Mientras sonaba la música, empezó a efectuar pequeños movimientos con los codos y los puños, minúsculos ganchos cerrados que no recorrían ni tres centímetros, pequeñas sacudidas del cuello y parpadeos de los ojos. Después empezó a arrastrar lentamente los pies, pero torpemente. Parecía un gigante que empezara a moverse tras cinco años de sueño. Sin proponerse en modo alguno resultar impresionante, siguió entregado a su danza de sonámbulo. Estaba casi inmóvil, pero evocaba los amortiguados rumores de la vaporosa naturaleza al ir despertando poco a poco. Solo en el ring, ante unos perplejos representantes de la prensa y un público totalmente silencioso integrado por varios centenares de africanos, se movía como si la transición a la máxima velocidad del boxeo no pudiera realizarse más que al cabo de cierto tiempo. Algunos pesos pesados eran conocidos por el rato que tardaban en estar listos —Marciano solía boxear al aire cinco asaltos en los vestuarios antes de disputar un título—, pero el precalentamiento de Foreman producía la impresión de que este solo pudiera establecer de nuevo una conexión con sus propios reflejos olvidándose por completo del tiempo.
Sin embargo, a medida que la música iba dejando de ser un poema musical en honor de El Bosco e iba pareciéndose cada vez más a ciertos rasgos del musical Oklahoma! pasados por Mussorgski —¡qué dulzuras y asperezas!—, los pies de Foreman empezaron a deslizarse y sus brazos empezaron a parar golpes imaginarios. Se adelantó y boxeó al aire atravesando el cuadrilátero y arremetiendo con fuerza creciente en medio de la aflicción que experimenta todo pegador cuando falla un golpe (porque no hay golpe que repercuta más negativamente que aquel que no da en el blanco; a los profesionales se les puede distinguir de los aficionados por la rapidez con la que su torso absorbe la pérdida de equilibrio de este instante). Ahora, tras haber superado Foreman todas estas fases, Sadler interrumpió la música y Foreman se dirigió al rincón. Permaneció allí totalmente ausente mientras Sadler le engrasaba cuidadosamente el rostro y la frente con vistas a su enfrentamiento con el sparring. Había vuelto a la plena melancolía del aislamiento y la concentración.
Entrenó con el sparring Henry Clark, procurando no pegar fuerte, sino más bien divertirse. Mantenía las rápidas manos frente a sí y rechazaba los golpes mediante leoninos zarpazos de los guantes, contraatacando después rápidamente con golpes de izquierda y derecha. Le quedaba todavía mucho que aprender acerca del movimiento de la cabeza, pero sus pies eran muy ágiles. Clark, un querubínico peso pesado negro con reputación propia (octavo entre los aspirantes al título de los pesos pesados), estaba siendo manejado con mucha autoridad por parte de Foreman. Mimado por la prensa (porque era amable y se expresaba con claridad), Clark llevaba muchas semanas cantando las alabanzas de Foreman. «George no pega como otros boxeadores —solía decir—. Un simple golpe en los brazos te deja como paralizado, y eso con guantes pesados. Alí es amigo mío, y mucho me temo que le van a hacer daño. George es el ser humano más castigador que he conocido jamás.»
Aquella tarde, sin embargo, a cinco días del combate, Foreman no intentaba castigar a Clark (que iba a disputar el semifinal con Roy Williams), sino que, en su lugar, se limitaba simplemente a luchar cuerpo a cuerpo. Henry intentaba pararlo, tal como hubiera hecho Alí, y entonces Foreman lo rechazaba o lo empujaba, acorralándolo contra las cuerdas, donde empezaba a golpearlo suavemente, retrocediendo después y practicando el mismo sistema desde el centro del ring. Por alguna razón —tal vez porque Clark, que era muy corpulento, no era lo suficientemente evasivo como para poner a prueba la capacidad de Foreman de moverse por el cuadrilátero—, Sadler interrumpió el entrenamiento al cabo de un asalto e introdujo a Terry Lee, un espigado semipesado blanco que poseía el curtido rostro de un obrero de la construcción, pero que resultaba que era más veloz que un conejo. Por espacio de tres asaltos, Lee se dedicó a imitar a Alí retrocediendo en círculo hacia las cuerdas y después cambiando rápidamente de dirección para escapar a George, que dominaba el centro del ring. Terry Lee no era lo suficientemente corpulento como para encajar los golpes de Foreman y este no intentó castigarlo, limitándose simplemente a darle unos ligeros golpes, a pesar de lo cual Terry ofreció una brillante exhibición, apartándose de las cuerdas para fintar en una dirección y retrocediendo de nuevo para fintar en otra, escapando a continuación a través de cualquier camino de que pudiera disponer y separándose en círculo de las cuerdas de un lado, para ser empujado casi inmediatamente a las de otro y agacharse, deslizarse, cubrirse la cabeza con las manos, caer contra las cuerdas, saltar, fintar, dejar caer las manos, soltar golpes rápidos e intentar alejarse de nuevo al tiempo que Foreman lo iba atacando con creciente alborozo, al comprobar que sus reflejos se iban haciendo progresivamente más rápidos.
