Kitabı oxu: «El reino suevo (411-585)»

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Akal / Universitaria

Serie Reinos y dominios en la Historia de España

Pablo C. Díaz

El reino suevo (411-585)


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Introducción

La historia del reino suevo, Entre la indiferencia y la mitificación

Su placer era exterminar y aniquilar poblaciones y formar en torno de sí grandes desiertos. Retazos de pieles groseramente curtidas cubrían algunas partes de su cuerpo. Se sustentaban de la caza y de la carne y leche de sus ganados. Toda su religión consistía en sacrificar cada año un hombre en medio de bárbaras ceremonias [...]. Los suevos no dejaron de ser bárbaros por ser cristianos, ni los pueblos experimentaron los efectos de su conversión al cristianismo[1].

Esta ahistórica imagen de los suevos procede de la Historia de España de Modesto Lafuente, editada originalmente a partir de 1850 y masivamente difundida. Es un ejemplo, entre los muchos posibles, de la descripción que de este pueblo hicieron las Historias de España dedicadas al gran público y aquellos manuales que se utilizaban en la enseñanza primaria y secundaria. En general, durante muchos años los libros de las primeras enseñanzas partieron del principio de que «el valor real de los estudios históricos es esencialmente educativo, no deben estudiarse todos los hechos que constituyen la Historia, sino solamente aquellos que hayan influido en los destinos de cada país»[2]. Este argumento es enunciado por Ricardo Ruiz Carnero en una Historia de España publicada en Madrid en 1942 y concebida como una aproximación básica al pasado de los españoles. El autor, atento al enunciado de sus principios educativos y divulgativos, sólo menciona a los suevos como integrantes de la «invasión de los bárbaros», considerando que «la influencia germánica en la civilización española fue de poca importancia. El espíritu español repudió, afortunadamente, las instituciones religiosas, políticas y sociales del invasor»[3].

Esta referencia tomada, a diferencia de la primera, de un manual sin trascendencia, escogido al azar de entre los muchos posibles, refleja un momento muy concreto de nuestra historia reciente, pero puede ser paradigmática de toda una percepción de la Historia de España, y de sus partes integrantes, donde los suevos, y por extensión los «bárbaros del norte» que entraron en la península Ibérica a inicios del siglo V, eran, en estas generalizaciones, paganos, en el mejor de los casos arrianos, enviados del «maligno» que destruyeron el orden y la concordia del Imperio romano, acabaron con la prosperidad de las provincias hispanas y abrieron un periodo de caos y oscuridad. El impulsor más destacado de estos planteamientos fue el ilustre polígrafo Marcelino Menéndez Pelayo quien había difundido en su obra esa imagen de unos bárbaros destructores a la que apenas oponía, como excepción, la obra de los visigodos tras la conversión que, en todo caso, estuvo inspirada por la Iglesia católica y el buen hacer de sus obispos[4]. En cualquier caso el mismo autor reconocía que la monarquía sueva había sido olvidada por los historiadores, «atentos sólo al esplendor de la visigoda»[5].

Tal imagen podría considerarse intrascendente e indigna de ser anotada en esta introducción si no fuese porque la consideración aportada por buena parte de los investigadores que, directa o indirectamente, han estudiado el reino fundado en el siglo V por los suevos en el noroeste de Hispania no es mucho mejor. Y, en este sentido, debemos considerar que la historia de los suevos de Hispania es, cuando menos, una historia desafortunada. Dicha falta de fortuna contrasta con el hecho de que la erudición ilustrada, representada en este caso en la figura de Enrique Flórez, había recopilado sistemáticamente todas las fuentes necesarias para el estudio de la historia sueva, incluida una edición de la Crónica de Hidacio[6], alejada aún de las exigencias críticas que hoy consideramos adecuadas, pero suficientes para una aproximación a la historia de la península Ibérica en el periodo tardoantiguo. Esta obra extraordinaria, punto de partida de la investigación histórica hispana por dos siglos, no encontró, sin embargo, a un autor que diese una respuesta comparable en el ámbito de los estudios suevos.

