Kitabı oxu: «Mi vida mártir»

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Índice

Portada

Créditos

Prólogo

1. Ser de luz

2. Morisión

3. La Thompson

4. El 47. Las canciones de los gitano

5. La performance

6. Vamos pa’encima

Mi álbum de recuerdos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

Editado por HarperCollins Ibérica, S. A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

Mi vida mártir

© 2021, Omar Ismael Montes

© 2021, para esta edición HarperCollins Ibérica, S. A.

© 2021 del prólogo, Boris Izaguirre

Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.

Redacción y documentación: Patricia Navarro

Revisión editorial: Luis Salvador

Diseño de cubierta: María Pitironte

Imagen de cubierta: Papo Waisman

Diseño de interiores: María Pitironte

Maquetación: Raquel Cañas

Fotos de interior: Facilitadas por el autor

ISBN: 978-84-9139-710-6

Composición digital: Newcomlab S.L.L.

A mi abuela, que es el pilar fundamental

de mi vida, y a mi hijo. Son los que me dan

luz en mis momentos de oscuridad.

A mi abuelo, que está hecho un Séneca

y nunca falla cuando hay que estar.

A mi madre, que me dio la vida, y a mi padre,

del que cogí sus performances.

A mi primo Hamza, por crecer

aprendiendo de mí desde que era un crío.

A mi Salcedo, por ser mi otra mitad.

A José Luis, mi mánager, por apostar

por mí desde el principio de este camino

y estar donde estamos.

A mi Tomás, mi publicista, por ser

un ser de luz y dedicarme el tiempo

que me dedica en mi trabajo.

También a Nuria, por acompañarme

en aquella primera tele a cantar por primera vez.

A mi entrenador, David, por enseñarme

tantas cosas de esta vida.

A mis amigos, que están en las buenas

y en las no tan buenas para lo que sea.

A mi Moncho y Elías, por empezar juntos.

A mi Chus Santana, en los mandos, por ser mi productor

ser de luz y trabajar a mi lado para seguir rompiendo.

Y sobre todo a los fans, porque su amor

es incondicional desde el primer instante.



Pan Bendito

Aprender de alguien más joven, como Omar Montes, parece difícil, pero, gracias a este libro, sucede. Cada palabra, cada vivencia, cada episodio de su vida es una enseñanza, claramente una senda que recorrer, y disfrutar recorriéndola, para quizá volvernos un ser de luz como él propone en cualquier ocasión. Y todo eso pasa sin que en ningún momento la voz y las palabras de Omar nos resulten ni pesadas ni demasiado aleccionadoras. Todo lo contrario, en cada página queremos saber, aprehender lo que deja dibujado en el aire y así quedarnos con más de todo lo que su vida nos puede enseñar.

Como muchos, llegué a este libro interesado por la rápida evolución de Omar Montes como nueva incorporación tanto a la escena musical como televisiva de nuestro país. Su honestidad es la base de su éxito, pero, sin quitarle méritos a esa franqueza, también juegan un papel importante en su triunfo su arrojo, su curiosidad, su instinto, que, según leemos en esta fascinante memoria, nace en el centro mismo de la supervivencia: un barrio muy humilde de una ciudad europea. Un lugar llamado Pan Bendito, un nombre de por sí cargado de astucia literaria que a veces sientes que lo ha inventado el propio autor y es tan real como todo lo que de ese sitio nos va desvelando. En ocasiones, el recuerdo de ese lugar, donde aún vive su abuela, en cuya casa se acumulan los premios y bienes que Omar ha conseguido en su cortísima vida, puede ser áspero y violento. Y en muchas otras está repleto de humanidad, lucha, fe, esperanza. Y belleza, sí, también hay espacio para la belleza y el amor.

Son quizá las páginas más conmovedoras de este extraordinario libro. Con su especial sinceridad, Montes nos transmite los olores, terribles y dulces, los colores, vivos y oscuros, las verdades, duras y enternecedoras de ese Pan Bendito que claramente ha marcado su espíritu y le ha enseñado a su alma cómo luchar ante el mundo. Y ganar. Y también, cuando es imprescindible, a saber perder.

Me gusta mucho la música de Omar Montes. Igualmente, disfruto mucho con la personalidad de Omar Montes, a través de la televisión, sus romances, su exitosa manera de asumir el siempre peligroso éxito, pero hoy debo confesar, como cantaba Pantoja, que disfruto muchísimo leyéndole. ¿Por qué? Porque es real, sincero, emocionante, valiente, como solo puede serlo el relato de un ser de luz nacido en un sitio que solamente podía llamarse Pan Bendito.

Muchas gracias, Omar, por este libro, y que disfrutes con su éxito, porque, una vez más, te lo has ganado.

LOVE, BORIS




Me pegaban

sin piedad. Me peleaba más que un colaborador de Sálvame. Yo iba al colegio Santa Rita y pasaba los veranos en mi pueblo, en Gredos, y eso parecía La lista de Schindler. Me daban palos día sí, día también. Ahora lo llaman bullying, acoso, morisión, lo podría nombrar de diferentes formas, incluso miedo.

Dicen que la mili era dura, pero ojo con lo que tuve que pasar. De todos modos yo me hubiese escaqueado porque tengo los pies planos, como uno de mis referentes, Frodo, el de El Señor de los Anillos. La gente no lo sabe, pero a mí me encantan las películas de Peter Jackson. Me las pongo para dormir, me da el sueño rápido, como con la vuelta ciclista.

