Kitabı oxu: «Amores. Arte de amar. Sobre la cosmética del rostro femenino. Remedios contra el amor»

La Biblioteca Clásica Gredos, fundada en 1977 y sin duda una de las más ambiciosas empresas culturales de nuestro país, surgió con el objetivo de poner a disposición de los lectores hispanohablantes el rico legado de la literatura grecolatina, bajo la atenta dirección de Carlos García Gual, para la sección griega, y de José Luis Moralejo y José Javier Iso, para la sección latina. Con 415 títulos publicados, constituye, con diferencia, la más extensa colección de versiones castellanas de autores clásicos.
Publicado originalmente en la BCG con el número 120, este volumen presenta las traducciones de Amores, Arte de amar, Sobre la cosmética del rostro femenino y Remedios contra el amor, realizadas por Vicente Cristóbal López (Universidad Complutense de Madrid). La introducción ha sido actualizada por él mismo para esta edición.
Asesor de la colección: Luis Unceta Gómez.
La traducción de este volumen ha sido revisada
por Antonio Ramírez de Verger.
© de la introducción, la traducción: y las notas: Vicente Cristóbal López.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2021.
Avda. Diagonal 189 - 08018 Barcelona.
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Primera edición en la Biblioteca Clásica Gredos: 1989.
Primera edición en este formato: marzo de 2021.
RBA • GREDOS
REF.: GEBO542
ISBN: 978-84-249-3971-7
Realización de la versión digital: El Taller del Llibre, S.L.
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INTRODUCCIÓN GENERAL*
1. BIOGRAFÍA DE OVIDIO
Son los Tristia del propio Ovidio la fuente fundamental para su biografía, y en especial la elegía IV 10, en la que cuenta su vida con el propósito deliberado de informar sobre ella a la posteridad y como previendo el futuro interés por su persona. También a nosotros, sus lectores de hoy, nos alcanza su palabra: Ad vos, studiosa revertor, / pectora, quae vitae quaeritis acta meae: «A vosotros vuelvo otra vez, espíritus curiosos que queréis saber la historia de mi vida» (Trist. IV 10, 91-92).
Nació Publio Ovidio Nasón en Sulmona, ciudad de la comarca pelignia en la Italia central, abundante en aguas y distante noventa millas de Roma (130 km aproximadamente)1. La fecha de su nacimiento fue el día 20 de marzo 2 del 43 a. C., año en que los dos cónsules, Hirtio y Pansa, sucumbieron al mismo tiempo en el asedio de Módena, como el propio poeta recuerda (Trist. IV 10, 6), y año también de la muerte de Cicerón.
Era el segundo hijo de una familia acomodada, perteneciente a la clase ecuestre, circunstancia que lo predestinaba ya a la carrera política; con vistas a ella su padre lo envió a Roma junto con su hermano, que solo era un año justo mayor que él, para comenzar sus estudios de retórica (Trist. IV 10, 15-18).
Según testimonio de Séneca el Viejo (Contr. II 2, 8) tuvo como maestros a Arelio Fusco y Porcio Latrón, rétores célebres de su época, y el segundo de ellos de origen hispano 3; y al igual que el primero de ellos (Sen., Suas. IV 5), prefería declamar suasorias antes que controversias por ser aquellas de argumento preferentemente mítico o histórico y tratar estas de cuestiones judiciarias: lo racional y argumentativo le fastidiaba. Ya entonces su discurso tenía visos de poema. El mismo Ovidio contrapone la bien arraigada vocación oratoria de su hermano con la suya poética (Trist. IV 10, 17-19), y añade seguidamente la conocida anécdota, según la cual, cuando su padre lo recriminaba por cultivar el inútil ejercicio de la poesía y trataba él sumisamente de alejarse de ella, no lo podía lograr porque espontáneamente le brotaba en sus palabras el ritmo poético; et quod temptabam scribere, versus erat: «y lo que yo intentaba escribir, resultaba verso», dice el poeta.