En muchos casos, y durante bastante tiempo, esta constatación estuvo motivada por razones ideológicas. Mientras que los visigodos podían ser vistos como los primeros creadores de un Estado español, de una monarquía unificada de ámbito peninsular, paladines de la unidad católica, esencia de la España posterior, el reino suevo no pasaba de ser un fenómeno periférico y marginal que en nada había contribuido a la gloria de España, lo que no impidió que Casimiro Torres escribiera en 1957 un curioso artículo en el que atribuía al rey suevo Rechiario el primer intento de unidad peninsular[7]. No pasaba de ser una anécdota. Aún en la Historia de España Alfaguara, editada por primera vez en Madrid en 1973, la introducción general de la obra (sin firma, pero procedente de la inspiración de su director Miguel Artola) deja claro que la historia de España se inicia con la emigración visigoda:

Consideramos como momento fundacional aquel en que se constituye una organización política –la monarquía goda– cuya autoridad se extiende fundamentalmente sobre todo el territorio español […]. Anteriormente la historia de los pueblos que ocupan la Península o carece de una mínima unidad organizativa o si la consigue es a costa de subsumirse en un aparato estatal más amplio, como era el romano[8].

Era el punto de llegada de una larga tradición surgida en la Edad Media, en el seno del reino de Asturias, y alimentada hasta el siglo XX por una corriente intelectual obsesionada por encontrar un momento fundacional que justificase, primero, la expansión de los reinos cristianos a costa de los reinos musulmanes y, después, la unidad peninsular bajo la monarquía castellana[9]. Entre la gloria de una provincia del Imperio romano, que aunque sometida a una potencia extranjera había sido cuna de emperadores e intelectuales de renombre, y la soberanía peninsular de la monarquía visigoda de Toledo, responsable además de la catolicidad peninsular, no había lugar para nada.

En otros casos el motivo ideológico no es alegable, pero, si revisamos los manuales universitarios de Historia de España, incluso los más recientes, podemos constatar hasta qué punto la afirmación de Menéndez Pelayo de que la gloria visigoda había oscurecido al reino suevo sigue siendo válida a comienzos del siglo XXI. El reino suevo no suele merecer capítulos específicos de ningún tipo; cuando se trata de historias generales se las incluye dentro del apartado dedicado a las invasiones, o como una pequeña referencia en la política exterior visigoda, o dentro del apartado dedicado a la conquista y la unificación peninsular de Leovigildo, mismo lugar que ocupa en las monografías sobre el reino visigodo. Incluso, se puede percibir cómo en los últimos años la atención ha disminuido. La Historia de España concebida y dirigida en sus primeros volúmenes por Ramón Menéndez Pidal, magna obra reeditada y renovada continuamente desde su aparición en los años veinte, dedica su tomo tercero a la España visigoda, del 414 al 711. En la primera versión del tomo dedicado a la España pos-romana, aparecido en 1940, coordinado y en buena medida escrito por Manuel Torres López, edición que se reimprimió hasta 1986, los suevos, su reino, instituciones y monedas se merecen capítulos (epígrafes) específicos de cierta extensión[10]. Sin embargo, en la nueva edición de 1991, excelente sin duda, a pesar de haber aumentado considerablemente el número de sus páginas, que forzó a dividir el tomo en dos volúmenes, la historia del reino suevo quedó subsumida en el documentado capítulo dedicado a las invasiones en la península Ibérica, del que es autor Luis García Moreno, y alguna escueta referencia relativa a la conversión al catolicismo[11].

Es sólo un ejemplo. Este agravio comparativo lo encontramos igualmente en obras recientes que pretenden renovar los estudios sobre la Hispania tardoantigua. Es el caso de la obra de Roger Collins, Early Medieval Spain. Unity and Diversity 400-1000, ampliamente difundida entre el público de lengua inglesa y posteriormente en nuestro país, donde el autor dedica seis páginas al reino de los suevos dentro de un capítulo inicial titulado «La aparición de un nuevo orden», y lo hace bajo el significativo título de «Un falso comienzo»[12]. Los ejemplos se pueden multiplicar hasta llegar a uno de los más recientes: Javier Arce, Bárbaros y Romanos en Hispania 400-507 A. D., quien, en más de trescientas páginas dedicadas al siglo V hispano, dedica apenas siete al reino suevo y lo hace bajo el epígrafe «Infelix Gallaeciae»[13].