Entretanto, Foreman iba aprendiendo nuevos trucos. En determinado momento, al apartarse de las cuerdas, Terry Lee se escapó pasando por debajo de los brazos de Foreman, como un chiquillo que escapara a una paliza de su padre, y el público africano acomodado en la parte de atrás de la sala empezó a soltar carcajadas de burla. Foreman no se inmutó y hasta pareció que se mostraba interesado, como si acabara de aprender un truco gracias al hecho de haber sido burlado, y, al siguiente asalto, cuando Lee lo intentó de nuevo, Foreman actuó con prontitud impidiendo su huida. Contemplando la inteligente imitación de Alí por parte de Terry y observando la astucia y la frecuencia con la que Foreman devoraba espacio en las cuerdas y lo acorralaba contra un rincón, resultó evidente que si Alí deseaba ganar no tendría más remedio que recibir el mayor castigo de toda su vida.
Tras haber completado tres asaltos con Lee, Foreman descendió del cuadrilátero y empezó a trabajar en el punching-ball. A continuación saltó a la cuerda y lo hizo con un bonito movimiento de pies brincando con alegría al son de la voz de Aretha Franklin, que estaba cantando «You Got a Friend in Jesus». El entrenamiento, desde el principio hasta el salto de cuerda, había durado cuarenta y cinco minutos, la duración de un combate de diez asaltos con descansos de un minuto, y Foreman no daba la impresión de sentirse en modo alguno agotado. Saltaba a la cuerda con gran vitalidad y las suelas de sus zapatillas golpeaban el suelo con el mismo ritmo de un batería tocando con sus baquetas. En Foreman se observaba ahora algo más que gracia: se le veía animado merced a la agilidad de su trabajo de pies.
Su entrenador, Dick Sadler, con un gorro plano encasquetado en la parte de atrás de su redonda cabezota negra, dio por terminado el entrenamiento. «Señoras y señores —anunció al público—, así termina nuestra sesión de hoy. Mañana volveremos a hacer lo mismo de la misma manera.» Se le veía rebosante de buen humor.
Foreman se mostró casi amable en el transcurso de la conferencia de prensa que se efectuó a continuación. Vestido con su mono bordado se sentó junto a una alargada mesa, rodeado por los periodistas, y se negó serenamente a utilizar el micrófono. Dado que hablaba en voz baja, todo ello planteaba grandes dificultades a los cincuenta reporteros y cámaras que allí se encontraban reunidos, los cuales no tuvieron más remedio que aceptarlo, dado que Foreman estaba haciendo uso de sus derechos territoriales. Su estado de ánimo le pertenecía y no quería que ningún silbido del sistema radiofónico le desgarrara los sentidos. Pero, una vez rechazado el micrófono y con todos los periodistas congregados a su alrededor, contestó a las preguntas con soltura e inteligencia, utilizando su voz texana no exenta de resonancias. Sus respuestas no permitían adivinar más que una jugosa parte de su estado de ánimo, como si pudiera decir más cosas pero no lo hiciera, con el fin de conservar las cualidades de la compostura y la serenidad… que también eran jugosas.
Mientras Foreman hablaba, uno de sus cincuenta entrevistadores —debía ser nuestro reciente converso a los estudios africanos— estaba pensando en la obra Conversaciones con Ogotemmêli, de Marcel Griaule, un libro excelente. Ogotemmêli consideraba el don del lenguaje como algo análogo al arte de tejer, dado que la lengua y los dientes eran la urdimbre y la trama en la que el aliento podía servir de hilo. Pensándolo bien, la idea no resultaba tan descabellada. ¿Qué era, al fin y al cabo, la conversación sino un tejido psíquico que la mente tenía que coser a otra tela? Al igual que la mayoría de los tejidos, la mayoría de las conversaciones acababan convirtiéndose en harapos.
Foreman hablaba con un auténtico sentido de la delicadeza de lo que estuviera tejiendo, una tela muy bonita y económica, una verdadera tela tejida por un hombre inteligente y sin estudios que, además, resultaba que era un campeón.