Como era práctica casi obligada de todos los jóvenes de aquel tiempo pertenecientes a familias de cierta alcurnia, emprendió en compañía de su amigo, el poeta Macro (Pont. II 10), un viaje a Oriente y a Grecia como complemento a sus estudios, y permaneció largo tiempo en Atenas, donde es de suponer su acercamiento a la filosofía, deteniéndose también en Sicilia. Tendría a la sazón Ovidio unos dieciocho años, y a esa edad daba ya recitales de poesía (Trist. IV 10, 58 y ss.).
Al poco tiempo murió su hermano, cuando contaba solo veinte años, pérdida dolorosa para el poeta, que así lo declara: «comencé a carecer de una parte de mí mismo» (Trist. IV 10, 30-31).
Dio los primeros pasos en la política desempeñando al menos el cargo de triunvir capitalis (cuyo cometido era el de inspeccionar las cárceles y vigilar la ejecución de sentencias), pero no tardó en retirarse de un camino que tan mal cuadraba con sus aspiraciones, para definitivamente dedicarse a la poesía: «Las hermanas aonias —dice él— me inducían a dedicarme a los tranquilos placeres que desde siempre habían gozado de mis preferencias» (Trist. IV 10, 39-40).
Y así ingresó en el círculo de Mesala Corvino, que por aquel entonces acogía a poetas y literatos. «Él fue el primero que me inspiró la osadía de ofrecer versos al público y fue el guía de mi talento», dice en Pont. II 3, 77-79. Cultivó así la amistad y el trato de los escritores más sobresalientes del momento, según detalladamente nos informa: «Con frecuencia Macro, que era mayor que yo, me leyó sus versos sobre las aves, y sobre las serpientes venenosas y las hierbas medicinales. Con frecuencia Propercio, a quien me unía una estrecha amistad, solía recitarme sus poemas apasionados. Póntico, ilustre por sus versos heroicos, y Baso, por sus yambos, fueron amables compañeros de mi vida. También cautivó mis oídos el armonioso Horacio, cuando entonaba sus finas composiciones al son de la lira ausonia. A Virgilio solamente lo vi, y el avaro destino no concedió tiempo a mi amistad con Tibulo...» (Trist. IV 10, 43-52).
Algo más joven que los grandes vates augústeos, no tardó tampoco Ovidio en adquirir fama tan pronto como hizo públicos sus versos elegíacos en honor de Corina. Seguía en ellos la huella de Galo, Tibulo y Propercio. Tales poemas constituyen su primera obra, los Amores, publicada primero en cinco libros y luego en tres4. También en esta su primera época prueba suerte, exitosamente, en el campo de la tragedia con su Medea, que no nos ha llegado. Vienen a continuación las Heroidas, el Arte de amar, el pequeño tratado Sobre la cosmética del rostro femenino, y los Remedios contra el amor, obras todas ellas compuestas antes de los primeros años de la era cristiana —más adelante nos ocuparemos con más detalle de la cronología—, y que, salvo las Heroidas, son las que aquí traducimos.
A partir de entonces eleva su inspiración a temas paulo maiora, y escribe en el género épico su obra maestra, las Metamorfosis, compendio mitográfico que ha sido cantera durante siglos para artistas y literatos, tal vez la más fecunda obra de la Antigüedad; aún en el campo de la elegía, pero en su vertiente narrativa, comienza a escribir los Fastos, poetización de las fiestas romanas, obra que dejaría interrumpida a la mitad a causa de su inesperado destierro5.
Así pues, desde el año 23 a. C. hasta el 9 d. C. gozó Ovidio de un período de feliz tranquilidad, dedicado especialmente a su actividad literaria. Desde el destierro recordará con nostalgia, andando el tiempo, los jardines de su casa de campo (pues según se desprende de Trist. IV 8, 27 y Pont. I 8, 43, tenía una villa cercana a Roma, entre las vías Flaminia y Clodia, donde él solía escribir) y el poyo donde tantas veces se sentó.