El contrapunto de esta idea del «falso comienzo» se encuentra en las «Historias de Galicia» o las «Historias de Portugal», donde el periodo suevo puede plantearse como precedente o punto de partida. Así C. E. Nowel, A History of Portugal, cuyas primeras siete páginas, dedicadas al periodo suevo se titulan «Before the beginning»[14]; F. Elias de Tejada y G. Percopo, El reino de Galicia hasta 1700, quienes consideran a la monarquía católica sueva un precedente[15], o A. M. B. Meakin, Galicia: the Switzerland of Spain que prefería hablar de una pretérita «The first golden age»[16]. Es precisamente en las obras dedicadas a historiar Galicia o Portugal donde un capítulo sobre el periodo de la dominación sueva aparece ya como imprescindible. Así en H. V. Livermore, A New History of Portugal, quien dedica 10 páginas al reino suevo[17]. O las 16 que le dedicó Vicente Risco en su Historia de Galicia[18]. Los ejemplos se han multiplicado en los últimos años, cuando las obras divulgativas de historia de Portugal[19], y aún más de historia de Galicia, ante la nueva perspectiva política y cultural autonómica, han proliferado de forma desproporcionada a la escasa renovación de la investigación. En el caso de la historia sobre los suevos este problema es absolutamente evidente, pues estos volúmenes, capítulos, subcapítulos o apartados se construyen sobre tópicos historiográficos largamente consolidados, y no sobre una renovación de la investigación[20]. No deja de ser curioso que, si comparamos los contenidos de esos capítulos en las Historias de Galicia y en las Historias de Portugal, los textos se confunden hasta el punto de ser prácticamente intercambiables.

En realidad, esta infravaloración y esta imagen deformada proceden, en primer lugar, de una lectura apresurada y poco crítica de la Chronica del obispo Hidacio, contemporáneo y testigo directo de la irrupción sueva en Hispania, quien vio en los germanos a los enemigos del orden romano y de la Iglesia católica, aportando una imagen de devastación y catástrofe que quedó muy grabada en el subconsciente de buena parte de los historiadores. En segundo lugar, proceden de la escasa atención que los estudiosos de los pueblos germanos han dedicado al reino suevo, y de la negativa consideración en que se ha situado su actuación directa o el capítulo de sus aportaciones a la historia posterior, deformación que ha sido difundida incluso por aquellos que de manera específica han investigado su realidad histórica.

El punto de partida de buena parte de los lugares comunes que encontramos en la historiografía sobre el reino suevo tiene su origen en la monumental obra de Felix Dahn, Die Könige der Germanen, publicada a partir de 1861, que marcó los estudios sobre los reinos bárbaros de la Alta Edad Media por varias generaciones. Su obra ocupa más de 6.000 páginas, dedicando únicamente 24 al capítulo «Das Reich der Sueven in Spanien»[21]. Como se verá, esta brevedad no impidió que, por un proceso de inercia historiográfica, sus opiniones tuviesen un gran impacto en la investigación sobre los suevos hasta nuestros días; incluyendo algunos planteamientos propios de un esquema nacionalista radical preconcebido, donde los germanos son presentados como una raza joven y noble que lucha contra una civilización degenerada. Su aplicación al caso de los suevos le llevaría a considerar que éstos perdieron su vigor e impulso cuando entraron en la órbita de la Iglesia católica[22].