Muestras:
Periodista: Su ojo lo encuentro muy bien, George.
Foreman: Eso mismo creo yo.
Periodista: ¿Qué opina de su peso?
Foreman: Cuando se es un peso pesado, el peso habla por sí solo.
Periodista: ¿Cree que lo dejará fuera de combate?
Foreman (completamente relajado): Me gustaría.
Al observar la hilaridad que había provocado su respuesta, Foreman esbozó una sonrisa. Al preguntarle el siguiente periodista qué le parecía aquello de pelear a las tres de la madrugada, Foreman dio una respuesta más larga.
—Cuando uno se encuentra en buenas condiciones —dijo—, puede hacer muchas cosas que no podría hacer habitualmente. La buena condición física lo hace a uno más flexible. En realidad, la hora no me preocupa lo más mínimo.
—Alí afirma que ha peleado con boxeadores más duros que aquellos con los que lo ha hecho usted.
—Eso —dijo Foreman— puede ser un tanto a mi favor. Yo tengo un perro que se pelea constantemente. Y siempre vuelve a casa zurrado.
—¿Espera que Alí vaya a por el ojo?
Foreman se encogió de hombros:
—Es justo que la gente vaya a por lo que pueda siempre que pueda. El cuervo ataca al espantapájaros, pero se asusta de quienes saben moverse.
—Tenemos entendido que está usted escribiendo un libro.
—Ah —repuso Foreman suavemente—, me gusta simplemente anotar lo que ocurre.
—¿Y a ha pensado en el tema del libro?
—Será acerca de mí en general.
—¿Abriga el propósito de publicarlo?
Foreman adoptó una expresión pensativa, como si estuviera contemplando las inexploradas tierras de la literatura que se abrían ante él.
—No lo sé —repuso—; tal vez lo escriba solo para mis hijos.
Periodista: ¿Le molestan a usted los comentarios de Alí?
Foreman: No. Me recuerda a un loro que repite constantemente: «Eres un tonto, eres un tonto.» No es que pretenda ofender a Muhammad Alí, pero es como un loro. Lo que dice ya lo ha dicho antes.
Le preguntaron si le gustaba el Zaire, y se le vio como turbado, respondiendo por primera vez con voz insegura:
—Me gustaría quedarme el mayor tiempo posible y visitarlo.
Si los boxeadores eran unos excelentes embusteros, tal vez no fuera un boxeador.
—¿Por qué se aloja en el Inter-Continental en lugar de hacerlo aquí?
Foreman contestó con gran rapidez:
—Bueno, es que estoy acostumbrado a la vida de hotel. Aunque me gusta mucho este sitio en Nsele.
Le salvó otra pregunta:
—Tenemos entendido que el presidente Mobutu le ha regalado un cachorro de león.
Foreman volvió a esbozar una sonrisa.
—Es lo suficientemente grande como para no ser un cachorro. Es todo un señor león.
—¿Le gusta ser campeón?
Era como si los periodistas tuvieran derecho a dirigir preguntas estúpidas, de la clase que fueran. Lo malo era que existían motivos más que sobrados para las preguntas estúpidas, porque era muy posible que, respondiéndolas, se revelara mejor el personaje.
—¿Le gusta ser campeón?
—Pienso en ello todas las noches —contestó George, añadiendo con tal amor hacia sí mismo que no le fue posible conservar el suave tono de su voz—: Pienso en ello y le doy las gracias a Dios, y le doy las gracias a George Foreman por poseer auténtica resistencia.
Se percibía en su voz la inevitable esquizofrenia de los grandes deportistas. Al igual que les ocurre a los artistas, les cuesta trabajo no ver al profesional como una criatura separada del niño que lo creó. El niño (ahora ya adulto) sigue acompañando al gran deportista y está enormemente enamorado de él; con un amor inmaduro, que conste.
Pero Sadler, Moore y Saddler le habían estado enseñando a enmendar sus errores. Y ahora volvió a hablar con voz suave y añadió rápidamente:
—No me considero superior a ningún otro campeón de los que me han precedido. Es algo que poseo de prestado y que tendré que ceder a otro. —Ahora se mostró expansivo—. Me encanta ver a los jóvenes mirándome y diciendo: «Ah, yo lo puedo vencer», y me río. Yo también era así. Me parece muy bien. Así debe ser.
Se mostraba tan satisfecho de aquella conferencia de prensa que se había convertido como en una especie de fuerza natural de la sala y gustaba a todo el mundo. Contrastaba con Alí, que, cuando había periodistas presentes, se empeñaba en referirse a la última ofensa a su persona y parloteaba por ello ante los medios de comunicación como un tejado de cinc azotado por el viento.