Tuvo tres esposas. Se casó muy joven con una mujer «inadecuada e inútil» (Trist. IV 10, 60-70), matrimonio que duró poco tiempo. Tampoco duró mucho el siguiente, aunque esta segunda mujer fuera a los ojos de Ovidio irreprochable (ib., 72-73). Ella fue, con toda probabilidad, la madre de una hija que hizo abuelo al poeta por dos veces (ib., 75); y posiblemente es también la esposa a la que se alude en Am. III, 13, 1 como oriunda de la región falisca. Por fin contrajo nupcias por tercera vez con una mujer joven, de la gens Fabia (Pont. I 2, 138), viuda ya y con una hija de su anterior matrimonio. Con ella vivió dichosamente hasta el día de su destierro (Trist. IV 10, 73-74), y ya desde Tomis le confiesa su profundo cariño, admiración y agradecimiento en un tono de auténtica sinceridad: «Tú, haciendo las veces de viga, has sostenido mi derrumbamiento, y si soy algo todavía, es a ti a quien se lo debo» (Trist. I 6, 5-6).
Tenía Ovidio cincuenta y dos años —otoño del año 9 d. C.6— cuando, encontrándose en la isla de Elba con su amigo Máximo Cota (Pont. II 3, 83), recibió la fatal orden de Augusto por la que se le desterraba a Tomis —identificable con la actual ciudad rumana de Constanza—, en el país de los getas, junto al litoral del mar Negro, tierra inhóspita y expuesta constantemente a las incursiones de las vecinas tribus bárbaras. Sobre las causas de su destierro, Ovidio es deliberadamente oscuro, diciéndonos solo que fueron dos los delitos que lo perdieron (Trist. II 207-210): uno de sus poemas —que por otros lugares queda claro que es el Arte de amar— y una equivocación, que consistió al parecer en haber visto algo que le hizo culpable (Trist. II 103). Pero sobre este punto y sobre las hipótesis a que ha dado lugar la oscuridad del testimonio ovidiano, volveremos después. Lo cierto es que el castigo revistió la forma de la relegatio, más leve que la deportatio, y que no comportaba la pérdida de bienes ni de la ciudadanía (Trist. II 136-139; IV 11, 10-24; V 11, 21-23) [CARCOPINO, 1965: 76-78].
Ovidio se queja (Trist. II 190-205) de lo lejano del lugar y pide que se le traslade a otro más seguro. En varias ocasiones refiere la amenaza de los sármatas, los getas y otros pueblos poco civilizados que merodeaban en torno a Tomis. «Cuando fui joven me libré de las duras contiendas de la guerra y no blandí con mi mano las armas, sino como diversión; ahora que soy viejo, ciño mi costado con la espada, llevo el escudo en mi mano izquierda, y con el casco cubro mis canas. Pues tan pronto como el vigía ha dado desde la almena la señal de alarma, me pongo rápidamente la armadura con mano temblorosa. El enemigo, con su arco y sus dardos impregnados en veneno, da vuelta feroz en torno a las murallas sobre su caballo jadeante» (Trist. IV 1, 72-79). A duras penas pudo resistir los crudos inviernos de la región, y sufrió enfermedad varias veces7. «No soporto el clima ni me acostumbro a estas aguas, y la tierra misma no sé en qué manera me es desagradable. No hay casa lo suficientemente cómoda, no hay aquí alimento que convenga a un enfermo, ni nadie que cure mi enfermedad con la ciencia de Apolo» (Trist. III 3, 8-11). Nunca se cansa en sus obras del destierro de ponderar lo inhóspito de su retiro y desmentir el nombre de Ponto Euxino («hospitalario») con que se denominaba a aquella región (Trist. III 13, 28 y V 10, 13). Una incomodidad más, al principio, fue el desconocimiento de aquella lengua bárbara: «Ellos se comunican entre sí en una misma lengua; pero yo debo hacerme entender por gestos. Aquí soy yo el bárbaro, puesto que nadie me comprende; y los estúpidos getas se ríen cuando hablo en latín» (Trist. V 10, 36-39). Aunque poco a poco se fue habituando y logró aprenderla (Trist. V 12, 58), e incluso escribió en ella un poema a la muerte de Augusto (Pont. IV 13, 19), y puede notarse en las Pónticas, tras el paso del tiempo, una cierta mayor acomodación al entorno. En estas condiciones estuvo viviendo Ovidio a lo largo de diez años, deplorando también el abandono en que le habían dejado algunos amigos (Trist. I 9, 6), sintiendo una nostalgia infinita de Roma y soñando en algún momento con ser dueño de las alas de Perseo o Dédalo para remontarse por el aire y visitar su patria (Trist. III 8, 1-10). No le fue dado nunca, sin embargo, volver a ella. Augusto nunca revocó su orden a pesar de las insistentes peticiones; tampoco Tiberio, sucesor de Augusto, se mostró más benévolo con él; ni le sirvió de nada el intento de acercamiento a Germánico dedicándole sus Fastos, que ya tenía escritos a medias.