Sin embargo, la obra de Dahn no ha sido manejada por el lector medio desde hace muchos años. Otras obras que sí han servido de referencia parecen insistir en la valoración de los suevos como una realidad intrascendente. Lucien Musset publica en 1965 Les invasions. Les vagues germaniques; en las escasas dos páginas que dedica a los suevos de España califica a su estado de «inestable y brutal», para concluir que «si los suevos de España no hubieran existido, la historia no habría cambiado en nada importante»[23]. Es evidente que el autor parte de una concepción de la Historia construida en torno a la idea de los momentos cruciales o la importancia relativa de unos hechos frente a otros, justificable sólo si se pretende buscar un principio teleológico, esto es, acontecimientos que culminan en algo, por ejemplo una gran unidad política. En 1971 Stefanie Hamann realiza una disertación doctoral con el título Vorgeschichte und Geschichte der Sueben in Spanien, y su valoración no es muy distinta: «Los suevos son un episodio sin consecuencias para la historia de España. La incorporación al estado visigodo no dejó huellas del pasado suevo. Su estudio sólo interesa, en el mejor de los casos, como parte de todo el proceso de formación de los reinos germánicos»[24]. Impresiones que, aparentemente, no han variado sustancialmente en años posteriores, ni siquiera en el ámbito de los estudios hispanos. El desaparecido profesor Manuel Cecilio Díaz y Díaz, sin duda el mejor conocedor de los textos tardohispanos, en un artículo publicado en 1995 escribía: «Es de recordar que, a lo que sabemos, los suevos no añadieron nada a la Gallaecia romana, porque en su poco más de siglo y medio de control de la provincia ni aportaron elementos sociales nuevos, ni políticos, ni religiosos, ni lingüísticos. Su proyección real fue mínima, porque a pesar de la baja población galaica, los suevos eran todavía muchos menos y esto tanto en el plano de los números como de la civilización»[25].

Por si los lectores no lo tienen presente en este momento, debemos recordar que todas estas consideraciones y valoraciones se hacen sobre el primer reino germano que se estableció, en lo que luego sería Europa, a finales del Imperio romano. El primero del que consta su conversión al catolicismo, el primero que emitió moneda propia a imitación de la imperial, que llegó a dominar prácticamente toda la península Ibérica a mediados del siglo V, intercambiando constantes embajadas con el emperador de Occidente y los reinos vecinos, y que, frente al poder visigodo, consiguió estabilizar su monarquía sobre aproximadamente 100.000 kilómetros cuadrados en el noroeste de Hispania durante ciento setenta y cinco años.

Debemos advertir que, en algunas ocasiones, el tópico se ha fosilizado en un sentido contrario. Esto es, se ha dado una sobrevaloración del lugar de los suevos en la historia del noroeste peninsular, sin un apoyo historiográfico mínimamente científico, sin una investigación puntual renovada en la que sustentar sus afirmaciones. Por ejemplo, cuando Fernando Acuña Castroviejo, en el capítulo «Os suevos», incluido en una Historia de Galicia de carácter divulgativo, escribe: «O periodo suevico en Galicia deixou tras de si unha serie de supervivencias en moitos eidos: toponimia, dereito consuetudinario, etnografia, etc.»[26], está reproduciendo una serie de generalizaciones, esos tópicos historiográficos a los que antes nos hemos referido, aunque utilizadas ahora para una construcción de signo contrario. Estas aseveraciones maximalistas e indemostrables aparecían formuladas por Fermín Bouza-Brey en un artículo publicado en 1968 escrito con más entusiasmo que rigor científico[27]. Anotamos algunas de ellas, elementos susceptibles de ser estudiados o indagados pero que él construye, esencialmente, a partir de la intuición. Es el caso cuando afirma que «un primer resultado de la invasión sueva en el orden lingüístico es el haber contribuido con su ocupación territorial a originar la lengua gallego-portuguesa»[28], cuando resulta evidente a los estudiosos de la lengua que la presencia de palabras hipotéticamente suevas en el acervo léxico gallego o portugués es prácticamente nulo[29].