Volviendo a la morisión; lo cierto es que llevaba todas las papeletas casi desde que nací: moro, gordo y orejón. La verdad es que tenía unas orejas que parecían cachopos. Si me concentraba, desde mi casa escuchaba los goles del Atleti en el Calderón. Y eso que estaba a más de quince kilómetros. Tener tan buen oído creo que luego me sirvió para la música. Pero no eran solo las orejas, como decía, tenía el pack completo. Iba a full de mango, directo al pozo del bullying. Llegué a sentir pánico cada vez que salía a la calle y no sabía si iba a acabar tirado en el suelo, lleno de golpes o metido en un cubo de basura. Que encima tenían el buen gusto de meterme en el de orgánicos. Mi sueño era que me tirasen al cubo de papel y cartón, pero nunca hubo suerte.

Llegó un punto que ya no me asustaba que me pegaran, que también, no me voy a hacer el chulo ahora, porque lo cierto es que tenía el cuerpo destrozado y no podía más. Pero comencé a temer más aún los insultos —ya se reían de mí hasta las chicas y me tomaban el pelo—. Fue tan bestia que aquello acabó por costarme una depresión y casi la vida. Estaba más triste que el dueño de un videoclub, porque durante mucho tiempo estuve en un túnel negro del que no veía salida.

Podría empezar a contar mi vida de éxito, de discos de platino y de cadenas de oro, pero ese no es Omar Montes. Empecemos por el principio.

Nací en Pan Bendito. Un nombre de barrio precioso, a no ser que seas celiaco. Mi madre dice que la cosa fue ligera, que vine pronto al mundo en el hospital de Santa Cristina. Cuenta que fue llegar y besar el santo. No di guerra, vine del tirón. Salí deslizando como un delfín precioso y suave.

Fue un 22 de junio cuando comenzó todo. Sí, nací un verano de 1988 en uno de los barrios más conflictivos de Madrid, pero a esas alturas no tenía la menor idea de lo que me esperaba.

Mis padres se habían conocido mucho antes, a pesar de que mi madre, Ángeles, cuando me tuvo tenía veintidós años, conoció a mi padre, Auckasa Ismael cuando tenía diecisiete. Te voy a dejar aquí un rato de pausa para que vuelvas a leer el nombre de mi padre, que sé que es difícil. Menos mal que yo podía decirle papá, si me tengo que aprender el nombre completo me da algo… Fue en pleno centro de Madrid, en la Plaza Mayor. Mi madre estaba estudiando para ser azafata y, de hecho, hacía prácticas en un teatro en ese momento, donde se representaba La casa de Bernarda Alba. Ella siempre me dice que fue una historia por amor, porque lo demás fue un desastre. Y una aventura constante. Mis padres tenían una relación menos estable que el precio del bitcóin. Todo esto me quedó claro pronto, porque también me acabó arrastrando a mí.

Mi padre vivía en España porque en su país, Irak, las cosas no iban bien. No estaba claro a qué se dedicaba, pero viajaba mucho y por lo visto vendía cosas, papiros y demás. No sé, vendía de todo, mi padre era lo más parecido a lo que hoy en día se conoce como Wallapop. Sí, me dijeron que, aunque mi madre solo tenía diecisiete años, se casó al poco y mis abuelos decidieron no oponerse, porque la amenaza estaba sobre la mesa: se casaba o se casaba. Como para decirle que no a mi madre… No había opción, así que al parecer mi abuelo debió de pensar que mejor tenerla cerca que arriesgarse a perderla para siempre.

Se casaron primero por el juzgado y luego por la Iglesia. El cura amigo de la familia de toda la vida se negó, les dijo que no les casaba. Este cura también le hubiese venido bien a Rociito. A la única que no le importó nada durante unos cuantos años fue a mi madre. Los primeros de matrimonio estuvieron viviendo fuera de Madrid, en Torremolinos y después en La Línea. Y ahí es donde se quedó embarazada. De mí. Mi madre no ha tenido más hijos. Por poco no tengo acento de Cádiz… Si hubiese nacido allí, en vez de llamar a mi tema Alocao lo hubiera llamado «¿Qué paza, cohone?».

No fui un niño buscado. Simplemente vine. Ella cuenta que no tenía estabilidad con mi padre, pero que después del impacto de la noticia y la incertidumbre sobre qué pasaría, se puso muy contenta y que durante el embarazo se pasaba los meses tocándose la barriga. Fui bueno hasta para eso, porque reconoce que no le di ningún problema. Vendrían después.

El parto le pilló bailando. Mi madre era muy fan de la cumbia y el ballenato, y justo estaba moviendo las caderas. Ya sé de dónde me vienen las cosas. Por eso siento una conexión especial cuando escucho a Romeo Santos. Siempre dice que tenía una barriga pequeñita y que ese día estaba en casa de mis abuelos, con mi tío, su hermano, pusieron música y de pronto empezó todo. Y ya he contado que no la hice sufrir. A la llegada al hospital, a pesar de que era primeriza, las cosas salieron muy bien. Y así llegué al mundo por la tarde noche, sin ninguna necesidad de madrugar, porque a mí madrugar me sienta peor que a un vegano comer chistorra. Exactamente lo mismo que me pasa ahora. No sabían si era niño o niña, y creo que hasta había unos pendientes comprados por ahí, por mi padre, que tenía muchas ganas de que hubiera venido una niña al mundo. Pero no. Aquí estaba Omar. Aunque si hubiese nacido chica, estoy seguro de que hubiese sido lo más parecido a Nathy Peluso. Me encanta.

Mi primer hogar:
una chabola

Los primeros años los pasamos en una chabola que había en el barrio de Opañel. Era una casa baja con patio que acabaron derribando en un terreno que tenían los padres de mi abuelo Rodolfo. Aunque mis padres seguían juntos, mi madre y yo vivíamos con mis abuelos, porque entre ellos no conseguían tranquilidad para criar a un niño. Tengo entendido que durante ese tiempo, mi padre y mi madre todavía se veían a escondidas. A ellos se les complicó lo que hoy sería claramente un match de Tinder.