La poesía, según él mismo nos confiesa, fue su consuelo y desahogo: «Así entretengo mi mente y mi tiempo; así me evado y me distraigo de contemplar mi desgracia. Busco en la poesía el olvido de mi situación calamitosa» (Trist. V 7, 65-67). De este período datan sus Tristes y sus Epístolas desde el Ponto, libros elegíacos a los que nos hemos estado refiriendo como fuente de información. También de entonces —si es que es ovidiano— sería el injurioso poema Ibis o In Ibin, dirigido contra un enemigo presuntamente implicado en su destierro, el poema didáctico Halieutica, sobre la pesca, y la elegía sobre el nogal, Nux.
San Jerónimo (Chron. año de Abraham 2033 = 17 d. C.) nos informa de que murió en Tomis, el año 17 d. C., y que allí fue sepultado.
2. LAS CAUSAS DEL DESTIERRO
A pesar de que es Ovidio el poeta de la literatura latina, sin duda, del que —gracias a su propio testimonio— mejor conocemos la biografía, en lo tocante a las causas de su destierro se yergue sin embargo ante nosotros una gran incógnita que los críticos han tratado de resolver con hipótesis, más o menos bien fundadas. Volvamos al pasaje del poeta donde consta su deliberado silencio acerca del misterioso error que motivó su exilio (Trist. II 207-210):
perdiderint cum me duo crimina, carmen et error, alterius facti culpa silenda mihi:
nam non sum tanti, renovem ut tua vulnera, Caesar, quem nimio plus est indoluisse semel.
[«Aunque hayan sido dos los delitos que me perdieron, un poema y una equivocación, la culpa por eso otro que ocurrió debo mantenerla en silencio, pues no soy yo de tanta importancia como para renovar tus heridas, César; ya es más que suficiente que te hayas enfadado por ello una sola vez»].
En lo referente al carmen, no hay ocasión para la duda ni la conjetura, ya que una y otra vez explica y aclara el mismo autor que se trata del Ars Amatoria. En su primera elegía de Tristia (vv. 67-68) aconseja a su libro, al que prosopopéyicamente se dirige, que avise a su hipotético lector: «Mira mi título: no soy el preceptor del amor; aquella obra ha pagado ya el castigo que mereció». Efectivamente en II 7-8 informa de cómo fue el Ars la obra culpable de la recriminación del César y de cómo por una orden suya fue retirada de la circulación. Vuelve a recordarlo en II 61, 212, 240, 345-348; III 14, 5-6; y en III 7, 29-30 previene a la poetisa Perila, discípula suya, para que no escriba nada que sirva a nadie como enseñanza de amor. Pero, no obstante, dado que el Arte de amar había sido publicado ocho años antes de la fatal orden, muchos lo han creído más bien pretexto que causa real del destierro, puesto que parece lógico que, de haber merecido la reprobación del princeps, el castigo hubiera sido más inmediato. Ya el mismo Ovidio se sorprendía en Trist. II 541-546 de que hubiera mediado tanto tiempo entre lo uno y lo otro: «También nosotros, hace tiempo ya, cometimos un error al escribir esa obra: una culpa que no es reciente se hace acreedora de una pena reciente... Así pues, los escritos que, poco precavido, consideré, siendo joven, que no iban a perjudicarme, me han perjudicado ahora que ya soy viejo. La condena de este libro antiguo ha brotado tardíamente y el castigo está lejos del tiempo en que lo mereció». Aunque la explicación a esta aparente contradicción parece entreverla el poeta en versos anteriores (Trist. II 231-240) en el hecho de que Octavio, ocupado en asuntos mayores, no tuvo tiempo para leer antes el Arte de amar. En cualquier caso, su autor se arrepiente de que tal obra haya sido escrita (Trist. II 315-316) y se lamenta de no haberla arrojado al fuego (Trist. V 12, 67-68).