Siguieron las preguntas. Las respuestas de Foreman ofrecían siempre el aterciopelado toque de un par de pantalones de tela gruesa muy usados. Solo en determinado momento dejó traslucir cómo debía ser cuando se enojaba. Un periodista le preguntó qué pensaba de la afirmación de Alí según la cual él era más militante y trabajaba más que Foreman en favor de su pueblo.
George se tensó. La urdimbre y la trama estaban enredando el hilo. Su respiración sonaba ligeramente entrecortada.
—No hay ninguna afirmación —dijo— que pueda molestar a una persona inteligente. En cuanto a lo de que Alí es militante… — se vio obligado a levantar la voz —. Ni siquiera pienso en esas cosas —añadió, dando por zanjado el asunto.
Resultaba evidente que el enojo se presentaba en él con la misma facilidad que las lágrimas en un chiquillo mimado. Su capacidad de cólera debía ser enormemente inestable, lo cual explicaba en parte sus rituales de concentración. Al igual que el hombre que teme caerse de los lugares elevados y fija la mirada en el suelo para no tener que mirar por la ventana, Foreman fijaba la mente en la ausencia de perturbación.
—Cuesta mucho —dijo Foreman— concentrarse y ser amable cuando le hacen a uno preguntas que ya ha escuchado otras veces. —Se atenía al principio de que la repetición es la muerte del alma—. Miren, me estoy preparando para una pelea. Este es mi principal interés. No quiero distraerme. No me gusta enemistarme con la prensa, pero quiero mantener la mente ocupada en las cosas que estoy haciendo. Hay que ser estable al ciento por ciento en todas las cosas que se hagan, ¿saben?
Y miró a su alrededor como para dar a entender que ya había hablado lo suficiente.
—George, una última pregunta. ¿Cuál es su pronóstico para la pelea?
Foreman campaba a sus anchas. Todo había terminado.
—Ah —repuso, sin intención de imitar a nadie—, soy el boxeador más grande de todos los tiempos. Soy una maravilla. La quinta maravilla del mundo. Soy hasta incluso más rápido que Muhammad Alí. Y lo voy a dejar fuera de combate en tres… dos… uno —se rió con los ojos—. Me esforzaré al ciento por ciento —dijo—. Ese es mi único pronóstico.
Ahora le dirigieron algunas preguntas a Dick Sadler. Bajito, rechoncho, de unos sesenta años, calvo, con una nariz achatada y un aplanado gorro negro sobre la calva, el entrenador de Foreman era rudo, gordinflón y formidable en sus facciones, dado que estas eran un mapa de composturas: Sadler sabía muy bien cómo se doblaba la carne en el mundo real. Dado que además era una amalgama de aquella astuta sabiduría de modales que procede de la fertilización cruzada de las distintas instituciones negras —la cárcel, el boxeo, la música e incluso la oratoria personal—, de haber sido un actor, Sadler hubiera podido interpretar cualquier papel, desde el de un miembro de una cuadrilla de presidiarios hasta el de un anciano médico. Hubiera podido ser un comediante de tres al cuarto y un buen actor, y lo había sido; hubiera podido tocar el piano o la trompeta, y había tocado ambos instrumentos. Era versátil y lo sabía desde la edad de nueve años, en que había empezado a actuar en las comedias de La pandilla. Sus facciones le recordaban a uno rostros clásicos, tales como el de Louis Armstrong o Moms Mabley; la boca de Sadler andaba siempre procurando digerir el sabor que le había dejado en los labios la última de sus observaciones. Estas eran a menudo originales, porque jamás necesitaba decir lo mismo dos veces. Aun así, cuando hablaba con la prensa procuraba decir siempre lo mismo. «La repetición es la seguridad de los idiotas», decía su mirada sardónica al tiempo que desarrollaba sus discursos.
—George —les dijo ahora— va a meter el pie izquierdo entre las piernas de Muhammad. ¡Oooh! —exclamó con voz dolorida—. Eso es lo que George debiera hacer. Golpear en el riñón, golpear en el corazón, volver a golpear en el riñón. ¡Oooh! George sabe hacer muchas más cosas que Muhammad. Pega mejor, mucho mejor, y es rápido y mucho más completo. George sabe escabullirse, George sabe parar, George te agarra las entrañas por dentro, te hace dar vueltas y te golpea un lado de la cabeza. Ya lo sabrán ustedes, o tal vez no lleguen a saberlo. —Sadler se detuvo, bajó la mirada y se tambaleó como un borracho—. Pero las piernas de ustedes sí lo sabrán.
Pulsuz fraqment bitdi.