Era muy pequeño, pero recuerdo que mi abuelo me ponía en un barreño azul y, mientras las niñas y los niños jugaban, yo me bañaba.

Como estaba gordito, me movía dentro como un suave y adorable hipopótamo bebé. Él me traía piruletas muy grandes, redondas y largas, y ahí me las tomaba mientras los demás saltaban a mi alrededor. Cuando me comía esos caramelos gigantes, me daba un pico de insulina que me volvía hiperactivo. No tardaba después en salir a correr y a pegarle al balón con la picha al aire, aquello era una jungla y cada uno hacía lo que quería. Había días que para compensar la hiperactividad del azúcar me daban un poquito de vino, que en aquel entonces no estaba mal visto, y con eso dormía más a gusto y decían que me ponía más gracioso. Éramos felices sin ser conscientes de nada. Bendita infancia.

Hubo una época, muy breve, en la que nos fuimos todos a vivir juntos. Con mi padre, vaya.

Siempre he escuchado llamar a ese sitio como «la casa del terror». Se hubiese podido grabar allí la película de Annabelle. Estaba en Lavapiés y era un bajo muy pequeño, en el que la ventana no era ventana y se inventaron poner un plástico para que lo pareciera. Hacía mucho frío. Era todo pladur. Ahí fue donde intentamos formar una familia al uso, pero sin duda fue un intento fallido. No tardamos mucho en volver con los abuelos, que era lugar seguro, y quisieron dar normalidad para que me pudiera criar sin estar de aquí para allá.

Tendría tres o cuatro años cuando destruyeron aquellas chabolas. Nos expropiaron, nos tuvimos que ir de allí y el Estado nos proporcionó dos pisos: uno para mi madre y para mí, que es donde sigo viviendo, y otro para mis abuelos. Maternos. A los de mi padre nunca les llegué a conocer. Estaban en Irak y eso en la balanza de vivir en Pan Bendito suponía algo así como tener abuelos en otro planeta. Tanto como que nunca les he puesto cara más allá de alguna foto antigua que había por casa. No hay más recuerdos que me vengan a la memoria, a pesar de que mi madre e incluso mi abuela sí que los conocieron antes de que yo naciera.

Tengo dos hermanas, porque mi padre tuvo dos hijas más con señoras distintas. Una de madre rumana y otra peruana. Parecemos de la ONU o la familia de Angelina Jolie. Una tiene veintitrés años, vive en Holanda y trabaja allí en un Starbucks —para el que no sepa lo que es el Starbucks es el sitio donde te cobran el café a precio de Moët & Chandon—. Y otra más pequeña que tiene trece. No tengo demasiado trato con ellas, tampoco se han hecho las cosas como para que así fuera, pero mi núcleo familiar está muy cerrado con mi madre, mis abuelos y la madre de mi abuela, que ha sido muy top en mi vida. Mis hermanas se criaron con mi padre y yo con mi gente. No hemos coincidido ni de mayores. Me hubiera gustado tener un hermano, quizá más grande que yo, con el que me llevara bien y con el que pudiera compartir ciertas cosas y me diera consejos en los momentos chungos.

Con María Ángeles y Rodolfo, mis abuelos maternos, me he criado desde pequeño, como ya he dicho, y con ellos sigo a muerte. Ahora el coronavirus nos ha hecho la vida un poco más complicada. Me da miedo ir a verlos porque, al final, por cosas de trabajo, estoy con mucha gente y no quiero ponerlos en riesgo. Antes iba a comer todos los días. A su casa. La mía. Aquí tengo mi habitación también, bueno, ahora se la he «prestado» a mi tío, que se ha separado y que vive allí. Ellos lo son todo. Y un poco más. No puedo ni quiero pensar en nada distinto a tenerlos ahí. A mi abuela le sigo consultando muchas cosas, me gusta contarle mi vida, cómo me va, en qué ando. Me aconseja y tenemos una relación maravillosa. Ella está en el día a día, al tanto de las nuevas canciones, se las paso antes de que salgan y le pregunto si le gustan. Está muy puesta con las nuevas tecnologías, Instagram, es una locura, le da a todo. Ahora acaba de descubrir TikTok. A veces me pone alguna pega con algunas cosas de las letras, las que son así un poco más pasadas de vueltas, pero no se asusta por nada y es mi primera fan. Le gusta lo que hago y a mí me gusta compartirlo con ella. Sé que me va a decir la verdad y eso es muy importante para no olvidarme nunca del punto en el que estoy. Hace poco que ha tenido cáncer, que he querido borrar también de mi mente. Ella está bien, y punto. Como mi abuela dice, de esto no se va a morir. Los abuelos no se tendrían que morir nunca, estas son palabras de un amigo mío y no puedo estar más de acuerdo.

Mis abuelos también siguen viviendo en la casa de siempre, a la que nos mudamos después de estar en las chabolas que contaba antes. Entre Carabanchel y Pan Bendito se me ha ido la vida —ya no es lo que era, pero Pan Bendito hay que conocerlo. Aquí vale todo. Tiene sus normas y, por tu bien, conócelas—. Es un segundo piso sin ascensor. Subir la compra del Mercadona a un segundo sin ascensor es lo más parecido que hay a una clase de crossfit. Se te ponen las piernas que pareces la Roca. Por eso tengo este cuerpo apolíneo. A pesar de los años parece que todavía las escaleras no les pesan. Me gusta ver los muebles de siempre y, como cuenta mi abuela, los radiadores de siempre, los de hierro, porque son los mejores. Guardan el calor como una cucharada de madre. Esas que prueba para saber si el cocido está soso, y se mete la cuchara a trescientos grados en la boca sin inmutarse. Ella es así. Auténtica. El salón se ha ido llenando ahora con los discos que gano. ¡Quién lo iba a decir! Tengo algunos puestos en mi casa y otros en la suya. Y las fotos de cuando era niño, y de niño a chaval. Años después nacería también mi propio hijo, pero lo que nunca cambia es la casa de la abuela. Con su decoración de los años setenta. Sus tres habitaciones. Sus ventanales a General Ricardos.