Dado, pues, que sobre la culpabilidad del Ars no caben dudas, ya sea como pretexto o como causa real, la investigación se ha encaminado más bien a dilucidar cuál fuera el error. Los pormenores de su equivocación quiere Ovidio mantenerlos en secreto para no volver a molestar a Octavio —«para no volver a abrir tus heridas», dice textualmente—, lo cual parece apuntar a que ello afectaba directamente a la persona del príncipe. En dos ocasiones nos perfila algo más sobre el tema: el poeta vio casualmente algo que no debía haber visto. En Trist. II 103 dice: «¿Por qué vi algo? ¿Por qué hice culpables a mis ojos?». Se trata de la contemplación de una culpa ajena, como se deduce del ejemplo de Acteón, espía de Diana, con el que ilustra su exposición; como también a ello apunta la segunda confesión relacionada con su «equivocación» (Trist. III 6, 25-36): «Y esto es así, si es verdad que en nuestro corazón no hay crimen ninguno, y una equivocación ha sido el motivo de que se me acuse. No sería tarea de poco tiempo ni libre de riesgos explicar por qué casualidad mis ojos se hicieron cómplices de una funesta falta. Además, mi mente vuelve a temblar, como si se tratara de heridas propias, cuando piensa en aquel momento y la misma vergüenza se renueva con el recuerdo; y todo lo que es capaz de hacer que mi vergüenza aflore hasta ese punto, conviene que permanezca oculto bajo el velo de una oscura noche. Así pues, no confesaré otra cosa sino que cometí una falta (nisi me peccasse), pero que con ella no iba buscando recompensa alguna, y que mi delito debe llamarse necedad, si es que queréis darle al hecho su verdadero nombre».
Tales son los datos con que, fundamentalmente, han debido contar las diversas hipótesis. Mencionaremos a continuación algunas de las más importantes, aunque exposiciones con mayor detalle pueden encontrarse en bibliografía más específica8.
Una de las suposiciones más difundidas es la que pone en relación el destierro de Ovidio con el destierro de Julia, la nieta de Augusto, que tuvo lugar el año 8 a. C. Siendo el motivo de este destierro su escandalosa vida, se ha pensado que Ovidio hubiera facilitado en su casa el encuentro de Julia con alguno de sus amantes, y que el emperador lo hubiera hecho responsable de su viciosa conducta: comparten esta suposición G. Boissier (1875: 151 y ss.), L. P. Wilkinson (1955: 299-300) y W. H. Alexander (1958: 319-325), con más o menos diferencias.
J. G. Baligan (1958-1959: 49-54) relaciona la culpa de Ovidio con Julia, no la nieta, sino la hija de Augusto, y se basa para su hipótesis en un texto de Sidonio Apolinar (Carm. 23, 158-171) que identifica a Corina, amante de Ovidio, con una puella Caesarea (lo cual, por cierto, no ofrece precisión a propósito de una u otra Julia). Cree, por tanto, que la obra culpable y castigada serían los Amores y no el Ars. Pero muchos obstáculos se oponen a la viabilidad de dicha elucubración: Julia sería demasiado joven (solo catorce años) cuando Ovidio comenzó a escribir los Amores; las afirmaciones repetidas del poeta se refieren al Ars y no a los Amores; el emperador habría esperado muchos años, casi veinte, desde la publicación de los Amores, para castigar al culpable; y además, ¿qué relación tiene con todo ello el que Ovidio hubiera visto, como nos dice, una falta ajena?