Más problemático resulta aún cuando, un poco más adelante, afirma que «las supervivencias antropológicas del pueblo suevo en los caracteres somáticos de los actuales habitantes del Noroeste peninsular es un estudio que está por hacer... [Sin embargo, parece] ser notoria la influencia nórdica en la población, conclusión a la que puede conducir en Galicia un examen del “hábito externo” de la población rural por la abundancia de pigmentación clara en los ojos y de cabellos rubios»[30]. Evidentemente es inútil rebatir tales argumentos, pero debemos recordar que en los cálculos más optimistas los suevos que llegaron a Galicia nunca superaron los 30.000/35.000, y fue hace mil quinientos años. Siguiendo a Leite de Vasconcelos, y especialmente a Manuel Murguía (volveremos sobre el significado concreto de este patriarca del galleguismo), Bouza-Brey atribuye a la influencia germánica cada norma consuetudinaria, resto etnográfico, uso público, creencia, superstición, rito matrimonial o rasgo tradicional que encuentra a su paso, llegando a escribir: «Y de ahí la tendencia gallega a la emigración que también Murguía señala en los gallegos como heredada de los germanos»[31]. En su percepción pansueva Fermín Bouza-Brey le hace a la cientificidad de la historia de la Galicia sueva tan flaco favor como la «desuevización» a la que antes hemos aludido. Tal hecho contrasta con los encomiables trabajos que el autor dedicó a la historia antigua de Galicia, y en concreto sus agudas percepciones sobre la producción numismática sueva.

¿Es posible que una entidad política de estas características no haya generado una producción bibliográfica concreta que valore el reino suevo en función de sus propias circunstancias y no de su hipotética falta de proyección o importancia posterior? ¿Es posible que no haya generado una producción no marcada por una utilización ideológica interesada y, a todas luces, desproporcionada? Ciertamente sí.

En la recopilación bibliográfica sistemática sobre la Hispania tardoantigua, llevada a cabo por el profesor Alberto Ferreiro[32], se recogen bajo el epígrafe «Suevos» más de 1.400 entradas (hasta 2006). Este elevado número debe, sin embargo, ser sometido a un análisis de contenidos que nos mostrará, de nuevo, la pobreza de la historiografía sobre el reino suevo. En primer lugar debo advertir que un porcentaje importante ha sido publicado en revistas de ámbito local con escasa difusión y difícil localización, escritas por eruditos locales y aficionados más que por historiadores.

Del total de estos títulos, más de la mitad están dedicados a Orosio y Martín de Braga (760 sobre 1.361). En cuanto al primero, la mayoría de las investigaciones disponibles no aportan prácticamente nada a nuestro estudio, salvo alguna precisión sobre el contexto peninsular en el momento de las invasiones del 409, de las que probablemente fue testigo directo. Hasta donde sabemos Orosio no conoció la realidad sueva de primera mano. En relación con Martín de Braga, la mayoría de los títulos se refieren a un análisis de sus obras o de las controversias teológicas en que se vio inmerso, en general al margen de la historia interna del reino suevo en el que vivió, o en el mejor de los casos de la sociedad que éstas reflejan, con especial atención al tratado De correctione rusticorum. La producción dedicada al estudio de este texto es amplísima; a partir de él se han estudiado las supervivencias paganas y supersticiosas de Gallaecia, normalmente considerando que el texto reproduce una situación absolutamente inmediata a Martín, sin tener en cuenta que algunos de sus elementos probablemente son pura erudición. Pero, aun aceptando que el texto reprodujese el ambiente religioso y creencial de la Gallaecia del siglo VI, su contenido nos pone en relación con prácticas ancestrales campesinas de un entorno sólo parcialmente cristianizado y su relación con los suevos y sus posibles prácticas religiosas es nula. Nuestro conocimiento sobre las creencias y la religiosidad que los suevos pudiesen tener antes de su asentamiento en la península Ibérica no pasa de algunas generalidades sobre los germanos procedentes de los textos clásicos (Cesar, Tácito o Ammiano Marcelino) y las fuentes hispanas no recogen nada sobre el particular.

En este sentido, los trabajos más interesantes en relación con Martín de Braga son sin duda los dedicados a la conversión de los suevos al catolicismo, donde se debe valorar en primer lugar su papel como misionero, incluso su condición de espía o embajador de la corte bizantina, interesada en ganar un aliado contra los visigodos en su retaguardia. Atendiendo a esta perspectiva, el carácter político de la conversión alcanza un interés tan grande como su faceta religiosa, lo que fue puesto de manifiesto por Thompson[33], Ferreiro[34] o Beltrán Torreira[35], entre otros. Sus trabajos han aclarado la confusión de las fuentes y la importancia de la conversión para la integración suevo-galaica, así como la creación de un sentimiento unitario en el reino. Estas valoraciones críticas no impiden que las dos conversiones suevas al catolicismo, la primera en el siglo V y la definitiva con Martín de Braga a mediados del VI, hayan sido tratadas en algunas ocasiones por la historiografía con un tono exaltado, a la vez que excesivamente laudatorio hacia sus protagonistas[36].