Y todos sus recuerdos. Allí es también donde vivió la madre de mi abuela. Muchas veces me quedé yo cuidándola mientras se iba a hacer algún recado. Ella se ponía de los nervios porque su madre se daba un paseo por la casa y yo le decía:

—Tranquila, que si se ladea, ya pego un salto y la cojo.

Por mucho que pase el tiempo se la echa de menos. Cuando mi abuela me contaba que su madre estaba ya chunga, le respondía que de eso nada, que la tenía que ver siempre ahí sentada, y con mi abuela me pasa igual. Cuando me dijo que tenía cáncer, me impresionó mucho. Le repito que tiene que tirar para delante porque si no para mí se acabó todo. Se me cae el mundo encima si no la tengo cerca.


El abuelo
y Mercamadrid

Cuando era pequeño y la ruptura con mi padre se hizo oficial, mi madre intentó buscarse la vida de todas las maneras posibles, así que mi abuela se encargaba de mí. Entre la una y la otra se repartían las tareas según las obligaciones del trabajo. Mi madre se la iba buscando como podía y mi abuela también se iba apañando, que en esos tiempos ya era mucho. Me contaba que trabajó en la Fiat primero, en la empresa de coches. Después entró en otra que se dedicaba a fabricar depuradoras para Somalia y otros países. Siempre cuento que mi abuela trabajó para Somalia y así la gente se piensa que debía ser una pirata que asaltaba barcos comerciales con su AK-47. Ella trabajaba en la limpieza en el turno de tarde hasta que le hicieron una operación de menisco de la que no quedó muy bien, llevaba la rodilla peor que Ronaldo el Gordo. Para los chavales que no conozcan a Ronaldo el Gordo, es el mejor Ronaldo que ha existido. El pobre se hizo polvo la rodilla y no pudo volver a ser el mismo. Mi abuela pasó por algo parecido. Tuvo que pasar un tribunal médico para que pudieran darle una pensión de por vida. Fue entonces cuando mi madre se puso a trabajar y mi abuela se quedó conmigo. Trabajó de barrendera, en una panificadora…, en realidad, de todo lo que le salía, porque había que tirar adelante como fuera y no estaban las cosas como para estar pensándoselo.

En otras épocas ella se quedaba en casa cuidándome, no eran tiempos fáciles, pero nunca dejó de pelear, en algunas etapas pasábamos más hambre que el perro del afilador. En Navidades, por ejemplo, mi abuela me compraba lo que podía. Ella hacía un esfuerzo, pero tampoco en esas fiestas había para mucho. Hubo años en los que los Reyes me trajeron carbón, dulce como las canciones de Luis Miguel. Aunque si la cosa iba justa, mi abuela hacía que no se notara, por lo menos para mí. Es la magia que tienen los abuelos y esa no se pasa nunca.

Mi abuelo trabajaba toda la noche en Mercamadrid. Llevaba el peso de la casa. Cobraba bien, pero con mucho sacrificio. Se lo curraba. Tengo un montón de recuerdos de la infancia con él. Siempre que traía pescado me decía:

—Esto lo habían dejado por ahí en los palés y me daba pena que se desperdiciara.

Yo creo que lo robaba. Su coche olía como el sofá de un club swinger. Así era, porque lo cierto es que llevaba mucho pescado y marisco a casa. El puto problema era que de pequeño no me hacía especial gracia ni lo uno ni lo otro. Ahora lo valoro más, pero de niño no me gustaba nada y le pedía que trajera otra cosa, pero él me contestaba que traía lo que podía conseguir. ¡Hay que ver lo que cambia la perspectiva con el paso del tiempo!

Cómo sería la historia que mi madre siempre me recuerda que la primera palabra que aprendí a decir no fue mamá ni papá. ¡Qué va! Estaba tan acostumbrado a que el abuelo trajera cangrejos de río y verlos por allí que lo primero que salió de mi boca fue «cangrejo». Queda claro que me gustan las cosas difíciles y que he sido comedido diciendo «cangrejo». Era algo que se le parecía, pero sí que me refería a esos bichitos que tan habituado estaba a ver.

Mi abuelo ha sido un hombre muy salado, le ha gustado un poco más de la cuenta la bebida y llegaba a casa medio borrachillo más de un día, pero en plan gracioso, no como David Hasselhoff, que tenemos un amigo en común y me dice que se pone fatal. Mi abuelo era de buen beber, sin ponerse pesado ni perder los papeles. Le daba por una borrachera muy simpática. Siempre me he llevado muy bien con él. Es una persona que está de buen rollo y para mí es muy cercano y cariñoso. Es un tío extraordinario. Lo sigue siendo, no hay más que verle. Ahora tiene ochenta años, pero no los aparenta. Sigue teniendo buen carácter y ganas de hacer cosas, como ha sido toda la vida. Eso lo mantiene joven. Y las ganas de divertirse por nada. Hay una cosa que hace para beber a escondidas y es que se guarda en el bolsillo de la bata de estar por casa una cerveza. Él dice que lleva el mando de la tele, pero si te fijas se ve que tiene forma de lata.