R. C. Zimmermann (1932: 263-274) y F. Norwood (1963: 150-163) piensan que el castigo, por iniciativa de Livia, lo sería por haber colaborado el poeta en intentos de liberación de Agripa Póstumo, nieto de Augusto, desheredado y confinado a la sazón en la isla de Planasia. Y a pesar —como bien nota J. André (1968: XII)— de que puede explicarse como relacionado con tales intentos el hecho de que Ovidio viajase a la isla de Elba, lugar muy cercano a Planasia, donde recibió la orden del destierro, sin embargo, esta, como otras suposiciones referidas al ámbito político, chocan contra la falta casi total de interés por tales cuestiones que rezuman las obras de Ovidio. En la misma línea supone D. Marin (1958: 406-411) que Ovidio había formado parte del círculo antiimperial de Paulo Fabio Máximo, y que esto había sido motivo para su destierro.
Pero quien ha insistido con especial énfasis en las razones políticas ha sido J. Carcopino (1965), afirmando con un asombroso convencimiento que Ovidio formaba parte de la secta neopitagórica, cuyos adeptos eran contrarios al régimen imperial; explica su negativa a seguir la carrera política, no como una decisión espontánea, sino como una manera de oponerse a algo que consideraba anticonstitucional, al igual que hicieron Mesala y Asinio Polión. Y a pesar de que Ovidio alegara como razón para su no participación en política el amor a las letras, «no podía esperar —según Carcopino— desbaratar la clarividencia de su señor y amo. Augusto se bastaba para saber que cuantos evitaban toda colaboración política o literaria con su poder eran sus enemigos encubiertos; y era inevitable que Ovidio despertase sus sospechas y desconfianzas» (Carcopino, 1965: 67). Sigue creyendo el erudito francés que el Ars fue un mero pretexto, una coartada de Augusto para despistar a los curiosos «dejando a la historia la difícil tarea de descubrir el único crimen realmente imputable al poeta» (Carcopino, 1965: 73). Ese crimen no sería otro sino su pitagorismo, contrario al Imperio, y su participación en sesiones de adivinación. Apoya su tesis señalando cómo Ovidio, según costumbre pitagórica, no nombra al maestro en el libro XV de las Metamorfosis, con el nombre propio, sino con la perífrasis Samii senis; él considera como prueba el hecho de que Ovidio escribiera el poema Phaenomena sobre astronomía, tema grato a la secta como prueban la Aratea de Germánico y el libro astronómico del bibliotecario Higino, dos presuntos pitagóricos de tendencia republicana y antiimperial, así como las obras perdidas, De signis y De sphaera graecanica, de Nigidio Fígulo, príncipe del pitagorismo en Roma; y por último trae a colación el pasaje de Pont. III 4, 113-114 («¡Oh dioses, cuyos avisos me conminan a predecir...!») para mostrar cómo Ovidio se entregaba a prácticas adivinatorias, según era corriente entre los seguidores de Pitágoras. Pero, a pesar de lo bien hilado de la argumentación de J. Carcopino, la imagen de un Ovidio pitagórico y místico es algo completamente ajeno e incluso contrario a su testimonio literario, y el discurso de Pitágoras sobre la metempsícosis en el libro XV de las Metamorfosis es un elemento filosófico más en la obra, en alianza con el aristotelismo, el estoicismo de Posidonio o la teoría heraclitea del devenir perpetuo, como bien ha puntualizado L. Alfonsi (1958: 265-272). Suposiciones un tanto arbitrarias sirven, por otra parte, como eslabón a su cadena argumental, tal por ejemplo cuando, para probar que Fabio Máximo era pitagórico, alude a que su padre seguramente lo era por ser amigo de P. Vatinio, pitagórico reconocido, y que si su padre lo era, seguramente lo era también él (Carcopino, 1965: 110-113). Eso sin contar con que el uso de perífrasis en lugar de nombres propios es técnica poética frecuentísima y no tiene por qué implicar filiación pitagórica. De todos modos, en una cuestión tan oscura, bien es probable que se encierre alguna sorpresa, y ahí están las muchas páginas del sabio francés, repletas de datos, deseosas de convencer a sus lectores.