Sobre la obra misma de Martín y de las actas de los concilios de Braga se han construido la mayoría de las aportaciones incluidas en los apartados «Liturgia» y «Eclesiástica». Son trabajos, en el primer caso, exclusivamente teológicos y disciplinares, que no trascienden a los aspectos históricos; mientras, en el segundo, se insiste una y otra vez sobre problemas de índole jurisdiccional o administrativa, creando la imagen de que la historia eclesiástica de Gallaecia en los siglos VI y VII evolucionaba al margen de la historia social y, sobre todo, política[37]. Un lugar destacado merecen los estudios que Pierre David llevó a cabo, a mediados del siglo pasado, a partir de un texto excepcional conocido como Parrochiale Suevum o Divisio Theodemiri, aunque su interpretación del mismo como una mera lista de parroquias o iglesias limitó los estudios posteriores. Hoy día el documento debe abordarse desde otras perspectivas, especialmente como una muestra de la pluralidad habitacional y del complejo entramado de la administración pública del reino suevo, convirtiéndose así en el documento en torno al cual construir buena parte de la historia administrativa sueva en la etapa final del reino. El indudable papel desempeñado por la Iglesia de la Gallaecia sueva ha sido entendido también en un sentido extremo y se ha querido reivindicar «el influjo de los Concilios Bracarenses en el inicio de la idiosincrasia gallega»[38].

Debemos advertir aquí que, aunque el priscilianismo alcanzó su máximo desarrollo en los territorios del reino suevo y en el periodo de su soberanía, sin embargo, la ingente bibliografía sobre Prisciliano y el priscilianismo ignora normalmente este hecho y, en la práctica, cualquier intento de relacionar el priscilianismo y los suevos está condenado al fracaso por carecer de apoyo en las fuentes. En este sentido, algunas afirmaciones sobre que los suevos protegieron a los priscilianistas o facilitaron su proliferación es una mera hipótesis imposible de corroborar, lo que no ha impedido que la coincidencia temporal y en buena medida geográfica del reino suevo y el priscilianismo haya servido para generar ciertas confusiones. En cualquier caso la historia del priscilianismo, las aproximaciones al fenómeno, diversas y complejas, tienen su propia entidad absolutamente al margen de la del reino suevo.

Con todo, hay un punto en el cual la historia del reino suevo y la del priscilianismo han sido puestas en paralelo; es aquel que ha argumentado sobre ambos para justificar el presente gallego y, sobre todo, sus peculiaridades pasadas. Debemos citar a López Pereira quien ha hablado «del entronque y compenetración existente entre Prisciliano y su pueblo, de su especial carisma para meterse en el alma y en el corazón de los galaicos», para a continuación afirmar que «los suevos trataban de conseguir que se mantuvieran las discrepancias religiosas aprovechándose de los priscilianistas para conseguir aislar sus dominios de las restantes provincias... Luchar contra el invasor suevo significa para Hidacio extinguir primero el priscilianismo»; en su argumentación pasa a continuación a reclamar a Hidacio como defensor de un galleguismo de largo alcance que sólo consigue imponerse gracias al impulso intelectual del cronista y a su actuación política. La asociación de la lucha contra el priscilianismo y la resistencia frente a los suevos como parte de un mismo proceso es algo difícil de constatar en la obra de Hidacio, pero sirve al autor para encontrar en ella la génesis de un sentimiento identitario:

es así como el problema priscilianista, que a nuestro entender, fue desde muy pronto más político que dogmático, empezó a tener una solución política, que tampoco fue definitiva. Prisciliano supo atraerse al pueblo en torno a unos ideales ascéticos, que favoreciendo a éste, iban directamente contra los intereses eclesiásticos, o lo que es lo mismo, contra los intereses de la administración romana, a quien la iglesia representaba. La oleada bárbara, al desviar la atención del pueblo a otro problema más inmediato, y la aparición de un nuevo líder que le hace tomar conciencia del peligro de destrucción de su territorio, del exterminio de su raza, va a despertar otros intereses. Gallaecia habría caído en la cuenta de su personalidad como pueblo con unos problemas socio-económicos y religiosos distintos de los demás pueblos hispanos. Y ahora corría el riesgo de perder ese sentido unitario e incluso de desaparecer como etnia ante la llegada de los invasores suevos. Hidacio será el forjador de esa nueva conciencia popular, y en ello expondrá su vida. Es, hasta cierto punto, el iniciador del primer movimiento nacionalista en la Península[39].

Los trabajos sobre «Lingüística» no pasan de ser un estudio de topónimos cuya filiación sueva es siempre dudosa. J. M. Piel, sin duda el estudioso que más atención ha dedicado a estos problemas lingüísticos, clasifica a veces los mismos términos como suevos o godos, resultando en la práctica imposible saber si alguna palabra sueva pasó al gallego y si algún topónimo recuerda su presencia, excepción hecha de los cuatro pueblos con el referente «Suevos» del extremo noroccidental de la provincia de La Coruña que se ha interpretado como un reducto al que habrían sido confinados tras la derrota frente a Leovigildo[40], o de los dos topónimos con nombre «Suegos en Lugo», incluso con más dificultad la Sierra del Sueve, en las proximidades de Oviedo. Explicación ciertamente muy discutible. Por otro lado, los trabajos prosopográficos[41], esto es, el estudio de los nombres personales suevos y sus relaciones familiares, aún no han resuelto tan siquiera la confusión en torno al número e identidad de los mismos reyes.

Los estudios que se sitúan bajo el epígrafe «Arqueología» son, si cabe, más insustanciales. Salvo las noticias numismáticas, escasas pero importantes[42], los demás trabajos constituyen un cúmulo de noticias y referencias bastante imprecisas, casi siempre descontextualizadas y que una revisión seria y sistemática descartaría en su inmensa mayoría, lo que ya ha ocurrido en numerosos ejemplos. Durante mucho tiempo se dio por buena la identificación sueva hecha por H. Zeiss en 1934 de una fíbula procedente de Cacabelos[43]; no ha vuelto a ser citada. Igualmente, en 1952, Julio Martínez Santaolalla, en el prólogo a la Historia general del reino hispánico de los suevos, de W. Rehinhart, tras lamentarse del abandono de los estudios suevos en España, afirmaba que, al fin, en las excavaciones del castro de Cacabelos se habían identificado las primeras cerámicas suevas[44]; tal aseveración no fue siquiera recogida por autores posteriores y, hoy por hoy, es imposible tipificar una cerámica sueva, siendo incluso muy difícil asignar tipologías a las cerámicas del periodo. En general se ha identificado como suevo, en el entorno de la Galicia actual y el norte de Portugal, todo aquello indefinible, imprecisamente romano tardío pero aún no medieval, ante la necesidad de llenar una secuencia cronológica en la que parece ineludible situar algún artefacto culturalmente definidor[45]. En su momento Chamoso Lamas encontró un indicador genuino en los sarcófagos de estola, un objeto que hoy se considera inequívocamente posterior[46]. Aun así, y ante el agotamiento de las fuentes escritas, es en la arqueología donde debemos situar nuestras esperanzas y expectativas de un futuro progreso en la investigación. En este campo, algunos estudios recientes, centrados sobre todo en el análisis espacial[47], más que en la obsesión por el objeto singular, nos aproximan de manera más eficaz a la realidad de la Gallaecia tardoantigua. Un espacio perfectamente identificado desde un punto de vista geográfico, incluso por sus elementos morfológicos, a la vez que absolutamente alejado de un horizonte interpretativo «germánico», realmente difícil de encontrar.

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565 səh. 9 illustrasiyalar
ISBN:
9788446036487
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Bookwire
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