La infancia con él tuvo momentos muy grandes porque es un gran imitador y de siempre ha tenido la buena costumbre de aprovechar cualquier momento para sacar ese talento. Nos los hemos pasado muy bien viéndole. Lo hemos gozado, míticas eran las fiestas de Navidad. De hecho, he heredado esa faceta, porque a mí también me gusta y se me da bien.


Recuerdo que de pequeño me gustaba jugar a la Play, era un auténtico fenómeno y me la gozaba. Me llegué a volver un friki, sobre todo en aquellas etapas tan difíciles, cuando la calle era conmigo demasiado hostil. Me refugiaba en el cuarto, lo que ahora se conoce como «un niño rata». Lo curioso es que ya no me defiendo bien con las nuevas tecnologías, pero de niño era un lince. Si me pongo a jugar con mi hijo, que lo hago, ten por seguro que me gana. He perdido esa habilidad. No lo entiendo, pero me pongo hasta nervioso, así que paso de jugar.

En los tiempos de pandemia, que nos han obligado a la distancia, eché mucho de menos esos días que solía pasar con mis abuelos. Mi abuela se suele sentar en una parte del sofá y yo me tumbo en la otra, apoyándome en ella. Y cuando me decía:

—Venga, Omar, vete que se te va a hacer tarde.

Siempre le respondía:

—Ya lo echarás de menos.

Y ahora me lo recuerda. No hay nada como llegar allí cansado y pasar el rato con ella. Lo más relajante que existe es echarme la siesta con mi abuela mientras suena de fondo una de esas películas que echan por la tarde en Antena 3, en las que siempre se pierde una mujer en un lago. Es mi vía de desconexión del mundo y de los problemas. Ahora la han mandado que camine y nos vamos todas las noches a andar. Qué buenos ratos.


La muerte,
el horror

Lo hemos vivido todo juntos, también los malos ratos. Esos que se atragantan y te revientan, y que sabemos que antes o después vienen.

Debajo de la casa de mis abuelos vivía una prima hermana de mi abuelo que se llamaba Jesusa. Su nieta era Lucía y tenía mi edad. Como vivíamos en el mismo edificio, pasábamos mucho tiempo juntos. Ella comía fatal y muchas veces me bajaba a su casa o a la inversa para ver si así mi prima se animaba y comía mejor, y, normalmente, hacía efecto. Compartimos muchas cosas cuando éramos pequeños. Mucho tiempo, aficiones e interminables juegos.

En junio de 1998 cumplía diez años y en septiembre los cumplía ella. Ese año se fueron a Barcelona, con la familia, de ahí iban a ir a Andorra. La puta realidad es que ella no llegó a cumplirlos nunca. Tuvieron un accidente de tráfico de camino y se mataron la abuela, la niña y Merce, que conducía, estuvo más de tres meses en coma. Cuando me enteré, estaba en el pueblo. Me quedé en shock. La vida puede ser muy cabrona, pero esto me parecía demasiado.

Quise ir al entierro, sin embargo, mi abuela no me llevó. Pero me trajo una rosa enorme de las que le habían llevado. Me ha durado toda la vida. Todavía la tengo, con los pétalos secos. Si te digo la verdad, creo que aún no lo he superado. Es más, raro es que hable del tema. Huyo de él, como en su momento necesité huir de los recuerdos que teníamos juntos porque dolían demasiado. Eso sí, durante mucho tiempo unas letras con su nombre estuvieron colgadas a la entrada de mi habitación.

Pasado un año era el santo de alguien de su familia, no recuerdo de quién, y mi abuela me dijo que bajáramos a su casa a tomar algo. Nada más entrar volví a encontrarme en el salón en el que habíamos pasado tantos días, en el que habíamos jugado tantas tardes y habíamos compartido tantos juegos, una foto gigante de Lucía y otra de Jesusa y su marido. Me quedé mirando la foto y me superó. No lo pude aguantar. Salí corriendo escaleras arriba y le dije a mi abuela que lo sentía mucho, pero que nunca jamás volvería a pisar esa casa. Y así ha sido. Es más, no me gusta recordarlo. Eso no debería haber pasado y creo que fue entonces cuando se me bloquearon las lágrimas. No puedo llorar. O no quiero, no lo sé, pero más de una vez me recuerdan mi madre y mi abuela que nunca lloro. Y es verdad.





Un moro gordo
y orejón

Con mis abuelos he pasado gran parte de mi infancia y de mi vida. Tengo los mejores recuerdos de mi niñez, aunque no todos son buenos, porque la vida no es sencilla, y de eso me di cuenta siendo un chaval. Fui un blanco fácil. Ya he contado que vivía en uno de los barrios más conflictivos de Madrid, en Pan Bendito, en Carabanchel. Aquello era un sálvese quien pueda.

El problema es que como punto de partida tenía todas las papeletas para que me dieran la muerte. Por eso supe lo que era el acoso casi diría que desde siempre. Para mí, el bullying se convirtió en una rutina. Era un niño gordo y moro. Los chavales del cole no tardaron en hacerme la vida imposible y en joderme. Mi padre era moro y por eso ya era un moro de mierda. Encima estaba gordo, porque me hinchaba por las tardes a comer galletas Príncipe con Cola Cao. En aquella época lo de los hidratos de carbono no se miraba mucho, y me daban de merendar unas cosas que ahora se las enseñas a un nutricionista y se echa las manos a la cabeza. Así me puse, que cuando iba a la playa me acuerdo que se me salía el cuerpo de la toalla... Y por si me faltaba algo más, tenía las orejas de soplillo; así que me daban los buenos días llamándome Dumbo. Para los más jóvenes: Dumbo es un elefante de una peli de Disney que podía volar porque tenía las orejas gigantes. Que, por cierto, vaya bajona las películas de Disney. Entre Dumbo, Bambi y El Rey León, me pasé la infancia traumatizado. Con la excusa de que son dibujos te cuelan unos dramones. Eso sí que hace daño y no el reggaeton...