Una hipótesis anterior a la de Carcopino, y a la que este último se adhiere parcialmente, completándola, es la de S. Reinach (1910: 342-349). Supone este que Ovidio asistió a una sesión de adivinación, estando prohibidas por el emperador, en la que se habría revelado la muerte de Augusto y subida al poder de Agripa: eso sería suficiente para que tal experiencia comportara un crimen y el ejemplo de Acteón, a que alude el poeta, iría bien con el caso. Pero, como señala S. G. Owen (1923: 35), Ovidio testimonia en Pont. II 9, 71 que su acción no iba contra la ley, y que nunca atentó contra el César (Trist. III 5, 45-46).
Intentando también explicar, como S. Reinach, la culpa de Ovidio por haber sido espectador de un hecho misterioso, agudizó su ingenio L. Herrmann (1938: 695 y ss.), quien, tomando con mucha literalidad el ejemplo de Acteón contemplando la desnudez de Diana, cree que este había asistido de incógnito a los rituales de la Bona Dea, solo permitidos a mujeres, y había visto desnuda a Livia. Las fiestas de esta diosa, sin embargo, se celebraban en mayo y en diciembre, y ambas fechas estarían lejos de la del destierro de Ovidio, en otoño. Por otra parte, carece tal hipótesis de todo firme apoyo en los textos.
Más novelescas aún son las propuestas de Masera 9 y, ya remontándonos en el tiempo, de Voltaire, bien refutadas ambas por Carcopino (1965: 88-89). Creía el primero que la falta de Ovidio había consistido en presentarse de improviso en casa de Augusto cuando este, al enterarse del desastre de Varo en la selva de Teutoburgo, se entregaba a un ataque de cólera que resultaba grotesca y que el poeta ridiculizaría en epigramas. Pero «si bien pudiera admitirse como verosímil la intimidad de Ovidio con el emperador, lo bastante estrecha como para abrirle a todas horas de día y de noche las puertas del palacio, y como verdadera una presencia de Ovidio a la que ningún autor antiguo se ha referido nunca, habría que probar que sentimientos tan naturales y legítimos como el dolor y la indignación que sintió Augusto al saber la noticia del desastre... hubiesen sido un crimen a los ojos de los contemporáneos» (Carcopino, 1965: 88).
Voltaire pensaba, con más disparate aún, que Ovidio había descubierto para su desgracia el incesto del emperador con su hija Julia.
En fin, tal es un ramillete de las más difundidas o pintorescas indagaciones sobre la incógnita del error ovidiano, motivador del exilio. Nosotros, contando con ese pecado de visión al que el poeta alude y resignados al misterio con que Ovidio quiso envolverlo, queremos brevemente hacer hincapié en el espíritu poco augústeo que late en las obras ovidianas de juventud, especialmente en el Arte de amar, y subrayar lo que parece más claro: el crimen que supone su carmen. El Ars, fuera —aun con retraso— motivo del destierro o tan solo excusa oficial, suponía un choque con la política de renovación moral que había iniciado Augusto. Ya en los Amores daba indicios Ovidio de mantenerse fuera de las consignas augústeas: su tratamiento poco respetuoso de la religión (III 3), del ideal militar (I 9), la poco oportuna referencia a Augusto en I 2, 51-52, proponiéndoselo como ejemplo a Cupido, su burla de la antigua simplicitas y rusticitas (I 8, 39 y ss.), aunque tal parlamento lo ponga en boca de la alcahueta, y sobre todo el reproche que hace Ovidio a la naturaleza humana de aspirar al dominio de mar y cielo, pues dentro de ese reproche se contiene el ejemplo de César divinizado y dueño de un templo (III 8, 51-52), todo ello no debía, en modo alguno, resultar del agrado del princeps. Tal postura, no propiamente antiaugústea, como precisa J. Barsby (1978: 11), sino más bien al margen de Augusto y apolítica, se delata con más nitidez en el Arte de amar, donde, aparte del ocasional elogio al César y a sus augurios de victoria sobre los partos (I 176 y ss.), bastante inoportunos por cierto, el poeta minaba los esfuerzos imperiales por levantar las costumbres y combatir el lujo, la molicie y la