Ya te he contado que me dieron sin piedad. El colegio era complicado, pero era un paseo si lo comparo con lo que tenía que aguantar los veranos en la sierra de Gredos.

Esta historia le sonará a mucha gente porque es muy típica de los pueblos. El eterno enfrentamiento entre los del pueblo, que viven allí todo el año, y los veraneantes. Así ha sido siempre. Mi abuelo cuenta que él también lo vivió de joven, incluso de mayor, pero creo que lo mío fue un abuso. Aunque es verdad que de tanto que me arreaban hacía que llegara al colegio más seguro de mí mismo, porque al final en la vida todo lo malo te va haciendo callo. Llegaba con el lomo curtido. Era tremendo. Recibía por todos los lados. Me tenían frito. Allí se juntaban dos o tres y me hacían la vida imposible. Amargado estaba. Un día me tiraron por la tapia del cementerio y me di con una piedra en la cabeza. Yo le echo la culpa a ese golpe de que no pudiese cumplir mi sueño de ser físico teórico, porque a mí lo que me gustaba de pequeño era el universo, pero desde que me di ese golpe empecé a notar que me costaba más estudiar, especialmente, las matemáticas. Si no me hubiese llevado ese golpe a lo mejor en vez de escribir «mi bicho en tu totito pierde cobertura», hubiese escrito una fórmula que mejorase la teoría de la relatividad de Alberto Einstein. Quién sabe... Casi me matan, me quitaban la bici, me escupían, bueno bueno, me hacían de todo. Todo lo que puedas imaginar. Un día llegaba a casa con un diente partido, al otro me habían metido en el cubo de la basura y, por supuesto, cerrado la tapa; al siguiente, yo que no probaba una gota de alcohol, me habían bañado en cerveza como si no hubiera mañana. Un asco. Cada día era una cosa y cada día era peor.

La depresión:
miedo a salir a la calle

Acabé por tener una depresión muy grande, tanto que no quería ni comer, y mira que yo ya tenía el estómago hecho a merendar fuerte. Pues no me apetecía ni comer. Mi madre se dio cuenta de que era grave cuando ya no me apetecían ni Bollycaos, que era mi merienda favorita. No quería salir a la calle, no me quería duchar, solo quería quedarme en la cama todo el día sin hacer nada. Es lo que me pedía el cuerpo. Ahora eso se llama ser un otaku o un niño rata. Tenía miedo a salir y a enfrentarme a esa jungla que eran los demás niños. Yo tenía diez años y mi mundo era tela de duro.

—Hijo, ¿por qué no sales a dar una vuelta? —me decía mi abuela.

Y yo le respondía que no me apetecía, que estaba cansado y, claro, ella no entendía nada.

—Pero cómo vas a estar cansado si es la una del mediodía —me insistía.

No quería salir a la calle ni loco porque sabía que me iban a pegar sí o sí. Ocurría a diario.

Sin excepción. Aquello era una puñetera batalla campal donde tenía todas las de perder. Esas reglas del juego no eran justas. Nunca lo fueron.

Por entonces me hice colega de Jesús, el Gancho, hijo del comisario del pueblo, del que mandaba, y resulta que era gay; para qué queríamos más. Nos tenían a los dos martirizados. Un moro gordo y orejón y un niño gay en un pueblo. Estábamos para salir en una serie de los Javis. Nos tiraban piedras, cuando no nos tiraban a nosotros por donde pillaran y les viniera bien. El chaval, ya de mayor, se tuvo que ir de allí y todo. Nunca le aceptaron.

La vida era muy loca. Mi amigo era un tío bien majo y nos la gozábamos jugando a la Play. A mí también me perdía el piquito a veces cuando nos insultaban; eso sí, aunque gordo, luego corría que daba gusto verme. Y eso que llevaba unas zapatillas de marca Paredes, que eso era duro de cojones. Terminaba con unas ampollas que parecía que venía de hacer Almería-Madrid andando.

Estos son mis recuerdos del pueblo no un verano ni dos, sino durante mucho tiempo. Lo cierto es que llegaba a casa llorando muchos días con una tristeza tremenda, y, además, mi familia me decía que no ocurría nada, que saliera a la calle. Yo creía que lo normalizaban en ese momento, eso era lo que pensaba, aunque luego hablándolo me han confesado que sufrieron muchísimo. Me dicen que estaban todo el día detrás a ver qué pasaba. Mi abuela me cuenta que mi madre lo pasó fatal, que a veces, cuando hacían carreras de sacos, por ejemplo, me insultaban:

—Ese madrileño que se vaya en la patera por donde ha venido.

Era muy loco el tema.

Un día columpiándome, cuando estaba en lo más alto, me empujaron y me hice tanto daño que he tardado mucho en recuperar el coxis. Mi abuela siempre dice que durante años me sentaba con posturas muy raras para comer y era porque me dolía. O recuerda cómo estaba ella en casa cuando yo había salido a la calle a jugar y de pronto escuchaba por la ventana a los niños cantar:

—Hemos pegado a Omar.

Allí no se respetaba nada. Sobre todo los chavales, y las madres también eran terribles.

Ahora eso a mí ya no me pasa con mi hijo. Supongo que era otra época y las cosas no se ven del mismo modo que en ese momento. Si mi hijo me viene contando esto, corto por lo sano y después que pase lo que tenga que pasar. Es una tortura tremenda, te sientes en un agujero negro y no ves salida. Estás acomplejado y eres tan solo un niño en plena infancia con el único derecho de jugar feliz. O así debería ser. Y nunca lo fue. ¿Cuánto tarda en desaparecer el miedo? Si has sufrido algo parecido, sé que lo entenderás. Es jodido. Hay sensaciones que todavía me persiguen, como que me atrapan en las ocasiones más inesperadas.

La «broma»: el intento
de ahogo en la piscina

Mi madre dice que estaba constantemente con miedo de que me hicieran algo. Y así era. Si no era una cosa, era la otra, pero recibir recibía siempre. Lo único que había que ver hasta qué punto habían llegado las consecuencias.

Un día estaba en el pueblo, cómo no, con mi madre en la piscina, y en un momento que ella miró a otro lado los niños se me echaron encima, y juro que por poco me ahogan. Si no es porque la pobre se pone a chillar hasta que se fueron, me quedo ahí. Cada día era una puta aventura entre la vida y la muerte. Y andaba tan flojo que parecía que tenía todas las de perder. Ellos, los que abusaban de mí, lo sabían. Estaba reventado y hundido, pero le decía a mi madre:

—Cuánto más me pegan, más fuerte me hacen.

Le cambia la cara cuando se acuerda. Y se le caen las lágrimas, y mira qué han pasado años, pero hay cosas que marcan para siempre. No debería ser así. No para los niños al menos.

A mi madre no le gusta hablar de esto. Debió de ser jodido para ella. Cuando era pequeña también había ido al pueblo, pero al parecer vivió mejor esa etapa que yo, porque había más veraneantes y la historia estaba más repartida. En mi infancia eran todos de allí, así que mi amigo el gay y un niño adoptado, con el que acabamos por juntarnos, cobramos sin piedad. Como si hubiéramos hecho algo para merecerlo. ¡Malditos! Llegó un punto en que tenía interiorizada la batalla y, si iba a salir a la calle y me iban a joder con el bocadillo, que así era, pues salía de casa con dos.

Supervivencia pura. Lo llevaba todo por duplicado, hasta el batido de chocolate. Cuando las cosas se ponen complicadas, que son muchas veces, te salva tener estrategias para vencer las situaciones. Aprendí a buscarme la vida, como fuera, en contra o al lado de quien me intentaba agredir. La cosa era salvarse, porque ya había aprendido que era imposible que alguien bajara del cielo y me solucionara los problemas por arte de magia. Así que poco a poco me fui orientando, pero mientras tanto, me dieron lo que no estaba escrito.

Conocía de sobra las reglas. En el colegio las cosas no eran tan salvajes como en el pueblo, pero también sufrí el acoso. Eso sí, ya venía con el máster hecho y poco a poco fui descubriendo que me había tocado vivir en un lugar donde había que aprender a defenderse y a buscarse la vida. Tirar de recursos.

Salir con doble merienda me ayudó esos años. Tenía claro que a la hora del recreo iba a perder mi sándwich porque ese se le iba a llevar mi acosador, el tío que me tuviera frito en ese momento, que era de los mayores, el peaje era que mi sándwich lo partía en cuadritos y se lo daba para que me dejaran vivir tranquilo. Era como el respeto. Ellos se pensaban que me lo habían quitado —que de hecho, así era—, pero yo había hecho la performance y tenía otro para mí. Por supuesto me lo tenía que comer a escondidas; si me pillaban, se me caía el pelo, porque eso suponía ser más listo que ellos, haber ido por delante, ganarles de alguna manera la partida, o lo que es lo mismo: estar muerto. Así que, por mi bien, ya me guardaba yo sin que nadie me viera, a mi rollo y tan tranquilo, y todos tan felices.


Rozando
la delincuencia

No tardé en iniciarme en las primeras aventuras que, a pesar de que no tenía muy claro de qué iban, rozaban la delincuencia. Así fue cómo hice mi primer grupo de colegas que, como no podía ser de otra manera, era la gente del barrio. Pan Bendito a muerte. Ellos eran la mayoría mayores que yo, algunos habían cumplido incluso los treinta, y otros eran más pequeños: de unos veinticinco. Yo tendría unos diez u once solo. La cosa era variopinta. Me iba con ellos porque estaba todo el día en la calle. La calle era jodida.

Así que había que sobrevivir y hasta ese momento sabía lo básico para manejarme en las situaciones que me esperaban y había pocas cosas buenas.

En casa no hacían carrera de mí. Mi madre no podía conmigo, así que cuando quería ponerme las pilas llamaba a mi abuela y ella me daba de leches, pero yo volvía a lo mío. Hay que recordar lo que duele un pellizco de abuela. Era un dolor intenso como la picadura de una medusa. Ella sabía calcular la intensidad del pellizco, retorciendo más o menos según la gravedad del follón en el que me hubiese metido. Pero, bueno, cuando se me pasaba el dolor, regresaba a hacer lo que me daba la gana.

En esta etapa era bastante rebelde, era malo y, aunque mi abuela me llamaba al orden, yo iba a lo mío. Era la manera de rebelarme y de buscar mi sitio. Veía cómo otros niños se iban con su padre a jugar al fútbol o de aquí para allá y cómo el mío no estaba. No había una relación fluida ni fue para mí un punto de apoyo al que agarrarme. Total, que estaba en una época un poco chunga e hice récord en sumar multitud de iPods, iPods mini, de todos los colores y formatos que puedas imaginar. Sabía más de iPods que Steve Jobs. Imagina que no los pedía prestados. Sí, robaba. Eso y lo que pillábamos.

Me hubiera gustado tener la figura de mi padre más presente, que me hubiese llevado al fútbol, que hubiéramos hecho cosas juntos, pero como no ocurrió, me busqué la vida. Iba a mi bola, y lo que es peor, en la calle. Luego el tiempo va organizando la vida de otra manera y ahora estoy bien con él. Los años ponen las cosas más o menos en su sitio, o las llevas de otra forma. Al final con el tiempo aprendes a perdonar y a asumir lo que hay. Él se encargó de mis hermanas, pero yo apenas le veía, algún domingo me llevaba al cine y cuando terminaba la película, me dejaba en casa y se acababa la historia. Poco más.