disolución de la familia, pues a pesar de que al comienzo de la obra (I 31-39) avisara de que el objeto de sus versos sería «una Venus sin riesgos y unos escarceos permitidos» y mandara a las matronas que se alejaran de sus páginas, implicándose en ello que no se haría cuestión del adulterio, no obstante, la obra iba por caminos distintos de la sobriedad y austeridad a que oficialmente se aspiraba y que había cristalizado en el 18 a. C. en dos leyes moralizadoras especialmente severas: la Lex Julia de maritandis ordinibus, que iba contra el celibato y regulaba el matrimonio en relación a las clases sociales, y la Lex Julia de adulteriis coercendis, punitiva contra el adulterio. Y frente a ese pretendido retorno al pasado, y a la austeridad legendaria de los primeros tiempos de Roma, cantada con sincera nostalgia por un poeta más imperial como es Propercio (IV 1), y latente sin duda en las evocaciones de la edad de oro, frecuentes en la poesía augústea, Ovidio opone su rotunda conformidad y compenetración con los tiempos presentes (Ars III 121-122):
prisca iuvent alios, ego me nunc denique natum
gratulor: haec aetas moribus apta meis,
[«Que otros se complazcan con lo antiguo; yo por lo menos me alegro de haber nacido en este tiempo»]
y la mención de los antiguos sabinos, que eran ejemplo de vida sobria y de reciedumbre moral, es siempre negativa en los poemas de Ovidio (Am. I 8, 39; II 4, 15; III 8, 61; De med. 11), que prefiere el cultus contemporáneo. El poeta, en suma, se aparta de las consignas augústeas. Y dicha postura se entiende bien si se considera que contaba tan solo doce años cuando tuvo lugar la batalla de Accio; que no había vivido plenamente, como Virgilio y Horacio, el caldeado ambiente de las guerras civiles, y no estaba, por tanto, en condiciones de asimilar y valorar por contraste lo que suponía la paz augústea, ni de comprometerse gustoso con el plan de reformas. Su Musa, ligera y frívola, desentendida de las sendas oficiales, no había por menos de ser tenida como discordante y enfrentada a las pretensiones del príncipe. Eso en cuanto al carmen, repetimos; el error queda en las mismas tinieblas indiscernibles con que Ovidio lo arropó.
A propósito del destierro de Ovidio me parece oportuno, por último, referirme a un breve artículo de A. D. Fitton Brown10, que hace una propuesta muy llamativa y bastante bien fundamentada: Ovidio no habría sufrido realmente el destierro, sino que tal circunstancia habría sido una invención más del autor, que habría querido proporcionarse así una justificación y pretexto ficticio para la composición de un nuevo tipo de elegías. Las razones de este autor no son en modo alguno desdeñables: se funda en la casi total ausencia de testimonios sobre dicho suceso, aparte de la propia obra ovidiana, y en el total silencio de los historiadores; en las hipérboles manifiestas al hablar sobre el clima de Tomis; en la impresión de que Ovidio describe el paisaje de su destierro no como fruto de una personal experiencia y contemplación sino más bien a partir de otras fuentes literarias, y especialmente el Virgilio de las Geórgicas; y en la falta de claridad e imprecisión al referirse a las causas de su condena. En España han acogido favorablemente esta propuesta y la han defendido con nuevos apoyos X. Ballester (2002: 131-174) y E. Bérchez (2015)11. En mi opinión, creo que es muy lícita la sospecha del no-destierro-en-Tomis a la luz de todos los argumentos presentados y de la tendencia ovidiana, en todas sus obras, a la ficción, ya sea a partir de su propia persona ya a partir de la materia tradicional del mito. Pero, aunque muy atendibles tales argumentos, no me parecen definitivos; creo que en esta cuestión debe mantenerse, por el momento, un sano interrogante, no tanto por el peso abrumador de la tradición en sentido contrario, sino porque, de haber sido todo una invención y farsa del poeta, serían esperables testimonios contemporáneos que denunciaran tal superchería; y esos testimonios no existen.