Sí, me dice mi madre que él pasaba una mensualidad por mí y que eso nunca dejó de hacerlo. Era boxeador y cuando fui más mayor me enseñó algún truco y peleábamos un poco. Esa etapa le molaba más. Pero, vamos, que sus ausencias yo las llené yéndome a mi aire y después la cosa, sin ser demasiado consciente, se fue poniendo más seria. Esos vacíos los llené con la calle.

Con mi tío Rodolfo, el hermano de mi madre, que es más pequeño que ella, tenía muy buen rollo. Me daba los mejores consejos y me hacía los mejores regalos por los cumpleaños. Cuando los demás me regalaban ropa, él venía con un Transformers. Está claro que sabía camelarme. Fue quien me enseñó a conducir, porque tal y como estaba la cosa en el barrio era bueno que aprendiera. Venía a buscarme por las noches y nos íbamos al cementerio de Pan Bendito a conducir. Nos pasó de todo. No controlaba nada y, hasta que fui cogiendo el aire, tuve más de un altercado. Un día íbamos con la música escuchando El vaquilla, de Los Chichos, y di con el coche contra una parte de la lápida de unos gitanos que tenía la cara de su abuelo de mayor. A partir de ese momento ya no me llevó más, no sé por qué.

Yo con doce años ya tenía más práctica que un conductor de Cabify. Después, cuando tuve edad para el carné, me lo saqué del tirón. Está feo decirlo, pero iba a las prácticas de la autoescuela conduciendo. Anda que no tenía yo horas de drifting en la rotonda del Isla Azul. Podría haber hecho A todo gas versión flow gitano rompediscotecas. Si algún productor de Hollywood me está leyendo, ahí se lo dejo.

Con ese grupo de colegas con los que pasaba el día, que ya te he contado que eran mayores que yo, me fueron usando para otras «tareas» que al principio no entendía muy bien. O me daba miedo entender. Ellos iban a joyerías y me decían:

—Tú ponte aquí, vigila y si ves que viene alguien, grita.

Ocurrió varias veces, y cuando había que salir corriendo porque venía la policía, comprendía qué estaba pasando. Ellos me daban cincuenta euros por hacer eso. Tendría unos trece años por aquel entonces, y era el único del grupo que no consumía drogas ni fumaba ni bebía; así que ese dinero lo guardaba para comprarme el abono transporte lo primero y luego para las cosas de boxeo, que ya empezaba a gustarme y que, sin duda, era una vía de escape.

Así fue cómo comencé a ir al gimnasio. Yo aposté por una vida sana y por el deporte, en cambio mis colegas se iban a Valdemingómez. Más de una vez me enganchaban para que fuera de chófer y me costó años saber qué es lo que pasaba allí.

Los yonquis
que se raspaban
con piedras los brazos

Hay cosas que no recuerdo con precisión, porque luego me he llevado muchos golpes en la cabeza con el boxeo, pero sí sé perfectamente que en aquellas visitas raras había muchos yonquis que se raspaban con piedras los brazos. «Qué mierda está haciendo esta gente», pensaba yo. Y cuando venían mis amigos de la casa que habían entrado —a mí me decían siempre que esperara fuera—, les preguntaba por qué hacían eso y solo me respondían:

—Nada, porque les pica.

No había más explicaciones. Luego entendí que era algo así como que al pincharse se les quedaba la marca y con la piedra se disimulaba, pero, vamos, que es lo que yo creí después. Hoy aún tampoco lo tengo muy claro y ya ni sé si quiero saberlo. La realidad es que mi supuesto grupo de amigos se gastaba lo que habían pillado de la joyería o de donde fuera en drogas. La mayoría ha acabado muy mal. Uno murió hace años al caerse de un tejado mientras robaba; otros están en la cárcel y los demás están enganchados a las putas drogas. Presos o muertos, así han terminado muchos. Todavía veo a algunos jodidos por el barrio. Intento echarles un cable, aunque ellos me llevaran por la mala vida. Ahora me doy cuenta de que se aprovecharon de mí porque me hacían hacer cosas que, siendo un niño, no era del todo consciente. No sabía distinguir lo que era el bien y el mal. Sin embargo, para mí eran mis héroes. Pero si me llega a pillar la poli, la historia hubiera sido distinta. Aunque debo reconocer que la policía siempre se portó muy bien conmigo, debía de ser por mi cara de bueno.

En el fondo era consciente de que no había amigos y de que los únicos que podía tener era la familia. Lo demás eran relaciones de interés para llegar a algún punto o quizá para evitar otro. Yo me juntaba con estos chicos mayores porque me daban dinero para ir al gimnasio y también fuerza para defenderme en el colegio. Sabía que esa relación tenía de amistad lo que yo de negro, pero era lo que había. Aquello era la selva y en la calle había que relacionarse bien si querías sobrevivir.

El barrio era muy complicado por entonces, y uno tenía que saber muy bien los pasos que daba, con quién se juntaba y cómo jugaba sus cartas para poder sobrevivir. En ese momento Pan Bendito era mucho más conflictivo que ahora. Es verdad que todavía sigue habiendo rollos raros —de hecho, hace poco hubo unas muertes—, pero antes era a ver quién tenía más cojones. Así, tal cual. Y como fueras débil tenías todas las de perder. Eso lo sabe todo el mundo y había que vivir aquí para saber de verdad lo que se cocía en las calles.

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Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
23 sentyabr 2025
Həcm:
164 səh. 58 illustrasiyalar
ISBN:
9788491397694
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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